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-The Project Gutenberg EBook of El casamiento de Laucha, by Roberto Payró
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: El casamiento de Laucha
-
-Author: Roberto Payró
-
-Release Date: August 17, 2020 [EBook #62952]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASAMIENTO DE LAUCHA ***
-
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-
-
-Produced by Andrés V. Galia, MWS, Sanly Bowitts and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.
-
-Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
-presente edición de esta obra fue publicada, en 1906, eran diferentes a
-las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
-fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó",
-"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido
-respetado.
-
-El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos.
-Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los
-personajes en un lenguaje con expresiones y manerismos que son típicos del
-interior de la Argentina.
-
-Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta
-transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia
-Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar
-el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el
-Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.
-
-El Índice de capítulos presentado al principio de la obra ha sido
-construido por el Transcriptor.
-
- * * * * *
-
-
-
-
- ROBERTO PAYRÓ
-
- EL CASAMIENTO DE LAUCHA
-
-
- [Ilustración]
-
- BUENOS AIRES
-
- COMPAÑÍA SUD-AMERICANA DE BILLETES DE BANCO
-
- Calle Chile, 263 y Cangallo, 557-59
-
- 1906
-
-
-
-
- ÍNDICE
- Pág.
-
- Introducción 5
-
- I 7
-
- II 11
-
- III 17
-
- IV 25
-
- V 35
-
- VI 43
-
- VII 55
-
- VIII 67
-
- IX 77
-
- X 95
-
-
-
-
- INTRODUCCIÓN
-
-
-El nombre de Laucha,--apodo y no apellido--le sentaba á las mil
-maravillas.
-
-Era pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo
-orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de
-azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían á la semejanza,
-completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el
-cabello descolorido, arratonado...
-
-Laucha era, por otra parte, su único nombre posible. Laucha le llamaron
-cuando niño en la provincia del interior donde naciera; Laucha
-comenzaron á apodarle después, allí donde lo llevó la suerte de su
-vida, desde temprano aventurera; por Laucha se le conoció en Buenos
-Aires, llegado apenas, sin que á nadie se pudiese atribuir la invención
-del sobrenombre, y Laucha le han dicho grandes y pequeños durante un
-período de treinta y un años, desde que cumplió los cinco, hasta que
-murió á los treinta y seis...
-
-De sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su
-vida, y, en estas páginas me he esforzado por reproducirla tal como se
-la escuché. Desgraciadamente Laucha ya no está aquí para corregirme,
-si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de la verdad
-muchos centímetros.
-
- * * * * *
-
-
-
-
- I
-
-
-Pues, señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y
-Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba á entender, unas
-veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de
-repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una ciudad,
-allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre pobre, siempre
-rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin plata,--comencé por
-fin á temar con que puede ser que me fuera mejor en Buenos Aires, en
-donde nunca me podría ir peor, porque esas provincias nunca son buenas
-para hombres así, como yo, sin un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha
-fuerza... ni muchas ganas de trabajar tampoco... Y tanto temí, que al
-fin resolví largarme y principié á hacer economías de á centavo--¡yo
-que nunca había juntado plata!--hasta que reuní todo lo que necesitaba
-para el viaje... lo preciso y nada más.
-
-No he de contar los milagros y otras vivezas que tuve que hacer para
-juntar la platita: ya se lo imaginarán, y de no, poco importa. El caso
-es que un día me acomodé en el tren,--claro que en segunda, ¡porque
-no había boleto de perro!--llegué hasta Córdoba, subí al Central
-Argentino, y en el Rosario me embarqué para Campana en el vapor de la
-carrera, porque la cosa salía más barata... Campana era entonces el
-puerto de salida y de llegada de los vapores del Paraná, y ahí mismo se
-tomaba el tren para Buenos Aires.
-
-Desembarqué con mi equipaje, que era un poncho grueso de lana, criollo,
-de los tejidos á lleno de colorines, y que le había ganado á la taba á
-un peón catamarqueño en Tucumán: se lo había hecho la mujer qué sé yo
-en qué punta de años...
-
-¡Ah! ya había volado hasta el último cobre en las comidas y copetines
-del viaje, así es que me encontré en Campana con que para seguir á
-Buenos Aires tenía que empeñar ó vender alguna prenda... y á no ser el
-poncho... Creerán que esto no tiene nada que ver con mi casamiento;
-pero esperen un poco... La miseria, como buena vieja brava, hace con el
-hombre lo que se le antoja... Á mí me hizo llegar hasta el casorio, ya
-verán...
-
-
-
-
- II
-
-
-Bueno, pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho
-y sacar boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba
-ningún aficionado.
-
---Esos ponchos no se usan por acá,--me decía uno.
-
---Ya tengo demasiados ponchos--me decía otro.
-
---No compro ropa usada,--me gritó furioso un tendero gallego que no
-tenía más que clavos del tiempo de ñaupa.
-
-Por fin un bolichero me dió por él cuatro nacionales,--y digo
-nacionales porque ya habían cambiado la moneda corriente, tan linda y
-tan rendidora.
-
-El boleto de segunda de Campana á Buenos Aires valía entonces alrededor
-de peso y medio ó dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco.
-Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito
-catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va á dejar en la
-pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el cambalache del
-poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya ven, no tenía
-reloj, y aunque tuviera no me iba á ir sin boleto y sin plata.
-
-Lo peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me
-tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada en
-que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el saladero,
-que después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio,
-así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina!
-
-Á la noche anduve ronciando la mesa de los reseros, que despuntaban el
-vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte--cinco pesos
-la caja... ¡Figúrense! yo no iba á pedir media caja, está claro... Me
-quedé con las ganas y me fuí á dormir.
-
-Al otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y
-no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de mi
-suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando acordé
-el tren iba pita que te pita, ¡á cinco cuadras!
-
-No, no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero
-llevaba un frasco de ginebra marca Llave (que no es como la de ahora)
-y de vez en cuando me convidara á pegarle un beso... ¡Bueno, bueno!
-sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que no
-tenía, ¡qué iba á tener! ni sombra de los pobladores que tiene hoy.
-Volví bastante tristón á la pulpería de frente al tren, donde había
-estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas, un queso
-viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y media
-docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas...
-
-Me puse á conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo
-convidé con una copa--porque todavía me quedaban unos centavos,--y
-cuando le hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las
-chacras de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era
-fácil que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme
-al sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos
-de escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito á la sombra,--pero
-la necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un
-chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación
-Benavídez, me llevó para el Pilar, á recoger maíz.
-
-¡Qué quieren! Á los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y
-trasijado por el trabajo bruto. Le cobré los dos jornales al chacarero,
-que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué á
-Belén, que estaba cerquita, á buscar otro acomodo más conveniente, y
-ahí fué donde empezó el baile... ó donde siguió, porque ya hacía rato
-que había principiado...
-
-No hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin
-rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome
-cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado
-ver á los porteños. Válgale á la suerte que juega con el hombre como el
-viento con la paja voladora.
-
-
-
-
- III
-
-
-Una mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste,
-matando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse á conversarle
-al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo,
-del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador
-y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin
-trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo
-conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula...
-
---¿Para dónde va ese camino?--le pregunté entre otras cosas al pulpero,
-mostrándole con la zurda--en la otra tenía el vaso,--una huella que
-agarraba para el sur.
-
---Á Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va
-á dar á la misma estación del ferrocarril del Pago...
-
-Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir,
-por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en
-cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra
-legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas
-á pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna
-carreta ó algún carro que me llevara.
-
---No, amigo, me contestó:--esas huellas son de las tropas que pasaban
-antes con lana para Buenos Aires, pero desde hace un año ya no andan,
-porque todo se lo lleva el tren.
-
---¡Caramba, amigo, qué lástima!
-
- [Ilustración: --¿Para dónde va ese camino?--le pregunté.]
-
---¡Mire qué casualidad!--siguió el pulpero al ratito.--¡No me acordaba,
-hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va á venir
-la jardinera del almacén del pueblo que trae surtido para todas las
-esquinas del camino al Pago, y para mi casa también.
-
---¿Y de ahí?
-
---El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.
-
---¡Oh!, ¿y cómo no? Lo voy á esperar no más, porque de veras que tengo
-muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?
-
---Bastante.
-
---¿Y tiene escritorios y tiendas?
-
---¡Ya lo creo!
-
---¡Magnífico!
-
-Y me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen
-gallego acriollado, hasta que á eso de la diez de la mañana, apareció
-sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio
-entre el verde del campo.
-
---¿Ve eso?--me preguntó el pulpero.--¿Y sabe lo que es?
-
---¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el
-almacenero...
-
---Por eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y á
-más, si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con
-él...
-
-Con esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré
-provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros,
-fósforos, y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos
-cuartas de vino carlón...
-
-Llegó el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un
-poco de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho
-el pulpero.
-
-El hombre era conversador, yo nunca he sido manco, así es que la charla
-empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital
-de adentro.
-
-Volvía de vacío, los caballos eran buenos, obscurecía tarde, y de
-consiguiente podíamos llegar ese mismo día á Pago Chico.
-
-Le conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España: siempre
-detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo, hasta que lo
-hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija, trotando en la
-jardinera y tardándose dos y tres días para volver al Pago. Cuando le
-hablé que buscaba conchabo, me dijo:
-
---Si usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo
-dejaré á una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina, que
-allí encontrará en qué pichulear algo.
-
---¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de
-trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora...
-
---Entonces, doña Carolina anda buscando un dependiente que le
-convenga... Pero es muy delicada, y una punta han tenido que volverse
-sin que los tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos
-modos, usted encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de
-los Torres, y siempre necesitan peones.
-
-Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato
-despertándome con los barquinazos; volvimos á charlar, á fumar, á tomar
-unos traguitos; por fin, á la tardecita llegamos al destino de que
-hablaba el hombre, y nos apeamos.
-
-
-
-
- IV
-
-
-La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un
-poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran
-reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni
-menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué
-sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde ó la mañana.
-
-Entramos á la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció
-una mujer de más de treinta años,--después supe que tenía treinta y
-cuatro,--bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y
-ojos obscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era
-italiana.
-
---Doña Carolina,--le dijo el repartidor--aquí le traigo un forastero
-que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he
-dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece?
-
---Sí,--contestó la mujer, mirándome con atención;--si se queda por acá,
-luego ó mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres... Lo
-pueden conchabar...
-
---Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo
-vivo y capaz de ayudarla.
-
---¡Oh, yo!--dijo la gringa suspirando,--ya no pienso en eso. Se me ha
-ido la idea.
-
---No importa,--le dije,--me quedaré á esperar á los de Torres. Y,
-de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy
-galgueando de sed, y este compañero no le digo nada.
-
-Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió
-porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé á la espera,
-mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito
-de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante,
-salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo
-en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan
-viejo y galleta.
-
-Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras
-de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos
-más, pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda,
-bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos,
-chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué
-sé yo qué cosas más.
-
-La casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un
-cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, á unas
-diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra pisoteada,
-que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón más chico,
-pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con una llanta
-de carro, y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué sentarse, pero
-era la _comodidad_ de los forasteros que se quedaban á dormir en el
-negocio. Eso no es nada para cualquier hombre de campo, que arma cama
-con el recado; pero yo, sin más que lo puesto, ni una pilcha para
-abrigo, lo iba á pasar muy mal si no llegaban á tiempo los de Torres...
-
-Me llamó muchísimo la atención no ver á nadie más que á doña Carolina,
-ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que
-andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco ó seis guachitos y
-un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejón y manso y de la
-silla de doña Carolina.
-
-Afuera de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de
-moscas revoloteaban al rededor, mientras que otras, paradas, estaban
-acresándolo. Pero de balde miré á todos lados á ver si había gente: no
-vi á nadie.
-
---¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad?--pensé.--Los
-perros no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y
-después á ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser
-guapa!... Sólo que la gente haya ido al pueblo...
-
-Ya me empezaba á interesar la gringa, así es que me volví á las casas y
-le pregunté:
-
---Perdone, misia Carolina; pero ¿usted está sola aquí, en esta casa?
-
---Sí,--me contestó--no somos más que yo, y un viejito que está ahí, en
-el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco.
-
---¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del
-pueblo, en esta soledad? Porque el viejo poco ha de servir para
-compañía...
-
---¡Así es, el pobre ya está muy viejo!... Y aunque yo tengo una
-escopeta, y soy capaz de usarla, á veces me da miedo... Por eso pensaba
-tomar alguno para que me acompañara y me ayudara á despachar... ¡pero,
-qué quiere!...
-
-Al decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó
-callada.
-
---¿Y por qué no lo ha hecho?--le pregunté por fin.
-
---¡Eh! ¡por qué! por qué... Porque los que querían conchabarse no me
-convenían... y como no puedo pagar más que quince pesos al mes... Por
-ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque se
-les dé la casa y la comida...
-
-Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije:
-
---¿Y yo también soy de los que no sirven?
-
---¡Oh!, ¡usted no!--me contestó mirándome á los ojos.
-
---¿Y entonces? ¿no le dijo mi amigo el repartidor?...
-
---Sí, son cosas que se dicen, y después...
-
---Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por
-esa plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando...
-Lo que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más
-conocido que el repartidor...
-
-Doña Carolina me volvió á mirar un rato, sin abrir la boca, como para
-verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé,
-pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo á las mujeres.
-¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que á doña
-Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:
-
---¡Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque
-usted no tiene laya de ser mala persona, al contrario!... Pero, ¡qué ha
-de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos ó
-tres pesos diarios, cuando menos!
-
-Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que
-no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para
-no morirme de hambre desde que principié á andar en la mala y perdí
-lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos
-Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir;
-que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras
-y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que
-volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento
-de los que no se empardan; y ella me escuchaba con mucho interés y
-atención: hasta me parece que lagrimeó un poco...
-
-En esto, entraron unos carreros á tomar la copa y yo me salí para el
-patio.
-
-Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me
-chistó:
-
---Bueno--me dijo,--si quiere, quédese aquí unos días para probar...
-
---¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la
-vida!--dije entusiasmado.
-
---¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y
-después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de
-ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le
-prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape.
-
-Ahí no más cepillé un gato de puro contento.
-
-
-
-
- V
-
-
-Cuando volví á salir al patio ya era casi noche, y me encontré al viejo
-de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un
-cigarro negro, sentado en una cabeza de vaca, á la puerta del galpón,
-por la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo
-terrible que no dejaba divisar las paredes.
-
---¿Tomando el fresco, paisano?--le pregunté, para entrar en
-conversación.
-
---Ansina mesmo es, don--me contestó;--demientras se calienta l'agua y
-medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar y prenderle á un verde?
-
---Con mucho gusto, amigo don...
-
---Cipriano, p'a servirlo,--añadió el viejo, que se sacó el pucho negro
-de la boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se acabara
-tan pronto.
-
-Entramos en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas
-y chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía
-lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de ollín; al lado estaba la
-enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá, entre
-la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con vejiga.
-Al calor de la llama, se iba asando un pedazo de carne de la que vi
-colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El viejo era
-amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y
-comenzamos á matear y á menearle taba.
-
---¿Y p'ande va, amigo?--me preguntó don Cipriano, brindándome un
-amargo.--Porque usted no es del Pago, ¿no?
-
---No; no soy del Pago, pero voy á ser--le dije.
-
---¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la
-pregunta.
-
---Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la patrona.
-
---¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita, dende que murió el finao,
-aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués
-de haber tirao en yunta... Solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a
-noria.
-
-Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la
-agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta.
-Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín:
-
---¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.
-
---Se mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que no ve lo maceta
-que mi han puesto los años... ¡Y cómo será cuando tuavía no gastábamos
-más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda, y yo era
-viejón y duro de coyunturas!... No friegue pues, mocito.
-
-Yo me eché á reir. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió
-con los cuentos de la patrona.
-
---Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina
-anda como pan que no se vende. ¡Á esa moza--porqu'es moza tuavía,--le
-falta algo, está claro! Y la verdá que anqu'es trabajadora y se
-levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola,
-pobrecita...
-
-Chupó tranquilamente el mate, y después siguió:
-
---Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y
-comiditas...
-
-Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... Á
-mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no
-vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre
-por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...
-
--—Me alegro de tener una patrona así,--le dije—-de ese modo me voy á
-quedar aquí toda la vida.
-
-Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras
-encendía un candil de sebo de carnero:
-
---¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho
-no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté
-no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la
-pobre, necesita compañía... Oigalé á este viejo que no ha visto al
-ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y
-aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui acabe de
-asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué charrusco! También ya no sirvo
-p'a otra cosa.
-
-Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo, pensando en lo que me
-había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho.
-La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal á nadie,
-y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos
-pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido,
-una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...
-
---Á naides ha querido conchabar de todos los que han venido á
-ofrecerse,--dijo ño Cipriano.--Y si lo ha tomau á usté, es porque ya
-tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo!
-
-Le iba á contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la
-ramada:
-
---¡Eh! ¡joven, eh! Venga aquí, haga el favor.
-
-Todavía no le había dicho mi nombre.
-
-Salí y fuí á la ramada.
-
---¡No!,--gritó doña Carolina.--Entre nomás por el patio, que los dos
-vamos á comer aquí adentro, en esta mesa.
-
-Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos,
-pan con grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran
-platazo de nueces y pasas.
-
---Aquí se come á lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer
-muchas cosas.
-
---¡No diga, señora!--le contesté.--Si viera los gofios que he comido
-todo este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no
-pensaría eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito
-de aguardiente, y otros, sin galleta...
-
---¡Pobre mozo!--dijo doña Carolina, que se había puesto tristona,
-y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo--Pero ahora,
-siempre tendrá lo más preciso, porque aquí, gracias á Dios, nunca falta
-que comer...
-
-Y aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos,
-las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y
-nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más, al
-servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el
-repartidor...
-
-¿Á qué contarles la conversación, mientras cenamos, ni lo alegre que me
-acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y cueros
-de carnero bien lavados y blandísimos?... ¡¡y hasta con sábanas!!
-
-
-
-
- VI
-
-
-Me levanté al alba, agarré una escoba y me puse á barrer la ramada y
-el corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo
-encerrada adentro.
-
-De repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si
-estuviese muy enojada, y me dijo:
-
---¡No quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las
-bebidas y después... ¿Sabe escribir?
-
---¡Cómo no, señora! y tengo bastante linda letra.
-
---Bueno, me alegro. Entonces, me va á poner en limpio la libreta de
-cuentas.
-
---¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo que me mande! Pero tampoco me
-incomoda lo de barrer, así es que si usted quiere, puedo hacer las tres
-cosas, porque las mañanas son muy largas todavía.
-
---¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le iré á ayudar en seguida.
-
-¿Eh? ¿qué tal? ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban
-bien dados, ¿eh?
-
-Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de
-costumbre, y me puse á arreglar las botellas, que en su mayor parte
-eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas
-asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy
-buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta
-nueva, y principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto
-manoseo, llena de garabatos y rayas y borrones. Escribí que era un
-primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó
-embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto
-de que me le fuera á ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el
-pucho:
-
---¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar
-coñac, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el biter,
-el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba
-buena con la mala sin que se conozca--podemos hacer aquí todas esas
-cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la
-platita al licorero falsificador de Pago Chico.
-
-Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió
-en seguida.
-
---¡Eso es tan difícil! ¡se necesitan tantas cosas!
-
---No crea, señora, con poco se hace.
-
---No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo!
-
-Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el
-hombro, para volver á ver la primorosa libreta.
-
-Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fué mejor todavía
-que la cena de la noche antes, porque, además de puchero, hubo gallina
-con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La
-patrona echaba el resto ó poco menos.
-
-Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con
-los marchantes, las jugadas al mus, al truco y á la taba, las payadas
-y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo
-maceta.
-
---Diviertasé, divirtasé nomás,--decía misia Carolina,--que para eso es
-joven; y mientras no me falte al trabajo...
-
-La verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho yo.
-Se conocía que era italiana, y decía _coven_, _trabaco_... Pero eso
-no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar en
-nada. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino cuando
-quiero--¡oh! ¿y de no?--pero me gusta que todos me entiendan...
-
- [Ilustración: Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me
- recostó en el hombro.]
-
-Bueno, pues: como las cosas iban tan bien, me le animé á la gringa.
-Ya hacía tiempo que la andaba pastoreando para eso, pero no hallaba
-cómo principiar la declaración y me daba miedo de pegar una rodada...
-En fin, aquella tardecita me dije: "Amigo Laucha," (Yo también me he
-acostumbrado á lo de Laucha). "Amigo Laucha, lo que es de esta hecha,
-que no se te escape". Y así fué nomás...
-
-Cuando ya estábamos acabando de comer, le busqué la vuelta y le dije:
-
---¿Conque desde que enviudó, misia Carolina, ha estado solita... solita
-y su alma?
-
-Le hablé con la voz tembleque y mirándola medio al soslayo.
-
---¡Hace más de un año!--y suspiró la gringa.
-
-Yo aproveché la bolada:
-
---¡Qué lástima, tan joven!--y en seguida le soplé, más despacito:--¡Y
-tan hermosa!
-
-Á la verdad, doña Carolina no tenía entonces nada de fea, y era grande
-y gorda, como á mí me gustan, puede ser por lo que soy así flacón y
-bajito.
-
---¡Qué quiere! ¡así son las cosas de la vida!--dijo suspirando otra
-vez, y como si no hubiese oído el piropo.--Y sola y mi alma me he de
-morir, porque ¿quién me va á querer á mí, vieja y fea como soy?...
-
-La gringa había esperado para retrucarme el cumplimiento, pero con toda
-baquía me dejaba un juego lindazo para mis intenciones... y las de ella.
-
---¡Señora!--le contesté, sobre el pucho y muy estirado,--usted
-está en una posición mejor que la mía, que si no, y perdone el
-atrevimiento,--yo me comprometería á hacerla feliz,--y que se olvidara
-del finadito. Y ¿sabe por qué?... porque á gatas la vi, me fué muy
-simpática, y hoy ya la quiero de alma...
-
-Doña Carolina se agachó al plato, como para seguir comiendo--pero no
-comió,--y al rato me dijo despacio, como con miedo de que le hiciera
-caso á lo que me decía:
-
---No hablemos más de esas cosas.
-
-Yo me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima,
-y era mejor pasar por corto de genio... Ella fué la que habló primero,
-mientras estaba sirviendo el postre:
-
---Cuentemé algo de lo suyo,... de su vida--me dijo.--Ya sabe que me
-gusta mucho oirlo hablar.
-
---¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras
-penas no más... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis
-recuerdos...
-
---Bueno,--contestó, medio afligida.--No quiero que se vuelva
-á entristecer.--Y entusiasmándose, siguió:--Ya no ha de pasar
-más penurias, porque no va á estar toda la vida conmigo como un
-dependiente... Usté es trabajador, aunque le gusta divertirse á
-veces... Lo voy á hacer entrar como socio: ya sabe que en este boliche
-se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco treinta ó treinta
-y cinco pesos del cajón, y hay, también, que contar los fiados y las
-libretas!... Pero, si usté mismo hace las bebidas, que son lo más caro,
-tenemos que ganar mucho más.
-
---¡Así es, señora!--le dije con los ojos como patacón.
-
---Digamé entonces lo que necesita,--siguió ella,--y yo le daré la
-plata, para que se vaya á Chivilcoy, ó al mismo Buenos Aires, si es
-mejor, y se traiga todo...
-
---¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡y créame, que
-no favorece á un desagradecido!
-
-É hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda
-celeste,--¡ah criollo!--que ella me había regalado en los primeros días
-y que tenía limpito y muy planchado. Después seguí:
-
---¡Bueno, señora! me iré mañana mismo, si le parece, y con doscientos
-pesos haré el viaje y compraré las cosas y las misturas que me hacen
-falta. Y en un año, no habrá que comprarle al indino del licorero más
-que la soda y la cerveza...
-
---¡Está bueno! mañana mismo irá.
-
-Pensé acercármele al ver que le brillaban los ojos, pero en seguida me
-pareció que quién sabe si no corcoveaba...
-
-Yo al fin, soy un poco corto de genio... ¡aunque no tanto!...
-
-
-
-
- VII
-
-
-Esa noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en
-buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado
-mucho á la gringa. ¡Ah! ¡me olvidaba! también me dijo:
-
---Usté no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos
-pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para
-no andar con embrollos.
-
-Yo me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama, pero aunque
-era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder pegar
-los ojos.
-
-Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba con los huesos de punta
-y con todo aprontado para el viaje...
-
-Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta
-del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho
-amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de
-gusto, me dijo muy serio:
-
---Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'á
-dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos,
-pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas,
-cuand'uno va, ya están de güelta. ¡No se me descuide, y se me quede di
-á pie cuando ya está estribando!
-
-Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una
-vez cada uno, á lo resero. Después me levanté para irme.
-
---Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.
-
---Que le vaya bien y hasta la güelta mozo: no se tarde, que el güay
-lerdo... ya sabe...
-
-Me fuí á despedir de la gringa que me dió tres ó cuatro sacudones de
-manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había
-ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado
-de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y
-me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el
-tren...
-
-En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las
-marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de
-todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal
-para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina
-para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que
-necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista» y sin
-perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví á
-Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como
-le sabían decir á la casa de negocio.
-
-No se me da la gana decirles, cómo me recibió doña Carolina, pero les
-aseguro que no fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí no llegaba
-la broma todavía...
-
-Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse á hacer mis menjunjes, y de
-ahí salió anís, coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé todo
-el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso)
-le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola
-alcancé á hacer más de dos, como se lo había prometido á mi gringa.
-Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé
-licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos azul,
-ginebra amarilla como de oro, biter de naranjas, verde y colorado, y un
-licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros
-sabían llevarle á la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo
-lindo que era.
-
-La cosa resultó magnífica, y á los marchantes les gustaban más algunas
-bebidas hechas por mí, que las legítimas--puede ser que porque eran más
-fuertes.--Y decían al pedirlas:
-
---¡Eh, mozo! una caña... de la que toma el patrón, ¡eh!
-
-Carolina estaba muerta de contenta y un día me dijo:
-
---Usté tiene unas manos de ángel (decía _anquel_) y estamos ganando
-mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un
-joven (_coven_) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo
-prometer que... que vamos á ser felices en todo sentido...
-
-Yo no había vuelto á hablarle del asunto serio, pero en todo aquel
-tiempo, la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y
-pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de caer, mi vida!» seguro de que no
-se me iba á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le salí con esta
-agachada:
-
---¿Qué quiere decirme, señora, con _felices en todo sentido_?
-
-La gringa se desentendió, contestándome colorada:
-
---Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le
-diré la contestación...
-
-Yo hubiera bailado en una pata, de puro contento.
-
-Y efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la
-ramada--que se cerraba por afuera,--entré al negocio por la del patio,
-y me encontré á Carolina que me estaba esperando.
-
---Ahora puede decirme--principié despacito, para quitarle los últimos
-recelos.
-
-Pero ya no había necesidad de tantas historias.
-
---Bueno, conversemos,--dijo muy seria.--Pero antes digamé la verdad...
-¿Usted se casaría conmigo?...
-
-Le iba á contestar, pero no me dejó.
-
---Soy un poco vieja y fea--siguió con una especie de coqueteo que hoy
-me da risa--pero lo quiero mucho, y como le dije hoy, podemos ser
-felices en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no,
-_¡niente!_
-
-Yo nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa
-no iba á aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara.
-
---¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será
-mi felicidá--le dije.
-
-Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los
-ojos medio llorosos.
-
---¡Bueno, bueno!--siguió.--Entonces yo le daré lo que quiera, y si no
-tiene inconveniente, mañana mismo se va á Pago Chico, á comprar todo lo
-que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones...
-
-Y como para ensartarme más de lo que estaba, me dijo que el negocio
-no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí
-cerca, arrendado á unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires,
-en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después.
-
---¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina!--le
-dije contentísimo.--¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté
-inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, á hacer las
-compras, á ver al cura, á buscar los padrinos y mandarme hacer una
-ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso.
-
- [Ilustración: Se rió muy contenta y me dió la mano.]
-
-Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité:
-
---¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á ser!...
-
-Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener
-un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban
-á dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy
-un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me
-ocurrió una idea macanuda!
-
---Mirá, hijita--le dije sobre el pucho:--como vos sos viuda y yo soy
-un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, afuera
-de lo que vos me das,--será mejor que tratemos de no dar que hablar
-á las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente,
-sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta
-bastante somos los dos...
-
---¿Y de ahí?--me preguntó medio alarmada.
-
---¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las
-amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el
-mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después,
-cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja,
-podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de
-nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...
-
---¡Hacé lo que querás!--me dijo por fin la gringa, que estaba más
-contenta que cuzco recién desatado.--Con tal de que nos case el cura,
-y nos eche la bendición adelante de los padrinos, á mí no me importa
-nada. ¡Hacé lo que querás!...
-
-
-
-
- VIII
-
-
-¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles
-lo del cura, que es realmente divertido, como que á mí mismo me dejó
-pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.
-
-Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco
-que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo
-y pensaba irse pronto á su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor,
-cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le
-lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos, y haga como
-el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá
-p'a ella». Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna
-estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un
-gran canalla, un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas
-por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no
-más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!...
-
-El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso,
-con unas manos peludas y como patas de carancho, ¡pero más gruesas,
-natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba
-sin afeitar de muchos días, así es que parecía--y era--¡un sucio! Yo
-no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca;
-pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la
-barba?...
-
-Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar y á bautizar, iba en un
-bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía,
-sino en la misma iglesia y á la hora de la misa, ó cuando había
-rosario, novenas, ó qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago,
-nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le
-llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque
-el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de
-él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no
-me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y
-el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando,
-bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!...
-Era cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las
-barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni
-el italiano sabía bien. Cuando fuí á hablar con él, estaba en la
-sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas
-sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.
-
---¿Qué vulite?--me preguntó.
-
---Yo, señor cura... venía... venía porque me voy á casar...
-
---¡Va bene! ¡va bene! Songo diechi nachonale... ¿É un qui se ne
-casa?... Bisoña pagá andichipate pei publicazione... amonestazione...
-¿Á mushash é de cá?... ¡Eh!... ¡vedite!... ¡diechi nachonale é poca
-roba!
-
---¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la ¿cómo se dice?
-¡ah! ¡sí! la despensa de las amonestaciones...
-
---¡Allora so tranta!
-
---Y que nos casara en casa de la novia...
-
---Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.
-
---¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta
-pesos... Pero, ¿y cuándo nos podrá casar?
-
---Cuanne vulite... ¿E qui é á compromesa?
-
---¿La qué, dice?
-
---La mushás...
-
---¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la
-Polvadera...
-
---Va bene, va bene.
-
-Y el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio
-riéndose, se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa
-de la chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oir...
-
-¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy
-á hacer hablar en castilla.
-
---¿Pero usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la
-parroquia?--me dijo.
-
-Al principio no le entendí lo que quería decirme y lo miré azorado.
-
---¿Por qué me dice eso?--le pregunté por fin.
-
---¿Eh?--me contestó el muy sinvergüenza.--Porque hay algunos que
-quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el
-libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se
-lo doy para que lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir nada, eh?
-
---¡Qué esperanzas, padre!
-
---¿De veras?
-
---¡Mire: por éstas!
-
---Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es
-buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren, y la mujer no puede
-hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene
-que saberlo, porque es un secreto de la iglesia... y también es mucho
-más caro que el otro casamiento...
-
-¡Qué iba á tener permiso el cura picarón! Era una historia que había
-inventado para _far l'América_, y llenar pronto el bolsillo aunque
-se fuera al infierno derechito,--tantas ganas tenía de volverse á su
-tierra á comer pulenta y macarrones.
-
-Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse
-así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado
-por la cabeza engañar á la gringa, tan buena y tan cariñosa... El
-diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y
-como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina
-tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era una gran
-seguridad para mí, y le dije al cura:
-
---¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna?
-
---Trechento pesi.
-
---¿No puede algo menos?--le pregunté, porque para rebajar siempre hay
-tiempo.
-
---¡Ni un chentavo!... Y además, usté me va jurar, por el santo Dios y
-la santísima Virgen, ¡que no le va á decir nada á nadie, de mientras yo
-esté en _cuest'América_!...
-
---¡Qué quiere, padre! No puedo darle tanto... Y ni le pago, ni
-juro,--añadí, para obligarlo á rebajar.
-
-Él medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó á ver si me
-amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo
-regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy
-haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta
-pesos, le dije:
-
---Bueno, le pagaré y juraré,--pegándole una palmadita en la panza,
-porque ya le había perdido el respeto. ¡Y de no!
-
-Saqué el rollo que me había dado Carolina y me puse á contar. ¡Le
-vieran los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata!
-
-Cuando le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho,
-de medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió á
-contar. Se alzó la sotana y se los metió bien al fondo del bolsillo del
-pantalón que tenía abajo, como para que no se le escapasen.
-
-¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si
-fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó un
-poco y me dijo:
-
---Bueno, ahora vamos á jurar.
-
-Me llevó á la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar
-enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió:
-
---¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen,
-no decir nunca á nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago
-Chico y en América?
-
---¡Sí, juro!--contesté fuerte.
-
---¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta
-cruz, y jure otra vez!... ¡Y si falta al juramento, los diablos lo
-perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!...
-
-Puse la mano como él decía, y volví á jurar.
-
---¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir
-no más.
-
---Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no le parece?
-
---¡Benissimo! á la nove, ¿no?
-
---Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos?
-
---¡Eh! ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de
-casamiento no se prechisa!...
-
-
-
-
- IX
-
-
-Figúrense lo contento que me iría á comprar los muebles, aunque
-hubiesen mermado tanto los pesitos que me dió la gringa Carolina. Los
-gasté todos y todavía quedé debiendo á nombre de la gringa, para pagar
-á los dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme,
-porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos
-me la achacaban de querida á la gringa. ¡La gente es tan mala!...
-
-¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y
-salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda medio adivina
-que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y
-de pañuelo colorado en la cabeza.
-
-Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de
-volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza,
-que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba,
-unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban á los lados de
-la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del
-finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío...
-
-El cura, que fué en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus
-jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la
-firmó él también, salió al patio conmigo, me dió el papel sin que nadie
-lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo,
-gritando:
-
---¡Eh! ¡Que siano feliche!...
-
- [Ilustración: --¡Eh! ¡Que siano feliche!]
-
-No se quedó á comer como lo había invitado Carolina--y eso que era un
-gran tragaldabas,--seguramente porque en el Pago no se fuera á maliciar
-la cosa del casorio falluto.
-
-Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas
-más...
-
-Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una
-cenita de regular arriba,--y los cuatro,--yo, ella, ño Cipriano y
-la parda,--nos sentamos á comer y á chupar en grande. ¡No, si era
-chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento
-á leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se
-puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... Á los postres ño
-Cipriano, para rematar la fiesta se le prendió á la caña de durazno y
-soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, ¡que tuvimos que
-llevarlo al galpón entre los tres!...
-
---¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!--decía la parda,
-trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca.
-
-Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo
-que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había
-soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecirla á ella y á
-mí, y que ésa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que
-también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido...
-¡Miren la parda ladina!...
-
-La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella
-noche,--y si no ¡jueguenlé risa no más! ¡después de andar galgueando
-tanto tiempo!--le regaló efectivamente las gallinas y el generito y
-hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué
-contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.
-
-Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada
-del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta.
-
---¿Y á quién l'he d'ecir?--me contestó,--si pronto vo á dirme del
-pago!...
-
-Y era verdad, porque á los dos meses se fué.
-
-Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando
-¡zás-trás! ¡no faltó quien viniera á descomponer el baile! En esta vida
-no hay fiesta completa.
-
-Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el
-sol ya estuviese alto. Al principio no nos fijamos, pero Carolina me
-preguntó de repente:
-
---¿Che, lo has visto al viejo?
-
---No, ¿y vos?--le contesté.
-
---Yo tampoco.
-
---Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.
-
---¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si
-no le ha pasado algo!...
-
---Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos á ver.
-
-Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos encontramos al viejo ño
-Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara
-color violeta, y frío, helado. Carolina, asustada, comenzó á darle
-_fletaciones_, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la
-mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso á llorar
-como una Magdalena.
-
---Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo?--le pregunté.
-
---Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además...
-
---¿Además, qué?
-
---¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué
-casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!...
-
---¡Bah! ¡no seas pava!--le dije, enojado.--¡Ño Cipriano estaba muy
-viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere
-decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso,
-acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa!
-
-Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre,
-y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de
-agüerías!
-
-Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. Á la tarde se
-presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico
-de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á
-preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano
-en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con
-Carolina, todavía más triste y asustada.
-
---¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡_Maledetta sorte!_
-
-Y volvió á llorar á sollozos.
-
---¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto misia
-Carolina, que eso es de criaturas,--le dije en broma.--¡Para lo que va
-á sufrir ño Cipriano con que le anden adentro á estas horas! ¡Vaya!
-vamos á tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar
-estorbando á los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta,
-pero ahora vamos á ver si comemos, ¡y bien!
-
-¿No les parece natural? ¡Natural!
-
-Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar, comimos después de cerrar
-la pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta
-milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día,
-principió la vidorria y la farra, después de enterrar á ño Cipriano que
-resultó bien muerto y sin culpa de nadie.
-
-Los amigos--y ya tenía una punta--caían como moscas á La Polvadera y
-yo los obsequiaba lo mejor que podía.
-
-Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa.
-Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos
-jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta
-dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.
-
-En la taba y las riñas, el comisario--que me había dado permiso,
-aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,--no se
-llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido
-perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también.
-
-Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar.
-
---¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había
-de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona
-mía!
-
-Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa
-echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un
-sin fin de peloteras, pero ¡qué había de poder conmigo, ni qué se
-iba á poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡Á cada
-zafarrancho, yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de
-reserva era el que pagaba el pato!
-
-Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar
-bien el camino real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera,
-que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los
-domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía á veces
-presentarse á cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo,
-ni peleas--decía.
-
-¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el
-beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido,
-el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión á un
-tiempo.
-
-Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fué mi perdición...
-
-Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas!
-culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara
-primero y ¡á pagar! Al truco ¡parecía cosa del diablo! los compañeros
-me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres
-de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía
-el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba
-el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me
-resultaban juidos, tenían que clavar el pico á las primeras de cambio.
-«¡Pucha que había sido mulita, amigo!»--me sabían decir los camaradas.
-Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y
-buscaba el desquite como un toro furioso.
-
-Y como de uvita á uvita se acaba un parral, los pesos volaban que
-era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo
-zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica,
-delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso
-que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo
-rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo donde no me vieran.
-Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos
-amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me
-habían de ganar ni por chiripa!
-
-Carolina á todo esto, viendo que la platita se le iba como el agua de
-una tina sin arcos, comenzó á armarme camorra peor que nunca.
-
---¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi
-_trabaco_, canalla!--me decía medio rabiando, medio llorando.
-
-Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.
-
---¡Dejáme en paz! ¡sos una gringa de porra! ¡No me incomodés que te
-puede costar muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero! ¿eh? ¿me has
-entendido?... ¡Si no te callás, te va á pesar!
-
-¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me
-había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...
-
-Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde no la iba á encontrar yo,
-cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte ó hacer un
-truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y
-maldecía primero, y después se metía á llorar en un rincón.
-
---¡No es por la plata! ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me
-querés y que no pensás en mañana!
-
---Dejá, hijita--le contestaba yo entonces, amansado por sus
-lloriqueos.--¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijás, sonsa! ¡si
-hemos de ser muy felices!
-
---¡Ah, Madona, Madona mía!--suspiraba la gringa.
-
-...En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté
-á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo
-conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus
-patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso.
-
-Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé,
-le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía
-el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero
-viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que
-á la hora de las carreras cayese montándolo, á la pulpería. El peón se
-llevó el parejero.
-
---Hoy voy á correr con el zaino,--le dije á Carolina.
-
---Dejáte de esas cosas--me contestó.--¡Qué carreras, ni carreras! El
-juego es la perdición del cristiano.
-
---¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido,
-lo van á tomar por un sotreta, ¡y ya verás la ponchada de pesos que nos
-ganamos!
-
---Prometéme, al menos,--dijo la gringa, aprovechándose al verme
-blandito;--prometéme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas á
-volver á jugar.
-
---¡Mirá, por éstas!--le contesté besando la cruz de los dedos...
-
-
-
-
- X
-
-
-¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se
-llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo.
-Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto
-para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó
-el peón con mi zaino.
-
-Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un
-tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía
-ni para empezar.
-
-Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada,
-y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el
-pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para
-que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta
-puñaladas y tajos si á mal no venía.
-
---¡Lindo su tordillo!--le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era
-hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.--¡Lástima que se
-haya puesto tan gordo!
-
---¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse
-al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...
-
-¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago,
-preparándolo.
-
---¡Bah!--le volví á decir para calentarlo más.--En cuanto principian á
-echar panza...
-
-Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.
-
---¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle
-la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,--siguió
-gritando:--¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?
-
-Muchos se acercaron y nos rodearon.
-
---En ese estau del caballo,--le contesté sobre el pucho, medio
-riéndome,--yo le corro con cualquier maceta.
-
---¡Oiganlé! ¿Y con cuál?
-
---Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?
-
---¡Cómo no!--contestó el peón que lo había llevado.--¡Corra no más!
-
-Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un
-poquito.
-
---Este mancarrón no es lo que parece,--me dijo.--¡Á mí con l'uña!
-Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!
-
---¿Por los cien pesos?
-
---¡Y entonces!
-
---¡Depositemos!
-
---¿Depositemos? ¡Avise, compadre!--rezongó, revolviéndome los ojos.
-
-Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca,
-desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y
-el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!
-
-El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á
-sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos
-que sabían la cosa, de consiguiente.
-
-El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos,
-y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza,
-después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras
-venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le
-iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía
-la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo
-llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando
-¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete
-pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un
-refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...
-
-Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El
-paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la
-carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario
-Barraba, la cosa hubiera acabado mal.
-
-Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me
-dió una rabia!...
-
-En cuanto me alcanzó--yo iba á juntarme con los otros frente á la
-pulpería, cabrestiando al zaino rengo,--no pude más y le grité:
-
---¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna
-gran!...
-
-Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás
-para desenvainar también.
-
-Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante
-delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo.
-Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había
-que hacer la pata ancha...
-
-Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las
-papas quemaban, compañeros!...
-
---Á la larga no hay cotejo,--me gritaba Contreras, bailándome alrededor
-y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.
-
-Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el
-bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y
-chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro!
-le arranca el cuchillo de la mano.
-
---¡Y ustedes lo _decan_, y ustedes lo _decan_!--les gritaba á los
-mirones.
-
- [Ilustración: Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme.]
-
-Los gauchos nos rodearon, desapartándonos y recién entonces se
-acercó el comisario Barraba. Yo había hecho la chambonada de no decirle
-la cosa del zaino, y él le jugó al tordillo... ¡Se necesita andar en la
-mala!...
-
-Contreras, y la mayor parte de los paisanos alegaban que el tordillo
-había ganado en buena ley, y que la rodada fué porque el zaino
-mancarrón, flojo de patas, no era para correr... El juez de la carrera
-se desgañitaba al cuete; no le llevaban el apunte, ni á mí, ni á mis
-amigos tampoco.
-
---¡Qué resuelva el señor Comisario!--gritaron algunos, de repente.
-
---¡Sí, eso es!... ¡eso es!--rebuznaron todos los que habían jugado al
-tordillo.
-
-El gran pillo de Barraba dió la sentencia:
-
---La carrera es legal. ¡Ha ganau Contreras!
-
-Contra la fuerza no hay resistencia.
-
---Pero, señor comisario...--principié.
-
---¡Calláte y pelá! Tenés que pagar á todo el mundo.
-
-Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los
-últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...
-
-Carolina me miraba con los ojos saltones y de veras que la cosa no era
-para menos.
-
---¡Mi alma! ¡te debo la vida!--le dije.
-
---¡Sí, sí!--contestó medio llorando.--¡Pero no _cugués_, _no cugués_
-más, por Dios!
-
---¡Sí, perdé cuidau!
-
-Y me puse á despachar copas y á chupar yo también, para olvidarme de
-tanta pena, y ¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y empecé á las
-convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte!
-
---¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!
-
-Y al ratito, no más, dale, otra vuelta y otra...
-
---¿Qué gustan servirse, caballeros?
-
-Carolina se había puesto furiosa.
-
---¡Ma!... ¡Ma!...--me decía atorada de rabia.
-
---La patrona está llamando á la mama, decía un paisano.
-
---¡Ó á la ma... múa del patrón!--retrucó otro.
-
-¡Después, nunca me pude acordar!--Creo que hubo payada y baile, y que
-repartí cuanto había de comer y de chupar en la casa.
-
-Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando. Pero también, ¡qué
-farra!...
-
-Á la otra mañana, me encontré tirado en un zanjón que había junto al
-palenque. Se me está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo fuí á
-parar á semejante cama. ¡Cuando uno agarra uno de esos de P. P. y W.!...
-
-La gringa estaba encerrada en su cuarto, no me quería abrir ni á cañón,
-y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada.
-Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó que me ablandé,
-y le prometí que aquélla era la _última vez_, y le dije que me iba
-á poner á trabajar de veras, como un burro si era necesario, para
-desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver á pensar en
-jugar, ni en gallos, ni en carreras.
-
---¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida?--le dije--porque si no
-sos vos, ¡Contreras me achuraba!...
-
-Pero el hombre propone y Dios dispone...
-
-¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por
-tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos
-por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre,
-caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará
-que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones,--de las
-que no había desembuchado por lo menos--para dar satisfacción á lo que
-le tiraba más.
-
-Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse á tiempo,
-ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana á lo mosca
-muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no!
-
-Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en
-los duelos, á vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que
-hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen, no parece tan malo y nadie
-les saca el cuero...
-
-En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir cómo le va!--El caso es,
-que el droguis y la jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo,
-y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo
-me aprovechaba como á una criatura! Así se fué, detrás de la platita
-guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día,
-santo Dios! La gringa,--¿querrán creer?--hasta me arañó la cara, que
-anduve una punta de días medio cebruno...
-
---¡Mirá, gringa!--le grité--¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos
-pensado, ya verás!...
-
-Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de
-que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme
-de la pulpería... y ¡como un poste!
-
---¡Si yo hubiera sabido!--gritaba la gringa.--¡Si yo hubiera sabido!
-_¡porca la...!_
-
-Y se agarraba los pelos. Pero firmó...
-
-¿Á qué decirles que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por
-un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma
-palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba
-muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto
-bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus
-lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir
-barranca abajo...
-
-Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y
-principié á medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad: el
-ginebrón y las barajas, con la yapa de la taba y los gallos, hicieron
-que de repente comenzaran á llover demandas y más demandas, toda una
-papelería. El aguacil no hacía más que viajar del Pago á la Polvadera,
-como conchabado... Y no teníamos adónde buscar madre que nos envolviera
-¡ni el zaino, que de la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces
-me acordé de lo que sabía decir el viejo ño Cipriano:
-
---¿Ande irá el güay?, ¡que nu are!
-
-La desgracia me había perseguido siempre, ¿por qué me había de dejar
-entonces?
-
-Carolina comprendió que estábamos más fregados que unos atorrantes,
-que nos iban á vender la pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni
-un cobre, y un día me armó una zafacoca. ¡Cristo santo! ¡ni me quiero
-acordar!... Cebada con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y
-principió á darme de garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una
-paliza!... ¡Á mí!...
-
-¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de
-lastimarla; y sólo cuando me vió con él en la mano, se me separó, pero
-saltándosele los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había
-visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!...
-
---¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debés
-la vida? Devolvéme mi plata, ¡_birbante_, _canaglia_!
-
-Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta
-zurrándome como á una criatura?
-
---¡Mirá, Carolina!--le dije sin soltar el cuchillo.--Yo ahora mismo me
-mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!
-
-Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome.
-
---¡Qué! ¿Te pensás ir?, ¡Madona, después de haberme dejado desnuda y
-en la calle, canalla, sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, _per Dio_! sos mi
-marido, y tenés que quedarte aquí, á _trabacar_ como yo, _porca la_...
-
-Yo me reía á carcajadas.
-
---¿Y quién te ha dicho que soy tu marido?--le dije--¡Pues no hay tal!
-No sos más que mi querida.
-
---¡Mentís, canalla!
-
---¿Que es mentira? ¡Sí! andá preguntaseló al cura y verás...
-
---El cura Papagna...
-
---¡Qué! tu nápolis se ha ido hace un mes á _mangiar macaroni_ en tu
-tierra... Andá, preguntaseló al nuevo, si hay apunte de tu casamiento
-en la iglesia...
-
-Me miraba con tamaña boca abierta, sin querer creer lo que le decía...
-De repente, le pareció que debía ser cierto... Asustada, desesperada,
-loca, salió corriendo. Vi que se largaba á pie camino del Pago, en
-cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría á averiguar...
-
-Yo saqué los pocos pesos que por casualidad había en el cajón, ensillé
-el maceta, ¡y si te he visto no me acuerdo! Agarré para otro lado,
-después de hacer pedazos el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito
-de que no me iban á perseguir... ¡Qué! ¿y se afligen por tan poco?...
-Pero fíjense, y verán que era muchísimo mejor para mí... y también para
-Carolina...
-
-¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que estaba perfectamente; de
-enfermera en el hospital del Pago.
-
-
- Buenos Aires, 1905.
-
-
-
-
-
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-
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