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Galia, MWS, Sanly Bowitts and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_. - -Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la -presente edición de esta obra fue publicada, en 1906, eran diferentes a -las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, -fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", -"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido -respetado. - -El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos. -Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los -personajes en un lenguaje con expresiones y manerismos que son típicos del -interior de la Argentina. - -Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta -transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia -Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar -el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el -Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público. - -El Índice de capítulos presentado al principio de la obra ha sido -construido por el Transcriptor. - - * * * * * - - - - - ROBERTO PAYRÓ - - EL CASAMIENTO DE LAUCHA - - - [Ilustración] - - BUENOS AIRES - - COMPAÑÍA SUD-AMERICANA DE BILLETES DE BANCO - - Calle Chile, 263 y Cangallo, 557-59 - - 1906 - - - - - ÍNDICE - Pág. - - Introducción 5 - - I 7 - - II 11 - - III 17 - - IV 25 - - V 35 - - VI 43 - - VII 55 - - VIII 67 - - IX 77 - - X 95 - - - - - INTRODUCCIÓN - - -El nombre de Laucha,--apodo y no apellido--le sentaba á las mil -maravillas. - -Era pequeñito, delgado, receloso, móvil; la boca parecía un hociquillo -orlado de poco y rígido bigote; los ojos negros, como cuentas de -azabache, algo saltones, sin blanco casi, añadían á la semejanza, -completada por la cara angostita, la frente fugitiva y estrecha, el -cabello descolorido, arratonado... - -Laucha era, por otra parte, su único nombre posible. Laucha le llamaron -cuando niño en la provincia del interior donde naciera; Laucha -comenzaron á apodarle después, allí donde lo llevó la suerte de su -vida, desde temprano aventurera; por Laucha se le conoció en Buenos -Aires, llegado apenas, sin que á nadie se pudiese atribuir la invención -del sobrenombre, y Laucha le han dicho grandes y pequeños durante un -período de treinta y un años, desde que cumplió los cinco, hasta que -murió á los treinta y seis... - -De sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su -vida, y, en estas páginas me he esforzado por reproducirla tal como se -la escuché. Desgraciadamente Laucha ya no está aquí para corregirme, -si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de la verdad -muchos centímetros. - - * * * * * - - - - - I - - -Pues, señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y -Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba á entender, unas -veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de -repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una ciudad, -allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre pobre, siempre -rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin plata,--comencé por -fin á temar con que puede ser que me fuera mejor en Buenos Aires, en -donde nunca me podría ir peor, porque esas provincias nunca son buenas -para hombres así, como yo, sin un peso, ni mucha letra menuda, ni mucha -fuerza... ni muchas ganas de trabajar tampoco... Y tanto temí, que al -fin resolví largarme y principié á hacer economías de á centavo--¡yo -que nunca había juntado plata!--hasta que reuní todo lo que necesitaba -para el viaje... lo preciso y nada más. - -No he de contar los milagros y otras vivezas que tuve que hacer para -juntar la platita: ya se lo imaginarán, y de no, poco importa. El caso -es que un día me acomodé en el tren,--claro que en segunda, ¡porque -no había boleto de perro!--llegué hasta Córdoba, subí al Central -Argentino, y en el Rosario me embarqué para Campana en el vapor de la -carrera, porque la cosa salía más barata... Campana era entonces el -puerto de salida y de llegada de los vapores del Paraná, y ahí mismo se -tomaba el tren para Buenos Aires. - -Desembarqué con mi equipaje, que era un poncho grueso de lana, criollo, -de los tejidos á lleno de colorines, y que le había ganado á la taba á -un peón catamarqueño en Tucumán: se lo había hecho la mujer qué sé yo -en qué punta de años... - -¡Ah! ya había volado hasta el último cobre en las comidas y copetines -del viaje, así es que me encontré en Campana con que para seguir á -Buenos Aires tenía que empeñar ó vender alguna prenda... y á no ser el -poncho... Creerán que esto no tiene nada que ver con mi casamiento; -pero esperen un poco... La miseria, como buena vieja brava, hace con el -hombre lo que se le antoja... Á mí me hizo llegar hasta el casorio, ya -verán... - - - - - II - - -Bueno, pues, anduve de tienda en tienda queriendo vender el poncho -y sacar boleto con la platita, pero sin suerte porque no encontraba -ningún aficionado. - ---Esos ponchos no se usan por acá,--me decía uno. - ---Ya tengo demasiados ponchos--me decía otro. - ---No compro ropa usada,--me gritó furioso un tendero gallego que no -tenía más que clavos del tiempo de ñaupa. - -Por fin un bolichero me dió por él cuatro nacionales,--y digo -nacionales porque ya habían cambiado la moneda corriente, tan linda y -tan rendidora. - -El boleto de segunda de Campana á Buenos Aires valía entonces alrededor -de peso y medio ó dos pesos, y no como ahora que cobran cerca de cinco. -Así es que yo estaba bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito -catamarqueño... Pero mi maldita suerte, que no me va á dejar en la -pucha vida, quiso que mientras andaba entretenido en el cambalache del -poncho, el tren se mandara mudar sin esperarme... ya ven, no tenía -reloj, y aunque tuviera no me iba á ir sin boleto y sin plata. - -Lo peor es que para ese tiempo no había más que un tren al día, y me -tuve que quedar en Campana, y comer y dormir en un bodegón y posada en -que sabían parar los reseros que llevaban hacienda para el saladero, -que después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio, -así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina! - -Á la noche anduve ronciando la mesa de los reseros, que despuntaban el -vicio al mus. Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte--cinco pesos -la caja... ¡Figúrense! yo no iba á pedir media caja, está claro... Me -quedé con las ganas y me fuí á dormir. - -Al otro día me clavé en la estación media hora antes que el tren... y -no lo perdí esa vez. Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar de mi -suerte perra! Bajé en una estación para tomar una copa, y cuando acordé -el tren iba pita que te pita, ¡á cinco cuadras! - -No, no se me rían: no estaba ni alegrón siquiera, aunque otro pasajero -llevaba un frasco de ginebra marca Llave (que no es como la de ahora) -y de vez en cuando me convidara á pegarle un beso... ¡Bueno, bueno! -sea como sea, el caso es que me quedé en la estación Benavídez, que no -tenía, ¡qué iba á tener! ni sombra de los pobladores que tiene hoy. -Volví bastante tristón á la pulpería de frente al tren, donde había -estado antes, y que era un boliche con cuatro botellas locas, un queso -viejo del país, un pedazo de dulce de membrillo amohosado, y media -docena de salchichones entre una pila de cajas de sardinas... - -Me puse á conversar con el pulpero, y al rato éramos amigotes. Lo -convidé con una copa--porque todavía me quedaban unos centavos,--y -cuando le hablé de lo pobre y apurado que estaba, me dijo que por las -chacras de ahí cerca andaban necesitando peones para el maíz y que era -fácil que me conchabaran si no era muy mulita y no me rendía de estarme -al sol el día en peso. Yo, la verdad, no he nacido sino para trabajos -de escritorio, de ésos de no hacer nada, sentadito á la sombra,--pero -la necesidad tiene cara de hereje, y ese mismo día me conchabé con un -chacarero que, del partido de las Conchas, donde está la estación -Benavídez, me llevó para el Pilar, á recoger maíz. - -¡Qué quieren! Á los dos días ya no podía más, charqueado por el sol, y -trasijado por el trabajo bruto. Le cobré los dos jornales al chacarero, -que me raboneó unos cuantos centavos como buen gringo, me largué á -Belén, que estaba cerquita, á buscar otro acomodo más conveniente, y -ahí fué donde empezó el baile... ó donde siguió, porque ya hacía rato -que había principiado... - -No hice huesos viejos en Belén. Antes de la semana ya me había ido sin -rumbo, y seguí de pueblo en pueblo y de chacra en estancia, alejándome -cada vez más de Buenos Aires, como si en mi perra vida hubiera pensado -ver á los porteños. Válgale á la suerte que juega con el hombre como el -viento con la paja voladora. - - - - - III - - -Una mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste, -matando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse á conversarle -al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo, -del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador -y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin -trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo -conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula... - ---¿Para dónde va ese camino?--le pregunté entre otras cosas al pulpero, -mostrándole con la zurda--en la otra tenía el vaso,--una huella que -agarraba para el sur. - ---Á Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va -á dar á la misma estación del ferrocarril del Pago... - -Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, -por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en -cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra -legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas -á pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna -carreta ó algún carro que me llevara. - ---No, amigo, me contestó:--esas huellas son de las tropas que pasaban -antes con lana para Buenos Aires, pero desde hace un año ya no andan, -porque todo se lo lleva el tren. - ---¡Caramba, amigo, qué lástima! - - [Ilustración: --¿Para dónde va ese camino?--le pregunté.] - ---¡Mire qué casualidad!--siguió el pulpero al ratito.--¡No me acordaba, -hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va á venir -la jardinera del almacén del pueblo que trae surtido para todas las -esquinas del camino al Pago, y para mi casa también. - ---¿Y de ahí? - ---El repartidor lo llevará, si se le hace amigo. - ---¡Oh!, ¿y cómo no? Lo voy á esperar no más, porque de veras que tengo -muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no? - ---Bastante. - ---¿Y tiene escritorios y tiendas? - ---¡Ya lo creo! - ---¡Magnífico! - -Y me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen -gallego acriollado, hasta que á eso de la diez de la mañana, apareció -sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio -entre el verde del campo. - ---¿Ve eso?--me preguntó el pulpero.--¿Y sabe lo que es? - ---¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el -almacenero... - ---Por eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y á -más, si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con -él... - -Con esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré -provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, -fósforos, y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos -cuartas de vino carlón... - -Llegó el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un -poco de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho -el pulpero. - -El hombre era conversador, yo nunca he sido manco, así es que la charla -empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital -de adentro. - -Volvía de vacío, los caballos eran buenos, obscurecía tarde, y de -consiguiente podíamos llegar ese mismo día á Pago Chico. - -Le conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España: siempre -detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo, hasta que lo -hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija, trotando en la -jardinera y tardándose dos y tres días para volver al Pago. Cuando le -hablé que buscaba conchabo, me dijo: - ---Si usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo -dejaré á una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina, que -allí encontrará en qué pichulear algo. - ---¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de -trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora... - ---Entonces, doña Carolina anda buscando un dependiente que le -convenga... Pero es muy delicada, y una punta han tenido que volverse -sin que los tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos -modos, usted encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de -los Torres, y siempre necesitan peones. - -Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato -despertándome con los barquinazos; volvimos á charlar, á fumar, á tomar -unos traguitos; por fin, á la tardecita llegamos al destino de que -hablaba el hombre, y nos apeamos. - - - - - IV - - -La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un -poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran -reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni -menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué -sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde ó la mañana. - -Entramos á la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció -una mujer de más de treinta años,--después supe que tenía treinta y -cuatro,--bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y -ojos obscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era -italiana. - ---Doña Carolina,--le dijo el repartidor--aquí le traigo un forastero -que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he -dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece? - ---Sí,--contestó la mujer, mirándome con atención;--si se queda por acá, -luego ó mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres... Lo -pueden conchabar... - ---Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo -vivo y capaz de ayudarla. - ---¡Oh, yo!--dijo la gringa suspirando,--ya no pienso en eso. Se me ha -ido la idea. - ---No importa,--le dije,--me quedaré á esperar á los de Torres. Y, -de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy -galgueando de sed, y este compañero no le digo nada. - -Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió -porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé á la espera, -mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito -de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante, -salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo -en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan -viejo y galleta. - -Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras -de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos -más, pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, -bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, -chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué -sé yo qué cosas más. - -La casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un -cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, á unas -diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra pisoteada, -que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón más chico, -pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con una llanta -de carro, y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué sentarse, pero -era la _comodidad_ de los forasteros que se quedaban á dormir en el -negocio. Eso no es nada para cualquier hombre de campo, que arma cama -con el recado; pero yo, sin más que lo puesto, ni una pilcha para -abrigo, lo iba á pasar muy mal si no llegaban á tiempo los de Torres... - -Me llamó muchísimo la atención no ver á nadie más que á doña Carolina, -ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que -andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco ó seis guachitos y -un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejón y manso y de la -silla de doña Carolina. - -Afuera de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de -moscas revoloteaban al rededor, mientras que otras, paradas, estaban -acresándolo. Pero de balde miré á todos lados á ver si había gente: no -vi á nadie. - ---¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad?--pensé.--Los -perros no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y -después á ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser -guapa!... Sólo que la gente haya ido al pueblo... - -Ya me empezaba á interesar la gringa, así es que me volví á las casas y -le pregunté: - ---Perdone, misia Carolina; pero ¿usted está sola aquí, en esta casa? - ---Sí,--me contestó--no somos más que yo, y un viejito que está ahí, en -el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco. - ---¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del -pueblo, en esta soledad? Porque el viejo poco ha de servir para -compañía... - ---¡Así es, el pobre ya está muy viejo!... Y aunque yo tengo una -escopeta, y soy capaz de usarla, á veces me da miedo... Por eso pensaba -tomar alguno para que me acompañara y me ayudara á despachar... ¡pero, -qué quiere!... - -Al decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó -callada. - ---¿Y por qué no lo ha hecho?--le pregunté por fin. - ---¡Eh! ¡por qué! por qué... Porque los que querían conchabarse no me -convenían... y como no puedo pagar más que quince pesos al mes... Por -ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque se -les dé la casa y la comida... - -Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije: - ---¿Y yo también soy de los que no sirven? - ---¡Oh!, ¡usted no!--me contestó mirándome á los ojos. - ---¿Y entonces? ¿no le dijo mi amigo el repartidor?... - ---Sí, son cosas que se dicen, y después... - ---Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por -esa plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... -Lo que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más -conocido que el repartidor... - -Doña Carolina me volvió á mirar un rato, sin abrir la boca, como para -verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé, -pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo á las mujeres. -¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que á doña -Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo: - ---¡Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque -usted no tiene laya de ser mala persona, al contrario!... Pero, ¡qué ha -de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos ó -tres pesos diarios, cuando menos! - -Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que -no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para -no morirme de hambre desde que principié á andar en la mala y perdí -lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos -Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir; -que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras -y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que -volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento -de los que no se empardan; y ella me escuchaba con mucho interés y -atención: hasta me parece que lagrimeó un poco... - -En esto, entraron unos carreros á tomar la copa y yo me salí para el -patio. - -Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me -chistó: - ---Bueno--me dijo,--si quiere, quédese aquí unos días para probar... - ---¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la -vida!--dije entusiasmado. - ---¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y -después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de -ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le -prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape. - -Ahí no más cepillé un gato de puro contento. - - - - - V - - -Cuando volví á salir al patio ya era casi noche, y me encontré al viejo -de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un -cigarro negro, sentado en una cabeza de vaca, á la puerta del galpón, -por la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo -terrible que no dejaba divisar las paredes. - ---¿Tomando el fresco, paisano?--le pregunté, para entrar en -conversación. - ---Ansina mesmo es, don--me contestó;--demientras se calienta l'agua y -medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar y prenderle á un verde? - ---Con mucho gusto, amigo don... - ---Cipriano, p'a servirlo,--añadió el viejo, que se sacó el pucho negro -de la boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se acabara -tan pronto. - -Entramos en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas -y chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía -lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de ollín; al lado estaba la -enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá, entre -la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con vejiga. -Al calor de la llama, se iba asando un pedazo de carne de la que vi -colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El viejo era -amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y -comenzamos á matear y á menearle taba. - ---¿Y p'ande va, amigo?--me preguntó don Cipriano, brindándome un -amargo.--Porque usted no es del Pago, ¿no? - ---No; no soy del Pago, pero voy á ser--le dije. - ---¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la -pregunta. - ---Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la patrona. - ---¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita, dende que murió el finao, -aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués -de haber tirao en yunta... Solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a -noria. - -Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la -agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta. -Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín: - ---¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted. - ---Se mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que no ve lo maceta -que mi han puesto los años... ¡Y cómo será cuando tuavía no gastábamos -más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda, y yo era -viejón y duro de coyunturas!... No friegue pues, mocito. - -Yo me eché á reir. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió -con los cuentos de la patrona. - ---Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina -anda como pan que no se vende. ¡Á esa moza--porqu'es moza tuavía,--le -falta algo, está claro! Y la verdá que anqu'es trabajadora y se -levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola, -pobrecita... - -Chupó tranquilamente el mate, y después siguió: - ---Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y -comiditas... - -Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... Á -mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no -vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre -por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito... - --—Me alegro de tener una patrona así,--le dije—-de ese modo me voy á -quedar aquí toda la vida. - -Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras -encendía un candil de sebo de carnero: - ---¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho -no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté -no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la -pobre, necesita compañía... Oigalé á este viejo que no ha visto al -ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y -aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui acabe de -asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué charrusco! También ya no sirvo -p'a otra cosa. - -Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo, pensando en lo que me -había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. -La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal á nadie, -y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos -pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido, -una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda... - ---Á naides ha querido conchabar de todos los que han venido á -ofrecerse,--dijo ño Cipriano.--Y si lo ha tomau á usté, es porque ya -tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo! - -Le iba á contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la -ramada: - ---¡Eh! ¡joven, eh! Venga aquí, haga el favor. - -Todavía no le había dicho mi nombre. - -Salí y fuí á la ramada. - ---¡No!,--gritó doña Carolina.--Entre nomás por el patio, que los dos -vamos á comer aquí adentro, en esta mesa. - -Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos, -pan con grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran -platazo de nueces y pasas. - ---Aquí se come á lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer -muchas cosas. - ---¡No diga, señora!--le contesté.--Si viera los gofios que he comido -todo este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no -pensaría eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito -de aguardiente, y otros, sin galleta... - ---¡Pobre mozo!--dijo doña Carolina, que se había puesto tristona, -y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo--Pero ahora, -siempre tendrá lo más preciso, porque aquí, gracias á Dios, nunca falta -que comer... - -Y aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos, -las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y -nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más, al -servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el -repartidor... - -¿Á qué contarles la conversación, mientras cenamos, ni lo alegre que me -acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y cueros -de carnero bien lavados y blandísimos?... ¡¡y hasta con sábanas!! - - - - - VI - - -Me levanté al alba, agarré una escoba y me puse á barrer la ramada y -el corredor de la casa, porque misia Carolina todavía estaba durmiendo -encerrada adentro. - -De repente se me apareció, me quitó la escoba de las manos, como si -estuviese muy enojada, y me dijo: - ---¡No quiero que haga eso! Más bien entre al negocio; arrégleme las -bebidas y después... ¿Sabe escribir? - ---¡Cómo no, señora! y tengo bastante linda letra. - ---Bueno, me alegro. Entonces, me va á poner en limpio la libreta de -cuentas. - ---¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo que me mande! Pero tampoco me -incomoda lo de barrer, así es que si usted quiere, puedo hacer las tres -cosas, porque las mañanas son muy largas todavía. - ---¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le iré á ayudar en seguida. - -¿Eh? ¿qué tal? ¿qué me dicen? Me parece que los primeros golpes estaban -bien dados, ¿eh? - -Entré al almacén, tomé mi mañana, más abundante y mejor que de -costumbre, y me puse á arreglar las botellas, que en su mayor parte -eran falsificadas en la licorería de Pago Chico y unas misturas -asquerosas. Al ver esto, se me ocurrió una invención que debía dar muy -buenos resultados. Cuando acabé con las botellas busqué una libreta -nueva, y principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto -manoseo, llena de garabatos y rayas y borrones. Escribí que era un -primor, y ya estaba acabando cuando entró misia Carolina, que se quedó -embobada al ver mi trabajo y me miró con admiración, casi con susto -de que me le fuera á ir. Para admirarla todavía más, le dije sobre el -pucho: - ---¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido? Que, como yo sé fabricar -coñac, hacer dos cuarterolas de vino de una sola, falsificar el biter, -el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo mismo que misturar la yerba -buena con la mala sin que se conozca--podemos hacer aquí todas esas -cosas. Usté ganaría muchísimo más que ahora, que está regalando la -platita al licorero falsificador de Pago Chico. - -Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió un poquito, pero no consintió -en seguida. - ---¡Eso es tan difícil! ¡se necesitan tantas cosas! - ---No crea, señora, con poco se hace. - ---No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo! - -Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me recostó en el -hombro, para volver á ver la primorosa libreta. - -Tan bien iban las cosas, que esa mañana el almuerzo fué mejor todavía -que la cena de la noche antes, porque, además de puchero, hubo gallina -con arroz, tortilla, mazamorra con leche y dulce de membrillo. La -patrona echaba el resto ó poco menos. - -Entonces principié la vida gorda, las grandes charlas y beberaje con -los marchantes, las jugadas al mus, al truco y á la taba, las payadas -y guitarreos, los viajes de todo un día, hasta el Pago, en el overo -maceta. - ---Diviertasé, divirtasé nomás,--decía misia Carolina,--que para eso es -joven; y mientras no me falte al trabajo... - -La verdad es que la gringa no hablaba del todo así, como he dicho yo. -Se conocía que era italiana, y decía _coven_, _trabaco_... Pero eso -no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba sin tener que pensar en -nada. ¿Qué importa la habla entonces? Yo también suelo ser fino cuando -quiero--¡oh! ¿y de no?--pero me gusta que todos me entiendan... - - [Ilustración: Pero yo ya le había ganado la voluntad y medio se me - recostó en el hombro.] - -Bueno, pues: como las cosas iban tan bien, me le animé á la gringa. -Ya hacía tiempo que la andaba pastoreando para eso, pero no hallaba -cómo principiar la declaración y me daba miedo de pegar una rodada... -En fin, aquella tardecita me dije: "Amigo Laucha," (Yo también me he -acostumbrado á lo de Laucha). "Amigo Laucha, lo que es de esta hecha, -que no se te escape". Y así fué nomás... - -Cuando ya estábamos acabando de comer, le busqué la vuelta y le dije: - ---¿Conque desde que enviudó, misia Carolina, ha estado solita... solita -y su alma? - -Le hablé con la voz tembleque y mirándola medio al soslayo. - ---¡Hace más de un año!--y suspiró la gringa. - -Yo aproveché la bolada: - ---¡Qué lástima, tan joven!--y en seguida le soplé, más despacito:--¡Y -tan hermosa! - -Á la verdad, doña Carolina no tenía entonces nada de fea, y era grande -y gorda, como á mí me gustan, puede ser por lo que soy así flacón y -bajito. - ---¡Qué quiere! ¡así son las cosas de la vida!--dijo suspirando otra -vez, y como si no hubiese oído el piropo.--Y sola y mi alma me he de -morir, porque ¿quién me va á querer á mí, vieja y fea como soy?... - -La gringa había esperado para retrucarme el cumplimiento, pero con toda -baquía me dejaba un juego lindazo para mis intenciones... y las de ella. - ---¡Señora!--le contesté, sobre el pucho y muy estirado,--usted -está en una posición mejor que la mía, que si no, y perdone el -atrevimiento,--yo me comprometería á hacerla feliz,--y que se olvidara -del finadito. Y ¿sabe por qué?... porque á gatas la vi, me fué muy -simpática, y hoy ya la quiero de alma... - -Doña Carolina se agachó al plato, como para seguir comiendo--pero no -comió,--y al rato me dijo despacio, como con miedo de que le hiciera -caso á lo que me decía: - ---No hablemos más de esas cosas. - -Yo me quedé callado, porque no había para qué estirar mucho la prima, -y era mejor pasar por corto de genio... Ella fué la que habló primero, -mientras estaba sirviendo el postre: - ---Cuentemé algo de lo suyo,... de su vida--me dijo.--Ya sabe que me -gusta mucho oirlo hablar. - ---¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora, misia Carolina!... Puras -penas no más... He sufrido mucho y no quisiera molestarla con mis -recuerdos... - ---Bueno,--contestó, medio afligida.--No quiero que se vuelva -á entristecer.--Y entusiasmándose, siguió:--Ya no ha de pasar -más penurias, porque no va á estar toda la vida conmigo como un -dependiente... Usté es trabajador, aunque le gusta divertirse á -veces... Lo voy á hacer entrar como socio: ya sabe que en este boliche -se gana platita. ¡Ya ve que todas las noches saco treinta ó treinta -y cinco pesos del cajón, y hay, también, que contar los fiados y las -libretas!... Pero, si usté mismo hace las bebidas, que son lo más caro, -tenemos que ganar mucho más. - ---¡Así es, señora!--le dije con los ojos como patacón. - ---Digamé entonces lo que necesita,--siguió ella,--y yo le daré la -plata, para que se vaya á Chivilcoy, ó al mismo Buenos Aires, si es -mejor, y se traiga todo... - ---¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de buena que es! ¡y créame, que -no favorece á un desagradecido! - -É hice la farsa de limpiarme los ojos con un pañuelo de seda -celeste,--¡ah criollo!--que ella me había regalado en los primeros días -y que tenía limpito y muy planchado. Después seguí: - ---¡Bueno, señora! me iré mañana mismo, si le parece, y con doscientos -pesos haré el viaje y compraré las cosas y las misturas que me hacen -falta. Y en un año, no habrá que comprarle al indino del licorero más -que la soda y la cerveza... - ---¡Está bueno! mañana mismo irá. - -Pensé acercármele al ver que le brillaban los ojos, pero en seguida me -pareció que quién sabe si no corcoveaba... - -Yo al fin, soy un poco corto de genio... ¡aunque no tanto!... - - - - - VII - - -Esa noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en -buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado -mucho á la gringa. ¡Ah! ¡me olvidaba! también me dijo: - ---Usté no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos -pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para -no andar con embrollos. - -Yo me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama, pero aunque -era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder pegar -los ojos. - -Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba con los huesos de punta -y con todo aprontado para el viaje... - -Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta -del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho -amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de -gusto, me dijo muy serio: - ---Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'á -dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, -pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas, -cuand'uno va, ya están de güelta. ¡No se me descuide, y se me quede di -á pie cuando ya está estribando! - -Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una -vez cada uno, á lo resero. Después me levanté para irme. - ---Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano. - ---Que le vaya bien y hasta la güelta mozo: no se tarde, que el güay -lerdo... ya sabe... - -Me fuí á despedir de la gringa que me dió tres ó cuatro sacudones de -manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había -ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado -de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y -me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el -tren... - -En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las -marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de -todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal -para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina -para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que -necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista» y sin -perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví á -Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como -le sabían decir á la casa de negocio. - -No se me da la gana decirles, cómo me recibió doña Carolina, pero les -aseguro que no fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí no llegaba -la broma todavía... - -Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse á hacer mis menjunjes, y de -ahí salió anís, coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé todo -el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso) -le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola -alcancé á hacer más de dos, como se lo había prometido á mi gringa. -Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé -licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos azul, -ginebra amarilla como de oro, biter de naranjas, verde y colorado, y un -licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros -sabían llevarle á la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo -lindo que era. - -La cosa resultó magnífica, y á los marchantes les gustaban más algunas -bebidas hechas por mí, que las legítimas--puede ser que porque eran más -fuertes.--Y decían al pedirlas: - ---¡Eh, mozo! una caña... de la que toma el patrón, ¡eh! - -Carolina estaba muerta de contenta y un día me dijo: - ---Usté tiene unas manos de ángel (decía _anquel_) y estamos ganando -mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un -joven (_coven_) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo -prometer que... que vamos á ser felices en todo sentido... - -Yo no había vuelto á hablarle del asunto serio, pero en todo aquel -tiempo, la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y -pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de caer, mi vida!» seguro de que no -se me iba á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le salí con esta -agachada: - ---¿Qué quiere decirme, señora, con _felices en todo sentido_? - -La gringa se desentendió, contestándome colorada: - ---Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le -diré la contestación... - -Yo hubiera bailado en una pata, de puro contento. - -Y efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la -ramada--que se cerraba por afuera,--entré al negocio por la del patio, -y me encontré á Carolina que me estaba esperando. - ---Ahora puede decirme--principié despacito, para quitarle los últimos -recelos. - -Pero ya no había necesidad de tantas historias. - ---Bueno, conversemos,--dijo muy seria.--Pero antes digamé la verdad... -¿Usted se casaría conmigo?... - -Le iba á contestar, pero no me dejó. - ---Soy un poco vieja y fea--siguió con una especie de coqueteo que hoy -me da risa--pero lo quiero mucho, y como le dije hoy, podemos ser -felices en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no, -_¡niente!_ - -Yo nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa -no iba á aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara. - ---¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será -mi felicidá--le dije. - -Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los -ojos medio llorosos. - ---¡Bueno, bueno!--siguió.--Entonces yo le daré lo que quiera, y si no -tiene inconveniente, mañana mismo se va á Pago Chico, á comprar todo lo -que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones... - -Y como para ensartarme más de lo que estaba, me dijo que el negocio -no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí -cerca, arrendado á unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires, -en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después. - ---¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina!--le -dije contentísimo.--¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté -inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, á hacer las -compras, á ver al cura, á buscar los padrinos y mandarme hacer una -ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso. - - [Ilustración: Se rió muy contenta y me dió la mano.] - -Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité: - ---¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á ser!... - -Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener -un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban -á dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy -un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me -ocurrió una idea macanuda! - ---Mirá, hijita--le dije sobre el pucho:--como vos sos viuda y yo soy -un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, afuera -de lo que vos me das,--será mejor que tratemos de no dar que hablar -á las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, -sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta -bastante somos los dos... - ---¿Y de ahí?--me preguntó medio alarmada. - ---¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las -amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el -mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, -cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja, -podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de -nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas... - ---¡Hacé lo que querás!--me dijo por fin la gringa, que estaba más -contenta que cuzco recién desatado.--Con tal de que nos case el cura, -y nos eche la bendición adelante de los padrinos, á mí no me importa -nada. ¡Hacé lo que querás!... - - - - - VIII - - -¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles -lo del cura, que es realmente divertido, como que á mí mismo me dejó -pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida. - -Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco -que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo -y pensaba irse pronto á su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, -cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le -lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos, y haga como -el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá -p'a ella». Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna -estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un -gran canalla, un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas -por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no -más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!... - -El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, -con unas manos peludas y como patas de carancho, ¡pero más gruesas, -natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba -sin afeitar de muchos días, así es que parecía--y era--¡un sucio! Yo -no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca; -pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la -barba?... - -Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar y á bautizar, iba en un -bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, -sino en la misma iglesia y á la hora de la misa, ó cuando había -rosario, novenas, ó qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago, -nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le -llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque -el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de -él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no -me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y -el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando, -bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!... -Era cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las -barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni -el italiano sabía bien. Cuando fuí á hablar con él, estaba en la -sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas -sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola. - ---¿Qué vulite?--me preguntó. - ---Yo, señor cura... venía... venía porque me voy á casar... - ---¡Va bene! ¡va bene! Songo diechi nachonale... ¿É un qui se ne -casa?... Bisoña pagá andichipate pei publicazione... amonestazione... -¿Á mushash é de cá?... ¡Eh!... ¡vedite!... ¡diechi nachonale é poca -roba! - ---¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la ¿cómo se dice? -¡ah! ¡sí! la despensa de las amonestaciones... - ---¡Allora so tranta! - ---Y que nos casara en casa de la novia... - ---Allora so sesanta... Un pozo fá de meno. - ---¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta -pesos... Pero, ¿y cuándo nos podrá casar? - ---Cuanne vulite... ¿E qui é á compromesa? - ---¿La qué, dice? - ---La mushás... - ---¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la -Polvadera... - ---Va bene, va bene. - -Y el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio -riéndose, se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa -de la chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oir... - -¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy -á hacer hablar en castilla. - ---¿Pero usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la -parroquia?--me dijo. - -Al principio no le entendí lo que quería decirme y lo miré azorado. - ---¿Por qué me dice eso?--le pregunté por fin. - ---¿Eh?--me contestó el muy sinvergüenza.--Porque hay algunos que -quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el -libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se -lo doy para que lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir nada, eh? - ---¡Qué esperanzas, padre! - ---¿De veras? - ---¡Mire: por éstas! - ---Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es -buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren, y la mujer no puede -hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene -que saberlo, porque es un secreto de la iglesia... y también es mucho -más caro que el otro casamiento... - -¡Qué iba á tener permiso el cura picarón! Era una historia que había -inventado para _far l'América_, y llenar pronto el bolsillo aunque -se fuera al infierno derechito,--tantas ganas tenía de volverse á su -tierra á comer pulenta y macarrones. - -Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse -así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado -por la cabeza engañar á la gringa, tan buena y tan cariñosa... El -diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y -como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina -tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era una gran -seguridad para mí, y le dije al cura: - ---¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna? - ---Trechento pesi. - ---¿No puede algo menos?--le pregunté, porque para rebajar siempre hay -tiempo. - ---¡Ni un chentavo!... Y además, usté me va jurar, por el santo Dios y -la santísima Virgen, ¡que no le va á decir nada á nadie, de mientras yo -esté en _cuest'América_!... - ---¡Qué quiere, padre! No puedo darle tanto... Y ni le pago, ni -juro,--añadí, para obligarlo á rebajar. - -Él medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó á ver si me -amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo -regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy -haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta -pesos, le dije: - ---Bueno, le pagaré y juraré,--pegándole una palmadita en la panza, -porque ya le había perdido el respeto. ¡Y de no! - -Saqué el rollo que me había dado Carolina y me puse á contar. ¡Le -vieran los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata! - -Cuando le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, -de medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió á -contar. Se alzó la sotana y se los metió bien al fondo del bolsillo del -pantalón que tenía abajo, como para que no se le escapasen. - -¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si -fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó un -poco y me dijo: - ---Bueno, ahora vamos á jurar. - -Me llevó á la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar -enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió: - ---¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, -no decir nunca á nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago -Chico y en América? - ---¡Sí, juro!--contesté fuerte. - ---¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta -cruz, y jure otra vez!... ¡Y si falta al juramento, los diablos lo -perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!... - -Puse la mano como él decía, y volví á jurar. - ---¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir -no más. - ---Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no le parece? - ---¡Benissimo! á la nove, ¿no? - ---Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos? - ---¡Eh! ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de -casamiento no se prechisa!... - - - - - IX - - -Figúrense lo contento que me iría á comprar los muebles, aunque -hubiesen mermado tanto los pesitos que me dió la gringa Carolina. Los -gasté todos y todavía quedé debiendo á nombre de la gringa, para pagar -á los dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, -porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos -me la achacaban de querida á la gringa. ¡La gente es tan mala!... - -¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y -salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda medio adivina -que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y -de pañuelo colorado en la cabeza. - -Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de -volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, -que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba, -unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban á los lados de -la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del -finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío... - -El cura, que fué en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus -jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la -firmó él también, salió al patio conmigo, me dió el papel sin que nadie -lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, -gritando: - ---¡Eh! ¡Que siano feliche!... - - [Ilustración: --¡Eh! ¡Que siano feliche!] - -No se quedó á comer como lo había invitado Carolina--y eso que era un -gran tragaldabas,--seguramente porque en el Pago no se fuera á maliciar -la cosa del casorio falluto. - -Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas -más... - -Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una -cenita de regular arriba,--y los cuatro,--yo, ella, ño Cipriano y -la parda,--nos sentamos á comer y á chupar en grande. ¡No, si era -chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento -á leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se -puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... Á los postres ño -Cipriano, para rematar la fiesta se le prendió á la caña de durazno y -soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, ¡que tuvimos que -llevarlo al galpón entre los tres!... - ---¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!--decía la parda, -trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca. - -Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo -que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había -soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecirla á ella y á -mí, y que ésa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que -también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido... -¡Miren la parda ladina!... - -La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella -noche,--y si no ¡jueguenlé risa no más! ¡después de andar galgueando -tanto tiempo!--le regaló efectivamente las gallinas y el generito y -hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué -contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos. - -Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada -del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta. - ---¿Y á quién l'he d'ecir?--me contestó,--si pronto vo á dirme del -pago!... - -Y era verdad, porque á los dos meses se fué. - -Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando -¡zás-trás! ¡no faltó quien viniera á descomponer el baile! En esta vida -no hay fiesta completa. - -Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el -sol ya estuviese alto. Al principio no nos fijamos, pero Carolina me -preguntó de repente: - ---¿Che, lo has visto al viejo? - ---No, ¿y vos?--le contesté. - ---Yo tampoco. - ---Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos. - ---¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si -no le ha pasado algo!... - ---Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos á ver. - -Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos encontramos al viejo ño -Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara -color violeta, y frío, helado. Carolina, asustada, comenzó á darle -_fletaciones_, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la -mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso á llorar -como una Magdalena. - ---Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo?--le pregunté. - ---Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además... - ---¿Además, qué? - ---¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué -casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!... - ---¡Bah! ¡no seas pava!--le dije, enojado.--¡Ño Cipriano estaba muy -viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere -decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, -acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa! - -Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, -y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de -agüerías! - -Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. Á la tarde se -presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico -de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á -preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano -en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con -Carolina, todavía más triste y asustada. - ---¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡_Maledetta sorte!_ - -Y volvió á llorar á sollozos. - ---¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto misia -Carolina, que eso es de criaturas,--le dije en broma.--¡Para lo que va -á sufrir ño Cipriano con que le anden adentro á estas horas! ¡Vaya! -vamos á tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar -estorbando á los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta, -pero ahora vamos á ver si comemos, ¡y bien! - -¿No les parece natural? ¡Natural! - -Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar, comimos después de cerrar -la pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta -milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día, -principió la vidorria y la farra, después de enterrar á ño Cipriano que -resultó bien muerto y sin culpa de nadie. - -Los amigos--y ya tenía una punta--caían como moscas á La Polvadera y -yo los obsequiaba lo mejor que podía. - -Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. -Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos -jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta -dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada. - -En la taba y las riñas, el comisario--que me había dado permiso, -aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,--no se -llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido -perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también. - -Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar. - ---¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había -de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona -mía! - -Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa -echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un -sin fin de peloteras, pero ¡qué había de poder conmigo, ni qué se -iba á poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡Á cada -zafarrancho, yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de -reserva era el que pagaba el pato! - -Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar -bien el camino real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera, -que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los -domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía á veces -presentarse á cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo, -ni peleas--decía. - -¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el -beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, -el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión á un -tiempo. - -Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fué mi perdición... - -Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas! -culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara -primero y ¡á pagar! Al truco ¡parecía cosa del diablo! los compañeros -me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres -de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía -el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba -el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me -resultaban juidos, tenían que clavar el pico á las primeras de cambio. -«¡Pucha que había sido mulita, amigo!»--me sabían decir los camaradas. -Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y -buscaba el desquite como un toro furioso. - -Y como de uvita á uvita se acaba un parral, los pesos volaban que -era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo -zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica, -delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso -que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo -rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo donde no me vieran. -Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos -amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me -habían de ganar ni por chiripa! - -Carolina á todo esto, viendo que la platita se le iba como el agua de -una tina sin arcos, comenzó á armarme camorra peor que nunca. - ---¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi -_trabaco_, canalla!--me decía medio rabiando, medio llorando. - -Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella. - ---¡Dejáme en paz! ¡sos una gringa de porra! ¡No me incomodés que te -puede costar muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero! ¿eh? ¿me has -entendido?... ¡Si no te callás, te va á pesar! - -¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me -había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!... - -Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde no la iba á encontrar yo, -cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte ó hacer un -truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y -maldecía primero, y después se metía á llorar en un rincón. - ---¡No es por la plata! ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me -querés y que no pensás en mañana! - ---Dejá, hijita--le contestaba yo entonces, amansado por sus -lloriqueos.--¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijás, sonsa! ¡si -hemos de ser muy felices! - ---¡Ah, Madona, Madona mía!--suspiraba la gringa. - -...En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté -á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo -conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus -patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso. - -Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, -le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía -el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero -viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que -á la hora de las carreras cayese montándolo, á la pulpería. El peón se -llevó el parejero. - ---Hoy voy á correr con el zaino,--le dije á Carolina. - ---Dejáte de esas cosas--me contestó.--¡Qué carreras, ni carreras! El -juego es la perdición del cristiano. - ---¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, -lo van á tomar por un sotreta, ¡y ya verás la ponchada de pesos que nos -ganamos! - ---Prometéme, al menos,--dijo la gringa, aprovechándose al verme -blandito;--prometéme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas á -volver á jugar. - ---¡Mirá, por éstas!--le contesté besando la cruz de los dedos... - - - - - X - - -¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se -llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo. -Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto -para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó -el peón con mi zaino. - -Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un -tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía -ni para empezar. - -Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, -y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el -pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para -que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta -puñaladas y tajos si á mal no venía. - ---¡Lindo su tordillo!--le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era -hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.--¡Lástima que se -haya puesto tan gordo! - ---¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse -al más pintau. Y eso, que venimos de lejos... - -¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, -preparándolo. - ---¡Bah!--le volví á decir para calentarlo más.--En cuanto principian á -echar panza... - -Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia. - ---¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle -la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,--siguió -gritando:--¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos? - -Muchos se acercaron y nos rodearon. - ---En ese estau del caballo,--le contesté sobre el pucho, medio -riéndome,--yo le corro con cualquier maceta. - ---¡Oiganlé! ¿Y con cuál? - ---Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano? - ---¡Cómo no!--contestó el peón que lo había llevado.--¡Corra no más! - -Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un -poquito. - ---Este mancarrón no es lo que parece,--me dijo.--¡Á mí con l'uña! -Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah! - ---¿Por los cien pesos? - ---¡Y entonces! - ---¡Depositemos! - ---¿Depositemos? ¡Avise, compadre!--rezongó, revolviéndome los ojos. - -Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, -desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y -el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo! - -El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á -sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos -que sabían la cosa, de consiguiente. - -El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos, -y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza, -después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras -venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le -iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía -la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo -llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando -¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete -pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un -refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!... - -Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El -paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la -carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario -Barraba, la cosa hubiera acabado mal. - -Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me -dió una rabia!... - -En cuanto me alcanzó--yo iba á juntarme con los otros frente á la -pulpería, cabrestiando al zaino rengo,--no pude más y le grité: - ---¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna -gran!... - -Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás -para desenvainar también. - -Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante -delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo. -Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había -que hacer la pata ancha... - -Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las -papas quemaban, compañeros!... - ---Á la larga no hay cotejo,--me gritaba Contreras, bailándome alrededor -y con unas risitas calentadoras, como chungueándome. - -Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el -bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y -chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro! -le arranca el cuchillo de la mano. - ---¡Y ustedes lo _decan_, y ustedes lo _decan_!--les gritaba á los -mirones. - - [Ilustración: Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme.] - -Los gauchos nos rodearon, desapartándonos y recién entonces se -acercó el comisario Barraba. Yo había hecho la chambonada de no decirle -la cosa del zaino, y él le jugó al tordillo... ¡Se necesita andar en la -mala!... - -Contreras, y la mayor parte de los paisanos alegaban que el tordillo -había ganado en buena ley, y que la rodada fué porque el zaino -mancarrón, flojo de patas, no era para correr... El juez de la carrera -se desgañitaba al cuete; no le llevaban el apunte, ni á mí, ni á mis -amigos tampoco. - ---¡Qué resuelva el señor Comisario!--gritaron algunos, de repente. - ---¡Sí, eso es!... ¡eso es!--rebuznaron todos los que habían jugado al -tordillo. - -El gran pillo de Barraba dió la sentencia: - ---La carrera es legal. ¡Ha ganau Contreras! - -Contra la fuerza no hay resistencia. - ---Pero, señor comisario...--principié. - ---¡Calláte y pelá! Tenés que pagar á todo el mundo. - -Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los -últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!... - -Carolina me miraba con los ojos saltones y de veras que la cosa no era -para menos. - ---¡Mi alma! ¡te debo la vida!--le dije. - ---¡Sí, sí!--contestó medio llorando.--¡Pero no _cugués_, _no cugués_ -más, por Dios! - ---¡Sí, perdé cuidau! - -Y me puse á despachar copas y á chupar yo también, para olvidarme de -tanta pena, y ¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y empecé á las -convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte! - ---¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten! - -Y al ratito, no más, dale, otra vuelta y otra... - ---¿Qué gustan servirse, caballeros? - -Carolina se había puesto furiosa. - ---¡Ma!... ¡Ma!...--me decía atorada de rabia. - ---La patrona está llamando á la mama, decía un paisano. - ---¡Ó á la ma... múa del patrón!--retrucó otro. - -¡Después, nunca me pude acordar!--Creo que hubo payada y baile, y que -repartí cuanto había de comer y de chupar en la casa. - -Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando. Pero también, ¡qué -farra!... - -Á la otra mañana, me encontré tirado en un zanjón que había junto al -palenque. Se me está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo fuí á -parar á semejante cama. ¡Cuando uno agarra uno de esos de P. P. y W.!... - -La gringa estaba encerrada en su cuarto, no me quería abrir ni á cañón, -y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada. -Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó que me ablandé, -y le prometí que aquélla era la _última vez_, y le dije que me iba -á poner á trabajar de veras, como un burro si era necesario, para -desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver á pensar en -jugar, ni en gallos, ni en carreras. - ---¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida?--le dije--porque si no -sos vos, ¡Contreras me achuraba!... - -Pero el hombre propone y Dios dispone... - -¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por -tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos -por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre, -caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará -que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones,--de las -que no había desembuchado por lo menos--para dar satisfacción á lo que -le tiraba más. - -Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse á tiempo, -ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana á lo mosca -muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no! - -Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en -los duelos, á vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que -hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen, no parece tan malo y nadie -les saca el cuero... - -En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir cómo le va!--El caso es, -que el droguis y la jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo, -y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo -me aprovechaba como á una criatura! Así se fué, detrás de la platita -guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día, -santo Dios! La gringa,--¿querrán creer?--hasta me arañó la cara, que -anduve una punta de días medio cebruno... - ---¡Mirá, gringa!--le grité--¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos -pensado, ya verás!... - -Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de -que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme -de la pulpería... y ¡como un poste! - ---¡Si yo hubiera sabido!--gritaba la gringa.--¡Si yo hubiera sabido! -_¡porca la...!_ - -Y se agarraba los pelos. Pero firmó... - -¿Á qué decirles que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por -un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma -palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba -muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto -bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus -lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir -barranca abajo... - -Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y -principié á medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad: el -ginebrón y las barajas, con la yapa de la taba y los gallos, hicieron -que de repente comenzaran á llover demandas y más demandas, toda una -papelería. El aguacil no hacía más que viajar del Pago á la Polvadera, -como conchabado... Y no teníamos adónde buscar madre que nos envolviera -¡ni el zaino, que de la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces -me acordé de lo que sabía decir el viejo ño Cipriano: - ---¿Ande irá el güay?, ¡que nu are! - -La desgracia me había perseguido siempre, ¿por qué me había de dejar -entonces? - -Carolina comprendió que estábamos más fregados que unos atorrantes, -que nos iban á vender la pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni -un cobre, y un día me armó una zafacoca. ¡Cristo santo! ¡ni me quiero -acordar!... Cebada con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y -principió á darme de garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una -paliza!... ¡Á mí!... - -¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de -lastimarla; y sólo cuando me vió con él en la mano, se me separó, pero -saltándosele los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había -visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!... - ---¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debés -la vida? Devolvéme mi plata, ¡_birbante_, _canaglia_! - -Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta -zurrándome como á una criatura? - ---¡Mirá, Carolina!--le dije sin soltar el cuchillo.--Yo ahora mismo me -mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más! - -Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome. - ---¡Qué! ¿Te pensás ir?, ¡Madona, después de haberme dejado desnuda y -en la calle, canalla, sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, _per Dio_! sos mi -marido, y tenés que quedarte aquí, á _trabacar_ como yo, _porca la_... - -Yo me reía á carcajadas. - ---¿Y quién te ha dicho que soy tu marido?--le dije--¡Pues no hay tal! -No sos más que mi querida. - ---¡Mentís, canalla! - ---¿Que es mentira? ¡Sí! andá preguntaseló al cura y verás... - ---El cura Papagna... - ---¡Qué! tu nápolis se ha ido hace un mes á _mangiar macaroni_ en tu -tierra... Andá, preguntaseló al nuevo, si hay apunte de tu casamiento -en la iglesia... - -Me miraba con tamaña boca abierta, sin querer creer lo que le decía... -De repente, le pareció que debía ser cierto... Asustada, desesperada, -loca, salió corriendo. Vi que se largaba á pie camino del Pago, en -cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría á averiguar... - -Yo saqué los pocos pesos que por casualidad había en el cajón, ensillé -el maceta, ¡y si te he visto no me acuerdo! Agarré para otro lado, -después de hacer pedazos el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito -de que no me iban á perseguir... ¡Qué! ¿y se afligen por tan poco?... -Pero fíjense, y verán que era muchísimo mejor para mí... y también para -Carolina... - -¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que estaba perfectamente; de -enfermera en el hospital del Pago. - - - Buenos Aires, 1905. - - - - - -End of Project Gutenberg's El casamiento de Laucha, by Roberto Payró - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASAMIENTO DE LAUCHA *** - -***** This file should be named 62952-0.txt or 62952-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/2/9/5/62952/ - -Produced by Andrés V. 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