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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El caso extraño del Doctor Jekyll - -Author: Robert Louis Stevenson - -Translator: Emilio Soulére - -Release Date: July 12, 2020 [EBook #62627] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL *** - - - - -Produced by Carlos Colón, The Library of Congress and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/American Libraries.) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL - POR - D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK. - - -PEPITA JIMÉNEZ. - - POR DON JUAN VALERA. - -Edición Americana Ilustrada. Un hermoso tomo de 219 páginas, con 7 -láminas, el retrato y autógrafo del autor y varias viñetas alegóricas. -Encuadernación de mucho gusto artístico y bonitamente decorada. Buen -papel, tipo claro, etc., etc. Precio, $1.25. - - -LA CASA EN EL DESIERTO. - -Aventuras de una familia perdida en las soledades de la América del -Norte. - - POR EL CAPITÁN MAYNE REID. - -Un bonito tomo de 348 páginas con 12 láminas, encuadernado en tela -inglesa. $1.25. - -La misma, edición económica, 50 centavos. - - -LAS MINAS DEL REY SALOMÓN. - - POR H. RIDER HAGGARD. - -Una novela inglesa llena de aventuras y de escenas interesantísimas. 50 -centavos. - - - - - EL CASO EXTRAÑO DEL - DOCTOR JEKYLL - - - _NOVELA ESCRITA EN INGLÉS_ - - - POR - ROVERTO LUIS STEVENSON - - TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR - EMILIO SOULÉRE - - - NUEVA YORK - D. APPLETON Y COMPAÑÍA - 1, 3, Y 5 BOND STREET - 1891 - - - - - COPYRIGHT, 1891, - BY D. APPLETON AND COMPANY. - - -_La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países, -donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente._ - - - - -SOBRE LA PRESENTE OBRA. - - -El Caso extraño del Dr. Jekyll, ó sea del _Dr. Jekyll y de Mister -Hyde_, es, después de _La Isla del Tesoro_, la obra más afamada de -Stevenson y no será dudoso el que la primera sea aún más conocida que -la segunda en los países anglosajones. Débese esto indudablemente á -que además de haber sido y ser constantemente leída por casi todo el -mundo, fué dramatizada y obtuvo tan buen éxito que se ha representado -centenares de veces. Recientemente se publicó también una versión -francesa: _Le Cas Étrange du Docteur Jekyll_, hecha con no poco gusto -y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre, -y ahora aparece la española, que estamos seguros ha de ser tan bien -recibida como aquélla. - -La novela posee ya de por sí un interés dramático poco común, y en -toda ella se revela ese arte peculiar y característico de su autor en -el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee. -En este trabajo psicológico ó psico-fisiológico, Stevenson ha logrado -sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles, -uniendo discretamente lo maravilloso con lo científico y la enseñanza -moral con la narración más interesante de ese combate entre dos -naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre sí, -revelando el imperio que ejerce la más ruin sobre la más noble, cuando -á tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos. - -La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavíos, de todo -adorno maravilloso y de la parte fantástica, es la historia de muchos -que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, sólo que en el -presente caso está trazada por la mano maestra del reputado autor -escocés. - - LOS EDITORES. - - NUEVA YORK, _Abril, 1891_. - - - - -EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL. - - - - -HISTORIA DE LA PUERTA. - - -El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual -no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de -hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y -sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones -de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo -eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué, -nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos -síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un -modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para -consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse -por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte -años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para -con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no -sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres -inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y -siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,--tenía por -costumbre decir, no sin cierta agudeza--hacia la herejía de Caín; dejo -que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter, -resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última -influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos, -durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á -demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser. - -Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente -impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos -similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el -aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había -hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes -había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la -hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación -especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo -Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho -la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar -uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los -encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban, -que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo -era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de -consuelo. - -Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que -eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas -las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los -negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos. - -La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una -callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente -tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio -activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos -mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al -embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas -de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á -uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras. -Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y -la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con -las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego -brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas -persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota -de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes. - -Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda -yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada -de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de -aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos -pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el -muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo -demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido. -La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba -deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón -de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de -las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante -muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos -visitantes, ó de reparar sus daños. - -El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela, -y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con -su bastón. - ---¿Habéis observado alguna vez esta puerta?--preguntó; y cuando su -amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:--se halla enlazada en -mi memoria con una historia harto singular. - ---¿De veras?--dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz--¿qué -historia es esa? - ---Hela aquí--replicó el Sr. Enfield.--Regresaba á mi casa desde un -punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de -invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde -no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se -hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas; -mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea -ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas: -una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este, -y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era -dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las -dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor -calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando -su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el -del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi -hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la -criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba -enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero -me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas -que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la -niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar. -En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien -asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las -cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el -primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor, -así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me -sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada -de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo -y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que -nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor -palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía -lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y -como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor. -Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel -asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres. -Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra -las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he -visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en -medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia -de espíritu brutal, sarcástica--como desafiando á todos, aunque en el -fondo yo veía que estaba asustado. - ---Si lo que deseáis--dijo--es sacar dinero á costa de este -incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el -escándalo--añadió;--decidme la suma que pretendeis. - -La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia -de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en -todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por -acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que -nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta; -sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras -en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero -al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir; -era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres -de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si -realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro -personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era -común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta -de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por -un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una -tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico: - ---Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el -despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.--Partimos todos; el -doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la -noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos -juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de -eso; era bueno. - ---Vaya, vaya--exclamó Utterson. - ---Veo que experimentais igual duda que yo--repuso Enfield;--sí, es -verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un -ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible -y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la -alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas -es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á -quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que -pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de -su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de -la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla -lejos de explicar las cosas--añadió; y después continuó pensativo, -sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de -ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson: - ---¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí? - ---¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!--repuso -Enfield--pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas -á sus señas; no vive aquí. - ---¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la -puerta?--volvió á decir el Sr. Utterson. - ---No señor, he tenido esa delicadeza--añadió Enfield.--Tengo viva -repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se -hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si -tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una -colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta -que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda -herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la -familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No, -señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más -sospechosa me parece una cosa, menos pregunto. - ---Es, verdaderamente, un buen método--dijo el abogado. - ---Pero he estudiado el paraje yo mismo--siguió diciendo Enfield;--la -construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra -puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de -tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista -al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna; -los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene -una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir -allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón -sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil -decir dónde concluye una y comienza otra. - -Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra. - ---Enfield--exclamó el Sr. Utterson--tenéis una excelente regla de -conducta. - ---Así lo creo--repuso Enfield. - ---Pero, á pesar de todo--continuó el jurisconsulto--hay una cosa que -quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á -la niña. - ---Bien--contestó Enfield--no veo ningún mal en ello. Era un individuo -llamado Hyde. - ---¡Hum!--dijo Utterson--¿qué clase de hombre es? - ---No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta -falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he -visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber -en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque -no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin -embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario. -No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco -describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este -mismo instante. - -El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y -luego preguntó, como obligado por sus reflexiones: - ---¿Estáis seguro que hizo uso de una llave? - ---Querido señor...--dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella -pregunta. - ---Sí, ya sé,--continuó Utterson--ya sé que eso debe parecer extraño. -El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la -conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si -en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar. - ---Creo que hubiérais podido avisarme--replicó Enfield, con algo de mal -humor--pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y -lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana. - -Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el -joven, reanudando entonces la conversación, añadió: - ---Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me -avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en -no volver á tratar ese asunto. - ---De todo corazón--respondió el abogado--os doy mi palabra y un apretón -de manos, Ricardo. - - - - -EN BUSCA DEL SR. HYDE. - - -Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero, -con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde -se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando -concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de -cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que -el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba -tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que -quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su -cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre, -en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll," -y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento -era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo -una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento -declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll, -Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos -de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó -una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un -período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión -de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre -de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á -los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel -documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad -de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y -ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su -desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado -su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le -conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual -nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre -fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo -que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para -dejarle ver á un verdadero demonio. - -Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse -hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo, -el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos -clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el -jurisconsulto. - -El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le -sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué -directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el -doctor Lanyón. - -El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero, -saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había -encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes -eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió -á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno -de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre -verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas -y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua -consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba -hallarse juntos. - -Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto -que le aguijoneaba penosamente el espíritu. - ---Supongo, Lanyón--dijo--que vos y yo debemos ser los dos amigos más -viejos que tiene Enrique Jekyll. - ---Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes--contestó riéndose el -Dr. Lanyón;--pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo -ahora... - ---¿Cómo?--exclamó Utterson--yo creía que teníais intereses comunes. - ---Los hemos tenido--repuso el doctor--pero desde hace diez años, -el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí. -Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de -vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él, -á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy -rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes -ideas--añadió el doctor poniéndose encarnado--hubieran hecho reñir á -Damón y Pythias. - -Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio -al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna -cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener -pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de -su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó -algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó -la pregunta objeto de su visita: - ---¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde? - ---¿Hyde?--repitió Lanyón.--No, jamás he oído nada de él. Su amistad -debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias. - -Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su -gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las -primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso -para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por -la duda. - -Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto -á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su -problema. - -Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista -intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias, -por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose -de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto, -conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba -desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban -como cuadros luminosos de un panorama. - -Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por -faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después -la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en -fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana, -pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos. -Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde -dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta -del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente -á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora -indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con -dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda -la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la -forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó -caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á -través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la -esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar -de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro -que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida, -ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y -así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del -abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante, -de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si -alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio, -desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando -se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la -extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se -quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo -que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto; -ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad -ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en -el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo. - -Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la -puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la -hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena -actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna -velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas -horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel -sitio. - -Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y -apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un -salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero -soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida. - -Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la -callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido -sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían -los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas, -distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos. -Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó -su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso -de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á -distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes -de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que -venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan -excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un -presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en -la entrada del callejón. - -Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos -en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no -tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era -pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia, -no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho -á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de -andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa. - -El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba, -diciendo: - ---¿El Sr. Hyde, si no me equivoco? - -Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un -silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el -rostro del abogado, contestó con sequedad: - ---Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis? - ---Veo que vais á entrar--repuso el abogado.--Soy un antiguo amigo del -Dr. Jekyll;--Utterson, de la calle Gaunt.--Debéis haber oído mi nombre, -y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de -recibirme. - ---No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa--replicó Hyde soplando -en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado, -añadió:--¿Cómo me habéis conocido? - ---Ahora os toca á vos--dijo Utterson--¿queréis concederme un favor? - ---Con mucho gusto--contestó Hyde--¿de qué se trata? - ---¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?--preguntó el abogado. - -Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión -súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó -desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos. - ---Ahora os reconoceré--dijo Utterson--lo cual puede ser conveniente. - ---Sí--replicó Hyde--no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á -propósito, os daré las señas de mi casa--y le dijo un número de una -calle en Soho. - ---¡Dios mío!--pensó Utterson--¿se habrá acordado también él del -testamento?--Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas -palabras como para agradecer las señas dadas. - ---Bien, veamos--dijo Hyde--¿cómo me habéis conocido? - ---Por una descripción--fué la repuesta. - ---Una descripción, ¿de quién? - ---Tenemos amigos comunes--añadió Utterson. - ---¿Amigos comunes?--repuso Hyde como un eco y con voz ronca.--¿Quiénes -son? - ---Jekyll, por ejemplo--dijo el abogado. - ---Jamás os ha dicho nada--exclamó Hyde con un movimiento de cólera.--No -os creía capaz de mentir. - ---Algo dura me parece esa palabra--replicó Utterson. - -Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria, -levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa. - -El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición -de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose -á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso -de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba -caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era -pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin -que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía -una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal -de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba -por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios, -pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y -el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se -dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese -hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita. -¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el -simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él -y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi -pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás -puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo! - -Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de -antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas, -divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á -hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos, -abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas -casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se -hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa, -que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida -en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué -donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen -porte abrió la puerta. - ---Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?--preguntó el abogado. - ---Voy á ver, Utterson--contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto -en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con -hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de -campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta. - ---¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al -comedor? - ---Aquí, gracias--contestó el abogado, aproximándose al fuego. - -Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la -predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre -de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella -noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro -de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como -disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una -amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de -los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo. - -Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;--he -visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía, -Poole--le dijo el abogado--¿es eso natural no estando en casa el Dr. -Jekyll? - ---Completamente natural y regular, Sr. Utterson--repuso el criado.--El -Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta. - ---Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven. - ---Sí, señor, es verdad--contestó Poole--todos tenemos orden de -obedecerle. - ---No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde--dijo Utterson. - ---¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí--añadió el ayuda de -cámara.--En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la -casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio. - ---Bien, buenas noches, Poole. - ---Buenas noches, Sr. Utterson. - -Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido. -¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el -presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven, -hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó -temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser -algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de -alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la -memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado. - -Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y -escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que -algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante -limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas -de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como -profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que -creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de -las que había sabido evitar. - -Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza. - -Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para -sí--debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su -cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll -serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir -así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como -un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el -tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la -existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que -yo me ocupe de este asunto--si Jekyll quiere permitírmelo--añadió--si -Jekyll quiere dejarme obrar--pues una vez más vió ante sus ojos -escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas -del testamento. - - - - -EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO. - - -Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una -de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres -inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson, -que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de -haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque -ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían -de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado, -cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre, -habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer -algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á -la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio, -pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll -no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al -fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituído, de rostro -barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia -inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson -una amistad tan viva como sincera. - ---Deseaba hablaros, Jekyll--comenzó diciendo el Sr. -Utterson--¿recordáis aquel testamento vuestro? - -Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era -agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer. - ---Mi pobre Utterson--le dijo--sois desgraciado tratándose de un cliente -como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi -testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón, -cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien -sé que es un excelente compañero--no tenéis necesidad de fruncir el -entrecejo--sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á -menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante -declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como -Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él. - ---Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento--dijo el Sr. -Utterson, volviendo al tema de su conversación. - ---¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco--añadió el doctor algo -contrariado--ya me habíais hablado de eso. - ---Pues bien, os lo vuelvo á decir--continuó el jurisconsulto--he sabido -algo respecto del tal Hyde. - -La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo -negruzco se dibujó alrededor de sus ojos. - ---No deseo oir nada más--exclamó;--pensaba que no volveríamos á hablar -de esa cuestión, según lo teníamos convenido. - ---Lo que he sabido es horrible--dijo Utterson. - ---No puedo variar nada; no comprendéis mi situación--replicó el -doctor, con cierta incoherencia.--Mi situación es penosa, Utterson; -mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos -asuntos que no se pueden arreglar con palabras. - ---Jekyll--dijo Utterson--me conocéis; soy hombre en quien se puede -confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en -confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación. - ---Mi buen Utterson--repuso el doctor--lo que hacéis es bueno, es -francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar -expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto, -me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de -mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no -es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una -cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme, -desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias -otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy -persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os -ruego que lo dejéis dormir. - -Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del -hogar. - ---No dudo que quizá tengáis razón--dijo, en fin, levantándose. - ---Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez, -según lo espero--siguió diciendo el doctor--hay un punto que desearía -haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese -pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya -sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre; -y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y -hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supiéseis todo, y -aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis. - ---No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle--dijo el -abogado. - ---No es eso lo que os pido--contestó Jekyll, como si defendiese una -causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson--no os pido más -que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté -aquí. - -Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro. - ---Bien--dijo--lo prometo. - - - - -EL CASO DEL ASESINO DE CAREW. - - -Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la -ciudad de Londres quedó horrorizada por un crimen que demostraba una -brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la -alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada -cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina -había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche -estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del -cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz -de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó -sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana, -y se entregó por completo á sus ensueños. - -Jamás--acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería -después el acontecimiento--jamás se había sentido tan en paz con -todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo. -Hallándose sentada así, vió á un caballero de edad, de buen porte, con -el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á -su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había -reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro -para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al -otro con la mayor deferencia. - -No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia; -y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba -el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la -muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter -ingénuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado. - -En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y -le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado -á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado -bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una -impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera, -pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los -términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió -un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado, -le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de -un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los -cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo. -Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el -conocimiento. - -Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la -policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía -en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que -sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada, -estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad -insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió, -probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se -le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni -papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar -al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr. -Utterson. - -Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana, -antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en -que había sido encontrado, sus labios se contrajeron. - ---Nada diré hasta haber visto el cadáver--exclamó--esto puede ser muy -serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible -tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía -en donde se encontraba el cadáver. - -Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo: - ---Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers -Carew. - ---¡Dios mío! ¡será posible! caballero--exclamó el agente de policía. Y -sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.--Este asunto -hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.--Luego -refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo -roto del bastón. - -Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando -le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo -reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll. - ---¿Es Hyde--preguntó el abogado--persona de pequeña estatura? - ---Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la -criada--añadió el agente. - -Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo: - ---Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa -del asesino. - -Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran -neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero -el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como -el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor -un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como -al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como -la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía -completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los -torbellinos de nubes. - -El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros, -con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles -encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad, -parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada -en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran -lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de -ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede -experimentar hasta el hombre más honrado. - -Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se -disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa -de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos -á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos -acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de -distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las -llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de -la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló -separado de todos aquellos desagradables cuadros. - -Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre -que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas. - -Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta. -Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales -nada dejaban que desear. - ---Sí--dijo--aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa. - -Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto -á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso; -sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en -prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta -la tarde del día anterior. - ---Perfectamente, deseamos ver su habitación--dijo el abogado--y como -la mujer empezaba á manifestar que era imposible.--Bueno es que -sepáis--continuó--que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de -Scotland. - -Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la -mujer.--¡Ah!--exclamó--¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha -hecho? - -Utterson y el inspector cambiaron una mirada. - ---Parece que no es hombre muy popular--observó el inspector.--Y ahora, -buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación. - -En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la -presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban -adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas -de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared -colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll, -quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de -colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones -indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían -trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar -un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De -entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un -libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la -segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como -esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una -visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles -de libras, completó su satisfacción. - ---Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que -caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro -modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo -del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar -publicar los anuncios con su filiación. - -Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde -tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos -veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había -sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo, -no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder -comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa, -en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había -llamado la atención de cuantos lo habían visto. - - - - -INCIDENTE DE LA CARTA. - - -Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la -casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo -condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo -fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó -gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los -herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares -le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado -el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera -vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones -de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin -ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la -sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía -y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos -químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba -obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el -extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un -lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el -gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con -puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande, -de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz -por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego -chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra -de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos -la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al -parecer, enfermo de cuidado. - -No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano -helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida. - ---Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis -la noticia? - -El doctor se estremeció. - ---La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi -comedor. - ---Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos -también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante -loco para ocultar á ese hombre? - ---Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis -ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en -este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no -lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended -bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él. - -El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le -agradaba. - ---Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo, -espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro -nombre podrá salir á luz. - ---Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante -certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie. -Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo... -he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la -policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis -la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta -confianza en vos! - ---¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo -descubrir?--preguntó el abogado. - ---No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra -á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo; -hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto. - -Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo -de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo. - ---Pues bien--dijo--dejadme ver la carta. - -La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y -firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor, -el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan -indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que -afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar, -poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza. - -La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más -favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró -interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir. - ---¿Tenéis el sobre?--le preguntó. - ---Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía -contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la -mano. - ---¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una -determinación?--preguntó Utterson. - ---Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca -mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo. - ---Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía -que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro -testamento referentes á esa desaparición? - -Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los -labios y bajó la cabeza. - ---Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena -habéis escapado! - ---Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh! -¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro -con ambas manos. - -Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole. - ---Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador? - -Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo -circulares. - -Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus -antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del -laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo -gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro -modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia. - -En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz -ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del -Parlamento!" - -Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no -podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese -comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una -determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente -acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la -necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente. - -Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el -Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos, -á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino -añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva -de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles -encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas -clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de -la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando -el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el -cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de -calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves, -parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor -de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas -iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres. -Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre -para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía -haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del -doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no -hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado -en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea, -una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía -explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante -y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y -corriente. - -El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil -leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y -según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta. - ---Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado. - ---Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el -Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco. - ---Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó -Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con -reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos -es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el -autógrafo de un asesino. - -Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento -con el mayor interés. - ---No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña. - ---Y según parece, el que lo escribió es también un hombre -extraño--añadió el abogado. - -Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta. - ---¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber -reconocido la letra. ¿Algún asunto privado? - ---Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta? - ---Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la -otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente. - ---Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un -autógrafo muy interesante. - -Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo -del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante: - ---Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas? - ---Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos -letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad. - ---Es cosa original, ¿verdad? - ---Sí, señor, muy original--contestó Guest. - ---No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el -abogado. - ---Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo. - -Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el -documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre. - ---¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la -letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas. - - - - -NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN. - - -Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de -recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos -como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las -investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido. -Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida -pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse -historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre, -sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que -había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un -indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de -Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del -tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad -fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba -ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella -nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida -nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió -á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad, -se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado -á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más -franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que -hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible. - -El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía -de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas -del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando -formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el -catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado -en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató -otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos -meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su -amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su -ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se -decidió á ir á casa del Doctor Lanyón. - -Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto -al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El -doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre -de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas; -distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo -aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron -la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del -doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu. -Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo -sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber -que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus -fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala -cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba -perdido. - ---He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar -nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido -agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla. -Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más -gusto. - ---Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto? - -Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa: - ---Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó -con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que -evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto. - ---Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros -útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo -bastante para tener otros. - ---No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él. - ---No quiere verme--contestó el abogado. - ---No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya -muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo -decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar -conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no -podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos, -pues no puedo sufrir esa conversación. - -Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de -ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de -su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga -contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y -á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa -con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo -amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á -vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada; -no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo -cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir -mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo -nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima -principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para -sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que -hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar -mi silencio." - -Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había -vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una -semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una -dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad, -tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de -nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente, -locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber -en todo aquello algún misterio más grave. - -Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes -de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que -le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete, -y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una -gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por -su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la -enfática inscripción siguiente: _Personal. Para ser entregado en manos -del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido -antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido._ El abogado -temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si -esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco -leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo -que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: _No -debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del -Doctor Enrique Jekyll_. Utterson no podía creer lo que estaban viendo -sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato -testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de -desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos. - -Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la -siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto -horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? -Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no -atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de -todos aquellos misterios. - -Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le -imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el -más secreto cajón de su cofre particular. - -Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra -parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel -momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo -superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas -estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá -se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, -en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y -en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar -en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse -á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada -bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que -nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas -veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no -leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba -ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco -fué disminuyendo las visitas. - - - - -INCIDENTE DE LA VENTANA. - - -Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. -Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; -cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante -para examinarla. - ---En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver -al Sr. Hyde. - ---Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y -que experimenté la misma repulsión que vos? - ---Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió -Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al -saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del -Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo -buscase y de que haya encontrado. - ---Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó -Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio -y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto -respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me -indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo. - -El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un -crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente -iluminado por los rayos del sol poniente. - -La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de -ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso -inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll. - ---¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor. - ---Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz -apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios. - ---Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el -abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield -y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el -sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros. - ---Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no, -es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me -alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el -veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es -del todo conveniente. - ---¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos -hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que -estamos. - ---Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros--replicó -sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y -antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara, -ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos -caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo. - -Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada -instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y -dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras. -Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una -calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna -animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo -miró. - -Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan -grande, que decía bastante por sí misma. - ---¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!--exclamó Utterson. - -El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en -silencio su camino. - - - - -LA ÚLTIMA NOCHE. - - -Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar, -cuando quedó sorprendido por la visita de Poole. - ---¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?--le dijo el abogado; y -mirándolo de nuevo, añadió: - ---¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor? - ---Sr. Utterson--contestó el criado--hay algo que va mal. - ---Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos--añadió -Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que -deseáis. - ---Conocéis la manera de vivir del doctor--empezó á decir Poole--y -sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su -gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado. - ---Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro. - ---Me asusté hace una semana poco más ó menos--contestó Poole, evitando -con algo de mal humor la pregunta que se le hacía--y no puedo ya -soportar más la cosa. - -El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo -el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no -había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con -el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban -en un punto del techo. - ---No puedo soportar más tiempo eso--volvió á repetir. - ---Vamos--dijo Utterson--veo que tenéis un verdadero motivo para -hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal. -Procurad decirme lo que es. - ---Creo que ha habido algún crimen--añadió Poole con voz ronca. - ---¡Un crimen!--exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer -más irritado aún--¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso? - ---No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo -vos mismo? - -Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una -capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le -pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor -sorpresa, que el vino no había sido tocado. - -La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida -y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas -nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso -impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los -transeuntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había -visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente -lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida -había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues -volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de -que se encaminaba hacia una gran desgracia. - -Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles -descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del -muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos -pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío, -se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un -pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor -producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia -que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca. - ---En fin, señor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya -sucedido nada malo. - ---Amén, Poole--contestó el abogado. - -En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la -cadena, y una voz preguntó desde adentro: - ---¿Sois vos, Poole? - ---Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta. - -El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego -ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y -mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño -de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de -contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:--¡Bendito sea Dios! -es el Sr. Utterson--corrió hacia él como queriendo abrazarlo. - ---¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?--dijo el abogado con aire triste.--Es -muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo. - ---Todos están asustados--repuso Poole. - -Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra -aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus -gemidos. - ---Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que -demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y -realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación, -todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los -rostros. - ---Y ahora--añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina--dadme una luz, -y vamos á saber la verdad de este asunto. - -Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que -conducía al jardín. - ---Andad lo más despacio que podáis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego -que escuchéis y que no dejéis oir nuestras pisadas. Tened cuidado, -señor, de no entrar, si por casualidad os llamase. - -Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi -quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado -á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y -sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que -permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz, -y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando -con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela -encarnada de la puerta del gabinete. - ---El Sr. Utterson desea veros, señor--dijo el criado; y al hablar hacía -seña con viveza al abogado para que escuchase. - -Una voz contestó desde el interior: - ---Decidle que no puedo ver á nadie--y sus palabras parecían un largo -quejido. - ---Gracias, señor--respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la -voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta -la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban -por el suelo. - ---Señor--dijo mirando á Utterson--¿os parece que era aquélla la voz de -mi amo? - ---Sí, parece haber cambiado mucho--contestó Utterson muy pálido, y -mirándole también. - ---Cambiada, no cabe duda--añadió el criado.--¿Hubiera estado yo veinte -años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su -voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaparecido y también él; ha sido -muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y -quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso -pide venganza ante Dios, Sr. Utterson. - ---He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece -relación salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordiéndose los -dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que -el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino -en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple -razón se niega á creerla. - ---Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin -embargo, llegaré á lograrlo--contestó Poole.--Es preciso que sepáis, -que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en -aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y -no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces -á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde -hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles -y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre -los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos -los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á -todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro -papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para -distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una -razón cualquiera. - ---¿Tenéis alguno de esos papeles?--preguntó Utterson. - -Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado -examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo -siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura -que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En -el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en -casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud -más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen -inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de -la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera -decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita, -pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que -había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las -siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad -que la antigua." - ---Es una extraña nota--dijo Utterson, y luego añadió con -severidad:--¿cómo la habéis tenido abierta? - ---El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí -como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole. - ---¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del -doctor?--preguntó el abogado. - ---He pensado que la letra se parecía á la suya--dijo el criado con tono -áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:--¿pero qué importancia -puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona? - ---¿Le habéis visto?--repitió Utterson.--¿Y bien? - ---He aquí, he aquí la historia--prosiguió Poole.--Entré súbitamente -en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido -á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la -puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de -la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me -vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al -gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron -de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba -una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado -aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y -luego...--Poole calló y se pasó la mano por la frente. - ---Realmente, son muy extraños esos detalles--dijo Utterson--pero creo -entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por -una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo; -de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la -máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí -la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre -conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude! -Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante -sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello -concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas. - ---Señor--dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y -encarnado--aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi -amo--miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy -baja--es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un -enano. - -Utterson trató de protestar. - ---¡Oh! señor--exclamó Poole--¿podéis pensar que no conozco á mi amo -después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su -cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las -mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca -el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor -Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un -crimen. - ---Poole--replicó el abogado--si habláis así, mi deber exige llegar -hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de -vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado -que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta. - ---¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!--exclamó el criado. - ---Y ahora viene la segunda pregunta--continuó diciendo -Utterson;--¿quién romperá la puerta? - ---¿Cómo? vos y yo, señor--dijo valerosamente Poole. - ---Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidaré de -que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta. - ---Hay un hacha en el laboratorio--indicó Poole--y vos podéis tomar un -hierro de la cocina. - -El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y -moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:--¿Sabéis que vos y yo -vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro? - ---Bien lo podéis decir, señor--contestó el criado. - ---Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos, -el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho; -hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis -reconocido? - ---Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan -inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el -Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su -tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él -hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado -sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave -consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna -vez al Sr. Hyde. - ---Sí--contestó el abogado--he hablado una vez con él. - ---Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño -en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor; -sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo. - ---Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que -indicáis--contestó Utterson. - ---Pues bien--siguió diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada, -parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se -escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh! -bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído -para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era -el Sr. Hyde. - ---¡Ah! ¡ah!--exclamó el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo. -Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con -semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha -sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está -aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á -Bradshaw. - -El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso. - ---Armáos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina -aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo -queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo -va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de -esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo -obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta -trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á -la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos -para llegar á vuestro puesto. - -Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.--Ahora -Poole--dijo al criado--vamos allá;--y llevando el hierro bajo el -brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna, -y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por -bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía -mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del -laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. Á su alrededor se oía -el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían -el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del -gabinete. - ---Así es como anda todo el día--dijo Poole--y ¡ay! también parte de la -noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto -de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante -enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de -sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es -ese el andar del doctor. - -Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero -muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del -Doctor Jekyll. Utterson suspiró. - ---¿No hay nada más?--preguntó luego. - -Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--¡una vez--dijo--una vez -le he oído llorar! - ---¿Llorar? ¿cómo puede ser?--exclamó el abogado extremeciéndose de -horror. - ---Llorar como una mujer ó como un alma extraviada--añadió el -criado.--Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido -llorar también. - -Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se -hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la -mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los -latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban -y venían en medio de la tranquilidad de la noche. - ---Jekyll--gritó Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detúvose un -instante, pero nadie contestó.--Os doy un buen consejo; hemos concebido -sospechas; es preciso que os vea y os veré--y moviéndose, añadió--si -no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo -permitís, entonces se empleará la fuerza bruta. - ---Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, ¡piedad, piedad! - ---¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclamó -Utterson.--¡Poole, derribad la puerta! - -Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el -edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la -cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero -animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe; -los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó -el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban -completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó -rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior -de la estancia. - -Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había -sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista -con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y -chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó -dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio, -y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase -creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios -brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres -aquella noche. - -Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre -cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo -boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido -con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la -corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con -una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el -frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras -esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el -cuerpo de un suicida. - ---Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para -castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el -cuerpo de vuestro amo. - -La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que -comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el -gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas -al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la -callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete -por otra escalera. - -Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran -despensa. - -Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación -podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el -polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían -permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por -objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor -de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la -inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de -araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor -rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo. - -Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor: - ---Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como -un eco--que esté enterrado aquí. - ---Ó puede haber huído--repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la -puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas -del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya. - ---Esta llave no parece haber servido--observó el abogado. - ---¿Haber servido?--repitió Poole con la exactitud de un eco--¿no veis, -señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado. - ---Y--siguió diciendo Utterson--los puntos rotos también están -enmohecidos. - -Los dos hombres se miraron con espanto. - ---Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia--dijo el -abogado.--Volvamos al gabinete. - -Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver, -comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había -en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones -químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca -estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre -hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida. - ---Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á -buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso -á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido -espantoso. - -Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido -colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados -junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita -veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de -los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era -una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de -una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio -puño del doctor, que eran horribles blasfemias. - -Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero, -en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba -colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de -las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien -veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus -propias personas pálidas y asustadas. - ---Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor--dijo Poole. - ---Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser--repuso el -abogado casi con el mismo sonido de voz.--¿Con qué objeto tenía -Jekyll...?--y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando -su debilidad, añadió:--¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo? - ---También me dirijo idéntica pregunta--contestó Poole. - -Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de -papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito, -de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo -abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus -últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos -que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para -el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en -vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa -el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y -finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo. - ---La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos -días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar -al verse desbancado, y no ha destruído el documento. - -Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño -del doctor con una fecha en lo alto.--¡Oh! Poole--exclamó el -abogado--estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo -eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por -qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar -el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que -podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe. - ---¿Por qué no leéis lo demás?--preguntó Poole. - ---Porque temo--repuso el abogado con tono solemne--¡quiera Dios que no -tenga ningún motivo para temer!--y hablando así, acercó el papel á sus -ojos y leyó lo siguiente: - - "Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos, - habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presidencia - requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones - de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar - próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha - avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más - todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado - amigo - - ENRIQUE JEKYLL." - ---¿Hay otro sobre?--preguntó Utterson. - ---Aquí está, señor--dijo Poole entregándole un paquete cerrado con -varios sellos. - -El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.--No hablaré de este -paquete--añadió.--Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo -menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con -calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á -buscar á la policía. - -Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson, -dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la -antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos -documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio. - - - - -RELACIÓN DEL DOCTOR LANYÓN. - - -"El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí por el correo, en el -reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito -del propio puño y letra de mi colega y antiguo compañero Enrique -Jekyll. Quedé sumamente sorprendido, pues no teníamos costumbre de -corresponder por escrito; además, había visto al doctor el día anterior -y comido con él, y no podía adivinar lo que en nuestras relaciones -exigía las formalidades del certificado. El contenido de la carta -aumentó aún mi sorpresa; hé aquí los términos en que se hallaba -concebida: - - "_10 de diciembre de 18**_ - - "QUERIDO LANYÓN: Sois uno de mis más antiguos amigos; aunque - hayamos tenido á veces discusiones sobre asuntos científicos, - no recuerdo, por lo que á mí se refiere, á lo menos, la menor - interrupción en nuestra amistad. Si hubiese llegado un día en que - me hubiéseis dicho:--Jekyll, mi vida, mi honra, mi razón se hallan - á vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha - para ir en vuestra ayuda. Lanyón, mi vida, mi honra, mi razón se - hallan enteramente á vuestra merced; si me faltáis esta noche, - estoy perdido. Después de este prefacio vais á creer que necesito - pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo. - - "Vengo á rogaros que aplacéis todos los compromisos que podáis - tener para esta noche--aunque fuéseis llamado junto al lecho de - un emperador--que toméis un coche, y llevando con vos esta carta - para consultarla, que vengáis directamente á mi casa. Poole, mi - criado, tiene mis órdenes; estará aguardándoos con un cerrajero. - Será preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraréis - solo; abriréis el armario que tiene un cristal (letra E), á la - izquierda, romperéis la cerradura si está cerrado; sacaréis, _con - todo su contenido, tal cual está_, la cuarta gaveta contando desde - arriba, ó lo que es igual, la tercera empezando á contar desde - abajo. En medio de mi extremada desesperación, tengo un temor - mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase, - conoceríais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene: - algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que - llevéis con vos esa gaveta á la plaza de Cavendish, tal cual la - halléis. - - "Esta es la primera parte del favor que os pido. Si partís así que - recibáis esta carta, deberéis estar de regreso mucho antes de media - noche; pero os dejo algunas horas de margen, no sólo por temor de - uno de esos obstáculos que no se pueden prever ni impedir, sino - también porque es preferible que haya llegado la hora del descanso - de vuestros criados para concluir lo que os quedará que hacer. - - "Luego, á media noche, os ruego que permanezcáis solo en vuestro - gabinete de consulta, que conduzcáis hasta él á un hombre que - se presentará en mi nombre, y que le entreguéis la gaveta que - habréis llevado de mi casa. Entonces habrá concluído vuestro papel - y mereceréis mi más completa gratitud. Cinco minutos después, si - insistís deseoso de tener una explicación, comprenderéis que todas - estas precauciones tenían una importancia capital, y que el haber - descuidado una sola, por fantástica que pueda parecer, hubiera sido - cargar vuestra conciencia con mi muerte ó con la pérdida de mi - razón. - - "Á pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaréis de mi - ruego, mi corazón desfallece, y tiembla mi mano sólo con pensar - en semejante posibilidad. Acordaos de mí en esta hora, de mí que - estoy en una extraña situación, atormentado por la negrura de una - desgracia que ninguna imaginación podría llegar á exagerar; pensad, - también, que si queréis servirme con puntualidad, desaparecerá mi - turbación y todo ello no será más que una historia enterrada. - - "Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro - amigo--E. J. - - - "P. S.--Había cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se - apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que - esta carta no llegue á vuestras manos hasta mañana por la mañana. - En ese caso, querido Lanyón, cumplid mi encargo durante el día á - la hora que os sea más cómoda, y aguardad otra vez mi mensajero - á media noche. Pero quizá será demasiado tarde; y si transcurre - entonces la noche sin ninguna novedad, podréis decir que habéis - recibido la última noticia de, - - ENRIQUE JEKYLL." - -Al leer aquella carta me convencí de que mi colega estaba loco; pero -hasta que la cosa no ofreciese género ninguno de duda, decidí ejecutar -lo que me pedía. Cuanto menos comprendía yo todo aquel fárrago, menos -me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal petición -dirigida en semejantes términos, no podía ser rechazada sin incurrir -en grave responsabilidad. Me levanté inmediatamente de la mesa y fuí -á buscar un carruaje que me condujo directamente á casa de Jekyll. -El criado aguardaba mi llegada; había recibido por el mismo correo -que yo un pliego certificado que contenía sus instrucciones, y envió -á buscar en el acto á un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros -llegaron mientras estábamos hablando, y fuimos todos juntos á la sala -de disección del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, según -lo sabéis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete -particular de Jekyll. La puerta era muy sólida, la cerradura excelente; -el carpintero confesó que tendría mucho trabajo y que haría mucho -destrozo, si tenía que emplear la fuerza; el cerrajero llegó á creer -que no podría descerrajarla, pero era un hábil obrero, y después de dos -horas de trabajo, quedó abierta la puerta. - -El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta, -la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza -de Cavendish. - -Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban -bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico -fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido -manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los -sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal -cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba -lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio, -con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes, -no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como -casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas -series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años, -pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más -ó menos, y bruscamente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve -observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra -_doble_, que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de -algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la -lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras -_fracaso total_. - -Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del -objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el -diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con -las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué -razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á -la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mi ligero colega? -Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y -aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que -ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me -convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral; -sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fuí á buscar -un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si -hubiese sido necesario. - -Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se -dejó oir muy despacio. Fuí á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de -pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada. - ---¿Venís de parte del Doctor Jekyll?--le pregunté. - -Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no -me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia -la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca, -y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el -desconocido tembló y que se apresuró á entrar. - -Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultaré, de un modo -desagradable; no perdí de vista á mi hombre, gracias á la luz -brillante que había en mi sala de consultas, y puse la mano sobre -el arma para estar prevenido á todo evento. En fin, tuve la suerte -de verlo. Jamás, es absolutamente cierto, mis ojos lo habían visto -antes. Era pequeño, según he dicho; me sorprendió la expresión de su -fisonomía, en la que podía leerse una curiosa mezcla de grandísima -actividad muscular y de indudable debilidad de constitución; por -último, me sorprendió todavía más la penosa turbación subjetiva que me -producía su vecindad; y fué de género tal, que mis miembros parecían -helarse y que el pulso latía con menos violencia. Atribuí entonces -aquellas sensaciones á alguna repugnancia idiosincrásica y personal; -pero á pesar de todo, me sorprendía la vivacidad de mis impresiones, -si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa -yacía muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre, -y que me movía algún pensamiento más noble que el odio. - -Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí -una sensación que sólo puedo definir llamándola _curiosidad mezclada -con repugnancia_, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo -en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un -género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande -para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas -y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le -llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía -demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese, -aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé -qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo -que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia -misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba -fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del -hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y -la posición que ocupaba en el mundo. - -Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas, -se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido -demostraba arder en una sombría impaciencia. - ---¿La habéis traído?--exclamó--¿la habéis traído? - -Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de -sacudirlo. - -Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación -glacial en toda mi sangre. - ---Vamos, caballero--le dije--olvidáis que no tengo el gusto de -conoceros; permaneced sentado, si gustáis. - -Le dí ejemplo, sentándome en mi sillón habitual, con la misma -tranquilidad que si hubiese tenido que habérmelas con un enfermo -cualquiera; tan tranquilo, á lo menos, como me lo permitían la hora -avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me -inspiraba mi huésped. - ---Os pido perdón, Doctor Lanyón--contestó bastante cortesmente;--vengo -aquí á ruego de vuestro compañero el Doctor Enrique Jekyll, para un -asunto de cierta importancia, y quería decir... - -Detúvose, y se llevó la mano á la garganta, reparando por su acción que -luchaba contra los síntomas de un ataque de histeria. - ---Quería decir, una gaveta... - -Tuve entonces compasión del estado del desconocido, y quizá también -llevado por mi curiosidad, contesté: - ---Aquí está;--le enseñé la gaveta que estaba en el suelo detrás de una -mesa y cubierta con el lienzo. - -Saltó hacia el lado de la gaveta, luego se paró, y llevó una mano al -corazón; oí rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver, -que me alarmé, y temí á la vez por su vida y su razón. - ---Reponéos--le dije. - -Volvióse á mí, me dirigió una sonrisa atroz, y como un desesperado -descubrió la gaveta. Al ver lo que contenía lanzó un gemido ahogado y -un grito de alivio tal, que permanecí petrificado. Un instante después, -con voz ya algo más tranquila, me dijo: - ---¿Tenéis un vaso graduado? - -Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía. - -Diome las gracias con un gesto adecuado, midió algunas gotas de la -tintura encarnada y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al -principio era de un color rojizo, á medida que los cristales se -deshacían comenzó á adquirir un color más vivo, á hervir visiblemente, -luego echó como una nubecilla de vapor. De pronto, cesó la ebullición, -y la mezcla adquirió un color de púrpura obscuro, pasando después -lentamente á un verde agua. El desconocido, que había seguido con -mirada muy atenta todas aquellas metamórfosis, se sonrió, colocó el -vaso sobre la mesa, y volviéndose hacia mí y mirándome con un aire muy -grave, me dijo: - ---Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que -hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me -lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una -palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad -antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis -como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos -que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en -un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza -espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de -ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán -abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra -vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que -conmovería la incredulidad del mismo Satanás. - ---Señor--contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que -estaba lejos de tener--habláis con enigmas, y no os sorprenderá el -que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido -demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme -antes de haber visto el final. - ---Bien está--replicó el desconocido.--Lanyón, recordáis vuestros -juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado -secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo -estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales, -vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que -habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad! - -Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á -esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse, -y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados -en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se -producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se -volvió negro de repente y las líneas fisonómicas parecieron fundirse -y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta -la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme -contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:--¡Oh, -Dios!--exclamé aterrorizado;--¡Oh, Dios!--dije varias veces; ¡pues -allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido, -palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba -Enrique Jekyll! - -Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar -suficientemente el espíritu para escribirlo. Vi lo que vi, oí lo que -oí, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visión se borra de mis -ojos, me pregunto á mí mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi -vida está resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera -de mí continuamente, noche y día; comprendo que mis días están contados -y que es preciso morir; y lo que es más, moriré incrédulo. - -En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con -lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella -sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será -(si podéis creerla cierta) más de lo necesario. - -Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión -del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos -los rincones del país como asesino de Carew. - - HASTIE LANYÓN." - - - - -EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL. - - -Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con -excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba -mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían -prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo, -poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y -distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia -excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero -difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y -afectar en público una actitud más seria de la que generalmente -tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis -diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y -reflexiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera -posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda -duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria -las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto -de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con -una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien -la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de -degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto -fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para -la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas -provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de -la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á -reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley -de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es -una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser -en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la -acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi _yo_ eran -ambas verdaderamente serias. No era más _yo_ en realidad, cuando -arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del -día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba -aliviar á los desgraciados y á los enfermos. La casualidad quiso que la -orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente -hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una -fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor -claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de -mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la -inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella -verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso -naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que -existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia -ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán -más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que -ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración -de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí, -por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y -única dirección. - -En el ser moral y en mi propia persona aprendí á conocer el perfecto -y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que -parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese -podido realmente ser la una y la otra, era únicamente porque, en -absoluto, tenía ó poseía las dos á la vez; y desde aquel momento, -antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos -científicos á sugerirme la más evidente posibilidad de semejante -milagro, había aprendido á insistir con placer, como en un sueño -despierto, en la idea de la separación de esos dos elementos. "Si--me -decía á mí mismo--cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en -entidades diferentes, la vida se hallaría desembarazada de todo cuanto -la hace insoportable; lo injusto seguiría su camino, libre de las -aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte -más virtuosa; y lo justo podría á su vez viajar segura y constantemente -por sus elevados senderos, llevando á cabo el bien que le llenaría de -satisfacción, y sin verse expuesto á los disgustos y remordimientos -que le ocasionarían los actos de la parte extraña y mala. Fué, -pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y -disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas -dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. ¿Cómo, -entonces, podrían ser separadas?" - -Á ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho -ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la -mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que -hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de -un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual -caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen -el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento -posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos -excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte -científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los -hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la -carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para -separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un -modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación -lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran -completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que -mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes -que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con -la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con -una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan _yo_ como -la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y -despreciables elementos de mi alma. - -Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la -práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga -que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera -fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis, -ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer -desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo -cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan -importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía -la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa -de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de -mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y -finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su -ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor, -en un arranque de valor, bebí la pócima. - -Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas -mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora -de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía -comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si -hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo -é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía -extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz -en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia -embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que -corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino; -sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una -libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer -aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más -malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel -instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo -el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar -unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi -estatura había disminuído. - -No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí -mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de -ver esas transformaciones. - -Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la -mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la -claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus -habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime, -hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con -mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo -que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues -podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa -especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me -escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por -vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde. - -Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente, -sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable. -La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia, -era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en -el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después -de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia, -ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve -que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era -mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como -el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el -otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que -no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre, -había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia. -Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve -conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca -transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo, -por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía -á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión -y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento -acostumbrado á llamar _yo_; é indudablemente tenía razón. Observé -que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía -aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible, -en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los -seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal; -únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente -malo sin mezcla ninguna. - -Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba -intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber -si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía -que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era -mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente -la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una -descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y -el rostro de Enrique Jekyll. - -Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos -de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu -más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de -aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro -modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la -muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio. -La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni -diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel -y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba -encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi -genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y -dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre -á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros, -uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique -Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar -y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el -mal. - -Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me -inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos -tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como -mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y -como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba -á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era -cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien -hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa, -para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo -de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me -parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento -y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde -fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me -constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis -criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad -y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier -acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y -pasé como familiar suyo. - -Luego escribí aquel testamento contra el cual opusísteis tantas -observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del -Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria. -Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las -extrañas inmunidades de mi situación. - -Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer -ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y -su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en -cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante -el público con su carga de respetabilidad, y un instante después, -como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin -miramientos en un océano de libertades. - -Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente. -Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por -la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar -y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa -lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del -aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa, -arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera -podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en -persona. - -Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya -lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con -un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter -monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto -de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar -que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres, -era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus -ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed -bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua -de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado -de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de -las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se -fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde. -Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban -y aparecían en él sin haber disminuído, y procuraba cuando le era -posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia -dormitaba. - -No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi -mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien -las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas -que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un -incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar -nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un -transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el -médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante -en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo -resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta -de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con -el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado -para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo -Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una -firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto -contra todo ataque de la fatalidad. - -Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca -de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de -raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos -adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí -los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me -decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que -debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre -de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas -psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los -datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví -á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y -accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll, -como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á -forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero -la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida -de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella -mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de -abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde. - -Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado -de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en -mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento -parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de -tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que -éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había -acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo -Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta, -y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya -muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas -se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta -él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala -de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara, -¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio -de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados -estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme -pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria; -atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró -sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel -traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma -habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que -almorzaba. - -Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa -contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos -babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de -mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta -entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi -doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir, -estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún -tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura, -cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la -sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever -el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi -doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el -poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería -finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual -resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto -había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia -que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que -ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á -nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la -mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad -había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había -ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar -á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma -conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser -primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba -incorporando en el segundo y el peor. - -Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos -naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras -facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una -mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más -ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de -Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de -él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde -se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un -padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme -con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido -siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á -acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y -ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable -y privado de toda amistad. - -El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración -que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se -quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría -conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las -circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son -tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó -menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear -al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el -mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo -que me falta firmeza para persistir en mi resolución. - -Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y -de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la -libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar -ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles, -cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este -partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la -habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están -siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos -meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses, -seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á -observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba -mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores -concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron -á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y -deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un -día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida -transformadora, y la absorbí de un trago. - -No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto -de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces -una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad -bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar -mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad -moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los -puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí -castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y -salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en -el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el -mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa -excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales -escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo -menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente -sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación -tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan -falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza -un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de -todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los -hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por -sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que -fuese, era caer, sucumbir. - -El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con -un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no -oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que -descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente, -en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte -sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y -comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de -tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo, -satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida -subido al más alto grado. - -Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier -persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles, -que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu, -regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto -para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los -pasos de algún vengador. - -Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al -tomarla, bebió á la salud de su víctima. - -Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique -Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de -lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos -cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á -abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia, -cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio -de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un -sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella -noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y -en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos -espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente, -en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba -hasta las profundidades del alma. - -Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse, -llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer -en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir; -queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado -en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea! -¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro -de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera -sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas -veces, y destrocé la llave bajo mis pies! - -Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido -visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un -hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido -únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba -ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis -tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas, -además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso. - -Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un -instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para -prenderlo y para matarlo. - -Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que -mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé -recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la -suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que -los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y -felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de -inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más -agradable. - -Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando -los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los -malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque -encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad. -No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa -resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador -vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de -la tentación. - -Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa -débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por -destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída -parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días -anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció: - -Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente, -el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido, -pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros -se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me -senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los -recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta -á futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego. -Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y -entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad, -mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza. - -En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un -calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible -náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí. - -Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé -á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía, -desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones -de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros -encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era -nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes -me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado; -mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres, -perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso. - -Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez -había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían -más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí -en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura -que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las -gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese -era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas -manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de -entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca. -Vi que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo -llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el -arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría -yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á -saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll? - -Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido -que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé -iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se -presentó á mi vista desde el principio hasta el fin. - -En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que -pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo -nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente -bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que -estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la -risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa -desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí, -pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza -de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor -con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes; -mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron -obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado -de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido -hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba -suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer -sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus -accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las -dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo -convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dió -orden para que las certificasen. - -Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto, -comiéndose las uñas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin -más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de -sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado -y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo--no me es posible -decir _yo_--ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía -en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero -iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su -traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él -la atención de los transeuntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el -miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido -por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes -menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la -media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para -ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó. - -Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo -amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo -caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que habían llenado -las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era -el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba. -La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como -soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del -cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera -fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por -la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando -al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había -olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar -en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber -escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con -el resplandor de la esperanza. - -Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con -placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente -aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la -transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto -en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez -más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar -mi identidad, pero ¡ay! seis horas después, mientras contemplaba -tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver -á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio -de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la -influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo, -es decir, conservar la personalidad de Jekyll. Á cada instante, á -cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos -precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun -hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba -siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta -sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de -lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma -de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía -y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente -por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro _yo_. Pero -cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía -casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban -disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían -visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni -motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener -las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde -había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los -dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha -por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella -criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales, -y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de -esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa -de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su -vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico. -Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del -infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe -podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía -ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que -todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de -lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto -estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el -misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma -existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra -naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse -por un momento, volviendo á su estado de dependencia, formando -entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella -necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba -ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí -aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra -blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato -de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese -contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su -ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo, -que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en -él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus -temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él. - -Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame -decir que nadie ha sufrido jamás tormentos iguales; y sin embargo, el -hábito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo, -sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para -con la desesperación; mi castigo hubiera podido durar años todavía, si -no me hubiese ocurrido la última desgracia, y por fin, no me hubiese -separado de mi propia personalidad. Mi provisión de sal, que jamás -había renovado desde mi primer experimento, comenzaba á disminuir. -Envié á buscar nuevas provisiones y compuse la pócima; prodújose la -ebullición, el primer cambio de color también, pero no el segundo; la -bebí, pero no produjo efecto. Sabréis por Poole cómo y hasta qué punto -he registrado todo Londres, pero inútilmente, y estoy persuadido hoy -de que mi primera provisión era impura (tenía mezcla) constituyendo -precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pócima. - -Ha transcurrido una semana, y concluyo esta relación gracias al efecto -producido por los últimos paquetes de mis antiguos polvos. Es, pues, -la última vez--salvo un milagro--en que Enrique Jekyll puede decir -sus propias ideas, ver su propio rostro (y ¡cuán cambiado está!) en -el espejo. Además, no puedo demorar el concluir este escrito, pues si -hasta aquí ha podido salvarse de la destrucción, débese á una gran -prudencia de mi parte, y á una gran casualidad. Si los dolores de la -transformación me acometen mientras escribo, Hyde lo hará pedazos; pero -si ha transcurrido algún tiempo después que lo haya puesto aparte, su -egoísmo increíble y sus ideas siempre fijas en el presente, lo salvarán -otra vez de su maldad de mono; pues el destino que pesa á la vez sobre -nosotros dos, ha contribuído también á cambiarlo y á anonadarlo. Me -queda todavía media hora que esperar antes de volver á entrar para -siempre en esa personalidad maldecida, y sé cómo estaré entonces -sentado, gimiendo y tiritando en una silla, escuchando con atención y -espanto, yendo y viniendo en esta habitación (mi último asilo en la -tierra) sin cesar un instante, deteniéndome para escuchar los ruidos -amenazadores. - -¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿ó tendrá á última hora el valor de -librarse de sí propio? Sólo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; éste -es el verdadero término de mi muerte, y todo cuanto venga después -corresponde á otro que yo. Aquí, pues, dejando la pluma y sellando mi -confesión, concluyo de referir la vida del desgraciado ENRIQUE JEKYLL." - - - FIN. - - - - -SUMARIO - - - PÁGINAS - - HISTORIA DE LA PUERTA 5 - - EN BUSCA DEL SR. HYDE 21 - - EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO 41 - - EL CASO DEL ASESINO DE CAREW 47 - - INCIDENTE DE LA CARTA 58 - - NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN 70 - - INCIDENTE DE LA VENTANA 80 - - LA ÚLTIMA NOCHE 84 - - RELACIÓN DEL DR. LANYÓN 112 - - EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO - DEL DR. ENRIQUE JEKYLL 130 - - - - - NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL - POR - D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK. - - -MARÍA ANTONIETA Y SU HIJO. - -Traducción del alemán. Un tomo de 173 páginas, con varias láminas y un -retrato de María Antonieta, en el frontispicio. 60 centavos. - - -MISTERIO * * * * - -Novela original, escrita en inglés bajo el nombre de CALLED BACK, - - POR HUGH CONWAY. - -_Obra dramatizada._ 800,000 ejemplares vendidos de las ediciones -inglesas. Forma un bonito tomo en 12º de unas 230 páginas, tipo claro, -buena impresión, cubierta de papel de color artísticamente decorada. 50 -centavos. - - -LA ISLA DEL TESORO. - -Una preciosa novela escrita en inglés - - POR ROBERTO L. ESTEVENSON. - -Con ilustraciones, y un mapa, uniforme con la novela MISTERIO * * * *. -Un tomo de 342 páginas. 50 centavos. - - -LA CASA DEL PANTANO. - -Una de las novelas más populares en Inglaterra y en los Estados Unidos. -50 centavos. - - -SU CARA MITAD. - - POR J. BARRETT. - -Es una preciosa novela inglesa, llena de amenidad y de ejemplos -filosófico-morales de la vida real, escrita en un lenguaje claro, -sencillo y lleno de interés. La versión española es muy buena. - - -EL ÍDOLO CAÍDO. - - NOVELA INGLESA DE ANSTEY. - -Anstey es un novelista peculiar como lo demuestra su _Vice-Versa_ y -otras de sus obras, llenas de una fantasía siempre fundada en alguna -tradición más ó menos imposible, pero al fin tradición que instruye -y deleita á la vez; puede considerarse como el Julio Verne de alguna -creencia antigua ó de alguna superstición ó leyenda del pasado. El -estilo está lleno de genialidades, de humor y de sátira. - - -CUENTOS EN EL MAR. - -Es una preciosa colección de cuentos, referidos durante un accidente -en el mar por varios novelistas ingleses y americanos que se suponen -reunidos á bordo de un vapor. - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El caso extraño del Doctor Jekyll, by -Robert Louis Stevenson - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL *** - -***** This file should be named 62627-8.txt or 62627-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/2/6/2/62627/ - -Produced by Carlos Colón, The Library of Congress and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/American Libraries.) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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