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-The Project Gutenberg EBook of El caso extraño del Doctor Jekyll, by
-Robert Louis Stevenson
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-Title: El caso extraño del Doctor Jekyll
-
-Author: Robert Louis Stevenson
-
-Translator: Emilio Soulére
-
-Release Date: July 12, 2020 [EBook #62627]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL ***
-
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-
-Produced by Carlos Colón, The Library of Congress and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/American Libraries.)
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- Nota del Transcriptor:
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- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
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- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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-
- NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL
- POR
- D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK.
-
-
-PEPITA JIMÉNEZ.
-
- POR DON JUAN VALERA.
-
-Edición Americana Ilustrada. Un hermoso tomo de 219 páginas, con 7
-láminas, el retrato y autógrafo del autor y varias viñetas alegóricas.
-Encuadernación de mucho gusto artístico y bonitamente decorada. Buen
-papel, tipo claro, etc., etc. Precio, $1.25.
-
-
-LA CASA EN EL DESIERTO.
-
-Aventuras de una familia perdida en las soledades de la América del
-Norte.
-
- POR EL CAPITÁN MAYNE REID.
-
-Un bonito tomo de 348 páginas con 12 láminas, encuadernado en tela
-inglesa. $1.25.
-
-La misma, edición económica, 50 centavos.
-
-
-LAS MINAS DEL REY SALOMÓN.
-
- POR H. RIDER HAGGARD.
-
-Una novela inglesa llena de aventuras y de escenas interesantísimas. 50
-centavos.
-
-
-
-
- EL CASO EXTRAÑO DEL
- DOCTOR JEKYLL
-
-
- _NOVELA ESCRITA EN INGLÉS_
-
-
- POR
- ROVERTO LUIS STEVENSON
-
- TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR
- EMILIO SOULÉRE
-
-
- NUEVA YORK
- D. APPLETON Y COMPAÑÍA
- 1, 3, Y 5 BOND STREET
- 1891
-
-
-
-
- COPYRIGHT, 1891,
- BY D. APPLETON AND COMPANY.
-
-
-_La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países,
-donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente._
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-
-SOBRE LA PRESENTE OBRA.
-
-
-El Caso extraño del Dr. Jekyll, ó sea del _Dr. Jekyll y de Mister
-Hyde_, es, después de _La Isla del Tesoro_, la obra más afamada de
-Stevenson y no será dudoso el que la primera sea aún más conocida que
-la segunda en los países anglosajones. Débese esto indudablemente á
-que además de haber sido y ser constantemente leída por casi todo el
-mundo, fué dramatizada y obtuvo tan buen éxito que se ha representado
-centenares de veces. Recientemente se publicó también una versión
-francesa: _Le Cas Étrange du Docteur Jekyll_, hecha con no poco gusto
-y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre,
-y ahora aparece la española, que estamos seguros ha de ser tan bien
-recibida como aquélla.
-
-La novela posee ya de por sí un interés dramático poco común, y en
-toda ella se revela ese arte peculiar y característico de su autor en
-el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee.
-En este trabajo psicológico ó psico-fisiológico, Stevenson ha logrado
-sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles,
-uniendo discretamente lo maravilloso con lo científico y la enseñanza
-moral con la narración más interesante de ese combate entre dos
-naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre sí,
-revelando el imperio que ejerce la más ruin sobre la más noble, cuando
-á tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos.
-
-La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavíos, de todo
-adorno maravilloso y de la parte fantástica, es la historia de muchos
-que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, sólo que en el
-presente caso está trazada por la mano maestra del reputado autor
-escocés.
-
- LOS EDITORES.
-
- NUEVA YORK, _Abril, 1891_.
-
-
-
-
-EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL.
-
-
-
-
-HISTORIA DE LA PUERTA.
-
-
-El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual
-no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de
-hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y
-sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones
-de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo
-eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué,
-nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos
-síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un
-modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para
-consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse
-por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte
-años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para
-con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no
-sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres
-inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y
-siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,--tenía por
-costumbre decir, no sin cierta agudeza--hacia la herejía de Caín; dejo
-que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter,
-resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última
-influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos,
-durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á
-demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.
-
-Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente
-impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos
-similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el
-aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había
-hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes
-había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la
-hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación
-especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo
-Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho
-la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar
-uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los
-encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban,
-que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo
-era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de
-consuelo.
-
-Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que
-eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas
-las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los
-negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.
-
-La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una
-callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente
-tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio
-activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos
-mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al
-embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas
-de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á
-uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras.
-Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y
-la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con
-las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego
-brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas
-persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota
-de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes.
-
-Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda
-yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada
-de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de
-aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos
-pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el
-muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo
-demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido.
-La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba
-deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón
-de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de
-las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante
-muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos
-visitantes, ó de reparar sus daños.
-
-El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela,
-y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con
-su bastón.
-
---¿Habéis observado alguna vez esta puerta?--preguntó; y cuando su
-amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:--se halla enlazada en
-mi memoria con una historia harto singular.
-
---¿De veras?--dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz--¿qué
-historia es esa?
-
---Hela aquí--replicó el Sr. Enfield.--Regresaba á mi casa desde un
-punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de
-invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde
-no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se
-hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas;
-mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea
-ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas:
-una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este,
-y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era
-dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las
-dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor
-calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando
-su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el
-del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi
-hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la
-criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba
-enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero
-me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas
-que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la
-niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar.
-En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien
-asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las
-cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el
-primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor,
-así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me
-sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada
-de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo
-y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que
-nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor
-palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía
-lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y
-como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor.
-Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel
-asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres.
-Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra
-las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he
-visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en
-medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia
-de espíritu brutal, sarcástica--como desafiando á todos, aunque en el
-fondo yo veía que estaba asustado.
-
---Si lo que deseáis--dijo--es sacar dinero á costa de este
-incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el
-escándalo--añadió;--decidme la suma que pretendeis.
-
-La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia
-de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en
-todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por
-acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que
-nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta;
-sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras
-en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero
-al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir;
-era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres
-de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si
-realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro
-personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era
-común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta
-de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por
-un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una
-tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:
-
---Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el
-despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.--Partimos todos; el
-doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la
-noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos
-juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de
-eso; era bueno.
-
---Vaya, vaya--exclamó Utterson.
-
---Veo que experimentais igual duda que yo--repuso Enfield;--sí, es
-verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un
-ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible
-y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la
-alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas
-es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á
-quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que
-pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de
-su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de
-la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla
-lejos de explicar las cosas--añadió; y después continuó pensativo,
-sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de
-ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:
-
---¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?
-
---¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!--repuso
-Enfield--pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas
-á sus señas; no vive aquí.
-
---¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la
-puerta?--volvió á decir el Sr. Utterson.
-
---No señor, he tenido esa delicadeza--añadió Enfield.--Tengo viva
-repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se
-hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si
-tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una
-colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta
-que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda
-herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la
-familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No,
-señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más
-sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.
-
---Es, verdaderamente, un buen método--dijo el abogado.
-
---Pero he estudiado el paraje yo mismo--siguió diciendo Enfield;--la
-construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra
-puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de
-tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista
-al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna;
-los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene
-una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir
-allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón
-sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil
-decir dónde concluye una y comienza otra.
-
-Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.
-
---Enfield--exclamó el Sr. Utterson--tenéis una excelente regla de
-conducta.
-
---Así lo creo--repuso Enfield.
-
---Pero, á pesar de todo--continuó el jurisconsulto--hay una cosa que
-quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á
-la niña.
-
---Bien--contestó Enfield--no veo ningún mal en ello. Era un individuo
-llamado Hyde.
-
---¡Hum!--dijo Utterson--¿qué clase de hombre es?
-
---No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta
-falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he
-visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber
-en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque
-no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin
-embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario.
-No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco
-describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este
-mismo instante.
-
-El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y
-luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:
-
---¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?
-
---Querido señor...--dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella
-pregunta.
-
---Sí, ya sé,--continuó Utterson--ya sé que eso debe parecer extraño.
-El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la
-conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si
-en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar.
-
---Creo que hubiérais podido avisarme--replicó Enfield, con algo de mal
-humor--pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y
-lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana.
-
-Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el
-joven, reanudando entonces la conversación, añadió:
-
---Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me
-avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en
-no volver á tratar ese asunto.
-
---De todo corazón--respondió el abogado--os doy mi palabra y un apretón
-de manos, Ricardo.
-
-
-
-
-EN BUSCA DEL SR. HYDE.
-
-
-Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero,
-con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde
-se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando
-concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de
-cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que
-el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba
-tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que
-quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su
-cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre,
-en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll,"
-y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento
-era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo
-una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento
-declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll,
-Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos
-de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó
-una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un
-período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión
-de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre
-de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á
-los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel
-documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad
-de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y
-ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su
-desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado
-su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le
-conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual
-nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre
-fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo
-que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para
-dejarle ver á un verdadero demonio.
-
-Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse
-hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo,
-el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos
-clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el
-jurisconsulto.
-
-El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le
-sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué
-directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el
-doctor Lanyón.
-
-El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero,
-saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había
-encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes
-eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió
-á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno
-de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre
-verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas
-y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua
-consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba
-hallarse juntos.
-
-Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto
-que le aguijoneaba penosamente el espíritu.
-
---Supongo, Lanyón--dijo--que vos y yo debemos ser los dos amigos más
-viejos que tiene Enrique Jekyll.
-
---Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes--contestó riéndose el
-Dr. Lanyón;--pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo
-ahora...
-
---¿Cómo?--exclamó Utterson--yo creía que teníais intereses comunes.
-
---Los hemos tenido--repuso el doctor--pero desde hace diez años,
-el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí.
-Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de
-vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él,
-á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy
-rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes
-ideas--añadió el doctor poniéndose encarnado--hubieran hecho reñir á
-Damón y Pythias.
-
-Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio
-al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna
-cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener
-pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de
-su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó
-algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó
-la pregunta objeto de su visita:
-
---¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?
-
---¿Hyde?--repitió Lanyón.--No, jamás he oído nada de él. Su amistad
-debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.
-
-Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su
-gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las
-primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso
-para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por
-la duda.
-
-Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto
-á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su
-problema.
-
-Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista
-intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias,
-por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose
-de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto,
-conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba
-desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban
-como cuadros luminosos de un panorama.
-
-Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por
-faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después
-la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en
-fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana,
-pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos.
-Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde
-dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta
-del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente
-á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora
-indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con
-dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda
-la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la
-forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó
-caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á
-través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la
-esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar
-de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro
-que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida,
-ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y
-así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del
-abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante,
-de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si
-alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio,
-desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando
-se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la
-extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se
-quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo
-que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto;
-ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad
-ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en
-el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.
-
-Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la
-puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la
-hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena
-actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna
-velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas
-horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel
-sitio.
-
-Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y
-apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un
-salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero
-soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.
-
-Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la
-callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido
-sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían
-los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas,
-distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos.
-Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó
-su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso
-de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á
-distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes
-de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que
-venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan
-excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un
-presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en
-la entrada del callejón.
-
-Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos
-en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no
-tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era
-pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia,
-no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho
-á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de
-andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.
-
-El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba,
-diciendo:
-
---¿El Sr. Hyde, si no me equivoco?
-
-Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un
-silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el
-rostro del abogado, contestó con sequedad:
-
---Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?
-
---Veo que vais á entrar--repuso el abogado.--Soy un antiguo amigo del
-Dr. Jekyll;--Utterson, de la calle Gaunt.--Debéis haber oído mi nombre,
-y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de
-recibirme.
-
---No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa--replicó Hyde soplando
-en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado,
-añadió:--¿Cómo me habéis conocido?
-
---Ahora os toca á vos--dijo Utterson--¿queréis concederme un favor?
-
---Con mucho gusto--contestó Hyde--¿de qué se trata?
-
---¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?--preguntó el abogado.
-
-Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión
-súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó
-desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.
-
---Ahora os reconoceré--dijo Utterson--lo cual puede ser conveniente.
-
---Sí--replicó Hyde--no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á
-propósito, os daré las señas de mi casa--y le dijo un número de una
-calle en Soho.
-
---¡Dios mío!--pensó Utterson--¿se habrá acordado también él del
-testamento?--Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas
-palabras como para agradecer las señas dadas.
-
---Bien, veamos--dijo Hyde--¿cómo me habéis conocido?
-
---Por una descripción--fué la repuesta.
-
---Una descripción, ¿de quién?
-
---Tenemos amigos comunes--añadió Utterson.
-
---¿Amigos comunes?--repuso Hyde como un eco y con voz ronca.--¿Quiénes
-son?
-
---Jekyll, por ejemplo--dijo el abogado.
-
---Jamás os ha dicho nada--exclamó Hyde con un movimiento de cólera.--No
-os creía capaz de mentir.
-
---Algo dura me parece esa palabra--replicó Utterson.
-
-Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria,
-levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.
-
-El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición
-de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose
-á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso
-de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba
-caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era
-pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin
-que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía
-una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal
-de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba
-por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios,
-pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y
-el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se
-dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese
-hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita.
-¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el
-simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él
-y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi
-pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás
-puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!
-
-Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de
-antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas,
-divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á
-hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos,
-abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas
-casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se
-hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa,
-que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida
-en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué
-donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen
-porte abrió la puerta.
-
---Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?--preguntó el abogado.
-
---Voy á ver, Utterson--contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto
-en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con
-hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de
-campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.
-
---¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al
-comedor?
-
---Aquí, gracias--contestó el abogado, aproximándose al fuego.
-
-Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la
-predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre
-de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella
-noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro
-de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como
-disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una
-amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de
-los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.
-
-Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;--he
-visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía,
-Poole--le dijo el abogado--¿es eso natural no estando en casa el Dr.
-Jekyll?
-
---Completamente natural y regular, Sr. Utterson--repuso el criado.--El
-Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.
-
---Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.
-
---Sí, señor, es verdad--contestó Poole--todos tenemos orden de
-obedecerle.
-
---No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde--dijo Utterson.
-
---¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí--añadió el ayuda de
-cámara.--En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la
-casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.
-
---Bien, buenas noches, Poole.
-
---Buenas noches, Sr. Utterson.
-
-Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido.
-¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el
-presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven,
-hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó
-temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser
-algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de
-alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la
-memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.
-
-Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y
-escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que
-algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante
-limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas
-de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como
-profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que
-creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de
-las que había sabido evitar.
-
-Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.
-
-Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para
-sí--debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su
-cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll
-serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir
-así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como
-un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el
-tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la
-existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que
-yo me ocupe de este asunto--si Jekyll quiere permitírmelo--añadió--si
-Jekyll quiere dejarme obrar--pues una vez más vió ante sus ojos
-escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas
-del testamento.
-
-
-
-
-EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.
-
-
-Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una
-de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres
-inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson,
-que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de
-haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque
-ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían
-de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado,
-cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre,
-habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer
-algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á
-la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio,
-pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll
-no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al
-fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituído, de rostro
-barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia
-inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson
-una amistad tan viva como sincera.
-
---Deseaba hablaros, Jekyll--comenzó diciendo el Sr.
-Utterson--¿recordáis aquel testamento vuestro?
-
-Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era
-agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer.
-
---Mi pobre Utterson--le dijo--sois desgraciado tratándose de un cliente
-como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi
-testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón,
-cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien
-sé que es un excelente compañero--no tenéis necesidad de fruncir el
-entrecejo--sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á
-menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante
-declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como
-Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él.
-
---Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento--dijo el Sr.
-Utterson, volviendo al tema de su conversación.
-
---¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco--añadió el doctor algo
-contrariado--ya me habíais hablado de eso.
-
---Pues bien, os lo vuelvo á decir--continuó el jurisconsulto--he sabido
-algo respecto del tal Hyde.
-
-La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo
-negruzco se dibujó alrededor de sus ojos.
-
---No deseo oir nada más--exclamó;--pensaba que no volveríamos á hablar
-de esa cuestión, según lo teníamos convenido.
-
---Lo que he sabido es horrible--dijo Utterson.
-
---No puedo variar nada; no comprendéis mi situación--replicó el
-doctor, con cierta incoherencia.--Mi situación es penosa, Utterson;
-mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos
-asuntos que no se pueden arreglar con palabras.
-
---Jekyll--dijo Utterson--me conocéis; soy hombre en quien se puede
-confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en
-confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación.
-
---Mi buen Utterson--repuso el doctor--lo que hacéis es bueno, es
-francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar
-expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto,
-me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de
-mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no
-es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una
-cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme,
-desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias
-otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy
-persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os
-ruego que lo dejéis dormir.
-
-Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del
-hogar.
-
---No dudo que quizá tengáis razón--dijo, en fin, levantándose.
-
---Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez,
-según lo espero--siguió diciendo el doctor--hay un punto que desearía
-haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese
-pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya
-sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre;
-y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y
-hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supiéseis todo, y
-aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis.
-
---No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle--dijo el
-abogado.
-
---No es eso lo que os pido--contestó Jekyll, como si defendiese una
-causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson--no os pido más
-que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté
-aquí.
-
-Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.
-
---Bien--dijo--lo prometo.
-
-
-
-
-EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.
-
-
-Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la
-ciudad de Londres quedó horrorizada por un crimen que demostraba una
-brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la
-alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada
-cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina
-había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche
-estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del
-cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz
-de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó
-sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana,
-y se entregó por completo á sus ensueños.
-
-Jamás--acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería
-después el acontecimiento--jamás se había sentido tan en paz con
-todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo.
-Hallándose sentada así, vió á un caballero de edad, de buen porte, con
-el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á
-su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había
-reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro
-para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al
-otro con la mayor deferencia.
-
-No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia;
-y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba
-el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la
-muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter
-ingénuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado.
-
-En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y
-le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado
-á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado
-bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una
-impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera,
-pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los
-términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió
-un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado,
-le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de
-un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los
-cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo.
-Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el
-conocimiento.
-
-Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la
-policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía
-en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que
-sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada,
-estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad
-insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió,
-probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se
-le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni
-papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar
-al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr.
-Utterson.
-
-Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana,
-antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en
-que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.
-
---Nada diré hasta haber visto el cadáver--exclamó--esto puede ser muy
-serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible
-tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía
-en donde se encontraba el cadáver.
-
-Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:
-
---Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers
-Carew.
-
---¡Dios mío! ¡será posible! caballero--exclamó el agente de policía. Y
-sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.--Este asunto
-hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.--Luego
-refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo
-roto del bastón.
-
-Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando
-le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo
-reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.
-
---¿Es Hyde--preguntó el abogado--persona de pequeña estatura?
-
---Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la
-criada--añadió el agente.
-
-Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:
-
---Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa
-del asesino.
-
-Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran
-neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero
-el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como
-el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor
-un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como
-al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como
-la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía
-completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los
-torbellinos de nubes.
-
-El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros,
-con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles
-encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad,
-parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada
-en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran
-lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de
-ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede
-experimentar hasta el hombre más honrado.
-
-Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se
-disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa
-de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos
-á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos
-acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de
-distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las
-llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de
-la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló
-separado de todos aquellos desagradables cuadros.
-
-Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre
-que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.
-
-Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta.
-Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales
-nada dejaban que desear.
-
---Sí--dijo--aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.
-
-Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto
-á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso;
-sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en
-prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta
-la tarde del día anterior.
-
---Perfectamente, deseamos ver su habitación--dijo el abogado--y como
-la mujer empezaba á manifestar que era imposible.--Bueno es que
-sepáis--continuó--que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de
-Scotland.
-
-Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la
-mujer.--¡Ah!--exclamó--¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha
-hecho?
-
-Utterson y el inspector cambiaron una mirada.
-
---Parece que no es hombre muy popular--observó el inspector.--Y ahora,
-buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación.
-
-En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la
-presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban
-adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas
-de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared
-colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll,
-quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de
-colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones
-indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían
-trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar
-un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De
-entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un
-libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la
-segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como
-esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una
-visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles
-de libras, completó su satisfacción.
-
---Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que
-caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro
-modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo
-del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar
-publicar los anuncios con su filiación.
-
-Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde
-tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos
-veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había
-sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo,
-no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder
-comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa,
-en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había
-llamado la atención de cuantos lo habían visto.
-
-
-
-
-INCIDENTE DE LA CARTA.
-
-
-Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la
-casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo
-condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo
-fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó
-gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los
-herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares
-le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado
-el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera
-vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones
-de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin
-ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la
-sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía
-y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos
-químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba
-obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el
-extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un
-lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el
-gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con
-puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande,
-de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz
-por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego
-chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra
-de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos
-la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al
-parecer, enfermo de cuidado.
-
-No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano
-helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida.
-
---Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis
-la noticia?
-
-El doctor se estremeció.
-
---La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi
-comedor.
-
---Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos
-también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante
-loco para ocultar á ese hombre?
-
---Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis
-ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en
-este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no
-lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended
-bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.
-
-El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le
-agradaba.
-
---Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo,
-espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro
-nombre podrá salir á luz.
-
---Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante
-certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie.
-Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo...
-he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la
-policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis
-la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta
-confianza en vos!
-
---¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo
-descubrir?--preguntó el abogado.
-
---No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra
-á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo;
-hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.
-
-Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo
-de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.
-
---Pues bien--dijo--dejadme ver la carta.
-
-La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y
-firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor,
-el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan
-indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que
-afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar,
-poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.
-
-La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más
-favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró
-interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.
-
---¿Tenéis el sobre?--le preguntó.
-
---Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía
-contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la
-mano.
-
---¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una
-determinación?--preguntó Utterson.
-
---Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca
-mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo.
-
---Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía
-que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro
-testamento referentes á esa desaparición?
-
-Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los
-labios y bajó la cabeza.
-
---Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena
-habéis escapado!
-
---Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh!
-¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro
-con ambas manos.
-
-Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.
-
---Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?
-
-Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo
-circulares.
-
-Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus
-antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del
-laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo
-gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro
-modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.
-
-En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz
-ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del
-Parlamento!"
-
-Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no
-podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese
-comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una
-determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente
-acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la
-necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.
-
-Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el
-Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos,
-á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino
-añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva
-de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles
-encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas
-clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de
-la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando
-el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el
-cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de
-calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves,
-parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor
-de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas
-iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres.
-Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre
-para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía
-haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del
-doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no
-hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado
-en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea,
-una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía
-explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante
-y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y
-corriente.
-
-El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil
-leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y
-según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.
-
---Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado.
-
---Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el
-Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco.
-
---Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó
-Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con
-reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos
-es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el
-autógrafo de un asesino.
-
-Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento
-con el mayor interés.
-
---No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña.
-
---Y según parece, el que lo escribió es también un hombre
-extraño--añadió el abogado.
-
-Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.
-
---¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber
-reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?
-
---Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?
-
---Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la
-otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.
-
---Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un
-autógrafo muy interesante.
-
-Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo
-del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:
-
---Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas?
-
---Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos
-letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.
-
---Es cosa original, ¿verdad?
-
---Sí, señor, muy original--contestó Guest.
-
---No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el
-abogado.
-
---Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo.
-
-Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el
-documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.
-
---¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la
-letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas.
-
-
-
-
-NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.
-
-
-Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de
-recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos
-como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las
-investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido.
-Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida
-pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse
-historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre,
-sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que
-había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un
-indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de
-Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del
-tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad
-fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba
-ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella
-nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida
-nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió
-á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad,
-se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado
-á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más
-franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que
-hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.
-
-El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía
-de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas
-del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando
-formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el
-catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado
-en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató
-otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos
-meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su
-amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su
-ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se
-decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.
-
-Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto
-al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El
-doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre
-de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas;
-distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo
-aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron
-la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del
-doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu.
-Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo
-sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber
-que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus
-fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala
-cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba
-perdido.
-
---He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar
-nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido
-agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla.
-Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más
-gusto.
-
---Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto?
-
-Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:
-
---Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó
-con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que
-evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.
-
---Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros
-útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo
-bastante para tener otros.
-
---No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él.
-
---No quiere verme--contestó el abogado.
-
---No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya
-muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo
-decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar
-conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no
-podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos,
-pues no puedo sufrir esa conversación.
-
-Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de
-ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de
-su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga
-contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y
-á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa
-con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo
-amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á
-vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada;
-no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo
-cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir
-mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo
-nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima
-principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para
-sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que
-hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar
-mi silencio."
-
-Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había
-vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una
-semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una
-dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad,
-tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de
-nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente,
-locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber
-en todo aquello algún misterio más grave.
-
-Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes
-de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que
-le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete,
-y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una
-gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por
-su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la
-enfática inscripción siguiente: _Personal. Para ser entregado en manos
-del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido
-antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido._ El abogado
-temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si
-esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco
-leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo
-que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: _No
-debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del
-Doctor Enrique Jekyll_. Utterson no podía creer lo que estaban viendo
-sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato
-testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de
-desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.
-
-Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la
-siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto
-horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra?
-Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no
-atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de
-todos aquellos misterios.
-
-Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le
-imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el
-más secreto cajón de su cofre particular.
-
-Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra
-parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel
-momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo
-superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas
-estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá
-se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también,
-en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y
-en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar
-en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse
-á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada
-bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que
-nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas
-veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no
-leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba
-ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco
-fué disminuyendo las visitas.
-
-
-
-
-INCIDENTE DE LA VENTANA.
-
-
-Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr.
-Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela;
-cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante
-para examinarla.
-
---En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver
-al Sr. Hyde.
-
---Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y
-que experimenté la misma repulsión que vos?
-
---Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió
-Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al
-saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del
-Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo
-buscase y de que haya encontrado.
-
---Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó
-Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio
-y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto
-respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me
-indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.
-
-El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un
-crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente
-iluminado por los rayos del sol poniente.
-
-La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de
-ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso
-inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.
-
---¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor.
-
---Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz
-apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios.
-
---Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el
-abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield
-y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el
-sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.
-
---Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no,
-es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me
-alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el
-veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es
-del todo conveniente.
-
---¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos
-hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que
-estamos.
-
---Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros--replicó
-sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y
-antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara,
-ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos
-caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.
-
-Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada
-instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y
-dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras.
-Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una
-calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna
-animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo
-miró.
-
-Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan
-grande, que decía bastante por sí misma.
-
---¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!--exclamó Utterson.
-
-El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en
-silencio su camino.
-
-
-
-
-LA ÚLTIMA NOCHE.
-
-
-Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar,
-cuando quedó sorprendido por la visita de Poole.
-
---¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?--le dijo el abogado; y
-mirándolo de nuevo, añadió:
-
---¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor?
-
---Sr. Utterson--contestó el criado--hay algo que va mal.
-
---Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos--añadió
-Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que
-deseáis.
-
---Conocéis la manera de vivir del doctor--empezó á decir Poole--y
-sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su
-gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.
-
---Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro.
-
---Me asusté hace una semana poco más ó menos--contestó Poole, evitando
-con algo de mal humor la pregunta que se le hacía--y no puedo ya
-soportar más la cosa.
-
-El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo
-el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no
-había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con
-el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban
-en un punto del techo.
-
---No puedo soportar más tiempo eso--volvió á repetir.
-
---Vamos--dijo Utterson--veo que tenéis un verdadero motivo para
-hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal.
-Procurad decirme lo que es.
-
---Creo que ha habido algún crimen--añadió Poole con voz ronca.
-
---¡Un crimen!--exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer
-más irritado aún--¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso?
-
---No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo
-vos mismo?
-
-Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una
-capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le
-pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor
-sorpresa, que el vino no había sido tocado.
-
-La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida
-y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas
-nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso
-impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los
-transeuntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había
-visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente
-lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida
-había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues
-volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de
-que se encaminaba hacia una gran desgracia.
-
-Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles
-descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del
-muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos
-pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío,
-se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un
-pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor
-producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia
-que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca.
-
---En fin, señor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya
-sucedido nada malo.
-
---Amén, Poole--contestó el abogado.
-
-En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la
-cadena, y una voz preguntó desde adentro:
-
---¿Sois vos, Poole?
-
---Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta.
-
-El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego
-ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y
-mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño
-de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de
-contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:--¡Bendito sea Dios!
-es el Sr. Utterson--corrió hacia él como queriendo abrazarlo.
-
---¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?--dijo el abogado con aire triste.--Es
-muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.
-
---Todos están asustados--repuso Poole.
-
-Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra
-aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus
-gemidos.
-
---Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que
-demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y
-realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación,
-todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los
-rostros.
-
---Y ahora--añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina--dadme una luz,
-y vamos á saber la verdad de este asunto.
-
-Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que
-conducía al jardín.
-
---Andad lo más despacio que podáis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego
-que escuchéis y que no dejéis oir nuestras pisadas. Tened cuidado,
-señor, de no entrar, si por casualidad os llamase.
-
-Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi
-quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado
-á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y
-sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que
-permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz,
-y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando
-con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela
-encarnada de la puerta del gabinete.
-
---El Sr. Utterson desea veros, señor--dijo el criado; y al hablar hacía
-seña con viveza al abogado para que escuchase.
-
-Una voz contestó desde el interior:
-
---Decidle que no puedo ver á nadie--y sus palabras parecían un largo
-quejido.
-
---Gracias, señor--respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la
-voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta
-la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban
-por el suelo.
-
---Señor--dijo mirando á Utterson--¿os parece que era aquélla la voz de
-mi amo?
-
---Sí, parece haber cambiado mucho--contestó Utterson muy pálido, y
-mirándole también.
-
---Cambiada, no cabe duda--añadió el criado.--¿Hubiera estado yo veinte
-años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su
-voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaparecido y también él; ha sido
-muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y
-quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso
-pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.
-
---He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece
-relación salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordiéndose los
-dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que
-el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino
-en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple
-razón se niega á creerla.
-
---Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin
-embargo, llegaré á lograrlo--contestó Poole.--Es preciso que sepáis,
-que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en
-aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y
-no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces
-á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde
-hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles
-y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre
-los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos
-los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á
-todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro
-papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para
-distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una
-razón cualquiera.
-
---¿Tenéis alguno de esos papeles?--preguntó Utterson.
-
-Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado
-examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo
-siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura
-que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En
-el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en
-casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud
-más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen
-inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de
-la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera
-decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita,
-pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que
-había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las
-siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad
-que la antigua."
-
---Es una extraña nota--dijo Utterson, y luego añadió con
-severidad:--¿cómo la habéis tenido abierta?
-
---El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí
-como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole.
-
---¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del
-doctor?--preguntó el abogado.
-
---He pensado que la letra se parecía á la suya--dijo el criado con tono
-áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:--¿pero qué importancia
-puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona?
-
---¿Le habéis visto?--repitió Utterson.--¿Y bien?
-
---He aquí, he aquí la historia--prosiguió Poole.--Entré súbitamente
-en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido
-á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la
-puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de
-la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me
-vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al
-gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron
-de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba
-una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado
-aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y
-luego...--Poole calló y se pasó la mano por la frente.
-
---Realmente, son muy extraños esos detalles--dijo Utterson--pero creo
-entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por
-una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo;
-de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la
-máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí
-la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre
-conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude!
-Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante
-sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello
-concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.
-
---Señor--dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y
-encarnado--aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi
-amo--miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy
-baja--es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un
-enano.
-
-Utterson trató de protestar.
-
---¡Oh! señor--exclamó Poole--¿podéis pensar que no conozco á mi amo
-después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su
-cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las
-mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca
-el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor
-Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un
-crimen.
-
---Poole--replicó el abogado--si habláis así, mi deber exige llegar
-hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de
-vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado
-que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.
-
---¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!--exclamó el criado.
-
---Y ahora viene la segunda pregunta--continuó diciendo
-Utterson;--¿quién romperá la puerta?
-
---¿Cómo? vos y yo, señor--dijo valerosamente Poole.
-
---Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidaré de
-que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.
-
---Hay un hacha en el laboratorio--indicó Poole--y vos podéis tomar un
-hierro de la cocina.
-
-El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y
-moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:--¿Sabéis que vos y yo
-vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?
-
---Bien lo podéis decir, señor--contestó el criado.
-
---Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos,
-el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho;
-hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis
-reconocido?
-
---Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan
-inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el
-Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su
-tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él
-hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado
-sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave
-consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna
-vez al Sr. Hyde.
-
---Sí--contestó el abogado--he hablado una vez con él.
-
---Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño
-en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor;
-sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.
-
---Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que
-indicáis--contestó Utterson.
-
---Pues bien--siguió diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada,
-parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se
-escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh!
-bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído
-para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era
-el Sr. Hyde.
-
---¡Ah! ¡ah!--exclamó el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo.
-Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con
-semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha
-sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está
-aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á
-Bradshaw.
-
-El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso.
-
---Armáos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina
-aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo
-queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo
-va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de
-esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo
-obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta
-trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á
-la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos
-para llegar á vuestro puesto.
-
-Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.--Ahora
-Poole--dijo al criado--vamos allá;--y llevando el hierro bajo el
-brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna,
-y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por
-bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía
-mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del
-laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. Á su alrededor se oía
-el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían
-el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del
-gabinete.
-
---Así es como anda todo el día--dijo Poole--y ¡ay! también parte de la
-noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto
-de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante
-enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de
-sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es
-ese el andar del doctor.
-
-Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero
-muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del
-Doctor Jekyll. Utterson suspiró.
-
---¿No hay nada más?--preguntó luego.
-
-Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--¡una vez--dijo--una vez
-le he oído llorar!
-
---¿Llorar? ¿cómo puede ser?--exclamó el abogado extremeciéndose de
-horror.
-
---Llorar como una mujer ó como un alma extraviada--añadió el
-criado.--Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido
-llorar también.
-
-Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se
-hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la
-mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los
-latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban
-y venían en medio de la tranquilidad de la noche.
-
---Jekyll--gritó Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detúvose un
-instante, pero nadie contestó.--Os doy un buen consejo; hemos concebido
-sospechas; es preciso que os vea y os veré--y moviéndose, añadió--si
-no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo
-permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.
-
---Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, ¡piedad, piedad!
-
---¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclamó
-Utterson.--¡Poole, derribad la puerta!
-
-Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el
-edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la
-cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero
-animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe;
-los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó
-el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban
-completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó
-rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior
-de la estancia.
-
-Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había
-sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista
-con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y
-chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó
-dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio,
-y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase
-creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios
-brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres
-aquella noche.
-
-Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre
-cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo
-boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido
-con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la
-corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con
-una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el
-frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras
-esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el
-cuerpo de un suicida.
-
---Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para
-castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el
-cuerpo de vuestro amo.
-
-La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que
-comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el
-gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas
-al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la
-callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete
-por otra escalera.
-
-Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran
-despensa.
-
-Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación
-podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el
-polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían
-permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por
-objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor
-de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la
-inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de
-araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor
-rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.
-
-Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:
-
---Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como
-un eco--que esté enterrado aquí.
-
---Ó puede haber huído--repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la
-puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas
-del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.
-
---Esta llave no parece haber servido--observó el abogado.
-
---¿Haber servido?--repitió Poole con la exactitud de un eco--¿no veis,
-señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.
-
---Y--siguió diciendo Utterson--los puntos rotos también están
-enmohecidos.
-
-Los dos hombres se miraron con espanto.
-
---Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia--dijo el
-abogado.--Volvamos al gabinete.
-
-Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver,
-comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había
-en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones
-químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca
-estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre
-hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.
-
---Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á
-buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso
-á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido
-espantoso.
-
-Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido
-colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados
-junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita
-veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de
-los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era
-una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de
-una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio
-puño del doctor, que eran horribles blasfemias.
-
-Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero,
-en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba
-colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de
-las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien
-veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus
-propias personas pálidas y asustadas.
-
---Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor--dijo Poole.
-
---Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser--repuso el
-abogado casi con el mismo sonido de voz.--¿Con qué objeto tenía
-Jekyll...?--y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando
-su debilidad, añadió:--¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?
-
---También me dirijo idéntica pregunta--contestó Poole.
-
-Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de
-papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito,
-de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo
-abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus
-últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos
-que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para
-el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en
-vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa
-el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y
-finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.
-
---La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos
-días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar
-al verse desbancado, y no ha destruído el documento.
-
-Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño
-del doctor con una fecha en lo alto.--¡Oh! Poole--exclamó el
-abogado--estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo
-eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por
-qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar
-el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que
-podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.
-
---¿Por qué no leéis lo demás?--preguntó Poole.
-
---Porque temo--repuso el abogado con tono solemne--¡quiera Dios que no
-tenga ningún motivo para temer!--y hablando así, acercó el papel á sus
-ojos y leyó lo siguiente:
-
- "Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos,
- habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presidencia
- requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones
- de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar
- próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha
- avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más
- todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado
- amigo
-
- ENRIQUE JEKYLL."
-
---¿Hay otro sobre?--preguntó Utterson.
-
---Aquí está, señor--dijo Poole entregándole un paquete cerrado con
-varios sellos.
-
-El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.--No hablaré de este
-paquete--añadió.--Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo
-menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con
-calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á
-buscar á la policía.
-
-Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson,
-dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la
-antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos
-documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio.
-
-
-
-
-RELACIÓN DEL DOCTOR LANYÓN.
-
-
-"El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí por el correo, en el
-reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito
-del propio puño y letra de mi colega y antiguo compañero Enrique
-Jekyll. Quedé sumamente sorprendido, pues no teníamos costumbre de
-corresponder por escrito; además, había visto al doctor el día anterior
-y comido con él, y no podía adivinar lo que en nuestras relaciones
-exigía las formalidades del certificado. El contenido de la carta
-aumentó aún mi sorpresa; hé aquí los términos en que se hallaba
-concebida:
-
- "_10 de diciembre de 18**_
-
- "QUERIDO LANYÓN: Sois uno de mis más antiguos amigos; aunque
- hayamos tenido á veces discusiones sobre asuntos científicos,
- no recuerdo, por lo que á mí se refiere, á lo menos, la menor
- interrupción en nuestra amistad. Si hubiese llegado un día en que
- me hubiéseis dicho:--Jekyll, mi vida, mi honra, mi razón se hallan
- á vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha
- para ir en vuestra ayuda. Lanyón, mi vida, mi honra, mi razón se
- hallan enteramente á vuestra merced; si me faltáis esta noche,
- estoy perdido. Después de este prefacio vais á creer que necesito
- pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo.
-
- "Vengo á rogaros que aplacéis todos los compromisos que podáis
- tener para esta noche--aunque fuéseis llamado junto al lecho de
- un emperador--que toméis un coche, y llevando con vos esta carta
- para consultarla, que vengáis directamente á mi casa. Poole, mi
- criado, tiene mis órdenes; estará aguardándoos con un cerrajero.
- Será preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraréis
- solo; abriréis el armario que tiene un cristal (letra E), á la
- izquierda, romperéis la cerradura si está cerrado; sacaréis, _con
- todo su contenido, tal cual está_, la cuarta gaveta contando desde
- arriba, ó lo que es igual, la tercera empezando á contar desde
- abajo. En medio de mi extremada desesperación, tengo un temor
- mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase,
- conoceríais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene:
- algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que
- llevéis con vos esa gaveta á la plaza de Cavendish, tal cual la
- halléis.
-
- "Esta es la primera parte del favor que os pido. Si partís así que
- recibáis esta carta, deberéis estar de regreso mucho antes de media
- noche; pero os dejo algunas horas de margen, no sólo por temor de
- uno de esos obstáculos que no se pueden prever ni impedir, sino
- también porque es preferible que haya llegado la hora del descanso
- de vuestros criados para concluir lo que os quedará que hacer.
-
- "Luego, á media noche, os ruego que permanezcáis solo en vuestro
- gabinete de consulta, que conduzcáis hasta él á un hombre que
- se presentará en mi nombre, y que le entreguéis la gaveta que
- habréis llevado de mi casa. Entonces habrá concluído vuestro papel
- y mereceréis mi más completa gratitud. Cinco minutos después, si
- insistís deseoso de tener una explicación, comprenderéis que todas
- estas precauciones tenían una importancia capital, y que el haber
- descuidado una sola, por fantástica que pueda parecer, hubiera sido
- cargar vuestra conciencia con mi muerte ó con la pérdida de mi
- razón.
-
- "Á pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaréis de mi
- ruego, mi corazón desfallece, y tiembla mi mano sólo con pensar
- en semejante posibilidad. Acordaos de mí en esta hora, de mí que
- estoy en una extraña situación, atormentado por la negrura de una
- desgracia que ninguna imaginación podría llegar á exagerar; pensad,
- también, que si queréis servirme con puntualidad, desaparecerá mi
- turbación y todo ello no será más que una historia enterrada.
-
- "Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro
- amigo--E. J.
-
-
- "P. S.--Había cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se
- apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que
- esta carta no llegue á vuestras manos hasta mañana por la mañana.
- En ese caso, querido Lanyón, cumplid mi encargo durante el día á
- la hora que os sea más cómoda, y aguardad otra vez mi mensajero
- á media noche. Pero quizá será demasiado tarde; y si transcurre
- entonces la noche sin ninguna novedad, podréis decir que habéis
- recibido la última noticia de,
-
- ENRIQUE JEKYLL."
-
-Al leer aquella carta me convencí de que mi colega estaba loco; pero
-hasta que la cosa no ofreciese género ninguno de duda, decidí ejecutar
-lo que me pedía. Cuanto menos comprendía yo todo aquel fárrago, menos
-me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal petición
-dirigida en semejantes términos, no podía ser rechazada sin incurrir
-en grave responsabilidad. Me levanté inmediatamente de la mesa y fuí
-á buscar un carruaje que me condujo directamente á casa de Jekyll.
-El criado aguardaba mi llegada; había recibido por el mismo correo
-que yo un pliego certificado que contenía sus instrucciones, y envió
-á buscar en el acto á un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros
-llegaron mientras estábamos hablando, y fuimos todos juntos á la sala
-de disección del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, según
-lo sabéis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete
-particular de Jekyll. La puerta era muy sólida, la cerradura excelente;
-el carpintero confesó que tendría mucho trabajo y que haría mucho
-destrozo, si tenía que emplear la fuerza; el cerrajero llegó á creer
-que no podría descerrajarla, pero era un hábil obrero, y después de dos
-horas de trabajo, quedó abierta la puerta.
-
-El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta,
-la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza
-de Cavendish.
-
-Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban
-bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico
-fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido
-manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los
-sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal
-cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba
-lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio,
-con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes,
-no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como
-casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas
-series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años,
-pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más
-ó menos, y bruscamente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve
-observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra
-_doble_, que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de
-algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la
-lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras
-_fracaso total_.
-
-Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del
-objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el
-diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con
-las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué
-razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á
-la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mi ligero colega?
-Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y
-aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que
-ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me
-convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral;
-sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fuí á buscar
-un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si
-hubiese sido necesario.
-
-Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se
-dejó oir muy despacio. Fuí á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de
-pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada.
-
---¿Venís de parte del Doctor Jekyll?--le pregunté.
-
-Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no
-me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia
-la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca,
-y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el
-desconocido tembló y que se apresuró á entrar.
-
-Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultaré, de un modo
-desagradable; no perdí de vista á mi hombre, gracias á la luz
-brillante que había en mi sala de consultas, y puse la mano sobre
-el arma para estar prevenido á todo evento. En fin, tuve la suerte
-de verlo. Jamás, es absolutamente cierto, mis ojos lo habían visto
-antes. Era pequeño, según he dicho; me sorprendió la expresión de su
-fisonomía, en la que podía leerse una curiosa mezcla de grandísima
-actividad muscular y de indudable debilidad de constitución; por
-último, me sorprendió todavía más la penosa turbación subjetiva que me
-producía su vecindad; y fué de género tal, que mis miembros parecían
-helarse y que el pulso latía con menos violencia. Atribuí entonces
-aquellas sensaciones á alguna repugnancia idiosincrásica y personal;
-pero á pesar de todo, me sorprendía la vivacidad de mis impresiones,
-si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa
-yacía muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre,
-y que me movía algún pensamiento más noble que el odio.
-
-Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí
-una sensación que sólo puedo definir llamándola _curiosidad mezclada
-con repugnancia_, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo
-en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un
-género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande
-para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas
-y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le
-llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía
-demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese,
-aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé
-qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo
-que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia
-misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba
-fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del
-hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y
-la posición que ocupaba en el mundo.
-
-Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas,
-se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido
-demostraba arder en una sombría impaciencia.
-
---¿La habéis traído?--exclamó--¿la habéis traído?
-
-Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de
-sacudirlo.
-
-Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación
-glacial en toda mi sangre.
-
---Vamos, caballero--le dije--olvidáis que no tengo el gusto de
-conoceros; permaneced sentado, si gustáis.
-
-Le dí ejemplo, sentándome en mi sillón habitual, con la misma
-tranquilidad que si hubiese tenido que habérmelas con un enfermo
-cualquiera; tan tranquilo, á lo menos, como me lo permitían la hora
-avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me
-inspiraba mi huésped.
-
---Os pido perdón, Doctor Lanyón--contestó bastante cortesmente;--vengo
-aquí á ruego de vuestro compañero el Doctor Enrique Jekyll, para un
-asunto de cierta importancia, y quería decir...
-
-Detúvose, y se llevó la mano á la garganta, reparando por su acción que
-luchaba contra los síntomas de un ataque de histeria.
-
---Quería decir, una gaveta...
-
-Tuve entonces compasión del estado del desconocido, y quizá también
-llevado por mi curiosidad, contesté:
-
---Aquí está;--le enseñé la gaveta que estaba en el suelo detrás de una
-mesa y cubierta con el lienzo.
-
-Saltó hacia el lado de la gaveta, luego se paró, y llevó una mano al
-corazón; oí rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver,
-que me alarmé, y temí á la vez por su vida y su razón.
-
---Reponéos--le dije.
-
-Volvióse á mí, me dirigió una sonrisa atroz, y como un desesperado
-descubrió la gaveta. Al ver lo que contenía lanzó un gemido ahogado y
-un grito de alivio tal, que permanecí petrificado. Un instante después,
-con voz ya algo más tranquila, me dijo:
-
---¿Tenéis un vaso graduado?
-
-Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía.
-
-Diome las gracias con un gesto adecuado, midió algunas gotas de la
-tintura encarnada y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al
-principio era de un color rojizo, á medida que los cristales se
-deshacían comenzó á adquirir un color más vivo, á hervir visiblemente,
-luego echó como una nubecilla de vapor. De pronto, cesó la ebullición,
-y la mezcla adquirió un color de púrpura obscuro, pasando después
-lentamente á un verde agua. El desconocido, que había seguido con
-mirada muy atenta todas aquellas metamórfosis, se sonrió, colocó el
-vaso sobre la mesa, y volviéndose hacia mí y mirándome con un aire muy
-grave, me dijo:
-
---Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que
-hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me
-lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una
-palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad
-antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis
-como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos
-que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en
-un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza
-espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de
-ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán
-abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra
-vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que
-conmovería la incredulidad del mismo Satanás.
-
---Señor--contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que
-estaba lejos de tener--habláis con enigmas, y no os sorprenderá el
-que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido
-demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme
-antes de haber visto el final.
-
---Bien está--replicó el desconocido.--Lanyón, recordáis vuestros
-juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado
-secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo
-estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales,
-vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que
-habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad!
-
-Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á
-esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse,
-y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados
-en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se
-producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se
-volvió negro de repente y las líneas fisonómicas parecieron fundirse
-y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta
-la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme
-contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:--¡Oh,
-Dios!--exclamé aterrorizado;--¡Oh, Dios!--dije varias veces; ¡pues
-allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido,
-palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba
-Enrique Jekyll!
-
-Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar
-suficientemente el espíritu para escribirlo. Vi lo que vi, oí lo que
-oí, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visión se borra de mis
-ojos, me pregunto á mí mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi
-vida está resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera
-de mí continuamente, noche y día; comprendo que mis días están contados
-y que es preciso morir; y lo que es más, moriré incrédulo.
-
-En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con
-lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella
-sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será
-(si podéis creerla cierta) más de lo necesario.
-
-Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión
-del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos
-los rincones del país como asesino de Carew.
-
- HASTIE LANYÓN."
-
-
-
-
-EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL.
-
-
-Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con
-excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba
-mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían
-prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo,
-poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y
-distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia
-excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero
-difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y
-afectar en público una actitud más seria de la que generalmente
-tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis
-diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y
-reflexiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera
-posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda
-duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria
-las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto
-de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con
-una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien
-la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de
-degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto
-fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para
-la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas
-provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de
-la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á
-reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley
-de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es
-una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser
-en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la
-acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi _yo_ eran
-ambas verdaderamente serias. No era más _yo_ en realidad, cuando
-arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del
-día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba
-aliviar á los desgraciados y á los enfermos. La casualidad quiso que la
-orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente
-hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una
-fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor
-claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de
-mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la
-inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella
-verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso
-naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que
-existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia
-ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán
-más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que
-ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración
-de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí,
-por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y
-única dirección.
-
-En el ser moral y en mi propia persona aprendí á conocer el perfecto
-y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que
-parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese
-podido realmente ser la una y la otra, era únicamente porque, en
-absoluto, tenía ó poseía las dos á la vez; y desde aquel momento,
-antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos
-científicos á sugerirme la más evidente posibilidad de semejante
-milagro, había aprendido á insistir con placer, como en un sueño
-despierto, en la idea de la separación de esos dos elementos. "Si--me
-decía á mí mismo--cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en
-entidades diferentes, la vida se hallaría desembarazada de todo cuanto
-la hace insoportable; lo injusto seguiría su camino, libre de las
-aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte
-más virtuosa; y lo justo podría á su vez viajar segura y constantemente
-por sus elevados senderos, llevando á cabo el bien que le llenaría de
-satisfacción, y sin verse expuesto á los disgustos y remordimientos
-que le ocasionarían los actos de la parte extraña y mala. Fué,
-pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y
-disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas
-dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. ¿Cómo,
-entonces, podrían ser separadas?"
-
-Á ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho
-ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la
-mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que
-hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de
-un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual
-caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen
-el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento
-posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos
-excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte
-científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los
-hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la
-carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para
-separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un
-modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación
-lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran
-completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que
-mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes
-que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con
-la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con
-una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan _yo_ como
-la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y
-despreciables elementos de mi alma.
-
-Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la
-práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga
-que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera
-fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis,
-ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer
-desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo
-cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan
-importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía
-la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa
-de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de
-mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y
-finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su
-ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor,
-en un arranque de valor, bebí la pócima.
-
-Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas
-mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora
-de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía
-comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si
-hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo
-é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía
-extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz
-en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia
-embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que
-corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino;
-sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una
-libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer
-aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más
-malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel
-instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo
-el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar
-unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi
-estatura había disminuído.
-
-No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí
-mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de
-ver esas transformaciones.
-
-Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la
-mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la
-claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus
-habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime,
-hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con
-mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo
-que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues
-podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa
-especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me
-escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por
-vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.
-
-Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente,
-sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable.
-La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia,
-era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en
-el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después
-de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia,
-ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve
-que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era
-mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como
-el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el
-otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que
-no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre,
-había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia.
-Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve
-conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca
-transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo,
-por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía
-á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión
-y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento
-acostumbrado á llamar _yo_; é indudablemente tenía razón. Observé
-que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía
-aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible,
-en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los
-seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal;
-únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente
-malo sin mezcla ninguna.
-
-Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba
-intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber
-si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía
-que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era
-mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente
-la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una
-descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y
-el rostro de Enrique Jekyll.
-
-Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos
-de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu
-más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de
-aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro
-modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la
-muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio.
-La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni
-diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel
-y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba
-encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi
-genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y
-dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre
-á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros,
-uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique
-Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar
-y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el
-mal.
-
-Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me
-inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos
-tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como
-mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y
-como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba
-á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era
-cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien
-hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa,
-para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo
-de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me
-parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento
-y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde
-fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me
-constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis
-criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad
-y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier
-acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y
-pasé como familiar suyo.
-
-Luego escribí aquel testamento contra el cual opusísteis tantas
-observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del
-Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria.
-Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las
-extrañas inmunidades de mi situación.
-
-Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer
-ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y
-su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en
-cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante
-el público con su carga de respetabilidad, y un instante después,
-como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin
-miramientos en un océano de libertades.
-
-Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente.
-Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por
-la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar
-y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa
-lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del
-aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa,
-arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera
-podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en
-persona.
-
-Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya
-lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con
-un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter
-monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto
-de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar
-que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres,
-era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus
-ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed
-bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua
-de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado
-de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de
-las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se
-fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde.
-Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban
-y aparecían en él sin haber disminuído, y procuraba cuando le era
-posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia
-dormitaba.
-
-No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi
-mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien
-las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas
-que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un
-incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar
-nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un
-transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el
-médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante
-en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo
-resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta
-de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con
-el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado
-para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo
-Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una
-firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto
-contra todo ataque de la fatalidad.
-
-Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca
-de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de
-raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos
-adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí
-los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me
-decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que
-debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre
-de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas
-psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los
-datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví
-á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y
-accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll,
-como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á
-forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero
-la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida
-de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella
-mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de
-abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.
-
-Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado
-de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en
-mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento
-parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de
-tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que
-éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había
-acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo
-Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta,
-y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya
-muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas
-se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta
-él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala
-de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara,
-¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio
-de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados
-estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme
-pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria;
-atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró
-sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel
-traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma
-habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que
-almorzaba.
-
-Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa
-contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos
-babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de
-mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta
-entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi
-doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir,
-estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún
-tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura,
-cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la
-sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever
-el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi
-doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el
-poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería
-finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual
-resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto
-había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia
-que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que
-ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á
-nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la
-mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad
-había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había
-ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar
-á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma
-conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser
-primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba
-incorporando en el segundo y el peor.
-
-Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos
-naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras
-facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una
-mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más
-ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de
-Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de
-él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde
-se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un
-padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme
-con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido
-siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á
-acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y
-ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable
-y privado de toda amistad.
-
-El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración
-que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se
-quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría
-conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las
-circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son
-tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó
-menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear
-al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el
-mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo
-que me falta firmeza para persistir en mi resolución.
-
-Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y
-de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la
-libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar
-ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles,
-cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este
-partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la
-habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están
-siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos
-meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses,
-seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á
-observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba
-mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores
-concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron
-á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y
-deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un
-día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida
-transformadora, y la absorbí de un trago.
-
-No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto
-de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces
-una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad
-bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar
-mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad
-moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los
-puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí
-castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y
-salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en
-el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el
-mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa
-excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales
-escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo
-menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente
-sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación
-tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan
-falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza
-un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de
-todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los
-hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por
-sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que
-fuese, era caer, sucumbir.
-
-El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con
-un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no
-oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que
-descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente,
-en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte
-sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y
-comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de
-tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo,
-satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida
-subido al más alto grado.
-
-Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier
-persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles,
-que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu,
-regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto
-para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los
-pasos de algún vengador.
-
-Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al
-tomarla, bebió á la salud de su víctima.
-
-Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique
-Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de
-lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos
-cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á
-abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia,
-cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio
-de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un
-sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella
-noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y
-en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos
-espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente,
-en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba
-hasta las profundidades del alma.
-
-Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse,
-llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer
-en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir;
-queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado
-en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea!
-¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro
-de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera
-sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas
-veces, y destrocé la llave bajo mis pies!
-
-Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido
-visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un
-hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido
-únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba
-ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis
-tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas,
-además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.
-
-Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un
-instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para
-prenderlo y para matarlo.
-
-Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que
-mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé
-recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la
-suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que
-los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y
-felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de
-inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más
-agradable.
-
-Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando
-los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los
-malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque
-encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad.
-No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa
-resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador
-vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de
-la tentación.
-
-Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa
-débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por
-destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída
-parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días
-anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:
-
-Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente,
-el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido,
-pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros
-se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me
-senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los
-recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta
-á futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego.
-Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y
-entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad,
-mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.
-
-En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un
-calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible
-náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.
-
-Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé
-á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía,
-desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones
-de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros
-encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era
-nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes
-me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado;
-mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres,
-perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso.
-
-Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez
-había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían
-más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí
-en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura
-que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las
-gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese
-era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas
-manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de
-entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca.
-Vi que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo
-llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el
-arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría
-yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á
-saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?
-
-Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido
-que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé
-iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se
-presentó á mi vista desde el principio hasta el fin.
-
-En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que
-pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo
-nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente
-bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que
-estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la
-risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa
-desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí,
-pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza
-de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor
-con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes;
-mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron
-obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado
-de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido
-hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba
-suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer
-sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus
-accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las
-dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo
-convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dió
-orden para que las certificasen.
-
-Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto,
-comiéndose las uñas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin
-más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de
-sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado
-y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo--no me es posible
-decir _yo_--ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía
-en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero
-iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su
-traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él
-la atención de los transeuntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el
-miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido
-por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes
-menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la
-media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para
-ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó.
-
-Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo
-amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo
-caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que habían llenado
-las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era
-el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba.
-La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como
-soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del
-cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera
-fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por
-la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando
-al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había
-olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar
-en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber
-escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con
-el resplandor de la esperanza.
-
-Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con
-placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente
-aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la
-transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto
-en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez
-más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar
-mi identidad, pero ¡ay! seis horas después, mientras contemplaba
-tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver
-á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio
-de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la
-influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo,
-es decir, conservar la personalidad de Jekyll. Á cada instante, á
-cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos
-precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun
-hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba
-siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta
-sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de
-lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma
-de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía
-y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente
-por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro _yo_. Pero
-cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía
-casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban
-disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían
-visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni
-motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener
-las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde
-había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los
-dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha
-por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella
-criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales,
-y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de
-esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa
-de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su
-vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico.
-Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del
-infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe
-podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía
-ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que
-todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de
-lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto
-estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el
-misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma
-existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra
-naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse
-por un momento, volviendo á su estado de dependencia, formando
-entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella
-necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba
-ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí
-aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra
-blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato
-de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese
-contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su
-ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo,
-que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en
-él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus
-temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él.
-
-Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame
-decir que nadie ha sufrido jamás tormentos iguales; y sin embargo, el
-hábito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo,
-sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para
-con la desesperación; mi castigo hubiera podido durar años todavía, si
-no me hubiese ocurrido la última desgracia, y por fin, no me hubiese
-separado de mi propia personalidad. Mi provisión de sal, que jamás
-había renovado desde mi primer experimento, comenzaba á disminuir.
-Envié á buscar nuevas provisiones y compuse la pócima; prodújose la
-ebullición, el primer cambio de color también, pero no el segundo; la
-bebí, pero no produjo efecto. Sabréis por Poole cómo y hasta qué punto
-he registrado todo Londres, pero inútilmente, y estoy persuadido hoy
-de que mi primera provisión era impura (tenía mezcla) constituyendo
-precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pócima.
-
-Ha transcurrido una semana, y concluyo esta relación gracias al efecto
-producido por los últimos paquetes de mis antiguos polvos. Es, pues,
-la última vez--salvo un milagro--en que Enrique Jekyll puede decir
-sus propias ideas, ver su propio rostro (y ¡cuán cambiado está!) en
-el espejo. Además, no puedo demorar el concluir este escrito, pues si
-hasta aquí ha podido salvarse de la destrucción, débese á una gran
-prudencia de mi parte, y á una gran casualidad. Si los dolores de la
-transformación me acometen mientras escribo, Hyde lo hará pedazos; pero
-si ha transcurrido algún tiempo después que lo haya puesto aparte, su
-egoísmo increíble y sus ideas siempre fijas en el presente, lo salvarán
-otra vez de su maldad de mono; pues el destino que pesa á la vez sobre
-nosotros dos, ha contribuído también á cambiarlo y á anonadarlo. Me
-queda todavía media hora que esperar antes de volver á entrar para
-siempre en esa personalidad maldecida, y sé cómo estaré entonces
-sentado, gimiendo y tiritando en una silla, escuchando con atención y
-espanto, yendo y viniendo en esta habitación (mi último asilo en la
-tierra) sin cesar un instante, deteniéndome para escuchar los ruidos
-amenazadores.
-
-¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿ó tendrá á última hora el valor de
-librarse de sí propio? Sólo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; éste
-es el verdadero término de mi muerte, y todo cuanto venga después
-corresponde á otro que yo. Aquí, pues, dejando la pluma y sellando mi
-confesión, concluyo de referir la vida del desgraciado ENRIQUE JEKYLL."
-
-
- FIN.
-
-
-
-
-SUMARIO
-
-
- PÁGINAS
-
- HISTORIA DE LA PUERTA 5
-
- EN BUSCA DEL SR. HYDE 21
-
- EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO 41
-
- EL CASO DEL ASESINO DE CAREW 47
-
- INCIDENTE DE LA CARTA 58
-
- NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN 70
-
- INCIDENTE DE LA VENTANA 80
-
- LA ÚLTIMA NOCHE 84
-
- RELACIÓN DEL DR. LANYÓN 112
-
- EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO
- DEL DR. ENRIQUE JEKYLL 130
-
-
-
-
- NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL
- POR
- D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK.
-
-
-MARÍA ANTONIETA Y SU HIJO.
-
-Traducción del alemán. Un tomo de 173 páginas, con varias láminas y un
-retrato de María Antonieta, en el frontispicio. 60 centavos.
-
-
-MISTERIO * * * *
-
-Novela original, escrita en inglés bajo el nombre de CALLED BACK,
-
- POR HUGH CONWAY.
-
-_Obra dramatizada._ 800,000 ejemplares vendidos de las ediciones
-inglesas. Forma un bonito tomo en 12º de unas 230 páginas, tipo claro,
-buena impresión, cubierta de papel de color artísticamente decorada. 50
-centavos.
-
-
-LA ISLA DEL TESORO.
-
-Una preciosa novela escrita en inglés
-
- POR ROBERTO L. ESTEVENSON.
-
-Con ilustraciones, y un mapa, uniforme con la novela MISTERIO * * * *.
-Un tomo de 342 páginas. 50 centavos.
-
-
-LA CASA DEL PANTANO.
-
-Una de las novelas más populares en Inglaterra y en los Estados Unidos.
-50 centavos.
-
-
-SU CARA MITAD.
-
- POR J. BARRETT.
-
-Es una preciosa novela inglesa, llena de amenidad y de ejemplos
-filosófico-morales de la vida real, escrita en un lenguaje claro,
-sencillo y lleno de interés. La versión española es muy buena.
-
-
-EL ÍDOLO CAÍDO.
-
- NOVELA INGLESA DE ANSTEY.
-
-Anstey es un novelista peculiar como lo demuestra su _Vice-Versa_ y
-otras de sus obras, llenas de una fantasía siempre fundada en alguna
-tradición más ó menos imposible, pero al fin tradición que instruye
-y deleita á la vez; puede considerarse como el Julio Verne de alguna
-creencia antigua ó de alguna superstición ó leyenda del pasado. El
-estilo está lleno de genialidades, de humor y de sátira.
-
-
-CUENTOS EN EL MAR.
-
-Es una preciosa colección de cuentos, referidos durante un accidente
-en el mar por varios novelistas ingleses y americanos que se suponen
-reunidos á bordo de un vapor.
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El caso extraño del Doctor Jekyll, by
-Robert Louis Stevenson
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL ***
-
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