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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Alma vasca - -Author: José María Salaverría - -Release Date: April 19, 2020 [EBook #61874] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was -produced from images made available by the HathiTrust -Digital Library.) - - - - - - - - - - ALMA VASCA - - - - - ITINERARIOS ESPAÑOLES - - ALMA VASCA - - POR - - JOSÉ M. SALAVERRÍA - - (SEGUNDA EDICIÓN) - - [Imagen] - - - MADRID - LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA - Avenida del Conde Peñalver, 8 - - - - - PROPIEDAD - DERECHOS RESERVADOS - - [Imagen: - - _Elías Salaverría, pint._ - - RETRATO DEL AUTOR] - - - - -I - -LA INMENSIDAD VERDE - - - - -[Imagen: - -_Darío Regoyos, pint._] - - -Bello rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y -jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce: -nostalgia y encanto de pleno mar. - -Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso, -veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos, -no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual, -porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una -sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma -entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta -fijeza de los ojos! - -Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben -el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa -tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud -desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de -admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de -Navidad, como en una demostración idílica. - -Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia -al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan -con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y -vence el idilio, en su acepción infantil y femenina. - -A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el -lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de -los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el -prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños, -la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el -hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva -expresión de paz bucólica. - -Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso -excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta -el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y -casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo -eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país, -especialmente en su proximidad a la costa. - -De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las -primeras contemplaciones de la niñez. Es el _leitmotiv_ de los recuerdos -adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan -carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la -grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a -la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias -trascendentales. - -¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e -idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso. -Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso -de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es -un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del -conformismo. Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el -riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa -de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia -al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente -en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las -figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han -actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el -país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican -en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor -prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso -Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario. - -Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al -fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de -ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol -risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor -concluye por empaparme todo el sér y enternecerme... - -Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en -matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo -húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar. -Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la -sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y -que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno -en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo. - -Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del -verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se -está oyendo sonar el tamboril. - - - - -II - -EL CEREMONIOSO TAMBORIL - - - - -[Imagen: - -_Alberto Arrue, pint._] - - -A primera hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y -sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas, -unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una -verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las -noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la -vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de -un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable, -como gesto y como factura. - -De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer -las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos -tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan -pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas -las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la -vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso! - -Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi -mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por -todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de -tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por -los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al -pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola -sugeridora. - -Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus -recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la -adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes -dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores: -muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de -parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros, -vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros, -con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban -las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y -llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra -varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con -las chicas. - -Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza -principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad. -Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su -alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con -paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la -suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la -plaza hacia el palco de la presidencia. - -Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que -cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento, -y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se -yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un -lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras. - -¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué -genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los -tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se -somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y -vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz -pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su -voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee -el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares. - -Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su -música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero -esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de -su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo -determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al -pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en -tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin -estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y -librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra! - -En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles -con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la -plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su -sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música, -de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino -promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no -muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo -sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de -aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres -continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee -su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo -justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y -su tricornio legislativo a la cabeza. - -Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su -escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene -pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde -un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras. - -Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el -tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de -entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del -siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias -españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas, -cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades -extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los -usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando -los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores. -Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas -por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba. - -¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en -la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de -montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto -no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir -entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen -de pie... - -Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más -sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles, -han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como -empapado de unción cívica. - - - - -III - -DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO - - - - -[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._] - - -La música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi -sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria -del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del -pueblo. - -En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes -tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios -de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van -llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas -solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de -la música tradicional. - -Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable -Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, -para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el -Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero -de selvas. - -De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el -precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son -orgiástico de la _Cale-gira_, y que llevan detrás, delante, -entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos -por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz -de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla -con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora. - -Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y -brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo -abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera -Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal -contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el -ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en -cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... -Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma -se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores. - -¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y -lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y -como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como -la mesa henchida de un banquete! - -Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, -y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las -flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el -tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca -tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan -los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan -anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras -los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El -tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia -dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos -bruscos, brincos sonoros... - -Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un -cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la -sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada -bajo el tenue azul del cielo. - -Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos -charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el _Cale-gira_, especie -de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las -manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las -muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos -juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en -largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado -son de las alegres y ruidosas charangas. - -Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que -trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de -Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la -más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los -helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y -los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde -en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al -fin, a una mera _tentativa_ báquica... - -Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos -de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, -en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo -inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor -desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de -divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo! - -Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor -misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo -de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una -voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el -pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y -pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las -montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus -tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. -Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y -graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al -ardiente Dyonisos... - - - - -IV - -JUNTO A LA CARRETERA - - - - -[Imagen: _Arteta. pint._] - - -Mi primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la -carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de -vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que -me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines -desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje -que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo. - -Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las -del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de -caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las -quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas -que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el -alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía. - -Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas -universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en -nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e -imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y -dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes -trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o -el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias. -Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la -trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de -intimidad. - -Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con -especial agrado el _¡aidá!, ¡aidarí!_ de los boyeros, que bajan con sus -carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las -ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que -son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar, -especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la -venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: _¡aufá!_... - -También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los -bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno, -deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino -navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero -espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego, -enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. _¡Aidarí, -motza!_ - -Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando -vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de -áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la -tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la -venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el -boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante -la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, -¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los -domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado -de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al -beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel -vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día. - -También llegan los troneras del villorrio. Conocen los _couplets_ de -moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del -domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de -socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto -saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de -Vilinch, un _couplet_ de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. -También saben tocar el acordeón. - -¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece -un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida -adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los -puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, -tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, -nostálgicas hasta el llanto. - -En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un -poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede -cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue -penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce -tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro -ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la -puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y -adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que -invita a soñar... ¿en qué? No se sabe. - - - - -V - -CATALIÑ - - - - -[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._] - - -Todas las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca, -ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y -es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una -expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los -encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace -deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear. - -Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la -perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra, -aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda -ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas -un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores, -entonces brillan como dos animadas joyas. - -¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del -contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le -basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad, -tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto -caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran -pradera, al pie de una montaña. - -Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en -cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida -leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno. -El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su -paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando -el pan más crugiente de todos. - -¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las -dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su -rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué -dulce, qué humana, qué femenina voz de perla! - -Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas, -parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la -presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos -clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no -logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y -como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena -montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive -pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se -adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin -embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más -consumada humanidad. - -Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus -ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y -olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza -ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y -que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos -resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que -vale siempre, virgen. - -Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, -frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado -semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y -exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente -pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella -Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles -te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás -el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan -bellas y fragantes como tú!... - - - - -VI - -LOS REMEROS OLIMPICOS - - - - -[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._] - - -En la finura un poco decadente con que termina el estío en el -Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San -Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no -existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación -dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo. - -¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las -entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de -traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto -por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la -apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno -entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del -mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de -los mejores pugilatos olímpicos de Grecia. - -La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre -que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del -Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres -de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae -su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo -precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus -pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus -corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de -los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud -material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas -milagrosas, las agudas traineras! - -Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al -empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, -las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos -sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble -camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un -verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la -inminente señal del Jurado. - -Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los -hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un -aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los -humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin -cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus -velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, -vociferando con el alarido de sus sirenas. - -Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal -vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y -angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, -Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de -repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, -las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, -como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas -blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, -qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! -¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se -arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y -persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se -acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace -con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi -angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, -por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y -vuestros amigos! - -Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes -ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, -movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, -frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al -premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, -verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están -cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, -dejan en ellos una huella imborrable. - -Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un -frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. -Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los -bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si -los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al -ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente -pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a -los puntos más vivos de la virilidad. - -No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente -bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el -vano de las almenas... - -Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los -malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan -y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los -cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres -manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros -angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un -valor de episodio homérico, olímpico, estatuable! - -La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la -aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el -vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza -hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo -ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan -mucho entre los vascongados. - -Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco -que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que -estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una -plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado -salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del _box_. El inglés le -aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. -Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos -manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: -«¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el -marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte -un leño. - -Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, -no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El -juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los -sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un -origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial -característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del -frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño -y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la -vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y -bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, -mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, -tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta. - -Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a -las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, -corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas -divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de -sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los -cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la -pugna, que por el logro de la práctica pesca... - -Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, -el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, -hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus -luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora -mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de -todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido -esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor -al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa). - - - - -VII - -ELOGIO DEL MAR CANTABRICO - - - - -[Imagen: _Tellaeche, pint._] - - -Cómo se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia -volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una -emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que -necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas. - -Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no -poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué -terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela -es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua -infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más -fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido -su recuerdo. - -Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para -decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar -quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros -chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas. - -El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión -nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi -cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad -pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos -ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la -ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así -que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el -mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno. - -El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que -intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los -acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. -Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para -ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos -adolescentes. - -Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina -y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como -un sentimiento nostálgico, sonante como una música. - -Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en -esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen -sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban -las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen: - -Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color -de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas -clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes -alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y -agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; -distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul. - -Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de -sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal -vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una -marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la -plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de -una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo. - -Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos -aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y -lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las -sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad -líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo -invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno. - -Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación -de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de -fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo -de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas -potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; -cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno -despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su -espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, -teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre... - -¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito! - - - - -VIII - -EL RIO DINAMICO - - - - -[Imagen: _Alberto Arrue, pint._] - - -El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla -de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y -he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire -una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes -se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el -río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de -escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río -tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya. - -Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las -tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: _Ibaizabal_. Le -llaman, pues, _Río ancho_, y la hipérbole campesina hace reír un poco. -Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las -mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que -le sienta bien. ¡Nervión! - -Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de -emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, -sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus -riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España -otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el -Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de -Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces -históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y -de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha -opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en -los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin -embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río -parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en -un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. -Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión -es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial, -ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He -acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el -Nervión es una persona que tiene un alma. - -Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que -llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao -es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, -Rotterdam, Amberes. - -¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad -Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o -Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la -modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a -caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y -se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos -cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no -es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que -empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra. - -A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y -caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada -menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara -brutalidad americana, inglesa o anseática. Un _chalet_ sobre un barracón -inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; -una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico -frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si -deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. -Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a -las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre -la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es -aprovechada casi con angustia. - -Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente -el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo -fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río -yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis -del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros -ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el -Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros -hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son -nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura. - -Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro -de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando -un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles. - -Desde el _restaurant_ de un club elegante, por la ventana entreabierta, -sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, -próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, -sucesivamente. - -Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en -actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, -los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de -monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién -laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción -vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita -a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia -y de vida irreparable, irresistible. - -Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, -entra mansamente en el mar. - - - - -IX - -ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS - - - - -[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._] - - -Los pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los -cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un -paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas -y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en -alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma -y expresión a un paisaje. - -Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los -pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí -contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una -imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y -exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo -Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas -torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los -prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me -representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles -florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas -armoniosas. - -El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de -los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en -el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una -flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el -castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino -algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que -está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el -paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale -del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos -observa y sigue desde lejos. - -¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario -angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, -rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos -por el estremecimiento perezoso de las palmeras! - -Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la -nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la -visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, -sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor -por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y -culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una -esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por -aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se -completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de -Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio -ha trocado en una cosa inmunda! - -Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los -solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de -sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura -sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano -florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado -de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y -dominándolo todo, la torre eclesiástica. - -Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus -cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué -inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética -ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas -están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma -vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como -bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se -ilustre verdaderamente. - -A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo -antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de -todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no -tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto -de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se -achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el -sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos -a la idea de la cultura y de lo universal. - - - - -X - -EL VIENTO DEL SUR - - - - -[Imagen: _A. Arrue. pint._] - - -La primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el -viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de -Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la -limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si -el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es -una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo -materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el -Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el -ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse -de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, -desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación. - -Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no -advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como -en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese -viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué -ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué -lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que -ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en -las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este -capítulo, puesto que es «mi viento». - -Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro -organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se -encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros -disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando -reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el -favorable. - -Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, -tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un -artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la -literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la -relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud. - -En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de -luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se -produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta -Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, -depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas -de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran -sugestión poética: el Mediodía. - -Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, -todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. -Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las -nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga -el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, -presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a -desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde -uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, -invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo -convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el -pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el -penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece -el glorioso aliento del Mediodía. - -¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante -todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación. - -Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, -podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde -a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como -guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, -lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias -espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde -a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y -por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, -lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia -hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, -nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen -grandes raciones de alubias con tocino. - -El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y -nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el -religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el -fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la -quimera, de la vehemencia y del entusiasmo. - -El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas -materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una -cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, -nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando -huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la -angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más -que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño -del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de -la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»... - -Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus -cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable -de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá -de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. -Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo -inexistente o soñado, y un afán de marchar... - -El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la -gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede -llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el -portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, -estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno. - -Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea -de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica -empieza a ser admitida por muchas gentes del país. - -Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha -sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, -en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta -casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; -es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la -percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar -con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los -frutos de la fina cultura. - -En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras -populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre -todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las -civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del -arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las -vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, -cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El -otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de -otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de -cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere -decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que -no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es -irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en -el período preambular de la cultura. - -La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, -prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando -la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las -lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales -cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y -vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las -mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la -naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los -bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco -sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha -tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la -conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, -la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir -las cuerdas vagas, ideales, del espíritu. - -Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente -rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, -ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere -imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en -los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora -otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. -La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y -sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en -el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural -y pasa a ser candidato de la civilización. - - - - -XI - -LOS BEBEDORES DE SIDRA - - - - -[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._] - - -Quiero hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco -también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, -sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de -sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, -que alienta en el fondo de un sidrero. - -No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que -persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso -sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo -primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero -ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez -sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, -dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se -haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de _zorzico_. - -Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan -gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde -el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas -placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos -montes que convidan a errar en caminatas sin objeto. - -La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de -alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, -será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El -sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción -primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para -beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe -ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere -mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como -la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados -palmoteos. - -En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el -sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza -allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes -negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos -tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está -pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer -llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis -hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra! - -El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre -nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo -que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible -que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que -el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros -sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en -Ramonenea hay una _bonita_ sidra?» Y la noticia, corriendo como la -prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a -los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie -de masonería singular que no fracasa nunca. - -¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en -la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir -por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... -Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de -un vaso, y confundirse en la gran ola panteística. - -Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos -pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas -donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la -calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la -calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar -largas y audaces navegaciones. - -De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del -bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la -infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y -fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta -el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de -su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América -en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y -necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de -tristeza. - -¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de -vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas -libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, -prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la -merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas. -Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se -dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, -mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único -tirón. - -Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de -inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; -podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su -alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. -Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la -belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura. - -Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los -grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando -una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, -que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el -mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y -dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más -sentimental canta: - - _Begui belch eder oyec_ - _¿zenentzat-dituzú...?_. - -el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los -escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso. - - - - -XII - -LOS «VERSOLARIS» - - - - -[Imagen: _Alberto Arrue, pint._] - - -Sería difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese -un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los -tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al -canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben -en el espacio de la prosa. - -Hablemos, pues, de los _versolaris_, esos rapsodas, bardos, aedas o -juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el -menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida -delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia -gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal -en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en -flor expiden su más delicado perfume. - -Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco -afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de -la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría -completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos -hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere -decir profesional del verso, versificador. - -Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se -constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» -crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele -«trovador». - -Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en -los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza, -Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las -humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele -al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas -cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y -que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?» - -O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del -caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio -platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un -poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio. - -Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. -Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que -buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y -otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los -«versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la -versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se -limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan -directamente al alma de su auditorio. - -El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el -«panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la -«tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un -torneo de burlas y sutilezas. - -La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres -populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad -universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales -quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal -desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia -integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en -que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas. - -Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de -muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido -comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la -«tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de -canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una -«décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a -los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del -parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en -la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los -«versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de -origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano -de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora. - -Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie -de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos -versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos -rudimentarios. - -Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación -de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su -robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que -responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. -Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después -las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas -chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el -aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus -carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los -alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones -largas y ondulantes como el canto llano de un convento. - -En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos -«versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado -vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el -más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya -inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido -aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático -y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, -grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la -quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo -inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética. - - - - -XIII - -EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS - - - - -[Imagen: _Zuloaga, pint._] - - -Un pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de -diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma -remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de -núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país -vasco ha sido en esto una verdadera isla. - -No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y -ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. -Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, -la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la -cultura literaria. - -Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no -han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa -exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las -luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes -amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones -las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, -que el vasco es un pueblo mudo. - -Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una -irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y -encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la -honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus -estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y -la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros -pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas -veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen -fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su -nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento -candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no -se percibe sino después de una saturación local muy profunda. - -El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda -Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura -castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas -poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban -los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de -servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos -versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige. - -Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una -de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de -merienda. Dice así la canción: - - Ume eder bat icusi nuben - Donostiaco calean; - itz erdicho bat ari ezan gabe - ¿nola pasatu parían? - - Gorputza zuben liraña eta - oñaz zebiltzen aidian; - polita goric estet icusi - nere beguiyen aurrían. - -Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más -que lo siguiente: - -«Una vez vi pasar una hermosa joven--por las calles de San -Sebastián;--sin decirle siquiera media palabrita--¿cómo cruzaría yo a su -lado?--Tenía el cuerpo esbelto--y llevaba los pies en el aire;--otra más -bonita no he visto--delante de mis ojos.....» - -Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, -de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música -está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la -música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente -monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, -sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; -otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada -briosa y vehemente. - -Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo -ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene -un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese -curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes: - - Andre Madalén, andre Madalén, - laurden erdi bat oliyó; - aita jornalac artzen badi tu, - ama pagatuco diyó. - -«Señora Magdalena, señora Magdalena,--medio cuarterón de aceite:--si -padre cobra los jornales,--madre le pagará a usted.....» - -El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un -respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la -ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia -tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura..... - -Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que -popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban -el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de -Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se -convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de -unos humildes «versolaris». - -El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; -el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las -alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un -espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta -guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada -ingenuidad: - - Erari maitagarriá, - zu gatic daucat jarriá - argumentuba larriá: - Indarra zera gorputzarentzat, - kentzendezuna egarriá, - ¡gausa estimagarriá!..... - Baño zauscat igarriá - zerala engañagarriá. - -«Amada bebida,--tú me inspiras este arduo problema:--Eres para el cuerpo -la fuerza,--nos quitas la sed,--¡cosa estimabilísima!.....--Pero te he -calado--que eres un engañador.» - -Una canción guipuzcoana dice: - - Donostiaco iru damacho - Errenterían dendarí, - josten ere badakite baña, - ardua eraten obekí... - -«Las tres señoritas donostiarras--las tenderas de Rentería,--saben coser -muy bien,--pero mejor saben beber.» - -E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de -torpeza, un estribillo: - - Eta kriskitin, kroskitin, - arrosa kraveliñ, - ardua eraten obekí. - -«Con el kriskitin, krosquitin,--rosa y clavel,--pero mejor saben -beber.....» - -Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo -flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos -sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras -formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país -vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y -gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos». - -En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban -nombres tan bravos y pintorescos como _Brocolo_, _Isquiña_, _Pello -Spañ_, _Sacristán_, _Echecalte_, _Pedro Amezquetarra_. - -Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: -tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos -perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que -de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo -restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca -multiplicidad. _Isquiña_, por ejemplo, apuntaba los tantos en los -partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; _Pello Spañ_, -con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; -_Sacristán_ era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. _Echecalte_ -no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su -caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una -boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En -cuanto a _Pedro Amezquetarra_, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez -de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los -chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa. - -Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión -por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de -francachela que hay en su fondo. - - - - -XIV - -VISION DE PUEBLO ANTIGUO - - - - -[Imagen: _Tellaeche. pint._] - - -La bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al -espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción -histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del -borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco -caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de -corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña -hacen grave y lo salvan del peligro del cromo. - -Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San -Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga -calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que -alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros -de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban -descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se -recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra -Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes -pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina. - -El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; -nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco -extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura -contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de -las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que -el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de -lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente. - -En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de -altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles -para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto -ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y -cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa -arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, -triste y fea. - -[Imagen] - -Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra -imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los -pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han -acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina -misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, -por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella -y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, -que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su -valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna -influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa. - -Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del -pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina -como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez -que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e -ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, -cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los -conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, -sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual. - -Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en -la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no -tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol -las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del -artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el -blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, -de como ahora surge el _chalet_ compuesto con hormigón armado y -mampostería de contrata! - -En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías -presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo -exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que -han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean -construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los -objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los -hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de -un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística -que en una catedral. - -Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival -todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un -pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa -admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una -flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los -artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y -embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus -castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia -el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; -dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; -estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma -agua..... - - * * * * * - -Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente -históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene -cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el -monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni -ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres -civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como -son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un -tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión -nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje. - -Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese -desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello -que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia -industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón -antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está -cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El -vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo -que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del -progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo -extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular -de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las -piedras viejas. Una casa nueva en forma de _chalet_; una calle ancha y -recta; una alameda gris; un _restaurant_..... Esto es el ideal de la -civilización y el progreso para un vascongado novísimo. - -Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido -arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a -aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el -testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de -gracia eterna. - -Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí -solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son -muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a -despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de -un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla -por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será -admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de -buen gusto y de un culto delicado por el adorno. - -El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el -nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y -sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un -hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. -En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de -gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que -se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio -fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra -consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto -Cellini. - -Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que -existe en esas barriadas, en esos _ensanches_ de nuestras poblaciones -modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la -palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta. - -Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los -alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad -turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de -lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes -montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña..... - -En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que -nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus -escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de -_oñacinos_ y _gamboínos_, ricas en episodios trágicos y expresivas de -aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del -carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor -renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos -y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las -empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, -pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados. - -Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará -siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto -que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la -influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo -mismo en historia, como en arte, como en cultura general. - - - - -XV - -CAMINO DE LAS MONTAÑAS - - - - -[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._] - - -Una excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos -obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras -grandes _conquistas de la civilización_. Ante una cuesta empinada, sin -otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la -Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro -patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late -apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos -rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.) - -En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la -pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado -en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca -en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una -filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor -entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros -acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con -reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la -carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un -espejo en que se miran los verdes prados. - ---Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate? - ---De aquí a una hora. - ---¿Una hora?..... - ---Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y -media. - -Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre -urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una -hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad -virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, -empapada de tedio y de vergüenza. - -De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines -montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible -nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la -madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, -en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de -estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de -semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones: - ---No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van -ustedes a la venta? Allí hay buen vino. - -Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de -merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos -dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y -ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. -Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira -piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va. - -Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los -hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora -rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento -y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio -virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic -tac de los canteros. - -La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. -_¡Arre, Belcha!_..... - -Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince -lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de -la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, -llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo -mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del -trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio -oculta en la sombra de los árboles. - -Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. -Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la -circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más -bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del -templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las -caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las -inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. -Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la -oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, -señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia -(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables. - -El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance -demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada -carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu. - -La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la -cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y -gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es -mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a -los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje. - -¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz -difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, -fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a -precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de -un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere -devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota -profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya -claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que -sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los -facinerosos..... - -Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de -Aránzazu. - - - - -XVI - -LA PATRIA DE LOS PASTORES - - - - -[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._] - - -La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, -despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que -ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes -vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la -montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el -vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero. - -Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de -Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, -afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, -inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no -conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. -Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco -robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al -viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho -tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las -poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos -físicos. - -El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante -celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de -abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones -ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias -rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, -sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras -facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de -nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato -el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas -adquieran una feliz elasticidad. - -Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al -detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio -de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, -en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se -levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un -temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían -en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, -turbulenta. - -Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una -alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos -labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie -de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una -muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país -de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin -ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de -cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre -el mar. - -Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas -como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es -distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. -La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo -como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado -a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un -silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio -positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las -invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces...... - -Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y -pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un _pueblo_. - -Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de -chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y -lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan -al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para -evitar los ventarrones. - -Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una -cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay -encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde -evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; -los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente -altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y -comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios -domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una -económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las -cabañas de los lapones. - -Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos -de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus -rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves -bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal -y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; -respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, -para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. -Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. -Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas -traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se -despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. -Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios..... - -Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables -pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué -clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para -qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas -otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones -alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su -nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en -las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los -pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro -han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño. - -Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el -tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y -los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan -el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus -costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su -_civilización_, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde -ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores -de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de -pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los -cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un -infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, -te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér -obsceno: el _turista_. - -El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro -sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está -próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al -oído el rumor monótono de las campanillas del ganado. - -No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. -Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una -haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío -del país. - -Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo -XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que -el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor -aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de -encanto. - -Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no -es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta -polícromos los que adornan el campo. - -¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del -mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa -Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las -abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una -flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces -maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el -musgo! - -Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro -una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y -con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo -visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también -sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las -hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, -a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración -me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de -musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores. - -De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que -unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del -salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e -ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando -aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos -montañeses! - -Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como -un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo -contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la -serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta -naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al -considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la -frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del -vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, -del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las -aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de -la otra vertiente van al Océano..... - - - - -XVII - -MEDITACIÓN EN LA CUMBRE - - - - -[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._] - - -Sobre la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los -rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500 -metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie, -se halla el lugar de la divisoria geográfica. - -Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza -parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas, -sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo -desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los -cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su -rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto -el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras -lejanas. - -La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas -y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las -manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio -religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en -efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo. - -La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí -sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y -las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica -de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al -modo escolar. - -He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, -y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los -pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos -inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, -descendería al Mediterráneo. - -Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, -cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y -nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas -heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de -continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras -que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, -emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la -gran meseta centro-española. - -Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la -llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura -castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya -completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad -cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se -realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el -clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al -lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos. - -Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma -terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. -Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del -litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, -del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo -del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia -al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y -la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna -mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de -espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia -y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en -política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más -contacto ha tenido siempre con Castilla. - -Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de -inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya -tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa -llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos -la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en -castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde -excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes -manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la -inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos. - -Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al -infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las -cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la -especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya -no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no -distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del -río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La -llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y -próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita -a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja -más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del -infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de -la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don -Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.) - - - - -XVIII - -LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS - - - - -[Imagen: _Arteta, pint._] - - -Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos -vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, -el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de -_pilotos_. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y -aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria, -así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de -la Historia el oficio del _piloto_. Es la dramática crónica del pueblo -que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece -del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países -mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César -Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las -expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos -impulsividad imperialista. - -Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término -la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran -enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y -dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y -el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si -está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera -incompleto, y la culpa es de su timidez. - -¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye -algo el aislamiento en que vive la población rural? - -El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo -lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, -tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en -obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una -complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje -estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases. - -No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a -una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos -existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen -y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que -el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido -considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo -de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al -mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo. - -El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la -interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se -considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos -esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la -interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la -premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto -y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra. - -El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra -impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un -idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el -vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de -vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como -en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy -entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción -epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en -frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. -Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez -de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a -saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en -llegar: esto es usual entre los vascongados. - -Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones -verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas -suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos -monótono empleo de la partícula _y_ (en vascuence _eta_). - -El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y -entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de -la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco -persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos -pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco -los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar -trunco y tartamudeante. - -Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a -Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» -Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el -discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. -Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas -habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones -interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente -religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal -suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones. - -Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con -frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario -patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su -sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones -vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita -macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo -a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios -recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, -y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y -acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a -todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a -hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, -si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que -secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de -ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le -distinguen. - -De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de -hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus -vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos -del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene -que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de -hablar, ya que lo necesita...» - -Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés -y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en -sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en -cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés -busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el -departamento vacío... - -La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más -incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe -galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de -las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en -Durango. - - - - -XIX - -LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA - - - - -[Imagen: _Gustavo Maeztu, pint._] - - -Naturalmente orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea -nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un -concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; -por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra -cosa que el alcaloide del castellano. - -En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la -descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que -al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último -período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el -mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino -que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de -América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de -hidalguía. - -Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la -preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En -Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho -esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país -vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, -los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los -vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente -sume al vasco en el troquel español. - -Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al -contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad -señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones -sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero -más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia -vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y -de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan -particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido -verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el -mundo. - -Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. -Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había -establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son -libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, -atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta -condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco -una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano -no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en -la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los -vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de -nobles. - -Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del -ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía -original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. -Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca -soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros -pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de -sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en -ellos un derecho natural... - -Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas -proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, -digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se -ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía. - -Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en -exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración -formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a -lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la -nobleza se convierte en una obsesión. - -Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: -Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con -pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos -arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo -imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni -han hallado mujer que quisiera casarse con ellos... - -En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las -arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta -casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. -No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se -refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha -nacido como brotando de la propia tierra. - -Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad -infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de -robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por -consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre -la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido -Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su -esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en -su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las -lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman -entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral -pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se -obstinaba en reclamar el Fuero. - -No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los -vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a -veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas -eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de -espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física -que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca. - - - - -XX - -EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS - - - - -[Imagen: _Tellaeche, pint._] - - -Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas -han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los -vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre -sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y -epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo. -Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir -los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar -una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo -propio de las «sociedades de templanza». - -El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e -idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma -predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo. - -Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos -acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son -los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo -tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos -bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la -redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el -hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de -Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de -Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales -de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en -Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia. - -Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal -cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán -podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la -vertiente marítima. - -En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura -tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que -se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes, -los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y -estos tipos, abundan tanto en el país. - -Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa -indulgencia, _chorúas_. El _chorúa_, que viene a ser lo correspondiente -de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas -travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga -de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco -de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese _chorúa_ de los -guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que -perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de -los habitantes. - -Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar -la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos -idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas. - -En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable -especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao -para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego -a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número -de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la -localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el -país, y ante las proporciones del banquete exclamó:--Ahora me explico -por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos... - -Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad -localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito -para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran -bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes -de mucha gastritis. - -Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me -revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no -suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología -gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre -los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo -tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la -misma gente de las aldeas de Guipúzcoa. - -Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se -distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las -dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso. - -No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una -raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. -El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más -graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan -en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. -Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, -gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los -ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, -un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive -ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se -distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los -epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción -racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las -guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene -una violencia enfermiza. - -En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, -presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que -modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría -de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse -entre los pueblos que han vivido mucho. - - * * * * * - -En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la -mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza -_noble_ y la _plebeya_. Ahora me importa insistir en ese punto de la -duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos -ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión -posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; -germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos -judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar. - -[1] Véase _En la Vorágine_ - -Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, -veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, -facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un -individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada -apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del -buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano -forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de -tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra -y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las -características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de -los antropólogos, el famoso «marchand de marrons». - -El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo -musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo -estrecho, su nariz - -[Imagen: _Elías Salaverría, pint._] - -exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura -frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter -diferencial a la raza. - -¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me -inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese -hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base -de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo -nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los -hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. -Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un -hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más -diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático. - -Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza -muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de -España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, -ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la -gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la -propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo -decadente de esa sección racial del país cantábrico. - -La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se -desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, -la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones -vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a -la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas -daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos -en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción. - -Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, -después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del -clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión -al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. -Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No -se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se -embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué -grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se -decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio -báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas -fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre -todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera -intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto. - -El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, -por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus -cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los -horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la -llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de -carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan -antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita -pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso -del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, -excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una -intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los -nervios su faena. - -La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos -húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los -necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no -presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la -compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de -Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un -sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol -inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la -vida carece de sabor. - -En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, -tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es -moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las -familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que -devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el -caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, -porque los obreros estaban embriagados. - -El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un -amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, -alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en -familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de -las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como -trágico y culpable. - - - - -XXI - -DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS - - - - -[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._] - - -Ningún trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante -aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y -libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y -por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las -migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. -Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los -ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por -tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas -múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de -observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las -civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las -civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se -descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo -oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No -es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana -va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. -En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan -de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia -y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está -trabajado según la manera mudéjar. - -Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por -su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una -simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, -celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima. -Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del -tipo moderno. - -Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo -que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. -Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, -meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de -valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas. - -La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y -helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras -esteparias y los olivares de los llanos calientes. - -El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado -cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado -opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a -ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto -físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; -los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y -vivaces. - -El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma -general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi -todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y -de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del -cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy -claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto -como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, -pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados -verdosos, grises verdosos. - -Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas -más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y -el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que -obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica -de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los -valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa -cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del -mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés. - -Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda -mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando -sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del -lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición -al hombre de la meseta. - -Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan -los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el -centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para -encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las -costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La -ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis -seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto -como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como -ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra -color vivo. - - * * * * * -Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región -cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de -arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación -etnográfica. - -Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa -ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales -y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río -famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, -desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos -comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés -coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en -los sentimientos. - -Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se -observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para -conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de -matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente -debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de -veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos. - -Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, -diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de -esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: -el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más -insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque -positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como -la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy -sutil y no vale la pena de anotarlos. - -El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y -Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, -que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las -formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante -considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos -y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan -notable, que parecen dos provincias diversas. - -Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos -vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso -de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que -en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su -arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y -elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con -facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación -hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más -soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se -diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que -la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y -«decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de -Asteasu, Amezqueta y Tolosa. - -Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región -hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en -cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va -hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que -abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano -de Durango. - -Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y -la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el -espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y -en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; -Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico -español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, -tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, -de la tierra de Burgos. - -En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan -al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por -fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón. - -La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es -casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del -Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence -y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del -alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben -por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente -bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y -heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica. - - - - -XXII - -IDEAS FINALES - - - - -[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._] - - -Hay en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que -las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que -sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que -al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros -mismos debemos desaparecer con ellas. - -Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres -vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas -costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas -costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras -costumbres, tan típicas como las anteriores. - -Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez -que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría -substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero -otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque -es esencial. - -Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo -que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en -cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura -que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea -y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para -comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres -características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y -sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su -propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr -que parezcan diferentes y originales. - -El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre -a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco -es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales -de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas -profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos -fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir -que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con -frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el -mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con -el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras -y con otros muchos usos llamados típicos. - -Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple -exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han -perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con -fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre -con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se -conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca -romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León. -Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de -raíz castellana. - -El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama _sport_ -vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos -probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la -pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a -todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es -lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la -pelota. - -Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de -Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que -intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa -modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen, -siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire -demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más -recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla. - -Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared», -«raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo», -«a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto», -«quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el -país vasco una fecha de adopción muy poco antigua. - -Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los -que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad -de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le -ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no -se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante -que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el -«ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile -suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin -embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza -suelta de los vascos. - -Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no -menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como -nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media, -encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso -vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por -los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo -borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en -el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de -frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se -trata de términos absolutamente indígenas. - -Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la -lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El -aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos -arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza -que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid, -Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a -las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una -emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos -seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente -vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades. - -De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro -hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una -explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita, -vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo -sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre -con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el -vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola» -(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y -perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa -en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en -éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una -palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por -ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya, -basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya -desaparecido sin dejar rastro literario. - -También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid -Campeador, el de la barba vellida: - - Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días; - más valedes que nos, ¡tan buena mandadería! - -O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros: - - Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida, - como a la míe alma yo tanto vos quería... - -El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»; -era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro -parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna -ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está -viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en -tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en -tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...» - -Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los -hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha -supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como -islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se -copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los -idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la -constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del -provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas, -gallegas y francesas. - -En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial, -política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se -fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación -por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados -de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente. - - - - -INDICE - - - Páginas. - -La inmensidad verde 5 - -El ceremonioso tamboril 13 - -Día de fiesta en un pueblo vasco 21 - -Junto a la carretera 29 - -Cataliñ 37 - -Los remeros olímpicos 43 - -Elogio de mar Cantábrico 53 - -El río dinámico 59 - -Elogio de los campanarios 67 - -El viento del sur 73 - -Los bebedores de sidra 83 - -Los _versolaris_ 91 - -El humor anacreóntico de los vascos 99 - -Visión de pueblo antiguo 109 - -Camino de las montañas 121 - -La patria de los pastores 129 - -Meditación en la cumbre 141 - -La timidez de los vascos 149 - -La preocupación de la hidalguía 159 - -El problema de los nervios 167 - -Diferenciaciones y parecidos 181 - -Ideas finales 191 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA *** - -***** This file should be named 61874-8.txt or 61874-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/7/61874/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was -produced from images made available by the HathiTrust -Digital Library.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Alma vasca - -Author: José María Salaverría - -Release Date: April 19, 2020 [EBook #61874] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was -produced from images made available by the HathiTrust -Digital Library.) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<a href="images/cover_lg.jpg"> -<img src="images/cover.jpg" width="324" height="500" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -</div> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="" -style="border:4px outset gray;padding:.5em;"> -<tr><td class="c"><a href="#INDICE">AL INDICE</a></td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span> </p> - -<p class="c">A L M A V A S C A<br /><br /><br /> -ITINERARIOS ESPAÑOLES</p> - -<h1>ALMA VASCA</h1> - -<p class="c"><small><small>POR</small></small><br /> -<br /> -JOSÉ M. SALAVERRÍA<br /> -<br /> -(SEGUNDA EDICIÓN)<br /> -<br /> -<img src="images/colophon.png" -width="60" -alt="" -/><br /> -<br /> -<br /> -MADRID<br /> -LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA<br /> -<small>Avenida del Conde Peñalver, 8</small><br /> -<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span> -<br /><br /><br /> -PROPIEDAD<br /> -DERECHOS RESERVADOS<br /> -<span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 431px;"> -<a href="images/ill_pg_003_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_003_sml.jpg" width="431" height="431" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Elías Salaverría, pint.</i></p></div> - -<p class="c">RETRATO DEL AUTOR</p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span> </p> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br /> -LA INMENSIDAD VERDE</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 427px;"> -<a href="images/ill_pg_007_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_007_sml.jpg" width="427" height="517" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Darío Regoyos, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">B</span>ELLO rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y -jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce: -nostalgia y encanto de pleno mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span></p><p>Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso, -veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos, -no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual, -porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una -sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma -entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta -fijeza de los ojos!</p> - -<p>Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben -el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa -tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud -desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de -admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de -Navidad, como en una demostración idílica.</p> - -<p>Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia -al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan -con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y -vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.</p> - -<p>A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el -lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de -los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el -prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños, -<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el -hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva -expresión de paz bucólica.</p> - -<p>Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso -excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta -el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y -casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo -eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país, -especialmente en su proximidad a la costa.</p> - -<p>De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las -primeras contemplaciones de la niñez. Es el <i>leitmotiv</i> de los recuerdos -adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan -carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la -grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a -la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias -trascendentales.</p> - -<p>¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e -idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso. -Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso -de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es -un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del -conformismo.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el -riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa -de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia -al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente -en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las -figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han -actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el -país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican -en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor -prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso -Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.</p> - -<p>Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al -fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de -ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol -risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor -concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...</p> - -<p>Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en -matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo -húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar. -Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> caliente, la -sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y -que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno -en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.</p> - -<p>Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del -verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se -está oyendo sonar el tamboril.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> </p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br /> -EL CEREMONIOSO TAMBORIL</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 432px;"> -<a href="images/ill_pg_015_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_015_sml.jpg" width="432" height="505" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">A</span> PRIMERA hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y -sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas, -unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una -verja; un guardia civil, paseando por los<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> soportales, descifra las -noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la -vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de -un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable, -como gesto y como factura.</p> - -<p>De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer -las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos -tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan -pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas -las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la -vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!</p> - -<p>Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi -mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por -todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de -tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por -los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al -pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola -sugeridora.</p> - -<p>Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus -recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la -adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes -dominicales, entre la lluvia insistente que<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> envolvía a los bailadores: -muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de -parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros, -vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros, -con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban -las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y -llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra -varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con -las chicas.</p> - -<p>Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza -principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad. -Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su -alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con -paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la -suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la -plaza hacia el palco de la presidencia.</p> - -<p>Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que -cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento, -y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se -yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un -lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p> - -<p>¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué -genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los -tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se -somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y -vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz -pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su -voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee -el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.</p> - -<p>Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su -música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero -esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de -su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo -determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al -pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en -tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin -estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y -librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!</p> - -<p>En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles -con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la -plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha re<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span>cobrado su -sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música, -de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino -promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no -muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo -sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de -aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres -continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee -su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo -justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y -su tricornio legislativo a la cabeza.</p> - -<p>Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su -escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene -pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde -un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.</p> - -<p>Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el -tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de -entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del -siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias -españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas, -cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades -extendíase a<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los -usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando -los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores. -Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas -por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.</p> - -<p>¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en -la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de -montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto -no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir -entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen -de pie...</p> - -<p>Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más -sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles, -han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como -empapado de unción cívica.<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br /> -DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 428px;"> -<a href="images/ill_pg_023_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_023_sml.jpg" width="428" height="295" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi -sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria -del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del -pueblo.</p> - -<p>En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes -tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios -de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van -llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas -solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de -la música tradicional.</p> - -<p>Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> de roca el venerable -Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, -para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el -Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero -de selvas.</p> - -<p>De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el -precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son -orgiástico de la <i>Cale-gira</i>, y que llevan detrás, delante, -entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos -por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz -de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla -con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.</p> - -<p>Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y -brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo -abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera -Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal -contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el -ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en -cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... -Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma -se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span></p> - -<p>¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y -lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y -como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como -la mesa henchida de un banquete!</p> - -<p>Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, -y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las -flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el -tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca -tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan -los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan -anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras -los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El -tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia -dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos -bruscos, brincos sonoros...</p> - -<p>Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un -cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la -sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada -bajo el tenue azul del cielo.</p> - -<p>Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos -charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el <i>Cale-gira</i>, especie -de ronda o marcha<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span> a través de las calles. Los mozos se agarran de las -manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las -muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos -juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en -largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado -son de las alegres y ruidosas charangas.</p> - -<p>Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que -trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de -Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la -más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los -helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y -los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde -en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al -fin, a una mera <i>tentativa</i> báquica...</p> - -<p>Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos -de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, -en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo -inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor -desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de -divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!</p> - -<p>Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor -misterioso, las muchachas vuel<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span>ven un poco enigmáticas, mudas de miedo -de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una -voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el -pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y -pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las -montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus -tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. -Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y -graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al -ardiente Dyonisos...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> </p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br /> -JUNTO A LA CARRETERA</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 422px;"> -<a href="images/ill_pg_031_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_031_sml.jpg" width="422" height="595" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Arteta. pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">M</span>I primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la -carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de -vagabundo, po<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span>ne en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que -me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines -desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje -que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.</p> - -<p>Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las -del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de -caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las -quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas -que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el -alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.</p> - -<p>Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas -universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en -nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e -imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y -dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes -trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o -el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias. -Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la -trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de -intimidad.</p> - -<p>Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con -especial agrado el <i>¡aidá!, ¡aida<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span>rí!</i> de los boyeros, que bajan con sus -carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las -ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que -son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar, -especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la -venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: <i>¡aufá!</i>...</p> - -<p>También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los -bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno, -deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino -navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero -espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego, -enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. <i>¡Aidarí, -motza!</i></p> - -<p>Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando -vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de -áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la -tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la -venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el -boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante -la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, -¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los -domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado -de<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al -beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel -vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.</p> - -<p>También llegan los troneras del villorrio. Conocen los <i>couplets</i> de -moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del -domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de -socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto -saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de -Vilinch, un <i>couplet</i> de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. -También saben tocar el acordeón.</p> - -<p>¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece -un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida -adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los -puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, -tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, -nostálgicas hasta el llanto.</p> - -<p>En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un -poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede -cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue -penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce -tal vez su fosforescencia su<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span>persticiosa un gusano de luz. Un perro -ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la -puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y -adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que -invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span> </p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br /> -CATALIÑ</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 427px;"> -<a href="images/ill_pg_039_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_039_sml.jpg" width="427" height="362" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">T</span>ODAS las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca, -ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y -es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una -expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los -encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace -deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.</p> - -<p>Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la -perturban deliciosamente. Y mientras<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> los boyeros, con malicia cazurra, -aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda -ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas -un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores, -entonces brillan como dos animadas joyas.</p> - -<p>¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del -contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le -basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad, -tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto -caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran -pradera, al pie de una montaña.</p> - -<p>Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en -cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida -leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno. -El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su -paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando -el pan más crugiente de todos.</p> - -<p>¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las -dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su -rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué -dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!</p> - -<p>Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> grupo de sus amigas, -parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la -presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos -clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no -logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y -como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena -montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive -pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se -adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin -embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más -consumada humanidad.</p> - -<p>Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus -ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y -olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza -ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y -que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos -resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que -vale siempre, virgen.</p> - -<p>Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, -frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado -semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y -exclamando una última frase con su tierna voz<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> engolada, ingenuamente -pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella -Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles -te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás -el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan -bellas y fragantes como tú!...<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span></p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br /> -LOS REMEROS OLIMPICOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 428px;"> -<a href="images/ill_pg_045_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_045_sml.jpg" width="428" height="412" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">E</span>N la finura un poco decadente con que termina el estío en el -Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San -Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no -existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación -dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.</p> - -<p>¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las -entrañas a la gente vascongada, como<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> interesa la «estropada» de -traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto -por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la -apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno -entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del -mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de -los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.</p> - -<p>La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre -que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del -Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres -de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae -su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo -precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus -pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus -corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de -los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud -material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas -milagrosas, las agudas traineras!</p> - -<p>Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al -empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, -las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos -sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> hinchado bajo la endeble -camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un -verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la -inminente señal del Jurado.</p> - -<p>Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los -hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un -aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los -humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin -cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus -velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, -vociferando con el alarido de sus sirenas.</p> - -<p>Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal -vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y -angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, -Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de -repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, -las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, -como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas -blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, -qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! -¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se -arremolina en torno a las traineras. Un<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> ancho margen de espuma rodea y -persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se -acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace -con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi -angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, -por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y -vuestros amigos!</p> - -<p>Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes -ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, -movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, -frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al -premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, -verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están -cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, -dejan en ellos una huella imborrable.</p> - -<p>Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un -frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. -Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los -bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si -los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al -ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente -pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuen<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>cia se refieren a -los puntos más vivos de la virilidad.</p> - -<p>No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente -bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el -vano de las almenas...</p> - -<p>Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los -malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan -y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los -cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres -manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros -angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un -valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!</p> - -<p>La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la -aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el -vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza -hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo -ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan -mucho entre los vascongados.</p> - -<p>Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco -que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que -estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una -plaza a un inglés que retaba a quien qui<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>siera. El marinero vascongado -salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del <i>box</i>. El inglés le -aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. -Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos -manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: -«¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el -marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte -un leño.</p> - -<p>Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, -no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El -juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los -sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un -origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial -característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del -frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño -y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la -vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y -bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, -mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, -tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.</p> - -<p>Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a -las traineras de pesca, las barcas,<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span> en los buenos días de mar calmosa, -corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas -divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de -sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los -cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la -pugna, que por el logro de la práctica pesca...</p> - -<p>Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, -el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, -hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus -luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora -mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de -todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido -esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor -al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span> </p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br /> -ELOGIO DEL MAR CANTABRICO</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 424px;"> -<a href="images/ill_pg_055_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_055_sml.jpg" width="424" height="350" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Tellaeche, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">C</span>ÓMO se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia -volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una -emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que -necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.</p> - -<p>Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no -poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué -terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela -es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua -infinita. Y estando lejos del<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span> mar es como se le estima y quiere con más -fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido -su recuerdo.</p> - -<p>Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para -decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar -quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros -chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.</p> - -<p>El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión -nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi -cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad -pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos -ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la -ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así -que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el -mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.</p> - -<p>El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que -intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los -acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. -Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para -ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos -adolescentes.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p> - -<p>Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina -y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como -un sentimiento nostálgico, sonante como una música.</p> - -<p>Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en -esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen -sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban -las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:</p> - -<p>Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color -de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas -clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes -alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y -agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; -distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.</p> - -<p>Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de -sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal -vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una -marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la -plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de -una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.</p> - -<p>Otras veces se me representa el concepto del mar<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> en una forma menos -aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y -lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las -sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad -líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo -invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.</p> - -<p>Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación -de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de -fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo -de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas -potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; -cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno -despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su -espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, -teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...</p> - -<p>¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span></p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br /> -EL RIO DINAMICO</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 424px;"> -<a href="images/ill_pg_061_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_061_sml.jpg" width="424" height="352" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">E</span>L viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla -de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y -he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire -una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes -se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el -río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de -escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río -tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.</p> - -<p>Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> prados de las -tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: <i>Ibaizabal</i>. Le -llaman, pues, <i>Río ancho</i>, y la hipérbole campesina hace reír un poco. -Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las -mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que -le sienta bien. ¡Nervión!</p> - -<p>Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de -emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, -sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus -riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España -otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el -Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de -Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces -históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y -de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha -opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en -los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin -embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río -parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en -un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. -Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión -es un río dinámico; el río mo<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span>derno; el río maquinista, industrial, -ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He -acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el -Nervión es una persona que tiene un alma.</p> - -<p>Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que -llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao -es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, -Rotterdam, Amberes.</p> - -<p>¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad -Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o -Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la -modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a -caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y -se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos -cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no -es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que -empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.</p> - -<p>A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y -caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada -menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> -brutalidad americana, inglesa o anseática. Un <i>chalet</i> sobre un barracón -inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; -una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico -frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si -deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. -Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a -las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre -la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es -aprovechada casi con angustia.</p> - -<p>Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente -el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo -fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río -yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis -del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros -ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el -Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros -hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son -nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.</p> - -<p>Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro -de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando -un buque<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.</p> - -<p>Desde el <i>restaurant</i> de un club elegante, por la ventana entreabierta, -sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, -próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, -sucesivamente.</p> - -<p>Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en -actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, -los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de -monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién -laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción -vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita -a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia -y de vida irreparable, irresistible.</p> - -<p>Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, -entra mansamente en el mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> </p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br /> -ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 433px;"> -<a href="images/ill_pg_069_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_069_sml.jpg" width="433" height="347" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>OS pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los -cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un -paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas -y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en -alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma -y expresión a un paisaje.</p> - -<p>Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los -pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí -contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> -imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y -exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo -Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas -torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los -prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me -representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles -florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas -armoniosas.</p> - -<p>El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de -los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en -el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una -flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el -castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino -algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que -está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el -paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale -del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos -observa y sigue desde lejos.</p> - -<p>¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario -angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, -rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y tré<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span>mulos -por el estremecimiento perezoso de las palmeras!</p> - -<p>Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la -nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la -visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, -sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor -por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y -culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una -esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por -aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se -completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de -Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio -ha trocado en una cosa inmunda!</p> - -<p>Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los -solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de -sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura -sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano -florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado -de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y -dominándolo todo, la torre eclesiástica.</p> - -<p>Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus -cupulillas de piedra en la simetría<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> verde de los campos. ¡Con qué -inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética -ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas -están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma -vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como -bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se -ilustre verdaderamente.</p> - -<p>A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo -antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de -todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no -tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto -de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se -achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el -sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos -a la idea de la cultura y de lo universal.<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br /> -EL VIENTO DEL SUR</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 428px;"> -<a href="images/ill_pg_075_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_075_sml.jpg" width="428" height="513" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>A. Arrue. pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el -viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de -Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la -limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si -el cielo careciera de altura, y la at<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span>mósfera, cargada de humedad, es -una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo -materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el -Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el -ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse -de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, -desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.</p> - -<p>Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no -advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como -en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese -viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué -ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué -lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que -ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en -las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este -capítulo, puesto que es «mi viento».</p> - -<p>Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro -organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se -encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros -disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando -reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el -favorable.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p> - -<p>Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, -tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un -artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la -literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la -relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.</p> - -<p>En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de -luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se -produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta -Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, -depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas -de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran -sugestión poética: el Mediodía.</p> - -<p>Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, -todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. -Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las -nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga -el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, -presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a -desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde -uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, -invasor como una ola<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> asaltante que hiciera la conquista del país y lo -convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el -pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el -penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece -el glorioso aliento del Mediodía.</p> - -<p>¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante -todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.</p> - -<p>Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, -podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde -a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como -guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, -lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias -espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde -a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y -por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, -lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia -hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, -nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen -grandes raciones de alubias con tocino.</p> - -<p>El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y -nervioso y hace inevitable el<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> anhelo, cualquier forma de anhelo: el -religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el -fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la -quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.</p> - -<p>El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas -materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una -cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, -nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando -huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la -angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más -que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño -del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de -la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...</p> - -<p>Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus -cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable -de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá -de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. -Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo -inexistente o soñado, y un afán de marchar...</p> - -<p>El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la -gente cantábrica, no fué nunca<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> estimado. Es una estación que puede -llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el -portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, -estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.</p> - -<p>Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea -de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica -empieza a ser admitida por muchas gentes del país.</p> - -<p>Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha -sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, -en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta -casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; -es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la -percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar -con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los -frutos de la fina cultura.</p> - -<p>En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras -populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre -todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las -civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del -arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las -vendimias. Alrededor<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, -cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El -otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de -otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de -cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere -decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que -no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es -irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en -el período preambular de la cultura.</p> - -<p>La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, -prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando -la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las -lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales -cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y -vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las -mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la -naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los -bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco -sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha -tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la -conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exóti<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span>co, -la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir -las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.</p> - -<p>Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente -rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, -ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere -imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en -los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora -otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. -La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y -sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en -el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural -y pasa a ser candidato de la civilización.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span></p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br /> -LOS BEBEDORES DE SIDRA</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 429px;"> -<a href="images/ill_pg_085_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_085_sml.jpg" width="429" height="329" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">Q</span>UIERO hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco -también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, -sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de -sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, -que alienta en el fondo de un sidrero.</p> - -<p>No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que -persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso -sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo -primaveral sabe comprender el sidrero de un<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> modo acaso infuso, pero -ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez -sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, -dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se -haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de <i>zorzico</i>.</p> - -<p>Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan -gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde -el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas -placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos -montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.</p> - -<p>La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de -alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, -será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El -sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción -primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para -beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe -ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere -mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como -la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados -palmoteos.</p> - -<p>En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el -sidrero se obliga a refugiarse en las sidre<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span>rías urbanas. ¡Qué tristeza -allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes -negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos -tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está -pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer -llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis -hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!</p> - -<p>El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre -nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo -que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible -que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que -el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros -sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en -Ramonenea hay una <i>bonita</i> sidra?» Y la noticia, corriendo como la -prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a -los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie -de masonería singular que no fracasa nunca.</p> - -<p>¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en -la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir -por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... -Desde allá alto, el alma pretendía desbor<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span>darse, como el agua plena de -un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.</p> - -<p>Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos -pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas -donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la -calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la -calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar -largas y audaces navegaciones.</p> - -<p>De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del -bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la -infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y -fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta -el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de -su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América -en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y -necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de -tristeza.</p> - -<p>¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de -vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas -libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, -prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la -merluza tierna, el sabroso revuelto<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> de bacalao, las rojas chuletas. -Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se -dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, -mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único -tirón.</p> - -<p>Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de -inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; -podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su -alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. -Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la -belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.</p> - -<p>Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los -grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando -una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, -que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el -mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y -dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más -sentimental canta:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Begui belch eder oyec</i><br /></span> -<span class="i2"><i>¿zenentzat-dituzú...?</i>.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p class="nind">el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los -escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> </p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br /> -LOS «VERSOLARIS»</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 429px;"> -<a href="images/ill_pg_093_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_093_sml.jpg" width="429" height="525" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">S</span>ERÍA difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese -un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los -tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina nece<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>sidad de recurrir al -canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben -en el espacio de la prosa.</p> - -<p>Hablemos, pues, de los <i>versolaris</i>, esos rapsodas, bardos, aedas o -juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el -menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida -delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia -gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal -en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en -flor expiden su más delicado perfume.</p> - -<p>Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco -afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de -la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría -completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos -hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere -decir profesional del verso, versificador.</p> - -<p>Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se -constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» -crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele -«trovador».</p> - -<p>Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en -los castillos señoriales ni ante<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span> las cortes magníficas de Provenza, -Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las -humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele -al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas -cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y -que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»</p> - -<p>O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del -caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio -platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un -poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.</p> - -<p>Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. -Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que -buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y -otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los -«versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la -versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se -limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan -directamente al alma de su auditorio.</p> - -<p>El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el -«panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la -«tensión», esa for<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>ma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un -torneo de burlas y sutilezas.</p> - -<p>La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres -populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad -universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales -quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal -desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia -integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en -que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.</p> - -<p>Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de -muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido -comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la -«tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de -canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una -«décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a -los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del -parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en -la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los -«versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de -origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano -de<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.</p> - -<p>Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie -de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos -versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos -rudimentarios.</p> - -<p>Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación -de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su -robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que -responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. -Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después -las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas -chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el -aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus -carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los -alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones -largas y ondulantes como el canto llano de un convento.</p> - -<p>En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos -«versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado -vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el -más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya -inventado alguna manera de embriagar<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span>se: agria cerveza, cálido -aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático -y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, -grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la -quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo -inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br /> -EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 420px;"> -<a href="images/ill_pg_101_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_101_sml.jpg" width="420" height="828" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Zuloaga, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">U</span>N pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de -diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma -remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de -núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país -vasco ha sido en esto una verdadera isla.</p> - -<p>No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y -ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. -Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, -la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la -cultura literaria.</p> - -<p>Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no -han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa -exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las -luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes -amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones -las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, -que el vasco es un pueblo mudo.</p> - -<p>Para la poesía erótica se ha sentido el vasco em<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>barazado por una -irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y -encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la -honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus -estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y -la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros -pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas -veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen -fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su -nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento -candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no -se percibe sino después de una saturación local muy profunda.</p> - -<p>El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda -Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura -castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas -poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban -los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de -servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos -versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.</p> - -<p>Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una -de las que siempre se cantan<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> con prioridad en todos los finales de -merienda. Dice así la canción:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Ume eder bat icusi nuben<br /></span> -<span class="i0">Donostiaco calean;<br /></span> -<span class="i0">itz erdicho bat ari ezan gabe<br /></span> -<span class="i0">¿nola pasatu parían?<br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">Gorputza zuben liraña eta<br /></span> -<span class="i0">oñaz zebiltzen aidian;<br /></span> -<span class="i0">polita goric estet icusi<br /></span> -<span class="i0">nere beguiyen aurrían.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más -que lo siguiente:</p> - -<p>«Una vez vi pasar una hermosa joven—por las calles de San -Sebastián;—sin decirle siquiera media palabrita—¿cómo cruzaría yo a su -lado?—Tenía el cuerpo esbelto—y llevaba los pies en el aire;—otra más -bonita no he visto—delante de mis ojos.....»</p> - -<p>Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, -de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música -está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la -música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente -monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, -sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; -otras veces van unos versos vul<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>gares y chocarreros unidos a una tonada -briosa y vehemente.</p> - -<p>Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo -ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene -un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese -curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Andre Madalén, andre Madalén,<br /></span> -<span class="i0">laurden erdi bat oliyó;<br /></span> -<span class="i0">aita jornalac artzen badi tu,<br /></span> -<span class="i0">ama pagatuco diyó.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>«Señora Magdalena, señora Magdalena,—medio cuarterón de aceite:—si -padre cobra los jornales,—madre le pagará a usted.....»</p> - -<p>El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un -respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la -ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia -tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....</p> - -<p>Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que -popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban -el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de -Dionisos y la belleza de las vides maduras<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> bajo un cielo diamantino, se -convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de -unos humildes «versolaris».</p> - -<p>El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; -el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las -alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un -espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta -guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada -ingenuidad:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Erari maitagarriá,<br /></span> -<span class="i0">zu gatic daucat jarriá<br /></span> -<span class="i0">argumentuba larriá:<br /></span> -<span class="i0">Indarra zera gorputzarentzat,<br /></span> -<span class="i0">kentzendezuna egarriá,<br /></span> -<span class="i0">¡gausa estimagarriá!.....<br /></span> -<span class="i0">Baño zauscat igarriá<br /></span> -<span class="i0">zerala engañagarriá.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>«Amada bebida,—tú me inspiras este arduo problema:—Eres para el cuerpo -la fuerza,—nos quitas la sed,—¡cosa estimabilísima!.....—Pero te he -calado—que eres un engañador.»</p> - -<p>Una canción guipuzcoana dice:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Donostiaco iru damacho<br /></span> -<span class="i0">Errenterían dendarí,<br /></span> -<span class="i0">josten ere badakite baña,<br /></span> -<span class="i0">ardua eraten obekí...<br /></span> -<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></div></div> -</div> - -<p>«Las tres señoritas donostiarras—las tenderas de Rentería,—saben coser -muy bien,—pero mejor saben beber.»</p> - -<p>E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de -torpeza, un estribillo:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Eta kriskitin, kroskitin,<br /></span> -<span class="i0">arrosa kraveliñ,<br /></span> -<span class="i0">ardua eraten obekí.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>«Con el kriskitin, krosquitin,—rosa y clavel,—pero mejor saben -beber.....»</p> - -<p>Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo -flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos -sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras -formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país -vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y -gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».</p> - -<p>En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban -nombres tan bravos y pintorescos como <i>Brocolo</i>, <i>Isquiña</i>, <i>Pello -Spañ</i>, <i>Sacristán</i>, <i>Echecalte</i>, <i>Pedro Amezquetarra</i>.</p> - -<p>Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: -tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos -perfectos cínicos<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que -de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo -restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca -multiplicidad. <i>Isquiña</i>, por ejemplo, apuntaba los tantos en los -partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; <i>Pello Spañ</i>, -con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; -<i>Sacristán</i> era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. <i>Echecalte</i> -no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su -caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una -boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En -cuanto a <i>Pedro Amezquetarra</i>, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez -de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los -chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.</p> - -<p>Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión -por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de -francachela que hay en su fondo.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br /> -VISION DE PUEBLO ANTIGUO</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 422px;"> -<a href="images/ill_pg_111_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_111_sml.jpg" width="422" height="382" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Tellaeche. pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al -espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción -histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del -borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco -caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de -corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña -hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.</p> - -<p>Desde el muelle donde amarran los grandes pa<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span>quebotes, el barrio de San -Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga -calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que -alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros -de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban -descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se -recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra -Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes -pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.</p> - -<p>El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; -nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco -extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura -contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de -las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que -el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de -lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.</p> - -<p>En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de -altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles -para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto -ofende a la vista y al alma. No puede inven<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span>tarse nada más chabacano y -cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa -arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, -triste y fea.</p> - -<div class="figcenter" style="width: 421px;"> -<a href="images/ill_pg_113_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_113_sml.jpg" width="421" height="273" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -</div> - -<p>Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra -imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los -pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han -acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina -misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, -por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella -y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, -que terminamos por imaginar que la casa ha sido<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> siempre vieja, y que su -valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna -influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.</p> - -<p>Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del -pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina -como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez -que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e -ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, -cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los -conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, -sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.</p> - -<p>Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en -la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no -tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol -las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del -artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el -blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, -de como ahora surge el <i>chalet</i> compuesto con hormigón armado y -mampostería de contrata!</p> - -<p>En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías -presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo -exclusivamente de utilidad<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> económica. Hoy parece bien a los hombres que -han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean -construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los -objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los -hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de -un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística -que en una catedral.</p> - -<p>Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival -todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un -pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa -admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una -flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los -artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y -embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus -castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia -el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; -dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; -estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma -agua.....</p> - -<p> </p> - -<p>Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente -históricos y de ciudades memorables de<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> importancia universal; no tiene -cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el -monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni -ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres -civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como -son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un -tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión -nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.</p> - -<p>Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese -desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello -que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia -industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón -antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está -cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El -vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo -que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del -progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo -extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular -de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las -piedras viejas. Una casa nueva en forma de <i>chalet</i>; una calle ancha y -recta; una alameda gris; un <i>restaurant</i>..... Esto es el ideal<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> de la -civilización y el progreso para un vascongado novísimo.</p> - -<p>Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido -arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a -aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el -testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de -gracia eterna.</p> - -<p>Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí -solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son -muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a -despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de -un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla -por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será -admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de -buen gusto y de un culto delicado por el adorno.</p> - -<p>El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el -nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y -sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un -hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. -En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de -gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> bello, y que -se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio -fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra -consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto -Cellini.</p> - -<p>Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que -existe en esas barriadas, en esos <i>ensanches</i> de nuestras poblaciones -modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la -palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.</p> - -<p>Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los -alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad -turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de -lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes -montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....</p> - -<p>En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que -nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus -escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de -<i>oñacinos</i> y <i>gamboínos</i>, ricas en episodios trágicos y expresivas de -aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del -carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor -renacentista y docta que se abriera en el país, animan<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span>do a los hidalgos -y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las -empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, -pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.</p> - -<p>Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará -siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto -que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la -influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo -mismo en historia, como en arte, como en cultura general.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> </p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br /> -CAMINO DE LAS MONTAÑAS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 428px;"> -<a href="images/ill_pg_123_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_123_sml.jpg" width="428" height="282" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">U</span>NA excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos -obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras -grandes <i>conquistas de la civilización</i>. Ante una cuesta empinada, sin -otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la -Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro -patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late -apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos -rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)</p> - -<p>En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la -pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado -en plena vía y ha<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca -en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una -filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor -entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros -acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con -reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la -carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un -espejo en que se miran los verdes prados.</p> - -<p>—Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?</p> - -<p>—De aquí a una hora.</p> - -<p>—¿Una hora?.....</p> - -<p>—Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y -media.</p> - -<p>Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre -urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una -hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad -virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, -empapada de tedio y de vergüenza.</p> - -<p>De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines -montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible -nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la -madura y filosófica calma de las gentes que nos ro<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>dean. Un miquelete, -en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de -estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de -semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:</p> - -<p>—No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van -ustedes a la venta? Allí hay buen vino.</p> - -<p>Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de -merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos -dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y -ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. -Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira -piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.</p> - -<p>Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los -hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora -rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento -y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio -virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic -tac de los canteros.</p> - -<p>La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. -<i>¡Arre, Belcha!</i>.....<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p> - -<p>Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince -lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de -la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, -llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo -mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del -trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio -oculta en la sombra de los árboles.</p> - -<p>Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. -Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la -circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más -bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del -templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las -caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las -inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. -Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la -oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, -señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia -(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.</p> - -<p>El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance -demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada -carretera que con<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>duce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.</p> - -<p>La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la -cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y -gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es -mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a -los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.</p> - -<p>¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz -difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, -fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a -precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de -un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere -devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota -profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya -claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que -sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los -facinerosos.....</p> - -<p>Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de -Aránzazu.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span> </p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br /> -LA PATRIA DE LOS PASTORES</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 422px;"> -<a href="images/ill_pg_131_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_131_sml.jpg" width="422" height="407" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, -despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que -ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes -vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la -montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el -vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.</p> - -<p>Necesario es partir. Abandonamos, pues, la có<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span>moda hospedería de -Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, -afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, -inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no -conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. -Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco -robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al -viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho -tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las -poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos -físicos.</p> - -<p>El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante -celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de -abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones -ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias -rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, -sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras -facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de -nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato -el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas -adquieran una feliz elasticidad.</p> - -<p>Hay un punto en el camino que sirve como de<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> tránsito trascendental. Al -detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio -de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, -en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se -levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un -temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían -en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, -turbulenta.</p> - -<p>Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una -alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos -labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie -de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una -muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país -de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin -ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de -cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre -el mar.</p> - -<p>Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas -como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es -distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. -La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo -como una obsesión. Todo se<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span> halla rasurado, rapado; todo está supeditado -a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un -silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio -positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las -invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......</p> - -<p>Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y -pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un <i>pueblo</i>.</p> - -<p>Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de -chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y -lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan -al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para -evitar los ventarrones.</p> - -<p>Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una -cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay -encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde -evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; -los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente -altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y -comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios -domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una -económica<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las -cabañas de los lapones.</p> - -<p>Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos -de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus -rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves -bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal -y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; -respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, -para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. -Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. -Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas -traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se -despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. -Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....</p> - -<p>Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables -pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué -clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para -qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas -otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones -alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el có<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span>digo de su -nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en -las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los -pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro -han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.</p> - -<p>Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el -tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y -los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan -el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus -costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su -<i>civilización</i>, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde -ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores -de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de -pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los -cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un -infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, -te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér -obsceno: el <i>turista</i>.</p> - -<p>El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro -sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está -próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span> -oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.</p> - -<p>No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. -Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una -haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío -del país.</p> - -<p>Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo -XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que -el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor -aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de -encanto.</p> - -<p>Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no -es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta -polícromos los que adornan el campo.</p> - -<p>¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del -mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa -Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las -abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una -flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces -maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el -musgo!</p> - -<p>Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> a cada punto descubro -una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y -con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo -visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también -sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las -hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, -a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración -me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de -musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.</p> - -<p>De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que -unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del -salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e -ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando -aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos -montañeses!</p> - -<p>Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como -un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo -contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la -serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta -naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al -considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la -fron<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span>tera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del -vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña, -del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las -aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de -la otra vertiente van al Océano.....</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> </p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br /> -MEDITACIÓN EN LA CUMBRE</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 422px;"> -<a href="images/ill_pg_143_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_143_sml.jpg" width="422" height="415" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">S</span>OBRE la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los -rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500 -metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie, -se halla el lugar de la divisoria geográfica.</p> - -<p>Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza -parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas, -sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida,<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> lo -desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los -cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su -rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto -el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras -lejanas.</p> - -<p>La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas -y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las -manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio -religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en -efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.</p> - -<p>La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí -sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y -las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica -de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al -modo escolar.</p> - -<p>He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua, -y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los -pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos -inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro, -descendería al Mediterráneo.</p> - -<p>Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos, -cubiertos de eterno verdor, húmedos<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> constantemente por las lluvias y -nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas -heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de -continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras -que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda, -emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la -gran meseta centro-española.</p> - -<p>Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la -llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura -castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya -completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad -cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se -realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el -clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al -lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.</p> - -<p>Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma -terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares. -Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del -litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar, -del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo -del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia -al Pirineo,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y -la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna -mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de -espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia -y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en -política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más -contacto ha tenido siempre con Castilla.</p> - -<p>Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de -inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya -tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa -llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos -la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en -castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde -excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes -manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la -inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.</p> - -<p>Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al -infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las -cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la -especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya -no es familiar, detallista e inmediata como<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> en el litoral; ya no -distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del -río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La -llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y -próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita -a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja -más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del -infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de -la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don -Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> </p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br /> -LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 424px;"> -<a href="images/ill_pg_151_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_151_sml.jpg" width="424" height="496" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Arteta, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">S</span>E dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos -vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora, -el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de -<i>pilotos</i>. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y -aptos para la esforzada<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> realización, ambiciosos y amantes de la gloria, -así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de -la Historia el oficio del <i>piloto</i>. Es la dramática crónica del pueblo -que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece -del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países -mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César -Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las -expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos -impulsividad imperialista.</p> - -<p>Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término -la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran -enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y -dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y -el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si -está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera -incompleto, y la culpa es de su timidez.</p> - -<p>¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye -algo el aislamiento en que vive la población rural?</p> - -<p>El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo -lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo, -tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se con<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span>vierte en -obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una -complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje -estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.</p> - -<p>No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a -una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos -existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen -y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que -el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido -considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo -de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al -mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.</p> - -<p>El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la -interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se -considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos -esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la -interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la -premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto -y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.</p> - -<p>El vascongado es con frecuencia nervioso, y no<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span> pocas veces se muestra -impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un -idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el -vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de -vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como -en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy -entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción -epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en -frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano. -Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez -de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a -saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en -llegar: esto es usual entre los vascongados.</p> - -<p>Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones -verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas -suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos -monótono empleo de la partícula <i>y</i> (en vascuence <i>eta</i>).</p> - -<p>El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y -entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de -la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco -persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfe<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>mias, esos tacos -pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco -los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar -trunco y tartamudeante.</p> - -<p>Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a -Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!» -Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el -discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica. -Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas -habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones -interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente -religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal -suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.</p> - -<p>Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con -frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario -patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su -sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones -vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita -macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo -a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios -recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez, -y sobre todo su condi<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span>ción tímida. En el vascongado se agravan y -acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a -todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a -hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado, -si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que -secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de -ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le -distinguen.</p> - -<p>De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de -hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus -vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos -del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene -que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de -hablar, ya que lo necesita...»</p> - -<p>Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés -y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en -sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en -cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés -busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el -departamento vacío...</p> - -<p>La mujer vascongada se priva de la gracia más<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span> apetecida, de la sal más -incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe -galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de -las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en -Durango.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span> </p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br /> -LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 426px;"> -<a href="images/ill_pg_161_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_161_sml.jpg" width="426" height="357" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Gustavo Maeztu, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">N</span>ATURALMENTE orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea -nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un -concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo; -por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra -cosa que el alcaloide del castellano.</p> - -<p>En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la -descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que -al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> -período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el -mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino -que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de -América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de -hidalguía.</p> - -<p>Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la -preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En -Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho -esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país -vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española, -los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los -vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente -sume al vasco en el troquel español.</p> - -<p>Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al -contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad -señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones -sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero -más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia -vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y -de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan -particularista, que para muchas<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> personas de buena fe no ha existido -verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el -mundo.</p> - -<p>Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre. -Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había -establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son -libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica, -atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta -condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco -una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano -no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en -la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los -vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de -nobles.</p> - -<p>Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del -ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía -original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo. -Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca -soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros -pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de -sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en -ellos un derecho natural...<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p> - -<p>Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas -proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga, -digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se -ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.</p> - -<p>Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en -exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración -formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a -lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la -nobleza se convierte en una obsesión.</p> - -<p>Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey: -Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con -pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos -arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo -imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni -han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...</p> - -<p>En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las -arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta -casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte. -No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se -refiere a una particularidad<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> del terreno en donde fué erigida. Ha -nacido como brotando de la propia tierra.</p> - -<p>Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad -infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de -robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por -consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre -la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido -Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su -esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en -su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las -lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman -entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral -pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se -obstinaba en reclamar el Fuero.</p> - -<p>No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los -vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a -veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas -eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de -espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física -que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span> </p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br /> -EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 425px;"> -<a href="images/ill_pg_169_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_169_sml.jpg" width="425" height="384" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Tellaeche, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">E</span>S desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas -han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los -vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre -sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y -epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo. -Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir -los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar -una conclusión demasiado fácil,<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span> ni dejarnos reducir por un sectarismo -propio de las «sociedades de templanza».</p> - -<p>El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e -idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma -predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.</p> - -<p>Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos -acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son -los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo -tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos -bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la -redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el -hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de -Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de -Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales -de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en -Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.</p> - -<p>Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal -cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán -podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la -vertiente marítima.</p> - -<p>En el concepto popular, entraña de donde salen<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> los adagios, la locura -tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que -se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes, -los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y -estos tipos, abundan tanto en el país.</p> - -<p>Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa -indulgencia, <i>chorúas</i>. El <i>chorúa</i>, que viene a ser lo correspondiente -de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas -travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga -de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco -de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese <i>chorúa</i> de los -guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que -perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de -los habitantes.</p> - -<p>Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar -la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos -idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.</p> - -<p>En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable -especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao -para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego -a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número -de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la -localidad a una de<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span> esas comidas pantagruélicas que se estilan en el -país, y ante las proporciones del banquete exclamó:—Ahora me explico -por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...</p> - -<p>Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad -localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito -para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran -bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes -de mucha gastritis.</p> - -<p>Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me -revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no -suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología -gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre -los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo -tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la -misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.</p> - -<p>Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se -distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las -dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.</p> - -<p>No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una -raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso. -El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> hasta los más -graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan -en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar. -Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas, -gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los -ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad, -un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive -ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se -distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los -epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción -racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las -guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene -una violencia enfermiza.</p> - -<p>En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau, -presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que -modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría -de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse -entre los pueblos que han vivido mucho.</p> - -<p> </p> - -<p>En otra ocasión<a name="FNanchor_1_1" id="FNanchor_1_1"></a><a href="#Footnote_1_1" class="fnanchor">[1]</a> me aventuré a expresar la posibilidad de que en la -mayor parte de Europa existan<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> dos grandes razas fundamentales: la raza -<i>noble</i> y la <i>plebeya</i>. Ahora me importa insistir en ese punto de la -duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos -ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión -posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos; -germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos -judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.</p> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_1_1" id="Footnote_1_1"></a><a href="#FNanchor_1_1"><span class="label">[1]</span></a> Véase <i>En la Vorágine</i></p></div> - -<p>Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico, -veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda, -facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un -individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada -apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del -buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano -forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de -tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra -y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las -características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de -los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».</p> - -<p>El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo -musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo -estrecho, su nariz<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p> - -<div class="figcenter" style="width: 422px;"> -<a href="images/ill_pg_175_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_175_sml.jpg" width="422" height="759" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>Elías Salaverría, pint.</i></p></div> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> </p> - -<p class="nind">exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura -frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter -diferencial a la raza.</p> - -<p>¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me -inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese -hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base -de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo -nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los -hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía. -Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un -hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más -diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.</p> - -<p>Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza -muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de -España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión, -ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la -gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la -propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo -decadente de esa sección racial del país cantábrico.</p> - -<p>La tuberculosis causa en ella sensibles estragos;<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> las dentaduras se -desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas, -la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones -vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a -la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas -daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos -en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.</p> - -<p>Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que, -después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del -clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión -al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante. -Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No -se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se -embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué -grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se -decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio -báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas -fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre -todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera -intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span></p> - -<p>El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos, -por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus -cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los -horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la -llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de -carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan -antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita -pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso -del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur, -excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una -intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los -nervios su faena.</p> - -<p>La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos -húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los -necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no -presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la -compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de -Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un -sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol -inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la -vida carece de sabor.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p> - -<p>En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres, -tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es -moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las -familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que -devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el -caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques, -porque los obreros estaban embriagados.</p> - -<p>El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un -amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara, -alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en -familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de -las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como -trágico y culpable.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span></p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br /> -DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 429px;"> -<a href="images/ill_pg_183_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_183_sml.jpg" width="429" height="566" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">N</span>INGÚN trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante -aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y -libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pe<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span>queñez y -por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las -migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas. -Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los -ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por -tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas -múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de -observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las -civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las -civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se -descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo -oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No -es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana -va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos. -En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan -de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia -y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está -trabajado según la manera mudéjar.</p> - -<p>Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por -su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una -simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo, -celos de barrio, luchas de castas, diferen<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span>cias de terreno y de clima. -Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del -tipo moderno.</p> - -<p>Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo -que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas. -Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias, -meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de -valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.</p> - -<p>La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y -helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras -esteparias y los olivares de los llanos calientes.</p> - -<p>El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado -cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado -opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a -ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto -físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad; -los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y -vivaces.</p> - -<p>El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma -general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi -todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span> -de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del -cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy -claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto -como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia, -pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados -verdosos, grises verdosos.</p> - -<p>Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas -más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y -el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que -obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica -de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los -valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa -cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del -mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.</p> - -<p>Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda -mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando -sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del -lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición -al hombre de la meseta.</p> - -<p>Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan -los tipos puramente morenos<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span> tanto como en Marquina o Andoaín. En el -centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para -encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las -costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La -ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis -seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto -como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como -ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra -color vivo.</p> - -<p> </p> - -<p>Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región -cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de -arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación -etnográfica.</p> - -<p>Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa -ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales -y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río -famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro, -desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos -comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un ara<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>gonés -coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en -los sentimientos.</p> - -<p>Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se -observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para -conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de -matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente -debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de -veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.</p> - -<p>Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco, -diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de -esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes: -el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más -insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque -positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como -la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy -sutil y no vale la pena de anotarlos.</p> - -<p>El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y -Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar, -que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las -formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante -considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos -y hasta tipo<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span> de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan -notable, que parecen dos provincias diversas.</p> - -<p>Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos -vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso -de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que -en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su -arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y -elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con -facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación -hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más -soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se -diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que -la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y -«decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de -Asteasu, Amezqueta y Tolosa.</p> - -<p>Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región -hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en -cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va -hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que -abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano -de Durango.<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span></p> - -<p>Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y -la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el -espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y -en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya; -Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico -español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona, -tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica, -de la tierra de Burgos.</p> - -<p>En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan -al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por -fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.</p> - -<p>La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es -casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del -Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence -y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del -alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben -por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente -bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y -heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span></p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br /> -IDEAS FINALES</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> </p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span> </p> - -<div class="figcenter" style="width: 425px;"> -<a href="images/ill_pg_193_lg.jpg"> -<img src="images/ill_pg_193_sml.jpg" width="425" height="268" alt="[Imagen no disponible.]" /></a> -<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div> -</div> - -<p class="nind"><span class="lettre">H</span>AY en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que -las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que -sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que -al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros -mismos debemos desaparecer con ellas.</p> - -<p>Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres -vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas -costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas -costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras -costumbres, tan típicas como las anteriores.</p> - -<p>Hoy pasan las formas y se cambian las modalida<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span>des con mucha más rapidez -que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría -substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero -otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque -es esencial.</p> - -<p>Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo -que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en -cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura -que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea -y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para -comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres -características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y -sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su -propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr -que parezcan diferentes y originales.</p> - -<p>El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre -a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco -es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales -de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas -profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos -fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir -que el país vasco haya creado verdaderos esti<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span>los, porque, con -frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el -mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con -el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras -y con otros muchos usos llamados típicos.</p> - -<p>Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple -exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han -perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con -fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre -con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se -conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca -romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León. -Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de -raíz castellana.</p> - -<p>El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama <i>sport</i> -vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos -probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la -pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a -todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es -lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la -pelota.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span></p> - -<p>Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de -Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que -intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa -modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen, -siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire -demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más -recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.</p> - -<p>Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared», -«raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo», -«a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto», -«quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el -país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.</p> - -<p>Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los -que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad -de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le -ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no -se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante -que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el -«ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile -suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin -embargo, que al<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span>gún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza -suelta de los vascos.</p> - -<p>Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no -menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como -nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media, -encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso -vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por -los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo -borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en -el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de -frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se -trata de términos absolutamente indígenas.</p> - -<p>Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la -lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El -aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos -arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza -que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid, -Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a -las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una -emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos -seres<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente -vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.</p> - -<p>De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro -hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una -explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita, -vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo -sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre -con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el -vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola» -(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y -perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa -en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en -éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una -palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por -ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya, -basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya -desaparecido sin dejar rastro literario.</p> - -<p>También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid -Campeador, el de la barba vellida:<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span></p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;<br /></span> -<span class="i0">más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,<br /></span> -<span class="i0">como a la míe alma yo tanto vos quería...<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»; -era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro -parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna -ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está -viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en -tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en -tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»</p> - -<p>Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los -hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha -supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como -islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se -copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los -idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amor<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>fas, a causa de la -constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del -provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas, -gallegas y francesas.</p> - -<p>En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial, -política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se -fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación -por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados -de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span></p> - -<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td> </td><td class="rt"><small>Páginas.</small></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#I">La inmensidad verde</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_5">5</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#II">El ceremonioso tamboril</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_13">13</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#III">Día de fiesta en un pueblo vasco</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_21">21</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#IV">Junto a la carretera</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_29">29</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#V">Cataliñ</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_37">37</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#VI">Los remeros olímpicos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_43">43</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#VII">Elogio de mar Cantábrico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_53">53</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#VIII">El río dinámico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_59">59</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#IX">Elogio de los campanarios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_67">67</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#X">El viento del sur</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_73">73</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XI">Los bebedores de sidra</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_83">83</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XII">Los <i>versolaris</i></a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_91">91</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XIII">El humor anacreóntico de los vascos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_99">99</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XIV">Visión de pueblo antiguo</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XV">Camino de las montañas</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_121">121</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XVI">La patria de los pastores</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_129">129</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XVII">Meditación en la cumbre</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_141">141</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XVIII">La timidez de los vascos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_149">149</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XIX">La preocupación de la hidalguía</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_159">159</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XX">El problema de los nervios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_167">167</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XXI">Diferenciaciones y parecidos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_181">181</a></td></tr> -<tr><td valign="top"><a href="#XXII">Ideas finales</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_191">191</a></td></tr> -</table> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA *** - -***** This file should be named 61874-h.htm or 61874-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/7/61874/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was -produced from images made available by the HathiTrust -Digital Library.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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