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-The Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Alma vasca
-
-Author: José María Salaverría
-
-Release Date: April 19, 2020 [EBook #61874]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was
-produced from images made available by the HathiTrust
-Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- ALMA VASCA
-
-
-
-
- ITINERARIOS ESPAÑOLES
-
- ALMA VASCA
-
- POR
-
- JOSÉ M. SALAVERRÍA
-
- (SEGUNDA EDICIÓN)
-
- [Imagen]
-
-
- MADRID
- LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA
- Avenida del Conde Peñalver, 8
-
-
-
-
- PROPIEDAD
- DERECHOS RESERVADOS
-
- [Imagen:
-
- _Elías Salaverría, pint._
-
- RETRATO DEL AUTOR]
-
-
-
-
-I
-
-LA INMENSIDAD VERDE
-
-
-
-
-[Imagen:
-
-_Darío Regoyos, pint._]
-
-
-Bello rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y
-jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce:
-nostalgia y encanto de pleno mar.
-
-Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso,
-veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos,
-no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual,
-porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una
-sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma
-entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta
-fijeza de los ojos!
-
-Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben
-el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa
-tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud
-desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de
-admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de
-Navidad, como en una demostración idílica.
-
-Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia
-al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan
-con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y
-vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.
-
-A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el
-lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de
-los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el
-prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños,
-la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el
-hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva
-expresión de paz bucólica.
-
-Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso
-excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta
-el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y
-casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo
-eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país,
-especialmente en su proximidad a la costa.
-
-De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las
-primeras contemplaciones de la niñez. Es el _leitmotiv_ de los recuerdos
-adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan
-carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la
-grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a
-la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias
-trascendentales.
-
-¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e
-idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso.
-Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso
-de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es
-un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del
-conformismo. Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el
-riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa
-de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia
-al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente
-en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las
-figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han
-actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el
-país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican
-en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor
-prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso
-Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.
-
-Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al
-fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de
-ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol
-risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor
-concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...
-
-Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en
-matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo
-húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar.
-Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la
-sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y
-que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno
-en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.
-
-Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del
-verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se
-está oyendo sonar el tamboril.
-
-
-
-
-II
-
-EL CEREMONIOSO TAMBORIL
-
-
-
-
-[Imagen:
-
-_Alberto Arrue, pint._]
-
-
-A primera hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y
-sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas,
-unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una
-verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las
-noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la
-vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de
-un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable,
-como gesto y como factura.
-
-De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer
-las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos
-tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan
-pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas
-las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la
-vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!
-
-Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi
-mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por
-todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de
-tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por
-los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al
-pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola
-sugeridora.
-
-Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus
-recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la
-adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes
-dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores:
-muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de
-parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros,
-vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros,
-con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban
-las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y
-llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra
-varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con
-las chicas.
-
-Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza
-principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad.
-Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su
-alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con
-paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la
-suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la
-plaza hacia el palco de la presidencia.
-
-Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que
-cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento,
-y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se
-yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un
-lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.
-
-¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué
-genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los
-tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se
-somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y
-vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz
-pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su
-voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee
-el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.
-
-Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su
-música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero
-esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de
-su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo
-determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al
-pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en
-tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin
-estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y
-librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!
-
-En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles
-con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la
-plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su
-sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música,
-de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino
-promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no
-muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo
-sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de
-aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres
-continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee
-su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo
-justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y
-su tricornio legislativo a la cabeza.
-
-Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su
-escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene
-pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde
-un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.
-
-Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el
-tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de
-entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del
-siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias
-españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas,
-cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades
-extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los
-usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando
-los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores.
-Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas
-por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.
-
-¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en
-la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de
-montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto
-no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir
-entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen
-de pie...
-
-Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más
-sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles,
-han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como
-empapado de unción cívica.
-
-
-
-
-III
-
-DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO
-
-
-
-
-[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
-
-
-La música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi
-sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria
-del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del
-pueblo.
-
-En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes
-tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios
-de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van
-llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas
-solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de
-la música tradicional.
-
-Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable
-Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo,
-para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el
-Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero
-de selvas.
-
-De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el
-precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son
-orgiástico de la _Cale-gira_, y que llevan detrás, delante,
-entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos
-por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz
-de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla
-con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.
-
-Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y
-brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo
-abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera
-Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal
-contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el
-ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en
-cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja...
-Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma
-se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.
-
-¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y
-lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y
-como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como
-la mesa henchida de un banquete!
-
-Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza,
-y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las
-flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el
-tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca
-tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan
-los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan
-anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras
-los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El
-tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia
-dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos
-bruscos, brincos sonoros...
-
-Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un
-cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la
-sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada
-bajo el tenue azul del cielo.
-
-Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos
-charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el _Cale-gira_, especie
-de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las
-manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las
-muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos
-juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en
-largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado
-son de las alegres y ruidosas charangas.
-
-Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que
-trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de
-Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la
-más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los
-helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y
-los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde
-en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al
-fin, a una mera _tentativa_ báquica...
-
-Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos
-de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas,
-en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo
-inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor
-desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de
-divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!
-
-Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor
-misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo
-de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una
-voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el
-pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y
-pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las
-montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus
-tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente.
-Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y
-graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al
-ardiente Dyonisos...
-
-
-
-
-IV
-
-JUNTO A LA CARRETERA
-
-
-
-
-[Imagen: _Arteta. pint._]
-
-
-Mi primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la
-carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de
-vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que
-me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines
-desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje
-que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.
-
-Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las
-del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de
-caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las
-quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas
-que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el
-alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.
-
-Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas
-universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en
-nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e
-imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y
-dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes
-trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o
-el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias.
-Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la
-trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de
-intimidad.
-
-Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con
-especial agrado el _¡aidá!, ¡aidarí!_ de los boyeros, que bajan con sus
-carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las
-ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que
-son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar,
-especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la
-venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: _¡aufá!_...
-
-También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los
-bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno,
-deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino
-navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero
-espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego,
-enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. _¡Aidarí,
-motza!_
-
-Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando
-vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de
-áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la
-tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la
-venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el
-boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante
-la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme,
-¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los
-domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado
-de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al
-beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel
-vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.
-
-También llegan los troneras del villorrio. Conocen los _couplets_ de
-moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del
-domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de
-socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto
-saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de
-Vilinch, un _couplet_ de la Argentinita y un trozo de ópera italiana.
-También saben tocar el acordeón.
-
-¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece
-un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida
-adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los
-puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón,
-tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales,
-nostálgicas hasta el llanto.
-
-En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un
-poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede
-cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue
-penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce
-tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro
-ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la
-puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y
-adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que
-invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.
-
-
-
-
-V
-
-CATALIÑ
-
-
-
-
-[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]
-
-
-Todas las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca,
-ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y
-es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una
-expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los
-encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace
-deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.
-
-Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la
-perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra,
-aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda
-ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas
-un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores,
-entonces brillan como dos animadas joyas.
-
-¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del
-contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le
-basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad,
-tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto
-caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran
-pradera, al pie de una montaña.
-
-Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en
-cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida
-leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno.
-El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su
-paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando
-el pan más crugiente de todos.
-
-¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las
-dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su
-rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué
-dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!
-
-Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas,
-parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la
-presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos
-clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no
-logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y
-como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena
-montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive
-pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se
-adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin
-embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más
-consumada humanidad.
-
-Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus
-ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y
-olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza
-ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y
-que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos
-resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que
-vale siempre, virgen.
-
-Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós,
-frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado
-semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y
-exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente
-pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella
-Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles
-te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás
-el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan
-bellas y fragantes como tú!...
-
-
-
-
-VI
-
-LOS REMEROS OLIMPICOS
-
-
-
-
-[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]
-
-
-En la finura un poco decadente con que termina el estío en el
-Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San
-Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no
-existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación
-dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.
-
-¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las
-entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de
-traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto
-por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la
-apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno
-entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del
-mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de
-los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.
-
-La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre
-que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del
-Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres
-de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae
-su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo
-precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus
-pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus
-corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de
-los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud
-material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas
-milagrosas, las agudas traineras!
-
-Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al
-empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque,
-las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos
-sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble
-camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un
-verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la
-inminente señal del Jurado.
-
-Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los
-hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un
-aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los
-humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin
-cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus
-velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando,
-vociferando con el alarido de sus sirenas.
-
-Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal
-vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y
-angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico,
-Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de
-repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado,
-las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas,
-como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas
-blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor,
-qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo!
-¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se
-arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y
-persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se
-acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace
-con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi
-angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más,
-por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y
-vuestros amigos!
-
-Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes
-ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra,
-movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son,
-frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al
-premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar,
-verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están
-cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota,
-dejan en ellos una huella imborrable.
-
-Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un
-frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas.
-Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los
-bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si
-los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al
-ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente
-pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a
-los puntos más vivos de la virilidad.
-
-No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente
-bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el
-vano de las almenas...
-
-Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los
-malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan
-y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los
-cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres
-manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros
-angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un
-valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!
-
-La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la
-aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el
-vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza
-hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo
-ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan
-mucho entre los vascongados.
-
-Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco
-que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que
-estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una
-plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado
-salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del _box_. El inglés le
-aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería.
-Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos
-manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos:
-«¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el
-marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte
-un leño.
-
-Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez,
-no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El
-juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los
-sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un
-origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial
-característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del
-frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño
-y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la
-vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y
-bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil,
-mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia,
-tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.
-
-Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a
-las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa,
-corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas
-divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de
-sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los
-cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la
-pugna, que por el logro de la práctica pesca...
-
-Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea,
-el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie,
-hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus
-luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora
-mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de
-todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido
-esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor
-al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).
-
-
-
-
-VII
-
-ELOGIO DEL MAR CANTABRICO
-
-
-
-
-[Imagen: _Tellaeche, pint._]
-
-
-Cómo se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia
-volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una
-emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que
-necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.
-
-Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no
-poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué
-terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela
-es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua
-infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más
-fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido
-su recuerdo.
-
-Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para
-decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar
-quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros
-chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.
-
-El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión
-nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi
-cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad
-pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos
-ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la
-ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así
-que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el
-mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.
-
-El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que
-intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los
-acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes.
-Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para
-ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos
-adolescentes.
-
-Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina
-y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como
-un sentimiento nostálgico, sonante como una música.
-
-Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en
-esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen
-sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban
-las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:
-
-Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color
-de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas
-clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes
-alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y
-agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto;
-distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.
-
-Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de
-sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal
-vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una
-marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la
-plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de
-una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.
-
-Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos
-aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y
-lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las
-sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad
-líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo
-invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.
-
-Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación
-de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de
-fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo
-de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas
-potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses;
-cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno
-despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su
-espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises,
-teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...
-
-¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!
-
-
-
-
-VIII
-
-EL RIO DINAMICO
-
-
-
-
-[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]
-
-
-El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla
-de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y
-he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire
-una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes
-se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el
-río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de
-escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río
-tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.
-
-Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las
-tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: _Ibaizabal_. Le
-llaman, pues, _Río ancho_, y la hipérbole campesina hace reír un poco.
-Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las
-mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que
-le sienta bien. ¡Nervión!
-
-Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de
-emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso,
-sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus
-riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España
-otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el
-Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de
-Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces
-históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y
-de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha
-opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en
-los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin
-embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río
-parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en
-un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo.
-Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión
-es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial,
-ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He
-acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el
-Nervión es una persona que tiene un alma.
-
-Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que
-llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao
-es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen,
-Rotterdam, Amberes.
-
-¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad
-Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o
-Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la
-modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a
-caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y
-se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos
-cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no
-es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que
-empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.
-
-A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y
-caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada
-menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara
-brutalidad americana, inglesa o anseática. Un _chalet_ sobre un barracón
-inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros;
-una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico
-frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si
-deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan.
-Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a
-las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre
-la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es
-aprovechada casi con angustia.
-
-Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente
-el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo
-fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río
-yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis
-del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros
-ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el
-Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros
-hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son
-nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.
-
-Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro
-de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando
-un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.
-
-Desde el _restaurant_ de un club elegante, por la ventana entreabierta,
-sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo,
-próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien,
-sucesivamente.
-
-Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en
-actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo,
-los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de
-monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién
-laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción
-vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita
-a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia
-y de vida irreparable, irresistible.
-
-Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe,
-entra mansamente en el mar.
-
-
-
-
-IX
-
-ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS
-
-
-
-
-[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]
-
-
-Los pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los
-cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un
-paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas
-y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en
-alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma
-y expresión a un paisaje.
-
-Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los
-pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí
-contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una
-imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y
-exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo
-Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas
-torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los
-prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me
-representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles
-florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas
-armoniosas.
-
-El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de
-los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en
-el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una
-flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el
-castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino
-algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que
-está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el
-paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale
-del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos
-observa y sigue desde lejos.
-
-¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario
-angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros,
-rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos
-por el estremecimiento perezoso de las palmeras!
-
-Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la
-nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la
-visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos,
-sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor
-por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y
-culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una
-esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por
-aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se
-completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de
-Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio
-ha trocado en una cosa inmunda!
-
-Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los
-solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de
-sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura
-sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano
-florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado
-de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y
-dominándolo todo, la torre eclesiástica.
-
-Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus
-cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué
-inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética
-ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas
-están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma
-vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como
-bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se
-ilustre verdaderamente.
-
-A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo
-antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de
-todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no
-tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto
-de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se
-achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el
-sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos
-a la idea de la cultura y de lo universal.
-
-
-
-
-X
-
-EL VIENTO DEL SUR
-
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-
-
-[Imagen: _A. Arrue. pint._]
-
-
-La primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el
-viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de
-Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la
-limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si
-el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es
-una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo
-materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el
-Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el
-ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse
-de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil,
-desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.
-
-Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no
-advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como
-en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese
-viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué
-ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué
-lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que
-ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en
-las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este
-capítulo, puesto que es «mi viento».
-
-Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro
-organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se
-encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros
-disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando
-reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el
-favorable.
-
-Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito,
-tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un
-artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la
-literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la
-relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.
-
-En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de
-luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se
-produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta
-Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida,
-depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas
-de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran
-sugestión poética: el Mediodía.
-
-Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario,
-todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales.
-Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las
-nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga
-el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo,
-presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a
-desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde
-uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso,
-invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo
-convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el
-pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el
-penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece
-el glorioso aliento del Mediodía.
-
-¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante
-todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.
-
-Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas,
-podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde
-a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como
-guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande,
-lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias
-espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde
-a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y
-por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país,
-lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia
-hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques,
-nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen
-grandes raciones de alubias con tocino.
-
-El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y
-nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el
-religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el
-fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la
-quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.
-
-El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas
-materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una
-cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador,
-nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando
-huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la
-angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más
-que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño
-del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de
-la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...
-
-Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus
-cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable
-de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá
-de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu.
-Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo
-inexistente o soñado, y un afán de marchar...
-
-El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la
-gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede
-llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el
-portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil,
-estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.
-
-Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea
-de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica
-empieza a ser admitida por muchas gentes del país.
-
-Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha
-sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura,
-en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta
-casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología;
-es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la
-percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar
-con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los
-frutos de la fina cultura.
-
-En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras
-populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre
-todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las
-civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del
-arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las
-vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía,
-cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El
-otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de
-otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de
-cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere
-decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que
-no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es
-irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en
-el período preambular de la cultura.
-
-La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera,
-prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando
-la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las
-lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales
-cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y
-vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las
-mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la
-naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los
-bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco
-sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha
-tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la
-conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico,
-la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir
-las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.
-
-Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente
-rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes,
-ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere
-imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en
-los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora
-otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo.
-La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y
-sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en
-el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural
-y pasa a ser candidato de la civilización.
-
-
-
-
-XI
-
-LOS BEBEDORES DE SIDRA
-
-
-
-
-[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]
-
-
-Quiero hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco
-también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos,
-sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de
-sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable,
-que alienta en el fondo de un sidrero.
-
-No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que
-persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso
-sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo
-primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero
-ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez
-sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad,
-dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se
-haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de _zorzico_.
-
-Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan
-gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde
-el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas
-placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos
-montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.
-
-La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de
-alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra,
-será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El
-sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción
-primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para
-beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe
-ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere
-mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como
-la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados
-palmoteos.
-
-En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el
-sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza
-allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes
-negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos
-tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está
-pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer
-llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis
-hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!
-
-El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre
-nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo
-que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible
-que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que
-el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros
-sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en
-Ramonenea hay una _bonita_ sidra?» Y la noticia, corriendo como la
-prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a
-los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie
-de masonería singular que no fracasa nunca.
-
-¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en
-la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir
-por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!...
-Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de
-un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.
-
-Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos
-pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas
-donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la
-calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la
-calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar
-largas y audaces navegaciones.
-
-De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del
-bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la
-infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y
-fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta
-el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de
-su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América
-en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y
-necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de
-tristeza.
-
-¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de
-vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas
-libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge,
-prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la
-merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas.
-Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se
-dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila,
-mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único
-tirón.
-
-Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de
-inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte;
-podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su
-alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica.
-Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la
-belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.
-
-Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los
-grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando
-una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero,
-que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el
-mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y
-dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más
-sentimental canta:
-
- _Begui belch eder oyec_
- _¿zenentzat-dituzú...?_.
-
-el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los
-escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.
-
-
-
-
-XII
-
-LOS «VERSOLARIS»
-
-
-
-
-[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]
-
-
-Sería difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese
-un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los
-tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al
-canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben
-en el espacio de la prosa.
-
-Hablemos, pues, de los _versolaris_, esos rapsodas, bardos, aedas o
-juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el
-menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida
-delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia
-gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal
-en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en
-flor expiden su más delicado perfume.
-
-Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco
-afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de
-la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría
-completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos
-hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere
-decir profesional del verso, versificador.
-
-Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se
-constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari»
-crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele
-«trovador».
-
-Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en
-los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza,
-Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las
-humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele
-al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas
-cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y
-que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»
-
-O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del
-caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio
-platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un
-poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.
-
-Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria.
-Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que
-buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y
-otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los
-«versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la
-versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se
-limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan
-directamente al alma de su auditorio.
-
-El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el
-«panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la
-«tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un
-torneo de burlas y sutilezas.
-
-La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres
-populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad
-universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales
-quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal
-desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia
-integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en
-que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.
-
-Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de
-muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido
-comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la
-«tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de
-canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una
-«décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a
-los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del
-parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en
-la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los
-«versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de
-origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano
-de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.
-
-Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie
-de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos
-versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos
-rudimentarios.
-
-Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación
-de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su
-robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que
-responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor.
-Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después
-las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas
-chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el
-aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus
-carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los
-alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones
-largas y ondulantes como el canto llano de un convento.
-
-En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos
-«versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado
-vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el
-más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya
-inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido
-aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático
-y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes,
-grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la
-quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo
-inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.
-
-
-
-
-XIII
-
-EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS
-
-
-
-
-[Imagen: _Zuloaga, pint._]
-
-
-Un pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de
-diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma
-remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de
-núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país
-vasco ha sido en esto una verdadera isla.
-
-No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y
-ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa.
-Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura,
-la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la
-cultura literaria.
-
-Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no
-han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa
-exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las
-luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes
-amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones
-las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues,
-que el vasco es un pueblo mudo.
-
-Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una
-irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y
-encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la
-honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus
-estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y
-la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros
-pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas
-veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen
-fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su
-nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento
-candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no
-se percibe sino después de una saturación local muy profunda.
-
-El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda
-Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura
-castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas
-poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban
-los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de
-servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos
-versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.
-
-Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una
-de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de
-merienda. Dice así la canción:
-
- Ume eder bat icusi nuben
- Donostiaco calean;
- itz erdicho bat ari ezan gabe
- ¿nola pasatu parían?
-
- Gorputza zuben liraña eta
- oñaz zebiltzen aidian;
- polita goric estet icusi
- nere beguiyen aurrían.
-
-Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más
-que lo siguiente:
-
-«Una vez vi pasar una hermosa joven--por las calles de San
-Sebastián;--sin decirle siquiera media palabrita--¿cómo cruzaría yo a su
-lado?--Tenía el cuerpo esbelto--y llevaba los pies en el aire;--otra más
-bonita no he visto--delante de mis ojos.....»
-
-Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo,
-de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música
-está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la
-música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente
-monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético,
-sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino;
-otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada
-briosa y vehemente.
-
-Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo
-ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene
-un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese
-curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:
-
- Andre Madalén, andre Madalén,
- laurden erdi bat oliyó;
- aita jornalac artzen badi tu,
- ama pagatuco diyó.
-
-«Señora Magdalena, señora Magdalena,--medio cuarterón de aceite:--si
-padre cobra los jornales,--madre le pagará a usted.....»
-
-El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un
-respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la
-ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia
-tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....
-
-Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que
-popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban
-el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de
-Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se
-convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de
-unos humildes «versolaris».
-
-El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios;
-el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las
-alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un
-espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta
-guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada
-ingenuidad:
-
- Erari maitagarriá,
- zu gatic daucat jarriá
- argumentuba larriá:
- Indarra zera gorputzarentzat,
- kentzendezuna egarriá,
- ¡gausa estimagarriá!.....
- Baño zauscat igarriá
- zerala engañagarriá.
-
-«Amada bebida,--tú me inspiras este arduo problema:--Eres para el cuerpo
-la fuerza,--nos quitas la sed,--¡cosa estimabilísima!.....--Pero te he
-calado--que eres un engañador.»
-
-Una canción guipuzcoana dice:
-
- Donostiaco iru damacho
- Errenterían dendarí,
- josten ere badakite baña,
- ardua eraten obekí...
-
-«Las tres señoritas donostiarras--las tenderas de Rentería,--saben coser
-muy bien,--pero mejor saben beber.»
-
-E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de
-torpeza, un estribillo:
-
- Eta kriskitin, kroskitin,
- arrosa kraveliñ,
- ardua eraten obekí.
-
-«Con el kriskitin, krosquitin,--rosa y clavel,--pero mejor saben
-beber.....»
-
-Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo
-flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos
-sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras
-formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país
-vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y
-gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».
-
-En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban
-nombres tan bravos y pintorescos como _Brocolo_, _Isquiña_, _Pello
-Spañ_, _Sacristán_, _Echecalte_, _Pedro Amezquetarra_.
-
-Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios:
-tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos
-perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que
-de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo
-restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca
-multiplicidad. _Isquiña_, por ejemplo, apuntaba los tantos en los
-partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; _Pello Spañ_,
-con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia;
-_Sacristán_ era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. _Echecalte_
-no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su
-caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una
-boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En
-cuanto a _Pedro Amezquetarra_, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez
-de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los
-chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.
-
-Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión
-por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de
-francachela que hay en su fondo.
-
-
-
-
-XIV
-
-VISION DE PUEBLO ANTIGUO
-
-
-
-
-[Imagen: _Tellaeche. pint._]
-
-
-La bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al
-espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción
-histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del
-borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco
-caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de
-corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña
-hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.
-
-Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San
-Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga
-calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que
-alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros
-de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban
-descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se
-recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra
-Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes
-pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.
-
-El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos;
-nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco
-extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura
-contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de
-las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que
-el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de
-lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.
-
-En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de
-altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles
-para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto
-ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y
-cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa
-arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja,
-triste y fea.
-
-[Imagen]
-
-Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra
-imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los
-pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han
-acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina
-misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que,
-por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella
-y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir,
-que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su
-valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna
-influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.
-
-Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del
-pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina
-como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez
-que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e
-ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad,
-cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los
-conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas,
-sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.
-
-Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en
-la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no
-tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol
-las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del
-artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el
-blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia,
-de como ahora surge el _chalet_ compuesto con hormigón armado y
-mampostería de contrata!
-
-En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías
-presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo
-exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que
-han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean
-construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los
-objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los
-hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de
-un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística
-que en una catedral.
-
-Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival
-todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un
-pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa
-admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una
-flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los
-artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y
-embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus
-castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia
-el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles;
-dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales;
-estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma
-agua.....
-
- * * * * *
-
-Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente
-históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene
-cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el
-monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni
-ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres
-civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como
-son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un
-tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión
-nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.
-
-Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese
-desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello
-que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia
-industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón
-antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está
-cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El
-vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo
-que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del
-progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo
-extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular
-de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las
-piedras viejas. Una casa nueva en forma de _chalet_; una calle ancha y
-recta; una alameda gris; un _restaurant_..... Esto es el ideal de la
-civilización y el progreso para un vascongado novísimo.
-
-Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido
-arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a
-aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el
-testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de
-gracia eterna.
-
-Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí
-solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son
-muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a
-despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de
-un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla
-por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será
-admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de
-buen gusto y de un culto delicado por el adorno.
-
-El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el
-nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y
-sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un
-hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho.
-En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de
-gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que
-se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio
-fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra
-consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto
-Cellini.
-
-Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que
-existe en esas barriadas, en esos _ensanches_ de nuestras poblaciones
-modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la
-palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.
-
-Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los
-alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad
-turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de
-lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes
-montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....
-
-En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que
-nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus
-escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de
-_oñacinos_ y _gamboínos_, ricas en episodios trágicos y expresivas de
-aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del
-carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor
-renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos
-y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las
-empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes,
-pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.
-
-Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará
-siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto
-que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la
-influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo
-mismo en historia, como en arte, como en cultura general.
-
-
-
-
-XV
-
-CAMINO DE LAS MONTAÑAS
-
-
-
-
-[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
-
-
-Una excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos
-obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras
-grandes _conquistas de la civilización_. Ante una cuesta empinada, sin
-otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la
-Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro
-patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late
-apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos
-rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)
-
-En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la
-pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado
-en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca
-en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una
-filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor
-entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros
-acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con
-reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la
-carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un
-espejo en que se miran los verdes prados.
-
---Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?
-
---De aquí a una hora.
-
---¿Una hora?.....
-
---Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y
-media.
-
-Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre
-urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una
-hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad
-virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión,
-empapada de tedio y de vergüenza.
-
-De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines
-montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible
-nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la
-madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete,
-en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de
-estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de
-semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:
-
---No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van
-ustedes a la venta? Allí hay buen vino.
-
-Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de
-merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos
-dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y
-ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate.
-Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira
-piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.
-
-Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los
-hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora
-rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento
-y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio
-virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic
-tac de los canteros.
-
-La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo.
-_¡Arre, Belcha!_.....
-
-Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince
-lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de
-la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente,
-llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo
-mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del
-trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio
-oculta en la sombra de los árboles.
-
-Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate.
-Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la
-circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más
-bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del
-templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las
-caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las
-inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo.
-Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la
-oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones,
-señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia
-(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.
-
-El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance
-demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada
-carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
-
-La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la
-cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y
-gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es
-mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a
-los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
-
-¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz
-difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente,
-fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a
-precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de
-un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere
-devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota
-profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya
-claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que
-sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los
-facinerosos.....
-
-Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de
-Aránzazu.
-
-
-
-
-XVI
-
-LA PATRIA DE LOS PASTORES
-
-
-
-
-[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
-
-
-La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo,
-despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que
-ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes
-vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la
-montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el
-vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.
-
-Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de
-Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía,
-afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita,
-inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no
-conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca.
-Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco
-robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al
-viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho
-tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las
-poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos
-físicos.
-
-El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante
-celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de
-abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones
-ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias
-rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube,
-sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras
-facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de
-nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato
-el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas
-adquieran una feliz elasticidad.
-
-Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al
-detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio
-de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos,
-en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se
-levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un
-temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían
-en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable,
-turbulenta.
-
-Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una
-alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos
-labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie
-de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una
-muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país
-de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin
-ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de
-cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre
-el mar.
-
-Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas
-como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es
-distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra.
-La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo
-como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado
-a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un
-silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio
-positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las
-invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......
-
-Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y
-pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un _pueblo_.
-
-Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de
-chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y
-lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan
-al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para
-evitar los ventarrones.
-
-Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una
-cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay
-encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde
-evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario;
-los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente
-altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y
-comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios
-domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una
-económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las
-cabañas de los lapones.
-
-Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos
-de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus
-rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves
-bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal
-y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente;
-respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves,
-para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes.
-Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe.
-Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas
-traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se
-despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro.
-Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....
-
-Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables
-pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué
-clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para
-qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas
-otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones
-alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su
-nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en
-las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los
-pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro
-han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.
-
-Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el
-tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y
-los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan
-el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus
-costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su
-_civilización_, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde
-ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores
-de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de
-pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los
-cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un
-infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará,
-te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér
-obsceno: el _turista_.
-
-El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro
-sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está
-próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al
-oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.
-
-No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar.
-Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una
-haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío
-del país.
-
-Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo
-XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que
-el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor
-aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de
-encanto.
-
-Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no
-es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta
-polícromos los que adornan el campo.
-
-¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del
-mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa
-Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las
-abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una
-flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces
-maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el
-musgo!
-
-Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro
-una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y
-con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo
-visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también
-sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las
-hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme,
-a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración
-me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de
-musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.
-
-De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que
-unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del
-salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e
-ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando
-aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos
-montañeses!
-
-Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como
-un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo
-contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la
-serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta
-naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al
-considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la
-frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del
-vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña,
-del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las
-aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de
-la otra vertiente van al Océano.....
-
-
-
-
-XVII
-
-MEDITACIÓN EN LA CUMBRE
-
-
-
-
-[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]
-
-
-Sobre la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los
-rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500
-metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie,
-se halla el lugar de la divisoria geográfica.
-
-Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza
-parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas,
-sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo
-desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los
-cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su
-rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto
-el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras
-lejanas.
-
-La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas
-y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las
-manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio
-religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en
-efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.
-
-La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí
-sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y
-las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica
-de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al
-modo escolar.
-
-He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua,
-y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los
-pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos
-inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro,
-descendería al Mediterráneo.
-
-Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos,
-cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y
-nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas
-heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de
-continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras
-que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda,
-emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la
-gran meseta centro-española.
-
-Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la
-llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura
-castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya
-completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad
-cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se
-realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el
-clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al
-lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.
-
-Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma
-terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares.
-Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del
-litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar,
-del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo
-del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia
-al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y
-la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna
-mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de
-espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia
-y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en
-política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más
-contacto ha tenido siempre con Castilla.
-
-Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de
-inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya
-tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa
-llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos
-la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en
-castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde
-excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes
-manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la
-inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.
-
-Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al
-infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las
-cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la
-especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya
-no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no
-distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del
-río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La
-llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y
-próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita
-a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja
-más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del
-infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de
-la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don
-Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)
-
-
-
-
-XVIII
-
-LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS
-
-
-
-
-[Imagen: _Arteta, pint._]
-
-
-Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos
-vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora,
-el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de
-_pilotos_. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y
-aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria,
-así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de
-la Historia el oficio del _piloto_. Es la dramática crónica del pueblo
-que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece
-del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países
-mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César
-Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las
-expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos
-impulsividad imperialista.
-
-Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término
-la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran
-enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y
-dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y
-el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si
-está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera
-incompleto, y la culpa es de su timidez.
-
-¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye
-algo el aislamiento en que vive la población rural?
-
-El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo
-lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo,
-tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en
-obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una
-complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje
-estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.
-
-No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a
-una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos
-existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen
-y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que
-el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido
-considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo
-de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al
-mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.
-
-El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la
-interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se
-considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos
-esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la
-interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la
-premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto
-y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.
-
-El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra
-impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un
-idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el
-vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de
-vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como
-en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy
-entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción
-epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en
-frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano.
-Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez
-de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a
-saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en
-llegar: esto es usual entre los vascongados.
-
-Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones
-verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas
-suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos
-monótono empleo de la partícula _y_ (en vascuence _eta_).
-
-El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y
-entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de
-la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco
-persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos
-pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco
-los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar
-trunco y tartamudeante.
-
-Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a
-Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!»
-Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el
-discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica.
-Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas
-habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones
-interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente
-religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal
-suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.
-
-Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con
-frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario
-patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su
-sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones
-vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita
-macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo
-a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios
-recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez,
-y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y
-acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a
-todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a
-hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado,
-si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que
-secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de
-ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le
-distinguen.
-
-De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de
-hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus
-vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos
-del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene
-que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de
-hablar, ya que lo necesita...»
-
-Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés
-y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en
-sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en
-cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés
-busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el
-departamento vacío...
-
-La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más
-incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe
-galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de
-las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en
-Durango.
-
-
-
-
-XIX
-
-LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA
-
-
-
-
-[Imagen: _Gustavo Maeztu, pint._]
-
-
-Naturalmente orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea
-nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un
-concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo;
-por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra
-cosa que el alcaloide del castellano.
-
-En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la
-descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que
-al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último
-período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el
-mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino
-que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de
-América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de
-hidalguía.
-
-Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la
-preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En
-Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho
-esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país
-vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española,
-los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los
-vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente
-sume al vasco en el troquel español.
-
-Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al
-contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad
-señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones
-sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero
-más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia
-vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y
-de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan
-particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido
-verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el
-mundo.
-
-Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre.
-Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había
-establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son
-libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica,
-atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta
-condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco
-una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano
-no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en
-la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los
-vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de
-nobles.
-
-Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del
-ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía
-original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo.
-Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca
-soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros
-pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de
-sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en
-ellos un derecho natural...
-
-Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas
-proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga,
-digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se
-ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.
-
-Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en
-exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración
-formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a
-lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la
-nobleza se convierte en una obsesión.
-
-Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey:
-Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con
-pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos
-arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo
-imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni
-han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...
-
-En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las
-arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta
-casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte.
-No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se
-refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha
-nacido como brotando de la propia tierra.
-
-Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad
-infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de
-robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por
-consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre
-la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido
-Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su
-esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en
-su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las
-lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman
-entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral
-pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se
-obstinaba en reclamar el Fuero.
-
-No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los
-vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a
-veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas
-eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de
-espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física
-que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.
-
-
-
-
-XX
-
-EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS
-
-
-
-
-[Imagen: _Tellaeche, pint._]
-
-
-Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas
-han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los
-vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre
-sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y
-epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo.
-Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir
-los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar
-una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo
-propio de las «sociedades de templanza».
-
-El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e
-idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma
-predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.
-
-Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos
-acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son
-los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo
-tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos
-bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la
-redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el
-hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de
-Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de
-Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales
-de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en
-Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.
-
-Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal
-cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán
-podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la
-vertiente marítima.
-
-En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura
-tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que
-se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes,
-los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y
-estos tipos, abundan tanto en el país.
-
-Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa
-indulgencia, _chorúas_. El _chorúa_, que viene a ser lo correspondiente
-de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas
-travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga
-de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco
-de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese _chorúa_ de los
-guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que
-perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de
-los habitantes.
-
-Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar
-la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos
-idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.
-
-En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable
-especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao
-para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego
-a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número
-de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la
-localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el
-país, y ante las proporciones del banquete exclamó:--Ahora me explico
-por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...
-
-Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad
-localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito
-para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran
-bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes
-de mucha gastritis.
-
-Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me
-revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no
-suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología
-gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre
-los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo
-tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la
-misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.
-
-Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se
-distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las
-dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.
-
-No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una
-raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso.
-El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más
-graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan
-en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar.
-Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas,
-gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los
-ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad,
-un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive
-ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se
-distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los
-epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción
-racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las
-guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene
-una violencia enfermiza.
-
-En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau,
-presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que
-modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría
-de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse
-entre los pueblos que han vivido mucho.
-
- * * * * *
-
-En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la
-mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza
-_noble_ y la _plebeya_. Ahora me importa insistir en ese punto de la
-duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos
-ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión
-posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos;
-germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos
-judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.
-
-[1] Véase _En la Vorágine_
-
-Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico,
-veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda,
-facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un
-individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada
-apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del
-buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano
-forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de
-tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra
-y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las
-características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de
-los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».
-
-El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo
-musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo
-estrecho, su nariz
-
-[Imagen: _Elías Salaverría, pint._]
-
-exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura
-frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter
-diferencial a la raza.
-
-¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me
-inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese
-hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base
-de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo
-nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los
-hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía.
-Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un
-hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más
-diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.
-
-Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza
-muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de
-España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión,
-ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la
-gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la
-propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo
-decadente de esa sección racial del país cantábrico.
-
-La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se
-desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas,
-la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones
-vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a
-la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas
-daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos
-en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.
-
-Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que,
-después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del
-clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión
-al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante.
-Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No
-se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se
-embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué
-grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se
-decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio
-báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas
-fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre
-todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera
-intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.
-
-El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos,
-por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus
-cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los
-horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la
-llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de
-carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan
-antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita
-pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso
-del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur,
-excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una
-intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los
-nervios su faena.
-
-La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos
-húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los
-necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no
-presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la
-compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de
-Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un
-sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol
-inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la
-vida carece de sabor.
-
-En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres,
-tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es
-moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las
-familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que
-devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el
-caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques,
-porque los obreros estaban embriagados.
-
-El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un
-amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara,
-alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en
-familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de
-las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como
-trágico y culpable.
-
-
-
-
-XXI
-
-DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS
-
-
-
-
-[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]
-
-
-Ningún trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante
-aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y
-libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y
-por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las
-migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas.
-Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los
-ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por
-tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas
-múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de
-observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las
-civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las
-civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se
-descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo
-oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No
-es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana
-va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos.
-En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan
-de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia
-y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está
-trabajado según la manera mudéjar.
-
-Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por
-su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una
-simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo,
-celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima.
-Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del
-tipo moderno.
-
-Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo
-que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas.
-Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias,
-meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de
-valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.
-
-La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y
-helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras
-esteparias y los olivares de los llanos calientes.
-
-El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado
-cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado
-opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a
-ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto
-físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad;
-los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y
-vivaces.
-
-El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma
-general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi
-todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y
-de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del
-cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy
-claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto
-como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia,
-pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados
-verdosos, grises verdosos.
-
-Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas
-más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y
-el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que
-obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica
-de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los
-valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa
-cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del
-mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.
-
-Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda
-mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando
-sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del
-lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición
-al hombre de la meseta.
-
-Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan
-los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el
-centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para
-encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las
-costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La
-ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis
-seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto
-como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como
-ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra
-color vivo.
-
- * * * * *
-Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región
-cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de
-arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación
-etnográfica.
-
-Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa
-ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales
-y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río
-famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro,
-desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos
-comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés
-coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en
-los sentimientos.
-
-Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se
-observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para
-conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de
-matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente
-debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de
-veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.
-
-Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco,
-diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de
-esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes:
-el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más
-insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque
-positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como
-la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy
-sutil y no vale la pena de anotarlos.
-
-El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y
-Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar,
-que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las
-formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante
-considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos
-y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan
-notable, que parecen dos provincias diversas.
-
-Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos
-vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso
-de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que
-en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su
-arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y
-elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con
-facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación
-hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más
-soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se
-diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que
-la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y
-«decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de
-Asteasu, Amezqueta y Tolosa.
-
-Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región
-hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en
-cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va
-hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que
-abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano
-de Durango.
-
-Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y
-la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el
-espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y
-en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya;
-Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico
-español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona,
-tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica,
-de la tierra de Burgos.
-
-En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan
-al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por
-fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.
-
-La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es
-casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del
-Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence
-y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del
-alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben
-por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente
-bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y
-heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.
-
-
-
-
-XXII
-
-IDEAS FINALES
-
-
-
-
-[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]
-
-
-Hay en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que
-las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que
-sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que
-al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros
-mismos debemos desaparecer con ellas.
-
-Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres
-vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas
-costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas
-costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras
-costumbres, tan típicas como las anteriores.
-
-Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez
-que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría
-substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero
-otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque
-es esencial.
-
-Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo
-que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en
-cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura
-que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea
-y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para
-comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres
-características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y
-sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su
-propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr
-que parezcan diferentes y originales.
-
-El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre
-a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco
-es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales
-de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas
-profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos
-fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir
-que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con
-frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el
-mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con
-el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras
-y con otros muchos usos llamados típicos.
-
-Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple
-exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han
-perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con
-fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre
-con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se
-conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca
-romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León.
-Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de
-raíz castellana.
-
-El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama _sport_
-vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos
-probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la
-pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a
-todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es
-lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la
-pelota.
-
-Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de
-Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que
-intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa
-modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen,
-siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire
-demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más
-recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.
-
-Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared»,
-«raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo»,
-«a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto»,
-«quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el
-país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.
-
-Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los
-que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad
-de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le
-ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no
-se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante
-que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el
-«ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile
-suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin
-embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza
-suelta de los vascos.
-
-Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no
-menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como
-nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media,
-encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso
-vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por
-los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo
-borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en
-el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de
-frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se
-trata de términos absolutamente indígenas.
-
-Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la
-lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El
-aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos
-arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza
-que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid,
-Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a
-las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una
-emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos
-seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente
-vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.
-
-De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro
-hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una
-explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita,
-vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo
-sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre
-con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el
-vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola»
-(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y
-perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa
-en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en
-éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una
-palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por
-ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya,
-basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya
-desaparecido sin dejar rastro literario.
-
-También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid
-Campeador, el de la barba vellida:
-
- Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;
- más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!
-
-O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:
-
- Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,
- como a la míe alma yo tanto vos quería...
-
-El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»;
-era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro
-parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna
-ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está
-viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en
-tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en
-tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»
-
-Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los
-hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha
-supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como
-islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se
-copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los
-idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la
-constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del
-provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas,
-gallegas y francesas.
-
-En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial,
-política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se
-fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación
-por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados
-de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Páginas.
-
-La inmensidad verde 5
-
-El ceremonioso tamboril 13
-
-Día de fiesta en un pueblo vasco 21
-
-Junto a la carretera 29
-
-Cataliñ 37
-
-Los remeros olímpicos 43
-
-Elogio de mar Cantábrico 53
-
-El río dinámico 59
-
-Elogio de los campanarios 67
-
-El viento del sur 73
-
-Los bebedores de sidra 83
-
-Los _versolaris_ 91
-
-El humor anacreóntico de los vascos 99
-
-Visión de pueblo antiguo 109
-
-Camino de las montañas 121
-
-La patria de los pastores 129
-
-Meditación en la cumbre 141
-
-La timidez de los vascos 149
-
-La preocupación de la hidalguía 159
-
-El problema de los nervios 167
-
-Diferenciaciones y parecidos 181
-
-Ideas finales 191
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
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-works. See paragraph 1.E below.
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
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- The Project Gutenberg eBook of Alma Vasca, por José Salaverría.
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-The Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría
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-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
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-
-
-Title: Alma vasca
-
-Author: José María Salaverría
-
-Release Date: April 19, 2020 [EBook #61874]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">A L M A &nbsp; V A S C A<br /><br /><br />
-ITINERARIOS ESPAÑOLES</p>
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-<h1>ALMA VASCA</h1>
-
-<p class="c"><small><small>POR</small></small><br />
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-<img src="images/colophon.png"
-width="60"
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-LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA<br />
-<small>Avenida del Conde Peñalver, 8</small><br />
-<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>
-<br /><br /><br />
-PROPIEDAD<br />
-DERECHOS RESERVADOS<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>&nbsp; </p>
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-<div class="figcenter" style="width: 431px;">
-<a href="images/ill_pg_003_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_003_sml.jpg" width="431" height="431" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Elías Salaverría, pint.</i></p></div>
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-<p class="c">RETRATO DEL AUTOR</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>&nbsp; </p>
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-<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>&nbsp; </p>
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-<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br />
-LA INMENSIDAD VERDE</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span>&nbsp; </p>
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-<div class="figcenter" style="width: 427px;">
-<a href="images/ill_pg_007_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_007_sml.jpg" width="427" height="517" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Darío Regoyos, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">B</span>ELLO rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y
-jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce:
-nostalgia y encanto de pleno mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span></p><p>Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso,
-veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos,
-no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual,
-porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una
-sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma
-entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta
-fijeza de los ojos!</p>
-
-<p>Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben
-el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa
-tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud
-desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de
-admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de
-Navidad, como en una demostración idílica.</p>
-
-<p>Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia
-al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan
-con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y
-vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.</p>
-
-<p>A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el
-lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de
-los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el
-prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños,
-<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el
-hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva
-expresión de paz bucólica.</p>
-
-<p>Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso
-excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta
-el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y
-casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo
-eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país,
-especialmente en su proximidad a la costa.</p>
-
-<p>De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las
-primeras contemplaciones de la niñez. Es el <i>leitmotiv</i> de los recuerdos
-adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan
-carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la
-grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a
-la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias
-trascendentales.</p>
-
-<p>¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e
-idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso.
-Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso
-de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es
-un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del
-conformismo.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el
-riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa
-de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia
-al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente
-en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las
-figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han
-actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el
-país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican
-en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor
-prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso
-Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.</p>
-
-<p>Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al
-fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de
-ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol
-risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor
-concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...</p>
-
-<p>Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en
-matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo
-húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar.
-Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> caliente, la
-sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y
-que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno
-en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.</p>
-
-<p>Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del
-verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se
-está oyendo sonar el tamboril.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br />
-EL CEREMONIOSO TAMBORIL</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 432px;">
-<a href="images/ill_pg_015_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_015_sml.jpg" width="432" height="505" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">A</span> PRIMERA hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y
-sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas,
-unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una
-verja; un guardia civil, paseando por los<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> soportales, descifra las
-noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la
-vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de
-un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable,
-como gesto y como factura.</p>
-
-<p>De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer
-las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos
-tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan
-pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas
-las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la
-vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!</p>
-
-<p>Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi
-mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por
-todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de
-tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por
-los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al
-pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola
-sugeridora.</p>
-
-<p>Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus
-recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la
-adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes
-dominicales, entre la lluvia insistente que<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> envolvía a los bailadores:
-muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de
-parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros,
-vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros,
-con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban
-las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y
-llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra
-varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con
-las chicas.</p>
-
-<p>Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza
-principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad.
-Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su
-alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con
-paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la
-suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la
-plaza hacia el palco de la presidencia.</p>
-
-<p>Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que
-cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento,
-y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se
-yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un
-lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p>
-
-<p>¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué
-genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los
-tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se
-somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y
-vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz
-pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su
-voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee
-el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.</p>
-
-<p>Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su
-música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero
-esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de
-su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo
-determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al
-pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en
-tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin
-estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y
-librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!</p>
-
-<p>En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles
-con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la
-plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha re<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span>cobrado su
-sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música,
-de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino
-promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no
-muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo
-sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de
-aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres
-continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee
-su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo
-justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y
-su tricornio legislativo a la cabeza.</p>
-
-<p>Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su
-escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene
-pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde
-un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.</p>
-
-<p>Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el
-tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de
-entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del
-siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias
-españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas,
-cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades
-extendíase a<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span> las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los
-usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando
-los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores.
-Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas
-por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.</p>
-
-<p>¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en
-la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de
-montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto
-no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir
-entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen
-de pie...</p>
-
-<p>Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más
-sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles,
-han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como
-empapado de unción cívica.<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br />
-DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 428px;">
-<a href="images/ill_pg_023_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_023_sml.jpg" width="428" height="295" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi
-sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria
-del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del
-pueblo.</p>
-
-<p>En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes
-tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios
-de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van
-llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas
-solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de
-la música tradicional.</p>
-
-<p>Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> de roca el venerable
-Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo,
-para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el
-Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero
-de selvas.</p>
-
-<p>De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el
-precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son
-orgiástico de la <i>Cale-gira</i>, y que llevan detrás, delante,
-entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos
-por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz
-de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla
-con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.</p>
-
-<p>Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y
-brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo
-abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera
-Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal
-contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el
-ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en
-cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja...
-Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma
-se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span></p>
-
-<p>¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y
-lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y
-como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como
-la mesa henchida de un banquete!</p>
-
-<p>Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza,
-y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las
-flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el
-tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca
-tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan
-los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan
-anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras
-los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El
-tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia
-dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos
-bruscos, brincos sonoros...</p>
-
-<p>Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un
-cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la
-sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada
-bajo el tenue azul del cielo.</p>
-
-<p>Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos
-charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el <i>Cale-gira</i>, especie
-de ronda o marcha<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span> a través de las calles. Los mozos se agarran de las
-manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las
-muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos
-juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en
-largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado
-son de las alegres y ruidosas charangas.</p>
-
-<p>Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que
-trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de
-Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la
-más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los
-helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y
-los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde
-en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al
-fin, a una mera <i>tentativa</i> báquica...</p>
-
-<p>Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos
-de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas,
-en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo
-inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor
-desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de
-divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!</p>
-
-<p>Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor
-misterioso, las muchachas vuel<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span>ven un poco enigmáticas, mudas de miedo
-de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una
-voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el
-pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y
-pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las
-montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus
-tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente.
-Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y
-graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al
-ardiente Dyonisos...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br />
-JUNTO A LA CARRETERA</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 422px;">
-<a href="images/ill_pg_031_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_031_sml.jpg" width="422" height="595" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Arteta. pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">M</span>I primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la
-carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de
-vagabundo, po<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span>ne en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que
-me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines
-desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje
-que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.</p>
-
-<p>Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las
-del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de
-caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las
-quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas
-que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el
-alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.</p>
-
-<p>Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas
-universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en
-nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e
-imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y
-dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes
-trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o
-el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias.
-Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la
-trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de
-intimidad.</p>
-
-<p>Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con
-especial agrado el <i>¡aidá!, ¡aida<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span>rí!</i> de los boyeros, que bajan con sus
-carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las
-ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que
-son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar,
-especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la
-venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: <i>¡aufá!</i>...</p>
-
-<p>También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los
-bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno,
-deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino
-navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero
-espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego,
-enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. <i>¡Aidarí,
-motza!</i></p>
-
-<p>Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando
-vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de
-áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la
-tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la
-venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el
-boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante
-la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme,
-¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los
-domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado
-de<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span> cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al
-beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel
-vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.</p>
-
-<p>También llegan los troneras del villorrio. Conocen los <i>couplets</i> de
-moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del
-domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de
-socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto
-saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de
-Vilinch, un <i>couplet</i> de la Argentinita y un trozo de ópera italiana.
-También saben tocar el acordeón.</p>
-
-<p>¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece
-un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida
-adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los
-puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón,
-tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales,
-nostálgicas hasta el llanto.</p>
-
-<p>En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un
-poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede
-cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue
-penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce
-tal vez su fosforescencia su<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span>persticiosa un gusano de luz. Un perro
-ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la
-puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y
-adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que
-invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br />
-CATALIÑ</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 427px;">
-<a href="images/ill_pg_039_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_039_sml.jpg" width="427" height="362" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">T</span>ODAS las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca,
-ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y
-es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una
-expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los
-encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace
-deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.</p>
-
-<p>Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la
-perturban deliciosamente. Y mientras<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> los boyeros, con malicia cazurra,
-aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda
-ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas
-un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores,
-entonces brillan como dos animadas joyas.</p>
-
-<p>¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del
-contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le
-basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad,
-tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto
-caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran
-pradera, al pie de una montaña.</p>
-
-<p>Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en
-cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida
-leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno.
-El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su
-paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando
-el pan más crugiente de todos.</p>
-
-<p>¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las
-dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su
-rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué
-dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!</p>
-
-<p>Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> grupo de sus amigas,
-parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la
-presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos
-clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no
-logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y
-como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena
-montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive
-pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se
-adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin
-embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más
-consumada humanidad.</p>
-
-<p>Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus
-ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y
-olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza
-ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y
-que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos
-resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que
-vale siempre, virgen.</p>
-
-<p>Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós,
-frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado
-semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y
-exclamando una última frase con su tierna voz<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> engolada, ingenuamente
-pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella
-Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles
-te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás
-el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan
-bellas y fragantes como tú!...<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br />
-LOS REMEROS OLIMPICOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 428px;">
-<a href="images/ill_pg_045_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_045_sml.jpg" width="428" height="412" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">E</span>N la finura un poco decadente con que termina el estío en el
-Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San
-Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no
-existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación
-dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.</p>
-
-<p>¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las
-entrañas a la gente vascongada, como<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> interesa la «estropada» de
-traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto
-por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la
-apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno
-entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del
-mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de
-los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.</p>
-
-<p>La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre
-que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del
-Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres
-de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae
-su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo
-precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus
-pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus
-corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de
-los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud
-material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas
-milagrosas, las agudas traineras!</p>
-
-<p>Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al
-empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque,
-las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos
-sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> hinchado bajo la endeble
-camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un
-verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la
-inminente señal del Jurado.</p>
-
-<p>Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los
-hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un
-aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los
-humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin
-cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus
-velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando,
-vociferando con el alarido de sus sirenas.</p>
-
-<p>Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal
-vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y
-angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico,
-Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de
-repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado,
-las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas,
-como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas
-blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor,
-qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo!
-¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se
-arremolina en torno a las traineras. Un<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span> ancho margen de espuma rodea y
-persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se
-acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace
-con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi
-angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más,
-por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y
-vuestros amigos!</p>
-
-<p>Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes
-ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra,
-movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son,
-frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al
-premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar,
-verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están
-cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota,
-dejan en ellos una huella imborrable.</p>
-
-<p>Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un
-frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas.
-Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los
-bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si
-los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al
-ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente
-pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuen<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>cia se refieren a
-los puntos más vivos de la virilidad.</p>
-
-<p>No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente
-bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el
-vano de las almenas...</p>
-
-<p>Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los
-malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan
-y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los
-cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres
-manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros
-angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un
-valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!</p>
-
-<p>La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la
-aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el
-vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza
-hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo
-ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan
-mucho entre los vascongados.</p>
-
-<p>Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco
-que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que
-estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una
-plaza a un inglés que retaba a quien qui<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>siera. El marinero vascongado
-salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del <i>box</i>. El inglés le
-aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería.
-Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos
-manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos:
-«¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el
-marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte
-un leño.</p>
-
-<p>Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez,
-no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El
-juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los
-sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un
-origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial
-característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del
-frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño
-y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la
-vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y
-bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil,
-mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia,
-tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.</p>
-
-<p>Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a
-las traineras de pesca, las barcas,<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span> en los buenos días de mar calmosa,
-corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas
-divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de
-sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los
-cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la
-pugna, que por el logro de la práctica pesca...</p>
-
-<p>Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea,
-el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie,
-hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus
-luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora
-mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de
-todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido
-esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor
-al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br />
-ELOGIO DEL MAR CANTABRICO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 424px;">
-<a href="images/ill_pg_055_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_055_sml.jpg" width="424" height="350" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Tellaeche, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">C</span>ÓMO se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia
-volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una
-emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que
-necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.</p>
-
-<p>Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no
-poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué
-terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela
-es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua
-infinita. Y estando lejos del<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span> mar es como se le estima y quiere con más
-fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido
-su recuerdo.</p>
-
-<p>Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para
-decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar
-quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros
-chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.</p>
-
-<p>El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión
-nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi
-cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad
-pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos
-ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la
-ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así
-que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el
-mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.</p>
-
-<p>El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que
-intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los
-acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes.
-Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para
-ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos
-adolescentes.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p>
-
-<p>Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina
-y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como
-un sentimiento nostálgico, sonante como una música.</p>
-
-<p>Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en
-esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen
-sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban
-las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:</p>
-
-<p>Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color
-de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas
-clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes
-alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y
-agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto;
-distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.</p>
-
-<p>Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de
-sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal
-vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una
-marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la
-plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de
-una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.</p>
-
-<p>Otras veces se me representa el concepto del mar<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> en una forma menos
-aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y
-lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las
-sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad
-líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo
-invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.</p>
-
-<p>Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación
-de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de
-fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo
-de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas
-potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses;
-cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno
-despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su
-espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises,
-teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...</p>
-
-<p>¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br />
-EL RIO DINAMICO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 424px;">
-<a href="images/ill_pg_061_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_061_sml.jpg" width="424" height="352" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">E</span>L viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla
-de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y
-he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire
-una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes
-se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el
-río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de
-escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río
-tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.</p>
-
-<p>Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> prados de las
-tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: <i>Ibaizabal</i>. Le
-llaman, pues, <i>Río ancho</i>, y la hipérbole campesina hace reír un poco.
-Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las
-mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que
-le sienta bien. ¡Nervión!</p>
-
-<p>Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de
-emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso,
-sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus
-riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España
-otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el
-Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de
-Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces
-históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y
-de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha
-opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en
-los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin
-embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río
-parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en
-un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo.
-Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión
-es un río dinámico; el río mo<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span>derno; el río maquinista, industrial,
-ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He
-acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el
-Nervión es una persona que tiene un alma.</p>
-
-<p>Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que
-llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao
-es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen,
-Rotterdam, Amberes.</p>
-
-<p>¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad
-Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o
-Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la
-modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a
-caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y
-se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos
-cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no
-es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que
-empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.</p>
-
-<p>A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y
-caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada
-menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span>
-brutalidad americana, inglesa o anseática. Un <i>chalet</i> sobre un barracón
-inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros;
-una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico
-frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si
-deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan.
-Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a
-las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre
-la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es
-aprovechada casi con angustia.</p>
-
-<p>Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente
-el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo
-fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río
-yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis
-del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros
-ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el
-Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros
-hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son
-nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.</p>
-
-<p>Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro
-de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando
-un buque<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.</p>
-
-<p>Desde el <i>restaurant</i> de un club elegante, por la ventana entreabierta,
-sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo,
-próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien,
-sucesivamente.</p>
-
-<p>Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en
-actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo,
-los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de
-monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién
-laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción
-vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita
-a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia
-y de vida irreparable, irresistible.</p>
-
-<p>Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe,
-entra mansamente en el mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br />
-ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 433px;">
-<a href="images/ill_pg_069_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_069_sml.jpg" width="433" height="347" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>OS pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los
-cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un
-paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas
-y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en
-alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma
-y expresión a un paisaje.</p>
-
-<p>Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los
-pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí
-contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span>
-imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y
-exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo
-Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas
-torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los
-prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me
-representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles
-florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas
-armoniosas.</p>
-
-<p>El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de
-los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en
-el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una
-flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el
-castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino
-algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que
-está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el
-paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale
-del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos
-observa y sigue desde lejos.</p>
-
-<p>¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario
-angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros,
-rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y tré<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span>mulos
-por el estremecimiento perezoso de las palmeras!</p>
-
-<p>Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la
-nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la
-visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos,
-sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor
-por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y
-culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una
-esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por
-aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se
-completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de
-Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio
-ha trocado en una cosa inmunda!</p>
-
-<p>Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los
-solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de
-sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura
-sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano
-florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado
-de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y
-dominándolo todo, la torre eclesiástica.</p>
-
-<p>Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus
-cupulillas de piedra en la simetría<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> verde de los campos. ¡Con qué
-inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética
-ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas
-están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma
-vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como
-bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se
-ilustre verdaderamente.</p>
-
-<p>A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo
-antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de
-todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no
-tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto
-de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se
-achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el
-sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos
-a la idea de la cultura y de lo universal.<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br />
-EL VIENTO DEL SUR</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 428px;">
-<a href="images/ill_pg_075_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_075_sml.jpg" width="428" height="513" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>A. Arrue. pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el
-viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de
-Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la
-limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si
-el cielo careciera de altura, y la at<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span>mósfera, cargada de humedad, es
-una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo
-materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el
-Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el
-ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse
-de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil,
-desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.</p>
-
-<p>Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no
-advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como
-en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese
-viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué
-ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué
-lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que
-ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en
-las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este
-capítulo, puesto que es «mi viento».</p>
-
-<p>Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro
-organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se
-encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros
-disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando
-reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el
-favorable.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p>
-
-<p>Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito,
-tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un
-artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la
-literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la
-relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.</p>
-
-<p>En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de
-luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se
-produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta
-Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida,
-depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas
-de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran
-sugestión poética: el Mediodía.</p>
-
-<p>Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario,
-todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales.
-Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las
-nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga
-el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo,
-presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a
-desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde
-uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso,
-invasor como una ola<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> asaltante que hiciera la conquista del país y lo
-convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el
-pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el
-penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece
-el glorioso aliento del Mediodía.</p>
-
-<p>¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante
-todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.</p>
-
-<p>Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas,
-podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde
-a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como
-guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande,
-lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias
-espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde
-a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y
-por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país,
-lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia
-hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques,
-nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen
-grandes raciones de alubias con tocino.</p>
-
-<p>El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y
-nervioso y hace inevitable el<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> anhelo, cualquier forma de anhelo: el
-religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el
-fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la
-quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.</p>
-
-<p>El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas
-materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una
-cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador,
-nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando
-huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la
-angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más
-que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño
-del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de
-la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...</p>
-
-<p>Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus
-cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable
-de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá
-de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu.
-Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo
-inexistente o soñado, y un afán de marchar...</p>
-
-<p>El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la
-gente cantábrica, no fué nunca<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> estimado. Es una estación que puede
-llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el
-portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil,
-estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.</p>
-
-<p>Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea
-de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica
-empieza a ser admitida por muchas gentes del país.</p>
-
-<p>Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha
-sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura,
-en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta
-casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología;
-es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la
-percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar
-con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los
-frutos de la fina cultura.</p>
-
-<p>En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras
-populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre
-todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las
-civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del
-arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las
-vendimias. Alrededor<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía,
-cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El
-otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de
-otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de
-cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere
-decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que
-no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es
-irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en
-el período preambular de la cultura.</p>
-
-<p>La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera,
-prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando
-la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las
-lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales
-cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y
-vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las
-mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la
-naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los
-bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco
-sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha
-tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la
-conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exóti<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span>co,
-la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir
-las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.</p>
-
-<p>Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente
-rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes,
-ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere
-imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en
-los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora
-otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo.
-La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y
-sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en
-el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural
-y pasa a ser candidato de la civilización.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br />
-LOS BEBEDORES DE SIDRA</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 429px;">
-<a href="images/ill_pg_085_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_085_sml.jpg" width="429" height="329" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Ramón Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">Q</span>UIERO hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco
-también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos,
-sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de
-sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable,
-que alienta en el fondo de un sidrero.</p>
-
-<p>No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que
-persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso
-sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo
-primaveral sabe comprender el sidrero de un<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> modo acaso infuso, pero
-ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez
-sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad,
-dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se
-haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de <i>zorzico</i>.</p>
-
-<p>Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan
-gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde
-el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas
-placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos
-montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.</p>
-
-<p>La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de
-alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra,
-será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El
-sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción
-primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para
-beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe
-ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere
-mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como
-la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados
-palmoteos.</p>
-
-<p>En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el
-sidrero se obliga a refugiarse en las sidre<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span>rías urbanas. ¡Qué tristeza
-allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes
-negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos
-tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está
-pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer
-llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis
-hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!</p>
-
-<p>El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre
-nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo
-que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible
-que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que
-el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros
-sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en
-Ramonenea hay una <i>bonita</i> sidra?» Y la noticia, corriendo como la
-prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a
-los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie
-de masonería singular que no fracasa nunca.</p>
-
-<p>¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en
-la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir
-por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!...
-Desde allá alto, el alma pretendía desbor<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span>darse, como el agua plena de
-un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.</p>
-
-<p>Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos
-pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas
-donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la
-calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la
-calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar
-largas y audaces navegaciones.</p>
-
-<p>De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del
-bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la
-infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y
-fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta
-el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de
-su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América
-en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y
-necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de
-tristeza.</p>
-
-<p>¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de
-vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas
-libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge,
-prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la
-merluza tierna, el sabroso revuelto<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> de bacalao, las rojas chuletas.
-Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se
-dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila,
-mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único
-tirón.</p>
-
-<p>Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de
-inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte;
-podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su
-alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica.
-Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la
-belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.</p>
-
-<p>Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los
-grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando
-una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero,
-que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el
-mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y
-dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más
-sentimental canta:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Begui belch eder oyec</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>¿zenentzat-dituzú...?</i>.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p class="nind">el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los
-escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br />
-LOS «VERSOLARIS»</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 429px;">
-<a href="images/ill_pg_093_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_093_sml.jpg" width="429" height="525" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Alberto Arrue, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">S</span>ERÍA difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese
-un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los
-tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina nece<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>sidad de recurrir al
-canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben
-en el espacio de la prosa.</p>
-
-<p>Hablemos, pues, de los <i>versolaris</i>, esos rapsodas, bardos, aedas o
-juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el
-menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida
-delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia
-gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal
-en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en
-flor expiden su más delicado perfume.</p>
-
-<p>Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco
-afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de
-la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría
-completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos
-hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere
-decir profesional del verso, versificador.</p>
-
-<p>Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se
-constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari»
-crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele
-«trovador».</p>
-
-<p>Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en
-los castillos señoriales ni ante<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span> las cortes magníficas de Provenza,
-Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las
-humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele
-al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas
-cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y
-que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»</p>
-
-<p>O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del
-caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio
-platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un
-poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.</p>
-
-<p>Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria.
-Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que
-buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y
-otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los
-«versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la
-versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se
-limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan
-directamente al alma de su auditorio.</p>
-
-<p>El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el
-«panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la
-«tensión», esa for<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>ma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un
-torneo de burlas y sutilezas.</p>
-
-<p>La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres
-populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad
-universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales
-quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal
-desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia
-integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en
-que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.</p>
-
-<p>Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de
-muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido
-comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la
-«tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de
-canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una
-«décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a
-los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del
-parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en
-la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los
-«versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de
-origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano
-de<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.</p>
-
-<p>Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie
-de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos
-versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos
-rudimentarios.</p>
-
-<p>Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación
-de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su
-robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que
-responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor.
-Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después
-las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas
-chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el
-aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus
-carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los
-alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones
-largas y ondulantes como el canto llano de un convento.</p>
-
-<p>En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos
-«versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado
-vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el
-más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya
-inventado alguna manera de embriagar<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span>se: agria cerveza, cálido
-aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático
-y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes,
-grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la
-quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo
-inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br />
-EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 420px;">
-<a href="images/ill_pg_101_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_101_sml.jpg" width="420" height="828" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Zuloaga, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">U</span>N pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de
-diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma
-remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de
-núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país
-vasco ha sido en esto una verdadera isla.</p>
-
-<p>No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y
-ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa.
-Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura,
-la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la
-cultura literaria.</p>
-
-<p>Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no
-han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa
-exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las
-luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes
-amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones
-las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues,
-que el vasco es un pueblo mudo.</p>
-
-<p>Para la poesía erótica se ha sentido el vasco em<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>barazado por una
-irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y
-encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la
-honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus
-estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y
-la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros
-pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas
-veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen
-fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su
-nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento
-candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no
-se percibe sino después de una saturación local muy profunda.</p>
-
-<p>El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda
-Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura
-castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas
-poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban
-los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de
-servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos
-versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.</p>
-
-<p>Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una
-de las que siempre se cantan<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> con prioridad en todos los finales de
-merienda. Dice así la canción:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Ume eder bat icusi nuben<br /></span>
-<span class="i0">Donostiaco calean;<br /></span>
-<span class="i0">itz erdicho bat ari ezan gabe<br /></span>
-<span class="i0">¿nola pasatu parían?<br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">Gorputza zuben liraña eta<br /></span>
-<span class="i0">oñaz zebiltzen aidian;<br /></span>
-<span class="i0">polita goric estet icusi<br /></span>
-<span class="i0">nere beguiyen aurrían.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más
-que lo siguiente:</p>
-
-<p>«Una vez vi pasar una hermosa joven&mdash;por las calles de San
-Sebastián;&mdash;sin decirle siquiera media palabrita&mdash;¿cómo cruzaría yo a su
-lado?&mdash;Tenía el cuerpo esbelto&mdash;y llevaba los pies en el aire;&mdash;otra más
-bonita no he visto&mdash;delante de mis ojos.....»</p>
-
-<p>Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo,
-de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música
-está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la
-música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente
-monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético,
-sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino;
-otras veces van unos versos vul<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>gares y chocarreros unidos a una tonada
-briosa y vehemente.</p>
-
-<p>Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo
-ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene
-un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese
-curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Andre Madalén, andre Madalén,<br /></span>
-<span class="i0">laurden erdi bat oliyó;<br /></span>
-<span class="i0">aita jornalac artzen badi tu,<br /></span>
-<span class="i0">ama pagatuco diyó.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>«Señora Magdalena, señora Magdalena,&mdash;medio cuarterón de aceite:&mdash;si
-padre cobra los jornales,&mdash;madre le pagará a usted.....»</p>
-
-<p>El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un
-respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la
-ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia
-tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....</p>
-
-<p>Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que
-popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban
-el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de
-Dionisos y la belleza de las vides maduras<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span> bajo un cielo diamantino, se
-convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de
-unos humildes «versolaris».</p>
-
-<p>El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios;
-el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las
-alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un
-espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta
-guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada
-ingenuidad:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Erari maitagarriá,<br /></span>
-<span class="i0">zu gatic daucat jarriá<br /></span>
-<span class="i0">argumentuba larriá:<br /></span>
-<span class="i0">Indarra zera gorputzarentzat,<br /></span>
-<span class="i0">kentzendezuna egarriá,<br /></span>
-<span class="i0">¡gausa estimagarriá!.....<br /></span>
-<span class="i0">Baño zauscat igarriá<br /></span>
-<span class="i0">zerala engañagarriá.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>«Amada bebida,&mdash;tú me inspiras este arduo problema:&mdash;Eres para el cuerpo
-la fuerza,&mdash;nos quitas la sed,&mdash;¡cosa estimabilísima!.....&mdash;Pero te he
-calado&mdash;que eres un engañador.»</p>
-
-<p>Una canción guipuzcoana dice:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Donostiaco iru damacho<br /></span>
-<span class="i0">Errenterían dendarí,<br /></span>
-<span class="i0">josten ere badakite baña,<br /></span>
-<span class="i0">ardua eraten obekí...<br /></span>
-<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></div></div>
-</div>
-
-<p>«Las tres señoritas donostiarras&mdash;las tenderas de Rentería,&mdash;saben coser
-muy bien,&mdash;pero mejor saben beber.»</p>
-
-<p>E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de
-torpeza, un estribillo:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Eta kriskitin, kroskitin,<br /></span>
-<span class="i0">arrosa kraveliñ,<br /></span>
-<span class="i0">ardua eraten obekí.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>«Con el kriskitin, krosquitin,&mdash;rosa y clavel,&mdash;pero mejor saben
-beber.....»</p>
-
-<p>Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo
-flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos
-sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras
-formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país
-vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y
-gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».</p>
-
-<p>En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban
-nombres tan bravos y pintorescos como <i>Brocolo</i>, <i>Isquiña</i>, <i>Pello
-Spañ</i>, <i>Sacristán</i>, <i>Echecalte</i>, <i>Pedro Amezquetarra</i>.</p>
-
-<p>Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios:
-tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos
-perfectos cínicos<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que
-de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo
-restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca
-multiplicidad. <i>Isquiña</i>, por ejemplo, apuntaba los tantos en los
-partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; <i>Pello Spañ</i>,
-con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia;
-<i>Sacristán</i> era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. <i>Echecalte</i>
-no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su
-caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una
-boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En
-cuanto a <i>Pedro Amezquetarra</i>, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez
-de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los
-chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.</p>
-
-<p>Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión
-por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de
-francachela que hay en su fondo.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br />
-VISION DE PUEBLO ANTIGUO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 422px;">
-<a href="images/ill_pg_111_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_111_sml.jpg" width="422" height="382" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Tellaeche. pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al
-espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción
-histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del
-borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco
-caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de
-corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña
-hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.</p>
-
-<p>Desde el muelle donde amarran los grandes pa<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span>quebotes, el barrio de San
-Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga
-calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que
-alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros
-de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban
-descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se
-recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra
-Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes
-pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.</p>
-
-<p>El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos;
-nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco
-extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura
-contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de
-las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que
-el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de
-lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.</p>
-
-<p>En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de
-altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles
-para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto
-ofende a la vista y al alma. No puede inven<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span>tarse nada más chabacano y
-cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa
-arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja,
-triste y fea.</p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 421px;">
-<a href="images/ill_pg_113_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_113_sml.jpg" width="421" height="273" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-</div>
-
-<p>Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra
-imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los
-pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han
-acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina
-misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que,
-por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella
-y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir,
-que terminamos por imaginar que la casa ha sido<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> siempre vieja, y que su
-valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna
-influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.</p>
-
-<p>Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del
-pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina
-como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez
-que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e
-ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad,
-cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los
-conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas,
-sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.</p>
-
-<p>Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en
-la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no
-tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol
-las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del
-artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el
-blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia,
-de como ahora surge el <i>chalet</i> compuesto con hormigón armado y
-mampostería de contrata!</p>
-
-<p>En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías
-presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo
-exclusivamente de utilidad<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> económica. Hoy parece bien a los hombres que
-han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean
-construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los
-objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los
-hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de
-un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística
-que en una catedral.</p>
-
-<p>Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival
-todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un
-pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa
-admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una
-flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los
-artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y
-embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus
-castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia
-el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles;
-dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales;
-estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma
-agua.....</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente
-históricos y de ciudades memorables de<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> importancia universal; no tiene
-cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el
-monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni
-ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres
-civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como
-son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un
-tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión
-nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.</p>
-
-<p>Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese
-desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello
-que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia
-industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón
-antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está
-cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El
-vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo
-que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del
-progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo
-extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular
-de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las
-piedras viejas. Una casa nueva en forma de <i>chalet</i>; una calle ancha y
-recta; una alameda gris; un <i>restaurant</i>..... Esto es el ideal<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> de la
-civilización y el progreso para un vascongado novísimo.</p>
-
-<p>Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido
-arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a
-aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el
-testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de
-gracia eterna.</p>
-
-<p>Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí
-solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son
-muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a
-despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de
-un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla
-por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será
-admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de
-buen gusto y de un culto delicado por el adorno.</p>
-
-<p>El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el
-nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y
-sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un
-hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho.
-En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de
-gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> bello, y que
-se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio
-fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra
-consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto
-Cellini.</p>
-
-<p>Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que
-existe en esas barriadas, en esos <i>ensanches</i> de nuestras poblaciones
-modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la
-palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.</p>
-
-<p>Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los
-alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad
-turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de
-lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes
-montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....</p>
-
-<p>En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que
-nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus
-escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de
-<i>oñacinos</i> y <i>gamboínos</i>, ricas en episodios trágicos y expresivas de
-aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del
-carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor
-renacentista y docta que se abriera en el país, animan<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span>do a los hidalgos
-y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las
-empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes,
-pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.</p>
-
-<p>Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará
-siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto
-que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la
-influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo
-mismo en historia, como en arte, como en cultura general.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br />
-CAMINO DE LAS MONTAÑAS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 428px;">
-<a href="images/ill_pg_123_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_123_sml.jpg" width="428" height="282" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">U</span>NA excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos
-obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras
-grandes <i>conquistas de la civilización</i>. Ante una cuesta empinada, sin
-otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la
-Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro
-patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late
-apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos
-rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)</p>
-
-<p>En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la
-pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado
-en plena vía y ha<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca
-en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una
-filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor
-entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros
-acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con
-reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la
-carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un
-espejo en que se miran los verdes prados.</p>
-
-<p>&mdash;Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?</p>
-
-<p>&mdash;De aquí a una hora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Una hora?.....</p>
-
-<p>&mdash;Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y
-media.</p>
-
-<p>Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre
-urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una
-hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad
-virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión,
-empapada de tedio y de vergüenza.</p>
-
-<p>De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines
-montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible
-nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la
-madura y filosófica calma de las gentes que nos ro<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>dean. Un miquelete,
-en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de
-estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de
-semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van
-ustedes a la venta? Allí hay buen vino.</p>
-
-<p>Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de
-merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos
-dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y
-ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate.
-Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira
-piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.</p>
-
-<p>Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los
-hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora
-rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento
-y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio
-virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic
-tac de los canteros.</p>
-
-<p>La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo.
-<i>¡Arre, Belcha!</i>.....<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p>
-
-<p>Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince
-lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de
-la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente,
-llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo
-mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del
-trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio
-oculta en la sombra de los árboles.</p>
-
-<p>Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate.
-Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la
-circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más
-bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del
-templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las
-caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las
-inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo.
-Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la
-oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones,
-señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia
-(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.</p>
-
-<p>El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance
-demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada
-carretera que con<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>duce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.</p>
-
-<p>La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la
-cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y
-gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es
-mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a
-los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.</p>
-
-<p>¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz
-difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente,
-fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a
-precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de
-un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere
-devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota
-profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya
-claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que
-sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los
-facinerosos.....</p>
-
-<p>Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de
-Aránzazu.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br />
-LA PATRIA DE LOS PASTORES</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 422px;">
-<a href="images/ill_pg_131_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_131_sml.jpg" width="422" height="407" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Valentín Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">L</span>A alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo,
-despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que
-ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes
-vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la
-montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el
-vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.</p>
-
-<p>Necesario es partir. Abandonamos, pues, la có<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span>moda hospedería de
-Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía,
-afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita,
-inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no
-conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca.
-Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco
-robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al
-viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho
-tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las
-poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos
-físicos.</p>
-
-<p>El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante
-celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de
-abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones
-ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias
-rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube,
-sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras
-facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de
-nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato
-el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas
-adquieran una feliz elasticidad.</p>
-
-<p>Hay un punto en el camino que sirve como de<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> tránsito trascendental. Al
-detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio
-de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos,
-en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se
-levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un
-temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían
-en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable,
-turbulenta.</p>
-
-<p>Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una
-alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos
-labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie
-de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una
-muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país
-de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin
-ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de
-cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre
-el mar.</p>
-
-<p>Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas
-como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es
-distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra.
-La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo
-como una obsesión. Todo se<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span> halla rasurado, rapado; todo está supeditado
-a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un
-silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio
-positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las
-invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......</p>
-
-<p>Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y
-pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un <i>pueblo</i>.</p>
-
-<p>Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de
-chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y
-lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan
-al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para
-evitar los ventarrones.</p>
-
-<p>Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una
-cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay
-encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde
-evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario;
-los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente
-altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y
-comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios
-domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una
-económica<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las
-cabañas de los lapones.</p>
-
-<p>Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos
-de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus
-rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves
-bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal
-y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente;
-respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves,
-para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes.
-Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe.
-Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas
-traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se
-despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro.
-Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....</p>
-
-<p>Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables
-pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué
-clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para
-qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas
-otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones
-alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el có<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span>digo de su
-nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en
-las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los
-pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro
-han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.</p>
-
-<p>Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el
-tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y
-los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan
-el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus
-costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su
-<i>civilización</i>, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde
-ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores
-de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de
-pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los
-cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un
-infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará,
-te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér
-obsceno: el <i>turista</i>.</p>
-
-<p>El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro
-sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está
-próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span>
-oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.</p>
-
-<p>No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar.
-Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una
-haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío
-del país.</p>
-
-<p>Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo
-XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que
-el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor
-aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de
-encanto.</p>
-
-<p>Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no
-es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta
-polícromos los que adornan el campo.</p>
-
-<p>¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del
-mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa
-Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las
-abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una
-flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces
-maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el
-musgo!</p>
-
-<p>Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> a cada punto descubro
-una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y
-con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo
-visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también
-sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las
-hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme,
-a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración
-me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de
-musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.</p>
-
-<p>De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que
-unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del
-salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e
-ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando
-aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos
-montañeses!</p>
-
-<p>Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como
-un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo
-contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la
-serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta
-naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al
-considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la
-fron<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span>tera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del
-vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña,
-del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las
-aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de
-la otra vertiente van al Océano.....</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br />
-MEDITACIÓN EN LA CUMBRE</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 422px;">
-<a href="images/ill_pg_143_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_143_sml.jpg" width="422" height="415" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">S</span>OBRE la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los
-rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500
-metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie,
-se halla el lugar de la divisoria geográfica.</p>
-
-<p>Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza
-parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas,
-sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida,<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span> lo
-desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los
-cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su
-rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto
-el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras
-lejanas.</p>
-
-<p>La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas
-y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las
-manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio
-religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en
-efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.</p>
-
-<p>La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí
-sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y
-las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica
-de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al
-modo escolar.</p>
-
-<p>He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua,
-y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los
-pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos
-inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro,
-descendería al Mediterráneo.</p>
-
-<p>Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos,
-cubiertos de eterno verdor, húmedos<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> constantemente por las lluvias y
-nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas
-heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de
-continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras
-que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda,
-emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la
-gran meseta centro-española.</p>
-
-<p>Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la
-llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura
-castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya
-completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad
-cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se
-realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el
-clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al
-lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.</p>
-
-<p>Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma
-terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares.
-Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del
-litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar,
-del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo
-del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia
-al Pirineo,<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y
-la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna
-mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de
-espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia
-y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en
-política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más
-contacto ha tenido siempre con Castilla.</p>
-
-<p>Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de
-inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya
-tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa
-llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos
-la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en
-castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde
-excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes
-manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la
-inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.</p>
-
-<p>Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al
-infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las
-cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la
-especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya
-no es familiar, detallista e inmediata como<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> en el litoral; ya no
-distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del
-río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La
-llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y
-próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita
-a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja
-más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del
-infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de
-la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don
-Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br />
-LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 424px;">
-<a href="images/ill_pg_151_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_151_sml.jpg" width="424" height="496" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Arteta, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">S</span>E dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos
-vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora,
-el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de
-<i>pilotos</i>. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y
-aptos para la esforzada<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> realización, ambiciosos y amantes de la gloria,
-así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de
-la Historia el oficio del <i>piloto</i>. Es la dramática crónica del pueblo
-que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece
-del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países
-mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César
-Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las
-expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos
-impulsividad imperialista.</p>
-
-<p>Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término
-la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran
-enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y
-dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y
-el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si
-está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera
-incompleto, y la culpa es de su timidez.</p>
-
-<p>¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye
-algo el aislamiento en que vive la población rural?</p>
-
-<p>El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo
-lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo,
-tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se con<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span>vierte en
-obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una
-complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje
-estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.</p>
-
-<p>No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a
-una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos
-existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen
-y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que
-el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido
-considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo
-de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al
-mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.</p>
-
-<p>El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la
-interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se
-considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos
-esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la
-interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la
-premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto
-y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.</p>
-
-<p>El vascongado es con frecuencia nervioso, y no<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span> pocas veces se muestra
-impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un
-idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el
-vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de
-vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como
-en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy
-entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción
-epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en
-frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano.
-Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez
-de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a
-saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en
-llegar: esto es usual entre los vascongados.</p>
-
-<p>Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones
-verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas
-suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos
-monótono empleo de la partícula <i>y</i> (en vascuence <i>eta</i>).</p>
-
-<p>El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y
-entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de
-la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco
-persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfe<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>mias, esos tacos
-pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco
-los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar
-trunco y tartamudeante.</p>
-
-<p>Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a
-Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!»
-Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el
-discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica.
-Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas
-habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones
-interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente
-religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal
-suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.</p>
-
-<p>Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con
-frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario
-patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su
-sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones
-vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita
-macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo
-a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios
-recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez,
-y sobre todo su condi<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span>ción tímida. En el vascongado se agravan y
-acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a
-todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a
-hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado,
-si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que
-secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de
-ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le
-distinguen.</p>
-
-<p>De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de
-hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus
-vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos
-del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene
-que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de
-hablar, ya que lo necesita...»</p>
-
-<p>Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés
-y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en
-sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en
-cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés
-busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el
-departamento vacío...</p>
-
-<p>La mujer vascongada se priva de la gracia más<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span> apetecida, de la sal más
-incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe
-galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de
-las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en
-Durango.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br />
-LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 426px;">
-<a href="images/ill_pg_161_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_161_sml.jpg" width="426" height="357" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Gustavo Maeztu, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">N</span>ATURALMENTE orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea
-nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un
-concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo;
-por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra
-cosa que el alcaloide del castellano.</p>
-
-<p>En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la
-descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que
-al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span>
-período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el
-mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino
-que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de
-América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de
-hidalguía.</p>
-
-<p>Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la
-preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En
-Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho
-esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país
-vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española,
-los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los
-vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente
-sume al vasco en el troquel español.</p>
-
-<p>Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al
-contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad
-señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones
-sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero
-más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia
-vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y
-de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan
-particularista, que para muchas<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> personas de buena fe no ha existido
-verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el
-mundo.</p>
-
-<p>Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre.
-Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había
-establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son
-libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica,
-atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta
-condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco
-una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano
-no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en
-la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los
-vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de
-nobles.</p>
-
-<p>Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del
-ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía
-original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo.
-Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca
-soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros
-pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de
-sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en
-ellos un derecho natural...<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p>
-
-<p>Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas
-proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga,
-digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se
-ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.</p>
-
-<p>Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en
-exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración
-formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a
-lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la
-nobleza se convierte en una obsesión.</p>
-
-<p>Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey:
-Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con
-pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos
-arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo
-imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni
-han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...</p>
-
-<p>En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las
-arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta
-casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte.
-No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se
-refiere a una particularidad<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> del terreno en donde fué erigida. Ha
-nacido como brotando de la propia tierra.</p>
-
-<p>Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad
-infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de
-robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por
-consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre
-la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido
-Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su
-esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en
-su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las
-lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman
-entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral
-pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se
-obstinaba en reclamar el Fuero.</p>
-
-<p>No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los
-vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a
-veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas
-eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de
-espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física
-que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br />
-EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 425px;">
-<a href="images/ill_pg_169_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_169_sml.jpg" width="425" height="384" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Tellaeche, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">E</span>S desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas
-han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los
-vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre
-sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y
-epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo.
-Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir
-los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar
-una conclusión demasiado fácil,<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span> ni dejarnos reducir por un sectarismo
-propio de las «sociedades de templanza».</p>
-
-<p>El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e
-idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma
-predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.</p>
-
-<p>Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos
-acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son
-los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo
-tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos
-bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la
-redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el
-hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de
-Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de
-Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales
-de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en
-Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.</p>
-
-<p>Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal
-cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán
-podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la
-vertiente marítima.</p>
-
-<p>En el concepto popular, entraña de donde salen<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> los adagios, la locura
-tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que
-se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes,
-los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y
-estos tipos, abundan tanto en el país.</p>
-
-<p>Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa
-indulgencia, <i>chorúas</i>. El <i>chorúa</i>, que viene a ser lo correspondiente
-de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas
-travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga
-de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco
-de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese <i>chorúa</i> de los
-guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que
-perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de
-los habitantes.</p>
-
-<p>Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar
-la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos
-idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.</p>
-
-<p>En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable
-especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao
-para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego
-a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número
-de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la
-localidad a una de<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span> esas comidas pantagruélicas que se estilan en el
-país, y ante las proporciones del banquete exclamó:&mdash;Ahora me explico
-por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...</p>
-
-<p>Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad
-localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito
-para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran
-bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes
-de mucha gastritis.</p>
-
-<p>Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me
-revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no
-suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología
-gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre
-los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo
-tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la
-misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.</p>
-
-<p>Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se
-distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las
-dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.</p>
-
-<p>No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una
-raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso.
-El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> hasta los más
-graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan
-en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar.
-Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas,
-gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los
-ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad,
-un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive
-ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se
-distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los
-epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción
-racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las
-guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene
-una violencia enfermiza.</p>
-
-<p>En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau,
-presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que
-modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría
-de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse
-entre los pueblos que han vivido mucho.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>En otra ocasión<a name="FNanchor_1_1" id="FNanchor_1_1"></a><a href="#Footnote_1_1" class="fnanchor">[1]</a> me aventuré a expresar la posibilidad de que en la
-mayor parte de Europa existan<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> dos grandes razas fundamentales: la raza
-<i>noble</i> y la <i>plebeya</i>. Ahora me importa insistir en ese punto de la
-duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos
-ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión
-posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos;
-germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos
-judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.</p>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_1_1" id="Footnote_1_1"></a><a href="#FNanchor_1_1"><span class="label">[1]</span></a> Véase <i>En la Vorágine</i></p></div>
-
-<p>Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico,
-veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda,
-facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un
-individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada
-apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del
-buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano
-forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de
-tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra
-y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las
-características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de
-los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».</p>
-
-<p>El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo
-musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo
-estrecho, su nariz<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 422px;">
-<a href="images/ill_pg_175_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_175_sml.jpg" width="422" height="759" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>Elías Salaverría, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="nind">exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura
-frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter
-diferencial a la raza.</p>
-
-<p>¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me
-inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese
-hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base
-de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo
-nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los
-hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía.
-Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un
-hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más
-diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.</p>
-
-<p>Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza
-muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de
-España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión,
-ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la
-gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la
-propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo
-decadente de esa sección racial del país cantábrico.</p>
-
-<p>La tuberculosis causa en ella sensibles estragos;<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> las dentaduras se
-desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas,
-la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones
-vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a
-la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas
-daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos
-en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.</p>
-
-<p>Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que,
-después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del
-clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión
-al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante.
-Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No
-se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se
-embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué
-grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se
-decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio
-báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas
-fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre
-todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera
-intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span></p>
-
-<p>El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos,
-por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus
-cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los
-horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la
-llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de
-carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan
-antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita
-pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso
-del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur,
-excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una
-intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los
-nervios su faena.</p>
-
-<p>La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos
-húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los
-necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no
-presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la
-compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de
-Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un
-sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol
-inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la
-vida carece de sabor.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p>
-
-<p>En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres,
-tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es
-moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las
-familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que
-devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el
-caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques,
-porque los obreros estaban embriagados.</p>
-
-<p>El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un
-amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara,
-alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en
-familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de
-las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como
-trágico y culpable.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br />
-DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 429px;">
-<a href="images/ill_pg_183_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_183_sml.jpg" width="429" height="566" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">N</span>INGÚN trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante
-aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y
-libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pe<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span>queñez y
-por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las
-migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas.
-Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los
-ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por
-tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas
-múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de
-observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las
-civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las
-civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se
-descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo
-oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No
-es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana
-va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos.
-En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan
-de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia
-y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está
-trabajado según la manera mudéjar.</p>
-
-<p>Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por
-su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una
-simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo,
-celos de barrio, luchas de castas, diferen<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span>cias de terreno y de clima.
-Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del
-tipo moderno.</p>
-
-<p>Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo
-que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas.
-Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias,
-meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de
-valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.</p>
-
-<p>La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y
-helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras
-esteparias y los olivares de los llanos calientes.</p>
-
-<p>El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado
-cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado
-opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a
-ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto
-físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad;
-los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y
-vivaces.</p>
-
-<p>El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma
-general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi
-todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>
-de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del
-cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy
-claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto
-como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia,
-pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados
-verdosos, grises verdosos.</p>
-
-<p>Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas
-más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y
-el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que
-obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica
-de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los
-valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa
-cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del
-mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.</p>
-
-<p>Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda
-mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando
-sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del
-lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición
-al hombre de la meseta.</p>
-
-<p>Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan
-los tipos puramente morenos<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span> tanto como en Marquina o Andoaín. En el
-centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para
-encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las
-costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La
-ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis
-seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto
-como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como
-ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra
-color vivo.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región
-cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de
-arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación
-etnográfica.</p>
-
-<p>Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa
-ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales
-y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río
-famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro,
-desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos
-comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un ara<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>gonés
-coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en
-los sentimientos.</p>
-
-<p>Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se
-observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para
-conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de
-matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente
-debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de
-veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.</p>
-
-<p>Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco,
-diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de
-esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes:
-el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más
-insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque
-positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como
-la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy
-sutil y no vale la pena de anotarlos.</p>
-
-<p>El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y
-Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar,
-que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las
-formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante
-considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos
-y hasta tipo<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span> de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan
-notable, que parecen dos provincias diversas.</p>
-
-<p>Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos
-vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso
-de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que
-en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su
-arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y
-elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con
-facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación
-hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más
-soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se
-diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que
-la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y
-«decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de
-Asteasu, Amezqueta y Tolosa.</p>
-
-<p>Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región
-hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en
-cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va
-hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que
-abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano
-de Durango.<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span></p>
-
-<p>Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y
-la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el
-espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y
-en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya;
-Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico
-español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona,
-tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica,
-de la tierra de Burgos.</p>
-
-<p>En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan
-al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por
-fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.</p>
-
-<p>La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es
-casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del
-Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence
-y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del
-alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben
-por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente
-bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y
-heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br />
-IDEAS FINALES</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span>&nbsp; </p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="figcenter" style="width: 425px;">
-<a href="images/ill_pg_193_lg.jpg">
-<img src="images/ill_pg_193_sml.jpg" width="425" height="268" alt="[Imagen no disponible.]" /></a>
-<div class="caption"><p><i>V. de Zubiaurre, pint.</i></p></div>
-</div>
-
-<p class="nind"><span class="lettre">H</span>AY en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que
-las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que
-sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que
-al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros
-mismos debemos desaparecer con ellas.</p>
-
-<p>Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres
-vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas
-costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas
-costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras
-costumbres, tan típicas como las anteriores.</p>
-
-<p>Hoy pasan las formas y se cambian las modalida<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span>des con mucha más rapidez
-que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría
-substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero
-otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque
-es esencial.</p>
-
-<p>Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo
-que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en
-cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura
-que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea
-y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para
-comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres
-características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y
-sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su
-propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr
-que parezcan diferentes y originales.</p>
-
-<p>El país vasco es quizá uno de los que mejor y más habitualmente recurre
-a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco
-es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales
-de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas
-profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos
-fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir
-que el país vasco haya creado verdaderos esti<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span>los, porque, con
-frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el
-mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con
-el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras
-y con otros muchos usos llamados típicos.</p>
-
-<p>Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple
-exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han
-perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con
-fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre
-con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se
-conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca
-romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León.
-Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de
-raíz castellana.</p>
-
-<p>El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama <i>sport</i>
-vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos
-probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la
-pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a
-todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es
-lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la
-pelota.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span></p>
-
-<p>Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de
-Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que
-intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa
-modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen,
-siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire
-demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más
-recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.</p>
-
-<p>Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared»,
-«raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo»,
-«a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto»,
-«quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el
-país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.</p>
-
-<p>Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los
-que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad
-de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le
-ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no
-se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante
-que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el
-«ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile
-suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin
-embargo, que al<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span>gún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza
-suelta de los vascos.</p>
-
-<p>Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no
-menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como
-nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media,
-encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso
-vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por
-los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo
-borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en
-el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de
-frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se
-trata de términos absolutamente indígenas.</p>
-
-<p>Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la
-lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El
-aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos
-arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza
-que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid,
-Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a
-las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una
-emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos
-seres<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente
-vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.</p>
-
-<p>De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro
-hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una
-explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita,
-vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo
-sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre
-con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el
-vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola»
-(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y
-perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa
-en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en
-éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una
-palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por
-ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya,
-basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya
-desaparecido sin dejar rastro literario.</p>
-
-<p>También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid
-Campeador, el de la barba vellida:<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span></p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;<br /></span>
-<span class="i0">más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,<br /></span>
-<span class="i0">como a la míe alma yo tanto vos quería...<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»;
-era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro
-parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna
-ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está
-viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en
-tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en
-tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»</p>
-
-<p>Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los
-hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha
-supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como
-islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se
-copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los
-idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amor<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>fas, a causa de la
-constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del
-provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas,
-gallegas y francesas.</p>
-
-<p>En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial,
-política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se
-fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación
-por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados
-de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span></p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td>&nbsp;</td><td class="rt"><small>Páginas.</small></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#I">La inmensidad verde</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_5">5</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#II">El ceremonioso tamboril</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_13">13</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#III">Día de fiesta en un pueblo vasco</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_21">21</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#IV">Junto a la carretera</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_29">29</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#V">Cataliñ</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_37">37</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#VI">Los remeros olímpicos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_43">43</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#VII">Elogio de mar Cantábrico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_53">53</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#VIII">El río dinámico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_59">59</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#IX">Elogio de los campanarios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_67">67</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#X">El viento del sur</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_73">73</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XI">Los bebedores de sidra</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_83">83</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XII">Los <i>versolaris</i></a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_91">91</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XIII">El humor anacreóntico de los vascos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_99">99</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XIV">Visión de pueblo antiguo</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XV">Camino de las montañas</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_121">121</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XVI">La patria de los pastores</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_129">129</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XVII">Meditación en la cumbre</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_141">141</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XVIII">La timidez de los vascos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_149">149</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XIX">La preocupación de la hidalguía</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_159">159</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XX">El problema de los nervios</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_167">167</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XXI">Diferenciaciones y parecidos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_181">181</a></td></tr>
-<tr><td valign="top"><a href="#XXII">Ideas finales</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_191">191</a></td></tr>
-</table>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Alma vasca, by José María Salaverría
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***
-
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-</html>
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Binary files differ
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index 46aa11e..0000000
--- a/old/61874-h/images/ill_pg_015_lg.jpg
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Binary files differ
diff --git a/old/61874-h/images/ill_pg_015_sml.jpg b/old/61874-h/images/ill_pg_015_sml.jpg
deleted file mode 100644
index 21ca800..0000000
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Binary files differ
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index 07dc867..0000000
--- a/old/61874-h/images/ill_pg_023_lg.jpg
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Binary files differ
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index 2aaa238..0000000
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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deleted file mode 100644
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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