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-Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-this ebook.
-
-
-
-Title: Comedias escogidas
-
-Author: Leandro Fernández de Moratín
-
-Commentator: José Yxart y Moragas
-
-Release Date: December 15, 2019 [EBook #60927]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by Biblioteca
-Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.)
-
-
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-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha respetado la ortografía del original --que difiere
- ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor
- frecuencia.
-
- * Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el
- emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.
-
- * Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto»
- y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones.
-
- * Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a
- continuación del párrafo que contiene la llamada.
-
- * Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre
- los personajes que intervienen, tomando la información pertinente
- de otras ediciones.
-
-
-
-
-MORATÍN
-
-COMEDIAS ESCOGIDAS
-
-
-
-
- LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
-
- COMEDIAS ESCOGIDAS
-
- CON EL
- DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR
-
- Y UN PRÓLOGO POR
- JOSÉ YXART
-
-
- LA COMEDIA NUEVA -- EL SÍ DE LAS NIÑAS
- LA ESCUELA DE LOS MARIDOS -- EL MÉDICO Á PALOS
-
- [Ilustración]
-
- BARCELONA
- BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA
- DANIEL CORTEZO Y C.ª, _Ausias March, 95_
- 1884
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
-
-
-I
-
-Ni el carácter atribuído á Moratín, ni mucho menos sus obras,
-concebidas despacio, y más que limadas, sobadas con meticuloso
-esmero de artífice, harían sospechar lo azaroso y revuelto de su
-vida trashumante. Sin el arraigo que sólo dan en España heredados
-patrimonios, fué llevado Moratín de la corriente de los sucesos
-políticos que arrancaron á la sociedad española de su secular
-asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo de algún ministro,
-ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la suerte que á sus
-protectores deparaba la ocasión, y apenas logró detenerse en alguna
-parte el tiempo de hallar el reposo que tanto amaba su natural
-pacífico. Secretario particular de Cabarrús, ordenado más tarde
-de primera tonsura para alcanzar un beneficio que le confirió
-Floridablanca, secretario luégo de la interpretación de lenguas
-y favorecido por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la
-nacional en tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir
-para lograr una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su
-pasión por la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á
-París, á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones
-y sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado
-á fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces
-hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la
-idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por
-un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de
-vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén,
-hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.
-
-¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del estado
-de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio público
-y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo visto,
-soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho más.
-Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de la
-Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos
-príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo
-pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta
-á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por
-una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al
-fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos
-y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En
-los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos
-de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo
-empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios,
-no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la
-humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta
-anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una
-secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario
-mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los
-mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas
-materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con
-la ilustración, y anda á veces reñido con ella.
-
-Pero ni aun con estos recursos se libró Moratín de los azares de la
-fortuna, víctima de los frecuentes litigios en que se halla envuelto
-quien ha de esperarlo todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo
-se negó á pagar por largo tiempo la pensión que le había conferido
-Godoy sobre aquella mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación
-de los franceses, sus bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto
-á aquellos juicios de purificación, que entonces se estilaron,
-irritante y ominosa medida política que hoy nos parecería fábula
-absurda si no fuese historia de ayer. Con esto, las intermitencias de
-la cesantía, los frecuentes gastos y las prodigalidades de su corazón
-generoso y de sus aficiones de propietario urbano, llegó Moratín
-en ocasiones á adornarse con la sentimental aureola de la pobreza,
-corona con que hasta hace poco ha sido costumbre presentar en los
-altares del arte á los grandes ingenios.
-
-En estos accidentes, y los que más por menudo relata su
-biografía--que felizmente no está por hacer, como su completa
-semblanza,--Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y
-defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho
-de que el _genio es el sentido común en su grado máximo_, merecería
-Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio,
-más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los
-tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más
-deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del
-genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un
-golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza,
-así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada
-de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto,
-frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su
-delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias.
-No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído,
-buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio.
-Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban.
-Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella
-monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas,
-donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor que
-nos quedaba. Retraído siempre en público, sólo en privado mostraba
-sus cualidades, y particularmente aquel vivo ingenio cómico, su
-finísima observación de los caracteres y las ridiculeces humanas, el
-exquisito gusto que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta
-naturalidad, la extrema sencillez en todo, aquella naturalidad
-y sencillez, que ni se compran ni se imitan, prenda nativa, que
-es el más infalible signo de grandeza. Resplandece de tal modo
-esta condición en sus papeles particulares, coleccionados en sus
-_Obras póstumas_, que, conforme se le estudia en ellas se arraiga
-la convicción de que nos hallamos ante un hombre verdaderamente
-ilustre y privilegiado. La acendrada discreción con que habla de
-todas las materias, aun las más ajenas á su talento, la elegante
-llaneza de su prosa afluente y festiva, la variedad y acierto de sus
-observaciones, cautivan á la larga en sus apuntes de _Viajes_ por
-Europa. En ellos, en el _Diario_ de su vida, en sus cartas, resalta
-siempre el mismo carácter de un alma bondadosa y apacible, de un
-hombre modesto y laborioso pero dotado de buen golpe de vista, y
-sensibilidad delicada, ya que no profunda, sin énfasis ni presunción.
-Bien se comprende leyéndole que su horror á la pedantería reinante
-tomara en sus escritos el carácter de una monomanía, y fuera como
-la _muletilla_ de su Musa cómica, que, desde un principio, flagela
-sin piedad á los pedantes literarios y no cesa de poner en ridículo
-en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el sentimentalismo y
-la filantropía de los malos imitadores de Diderot y Rousseau, la
-ficticia cultura, las declamaciones de los falsos innovadores. Hay
-en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que no acertamos á
-hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en los italianos
-ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres del Norte,
-mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á fuerza de
-cultura.
-
-Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la sociedad en
-nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que pretendieron
-sacar á toda costa el genio nacional y la independencia de la patria
-de aquella conflagración general. Superior sin duda en ilustración
-á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los franceses cuando
-éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio, el abandonado
-trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe que el Imperio
-nos traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los
-beneficios cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes
-por Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de
-humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo,
-ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables
-preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena
-de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que
-hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar
-á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que
-en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen
-en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos,
-al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo
-tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos
-hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para
-ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo
-la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología
-de la época, «lo primero era ser libres, el _cómo_ era negocio
-para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista
-convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único
-genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser
-nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo
-primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.
-
-Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar de
-sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado de
-la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que
-con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo,
-pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que
-puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían
-mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los
-renglones de un epitafio:
-
- Nací de honesta madre; dióme el cielo
- fácil ingenio en gracias afluente,
- dirigir supo el ánimo inocente
- á la virtud el paternal desvelo.
- Con sabio estudio, infatigable anhelo
- pude adquirir coronas á mi frente:
- la corva escena resonó en frecuente
- aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
- Dócil, veraz, de muchos ofendido,
- de ninguno ofensor, las Musas bellas
- mi pasión fueron, el honor mi guía;
- pero si así las leyes atropellas,
- si para ti los méritos han sido
- culpas; adios, ingrata patria mía.
-
-
-II
-
-La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para
-restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus
-comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus
-teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y
-comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía
-dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras
-es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta
-cómico.
-
-En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores. Nadie
-que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes de
-saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las
-singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los
-que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que
-tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño
-en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el
-gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los
-que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la
-empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública,
-con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la
-administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el
-estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto
-debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera
-la menor reforma! Tanto más, cuanto que Moratín ponía la mira en
-todo, y en todo quería introducirlas. En este punto no fué sólo
-un preceptista literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á
-defectos de policía de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así
-discurre tocante á los medios gubernativos para sacar al teatro de
-su postración ó las leyes relativas á la censura, como se entretiene
-en señalar los vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban.
-Basta esto para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué
-recelos y envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad,
-ó impotente ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los
-espectadores, como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de
-la costumbre. Nombrado individuo de una junta para la reforma del
-teatro, hubo de retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de
-la misma, el del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de
-genio muy áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones
-de Moratín, y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á
-la cabeza. Con lo cual ya se deja comprender que el autor de los
-_Orígenes del teatro español_, se convenció á la primera de que al
-bravo militar le sobraban razones y que era más entendido que él en
-materias literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección
-de teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque
-ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia
-suya cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades.
-Exigencias de actriz demoraron cuatro años el estreno de _El Viejo_
-y _La Niña_ después de mil supresiones que impuso la censura. La
-_Comedia nueva_, cruenta sátira en acción de la decadencia del
-teatro, apenas pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo
-y rabia de las víctimas. Naufragó _El Barón_ el día de su estreno
-(después de haber sido plagiada, antes que representada), víctima de
-las parcialidades y de la venganza en fermentación por espacio de
-algunos años. Á la _Mojigata_ siguieron las más violentas polémicas
-é intrigas increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la
-hipocresía, el vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más
-chilla cuando se le saca á la vergüenza, como si en él descansara
-toda la máquina social, lo cual no parece probable. Enardecidos los
-ánimos conforme se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en
-el corazón á las preocupaciones de aquella época, no pararon los
-enemigos hasta delatarle al Santo Oficio por _El Sí de las niñas_, y
-denunciarle como un criminal. De modo que estas obras que hoy parecen
-harto morales, parecieron revolucionarias y piedra de escándalo; y
-su autor, tímido y juicioso por naturaleza, furibundo demagogo que
-atentaba á lo más sagrado. Este último sorbo colmó su amargura y le
-decidió á retirarse del teatro y arrinconar los borradores de otras
-comedias, limitándose luégo á traducir de Molière, su ídolo, _La
-Escuela de los maridos_ y _El Médico á palos_.
-
-En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni
-estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad
-del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la
-borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas,
-y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza
-es decir que los principios literarios de su autor debían ser
-discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron,
-y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la
-escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada
-la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del
-genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que
-había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil.
-Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo,
-necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera
-conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de
-todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor
-relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la
-virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento,
-más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en
-segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada
-copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio
-nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué
-la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que
-desde principios del siglo XVIII pretendía entronizarse en España;
-un Boileau español, en suma, siempre á vueltas con la razón y el
-buen sentido, el decoro y la regularidad, pocas veces partidario de
-sentir hondo y vehemente. Si su atildamiento y pulcritud, la templada
-observación de la naturaleza, la más absoluta sumisión á la mediana
-verosimilitud, podían convenir á la comedia, no eran bastantes para
-infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro de una nación, ni
-podía contentar á un público ardiente como el nuestro. En todos los
-principios literarios de Moratín se observa la misma deficiencia
-y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que convierte el
-arte en artificio, por una reacción natural contra la licencia y la
-ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar la sangre, la
-empobreciese hasta producir la anemia.
-
-Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces
-y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es
-inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta
-dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de
-cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita
-siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo.
-El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es
-además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre
-de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue
-de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de
-los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas,
-para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos?
-El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos
-fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del
-pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con
-criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias
-y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas
-con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en
-limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi
-identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible,
-sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible
-que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas
-entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo
-César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos
-siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á
-que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se
-le planta en el _Foro_ desde la butaca, y cuando se le tiene allí
-con el pensamiento, no le es permitido salir de Roma para que no
-se desvanezca la ilusión. Nada hay verdad en aquella Roma de tela y
-cartones; ni armas, ni trajes, ni hombres, ni idioma; pero una vez
-realizada aquella mentira grata á la imaginación, ésta ya no puede
-permitirse un solo pecadillo más, y ha de temblar ante la gramática
-que mide sus palabras, encogerse por temor de la irregularidad,
-reprimir sus vuelos por no incurrir en inverosimilitudes (de que está
-llena, por cierto, la realidad que se pretende imitar), y ahogar
-toda emoción atendiendo al decoro, como hastiado palaciego que juzga
-cursi todo afecto arrebatado. Y esto se quería imponer como ley en un
-espectáculo, donde la muchedumbre va á sentir y á distraerse, donde
-el efecto es inmediato y no razonado, y la atmósfera caldeada, la
-música, las luces, la misma presencia de la mujer, son otros tantos
-incentivos que predisponen á la expansión del sentimiento.
-
-Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes siempre
-que se pretende embutir en principios generales las libres y
-espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á remedarla
-tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en lo más
-esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y reyes
-de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y Roma,
-no habían de parecerse á los seres vivos que representaban sino
-á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener por
-ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada en
-palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á sus
-pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó
-conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con sus
-inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio de
-Leiva diga puesto en ellas,--_El juicio me vuelven estas cosas_--y
-un Julio César--_Hola ¿qué es esto?_--ú otras expresiones por el
-estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma
-obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases.
-Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para los
-héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y después de
-ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco el llanto,
-el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las lagrimillas
-de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien se le
-permite servir de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los
-coetáneos del autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad,
-y ser capaces de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la
-tragedia deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados
-del espectador.
-
-Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar _El
-gran cerco de Viena_, pero que también y á poca costa se hubiera
-podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra,
-á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su
-procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional,
-comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió
-aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente
-primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos
-parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que
-éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto
-purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo.
-Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores
-volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención
-de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los
-caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban
-en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo;
-en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que
-debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección
-académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en
-_caseros octosílabos_. Rota la valla, invadieron otra vez la escena
-los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y
-los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada
-y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se
-vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo,
-sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno
-en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en
-espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las
-luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía,
-y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió
-Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos
-y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar
-al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la
-fábula para que no se desvanezca la ilusión, muchos espectadores
-se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á
-pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar
-la imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos
-sospechan que el teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha
-pasado, en menos de medio siglo, inmediatamente después de haberse
-propuesto Moratín vivificar y convertir la escena en cátedra de moral
-y cultura con sólo las túnicas de _Británico_ y _Atalía_ para las
-grandes solemnidades y la casaca y la peluca del _Barón_ para los
-días de labor.
-
-
-III
-
-Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no
-lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos
-coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas.
-De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más
-adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y
-severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las
-letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado,
-que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una
-versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el
-menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo
-confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas
-los amigos del género pseudo-clásico.
-
-También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es imposible
-aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. El poeta
-lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular
-muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se
-olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto
-se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se
-vestía de griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger
-el estilete en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y
-fija la memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos
-años de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado
-de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo
-se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y
-apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por
-otro de los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la
-geografía histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de
-presente de tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir
-con palabras nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se
-establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión
-tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de
-conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es
-esto poesía? ¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí
-se halla tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho
-tiene la verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y
-arrebata, que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en
-este género de versos. _El opulento Gerión_, la _Cádiz eritrea_, _el
-espartario golfo_, _la Hesperia_, el _ceguezuelo niño_ y el _luso_
-y el _galo_, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan
-tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita
-un curso completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando
-algún sentimiento sincero entre ese fárrago de frases depuradas y
-elegantes, ni contenta tal cual imagen graciosa que desde luégo por
-su asunto y su precisión parece burilada como un camafeo, ó recuerda
-las barrocas entalladuras de los artesones y muebles de la época.
-
- Esta corona, adorno de mi frente,
- esta sonante lira y flautas de oro
- y máscaras alegres que algún día
- me disteis, sacras musas...
- . . . . . . . . . . . . . . . . . .
- . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
-¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados trofeos?
-
- ........ La Fama es esta,
- sí, la conozco. Rápida girando
- dilata al aire las doradas plumas,
- suelto el cabello que su frente adorna,
- desceñida la túnica celeste.
-
-¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un palacio?
-
- Venus, hija del mar, diosa de Gnido
- y tú, ciego rapaz, que revolante
- sigues el carro de tu madre hermosa
- la aljaba de marfil, pendiente al lado.
-
-Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que usarían
-Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en las
-colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más
-la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que
-sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á
-la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el
-sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo
-indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible
-inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los
-afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente
-siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los
-venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte
-más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la
-poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía,
-pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles modelos
-algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de la forma
-por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia elegancia y
-la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible adquirir con el
-estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en los
-libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha
-sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas
-por las que espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe;
-decir lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear,
-en suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime
-expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la
-humana filosofía, léase, la retórica.
-
- J. YXART.
-
-
-
-
-DISCURSO PRELIMINAR
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-DISCURSO PRELIMINAR[1]
-
- [1] Este Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín,
- figuró al frente de sus comedias, comprende la historia resumida
- del Teatro español desde el siglo XVIII, á la época en que el
- autor tomó sobre sí la empresa de restaurarlo con su ejemplo y
- sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos, y nada pudo
- decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que
- trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después
- de su muerte. Así limitado á dicho período todo el discurso, es,
- en suma, la historia de la decadencia del teatro genuinamente
- nacional, y de las tentativas hechas para sujetarle á los cánones
- del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes, fueron
- otra vez derrocados y olvidados.
-
-
-Al empezar el siglo XVIII tuvieron principio en España las
-calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para
-celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la
-coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya,
-y el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se
-representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro,
-y después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora,
-gentil hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscuros
-autores, ninguno capaz de competirle. Habíase propuesto por modelo
-las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde llegarían los
-primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de
-aquel dramático.
-
-En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales
-desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado
-en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado,
-crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de
-empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias
-historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y
-aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil
-fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas
-mitológicas y en las de asuntos sagrados.
-
-Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo el
-nombre de Tirso de Molina) la comedia de _El Burlador de Sevilla_,
-la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y
-crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó
-á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones
-de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás
-Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al
-nuestro, no se desdeñó de repetirla.
-
-Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una comedia
-tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, como
-era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y
-conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles;
-dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que
-permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz
-pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y
-añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al
-teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre
-será celebrada del pueblo.
-
-Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte
-de _El Espíritu foleto_, en que por la intervención de un duende
-festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando
-á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos
-y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En
-la comedia de _Don Domingo de don Blas_ confundió Zamora grandes
-intereses de reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones
-de indecorosa ridiculez. La figura cómica de don Domingo, bien
-imaginada y mal sostenida, hace reir no pocas veces; pero sus gracias
-mezcladas con intolerables descuidos no dan una idea favorable del
-buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la comedia
-de _El Hechizado por fuerza_, aunque no exenta de considerables
-imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles, no
-verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal
-desenlace. Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción
-y talento, y otras como pudiera el más estúpido; no es fácil entender
-si toma de veras ó de burlas lo que están haciendo con él, si
-efectivamente piensa que está hechizado, ó si trata sólo de engañar
-á los que intentan persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son
-muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no
-siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente,
-la versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de
-chistes.
-
-Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron obra
-ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso hasta
-unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa de ver
-que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces rivalizó
-con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la
-poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró.
-
-Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla,
-compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales,
-si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar
-la confianza con que se abandonó á la imitación de originales
-defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.
-
-Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas y
-astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas
-zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada _El
-Hospital en que cura amor de amor la locura_, fábula de dos acciones,
-personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe
-sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su
-tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de
-nuestra lengua, supo desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y
-facilidad los asuntos familiares y humildes; pero el corto paso que
-parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión de la
-buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar
-una fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios
-y ridiculeces comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad
-ni interés á su obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla
-muy graciosa, y resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad
-todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de
-las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte
-comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca
-elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como
-la peor, es sin duda _El Paulino_, que el autor se atrevió á llamar
-tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio
-que merece. Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien
-pudo haber visto el _Cinna_ de Corneille, que había traducido con
-inteligencia y publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro
-Picolomini, marqués de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos
-sospechar lo que es una tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á
-quien no los quiere seguir.
-
-Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente
-anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia
-en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras
-preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón
-con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo,
-á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido.
-Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo
-indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la
-risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas
-que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la
-credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle
-ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.
-
-Los autores del estimable periódico intitulado _Diario de los
-literatos de España_ examinaban con juiciosa crítica las obras que
-entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del
-raciocinio y del buen gusto, y trataban de encaminar hacia la
-perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su
-fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta
-de lectores y de agradecimiento público.
-
-La Academia española, establecida á imitación de la francesa con una
-organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella
-lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía
-con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua;
-pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni
-contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia
-no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.
-
-En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de Aristóteles,
-teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de la filosofía,
-sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las
-matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de
-las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se
-sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo.
-_Todas las cátedras de las universidades_ (dice Torres) _estaban
-vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura
-geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones
-de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde
-hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio...
-Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas,
-que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y
-cincuenta._ Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios,
-¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la
-amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena
-miserable?
-
-Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón,
-educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que
-florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo,
-conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera
-podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en
-el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los
-muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su
-mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por
-entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la
-carrera dramática.
-
-El ministerio, ocupado exclusivamente en buscar dinero para
-sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su
-atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las
-flotas no salían de los puertos de América; lo que producían las
-contribuciones, todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos
-á la pelea; la administración interior se desatendía; los sueldos
-de los innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las
-cámaras de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y
-aun en la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo
-era el único protector de los teatros; el premio que obtenían los
-poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta;
-no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á
-quien los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.
-
-Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres
-corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que
-formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente
-de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los
-corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de
-bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que
-veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban
-mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un
-gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban
-acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si
-el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal
-vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía
-de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de
-las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar
-con entusiasmo á los viejos _aquel romper de cortinas de Nicolás de
-la Calle_. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores,
-bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces
-se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de
-la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación,
-ni se necesitaba.
-
-El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de los Caños
-del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron algunas
-óperas y después comedias italianas por una compañía que llamaron
-de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de
-la reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración
-en aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y
-ornato, y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo
-sus farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la
-autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos
-corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente
-asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los
-planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de
-1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de
-quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en
-el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada _el Rapto de
-Ganimedes_.
-
-Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares y
-cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron
-las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por
-detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo
-el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos
-alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de
-cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo
-tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en
-la escena algunas coplas, llamadas _princesas_ en lenguaje cómico.
-La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir
-que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con
-arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos,
-escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de
-laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo
-izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la
-virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes.
-Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca
-redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas,
-hebillas de oro y bastón de muletilla.
-
-Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las que
-diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía en
-proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo
-reducido á dos axiomas toda su poética: 1.º que las obras de teatro
-sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros
-no eran admisibles en la escena española.
-
-Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don
-Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo
-servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por
-su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores
-en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco;
-hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro
-conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables.
-Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló _El más justo
-rey de Grecia_, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente
-se verifica. Á veces quiere imitar la de _El Esclavo en grillos de
-oro_; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á
-su original: el gracioso, llamado _Veleta_, es de lo menos gracioso
-que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos,
-ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos
-con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo
-enigmático y gigantesco. La de _Los Mártires de Toledo y tejedor
-Palomeque_ no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la
-justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué,
-requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio,
-bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El
-estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y
-chabacano.
-
-Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más
-breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y
-las garruchas, publicó la comedia de _El Mágico de Salerno Pedro
-Vayalarde_, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos
-y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras
-cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos
-disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y
-varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo
-general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.
-
-Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su Majestad,
-heredó de su padre (de quien se ha hecho mención anteriormente) la
-inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que
-se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó
-á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son
-inferiores á las de su padre.
-
-Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de
-Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en
-las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las
-antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta
-con una particular habilidad que manifestó para saber introducir
-en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor
-estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún
-interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la
-tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen
-lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y
-altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático,
-chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha
-facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que
-mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó _ramplones
-y malditos_. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el
-teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba
-entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde
-el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué
-capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna
-su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la
-que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada
-edad, poco antes del año de 1750.
-
-Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que
-escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué
-muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo
-amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia;
-no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran
-únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no
-es posible disimular que en las de figurón excedió los límites
-de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y
-situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á
-cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se
-propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y
-personajes históricos (como en las de _El Rey Enrique el Enfermo_;
-_Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer_; _El Picarillo
-en España_, y otras de este género), la composición de la fábula
-no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad
-que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas
-de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que
-imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.
-
-Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas
-que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y
-precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto
-escribió para el teatro. Véase _El Sacrificio de Ifigenia_, y se
-hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor,
-estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos,
-baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la
-diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto
-delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes
-monstruosas é inconexas. Agamenón dice _que el monte dividido en
-dos puntas da al mar abrazos de arena_, y que la armada surta en el
-puerto es una _ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y
-cristal_; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con
-donaire de callejuela _Lola_, criada de Ifigenia, y _Pellejo_, lacayo
-de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte)
-_para mostrar las comedias según el estilo francés_. También se
-atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada _No hay
-con la patria venganza, y Temístocles en Persia_. Allí hay majestades
-y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los
-serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible
-gracioso llamado _Tulipán_, y un hijo de Temístocles que canta
-seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una
-academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde
-cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros.
-Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas
-en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y
-el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino
-con veneno _denodado bruto y púrpura confeccionada_[2]. Todo esto
-prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de
-los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio
-de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la
-tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz
-de mejores doctrinas.
-
- [2] Acerca de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto
- está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro moderno
- español,--artículo 3.º--_Revista de España, de Indias y del
- extranjero._--Diciembre 1845.
-
-Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La
-acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la
-paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión
-flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la
-dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba
-á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves
-inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María
-Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él:
-celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente
-en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el
-mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin
-hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien
-distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en
-su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América
-debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos
-males con una administración regular, y era de creer que libre ya
-la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría
-nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la
-riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.
-
-Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el
-palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela
-de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que
-continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos
-Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir
-de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía
-de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello
-se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M.
-
-_Farinello_ (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) _es el
-último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación.
-Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los
-inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado
-al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á
-Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino
-á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad
-en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole
-como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en
-aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda
-la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es
-general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez
-no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla
-en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina.
-Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que
-le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por
-su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad
-sobresaliente, que á la de sus méritos personales._
-
-Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo
-pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de
-Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año
-1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio
-de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de
-personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono,
-la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su
-modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los
-obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían
-asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales
-de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les
-recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo
-convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto
-trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los
-piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe
-adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y
-su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía,
-y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del
-gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer
-sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en
-las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en
-Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid.
-La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta
-moderación.
-
-Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro del
-Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, igualmente
-que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por el verano
-en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las
-iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la
-jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su
-inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos
-encargos, si no con economía, con admirable acierto.
-
-Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal é
-instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las
-representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas
-en el salón llamado _de los Reinos_, cubrían el piso exquisitas
-alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas
-y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación
-correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían
-uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el
-teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión
-se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera
-de _Armida placata_ se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de
-agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta
-piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud
-de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los
-trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces
-se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de
-los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas
-de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales
-que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena
-(cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese, con
-dos correderas compuestas de los mayores cristales de la fábrica de
-San Ildefonso), todo era digno de un gran monarca que disipaba en
-esta diversión la opulencia de sus tesoros.
-
-Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios desde
-el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la Mirandola,
-Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las piezas
-que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas:
-_La Clemenza di Tito_, _Angelica e Medoro_, _Il Vellocino d’oro_,
-_Polifemo e Galatea_, _Artasserse_, _Armida placata_, _Demofoonte_,
-_Demetrio_, _Didone abbandonata_, _Siroe_, _Niteti_, _il Re pastore_,
-_Adriano in Siria_. Serenatas: _L’Asilo d’Amore_, _La Festa chinese_,
-_La Nascita di Giove_, _L’Isola disabitata_, _Le Mode_, _La Ninfa
-smarrita_. Intermedios: _Il Cavalier Bertoldo_, _La Burla da vero_,
-_La Statua_, _Il Giuocatore_, _L’Ucellatrice_, _Il Cuoco_, _Don
-Trastullo_, _Il Conte Tulipano_.
-
-Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos brillantes
-espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por italianos,
-poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los
-teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís
-Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los
-que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices empleados
-en la pintura de las decoraciones, en la invención y dirección de las
-máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó que todas las piezas
-se imprimieran traducidas en castellano para distribuirlas á los
-concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió el teatro
-con la ópera de _La Clemenza di Tito_; encargóse á don Ignacio de
-Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas,
-con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las
-tradujo un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se
-avergonzó de suceder á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de
-hacerse escritor en una lengua que no sabía. Sus traducciones pueden
-considerarse como otros tantos modelos de extravagancia y ridiculez.
-
-En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los
-primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato
-y pompa teatral, la escena española, miserable y abandonada de la
-corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes
-cómicos y de ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al
-corregidor de Madrid el título de protector de los teatros, con
-el encargo de la formación de compañías y el gobierno de ellas:
-la depravación de nuestra dramática pedía de parte de la suprema
-autoridad providencias más directas y más eficaces.
-
-El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado
-mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por
-la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían,
-tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos,
-las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del
-Príncipe se llamaban _Chorizos_, y llevaban en el sombrero una cinta
-de color de oro; los de la compañía de la Cruz _Polacos_, con cinta
-en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los
-Caños tomaron el nombre de _Panduros_. Había un fraile trinitario
-descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la parcialidad á que dió
-nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los
-mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y
-comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los
-suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos,
-chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro
-de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano
-su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos
-cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era
-frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco
-Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio,
-de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á
-la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en
-el primer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde
-allí solía llamar la atención del público con los chistes que dirigía
-á los actores y á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y
-les remedaba en los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era
-bien conocido, atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio
-cubierto de sombreros chambergos (que parecían una _testudo_ romana)
-palmoteaba sus escurrilidades é indecencias.
-
- [3] Don Vicente García de la Huerta en el prólogo de su
- Teatro español, impreso en 1785, explica así el origen de la
- denominación de _Chorizos_. «Francisco Rubert, por otro nombre
- Francho, fué la causa del apellido de _Chorizos_ que se dió en el
- año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces
- autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía
- en un entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo
- tales y tan graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar
- los chorizos, que era el guardarropa de la compañía, y movió
- tanto la risa de los espectadores, que desde entonces se llamó de
- los _Chorizos_.»
-
-Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las comedias
-que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que muerto ya
-Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á conseguirlo.
-Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y García,
-don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia
-intitulada _La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable
-hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de
-penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo_; don Antonio
-Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos;
-el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero (cómico también y
-además canonista y teólogo), don Manuel Daniel Delgado, don Antonio
-Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. Don José Julián de
-Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y facilidad para
-sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia intitulada _Más
-vale tarde que nunca_, en la cual hay privado perseguido, trueque de
-puñales, batida general, con aquello de _á la cumbre, á la espesura,
-al monte, al valle, á la selva_; preso que se lamenta de su desgracia
-glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio; pasito de
-cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un
-rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de
-aquel tiempo, otros tantos se hallarán hacinados en esta.
-
-Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el
-prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas
-reglas del arte dramático[4]. Luzán tradujo y publicó una comedia
-de M. de La Chaussée, con el título de _La razón contra la moda_, la
-cual ni entonces ni después se ha visto en el teatro. En los años de
-1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias
-originales intituladas _Virginia_ y _Ataúlfo_, nunca representadas,
-y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó
-su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse
-observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de
-ser intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la
-perfección en este género, no basta que el autor sea un hombre muy
-docto, si le falta el requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de
-Trigueros en el año de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente
-prosa castellana, el _Británico_ de Racine. Don Eugenio de Llaguno y
-Amírola publicó en el año de 1754, traducida en muy buenos versos, la
-_Atalía_ del mismo autor. Nada de esto pasó al teatro.
-
- [4] Este prólogo de Nasarre provocó una violenta y ruidosa
- polémica literaria entre los partidarios del gusto francés y
- los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que en
- los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los
- principios de la escuela romántica de nuestro siglo.
-
-La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se
-enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles:
-lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos,
-se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos
-sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban
-prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre
-de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de
-paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes
-insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible
-de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más
-divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial
-doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo,
-y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales
-no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu
-y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes
-cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de
-historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos,
-paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito
-quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los
-intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.
-
-Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la representación
-de los autos sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen
-(papel que desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación
-del Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos,
-las palabras del Evangelio: _Quomodo fiet istud, quoniam virum non
-cognosco?_ los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas,
-dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa
-y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal
-habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la
-custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión
-el _Tantum ergo_. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo,
-la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el
-martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos
-del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una
-salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena;
-en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que
-Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S.
-Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el
-teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un
-justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la
-representación teatral de asuntos sagrados.
-
-Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como uno de
-nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de Montiano,
-su amigo, una comedia intitulada _La petimetra_. Esta obra, impresa
-en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad y corrección
-en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras antiguas comedias
-con la regularidad violenta á que su autor quiso reducirla, resultó
-una imitación de carácter ambiguo y poco á propósito para sostenerse
-en el teatro, si alguna vez se hubiera intentado representarla. La
-_Lucrecia_, tragedia que publicó el mismo autor en el año siguiente,
-es obra de mayor mérito, aunque la elección del argumento parece poco
-feliz, el progreso de la fábula entorpecido con episodios inútiles, y
-el estilo muy distante á veces de la sublimidad que pide este género.
-
-Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se atrevieron á
-procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo piezas originales,
-compuestas con regularidad y decoro, y aunque no consiguieron toda
-la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron laudables.
-
-Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada _El
-Pensador_, censuró el desarreglo de las comedias que entonces
-se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín
-publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que
-probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de todas
-clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y católica. No
-pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de sus razones, y
-desde entonces quedó limpia la escena española de composiciones tan
-absurdas[5].
-
- [5] Los autos sacramentales se prohibieron por real cédula de 11
- de junio de 1765.
-
-Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro
-de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron
-tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el
-mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los
-trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los
-vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y
-de las provincias.
-
-El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo
-tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar
-decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó
-y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior
-que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la
-turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre
-los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado _Tusa_, era el
-alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato
-y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y
-les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación
-eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco
-dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.
-
-Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían
-hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias
-originales. Tales fueron _Hormesinda_, de Moratín, más laudable por
-algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de
-Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su
-fábula; _Guzmán el Bueno_, del mismo autor, en que hay un carácter
-bien sostenido, afectos heróicos, pintura de costumbres, violencia
-repugnante en la unidad de lugar, y no suficiente corrección de
-estilo; _Don Sancho García_, de don José Cadahalso, arreglada y
-débil, con rimas pareadas á imitación de los franceses, cuya cadencia
-simétrica es en extremo desagradable á nuestros oídos; _Raquel_,
-de don Vicente García de la Huerta, que siguiendo el mismo plan de
-_La Judía de Toledo_, de don Juan Bautista Diamante, no acertó á
-regularizarle, sin añadirle graves defectos; hay en ella un carácter
-sobresaliente; los demás, ó por falta de conveniencia dramática ó
-por inconscientes, han merecido la desaprobación de los críticos;
-en los pensamientos se descubren á veces resabios de mal gusto; el
-lenguaje es bueno, la versificación sonora. _Numancia destruída_ es
-de don Ignacio López de Ayala, donde la mala elección del argumento,
-los amores episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del
-lugar que produce inverosimilitud continua, se compensan con un
-estilo animado y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora,
-y el feroz heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que
-produce siempre su representación. _Munuza_, de don Gaspar Melchor de
-Jovellanos; _Jahel_, de don Juan López Sedano; _Progne y Filomena_,
-de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se
-compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera
-podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido
-al gobierno más decidida protección.
-
-En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que
-habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas
-traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse
-para obtener el acierto en este difícil género de la dramática.
-
-Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se
-acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia;
-porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en
-un acto, llamadas _sainetes_, supo sustituir en ellas, al desaliño
-y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación
-exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de
-vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas
-fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan
-halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas
-acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con
-severidad las leyes. Nunca supo inventar una combinación dramática
-de justa grandeza, un interés bien sostenido, un nudo, un desenlace
-natural; sus figuras nunca forman un grupo dispuesto con arte; pero
-examinadas separadamente, casi todas están imitadas de la naturaleza
-con admirable fidelidad. Esta prenda, que no es común, unida á la de
-un diálogo animado, gracioso y fácil (más que correcto), dió á sus
-obrillas cómicas todo el aplauso que efectivamente merecían[6].
-
- [6] La crítica moderna ha concedido á D. Ramón de la Cruz mayor
- atención y más francos elogios, particularmente como autor de los
- inimitables _sainetes_, que gozan hoy de fama universal.
-
-Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el
-marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de
-Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que
-habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates,
-solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el _Misántropo_
-ó la _Atalía_, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque
-haciendo _El Negro más prodigioso_, ó _El Mágico africano_. Nunca
-se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de
-aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto,
-Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano,
-Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine,
-Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión;
-y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos
-teatros.
-
-Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios que
-pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe
-adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al
-público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de
-hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine.
-
-_El Delincuente honrado_, tragicomedia escrita por don Gaspar de
-Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con estimación; y
-aunque demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró
-en ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente
-prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor,
-no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo
-después.
-
-En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad,
-publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta,
-la comedia intitulada _Hacer que hacemos_, la cual desagradó á los
-inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos,
-al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el
-teatro.
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-La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el nacimiento
-de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, hizo representar
-en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que apenas vistas
-desaparecieron para siempre de nuestra escena. _Los Menestrales_,
-comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, moralista,
-poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico,
-épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de Apolo,
-mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público. _Las
-bodas de Camacho_, comedia pastoral de don Juan Meléndez Valdés,
-llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte, Virgilio,
-Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción
-castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta
-personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que
-la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos
-eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en
-que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos
-del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la
-demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que
-la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los
-céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria
-existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular
-de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que
-despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de
-Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos.
-Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de _El Aminta_ con
-los del _Quijote_, y resultó una obra de quínola, insoportable en los
-teatros públicos, y muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos
-géneros el Tasso y Cervantes.
-
-No sin mucha dificultad consiguió el mencionado Iriarte dar á la
-escena en el año de 1788 la comedia de _El Señorito mimado_, la
-cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo los
-aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los
-caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo.
-Tal vez mereció la censura de los que notaron en ella falta de
-movimiento dramático, de ligereza y alegría cómica; pero fácilmente
-se disimularon estos defectos, en gracia de las muchas cualidades que
-la hicieron estimable en la representación y en la lectura. Si ha de
-citarse la primera comedia original que se ha visto en los teatros de
-España, escrita según las reglas más esenciales que han dictado la
-filosofía y la buena crítica, esta es.
-
-Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por
-aquel tiempo la comedia de _El Viejo y la Niña_, luchando con los
-obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba la
-difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que
-mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y
-extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se
-necesitaban repetidos ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas
-según el arte: no era ya soportable contemporizar con las libertades
-de Lope, ni con las marañas de Calderón. Uno y otro habían producido
-imitadores sin número, que por espacio de dos siglos conservaron la
-escena española en el último grado de corrupción. No era lícito que
-un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas autoridades
-al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle.
-
-Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades
-de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta
-dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el
-de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo
-todo el interés de una pieza de teatro al que puede producir una
-sinfonía, y que teniendo en su mano los medios que ofrece el arte
-para conmover y persuadir, renunciase á la eficacia de todos ellos,
-y se negara voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse de tales
-obras en beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de las
-comedias, dijo Nasarre, conociendo la utilidad de ellas, se deben
-revestir de una autoridad pública para instruir á sus conciudadanos;
-persuadiéndose de que la patria les confía tácitamente el oficio
-de filósofos y de censores de la multitud ignorante, corrompida ó
-ridícula. Los preceptos de la filosofía puestos en los libros son
-áridos y casi muertos, y mueven flacamente el ánimo; pero presentados
-en los espectáculos animados, le conmueven vivamente. El filósofo
-austero se desdeña de ganar los corazones; el tono dominante de
-sus máximas ofende ó cansa. El cómico excita alternativamente mil
-pasiones en el alma; hácelas servir de introductores de la filosofía;
-sus lecciones nada tienen que no sea agradable, y están muy apartadas
-del sobrecejo magistral que hace aborrecible la enseñanza y aumenta
-la natural indocilidad de los hombres».
-
-Sentado el principio de que toda composición cómica debe proponerse
-un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos del placer,
-concibió Moratín que la comedia podía definirse así: «Imitación en
-diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso ocurrido en un lugar
-y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y
-de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en
-ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas
-por consiguiente la verdad y la virtud».
-
-_Imitación_, no copia, porque el poeta observador de la naturaleza,
-escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito, lo
-distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone un
-todo que es mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al
-original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas
-palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de
-personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En esta,
-como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los
-originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.
-
- Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor;
- . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . et quæ
- Desperat tractata nitescere posse, relinquit.
-
-_En diálogo_; porque á diferencia de los demás géneros de la poesía,
-en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe ó refiere,
-en la dramática que produce poemas activos, se oculta del todo, y
-pone en la escena figuras que obrando en razón de sus pasiones,
-opiniones é intereses, hacen creíble al espectador (hasta donde la
-ilusión alcanza) que está sucediendo cuánto allí se le presenta.
-La perspectiva, los trajes, el aparato escénico, las actitudes,
-el movimiento, el gesto, la voz de las personas, todo contribuye
-eficazmente á completar este engaño delicioso, resulta necesaria del
-esfuerzo de muchas artes.
-
-_En prosa ó verso._ La tragedia pinta á los hombres, no como son en
-realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron
-ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este
-recurso, que la es indispensable, la facilita el poder dar á sus
-acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la
-belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo
-ha de ser grande, heróico y patético en grado eminente, mal podría
-conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la
-pompa y armonía de la versificación.
-
-La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres
-nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes
-de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y
-de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva
-y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones
-con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le
-exige, puesto que de la semejanza que las da resultan sus mayores
-aciertos. Imitando pues tan de cerca á la naturaleza, no es de
-admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea
-que esto puede añadir facilidades á la composición. _Difficile est
-propriè communia dicere._ No es fácil hablar en prosa como hablaron
-Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea,
-la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración
-el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones
-comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas que
-se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por
-acercarle demasiado á la verdad que imita.
-
-Estos mismos obstáculos hay que vencer si la comedia se escribe en
-verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las estrofas líricas,
-ni el soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el romance
-octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe
-caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La
-facilidad, la energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía
-que debe resultar de la elección de las palabras, de la dimensión
-variada de los periodos, de la contraposición de las terminaciones
-asonantes, todo será necesario para llevar á su perfección este
-género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere acertar el que
-no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al estudio y
-al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua,
-enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos
-antiguos, los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos,
-nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena
-crítica sabe elegirlos.
-
-_Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas._ Boileau en su
-excelente Poética redujo á dos versos los tres preceptos de unidad:
-
- Una acción sola, en un lugar y un día,
- conserve hasta su fin lleno el teatro.
-
-Esto mismo recomendaba el autor del _Quijote_ setenta años antes
-que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de
-Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó,
-juntamente con otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no
-era ciertamente porque las ignorase: pues no sólo habló de ellas el
-Pinciano en su _Filosofía antigua poética_, impresa en 1596, sino que
-Bartolomé de Torres Naharro (ciento y veinte años antes que naciera
-Boileau) las había practicado en alguna de sus comedias.
-
-El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la citada obra: «Toda
-la acción se finja ser hecha dentro de tres días... cuánto menos el
-plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí puede colegirse
-cuáles son los poemas do nace un niño, y crece, y tiene barbas, y se
-casa, y tiene hijos y nietos; lo cual en la fábula épica, aunque no
-tiene término, es ridículo; ¿qué será en las activas, que le tienen
-tan breve?... Aquella fábula será más artificiosa, que más deleitare
-y más enseñare con más simplicidad... En vano se aplican muchos modos
-para una acción... Si una sola basta para enseñar y deleitar en un
-poema, ¿para qué se aplicarán muchas?»
-
-Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan
-muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la atención
-se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se
-atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no
-se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa
-confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo
-desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral.
-Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á la perfección
-dramática, deben acompañar á la de acción, que la es indispensable;
-y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá
-de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo
-de grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran
-seguido, sus aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la
-representación de una pieza cómica ó trágica es necesario que exista
-(para salvar las impropiedades que el arte no puede vencer) una
-tácita convención de parte del auditorio, nada importa que esta
-convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal doctrina
-llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el
-caos dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se
-reducirían á las mantas y los cordeles con que decoraba los suyos
-Lope de Rueda. Existe en efecto la tácita convención; pero aplicable
-solamente á disculpar los defectos que son inherentes al arte, no los
-que voluntariamente comete el poeta. Ya se ha visto con repetidos
-ejemplos que la observancia de las unidades de acción, tiempo y lugar
-es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario, sino
-que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que
-sea fácil escribir una excelente comedia?
-
-Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van indicados, hallará
-comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace la verdad
-moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la
-composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente,
-verisímil y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá existir
-una inmediata conexión entre la máxima que se establece y el
-suceso que ha de comprobarla. Para hacerla verisímil no basta que
-sea posible; ha de componerse de circunstancias tan naturales, tan
-fáciles de ocurrir, que á todos seduzca la ilusión de la semejanza.
-Para hacerla teatral deberá ser la exposición breve, el progreso
-continuo, el éxito dudoso, la solución (resulta necesaria de los
-antecedentes) inopinada y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni
-trivial.
-
-_Entre personas particulares._ Como el poeta cómico se propone por
-objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas
-verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para
-apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir
-en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de
-sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase
-media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres,
-las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la
-tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores
-heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces
-que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían
-á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado
-de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el
-interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido
-jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear
-con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus
-errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las
-leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta
-corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.
-
-_La oportuna expresión de afectos y caracteres_ se hace tan
-indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la
-imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio
-que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que
-los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar
-de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de
-nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras
-naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni
-con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza del
-lenguaje, ni con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de
-los versos; si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres,
-todo es perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de
-preparar las situaciones para que naturalmente se desenvuelvan,
-ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico.
-
-_Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la
-sociedad_ mediante la disposición de la fábula y la expresión de los
-caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos,
-pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la
-deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria degradación
-en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben quedar
-subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos
-meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser
-objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como
-medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de
-corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la
-irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores
-que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna
-utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se
-verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la
-multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el
-objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del
-vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»
-
-Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes
-extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los
-hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la
-educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias,
-feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y
-de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares
-ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó
-paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo,
-del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y
-de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces
-de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar
-perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.
-
-_Recomendadas por consiguiente la verdad y virtud_ en la fábula
-cómica, mediante la censura de los vicios del entendimiento y del
-corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general que debió
-proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los
-conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía,
-que preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia,
-en la crítica y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica
-los errores adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el
-ejemplo de personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien
-habitualmente rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la
-única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle,
-y se le ilustra cuando se le divierte.
-
-En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como
-efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas
-ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos
-laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de
-la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la
-humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan
-la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos
-á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las
-obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para
-evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por
-una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos,
-para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso
-consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la
-fortuna ó la injusticia de los hombres.
-
-Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir al
-teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre sí
-el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á
-conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta
-él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no
-los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de
-instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado
-á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros
-no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos
-lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que
-efectivamente reside en determinados sujetos una peculiar aptitud
-mental, que les hace percibir lo que para otros muchos, dotados á lo
-que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y
-oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de
-dársele) es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores
-en las artes de imitación. Á él se deben la _Venus_ de Médicis y el
-_Apolo_ de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire;
-por él Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él
-Rossini en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música
-nuevos encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para
-dar á sus composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella
-fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante
-apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la
-posteridad justa sabrá decidirlo.
-
-En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y leídas,
-vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en ellas el
-ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el
-acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como
-todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin
-cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran.
-Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que
-haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la
-tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares;
-no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación
-modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo
-camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos,
-merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en
-España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del
-gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio
-y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces
-(y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que
-él empezó.
-
-Quiso también desmentir de una manera victoriosa las equivocaciones
-en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito acerca de
-nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas
-de su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose
-unos á otros, y obstinándose en decidir magistralmente sobre el
-mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su
-literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás
-lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.
-
-Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el
-espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos,
-el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen
-sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental,
-ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante,
-hinchado, tenebroso, _ampullas et sexquipedalia verba_. Tal es la
-pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su
-mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy
-viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan
-en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y
-el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios
-de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se
-representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos
-citan una comedia de _San Amaro_, cuya acción dura doscientos años, y
-un auto que acaba con el _Ite missa est_: y no añaden que no hay un
-solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la
-representación de tal comedia ni de tal auto.
-
-¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas
-moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico
-de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de
-M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá
-de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las
-disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían,
-si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio,
-de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los
-voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de
-su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de
-_Arlequín tragado por la ballena_, _Arlequín que nace de un huevo_,
-_El príncipe Taer convertido en piedra_, ó _La Dama serpiente_,
-piezas no ignoradas, como la de _San Amaro_, no sepultadas en el
-polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas
-frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los
-que hoy viven han podido verlas no pocas veces?
-
-Pero no sólo dan por supuesto que la escena española permanece en un
-extravagante desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la
-posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las
-acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme
-con el carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad
-que la comedia nunca tuvo cabida en España.--Ningún español ha podido
-sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles
-salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio
-ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación
-su natural indiferencia.--Como la galantería de los españoles ha
-sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto
-sabor de África, de que no han participado las demás naciones.»
-Esto dice el abate Cuadrio en su _Historia poética_. «La mezcla de
-bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular
-agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P.
-Caymo, autor de la obra intitulada _El vago italiano_. «La verdadera
-comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben
-reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino
-acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate
-Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos
-de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará
-este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con
-las costumbres.--Si en España no se aplican á pintar los caracteres
-y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière,
-consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha
-dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe
-en el año de 1797.
-
-¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias de
-Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama
-comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto
-dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es
-el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran á
-cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no lo
-ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una nación
-de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación de la
-verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas
-partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las
-comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar
-con tanto desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi
-desconocido. Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no
-parecerse ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos
-siglos há, las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la
-estimación que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del
-número de piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público
-español, que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha
-visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de
-nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido
-sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas
-á las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto
-que no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco
-y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto
-que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó
-ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible
-conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate
-Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas
-la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores
-que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya
-percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano,
-oriental ni francés.
-
-Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus primeros
-estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de
-su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores
-y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en
-las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban para
-satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y
-alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre,
-porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron á la
-frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é
-inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las
-dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin
-necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan,
-formando un lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de
-galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores,
-y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany:
-«Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza
-con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque
-no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben
-buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y
-cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal
-de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que
-necesitan?»
-
-Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer;
-falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras,
-apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó
-absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos,
-y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso
-lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y
-enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura,
-de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio
-pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de
-sensibilidad que de doctrina.
-
-Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de
-igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á
-la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la
-solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta
-lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo
-de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á
-los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en
-este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna
-literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los
-errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por
-la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que
-contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia
-á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio que le
-hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos coronas.
-
-
-
-
-LA COMEDIA NUEVA
-
-COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792
-
-
-
-
-PERSONAS
-
-
- DON ELEUTERIO.
- DOÑA AGUSTINA.
- DOÑA MARIQUITA.
- DON HERMÓGENES.
- DON PEDRO.
- DON ANTONIO.
- DON SERAPIO.
- PIPÍ.
-
-
-_La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro._
-
-
- El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador
- de café; en el foro una puerta con escalera á la habitación
- principal, y otra puerta á un lado que da paso á la calle.
-
-
-_La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis._
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO I.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-(_Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí paseándose._)
-
-D. ANTONIO.--Parece que se hunde el techo. Pipí.
-
-PIPÍ.--Señor.
-
-D. ANTONIO.--¿Qué gente hay arriba, que anda tal estrépito? ¿Son
-locos?
-
-PIPÍ.--No, señor; poetas.
-
-D. ANTONIO.--¿Cómo poetas?
-
-PIPÍ.--Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y han tenido una gran
-comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh!
-
-D. ANTONIO.--¿Y con qué motivo se hace esa francachela?
-
-PIPÍ.--Yo no sé; pero supongo que será en celebridad de la comedia
-nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos.
-
-D. ANTONIO.--¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya picarillos!
-
-PIPÍ.--Pues qué, ¿no lo sabía usted?
-
-D. ANTONIO.--No por cierto.
-
-PIPÍ.--Pues ahí está el anuncio en el _Diario_.
-
-D. ANTONIO.--En efecto, aquí está (_Leyendo en el Diario que está
-sobre la mesa_): COMEDIA NUEVA INTITULADA EL GRAN CERCO DE VIENA.
-¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el
-diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta
-ridículo!
-
-PIPÍ.--Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer,
-así, alguna cosa...
-
-D. ANTONIO.--¿Cómo?
-
-PIPÍ.--Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos!
-
-D. ANTONIO.--¡Oh! los buenos versos son muy estimables; pero hoy día
-son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan pocos...
-
-PIPÍ.--No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte.
-¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las
-mujeres.
-
-D. ANTONIO.--¡Oiga! ¿también las señoras decían coplillas?
-
-PIPÍ.--¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor
-de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de
-repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más
-que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al
-peluquín.
-
-D. ANTONIO.--¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón!
-
-PIPÍ.--Pues con ese se estaba jugando; y cuando la decían:
-«Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y
-por más que la estuvieron azuzando á ver si rompía, nada. Empezó
-una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el
-consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire
-usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...
-
-D. ANTONIO.--Seguramente. ¿Y quién es ese que cantaba poco há, y daba
-aquellos gritos tan descompasados?
-
-PIPÍ.--¡Oh! ese es don Serapio.
-
-D. ANTONIO.--Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene?
-
-PIPÍ.--Él es... mire usted; á él le llaman don Serapio.
-
-D. ANTONIO.--¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que hace gestos á las
-cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va todos los
-días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que
-se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del
-sobresaliente, y las partes de por medio.
-
-PIPÍ.--Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados finos. Aquí se
-viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con los
-peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio
-de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan,
-ríen, fuman en los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá
-hasta que da la una; se despiden, y él se va á comer con el apuntador.
-
-D. ANTONIO.--¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia?
-
-PIPÍ.--¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de
-doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.
-
-D. ANTONIO.--¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?
-
-PIPÍ.--¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho
-ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le
-ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que
-ganará en la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don
-Hermógenes, que parece son bastantes.
-
-D. ANTONIO.--Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia
-apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán
-entonces?
-
-PIPÍ.--Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor. Si dice don
-Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.
-
-D. ANTONIO.--¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer.
-Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el
-apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia
-es buena, y cuál deja de serlo.
-
-PIPÍ.--Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no hay paciencia.
-Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó
-cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no
-me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno:
-ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé
-yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte, el arte, la
-moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios!
-¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas?
-
-D. ANTONIO.--Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas
-que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses.
-
-PIPÍ.--Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi tierra.
-
-D. ANTONIO.--Sí tal: aquí también se gastan, y algunos han escrito
-comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena (por mucho
-que se estire la cuenta), las que se han compuesto.
-
-PIPÍ.--Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no
-tiene reglas la comedia de hoy?
-
-D. ANTONIO.--¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes apostar ciento
-contra uno á que no las tiene.
-
-PIPÍ.--Y las demás que van saliendo cada día tampoco las tendrán: ¿no
-es verdad usted?
-
-D. ANTONIO.--Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra cosa, sino que para
-hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.
-
-PIPÍ.--Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de hoy, y luégo verá
-usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo que él
-dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces...
-¡ya se ve! mire usted si con un buen situado podía él...
-
-D. ANTONIO.--Cierto. (_Ap._ ¡Qué simplicidad!)
-
-PIPÍ.--Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses sacaría dos ó tres
-comedias. Como es tan hábil...
-
-D. ANTONIO.--¿Conque es muy hábil, eh?
-
-PIPÍ.--¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él
-consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que
-tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como
-ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué
-diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire
-usted si ellos... ¿No es verdad?
-
-D. ANTONIO.--Pues ya.
-
-PIPÍ.--Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan,
-me parece á mí que ha de dar golpe.
-
-D. ANTONIO.--¿Conque es la primera?
-
-PIPÍ.--La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro
-ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la
-esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el
-amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la
-doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras
-dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni
-habiente, ha cogido y se ha hecho poeta.
-
-D. ANTONIO.--Y ha hecho muy bien.
-
-PIPÍ.--¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo
-ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir
-trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.
-
-
-ESCENA II.
-
-DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. PEDRO.--Café.
-
-(_Don Pedro se sienta junto á una mesa distante de don Antonio: Pipí
-le servirá el café._)
-
-PIPÍ.--Al instante.
-
-D. ANTONIO.--No me ha visto.
-
-PIPÍ.--¿Con leche?
-
-D. PEDRO.--No... Basta.
-
-PIPÍ.--¿Quién es este?
-
-(_Al retirarse después de haber servido el café á don Pedro._)
-
-D. ANTONIO.--Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso,
-honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan
-serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos.
-
-PIPÍ.--Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca habla, siempre
-está de mal humor.
-
-
-ESCENA III.
-
-DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. SERAPIO.--¡Pero, hombre, dejarnos así!
-
-(_Bajando la escalera, salen por la puerta del foro._)
-
-D. ELEUTERIO.--Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han
-puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir
-esta mía para que la canten mañana.
-
-D. SERAPIO.--¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están
-hechas ni letra ni música?
-
-D. ELEUTERIO.--Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura.
-¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que
-callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del
-mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está
-opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos,
-etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el
-canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál
-ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de
-gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
-
-D. SERAPIO.--¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho.
-
-D. ELEUTERIO.--Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase
-usted.
-
-(_Don Eleuterio se sienta junto á una mesa inmediata al foro; saca de
-la faltriquera papel y tintero, y escribe._)
-
-D. SERAPIO.--Voy allá; pero...
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo
-suba el mozo.
-
-D. SERAPIO.--Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos
-más. Pipí.
-
-PIPÍ.--¡Señor!
-
-D. SERAPIO.--Palabra.
-
-(_Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á irse por la puerta
-del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va por la
-misma parte._)
-
-D. ANTONIO.--¿Cómo va, amigo don Pedro?
-
-(_Don Antonio se sienta cerca de don Pedro._)
-
-D. PEDRO.--¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va
-bien.
-
-D. ANTONIO.--¿Usted á estas horas por aquí? Se me hace extraño.
-
-D. PEDRO.--En efecto lo es; pero he comido ahí cerca. Á fin de mesa
-se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer;
-dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine.
-
-D. ANTONIO.--Pues; con ese genio tan raro que usted tiene, se ve
-precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.
-
-D. PEDRO.--No por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en
-los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con
-el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más
-felices instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares
-soy raro algunas veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no
-quiero mentir, ni puedo disimular; y creo que el decir la verdad
-francamente es la prenda más digna de un hombre de bien.
-
-D. ANTONIO.--Sí; pero cuando la verdad es dura á quien ha de oirla,
-¿qué hace usted?
-
-D. PEDRO.--Callo.
-
-D. ANTONIO.--¿Y si el silencio de usted le hace sospechoso?
-
-D. PEDRO.--Me voy.
-
-D. ANTONIO.--No siempre puede uno dejar el puesto, y entonces...
-
-D. PEDRO.--Entonces digo la verdad.
-
-D. ANTONIO.--Aquí mismo he oído hablar muchas veces de usted. Todos
-aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no dejan de
-extrañar la aspereza de su carácter.
-
-D. PEDRO.--¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al café; porque no
-vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no disputo, ni
-ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes que
-vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos
-y la risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y
-extravagante? Poco me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he
-seguido hasta aquí, de que en un café jamás debe hablar en público el
-que sea prudente.
-
-D. ANTONIO.--Pues ¿qué debe hacer?
-
-D. PEDRO.--Tomar café.
-
-D. ANTONIO.--¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué plan tiene usted
-para esta tarde?
-
-D. PEDRO.--Á la comedia.
-
-D. ANTONIO.--¿Supongo que irá usted á ver la pieza nueva?
-
-D. PEDRO.--Qué ¿han mudado? Ya no voy.
-
-D. ANTONIO.--Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas.
-
-(_Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, copas y frasquillos,
-que dejará sobre el mostrador._)
-
-D. PEDRO.--¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista
-de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los
-motivos que tendré de no ver la de esta tarde?
-
-D. ELEUTERIO.--¡Hola! Parece que hablan de mi función.
-
-(_Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro._)
-
-D. ANTONIO.--De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se
-admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se
-ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
-
-D. PEDRO.--Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el
-sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita
-lo que á usted le divierte. (_Guarda don Eleuterio papel y tintero;
-se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de
-los dos._) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria
-para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el
-protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted
-y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar
-iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de
-pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es
-un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero,
-amigo...
-
-D. ANTONIO.--Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería
-cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos
-hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es
-posible persuadirles?...
-
-D. ELEUTERIO.--No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta
-tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que
-yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
-
-D. ANTONIO.--¿Es este el autor?
-
-(_Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí,
-vuelve á hablar con don Eleuterio_.)
-
-PIPÍ.--El mismo.
-
-D. ANTONIO.--¿Y de quién es? ¿Se sabe?
-
-D. ELEUTERIO.--Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado,
-de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el
-pobrecillo no tiene protección.
-
-D. PEDRO.--Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede
-quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno
-ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los
-progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre
-de talento que sobresalga en un género tan difícil.
-
-D. ELEUTERIO.--Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto
-tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los
-cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.
-
-DON ANTONIO.--¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco.
-
-D. ELEUTERIO.--No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si
-fuera por el invierno, entonces...
-
-D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las
-comedias? Lo mismo sucede con los besugos.
-
-(_Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra
-y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira.
-Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual
-formará juego de teatro._)
-
-D. ELEUTERIO.--Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan,
-el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas
-las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias.
-Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para
-mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya!
-Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar
-su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas...
-Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas
-llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas,
-melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí?
-Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da
-cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de
-poder competir con un hombre que trabaja tan barato?
-
-D. ANTONIO.--Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima
-obra á los autores de la corte.
-
-D. ELEUTERIO.--Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.
-
-D. ANTONIO.--Cierto.
-
-D. ELEUTERIO.--Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga.
-
-D. ANTONIO.--En efecto.
-
-D. ELEUTERIO.--El cuarto.
-
-D. ANTONIO.--¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles.
-
-D. ELEUTERIO.--Y si hay familia...
-
-D. ANTONIO.--No hay duda; si hay familia es cosa terrible.
-
-D. ELEUTERIO.--Vaya usted á competir con el otro tuno, que con seis
-cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.
-
-D. ANTONIO.--¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro
-al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se
-presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el
-gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí
-tengo que...
-
-D. ELEUTERIO.--¿La ha leído usted?
-
-D. ANTONIO.--No por cierto.
-
-D. PEDRO.--¿La han impreso?
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir?
-
-D. PEDRO.--Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el
-teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un
-autor novel.
-
-D. ANTONIO.--¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy
-buena. ¿Y dónde se vende?
-
-D. ELEUTERIO.--Se vende en los puestos del _Diario_, en la librería
-de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el
-puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también
-en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la
-calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la...
-
-D. PEDRO.--¿Se acabará esta tarde esa relación?
-
-D. ELEUTERIO.--Como el señor preguntaba...
-
-D. PEDRO.--Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia!
-
-D. ANTONIO.--Pues la he de comprar, no tiene remedio.
-
-PIPÍ.--Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!
-
-D. ELEUTERIO.--Véala usted aquí.
-
-(_Saca una comedia impresa, y se la da á don Antonio._)
-
-D. ANTONIO.--¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su nombre. Bien, así
-me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de calabazadas por
-averiguar la gracia del autor. (_Lee don Antonio._) POR DON ELEUTERIO
-CRISPÍN DE ANDORRA... «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia
-y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y
-magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y
-dice el emperador:
-
- Ya sabéis, vasallos míos,
- que habrá dos meses y medio
- que el turco puso á Viena
- con sus tropas el asedio,
- y que para resistirle
- unimos nuestros denuedos,
- dando nuestros nobles bríos,
- en repetidos encuentros,
- las pruebas más relevantes
- de nuestros invictos pechos.»
-
-¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!
-
- «Bien conozco que la falta
- del necesario alimento
- ha sido tal, que rendidos
- de la hambre á los esfuerzos,
- hemos comido ratones,
- sapos y sucios insectos.»
-
-D. ELEUTERIO.--¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?
-
- (_Hablando á don Pedro_.)
-
-D. PEDRO.--¡Eh! á mí, qué...
-
-D. ELEUTERIO.--Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un
-paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted...
-ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
-
-D. ANTONIO.--¿Muerta?
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor, muerta.
-
-D. ANTONIO.--¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que
-hace aquí, ¿contra quién son?
-
-D. ELEUTERIO.--Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer,
-porque ella no quería ser su concubina.
-
-D. ANTONIO.--¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
-
-D. ANTONIO.--Hombre arrebatado, ¿eh?
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
-
-D. ANTONIO.--Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad?
-
-D. ELEUTERIO.--Cierto.
-
-D. ANTONIO.--Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.
-
-D. ANTONIO.--¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua.
-¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.
-
-D. PEDRO.--No, por Dios; no lo lea usted.
-
-D. ELEUTERIO.--Es que es uno de los pedazos más terribles de la
-comedia.
-
-D. PEDRO.--Con todo eso.
-
-D. ELEUTERIO.--Lleno de fuego.
-
-D. PEDRO.--Ya.
-
-D. ELEUTERIO.--Buena versificación.
-
-D. PEDRO.--No importa.
-
-D. ELEUTERIO.--Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza.
-
-D. PEDRO.--Hombre, si he dicho ya que...
-
-D. ANTONIO.--Pero á lo menos, el final del acto segundo es menester
-oirle.
-
-(_Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don Eleuterio._)
-
- _Emperador._ Y en tanto que mis recelos...
-
- _Visir._ Y mientras mis esperanzas...
-
- _Senescal._ Y hasta que mis enemigos...
-
- _Emperador._ Averiguo.
-
- _Visir._ Logre.
-
- _Senescal._ Caigan.
-
- _Emperador._ Rencores, dadme favor.
-
- _Visir._ No me dejes, tolerancia.
-
- _Senescal._ Denuedo, asiste á mi brazo.
-
- _Todos._ Para que admire la patria
- el más generoso ardid
- y la más tremenda hazaña.
-
-D. PEDRO.--Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate.
-
-(_Se levanta impaciente, en ademán de irse._)
-
-D. ELEUTERIO.--¿Disparates los llama usted?
-
-D. PEDRO.--¿Pues no?
-
-(_Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de
-entrambos._)
-
-D. ELEUTERIO.--¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues
-no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído
-la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra
-cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo
-aplauden á rabiar.
-
-D. PEDRO.--¿Y esto se representa en una nación culta?
-
-D. ELEUTERIO.--¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión!
-¡Disparates!
-
-D. PEDRO.--¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de
-nosotros?
-
-D. ELEUTERIO.--¡Llamar disparates á una especie de coro entre el
-emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes.
-Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se
-censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...
-
-PIPÍ.--No haga usted caso.
-
-D. ELEUTERIO (_Hablando con Pipí hasta el fin de la escena_).--Yo
-no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate tú si la
-conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador
-está lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo
-sin firma ni sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está
-rabiando por gozar de la hermosura de Margarita, hija del conde de
-Strambangaum, que es el traidor...
-
-PIPÍ.--¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan á mi las
-comedias en que hay traidor!
-
-D. ELEUTERIO.--Pues, como digo, el visir está loco de amores por
-ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene
-todas consigo, porque sabe que el conde anda tras de quitarle el
-empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de
-modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su
-asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.
-
-(_Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la comedia._)
-
- Y en tanto que mis recelos...
- y mientras mis esperanzas...
- y hasta que mis...
-
-¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!
-
-(_Sale don Hermógenes por la puerta del foro._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. HERMÓGENES.--Buenas tardes, señores.
-
-D. PEDRO.--Á la orden de usted.
-
-D. ANTONIO.--Felicísimas, amigo don Hermógenes.
-
-D. ELEUTERIO.--Digo, me parece que el señor don Hermógenes será
-juez muy abonado (_D. Pedro se acerca á la mesa en que está el_
-Diario; _lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los
-demás_) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe
-su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las
-traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre
-todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas.
-Pues yo quiero que nos diga...
-
-D. HERMÓGENES.--Usted me confunde con elogios que no merezco, señor
-don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber
-llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de
-usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su
-delicado gusto en el arte rítmica, su...
-
-D. ELEUTERIO.--Vaya, dejemos eso.
-
-D. HERMÓGENES.--Su docilidad, su moderación...
-
-D. ELEUTERIO.--Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...
-
-D. HERMÓGENES.--Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.
-
-D. ELEUTERIO.--Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la
-comedia que hoy se representa es disparatada ó no.
-
-D. HERMÓGENES.--¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido en un aserto
-tan?...
-
-D. ELEUTERIO.--Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y
-nada más.
-
-D. HERMÓGENES.--Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el
-poema dramático admite dos géneros de fábula. _Sunt autem fabulæ,
-aliæ simplices, aliæ implexæ._ Es doctrina de Aristóteles. Pero lo
-diré en griego para mayor claridad. _Eisi de ton mython oi men aploi
-oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis..._
-
-D. ELEUTERIO.--Hombre; pero si...
-
-D. ANTONIO (_Siéntase en una silla, haciendo esfuerzos para contener
-la risa_).--Yo reviento.
-
-D. HERMÓGENES.--_Cai gar ai praxeis on mimeseis oi..._
-
-D. ELEUTERIO.--Pero...
-
-D. HERMÓGENES.--_Mythoi eisin yparchousin._
-
-D. ELEUTERIO.--Pero si no es eso lo que á usted se le pregunta.
-
-D. HERMÓGENES.--Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor
-inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por
-prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó
-anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según
-Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio...
-
-D. ELEUTERIO.--Bien, todo eso es admirable; pero...
-
-D. PEDRO.--Este hombre es loco.
-
-D. HERMÓGENES.--Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que
-los megareos, los sículos y los atenienses...
-
-D. ELEUTERIO.--Don Hermógenes, por amor de Dios, si no...
-
-D. HERMÓGENES.--Véanse los dramas griegos, y hallaremos que Anaxipo,
-Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates,
-Epicrates, Menecrates y Pherecrates...
-
-D. ELEUTERIO.--Si le he dicho á usted que...
-
-D. HERMÓGENES.--Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad
-pretérita, todos, todos convinieron _nemine discrepante_ en que la
-prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la
-comedia del _Cerco de Viena_...
-
-D. PEDRO.--Adios, señores.
-
-(_Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura
-detenerle._)
-
-D. ANTONIO.--¿Se va usted, don Pedro?
-
-D. PEDRO.--¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso?
-
-D. ANTONIO.--Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la
-autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos
-de ser un desatino...
-
-D. HERMÓGENES.--Ese es mi intento: probar que es un acéfalo
-incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene
-irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se
-hubiera atrevido á propalar tal aserción.
-
-D. PEDRO.--Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por
-lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona,
-infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre
-sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta,
-presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores.
-
-(_Hace que se va, y vuelve._)
-
-D. ELEUTERIO.--(_Señalando á don Antonio._) Pues á este caballero le
-ha parecido muy bien lo que ha visto de ella.
-
-D. PEDRO.--Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre
-de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la
-suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan
-desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la
-necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni
-sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle
-en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á
-tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe
-el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera,
-en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades
-y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro
-español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de
-mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas
-sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios
-que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste
-para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren
-escribir.
-
-D. HERMÓGENES.--Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que...
-
-D. PEDRO.--Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un
-pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.
-
-
-ESCENA V.
-
-DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.
-
-D. HERMÓGENES.--¿Yo pedantón? (_Encarándose hacia la puerta por donde
-se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro._)
-¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los
-puntos más delicados del derecho?
-
-D. ELEUTERIO.--¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la
-conclusión del segundo acto es mala?
-
-D. HERMÓGENES.--Él será el pedantón.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos
-quince días? Y si empieza á llover...
-
-D. HERMÓGENES.--Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á
-cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.
-
-D. ANTONIO.--Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don
-Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.
-
-D. ELEUTERIO.--Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.
-
-D. ANTONIO.--Sí, señor, gustará. Voy á ver si le alcanzo; y _velis
-nolis_, he de hacer que la vea para castigarle.
-
-D. ELEUTERIO.--Buen pensamiento; sí, vaya usted.
-
-D. ANTONIO.--En mi vida he visto locos más locos.
-
-
-ESCENA VI.
-
-DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Llamar detestable á la comedia! ¡Vaya, que estos
-hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle!
-
-D. HERMÓGENES.--_Aquila non capit muscas_, don Eleuterio. Quiero
-decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece la
-envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...
-
-D. ELEUTERIO.--¡Oh!
-
-D. HERMÓGENES.--Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que...
-
-D. ELEUTERIO.--Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno.
-
-D. HERMÓGENES.--Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación
-al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh?
-
-D. ELEUTERIO.--Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el
-sol que nos alumbra.
-
-D. HERMÓGENES.--Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama
-pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos,
-me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta
-personas.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?
-
-D. HERMÓGENES.--Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un
-polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.
-
-D. ELEUTERIO.--Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?
-
-D. HERMÓGENES.--Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro
-que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de
-oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones
-de la comedia?
-
-D. ELEUTERIO.--Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que
-ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en
-que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.
-
-D. HERMÓGENES.--¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más
-crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...
-
-D. ELEUTERIO.--Pues ¿qué hay de nuevo?
-
-D. HERMÓGENES.--Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante
-que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el
-respeto, me amenaza...
-
-D. ELEUTERIO.--No hay que afligirse. Mañana ó esotro es regular que
-me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún pico
-en la hostería, también se...
-
-D. HERMÓGENES.--Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.
-
-D. ELEUTERIO.--Pues bien: con la impresión lo menos ganaré cuatro mil
-reales.
-
-D. HERMÓGENES.--Lo menos. Se vende toda seguramente.
-
-(_Vase Pipí por la puerta del foro._)
-
-D. ELEUTERIO.--Pues con ese dinero saldremos de apuros; se adornará
-el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme. Se casa
-usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy
-mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las
-otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los
-cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se venden; entre
-tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. Vaya, no hay
-que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á mañana: una
-intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el
-ministro le estima á usted: ¿no es verdad?
-
-D. HERMÓGENES.--Tres visitas le hago cada día.
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, apretarle, apretarle. Subamos arriba, que las
-mujeres ya estarán...
-
-D. HERMÓGENES.--Diez y siete memoriales le he entregado la semana
-última.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Y qué dice?
-
-D. HERMÓGENES.--En uno de ellos puse por lema aquel celebérrimo dicho
-del poeta: _Pallida mors æquo pulsat pede pauperum tabernas regumque
-turres_.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Y qué dijo cuando leyó eso de las tabernas?
-
-D. HERMÓGENES.--Que bien; que ya está enterado de mi solicitud.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso está conseguido.
-
-D. HERMÓGENES.--Mucho lo deseo, para que á este consorcio apetecido
-acompañe el episodio de tener que comer, puesto que _sine Cerere
-et Bacho friget Venus_. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen
-empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que
-apetecer sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión.
-
-(_Vanse por la puerta del foro._)
-
-
-
-
-ACTO II.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON
-ELEUTERIO.
-
-(_Salen por la puerta del foro._)
-
-D. SERAPIO.--El trueque de los puñales, créame usted, es de lo mejor
-que se ha visto.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Y el sueño del emperador?
-
-D.ª AGUSTINA.--¿Y la oración que hace el visir á sus ídolos?
-
-D.ª MARIQUITA.--Pero á mí me parece que no es regular que el
-emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más...
-
-D. HERMÓGENES.--Señora, el sueño es natural en el hombre, y no hay
-dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores húmedos
-que suben al cerebro...
-
-D.ª AGUSTINA.--Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué tontería! Si no
-sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos?
-
-D. SERAPIO.--Serán... Deje usted. Podrán ser ahora...
-
-D. HERMÓGENES.--Aquí está mi reloj (_Saca su reloj_) que es
-puntualísimo. Tres y media cabales.
-
-D.ª AGUSTINA.--¡Oh! pues aún tenemos tiempo. Sentémonos, una vez que
-no hay gente.
-
-(_Siéntanse todos menos don Eleuterio._)
-
-D. SERAPIO.--¿Qué gente ha de haber? Si fuera en otro cualquier
-día... pero hoy todo el mundo va á la comedia.
-
-D.ª AGUSTINA.--Estará lleno, lleno.
-
-D. SERAPIO.--Habrá hombre que dará esta tarde dos medallas por un
-asiento de luneta.
-
-D. ELEUTERIO.--Ya se ve, comedia nueva, autor nuevo, y...
-
-D.ª AGUSTINA.--Y que ya la habrán leído muchísimos, y sabrán lo que
-es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque fuera el coliseo siete veces
-más grande.
-
-D. SERAPIO.--Hoy los Chorizos se mueren de frío y de miedo. Ayer
-noche apostaba yo al marido de la graciosa seis onzas de oro á que no
-tienen esta tarde en su corral cien reales de entrada.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Conque la apuesta se hizo en efecto? ¿Eh?
-
-D. SERAPIO.--No llegó el caso, porque yo no tenía en el bolsillo más
-que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y que...
-
-D. ELEUTERIO.--Soy con ustedes; voy aquí á la librería, y vuelvo.
-
-D.ª AGUSTINA.--¿Á qué?
-
-D. ELEUTERIO.--¿No te lo he dicho? Si encargué que me trajesen ahí la
-razón de lo que va vendido, para que...
-
-D.ª AGUSTINA.--Sí, es verdad. Vuelve presto.
-
-D. ELEUTERIO.--Al instante. (_Vase._)
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No pára este hombre.
-
-D.ª AGUSTINA.--Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena
-diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con
-su comedia escrita y su trabajo perdido.
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo
-cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no
-sé lo que será de mí.
-
-D.ª AGUSTINA.--Pero, ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta
-eres, y qué falta de comprensión!
-
-D.ª MARIQUITA.--Pues; siempre me está usted diciendo eso. (_Sale Pipí
-por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo sobre
-el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte._) Vaya, que algunas
-veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver
-estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con
-quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.
-
-D. HERMÓGENES.--No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de
-cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el suspirado
-consorcio.
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le creyera á usted!
-
-D. HERMÓGENES.--Pues ¿quién ama tan de veras como yo? ¿Cuándo ni
-Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos los
-Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío?
-
-D.ª AGUSTINA.--¡Discreta hipérbole! Viva, viva. Respóndele, bruto.
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Qué he de responder, señora, si no le he entendido
-una palabra?
-
-D.ª AGUSTINA.--¡Me desespera!
-
-D.ª MARIQUITA.--Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son esas gentes de
-quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo estoy
-deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos
-cuartos, verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted
-mucho, y es usted muy guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy
-peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas que dicen los hombres.
-
-D.ª AGUSTINA.--Sí, los hombres ignorantes, que no tienen crianza ni
-talento, ni saben latín.
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Pues, latín! Maldito sea su latín. Cuando le
-pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y
-para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores...
-Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á
-ellos que nosotros nos casemos ó no.
-
-D.ª AGUSTINA.--¡Qué ignorancia! Vaya, don Hermógenes; lo que le
-he dicho á usted. Es menester que usted se dedique á instruirla y
-descortezarla; porque, la verdad, esa estupidez me avergüenza. Yo,
-bien sabe Dios que no he podido más: ya se ve, ocupada continuamente
-en ayudar á mi marido en sus obras, en corregírselas (como usted
-habrá visto muchas veces), en sugerirle ideas á fin de que salgan
-con la debida perfección, no he tenido tiempo para emprender su
-enseñanza. Por otra parte, es increíble lo que aquellas criaturas
-me molestan. El uno que llora, el otro que quiere mamar, el otro
-que rompió la taza, el otro que se cayó de la silla, me tienen
-continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil veces: para las
-mujeres instruídas es un tormento la fecundidad.
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Tormento! ¡Vaya, hermana, que usted es singular en
-todas sus cosas! Pues yo, si me caso, bien sabe Dios que...
-
-D.ª AGUSTINA.--Calla, majadera, que vas á decir un disparate.
-
-D. HERMÓGENES.--Yo la instruiré en las ciencias abstractas; la
-enseñaré la prosodia; haré que copie á ratos perdidos el _Arte magna_
-de Raimundo Lulio, y que me recite de memoria todos los martes dos
-ó tres hojas del _Diccionario_ de Rubiños. Después aprenderá los
-logaritmos y algo de la estática; después...
-
-D.ª MARIQUITA.--Después me dará un tabardillo pintado, y me llevará
-Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! No, señor, si soy ignorante, buen
-provecho me haga. Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé guisar, sé
-aplanchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa:
-yo cuidaré de la mía, y de mi marido, y de mis hijos, y yo me los
-criaré. Pues, señor, ¿no sé bastante? ¡Que por fuerza he de ser
-doctora y marisabidilla, y que he de aprender la gramática, y que
-he de hacer coplas! ¿Para qué? ¿para perder el juicio? que permita
-Dios si no parece casa de locos la nuestra, desde que mi hermano ha
-dado en esas manías. Siempre disputando marido y mujer sobre si la
-escena es larga ó corta, siempre contando las letras por los dedos
-para saber si los versos están cabales ó no, si el lance á oscuras
-ha de ser antes de la batalla ó después del veneno, y manoseando
-continuamente _Gacetas_ y _Mercurios_ para buscar nombres bien
-estravagantes, que casi todos acaban en _of_ y en _graf_, para
-embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se barre el
-cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que es peor,
-ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el domingo
-pasado, don Serapio?
-
-D. SERAPIO.--¿Yo, señora? ¿Cómo quiere usted que?...
-
-D.ª MARIQUITA.--Pues lléveme Dios si todo el banquete no se redujo á
-libra y media de pepinos, bien amarillos y bien gordos, que compré á
-la puerta, y un pedazo de rosca que sobró del día anterior. Y éramos
-seis bocas á comer, que el más desganado se hubiera engullido un
-cabrito y media hornada sin levantarse del asiento.
-
-D.ª AGUSTINA.--Esta es su canción; siempre quejándose de que no come
-y trabaja mucho. Menos cómo yo, y más trabajo en un rato que me ponga
-á corregir alguna escena, ó arreglar la ilusión de una catástrofe,
-que tú cosiendo y fregando, ú ocupada en otros ministerios viles y
-mecánicos.
-
-D. HERMÓGENES.--Sí, Mariquita, sí; en eso tiene razón mi señora
-doña Agustina. Hay gran diferencia de un trabajo á otro, y los
-experimentos cotidianos nos enseñan que toda mujer que es literata
-y sabe hacer versos, _ipso facto_ se halla exonerada de las
-obligaciones domésticas. Yo lo probé en una disertación que leí
-á la academia de los Cinocéfalos. Allí sostuve que los versos se
-confeccionan con la glándula pineal, y los calzoncillos con los tres
-dedos llamados _pollex_, _index_ é _infamis_, que es decir: que para
-lo primero se necesita toda la argucia del ingenio, cuando para lo
-segundo basta sólo la costumbre de la mano. Y concluí, á satisfacción
-de todo mi auditorio, que es más difícil hacer un soneto que pegar
-un hombrillo; y que más elogio merece la mujer que sepa componer
-décimas y redondillas, que la que sólo es buena para hacer un pisto
-con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde.
-
-D.ª MARIQUITA.--Aun por eso en mi casa no se gastan pistos, ni
-carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se ve, en comiendo versos no
-se necesita cocina.
-
-D. HERMÓGENES.--Bien está, sea lo que usted quiera, ídolo mío; pero
-si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (_angustam pauperiem_,
-que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa.
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Y qué dice el profano? ¿que no silbarán esta tarde
-la comedia?
-
-D. HERMÓGENES.--No, señora, la aplaudirán.
-
-D. SERAPIO.--Durará un mes, y los cómicos se cansarán de
-representarla.
-
-D.ª MARIQUITA.--No, pues no decían eso ayer los que encontramos en la
-botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á fe que no
-se mordía la lengua.
-
-D. SERAPIO.--¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (_Se levanta._)
-¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las narices.
-¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la
-otra compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que
-silbaran la comedia de _El Monstruo más espantable del ponto de
-Calidonia_, que la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo
-le aseguro al...
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Qué tonterías está usted ahí diciendo? Si no es ese
-de quien yo hablo.
-
-D. SERAPIO.--Sí, uno alto, mala traza, con una señal que le coge...
-
-D.ª MARIQUITA.--Si no es ese.
-
-D. SERAPIO.--¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á su mujer!
-¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro.
-
-D.ª MARIQUITA.--Pero si no es ese, dale. ¿Á qué viene cansarse? Este
-era un caballero muy decente; que no tiene ni capa ni chirlo, ni se
-parece en nada al que usted nos pinta.
-
-D. SERAPIO.--Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas tengo de pillar
-al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si fuera...
-¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de
-San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay
-quien la tosa. ¿Y saben ustedes (_vuelve á sentarse_) por qué es todo
-ello? Porque los domingos por la noche se van él y otros de su pelo
-á casa de la Ramírez, y allí se están retozando en el recibimiento
-con la criada; después les saca un poco de queso, ó unos pimientos
-en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear como desesperados á
-las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya estamos
-prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen
-en el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la
-casa. Á ver...
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Y si ellos nos ganasen por la mano, y hacen con la
-de hoy otro tanto?
-
-D.ª AGUSTINA.--Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha
-trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha
-hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha
-estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido
-que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la
-dama de allá le quiere mucho; él va todos los días á su casa á ver si
-se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace
-sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de
-manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese canario.
-Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si
-empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con
-una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin,
-el que necesita es preciso que... Y por otra parte, como él, bendito
-sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial
-con todo el mundo... ¡Qué silbar!... No, hija, no hay que temer; á
-buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.
-
-D. HERMÓGENES.--Y sobre todo, el sobresaliente mérito del drama
-bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más gárrula,
-más desenfrenada é insipiente.
-
-D.ª AGUSTINA.--Pues ya se ve. Figúrese usted una comedia heróica como
-esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á caballo por
-el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función
-de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios
-de fuego y un ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar
-precisamente.
-
-D. SERAPIO.--¡Toma si gustará!
-
-D. HERMÓGENES.--Aturdirá.
-
-D. SERAPIO.--Se despoblará Madrid por ir á verla.
-
-D.ª MARIQUITA.--Y á mí me parece que unas comedias así debían
-representarse en la plaza de los toros.
-
-
-ESCENA II.
-
-DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON
-HERMÓGENES.
-
-D.ª AGUSTINA.--Y bien, ¿qué dice el librero? ¿Se despachan muchas?
-
-D. ELEUTERIO.--Hasta ahora...
-
-D.ª AGUSTINA.--Deja; me parece que voy á acertar: habrá vendido...
-¿Cuándo se pusieron los carteles?
-
-D. ELEUTERIO.--Ayer por la mañana. Tres ó cuatro hice poner en cada
-esquina.
-
-D. SERAPIO.--¡Ah! y cuide usted (_Levántase_) que les pongan buen
-engrudo, porque si no...
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, que no estoy en todo. Como que yo mismo le hice
-con esa mira, y lleva una buena parte de cola.
-
-D.ª AGUSTINA.--El _Diario_ y la _Gaceta_ la han anunciado ya: ¿es
-verdad?
-
-D. HERMÓGENES.--En términos precisos.
-
-D.ª AGUSTINA.--Pues irán vendidos... quinientos ejemplares.
-
-D. SERAPIO.--¡Qué friolera! Y más de ochocientos también.
-
-D.ª AGUSTINA.--¿He acertado?
-
-D. SERAPIO.--¿Es verdad que pasan de ochocientos?
-
-D. ELEUTERIO.--No, señor, no es verdad. La verdad es que hasta
-ahora, según me acaban de decir, no se han despachado más que tres
-ejemplares; y esto me da malísima espina.
-
-D. SERAPIO.--¿Tres no más? Harto poco es.
-
-D.ª AGUSTINA.--Por vida mía, que es bien poco.
-
-D. HERMÓGENES.--Distingo. Poco, absolutamente hablando, niego;
-respectivamente, concedo: porque nada hay que sea poco ni mucho _per
-se_, sino respectivamente. Y así, si los tres ejemplares vendidos
-constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, y bajo este
-respecto los dichos tres ejemplares se llaman poco, también estos
-mismos tres ejemplares relativamente á uno componen una triplicada
-cantidad, á la cual podemos llamar mucho por la diferencia que va de
-uno á tres. De donde concluyo, que no es poco lo que se ha vendido, y
-que es falta de ilustración sostener lo contrario.
-
-D.ª AGUSTINA.--Dice bien, muy bien.
-
-D. SERAPIO.--¡Qué! ¡Si en poniéndose á hablar este hombre!...
-
-D.ª MARIQUITA.--Pues, en poniéndose á hablar probará que lo blanco es
-verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal modo de
-sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han
-vendido hasta ahora, ¿serán más que tres?
-
-D. ELEUTERIO.--Es verdad; y en suma, todo el importe no pasará de
-seis reales.
-
-D.ª MARIQUITA.--Pues, seis reales: cuando esperábamos montes de oro
-con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda no se ha de
-hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con
-palma á la sepultura. (_Llorando._) ¡Pobrecita de mí!
-
-D. HERMÓGENES.--No así, hermosa Mariquita, desperdicie usted el
-tesoro de perlas que una y otra luz derrama.
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Perlas? Si yo supiera llorar perlas, no tendría mi
-hermano necesidad de escribir disparates.
-
-
-ESCENA III.
-
-DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA AGUSTINA, DOÑA
-MARIQUITA.
-
-D. ANTONIO.--Á la orden de ustedes, señores.
-
-D. ELEUTERIO.--Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted que iría á ver
-la comedia?
-
-D. ANTONIO.--En efecto, he ido. Allí queda don Pedro.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Aquel caballero de tan mal humor?
-
-D. ANTONIO.--El mismo. Que quieras que no, le he acomodado (_Sale
-Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles, cubiertos,
-etc., y le pone sobre el mostrador._) en el palco de unos amigos.
-Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni
-tertulias, ni cubillos; no hay asiento en ninguna parte.
-
-D.ª AGUSTINA.--Si lo dije.
-
-D. ANTONIO.--Es mucha la gente que hay.
-
-D. ELEUTERIO.--Pues no, no es cosa de que usted se quede sin verla.
-Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos acomodaremos.
-
-D.ª AGUSTINA.--Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero.
-
-D. ANTONIO.--Señora, doy á usted mil gracias por su atención; pero
-ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primer
-tonadilla; conque...
-
-D. SERAPIO.--¿La tonadilla?
-
-(_Se levantan todos._)
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Qué dice usted?
-
-D. ELEUTERIO.--¡La tonadilla!
-
-D.ª AGUSTINA.--¿Pues cómo han empezado tan presto?
-
-D. ANTONIO.--No, señora; han empezado á la hora regular.
-
-D.ª AGUSTINA.--No puede ser; si ahora serán...
-
-D. HERMÓGENES.--Yo lo diré (_Saca el reloj._): las tres y media en
-punto.
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Hombre! ¡qué tres y media! Su reloj de usted está
-siempre en las tres y media.
-
-D.ª AGUSTINA.--Á ver... (_Toma el reloj de don Hermógenes, le aplica
-al oído, y se le vuelve._) Si está parado.
-
-D. HERMÓGENES.--Es verdad. Esto consiste en que la elasticidad del
-muelle espiral...
-
-D.ª MARIQUITA.--Consiste en que está parado, y nos ha hecho usted
-perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana.
-
-D.ª AGUSTINA.--Vamos.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Cuidado, que es cosa particular! ¡Voto va sanes! La
-casualidad de...
-
-D.ª MARIQUITA.--Vamos pronto... ¿Y mi abanico?
-
-D. SERAPIO.--Aquí está.
-
-D. ANTONIO.--Llegarán ustedes al segundo acto.
-
-D.ª MARIQUITA.--Vaya, que este don Hermógenes...
-
-D.ª AGUSTINA.--Quede usted con Dios, caballero.
-
-D.ª MARIQUITA.--Vamos aprisa.
-
-D. ANTONIO.--Vayan ustedes con Dios.
-
-D. SERAPIO.--Á bien que cerca estamos.
-
-D. ELEUTERIO.--Cierto que ha sido chasco estarnos así, fiados en...
-
-D.ª MARIQUITA.--Fiados en el maldito reloj de don Hermógenes.
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. ANTONIO.--¿Conque estas dos son la hermana y la mujer del autor de
-la comedia?
-
-PIPÍ.--Sí, señor.
-
-D. ANTONIO.--¡Qué paso llevan! Ya se ve, se fiaron del reloj de don
-Hermógenes.
-
-PIPÍ.--Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana de arriba se ve
-salir mucha gente del coliseo.
-
-D. ANTONIO.--Serán los del patio, que estarán sofocados. Cuando yo me
-vine quedaban dando voces para que les abriesen las puertas. El calor
-es muy grande; y por otra parte, meter cuatro donde no caben más que
-dos es un despropósito; pero lo que importa es cobrar á la puerta, y
-más que revienten dentro.
-
-
-ESCENA V.
-
-DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y la comedia ¿en
-qué estado queda?
-
-D. PEDRO.--Hombre, no me hable usted de comedia (_Se sienta_), que no
-he tenido rato peor muchos meses há.
-
-D. ANTONIO.--Pues ¿qué ha sido ello? (_Sentándose junto á don Pedro._)
-
-D. PEDRO.--¡Qué ha de ser! que he tenido que sufrir (gracias á la
-recomendación de usted) casi todo el primer acto, y por añadidura
-una tonadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hallé la
-ocasión de escapar, y la aproveché.
-
-D. ANTONIO.--¿Y qué tenemos en cuanto al mérito de la pieza?
-
-D. PEDRO.--Que cosa peor no se ha visto en el teatro desde que las
-musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme de
-no ir jamás á ver esas tonterías. Á mí no me divierten; al contrario,
-me llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras
-comedias antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen
-disparates; pero aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del
-ingenio y no de la estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad;
-pero entre estos defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez
-suspenden y conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar
-ó disculpar cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted
-nuestros autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no
-valen más Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros
-cuando quieren hablar en razón.
-
-D. ANTONIO.--La cosa es tan clara, señor don Pedro, que no hay nada
-que oponer á ella; pero, dígame usted, el pueblo, el pobre pueblo
-¿sufre con paciencia ese espantable comedión?
-
-D. PEDRO.--No tanto como el autor quisiera, porque algunas veces
-se ha levantado en el patio una mareta sorda que traía visos de
-tempestad. En fin, se acabó el acto muy oportunamente; pero no me
-atreveré á pronosticar el éxito de la tal pieza, porque aunque el
-público está ya muy acostumbrado á oir desatinos, tan garrafales como
-los de hoy jamás se oyeron.
-
-D. ANTONIO.--¿Qué dice usted?
-
-D. PEDRO.--Es increíble. Ahí no hay más que un hacinamiento confuso
-de especies, una acción informe, lances inverosímiles, episodios
-inconexos, caracteres mal expresados ó mal escogidos; en vez de
-artificio, embrollo; en vez de situaciones cómicas, mamarrachadas de
-linterna mágica. No hay conocimiento de historia ni de costumbres,
-no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni versificación, ni
-gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y peor que las otras
-con que nos regalan todos los días.
-
-D. ANTONIO.--Y no hay que esperar nada mejor. Mientras el teatro siga
-en el abandono en que hoy está, en vez de ser el espejo de la virtud
-y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacén de
-las extravagancias.
-
-D. PEDRO.--Pero ¡no es fatalidad que después de tanto como se ha
-escrito por los hombres más doctos de la nación sobre la necesidad de
-su reforma, se han de ver todavía en nuestra escena espectáculos tan
-infelices! ¿Qué pensarán de nuestra cultura los extranjeros que vean
-la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán cuando lean las que se imprimen
-continuamente?
-
-D. ANTONIO.--Digan lo que quieran, amigo don Pedro, ni usted ni
-yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir ó rabiar: no hay otra
-alternativa... Pues yo más quiero reir que impacientarme.
-
-D. PEDRO.--Yo no, porque no tengo serenidad para eso. Los progresos
-de la literatura, señor don Antonio, interesan mucho al poder, á
-la gloria y á la conservación de los imperios; el teatro influye
-inmediatamente en la cultura nacional; el nuestro está perdido, y yo
-soy muy español.
-
-D. ANTONIO.--Con todo, cuando se ve que... Pero ¿qué novedad es esta?
-
-
-ESCENA VI.
-
-DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. SERAPIO.--Pipí, muchacho; corriendo, por Dios, un poco de agua.
-
-D. ANTONIO.--¿Qué ha sucedido?
-
-(_Se levantan don Antonio y don Pedro._)
-
-D. SERAPIO.--No te pares en enjuagatorios. Aprisa.
-
-PIPÍ.--Voy, voy allá.
-
-D. SERAPIO.--Despáchate.
-
-PIPÍ.--¡Por vida del hombre! (_Pipí va detrás de don Serapio con un
-vaso de agua. Don Hermógenes, que sale apresurado, tropieza con él y
-deja caer el vaso y el plato._) ¿Por qué no mira usted?
-
-D. HERMÓGENES.--¿No hay alguno de ustedes que tenga por ahí un poco
-de agua de melisa, elixir, extracto, aroma, álcali volátil, éter
-vitriólico, ó cualquiera quinta esencia antiespasmódica, para entonar
-el sistema nervioso de una dama exánime?
-
-D. ANTONIO.--Yo no, no traigo.
-
-D. PEDRO.--Pero ¿qué ha sido? ¿Es accidente?
-
-
-ESCENA VII.
-
-DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DON
-SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
-
-D. ELEUTERIO.--Sí; es mucho mejor hacer lo que dice don Serapio.
-
-(_Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por don Eleuterio y don
-Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro vaso de agua, y ella
-bebe un poco._)
-
-D. SERAPIO.--Pues ya se ve. Anda, Pipí; en tu cama podrá descansar
-esta señora...
-
-PIPÍ.--¡Qué! si está en un camaranchón, que...
-
-D. ELEUTERIO.--No importa.
-
-PIPÍ.--¡La cama! La cama es un jergón de arpillera y...
-
-D. SERAPIO.--¿Qué quiere decir eso?
-
-D. ELEUTERIO.--No importa nada. Allí estará un rato, y veremos si es
-cosa de llamar á un sangrador.
-
-PIPÍ.--Yo bien, si ustedes...
-
-D.ª AGUSTINA.--No, no es menester.
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Se siente usted mejor, hermana?
-
-D. ELEUTERIO.--¿Te vas aliviando?
-
-D.ª AGUSTINA.--Alguna cosa.
-
-D. SERAPIO.--¡Ya se ve! El lance no era para menos.
-
-D. ANTONIO.--Pero ¿se podrá saber qué especie de insulto ha sido éste?
-
-D. ELEUTERIO.--¡Qué ha de ser, señor, qué ha de ser! Que hay gente
-envidiosa y mal intencionada, que... ¡Vaya! No me hable usted de eso;
-porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han visto ellos comedia mejor?
-
-D. PEDRO.--No acabo de comprender.
-
-D.ª MARIQUITA.--Señor, la cosa es bien sencilla. El señor es hermano
-mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que han
-echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el
-segundo acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra,
-y luégo un baile, y después un entierro... En fin, ello es que al
-cabo de esta tremolina salía la dama con un chiquillo de la mano, y
-ella y el chico rabiaban de hambre; el muchacho decía: Madre, déme
-usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al Cancerbero. Al
-llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El patio
-estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué
-bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como
-digo, salió la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis
-días, y apenas el chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que
-no le tenía, cuando para servir á ustedes, la gente (que á la cuenta
-estaba ya hostigada de la tempestad, del consejo de guerra, del
-baile y del entierro) comenzó de nuevo á alborotarse. El ruido se
-aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza tal descarga
-de palmadas huecas, y tal golpeo en los bancos y barandillas, que no
-parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón;
-abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se
-la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es
-lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante,
-entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, todo ha sido
-á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á parar tantos
-proyectos! Bien decía yo que era imposible que... (_Siéntase junto á
-doña Agustina._)
-
-D. ELEUTERIO.--¡Y que no ha de haber justicia para esto! Don
-Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza;
-informe usted á estos señores... Tome usted. (_Saca la comedia, y se
-la da á don Hermógenes._) Léales usted todo el segundo acto, y que
-me digan si una mujer que no ha comido en seis días tiene razón de
-morirse, y si es mal parecido que un chico de cuatro años pida pan á
-su madre. Lea usted, lea usted, y que me digan si hay conciencia ni
-ley de Dios para haberme asesinado de esta manera.
-
-D. HERMÓGENES.--Yo, por ahora, amigo don Eleuterio, no puedo
-encargarme de la lectura del drama. (_Deja la comedia sobre una mesa.
-Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular
-atención y complacencia._) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y...
-
-D. ELEUTERIO.--¿Se va usted?
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Nos deja usted así?
-
-D. HERMÓGENES.--Si en algo pudiera contribuir con mi presencia al
-alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero...
-
-D.ª MARIQUITA.--No se vaya usted.
-
-D. HERMÓGENES.--Me es muy doloroso asistir á tan acerbo espectáculo.
-Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que decir: murió,
-y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una
-apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras
-peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el
-autor era un grande hombre; callaré sus defectos...
-
-D. ELEUTERIO.--¿Qué defectos?
-
-D. HERMÓGENES.--Algunos que tiene.
-
-D. PEDRO.--Pues no decía usted eso poco tiempo há.
-
-D. HERMÓGENES.--Fué para animarle.
-
-D. PEDRO.--Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era
-mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que
-desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del
-autor, y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y
-despreciable?
-
-D. HERMÓGENES.--Porque el señor carece de criterio y sindéresis para
-comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara
-persuadirle que la comedia es mala.
-
-D.ª AGUSTINA.--¿Conque es mala?
-
-D. HERMÓGENES.--Malísima.
-
-D. ELEUTERIO.--¿Qué dice usted?
-
-D.ª AGUSTINA.--Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra
-cosa.
-
-D. PEDRO.--No, señora, no se chancea: en eso dice la verdad. La
-comedia es detestable.
-
-D.ª AGUSTINA.--Poco á poco con eso, caballero; que una cosa es
-que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo
-venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo
-blasfeman, y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero...
-
-D. PEDRO.--Si usted es marido de esa (_Á don Eleuterio_) señora,
-hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme cuánto diga, es
-cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende.
-
-D.ª AGUSTINA.--¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á usted que?...
-
-D. ELEUTERIO.--Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (_Se
-levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar_) cómo estás...
-¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (_Á don Hermógenes_), no sé qué
-pensar de usted.
-
-D. HERMÓGENES.--Pienso usted lo que quiera. Yo pienso de su obra
-lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque
-vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una
-pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas...
-
-D. ELEUTERIO.--Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me
-ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted
-ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha
-exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha
-llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo
-era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido
-usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba
-de esta tarde?
-
-D. HERMÓGENES.--Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por
-qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que
-componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los
-vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir;
-vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para
-quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas!
-
-D.ª MARIQUITA.--¿Y qué quiere usted (_Levántase_) decir con eso? Ya
-no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi
-pobre hermano vuelva otra vez?...
-
-D. HERMÓGENES.--Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy.
-
-D.ª AGUSTINA.--Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no
-nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (_Se levanta muy enojada
-encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella_) no
-me tiro á él... Váyase usted.
-
-D. HERMÓGENES.--¡Gente ignorante!
-
-D.ª AGUSTINA.--Váyase usted.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Picarón!
-
-D. HERMÓGENES.--¡Canalla infeliz!
-
-
-ESCENA VIII.
-
-DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO, DOÑA AGUSTINA,
-DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Ingrato, embustero! Después (_Se sienta con señales
-de abatimiento_) de lo que hemos hecho por él.
-
-D.ª MARIQUITA.--Ya ve usted, hermana, lo que ha venido á resultar. Si
-lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué hombre; después
-de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor, haber
-perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo
-menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores,
-como ese bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y
-todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me
-había de casar con un erudito que supiera mucho... Mire usted lo que
-sabe el renegado (Dios me perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi
-hermano, perderle, y hartarnos de pesadumbres.
-
-D. ANTONIO.--No se desconsuele usted, señorita, que todo se
-compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho
-mejores que la que ha perdido.
-
-D.ª AGUSTINA.--Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita.
-
-D. ELEUTERIO.--La paciencia (_Se levanta con viveza_) la necesito yo,
-que estoy desesperado de ver lo que me sucede.
-
-D.ª AGUSTINA.--Pero hombre, ¿que no has de reflexionar?...
-
-D. ELEUTERIO.--Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también...
-
-D. SERAPIO.--No, señor; el mal ha estado en que nosotros no lo
-advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro al guarnicionero y á sus
-camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones como el
-que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame usted á
-mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se
-han unido, y...
-
-D. ELEUTERIO.--Yo ya estoy en que la comedia no es tan mala, y que
-hay muchos partidos; pero lo que á mí me...
-
-DON PEDRO.--¿Todavía está usted en esa equivocación?
-
-D. ANTONIO.--Déjele usted. (_Ap. á don Pedro._)
-
-D. PEDRO.--No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es
-demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté
-creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué
-motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién
-le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la
-imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método
-de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas
-debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin
-estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes
-profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted,
-que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo
-bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que
-salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos,
-darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir
-comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la
-parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios;
-pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida
-de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable,
-observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no
-hay seguridad de llegar á la perfección.
-
-D. ELEUTERIO.--Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero
-ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver
-que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia
-no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía...
-
-D. ANTONIO.--No, la impresión con el tiempo se venderá.
-
-D. PEDRO.--No se venderá, no, señor. El público no compra en la
-librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.
-
-D. ELEUTERIO.--Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero;
-y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes
-quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien.
-Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar
-sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja
-imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores
-que tengo.
-
-D. PEDRO.--Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos
-pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y
-arreglándose á una buena economía.
-
-D.ª AGUSTINA.--¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no
-tiene ninguna.
-
-D. PEDRO.--¿Ninguna?
-
-D. ELEUTERIO.--No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba;
-después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo
-dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes
-me engatusó y...
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Maldito sea él!
-
-D. ELEUTERIO.--Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero
-casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...
-
-D. ANTONIO.--¿Cuántas tiene usted?
-
-D. ELEUTERIO.--Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años.
-
-D. PEDRO.--¿Hijos tiene? (_Ap. con ternura_ ¡Qué lástima!)
-
-D. ELEUTERIO.--Pues si no fuera por eso...
-
-D. PEDRO.--(_Ap._ ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la
-obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he
-tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un
-padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece
-que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido
-paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el
-que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de
-eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es
-honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que...
-
-D. PEDRO.--Lo creo muy bien.
-
-D. ELEUTERIO.--En cuanto á escribir, yo aprendí en los Escolapios, y
-luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de ortografía... Aquí
-tengo... Vea usted... (_Saca papel y se le da á don Pedro._) Ello
-está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había
-de cantar mañana... ¡Ay Dios mío!
-
-D. PEDRO.--Me gusta la letra, me gusta.
-
-D. ELEUTERIO.--Sí, señor, tiene su introduccioncita, luégo entran las
-coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las...
-
-D. PEDRO.--No hablo de eso, hombre, no hablo de eso. Quiero decir que
-la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce que es
-prima hermana de la comedia.
-
-D. ELEUTERIO.--Ya.
-
-D. PEDRO.--Es menester que se deje usted de esas tonterías.
-
- (_Volviéndole el papel._)
-
-D. ELEUTERIO.--Ya lo veo, señor; pero si me parece que el enemigo...
-
-D. PEDRO.--Es menester olvidar absolutamente esos devaneos; esta es
-una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no
-acompaño con lágrimas estériles las desgracias de mis semejantes. La
-mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos necesita,
-más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana
-quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga.
-
-D. ELEUTERIO.--Señor, ¿qué dice usted?
-
-D.ª AGUSTINA.--¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!
-
-D.ª MARIQUITA.--¿De veras?
-
-D. PEDRO.--Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de
-Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el
-gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado
-de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted
-contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora
-deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á
-usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si
-desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe
-cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y
-sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse
-con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un
-malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las
-ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre
-de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes
-todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy
-buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en
-mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.
-
-D.ª MARIQUITA.--¡Qué bondad!
-
-(_Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los
-piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente._)
-
-D. ELEUTERIO.--¡Qué generoso!
-
-D. PEDRO.--Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á
-un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación;
-no hace más.
-
-D. ELEUTERIO.--Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios.
-
-D. PEDRO.--Si usted me los agradece, ya me los paga.
-
-D. ELEUTERIO.--Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el
-mal modo...
-
-D.ª AGUSTINA.--Hemos sido muy imprudentes.
-
-D. PEDRO.--No hablemos de eso.
-
-D. ANTONIO.--¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde!
-
-D. PEDRO.--Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en
-iguales circunstancias.
-
-D. ANTONIO.--Su carácter de usted me confunde.
-
-D. PEDRO.--¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos.
-¿No es verdad?
-
-D. ANTONIO.--¿Quién no querrá ser amigo de usted?
-
-D. SERAPIO.--Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.
-
-D. PEDRO.--Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que
-resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (_Al ver la
-comedia que está leyendo Pipí_); no se quede por ahí perdida, y sirva
-de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.
-
-D. ELEUTERIO.--¡Mal haya la comedia (_Arrebata la comedia de manos
-de Pipí, y la hace pedazos_), amén, y mi docilidad y mi tontería!
-Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo
-impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.
-
-D.ª MARIQUITA.--Yo encenderé la pajuela.
-
-D.ª AGUSTINA.--Y yo aventaré las cenizas.
-
-D. PEDRO.--Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido engañado; su amor
-propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le
-han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una
-lección muy dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y
-se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan y corrompen el teatro por
-el maldito furor de ser autores, ya que desatinan como usted, le
-imitaran en desengañarse!
-
-
-
-
-EL SÍ DE LAS NIÑAS
-
-COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806
-
-
-
-
-PERSONAS
-
-
- DON DIEGO.
- DON CARLOS.
- DOÑA IRENE.
- DOÑA FRANCISCA.
- RITA.
- SIMÓN.
- CALAMOCHA.
-
-
-_La escena es en una posada de Alcalá de Henares._
-
-
- El teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de
- habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande
- en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa.
- Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco,
- sillas, etc.
-
-
-_La acción empieza á las siete de la tarde, y acaba á las cinco de la
-mañana siguiente._
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO I.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON DIEGO, SIMÓN.
-
-(_Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla,
-se levanta._)
-
-D. DIEGO.--¿No han venido todavía?
-
-SIMÓN.--No, señor.
-
-D. DIEGO.--Despacio la han tomado por cierto.
-
-SIMÓN.--Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto
-desde que la llevaron á Guadalajara...
-
-D. DIEGO.--Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de
-visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
-
-SIMÓN.--Ello también ha sido extraña determinación la de estarse
-usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer,
-cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las
-sillas desvencijadas, las estampas _del hijo pródigo_, el ruido de
-campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y
-patanes, que no permiten un instante de quietud.
-
-D. DIEGO.--Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos,
-y no he querido que nadie me vea.
-
-SIMÓN.--Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto
-que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar
-del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
-
-D. DIEGO.--Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
-
-SIMÓN.--Adelante.
-
-D. DIEGO.--Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede
-tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas...
-Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad...
-Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á
-Madrid.
-
-SIMÓN.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo
-descubras.
-
-SIMÓN.--Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.
-
-D. DIEGO.--Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad,
-nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad
-con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas
-de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con
-quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuántos informes
-pudiera desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he
-logrado verla, he procurado observarla en estos pocos días; y á decir
-verdad, cuántos elogios hicieron de ella me parecen escasos.
-
-SIMÓN.--Sí por cierto... Es muy linda y...
-
-D. DIEGO.--Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre
-todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se
-encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento... Conque,
-para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
-
-SIMÓN.--No hay que decírmelo.
-
-D. DIEGO.--¿No? ¿Por qué?
-
-SIMÓN.--Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea.
-
-D. DIEGO.--¿Qué dices?
-
-SIMÓN.--Excelente.
-
-D. DIEGO.--¿Conque al instante has conocido?...
-
-SIMÓN.--¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece
-muy buena boda; buena, buena.
-
-D. DIEGO.--Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por cosa muy
-acertada.
-
-SIMÓN.--Seguro que sí.
-
-D. DIEGO.--Pero quiero absolutamente que no se sepa, hasta que esté
-hecho.
-
-SIMÓN.--Y en eso hace usted bien.
-
-D. DIEGO.--Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaría
-quien murmurase, y dijese que era una locura, y me...
-
-SIMÓN.--¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh?
-
-D. DIEGO.--Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Pero
-yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia,
-recogimiento, virtud.
-
-SIMÓN.--Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene,
-¿para quién ha de ser?
-
-D. DIEGO.--Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada,
-hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?...
-Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor,
-regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas,
-feas como demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista
-con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que
-hablen y murmuren y...
-
-SIMÓN.--Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir?
-
-D. DIEGO.--No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es
-desigual, que no hay proporción en la edad, que...
-
-SIMÓN.--Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú
-ocho años, á lo más.
-
-D. DIEGO.--¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha
-cumplido diez y seis años pocos meses há.
-
-SIMÓN.--Y bien, ¿qué?
-
-D. DIEGO.--Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo
-eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
-
-SIMÓN.--Pero si yo no hablo de eso.
-
-D. DIEGO.--¿Pues de qué hablas?
-
-SIMÓN.--Decía que... Vamos, ó usted no acaba de explicarse, ó yo le
-entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita ¿con quién se casa?
-
-D. DIEGO.--¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
-
-SIMÓN.--¿Con usted?
-
-D. DIEGO.--Conmigo.
-
-SIMÓN.--¡Medrados quedamos!
-
-D. DIEGO.--¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...
-
-SIMÓN.--¡Y pensaba yo haber adivinado!
-
-D. DIEGO.--¿Pues qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?
-
-SIMÓN.--Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento,
-instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus
-circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
-
-D. DIEGO.--Pues no, señor.
-
-SIMÓN.--Pues bien está.
-
-D. DIEGO.--¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á
-casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas.
-
-SIMÓN.--Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las enseña.
-
-D. DIEGO.--Que se haga hombre de valor y...
-
-SIMÓN.--¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un oficial que en la
-última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos
-baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al
-campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho
-quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más
-de cuatro veces llorar de alegría, cuando el rey le premió con el
-grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara.
-
-D. DIEGO.--Sí, señor, todo es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy
-el que me caso.
-
-SIMÓN.--Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la
-asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...
-
-D. DIEGO.--¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían con engañarme?
-Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; esta
-de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes
-prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas
-ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada
-que la ha servido en Madrid, y más de cuatro años en el convento,
-se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás
-observó en esta criatura la más remota inclinación á ninguno de los
-pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser,
-leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las
-mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han
-sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?
-
-SIMÓN.--Yo nada, señor.
-
-D. DIEGO.--Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades,
-no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su
-amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta
-libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella doña Irene
-siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena mujer,
-buena...
-
-SIMÓN.--En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece.
-
-D. DIEGO.--Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el
-novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas
-al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?
-
-SIMÓN.--¿Pues qué ha hecho?
-
-D. DIEGO.--Una de las suyas... Y hasta pocos días há no lo he
-sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y
-me costó mucho dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien
-dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su
-regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos días de haber salido
-de Madrid recibí la noticia de su llegada.
-
-SIMÓN.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre
-con la data de Zaragoza.
-
-SIMÓN.--Así es la verdad.
-
-D. DIEGO.--Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía las tales
-cartas.
-
-SIMÓN.--¿Qué dice usted?
-
-D. DIEGO.--Sí, señor. El día 3 de julio salió de mi casa, y á fines
-de setiembre aún no había llegado á sus pabellones... ¿No te parece
-que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?
-
-SIMÓN.--Tal vez se pondría malo en el camino, y por no darle á usted
-pesadumbre...
-
-D. DIEGO.--Nada de eso. Amores del señor oficial, y devaneos que le
-traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién sabe? Si
-encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita
-Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor
-por el matrimonio!
-
-SIMÓN.--¡Oh! no hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de
-amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.
-
-D. DIEGO.--Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral, y dile
-que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que deberemos salir
-mañana.
-
-SIMÓN.--Bien está.
-
-D. DIEGO.--Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni...
-¿Estamos?
-
-SIMÓN.--No haya miedo que á nadie lo cuente.
-
-(_Simón se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres
-mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre
-la mesa, y recoge las mantillas y las dobla._)
-
-
-ESCENA II.
-
-DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.
-
-D.ª FRANCISCA.--Ya estamos acá.
-
-D.ª IRENE.--¡Ay, qué escalera!
-
-D. DIEGO.--Muy bien venidas, señoras.
-
-D.ª IRENE.--¿Conque usted, á lo que parece, no ha salido?
-
-(_Se sientan doña Irene y don Diego._)
-
-D. DIEGO.--No, señora. Luégo más tarde daré una vueltecilla por
-ahí... He leído un rato. Traté de dormir, pero en esta posada no se
-duerme.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala peste en
-ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero mire usted, mire usted
-(_Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el
-diálogo_), cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de
-ciprés, la regla de San Benito, una pililla de cristal... mire usted
-qué bonita, y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto viene
-aquí!... ¡Ay, y una campanilla de barro bendito para los truenos!...
-¡Tantas cosas!
-
-D.ª IRENE.--Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con
-ella.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Cómo me quieren todas! ¡y mi tía, mi pobre tía
-lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
-
-D.ª IRENE.--Ha sentido mucho no conocer á usted.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha venido aquel
-señor?
-
-D.ª IRENE.--El padre capellán y el rector de los Verdes nos han
-venido acompañando hasta la puerta.
-
-D.ª FRANCISCA.--Toma (_Vuelve á atar el pañuelo y se le da á Rita,
-la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña Irene_),
-guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las
-puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de
-alcorza!
-
-RITA.--No importa; yo me la comeré.
-
-
-ESCENA III.
-
-DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí?
-
-D.ª IRENE.--Ahora, niña, que quiero descansar un rato.
-
-D. DIEGO.--Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.
-
-D.ª IRENE.--¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Está hecho un
-cielo... (_Siéntase doña Francisca junto á doña Irene_). Mi hermana
-es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este
-invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena
-señora. Está muy contenta de nuestra elección.
-
-D. DIEGO.--Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas á
-quienes debe usted particulares obligaciones.
-
-D.ª IRENE.--Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto á
-Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse
-de ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario
-pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo,
-y...
-
-D. DIEGO.--Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la
-misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.
-
-D.ª IRENE.--Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que
-determine su madre.
-
-D. DIEGO.--Todo eso es cierto, pero...
-
-D.ª IRENE.--Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder
-con el honor que la corresponde.
-
-D. DIEGO.--Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar á su honor ni á
-su sangre?...
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá? (_Se levanta y vuelve á sentarse._)
-
-D.ª IRENE.--No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de
-buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como
-es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted
-la ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En
-casa tengo el cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según
-me contaba su merced, para enviárselo á su tío carnal el padre fray
-Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.
-
-D. DIEGO.--Ya.
-
-D.ª IRENE.--Y murió en el mar el buen religioso, que fué un quebranto
-para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su
-muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de
-Zamora, no puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en
-lágrimas.
-
-D.ª FRANCISCA.--Válgate Dios, qué moscas tan...
-
-D.ª IRENE.--Pues murió en olor de santidad.
-
-D. DIEGO.--Eso bueno es.
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos...
-¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que por lo que
-puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el
-día de mañana no se imprima con el favor de Dios?
-
-D. DIEGO.--Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
-
-D.ª IRENE.--Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano
-político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano; y á la
-hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que comprenden
-los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
-
-D. DIEGO.--¿Conque para cada año un tomo?
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor, ese plan se ha propuesto.
-
-D. DIEGO.--¿Y de qué edad murió el venerable?
-
-D.ª IRENE.--De ochenta y dos años, tres meses y catorce días.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá?
-
-D.ª IRENE.--Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa tienes!
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Quiere usted (_Se levanta, y después de hacer una
-graciosa cortesía á don Diego, da un beso á doña Irene, y se va al
-cuarto de ésta_) que le haga una cortesía á la francesa, señor don
-Diego?
-
-D. DIEGO.--Sí, hija mía. Á ver.
-
-D.ª FRANCISCA.--Mire usted, así.
-
-D. DIEGO.--¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.
-
-D.ª FRANCISCA.--Para usted una cortesía, y para mi mamá un beso.
-
-
-ESCENA IV.
-
-DOÑA IRENE, DON DIEGO.
-
-D.ª IRENE.--Es muy gitana y muy mona, mucho.
-
-D. DIEGO.--Tiene un donaire natural que arrebata.
-
-D.ª IRENE.--¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de
-mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de
-considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto
-hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto
-se ha empeñado en favorecerla.
-
-D. DIEGO.--Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de
-nuestra proyectada unión, y...
-
-D.ª IRENE.--Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
-
-D. DIEGO.--Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna
-inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que
-tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
-
-D.ª IRENE.--No tenga usted sobre ese particular la más leve
-desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es
-lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don
-Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se
-atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted.
-
-D. DIEGO.--Bien, si fuese un hombre á quien hallara por casualidad
-en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que
-la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse
-dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además,
-que hay ciertos modos de explicarse...
-
-D.ª IRENE.--Conmigo usa de más franqueza. Á cada instante hablamos
-de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le
-tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué
-á recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla.
-
-D. DIEGO.--¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
-
-D.ª IRENE.--Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una
-criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro
-y de conducta...
-
-D. DIEGO.--¡Calle! ¿Eso decía?
-
-D.ª IRENE.--No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención
-como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas
-la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal
-el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los
-matrimonios hoy en el día? Casan á una muchacha de quince años con
-un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de
-veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño también
-sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues, señor
-(que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, ¿quién ha
-de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los
-hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen
-plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
-
-D. DIEGO.--Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos
-que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son
-necesarias para dirigir su educación.
-
-D.ª IRENE.--Lo que sé decirle á usted es que aún no había cumplido
-los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto
-don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo
-presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y
-al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted,
-ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó
-conmigo.
-
-D. DIEGO.--Buena edad... No era un niño, pero...
-
-D.ª IRENE.--Pues á eso voy... Ni á mí podía convenirme en aquel
-entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No, señor... Y
-no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud,
-nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni
-en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le
-amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle
-tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda y
-encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me
-murió de alfombrilla.
-
-D. DIEGO.--¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de don
-Epifanio.
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor, ¿pues por qué no?
-
-D. DIEGO.--Lo digo porque luégo saltan con... Bien que si uno hubiera
-de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña?
-
-D.ª IRENE.--Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
-
-D. DIEGO.--Cierto que es consuelo tener, así, una criatura, y...
-
-D.ª IRENE.--¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho
-gusto, mucho.
-
-D. DIEGO.--Yo lo creo.
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Ya se ve que será una delicia, y...
-
-D.ª IRENE.--¡Pues no ha de ser!
-
-D. DIEGO.--Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y
-merecer sus fiestecillas inocentes.
-
-D.ª IRENE.--¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres
-matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha
-venido á quedar; pero le aseguro á usted que...
-
-
-ESCENA V.
-
-SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
-
-SIMÓN (_Sale por la puerta del foro_).--Señor, el mayoral está
-esperando.
-
-D. DIEGO.--Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el
-bastón, quisiera dar una vuelta por el campo. (_Entra Simón al cuarto
-de don Diego, saca un sombrero y un bastón, se los da á su amo, y
-al fin de la escena se va con él por la puerta del foro._) ¿Conque,
-supongo que mañana tempranito saldremos?
-
-D.ª IRENE.--No hay dificultad. Á la hora que á usted le parezca.
-
-D. DIEGO.--Á eso de las seis. ¿Eh?
-
-D.ª IRENE.--Muy bien.
-
-D. DIEGO.--El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media
-hora antes.
-
-D.ª IRENE.--Sí, que hay mil chismes que acomodar.
-
-
-ESCENA VI.
-
-DOÑA IRENE, RITA.
-
-D.ª IRENE.--¡Válgame Dios! ahora que me acuerdo... ¡Rita!... Me le
-habrán dejado morir. ¡Rita!
-
-RITA.--Señora.
-
- (_Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo._)
-
-D.ª IRENE.--¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?
-
-RITA.--Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la
-ventana del pasillo.
-
-D.ª IRENE.--¿Hiciste las camas?
-
-RITA.--La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca,
-porque si no, como no hay más alumbrado que el del candil y no tiene
-garabato, me veo perdida.
-
-D.ª IRENE.--Y aquella chica ¿qué hace?
-
-RITA.--Está desmenuzando un bizcocho, para dar de cenar á don
-Periquito.
-
-D.ª IRENE.--¡Qué pereza tengo de escribir! (_Se levanta y se entra en
-su cuarto._) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre
-Circuncisión.
-
-RITA.--¡Qué chapucerías! No há dos horas, como quien dice, que
-salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me
-gustan á mí las mujeres gazmoñas y zalameras!
-
-(_Éntrase en el cuarto de doña Francisca._)
-
-
-ESCENA VII.
-
-CALAMOCHA.
-
-(_Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y botas; lo
-deja todo sobre la mesa y se sienta._)
-
-CALAMOCHA.--¿Conque ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya,
-ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más abundante, no
-la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me da de entrar...
-¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia,
-pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron:
-no podemos más, que si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni
-las plagas de Faraón que tiene dentro... En fin, como los animales
-amanezcan vivos, no será poco... Reventados están... (_Canta Rita
-desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose._) ¡Oiga!...
-¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay,
-qué desvencijado estoy!
-
-
-ESCENA VIII.
-
-RITA, CALAMOCHA.
-
-RITA.--Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y...
-(_Forcejeando para echar la llave._) Pues cierto que está bien
-acondicionada la llave.
-
-CALAMOCHA.--¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?
-
-RITA.--Gracias, mi alma.
-
-CALAMOCHA.--¡Calle!... ¡Rita!
-
-RITA.--¡Calamocha!
-
-CALAMOCHA.--¿Qué hallazgo es este?
-
-RITA.--¿Y tu amo?
-
-CALAMOCHA.--Los dos acabamos de llegar.
-
-RITA.--¿De veras?
-
-CALAMOCHA.--No, que es chanza. Apenas recibió la carta de doña
-Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo
-dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza.
-Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana
-á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos conque
-los pájaros volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á
-sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros
-á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi
-teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se
-dispone algo que cenar... Esta es la historia.
-
-RITA.--¿Conque le tenemos aquí?
-
-CALAMOCHA.--Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas...
-Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesión de su
-Currita idolatrada.
-
-RITA.--¿Qué dices?
-
-CALAMOCHA.--Ni más ni menos.
-
-RITA.--¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.
-
-CALAMOCHA.--¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué para él un pelele,
-Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
-
-RITA.--¡Ay, cuando la señorita lo sepa!
-
-CALAMOCHA.--Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás?
-¿Cuándo llegaste? que...
-
-RITA.--Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió en escribir
-cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento
-en Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma,
-cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita
-con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones
-de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que
-estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar
-cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni
-podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que
-su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado
-el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios
-no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su
-cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no
-consentiría que su pobre Paquita pasara á manos de un desconocido, y
-se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos
-suspiros estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta
-á su destino, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus
-medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos á
-toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de
-aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á
-Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite á otra tía
-monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que dejamos
-allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las
-religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad
-nos...
-
-CALAMOCHA.--Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la
-posada?
-
-RITA.--Ese es su cuarto (_Señalando el cuarto de don Diego, el de
-doña Irene y el de doña Francisca_), este el de la madre, y aquel el
-nuestro.
-
-CALAMOCHA.--¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?
-
-RITA.--No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo;
-porque ayer metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié,
-ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.
-
-CALAMOCHA.--Bien... Adios. (_Recoge los trastos que puso sobre la
-mesa, en ademán de irse._)
-
-RITA.--¿Y adónde?
-
-CALAMOCHA.--Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados,
-amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?
-
-RITA.--Un criado viene con él.
-
-CALAMOCHA.--¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga,
-porque está de peligro. Adios.
-
-RITA.--¿Y volverás presto?
-
-CALAMOCHA.--Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque apenas
-puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga
-á cuidar de su hacienda; disponer el entierro de ese hombre, y...
-¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?
-
-RITA.--Sí. De la señorita y mío.
-
-CALAMOCHA.--¡Bribona!
-
-RITA.--¡Botarate! Adios.
-
-CALAMOCHA.--Adios, aborrecida.
-
-(_Éntrase con los trastos al cuarto de don Carlos._)
-
-
-ESCENA IX.
-
-DOÑA FRANCISCA, RITA.
-
-RITA.--¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don Félix aquí!...
-Sí, la quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de don
-Carlos, y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por más que digan, los
-hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no
-tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea,
-que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?...
-Ella es.
-
-D.ª FRANCISCA, _saliendo_.--¡Ay, Rita!
-
-RITA.--¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada
-está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que
-sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y
-que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y
-me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento
-ni sé fingir, por eso me llaman picarona.
-
-RITA.--Señorita, por Dios, no se aflija usted.
-
-D.ª FRANCISCA.--Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego
-se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he
-procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo
-estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto
-á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del
-corazón.
-
-(_Se va oscureciendo lentamente el teatro._)
-
-RITA.--Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia...
-¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que
-tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á
-contar?
-
-RITA.--Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella
-cruz verde, tan galán, tan fino...
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
-
-RITA.--Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
-
-D.ª FRANCISCA.--Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia,
-muchas veces... mal aconsejada de ti.
-
-RITA.--¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos escándalo? Hasta ahora
-nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las
-puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos
-una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero
-esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel
-no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire
-usted que todo cuanto hemos leído á hurtadillas en las novelas no
-equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas
-tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche? ¿de aquella
-sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva
-conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con
-nuevos amores.
-
-RITA.--Eso no lo puedo yo creer.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es hombre al fin, y todos ellos...
-
-RITA.--¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y
-las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de
-todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco
-en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite
-la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero
-no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de
-perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación á
-oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él
-una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni
-atrevida.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo
-tan fijo aquí... aquí... (_Señalando el pecho_). ¿Qué habrá dicho al
-ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios!
-Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho
-más... nada más.
-
-RITA.--No, señora, no ha dicho eso.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Qué sabes tú?
-
-RITA.--Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto
-en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...
-(_Acercándose á la puerta del cuarto de doña Irene._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Adónde vas?
-
-RITA.--Quiero ver si...
-
-D.ª FRANCISCA.--Está escribiendo.
-
-RITA.--Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer...
-Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don Félix
-está ya en Alcalá.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Qué dices? No me engañes.
-
-RITA.--Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿De veras?
-
-RITA.--Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos
-bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?
-¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!...
-¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se
-quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.
-
-RITA.--Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo
-hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque
-hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la
-madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta
-contradanza, nos hemos de perder en ella.
-
-D.ª FRANCISCA.--Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento,
-y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?...
-Mira que así que llegue le quiero ver.
-
-RITA.--No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome
-aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, bien.
-
-RITA.--Pues entonces no hay más que salir con cualquiera excusa. Yo
-me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de
-sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si
-está allí don Diego...
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien, anda; y así que llegue...
-
-RITA.--Al instante.
-
-D.ª FRANCISCA.--Que no se te olvide toser.
-
-RITA.--No haya miedo.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Si vieras qué consolada estoy!
-
-RITA.--Sin que usted lo jure, lo creo.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible
-apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni
-dificultades que no atropellara por mí?
-
-RITA.--Sí, bien me acuerdo.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad.
-
-(_Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene; Rita, por la puerta
-del foro._)
-
-
-
-
-ACTO II.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DOÑA FRANCISCA.
-
-(_Teatro oscuro._)
-
-D.ª FRANCISCA.--Nadie parece aún... (_Acércase á la puerta del foro,
-y vuelve._) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una
-simple, que sólo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es
-amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es
-querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.
-
-
-ESCENA II.
-
-DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª IRENE.--Sola y á oscuras me habéis dejado allí.
-
-D.ª FRANCISCA.--Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no
-estorbarla me he venido aquí, que está mucho más fresco.
-
-D.ª IRENE.--Pero aquella muchacha, ¿qué hace, que no trae una luz?
-Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como
-una pólvora... (_Siéntase._) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego no ha
-venido?
-
-D.ª FRANCISCA.--Me parece que no.
-
-D.ª IRENE.--Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que
-no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido,
-y con muchísima razón...
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más.
-
-D.ª IRENE.--No es esto reñirte, hija mía; esto es aconsejarte. Porque
-como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha
-entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo
-que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando...
-Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno
-(Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por
-cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un
-casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que
-á las oraciones de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos
-agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué
-dices?
-
-D.ª FRANCISCA.--Yo, nada, mamá.
-
-D.ª IRENE.--Pues, nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En
-hablándote de esto no te ocurre nada que decir.
-
-
-ESCENA III.
-
-RITA (_Sale por la puerta del foro con luces y las pone encima de la
-mesa._), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª IRENE.--Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no venías.
-
-RITA.--Señora, he tardado, porque han tenido que ir á comprar las
-velas. ¡Como el tufo del velón la hace á usted tanto daño!...
-
-D.ª IRENE.--Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que
-padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; ¡si
-no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece que me va mejor.
-Mira, deja una luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y corre la
-cortina, no se me llene todo de mosquitos.
-
-RITA.--Muy bien. (_Toma una luz, y hace que se va._)
-
-D.ª FRANCISCA (_aparte, á Rita_).--¿No ha venido?
-
-RITA.--Vendrá.
-
-D.ª IRENE.--Oyes, aquella carta que está sobre la mesa dásela al mozo
-de la posada, para que la lleve al instante al correo... (_Vase Rita
-al cuarto de doña Irene._) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será
-menester recogernos presto para salir mañana de madrugada.
-
-D.ª FRANCISCA.--Como las monjas me hicieron merendar...
-
-D.ª IRENE.--Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el
-abrigo del estómago... (_Sale Rita con una carta en la mano, y hasta
-el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el
-diálogo._) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía,
-y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén.
-
-RITA.--¿Y nada más?
-
-D.ª IRENE.--No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.
-
-RITA.--Sí, ya lo sé.
-
-D.ª IRENE.--¡Rita!
-
-RITA.--Otra. ¿Qué manda usted?
-
-D.ª IRENE.--Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante...
-Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos
-borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo,
-que me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes?
-
-RITA.--Sí, señora.
-
-D.ª IRENE.--¡Ah! mira.
-
-RITA.--Otra.
-
-D.ª IRENE.--Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luégo me
-saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no se caiga y
-se me lastime... (_Vase Rita por la puerta del foro._) ¡Qué noche tan
-mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios
-rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por
-otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir...
-
-
-ESCENA IV.
-
-DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª IRENE.--Pues mucho será que don Diego no haya tenido algún
-encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy
-mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien
-hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un
-sujeto de bienes y de posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua
-de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería
-de cocina, y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no
-parece que atiendes á lo que estoy diciendo.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería
-interrumpir á usted.
-
-D.ª IRENE.--Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua: pajaritas
-del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere
-tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero
-mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo
-de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no
-es cosa particular, señor!
-
-D.ª FRANCISCA.--Mamá, no se enfade usted.
-
-D.ª IRENE.--¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á ti que no sé yo
-muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras
-que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!
-
-D.ª FRANCISCA.--Pero... Pues ¿qué sabe usted?
-
-D.ª IRENE.--¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido
-mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me
-engañes.
-
-D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Perdida soy!
-
-D.ª IRENE.--Sin contar con su madre... como si tal madre no
-tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión,
-de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera
-tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de
-allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un
-poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella
-monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los
-estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre,
-asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la
-primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo
-sabe.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado
-abandonarla á usted.
-
-D.ª IRENE.--Sí, que no sé yo...
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señora, créame usted. La Paquita nunca se
-apartará de su madre, ni la dará disgustos.
-
-D.ª IRENE.--Mira si es cierto lo que dices.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, que yo no sé mentir.
-
-D.ª IRENE.--Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que
-pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como
-corresponde... Cuidado con ello.
-
-D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Pobre de mí!
-
-
-ESCENA V.
-
-DON DIEGO (_sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa
-sombrero y bastón_), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª IRENE.--Pues ¿cómo tan tarde?
-
-D. DIEGO.--Apenas salí tropecé con el rector de Málaga, y el doctor
-Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me
-han querido soltar... (_Siéntase junto á doña Irene._) Y á todo esto,
-¿cómo va?
-
-D.ª IRENE.--Muy bien.
-
-D. DIEGO.--¿Y doña Paquita?
-
-D.ª IRENE.--Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la
-digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á
-su madre y obedecerla.
-
-D. DIEGO.--¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de?...
-
-D.ª IRENE.--¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que
-quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...
-
-D. DIEGO.--No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las
-pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por
-cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus
-del corazón son mucho más violentos... (_Asiendo de una mano á doña
-Francisca, la hace sentar inmediata á él._) Pero de veras, doña
-Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.
-
-D.ª IRENE.--Pero si ella no...
-
-D. DIEGO.--Déjela usted, señora, que ella responderá.
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita
-Dios que yo la dé que sentir.
-
-D. DIEGO.--Pero eso lo dice usted tan afligida y...
-
-D.ª IRENE.--Si es natural, señor. ¿No ve usted que?...
-
-D. DIEGO.--Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted á
-mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena
-de miedo, y no se atreva á decir una palabra que se oponga á lo que
-su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que
-estábamos lucidos.
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo; lo
-mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.
-
-D. DIEGO.--¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan delicadas
-los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen,
-aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de
-evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues
-¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas,
-verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que
-no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada
-la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se
-empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor,
-eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos
-hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni
-mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he
-creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á
-quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á
-la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices.
-Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas
-que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que
-no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas
-ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más
-apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!...
-Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo
-cuánto yo deseaba.
-
-D.ª IRENE.--Y puede usted creer, señor don Diego, que...
-
-D. DIEGO.--Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago
-cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña
-tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto
-practicar en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero
-si á pesar de todo esto la imaginación acalorada, las circunstancias
-imprevistas la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted
-que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón
-y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted,
-Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengo no la debe hacer
-infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y
-sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no
-halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo
-en su corazón, créame usted, la menor disimulación en esto nos daría
-á todos muchísimo que sentir.
-
-D.ª IRENE.--¿Puedo hablar ya, señor?
-
-D. DIEGO.--Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.
-
-D.ª IRENE.--Cuando yo se lo mande.
-
-D. DIEGO.--Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca
-responder... Con ella he de casarme, con usted no.
-
-D.ª IRENE.--Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En
-qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro
-me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento.
-Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la
-quiere muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta
-cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.
-
-D. DIEGO.--Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... Ó por mejor
-decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor. Y aunque yo lo
-diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto
-una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la
-niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso,
-sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con
-un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para
-comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y
-escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le
-parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no
-es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.
-
-D. DIEGO.--Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted
-la deba disgustar.
-
-D.ª IRENE.--Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de
-mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!...
-Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire
-usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no
-chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce
-años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa
-mujer. Díselo para que se tranquilice, y...
-
-D. DIEGO.--Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.
-
-D.ª IRENE.--Respóndele.
-
-D.ª FRANCISCA.--Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.
-
-D. DIEGO.--No, hija mía: esto es dar alguna expresión á lo que se
-dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la
-estimo.
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los
-favores que usted nos hace... Por eso mismo...
-
-D. DIEGO.--No se hable de agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo
-es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta.
-
-D.ª IRENE.--¿Pues no ha de estarlo? Responde.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señor, que lo estoy.
-
-D. DIEGO.--Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste
-el menor sentimiento.
-
-D.ª IRENE.--No, señor, todo al contrario... Boda más á gusto de todos
-no se pudiera imaginar.
-
-D. DIEGO.--En esa inteligencia puedo asegurarla que no tendrá
-motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida
-y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su
-estimación y su amistad.
-
-D.ª FRANCISCA.--Gracias, señor don Diego... ¡Á una huérfana, pobre,
-desvalida como yo!...
-
-D. DIEGO.--Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna
-todavía de mayor fortuna.
-
-D.ª IRENE.--Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Mamá!
-
-(_Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y se acarician
-mutuamente._)
-
-D.ª IRENE.--¿Ves lo que te quiero?
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señora.
-
-D.ª IRENE.--¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el
-de verte colocada antes que yo falte?
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien lo conozco.
-
-D.ª IRENE.--¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señora.
-
-D.ª IRENE.--¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!
-
-D.ª FRANCISCA.--Pues qué, ¿no la quiero yo á usted?
-
-D. DIEGO.--Vamos, vamos de aquí (_Levántase don Diego, y después doña
-Irene_). No venga alguno, y nos halle á los tres llorando como tres
-chiquillos.
-
-D.ª IRENE.--Sí, dice usted bien.
-
-(_Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña Francisca va detrás; y
-Rita, que sale por la puerta del foro, la hace detener._)
-
-
-ESCENA VI.
-
-RITA, DOÑA FRANCISCA.
-
-RITA.--Señorita... ¡Eh! chit... señorita...
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Qué quieres?
-
-RITA.--Ya ha venido.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Cómo?
-
-RITA.--Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia
-de usted, y ya sube por la escalera.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?
-
-RITA.--¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el
-tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio. Y mire usted
-que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy
-larga... Ahí está.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí... Él es.
-
-RITA.--Voy á cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y
-resolución. (_Se va al cuarto de doña Irene._)
-
-D.ª FRANCISCA.--No, no, que yo también... Pero no lo merece.
-
-
-ESCENA VII.
-
-DON CARLOS (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA.
-
-D. CARLOS.--¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy aquí. ¿Cómo va,
-hermosa, cómo va?
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien venido.
-
-D. CARLOS.--¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría?
-
-D.ª FRANCISCA.--Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que me
-tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después
-de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí
-está mi madre.
-
-D. CARLOS.--¿En dónde?
-
-D.ª FRANCISCA.--Ahí, en ese cuarto. (_Señalando al cuarto de doña
-Irene._)
-
-D. CARLOS.--¡Sola!
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor.
-
-D. CARLOS.--Estará en compañía del prometido esposo. (_Se acerca al
-cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve._) Mejor... Pero ¿no hay
-nadie más con ella?
-
-D.ª FRANCISCA.--Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?
-
-D. CARLOS.--Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que esos ojos me
-inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre
-de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer
-tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted ni...
-vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la
-primera atención.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.
-
-D. CARLOS.--No importa.
-
-D.ª FRANCISCA.--Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á
-Madrid.
-
-D. CARLOS.--¿Cuál?... No. Eso no.
-
-D.ª FRANCISCA.--Los dos están de acuerdo, y dicen...
-
-D. CARLOS.--Bien... Dirán... Pero no puede ser.
-
-D.ª FRANCISCA.--Mi madre no me habla continuamente de otra materia.
-Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me
-ofrece tantas cosas, me...
-
-D. CARLOS.--Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle
-mucho?
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!
-
-D. CARLOS.--Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.
-
-D.ª FRANCISCA.--Y el último.
-
-D. CARLOS.--Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo
-en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? (_Asiéndola de las
-manos._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Pues de quién ha de ser?
-
-D. CARLOS.--¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola
-palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya
-estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla
-una obligación mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo
-yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy también. Su madre de
-usted sabrá quien soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano
-respetable y virtuoso, á quien más que tío debo llamar amigo y padre.
-No tiene otro deudo más inmediato ni más querido que yo; es hombre
-muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algún
-atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades á nuestra unión.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?
-
-D. CARLOS.--Ya lo sé. La ambición no puede agitar á un alma tan
-inocente.
-
-D.ª FRANCISCA.--Querer y ser querida... Ni apetezco más, ni conozco
-mayor fortuna.
-
-D. CARLOS.--Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que
-la suerte mude nuestra aflicción presente en durables dichas.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la
-cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de decirla
-que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre
-seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan
-consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué
-camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.
-
-D. CARLOS.--Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera
-yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo
-el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis
-melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos,
-ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido
-proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la
-prueba mayor de lo mucho que me quiere. (_Se enternece y llora._)
-
-D. CARLOS.--¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo
-basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á un
-amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Es posible?
-
-D. CARLOS.--Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos,
-y sólo la muerte bastará á dividirlas.
-
-
-ESCENA VIII.
-
-RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.
-
-RITA.--Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer
-la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galán, ya
-puede también disponer de su persona.
-
-D. CARLOS.--Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que
-añadir.
-
-D.ª FRANCISCA.--Ni yo.
-
-D. CARLOS.--Hasta mañana. Con la luz del día veremos á este dichoso
-competidor.
-
-RITA.--Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente; con su chupa
-larga, su camisola limpia, y sus sesenta años debajo del peluquín.
-
-(_Se va por la puerta del foro._)
-
-D.ª FRANCISCA.--Hasta mañana.
-
-D. CARLOS.--Adios, Paquita.
-
-D.ª FRANCISCA.--Acuéstese usted, y descanse.
-
-D. CARLOS.--¿Descansar con celos?
-
-D.ª FRANCISCA.--¿De quién?
-
-D. CARLOS.--Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Dormir con amor?
-
-D. CARLOS.--Adios, vida mía.
-
-D.ª FRANCISCA.--Adios.
-
-(_Éntrase al cuarto de doña Irene._)
-
-
-ESCENA IX.
-
-DON CARLOS (_paseándose con inquietud_), CALAMOCHA, RITA.
-
-D. CARLOS.--¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni
-su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este
-matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!...
-Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos
-desórdenes origina.
-
-CALAMOCHA (_saliendo por la puerta del foro_).--Pues, señor, tenemos
-un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos una
-magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña,
-bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que
-no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si
-hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...
-
-D. CARLOS.--Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
-
-CALAMOCHA.--Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida
-mesa, que parece un banco de herrador.
-
-RITA (_saliendo por la puerta del foro con unos platos, taza,
-cucharas y servilleta_).--¿Quién quiere sopas?
-
-D. CARLOS.--Buen provecho.
-
-CALAMOCHA.--Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito,
-levante el dedo.
-
-RITA.--La real moza se ha comido ya media cazuela de
-albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
-
-(_Éntrase en el cuarto de doña Irene._)
-
-CALAMOCHA.--Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.
-
-D. CARLOS.--Conque, ¿vamos?
-
-CALAMOCHA.--¡Ay, ay, ay!... (_Calamocha se encamina á la puerta del
-foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, y hablan con reserva hasta el
-fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simón._)
-¡Eh! chit, digo...
-
-D. CARLOS.--¿Qué?
-
-CALAMOCHA.--¿No ve usted lo que viene por allí?
-
-D. CARLOS.--¿Es Simón?
-
-CALAMOCHA.--El mismo... Pero ¿quién diablos le?...
-
-D. CARLOS.--¿Y qué haremos?
-
-CALAMOCHA.--¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted
-licencia para que?...
-
-D. CARLOS.--Sí, miente lo que quieras... ¿Á qué habrá venido este
-hombre?
-
-
-ESCENA X.
-
-SIMÓN (_Sale por la puerta del foro._), CALAMOCHA, D. CARLOS.
-
-CALAMOCHA.--Simón, ¿tú por aquí?
-
-SIMÓN.--Adios, Calamocha. ¿Cómo va?
-
-CALAMOCHA.--Lindamente.
-
-SIMÓN.--¡Cuánto me alegro de!...
-
-D. CARLOS.--¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad es esta?
-
-SIMÓN.--¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes!
-
-D. CARLOS.--¿Y mi tío?
-
-SIMÓN.--Tan bueno.
-
-CALAMOCHA.--¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...
-
-SIMÓN.--¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno
-estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted
-irá á ver al tío, eh?
-
-CALAMOCHA.--Tú habrás venido con algún encargo del amo.
-
-SIMÓN.--¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
-
-CALAMOCHA.--¿Alguna cobranza tal vez, eh?
-
-D. CARLOS.--Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en
-Ajalvir... ¿No has venido á eso?
-
-SIMÓN.--¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador!
-Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña...
-¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?
-
-D. CARLOS.--Pues... Figúrate tú.
-
-SIMÓN.--¿Ó va usted allá?
-
-D. CARLOS.--¿Adónde?
-
-SIMÓN.--Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
-
-CALAMOCHA.--Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no
-habíamos de haber andado más de cuatro leguas?
-
-SIMÓN.--¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro
-meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.
-
-CALAMOCHA (_aparte separándose de Simón._)--¡Maldito seas tú, y tu
-camino, y la bribona que te dió papilla!
-
-D. CARLOS.--Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en
-Alcalá, ni á qué has venido, ni...
-
-SIMÓN.--Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted...
-Conque... Pues el amo me dijo...
-
-
-ESCENA XI.
-
-DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.
-
-D. DIEGO (_desde adentro._)--No, no es menester: si hay luz aquí.
-Buenas noches, Rita.
-
-(_Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo del teatro._)
-
-D. CARLOS.--¡Mi tío!
-
-D. DIEGO.--¡Simón!
-
-(_Sale don Diego del cuarto de doña Irene encaminándose al suyo;
-repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le alumbra, y vuelve á
-dejar la luz sobre la mesa._)
-
-SIMÓN.--Aquí estoy, señor.
-
-D. CARLOS.--¡Todo se ha perdido!
-
-D. DIEGO.--Vamos... Pero... ¿quién es?
-
-SIMÓN.--Un amigo de usted, señor.
-
-D. CARLOS.--Yo estoy muerto.
-
-D. DIEGO.--¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz.
-
-D. CARLOS.--¡Tío!
-
-(_En ademán de besarle la mano á don Diego, que le aparta de sí con
-enojo._)
-
-D. DIEGO.--Quítate de ahí.
-
-D. CARLOS.--¡Señor!
-
-D. DIEGO.--Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?
-
-D. CARLOS.--Si usted se altera y...
-
-D. DIEGO.--¿Qué haces aquí?
-
-D. CARLOS.--Mi desgracia me ha traído.
-
-D. DIEGO.--¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero...
-(_Acercándose á don Carlos._) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido
-alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
-
-CALAMOCHA.--Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...
-
-D. DIEGO.--Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de
-Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo
-has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida
-á tu pobre tío.
-
-D. CARLOS.--No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y
-prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.
-
-D. DIEGO.--Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún
-disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío,
-sácame de este afán.
-
-CALAMOCHA.--Si todo ello no es más que...
-
-D. DIEGO.--Ya he dicho que calles... Ven acá. (_Asiendo de una mano á
-don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en
-voz baja._) Dime qué ha sido.
-
-D. CARLOS.--Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á
-Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy,
-considerando la pesadumbre que le he dado al verme.
-
-D. DIEGO.--¿Y qué otra cosa hay?
-
-D. CARLOS.--Nada más, señor.
-
-D. DIEGO.--Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste?
-
-D. CARLOS.--Ninguna. La de hallarle á usted en este paraje... y
-haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid,
-estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle
-visto.
-
-D. DIEGO.--¿No hay más?
-
-D. CARLOS.--No, señor.
-
-D. DIEGO.--Míralo bien.
-
-D. CARLOS.--No, señor... Á eso venía. No hay nada más.
-
-D. DIEGO.--Pero no me digas tú á mí... Si es imposible que estas
-escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial
-se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
-Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina
-militar... Vamos... eso no puede ser.
-
-D. CARLOS.--Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que
-en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras
-plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin,
-puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia
-de mis superiores; que yo también miro por mi estimación, y que
-cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.
-
-D. DIEGO.--Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le
-tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de
-subordinación, de valor, de virtud.
-
-D. CARLOS.--Bien está; pero ya he dicho los motivos...
-
-D. DIEGO.--Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la
-gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle
-cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con
-sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (_Alza la voz, y se
-pasea inquieto._) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no
-se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse
-inmediatamente.
-
-D. CARLOS.--Señor, si...
-
-D. DIEGO.--No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de
-dormir aquí.
-
-CALAMOCHA.--Es que los caballos no están ahora para correr... ni
-pueden moverse.
-
-D. DIEGO.--Pues con ellos (_Á Calamocha._) y con las maletas al mesón
-de afuera. Usted (_Á don Carlos._) no ha de dormir aquí... Vamos (_Á
-Calamocha._) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto
-que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (_Á
-Simón._) ¿Qué dinero tienes ahí?
-
-SIMÓN.--Tendré unas cuatro ó seis onzas.
-
-(_Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego._)
-
-D. DIEGO.--Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (_Á Calamocha._) ¿No he
-dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (_Á Simón._) vé con
-él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.
-
-(_Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos._)
-
-
-ESCENA XII.
-
-DON DIEGO, DON CARLOS.
-
-D. DIEGO.--Tome usted... (_Le da el dinero._) Con eso hay bastante
-para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo
-que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un
-desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso,
-ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido
-siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he
-sido hasta aquí.
-
-D. CARLOS.--Ya lo sé.
-
-D. DIEGO.--Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
-
-D. CARLOS.--Lo haré sin falta.
-
-D. DIEGO.--Al mesón de afuera. (_Á los dos criados, que salen con los
-trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro._)
-Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y
-no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad...
-cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de
-saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes?
-
-D. CARLOS.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Mira, que lo has de hacer.
-
-D. CARLOS.--Sí, señor, haré lo que usted manda.
-
-D. DIEGO.--Muy bien... Adios... Todo te lo perdono... Vete con
-Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te parezca
-que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.
-
-D. CARLOS.--¿Pues qué hice yo?
-
-D. DIEGO.--Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más
-quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
-
-D. CARLOS.--Quede usted con Dios.
-
-(_Hace que se va, y vuelve._)
-
-D. DIEGO.--¿Sin besar la mano á su tío, eh?
-
-D. CARLOS.--No me atreví.
-
-(_Besa la mano á don Diego, y se abrazan._)
-
-D. DIEGO.--Y dame un abrazo, por si no nos volvemos á ver.
-
-D. CARLOS.--¿Qué dice usted? No lo permita Dios.
-
-D. DIEGO.--¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta
-algo?
-
-D. CARLOS.--No, señor, ahora no.
-
-D. DIEGO.--Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como
-cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor
-Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo
-gastas... ¿Juegas?
-
-D. CARLOS.--No, señor, en mi vida.
-
-D. DIEGO.--Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores:
-jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?
-
-D. CARLOS.--No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de
-beneficios, y yo le pago mal.
-
-D. DIEGO.--No se hable ya de lo pasado... Adios...
-
-D. CARLOS.--¿Queda usted enojado conmigo?
-
-D. DIEGO.--No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se
-acabó... No me dés que sentir. (_Poniéndole ambas manos sobre los
-hombros._) Portarse como hombre de bien.
-
-D. CARLOS.--No lo dude usted.
-
-D. DIEGO.--Como oficial de honor.
-
-D. CARLOS.--Así lo prometo.
-
-D. DIEGO.--Adios, Carlos. (_Abrazándose._)
-
-D. CARLOS (_aparte, al irse por la puerta del foro_).--¡Y la dejo!...
-¡Y la pierdo para siempre!
-
-
-ESCENA XIII.
-
-DON DIEGO.
-
-D. DIEGO.--Demasiado bien se ha compuesto... Luégo lo sabrá,
-enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de
-hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como
-una malva es.
-
-(_Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á su cuarto. El teatro
-queda solo y oscuro por un breve espacio._)
-
-
-ESCENA XIV.
-
-DOÑA FRANCISCA, RITA.
-
-(_Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz, y la pone
-encima de la mesa._)
-
-RITA.--Mucho silencio hay por aquí.
-
-D.ª FRANCISCA.--Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
-
-RITA.--Precisamente.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Un camino tan largo!
-
-RITA.--¡Á lo que obliga el amor, señorita!
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera
-por él?
-
-RITA.--Y deje usted, que no ha de ser este el último milagro. Cuando
-lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don Diego ¡qué
-chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan
-bueno, que cierto da lástima...
-
-D.ª FRANCISCA.--Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre
-despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo
-tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita.
-Don Félix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su
-mano, me considero la más dichosa de las mujeres.
-
-RITA.--¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya
-se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él.
-(_Encaminándose al cuarto de doña Irene._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Á qué vas?
-
-RITA.--El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí
-quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá.
-
-RITA.--Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá
-abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número 7,
-cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón,
-que rechina que...
-
-D.ª FRANCISCA.--Te puedes llevar la luz.
-
-RITA.--No es menester, que ya sé dónde está.
-
-(_Vase al cuarto de doña Irene._)
-
-
-ESCENA XV.
-
-SIMÓN (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª FRANCISCA.--Yo pensé que estaban ustedes acostados.
-
-SIMÓN.--El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé
-en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
-
-SIMÓN.--Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Los arrieros?
-
-SIMÓN.--No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se
-van á Zaragoza.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Quiénes dice usted que son?
-
-SIMÓN.--Un teniente coronel y su asistente.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí?
-
-SIMÓN.--Sí, señora, ahí en ese cuarto.
-
-D.ª FRANCISCA.--No los he visto.
-
-SIMÓN.--Parece que llegaron esta tarde y... Á la cuenta habrán
-despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido... Buenas
-noches, señorita.
-
-(_Vase al cuarto de don Diego._)
-
-
-ESCENA XVI.
-
-RITA, DOÑA FRANCISCA.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo
-sostenerme... ¡Desdichada! (_Siéntase en una silla inmediata á la
-mesa._)
-
-RITA.--Señorita, yo vengo muerta.
-
-(_Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta
-del cuarto de don Carlos, y vuelve._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?
-
-RITA.--Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay
-nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo
-misma los he visto salir.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y eran ellos?
-
-RITA.--Sí, señora. Los dos.
-
-D.ª FRANCISCA.--Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
-
-RITA.--Si no los he perdido de vista hasta que salieron por puerta de
-Mártires... Como está un paso de aquí.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y es ese el camino de Aragón?
-
-RITA.--Ese es.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
-
-RITA.--¡Señorita!
-
-D.ª FRANCISCA.--¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
-
-RITA.--Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si
-no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Pues no le quise más que á mi vida?... ¿No me ha
-visto loca de amor?
-
-RITA.--No sé qué decir al considerar una acción tan infame.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca,
-ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para
-abandonarme así!
-
-(_Levántase, y Rita la sostiene._)
-
-RITA.--Pensar que su venida fué con otro designio no me parece
-natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo
-debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que
-habrá tenido miedo de su competidor.
-
-D.ª FRANCISCA.--Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es
-un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
-
-RITA.--Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación
-me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
-
-RITA.--Sí, señora, ya lo conozco.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo...
-¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño
-este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?
-
-(_Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca._)
-
-
-
-
-ACTO III.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON DIEGO, SIMÓN.
-
-(_Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada, y
-la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco. Sale don Diego
-de su cuarto acabándose de poner la bata._)
-
-D. DIEGO.--Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me derretiré...
-Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle
-el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (_Simón
-despierta, y al oir á don Diego se incorpora, y se levanta._) ¿Qué es
-eso? Mira no te caigas, hombre.
-
-SIMÓN.--Qué ¿estaba usted ahí, señor?
-
-D. DIEGO.--Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.
-
-SIMÓN.--Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he
-dormido como un emperador.
-
-D. DIEGO.--¡Mala comparación!... Dí que has dormido como un pobre
-hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni
-remordimientos.
-
-SIMÓN.--En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
-
-D. DIEGO.--Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal,
-dió las tres.
-
-SIMÓN.--¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante
-echando chispas.
-
-D. DIEGO.--Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y
-espero que lo hará.
-
-SIMÓN.--¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!
-
-D. DIEGO.--Ha sido preciso.
-
-SIMÓN.--Ya lo conozco.
-
-D. DIEGO.--¿No ves qué venida tan intempestiva?
-
-SIMÓN.--Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber
-un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte
-él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza...
-Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
-
-D. DIEGO.--¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le haya hecho
-volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que
-cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (_Suenan á lo lejos
-tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento._)
-¿Qué ha sonado?
-
-SIMÓN.--No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.
-
-D. DIEGO.--Calla.
-
-SIMÓN.--Vaya, música tenemos, según parece.
-
-D. DIEGO.--Sí, como lo hagan bien.
-
-SIMÓN.--¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á
-estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores
-con la moza de la posada, que parece un pico.
-
-D. DIEGO.--Puede ser.
-
-SIMÓN.--Ya empiezan, oigamos... (_Tocan una sonata desde adentro._)
-Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.
-
-D. DIEGO.--No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que
-afeite.
-
-SIMÓN.--¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?...
-
-D. DIEGO.--No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia
-que darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á nadie.
-
-(_Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las dos se
-encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un lado, y
-observan._)
-
-SIMÓN.--¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito.
-
-D. DIEGO.--¿Qué quieres?
-
-SIMÓN.--Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele á faldas que
-trasciende.
-
-D. DIEGO.--¿Sí?... Retirémonos.
-
-
-ESCENA II.
-
-DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
-
-RITA.--Con tiento, señorita.
-
-D.ª FRANCISCA.--Siguiendo la pared ¿no voy bien?
-
-(_Vuelven á probar el instrumento._)
-
-RITA.--Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio.
-
-D.ª FRANCISCA.--No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.
-
-RITA.--¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.
-
-D.ª FRANCISCA.--Calla... (_Repiten desde adentro la sonata
-anterior._) Sí, él es... ¡Dios mío!... (_Acércase Rita á la
-ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música._) Vé,
-responde... Albricias, corazón. Él es.
-
-SIMÓN.--¿Ha oído usted?
-
-D. DIEGO.--Sí.
-
-SIMÓN.--¿Qué querrá decir esto?
-
-D. DIEGO.--Calla.
-
-D.ª FRANCISCA (_Se asoma á la ventana. Rita se queda detrás de ella.
-Los puntos suspensivos indican las interrupciones más ó menos largas
-que deben hacerse._)--Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo que
-usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (_Apartándose
-de la ventana, y vuelve después._) amiga, por Dios, ten cuidado, y si
-oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste
-de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender...
-¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted tan tímido... (_Tiran desde
-adentro una carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca
-hace ademán de buscarla, y no hallándola vuelve á asomarse._) No,
-no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo
-hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme
-muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de
-usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?...
-No me cabe en el pecho... diga usted.
-
-(_Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer._)
-
-RITA.--Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Infeliz de mí!... Guíame.
-
-RITA.--Vamos... (_Al retirarse tropieza Rita con Simón. Las dos se
-van apresuradamente al cuarto de doña Francisca._) ¡Ay!
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Muerta voy!
-
-
-ESCENA III.
-
-DON DIEGO, SIMÓN.
-
-DON DIEGO.--¿Qué grito fué ese?
-
-SIMÓN.--Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.
-
-D. DIEGO.--Acércate á esa ventana, y mira si hallas en el suelo un
-papel... ¡Buenos estamos!
-
-SIMÓN (_tentando por el suelo cerca de la ventana._)--No encuentro
-nada, señor.
-
-D. DIEGO.--Búscale bien, que por ahí ha de estar.
-
-SIMÓN.--¿Le tiraron desde la calle?
-
-D. DIEGO.--Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis años, y
-criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.
-
-SIMÓN.--Aquí está. (_Halla la carta, y se la da á don Diego._)
-
-D. DIEGO.--Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza ó
-en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al
-instante.
-
-(_Vase Simón por la puerta del foro._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON DIEGO.
-
-D. DIEGO.--¿Y á quién debo culpar? (_Apoyándose en el respaldo de una
-silla._) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tías, ó yo?...
-¿Sobre quién, sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo
-procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á
-mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades
-me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!...
-Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento; esta indignación,
-estos deseos de venganza ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos?
-Otra vez parece que... (_Advirtiendo que suena ruido en la puerta del
-cuarto de doña Francisca, se retira á un extremo del teatro._) Sí.
-
-
-ESCENA V.
-
-RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
-
-RITA.--Ya se han ido... (_Rita observa, escucha, asómase después á la
-ventana, y busca la carta por el suelo._) ¡Válgame Dios!... El papel
-estará muy bien escrito, pero el señor don Félix es un grandísimo
-picarón... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni
-perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!...
-¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese...
-¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira.
-
-SIMÓN.--Ya tenemos luz...
-
-(_Sale con luz. Rita se sorprende._)
-
-RITA.--¡Perdida soy!
-
-D. DIEGO (_acercándose_.)--¡Rita! ¿Pues tú aquí?
-
-RITA.--Sí, señor, porque...
-
-D. DIEGO.--¿Qué buscas á estas horas?
-
-RITA.--Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oímos un ruido tan
-grande...
-
-SIMÓN.--¿Sí, eh?
-
-RITA.--Cierto... Un ruido y... mire usted (_alza la jaula que está
-en el suelo_), era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene
-duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está, vaya...
-Algún gato habrá sido. Preciso.
-
-SIMÓN.--Sí, algún gato.
-
-RITA.--¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que está todavía!
-
-SIMÓN.--Y con mucha razón... ¿No te parece, si le hubiera pillado el
-gato?...
-
-RITA.--Se le hubiera comido.
-
-(_Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared._)
-
-SIMÓN.--Y sin pebre... ni plumas hubiera dejado.
-
-D. DIEGO.--Tráeme esa luz.
-
-RITA.--¡Ah! Deje usted, encenderemos esta (_Enciende la vela que está
-sobre la mesa._) que ya lo que no se ha dormido...
-
-D. DIEGO.--¿Y doña Paquita duerme?
-
-RITA.--Sí, señor.
-
-SIMÓN.--Pues mucho es que con el ruido del tordo...
-
-D. DIEGO.--Vamos.
-
-(_Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él llevándose una de
-las luces._)
-
-
-ESCENA VI.
-
-DOÑA FRANCISCA, RITA.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Ha parecido el papel?
-
-RITA.--No, señora.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?
-
-RITA.--Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me
-hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder
-escapar, ni saber qué disculpa darles.
-
-(_Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca de ventana._)
-
-D.ª FRANCISCA.--Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé
-desde la ventana... ¿Y ese papel?
-
-RITA.--Yo no lo encuentro, señorita.
-
-D.ª FRANCISCA.--Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que
-faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
-
-RITA.--Á lo menos por aquí...
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Yo estoy loca! (_Siéntase._)
-
-RITA.--Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera...
-
-D.ª FRANCISCA.--Cuando iba á hacerlo me avisaste, y fué preciso
-retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación
-mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos
-que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á
-persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme
-sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió
-lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: pues
-yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de
-una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo...
-Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío,
-perdón... perdón de haberle querido tanto!
-
-RITA.--¡Ay, señorita! (_Mirando hacia el cuarto de don Diego._) que
-parece que salen ya.
-
-D.ª FRANCISCA.--No importa, déjame.
-
-RITA.--Pero si don Diego la ve á usted de esa manera...
-
-D.ª FRANCISCA.--Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y
-piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada
-importa.
-
-
-ESCENA VII.
-
-DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.
-
-SIMÓN.--Voy enterado, no es menester más.
-
-D. DIEGO.--Mira, y haz que ensillen inmediatamente al moro, mientras
-tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en una buena
-carrera que dés, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete,
-no se pierda tiempo.
-
-(_Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de don
-Diego, se va Simón por la del foro._)
-
-SIMÓN.--Voy allá.
-
-D. DIEGO.--Mucho se madruga, doña Paquita.
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--¿Ha llamado ya doña Irene?
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor... Mejor es que vayas allá, por si ha
-despertado y se quiere vestir.
-
-(_Rita se va al cuarto de doña Irene._)
-
-
-ESCENA VIII.
-
-DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.
-
-D. DIEGO.--¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor. ¿Y usted?
-
-D. DIEGO.--Tampoco.
-
-D.ª FRANCISCA.--Ha hecho demasiado calor.
-
-D. DIEGO.--¿Está usted desazonada?
-
-D.ª FRANCISCA.--Alguna cosa.
-
-D. DIEGO.--¿Qué siente usted?
-
-(_Siéntase junto á doña Francisca._)
-
-D.ª FRANCISCA.--No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
-
-D. DIEGO.--Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa,
-inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero
-tanto?
-
-D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa
-usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
-
-D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.
-
-D. DIEGO.--¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga
-con él su corazón?
-
-D.ª FRANCISCA.--Porque eso mismo me obliga á callar.
-
-D. DIEGO.--Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su
-pesadumbre de usted.
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de
-usted de quien yo me debo quejar.
-
-D. DIEGO.--Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (_Acércase
-más._) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame
-usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este
-casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted
-entera libertad para la elección, no se casaría conmigo?
-
-D.ª FRANCISCA.--Ni con otro.
-
-D. DIEGO.--¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo,
-que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
-
-D.ª FRANCISCA.--No, señor; no, señor.
-
-D. DIEGO.--Mírelo usted bien.
-
-D.ª FRANCISCA.--¿No le digo á usted que no?
-
-D. DIEGO.--¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal
-inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la
-austeridad del convento á una vida más?...
-
-D.ª FRANCISCA.--Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.
-
-D. DIEGO.--No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que
-acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla
-inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no
-tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la
-estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie
-me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa
-tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de
-usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de
-quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de
-pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?
-
-(_Vase iluminando lentamente el teatro, suponiéndose que viene la luz
-del día._)
-
-D.ª FRANCISCA.--Y ¿qué motivos le he dado á usted para tales
-desconfianzas?
-
-D. DIEGO.--¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si
-apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue
-aprobándola, y llega el caso de...
-
-D.ª FRANCISCA.--Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
-
-D. DIEGO.--¿Y después, Paquita?
-
-D.ª FRANCISCA.--Después... y mientras me dure la vida seré mujer de
-bien.
-
-D. DIEGO.--Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera
-como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame
-usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted
-mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su
-dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para
-emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla
-dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
-
-D. DIEGO.--¿Por qué?
-
-D.ª FRANCISCA.--Nunca diré por qué.
-
-D. DIEGO.--Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... cuando
-usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
-
-D.ª FRANCISCA.--Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no
-finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
-
-D. DIEGO.--Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa
-aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á Madrid, y
-dentro de ocho días será usted mi mujer.
-
-D.ª FRANCISCA.--Y daré gusto á mi madre.
-
-D. DIEGO.--Y vivirá usted infeliz.
-
-D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.
-
-D. DIEGO.--He aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se
-llama criar bien á una niña: enseñarla á que desmienta y oculte las
-pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan
-honestas luégo que las ven instruídas en el arte de callar y mentir.
-Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de
-tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó en que su voluntad ha
-de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite,
-menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal
-que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten á
-pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen
-de tantos escándalos, ya están bien criadas; y se llama excelente
-educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
-de un esclavo.
-
-D.ª FRANCISCA.--Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de
-nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el
-motivo de mi aflicción es mucho más grande.
-
-D. DIEGO.--Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se
-anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de
-decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío!
-
-D. DIEGO.--Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco
-sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que
-no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación
-las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué
-lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta
-serenidad y... eh?
-
-D.ª FRANCISCA.--Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi
-madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos?
-¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
-
-D. DIEGO.--Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo
-la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la veo?
-(_Asiéndola de las manos._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¿De veras?
-
-D. DIEGO.--Mal conoce usted mi corazón.
-
-D.ª FRANCISCA.--Bien le conozco.
-
-(_Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y ambos se levantan._)
-
-D. DIEGO.--¿Qué hace usted, niña?
-
-D.ª FRANCISCA.--Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una
-mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz... ¡Ay,
-qué infeliz soy, señor don Diego!
-
-D. DIEGO.--Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la
-tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo?... una equivocación
-mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la
-culpa.
-
-D.ª FRANCISCA.--Vamos... ¿No viene usted?
-
-D. DIEGO.--Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.
-
-D.ª FRANCISCA.--Vaya usted presto.
-
-(_Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se despide de don
-Diego besándole las manos._)
-
-D. DIEGO.--Sí, presto iré.
-
-
-ESCENA IX.
-
-SIMÓN, DON DIEGO.
-
-SIMÓN.--Ahí están, señor.
-
-D. DIEGO.--¿Qué dices?
-
-SIMÓN.--Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo lejos, que iban
-ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo; se
-detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted
-mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera
-hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no
-quería que le viesen.
-
-D. DIEGO.--¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
-
-SIMÓN.--Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola
-palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan...
-
-D. DIEGO.--No me empieces ya á interceder por él.
-
-SIMÓN.--¿Yo, señor?
-
-D. DIEGO.--Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro.
-
-SIMÓN.--Como yo no sé lo que ha hecho.
-
-D. DIEGO.--Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he
-dicho que no quiero intercesores.
-
-SIMÓN.--Bien está, señor.
-
-(_Vase por la puerta del foro. Don Diego se sienta, manifestando
-inquietud y enojo._)
-
-D. DIEGO.--Dile que suba.
-
-
-ESCENA X.
-
-DON CARLOS, DON DIEGO.
-
-D. DIEGO.--Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has
-estado desde que no nos vemos?
-
-D. CARLOS.--En el mesón de afuera.
-
-D. DIEGO.--¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?
-
-D. CARLOS.--Sí, señor, entré en la ciudad y...
-
-D. DIEGO.--¿Á qué?... Siéntese usted.
-
-D. CARLOS.--Tenía precisión de hablar con un sujeto... (_Siéntase._)
-
-D. DIEGO.--¡Precisión!
-
-D. CARLOS.--Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible
-volverme á Zaragoza sin estar primero con él.
-
-D. DIEGO.--Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero
-venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo...
-¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener...
-Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había
-necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.
-
-(_Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Carlos luégo que le
-reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse._)
-
-D. CARLOS.--Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué
-no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la
-cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
-
-D. DIEGO.--Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere
-que usted se lo diga.
-
-D. CARLOS.--¿Para qué saber más?
-
-D. DIEGO.--Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga!
-
-D. CARLOS.--Bien está.
-
-D. DIEGO.--Siéntate ahí... (_Siéntase don Carlos._) ¿En dónde has
-conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han
-ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la
-viste?
-
-D. CARLOS.--Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á
-Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa
-de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo
-aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al
-siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas
-hallé á doña Paquita, á quien la señora había sacado aquel día del
-convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella,
-que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible,
-de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella,
-de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras
-cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir
-que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque
-desde luégo concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella
-ciudad, evitando que llegase á noticia de usted. Observé que doña
-Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche
-nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome
-preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos.
-En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
-
-D. DIEGO.--Prosigue.
-
-D. CARLOS.--Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre,
-pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los
-proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él,
-sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas
-para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa
-de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de
-noche... Logré que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con
-las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una
-pasión que mientras viva me hará infeliz.
-
-D. DIEGO.--Vaya... Vamos, sigue adelante.
-
-D. CARLOS.--Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de
-travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le
-ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos...
-La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres
-desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos
-todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que
-ya se dejan entender... Siempre fuí para ella don Félix de Toledo,
-oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor.
-Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni la dí á entender
-que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque ni me
-convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de
-interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la
-hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de
-tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y
-una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y
-me fuí ciego de amor adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas
-consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí
-pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero
-perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis
-juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí
-precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine
-aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo.
-
-D. DIEGO.--¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
-
-D. CARLOS.--Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar
-á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo
-ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones,
-ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar
-un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra
-felicidad.
-
-D. DIEGO.--Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra
-manera.
-
-D. CARLOS.--Sí, señor.
-
-D. DIEGO.--Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda
-su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren
-las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha
-dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
-
-D. CARLOS.--Pero no el corazón. (_Levántase._)
-
-D. DIEGO.--¿Qué dices?
-
-D. CARLOS.--No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus
-bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su
-honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto
-de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si
-alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados
-en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el
-motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros,
-que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo
-ausente.
-
-D. DIEGO.--¿Qué temeridad es esta?
-
-(_Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual
-se va retirando._)
-
-D. CARLOS.--Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una
-palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación...
-Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido
-disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y
-mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me
-niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
-
-D. DIEGO.--¿Conque en efecto te vas?
-
-D. CARLOS.--Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
-
-D. DIEGO.--¿Por qué?
-
-D. CARLOS.--Porque no me conviene verla en mi vida... Si las
-voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar...
-entonces...
-
-D. DIEGO.--¿Qué quieres decir?
-
-(_Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir más adelante._)
-
-D. CARLOS.--Nada... Que apetezco la guerra, porque soy soldado.
-
-D. DIEGO.--¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para
-decírmelo?
-
-D. CARLOS.--Alguien viene... (_Mirando con inquietud hacia el cuarto
-de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace ademán de irse por
-la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo._) Tal
-vez será ella... Quede usted con Dios.
-
-D. DIEGO.--¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.
-
-D. CARLOS.--Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada
-nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.
-
-D. DIEGO.--Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.
-
-D. CARLOS.--Pero si...
-
-D. DIEGO.--Haz lo que te mando.
-
-(_Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego._)
-
-
-ESCENA XI.
-
-DOÑA IRENE, DON DIEGO.
-
-D.ª IRENE.--Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos
-días... (_Apaga la luz que está sobre la mesa._) ¿Reza usted?
-
-D. DIEGO (_paseándose con inquietud_).--Sí, para rezar estoy ahora.
-
-D.ª IRENE.--Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y
-que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene
-usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?
-
-D. DIEGO.--Sí, no deja de haber novedades.
-
-D.ª IRENE.--Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No
-sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina,
-me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan
-sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años,
-si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera
-me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de
-tamarindos, nada me ha servido; de manera que...
-
-D. DIEGO.--Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de
-conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen
-esas muchachas?
-
-D.ª IRENE.--Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que
-todo esté á la vela, y no haya detención.
-
-D. DIEGO.--Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni
-alborotarse (_Siéntanse los dos_) por nada de lo que yo diga; y
-cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su
-hija de usted está enamorada...
-
-D.ª IRENE.--¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo
-está; y bastaba que yo lo dijese para que...
-
-D. DIEGO.--¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme
-usted hablar.
-
-D.ª IRENE.--Bien, vamos, hable usted.
-
-D. DIEGO.--Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
-
-D.ª IRENE.--¿Qué dice usted?
-
-D. DIEGO.--Lo que usted oye.
-
-D.ª IRENE.--Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates?
-
-D. DIEGO.--Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado;
-y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad...
-Vaya, ¿qué llanto es ese?
-
-D.ª IRENE (_llorando_).--¡Pobre de mí!
-
-D. DIEGO.--¿Á qué viene eso?
-
-D.ª IRENE.--¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre
-viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!
-
-D. DIEGO.--Señora doña Irene...
-
-D.ª IRENE.--Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de
-esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos
-al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si
-vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera,
-que tenía un genio como una serpiente...
-
-D. DIEGO.--Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.
-
-D.ª IRENE.--Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia
-del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó
-de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos
-padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra
-un poste en los portales de Santa Cruz.
-
-D. DIEGO.--Pero ¿es posible que no ha de atender usted á lo que voy á
-decirla?
-
-D.ª IRENE.--¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de
-tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos
-para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi
-corazón!
-
-D. DIEGO.--Señora doña Irene, hágame usted el gusto de oirme, de no
-replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa lo que
-hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto
-no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.
-
-D.ª IRENE.--Diga usted lo que le dé la gana.
-
-D. DIEGO.--Que no volvamos otra vez á llorar y á...
-
-D.ª IRENE.--No, señor, ya no lloro. (_Enjugándose las lágrimas con un
-pañuelo._)
-
-D. DIEGO.--Pues hace ya cosa de un año, poco más ó menos, que doña
-Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han
-escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por
-último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades
-y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á
-hacerla mayor... En este supuesto...
-
-D.ª IRENE.--Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme,
-inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?
-
-D. DIEGO.--Volvemos otra vez á lo mismo... No, señora, no es chisme.
-Repito de nuevo que lo sé.
-
-D.ª IRENE.--¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene
-eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un
-convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas
-religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido
-todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe
-usted el genio que tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para
-haber disimulado á su sobrina el menor desliz.
-
-D. DIEGO.--Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene;
-se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no
-habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy
-honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre
-Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres,
-y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La
-muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado
-tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija...
-Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo
-razón.
-
-(_Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña Irene, sin leerle,
-se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama.
-Levántase don Diego, y procura en vano contenerla._)
-
-D.ª IRENE.--¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del
-Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!
-
-D. DIEGO.--Pero ¿á qué es llamarlas?
-
-D.ª IRENE.--Sí, señor, que quiero que venga, y que se desengañe la
-pobrecita de quién es usted.
-
-D. DIEGO.--Lo echó todo á rodar... Esto le sucede á quien se fía de
-la prudencia de una mujer.
-
-
-ESCENA XII.
-
-DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
-
-RITA.--¡Señora!
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Me llamaba usted?
-
-D.ª IRENE.--Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata de un
-modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién
-has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú,
-picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes...
-¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice?
-
-(_Presentando el papel abierto á doña Francisca._)
-
-RITA (_aparte á doña Francisca_).--Su letra es.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su
-palabra?
-
-D. DIEGO.--Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted
-aquí... (_Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su lado._)
-No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me
-ponga en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel...
-(_Quitándola el papel de las manos á doña Irene._) Paquita, ya se
-acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.
-
-D.ª FRANCISCA.--Mientras viva me acordaré.
-
-D. DIEGO.--Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay
-que asustarse, ya lo he dicho. (_Lee._) «Bien mío; si no consigo
-hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta
-carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que
-yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor.
-Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso
-obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix... Don Diego es
-mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz
-amigo.--_Carlos de Urbina._»
-
-D.ª IRENE.--¿Conque hay eso?
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Triste de mí!
-
-D.ª IRENE.--¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima
-picarona? Te has de acordar de mí.
-
-(_Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica y en ademán de
-querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Madre!... Perdón.
-
-D.ª IRENE.--No, señor, que la he de matar.
-
-D. DIEGO.--¿Qué locura es esta?
-
-D.ª IRENE.--He de matarla.
-
-
-ESCENA XIII.
-
-DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.
-
-D. CARLOS.--Eso no... (_Sale don Carlos del cuarto precipitadamente;
-coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo del
-teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se
-asusta y se retira._) Delante de mí nadie ha de ofenderla.
-
-D.ª FRANCISCA.--¡Carlos!
-
-D. CARLOS (_acercándose á don Diego_.)--Disimule usted mi
-atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido
-contener.
-
-D.ª IRENE.--¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es
-usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo!
-
-D. DIEGO.--Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted
-está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo mismo...
-Carlos... No importa... Abraza á tu mujer.
-
-(_Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y ambos se
-arrodillan á los piés de don Diego._)
-
-D.ª IRENE.--¿Conque su sobrino de usted?
-
-D. DIEGO.--Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música,
-y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi
-vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?
-
-D. DIEGO.--Sí, prendas de mi alma... Sí.
-
-(_Los hace levantar con expresiones de ternura._)
-
-D.ª IRENE.--¿Y es posible que usted se determine á hacer un
-sacrificio?...
-
-D. DIEGO.--Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente
-la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre...
-¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el
-esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y
-débil.
-
-D. CARLOS (_besándole las manos_.)--Si nuestro amor, si nuestro
-agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida...
-
-D.ª IRENE.--¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...
-
-D. DIEGO.--Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras
-usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la
-cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto
-resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud
-padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y
-esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad
-he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo
-saben tarde!
-
-D.ª IRENE.--En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se
-gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle...
-(_Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y
-la besa la mano._) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has
-tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un
-mirar de ojos muy hechicero.
-
-RITA.--Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita,
-un millón de besos.
-
-(_Doña Francisca y Rita se besan, manifestando mucho contento._)
-
-D.ª FRANCISCA.--¿Pero ves qué alegría tan grande?... Y tú, como me
-quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga.
-
-D. DIEGO.--Paquita hermosa, (_Abraza á doña Francisca._) recibe los
-primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible
-que amenazaba á mi vejez... Vosotros (_Asiendo de las manos á doña
-Francisca y á don Carlos._) seréis la delicia de mi corazón; y el
-primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio,
-aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á
-mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si
-son felices, yo he sido la causa.
-
-D. CARLOS.--¡Bendita sea tanta bondad!
-
-D. DIEGO.--Hijos, bendita sea la de Dios.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-LA ESCUELA DE LOS MARIDOS
-
-COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812
-
-
-
-
-PERSONAS
-
-
- DON GREGORIO.
- DON MANUEL.
- DOÑA ROSA.
- DOÑA LEONOR.
- JULIANA.
- DON ENRIQUE.
- COSME.
- UN COMISARIO.
- UN ESCRIBANO.
- UN LACAYO. }
- UN CRIADO. } No hablan.
-
-
-_La escena es en Madrid, en la plazuela de los Afligidos._
-
-
- La primera casa á mano derecha inmediata al proscenio es la de
- D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al fin de la
- acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado la
- del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y
- entrar los personajes de la comedia.
-
-
-_La acción empieza á las cinco de la tarde y acaba á las ocho de la
-noche._
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO I.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON MANUEL, DON GREGORIO.
-
-D. GREGORIO.--Y por último, señor don Manuel, aunque usted es en
-efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de
-usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy
-lindamente con hacerlo así.
-
-D. MANUEL.--Ya; pero das lugar á que todos se burlen, y...
-
-D. GREGORIO.--¿Y quién se burla? Otros tan mentecatos como tú.
-
-D. MANUEL.--Mil gracias por la atención, señor don Gregorio.
-
-D. GREGORIO.--Y bien, ¿qué dicen esos graves censores? ¿Qué hallan en
-mí que merezca su desaprobación?
-
-D. MANUEL.--Desaprueban la rusticidad de tu carácter, esa aspereza
-que te aparta del trato y los placeres honestos de la sociedad, esa
-extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices y
-obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza.
-
-D. GREGORIO.--En eso tienen razón, y conozco lo mal que hago en
-no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por
-modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo
-hiciera, estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría;
-porque, gracias á Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas
-locuras adoptan los otros.
-
-D. MANUEL.--¡Es raro empeño el que has tomado de recordarme tan
-á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de
-ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero
-aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que
-me culparas el ser tratable con las gentes, el tener buen humor, el
-gustar de vestirme con decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la
-vejez nos condena por ventura á aborrecerlo todo, á no pensar en otra
-cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir á la deformidad que traen
-los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez que repugne
-á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie
-pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre
-Rosita será poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que
-el matrimonio que la previenes será tal vez un origen de disgustos y
-de recíproco aborrecimiento, que...
-
-D. GREGORIO.--La pobre Rosita vivirá más dichosa conmigo, que su
-hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un caballero
-de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le
-parece, señor hermano... Las dos son huérfanas; su padre, amigo
-nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de
-entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos casarnos
-con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en caso
-de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación
-proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad
-que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de
-tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo
-de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía
-como me ha dado la gana, ¿estamos?
-
-D. MANUEL.--Sí; pero me parece á mí...
-
-D. GREGORIO.--Lo que á mí me parece es que usted no ha sabido educar
-la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que más le
-agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta;
-séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir
-como una señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por
-el lugar, ir á visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado
-zascandil: muy bien hecho. Pero yo pretendo que la mía viva á mi
-gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito de estameña; que no
-me gaste zapaticos de color sino los días en que repican recio; que
-se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa;
-que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído
-estas ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo
-que quiero; y que nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes
-antojadizos; que no hable con nadie, ni con el gato, sin tener
-escucha; que no salga de casa jamás sin llevar escolta... La carne es
-frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros, y puesto que
-ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no exponerme
-á aumentar el número de los maridos zanguangos.
-
-
-ESCENA II.
-
-DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (_Las tres salen con mantilla y
-basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la puerta._)
-DON GREGORIO, DON MANUEL.
-
-D.ª LEONOR.--No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de
-responderle.
-
-JULIANA.--¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder
-hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!
-
-D.ª LEONOR.--Mucha lástima tengo de ti.
-
-D.ª ROSA.--Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me
-haya llevado consigo, que aún es peor.
-
-JULIANA.--Le echaría yo más alto que...
-
-D. GREGORIO.--¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?
-
-D.ª LEONOR.--La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se
-esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino,
-y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de
-acompañarnos...
-
-D. MANUEL.--Sí por cierto: vamos allá.
-
-D.ª LEONOR.--Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña
-Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por
-allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo
-esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y
-al anochecer estamos de vuelta.
-
-D. GREGORIO.--Usted (_Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña
-Rosa, según lo indica el diálogo_) puede irse adonde guste, usted
-puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo
-tiene á bien; y usted á casa.
-
-D. MANUEL.--Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que...
-
-D. GREGORIO.--Á más ver.
-
-(_Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en
-su casa._)
-
-D. MANUEL.--La juventud necesita...
-
-D. GREGORIO.--La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas
-veces.
-
-D. MANUEL.--Pero ¿hay algún inconveniente en que se vaya con su
-hermana?
-
-D. GREGORIO.--No, ninguno; pero conmigo está mucho mejor.
-
-D. MANUEL.--Considera que...
-
-D. GREGORIO.--Considero que debe hacer lo que yo la mande... y
-considero que me interesa mucho su conducta.
-
-D. MANUEL.--Pero ¿piensas tú que me será indiferente á mí la de su
-hermana?
-
-JULIANA (_aparte_).--¡Tuerto maldito!
-
-D.ª ROSA.--No creo que tiene usted motivo ninguno para...
-
-D. GREGORIO.--Usted calle, señorita, que ya la explicaré yo á usted
-si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la
-lleve, y la traiga, y la cuide.
-
-D.ª LEONOR.--Pero ¿qué quiere usted decir con eso?
-
-D. GREGORIO.--Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una
-doncella muy prudente. No hablo con usted.
-
-D.ª LEONOR.--Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi
-compañía?
-
-D. GREGORIO.--¡Oh, qué apurar! (_Suelta el brazo de doña Rosa y se
-acerca adonde están los demás._) No estará muy bien, no, señora; y
-hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y
-el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.
-
-D.ª LEONOR.--Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la
-misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes
-procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una
-desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi
-sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y
-esa opresión en que usted la tiene.
-
-JULIANA.--Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible.
-¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre
-turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso
-son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien
-quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué,
-¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer
-nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más
-ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle
-y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de
-locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á
-grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo,
-y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que
-despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en
-suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el
-nombre que tengo que me las había de pagar.
-
-D. GREGORIO.--Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y
-lo sufres con tanta paciencia?
-
-D. MANUEL.--En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de
-reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco
-de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para
-contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni
-á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos.
-Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por
-necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si
-antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te
-aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre
-temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo
-faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los
-deseos.
-
-D. GREGORIO.--Todo eso que dices no vale nada.
-
-(_Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don
-Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á
-retirarse._)
-
-D. MANUEL.--Será lo que tú quieras... Pero insisto en que es menester
-instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus
-defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que
-á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de
-Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca
-me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias
-de la primera edad; y te aseguro que hasta ahora no me ha dado
-motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias,
-á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en mi
-opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que
-más contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad,
-si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor
-que los libros más doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero
-estoy bien lejos de tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor
-libertad que para esta resolución, porque no debo olvidarme de la
-diferencia que hay entre sus años y los míos. Más quiero verla agena,
-que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.
-
-D. GREGORIO.--¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almíbar...
-Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha
-concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es
-muy difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá
-usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por
-consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres.
-
-D. MANUEL.--Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza?
-
-D. GREGORIO.--¿Por qué?
-
-D. MANUEL.--Sí.
-
-D. GREGORIO.--No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco.
-
-D. MANUEL.--¿Pues hay algo en eso contra la estimación?
-
-D. GREGORIO.--¡Calle! ¿Conque si usted se casa con ella, la dejará
-vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?
-
-D. MANUEL.--¿Y por qué no?
-
-D. GREGORIO.--¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y
-abaniquitos de anteojo y?...
-
-D. MANUEL.--Sin duda.
-
-D. GREGORIO.--¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras
-cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...
-
-D. MANUEL.--Cuando ella quiera.
-
-D. GREGORIO.--¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate,
-lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?
-
-D. MANUEL.--Preciso.
-
-D. GREGORIO.--¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán
-amartelado?
-
-D. MANUEL.--Si no es sorda.
-
-D. GREGORIO.--¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?
-
-D. MANUEL.--Pues ya se supone.
-
-D. GREGORIO.--Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro,
-niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.
-
-(_Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la
-puerta, y se pasea colérico por el teatro._)
-
-
-ESCENA III.
-
-DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.
-
-D. MANUEL.--Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo
-en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y
-probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.
-
-D. GREGORIO.--¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le...
-
-D. MANUEL.--¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.
-
-D. GREGORIO.--¡Qué gusto ha de ser para mí!
-
-D. MANUEL.--Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te
-sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente
-por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias
-para que suceda.
-
-D. GREGORIO.--Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces
-cuál de los dos tiene más gana de reir.
-
-D.ª LEONOR.--Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza,
-señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se
-atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de
-que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me
-estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido,
-en verdad que no me atrevería á decir otro tanto.
-
-JULIANA.--Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan
-bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan
-bendito.
-
-D. GREGORIO.--Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente.
-
-D. MANUEL.--Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos,
-Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el
-correo.
-
-D.ª LEONOR.--Pero ¿no irá usted por mí?
-
-D. MANUEL.--¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña
-Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es
-menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es
-mucho desatino. Soy criado de usted.
-
-D. GREGORIO.--Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios.
-
-(_Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON GREGORIO.
-
-D. GREGORIO.--Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia!
-Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera
-tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin
-vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los
-desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá
-cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las
-ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos
-remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón
-estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus
-lechugas y sus gallinitas.
-
-
-ESCENA V.
-
-DON ENRIQUE, COSME (_Salen los dos de la casa de don Enrique y
-observan á don Gregorio, que estará distante._), DON GREGORIO.
-
-COSME.--¿Es él?
-
-D. ENRIQUE.--Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa prisionera que
-adoro.
-
-D. GREGORIO.--Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver la corrupción
-actual de las costumbres!...
-
-D. ENRIQUE.--Quisiera vencer mi repugnancia, hablar con él, y ver si
-logro de alguna manera introducirme.
-
-D. GREGORIO.--En vez de aquella severidad que caracterizaba la
-honradez antigua (_Se acerca un poco don Enrique por el lado derecho
-de don Gregorio, y le hace cortesía_), no vemos en nuestra juventud
-sino excesos de inobediencia, libertinaje y...
-
-D. ENRIQUE.--Pero ¿este hombre no ve?
-
-COSME.--¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si este es el lado del ojo
-huero. Vamos por el otro.
-
-(_Hace que don Enrique pase por detrás de don Gregorio al lado
-opuesto._)
-
-D. GREGORIO.--No, no, no... Es preciso salir de aquí. Mi permanencia
-en la corte no pudiera menos de... (_Estornuda y se suena._)
-
-D. ENRIQUE.--No hay remedio; yo quiero introducirme con él.
-
-D. GREGORIO.--¿Eh? (_Se vuelve hacia el lado derecho, y no viendo á
-nadie, prosigue su discurso._) Pensé que hablaban... Á lo menos en un
-lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí.
-
-COSME.--Acérquese usted.
-
-D. GREGORIO.--¿Quién va? (_Vuelve por el lado derecho; se rasca la
-oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don Enrique, que le
-hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don Enrique se
-le va acercando._) Las orejas me zumban... Allí todas las diversiones
-de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí?
-
-COSME.--Ánimo.
-
-D. GREGORIO.--Allí ninguno de estos barbilindos viene con sus... ¡Qué
-diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento!
-
-D. ENRIQUE.--Mucho sentiría, caballero, haberle distraído á usted de
-sus meditaciones.
-
-D. GREGORIO.--En efecto.
-
-D. ENRIQUE.--Pero la oportunidad de conocer á usted, que ahora se me
-presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan apetecible,
-que no he podido resistir al deseo de saludarle...
-
-D. GREGORIO.--Bien.
-
-D. ENRIQUE.--Y de manifestarle á usted con la mayor sinceridad cuánto
-celebraría poderme ocupar en servicio suyo.
-
-D. GREGORIO.--Lo estimo.
-
-D. ENRIQUE.--Tengo la dicha de ser vecino de usted, en lo cual debo
-estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona...
-
-D. GREGORIO.--Muy bien.
-
-D. ENRIQUE.--¿Y sabe usted las noticias que hoy tenemos? En la corte
-aseguran como cosa muy positiva...
-
-D. GREGORIO.--¿Qué me importa?
-
-D. ENRIQUE.--Ya; pero á veces tiene uno curiosidad de saber
-novedades, y...
-
-D. GREGORIO.--¡Eh!
-
-D. ENRIQUE.--Realmente. (_Después de una larga pausa prosigue don
-Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y viendo que
-no lo hace, sigue hablando._) Madrid es un pueblo en que se disfrutan
-más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias
-en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella
-monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?
-
-D. GREGORIO.--En mis negocios.
-
-D. ENRIQUE.--Sí; pero el ánimo necesita descanso, y á las veces se
-rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de noche,
-antes de recogerse, ¿qué hace usted?
-
-D. GREGORIO.--Lo que me da la gana.
-
-D. ENRIQUE.--Muy bien dicho. La respuesta es exactísima, y desde
-luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer hacer cosa
-que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese
-muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y...
-
-D. GREGORIO.--Agur.
-
-(_Atraviesa por entre los dos, se entra en su casa, y cierra._)
-
-
-ESCENA VI.
-
-DON ENRIQUE, COSME.
-
-D. ENRIQUE.--¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre este?
-
-COSME.--Asperillo es de condición, y amargo de respuestas.
-
-D. ENRIQUE.--¡Ah! ¡Yo me desespero!
-
-COSME.--¿Y por qué?
-
-D. ENRIQUE.--¿Eso me preguntas? Porque veo sin libertad á la prenda
-que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón vigilante, que
-la guarda y la oprime.
-
-COSME.--Auto en favor. Eso que á usted le apesadumbra debiera
-hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don Enrique,
-para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan
-y guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de
-los maridos y de los padres no hace otra cosa que adelantar las
-pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni entiendo de esos
-filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis amos anteriores
-(corsarios de profesión), que no había para ellos mayor gusto que
-el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, groseros,
-regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que
-armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su
-mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es
-natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose al ver el
-justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha padecido,
-se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la arrulla;
-y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se adelanta
-camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á
-usted los medios de enamorar á la pupila.
-
-D. ENRIQUE.--¿Qué facilidades me propones, cuando sabes que hace
-ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, por el cual
-emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á
-mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de
-las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este
-barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de
-hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan grande, que no lo he
-podido conseguir.
-
-COSME.--Dicen que amor es invencionero y astuto; pero no me parece
-á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni que
-discurre arbitrios para...
-
-D. ENRIQUE.--¿Y qué he de hacer yo, si la casa está cerrada siempre
-como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada alguna de
-quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada
-de su feroz alcaide?
-
-COSME.--¿De suerte, que ella todavía no sabe que usted la quiere?
-
-D. ENRIQUE.--No sé qué decirte. Bien me ha visto que la sigo á todas
-partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la lleva
-á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear
-con ella hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes,
-siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he
-procurado que lea en mis ojos lo que padece mi corazón; pero ¿quién
-sabe si ella ha comprendido este idioma, y si agradece mi amor, ó le
-desestima?
-
-COSME.--Á la fe que el tal lenguaje es un poco oscuro, si no le
-acompañan las palabras ó las letras.
-
-D. ENRIQUE.--No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y
-averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú
-algún arbitrio...
-
-COSME.--Sí, discurramos.
-
-D. ENRIQUE.--Á ver si se puede...
-
-COSME.--Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa.
-
-D. ENRIQUE.--Pues ¿qué importa que?...
-
-COSME.--No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las
-persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa...
-Y despacito, como que...
-
-D. ENRIQUE.--Sí, dices bien.
-
-(_Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique._)
-
-
-
-
-ACTO II.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON MANUEL.
-
-(_Sale don Manuel por una de las calles, llega á su casa, tira de la
-campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta, entra, y
-queda cerrada como antes._)
-
-D. MANUEL.--Abre.
-
-
-ESCENA II.
-
-DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (_salen los dos de casa de don Gregorio_).
-
-D. GREGORIO.--Bien, vete que ya sé la casa, y aun por las señas que
-me das también caigo en quien es el sujeto.
-
-(_Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve después._)
-
-D.ª ROSA.--¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que me inspira un
-inocente amor!
-
-D. GREGORIO.--¿No dices que has oído que se llama don Enrique?
-
-D.ª ROSA.--Sí, don Enrique.
-
-D. GREGORIO.--Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo
-estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.
-
-(_Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se
-entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique._)
-
-D.ª ROSA.--Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero
-¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el
-injusto rigor que padezco?
-
-D. GREGORIO.--No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz...
-Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo
-tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no
-le...
-
-
-ESCENA III.
-
-COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.
-
-D. GREGORIO.--¡Qué bruto de!... (_Al salir Cosme da un gran tropezón
-con don Gregorio._) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no
-me hace desnucar el bárbaro!
-
-(_Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído
-por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con
-afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don
-Gregorio._)
-
-D. ENRIQUE.--Caballero, siento mucho que...
-
-D. GREGORIO.--¡Ah! precisamente es usted el que busco.
-
-D. ENRIQUE.--¿Á mí, señor?
-
-D. GREGORIO.--Sí por cierto... ¿No se llama usted don Enrique?
-
-D. ENRIQUE.--Para servir á usted.
-
-D. GREGORIO.--Para servir á Dios... Pues, señor, si usted lo permite,
-yo tengo que hablarle.
-
-D. ENRIQUE.--¿Será tanta mi felicidad, que pueda complacerle á usted
-en algo?
-
-D. GREGORIO.--No; al contrario, yo soy el que trato de hacerle á
-usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á
-buscarle.
-
-D. ENRIQUE.--¿Y usted venía á mi casa con ese intento?
-
-D. GREGORIO.--Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de particular?
-
-D. ENRIQUE.--¿Pues no quiere usted que me admire, y que envanecido
-con el honor de que?...
-
-D. GREGORIO.--Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos...
-Vamos al caso.
-
-D. ENRIQUE.--Pero tómese usted la molestia de pasar adelante.
-
-D. GREGORIO.--No hay para qué.
-
-D. ENRIQUE.--Sí, sí, usted me hará este favor.
-
-D. GREGORIO.--No por cierto. Aquí estoy muy bien.
-
-D. ENRIQUE.--¡Oh! No es cortesía permitir que usted...
-
-D. GREGORIO.--Pues yo le digo á usted que no quiero moverme.
-
-D. ENRIQUE.--Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un
-taburete para el vecino.
-
-(_Cosme se encamina á la puerta de su casa para buscar el taburete;
-después se detiene dudando lo que ha de hacer._)
-
-D. GREGORIO.--Pero si de pié le puedo decir á usted lo que...
-
-D. ENRIQUE.--¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso.
-
-D. GREGORIO.--¡Vaya que el hombre me mortifica en forma!
-
-COSME.--¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer?
-
-D. GREGORIO.--No le traiga usted.
-
-D. ENRIQUE.--Pero sería una desatención indisculpable...
-
-D. GREGORIO.--Hombre, más desatención es no querer oir á quien tiene
-que hablar con usted.
-
-D. ENRIQUE.--Ya oigo.
-
-(_Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; pero al ver que
-don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace
-insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta,
-y al fin se le ponen los dos._)
-
-D. GREGORIO.--Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que
-ya me... ¿Quiere usted oirme?
-
-D. ENRIQUE.--Sí por cierto, con muchísimo gusto.
-
-D. GREGORIO.--Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una
-joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas
-verdes, y se llama doña Rosita?
-
-D. ENRIQUE.--Sí, señor.
-
-D. GREGORIO.--Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué
-decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me
-interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar
-destinada al honor de ser mi mujer?
-
-D. ENRIQUE (_con sorpresa y sentimiento._)--No sabía eso.
-
-D. GREGORIO.--Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si
-usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.
-
-D. ENRIQUE.--¿Quién?... ¿Yo, señor?
-
-D. GREGORIO.--Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.
-
-D. ENRIQUE.--Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de
-esa señorita?
-
-D. GREGORIO.--Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito.
-
-D. ENRIQUE.--Pero repito que...
-
-D. GREGORIO.--¡Dale!... Ella misma.
-
-D. ENRIQUE.--¿Ella?
-
-(_Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante._)
-
-D. GREGORIO.--Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una
-muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna,
-acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además
-que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted
-quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de
-seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que
-esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en
-manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa.
-
-D. ENRIQUE.--¿Y dice usted que es ella misma la que le ha
-encargado?...
-
-D. GREGORIO.--Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á
-usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado
-desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso
-mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar
-tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro
-recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted
-que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si
-tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus
-miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa
-que advertir á usted.
-
-(_Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio._)
-
-D. ENRIQUE.--Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?
-
-COSME.--Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay
-oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le
-envía ese recado.
-
-D. GREGORIO.--Se ve que le ha hecho efecto.
-
-D. ENRIQUE.--¿Conque tú crees también que hay algún artificio?
-
-COSME.--Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos.
-
-(_Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después
-de haberlos observado, se pasea por el teatro._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
-
-D. GREGORIO.--Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante
-visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación
-que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy
-ofendida.
-
-(_Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña
-Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se
-encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa._)
-
-D.ª ROSA.--Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle
-no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de
-acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.
-
-D. GREGORIO.--Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas
-aquí?... Ya despaché mi comisión.
-
-D.ª ROSA.--Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?
-
-D. GREGORIO.--Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que
-no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido;
-pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no
-acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar.
-
-D.ª ROSA.--¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar
-alguna pesadumbre.
-
-D. GREGORIO.--Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía?
-
-D.ª ROSA.--Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín
-á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia
-cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le
-reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía
-y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise
-meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno.
-Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me
-pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo
-que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece
-á usted que era?
-
-D. GREGORIO.--¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú
-así...
-
-D.ª ROSA.--No, señor. Era este envoltorio de papel.
-
-(_Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el
-diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la
-carta._)
-
-D. GREGORIO.--¡Calle!
-
-D.ª ROSA.--Y dentro esta caja de oro.
-
-D. GREGORIO.--¡Oiga!
-
-D.ª ROSA.--Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su
-sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...
-
-D. GREGORIO.--¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho?
-
-D.ª ROSA.--El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el
-corazón le tengo tan oprimido, que...
-
-D. GREGORIO.--Bien te lo creo.
-
-D.ª ROSA.--Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y
-la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester
-que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo...
-
-D. GREGORIO.--Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una
-prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo,
-yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.
-
-D.ª ROSA.--Pues tome usted.
-
-(_Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don
-Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta;
-doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene._)
-
-D. GREGORIO.--_Á mi señora doña Rosa Jiménez._--_Enrique de
-Cárdenas._ ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...
-
-D.ª ROSA.--¡Ay! No por cierto: no la abra usted.
-
-D. GREGORIO.--¿Y qué importa?
-
-D.ª ROSA.--¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la
-ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los
-billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto
-descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la
-escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la
-carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto
-desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva
-nunca á intentar locura semejante.
-
-D. GREGORIO.--Tiene muchísima razón. (_Se aparta hacia un lado, y
-vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la
-caja, la envuelve curiosamente y se la guarda._) Rosita, tu prudencia
-y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu
-alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de
-ser mi esposa.
-
-D.ª ROSA.--Pero si usted tiene gusto de leerla...
-
-D. GREGORIO.--No, nada de eso.
-
-D.ª ROSA.--Léala usted si quiere, como no la oiga yo.
-
-D. GREGORIO.--No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has
-dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré
-después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los
-callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en
-_Desiderio y Electo_... ¿Eh? Adios.
-
-D.ª ROSA.--Venga usted pronto.
-
-(_Se entra doña Rosa en su casa._)
-
-
-ESCENA V.
-
-DON GREGORIO, COSME.
-
-D. GREGORIO.--El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha
-de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y
-de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano
-sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se
-quiere que sean. (_Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme,
-desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en
-las manos, y se va por una calle._) Deo gracias.
-
-COSME.--¿Quién es? ¡Oh! señor don...
-
-D. GREGORIO.--Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á
-escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro,
-porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale
-usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo
-que puede esperar en adelante.
-
-
-ESCENA VI.
-
-DON ENRIQUE, COSME.
-
-D. ENRIQUE.--¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro?
-
-COSME.--Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á
-doña Rosita...
-
-(_Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo
-indica el diálogo._)
-
-D. ENRIQUE.--¿Yo?
-
-COSME.--La cual doña Rosita se ha irritado tanto, según él asegura,
-de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla querido
-abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica.
-
-D. ENRIQUE.--«Esta carta le sorprenderá á usted sin duda. El designio
-de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos, parecerán
-demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á
-otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme
-con el hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo
-abandonarme á la desesperación, elijo el partido de implorar de usted
-el favor que necesito para romper estas cadenas. Pero no crea que la
-inclinación que le manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte
-infeliz; nace de mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo
-en usted, las noticias que he procurado adquirir de su estado, de su
-conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación...
-En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues
-sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le
-haga saber lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el
-tiempo vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben
-entenderse.»
-
-COSME.--¿No le parece á usted, que la astucia es de lo más sutil
-que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa
-travesura de amor?
-
-D. ENRIQUE.--¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de su talento y de
-su pasión acrecen la que yo la tengo; (_Don Gregorio sale por una
-de las calles, y se detiene. Después se acerca._) y unido todo á la
-juventud, á las gracias y á la hermosura...
-
-COSME.--Que viene el tuerto. Discurra usted lo que le ha de decir.
-
-
-ESCENA VII.
-
-DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.
-
-D. GREGORIO.--Allí se están amo y criado como dos peleles... Conque
-dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes amorosos
-á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña
-alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya
-ve usted el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese
-de gastar la pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo
-juicio, á usted no le puede ver ni pintado; con que lo mejor es una
-buena retirada, y llamar á otra puerta, que por esta no se puede
-entrar.
-
-D. ENRIQUE.--Es verdad, su mérito de usted es un obstáculo
-invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de
-doña Rosita, teniéndole á usted por competidor.
-
-D. GREGORIO.--Ya se ve, que era una locura.
-
-D. ENRIQUE.--¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á
-presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera
-tenido la temeridad de disputársele.
-
-D. GREGORIO.--Yo lo creo.
-
-D. ENRIQUE.--Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que,
-estando usted de por medio, no es para mí.
-
-D. GREGORIO.--En lo cual hace usted muy bien.
-
-D. ENRIQUE.--Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste
-consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan
-á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que
-las conoce y las estima?
-
-D. GREGORIO.--Usted dice bien.
-
-D. ENRIQUE.--No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de
-un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante
-infeliz, (_Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á
-las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba
-bien, y acierte á repetirlas._) de cuya aflicción es usted la causa,
-yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que
-el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el
-más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación
-idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse.
-
-D. GREGORIO.--Sí, bien está: se lo diré.
-
-D. ENRIQUE.--Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no
-tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado
-esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un
-obstáculo tan insuperable.
-
-D. GREGORIO.--Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice.
-
-D. ENRIQUE.--Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás
-de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y
-si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no
-habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á
-detenerme.
-
-D. GREGORIO.--Usted habla y procede en eso como hombre de buena
-razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (_Hace
-que se va, vuelve._) Pero créame usted, don Enrique: es menester
-distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se
-olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias:
-conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?...
-Conque... ¡Eh! Adios.
-
-(_Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se
-van, y entran en la suya._)
-
-D. ENRIQUE.--¡Qué necio es!
-
-
-ESCENA VIII.
-
-DON GREGORIO _llama á su puerta, y sale_ DOÑA ROSA.
-
-D. GREGORIO.--Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre,
-al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto
-concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor
-encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó
-que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que
-aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el
-amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se
-yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga
-á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado...
-pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor
-molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y
-mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú,
-¿qué dices á esto?
-
-D.ª ROSA.--Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un
-hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera
-tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes
-atrevidos.
-
-D. GREGORIO.--Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan
-apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor,
-no merece que se le...
-
-D.ª ROSA.--¿Y le parece á usted honesta intención la de querer robar
-á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal proyecto, y
-aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted,
-como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante?
-
-D. GREGORIO.--¡Oiga! Conque...
-
-D.ª ROSA.--Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme por medio de un
-rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta casa,
-ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis
-ú ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse,
-aprovechar una ocasión en que sepa que me he quedado sola, y
-robarme... ¡Tiemblo de horror!
-
-D. GREGORIO.--Vamos, que todo eso no es más que hablar y...
-
-D.ª ROSA.--Sí, ¡como hay tanto que fiar de su honradez y su
-moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa?
-
-D. GREGORIO.--No por cierto; si él ha dicho eso, realmente procede
-mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido á
-contar á ti esas?...
-
-D.ª ROSA.--Ahora mismo acabo de saberlo.
-
-D. GREGORIO.--¿Ahora?
-
-D.ª ROSA.--Sí, señor, después que usted le volvió la carta.
-
-D. GREGORIO.--Pero, chica, si no hice más que llegarme ahí á casa de
-don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el mancebo, me volví
-al instante, y...
-
-D.ª ROSA.--Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á
-dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese
-usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto
-quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo:
-Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto,
-que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted
-que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que
-usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida,
-que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá
-á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de
-satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la
-escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún
-accidente.
-
-D. GREGORIO.--Ese era el bribón del lacayo.
-
-D.ª ROSA.--Á la cuenta.
-
-D. GREGORIO.--Pero se ve que ese hombre es loco.
-
-D.ª ROSA.--No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe
-disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con
-buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías...
-Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo
-en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las
-tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames.
-
-D. GREGORIO.--Vaya, vamos, no temas nada, que...
-
-D.ª ROSA.--No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted
-le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No
-hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de
-una persecución tan obstinada.
-
-D. GREGORIO.--Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no,
-que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.
-
-D.ª ROSA.--Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la
-que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos;
-que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda
-el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted
-le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de
-alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa
-dos veces.
-
-D. GREGORIO.--¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.
-
-D.ª ROSA.--Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo
-dice.
-
-D. GREGORIO.--No, no le quedará duda; yo te lo aseguro.
-
-D.ª ROSA.--Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia;
-despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por
-muy poco tiempo, me pongo triste.
-
-D. GREGORIO.--Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida
-mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (_Doña Rosa se
-entra su casa y cierra._) En el mundo no hay hombre más venturoso
-que yo; no puede haberle... (_Da una vuelta por la escena lleno de
-inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique._)
-Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?
-
-
-ESCENA IX.
-
-DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.
-
-D. ENRIQUE.--¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis
-puertas?
-
-D. GREGORIO.--Sus extravagancias de usted.
-
-D. ENRIQUE.--¿Cómo así?
-
-D. GREGORIO.--Bien sabe usted lo que quiero decirle; no se me haga
-el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted
-fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya
-lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre,
-¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No
-tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de
-ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y
-violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que
-ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno.
-
-D. ENRIQUE.--¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de
-verdad, señor don Gregorio?
-
-D. GREGORIO.--Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha
-dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección
-es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan,
-que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su
-desatino, y salgamos de tanto embrollo.
-
-(_Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto
-queda á media luz._)
-
-D. ENRIQUE.--Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones,
-no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...
-
-D. GREGORIO.--¿Conque usted duda que sea verdad?
-
-D. ENRIQUE.--¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto
-de persuadirse uno á que...
-
-D. GREGORIO.--Venga usted conmigo.
-
-(_Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia
-su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga._)
-
-D. ENRIQUE.--Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo
-me desespere y...
-
-D. GREGORIO.--Venga usted, venga usted... ¡Rosa!
-
-D. ENRIQUE.--No es decir esto que usted...
-
-D. GREGORIO.--Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se
-desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!
-
-D. ENRIQUE.--¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á
-quien no ha cometido otro delito que adorarla!
-
-D. GREGORIO.--Usted lo verá. Ya sale.
-
-
-ESCENA X.
-
-DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.
-
-D.ª ROSA.--¿Qué es esto?... (_Sorprendida al ver á don Enrique_).
-¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus
-visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?
-
-D. GREGORIO.--No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales
-recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo
-le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le
-puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de
-persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas,
-ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.
-
-D.ª ROSA.--Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo,
-que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?
-
-D. ENRIQUE.--Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el
-vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad
-que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la
-suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe
-maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie
-delante de mí.
-
-D.ª ROSA.--Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias
-mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los
-íntimos afectos de mi corazón.
-
-D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?
-
-D.ª ROSA.--Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo
-alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro
-presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira
-una repugnancia que no puedo vencer. Pero...
-
-D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?
-
-D.ª ROSA.--Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que
-padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el
-único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas
-esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de
-un suplicio más insoportable que la misma muerte.
-
-D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir
-tus deseos.
-
-D.ª ROSA.--No hay otro medio de que yo viva contenta.
-
-(_Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don
-Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio._)
-
-D. GREGORIO.--Dentro de muy poco lo estarás.
-
-D.ª ROSA.--Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con
-tanta libertad...
-
-D. GREGORIO.--No hay mal en eso.
-
-D.ª ROSA.--Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de
-alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío.
-
-D. GREGORIO.--Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma.
-
-D.ª ROSA.--Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan
-fino, que acelere las diligencias de unión.
-
-D. GREGORIO.--Ven aquí, perlita; (_Abraza á doña Rosa; ella extiende
-la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio,
-se la besa afectuosamente, y se retira al instante_) consuelo mío,
-ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me
-angusties; calla, que... Amigo (_Volviéndose muy satisfecho á hablar
-á don Enrique_) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?
-
-D. ENRIQUE.--Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo
-la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre
-que no ha tenido la fortuna de agradarla.
-
-D.ª ROSA.--No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista
-es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa,
-que...
-
-D. GREGORIO.--Vaya, vamos, que eso es demasiado.
-
-D.ª ROSA.--¿Le ofendo á usted en decir esto?
-
-D. GREGORIO.--No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que
-también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan
-excesiva...
-
-D.ª ROSA.--Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo.
-
-D. ENRIQUE.--Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos
-ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una
-persona que tanto la ofende.
-
-D.ª ROSA.--Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.
-
-D. GREGORIO.--Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera
-haberle dado á usted este mal rato; pero...
-
-D. ENRIQUE.--No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento;
-al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia,
-atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir
-cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don
-Gregorio, me repito á la disposición de usted.
-
-D. GREGORIO.--Vaya usted con Dios.
-
-D. ENRIQUE.--Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa.
-
-(_Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la
-puerta._)
-
-
-ESCENA XI.
-
-DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
-
-D. GREGORIO.--De veras te digo, que este hombre me da compasión.
-
-D.ª ROSA.--Ande usted, que no merece tanta como usted piensa.
-
-D. GREGORIO.--Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu
-amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días
-son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos
-casados, y...
-
-D.ª ROSA (_turbada_).--¿Mañana?
-
-D. GREGORIO.--Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el
-pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando.
-¿Te parece que no lo conozco?
-
-D.ª ROSA.--Pero...
-
-D. GREGORIO.--Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy
-antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para
-que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.
-
-(_Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y
-cierra._)
-
-D.ª ROSA.--¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe?
-
-
-
-
-ACTO III.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
-
-(_La escena es de noche. Doña Rosa sale de su casa, manifestando el
-estado de incertidumbre y agitación que denota el diálogo._)
-
-D.ª ROSA.--No hay otro medio... Si me detengo un instante, vuelve,
-pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero morir.
-Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo,
-consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á
-mi amante, y él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro
-padezca... (_Don Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa
-se encamina á casa de su hermana; se detiene, y al conocerle duda
-lo que ha de hacer._) Vamos, pero... Gente viene... Y es él...
-¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!
-
-D. GREGORIO.--¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué
-novedad es esta?
-
-D.ª ROSA.--¿Qué le diré?
-
-D. GREGORIO.--¿Qué haces aquí, niña?
-
-D.ª ROSA.--Usted lo extrañará.
-
-(_Indica en la expresión de sus palabras que va previniendo la
-ficción con que trata de disculparse._)
-
-D. GREGORIO.--¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha sucedido? Habla.
-
-D.ª ROSA.--Estoy tan confusa y...
-
-D. GREGORIO.--Vamos, no me tengas en esta inquietud. ¿Qué ha sido?
-
-D.ª ROSA.--¿Se enfadará usted si le digo?...
-
-D. GREGORIO.--No me enfadaré. Dilo presto. Vamos.
-
-D.ª ROSA.--Sí, precisamente se va usted á enojar, pero... Pues
-tenemos una huéspeda.
-
-D. GREGORIO.--¿Quién?
-
-D.ª ROSA.--Mi hermana.
-
-D. GREGORIO.--¿Cómo?
-
-D.ª ROSA.--Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada con llave para
-que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina, la
-viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de
-venirse á dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella
-conmigo... como es una mujer de tanto juicio, y...
-
-D. GREGORIO.--Pero ¿qué enredo es este, señor, que hasta ahora,
-lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á qué
-ha venido tu hermana?
-
-D.ª ROSA.--Ha venido... Mire usted, le voy á revelar un secreto que
-le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no?
-
-D. GREGORIO.--¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas de que me
-desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?
-
-D.ª ROSA.--Yo se lo diré á usted... Mi hermana está enamorada de don
-Enrique.
-
-D. GREGORIO.--¿Ahora tenemos eso?
-
-D.ª ROSA.--Sí, señor. Hace más de un año que se quieren, y cuasi
-el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por esto
-fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos,
-pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro
-el motivo que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto,
-adonde también se mudó inmediatamente don Enrique, para tener más
-ocasión de verle y hablarle, aprovechándose de la libertad que
-siempre la ha dado el bueno de don Manuel.
-
-D. GREGORIO.--Pero este don Enrique ó don demonio, ¿á cuántas quiere?
-¡Si yo estoy lelo!
-
-D.ª ROSA.--Yo le diré á usted. Continuaron estos amores hasta
-que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de
-la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín
-botánico, la envió un papel de despedida lleno de expresiones
-amargas; y desde entonces no ha querido volverla á ver. Parecióle
-conveniente además pagar con celos que él la diese, los que le había
-causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en seguirme adonde
-quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo sin
-duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que
-ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero
-me propuse callar y despreciarle, hasta que informada esta tarde de
-todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme muy sentida,
-creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese trasto), resolví
-decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo todo lo demás, para
-que la estimación de mi hermana no padeciese... ¿Qué hubiera usted
-hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo?
-
-D. GREGORIO.--Conque... Adelante.
-
-D.ª ROSA.--Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente
-haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me
-desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no
-lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito.
-Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no
-quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró
-á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal
-caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted
-me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté
-cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la
-aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y
-quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me
-hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche
-no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado
-que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don
-Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en
-el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone
-hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla.
-
-D. GREGORIO.--¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú
-qué le has dicho?
-
-D.ª ROSA.--Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que
-pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello;
-afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa
-inmediatamente.
-
-D. GREGORIO.--¿Y ella?
-
-D.ª ROSA.--Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de
-los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y
-desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el
-mundo teme.
-
-D. GREGORIO.--Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he
-de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á
-entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir
-adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy
-hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo
-la diré lo que... Vamos.
-
-(_Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene._)
-
-D.ª ROSA.--No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana.
-Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó
-á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel
-extrañe ahora su vuelta.
-
-(_Hace que se va hacia su casa, y vuelve._)
-
-D. GREGORIO.--Muy bien; aquí espero á que salga.
-
-D.ª ROSA.--Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque,
-no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y
-sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar
-este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va,
-como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que
-importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.
-
-D. GREGORIO.--¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa
-caridad!
-
-D.ª ROSA.--Es mi hermana.
-
-D. GREGORIO.--¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!...
-Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.
-
-D.ª ROSA.--Yo creo que sí.
-
-D. GREGORIO.--Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá
-arriba y la saco á patadas.
-
-D.ª ROSA.--No será menester. Voy allá... (_Hace que se va, y
-vuelve._) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni...
-
-D. GREGORIO.--Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera.
-
-D.ª ROSA (_se encamina hacia su casa, y vuelve._)--¡Ah! Mire usted.
-Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo
-estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.
-
-D. GREGORIO.--Pero ¿qué sientes?
-
-D.ª ROSA.--¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré poco disgustada
-con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo descansar y
-dormir... Conque... buenas noches.
-
-D. GREGORIO.--Adios, Rosita... Pero mira que si no sale...
-
-D.ª ROSA.--Yo le aseguro á usted que saldrá.
-
-(_Éntrase dejando entornada la puerta. Don Gregorio se pasea por el
-teatro mirando con frecuencia hacia su casa, impaciente del éxito._)
-
-D. GREGORIO.--Y á todo esto, ¿en qué se ocupará ahora mi erudito
-hermano? Estará poniendo escolios á algún tratado de educación...
-¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra cosa
-de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?...
-¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os
-enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las
-diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de colleras, y
-á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la bribona de la
-Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos embudos?
-No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que
-baja ya la niña bien criada.
-
-(_Se acerca más á un lado de la puerta de su casa, colocándose hacia
-el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde adentro doña
-Rosa, la cual finge que habla con su hermana._)
-
-D.ª ROSA.--No te canses en quererme persuadir. Vete... Antes que todo
-es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho... ¿Y qué importa
-que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de
-aquí.
-
-D. GREGORIO.--En efecto, la echa de casa... (_Sale doña Rosa de
-su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña
-Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don
-Gregorio su puerta y guarda la llave._) ¿Y adónde irá la doncellita
-menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.
-
-
-ESCENA II.
-
-DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
-
-(_Los dos primeros salen de su casa._)
-
-D. ENRIQUE.--¿Dijiste al ama que no me espere?
-
-COSME.--Sí, señor.
-
-D. ENRIQUE.--Pues cierra y vamos, que aunque sepa atropellar por
-todo, he de hablarla esta noche.
-
-(_Cierra Cosme la puerta con llave._)
-
-COSME.--¡Noche toledana!
-
-D. ENRIQUE.--Y á pesar de quien procura estorbarlo, ella y yo seremos
-felices.
-
-(_Doña Rosa, después de haberse alejado un poco hacia el fondo del
-teatro, vuelve encaminándose á casa de don Manuel; don Gregorio se
-adelanta igualmente y la observa. Ella se detiene._)
-
-D.ª ROSA.--Él se acerca á la puerta de don Manuel. ¿Qué haré?... Ya
-no es posible... (_Se retira llena de confusión hacia el fondo del
-teatro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene._) ¡Infeliz
-de mí!
-
-D. ENRIQUE.--¿Quién es?
-
-D.ª ROSA.--Yo.
-
-D. ENRIQUE.--¿Doña Rosita?
-
-D.ª ROSA.--Yo soy.
-
-D. ENRIQUE.--Á mi casa.
-
-D.ª ROSA.--Pero ¿qué seguridad tendré en ella?
-
-D. ENRIQUE.--La que debe usted esperar de un hombre de honor.
-
-D.ª ROSA.--Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo
-llegar sin que me reconozca, y...
-
-D. ENRIQUE.--Está usted conmigo... Pasará usted la noche en compañía
-de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y
-á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré
-que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer
-la vida para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted.
-
-(_Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique._)
-
-D.ª ROSA.--Allí está.
-
-D. ENRIQUE.--Bien, que esté donde quiera. Poco importa.
-
-D.ª ROSA.--Allí, allí.
-
-D. ENRIQUE.--Sí, ya le distingo... No hay que temer, quieto se
-está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro.
-
-(_Asiéndole de la mano se entra con ella en su casa, y Cosme
-detrás._)
-
-D. GREGORIO.--Pues, señor, se marchó á casa del galán. No puede
-llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al ver tan
-solemnemente burlado á este hermano que Dios me dió, necio por
-naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos
-á darle la infausta noticia... (_Se encamina á casa de don Manuel;
-después se detiene._) No, el asunto es serio, y si el tiempo se
-pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un trabajo...
-Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí pienso que ha
-de vivir el comisario...
-
-(_Va á casa del comisario, y llama._)
-
-
-ESCENA III.
-
-UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON GREGORIO.
-
-(_Salen los tres primeros por una de las calles. El criado con
-linterna. La escena se ilumina un poco._)
-
-COMISARIO.--¿Quién anda ahí?
-
-D. GREGORIO.--¡Ah! ¿No es usted el señor comisario del cuartel?
-
-COMISARIO.--Servidor de usted.
-
-D. GREGORIO.--Pues, señor... Oiga usted aparte... (_Se aparta con el
-comisario á poca distancia de los demás._) Su presencia de usted es
-absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder...
-¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en
-aquella casa de enfrente?
-
-COMISARIO.--Sí, de vista la conozco, y al caballero que la tiene
-consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.
-
-D. GREGORIO.--Hermano mío.
-
-COMISARIO.--¡Oiga! ¿Es usted su hermano?
-
-D. GREGORIO.--Para servir á usted.
-
-COMISARIO.--Para hacerme favor.
-
-D. GREGORIO.--Pues el caso es que esta niña, hija de padres muy
-honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz que
-vive aquí en este cuarto principal...
-
-COMISARIO.--¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le conozco mucho.
-
-D. GREGORIO.--Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su
-casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo que
-puede resultar de aquí.
-
-COMISARIO.--Sí... En efecto.
-
-D. GREGORIO.--Ello hay de por medio no sé qué papel de matrimonio;
-pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa el
-motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico?
-
-COMISARIO.--Perfectamente... ¿Y ella está adentro?
-
-D. GREGORIO.--Ahora mismo acaba de entrar... Conque, señor comisario,
-se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que el tal
-caballero... Ya ve usted.
-
-COMISARIO.--Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por fortuna tenemos
-aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (_Alza
-un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el
-cual se acerca á ellos muy oficioso._) Es escribano...
-
-ESCRIBANO.--Escribano real.
-
-D. GREGORIO.--Ya.
-
-ESCRIBANO.--Y antiguo.
-
-D. GREGORIO.--Mejor.
-
-ESCRIBANO.--Mucha práctica de tribunales.
-
-D. GREGORIO.--Bueno.
-
-ESCRIBANO.--Conocido en testamentarías, subastas, inventarios,
-despojos, secuestros y...
-
-D. GREGORIO.--No, ahí no hallará usted cosa en que poder...
-
-ESCRIBANO.--Y muy hombre de bien.
-
-D. GREGORIO.--Por supuesto.
-
-ESCRIBANO.--Es que...
-
-COMISARIO.--Vamos, don Lázaro, que esto pide mucha diligencia.
-
-D. GREGORIO.--Yo aquí espero.
-
-COMISARIO.--Muy bien.
-
-(_Llama el criado á la puerta de don Enrique, se abre, y entran los
-tres. La escena vuelve á quedar oscura._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON GREGORIO, DON MANUEL.
-
-D. GREGORIO.--Veamos si está en casa este inalterable filósofo, y le
-contaremos la amarga historia... (_Llama en casa de don Manuel, abren
-la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta
-entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano._) ¿Está?
-Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha
-importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas
-sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya
-si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor
-hermano!
-
-(_Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se detiene inmediato á
-ella._)
-
-D. MANUEL.--Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes?
-
-D. GREGORIO.--Porque tengo que hablarte, y no me puedo separar de
-aquí.
-
-D. MANUEL (_adelantándose hacia donde está don
-Gregorio._)--Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?
-
-D. GREGORIO.--Vengo á darte muy buenas noticias.
-
-D. MANUEL.--¿De qué?
-
-D. GREGORIO.--Sí, te vas á regocijar mucho con ellas... Dime: mi
-señora doña Leonor ¿en dónde está?
-
-D. MANUEL.--¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga doña Beatriz. Allí
-quedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas que
-escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á otro...
-Pero ¿á qué viene esa pregunta?
-
-D. GREGORIO.--¡Eh! Así, por hablar algo...
-
-D. MANUEL.--Pero ¿qué quieres decirme?
-
-D. GREGORIO.--Nada... Que tú la has educado filosóficamente,
-persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco
-de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no
-son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la
-indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas
-quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido
-corresponder como era de esperar á las lecciones de su maestro.
-
-D. MANUEL.--Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir
-nada de cuanto dices.
-
-D. GREGORIO.--Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y
-es muy justo que recibas el premio de tu ridícula presunción... Llegó
-el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en las dos
-hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes;
-y la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los
-persigue.
-
-D. MANUEL.--Si no me declaras el misterio, dígote que...
-
-D. GREGORIO.--El misterio es que tu pupila no está donde piensas,
-sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado
-rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar
-mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?
-
-D. MANUEL.--¿Dices que Leonor?...
-
-D. GREGORIO.--Sí, señor, la misma...
-
-D. MANUEL.--Vaya, déjate de chanzas, y no me...
-
-D. GREGORIO.--¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se dará tal
-estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que
-la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él,
-y lo he visto yo, y se quieren mucho, y hace más de un año que se
-tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías.
-¿Lo entiendes?
-
-D. MANUEL.--Pero es una cosa tan agena de verisimilitud...
-
-D. GREGORIO.--¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus ojos no se lo
-harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que los
-años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (_Señalándose con
-el dedo en la frente._)
-
-D. MANUEL.--Ello es que tú te persuades á que...
-
-D. GREGORIO.--Figúrate si me habré persuadido... Pero mira, no
-gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío que
-te persuadirás también. Vamos.
-
-(_Se encamina á casa de don Enrique, y después vuelve._)
-
-D. MANUEL.--¡Haber cometido tal exceso, cuando siempre la he tratado
-con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces no
-violentar, no contradecir sus inclinaciones!
-
-D. GREGORIO.--Ya temía yo que no había de ser creído, y que
-perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y porque me
-pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo
-que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario
-del cuartel vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando
-escándalos, se concluya, si se puede, con un matrimonio.
-
-D. MANUEL.--¿Eso hay?
-
-D. GREGORIO.--¡Toma! Ya están allá el comisario y un escribano
-que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros
-algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente
-criatura, disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh?
-
-D. MANUEL.--¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta debilidad, ni soy
-capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño. Pero á
-pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á...
-
-D. GREGORIO.--¡Qué terco es!... Ven conmigo, y acabemos esta disputa
-impertinente.
-
-(_Se encamina con su hermano hacia casa de don Enrique, y al llegar
-cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se ilumina
-como en la escena tercera._)
-
-
-ESCENA V.
-
-EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, DON MANUEL.
-
-COMISARIO.--Aquí, señores, no hay necesidad de ninguna violencia.
-Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay otra cosa
-que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa
-honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y
-le autorizan.
-
-D. GREGORIO.--¿Qué te parece?
-
-D. MANUEL (_reprimiéndose_).--¿Qué me ha de parecer?... Que se casen.
-
-D. GREGORIO.--Pues, señor, que se casen.
-
-COMISARIO.--Diré á usted, señor don Manuel. Yo he propuesto á la
-novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de mi
-mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece,
-á lo menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades;
-pero no ha querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite
-que vaya á la suya, la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta
-elección es la mejor; pero he querido avisarle á usted para saber si
-gusta de ello, ó tiene alguna dificultad.
-
-D. MANUEL.--Ninguna... Que venga. Yo me encargo del depósito.
-
-COMISARIO.--Volveré con ella muy pronto.
-
-(_Se entra con el criado en casa de don Enrique. El teatro queda
-oscuro otra vez._)
-
-D. GREGORIO.--No me queda otra cosa que ver... Pero ¿cuál es más
-admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura de este insensato
-que se presta á tenerla en su casa después de lo que ha hecho, que la
-toma en depósito de manos de su amante para entregársela después tal
-y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más destornillada
-que la suya... No puede ser.
-
-D. MANUEL.--No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú has hecho
-intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran
-sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón;
-para que su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha
-sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que
-mañana se casen, como si fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto;
-para manifestar á Leonor que nunca he querido hacerme un tirano de su
-libertad ni de sus afectos; para confundirla con mi modo de proceder
-comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que haya sido capaz
-de tal ingratitud?
-
-D. GREGORIO.--Calla, que... (_Salen por una calle doña Leonor,
-Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante
-de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña
-Leonor al ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro._) Sí...
-Ahí la tienes. Pídela perdón.
-
-D. MANUEL.--¡Yo! ¡Qué mal me conoces!
-
-
-ESCENA VI.
-
-DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
-
-D. MANUEL.--Leonor, no temas ningún exceso de cólera en mí, bien
-sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que me
-ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa,
-sabiendo tú que nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes
-amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de
-ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar
-en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu
-estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi
-casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo el esposo que
-has querido elegir.
-
-D.ª LEONOR.--Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué se dirige ese
-discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es ese
-de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi
-respeto á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de
-una vez, mi amor, son inalterables... Mucho me ofende el que presuma
-que he podido yo hacer ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer
-honesta, que estima en más que la vida su honor y su opinión.
-
-D. MANUEL (_volviéndose á don Gregorio_).--¿Oyes lo que dice?
-
-D. GREGORIO (_acercándose á doña Leonor_).--Ya se ve que lo oigo...
-Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde vienes, hija?
-
-D.ª LEONOR.--De casa de doña Beatriz.
-
-D. GREGORIO.--¿Ahora vienes de allí, cordera?
-
-D.ª LEONOR.--Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que nos ha venido á
-acompañar?
-
-D. GREGORIO.--¿Y no sales de casa de don Enrique?
-
-D.ª LEONOR.--¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?... ¡Eh! no por
-cierto.
-
-D. GREGORIO.--¿Y no habéis concertado vuestro casamiento á presencia
-del comisario?
-
-D.ª LEONOR.--Me hace reir... ¿Ves qué desatino, Juliana?
-
-D. GREGORIO.--¿Y no estáis enamorados mucho tiempo há?
-
-D.ª LEONOR.--Muchísimo tiempo... ¿Y qué más?
-
-D. GREGORIO.--¿Y no estuviste en mi casa esta noche? ¿y no te
-hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á la de tu galán?
-¿y no te ví yo?
-
-D.ª LEONOR.--Esto pasa de chanza. Usted no sabe lo que se dice...
-(_Asiendo del brazo á don Manuel se dirige hacia su casa._) Vamos á
-casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido el poco entendimiento que
-tenía; vamos.
-
-
-ESCENA VII.
-
-DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO,
-DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
-
-(_El criado saldrá con la linterna. La luz del teatro se duplica._)
-
-D.ª ROSA.--¡Leonor!... ¡Hermana!...
-
-(_Corriendo hacia doña Leonor la coge de las manos, y se las besa._)
-
-D. GREGORIO.--¡Huf!...
-
-(_Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de confusión._)
-
-D.ª ROSA.--Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el
-atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de
-mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme;
-pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las
-dos.
-
-D.ª LEONOR.--Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no
-me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te has
-valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas.
-
-D.ª ROSA.--Cuanto digas es cierto, pero... (_Volviéndose á don
-Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento._) usted ha sido la
-causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á
-sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de
-hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró
-inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas
-para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero
-puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo
-fuese menos honesta.
-
-D. ENRIQUE.--Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que
-conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante.
-
-D. MANUEL (_acercándose á don Gregorio_).--Esto pide resignación,
-hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes.
-
-D.ª LEONOR.--Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro
-remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima.
-
-JULIANA.--Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las
-enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más
-tonto!
-
-COSME (_hablando con Juliana_).--Y en verdad que se ha escapado como
-en una tabla. Bien puede estar contento.
-
-D. GREGORIO (_No dirige á nadie sus palabras, habla como si
-estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la energía de su
-expresión_).--No, yo no acabo de salir de la admiración en que
-estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es
-posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la
-de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el
-fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede
-se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías.
-Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los
-hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio,
-si quiere llevársele.
-
-(_Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso hacia ella. Don
-Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su casa, y cierra
-por dentro._)
-
-D. MANUEL.--No dice bien... Las mujeres, dirigidas por otros
-principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor
-del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y
-mañana sin falta se celebrará la boda.
-
-D.ª ROSA.--¿La mía no más?
-
-D. MANUEL.--Si tu hermana me perdona una breve sospecha, con tanta
-dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo también
-pudiera serlo.
-
-D.ª LEONOR.--Hoy es día de perdonar.
-
-D.ª ROSA.--Sí, bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una
-educación tan contraria á la que yo recibí.
-
-D.ª LEONOR.--Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi
-corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.
-
-D. MANUEL.--¡Querida Leonor!
-
-(_Se abrazan don Manuel y doña Leonor._)
-
-JULIANA.--¡Excelente lección para los maridos, si quieren estudiarla!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-EL MÉDICO Á PALOS
-
-COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814
-
-
-
-
-PERSONAS
-
-
- DON JERÓNIMO.
- DOÑA PAULA.
- LEANDRO.
- ANDREA.
- BARTOLO.
- MARTINA.
- GINÉS.
- LUCAS.
-
-
- La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos
- siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y
- otras dos en los lados.
-
-
-_La acción empieza á las once de la mañana, y se acaba á las cuatro
-de la tarde._
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO I.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-BARTOLO, MARTINA.
-
-BARTOLO.--¡Válgate Dios, y qué durillo está este tronco! El hacha se
-mella toda, y él no se parte... (_Corta leña de un árbol inmediato al
-foro: deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el
-proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un
-cigarro y se pone á fumar._) ¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy
-aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más... Dejémoslo,
-y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá
-bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro
-la ha de heredar... Allí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?
-
-MARTINA (_sale por el lado derecho del teatro_).--Holgazán, ¿qué
-haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes que tienes que
-acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de
-mediodía?
-
-BARTOLO.--Anda, que si no es hoy, será mañana.
-
-MARTINA.--Mira qué respuesta.
-
-BARTOLO.--Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato á fumar
-un cigarro.
-
-MARTINA.--¡Y que yo aguante á un marido tan poltrón y desidioso!
-Levántate y trabaja.
-
-BARTOLO.--Poco á poco, mujer; si acabo de sentarme.
-
-MARTINA.--Levántate.
-
-BARTOLO.--Ahora no quiero, dulce esposa.
-
-MARTINA.--¡Hombre sin vergüenza, sin atender á sus obligaciones!
-¡Desdichada de mí!
-
-BARTOLO.--¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca: que la
-mejor es peor que un demonio.
-
-MARTINA.--Miren qué hombre tan hábil, para traer autoridades de
-Séneca.
-
-BARTOLO.--¿Si soy hábil? Á ver, á ver, búscame un leñador que sepa lo
-que yo, ni que haya servido seis años á un médico latino, ni que haya
-estudiado el _quis vel qui, quæ, quod vel quid_, y más adelante, como
-yo lo estudié.
-
-MARTINA.--Mal haya la hora en que me casé contigo.
-
-BARTOLO.--Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.
-
-MARTINA.--Haragán, borracho.
-
-BARTOLO.--Esposa, vamos poco á poco.
-
-MARTINA.--Yo te haré cumplir con tu obligación.
-
-BARTOLO.--Mira, mujer, que me vas enfadando.
-
-(_Se levanta desperezándose, encamínase hacia el foro, coge un palo
-del suelo y vuelve._)
-
-MARTINA.--¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente?
-
-BARTOLO.--Mira que te he de cascar, Martina.
-
-MARTINA.--Cuba de vino.
-
-BARTOLO.--Mira que te he de solfear las espaldas.
-
-MARTINA.--Infame.
-
-BARTOLO.--Mira que te he de romper la cabeza.
-
-MARTINA.--¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á mí?
-
-BARTOLO (_dando de palos á Martina_).--¿Sí? Pues toma.
-
-MARTINA.--¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!
-
-BARTOLO.--Este es el único medio de que calles... Vaya, hagamos la
-paz. Dame esa mano.
-
-MARTINA.--¿Después de haberme puesto así?
-
-BARTOLO.--¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
-
-MARTINA.--No quiero.
-
-BARTOLO.--Vamos, hijita.
-
-MARTINA.--No quiero, no.
-
-BARTOLO.--Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar á mi
-esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.
-
-(_Tira el palo á un lado, y la abraza._)
-
-MARTINA.--¡Si reventaras!
-
-BARTOLO.--Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija
-mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos
-no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una
-porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la
-llevaremos á Miraflores. (_Hace que se va y vuelve._) Oyes, y dentro
-de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me
-acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha
-con sus piedras azules.
-
-(_Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante.
-Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí._)
-
-MARTINA.--Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer
-siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es
-un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él
-sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto.
-
-
-ESCENA II.
-
-MARTINA, GINÉS, LUCAS.
-
-(_Salen por la izquierda._)
-
-LUCAS.--Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé
-yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.
-
-GINÉS.--¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro
-amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una
-señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.
-
-LUCAS.--Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á
-visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
-
-GINÉS.--Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es el que
-necesitamos.
-
-MARTINA (_aparte_).--¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para
-vengarme!
-
-LUCAS.--Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como
-no hayamos equivocado la senda...
-
-MARTINA.--(_Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la
-cortesía._ Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme
-los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores,
-perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.
-
-LUCAS.--¿Vamos bien por aquí á Miraflores?
-
-MARTINA.--Sí, señor. (_Señalando adentro por el lado derecho._) ¿Ve
-usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.
-
-GINÉS.--¿No hay allí un famoso médico, que ha sido médico de una
-vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas
-las enfermedades las cura en griego?
-
-MARTINA.--¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que
-se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.
-
-GINÉS.--¿Qué dice usted?
-
-MARTINA.--Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes á buscar?
-
-LUCAS.--Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo
-junto al río.
-
-MARTINA.--¡Ah! sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué
-tiene?
-
-LUCAS.--¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido
-á perder el habla.
-
-MARTINA.--¡Qué lástima! Pues... (_Aparte, con expresión de
-complacencia._ ¡Ay, qué idea me ocurre!) Pues mire usted, aquí
-tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos
-males desesperados.
-
-GINÉS.--¿De veras?
-
-MARTINA.--Sí, señor.
-
-LUCAS.--¿Y en dónde le podemos encontrar?
-
-MARTINA.--Cortando leña en ese monte.
-
-GINÉS.--Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
-
-MARTINA.--No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido
-como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no
-quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.
-
-GINÉS.--Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres
-hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
-
-MARTINA.--La manía de este hombre es la más particular que se ha
-visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á
-palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán
-su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno
-un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le
-necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido
-bien.
-
-GINÉS.--¡Qué extraña locura!
-
-LUCAS.--¿Habráse visto hombre más original?
-
-GINÉS.--¿Y cómo se llama?
-
-MARTINA.--Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un
-hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules,
-nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
-
-LUCAS.--No se me despintará, no.
-
-GINÉS.--¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
-
-MARTINA.--¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos
-meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya iban á enterrarla, y
-quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por
-donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una
-redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y
-la muerta se levantó tan alegre cantando el _frondoso_.
-
-GINÉS.--¿Es posible?
-
-MARTINA.--Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace tres semanas
-que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se
-le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta.
-Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no quería ir allá, pero
-mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento
-que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fué untando, untando
-al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pié, y se
-fué corriendo á jugar á la rayuela con los otros chicos.
-
-LUCAS.--Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos á
-buscarle.
-
-MARTINA.--Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de
-los garrotazos.
-
-GINÉS.--Ya, ya estamos en eso.
-
-MARTINA.--Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas
-necesiten.
-
-LUCAS.--¿Sí? Voy por un par de ellas.
-
-(_Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el foro y coge
-otro, vuelve, y se le da á Ginés._)
-
-GINÉS.--¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!
-
-MARTINA.--Y si no, todo será inútil. (_Hace que se va, y vuelve._)
-¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre
-como un gamo; y si les coge á ustedes la delantera, no le vuelven á
-ver en su vida. (_Mirando hacia dentro á la parte del foro._) Pero me
-parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no
-quiere hacer bondad, menudito en él. Adios, señores.
-
-
-ESCENA III.
-
-GINÉS, LUCAS.
-
-LUCAS.--Fortuna ha sido haber hallado á esta mujer. Pero ¿no ves qué
-traza de médico aquella?
-
-(_Los dos miran hacia el foro._)
-
-GINÉS.--Ya lo veo... Mira, retirémonos uno á un lado y otro á otro,
-para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor
-cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
-
-LUCAS.--Sí.
-
-GINÉS.--Y sólo en el caso de que absolutamente sea preciso...
-
-LUCAS.--Bien... Entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo.
-
-GINÉS.--Pues apartémonos, que ya llega.
-
-(_Ocúltanse á los dos lados del teatro._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-GINÉS, LUCAS, BARTOLO.
-
-(_Bartolo sale del monte con un hacha y las alforjas al hombro,
-cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro, y saca de las
-alforjas una bota_).
-
-BARTOLO.
-
- En el alcázar de Venus,
- junto al Dios de los planetas,
- en la gran Constantinopla,
- allá en la casa de Meca,
- donde el gran sultán bajá,
- imperio de tantas fuerzas,
- aquel Alcorán que todos
- le pagan tributo en perlas;
- rey de setenta y tres reyes,
- de siete imperios... (_Bebe._)
- De siete imperios cabeza;
- este tal tiene una hija,
- que es del imperio heredera.
-
-(_Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por donde sale Lucas,
-el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. Bartolo,
-sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado
-á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la
-bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas._)
-
-Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la
-bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la
-guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa
-buena.
-
-GINÉS.--¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo?
-
-BARTOLO.--¿Y qué?
-
-GINÉS.--¿Que si se llama usted don Bartolo?
-
-BARTOLO.--No, y sí, conforme lo que ustedes quieran.
-
-GINÉS.--Queremos hacerle á usted cuantos obsequios sean posibles.
-
-BARTOLO.--Si así es, yo me llamo don Bartolo.
-
-(_Quítase el sombrero y le deja á un lado._)
-
-LUCAS.--Pues con toda cortesía...
-
-GINÉS.--Y con la mayor reverencia...
-
-LUCAS.--Con todo cariño, suavidad y dulzura...
-
-GINÉS.--Y con todo respeto, y con la veneración más humilde...
-
-BARTOLO (_aparte_).--Parecen arlequines, que todo se les vuelve
-cortesías y movimientos.
-
-GINÉS.--Pues, señor, venimos á implorar su auxilio de usted para una
-cosa muy importante.
-
-BARTOLO.--¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa
-de mí, haré lo que pueda.
-
-GINÉS.--Favor que usted nos hace... Pero cúbrase usted, que el sol le
-incomodará.
-
-LUCAS.--Vaya, señor, cúbrase usted.
-
-BARTOLO.--Vaya, señores, ya estoy cubierto... (_Pónese el sombrero, y
-los otros también._) ¿Y ahora?
-
-GINÉS.--No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres
-eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos
-hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su...
-
-BARTOLO.--Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar
-leña.
-
-LUCAS.--Señor...
-
-BARTOLO.--Si ha de ser de encina, no la daré menos de á dos reales la
-carga.
-
-GINÉS.--Ahora no tratamos de eso.
-
-BARTOLO.--La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted...
-
-GINÉS.--¡Oh! señor, eso es burlarse.
-
-LUCAS.--Suplico á usted que hable de otro modo.
-
-BARTOLO.--Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que
-bien claro me explico.
-
-GINÉS.--¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan
-groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de
-comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
-
-BARTOLO.--¿Quién, yo?
-
-GINÉS.--Usted, no hay que negarlo.
-
-BARTOLO.--Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi
-vida lo he sido. (_Ap._ Borrachos están.)
-
-LUCAS.--¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos, y se acabó.
-
-BARTOLO.--Pero, en suma, ¿quién soy yo?
-
-GINÉS.--¿Quién? Un gran médico.
-
-BARTOLO.--¡Qué disparate! (_Ap._ ¿No digo que están bebidos?)
-
-GINÉS.--Conque vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.
-
-BARTOLO.--Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico, ni lo he
-pensado jamás.
-
-LUCAS.--Al cabo me parece que será necesario... (_Mirando á Ginés._)
-¿Eh?
-
-GINÉS.--Yo creo que sí.
-
-LUCAS.--En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo de disimular.
-
-GINÉS.--Mire usted que se lo decimos por su bien.
-
-LUCAS.--Confiese usted con mil demonios que es médico, y acabemos.
-
-BARTOLO (_impaciente_).--¡Yo rabio!
-
-GINÉS.--¿Para qué es fingir si todo el mundo lo sabe?
-
-BARTOLO.--Pues digo á ustedes que no soy médico.
-
-(_Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y se le acercan,
-disponiéndose para apalearle._)
-
-GINÉS.--¿No?
-
-BARTOLO.--No, señor.
-
-LUCAS.--¿Conque no?
-
-BARTOLO.--El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.
-
-GINÉS.--Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que
-valernos del remedio consabido... Lucas.
-
-LUCAS.--Ya, ya.
-
-BARTOLO.--¿Y qué remedio dice usted?
-
-LUCAS.--Este.
-
-(_Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se
-escape._)
-
-BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (_Quitándose el sombrero._) Basta, que yo
-soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
-
-GINÉS.--Pues bien, ¿para qué nos obliga usted á esta violencia?
-
-LUCAS.--¿Para qué es darnos el trabajo de derrengarle á garrotazos?
-
-BARTOLO.--El trabajo es para mí, que los llevo... Pero, señores,
-vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada: ó están ustedes locos?
-
-LUCAS.--¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina?
-
-BARTOLO.--No, señor; no lo soy, ya está dicho.
-
-GINÉS.--¿Conque no es usted médico?... Lucas.
-
-LUCAS.--¿Conque no? (_Vuelven á darle de palos._) ¿Eh?
-
-BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí! (_Pónese de rodillas juntando las
-manos, en ademán de súplica._) Sí que soy médico. Sí, señor.
-
-LUCAS.--¿De veras?
-
-BARTOLO.--Sí, señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar,
-y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.
-
-GINÉS.--Me alegro de verle á usted tan razonable.
-
-(_Levántanle cariñosamente entre los dos._)
-
-LUCAS.--Ahora sí que parece usted hombre de juicio.
-
-BARTOLO.--(_Ap._ ¡Maldita sea vuestra alma!...) ¿Si seré yo médico y
-no habré reparado en ello?
-
-GINÉS.--No hay que arrepentirse. Á usted se le pagará muy bien su
-asistencia, y quedará contento.
-
-BARTOLO.--Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico?
-
-GINÉS.--Certísimo.
-
-BARTOLO.--¿Seguro?
-
-GINÉS.--Sin duda ninguna.
-
-BARTOLO.--Pues lléveme el diablo si yo sabía tal cosa.
-
-GINÉS.--¿Pues cómo, siendo el profesor más sobresaliente que se
-conoce?
-
-BARTOLO (_riéndose_).--¡Ah! ¡ah! ¡ah!
-
-GINÉS.--Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales.
-
-BARTOLO (_con ironía_).--¡Válgame Dios!
-
-LUCAS.--Una mujer que estaba ya enterrada...
-
-GINÉS.--Un muchacho que cayó de una torre y se hizo la cabeza una
-tortilla...
-
-BARTOLO.--¿También le curé?
-
-LUCAS.--También.
-
-GINÉS.--Conque buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir á una
-señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca del molino. Usted
-estará allí comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le
-traerán en palmitas.
-
-BARTOLO.--¿Me traerán en palmitas?
-
-LUCAS.--Sí, señor, y acabada la curación le darán á usted qué sé yo
-cuánto dinero.
-
-BARTOLO.--Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas y qué sé yo cuánto
-dinero?... Vamos allá.
-
-GINÉS.--Recógele todos esos muebles, y vamos.
-
-BARTOLO.--No, poco á poco. (_Lucas recoge las alforjas y el hacha.
-Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo._) La bota
-conmigo.
-
-GINÉS.--Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota!
-
-BARTOLO.--No importa, venga... Me darán bien de comer y de beber...
-(_Apartándose á un lado, medita y habla entre sí. Después con
-ellos._) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no
-quiero ser médico, me volverán á sacudir el bulto; y si lo soy, me le
-sacudirán también... Pero díganme ustedes: ¿les parece que este traje
-rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
-
-GINÉS.--No hay que afligirse. Antes de presentarle á usted, le
-vestiremos con mucha decencia.
-
-BARTOLO (_aparte_).--Si á lo menos pudiese acordarme de aquellos
-textos, de aquellas palabrotas que les decía mi amo á los enfermos,
-saldría del apuro.
-
-GINÉS.--Mira que se quiere escapar.
-
-LUCAS.--Señor don Bartolo, ¿qué hacemos?
-
-BARTOLO (_aparte_).--Aquel libro de vocabulorum, que llevaba el chico
-al aula. ¡Aquel sí que era bueno!
-
-GINÉS.--Vaya, basta de meditación.
-
-LUCAS.--¿Será cosa de que otra vez?...
-
-(_En ademán de volverle á dar._)
-
-BARTOLO.--¡Qué! no, señor. Sino que estaba pensando en el plan
-curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.
-
-(_Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del
-teatro._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO II.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Conque decís que es tan hábil?
-
-LUCAS.--Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.
-
-GINÉS.--Hace curas maravillosas.
-
-LUCAS.--Resucita muertos.
-
-GINÉS.--Sólo que es algo estrambótico y lunático, y amigo de burlarse
-de todo el mundo.
-
-D. JERÓNIMO.--Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo
-impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.
-
-LUCAS.--Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él.
-
-(_Le da una llave á Ginés, el cual se va por la puerta del lado
-derecho._)
-
-D. JERÓNIMO.--Que venga, que venga presto.
-
-
-ESCENA II.
-
-DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.
-
-ANDREA.--¡Ay, señor amo! que aunque el médico sea un pozo de ciencia,
-me parece á mí que no haremos nada.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Por qué?
-
-ANDREA.--Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido,
-marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas.
-¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y
-tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo
-no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará
-perfectamente.
-
-LUCAS.--Vamos, calla, no hables tonterías.
-
-D. JERÓNIMO.--La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.
-
-ANDREA.--¡Niña! Sí, cásela usted, y verá si es niña.
-
-D. JERÓNIMO.--Más adelante no digo que...
-
-ANDREA.--Boda, boda, y aflojar el dote, y...
-
-D. JERÓNIMO.--¿Quieres callar, habladora?
-
-ANDREA.--(_Ap._ Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios,
-y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al
-novio, que ese la pondrá buena.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Á qué novio, bachillera, impertinente? ¿En dónde está
-ese novio?
-
-ANDREA.--¡Qué presto se le olvidan á usted las cosas! Pues qué,
-¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y ella le
-corresponde? ¿No lo sabe usted?
-
-D. JERÓNIMO.--La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco,
-porque desde que tenía ocho ó diez años no le he vuelto á ver... Y
-ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo
-le llegue á pillar... Bien que lo mejor será escribir á su tío para
-que le recoja y se le lleve á Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro!
-¡Buen matrimonio por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de
-la universidad, muy atestada de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en
-el bolsillo!
-
-ANDREA.--Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que
-quiere mucho á su sobrino, y que no tiene otro heredero, suplirá esa
-falta. Con el dote que usted dará á su hija, y con lo que...
-
-D. JERÓNIMO.--Vete al instante de aquí, lengua de demonio.
-
-ANDREA (_aparte_).--Allí le duele.
-
-D. JERÓNIMO.--Vete.
-
-ANDREA.--Ya me iré, señor.
-
-D. JERÓNIMO.--Vete, que no te puedo sufrir.
-
-LUCAS.--¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla, y no desazones
-al amo, mujer; calla, que el amo no necesita de tus consejos para
-hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados agenos, que al fin
-y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su
-padre es el señor; no tiene remedio.
-
-D. JERÓNIMO.--Dice bien tu marido, que eres muy entremetida.
-
-LUCAS.--El médico viene.
-
-
-ESCENA III.
-
-BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.
-
-(_Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste vestido con casaca
-antigua, sombrero de tres picos y bastón._)
-
-GINÉS.--Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al estupendo médico, al
-doctor infalible, al pasmo del mundo.
-
-D. JERÓNIMO.--Me alegro mucho de ver á usted, y de conocerle, señor
-doctor.
-
-(_Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en la mano._)
-
-BARTOLO.--Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Hipócrates lo dice?
-
-BARTOLO.--Sí, señor.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y en qué capítulo?
-
-BARTOLO.--En el capítulo de los sombreros.
-
-D. JERÓNIMO.--Pues si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer.
-
-(_Los dos se ponen el sombrero._)
-
-BARTOLO.--Pues como digo, señor médico, habiendo sabido...
-
-D. JERÓNIMO.--¿Con quién habla usted?
-
-BARTOLO.--Con usted.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Conmigo? Yo no soy médico.
-
-BARTOLO.--¿No?
-
-D. JERÓNIMO.--No, señor.
-
-BARTOLO.--¿No? Pues ahora verás lo que te pasa.
-
-(_Arremete hacia él con el bastón levantado en ademán de darle de
-palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de por medio, y
-detienen á Bartolo._)
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué hace usted, hombre?
-
-BARTOLO.--Yo te haré que seas médico á palos, que así se gradúan en
-esta tierra.
-
-D. JERÓNIMO.--Detenedle vosotros... ¿Qué loco me habéis traído aquí?
-
-GINÉS.--¿No le dije á usted que era muy chancero?
-
-D. JERÓNIMO.--Sí; pero que vaya á los infiernos con esas chanzas.
-
-LUCAS.--No le dé á usted cuidado. Si lo hace por reir.
-
-GINÉS.--Mire usted, señor facultativo, este caballero que está
-presente es nuestro amo, y padre de la señorita que usted ha de curar.
-
-BARTOLO.--¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted, señor padre,
-esta libertad que...
-
-D. JERÓNIMO.--Soy de usted.
-
-BARTOLO.--Yo siento...
-
-D. JERÓNIMO.--No, no ha sido nada... (_Ap._ ¡Maldita sea tu
-casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (_Saca la caja, se la
-presenta á Bartolo, y él toma polvo con afectada gravedad._) Yo tengo
-una hija muy mala...
-
-BARTOLO.--Muchos padres se quejan de lo mismo.
-
-D. JERÓNIMO.--Quiero decir que está enferma.
-
-BARTOLO.--Ya, enferma.
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor.
-
-BARTOLO.--Me alegro mucho.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Cómo?
-
-BARTOLO.--Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi
-ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen á las puertas
-de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.
-
-D. JERÓNIMO.--Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
-
-BARTOLO.--Hablo ingenuamente.
-
-D. JERÓNIMO.--Ya lo conozco.
-
-BARTOLO.--¿Y cómo se llama su niña de usted?
-
-D. JERÓNIMO.--Paulita.
-
-BARTOLO.--¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella
-¿quién es?
-
-D. JERÓNIMO.--Esta doncella es mujer de aquel. (_Señalando á Lucas._)
-
-BARTOLO.--¡Oiga!
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor... Voy á hacer que salga aquí la chica para
-que usted la vea.
-
-ANDREA.--Durmiendo quedaba.
-
-D. JERÓNIMO.--No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.
-
-GINÉS.--Allá voy.
-
-(_Vanse los dos por la izquierda._)
-
-
-ESCENA IV.
-
-BARTOLO, ANDREA, LUCAS.
-
-BARTOLO (_acercándose á Andrea con ademanes y gestos
-expresivos_).--¿Conque usted es mujer de ese mocito?
-
-ANDREA.--Para servir á usted.
-
-BARTOLO.--¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el verla!...
-¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan igualitos,
-y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un
-par de ojos más habladores ni más traviesos.
-
-LUCAS.--(_Ap._ ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando
-el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude usted de conversación,
-porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted á decir
-arrumacos á mi mujer? Yo no sé como no cojo un garrote, y le...
-
-(_Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene._)
-
-BARTOLO.--Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de
-examinar de médico?
-
-LUCAS.--Pues cuenta con ella.
-
-ANDREA.--Yo reviento de risa.
-
-(_Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la puerta de la
-izquierda con don Jerónimo y Ginés._)
-
-
-ESCENA V.
-
-DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA.
-
-D. JERÓNIMO.--Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría
-portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es
-la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.
-
-(_Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona
-entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié._)
-
-BARTOLO.--¿Conque esta es su hija de usted?
-
-D. JERÓNIMO.--No tengo otra, y si se me llegara á morir me volvería
-loco.
-
-BARTOLO.--Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay más que morirse
-sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean ustedes aquí
-una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la chabeta
-al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le
-aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene!
-
-D.ª PAULA.--¡Ah! ¡ah! ¡ah!
-
-D. JERÓNIMO.--Vaya, gracias á Dios que se ríe la pobrecita.
-
-BARTOLO.--¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando el médico hace
-reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á usted?
-
-D.ª PAULA.--Ba, ba, ba, ba.
-
-BARTOLO.--¿Eh? ¿Qué dice usted?
-
-D.ª PAULA.--Ba, ba, ba.
-
-BARTOLO.--Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no
-entiendo palabra.
-
-D. JERÓNIMO.--Pues ese es su mal. Ha venido á quedarse muda, sin que
-se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí.
-
-BARTOLO.--¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un
-tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me
-guardaría muy bien de curarla.
-
-D. JERÓNIMO.--Á pesar de eso, yo le suplico á usted que aplique todo
-su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.
-
-BARTOLO.--Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero
-es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor, con bastante apetito.
-
-BARTOLO.--¡Malo!... ¿Duerme?
-
-ANDREA.--Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele dormir regularmente.
-
-BARTOLO.--¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?
-
-D. JERÓNIMO.--Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.
-
-BARTOLO.--¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso
-indica... ¡Claro! está claro.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué indica?
-
-BARTOLO.--Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de
-hablar.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Secuestrada?
-
-BARTOLO.--Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo he dicho, curará.
-
-D. JERÓNIMO.--Pero ¿de qué ha podido proceder este accidente?
-
-BARTOLO.--Este accidente ha podido proceder y procede (según la más
-recibida opinión de los autores) de habérsela interrumpido á mi
-señora doña Paulita el uso expedito de la lengua.
-
-D. JERÓNIMO.--¡Este hombre es un prodigio!
-
-LUCAS.--¿No se lo dijimos á usted?
-
-ANDREA.--Pues á mi me parece un macho.
-
-LUCAS.--Calla.
-
-D. JERÓNIMO.--Y en fin, ¿qué piensa usted que se puede hacer?
-
-BARTOLO.--Se puede y se debe hacer... El pulso... (_Tomando el pulso
-á doña Paula._) Aristóteles en sus protocolos habló de este caso con
-mucho acierto.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y qué dijo?
-
-BARTOLO.--Cosas divinas... La otra... (_La toma el pulso en la otra
-mano, y la observa la lengua._) Á ver la lengüecita... ¡Ay, qué
-monería!... Dijo... ¿Entiende usted el latín?
-
-D. JERÓNIMO.--No, señor, ni una palabra.
-
-BARTOLO.--No importa. Dijo: _Bonus bona bonum, uncias duas, mascula
-sunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est modus in rebus;
-amarylida sylvas._ Que quiere decir, que esta falta de coagulación en
-la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores...
-acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los vapores
-que se elevan de la región... ¿Están ustedes?
-
-ANDREA.--Sí, señor, aquí estamos todos.
-
-BARTOLO.--De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo donde
-está el hígado, al derecho en que está el corazón, ocupan todo
-el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de
-Ausias March y de Calepino (aunque yo llevo la contraria), que la
-malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor, perfectamente.
-
-BARTOLO.--Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas
-y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al
-metacarpo los sucos gástricos. _Doceo doces, docere, docui, doctum,
-ars longa, vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et
-reliqua..._ ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
-
-D. JERÓNIMO.--Cuanto hay que decir.
-
-GINÉS.--Es mucho hombre este.
-
-D. JERÓNIMO.--Sólo he notado una equivocación en lo que...
-
-BARTOLO.--¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.
-
-D. JERÓNIMO.--Creo que dijo usted que el corazón está al lado
-derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo
-contrario.
-
-BARTOLO.--¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los
-ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor,
-antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
-
-D. JERÓNIMO.--Perdone usted, si en esto he podido ofenderle.
-
-BARTOLO.--Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por
-consiguiente está dispensado de tener sentido común.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y qué le parece á usted que deberemos hacer con la
-enferma?
-
-BARTOLO.--Primeramente harán ustedes que se acueste, luégo se la
-darán unas buenas friegas... bien que eso yo mismo lo haré... y
-después tomará de media en media hora una gran sopa en vino.
-
-ANDREA.--¡Qué disparate!
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y para qué es buena la sopa en vino?
-
-BARTOLO.--¡Ay, amigo, y qué falta le hace á usted un poco de
-ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque
-en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud
-simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater,
-y hace hablar á los mudos.
-
-D. JERÓNIMO.--Pues no lo sabía.
-
-BARTOLO.--Si usted no sabe nada.
-
-D. JERÓNIMO.--Es verdad que no he estudiado, ni...
-
-BARTOLO.--¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted
-cómo á los loros los atracan de pan mojado en vino?
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor.
-
-BARTOLO.--¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y
-para que hable se lo daremos también á doña Paulita, y dentro de muy
-poco hablará más que siete papagayos.
-
-D. JERÓNIMO.--Algún ángel le ha traído á usted á mi casa, señor
-doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante
-vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
-
-BARTOLO.--Don Bartolo.
-
-D. JERÓNIMO.--Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don
-Bartolo... (_Se levantan los tres._) Ayuda aquí, Andrea... Despacito.
-
-BARTOLO.--Taparla bien, no se resfríe. Adios, señorita.
-
-D.ª PAULA.--Ba, ba, ba, ba.
-
-D. JERÓNIMO (_hace que se va acompañando á doña Paula, y vuelve á
-hablar aparte con Lucas_).--Lucas, vé al instante y adereza el cuarto
-del señor, bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la
-jarra con agua, la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa
-ninguna... ¿Estás?
-
-LUCAS (_marchando por la puerta de la derecha_).--Sí, señor.
-
-D. JERÓNIMO.--Vamos, hija mía.
-
-(_Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés por la puerta de la
-izquierda._)
-
-BARTOLO.--Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si
-es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que
-todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal estamos... En las
-espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos
-recibidos, sino por los que aún me falta que recibir.
-
-(_Vase por la parte del lado derecho._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO III.
-
-
-ESCENA PRIMERA.
-
-BARTOLO (_sale sin sombrero ni bastón por la derecha_), DON JERÓNIMO.
-
-BARTOLO.--Pues, señor, ya está visto. Esto de escabullirse, es
-negocio desesperado... ¡El maldito, con achaque de la compostura del
-cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay, pobre Bartolo!... (_Paseándose
-inquieto por el teatro._) Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios
-quiera.
-
-D. JERÓNIMO (_sale por la izquierda_).--No ha habido forma de poderla
-reducir á que se acueste. Ya la están preparando la sopa en vino que
-usted mandó. Veremos lo que resulta.
-
-BARTOLO.--No hay que dudar, el resultado será felicísimo.
-
-D. JERÓNIMO (_sacando la bolsa y tomando de ella algunos
-escuditos_).--Usted, amigo don Bartolo, estará en mi casa obsequiado
-y servido como un príncipe, y entre tanto quiero que tenga usted la
-bondad de recibir estos escuditos.
-
-BARTOLO.--No se hable de eso.
-
-D. JERÓNIMO.--Hágame usted ese favor.
-
-BARTOLO.--No hay que tratar de la materia.
-
-D. JERÓNIMO.--Vamos, que es preciso.
-
-BARTOLO.--Yo no lo hago por el dinero.
-
-D. JERÓNIMO.--Lo creo muy bien, pero sin embargo...
-
-BARTOLO.--¿Y son de los nuevos?
-
-D. JERÓNIMO.--Sí, señor.
-
-BARTOLO.--Vaya, una vez que son de los nuevos, los tomaré. (_Los toma
-y se los guarda._)
-
-D. JERÓNIMO.--Ahora bien, quede usted con Dios, que voy á ver si hay
-novedad, y volveré... Me tiene con tal inquietud esta chica, que no
-sé parar en ninguna parte.
-
-
-ESCENA II.
-
-LEANDRO (_sale por la puerta de la derecha recatándose_), BARTOLO.
-
-LEANDRO.--Señor doctor, yo vengo á implorar su auxilio de usted, y
-espero que...
-
-BARTOLO.--Veamos el pulso... (_Tomando el pulso, con gestos de
-displicencia._) Pues no me gusta nada... ¿Y qué siente usted?
-
-LEANDRO.--Pero si yo no vengo á que usted me cure; si yo no padezco
-ningún achaque.
-
-BARTOLO (_con despego_).--Pues ¿á qué diablos viene usted?
-
-LEANDRO.--Á decirle á usted en dos palabras que yo soy Leandro.
-
-BARTOLO.--¿Y qué se me da á mí de que usted se llame Leandro ó Juan
-de las Viñas?
-
-(_Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y misterioso._)
-
-LEANDRO.--Diré á usted. Yo estoy enamorado de doña Paulita; ella me
-quiere, pero su padre no me permite que la vea... Estoy desesperado,
-y vengo á suplicarle á usted que me proporcione una ocasión, un
-pretexto para hablarla y...
-
-BARTOLO.--Que es decir en castellano, que yo haga de alcahuete.
-(_Irritado y alzando más la voz._) ¡Un médico! ¡Un hombre como yo!...
-Quítese usted de ahí.
-
-LEANDRO.--¡Señor!
-
-BARTOLO.--¡Es mucha insolencia, caballerito!
-
-LEANDRO.--Calle usted, señor; no grite usted.
-
-BARTOLO.--Quiero gritar... ¡Es usted un temerario!
-
-LEANDRO.--¡Por Dios, señor doctor!
-
-BARTOLO.--¿Yo alcahuete? Agradezca usted que...
-
-(_Se pasea inquieto._)
-
-LEANDRO.--¡Válgame Dios, qué hombre!... Probemos á ver si...
-
-(_Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se le pone en la mano; él
-le toma, le guarda, y bajando la voz habla confidencialmente con
-Leandro._)
-
-BARTOLO.--¡Desvergüenza como ella!
-
-LEANDRO.--Tome usted... Y le pido perdón de mi atrevimiento.
-
-BARTOLO.--Vamos, que no ha sido nada.
-
-LEANDRO.--Confieso que erré, y que anduve un poco...
-
-BARTOLO.--¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Qué disparate! Vaya,
-conque...
-
-LEANDRO.--Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere
-casarla por no soltar el dote. Se ha fingido enferma; han venido
-varios médicos á visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en
-la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y por
-último, hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas
-impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo está.
-
-BARTOLO.--¿Conque todo ello es una farándula?
-
-LEANDRO.--Sí, señor.
-
-BARTOLO.--¿El padre le conoce á usted?
-
-LEANDRO.--No, señor, personalmente no me conoce.
-
-BARTOLO.--¿Y ella le quiere á usted? ¿Es cosa segura?
-
-LEANDRO.--¡Oh! de eso estoy muy persuadido.
-
-BARTOLO.--¿Y los criados?
-
-LEANDRO.--Ginés no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entró
-en la casa; Andrea está en el secreto; su marido, si no lo sabe, á lo
-menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y con otro.
-
-BARTOLO.--Pues bien, yo haré que hoy mismo quede usted casado con
-doña Paulita.
-
-LEANDRO.--¿De veras?
-
-BARTOLO.--Cuando yo lo digo...
-
-LEANDRO.--¿Sería posible?
-
-BARTOLO.--¿No le he dicho á usted que sí? Le casaré á usted con ella,
-con su padre y con toda su parentela... Yo diré que es usted...
-boticario.
-
-LEANDRO.--Pero si yo no entiendo palabra de esa facultad.
-
-BARTOLO.--No le dé á usted cuidado, que lo mismo me sucede á mí.
-Tanta medicina sé yo como un perro de aguas.
-
-LEANDRO.--¿Conque no es usted médico?
-
-BARTOLO.--No por cierto. Ellos me han examinado de un modo
-particular; pero con examen y todo, la verdad es que no soy lo que
-dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por ahí inmediato, que
-yo le llamaré á su tiempo.
-
-LEANDRO.--Bien está, y espero que usted...
-
-(_Vase por la puerta de la derecha._)
-
-BARTOLO.--Vaya usted con Dios.
-
-
-ESCENA III.
-
-ANDREA (_sale por la izquierda_), BARTOLO, LUCAS.
-
-ANDREA.--Señor médico, me parece que la enferma le quiere dejar á
-usted desairado, porque...
-
-BARTOLO.--Como no me desaires tú, niña de mis ojos, lo demás importa
-seis maravedís, y como yo te cure á ti, mas que se muera todo el
-género humano.
-
-(_Sale por la derecha Lucas; va acercándose detrás de Bartolo, y
-escucha._)
-
-ANDREA.--Yo no tengo nada que curar.
-
-BARTOLO.--Pues mira, lo mejor será curar á tu marido... ¡Qué bruto
-es, y qué celoso tan impertinente!
-
-ANDREA.--¿Qué quiere usted? Cada uno cuida de su hacienda.
-
-BARTOLO.--¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel gaznápiro este
-cuerpecito gracioso?
-
-(_Se encamina á ella con los brazos abiertos en ademán de abrazarla.
-Andrea se va retirando, Lucas agachándose, pasa por debajo del brazo
-derecho de Bartolo, vuélvese de cara hacia él, y quedan abrazados los
-dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado izquierdo._)
-
-LUCAS.--¿No le he dicho á usted, señor doctor, que no quiero esas
-chanzas?... ¿No se lo he dicho á usted?
-
-BARTOLO.--Pero hombre, si aquí no hay malicia ni...
-
-LUCAS.--Vete tú de ahí... Con malicia ó sin ella, le he de abrir
-á usted la cabeza de un trancazo, si vuelve á alzar los ojos para
-mirarla. ¿Lo entiende usted?
-
-BARTOLO.--Pues ya se ve que lo entiendo.
-
-LUCAS.--Cuidado conmigo... (_Le da un envión al tiempo de desasirse
-de él._) ¡Se habrá visto mico más enredador!
-
-
-ESCENA IV.
-
-DON JERÓNIMO (_sale por la izquierda_), BARTOLO, LUCAS, LEANDRO.
-
-D. JERÓNIMO.--¡Ay, amigo don Bartolo! que aquella pobre muchacha no
-se alivia. No ha querido acostarse. Desde que ha tomado la sopa en
-vino está mucho peor.
-
-BARTOLO.--¡Bueno! eso es bueno. Señal de que el remedio va obrando.
-No hay que afligirse, que aquí estoy yo... (_Llama, encarándose á la
-puerta del lado derecho._) Digo ¡don Casimiro! ¡don Casimiro!
-
-LEANDRO (_desde adentro_).--¡Señor!
-
-BARTOLO.--¡Don Casimiro!
-
-LEANDRO (_saliendo_).--¿Qué manda usted?
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y quién es este hombre?
-
-BARTOLO.--Un excelente didascálico... boticario que llaman ustedes...
-eminente profesor... Le he mandado venir para que disponga una
-cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas,
-pirotécnicas y narcóticas, que será necesario aplicar á la enferma.
-
-D. JERÓNIMO.--Mire usted qué decaída está.
-
-BARTOLO.--No importa, va á sanar muy pronto.
-
-
-ESCENA V.
-
-DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO, LEANDRO, LUCAS.
-
-(_Salen los tres primeros por la puerta de la izquierda._)
-
-BARTOLO.--Don Casimiro, púlsela usted, obsérvela bien, y luégo
-hablaremos.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Conque en efecto es mozo de habilidad? ¿Eh?
-
-(_Va Leandro, y habla en secreto con doña Paula, haciendo que la
-pulsa. Andrea tercia en la conversación... Quedan distantes á un lado
-Bartolo y don Jerónimo, y á otro Ginés y Lucas._)
-
-BARTOLO.--No se ha conocido otro igual para emplastos, ungüentos,
-rosolis de perfecto amor y de leche de vieja, ceratos y julepes. ¿Por
-qué le parece á usted que le he hecho venir?
-
-D. JERÓNIMO.--Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será
-rana.
-
-BARTOLO.--¿Qué ha de ser rana? No, señor, si es un hombre que se
-pierde de vista.
-
-D.ª PAULA.--Siempre, siempre seré tuya, Leandro.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué? (_Volviéndose hacia donde está su hija._) ¿Si
-será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea?
-
-ANDREA.--Sí, señor, tres ó cuatro palabras ha dicho.
-
-D. JERÓNIMO.--¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (_Abraza á doña Paula,
-y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo, el cual se pasea lleno de
-satisfacción._) ¡Médico admirable!
-
-BARTOLO.--¡Y qué trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad!
-Aquí hubiera yo querido ver á toda la veterinaria junta y entera, á
-ver qué hacía.
-
-D. JERÓNIMO.--Conque, Paulita, hija, ya puedes hablar, ¿es verdad?
-(_Vuelve á hablar con su hija, y la trae de la mano._) Vaya, dí
-alguna cosa.
-
-GINÉS (_aparte y á Lucas_).--Aquí me parece que hay gato encerrado...
-¿Eh?
-
-LUCAS.--Tú calla, y déjalo estar.
-
-D.ª PAULA.--Sí, padre mío, he recobrado el habla para decirle á usted
-que amo á Leandro, y que quiero casarme con él.
-
-D. JERÓNIMO.--Pero si...
-
-D.ª PAULA.--Nada puede cambiar mi resolución.
-
-D. JERÓNIMO.--Es que...
-
-D.ª PAULA.--De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme
-con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien, concédame su
-permiso sin excusas ni dilaciones.
-
-D. JERÓNIMO.--Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón...
-
-D.ª PAULA.--Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre
-todo, sarna con gusto no pica.
-
-D. JERÓNIMO.--Pero ¡qué borbotón de palabras la ha venido de repente
-á la boca!... Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será.
-
-D.ª PAULA.--Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me
-moriré de la desesperación.
-
-D. JERÓNIMO.--¡Qué es lo que me pasa! (_Moviéndose de un lado á otro,
-agitado y colérico. Doña Paula se retira hacia el foro, y habla con
-Leandro y Andrea._) Señor doctor, hágame usted el gusto de volvérmela
-á poner muda.
-
-BARTOLO.--Eso no puede ser. Lo que yo haré, solamente por servirle á
-usted, será ponerle sordo para que no la oiga.
-
-D. JERÓNIMO.--Lo estimo infinito... Pero ¿piensas tú, hija
-inobediente, que?...
-
-(_Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le contiene._)
-
-BARTOLO.--No hay que irritarse, que todo se echará á perder. Lo que
-importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya á coger
-un rato el aire por el jardín, y verá usted cómo poco á poco se
-la olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted á acompañarla, don
-Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba.
-
-LEANDRO.--Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita.
-
-D.ª PAULA.--Vamos enhorabuena.
-
-D. JERÓNIMO.--Id vosotros también.
-
-(_Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula, Leandro y Andrea, se
-van por la puerta del foro._)
-
-
-ESCENA VI.
-
-DON JERÓNIMO, BARTOLO.
-
-D. JERÓNIMO.--¡Vaya, vaya, que no he visto semejante insolencia!
-
-BARTOLO.--Esa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo
-hasta ahora. La última idea que ella tenía cuando enmudeció, fué sin
-duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, ó Leandro,
-ó como se llama. Cogióla el accidente, quedáronse trasconejadas
-una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe, ó se
-desahogue, no hay que esperar que se tranquilice ni hable con juicio.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué dice usted? Pues me convence esa reflexión.
-
-(_Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman tabaco._)
-
-BARTOLO.--¡Oh! y si usted supiera un poco de numismática, lo
-entendería un poco mejor... Venga un polvo.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Conque luégo que haya desocupado?...
-
-BARTOLO.--No lo dude usted... Es una evacuación que nosotros llamamos
-_tricolos tetrastrofos_.
-
-
-ESCENA VII.
-
-LUCAS, ANDREA, GINÉS (_van saliendo todos tres por la puerta del
-foro_), DON JERÓNIMO, BARTOLO.
-
-GINÉS.--¡Señor amo!
-
-LUCAS.--¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué desdicha!
-
-ANDREA.--¡Ay, amo mío de mi alma! que se la llevan.
-
-D. JERÓNIMO.--Pero ¿qué se llevan?
-
-LUCAS.--El boticario no es boticario.
-
-GINÉS.--Ni se llama don Casimiro.
-
-ANDREA.--El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva
-robada á la señorita.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué dices? ¡Pobre de mí! Y vosotros, brutos, ¿habéis
-dejado que un hombre solo os burle de esa manera?
-
-LUCAS.--No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio
-que se acercase.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y este pícaro de médico?...
-
-BARTOLO (_aparte lleno de miedo_).--Me parece que ya no puede tardar
-la tercera paliza.
-
-D. JERÓNIMO.--Este bribón, que ha sido su alcahuete... Al instante
-buscadme una cuerda.
-
-ANDREA.--Ahí había una larga de tender ropa.
-
-LUCAS.--Sí, sí, ya sé dónde está. Voy por ella.
-
-(_Vase por la izquierda, y vuelve al instante con una soga muy
-larga._)
-
-D. JERÓNIMO.--Me las ha de pagar... Pero ¿hacia dónde se fueron?
-¡Válgame Dios!
-
-ANDREA.--Yo creo que se habrán ido por la puerta del jardín que sale
-al campo.
-
-LUCAS.--Aquí está la soga.
-
-D. JERÓNIMO.--Pues inmediatamente atadme bien de piés y manos al
-doctor aquí en esta silla... (_Bartolo quiere huir, y Lucas y Ginés
-le detienen._) Pero me lo habéis de ensogar bien fuerte.
-
-GINÉS.--Pierda usted cuidado... Vamos, señor don Bartolo.
-
-(_Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan á ella, dando
-muchas vueltas á la soga._)
-
-D. JERÓNIMO.--Voy á buscar aquella bribona... Voy á hacer que avisen
-á la justicia, y mañana sin falta ninguna este pícaro médico ha de
-morir ahorcado... Andrea, corre, hija, asómate á la ventana del
-comedor, y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del
-molino me dan alguna razón. Y vosotros no perdáis de vista á ese
-perro.
-
-(_Se va don Jerónimo por la derecha, y Andrea por la izquierda. Lucas
-y Ginés siguen atando á Bartolo._)
-
-
-ESCENA VIII.
-
-BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.
-
-GINÉS.--Echa otra vuelta por aquí.
-
-LUCAS.--¿Y no sabes que el amiguito este había dado en la gracia de
-decir chicoleos á mi mujer?
-
-GINÉS.--Anda, que ya las vas á pagar todas juntas.
-
-BARTOLO.--¿Estoy ya bien así?
-
-GINÉS.--Perfectamente.
-
-MARTINA (_saliendo por la puerta de la derecha_).--Dios guarde á
-ustedes, señores.
-
-LUCAS.--¡Calle, que está usted por acá! Pues ¿qué buen aire la trae á
-usted por esta casa?
-
-MARTINA.--El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué han hecho
-ustedes de él?
-
-BARTOLO.--Aquí está tu marido, Martina: mírale, aquí le tienes.
-
-MARTINA (_abrazándose con Bartolo_).--¡Ay, hijo de mi alma!
-
-LUCAS.--¡Oiga! ¿Conque esta es la médica?
-
-GINÉS.--Aun por eso nos ponderaba tanto las habilidades del doctor.
-
-LUCAS.--Pues por muchas que tenga, no escapará de la horca.
-
-MARTINA.--¿Qué está usted ahí diciendo?
-
-BARTOLO.--Sí, hija mía, mañana me ahorcan sin remedio.
-
-MARTINA.--¿Y no te ha de dar vergüenza de morir delante de tanta
-gente?
-
-BARTOLO.--¿Y qué se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera excusar,
-pero se han empeñado en ello.
-
-MARTINA.--Pero ¿por qué te ahorcan, pobrecito, por qué?
-
-BARTOLO.--Ese es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación
-asombrosa, y en vez de hacerme protomédico han resuelto colgarme.
-
-
-ESCENA IX.
-
-DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.
-
-(_Sale don Jerónimo por la puerta de la derecha, y Andrea por la
-izquierda._)
-
-D. JERÓNIMO.--Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio á
-Miraflores; esta noche sin falta vendrá la justicia, y cargará con
-este bribón... Y tú ¿qué has hecho?, ¿los has visto?
-
-ANDREA.--No, señor, no los he descubierto por ninguna parte.
-
-D. JERÓNIMO.--Ni yo tampoco... He preguntado, y nadie me sabe dar
-razón... Yo he de volverme loco... (_Dando vueltas por el teatro,
-lleno de inquietud._) ¿Adónde se habrán ido?... ¿Qué estarán haciendo?
-
-
-ESCENA X.
-
-DOÑA PAULA, LEANDRO (_salen por la puerta del lado derecho_), DON
-JERÓNIMO, BARTOLO.
-
-LEANDRO.--¡Señor don Jerónimo!
-
-D.ª PAULA.--¡Querido padre!
-
-D. JERÓNIMO.--¿Qué es esto? ¡Picarones, infames!
-
-LEANDRO (_se arrodilla con doña Paula á los piés de don
-Jerónimo_).--Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos
-á Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi
-tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor.
-No quiero que se diga que yo me he llevado robada á su hija de usted,
-que esto no sería decoroso ni á su honor ni al mío. Quiero que usted
-me la conceda con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí
-la tiene usted, dispuesta á hacer lo que usted la mande; pero le
-advierto que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante
-á quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced que ambos le
-pedimos, no hay que hablar de dote.
-
-D. JERÓNIMO.--Amigo, yo estoy muy atrasado, y no puedo...
-
-LEANDRO.--Ya he dicho que no se trate de intereses.
-
-D.ª PAULA.--Me quiere mucho Leandro para no pensar con la
-generosidad que debe. Su amor es á mí, no á su dinero de usted.
-
-D. JERÓNIMO (_alterándose_).--¡Su dinero de usted, su dinero de
-usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya que estoy muy
-atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
-
-LEANDRO.--Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice á usted que
-no le pediremos nada.
-
-D. JERÓNIMO.--Ni un maravedí.
-
-D.ª PAULA.--Ni medio.
-
-D. JERÓNIMO.--Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha de mantener,
-badulaques?
-
-LEANDRO.--Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento?
-¿Qué más he de decirle?
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?
-
-LEANDRO.--Sí, señor; yo soy su heredero.
-
-D. JERÓNIMO.--¿Y qué tal, está fuertecillo?
-
-LEANDRO.--¡Ay! no, señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le
-molesta mucho, y nos tememos que de un día á otro...
-
-D. JERÓNIMO.--Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer? Conque... (_Hace
-que se levanten, y los abraza. Uno y otro le besan la mano._) Vaya,
-concedido, y venga un par de abrazos.
-
-LEANDRO.--Siempre tendrá usted en mí un hijo obediente.
-
-D.ª PAULA.--Usted nos hace completamente felices.
-
-BARTOLO.--Y á mí ¿quién me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me
-desate?
-
-D. JERÓNIMO.--Soltadle.
-
-LEANDRO.--Pues ¿quién le ha puesto á usted así, médico insigne?
-
-(_Desatan los criados á Bartolo._)
-
-BARTOLO.--Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.
-
-D.ª PAULA.--Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos
-agradecerle á usted el favor que nos ha hecho.
-
-MARTINA.--¡Marido mío! (_Se abrazan Bartolo y Martina._) Sea
-enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que á mí me
-debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
-
-BARTOLO.--¿Á ti? Pues me alegro de saberlo.
-
-MARTINA.--Sí por cierto. Yo dije que eras un prodigio en la medicina.
-
-GINÉS.--Y yo porque ella lo dijo lo creí.
-
-LUCAS.--Y yo lo creí porque lo dijo ella.
-
-D. JERÓNIMO.--Y yo porque estos lo dijeron, lo creí también, y
-admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo.
-
-LEANDRO.--Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por
-lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos
-la ignorancia de los demás.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Pág.
-
- LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN. 5
-
- DISCURSO PRELIMINAR. 21
-
- La comedia nueva. 59
-
- El sí de las niñas. 109
-
- La escuela de los maridos. 183
-
- El médico á palos. 239
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS ***
-
-***** This file should be named 60927-0.txt or 60927-0.zip *****
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-
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
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-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-
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- Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<pre>
-
-Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
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-this ebook.
-
-
-
-Title: Comedias escogidas
-
-Author: Leandro Fernández de Moratín
-
-Commentator: José Yxart y Moragas
-
-Release Date: December 15, 2019 [EBook #60927]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by Biblioteca
-Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
- <p><a href="#Notas">Notas</a></p>
-</div>
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
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- </div>
-</div>
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="fs150 g1"><span class="smcap">Moratín</span></p>
- <hr class="tir" />
- <h1 class="ws1">COMEDIAS ESCOGIDAS</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs130 ws1">LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN</p>
- <p class="fs250 ws1 mt05">COMEDIAS ESCOGIDAS</p>
-
- <p class="fs80 ws1 mt2">CON EL</p>
- <p class="fs110 ws1 mt05">DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR</p>
- <p class="fs80 ws1 mt2"><small>Y UN PRÓLOGO POR</small></p>
- <p class="fs150 ws1 g2 mt05"><span class="smcap">José Yxart</span></p>
-
- <div class="figcenter mt1">
- <img src="images/adorno2.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="ws1 mt2">LA COMEDIA NUEVA — EL SÍ DE LAS NIÑAS</p>
- <p class="ws1 mt05">LA ESCUELA DE LOS MARIDOS — EL MÉDICO Á PALOS</p>
-
- <div class="figcenter mt2">
- <img src="images/adorno1.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="fs80 mt3">BARCELONA</p>
- <p class="fs120 g1 ws1 mt05">BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA</p>
- <p class="fs90 ws1 mt05"><span class="smcap">Daniel Cortezo y</span> C.ª, <i>Ausias March, 95</i></p>
- <p class="mt05">1884</p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="aftit pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
- <div class="figcenter pt6">
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- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
- <p class="fs75 ws1 mt3">Establecimiento tipográfico-editorial de <span class="smcap">Daniel Cortezo y</span> C.ª</p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_00">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_005.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <h2 class="nobreak mt3">LEANDRO FERNÁNDEZ DE&nbsp;MORATÍN</h2>
- <hr class="sep0" />
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<div class="drop">
- <p class="fs350 lh80 ti0">N</p>
-</div>
-
-<p class="icap"><span class="smcap">Ni</span> el carácter atribuído
-á Moratín, ni mucho menos sus obras, concebidas despacio, y más que
-limadas, sobadas con meticuloso esmero de artífice, harían sospechar
-lo azaroso y revuelto de su vida trashumante. Sin el arraigo que
-sólo dan en España heredados patrimonios, fué llevado Moratín de
-la corriente de los sucesos políticos que arrancaron á la sociedad
-española de su secular asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo
-de algún ministro, ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la
-suerte que á sus protectores deparaba la ocasión, y apenas logró
-detenerse en alguna parte el tiempo de hallar el reposo que tanto
-amaba su natural pacífico. Secretario particular de Cabarrús,
-ordenado más tarde de primera tonsura para alcanzar un beneficio que
-le confirió Floridablanca, secretario luégo<span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span> de la interpretación de lenguas y favorecido
-por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la nacional en
-tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir para lograr
-una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su pasión por
-la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á París,
-á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones y
-sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado á
-fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces
-hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la
-idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por
-un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de
-vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén,
-hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.</p>
-
-<p>¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del
-estado de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio
-público y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo
-visto, soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho
-más. Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de
-la Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos
-príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo
-pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta
-á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por
-una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al
-fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos
-y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En
-los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos
-de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo
-empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios,
-no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la
-humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta
-anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una
-secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario
-mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los
-mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas
-materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con
-la ilustración, y anda á veces reñido con ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>Pero ni aun con estos
-recursos se libró Moratín de los azares de la fortuna, víctima de los
-frecuentes litigios en que se halla envuelto quien ha de esperarlo
-todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo se negó á pagar por
-largo tiempo la pensión que le había conferido Godoy sobre aquella
-mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación de los franceses, sus
-bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto á aquellos juicios de
-purificación, que entonces se estilaron, irritante y ominosa medida
-política que hoy nos parecería fábula absurda si no fuese historia
-de ayer. Con esto, las intermitencias de la cesantía, los frecuentes
-gastos y las prodigalidades de su corazón generoso y de sus aficiones
-de propietario urbano, llegó Moratín en ocasiones á adornarse con la
-sentimental aureola de la pobreza, corona con que hasta hace poco
-ha sido costumbre presentar en los altares del arte á los grandes
-ingenios.</p>
-
-<p>En estos accidentes, y los que más por menudo relata su
-biografía—que felizmente no está por hacer, como su completa
-semblanza,—Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y
-defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho
-de que el <i>genio es el sentido común en su grado máximo</i>, merecería
-Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio,
-más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los
-tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más
-deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del
-genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un
-golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza,
-así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada
-de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto,
-frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su
-delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias.
-No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído,
-buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio.
-Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban.
-Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella
-monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas,
-donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor
-que nos quedaba. Retraído siem<span class="pagenum" id="Page_8">p.
-8</span>pre en público, sólo en privado mostraba sus cualidades, y
-particularmente aquel vivo ingenio cómico, su finísima observación
-de los caracteres y las ridiculeces humanas, el exquisito gusto
-que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta naturalidad, la
-extrema sencillez en todo, aquella naturalidad y sencillez, que ni se
-compran ni se imitan, prenda nativa, que es el más infalible signo
-de grandeza. Resplandece de tal modo esta condición en sus papeles
-particulares, coleccionados en sus <i>Obras póstumas</i>, que, conforme
-se le estudia en ellas se arraiga la convicción de que nos hallamos
-ante un hombre verdaderamente ilustre y privilegiado. La acendrada
-discreción con que habla de todas las materias, aun las más ajenas
-á su talento, la elegante llaneza de su prosa afluente y festiva,
-la variedad y acierto de sus observaciones, cautivan á la larga en
-sus apuntes de <i>Viajes</i> por Europa. En ellos, en el <i>Diario</i> de su
-vida, en sus cartas, resalta siempre el mismo carácter de un alma
-bondadosa y apacible, de un hombre modesto y laborioso pero dotado
-de buen golpe de vista, y sensibilidad delicada, ya que no profunda,
-sin énfasis ni presunción. Bien se comprende leyéndole que su horror
-á la pedantería reinante tomara en sus escritos el carácter de una
-monomanía, y fuera como la <i>muletilla</i> de su Musa cómica, que, desde
-un principio, flagela sin piedad á los pedantes literarios y no cesa
-de poner en ridículo en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el
-sentimentalismo y la filantropía de los malos imitadores de Diderot
-y Rousseau, la ficticia cultura, las declamaciones de los falsos
-innovadores. Hay en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que
-no acertamos á hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en
-los italianos ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres
-del Norte, mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á
-fuerza de cultura.</p>
-
-<p>Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la
-sociedad en nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que
-pretendieron sacar á toda costa el genio nacional y la independencia
-de la patria de aquella conflagración general. Superior sin duda
-en ilustración á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los
-franceses cuando éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio,
-el abandonado trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe
-que el Imperio nos<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>
-traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los beneficios
-cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes por
-Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de
-humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo,
-ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables
-preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena
-de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que
-hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar
-á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que
-en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen
-en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos,
-al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo
-tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos
-hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para
-ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo
-la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología
-de la época, «lo primero era ser libres, el <i>cómo</i> era negocio
-para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista
-convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único
-genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser
-nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo
-primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.</p>
-
-<p>Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar
-de sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado
-de la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que
-con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo,
-pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que
-puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían
-mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los
-renglones de un epitafio:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">Nací de honesta madre; dióme el cielo</p>
-<p class="i0">fácil ingenio en gracias afluente,</p>
-<p class="i0">dirigir supo el ánimo inocente</p>
-<p class="i0">á la virtud el paternal desvelo.</p>
-<p class="i2">Con sabio estudio, infatigable anhelo</p>
-<p class="i0">pude adquirir coronas á mi frente:</p>
-<p class="i0"><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>la corva escena resonó en frecuente</p>
-<p class="i0">aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.</p>
-<p class="i2">Dócil, veraz, de muchos ofendido,</p>
-<p class="i0">de ninguno ofensor, las Musas bellas</p>
-<p class="i0">mi pasión fueron, el honor mi guía;</p>
-<p class="i2">pero si así las leyes atropellas,</p>
-<p class="i0">si para ti los méritos han sido</p>
-<p class="i0">culpas; adios, ingrata patria mía.</p>
-</div></div>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para
-restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus
-comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus
-teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y
-comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía
-dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras
-es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta
-cómico.</p>
-
-<p>En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores.
-Nadie que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes
-de saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las
-singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los
-que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que
-tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño
-en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el
-gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los
-que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la
-empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública,
-con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la
-administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el
-estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto
-debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera
-la menor reforma! Tanto más, cuanto que<span class="pagenum"
-id="Page_11">p. 11</span> Moratín ponía la mira en todo, y en todo
-quería introducirlas. En este punto no fué sólo un preceptista
-literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á defectos de policía
-de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así discurre tocante
-á los medios gubernativos para sacar al teatro de su postración ó
-las leyes relativas á la censura, como se entretiene en señalar los
-vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban. Basta esto
-para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué recelos y
-envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad, ó impotente
-ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los espectadores,
-como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de la costumbre.
-Nombrado individuo de una junta para la reforma del teatro, hubo de
-retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de la misma, el
-del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de genio muy
-áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones de Moratín,
-y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á la cabeza. Con
-lo cual ya se deja comprender que el autor de los <i>Orígenes del
-teatro español</i>, se convenció á la primera de que al bravo militar
-le sobraban razones y que era más entendido que él en materias
-literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección de
-teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque
-ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia suya
-cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades. Exigencias
-de actriz demoraron cuatro años el estreno de <i>El Viejo</i> y <i>La
-Niña</i> después de mil supresiones que impuso la censura. La <i>Comedia
-nueva</i>, cruenta sátira en acción de la decadencia del teatro, apenas
-pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo y rabia de las
-víctimas. Naufragó <i>El Barón</i> el día de su estreno (después de haber
-sido plagiada, antes que representada), víctima de las parcialidades
-y de la venganza en fermentación por espacio de algunos años. Á
-la <i>Mojigata</i> siguieron las más violentas polémicas é intrigas
-increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la hipocresía, el
-vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más chilla cuando
-se le saca á la vergüenza, como si en él descansara toda la máquina
-social, lo cual no parece probable. Enardecidos los ánimos conforme
-se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en el corazón á
-las preocupaciones de aquella época, no pararon los enemi<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>gos hasta delatarle al Santo
-Oficio por <i>El Sí de las niñas</i>, y denunciarle como un criminal.
-De modo que estas obras que hoy parecen harto morales, parecieron
-revolucionarias y piedra de escándalo; y su autor, tímido y juicioso
-por naturaleza, furibundo demagogo que atentaba á lo más sagrado.
-Este último sorbo colmó su amargura y le decidió á retirarse del
-teatro y arrinconar los borradores de otras comedias, limitándose
-luégo á traducir de Molière, su ídolo, <i>La Escuela de los maridos</i> y
-<i>El Médico á palos</i>.</p>
-
-<p>En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni
-estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad
-del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la
-borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas,
-y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza
-es decir que los principios literarios de su autor debían ser
-discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron,
-y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la
-escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada
-la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del
-genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que
-había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil.
-Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo,
-necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera
-conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de
-todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor
-relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la
-virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento,
-más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en
-segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada
-copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio
-nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué
-la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que
-desde principios del siglo <small>XVIII</small> pretendía
-entronizarse en España; un Boileau español, en suma, siempre á
-vueltas con la razón y el buen sentido, el decoro y la regularidad,
-pocas veces partidario de sentir hondo y vehemente. Si su
-atildamiento y pulcritud, la templada observación de la naturaleza,
-la más absoluta<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>
-sumisión á la mediana verosimilitud, podían convenir á la comedia, no
-eran bastantes para infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro
-de una nación, ni podía contentar á un público ardiente como el
-nuestro. En todos los principios literarios de Moratín se observa la
-misma deficiencia y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que
-convierte el arte en artificio, por una reacción natural contra la
-licencia y la ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar
-la sangre, la empobreciese hasta producir la anemia.</p>
-
-<p>Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces
-y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es
-inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta
-dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de
-cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita
-siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo.
-El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es
-además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre
-de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue
-de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de
-los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas,
-para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos?
-El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos
-fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del
-pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con
-criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias
-y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas
-con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en
-limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi
-identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible,
-sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible
-que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas
-entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo
-César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos
-siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á
-que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se le
-planta en el <i>Foro</i> desde la butaca, y cuando se le tiene allí con el
-pen<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>samiento, no le es
-permitido salir de Roma para que no se desvanezca la ilusión. Nada
-hay verdad en aquella Roma de tela y cartones; ni armas, ni trajes,
-ni hombres, ni idioma; pero una vez realizada aquella mentira grata
-á la imaginación, ésta ya no puede permitirse un solo pecadillo más,
-y ha de temblar ante la gramática que mide sus palabras, encogerse
-por temor de la irregularidad, reprimir sus vuelos por no incurrir en
-inverosimilitudes (de que está llena, por cierto, la realidad que se
-pretende imitar), y ahogar toda emoción atendiendo al decoro, como
-hastiado palaciego que juzga cursi todo afecto arrebatado. Y esto se
-quería imponer como ley en un espectáculo, donde la muchedumbre va á
-sentir y á distraerse, donde el efecto es inmediato y no razonado, y
-la atmósfera caldeada, la música, las luces, la misma presencia de la
-mujer, son otros tantos incentivos que predisponen á la expansión del
-sentimiento.</p>
-
-<p>Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes
-siempre que se pretende embutir en principios generales las libres
-y espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á
-remedarla tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en
-lo más esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y
-reyes de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y
-Roma, no habían de parecerse á los seres vivos que representaban
-sino á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener
-por ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada
-en palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á
-sus pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó
-conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con
-sus inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio
-de Leiva diga puesto en ellas,—<i>El juicio me vuelven estas cosas</i>—y
-un Julio César—<i>Hola ¿qué es esto?</i>—ú otras expresiones por el
-estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma
-obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases.
-Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para
-los héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y
-después de ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco
-el llanto, el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las
-lagrimillas de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien
-se le permite<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> servir
-de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los coetáneos del
-autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad, y ser capaces
-de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la tragedia
-deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados del
-espectador.</p>
-
-<p>Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar <i>El
-gran cerco de Viena</i>, pero que también y á poca costa se hubiera
-podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra,
-á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su
-procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional,
-comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió
-aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente
-primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos
-parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que
-éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto
-purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo.
-Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores
-volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención
-de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los
-caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban
-en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo;
-en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que
-debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección
-académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en
-<i>caseros octosílabos</i>. Rota la valla, invadieron otra vez la escena
-los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y
-los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada
-y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se
-vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo,
-sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno
-en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en
-espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las
-luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía,
-y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió
-Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos
-y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar
-al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la
-fábula para que no<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span>
-se desvanezca la ilusión, muchos espectadores se han vuelto ya tan
-entendidos y se hallan tan poco dispuestos á pasar por ella, que
-ninguna convención teatral logra hacerse perdonar la imprescindible
-necesidad de su existencia. De modo que algunos sospechan que el
-teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha pasado, en menos
-de medio siglo, inmediatamente después de haberse propuesto Moratín
-vivificar y convertir la escena en cátedra de moral y cultura
-con sólo las túnicas de <i>Británico</i> y <i>Atalía</i> para las grandes
-solemnidades y la casaca y la peluca del <i>Barón</i> para los días de
-labor.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no
-lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos
-coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas.
-De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más
-adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y
-severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las
-letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado,
-que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una
-versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el
-menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo
-confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas
-los amigos del género pseudo-clásico.</p>
-
-<p>También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es
-imposible aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos.
-El poeta lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero
-particular muy instruído y versado en letras sagradas y profanas,
-que se olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente
-en cuanto se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas.
-Entonces se vestía de<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>
-griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger el estilete
-en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y fija la
-memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos años
-de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado de
-Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo se
-trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y apellido
-por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por otro de
-los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la geografía
-histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de presente de
-tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir con palabras
-nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se establecía entre
-la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión tal cúmulo de
-ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de conocimientos
-de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es esto poesía?
-¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí se halla
-tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho tiene la
-verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y arrebata,
-que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en este género
-de versos. <i>El opulento Gerión</i>, la <i>Cádiz eritrea</i>, <i>el espartario
-golfo</i>, <i>la Hesperia</i>, el <i>ceguezuelo niño</i> y el <i>luso</i> y el <i>galo</i>,
-etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan tantas alegorías
-y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita un curso completo de
-mitología. No basta hallar de vez en cuando algún sentimiento sincero
-entre ese fárrago de frases depuradas y elegantes, ni contenta tal
-cual imagen graciosa que desde luégo por su asunto y su precisión
-parece burilada como un camafeo, ó recuerda las barrocas entalladuras
-de los artesones y muebles de la época.</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">Esta corona, adorno de mi frente,</p>
-<p class="i0">esta sonante lira y flautas de oro</p>
-<p class="i0">y máscaras alegres que algún día</p>
-<p class="i0">me disteis, sacras musas...</p>
-<p class="i0 g1"><b>. . . . . . . . . . . . . . . . . .</b></p>
-<p class="i0 g1"><b>. . . . . . . . . . . . . . . . . .</b></p>
-</div></div>
-
-<p>¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados
-trofeos?</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2"><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span><b><span class="g1">........</span></b> La Fama es esta,</p>
-<p class="i0">sí, la conozco. Rápida girando</p>
-<p class="i0">dilata al aire las doradas plumas,</p>
-<p class="i0">suelto el cabello que su frente adorna,</p>
-<p class="i0">desceñida la túnica celeste.</p>
-</div></div>
-
-<p>¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un
-palacio?</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">Venus, hija del mar, diosa de Gnido</p>
-<p class="i0">y tú, ciego rapaz, que revolante</p>
-<p class="i0">sigues el carro de tu madre hermosa</p>
-<p class="i0">la aljaba de marfil, pendiente al lado.</p>
-</div></div>
-
-<p>Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que
-usarían Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en
-las colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más
-la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que
-sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á
-la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el
-sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo
-indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible
-inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los
-afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente
-siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á
-los venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el
-arte más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca:
-la poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer
-todavía, pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles
-modelos algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de
-la forma por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia
-elegancia y la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible
-adquirir con el estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No,
-lo que en los libros se adquiere con la servil imitación, no es
-poesía ni lo ha sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas
-y estereotipadas por las que espontáneamente ofrece el propio genio
-cuando existe;<span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> decir
-lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, en
-suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime
-expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la
-humana filosofía, léase, la retórica.</p>
-
-<p class="firma smcap">J. Yxart.</p>
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <h2 title="DISCURSO PRELIMINAR" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>DISCURSO PRELIMINAR</h2>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_01">
- <p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_023.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <p class="fs150 centra mt3">DISCURSO PRELIMINAR<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a></p>
- <hr class="sep0" />
-</div>
-
-<div class="drop">
- <p class="fs400 lh80 ti0">A</p>
-</div>
-
-<p class="icap0"><span class="smcap">Al</span> empezar el siglo
-<small>XVIII</small> tuvieron principio en España las calamidades
-de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para celebrar con
-espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la coronación
-de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, y el
-nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se
-representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, y
-después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora, gentil
-hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscu<span
-class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>ros autores, ninguno capaz
-de competirle. Habíase propuesto por modelo las obras de Calderón,
-y es fácil inferir hasta dónde llegarían los primores de quien sólo
-aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de aquel dramático.</p>
-
-<p>En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales
-desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado
-en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado,
-crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de
-empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias
-historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y
-aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil
-fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas
-mitológicas y en las de asuntos sagrados.</p>
-
-<p>Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo
-el nombre de Tirso de Molina) la comedia de <i>El Burlador de Sevilla</i>,
-la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y
-crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó
-á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones
-de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás
-Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al
-nuestro, no se desdeñó de repetirla.</p>
-
-<p>Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una
-comedia tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir,
-como era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y
-conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles;
-dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que
-permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz
-pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y
-añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al
-teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre
-será celebrada del pueblo.</p>
-
-<p>Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte
-de <i>El Espíritu foleto</i>, en que por la intervención de un duende
-festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando
-á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos
-y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En
-la comedia de <i>Don<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>
-Domingo de don Blas</i> confundió Zamora grandes intereses de reyes y
-príncipes con afectos comunes y situaciones de indecorosa ridiculez.
-La figura cómica de don Domingo, bien imaginada y mal sostenida, hace
-reir no pocas veces; pero sus gracias mezcladas con intolerables
-descuidos no dan una idea favorable del buen gusto de aquel poeta.
-Mayor mérito se reconoce en la comedia de <i>El Hechizado por fuerza</i>,
-aunque no exenta de considerables imperfecciones. La acción está
-complicada con episodios inútiles, no verosímiles, y dirigidos
-únicamente á dilatar y entorpecer un mal desenlace. Unas veces habla
-don Claudio como un hombre de instrucción y talento, y otras como
-pudiera el más estúpido; no es fácil entender si toma de veras ó
-de burlas lo que están haciendo con él, si efectivamente piensa
-que está hechizado, ó si trata sólo de engañar á los que intentan
-persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son muchas, degeneran
-en triviales algunas veces; el estilo, si no siempre es correcto,
-siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, la versificación
-sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de chistes.</p>
-
-<p>Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron
-obra ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso
-hasta unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa
-de ver que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces
-rivalizó con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte,
-cultivó la poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la
-encontró.</p>
-
-<p>Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla,
-compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales,
-si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar
-la confianza con que se abandonó á la imitación de originales
-defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.</p>
-
-<p>Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas
-y astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas
-zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada <i>El
-Hospital en que cura amor de amor la locura</i>, fábula de dos acciones,
-personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe
-sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su
-tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de
-nuestra lengua,<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> supo
-desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y facilidad los asuntos
-familiares y humildes; pero el corto paso que parece que hay de esta
-clase de escritos, al tono y expresión de la buena comedia, no supo
-darle. No fué bastante su talento á inventar una fábula regular; con
-todo el conocimiento que tenía de los vicios y ridiculeces comunes,
-no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad ni interés á su
-obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla muy graciosa, y
-resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad todavía ejercitó su
-pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de las monjas de la
-Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte comedias que dió
-á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca elogio ni perdón.
-Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como la peor, es sin
-duda <i>El Paulino</i>, que el autor se atrevió á llamar tragedia, y de
-la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio que merece. Aun
-suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien pudo haber visto
-el <i>Cinna</i> de Corneille, que había traducido con inteligencia y
-publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro Picolomini, marqués
-de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos sospechar lo que es una
-tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á quien no los quiere
-seguir.</p>
-
-<p>Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente
-anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia
-en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras
-preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón
-con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo,
-á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido.
-Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo
-indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la
-risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas
-que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la
-credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle
-ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.</p>
-
-<p>Los autores del estimable periódico intitulado <i>Diario de los
-literatos de España</i> examinaban con juiciosa crítica las obras que
-entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del
-raciocinio y del buen gusto, y trataban de<span class="pagenum"
-id="Page_27">p. 27</span> encaminar hacia la perfección, en cuanto
-les era posible, la literatura nacional. Su fatiga no fué muy
-larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta de lectores y de
-agradecimiento público.</p>
-
-<p>La Academia española, establecida á imitación de la francesa con
-una organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella
-lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía
-con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua;
-pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni
-contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia
-no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.</p>
-
-<p>En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de
-Aristóteles, teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de
-la filosofía, sin el de la historia, sin el de la política, sin el de
-las matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el
-de las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se
-sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo.
-<i>Todas las cátedras de las universidades</i> (dice Torres) <i>estaban
-vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura
-geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones
-de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde
-hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio...
-Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas,
-que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y
-cincuenta.</i> Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios,
-¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la
-amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena
-miserable?</p>
-
-<p>Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón,
-educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que
-florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo,
-conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera
-podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en
-el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los
-muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su
-mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por
-entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la
-carrera dramática.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>El ministerio,
-ocupado exclusivamente en buscar dinero para sostener la sangrienta
-guerra de Italia, no podía aplicar su atención ni extender sus
-liberalidades en beneficio del teatro. Las flotas no salían de
-los puertos de América; lo que producían las contribuciones,
-todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos á la pelea;
-la administración interior se desatendía; los sueldos de los
-innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las cámaras
-de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y aun en
-la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo era el
-único protector de los teatros; el premio que obtenían los poetas,
-los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta; no es
-mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á quien los
-pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.</p>
-
-<p>Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres
-corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que
-formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente
-de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los
-corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de
-bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que
-veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban
-mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un
-gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban
-acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si
-el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal
-vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía
-de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de
-las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar
-con entusiasmo á los viejos <i>aquel romper de cortinas de Nicolás de
-la Calle</i>. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores,
-bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces
-se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de
-la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación,
-ni se necesitaba.</p>
-
-<p>El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de
-los Caños del Peral, en donde muy á principios del siglo se
-hicieron algunas óperas y después comedias italianas por una<span
-class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> compañía que llamaron de
-los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de la
-reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración en
-aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y ornato,
-y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo sus
-farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la
-autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos
-corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente
-asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los
-planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de
-1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de
-quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en
-el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada <i>el Rapto de
-Ganimedes</i>.</p>
-
-<p>Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares
-y cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron
-las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por
-detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo
-el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos
-alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de
-cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo
-tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en
-la escena algunas coplas, llamadas <i>princesas</i> en lenguaje cómico.
-La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir
-que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con
-arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos,
-escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de
-laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo
-izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la
-virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes.
-Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca
-redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas,
-hebillas de oro y bastón de muletilla.</p>
-
-<p>Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las
-que diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía
-en proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo
-reducido á dos axiomas toda su poética:<span class="pagenum"
-id="Page_30">p. 30</span> 1.º que las obras de teatro sólo piden
-ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros no eran
-admisibles en la escena española.</p>
-
-<p>Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don
-Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo
-servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por
-su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores
-en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco;
-hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro
-conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables.
-Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló <i>El más justo
-rey de Grecia</i>, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente
-se verifica. Á veces quiere imitar la de <i>El Esclavo en grillos de
-oro</i>; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á
-su original: el gracioso, llamado <i>Veleta</i>, es de lo menos gracioso
-que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos,
-ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos
-con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo
-enigmático y gigantesco. La de <i>Los Mártires de Toledo y tejedor
-Palomeque</i> no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la
-justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué,
-requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio,
-bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El
-estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y
-chabacano.</p>
-
-<p>Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más
-breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y
-las garruchas, publicó la comedia de <i>El Mágico de Salerno Pedro
-Vayalarde</i>, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos
-y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras
-cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos
-disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y
-varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo
-general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.</p>
-
-<p>Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su
-Majestad, heredó de su padre (de quien se ha hecho mención<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> anteriormente) la
-inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que
-se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó
-á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son
-inferiores á las de su padre.</p>
-
-<p>Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de
-Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en
-las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las
-antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta
-con una particular habilidad que manifestó para saber introducir
-en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor
-estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún
-interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la
-tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen
-lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y
-altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático,
-chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha
-facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que
-mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó <i>ramplones
-y malditos</i>. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el
-teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba
-entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde
-el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué
-capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna
-su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la
-que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada
-edad, poco antes del año de 1750.</p>
-
-<p>Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas
-las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número
-de ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de
-figurón, de enredo amoroso, historiales, mitológicas, de santos,
-de valentías, de magia; no hubo argumento que él no aplicase al
-teatro. Si se consideran únicamente aquellas en que más se acercó
-á la buena comedia, no es posible disimular que en las de figurón
-excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló
-muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas
-chocarrerías, y á cada paso adoptó los recursos de una farsa
-grosera.<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> En las que
-se propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y
-personajes históricos (como en las de <i>El Rey Enrique el Enfermo</i>;
-<i>Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer</i>; <i>El Picarillo
-en España</i>, y otras de este género), la composición de la fábula
-no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad
-que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas
-de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que
-imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.</p>
-
-<p>Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas
-que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y
-precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto
-escribió para el teatro. Véase <i>El Sacrificio de Ifigenia</i>, y se
-hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor,
-estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos,
-baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la
-diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto
-delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes
-monstruosas é inconexas. Agamenón dice <i>que el monte dividido en
-dos puntas da al mar abrazos de arena</i>, y que la armada surta en el
-puerto es una <i>ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y
-cristal</i>; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con
-donaire de callejuela <i>Lola</i>, criada de Ifigenia, y <i>Pellejo</i>, lacayo
-de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte)
-<i>para mostrar las comedias según el estilo francés</i>. También se
-atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada <i>No hay
-con la patria venganza, y Temístocles en Persia</i>. Allí hay majestades
-y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los
-serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible
-gracioso llamado <i>Tulipán</i>, y un hijo de Temístocles que canta
-seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una
-academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde
-cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros.
-Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas
-en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y el
-clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino con
-veneno <i>denodado bruto y púrpura confecciona<span class="pagenum"
-id="Page_33">p. 33</span>da</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>. Todo esto prueba demasiado que el buen
-Cañizares escribía sin conocimiento de los preceptos poéticos: su
-abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo una celebridad
-popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que luégo
-se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.</p>
-
-<p>Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746.
-La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar
-la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión
-flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la
-dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba
-á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves
-inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María
-Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él:
-celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente
-en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el
-mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin
-hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien
-distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en
-su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América
-debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos
-males con una administración regular, y era de creer que libre ya
-la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría
-nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la
-riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así
-sucedió.</p>
-
-<p>Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el
-palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela
-de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que
-continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos
-Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir
-de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía
-de Felipe V; pero<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> la
-reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte
-con el título de criado familiar de S. M.</p>
-
-<p><i>Farinello</i> (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) <i>es el
-último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación.
-Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los
-inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado
-al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á
-Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino
-á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad
-en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole
-como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en
-aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda
-la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es
-general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez
-no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla
-en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina.
-Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que
-le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por
-su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad
-sobresaliente, que á la de sus méritos personales.</i></p>
-
-<p>Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato
-suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor
-de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año
-1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio
-de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de
-personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono,
-la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su
-modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los
-obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían
-asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales
-de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les
-recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo
-convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto
-trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á
-los piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la
-torpe adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su<span
-class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> mediación y su amistad.
-Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás
-quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del gobierno.
-Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer sus
-deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en las
-resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en
-Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid.
-La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta
-moderación.</p>
-
-<p>Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro
-del Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas,
-igualmente que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por
-el verano en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del
-Tajo, las iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante
-la jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su
-inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos
-encargos, si no con economía, con admirable acierto.</p>
-
-<p>Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal
-é instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las
-representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas
-en el salón llamado <i>de los Reinos</i>, cubrían el piso exquisitas
-alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas
-y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación
-correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían
-uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el
-teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión
-se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera
-de <i>Armida placata</i> se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de
-agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta
-piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud
-de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los
-trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces
-se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de
-los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas
-de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales
-que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena
-(cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese,<span
-class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> con dos correderas
-compuestas de los mayores cristales de la fábrica de San Ildefonso),
-todo era digno de un gran monarca que disipaba en esta diversión la
-opulencia de sus tesoros.</p>
-
-<p>Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios
-desde el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la
-Mirandola, Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli.
-Las piezas que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas.
-Óperas: <i>La Clemenza di Tito</i>, <i>Angelica e Medoro</i>, <i>Il Vellocino
-d’oro</i>, <i>Polifemo e Galatea</i>, <i>Artasserse</i>, <i>Armida placata</i>,
-<i>Demofoonte</i>, <i>Demetrio</i>, <i>Didone abbandonata</i>, <i>Siroe</i>, <i>Niteti</i>,
-<i>il Re pastore</i>, <i>Adriano in Siria</i>. Serenatas: <i>L’Asilo d’Amore</i>,
-<i>La Festa chinese</i>, <i>La Nascita di Giove</i>, <i>L’Isola disabitata</i>, <i>Le
-Mode</i>, <i>La Ninfa smarrita</i>. Intermedios: <i>Il Cavalier Bertoldo</i>, <i>La
-Burla da vero</i>, <i>La Statua</i>, <i>Il Giuocatore</i>, <i>L’Ucellatrice</i>, <i>Il
-Cuoco</i>, <i>Don Trastullo</i>, <i>Il Conte Tulipano</i>.</p>
-
-<p>Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos
-brillantes espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por
-italianos, poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento
-de los teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo
-don Luís Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros;
-entre los que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices
-empleados en la pintura de las decoraciones, en la invención y
-dirección de las máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó
-que todas las piezas se imprimieran traducidas en castellano para
-distribuirlas á los concurrentes en la primera noche de su ejecución.
-Se abrió el teatro con la ópera de <i>La Clemenza di Tito</i>; encargóse
-á don Ignacio de Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque
-en muy pocas horas, con el acierto que era de esperar; las que se
-imprimieron después las tradujo un médico italiano llamado don
-Orlando Boncuore, que ni se avergonzó de suceder á Luzán en aquel
-encargo, ni tuvo escrúpulo de hacerse escritor en una lengua que no
-sabía. Sus traducciones pueden considerarse como otros tantos modelos
-de extravagancia y ridiculez.</p>
-
-<p>En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los
-primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato
-y pompa teatral, la escena española, misera<span class="pagenum"
-id="Page_37">p. 37</span>ble y abandonada de la corte, se sostenía
-con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes cómicos y de
-ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al corregidor de
-Madrid el título de protector de los teatros, con el encargo de la
-formación de compañías y el gobierno de ellas: la depravación de
-nuestra dramática pedía de parte de la suprema autoridad providencias
-más directas y más eficaces.</p>
-
-<p>El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado
-mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por
-la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían,
-tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos,
-las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del
-Príncipe se llamaban <i>Chorizos</i>, y llevaban en el sombrero una cinta
-de color de oro; los de la compañía de la Cruz <i>Polacos</i>, con cinta
-en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los
-Caños tomaron el nombre de <i>Panduros</i>. Había un fraile trinitario
-descalzo, llamado el P. Polaco<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a>, jefe de la parcialidad á que dió nombre,
-atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los
-mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y
-comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los
-suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos,
-chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro
-de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano
-su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos
-cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era
-frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco
-Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio,
-de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser
-á la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar
-en el pri<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>mer asiento
-de la barandilla inmediato á las tablas, y desde allí solía llamar
-la atención del público con los chistes que dirigía á los actores y
-á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y les remedaba en
-los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era bien conocido,
-atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio cubierto de
-sombreros chambergos (que parecían una <i>testudo</i> romana) palmoteaba
-sus escurrilidades é indecencias.</p>
-
-<p>Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las
-comedias que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que
-muerto ya Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á
-conseguirlo. Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de
-Ibáñez y García, don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras,
-de una comedia intitulada <i>La Mujer más penitente y espanto de
-caridad, la venerable hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable
-orden tercera de penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de
-Toledo</i>; don Antonio Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero,
-uno y otro cómicos; el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero
-(cómico también y además canonista y teólogo), don Manuel Daniel
-Delgado, don Antonio Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela.
-Don José Julián de Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia
-y facilidad para sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia
-intitulada <i>Más vale tarde que nunca</i>, en la cual hay privado
-perseguido, trueque de puñales, batida general, con aquello de <i>á
-la cumbre, á la espesura, al monte, al valle, á la selva</i>; preso
-que se lamenta de su desgracia glosando coplas; lacayo entremetido,
-equivoquista y sucio; pasito de cárcel entre el leal y el traidor, y
-el rey que los escucha desde un rincón. Cuantos desaciertos se hallan
-esparcidos en las comedias de aquel tiempo, otros tantos se hallarán
-hacinados en esta.</p>
-
-<p>Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el
-prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas
-reglas del arte dramático<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4"
-class="fnanchor">[4]</a>. Luzán tradujo y pu<span class="pagenum"
-id="Page_39">p. 39</span>blicó una comedia de M. de La Chaussée,
-con el título de <i>La razón contra la moda</i>, la cual ni entonces
-ni después se ha visto en el teatro. En los años de 1750 y 51 dió
-á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias originales
-intituladas <i>Virginia</i> y <i>Ataúlfo</i>, nunca representadas, y de las
-cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó su laborioso
-autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse observados en un
-drama todos los preceptos, sin que por eso deje de ser intolerable á
-vista del público; y de que para acercarse á la perfección en este
-género, no basta que el autor sea un hombre muy docto, si le falta el
-requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de Trigueros en el año
-de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente prosa castellana, el
-<i>Británico</i> de Racine. Don Eugenio de Llaguno y Amírola publicó en el
-año de 1754, traducida en muy buenos versos, la <i>Atalía</i> del mismo
-autor. Nada de esto pasó al teatro.</p>
-
-<p>La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se
-enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles:
-lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos,
-se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos
-sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban
-prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre
-de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de
-paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes
-insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible
-de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más
-divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial
-doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo,
-y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales
-no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu
-y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes
-cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de
-historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos,
-paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito
-quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los
-intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.</p>
-
-<p>Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la repre<span
-class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span>sentación de los autos
-sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen (papel que
-desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación del
-Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos,
-las palabras del Evangelio: <i>Quomodo fiet istud, quoniam virum non
-cognosco?</i> los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas,
-dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa
-y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal
-habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la
-custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión
-el <i>Tantum ergo</i>. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo,
-la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el
-martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos
-del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una
-salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena;
-en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que
-Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S.
-Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el
-teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un
-justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la
-representación teatral de asuntos sagrados.</p>
-
-<p>Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como
-uno de nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de
-Montiano, su amigo, una comedia intitulada <i>La petimetra</i>. Esta obra,
-impresa en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad
-y corrección en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras
-antiguas comedias con la regularidad violenta á que su autor quiso
-reducirla, resultó una imitación de carácter ambiguo y poco á
-propósito para sostenerse en el teatro, si alguna vez se hubiera
-intentado representarla. La <i>Lucrecia</i>, tragedia que publicó el
-mismo autor en el año siguiente, es obra de mayor mérito, aunque la
-elección del argumento parece poco feliz, el progreso de la fábula
-entorpecido con episodios inútiles, y el estilo muy distante á veces
-de la sublimidad que pide este género.</p>
-
-<p>Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se
-atrevieron á procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo
-piezas originales, compuestas con regularidad y decoro,<span
-class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> y aunque no consiguieron
-toda la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron
-laudables.</p>
-
-<p>Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada
-<i>El Pensador</i>, censuró el desarreglo de las comedias que entonces
-se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín
-publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que
-probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de
-todas clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y
-católica. No pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de
-sus razones, y desde entonces quedó limpia la escena española de
-composiciones tan absurdas<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5"
-class="fnanchor">[5]</a>.</p>
-
-<p>Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro
-de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron
-tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el
-mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los
-trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los
-vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y
-de las provincias.</p>
-
-<p>El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo
-tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar
-decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó
-y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior
-que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la
-turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre
-los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado <i>Tusa</i>, era el
-alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato
-y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y
-les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación
-eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco
-dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.</p>
-
-<p>Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían
-hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias
-originales. Tales fueron <i>Hormesinda</i>, de Moratín, más laudable por
-algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de
-Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su
-fábula; <i>Guzmán el Bueno</i>, del<span class="pagenum" id="Page_42">p.
-42</span> mismo autor, en que hay un carácter bien sostenido, afectos
-heróicos, pintura de costumbres, violencia repugnante en la unidad
-de lugar, y no suficiente corrección de estilo; <i>Don Sancho García</i>,
-de don José Cadahalso, arreglada y débil, con rimas pareadas á
-imitación de los franceses, cuya cadencia simétrica es en extremo
-desagradable á nuestros oídos; <i>Raquel</i>, de don Vicente García de
-la Huerta, que siguiendo el mismo plan de <i>La Judía de Toledo</i>, de
-don Juan Bautista Diamante, no acertó á regularizarle, sin añadirle
-graves defectos; hay en ella un carácter sobresaliente; los demás,
-ó por falta de conveniencia dramática ó por inconscientes, han
-merecido la desaprobación de los críticos; en los pensamientos se
-descubren á veces resabios de mal gusto; el lenguaje es bueno,
-la versificación sonora. <i>Numancia destruída</i> es de don Ignacio
-López de Ayala, donde la mala elección del argumento, los amores
-episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del lugar que
-produce inverosimilitud continua, se compensan con un estilo animado
-y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora, y el feroz
-heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que produce
-siempre su representación. <i>Munuza</i>, de don Gaspar Melchor de
-Jovellanos; <i>Jahel</i>, de don Juan López Sedano; <i>Progne y Filomena</i>,
-de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se
-compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera
-podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido
-al gobierno más decidida protección.</p>
-
-<p>En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que
-habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas
-traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse
-para obtener el acierto en este difícil género de la dramática.</p>
-
-<p>Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se
-acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia;
-porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en
-un acto, llamadas <i>sainetes</i>, supo sustituir en ellas, al desaliño
-y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación
-exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de
-vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas
-fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan<span
-class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> halagüeño, que hizo
-aparecer como donaires y travesuras aquellas acciones que desaprueban
-el pudor y la virtud, y castigan con severidad las leyes. Nunca supo
-inventar una combinación dramática de justa grandeza, un interés bien
-sostenido, un nudo, un desenlace natural; sus figuras nunca forman
-un grupo dispuesto con arte; pero examinadas separadamente, casi
-todas están imitadas de la naturaleza con admirable fidelidad. Esta
-prenda, que no es común, unida á la de un diálogo animado, gracioso y
-fácil (más que correcto), dió á sus obrillas cómicas todo el aplauso
-que efectivamente merecían<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6"
-class="fnanchor">[6]</a>.</p>
-
-<p>Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el
-marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de
-Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que
-habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates,
-solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el <i>Misántropo</i>
-ó la <i>Atalía</i>, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque
-haciendo <i>El Negro más prodigioso</i>, ó <i>El Mágico africano</i>. Nunca
-se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de
-aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto,
-Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano,
-Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine,
-Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión;
-y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos
-teatros.</p>
-
-<p>Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios
-que pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe
-adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al
-público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de
-hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine.</p>
-
-<p><i>El Delincuente honrado</i>, tragicomedia escrita por don Gaspar
-de Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con<span
-class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> estimación; y aunque
-demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró en
-ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente
-prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor,
-no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo
-después.</p>
-
-<p>En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad,
-publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta,
-la comedia intitulada <i>Hacer que hacemos</i>, la cual desagradó á los
-inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos,
-al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el
-teatro.</p>
-
-<p>La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el
-nacimiento de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra,
-hizo representar en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que
-apenas vistas desaparecieron para siempre de nuestra escena. <i>Los
-Menestrales</i>, comedia de don Cándido María Trigueros, erudito,
-moralista, poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta
-lírico, épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de
-Apolo, mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público.
-<i>Las bodas de Camacho</i>, comedia pastoral de don Juan Meléndez
-Valdés, llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte,
-Virgilio, Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción
-castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta
-personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que
-la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos
-eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en
-que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos
-del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la
-demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que
-la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los
-céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria
-existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular
-de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que
-despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de
-Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos.
-Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de <i>El Aminta</i> con
-los del <i>Quijote</i>, y resultó una obra de quínola, insoportable en los
-teatros públicos,<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> y
-muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos géneros el Tasso y
-Cervantes.</p>
-
-<p>No sin mucha dificultad consiguió el mencionado Iriarte dar á
-la escena en el año de 1788 la comedia de <i>El Señorito mimado</i>, la
-cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo los
-aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los
-caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo.
-Tal vez mereció la censura de los que notaron en ella falta de
-movimiento dramático, de ligereza y alegría cómica; pero fácilmente
-se disimularon estos defectos, en gracia de las muchas cualidades que
-la hicieron estimable en la representación y en la lectura. Si ha de
-citarse la primera comedia original que se ha visto en los teatros de
-España, escrita según las reglas más esenciales que han dictado la
-filosofía y la buena crítica, esta es.</p>
-
-<p>Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por
-aquel tiempo la comedia de <i>El Viejo y la Niña</i>, luchando con los
-obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba la
-difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que
-mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y
-extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se
-necesitaban repetidos ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas
-según el arte: no era ya soportable contemporizar con las libertades
-de Lope, ni con las marañas de Calderón. Uno y otro habían producido
-imitadores sin número, que por espacio de dos siglos conservaron la
-escena española en el último grado de corrupción. No era lícito que
-un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas autoridades
-al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle.</p>
-
-<p>Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades
-de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta
-dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el
-de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo todo
-el interés de una pieza de teatro al que puede producir una sinfonía,
-y que teniendo en su mano los medios que ofrece el arte para conmover
-y persuadir, renunciase á la eficacia de todos ellos, y se negara
-voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse de tales obras en
-beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de las<span
-class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> comedias, dijo Nasarre,
-conociendo la utilidad de ellas, se deben revestir de una autoridad
-pública para instruir á sus conciudadanos; persuadiéndose de que la
-patria les confía tácitamente el oficio de filósofos y de censores
-de la multitud ignorante, corrompida ó ridícula. Los preceptos de la
-filosofía puestos en los libros son áridos y casi muertos, y mueven
-flacamente el ánimo; pero presentados en los espectáculos animados,
-le conmueven vivamente. El filósofo austero se desdeña de ganar los
-corazones; el tono dominante de sus máximas ofende ó cansa. El cómico
-excita alternativamente mil pasiones en el alma; hácelas servir de
-introductores de la filosofía; sus lecciones nada tienen que no sea
-agradable, y están muy apartadas del sobrecejo magistral que hace
-aborrecible la enseñanza y aumenta la natural indocilidad de los
-hombres».</p>
-
-<div class="section">
-<p>Sentado el principio de que toda composición cómica debe
-proponerse un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos
-del placer, concibió Moratín que la comedia podía definirse así:
-«Imitación en diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso
-ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares,
-por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y
-caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes
-en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la
-virtud».</p>
-</div>
-
-<p><i>Imitación</i>, no copia, porque el poeta observador de la
-naturaleza, escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito,
-lo distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone
-un todo que es mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al
-original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas
-palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de
-personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En esta,
-como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los
-originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor;</p>
-<p class="i0"><b><span class="g1">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . </span></b>et quæ</p>
-<p class="i0">Desperat tractata nitescere posse, relinquit.</p>
-</div></div>
-
-<p><i>En diálogo</i>; porque á diferencia de los demás géneros de la
-poesía, en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe<span
-class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> ó refiere, en la dramática
-que produce poemas activos, se oculta del todo, y pone en la escena
-figuras que obrando en razón de sus pasiones, opiniones é intereses,
-hacen creíble al espectador (hasta donde la ilusión alcanza) que está
-sucediendo cuánto allí se le presenta. La perspectiva, los trajes,
-el aparato escénico, las actitudes, el movimiento, el gesto, la voz
-de las personas, todo contribuye eficazmente á completar este engaño
-delicioso, resulta necesaria del esfuerzo de muchas artes.</p>
-
-<p><i>En prosa ó verso.</i> La tragedia pinta á los hombres, no como son
-en realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron
-ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este
-recurso, que la es indispensable, la facilita el poder dar á sus
-acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la
-belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo
-ha de ser grande, heróico y patético en grado eminente, mal podría
-conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la
-pompa y armonía de la versificación.</p>
-
-<p>La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres
-nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes
-de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y
-de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva
-y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones
-con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le
-exige, puesto que de la semejanza que las da resultan sus mayores
-aciertos. Imitando pues tan de cerca á la naturaleza, no es de
-admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea
-que esto puede añadir facilidades á la composición. <i>Difficile est
-propriè communia dicere.</i> No es fácil hablar en prosa como hablaron
-Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea,
-la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración
-el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones
-comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas que
-se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por
-acercarle demasiado á la verdad que imita.</p>
-
-<p>Estos mismos obstáculos hay que vencer si la comedia se escribe
-en verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las es<span
-class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span>trofas líricas, ni el
-soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el romance
-octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe
-caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La
-facilidad, la energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía
-que debe resultar de la elección de las palabras, de la dimensión
-variada de los periodos, de la contraposición de las terminaciones
-asonantes, todo será necesario para llevar á su perfección este
-género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere acertar el que
-no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al estudio y
-al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua,
-enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos
-antiguos, los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos,
-nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena
-crítica sabe elegirlos.</p>
-
-<p><i>Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas.</i> Boileau en
-su excelente Poética redujo á dos versos los tres preceptos de
-unidad:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">Una acción sola, en un lugar y un día,</p>
-<p class="i0">conserve hasta su fin lleno el teatro.</p>
-</div></div>
-
-<p>Esto mismo recomendaba el autor del <i>Quijote</i> setenta años antes
-que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de
-Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó,
-juntamente con otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no
-era ciertamente porque las ignorase: pues no sólo habló de ellas el
-Pinciano en su <i>Filosofía antigua poética</i>, impresa en 1596, sino que
-Bartolomé de Torres Naharro (ciento y veinte años antes que naciera
-Boileau) las había practicado en alguna de sus comedias.</p>
-
-<p>El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la citada
-obra: «Toda la acción se finja ser hecha dentro de tres días...
-cuánto menos el plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí
-puede colegirse cuáles son los poemas do nace un niño, y crece,
-y tiene barbas, y se casa, y tiene hijos y nietos; lo cual en la
-fábula épica, aunque no tiene término, es ridículo; ¿qué será en
-las activas, que le tienen tan breve?... Aquella fábula será más
-artificiosa, que más deleitare<span class="pagenum" id="Page_49">p.
-49</span> y más enseñare con más simplicidad... En vano se aplican
-muchos modos para una acción... Si una sola basta para enseñar y
-deleitar en un poema, ¿para qué se aplicarán muchas?»</p>
-
-<p>Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan
-muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la atención
-se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se
-atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no
-se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa
-confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo
-desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral.
-Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á la perfección
-dramática, deben acompañar á la de acción, que la es indispensable;
-y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá
-de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo
-de grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran
-seguido, sus aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la
-representación de una pieza cómica ó trágica es necesario que exista
-(para salvar las impropiedades que el arte no puede vencer) una
-tácita convención de parte del auditorio, nada importa que esta
-convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal doctrina
-llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el
-caos dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se
-reducirían á las mantas y los cordeles con que decoraba los suyos
-Lope de Rueda. Existe en efecto la tácita convención; pero aplicable
-solamente á disculpar los defectos que son inherentes al arte, no los
-que voluntariamente comete el poeta. Ya se ha visto con repetidos
-ejemplos que la observancia de las unidades de acción, tiempo y lugar
-es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario, sino
-que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que
-sea fácil escribir una excelente comedia?</p>
-
-<p>Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van indicados, hallará
-comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace la verdad
-moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la
-composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente,
-verisímil y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá
-existir una inmediata cone<span class="pagenum" id="Page_50">p.
-50</span>xión entre la máxima que se establece y el suceso que ha de
-comprobarla. Para hacerla verisímil no basta que sea posible; ha de
-componerse de circunstancias tan naturales, tan fáciles de ocurrir,
-que á todos seduzca la ilusión de la semejanza. Para hacerla teatral
-deberá ser la exposición breve, el progreso continuo, el éxito
-dudoso, la solución (resulta necesaria de los antecedentes) inopinada
-y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni trivial.</p>
-
-<p><i>Entre personas particulares.</i> Como el poeta cómico se propone por
-objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas
-verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para
-apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir
-en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de
-sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase
-media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres,
-las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la
-tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores
-heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces
-que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían
-á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado
-de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el
-interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido
-jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear
-con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus
-errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las
-leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta
-corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.</p>
-
-<p><i>La oportuna expresión de afectos y caracteres</i> se hace tan
-indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la
-imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio
-que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que
-los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar
-de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de
-nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras
-naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio,
-ni con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza
-del<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> lenguaje, ni
-con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de los versos;
-si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres, todo es
-perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de preparar las
-situaciones para que naturalmente se desenvuelvan, ofrece no pequeñas
-dificultades á un poeta cómico.</p>
-
-<p><i>Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en
-la sociedad</i> mediante la disposición de la fábula y la expresión
-de los caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean
-ridículos, pero todos no, porque sin esta contraposición no
-aparecería la deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria
-degradación en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben
-quedar subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos
-meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser
-objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como
-medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de
-corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la
-irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores
-que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna
-utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se
-verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la
-multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el
-objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del
-vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»</p>
-
-<p>Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes
-extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los
-hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la
-educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias,
-feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y
-de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares
-ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó
-paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo,
-del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y
-de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces
-de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar
-perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span><i>Recomendadas por
-consiguiente la verdad y virtud</i> en la fábula cómica, mediante la
-censura de los vicios del entendimiento y del corazón, desempeñará
-el poeta el objeto de utilidad general que debió proponerse. Enseña
-la verdad, cuando apoyada su doctrina en los conocimientos de la
-física, en el exacto raciocinio de la filosofía, que preside á las
-ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, en la crítica y
-buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica los errores
-adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el ejemplo de
-personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien habitualmente
-rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la única escuela
-abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle, y se le
-ilustra cuando se le divierte.</p>
-
-<p>En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como
-efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas
-ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos
-laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de
-la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la
-humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan
-la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos
-á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las
-obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para
-evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por
-una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos,
-para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso
-consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la
-fortuna ó la injusticia de los hombres.</p>
-
-<p>Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir
-al teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre
-sí el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á
-conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta
-él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no
-los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de
-instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado
-á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros
-no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos
-lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que
-efectivamente reside en determi<span class="pagenum" id="Page_53">p.
-53</span>nados sujetos una peculiar aptitud mental, que les hace
-percibir lo que para otros muchos, dotados á lo que parece de la
-misma disposición orgánica, permanece ignorado y oculto. Este
-sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de dársele)
-es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores en las
-artes de imitación. Á él se deben la <i>Venus</i> de Médicis y el <i>Apolo</i>
-de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; por él
-Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él Rossini
-en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música nuevos
-encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para dar á sus
-composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella fuerza
-de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante apariencia
-de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la posteridad
-justa sabrá decidirlo.</p>
-
-<p>En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y
-leídas, vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en
-ellas el ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura
-el acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como
-todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin
-cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran.
-Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que
-haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la
-tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares;
-no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación
-modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo
-camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos,
-merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en
-España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del
-gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio
-y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces
-(y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que
-él empezó.</p>
-
-<p>Quiso también desmentir de una manera victoriosa las
-equivocaciones en que han incurrido no pocos extranjeros que han
-escrito acerca de nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter
-nacional las causas de su corrupción, acumulando errores sobre este
-supuesto, copiándose unos á otros, y obs<span class="pagenum"
-id="Page_54">p. 54</span>tinándose en decidir magistralmente sobre
-el mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su
-literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás
-lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.</p>
-
-<p>Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el
-espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos,
-el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen
-sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental,
-ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante,
-hinchado, tenebroso, <i>ampullas et sexquipedalia verba</i>. Tal es la
-pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su
-mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy
-viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan
-en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y
-el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios
-de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se
-representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos
-citan una comedia de <i>San Amaro</i>, cuya acción dura doscientos años, y
-un auto que acaba con el <i>Ite missa est</i>: y no añaden que no hay un
-solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la
-representación de tal comedia ni de tal auto.</p>
-
-<p>¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas
-moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico
-de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de
-M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá
-de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las
-disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían,
-si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio,
-de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los
-voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de
-su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de
-<i>Arlequín tragado por la ballena</i>, <i>Arlequín que nace de un huevo</i>,
-<i>El príncipe Taer convertido en piedra</i>, ó <i>La Dama serpiente</i>,
-piezas no ignoradas, como la de <i>San Amaro</i>, no sepultadas en el
-polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas
-frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los
-que hoy viven han podido verlas no pocas veces?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>Pero no sólo dan
-por supuesto que la escena española permanece en un extravagante
-desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la posibilidad
-de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las acciones de
-personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme con el
-carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad que
-la comedia nunca tuvo cabida en España.—Ningún español ha podido
-sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles
-salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio
-ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación
-su natural indiferencia.—Como la galantería de los españoles ha
-sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto
-sabor de África, de que no han participado las demás naciones.»
-Esto dice el abate Cuadrio en su <i>Historia poética</i>. «La mezcla de
-bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular
-agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P.
-Caymo, autor de la obra intitulada <i>El vago italiano</i>. «La verdadera
-comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben
-reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino
-acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate
-Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos
-de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará
-este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con
-las costumbres.—Si en España no se aplican á pintar los caracteres
-y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière,
-consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha
-dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe
-en el año de 1797.</p>
-
-<p>¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias
-de Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama
-comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto
-dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es
-el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran
-á cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no
-lo ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una
-nación de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación
-de la<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> verdad. El
-desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas partes, con
-más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las comedias
-antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar con tanto
-desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi desconocido.
-Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no parecerse
-ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos siglos há,
-las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la estimación
-que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del número de
-piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público español,
-que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha visto en
-ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de nuestros
-actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido sujetar
-su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas á las
-temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto que
-no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco y
-serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto
-que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó
-ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible
-conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate
-Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas
-la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores
-que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya
-percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano,
-oriental ni francés.</p>
-
-<p>Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus
-primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura,
-ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros
-versificadores y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron
-hallar en las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban
-para satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse
-poetas, y alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola
-pobre, porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron
-á la frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas
-é inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las
-dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer,
-sin necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada<span
-class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> significan, formando un
-lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de galicismos y
-de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, y el daño
-se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: «Estos
-bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza con la
-de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque no
-la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben
-buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y
-cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal
-de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que
-necesitan?»</p>
-
-<p>Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer;
-falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras,
-apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó
-absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos,
-y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso
-lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y
-enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura,
-de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio
-pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de
-sensibilidad que de doctrina.</p>
-
-<p>Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de
-igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á
-la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la
-solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta
-lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo
-de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á
-los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en
-este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna
-literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los
-errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por
-la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que
-contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia
-á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio
-que le hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos
-coronas.</p>
-
-
-<div class="chapter pt6" id="Ch_1">
- <hr class="chap" />
- <h2 title="LA COMEDIA NUEVA" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>LA COMEDIA NUEVA</h2>
- <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span></p>
- <h3>PERSONAS</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<div class="perssup">
- <ul class="pers lh200">
- <li>DON ELEUTERIO.</li>
- <li>DOÑA AGUSTINA.</li>
- <li>DOÑA MARIQUITA.</li>
- <li>DON HERMÓGENES.</li>
- <li>DON PEDRO.</li>
- <li>DON ANTONIO.</li>
- <li>DON SERAPIO.</li>
- <li>PIPÍ.</li>
- </ul>
-</div>
-
-<hr class="sep0" />
-
-<p class="centra mt2"><i>La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro.</i></p>
-
-<p class="hang mt2">El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro
-una puerta con escalera á la habitación principal, y otra puerta á un lado
-que da paso á la calle.</p>
-
-<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis.</i></p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_061.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <h3><big>ACTO I.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí
-paseándose.</i>)</p>
-
-<p class="mt1"><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Parece que se
-hunde el techo. Pipí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué gente hay arriba, que
-anda tal estrépito? ¿Son locos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No, señor; poetas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo poetas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Sí señor: ¡así lo fuera yo!
-¡No es cosa! Y han tenido una gran comida. Burdeos, pajarete,
-marrasquino; ¡uh!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y con qué motivo se hace
-esa francachela?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Yo no sé; pero supongo que será
-en celebridad de la comedia nueva que se representa esta tarde,
-escrita por uno de ellos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque han hecho una
-comedia? ¡Haya picarillos!</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues qué, ¿no lo sabía usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No por cierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues ahí está el anuncio en el
-<i>Diario</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto, aquí
-está (<i>Leyendo en el Diario que está sobre la mesa</i>): <span
-class="smcap">Comedia nueva intitulada el Gran Cerco de Viena</span>.
-¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el
-diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta
-ridículo!</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues mire usted, la verdad, yo me
-alegrara de saber hacer, así, alguna cosa...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Así, de versos... ¡Me gustan
-tanto los versos!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! los buenos versos son
-muy estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos,
-tan pocos, tan pocos...</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No, pues los de arriba bien se
-conoce que son del arte. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por
-aquella boca! Hasta las mujeres.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oiga! ¿también las señoras
-decían coplillas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Vaya! Allí hay una doña
-Agustina, que es mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted
-viera... Unas décimas componía de repente... No es así la otra, que
-en toda la mesa no ha hecho más que retozar con aquel don Hermógenes,
-y tirarle miguitas de pan al peluquín.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Don Hermógenes está
-arriba? ¡Gran pedantón!</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues con ese se estaba jugando;
-y cuando la decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía
-la vergonzosa; y por más que la estuvieron azuzando á ver<span
-class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> si rompía, nada. Empezó
-una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el
-consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire
-usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Seguramente. ¿Y quién es
-ese que cantaba poco há, y daba aquellos gritos tan descompasados?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Oh! ese es don Serapio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero ¿qué es? ¿qué
-ocupación tiene?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Él es... mire usted; á él le
-llaman don Serapio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah! sí. Ese es aquel bulle
-bulle que hace gestos á las cómicas, y las tira dulces á la silla
-cuando pasan, y va todos los días á saber quién dió cuchillada; y
-desde que se levanta hasta que se acuesta no cesa de hablar de la
-temporada de verano, la chupa del sobresaliente, y las partes de por
-medio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Ese mismo. ¡Oh! ese es de los
-apasionados finos. Aquí se viene todas las mañanas á desayunar; y
-arma unas disputas con los peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo
-se va allá abajo, al barrio de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan
-de comedias, altercan, ríen, fuman en los portales; don Serapio los
-introduce aquí y acullá hasta que da la una; se despiden, y él se va
-á comer con el apuntador.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y ese don Serapio es amigo
-del autor de la comedia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Toma! Son uña y carne. Y él ha
-compuesto el casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con
-don Hermógenes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué me dices? ¿Don
-Hermógenes se casa?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Vaya si se casa! Como que parece
-que la boda no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni
-el poeta tampoco; pero le ha dicho que con el dinero que le dén por
-esta comedia, y lo que ganará en la impresión, les pondrá la casa y
-pagará las deudas de don Hermógenes, que parece son bastantes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí serán. ¡Cáspita si
-serán! Pero, y si la<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>
-comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué
-harán entonces?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué!
-No, señor. Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en
-tablas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah! Pues si don Serapio lo
-dice, no hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú
-si don Serapio y el apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el
-zapato, y cuál comedia es buena, y cuál deja de serlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Eso digo yo; pero á veces... Mire
-usted, no hay paciencia. Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca.
-Vinieron ahí tres ó cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de
-comedias; ¡vaya! yo no me puedo acordar de lo que decían. Para ellos
-no había nada bueno: ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música,
-ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con
-el arte, el arte, la moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré?
-Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las
-reglas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Hombre, difícil es
-explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros,
-particularmente los franceses.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues, ya decía yo; esto no es
-cosa de mi tierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí tal: aquí también se
-gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no
-llegarán á media docena (por mucho que se estire la cuenta), las que
-se han compuesto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues ya se ve: mire usted,
-¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no tiene reglas la comedia de hoy?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! eso yo te lo fío:
-bien puedes apostar ciento contra uno á que no las tiene.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Y las demás que van saliendo cada
-día tampoco las tendrán: ¿no es verdad usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Tampoco. ¿Para qué? No
-faltaba otra cosa,<span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>
-sino que para hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Bien; me alegro. Dios quiera que
-pegue la de hoy, y luégo verá usted cuántas escribe el bueno de don
-Eleuterio. Porque, lo que él dice: si yo me pudiera ajustar con los
-cómicos á jornal, entonces... ¡ya se ve! mire usted si con un buen
-situado podía él...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Cierto. (<i>Ap.</i> ¡Qué
-simplicidad!)</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Entonces escribiría. ¡Qué! todos
-los meses sacaría dos ó tres comedias. Como es tan hábil...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque es muy hábil,
-eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Toma! Poquito le quiere el
-segundo barba; y si en él consistiera, ya se hubieran echado las
-cuatro ó cinco comedias que tiene escritas; pero no han querido los
-otros; y ya se ve, como ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha
-gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo, como ellos saben lo que
-es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es verdad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pero deje usted, que aunque es la
-primera que le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque es la primera?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—La primera. ¡Si es mozo todavía!
-Yo me acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente
-ahí, en esa lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como
-después se hizo paje, y el amo se le murió á lo mejor, y él se había
-casado de secreto con la doncella, y tenían ya dos criaturas, y
-después le han nacido otras dos ó tres; viéndose él así, sin oficio
-ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y se ha hecho
-poeta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Y ha hecho muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Pues ya se ve! lo que él dice:
-si me sopla la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener
-aquellos angelitos, y así ir trampeando hasta que Dios quiera abrir
-camino.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_66">p.
-66</span>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Café.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Pedro se sienta junto á una mesa distante
-de don Antonio: Pipí le servirá el café.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Al instante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No me ha visto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¿Con leche?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No... Basta.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¿Quién es este?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Al retirarse después de haber servido el café á
-don Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Este es don Pedro de
-Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero
-de un carácter tan ingenuo, tan serio, y tan duro, que le hace
-intratable á cuántos no son sus amigos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Le veo venir aquí algunas veces,
-pero nunca habla, siempre está de mal humor.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON
-ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Pero, hombre, dejarnos
-así!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Bajando la escalera, salen por la puerta del
-foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Si se lo he dicho á usted
-ya. La tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á
-silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Mañana? ¿Conque mañana se
-ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y aun esta tarde pudieran
-cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos
-de<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> introducción,
-diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas
-coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la
-niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro
-equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la
-tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se
-sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un
-par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡El diantre es usted,
-hombre! todo se lo halla hecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Voy, voy á ver si la
-concluyo; falta muy poco. Súbase usted.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Eleuterio se sienta junto á una mesa
-inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y
-escribe.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Voy allá; pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, sí, váyase usted; y
-si quieren más licor, que lo suba el mozo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Sí, siempre será bueno que
-lleven un par de frasquillos más. Pipí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Señor!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Palabra.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á
-irse por la puerta del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos,
-y se va por la misma parte.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo va, amigo don
-Pedro?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Antonio se sienta cerca de don Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Oh, señor don Antonio! No
-había reparado en usted. Va bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Usted á estas horas por
-aquí? Se me hace extraño.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—En efecto lo es; pero he
-comido ahí cerca. Á fin de mesa se armó una disputa entre dos
-literatos que apenas saben leer; dijeron mil despropósitos, me
-fastidié, y me vine.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues; con ese genio tan
-raro que usted<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> tiene,
-se ve precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No por cierto. Yo soy el
-primero en los espectáculos, en los paseos, en las diversiones
-públicas; alterno los placeres con el estudio; tengo pocos, pero
-buenos amigos y á ellos debo los más felices instantes de mi vida.
-Si en las concurrencias particulares soy raro algunas veces, siento
-serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no quiero mentir, ni puedo
-disimular; y creo que el decir la verdad francamente es la prenda más
-digna de un hombre de bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí; pero cuando la verdad
-es dura á quien ha de oirla, ¿qué hace usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Callo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y si el silencio de usted
-le hace sospechoso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Me voy.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No siempre puede uno dejar
-el puesto, y entonces...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Entonces digo la verdad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Aquí mismo he oído hablar
-muchas veces de usted. Todos aprecian su talento, su instrucción y su
-probidad, pero no dejan de extrañar la aspereza de su carácter.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y por qué? Porque no vengo
-á predicar al café; porque no vierto por la noche lo que leí por
-la mañana; porque no disputo, ni ostento erudición ridícula, como
-tres, ó cuatro, ó diez pedantes que vienen aquí á perder el día, y
-á excitar la admiración de los tontos y la risa de los hombres de
-juicio. ¿Por eso me llaman áspero y extravagante? Poco me importa.
-Yo me hallo bien con la opinión que he seguido hasta aquí, de que en
-un café jamás debe hablar en público el que sea prudente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ¿qué debe hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Tomar café.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Viva! Pero hablando de
-otra cosa, ¿qué plan tiene usted para esta tarde?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span><span
-class="smcap">D. Pedro.</span>—Á la comedia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Supongo que irá usted á
-ver la pieza nueva?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Qué ¿han mudado? Ya no
-voy.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero, ¿por qué? Vea usted
-sus rarezas.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Pipí sale por la puerta del foro con salvilla,
-copas y frasquillos, que dejará sobre el mostrador.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y usted me pregunta por qué?
-¿Hay más que ver la lista de las comedias nuevas que se representan
-cada año, para inferir los motivos que tendré de no ver la de esta
-tarde?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Hola! Parece que hablan
-de mi función.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Escuchando la conversación de don Antonio y don
-Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—De suerte, que ó es buena,
-ó es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario
-está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Tal vez me han dado impulsos
-de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera
-podido. Á mí me irrita lo que á usted le divierte. (<i>Guarda don
-Eleuterio papel y tintero; se levanta, y se va acercando poco á
-poco, hasta ponerse en medio de los dos.</i>) Yo no sé; usted tiene
-talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de
-literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces.
-Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito,
-no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo;
-y con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al
-mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá
-que se divierte; pero, amigo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí, señor, que me divierto.
-Y por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí
-desengaños amargos á ciertos hombres cuya felicidad estriba en su
-propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible persuadirles?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, pues... Con permiso
-de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente;
-bien<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> puede usted ir á
-verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Es este el autor?</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Antonio se levanta, y después de la
-pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio</i>.)</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—El mismo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y de quién es? ¿Se
-sabe?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Señor, es de un sujeto
-bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la
-carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si es esta la primera pieza
-que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará
-necesariamente, y un gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe
-cuánto interesan á una nación los progresos de la literatura, no
-dejará sin premio á cualquiera hombre de talento que sobresalga en un
-género tan difícil.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Todo eso va bien; pero
-lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince
-doblones que le darán los cómicos (si la comedia gusta), y muchas
-gracias.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Antonio.</span>—¿Quince? Pues yo creí que
-eran veinte y cinco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor; ahora
-en tiempo de calor no se da más. Si fuera por el invierno,
-entonces...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Calle! ¿Conque en
-empezando á helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los
-besugos.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces
-le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le
-contesta ni le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó
-siguiéndole; lo cual formará juego de teatro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues mire usted, aun con
-ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para
-hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía;
-pero hay muchas envidias. Unos favorecen á<span class="pagenum"
-id="Page_71">p. 71</span> éste, otros á aquél, y es menester una
-tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que...
-¡Ya, ya! Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura
-despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las
-rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas
-alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas,
-dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae
-allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido,
-y da cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién
-ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Es verdad, amigo. Ese
-estudiante gallego hará malísima obra á los autores de la corte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Malísima. Ya ve usted
-cómo están los comestibles.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Cierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Lo que cuesta un mal
-vestido que uno se haga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—El cuarto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! sí, el cuarto. Los
-caseros son crueles.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y si hay familia...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No hay duda; si hay familia
-es cosa terrible.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya usted á competir con
-el otro tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el
-gasto hecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y qué remedio? Ahí no hay
-más sino arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas
-muy baratas, que se presenten, que aturdan al público, y ver si se
-puede dar con el gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es
-excelente, y para mí tengo que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿La ha leído usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No por cierto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿La han impreso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor. ¿Pues no se
-había de imprimir?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Mal hecho. Mientras no sufra
-el examen del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo,
-es demasiada confianza en un autor novel.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué! No, señor. Si le digo
-á usted que es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Se vende en los puestos
-del <i>Diario</i>, en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de
-Gil, en la de Zurita, y en el puesto de los cobradores á la entrada
-del coliseo. Se vende también en la tienda de vinos de la calle del
-Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en la jabonería de la
-calle del Lobo, en la...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Se acabará esta tarde esa
-relación?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Como el señor
-preguntaba...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero no preguntaba tanto. ¡Si
-no hay paciencia!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues la he de comprar, no
-tiene remedio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Si yo tuviera dos reales. ¡Voto
-va!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Véala usted aquí.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Saca una comedia impresa, y se la da á don
-Antonio.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oiga! es esta. Á ver. Y
-ha puesto su nombre. Bien, así me gusta; con eso la posteridad no
-se andará dando de calabazadas por averiguar la gracia del autor.
-(<i>Lee don Antonio.</i>) <span class="smcap">Por don Eleuterio Crispín
-de Andorra...</span> «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia
-y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y
-magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y
-dice el emperador:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">Ya sabéis, vasallos míos,</p>
-<p class="i0">que habrá dos meses y medio</p>
-<p class="i0">que el turco puso á Viena</p>
-<p class="i0">con sus tropas el asedio,</p>
-<p class="i0">y que para resistirle</p>
-<p class="i0"><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>unimos nuestros denuedos,</p>
-<p class="i0">dando nuestros nobles bríos,</p>
-<p class="i0">en repetidos encuentros,</p>
-<p class="i0">las pruebas más relevantes</p>
-<p class="i0">de nuestros invictos pechos.»</p>
-</div></div>
-
-<p>¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">«Bien conozco que la falta</p>
-<p class="i0">del necesario alimento</p>
-<p class="i0">ha sido tal, que rendidos</p>
-<p class="i0">de la hambre á los esfuerzos,</p>
-<p class="i0">hemos comido ratones,</p>
-<p class="i0">sapos y sucios insectos.»</p>
-</div></div>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué tal? ¿No le parece á
-usted bien?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Hablando á don Pedro</i>.)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Eh! á mí, qué...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Me alegro que le guste
-á usted. Pero no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del
-segundo acto. Búsquele usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la
-dama se cae muerta de hambre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Muerta?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, muerta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué situación tan cómica!
-Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Contra el visir, que la
-tuvo seis días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El
-visir sería un bruto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Hombre arrebatado, ¿eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Lascivo como un mico, feote
-de cara; ¿es verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span><span
-class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Alto, moreno, un poco
-bizco, grandes bigotes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, sí. Lo mismo
-me le he figurado yo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Enorme animal! Pues no, la
-dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted,
-don Pedro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No, por Dios; no lo lea
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Es que es uno de los
-pedazos más terribles de la comedia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Con todo eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Lleno de fuego.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Buena versificación.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No importa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Que alborotará en el
-teatro, si la dama lo esfuerza.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Hombre, si he dicho ya
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero á lo menos, el final
-del acto segundo es menester oirle.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don
-Eleuterio.</i>)</p>
-
-<div class="versos">
-
-<p class="rol"><i>Emperador.</i></p>
-
-<p class="i0">Y en tanto que mis recelos...</p>
-
-<p class="rol"><i>Visir.</i></p>
-
-<p class="i0">Y mientras mis esperanzas...</p>
-
-<p class="rol"><i>Senescal.</i></p>
-
-<p class="i0">Y hasta que mis enemigos...</p>
-
-<p class="rol"><i>Emperador.</i></p>
-
-<p class="i0">Averiguo.</p>
-
-<p class="rol"><i>Visir.</i></p>
-
-<p class="i8">Logre.</p>
-
-<p class="rol"><i>Senescal.</i></p>
-
-<p class="i14">Caigan.</p>
-
-<p class="rol"><i>Emperador.</i></p>
-
-<p class="i0">Rencores, dadme favor.</p>
-
-<p class="rol"><i>Visir.</i></p>
-
-<p class="i0">No me dejes, tolerancia.</p>
-
-<p class="rol"><i>Senescal.</i></p>
-
-<p class="i0">Denuedo, asiste á mi brazo.</p>
-
-<p class="rol"><i>Todos.</i></p>
-
-<p class="i0">Para que admire la patria</p>
-<p class="i0">el más generoso ardid</p>
-<p class="i0">y la más tremenda hazaña.</p>
-
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span><span
-class="smcap">D. Pedro.</span>—Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto
-disparate.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se levanta impaciente, en ademán de irse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Disparates los llama
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Pues no?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Antonio observa á don Eleuterio y á don
-Pedro y se ríe de entrambos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Vaya, que es también
-demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los
-hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha
-chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra cosa en el teatro todos los
-días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á rabiar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y esto se representa en una
-nación culta?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Cuenta, que me ha dejado
-contento la expresión! ¡Disparates!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y esto se imprime, para que
-los extranjeros se burlen de nosotros?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Llamar disparates á una
-especie de coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé
-qué quieren estas gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada
-que no se muerda y se censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No haga usted caso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio</span> (<i>Hablando con Pipí hasta
-el fin de la escena</i>).—Yo no hago caso; pero me enfada que hablen
-así. Figúrate tú si la conclusión puede ser más natural, ni más
-ingeniosa. El emperador está lleno de miedo, por un papel que se ha
-encontrado en el suelo sin firma ni sobrescrito, en que se trata
-de matarle. El visir está rabiando por gozar de la hermosura de
-Margarita, hija del conde de Strambangaum, que es el traidor...</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Calle! ¡Hay traidor también!
-¡Cómo me gustan á mi las comedias en que hay traidor!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues, como digo, el visir
-está loco de amores por ella; el senescal, que es hombre de bien si
-los hay, no las tiene todas consigo, porque sabe que el conde<span
-class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> anda tras de quitarle el
-empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de
-modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su
-asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la
-comedia.</i>)</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">Y en tanto que mis recelos...</p>
-<p class="i0">y mientras mis esperanzas...</p>
-<p class="i0">y hasta que mis...</p>
-</div></div>
-
-<p>¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Sale don Hermógenes por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON
-ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Buenas tardes,
-señores.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Á la orden de usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Felicísimas, amigo don
-Hermógenes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Digo, me parece que el
-señor don Hermógenes será juez muy abonado (<i>D. Pedro se acerca á la
-mesa en que está el</i> Diario; <i>lee para sí, y á veces presta atención
-á lo que hablan los demás</i>) para decidir la cuestión que se trata:
-todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los
-papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus
-actos literarios, y sobre todo, la escrupulosidad y el rigor con que
-censura las obras agenas. Pues yo quiero que nos diga...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Usted me confunde con
-elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á
-toda alabanza, por haber llegado en su edad juvenil al pináculo del
-saber. Su ingenio de usted, el más ameno de<span class="pagenum"
-id="Page_77">p. 77</span> nuestros días, su profunda erudición, su
-delicado gusto en el arte rítmica, su...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya, dejemos eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Su docilidad, su
-moderación...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien; pero aquí se trata
-solamente de saber si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Estas prendas sí que
-merecen admiración y encomio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya, eso sí; pero díganos
-usted lisa y llanamente si la comedia que hoy se representa es
-disparatada ó no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿Disparatada? ¿Y quién
-ha prorumpido en un aserto tan?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Eso no hace al caso.
-Díganos usted lo que le parece y nada más.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí diré; pero antes
-de todo conviene saber que el poema dramático admite dos géneros
-de fábula. <i>Sunt autem fabulæ, aliæ simplices, aliæ implexæ.</i> Es
-doctrina de Aristóteles. Pero lo diré en griego para mayor claridad.
-<i>Eisi de ton mython oi men aploi oi de peplegmenoi. Cai gar ai
-praxeis...</i></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Hombre; pero si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio</span> (<i>Siéntase en una silla,
-haciendo esfuerzos para contener la risa</i>).—Yo reviento.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Cai gar ai praxeis on
-mimeseis oi...</i></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Mythoi eisin
-yparchousin.</i></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pero si no es eso lo que
-á usted se le pregunta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ya estoy en la cuestión.
-Bien que, para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los
-críticos entienden por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe,
-peripecia, agnición, ó anagnórisis, partes necesarias á toda
-buena comedia, y que según Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel,
-Castelvetro y Daniel Heinsio...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien, todo eso es
-admirable; pero...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span><span
-class="smcap">D. Pedro.</span>—Este hombre es loco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Si consideramos el
-origen del teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los
-atenienses...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Don Hermógenes, por amor
-de Dios, si no...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Véanse los dramas
-griegos, y hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eúpolis,
-Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates, Epicrates, Menecrates y
-Pherecrates...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Si le he dicho á usted
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Y los más celebérrimos
-dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron <i>nemine
-discrepante</i> en que la prótasis debe preceder á la catástrofe
-necesariamente. Es así que la comedia del <i>Cerco de Viena</i>...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Adios, señores.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se
-levanta y procura detenerle.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Se va usted, don Pedro?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Pues quién, sino usted,
-tendrá frescura para oir eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero si el amigo don
-Hermógenes nos va á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín
-Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ese es mi intento:
-probar que es un acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que
-la tal comedia contiene irregularidades absurdas; y yo aseguro que
-delante de mí ninguno se hubiera atrevido á propalar tal aserción.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pues yo delante de usted la
-propalo, y le digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por
-ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que
-su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un
-erudito á la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adios,
-señores.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—(<i>Señalando á don
-Antonio.</i>) Pues á este<span class="pagenum" id="Page_79">p.
-79</span> caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de
-ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Á ese caballero le ha
-parecido muy mal; pero es hombre de buen humor, y gusta de
-divertirse. Á mí me lastima en verdad la suerte de estos escritores,
-que entontecen al vulgo con obras tan desatinadas y monstruosas,
-dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó la presunción.
-Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si
-ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se
-deje de escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que
-es la primera obra que publica; que no le engañe el mal ejemplo de
-los que deliran á destajo; que siga otra carrera, en que por medio
-de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades y asistir á su
-familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro español tiene
-de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos;
-que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes;
-y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que
-tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste
-para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren
-escribir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Bien dice Séneca en su
-epístola diez y ocho, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Séneca dice en todas sus
-epístolas, que usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo
-aguantar. Adios, señores.</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES,
-PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿Yo pedantón?
-(<i>Encarándose hacia la puerta por donde se fué don Pedro. Don
-Eleuterio se pasea inquieto por el teatro.</i>) ¿Yo, que he compuesto
-siete pro<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>lusiones
-greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Lo que él entenderá de
-comedias, cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Él será el pedantón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Hablar así de una pieza
-que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo estoy graduado en
-leyes, y soy opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido
-ser dómine de Pioz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Nadie pone duda en el
-mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó,
-y no es cosa de acalorarse.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues la comedia ha de
-gustar, mal que le pese.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí, señor, gustará. Voy
-á ver si le alcanzo; y <i>velis nolis</i>, he de hacer que la vea para
-castigarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Buen pensamiento; sí,
-vaya usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En mi vida he visto locos
-más locos.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Llamar detestable á la
-comedia! ¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo
-oirle!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Aquila non capit
-muscas</i>, don Eleuterio. Quiero decir, que no haga usted caso. Á la
-sombra del mérito crece la envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve
-usted si yo sé algo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Oh!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Digo, me parece que (sin
-vanidad) pocos habrá que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ninguno. Vamos; tan
-completo como usted, ninguno.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Que reunan el ingenio á
-la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme)
-he llegado á reunirlos. ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya, de eso no hay que
-hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pues bien. Á pesar de
-eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo.
-Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante
-de cuarenta ó cincuenta personas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Picardía! Y usted ¿qué
-hizo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo que debe hacer un
-gran filósofo: callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la
-Soledad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Envidia todo, envidia.
-¿Vamos arriba?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Esto lo digo para que
-usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame
-usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar á usted
-á cuenta de los quince doblones de la comedia?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Nada, ni un ochavo. Ya
-sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la
-reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta
-ver si la pieza gusta ó no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Oh, corvas almas! ¡Y
-precisamente en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio,
-que cuando...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues ¿qué hay de
-nuevo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ese bruto de mi
-casero... El hombre más ignorante que conozco. Por año y medio que le
-debo de alquileres me pierde el respeto, me amenaza...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No hay que afligirse.
-Mañana ó esotro es regular que me dén el dinero: pagaremos á ese
-bribón; y si tiene usted algún pico en la hostería, también se...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí, aún hay un piquillo;
-cosa corta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues bien: con la
-impresión lo menos ganaré cuatro mil reales.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo menos. Se vende toda
-seguramente.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase Pipí por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span><span
-class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues con ese dinero saldremos de
-apuros; se adornará el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún
-otro chisme. Se casa usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada,
-hacendosilla y muy mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente.
-Yo iré dando las otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las
-recibirán los cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se
-venden; entre tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar.
-Vaya, no hay que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á
-mañana: una intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es
-que el ministro le estima á usted: ¿no es verdad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Tres visitas le hago
-cada día.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, apretarle, apretarle.
-Subamos arriba, que las mujeres ya estarán...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Diez y siete memoriales
-le he entregado la semana última.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y qué dice?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—En uno de ellos puse por
-lema aquel celebérrimo dicho del poeta: <i>Pallida mors æquo pulsat
-pede pauperum tabernas regumque turres</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y qué dijo cuando leyó
-eso de las tabernas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Que bien; que ya está
-enterado de mi solicitud.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Pues no le digo á usted!
-Vamos, eso está conseguido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Mucho lo deseo, para que
-á este consorcio apetecido acompañe el episodio de tener que comer,
-puesto que <i>sine Cerere et Bacho friget Venus</i>. Y entonces, ¡oh!
-entonces... Con un buen empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna
-otra cosa me queda que apetecer sino que el cielo me conceda numerosa
-y masculina sucesión.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vanse por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span></p>
- <h3><big>ACTO II.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON
-HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Salen por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—El trueque de los puñales,
-créame usted, es de lo mejor que se ha visto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y el sueño del
-emperador?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Y la oración que hace el
-visir á sus ídolos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pero á mí me parece
-que no es regular que el emperador se durmiera, precisamente en la
-ocasión más...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Señora, el sueño es
-natural en el hombre, y no hay dificultad en que un emperador se
-duerma, porque los vapores húmedos que suben al cerebro...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero ¿usted hace caso de
-ella? ¡Qué tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué
-hora tenemos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Serán... Deje usted. Podrán
-ser ahora...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Aquí está mi reloj
-(<i>Saca su reloj</i>) que es puntualísimo. Tres y media cabales.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Oh! pues aún tenemos
-tiempo. Sentémonos, una vez que no hay gente.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Siéntanse todos menos don Eleuterio.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Qué gente ha de haber?
-Si fuera en otro cualquier día... pero hoy todo el mundo va á la
-comedia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Estará lleno, lleno.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span><span
-class="smcap">D. Serapio.</span>—Habrá hombre que dará esta tarde dos
-medallas por un asiento de luneta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya se ve, comedia nueva,
-autor nuevo, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y que ya la habrán leído
-muchísimos, y sabrán lo que es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque
-fuera el coliseo siete veces más grande.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Hoy los Chorizos se mueren
-de frío y de miedo. Ayer noche apostaba yo al marido de la graciosa
-seis onzas de oro á que no tienen esta tarde en su corral cien reales
-de entrada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Conque la apuesta se
-hizo en efecto? ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No llegó el caso, porque
-yo no tenía en el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero
-¡cómo los hice rabiar! y que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Soy con ustedes; voy aquí
-á la librería, y vuelvo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Á qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿No te lo he dicho? Si
-encargué que me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, es verdad. Vuelve
-presto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Al instante. (<i>Vase.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Qué inquietud! ¡Qué ir
-y venir! No pára este hombre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Todo se necesita, hija;
-y si no fuera por su buena diligencia, y lo que él ha minado y
-revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo
-perdido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y quién sabe lo que
-sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas;
-porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero, ¿por qué la han de
-silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues; siempre me está
-usted diciendo eso. (<i>Sale Pipí por la puerta del foro con platos,
-bote<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>llas, etc. Lo
-deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte.</i>)
-Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted
-qué ganas tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer
-un pedazo de pan con quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales
-sinrazones.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No el pedazo de pan,
-sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que
-se verifique el suspirado consorcio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Suspirado, sí,
-suspirado! ¡Quién le creyera á usted!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pues ¿quién ama tan de
-veras como yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos
-egipcios, ni todos los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor
-comparable al mío?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Discreta hipérbole!
-Viva, viva. Respóndele, bruto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué he de responder,
-señora, si no le he entendido una palabra?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Me desespera!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues digo bien. ¿Qué sé
-yo quién son esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para
-decirme: Mariquita, yo estoy deseando que nos casemos; así que su
-hermano de usted coja esos cuartos, verá usted cómo todo se dispone;
-porque la quiero á usted mucho, y es usted muy guapa muchacha, y
-tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas
-que dicen los hombres.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, los hombres
-ignorantes, que no tienen crianza ni talento, ni saben latín.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Pues, latín! Maldito
-sea su latín. Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me
-responde en latín; y para decir que se quiere casar conmigo, me cita
-tantos autores... Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni
-qué les importará á ellos que nosotros nos casemos ó no.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span><span
-class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Qué ignorancia! Vaya, don
-Hermógenes; lo que le he dicho á usted. Es menester que usted
-se dedique á instruirla y descortezarla; porque, la verdad, esa
-estupidez me avergüenza. Yo, bien sabe Dios que no he podido más: ya
-se ve, ocupada continuamente en ayudar á mi marido en sus obras, en
-corregírselas (como usted habrá visto muchas veces), en sugerirle
-ideas á fin de que salgan con la debida perfección, no he tenido
-tiempo para emprender su enseñanza. Por otra parte, es increíble lo
-que aquellas criaturas me molestan. El uno que llora, el otro que
-quiere mamar, el otro que rompió la taza, el otro que se cayó de la
-silla, me tienen continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil
-veces: para las mujeres instruídas es un tormento la fecundidad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Tormento! ¡Vaya,
-hermana, que usted es singular en todas sus cosas! Pues yo, si me
-caso, bien sabe Dios que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Calla, majadera, que vas
-á decir un disparate.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo la instruiré en
-las ciencias abstractas; la enseñaré la prosodia; haré que copie á
-ratos perdidos el <i>Arte magna</i> de Raimundo Lulio, y que me recite
-de memoria todos los martes dos ó tres hojas del <i>Diccionario</i> de
-Rubiños. Después aprenderá los logaritmos y algo de la estática;
-después...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Después me dará un
-tabardillo pintado, y me llevará Dios. ¡Se habrá visto tal empeño!
-No, señor, si soy ignorante, buen provecho me haga. Yo sé escribir
-y ajustar una cuenta, sé guisar, sé aplanchar, sé coser, sé zurcir,
-sé bordar, sé cuidar de una casa: yo cuidaré de la mía, y de mi
-marido, y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues, señor, ¿no sé
-bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y que
-he de aprender la gramática, y que he de hacer coplas! ¿Para qué?
-¿para perder el juicio? que permita Dios si no parece casa de locos
-la nuestra, desde que mi hermano ha dado en esas manías. Siem<span
-class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>pre disputando marido y
-mujer sobre si la escena es larga ó corta, siempre contando las
-letras por los dedos para saber si los versos están cabales ó no,
-si el lance á oscuras ha de ser antes de la batalla ó después del
-veneno, y manoseando continuamente <i>Gacetas</i> y <i>Mercurios</i> para
-buscar nombres bien estravagantes, que casi todos acaban en <i>of</i> y en
-<i>graf</i>, para embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se
-barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que
-es peor, ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el
-domingo pasado, don Serapio?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Yo, señora? ¿Cómo quiere
-usted que?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues lléveme Dios si
-todo el banquete no se redujo á libra y media de pepinos, bien
-amarillos y bien gordos, que compré á la puerta, y un pedazo de
-rosca que sobró del día anterior. Y éramos seis bocas á comer, que
-el más desganado se hubiera engullido un cabrito y media hornada sin
-levantarse del asiento.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Esta es su canción;
-siempre quejándose de que no come y trabaja mucho. Menos cómo yo,
-y más trabajo en un rato que me ponga á corregir alguna escena, ó
-arreglar la ilusión de una catástrofe, que tú cosiendo y fregando, ú
-ocupada en otros ministerios viles y mecánicos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí, Mariquita, sí;
-en eso tiene razón mi señora doña Agustina. Hay gran diferencia
-de un trabajo á otro, y los experimentos cotidianos nos enseñan
-que toda mujer que es literata y sabe hacer versos, <i>ipso facto</i>
-se halla exonerada de las obligaciones domésticas. Yo lo probé en
-una disertación que leí á la academia de los Cinocéfalos. Allí
-sostuve que los versos se confeccionan con la glándula pineal, y
-los calzoncillos con los tres dedos llamados <i>pollex</i>, <i>index</i> é
-<i>infamis</i>, que es decir: que para lo primero se necesita toda la
-argucia del ingenio, cuando para lo segundo basta sólo la costumbre
-de la mano. Y concluí, á satisfacción de todo mi auditorio, que es
-más difícil hacer un soneto que pegar un hombrillo; y que más<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> elogio merece la mujer que
-sepa componer décimas y redondillas, que la que sólo es buena para
-hacer un pisto con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Aun por eso en mi casa
-no se gastan pistos, ni carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se
-ve, en comiendo versos no se necesita cocina.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Bien está, sea lo que
-usted quiera, ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna
-estrechez (<i>angustam pauperiem</i>, que dijo el profano), de hoy en
-adelante será otra cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y qué dice el profano?
-¿que no silbarán esta tarde la comedia?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No, señora, la
-aplaudirán.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Durará un mes, y los
-cómicos se cansarán de representarla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—No, pues no decían
-eso ayer los que encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted,
-hermana? Y aquel más alto, á fe que no se mordía la lengua.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Alto? uno alto, ¿eh?
-Ya le conozco. (<i>Se levanta.</i>) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa,
-que tiene un chirlo en las narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de
-guarnicionero, muy apasionado de la otra compañía. ¡Alborotador!
-que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la comedia de <i>El
-Monstruo más espantable del ponto de Calidonia</i>, que la hizo un
-sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué tonterías está
-usted ahí diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Sí, uno alto, mala traza,
-con una señal que le coge...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Si no es ese.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Mayor gatallón! Y ¡qué
-mala vida dió á su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un
-perro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pero si no es ese,
-dale. ¿Á qué viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que
-no tiene<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> ni capa ni
-chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Ya; pero voy al decir.
-¡Unas ganas tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde
-al patio, que si fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le
-dijimos allí en la plazuela de San Juan! Empeñado en que la otra
-compañía es la mejor, y que no hay quien la tosa. ¿Y saben ustedes
-(<i>vuelve á sentarse</i>) por qué es todo ello? Porque los domingos por
-la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y allí se
-están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un
-poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á
-palmotear como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero
-no hay remedio: ya estamos prevenidos los apasionados de acá; y á
-la primera comedia que echen en el otro corral, zas, sin remisión, á
-silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y si ellos nos ganasen
-por la mano, y hacen con la de hoy otro tanto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, te parecerá que tu
-hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no
-le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales
-apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado
-la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para
-su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va
-todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera
-cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio,
-tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche
-usted un poco de alpiste á ese canario. Don Eleuterio, dé usted una
-vuelta por la cocina, y vea usted si empieza á espumar aquel puchero.
-Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no
-hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es preciso que...
-Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para
-cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Qué<span
-class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> silbar!... No, hija, no hay
-que temer; á buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Y sobre todo, el
-sobresaliente mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y
-admiración á la turba más gárrula, más desenfrenada é insipiente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pues ya se ve. Figúrese
-usted una comedia heróica como esta, con más de nueve lances que
-tiene. Un desafío á caballo por el patio, tres batallas, dos
-tempestades, un entierro, una función de máscara, un incendio de
-ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un ajusticiado:
-figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Toma si gustará!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Aturdirá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Se despoblará Madrid por ir
-á verla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Y á mí me parece que
-unas comedias así debían representarse en la plaza de los toros.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON
-SERAPIO, DON HERMÓGENES.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y bien, ¿qué dice el
-librero? ¿Se despachan muchas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Hasta ahora...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Deja; me parece que voy á
-acertar: habrá vendido... ¿Cuándo se pusieron los carteles?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ayer por la mañana. Tres
-ó cuatro hice poner en cada esquina.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Ah! y cuide usted
-(<i>Levántase</i>) que les pongan buen engrudo, porque si no...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, que no estoy en todo.
-Como que yo mismo le hice con esa mira, y lleva una buena parte de
-cola.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—El <i>Diario</i> y la <i>Gaceta</i>
-la han anunciado ya: ¿es verdad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—En términos precisos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pues irán vendidos...
-quinientos ejemplares.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Qué friolera! Y más de
-ochocientos también.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿He acertado?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Es verdad que pasan de
-ochocientos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor, no es verdad.
-La verdad es que hasta ahora, según me acaban de decir, no se han
-despachado más que tres ejemplares; y esto me da malísima espina.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Tres no más? Harto poco
-es.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Por vida mía, que es bien
-poco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Distingo. Poco,
-absolutamente hablando, niego; respectivamente, concedo: porque nada
-hay que sea poco ni mucho <i>per se</i>, sino respectivamente. Y así, si
-los tres ejemplares vendidos constituyen una cantidad tercia con
-relación á nueve, y bajo este respecto los dichos tres ejemplares se
-llaman poco, también estos mismos tres ejemplares relativamente á
-uno componen una triplicada cantidad, á la cual podemos llamar mucho
-por la diferencia que va de uno á tres. De donde concluyo, que no es
-poco lo que se ha vendido, y que es falta de ilustración sostener lo
-contrario.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Dice bien, muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Qué! ¡Si en poniéndose á
-hablar este hombre!...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues, en poniéndose
-á hablar probará que lo blanco es verde, y que dos y dos son
-veinticinco. Yo no entiendo tal modo de sacar cuentas... Pero al cabo
-y al fin, las tres comedias que se han vendido hasta ahora, ¿serán
-más que tres?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Es verdad; y en suma,
-todo el importe no pasará de seis reales.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span><span
-class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues, seis reales: cuando
-esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo
-que si mi boda no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes
-se despachen, me llevarán con palma á la sepultura. (<i>Llorando.</i>)
-¡Pobrecita de mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No así, hermosa
-Mariquita, desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz
-derrama.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Perlas? Si yo
-supiera llorar perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir
-disparates.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA
-AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Á la orden de ustedes,
-señores.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues ¿cómo tan presto?
-¿No dijo usted que iría á ver la comedia?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto, he ido. Allí
-queda don Pedro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Aquel caballero de tan
-mal humor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—El mismo. Que quieras
-que no, le he acomodado (<i>Sale Pipí por la puerta del foro con
-un canastillo de manteles, cubiertos, etc., y le pone sobre el
-mostrador.</i>) en el palco de unos amigos. Yo creí tener luneta segura;
-¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni cubillos; no hay
-asiento en ninguna parte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Si lo dije.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Es mucha la gente que
-hay.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues no, no es cosa de
-que usted se quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con
-nosotros, y todos nos acomodaremos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, puede usted venir con
-toda satisfacción, caballero.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Señora, doy á usted mil
-gracias por su<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>
-atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se
-empezaba la primer tonadilla; conque...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿La tonadilla?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se levantan todos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡La tonadilla!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Pues cómo han empezado
-tan presto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No, señora; han empezado á
-la hora regular.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—No puede ser; si ahora
-serán...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo lo diré (<i>Saca el
-reloj.</i>): las tres y media en punto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Hombre! ¡qué tres y
-media! Su reloj de usted está siempre en las tres y media.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Á ver... (<i>Toma el reloj
-de don Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve.</i>) Si está
-parado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Es verdad. Esto consiste
-en que la elasticidad del muelle espiral...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Consiste en que está
-parado, y nos ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos,
-hermana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Vamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Cuidado, que es cosa
-particular! ¡Voto va sanes! La casualidad de...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vamos pronto... ¿Y mi
-abanico?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Aquí está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Llegarán ustedes al segundo
-acto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vaya, que este don
-Hermógenes...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Quede usted con Dios,
-caballero.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vamos aprisa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Vayan ustedes con Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Á bien que cerca
-estamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cierto que ha sido chasco
-estarnos así, fiados en...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Fiados en el maldito
-reloj de don Hermógenes.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_94">p.
-94</span>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque estas dos son la
-hermana y la mujer del autor de la comedia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué paso llevan! Ya se ve,
-se fiaron del reloj de don Hermógenes.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues yo no sé qué será; pero
-desde la ventana de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Serán los del patio, que
-estarán sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que
-les abriesen las puertas. El calor es muy grande; y por otra parte,
-meter cuatro donde no caben más que dos es un despropósito; pero lo
-que importa es cobrar á la puerta, y más que revienten dentro.</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Calle! ¿Ya está usted por
-acá? Pues, y la comedia ¿en qué estado queda?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Hombre, no me hable usted de
-comedia (<i>Se sienta</i>), que no he tenido rato peor muchos meses há.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ¿qué ha sido ello?
-(<i>Sentándose junto á don Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Qué ha de ser! que he tenido
-que sufrir (gracias á la recomendación de usted) casi todo el primer
-acto, y por añadidura una tonadilla insípida y desvergonzada, como es
-costumbre. Hallé la ocasión de escapar, y la aproveché.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span><span
-class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y qué tenemos en cuanto al mérito
-de la pieza?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Que cosa peor no se ha visto
-en el teatro desde que las musas de guardilla le abastecen... Si
-tengo hecho propósito firme de no ir jamás á ver esas tonterías. Á
-mí no me divierten; al contrario, me llenan de, de... No, señor,
-menos me enfada cualquiera de nuestras comedias antiguas, por malas
-que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero aquellos
-disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la
-estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos
-defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y
-conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar ó disculpar
-cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted nuestros
-autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no valen más
-Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros cuando
-quieren hablar en razón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—La cosa es tan clara,
-señor don Pedro, que no hay nada que oponer á ella; pero, dígame
-usted, el pueblo, el pobre pueblo ¿sufre con paciencia ese espantable
-comedión?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No tanto como el autor
-quisiera, porque algunas veces se ha levantado en el patio una
-mareta sorda que traía visos de tempestad. En fin, se acabó el acto
-muy oportunamente; pero no me atreveré á pronosticar el éxito de la
-tal pieza, porque aunque el público está ya muy acostumbrado á oir
-desatinos, tan garrafales como los de hoy jamás se oyeron.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es increíble. Ahí no hay más
-que un hacinamiento confuso de especies, una acción informe, lances
-inverosímiles, episodios inconexos, caracteres mal expresados ó mal
-escogidos; en vez de artificio, embrollo; en vez de situaciones
-cómicas, mamarrachadas de linterna mágica. No hay conocimiento
-de historia ni de costum<span class="pagenum" id="Page_96">p.
-96</span>bres, no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni
-versificación, ni gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y
-peor que las otras con que nos regalan todos los días.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Y no hay que esperar nada
-mejor. Mientras el teatro siga en el abandono en que hoy está, en vez
-de ser el espejo de la virtud y el templo del buen gusto, será la
-escuela del error y el almacén de las extravagancias.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ¡no es fatalidad que
-después de tanto como se ha escrito por los hombres más doctos de la
-nación sobre la necesidad de su reforma, se han de ver todavía en
-nuestra escena espectáculos tan infelices! ¿Qué pensarán de nuestra
-cultura los extranjeros que vean la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán
-cuando lean las que se imprimen continuamente?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Digan lo que quieran, amigo
-don Pedro, ni usted ni yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir
-ó rabiar: no hay otra alternativa... Pues yo más quiero reir que
-impacientarme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Yo no, porque no tengo
-serenidad para eso. Los progresos de la literatura, señor don
-Antonio, interesan mucho al poder, á la gloria y á la conservación
-de los imperios; el teatro influye inmediatamente en la cultura
-nacional; el nuestro está perdido, y yo soy muy español.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Con todo, cuando se ve
-que... Pero ¿qué novedad es esta?</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON
-ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Pipí, muchacho; corriendo,
-por Dios, un poco de agua.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span><span
-class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué ha sucedido?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se levantan don Antonio y don Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No te pares en
-enjuagatorios. Aprisa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Voy, voy allá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Despáchate.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Por vida del hombre! (<i>Pipí va
-detrás de don Serapio con un vaso de agua. Don Hermógenes, que sale
-apresurado, tropieza con él y deja caer el vaso y el plato.</i>) ¿Por
-qué no mira usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿No hay alguno de
-ustedes que tenga por ahí un poco de agua de melisa, elixir,
-extracto, aroma, álcali volátil, éter vitriólico, ó cualquiera quinta
-esencia antiespasmódica, para entonar el sistema nervioso de una dama
-exánime?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Yo no, no traigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ¿qué ha sido? ¿Es
-accidente?</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON
-HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí; es mucho mejor hacer
-lo que dice don Serapio.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por
-don Eleuterio y don Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro
-vaso de agua, y ella bebe un poco.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Pues ya se ve. Anda, Pipí;
-en tu cama podrá descansar esta señora...</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Qué! si está en un camaranchón,
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No importa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡La cama! La cama es un jergón de
-arpillera y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Qué quiere decir eso?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span><span
-class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No importa nada. Allí estará un
-rato, y veremos si es cosa de llamar á un sangrador.</p>
-
-<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Yo bien, si ustedes...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—No, no es menester.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Se siente usted mejor,
-hermana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Te vas aliviando?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Alguna cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Ya se ve! El lance no era
-para menos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero ¿se podrá saber qué
-especie de insulto ha sido éste?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Qué ha de ser, señor,
-qué ha de ser! Que hay gente envidiosa y mal intencionada, que...
-¡Vaya! No me hable usted de eso; porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han
-visto ellos comedia mejor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No acabo de comprender.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Señor, la cosa es
-bien sencilla. El señor es hermano mío, marido de esta señora, y
-autor de esa maldita comedia que han echado hoy. Hemos ido á verla;
-cuando llegamos estaban ya en el segundo acto. Allí había una
-tempestad, y luégo un consejo de guerra, y luégo un baile, y después
-un entierro... En fin, ello es que al cabo de esta tremolina salía
-la dama con un chiquillo de la mano, y ella y el chico rabiaban de
-hambre; el muchacho decía: Madre, déme usted pan; y la madre invocaba
-á Demogorgón y al Cancerbero. Al llegar nosotros se empezaba este
-lance de madre é hijo... El patio estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué
-toser! ¡qué estornudos! ¡qué bostezar! ¡qué ruido confuso por todas
-partes!... Pues señor, como digo, salió la dama, y apenas hubo dicho
-que no había comido en seis días, y apenas el chico empezó á pedirla
-pan, y ella á decirle que no le tenía, cuando para servir á ustedes,
-la gente (que á la cuenta estaba ya hostigada de la tempestad, del
-consejo de guerra, del baile y del entierro) comenzó de nuevo á
-alborotarse. El ruido se aumenta; suenan bramidos por un lado y
-otro, y empieza tal descarga de palmadas huecas, y tal golpeo en los
-ban<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>cos y barandillas,
-que no parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron
-el telón; abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi
-hermana se la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está
-mejor, que es lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en
-un instante, entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar,
-todo ha sido á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á
-parar tantos proyectos! Bien decía yo que era imposible que...
-(<i>Siéntase junto á doña Agustina.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Y que no ha de haber
-justicia para esto! Don Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien
-sabe lo que es la pieza; informe usted á estos señores... Tome usted.
-(<i>Saca la comedia, y se la da á don Hermógenes.</i>) Léales usted todo
-el segundo acto, y que me digan si una mujer que no ha comido en
-seis días tiene razón de morirse, y si es mal parecido que un chico
-de cuatro años pida pan á su madre. Lea usted, lea usted, y que me
-digan si hay conciencia ni ley de Dios para haberme asesinado de esta
-manera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo, por ahora, amigo don
-Eleuterio, no puedo encargarme de la lectura del drama. (<i>Deja la
-comedia sobre una mesa. Pipí la toma, se sienta en un silla distante,
-y lee con particular atención y complacencia.</i>) Estoy de priesa. Nos
-veremos otro día, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Se va usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Nos deja usted así?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Si en algo pudiera
-contribuir con mi presencia al alivio de ustedes, no me movería de
-aquí; pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—No se vaya usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Me es muy doloroso
-asistir á tan acerbo espectáculo. Tengo que hacer. En cuánto á la
-comedia, nada hay que decir: murió, y es imposible que resucite; bien
-que ahora estoy escribiendo una apología del teatro, y la citaré
-con elogio. Diré que hay otras peores; diré que si no guarda reglas
-ni conexión, consiste en<span class="pagenum" id="Page_100">p.
-100</span> que el autor era un grande hombre; callaré sus
-defectos...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué defectos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Algunos que tiene.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pues no decía usted eso poco
-tiempo há.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Fué para animarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Y para engañarle y perderle.
-Si usted conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en
-vez de aconsejarle que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba
-usted el ingenio del autor, y le persuadía que era excelente una obra
-tan ridícula y despreciable?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Porque el señor
-carece de criterio y sindéresis para comprender la solidez de mis
-raciocinios, si por ellos intentara persuadirle que la comedia es
-mala.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Conque es mala?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Malísima.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Usted se chancea, don
-Hermógenes; no puede ser otra cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No, señora, no se chancea: en
-eso dice la verdad. La comedia es detestable.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Poco á poco con eso,
-caballero; que una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta, y
-otra que usted nos lo venga á repetir de ese modo. Usted será de los
-eruditos que de todo blasfeman, y nada les parece bien sino lo que
-ellos hacen; pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si usted es marido de esa (<i>Á
-don Eleuterio</i>) señora, hágala usted callar; porque aunque no pueda
-ofenderme cuánto diga, es cosa ridícula que se meta á hablar de lo
-que no entiende.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡No entiendo! ¿Quién le
-ha dicho á usted que?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Por Dios, Agustina, no
-te desazones. Ya ves (<i>Se levanta colérica, y don Eleuterio la hace
-sentar</i>) cómo estás... ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (<i>Á don
-Hermógenes</i>), no sé qué pensar de usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span><span
-class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pienso usted lo que quiera. Yo
-pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de
-usted, y aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise
-anticiparle una pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate
-Lampillas...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Digan lo que quieran.
-Lo que yo digo es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me
-aconsejaba con usted; si usted ha visto la obra lance por lance y
-verso por verso; si usted me ha exhortado á concluir las otras que
-tengo manuscritas; si usted me ha llenado de elogios y de esperanzas;
-si me ha hecho usted creer que yo era un grande hombre, ¿cómo me dice
-usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para exponerme á los
-silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Usted es pacato y
-pusilánime en demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo?
-¿No ve usted esos autores que componen para el teatro, con cuánta
-imperturbabilidad toleran los vaivenes de la fortuna? Escriben,
-los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos, y vuelven
-á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son
-arrullos y las maldiciones alabanzas!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y qué quiere usted
-(<i>Levántase</i>) decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más.
-¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo que quiero decir es
-que estoy de prisa y me voy.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Vaya usted con Dios, y
-haga usted cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (<i>Se
-levanta muy enojada encaminándose hacia don Hermógenes, que se va
-retirando de ella</i>) no me tiro á él... Váyase usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Gente ignorante!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Váyase usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Picarón!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Canalla infeliz!</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA VIII."><span class="pagenum" id="Page_102">p.
-102</span>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON
-PEDRO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Ingrato, embustero!
-Después (<i>Se sienta con señales de abatimiento</i>) de lo que hemos
-hecho por él.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Ya ve usted, hermana,
-lo que ha venido á resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón...
-Mire usted qué hombre; después de haberme traído en palabras tanto
-tiempo, y lo que es peor, haber perdido por él la conveniencia de
-casarme con el boticario, que á lo menos es hombre de bien, y no sabe
-latín ni se mete en citar autores, como ese bribón... ¡Pobre de mí!
-Con diez y seis años que tengo, y todavía estoy sin colocar; por el
-maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito
-que supiera mucho... Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me
-perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi hermano, perderle, y
-hartarnos de pesadumbres.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No se desconsuele usted,
-señorita, que todo se compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán
-proporciones mucho mejores que la que ha perdido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Es menester que tengas un
-poco de paciencia, Mariquita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—La paciencia (<i>Se levanta
-con viveza</i>) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me
-sucede.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero hombre, ¿que no has
-de reflexionar?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Calla, mujer; calla, por
-Dios, que tú también...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No, señor; el mal ha estado
-en que nosotros no lo advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro
-al<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> guarnicionero
-y á sus camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones
-como el que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame
-usted á mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de
-allá se han unido, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Yo ya estoy en que la
-comedia no es tan mala, y que hay muchos partidos; pero lo que á mí
-me...</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Pedro.</span>—¿Todavía está usted en esa
-equivocación?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Déjele usted. (<i>Ap. á don
-Pedro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No quiero dejarle; me da
-compasión... Y sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha
-sucedido, que todavía esté creyendo el señor que su obra es buena.
-¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos tiene usted para acertar? ¿Qué
-ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se
-ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en todas las
-facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y
-observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y
-laboriosa; y que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca
-se formarán grandes profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues
-por dónde usted, que carece de tales requisitos, presume que habrá
-podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir,
-á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en
-malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que
-escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás
-que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son
-necesarios; pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita
-toda la vida de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio
-infatigable, observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y
-todavía no hay seguridad de llegar á la perfección.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien está, señor;
-será todo lo que usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me
-desespero y me<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>
-confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi
-tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la
-impresión lo que no tenía...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No, la impresión con el
-tiempo se venderá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No se venderá, no, señor. El
-público no compra en la librería las piezas que silba en el teatro.
-No se venderá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues, vea usted: no se
-venderá; y pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo,
-señor, seré lo que ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco;
-pero soy hombre de bien. Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado
-cuánto tenía para pagar sus trampas y sus embrollos; me ha metido en
-nuevos gastos, y me deja imposibilitado de cumplir como es regular
-con los muchos acreedores que tengo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ahí no hay más que
-hacerles una obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo
-ó facultad que usted tenga, y arreglándose á una buena economía.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Qué empleo ni qué
-facultad, señor! si el pobrecito no tiene ninguna.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Ninguna?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor. Yo estuve en
-esa lotería de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero
-indiano, pero se murió; lo dejé todo, y me metí á escribir comedias,
-porque ese don Hermógenes me engatusó y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Maldito sea él!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y si fuera decir estoy
-solo, anda con Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas
-criaturas...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cuántas tiene usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cuatro, señor; que el
-mayorcito no pasa de cinco años.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Hijos tiene? (<i>Ap. con
-ternura</i> ¡Qué lástima!)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues si no fuera por
-eso...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Infeliz!) Yo, amigo,
-ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa
-pobre familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé
-lo que es el corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar?
-¿escribe usted bien?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, lo que es así
-cosa de cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo...
-porque yo, señor, he sido paje... allí, como digo, no había más
-mayordomo que yo. Yo era el que gobernaba la casa; como, ya se ve,
-estos señores no entienden de eso. Y siempre me porté como todo el
-mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Lo creo muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—En cuanto á escribir,
-yo aprendí en los Escolapios, y luégo me he soltado bastante, y sé
-alguna cosa de ortografía... Aquí tengo... Vea usted... (<i>Saca papel
-y se le da á don Pedro.</i>) Ello está escrito algo de prisa, porque
-esta es una tonadilla que se había de cantar mañana... ¡Ay Dios
-mío!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Me gusta la letra, me
-gusta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, tiene su
-introduccioncita, luégo entran las coplillas satíricas con su
-estribillo, y concluye con las...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No hablo de eso, hombre, no
-hablo de eso. Quiero decir que la forma de la letra es muy buena. La
-tonadilla ya se conoce que es prima hermana de la comedia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es menester que se deje usted
-de esas tonterías.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Volviéndole el papel.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya lo veo, señor; pero si
-me parece que el enemigo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es menester olvidar
-absolutamente esos devaneos; esta es una condición precisa que
-exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no acompaño con lágrimas
-esté<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>riles las
-desgracias de mis semejantes. La mala fortuna á que le han reducido
-á usted sus desvaríos necesita, más que consuelos y reflexiones,
-socorros efectivos y prontos. Mañana quedarán pagadas por mí todas
-las deudas que usted tenga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Señor, ¿qué dice
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿De veras, señor?
-¡Válgame Dios!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Quiero hacer más. Yo tengo
-bastantes haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de
-mérito, que entendía en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá
-irse instruyendo al lado de mi mayordomo, que es hombre honradísimo;
-y desde luégo puede usted contar con una fortuna proporcionada á sus
-necesidades. Esta señora deberá contribuir por su parte á hacer feliz
-el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su casa, si
-cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa
-y madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene
-á una mujer de su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha
-perdido nada en no casarse con el pedantón de don Hermógenes; porque,
-según se ha visto, es un malvado que la hubiera hecho infeliz; y si
-usted disimula un poco las ganas que tiene de casarse, no dudo que
-hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una palabra,
-yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que
-dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme
-ustedes, soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy
-compasivo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Qué bondad!</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren
-arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza
-cariñosamente.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Qué generoso!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Esto es ser justo. El que
-socorre la pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los
-delitos, cumple con su obligación; no hace más.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span><span
-class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Yo no sé cómo he de pagar á usted
-tantos beneficios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si usted me los agradece, ya
-me los paga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Perdone usted, señor, las
-locuras que he dicho y el mal modo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Hemos sido muy
-imprudentes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No hablemos de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah, don Pedro, qué lección
-me ha dado usted esta tarde!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Usted se burla. Cualquiera
-hubiera hecho lo mismo en iguales circunstancias.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Su carácter de usted me
-confunde.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Eh? los genios serán
-diferentes; pero somos muy amigos. ¿No es verdad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Quién no querrá ser amigo
-de usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Vaya, vaya; yo estoy loco
-de contento.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Más lo estoy yo; porque no
-hay placer comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja
-usted esa comedia (<i>Al ver la comedia que está leyendo Pipí</i>); no se
-quede por ahí perdida, y sirva de pasatiempo á la gente burlona que
-llegue á verla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Mal haya la comedia
-(<i>Arrebata la comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos</i>), amén,
-y mi docilidad y mi tontería! Mañana, así que amanezca, hago una
-hoguera con todo cuánto tengo impreso y manuscrito, y no ha de quedar
-en mi casa un verso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Yo encenderé la
-pajuela.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y yo aventaré las
-cenizas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Así debe ser. Usted, amigo,
-ha vivido engañado; su amor propio, la necesidad, el ejemplo y la
-falta de instrucción le han hecho escribir disparates. El público
-le ha dado á usted una lección muy dura, pero muy útil, puesto que
-por ella se reconoce y se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan
-y corrompen el teatro por el maldito furor de ser autores, ya que
-desatinan como usted, le imitaran en desengañarse!</p>
-
-
-<div class="chapter pt6" id="Ch_2">
- <hr class="chap" />
- <h2 title="EL SÍ DE LAS NIÑAS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>EL SÍ DE LAS NIÑAS</h2>
- <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span></p>
- <h3>PERSONAS</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<div class="perssup">
- <ul class="pers lh200">
- <li>DON DIEGO.</li>
- <li>DON CARLOS.</li>
- <li>DOÑA IRENE.</li>
- <li>DOÑA FRANCISCA.</li>
- <li>RITA.</li>
- <li>SIMÓN.</li>
- <li>CALAMOCHA.</li>
- </ul>
-</div>
-
-<hr class="sep0" />
-
-<p class="centra mt2"><i>La escena es en una posada de Alcalá de
-Henares.</i></p>
-
-<p class="hang mt2">El teatro representa una sala de paso con cuatro
-puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más
-grande en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa.
-Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas,
-etc.</p>
-
-<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las siete de la tarde, y
-acaba á las cinco de la mañana siguiente.</i></p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_111.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <h3><big>ACTO I.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está
-sentado en una silla, se levanta.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No han venido todavía?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Despacio la han tomado por
-cierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Como su tía la quiere
-tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á
-Guadalajara...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí. Yo no digo que no la
-viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba
-concluído.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ello también ha sido extraña
-determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la
-posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo cansa la
-mu<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>gre del cuarto,
-las sillas desvencijadas, las estampas <i>del hijo pródigo</i>, el ruido
-de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros
-y patanes, que no permiten un instante de quietud.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ha sido conveniente el
-hacerlo así. Aquí me conocen todos, y no he querido que nadie me
-vea.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Yo no alcanzo la causa de tanto
-retiro. ¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene
-hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con
-ellas á Madrid?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, hombre, algo más hay de
-lo que has visto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Adelante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Algo, algo... Ello tú al
-cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por
-Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me has
-servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado á esa
-niña del convento y nos la llevamos á Madrid.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues bien... Pero te vuelvo á
-encargar que á nadie lo descubras.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está, señor. Jamás he
-gustado de chismes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya lo sé, por eso quiero
-fiarme de ti. Yo, la verdad, nunca había visto á la tal doña Paquita;
-pero mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias
-de ella; he leído muchas de las cartas que escribía; he visto algunas
-de su tía la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he
-tenido cuántos informes pudiera desear acerca de sus inclinaciones y
-su conducta. Ya he logrado verla, he procurado observarla en estos
-pocos días; y á decir verdad, cuántos elogios hicieron de ella me
-parecen escasos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí por cierto... Es muy linda
-y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Es muy linda, muy graciosa,
-muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia!
-Va<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>mos, es de lo que
-no se encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento...
-Conque, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—No hay que decírmelo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No? ¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Porque ya lo adivino. Y me
-parece excelente idea.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Excelente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque al instante has
-conocido?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Pues no es claro?... ¡Vaya!...
-Dígole á usted que me parece muy buena boda; buena, buena.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor... Yo lo he mirado
-bien, y lo tengo por cosa muy acertada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Seguro que sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero quiero absolutamente que
-no se sepa, hasta que esté hecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y en eso hace usted bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Porque no todos ven las cosas
-de una manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una
-locura, y me...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con
-una chica como esa, eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya ves tú. Ella es una
-pobre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo;
-he buscado modestia, recogimiento, virtud.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Eso es lo principal... Y sobre
-todo, lo que usted tiene, ¿para quién ha de ser?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dices bien... ¿Y sabes tú lo
-que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa,
-economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una
-es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas
-de histérico, viejas, feas como demonios... No, señor, vida nueva.
-Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos
-santos... Y deja que hablen y murmuren y...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span><span
-class="smcap">Simón.</span>—Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué
-pueden decir?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, yo ya sé lo que dirán;
-pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la
-edad, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Vamos que no me parece tan
-notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de
-siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses
-há.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y bien, ¿qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y yo, aunque gracias á Dios
-estoy robusto y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay
-quien me los quite.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pero si yo no hablo de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues de qué hablas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Decía que... Vamos, ó usted no
-acaba de explicarse, ó yo le entiendo al revés... En suma, esta doña
-Paquita ¿con quién se casa?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Ahora estamos ahí?
-Conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Con usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Medrados quedamos!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?... Vamos,
-¿qué?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y pensaba yo haber
-adivinado!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues qué creías? ¿Para quién
-juzgaste que la destinaba yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Para don Carlos, su sobrino de
-usted, mozo de talento, instruído, excelente soldado, amabilísimo por
-todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal
-niña.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues no, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues bien está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mire usted qué idea! ¡Con
-el otro la había de ir á casar!... No, señor, que estudie sus
-matemáticas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya las estudia; ó por mejor
-decir, ya las enseña.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Que se haga hombre de valor y...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Valor! ¿Todavía pide usted más
-valor á un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se
-atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo
-algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de
-sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su
-sobrino; y yo le ví á usted más de cuatro veces llorar de alegría,
-cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz
-de Alcántara.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor, todo es verdad;
-pero no viene á cuento. Yo soy el que me caso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Si está usted bien seguro de
-que ella le quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su
-elección es libre...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues no ha de serlo?... ¿Y
-qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si
-es mujer de juicio; esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es
-una señora de excelentes prendas; mira tú si doña Irene querrá el
-bien de su hija; pues todas ellas me han dado cuantas seguridades
-puedo apetecer... La criada que la ha servido en Madrid, y más de
-cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre todo
-me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota
-inclinación á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel
-encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oir misa, y correr por
-la huerta detrás de las mariposas, y echar agua en los agujeros de
-las hormigas, estas han sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué
-dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Yo nada, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y no pienses tú que, á pesar
-de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan
-para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se explique
-conmigo en absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que
-aquella doña Irene siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es
-muy buena mujer, buena...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span><span
-class="smcap">Simón.</span>—En fin, señor, yo desearé que salga como
-usted apetece.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, yo espero en Dios que
-no ha de salir mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y
-qué fuera de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo
-enfadado que estoy con él?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Pues qué ha hecho?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Una de las suyas... Y hasta
-pocos días há no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos
-meses en Madrid... Y me costó mucho dinero la tal visita... En fin,
-es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de
-irse á Zaragoza á su regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos
-días de haber salido de Madrid recibí la noticia de su llegada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y que siguió escribiéndome,
-aunque algo perezoso, siempre con la data de Zaragoza.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Así es la verdad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues el pícaro no estaba allí
-cuando me escribía las tales cartas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor. El día 3 de julio
-salió de mi casa, y á fines de setiembre aún no había llegado á sus
-pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta hizo muy buena
-diligencia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tal vez se pondría malo en el
-camino, y por no darle á usted pesadumbre...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Nada de eso. Amores del señor
-oficial, y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades
-puede que... ¿Quién sabe? Si encuentra un par de ojos negros, ya es
-hombre perdido... ¡No permita Dios que me le engañe alguna bribona de
-estas que truecan el honor por el matrimonio!</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh! no hay que temer... Y si
-tropieza con alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para
-que le engañe.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Me parece que están ahí... Sí. Busca
-al mayoral, y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que
-deberemos salir mañana.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya te he dicho que no quiero
-que esto se trasluzca, ni... ¿Estamos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—No haya miedo que á nadie lo
-cuente.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Simón se va por la puerta del foro. Salen por
-la misma las tres mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un
-pañuelo atado sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya estamos acá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, qué escalera!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien venidas, señoras.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque usted, á lo que
-parece, no ha salido?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se sientan doña Irene y don Diego.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, señora. Luégo más tarde
-daré una vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de dormir,
-pero en esta posada no se duerme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad que no... ¡Y
-qué mosquitos! Mala peste en ellos. Anoche no me dejaron parar...
-Pero mire usted, mire usted (<i>Desata el pañuelo y manifiesta algunas
-cosas de las que indica el diálogo</i>), cuántas cosillas traigo.
-Rosarios de nácar, cruces de ciprés, la regla de San Benito, una
-pililla de cristal... mire usted qué bonita, y dos corazones de
-talco... ¡Qué sé yo cuánto viene aquí!... ¡Ay, y una campanilla de
-barro bendito para los truenos!... ¡Tantas cosas!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Chucherías que la han dado
-las madres. Locas estaban con ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span><span
-class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Cómo me quieren todas! ¡y mi
-tía, mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ha sentido mucho no conocer
-á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, es verdad. Decía,
-¿por qué no ha venido aquel señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—El padre capellán y el
-rector de los Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Toma (<i>Vuelve á atar el
-pañuelo y se le da á Rita, la cual se va con él y con las mantillas
-al cuarto de doña Irene</i>), guárdamelo todo allí, en la excusabaraja.
-Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto
-la santa Gertrudis de alcorza!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No importa; yo me la comeré.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Nos vamos adentro,
-mamá, ó nos quedamos aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ahora, niña, que quiero
-descansar un rato.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Hoy se ha dejado sentir el
-calor en forma.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Y qué fresco tienen aquel
-locutorio! Está hecho un cielo... (<i>Siéntase doña Francisca junto á
-doña Irene</i>). Mi hermana es la que sigue siempre bastante delicadita.
-Ha padecido mucho este invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse
-con su sobrina la buena señora. Está muy contenta de nuestra
-elección.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo celebro que sea tan
-á gusto de aquellas personas á quienes debe usted particulares
-obligaciones.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, Trinidad está muy
-contenta; y en cuanto á Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha
-costado mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para su
-bienestar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo
-expresiva que estuvo, y...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Es verdad. Sólo falta que la parte
-interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la
-quieren bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es hija obediente, y no se
-apartará jamás de lo que determine su madre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Todo eso es cierto,
-pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es de buena sangre, y ha de
-pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, ya estoy; ¿pero no
-pudiera sin faltar á su honor ni á su sangre?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me voy, mamá? (<i>Se
-levanta y vuelve á sentarse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No pudiera, no, señor.
-Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de
-conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo
-retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que Dios
-perdone, doña Jerónima de Peralta... En casa tengo el cuadro, que
-le habrá usted visto. Y le hicieron, según me contaba su merced,
-para enviárselo á su tío carnal el padre fray Serapión de San Juan
-Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y murió en el mar el buen
-religioso, que fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y
-todavía estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo don
-Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no puede oir hablar de su
-ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Válgate Dios, qué moscas
-tan...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues murió en olor de
-santidad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso bueno es.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor; pero como la
-familia ha venido tan á menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay
-facultades... Bien que por lo que puede tronar, ya se le está
-escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el día de mañana no se imprima
-con el favor de Dios?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, pues ya se ve. Todo se
-imprime.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span><span
-class="smcap">D.ª Irene.</span>—Lo cierto es que el autor, que es
-sobrino de mi hermano político el canónigo de Castrojeriz, no la deja
-de la mano; y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en
-folio, que comprenden los nueve años primeros de la vida del santo
-obispo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque para cada año un
-tomo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, ese plan se ha
-propuesto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y de qué edad murió el
-venerable?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—De ochenta y dos años, tres
-meses y catorce días.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me voy, mamá?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Anda, vete. ¡Válgate Dios,
-qué prisa tienes!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Quiere usted (<i>Se
-levanta, y después de hacer una graciosa cortesía á don Diego, da
-un beso á doña Irene, y se va al cuarto de ésta</i>) que le haga una
-cortesía á la francesa, señor don Diego?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, hija mía. Á ver.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mire usted, así.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Graciosa niña! Viva la
-Paquita, viva.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Para usted una cortesía,
-y para mi mamá un beso.</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es muy gitana y muy mona,
-mucho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tiene un donaire natural que
-arrebata.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué quiere usted? Criada
-sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez
-al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata
-su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una
-gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en
-favorecerla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Quisiera sólo que se explicase
-libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Oiría usted lo mismo que le
-he dicho ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, no lo dudo; pero el saber
-que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella
-boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción
-imponderable.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No tenga usted sobre ese
-particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que
-á una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal
-parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada
-como Dios manda, se atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien, si fuese un hombre
-á quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese
-favor de buenas á primeras, cierto que la doncella haría muy mal;
-pero á un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya
-pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos modos de
-explicarse...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Conmigo usa de más
-franqueza. Á cada instante hablamos de usted, y en todo manifiesta
-el particular cariño que á usted le tiene... ¿Con qué juicio hablaba
-ayer noche después que usted se fué á recoger? No sé lo que hubiera
-dado por que hubiese podido oirla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué? ¿Hablaba de mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y qué bien piensa acerca
-de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de
-cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Calle! ¿Eso decía?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, esto se lo decía yo, y
-me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta
-años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha
-penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima,
-señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan á
-una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho, á una
-de diez y siete con otro de<span class="pagenum" id="Page_122">p.
-122</span> veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño
-también sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo.
-Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?,
-¿quién ha de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir
-á los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos
-suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cierto que es un dolor el ver
-rodeados de hijos á muchos que carecen del talento, de la experiencia
-y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Lo que sé decirle á usted
-es que aún no había cumplido los diez y nueve cuando me casé de
-primeras nupcias con mi difunto don Epifanio, que esté en el cielo.
-Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle
-de más respeto, más caballeroso... y al mismo tiempo más divertido y
-decidor. Pues, para servir á usted, ya tenía los cincuenta y seis,
-muy largos de talle, cuando se casó conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Buena edad... No era un niño,
-pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues á eso voy... Ni á mí
-podía convenirme en aquel entonces un boquirubio con los cascos á la
-jineta... No, señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso
-ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios,
-como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie
-de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos
-casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio, que á los siete
-meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y
-al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Oiga!... Mire usted si dejó
-sucesión el bueno de don Epifanio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, ¿pues por qué
-no?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Lo digo porque luégo saltan
-con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fué niño, ó
-niña?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span><span
-class="smcap">D.ª Irene.</span>—Un niño muy hermoso. Como una plata
-era el angelito.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cierto que es consuelo tener,
-así, una criatura, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, señor! Dan malos ratos,
-pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo lo creo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya se ve que será una
-delicia, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Pues no ha de ser!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Un embeleso el verlos
-juguetear y reir, y acariciarlos, y merecer sus fiestecillas
-inocentes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Hijos de mi vida! Veintidós
-he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los
-cuales sólo esta niña me ha venido á quedar; pero le aseguro á usted
-que...</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón</span> (<i>Sale por la puerta del
-foro</i>).—Señor, el mayoral está esperando.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dile que voy allá... ¡Ah!
-Tráeme primero el sombrero y el bastón, quisiera dar una vuelta por
-el campo. (<i>Entra Simón al cuarto de don Diego, saca un sombrero y
-un bastón, se los da á su amo, y al fin de la escena se va con él
-por la puerta del foro.</i>) ¿Conque, supongo que mañana tempranito
-saldremos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No hay dificultad. Á la hora
-que á usted le parezca.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Á eso de las seis. ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—El sol nos da de espaldas...
-Le diré que venga una media hora antes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, que hay mil chismes que
-acomodar.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_124">p.
-124</span>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Válgame Dios! ahora que me
-acuerdo... ¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señora.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del
-brazo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué has hecho del tordo?
-¿Le diste de comer?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora. Más ha comido que un
-avestruz. Ahí le puse en la ventana del pasillo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Hiciste las camas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—La de usted ya está. Voy á hacer
-esotras antes que anochezca, porque si no, como no hay más alumbrado
-que el del candil y no tiene garabato, me veo perdida.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y aquella chica ¿qué
-hace?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Está desmenuzando un bizcocho,
-para dar de cenar á don Periquito.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Qué pereza tengo de
-escribir! (<i>Se levanta y se entra en su cuarto.</i>) Pero es preciso,
-que estará con mucho cuidado la pobre Circuncisión.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué chapucerías! No há dos
-horas, como quien dice, que salimos de allá, y ya empiezan á ir
-y venir correos. ¡Qué poco me gustan á mí las mujeres gazmoñas y
-zalameras!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Éntrase en el cuarto de doña Francisca.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">CALAMOCHA.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Sale por la puerta del foro con unas maletas,
-látigo y botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Conque ha de ser el número
-tres? Vaya en gracia... Ya,<span class="pagenum" id="Page_125">p.
-125</span> ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más
-abundante, no la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me
-da de entrar... ¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son
-agujetas... Paciencia, pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á
-que los caballitos dijeron: no podemos más, que si no, por esta
-vez no veía yo el número tres, ni las plagas de Faraón que tiene
-dentro... En fin, como los animales amanezcan vivos, no será poco...
-Reventados están... (<i>Canta Rita desde adentro, Calamocha se levanta
-desperezándose.</i>) ¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal...
-Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado estoy!</p>
-
-
-<h4>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA, CALAMOCHA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Mejor es cerrar, no sea que nos
-alivien de ropa, y... (<i>Forcejeando para echar la llave.</i>) Pues
-cierto que está bien acondicionada la llave.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Gusta usted de que eche una
-mano, mi vida?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Gracias, mi alma.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Calle!... ¡Rita!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Calamocha!</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Qué hallazgo es este?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y tu amo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Los dos acabamos de
-llegar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—No, que es chanza. Apenas
-recibió la carta de doña Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién
-habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos
-de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos
-esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos
-conque los pájaros<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>
-volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á sudar y á dar
-chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros á medio moler,
-hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha
-ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que
-cenar... Esta es la historia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Conque le tenemos aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Y enamorado más que nunca,
-celoso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le
-disputen la posesión de su Currita idolatrada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Qué dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Ni más ni menos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué gusto me das!... Ahora sí se
-conoce que la tiene amor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Amor?... ¡Friolera! El
-moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un
-chiquillo de la doctrina.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ay, cuando la señorita lo
-sepa!</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Pero acabemos. ¿Cómo te
-hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuándo llegaste? que...</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo te lo diré. La madre de doña
-Paquita dió en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía
-concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado,
-y bien quisto; en suma, cabal y perfecto, que no había más que
-apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada
-incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió
-en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la
-mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita,
-qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo
-tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara la verdad
-del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de
-discurrir escapatorias y arbitrios no hallamos otro que el de avisar
-á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley
-como nos había ponderado, no consentiría que su pobre Paquita<span
-class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> pasara á manos de un
-desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas
-lágrimas y tantos suspiros estrellados en las tapias del corral.
-Apenas partió la carta á su destino, cata el coche de colleras y
-el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio
-que vienen por ella; recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se
-atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos
-latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detención ha sido para
-que la señorita visite á otra tía monja que tiene aquí tan arrugada y
-tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado
-bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano
-saldremos. Por esta casualidad nos...</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Sí. No digas más... Pero...
-¿Conque el novio está en la posada?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ese es su cuarto (<i>Señalando el
-cuarto de don Diego, el de doña Irene y el de doña Francisca</i>), este
-el de la madre, y aquel el nuestro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y
-mío?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No por cierto. Aquí dormiremos
-esta noche la señorita y yo; porque ayer metidas las tres en ese
-de enfrente, ni cabíamos de pié, ni pudimos dormir un instante, ni
-respirar siquiera.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Bien... Adios. (<i>Recoge los
-trastos que puso sobre la mesa, en ademán de irse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y adónde?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Yo me entiendo... Pero el
-novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera
-zambullida que le amenaza?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Un criado viene con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Poca cosa!... Mira, dile en
-caridad que se disponga, porque está de peligro. Adios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y volverás presto?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Se supone. Estas cosas
-piden diligencia, y aunque apenas puedo moverme, es necesario que
-mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda;<span
-class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> disponer el entierro de
-ese hombre, y... ¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí. De la señorita y mío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Bribona!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Botarate! Adios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Adios, aborrecida.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Éntrase con los trastos al cuarto de don
-Carlos.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IX.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame
-Dios, don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce... (<i>Sale
-Calamocha del cuarto de don Carlos, y se va por la puerta del foro.</i>)
-¡Oh! por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de
-hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué
-dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita!
-¿Pues no sería una lástima que?... Ella es.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span>, <i>saliendo</i>.—¡Ay,
-Rita!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Qué es eso? ¿Ha llorado
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no he de llorar?
-Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese
-hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas
-imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan
-bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona,
-inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso
-me llaman picarona.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, por Dios, no se aflija
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya, como tú no lo
-has oído... Y dice que don Diego se queja de que yo no le digo
-nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme
-contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme<span
-class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> y hablar niñerías... Y
-todo por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen
-que no me sale del corazón.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se va oscureciendo lentamente el teatro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vaya, vamos, que no hay motivos
-todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted
-ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de
-campo del intendente?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay! ¿cómo puedo
-olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á contar?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Quiero decir, que aquel caballero
-que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué rodeos!... Don
-Félix. ¿Y qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Que nos fué acompañando hasta la
-ciudad...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y bien... Y luégo
-volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de
-ti.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Por qué, señora?... ¿Á quién
-dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento.
-Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con
-usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la
-maldijo no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á
-decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan
-presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos
-leído á hurtadillas en las novelas no equivale á lo que hemos visto
-en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían
-entre once y doce de la noche? ¿de aquella sonora punteada con tanta
-delicadeza y expresión?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, Rita! Sí, de todo
-me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está
-ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Eso no lo puedo yo creer.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es hombre al fin, y
-todos ellos...</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué bobería! Desengáñese
-usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo
-que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en
-saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, qué<span
-class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>jese de su mala suerte,
-pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy
-picarones; pero no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan
-repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la
-conversación á oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que
-no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una
-palabra indecente ni atrevida.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad. Por eso le
-quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (<i>Señalando
-el pecho</i>). ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé
-lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! Es lástima... Cierto. ¡Pobre
-Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más... nada más.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No, señora, no ha dicho eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué sabes tú?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Bien lo sé. Apenas haya leído
-la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á
-su amiga... Pero... (<i>Acercándose á la puerta del cuarto de doña
-Irene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Adónde vas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Quiero ver si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Está escribiendo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pues ya presto habrá de dejarlo,
-que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la
-verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué dices? No me
-engañes.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Aquel es su cuarto... Calamocha
-acaba de hablar conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora... Y le ha ido á
-buscar para...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Conque me quiere?...
-¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué
-fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme...
-porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo
-le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y
-amor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span><span
-class="smcap">Rita.</span>—Voy á traer luces. Procuraré detenerme por
-allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer,
-porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la
-madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta
-contradanza, nos hemos de perder en ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Dices bien... Pero
-no; él tiene resolución y talento, y sabrá determinar lo más
-conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?... Mira que así que llegue le
-quiero ver.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No hay que dar cuidado. Yo le
-traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pues entonces no hay más que
-salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la
-hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que
-murió en el mar... Además, que si está allí don Diego...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien, anda; y así que
-llegue...</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Al instante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Que no se te olvide
-toser.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No haya miedo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Si vieras qué consolada
-estoy!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sin que usted lo jure, lo
-creo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Te acuerdas, cuando
-me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría
-peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por
-mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, bien me acuerdo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ah!... Pues mira cómo
-me dijo la verdad.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene;
-Rita, por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span></p>
- <h3><big>ACTO II.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Teatro oscuro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nadie parece aún...
-(<i>Acércase á la puerta del foro, y vuelve.</i>) ¡Qué impaciencia
-tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que sólo pienso en
-jugar y reir, y que no sé lo que es amor... Sí, diez y siete años y
-no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las
-lágrimas que cuesta.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sola y á oscuras me habéis
-dejado allí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Como estaba usted
-acabando su carta, mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que
-está mucho más fresco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero aquella muchacha, ¿qué
-hace, que no trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y
-yo que tengo un genio como una pólvora... (<i>Siéntase.</i>) Sea todo por
-Dios... ¿Y don Diego no ha venido?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Me parece que no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues cuenta, niña, con lo
-que te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos
-veces. Este caballero está sentido, y con muchísima razón...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span><span
-class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien; sí, señora, ya lo sé. No me
-riña usted más.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No es esto reñirte, hija
-mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento
-para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas...
-Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu
-pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica...
-Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno (Dios le haya coronado
-de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de
-píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como
-el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones
-de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta
-fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo, nada, mamá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues, nunca dices nada.
-¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que
-decir.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA (<i>Sale por la puerta del foro con luces y las
-pone encima de la mesa.</i>), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Vaya, mujer, yo pensé que en
-toda la noche no venías.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señora, he tardado, porque han
-tenido que ir á comprar las velas. ¡Como el tufo del velón la hace á
-usted tanto daño!...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Seguro que me hace muchísimo
-mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo
-tuve que quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas
-me parece que me va mejor. Mira, deja una<span class="pagenum"
-id="Page_134">p. 134</span> luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y
-corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Muy bien. (<i>Toma una luz, y hace
-que se va.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte, á Rita</i>).—¿No
-ha venido?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vendrá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Oyes, aquella carta que
-está sobre la mesa dásela al mozo de la posada, para que la lleve al
-instante al correo... (<i>Vase Rita al cuarto de doña Irene.</i>) Y tú,
-niña, ¿qué has de cenar? Porque será menester recogernos presto para
-salir mañana de madrugada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Como las monjas me
-hicieron merendar...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Con todo eso... Siquiera
-unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (<i>Sale Rita
-con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se
-va y vuelve, según lo indica el diálogo.</i>) Mira, has de calentar el
-caldo que apartamos al mediodía, y haznos un par de tazas de sopas, y
-tráetelas luégo que estén.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y nada más?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, nada más... ¡Ah! y
-házmelas bien caldositas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, ya lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Rita!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Otra. ¿Qué manda usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Encarga mucho al mozo que
-lleve la carta al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero
-que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has
-de decir á Simón que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el
-correo; ¿lo entiendes?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ah! mira.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Otra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Bien que ahora no corre
-prisa... Es menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle
-por aquí de modo que no se caiga y se me lastime... (<i>Vase Rita por
-la puerta del foro.</i>) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues<span
-class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> no se estuvo el animal
-toda la noche de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo
-sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... pero cuando se
-trata de dormir...</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues mucho será que don
-Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga.
-Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen
-cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y
-generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de
-posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene...
-Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué
-despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que
-atiendes á lo que estoy diciendo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora, bien lo
-oigo; pero no la quería interrumpir á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Allí estarás, hija mía, como
-el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías,
-porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan
-temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras
-el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no
-responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mamá, no se enfade
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡No es buen empeño de!...
-¿Y te parece á ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?...
-¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de
-chorlito? ¡Perdóneme Dios!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pero... Pues ¿qué sabe
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Me quieres engañar á mí,
-eh? ¡Ay, hija!<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> He
-vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para
-que tú me engañes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte</i>).—¡Perdida
-soy!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sin contar con su madre...
-como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera
-sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del
-convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino,
-te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este!
-Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso
-en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de
-eso, ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero
-el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de
-sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y
-sépalo usted, si no lo sabe.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad, mamá... Pero
-yo nunca he pensado abandonarla á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, que no sé yo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señora, créame
-usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará
-disgustos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Mira si es cierto lo que
-dices.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora, que yo no sé
-mentir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues, hija, ya sabes lo que
-te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si
-no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte</i>).—¡Pobre de
-mí!</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO (<i>sale por la puerta del foro, y deja
-sobre la mesa sombrero y bastón</i>), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues ¿cómo tan tarde?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Apenas salí tropecé con el
-rector de Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado
-bien de<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> chocolate y
-bollos no me han querido soltar... (<i>Siéntase junto á doña Irene.</i>) Y
-á todo esto, ¿cómo va?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y doña Paquita?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Doña Paquita siempre
-acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de
-bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á su madre y obedecerla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Qué diantre! ¿Conque tanto
-se acuerda de?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué se admira usted? Son
-niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad,
-así tan...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, poco á poco, eso no.
-Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas
-y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla
-todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más
-violentos... (<i>Asiendo de una mano á doña Francisca, la hace sentar
-inmediata á él.</i>) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al
-convento de buena gana?... La verdad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero si ella no...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Déjela usted, señora, que
-ella responderá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien sabe usted lo que
-acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero eso lo dice usted tan
-afligida y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Si es natural, señor. ¿No ve
-usted que?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calle usted, por Dios, doña
-Irene, y no me diga usted á mí lo que es natural. Lo que es natural
-es que la chica esté llena de miedo, y no se atreva á decir una
-palabra que se oponga á lo que su madre quiere que diga... Pero si
-esto hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor, lo que dice
-su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me manda la
-obedeceré.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mandar, hija mía!... En
-estas materias tan<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>
-delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen,
-aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de
-evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues
-¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas,
-verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que
-no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada
-la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se
-empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor,
-eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos
-hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni
-mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he
-creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á
-quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á
-la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices.
-Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas
-que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que
-no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas
-ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más
-apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!...
-Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo
-cuánto yo deseaba.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y puede usted creer, señor
-don Diego, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Voy á acabar, señora, déjeme
-usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán
-influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas
-costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la
-devoción y la virtud; pero si á pesar de todo esto la imaginación
-acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho elegir
-sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia.
-Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás.
-Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á
-usted la tengo<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> no
-la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer
-una injusticia, y sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso
-por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si
-siente algún otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor
-disimulación en esto nos daría á todos muchísimo que sentir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Puedo hablar ya, señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ella, ella debe hablar, y sin
-apuntador y sin intérprete.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Cuando yo se lo mande.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya puede usted
-mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de
-casarme, con usted no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Yo creo, señor don Diego,
-que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien
-dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le
-dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde
-que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuántos pasan por
-el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía
-memorias con el ordinario.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y bien, señora, ¿qué escribió
-el padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con
-lo que estamos hablando?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que tiene que
-ver, sí, señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un
-padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me
-envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático,
-ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice,
-un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del
-viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de
-todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta
-venía en latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me
-daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está
-sucediendo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Pero, señora, si no sucede nada, ni
-hay cosa que á usted la deba disgustar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues ¿no quiere usted que me
-disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros
-amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!...
-la mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que
-hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid
-cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al
-lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo, señora, estoy más
-tranquilo que usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Respóndele.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo no sé qué decir. Si
-ustedes se enfadan.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, hija mía: esto es dar
-alguna expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto.
-Doña Irene sabe lo que yo la estimo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que lo sé, y
-estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por
-eso mismo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No se hable de
-agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo
-que doña Paquita esté contenta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Pues no ha de estarlo?
-Responde.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor, que lo
-estoy.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y que la mudanza de estado
-que se la previene no la cueste el menor sentimiento.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, todo al
-contrario... Boda más á gusto de todos no se pudiera imaginar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—En esa inteligencia puedo
-asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En
-nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de
-beneficios he de merecer su estimación y su amistad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Gracias, señor don
-Diego... ¡Á una huérfana, pobre, desvalida como yo!...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero de prendas tan
-estimables, que la hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ven aquí, ven... Ven aquí,
-Paquita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Mamá!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y
-se acarician mutuamente.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Ves lo que te quiero?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Y cuánto procuro tu
-bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo
-falte?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien lo conozco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Hija de mi vida! ¿Has de
-ser buena?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, que no sabes tú lo que
-te quiere tu madre!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pues qué, ¿no la quiero
-yo á usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos, vamos de aquí
-(<i>Levántase don Diego, y después doña Irene</i>). No venga alguno, y nos
-halle á los tres llorando como tres chiquillos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, dice usted bien.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña
-Francisca va detrás; y Rita, que sale por la puerta del foro, la hace
-detener.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita... ¡Eh! chit...
-señorita...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué quieres?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ya ha venido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Cómo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ahora mismo acaba de llegar.
-Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la
-escalera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, Dios!... ¿Y qué
-debo hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que
-importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto...
-y<span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> juicio. Y mire
-usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser
-muy larga... Ahí está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí... Él es.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Voy á cuidar de aquella gente...
-Valor, señorita, y resolución. (<i>Se va al cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, no, que yo
-también... Pero no lo merece.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON CARLOS (<i>sale por la puerta del foro</i>), DOÑA
-FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Paquita!... ¡vida mía!...
-Ya estoy aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien venido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Cómo tan triste?... ¿No
-merece mi llegada más alegría?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad; pero acaban
-de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí,
-bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por
-mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿En dónde?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ahí, en ese cuarto.
-(<i>Señalando al cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Sola!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Estará en compañía del
-prometido esposo. (<i>Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y
-vuelve.</i>) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nadie más, solos
-están... ¿Qué piensa usted hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Si me dejase llevar de
-mi pasión y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad...
-Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo
-insultarle porque quiere bien á una mujer tan digna de ser<span
-class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> querida... Yo no conozco
-á su madre de usted ni... vamos, ahora nada se puede hacer... Su
-decoro de usted merece la primera atención.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es mucho el empeño que
-tiene en que me case con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No importa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Quiere que esta boda se
-celebre así que lleguemos á Madrid.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Cuál?... No. Eso no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Los dos están de
-acuerdo, y dicen...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien... Dirán... Pero no
-puede ser.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mi madre no me habla
-continuamente de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor...
-Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Y usted ¿qué esperanza le
-da?... ¿Ha prometido quererle mucho?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ingrato!... ¿Pues no
-sabe usted que?... ¡Ingrato!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, no lo ignoro, Paquita...
-Yo he sido el primer amor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y el último.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Y antes perderé la vida,
-que renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío...
-¿Digo bien? (<i>Asiéndola de las manos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues de quién ha de
-ser?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Hermosa! ¡Qué dulce
-esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura...
-Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama
-para que la defienda, la libre, la cumpla una obligación mil y mil
-veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á
-Madrid mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá quien soy...
-Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso,
-á quien más que tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo
-más inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si los
-dones de la fortuna tuviesen para usted algún<span class="pagenum"
-id="Page_144">p. 144</span> atractivo, esta circunstancia añadiría
-felicidades á nuestra unión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y qué vale para mí toda
-la riqueza del mundo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya lo sé. La ambición no
-puede agitar á un alma tan inocente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Querer y ser querida...
-Ni apetezco más, ni conozco mayor fortuna.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ni hay otra... Pero usted
-debe serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción
-presente en durables dichas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y qué se ha de hacer
-para que á mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere
-tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de
-su lado jamás; que siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba
-con tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté á
-decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted para salir
-de estos ahogos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Yo le buscaré... ¿No tiene
-usted confianza en mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no he de tenerla?
-¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase?
-Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si
-usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin
-tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa
-de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante,
-y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me
-quiere. (<i>Se enternece y llora.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Qué llanto!... ¡Cómo
-persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para defenderla á usted
-de cuántos quieran oprimirla. Á un amante favorecido ¿quién puede
-oponérsele? Nada hay que temer.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Es posible?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada... Amor ha unido
-nuestras almas en estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á
-dividirlas.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA VIII."><span class="pagenum" id="Page_145">p.
-145</span>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, adentro. La mamá
-pregunta por usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al
-instante... Y usted, señor galán, ya puede también disponer de su
-persona.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, que no conviene
-anticipar sospechas... Nada tengo que añadir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ni yo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Hasta mañana. Con la luz del
-día veremos á este dichoso competidor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Un caballero muy honrado, muy
-rico, muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia, y sus
-sesenta años debajo del peluquín.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se va por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Hasta mañana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Adios, Paquita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Acuéstese usted, y
-descanse.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Descansar con celos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De quién?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Buenas noches... Duerma
-usted bien, Paquita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Dormir con amor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Adios, vida mía.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Adios.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Éntrase al cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IX.</h4>
-
-<p class="quienes">DON CARLOS (<i>paseándose con inquietud</i>),
-CALAMOCHA, RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Quitármela! No... Sea
-quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente
-que se<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> obstine en
-verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo...
-¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito
-él sea, que tantos desórdenes origina.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha</span> (<i>saliendo por la puerta
-del foro</i>).—Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo
-menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros,
-sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y
-condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que pedir. Pan
-de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me
-parece que sería bueno...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Vamos... ¿Y adónde ha de
-ser?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Abajo... Allí he mandado
-disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de
-herrador.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita</span> (<i>saliendo por la puerta del
-foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta</i>).—¿Quién quiere
-sopas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Buen provecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Si hay alguna real moza que
-guste de cenar cabrito, levante el dedo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—La real moza se ha comido
-ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor
-militar.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Éntrase en el cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Agradecida te quiero yo,
-niña de mis ojos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Conque, ¿vamos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Ay, ay, ay!... (<i>Calamocha
-se encamina á la puerta del foro, y vuelve; se acerca á don Carlos,
-y hablan con reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se
-adelanta á saludar á Simón.</i>) ¡Eh! chit, digo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿No ve usted lo que viene
-por allí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Es Simón?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—El mismo... Pero ¿quién
-diablos le?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Y qué haremos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Qué sé yo?... Sonsacarle,
-mentir y... ¿Me da usted licencia para que<span class="pagenum"
-id="Page_147">p. 147</span>?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, miente lo que quieras...
-¿Á qué habrá venido este hombre?</p>
-
-
-<h4>ESCENA X.</h4>
-
-<p class="quienes">SIMÓN (<i>Sale por la puerta del foro.</i>), CALAMOCHA,
-D. CARLOS.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Simón, ¿tú por aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Adios, Calamocha. ¿Cómo va?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Lindamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Cuánto me alegro de!...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues
-qué novedad es esta?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh, que estaba usted ahí,
-señorito! ¡Voto á sanes!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Y mi tío?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tan bueno.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Pero se ha quedado en
-Madrid, ó?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Quién me había de decir á
-mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de
-cada vez más guapo... ¿Conque usted irá á ver al tío, eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Tú habrás venido con algún
-encargo del amo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y qué calor traje, y qué polvo
-por ese camino! ¡Ya, ya!</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Alguna cobranza tal vez,
-eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Puede ser. Como tiene mi tío
-ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y qué buena maula le ha salido
-el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay
-en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pues... Figúrate tú.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Ó va usted allá?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Adónde?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Á Zaragoza. ¿No está allí el
-regimiento?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Pero, hombre, si salimos el
-verano pasado<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de
-Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué sé yo? Algunos van por
-la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un
-camino muy malo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha</span> (<i>aparte separándose de
-Simón.</i>)—¡Maldito seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió
-papilla!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero aún no me has dicho si
-mi tío está en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien, á eso voy... Sí, señor,
-voy á decir á usted... Conque... Pues el amo me dijo...</p>
-
-
-<h4>ESCENA XI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>desde adentro.</i>)—No, no es
-menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo
-del teatro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Mi tío!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Simón!</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Sale don Diego del cuarto de doña Irene
-encaminándose al suyo; repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón
-le alumbra, y vuelve á dejar la luz sobre la mesa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Aquí estoy, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Todo se ha perdido!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos... Pero... ¿quién
-es?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Un amigo de usted, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Yo estoy muerto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Cómo un amigo?... ¿Qué?
-Acerca esa luz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Tío!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>En ademán de besarle la mano á don Diego, que le
-aparta de sí con enojo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Quítate de ahí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Señor!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué
-haces aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Si usted se altera y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué haces aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Mi desgracia me ha
-traído.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Siempre dándome que sentir,
-siempre! Pero... (<i>Acercándose á don Carlos.</i>) ¿Qué dices? ¿De veras
-ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué
-estás aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Porque le tiene á usted ley,
-y le quiere bien, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Á ti no te pregunto nada...
-¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te
-asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que
-le habrá de costar la vida á tu pobre tío.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, que nunca
-olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado
-tantas veces.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues, ¿á qué viniste? ¿Es
-desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de
-esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Si todo ello no es más
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya he dicho que calles...
-Ven acá. (<i>Asiendo de una mano á don Carlos, se aparta con él á un
-extremo del teatro, y le habla en voz baja.</i>) Dime qué ha sido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Una ligereza, una falta de
-sumisión á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero...
-Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al
-verme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué otra cosa hay?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada más, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿qué desgracia era
-aquella de que me hablaste?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ninguna. La de hallarle
-á usted en este paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo
-esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas
-semanas, y volverme contento de haberle visto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No hay más?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Míralo bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor... Á eso venía. No
-hay nada más.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero no me digas tú á mí...
-Si es imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha
-de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de
-ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho,
-adios, disciplina militar... Vamos... eso no puede ser.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Considere usted, tío, que
-estamos en tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio
-tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso á la
-guarnición... Y en fin, puede usted creer que este viaje supone la
-aprobación y la licencia de mis superiores; que yo también miro por
-mi estimación, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago
-falta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Un oficial siempre hace falta
-á sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los
-proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien está; pero ya he dicho
-los motivos...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Todos estos motivos no valen
-nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su
-tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de
-juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere...
-Pero (<i>Alza la voz, y se pasea inquieto.</i>) yo tomaré mis medidas para
-que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer
-ahora es marcharse inmediatamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Señor, si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No hay remedio... Y ha de ser
-al instante. Usted no ha de dormir aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Es que los caballos no están
-ahora para correr... ni pueden moverse.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues con ellos (<i>Á
-Calamocha.</i>) y con las maletas al mesón de afuera. Usted (<i>Á don
-Carlos.</i>) no ha<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de
-dormir aquí... Vamos (<i>Á Calamocha.</i>) tú, buena pieza, menéate. Abajo
-con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y
-marchar... Ayúdale tú... (<i>Á Simón.</i>) ¿Qué dinero tienes ahí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tendré unas cuatro ó seis
-onzas.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da
-á don Diego.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dámelas acá. Vamos, ¿qué
-haces?... (<i>Á Calamocha.</i>) ¿No he dicho que ha de ser al instante?
-Volando. Y tú (<i>Á Simón.</i>) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de
-allí hasta que se hayan ido.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Los dos criados entran en el cuarto de don
-Carlos.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, DON CARLOS.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tome usted... (<i>Le da el
-dinero.</i>) Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo
-lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo
-por tu bien, y que ha sido un desatino el que acabas de hacer?...
-Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño...
-Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según
-corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues bien: ahora obedece lo
-que te mando.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Lo haré sin falta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Al mesón de afuera. (<i>Á los
-dos criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos
-y se van por la puerta del foro.</i>) Allí puedes dormir, mientras
-los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún
-pretexto ni entres en la ciudad... cuidado. Y á eso de las tres ó
-las cuatro marchar. Mira que he de saber á la hora que sales. ¿Lo
-entiendes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mira, que lo has de hacer.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor, haré lo que usted
-manda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien... Adios... Todo te
-lo perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á
-Zaragoza: no te parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez
-pasada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Pues qué hice yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Si te digo que lo sé, y que
-te lo perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso.
-Vete.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Quede usted con Dios.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Sin besar la mano á su tío,
-eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No me atreví.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Besa la mano á don Diego, y se abrazan.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y dame un abrazo, por si no
-nos volvemos á ver.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Qué dice usted? No lo
-permita Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Quién sabe, hijo mío?
-¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, ahora no.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mucho es, porque tú siempre
-tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo
-escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y
-mira cómo lo gastas... ¿Juegas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, en mi vida.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cuidado con eso... Conque,
-buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas
-contento?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor. Porque usted me
-quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No se hable ya de lo
-pasado... Adios...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Queda usted enojado
-conmigo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, no por cierto... Me
-disgusté bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir.
-(<i>Poniéndole am<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span>bas
-manos sobre los hombros.</i>) Portarse como hombre de bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No lo dude usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Como oficial de honor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Así lo prometo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Adios, Carlos.
-(<i>Abrazándose.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>aparte, al irse por la
-puerta del foro</i>).—¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!</p>
-
-
-<h4>ESCENA XIII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Demasiado bien se ha
-compuesto... Luégo lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo mismo
-escribírselo, que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero
-siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á
-su cuarto. El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XIV.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una
-luz, y la pone encima de&nbsp;la&nbsp;mesa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Mucho silencio hay por aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Se habrán recogido ya...
-Estarán rendidos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Precisamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Un camino tan largo!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Á lo que obliga el amor,
-señorita!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, bien puedes decirlo:
-amor... Y yo ¿qué no hiciera por él?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Y deje usted, que no ha de ser
-este el último<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>
-milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don
-Diego ¡qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué
-señor tan bueno, que cierto da lástima...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pues en eso consiste
-todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera
-admitido su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia...
-Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix ha venido, y ya no temo á
-nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la más dichosa de
-las mujeres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ay! ahora que me acuerdo...
-Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo
-también la cabeza... Voy por él. (<i>Encaminándose al cuarto de doña
-Irene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Á qué vas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—El tordo, que ya se me olvidaba
-sacarle de allí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, tráele, no empiece
-á rezar como anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y vé con
-cuidado, no despierte mamá.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, mire usted el estrépito de
-caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra
-calle del Lobo, número 7, cuarto segundo, no hay que pensar en
-dormir... Y ese maldito portón, que rechina que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Te puedes llevar la
-luz.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No es menester, que ya sé dónde
-está.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase al cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XV.</h4>
-
-<p class="quienes">SIMÓN (<i>sale por la puerta del foro</i>), DOÑA
-FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo pensé que estaban
-ustedes acostados.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—El amo ya habrá hecho esa
-diligencia, pero yo<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>
-todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que
-tengo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué gente nueva ha
-llegado ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Nadie. Son unos que estaban ahí,
-y se han ido.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Los arrieros?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—No, señora. Un oficial y un
-criado suyo, que parece que se van á Zaragoza.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Quiénes dice usted que
-son?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Un teniente coronel y su
-asistente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y estaban aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señora, ahí en ese
-cuarto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No los he visto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Parece que llegaron esta tarde
-y... Á la cuenta habrán despachado ya la comisión que traían...
-Conque se han ido... Buenas noches, señorita.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase al cuarto de don Diego.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XVI.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dios mío de mi alma!
-¿Qué es esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada! (<i>Siéntase en
-una silla inmediata á la mesa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, yo vengo muerta.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Saca la jaula del tordo y la deja encima de la
-mesa; abre la puerta del cuarto de don Carlos, y vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, que es cierto!...
-¿Tú lo sabes también?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Deje usted, que todavía no creo
-lo que he visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni...
-Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto salir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y eran ellos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora. Los dos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pero ¿se han ido fuera
-de la ciudad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span><span
-class="smcap">Rita.</span>—Si no los he perdido de vista hasta que
-salieron por puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y es ese el camino de
-Aragón?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ese es.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Indigno!... ¡Hombre
-indigno!</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Señorita!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿En qué te ha ofendido
-esta infeliz?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo estoy temblando toda...
-Pero... Si es incomprensible... Si no alcanzo á descubrir qué motivos
-ha podido haber para esta novedad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no le quise más
-que á mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No sé qué decir al considerar una
-acción tan infame.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué has de decir? Que
-no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto?
-¡Para engañarme, para abandonarme así!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Levántase, y Rita la sostiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pensar que su venida fué con
-otro designio no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener
-celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde,
-y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Te cansas en vano... Dí
-que es un pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has
-dicho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vamos de aquí, que puede venir
-alguien, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, vámonos... Vamos á
-llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora, ya lo conozco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué bien supo
-fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan
-alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi
-vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto
-de doña Francisca.</i>)</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span></p>
- <h3><big>ACTO III.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero
-con vela apagada, y la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el
-banco. Sale don Diego de su cuarto acabándose de poner la bata.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí, á lo menos, ya que no
-duerma no me derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo
-ronca éste!... Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya
-poco puede tardar... (<i>Simón despierta, y al oir á don Diego se
-incorpora, y se levanta.</i>) ¿Qué es eso? Mira no te caigas, hombre.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Qué ¿estaba usted ahí, señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, aquí me he salido, porque
-allí no se puede parar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues yo, á Dios gracias, aunque
-la cama es algo dura, he dormido como un emperador.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mala comparación!... Dí
-que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni
-ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—En efecto, dice usted bien... ¿Y
-qué hora será ya?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Poco há que sonó el reloj de
-San Justo, y si no conté mal, dió las tres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh! pues ya nuestros caballeros
-irán por ese camino adelante echando chispas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, ya es regular que hayan salido...
-Me lo prometió, y espero que lo hará.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Pero si usted viera qué
-apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ha sido preciso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya lo conozco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No ves qué venida tan
-intempestiva?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Es verdad... Sin permiso de
-usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy
-mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que
-se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no
-pasará adelante, ¿eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡No, qué! No, señor. Una
-cosa es que le haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias
-nos cogía... Te aseguro que cuando se fué me quedó un ansia en el
-corazón. (<i>Suenan á lo lejos tres palmadas, y poco después se oye que
-puntean un instrumento.</i>) ¿Qué ha sonado?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—No sé... Gente que pasa por la
-calle. Serán labradores.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calla.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Vaya, música tenemos, según
-parece.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, como lo hagan bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Y quién será el amante infeliz
-que se viene á puntear á estas horas en ese callejón tan puerco?...
-Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un
-pico.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Puede ser.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya empiezan, oigamos... (<i>Tocan
-una sonata desde adentro.</i>) Pues dígole á usted que toca muy
-lindamente el pícaro del barberillo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No; no hay barbero que sepa
-hacer eso, por muy bien que afeite.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Quiere usted que nos asomemos
-un poco, á ver?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, dejarlos... ¡Pobre gente!
-¡Quién sabe la importancia que darán ellos á la tal música!... No
-gusto yo de incomodar á nadie.</p>
-
-<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_159">p.
-159</span>(<i>Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las
-dos se encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un
-lado, y observan.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí
-á un ladito.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué quieres?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Que han abierto la puerta de esa
-alcoba, y huele á faldas que trasciende.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Sí?... Retirémonos.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Con tiento, señorita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Siguiendo la pared ¿no
-voy bien?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vuelven á probar el instrumento.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora... Pero vuelven á
-tocar... Silencio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No te muevas... Deja...
-Sepamos primero si es él.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Pues no ha de ser?... La seña no
-puede mentir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Calla... (<i>Repiten desde
-adentro la sonata anterior.</i>) Sí, él es... ¡Dios mío!... (<i>Acércase
-Rita á la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la
-música.</i>) Vé, responde... Albricias, corazón. Él es.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Ha oído usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué querrá decir esto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>Se asoma á la ventana.
-Rita se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las
-interrupciones más ó menos largas que deben hacerse.</i>)—Yo soy.
-Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acababa de hacer?...
-¿Qué fuga es esta?... Rita, (<i>Apartándose de la ventana, y vuelve
-después.</i>) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al
-instante avísame... ¿Para siem<span class="pagenum" id="Page_160">p.
-160</span>pre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo
-no acabo de entender... ¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted
-tan tímido... (<i>Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana
-al teatro. Doña Francisca hace ademán de buscarla, y no hallándola
-vuelve á asomarse.</i>) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda...
-¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene
-usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de
-usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted
-que estará el mío?... No me cabe en el pecho... diga usted.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula
-y la deja caer.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, vamos de aquí...
-Presto, que hay gente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Infeliz de mí!...
-Guíame.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vamos... (<i>Al retirarse tropieza
-Rita con Simón. Las dos se van apresuradamente al cuarto de doña
-Francisca.</i>) ¡Ay!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Muerta voy!</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p>
-
-<p><span class="smcap">Don Diego.</span>—¿Qué grito fué ese?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó
-conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Acércate á esa ventana, y mira si hallas en
-el suelo un papel... ¡Buenos estamos!</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón</span> (<i>tentando por el suelo cerca de la ventana.</i>)—No
-encuentro nada, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Búscale bien, que por ahí ha de estar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Le tiraron desde la calle?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis<span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span>
-años, y criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Aquí está. (<i>Halla la carta, y se la da á don
-Diego.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza
-ó en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y
-vuelve con ella al instante.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase Simón por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y á quién debo culpar? (<i>Apoyándose en el respaldo
-de una silla.</i>) ¿Es ella la delincuente, ó su madre,
-ó sus tías, ó yo?... ¿Sobre quién, sobre quién ha de
-caer esta cólera, que por más que lo procuro, no la sé reprimir?...
-¡La naturaleza la hizo tan amable á mis ojos!...
-¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades
-me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo
-celos!... Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento;
-esta indignación, estos deseos de venganza ¿de qué
-provienen? ¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que...
-(<i>Advirtiendo que suena ruido en la puerta del cuarto de
-doña Francisca, se retira á un extremo del teatro.</i>) Sí.</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">RITA, DON DIEGO, SIMÓN.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ya se han ido... (<i>Rita observa,
-escucha, asómase después á la ventana, y busca la carta por el
-suelo.</i>) ¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien escrito, pero
-el señor don Félix es un grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi
-alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen por la
-calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!...<span class="pagenum"
-id="Page_162">p. 162</span> ¿Y este maldito papel?... Pues buena la
-hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y
-todo mentira.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya tenemos luz...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Sale con luz. Rita se sorprende.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Perdida soy!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>acercándose</i>.)—¡Rita! ¿Pues
-tú aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señor, porque...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué buscas á estas horas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Buscaba... Yo le diré á usted...
-Porque oímos un ruido tan grande...</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Sí, eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Cierto... Un ruido y... mire
-usted (<i>alza la jaula que está en el suelo</i>), era la jaula del
-tordo... Pues la jaula era, no tiene duda... ¡Válgate Dios! ¿Si
-se habrá muerto?... No, vivo está, vaya... Algún gato habrá sido.
-Preciso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, algún gato.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Pobre animal! ¡Y qué
-asustadillo se conoce que está todavía!</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y con mucha razón... ¿No te
-parece, si le hubiera pillado el gato?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Se le hubiera comido.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la
-pared.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y sin pebre... ni plumas hubiera
-dejado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tráeme esa luz.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ah! Deje usted, encenderemos
-esta (<i>Enciende la vela que está sobre la mesa.</i>) que ya lo que no se
-ha dormido...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y doña Paquita duerme?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues mucho es que con el ruido
-del tordo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él
-llevándose una de las luces.</i>)</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_163">p.
-163</span>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Ha parecido el
-papel?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—No, señora.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y estaban aquí los dos
-cuando tú saliste?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo no lo sé. Lo cierto es que el
-criado sacó una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre
-él y su amo, sin poder escapar, ni saber qué disculpa darles.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca
-de ventana.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ellos eran sin duda...
-Aquí estarían cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo no lo encuentro, señorita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Le tendrán ellos, no te
-canses... Si es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques.
-Ellos le tienen.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Á lo menos por aquí...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Yo estoy loca!
-(<i>Siéntase.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sin haberse explicado este
-hombre, ni decir siquiera...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Cuando iba á hacerlo me
-avisaste, y fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me
-habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo
-los motivos justos que le precisaban á volverse; que la había escrito
-para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo
-que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve
-que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor,
-y diría: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora
-defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada
-pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz...
-¡Dios mío, perdón... perdón de haberle querido tanto!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span><span
-class="smcap">Rita.</span>—¡Ay, señorita! (<i>Mirando hacia el cuarto
-de don Diego.</i>) que parece que salen ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No importa, déjame.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pero si don Diego la ve á usted
-de esa manera...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Si todo se ha perdido
-ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para
-levantarme?... Que vengan, nada importa.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Voy enterado, no es menester
-más.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mira, y haz que ensillen
-inmediatamente al moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves,
-montas á caballo, y en una buena carrera que dés, los alcanzas...
-¿Las dos aquí, eh?... Conque vete, no se pierda tiempo.</p>
-
-<p>(<i>Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de
-don Diego, se va Simón por la del foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Voy allá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mucho se madruga, doña
-Paquita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Ha llamado ya doña Irene?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor... Mejor es
-que vayas allá, por si ha despertado y se quiere vestir.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Rita se va al cuarto de doña Irene.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Usted no habrá dormido bien
-esta noche?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor. ¿Y usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tampoco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ha hecho demasiado
-calor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Está usted desazonada?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Alguna cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué siente usted?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Siéntase junto á doña Francisca.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No es nada... Así un
-poco de... Nada... no tengo nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Algo será; porque la veo á
-usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita?
-¿No sabe usted que la quiero tanto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿por qué no hace usted
-más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en
-hallar ocasiones de complacerla?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues cómo, sabiendo que
-tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Porque eso mismo me
-obliga á callar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso quiere decir que tal vez
-soy yo la causa de su pesadumbre de usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor; usted en nada
-me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿de quién, hija mía?...
-Venga usted acá... (<i>Acércase más.</i>) Hablemos siquiera una vez sin
-rodeos ni disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira
-con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto
-va que si la dejasen á usted entera libertad para la elección, no se
-casaría conmigo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ni con otro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Será posible que usted
-no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la
-corresponda como usted merece?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor; no, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mírelo usted bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿No le digo á usted que
-no?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y he de creer, por dicha,
-que conserve usted tal inclinación al retiro en que se ha criado,
-que<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> prefiera la
-austeridad del convento á una vida más?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Tampoco; no, señor...
-Nunca he pensado así.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No tengo empeño de saber
-más... Pero de todo lo que acabo de oir resulta una gravísima
-contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según
-parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está
-persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro,
-ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es
-ese? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha
-alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco?
-¿Son estas las señales de quererme exclusivamente á mí, de casarse
-gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y
-el amor?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase iluminando lentamente el teatro,
-suponiéndose que viene la luz del día.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y ¿qué motivos le he
-dado á usted para tales desconfianzas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues qué? Si yo prescindo de
-estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión,
-si su madre de usted sigue aprobándola, y llega el caso de...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Haré lo que mi madre me
-manda, y me casaré con usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y después, Paquita?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Después... y mientras me
-dure la vida seré mujer de bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso no lo puedo yo dudar...
-Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su
-compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún
-derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr
-que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una
-impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en
-mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias
-pudiesen tanto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span><span
-class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dichas para mí!... Ya se
-acabaron.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nunca diré por qué.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¡qué obstinado, qué
-imprudente silencio!... cuando usted misma debe presumir que no estoy
-ignorante de lo que hay.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Si usted lo ignora,
-señor don Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo
-sabe usted, no me lo pregunte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien está. Una vez que no hay
-nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias,
-hoy llegaremos á Madrid, y dentro de ocho días será usted mi
-mujer.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y daré gusto á mi
-madre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y vivirá usted infeliz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—He aquí los frutos de la
-educación. Esto es lo que se llama criar bien á una niña: enseñarla
-á que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida
-disimulación. Las juzgan honestas luégo que las ven instruídas en el
-arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad
-ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó
-en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna.
-Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo
-que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal
-que se presten á pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro,
-sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas; y
-se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la
-astucia y el silencio de un esclavo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad... Todo eso es
-cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se
-nos da... Pero el motivo de mi aflicción es mucho más grande.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sea cual fuere, hija mía,
-es menester que<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>
-usted se anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de
-decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dios mío!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, Paquita; conviene
-mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto...
-Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son
-tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden
-éste! ¡qué agitación! ¡qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de
-presentarse así... con cierta serenidad y... eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y usted, señor... Bien
-sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he
-de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Su buen amigo de usted...
-Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase... ¡criatura! en la
-situación dolorosa en que la veo? (<i>Asiéndola de las manos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mal conoce usted mi
-corazón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien le conozco.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y
-ambos se levantan.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué hace usted, niña?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo no sé... ¡Qué poco
-merece toda esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No,
-ingrata no, infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor don Diego!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo bien sé que usted agradece
-como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé
-yo?... una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente,
-usted no ha tenido la culpa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Vamos... ¿No viene
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ahora no, Paquita. Dentro de
-un rato iré por allá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Vaya usted presto.</p>
-
-<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_169">p.
-169</span>(<i>Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se
-despide de don Diego besándole las manos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, presto iré.</p>
-
-
-<h4>ESCENA IX.</h4>
-
-<p class="quienes">SIMÓN, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ahí están, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Cuando yo salía de la puerta,
-los ví á lo lejos, que iban ya de camino. Empecé á dar voces y hacer
-señas con el pañuelo; se detuvieron, y apenas llegué y le dije al
-señorito lo que usted mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le
-encargué que no subiera hasta que le avisara yo, por si acaso había
-gente aquí, y usted no quería que le viesen.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué dijo cuando le diste
-el recado?</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ni una sola palabra... Muerto
-viene... Ya digo, ni una sola palabra... Á mí me ha dado compasión el
-verle así tan...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No me empieces ya á
-interceder por él.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Yo, señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, que no te entiendo yo...
-¡Compasión!... Es un pícaro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Como yo no sé lo que ha
-hecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Es un bribón, que me ha de
-quitar la vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.</p>
-
-<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está, señor.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Vase por la puerta del foro. Don Diego se
-sienta, manifestando inquietud y enojo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dile que suba.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA X."><span class="pagenum" id="Page_170">p.
-170</span>ESCENA X.</h4>
-
-<p class="quienes">DON CARLOS, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Venga usted acá, señorito,
-venga usted... ¿En dónde has estado desde que no nos vemos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—En el mesón de afuera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y no has salido de allí en
-toda la noche, eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor, entré en la
-ciudad y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Á qué?... Siéntese usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Tenía precisión de hablar
-con un sujeto... (<i>Siéntase.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Precisión!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor... Le debo muchas
-atenciones, y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero
-con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya. En habiendo tantas
-obligaciones de por medio... Pero venirle á ver á las tres de la
-mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un
-papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras
-enviado en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle trasnochar,
-ni molestar á nadie.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don
-Carlos luégo que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de
-irse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pues si todo lo sabe usted,
-¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se
-evitaría una contestación de la cual ni usted ni yo quedaremos
-contentos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Quiere saber su tío de usted
-lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Para qué saber más?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Porque yo lo quiero, y lo
-mando. ¡Oiga!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Siéntate ahí... (<i>Siéntase
-don Carlos.</i>) ¿En dónde has conocido á esta niña?... ¿Qué amor
-es éste?<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> ¿Qué
-circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos?
-¿Dónde, cuándo la viste?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Volviéndome á Zaragoza el
-año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el
-intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había
-de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta,
-prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre
-las gentes convidadas hallé á doña Paquita, á quien la señora había
-sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco...
-Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo
-constante, irresistible, de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado,
-de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente
-dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado,
-y le ocurrió fingir que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve
-esta ficción, porque desde luégo concebí la idea de permanecer
-algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de
-usted. Observé que doña Paquita me trató con un agrado particular,
-y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de
-esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel
-día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted
-refiriéndole...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Prosigue.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Supe que era hija de una
-señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fué
-necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban
-á quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos,
-halló disculpas las más ingeniosas para que ninguno de su familia
-extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata á la
-ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que doña Paquita
-leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella
-tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará
-infeliz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Vaya... Vamos, sigue adelante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Mi asistente (que, como
-usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil
-artificios que á cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos
-que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las
-cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al
-corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con
-el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí
-para ella don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de
-mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más, ni la hablé de mis
-esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podría aspirar
-á mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle á usted, ni quise
-exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á
-favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de
-ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era
-necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida
-á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adonde mi obligación me
-llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste,
-y en una que recibí pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de
-casarla, que primero perdería la vida que dar su mano á otro que á
-mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté
-á caballo, corrí precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la
-encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué
-decírselo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué proyectos eran los
-tuyos en esta venida?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Consolarla, jurarla de nuevo
-un eterno amor, pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés,
-referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni
-protecciones, ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición
-para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos
-toda nuestra felicidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de
-pensar muy de otra manera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Si tú la quieres, yo la
-quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento.
-Ella... y sean las que fueren las promesas que á ti te hizo... ella
-misma, no há media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su
-madre y darme la mano así que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero no el corazón.
-(<i>Levántase.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, eso no... Sería
-ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará
-siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido
-el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted
-se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende,
-y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte...
-No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo
-seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán
-finezas dirigidas á un amigo ausente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué temeridad es esta?</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia
-don Carlos, el cual se va retirando.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya se lo dije á usted... Era
-imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos
-esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca,
-que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo
-puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí
-inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de
-saber que usted me perdona.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque en efecto te vas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Al instante, señor... Y esta
-ausencia será bien larga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Porque no me conviene verla
-en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se
-llegaran á verificar... entonces...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué quieres decir?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir
-más adelante.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada... Que apetezco la
-guerra, porque soy soldado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Carlos!... ¡Qué horror!...
-¿Y tienes corazón para decírmelo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Alguien viene... (<i>Mirando
-con inquietud hacia el cuarto de doña Irene, se desprende de don
-Diego, y hace ademán de irse por la del foro. Don Diego va detrás
-de él y quiere impedírselo.</i>) Tal vez será ella... Quede usted con
-Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Adónde vas?... No, señor, no
-has de irte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Es preciso... Yo no he de
-verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes
-crueles.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya he dicho que no ha de
-ser... Entra en ese cuarto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Haz lo que te mando.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Éntrase don Carlos en el cuarto de don
-Diego.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XI.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Conque, señor don Diego, ¿es
-ya la de vámonos?... Buenos días... (<i>Apaga la luz que está sobre la
-mesa.</i>) ¿Reza usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>paseándose con
-inquietud</i>).—Sí, para rezar estoy ahora.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Si usted quiere, ya pueden
-ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que
-enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna
-novedad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, no deja de haber
-novedades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span><span
-class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues qué... Dígalo usted, por Dios...
-¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera
-cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal
-parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va
-ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya
-digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de
-culebra, ni la conserva de tamarindos, nada me ha servido; de manera
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos, ahora no hablemos de
-malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que
-tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Están recogiendo la ropa
-y haciendo el cofre, para que todo esté á la vela, y no haya
-detención.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien. Siéntese usted...
-Y no hay que asustarse ni alborotarse (<i>Siéntanse los dos</i>) por nada
-de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo
-necesitamos... Su hija de usted está enamorada...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Pues no lo he dicho ya
-mil veces? Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Este vicio maldito de
-interrumpir á cada paso! Déjeme usted hablar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Bien, vamos, hable usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Está enamorada; pero no está
-enamorada de mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Lo que usted oye.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero ¿quién le ha contado á
-usted esos disparates?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Nadie. Yo lo sé, yo lo he
-visto, nadie me lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien
-seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene</span> (<i>llorando</i>).—¡Pobre de
-mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Á qué viene eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Porque me ven sola y sin
-medios, y porque<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>
-soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran
-contra mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Señora doña Irene...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Al cabo de mis años y de mis
-achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una
-puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?...
-¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último
-difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mire usted, señora, que se me
-acaba ya la paciencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Que lo mismo era replicarle
-que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no
-sé por qué friolera, hartó de mojicones á un comisario ordenador, y
-si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por
-medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¿es posible que no ha de
-atender usted á lo que voy á decirla?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay! no, señor, que bien lo
-sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la
-niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está...
-¡Hija de mi alma y de mi corazón!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Señora doña Irene, hágame
-usted el gusto de oirme, de no replicarme, de no decir despropósitos;
-y luégo que usted sepa lo que hay, llore, y gima, y grite, y diga
-cuánto quiera... Pero entre tanto no me apure usted el sufrimiento,
-por amor de Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Diga usted lo que le dé la
-gana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Que no volvamos otra vez á
-llorar y á...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, ya no lloro.
-(<i>Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues hace ya cosa de un año,
-poco más ó menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado
-muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad,
-constancia... Y por último, existe en ambos una<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> pasión tan fina, que las dificultades
-y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á
-hacerla mayor... En este supuesto...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero ¿no conoce usted,
-señor, que todo es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no
-nos quiere bien?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Volvemos otra vez á lo
-mismo... No, señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué ha de saber usted,
-señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis
-entrañas encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes,
-acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que
-es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!...
-Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión...
-Pues bonita es ella para haber disimulado á su sobrina el menor
-desliz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí no se trata de ningún
-desliz, señora doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de
-la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija
-de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo
-que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria,
-y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado
-solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo...
-Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad
-de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y
-verá si tengo razón.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña
-Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta
-de su cuarto y llama. Levántase don Diego, y procura en vano
-contenerla.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Yo he de volverme loca!...
-¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¿á qué es llamarlas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que quiero que
-venga, y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span><span
-class="smcap">D. Diego.</span>—Lo echó todo á rodar... Esto le sucede
-á quien se fía de la prudencia de una mujer.</p>
-
-
-<h4>ESCENA XII.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Señora!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me llamaba usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, hija, sí; porque el
-señor don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar.
-¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién has dado palabra de matrimonio?
-¿Qué enredos son estos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has
-de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué
-dice?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Presentando el papel abierto á doña
-Francisca.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita</span> (<i>aparte á doña Francisca</i>).—Su
-letra es.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué maldad!... Señor
-don Diego, ¿así cumple usted su palabra?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien sabe Dios que no
-tengo la culpa... Venga usted aquí... (<i>Asiendo de una mano á doña
-Francisca, la pone á su lado.</i>) No hay que temer... Y usted, señora,
-escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino...
-Déme usted ese papel... (<i>Quitándola el papel de las manos á doña
-Irene.</i>) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta
-noche.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mientras viva me
-acordaré.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues este es el papel que
-tiraron á la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho.
-(<i>Lee.</i>) «Bien mío; si no consigo hablar con usted, haré lo posible
-para que llegue á sus manos esta carta. Apenas me separé de usted,
-encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no
-sé cómo no espiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de
-la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don
-Félix... Don<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> Diego
-es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz
-amigo.—<i>Carlos de Urbina.</i>»</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque hay eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Triste de mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque es verdad lo que
-decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica
-y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego procuran
-estorbarlo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Madre!... Perdón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, que la he de
-matar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué locura es esta?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—He de matarla.</p>
-
-
-<h4>ESCENA XIII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA,
-RITA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Eso no... (<i>Sale don Carlos
-del cuarto precipitadamente; coge de un brazo á doña Francisca, se
-la lleva hacia el fondo del teatro, y se pone delante de ella para
-defenderla. Doña Irene se asusta y se retira.</i>) Delante de mí nadie
-ha de ofenderla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Carlos!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>acercándose á don
-Diego</i>.)—Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la
-insultaban, y no me he sabido contener.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué es lo que me sucede,
-Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué
-escándalo!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí no hay escándalos...
-Ese es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y
-matarlos, viene á ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza á tu
-mujer.</p>
-
-<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_180">p.
-180</span>(<i>Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y
-ambos se arrodillan á los piés de don Diego.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque su sobrino de
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señora, mi sobrino, que
-con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más
-terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es
-esto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Conque usted nos
-perdona y nos hace felices?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, prendas de mi alma...
-Sí.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Los hace levantar con expresiones de
-ternura.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Y es posible que usted se
-determine á hacer un sacrificio?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo pude separarlos para
-siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero
-mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa
-impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque,
-al fin, soy hombre miserable y débil.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>besándole las manos</i>.)—Si
-nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á
-usted en tanta pérdida...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Conque el bueno de don
-Carlos! Vaya que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Él y su hija de usted estaban
-locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el
-aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como
-un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión
-que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres
-y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas...
-Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay
-de aquellos que lo saben tarde!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—En fin, Dios los haga
-buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor,
-venga usted, que quiero abrazarle... (<i>Abrázanse don Carlos y doña
-Irene, doña Francisca se arrodilla y la besa la mano.</i>) Hija,
-Fran<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>cisquita.
-¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy
-galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, dígaselo usted, que no lo ha
-reparado la niña... Señorita, un millón de besos.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Doña Francisca y Rita se besan, manifestando
-mucho contento.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pero ves qué alegría
-tan grande?... Y tú, como me quieres tanto... siempre, siempre serás
-mi amiga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Paquita hermosa, (<i>Abraza á
-doña Francisca.</i>) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre...
-No temo ya la soledad terrible que amenazaba á mi vejez... Vosotros
-(<i>Asiendo de las manos á doña Francisca y á don Carlos.</i>) seréis
-la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor...
-sí, hijos, aquel... no hay remedio, aquel es para mí. Y cuando le
-acaricie en mis brazos podré decir: á mí me debe su existencia este
-niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la
-causa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Bendita sea tanta
-bondad!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Hijos, bendita sea la de
-Dios.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/ill_181.jpg"
- alt="Viñeta ornamental" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6" id="Ch_3">
- <hr class="chap" />
- <h2 title="LA ESCUELA DE LOS MARIDOS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>LA ESCUELA DE LOS MARIDOS</h2>
- <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span></p>
- <h3>PERSONAS</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="reparto" summary="Reparto de la obra.">
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">DON GREGORIO.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">DON MANUEL.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">DOÑA ROSA.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">DOÑA LEONOR.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">JULIANA.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">DON ENRIQUE.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl">COSME.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl"><small>UN COMISARIO.</small></td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="3" class="tdl"><small>UN ESCRIBANO.</small></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><small>UN LACAYO.</small></td>
- <td rowspan="2" class="keyr">&nbsp;</td>
- <td rowspan="2" class="tdl">No hablan.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><small>UN CRIADO.</small></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="sep0" />
-
-<p class="centra mt2"><i>La escena es en Madrid, en la plazuela de los
-Afligidos.</i></p>
-
-<p class="hang mt2">La primera casa á mano derecha inmediata al
-proscenio es la de D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al
-fin de la acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado
-la del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y
-entrar los personajes de la comedia.</p>
-
-<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las cinco de la tarde y
-acaba á las ocho de la noche.</i></p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_185.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <h3><big>ACTO I.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON MANUEL, DON GREGORIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y por último, señor don
-Manuel, aunque usted es en efecto mi hermano mayor, yo no pienso
-seguir sus correcciones de usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste,
-y nada más; y me va muy lindamente con hacerlo así.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ya; pero das lugar á que
-todos se burlen, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y quién se burla? Otros
-tan mentecatos como tú.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Mil gracias por la atención,
-señor don Gregorio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y bien, ¿qué dicen esos graves
-censores? ¿Qué hallan en mí que merezca su desaprobación?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Desaprueban la rusticidad
-de tu carácter, esa aspereza que te aparta del trato y los placeres
-honestos de la sociedad, esa extravagancia que te hace tan ridículo
-en cuanto piensas y dices y obras, y hasta en el modo de vestir te
-singulariza.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En eso tienen razón,
-y conozco lo mal que hago en no seguir puntualmente lo que manda
-la moda; en no proponerme por modelo á los mocitos evaporados,
-casquivanos y pisaverdes. Si así lo hiciera, estoy bien seguro de que
-mi hermano mayor me lo aplaudiría; porque, gracias á Dios, le veo
-acomodarse puntualmente á cuantas locuras adoptan los otros.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Es raro empeño el que has
-tomado de recordarme tan á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que
-te llevo dos años de ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú
-cuarenta y tres; pero aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta
-una razón para que me culparas el ser tratable con las gentes, el
-tener buen humor, el gustar de vestirme con decencia, andar limpio,
-y?... Pues qué, ¿la vejez nos condena por ventura á aborrecerlo
-todo, á no pensar en otra cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir
-á la deformidad que traen los años consigo un desaliño voluntario,
-una sordidez que repugne á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal
-humor y un ceño que nadie pueda sufrir? Yo te aseguro que si no
-mudas de sistema, la pobre Rosita será poco feliz con un marido tan
-impertinente como tú, y que el matrimonio que la previenes será tal
-vez un origen de disgustos y de recíproco aborrecimiento, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—La pobre Rosita vivirá
-más dichosa conmigo, que su hermanita la pobre Leonor, destinada
-á ser esposa de un caballero de tus prendas y de tu mérito. Cada
-uno procede y discurre como le parece, señor hermano...<span
-class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> Las dos son huérfanas; su
-padre, amigo nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la
-educación de entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos
-casarnos con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en
-caso de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación
-proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad
-que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de
-tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo
-de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía
-como me ha dado la gana, ¿estamos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí; pero me parece á
-mí...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo que á mí me parece es
-que usted no ha sabido educar la suya; pero repito que cada cual
-puede hacer en esto lo que más le agrade. Tú consientes que la tuya
-sea despejada y libre y pizpireta; séalo en buen hora. Permites
-que tenga criadas, y se deje servir como una señorita: lindamente.
-La das ensanches para pasearse por el lugar, ir á visitas, y oir
-las dulzuras de tanto enamorado zascandil: muy bien hecho. Pero yo
-pretendo que la mía viva á mi gusto, y no al suyo; que se ponga un
-juboncito de estameña; que no me gaste zapaticos de color sino los
-días en que repican recio; que se esté quietecita en casa, como
-conviene á una doncella virtuosa; que acuda á todo; que barra, que
-limpie, y cuando haya concluído estas ocupaciones, me remiende la
-ropa y haga calceta. Esto es lo que quiero; y que nunca oiga las
-tiernas quejas de los mozalbetes antojadizos; que no hable con nadie,
-ni con el gato, sin tener escucha; que no salga de casa jamás sin
-llevar escolta... La carne es frágil, señor mío; yo veo los trabajos
-que pasan otros, y puesto que ha de ser mi mujer, quiero asegurarme
-de su conducta, y no exponerme á aumentar el número de los maridos
-zanguangos.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_188">p.
-188</span>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienesh">DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (<i>Las tres salen
-con mantilla y basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas
-á la puerta.</i>) DON GREGORIO, DON MANUEL.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—No te dé cuidado. Si te
-riñe, yo me encargo de responderle.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—¡Siempre metida en un
-cuarto, sin ver la calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué
-fastidio!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Mucha lástima tengo de
-ti.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Milagro es que no me haya
-dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es
-peor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Le echaría yo más alto
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga! ¿Y adónde van
-ustedes, niñas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—La he dicho á Rosita que
-se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por
-la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don
-Manuel nos hará el gusto de acompañarnos...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí por cierto: vamos
-allá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Y mire usted: yo me quedo á
-merendar en casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por
-qué no llevo á ésta por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si
-usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos
-un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted (<i>Á doña Leonor, á
-Juliana, á don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo</i>)
-puede irse adonde guste, usted puede ir con ella... Tal para cual.
-Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero hermano, déjalas que se
-diviertan, y que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Á más ver.</p>
-
-<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_189">p.
-189</span>(<i>Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse
-con ella en su casa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—La juventud necesita...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—La juventud es loca, y la
-vejez es loca también muchas veces.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿hay algún
-inconveniente en que se vaya con su hermana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, ninguno; pero conmigo
-está mucho mejor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Considera que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Considero que debe
-hacer lo que yo la mande... y considero que me interesa mucho su
-conducta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿piensas tú que me será
-indiferente á mí la de su hermana?</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana</span> (<i>aparte</i>).—¡Tuerto maldito!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No creo que tiene usted
-motivo ninguno para...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted calle, señorita, que
-ya la explicaré yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin
-que yo se lo proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿qué quiere usted
-decir con eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Señora doña Leonor, con
-usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿piensa usted que mi
-hermana estará mal en mi compañía?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh, qué apurar! (<i>Suelta
-el brazo de doña Rosa y se acerca adonde están los demás.</i>) No estará
-muy bien, no, señora; y hablando en plata, las visitas que usted la
-hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el
-de no volver por acá.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Mire usted, señor don
-Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo que yo no
-sé cómo ella tomará semejantes procedimientos; pero bien adivino
-el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana
-es; pero dejaría de tener mi sangre, si<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> fuesen capaces de inspirarla amor esos
-modales feroces, y esa opresión en que usted la tiene.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Y dice bien. Todos esos
-cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres!
-¡Pues qué!, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como
-esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro
-honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita
-para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones
-pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo
-crea usted; y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se
-nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y
-esos centinelas son ilusiones de locos, y lo más seguro es fiarse de
-nosotras. El que nos oprime, á grandísimo peligro se expone; nuestro
-honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él,
-no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir,
-que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan
-desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mira la buena enseñanza
-que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—En lo que ha dicho no hallo
-motivos de enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta
-razón. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor
-excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas
-y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia más suspicaz, ni
-á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una
-mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por elección. En vano
-queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer
-su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las
-precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en
-manos de una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si
-por otra parte la sobraban los deseos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Todo eso que dices no vale nada.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo
-apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana
-vuelve á retirarse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Será lo que tú quieras...
-Pero insisto en que es menester instruir á la juventud con la risa en
-los labios, reprender sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla
-que ame la virtud, no que á su nombre se atemorice. Estas máximas
-he seguido en la educación de Leonor. Nunca he mirado como delito
-sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer aquellas
-inclinaciones que son propias de la primera edad; y te aseguro que
-hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido
-que vaya á concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente
-los teatros; porque en mi opinión (suponiendo siempre los buenos
-principios) no hay cosa que más contribuya á rectificar el juicio de
-los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de vivir en el mundo, la escuela
-del mundo instruye mejor que los libros más doctos. Su padre dispuso
-que fuera mi mujer; pero estoy bien lejos de tiranizarla: para
-ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolución, porque
-no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus años y los míos.
-Más quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia
-suya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué blandura, qué
-suavidad! Todo es miel y almíbar... Pero permítame usted que le
-diga, señor hermano, que cuando se ha concedido en los primeros años
-demasiada holgura á una niña, es muy difícil ó acaso imposible el
-sujetarla después, y que se verá usted sumamente embrollado cuando su
-pupila sea ya su mujer y por consecuencia tenga que mudar de vida y
-costumbres.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Y ¿por qué ha de hacerse esa
-mudanza?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No sé. Si usted no lo
-alcanza, yo no lo sé tampoco.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span><span
-class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Pues hay algo en eso contra la
-estimación?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Calle! ¿Conque si usted
-se casa con ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha
-tenido hasta ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Y por qué no?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y consentirá que gaste
-blondas y cintas y flores y abaniquitos de anteojo y?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sin duda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y que vaya al Prado y á
-la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el
-río, y?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Cuando ella quiera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y tendrá usted
-conversación en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y
-coplitas italianas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Preciso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y la señorita oirá las
-impertinencias de tanto galán amartelado?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si no es sorda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y usted callará á todo, y
-lo verá con ánimo tranquilo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pues ya se supone.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Quítate de ahí, que eres
-un loco... Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas
-tan indecentes.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Hace entrar en su casa á doña Rosa
-apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el
-teatro.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ya te lo he dicho. La que
-sea mi esposa vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien,
-haré estimación de ella, y probablemente corresponderá como debe á
-este amor y á esta confianza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh! qué gusto he de tener
-cuando la tal esposa le...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Qué?... Vamos, acaba de
-decirlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué gusto ha de ser para
-mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Yo ignoro cuál será mi
-suerte; pero creo que si no te sucede á ti el chasco pesado que me
-pronosticas, no será ciertamente por no haber hecho de tu parte
-cuantas diligencias son necesarias para que suceda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, ríe, búrlate. Ya
-llegará la mía, y veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de
-reir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Yo le aseguro del peligro
-con que usted le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame
-sospecha que usted se atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo,
-si llega el caso de que este matrimonio se verifique, que su honor
-no padezca, porque me estimo á mí propia en mucho; pero si usted
-hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería á decir otro
-tanto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Realmente es cargo de
-conciencia con los que nos tratan bien, y hacen confianza de
-nosotras; pero con hombres como usted, pan bendito.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya enhoramala,
-habladora, desvergonzada, insolente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Tú tienes la culpa de que
-ella hable así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo
-me volveré á despachar el correo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿no irá usted por
-mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Qué sé yo? Si no he ido
-al anochecer, el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios,
-Gregorio. Conque quedamos en que es menester mudar de humor, y en
-que esto de encerrar á las mujeres es mucho desatino. Soy criado de
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo no soy criado de usted.
-Vaya usted con Dios.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Manuel y las dos mujeres se van por una de
-las calles.</i>)</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_194">p.
-194</span>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dios los cría, y ellos
-se juntan... ¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como
-un mancebito de primera tijera; una solterita desenfadada y mujer
-de mundo; unos criados sin vergüenza ni... No, la prudencia misma
-no bastaría á corregir los desórdenes de semejante casa... Lo peor
-es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal
-vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he
-sabido inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela
-de Afligidos, pero en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí
-volverá á divertirse con sus lechugas y sus gallinitas.</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME (<i>Salen los dos de la casa de
-don Enrique y observan á don Gregorio, que estará distante.</i>), DON
-GREGORIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Es él?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, él es; el cruel tutor
-de la hermosa prisionera que adoro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¡no es cosa de
-aturdirse al ver la corrupción actual de las costumbres!...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Quisiera vencer mi
-repugnancia, hablar con él, y ver si logro de alguna manera
-introducirme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En vez de aquella
-severidad que caracterizaba la honradez antigua (<i>Se acerca
-un poco don Enrique por el lado derecho de don Gregorio, y le
-hace cortesía</i>), no vemos en nuestra juventud sino excesos de
-inobediencia, libertinaje y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero ¿este hombre no
-ve?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span><span
-class="smcap">Cosme.</span>—¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si
-este es el lado del ojo huero. Vamos por el otro.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Hace que don Enrique pase por detrás de don
-Gregorio al lado opuesto.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no, no... Es preciso
-salir de aquí. Mi permanencia en la corte no pudiera menos de...
-(<i>Estornuda y se suena.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No hay remedio; yo quiero
-introducirme con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Eh? (<i>Se vuelve hacia el
-lado derecho, y no viendo á nadie, prosigue su discurso.</i>) Pensé que
-hablaban... Á lo menos en un lugar, bendito Dios, no se ven estas
-locuras de por aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Acérquese usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién va? (<i>Vuelve por
-el lado derecho; se rasca la oreja, y al concluir una vuelta entera,
-repara en don Enrique, que le hace cortesías con sombrero. Don
-Gregorio se aparta, y don Enrique se le va acercando.</i>) Las orejas me
-zumban... Allí todas las diversiones de las muchachas se reducen á...
-¿Es á mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Ánimo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Allí ninguno de estos
-barbilindos viene con sus... ¡Qué diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el
-hombre es atento!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Mucho sentiría, caballero,
-haberle distraído á usted de sus meditaciones.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En efecto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero la oportunidad de
-conocer á usted, que ahora se me presenta, es para mí una fortuna,
-una satisfacción tan apetecible, que no he podido resistir al deseo
-de saludarle...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y de manifestarle á usted
-con la mayor sinceridad cuánto celebraría poderme ocupar en servicio
-suyo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo estimo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span><span
-class="smcap">D. Enrique.</span>—Tengo la dicha de ser vecino de
-usted, en lo cual debo estar muy agradecido á mi suerte, que me
-proporciona...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y sabe usted las noticias
-que hoy tenemos? En la corte aseguran como cosa muy positiva...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué me importa?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Ya; pero á veces tiene uno
-curiosidad de saber novedades, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Eh!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Realmente. (<i>Después de una
-larga pausa prosigue don Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio
-le conteste; y viendo que no lo hace, sigue hablando.</i>) Madrid es un
-pueblo en que se disfrutan más comodidades y diversiones que en otra
-parte... Las provincias en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella
-soledad, aquella monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En mis negocios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí; pero el ánimo necesita
-descanso, y á las veces se rinde por la demasiada aplicación á los
-asuntos graves... Y de noche, antes de recogerse, ¿qué hace usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo que me da la gana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Muy bien dicho. La
-respuesta es exactísima, y desde luégo se echa de ver su prudencia
-de usted en no querer hacer cosa que no sea muy de su agrado. Cierto
-que... Yo, si usted no estuviese muy ocupado, pasaría, así, algunas
-noches á su casa de usted, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Agur.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Atraviesa por entre los dos, se entra en su
-casa, y cierra.</i>)</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_197">p.
-197</span>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves
-qué hombre este?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Asperillo es de condición, y
-amargo de respuestas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Ah! ¡Yo me desespero!</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Y por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Eso me preguntas? Porque
-veo sin libertad á la prenda que más estimo, en poder de ese bárbaro,
-de ese dragón vigilante, que la guarda y la oprime.</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Auto en favor. Eso que á usted
-le apesadumbra debiera hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted,
-señor don Enrique, para que se tranquilice y se consuele, que una
-mujer, á quien celan y guardan mucho, está ya medio conquistada; y
-que el mal humor de los maridos y de los padres no hace otra cosa
-que adelantar las pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni
-entiendo de esos filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis
-amos anteriores (corsarios de profesión), que no había para ellos
-mayor gusto que el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos,
-groseros, regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos,
-coléricos, que armados con la autoridad de maridos, á vista de los
-amantes de su mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede?
-Lo que es natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose
-al ver el justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha
-padecido, se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la
-arrulla; y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se
-adelanta camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le
-facilitará á usted los medios de enamorar á la pupila.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué facilidades me
-propones, cuando<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span>
-sabes que hace ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito,
-por el cual emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con
-dilaciones á mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de
-mis amigos, de las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo
-á vivir á este barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y
-tener ocasiones de hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan
-grande, que no lo he podido conseguir.</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Dicen que amor es invencionero y
-astuto; pero no me parece á mí que usted pone toda la diligencia que
-pide el caso, ni que discurre arbitrios para...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y qué he de hacer yo, si
-la casa está cerrada siempre como un castillo; si no hay dentro de
-ella criado ni criada alguna de quien poder valerme; si nunca sale
-por esa puerta sin ir acompañada de su feroz alcaide?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿De suerte, que ella todavía no
-sabe que usted la quiere?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No sé qué decirte. Bien me
-ha visto que la sigo á todas partes, y que me recato de que su tutor
-repare en mí. Cuando la lleva á misa á San Marcos, allí estoy yo; si
-alguna vez se va á pasear con ella hacia la Florida, al cementerio
-ó al camino de Maudes, siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he
-podido acercarme, bien he procurado que lea en mis ojos lo que padece
-mi corazón; pero ¿quién sabe si ella ha comprendido este idioma, y si
-agradece mi amor, ó le desestima?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Á la fe que el tal lenguaje es
-un poco oscuro, si no le acompañan las palabras ó las letras.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No sé qué hacer para salir
-de esta inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la
-quiero... Discurre tú algún arbitrio...</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí, discurramos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Á ver si se puede...</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Ya lo entiendo; pero aquí no
-estamos bien. Á casa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pues ¿qué importa que<span
-class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—No ve usted que si el amigo
-estuviese ahí detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le
-sobra... No, no, á casa... Y despacito, como que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, dices bien.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa
-de don Enrique.</i>)</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p>
- <h3><big>ACTO II.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON MANUEL.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Sale don Manuel por una de las calles, llega á
-su casa, tira de la campanilla, después de una breve pausa se abre la
-puerta, entra, y queda cerrada como antes.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Abre.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (<i>salen los dos de casa
-de don Gregorio</i>).</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, vete que ya sé la
-casa, y aun por las señas que me das también caigo en quien es el
-sujeto.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve
-después.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Oh! ¡Favorezca la suerte los
-ardides que me inspira un inocente amor!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿No dices que has oído que
-se llama don Enrique?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, don Enrique.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien, tranquilízate.
-Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo
-que hace al caso.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre
-tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la
-de don Enrique.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Para una doncella demasiado
-atrevimiento es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á
-disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—No perdamos tiempo... ¡Ah de
-casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito
-se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su
-proyecto insensato no le...</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué bruto de!... (<i>Al
-salir Cosme da un gran tropezón con don Gregorio.</i>) ¡No ve usted qué
-modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Mientras don Gregorio busca y limpia el
-sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la
-escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando
-progresivamente á don Gregorio.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Caballero, siento mucho
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Ah! precisamente es usted
-el que busco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Á mí, señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí por cierto... ¿No se
-llama usted don Enrique?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Para servir á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Para servir á Dios...
-Pues, señor, si usted lo permite, yo tengo que hablarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Será tanta mi felicidad,
-que pueda complacerle á usted en algo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No; al contrario, yo soy
-el que trato de hacerle á usted un obsequio, y por eso me he tomado
-la libertad de venir á buscarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y usted venía á mi casa
-con ese intento?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor... ¿Y qué hay en
-eso de particular?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Pues no quiere usted que
-me admire, y que envanecido con el honor de que?...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dejémonos ahora de honores y de
-envanecimientos... Vamos al caso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero tómese usted la
-molestia de pasar adelante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No hay para qué.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, sí, usted me hará este
-favor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto. Aquí estoy
-muy bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! No es cortesía
-permitir que usted...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues yo le digo á usted
-que no quiero moverme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Será lo que usted guste.
-Cosme, volando, baja un taburete para el vecino.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Cosme se encamina á la puerta de su casa
-para buscar el taburete; después se detiene dudando lo que ha de
-hacer.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero si de pié le puedo
-decir á usted lo que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿De pié? ¡Oh! no se trate
-de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Vaya que el hombre me
-mortifica en forma!</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de
-hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No le traiga usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero sería una desatención
-indisculpable...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Hombre, más desatención es
-no querer oir á quien tiene que hablar con usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Ya oigo.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero;
-pero al ver que don Gregorio le tiene aún en la mano, queda
-descubierto, le hace insinuaciones de que se le ponga primero. Don
-Gregorio se impacienta, y al fin se le ponen los dos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Así me gusta... Por Dios,
-dejémonos de ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oirme?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí por cierto, con
-muchísimo gusto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dígame usted... ¿sabe
-usted que yo soy<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>
-tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las
-persianas verdes, y se llama doña Rosita?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien; si usted lo
-sabe, no hay para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de
-mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona, aún más que por el
-pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique</span> (<i>con sorpresa y
-sentimiento.</i>)—No sabía eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues yo se lo digo
-á usted. Y además le digo, que si usted gusta, no trate de
-galanteármela y la deje en paz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Quién?... ¿Yo, señor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, usted. No andemos
-ahora con disimulos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero ¿quién le ha dicho á
-usted que yo esté enamorado de esa señorita?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Personas á quienes se
-puede dar entera fe y crédito.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero repito que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... Ella misma.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Ella?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se admira y manifiesta particular interés en
-saber lo restante.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ella. ¿No le parece á
-usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere
-bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo
-lo que pasa. Y me encarga además que le advierta á usted, que ha
-entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde
-que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus
-deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil
-que usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al
-cariño que á mí me profesa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y dice usted que es ella
-misma la que le ha encargado?...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor, ella misma, la que me
-hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que
-habiendo penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera
-dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona
-de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y
-sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa
-usted que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que
-si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá
-sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra
-cosa que advertir á usted.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se aparta de ellos adelantándose hacia el
-proscenio.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y bien, Cosme, ¿qué me
-dices de esto?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Que no le debe dar á usted
-pesadumbre, que alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no
-desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Se ve que le ha hecho
-efecto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Conque tú crees también
-que hay algún artificio?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí... Pero vamos de aquí, porque
-está observándonos.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Los dos se entran en la casa de don Enrique.
-Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el
-teatro.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Anda, pobre hombre, anda,
-que no esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa
-como ella es, con la educación que ha tenido... Las miradas de un
-hombre la asustan, y se da por muy ofendida.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes
-de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberle<span
-class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> visto; él por último se
-encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo me determino. Tal vez en
-la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención...
-¡Oh! es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en
-dudas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos á verla y á
-contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Bien impaciente estaba. ¿Y
-qué hubo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Que ha surtido el efecto
-deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio
-se me hacía el desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia
-me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me
-parece que te volverá á molestar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Eso dice usted? Pues yo temo
-que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿en qué fundas ese
-temor, hija mía?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Apenas había usted salido, me
-fuí á la pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana,
-y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en
-tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón diciéndole que
-se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los
-cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro, temerosa de
-que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar la
-ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro,
-y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso,
-acércome á cogerle, y... ¿qué le parece á usted que era?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué sé yo? Algún mendrugo
-seco, ó algún troncho, ú así...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No, señor. Era este
-envoltorio de papel.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Saca de la faltriquera un papel envuelto, y
-según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don
-Gregorio la caja y la carta.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Calle!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y dentro esta caja de oro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y dentro esta carta dobladita
-como usted la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde,
-y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Picardía como ella!... ¿Y
-el muchacho?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—El muchacho desapareció al
-instante... Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien te lo creo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero es obligación mía
-devolver inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese
-hombre; bien que para esto era menester que alguno se encargase de...
-Porque atreverme yo á que usted mismo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Al contrario, bobilla: de
-esa manera me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza
-que en esto me haces. Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el
-portador.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues tome usted.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Le da la caja, la carta y el papel en que
-estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán
-de ir á abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le
-detiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—<i>Á mi señora doña Rosa
-Jiménez.</i>—<i>Enrique de Cárdenas.</i> ¡Temerario, seductor! Veamos lo que
-te escribe, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Ay! No por cierto: no la
-abra usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y qué importa?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Quiere usted que él se
-persuada á que yo he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella
-debe guardarse de leer jamás los billetes que un hombre la envíe;
-porque la curiosidad que en esto descubre, dará á sospechar que
-interiormente no la disgusta que la escriban amores. No, señor,
-no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y
-sin dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de
-él, que pierda toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura
-semejante.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Tiene muchísima razón. (<i>Se aparta
-hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la
-carta dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda.</i>)
-Rosita, tu prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones
-han producido en tu alma inocente sazonados frutos, y cada vez te
-considero más digna de ser mi esposa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero si usted tiene gusto de
-leerla...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, nada de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Léala usted si quiere, como
-no la oiga yo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no, señor. Si estoy
-muy persuadido de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy
-allá en un instante... Me llegaré después aquí á la botica á encargar
-aquel ungüentillo para los callos... Volveré á hacerte compañía, y
-leeremos un par de horas en <i>Desiderio y Electo</i>... ¿Eh? Adios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Venga usted pronto.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se entra doña Rosa en su casa.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, COSME.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—El corazón me rebosa de
-alegría al ver una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que
-yo tengo en ella de modestia y de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber
-si la pupila de mi docto hermano sería capaz de proceder así. No,
-señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (<i>Va á casa de don
-Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña la
-carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle.</i>)
-Deo gracias.</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Quién es? ¡Oh! señor don...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Tome usted, dígale usted
-á su amo que no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni
-á enviarla cajitas de oro, porque está muy enfadada con él...<span
-class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> Mire usted, cerrada
-viene. Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha
-tenido, y lo que puede esperar en adelante.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué es eso? ¿Qué te ha
-dado ese bárbaro?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Esta caja con esta carta, que
-dice que usted ha enviado á doña Rosita...</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Don Enrique le oye con admiración, abre la carta
-y la lee cuando lo indica el diálogo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—La cual doña Rosita se ha
-irritado tanto, según él asegura, de este atrevimiento, que se la
-vuelve á usted sin haberla querido abrir... Lea usted pronto, y
-veremos si mi sospecha se verifica.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—«Esta carta le sorprenderá
-á usted sin duda. El designio de escribírsela, y el modo con que la
-pongo en sus manos, parecerán demasiado atrevidos; pero el estado
-en que me veo no me da lugar á otras atenciones. La idea de que
-dentro de seis días he de casarme con el hombre que más aborrezco,
-me determina á todo; y no queriendo abandonarme á la desesperación,
-elijo el partido de implorar de usted el favor que necesito para
-romper estas cadenas. Pero no crea que la inclinación que le
-manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte infeliz; nace de
-mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo en usted, las
-noticias que he procurado adquirir de su estado, de su conducta
-y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación... En
-usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues sólo
-espero que me indique los designios de su amor, para que yo le haga
-saber<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> lo que tengo
-resuelto. Adios, y considere usted que el tiempo vuela, y que dos
-corazones enamorados con media palabra deben entenderse.»</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿No le parece á usted, que la
-astucia es de lo más sutil que puede imaginarse? ¿Sería creíble en
-una muchacha tan ingeniosa travesura de amor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Esta mujer es adorable!
-Este rasgo de su talento y de su pasión acrecen la que yo la tengo;
-(<i>Don Gregorio sale por una de las calles, y se detiene. Después
-se acerca.</i>) y unido todo á la juventud, á las gracias y á la
-hermosura...</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Que viene el tuerto. Discurra
-usted lo que le ha de decir.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Allí se están amo y
-criado como dos peleles... Conque dígame usted, caballerito,
-¿volverá usted á enviar billetes amorosos á quien no se los quiere
-leer? Usted pensaba encontrar una niña alegre, amiga de cuchicheos
-y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya ve usted el chasco que le
-ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese de gastar la pólvora en
-salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo juicio, á usted no le puede
-ver ni pintado; con que lo mejor es una buena retirada, y llamar á
-otra puerta, que por esta no se puede entrar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Es verdad, su mérito
-de usted es un obstáculo invencible. Ya echo de ver que era una
-locura aspirar al cariño de doña Rosita, teniéndole á usted por
-competidor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya se ve, que era una
-locura.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! yo le aseguro á
-usted que si hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de
-aquel<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> corazón,
-nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo lo creo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Acabó mi esperanza, y
-renuncio á una felicidad que, estando usted de por medio, no es para
-mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En lo cual hace usted muy
-bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y aun es tal mi desdicha,
-que no me permite ni el triste consuelo de la queja; porque al
-considerar las prendas que le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme
-á culpar la elección de doña Rosa, que las conoce y las estima?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted dice bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No haya más. Esta ventura
-no era para mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo
-merece con usted un amante infeliz, (<i>Don Enrique dará particular
-expresión á estas razones y á las que dice más adelante, deseoso de
-que don Gregorio las perciba bien, y acierte á repetirlas.</i>) de cuya
-aflicción es usted la causa, yo le suplico solamente que asegure en
-mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses á esta parte
-la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca me
-ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y
-su pudor deban ofenderse.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, bien está: se lo
-diré.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Que como era tan voluntaria
-esta elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo,
-ni hubiera abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le
-tiene no me opusiera un obstáculo tan insuperable.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, se lo diré lo mismo
-que usted me lo dice.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, pero que no piense
-que yo pueda olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla
-mientras me dure la vida, y si no fuese el justo respeto que me
-inspira su mérito de usted, no habría en el mundo ninguna otra
-consideración que fuese bastante á detenerme.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted habla y procede en eso como
-hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted
-me encarga... (<i>Hace que se va, vuelve.</i>) Pero créame usted, don
-Enrique: es menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión
-se apague y se olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de
-circunstancias: conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es
-el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don
-Enrique y Cosme se van, y entran en la suya.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Qué necio es!</p>
-
-
-<h4>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO <i>llama á su puerta, y sale</i> DOÑA
-ROSA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Es increíble la turbación
-que ha manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado
-como él le envió... Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo
-me ha rogado con el mayor encarecimiento que te diga, que su amor es
-honestísimo, que no pensó que te ofendieras de verte amada, que su
-elección es libre, que aspiraba á poseerte por medio del matrimonio;
-pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un temerario
-en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te
-olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos,
-hipérboles de un hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y
-cede, y no volverá á darnos la menor molestia... No. Es cierto que él
-me ha hablado con mucha cortesía y mucho juicio, eso sí... Compasión
-me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices á esto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Que no puedo sufrir que
-usted hable de esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo
-corazón,<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> y que si
-usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me
-causan sus procederes atrevidos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero él, Rosita, no sabía
-que tú estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas
-intenciones de su amor, no merece que se le...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Y le parece á usted
-honesta intención la de querer robar á las doncellas? ¿Es hombre de
-honor el que concibe tal proyecto, y aspira á casarse conmigo por
-fuerza, sacándome de su casa de usted, como si fuera posible que yo
-sobreviviese á un atentado semejante?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga! Conque...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, ese pícaro trata
-de obtenerme por medio de un rapto... Yo no sé quién le da noticia
-de los secretos de esta casa, ni quién le ha dicho que usted pensaba
-casarse conmigo dentro de seis ú ocho días á más tardar; lo cierto es
-que él quiere anticiparse, aprovechar una ocasión en que sepa que me
-he quedado sola, y robarme... ¡Tiemblo de horror!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos, que todo eso no es
-más que hablar y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, ¡como hay tanto que
-fiar de su honradez y su moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le
-disculpa?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto; si él ha
-dicho eso, realmente procede mal, y el chasco sería muy pesado...
-Pero ¿quién te ha venido á contar á ti esas?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ahora mismo acabo de
-saberlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, después que usted
-le volvió la carta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero, chica, si no hice
-más que llegarme ahí á casa de don Froilán el boticario, hablé dos
-palabras con el mancebo, me volví al instante, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues en ese tiempo ha
-sido. Luégo que cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo
-llamar, y creyendo que fuese usted, bajé tan alegre... Mi fortuna
-estuvo en que no abrí. Pregunto quién es, y por la cerradura<span
-class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> oigo una voz desconocida
-que me dijo: Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder
-de ese bruto, que se quiere casar con usted en esta semana próxima.
-No tiene usted que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es
-imposible que usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva
-usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje
-sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una
-casa de satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito
-por la escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba
-algún accidente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ese era el bribón del
-lacayo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Á la cuenta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero se ve que ese hombre
-es loco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No tanto como á usted le
-parece. Mire usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de
-usted para engañarle con buenas palabras, mientras en su interior
-está meditando picardías... Harto desdichada soy yo por cierto, si á
-pesar del conato que pongo en conservar mi decoro y honestidad, he de
-verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de atreverse á las
-acciones más infames.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya, vamos, no temas
-nada, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No; esto pide una buena
-resolución. Es menester que usted le hable con mucha firmeza, que le
-confunda, que le haga temblar. No hay otro medio de librarme de él,
-ni de obligarle á que desista de una persecución tan obstinada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien; pero no te
-desconsueles así, mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré
-cuatro cosas bien dichas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Dígale usted, si se empeña
-en negarlo, que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia;
-que son vanos sus propósitos; que por más que lo intente no me
-sorprenderá; y en fin, que no pierda el tiempo en suspiros inútiles,
-puesto que por su conducto de usted le hago<span class="pagenum"
-id="Page_214">p. 214</span> saber mi determinación, y que si no
-quiere ser causa de alguna desgracia irremediable, no espere á que se
-le diga una cosa dos veces.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh! Yo le diré cuanto sea
-necesario.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero de manera que comprenda
-bien que soy yo la que se lo dice.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no le quedará duda; yo
-te lo aseguro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues bien. Mire usted que le
-aguardo con impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á
-usted, aunque sea por muy poco tiempo, me pongo triste.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, éntrate, que al
-instante vuelvo, palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué
-ojos! ¡Eh! Adios... (<i>Doña Rosa se entra su casa y cierra.</i>) En el
-mundo no hay hombre más venturoso que yo; no puede haberle... (<i>Da
-una vuelta por la escena lleno de inquietud y alegría; después llama
-á la puerta de don Enrique.</i>) Digo, señor, caballero galanteador,
-¿podrá usted oirme dos palabras?</p>
-
-
-<h4>ESCENA IX.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! señor vecino, ¿qué
-novedad le trae á usted á mis puertas?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sus extravagancias de
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Cómo así?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien sabe usted lo que
-quiero decirle; no se me haga el desentendido como lo tiene por
-costumbre... Yo pensé que usted fuese persona de más formalidad,
-y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la
-mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno
-lo que usted hace sin saltar de cólera?<span class="pagenum"
-id="Page_215">p. 215</span> ¿No tiene usted vergüenza, siendo un
-sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de
-querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada,
-de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas?
-¡Eh! que eso es indigno.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y quién le ha dado á usted
-noticias tan agenas de verdad, señor don Gregorio?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Volvemos otra vez á la
-misma canción. Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á
-decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de
-usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión
-á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto
-embrollo.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y
-al acabarse el acto queda á media luz.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Cierto que si ella misma
-hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un
-obsequio tan mal pagado; pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Conque usted duda que sea
-verdad?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué quiere usted, señor
-don Gregorio? Es tan duro esto de persuadirse uno á que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Venga usted conmigo.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Hasta el fin de la escena va y viene don
-Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don
-Enrique, para que le siga.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Porque al fin, como usted
-tiene tanto interés en que yo me desespere y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Venga usted, venga
-usted... ¡Rosa!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No es decir esto que
-usted...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Nada. No hay que disputar.
-Si quiero que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Pensar que una dama ha de
-responder con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que
-adorarla!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted lo verá. Ya
-sale.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA X."><span class="pagenum" id="Page_216">p.
-216</span>ESCENA X.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué es esto?...
-(<i>Sorprendida al ver á don Enrique</i>). ¿Viene usted á interceder por
-él, á recomendármele para que sufra sus visitas, para que corresponda
-agradecida á su insolente amor?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, hija mía. Te quiero yo
-mucho para hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á
-juguete cuanto yo le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro
-que tú no le puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay
-forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma
-se lo digas, ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere
-entenderlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues ¿no le he manifestado
-á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué
-manera debo decírselo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bastante ha sido para
-sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de
-usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un
-fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de
-tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo
-de que usted le pronuncie delante de mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Cuanto el señor le ha dicho
-á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa
-que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Mi elección es tan honrada,
-tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á
-disimularla. De dos personas que miro presentes, la una es el objeto
-de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo
-vencer. Pero...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero es tiempo ya de que se
-acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en
-matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el
-que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas
-dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la
-misma muerte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?... Sí,
-monita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No hay otro medio de que yo
-viva contenta.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Manifiesta en la expresión de sus palabras
-que las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don
-Gregorio.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dentro de muy poco lo
-estarás.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Bien advierto que no
-pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No hay mal en eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero en mi situación bien
-puede disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya
-considero como esposo mío.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, pobrecita mía... Sí,
-morenilla de mi alma.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y que le pida
-encarecidamente, si no desprecia un amor tan fino, que acelere las
-diligencias de unión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ven aquí, perlita;
-(<i>Abraza á doña Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique,
-que está detrás de don Gregorio, se la besa afectuosamente, y se
-retira al instante</i>) consuelo mío, ven aquí, que yo te prometo no
-dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties; calla, que... Amigo
-(<i>Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique</i>) ya lo ve usted.
-Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bien está, señora; usted
-se ha explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro
-de poco se verá libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de
-agradarla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span><span
-class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No puede usted hacerme favor más
-grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el
-tedio que me causa, que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya, vamos, que eso es
-demasiado.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Le ofendo á usted en decir
-esto?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto... ¡Válgame
-Dios! No es eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa
-manera... Una aversión tan excesiva...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Por mucha que le manifieste,
-mayor se la tengo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Usted quedará servida,
-señora doña Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar,
-desaparecerá de sus ojos de usted una persona que tanto la ofende.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Vaya usted con Dios, y cumpla
-su palabra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Señor vecino, yo lo
-siento de veras, y no quisiera haberle dado á usted este mal rato;
-pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No, no crea usted que yo
-lleve el menor resentimiento; al contrario, conozco que la señorita
-procede con mucha prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me
-toca sólo callar, y cumplir cuanto antes me sea posible lo que acabo
-de prometerla. Señor don Gregorio, me repito á la disposición de
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya usted con Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Vamos pronto de aquí,
-Cosme, que reviento de risa.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Retirándose hacia su casa, entran en ella los
-dos, y se cierra la puerta.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA XI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—De veras te digo, que este
-hombre me da compasión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ande usted, que no merece
-tanta como usted piensa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Por lo demás, hija mía, es mucho
-lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que
-merece. Seis ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia.
-Mañana mismo quedaremos casados, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa</span> (<i>turbada</i>).—¿Mañana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sin falta ninguna...
-Ya veo á lo que te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que
-repugnas lo que estás deseando. ¿Te parece que no lo conozco?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, amiguita, mañana serás
-mi mujer. Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don
-Simplicio el escribano, para que esté avisado y no haya dilación.
-Adios, hechicera.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa
-entra en su casa y cierra.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Infeliz de mí! ¿Qué haré
-para evitar este golpe?</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span></p>
- <h3><big>ACTO III.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA ROSA, DON GREGORIO.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>La escena es de noche. Doña Rosa sale de su
-casa, manifestando el estado de incertidumbre y agitación que denota
-el diálogo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No hay otro medio... Si me
-detengo un instante, vuelve, pierdo la ocasión de mi libertad, y
-mañana... No... primero morir. Declarándoselo todo á mi hermana y
-á don Manuel, pidiéndoles amparo, consejo... Es imposible que me
-abandonen. Desde su casa avisaré á mi amante, y él dispondrá cuanto
-fuere menester, sin que mi decoro padezca... (<i>Don Gregorio sale por
-una calle á tiempo que doña Rosa se encamina á casa de su hermana;
-se detiene, y al conocerle duda lo que ha de hacer.</i>) Vamos, pero...
-Gente viene... Y es él... ¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién está ahí, eh?
-¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué novedad es esta?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué le diré?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué haces aquí, niña?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Usted lo extrañará.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Indica en la expresión de sus
-palabras que va previniendo la ficción con que trata de
-disculparse.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Pues no he de extrañarlo?
-¿Qué ha sucedido? Habla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Estoy tan confusa y...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span></p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos, no me tengas en
-esta inquietud. ¿Qué ha sido?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Se enfadará usted si le
-digo?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No me enfadaré. Dilo
-presto. Vamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, precisamente se va usted
-á enojar, pero... Pues tenemos una huéspeda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Mi hermana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Cómo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, en mi cuarto la
-dejo encerrada con llave para que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á
-llamar á doña Ceferina, la viuda del pintor, á fin de suplicarla que
-me hiciera el gusto de venirse á dormir esta noche á casa, porque
-al cabo, estando ella conmigo... como es una mujer de tanto juicio,
-y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿qué enredo es este,
-señor, que hasta ahora, lléveme el diablo, si yo he podido entender
-cosa ninguna?... ¿Á qué ha venido tu hermana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ha venido... Mire usted, le
-voy á revelar un secreto que le va á dejar aturdido... Pero no se ha
-de enfadar usted, ¿no?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... ¿Lo quieres
-decir ó tratas de que me desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo se lo diré á usted... Mi
-hermana está enamorada de don Enrique.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora tenemos eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor. Hace más de un
-año que se quieren, y cuasi el mismo tiempo que se han dado palabra
-de matrimonio. Por esto fué la mudanza desde la calle de Silva á la
-plazuela de Afligidos, pretextando Leonor que quería vivir cerca de
-mi casa, no siendo otro el motivo que el de parecerla muy acomodado
-este barrio desierto, adonde también se mudó inmediatamente don
-Enrique, para tener más ocasión de verle y hablarle, aprovechándose
-de la libertad que siempre la ha dado el bueno de don Manuel.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero este don Enrique ó don
-demonio, ¿á cuántas quiere? ¡Si yo estoy lelo!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo le diré á usted.
-Continuaron estos amores hasta que don Enrique, celoso de un don
-Antonio de Escobar, oficial de la secretaría de Guerra, con quien la
-vió una tarde en el jardín botánico, la envió un papel de despedida
-lleno de expresiones amargas; y desde entonces no ha querido volverla
-á ver. Parecióle conveniente además pagar con celos que él la diese,
-los que le había causado el tal don Antonio; y desde entonces dió
-en seguirme adonde quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar
-la casa, todo sin duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de
-envidia. Yo, que ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don
-Enrique; pero me propuse callar y despreciarle, hasta que informada
-esta tarde de todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme
-muy sentida, creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese
-trasto), resolví decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo
-todo lo demás, para que la estimación de mi hermana no padeciese...
-¿Qué hubiera usted hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo
-mismo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Conque... Adelante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues como yo la dijese á
-Leonor que inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por
-medio de usted, cuánto me desagradaba su mal término, se desconsoló,
-lloró, me suplicó que no lo hiciese; pero yo le aseguré que no
-desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á casa de doña Beatriz
-para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no parece
-sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo
-que ha pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted;
-pero falta decirle que así que usted me dejó para ir á verse con el
-escribano, llegó mi hermana, la conté cuánto había ocurrido, y...
-Vaya, no es posible ponderarle á usted la aflicción que manifestó.
-Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose conmigo sola, me
-dijo en un tono de<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>
-desesperación que me hizo temblar, que la chica había ido á su casa
-á decir que esta noche no iría, porque doña Beatriz se había puesto
-mala, y la había rogado que se quedase con ella. Y que también iba
-encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de que á las doce
-en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al jardín.
-Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas
-satisfacciones quiera pedirla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Picarona! ¡enredadora!
-¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Amenazarla de que usted y don
-Manuel sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para
-que pongan remedio en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla
-á que se fuera de mi casa inmediatamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y ella?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ella me respondió que si no
-la sacan arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando
-con don Enrique, y desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don
-Manuel, ni á todo el mundo teme.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mi hermano merece esto y
-mucho más... Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías?
-No, señor. Yo le daré á entender á esa desvergonzada, que si ha
-contado contigo para seguir adelante en su desacuerdo, se ha
-equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se dejan llevar
-al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le
-detiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No, señor, por Dios, no
-éntre usted. Al fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es
-preciso que se vaya al instante, ó á su casa ó á lo menos á la de
-doña Beatriz, si teme que don Manuel extrañe ahora su vuelta.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Hace que se va hacia su casa, y vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Muy bien; aquí espero á
-que salga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero no se descubra usted,
-no la hable, no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería
-tanta su<span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> confusión
-y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere
-enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre
-se va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que
-es lo que importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de
-molestarla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Marta la piadosa!...
-¡Cierto que merece ella toda esa caridad!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Es mi hermana.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Y qué poco se parece á ti
-la dichosa hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te
-propones.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo creo que sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mira que si se obstina en
-que ha de quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No será menester. Voy allá...
-(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>) Pero repito que no se descubra usted,
-ni la hostigue, ni...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, sí, la dejaré que se
-vaya adonde quiera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa</span> (<i>se encamina hacia su casa,
-y vuelve.</i>)—¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y
-cierre bien su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al
-instante á acostar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿qué sientes?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué sé yo? ¿Le parece á
-usted que estaré poco disgustada con todo lo que ha sucedido?...
-Nada me duele; pero deseo descansar y dormir... Conque... buenas
-noches.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Adios, Rosita... Pero mira
-que si no sale...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo le aseguro á usted que
-saldrá.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Éntrase dejando entornada la puerta. Don
-Gregorio se pasea por el teatro mirando con frecuencia hacia su casa,
-impaciente del éxito.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y á todo esto, ¿en qué
-se ocupará ahora mi erudito hermano? Estará poniendo escolios á
-algún<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> tratado
-de educación... ¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de
-resultar otra cosa de la independencia y la holgura en que siempre
-ha vivido?... ¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y
-os sujeta y os enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor...
-Mañana á las diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de
-colleras, y á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la
-bribona de la Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con
-estos embudos? No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga!
-Parece que baja ya la niña bien criada.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se acerca más á un lado de la puerta de su
-casa, colocándose hacia el proscenio, y escucha atentamente lo
-que dice desde adentro doña Rosa, la cual finge que habla con su
-hermana.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No te canses en quererme
-persuadir. Vete... Antes que todo es mi estimación... Vete, Leonor,
-ya te lo he dicho... ¿Y qué importa que me oigan? ¿Soy yo la
-culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En efecto, la echa de
-casa... (<i>Sale doña Rosa de su cuarto con basquiña y mantilla
-semejantes á las que sacó doña Leonor en el primer acto. Luégo que se
-aparta un poco, cierra don Gregorio su puerta y guarda la llave.</i>) ¿Y
-adónde irá la doncellita menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no,
-cerremos primero.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Los dos primeros salen de su casa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Dijiste al ama que no me
-espere?</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pues cierra y vamos, que
-aunque sepa atropellar por todo, he de hablarla esta noche.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Cierra Cosme la puerta con llave.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span><span
-class="smcap">Cosme.</span>—¡Noche toledana!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y á pesar de quien procura
-estorbarlo, ella y yo seremos felices.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Doña Rosa, después de haberse alejado un
-poco hacia el fondo del teatro, vuelve encaminándose á casa de don
-Manuel; don Gregorio se adelanta igualmente y la observa. Ella se
-detiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Él se acerca á la puerta de
-don Manuel. ¿Qué haré?... Ya no es posible... (<i>Se retira llena de
-confusión hacia el fondo del teatro. Don Enrique se adelanta, la
-reconoce y la detiene.</i>) ¡Infeliz de mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Quién es?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Doña Rosita?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo soy.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Á mi casa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero ¿qué seguridad tendré en
-ella?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—La que debe usted esperar
-de un hombre de honor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo iba á la de mi hermana;
-pero él me observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Está usted conmigo...
-Pasará usted la noche en compañía de mi ama, mujer anciana y
-virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y á él, á don Manuel, á su
-tutor de usted, y á todo el mundo, les diré que es usted mi esposa, y
-que estoy pronto si es necesario á exponer la vida para defenderla...
-Abre, Cosme. Venga usted.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Cosme abre la puerta de la casa de don
-Enrique.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Allí está.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bien, que esté donde
-quiera. Poco importa.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Allí, allí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, ya le distingo...
-No hay que temer, quieto se está... ¡Y qué bien hace en estarse
-quieto!... Adentro.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Asiéndole de la mano se entra con ella en su
-casa, y Cosme detrás.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor, se marchó á casa del
-galán. No puede llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo
-siento al ver tan solemnemente burlado á este hermano que Dios me
-dió, necio por naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo
-sabe!... Vamos á darle la infausta noticia... (<i>Se encamina á casa
-de don Manuel; después se detiene.</i>) No, el asunto es serio, y si el
-tiempo se pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un
-trabajo... Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí
-pienso que ha de vivir el comisario...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Va á casa del comisario, y llama.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON
-GREGORIO.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Salen los tres primeros por una de las calles.
-El criado con linterna. La escena se ilumina un poco.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¿Quién anda ahí?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Ah! ¿No es usted el señor
-comisario del cuartel?</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Servidor de usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor... Oiga usted
-aparte... (<i>Se aparta con el comisario á poca distancia de los
-demás.</i>) Su presencia de usted es absolutamente necesaria para evitar
-un escándalo que va á suceder... ¿Conoce usted á una señorita que se
-llama doña Leonor, que vive en aquella casa de enfrente?</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí, de vista la conozco, y
-al caballero que la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don
-Manuel de Velasco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Hermano mío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¡Oiga! ¿Es usted su
-hermano?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Para servir á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Para hacerme favor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues el caso es que esta niña,
-hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un
-mancebito andaluz que vive aquí en este cuarto principal...</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¡Calle! Don Enrique de
-Cárdenas; le conozco mucho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien. Ha cometido el
-desacierto de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos,
-ya usted conoce lo que puede resultar de aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí... En efecto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ello hay de por medio
-no sé qué papel de matrimonio; pero no ignora usted de lo que
-sirven esos papeles cuando cesa el motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me
-explico?</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Perfectamente... ¿Y ella
-está adentro?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ahora mismo acaba de
-entrar... Conque, señor comisario, se trata de salvar el decoro de
-una doncella, de impedir que el tal caballero... Ya ve usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí, sí, es cosa urgente.
-Vamos... Por fortuna tenemos aquí al señor, que en esta ocasión nos
-puede ser muy útil... (<i>Alza un poco la voz volviéndose hacia el
-escribano que está detrás, el cual se acerca á ellos muy oficioso.</i>)
-Es escribano...</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Escribano real.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Y antiguo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mejor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Mucha práctica de
-tribunales.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bueno.</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Conocido en testamentarías,
-subastas, inventarios, despojos, secuestros y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, ahí no hallará usted
-cosa en que poder...</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Y muy hombre de bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Por supuesto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Es que...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Vamos, don Lázaro, que esto
-pide mucha diligencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo aquí espero.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Muy bien.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Llama el criado á la puerta de don Enrique, se
-abre, y entran los tres. La escena vuelve á quedar oscura.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON GREGORIO, DON MANUEL.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Veamos si está en casa
-este inalterable filósofo, y le contaremos la amarga historia...
-(<i>Llama en casa de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla
-con algún criado, queda la puerta entornada, y don Gregorio se pasea
-esperando á su hermano.</i>) ¿Está? Que baje inmediatamente, que le
-espero aquí para un asunto de mucha importancia... ¡Bendito Dios!
-¡En lo que han parado tantas máximas sublimes, tantas eruditas
-disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya si... majadero más
-completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se
-detiene inmediato á ella.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿qué extravagancia es
-esta? ¿Por qué no subes?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Porque tengo que hablarte,
-y no me puedo separar de aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>adelantándose hacia donde
-está don Gregorio.</i>)—Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vengo á darte muy buenas
-noticias.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿De qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, te vas á regocijar
-mucho con ellas... Dime: mi señora doña Leonor ¿en dónde está?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Pues no lo sabes? En casa
-de su amiga doña Beatriz. Allí quedó esta tarde, yo me vine porque
-te<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>nía una porción
-de cartas que escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un
-instante á otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Eh! Así, por hablar
-algo...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿qué quieres
-decirme?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Nada... Que tú la has
-educado filosóficamente, persuadido (y con mucha razón) de que
-las mujeres necesitan un poco de libertad, que no es conveniente
-reprenderlas ni oprimirlas, que no son los candados ni los cerrojos
-los que aseguran su virtud, sino la indulgencia, la blandura y...
-en fin, prestarse á todo lo que ellas quieren... ¡Ya se ve! Leonor,
-enseñada por esta cartilla, ha sabido corresponder como era de
-esperar á las lecciones de su maestro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Te aseguro que no comprendo
-á qué propósito puede venir nada de cuanto dices.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Anda, necio, que bien
-merecido está lo que te sucede, y es muy justo que recibas el
-premio de tu ridícula presunción... Llegó el caso de que se vea
-prácticamente lo que ha producido en las dos hermanas la educación
-que las hemos dado. La una huye de los amantes; y la otra, como una
-mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los persigue.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si no me declaras el
-misterio, dígote que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—El misterio es que tu
-pupila no está donde piensas, sino en casa de un caballerito, del
-cual se ha enamorado rematadamente; y sola y de noche, y burlándose
-de ti, ha ido á buscar mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Dices que Leonor?...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor, la misma...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Vaya, déjate de chanzas, y
-no me...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Sí, que el niño es
-chancero!... ¡Se dará tal estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y
-vuelvo á repetírselo, que la Leonorcita se ha ido esta noche á casa
-de su galán, y está con él, y lo he visto yo, y se quieren<span
-class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> mucho, y hace más de un
-año que se tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus
-filosofías. ¿Lo entiendes?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero es una cosa tan agena
-de verisimilitud...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... Vamos, aunque
-lo vea por sus ojos no se lo harán creer... ¡Cómo me repudre la
-sangre!... Amigo, dígote que los años sirven de muy poco cuando no
-hay esto, esto. (<i>Señalándose con el dedo en la frente.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ello es que tú te persuades
-á que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Figúrate si me habré
-persuadido... Pero mira, no gastemos prosa... ven y lo verás, y en
-viéndolo, espero y confío que te persuadirás también. Vamos.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se encamina á casa de don Enrique, y después
-vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Haber cometido tal
-exceso, cuando siempre la he tratado con la mayor benignidad,
-cuando la he prometido mil veces no violentar, no contradecir sus
-inclinaciones!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya temía yo que no
-había de ser creído, y que perderíamos el tiempo en altercaciones
-inútiles. Por eso, y porque me pareció conveniente restaurar el
-honor de esa mujer, siquiera por lo que me interesa su pobrecita
-hermana, he dispuesto que el comisario del cuartel vaya allá, y vea
-de arreglarlo, de manera que evitando escándalos, se concluya, si se
-puede, con un matrimonio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Eso hay?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Toma! Ya están allá el
-comisario y un escribano que venía con él... Digo, á no ser que usted
-halle en sus libros algún texto oportuno para volver á recibir en
-su casa á la inocente criatura, disimularla este pequeño desliz, y
-casarse con ella... ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Yo? No lo creas. No cabe
-en mí tanta debilidad, ni soy capaz de aspirar á poseer un corazón
-que ya tiene otro dueño. Pero á pesar de cuanto dices, todavía no me
-puedo reducir á...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué terco es!... Ven conmigo, y
-acabemos esta disputa impertinente.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se encamina con su hermano hacia casa de don
-Enrique, y al llegar cerca salen de ella el comisario y el criado. El
-teatro se ilumina como en la escena tercera.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO,
-DON&nbsp;MANUEL.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Aquí, señores, no hay
-necesidad de ninguna violencia. Los dos se quieren, son libres,
-de igual calidad... No hay otra cosa que hacer sino depositar
-inmediatamente á la señorita en una casa honesta, y desposarlos
-mañana... Las leyes protegen este matrimonio y le autorizan.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué te parece?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>reprimiéndose</i>).—¿Qué me ha
-de parecer?... Que se casen.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor, que se
-casen.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Diré á usted, señor don
-Manuel. Yo he propuesto á la novia que tuviese á bien de honrar mi
-casa, en donde asistida de mi mujer y de mis hijas, estaría, si
-no con las comodidades que merece, á lo menos con la que pueden
-proporcionarla mis cortas facultades; pero no ha querido admitir este
-obsequio, y dice que si usted permite que vaya á la suya, la prefiere
-á otra cualquiera. Es cierto que esta elección es la mejor; pero he
-querido avisarle á usted para saber si gusta de ello, ó tiene alguna
-dificultad.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ninguna... Que venga. Yo me
-encargo del depósito.</p>
-
-<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Volveré con ella muy
-pronto.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se entra con el criado en casa de don Enrique.
-El teatro queda oscuro otra vez.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No me queda otra cosa
-que ver... Pero<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>
-¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura
-de este insensato que se presta á tenerla en su casa después de lo
-que ha hecho, que la toma en depósito de manos de su amante para
-entregársela después tal y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar
-cabeza más destornillada que la suya... No puede ser.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—No lo entiendes, Gregorio...
-Mira, tú has hecho intervenir en esto á un comisario para evitar los
-daños que pudieran sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo
-por la misma razón; para que su crédito no padezca; para que no se
-trasluzca lo que ha sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y
-lo murmura; para que mañana se casen, como si fuera yo mismo el que
-lo hubiese dispuesto; para manifestar á Leonor que nunca he querido
-hacerme un tirano de su libertad ni de sus afectos; para confundirla
-con mi modo de proceder comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es
-posible que haya sido capaz de tal ingratitud?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Calla, que... (<i>Salen por
-una calle doña Leonor, Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo
-pasado ya por delante de la puerta de don Enrique, al volverse don
-Gregorio las ve. Doña Leonor al ver gente se detiene un poco. Se
-ilumina el teatro.</i>) Sí... Ahí la tienes. Pídela perdón.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Yo! ¡Qué mal me conoces!</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL,
-DON&nbsp;GREGORIO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Leonor, no temas ningún
-exceso de cólera en mí, bien sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy
-grande el sentimiento que me ha causado ver que te hayas atrevido á
-una acción tan poco decorosa, sabiendo tú que<span class="pagenum"
-id="Page_234">p. 234</span> nunca he pensado sujetar tu albedrío, que
-no tienes amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba
-recibir de ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo
-sabré tolerar en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento
-sólo á que tu estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo,
-te daré en mi casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo
-el esposo que has querido elegir.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Yo no entiendo, señor don
-Manuel, á qué se dirige ese discurso... ¿Qué acción indecorosa?
-¿qué agravio? ¿qué esposo es ese de quien usted me habla?... Yo
-soy la misma que siempre he sido. Mi respeto á su persona de
-usted, mi agradecimiento, y para decirlo de una vez, mi amor, son
-inalterables... Mucho me ofende el que presuma que he podido yo hacer
-ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer honesta, que estima en
-más que la vida su honor y su opinión.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>volviéndose á don
-Gregorio</i>).—¿Oyes lo que dice?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio</span> (<i>acercándose á doña
-Leonor</i>).—Ya se ve que lo oigo... Conque Leonorcita... Ahorremos
-palabras... ¿De dónde vienes, hija?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—De casa de doña Beatriz.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora vienes de allí,
-cordera?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Ahora mismo... ¿No ve usted
-á Pepe, que nos ha venido á acompañar?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no sales de casa de don
-Enrique?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—¿De quién? ¿De ese que vive
-aquí en?... ¡Eh! no por cierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no habéis concertado
-vuestro casamiento á presencia del comisario?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Me hace reir... ¿Ves qué
-desatino, Juliana?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no estáis enamorados
-mucho tiempo há?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Muchísimo tiempo... ¿Y qué
-más?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span><span
-class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no estuviste en mi casa esta
-noche? ¿y no te hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á
-la de tu galán? ¿y no te ví yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Esto pasa de chanza. Usted
-no sabe lo que se dice... (<i>Asiendo del brazo á don Manuel se dirige
-hacia su casa.</i>) Vamos á casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido
-el poco entendimiento que tenía; vamos.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienesh">DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL
-ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO, DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON
-MANUEL, DON GREGORIO.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>El criado saldrá con la linterna. La luz del
-teatro se duplica.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Leonor!... ¡Hermana!...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Corriendo hacia doña Leonor la coge de las
-manos, y se las besa.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Huf!...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de
-confusión.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo espero de tu buen
-corazón que has de perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu
-nombre para conseguir el fin de mis engaños. El ejemplo de tu mucha
-virtud hubiera debido contenerme; pero, hermana mía, bien sabes qué
-diferente suerte hemos tenido las dos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Todo lo conozco, Rosita...
-La elección que has hecho no me parece desacertada; repruebo
-solamente los medios de que te has valido... Mucha disculpa tienes,
-pero toda la necesitas.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Cuanto digas es cierto,
-pero... (<i>Volviéndose á don Gregorio, que permanece absorto y sin
-movimiento.</i>) usted ha sido la causa de tanto error, usted...
-No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos, si no estuviese
-bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque le<span
-class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> disguste, le sirvo... La
-aversión que usted logró inspirarme distaba mucho de aquella suave
-amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez usted me
-acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido
-verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Dice bien, y usted debe
-agradecerla el honor que conserva y la tranquilidad de que puede
-gozar en adelante.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>acercándose á don
-Gregorio</i>).—Esto pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa,
-es necesario que te conformes.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Y hará muy mal en no
-conformarse; porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará
-ninguno que le tenga lástima.</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Y conocerá que á las mujeres
-no se las encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de
-tratarlas mal. ¡Hombre más tonto!</p>
-
-<p><span class="smcap">Cosme</span> (<i>hablando con Juliana</i>).—Y
-en verdad que se ha escapado como en una tabla. Bien puede estar
-contento.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Gregorio</span> (<i>No dirige á nadie
-sus palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose
-sucesivamente la energía de su expresión</i>).—No, yo no acabo de salir
-de la admiración en que estoy... Una astucia tan infernal confunde
-mi entendimiento; ni es posible que Satanás en persona sea capaz de
-mayor perfidia que la de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por
-ella las manos en el fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de
-lo que á mí me sucede se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de
-malicias y picardías. Sexo engañador, destinado á ser el tormento
-y la desesperación de los hombres... Para siempre le detesto y le
-maldigo, y le doy al demonio, si quiere llevársele.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Sacando la llave de su puerta, se encamina
-furioso hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra
-en su casa, y cierra por dentro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—No dice bien... Las mujeres,
-dirigidas por<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> otros
-principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor
-del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y
-mañana sin falta se celebrará la boda.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿La mía no más?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si tu hermana me perdona una
-breve sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el
-solo dichoso; yo también pudiera serlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Hoy es día de perdonar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, bien merece tu perdón y
-tu mano el que supo darte una educación tan contraria á la que yo
-recibí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Con su prudencia y su
-bondad se hizo dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva
-es prenda suya.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Querida Leonor!</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se abrazan don Manuel y doña Leonor.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Juliana.</span>—¡Excelente lección para los
-maridos, si quieren estudiarla!</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/ill_237.jpg"
- alt="Viñeta ornamental" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_4">
- <hr class="chap" />
- <h2 title="EL MÉDICO Á PALOS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>EL MÉDICO Á PALOS</h2>
- <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span></p>
- <h3>PERSONAS</h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<div class="perssup">
- <ul class="pers lh200">
- <li>DON JERÓNIMO.</li>
- <li>DOÑA PAULA.</li>
- <li>LEANDRO.</li>
- <li>ANDREA.</li>
- <li>BARTOLO.</li>
- <li>MARTINA.</li>
- <li>GINÉS.</li>
- <li>LUCAS.</li>
- </ul>
-</div>
-
-<hr class="sep0" />
-
-<p class="hang mt2">La escena representa en el primer acto un bosque,
-y en los dos siguientes una sala de casa particular, con puerta en el
-foro y otras dos en los lados.</p>
-
-<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las once de la mañana, y
-se acaba á las cuatro de&nbsp;la&nbsp;tarde.</i></p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/ill_241.jpg"
- alt="Friso ornamental" />
- </div>
- <h3><big>ACTO I.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">BARTOLO, MARTINA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Válgate Dios, y qué durillo
-está este tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte... (<i>Corta
-leña de un árbol inmediato al foro: deja después el hacha arrimada
-al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un peñasco,
-saca piedra y eslabón, enciende un cigarro y se pone á fumar.</i>)
-¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy aprieta el calor, me fatigo, y
-me rindo, y no puedo más... Dejémoslo, y será lo mejor, que ahí se
-quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y
-un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de heredar... Allí
-viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>sale por el lado derecho del
-teatro</i>).—Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando sin trabajar?
-¿Sabes que<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> tienes
-que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de
-mediodía?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Anda, que si no es hoy, será
-mañana.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Mira qué respuesta.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Perdóname, mujer. Estoy
-cansado, y me senté un rato á fumar un cigarro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Y que yo aguante á un marido
-tan poltrón y desidioso! Levántate y trabaja.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Poco á poco, mujer; si acabo
-de sentarme.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Levántate.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ahora no quiero, dulce
-esposa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Hombre sin vergüenza, sin
-atender á sus obligaciones! ¡Desdichada de mí!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay, qué trabajo es tener
-mujer! Bien dice Séneca: que la mejor es peor que un demonio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Miren qué hombre tan hábil,
-para traer autoridades de Séneca.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Si soy hábil? Á ver, á ver,
-búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años
-á un médico latino, ni que haya estudiado el <i>quis vel qui, quæ, quod
-vel quid</i>, y más adelante, como yo lo estudié.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Mal haya la hora en que me
-casé contigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Y maldito sea el pícaro
-escribano que anduvo en ello.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Haragán, borracho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Esposa, vamos poco á poco.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Yo te haré cumplir con tu
-obligación.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira, mujer, que me vas
-enfadando.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se levanta desperezándose, encamínase hacia el
-foro, coge un palo del suelo y vuelve.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Y qué cuidado se me da á mí,
-insolente?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de cascar,
-Martina.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Cuba de vino.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de solfear las
-espaldas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Infame.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de romper la
-cabeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span><span
-class="smcap">Martina.</span>—¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á
-mí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>dando de palos á
-Martina</i>).—¿Sí? Pues toma.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Este es el único medio de que
-calles... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Después de haberme puesto
-así?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No quieres? Si eso no ha sido
-nada. Vamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—No quiero.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vamos, hijita.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—No quiero, no.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mal hayan mis manos, que han
-sido causa de enfadar á mi esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Tira el palo á un lado, y la abraza.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Si reventaras!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, si se muere por mí
-la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren,
-diez ó doce garrotazos más ó menos no valen nada... Voy hacia el
-barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces, haré una
-carguilla, y mañana con la burra la llevaremos á Miraflores. (<i>Hace
-que se va y vuelve.</i>) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago:
-si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he
-de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el
-monte adelante. Martina se queda retirada á un lado hablando entre
-sí.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Anda, que tú me las pagarás...
-Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse
-de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y
-yo quisiera otro que él sintiera más, aunque á mí no me agradase
-tanto.</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_244">p.
-244</span>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">MARTINA, GINÉS, LUCAS.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Salen por la izquierda.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vaya, que los dos hemos tomado
-una buena comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por
-este trabajo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Qué quieres, amigo Lucas? Es
-fuerza obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á
-todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan
-guapa... Vaya, todo se lo merece.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pero, hombre, fuerte cosa es
-que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su
-enfermedad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Su enfermedad bien á la vista
-está; el remedio es el que necesitamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>aparte</i>).—¡Que no pueda yo
-imaginar alguna invención para vengarme!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Veremos si este médico de
-Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la
-senda...</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—(<i>Aparte, hasta que repara en
-los dos y les hace la cortesía.</i> Pues ello es preciso, que los golpes
-que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...)
-Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto, porque
-estaba distraída.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Vamos bien por aquí á
-Miraflores?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí, señor. (<i>Señalando adentro
-por el lado derecho.</i>) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel
-noguerón? Pues todo derecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No hay allí un famoso médico,
-que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador,
-y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ay! sí, señor. Curaba en
-griego; pero hace<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span>
-dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo
-de tierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Lo que usted oye. ¿Y para
-quién le iban ustedes á buscar?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Para una señorita que vive ahí
-cerca, en esa casa de campo junto al río.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ah! sí. La hija de don
-Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué tiene?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Qué sé yo? Un mal que nadie le
-entiende, del cual ha venido á perder el habla.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Qué lástima! Pues...
-(<i>Aparte, con expresión de complacencia.</i> ¡Ay, qué idea me ocurre!)
-Pues mire usted, aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace
-prodigios en esos males desesperados.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Y en dónde le podemos
-encontrar?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Cortando leña en ese monte.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Estará entreteniéndose en buscar
-algunas yerbas salutíferas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—No, señor. Es un hombre
-extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño
-en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento
-maravilloso que Dios le dió.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Cierto que es cosa admirable,
-que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de
-locura mezclada con su ciencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—La manía de este hombre es la
-más particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos
-que no le muelan el cuerpo á palos; y así les aviso á ustedes que si
-no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado
-en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará.
-Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y
-siempre nos ha salido bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—¡Qué extraña locura!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Habráse visto hombre más
-original?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Y cómo se llama?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Don Bartolo. Fácilmente le
-conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de
-mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un
-sombrerillo redondo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No se me despintará, no.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Y ese hombre hace unas curas
-tan difíciles?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Curas dice usted? Milagros
-se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre
-mujer, ya iban á enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese
-por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó,
-examinó á la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la
-boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre
-cantando el <i>frondoso</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Es posible?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Como que yo lo ví. Mire usted,
-aún no hace tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la
-torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le
-quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no
-quería ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese.
-Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma
-le fué untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un
-rato se puso en pié, y se fué corriendo á jugar á la rayuela con los
-otros chicos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues ese hombre es el que
-necesitamos nosotros. Vamos á buscarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Pero sobre todo, acuérdense
-ustedes de la advertencia de los garrotazos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ya, ya estamos en eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Allí debajo de aquel árbol
-hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Sí? Voy por un par de
-ellas.</p>
-
-<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_247">p.
-247</span>(<i>Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el
-foro y coge otro, vuelve, y se le da á Ginés.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Fuerte cosa es que haya de ser
-preciso valerse de este medio!</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Y si no, todo será inútil.
-(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>) ¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que
-no se les escape, porque corre como un gamo; y si les coge á ustedes
-la delantera, no le vuelven á ver en su vida. (<i>Mirando hacia dentro
-á la parte del foro.</i>) Pero me parece que viene. Sí, aquel es. Yo me
-voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad, menudito en él.
-Adios, señores.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">GINÉS, LUCAS.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Fortuna ha sido haber hallado á
-esta mujer. Pero ¿no ves qué traza de médico aquella?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Los dos miran hacia el foro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ya lo veo... Mira, retirémonos
-uno á un lado y otro á otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos
-de tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y sólo en el caso de que
-absolutamente sea preciso...</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Bien... Entonces me haces una
-seña, y le ponemos como nuevo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues apartémonos, que ya
-llega.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Ocúltanse á los dos lados del teatro.</i>)</p>
-
-
-<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_248">p.
-248</span>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">GINÉS, LUCAS, BARTOLO.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Bartolo sale del monte con un hacha y las
-alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del
-teatro, y saca de las alforjas una bota</i>).</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span></p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza mt-1">
-<p class="i2">En el alcázar de Venus,</p>
-<p class="i0">junto al Dios de los planetas,</p>
-<p class="i0">en la gran Constantinopla,</p>
-<p class="i0">allá en la casa de Meca,</p>
-<p class="i0">donde el gran sultán bajá,</p>
-<p class="i0">imperio de tantas fuerzas,</p>
-<p class="i0">aquel Alcorán que todos</p>
-<p class="i0">le pagan tributo en perlas;</p>
-<p class="i0">rey de setenta y tres reyes,</p>
-<p class="i0">de siete imperios... (<i>Bebe.</i>)</p>
-<p class="i0">De siete imperios cabeza;</p>
-<p class="i0">este tal tiene una hija,</p>
-<p class="i0">que es del imperio heredera.</p>
-</div></div>
-
-<p class="acotseph">(<i>Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por
-donde sale Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una
-cortesía. Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va á
-ponerla al otro lado á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que
-Lucas. Bartolo pone la bota entre las piernas, y la tapa con las
-alforjas.</i>)</p>
-
-<p>Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé
-la bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso
-la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa
-buena.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Es usted un caballero que se
-llama el señor don Bartolo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Que si se llama usted don
-Bartolo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, y sí, conforme lo que
-ustedes quieran.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—Queremos hacerle á usted cuantos
-obsequios sean posibles.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si así es, yo me llamo don
-Bartolo.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Quítase el sombrero y le deja á un lado.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues con toda cortesía...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y con la mayor reverencia...</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Con todo cariño, suavidad y
-dulzura...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y con todo respeto, y con la
-veneración más humilde...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Parecen arlequines,
-que todo se les vuelve cortesías y movimientos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues, señor, venimos á implorar
-su auxilio de usted para una cosa muy importante.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué pretenden ustedes?
-Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Favor que usted nos hace... Pero
-cúbrase usted, que el sol le incomodará.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vaya, señor, cúbrase usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, señores, ya estoy
-cubierto... (<i>Pónese el sombrero, y los otros también.</i>) ¿Y ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—No extrañe usted que vengamos en
-su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados,
-y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de
-usted, y de su...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Es verdad, como que soy el
-hombre que se conoce para cortar leña.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Señor...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si ha de ser de encina, no la
-daré menos de á dos reales la carga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ahora no tratamos de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—La de pino la daré más barata.
-La de raíces, mire usted...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Oh! señor, eso es burlarse.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Suplico á usted que hable de
-otro modo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hombre, yo no sé otra manera
-de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en
-ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico,
-¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la
-naturaleza?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Quién, yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Usted, no hay que negarlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Usted será el médico y toda su
-generación, que yo en mi vida lo he sido. (<i>Ap.</i> Borrachos están.)</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Para qué es excusarse? Nosotros
-lo sabemos, y se acabó.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero, en suma, ¿quién soy
-yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Quién? Un gran médico.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué disparate! (<i>Ap.</i> ¿No
-digo que están bebidos?)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Conque vamos, no hay que
-negarlo, que no venimos de chanza.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vengan ustedes como vengan, yo
-no soy médico, ni lo he pensado jamás.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Al cabo me parece que será
-necesario... (<i>Mirando á Ginés.</i>) ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Yo creo que sí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—En fin, amigo don Bartolo, no es
-ya tiempo de disimular.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mire usted que se lo decimos por
-su bien.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Confiese usted con mil demonios
-que es médico, y acabemos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>impaciente</i>).—¡Yo rabio!</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Para qué es fingir si todo el
-mundo lo sabe?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues digo á ustedes que no soy
-médico.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y
-se le acercan, disponiéndose para apalearle.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Conque no?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—El diablo me lleve si entiendo
-palabra de medicina.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—Pues, amigo, con su buena licencia de
-usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Ya, ya.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué remedio dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Este.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas
-para que no se escape.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (<i>Quitándose
-el sombrero.</i>) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes
-quieran.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues bien, ¿para qué nos obliga
-usted á esta violencia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Para qué es darnos el trabajo
-de derrengarle á garrotazos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—El trabajo es para mí, que los
-llevo... Pero, señores, vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada:
-ó están ustedes locos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Aún no confiesa usted que es
-doctor en medicina?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, señor; no lo soy, ya está
-dicho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Conque no es usted médico?...
-Lucas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Conque no? (<i>Vuelven á darle de
-palos.</i>) ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí!
-(<i>Pónese de rodillas juntando las manos, en ademán de súplica.</i>) Sí
-que soy médico. Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, señor, y cirujano de
-estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay
-que ser.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Me alegro de verle á usted tan
-razonable.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Levántanle cariñosamente entre los dos.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Ahora sí que parece usted hombre
-de juicio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Maldita sea vuestra
-alma!...) ¿Si seré yo médico y no habré reparado en ello?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—No hay que arrepentirse. Á usted
-se le pagará muy bien su asistencia, y quedará contento.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero, hablando ahora en paz,
-¿es cierto que soy médico?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—Certísimo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Seguro?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Sin duda ninguna.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues lléveme el diablo si yo
-sabía tal cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Pues cómo, siendo el profesor
-más sobresaliente que se conoce?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>riéndose</i>).—¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Un médico que ha curado no sé
-cuántas enfermedades mortales.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>con ironía</i>).—¡Válgame
-Dios!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Una mujer que estaba ya
-enterrada...</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Un muchacho que cayó de una
-torre y se hizo la cabeza una tortilla...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿También le curé?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—También.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Conque buen ánimo, señor doctor.
-Se trata de asistir á una señorita muy rica, que vive en esa quinta
-cerca del molino. Usted estará allí comido y bebido, y regalado como
-cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Me traerán en palmitas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí, señor, y acabada la curación
-le darán á usted qué sé yo cuánto dinero.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, señor, vamos allá. ¿En
-palmitas y qué sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Recógele todos esos muebles, y
-vamos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, poco á poco. (<i>Lucas
-recoge las alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la
-guarda debajo del brazo.</i>) La bota conmigo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pero, señor, ¡un doctor en
-medicina con bota!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa, venga... Me darán
-bien de comer y de beber... (<i>Apartándose á un lado, medita y habla
-entre sí. Después con ellos.</i>) La pulsaré, la recetaré algo... La
-mato seguramente... Si no quiero ser médico, me volverán á sacudir el
-bulto; y si lo soy, me le sacudirán también... Pero díganme ustedes:
-¿les parece que este traje rústico será propio de un hombre tan
-sapientísimo como yo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span><span
-class="smcap">Ginés.</span>—No hay que afligirse. Antes de
-presentarle á usted, le vestiremos con mucha decencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Si á lo menos
-pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les
-decía mi amo á los enfermos, saldría del apuro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mira que se quiere escapar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Señor don Bartolo, ¿qué
-hacemos?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Aquel libro
-de vocabulorum, que llevaba el chico al aula. ¡Aquel sí que era
-bueno!</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Vaya, basta de meditación.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Será cosa de que otra
-vez?...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>En ademán de volverle á dar.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué! no, señor. Sino que
-estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Los dos le cogen en medio, y se van con él por
-la izquierda del teatro.</i>)</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/ill_253.jpg"
- alt="Viñeta ornamental" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span></p>
- <h3><big>ACTO II.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque decís que es tan
-hábil?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Cuantos hemos visto hasta ahora
-no sirven para descalzarle.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Hace curas maravillosas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Resucita muertos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Sólo que es algo estrambótico y
-lunático, y amigo de burlarse de todo el mundo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me dejáis aturdido con esa
-relación. Ya tengo impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vistiéndose quedaba. Toma la
-llave, y no te apartes de él.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Le da una llave á Ginés, el cual se va por la
-puerta del lado derecho.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Que venga, que venga
-presto.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Ay, señor amo! que aunque el
-médico sea un pozo de ciencia, me parece á mí que no haremos nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Porque doña Paulita no ha
-menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás
-es<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> andarse por las
-ramas. ¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa,
-y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo
-no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará
-perfectamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vamos, calla, no hables
-tonterías.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—La chica no piensa en eso.
-Es todavía muy niña.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Niña! Sí, cásela usted, y verá
-si es niña.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Más adelante no digo
-que...</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Boda, boda, y aflojar el dote,
-y...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Quieres callar,
-habladora?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—(<i>Ap.</i> Allí le duele...) Y
-despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes
-por la ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Á qué novio, bachillera,
-impertinente? ¿En dónde está ese novio?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Qué presto se le olvidan á
-usted las cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que
-la adora, y ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—La fortuna del tal Leandro
-está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho ó diez años
-no le he vuelto á ver... Y ya sé que anda por aquí acechando y
-rondándome la casa; pero como yo le llegue á pillar... Bien que lo
-mejor será escribir á su tío para que le recoja y se le lleve á
-Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por cierto!
-¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada
-de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en el bolsillo!</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Su tío, que es muy rico, que
-es muy amigo de usted, que quiere mucho á su sobrino, y que no tiene
-otro heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará á su
-hija, y con lo que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete al instante de aquí,
-lengua de demonio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea</span> (<i>aparte</i>).—Allí le duele.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span><span
-class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Ya me iré, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete, que no te puedo
-sufrir.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Que siempre has de dar en eso,
-Andrea! Calla, y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no
-necesita de tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca
-en cuidados agenos, que al fin y al cabo, el señor es el padre de su
-hija, y su hija es hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Dice bien tu marido, que
-eres muy entremetida.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—El médico viene.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste
-vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Aquí tiene usted, señor don
-Jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del
-mundo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me alegro mucho de ver á
-usted, y de conocerle, señor doctor.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en
-la mano.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hipócrates dice que los dos
-nos cubramos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Hipócrates lo dice?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y en qué capítulo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—En el capítulo de los
-sombreros.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues si lo dice
-Hipócrates, será preciso obedecer.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Los dos se ponen el sombrero.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues como digo, señor médico,
-habiendo sabido...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span><span
-class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Con quién habla usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Con usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conmigo? Yo no soy
-médico.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No? Pues ahora verás lo que
-te pasa.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Arremete hacia él con el bastón levantado en
-ademán de darle de palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de
-por medio, y detienen á Bartolo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué hace usted,
-hombre?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo te haré que seas médico á
-palos, que así se gradúan en esta tierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Detenedle vosotros... ¿Qué
-loco me habéis traído aquí?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No le dije á usted que era muy
-chancero?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí; pero que vaya á los
-infiernos con esas chanzas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No le dé á usted cuidado. Si lo
-hace por reir.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mire usted, señor facultativo,
-este caballero que está presente es nuestro amo, y padre de la
-señorita que usted ha de curar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿El señor es su padre? ¡Oh!
-perdone usted, señor padre, esta libertad que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Soy de usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo siento...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, no ha sido nada...
-(<i>Ap.</i> ¡Maldita sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto.
-(<i>Saca la caja, se la presenta á Bartolo, y él toma polvo con
-afectada gravedad.</i>) Yo tengo una hija muy mala...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Muchos padres se quejan de lo
-mismo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Quiero decir que está
-enferma.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya, enferma.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Me alegro mucho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Cómo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Digo que me alegro de que
-su hija de usted<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span>
-necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia
-estuviesen á las puertas de la muerte, para emplearme en su
-asistencia y alivio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Viva usted mil años, que
-yo le estimo su buen deseo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hablo ingenuamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya lo conozco.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y cómo se llama su niña de
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Paulita.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Paulita! ¡Lindo nombre para
-curarse!... Y esta doncella ¿quién es?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Esta doncella es mujer de
-aquel. (<i>Señalando á Lucas.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Oiga!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor... Voy á hacer
-que salga aquí la chica para que usted la vea.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Durmiendo quedaba.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No importa, la
-despertaremos. Ven, Ginés.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Allá voy.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vanse los dos por la izquierda.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">BARTOLO, ANDREA, LUCAS.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>acercándose á Andrea con ademanes y gestos
-expresivos</i>).—¿Conque usted es mujer de ese mocito?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Para servir á usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el
-verla!... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos,
-tan igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los
-ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores
-ni más traviesos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span><span class="smcap">Lucas.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la
-está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude
-usted de conversación, porque no me gustan esas flores.
-¿Delante de mí se pone usted á decir arrumacos á mi mujer?
-Yo no sé como no cojo un garrote, y le...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas
-veces me han de examinar de médico?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues cuenta con ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo reviento de risa.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la
-puerta de la izquierda con don Jerónimo y Ginés.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO,
-ANDREA.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Anímate, hija mía, que
-yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente
-recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad
-sillas.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta
-en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en
-pié.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Conque esta es su hija de
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No tengo otra, y si se me
-llegara á morir me volvería loco.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya se guardará muy bien. Pues
-qué, ¿no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no
-se morirá... Vean ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante
-capaz de hacer perder la chabeta al hombre más tétrico del mundo.
-Yo, con todos mis aforismos, le aseguro á usted... ¡Bonita cara
-tiene!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span><span
-class="smcap">D.ª Paula.</span>—¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vaya, gracias á Dios que
-se ríe la pobrecita.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran
-señal! Cuando el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y
-bien, ¿qué la duele á usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ba, ba, ba, ba.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Eh? ¿Qué dice usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ba, ba, ba.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre
-de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues ese es su mal. Ha
-venido á quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted
-qué desconsuelo para mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué bobería! Al contrario,
-una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta
-enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Á pesar de eso, yo le
-suplico á usted que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y
-quitarla ese impedimento.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Se la aliviará, se la quitará:
-pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como
-quiera. ¿Come bien?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor, con bastante
-apetito.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Malo!... ¿Duerme?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, unas ocho ó nueve
-horas suele dormir regularmente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Malo!... ¿Y la cabeza la
-duele?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya se lo hemos preguntado
-varias veces; dice que no.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No? ¡Malo!... Venga el
-pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué indica?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Que su hija de usted tiene
-secuestrada la facultad de hablar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Secuestrada?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span><span
-class="smcap">Bartolo.</span>—Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo
-he dicho, curará.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¿de qué ha podido
-proceder este accidente?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Este accidente ha podido
-proceder y procede (según la más recibida opinión de los autores) de
-habérsela interrumpido á mi señora doña Paulita el uso expedito de la
-lengua.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Este hombre es un
-prodigio!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿No se lo dijimos á usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Pues á mi me parece un
-macho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Calla.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y en fin, ¿qué piensa
-usted que se puede hacer?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Se puede y se debe hacer...
-El pulso... (<i>Tomando el pulso á doña Paula.</i>) Aristóteles en sus
-protocolos habló de este caso con mucho acierto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué dijo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Cosas divinas... La otra...
-(<i>La toma el pulso en la otra mano, y la observa la lengua.</i>) Á ver
-la lengüecita... ¡Ay, qué monería!... Dijo... ¿Entiende usted el
-latín?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, señor, ni una
-palabra.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa. Dijo: <i>Bonus bona
-bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax
-acinacis, est modus in rebus; amarylida sylvas.</i> Que quiere decir,
-que esta falta de coagulación en la lengua la causan ciertos humores
-que nosotros llamamos humores... acres, proclives, espontáneos y
-corrumpentes. Porque como los vapores que se elevan de la región...
-¿Están ustedes?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, aquí estamos
-todos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—De la región lumbar, pasando
-desde el lado izquierdo donde está el hígado, al derecho en que está
-el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es,
-según la doctrina de Ausias March y de Calepino<span class="pagenum"
-id="Page_262">p. 262</span> (aunque yo llevo la contraria), que la
-malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor,
-perfectamente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, como digo, supeditando
-dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden
-que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. <i>Doceo
-doces, docere, docui, doctum, ars longa, vita brevis: templum,
-templi: augusta vindelicorum, et reliqua...</i> ¿Qué tal? ¿He dicho
-algo?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Cuanto hay que decir.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Es mucho hombre este.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sólo he notado una
-equivocación en lo que...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Equivocación? No puede ser.
-Yo nunca me equivoco.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Creo que dijo usted que el
-corazón está al lado derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad
-que es todo lo contrario.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Hombre ignorantísimo, sobre
-toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas
-vejeces? Sí, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos
-arreglado de otra manera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Perdone usted, si en esto
-he podido ofenderle.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya está usted perdonado. Usted
-no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido
-común.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué le parece á usted
-que deberemos hacer con la enferma?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Primeramente harán ustedes que
-se acueste, luégo se la darán unas buenas friegas... bien que eso yo
-mismo lo haré... y después tomará de media en media hora una gran
-sopa en vino.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Qué disparate!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y para qué es buena la
-sopa en vino?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay, amigo, y qué falta le
-hace á usted un<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>
-poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar.
-Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una
-virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía
-mater, y hace hablar á los mudos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues no lo sabía.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si usted no sabe nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Es verdad que no he
-estudiado, ni...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Pues no ha visto usted, pobre
-hombre, no ha visto usted cómo á los loros los atracan de pan mojado
-en vino?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y no hablan los loros?
-Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos
-también á doña Paulita, y dentro de muy poco hablará más que siete
-papagayos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Algún ángel le ha traído
-á usted á mi casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás
-descansar... Al instante vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Don Bartolo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues así que la deje
-acostada seré con usted, señor don Bartolo... (<i>Se levantan los
-tres.</i>) Ayuda aquí, Andrea... Despacito.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Taparla bien, no se resfríe.
-Adios, señorita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula</span>.—Ba, ba, ba, ba.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>hace que se
-va acompañando á doña Paula, y vuelve á hablar aparte con
-Lucas</i>).—Lucas, vé al instante y adereza el cuarto del señor, bien
-limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua,
-la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa ninguna...
-¿Estás?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas</span> (<i>marchando por la puerta de la
-derecha</i>).—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, hija mía.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés
-por la puerta de la izquierda.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span><span
-class="smcap">Bartolo.</span>—Yo sudo... En mi vida me he visto
-más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible!
-Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal
-estamos... En las espaldas siento una desazón que no me deja... Y
-no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que
-recibir.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase por la parte del lado derecho.</i>)</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/ill_264.jpg"
- alt="Viñeta ornamental" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span></p>
- <h3><big>ACTO III.</big></h3>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<h4>ESCENA PRIMERA.</h4>
-
-<p class="quienes">BARTOLO (<i>sale sin sombrero ni bastón por la
-derecha</i>), DON JERÓNIMO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, señor, ya está visto.
-Esto de escabullirse, es negocio desesperado... ¡El maldito, con
-achaque de la compostura del cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay,
-pobre Bartolo!... (<i>Paseándose inquieto por el teatro.</i>) Vamos, pecho
-al agua, y suceda lo que Dios quiera.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>sale por la
-izquierda</i>).—No ha habido forma de poderla reducir á que se acueste.
-Ya la están preparando la sopa en vino que usted mandó. Veremos lo
-que resulta.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que dudar, el resultado
-será felicísimo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>sacando la bolsa y
-tomando de ella algunos escuditos</i>).—Usted, amigo don Bartolo, estará
-en mi casa obsequiado y servido como un príncipe, y entre tanto
-quiero que tenga usted la bondad de recibir estos escuditos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No se hable de eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Hágame usted ese favor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que tratar de la
-materia.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, que es preciso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo no lo hago por el
-dinero.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Lo creo muy bien, pero sin
-embargo...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y son de los nuevos?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, una vez que son de los
-nuevos, los tomaré. (<i>Los toma y se los guarda.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ahora bien, quede usted
-con Dios, que voy á ver si hay novedad, y volveré... Me tiene con tal
-inquietud esta chica, que no sé parar en ninguna parte.</p>
-
-
-<h4>ESCENA II.</h4>
-
-<p class="quienes">LEANDRO (<i>sale por la puerta de la derecha
-recatándose</i>), BARTOLO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Señor doctor, yo vengo á
-implorar su auxilio de usted, y espero que...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Veamos el pulso... (<i>Tomando
-el pulso, con gestos de displicencia.</i>) Pues no me gusta nada... ¿Y
-qué siente usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero si yo no vengo á que
-usted me cure; si yo no padezco ningún achaque.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>con despego</i>).—Pues ¿á qué
-diablos viene usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Á decirle á usted en dos
-palabras que yo soy Leandro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué se me da á mí de que
-usted se llame Leandro ó Juan de las Viñas?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y
-misterioso.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Diré á usted. Yo estoy
-enamorado de doña Paulita; ella me quiere, pero su padre no me
-permite que la vea... Estoy desesperado, y vengo á suplicarle á usted
-que me proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla y...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Que es decir en castellano,
-que yo haga de alcahuete. (<i>Irritado y alzando más la voz.</i>) ¡Un
-médico! ¡Un hombre como yo!... Quítese usted de ahí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Señor!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span><span
-class="smcap">Bartolo.</span>—¡Es mucha insolencia, caballerito!</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Calle usted, señor; no grite
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Quiero gritar... ¡Es usted un
-temerario!</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Por Dios, señor doctor!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Yo alcahuete? Agradezca usted
-que...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Se pasea inquieto.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Válgame Dios, qué hombre!...
-Probemos á ver si...</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se
-le pone en la mano; él le toma, le guarda, y bajando la voz habla
-confidencialmente con Leandro.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Desvergüenza como ella!</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Tome usted... Y le pido perdón
-de mi atrevimiento.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vamos, que no ha sido nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Confieso que erré, y que
-anduve un poco...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Qué errar? ¡Un sujeto como
-usted! ¡Qué disparate! Vaya, conque...</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pues, señor, esa niña vive
-infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar el dote. Se ha
-fingido enferma; han venido varios médicos á visitarla, la han
-recetado cuantas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como
-es fácil de presumir; y por último, hostigada de sus visitas, de sus
-consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero
-no lo está.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Conque todo ello es una
-farándula?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿El padre le conoce á
-usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—No, señor, personalmente no me
-conoce.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y ella le quiere á usted? ¿Es
-cosa segura?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Oh! de eso estoy muy
-persuadido.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y los criados?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Ginés no me conoce, porque
-hace muy poco tiempo que entró en la casa; Andrea está en el secreto;
-su marido, si no lo sabe, á lo menos lo sospecha y calla, y puedo
-contar con uno y con otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span><span
-class="smcap">Bartolo.</span>—Pues bien, yo haré que hoy mismo quede
-usted casado con doña Paulita.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿De veras?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Cuando yo lo digo...</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿Sería posible?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No le he dicho á usted
-que sí? Le casaré á usted con ella, con su padre y con toda su
-parentela... Yo diré que es usted... boticario.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero si yo no entiendo palabra
-de esa facultad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No le dé á usted cuidado,
-que lo mismo me sucede á mí. Tanta medicina sé yo como un perro de
-aguas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿Conque no es usted médico?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No por cierto. Ellos me han
-examinado de un modo particular; pero con examen y todo, la verdad es
-que no soy lo que dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por
-ahí inmediato, que yo le llamaré á su tiempo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Bien está, y espero que
-usted...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Vase por la puerta de la derecha.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya usted con Dios.</p>
-
-
-<h4>ESCENA III.</h4>
-
-<p class="quienes">ANDREA (<i>sale por la izquierda</i>), BARTOLO,
-LUCAS.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Señor médico, me parece que la
-enferma le quiere dejar á usted desairado, porque...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Como no me desaires tú, niña
-de mis ojos, lo demás importa seis maravedís, y como yo te cure á ti,
-mas que se muera todo el género humano.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Sale por la derecha Lucas; va acercándose detrás
-de Bartolo, y escucha.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo no tengo nada que curar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span><span
-class="smcap">Bartolo.</span>—Pues mira, lo mejor será curar á tu
-marido... ¡Qué bruto es, y qué celoso tan impertinente!</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¿Qué quiere usted? Cada uno
-cuida de su hacienda.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y por qué ha de ser hacienda
-de aquel gaznápiro este cuerpecito gracioso?</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se encamina á ella con los brazos abiertos en
-ademán de abrazarla. Andrea se va retirando, Lucas agachándose, pasa
-por debajo del brazo derecho de Bartolo, vuélvese de cara hacia él, y
-quedan abrazados los dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado
-izquierdo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿No le he dicho á usted, señor
-doctor, que no quiero esas chanzas?... ¿No se lo he dicho á usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero hombre, si aquí no hay
-malicia ni...</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vete tú de ahí... Con malicia ó
-sin ella, le he de abrir á usted la cabeza de un trancazo, si vuelve
-á alzar los ojos para mirarla. ¿Lo entiende usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues ya se ve que lo
-entiendo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Cuidado conmigo... (<i>Le da un
-envión al tiempo de desasirse de él.</i>) ¡Se habrá visto mico más
-enredador!</p>
-
-
-<h4>ESCENA IV.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO (<i>sale por la izquierda</i>), BARTOLO,
-LUCAS, LEANDRO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Ay, amigo don Bartolo!
-que aquella pobre muchacha no se alivia. No ha querido acostarse.
-Desde que ha tomado la sopa en vino está mucho peor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Bueno! eso es bueno. Señal
-de que el remedio va obrando. No hay que afligirse, que aquí estoy
-yo... (<i>Llama, encarándose á la puerta del lado derecho.</i>) Digo ¡don
-Casimiro! ¡don Casimiro!</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro</span> (<i>desde adentro</i>).—¡Señor!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Don Casimiro!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span><span
-class="smcap">Leandro</span> (<i>saliendo</i>).—¿Qué manda usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y quién es este
-hombre?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Un excelente didascálico...
-boticario que llaman ustedes... eminente profesor... Le he mandado
-venir para que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes,
-astringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas, que será
-necesario aplicar á la enferma.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Mire usted qué decaída
-está.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa, va á sanar muy
-pronto.</p>
-
-
-<h4>ESCENA V.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO,
-LEANDRO, LUCAS.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Salen los tres primeros por la puerta de la
-izquierda.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Don Casimiro, púlsela usted,
-obsérvela bien, y luégo hablaremos.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque en efecto es mozo
-de habilidad? ¿Eh?</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Va Leandro, y habla en secreto con doña
-Paula, haciendo que la pulsa. Andrea tercia en la conversación...
-Quedan distantes á un lado Bartolo y don Jerónimo, y á otro Ginés y
-Lucas.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No se ha conocido otro igual
-para emplastos, ungüentos, rosolis de perfecto amor y de leche de
-vieja, ceratos y julepes. ¿Por qué le parece á usted que le he hecho
-venir?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya lo supongo. Cuando
-usted se vale de él, no, no será rana.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Qué ha de ser rana? No,
-señor, si es un hombre que se pierde de vista.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Siempre, siempre seré tuya,
-Leandro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span><span
-class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué? (<i>Volviéndose hacia donde
-está su hija.</i>) ¿Si será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, tres ó cuatro
-palabras ha dicho.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Bendito sea Dios! ¡Hija
-mía! (<i>Abraza á doña Paula, y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo,
-el cual se pasea lleno de satisfacción.</i>) ¡Médico admirable!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Y qué trabajo me ha costado
-curar la dichosa enfermedad! Aquí hubiera yo querido ver á toda la
-veterinaria junta y entera, á ver qué hacía.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Conque, Paulita, hija, ya
-puedes hablar, ¿es verdad? (<i>Vuelve á hablar con su hija, y la trae
-de la mano.</i>) Vaya, dí alguna cosa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés</span> (<i>aparte y á Lucas</i>).—Aquí me
-parece que hay gato encerrado... ¿Eh?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Tú calla, y déjalo estar.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Sí, padre mío, he recobrado
-el habla para decirle á usted que amo á Leandro, y que quiero casarme
-con él.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero si...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Nada puede cambiar mi
-resolución.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Es que...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—De nada servirá cuanto usted
-me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me
-quiere bien, concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero, hija mía, el tal
-Leandro es un pobretón...</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Dentro de poco será muy
-rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sarna con gusto no pica.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¡qué borbotón de
-palabras la ha venido de repente á la boca!... Pues, hija mía, no hay
-que cansarse. No será.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Pues cuente usted con que ya
-no tiene hija, porque me moriré de la desesperación.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Qué es lo que me pasa!
-(<i>Moviéndose de un lado á otro, agitado y colérico. Doña Paula se
-retira<span class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span> hacia el
-foro, y habla con Leandro y Andrea.</i>) Señor doctor, hágame usted el
-gusto de volvérmela á poner muda.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Eso no puede ser. Lo que yo
-haré, solamente por servirle á usted, será ponerle sordo para que no
-la oiga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Lo estimo infinito... Pero
-¿piensas tú, hija inobediente, que?...</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le
-contiene.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que irritarse, que
-todo se echará á perder. Lo que importa es distraerla y divertirla.
-Déjela usted que vaya á coger un rato el aire por el jardín, y verá
-usted cómo poco á poco se la olvida ese demonio de Leandro... Vaya
-usted á acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala
-yerba.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Como usted mande, señor
-doctor. Vamos, señorita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Vamos enhorabuena.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Id vosotros también.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula,
-Leandro y Andrea, se van por la puerta del foro.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA VI.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO, BARTOLO.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Vaya, vaya, que no he
-visto semejante insolencia!</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Esa es resulta necesaria
-del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea que
-ella tenía cuando enmudeció, fué sin duda la de su casamiento con
-ese tunante de Alejandro, ó Leandro, ó como se llama. Cogióla el
-accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción de palabras, y
-hasta que todas las vacíe, ó se desahogue, no hay que esperar que se
-tranquilice ni hable con juicio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span><span
-class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué dice usted? Pues me convence
-esa reflexión.</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman
-tabaco.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Oh! y si usted supiera
-un poco de numismática, lo entendería un poco mejor... Venga un
-polvo.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque luégo que haya
-desocupado?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No lo dude usted... Es una
-evacuación que nosotros llamamos <i>tricolos tetrastrofos</i>.</p>
-
-
-<h4>ESCENA VII.</h4>
-
-<p class="quienes">LUCAS, ANDREA, GINÉS (<i>van saliendo todos tres por
-la puerta del foro</i>), DON&nbsp;JERÓNIMO, BARTOLO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Señor amo!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué
-desdicha!</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Ay, amo mío de mi alma! que se
-la llevan.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¿qué se llevan?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—El boticario no es boticario.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ni se llama don Casimiro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—El boticario es Leandro, en
-propia persona, y se lleva robada á la señorita.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué dices? ¡Pobre de mí!
-Y vosotros, brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa
-manera?</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No, no estaba solo, que estaba
-con una pistola. El demonio que se acercase.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y este pícaro de
-médico?...</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte lleno de miedo</i>).—Me
-parece que ya no puede tardar la tercera paliza.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Este bribón, que ha sido
-su alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Ahí había una larga de tender
-ropa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí, sí, ya sé dónde está. Voy
-por ella.</p>
-
-<p class="acotsep"><span class="pagenum" id="Page_274">p.
-274</span>(<i>Vase por la izquierda, y vuelve al instante con una soga
-muy larga.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me las ha de pagar... Pero
-¿hacia dónde se fueron? ¡Válgame Dios!</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo creo que se habrán ido por
-la puerta del jardín que sale al campo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Aquí está la soga.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues inmediatamente atadme
-bien de piés y manos al doctor aquí en esta silla... (<i>Bartolo quiere
-huir, y Lucas y Ginés le detienen.</i>) Pero me lo habéis de ensogar
-bien fuerte.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pierda usted cuidado... Vamos,
-señor don Bartolo.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan
-á ella, dando muchas vueltas á la soga.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Voy á buscar aquella
-bribona... Voy á hacer que avisen á la justicia, y mañana sin falta
-ninguna este pícaro médico ha de morir ahorcado... Andrea, corre,
-hija, asómate á la ventana del comedor, y mira si los descubres por
-el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna razón. Y vosotros
-no perdáis de vista á ese perro.</p>
-
-<p class="acotseph">(<i>Se va don Jerónimo por la derecha, y Andrea por
-la izquierda. Lucas y Ginés siguen atando á Bartolo.</i>)</p>
-
-
-<h4>ESCENA VIII.</h4>
-
-<p class="quienes">BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Echa otra vuelta por aquí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Y no sabes que el amiguito este
-había dado en la gracia de decir chicoleos á mi mujer?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Anda, que ya las vas á pagar
-todas juntas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Estoy ya bien así?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Perfectamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span><span
-class="smcap">Martina</span> (<i>saliendo por la puerta de la
-derecha</i>).—Dios guarde á ustedes, señores.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Calle, que está usted por acá!
-Pues ¿qué buen aire la trae á usted por esta casa?</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—El deseo de saber de mi pobre
-marido. ¿Qué han hecho ustedes de él?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Aquí está tu marido, Martina:
-mírale, aquí le tienes.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>abrazándose con
-Bartolo</i>).—¡Ay, hijo de mi alma!</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Oiga! ¿Conque esta es la
-médica?</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Aun por eso nos ponderaba tanto
-las habilidades del doctor.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues por muchas que tenga, no
-escapará de la horca.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Qué está usted ahí
-diciendo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, hija mía, mañana me
-ahorcan sin remedio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Y no te ha de dar vergüenza
-de morir delante de tanta gente?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué se ha de hacer, paloma?
-Yo bien lo quisiera excusar, pero se han empeñado en ello.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Pero ¿por qué te ahorcan,
-pobrecito, por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ese es cuento largo.
-Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de hacerme
-protomédico han resuelto colgarme.</p>
-
-
-<h4>ESCENA IX.</h4>
-
-<p class="quienes">DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS,
-MARTINA.</p>
-
-<p class="acotsepc">(<i>Sale don Jerónimo por la puerta de la derecha, y
-Andrea por la izquierda.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, chicos, buen
-ánimo. Ya he enviado un propio á Miraflores; esta noche sin falta
-vendrá<span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> la justicia,
-y cargará con este bribón... Y tú ¿qué has hecho?, ¿los has visto?</p>
-
-<p><span class="smcap">Andrea.</span>—No, señor, no los he
-descubierto por ninguna parte.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ni yo tampoco... He
-preguntado, y nadie me sabe dar razón... Yo he de volverme loco...
-(<i>Dando vueltas por el teatro, lleno de inquietud.</i>) ¿Adónde se
-habrán ido?... ¿Qué estarán haciendo?</p>
-
-
-<h4>ESCENA X.</h4>
-
-<p class="quienes">DOÑA PAULA, LEANDRO (<i>salen por la puerta del lado
-derecho</i>), DON&nbsp;JERÓNIMO, BARTOLO.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Señor don Jerónimo!</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—¡Querido padre!</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué es esto? ¡Picarones,
-infames!</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro</span> (<i>se arrodilla con doña Paula á
-los piés de don Jerónimo</i>).—Esto es enmendar un desacierto. Habíamos
-pensado irnos á Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que
-tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos
-reflexionado mejor. No quiero que se diga que yo me he llevado robada
-á su hija de usted, que esto no sería decoroso ni á su honor ni
-al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad, quiero
-recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta á hacer lo
-que usted la mande; pero le advierto que si no la casa conmigo, su
-sentimiento será bastante á quitarla la vida; y si usted nos otorga
-la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Amigo, yo estoy muy
-atrasado, y no puedo...</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Ya he dicho que no se trate de
-intereses.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Me quiere mucho Leandro para
-no pensar<span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> con la
-generosidad que debe. Su amor es á mí, no á su dinero de usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>alterándose</i>).—¡Su dinero
-de usted, su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No
-he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que
-cansarse.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero bien, señor, si por eso
-mismo se le dice á usted que no le pediremos nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ni un maravedí.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ni medio.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y bien, si digo que sí,
-¿quién os ha de mantener, badulaques?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Mi tío. ¿Pues no ha oído usted
-que aprueba este casamiento? ¿Qué más he de decirle?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y se sabe si tiene hecha
-alguna disposición?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Sí, señor; yo soy su
-heredero.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué tal, está
-fuertecillo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Ay! no, señor, muy achacoso.
-Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un
-día á otro...</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vaya, vamos, ¿qué le hemos
-de hacer? Conque... (<i>Hace que se levanten, y los abraza. Uno y otro
-le besan la mano.</i>) Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Siempre tendrá usted en mí un
-hijo obediente.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Usted nos hace completamente
-felices.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Y á mí ¿quién me hace feliz?
-¿No hay un cristiano que me desate?</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Soltadle.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pues ¿quién le ha puesto á
-usted así, médico insigne?</p>
-
-<p class="acotsep">(<i>Desatan los criados á Bartolo.</i>)</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sus pecados de usted, que los
-míos no merecen tanto.</p>
-
-<p><span class="smcap">D.ª Paula</span>.—Vamos, que todo se acabó, y
-nosotros sa<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span>bremos
-agradecerle á usted el favor que nos ha hecho.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Marido mío! (<i>Se abrazan
-Bartolo y Martina.</i>) Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira,
-trátame bien, que á mí me debes la borla de doctor que te dieron en
-el monte.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Á ti? Pues me alegro de
-saberlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí por cierto. Yo dije que
-eras un prodigio en la medicina.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y yo porque ella lo dijo lo
-creí.</p>
-
-<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Y yo lo creí porque lo dijo
-ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y yo porque estos lo
-dijeron, lo creí también, y admiraba cuanto decía como si fuese un
-oráculo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Así va el mundo. Muchos
-adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino
-por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.</p>
-
-<div class="figcenter mt3">
- <img src="images/adorno2.jpg"
- alt="Viñeta ornamental" />
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE</h2>
- <hr class="tir" />
-</div>
-
-<table class="toc mt-1" summary="Índice de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="2" class="tdr"><small>Pág.</small></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><span class="smcap">Leandro Fernández de Moratín.</span></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_00">5</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh"><span class="smcap">Discurso preliminar.</span></td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_01">21</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh">La comedia nueva.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_1">59</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh">El sí de las niñas.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_2">109</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh">La escuela de los maridos.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_3">183</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdlh">El médico á palos.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch_4">239</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="aftit" id="backcover">
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- src="images/back-cover.jpg"
- alt="Contracubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Notas">
-<div class="footnotes">
-
-<p class="fs110 centra mt1">NOTAS</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Este Discurso preliminar, que,
-escrito por el mismo Moratín, figuró al frente de sus comedias,
-comprende la historia resumida del Teatro español desde el siglo
-<small>XVIII</small>, á la época en que el autor tomó sobre sí la
-empresa de restaurarlo con su ejemplo y sus preceptos. Nada dice
-Moratín de sus coetáneos, y nada pudo decir, puesto que falleció en
-1828, de la profunda revolución que trajo á la escena española el
-romanticismo, pocos años después de su muerte. Así limitado á dicho
-período todo el discurso, es, en suma, la historia de la decadencia
-del teatro genuinamente nacional, y de las tentativas hechas para
-sujetarle á los cánones del pseudo clasicismo, hasta que, no bien
-triunfantes, fueron otra vez derrocados y olvidados.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_2"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Acerca de esta frase, Hartzenbusch
-cree que el texto está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro
-moderno español,—artículo 3.º—<i>Revista de España, de Indias y del
-extranjero.</i>—Diciembre 1845.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_3"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_3">[3]</a></span> Don Vicente García de la Huerta
-en el prólogo de su Teatro español, impreso en 1785, explica así el
-origen de la denominación de <i>Chorizos</i>. «Francisco Rubert, por otro
-nombre Francho, fué la causa del apellido de <i>Chorizos</i> que se dió en
-el año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces
-autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía en un
-entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo tales y tan
-graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar los chorizos,
-que era el guardarropa de la compañía, y movió tanto la risa de los
-espectadores, que desde entonces se llamó de los <i>Chorizos</i>.»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_4"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_4">[4]</a></span> Este prólogo de Nasarre provocó una
-violenta y ruidosa polémica literaria entre los partidarios del gusto
-francés y los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que
-en los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los
-principios de la escuela romántica de nuestro siglo.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_5"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Los autos sacramentales se
-prohibieron por real cédula de 11 de junio de 1765.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_6"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_6">[6]</a></span> La crítica moderna ha concedido
-á D. Ramón de la Cruz mayor atención y más francos elogios,
-particularmente como autor de los inimitables <i>sainetes</i>, que gozan
-hoy de fama universal.</p>
-
-</div>
-
-</div>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía del original —que difiere
- ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor
- frecuencia.</li>
-
- <li>Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el
- emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.</li>
-
- <li>Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto»
- y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado al
- final del libro.</li>
-
- <li>Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre
- los personajes que intervienen, tomando la información pertinente
- de otras ediciones.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS ***
-
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-</html>
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diff --git a/old/60927-h/images/cover.jpg b/old/60927-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 8ef6eeb..0000000
--- a/old/60927-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_004.jpg b/old/60927-h/images/ill_004.jpg
deleted file mode 100644
index 37668b1..0000000
--- a/old/60927-h/images/ill_004.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_005.jpg b/old/60927-h/images/ill_005.jpg
deleted file mode 100644
index f4bd2f9..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_023.jpg b/old/60927-h/images/ill_023.jpg
deleted file mode 100644
index 5287306..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_061.jpg b/old/60927-h/images/ill_061.jpg
deleted file mode 100644
index 6ec1518..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_111.jpg b/old/60927-h/images/ill_111.jpg
deleted file mode 100644
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_181.jpg b/old/60927-h/images/ill_181.jpg
deleted file mode 100644
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_185.jpg b/old/60927-h/images/ill_185.jpg
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Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_237.jpg b/old/60927-h/images/ill_237.jpg
deleted file mode 100644
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Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_241.jpg b/old/60927-h/images/ill_241.jpg
deleted file mode 100644
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_253.jpg b/old/60927-h/images/ill_253.jpg
deleted file mode 100644
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60927-h/images/ill_264.jpg b/old/60927-h/images/ill_264.jpg
deleted file mode 100644
index 28eab88..0000000
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+++ /dev/null
Binary files differ