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If you are not located in the United States, you'll -have to check the laws of the country where you are located before using -this ebook. - - - -Title: Comedias escogidas - -Author: Leandro Fernández de Moratín - -Commentator: José Yxart y Moragas - -Release Date: December 15, 2019 [EBook #60927] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by Biblioteca -Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha respetado la ortografía del original --que difiere - ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor - frecuencia. - - * Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el - emparejamiento de admiraciones e interrogaciones. - - * Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto» - y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones. - - * Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a - continuación del párrafo que contiene la llamada. - - * Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre - los personajes que intervienen, tomando la información pertinente - de otras ediciones. - - - - -MORATÍN - -COMEDIAS ESCOGIDAS - - - - - LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN - - COMEDIAS ESCOGIDAS - - CON EL - DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR - - Y UN PRÓLOGO POR - JOSÉ YXART - - - LA COMEDIA NUEVA -- EL SÍ DE LAS NIÑAS - LA ESCUELA DE LOS MARIDOS -- EL MÉDICO Á PALOS - - [Ilustración] - - BARCELONA - BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA - DANIEL CORTEZO Y C.ª, _Ausias March, 95_ - 1884 - - - - -[Ilustración] - - -Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª - - - - -[Ilustración] - - - - -LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN - - -I - -Ni el carácter atribuído á Moratín, ni mucho menos sus obras, -concebidas despacio, y más que limadas, sobadas con meticuloso -esmero de artífice, harían sospechar lo azaroso y revuelto de su -vida trashumante. Sin el arraigo que sólo dan en España heredados -patrimonios, fué llevado Moratín de la corriente de los sucesos -políticos que arrancaron á la sociedad española de su secular -asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo de algún ministro, -ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la suerte que á sus -protectores deparaba la ocasión, y apenas logró detenerse en alguna -parte el tiempo de hallar el reposo que tanto amaba su natural -pacífico. Secretario particular de Cabarrús, ordenado más tarde -de primera tonsura para alcanzar un beneficio que le confirió -Floridablanca, secretario luégo de la interpretación de lenguas -y favorecido por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la -nacional en tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir -para lograr una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su -pasión por la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á -París, á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones -y sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado -á fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces -hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la -idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por -un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de -vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén, -hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria. - -¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del estado -de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio público -y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo visto, -soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho más. -Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de la -Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos -príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo -pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta -á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por -una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al -fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos -y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En -los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos -de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo -empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios, -no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la -humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta -anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una -secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario -mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los -mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas -materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con -la ilustración, y anda á veces reñido con ella. - -Pero ni aun con estos recursos se libró Moratín de los azares de la -fortuna, víctima de los frecuentes litigios en que se halla envuelto -quien ha de esperarlo todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo -se negó á pagar por largo tiempo la pensión que le había conferido -Godoy sobre aquella mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación -de los franceses, sus bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto -á aquellos juicios de purificación, que entonces se estilaron, -irritante y ominosa medida política que hoy nos parecería fábula -absurda si no fuese historia de ayer. Con esto, las intermitencias de -la cesantía, los frecuentes gastos y las prodigalidades de su corazón -generoso y de sus aficiones de propietario urbano, llegó Moratín -en ocasiones á adornarse con la sentimental aureola de la pobreza, -corona con que hasta hace poco ha sido costumbre presentar en los -altares del arte á los grandes ingenios. - -En estos accidentes, y los que más por menudo relata su -biografía--que felizmente no está por hacer, como su completa -semblanza,--Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y -defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho -de que el _genio es el sentido común en su grado máximo_, merecería -Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio, -más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los -tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más -deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del -genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un -golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza, -así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada -de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto, -frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su -delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias. -No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído, -buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio. -Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban. -Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella -monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas, -donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor que -nos quedaba. Retraído siempre en público, sólo en privado mostraba -sus cualidades, y particularmente aquel vivo ingenio cómico, su -finísima observación de los caracteres y las ridiculeces humanas, el -exquisito gusto que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta -naturalidad, la extrema sencillez en todo, aquella naturalidad -y sencillez, que ni se compran ni se imitan, prenda nativa, que -es el más infalible signo de grandeza. Resplandece de tal modo -esta condición en sus papeles particulares, coleccionados en sus -_Obras póstumas_, que, conforme se le estudia en ellas se arraiga -la convicción de que nos hallamos ante un hombre verdaderamente -ilustre y privilegiado. La acendrada discreción con que habla de -todas las materias, aun las más ajenas á su talento, la elegante -llaneza de su prosa afluente y festiva, la variedad y acierto de sus -observaciones, cautivan á la larga en sus apuntes de _Viajes_ por -Europa. En ellos, en el _Diario_ de su vida, en sus cartas, resalta -siempre el mismo carácter de un alma bondadosa y apacible, de un -hombre modesto y laborioso pero dotado de buen golpe de vista, y -sensibilidad delicada, ya que no profunda, sin énfasis ni presunción. -Bien se comprende leyéndole que su horror á la pedantería reinante -tomara en sus escritos el carácter de una monomanía, y fuera como -la _muletilla_ de su Musa cómica, que, desde un principio, flagela -sin piedad á los pedantes literarios y no cesa de poner en ridículo -en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el sentimentalismo y -la filantropía de los malos imitadores de Diderot y Rousseau, la -ficticia cultura, las declamaciones de los falsos innovadores. Hay -en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que no acertamos á -hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en los italianos -ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres del Norte, -mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á fuerza de -cultura. - -Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la sociedad en -nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que pretendieron -sacar á toda costa el genio nacional y la independencia de la patria -de aquella conflagración general. Superior sin duda en ilustración -á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los franceses cuando -éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio, el abandonado -trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe que el Imperio -nos traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los -beneficios cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes -por Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de -humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo, -ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables -preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena -de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que -hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar -á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que -en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen -en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos, -al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo -tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos -hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para -ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo -la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología -de la época, «lo primero era ser libres, el _cómo_ era negocio -para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista -convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único -genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser -nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo -primero es existir, el cómo es cuestión secundaria. - -Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar de -sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado de -la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que -con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo, -pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que -puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían -mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los -renglones de un epitafio: - - Nací de honesta madre; dióme el cielo - fácil ingenio en gracias afluente, - dirigir supo el ánimo inocente - á la virtud el paternal desvelo. - Con sabio estudio, infatigable anhelo - pude adquirir coronas á mi frente: - la corva escena resonó en frecuente - aplauso, alzando de mi nombre el vuelo. - Dócil, veraz, de muchos ofendido, - de ninguno ofensor, las Musas bellas - mi pasión fueron, el honor mi guía; - pero si así las leyes atropellas, - si para ti los méritos han sido - culpas; adios, ingrata patria mía. - - -II - -La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para -restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus -comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus -teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y -comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía -dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras -es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta -cómico. - -En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores. Nadie -que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes de -saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las -singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los -que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que -tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño -en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el -gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los -que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la -empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública, -con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la -administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el -estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto -debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera -la menor reforma! Tanto más, cuanto que Moratín ponía la mira en -todo, y en todo quería introducirlas. En este punto no fué sólo -un preceptista literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á -defectos de policía de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así -discurre tocante á los medios gubernativos para sacar al teatro de -su postración ó las leyes relativas á la censura, como se entretiene -en señalar los vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban. -Basta esto para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué -recelos y envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad, -ó impotente ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los -espectadores, como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de -la costumbre. Nombrado individuo de una junta para la reforma del -teatro, hubo de retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de -la misma, el del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de -genio muy áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones -de Moratín, y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á -la cabeza. Con lo cual ya se deja comprender que el autor de los -_Orígenes del teatro español_, se convenció á la primera de que al -bravo militar le sobraban razones y que era más entendido que él en -materias literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección -de teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque -ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia -suya cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades. -Exigencias de actriz demoraron cuatro años el estreno de _El Viejo_ -y _La Niña_ después de mil supresiones que impuso la censura. La -_Comedia nueva_, cruenta sátira en acción de la decadencia del -teatro, apenas pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo -y rabia de las víctimas. Naufragó _El Barón_ el día de su estreno -(después de haber sido plagiada, antes que representada), víctima de -las parcialidades y de la venganza en fermentación por espacio de -algunos años. Á la _Mojigata_ siguieron las más violentas polémicas -é intrigas increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la -hipocresía, el vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más -chilla cuando se le saca á la vergüenza, como si en él descansara -toda la máquina social, lo cual no parece probable. Enardecidos los -ánimos conforme se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en -el corazón á las preocupaciones de aquella época, no pararon los -enemigos hasta delatarle al Santo Oficio por _El Sí de las niñas_, y -denunciarle como un criminal. De modo que estas obras que hoy parecen -harto morales, parecieron revolucionarias y piedra de escándalo; y -su autor, tímido y juicioso por naturaleza, furibundo demagogo que -atentaba á lo más sagrado. Este último sorbo colmó su amargura y le -decidió á retirarse del teatro y arrinconar los borradores de otras -comedias, limitándose luégo á traducir de Molière, su ídolo, _La -Escuela de los maridos_ y _El Médico á palos_. - -En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni -estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad -del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la -borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas, -y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza -es decir que los principios literarios de su autor debían ser -discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron, -y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la -escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada -la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del -genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que -había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil. -Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo, -necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera -conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de -todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor -relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la -virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento, -más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en -segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada -copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio -nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué -la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que -desde principios del siglo XVIII pretendía entronizarse en España; -un Boileau español, en suma, siempre á vueltas con la razón y el -buen sentido, el decoro y la regularidad, pocas veces partidario de -sentir hondo y vehemente. Si su atildamiento y pulcritud, la templada -observación de la naturaleza, la más absoluta sumisión á la mediana -verosimilitud, podían convenir á la comedia, no eran bastantes para -infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro de una nación, ni -podía contentar á un público ardiente como el nuestro. En todos los -principios literarios de Moratín se observa la misma deficiencia -y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que convierte el -arte en artificio, por una reacción natural contra la licencia y la -ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar la sangre, la -empobreciese hasta producir la anemia. - -Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces -y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es -inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta -dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de -cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita -siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo. -El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es -además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre -de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue -de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de -los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas, -para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos? -El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos -fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del -pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con -criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias -y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas -con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en -limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi -identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible, -sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible -que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas -entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo -César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos -siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á -que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se -le planta en el _Foro_ desde la butaca, y cuando se le tiene allí -con el pensamiento, no le es permitido salir de Roma para que no -se desvanezca la ilusión. Nada hay verdad en aquella Roma de tela y -cartones; ni armas, ni trajes, ni hombres, ni idioma; pero una vez -realizada aquella mentira grata á la imaginación, ésta ya no puede -permitirse un solo pecadillo más, y ha de temblar ante la gramática -que mide sus palabras, encogerse por temor de la irregularidad, -reprimir sus vuelos por no incurrir en inverosimilitudes (de que está -llena, por cierto, la realidad que se pretende imitar), y ahogar -toda emoción atendiendo al decoro, como hastiado palaciego que juzga -cursi todo afecto arrebatado. Y esto se quería imponer como ley en un -espectáculo, donde la muchedumbre va á sentir y á distraerse, donde -el efecto es inmediato y no razonado, y la atmósfera caldeada, la -música, las luces, la misma presencia de la mujer, son otros tantos -incentivos que predisponen á la expansión del sentimiento. - -Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes siempre -que se pretende embutir en principios generales las libres y -espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á remedarla -tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en lo más -esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y reyes -de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y Roma, -no habían de parecerse á los seres vivos que representaban sino -á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener por -ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada en -palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á sus -pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó -conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con sus -inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio de -Leiva diga puesto en ellas,--_El juicio me vuelven estas cosas_--y -un Julio César--_Hola ¿qué es esto?_--ú otras expresiones por el -estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma -obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases. -Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para los -héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y después de -ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco el llanto, -el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las lagrimillas -de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien se le -permite servir de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los -coetáneos del autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad, -y ser capaces de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la -tragedia deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados -del espectador. - -Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar _El -gran cerco de Viena_, pero que también y á poca costa se hubiera -podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra, -á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su -procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional, -comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió -aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente -primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos -parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que -éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto -purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo. -Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores -volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención -de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los -caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban -en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo; -en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que -debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección -académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en -_caseros octosílabos_. Rota la valla, invadieron otra vez la escena -los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y -los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada -y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se -vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo, -sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno -en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en -espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las -luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía, -y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió -Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos -y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar -al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la -fábula para que no se desvanezca la ilusión, muchos espectadores -se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á -pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar -la imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos -sospechan que el teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha -pasado, en menos de medio siglo, inmediatamente después de haberse -propuesto Moratín vivificar y convertir la escena en cátedra de moral -y cultura con sólo las túnicas de _Británico_ y _Atalía_ para las -grandes solemnidades y la casaca y la peluca del _Barón_ para los -días de labor. - - -III - -Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no -lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos -coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas. -De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más -adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y -severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las -letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado, -que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una -versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el -menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo -confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas -los amigos del género pseudo-clásico. - -También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es imposible -aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. El poeta -lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular -muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se -olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto -se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se -vestía de griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger -el estilete en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y -fija la memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos -años de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado -de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo -se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y -apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por -otro de los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la -geografía histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de -presente de tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir -con palabras nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se -establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión -tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de -conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es -esto poesía? ¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí -se halla tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho -tiene la verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y -arrebata, que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en -este género de versos. _El opulento Gerión_, la _Cádiz eritrea_, _el -espartario golfo_, _la Hesperia_, el _ceguezuelo niño_ y el _luso_ -y el _galo_, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan -tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita -un curso completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando -algún sentimiento sincero entre ese fárrago de frases depuradas y -elegantes, ni contenta tal cual imagen graciosa que desde luégo por -su asunto y su precisión parece burilada como un camafeo, ó recuerda -las barrocas entalladuras de los artesones y muebles de la época. - - Esta corona, adorno de mi frente, - esta sonante lira y flautas de oro - y máscaras alegres que algún día - me disteis, sacras musas... - . . . . . . . . . . . . . . . . . . - . . . . . . . . . . . . . . . . . . - -¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados trofeos? - - ........ La Fama es esta, - sí, la conozco. Rápida girando - dilata al aire las doradas plumas, - suelto el cabello que su frente adorna, - desceñida la túnica celeste. - -¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un palacio? - - Venus, hija del mar, diosa de Gnido - y tú, ciego rapaz, que revolante - sigues el carro de tu madre hermosa - la aljaba de marfil, pendiente al lado. - -Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que usarían -Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en las -colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más -la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que -sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á -la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el -sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo -indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible -inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los -afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente -siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los -venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte -más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la -poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía, -pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles modelos -algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de la forma -por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia elegancia y -la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible adquirir con el -estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en los -libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha -sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas -por las que espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe; -decir lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, -en suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime -expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la -humana filosofía, léase, la retórica. - - J. YXART. - - - - -DISCURSO PRELIMINAR - - - - -[Ilustración] - - - - -DISCURSO PRELIMINAR[1] - - [1] Este Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín, - figuró al frente de sus comedias, comprende la historia resumida - del Teatro español desde el siglo XVIII, á la época en que el - autor tomó sobre sí la empresa de restaurarlo con su ejemplo y - sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos, y nada pudo - decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que - trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después - de su muerte. Así limitado á dicho período todo el discurso, es, - en suma, la historia de la decadencia del teatro genuinamente - nacional, y de las tentativas hechas para sujetarle á los cánones - del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes, fueron - otra vez derrocados y olvidados. - - -Al empezar el siglo XVIII tuvieron principio en España las -calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para -celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la -coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, -y el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se -representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, -y después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora, -gentil hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscuros -autores, ninguno capaz de competirle. Habíase propuesto por modelo -las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde llegarían los -primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de -aquel dramático. - -En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales -desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado -en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado, -crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de -empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias -historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y -aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil -fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas -mitológicas y en las de asuntos sagrados. - -Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo el -nombre de Tirso de Molina) la comedia de _El Burlador de Sevilla_, -la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y -crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó -á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones -de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás -Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al -nuestro, no se desdeñó de repetirla. - -Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una comedia -tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, como -era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y -conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles; -dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que -permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz -pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y -añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al -teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre -será celebrada del pueblo. - -Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte -de _El Espíritu foleto_, en que por la intervención de un duende -festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando -á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos -y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En -la comedia de _Don Domingo de don Blas_ confundió Zamora grandes -intereses de reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones -de indecorosa ridiculez. La figura cómica de don Domingo, bien -imaginada y mal sostenida, hace reir no pocas veces; pero sus gracias -mezcladas con intolerables descuidos no dan una idea favorable del -buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la comedia -de _El Hechizado por fuerza_, aunque no exenta de considerables -imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles, no -verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal -desenlace. Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción -y talento, y otras como pudiera el más estúpido; no es fácil entender -si toma de veras ó de burlas lo que están haciendo con él, si -efectivamente piensa que está hechizado, ó si trata sólo de engañar -á los que intentan persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son -muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no -siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, -la versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de -chistes. - -Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron obra -ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso hasta -unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa de ver -que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces rivalizó -con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la -poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró. - -Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla, -compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales, -si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar -la confianza con que se abandonó á la imitación de originales -defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo. - -Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas y -astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas -zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada _El -Hospital en que cura amor de amor la locura_, fábula de dos acciones, -personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe -sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su -tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de -nuestra lengua, supo desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y -facilidad los asuntos familiares y humildes; pero el corto paso que -parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión de la -buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar -una fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios -y ridiculeces comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad -ni interés á su obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla -muy graciosa, y resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad -todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de -las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte -comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca -elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como -la peor, es sin duda _El Paulino_, que el autor se atrevió á llamar -tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio -que merece. Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien -pudo haber visto el _Cinna_ de Corneille, que había traducido con -inteligencia y publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro -Picolomini, marqués de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos -sospechar lo que es una tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á -quien no los quiere seguir. - -Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente -anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia -en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras -preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón -con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo, -á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido. -Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo -indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la -risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas -que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la -credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle -ni de aprovecharse de las luces de su doctrina. - -Los autores del estimable periódico intitulado _Diario de los -literatos de España_ examinaban con juiciosa crítica las obras que -entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del -raciocinio y del buen gusto, y trataban de encaminar hacia la -perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su -fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta -de lectores y de agradecimiento público. - -La Academia española, establecida á imitación de la francesa con una -organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella -lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía -con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua; -pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni -contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia -no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas. - -En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de Aristóteles, -teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de la filosofía, -sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las -matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de -las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se -sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo. -_Todas las cátedras de las universidades_ (dice Torres) _estaban -vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura -geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones -de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde -hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio... -Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas, -que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y -cincuenta._ Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios, -¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la -amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena -miserable? - -Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón, -educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que -florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo, -conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera -podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en -el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los -muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su -mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por -entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la -carrera dramática. - -El ministerio, ocupado exclusivamente en buscar dinero para -sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su -atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las -flotas no salían de los puertos de América; lo que producían las -contribuciones, todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos -á la pelea; la administración interior se desatendía; los sueldos -de los innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las -cámaras de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y -aun en la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo -era el único protector de los teatros; el premio que obtenían los -poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta; -no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á -quien los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos. - -Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres -corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que -formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente -de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los -corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de -bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que -veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban -mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un -gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban -acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si -el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal -vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía -de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de -las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar -con entusiasmo á los viejos _aquel romper de cortinas de Nicolás de -la Calle_. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores, -bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces -se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de -la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación, -ni se necesitaba. - -El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de los Caños -del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron algunas -óperas y después comedias italianas por una compañía que llamaron -de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de -la reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración -en aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y -ornato, y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo -sus farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la -autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos -corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente -asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los -planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de -1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de -quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en -el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada _el Rapto de -Ganimedes_. - -Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares y -cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron -las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por -detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo -el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos -alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de -cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo -tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en -la escena algunas coplas, llamadas _princesas_ en lenguaje cómico. -La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir -que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con -arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos, -escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de -laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo -izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la -virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes. -Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca -redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas, -hebillas de oro y bastón de muletilla. - -Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las que -diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía en -proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo -reducido á dos axiomas toda su poética: 1.º que las obras de teatro -sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros -no eran admisibles en la escena española. - -Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don -Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo -servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por -su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores -en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco; -hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro -conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables. -Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló _El más justo -rey de Grecia_, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente -se verifica. Á veces quiere imitar la de _El Esclavo en grillos de -oro_; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á -su original: el gracioso, llamado _Veleta_, es de lo menos gracioso -que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos, -ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos -con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo -enigmático y gigantesco. La de _Los Mártires de Toledo y tejedor -Palomeque_ no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la -justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué, -requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio, -bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El -estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y -chabacano. - -Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más -breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y -las garruchas, publicó la comedia de _El Mágico de Salerno Pedro -Vayalarde_, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos -y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras -cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos -disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y -varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo -general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos. - -Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su Majestad, -heredó de su padre (de quien se ha hecho mención anteriormente) la -inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que -se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó -á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son -inferiores á las de su padre. - -Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de -Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en -las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las -antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta -con una particular habilidad que manifestó para saber introducir -en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor -estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún -interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la -tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen -lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y -altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, -chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha -facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que -mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó _ramplones -y malditos_. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el -teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba -entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde -el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué -capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna -su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la -que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada -edad, poco antes del año de 1750. - -Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que -escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué -muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo -amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia; -no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran -únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no -es posible disimular que en las de figurón excedió los límites -de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y -situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á -cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se -propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y -personajes históricos (como en las de _El Rey Enrique el Enfermo_; -_Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer_; _El Picarillo -en España_, y otras de este género), la composición de la fábula -no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad -que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas -de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que -imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina. - -Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas -que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y -precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto -escribió para el teatro. Véase _El Sacrificio de Ifigenia_, y se -hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, -estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, -baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la -diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto -delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes -monstruosas é inconexas. Agamenón dice _que el monte dividido en -dos puntas da al mar abrazos de arena_, y que la armada surta en el -puerto es una _ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y -cristal_; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con -donaire de callejuela _Lola_, criada de Ifigenia, y _Pellejo_, lacayo -de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte) -_para mostrar las comedias según el estilo francés_. También se -atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada _No hay -con la patria venganza, y Temístocles en Persia_. Allí hay majestades -y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los -serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible -gracioso llamado _Tulipán_, y un hijo de Temístocles que canta -seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una -academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde -cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. -Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas -en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y -el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino -con veneno _denodado bruto y púrpura confeccionada_[2]. Todo esto -prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de -los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio -de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la -tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz -de mejores doctrinas. - - [2] Acerca de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto - está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro moderno - español,--artículo 3.º--_Revista de España, de Indias y del - extranjero._--Diciembre 1845. - -Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La -acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la -paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión -flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la -dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba -á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves -inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María -Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él: -celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente -en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el -mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin -hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien -distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en -su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América -debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos -males con una administración regular, y era de creer que libre ya -la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría -nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la -riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió. - -Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el -palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela -de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que -continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos -Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir -de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía -de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello -se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M. - -_Farinello_ (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) _es el -último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación. -Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los -inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado -al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á -Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino -á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad -en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole -como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en -aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda -la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es -general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez -no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla -en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina. -Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que -le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por -su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad -sobresaliente, que á la de sus méritos personales._ - -Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo -pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de -Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año -1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio -de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de -personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, -la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su -modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los -obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían -asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales -de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les -recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo -convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto -trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los -piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe -adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y -su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, -y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del -gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer -sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en -las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en -Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. -La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta -moderación. - -Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro del -Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, igualmente -que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por el verano -en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las -iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la -jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su -inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos -encargos, si no con economía, con admirable acierto. - -Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal é -instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las -representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas -en el salón llamado _de los Reinos_, cubrían el piso exquisitas -alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas -y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación -correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían -uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el -teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión -se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera -de _Armida placata_ se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de -agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta -piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud -de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los -trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces -se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de -los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas -de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales -que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena -(cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese, con -dos correderas compuestas de los mayores cristales de la fábrica de -San Ildefonso), todo era digno de un gran monarca que disipaba en -esta diversión la opulencia de sus tesoros. - -Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios desde -el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la Mirandola, -Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las piezas -que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas: -_La Clemenza di Tito_, _Angelica e Medoro_, _Il Vellocino d’oro_, -_Polifemo e Galatea_, _Artasserse_, _Armida placata_, _Demofoonte_, -_Demetrio_, _Didone abbandonata_, _Siroe_, _Niteti_, _il Re pastore_, -_Adriano in Siria_. Serenatas: _L’Asilo d’Amore_, _La Festa chinese_, -_La Nascita di Giove_, _L’Isola disabitata_, _Le Mode_, _La Ninfa -smarrita_. Intermedios: _Il Cavalier Bertoldo_, _La Burla da vero_, -_La Statua_, _Il Giuocatore_, _L’Ucellatrice_, _Il Cuoco_, _Don -Trastullo_, _Il Conte Tulipano_. - -Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos brillantes -espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por italianos, -poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los -teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís -Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los -que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices empleados -en la pintura de las decoraciones, en la invención y dirección de las -máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó que todas las piezas -se imprimieran traducidas en castellano para distribuirlas á los -concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió el teatro -con la ópera de _La Clemenza di Tito_; encargóse á don Ignacio de -Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas, -con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las -tradujo un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se -avergonzó de suceder á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de -hacerse escritor en una lengua que no sabía. Sus traducciones pueden -considerarse como otros tantos modelos de extravagancia y ridiculez. - -En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los -primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato -y pompa teatral, la escena española, miserable y abandonada de la -corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes -cómicos y de ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al -corregidor de Madrid el título de protector de los teatros, con -el encargo de la formación de compañías y el gobierno de ellas: -la depravación de nuestra dramática pedía de parte de la suprema -autoridad providencias más directas y más eficaces. - -El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado -mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por -la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían, -tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos, -las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del -Príncipe se llamaban _Chorizos_, y llevaban en el sombrero una cinta -de color de oro; los de la compañía de la Cruz _Polacos_, con cinta -en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los -Caños tomaron el nombre de _Panduros_. Había un fraile trinitario -descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la parcialidad á que dió -nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los -mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y -comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los -suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos, -chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro -de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano -su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos -cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era -frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco -Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio, -de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á -la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en -el primer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde -allí solía llamar la atención del público con los chistes que dirigía -á los actores y á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y -les remedaba en los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era -bien conocido, atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio -cubierto de sombreros chambergos (que parecían una _testudo_ romana) -palmoteaba sus escurrilidades é indecencias. - - [3] Don Vicente García de la Huerta en el prólogo de su - Teatro español, impreso en 1785, explica así el origen de la - denominación de _Chorizos_. «Francisco Rubert, por otro nombre - Francho, fué la causa del apellido de _Chorizos_ que se dió en el - año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces - autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía - en un entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo - tales y tan graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar - los chorizos, que era el guardarropa de la compañía, y movió - tanto la risa de los espectadores, que desde entonces se llamó de - los _Chorizos_.» - -Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las comedias -que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que muerto ya -Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á conseguirlo. -Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y García, -don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia -intitulada _La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable -hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de -penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo_; don Antonio -Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos; -el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero (cómico también y -además canonista y teólogo), don Manuel Daniel Delgado, don Antonio -Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. Don José Julián de -Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y facilidad para -sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia intitulada _Más -vale tarde que nunca_, en la cual hay privado perseguido, trueque de -puñales, batida general, con aquello de _á la cumbre, á la espesura, -al monte, al valle, á la selva_; preso que se lamenta de su desgracia -glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio; pasito de -cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un -rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de -aquel tiempo, otros tantos se hallarán hacinados en esta. - -Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el -prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas -reglas del arte dramático[4]. Luzán tradujo y publicó una comedia -de M. de La Chaussée, con el título de _La razón contra la moda_, la -cual ni entonces ni después se ha visto en el teatro. En los años de -1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias -originales intituladas _Virginia_ y _Ataúlfo_, nunca representadas, -y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó -su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse -observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de -ser intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la -perfección en este género, no basta que el autor sea un hombre muy -docto, si le falta el requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de -Trigueros en el año de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente -prosa castellana, el _Británico_ de Racine. Don Eugenio de Llaguno y -Amírola publicó en el año de 1754, traducida en muy buenos versos, la -_Atalía_ del mismo autor. Nada de esto pasó al teatro. - - [4] Este prólogo de Nasarre provocó una violenta y ruidosa - polémica literaria entre los partidarios del gusto francés y - los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que en - los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los - principios de la escuela romántica de nuestro siglo. - -La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se -enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles: -lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos, -se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos -sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban -prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre -de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de -paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes -insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible -de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más -divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial -doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo, -y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales -no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu -y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes -cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de -historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos, -paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito -quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los -intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres. - -Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la representación -de los autos sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen -(papel que desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación -del Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos, -las palabras del Evangelio: _Quomodo fiet istud, quoniam virum non -cognosco?_ los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas, -dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa -y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal -habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la -custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión -el _Tantum ergo_. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo, -la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el -martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos -del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una -salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena; -en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que -Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S. -Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el -teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un -justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la -representación teatral de asuntos sagrados. - -Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como uno de -nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de Montiano, -su amigo, una comedia intitulada _La petimetra_. Esta obra, impresa -en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad y corrección -en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras antiguas comedias -con la regularidad violenta á que su autor quiso reducirla, resultó -una imitación de carácter ambiguo y poco á propósito para sostenerse -en el teatro, si alguna vez se hubiera intentado representarla. La -_Lucrecia_, tragedia que publicó el mismo autor en el año siguiente, -es obra de mayor mérito, aunque la elección del argumento parece poco -feliz, el progreso de la fábula entorpecido con episodios inútiles, y -el estilo muy distante á veces de la sublimidad que pide este género. - -Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se atrevieron á -procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo piezas originales, -compuestas con regularidad y decoro, y aunque no consiguieron toda -la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron laudables. - -Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada _El -Pensador_, censuró el desarreglo de las comedias que entonces -se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín -publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que -probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de todas -clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y católica. No -pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de sus razones, y -desde entonces quedó limpia la escena española de composiciones tan -absurdas[5]. - - [5] Los autos sacramentales se prohibieron por real cédula de 11 - de junio de 1765. - -Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro -de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron -tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el -mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los -trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los -vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y -de las provincias. - -El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo -tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar -decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó -y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior -que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la -turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre -los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado _Tusa_, era el -alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato -y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y -les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación -eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco -dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo. - -Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían -hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias -originales. Tales fueron _Hormesinda_, de Moratín, más laudable por -algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de -Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su -fábula; _Guzmán el Bueno_, del mismo autor, en que hay un carácter -bien sostenido, afectos heróicos, pintura de costumbres, violencia -repugnante en la unidad de lugar, y no suficiente corrección de -estilo; _Don Sancho García_, de don José Cadahalso, arreglada y -débil, con rimas pareadas á imitación de los franceses, cuya cadencia -simétrica es en extremo desagradable á nuestros oídos; _Raquel_, -de don Vicente García de la Huerta, que siguiendo el mismo plan de -_La Judía de Toledo_, de don Juan Bautista Diamante, no acertó á -regularizarle, sin añadirle graves defectos; hay en ella un carácter -sobresaliente; los demás, ó por falta de conveniencia dramática ó -por inconscientes, han merecido la desaprobación de los críticos; -en los pensamientos se descubren á veces resabios de mal gusto; el -lenguaje es bueno, la versificación sonora. _Numancia destruída_ es -de don Ignacio López de Ayala, donde la mala elección del argumento, -los amores episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del -lugar que produce inverosimilitud continua, se compensan con un -estilo animado y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora, -y el feroz heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que -produce siempre su representación. _Munuza_, de don Gaspar Melchor de -Jovellanos; _Jahel_, de don Juan López Sedano; _Progne y Filomena_, -de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se -compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera -podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido -al gobierno más decidida protección. - -En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que -habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas -traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse -para obtener el acierto en este difícil género de la dramática. - -Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se -acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia; -porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en -un acto, llamadas _sainetes_, supo sustituir en ellas, al desaliño -y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación -exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de -vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas -fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan -halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas -acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con -severidad las leyes. Nunca supo inventar una combinación dramática -de justa grandeza, un interés bien sostenido, un nudo, un desenlace -natural; sus figuras nunca forman un grupo dispuesto con arte; pero -examinadas separadamente, casi todas están imitadas de la naturaleza -con admirable fidelidad. Esta prenda, que no es común, unida á la de -un diálogo animado, gracioso y fácil (más que correcto), dió á sus -obrillas cómicas todo el aplauso que efectivamente merecían[6]. - - [6] La crítica moderna ha concedido á D. Ramón de la Cruz mayor - atención y más francos elogios, particularmente como autor de los - inimitables _sainetes_, que gozan hoy de fama universal. - -Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el -marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de -Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que -habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates, -solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el _Misántropo_ -ó la _Atalía_, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque -haciendo _El Negro más prodigioso_, ó _El Mágico africano_. Nunca -se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de -aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto, -Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano, -Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine, -Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión; -y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos -teatros. - -Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios que -pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe -adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al -público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de -hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine. - -_El Delincuente honrado_, tragicomedia escrita por don Gaspar de -Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con estimación; y -aunque demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró -en ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente -prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor, -no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo -después. - -En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad, -publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta, -la comedia intitulada _Hacer que hacemos_, la cual desagradó á los -inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos, -al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el -teatro. - -La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el nacimiento -de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, hizo representar -en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que apenas vistas -desaparecieron para siempre de nuestra escena. _Los Menestrales_, -comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, moralista, -poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico, -épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de Apolo, -mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público. _Las -bodas de Camacho_, comedia pastoral de don Juan Meléndez Valdés, -llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte, Virgilio, -Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción -castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta -personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que -la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos -eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en -que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos -del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la -demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que -la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los -céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria -existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular -de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que -despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de -Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos. -Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de _El Aminta_ con -los del _Quijote_, y resultó una obra de quínola, insoportable en los -teatros públicos, y muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos -géneros el Tasso y Cervantes. - -No sin mucha dificultad consiguió el mencionado Iriarte dar á la -escena en el año de 1788 la comedia de _El Señorito mimado_, la -cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo los -aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los -caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo. -Tal vez mereció la censura de los que notaron en ella falta de -movimiento dramático, de ligereza y alegría cómica; pero fácilmente -se disimularon estos defectos, en gracia de las muchas cualidades que -la hicieron estimable en la representación y en la lectura. Si ha de -citarse la primera comedia original que se ha visto en los teatros de -España, escrita según las reglas más esenciales que han dictado la -filosofía y la buena crítica, esta es. - -Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por -aquel tiempo la comedia de _El Viejo y la Niña_, luchando con los -obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba la -difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que -mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y -extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se -necesitaban repetidos ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas -según el arte: no era ya soportable contemporizar con las libertades -de Lope, ni con las marañas de Calderón. Uno y otro habían producido -imitadores sin número, que por espacio de dos siglos conservaron la -escena española en el último grado de corrupción. No era lícito que -un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas autoridades -al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle. - -Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades -de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta -dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el -de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo -todo el interés de una pieza de teatro al que puede producir una -sinfonía, y que teniendo en su mano los medios que ofrece el arte -para conmover y persuadir, renunciase á la eficacia de todos ellos, -y se negara voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse de tales -obras en beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de las -comedias, dijo Nasarre, conociendo la utilidad de ellas, se deben -revestir de una autoridad pública para instruir á sus conciudadanos; -persuadiéndose de que la patria les confía tácitamente el oficio -de filósofos y de censores de la multitud ignorante, corrompida ó -ridícula. Los preceptos de la filosofía puestos en los libros son -áridos y casi muertos, y mueven flacamente el ánimo; pero presentados -en los espectáculos animados, le conmueven vivamente. El filósofo -austero se desdeña de ganar los corazones; el tono dominante de -sus máximas ofende ó cansa. El cómico excita alternativamente mil -pasiones en el alma; hácelas servir de introductores de la filosofía; -sus lecciones nada tienen que no sea agradable, y están muy apartadas -del sobrecejo magistral que hace aborrecible la enseñanza y aumenta -la natural indocilidad de los hombres». - -Sentado el principio de que toda composición cómica debe proponerse -un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos del placer, -concibió Moratín que la comedia podía definirse así: «Imitación en -diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso ocurrido en un lugar -y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y -de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en -ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas -por consiguiente la verdad y la virtud». - -_Imitación_, no copia, porque el poeta observador de la naturaleza, -escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito, lo -distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone un -todo que es mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al -original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas -palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de -personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En esta, -como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los -originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina. - - Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor; - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . et quæ - Desperat tractata nitescere posse, relinquit. - -_En diálogo_; porque á diferencia de los demás géneros de la poesía, -en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe ó refiere, -en la dramática que produce poemas activos, se oculta del todo, y -pone en la escena figuras que obrando en razón de sus pasiones, -opiniones é intereses, hacen creíble al espectador (hasta donde la -ilusión alcanza) que está sucediendo cuánto allí se le presenta. -La perspectiva, los trajes, el aparato escénico, las actitudes, -el movimiento, el gesto, la voz de las personas, todo contribuye -eficazmente á completar este engaño delicioso, resulta necesaria del -esfuerzo de muchas artes. - -_En prosa ó verso._ La tragedia pinta á los hombres, no como son en -realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron -ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este -recurso, que la es indispensable, la facilita el poder dar á sus -acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la -belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo -ha de ser grande, heróico y patético en grado eminente, mal podría -conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la -pompa y armonía de la versificación. - -La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres -nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes -de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y -de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva -y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones -con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le -exige, puesto que de la semejanza que las da resultan sus mayores -aciertos. Imitando pues tan de cerca á la naturaleza, no es de -admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea -que esto puede añadir facilidades á la composición. _Difficile est -propriè communia dicere._ No es fácil hablar en prosa como hablaron -Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea, -la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración -el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones -comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas que -se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por -acercarle demasiado á la verdad que imita. - -Estos mismos obstáculos hay que vencer si la comedia se escribe en -verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las estrofas líricas, -ni el soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el romance -octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe -caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La -facilidad, la energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía -que debe resultar de la elección de las palabras, de la dimensión -variada de los periodos, de la contraposición de las terminaciones -asonantes, todo será necesario para llevar á su perfección este -género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere acertar el que -no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al estudio y -al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua, -enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos -antiguos, los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos, -nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena -crítica sabe elegirlos. - -_Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas._ Boileau en su -excelente Poética redujo á dos versos los tres preceptos de unidad: - - Una acción sola, en un lugar y un día, - conserve hasta su fin lleno el teatro. - -Esto mismo recomendaba el autor del _Quijote_ setenta años antes -que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de -Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó, -juntamente con otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no -era ciertamente porque las ignorase: pues no sólo habló de ellas el -Pinciano en su _Filosofía antigua poética_, impresa en 1596, sino que -Bartolomé de Torres Naharro (ciento y veinte años antes que naciera -Boileau) las había practicado en alguna de sus comedias. - -El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la citada obra: «Toda -la acción se finja ser hecha dentro de tres días... cuánto menos el -plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí puede colegirse -cuáles son los poemas do nace un niño, y crece, y tiene barbas, y se -casa, y tiene hijos y nietos; lo cual en la fábula épica, aunque no -tiene término, es ridículo; ¿qué será en las activas, que le tienen -tan breve?... Aquella fábula será más artificiosa, que más deleitare -y más enseñare con más simplicidad... En vano se aplican muchos modos -para una acción... Si una sola basta para enseñar y deleitar en un -poema, ¿para qué se aplicarán muchas?» - -Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan -muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la atención -se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se -atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no -se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa -confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo -desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral. -Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á la perfección -dramática, deben acompañar á la de acción, que la es indispensable; -y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá -de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo -de grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran -seguido, sus aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la -representación de una pieza cómica ó trágica es necesario que exista -(para salvar las impropiedades que el arte no puede vencer) una -tácita convención de parte del auditorio, nada importa que esta -convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal doctrina -llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el -caos dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se -reducirían á las mantas y los cordeles con que decoraba los suyos -Lope de Rueda. Existe en efecto la tácita convención; pero aplicable -solamente á disculpar los defectos que son inherentes al arte, no los -que voluntariamente comete el poeta. Ya se ha visto con repetidos -ejemplos que la observancia de las unidades de acción, tiempo y lugar -es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario, sino -que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que -sea fácil escribir una excelente comedia? - -Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van indicados, hallará -comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace la verdad -moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la -composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente, -verisímil y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá existir -una inmediata conexión entre la máxima que se establece y el -suceso que ha de comprobarla. Para hacerla verisímil no basta que -sea posible; ha de componerse de circunstancias tan naturales, tan -fáciles de ocurrir, que á todos seduzca la ilusión de la semejanza. -Para hacerla teatral deberá ser la exposición breve, el progreso -continuo, el éxito dudoso, la solución (resulta necesaria de los -antecedentes) inopinada y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni -trivial. - -_Entre personas particulares._ Como el poeta cómico se propone por -objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas -verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para -apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir -en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de -sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase -media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres, -las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la -tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores -heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces -que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían -á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado -de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el -interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido -jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear -con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus -errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las -leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta -corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla. - -_La oportuna expresión de afectos y caracteres_ se hace tan -indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la -imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio -que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que -los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar -de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de -nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras -naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni -con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza del -lenguaje, ni con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de -los versos; si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres, -todo es perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de -preparar las situaciones para que naturalmente se desenvuelvan, -ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico. - -_Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la -sociedad_ mediante la disposición de la fábula y la expresión de los -caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos, -pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la -deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria degradación -en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben quedar -subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos -meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser -objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como -medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de -corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la -irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores -que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna -utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se -verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la -multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el -objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del -vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.» - -Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes -extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los -hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la -educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias, -feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y -de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares -ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó -paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo, -del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y -de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces -de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar -perjudiciales consecuencias al interés privado y al público. - -_Recomendadas por consiguiente la verdad y virtud_ en la fábula -cómica, mediante la censura de los vicios del entendimiento y del -corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general que debió -proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los -conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía, -que preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, -en la crítica y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica -los errores adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el -ejemplo de personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien -habitualmente rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la -única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle, -y se le ilustra cuando se le divierte. - -En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como -efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas -ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos -laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de -la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la -humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan -la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos -á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las -obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para -evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por -una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos, -para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso -consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la -fortuna ó la injusticia de los hombres. - -Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir al -teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre sí -el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á -conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta -él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no -los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de -instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado -á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros -no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos -lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que -efectivamente reside en determinados sujetos una peculiar aptitud -mental, que les hace percibir lo que para otros muchos, dotados á lo -que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y -oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de -dársele) es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores -en las artes de imitación. Á él se deben la _Venus_ de Médicis y el -_Apolo_ de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; -por él Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él -Rossini en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música -nuevos encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para -dar á sus composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella -fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante -apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la -posteridad justa sabrá decidirlo. - -En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y leídas, -vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en ellas el -ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el -acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como -todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin -cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran. -Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que -haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la -tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares; -no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación -modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo -camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos, -merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en -España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del -gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio -y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces -(y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que -él empezó. - -Quiso también desmentir de una manera victoriosa las equivocaciones -en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito acerca de -nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas -de su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose -unos á otros, y obstinándose en decidir magistralmente sobre el -mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su -literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás -lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir. - -Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el -espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos, -el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen -sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental, -ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante, -hinchado, tenebroso, _ampullas et sexquipedalia verba_. Tal es la -pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su -mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy -viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan -en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y -el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios -de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se -representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos -citan una comedia de _San Amaro_, cuya acción dura doscientos años, y -un auto que acaba con el _Ite missa est_: y no añaden que no hay un -solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la -representación de tal comedia ni de tal auto. - -¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas -moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico -de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de -M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá -de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las -disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían, -si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio, -de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los -voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de -su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de -_Arlequín tragado por la ballena_, _Arlequín que nace de un huevo_, -_El príncipe Taer convertido en piedra_, ó _La Dama serpiente_, -piezas no ignoradas, como la de _San Amaro_, no sepultadas en el -polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas -frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los -que hoy viven han podido verlas no pocas veces? - -Pero no sólo dan por supuesto que la escena española permanece en un -extravagante desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la -posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las -acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme -con el carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad -que la comedia nunca tuvo cabida en España.--Ningún español ha podido -sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles -salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio -ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación -su natural indiferencia.--Como la galantería de los españoles ha -sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto -sabor de África, de que no han participado las demás naciones.» -Esto dice el abate Cuadrio en su _Historia poética_. «La mezcla de -bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular -agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P. -Caymo, autor de la obra intitulada _El vago italiano_. «La verdadera -comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben -reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino -acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate -Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos -de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará -este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con -las costumbres.--Si en España no se aplican á pintar los caracteres -y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière, -consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha -dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe -en el año de 1797. - -¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias de -Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama -comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto -dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es -el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran á -cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no lo -ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una nación -de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación de la -verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas -partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las -comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar -con tanto desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi -desconocido. Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no -parecerse ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos -siglos há, las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la -estimación que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del -número de piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público -español, que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha -visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de -nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido -sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas -á las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto -que no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco -y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto -que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó -ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible -conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate -Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas -la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores -que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya -percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano, -oriental ni francés. - -Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus primeros -estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de -su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores -y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en -las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban para -satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y -alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre, -porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron á la -frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é -inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las -dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin -necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan, -formando un lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de -galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, -y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: -«Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza -con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque -no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben -buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y -cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal -de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que -necesitan?» - -Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer; -falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras, -apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó -absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos, -y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso -lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y -enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura, -de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio -pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de -sensibilidad que de doctrina. - -Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de -igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á -la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la -solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta -lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo -de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á -los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en -este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna -literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los -errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por -la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que -contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia -á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio que le -hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos coronas. - - - - -LA COMEDIA NUEVA - -COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792 - - - - -PERSONAS - - - DON ELEUTERIO. - DOÑA AGUSTINA. - DOÑA MARIQUITA. - DON HERMÓGENES. - DON PEDRO. - DON ANTONIO. - DON SERAPIO. - PIPÍ. - - -_La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro._ - - - El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador - de café; en el foro una puerta con escalera á la habitación - principal, y otra puerta á un lado que da paso á la calle. - - -_La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis._ - - - - -[Ilustración] - - - - -ACTO I. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON ANTONIO, PIPÍ. - -(_Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí paseándose._) - -D. ANTONIO.--Parece que se hunde el techo. Pipí. - -PIPÍ.--Señor. - -D. ANTONIO.--¿Qué gente hay arriba, que anda tal estrépito? ¿Son -locos? - -PIPÍ.--No, señor; poetas. - -D. ANTONIO.--¿Cómo poetas? - -PIPÍ.--Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y han tenido una gran -comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh! - -D. ANTONIO.--¿Y con qué motivo se hace esa francachela? - -PIPÍ.--Yo no sé; pero supongo que será en celebridad de la comedia -nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos. - -D. ANTONIO.--¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya picarillos! - -PIPÍ.--Pues qué, ¿no lo sabía usted? - -D. ANTONIO.--No por cierto. - -PIPÍ.--Pues ahí está el anuncio en el _Diario_. - -D. ANTONIO.--En efecto, aquí está (_Leyendo en el Diario que está -sobre la mesa_): COMEDIA NUEVA INTITULADA EL GRAN CERCO DE VIENA. -¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el -diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta -ridículo! - -PIPÍ.--Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer, -así, alguna cosa... - -D. ANTONIO.--¿Cómo? - -PIPÍ.--Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos! - -D. ANTONIO.--¡Oh! los buenos versos son muy estimables; pero hoy día -son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan pocos... - -PIPÍ.--No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte. -¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las -mujeres. - -D. ANTONIO.--¡Oiga! ¿también las señoras decían coplillas? - -PIPÍ.--¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor -de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de -repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más -que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al -peluquín. - -D. ANTONIO.--¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón! - -PIPÍ.--Pues con ese se estaba jugando; y cuando la decían: -«Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y -por más que la estuvieron azuzando á ver si rompía, nada. Empezó -una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el -consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire -usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena... - -D. ANTONIO.--Seguramente. ¿Y quién es ese que cantaba poco há, y daba -aquellos gritos tan descompasados? - -PIPÍ.--¡Oh! ese es don Serapio. - -D. ANTONIO.--Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene? - -PIPÍ.--Él es... mire usted; á él le llaman don Serapio. - -D. ANTONIO.--¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que hace gestos á las -cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va todos los -días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que -se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del -sobresaliente, y las partes de por medio. - -PIPÍ.--Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados finos. Aquí se -viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con los -peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio -de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan, -ríen, fuman en los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá -hasta que da la una; se despiden, y él se va á comer con el apuntador. - -D. ANTONIO.--¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia? - -PIPÍ.--¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de -doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes. - -D. ANTONIO.--¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa? - -PIPÍ.--¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho -ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le -ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que -ganará en la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don -Hermógenes, que parece son bastantes. - -D. ANTONIO.--Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia -apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán -entonces? - -PIPÍ.--Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor. Si dice don -Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas. - -D. ANTONIO.--¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer. -Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el -apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia -es buena, y cuál deja de serlo. - -PIPÍ.--Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no hay paciencia. -Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó -cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no -me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno: -ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé -yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte, el arte, la -moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios! -¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas? - -D. ANTONIO.--Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas -que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses. - -PIPÍ.--Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi tierra. - -D. ANTONIO.--Sí tal: aquí también se gastan, y algunos han escrito -comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena (por mucho -que se estire la cuenta), las que se han compuesto. - -PIPÍ.--Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no -tiene reglas la comedia de hoy? - -D. ANTONIO.--¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes apostar ciento -contra uno á que no las tiene. - -PIPÍ.--Y las demás que van saliendo cada día tampoco las tendrán: ¿no -es verdad usted? - -D. ANTONIO.--Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra cosa, sino que para -hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor. - -PIPÍ.--Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de hoy, y luégo verá -usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo que él -dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces... -¡ya se ve! mire usted si con un buen situado podía él... - -D. ANTONIO.--Cierto. (_Ap._ ¡Qué simplicidad!) - -PIPÍ.--Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses sacaría dos ó tres -comedias. Como es tan hábil... - -D. ANTONIO.--¿Conque es muy hábil, eh? - -PIPÍ.--¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él -consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que -tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como -ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué -diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire -usted si ellos... ¿No es verdad? - -D. ANTONIO.--Pues ya. - -PIPÍ.--Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan, -me parece á mí que ha de dar golpe. - -D. ANTONIO.--¿Conque es la primera? - -PIPÍ.--La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro -ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la -esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el -amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la -doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras -dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni -habiente, ha cogido y se ha hecho poeta. - -D. ANTONIO.--Y ha hecho muy bien. - -PIPÍ.--¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo -ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir -trampeando hasta que Dios quiera abrir camino. - - -ESCENA II. - -DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. PEDRO.--Café. - -(_Don Pedro se sienta junto á una mesa distante de don Antonio: Pipí -le servirá el café._) - -PIPÍ.--Al instante. - -D. ANTONIO.--No me ha visto. - -PIPÍ.--¿Con leche? - -D. PEDRO.--No... Basta. - -PIPÍ.--¿Quién es este? - -(_Al retirarse después de haber servido el café á don Pedro._) - -D. ANTONIO.--Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso, -honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan -serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos. - -PIPÍ.--Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca habla, siempre -está de mal humor. - - -ESCENA III. - -DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. SERAPIO.--¡Pero, hombre, dejarnos así! - -(_Bajando la escalera, salen por la puerta del foro._) - -D. ELEUTERIO.--Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han -puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir -esta mía para que la canten mañana. - -D. SERAPIO.--¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están -hechas ni letra ni música? - -D. ELEUTERIO.--Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. -¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que -callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del -mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está -opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos, -etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el -canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál -ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de -gorgoritos, y estamos al cabo de la calle. - -D. SERAPIO.--¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho. - -D. ELEUTERIO.--Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase -usted. - -(_Don Eleuterio se sienta junto á una mesa inmediata al foro; saca de -la faltriquera papel y tintero, y escribe._) - -D. SERAPIO.--Voy allá; pero... - -D. ELEUTERIO.--Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo -suba el mozo. - -D. SERAPIO.--Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos -más. Pipí. - -PIPÍ.--¡Señor! - -D. SERAPIO.--Palabra. - -(_Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á irse por la puerta -del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va por la -misma parte._) - -D. ANTONIO.--¿Cómo va, amigo don Pedro? - -(_Don Antonio se sienta cerca de don Pedro._) - -D. PEDRO.--¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va -bien. - -D. ANTONIO.--¿Usted á estas horas por aquí? Se me hace extraño. - -D. PEDRO.--En efecto lo es; pero he comido ahí cerca. Á fin de mesa -se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer; -dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine. - -D. ANTONIO.--Pues; con ese genio tan raro que usted tiene, se ve -precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte. - -D. PEDRO.--No por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en -los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con -el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más -felices instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares -soy raro algunas veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no -quiero mentir, ni puedo disimular; y creo que el decir la verdad -francamente es la prenda más digna de un hombre de bien. - -D. ANTONIO.--Sí; pero cuando la verdad es dura á quien ha de oirla, -¿qué hace usted? - -D. PEDRO.--Callo. - -D. ANTONIO.--¿Y si el silencio de usted le hace sospechoso? - -D. PEDRO.--Me voy. - -D. ANTONIO.--No siempre puede uno dejar el puesto, y entonces... - -D. PEDRO.--Entonces digo la verdad. - -D. ANTONIO.--Aquí mismo he oído hablar muchas veces de usted. Todos -aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no dejan de -extrañar la aspereza de su carácter. - -D. PEDRO.--¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al café; porque no -vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no disputo, ni -ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes que -vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos -y la risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y -extravagante? Poco me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he -seguido hasta aquí, de que en un café jamás debe hablar en público el -que sea prudente. - -D. ANTONIO.--Pues ¿qué debe hacer? - -D. PEDRO.--Tomar café. - -D. ANTONIO.--¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué plan tiene usted -para esta tarde? - -D. PEDRO.--Á la comedia. - -D. ANTONIO.--¿Supongo que irá usted á ver la pieza nueva? - -D. PEDRO.--Qué ¿han mudado? Ya no voy. - -D. ANTONIO.--Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas. - -(_Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, copas y frasquillos, -que dejará sobre el mostrador._) - -D. PEDRO.--¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista -de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los -motivos que tendré de no ver la de esta tarde? - -D. ELEUTERIO.--¡Hola! Parece que hablan de mi función. - -(_Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro._) - -D. ANTONIO.--De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se -admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se -ríe uno, se pasa el rato, y tal vez... - -D. PEDRO.--Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el -sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita -lo que á usted le divierte. (_Guarda don Eleuterio papel y tintero; -se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de -los dos._) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria -para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el -protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted -y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar -iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de -pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es -un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero, -amigo... - -D. ANTONIO.--Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería -cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos -hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es -posible persuadirles?... - -D. ELEUTERIO.--No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta -tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que -yo le doy mi palabra de que le ha de gustar. - -D. ANTONIO.--¿Es este el autor? - -(_Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí, -vuelve á hablar con don Eleuterio_.) - -PIPÍ.--El mismo. - -D. ANTONIO.--¿Y de quién es? ¿Se sabe? - -D. ELEUTERIO.--Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado, -de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el -pobrecillo no tiene protección. - -D. PEDRO.--Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede -quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno -ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los -progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre -de talento que sobresalga en un género tan difícil. - -D. ELEUTERIO.--Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto -tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los -cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias. - -DON ANTONIO.--¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco. - -D. ELEUTERIO.--No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si -fuera por el invierno, entonces... - -D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las -comedias? Lo mismo sucede con los besugos. - -(_Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra -y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira. -Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual -formará juego de teatro._) - -D. ELEUTERIO.--Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan, -el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas -las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. -Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para -mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! -Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar -su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas... -Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas -llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas, -melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí? -Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da -cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de -poder competir con un hombre que trabaja tan barato? - -D. ANTONIO.--Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima -obra á los autores de la corte. - -D. ELEUTERIO.--Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles. - -D. ANTONIO.--Cierto. - -D. ELEUTERIO.--Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga. - -D. ANTONIO.--En efecto. - -D. ELEUTERIO.--El cuarto. - -D. ANTONIO.--¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles. - -D. ELEUTERIO.--Y si hay familia... - -D. ANTONIO.--No hay duda; si hay familia es cosa terrible. - -D. ELEUTERIO.--Vaya usted á competir con el otro tuno, que con seis -cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho. - -D. ANTONIO.--¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro -al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se -presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el -gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí -tengo que... - -D. ELEUTERIO.--¿La ha leído usted? - -D. ANTONIO.--No por cierto. - -D. PEDRO.--¿La han impreso? - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir? - -D. PEDRO.--Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el -teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un -autor novel. - -D. ANTONIO.--¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy -buena. ¿Y dónde se vende? - -D. ELEUTERIO.--Se vende en los puestos del _Diario_, en la librería -de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el -puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también -en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la -calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la... - -D. PEDRO.--¿Se acabará esta tarde esa relación? - -D. ELEUTERIO.--Como el señor preguntaba... - -D. PEDRO.--Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia! - -D. ANTONIO.--Pues la he de comprar, no tiene remedio. - -PIPÍ.--Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va! - -D. ELEUTERIO.--Véala usted aquí. - -(_Saca una comedia impresa, y se la da á don Antonio._) - -D. ANTONIO.--¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su nombre. Bien, así -me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de calabazadas por -averiguar la gracia del autor. (_Lee don Antonio._) POR DON ELEUTERIO -CRISPÍN DE ANDORRA... «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia -y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y -magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y -dice el emperador: - - Ya sabéis, vasallos míos, - que habrá dos meses y medio - que el turco puso á Viena - con sus tropas el asedio, - y que para resistirle - unimos nuestros denuedos, - dando nuestros nobles bríos, - en repetidos encuentros, - las pruebas más relevantes - de nuestros invictos pechos.» - -¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro! - - «Bien conozco que la falta - del necesario alimento - ha sido tal, que rendidos - de la hambre á los esfuerzos, - hemos comido ratones, - sapos y sucios insectos.» - -D. ELEUTERIO.--¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien? - - (_Hablando á don Pedro_.) - -D. PEDRO.--¡Eh! á mí, qué... - -D. ELEUTERIO.--Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un -paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted... -ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre. - -D. ANTONIO.--¿Muerta? - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor, muerta. - -D. ANTONIO.--¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que -hace aquí, ¿contra quién son? - -D. ELEUTERIO.--Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer, -porque ella no quería ser su concubina. - -D. ANTONIO.--¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto. - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor. - -D. ANTONIO.--Hombre arrebatado, ¿eh? - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor. - -D. ANTONIO.--Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad? - -D. ELEUTERIO.--Cierto. - -D. ANTONIO.--Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes. - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo. - -D. ANTONIO.--¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua. -¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro. - -D. PEDRO.--No, por Dios; no lo lea usted. - -D. ELEUTERIO.--Es que es uno de los pedazos más terribles de la -comedia. - -D. PEDRO.--Con todo eso. - -D. ELEUTERIO.--Lleno de fuego. - -D. PEDRO.--Ya. - -D. ELEUTERIO.--Buena versificación. - -D. PEDRO.--No importa. - -D. ELEUTERIO.--Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza. - -D. PEDRO.--Hombre, si he dicho ya que... - -D. ANTONIO.--Pero á lo menos, el final del acto segundo es menester -oirle. - -(_Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don Eleuterio._) - - _Emperador._ Y en tanto que mis recelos... - - _Visir._ Y mientras mis esperanzas... - - _Senescal._ Y hasta que mis enemigos... - - _Emperador._ Averiguo. - - _Visir._ Logre. - - _Senescal._ Caigan. - - _Emperador._ Rencores, dadme favor. - - _Visir._ No me dejes, tolerancia. - - _Senescal._ Denuedo, asiste á mi brazo. - - _Todos._ Para que admire la patria - el más generoso ardid - y la más tremenda hazaña. - -D. PEDRO.--Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate. - -(_Se levanta impaciente, en ademán de irse._) - -D. ELEUTERIO.--¿Disparates los llama usted? - -D. PEDRO.--¿Pues no? - -(_Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de -entrambos._) - -D. ELEUTERIO.--¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues -no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído -la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra -cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo -aplauden á rabiar. - -D. PEDRO.--¿Y esto se representa en una nación culta? - -D. ELEUTERIO.--¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión! -¡Disparates! - -D. PEDRO.--¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de -nosotros? - -D. ELEUTERIO.--¡Llamar disparates á una especie de coro entre el -emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes. -Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se -censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!... - -PIPÍ.--No haga usted caso. - -D. ELEUTERIO (_Hablando con Pipí hasta el fin de la escena_).--Yo -no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate tú si la -conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador -está lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo -sin firma ni sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está -rabiando por gozar de la hermosura de Margarita, hija del conde de -Strambangaum, que es el traidor... - -PIPÍ.--¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan á mi las -comedias en que hay traidor! - -D. ELEUTERIO.--Pues, como digo, el visir está loco de amores por -ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene -todas consigo, porque sabe que el conde anda tras de quitarle el -empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de -modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su -asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural. - -(_Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la comedia._) - - Y en tanto que mis recelos... - y mientras mis esperanzas... - y hasta que mis... - -¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted! - -(_Sale don Hermógenes por la puerta del foro._) - - -ESCENA IV. - -DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. HERMÓGENES.--Buenas tardes, señores. - -D. PEDRO.--Á la orden de usted. - -D. ANTONIO.--Felicísimas, amigo don Hermógenes. - -D. ELEUTERIO.--Digo, me parece que el señor don Hermógenes será -juez muy abonado (_D. Pedro se acerca á la mesa en que está el_ -Diario; _lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los -demás_) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe -su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las -traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre -todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas. -Pues yo quiero que nos diga... - -D. HERMÓGENES.--Usted me confunde con elogios que no merezco, señor -don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber -llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de -usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su -delicado gusto en el arte rítmica, su... - -D. ELEUTERIO.--Vaya, dejemos eso. - -D. HERMÓGENES.--Su docilidad, su moderación... - -D. ELEUTERIO.--Bien; pero aquí se trata solamente de saber si... - -D. HERMÓGENES.--Estas prendas sí que merecen admiración y encomio. - -D. ELEUTERIO.--Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la -comedia que hoy se representa es disparatada ó no. - -D. HERMÓGENES.--¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido en un aserto -tan?... - -D. ELEUTERIO.--Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y -nada más. - -D. HERMÓGENES.--Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el -poema dramático admite dos géneros de fábula. _Sunt autem fabulæ, -aliæ simplices, aliæ implexæ._ Es doctrina de Aristóteles. Pero lo -diré en griego para mayor claridad. _Eisi de ton mython oi men aploi -oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis..._ - -D. ELEUTERIO.--Hombre; pero si... - -D. ANTONIO (_Siéntase en una silla, haciendo esfuerzos para contener -la risa_).--Yo reviento. - -D. HERMÓGENES.--_Cai gar ai praxeis on mimeseis oi..._ - -D. ELEUTERIO.--Pero... - -D. HERMÓGENES.--_Mythoi eisin yparchousin._ - -D. ELEUTERIO.--Pero si no es eso lo que á usted se le pregunta. - -D. HERMÓGENES.--Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor -inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por -prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó -anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según -Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio... - -D. ELEUTERIO.--Bien, todo eso es admirable; pero... - -D. PEDRO.--Este hombre es loco. - -D. HERMÓGENES.--Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que -los megareos, los sículos y los atenienses... - -D. ELEUTERIO.--Don Hermógenes, por amor de Dios, si no... - -D. HERMÓGENES.--Véanse los dramas griegos, y hallaremos que Anaxipo, -Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates, -Epicrates, Menecrates y Pherecrates... - -D. ELEUTERIO.--Si le he dicho á usted que... - -D. HERMÓGENES.--Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad -pretérita, todos, todos convinieron _nemine discrepante_ en que la -prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la -comedia del _Cerco de Viena_... - -D. PEDRO.--Adios, señores. - -(_Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura -detenerle._) - -D. ANTONIO.--¿Se va usted, don Pedro? - -D. PEDRO.--¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso? - -D. ANTONIO.--Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la -autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos -de ser un desatino... - -D. HERMÓGENES.--Ese es mi intento: probar que es un acéfalo -incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene -irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se -hubiera atrevido á propalar tal aserción. - -D. PEDRO.--Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por -lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona, -infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre -sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta, -presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores. - -(_Hace que se va, y vuelve._) - -D. ELEUTERIO.--(_Señalando á don Antonio._) Pues á este caballero le -ha parecido muy bien lo que ha visto de ella. - -D. PEDRO.--Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre -de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la -suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan -desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la -necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni -sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle -en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á -tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe -el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera, -en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades -y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro -español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de -mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas -sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios -que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste -para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren -escribir. - -D. HERMÓGENES.--Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que... - -D. PEDRO.--Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un -pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores. - - -ESCENA V. - -DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ. - -D. HERMÓGENES.--¿Yo pedantón? (_Encarándose hacia la puerta por donde -se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro._) -¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los -puntos más delicados del derecho? - -D. ELEUTERIO.--¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la -conclusión del segundo acto es mala? - -D. HERMÓGENES.--Él será el pedantón. - -D. ELEUTERIO.--¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos -quince días? Y si empieza á llover... - -D. HERMÓGENES.--Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á -cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz. - -D. ANTONIO.--Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don -Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse. - -D. ELEUTERIO.--Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese. - -D. ANTONIO.--Sí, señor, gustará. Voy á ver si le alcanzo; y _velis -nolis_, he de hacer que la vea para castigarle. - -D. ELEUTERIO.--Buen pensamiento; sí, vaya usted. - -D. ANTONIO.--En mi vida he visto locos más locos. - - -ESCENA VI. - -DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO. - -D. ELEUTERIO.--¡Llamar detestable á la comedia! ¡Vaya, que estos -hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle! - -D. HERMÓGENES.--_Aquila non capit muscas_, don Eleuterio. Quiero -decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece la -envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo... - -D. ELEUTERIO.--¡Oh! - -D. HERMÓGENES.--Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que... - -D. ELEUTERIO.--Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno. - -D. HERMÓGENES.--Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación -al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh? - -D. ELEUTERIO.--Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el -sol que nos alumbra. - -D. HERMÓGENES.--Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama -pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, -me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta -personas. - -D. ELEUTERIO.--¡Picardía! Y usted ¿qué hizo? - -D. HERMÓGENES.--Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un -polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad. - -D. ELEUTERIO.--Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba? - -D. HERMÓGENES.--Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro -que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de -oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones -de la comedia? - -D. ELEUTERIO.--Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que -ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en -que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no. - -D. HERMÓGENES.--¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más -crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando... - -D. ELEUTERIO.--Pues ¿qué hay de nuevo? - -D. HERMÓGENES.--Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante -que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el -respeto, me amenaza... - -D. ELEUTERIO.--No hay que afligirse. Mañana ó esotro es regular que -me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún pico -en la hostería, también se... - -D. HERMÓGENES.--Sí, aún hay un piquillo; cosa corta. - -D. ELEUTERIO.--Pues bien: con la impresión lo menos ganaré cuatro mil -reales. - -D. HERMÓGENES.--Lo menos. Se vende toda seguramente. - -(_Vase Pipí por la puerta del foro._) - -D. ELEUTERIO.--Pues con ese dinero saldremos de apuros; se adornará -el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme. Se casa -usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy -mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las -otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los -cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se venden; entre -tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. Vaya, no hay -que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á mañana: una -intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el -ministro le estima á usted: ¿no es verdad? - -D. HERMÓGENES.--Tres visitas le hago cada día. - -D. ELEUTERIO.--Sí, apretarle, apretarle. Subamos arriba, que las -mujeres ya estarán... - -D. HERMÓGENES.--Diez y siete memoriales le he entregado la semana -última. - -D. ELEUTERIO.--¿Y qué dice? - -D. HERMÓGENES.--En uno de ellos puse por lema aquel celebérrimo dicho -del poeta: _Pallida mors æquo pulsat pede pauperum tabernas regumque -turres_. - -D. ELEUTERIO.--¿Y qué dijo cuando leyó eso de las tabernas? - -D. HERMÓGENES.--Que bien; que ya está enterado de mi solicitud. - -D. ELEUTERIO.--¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso está conseguido. - -D. HERMÓGENES.--Mucho lo deseo, para que á este consorcio apetecido -acompañe el episodio de tener que comer, puesto que _sine Cerere -et Bacho friget Venus_. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen -empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que -apetecer sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión. - -(_Vanse por la puerta del foro._) - - - - -ACTO II. - - -ESCENA PRIMERA. - -DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON -ELEUTERIO. - -(_Salen por la puerta del foro._) - -D. SERAPIO.--El trueque de los puñales, créame usted, es de lo mejor -que se ha visto. - -D. ELEUTERIO.--¿Y el sueño del emperador? - -D.ª AGUSTINA.--¿Y la oración que hace el visir á sus ídolos? - -D.ª MARIQUITA.--Pero á mí me parece que no es regular que el -emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más... - -D. HERMÓGENES.--Señora, el sueño es natural en el hombre, y no hay -dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores húmedos -que suben al cerebro... - -D.ª AGUSTINA.--Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué tontería! Si no -sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos? - -D. SERAPIO.--Serán... Deje usted. Podrán ser ahora... - -D. HERMÓGENES.--Aquí está mi reloj (_Saca su reloj_) que es -puntualísimo. Tres y media cabales. - -D.ª AGUSTINA.--¡Oh! pues aún tenemos tiempo. Sentémonos, una vez que -no hay gente. - -(_Siéntanse todos menos don Eleuterio._) - -D. SERAPIO.--¿Qué gente ha de haber? Si fuera en otro cualquier -día... pero hoy todo el mundo va á la comedia. - -D.ª AGUSTINA.--Estará lleno, lleno. - -D. SERAPIO.--Habrá hombre que dará esta tarde dos medallas por un -asiento de luneta. - -D. ELEUTERIO.--Ya se ve, comedia nueva, autor nuevo, y... - -D.ª AGUSTINA.--Y que ya la habrán leído muchísimos, y sabrán lo que -es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque fuera el coliseo siete veces -más grande. - -D. SERAPIO.--Hoy los Chorizos se mueren de frío y de miedo. Ayer -noche apostaba yo al marido de la graciosa seis onzas de oro á que no -tienen esta tarde en su corral cien reales de entrada. - -D. ELEUTERIO.--¿Conque la apuesta se hizo en efecto? ¿Eh? - -D. SERAPIO.--No llegó el caso, porque yo no tenía en el bolsillo más -que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y que... - -D. ELEUTERIO.--Soy con ustedes; voy aquí á la librería, y vuelvo. - -D.ª AGUSTINA.--¿Á qué? - -D. ELEUTERIO.--¿No te lo he dicho? Si encargué que me trajesen ahí la -razón de lo que va vendido, para que... - -D.ª AGUSTINA.--Sí, es verdad. Vuelve presto. - -D. ELEUTERIO.--Al instante. (_Vase._) - -D.ª MARIQUITA.--¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No pára este hombre. - -D.ª AGUSTINA.--Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena -diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con -su comedia escrita y su trabajo perdido. - -D.ª MARIQUITA.--¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo -cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no -sé lo que será de mí. - -D.ª AGUSTINA.--Pero, ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta -eres, y qué falta de comprensión! - -D.ª MARIQUITA.--Pues; siempre me está usted diciendo eso. (_Sale Pipí -por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo sobre -el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte._) Vaya, que algunas -veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver -estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con -quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones. - -D. HERMÓGENES.--No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de -cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el suspirado -consorcio. - -D.ª MARIQUITA.--¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le creyera á usted! - -D. HERMÓGENES.--Pues ¿quién ama tan de veras como yo? ¿Cuándo ni -Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos los -Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío? - -D.ª AGUSTINA.--¡Discreta hipérbole! Viva, viva. Respóndele, bruto. - -D.ª MARIQUITA.--¿Qué he de responder, señora, si no le he entendido -una palabra? - -D.ª AGUSTINA.--¡Me desespera! - -D.ª MARIQUITA.--Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son esas gentes de -quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo estoy -deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos -cuartos, verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted -mucho, y es usted muy guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy -peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas que dicen los hombres. - -D.ª AGUSTINA.--Sí, los hombres ignorantes, que no tienen crianza ni -talento, ni saben latín. - -D.ª MARIQUITA.--¡Pues, latín! Maldito sea su latín. Cuando le -pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y -para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores... -Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á -ellos que nosotros nos casemos ó no. - -D.ª AGUSTINA.--¡Qué ignorancia! Vaya, don Hermógenes; lo que le -he dicho á usted. Es menester que usted se dedique á instruirla y -descortezarla; porque, la verdad, esa estupidez me avergüenza. Yo, -bien sabe Dios que no he podido más: ya se ve, ocupada continuamente -en ayudar á mi marido en sus obras, en corregírselas (como usted -habrá visto muchas veces), en sugerirle ideas á fin de que salgan -con la debida perfección, no he tenido tiempo para emprender su -enseñanza. Por otra parte, es increíble lo que aquellas criaturas -me molestan. El uno que llora, el otro que quiere mamar, el otro -que rompió la taza, el otro que se cayó de la silla, me tienen -continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil veces: para las -mujeres instruídas es un tormento la fecundidad. - -D.ª MARIQUITA.--¡Tormento! ¡Vaya, hermana, que usted es singular en -todas sus cosas! Pues yo, si me caso, bien sabe Dios que... - -D.ª AGUSTINA.--Calla, majadera, que vas á decir un disparate. - -D. HERMÓGENES.--Yo la instruiré en las ciencias abstractas; la -enseñaré la prosodia; haré que copie á ratos perdidos el _Arte magna_ -de Raimundo Lulio, y que me recite de memoria todos los martes dos -ó tres hojas del _Diccionario_ de Rubiños. Después aprenderá los -logaritmos y algo de la estática; después... - -D.ª MARIQUITA.--Después me dará un tabardillo pintado, y me llevará -Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! No, señor, si soy ignorante, buen -provecho me haga. Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé guisar, sé -aplanchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa: -yo cuidaré de la mía, y de mi marido, y de mis hijos, y yo me los -criaré. Pues, señor, ¿no sé bastante? ¡Que por fuerza he de ser -doctora y marisabidilla, y que he de aprender la gramática, y que -he de hacer coplas! ¿Para qué? ¿para perder el juicio? que permita -Dios si no parece casa de locos la nuestra, desde que mi hermano ha -dado en esas manías. Siempre disputando marido y mujer sobre si la -escena es larga ó corta, siempre contando las letras por los dedos -para saber si los versos están cabales ó no, si el lance á oscuras -ha de ser antes de la batalla ó después del veneno, y manoseando -continuamente _Gacetas_ y _Mercurios_ para buscar nombres bien -estravagantes, que casi todos acaban en _of_ y en _graf_, para -embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se barre el -cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que es peor, -ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el domingo -pasado, don Serapio? - -D. SERAPIO.--¿Yo, señora? ¿Cómo quiere usted que?... - -D.ª MARIQUITA.--Pues lléveme Dios si todo el banquete no se redujo á -libra y media de pepinos, bien amarillos y bien gordos, que compré á -la puerta, y un pedazo de rosca que sobró del día anterior. Y éramos -seis bocas á comer, que el más desganado se hubiera engullido un -cabrito y media hornada sin levantarse del asiento. - -D.ª AGUSTINA.--Esta es su canción; siempre quejándose de que no come -y trabaja mucho. Menos cómo yo, y más trabajo en un rato que me ponga -á corregir alguna escena, ó arreglar la ilusión de una catástrofe, -que tú cosiendo y fregando, ú ocupada en otros ministerios viles y -mecánicos. - -D. HERMÓGENES.--Sí, Mariquita, sí; en eso tiene razón mi señora -doña Agustina. Hay gran diferencia de un trabajo á otro, y los -experimentos cotidianos nos enseñan que toda mujer que es literata -y sabe hacer versos, _ipso facto_ se halla exonerada de las -obligaciones domésticas. Yo lo probé en una disertación que leí -á la academia de los Cinocéfalos. Allí sostuve que los versos se -confeccionan con la glándula pineal, y los calzoncillos con los tres -dedos llamados _pollex_, _index_ é _infamis_, que es decir: que para -lo primero se necesita toda la argucia del ingenio, cuando para lo -segundo basta sólo la costumbre de la mano. Y concluí, á satisfacción -de todo mi auditorio, que es más difícil hacer un soneto que pegar -un hombrillo; y que más elogio merece la mujer que sepa componer -décimas y redondillas, que la que sólo es buena para hacer un pisto -con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde. - -D.ª MARIQUITA.--Aun por eso en mi casa no se gastan pistos, ni -carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se ve, en comiendo versos no -se necesita cocina. - -D. HERMÓGENES.--Bien está, sea lo que usted quiera, ídolo mío; pero -si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (_angustam pauperiem_, -que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa. - -D.ª MARIQUITA.--¿Y qué dice el profano? ¿que no silbarán esta tarde -la comedia? - -D. HERMÓGENES.--No, señora, la aplaudirán. - -D. SERAPIO.--Durará un mes, y los cómicos se cansarán de -representarla. - -D.ª MARIQUITA.--No, pues no decían eso ayer los que encontramos en la -botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á fe que no -se mordía la lengua. - -D. SERAPIO.--¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (_Se levanta._) -¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las narices. -¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la -otra compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que -silbaran la comedia de _El Monstruo más espantable del ponto de -Calidonia_, que la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo -le aseguro al... - -D.ª MARIQUITA.--¿Qué tonterías está usted ahí diciendo? Si no es ese -de quien yo hablo. - -D. SERAPIO.--Sí, uno alto, mala traza, con una señal que le coge... - -D.ª MARIQUITA.--Si no es ese. - -D. SERAPIO.--¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á su mujer! -¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro. - -D.ª MARIQUITA.--Pero si no es ese, dale. ¿Á qué viene cansarse? Este -era un caballero muy decente; que no tiene ni capa ni chirlo, ni se -parece en nada al que usted nos pinta. - -D. SERAPIO.--Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas tengo de pillar -al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si fuera... -¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de -San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay -quien la tosa. ¿Y saben ustedes (_vuelve á sentarse_) por qué es todo -ello? Porque los domingos por la noche se van él y otros de su pelo -á casa de la Ramírez, y allí se están retozando en el recibimiento -con la criada; después les saca un poco de queso, ó unos pimientos -en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear como desesperados á -las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya estamos -prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen -en el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la -casa. Á ver... - -D.ª MARIQUITA.--¿Y si ellos nos ganasen por la mano, y hacen con la -de hoy otro tanto? - -D.ª AGUSTINA.--Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha -trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha -hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha -estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido -que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la -dama de allá le quiere mucho; él va todos los días á su casa á ver si -se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace -sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de -manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese canario. -Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si -empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con -una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin, -el que necesita es preciso que... Y por otra parte, como él, bendito -sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial -con todo el mundo... ¡Qué silbar!... No, hija, no hay que temer; á -buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben. - -D. HERMÓGENES.--Y sobre todo, el sobresaliente mérito del drama -bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más gárrula, -más desenfrenada é insipiente. - -D.ª AGUSTINA.--Pues ya se ve. Figúrese usted una comedia heróica como -esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á caballo por -el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función -de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios -de fuego y un ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar -precisamente. - -D. SERAPIO.--¡Toma si gustará! - -D. HERMÓGENES.--Aturdirá. - -D. SERAPIO.--Se despoblará Madrid por ir á verla. - -D.ª MARIQUITA.--Y á mí me parece que unas comedias así debían -representarse en la plaza de los toros. - - -ESCENA II. - -DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON -HERMÓGENES. - -D.ª AGUSTINA.--Y bien, ¿qué dice el librero? ¿Se despachan muchas? - -D. ELEUTERIO.--Hasta ahora... - -D.ª AGUSTINA.--Deja; me parece que voy á acertar: habrá vendido... -¿Cuándo se pusieron los carteles? - -D. ELEUTERIO.--Ayer por la mañana. Tres ó cuatro hice poner en cada -esquina. - -D. SERAPIO.--¡Ah! y cuide usted (_Levántase_) que les pongan buen -engrudo, porque si no... - -D. ELEUTERIO.--Sí, que no estoy en todo. Como que yo mismo le hice -con esa mira, y lleva una buena parte de cola. - -D.ª AGUSTINA.--El _Diario_ y la _Gaceta_ la han anunciado ya: ¿es -verdad? - -D. HERMÓGENES.--En términos precisos. - -D.ª AGUSTINA.--Pues irán vendidos... quinientos ejemplares. - -D. SERAPIO.--¡Qué friolera! Y más de ochocientos también. - -D.ª AGUSTINA.--¿He acertado? - -D. SERAPIO.--¿Es verdad que pasan de ochocientos? - -D. ELEUTERIO.--No, señor, no es verdad. La verdad es que hasta -ahora, según me acaban de decir, no se han despachado más que tres -ejemplares; y esto me da malísima espina. - -D. SERAPIO.--¿Tres no más? Harto poco es. - -D.ª AGUSTINA.--Por vida mía, que es bien poco. - -D. HERMÓGENES.--Distingo. Poco, absolutamente hablando, niego; -respectivamente, concedo: porque nada hay que sea poco ni mucho _per -se_, sino respectivamente. Y así, si los tres ejemplares vendidos -constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, y bajo este -respecto los dichos tres ejemplares se llaman poco, también estos -mismos tres ejemplares relativamente á uno componen una triplicada -cantidad, á la cual podemos llamar mucho por la diferencia que va de -uno á tres. De donde concluyo, que no es poco lo que se ha vendido, y -que es falta de ilustración sostener lo contrario. - -D.ª AGUSTINA.--Dice bien, muy bien. - -D. SERAPIO.--¡Qué! ¡Si en poniéndose á hablar este hombre!... - -D.ª MARIQUITA.--Pues, en poniéndose á hablar probará que lo blanco es -verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal modo de -sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han -vendido hasta ahora, ¿serán más que tres? - -D. ELEUTERIO.--Es verdad; y en suma, todo el importe no pasará de -seis reales. - -D.ª MARIQUITA.--Pues, seis reales: cuando esperábamos montes de oro -con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda no se ha de -hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con -palma á la sepultura. (_Llorando._) ¡Pobrecita de mí! - -D. HERMÓGENES.--No así, hermosa Mariquita, desperdicie usted el -tesoro de perlas que una y otra luz derrama. - -D.ª MARIQUITA.--¿Perlas? Si yo supiera llorar perlas, no tendría mi -hermano necesidad de escribir disparates. - - -ESCENA III. - -DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA AGUSTINA, DOÑA -MARIQUITA. - -D. ANTONIO.--Á la orden de ustedes, señores. - -D. ELEUTERIO.--Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted que iría á ver -la comedia? - -D. ANTONIO.--En efecto, he ido. Allí queda don Pedro. - -D. ELEUTERIO.--¿Aquel caballero de tan mal humor? - -D. ANTONIO.--El mismo. Que quieras que no, le he acomodado (_Sale -Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles, cubiertos, -etc., y le pone sobre el mostrador._) en el palco de unos amigos. -Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni -tertulias, ni cubillos; no hay asiento en ninguna parte. - -D.ª AGUSTINA.--Si lo dije. - -D. ANTONIO.--Es mucha la gente que hay. - -D. ELEUTERIO.--Pues no, no es cosa de que usted se quede sin verla. -Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos acomodaremos. - -D.ª AGUSTINA.--Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero. - -D. ANTONIO.--Señora, doy á usted mil gracias por su atención; pero -ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primer -tonadilla; conque... - -D. SERAPIO.--¿La tonadilla? - -(_Se levantan todos._) - -D.ª MARIQUITA.--¿Qué dice usted? - -D. ELEUTERIO.--¡La tonadilla! - -D.ª AGUSTINA.--¿Pues cómo han empezado tan presto? - -D. ANTONIO.--No, señora; han empezado á la hora regular. - -D.ª AGUSTINA.--No puede ser; si ahora serán... - -D. HERMÓGENES.--Yo lo diré (_Saca el reloj._): las tres y media en -punto. - -D.ª MARIQUITA.--¡Hombre! ¡qué tres y media! Su reloj de usted está -siempre en las tres y media. - -D.ª AGUSTINA.--Á ver... (_Toma el reloj de don Hermógenes, le aplica -al oído, y se le vuelve._) Si está parado. - -D. HERMÓGENES.--Es verdad. Esto consiste en que la elasticidad del -muelle espiral... - -D.ª MARIQUITA.--Consiste en que está parado, y nos ha hecho usted -perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana. - -D.ª AGUSTINA.--Vamos. - -D. ELEUTERIO.--¡Cuidado, que es cosa particular! ¡Voto va sanes! La -casualidad de... - -D.ª MARIQUITA.--Vamos pronto... ¿Y mi abanico? - -D. SERAPIO.--Aquí está. - -D. ANTONIO.--Llegarán ustedes al segundo acto. - -D.ª MARIQUITA.--Vaya, que este don Hermógenes... - -D.ª AGUSTINA.--Quede usted con Dios, caballero. - -D.ª MARIQUITA.--Vamos aprisa. - -D. ANTONIO.--Vayan ustedes con Dios. - -D. SERAPIO.--Á bien que cerca estamos. - -D. ELEUTERIO.--Cierto que ha sido chasco estarnos así, fiados en... - -D.ª MARIQUITA.--Fiados en el maldito reloj de don Hermógenes. - - -ESCENA IV. - -DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. ANTONIO.--¿Conque estas dos son la hermana y la mujer del autor de -la comedia? - -PIPÍ.--Sí, señor. - -D. ANTONIO.--¡Qué paso llevan! Ya se ve, se fiaron del reloj de don -Hermógenes. - -PIPÍ.--Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana de arriba se ve -salir mucha gente del coliseo. - -D. ANTONIO.--Serán los del patio, que estarán sofocados. Cuando yo me -vine quedaban dando voces para que les abriesen las puertas. El calor -es muy grande; y por otra parte, meter cuatro donde no caben más que -dos es un despropósito; pero lo que importa es cobrar á la puerta, y -más que revienten dentro. - - -ESCENA V. - -DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y la comedia ¿en -qué estado queda? - -D. PEDRO.--Hombre, no me hable usted de comedia (_Se sienta_), que no -he tenido rato peor muchos meses há. - -D. ANTONIO.--Pues ¿qué ha sido ello? (_Sentándose junto á don Pedro._) - -D. PEDRO.--¡Qué ha de ser! que he tenido que sufrir (gracias á la -recomendación de usted) casi todo el primer acto, y por añadidura -una tonadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hallé la -ocasión de escapar, y la aproveché. - -D. ANTONIO.--¿Y qué tenemos en cuanto al mérito de la pieza? - -D. PEDRO.--Que cosa peor no se ha visto en el teatro desde que las -musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme de -no ir jamás á ver esas tonterías. Á mí no me divierten; al contrario, -me llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras -comedias antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen -disparates; pero aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del -ingenio y no de la estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; -pero entre estos defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez -suspenden y conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar -ó disculpar cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted -nuestros autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no -valen más Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros -cuando quieren hablar en razón. - -D. ANTONIO.--La cosa es tan clara, señor don Pedro, que no hay nada -que oponer á ella; pero, dígame usted, el pueblo, el pobre pueblo -¿sufre con paciencia ese espantable comedión? - -D. PEDRO.--No tanto como el autor quisiera, porque algunas veces -se ha levantado en el patio una mareta sorda que traía visos de -tempestad. En fin, se acabó el acto muy oportunamente; pero no me -atreveré á pronosticar el éxito de la tal pieza, porque aunque el -público está ya muy acostumbrado á oir desatinos, tan garrafales como -los de hoy jamás se oyeron. - -D. ANTONIO.--¿Qué dice usted? - -D. PEDRO.--Es increíble. Ahí no hay más que un hacinamiento confuso -de especies, una acción informe, lances inverosímiles, episodios -inconexos, caracteres mal expresados ó mal escogidos; en vez de -artificio, embrollo; en vez de situaciones cómicas, mamarrachadas de -linterna mágica. No hay conocimiento de historia ni de costumbres, -no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni versificación, ni -gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y peor que las otras -con que nos regalan todos los días. - -D. ANTONIO.--Y no hay que esperar nada mejor. Mientras el teatro siga -en el abandono en que hoy está, en vez de ser el espejo de la virtud -y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacén de -las extravagancias. - -D. PEDRO.--Pero ¡no es fatalidad que después de tanto como se ha -escrito por los hombres más doctos de la nación sobre la necesidad de -su reforma, se han de ver todavía en nuestra escena espectáculos tan -infelices! ¿Qué pensarán de nuestra cultura los extranjeros que vean -la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán cuando lean las que se imprimen -continuamente? - -D. ANTONIO.--Digan lo que quieran, amigo don Pedro, ni usted ni -yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir ó rabiar: no hay otra -alternativa... Pues yo más quiero reir que impacientarme. - -D. PEDRO.--Yo no, porque no tengo serenidad para eso. Los progresos -de la literatura, señor don Antonio, interesan mucho al poder, á -la gloria y á la conservación de los imperios; el teatro influye -inmediatamente en la cultura nacional; el nuestro está perdido, y yo -soy muy español. - -D. ANTONIO.--Con todo, cuando se ve que... Pero ¿qué novedad es esta? - - -ESCENA VI. - -DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. SERAPIO.--Pipí, muchacho; corriendo, por Dios, un poco de agua. - -D. ANTONIO.--¿Qué ha sucedido? - -(_Se levantan don Antonio y don Pedro._) - -D. SERAPIO.--No te pares en enjuagatorios. Aprisa. - -PIPÍ.--Voy, voy allá. - -D. SERAPIO.--Despáchate. - -PIPÍ.--¡Por vida del hombre! (_Pipí va detrás de don Serapio con un -vaso de agua. Don Hermógenes, que sale apresurado, tropieza con él y -deja caer el vaso y el plato._) ¿Por qué no mira usted? - -D. HERMÓGENES.--¿No hay alguno de ustedes que tenga por ahí un poco -de agua de melisa, elixir, extracto, aroma, álcali volátil, éter -vitriólico, ó cualquiera quinta esencia antiespasmódica, para entonar -el sistema nervioso de una dama exánime? - -D. ANTONIO.--Yo no, no traigo. - -D. PEDRO.--Pero ¿qué ha sido? ¿Es accidente? - - -ESCENA VII. - -DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DON -SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ. - -D. ELEUTERIO.--Sí; es mucho mejor hacer lo que dice don Serapio. - -(_Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por don Eleuterio y don -Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro vaso de agua, y ella -bebe un poco._) - -D. SERAPIO.--Pues ya se ve. Anda, Pipí; en tu cama podrá descansar -esta señora... - -PIPÍ.--¡Qué! si está en un camaranchón, que... - -D. ELEUTERIO.--No importa. - -PIPÍ.--¡La cama! La cama es un jergón de arpillera y... - -D. SERAPIO.--¿Qué quiere decir eso? - -D. ELEUTERIO.--No importa nada. Allí estará un rato, y veremos si es -cosa de llamar á un sangrador. - -PIPÍ.--Yo bien, si ustedes... - -D.ª AGUSTINA.--No, no es menester. - -D.ª MARIQUITA.--¿Se siente usted mejor, hermana? - -D. ELEUTERIO.--¿Te vas aliviando? - -D.ª AGUSTINA.--Alguna cosa. - -D. SERAPIO.--¡Ya se ve! El lance no era para menos. - -D. ANTONIO.--Pero ¿se podrá saber qué especie de insulto ha sido éste? - -D. ELEUTERIO.--¡Qué ha de ser, señor, qué ha de ser! Que hay gente -envidiosa y mal intencionada, que... ¡Vaya! No me hable usted de eso; -porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han visto ellos comedia mejor? - -D. PEDRO.--No acabo de comprender. - -D.ª MARIQUITA.--Señor, la cosa es bien sencilla. El señor es hermano -mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que han -echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el -segundo acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra, -y luégo un baile, y después un entierro... En fin, ello es que al -cabo de esta tremolina salía la dama con un chiquillo de la mano, y -ella y el chico rabiaban de hambre; el muchacho decía: Madre, déme -usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al Cancerbero. Al -llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El patio -estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué -bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como -digo, salió la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis -días, y apenas el chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que -no le tenía, cuando para servir á ustedes, la gente (que á la cuenta -estaba ya hostigada de la tempestad, del consejo de guerra, del -baile y del entierro) comenzó de nuevo á alborotarse. El ruido se -aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza tal descarga -de palmadas huecas, y tal golpeo en los bancos y barandillas, que no -parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón; -abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se -la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es -lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante, -entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, todo ha sido -á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á parar tantos -proyectos! Bien decía yo que era imposible que... (_Siéntase junto á -doña Agustina._) - -D. ELEUTERIO.--¡Y que no ha de haber justicia para esto! Don -Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza; -informe usted á estos señores... Tome usted. (_Saca la comedia, y se -la da á don Hermógenes._) Léales usted todo el segundo acto, y que -me digan si una mujer que no ha comido en seis días tiene razón de -morirse, y si es mal parecido que un chico de cuatro años pida pan á -su madre. Lea usted, lea usted, y que me digan si hay conciencia ni -ley de Dios para haberme asesinado de esta manera. - -D. HERMÓGENES.--Yo, por ahora, amigo don Eleuterio, no puedo -encargarme de la lectura del drama. (_Deja la comedia sobre una mesa. -Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular -atención y complacencia._) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y... - -D. ELEUTERIO.--¿Se va usted? - -D.ª MARIQUITA.--¿Nos deja usted así? - -D. HERMÓGENES.--Si en algo pudiera contribuir con mi presencia al -alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero... - -D.ª MARIQUITA.--No se vaya usted. - -D. HERMÓGENES.--Me es muy doloroso asistir á tan acerbo espectáculo. -Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que decir: murió, -y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una -apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras -peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el -autor era un grande hombre; callaré sus defectos... - -D. ELEUTERIO.--¿Qué defectos? - -D. HERMÓGENES.--Algunos que tiene. - -D. PEDRO.--Pues no decía usted eso poco tiempo há. - -D. HERMÓGENES.--Fué para animarle. - -D. PEDRO.--Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era -mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que -desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del -autor, y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y -despreciable? - -D. HERMÓGENES.--Porque el señor carece de criterio y sindéresis para -comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara -persuadirle que la comedia es mala. - -D.ª AGUSTINA.--¿Conque es mala? - -D. HERMÓGENES.--Malísima. - -D. ELEUTERIO.--¿Qué dice usted? - -D.ª AGUSTINA.--Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra -cosa. - -D. PEDRO.--No, señora, no se chancea: en eso dice la verdad. La -comedia es detestable. - -D.ª AGUSTINA.--Poco á poco con eso, caballero; que una cosa es -que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo -venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo -blasfeman, y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero... - -D. PEDRO.--Si usted es marido de esa (_Á don Eleuterio_) señora, -hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme cuánto diga, es -cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende. - -D.ª AGUSTINA.--¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á usted que?... - -D. ELEUTERIO.--Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (_Se -levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar_) cómo estás... -¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (_Á don Hermógenes_), no sé qué -pensar de usted. - -D. HERMÓGENES.--Pienso usted lo que quiera. Yo pienso de su obra -lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque -vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una -pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas... - -D. ELEUTERIO.--Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me -ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted -ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha -exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha -llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo -era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido -usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba -de esta tarde? - -D. HERMÓGENES.--Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por -qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que -componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los -vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir; -vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para -quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas! - -D.ª MARIQUITA.--¿Y qué quiere usted (_Levántase_) decir con eso? Ya -no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi -pobre hermano vuelva otra vez?... - -D. HERMÓGENES.--Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy. - -D.ª AGUSTINA.--Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no -nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (_Se levanta muy enojada -encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella_) no -me tiro á él... Váyase usted. - -D. HERMÓGENES.--¡Gente ignorante! - -D.ª AGUSTINA.--Váyase usted. - -D. ELEUTERIO.--¡Picarón! - -D. HERMÓGENES.--¡Canalla infeliz! - - -ESCENA VIII. - -DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO, DOÑA AGUSTINA, -DOÑA MARIQUITA, PIPÍ. - -D. ELEUTERIO.--¡Ingrato, embustero! Después (_Se sienta con señales -de abatimiento_) de lo que hemos hecho por él. - -D.ª MARIQUITA.--Ya ve usted, hermana, lo que ha venido á resultar. Si -lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué hombre; después -de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor, haber -perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo -menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores, -como ese bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y -todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me -había de casar con un erudito que supiera mucho... Mire usted lo que -sabe el renegado (Dios me perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi -hermano, perderle, y hartarnos de pesadumbres. - -D. ANTONIO.--No se desconsuele usted, señorita, que todo se -compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho -mejores que la que ha perdido. - -D.ª AGUSTINA.--Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita. - -D. ELEUTERIO.--La paciencia (_Se levanta con viveza_) la necesito yo, -que estoy desesperado de ver lo que me sucede. - -D.ª AGUSTINA.--Pero hombre, ¿que no has de reflexionar?... - -D. ELEUTERIO.--Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también... - -D. SERAPIO.--No, señor; el mal ha estado en que nosotros no lo -advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro al guarnicionero y á sus -camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones como el -que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame usted á -mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se -han unido, y... - -D. ELEUTERIO.--Yo ya estoy en que la comedia no es tan mala, y que -hay muchos partidos; pero lo que á mí me... - -DON PEDRO.--¿Todavía está usted en esa equivocación? - -D. ANTONIO.--Déjele usted. (_Ap. á don Pedro._) - -D. PEDRO.--No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es -demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté -creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué -motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién -le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la -imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método -de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas -debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin -estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes -profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted, -que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo -bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que -salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos, -darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir -comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la -parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios; -pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida -de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable, -observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no -hay seguridad de llegar á la perfección. - -D. ELEUTERIO.--Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero -ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver -que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia -no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía... - -D. ANTONIO.--No, la impresión con el tiempo se venderá. - -D. PEDRO.--No se venderá, no, señor. El público no compra en la -librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá. - -D. ELEUTERIO.--Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero; -y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes -quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien. -Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar -sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja -imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores -que tengo. - -D. PEDRO.--Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos -pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y -arreglándose á una buena economía. - -D.ª AGUSTINA.--¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no -tiene ninguna. - -D. PEDRO.--¿Ninguna? - -D. ELEUTERIO.--No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba; -después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo -dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes -me engatusó y... - -D.ª MARIQUITA.--¡Maldito sea él! - -D. ELEUTERIO.--Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero -casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas... - -D. ANTONIO.--¿Cuántas tiene usted? - -D. ELEUTERIO.--Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años. - -D. PEDRO.--¿Hijos tiene? (_Ap. con ternura_ ¡Qué lástima!) - -D. ELEUTERIO.--Pues si no fuera por eso... - -D. PEDRO.--(_Ap._ ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la -obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he -tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un -padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien? - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece -que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido -paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el -que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de -eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es -honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que... - -D. PEDRO.--Lo creo muy bien. - -D. ELEUTERIO.--En cuanto á escribir, yo aprendí en los Escolapios, y -luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de ortografía... Aquí -tengo... Vea usted... (_Saca papel y se le da á don Pedro._) Ello -está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había -de cantar mañana... ¡Ay Dios mío! - -D. PEDRO.--Me gusta la letra, me gusta. - -D. ELEUTERIO.--Sí, señor, tiene su introduccioncita, luégo entran las -coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las... - -D. PEDRO.--No hablo de eso, hombre, no hablo de eso. Quiero decir que -la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce que es -prima hermana de la comedia. - -D. ELEUTERIO.--Ya. - -D. PEDRO.--Es menester que se deje usted de esas tonterías. - - (_Volviéndole el papel._) - -D. ELEUTERIO.--Ya lo veo, señor; pero si me parece que el enemigo... - -D. PEDRO.--Es menester olvidar absolutamente esos devaneos; esta es -una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no -acompaño con lágrimas estériles las desgracias de mis semejantes. La -mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos necesita, -más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana -quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga. - -D. ELEUTERIO.--Señor, ¿qué dice usted? - -D.ª AGUSTINA.--¿De veras, señor? ¡Válgame Dios! - -D.ª MARIQUITA.--¿De veras? - -D. PEDRO.--Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de -Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el -gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado -de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted -contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora -deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á -usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si -desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe -cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y -sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse -con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un -malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las -ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre -de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes -todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy -buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en -mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo. - -D.ª MARIQUITA.--¡Qué bondad! - -(_Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los -piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente._) - -D. ELEUTERIO.--¡Qué generoso! - -D. PEDRO.--Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á -un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación; -no hace más. - -D. ELEUTERIO.--Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios. - -D. PEDRO.--Si usted me los agradece, ya me los paga. - -D. ELEUTERIO.--Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el -mal modo... - -D.ª AGUSTINA.--Hemos sido muy imprudentes. - -D. PEDRO.--No hablemos de eso. - -D. ANTONIO.--¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde! - -D. PEDRO.--Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en -iguales circunstancias. - -D. ANTONIO.--Su carácter de usted me confunde. - -D. PEDRO.--¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos. -¿No es verdad? - -D. ANTONIO.--¿Quién no querrá ser amigo de usted? - -D. SERAPIO.--Vaya, vaya; yo estoy loco de contento. - -D. PEDRO.--Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que -resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (_Al ver la -comedia que está leyendo Pipí_); no se quede por ahí perdida, y sirva -de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla. - -D. ELEUTERIO.--¡Mal haya la comedia (_Arrebata la comedia de manos -de Pipí, y la hace pedazos_), amén, y mi docilidad y mi tontería! -Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo -impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso. - -D.ª MARIQUITA.--Yo encenderé la pajuela. - -D.ª AGUSTINA.--Y yo aventaré las cenizas. - -D. PEDRO.--Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido engañado; su amor -propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le -han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una -lección muy dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y -se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan y corrompen el teatro por -el maldito furor de ser autores, ya que desatinan como usted, le -imitaran en desengañarse! - - - - -EL SÍ DE LAS NIÑAS - -COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806 - - - - -PERSONAS - - - DON DIEGO. - DON CARLOS. - DOÑA IRENE. - DOÑA FRANCISCA. - RITA. - SIMÓN. - CALAMOCHA. - - -_La escena es en una posada de Alcalá de Henares._ - - - El teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de - habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande - en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. - Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco, - sillas, etc. - - -_La acción empieza á las siete de la tarde, y acaba á las cinco de la -mañana siguiente._ - - - - -[Ilustración] - - - - -ACTO I. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON DIEGO, SIMÓN. - -(_Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla, -se levanta._) - -D. DIEGO.--¿No han venido todavía? - -SIMÓN.--No, señor. - -D. DIEGO.--Despacio la han tomado por cierto. - -SIMÓN.--Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto -desde que la llevaron á Guadalajara... - -D. DIEGO.--Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de -visita y cuatro lágrimas, estaba concluído. - -SIMÓN.--Ello también ha sido extraña determinación la de estarse -usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, -cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las -sillas desvencijadas, las estampas _del hijo pródigo_, el ruido de -campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y -patanes, que no permiten un instante de quietud. - -D. DIEGO.--Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos, -y no he querido que nadie me vea. - -SIMÓN.--Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto -que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar -del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid? - -D. DIEGO.--Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto. - -SIMÓN.--Adelante. - -D. DIEGO.--Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede -tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... -Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad... -Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á -Madrid. - -SIMÓN.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo -descubras. - -SIMÓN.--Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes. - -D. DIEGO.--Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la verdad, -nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la amistad -con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas -de las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con -quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuántos informes -pudiera desear acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he -logrado verla, he procurado observarla en estos pocos días; y á decir -verdad, cuántos elogios hicieron de ella me parecen escasos. - -SIMÓN.--Sí por cierto... Es muy linda y... - -D. DIEGO.--Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y sobre -todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se -encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento... Conque, -para acabar de informarte, lo que yo he pensado es... - -SIMÓN.--No hay que decírmelo. - -D. DIEGO.--¿No? ¿Por qué? - -SIMÓN.--Porque ya lo adivino. Y me parece excelente idea. - -D. DIEGO.--¿Qué dices? - -SIMÓN.--Excelente. - -D. DIEGO.--¿Conque al instante has conocido?... - -SIMÓN.--¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á usted que me parece -muy buena boda; buena, buena. - -D. DIEGO.--Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por cosa muy -acertada. - -SIMÓN.--Seguro que sí. - -D. DIEGO.--Pero quiero absolutamente que no se sepa, hasta que esté -hecho. - -SIMÓN.--Y en eso hace usted bien. - -D. DIEGO.--Porque no todos ven las cosas de una manera, y no faltaría -quien murmurase, y dijese que era una locura, y me... - -SIMÓN.--¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como esa, eh? - -D. DIEGO.--Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí... Pero -yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, -recogimiento, virtud. - -SIMÓN.--Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que usted tiene, -¿para quién ha de ser? - -D. DIEGO.--Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer aprovechada, -hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en todo?... -Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, -regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, -feas como demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista -con amor y fidelidad, y viviremos como unos santos... Y deja que -hablen y murmuren y... - -SIMÓN.--Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué pueden decir? - -D. DIEGO.--No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la boda es -desigual, que no hay proporción en la edad, que... - -SIMÓN.--Vamos que no me parece tan notable la diferencia. Siete ú -ocho años, á lo más. - -D. DIEGO.--¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho años? Si ella ha -cumplido diez y seis años pocos meses há. - -SIMÓN.--Y bien, ¿qué? - -D. DIEGO.--Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto y... con todo -eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite. - -SIMÓN.--Pero si yo no hablo de eso. - -D. DIEGO.--¿Pues de qué hablas? - -SIMÓN.--Decía que... Vamos, ó usted no acaba de explicarse, ó yo le -entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita ¿con quién se casa? - -D. DIEGO.--¿Ahora estamos ahí? Conmigo. - -SIMÓN.--¿Con usted? - -D. DIEGO.--Conmigo. - -SIMÓN.--¡Medrados quedamos! - -D. DIEGO.--¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?... - -SIMÓN.--¡Y pensaba yo haber adivinado! - -D. DIEGO.--¿Pues qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo? - -SIMÓN.--Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento, -instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus -circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña. - -D. DIEGO.--Pues no, señor. - -SIMÓN.--Pues bien está. - -D. DIEGO.--¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir á -casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas. - -SIMÓN.--Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las enseña. - -D. DIEGO.--Que se haga hombre de valor y... - -SIMÓN.--¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un oficial que en la -última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle, tomó dos -baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al -campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho -quedó usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más -de cuatro veces llorar de alegría, cuando el rey le premió con el -grado de teniente coronel y una cruz de Alcántara. - -D. DIEGO.--Sí, señor, todo es verdad; pero no viene á cuento. Yo soy -el que me caso. - -SIMÓN.--Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si no la -asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre... - -D. DIEGO.--¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían con engañarme? -Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio; esta -de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes -prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas -ellas me han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada -que la ha servido en Madrid, y más de cuatro años en el convento, -se hace lenguas de ella; y sobre todo me ha informado de que jamás -observó en esta criatura la más remota inclinación á ninguno de los -pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar, coser, -leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las -mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han -sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices? - -SIMÓN.--Yo nada, señor. - -D. DIEGO.--Y no pienses tú que, á pesar de tantas seguridades, -no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su -amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta -libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella doña Irene -siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena mujer, -buena... - -SIMÓN.--En fin, señor, yo desearé que salga como usted apetece. - -D. DIEGO.--Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal. Aunque el -novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me recomendabas -al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él? - -SIMÓN.--¿Pues qué ha hecho? - -D. DIEGO.--Una de las suyas... Y hasta pocos días há no lo he -sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y -me costó mucho dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien -dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su -regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos días de haber salido -de Madrid recibí la noticia de su llegada. - -SIMÓN.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Y que siguió escribiéndome, aunque algo perezoso, siempre -con la data de Zaragoza. - -SIMÓN.--Así es la verdad. - -D. DIEGO.--Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía las tales -cartas. - -SIMÓN.--¿Qué dice usted? - -D. DIEGO.--Sí, señor. El día 3 de julio salió de mi casa, y á fines -de setiembre aún no había llegado á sus pabellones... ¿No te parece -que para ir por la posta hizo muy buena diligencia? - -SIMÓN.--Tal vez se pondría malo en el camino, y por no darle á usted -pesadumbre... - -D. DIEGO.--Nada de eso. Amores del señor oficial, y devaneos que le -traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién sabe? Si -encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita -Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor -por el matrimonio! - -SIMÓN.--¡Oh! no hay que temer... Y si tropieza con alguna fullera de -amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe. - -D. DIEGO.--Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral, y dile -que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que deberemos salir -mañana. - -SIMÓN.--Bien está. - -D. DIEGO.--Ya te he dicho que no quiero que esto se trasluzca, ni... -¿Estamos? - -SIMÓN.--No haya miedo que á nadie lo cuente. - -(_Simón se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres -mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado sobre -la mesa, y recoge las mantillas y las dobla._) - - -ESCENA II. - -DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO. - -D.ª FRANCISCA.--Ya estamos acá. - -D.ª IRENE.--¡Ay, qué escalera! - -D. DIEGO.--Muy bien venidas, señoras. - -D.ª IRENE.--¿Conque usted, á lo que parece, no ha salido? - -(_Se sientan doña Irene y don Diego._) - -D. DIEGO.--No, señora. Luégo más tarde daré una vueltecilla por -ahí... He leído un rato. Traté de dormir, pero en esta posada no se -duerme. - -D.ª FRANCISCA.--Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala peste en -ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero mire usted, mire usted -(_Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica el -diálogo_), cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de -ciprés, la regla de San Benito, una pililla de cristal... mire usted -qué bonita, y dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto viene -aquí!... ¡Ay, y una campanilla de barro bendito para los truenos!... -¡Tantas cosas! - -D.ª IRENE.--Chucherías que la han dado las madres. Locas estaban con -ella. - -D.ª FRANCISCA.--¡Cómo me quieren todas! ¡y mi tía, mi pobre tía -lloraba tanto!... Es ya muy viejecita. - -D.ª IRENE.--Ha sentido mucho no conocer á usted. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha venido aquel -señor? - -D.ª IRENE.--El padre capellán y el rector de los Verdes nos han -venido acompañando hasta la puerta. - -D.ª FRANCISCA.--Toma (_Vuelve á atar el pañuelo y se le da á Rita, -la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña Irene_), -guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las -puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de -alcorza! - -RITA.--No importa; yo me la comeré. - - -ESCENA III. - -DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO. - -D.ª FRANCISCA.--¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos quedamos aquí? - -D.ª IRENE.--Ahora, niña, que quiero descansar un rato. - -D. DIEGO.--Hoy se ha dejado sentir el calor en forma. - -D.ª IRENE.--¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Está hecho un -cielo... (_Siéntase doña Francisca junto á doña Irene_). Mi hermana -es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este -invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena -señora. Está muy contenta de nuestra elección. - -D. DIEGO.--Yo celebro que sea tan á gusto de aquellas personas á -quienes debe usted particulares obligaciones. - -D.ª IRENE.--Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto á -Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse -de ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario -pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo, -y... - -D. DIEGO.--Es verdad. Sólo falta que la parte interesada tenga la -misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien. - -D.ª IRENE.--Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo que -determine su madre. - -D. DIEGO.--Todo eso es cierto, pero... - -D.ª IRENE.--Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de proceder -con el honor que la corresponde. - -D. DIEGO.--Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar á su honor ni á -su sangre?... - -D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá? (_Se levanta y vuelve á sentarse._) - -D.ª IRENE.--No pudiera, no, señor. Una niña bien educada, hija de -buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones como -es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted -la ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En -casa tengo el cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según -me contaba su merced, para enviárselo á su tío carnal el padre fray -Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán. - -D. DIEGO.--Ya. - -D.ª IRENE.--Y murió en el mar el buen religioso, que fué un quebranto -para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su -muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de -Zamora, no puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en -lágrimas. - -D.ª FRANCISCA.--Válgate Dios, qué moscas tan... - -D.ª IRENE.--Pues murió en olor de santidad. - -D. DIEGO.--Eso bueno es. - -D.ª IRENE.--Sí, señor; pero como la familia ha venido tan á menos... -¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que por lo que -puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el -día de mañana no se imprima con el favor de Dios? - -D. DIEGO.--Sí, pues ya se ve. Todo se imprime. - -D.ª IRENE.--Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi hermano -político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la mano; y á la -hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que comprenden -los nueve años primeros de la vida del santo obispo. - -D. DIEGO.--¿Conque para cada año un tomo? - -D.ª IRENE.--Sí, señor, ese plan se ha propuesto. - -D. DIEGO.--¿Y de qué edad murió el venerable? - -D.ª IRENE.--De ochenta y dos años, tres meses y catorce días. - -D.ª FRANCISCA.--¿Me voy, mamá? - -D.ª IRENE.--Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa tienes! - -D.ª FRANCISCA.--¿Quiere usted (_Se levanta, y después de hacer una -graciosa cortesía á don Diego, da un beso á doña Irene, y se va al -cuarto de ésta_) que le haga una cortesía á la francesa, señor don -Diego? - -D. DIEGO.--Sí, hija mía. Á ver. - -D.ª FRANCISCA.--Mire usted, así. - -D. DIEGO.--¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva. - -D.ª FRANCISCA.--Para usted una cortesía, y para mi mamá un beso. - - -ESCENA IV. - -DOÑA IRENE, DON DIEGO. - -D.ª IRENE.--Es muy gitana y muy mona, mucho. - -D. DIEGO.--Tiene un donaire natural que arrebata. - -D.ª IRENE.--¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de -mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de -considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto -hace y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto -se ha empeñado en favorecerla. - -D. DIEGO.--Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de -nuestra proyectada unión, y... - -D.ª IRENE.--Oiría usted lo mismo que le he dicho ya. - -D. DIEGO.--Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna -inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que -tiene, sería para mí una satisfacción imponderable. - -D.ª IRENE.--No tenga usted sobre ese particular la más leve -desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es -lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don -Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se -atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á usted. - -D. DIEGO.--Bien, si fuese un hombre á quien hallara por casualidad -en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto que -la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse -dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además, -que hay ciertos modos de explicarse... - -D.ª IRENE.--Conmigo usa de más franqueza. Á cada instante hablamos -de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á usted le -tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué -á recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla. - -D. DIEGO.--¿Y qué? ¿Hablaba de mí? - -D.ª IRENE.--Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una -criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro -y de conducta... - -D. DIEGO.--¡Calle! ¿Eso decía? - -D.ª IRENE.--No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una atención -como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas -la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal -el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los -matrimonios hoy en el día? Casan á una muchacha de quince años con -un arrapiezo de diez y ocho, á una de diez y siete con otro de -veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño también -sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. Pues, señor -(que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, ¿quién ha -de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los -hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen -plagarse de criaturas en un instante, que da compasión. - -D. DIEGO.--Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos á muchos -que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son -necesarias para dirigir su educación. - -D.ª IRENE.--Lo que sé decirle á usted es que aún no había cumplido -los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto -don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo -presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y -al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted, -ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó -conmigo. - -D. DIEGO.--Buena edad... No era un niño, pero... - -D.ª IRENE.--Pues á eso voy... Ni á mí podía convenirme en aquel -entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No, señor... Y -no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud, -nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni -en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le -amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle -tan á menudo y tan de recio, que á los siete meses me hallé viuda y -encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me -murió de alfombrilla. - -D. DIEGO.--¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de don -Epifanio. - -D.ª IRENE.--Sí, señor, ¿pues por qué no? - -D. DIEGO.--Lo digo porque luégo saltan con... Bien que si uno hubiera -de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña? - -D.ª IRENE.--Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito. - -D. DIEGO.--Cierto que es consuelo tener, así, una criatura, y... - -D.ª IRENE.--¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho -gusto, mucho. - -D. DIEGO.--Yo lo creo. - -D.ª IRENE.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Ya se ve que será una delicia, y... - -D.ª IRENE.--¡Pues no ha de ser! - -D. DIEGO.--Un embeleso el verlos juguetear y reir, y acariciarlos, y -merecer sus fiestecillas inocentes. - -D.ª IRENE.--¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres -matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha -venido á quedar; pero le aseguro á usted que... - - -ESCENA V. - -SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO. - -SIMÓN (_Sale por la puerta del foro_).--Señor, el mayoral está -esperando. - -D. DIEGO.--Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero el sombrero y el -bastón, quisiera dar una vuelta por el campo. (_Entra Simón al cuarto -de don Diego, saca un sombrero y un bastón, se los da á su amo, y -al fin de la escena se va con él por la puerta del foro._) ¿Conque, -supongo que mañana tempranito saldremos? - -D.ª IRENE.--No hay dificultad. Á la hora que á usted le parezca. - -D. DIEGO.--Á eso de las seis. ¿Eh? - -D.ª IRENE.--Muy bien. - -D. DIEGO.--El sol nos da de espaldas... Le diré que venga una media -hora antes. - -D.ª IRENE.--Sí, que hay mil chismes que acomodar. - - -ESCENA VI. - -DOÑA IRENE, RITA. - -D.ª IRENE.--¡Válgame Dios! ahora que me acuerdo... ¡Rita!... Me le -habrán dejado morir. ¡Rita! - -RITA.--Señora. - - (_Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del brazo._) - -D.ª IRENE.--¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer? - -RITA.--Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí le puse en la -ventana del pasillo. - -D.ª IRENE.--¿Hiciste las camas? - -RITA.--La de usted ya está. Voy á hacer esotras antes que anochezca, -porque si no, como no hay más alumbrado que el del candil y no tiene -garabato, me veo perdida. - -D.ª IRENE.--Y aquella chica ¿qué hace? - -RITA.--Está desmenuzando un bizcocho, para dar de cenar á don -Periquito. - -D.ª IRENE.--¡Qué pereza tengo de escribir! (_Se levanta y se entra en -su cuarto._) Pero es preciso, que estará con mucho cuidado la pobre -Circuncisión. - -RITA.--¡Qué chapucerías! No há dos horas, como quien dice, que -salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me -gustan á mí las mujeres gazmoñas y zalameras! - -(_Éntrase en el cuarto de doña Francisca._) - - -ESCENA VII. - -CALAMOCHA. - -(_Sale por la puerta del foro con unas maletas, látigo y botas; lo -deja todo sobre la mesa y se sienta._) - -CALAMOCHA.--¿Conque ha de ser el número tres? Vaya en gracia... Ya, -ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más abundante, no -la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me da de entrar... -¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia, -pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron: -no podemos más, que si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni -las plagas de Faraón que tiene dentro... En fin, como los animales -amanezcan vivos, no será poco... Reventados están... (_Canta Rita -desde adentro, Calamocha se levanta desperezándose._) ¡Oiga!... -¿Seguidillitas?... Y no canta mal... Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, -qué desvencijado estoy! - - -ESCENA VIII. - -RITA, CALAMOCHA. - -RITA.--Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y... -(_Forcejeando para echar la llave._) Pues cierto que está bien -acondicionada la llave. - -CALAMOCHA.--¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida? - -RITA.--Gracias, mi alma. - -CALAMOCHA.--¡Calle!... ¡Rita! - -RITA.--¡Calamocha! - -CALAMOCHA.--¿Qué hallazgo es este? - -RITA.--¿Y tu amo? - -CALAMOCHA.--Los dos acabamos de llegar. - -RITA.--¿De veras? - -CALAMOCHA.--No, que es chanza. Apenas recibió la carta de doña -Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo -dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. -Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana -á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos conque -los pájaros volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á -sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros -á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi -teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se -dispone algo que cenar... Esta es la historia. - -RITA.--¿Conque le tenemos aquí? - -CALAMOCHA.--Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas... -Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesión de su -Currita idolatrada. - -RITA.--¿Qué dices? - -CALAMOCHA.--Ni más ni menos. - -RITA.--¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor. - -CALAMOCHA.--¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué para él un pelele, -Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina. - -RITA.--¡Ay, cuando la señorita lo sepa! - -CALAMOCHA.--Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? -¿Cuándo llegaste? que... - -RITA.--Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió en escribir -cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento -en Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma, -cabal y perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita -con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones -de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que -estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar -cuánto lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni -podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular, para que -su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado -el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios -no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su -cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no -consentiría que su pobre Paquita pasara á manos de un desconocido, y -se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos -suspiros estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta -á su destino, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus -medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella; recogimos á -toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de -aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á -Alcalá. La detención ha sido para que la señorita visite á otra tía -monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que dejamos -allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las -religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad -nos... - -CALAMOCHA.--Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el novio está en la -posada? - -RITA.--Ese es su cuarto (_Señalando el cuarto de don Diego, el de -doña Irene y el de doña Francisca_), este el de la madre, y aquel el -nuestro. - -CALAMOCHA.--¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío? - -RITA.--No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo; -porque ayer metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié, -ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera. - -CALAMOCHA.--Bien... Adios. (_Recoge los trastos que puso sobre la -mesa, en ademán de irse._) - -RITA.--¿Y adónde? - -CALAMOCHA.--Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, -amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza? - -RITA.--Un criado viene con él. - -CALAMOCHA.--¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, -porque está de peligro. Adios. - -RITA.--¿Y volverás presto? - -CALAMOCHA.--Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque apenas -puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga -á cuidar de su hacienda; disponer el entierro de ese hombre, y... -¿Conque ese es nuestro cuarto, eh? - -RITA.--Sí. De la señorita y mío. - -CALAMOCHA.--¡Bribona! - -RITA.--¡Botarate! Adios. - -CALAMOCHA.--Adios, aborrecida. - -(_Éntrase con los trastos al cuarto de don Carlos._) - - -ESCENA IX. - -DOÑA FRANCISCA, RITA. - -RITA.--¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don Félix aquí!... -Sí, la quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de don -Carlos, y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por más que digan, los -hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no -tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, -que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?... -Ella es. - -D.ª FRANCISCA, _saliendo_.--¡Ay, Rita! - -RITA.--¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted? - -D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada -está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que -sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y -que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y -me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento -ni sé fingir, por eso me llaman picarona. - -RITA.--Señorita, por Dios, no se aflija usted. - -D.ª FRANCISCA.--Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego -se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he -procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo -estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto -á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del -corazón. - -(_Se va oscureciendo lentamente el teatro._) - -RITA.--Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... -¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que -tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente? - -D.ª FRANCISCA.--¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á -contar? - -RITA.--Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella -cruz verde, tan galán, tan fino... - -D.ª FRANCISCA.--¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué? - -RITA.--Que nos fué acompañando hasta la ciudad... - -D.ª FRANCISCA.--Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia, -muchas veces... mal aconsejada de ti. - -RITA.--¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos escándalo? Hasta ahora -nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las -puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos -una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero -esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel -no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire -usted que todo cuanto hemos leído á hurtadillas en las novelas no -equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas -tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche? ¿de aquella -sonora punteada con tanta delicadeza y expresión? - -D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva -conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con -nuevos amores. - -RITA.--Eso no lo puedo yo creer. - -D.ª FRANCISCA.--Es hombre al fin, y todos ellos... - -RITA.--¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y -las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de -todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco -en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite -la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero -no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de -perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación á -oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él -una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni -atrevida. - -D.ª FRANCISCA.--Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo -tan fijo aquí... aquí... (_Señalando el pecho_). ¿Qué habrá dicho al -ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! -Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho -más... nada más. - -RITA.--No, señora, no ha dicho eso. - -D.ª FRANCISCA.--¿Qué sabes tú? - -RITA.--Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto -en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero... -(_Acercándose á la puerta del cuarto de doña Irene._) - -D.ª FRANCISCA.--¿Adónde vas? - -RITA.--Quiero ver si... - -D.ª FRANCISCA.--Está escribiendo. - -RITA.--Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... -Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don Félix -está ya en Alcalá. - -D.ª FRANCISCA.--¿Qué dices? No me engañes. - -RITA.--Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo. - -D.ª FRANCISCA.--¿De veras? - -RITA.--Sí, señora... Y le ha ido á buscar para... - -D.ª FRANCISCA.--¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos -bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno? -¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!... -¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se -quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor. - -RITA.--Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo -hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque -hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la -madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta -contradanza, nos hemos de perder en ella. - -D.ª FRANCISCA.--Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento, -y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?... -Mira que así que llegue le quiero ver. - -RITA.--No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome -aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted? - -D.ª FRANCISCA.--Sí, bien. - -RITA.--Pues entonces no hay más que salir con cualquiera excusa. Yo -me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de -sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si -está allí don Diego... - -D.ª FRANCISCA.--Bien, anda; y así que llegue... - -RITA.--Al instante. - -D.ª FRANCISCA.--Que no se te olvide toser. - -RITA.--No haya miedo. - -D.ª FRANCISCA.--¡Si vieras qué consolada estoy! - -RITA.--Sin que usted lo jure, lo creo. - -D.ª FRANCISCA.--¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible -apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni -dificultades que no atropellara por mí? - -RITA.--Sí, bien me acuerdo. - -D.ª FRANCISCA.--¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad. - -(_Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene; Rita, por la puerta -del foro._) - - - - -ACTO II. - - -ESCENA PRIMERA. - -DOÑA FRANCISCA. - -(_Teatro oscuro._) - -D.ª FRANCISCA.--Nadie parece aún... (_Acércase á la puerta del foro, -y vuelve._) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una -simple, que sólo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es -amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es -querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta. - - -ESCENA II. - -DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA. - -D.ª IRENE.--Sola y á oscuras me habéis dejado allí. - -D.ª FRANCISCA.--Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no -estorbarla me he venido aquí, que está mucho más fresco. - -D.ª IRENE.--Pero aquella muchacha, ¿qué hace, que no trae una luz? -Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como -una pólvora... (_Siéntase._) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego no ha -venido? - -D.ª FRANCISCA.--Me parece que no. - -D.ª IRENE.--Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que -no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido, -y con muchísima razón... - -D.ª FRANCISCA.--Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más. - -D.ª IRENE.--No es esto reñirte, hija mía; esto es aconsejarte. Porque -como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha -entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo -que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... -Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno -(Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por -cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un -casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que -á las oraciones de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos -agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué -dices? - -D.ª FRANCISCA.--Yo, nada, mamá. - -D.ª IRENE.--Pues, nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En -hablándote de esto no te ocurre nada que decir. - - -ESCENA III. - -RITA (_Sale por la puerta del foro con luces y las pone encima de la -mesa._), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA. - -D.ª IRENE.--Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no venías. - -RITA.--Señora, he tardado, porque han tenido que ir á comprar las -velas. ¡Como el tufo del velón la hace á usted tanto daño!... - -D.ª IRENE.--Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que -padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; ¡si -no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece que me va mejor. -Mira, deja una luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y corre la -cortina, no se me llene todo de mosquitos. - -RITA.--Muy bien. (_Toma una luz, y hace que se va._) - -D.ª FRANCISCA (_aparte, á Rita_).--¿No ha venido? - -RITA.--Vendrá. - -D.ª IRENE.--Oyes, aquella carta que está sobre la mesa dásela al mozo -de la posada, para que la lleve al instante al correo... (_Vase Rita -al cuarto de doña Irene._) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será -menester recogernos presto para salir mañana de madrugada. - -D.ª FRANCISCA.--Como las monjas me hicieron merendar... - -D.ª IRENE.--Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el -abrigo del estómago... (_Sale Rita con una carta en la mano, y hasta -el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el -diálogo._) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía, -y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén. - -RITA.--¿Y nada más? - -D.ª IRENE.--No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien caldositas. - -RITA.--Sí, ya lo sé. - -D.ª IRENE.--¡Rita! - -RITA.--Otra. ¿Qué manda usted? - -D.ª IRENE.--Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante... -Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos -borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo, -que me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes? - -RITA.--Sí, señora. - -D.ª IRENE.--¡Ah! mira. - -RITA.--Otra. - -D.ª IRENE.--Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luégo me -saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no se caiga y -se me lastime... (_Vase Rita por la puerta del foro._) ¡Qué noche tan -mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios -rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por -otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir... - - -ESCENA IV. - -DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA. - -D.ª IRENE.--Pues mucho será que don Diego no haya tenido algún -encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy -mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien -hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un -sujeto de bienes y de posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua -de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería -de cocina, y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no -parece que atiendes á lo que estoy diciendo. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería -interrumpir á usted. - -D.ª IRENE.--Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua: pajaritas -del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere -tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero -mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo -de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no -es cosa particular, señor! - -D.ª FRANCISCA.--Mamá, no se enfade usted. - -D.ª IRENE.--¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á ti que no sé yo -muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras -que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios! - -D.ª FRANCISCA.--Pero... Pues ¿qué sabe usted? - -D.ª IRENE.--¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido -mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me -engañes. - -D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Perdida soy! - -D.ª IRENE.--Sin contar con su madre... como si tal madre no -tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión, -de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera -tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de -allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un -poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella -monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los -estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre, -asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la -primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo -sabe. - -D.ª FRANCISCA.--Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado -abandonarla á usted. - -D.ª IRENE.--Sí, que no sé yo... - -D.ª FRANCISCA.--No, señora, créame usted. La Paquita nunca se -apartará de su madre, ni la dará disgustos. - -D.ª IRENE.--Mira si es cierto lo que dices. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, que yo no sé mentir. - -D.ª IRENE.--Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que -pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como -corresponde... Cuidado con ello. - -D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Pobre de mí! - - -ESCENA V. - -DON DIEGO (_sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa -sombrero y bastón_), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA. - -D.ª IRENE.--Pues ¿cómo tan tarde? - -D. DIEGO.--Apenas salí tropecé con el rector de Málaga, y el doctor -Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me -han querido soltar... (_Siéntase junto á doña Irene._) Y á todo esto, -¿cómo va? - -D.ª IRENE.--Muy bien. - -D. DIEGO.--¿Y doña Paquita? - -D.ª IRENE.--Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la -digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á -su madre y obedecerla. - -D. DIEGO.--¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de?... - -D.ª IRENE.--¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que -quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan... - -D. DIEGO.--No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las -pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por -cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus -del corazón son mucho más violentos... (_Asiendo de una mano á doña -Francisca, la hace sentar inmediata á él._) Pero de veras, doña -Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad. - -D.ª IRENE.--Pero si ella no... - -D. DIEGO.--Déjela usted, señora, que ella responderá. - -D.ª FRANCISCA.--Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita -Dios que yo la dé que sentir. - -D. DIEGO.--Pero eso lo dice usted tan afligida y... - -D.ª IRENE.--Si es natural, señor. ¿No ve usted que?... - -D. DIEGO.--Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted á -mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena -de miedo, y no se atreva á decir una palabra que se oponga á lo que -su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que -estábamos lucidos. - -D.ª FRANCISCA.--No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo; lo -mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré. - -D. DIEGO.--¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan delicadas -los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, -aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de -evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues -¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, -verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que -no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada -la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se -empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor, -eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos -hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni -mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he -creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á -quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á -la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. -Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas -que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que -no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas -ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más -apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!... -Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo -cuánto yo deseaba. - -D.ª IRENE.--Y puede usted creer, señor don Diego, que... - -D. DIEGO.--Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago -cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña -tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto -practicar en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero -si á pesar de todo esto la imaginación acalorada, las circunstancias -imprevistas la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted -que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón -y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted, -Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengo no la debe hacer -infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y -sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no -halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo -en su corazón, créame usted, la menor disimulación en esto nos daría -á todos muchísimo que sentir. - -D.ª IRENE.--¿Puedo hablar ya, señor? - -D. DIEGO.--Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete. - -D.ª IRENE.--Cuando yo se lo mande. - -D. DIEGO.--Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca -responder... Con ella he de casarme, con usted no. - -D.ª IRENE.--Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En -qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro -me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento. -Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la -quiere muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta -cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario. - -D. DIEGO.--Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... Ó por mejor -decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando? - -D.ª IRENE.--Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor. Y aunque yo lo -diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto -una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la -niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, -sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con -un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para -comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y -escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le -parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no -es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo. - -D. DIEGO.--Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted -la deba disgustar. - -D.ª IRENE.--Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de -mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... -Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire -usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no -chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce -años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa -mujer. Díselo para que se tranquilice, y... - -D. DIEGO.--Yo, señora, estoy más tranquilo que usted. - -D.ª IRENE.--Respóndele. - -D.ª FRANCISCA.--Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan. - -D. DIEGO.--No, hija mía: esto es dar alguna expresión á lo que se -dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la -estimo. - -D.ª IRENE.--Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los -favores que usted nos hace... Por eso mismo... - -D. DIEGO.--No se hable de agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo -es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta. - -D.ª IRENE.--¿Pues no ha de estarlo? Responde. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señor, que lo estoy. - -D. DIEGO.--Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste -el menor sentimiento. - -D.ª IRENE.--No, señor, todo al contrario... Boda más á gusto de todos -no se pudiera imaginar. - -D. DIEGO.--En esa inteligencia puedo asegurarla que no tendrá -motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida -y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su -estimación y su amistad. - -D.ª FRANCISCA.--Gracias, señor don Diego... ¡Á una huérfana, pobre, -desvalida como yo!... - -D. DIEGO.--Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna -todavía de mayor fortuna. - -D.ª IRENE.--Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita. - -D.ª FRANCISCA.--¡Mamá! - -(_Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y se acarician -mutuamente._) - -D.ª IRENE.--¿Ves lo que te quiero? - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señora. - -D.ª IRENE.--¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el -de verte colocada antes que yo falte? - -D.ª FRANCISCA.--Bien lo conozco. - -D.ª IRENE.--¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena? - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señora. - -D.ª IRENE.--¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre! - -D.ª FRANCISCA.--Pues qué, ¿no la quiero yo á usted? - -D. DIEGO.--Vamos, vamos de aquí (_Levántase don Diego, y después doña -Irene_). No venga alguno, y nos halle á los tres llorando como tres -chiquillos. - -D.ª IRENE.--Sí, dice usted bien. - -(_Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña Francisca va detrás; y -Rita, que sale por la puerta del foro, la hace detener._) - - -ESCENA VI. - -RITA, DOÑA FRANCISCA. - -RITA.--Señorita... ¡Eh! chit... señorita... - -D.ª FRANCISCA.--¿Qué quieres? - -RITA.--Ya ha venido. - -D.ª FRANCISCA.--¿Cómo? - -RITA.--Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia -de usted, y ya sube por la escalera. - -D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer? - -RITA.--¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el -tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio. Y mire usted -que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy -larga... Ahí está. - -D.ª FRANCISCA.--Sí... Él es. - -RITA.--Voy á cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y -resolución. (_Se va al cuarto de doña Irene._) - -D.ª FRANCISCA.--No, no, que yo también... Pero no lo merece. - - -ESCENA VII. - -DON CARLOS (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA. - -D. CARLOS.--¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy aquí. ¿Cómo va, -hermosa, cómo va? - -D.ª FRANCISCA.--Bien venido. - -D. CARLOS.--¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría? - -D.ª FRANCISCA.--Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que me -tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después -de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí -está mi madre. - -D. CARLOS.--¿En dónde? - -D.ª FRANCISCA.--Ahí, en ese cuarto. (_Señalando al cuarto de doña -Irene._) - -D. CARLOS.--¡Sola! - -D.ª FRANCISCA.--No, señor. - -D. CARLOS.--Estará en compañía del prometido esposo. (_Se acerca al -cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve._) Mejor... Pero ¿no hay -nadie más con ella? - -D.ª FRANCISCA.--Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted hacer? - -D. CARLOS.--Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que esos ojos me -inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre -de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer -tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted ni... -vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la -primera atención. - -D.ª FRANCISCA.--Es mucho el empeño que tiene en que me case con él. - -D. CARLOS.--No importa. - -D.ª FRANCISCA.--Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á -Madrid. - -D. CARLOS.--¿Cuál?... No. Eso no. - -D.ª FRANCISCA.--Los dos están de acuerdo, y dicen... - -D. CARLOS.--Bien... Dirán... Pero no puede ser. - -D.ª FRANCISCA.--Mi madre no me habla continuamente de otra materia. -Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me -ofrece tantas cosas, me... - -D. CARLOS.--Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle -mucho? - -D.ª FRANCISCA.--¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato! - -D. CARLOS.--Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor. - -D.ª FRANCISCA.--Y el último. - -D. CARLOS.--Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo -en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? (_Asiéndola de las -manos._) - -D.ª FRANCISCA.--¿Pues de quién ha de ser? - -D. CARLOS.--¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola -palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya -estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla -una obligación mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo -yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy también. Su madre de -usted sabrá quien soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano -respetable y virtuoso, á quien más que tío debo llamar amigo y padre. -No tiene otro deudo más inmediato ni más querido que yo; es hombre -muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algún -atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades á nuestra unión. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo? - -D. CARLOS.--Ya lo sé. La ambición no puede agitar á un alma tan -inocente. - -D.ª FRANCISCA.--Querer y ser querida... Ni apetezco más, ni conozco -mayor fortuna. - -D. CARLOS.--Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que -la suerte mude nuestra aflicción presente en durables dichas. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la -cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de decirla -que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre -seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan -consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué -camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos. - -D. CARLOS.--Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí? - -D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera -yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo -el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis -melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, -ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido -proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la -prueba mayor de lo mucho que me quiere. (_Se enternece y llora._) - -D. CARLOS.--¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo -basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á un -amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer. - -D.ª FRANCISCA.--¿Es posible? - -D. CARLOS.--Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, -y sólo la muerte bastará á dividirlas. - - -ESCENA VIII. - -RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA. - -RITA.--Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer -la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galán, ya -puede también disponer de su persona. - -D. CARLOS.--Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que -añadir. - -D.ª FRANCISCA.--Ni yo. - -D. CARLOS.--Hasta mañana. Con la luz del día veremos á este dichoso -competidor. - -RITA.--Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente; con su chupa -larga, su camisola limpia, y sus sesenta años debajo del peluquín. - -(_Se va por la puerta del foro._) - -D.ª FRANCISCA.--Hasta mañana. - -D. CARLOS.--Adios, Paquita. - -D.ª FRANCISCA.--Acuéstese usted, y descanse. - -D. CARLOS.--¿Descansar con celos? - -D.ª FRANCISCA.--¿De quién? - -D. CARLOS.--Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita. - -D.ª FRANCISCA.--¿Dormir con amor? - -D. CARLOS.--Adios, vida mía. - -D.ª FRANCISCA.--Adios. - -(_Éntrase al cuarto de doña Irene._) - - -ESCENA IX. - -DON CARLOS (_paseándose con inquietud_), CALAMOCHA, RITA. - -D. CARLOS.--¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni -su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este -matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!... -Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos -desórdenes origina. - -CALAMOCHA (_saliendo por la puerta del foro_).--Pues, señor, tenemos -un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos una -magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, -bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que -no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si -hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno... - -D. CARLOS.--Vamos... ¿Y adónde ha de ser? - -CALAMOCHA.--Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida -mesa, que parece un banco de herrador. - -RITA (_saliendo por la puerta del foro con unos platos, taza, -cucharas y servilleta_).--¿Quién quiere sopas? - -D. CARLOS.--Buen provecho. - -CALAMOCHA.--Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito, -levante el dedo. - -RITA.--La real moza se ha comido ya media cazuela de -albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar. - -(_Éntrase en el cuarto de doña Irene._) - -CALAMOCHA.--Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos. - -D. CARLOS.--Conque, ¿vamos? - -CALAMOCHA.--¡Ay, ay, ay!... (_Calamocha se encamina á la puerta del -foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, y hablan con reserva hasta el -fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simón._) -¡Eh! chit, digo... - -D. CARLOS.--¿Qué? - -CALAMOCHA.--¿No ve usted lo que viene por allí? - -D. CARLOS.--¿Es Simón? - -CALAMOCHA.--El mismo... Pero ¿quién diablos le?... - -D. CARLOS.--¿Y qué haremos? - -CALAMOCHA.--¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted -licencia para que?... - -D. CARLOS.--Sí, miente lo que quieras... ¿Á qué habrá venido este -hombre? - - -ESCENA X. - -SIMÓN (_Sale por la puerta del foro._), CALAMOCHA, D. CARLOS. - -CALAMOCHA.--Simón, ¿tú por aquí? - -SIMÓN.--Adios, Calamocha. ¿Cómo va? - -CALAMOCHA.--Lindamente. - -SIMÓN.--¡Cuánto me alegro de!... - -D. CARLOS.--¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad es esta? - -SIMÓN.--¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes! - -D. CARLOS.--¿Y mi tío? - -SIMÓN.--Tan bueno. - -CALAMOCHA.--¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?... - -SIMÓN.--¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno -estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted -irá á ver al tío, eh? - -CALAMOCHA.--Tú habrás venido con algún encargo del amo. - -SIMÓN.--¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya! - -CALAMOCHA.--¿Alguna cobranza tal vez, eh? - -D. CARLOS.--Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en -Ajalvir... ¿No has venido á eso? - -SIMÓN.--¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador! -Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña... -¿Conque usted viene ahora de Zaragoza? - -D. CARLOS.--Pues... Figúrate tú. - -SIMÓN.--¿Ó va usted allá? - -D. CARLOS.--¿Adónde? - -SIMÓN.--Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento? - -CALAMOCHA.--Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no -habíamos de haber andado más de cuatro leguas? - -SIMÓN.--¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro -meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo. - -CALAMOCHA (_aparte separándose de Simón._)--¡Maldito seas tú, y tu -camino, y la bribona que te dió papilla! - -D. CARLOS.--Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en -Alcalá, ni á qué has venido, ni... - -SIMÓN.--Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted... -Conque... Pues el amo me dijo... - - -ESCENA XI. - -DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA. - -D. DIEGO (_desde adentro._)--No, no es menester: si hay luz aquí. -Buenas noches, Rita. - -(_Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo del teatro._) - -D. CARLOS.--¡Mi tío! - -D. DIEGO.--¡Simón! - -(_Sale don Diego del cuarto de doña Irene encaminándose al suyo; -repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le alumbra, y vuelve á -dejar la luz sobre la mesa._) - -SIMÓN.--Aquí estoy, señor. - -D. CARLOS.--¡Todo se ha perdido! - -D. DIEGO.--Vamos... Pero... ¿quién es? - -SIMÓN.--Un amigo de usted, señor. - -D. CARLOS.--Yo estoy muerto. - -D. DIEGO.--¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz. - -D. CARLOS.--¡Tío! - -(_En ademán de besarle la mano á don Diego, que le aparta de sí con -enojo._) - -D. DIEGO.--Quítate de ahí. - -D. CARLOS.--¡Señor! - -D. DIEGO.--Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí? - -D. CARLOS.--Si usted se altera y... - -D. DIEGO.--¿Qué haces aquí? - -D. CARLOS.--Mi desgracia me ha traído. - -D. DIEGO.--¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... -(_Acercándose á don Carlos._) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido -alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí? - -CALAMOCHA.--Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y... - -D. DIEGO.--Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de -Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo -has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida -á tu pobre tío. - -D. CARLOS.--No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y -prudencia que usted me ha inspirado tantas veces. - -D. DIEGO.--Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún -disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío, -sácame de este afán. - -CALAMOCHA.--Si todo ello no es más que... - -D. DIEGO.--Ya he dicho que calles... Ven acá. (_Asiendo de una mano á -don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en -voz baja._) Dime qué ha sido. - -D. CARLOS.--Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á -Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, -considerando la pesadumbre que le he dado al verme. - -D. DIEGO.--¿Y qué otra cosa hay? - -D. CARLOS.--Nada más, señor. - -D. DIEGO.--Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste? - -D. CARLOS.--Ninguna. La de hallarle á usted en este paraje... y -haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, -estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle -visto. - -D. DIEGO.--¿No hay más? - -D. CARLOS.--No, señor. - -D. DIEGO.--Míralo bien. - -D. CARLOS.--No, señor... Á eso venía. No hay nada más. - -D. DIEGO.--Pero no me digas tú á mí... Si es imposible que estas -escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial -se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?... -Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina -militar... Vamos... eso no puede ser. - -D. CARLOS.--Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que -en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras -plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin, -puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia -de mis superiores; que yo también miro por mi estimación, y que -cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta. - -D. DIEGO.--Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le -tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de -subordinación, de valor, de virtud. - -D. CARLOS.--Bien está; pero ya he dicho los motivos... - -D. DIEGO.--Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la -gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle -cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con -sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (_Alza la voz, y se -pasea inquieto._) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no -se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse -inmediatamente. - -D. CARLOS.--Señor, si... - -D. DIEGO.--No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de -dormir aquí. - -CALAMOCHA.--Es que los caballos no están ahora para correr... ni -pueden moverse. - -D. DIEGO.--Pues con ellos (_Á Calamocha._) y con las maletas al mesón -de afuera. Usted (_Á don Carlos._) no ha de dormir aquí... Vamos (_Á -Calamocha._) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto -que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (_Á -Simón._) ¿Qué dinero tienes ahí? - -SIMÓN.--Tendré unas cuatro ó seis onzas. - -(_Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego._) - -D. DIEGO.--Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (_Á Calamocha._) ¿No he -dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (_Á Simón._) vé con -él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido. - -(_Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos._) - - -ESCENA XII. - -DON DIEGO, DON CARLOS. - -D. DIEGO.--Tome usted... (_Le da el dinero._) Con eso hay bastante -para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo -que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un -desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, -ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido -siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he -sido hasta aquí. - -D. CARLOS.--Ya lo sé. - -D. DIEGO.--Pues bien: ahora obedece lo que te mando. - -D. CARLOS.--Lo haré sin falta. - -D. DIEGO.--Al mesón de afuera. (_Á los dos criados, que salen con los -trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro._) -Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y -no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad... -cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de -saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes? - -D. CARLOS.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Mira, que lo has de hacer. - -D. CARLOS.--Sí, señor, haré lo que usted manda. - -D. DIEGO.--Muy bien... Adios... Todo te lo perdono... Vete con -Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te parezca -que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada. - -D. CARLOS.--¿Pues qué hice yo? - -D. DIEGO.--Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más -quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete. - -D. CARLOS.--Quede usted con Dios. - -(_Hace que se va, y vuelve._) - -D. DIEGO.--¿Sin besar la mano á su tío, eh? - -D. CARLOS.--No me atreví. - -(_Besa la mano á don Diego, y se abrazan._) - -D. DIEGO.--Y dame un abrazo, por si no nos volvemos á ver. - -D. CARLOS.--¿Qué dice usted? No lo permita Dios. - -D. DIEGO.--¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta -algo? - -D. CARLOS.--No, señor, ahora no. - -D. DIEGO.--Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como -cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor -Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo -gastas... ¿Juegas? - -D. CARLOS.--No, señor, en mi vida. - -D. DIEGO.--Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores: -jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento? - -D. CARLOS.--No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de -beneficios, y yo le pago mal. - -D. DIEGO.--No se hable ya de lo pasado... Adios... - -D. CARLOS.--¿Queda usted enojado conmigo? - -D. DIEGO.--No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se -acabó... No me dés que sentir. (_Poniéndole ambas manos sobre los -hombros._) Portarse como hombre de bien. - -D. CARLOS.--No lo dude usted. - -D. DIEGO.--Como oficial de honor. - -D. CARLOS.--Así lo prometo. - -D. DIEGO.--Adios, Carlos. (_Abrazándose._) - -D. CARLOS (_aparte, al irse por la puerta del foro_).--¡Y la dejo!... -¡Y la pierdo para siempre! - - -ESCENA XIII. - -DON DIEGO. - -D. DIEGO.--Demasiado bien se ha compuesto... Luégo lo sabrá, -enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de -hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como -una malva es. - -(_Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á su cuarto. El teatro -queda solo y oscuro por un breve espacio._) - - -ESCENA XIV. - -DOÑA FRANCISCA, RITA. - -(_Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz, y la pone -encima de la mesa._) - -RITA.--Mucho silencio hay por aquí. - -D.ª FRANCISCA.--Se habrán recogido ya... Estarán rendidos. - -RITA.--Precisamente. - -D.ª FRANCISCA.--¡Un camino tan largo! - -RITA.--¡Á lo que obliga el amor, señorita! - -D.ª FRANCISCA.--Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera -por él? - -RITA.--Y deje usted, que no ha de ser este el último milagro. Cuando -lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don Diego ¡qué -chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan -bueno, que cierto da lástima... - -D.ª FRANCISCA.--Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre -despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo -tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. -Don Félix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su -mano, me considero la más dichosa de las mujeres. - -RITA.--¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya -se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él. -(_Encaminándose al cuarto de doña Irene._) - -D.ª FRANCISCA.--¿Á qué vas? - -RITA.--El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí -quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá. - -RITA.--Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá -abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número 7, -cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón, -que rechina que... - -D.ª FRANCISCA.--Te puedes llevar la luz. - -RITA.--No es menester, que ya sé dónde está. - -(_Vase al cuarto de doña Irene._) - - -ESCENA XV. - -SIMÓN (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA. - -D.ª FRANCISCA.--Yo pensé que estaban ustedes acostados. - -SIMÓN.--El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé -en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo. - -D.ª FRANCISCA.--¿Qué gente nueva ha llegado ahora? - -SIMÓN.--Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido. - -D.ª FRANCISCA.--¿Los arrieros? - -SIMÓN.--No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se -van á Zaragoza. - -D.ª FRANCISCA.--¿Quiénes dice usted que son? - -SIMÓN.--Un teniente coronel y su asistente. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí? - -SIMÓN.--Sí, señora, ahí en ese cuarto. - -D.ª FRANCISCA.--No los he visto. - -SIMÓN.--Parece que llegaron esta tarde y... Á la cuenta habrán -despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido... Buenas -noches, señorita. - -(_Vase al cuarto de don Diego._) - - -ESCENA XVI. - -RITA, DOÑA FRANCISCA. - -D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo -sostenerme... ¡Desdichada! (_Siéntase en una silla inmediata á la -mesa._) - -RITA.--Señorita, yo vengo muerta. - -(_Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta -del cuarto de don Carlos, y vuelve._) - -D.ª FRANCISCA.--¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también? - -RITA.--Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay -nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo -misma los he visto salir. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y eran ellos? - -RITA.--Sí, señora. Los dos. - -D.ª FRANCISCA.--Pero ¿se han ido fuera de la ciudad? - -RITA.--Si no los he perdido de vista hasta que salieron por puerta de -Mártires... Como está un paso de aquí. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y es ese el camino de Aragón? - -RITA.--Ese es. - -D.ª FRANCISCA.--¡Indigno!... ¡Hombre indigno! - -RITA.--¡Señorita! - -D.ª FRANCISCA.--¿En qué te ha ofendido esta infeliz? - -RITA.--Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si -no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad. - -D.ª FRANCISCA.--¿Pues no le quise más que á mi vida?... ¿No me ha -visto loca de amor? - -RITA.--No sé qué decir al considerar una acción tan infame. - -D.ª FRANCISCA.--¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca, -ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para -abandonarme así! - -(_Levántase, y Rita la sostiene._) - -RITA.--Pensar que su venida fué con otro designio no me parece -natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo -debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que -habrá tenido miedo de su competidor. - -D.ª FRANCISCA.--Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es -un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho. - -RITA.--Vamos de aquí, que puede venir alguien, y... - -D.ª FRANCISCA.--Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación -me deja!... Pero ¿ves qué malvado? - -RITA.--Sí, señora, ya lo conozco. - -D.ª FRANCISCA.--¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... -¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño -este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es? - -(_Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca._) - - - - -ACTO III. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON DIEGO, SIMÓN. - -(_Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada, y -la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco. Sale don Diego -de su cuarto acabándose de poner la bata._) - -D. DIEGO.--Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me derretiré... -Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle -el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (_Simón -despierta, y al oir á don Diego se incorpora, y se levanta._) ¿Qué es -eso? Mira no te caigas, hombre. - -SIMÓN.--Qué ¿estaba usted ahí, señor? - -D. DIEGO.--Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar. - -SIMÓN.--Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he -dormido como un emperador. - -D. DIEGO.--¡Mala comparación!... Dí que has dormido como un pobre -hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni -remordimientos. - -SIMÓN.--En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya? - -D. DIEGO.--Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal, -dió las tres. - -SIMÓN.--¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante -echando chispas. - -D. DIEGO.--Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y -espero que lo hará. - -SIMÓN.--¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡qué triste! - -D. DIEGO.--Ha sido preciso. - -SIMÓN.--Ya lo conozco. - -D. DIEGO.--¿No ves qué venida tan intempestiva? - -SIMÓN.--Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber -un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte -él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza... -Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh? - -D. DIEGO.--¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le haya hecho -volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que -cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (_Suenan á lo lejos -tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento._) -¿Qué ha sonado? - -SIMÓN.--No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores. - -D. DIEGO.--Calla. - -SIMÓN.--Vaya, música tenemos, según parece. - -D. DIEGO.--Sí, como lo hagan bien. - -SIMÓN.--¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á -estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores -con la moza de la posada, que parece un pico. - -D. DIEGO.--Puede ser. - -SIMÓN.--Ya empiezan, oigamos... (_Tocan una sonata desde adentro._) -Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo. - -D. DIEGO.--No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que -afeite. - -SIMÓN.--¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?... - -D. DIEGO.--No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia -que darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á nadie. - -(_Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las dos se -encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un lado, y -observan._) - -SIMÓN.--¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito. - -D. DIEGO.--¿Qué quieres? - -SIMÓN.--Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele á faldas que -trasciende. - -D. DIEGO.--¿Sí?... Retirémonos. - - -ESCENA II. - -DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN. - -RITA.--Con tiento, señorita. - -D.ª FRANCISCA.--Siguiendo la pared ¿no voy bien? - -(_Vuelven á probar el instrumento._) - -RITA.--Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio. - -D.ª FRANCISCA.--No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él. - -RITA.--¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir. - -D.ª FRANCISCA.--Calla... (_Repiten desde adentro la sonata -anterior._) Sí, él es... ¡Dios mío!... (_Acércase Rita á la -ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música._) Vé, -responde... Albricias, corazón. Él es. - -SIMÓN.--¿Ha oído usted? - -D. DIEGO.--Sí. - -SIMÓN.--¿Qué querrá decir esto? - -D. DIEGO.--Calla. - -D.ª FRANCISCA (_Se asoma á la ventana. Rita se queda detrás de ella. -Los puntos suspensivos indican las interrupciones más ó menos largas -que deben hacerse._)--Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo que -usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (_Apartándose -de la ventana, y vuelve después._) amiga, por Dios, ten cuidado, y si -oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste -de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... -¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted tan tímido... (_Tiran desde -adentro una carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca -hace ademán de buscarla, y no hallándola vuelve á asomarse._) No, -no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo -hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme -muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de -usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?... -No me cabe en el pecho... diga usted. - -(_Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer._) - -RITA.--Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente. - -D.ª FRANCISCA.--¡Infeliz de mí!... Guíame. - -RITA.--Vamos... (_Al retirarse tropieza Rita con Simón. Las dos se -van apresuradamente al cuarto de doña Francisca._) ¡Ay! - -D.ª FRANCISCA.--¡Muerta voy! - - -ESCENA III. - -DON DIEGO, SIMÓN. - -DON DIEGO.--¿Qué grito fué ese? - -SIMÓN.--Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo. - -D. DIEGO.--Acércate á esa ventana, y mira si hallas en el suelo un -papel... ¡Buenos estamos! - -SIMÓN (_tentando por el suelo cerca de la ventana._)--No encuentro -nada, señor. - -D. DIEGO.--Búscale bien, que por ahí ha de estar. - -SIMÓN.--¿Le tiraron desde la calle? - -D. DIEGO.--Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis años, y -criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión. - -SIMÓN.--Aquí está. (_Halla la carta, y se la da á don Diego._) - -D. DIEGO.--Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza ó -en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al -instante. - -(_Vase Simón por la puerta del foro._) - - -ESCENA IV. - -DON DIEGO. - -D. DIEGO.--¿Y á quién debo culpar? (_Apoyándose en el respaldo de una -silla._) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tías, ó yo?... -¿Sobre quién, sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo -procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á -mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades -me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!... -Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento; esta indignación, -estos deseos de venganza ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos? -Otra vez parece que... (_Advirtiendo que suena ruido en la puerta del -cuarto de doña Francisca, se retira á un extremo del teatro._) Sí. - - -ESCENA V. - -RITA, DON DIEGO, SIMÓN. - -RITA.--Ya se han ido... (_Rita observa, escucha, asómase después á la -ventana, y busca la carta por el suelo._) ¡Válgame Dios!... El papel -estará muy bien escrito, pero el señor don Félix es un grandísimo -picarón... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni -perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!... -¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese... -¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira. - -SIMÓN.--Ya tenemos luz... - -(_Sale con luz. Rita se sorprende._) - -RITA.--¡Perdida soy! - -D. DIEGO (_acercándose_.)--¡Rita! ¿Pues tú aquí? - -RITA.--Sí, señor, porque... - -D. DIEGO.--¿Qué buscas á estas horas? - -RITA.--Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oímos un ruido tan -grande... - -SIMÓN.--¿Sí, eh? - -RITA.--Cierto... Un ruido y... mire usted (_alza la jaula que está -en el suelo_), era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene -duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está, vaya... -Algún gato habrá sido. Preciso. - -SIMÓN.--Sí, algún gato. - -RITA.--¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que está todavía! - -SIMÓN.--Y con mucha razón... ¿No te parece, si le hubiera pillado el -gato?... - -RITA.--Se le hubiera comido. - -(_Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared._) - -SIMÓN.--Y sin pebre... ni plumas hubiera dejado. - -D. DIEGO.--Tráeme esa luz. - -RITA.--¡Ah! Deje usted, encenderemos esta (_Enciende la vela que está -sobre la mesa._) que ya lo que no se ha dormido... - -D. DIEGO.--¿Y doña Paquita duerme? - -RITA.--Sí, señor. - -SIMÓN.--Pues mucho es que con el ruido del tordo... - -D. DIEGO.--Vamos. - -(_Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él llevándose una de -las luces._) - - -ESCENA VI. - -DOÑA FRANCISCA, RITA. - -D.ª FRANCISCA.--¿Ha parecido el papel? - -RITA.--No, señora. - -D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste? - -RITA.--Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me -hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder -escapar, ni saber qué disculpa darles. - -(_Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca de ventana._) - -D.ª FRANCISCA.--Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé -desde la ventana... ¿Y ese papel? - -RITA.--Yo no lo encuentro, señorita. - -D.ª FRANCISCA.--Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que -faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen. - -RITA.--Á lo menos por aquí... - -D.ª FRANCISCA.--¡Yo estoy loca! (_Siéntase._) - -RITA.--Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera... - -D.ª FRANCISCA.--Cuando iba á hacerlo me avisaste, y fué preciso -retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación -mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos -que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á -persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme -sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió -lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: pues -yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de -una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... -Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío, -perdón... perdón de haberle querido tanto! - -RITA.--¡Ay, señorita! (_Mirando hacia el cuarto de don Diego._) que -parece que salen ya. - -D.ª FRANCISCA.--No importa, déjame. - -RITA.--Pero si don Diego la ve á usted de esa manera... - -D.ª FRANCISCA.--Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y -piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada -importa. - - -ESCENA VII. - -DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA. - -SIMÓN.--Voy enterado, no es menester más. - -D. DIEGO.--Mira, y haz que ensillen inmediatamente al moro, mientras -tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en una buena -carrera que dés, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete, -no se pierda tiempo. - -(_Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de don -Diego, se va Simón por la del foro._) - -SIMÓN.--Voy allá. - -D. DIEGO.--Mucho se madruga, doña Paquita. - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--¿Ha llamado ya doña Irene? - -D.ª FRANCISCA.--No, señor... Mejor es que vayas allá, por si ha -despertado y se quiere vestir. - -(_Rita se va al cuarto de doña Irene._) - - -ESCENA VIII. - -DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA. - -D. DIEGO.--¿Usted no habrá dormido bien esta noche? - -D.ª FRANCISCA.--No, señor. ¿Y usted? - -D. DIEGO.--Tampoco. - -D.ª FRANCISCA.--Ha hecho demasiado calor. - -D. DIEGO.--¿Está usted desazonada? - -D.ª FRANCISCA.--Alguna cosa. - -D. DIEGO.--¿Qué siente usted? - -(_Siéntase junto á doña Francisca._) - -D.ª FRANCISCA.--No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada. - -D. DIEGO.--Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa, -inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero -tanto? - -D.ª FRANCISCA.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa -usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla? - -D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé. - -D. DIEGO.--¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga -con él su corazón? - -D.ª FRANCISCA.--Porque eso mismo me obliga á callar. - -D. DIEGO.--Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su -pesadumbre de usted. - -D.ª FRANCISCA.--No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de -usted de quien yo me debo quejar. - -D. DIEGO.--Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (_Acércase -más._) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame -usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este -casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted -entera libertad para la elección, no se casaría conmigo? - -D.ª FRANCISCA.--Ni con otro. - -D. DIEGO.--¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, -que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece? - -D.ª FRANCISCA.--No, señor; no, señor. - -D. DIEGO.--Mírelo usted bien. - -D.ª FRANCISCA.--¿No le digo á usted que no? - -D. DIEGO.--¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal -inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la -austeridad del convento á una vida más?... - -D.ª FRANCISCA.--Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así. - -D. DIEGO.--No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que -acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla -inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no -tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la -estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie -me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa -tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de -usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de -quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de -pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor? - -(_Vase iluminando lentamente el teatro, suponiéndose que viene la luz -del día._) - -D.ª FRANCISCA.--Y ¿qué motivos le he dado á usted para tales -desconfianzas? - -D. DIEGO.--¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si -apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue -aprobándola, y llega el caso de... - -D.ª FRANCISCA.--Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted. - -D. DIEGO.--¿Y después, Paquita? - -D.ª FRANCISCA.--Después... y mientras me dure la vida seré mujer de -bien. - -D. DIEGO.--Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera -como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame -usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted -mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su -dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para -emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla -dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto. - -D.ª FRANCISCA.--¡Dichas para mí!... Ya se acabaron. - -D. DIEGO.--¿Por qué? - -D.ª FRANCISCA.--Nunca diré por qué. - -D. DIEGO.--Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... cuando -usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay. - -D.ª FRANCISCA.--Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no -finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte. - -D. DIEGO.--Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa -aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á Madrid, y -dentro de ocho días será usted mi mujer. - -D.ª FRANCISCA.--Y daré gusto á mi madre. - -D. DIEGO.--Y vivirá usted infeliz. - -D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé. - -D. DIEGO.--He aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se -llama criar bien á una niña: enseñarla á que desmienta y oculte las -pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan -honestas luégo que las ven instruídas en el arte de callar y mentir. -Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de -tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó en que su voluntad ha -de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, -menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal -que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten á -pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen -de tantos escándalos, ya están bien criadas; y se llama excelente -educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio -de un esclavo. - -D.ª FRANCISCA.--Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de -nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el -motivo de mi aflicción es mucho más grande. - -D. DIEGO.--Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se -anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de -decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado. - -D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío! - -D. DIEGO.--Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco -sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que -no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación -las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué -lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta -serenidad y... eh? - -D.ª FRANCISCA.--Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi -madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos? -¿Quién tendrá compasión de esta desdichada? - -D. DIEGO.--Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo -la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la veo? -(_Asiéndola de las manos._) - -D.ª FRANCISCA.--¿De veras? - -D. DIEGO.--Mal conoce usted mi corazón. - -D.ª FRANCISCA.--Bien le conozco. - -(_Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y ambos se levantan._) - -D. DIEGO.--¿Qué hace usted, niña? - -D.ª FRANCISCA.--Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una -mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz... ¡Ay, -qué infeliz soy, señor don Diego! - -D. DIEGO.--Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la -tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo?... una equivocación -mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la -culpa. - -D.ª FRANCISCA.--Vamos... ¿No viene usted? - -D. DIEGO.--Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá. - -D.ª FRANCISCA.--Vaya usted presto. - -(_Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se despide de don -Diego besándole las manos._) - -D. DIEGO.--Sí, presto iré. - - -ESCENA IX. - -SIMÓN, DON DIEGO. - -SIMÓN.--Ahí están, señor. - -D. DIEGO.--¿Qué dices? - -SIMÓN.--Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo lejos, que iban -ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo; se -detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted -mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera -hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no -quería que le viesen. - -D. DIEGO.--¿Y qué dijo cuando le diste el recado? - -SIMÓN.--Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola -palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan... - -D. DIEGO.--No me empieces ya á interceder por él. - -SIMÓN.--¿Yo, señor? - -D. DIEGO.--Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro. - -SIMÓN.--Como yo no sé lo que ha hecho. - -D. DIEGO.--Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he -dicho que no quiero intercesores. - -SIMÓN.--Bien está, señor. - -(_Vase por la puerta del foro. Don Diego se sienta, manifestando -inquietud y enojo._) - -D. DIEGO.--Dile que suba. - - -ESCENA X. - -DON CARLOS, DON DIEGO. - -D. DIEGO.--Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has -estado desde que no nos vemos? - -D. CARLOS.--En el mesón de afuera. - -D. DIEGO.--¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh? - -D. CARLOS.--Sí, señor, entré en la ciudad y... - -D. DIEGO.--¿Á qué?... Siéntese usted. - -D. CARLOS.--Tenía precisión de hablar con un sujeto... (_Siéntase._) - -D. DIEGO.--¡Precisión! - -D. CARLOS.--Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible -volverme á Zaragoza sin estar primero con él. - -D. DIEGO.--Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero -venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo... -¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener... -Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había -necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie. - -(_Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Carlos luégo que le -reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse._) - -D. CARLOS.--Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué -no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la -cual ni usted ni yo quedaremos contentos? - -D. DIEGO.--Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere -que usted se lo diga. - -D. CARLOS.--¿Para qué saber más? - -D. DIEGO.--Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga! - -D. CARLOS.--Bien está. - -D. DIEGO.--Siéntate ahí... (_Siéntase don Carlos._) ¿En dónde has -conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han -ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la -viste? - -D. CARLOS.--Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á -Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa -de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo -aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al -siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas -hallé á doña Paquita, á quien la señora había sacado aquel día del -convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, -que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible, -de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, -de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras -cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir -que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque -desde luégo concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella -ciudad, evitando que llegase á noticia de usted. Observé que doña -Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche -nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome -preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. -En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole... - -D. DIEGO.--Prosigue. - -D. CARLOS.--Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre, -pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los -proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él, -sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas -para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa -de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de -noche... Logré que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con -las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una -pasión que mientras viva me hará infeliz. - -D. DIEGO.--Vaya... Vamos, sigue adelante. - -D. CARLOS.--Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de -travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le -ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... -La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres -desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos -todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que -ya se dejan entender... Siempre fuí para ella don Félix de Toledo, -oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor. -Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni la dí á entender -que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque ni me -convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de -interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la -hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de -tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y -una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y -me fuí ciego de amor adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas -consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí -pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero -perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis -juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí -precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine -aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo. - -D. DIEGO.--¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida? - -D. CARLOS.--Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar -á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo -ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, -ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar -un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra -felicidad. - -D. DIEGO.--Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra -manera. - -D. CARLOS.--Sí, señor. - -D. DIEGO.--Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda -su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren -las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha -dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que... - -D. CARLOS.--Pero no el corazón. (_Levántase._) - -D. DIEGO.--¿Qué dices? - -D. CARLOS.--No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus -bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su -honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto -de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si -alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados -en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el -motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, -que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo -ausente. - -D. DIEGO.--¿Qué temeridad es esta? - -(_Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual -se va retirando._) - -D. CARLOS.--Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una -palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... -Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido -disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y -mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me -niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona. - -D. DIEGO.--¿Conque en efecto te vas? - -D. CARLOS.--Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga. - -D. DIEGO.--¿Por qué? - -D. CARLOS.--Porque no me conviene verla en mi vida... Si las -voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... -entonces... - -D. DIEGO.--¿Qué quieres decir? - -(_Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir más adelante._) - -D. CARLOS.--Nada... Que apetezco la guerra, porque soy soldado. - -D. DIEGO.--¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para -decírmelo? - -D. CARLOS.--Alguien viene... (_Mirando con inquietud hacia el cuarto -de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace ademán de irse por -la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo._) Tal -vez será ella... Quede usted con Dios. - -D. DIEGO.--¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte. - -D. CARLOS.--Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada -nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles. - -D. DIEGO.--Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto. - -D. CARLOS.--Pero si... - -D. DIEGO.--Haz lo que te mando. - -(_Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego._) - - -ESCENA XI. - -DOÑA IRENE, DON DIEGO. - -D.ª IRENE.--Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos -días... (_Apaga la luz que está sobre la mesa._) ¿Reza usted? - -D. DIEGO (_paseándose con inquietud_).--Sí, para rezar estoy ahora. - -D.ª IRENE.--Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y -que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene -usted, señor?... ¿Hay alguna novedad? - -D. DIEGO.--Sí, no deja de haber novedades. - -D.ª IRENE.--Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No -sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, -me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan -sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, -si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera -me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de -tamarindos, nada me ha servido; de manera que... - -D. DIEGO.--Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de -conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen -esas muchachas? - -D.ª IRENE.--Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que -todo esté á la vela, y no haya detención. - -D. DIEGO.--Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni -alborotarse (_Siéntanse los dos_) por nada de lo que yo diga; y -cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su -hija de usted está enamorada... - -D.ª IRENE.--¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo -está; y bastaba que yo lo dijese para que... - -D. DIEGO.--¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme -usted hablar. - -D.ª IRENE.--Bien, vamos, hable usted. - -D. DIEGO.--Está enamorada; pero no está enamorada de mí. - -D.ª IRENE.--¿Qué dice usted? - -D. DIEGO.--Lo que usted oye. - -D.ª IRENE.--Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates? - -D. DIEGO.--Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado; -y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad... -Vaya, ¿qué llanto es ese? - -D.ª IRENE (_llorando_).--¡Pobre de mí! - -D. DIEGO.--¿Á qué viene eso? - -D.ª IRENE.--¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre -viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí! - -D. DIEGO.--Señora doña Irene... - -D.ª IRENE.--Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de -esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos -al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si -vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, -que tenía un genio como una serpiente... - -D. DIEGO.--Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia. - -D.ª IRENE.--Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia -del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó -de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos -padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra -un poste en los portales de Santa Cruz. - -D. DIEGO.--Pero ¿es posible que no ha de atender usted á lo que voy á -decirla? - -D.ª IRENE.--¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de -tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos -para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi -corazón! - -D. DIEGO.--Señora doña Irene, hágame usted el gusto de oirme, de no -replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa lo que -hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto -no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios. - -D.ª IRENE.--Diga usted lo que le dé la gana. - -D. DIEGO.--Que no volvamos otra vez á llorar y á... - -D.ª IRENE.--No, señor, ya no lloro. (_Enjugándose las lágrimas con un -pañuelo._) - -D. DIEGO.--Pues hace ya cosa de un año, poco más ó menos, que doña -Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han -escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por -último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades -y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á -hacerla mayor... En este supuesto... - -D.ª IRENE.--Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme, -inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien? - -D. DIEGO.--Volvemos otra vez á lo mismo... No, señora, no es chisme. -Repito de nuevo que lo sé. - -D.ª IRENE.--¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene -eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un -convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas -religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido -todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe -usted el genio que tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para -haber disimulado á su sobrina el menor desliz. - -D. DIEGO.--Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene; -se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no -habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy -honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre -Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, -y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La -muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado -tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... -Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo -razón. - -(_Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña Irene, sin leerle, -se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama. -Levántase don Diego, y procura en vano contenerla._) - -D.ª IRENE.--¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del -Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca! - -D. DIEGO.--Pero ¿á qué es llamarlas? - -D.ª IRENE.--Sí, señor, que quiero que venga, y que se desengañe la -pobrecita de quién es usted. - -D. DIEGO.--Lo echó todo á rodar... Esto le sucede á quien se fía de -la prudencia de una mujer. - - -ESCENA XII. - -DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO. - -RITA.--¡Señora! - -D.ª FRANCISCA.--¿Me llamaba usted? - -D.ª IRENE.--Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata de un -modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién -has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú, -picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... -¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice? - -(_Presentando el papel abierto á doña Francisca._) - -RITA (_aparte á doña Francisca_).--Su letra es. - -D.ª FRANCISCA.--¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su -palabra? - -D. DIEGO.--Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted -aquí... (_Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su lado._) -No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me -ponga en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel... -(_Quitándola el papel de las manos á doña Irene._) Paquita, ya se -acuerda usted de las tres palmadas de esta noche. - -D.ª FRANCISCA.--Mientras viva me acordaré. - -D. DIEGO.--Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay -que asustarse, ya lo he dicho. (_Lee._) «Bien mío; si no consigo -hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta -carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que -yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor. -Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso -obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix... Don Diego es -mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz -amigo.--_Carlos de Urbina._» - -D.ª IRENE.--¿Conque hay eso? - -D.ª FRANCISCA.--¡Triste de mí! - -D.ª IRENE.--¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima -picarona? Te has de acordar de mí. - -(_Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica y en ademán de -querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo._) - -D.ª FRANCISCA.--¡Madre!... Perdón. - -D.ª IRENE.--No, señor, que la he de matar. - -D. DIEGO.--¿Qué locura es esta? - -D.ª IRENE.--He de matarla. - - -ESCENA XIII. - -DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA. - -D. CARLOS.--Eso no... (_Sale don Carlos del cuarto precipitadamente; -coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo del -teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se -asusta y se retira._) Delante de mí nadie ha de ofenderla. - -D.ª FRANCISCA.--¡Carlos! - -D. CARLOS (_acercándose á don Diego_.)--Disimule usted mi -atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido -contener. - -D.ª IRENE.--¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es -usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo! - -D. DIEGO.--Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted -está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo mismo... -Carlos... No importa... Abraza á tu mujer. - -(_Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y ambos se -arrodillan á los piés de don Diego._) - -D.ª IRENE.--¿Conque su sobrino de usted? - -D. DIEGO.--Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, -y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi -vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto? - -D.ª FRANCISCA.--¿Conque usted nos perdona y nos hace felices? - -D. DIEGO.--Sí, prendas de mi alma... Sí. - -(_Los hace levantar con expresiones de ternura._) - -D.ª IRENE.--¿Y es posible que usted se determine á hacer un -sacrificio?... - -D. DIEGO.--Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente -la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... -¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el -esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y -débil. - -D. CARLOS (_besándole las manos_.)--Si nuestro amor, si nuestro -agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida... - -D.ª IRENE.--¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que... - -D. DIEGO.--Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras -usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la -cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto -resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud -padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y -esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad -he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo -saben tarde! - -D.ª IRENE.--En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se -gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle... -(_Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y -la besa la mano._) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has -tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un -mirar de ojos muy hechicero. - -RITA.--Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita, -un millón de besos. - -(_Doña Francisca y Rita se besan, manifestando mucho contento._) - -D.ª FRANCISCA.--¿Pero ves qué alegría tan grande?... Y tú, como me -quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga. - -D. DIEGO.--Paquita hermosa, (_Abraza á doña Francisca._) recibe los -primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible -que amenazaba á mi vejez... Vosotros (_Asiendo de las manos á doña -Francisca y á don Carlos._) seréis la delicia de mi corazón; y el -primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio, -aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á -mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si -son felices, yo he sido la causa. - -D. CARLOS.--¡Bendita sea tanta bondad! - -D. DIEGO.--Hijos, bendita sea la de Dios. - -[Ilustración] - - - - -LA ESCUELA DE LOS MARIDOS - -COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812 - - - - -PERSONAS - - - DON GREGORIO. - DON MANUEL. - DOÑA ROSA. - DOÑA LEONOR. - JULIANA. - DON ENRIQUE. - COSME. - UN COMISARIO. - UN ESCRIBANO. - UN LACAYO. } - UN CRIADO. } No hablan. - - -_La escena es en Madrid, en la plazuela de los Afligidos._ - - - La primera casa á mano derecha inmediata al proscenio es la de - D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al fin de la - acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado la - del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y - entrar los personajes de la comedia. - - -_La acción empieza á las cinco de la tarde y acaba á las ocho de la -noche._ - - - - -[Ilustración] - - - - -ACTO I. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON MANUEL, DON GREGORIO. - -D. GREGORIO.--Y por último, señor don Manuel, aunque usted es en -efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de -usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy -lindamente con hacerlo así. - -D. MANUEL.--Ya; pero das lugar á que todos se burlen, y... - -D. GREGORIO.--¿Y quién se burla? Otros tan mentecatos como tú. - -D. MANUEL.--Mil gracias por la atención, señor don Gregorio. - -D. GREGORIO.--Y bien, ¿qué dicen esos graves censores? ¿Qué hallan en -mí que merezca su desaprobación? - -D. MANUEL.--Desaprueban la rusticidad de tu carácter, esa aspereza -que te aparta del trato y los placeres honestos de la sociedad, esa -extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices y -obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza. - -D. GREGORIO.--En eso tienen razón, y conozco lo mal que hago en -no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por -modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo -hiciera, estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría; -porque, gracias á Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas -locuras adoptan los otros. - -D. MANUEL.--¡Es raro empeño el que has tomado de recordarme tan -á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de -ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero -aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que -me culparas el ser tratable con las gentes, el tener buen humor, el -gustar de vestirme con decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la -vejez nos condena por ventura á aborrecerlo todo, á no pensar en otra -cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir á la deformidad que traen -los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez que repugne -á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie -pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre -Rosita será poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que -el matrimonio que la previenes será tal vez un origen de disgustos y -de recíproco aborrecimiento, que... - -D. GREGORIO.--La pobre Rosita vivirá más dichosa conmigo, que su -hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un caballero -de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le -parece, señor hermano... Las dos son huérfanas; su padre, amigo -nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de -entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos casarnos -con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en caso -de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación -proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad -que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de -tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo -de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía -como me ha dado la gana, ¿estamos? - -D. MANUEL.--Sí; pero me parece á mí... - -D. GREGORIO.--Lo que á mí me parece es que usted no ha sabido educar -la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que más le -agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta; -séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir -como una señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por -el lugar, ir á visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado -zascandil: muy bien hecho. Pero yo pretendo que la mía viva á mi -gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito de estameña; que no -me gaste zapaticos de color sino los días en que repican recio; que -se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa; -que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído -estas ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo -que quiero; y que nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes -antojadizos; que no hable con nadie, ni con el gato, sin tener -escucha; que no salga de casa jamás sin llevar escolta... La carne es -frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros, y puesto que -ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no exponerme -á aumentar el número de los maridos zanguangos. - - -ESCENA II. - -DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (_Las tres salen con mantilla y -basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la puerta._) -DON GREGORIO, DON MANUEL. - -D.ª LEONOR.--No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de -responderle. - -JULIANA.--¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder -hablar con persona humana! ¡Qué fastidio! - -D.ª LEONOR.--Mucha lástima tengo de ti. - -D.ª ROSA.--Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me -haya llevado consigo, que aún es peor. - -JULIANA.--Le echaría yo más alto que... - -D. GREGORIO.--¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas? - -D.ª LEONOR.--La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se -esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino, -y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de -acompañarnos... - -D. MANUEL.--Sí por cierto: vamos allá. - -D.ª LEONOR.--Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña -Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por -allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo -esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y -al anochecer estamos de vuelta. - -D. GREGORIO.--Usted (_Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña -Rosa, según lo indica el diálogo_) puede irse adonde guste, usted -puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo -tiene á bien; y usted á casa. - -D. MANUEL.--Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que... - -D. GREGORIO.--Á más ver. - -(_Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en -su casa._) - -D. MANUEL.--La juventud necesita... - -D. GREGORIO.--La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas -veces. - -D. MANUEL.--Pero ¿hay algún inconveniente en que se vaya con su -hermana? - -D. GREGORIO.--No, ninguno; pero conmigo está mucho mejor. - -D. MANUEL.--Considera que... - -D. GREGORIO.--Considero que debe hacer lo que yo la mande... y -considero que me interesa mucho su conducta. - -D. MANUEL.--Pero ¿piensas tú que me será indiferente á mí la de su -hermana? - -JULIANA (_aparte_).--¡Tuerto maldito! - -D.ª ROSA.--No creo que tiene usted motivo ninguno para... - -D. GREGORIO.--Usted calle, señorita, que ya la explicaré yo á usted -si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la -lleve, y la traiga, y la cuide. - -D.ª LEONOR.--Pero ¿qué quiere usted decir con eso? - -D. GREGORIO.--Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una -doncella muy prudente. No hablo con usted. - -D.ª LEONOR.--Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi -compañía? - -D. GREGORIO.--¡Oh, qué apurar! (_Suelta el brazo de doña Rosa y se -acerca adonde están los demás._) No estará muy bien, no, señora; y -hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y -el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá. - -D.ª LEONOR.--Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la -misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes -procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una -desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi -sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y -esa opresión en que usted la tiene. - -JULIANA.--Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible. -¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre -turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso -son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien -quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué, -¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer -nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más -ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle -y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de -locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á -grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, -y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que -despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en -suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el -nombre que tengo que me las había de pagar. - -D. GREGORIO.--Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y -lo sufres con tanta paciencia? - -D. MANUEL.--En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de -reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco -de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para -contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni -á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos. -Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por -necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si -antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te -aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre -temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo -faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los -deseos. - -D. GREGORIO.--Todo eso que dices no vale nada. - -(_Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don -Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á -retirarse._) - -D. MANUEL.--Será lo que tú quieras... Pero insisto en que es menester -instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus -defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que -á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de -Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca -me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias -de la primera edad; y te aseguro que hasta ahora no me ha dado -motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias, -á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en mi -opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que -más contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad, -si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor -que los libros más doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero -estoy bien lejos de tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor -libertad que para esta resolución, porque no debo olvidarme de la -diferencia que hay entre sus años y los míos. Más quiero verla agena, -que poseerla á costa de la menor repugnancia suya. - -D. GREGORIO.--¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almíbar... -Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha -concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es -muy difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá -usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por -consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres. - -D. MANUEL.--Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza? - -D. GREGORIO.--¿Por qué? - -D. MANUEL.--Sí. - -D. GREGORIO.--No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco. - -D. MANUEL.--¿Pues hay algo en eso contra la estimación? - -D. GREGORIO.--¡Calle! ¿Conque si usted se casa con ella, la dejará -vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora? - -D. MANUEL.--¿Y por qué no? - -D. GREGORIO.--¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y -abaniquitos de anteojo y?... - -D. MANUEL.--Sin duda. - -D. GREGORIO.--¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras -cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?... - -D. MANUEL.--Cuando ella quiera. - -D. GREGORIO.--¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate, -lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas? - -D. MANUEL.--Preciso. - -D. GREGORIO.--¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán -amartelado? - -D. MANUEL.--Si no es sorda. - -D. GREGORIO.--¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo? - -D. MANUEL.--Pues ya se supone. - -D. GREGORIO.--Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro, -niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes. - -(_Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la -puerta, y se pasea colérico por el teatro._) - - -ESCENA III. - -DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA. - -D. MANUEL.--Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo -en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y -probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza. - -D. GREGORIO.--¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le... - -D. MANUEL.--¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo. - -D. GREGORIO.--¡Qué gusto ha de ser para mí! - -D. MANUEL.--Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te -sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente -por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias -para que suceda. - -D. GREGORIO.--Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces -cuál de los dos tiene más gana de reir. - -D.ª LEONOR.--Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza, -señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se -atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de -que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me -estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido, -en verdad que no me atrevería á decir otro tanto. - -JULIANA.--Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan -bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan -bendito. - -D. GREGORIO.--Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente. - -D. MANUEL.--Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos, -Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el -correo. - -D.ª LEONOR.--Pero ¿no irá usted por mí? - -D. MANUEL.--¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña -Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es -menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es -mucho desatino. Soy criado de usted. - -D. GREGORIO.--Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios. - -(_Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles._) - - -ESCENA IV. - -DON GREGORIO. - -D. GREGORIO.--Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia! -Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera -tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin -vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los -desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá -cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las -ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos -remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón -estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus -lechugas y sus gallinitas. - - -ESCENA V. - -DON ENRIQUE, COSME (_Salen los dos de la casa de don Enrique y -observan á don Gregorio, que estará distante._), DON GREGORIO. - -COSME.--¿Es él? - -D. ENRIQUE.--Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa prisionera que -adoro. - -D. GREGORIO.--Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver la corrupción -actual de las costumbres!... - -D. ENRIQUE.--Quisiera vencer mi repugnancia, hablar con él, y ver si -logro de alguna manera introducirme. - -D. GREGORIO.--En vez de aquella severidad que caracterizaba la -honradez antigua (_Se acerca un poco don Enrique por el lado derecho -de don Gregorio, y le hace cortesía_), no vemos en nuestra juventud -sino excesos de inobediencia, libertinaje y... - -D. ENRIQUE.--Pero ¿este hombre no ve? - -COSME.--¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si este es el lado del ojo -huero. Vamos por el otro. - -(_Hace que don Enrique pase por detrás de don Gregorio al lado -opuesto._) - -D. GREGORIO.--No, no, no... Es preciso salir de aquí. Mi permanencia -en la corte no pudiera menos de... (_Estornuda y se suena._) - -D. ENRIQUE.--No hay remedio; yo quiero introducirme con él. - -D. GREGORIO.--¿Eh? (_Se vuelve hacia el lado derecho, y no viendo á -nadie, prosigue su discurso._) Pensé que hablaban... Á lo menos en un -lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí. - -COSME.--Acérquese usted. - -D. GREGORIO.--¿Quién va? (_Vuelve por el lado derecho; se rasca la -oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don Enrique, que le -hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don Enrique se -le va acercando._) Las orejas me zumban... Allí todas las diversiones -de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí? - -COSME.--Ánimo. - -D. GREGORIO.--Allí ninguno de estos barbilindos viene con sus... ¡Qué -diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento! - -D. ENRIQUE.--Mucho sentiría, caballero, haberle distraído á usted de -sus meditaciones. - -D. GREGORIO.--En efecto. - -D. ENRIQUE.--Pero la oportunidad de conocer á usted, que ahora se me -presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan apetecible, -que no he podido resistir al deseo de saludarle... - -D. GREGORIO.--Bien. - -D. ENRIQUE.--Y de manifestarle á usted con la mayor sinceridad cuánto -celebraría poderme ocupar en servicio suyo. - -D. GREGORIO.--Lo estimo. - -D. ENRIQUE.--Tengo la dicha de ser vecino de usted, en lo cual debo -estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona... - -D. GREGORIO.--Muy bien. - -D. ENRIQUE.--¿Y sabe usted las noticias que hoy tenemos? En la corte -aseguran como cosa muy positiva... - -D. GREGORIO.--¿Qué me importa? - -D. ENRIQUE.--Ya; pero á veces tiene uno curiosidad de saber -novedades, y... - -D. GREGORIO.--¡Eh! - -D. ENRIQUE.--Realmente. (_Después de una larga pausa prosigue don -Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y viendo que -no lo hace, sigue hablando._) Madrid es un pueblo en que se disfrutan -más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias -en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella -monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo? - -D. GREGORIO.--En mis negocios. - -D. ENRIQUE.--Sí; pero el ánimo necesita descanso, y á las veces se -rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de noche, -antes de recogerse, ¿qué hace usted? - -D. GREGORIO.--Lo que me da la gana. - -D. ENRIQUE.--Muy bien dicho. La respuesta es exactísima, y desde -luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer hacer cosa -que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese -muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y... - -D. GREGORIO.--Agur. - -(_Atraviesa por entre los dos, se entra en su casa, y cierra._) - - -ESCENA VI. - -DON ENRIQUE, COSME. - -D. ENRIQUE.--¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre este? - -COSME.--Asperillo es de condición, y amargo de respuestas. - -D. ENRIQUE.--¡Ah! ¡Yo me desespero! - -COSME.--¿Y por qué? - -D. ENRIQUE.--¿Eso me preguntas? Porque veo sin libertad á la prenda -que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón vigilante, que -la guarda y la oprime. - -COSME.--Auto en favor. Eso que á usted le apesadumbra debiera -hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don Enrique, -para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan -y guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de -los maridos y de los padres no hace otra cosa que adelantar las -pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni entiendo de esos -filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis amos anteriores -(corsarios de profesión), que no había para ellos mayor gusto que -el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, groseros, -regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que -armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su -mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es -natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose al ver el -justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha padecido, -se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la arrulla; -y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se adelanta -camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á -usted los medios de enamorar á la pupila. - -D. ENRIQUE.--¿Qué facilidades me propones, cuando sabes que hace -ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, por el cual -emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á -mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de -las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este -barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de -hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan grande, que no lo he -podido conseguir. - -COSME.--Dicen que amor es invencionero y astuto; pero no me parece -á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni que -discurre arbitrios para... - -D. ENRIQUE.--¿Y qué he de hacer yo, si la casa está cerrada siempre -como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada alguna de -quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada -de su feroz alcaide? - -COSME.--¿De suerte, que ella todavía no sabe que usted la quiere? - -D. ENRIQUE.--No sé qué decirte. Bien me ha visto que la sigo á todas -partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la lleva -á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear -con ella hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes, -siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he -procurado que lea en mis ojos lo que padece mi corazón; pero ¿quién -sabe si ella ha comprendido este idioma, y si agradece mi amor, ó le -desestima? - -COSME.--Á la fe que el tal lenguaje es un poco oscuro, si no le -acompañan las palabras ó las letras. - -D. ENRIQUE.--No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y -averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú -algún arbitrio... - -COSME.--Sí, discurramos. - -D. ENRIQUE.--Á ver si se puede... - -COSME.--Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa. - -D. ENRIQUE.--Pues ¿qué importa que?... - -COSME.--No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las -persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa... -Y despacito, como que... - -D. ENRIQUE.--Sí, dices bien. - -(_Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique._) - - - - -ACTO II. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON MANUEL. - -(_Sale don Manuel por una de las calles, llega á su casa, tira de la -campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta, entra, y -queda cerrada como antes._) - -D. MANUEL.--Abre. - - -ESCENA II. - -DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (_salen los dos de casa de don Gregorio_). - -D. GREGORIO.--Bien, vete que ya sé la casa, y aun por las señas que -me das también caigo en quien es el sujeto. - -(_Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve después._) - -D.ª ROSA.--¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que me inspira un -inocente amor! - -D. GREGORIO.--¿No dices que has oído que se llama don Enrique? - -D.ª ROSA.--Sí, don Enrique. - -D. GREGORIO.--Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo -estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso. - -(_Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se -entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique._) - -D.ª ROSA.--Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero -¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el -injusto rigor que padezco? - -D. GREGORIO.--No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz... -Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo -tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no -le... - - -ESCENA III. - -COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE. - -D. GREGORIO.--¡Qué bruto de!... (_Al salir Cosme da un gran tropezón -con don Gregorio._) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no -me hace desnucar el bárbaro! - -(_Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído -por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con -afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don -Gregorio._) - -D. ENRIQUE.--Caballero, siento mucho que... - -D. GREGORIO.--¡Ah! precisamente es usted el que busco. - -D. ENRIQUE.--¿Á mí, señor? - -D. GREGORIO.--Sí por cierto... ¿No se llama usted don Enrique? - -D. ENRIQUE.--Para servir á usted. - -D. GREGORIO.--Para servir á Dios... Pues, señor, si usted lo permite, -yo tengo que hablarle. - -D. ENRIQUE.--¿Será tanta mi felicidad, que pueda complacerle á usted -en algo? - -D. GREGORIO.--No; al contrario, yo soy el que trato de hacerle á -usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á -buscarle. - -D. ENRIQUE.--¿Y usted venía á mi casa con ese intento? - -D. GREGORIO.--Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de particular? - -D. ENRIQUE.--¿Pues no quiere usted que me admire, y que envanecido -con el honor de que?... - -D. GREGORIO.--Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos... -Vamos al caso. - -D. ENRIQUE.--Pero tómese usted la molestia de pasar adelante. - -D. GREGORIO.--No hay para qué. - -D. ENRIQUE.--Sí, sí, usted me hará este favor. - -D. GREGORIO.--No por cierto. Aquí estoy muy bien. - -D. ENRIQUE.--¡Oh! No es cortesía permitir que usted... - -D. GREGORIO.--Pues yo le digo á usted que no quiero moverme. - -D. ENRIQUE.--Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un -taburete para el vecino. - -(_Cosme se encamina á la puerta de su casa para buscar el taburete; -después se detiene dudando lo que ha de hacer._) - -D. GREGORIO.--Pero si de pié le puedo decir á usted lo que... - -D. ENRIQUE.--¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso. - -D. GREGORIO.--¡Vaya que el hombre me mortifica en forma! - -COSME.--¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer? - -D. GREGORIO.--No le traiga usted. - -D. ENRIQUE.--Pero sería una desatención indisculpable... - -D. GREGORIO.--Hombre, más desatención es no querer oir á quien tiene -que hablar con usted. - -D. ENRIQUE.--Ya oigo. - -(_Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; pero al ver que -don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace -insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta, -y al fin se le ponen los dos._) - -D. GREGORIO.--Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que -ya me... ¿Quiere usted oirme? - -D. ENRIQUE.--Sí por cierto, con muchísimo gusto. - -D. GREGORIO.--Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una -joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas -verdes, y se llama doña Rosita? - -D. ENRIQUE.--Sí, señor. - -D. GREGORIO.--Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué -decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me -interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar -destinada al honor de ser mi mujer? - -D. ENRIQUE (_con sorpresa y sentimiento._)--No sabía eso. - -D. GREGORIO.--Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si -usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz. - -D. ENRIQUE.--¿Quién?... ¿Yo, señor? - -D. GREGORIO.--Sí, usted. No andemos ahora con disimulos. - -D. ENRIQUE.--Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de -esa señorita? - -D. GREGORIO.--Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito. - -D. ENRIQUE.--Pero repito que... - -D. GREGORIO.--¡Dale!... Ella misma. - -D. ENRIQUE.--¿Ella? - -(_Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante._) - -D. GREGORIO.--Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una -muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna, -acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además -que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted -quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de -seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que -esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en -manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa. - -D. ENRIQUE.--¿Y dice usted que es ella misma la que le ha -encargado?... - -D. GREGORIO.--Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á -usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado -desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso -mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar -tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro -recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted -que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si -tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus -miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa -que advertir á usted. - -(_Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio._) - -D. ENRIQUE.--Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto? - -COSME.--Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay -oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le -envía ese recado. - -D. GREGORIO.--Se ve que le ha hecho efecto. - -D. ENRIQUE.--¿Conque tú crees también que hay algún artificio? - -COSME.--Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos. - -(_Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después -de haberlos observado, se pasea por el teatro._) - - -ESCENA IV. - -DON GREGORIO, DOÑA ROSA. - -D. GREGORIO.--Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante -visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación -que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy -ofendida. - -(_Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña -Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se -encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa._) - -D.ª ROSA.--Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle -no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de -acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas. - -D. GREGORIO.--Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas -aquí?... Ya despaché mi comisión. - -D.ª ROSA.--Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo? - -D. GREGORIO.--Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que -no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido; -pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no -acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar. - -D.ª ROSA.--¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar -alguna pesadumbre. - -D. GREGORIO.--Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía? - -D.ª ROSA.--Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín -á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia -cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le -reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía -y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise -meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno. -Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me -pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo -que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece -á usted que era? - -D. GREGORIO.--¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú -así... - -D.ª ROSA.--No, señor. Era este envoltorio de papel. - -(_Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el -diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la -carta._) - -D. GREGORIO.--¡Calle! - -D.ª ROSA.--Y dentro esta caja de oro. - -D. GREGORIO.--¡Oiga! - -D.ª ROSA.--Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su -sobrescrito, y su sello de lacre verde, y... - -D. GREGORIO.--¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho? - -D.ª ROSA.--El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el -corazón le tengo tan oprimido, que... - -D. GREGORIO.--Bien te lo creo. - -D.ª ROSA.--Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y -la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester -que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo... - -D. GREGORIO.--Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una -prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo, -yo me encargo de muy buena gana de ser el portador. - -D.ª ROSA.--Pues tome usted. - -(_Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don -Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta; -doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene._) - -D. GREGORIO.--_Á mi señora doña Rosa Jiménez._--_Enrique de -Cárdenas._ ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y... - -D.ª ROSA.--¡Ay! No por cierto: no la abra usted. - -D. GREGORIO.--¿Y qué importa? - -D.ª ROSA.--¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la -ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los -billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto -descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la -escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la -carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto -desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva -nunca á intentar locura semejante. - -D. GREGORIO.--Tiene muchísima razón. (_Se aparta hacia un lado, y -vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la -caja, la envuelve curiosamente y se la guarda._) Rosita, tu prudencia -y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu -alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de -ser mi esposa. - -D.ª ROSA.--Pero si usted tiene gusto de leerla... - -D. GREGORIO.--No, nada de eso. - -D.ª ROSA.--Léala usted si quiere, como no la oiga yo. - -D. GREGORIO.--No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has -dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré -después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los -callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en -_Desiderio y Electo_... ¿Eh? Adios. - -D.ª ROSA.--Venga usted pronto. - -(_Se entra doña Rosa en su casa._) - - -ESCENA V. - -DON GREGORIO, COSME. - -D. GREGORIO.--El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha -de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y -de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano -sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se -quiere que sean. (_Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme, -desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en -las manos, y se va por una calle._) Deo gracias. - -COSME.--¿Quién es? ¡Oh! señor don... - -D. GREGORIO.--Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á -escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro, -porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale -usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo -que puede esperar en adelante. - - -ESCENA VI. - -DON ENRIQUE, COSME. - -D. ENRIQUE.--¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro? - -COSME.--Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á -doña Rosita... - -(_Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo -indica el diálogo._) - -D. ENRIQUE.--¿Yo? - -COSME.--La cual doña Rosita se ha irritado tanto, según él asegura, -de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla querido -abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica. - -D. ENRIQUE.--«Esta carta le sorprenderá á usted sin duda. El designio -de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos, parecerán -demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á -otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme -con el hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo -abandonarme á la desesperación, elijo el partido de implorar de usted -el favor que necesito para romper estas cadenas. Pero no crea que la -inclinación que le manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte -infeliz; nace de mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo -en usted, las noticias que he procurado adquirir de su estado, de su -conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación... -En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues -sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le -haga saber lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el -tiempo vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben -entenderse.» - -COSME.--¿No le parece á usted, que la astucia es de lo más sutil -que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa -travesura de amor? - -D. ENRIQUE.--¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de su talento y de -su pasión acrecen la que yo la tengo; (_Don Gregorio sale por una -de las calles, y se detiene. Después se acerca._) y unido todo á la -juventud, á las gracias y á la hermosura... - -COSME.--Que viene el tuerto. Discurra usted lo que le ha de decir. - - -ESCENA VII. - -DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME. - -D. GREGORIO.--Allí se están amo y criado como dos peleles... Conque -dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes amorosos -á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña -alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya -ve usted el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese -de gastar la pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo -juicio, á usted no le puede ver ni pintado; con que lo mejor es una -buena retirada, y llamar á otra puerta, que por esta no se puede -entrar. - -D. ENRIQUE.--Es verdad, su mérito de usted es un obstáculo -invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de -doña Rosita, teniéndole á usted por competidor. - -D. GREGORIO.--Ya se ve, que era una locura. - -D. ENRIQUE.--¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á -presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera -tenido la temeridad de disputársele. - -D. GREGORIO.--Yo lo creo. - -D. ENRIQUE.--Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que, -estando usted de por medio, no es para mí. - -D. GREGORIO.--En lo cual hace usted muy bien. - -D. ENRIQUE.--Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste -consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan -á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que -las conoce y las estima? - -D. GREGORIO.--Usted dice bien. - -D. ENRIQUE.--No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de -un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante -infeliz, (_Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á -las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba -bien, y acierte á repetirlas._) de cuya aflicción es usted la causa, -yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que -el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el -más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación -idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse. - -D. GREGORIO.--Sí, bien está: se lo diré. - -D. ENRIQUE.--Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no -tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado -esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un -obstáculo tan insuperable. - -D. GREGORIO.--Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice. - -D. ENRIQUE.--Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás -de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y -si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no -habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á -detenerme. - -D. GREGORIO.--Usted habla y procede en eso como hombre de buena -razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (_Hace -que se va, vuelve._) Pero créame usted, don Enrique: es menester -distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se -olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias: -conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?... -Conque... ¡Eh! Adios. - -(_Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se -van, y entran en la suya._) - -D. ENRIQUE.--¡Qué necio es! - - -ESCENA VIII. - -DON GREGORIO _llama á su puerta, y sale_ DOÑA ROSA. - -D. GREGORIO.--Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre, -al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto -concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor -encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó -que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que -aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el -amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se -yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga -á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado... -pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor -molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y -mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú, -¿qué dices á esto? - -D.ª ROSA.--Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un -hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera -tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes -atrevidos. - -D. GREGORIO.--Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan -apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor, -no merece que se le... - -D.ª ROSA.--¿Y le parece á usted honesta intención la de querer robar -á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal proyecto, y -aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted, -como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante? - -D. GREGORIO.--¡Oiga! Conque... - -D.ª ROSA.--Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme por medio de un -rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta casa, -ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis -ú ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse, -aprovechar una ocasión en que sepa que me he quedado sola, y -robarme... ¡Tiemblo de horror! - -D. GREGORIO.--Vamos, que todo eso no es más que hablar y... - -D.ª ROSA.--Sí, ¡como hay tanto que fiar de su honradez y su -moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa? - -D. GREGORIO.--No por cierto; si él ha dicho eso, realmente procede -mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido á -contar á ti esas?... - -D.ª ROSA.--Ahora mismo acabo de saberlo. - -D. GREGORIO.--¿Ahora? - -D.ª ROSA.--Sí, señor, después que usted le volvió la carta. - -D. GREGORIO.--Pero, chica, si no hice más que llegarme ahí á casa de -don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el mancebo, me volví -al instante, y... - -D.ª ROSA.--Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á -dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese -usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto -quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo: -Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto, -que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted -que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que -usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida, -que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá -á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de -satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la -escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún -accidente. - -D. GREGORIO.--Ese era el bribón del lacayo. - -D.ª ROSA.--Á la cuenta. - -D. GREGORIO.--Pero se ve que ese hombre es loco. - -D.ª ROSA.--No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe -disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con -buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías... -Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo -en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las -tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames. - -D. GREGORIO.--Vaya, vamos, no temas nada, que... - -D.ª ROSA.--No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted -le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No -hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de -una persecución tan obstinada. - -D. GREGORIO.--Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no, -que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas. - -D.ª ROSA.--Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la -que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos; -que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda -el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted -le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de -alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa -dos veces. - -D. GREGORIO.--¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario. - -D.ª ROSA.--Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo -dice. - -D. GREGORIO.--No, no le quedará duda; yo te lo aseguro. - -D.ª ROSA.--Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia; -despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por -muy poco tiempo, me pongo triste. - -D. GREGORIO.--Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida -mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (_Doña Rosa se -entra su casa y cierra._) En el mundo no hay hombre más venturoso -que yo; no puede haberle... (_Da una vuelta por la escena lleno de -inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique._) -Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras? - - -ESCENA IX. - -DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO. - -D. ENRIQUE.--¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis -puertas? - -D. GREGORIO.--Sus extravagancias de usted. - -D. ENRIQUE.--¿Cómo así? - -D. GREGORIO.--Bien sabe usted lo que quiero decirle; no se me haga -el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted -fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya -lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre, -¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No -tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de -ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y -violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que -ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno. - -D. ENRIQUE.--¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de -verdad, señor don Gregorio? - -D. GREGORIO.--Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha -dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección -es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, -que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su -desatino, y salgamos de tanto embrollo. - -(_Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto -queda á media luz._) - -D. ENRIQUE.--Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones, -no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero... - -D. GREGORIO.--¿Conque usted duda que sea verdad? - -D. ENRIQUE.--¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto -de persuadirse uno á que... - -D. GREGORIO.--Venga usted conmigo. - -(_Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia -su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga._) - -D. ENRIQUE.--Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo -me desespere y... - -D. GREGORIO.--Venga usted, venga usted... ¡Rosa! - -D. ENRIQUE.--No es decir esto que usted... - -D. GREGORIO.--Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se -desengañe... ¡Rosita! ¡Niña! - -D. ENRIQUE.--¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á -quien no ha cometido otro delito que adorarla! - -D. GREGORIO.--Usted lo verá. Ya sale. - - -ESCENA X. - -DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME. - -D.ª ROSA.--¿Qué es esto?... (_Sorprendida al ver á don Enrique_). -¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus -visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor? - -D. GREGORIO.--No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales -recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo -le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le -puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de -persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas, -ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo. - -D.ª ROSA.--Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo, -que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo? - -D. ENRIQUE.--Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el -vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad -que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la -suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe -maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie -delante de mí. - -D.ª ROSA.--Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias -mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los -íntimos afectos de mi corazón. - -D. GREGORIO.--¿Lo ve usted? - -D.ª ROSA.--Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo -alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro -presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira -una repugnancia que no puedo vencer. Pero... - -D. GREGORIO.--¿Lo ve usted? - -D.ª ROSA.--Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que -padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el -único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas -esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de -un suplicio más insoportable que la misma muerte. - -D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir -tus deseos. - -D.ª ROSA.--No hay otro medio de que yo viva contenta. - -(_Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don -Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio._) - -D. GREGORIO.--Dentro de muy poco lo estarás. - -D.ª ROSA.--Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con -tanta libertad... - -D. GREGORIO.--No hay mal en eso. - -D.ª ROSA.--Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de -alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío. - -D. GREGORIO.--Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma. - -D.ª ROSA.--Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan -fino, que acelere las diligencias de unión. - -D. GREGORIO.--Ven aquí, perlita; (_Abraza á doña Rosa; ella extiende -la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio, -se la besa afectuosamente, y se retira al instante_) consuelo mío, -ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me -angusties; calla, que... Amigo (_Volviéndose muy satisfecho á hablar -á don Enrique_) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer? - -D. ENRIQUE.--Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo -la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre -que no ha tenido la fortuna de agradarla. - -D.ª ROSA.--No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista -es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa, -que... - -D. GREGORIO.--Vaya, vamos, que eso es demasiado. - -D.ª ROSA.--¿Le ofendo á usted en decir esto? - -D. GREGORIO.--No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que -también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan -excesiva... - -D.ª ROSA.--Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo. - -D. ENRIQUE.--Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos -ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una -persona que tanto la ofende. - -D.ª ROSA.--Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra. - -D. GREGORIO.--Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera -haberle dado á usted este mal rato; pero... - -D. ENRIQUE.--No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento; -al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia, -atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir -cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don -Gregorio, me repito á la disposición de usted. - -D. GREGORIO.--Vaya usted con Dios. - -D. ENRIQUE.--Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa. - -(_Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la -puerta._) - - -ESCENA XI. - -DON GREGORIO, DOÑA ROSA. - -D. GREGORIO.--De veras te digo, que este hombre me da compasión. - -D.ª ROSA.--Ande usted, que no merece tanta como usted piensa. - -D. GREGORIO.--Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu -amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días -son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos -casados, y... - -D.ª ROSA (_turbada_).--¿Mañana? - -D. GREGORIO.--Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el -pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando. -¿Te parece que no lo conozco? - -D.ª ROSA.--Pero... - -D. GREGORIO.--Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy -antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para -que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera. - -(_Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y -cierra._) - -D.ª ROSA.--¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe? - - - - -ACTO III. - - -ESCENA PRIMERA. - -DOÑA ROSA, DON GREGORIO. - -(_La escena es de noche. Doña Rosa sale de su casa, manifestando el -estado de incertidumbre y agitación que denota el diálogo._) - -D.ª ROSA.--No hay otro medio... Si me detengo un instante, vuelve, -pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero morir. -Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo, -consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á -mi amante, y él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro -padezca... (_Don Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa -se encamina á casa de su hermana; se detiene, y al conocerle duda -lo que ha de hacer._) Vamos, pero... Gente viene... Y es él... -¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido! - -D. GREGORIO.--¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué -novedad es esta? - -D.ª ROSA.--¿Qué le diré? - -D. GREGORIO.--¿Qué haces aquí, niña? - -D.ª ROSA.--Usted lo extrañará. - -(_Indica en la expresión de sus palabras que va previniendo la -ficción con que trata de disculparse._) - -D. GREGORIO.--¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha sucedido? Habla. - -D.ª ROSA.--Estoy tan confusa y... - -D. GREGORIO.--Vamos, no me tengas en esta inquietud. ¿Qué ha sido? - -D.ª ROSA.--¿Se enfadará usted si le digo?... - -D. GREGORIO.--No me enfadaré. Dilo presto. Vamos. - -D.ª ROSA.--Sí, precisamente se va usted á enojar, pero... Pues -tenemos una huéspeda. - -D. GREGORIO.--¿Quién? - -D.ª ROSA.--Mi hermana. - -D. GREGORIO.--¿Cómo? - -D.ª ROSA.--Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada con llave para -que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina, la -viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de -venirse á dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella -conmigo... como es una mujer de tanto juicio, y... - -D. GREGORIO.--Pero ¿qué enredo es este, señor, que hasta ahora, -lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á qué -ha venido tu hermana? - -D.ª ROSA.--Ha venido... Mire usted, le voy á revelar un secreto que -le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no? - -D. GREGORIO.--¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas de que me -desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana? - -D.ª ROSA.--Yo se lo diré á usted... Mi hermana está enamorada de don -Enrique. - -D. GREGORIO.--¿Ahora tenemos eso? - -D.ª ROSA.--Sí, señor. Hace más de un año que se quieren, y cuasi -el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por esto -fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos, -pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro -el motivo que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto, -adonde también se mudó inmediatamente don Enrique, para tener más -ocasión de verle y hablarle, aprovechándose de la libertad que -siempre la ha dado el bueno de don Manuel. - -D. GREGORIO.--Pero este don Enrique ó don demonio, ¿á cuántas quiere? -¡Si yo estoy lelo! - -D.ª ROSA.--Yo le diré á usted. Continuaron estos amores hasta -que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de -la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín -botánico, la envió un papel de despedida lleno de expresiones -amargas; y desde entonces no ha querido volverla á ver. Parecióle -conveniente además pagar con celos que él la diese, los que le había -causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en seguirme adonde -quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo sin -duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que -ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero -me propuse callar y despreciarle, hasta que informada esta tarde de -todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme muy sentida, -creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese trasto), resolví -decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo todo lo demás, para -que la estimación de mi hermana no padeciese... ¿Qué hubiera usted -hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo? - -D. GREGORIO.--Conque... Adelante. - -D.ª ROSA.--Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente -haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me -desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no -lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito. -Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no -quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró -á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal -caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted -me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté -cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la -aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y -quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me -hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche -no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado -que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don -Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en -el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone -hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla. - -D. GREGORIO.--¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú -qué le has dicho? - -D.ª ROSA.--Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que -pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello; -afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa -inmediatamente. - -D. GREGORIO.--¿Y ella? - -D.ª ROSA.--Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de -los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y -desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el -mundo teme. - -D. GREGORIO.--Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he -de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á -entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir -adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy -hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo -la diré lo que... Vamos. - -(_Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene._) - -D.ª ROSA.--No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana. -Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó -á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel -extrañe ahora su vuelta. - -(_Hace que se va hacia su casa, y vuelve._) - -D. GREGORIO.--Muy bien; aquí espero á que salga. - -D.ª ROSA.--Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque, -no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y -sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar -este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va, -como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que -importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla. - -D. GREGORIO.--¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa -caridad! - -D.ª ROSA.--Es mi hermana. - -D. GREGORIO.--¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!... -Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones. - -D.ª ROSA.--Yo creo que sí. - -D. GREGORIO.--Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá -arriba y la saco á patadas. - -D.ª ROSA.--No será menester. Voy allá... (_Hace que se va, y -vuelve._) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni... - -D. GREGORIO.--Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera. - -D.ª ROSA (_se encamina hacia su casa, y vuelve._)--¡Ah! Mire usted. -Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo -estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar. - -D. GREGORIO.--Pero ¿qué sientes? - -D.ª ROSA.--¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré poco disgustada -con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo descansar y -dormir... Conque... buenas noches. - -D. GREGORIO.--Adios, Rosita... Pero mira que si no sale... - -D.ª ROSA.--Yo le aseguro á usted que saldrá. - -(_Éntrase dejando entornada la puerta. Don Gregorio se pasea por el -teatro mirando con frecuencia hacia su casa, impaciente del éxito._) - -D. GREGORIO.--Y á todo esto, ¿en qué se ocupará ahora mi erudito -hermano? Estará poniendo escolios á algún tratado de educación... -¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra cosa -de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?... -¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os -enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las -diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de colleras, y -á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la bribona de la -Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos embudos? -No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que -baja ya la niña bien criada. - -(_Se acerca más á un lado de la puerta de su casa, colocándose hacia -el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde adentro doña -Rosa, la cual finge que habla con su hermana._) - -D.ª ROSA.--No te canses en quererme persuadir. Vete... Antes que todo -es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho... ¿Y qué importa -que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de -aquí. - -D. GREGORIO.--En efecto, la echa de casa... (_Sale doña Rosa de -su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña -Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don -Gregorio su puerta y guarda la llave._) ¿Y adónde irá la doncellita -menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero. - - -ESCENA II. - -DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO. - -(_Los dos primeros salen de su casa._) - -D. ENRIQUE.--¿Dijiste al ama que no me espere? - -COSME.--Sí, señor. - -D. ENRIQUE.--Pues cierra y vamos, que aunque sepa atropellar por -todo, he de hablarla esta noche. - -(_Cierra Cosme la puerta con llave._) - -COSME.--¡Noche toledana! - -D. ENRIQUE.--Y á pesar de quien procura estorbarlo, ella y yo seremos -felices. - -(_Doña Rosa, después de haberse alejado un poco hacia el fondo del -teatro, vuelve encaminándose á casa de don Manuel; don Gregorio se -adelanta igualmente y la observa. Ella se detiene._) - -D.ª ROSA.--Él se acerca á la puerta de don Manuel. ¿Qué haré?... Ya -no es posible... (_Se retira llena de confusión hacia el fondo del -teatro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene._) ¡Infeliz -de mí! - -D. ENRIQUE.--¿Quién es? - -D.ª ROSA.--Yo. - -D. ENRIQUE.--¿Doña Rosita? - -D.ª ROSA.--Yo soy. - -D. ENRIQUE.--Á mi casa. - -D.ª ROSA.--Pero ¿qué seguridad tendré en ella? - -D. ENRIQUE.--La que debe usted esperar de un hombre de honor. - -D.ª ROSA.--Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo -llegar sin que me reconozca, y... - -D. ENRIQUE.--Está usted conmigo... Pasará usted la noche en compañía -de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y -á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré -que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer -la vida para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted. - -(_Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique._) - -D.ª ROSA.--Allí está. - -D. ENRIQUE.--Bien, que esté donde quiera. Poco importa. - -D.ª ROSA.--Allí, allí. - -D. ENRIQUE.--Sí, ya le distingo... No hay que temer, quieto se -está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro. - -(_Asiéndole de la mano se entra con ella en su casa, y Cosme -detrás._) - -D. GREGORIO.--Pues, señor, se marchó á casa del galán. No puede -llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al ver tan -solemnemente burlado á este hermano que Dios me dió, necio por -naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos -á darle la infausta noticia... (_Se encamina á casa de don Manuel; -después se detiene._) No, el asunto es serio, y si el tiempo se -pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un trabajo... -Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí pienso que ha -de vivir el comisario... - -(_Va á casa del comisario, y llama._) - - -ESCENA III. - -UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON GREGORIO. - -(_Salen los tres primeros por una de las calles. El criado con -linterna. La escena se ilumina un poco._) - -COMISARIO.--¿Quién anda ahí? - -D. GREGORIO.--¡Ah! ¿No es usted el señor comisario del cuartel? - -COMISARIO.--Servidor de usted. - -D. GREGORIO.--Pues, señor... Oiga usted aparte... (_Se aparta con el -comisario á poca distancia de los demás._) Su presencia de usted es -absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder... -¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en -aquella casa de enfrente? - -COMISARIO.--Sí, de vista la conozco, y al caballero que la tiene -consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco. - -D. GREGORIO.--Hermano mío. - -COMISARIO.--¡Oiga! ¿Es usted su hermano? - -D. GREGORIO.--Para servir á usted. - -COMISARIO.--Para hacerme favor. - -D. GREGORIO.--Pues el caso es que esta niña, hija de padres muy -honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz que -vive aquí en este cuarto principal... - -COMISARIO.--¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le conozco mucho. - -D. GREGORIO.--Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su -casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo que -puede resultar de aquí. - -COMISARIO.--Sí... En efecto. - -D. GREGORIO.--Ello hay de por medio no sé qué papel de matrimonio; -pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa el -motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico? - -COMISARIO.--Perfectamente... ¿Y ella está adentro? - -D. GREGORIO.--Ahora mismo acaba de entrar... Conque, señor comisario, -se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que el tal -caballero... Ya ve usted. - -COMISARIO.--Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por fortuna tenemos -aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (_Alza -un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el -cual se acerca á ellos muy oficioso._) Es escribano... - -ESCRIBANO.--Escribano real. - -D. GREGORIO.--Ya. - -ESCRIBANO.--Y antiguo. - -D. GREGORIO.--Mejor. - -ESCRIBANO.--Mucha práctica de tribunales. - -D. GREGORIO.--Bueno. - -ESCRIBANO.--Conocido en testamentarías, subastas, inventarios, -despojos, secuestros y... - -D. GREGORIO.--No, ahí no hallará usted cosa en que poder... - -ESCRIBANO.--Y muy hombre de bien. - -D. GREGORIO.--Por supuesto. - -ESCRIBANO.--Es que... - -COMISARIO.--Vamos, don Lázaro, que esto pide mucha diligencia. - -D. GREGORIO.--Yo aquí espero. - -COMISARIO.--Muy bien. - -(_Llama el criado á la puerta de don Enrique, se abre, y entran los -tres. La escena vuelve á quedar oscura._) - - -ESCENA IV. - -DON GREGORIO, DON MANUEL. - -D. GREGORIO.--Veamos si está en casa este inalterable filósofo, y le -contaremos la amarga historia... (_Llama en casa de don Manuel, abren -la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta -entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano._) ¿Está? -Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha -importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas -sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya -si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor -hermano! - -(_Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se detiene inmediato á -ella._) - -D. MANUEL.--Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes? - -D. GREGORIO.--Porque tengo que hablarte, y no me puedo separar de -aquí. - -D. MANUEL (_adelantándose hacia donde está don -Gregorio._)--Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece? - -D. GREGORIO.--Vengo á darte muy buenas noticias. - -D. MANUEL.--¿De qué? - -D. GREGORIO.--Sí, te vas á regocijar mucho con ellas... Dime: mi -señora doña Leonor ¿en dónde está? - -D. MANUEL.--¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga doña Beatriz. Allí -quedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas que -escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á otro... -Pero ¿á qué viene esa pregunta? - -D. GREGORIO.--¡Eh! Así, por hablar algo... - -D. MANUEL.--Pero ¿qué quieres decirme? - -D. GREGORIO.--Nada... Que tú la has educado filosóficamente, -persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco -de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no -son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la -indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas -quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido -corresponder como era de esperar á las lecciones de su maestro. - -D. MANUEL.--Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir -nada de cuanto dices. - -D. GREGORIO.--Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y -es muy justo que recibas el premio de tu ridícula presunción... Llegó -el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en las dos -hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes; -y la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los -persigue. - -D. MANUEL.--Si no me declaras el misterio, dígote que... - -D. GREGORIO.--El misterio es que tu pupila no está donde piensas, -sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado -rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar -mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora? - -D. MANUEL.--¿Dices que Leonor?... - -D. GREGORIO.--Sí, señor, la misma... - -D. MANUEL.--Vaya, déjate de chanzas, y no me... - -D. GREGORIO.--¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se dará tal -estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que -la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él, -y lo he visto yo, y se quieren mucho, y hace más de un año que se -tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías. -¿Lo entiendes? - -D. MANUEL.--Pero es una cosa tan agena de verisimilitud... - -D. GREGORIO.--¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus ojos no se lo -harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que los -años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (_Señalándose con -el dedo en la frente._) - -D. MANUEL.--Ello es que tú te persuades á que... - -D. GREGORIO.--Figúrate si me habré persuadido... Pero mira, no -gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío que -te persuadirás también. Vamos. - -(_Se encamina á casa de don Enrique, y después vuelve._) - -D. MANUEL.--¡Haber cometido tal exceso, cuando siempre la he tratado -con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces no -violentar, no contradecir sus inclinaciones! - -D. GREGORIO.--Ya temía yo que no había de ser creído, y que -perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y porque me -pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo -que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario -del cuartel vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando -escándalos, se concluya, si se puede, con un matrimonio. - -D. MANUEL.--¿Eso hay? - -D. GREGORIO.--¡Toma! Ya están allá el comisario y un escribano -que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros -algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente -criatura, disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh? - -D. MANUEL.--¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta debilidad, ni soy -capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño. Pero á -pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á... - -D. GREGORIO.--¡Qué terco es!... Ven conmigo, y acabemos esta disputa -impertinente. - -(_Se encamina con su hermano hacia casa de don Enrique, y al llegar -cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se ilumina -como en la escena tercera._) - - -ESCENA V. - -EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, DON MANUEL. - -COMISARIO.--Aquí, señores, no hay necesidad de ninguna violencia. -Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay otra cosa -que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa -honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y -le autorizan. - -D. GREGORIO.--¿Qué te parece? - -D. MANUEL (_reprimiéndose_).--¿Qué me ha de parecer?... Que se casen. - -D. GREGORIO.--Pues, señor, que se casen. - -COMISARIO.--Diré á usted, señor don Manuel. Yo he propuesto á la -novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de mi -mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece, -á lo menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades; -pero no ha querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite -que vaya á la suya, la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta -elección es la mejor; pero he querido avisarle á usted para saber si -gusta de ello, ó tiene alguna dificultad. - -D. MANUEL.--Ninguna... Que venga. Yo me encargo del depósito. - -COMISARIO.--Volveré con ella muy pronto. - -(_Se entra con el criado en casa de don Enrique. El teatro queda -oscuro otra vez._) - -D. GREGORIO.--No me queda otra cosa que ver... Pero ¿cuál es más -admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura de este insensato -que se presta á tenerla en su casa después de lo que ha hecho, que la -toma en depósito de manos de su amante para entregársela después tal -y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más destornillada -que la suya... No puede ser. - -D. MANUEL.--No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú has hecho -intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran -sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón; -para que su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha -sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que -mañana se casen, como si fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto; -para manifestar á Leonor que nunca he querido hacerme un tirano de su -libertad ni de sus afectos; para confundirla con mi modo de proceder -comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que haya sido capaz -de tal ingratitud? - -D. GREGORIO.--Calla, que... (_Salen por una calle doña Leonor, -Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante -de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña -Leonor al ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro._) Sí... -Ahí la tienes. Pídela perdón. - -D. MANUEL.--¡Yo! ¡Qué mal me conoces! - - -ESCENA VI. - -DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO. - -D. MANUEL.--Leonor, no temas ningún exceso de cólera en mí, bien -sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que me -ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa, -sabiendo tú que nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes -amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de -ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar -en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu -estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi -casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo el esposo que -has querido elegir. - -D.ª LEONOR.--Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué se dirige ese -discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es ese -de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi -respeto á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de -una vez, mi amor, son inalterables... Mucho me ofende el que presuma -que he podido yo hacer ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer -honesta, que estima en más que la vida su honor y su opinión. - -D. MANUEL (_volviéndose á don Gregorio_).--¿Oyes lo que dice? - -D. GREGORIO (_acercándose á doña Leonor_).--Ya se ve que lo oigo... -Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde vienes, hija? - -D.ª LEONOR.--De casa de doña Beatriz. - -D. GREGORIO.--¿Ahora vienes de allí, cordera? - -D.ª LEONOR.--Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que nos ha venido á -acompañar? - -D. GREGORIO.--¿Y no sales de casa de don Enrique? - -D.ª LEONOR.--¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?... ¡Eh! no por -cierto. - -D. GREGORIO.--¿Y no habéis concertado vuestro casamiento á presencia -del comisario? - -D.ª LEONOR.--Me hace reir... ¿Ves qué desatino, Juliana? - -D. GREGORIO.--¿Y no estáis enamorados mucho tiempo há? - -D.ª LEONOR.--Muchísimo tiempo... ¿Y qué más? - -D. GREGORIO.--¿Y no estuviste en mi casa esta noche? ¿y no te -hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á la de tu galán? -¿y no te ví yo? - -D.ª LEONOR.--Esto pasa de chanza. Usted no sabe lo que se dice... -(_Asiendo del brazo á don Manuel se dirige hacia su casa._) Vamos á -casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido el poco entendimiento que -tenía; vamos. - - -ESCENA VII. - -DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO, -DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO. - -(_El criado saldrá con la linterna. La luz del teatro se duplica._) - -D.ª ROSA.--¡Leonor!... ¡Hermana!... - -(_Corriendo hacia doña Leonor la coge de las manos, y se las besa._) - -D. GREGORIO.--¡Huf!... - -(_Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de confusión._) - -D.ª ROSA.--Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el -atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de -mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme; -pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las -dos. - -D.ª LEONOR.--Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no -me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te has -valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas. - -D.ª ROSA.--Cuanto digas es cierto, pero... (_Volviéndose á don -Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento._) usted ha sido la -causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á -sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de -hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró -inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas -para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero -puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo -fuese menos honesta. - -D. ENRIQUE.--Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que -conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante. - -D. MANUEL (_acercándose á don Gregorio_).--Esto pide resignación, -hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes. - -D.ª LEONOR.--Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro -remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima. - -JULIANA.--Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las -enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más -tonto! - -COSME (_hablando con Juliana_).--Y en verdad que se ha escapado como -en una tabla. Bien puede estar contento. - -D. GREGORIO (_No dirige á nadie sus palabras, habla como si -estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la energía de su -expresión_).--No, yo no acabo de salir de la admiración en que -estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es -posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la -de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el -fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede -se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías. -Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los -hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio, -si quiere llevársele. - -(_Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso hacia ella. Don -Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su casa, y cierra -por dentro._) - -D. MANUEL.--No dice bien... Las mujeres, dirigidas por otros -principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor -del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y -mañana sin falta se celebrará la boda. - -D.ª ROSA.--¿La mía no más? - -D. MANUEL.--Si tu hermana me perdona una breve sospecha, con tanta -dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo también -pudiera serlo. - -D.ª LEONOR.--Hoy es día de perdonar. - -D.ª ROSA.--Sí, bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una -educación tan contraria á la que yo recibí. - -D.ª LEONOR.--Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi -corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya. - -D. MANUEL.--¡Querida Leonor! - -(_Se abrazan don Manuel y doña Leonor._) - -JULIANA.--¡Excelente lección para los maridos, si quieren estudiarla! - -[Ilustración] - - - - -EL MÉDICO Á PALOS - -COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814 - - - - -PERSONAS - - - DON JERÓNIMO. - DOÑA PAULA. - LEANDRO. - ANDREA. - BARTOLO. - MARTINA. - GINÉS. - LUCAS. - - - La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos - siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y - otras dos en los lados. - - -_La acción empieza á las once de la mañana, y se acaba á las cuatro -de la tarde._ - - - - -[Ilustración] - - - - -ACTO I. - - -ESCENA PRIMERA. - -BARTOLO, MARTINA. - -BARTOLO.--¡Válgate Dios, y qué durillo está este tronco! El hacha se -mella toda, y él no se parte... (_Corta leña de un árbol inmediato al -foro: deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el -proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un -cigarro y se pone á fumar._) ¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy -aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más... Dejémoslo, -y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá -bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro -la ha de heredar... Allí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno? - -MARTINA (_sale por el lado derecho del teatro_).--Holgazán, ¿qué -haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes que tienes que -acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de -mediodía? - -BARTOLO.--Anda, que si no es hoy, será mañana. - -MARTINA.--Mira qué respuesta. - -BARTOLO.--Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato á fumar -un cigarro. - -MARTINA.--¡Y que yo aguante á un marido tan poltrón y desidioso! -Levántate y trabaja. - -BARTOLO.--Poco á poco, mujer; si acabo de sentarme. - -MARTINA.--Levántate. - -BARTOLO.--Ahora no quiero, dulce esposa. - -MARTINA.--¡Hombre sin vergüenza, sin atender á sus obligaciones! -¡Desdichada de mí! - -BARTOLO.--¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca: que la -mejor es peor que un demonio. - -MARTINA.--Miren qué hombre tan hábil, para traer autoridades de -Séneca. - -BARTOLO.--¿Si soy hábil? Á ver, á ver, búscame un leñador que sepa lo -que yo, ni que haya servido seis años á un médico latino, ni que haya -estudiado el _quis vel qui, quæ, quod vel quid_, y más adelante, como -yo lo estudié. - -MARTINA.--Mal haya la hora en que me casé contigo. - -BARTOLO.--Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello. - -MARTINA.--Haragán, borracho. - -BARTOLO.--Esposa, vamos poco á poco. - -MARTINA.--Yo te haré cumplir con tu obligación. - -BARTOLO.--Mira, mujer, que me vas enfadando. - -(_Se levanta desperezándose, encamínase hacia el foro, coge un palo -del suelo y vuelve._) - -MARTINA.--¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente? - -BARTOLO.--Mira que te he de cascar, Martina. - -MARTINA.--Cuba de vino. - -BARTOLO.--Mira que te he de solfear las espaldas. - -MARTINA.--Infame. - -BARTOLO.--Mira que te he de romper la cabeza. - -MARTINA.--¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á mí? - -BARTOLO (_dando de palos á Martina_).--¿Sí? Pues toma. - -MARTINA.--¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay! - -BARTOLO.--Este es el único medio de que calles... Vaya, hagamos la -paz. Dame esa mano. - -MARTINA.--¿Después de haberme puesto así? - -BARTOLO.--¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos. - -MARTINA.--No quiero. - -BARTOLO.--Vamos, hijita. - -MARTINA.--No quiero, no. - -BARTOLO.--Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar á mi -esposa... Vaya, ven, dame un abrazo. - -(_Tira el palo á un lado, y la abraza._) - -MARTINA.--¡Si reventaras! - -BARTOLO.--Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija -mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos -no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una -porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la -llevaremos á Miraflores. (_Hace que se va y vuelve._) Oyes, y dentro -de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me -acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha -con sus piedras azules. - -(_Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante. -Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí._) - -MARTINA.--Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer -siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es -un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él -sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto. - - -ESCENA II. - -MARTINA, GINÉS, LUCAS. - -(_Salen por la izquierda._) - -LUCAS.--Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé -yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo. - -GINÉS.--¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro -amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una -señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece. - -LUCAS.--Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á -visitarla no hayan descubierto su enfermedad. - -GINÉS.--Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es el que -necesitamos. - -MARTINA (_aparte_).--¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para -vengarme! - -LUCAS.--Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como -no hayamos equivocado la senda... - -MARTINA.--(_Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la -cortesía._ Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme -los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores, -perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída. - -LUCAS.--¿Vamos bien por aquí á Miraflores? - -MARTINA.--Sí, señor. (_Señalando adentro por el lado derecho._) ¿Ve -usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho. - -GINÉS.--¿No hay allí un famoso médico, que ha sido médico de una -vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas -las enfermedades las cura en griego? - -MARTINA.--¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que -se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra. - -GINÉS.--¿Qué dice usted? - -MARTINA.--Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes á buscar? - -LUCAS.--Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo -junto al río. - -MARTINA.--¡Ah! sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué -tiene? - -LUCAS.--¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido -á perder el habla. - -MARTINA.--¡Qué lástima! Pues... (_Aparte, con expresión de -complacencia._ ¡Ay, qué idea me ocurre!) Pues mire usted, aquí -tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos -males desesperados. - -GINÉS.--¿De veras? - -MARTINA.--Sí, señor. - -LUCAS.--¿Y en dónde le podemos encontrar? - -MARTINA.--Cortando leña en ese monte. - -GINÉS.--Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas. - -MARTINA.--No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido -como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no -quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió. - -GINÉS.--Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres -hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia. - -MARTINA.--La manía de este hombre es la más particular que se ha -visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á -palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán -su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno -un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le -necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido -bien. - -GINÉS.--¡Qué extraña locura! - -LUCAS.--¿Habráse visto hombre más original? - -GINÉS.--¿Y cómo se llama? - -MARTINA.--Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un -hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, -nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo. - -LUCAS.--No se me despintará, no. - -GINÉS.--¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles? - -MARTINA.--¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos -meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya iban á enterrarla, y -quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por -donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una -redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y -la muerta se levantó tan alegre cantando el _frondoso_. - -GINÉS.--¿Es posible? - -MARTINA.--Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace tres semanas -que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se -le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. -Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no quería ir allá, pero -mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento -que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fué untando, untando -al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pié, y se -fué corriendo á jugar á la rayuela con los otros chicos. - -LUCAS.--Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos á -buscarle. - -MARTINA.--Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de -los garrotazos. - -GINÉS.--Ya, ya estamos en eso. - -MARTINA.--Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas -necesiten. - -LUCAS.--¿Sí? Voy por un par de ellas. - -(_Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el foro y coge -otro, vuelve, y se le da á Ginés._) - -GINÉS.--¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio! - -MARTINA.--Y si no, todo será inútil. (_Hace que se va, y vuelve._) -¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre -como un gamo; y si les coge á ustedes la delantera, no le vuelven á -ver en su vida. (_Mirando hacia dentro á la parte del foro._) Pero me -parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no -quiere hacer bondad, menudito en él. Adios, señores. - - -ESCENA III. - -GINÉS, LUCAS. - -LUCAS.--Fortuna ha sido haber hallado á esta mujer. Pero ¿no ves qué -traza de médico aquella? - -(_Los dos miran hacia el foro._) - -GINÉS.--Ya lo veo... Mira, retirémonos uno á un lado y otro á otro, -para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor -cortesía del mundo. ¿Lo entiendes? - -LUCAS.--Sí. - -GINÉS.--Y sólo en el caso de que absolutamente sea preciso... - -LUCAS.--Bien... Entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo. - -GINÉS.--Pues apartémonos, que ya llega. - -(_Ocúltanse á los dos lados del teatro._) - - -ESCENA IV. - -GINÉS, LUCAS, BARTOLO. - -(_Bartolo sale del monte con un hacha y las alforjas al hombro, -cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro, y saca de las -alforjas una bota_). - -BARTOLO. - - En el alcázar de Venus, - junto al Dios de los planetas, - en la gran Constantinopla, - allá en la casa de Meca, - donde el gran sultán bajá, - imperio de tantas fuerzas, - aquel Alcorán que todos - le pagan tributo en perlas; - rey de setenta y tres reyes, - de siete imperios... (_Bebe._) - De siete imperios cabeza; - este tal tiene una hija, - que es del imperio heredera. - -(_Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por donde sale Lucas, -el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. Bartolo, -sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado -á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la -bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas._) - -Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la -bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la -guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa -buena. - -GINÉS.--¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo? - -BARTOLO.--¿Y qué? - -GINÉS.--¿Que si se llama usted don Bartolo? - -BARTOLO.--No, y sí, conforme lo que ustedes quieran. - -GINÉS.--Queremos hacerle á usted cuantos obsequios sean posibles. - -BARTOLO.--Si así es, yo me llamo don Bartolo. - -(_Quítase el sombrero y le deja á un lado._) - -LUCAS.--Pues con toda cortesía... - -GINÉS.--Y con la mayor reverencia... - -LUCAS.--Con todo cariño, suavidad y dulzura... - -GINÉS.--Y con todo respeto, y con la veneración más humilde... - -BARTOLO (_aparte_).--Parecen arlequines, que todo se les vuelve -cortesías y movimientos. - -GINÉS.--Pues, señor, venimos á implorar su auxilio de usted para una -cosa muy importante. - -BARTOLO.--¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa -de mí, haré lo que pueda. - -GINÉS.--Favor que usted nos hace... Pero cúbrase usted, que el sol le -incomodará. - -LUCAS.--Vaya, señor, cúbrase usted. - -BARTOLO.--Vaya, señores, ya estoy cubierto... (_Pónese el sombrero, y -los otros también._) ¿Y ahora? - -GINÉS.--No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres -eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos -hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su... - -BARTOLO.--Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar -leña. - -LUCAS.--Señor... - -BARTOLO.--Si ha de ser de encina, no la daré menos de á dos reales la -carga. - -GINÉS.--Ahora no tratamos de eso. - -BARTOLO.--La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted... - -GINÉS.--¡Oh! señor, eso es burlarse. - -LUCAS.--Suplico á usted que hable de otro modo. - -BARTOLO.--Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que -bien claro me explico. - -GINÉS.--¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan -groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de -comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza? - -BARTOLO.--¿Quién, yo? - -GINÉS.--Usted, no hay que negarlo. - -BARTOLO.--Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi -vida lo he sido. (_Ap._ Borrachos están.) - -LUCAS.--¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos, y se acabó. - -BARTOLO.--Pero, en suma, ¿quién soy yo? - -GINÉS.--¿Quién? Un gran médico. - -BARTOLO.--¡Qué disparate! (_Ap._ ¿No digo que están bebidos?) - -GINÉS.--Conque vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza. - -BARTOLO.--Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico, ni lo he -pensado jamás. - -LUCAS.--Al cabo me parece que será necesario... (_Mirando á Ginés._) -¿Eh? - -GINÉS.--Yo creo que sí. - -LUCAS.--En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo de disimular. - -GINÉS.--Mire usted que se lo decimos por su bien. - -LUCAS.--Confiese usted con mil demonios que es médico, y acabemos. - -BARTOLO (_impaciente_).--¡Yo rabio! - -GINÉS.--¿Para qué es fingir si todo el mundo lo sabe? - -BARTOLO.--Pues digo á ustedes que no soy médico. - -(_Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y se le acercan, -disponiéndose para apalearle._) - -GINÉS.--¿No? - -BARTOLO.--No, señor. - -LUCAS.--¿Conque no? - -BARTOLO.--El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina. - -GINÉS.--Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que -valernos del remedio consabido... Lucas. - -LUCAS.--Ya, ya. - -BARTOLO.--¿Y qué remedio dice usted? - -LUCAS.--Este. - -(_Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se -escape._) - -BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (_Quitándose el sombrero._) Basta, que yo -soy médico, y todo lo que ustedes quieran. - -GINÉS.--Pues bien, ¿para qué nos obliga usted á esta violencia? - -LUCAS.--¿Para qué es darnos el trabajo de derrengarle á garrotazos? - -BARTOLO.--El trabajo es para mí, que los llevo... Pero, señores, -vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada: ó están ustedes locos? - -LUCAS.--¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina? - -BARTOLO.--No, señor; no lo soy, ya está dicho. - -GINÉS.--¿Conque no es usted médico?... Lucas. - -LUCAS.--¿Conque no? (_Vuelven á darle de palos._) ¿Eh? - -BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí! (_Pónese de rodillas juntando las -manos, en ademán de súplica._) Sí que soy médico. Sí, señor. - -LUCAS.--¿De veras? - -BARTOLO.--Sí, señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar, -y sepulturero, y todo cuanto hay que ser. - -GINÉS.--Me alegro de verle á usted tan razonable. - -(_Levántanle cariñosamente entre los dos._) - -LUCAS.--Ahora sí que parece usted hombre de juicio. - -BARTOLO.--(_Ap._ ¡Maldita sea vuestra alma!...) ¿Si seré yo médico y -no habré reparado en ello? - -GINÉS.--No hay que arrepentirse. Á usted se le pagará muy bien su -asistencia, y quedará contento. - -BARTOLO.--Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico? - -GINÉS.--Certísimo. - -BARTOLO.--¿Seguro? - -GINÉS.--Sin duda ninguna. - -BARTOLO.--Pues lléveme el diablo si yo sabía tal cosa. - -GINÉS.--¿Pues cómo, siendo el profesor más sobresaliente que se -conoce? - -BARTOLO (_riéndose_).--¡Ah! ¡ah! ¡ah! - -GINÉS.--Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales. - -BARTOLO (_con ironía_).--¡Válgame Dios! - -LUCAS.--Una mujer que estaba ya enterrada... - -GINÉS.--Un muchacho que cayó de una torre y se hizo la cabeza una -tortilla... - -BARTOLO.--¿También le curé? - -LUCAS.--También. - -GINÉS.--Conque buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir á una -señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca del molino. Usted -estará allí comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le -traerán en palmitas. - -BARTOLO.--¿Me traerán en palmitas? - -LUCAS.--Sí, señor, y acabada la curación le darán á usted qué sé yo -cuánto dinero. - -BARTOLO.--Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas y qué sé yo cuánto -dinero?... Vamos allá. - -GINÉS.--Recógele todos esos muebles, y vamos. - -BARTOLO.--No, poco á poco. (_Lucas recoge las alforjas y el hacha. -Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo._) La bota -conmigo. - -GINÉS.--Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota! - -BARTOLO.--No importa, venga... Me darán bien de comer y de beber... -(_Apartándose á un lado, medita y habla entre sí. Después con -ellos._) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no -quiero ser médico, me volverán á sacudir el bulto; y si lo soy, me le -sacudirán también... Pero díganme ustedes: ¿les parece que este traje -rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo? - -GINÉS.--No hay que afligirse. Antes de presentarle á usted, le -vestiremos con mucha decencia. - -BARTOLO (_aparte_).--Si á lo menos pudiese acordarme de aquellos -textos, de aquellas palabrotas que les decía mi amo á los enfermos, -saldría del apuro. - -GINÉS.--Mira que se quiere escapar. - -LUCAS.--Señor don Bartolo, ¿qué hacemos? - -BARTOLO (_aparte_).--Aquel libro de vocabulorum, que llevaba el chico -al aula. ¡Aquel sí que era bueno! - -GINÉS.--Vaya, basta de meditación. - -LUCAS.--¿Será cosa de que otra vez?... - -(_En ademán de volverle á dar._) - -BARTOLO.--¡Qué! no, señor. Sino que estaba pensando en el plan -curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos. - -(_Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del -teatro._) - -[Ilustración] - - - - -ACTO II. - - -ESCENA PRIMERA. - -DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA. - -D. JERÓNIMO.--¿Conque decís que es tan hábil? - -LUCAS.--Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle. - -GINÉS.--Hace curas maravillosas. - -LUCAS.--Resucita muertos. - -GINÉS.--Sólo que es algo estrambótico y lunático, y amigo de burlarse -de todo el mundo. - -D. JERÓNIMO.--Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo -impaciencia de verle. Vé por él, Ginés. - -LUCAS.--Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él. - -(_Le da una llave á Ginés, el cual se va por la puerta del lado -derecho._) - -D. JERÓNIMO.--Que venga, que venga presto. - - -ESCENA II. - -DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS. - -ANDREA.--¡Ay, señor amo! que aunque el médico sea un pozo de ciencia, -me parece á mí que no haremos nada. - -D. JERÓNIMO.--¿Por qué? - -ANDREA.--Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, -marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas. -¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y -tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo -no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará -perfectamente. - -LUCAS.--Vamos, calla, no hables tonterías. - -D. JERÓNIMO.--La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña. - -ANDREA.--¡Niña! Sí, cásela usted, y verá si es niña. - -D. JERÓNIMO.--Más adelante no digo que... - -ANDREA.--Boda, boda, y aflojar el dote, y... - -D. JERÓNIMO.--¿Quieres callar, habladora? - -ANDREA.--(_Ap._ Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios, -y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al -novio, que ese la pondrá buena. - -D. JERÓNIMO.--¿Á qué novio, bachillera, impertinente? ¿En dónde está -ese novio? - -ANDREA.--¡Qué presto se le olvidan á usted las cosas! Pues qué, -¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y ella le -corresponde? ¿No lo sabe usted? - -D. JERÓNIMO.--La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, -porque desde que tenía ocho ó diez años no le he vuelto á ver... Y -ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo -le llegue á pillar... Bien que lo mejor será escribir á su tío para -que le recoja y se le lleve á Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! -¡Buen matrimonio por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de -la universidad, muy atestada de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en -el bolsillo! - -ANDREA.--Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que -quiere mucho á su sobrino, y que no tiene otro heredero, suplirá esa -falta. Con el dote que usted dará á su hija, y con lo que... - -D. JERÓNIMO.--Vete al instante de aquí, lengua de demonio. - -ANDREA (_aparte_).--Allí le duele. - -D. JERÓNIMO.--Vete. - -ANDREA.--Ya me iré, señor. - -D. JERÓNIMO.--Vete, que no te puedo sufrir. - -LUCAS.--¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla, y no desazones -al amo, mujer; calla, que el amo no necesita de tus consejos para -hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados agenos, que al fin -y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su -padre es el señor; no tiene remedio. - -D. JERÓNIMO.--Dice bien tu marido, que eres muy entremetida. - -LUCAS.--El médico viene. - - -ESCENA III. - -BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA. - -(_Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste vestido con casaca -antigua, sombrero de tres picos y bastón._) - -GINÉS.--Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al estupendo médico, al -doctor infalible, al pasmo del mundo. - -D. JERÓNIMO.--Me alegro mucho de ver á usted, y de conocerle, señor -doctor. - -(_Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en la mano._) - -BARTOLO.--Hipócrates dice que los dos nos cubramos. - -D. JERÓNIMO.--¿Hipócrates lo dice? - -BARTOLO.--Sí, señor. - -D. JERÓNIMO.--¿Y en qué capítulo? - -BARTOLO.--En el capítulo de los sombreros. - -D. JERÓNIMO.--Pues si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer. - -(_Los dos se ponen el sombrero._) - -BARTOLO.--Pues como digo, señor médico, habiendo sabido... - -D. JERÓNIMO.--¿Con quién habla usted? - -BARTOLO.--Con usted. - -D. JERÓNIMO.--¿Conmigo? Yo no soy médico. - -BARTOLO.--¿No? - -D. JERÓNIMO.--No, señor. - -BARTOLO.--¿No? Pues ahora verás lo que te pasa. - -(_Arremete hacia él con el bastón levantado en ademán de darle de -palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de por medio, y -detienen á Bartolo._) - -D. JERÓNIMO.--¿Qué hace usted, hombre? - -BARTOLO.--Yo te haré que seas médico á palos, que así se gradúan en -esta tierra. - -D. JERÓNIMO.--Detenedle vosotros... ¿Qué loco me habéis traído aquí? - -GINÉS.--¿No le dije á usted que era muy chancero? - -D. JERÓNIMO.--Sí; pero que vaya á los infiernos con esas chanzas. - -LUCAS.--No le dé á usted cuidado. Si lo hace por reir. - -GINÉS.--Mire usted, señor facultativo, este caballero que está -presente es nuestro amo, y padre de la señorita que usted ha de curar. - -BARTOLO.--¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted, señor padre, -esta libertad que... - -D. JERÓNIMO.--Soy de usted. - -BARTOLO.--Yo siento... - -D. JERÓNIMO.--No, no ha sido nada... (_Ap._ ¡Maldita sea tu -casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (_Saca la caja, se la -presenta á Bartolo, y él toma polvo con afectada gravedad._) Yo tengo -una hija muy mala... - -BARTOLO.--Muchos padres se quejan de lo mismo. - -D. JERÓNIMO.--Quiero decir que está enferma. - -BARTOLO.--Ya, enferma. - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor. - -BARTOLO.--Me alegro mucho. - -D. JERÓNIMO.--¿Cómo? - -BARTOLO.--Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi -ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen á las puertas -de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio. - -D. JERÓNIMO.--Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo. - -BARTOLO.--Hablo ingenuamente. - -D. JERÓNIMO.--Ya lo conozco. - -BARTOLO.--¿Y cómo se llama su niña de usted? - -D. JERÓNIMO.--Paulita. - -BARTOLO.--¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella -¿quién es? - -D. JERÓNIMO.--Esta doncella es mujer de aquel. (_Señalando á Lucas._) - -BARTOLO.--¡Oiga! - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor... Voy á hacer que salga aquí la chica para -que usted la vea. - -ANDREA.--Durmiendo quedaba. - -D. JERÓNIMO.--No importa, la despertaremos. Ven, Ginés. - -GINÉS.--Allá voy. - -(_Vanse los dos por la izquierda._) - - -ESCENA IV. - -BARTOLO, ANDREA, LUCAS. - -BARTOLO (_acercándose á Andrea con ademanes y gestos -expresivos_).--¿Conque usted es mujer de ese mocito? - -ANDREA.--Para servir á usted. - -BARTOLO.--¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el verla!... -¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan igualitos, -y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un -par de ojos más habladores ni más traviesos. - -LUCAS.--(_Ap._ ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando -el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude usted de conversación, -porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted á decir -arrumacos á mi mujer? Yo no sé como no cojo un garrote, y le... - -(_Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene._) - -BARTOLO.--Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de -examinar de médico? - -LUCAS.--Pues cuenta con ella. - -ANDREA.--Yo reviento de risa. - -(_Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la puerta de la -izquierda con don Jerónimo y Ginés._) - - -ESCENA V. - -DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA. - -D. JERÓNIMO.--Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría -portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es -la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas. - -(_Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona -entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié._) - -BARTOLO.--¿Conque esta es su hija de usted? - -D. JERÓNIMO.--No tengo otra, y si se me llegara á morir me volvería -loco. - -BARTOLO.--Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay más que morirse -sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean ustedes aquí -una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la chabeta -al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le -aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene! - -D.ª PAULA.--¡Ah! ¡ah! ¡ah! - -D. JERÓNIMO.--Vaya, gracias á Dios que se ríe la pobrecita. - -BARTOLO.--¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando el médico hace -reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á usted? - -D.ª PAULA.--Ba, ba, ba, ba. - -BARTOLO.--¿Eh? ¿Qué dice usted? - -D.ª PAULA.--Ba, ba, ba. - -BARTOLO.--Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no -entiendo palabra. - -D. JERÓNIMO.--Pues ese es su mal. Ha venido á quedarse muda, sin que -se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí. - -BARTOLO.--¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un -tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me -guardaría muy bien de curarla. - -D. JERÓNIMO.--Á pesar de eso, yo le suplico á usted que aplique todo -su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento. - -BARTOLO.--Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero -es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien? - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor, con bastante apetito. - -BARTOLO.--¡Malo!... ¿Duerme? - -ANDREA.--Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele dormir regularmente. - -BARTOLO.--¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele? - -D. JERÓNIMO.--Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no. - -BARTOLO.--¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso -indica... ¡Claro! está claro. - -D. JERÓNIMO.--¿Qué indica? - -BARTOLO.--Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de -hablar. - -D. JERÓNIMO.--¿Secuestrada? - -BARTOLO.--Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo he dicho, curará. - -D. JERÓNIMO.--Pero ¿de qué ha podido proceder este accidente? - -BARTOLO.--Este accidente ha podido proceder y procede (según la más -recibida opinión de los autores) de habérsela interrumpido á mi -señora doña Paulita el uso expedito de la lengua. - -D. JERÓNIMO.--¡Este hombre es un prodigio! - -LUCAS.--¿No se lo dijimos á usted? - -ANDREA.--Pues á mi me parece un macho. - -LUCAS.--Calla. - -D. JERÓNIMO.--Y en fin, ¿qué piensa usted que se puede hacer? - -BARTOLO.--Se puede y se debe hacer... El pulso... (_Tomando el pulso -á doña Paula._) Aristóteles en sus protocolos habló de este caso con -mucho acierto. - -D. JERÓNIMO.--¿Y qué dijo? - -BARTOLO.--Cosas divinas... La otra... (_La toma el pulso en la otra -mano, y la observa la lengua._) Á ver la lengüecita... ¡Ay, qué -monería!... Dijo... ¿Entiende usted el latín? - -D. JERÓNIMO.--No, señor, ni una palabra. - -BARTOLO.--No importa. Dijo: _Bonus bona bonum, uncias duas, mascula -sunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est modus in rebus; -amarylida sylvas._ Que quiere decir, que esta falta de coagulación en -la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores... -acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los vapores -que se elevan de la región... ¿Están ustedes? - -ANDREA.--Sí, señor, aquí estamos todos. - -BARTOLO.--De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo donde -está el hígado, al derecho en que está el corazón, ocupan todo -el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de -Ausias March y de Calepino (aunque yo llevo la contraria), que la -malignidad de dichos vapores... ¿Me explico? - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor, perfectamente. - -BARTOLO.--Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas -y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al -metacarpo los sucos gástricos. _Doceo doces, docere, docui, doctum, -ars longa, vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et -reliqua..._ ¿Qué tal? ¿He dicho algo? - -D. JERÓNIMO.--Cuanto hay que decir. - -GINÉS.--Es mucho hombre este. - -D. JERÓNIMO.--Sólo he notado una equivocación en lo que... - -BARTOLO.--¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco. - -D. JERÓNIMO.--Creo que dijo usted que el corazón está al lado -derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo -contrario. - -BARTOLO.--¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los -ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor, -antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera. - -D. JERÓNIMO.--Perdone usted, si en esto he podido ofenderle. - -BARTOLO.--Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por -consiguiente está dispensado de tener sentido común. - -D. JERÓNIMO.--¿Y qué le parece á usted que deberemos hacer con la -enferma? - -BARTOLO.--Primeramente harán ustedes que se acueste, luégo se la -darán unas buenas friegas... bien que eso yo mismo lo haré... y -después tomará de media en media hora una gran sopa en vino. - -ANDREA.--¡Qué disparate! - -D. JERÓNIMO.--¿Y para qué es buena la sopa en vino? - -BARTOLO.--¡Ay, amigo, y qué falta le hace á usted un poco de -ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque -en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud -simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater, -y hace hablar á los mudos. - -D. JERÓNIMO.--Pues no lo sabía. - -BARTOLO.--Si usted no sabe nada. - -D. JERÓNIMO.--Es verdad que no he estudiado, ni... - -BARTOLO.--¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted -cómo á los loros los atracan de pan mojado en vino? - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor. - -BARTOLO.--¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y -para que hable se lo daremos también á doña Paulita, y dentro de muy -poco hablará más que siete papagayos. - -D. JERÓNIMO.--Algún ángel le ha traído á usted á mi casa, señor -doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante -vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted? - -BARTOLO.--Don Bartolo. - -D. JERÓNIMO.--Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don -Bartolo... (_Se levantan los tres._) Ayuda aquí, Andrea... Despacito. - -BARTOLO.--Taparla bien, no se resfríe. Adios, señorita. - -D.ª PAULA.--Ba, ba, ba, ba. - -D. JERÓNIMO (_hace que se va acompañando á doña Paula, y vuelve á -hablar aparte con Lucas_).--Lucas, vé al instante y adereza el cuarto -del señor, bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la -jarra con agua, la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa -ninguna... ¿Estás? - -LUCAS (_marchando por la puerta de la derecha_).--Sí, señor. - -D. JERÓNIMO.--Vamos, hija mía. - -(_Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés por la puerta de la -izquierda._) - -BARTOLO.--Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si -es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que -todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal estamos... En las -espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos -recibidos, sino por los que aún me falta que recibir. - -(_Vase por la parte del lado derecho._) - -[Ilustración] - - - - -ACTO III. - - -ESCENA PRIMERA. - -BARTOLO (_sale sin sombrero ni bastón por la derecha_), DON JERÓNIMO. - -BARTOLO.--Pues, señor, ya está visto. Esto de escabullirse, es -negocio desesperado... ¡El maldito, con achaque de la compostura del -cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay, pobre Bartolo!... (_Paseándose -inquieto por el teatro._) Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios -quiera. - -D. JERÓNIMO (_sale por la izquierda_).--No ha habido forma de poderla -reducir á que se acueste. Ya la están preparando la sopa en vino que -usted mandó. Veremos lo que resulta. - -BARTOLO.--No hay que dudar, el resultado será felicísimo. - -D. JERÓNIMO (_sacando la bolsa y tomando de ella algunos -escuditos_).--Usted, amigo don Bartolo, estará en mi casa obsequiado -y servido como un príncipe, y entre tanto quiero que tenga usted la -bondad de recibir estos escuditos. - -BARTOLO.--No se hable de eso. - -D. JERÓNIMO.--Hágame usted ese favor. - -BARTOLO.--No hay que tratar de la materia. - -D. JERÓNIMO.--Vamos, que es preciso. - -BARTOLO.--Yo no lo hago por el dinero. - -D. JERÓNIMO.--Lo creo muy bien, pero sin embargo... - -BARTOLO.--¿Y son de los nuevos? - -D. JERÓNIMO.--Sí, señor. - -BARTOLO.--Vaya, una vez que son de los nuevos, los tomaré. (_Los toma -y se los guarda._) - -D. JERÓNIMO.--Ahora bien, quede usted con Dios, que voy á ver si hay -novedad, y volveré... Me tiene con tal inquietud esta chica, que no -sé parar en ninguna parte. - - -ESCENA II. - -LEANDRO (_sale por la puerta de la derecha recatándose_), BARTOLO. - -LEANDRO.--Señor doctor, yo vengo á implorar su auxilio de usted, y -espero que... - -BARTOLO.--Veamos el pulso... (_Tomando el pulso, con gestos de -displicencia._) Pues no me gusta nada... ¿Y qué siente usted? - -LEANDRO.--Pero si yo no vengo á que usted me cure; si yo no padezco -ningún achaque. - -BARTOLO (_con despego_).--Pues ¿á qué diablos viene usted? - -LEANDRO.--Á decirle á usted en dos palabras que yo soy Leandro. - -BARTOLO.--¿Y qué se me da á mí de que usted se llame Leandro ó Juan -de las Viñas? - -(_Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y misterioso._) - -LEANDRO.--Diré á usted. Yo estoy enamorado de doña Paulita; ella me -quiere, pero su padre no me permite que la vea... Estoy desesperado, -y vengo á suplicarle á usted que me proporcione una ocasión, un -pretexto para hablarla y... - -BARTOLO.--Que es decir en castellano, que yo haga de alcahuete. -(_Irritado y alzando más la voz._) ¡Un médico! ¡Un hombre como yo!... -Quítese usted de ahí. - -LEANDRO.--¡Señor! - -BARTOLO.--¡Es mucha insolencia, caballerito! - -LEANDRO.--Calle usted, señor; no grite usted. - -BARTOLO.--Quiero gritar... ¡Es usted un temerario! - -LEANDRO.--¡Por Dios, señor doctor! - -BARTOLO.--¿Yo alcahuete? Agradezca usted que... - -(_Se pasea inquieto._) - -LEANDRO.--¡Válgame Dios, qué hombre!... Probemos á ver si... - -(_Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se le pone en la mano; él -le toma, le guarda, y bajando la voz habla confidencialmente con -Leandro._) - -BARTOLO.--¡Desvergüenza como ella! - -LEANDRO.--Tome usted... Y le pido perdón de mi atrevimiento. - -BARTOLO.--Vamos, que no ha sido nada. - -LEANDRO.--Confieso que erré, y que anduve un poco... - -BARTOLO.--¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Qué disparate! Vaya, -conque... - -LEANDRO.--Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere -casarla por no soltar el dote. Se ha fingido enferma; han venido -varios médicos á visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en -la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y por -último, hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas -impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo está. - -BARTOLO.--¿Conque todo ello es una farándula? - -LEANDRO.--Sí, señor. - -BARTOLO.--¿El padre le conoce á usted? - -LEANDRO.--No, señor, personalmente no me conoce. - -BARTOLO.--¿Y ella le quiere á usted? ¿Es cosa segura? - -LEANDRO.--¡Oh! de eso estoy muy persuadido. - -BARTOLO.--¿Y los criados? - -LEANDRO.--Ginés no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entró -en la casa; Andrea está en el secreto; su marido, si no lo sabe, á lo -menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y con otro. - -BARTOLO.--Pues bien, yo haré que hoy mismo quede usted casado con -doña Paulita. - -LEANDRO.--¿De veras? - -BARTOLO.--Cuando yo lo digo... - -LEANDRO.--¿Sería posible? - -BARTOLO.--¿No le he dicho á usted que sí? Le casaré á usted con ella, -con su padre y con toda su parentela... Yo diré que es usted... -boticario. - -LEANDRO.--Pero si yo no entiendo palabra de esa facultad. - -BARTOLO.--No le dé á usted cuidado, que lo mismo me sucede á mí. -Tanta medicina sé yo como un perro de aguas. - -LEANDRO.--¿Conque no es usted médico? - -BARTOLO.--No por cierto. Ellos me han examinado de un modo -particular; pero con examen y todo, la verdad es que no soy lo que -dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por ahí inmediato, que -yo le llamaré á su tiempo. - -LEANDRO.--Bien está, y espero que usted... - -(_Vase por la puerta de la derecha._) - -BARTOLO.--Vaya usted con Dios. - - -ESCENA III. - -ANDREA (_sale por la izquierda_), BARTOLO, LUCAS. - -ANDREA.--Señor médico, me parece que la enferma le quiere dejar á -usted desairado, porque... - -BARTOLO.--Como no me desaires tú, niña de mis ojos, lo demás importa -seis maravedís, y como yo te cure á ti, mas que se muera todo el -género humano. - -(_Sale por la derecha Lucas; va acercándose detrás de Bartolo, y -escucha._) - -ANDREA.--Yo no tengo nada que curar. - -BARTOLO.--Pues mira, lo mejor será curar á tu marido... ¡Qué bruto -es, y qué celoso tan impertinente! - -ANDREA.--¿Qué quiere usted? Cada uno cuida de su hacienda. - -BARTOLO.--¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel gaznápiro este -cuerpecito gracioso? - -(_Se encamina á ella con los brazos abiertos en ademán de abrazarla. -Andrea se va retirando, Lucas agachándose, pasa por debajo del brazo -derecho de Bartolo, vuélvese de cara hacia él, y quedan abrazados los -dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado izquierdo._) - -LUCAS.--¿No le he dicho á usted, señor doctor, que no quiero esas -chanzas?... ¿No se lo he dicho á usted? - -BARTOLO.--Pero hombre, si aquí no hay malicia ni... - -LUCAS.--Vete tú de ahí... Con malicia ó sin ella, le he de abrir -á usted la cabeza de un trancazo, si vuelve á alzar los ojos para -mirarla. ¿Lo entiende usted? - -BARTOLO.--Pues ya se ve que lo entiendo. - -LUCAS.--Cuidado conmigo... (_Le da un envión al tiempo de desasirse -de él._) ¡Se habrá visto mico más enredador! - - -ESCENA IV. - -DON JERÓNIMO (_sale por la izquierda_), BARTOLO, LUCAS, LEANDRO. - -D. JERÓNIMO.--¡Ay, amigo don Bartolo! que aquella pobre muchacha no -se alivia. No ha querido acostarse. Desde que ha tomado la sopa en -vino está mucho peor. - -BARTOLO.--¡Bueno! eso es bueno. Señal de que el remedio va obrando. -No hay que afligirse, que aquí estoy yo... (_Llama, encarándose á la -puerta del lado derecho._) Digo ¡don Casimiro! ¡don Casimiro! - -LEANDRO (_desde adentro_).--¡Señor! - -BARTOLO.--¡Don Casimiro! - -LEANDRO (_saliendo_).--¿Qué manda usted? - -D. JERÓNIMO.--¿Y quién es este hombre? - -BARTOLO.--Un excelente didascálico... boticario que llaman ustedes... -eminente profesor... Le he mandado venir para que disponga una -cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas, -pirotécnicas y narcóticas, que será necesario aplicar á la enferma. - -D. JERÓNIMO.--Mire usted qué decaída está. - -BARTOLO.--No importa, va á sanar muy pronto. - - -ESCENA V. - -DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO, LEANDRO, LUCAS. - -(_Salen los tres primeros por la puerta de la izquierda._) - -BARTOLO.--Don Casimiro, púlsela usted, obsérvela bien, y luégo -hablaremos. - -D. JERÓNIMO.--¿Conque en efecto es mozo de habilidad? ¿Eh? - -(_Va Leandro, y habla en secreto con doña Paula, haciendo que la -pulsa. Andrea tercia en la conversación... Quedan distantes á un lado -Bartolo y don Jerónimo, y á otro Ginés y Lucas._) - -BARTOLO.--No se ha conocido otro igual para emplastos, ungüentos, -rosolis de perfecto amor y de leche de vieja, ceratos y julepes. ¿Por -qué le parece á usted que le he hecho venir? - -D. JERÓNIMO.--Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será -rana. - -BARTOLO.--¿Qué ha de ser rana? No, señor, si es un hombre que se -pierde de vista. - -D.ª PAULA.--Siempre, siempre seré tuya, Leandro. - -D. JERÓNIMO.--¿Qué? (_Volviéndose hacia donde está su hija._) ¿Si -será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea? - -ANDREA.--Sí, señor, tres ó cuatro palabras ha dicho. - -D. JERÓNIMO.--¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (_Abraza á doña Paula, -y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo, el cual se pasea lleno de -satisfacción._) ¡Médico admirable! - -BARTOLO.--¡Y qué trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad! -Aquí hubiera yo querido ver á toda la veterinaria junta y entera, á -ver qué hacía. - -D. JERÓNIMO.--Conque, Paulita, hija, ya puedes hablar, ¿es verdad? -(_Vuelve á hablar con su hija, y la trae de la mano._) Vaya, dí -alguna cosa. - -GINÉS (_aparte y á Lucas_).--Aquí me parece que hay gato encerrado... -¿Eh? - -LUCAS.--Tú calla, y déjalo estar. - -D.ª PAULA.--Sí, padre mío, he recobrado el habla para decirle á usted -que amo á Leandro, y que quiero casarme con él. - -D. JERÓNIMO.--Pero si... - -D.ª PAULA.--Nada puede cambiar mi resolución. - -D. JERÓNIMO.--Es que... - -D.ª PAULA.--De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme -con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien, concédame su -permiso sin excusas ni dilaciones. - -D. JERÓNIMO.--Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón... - -D.ª PAULA.--Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre -todo, sarna con gusto no pica. - -D. JERÓNIMO.--Pero ¡qué borbotón de palabras la ha venido de repente -á la boca!... Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será. - -D.ª PAULA.--Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me -moriré de la desesperación. - -D. JERÓNIMO.--¡Qué es lo que me pasa! (_Moviéndose de un lado á otro, -agitado y colérico. Doña Paula se retira hacia el foro, y habla con -Leandro y Andrea._) Señor doctor, hágame usted el gusto de volvérmela -á poner muda. - -BARTOLO.--Eso no puede ser. Lo que yo haré, solamente por servirle á -usted, será ponerle sordo para que no la oiga. - -D. JERÓNIMO.--Lo estimo infinito... Pero ¿piensas tú, hija -inobediente, que?... - -(_Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le contiene._) - -BARTOLO.--No hay que irritarse, que todo se echará á perder. Lo que -importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya á coger -un rato el aire por el jardín, y verá usted cómo poco á poco se -la olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted á acompañarla, don -Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba. - -LEANDRO.--Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita. - -D.ª PAULA.--Vamos enhorabuena. - -D. JERÓNIMO.--Id vosotros también. - -(_Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula, Leandro y Andrea, se -van por la puerta del foro._) - - -ESCENA VI. - -DON JERÓNIMO, BARTOLO. - -D. JERÓNIMO.--¡Vaya, vaya, que no he visto semejante insolencia! - -BARTOLO.--Esa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo -hasta ahora. La última idea que ella tenía cuando enmudeció, fué sin -duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, ó Leandro, -ó como se llama. Cogióla el accidente, quedáronse trasconejadas -una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe, ó se -desahogue, no hay que esperar que se tranquilice ni hable con juicio. - -D. JERÓNIMO.--¿Qué dice usted? Pues me convence esa reflexión. - -(_Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman tabaco._) - -BARTOLO.--¡Oh! y si usted supiera un poco de numismática, lo -entendería un poco mejor... Venga un polvo. - -D. JERÓNIMO.--¿Conque luégo que haya desocupado?... - -BARTOLO.--No lo dude usted... Es una evacuación que nosotros llamamos -_tricolos tetrastrofos_. - - -ESCENA VII. - -LUCAS, ANDREA, GINÉS (_van saliendo todos tres por la puerta del -foro_), DON JERÓNIMO, BARTOLO. - -GINÉS.--¡Señor amo! - -LUCAS.--¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué desdicha! - -ANDREA.--¡Ay, amo mío de mi alma! que se la llevan. - -D. JERÓNIMO.--Pero ¿qué se llevan? - -LUCAS.--El boticario no es boticario. - -GINÉS.--Ni se llama don Casimiro. - -ANDREA.--El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva -robada á la señorita. - -D. JERÓNIMO.--¿Qué dices? ¡Pobre de mí! Y vosotros, brutos, ¿habéis -dejado que un hombre solo os burle de esa manera? - -LUCAS.--No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio -que se acercase. - -D. JERÓNIMO.--¿Y este pícaro de médico?... - -BARTOLO (_aparte lleno de miedo_).--Me parece que ya no puede tardar -la tercera paliza. - -D. JERÓNIMO.--Este bribón, que ha sido su alcahuete... Al instante -buscadme una cuerda. - -ANDREA.--Ahí había una larga de tender ropa. - -LUCAS.--Sí, sí, ya sé dónde está. Voy por ella. - -(_Vase por la izquierda, y vuelve al instante con una soga muy -larga._) - -D. JERÓNIMO.--Me las ha de pagar... Pero ¿hacia dónde se fueron? -¡Válgame Dios! - -ANDREA.--Yo creo que se habrán ido por la puerta del jardín que sale -al campo. - -LUCAS.--Aquí está la soga. - -D. JERÓNIMO.--Pues inmediatamente atadme bien de piés y manos al -doctor aquí en esta silla... (_Bartolo quiere huir, y Lucas y Ginés -le detienen._) Pero me lo habéis de ensogar bien fuerte. - -GINÉS.--Pierda usted cuidado... Vamos, señor don Bartolo. - -(_Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan á ella, dando -muchas vueltas á la soga._) - -D. JERÓNIMO.--Voy á buscar aquella bribona... Voy á hacer que avisen -á la justicia, y mañana sin falta ninguna este pícaro médico ha de -morir ahorcado... Andrea, corre, hija, asómate á la ventana del -comedor, y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del -molino me dan alguna razón. Y vosotros no perdáis de vista á ese -perro. - -(_Se va don Jerónimo por la derecha, y Andrea por la izquierda. Lucas -y Ginés siguen atando á Bartolo._) - - -ESCENA VIII. - -BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA. - -GINÉS.--Echa otra vuelta por aquí. - -LUCAS.--¿Y no sabes que el amiguito este había dado en la gracia de -decir chicoleos á mi mujer? - -GINÉS.--Anda, que ya las vas á pagar todas juntas. - -BARTOLO.--¿Estoy ya bien así? - -GINÉS.--Perfectamente. - -MARTINA (_saliendo por la puerta de la derecha_).--Dios guarde á -ustedes, señores. - -LUCAS.--¡Calle, que está usted por acá! Pues ¿qué buen aire la trae á -usted por esta casa? - -MARTINA.--El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué han hecho -ustedes de él? - -BARTOLO.--Aquí está tu marido, Martina: mírale, aquí le tienes. - -MARTINA (_abrazándose con Bartolo_).--¡Ay, hijo de mi alma! - -LUCAS.--¡Oiga! ¿Conque esta es la médica? - -GINÉS.--Aun por eso nos ponderaba tanto las habilidades del doctor. - -LUCAS.--Pues por muchas que tenga, no escapará de la horca. - -MARTINA.--¿Qué está usted ahí diciendo? - -BARTOLO.--Sí, hija mía, mañana me ahorcan sin remedio. - -MARTINA.--¿Y no te ha de dar vergüenza de morir delante de tanta -gente? - -BARTOLO.--¿Y qué se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera excusar, -pero se han empeñado en ello. - -MARTINA.--Pero ¿por qué te ahorcan, pobrecito, por qué? - -BARTOLO.--Ese es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación -asombrosa, y en vez de hacerme protomédico han resuelto colgarme. - - -ESCENA IX. - -DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA. - -(_Sale don Jerónimo por la puerta de la derecha, y Andrea por la -izquierda._) - -D. JERÓNIMO.--Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio á -Miraflores; esta noche sin falta vendrá la justicia, y cargará con -este bribón... Y tú ¿qué has hecho?, ¿los has visto? - -ANDREA.--No, señor, no los he descubierto por ninguna parte. - -D. JERÓNIMO.--Ni yo tampoco... He preguntado, y nadie me sabe dar -razón... Yo he de volverme loco... (_Dando vueltas por el teatro, -lleno de inquietud._) ¿Adónde se habrán ido?... ¿Qué estarán haciendo? - - -ESCENA X. - -DOÑA PAULA, LEANDRO (_salen por la puerta del lado derecho_), DON -JERÓNIMO, BARTOLO. - -LEANDRO.--¡Señor don Jerónimo! - -D.ª PAULA.--¡Querido padre! - -D. JERÓNIMO.--¿Qué es esto? ¡Picarones, infames! - -LEANDRO (_se arrodilla con doña Paula á los piés de don -Jerónimo_).--Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos -á Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi -tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor. -No quiero que se diga que yo me he llevado robada á su hija de usted, -que esto no sería decoroso ni á su honor ni al mío. Quiero que usted -me la conceda con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí -la tiene usted, dispuesta á hacer lo que usted la mande; pero le -advierto que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante -á quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced que ambos le -pedimos, no hay que hablar de dote. - -D. JERÓNIMO.--Amigo, yo estoy muy atrasado, y no puedo... - -LEANDRO.--Ya he dicho que no se trate de intereses. - -D.ª PAULA.--Me quiere mucho Leandro para no pensar con la -generosidad que debe. Su amor es á mí, no á su dinero de usted. - -D. JERÓNIMO (_alterándose_).--¡Su dinero de usted, su dinero de -usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya que estoy muy -atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse. - -LEANDRO.--Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice á usted que -no le pediremos nada. - -D. JERÓNIMO.--Ni un maravedí. - -D.ª PAULA.--Ni medio. - -D. JERÓNIMO.--Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha de mantener, -badulaques? - -LEANDRO.--Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento? -¿Qué más he de decirle? - -D. JERÓNIMO.--¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición? - -LEANDRO.--Sí, señor; yo soy su heredero. - -D. JERÓNIMO.--¿Y qué tal, está fuertecillo? - -LEANDRO.--¡Ay! no, señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le -molesta mucho, y nos tememos que de un día á otro... - -D. JERÓNIMO.--Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer? Conque... (_Hace -que se levanten, y los abraza. Uno y otro le besan la mano._) Vaya, -concedido, y venga un par de abrazos. - -LEANDRO.--Siempre tendrá usted en mí un hijo obediente. - -D.ª PAULA.--Usted nos hace completamente felices. - -BARTOLO.--Y á mí ¿quién me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me -desate? - -D. JERÓNIMO.--Soltadle. - -LEANDRO.--Pues ¿quién le ha puesto á usted así, médico insigne? - -(_Desatan los criados á Bartolo._) - -BARTOLO.--Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto. - -D.ª PAULA.--Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos -agradecerle á usted el favor que nos ha hecho. - -MARTINA.--¡Marido mío! (_Se abrazan Bartolo y Martina._) Sea -enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que á mí me -debes la borla de doctor que te dieron en el monte. - -BARTOLO.--¿Á ti? Pues me alegro de saberlo. - -MARTINA.--Sí por cierto. Yo dije que eras un prodigio en la medicina. - -GINÉS.--Y yo porque ella lo dijo lo creí. - -LUCAS.--Y yo lo creí porque lo dijo ella. - -D. JERÓNIMO.--Y yo porque estos lo dijeron, lo creí también, y -admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo. - -LEANDRO.--Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por -lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos -la ignorancia de los demás. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE - - - Pág. - - LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN. 5 - - DISCURSO PRELIMINAR. 21 - - La comedia nueva. 59 - - El sí de las niñas. 109 - - La escuela de los maridos. 183 - - El médico á palos. 239 - - - - - -End of Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS *** - -***** This file should be named 60927-0.txt or 60927-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/9/2/60927/ - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by Biblioteca -Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll -have to check the laws of the country where you are located before using -this ebook. - - - -Title: Comedias escogidas - -Author: Leandro Fernández de Moratín - -Commentator: José Yxart y Moragas - -Release Date: December 15, 2019 [EBook #60927] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by Biblioteca -Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> - <p><a href="#Notas">Notas</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="fs150 g1"><span class="smcap">Moratín</span></p> - <hr class="tir" /> - <h1 class="ws1">COMEDIAS ESCOGIDAS</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs130 ws1">LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN</p> - <p class="fs250 ws1 mt05">COMEDIAS ESCOGIDAS</p> - - <p class="fs80 ws1 mt2">CON EL</p> - <p class="fs110 ws1 mt05">DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR</p> - <p class="fs80 ws1 mt2"><small>Y UN PRÓLOGO POR</small></p> - <p class="fs150 ws1 g2 mt05"><span class="smcap">José Yxart</span></p> - - <div class="figcenter mt1"> - <img src="images/adorno2.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="ws1 mt2">LA COMEDIA NUEVA — EL SÍ DE LAS NIÑAS</p> - <p class="ws1 mt05">LA ESCUELA DE LOS MARIDOS — EL MÉDICO Á PALOS</p> - - <div class="figcenter mt2"> - <img src="images/adorno1.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="fs80 mt3">BARCELONA</p> - <p class="fs120 g1 ws1 mt05">BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA</p> - <p class="fs90 ws1 mt05"><span class="smcap">Daniel Cortezo y</span> C.ª, <i>Ausias March, 95</i></p> - <p class="mt05">1884</p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="aftit pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> - <div class="figcenter pt6"> - <img src="images/ill_004.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - <p class="fs75 ws1 mt3">Establecimiento tipográfico-editorial de <span class="smcap">Daniel Cortezo y</span> C.ª</p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_00"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_005.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <h2 class="nobreak mt3">LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN</h2> - <hr class="sep0" /> - <h3>I</h3> -</div> - -<div class="drop"> - <p class="fs350 lh80 ti0">N</p> -</div> - -<p class="icap"><span class="smcap">Ni</span> el carácter atribuído -á Moratín, ni mucho menos sus obras, concebidas despacio, y más que -limadas, sobadas con meticuloso esmero de artífice, harían sospechar -lo azaroso y revuelto de su vida trashumante. Sin el arraigo que -sólo dan en España heredados patrimonios, fué llevado Moratín de -la corriente de los sucesos políticos que arrancaron á la sociedad -española de su secular asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo -de algún ministro, ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la -suerte que á sus protectores deparaba la ocasión, y apenas logró -detenerse en alguna parte el tiempo de hallar el reposo que tanto -amaba su natural pacífico. Secretario particular de Cabarrús, -ordenado más tarde de primera tonsura para alcanzar un beneficio que -le confirió Floridablanca, secretario luégo<span class="pagenum" -id="Page_6">p. 6</span> de la interpretación de lenguas y favorecido -por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la nacional en -tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir para lograr -una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su pasión por -la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á París, -á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones y -sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado á -fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces -hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la -idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por -un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de -vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén, -hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.</p> - -<p>¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del -estado de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio -público y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo -visto, soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho -más. Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de -la Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos -príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo -pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta -á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por -una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al -fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos -y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En -los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos -de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo -empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios, -no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la -humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta -anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una -secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario -mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los -mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas -materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con -la ilustración, y anda á veces reñido con ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>Pero ni aun con estos -recursos se libró Moratín de los azares de la fortuna, víctima de los -frecuentes litigios en que se halla envuelto quien ha de esperarlo -todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo se negó á pagar por -largo tiempo la pensión que le había conferido Godoy sobre aquella -mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación de los franceses, sus -bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto á aquellos juicios de -purificación, que entonces se estilaron, irritante y ominosa medida -política que hoy nos parecería fábula absurda si no fuese historia -de ayer. Con esto, las intermitencias de la cesantía, los frecuentes -gastos y las prodigalidades de su corazón generoso y de sus aficiones -de propietario urbano, llegó Moratín en ocasiones á adornarse con la -sentimental aureola de la pobreza, corona con que hasta hace poco -ha sido costumbre presentar en los altares del arte á los grandes -ingenios.</p> - -<p>En estos accidentes, y los que más por menudo relata su -biografía—que felizmente no está por hacer, como su completa -semblanza,—Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y -defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho -de que el <i>genio es el sentido común en su grado máximo</i>, merecería -Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio, -más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los -tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más -deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del -genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un -golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza, -así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada -de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto, -frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su -delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias. -No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído, -buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio. -Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban. -Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella -monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas, -donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor -que nos quedaba. Retraído siem<span class="pagenum" id="Page_8">p. -8</span>pre en público, sólo en privado mostraba sus cualidades, y -particularmente aquel vivo ingenio cómico, su finísima observación -de los caracteres y las ridiculeces humanas, el exquisito gusto -que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta naturalidad, la -extrema sencillez en todo, aquella naturalidad y sencillez, que ni se -compran ni se imitan, prenda nativa, que es el más infalible signo -de grandeza. Resplandece de tal modo esta condición en sus papeles -particulares, coleccionados en sus <i>Obras póstumas</i>, que, conforme -se le estudia en ellas se arraiga la convicción de que nos hallamos -ante un hombre verdaderamente ilustre y privilegiado. La acendrada -discreción con que habla de todas las materias, aun las más ajenas -á su talento, la elegante llaneza de su prosa afluente y festiva, -la variedad y acierto de sus observaciones, cautivan á la larga en -sus apuntes de <i>Viajes</i> por Europa. En ellos, en el <i>Diario</i> de su -vida, en sus cartas, resalta siempre el mismo carácter de un alma -bondadosa y apacible, de un hombre modesto y laborioso pero dotado -de buen golpe de vista, y sensibilidad delicada, ya que no profunda, -sin énfasis ni presunción. Bien se comprende leyéndole que su horror -á la pedantería reinante tomara en sus escritos el carácter de una -monomanía, y fuera como la <i>muletilla</i> de su Musa cómica, que, desde -un principio, flagela sin piedad á los pedantes literarios y no cesa -de poner en ridículo en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el -sentimentalismo y la filantropía de los malos imitadores de Diderot -y Rousseau, la ficticia cultura, las declamaciones de los falsos -innovadores. Hay en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que -no acertamos á hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en -los italianos ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres -del Norte, mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á -fuerza de cultura.</p> - -<p>Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la -sociedad en nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que -pretendieron sacar á toda costa el genio nacional y la independencia -de la patria de aquella conflagración general. Superior sin duda -en ilustración á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los -franceses cuando éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio, -el abandonado trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe -que el Imperio nos<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> -traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los beneficios -cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes por -Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de -humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo, -ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables -preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena -de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que -hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar -á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que -en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen -en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos, -al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo -tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos -hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para -ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo -la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología -de la época, «lo primero era ser libres, el <i>cómo</i> era negocio -para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista -convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único -genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser -nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo -primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.</p> - -<p>Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar -de sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado -de la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que -con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo, -pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que -puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían -mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los -renglones de un epitafio:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">Nací de honesta madre; dióme el cielo</p> -<p class="i0">fácil ingenio en gracias afluente,</p> -<p class="i0">dirigir supo el ánimo inocente</p> -<p class="i0">á la virtud el paternal desvelo.</p> -<p class="i2">Con sabio estudio, infatigable anhelo</p> -<p class="i0">pude adquirir coronas á mi frente:</p> -<p class="i0"><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>la corva escena resonó en frecuente</p> -<p class="i0">aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.</p> -<p class="i2">Dócil, veraz, de muchos ofendido,</p> -<p class="i0">de ninguno ofensor, las Musas bellas</p> -<p class="i0">mi pasión fueron, el honor mi guía;</p> -<p class="i2">pero si así las leyes atropellas,</p> -<p class="i0">si para ti los méritos han sido</p> -<p class="i0">culpas; adios, ingrata patria mía.</p> -</div></div> - - -<h3>II</h3> - -<p>La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para -restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus -comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus -teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y -comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía -dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras -es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta -cómico.</p> - -<p>En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores. -Nadie que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes -de saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las -singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los -que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que -tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño -en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el -gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los -que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la -empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública, -con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la -administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el -estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto -debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera -la menor reforma! Tanto más, cuanto que<span class="pagenum" -id="Page_11">p. 11</span> Moratín ponía la mira en todo, y en todo -quería introducirlas. En este punto no fué sólo un preceptista -literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á defectos de policía -de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así discurre tocante -á los medios gubernativos para sacar al teatro de su postración ó -las leyes relativas á la censura, como se entretiene en señalar los -vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban. Basta esto -para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué recelos y -envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad, ó impotente -ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los espectadores, -como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de la costumbre. -Nombrado individuo de una junta para la reforma del teatro, hubo de -retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de la misma, el -del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de genio muy -áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones de Moratín, -y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á la cabeza. Con -lo cual ya se deja comprender que el autor de los <i>Orígenes del -teatro español</i>, se convenció á la primera de que al bravo militar -le sobraban razones y que era más entendido que él en materias -literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección de -teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque -ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia suya -cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades. Exigencias -de actriz demoraron cuatro años el estreno de <i>El Viejo</i> y <i>La -Niña</i> después de mil supresiones que impuso la censura. La <i>Comedia -nueva</i>, cruenta sátira en acción de la decadencia del teatro, apenas -pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo y rabia de las -víctimas. Naufragó <i>El Barón</i> el día de su estreno (después de haber -sido plagiada, antes que representada), víctima de las parcialidades -y de la venganza en fermentación por espacio de algunos años. Á -la <i>Mojigata</i> siguieron las más violentas polémicas é intrigas -increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la hipocresía, el -vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más chilla cuando -se le saca á la vergüenza, como si en él descansara toda la máquina -social, lo cual no parece probable. Enardecidos los ánimos conforme -se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en el corazón á -las preocupaciones de aquella época, no pararon los enemi<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>gos hasta delatarle al Santo -Oficio por <i>El Sí de las niñas</i>, y denunciarle como un criminal. -De modo que estas obras que hoy parecen harto morales, parecieron -revolucionarias y piedra de escándalo; y su autor, tímido y juicioso -por naturaleza, furibundo demagogo que atentaba á lo más sagrado. -Este último sorbo colmó su amargura y le decidió á retirarse del -teatro y arrinconar los borradores de otras comedias, limitándose -luégo á traducir de Molière, su ídolo, <i>La Escuela de los maridos</i> y -<i>El Médico á palos</i>.</p> - -<p>En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni -estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad -del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la -borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas, -y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza -es decir que los principios literarios de su autor debían ser -discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron, -y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la -escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada -la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del -genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que -había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil. -Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo, -necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera -conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de -todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor -relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la -virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento, -más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en -segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada -copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio -nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué -la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que -desde principios del siglo <small>XVIII</small> pretendía -entronizarse en España; un Boileau español, en suma, siempre á -vueltas con la razón y el buen sentido, el decoro y la regularidad, -pocas veces partidario de sentir hondo y vehemente. Si su -atildamiento y pulcritud, la templada observación de la naturaleza, -la más absoluta<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> -sumisión á la mediana verosimilitud, podían convenir á la comedia, no -eran bastantes para infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro -de una nación, ni podía contentar á un público ardiente como el -nuestro. En todos los principios literarios de Moratín se observa la -misma deficiencia y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que -convierte el arte en artificio, por una reacción natural contra la -licencia y la ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar -la sangre, la empobreciese hasta producir la anemia.</p> - -<p>Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces -y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es -inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta -dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de -cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita -siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo. -El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es -además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre -de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue -de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de -los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas, -para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos? -El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos -fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del -pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con -criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias -y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas -con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en -limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi -identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible, -sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible -que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas -entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo -César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos -siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á -que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se le -planta en el <i>Foro</i> desde la butaca, y cuando se le tiene allí con el -pen<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>samiento, no le es -permitido salir de Roma para que no se desvanezca la ilusión. Nada -hay verdad en aquella Roma de tela y cartones; ni armas, ni trajes, -ni hombres, ni idioma; pero una vez realizada aquella mentira grata -á la imaginación, ésta ya no puede permitirse un solo pecadillo más, -y ha de temblar ante la gramática que mide sus palabras, encogerse -por temor de la irregularidad, reprimir sus vuelos por no incurrir en -inverosimilitudes (de que está llena, por cierto, la realidad que se -pretende imitar), y ahogar toda emoción atendiendo al decoro, como -hastiado palaciego que juzga cursi todo afecto arrebatado. Y esto se -quería imponer como ley en un espectáculo, donde la muchedumbre va á -sentir y á distraerse, donde el efecto es inmediato y no razonado, y -la atmósfera caldeada, la música, las luces, la misma presencia de la -mujer, son otros tantos incentivos que predisponen á la expansión del -sentimiento.</p> - -<p>Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes -siempre que se pretende embutir en principios generales las libres -y espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á -remedarla tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en -lo más esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y -reyes de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y -Roma, no habían de parecerse á los seres vivos que representaban -sino á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener -por ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada -en palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á -sus pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó -conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con -sus inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio -de Leiva diga puesto en ellas,—<i>El juicio me vuelven estas cosas</i>—y -un Julio César—<i>Hola ¿qué es esto?</i>—ú otras expresiones por el -estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma -obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases. -Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para -los héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y -después de ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco -el llanto, el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las -lagrimillas de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien -se le permite<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> servir -de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los coetáneos del -autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad, y ser capaces -de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la tragedia -deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados del -espectador.</p> - -<p>Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar <i>El -gran cerco de Viena</i>, pero que también y á poca costa se hubiera -podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra, -á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su -procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional, -comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió -aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente -primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos -parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que -éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto -purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo. -Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores -volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención -de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los -caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban -en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo; -en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que -debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección -académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en -<i>caseros octosílabos</i>. Rota la valla, invadieron otra vez la escena -los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y -los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada -y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se -vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo, -sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno -en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en -espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las -luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía, -y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió -Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos -y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar -al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la -fábula para que no<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> -se desvanezca la ilusión, muchos espectadores se han vuelto ya tan -entendidos y se hallan tan poco dispuestos á pasar por ella, que -ninguna convención teatral logra hacerse perdonar la imprescindible -necesidad de su existencia. De modo que algunos sospechan que el -teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha pasado, en menos -de medio siglo, inmediatamente después de haberse propuesto Moratín -vivificar y convertir la escena en cátedra de moral y cultura -con sólo las túnicas de <i>Británico</i> y <i>Atalía</i> para las grandes -solemnidades y la casaca y la peluca del <i>Barón</i> para los días de -labor.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no -lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos -coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas. -De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más -adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y -severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las -letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado, -que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una -versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el -menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo -confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas -los amigos del género pseudo-clásico.</p> - -<p>También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es -imposible aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. -El poeta lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero -particular muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, -que se olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente -en cuanto se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. -Entonces se vestía de<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> -griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger el estilete -en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y fija la -memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos años -de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado de -Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo se -trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y apellido -por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por otro de -los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la geografía -histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de presente de -tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir con palabras -nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se establecía entre -la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión tal cúmulo de -ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de conocimientos -de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es esto poesía? -¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí se halla -tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho tiene la -verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y arrebata, -que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en este género -de versos. <i>El opulento Gerión</i>, la <i>Cádiz eritrea</i>, <i>el espartario -golfo</i>, <i>la Hesperia</i>, el <i>ceguezuelo niño</i> y el <i>luso</i> y el <i>galo</i>, -etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan tantas alegorías -y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita un curso completo de -mitología. No basta hallar de vez en cuando algún sentimiento sincero -entre ese fárrago de frases depuradas y elegantes, ni contenta tal -cual imagen graciosa que desde luégo por su asunto y su precisión -parece burilada como un camafeo, ó recuerda las barrocas entalladuras -de los artesones y muebles de la época.</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">Esta corona, adorno de mi frente,</p> -<p class="i0">esta sonante lira y flautas de oro</p> -<p class="i0">y máscaras alegres que algún día</p> -<p class="i0">me disteis, sacras musas...</p> -<p class="i0 g1"><b>. . . . . . . . . . . . . . . . . .</b></p> -<p class="i0 g1"><b>. . . . . . . . . . . . . . . . . .</b></p> -</div></div> - -<p>¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados -trofeos?</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2"><span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span><b><span class="g1">........</span></b> La Fama es esta,</p> -<p class="i0">sí, la conozco. Rápida girando</p> -<p class="i0">dilata al aire las doradas plumas,</p> -<p class="i0">suelto el cabello que su frente adorna,</p> -<p class="i0">desceñida la túnica celeste.</p> -</div></div> - -<p>¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un -palacio?</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">Venus, hija del mar, diosa de Gnido</p> -<p class="i0">y tú, ciego rapaz, que revolante</p> -<p class="i0">sigues el carro de tu madre hermosa</p> -<p class="i0">la aljaba de marfil, pendiente al lado.</p> -</div></div> - -<p>Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que -usarían Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en -las colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más -la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que -sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á -la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el -sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo -indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible -inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los -afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente -siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á -los venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el -arte más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: -la poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer -todavía, pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles -modelos algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de -la forma por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia -elegancia y la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible -adquirir con el estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, -lo que en los libros se adquiere con la servil imitación, no es -poesía ni lo ha sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas -y estereotipadas por las que espontáneamente ofrece el propio genio -cuando existe;<span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> decir -lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, en -suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime -expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la -humana filosofía, léase, la retórica.</p> - -<p class="firma smcap">J. Yxart.</p> - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <h2 title="DISCURSO PRELIMINAR" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>DISCURSO PRELIMINAR</h2> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Ch_01"> - <p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_023.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <p class="fs150 centra mt3">DISCURSO PRELIMINAR<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a></p> - <hr class="sep0" /> -</div> - -<div class="drop"> - <p class="fs400 lh80 ti0">A</p> -</div> - -<p class="icap0"><span class="smcap">Al</span> empezar el siglo -<small>XVIII</small> tuvieron principio en España las calamidades -de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para celebrar con -espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la coronación -de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, y el -nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se -representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, y -después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora, gentil -hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscu<span -class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>ros autores, ninguno capaz -de competirle. Habíase propuesto por modelo las obras de Calderón, -y es fácil inferir hasta dónde llegarían los primores de quien sólo -aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de aquel dramático.</p> - -<p>En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales -desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado -en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado, -crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de -empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias -historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y -aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil -fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas -mitológicas y en las de asuntos sagrados.</p> - -<p>Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo -el nombre de Tirso de Molina) la comedia de <i>El Burlador de Sevilla</i>, -la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y -crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó -á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones -de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás -Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al -nuestro, no se desdeñó de repetirla.</p> - -<p>Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una -comedia tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, -como era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y -conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles; -dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que -permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz -pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y -añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al -teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre -será celebrada del pueblo.</p> - -<p>Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte -de <i>El Espíritu foleto</i>, en que por la intervención de un duende -festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando -á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos -y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En -la comedia de <i>Don<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> -Domingo de don Blas</i> confundió Zamora grandes intereses de reyes y -príncipes con afectos comunes y situaciones de indecorosa ridiculez. -La figura cómica de don Domingo, bien imaginada y mal sostenida, hace -reir no pocas veces; pero sus gracias mezcladas con intolerables -descuidos no dan una idea favorable del buen gusto de aquel poeta. -Mayor mérito se reconoce en la comedia de <i>El Hechizado por fuerza</i>, -aunque no exenta de considerables imperfecciones. La acción está -complicada con episodios inútiles, no verosímiles, y dirigidos -únicamente á dilatar y entorpecer un mal desenlace. Unas veces habla -don Claudio como un hombre de instrucción y talento, y otras como -pudiera el más estúpido; no es fácil entender si toma de veras ó -de burlas lo que están haciendo con él, si efectivamente piensa -que está hechizado, ó si trata sólo de engañar á los que intentan -persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son muchas, degeneran -en triviales algunas veces; el estilo, si no siempre es correcto, -siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, la versificación -sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de chistes.</p> - -<p>Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron -obra ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso -hasta unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa -de ver que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces -rivalizó con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, -cultivó la poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la -encontró.</p> - -<p>Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla, -compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales, -si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar -la confianza con que se abandonó á la imitación de originales -defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.</p> - -<p>Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas -y astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas -zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada <i>El -Hospital en que cura amor de amor la locura</i>, fábula de dos acciones, -personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe -sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su -tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de -nuestra lengua,<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> supo -desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y facilidad los asuntos -familiares y humildes; pero el corto paso que parece que hay de esta -clase de escritos, al tono y expresión de la buena comedia, no supo -darle. No fué bastante su talento á inventar una fábula regular; con -todo el conocimiento que tenía de los vicios y ridiculeces comunes, -no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad ni interés á su -obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla muy graciosa, y -resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad todavía ejercitó su -pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de las monjas de la -Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte comedias que dió -á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca elogio ni perdón. -Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como la peor, es sin -duda <i>El Paulino</i>, que el autor se atrevió á llamar tragedia, y de -la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio que merece. Aun -suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien pudo haber visto -el <i>Cinna</i> de Corneille, que había traducido con inteligencia y -publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro Picolomini, marqués -de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos sospechar lo que es una -tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á quien no los quiere -seguir.</p> - -<p>Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente -anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia -en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras -preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón -con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo, -á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido. -Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo -indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la -risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas -que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la -credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle -ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.</p> - -<p>Los autores del estimable periódico intitulado <i>Diario de los -literatos de España</i> examinaban con juiciosa crítica las obras que -entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del -raciocinio y del buen gusto, y trataban de<span class="pagenum" -id="Page_27">p. 27</span> encaminar hacia la perfección, en cuanto -les era posible, la literatura nacional. Su fatiga no fué muy -larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta de lectores y de -agradecimiento público.</p> - -<p>La Academia española, establecida á imitación de la francesa con -una organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella -lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía -con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua; -pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni -contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia -no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.</p> - -<p>En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de -Aristóteles, teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de -la filosofía, sin el de la historia, sin el de la política, sin el de -las matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el -de las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se -sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo. -<i>Todas las cátedras de las universidades</i> (dice Torres) <i>estaban -vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura -geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones -de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde -hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio... -Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas, -que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y -cincuenta.</i> Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios, -¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la -amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena -miserable?</p> - -<p>Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón, -educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que -florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo, -conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera -podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en -el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los -muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su -mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por -entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la -carrera dramática.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>El ministerio, -ocupado exclusivamente en buscar dinero para sostener la sangrienta -guerra de Italia, no podía aplicar su atención ni extender sus -liberalidades en beneficio del teatro. Las flotas no salían de -los puertos de América; lo que producían las contribuciones, -todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos á la pelea; -la administración interior se desatendía; los sueldos de los -innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las cámaras -de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y aun en -la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo era el -único protector de los teatros; el premio que obtenían los poetas, -los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta; no es -mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á quien los -pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.</p> - -<p>Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres -corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que -formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente -de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los -corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de -bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que -veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban -mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un -gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban -acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si -el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal -vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía -de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de -las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar -con entusiasmo á los viejos <i>aquel romper de cortinas de Nicolás de -la Calle</i>. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores, -bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces -se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de -la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación, -ni se necesitaba.</p> - -<p>El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de -los Caños del Peral, en donde muy á principios del siglo se -hicieron algunas óperas y después comedias italianas por una<span -class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> compañía que llamaron de -los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de la -reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración en -aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y ornato, -y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo sus -farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la -autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos -corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente -asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los -planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de -1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de -quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en -el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada <i>el Rapto de -Ganimedes</i>.</p> - -<p>Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares -y cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron -las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por -detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo -el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos -alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de -cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo -tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en -la escena algunas coplas, llamadas <i>princesas</i> en lenguaje cómico. -La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir -que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con -arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos, -escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de -laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo -izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la -virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes. -Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca -redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas, -hebillas de oro y bastón de muletilla.</p> - -<p>Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las -que diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía -en proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo -reducido á dos axiomas toda su poética:<span class="pagenum" -id="Page_30">p. 30</span> 1.º que las obras de teatro sólo piden -ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros no eran -admisibles en la escena española.</p> - -<p>Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don -Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo -servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por -su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores -en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco; -hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro -conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables. -Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló <i>El más justo -rey de Grecia</i>, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente -se verifica. Á veces quiere imitar la de <i>El Esclavo en grillos de -oro</i>; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á -su original: el gracioso, llamado <i>Veleta</i>, es de lo menos gracioso -que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos, -ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos -con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo -enigmático y gigantesco. La de <i>Los Mártires de Toledo y tejedor -Palomeque</i> no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la -justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué, -requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio, -bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El -estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y -chabacano.</p> - -<p>Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más -breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y -las garruchas, publicó la comedia de <i>El Mágico de Salerno Pedro -Vayalarde</i>, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos -y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras -cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos -disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y -varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo -general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.</p> - -<p>Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su -Majestad, heredó de su padre (de quien se ha hecho mención<span -class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> anteriormente) la -inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que -se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó -á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son -inferiores á las de su padre.</p> - -<p>Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de -Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en -las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las -antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta -con una particular habilidad que manifestó para saber introducir -en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor -estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún -interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la -tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen -lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y -altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, -chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha -facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que -mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó <i>ramplones -y malditos</i>. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el -teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba -entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde -el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué -capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna -su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la -que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada -edad, poco antes del año de 1750.</p> - -<p>Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas -las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número -de ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de -figurón, de enredo amoroso, historiales, mitológicas, de santos, -de valentías, de magia; no hubo argumento que él no aplicase al -teatro. Si se consideran únicamente aquellas en que más se acercó -á la buena comedia, no es posible disimular que en las de figurón -excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló -muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas -chocarrerías, y á cada paso adoptó los recursos de una farsa -grosera.<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> En las que -se propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y -personajes históricos (como en las de <i>El Rey Enrique el Enfermo</i>; -<i>Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer</i>; <i>El Picarillo -en España</i>, y otras de este género), la composición de la fábula -no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad -que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas -de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que -imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.</p> - -<p>Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas -que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y -precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto -escribió para el teatro. Véase <i>El Sacrificio de Ifigenia</i>, y se -hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, -estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, -baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la -diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto -delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes -monstruosas é inconexas. Agamenón dice <i>que el monte dividido en -dos puntas da al mar abrazos de arena</i>, y que la armada surta en el -puerto es una <i>ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y -cristal</i>; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con -donaire de callejuela <i>Lola</i>, criada de Ifigenia, y <i>Pellejo</i>, lacayo -de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte) -<i>para mostrar las comedias según el estilo francés</i>. También se -atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada <i>No hay -con la patria venganza, y Temístocles en Persia</i>. Allí hay majestades -y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los -serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible -gracioso llamado <i>Tulipán</i>, y un hijo de Temístocles que canta -seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una -academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde -cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. -Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas -en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y el -clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino con -veneno <i>denodado bruto y púrpura confecciona<span class="pagenum" -id="Page_33">p. 33</span>da</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>. Todo esto prueba demasiado que el buen -Cañizares escribía sin conocimiento de los preceptos poéticos: su -abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo una celebridad -popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que luégo -se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.</p> - -<p>Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. -La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar -la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión -flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la -dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba -á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves -inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María -Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él: -celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente -en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el -mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin -hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien -distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en -su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América -debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos -males con una administración regular, y era de creer que libre ya -la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría -nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la -riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así -sucedió.</p> - -<p>Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el -palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela -de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que -continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos -Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir -de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía -de Felipe V; pero<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> la -reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte -con el título de criado familiar de S. M.</p> - -<p><i>Farinello</i> (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) <i>es el -último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación. -Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los -inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado -al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á -Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino -á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad -en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole -como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en -aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda -la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es -general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez -no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla -en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina. -Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que -le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por -su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad -sobresaliente, que á la de sus méritos personales.</i></p> - -<p>Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato -suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor -de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año -1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio -de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de -personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, -la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su -modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los -obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían -asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales -de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les -recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo -convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto -trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á -los piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la -torpe adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su<span -class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> mediación y su amistad. -Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás -quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del gobierno. -Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer sus -deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en las -resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en -Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. -La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta -moderación.</p> - -<p>Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro -del Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, -igualmente que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por -el verano en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del -Tajo, las iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante -la jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su -inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos -encargos, si no con economía, con admirable acierto.</p> - -<p>Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal -é instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las -representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas -en el salón llamado <i>de los Reinos</i>, cubrían el piso exquisitas -alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas -y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación -correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían -uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el -teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión -se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera -de <i>Armida placata</i> se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de -agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta -piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud -de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los -trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces -se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de -los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas -de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales -que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena -(cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese,<span -class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> con dos correderas -compuestas de los mayores cristales de la fábrica de San Ildefonso), -todo era digno de un gran monarca que disipaba en esta diversión la -opulencia de sus tesoros.</p> - -<p>Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios -desde el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la -Mirandola, Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. -Las piezas que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. -Óperas: <i>La Clemenza di Tito</i>, <i>Angelica e Medoro</i>, <i>Il Vellocino -d’oro</i>, <i>Polifemo e Galatea</i>, <i>Artasserse</i>, <i>Armida placata</i>, -<i>Demofoonte</i>, <i>Demetrio</i>, <i>Didone abbandonata</i>, <i>Siroe</i>, <i>Niteti</i>, -<i>il Re pastore</i>, <i>Adriano in Siria</i>. Serenatas: <i>L’Asilo d’Amore</i>, -<i>La Festa chinese</i>, <i>La Nascita di Giove</i>, <i>L’Isola disabitata</i>, <i>Le -Mode</i>, <i>La Ninfa smarrita</i>. Intermedios: <i>Il Cavalier Bertoldo</i>, <i>La -Burla da vero</i>, <i>La Statua</i>, <i>Il Giuocatore</i>, <i>L’Ucellatrice</i>, <i>Il -Cuoco</i>, <i>Don Trastullo</i>, <i>Il Conte Tulipano</i>.</p> - -<p>Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos -brillantes espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por -italianos, poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento -de los teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo -don Luís Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; -entre los que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices -empleados en la pintura de las decoraciones, en la invención y -dirección de las máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó -que todas las piezas se imprimieran traducidas en castellano para -distribuirlas á los concurrentes en la primera noche de su ejecución. -Se abrió el teatro con la ópera de <i>La Clemenza di Tito</i>; encargóse -á don Ignacio de Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque -en muy pocas horas, con el acierto que era de esperar; las que se -imprimieron después las tradujo un médico italiano llamado don -Orlando Boncuore, que ni se avergonzó de suceder á Luzán en aquel -encargo, ni tuvo escrúpulo de hacerse escritor en una lengua que no -sabía. Sus traducciones pueden considerarse como otros tantos modelos -de extravagancia y ridiculez.</p> - -<p>En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los -primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato -y pompa teatral, la escena española, misera<span class="pagenum" -id="Page_37">p. 37</span>ble y abandonada de la corte, se sostenía -con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes cómicos y de -ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al corregidor de -Madrid el título de protector de los teatros, con el encargo de la -formación de compañías y el gobierno de ellas: la depravación de -nuestra dramática pedía de parte de la suprema autoridad providencias -más directas y más eficaces.</p> - -<p>El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado -mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por -la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían, -tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos, -las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del -Príncipe se llamaban <i>Chorizos</i>, y llevaban en el sombrero una cinta -de color de oro; los de la compañía de la Cruz <i>Polacos</i>, con cinta -en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los -Caños tomaron el nombre de <i>Panduros</i>. Había un fraile trinitario -descalzo, llamado el P. Polaco<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a>, jefe de la parcialidad á que dió nombre, -atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los -mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y -comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los -suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos, -chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro -de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano -su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos -cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era -frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco -Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio, -de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser -á la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar -en el pri<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>mer asiento -de la barandilla inmediato á las tablas, y desde allí solía llamar -la atención del público con los chistes que dirigía á los actores y -á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y les remedaba en -los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era bien conocido, -atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio cubierto de -sombreros chambergos (que parecían una <i>testudo</i> romana) palmoteaba -sus escurrilidades é indecencias.</p> - -<p>Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las -comedias que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que -muerto ya Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á -conseguirlo. Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de -Ibáñez y García, don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, -de una comedia intitulada <i>La Mujer más penitente y espanto de -caridad, la venerable hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable -orden tercera de penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de -Toledo</i>; don Antonio Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, -uno y otro cómicos; el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero -(cómico también y además canonista y teólogo), don Manuel Daniel -Delgado, don Antonio Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. -Don José Julián de Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia -y facilidad para sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia -intitulada <i>Más vale tarde que nunca</i>, en la cual hay privado -perseguido, trueque de puñales, batida general, con aquello de <i>á -la cumbre, á la espesura, al monte, al valle, á la selva</i>; preso -que se lamenta de su desgracia glosando coplas; lacayo entremetido, -equivoquista y sucio; pasito de cárcel entre el leal y el traidor, y -el rey que los escucha desde un rincón. Cuantos desaciertos se hallan -esparcidos en las comedias de aquel tiempo, otros tantos se hallarán -hacinados en esta.</p> - -<p>Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el -prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas -reglas del arte dramático<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" -class="fnanchor">[4]</a>. Luzán tradujo y pu<span class="pagenum" -id="Page_39">p. 39</span>blicó una comedia de M. de La Chaussée, -con el título de <i>La razón contra la moda</i>, la cual ni entonces -ni después se ha visto en el teatro. En los años de 1750 y 51 dió -á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias originales -intituladas <i>Virginia</i> y <i>Ataúlfo</i>, nunca representadas, y de las -cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó su laborioso -autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse observados en un -drama todos los preceptos, sin que por eso deje de ser intolerable á -vista del público; y de que para acercarse á la perfección en este -género, no basta que el autor sea un hombre muy docto, si le falta el -requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de Trigueros en el año -de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente prosa castellana, el -<i>Británico</i> de Racine. Don Eugenio de Llaguno y Amírola publicó en el -año de 1754, traducida en muy buenos versos, la <i>Atalía</i> del mismo -autor. Nada de esto pasó al teatro.</p> - -<p>La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se -enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles: -lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos, -se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos -sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban -prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre -de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de -paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes -insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible -de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más -divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial -doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo, -y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales -no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu -y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes -cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de -historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos, -paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito -quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los -intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.</p> - -<p>Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la repre<span -class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span>sentación de los autos -sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen (papel que -desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación del -Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos, -las palabras del Evangelio: <i>Quomodo fiet istud, quoniam virum non -cognosco?</i> los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas, -dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa -y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal -habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la -custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión -el <i>Tantum ergo</i>. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo, -la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el -martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos -del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una -salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena; -en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que -Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S. -Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el -teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un -justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la -representación teatral de asuntos sagrados.</p> - -<p>Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como -uno de nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de -Montiano, su amigo, una comedia intitulada <i>La petimetra</i>. Esta obra, -impresa en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad -y corrección en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras -antiguas comedias con la regularidad violenta á que su autor quiso -reducirla, resultó una imitación de carácter ambiguo y poco á -propósito para sostenerse en el teatro, si alguna vez se hubiera -intentado representarla. La <i>Lucrecia</i>, tragedia que publicó el -mismo autor en el año siguiente, es obra de mayor mérito, aunque la -elección del argumento parece poco feliz, el progreso de la fábula -entorpecido con episodios inútiles, y el estilo muy distante á veces -de la sublimidad que pide este género.</p> - -<p>Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se -atrevieron á procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo -piezas originales, compuestas con regularidad y decoro,<span -class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> y aunque no consiguieron -toda la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron -laudables.</p> - -<p>Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada -<i>El Pensador</i>, censuró el desarreglo de las comedias que entonces -se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín -publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que -probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de -todas clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y -católica. No pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de -sus razones, y desde entonces quedó limpia la escena española de -composiciones tan absurdas<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" -class="fnanchor">[5]</a>.</p> - -<p>Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro -de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron -tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el -mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los -trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los -vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y -de las provincias.</p> - -<p>El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo -tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar -decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó -y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior -que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la -turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre -los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado <i>Tusa</i>, era el -alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato -y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y -les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación -eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco -dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.</p> - -<p>Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían -hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias -originales. Tales fueron <i>Hormesinda</i>, de Moratín, más laudable por -algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de -Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su -fábula; <i>Guzmán el Bueno</i>, del<span class="pagenum" id="Page_42">p. -42</span> mismo autor, en que hay un carácter bien sostenido, afectos -heróicos, pintura de costumbres, violencia repugnante en la unidad -de lugar, y no suficiente corrección de estilo; <i>Don Sancho García</i>, -de don José Cadahalso, arreglada y débil, con rimas pareadas á -imitación de los franceses, cuya cadencia simétrica es en extremo -desagradable á nuestros oídos; <i>Raquel</i>, de don Vicente García de -la Huerta, que siguiendo el mismo plan de <i>La Judía de Toledo</i>, de -don Juan Bautista Diamante, no acertó á regularizarle, sin añadirle -graves defectos; hay en ella un carácter sobresaliente; los demás, -ó por falta de conveniencia dramática ó por inconscientes, han -merecido la desaprobación de los críticos; en los pensamientos se -descubren á veces resabios de mal gusto; el lenguaje es bueno, -la versificación sonora. <i>Numancia destruída</i> es de don Ignacio -López de Ayala, donde la mala elección del argumento, los amores -episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del lugar que -produce inverosimilitud continua, se compensan con un estilo animado -y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora, y el feroz -heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que produce -siempre su representación. <i>Munuza</i>, de don Gaspar Melchor de -Jovellanos; <i>Jahel</i>, de don Juan López Sedano; <i>Progne y Filomena</i>, -de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se -compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera -podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido -al gobierno más decidida protección.</p> - -<p>En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que -habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas -traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse -para obtener el acierto en este difícil género de la dramática.</p> - -<p>Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se -acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia; -porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en -un acto, llamadas <i>sainetes</i>, supo sustituir en ellas, al desaliño -y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación -exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de -vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas -fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan<span -class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> halagüeño, que hizo -aparecer como donaires y travesuras aquellas acciones que desaprueban -el pudor y la virtud, y castigan con severidad las leyes. Nunca supo -inventar una combinación dramática de justa grandeza, un interés bien -sostenido, un nudo, un desenlace natural; sus figuras nunca forman -un grupo dispuesto con arte; pero examinadas separadamente, casi -todas están imitadas de la naturaleza con admirable fidelidad. Esta -prenda, que no es común, unida á la de un diálogo animado, gracioso y -fácil (más que correcto), dió á sus obrillas cómicas todo el aplauso -que efectivamente merecían<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" -class="fnanchor">[6]</a>.</p> - -<p>Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el -marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de -Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que -habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates, -solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el <i>Misántropo</i> -ó la <i>Atalía</i>, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque -haciendo <i>El Negro más prodigioso</i>, ó <i>El Mágico africano</i>. Nunca -se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de -aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto, -Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano, -Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine, -Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión; -y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos -teatros.</p> - -<p>Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios -que pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe -adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al -público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de -hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine.</p> - -<p><i>El Delincuente honrado</i>, tragicomedia escrita por don Gaspar -de Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con<span -class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> estimación; y aunque -demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró en -ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente -prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor, -no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo -después.</p> - -<p>En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad, -publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta, -la comedia intitulada <i>Hacer que hacemos</i>, la cual desagradó á los -inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos, -al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el -teatro.</p> - -<p>La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el -nacimiento de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, -hizo representar en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que -apenas vistas desaparecieron para siempre de nuestra escena. <i>Los -Menestrales</i>, comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, -moralista, poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta -lírico, épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de -Apolo, mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público. -<i>Las bodas de Camacho</i>, comedia pastoral de don Juan Meléndez -Valdés, llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte, -Virgilio, Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción -castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta -personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que -la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos -eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en -que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos -del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la -demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que -la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los -céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria -existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular -de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que -despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de -Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos. -Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de <i>El Aminta</i> con -los del <i>Quijote</i>, y resultó una obra de quínola, insoportable en los -teatros públicos,<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> y -muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos géneros el Tasso y -Cervantes.</p> - -<p>No sin mucha dificultad consiguió el mencionado Iriarte dar á -la escena en el año de 1788 la comedia de <i>El Señorito mimado</i>, la -cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo los -aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los -caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo. -Tal vez mereció la censura de los que notaron en ella falta de -movimiento dramático, de ligereza y alegría cómica; pero fácilmente -se disimularon estos defectos, en gracia de las muchas cualidades que -la hicieron estimable en la representación y en la lectura. Si ha de -citarse la primera comedia original que se ha visto en los teatros de -España, escrita según las reglas más esenciales que han dictado la -filosofía y la buena crítica, esta es.</p> - -<p>Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por -aquel tiempo la comedia de <i>El Viejo y la Niña</i>, luchando con los -obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba la -difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que -mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y -extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se -necesitaban repetidos ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas -según el arte: no era ya soportable contemporizar con las libertades -de Lope, ni con las marañas de Calderón. Uno y otro habían producido -imitadores sin número, que por espacio de dos siglos conservaron la -escena española en el último grado de corrupción. No era lícito que -un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas autoridades -al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle.</p> - -<p>Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades -de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta -dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el -de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo todo -el interés de una pieza de teatro al que puede producir una sinfonía, -y que teniendo en su mano los medios que ofrece el arte para conmover -y persuadir, renunciase á la eficacia de todos ellos, y se negara -voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse de tales obras en -beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de las<span -class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> comedias, dijo Nasarre, -conociendo la utilidad de ellas, se deben revestir de una autoridad -pública para instruir á sus conciudadanos; persuadiéndose de que la -patria les confía tácitamente el oficio de filósofos y de censores -de la multitud ignorante, corrompida ó ridícula. Los preceptos de la -filosofía puestos en los libros son áridos y casi muertos, y mueven -flacamente el ánimo; pero presentados en los espectáculos animados, -le conmueven vivamente. El filósofo austero se desdeña de ganar los -corazones; el tono dominante de sus máximas ofende ó cansa. El cómico -excita alternativamente mil pasiones en el alma; hácelas servir de -introductores de la filosofía; sus lecciones nada tienen que no sea -agradable, y están muy apartadas del sobrecejo magistral que hace -aborrecible la enseñanza y aumenta la natural indocilidad de los -hombres».</p> - -<div class="section"> -<p>Sentado el principio de que toda composición cómica debe -proponerse un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos -del placer, concibió Moratín que la comedia podía definirse así: -«Imitación en diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso -ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares, -por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y -caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes -en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la -virtud».</p> -</div> - -<p><i>Imitación</i>, no copia, porque el poeta observador de la -naturaleza, escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito, -lo distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone -un todo que es mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al -original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas -palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de -personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En esta, -como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los -originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor;</p> -<p class="i0"><b><span class="g1">. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . </span></b>et quæ</p> -<p class="i0">Desperat tractata nitescere posse, relinquit.</p> -</div></div> - -<p><i>En diálogo</i>; porque á diferencia de los demás géneros de la -poesía, en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe<span -class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> ó refiere, en la dramática -que produce poemas activos, se oculta del todo, y pone en la escena -figuras que obrando en razón de sus pasiones, opiniones é intereses, -hacen creíble al espectador (hasta donde la ilusión alcanza) que está -sucediendo cuánto allí se le presenta. La perspectiva, los trajes, -el aparato escénico, las actitudes, el movimiento, el gesto, la voz -de las personas, todo contribuye eficazmente á completar este engaño -delicioso, resulta necesaria del esfuerzo de muchas artes.</p> - -<p><i>En prosa ó verso.</i> La tragedia pinta á los hombres, no como son -en realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron -ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este -recurso, que la es indispensable, la facilita el poder dar á sus -acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la -belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo -ha de ser grande, heróico y patético en grado eminente, mal podría -conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la -pompa y armonía de la versificación.</p> - -<p>La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres -nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes -de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y -de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva -y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones -con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le -exige, puesto que de la semejanza que las da resultan sus mayores -aciertos. Imitando pues tan de cerca á la naturaleza, no es de -admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea -que esto puede añadir facilidades á la composición. <i>Difficile est -propriè communia dicere.</i> No es fácil hablar en prosa como hablaron -Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea, -la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración -el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones -comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas que -se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por -acercarle demasiado á la verdad que imita.</p> - -<p>Estos mismos obstáculos hay que vencer si la comedia se escribe -en verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las es<span -class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span>trofas líricas, ni el -soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el romance -octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe -caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La -facilidad, la energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía -que debe resultar de la elección de las palabras, de la dimensión -variada de los periodos, de la contraposición de las terminaciones -asonantes, todo será necesario para llevar á su perfección este -género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere acertar el que -no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al estudio y -al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua, -enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos -antiguos, los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos, -nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena -crítica sabe elegirlos.</p> - -<p><i>Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas.</i> Boileau en -su excelente Poética redujo á dos versos los tres preceptos de -unidad:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">Una acción sola, en un lugar y un día,</p> -<p class="i0">conserve hasta su fin lleno el teatro.</p> -</div></div> - -<p>Esto mismo recomendaba el autor del <i>Quijote</i> setenta años antes -que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de -Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó, -juntamente con otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no -era ciertamente porque las ignorase: pues no sólo habló de ellas el -Pinciano en su <i>Filosofía antigua poética</i>, impresa en 1596, sino que -Bartolomé de Torres Naharro (ciento y veinte años antes que naciera -Boileau) las había practicado en alguna de sus comedias.</p> - -<p>El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la citada -obra: «Toda la acción se finja ser hecha dentro de tres días... -cuánto menos el plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí -puede colegirse cuáles son los poemas do nace un niño, y crece, -y tiene barbas, y se casa, y tiene hijos y nietos; lo cual en la -fábula épica, aunque no tiene término, es ridículo; ¿qué será en -las activas, que le tienen tan breve?... Aquella fábula será más -artificiosa, que más deleitare<span class="pagenum" id="Page_49">p. -49</span> y más enseñare con más simplicidad... En vano se aplican -muchos modos para una acción... Si una sola basta para enseñar y -deleitar en un poema, ¿para qué se aplicarán muchas?»</p> - -<p>Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan -muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la atención -se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se -atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no -se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa -confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo -desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral. -Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á la perfección -dramática, deben acompañar á la de acción, que la es indispensable; -y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá -de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo -de grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran -seguido, sus aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la -representación de una pieza cómica ó trágica es necesario que exista -(para salvar las impropiedades que el arte no puede vencer) una -tácita convención de parte del auditorio, nada importa que esta -convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal doctrina -llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el -caos dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se -reducirían á las mantas y los cordeles con que decoraba los suyos -Lope de Rueda. Existe en efecto la tácita convención; pero aplicable -solamente á disculpar los defectos que son inherentes al arte, no los -que voluntariamente comete el poeta. Ya se ha visto con repetidos -ejemplos que la observancia de las unidades de acción, tiempo y lugar -es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario, sino -que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que -sea fácil escribir una excelente comedia?</p> - -<p>Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van indicados, hallará -comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace la verdad -moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la -composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente, -verisímil y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá -existir una inmediata cone<span class="pagenum" id="Page_50">p. -50</span>xión entre la máxima que se establece y el suceso que ha de -comprobarla. Para hacerla verisímil no basta que sea posible; ha de -componerse de circunstancias tan naturales, tan fáciles de ocurrir, -que á todos seduzca la ilusión de la semejanza. Para hacerla teatral -deberá ser la exposición breve, el progreso continuo, el éxito -dudoso, la solución (resulta necesaria de los antecedentes) inopinada -y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni trivial.</p> - -<p><i>Entre personas particulares.</i> Como el poeta cómico se propone por -objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas -verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para -apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir -en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de -sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase -media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres, -las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la -tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores -heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces -que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían -á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado -de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el -interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido -jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear -con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus -errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las -leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta -corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.</p> - -<p><i>La oportuna expresión de afectos y caracteres</i> se hace tan -indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la -imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio -que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que -los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar -de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de -nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras -naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, -ni con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza -del<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> lenguaje, ni -con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de los versos; -si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres, todo es -perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de preparar las -situaciones para que naturalmente se desenvuelvan, ofrece no pequeñas -dificultades á un poeta cómico.</p> - -<p><i>Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en -la sociedad</i> mediante la disposición de la fábula y la expresión -de los caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean -ridículos, pero todos no, porque sin esta contraposición no -aparecería la deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria -degradación en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben -quedar subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos -meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser -objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como -medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de -corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la -irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores -que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna -utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se -verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la -multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el -objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del -vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»</p> - -<p>Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes -extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los -hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la -educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias, -feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y -de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares -ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó -paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo, -del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y -de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces -de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar -perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span><i>Recomendadas por -consiguiente la verdad y virtud</i> en la fábula cómica, mediante la -censura de los vicios del entendimiento y del corazón, desempeñará -el poeta el objeto de utilidad general que debió proponerse. Enseña -la verdad, cuando apoyada su doctrina en los conocimientos de la -física, en el exacto raciocinio de la filosofía, que preside á las -ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, en la crítica y -buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica los errores -adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el ejemplo de -personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien habitualmente -rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la única escuela -abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle, y se le -ilustra cuando se le divierte.</p> - -<p>En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como -efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas -ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos -laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de -la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la -humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan -la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos -á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las -obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para -evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por -una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos, -para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso -consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la -fortuna ó la injusticia de los hombres.</p> - -<p>Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir -al teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre -sí el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á -conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta -él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no -los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de -instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado -á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros -no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos -lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que -efectivamente reside en determi<span class="pagenum" id="Page_53">p. -53</span>nados sujetos una peculiar aptitud mental, que les hace -percibir lo que para otros muchos, dotados á lo que parece de la -misma disposición orgánica, permanece ignorado y oculto. Este -sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de dársele) -es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores en las -artes de imitación. Á él se deben la <i>Venus</i> de Médicis y el <i>Apolo</i> -de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; por él -Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él Rossini -en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música nuevos -encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para dar á sus -composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella fuerza -de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante apariencia -de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la posteridad -justa sabrá decidirlo.</p> - -<p>En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y -leídas, vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en -ellas el ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura -el acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como -todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin -cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran. -Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que -haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la -tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares; -no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación -modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo -camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos, -merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en -España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del -gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio -y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces -(y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que -él empezó.</p> - -<p>Quiso también desmentir de una manera victoriosa las -equivocaciones en que han incurrido no pocos extranjeros que han -escrito acerca de nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter -nacional las causas de su corrupción, acumulando errores sobre este -supuesto, copiándose unos á otros, y obs<span class="pagenum" -id="Page_54">p. 54</span>tinándose en decidir magistralmente sobre -el mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su -literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás -lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.</p> - -<p>Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el -espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos, -el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen -sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental, -ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante, -hinchado, tenebroso, <i>ampullas et sexquipedalia verba</i>. Tal es la -pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su -mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy -viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan -en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y -el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios -de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se -representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos -citan una comedia de <i>San Amaro</i>, cuya acción dura doscientos años, y -un auto que acaba con el <i>Ite missa est</i>: y no añaden que no hay un -solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la -representación de tal comedia ni de tal auto.</p> - -<p>¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas -moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico -de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de -M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá -de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las -disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían, -si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio, -de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los -voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de -su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de -<i>Arlequín tragado por la ballena</i>, <i>Arlequín que nace de un huevo</i>, -<i>El príncipe Taer convertido en piedra</i>, ó <i>La Dama serpiente</i>, -piezas no ignoradas, como la de <i>San Amaro</i>, no sepultadas en el -polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas -frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los -que hoy viven han podido verlas no pocas veces?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>Pero no sólo dan -por supuesto que la escena española permanece en un extravagante -desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la posibilidad -de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las acciones de -personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme con el -carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad que -la comedia nunca tuvo cabida en España.—Ningún español ha podido -sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles -salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio -ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación -su natural indiferencia.—Como la galantería de los españoles ha -sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto -sabor de África, de que no han participado las demás naciones.» -Esto dice el abate Cuadrio en su <i>Historia poética</i>. «La mezcla de -bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular -agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P. -Caymo, autor de la obra intitulada <i>El vago italiano</i>. «La verdadera -comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben -reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino -acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate -Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos -de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará -este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con -las costumbres.—Si en España no se aplican á pintar los caracteres -y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière, -consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha -dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe -en el año de 1797.</p> - -<p>¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias -de Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama -comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto -dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es -el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran -á cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no -lo ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una -nación de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación -de la<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> verdad. El -desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas partes, con -más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las comedias -antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar con tanto -desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi desconocido. -Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no parecerse -ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos siglos há, -las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la estimación -que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del número de -piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público español, -que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha visto en -ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de nuestros -actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido sujetar -su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas á las -temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto que -no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco y -serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto -que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó -ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible -conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate -Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas -la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores -que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya -percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano, -oriental ni francés.</p> - -<p>Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus -primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, -ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros -versificadores y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron -hallar en las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban -para satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse -poetas, y alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola -pobre, porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron -á la frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas -é inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las -dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, -sin necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada<span -class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> significan, formando un -lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de galicismos y -de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, y el daño -se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: «Estos -bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza con la -de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque no -la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben -buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y -cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal -de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que -necesitan?»</p> - -<p>Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer; -falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras, -apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó -absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos, -y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso -lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y -enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura, -de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio -pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de -sensibilidad que de doctrina.</p> - -<p>Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de -igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á -la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la -solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta -lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo -de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á -los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en -este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna -literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los -errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por -la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que -contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia -á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio -que le hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos -coronas.</p> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch_1"> - <hr class="chap" /> - <h2 title="LA COMEDIA NUEVA" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>LA COMEDIA NUEVA</h2> - <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span></p> - <h3>PERSONAS</h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<div class="perssup"> - <ul class="pers lh200"> - <li>DON ELEUTERIO.</li> - <li>DOÑA AGUSTINA.</li> - <li>DOÑA MARIQUITA.</li> - <li>DON HERMÓGENES.</li> - <li>DON PEDRO.</li> - <li>DON ANTONIO.</li> - <li>DON SERAPIO.</li> - <li>PIPÍ.</li> - </ul> -</div> - -<hr class="sep0" /> - -<p class="centra mt2"><i>La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro.</i></p> - -<p class="hang mt2">El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro -una puerta con escalera á la habitación principal, y otra puerta á un lado -que da paso á la calle.</p> - -<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis.</i></p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_061.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <h3><big>ACTO I.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí -paseándose.</i>)</p> - -<p class="mt1"><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Parece que se -hunde el techo. Pipí.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué gente hay arriba, que -anda tal estrépito? ¿Son locos?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No, señor; poetas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo poetas?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Sí señor: ¡así lo fuera yo! -¡No es cosa! Y han tenido una gran comida. Burdeos, pajarete, -marrasquino; ¡uh!</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y con qué motivo se hace -esa francachela?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Yo no sé; pero supongo que será -en celebridad de la comedia nueva que se representa esta tarde, -escrita por uno de ellos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque han hecho una -comedia? ¡Haya picarillos!</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues qué, ¿no lo sabía usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No por cierto.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues ahí está el anuncio en el -<i>Diario</i>.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto, aquí -está (<i>Leyendo en el Diario que está sobre la mesa</i>): <span -class="smcap">Comedia nueva intitulada el Gran Cerco de Viena</span>. -¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el -diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta -ridículo!</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues mire usted, la verdad, yo me -alegrara de saber hacer, así, alguna cosa...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Así, de versos... ¡Me gustan -tanto los versos!</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! los buenos versos son -muy estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos, -tan pocos, tan pocos...</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No, pues los de arriba bien se -conoce que son del arte. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por -aquella boca! Hasta las mujeres.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oiga! ¿también las señoras -decían coplillas?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Vaya! Allí hay una doña -Agustina, que es mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted -viera... Unas décimas componía de repente... No es así la otra, que -en toda la mesa no ha hecho más que retozar con aquel don Hermógenes, -y tirarle miguitas de pan al peluquín.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Don Hermógenes está -arriba? ¡Gran pedantón!</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues con ese se estaba jugando; -y cuando la decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía -la vergonzosa; y por más que la estuvieron azuzando á ver<span -class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> si rompía, nada. Empezó -una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el -consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire -usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Seguramente. ¿Y quién es -ese que cantaba poco há, y daba aquellos gritos tan descompasados?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Oh! ese es don Serapio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero ¿qué es? ¿qué -ocupación tiene?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Él es... mire usted; á él le -llaman don Serapio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah! sí. Ese es aquel bulle -bulle que hace gestos á las cómicas, y las tira dulces á la silla -cuando pasan, y va todos los días á saber quién dió cuchillada; y -desde que se levanta hasta que se acuesta no cesa de hablar de la -temporada de verano, la chupa del sobresaliente, y las partes de por -medio.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Ese mismo. ¡Oh! ese es de los -apasionados finos. Aquí se viene todas las mañanas á desayunar; y -arma unas disputas con los peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo -se va allá abajo, al barrio de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan -de comedias, altercan, ríen, fuman en los portales; don Serapio los -introduce aquí y acullá hasta que da la una; se despiden, y él se va -á comer con el apuntador.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y ese don Serapio es amigo -del autor de la comedia?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Toma! Son uña y carne. Y él ha -compuesto el casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con -don Hermógenes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué me dices? ¿Don -Hermógenes se casa?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Vaya si se casa! Como que parece -que la boda no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni -el poeta tampoco; pero le ha dicho que con el dinero que le dén por -esta comedia, y lo que ganará en la impresión, les pondrá la casa y -pagará las deudas de don Hermógenes, que parece son bastantes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí serán. ¡Cáspita si -serán! Pero, y si la<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> -comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué -harán entonces?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! -No, señor. Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en -tablas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah! Pues si don Serapio lo -dice, no hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú -si don Serapio y el apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el -zapato, y cuál comedia es buena, y cuál deja de serlo.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Eso digo yo; pero á veces... Mire -usted, no hay paciencia. Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. -Vinieron ahí tres ó cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de -comedias; ¡vaya! yo no me puedo acordar de lo que decían. Para ellos -no había nada bueno: ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, -ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con -el arte, el arte, la moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? -Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las -reglas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Hombre, difícil es -explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros, -particularmente los franceses.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues, ya decía yo; esto no es -cosa de mi tierra.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí tal: aquí también se -gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no -llegarán á media docena (por mucho que se estire la cuenta), las que -se han compuesto.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues ya se ve: mire usted, -¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no tiene reglas la comedia de hoy?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! eso yo te lo fío: -bien puedes apostar ciento contra uno á que no las tiene.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Y las demás que van saliendo cada -día tampoco las tendrán: ¿no es verdad usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Tampoco. ¿Para qué? No -faltaba otra cosa,<span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> -sino que para hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Bien; me alegro. Dios quiera que -pegue la de hoy, y luégo verá usted cuántas escribe el bueno de don -Eleuterio. Porque, lo que él dice: si yo me pudiera ajustar con los -cómicos á jornal, entonces... ¡ya se ve! mire usted si con un buen -situado podía él...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Cierto. (<i>Ap.</i> ¡Qué -simplicidad!)</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Entonces escribiría. ¡Qué! todos -los meses sacaría dos ó tres comedias. Como es tan hábil...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque es muy hábil, -eh?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Toma! Poquito le quiere el -segundo barba; y si en él consistiera, ya se hubieran echado las -cuatro ó cinco comedias que tiene escritas; pero no han querido los -otros; y ya se ve, como ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha -gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo, como ellos saben lo que -es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es verdad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ya.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pero deje usted, que aunque es la -primera que le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque es la primera?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—La primera. ¡Si es mozo todavía! -Yo me acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente -ahí, en esa lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como -después se hizo paje, y el amo se le murió á lo mejor, y él se había -casado de secreto con la doncella, y tenían ya dos criaturas, y -después le han nacido otras dos ó tres; viéndose él así, sin oficio -ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y se ha hecho -poeta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Y ha hecho muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Pues ya se ve! lo que él dice: -si me sopla la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener -aquellos angelitos, y así ir trampeando hasta que Dios quiera abrir -camino.</p> - - -<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_66">p. -66</span>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Café.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Pedro se sienta junto á una mesa distante -de don Antonio: Pipí le servirá el café.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Al instante.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No me ha visto.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¿Con leche?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No... Basta.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¿Quién es este?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Al retirarse después de haber servido el café á -don Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Este es don Pedro de -Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero -de un carácter tan ingenuo, tan serio, y tan duro, que le hace -intratable á cuántos no son sus amigos.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Le veo venir aquí algunas veces, -pero nunca habla, siempre está de mal humor.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON -ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Pero, hombre, dejarnos -así!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Bajando la escalera, salen por la puerta del -foro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Si se lo he dicho á usted -ya. La tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á -silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Mañana? ¿Conque mañana se -ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y aun esta tarde pudieran -cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos -de<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> introducción, -diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas -coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la -niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro -equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la -tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se -sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un -par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡El diantre es usted, -hombre! todo se lo halla hecho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Voy, voy á ver si la -concluyo; falta muy poco. Súbase usted.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Eleuterio se sienta junto á una mesa -inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y -escribe.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Voy allá; pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, sí, váyase usted; y -si quieren más licor, que lo suba el mozo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Sí, siempre será bueno que -lleven un par de frasquillos más. Pipí.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Señor!</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Palabra.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á -irse por la puerta del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, -y se va por la misma parte.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cómo va, amigo don -Pedro?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Antonio se sienta cerca de don Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Oh, señor don Antonio! No -había reparado en usted. Va bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Usted á estas horas por -aquí? Se me hace extraño.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—En efecto lo es; pero he -comido ahí cerca. Á fin de mesa se armó una disputa entre dos -literatos que apenas saben leer; dijeron mil despropósitos, me -fastidié, y me vine.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues; con ese genio tan -raro que usted<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> tiene, -se ve precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No por cierto. Yo soy el -primero en los espectáculos, en los paseos, en las diversiones -públicas; alterno los placeres con el estudio; tengo pocos, pero -buenos amigos y á ellos debo los más felices instantes de mi vida. -Si en las concurrencias particulares soy raro algunas veces, siento -serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no quiero mentir, ni puedo -disimular; y creo que el decir la verdad francamente es la prenda más -digna de un hombre de bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí; pero cuando la verdad -es dura á quien ha de oirla, ¿qué hace usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Callo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y si el silencio de usted -le hace sospechoso?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Me voy.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No siempre puede uno dejar -el puesto, y entonces...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Entonces digo la verdad.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Aquí mismo he oído hablar -muchas veces de usted. Todos aprecian su talento, su instrucción y su -probidad, pero no dejan de extrañar la aspereza de su carácter.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y por qué? Porque no vengo -á predicar al café; porque no vierto por la noche lo que leí por -la mañana; porque no disputo, ni ostento erudición ridícula, como -tres, ó cuatro, ó diez pedantes que vienen aquí á perder el día, y -á excitar la admiración de los tontos y la risa de los hombres de -juicio. ¿Por eso me llaman áspero y extravagante? Poco me importa. -Yo me hallo bien con la opinión que he seguido hasta aquí, de que en -un café jamás debe hablar en público el que sea prudente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ¿qué debe hacer?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Tomar café.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Viva! Pero hablando de -otra cosa, ¿qué plan tiene usted para esta tarde?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span><span -class="smcap">D. Pedro.</span>—Á la comedia.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Supongo que irá usted á -ver la pieza nueva?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Qué ¿han mudado? Ya no -voy.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero, ¿por qué? Vea usted -sus rarezas.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, -copas y frasquillos, que dejará sobre el mostrador.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y usted me pregunta por qué? -¿Hay más que ver la lista de las comedias nuevas que se representan -cada año, para inferir los motivos que tendré de no ver la de esta -tarde?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Hola! Parece que hablan -de mi función.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Escuchando la conversación de don Antonio y don -Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—De suerte, que ó es buena, -ó es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario -está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Tal vez me han dado impulsos -de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera -podido. Á mí me irrita lo que á usted le divierte. (<i>Guarda don -Eleuterio papel y tintero; se levanta, y se va acercando poco á -poco, hasta ponerse en medio de los dos.</i>) Yo no sé; usted tiene -talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de -literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces. -Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito, -no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; -y con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al -mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá -que se divierte; pero, amigo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí, señor, que me divierto. -Y por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí -desengaños amargos á ciertos hombres cuya felicidad estriba en su -propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible persuadirles?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, pues... Con permiso -de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; -bien<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> puede usted ir á -verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Es este el autor?</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Antonio se levanta, y después de la -pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio</i>.)</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—El mismo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y de quién es? ¿Se -sabe?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Señor, es de un sujeto -bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la -carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si es esta la primera pieza -que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará -necesariamente, y un gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe -cuánto interesan á una nación los progresos de la literatura, no -dejará sin premio á cualquiera hombre de talento que sobresalga en un -género tan difícil.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Todo eso va bien; pero -lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince -doblones que le darán los cómicos (si la comedia gusta), y muchas -gracias.</p> - -<p><span class="smcap">Don Antonio.</span>—¿Quince? Pues yo creí que -eran veinte y cinco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor; ahora -en tiempo de calor no se da más. Si fuera por el invierno, -entonces...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Calle! ¿Conque en -empezando á helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los -besugos.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces -le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le -contesta ni le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó -siguiéndole; lo cual formará juego de teatro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues mire usted, aun con -ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para -hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía; -pero hay muchas envidias. Unos favorecen á<span class="pagenum" -id="Page_71">p. 71</span> éste, otros á aquél, y es menester una -tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... -¡Ya, ya! Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura -despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las -rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas -alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, -dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae -allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, -y da cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién -ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Es verdad, amigo. Ese -estudiante gallego hará malísima obra á los autores de la corte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Malísima. Ya ve usted -cómo están los comestibles.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Cierto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Lo que cuesta un mal -vestido que uno se haga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—El cuarto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oh! sí, el cuarto. Los -caseros son crueles.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y si hay familia...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No hay duda; si hay familia -es cosa terrible.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya usted á competir con -el otro tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el -gasto hecho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y qué remedio? Ahí no hay -más sino arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas -muy baratas, que se presenten, que aturdan al público, y ver si se -puede dar con el gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es -excelente, y para mí tengo que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿La ha leído usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No por cierto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿La han impreso?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor. ¿Pues no se -había de imprimir?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Mal hecho. Mientras no sufra -el examen del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo, -es demasiada confianza en un autor novel.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué! No, señor. Si le digo -á usted que es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Se vende en los puestos -del <i>Diario</i>, en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de -Gil, en la de Zurita, y en el puesto de los cobradores á la entrada -del coliseo. Se vende también en la tienda de vinos de la calle del -Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en la jabonería de la -calle del Lobo, en la...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Se acabará esta tarde esa -relación?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Como el señor -preguntaba...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero no preguntaba tanto. ¡Si -no hay paciencia!</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues la he de comprar, no -tiene remedio.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Si yo tuviera dos reales. ¡Voto -va!</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Véala usted aquí.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Saca una comedia impresa, y se la da á don -Antonio.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Oiga! es esta. Á ver. Y -ha puesto su nombre. Bien, así me gusta; con eso la posteridad no -se andará dando de calabazadas por averiguar la gracia del autor. -(<i>Lee don Antonio.</i>) <span class="smcap">Por don Eleuterio Crispín -de Andorra...</span> «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia -y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y -magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y -dice el emperador:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">Ya sabéis, vasallos míos,</p> -<p class="i0">que habrá dos meses y medio</p> -<p class="i0">que el turco puso á Viena</p> -<p class="i0">con sus tropas el asedio,</p> -<p class="i0">y que para resistirle</p> -<p class="i0"><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>unimos nuestros denuedos,</p> -<p class="i0">dando nuestros nobles bríos,</p> -<p class="i0">en repetidos encuentros,</p> -<p class="i0">las pruebas más relevantes</p> -<p class="i0">de nuestros invictos pechos.»</p> -</div></div> - -<p>¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">«Bien conozco que la falta</p> -<p class="i0">del necesario alimento</p> -<p class="i0">ha sido tal, que rendidos</p> -<p class="i0">de la hambre á los esfuerzos,</p> -<p class="i0">hemos comido ratones,</p> -<p class="i0">sapos y sucios insectos.»</p> -</div></div> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué tal? ¿No le parece á -usted bien?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Hablando á don Pedro</i>.)</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Eh! á mí, qué...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Me alegro que le guste -á usted. Pero no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del -segundo acto. Búsquele usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la -dama se cae muerta de hambre.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Muerta?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, muerta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué situación tan cómica! -Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Contra el visir, que la -tuvo seis días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El -visir sería un bruto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Hombre arrebatado, ¿eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Lascivo como un mico, feote -de cara; ¿es verdad?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span><span -class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cierto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Alto, moreno, un poco -bizco, grandes bigotes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, sí. Lo mismo -me le he figurado yo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Enorme animal! Pues no, la -dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, -don Pedro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No, por Dios; no lo lea -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Es que es uno de los -pedazos más terribles de la comedia.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Con todo eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Lleno de fuego.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Ya.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Buena versificación.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No importa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Que alborotará en el -teatro, si la dama lo esfuerza.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Hombre, si he dicho ya -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero á lo menos, el final -del acto segundo es menester oirle.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don -Eleuterio.</i>)</p> - -<div class="versos"> - -<p class="rol"><i>Emperador.</i></p> - -<p class="i0">Y en tanto que mis recelos...</p> - -<p class="rol"><i>Visir.</i></p> - -<p class="i0">Y mientras mis esperanzas...</p> - -<p class="rol"><i>Senescal.</i></p> - -<p class="i0">Y hasta que mis enemigos...</p> - -<p class="rol"><i>Emperador.</i></p> - -<p class="i0">Averiguo.</p> - -<p class="rol"><i>Visir.</i></p> - -<p class="i8">Logre.</p> - -<p class="rol"><i>Senescal.</i></p> - -<p class="i14">Caigan.</p> - -<p class="rol"><i>Emperador.</i></p> - -<p class="i0">Rencores, dadme favor.</p> - -<p class="rol"><i>Visir.</i></p> - -<p class="i0">No me dejes, tolerancia.</p> - -<p class="rol"><i>Senescal.</i></p> - -<p class="i0">Denuedo, asiste á mi brazo.</p> - -<p class="rol"><i>Todos.</i></p> - -<p class="i0">Para que admire la patria</p> -<p class="i0">el más generoso ardid</p> -<p class="i0">y la más tremenda hazaña.</p> - -</div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span><span -class="smcap">D. Pedro.</span>—Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto -disparate.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se levanta impaciente, en ademán de irse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Disparates los llama -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Pues no?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Antonio observa á don Eleuterio y á don -Pedro y se ríe de entrambos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Vaya, que es también -demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los -hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha -chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra cosa en el teatro todos los -días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á rabiar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y esto se representa en una -nación culta?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Cuenta, que me ha dejado -contento la expresión! ¡Disparates!</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Y esto se imprime, para que -los extranjeros se burlen de nosotros?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Llamar disparates á una -especie de coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé -qué quieren estas gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada -que no se muerda y se censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—No haga usted caso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio</span> (<i>Hablando con Pipí hasta -el fin de la escena</i>).—Yo no hago caso; pero me enfada que hablen -así. Figúrate tú si la conclusión puede ser más natural, ni más -ingeniosa. El emperador está lleno de miedo, por un papel que se ha -encontrado en el suelo sin firma ni sobrescrito, en que se trata -de matarle. El visir está rabiando por gozar de la hermosura de -Margarita, hija del conde de Strambangaum, que es el traidor...</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Calle! ¡Hay traidor también! -¡Cómo me gustan á mi las comedias en que hay traidor!</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues, como digo, el visir -está loco de amores por ella; el senescal, que es hombre de bien si -los hay, no las tiene todas consigo, porque sabe que el conde<span -class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> anda tras de quitarle el -empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de -modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su -asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la -comedia.</i>)</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">Y en tanto que mis recelos...</p> -<p class="i0">y mientras mis esperanzas...</p> -<p class="i0">y hasta que mis...</p> -</div></div> - -<p>¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Sale don Hermógenes por la puerta del foro.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON -ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Buenas tardes, -señores.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Á la orden de usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Felicísimas, amigo don -Hermógenes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Digo, me parece que el -señor don Hermógenes será juez muy abonado (<i>D. Pedro se acerca á la -mesa en que está el</i> Diario; <i>lee para sí, y á veces presta atención -á lo que hablan los demás</i>) para decidir la cuestión que se trata: -todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los -papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus -actos literarios, y sobre todo, la escrupulosidad y el rigor con que -censura las obras agenas. Pues yo quiero que nos diga...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Usted me confunde con -elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á -toda alabanza, por haber llegado en su edad juvenil al pináculo del -saber. Su ingenio de usted, el más ameno de<span class="pagenum" -id="Page_77">p. 77</span> nuestros días, su profunda erudición, su -delicado gusto en el arte rítmica, su...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya, dejemos eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Su docilidad, su -moderación...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien; pero aquí se trata -solamente de saber si...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Estas prendas sí que -merecen admiración y encomio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya, eso sí; pero díganos -usted lisa y llanamente si la comedia que hoy se representa es -disparatada ó no.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿Disparatada? ¿Y quién -ha prorumpido en un aserto tan?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Eso no hace al caso. -Díganos usted lo que le parece y nada más.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí diré; pero antes -de todo conviene saber que el poema dramático admite dos géneros -de fábula. <i>Sunt autem fabulæ, aliæ simplices, aliæ implexæ.</i> Es -doctrina de Aristóteles. Pero lo diré en griego para mayor claridad. -<i>Eisi de ton mython oi men aploi oi de peplegmenoi. Cai gar ai -praxeis...</i></p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Hombre; pero si...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio</span> (<i>Siéntase en una silla, -haciendo esfuerzos para contener la risa</i>).—Yo reviento.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Cai gar ai praxeis on -mimeseis oi...</i></p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Mythoi eisin -yparchousin.</i></p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pero si no es eso lo que -á usted se le pregunta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ya estoy en la cuestión. -Bien que, para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los -críticos entienden por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, -peripecia, agnición, ó anagnórisis, partes necesarias á toda -buena comedia, y que según Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, -Castelvetro y Daniel Heinsio...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien, todo eso es -admirable; pero...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span><span -class="smcap">D. Pedro.</span>—Este hombre es loco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Si consideramos el -origen del teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los -atenienses...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Don Hermógenes, por amor -de Dios, si no...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Véanse los dramas -griegos, y hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eúpolis, -Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates, Epicrates, Menecrates y -Pherecrates...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Si le he dicho á usted -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Y los más celebérrimos -dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron <i>nemine -discrepante</i> en que la prótasis debe preceder á la catástrofe -necesariamente. Es así que la comedia del <i>Cerco de Viena</i>...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Adios, señores.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se -levanta y procura detenerle.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Se va usted, don Pedro?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Pues quién, sino usted, -tendrá frescura para oir eso?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero si el amigo don -Hermógenes nos va á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín -Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ese es mi intento: -probar que es un acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que -la tal comedia contiene irregularidades absurdas; y yo aseguro que -delante de mí ninguno se hubiera atrevido á propalar tal aserción.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pues yo delante de usted la -propalo, y le digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por -ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que -su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un -erudito á la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adios, -señores.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—(<i>Señalando á don -Antonio.</i>) Pues á este<span class="pagenum" id="Page_79">p. -79</span> caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de -ella.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Á ese caballero le ha -parecido muy mal; pero es hombre de buen humor, y gusta de -divertirse. Á mí me lastima en verdad la suerte de estos escritores, -que entontecen al vulgo con obras tan desatinadas y monstruosas, -dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó la presunción. -Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si -ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se -deje de escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que -es la primera obra que publica; que no le engañe el mal ejemplo de -los que deliran á destajo; que siga otra carrera, en que por medio -de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades y asistir á su -familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro español tiene -de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos; -que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes; -y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que -tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste -para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren -escribir.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Bien dice Séneca en su -epístola diez y ocho, que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Séneca dice en todas sus -epístolas, que usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo -aguantar. Adios, señores.</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, -PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿Yo pedantón? -(<i>Encarándose hacia la puerta por donde se fué don Pedro. Don -Eleuterio se pasea inquieto por el teatro.</i>) ¿Yo, que he compuesto -siete pro<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>lusiones -greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Lo que él entenderá de -comedias, cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Él será el pedantón.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Hablar así de una pieza -que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo estoy graduado en -leyes, y soy opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido -ser dómine de Pioz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Nadie pone duda en el -mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, -y no es cosa de acalorarse.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues la comedia ha de -gustar, mal que le pese.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Sí, señor, gustará. Voy -á ver si le alcanzo; y <i>velis nolis</i>, he de hacer que la vea para -castigarle.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Buen pensamiento; sí, -vaya usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En mi vida he visto locos -más locos.</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Llamar detestable á la -comedia! ¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo -oirle!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—<i>Aquila non capit -muscas</i>, don Eleuterio. Quiero decir, que no haga usted caso. Á la -sombra del mérito crece la envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve -usted si yo sé algo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Oh!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Digo, me parece que (sin -vanidad) pocos habrá que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ninguno. Vamos; tan -completo como usted, ninguno.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Que reunan el ingenio á -la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) -he llegado á reunirlos. ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Vaya, de eso no hay que -hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pues bien. Á pesar de -eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. -Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante -de cuarenta ó cincuenta personas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Picardía! Y usted ¿qué -hizo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo que debe hacer un -gran filósofo: callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la -Soledad.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Envidia todo, envidia. -¿Vamos arriba?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Esto lo digo para que -usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame -usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar á usted -á cuenta de los quince doblones de la comedia?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Nada, ni un ochavo. Ya -sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la -reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta -ver si la pieza gusta ó no.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Oh, corvas almas! ¡Y -precisamente en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio, -que cuando...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues ¿qué hay de -nuevo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Ese bruto de mi -casero... El hombre más ignorante que conozco. Por año y medio que le -debo de alquileres me pierde el respeto, me amenaza...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No hay que afligirse. -Mañana ó esotro es regular que me dén el dinero: pagaremos á ese -bribón; y si tiene usted algún pico en la hostería, también se...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí, aún hay un piquillo; -cosa corta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues bien: con la -impresión lo menos ganaré cuatro mil reales.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo menos. Se vende toda -seguramente.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase Pipí por la puerta del foro.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span><span -class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues con ese dinero saldremos de -apuros; se adornará el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún -otro chisme. Se casa usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, -hacendosilla y muy mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. -Yo iré dando las otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las -recibirán los cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se -venden; entre tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. -Vaya, no hay que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á -mañana: una intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es -que el ministro le estima á usted: ¿no es verdad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Tres visitas le hago -cada día.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, apretarle, apretarle. -Subamos arriba, que las mujeres ya estarán...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Diez y siete memoriales -le he entregado la semana última.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y qué dice?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—En uno de ellos puse por -lema aquel celebérrimo dicho del poeta: <i>Pallida mors æquo pulsat -pede pauperum tabernas regumque turres</i>.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y qué dijo cuando leyó -eso de las tabernas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Que bien; que ya está -enterado de mi solicitud.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Pues no le digo á usted! -Vamos, eso está conseguido.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Mucho lo deseo, para que -á este consorcio apetecido acompañe el episodio de tener que comer, -puesto que <i>sine Cerere et Bacho friget Venus</i>. Y entonces, ¡oh! -entonces... Con un buen empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna -otra cosa me queda que apetecer sino que el cielo me conceda numerosa -y masculina sucesión.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vanse por la puerta del foro.</i>)</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span></p> - <h3><big>ACTO II.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON -HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Salen por la puerta del foro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—El trueque de los puñales, -créame usted, es de lo mejor que se ha visto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Y el sueño del -emperador?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Y la oración que hace el -visir á sus ídolos?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pero á mí me parece -que no es regular que el emperador se durmiera, precisamente en la -ocasión más...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Señora, el sueño es -natural en el hombre, y no hay dificultad en que un emperador se -duerma, porque los vapores húmedos que suben al cerebro...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero ¿usted hace caso de -ella? ¡Qué tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué -hora tenemos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Serán... Deje usted. Podrán -ser ahora...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Aquí está mi reloj -(<i>Saca su reloj</i>) que es puntualísimo. Tres y media cabales.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Oh! pues aún tenemos -tiempo. Sentémonos, una vez que no hay gente.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Siéntanse todos menos don Eleuterio.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Qué gente ha de haber? -Si fuera en otro cualquier día... pero hoy todo el mundo va á la -comedia.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Estará lleno, lleno.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span><span -class="smcap">D. Serapio.</span>—Habrá hombre que dará esta tarde dos -medallas por un asiento de luneta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya se ve, comedia nueva, -autor nuevo, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y que ya la habrán leído -muchísimos, y sabrán lo que es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque -fuera el coliseo siete veces más grande.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Hoy los Chorizos se mueren -de frío y de miedo. Ayer noche apostaba yo al marido de la graciosa -seis onzas de oro á que no tienen esta tarde en su corral cien reales -de entrada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Conque la apuesta se -hizo en efecto? ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No llegó el caso, porque -yo no tenía en el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero -¡cómo los hice rabiar! y que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Soy con ustedes; voy aquí -á la librería, y vuelvo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Á qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿No te lo he dicho? Si -encargué que me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para -que...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, es verdad. Vuelve -presto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Al instante. (<i>Vase.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Qué inquietud! ¡Qué ir -y venir! No pára este hombre.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Todo se necesita, hija; -y si no fuera por su buena diligencia, y lo que él ha minado y -revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo -perdido.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y quién sabe lo que -sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; -porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero, ¿por qué la han de -silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues; siempre me está -usted diciendo eso. (<i>Sale Pipí por la puerta del foro con platos, -bote<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>llas, etc. Lo -deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte.</i>) -Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted -qué ganas tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer -un pedazo de pan con quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales -sinrazones.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No el pedazo de pan, -sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que -se verifique el suspirado consorcio.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Suspirado, sí, -suspirado! ¡Quién le creyera á usted!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pues ¿quién ama tan de -veras como yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos -egipcios, ni todos los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor -comparable al mío?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Discreta hipérbole! -Viva, viva. Respóndele, bruto.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué he de responder, -señora, si no le he entendido una palabra?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Me desespera!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues digo bien. ¿Qué sé -yo quién son esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para -decirme: Mariquita, yo estoy deseando que nos casemos; así que su -hermano de usted coja esos cuartos, verá usted cómo todo se dispone; -porque la quiero á usted mucho, y es usted muy guapa muchacha, y -tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas -que dicen los hombres.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, los hombres -ignorantes, que no tienen crianza ni talento, ni saben latín.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Pues, latín! Maldito -sea su latín. Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me -responde en latín; y para decir que se quiere casar conmigo, me cita -tantos autores... Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni -qué les importará á ellos que nosotros nos casemos ó no.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span><span -class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Qué ignorancia! Vaya, don -Hermógenes; lo que le he dicho á usted. Es menester que usted -se dedique á instruirla y descortezarla; porque, la verdad, esa -estupidez me avergüenza. Yo, bien sabe Dios que no he podido más: ya -se ve, ocupada continuamente en ayudar á mi marido en sus obras, en -corregírselas (como usted habrá visto muchas veces), en sugerirle -ideas á fin de que salgan con la debida perfección, no he tenido -tiempo para emprender su enseñanza. Por otra parte, es increíble lo -que aquellas criaturas me molestan. El uno que llora, el otro que -quiere mamar, el otro que rompió la taza, el otro que se cayó de la -silla, me tienen continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil -veces: para las mujeres instruídas es un tormento la fecundidad.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Tormento! ¡Vaya, -hermana, que usted es singular en todas sus cosas! Pues yo, si me -caso, bien sabe Dios que...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Calla, majadera, que vas -á decir un disparate.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo la instruiré en -las ciencias abstractas; la enseñaré la prosodia; haré que copie á -ratos perdidos el <i>Arte magna</i> de Raimundo Lulio, y que me recite -de memoria todos los martes dos ó tres hojas del <i>Diccionario</i> de -Rubiños. Después aprenderá los logaritmos y algo de la estática; -después...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Después me dará un -tabardillo pintado, y me llevará Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! -No, señor, si soy ignorante, buen provecho me haga. Yo sé escribir -y ajustar una cuenta, sé guisar, sé aplanchar, sé coser, sé zurcir, -sé bordar, sé cuidar de una casa: yo cuidaré de la mía, y de mi -marido, y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues, señor, ¿no sé -bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y que -he de aprender la gramática, y que he de hacer coplas! ¿Para qué? -¿para perder el juicio? que permita Dios si no parece casa de locos -la nuestra, desde que mi hermano ha dado en esas manías. Siem<span -class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>pre disputando marido y -mujer sobre si la escena es larga ó corta, siempre contando las -letras por los dedos para saber si los versos están cabales ó no, -si el lance á oscuras ha de ser antes de la batalla ó después del -veneno, y manoseando continuamente <i>Gacetas</i> y <i>Mercurios</i> para -buscar nombres bien estravagantes, que casi todos acaban en <i>of</i> y en -<i>graf</i>, para embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se -barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que -es peor, ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el -domingo pasado, don Serapio?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Yo, señora? ¿Cómo quiere -usted que?...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues lléveme Dios si -todo el banquete no se redujo á libra y media de pepinos, bien -amarillos y bien gordos, que compré á la puerta, y un pedazo de -rosca que sobró del día anterior. Y éramos seis bocas á comer, que -el más desganado se hubiera engullido un cabrito y media hornada sin -levantarse del asiento.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Esta es su canción; -siempre quejándose de que no come y trabaja mucho. Menos cómo yo, -y más trabajo en un rato que me ponga á corregir alguna escena, ó -arreglar la ilusión de una catástrofe, que tú cosiendo y fregando, ú -ocupada en otros ministerios viles y mecánicos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Sí, Mariquita, sí; -en eso tiene razón mi señora doña Agustina. Hay gran diferencia -de un trabajo á otro, y los experimentos cotidianos nos enseñan -que toda mujer que es literata y sabe hacer versos, <i>ipso facto</i> -se halla exonerada de las obligaciones domésticas. Yo lo probé en -una disertación que leí á la academia de los Cinocéfalos. Allí -sostuve que los versos se confeccionan con la glándula pineal, y -los calzoncillos con los tres dedos llamados <i>pollex</i>, <i>index</i> é -<i>infamis</i>, que es decir: que para lo primero se necesita toda la -argucia del ingenio, cuando para lo segundo basta sólo la costumbre -de la mano. Y concluí, á satisfacción de todo mi auditorio, que es -más difícil hacer un soneto que pegar un hombrillo; y que más<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> elogio merece la mujer que -sepa componer décimas y redondillas, que la que sólo es buena para -hacer un pisto con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Aun por eso en mi casa -no se gastan pistos, ni carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se -ve, en comiendo versos no se necesita cocina.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Bien está, sea lo que -usted quiera, ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna -estrechez (<i>angustam pauperiem</i>, que dijo el profano), de hoy en -adelante será otra cosa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y qué dice el profano? -¿que no silbarán esta tarde la comedia?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No, señora, la -aplaudirán.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Durará un mes, y los -cómicos se cansarán de representarla.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—No, pues no decían -eso ayer los que encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted, -hermana? Y aquel más alto, á fe que no se mordía la lengua.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Alto? uno alto, ¿eh? -Ya le conozco. (<i>Se levanta.</i>) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, -que tiene un chirlo en las narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de -guarnicionero, muy apasionado de la otra compañía. ¡Alborotador! -que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la comedia de <i>El -Monstruo más espantable del ponto de Calidonia</i>, que la hizo un -sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué tonterías está -usted ahí diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Sí, uno alto, mala traza, -con una señal que le coge...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Si no es ese.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Mayor gatallón! Y ¡qué -mala vida dió á su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un -perro.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pero si no es ese, -dale. ¿Á qué viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que -no tiene<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> ni capa ni -chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Ya; pero voy al decir. -¡Unas ganas tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde -al patio, que si fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le -dijimos allí en la plazuela de San Juan! Empeñado en que la otra -compañía es la mejor, y que no hay quien la tosa. ¿Y saben ustedes -(<i>vuelve á sentarse</i>) por qué es todo ello? Porque los domingos por -la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y allí se -están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un -poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á -palmotear como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero -no hay remedio: ya estamos prevenidos los apasionados de acá; y á -la primera comedia que echen en el otro corral, zas, sin remisión, á -silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y si ellos nos ganasen -por la mano, y hacen con la de hoy otro tanto?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, te parecerá que tu -hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no -le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales -apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado -la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para -su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va -todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera -cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio, -tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche -usted un poco de alpiste á ese canario. Don Eleuterio, dé usted una -vuelta por la cocina, y vea usted si empieza á espumar aquel puchero. -Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no -hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es preciso que... -Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para -cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Qué<span -class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> silbar!... No, hija, no hay -que temer; á buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Y sobre todo, el -sobresaliente mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y -admiración á la turba más gárrula, más desenfrenada é insipiente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pues ya se ve. Figúrese -usted una comedia heróica como esta, con más de nueve lances que -tiene. Un desafío á caballo por el patio, tres batallas, dos -tempestades, un entierro, una función de máscara, un incendio de -ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un ajusticiado: -figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Toma si gustará!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Aturdirá.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Se despoblará Madrid por ir -á verla.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Y á mí me parece que -unas comedias así debían representarse en la plaza de los toros.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON -SERAPIO, DON HERMÓGENES.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y bien, ¿qué dice el -librero? ¿Se despachan muchas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Hasta ahora...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Deja; me parece que voy á -acertar: habrá vendido... ¿Cuándo se pusieron los carteles?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ayer por la mañana. Tres -ó cuatro hice poner en cada esquina.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Ah! y cuide usted -(<i>Levántase</i>) que les pongan buen engrudo, porque si no...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, que no estoy en todo. -Como que yo mismo le hice con esa mira, y lleva una buena parte de -cola.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—El <i>Diario</i> y la <i>Gaceta</i> -la han anunciado ya: ¿es verdad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—En términos precisos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pues irán vendidos... -quinientos ejemplares.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Qué friolera! Y más de -ochocientos también.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿He acertado?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Es verdad que pasan de -ochocientos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor, no es verdad. -La verdad es que hasta ahora, según me acaban de decir, no se han -despachado más que tres ejemplares; y esto me da malísima espina.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Tres no más? Harto poco -es.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Por vida mía, que es bien -poco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Distingo. Poco, -absolutamente hablando, niego; respectivamente, concedo: porque nada -hay que sea poco ni mucho <i>per se</i>, sino respectivamente. Y así, si -los tres ejemplares vendidos constituyen una cantidad tercia con -relación á nueve, y bajo este respecto los dichos tres ejemplares se -llaman poco, también estos mismos tres ejemplares relativamente á -uno componen una triplicada cantidad, á la cual podemos llamar mucho -por la diferencia que va de uno á tres. De donde concluyo, que no es -poco lo que se ha vendido, y que es falta de ilustración sostener lo -contrario.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Dice bien, muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Qué! ¡Si en poniéndose á -hablar este hombre!...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues, en poniéndose -á hablar probará que lo blanco es verde, y que dos y dos son -veinticinco. Yo no entiendo tal modo de sacar cuentas... Pero al cabo -y al fin, las tres comedias que se han vendido hasta ahora, ¿serán -más que tres?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Es verdad; y en suma, -todo el importe no pasará de seis reales.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span><span -class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Pues, seis reales: cuando -esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo -que si mi boda no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes -se despachen, me llevarán con palma á la sepultura. (<i>Llorando.</i>) -¡Pobrecita de mí!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—No así, hermosa -Mariquita, desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz -derrama.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Perlas? Si yo -supiera llorar perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir -disparates.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA -AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Á la orden de ustedes, -señores.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues ¿cómo tan presto? -¿No dijo usted que iría á ver la comedia?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—En efecto, he ido. Allí -queda don Pedro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Aquel caballero de tan -mal humor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—El mismo. Que quieras -que no, le he acomodado (<i>Sale Pipí por la puerta del foro con -un canastillo de manteles, cubiertos, etc., y le pone sobre el -mostrador.</i>) en el palco de unos amigos. Yo creí tener luneta segura; -¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni cubillos; no hay -asiento en ninguna parte.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Si lo dije.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Es mucha la gente que -hay.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues no, no es cosa de -que usted se quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con -nosotros, y todos nos acomodaremos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Sí, puede usted venir con -toda satisfacción, caballero.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Señora, doy á usted mil -gracias por su<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> -atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se -empezaba la primer tonadilla; conque...</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿La tonadilla?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se levantan todos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡La tonadilla!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Pues cómo han empezado -tan presto?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No, señora; han empezado á -la hora regular.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—No puede ser; si ahora -serán...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo lo diré (<i>Saca el -reloj.</i>): las tres y media en punto.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Hombre! ¡qué tres y -media! Su reloj de usted está siempre en las tres y media.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Á ver... (<i>Toma el reloj -de don Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve.</i>) Si está -parado.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Es verdad. Esto consiste -en que la elasticidad del muelle espiral...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Consiste en que está -parado, y nos ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos, -hermana.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Vamos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Cuidado, que es cosa -particular! ¡Voto va sanes! La casualidad de...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vamos pronto... ¿Y mi -abanico?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Aquí está.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Llegarán ustedes al segundo -acto.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vaya, que este don -Hermógenes...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Quede usted con Dios, -caballero.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Vamos aprisa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Vayan ustedes con Dios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Á bien que cerca -estamos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cierto que ha sido chasco -estarnos así, fiados en...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Fiados en el maldito -reloj de don Hermógenes.</p> - - -<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_94">p. -94</span>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Conque estas dos son la -hermana y la mujer del autor de la comedia?</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Qué paso llevan! Ya se ve, -se fiaron del reloj de don Hermógenes.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Pues yo no sé qué será; pero -desde la ventana de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Serán los del patio, que -estarán sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que -les abriesen las puertas. El calor es muy grande; y por otra parte, -meter cuatro donde no caben más que dos es un despropósito; pero lo -que importa es cobrar á la puerta, y más que revienten dentro.</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Calle! ¿Ya está usted por -acá? Pues, y la comedia ¿en qué estado queda?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Hombre, no me hable usted de -comedia (<i>Se sienta</i>), que no he tenido rato peor muchos meses há.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pues ¿qué ha sido ello? -(<i>Sentándose junto á don Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¡Qué ha de ser! que he tenido -que sufrir (gracias á la recomendación de usted) casi todo el primer -acto, y por añadidura una tonadilla insípida y desvergonzada, como es -costumbre. Hallé la ocasión de escapar, y la aproveché.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span><span -class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Y qué tenemos en cuanto al mérito -de la pieza?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Que cosa peor no se ha visto -en el teatro desde que las musas de guardilla le abastecen... Si -tengo hecho propósito firme de no ir jamás á ver esas tonterías. Á -mí no me divierten; al contrario, me llenan de, de... No, señor, -menos me enfada cualquiera de nuestras comedias antiguas, por malas -que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero aquellos -disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la -estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos -defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y -conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar ó disculpar -cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted nuestros -autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no valen más -Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros cuando -quieren hablar en razón.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—La cosa es tan clara, -señor don Pedro, que no hay nada que oponer á ella; pero, dígame -usted, el pueblo, el pobre pueblo ¿sufre con paciencia ese espantable -comedión?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No tanto como el autor -quisiera, porque algunas veces se ha levantado en el patio una -mareta sorda que traía visos de tempestad. En fin, se acabó el acto -muy oportunamente; pero no me atreveré á pronosticar el éxito de la -tal pieza, porque aunque el público está ya muy acostumbrado á oir -desatinos, tan garrafales como los de hoy jamás se oyeron.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es increíble. Ahí no hay más -que un hacinamiento confuso de especies, una acción informe, lances -inverosímiles, episodios inconexos, caracteres mal expresados ó mal -escogidos; en vez de artificio, embrollo; en vez de situaciones -cómicas, mamarrachadas de linterna mágica. No hay conocimiento -de historia ni de costum<span class="pagenum" id="Page_96">p. -96</span>bres, no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni -versificación, ni gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y -peor que las otras con que nos regalan todos los días.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Y no hay que esperar nada -mejor. Mientras el teatro siga en el abandono en que hoy está, en vez -de ser el espejo de la virtud y el templo del buen gusto, será la -escuela del error y el almacén de las extravagancias.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ¡no es fatalidad que -después de tanto como se ha escrito por los hombres más doctos de la -nación sobre la necesidad de su reforma, se han de ver todavía en -nuestra escena espectáculos tan infelices! ¿Qué pensarán de nuestra -cultura los extranjeros que vean la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán -cuando lean las que se imprimen continuamente?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Digan lo que quieran, amigo -don Pedro, ni usted ni yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir -ó rabiar: no hay otra alternativa... Pues yo más quiero reir que -impacientarme.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Yo no, porque no tengo -serenidad para eso. Los progresos de la literatura, señor don -Antonio, interesan mucho al poder, á la gloria y á la conservación -de los imperios; el teatro influye inmediatamente en la cultura -nacional; el nuestro está perdido, y yo soy muy español.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Con todo, cuando se ve -que... Pero ¿qué novedad es esta?</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON -ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Pipí, muchacho; corriendo, -por Dios, un poco de agua.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span><span -class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Qué ha sucedido?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se levantan don Antonio y don Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No te pares en -enjuagatorios. Aprisa.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Voy, voy allá.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Despáchate.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Por vida del hombre! (<i>Pipí va -detrás de don Serapio con un vaso de agua. Don Hermógenes, que sale -apresurado, tropieza con él y deja caer el vaso y el plato.</i>) ¿Por -qué no mira usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¿No hay alguno de -ustedes que tenga por ahí un poco de agua de melisa, elixir, -extracto, aroma, álcali volátil, éter vitriólico, ó cualquiera quinta -esencia antiespasmódica, para entonar el sistema nervioso de una dama -exánime?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Yo no, no traigo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ¿qué ha sido? ¿Es -accidente?</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON -HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí; es mucho mejor hacer -lo que dice don Serapio.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por -don Eleuterio y don Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro -vaso de agua, y ella bebe un poco.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Pues ya se ve. Anda, Pipí; -en tu cama podrá descansar esta señora...</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡Qué! si está en un camaranchón, -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No importa.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—¡La cama! La cama es un jergón de -arpillera y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¿Qué quiere decir eso?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span><span -class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No importa nada. Allí estará un -rato, y veremos si es cosa de llamar á un sangrador.</p> - -<p><span class="smcap">Pipí.</span>—Yo bien, si ustedes...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—No, no es menester.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Se siente usted mejor, -hermana?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Te vas aliviando?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Alguna cosa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—¡Ya se ve! El lance no era -para menos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Pero ¿se podrá saber qué -especie de insulto ha sido éste?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Qué ha de ser, señor, -qué ha de ser! Que hay gente envidiosa y mal intencionada, que... -¡Vaya! No me hable usted de eso; porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han -visto ellos comedia mejor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No acabo de comprender.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Señor, la cosa es -bien sencilla. El señor es hermano mío, marido de esta señora, y -autor de esa maldita comedia que han echado hoy. Hemos ido á verla; -cuando llegamos estaban ya en el segundo acto. Allí había una -tempestad, y luégo un consejo de guerra, y luégo un baile, y después -un entierro... En fin, ello es que al cabo de esta tremolina salía -la dama con un chiquillo de la mano, y ella y el chico rabiaban de -hambre; el muchacho decía: Madre, déme usted pan; y la madre invocaba -á Demogorgón y al Cancerbero. Al llegar nosotros se empezaba este -lance de madre é hijo... El patio estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué -toser! ¡qué estornudos! ¡qué bostezar! ¡qué ruido confuso por todas -partes!... Pues señor, como digo, salió la dama, y apenas hubo dicho -que no había comido en seis días, y apenas el chico empezó á pedirla -pan, y ella á decirle que no le tenía, cuando para servir á ustedes, -la gente (que á la cuenta estaba ya hostigada de la tempestad, del -consejo de guerra, del baile y del entierro) comenzó de nuevo á -alborotarse. El ruido se aumenta; suenan bramidos por un lado y -otro, y empieza tal descarga de palmadas huecas, y tal golpeo en los -ban<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>cos y barandillas, -que no parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron -el telón; abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi -hermana se la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está -mejor, que es lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en -un instante, entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, -todo ha sido á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á -parar tantos proyectos! Bien decía yo que era imposible que... -(<i>Siéntase junto á doña Agustina.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Y que no ha de haber -justicia para esto! Don Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien -sabe lo que es la pieza; informe usted á estos señores... Tome usted. -(<i>Saca la comedia, y se la da á don Hermógenes.</i>) Léales usted todo -el segundo acto, y que me digan si una mujer que no ha comido en -seis días tiene razón de morirse, y si es mal parecido que un chico -de cuatro años pida pan á su madre. Lea usted, lea usted, y que me -digan si hay conciencia ni ley de Dios para haberme asesinado de esta -manera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Yo, por ahora, amigo don -Eleuterio, no puedo encargarme de la lectura del drama. (<i>Deja la -comedia sobre una mesa. Pipí la toma, se sienta en un silla distante, -y lee con particular atención y complacencia.</i>) Estoy de priesa. Nos -veremos otro día, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Se va usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Nos deja usted así?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Si en algo pudiera -contribuir con mi presencia al alivio de ustedes, no me movería de -aquí; pero...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—No se vaya usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Me es muy doloroso -asistir á tan acerbo espectáculo. Tengo que hacer. En cuánto á la -comedia, nada hay que decir: murió, y es imposible que resucite; bien -que ahora estoy escribiendo una apología del teatro, y la citaré -con elogio. Diré que hay otras peores; diré que si no guarda reglas -ni conexión, consiste en<span class="pagenum" id="Page_100">p. -100</span> que el autor era un grande hombre; callaré sus -defectos...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué defectos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Algunos que tiene.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pues no decía usted eso poco -tiempo há.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Fué para animarle.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Y para engañarle y perderle. -Si usted conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en -vez de aconsejarle que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba -usted el ingenio del autor, y le persuadía que era excelente una obra -tan ridícula y despreciable?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Porque el señor -carece de criterio y sindéresis para comprender la solidez de mis -raciocinios, si por ellos intentara persuadirle que la comedia es -mala.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿Conque es mala?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Malísima.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Usted se chancea, don -Hermógenes; no puede ser otra cosa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No, señora, no se chancea: en -eso dice la verdad. La comedia es detestable.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Poco á poco con eso, -caballero; que una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta, y -otra que usted nos lo venga á repetir de ese modo. Usted será de los -eruditos que de todo blasfeman, y nada les parece bien sino lo que -ellos hacen; pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si usted es marido de esa (<i>Á -don Eleuterio</i>) señora, hágala usted callar; porque aunque no pueda -ofenderme cuánto diga, es cosa ridícula que se meta á hablar de lo -que no entiende.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡No entiendo! ¿Quién le -ha dicho á usted que?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Por Dios, Agustina, no -te desazones. Ya ves (<i>Se levanta colérica, y don Eleuterio la hace -sentar</i>) cómo estás... ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (<i>Á don -Hermógenes</i>), no sé qué pensar de usted.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span><span -class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Pienso usted lo que quiera. Yo -pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de -usted, y aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise -anticiparle una pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate -Lampillas...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Digan lo que quieran. -Lo que yo digo es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me -aconsejaba con usted; si usted ha visto la obra lance por lance y -verso por verso; si usted me ha exhortado á concluir las otras que -tengo manuscritas; si usted me ha llenado de elogios y de esperanzas; -si me ha hecho usted creer que yo era un grande hombre, ¿cómo me dice -usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para exponerme á los -silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Usted es pacato y -pusilánime en demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo? -¿No ve usted esos autores que componen para el teatro, con cuánta -imperturbabilidad toleran los vaivenes de la fortuna? Escriben, -los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos, y vuelven -á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son -arrullos y las maldiciones alabanzas!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿Y qué quiere usted -(<i>Levántase</i>) decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más. -¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—Lo que quiero decir es -que estoy de prisa y me voy.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Vaya usted con Dios, y -haga usted cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (<i>Se -levanta muy enojada encaminándose hacia don Hermógenes, que se va -retirando de ella</i>) no me tiro á él... Váyase usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Gente ignorante!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Váyase usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Picarón!</p> - -<p><span class="smcap">D. Hermógenes.</span>—¡Canalla infeliz!</p> - - -<h4 title="ESCENA VIII."><span class="pagenum" id="Page_102">p. -102</span>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON -PEDRO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Ingrato, embustero! -Después (<i>Se sienta con señales de abatimiento</i>) de lo que hemos -hecho por él.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Ya ve usted, hermana, -lo que ha venido á resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón... -Mire usted qué hombre; después de haberme traído en palabras tanto -tiempo, y lo que es peor, haber perdido por él la conveniencia de -casarme con el boticario, que á lo menos es hombre de bien, y no sabe -latín ni se mete en citar autores, como ese bribón... ¡Pobre de mí! -Con diez y seis años que tengo, y todavía estoy sin colocar; por el -maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito -que supiera mucho... Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me -perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi hermano, perderle, y -hartarnos de pesadumbres.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No se desconsuele usted, -señorita, que todo se compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán -proporciones mucho mejores que la que ha perdido.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Es menester que tengas un -poco de paciencia, Mariquita.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—La paciencia (<i>Se levanta -con viveza</i>) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me -sucede.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Pero hombre, ¿que no has -de reflexionar?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Calla, mujer; calla, por -Dios, que tú también...</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—No, señor; el mal ha estado -en que nosotros no lo advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro -al<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> guarnicionero -y á sus camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones -como el que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame -usted á mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de -allá se han unido, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Yo ya estoy en que la -comedia no es tan mala, y que hay muchos partidos; pero lo que á mí -me...</p> - -<p><span class="smcap">Don Pedro.</span>—¿Todavía está usted en esa -equivocación?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Déjele usted. (<i>Ap. á don -Pedro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No quiero dejarle; me da -compasión... Y sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha -sucedido, que todavía esté creyendo el señor que su obra es buena. -¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos tiene usted para acertar? ¿Qué -ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se -ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en todas las -facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y -observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y -laboriosa; y que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca -se formarán grandes profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues -por dónde usted, que carece de tales requisitos, presume que habrá -podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, -á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en -malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que -escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás -que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son -necesarios; pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita -toda la vida de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio -infatigable, observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y -todavía no hay seguridad de llegar á la perfección.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Bien está, señor; -será todo lo que usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me -desespero y me<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> -confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi -tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la -impresión lo que no tenía...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—No, la impresión con el -tiempo se venderá.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No se venderá, no, señor. El -público no compra en la librería las piezas que silba en el teatro. -No se venderá.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues, vea usted: no se -venderá; y pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, -señor, seré lo que ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; -pero soy hombre de bien. Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado -cuánto tenía para pagar sus trampas y sus embrollos; me ha metido en -nuevos gastos, y me deja imposibilitado de cumplir como es regular -con los muchos acreedores que tengo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Pero ahí no hay más que -hacerles una obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo -ó facultad que usted tenga, y arreglándose á una buena economía.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¡Qué empleo ni qué -facultad, señor! si el pobrecito no tiene ninguna.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Ninguna?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—No, señor. Yo estuve en -esa lotería de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero -indiano, pero se murió; lo dejé todo, y me metí á escribir comedias, -porque ese don Hermógenes me engatusó y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Maldito sea él!</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Y si fuera decir estoy -solo, anda con Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas -criaturas...</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Cuántas tiene usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Cuatro, señor; que el -mayorcito no pasa de cinco años.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Hijos tiene? (<i>Ap. con -ternura</i> ¡Qué lástima!)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Pues si no fuera por -eso...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Infeliz!) Yo, amigo, -ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa -pobre familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé -lo que es el corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? -¿escribe usted bien?</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, lo que es así -cosa de cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo... -porque yo, señor, he sido paje... allí, como digo, no había más -mayordomo que yo. Yo era el que gobernaba la casa; como, ya se ve, -estos señores no entienden de eso. Y siempre me porté como todo el -mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Lo creo muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—En cuanto á escribir, -yo aprendí en los Escolapios, y luégo me he soltado bastante, y sé -alguna cosa de ortografía... Aquí tengo... Vea usted... (<i>Saca papel -y se le da á don Pedro.</i>) Ello está escrito algo de prisa, porque -esta es una tonadilla que se había de cantar mañana... ¡Ay Dios -mío!</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Me gusta la letra, me -gusta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Sí, señor, tiene su -introduccioncita, luégo entran las coplillas satíricas con su -estribillo, y concluye con las...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No hablo de eso, hombre, no -hablo de eso. Quiero decir que la forma de la letra es muy buena. La -tonadilla ya se conoce que es prima hermana de la comedia.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es menester que se deje usted -de esas tonterías.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Volviéndole el papel.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Ya lo veo, señor; pero si -me parece que el enemigo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Es menester olvidar -absolutamente esos devaneos; esta es una condición precisa que -exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no acompaño con lágrimas -esté<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>riles las -desgracias de mis semejantes. La mala fortuna á que le han reducido -á usted sus desvaríos necesita, más que consuelos y reflexiones, -socorros efectivos y prontos. Mañana quedarán pagadas por mí todas -las deudas que usted tenga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Señor, ¿qué dice -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—¿De veras, señor? -¡Válgame Dios!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Quiero hacer más. Yo tengo -bastantes haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de -mérito, que entendía en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá -irse instruyendo al lado de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; -y desde luégo puede usted contar con una fortuna proporcionada á sus -necesidades. Esta señora deberá contribuir por su parte á hacer feliz -el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su casa, si -cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa -y madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene -á una mujer de su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha -perdido nada en no casarse con el pedantón de don Hermógenes; porque, -según se ha visto, es un malvado que la hubiera hecho infeliz; y si -usted disimula un poco las ganas que tiene de casarse, no dudo que -hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una palabra, -yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que -dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme -ustedes, soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy -compasivo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—¡Qué bondad!</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren -arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza -cariñosamente.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Qué generoso!</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Esto es ser justo. El que -socorre la pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los -delitos, cumple con su obligación; no hace más.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span><span -class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Yo no sé cómo he de pagar á usted -tantos beneficios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Si usted me los agradece, ya -me los paga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—Perdone usted, señor, las -locuras que he dicho y el mal modo...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Hemos sido muy -imprudentes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—No hablemos de eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¡Ah, don Pedro, qué lección -me ha dado usted esta tarde!</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Usted se burla. Cualquiera -hubiera hecho lo mismo en iguales circunstancias.</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—Su carácter de usted me -confunde.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—¿Eh? los genios serán -diferentes; pero somos muy amigos. ¿No es verdad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Antonio.</span>—¿Quién no querrá ser amigo -de usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Serapio.</span>—Vaya, vaya; yo estoy loco -de contento.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Más lo estoy yo; porque no -hay placer comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja -usted esa comedia (<i>Al ver la comedia que está leyendo Pipí</i>); no se -quede por ahí perdida, y sirva de pasatiempo á la gente burlona que -llegue á verla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Eleuterio.</span>—¡Mal haya la comedia -(<i>Arrebata la comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos</i>), amén, -y mi docilidad y mi tontería! Mañana, así que amanezca, hago una -hoguera con todo cuánto tengo impreso y manuscrito, y no ha de quedar -en mi casa un verso.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Mariquita.</span>—Yo encenderé la -pajuela.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Agustina.</span>—Y yo aventaré las -cenizas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Pedro.</span>—Así debe ser. Usted, amigo, -ha vivido engañado; su amor propio, la necesidad, el ejemplo y la -falta de instrucción le han hecho escribir disparates. El público -le ha dado á usted una lección muy dura, pero muy útil, puesto que -por ella se reconoce y se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan -y corrompen el teatro por el maldito furor de ser autores, ya que -desatinan como usted, le imitaran en desengañarse!</p> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch_2"> - <hr class="chap" /> - <h2 title="EL SÍ DE LAS NIÑAS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>EL SÍ DE LAS NIÑAS</h2> - <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span></p> - <h3>PERSONAS</h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<div class="perssup"> - <ul class="pers lh200"> - <li>DON DIEGO.</li> - <li>DON CARLOS.</li> - <li>DOÑA IRENE.</li> - <li>DOÑA FRANCISCA.</li> - <li>RITA.</li> - <li>SIMÓN.</li> - <li>CALAMOCHA.</li> - </ul> -</div> - -<hr class="sep0" /> - -<p class="centra mt2"><i>La escena es en una posada de Alcalá de -Henares.</i></p> - -<p class="hang mt2">El teatro representa una sala de paso con cuatro -puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más -grande en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. -Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, -etc.</p> - -<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las siete de la tarde, y -acaba á las cinco de la mañana siguiente.</i></p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_111.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <h3><big>ACTO I.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está -sentado en una silla, se levanta.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No han venido todavía?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Despacio la han tomado por -cierto.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Como su tía la quiere -tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á -Guadalajara...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí. Yo no digo que no la -viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba -concluído.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ello también ha sido extraña -determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la -posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo cansa la -mu<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>gre del cuarto, -las sillas desvencijadas, las estampas <i>del hijo pródigo</i>, el ruido -de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros -y patanes, que no permiten un instante de quietud.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ha sido conveniente el -hacerlo así. Aquí me conocen todos, y no he querido que nadie me -vea.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Yo no alcanzo la causa de tanto -retiro. ¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene -hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con -ellas á Madrid?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, hombre, algo más hay de -lo que has visto.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Adelante.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Algo, algo... Ello tú al -cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por -Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me has -servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado á esa -niña del convento y nos la llevamos á Madrid.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues bien... Pero te vuelvo á -encargar que á nadie lo descubras.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está, señor. Jamás he -gustado de chismes.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya lo sé, por eso quiero -fiarme de ti. Yo, la verdad, nunca había visto á la tal doña Paquita; -pero mediante la amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias -de ella; he leído muchas de las cartas que escribía; he visto algunas -de su tía la monja, con quien ha vivido en Guadalajara; en suma, he -tenido cuántos informes pudiera desear acerca de sus inclinaciones y -su conducta. Ya he logrado verla, he procurado observarla en estos -pocos días; y á decir verdad, cuántos elogios hicieron de ella me -parecen escasos.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí por cierto... Es muy linda -y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Es muy linda, muy graciosa, -muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! -Va<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>mos, es de lo que -no se encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento... -Conque, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—No hay que decírmelo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No? ¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Porque ya lo adivino. Y me -parece excelente idea.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Excelente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque al instante has -conocido?...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... -Dígole á usted que me parece muy buena boda; buena, buena.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor... Yo lo he mirado -bien, y lo tengo por cosa muy acertada.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Seguro que sí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero quiero absolutamente que -no se sepa, hasta que esté hecho.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y en eso hace usted bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Porque no todos ven las cosas -de una manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una -locura, y me...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con -una chica como esa, eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya ves tú. Ella es una -pobre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; -he buscado modestia, recogimiento, virtud.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Eso es lo principal... Y sobre -todo, lo que usted tiene, ¿para quién ha de ser?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dices bien... ¿Y sabes tú lo -que es una mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, -economizar, estar en todo?... Siempre lidiando con amas, que si una -es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas -de histérico, viejas, feas como demonios... No, señor, vida nueva. -Tendré quien me asista con amor y fidelidad, y viviremos como unos -santos... Y deja que hablen y murmuren y...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span><span -class="smcap">Simón.</span>—Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué -pueden decir?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, yo ya sé lo que dirán; -pero... Dirán que la boda es desigual, que no hay proporción en la -edad, que...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Vamos que no me parece tan -notable la diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de -siete ú ocho años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses -há.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y bien, ¿qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y yo, aunque gracias á Dios -estoy robusto y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay -quien me los quite.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pero si yo no hablo de eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues de qué hablas?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Decía que... Vamos, ó usted no -acaba de explicarse, ó yo le entiendo al revés... En suma, esta doña -Paquita ¿con quién se casa?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Ahora estamos ahí? -Conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Con usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Medrados quedamos!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?... Vamos, -¿qué?...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y pensaba yo haber -adivinado!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues qué creías? ¿Para quién -juzgaste que la destinaba yo?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Para don Carlos, su sobrino de -usted, mozo de talento, instruído, excelente soldado, amabilísimo por -todas sus circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal -niña.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues no, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues bien está.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mire usted qué idea! ¡Con -el otro la había de ir á casar!... No, señor, que estudie sus -matemáticas.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya las estudia; ó por mejor -decir, ya las enseña.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Que se haga hombre de valor y...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Valor! ¿Todavía pide usted más -valor á un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se -atrevieron á seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo -algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de -sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted entonces del valor de su -sobrino; y yo le ví á usted más de cuatro veces llorar de alegría, -cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y una cruz -de Alcántara.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor, todo es verdad; -pero no viene á cuento. Yo soy el que me caso.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Si está usted bien seguro de -que ella le quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su -elección es libre...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues no ha de serlo?... ¿Y -qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si -es mujer de juicio; esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es -una señora de excelentes prendas; mira tú si doña Irene querrá el -bien de su hija; pues todas ellas me han dado cuantas seguridades -puedo apetecer... La criada que la ha servido en Madrid, y más de -cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre todo -me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota -inclinación á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel -encierro. Bordar, coser, leer libros devotos, oir misa, y correr por -la huerta detrás de las mariposas, y echar agua en los agujeros de -las hormigas, estas han sido su ocupación y sus diversiones... ¿Qué -dices?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Yo nada, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y no pienses tú que, á pesar -de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan -para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se explique -conmigo en absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que -aquella doña Irene siempre la interrumpe, todo se lo habla... Y es -muy buena mujer, buena...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span><span -class="smcap">Simón.</span>—En fin, señor, yo desearé que salga como -usted apetece.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, yo espero en Dios que -no ha de salir mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y -qué fuera de tiempo me recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo -enfadado que estoy con él?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Pues qué ha hecho?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Una de las suyas... Y hasta -pocos días há no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos -meses en Madrid... Y me costó mucho dinero la tal visita... En fin, -es mi sobrino, bien dado está; pero voy al asunto. Llegó el caso de -irse á Zaragoza á su regimiento... Ya te acuerdas de que á muy pocos -días de haber salido de Madrid recibí la noticia de su llegada.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y que siguió escribiéndome, -aunque algo perezoso, siempre con la data de Zaragoza.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Así es la verdad.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues el pícaro no estaba allí -cuando me escribía las tales cartas.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señor. El día 3 de julio -salió de mi casa, y á fines de setiembre aún no había llegado á sus -pabellones... ¿No te parece que para ir por la posta hizo muy buena -diligencia?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tal vez se pondría malo en el -camino, y por no darle á usted pesadumbre...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Nada de eso. Amores del señor -oficial, y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades -puede que... ¿Quién sabe? Si encuentra un par de ojos negros, ya es -hombre perdido... ¡No permita Dios que me le engañe alguna bribona de -estas que truecan el honor por el matrimonio!</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh! no hay que temer... Y si -tropieza con alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para -que le engañe.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Me parece que están ahí... Sí. Busca -al mayoral, y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que -deberemos salir mañana.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya te he dicho que no quiero -que esto se trasluzca, ni... ¿Estamos?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—No haya miedo que á nadie lo -cuente.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Simón se va por la puerta del foro. Salen por -la misma las tres mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un -pañuelo atado sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya estamos acá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, qué escalera!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien venidas, señoras.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque usted, á lo que -parece, no ha salido?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se sientan doña Irene y don Diego.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, señora. Luégo más tarde -daré una vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de dormir, -pero en esta posada no se duerme.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad que no... ¡Y -qué mosquitos! Mala peste en ellos. Anoche no me dejaron parar... -Pero mire usted, mire usted (<i>Desata el pañuelo y manifiesta algunas -cosas de las que indica el diálogo</i>), cuántas cosillas traigo. -Rosarios de nácar, cruces de ciprés, la regla de San Benito, una -pililla de cristal... mire usted qué bonita, y dos corazones de -talco... ¡Qué sé yo cuánto viene aquí!... ¡Ay, y una campanilla de -barro bendito para los truenos!... ¡Tantas cosas!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Chucherías que la han dado -las madres. Locas estaban con ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span><span -class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Cómo me quieren todas! ¡y mi -tía, mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ha sentido mucho no conocer -á usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, es verdad. Decía, -¿por qué no ha venido aquel señor?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—El padre capellán y el -rector de los Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Toma (<i>Vuelve á atar el -pañuelo y se le da á Rita, la cual se va con él y con las mantillas -al cuarto de doña Irene</i>), guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. -Mira, llévalo así de las puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto -la santa Gertrudis de alcorza!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No importa; yo me la comeré.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Nos vamos adentro, -mamá, ó nos quedamos aquí?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ahora, niña, que quiero -descansar un rato.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Hoy se ha dejado sentir el -calor en forma.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Y qué fresco tienen aquel -locutorio! Está hecho un cielo... (<i>Siéntase doña Francisca junto á -doña Irene</i>). Mi hermana es la que sigue siempre bastante delicadita. -Ha padecido mucho este invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse -con su sobrina la buena señora. Está muy contenta de nuestra -elección.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo celebro que sea tan -á gusto de aquellas personas á quienes debe usted particulares -obligaciones.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, Trinidad está muy -contenta; y en cuanto á Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha -costado mucho despegarse de ella; pero ha conocido que siendo para su -bienestar, es necesario pasar por todo... Ya se acuerda usted de lo -expresiva que estuvo, y...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Es verdad. Sólo falta que la parte -interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la -quieren bien.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es hija obediente, y no se -apartará jamás de lo que determine su madre.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Todo eso es cierto, -pero...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es de buena sangre, y ha de -pensar bien, y ha de proceder con el honor que la corresponde.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, ya estoy; ¿pero no -pudiera sin faltar á su honor ni á su sangre?...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me voy, mamá? (<i>Se -levanta y vuelve á sentarse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No pudiera, no, señor. -Una niña bien educada, hija de buenos padres, no puede menos de -conducirse en todas ocasiones como es conveniente y debido. Un vivo -retrato es la chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que Dios -perdone, doña Jerónima de Peralta... En casa tengo el cuadro, que -le habrá usted visto. Y le hicieron, según me contaba su merced, -para enviárselo á su tío carnal el padre fray Serapión de San Juan -Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y murió en el mar el buen -religioso, que fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y -todavía estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo don -Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no puede oir hablar de su -ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Válgate Dios, qué moscas -tan...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues murió en olor de -santidad.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso bueno es.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor; pero como la -familia ha venido tan á menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay -facultades... Bien que por lo que puede tronar, ya se le está -escribiendo la vida; y ¿quién sabe que el día de mañana no se imprima -con el favor de Dios?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, pues ya se ve. Todo se -imprime.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span><span -class="smcap">D.ª Irene.</span>—Lo cierto es que el autor, que es -sobrino de mi hermano político el canónigo de Castrojeriz, no la deja -de la mano; y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en -folio, que comprenden los nueve años primeros de la vida del santo -obispo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque para cada año un -tomo?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, ese plan se ha -propuesto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y de qué edad murió el -venerable?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—De ochenta y dos años, tres -meses y catorce días.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me voy, mamá?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Anda, vete. ¡Válgate Dios, -qué prisa tienes!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Quiere usted (<i>Se -levanta, y después de hacer una graciosa cortesía á don Diego, da -un beso á doña Irene, y se va al cuarto de ésta</i>) que le haga una -cortesía á la francesa, señor don Diego?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, hija mía. Á ver.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mire usted, así.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Graciosa niña! Viva la -Paquita, viva.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Para usted una cortesía, -y para mi mamá un beso.</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Es muy gitana y muy mona, -mucho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tiene un donaire natural que -arrebata.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué quiere usted? Criada -sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez -al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata -su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una -gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en -favorecerla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Quisiera sólo que se explicase -libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Oiría usted lo mismo que le -he dicho ya.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, no lo dudo; pero el saber -que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella -boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción -imponderable.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No tenga usted sobre ese -particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que -á una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal -parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada -como Dios manda, se atreviese á decirle á un hombre: yo le quiero á -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien, si fuese un hombre -á quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese -favor de buenas á primeras, cierto que la doncella haría muy mal; -pero á un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya -pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos modos de -explicarse...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Conmigo usa de más -franqueza. Á cada instante hablamos de usted, y en todo manifiesta -el particular cariño que á usted le tiene... ¿Con qué juicio hablaba -ayer noche después que usted se fué á recoger? No sé lo que hubiera -dado por que hubiese podido oirla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué? ¿Hablaba de mí?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y qué bien piensa acerca -de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de -cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Calle! ¿Eso decía?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, esto se lo decía yo, y -me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta -años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha -penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, -señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan á -una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho, á una -de diez y siete con otro de<span class="pagenum" id="Page_122">p. -122</span> veintidós: ella niña sin juicio ni experiencia, y él niño -también sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es mundo. -Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?, -¿quién ha de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir -á los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos -suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cierto que es un dolor el ver -rodeados de hijos á muchos que carecen del talento, de la experiencia -y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Lo que sé decirle á usted -es que aún no había cumplido los diez y nueve cuando me casé de -primeras nupcias con mi difunto don Epifanio, que esté en el cielo. -Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle -de más respeto, más caballeroso... y al mismo tiempo más divertido y -decidor. Pues, para servir á usted, ya tenía los cincuenta y seis, -muy largos de talle, cuando se casó conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Buena edad... No era un niño, -pero...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues á eso voy... Ni á mí -podía convenirme en aquel entonces un boquirubio con los cascos á la -jineta... No, señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso -ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, -como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie -de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luégo que nos -casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio, que á los siete -meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y -al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Oiga!... Mire usted si dejó -sucesión el bueno de don Epifanio.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, ¿pues por qué -no?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Lo digo porque luégo saltan -con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fué niño, ó -niña?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span><span -class="smcap">D.ª Irene.</span>—Un niño muy hermoso. Como una plata -era el angelito.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cierto que es consuelo tener, -así, una criatura, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, señor! Dan malos ratos, -pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo lo creo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya se ve que será una -delicia, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Pues no ha de ser!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Un embeleso el verlos -juguetear y reir, y acariciarlos, y merecer sus fiestecillas -inocentes.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Hijos de mi vida! Veintidós -he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los -cuales sólo esta niña me ha venido á quedar; pero le aseguro á usted -que...</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">Simón</span> (<i>Sale por la puerta del -foro</i>).—Señor, el mayoral está esperando.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dile que voy allá... ¡Ah! -Tráeme primero el sombrero y el bastón, quisiera dar una vuelta por -el campo. (<i>Entra Simón al cuarto de don Diego, saca un sombrero y -un bastón, se los da á su amo, y al fin de la escena se va con él -por la puerta del foro.</i>) ¿Conque, supongo que mañana tempranito -saldremos?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No hay dificultad. Á la hora -que á usted le parezca.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Á eso de las seis. ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—El sol nos da de espaldas... -Le diré que venga una media hora antes.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, que hay mil chismes que -acomodar.</p> - - -<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_124">p. -124</span>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, RITA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Válgame Dios! ahora que me -acuerdo... ¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señora.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del -brazo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué has hecho del tordo? -¿Le diste de comer?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora. Más ha comido que un -avestruz. Ahí le puse en la ventana del pasillo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Hiciste las camas?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—La de usted ya está. Voy á hacer -esotras antes que anochezca, porque si no, como no hay más alumbrado -que el del candil y no tiene garabato, me veo perdida.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y aquella chica ¿qué -hace?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Está desmenuzando un bizcocho, -para dar de cenar á don Periquito.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Qué pereza tengo de -escribir! (<i>Se levanta y se entra en su cuarto.</i>) Pero es preciso, -que estará con mucho cuidado la pobre Circuncisión.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué chapucerías! No há dos -horas, como quien dice, que salimos de allá, y ya empiezan á ir -y venir correos. ¡Qué poco me gustan á mí las mujeres gazmoñas y -zalameras!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Éntrase en el cuarto de doña Francisca.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">CALAMOCHA.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Sale por la puerta del foro con unas maletas, -látigo y botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Conque ha de ser el número -tres? Vaya en gracia... Ya,<span class="pagenum" id="Page_125">p. -125</span> ya conozco el tal número tres. Colección de bichos más -abundante, no la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me -da de entrar... ¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son -agujetas... Paciencia, pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á -que los caballitos dijeron: no podemos más, que si no, por esta -vez no veía yo el número tres, ni las plagas de Faraón que tiene -dentro... En fin, como los animales amanezcan vivos, no será poco... -Reventados están... (<i>Canta Rita desde adentro, Calamocha se levanta -desperezándose.</i>) ¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal... -Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado estoy!</p> - - -<h4>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">RITA, CALAMOCHA.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Mejor es cerrar, no sea que nos -alivien de ropa, y... (<i>Forcejeando para echar la llave.</i>) Pues -cierto que está bien acondicionada la llave.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Gusta usted de que eche una -mano, mi vida?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Gracias, mi alma.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Calle!... ¡Rita!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Calamocha!</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Qué hallazgo es este?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y tu amo?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Los dos acabamos de -llegar.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—No, que es chanza. Apenas -recibió la carta de doña Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién -habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos -de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas por ese camino. Llegamos -esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos -conque los pájaros<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> -volaron ya. Á caballo otra vez, y vuelta á correr y á sudar y á dar -chasquidos... En suma, molidos los rocines, y nosotros á medio moler, -hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha -ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que -cenar... Esta es la historia.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Conque le tenemos aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Y enamorado más que nunca, -celoso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le -disputen la posesión de su Currita idolatrada.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Qué dices?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Ni más ni menos.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué gusto me das!... Ahora sí se -conoce que la tiene amor.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Amor?... ¡Friolera! El -moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un -chiquillo de la doctrina.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ay, cuando la señorita lo -sepa!</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Pero acabemos. ¿Cómo te -hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuándo llegaste? que...</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo te lo diré. La madre de doña -Paquita dió en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía -concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, -y bien quisto; en suma, cabal y perfecto, que no había más que -apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada -incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió -en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la -mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, -qué afligida estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo -tiempo era preciso disimular, para que su tía no sospechara la verdad -del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de -discurrir escapatorias y arbitrios no hallamos otro que el de avisar -á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley -como nos había ponderado, no consentiría que su pobre Paquita<span -class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> pasara á manos de un -desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas -lágrimas y tantos suspiros estrellados en las tapias del corral. -Apenas partió la carta á su destino, cata el coche de colleras y -el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio -que vienen por ella; recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se -atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos -latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detención ha sido para -que la señorita visite á otra tía monja que tiene aquí tan arrugada y -tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado -bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano -saldremos. Por esta casualidad nos...</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Sí. No digas más... Pero... -¿Conque el novio está en la posada?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ese es su cuarto (<i>Señalando el -cuarto de don Diego, el de doña Irene y el de doña Francisca</i>), este -el de la madre, y aquel el nuestro.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y -mío?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No por cierto. Aquí dormiremos -esta noche la señorita y yo; porque ayer metidas las tres en ese -de enfrente, ni cabíamos de pié, ni pudimos dormir un instante, ni -respirar siquiera.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Bien... Adios. (<i>Recoge los -trastos que puso sobre la mesa, en ademán de irse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y adónde?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Yo me entiendo... Pero el -novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera -zambullida que le amenaza?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Un criado viene con él.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Poca cosa!... Mira, dile en -caridad que se disponga, porque está de peligro. Adios.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y volverás presto?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Se supone. Estas cosas -piden diligencia, y aunque apenas puedo moverme, es necesario que -mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda;<span -class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> disponer el entierro de -ese hombre, y... ¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí. De la señorita y mío.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Bribona!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Botarate! Adios.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Adios, aborrecida.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Éntrase con los trastos al cuarto de don -Carlos.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IX.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame -Dios, don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce... (<i>Sale -Calamocha del cuarto de don Carlos, y se va por la puerta del foro.</i>) -¡Oh! por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de -hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué -dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! -¿Pues no sería una lástima que?... Ella es.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span>, <i>saliendo</i>.—¡Ay, -Rita!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Qué es eso? ¿Ha llorado -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no he de llorar? -Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese -hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas -imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan -bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, -inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso -me llaman picarona.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, por Dios, no se aflija -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya, como tú no lo -has oído... Y dice que don Diego se queja de que yo no le digo -nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme -contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme<span -class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> y hablar niñerías... Y -todo por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen -que no me sale del corazón.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se va oscureciendo lentamente el teatro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vaya, vamos, que no hay motivos -todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted -ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de -campo del intendente?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay! ¿cómo puedo -olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á contar?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Quiero decir, que aquel caballero -que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué rodeos!... Don -Félix. ¿Y qué?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Que nos fué acompañando hasta la -ciudad...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y bien... Y luégo -volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de -ti.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Por qué, señora?... ¿Á quién -dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. -Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con -usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la -maldijo no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á -decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan -presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos -leído á hurtadillas en las novelas no equivale á lo que hemos visto -en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían -entre once y doce de la noche? ¿de aquella sonora punteada con tanta -delicadeza y expresión?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, Rita! Sí, de todo -me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está -ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Eso no lo puedo yo creer.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es hombre al fin, y -todos ellos...</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Qué bobería! Desengáñese -usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo -que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en -saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, qué<span -class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>jese de su mala suerte, -pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy -picarones; pero no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan -repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la -conversación á oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que -no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una -palabra indecente ni atrevida.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad. Por eso le -quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (<i>Señalando -el pecho</i>). ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé -lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! Es lástima... Cierto. ¡Pobre -Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más... nada más.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No, señora, no ha dicho eso.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué sabes tú?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Bien lo sé. Apenas haya leído -la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á -su amiga... Pero... (<i>Acercándose á la puerta del cuarto de doña -Irene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Adónde vas?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Quiero ver si...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Está escribiendo.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pues ya presto habrá de dejarlo, -que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la -verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué dices? No me -engañes.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Aquel es su cuarto... Calamocha -acaba de hablar conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora... Y le ha ido á -buscar para...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Conque me quiere?... -¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué -fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme... -porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo -le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y -amor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span><span -class="smcap">Rita.</span>—Voy á traer luces. Procuraré detenerme por -allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, -porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la -madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta -contradanza, nos hemos de perder en ella.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Dices bien... Pero -no; él tiene resolución y talento, y sabrá determinar lo más -conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?... Mira que así que llegue le -quiero ver.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No hay que dar cuidado. Yo le -traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, bien.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pues entonces no hay más que -salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la -hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que -murió en el mar... Además, que si está allí don Diego...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien, anda; y así que -llegue...</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Al instante.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Que no se te olvide -toser.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No haya miedo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Si vieras qué consolada -estoy!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sin que usted lo jure, lo -creo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Te acuerdas, cuando -me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría -peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por -mí?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, bien me acuerdo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ah!... Pues mira cómo -me dijo la verdad.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene; -Rita, por la puerta del foro.</i>)</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span></p> - <h3><big>ACTO II.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Teatro oscuro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nadie parece aún... -(<i>Acércase á la puerta del foro, y vuelve.</i>) ¡Qué impaciencia -tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que sólo pienso en -jugar y reir, y que no sé lo que es amor... Sí, diez y siete años y -no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las -lágrimas que cuesta.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sola y á oscuras me habéis -dejado allí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Como estaba usted -acabando su carta, mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que -está mucho más fresco.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero aquella muchacha, ¿qué -hace, que no trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y -yo que tengo un genio como una pólvora... (<i>Siéntase.</i>) Sea todo por -Dios... ¿Y don Diego no ha venido?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Me parece que no.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues cuenta, niña, con lo -que te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos -veces. Este caballero está sentido, y con muchísima razón...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span><span -class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien; sí, señora, ya lo sé. No me -riña usted más.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No es esto reñirte, hija -mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento -para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... -Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu -pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... -Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno (Dios le haya coronado -de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de -píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como -el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones -de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta -fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo, nada, mamá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues, nunca dices nada. -¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que -decir.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">RITA (<i>Sale por la puerta del foro con luces y las -pone encima de la mesa.</i>), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Vaya, mujer, yo pensé que en -toda la noche no venías.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señora, he tardado, porque han -tenido que ir á comprar las velas. ¡Como el tufo del velón la hace á -usted tanto daño!...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Seguro que me hace muchísimo -mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo -tuve que quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas -me parece que me va mejor. Mira, deja una<span class="pagenum" -id="Page_134">p. 134</span> luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y -corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Muy bien. (<i>Toma una luz, y hace -que se va.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte, á Rita</i>).—¿No -ha venido?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vendrá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Oyes, aquella carta que -está sobre la mesa dásela al mozo de la posada, para que la lleve al -instante al correo... (<i>Vase Rita al cuarto de doña Irene.</i>) Y tú, -niña, ¿qué has de cenar? Porque será menester recogernos presto para -salir mañana de madrugada.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Como las monjas me -hicieron merendar...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Con todo eso... Siquiera -unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (<i>Sale Rita -con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se -va y vuelve, según lo indica el diálogo.</i>) Mira, has de calentar el -caldo que apartamos al mediodía, y haznos un par de tazas de sopas, y -tráetelas luégo que estén.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Y nada más?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, nada más... ¡Ah! y -házmelas bien caldositas.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, ya lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Rita!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Otra. ¿Qué manda usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Encarga mucho al mozo que -lleve la carta al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero -que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has -de decir á Simón que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el -correo; ¿lo entiendes?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ah! mira.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Otra.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Bien que ahora no corre -prisa... Es menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle -por aquí de modo que no se caiga y se me lastime... (<i>Vase Rita por -la puerta del foro.</i>) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues<span -class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> no se estuvo el animal -toda la noche de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo -sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... pero cuando se -trata de dormir...</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues mucho será que don -Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. -Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen -cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y -generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de -posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... -Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué -despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que -atiendes á lo que estoy diciendo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora, bien lo -oigo; pero no la quería interrumpir á usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Allí estarás, hija mía, como -el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, -porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan -temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras -el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no -responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mamá, no se enfade -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡No es buen empeño de!... -¿Y te parece á ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... -¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de -chorlito? ¡Perdóneme Dios!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pero... Pues ¿qué sabe -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Me quieres engañar á mí, -eh? ¡Ay, hija!<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> He -vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para -que tú me engañes.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte</i>).—¡Perdida -soy!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sin contar con su madre... -como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera -sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del -convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino, -te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! -Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso -en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de -eso, ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero -el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de -sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y -sépalo usted, si no lo sabe.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad, mamá... Pero -yo nunca he pensado abandonarla á usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, que no sé yo...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señora, créame -usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará -disgustos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Mira si es cierto lo que -dices.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora, que yo no sé -mentir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues, hija, ya sabes lo que -te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si -no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>aparte</i>).—¡Pobre de -mí!</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO (<i>sale por la puerta del foro, y deja -sobre la mesa sombrero y bastón</i>), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues ¿cómo tan tarde?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Apenas salí tropecé con el -rector de Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado -bien de<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> chocolate y -bollos no me han querido soltar... (<i>Siéntase junto á doña Irene.</i>) Y -á todo esto, ¿cómo va?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y doña Paquita?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Doña Paquita siempre -acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de -bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á su madre y obedecerla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Qué diantre! ¿Conque tanto -se acuerda de?...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué se admira usted? Son -niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, -así tan...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, poco á poco, eso no. -Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas -y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla -todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más -violentos... (<i>Asiendo de una mano á doña Francisca, la hace sentar -inmediata á él.</i>) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al -convento de buena gana?... La verdad.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero si ella no...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Déjela usted, señora, que -ella responderá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien sabe usted lo que -acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero eso lo dice usted tan -afligida y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Si es natural, señor. ¿No ve -usted que?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calle usted, por Dios, doña -Irene, y no me diga usted á mí lo que es natural. Lo que es natural -es que la chica esté llena de miedo, y no se atreva á decir una -palabra que se oponga á lo que su madre quiere que diga... Pero si -esto hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor, lo que dice -su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me manda la -obedeceré.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mandar, hija mía!... En -estas materias tan<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> -delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, -aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de -evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues -¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, -verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que -no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada -la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se -empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor, -eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos -hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni -mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he -creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á -quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á -la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. -Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas -que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que -no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas -ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más -apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!... -Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo -cuánto yo deseaba.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Y puede usted creer, señor -don Diego, que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Voy á acabar, señora, déjeme -usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán -influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas -costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la -devoción y la virtud; pero si á pesar de todo esto la imaginación -acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho elegir -sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. -Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás. -Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á -usted la tengo<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> no -la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer -una injusticia, y sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso -por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si -siente algún otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor -disimulación en esto nos daría á todos muchísimo que sentir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Puedo hablar ya, señor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ella, ella debe hablar, y sin -apuntador y sin intérprete.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Cuando yo se lo mande.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya puede usted -mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de -casarme, con usted no.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Yo creo, señor don Diego, -que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien -dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le -dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde -que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuántos pasan por -el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía -memorias con el ordinario.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y bien, señora, ¿qué escribió -el padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con -lo que estamos hablando?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que tiene que -ver, sí, señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un -padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me -envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático, -ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice, -un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del -viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de -todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta -venía en latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me -daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está -sucediendo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Pero, señora, si no sucede nada, ni -hay cosa que á usted la deba disgustar.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues ¿no quiere usted que me -disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros -amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... -la mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que -hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid -cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al -lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo, señora, estoy más -tranquilo que usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Respóndele.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo no sé qué decir. Si -ustedes se enfadan.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, hija mía: esto es dar -alguna expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. -Doña Irene sabe lo que yo la estimo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que lo sé, y -estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por -eso mismo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No se hable de -agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo -que doña Paquita esté contenta.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Pues no ha de estarlo? -Responde.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor, que lo -estoy.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y que la mudanza de estado -que se la previene no la cueste el menor sentimiento.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, todo al -contrario... Boda más á gusto de todos no se pudiera imaginar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—En esa inteligencia puedo -asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En -nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de -beneficios he de merecer su estimación y su amistad.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Gracias, señor don -Diego... ¡Á una huérfana, pobre, desvalida como yo!...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero de prendas tan -estimables, que la hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span></p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Ven aquí, ven... Ven aquí, -Paquita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Mamá!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y -se acarician mutuamente.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Ves lo que te quiero?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Y cuánto procuro tu -bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo -falte?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien lo conozco.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Hija de mi vida! ¿Has de -ser buena?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señora.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay, que no sabes tú lo que -te quiere tu madre!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pues qué, ¿no la quiero -yo á usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos, vamos de aquí -(<i>Levántase don Diego, y después doña Irene</i>). No venga alguno, y nos -halle á los tres llorando como tres chiquillos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, dice usted bien.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña -Francisca va detrás; y Rita, que sale por la puerta del foro, la hace -detener.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">RITA, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita... ¡Eh! chit... -señorita...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué quieres?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ya ha venido.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Cómo?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ahora mismo acaba de llegar. -Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la -escalera.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, Dios!... ¿Y qué -debo hacer?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que -importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... -y<span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> juicio. Y mire -usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser -muy larga... Ahí está.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí... Él es.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Voy á cuidar de aquella gente... -Valor, señorita, y resolución. (<i>Se va al cuarto de doña Irene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, no, que yo -también... Pero no lo merece.</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">DON CARLOS (<i>sale por la puerta del foro</i>), DOÑA -FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Paquita!... ¡vida mía!... -Ya estoy aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien venido.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Cómo tan triste?... ¿No -merece mi llegada más alegría?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad; pero acaban -de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, -bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por -mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿En dónde?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ahí, en ese cuarto. -(<i>Señalando al cuarto de doña Irene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Sola!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Estará en compañía del -prometido esposo. (<i>Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y -vuelve.</i>) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nadie más, solos -están... ¿Qué piensa usted hacer?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Si me dejase llevar de -mi pasión y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... -Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo -insultarle porque quiere bien á una mujer tan digna de ser<span -class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> querida... Yo no conozco -á su madre de usted ni... vamos, ahora nada se puede hacer... Su -decoro de usted merece la primera atención.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es mucho el empeño que -tiene en que me case con él.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No importa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Quiere que esta boda se -celebre así que lleguemos á Madrid.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Cuál?... No. Eso no.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Los dos están de -acuerdo, y dicen...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien... Dirán... Pero no -puede ser.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mi madre no me habla -continuamente de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... -Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Y usted ¿qué esperanza le -da?... ¿Ha prometido quererle mucho?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ingrato!... ¿Pues no -sabe usted que?... ¡Ingrato!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, no lo ignoro, Paquita... -Yo he sido el primer amor.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y el último.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Y antes perderé la vida, -que renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... -¿Digo bien? (<i>Asiéndola de las manos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues de quién ha de -ser?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Hermosa! ¡Qué dulce -esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... -Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama -para que la defienda, la libre, la cumpla una obligación mil y mil -veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á -Madrid mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá quien soy... -Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso, -á quien más que tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo -más inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si los -dones de la fortuna tuviesen para usted algún<span class="pagenum" -id="Page_144">p. 144</span> atractivo, esta circunstancia añadiría -felicidades á nuestra unión.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y qué vale para mí toda -la riqueza del mundo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya lo sé. La ambición no -puede agitar á un alma tan inocente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Querer y ser querida... -Ni apetezco más, ni conozco mayor fortuna.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ni hay otra... Pero usted -debe serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción -presente en durables dichas.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y qué se ha de hacer -para que á mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere -tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de -su lado jamás; que siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba -con tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté á -decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted para salir -de estos ahogos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Yo le buscaré... ¿No tiene -usted confianza en mí?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no he de tenerla? -¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? -Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si -usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin -tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa -de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, -y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me -quiere. (<i>Se enternece y llora.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Qué llanto!... ¡Cómo -persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para defenderla á usted -de cuántos quieran oprimirla. Á un amante favorecido ¿quién puede -oponérsele? Nada hay que temer.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Es posible?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada... Amor ha unido -nuestras almas en estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á -dividirlas.</p> - - -<h4 title="ESCENA VIII."><span class="pagenum" id="Page_145">p. -145</span>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, adentro. La mamá -pregunta por usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al -instante... Y usted, señor galán, ya puede también disponer de su -persona.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, que no conviene -anticipar sospechas... Nada tengo que añadir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ni yo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Hasta mañana. Con la luz del -día veremos á este dichoso competidor.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Un caballero muy honrado, muy -rico, muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia, y sus -sesenta años debajo del peluquín.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se va por la puerta del foro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Hasta mañana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Adios, Paquita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Acuéstese usted, y -descanse.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Descansar con celos?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De quién?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Buenas noches... Duerma -usted bien, Paquita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Dormir con amor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Adios, vida mía.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Adios.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Éntrase al cuarto de doña Irene.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IX.</h4> - -<p class="quienes">DON CARLOS (<i>paseándose con inquietud</i>), -CALAMOCHA, RITA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Quitármela! No... Sea -quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente -que se<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> obstine en -verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... -¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito -él sea, que tantos desórdenes origina.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha</span> (<i>saliendo por la puerta -del foro</i>).—Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo -menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, -sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y -condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que pedir. Pan -de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me -parece que sería bueno...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Vamos... ¿Y adónde ha de -ser?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Abajo... Allí he mandado -disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de -herrador.</p> - -<p><span class="smcap">Rita</span> (<i>saliendo por la puerta del -foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta</i>).—¿Quién quiere -sopas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Buen provecho.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Si hay alguna real moza que -guste de cenar cabrito, levante el dedo.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—La real moza se ha comido -ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor -militar.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Éntrase en el cuarto de doña Irene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Agradecida te quiero yo, -niña de mis ojos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Conque, ¿vamos?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¡Ay, ay, ay!... (<i>Calamocha -se encamina á la puerta del foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, -y hablan con reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se -adelanta á saludar á Simón.</i>) ¡Eh! chit, digo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Qué?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿No ve usted lo que viene -por allí?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Es Simón?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—El mismo... Pero ¿quién -diablos le?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Y qué haremos?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Qué sé yo?... Sonsacarle, -mentir y... ¿Me da usted licencia para que<span class="pagenum" -id="Page_147">p. 147</span>?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, miente lo que quieras... -¿Á qué habrá venido este hombre?</p> - - -<h4>ESCENA X.</h4> - -<p class="quienes">SIMÓN (<i>Sale por la puerta del foro.</i>), CALAMOCHA, -D. CARLOS.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Simón, ¿tú por aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Adios, Calamocha. ¿Cómo va?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Lindamente.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Cuánto me alegro de!...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues -qué novedad es esta?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh, que estaba usted ahí, -señorito! ¡Voto á sanes!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Y mi tío?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tan bueno.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Pero se ha quedado en -Madrid, ó?...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Quién me había de decir á -mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de -cada vez más guapo... ¿Conque usted irá á ver al tío, eh?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Tú habrás venido con algún -encargo del amo.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y qué calor traje, y qué polvo -por ese camino! ¡Ya, ya!</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—¿Alguna cobranza tal vez, -eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Puede ser. Como tiene mi tío -ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Y qué buena maula le ha salido -el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay -en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pues... Figúrate tú.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Ó va usted allá?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Adónde?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Á Zaragoza. ¿No está allí el -regimiento?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Pero, hombre, si salimos el -verano pasado<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de -Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué sé yo? Algunos van por -la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un -camino muy malo.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha</span> (<i>aparte separándose de -Simón.</i>)—¡Maldito seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió -papilla!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero aún no me has dicho si -mi tío está en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien, á eso voy... Sí, señor, -voy á decir á usted... Conque... Pues el amo me dijo...</p> - - -<h4>ESCENA XI.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>desde adentro.</i>)—No, no es -menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo -del teatro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Mi tío!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Simón!</p> - -<p class="acotseph">(<i>Sale don Diego del cuarto de doña Irene -encaminándose al suyo; repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón -le alumbra, y vuelve á dejar la luz sobre la mesa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Aquí estoy, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Todo se ha perdido!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos... Pero... ¿quién -es?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Un amigo de usted, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Yo estoy muerto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Cómo un amigo?... ¿Qué? -Acerca esa luz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Tío!</p> - -<p class="acotsep">(<i>En ademán de besarle la mano á don Diego, que le -aparta de sí con enojo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Quítate de ahí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Señor!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué -haces aquí?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Si usted se altera y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué haces aquí?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Mi desgracia me ha -traído.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Siempre dándome que sentir, -siempre! Pero... (<i>Acercándose á don Carlos.</i>) ¿Qué dices? ¿De veras -ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué -estás aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Porque le tiene á usted ley, -y le quiere bien, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Á ti no te pregunto nada... -¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te -asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que -le habrá de costar la vida á tu pobre tío.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, que nunca -olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado -tantas veces.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues, ¿á qué viniste? ¿Es -desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de -esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Si todo ello no es más -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya he dicho que calles... -Ven acá. (<i>Asiendo de una mano á don Carlos, se aparta con él á un -extremo del teatro, y le habla en voz baja.</i>) Dime qué ha sido.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Una ligereza, una falta de -sumisión á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... -Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al -verme.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué otra cosa hay?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada más, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿qué desgracia era -aquella de que me hablaste?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ninguna. La de hallarle -á usted en este paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo -esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas -semanas, y volverme contento de haberle visto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No hay más?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Míralo bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor... Á eso venía. No -hay nada más.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero no me digas tú á mí... -Si es imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha -de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de -ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, -adios, disciplina militar... Vamos... eso no puede ser.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Considere usted, tío, que -estamos en tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio -tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso á la -guarnición... Y en fin, puede usted creer que este viaje supone la -aprobación y la licencia de mis superiores; que yo también miro por -mi estimación, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago -falta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Un oficial siempre hace falta -á sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los -proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien está; pero ya he dicho -los motivos...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Todos estos motivos no valen -nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su -tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de -juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... -Pero (<i>Alza la voz, y se pasea inquieto.</i>) yo tomaré mis medidas para -que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer -ahora es marcharse inmediatamente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Señor, si...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No hay remedio... Y ha de ser -al instante. Usted no ha de dormir aquí.</p> - -<p><span class="smcap">Calamocha.</span>—Es que los caballos no están -ahora para correr... ni pueden moverse.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues con ellos (<i>Á -Calamocha.</i>) y con las maletas al mesón de afuera. Usted (<i>Á don -Carlos.</i>) no ha<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de -dormir aquí... Vamos (<i>Á Calamocha.</i>) tú, buena pieza, menéate. Abajo -con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y -marchar... Ayúdale tú... (<i>Á Simón.</i>) ¿Qué dinero tienes ahí?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Tendré unas cuatro ó seis -onzas.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da -á don Diego.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dámelas acá. Vamos, ¿qué -haces?... (<i>Á Calamocha.</i>) ¿No he dicho que ha de ser al instante? -Volando. Y tú (<i>Á Simón.</i>) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de -allí hasta que se hayan ido.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Los dos criados entran en el cuarto de don -Carlos.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XII.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, DON CARLOS.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tome usted... (<i>Le da el -dinero.</i>) Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo -lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo -por tu bien, y que ha sido un desatino el que acabas de hacer?... -Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño... -Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según -corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues bien: ahora obedece lo -que te mando.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Lo haré sin falta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Al mesón de afuera. (<i>Á los -dos criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos -y se van por la puerta del foro.</i>) Allí puedes dormir, mientras -los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún -pretexto ni entres en la ciudad... cuidado. Y á eso de las tres ó -las cuatro marchar. Mira que he de saber á la hora que sales. ¿Lo -entiendes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mira, que lo has de hacer.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor, haré lo que usted -manda.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien... Adios... Todo te -lo perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á -Zaragoza: no te parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez -pasada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Pues qué hice yo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Si te digo que lo sé, y que -te lo perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. -Vete.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Quede usted con Dios.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Sin besar la mano á su tío, -eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No me atreví.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Besa la mano á don Diego, y se abrazan.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y dame un abrazo, por si no -nos volvemos á ver.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Qué dice usted? No lo -permita Dios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Quién sabe, hijo mío? -¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, ahora no.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mucho es, porque tú siempre -tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo -escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y -mira cómo lo gastas... ¿Juegas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor, en mi vida.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Cuidado con eso... Conque, -buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas -contento?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, señor. Porque usted me -quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No se hable ya de lo -pasado... Adios...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Queda usted enojado -conmigo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, no por cierto... Me -disgusté bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir. -(<i>Poniéndole am<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span>bas -manos sobre los hombros.</i>) Portarse como hombre de bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No lo dude usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Como oficial de honor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Así lo prometo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Adios, Carlos. -(<i>Abrazándose.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>aparte, al irse por la -puerta del foro</i>).—¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!</p> - - -<h4>ESCENA XIII.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Demasiado bien se ha -compuesto... Luégo lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo mismo -escribírselo, que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero -siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á -su cuarto. El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XIV.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una -luz, y la pone encima de la mesa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Mucho silencio hay por aquí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Se habrán recogido ya... -Estarán rendidos.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Precisamente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Un camino tan largo!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Á lo que obliga el amor, -señorita!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, bien puedes decirlo: -amor... Y yo ¿qué no hiciera por él?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Y deje usted, que no ha de ser -este el último<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> -milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don -Diego ¡qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué -señor tan bueno, que cierto da lástima...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pues en eso consiste -todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera -admitido su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia... -Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix ha venido, y ya no temo á -nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la más dichosa de -las mujeres.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ay! ahora que me acuerdo... -Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo -también la cabeza... Voy por él. (<i>Encaminándose al cuarto de doña -Irene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Á qué vas?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—El tordo, que ya se me olvidaba -sacarle de allí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, tráele, no empiece -á rezar como anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y vé con -cuidado, no despierte mamá.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, mire usted el estrépito de -caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra -calle del Lobo, número 7, cuarto segundo, no hay que pensar en -dormir... Y ese maldito portón, que rechina que...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Te puedes llevar la -luz.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No es menester, que ya sé dónde -está.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase al cuarto de doña Irene.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XV.</h4> - -<p class="quienes">SIMÓN (<i>sale por la puerta del foro</i>), DOÑA -FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo pensé que estaban -ustedes acostados.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—El amo ya habrá hecho esa -diligencia, pero yo<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> -todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que -tengo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué gente nueva ha -llegado ahora?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Nadie. Son unos que estaban ahí, -y se han ido.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Los arrieros?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—No, señora. Un oficial y un -criado suyo, que parece que se van á Zaragoza.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Quiénes dice usted que -son?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Un teniente coronel y su -asistente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y estaban aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, señora, ahí en ese -cuarto.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No los he visto.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Parece que llegaron esta tarde -y... Á la cuenta habrán despachado ya la comisión que traían... -Conque se han ido... Buenas noches, señorita.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase al cuarto de don Diego.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XVI.</h4> - -<p class="quienes">RITA, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dios mío de mi alma! -¿Qué es esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada! (<i>Siéntase en -una silla inmediata á la mesa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, yo vengo muerta.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Saca la jaula del tordo y la deja encima de la -mesa; abre la puerta del cuarto de don Carlos, y vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Ay, que es cierto!... -¿Tú lo sabes también?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Deje usted, que todavía no creo -lo que he visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni... -Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto salir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y eran ellos?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora. Los dos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Pero ¿se han ido fuera -de la ciudad?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span><span -class="smcap">Rita.</span>—Si no los he perdido de vista hasta que -salieron por puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y es ese el camino de -Aragón?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ese es.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Indigno!... ¡Hombre -indigno!</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Señorita!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿En qué te ha ofendido -esta infeliz?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo estoy temblando toda... -Pero... Si es incomprensible... Si no alcanzo á descubrir qué motivos -ha podido haber para esta novedad.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pues no le quise más -que á mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No sé qué decir al considerar una -acción tan infame.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Qué has de decir? Que -no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? -¡Para engañarme, para abandonarme así!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Levántase, y Rita la sostiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pensar que su venida fué con -otro designio no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener -celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde, -y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Te cansas en vano... Dí -que es un pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has -dicho.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vamos de aquí, que puede venir -alguien, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, vámonos... Vamos á -llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora, ya lo conozco.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué bien supo -fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan -alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi -vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto -de doña Francisca.</i>)</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span></p> - <h3><big>ACTO III.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero -con vela apagada, y la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el -banco. Sale don Diego de su cuarto acabándose de poner la bata.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí, á lo menos, ya que no -duerma no me derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo -ronca éste!... Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya -poco puede tardar... (<i>Simón despierta, y al oir á don Diego se -incorpora, y se levanta.</i>) ¿Qué es eso? Mira no te caigas, hombre.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Qué ¿estaba usted ahí, señor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, aquí me he salido, porque -allí no se puede parar.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues yo, á Dios gracias, aunque -la cama es algo dura, he dormido como un emperador.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Mala comparación!... Dí -que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni -ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—En efecto, dice usted bien... ¿Y -qué hora será ya?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Poco há que sonó el reloj de -San Justo, y si no conté mal, dió las tres.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Oh! pues ya nuestros caballeros -irán por ese camino adelante echando chispas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, ya es regular que hayan salido... -Me lo prometió, y espero que lo hará.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Pero si usted viera qué -apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ha sido preciso.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya lo conozco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿No ves qué venida tan -intempestiva?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Es verdad... Sin permiso de -usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy -mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que -se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no -pasará adelante, ¿eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡No, qué! No, señor. Una -cosa es que le haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias -nos cogía... Te aseguro que cuando se fué me quedó un ansia en el -corazón. (<i>Suenan á lo lejos tres palmadas, y poco después se oye que -puntean un instrumento.</i>) ¿Qué ha sonado?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—No sé... Gente que pasa por la -calle. Serán labradores.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calla.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Vaya, música tenemos, según -parece.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, como lo hagan bien.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Y quién será el amante infeliz -que se viene á puntear á estas horas en ese callejón tan puerco?... -Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un -pico.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Puede ser.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya empiezan, oigamos... (<i>Tocan -una sonata desde adentro.</i>) Pues dígole á usted que toca muy -lindamente el pícaro del barberillo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No; no hay barbero que sepa -hacer eso, por muy bien que afeite.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Quiere usted que nos asomemos -un poco, á ver?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No, dejarlos... ¡Pobre gente! -¡Quién sabe la importancia que darán ellos á la tal música!... No -gusto yo de incomodar á nadie.</p> - -<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_159">p. -159</span>(<i>Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las -dos se encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un -lado, y observan.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí -á un ladito.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué quieres?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Que han abierto la puerta de esa -alcoba, y huele á faldas que trasciende.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Sí?... Retirémonos.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Con tiento, señorita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Siguiendo la pared ¿no -voy bien?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vuelven á probar el instrumento.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señora... Pero vuelven á -tocar... Silencio.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No te muevas... Deja... -Sepamos primero si es él.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¿Pues no ha de ser?... La seña no -puede mentir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Calla... (<i>Repiten desde -adentro la sonata anterior.</i>) Sí, él es... ¡Dios mío!... (<i>Acércase -Rita á la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la -música.</i>) Vé, responde... Albricias, corazón. Él es.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Ha oído usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Qué querrá decir esto?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Calla.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca</span> (<i>Se asoma á la ventana. -Rita se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las -interrupciones más ó menos largas que deben hacerse.</i>)—Yo soy. -Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acababa de hacer?... -¿Qué fuga es esta?... Rita, (<i>Apartándose de la ventana, y vuelve -después.</i>) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al -instante avísame... ¿Para siem<span class="pagenum" id="Page_160">p. -160</span>pre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo -no acabo de entender... ¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted -tan tímido... (<i>Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana -al teatro. Doña Francisca hace ademán de buscarla, y no hallándola -vuelve á asomarse.</i>) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... -¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene -usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de -usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted -que estará el mío?... No me cabe en el pecho... diga usted.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula -y la deja caer.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Señorita, vamos de aquí... -Presto, que hay gente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Infeliz de mí!... -Guíame.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Vamos... (<i>Al retirarse tropieza -Rita con Simón. Las dos se van apresuradamente al cuarto de doña -Francisca.</i>) ¡Ay!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Muerta voy!</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN.</p> - -<p><span class="smcap">Don Diego.</span>—¿Qué grito fué ese?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó -conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Acércate á esa ventana, y mira si hallas en -el suelo un papel... ¡Buenos estamos!</p> - -<p><span class="smcap">Simón</span> (<i>tentando por el suelo cerca de la ventana.</i>)—No -encuentro nada, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Búscale bien, que por ahí ha de estar.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Le tiraron desde la calle?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis<span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span> -años, y criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Aquí está. (<i>Halla la carta, y se la da á don -Diego.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza -ó en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y -vuelve con ella al instante.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase Simón por la puerta del foro.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y á quién debo culpar? (<i>Apoyándose en el respaldo -de una silla.</i>) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, -ó sus tías, ó yo?... ¿Sobre quién, sobre quién ha de -caer esta cólera, que por más que lo procuro, no la sé reprimir?... -¡La naturaleza la hizo tan amable á mis ojos!... -¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades -me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo -celos!... Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento; -esta indignación, estos deseos de venganza ¿de qué -provienen? ¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que... -(<i>Advirtiendo que suena ruido en la puerta del cuarto de -doña Francisca, se retira á un extremo del teatro.</i>) Sí.</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">RITA, DON DIEGO, SIMÓN.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Ya se han ido... (<i>Rita observa, -escucha, asómase después á la ventana, y busca la carta por el -suelo.</i>) ¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien escrito, pero -el señor don Félix es un grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi -alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen por la -calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!...<span class="pagenum" -id="Page_162">p. 162</span> ¿Y este maldito papel?... Pues buena la -hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y -todo mentira.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ya tenemos luz...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Sale con luz. Rita se sorprende.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Perdida soy!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>acercándose</i>.)—¡Rita! ¿Pues -tú aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señor, porque...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué buscas á estas horas?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Buscaba... Yo le diré á usted... -Porque oímos un ruido tan grande...</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Sí, eh?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Cierto... Un ruido y... mire -usted (<i>alza la jaula que está en el suelo</i>), era la jaula del -tordo... Pues la jaula era, no tiene duda... ¡Válgate Dios! ¿Si -se habrá muerto?... No, vivo está, vaya... Algún gato habrá sido. -Preciso.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Sí, algún gato.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Pobre animal! ¡Y qué -asustadillo se conoce que está todavía!</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y con mucha razón... ¿No te -parece, si le hubiera pillado el gato?...</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Se le hubiera comido.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la -pared.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Y sin pebre... ni plumas hubiera -dejado.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tráeme esa luz.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Ah! Deje usted, encenderemos -esta (<i>Enciende la vela que está sobre la mesa.</i>) que ya lo que no se -ha dormido...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y doña Paquita duerme?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Pues mucho es que con el ruido -del tordo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él -llevándose una de las luces.</i>)</p> - - -<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_163">p. -163</span>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Ha parecido el -papel?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—No, señora.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Y estaban aquí los dos -cuando tú saliste?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo no lo sé. Lo cierto es que el -criado sacó una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre -él y su amo, sin poder escapar, ni saber qué disculpa darles.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca -de ventana.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ellos eran sin duda... -Aquí estarían cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Yo no lo encuentro, señorita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Le tendrán ellos, no te -canses... Si es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques. -Ellos le tienen.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Á lo menos por aquí...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Yo estoy loca! -(<i>Siéntase.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sin haberse explicado este -hombre, ni decir siquiera...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Cuando iba á hacerlo me -avisaste, y fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me -habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo -los motivos justos que le precisaban á volverse; que la había escrito -para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo -que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve -que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, -y diría: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora -defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada -pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... -¡Dios mío, perdón... perdón de haberle querido tanto!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span><span -class="smcap">Rita.</span>—¡Ay, señorita! (<i>Mirando hacia el cuarto -de don Diego.</i>) que parece que salen ya.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No importa, déjame.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Pero si don Diego la ve á usted -de esa manera...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Si todo se ha perdido -ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para -levantarme?... Que vengan, nada importa.</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Voy enterado, no es menester -más.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mira, y haz que ensillen -inmediatamente al moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, -montas á caballo, y en una buena carrera que dés, los alcanzas... -¿Las dos aquí, eh?... Conque vete, no se pierda tiempo.</p> - -<p>(<i>Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de -don Diego, se va Simón por la del foro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Voy allá.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mucho se madruga, doña -Paquita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Ha llamado ya doña Irene?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor... Mejor es -que vayas allá, por si ha despertado y se quiere vestir.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Rita se va al cuarto de doña Irene.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Usted no habrá dormido bien -esta noche?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor. ¿Y usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Tampoco.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ha hecho demasiado -calor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Está usted desazonada?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Alguna cosa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué siente usted?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Siéntase junto á doña Francisca.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No es nada... Así un -poco de... Nada... no tengo nada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Algo será; porque la veo á -usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? -¿No sabe usted que la quiero tanto?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿por qué no hace usted -más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en -hallar ocasiones de complacerla?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues cómo, sabiendo que -tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Porque eso mismo me -obliga á callar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso quiere decir que tal vez -soy yo la causa de su pesadumbre de usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor; usted en nada -me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ¿de quién, hija mía?... -Venga usted acá... (<i>Acércase más.</i>) Hablemos siquiera una vez sin -rodeos ni disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira -con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto -va que si la dejasen á usted entera libertad para la elección, no se -casaría conmigo?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ni con otro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Será posible que usted -no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la -corresponda como usted merece?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—No, señor; no, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mírelo usted bien.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿No le digo á usted que -no?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y he de creer, por dicha, -que conserve usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, -que<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> prefiera la -austeridad del convento á una vida más?...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Tampoco; no, señor... -Nunca he pensado así.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No tengo empeño de saber -más... Pero de todo lo que acabo de oir resulta una gravísima -contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según -parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está -persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, -ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es -ese? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha -alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? -¿Son estas las señales de quererme exclusivamente á mí, de casarse -gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y -el amor?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase iluminando lentamente el teatro, -suponiéndose que viene la luz del día.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y ¿qué motivos le he -dado á usted para tales desconfianzas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Pues qué? Si yo prescindo de -estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, -si su madre de usted sigue aprobándola, y llega el caso de...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Haré lo que mi madre me -manda, y me casaré con usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y después, Paquita?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Después... y mientras me -dure la vida seré mujer de bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Eso no lo puedo yo dudar... -Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su -compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún -derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr -que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una -impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en -mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias -pudiesen tanto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span><span -class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dichas para mí!... Ya se -acabaron.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Nunca diré por qué.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¡qué obstinado, qué -imprudente silencio!... cuando usted misma debe presumir que no estoy -ignorante de lo que hay.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Si usted lo ignora, -señor don Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo -sabe usted, no me lo pregunte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien está. Una vez que no hay -nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, -hoy llegaremos á Madrid, y dentro de ocho días será usted mi -mujer.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y daré gusto á mi -madre.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Y vivirá usted infeliz.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Ya lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—He aquí los frutos de la -educación. Esto es lo que se llama criar bien á una niña: enseñarla -á que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida -disimulación. Las juzgan honestas luégo que las ven instruídas en el -arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad -ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó -en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. -Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo -que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal -que se presten á pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, -sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas; y -se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la -astucia y el silencio de un esclavo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Es verdad... Todo eso es -cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se -nos da... Pero el motivo de mi aflicción es mucho más grande.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sea cual fuere, hija mía, -es menester que<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> -usted se anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de -decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Dios mío!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, Paquita; conviene -mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... -Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son -tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden -éste! ¡qué agitación! ¡qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de -presentarse así... con cierta serenidad y... eh?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Y usted, señor... Bien -sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he -de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Su buen amigo de usted... -Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase... ¡criatura! en la -situación dolorosa en que la veo? (<i>Asiéndola de las manos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mal conoce usted mi -corazón.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Bien le conozco.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y -ambos se levantan.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué hace usted, niña?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Yo no sé... ¡Qué poco -merece toda esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No, -ingrata no, infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor don Diego!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo bien sé que usted agradece -como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé -yo?... una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, -usted no ha tenido la culpa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Vamos... ¿No viene -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ahora no, Paquita. Dentro de -un rato iré por allá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Vaya usted presto.</p> - -<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_169">p. -169</span>(<i>Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se -despide de don Diego besándole las manos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, presto iré.</p> - - -<h4>ESCENA IX.</h4> - -<p class="quienes">SIMÓN, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ahí están, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Cuando yo salía de la puerta, -los ví á lo lejos, que iban ya de camino. Empecé á dar voces y hacer -señas con el pañuelo; se detuvieron, y apenas llegué y le dije al -señorito lo que usted mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le -encargué que no subiera hasta que le avisara yo, por si acaso había -gente aquí, y usted no quería que le viesen.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué dijo cuando le diste -el recado?</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Ni una sola palabra... Muerto -viene... Ya digo, ni una sola palabra... Á mí me ha dado compasión el -verle así tan...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—No me empieces ya á -interceder por él.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—¿Yo, señor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, que no te entiendo yo... -¡Compasión!... Es un pícaro.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Como yo no sé lo que ha -hecho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Es un bribón, que me ha de -quitar la vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.</p> - -<p><span class="smcap">Simón.</span>—Bien está, señor.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Vase por la puerta del foro. Don Diego se -sienta, manifestando inquietud y enojo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Dile que suba.</p> - - -<h4 title="ESCENA X."><span class="pagenum" id="Page_170">p. -170</span>ESCENA X.</h4> - -<p class="quienes">DON CARLOS, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Venga usted acá, señorito, -venga usted... ¿En dónde has estado desde que no nos vemos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—En el mesón de afuera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y no has salido de allí en -toda la noche, eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor, entré en la -ciudad y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Á qué?... Siéntese usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Tenía precisión de hablar -con un sujeto... (<i>Siéntase.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Precisión!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor... Le debo muchas -atenciones, y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero -con él.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya. En habiendo tantas -obligaciones de por medio... Pero venirle á ver á las tres de la -mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un -papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras -enviado en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle trasnochar, -ni molestar á nadie.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don -Carlos luégo que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de -irse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pues si todo lo sabe usted, -¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se -evitaría una contestación de la cual ni usted ni yo quedaremos -contentos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Quiere saber su tío de usted -lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¿Para qué saber más?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Porque yo lo quiero, y lo -mando. ¡Oiga!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Bien está.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Siéntate ahí... (<i>Siéntase -don Carlos.</i>) ¿En dónde has conocido á esta niña?... ¿Qué amor -es éste?<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> ¿Qué -circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? -¿Dónde, cuándo la viste?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Volviéndome á Zaragoza el -año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el -intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había -de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, -prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre -las gentes convidadas hallé á doña Paquita, á quien la señora había -sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco... -Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo -constante, irresistible, de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, -de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente -dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, -y le ocurrió fingir que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve -esta ficción, porque desde luégo concebí la idea de permanecer -algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de -usted. Observé que doña Paquita me trató con un agrado particular, -y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de -esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel -día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted -refiriéndole...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Prosigue.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Supe que era hija de una -señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fué -necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban -á quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, -halló disculpas las más ingeniosas para que ninguno de su familia -extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata á la -ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que doña Paquita -leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella -tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará -infeliz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Vaya... Vamos, sigue adelante.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Mi asistente (que, como -usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil -artificios que á cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos -que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las -cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al -corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con -el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí -para ella don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de -mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más, ni la hablé de mis -esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podría aspirar -á mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle á usted, ni quise -exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á -favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de -ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era -necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida -á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adonde mi obligación me -llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, -y en una que recibí pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de -casarla, que primero perdería la vida que dar su mano á otro que á -mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté -á caballo, corrí precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la -encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué -decírselo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Y qué proyectos eran los -tuyos en esta venida?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Consolarla, jurarla de nuevo -un eterno amor, pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, -referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni -protecciones, ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición -para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos -toda nuestra felicidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de -pensar muy de otra manera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Si tú la quieres, yo la -quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. -Ella... y sean las que fueren las promesas que á ti te hizo... ella -misma, no há media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su -madre y darme la mano así que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero no el corazón. -(<i>Levántase.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué dices?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—No, eso no... Sería -ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará -siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido -el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted -se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende, -y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... -No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo -seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán -finezas dirigidas á un amigo ausente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué temeridad es esta?</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia -don Carlos, el cual se va retirando.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Ya se lo dije á usted... Era -imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos -esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, -que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo -puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí -inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de -saber que usted me perdona.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Conque en efecto te vas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Al instante, señor... Y esta -ausencia será bien larga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Porque no me conviene verla -en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se -llegaran á verificar... entonces...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué quieres decir?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir -más adelante.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Nada... Que apetezco la -guerra, porque soy soldado.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Carlos!... ¡Qué horror!... -¿Y tienes corazón para decírmelo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Alguien viene... (<i>Mirando -con inquietud hacia el cuarto de doña Irene, se desprende de don -Diego, y hace ademán de irse por la del foro. Don Diego va detrás -de él y quiere impedírselo.</i>) Tal vez será ella... Quede usted con -Dios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Adónde vas?... No, señor, no -has de irte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Es preciso... Yo no he de -verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes -crueles.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Ya he dicho que no ha de -ser... Entra en ese cuarto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Pero si...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Haz lo que te mando.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Éntrase don Carlos en el cuarto de don -Diego.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XI.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Conque, señor don Diego, ¿es -ya la de vámonos?... Buenos días... (<i>Apaga la luz que está sobre la -mesa.</i>) ¿Reza usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego</span> (<i>paseándose con -inquietud</i>).—Sí, para rezar estoy ahora.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Si usted quiere, ya pueden -ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que -enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna -novedad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, no deja de haber -novedades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span><span -class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pues qué... Dígalo usted, por Dios... -¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera -cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal -parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va -ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya -digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de -culebra, ni la conserva de tamarindos, nada me ha servido; de manera -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Vamos, ahora no hablemos de -malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que -tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Están recogiendo la ropa -y haciendo el cofre, para que todo esté á la vela, y no haya -detención.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Muy bien. Siéntese usted... -Y no hay que asustarse ni alborotarse (<i>Siéntanse los dos</i>) por nada -de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo -necesitamos... Su hija de usted está enamorada...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Pues no lo he dicho ya -mil veces? Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¡Este vicio maldito de -interrumpir á cada paso! Déjeme usted hablar.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Bien, vamos, hable usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Está enamorada; pero no está -enamorada de mí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Lo que usted oye.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero ¿quién le ha contado á -usted esos disparates?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Nadie. Yo lo sé, yo lo he -visto, nadie me lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien -seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene</span> (<i>llorando</i>).—¡Pobre de -mí!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Á qué viene eso?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Porque me ven sola y sin -medios, y porque<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> -soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran -contra mí!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Señora doña Irene...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Al cabo de mis años y de mis -achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una -puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... -¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último -difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Mire usted, señora, que se me -acaba ya la paciencia.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Que lo mismo era replicarle -que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no -sé por qué friolera, hartó de mojicones á un comisario ordenador, y -si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por -medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¿es posible que no ha de -atender usted á lo que voy á decirla?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Ay! no, señor, que bien lo -sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la -niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está... -¡Hija de mi alma y de mi corazón!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Señora doña Irene, hágame -usted el gusto de oirme, de no replicarme, de no decir despropósitos; -y luégo que usted sepa lo que hay, llore, y gima, y grite, y diga -cuánto quiera... Pero entre tanto no me apure usted el sufrimiento, -por amor de Dios.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Diga usted lo que le dé la -gana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Que no volvamos otra vez á -llorar y á...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, ya no lloro. -(<i>Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues hace ya cosa de un año, -poco más ó menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado -muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, -constancia... Y por último, existe en ambos una<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> pasión tan fina, que las dificultades -y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á -hacerla mayor... En este supuesto...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Pero ¿no conoce usted, -señor, que todo es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no -nos quiere bien?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Volvemos otra vez á lo -mismo... No, señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué ha de saber usted, -señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis -entrañas encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, -acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que -es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!... -Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... -Pues bonita es ella para haber disimulado á su sobrina el menor -desliz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí no se trata de ningún -desliz, señora doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de -la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija -de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo -que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, -y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado -solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... -Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad -de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y -verá si tengo razón.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña -Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta -de su cuarto y llama. Levántase don Diego, y procura en vano -contenerla.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Yo he de volverme loca!... -¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pero ¿á qué es llamarlas?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, señor, que quiero que -venga, y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span><span -class="smcap">D. Diego.</span>—Lo echó todo á rodar... Esto le sucede -á quien se fía de la prudencia de una mujer.</p> - - -<h4>ESCENA XII.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—¡Señora!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Me llamaba usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—Sí, hija, sí; porque el -señor don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. -¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién has dado palabra de matrimonio? -¿Qué enredos son estos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has -de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué -dice?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Presentando el papel abierto á doña -Francisca.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Rita</span> (<i>aparte á doña Francisca</i>).—Su -letra es.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Qué maldad!... Señor -don Diego, ¿así cumple usted su palabra?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Bien sabe Dios que no -tengo la culpa... Venga usted aquí... (<i>Asiendo de una mano á doña -Francisca, la pone á su lado.</i>) No hay que temer... Y usted, señora, -escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... -Déme usted ese papel... (<i>Quitándola el papel de las manos á doña -Irene.</i>) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta -noche.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—Mientras viva me -acordaré.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Pues este es el papel que -tiraron á la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. -(<i>Lee.</i>) «Bien mío; si no consigo hablar con usted, haré lo posible -para que llegue á sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, -encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no -sé cómo no espiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de -la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don -Félix... Don<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> Diego -es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz -amigo.—<i>Carlos de Urbina.</i>»</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque hay eso?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Triste de mí!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque es verdad lo que -decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica -y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego procuran -estorbarlo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Madre!... Perdón.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—No, señor, que la he de -matar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—¿Qué locura es esta?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—He de matarla.</p> - - -<h4>ESCENA XIII.</h4> - -<p class="quienes">DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, -RITA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—Eso no... (<i>Sale don Carlos -del cuarto precipitadamente; coge de un brazo á doña Francisca, se -la lleva hacia el fondo del teatro, y se pone delante de ella para -defenderla. Doña Irene se asusta y se retira.</i>) Delante de mí nadie -ha de ofenderla.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¡Carlos!</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>acercándose á don -Diego</i>.)—Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la -insultaban, y no me he sabido contener.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Qué es lo que me sucede, -Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué -escándalo!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Aquí no hay escándalos... -Ese es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y -matarlos, viene á ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza á tu -mujer.</p> - -<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_180">p. -180</span>(<i>Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y -ambos se arrodillan á los piés de don Diego.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Conque su sobrino de -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, señora, mi sobrino, que -con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más -terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es -esto?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Conque usted nos -perdona y nos hace felices?</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Sí, prendas de mi alma... -Sí.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Los hace levantar con expresiones de -ternura.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¿Y es posible que usted se -determine á hacer un sacrificio?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Yo pude separarlos para -siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero -mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa -impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque, -al fin, soy hombre miserable y débil.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos</span> (<i>besándole las manos</i>.)—Si -nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á -usted en tanta pérdida...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—¡Conque el bueno de don -Carlos! Vaya que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Él y su hija de usted estaban -locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el -aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como -un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión -que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres -y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... -Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay -de aquellos que lo saben tarde!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Irene.</span>—En fin, Dios los haga -buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, -venga usted, que quiero abrazarle... (<i>Abrázanse don Carlos y doña -Irene, doña Francisca se arrodilla y la besa la mano.</i>) Hija, -Fran<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>cisquita. -¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy -galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.</p> - -<p><span class="smcap">Rita.</span>—Sí, dígaselo usted, que no lo ha -reparado la niña... Señorita, un millón de besos.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Doña Francisca y Rita se besan, manifestando -mucho contento.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Francisca.</span>—¿Pero ves qué alegría -tan grande?... Y tú, como me quieres tanto... siempre, siempre serás -mi amiga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Paquita hermosa, (<i>Abraza á -doña Francisca.</i>) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... -No temo ya la soledad terrible que amenazaba á mi vejez... Vosotros -(<i>Asiendo de las manos á doña Francisca y á don Carlos.</i>) seréis -la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor... -sí, hijos, aquel... no hay remedio, aquel es para mí. Y cuando le -acaricie en mis brazos podré decir: á mí me debe su existencia este -niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la -causa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Carlos.</span>—¡Bendita sea tanta -bondad!</p> - -<p><span class="smcap">D. Diego.</span>—Hijos, bendita sea la de -Dios.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/ill_181.jpg" - alt="Viñeta ornamental" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6" id="Ch_3"> - <hr class="chap" /> - <h2 title="LA ESCUELA DE LOS MARIDOS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>LA ESCUELA DE LOS MARIDOS</h2> - <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span></p> - <h3>PERSONAS</h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<table class="reparto" summary="Reparto de la obra."> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">DON GREGORIO.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">DON MANUEL.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">DOÑA ROSA.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">DOÑA LEONOR.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">JULIANA.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">DON ENRIQUE.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl">COSME.</td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl"><small>UN COMISARIO.</small></td> - </tr> - <tr> - <td colspan="3" class="tdl"><small>UN ESCRIBANO.</small></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><small>UN LACAYO.</small></td> - <td rowspan="2" class="keyr"> </td> - <td rowspan="2" class="tdl">No hablan.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><small>UN CRIADO.</small></td> - </tr> -</table> - -<hr class="sep0" /> - -<p class="centra mt2"><i>La escena es en Madrid, en la plazuela de los -Afligidos.</i></p> - -<p class="hang mt2">La primera casa á mano derecha inmediata al -proscenio es la de D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al -fin de la acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado -la del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y -entrar los personajes de la comedia.</p> - -<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las cinco de la tarde y -acaba á las ocho de la noche.</i></p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_185.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <h3><big>ACTO I.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON MANUEL, DON GREGORIO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y por último, señor don -Manuel, aunque usted es en efecto mi hermano mayor, yo no pienso -seguir sus correcciones de usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, -y nada más; y me va muy lindamente con hacerlo así.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ya; pero das lugar á que -todos se burlen, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y quién se burla? Otros -tan mentecatos como tú.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Mil gracias por la atención, -señor don Gregorio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y bien, ¿qué dicen esos graves -censores? ¿Qué hallan en mí que merezca su desaprobación?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Desaprueban la rusticidad -de tu carácter, esa aspereza que te aparta del trato y los placeres -honestos de la sociedad, esa extravagancia que te hace tan ridículo -en cuanto piensas y dices y obras, y hasta en el modo de vestir te -singulariza.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En eso tienen razón, -y conozco lo mal que hago en no seguir puntualmente lo que manda -la moda; en no proponerme por modelo á los mocitos evaporados, -casquivanos y pisaverdes. Si así lo hiciera, estoy bien seguro de que -mi hermano mayor me lo aplaudiría; porque, gracias á Dios, le veo -acomodarse puntualmente á cuantas locuras adoptan los otros.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Es raro empeño el que has -tomado de recordarme tan á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que -te llevo dos años de ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú -cuarenta y tres; pero aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta -una razón para que me culparas el ser tratable con las gentes, el -tener buen humor, el gustar de vestirme con decencia, andar limpio, -y?... Pues qué, ¿la vejez nos condena por ventura á aborrecerlo -todo, á no pensar en otra cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir -á la deformidad que traen los años consigo un desaliño voluntario, -una sordidez que repugne á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal -humor y un ceño que nadie pueda sufrir? Yo te aseguro que si no -mudas de sistema, la pobre Rosita será poco feliz con un marido tan -impertinente como tú, y que el matrimonio que la previenes será tal -vez un origen de disgustos y de recíproco aborrecimiento, que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—La pobre Rosita vivirá -más dichosa conmigo, que su hermanita la pobre Leonor, destinada -á ser esposa de un caballero de tus prendas y de tu mérito. Cada -uno procede y discurre como le parece, señor hermano...<span -class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> Las dos son huérfanas; su -padre, amigo nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la -educación de entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos -casarnos con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en -caso de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación -proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad -que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de -tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo -de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía -como me ha dado la gana, ¿estamos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí; pero me parece á -mí...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo que á mí me parece es -que usted no ha sabido educar la suya; pero repito que cada cual -puede hacer en esto lo que más le agrade. Tú consientes que la tuya -sea despejada y libre y pizpireta; séalo en buen hora. Permites -que tenga criadas, y se deje servir como una señorita: lindamente. -La das ensanches para pasearse por el lugar, ir á visitas, y oir -las dulzuras de tanto enamorado zascandil: muy bien hecho. Pero yo -pretendo que la mía viva á mi gusto, y no al suyo; que se ponga un -juboncito de estameña; que no me gaste zapaticos de color sino los -días en que repican recio; que se esté quietecita en casa, como -conviene á una doncella virtuosa; que acuda á todo; que barra, que -limpie, y cuando haya concluído estas ocupaciones, me remiende la -ropa y haga calceta. Esto es lo que quiero; y que nunca oiga las -tiernas quejas de los mozalbetes antojadizos; que no hable con nadie, -ni con el gato, sin tener escucha; que no salga de casa jamás sin -llevar escolta... La carne es frágil, señor mío; yo veo los trabajos -que pasan otros, y puesto que ha de ser mi mujer, quiero asegurarme -de su conducta, y no exponerme á aumentar el número de los maridos -zanguangos.</p> - - -<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_188">p. -188</span>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienesh">DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (<i>Las tres salen -con mantilla y basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas -á la puerta.</i>) DON GREGORIO, DON MANUEL.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—No te dé cuidado. Si te -riñe, yo me encargo de responderle.</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—¡Siempre metida en un -cuarto, sin ver la calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué -fastidio!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Mucha lástima tengo de -ti.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Milagro es que no me haya -dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es -peor.</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Le echaría yo más alto -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga! ¿Y adónde van -ustedes, niñas?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—La he dicho á Rosita que -se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por -la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don -Manuel nos hará el gusto de acompañarnos...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí por cierto: vamos -allá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Y mire usted: yo me quedo á -merendar en casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por -qué no llevo á ésta por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si -usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos -un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted (<i>Á doña Leonor, á -Juliana, á don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo</i>) -puede irse adonde guste, usted puede ir con ella... Tal para cual. -Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero hermano, déjalas que se -diviertan, y que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Á más ver.</p> - -<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_189">p. -189</span>(<i>Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse -con ella en su casa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—La juventud necesita...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—La juventud es loca, y la -vejez es loca también muchas veces.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿hay algún -inconveniente en que se vaya con su hermana?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, ninguno; pero conmigo -está mucho mejor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Considera que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Considero que debe -hacer lo que yo la mande... y considero que me interesa mucho su -conducta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿piensas tú que me será -indiferente á mí la de su hermana?</p> - -<p><span class="smcap">Juliana</span> (<i>aparte</i>).—¡Tuerto maldito!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No creo que tiene usted -motivo ninguno para...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted calle, señorita, que -ya la explicaré yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin -que yo se lo proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿qué quiere usted -decir con eso?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Señora doña Leonor, con -usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿piensa usted que mi -hermana estará mal en mi compañía?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh, qué apurar! (<i>Suelta -el brazo de doña Rosa y se acerca adonde están los demás.</i>) No estará -muy bien, no, señora; y hablando en plata, las visitas que usted la -hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el -de no volver por acá.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Mire usted, señor don -Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo que yo no -sé cómo ella tomará semejantes procedimientos; pero bien adivino -el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana -es; pero dejaría de tener mi sangre, si<span class="pagenum" -id="Page_190">p. 190</span> fuesen capaces de inspirarla amor esos -modales feroces, y esa opresión en que usted la tiene.</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Y dice bien. Todos esos -cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres! -¡Pues qué!, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como -esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro -honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita -para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones -pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo -crea usted; y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se -nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y -esos centinelas son ilusiones de locos, y lo más seguro es fiarse de -nosotras. El que nos oprime, á grandísimo peligro se expone; nuestro -honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él, -no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, -que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan -desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mira la buena enseñanza -que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—En lo que ha dicho no hallo -motivos de enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta -razón. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor -excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas -y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia más suspicaz, ni -á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una -mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por elección. En vano -queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer -su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las -precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en -manos de una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si -por otra parte la sobraban los deseos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Todo eso que dices no vale nada.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo -apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana -vuelve á retirarse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Será lo que tú quieras... -Pero insisto en que es menester instruir á la juventud con la risa en -los labios, reprender sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla -que ame la virtud, no que á su nombre se atemorice. Estas máximas -he seguido en la educación de Leonor. Nunca he mirado como delito -sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer aquellas -inclinaciones que son propias de la primera edad; y te aseguro que -hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido -que vaya á concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente -los teatros; porque en mi opinión (suponiendo siempre los buenos -principios) no hay cosa que más contribuya á rectificar el juicio de -los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de vivir en el mundo, la escuela -del mundo instruye mejor que los libros más doctos. Su padre dispuso -que fuera mi mujer; pero estoy bien lejos de tiranizarla: para -ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolución, porque -no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus años y los míos. -Más quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia -suya.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué blandura, qué -suavidad! Todo es miel y almíbar... Pero permítame usted que le -diga, señor hermano, que cuando se ha concedido en los primeros años -demasiada holgura á una niña, es muy difícil ó acaso imposible el -sujetarla después, y que se verá usted sumamente embrollado cuando su -pupila sea ya su mujer y por consecuencia tenga que mudar de vida y -costumbres.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Y ¿por qué ha de hacerse esa -mudanza?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No sé. Si usted no lo -alcanza, yo no lo sé tampoco.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span><span -class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Pues hay algo en eso contra la -estimación?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Calle! ¿Conque si usted -se casa con ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha -tenido hasta ahora?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Y por qué no?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y consentirá que gaste -blondas y cintas y flores y abaniquitos de anteojo y?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Sin duda.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y que vaya al Prado y á -la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el -río, y?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Cuando ella quiera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y tendrá usted -conversación en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y -coplitas italianas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Preciso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y la señorita oirá las -impertinencias de tanto galán amartelado?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si no es sorda.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y usted callará á todo, y -lo verá con ánimo tranquilo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pues ya se supone.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Quítate de ahí, que eres -un loco... Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas -tan indecentes.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Hace entrar en su casa á doña Rosa -apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el -teatro.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ya te lo he dicho. La que -sea mi esposa vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien, -haré estimación de ella, y probablemente corresponderá como debe á -este amor y á esta confianza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh! qué gusto he de tener -cuando la tal esposa le...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Qué?... Vamos, acaba de -decirlo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué gusto ha de ser para -mí!</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Yo ignoro cuál será mi -suerte; pero creo que si no te sucede á ti el chasco pesado que me -pronosticas, no será ciertamente por no haber hecho de tu parte -cuantas diligencias son necesarias para que suceda.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, ríe, búrlate. Ya -llegará la mía, y veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de -reir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Yo le aseguro del peligro -con que usted le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame -sospecha que usted se atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, -si llega el caso de que este matrimonio se verifique, que su honor -no padezca, porque me estimo á mí propia en mucho; pero si usted -hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería á decir otro -tanto.</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Realmente es cargo de -conciencia con los que nos tratan bien, y hacen confianza de -nosotras; pero con hombres como usted, pan bendito.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya enhoramala, -habladora, desvergonzada, insolente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Tú tienes la culpa de que -ella hable así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo -me volveré á despachar el correo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Pero ¿no irá usted por -mí?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Qué sé yo? Si no he ido -al anochecer, el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios, -Gregorio. Conque quedamos en que es menester mudar de humor, y en -que esto de encerrar á las mujeres es mucho desatino. Soy criado de -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo no soy criado de usted. -Vaya usted con Dios.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Manuel y las dos mujeres se van por una de -las calles.</i>)</p> - - -<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_194">p. -194</span>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dios los cría, y ellos -se juntan... ¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como -un mancebito de primera tijera; una solterita desenfadada y mujer -de mundo; unos criados sin vergüenza ni... No, la prudencia misma -no bastaría á corregir los desórdenes de semejante casa... Lo peor -es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal -vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he -sabido inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela -de Afligidos, pero en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí -volverá á divertirse con sus lechugas y sus gallinitas.</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME (<i>Salen los dos de la casa de -don Enrique y observan á don Gregorio, que estará distante.</i>), DON -GREGORIO.</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Es él?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, él es; el cruel tutor -de la hermosa prisionera que adoro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¡no es cosa de -aturdirse al ver la corrupción actual de las costumbres!...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Quisiera vencer mi -repugnancia, hablar con él, y ver si logro de alguna manera -introducirme.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En vez de aquella -severidad que caracterizaba la honradez antigua (<i>Se acerca -un poco don Enrique por el lado derecho de don Gregorio, y le -hace cortesía</i>), no vemos en nuestra juventud sino excesos de -inobediencia, libertinaje y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero ¿este hombre no -ve?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span><span -class="smcap">Cosme.</span>—¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si -este es el lado del ojo huero. Vamos por el otro.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Hace que don Enrique pase por detrás de don -Gregorio al lado opuesto.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no, no... Es preciso -salir de aquí. Mi permanencia en la corte no pudiera menos de... -(<i>Estornuda y se suena.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No hay remedio; yo quiero -introducirme con él.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Eh? (<i>Se vuelve hacia el -lado derecho, y no viendo á nadie, prosigue su discurso.</i>) Pensé que -hablaban... Á lo menos en un lugar, bendito Dios, no se ven estas -locuras de por aquí.</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Acérquese usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién va? (<i>Vuelve por -el lado derecho; se rasca la oreja, y al concluir una vuelta entera, -repara en don Enrique, que le hace cortesías con sombrero. Don -Gregorio se aparta, y don Enrique se le va acercando.</i>) Las orejas me -zumban... Allí todas las diversiones de las muchachas se reducen á... -¿Es á mí?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Ánimo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Allí ninguno de estos -barbilindos viene con sus... ¡Qué diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el -hombre es atento!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Mucho sentiría, caballero, -haberle distraído á usted de sus meditaciones.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En efecto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero la oportunidad de -conocer á usted, que ahora se me presenta, es para mí una fortuna, -una satisfacción tan apetecible, que no he podido resistir al deseo -de saludarle...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y de manifestarle á usted -con la mayor sinceridad cuánto celebraría poderme ocupar en servicio -suyo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo estimo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span><span -class="smcap">D. Enrique.</span>—Tengo la dicha de ser vecino de -usted, en lo cual debo estar muy agradecido á mi suerte, que me -proporciona...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y sabe usted las noticias -que hoy tenemos? En la corte aseguran como cosa muy positiva...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué me importa?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Ya; pero á veces tiene uno -curiosidad de saber novedades, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Eh!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Realmente. (<i>Después de una -larga pausa prosigue don Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio -le conteste; y viendo que no lo hace, sigue hablando.</i>) Madrid es un -pueblo en que se disfrutan más comodidades y diversiones que en otra -parte... Las provincias en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella -soledad, aquella monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En mis negocios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí; pero el ánimo necesita -descanso, y á las veces se rinde por la demasiada aplicación á los -asuntos graves... Y de noche, antes de recogerse, ¿qué hace usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Lo que me da la gana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Muy bien dicho. La -respuesta es exactísima, y desde luégo se echa de ver su prudencia -de usted en no querer hacer cosa que no sea muy de su agrado. Cierto -que... Yo, si usted no estuviese muy ocupado, pasaría, así, algunas -noches á su casa de usted, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Agur.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Atraviesa por entre los dos, se entra en su -casa, y cierra.</i>)</p> - - -<h4 title="ESCENA VI."><span class="pagenum" id="Page_197">p. -197</span>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves -qué hombre este?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Asperillo es de condición, y -amargo de respuestas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Ah! ¡Yo me desespero!</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Y por qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Eso me preguntas? Porque -veo sin libertad á la prenda que más estimo, en poder de ese bárbaro, -de ese dragón vigilante, que la guarda y la oprime.</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Auto en favor. Eso que á usted -le apesadumbra debiera hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, -señor don Enrique, para que se tranquilice y se consuele, que una -mujer, á quien celan y guardan mucho, está ya medio conquistada; y -que el mal humor de los maridos y de los padres no hace otra cosa -que adelantar las pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni -entiendo de esos filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis -amos anteriores (corsarios de profesión), que no había para ellos -mayor gusto que el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, -groseros, regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, -coléricos, que armados con la autoridad de maridos, á vista de los -amantes de su mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? -Lo que es natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose -al ver el justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha -padecido, se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la -arrulla; y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se -adelanta camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le -facilitará á usted los medios de enamorar á la pupila.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué facilidades me -propones, cuando<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> -sabes que hace ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, -por el cual emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con -dilaciones á mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de -mis amigos, de las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo -á vivir á este barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y -tener ocasiones de hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan -grande, que no lo he podido conseguir.</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Dicen que amor es invencionero y -astuto; pero no me parece á mí que usted pone toda la diligencia que -pide el caso, ni que discurre arbitrios para...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y qué he de hacer yo, si -la casa está cerrada siempre como un castillo; si no hay dentro de -ella criado ni criada alguna de quien poder valerme; si nunca sale -por esa puerta sin ir acompañada de su feroz alcaide?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿De suerte, que ella todavía no -sabe que usted la quiere?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No sé qué decirte. Bien me -ha visto que la sigo á todas partes, y que me recato de que su tutor -repare en mí. Cuando la lleva á misa á San Marcos, allí estoy yo; si -alguna vez se va á pasear con ella hacia la Florida, al cementerio -ó al camino de Maudes, siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he -podido acercarme, bien he procurado que lea en mis ojos lo que padece -mi corazón; pero ¿quién sabe si ella ha comprendido este idioma, y si -agradece mi amor, ó le desestima?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Á la fe que el tal lenguaje es -un poco oscuro, si no le acompañan las palabras ó las letras.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No sé qué hacer para salir -de esta inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la -quiero... Discurre tú algún arbitrio...</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí, discurramos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Á ver si se puede...</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Ya lo entiendo; pero aquí no -estamos bien. Á casa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pues ¿qué importa que<span -class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>?...</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—No ve usted que si el amigo -estuviese ahí detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le -sobra... No, no, á casa... Y despacito, como que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, dices bien.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa -de don Enrique.</i>)</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p> - <h3><big>ACTO II.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON MANUEL.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Sale don Manuel por una de las calles, llega á -su casa, tira de la campanilla, después de una breve pausa se abre la -puerta, entra, y queda cerrada como antes.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Abre.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (<i>salen los dos de casa -de don Gregorio</i>).</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, vete que ya sé la -casa, y aun por las señas que me das también caigo en quien es el -sujeto.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve -después.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Oh! ¡Favorezca la suerte los -ardides que me inspira un inocente amor!</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿No dices que has oído que -se llama don Enrique?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, don Enrique.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien, tranquilízate. -Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo -que hace al caso.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre -tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la -de don Enrique.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Para una doncella demasiado -atrevimiento es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á -disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—No perdamos tiempo... ¡Ah de -casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito -se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su -proyecto insensato no le...</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué bruto de!... (<i>Al -salir Cosme da un gran tropezón con don Gregorio.</i>) ¡No ve usted qué -modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!</p> - -<p class="acotseph">(<i>Mientras don Gregorio busca y limpia el -sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la -escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando -progresivamente á don Gregorio.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Caballero, siento mucho -que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Ah! precisamente es usted -el que busco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Á mí, señor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí por cierto... ¿No se -llama usted don Enrique?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Para servir á usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Para servir á Dios... -Pues, señor, si usted lo permite, yo tengo que hablarle.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Será tanta mi felicidad, -que pueda complacerle á usted en algo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No; al contrario, yo soy -el que trato de hacerle á usted un obsequio, y por eso me he tomado -la libertad de venir á buscarle.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y usted venía á mi casa -con ese intento?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor... ¿Y qué hay en -eso de particular?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Pues no quiere usted que -me admire, y que envanecido con el honor de que?...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dejémonos ahora de honores y de -envanecimientos... Vamos al caso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero tómese usted la -molestia de pasar adelante.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No hay para qué.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, sí, usted me hará este -favor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto. Aquí estoy -muy bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! No es cortesía -permitir que usted...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues yo le digo á usted -que no quiero moverme.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Será lo que usted guste. -Cosme, volando, baja un taburete para el vecino.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Cosme se encamina á la puerta de su casa -para buscar el taburete; después se detiene dudando lo que ha de -hacer.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero si de pié le puedo -decir á usted lo que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿De pié? ¡Oh! no se trate -de eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Vaya que el hombre me -mortifica en forma!</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de -hacer?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No le traiga usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero sería una desatención -indisculpable...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Hombre, más desatención es -no querer oir á quien tiene que hablar con usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Ya oigo.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; -pero al ver que don Gregorio le tiene aún en la mano, queda -descubierto, le hace insinuaciones de que se le ponga primero. Don -Gregorio se impacienta, y al fin se le ponen los dos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Así me gusta... Por Dios, -dejémonos de ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oirme?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí por cierto, con -muchísimo gusto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dígame usted... ¿sabe -usted que yo soy<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> -tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las -persianas verdes, y se llama doña Rosita?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien; si usted lo -sabe, no hay para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de -mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona, aún más que por el -pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique</span> (<i>con sorpresa y -sentimiento.</i>)—No sabía eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues yo se lo digo -á usted. Y además le digo, que si usted gusta, no trate de -galanteármela y la deje en paz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Quién?... ¿Yo, señor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, usted. No andemos -ahora con disimulos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero ¿quién le ha dicho á -usted que yo esté enamorado de esa señorita?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Personas á quienes se -puede dar entera fe y crédito.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pero repito que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... Ella misma.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Ella?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se admira y manifiesta particular interés en -saber lo restante.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ella. ¿No le parece á -usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere -bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo -lo que pasa. Y me encarga además que le advierta á usted, que ha -entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde -que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus -deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil -que usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al -cariño que á mí me profesa.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y dice usted que es ella -misma la que le ha encargado?...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor, ella misma, la que me -hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que -habiendo penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera -dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona -de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y -sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa -usted que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que -si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá -sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra -cosa que advertir á usted.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se aparta de ellos adelantándose hacia el -proscenio.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y bien, Cosme, ¿qué me -dices de esto?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Que no le debe dar á usted -pesadumbre, que alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no -desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Se ve que le ha hecho -efecto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Conque tú crees también -que hay algún artificio?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí... Pero vamos de aquí, porque -está observándonos.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Los dos se entran en la casa de don Enrique. -Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el -teatro.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Anda, pobre hombre, anda, -que no esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa -como ella es, con la educación que ha tenido... Las miradas de un -hombre la asustan, y se da por muy ofendida.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes -de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberle<span -class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> visto; él por último se -encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo me determino. Tal vez en -la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención... -¡Oh! es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en -dudas.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos á verla y á -contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Bien impaciente estaba. ¿Y -qué hubo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Que ha surtido el efecto -deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio -se me hacía el desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia -me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me -parece que te volverá á molestar.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Eso dice usted? Pues yo temo -que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿en qué fundas ese -temor, hija mía?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Apenas había usted salido, me -fuí á la pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana, -y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en -tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón diciéndole que -se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los -cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro, temerosa de -que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar la -ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro, -y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso, -acércome á cogerle, y... ¿qué le parece á usted que era?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué sé yo? Algún mendrugo -seco, ó algún troncho, ú así...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No, señor. Era este -envoltorio de papel.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Saca de la faltriquera un papel envuelto, y -según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don -Gregorio la caja y la carta.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Calle!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y dentro esta caja de oro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y dentro esta carta dobladita -como usted la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde, -y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Picardía como ella!... ¿Y -el muchacho?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—El muchacho desapareció al -instante... Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien te lo creo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero es obligación mía -devolver inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese -hombre; bien que para esto era menester que alguno se encargase de... -Porque atreverme yo á que usted mismo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Al contrario, bobilla: de -esa manera me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza -que en esto me haces. Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el -portador.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues tome usted.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Le da la caja, la carta y el papel en que -estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán -de ir á abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le -detiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—<i>Á mi señora doña Rosa -Jiménez.</i>—<i>Enrique de Cárdenas.</i> ¡Temerario, seductor! Veamos lo que -te escribe, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Ay! No por cierto: no la -abra usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y qué importa?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Quiere usted que él se -persuada á que yo he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella -debe guardarse de leer jamás los billetes que un hombre la envíe; -porque la curiosidad que en esto descubre, dará á sospechar que -interiormente no la disgusta que la escriban amores. No, señor, -no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y -sin dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de -él, que pierda toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura -semejante.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Tiene muchísima razón. (<i>Se aparta -hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la -carta dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda.</i>) -Rosita, tu prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones -han producido en tu alma inocente sazonados frutos, y cada vez te -considero más digna de ser mi esposa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero si usted tiene gusto de -leerla...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, nada de eso.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Léala usted si quiere, como -no la oiga yo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no, señor. Si estoy -muy persuadido de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy -allá en un instante... Me llegaré después aquí á la botica á encargar -aquel ungüentillo para los callos... Volveré á hacerte compañía, y -leeremos un par de horas en <i>Desiderio y Electo</i>... ¿Eh? Adios.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Venga usted pronto.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se entra doña Rosa en su casa.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, COSME.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—El corazón me rebosa de -alegría al ver una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que -yo tengo en ella de modestia y de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber -si la pupila de mi docto hermano sería capaz de proceder así. No, -señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (<i>Va á casa de don -Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña la -carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle.</i>) -Deo gracias.</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿Quién es? ¡Oh! señor don...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Tome usted, dígale usted -á su amo que no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni -á enviarla cajitas de oro, porque está muy enfadada con él...<span -class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> Mire usted, cerrada -viene. Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha -tenido, y lo que puede esperar en adelante.</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué es eso? ¿Qué te ha -dado ese bárbaro?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Esta caja con esta carta, que -dice que usted ha enviado á doña Rosita...</p> - -<p class="acotseph">(<i>Don Enrique le oye con admiración, abre la carta -y la lee cuando lo indica el diálogo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Yo?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—La cual doña Rosita se ha -irritado tanto, según él asegura, de este atrevimiento, que se la -vuelve á usted sin haberla querido abrir... Lea usted pronto, y -veremos si mi sospecha se verifica.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—«Esta carta le sorprenderá -á usted sin duda. El designio de escribírsela, y el modo con que la -pongo en sus manos, parecerán demasiado atrevidos; pero el estado -en que me veo no me da lugar á otras atenciones. La idea de que -dentro de seis días he de casarme con el hombre que más aborrezco, -me determina á todo; y no queriendo abandonarme á la desesperación, -elijo el partido de implorar de usted el favor que necesito para -romper estas cadenas. Pero no crea que la inclinación que le -manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte infeliz; nace de -mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo en usted, las -noticias que he procurado adquirir de su estado, de su conducta -y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación... En -usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues sólo -espero que me indique los designios de su amor, para que yo le haga -saber<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> lo que tengo -resuelto. Adios, y considere usted que el tiempo vuela, y que dos -corazones enamorados con media palabra deben entenderse.»</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—¿No le parece á usted, que la -astucia es de lo más sutil que puede imaginarse? ¿Sería creíble en -una muchacha tan ingeniosa travesura de amor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Esta mujer es adorable! -Este rasgo de su talento y de su pasión acrecen la que yo la tengo; -(<i>Don Gregorio sale por una de las calles, y se detiene. Después -se acerca.</i>) y unido todo á la juventud, á las gracias y á la -hermosura...</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Que viene el tuerto. Discurra -usted lo que le ha de decir.</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Allí se están amo y -criado como dos peleles... Conque dígame usted, caballerito, -¿volverá usted á enviar billetes amorosos á quien no se los quiere -leer? Usted pensaba encontrar una niña alegre, amiga de cuchicheos -y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya ve usted el chasco que le -ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese de gastar la pólvora en -salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo juicio, á usted no le puede -ver ni pintado; con que lo mejor es una buena retirada, y llamar á -otra puerta, que por esta no se puede entrar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Es verdad, su mérito -de usted es un obstáculo invencible. Ya echo de ver que era una -locura aspirar al cariño de doña Rosita, teniéndole á usted por -competidor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya se ve, que era una -locura.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! yo le aseguro á -usted que si hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de -aquel<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> corazón, -nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo lo creo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Acabó mi esperanza, y -renuncio á una felicidad que, estando usted de por medio, no es para -mí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En lo cual hace usted muy -bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y aun es tal mi desdicha, -que no me permite ni el triste consuelo de la queja; porque al -considerar las prendas que le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme -á culpar la elección de doña Rosa, que las conoce y las estima?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted dice bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No haya más. Esta ventura -no era para mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo -merece con usted un amante infeliz, (<i>Don Enrique dará particular -expresión á estas razones y á las que dice más adelante, deseoso de -que don Gregorio las perciba bien, y acierte á repetirlas.</i>) de cuya -aflicción es usted la causa, yo le suplico solamente que asegure en -mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses á esta parte -la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca me -ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y -su pudor deban ofenderse.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, bien está: se lo -diré.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Que como era tan voluntaria -esta elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo, -ni hubiera abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le -tiene no me opusiera un obstáculo tan insuperable.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, se lo diré lo mismo -que usted me lo dice.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, pero que no piense -que yo pueda olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla -mientras me dure la vida, y si no fuese el justo respeto que me -inspira su mérito de usted, no habría en el mundo ninguna otra -consideración que fuese bastante á detenerme.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted habla y procede en eso como -hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted -me encarga... (<i>Hace que se va, vuelve.</i>) Pero créame usted, don -Enrique: es menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión -se apague y se olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de -circunstancias: conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es -el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don -Enrique y Cosme se van, y entran en la suya.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Qué necio es!</p> - - -<h4>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO <i>llama á su puerta, y sale</i> DOÑA -ROSA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Es increíble la turbación -que ha manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado -como él le envió... Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo -me ha rogado con el mayor encarecimiento que te diga, que su amor es -honestísimo, que no pensó que te ofendieras de verte amada, que su -elección es libre, que aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; -pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un temerario -en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te -olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos, -hipérboles de un hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y -cede, y no volverá á darnos la menor molestia... No. Es cierto que él -me ha hablado con mucha cortesía y mucho juicio, eso sí... Compasión -me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices á esto?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Que no puedo sufrir que -usted hable de esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo -corazón,<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> y que si -usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me -causan sus procederes atrevidos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero él, Rosita, no sabía -que tú estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas -intenciones de su amor, no merece que se le...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Y le parece á usted -honesta intención la de querer robar á las doncellas? ¿Es hombre de -honor el que concibe tal proyecto, y aspira á casarse conmigo por -fuerza, sacándome de su casa de usted, como si fuera posible que yo -sobreviviese á un atentado semejante?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oiga! Conque...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, ese pícaro trata -de obtenerme por medio de un rapto... Yo no sé quién le da noticia -de los secretos de esta casa, ni quién le ha dicho que usted pensaba -casarse conmigo dentro de seis ú ocho días á más tardar; lo cierto es -que él quiere anticiparse, aprovechar una ocasión en que sepa que me -he quedado sola, y robarme... ¡Tiemblo de horror!</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos, que todo eso no es -más que hablar y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, ¡como hay tanto que -fiar de su honradez y su moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le -disculpa?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto; si él ha -dicho eso, realmente procede mal, y el chasco sería muy pesado... -Pero ¿quién te ha venido á contar á ti esas?...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ahora mismo acabo de -saberlo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, después que usted -le volvió la carta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero, chica, si no hice -más que llegarme ahí á casa de don Froilán el boticario, hablé dos -palabras con el mancebo, me volví al instante, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues en ese tiempo ha -sido. Luégo que cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo -llamar, y creyendo que fuese usted, bajé tan alegre... Mi fortuna -estuvo en que no abrí. Pregunto quién es, y por la cerradura<span -class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> oigo una voz desconocida -que me dijo: Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder -de ese bruto, que se quiere casar con usted en esta semana próxima. -No tiene usted que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es -imposible que usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva -usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje -sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una -casa de satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito -por la escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba -algún accidente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ese era el bribón del -lacayo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Á la cuenta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero se ve que ese hombre -es loco.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No tanto como á usted le -parece. Mire usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de -usted para engañarle con buenas palabras, mientras en su interior -está meditando picardías... Harto desdichada soy yo por cierto, si á -pesar del conato que pongo en conservar mi decoro y honestidad, he de -verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de atreverse á las -acciones más infames.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya, vamos, no temas -nada, que...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No; esto pide una buena -resolución. Es menester que usted le hable con mucha firmeza, que le -confunda, que le haga temblar. No hay otro medio de librarme de él, -ni de obligarle á que desista de una persecución tan obstinada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien; pero no te -desconsueles así, mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré -cuatro cosas bien dichas.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Dígale usted, si se empeña -en negarlo, que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia; -que son vanos sus propósitos; que por más que lo intente no me -sorprenderá; y en fin, que no pierda el tiempo en suspiros inútiles, -puesto que por su conducto de usted le hago<span class="pagenum" -id="Page_214">p. 214</span> saber mi determinación, y que si no -quiere ser causa de alguna desgracia irremediable, no espere á que se -le diga una cosa dos veces.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Oh! Yo le diré cuanto sea -necesario.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero de manera que comprenda -bien que soy yo la que se lo dice.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, no le quedará duda; yo -te lo aseguro.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues bien. Mire usted que le -aguardo con impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á -usted, aunque sea por muy poco tiempo, me pongo triste.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, éntrate, que al -instante vuelvo, palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué -ojos! ¡Eh! Adios... (<i>Doña Rosa se entra su casa y cierra.</i>) En el -mundo no hay hombre más venturoso que yo; no puede haberle... (<i>Da -una vuelta por la escena lleno de inquietud y alegría; después llama -á la puerta de don Enrique.</i>) Digo, señor, caballero galanteador, -¿podrá usted oirme dos palabras?</p> - - -<h4>ESCENA IX.</h4> - -<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Oh! señor vecino, ¿qué -novedad le trae á usted á mis puertas?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sus extravagancias de -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Cómo así?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien sabe usted lo que -quiero decirle; no se me haga el desentendido como lo tiene por -costumbre... Yo pensé que usted fuese persona de más formalidad, -y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la -mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno -lo que usted hace sin saltar de cólera?<span class="pagenum" -id="Page_215">p. 215</span> ¿No tiene usted vergüenza, siendo un -sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de -querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada, -de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas? -¡Eh! que eso es indigno.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Y quién le ha dado á usted -noticias tan agenas de verdad, señor don Gregorio?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Volvemos otra vez á la -misma canción. Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á -decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de -usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión -á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto -embrollo.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y -al acabarse el acto queda á media luz.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Cierto que si ella misma -hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un -obsequio tan mal pagado; pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Conque usted duda que sea -verdad?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Qué quiere usted, señor -don Gregorio? Es tan duro esto de persuadirse uno á que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Venga usted conmigo.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Hasta el fin de la escena va y viene don -Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don -Enrique, para que le siga.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Porque al fin, como usted -tiene tanto interés en que yo me desespere y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Venga usted, venga -usted... ¡Rosa!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No es decir esto que -usted...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Nada. No hay que disputar. -Si quiero que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¡Pensar que una dama ha de -responder con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que -adorarla!</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Usted lo verá. Ya -sale.</p> - - -<h4 title="ESCENA X."><span class="pagenum" id="Page_216">p. -216</span>ESCENA X.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué es esto?... -(<i>Sorprendida al ver á don Enrique</i>). ¿Viene usted á interceder por -él, á recomendármele para que sufra sus visitas, para que corresponda -agradecida á su insolente amor?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, hija mía. Te quiero yo -mucho para hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á -juguete cuanto yo le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro -que tú no le puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay -forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma -se lo digas, ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere -entenderlo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues ¿no le he manifestado -á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué -manera debo decírselo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bastante ha sido para -sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de -usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un -fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de -tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo -de que usted le pronuncie delante de mí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Cuanto el señor le ha dicho -á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa -que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Mi elección es tan honrada, -tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á -disimularla. De dos personas que miro presentes, la una es el objeto -de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo -vencer. Pero...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero es tiempo ya de que se -acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en -matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el -que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas -dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la -misma muerte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Lo ve usted?... Sí, -monita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No hay otro medio de que yo -viva contenta.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Manifiesta en la expresión de sus palabras -que las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don -Gregorio.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Dentro de muy poco lo -estarás.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Bien advierto que no -pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No hay mal en eso.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero en mi situación bien -puede disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya -considero como esposo mío.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, pobrecita mía... Sí, -morenilla de mi alma.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Y que le pida -encarecidamente, si no desprecia un amor tan fino, que acelere las -diligencias de unión.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ven aquí, perlita; -(<i>Abraza á doña Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique, -que está detrás de don Gregorio, se la besa afectuosamente, y se -retira al instante</i>) consuelo mío, ven aquí, que yo te prometo no -dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties; calla, que... Amigo -(<i>Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique</i>) ya lo ve usted. -Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bien está, señora; usted -se ha explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro -de poco se verá libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de -agradarla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span><span -class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No puede usted hacerme favor más -grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el -tedio que me causa, que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya, vamos, que eso es -demasiado.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Le ofendo á usted en decir -esto?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No por cierto... ¡Válgame -Dios! No es eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa -manera... Una aversión tan excesiva...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Por mucha que le manifieste, -mayor se la tengo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Usted quedará servida, -señora doña Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar, -desaparecerá de sus ojos de usted una persona que tanto la ofende.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Vaya usted con Dios, y cumpla -su palabra.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Señor vecino, yo lo -siento de veras, y no quisiera haberle dado á usted este mal rato; -pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—No, no crea usted que yo -lleve el menor resentimiento; al contrario, conozco que la señorita -procede con mucha prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me -toca sólo callar, y cumplir cuanto antes me sea posible lo que acabo -de prometerla. Señor don Gregorio, me repito á la disposición de -usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vaya usted con Dios.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Vamos pronto de aquí, -Cosme, que reviento de risa.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Retirándose hacia su casa, entran en ella los -dos, y se cierra la puerta.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA XI.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, DOÑA ROSA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—De veras te digo, que este -hombre me da compasión.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ande usted, que no merece -tanta como usted piensa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Por lo demás, hija mía, es mucho -lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que -merece. Seis ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia. -Mañana mismo quedaremos casados, y...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa</span> (<i>turbada</i>).—¿Mañana?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sin falta ninguna... -Ya veo á lo que te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que -repugnas lo que estás deseando. ¿Te parece que no lo conozco?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, amiguita, mañana serás -mi mujer. Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don -Simplicio el escribano, para que esté avisado y no haya dilación. -Adios, hechicera.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa -entra en su casa y cierra.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Infeliz de mí! ¿Qué haré -para evitar este golpe?</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span></p> - <h3><big>ACTO III.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA ROSA, DON GREGORIO.</p> - -<p class="acotseph">(<i>La escena es de noche. Doña Rosa sale de su -casa, manifestando el estado de incertidumbre y agitación que denota -el diálogo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No hay otro medio... Si me -detengo un instante, vuelve, pierdo la ocasión de mi libertad, y -mañana... No... primero morir. Declarándoselo todo á mi hermana y -á don Manuel, pidiéndoles amparo, consejo... Es imposible que me -abandonen. Desde su casa avisaré á mi amante, y él dispondrá cuanto -fuere menester, sin que mi decoro padezca... (<i>Don Gregorio sale por -una calle á tiempo que doña Rosa se encamina á casa de su hermana; -se detiene, y al conocerle duda lo que ha de hacer.</i>) Vamos, pero... -Gente viene... Y es él... ¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién está ahí, eh? -¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué novedad es esta?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué le diré?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué haces aquí, niña?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Usted lo extrañará.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Indica en la expresión de sus -palabras que va previniendo la ficción con que trata de -disculparse.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Pues no he de extrañarlo? -¿Qué ha sucedido? Habla.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Estoy tan confusa y...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span></p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vamos, no me tengas en -esta inquietud. ¿Qué ha sido?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Se enfadará usted si le -digo?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No me enfadaré. Dilo -presto. Vamos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, precisamente se va usted -á enojar, pero... Pues tenemos una huéspeda.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Quién?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Mi hermana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Cómo?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor, en mi cuarto la -dejo encerrada con llave para que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á -llamar á doña Ceferina, la viuda del pintor, á fin de suplicarla que -me hiciera el gusto de venirse á dormir esta noche á casa, porque -al cabo, estando ella conmigo... como es una mujer de tanto juicio, -y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿qué enredo es este, -señor, que hasta ahora, lléveme el diablo, si yo he podido entender -cosa ninguna?... ¿Á qué ha venido tu hermana?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ha venido... Mire usted, le -voy á revelar un secreto que le va á dejar aturdido... Pero no se ha -de enfadar usted, ¿no?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... ¿Lo quieres -decir ó tratas de que me desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo se lo diré á usted... Mi -hermana está enamorada de don Enrique.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora tenemos eso?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, señor. Hace más de un -año que se quieren, y cuasi el mismo tiempo que se han dado palabra -de matrimonio. Por esto fué la mudanza desde la calle de Silva á la -plazuela de Afligidos, pretextando Leonor que quería vivir cerca de -mi casa, no siendo otro el motivo que el de parecerla muy acomodado -este barrio desierto, adonde también se mudó inmediatamente don -Enrique, para tener más ocasión de verle y hablarle, aprovechándose -de la libertad que siempre la ha dado el bueno de don Manuel.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero este don Enrique ó don -demonio, ¿á cuántas quiere? ¡Si yo estoy lelo!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo le diré á usted. -Continuaron estos amores hasta que don Enrique, celoso de un don -Antonio de Escobar, oficial de la secretaría de Guerra, con quien la -vió una tarde en el jardín botánico, la envió un papel de despedida -lleno de expresiones amargas; y desde entonces no ha querido volverla -á ver. Parecióle conveniente además pagar con celos que él la diese, -los que le había causado el tal don Antonio; y desde entonces dió -en seguirme adonde quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar -la casa, todo sin duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de -envidia. Yo, que ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don -Enrique; pero me propuse callar y despreciarle, hasta que informada -esta tarde de todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme -muy sentida, creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese -trasto), resolví decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo -todo lo demás, para que la estimación de mi hermana no padeciese... -¿Qué hubiera usted hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo -mismo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Conque... Adelante.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pues como yo la dijese á -Leonor que inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por -medio de usted, cuánto me desagradaba su mal término, se desconsoló, -lloró, me suplicó que no lo hiciese; pero yo le aseguré que no -desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á casa de doña Beatriz -para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no parece -sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo -que ha pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted; -pero falta decirle que así que usted me dejó para ir á verse con el -escribano, llegó mi hermana, la conté cuánto había ocurrido, y... -Vaya, no es posible ponderarle á usted la aflicción que manifestó. -Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose conmigo sola, me -dijo en un tono de<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> -desesperación que me hizo temblar, que la chica había ido á su casa -á decir que esta noche no iría, porque doña Beatriz se había puesto -mala, y la había rogado que se quedase con ella. Y que también iba -encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de que á las doce -en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al jardín. -Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas -satisfacciones quiera pedirla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Picarona! ¡enredadora! -¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Amenazarla de que usted y don -Manuel sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para -que pongan remedio en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla -á que se fuera de mi casa inmediatamente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y ella?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Ella me respondió que si no -la sacan arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando -con don Enrique, y desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don -Manuel, ni á todo el mundo teme.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mi hermano merece esto y -mucho más... Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías? -No, señor. Yo le daré á entender á esa desvergonzada, que si ha -contado contigo para seguir adelante en su desacuerdo, se ha -equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se dejan llevar -al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le -detiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No, señor, por Dios, no -éntre usted. Al fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es -preciso que se vaya al instante, ó á su casa ó á lo menos á la de -doña Beatriz, si teme que don Manuel extrañe ahora su vuelta.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Hace que se va hacia su casa, y vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Muy bien; aquí espero á -que salga.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero no se descubra usted, -no la hable, no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería -tanta su<span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> confusión -y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere -enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre -se va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que -es lo que importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de -molestarla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Marta la piadosa!... -¡Cierto que merece ella toda esa caridad!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Es mi hermana.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Y qué poco se parece á ti -la dichosa hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te -propones.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo creo que sí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mira que si se obstina en -que ha de quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No será menester. Voy allá... -(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>) Pero repito que no se descubra usted, -ni la hostigue, ni...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bien, sí, la dejaré que se -vaya adonde quiera.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa</span> (<i>se encamina hacia su casa, -y vuelve.</i>)—¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y -cierre bien su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al -instante á acostar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pero ¿qué sientes?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿Qué sé yo? ¿Le parece á -usted que estaré poco disgustada con todo lo que ha sucedido?... -Nada me duele; pero deseo descansar y dormir... Conque... buenas -noches.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Adios, Rosita... Pero mira -que si no sale...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo le aseguro á usted que -saldrá.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Éntrase dejando entornada la puerta. Don -Gregorio se pasea por el teatro mirando con frecuencia hacia su casa, -impaciente del éxito.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Y á todo esto, ¿en qué -se ocupará ahora mi erudito hermano? Estará poniendo escolios á -algún<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> tratado -de educación... ¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de -resultar otra cosa de la independencia y la holgura en que siempre -ha vivido?... ¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y -os sujeta y os enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... -Mañana á las diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de -colleras, y á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la -bribona de la Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con -estos embudos? No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! -Parece que baja ya la niña bien criada.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se acerca más á un lado de la puerta de su -casa, colocándose hacia el proscenio, y escucha atentamente lo -que dice desde adentro doña Rosa, la cual finge que habla con su -hermana.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—No te canses en quererme -persuadir. Vete... Antes que todo es mi estimación... Vete, Leonor, -ya te lo he dicho... ¿Y qué importa que me oigan? ¿Soy yo la -culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de aquí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—En efecto, la echa de -casa... (<i>Sale doña Rosa de su cuarto con basquiña y mantilla -semejantes á las que sacó doña Leonor en el primer acto. Luégo que se -aparta un poco, cierra don Gregorio su puerta y guarda la llave.</i>) ¿Y -adónde irá la doncellita menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, -cerremos primero.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Los dos primeros salen de su casa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Dijiste al ama que no me -espere?</p> - -<p><span class="smcap">Cosme.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Pues cierra y vamos, que -aunque sepa atropellar por todo, he de hablarla esta noche.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Cierra Cosme la puerta con llave.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span><span -class="smcap">Cosme.</span>—¡Noche toledana!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Y á pesar de quien procura -estorbarlo, ella y yo seremos felices.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Doña Rosa, después de haberse alejado un -poco hacia el fondo del teatro, vuelve encaminándose á casa de don -Manuel; don Gregorio se adelanta igualmente y la observa. Ella se -detiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Él se acerca á la puerta de -don Manuel. ¿Qué haré?... Ya no es posible... (<i>Se retira llena de -confusión hacia el fondo del teatro. Don Enrique se adelanta, la -reconoce y la detiene.</i>) ¡Infeliz de mí!</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Quién es?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—¿Doña Rosita?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo soy.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Á mi casa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Pero ¿qué seguridad tendré en -ella?</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—La que debe usted esperar -de un hombre de honor.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo iba á la de mi hermana; -pero él me observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Está usted conmigo... -Pasará usted la noche en compañía de mi ama, mujer anciana y -virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y á él, á don Manuel, á su -tutor de usted, y á todo el mundo, les diré que es usted mi esposa, y -que estoy pronto si es necesario á exponer la vida para defenderla... -Abre, Cosme. Venga usted.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Cosme abre la puerta de la casa de don -Enrique.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Allí está.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Bien, que esté donde -quiera. Poco importa.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Allí, allí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Sí, ya le distingo... -No hay que temer, quieto se está... ¡Y qué bien hace en estarse -quieto!... Adentro.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Asiéndole de la mano se entra con ella en su -casa, y Cosme detrás.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor, se marchó á casa del -galán. No puede llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo -siento al ver tan solemnemente burlado á este hermano que Dios me -dió, necio por naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo -sabe!... Vamos á darle la infausta noticia... (<i>Se encamina á casa -de don Manuel; después se detiene.</i>) No, el asunto es serio, y si el -tiempo se pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un -trabajo... Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí -pienso que ha de vivir el comisario...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Va á casa del comisario, y llama.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON -GREGORIO.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Salen los tres primeros por una de las calles. -El criado con linterna. La escena se ilumina un poco.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¿Quién anda ahí?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Ah! ¿No es usted el señor -comisario del cuartel?</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Servidor de usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor... Oiga usted -aparte... (<i>Se aparta con el comisario á poca distancia de los -demás.</i>) Su presencia de usted es absolutamente necesaria para evitar -un escándalo que va á suceder... ¿Conoce usted á una señorita que se -llama doña Leonor, que vive en aquella casa de enfrente?</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí, de vista la conozco, y -al caballero que la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don -Manuel de Velasco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Hermano mío.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¡Oiga! ¿Es usted su -hermano?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Para servir á usted.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Para hacerme favor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues el caso es que esta niña, -hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un -mancebito andaluz que vive aquí en este cuarto principal...</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—¡Calle! Don Enrique de -Cárdenas; le conozco mucho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues bien. Ha cometido el -desacierto de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos, -ya usted conoce lo que puede resultar de aquí.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí... En efecto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ello hay de por medio -no sé qué papel de matrimonio; pero no ignora usted de lo que -sirven esos papeles cuando cesa el motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me -explico?</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Perfectamente... ¿Y ella -está adentro?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ahora mismo acaba de -entrar... Conque, señor comisario, se trata de salvar el decoro de -una doncella, de impedir que el tal caballero... Ya ve usted.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Sí, sí, es cosa urgente. -Vamos... Por fortuna tenemos aquí al señor, que en esta ocasión nos -puede ser muy útil... (<i>Alza un poco la voz volviéndose hacia el -escribano que está detrás, el cual se acerca á ellos muy oficioso.</i>) -Es escribano...</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Escribano real.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya.</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Y antiguo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Mejor.</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Mucha práctica de -tribunales.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Bueno.</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Conocido en testamentarías, -subastas, inventarios, despojos, secuestros y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No, ahí no hallará usted -cosa en que poder...</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Y muy hombre de bien.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Por supuesto.</p> - -<p><span class="smcap">Escribano.</span>—Es que...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Vamos, don Lázaro, que esto -pide mucha diligencia.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Yo aquí espero.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Muy bien.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Llama el criado á la puerta de don Enrique, se -abre, y entran los tres. La escena vuelve á quedar oscura.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON GREGORIO, DON MANUEL.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Veamos si está en casa -este inalterable filósofo, y le contaremos la amarga historia... -(<i>Llama en casa de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla -con algún criado, queda la puerta entornada, y don Gregorio se pasea -esperando á su hermano.</i>) ¿Está? Que baje inmediatamente, que le -espero aquí para un asunto de mucha importancia... ¡Bendito Dios! -¡En lo que han parado tantas máximas sublimes, tantas eruditas -disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya si... majadero más -completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se -detiene inmediato á ella.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿qué extravagancia es -esta? ¿Por qué no subes?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Porque tengo que hablarte, -y no me puedo separar de aquí.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>adelantándose hacia donde -está don Gregorio.</i>)—Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Vengo á darte muy buenas -noticias.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿De qué?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, te vas á regocijar -mucho con ellas... Dime: mi señora doña Leonor ¿en dónde está?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Pues no lo sabes? En casa -de su amiga doña Beatriz. Allí quedó esta tarde, yo me vine porque -te<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>nía una porción -de cartas que escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un -instante á otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Eh! Así, por hablar -algo...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero ¿qué quieres -decirme?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Nada... Que tú la has -educado filosóficamente, persuadido (y con mucha razón) de que -las mujeres necesitan un poco de libertad, que no es conveniente -reprenderlas ni oprimirlas, que no son los candados ni los cerrojos -los que aseguran su virtud, sino la indulgencia, la blandura y... -en fin, prestarse á todo lo que ellas quieren... ¡Ya se ve! Leonor, -enseñada por esta cartilla, ha sabido corresponder como era de -esperar á las lecciones de su maestro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Te aseguro que no comprendo -á qué propósito puede venir nada de cuanto dices.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Anda, necio, que bien -merecido está lo que te sucede, y es muy justo que recibas el -premio de tu ridícula presunción... Llegó el caso de que se vea -prácticamente lo que ha producido en las dos hermanas la educación -que las hemos dado. La una huye de los amantes; y la otra, como una -mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los persigue.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si no me declaras el -misterio, dígote que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—El misterio es que tu -pupila no está donde piensas, sino en casa de un caballerito, del -cual se ha enamorado rematadamente; y sola y de noche, y burlándose -de ti, ha ido á buscar mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Dices que Leonor?...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Sí, señor, la misma...</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Vaya, déjate de chanzas, y -no me...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Sí, que el niño es -chancero!... ¡Se dará tal estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y -vuelvo á repetírselo, que la Leonorcita se ha ido esta noche á casa -de su galán, y está con él, y lo he visto yo, y se quieren<span -class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> mucho, y hace más de un -año que se tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus -filosofías. ¿Lo entiendes?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Pero es una cosa tan agena -de verisimilitud...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Dale!... Vamos, aunque -lo vea por sus ojos no se lo harán creer... ¡Cómo me repudre la -sangre!... Amigo, dígote que los años sirven de muy poco cuando no -hay esto, esto. (<i>Señalándose con el dedo en la frente.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ello es que tú te persuades -á que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Figúrate si me habré -persuadido... Pero mira, no gastemos prosa... ven y lo verás, y en -viéndolo, espero y confío que te persuadirás también. Vamos.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se encamina á casa de don Enrique, y después -vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Haber cometido tal -exceso, cuando siempre la he tratado con la mayor benignidad, -cuando la he prometido mil veces no violentar, no contradecir sus -inclinaciones!</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Ya temía yo que no -había de ser creído, y que perderíamos el tiempo en altercaciones -inútiles. Por eso, y porque me pareció conveniente restaurar el -honor de esa mujer, siquiera por lo que me interesa su pobrecita -hermana, he dispuesto que el comisario del cuartel vaya allá, y vea -de arreglarlo, de manera que evitando escándalos, se concluya, si se -puede, con un matrimonio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Eso hay?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Toma! Ya están allá el -comisario y un escribano que venía con él... Digo, á no ser que usted -halle en sus libros algún texto oportuno para volver á recibir en -su casa á la inocente criatura, disimularla este pequeño desliz, y -casarse con ella... ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¿Yo? No lo creas. No cabe -en mí tanta debilidad, ni soy capaz de aspirar á poseer un corazón -que ya tiene otro dueño. Pero á pesar de cuanto dices, todavía no me -puedo reducir á...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Qué terco es!... Ven conmigo, y -acabemos esta disputa impertinente.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se encamina con su hermano hacia casa de don -Enrique, y al llegar cerca salen de ella el comisario y el criado. El -teatro se ilumina como en la escena tercera.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, -DON MANUEL.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Aquí, señores, no hay -necesidad de ninguna violencia. Los dos se quieren, son libres, -de igual calidad... No hay otra cosa que hacer sino depositar -inmediatamente á la señorita en una casa honesta, y desposarlos -mañana... Las leyes protegen este matrimonio y le autorizan.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Qué te parece?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>reprimiéndose</i>).—¿Qué me ha -de parecer?... Que se casen.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Pues, señor, que se -casen.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Diré á usted, señor don -Manuel. Yo he propuesto á la novia que tuviese á bien de honrar mi -casa, en donde asistida de mi mujer y de mis hijas, estaría, si -no con las comodidades que merece, á lo menos con la que pueden -proporcionarla mis cortas facultades; pero no ha querido admitir este -obsequio, y dice que si usted permite que vaya á la suya, la prefiere -á otra cualquiera. Es cierto que esta elección es la mejor; pero he -querido avisarle á usted para saber si gusta de ello, ó tiene alguna -dificultad.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Ninguna... Que venga. Yo me -encargo del depósito.</p> - -<p><span class="smcap">Comisario.</span>—Volveré con ella muy -pronto.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se entra con el criado en casa de don Enrique. -El teatro queda oscuro otra vez.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—No me queda otra cosa -que ver... Pero<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> -¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura -de este insensato que se presta á tenerla en su casa después de lo -que ha hecho, que la toma en depósito de manos de su amante para -entregársela después tal y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar -cabeza más destornillada que la suya... No puede ser.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—No lo entiendes, Gregorio... -Mira, tú has hecho intervenir en esto á un comisario para evitar los -daños que pudieran sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo -por la misma razón; para que su crédito no padezca; para que no se -trasluzca lo que ha sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y -lo murmura; para que mañana se casen, como si fuera yo mismo el que -lo hubiese dispuesto; para manifestar á Leonor que nunca he querido -hacerme un tirano de su libertad ni de sus afectos; para confundirla -con mi modo de proceder comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es -posible que haya sido capaz de tal ingratitud?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—Calla, que... (<i>Salen por -una calle doña Leonor, Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo -pasado ya por delante de la puerta de don Enrique, al volverse don -Gregorio las ve. Doña Leonor al ver gente se detiene un poco. Se -ilumina el teatro.</i>) Sí... Ahí la tienes. Pídela perdón.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Yo! ¡Qué mal me conoces!</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, -DON GREGORIO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Leonor, no temas ningún -exceso de cólera en mí, bien sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy -grande el sentimiento que me ha causado ver que te hayas atrevido á -una acción tan poco decorosa, sabiendo tú que<span class="pagenum" -id="Page_234">p. 234</span> nunca he pensado sujetar tu albedrío, que -no tienes amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba -recibir de ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo -sabré tolerar en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento -sólo á que tu estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, -te daré en mi casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo -el esposo que has querido elegir.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Yo no entiendo, señor don -Manuel, á qué se dirige ese discurso... ¿Qué acción indecorosa? -¿qué agravio? ¿qué esposo es ese de quien usted me habla?... Yo -soy la misma que siempre he sido. Mi respeto á su persona de -usted, mi agradecimiento, y para decirlo de una vez, mi amor, son -inalterables... Mucho me ofende el que presuma que he podido yo hacer -ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer honesta, que estima en -más que la vida su honor y su opinión.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>volviéndose á don -Gregorio</i>).—¿Oyes lo que dice?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio</span> (<i>acercándose á doña -Leonor</i>).—Ya se ve que lo oigo... Conque Leonorcita... Ahorremos -palabras... ¿De dónde vienes, hija?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—De casa de doña Beatriz.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Ahora vienes de allí, -cordera?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Ahora mismo... ¿No ve usted -á Pepe, que nos ha venido á acompañar?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no sales de casa de don -Enrique?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—¿De quién? ¿De ese que vive -aquí en?... ¡Eh! no por cierto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no habéis concertado -vuestro casamiento á presencia del comisario?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Me hace reir... ¿Ves qué -desatino, Juliana?</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no estáis enamorados -mucho tiempo há?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Muchísimo tiempo... ¿Y qué -más?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span><span -class="smcap">D. Gregorio.</span>—¿Y no estuviste en mi casa esta -noche? ¿y no te hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á -la de tu galán? ¿y no te ví yo?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Esto pasa de chanza. Usted -no sabe lo que se dice... (<i>Asiendo del brazo á don Manuel se dirige -hacia su casa.</i>) Vamos á casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido -el poco entendimiento que tenía; vamos.</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienesh">DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL -ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO, DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON -MANUEL, DON GREGORIO.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>El criado saldrá con la linterna. La luz del -teatro se duplica.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¡Leonor!... ¡Hermana!...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Corriendo hacia doña Leonor la coge de las -manos, y se las besa.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio.</span>—¡Huf!...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de -confusión.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Yo espero de tu buen -corazón que has de perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu -nombre para conseguir el fin de mis engaños. El ejemplo de tu mucha -virtud hubiera debido contenerme; pero, hermana mía, bien sabes qué -diferente suerte hemos tenido las dos.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Todo lo conozco, Rosita... -La elección que has hecho no me parece desacertada; repruebo -solamente los medios de que te has valido... Mucha disculpa tienes, -pero toda la necesitas.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Cuanto digas es cierto, -pero... (<i>Volviéndose á don Gregorio, que permanece absorto y sin -movimiento.</i>) usted ha sido la causa de tanto error, usted... -No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos, si no estuviese -bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque le<span -class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> disguste, le sirvo... La -aversión que usted logró inspirarme distaba mucho de aquella suave -amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez usted me -acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido -verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.</p> - -<p><span class="smcap">D. Enrique.</span>—Dice bien, y usted debe -agradecerla el honor que conserva y la tranquilidad de que puede -gozar en adelante.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel</span> (<i>acercándose á don -Gregorio</i>).—Esto pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa, -es necesario que te conformes.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Y hará muy mal en no -conformarse; porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará -ninguno que le tenga lástima.</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—Y conocerá que á las mujeres -no se las encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de -tratarlas mal. ¡Hombre más tonto!</p> - -<p><span class="smcap">Cosme</span> (<i>hablando con Juliana</i>).—Y -en verdad que se ha escapado como en una tabla. Bien puede estar -contento.</p> - -<p><span class="smcap">D. Gregorio</span> (<i>No dirige á nadie -sus palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose -sucesivamente la energía de su expresión</i>).—No, yo no acabo de salir -de la admiración en que estoy... Una astucia tan infernal confunde -mi entendimiento; ni es posible que Satanás en persona sea capaz de -mayor perfidia que la de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por -ella las manos en el fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de -lo que á mí me sucede se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de -malicias y picardías. Sexo engañador, destinado á ser el tormento -y la desesperación de los hombres... Para siempre le detesto y le -maldigo, y le doy al demonio, si quiere llevársele.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Sacando la llave de su puerta, se encamina -furioso hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra -en su casa, y cierra por dentro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—No dice bien... Las mujeres, -dirigidas por<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> otros -principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor -del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y -mañana sin falta se celebrará la boda.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—¿La mía no más?</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—Si tu hermana me perdona una -breve sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el -solo dichoso; yo también pudiera serlo.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Hoy es día de perdonar.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Rosa.</span>—Sí, bien merece tu perdón y -tu mano el que supo darte una educación tan contraria á la que yo -recibí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Leonor.</span>—Con su prudencia y su -bondad se hizo dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva -es prenda suya.</p> - -<p><span class="smcap">D. Manuel.</span>—¡Querida Leonor!</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se abrazan don Manuel y doña Leonor.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Juliana.</span>—¡Excelente lección para los -maridos, si quieren estudiarla!</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/ill_237.jpg" - alt="Viñeta ornamental" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_4"> - <hr class="chap" /> - <h2 title="EL MÉDICO Á PALOS" class="nobreak"><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>EL MÉDICO Á PALOS</h2> - <p class="centra fs80 ws1 mt15">COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span></p> - <h3>PERSONAS</h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<div class="perssup"> - <ul class="pers lh200"> - <li>DON JERÓNIMO.</li> - <li>DOÑA PAULA.</li> - <li>LEANDRO.</li> - <li>ANDREA.</li> - <li>BARTOLO.</li> - <li>MARTINA.</li> - <li>GINÉS.</li> - <li>LUCAS.</li> - </ul> -</div> - -<hr class="sep0" /> - -<p class="hang mt2">La escena representa en el primer acto un bosque, -y en los dos siguientes una sala de casa particular, con puerta en el -foro y otras dos en los lados.</p> - -<p class="centra mt2"><i>La acción empieza á las once de la mañana, y -se acaba á las cuatro de la tarde.</i></p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/ill_241.jpg" - alt="Friso ornamental" /> - </div> - <h3><big>ACTO I.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">BARTOLO, MARTINA.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Válgate Dios, y qué durillo -está este tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte... (<i>Corta -leña de un árbol inmediato al foro: deja después el hacha arrimada -al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un peñasco, -saca piedra y eslabón, enciende un cigarro y se pone á fumar.</i>) -¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy aprieta el calor, me fatigo, y -me rindo, y no puedo más... Dejémoslo, y será lo mejor, que ahí se -quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y -un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de heredar... Allí -viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?</p> - -<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>sale por el lado derecho del -teatro</i>).—Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando sin trabajar? -¿Sabes que<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> tienes -que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de -mediodía?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Anda, que si no es hoy, será -mañana.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Mira qué respuesta.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Perdóname, mujer. Estoy -cansado, y me senté un rato á fumar un cigarro.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Y que yo aguante á un marido -tan poltrón y desidioso! Levántate y trabaja.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Poco á poco, mujer; si acabo -de sentarme.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Levántate.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ahora no quiero, dulce -esposa.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Hombre sin vergüenza, sin -atender á sus obligaciones! ¡Desdichada de mí!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay, qué trabajo es tener -mujer! Bien dice Séneca: que la mejor es peor que un demonio.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Miren qué hombre tan hábil, -para traer autoridades de Séneca.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Si soy hábil? Á ver, á ver, -búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años -á un médico latino, ni que haya estudiado el <i>quis vel qui, quæ, quod -vel quid</i>, y más adelante, como yo lo estudié.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Mal haya la hora en que me -casé contigo.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Y maldito sea el pícaro -escribano que anduvo en ello.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Haragán, borracho.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Esposa, vamos poco á poco.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Yo te haré cumplir con tu -obligación.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira, mujer, que me vas -enfadando.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se levanta desperezándose, encamínase hacia el -foro, coge un palo del suelo y vuelve.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Y qué cuidado se me da á mí, -insolente?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de cascar, -Martina.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Cuba de vino.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de solfear las -espaldas.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Infame.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mira que te he de romper la -cabeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span><span -class="smcap">Martina.</span>—¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á -mí?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>dando de palos á -Martina</i>).—¿Sí? Pues toma.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Este es el único medio de que -calles... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Después de haberme puesto -así?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No quieres? Si eso no ha sido -nada. Vamos.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—No quiero.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vamos, hijita.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—No quiero, no.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Mal hayan mis manos, que han -sido causa de enfadar á mi esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Tira el palo á un lado, y la abraza.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Si reventaras!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, si se muere por mí -la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, -diez ó doce garrotazos más ó menos no valen nada... Voy hacia el -barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces, haré una -carguilla, y mañana con la burra la llevaremos á Miraflores. (<i>Hace -que se va y vuelve.</i>) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago: -si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he -de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el -monte adelante. Martina se queda retirada á un lado hablando entre -sí.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Anda, que tú me las pagarás... -Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse -de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y -yo quisiera otro que él sintiera más, aunque á mí no me agradase -tanto.</p> - - -<h4 title="ESCENA II."><span class="pagenum" id="Page_244">p. -244</span>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">MARTINA, GINÉS, LUCAS.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Salen por la izquierda.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vaya, que los dos hemos tomado -una buena comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por -este trabajo.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Qué quieres, amigo Lucas? Es -fuerza obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á -todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan -guapa... Vaya, todo se lo merece.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pero, hombre, fuerte cosa es -que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su -enfermedad.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Su enfermedad bien á la vista -está; el remedio es el que necesitamos.</p> - -<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>aparte</i>).—¡Que no pueda yo -imaginar alguna invención para vengarme!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Veremos si este médico de -Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la -senda...</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—(<i>Aparte, hasta que repara en -los dos y les hace la cortesía.</i> Pues ello es preciso, que los golpes -que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) -Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto, porque -estaba distraída.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Vamos bien por aquí á -Miraflores?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí, señor. (<i>Señalando adentro -por el lado derecho.</i>) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel -noguerón? Pues todo derecho.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No hay allí un famoso médico, -que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, -y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ay! sí, señor. Curaba en -griego; pero hace<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> -dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo -de tierra.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Lo que usted oye. ¿Y para -quién le iban ustedes á buscar?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Para una señorita que vive ahí -cerca, en esa casa de campo junto al río.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Ah! sí. La hija de don -Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué tiene?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Qué sé yo? Un mal que nadie le -entiende, del cual ha venido á perder el habla.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Qué lástima! Pues... -(<i>Aparte, con expresión de complacencia.</i> ¡Ay, qué idea me ocurre!) -Pues mire usted, aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace -prodigios en esos males desesperados.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Y en dónde le podemos -encontrar?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Cortando leña en ese monte.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Estará entreteniéndose en buscar -algunas yerbas salutíferas.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—No, señor. Es un hombre -extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño -en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento -maravilloso que Dios le dió.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Cierto que es cosa admirable, -que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de -locura mezclada con su ciencia.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—La manía de este hombre es la -más particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos -que no le muelan el cuerpo á palos; y así les aviso á ustedes que si -no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado -en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. -Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y -siempre nos ha salido bien.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—¡Qué extraña locura!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Habráse visto hombre más -original?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Y cómo se llama?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Don Bartolo. Fácilmente le -conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de -mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un -sombrerillo redondo.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No se me despintará, no.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Y ese hombre hace unas curas -tan difíciles?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Curas dice usted? Milagros -se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre -mujer, ya iban á enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese -por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, -examinó á la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la -boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre -cantando el <i>frondoso</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Es posible?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Como que yo lo ví. Mire usted, -aún no hace tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la -torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le -quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no -quería ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese. -Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma -le fué untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un -rato se puso en pié, y se fué corriendo á jugar á la rayuela con los -otros chicos.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues ese hombre es el que -necesitamos nosotros. Vamos á buscarle.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Pero sobre todo, acuérdense -ustedes de la advertencia de los garrotazos.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ya, ya estamos en eso.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Allí debajo de aquel árbol -hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Sí? Voy por un par de -ellas.</p> - -<p class="acotseph"><span class="pagenum" id="Page_247">p. -247</span>(<i>Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el -foro y coge otro, vuelve, y se le da á Ginés.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Fuerte cosa es que haya de ser -preciso valerse de este medio!</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Y si no, todo será inútil. -(<i>Hace que se va, y vuelve.</i>) ¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que -no se les escape, porque corre como un gamo; y si les coge á ustedes -la delantera, no le vuelven á ver en su vida. (<i>Mirando hacia dentro -á la parte del foro.</i>) Pero me parece que viene. Sí, aquel es. Yo me -voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad, menudito en él. -Adios, señores.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">GINÉS, LUCAS.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Fortuna ha sido haber hallado á -esta mujer. Pero ¿no ves qué traza de médico aquella?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Los dos miran hacia el foro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ya lo veo... Mira, retirémonos -uno á un lado y otro á otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos -de tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y sólo en el caso de que -absolutamente sea preciso...</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Bien... Entonces me haces una -seña, y le ponemos como nuevo.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues apartémonos, que ya -llega.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Ocúltanse á los dos lados del teatro.</i>)</p> - - -<h4 title="ESCENA IV."><span class="pagenum" id="Page_248">p. -248</span>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">GINÉS, LUCAS, BARTOLO.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Bartolo sale del monte con un hacha y las -alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del -teatro, y saca de las alforjas una bota</i>).</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span></p> - -<div class="poem"><div class="stanza mt-1"> -<p class="i2">En el alcázar de Venus,</p> -<p class="i0">junto al Dios de los planetas,</p> -<p class="i0">en la gran Constantinopla,</p> -<p class="i0">allá en la casa de Meca,</p> -<p class="i0">donde el gran sultán bajá,</p> -<p class="i0">imperio de tantas fuerzas,</p> -<p class="i0">aquel Alcorán que todos</p> -<p class="i0">le pagan tributo en perlas;</p> -<p class="i0">rey de setenta y tres reyes,</p> -<p class="i0">de siete imperios... (<i>Bebe.</i>)</p> -<p class="i0">De siete imperios cabeza;</p> -<p class="i0">este tal tiene una hija,</p> -<p class="i0">que es del imperio heredera.</p> -</div></div> - -<p class="acotseph">(<i>Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por -donde sale Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una -cortesía. Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va á -ponerla al otro lado á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que -Lucas. Bartolo pone la bota entre las piernas, y la tapa con las -alforjas.</i>)</p> - -<p>Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé -la bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso -la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa -buena.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Es usted un caballero que se -llama el señor don Bartolo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Que si se llama usted don -Bartolo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, y sí, conforme lo que -ustedes quieran.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—Queremos hacerle á usted cuantos -obsequios sean posibles.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si así es, yo me llamo don -Bartolo.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Quítase el sombrero y le deja á un lado.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues con toda cortesía...</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y con la mayor reverencia...</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Con todo cariño, suavidad y -dulzura...</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y con todo respeto, y con la -veneración más humilde...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Parecen arlequines, -que todo se les vuelve cortesías y movimientos.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues, señor, venimos á implorar -su auxilio de usted para una cosa muy importante.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué pretenden ustedes? -Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Favor que usted nos hace... Pero -cúbrase usted, que el sol le incomodará.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vaya, señor, cúbrase usted.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, señores, ya estoy -cubierto... (<i>Pónese el sombrero, y los otros también.</i>) ¿Y ahora?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—No extrañe usted que vengamos en -su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, -y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de -usted, y de su...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Es verdad, como que soy el -hombre que se conoce para cortar leña.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Señor...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si ha de ser de encina, no la -daré menos de á dos reales la carga.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ahora no tratamos de eso.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—La de pino la daré más barata. -La de raíces, mire usted...</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Oh! señor, eso es burlarse.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Suplico á usted que hable de -otro modo.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hombre, yo no sé otra manera -de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en -ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, -¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la -naturaleza?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Quién, yo?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Usted, no hay que negarlo.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Usted será el médico y toda su -generación, que yo en mi vida lo he sido. (<i>Ap.</i> Borrachos están.)</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Para qué es excusarse? Nosotros -lo sabemos, y se acabó.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero, en suma, ¿quién soy -yo?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Quién? Un gran médico.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué disparate! (<i>Ap.</i> ¿No -digo que están bebidos?)</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Conque vamos, no hay que -negarlo, que no venimos de chanza.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vengan ustedes como vengan, yo -no soy médico, ni lo he pensado jamás.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Al cabo me parece que será -necesario... (<i>Mirando á Ginés.</i>) ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Yo creo que sí.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—En fin, amigo don Bartolo, no es -ya tiempo de disimular.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mire usted que se lo decimos por -su bien.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Confiese usted con mil demonios -que es médico, y acabemos.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>impaciente</i>).—¡Yo rabio!</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Para qué es fingir si todo el -mundo lo sabe?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues digo á ustedes que no soy -médico.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y -se le acercan, disponiéndose para apalearle.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Conque no?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—El diablo me lleve si entiendo -palabra de medicina.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—Pues, amigo, con su buena licencia de -usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Ya, ya.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué remedio dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Este.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas -para que no se escape.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (<i>Quitándose -el sombrero.</i>) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes -quieran.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pues bien, ¿para qué nos obliga -usted á esta violencia?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Para qué es darnos el trabajo -de derrengarle á garrotazos?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—El trabajo es para mí, que los -llevo... Pero, señores, vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada: -ó están ustedes locos?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Aún no confiesa usted que es -doctor en medicina?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, señor; no lo soy, ya está -dicho.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Conque no es usted médico?... -Lucas.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Conque no? (<i>Vuelven á darle de -palos.</i>) ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí! -(<i>Pónese de rodillas juntando las manos, en ademán de súplica.</i>) Sí -que soy médico. Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, señor, y cirujano de -estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay -que ser.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Me alegro de verle á usted tan -razonable.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Levántanle cariñosamente entre los dos.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Ahora sí que parece usted hombre -de juicio.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Maldita sea vuestra -alma!...) ¿Si seré yo médico y no habré reparado en ello?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—No hay que arrepentirse. Á usted -se le pagará muy bien su asistencia, y quedará contento.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero, hablando ahora en paz, -¿es cierto que soy médico?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—Certísimo.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Seguro?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Sin duda ninguna.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues lléveme el diablo si yo -sabía tal cosa.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿Pues cómo, siendo el profesor -más sobresaliente que se conoce?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>riéndose</i>).—¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Un médico que ha curado no sé -cuántas enfermedades mortales.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>con ironía</i>).—¡Válgame -Dios!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Una mujer que estaba ya -enterrada...</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Un muchacho que cayó de una -torre y se hizo la cabeza una tortilla...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿También le curé?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—También.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Conque buen ánimo, señor doctor. -Se trata de asistir á una señorita muy rica, que vive en esa quinta -cerca del molino. Usted estará allí comido y bebido, y regalado como -cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Me traerán en palmitas?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí, señor, y acabada la curación -le darán á usted qué sé yo cuánto dinero.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, señor, vamos allá. ¿En -palmitas y qué sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Recógele todos esos muebles, y -vamos.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No, poco á poco. (<i>Lucas -recoge las alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la -guarda debajo del brazo.</i>) La bota conmigo.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pero, señor, ¡un doctor en -medicina con bota!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa, venga... Me darán -bien de comer y de beber... (<i>Apartándose á un lado, medita y habla -entre sí. Después con ellos.</i>) La pulsaré, la recetaré algo... La -mato seguramente... Si no quiero ser médico, me volverán á sacudir el -bulto; y si lo soy, me le sacudirán también... Pero díganme ustedes: -¿les parece que este traje rústico será propio de un hombre tan -sapientísimo como yo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span><span -class="smcap">Ginés.</span>—No hay que afligirse. Antes de -presentarle á usted, le vestiremos con mucha decencia.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Si á lo menos -pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les -decía mi amo á los enfermos, saldría del apuro.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mira que se quiere escapar.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Señor don Bartolo, ¿qué -hacemos?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte</i>).—Aquel libro -de vocabulorum, que llevaba el chico al aula. ¡Aquel sí que era -bueno!</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Vaya, basta de meditación.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Será cosa de que otra -vez?...</p> - -<p class="acotsep">(<i>En ademán de volverle á dar.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué! no, señor. Sino que -estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Los dos le cogen en medio, y se van con él por -la izquierda del teatro.</i>)</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/ill_253.jpg" - alt="Viñeta ornamental" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span></p> - <h3><big>ACTO II.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque decís que es tan -hábil?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Cuantos hemos visto hasta ahora -no sirven para descalzarle.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Hace curas maravillosas.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Resucita muertos.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Sólo que es algo estrambótico y -lunático, y amigo de burlarse de todo el mundo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me dejáis aturdido con esa -relación. Ya tengo impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vistiéndose quedaba. Toma la -llave, y no te apartes de él.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Le da una llave á Ginés, el cual se va por la -puerta del lado derecho.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Que venga, que venga -presto.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Ay, señor amo! que aunque el -médico sea un pozo de ciencia, me parece á mí que no haremos nada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Porque doña Paulita no ha -menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás -es<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> andarse por las -ramas. ¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, -y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo -no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará -perfectamente.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vamos, calla, no hables -tonterías.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—La chica no piensa en eso. -Es todavía muy niña.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Niña! Sí, cásela usted, y verá -si es niña.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Más adelante no digo -que...</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Boda, boda, y aflojar el dote, -y...</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Quieres callar, -habladora?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—(<i>Ap.</i> Allí le duele...) Y -despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes -por la ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Á qué novio, bachillera, -impertinente? ¿En dónde está ese novio?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Qué presto se le olvidan á -usted las cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que -la adora, y ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—La fortuna del tal Leandro -está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho ó diez años -no le he vuelto á ver... Y ya sé que anda por aquí acechando y -rondándome la casa; pero como yo le llegue á pillar... Bien que lo -mejor será escribir á su tío para que le recoja y se le lleve á -Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por cierto! -¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada -de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en el bolsillo!</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Su tío, que es muy rico, que -es muy amigo de usted, que quiere mucho á su sobrino, y que no tiene -otro heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará á su -hija, y con lo que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete al instante de aquí, -lengua de demonio.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea</span> (<i>aparte</i>).—Allí le duele.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span><span -class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Ya me iré, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vete, que no te puedo -sufrir.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Que siempre has de dar en eso, -Andrea! Calla, y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no -necesita de tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca -en cuidados agenos, que al fin y al cabo, el señor es el padre de su -hija, y su hija es hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Dice bien tu marido, que -eres muy entremetida.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—El médico viene.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste -vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Aquí tiene usted, señor don -Jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del -mundo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me alegro mucho de ver á -usted, y de conocerle, señor doctor.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en -la mano.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hipócrates dice que los dos -nos cubramos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Hipócrates lo dice?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y en qué capítulo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—En el capítulo de los -sombreros.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues si lo dice -Hipócrates, será preciso obedecer.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Los dos se ponen el sombrero.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues como digo, señor médico, -habiendo sabido...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span><span -class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Con quién habla usted?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Con usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conmigo? Yo no soy -médico.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No? Pues ahora verás lo que -te pasa.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Arremete hacia él con el bastón levantado en -ademán de darle de palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de -por medio, y detienen á Bartolo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué hace usted, -hombre?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo te haré que seas médico á -palos, que así se gradúan en esta tierra.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Detenedle vosotros... ¿Qué -loco me habéis traído aquí?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¿No le dije á usted que era muy -chancero?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí; pero que vaya á los -infiernos con esas chanzas.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No le dé á usted cuidado. Si lo -hace por reir.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Mire usted, señor facultativo, -este caballero que está presente es nuestro amo, y padre de la -señorita que usted ha de curar.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿El señor es su padre? ¡Oh! -perdone usted, señor padre, esta libertad que...</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Soy de usted.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo siento...</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, no ha sido nada... -(<i>Ap.</i> ¡Maldita sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. -(<i>Saca la caja, se la presenta á Bartolo, y él toma polvo con -afectada gravedad.</i>) Yo tengo una hija muy mala...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Muchos padres se quejan de lo -mismo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Quiero decir que está -enferma.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya, enferma.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Me alegro mucho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Cómo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Digo que me alegro de que -su hija de usted<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> -necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia -estuviesen á las puertas de la muerte, para emplearme en su -asistencia y alivio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Viva usted mil años, que -yo le estimo su buen deseo.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hablo ingenuamente.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya lo conozco.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y cómo se llama su niña de -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Paulita.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Paulita! ¡Lindo nombre para -curarse!... Y esta doncella ¿quién es?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Esta doncella es mujer de -aquel. (<i>Señalando á Lucas.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Oiga!</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor... Voy á hacer -que salga aquí la chica para que usted la vea.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Durmiendo quedaba.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No importa, la -despertaremos. Ven, Ginés.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Allá voy.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vanse los dos por la izquierda.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">BARTOLO, ANDREA, LUCAS.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>acercándose á Andrea con ademanes y gestos -expresivos</i>).—¿Conque usted es mujer de ese mocito?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Para servir á usted.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el -verla!... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, -tan igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los -ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores -ni más traviesos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span><span class="smcap">Lucas.</span>—(<i>Ap.</i> ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la -está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude -usted de conversación, porque no me gustan esas flores. -¿Delante de mí se pone usted á decir arrumacos á mi mujer? -Yo no sé como no cojo un garrote, y le...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas -veces me han de examinar de médico?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues cuenta con ella.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo reviento de risa.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la -puerta de la izquierda con don Jerónimo y Ginés.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, -ANDREA.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Anímate, hija mía, que -yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente -recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad -sillas.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta -en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en -pié.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Conque esta es su hija de -usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No tengo otra, y si se me -llegara á morir me volvería loco.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya se guardará muy bien. Pues -qué, ¿no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no -se morirá... Vean ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante -capaz de hacer perder la chabeta al hombre más tétrico del mundo. -Yo, con todos mis aforismos, le aseguro á usted... ¡Bonita cara -tiene!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span><span -class="smcap">D.ª Paula.</span>—¡Ah! ¡ah! ¡ah!</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vaya, gracias á Dios que -se ríe la pobrecita.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran -señal! Cuando el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y -bien, ¿qué la duele á usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ba, ba, ba, ba.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Eh? ¿Qué dice usted?</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ba, ba, ba.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre -de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues ese es su mal. Ha -venido á quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted -qué desconsuelo para mí.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Qué bobería! Al contrario, -una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta -enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Á pesar de eso, yo le -suplico á usted que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y -quitarla ese impedimento.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Se la aliviará, se la quitará: -pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como -quiera. ¿Come bien?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor, con bastante -apetito.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Malo!... ¿Duerme?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, unas ocho ó nueve -horas suele dormir regularmente.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Malo!... ¿Y la cabeza la -duele?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya se lo hemos preguntado -varias veces; dice que no.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No? ¡Malo!... Venga el -pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué indica?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Que su hija de usted tiene -secuestrada la facultad de hablar.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Secuestrada?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span><span -class="smcap">Bartolo.</span>—Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo -he dicho, curará.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¿de qué ha podido -proceder este accidente?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Este accidente ha podido -proceder y procede (según la más recibida opinión de los autores) de -habérsela interrumpido á mi señora doña Paulita el uso expedito de la -lengua.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Este hombre es un -prodigio!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿No se lo dijimos á usted?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Pues á mi me parece un -macho.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Calla.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y en fin, ¿qué piensa -usted que se puede hacer?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Se puede y se debe hacer... -El pulso... (<i>Tomando el pulso á doña Paula.</i>) Aristóteles en sus -protocolos habló de este caso con mucho acierto.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué dijo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Cosas divinas... La otra... -(<i>La toma el pulso en la otra mano, y la observa la lengua.</i>) Á ver -la lengüecita... ¡Ay, qué monería!... Dijo... ¿Entiende usted el -latín?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—No, señor, ni una -palabra.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa. Dijo: <i>Bonus bona -bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax -acinacis, est modus in rebus; amarylida sylvas.</i> Que quiere decir, -que esta falta de coagulación en la lengua la causan ciertos humores -que nosotros llamamos humores... acres, proclives, espontáneos y -corrumpentes. Porque como los vapores que se elevan de la región... -¿Están ustedes?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, aquí estamos -todos.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—De la región lumbar, pasando -desde el lado izquierdo donde está el hígado, al derecho en que está -el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, -según la doctrina de Ausias March y de Calepino<span class="pagenum" -id="Page_262">p. 262</span> (aunque yo llevo la contraria), que la -malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor, -perfectamente.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, como digo, supeditando -dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden -que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. <i>Doceo -doces, docere, docui, doctum, ars longa, vita brevis: templum, -templi: augusta vindelicorum, et reliqua...</i> ¿Qué tal? ¿He dicho -algo?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Cuanto hay que decir.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Es mucho hombre este.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sólo he notado una -equivocación en lo que...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Equivocación? No puede ser. -Yo nunca me equivoco.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Creo que dijo usted que el -corazón está al lado derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad -que es todo lo contrario.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Hombre ignorantísimo, sobre -toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas -vejeces? Sí, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos -arreglado de otra manera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Perdone usted, si en esto -he podido ofenderle.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ya está usted perdonado. Usted -no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido -común.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué le parece á usted -que deberemos hacer con la enferma?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Primeramente harán ustedes que -se acueste, luégo se la darán unas buenas friegas... bien que eso yo -mismo lo haré... y después tomará de media en media hora una gran -sopa en vino.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Qué disparate!</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y para qué es buena la -sopa en vino?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Ay, amigo, y qué falta le -hace á usted un<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> -poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. -Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una -virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía -mater, y hace hablar á los mudos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues no lo sabía.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Si usted no sabe nada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Es verdad que no he -estudiado, ni...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Pues no ha visto usted, pobre -hombre, no ha visto usted cómo á los loros los atracan de pan mojado -en vino?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y no hablan los loros? -Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos -también á doña Paulita, y dentro de muy poco hablará más que siete -papagayos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Algún ángel le ha traído -á usted á mi casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás -descansar... Al instante vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de -usted?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Don Bartolo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues así que la deje -acostada seré con usted, señor don Bartolo... (<i>Se levantan los -tres.</i>) Ayuda aquí, Andrea... Despacito.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Taparla bien, no se resfríe. -Adios, señorita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula</span>.—Ba, ba, ba, ba.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>hace que se -va acompañando á doña Paula, y vuelve á hablar aparte con -Lucas</i>).—Lucas, vé al instante y adereza el cuarto del señor, bien -limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua, -la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa ninguna... -¿Estás?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas</span> (<i>marchando por la puerta de la -derecha</i>).—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, hija mía.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés -por la puerta de la izquierda.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span><span -class="smcap">Bartolo.</span>—Yo sudo... En mi vida me he visto -más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible! -Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal -estamos... En las espaldas siento una desazón que no me deja... Y -no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que -recibir.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase por la parte del lado derecho.</i>)</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/ill_264.jpg" - alt="Viñeta ornamental" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span></p> - <h3><big>ACTO III.</big></h3> - <hr class="tir" /> -</div> - -<h4>ESCENA PRIMERA.</h4> - -<p class="quienes">BARTOLO (<i>sale sin sombrero ni bastón por la -derecha</i>), DON JERÓNIMO.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues, señor, ya está visto. -Esto de escabullirse, es negocio desesperado... ¡El maldito, con -achaque de la compostura del cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay, -pobre Bartolo!... (<i>Paseándose inquieto por el teatro.</i>) Vamos, pecho -al agua, y suceda lo que Dios quiera.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>sale por la -izquierda</i>).—No ha habido forma de poderla reducir á que se acueste. -Ya la están preparando la sopa en vino que usted mandó. Veremos lo -que resulta.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que dudar, el resultado -será felicísimo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>sacando la bolsa y -tomando de ella algunos escuditos</i>).—Usted, amigo don Bartolo, estará -en mi casa obsequiado y servido como un príncipe, y entre tanto -quiero que tenga usted la bondad de recibir estos escuditos.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No se hable de eso.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Hágame usted ese favor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que tratar de la -materia.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, que es preciso.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Yo no lo hago por el -dinero.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Lo creo muy bien, pero sin -embargo...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y son de los nuevos?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span></p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya, una vez que son de los -nuevos, los tomaré. (<i>Los toma y se los guarda.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ahora bien, quede usted -con Dios, que voy á ver si hay novedad, y volveré... Me tiene con tal -inquietud esta chica, que no sé parar en ninguna parte.</p> - - -<h4>ESCENA II.</h4> - -<p class="quienes">LEANDRO (<i>sale por la puerta de la derecha -recatándose</i>), BARTOLO.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Señor doctor, yo vengo á -implorar su auxilio de usted, y espero que...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Veamos el pulso... (<i>Tomando -el pulso, con gestos de displicencia.</i>) Pues no me gusta nada... ¿Y -qué siente usted?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero si yo no vengo á que -usted me cure; si yo no padezco ningún achaque.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>con despego</i>).—Pues ¿á qué -diablos viene usted?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Á decirle á usted en dos -palabras que yo soy Leandro.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué se me da á mí de que -usted se llame Leandro ó Juan de las Viñas?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y -misterioso.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Diré á usted. Yo estoy -enamorado de doña Paulita; ella me quiere, pero su padre no me -permite que la vea... Estoy desesperado, y vengo á suplicarle á usted -que me proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla y...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Que es decir en castellano, -que yo haga de alcahuete. (<i>Irritado y alzando más la voz.</i>) ¡Un -médico! ¡Un hombre como yo!... Quítese usted de ahí.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Señor!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span><span -class="smcap">Bartolo.</span>—¡Es mucha insolencia, caballerito!</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Calle usted, señor; no grite -usted.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Quiero gritar... ¡Es usted un -temerario!</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Por Dios, señor doctor!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Yo alcahuete? Agradezca usted -que...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Se pasea inquieto.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Válgame Dios, qué hombre!... -Probemos á ver si...</p> - -<p class="acotseph">(<i>Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se -le pone en la mano; él le toma, le guarda, y bajando la voz habla -confidencialmente con Leandro.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Desvergüenza como ella!</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Tome usted... Y le pido perdón -de mi atrevimiento.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vamos, que no ha sido nada.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Confieso que erré, y que -anduve un poco...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Qué errar? ¡Un sujeto como -usted! ¡Qué disparate! Vaya, conque...</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pues, señor, esa niña vive -infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar el dote. Se ha -fingido enferma; han venido varios médicos á visitarla, la han -recetado cuantas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como -es fácil de presumir; y por último, hostigada de sus visitas, de sus -consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero -no lo está.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Conque todo ello es una -farándula?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿El padre le conoce á -usted?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—No, señor, personalmente no me -conoce.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y ella le quiere á usted? ¿Es -cosa segura?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Oh! de eso estoy muy -persuadido.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y los criados?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Ginés no me conoce, porque -hace muy poco tiempo que entró en la casa; Andrea está en el secreto; -su marido, si no lo sabe, á lo menos lo sospecha y calla, y puedo -contar con uno y con otro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span><span -class="smcap">Bartolo.</span>—Pues bien, yo haré que hoy mismo quede -usted casado con doña Paulita.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿De veras?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Cuando yo lo digo...</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿Sería posible?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿No le he dicho á usted -que sí? Le casaré á usted con ella, con su padre y con toda su -parentela... Yo diré que es usted... boticario.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero si yo no entiendo palabra -de esa facultad.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No le dé á usted cuidado, -que lo mismo me sucede á mí. Tanta medicina sé yo como un perro de -aguas.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¿Conque no es usted médico?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No por cierto. Ellos me han -examinado de un modo particular; pero con examen y todo, la verdad es -que no soy lo que dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por -ahí inmediato, que yo le llamaré á su tiempo.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Bien está, y espero que -usted...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Vase por la puerta de la derecha.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Vaya usted con Dios.</p> - - -<h4>ESCENA III.</h4> - -<p class="quienes">ANDREA (<i>sale por la izquierda</i>), BARTOLO, -LUCAS.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Señor médico, me parece que la -enferma le quiere dejar á usted desairado, porque...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Como no me desaires tú, niña -de mis ojos, lo demás importa seis maravedís, y como yo te cure á ti, -mas que se muera todo el género humano.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Sale por la derecha Lucas; va acercándose detrás -de Bartolo, y escucha.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo no tengo nada que curar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span><span -class="smcap">Bartolo.</span>—Pues mira, lo mejor será curar á tu -marido... ¡Qué bruto es, y qué celoso tan impertinente!</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¿Qué quiere usted? Cada uno -cuida de su hacienda.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y por qué ha de ser hacienda -de aquel gaznápiro este cuerpecito gracioso?</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se encamina á ella con los brazos abiertos en -ademán de abrazarla. Andrea se va retirando, Lucas agachándose, pasa -por debajo del brazo derecho de Bartolo, vuélvese de cara hacia él, y -quedan abrazados los dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado -izquierdo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿No le he dicho á usted, señor -doctor, que no quiero esas chanzas?... ¿No se lo he dicho á usted?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pero hombre, si aquí no hay -malicia ni...</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Vete tú de ahí... Con malicia ó -sin ella, le he de abrir á usted la cabeza de un trancazo, si vuelve -á alzar los ojos para mirarla. ¿Lo entiende usted?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Pues ya se ve que lo -entiendo.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Cuidado conmigo... (<i>Le da un -envión al tiempo de desasirse de él.</i>) ¡Se habrá visto mico más -enredador!</p> - - -<h4>ESCENA IV.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO (<i>sale por la izquierda</i>), BARTOLO, -LUCAS, LEANDRO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Ay, amigo don Bartolo! -que aquella pobre muchacha no se alivia. No ha querido acostarse. -Desde que ha tomado la sopa en vino está mucho peor.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Bueno! eso es bueno. Señal -de que el remedio va obrando. No hay que afligirse, que aquí estoy -yo... (<i>Llama, encarándose á la puerta del lado derecho.</i>) Digo ¡don -Casimiro! ¡don Casimiro!</p> - -<p><span class="smcap">Leandro</span> (<i>desde adentro</i>).—¡Señor!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Don Casimiro!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span><span -class="smcap">Leandro</span> (<i>saliendo</i>).—¿Qué manda usted?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y quién es este -hombre?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Un excelente didascálico... -boticario que llaman ustedes... eminente profesor... Le he mandado -venir para que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes, -astringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas, que será -necesario aplicar á la enferma.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Mire usted qué decaída -está.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No importa, va á sanar muy -pronto.</p> - - -<h4>ESCENA V.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO, -LEANDRO, LUCAS.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Salen los tres primeros por la puerta de la -izquierda.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Don Casimiro, púlsela usted, -obsérvela bien, y luégo hablaremos.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque en efecto es mozo -de habilidad? ¿Eh?</p> - -<p class="acotseph">(<i>Va Leandro, y habla en secreto con doña -Paula, haciendo que la pulsa. Andrea tercia en la conversación... -Quedan distantes á un lado Bartolo y don Jerónimo, y á otro Ginés y -Lucas.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No se ha conocido otro igual -para emplastos, ungüentos, rosolis de perfecto amor y de leche de -vieja, ceratos y julepes. ¿Por qué le parece á usted que le he hecho -venir?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ya lo supongo. Cuando -usted se vale de él, no, no será rana.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Qué ha de ser rana? No, -señor, si es un hombre que se pierde de vista.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Siempre, siempre seré tuya, -Leandro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span><span -class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué? (<i>Volviéndose hacia donde -está su hija.</i>) ¿Si será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Sí, señor, tres ó cuatro -palabras ha dicho.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Bendito sea Dios! ¡Hija -mía! (<i>Abraza á doña Paula, y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo, -el cual se pasea lleno de satisfacción.</i>) ¡Médico admirable!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Y qué trabajo me ha costado -curar la dichosa enfermedad! Aquí hubiera yo querido ver á toda la -veterinaria junta y entera, á ver qué hacía.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Conque, Paulita, hija, ya -puedes hablar, ¿es verdad? (<i>Vuelve á hablar con su hija, y la trae -de la mano.</i>) Vaya, dí alguna cosa.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés</span> (<i>aparte y á Lucas</i>).—Aquí me -parece que hay gato encerrado... ¿Eh?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Tú calla, y déjalo estar.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Sí, padre mío, he recobrado -el habla para decirle á usted que amo á Leandro, y que quiero casarme -con él.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero si...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Nada puede cambiar mi -resolución.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Es que...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—De nada servirá cuanto usted -me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me -quiere bien, concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero, hija mía, el tal -Leandro es un pobretón...</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Dentro de poco será muy -rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sarna con gusto no pica.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¡qué borbotón de -palabras la ha venido de repente á la boca!... Pues, hija mía, no hay -que cansarse. No será.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Pues cuente usted con que ya -no tiene hija, porque me moriré de la desesperación.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Qué es lo que me pasa! -(<i>Moviéndose de un lado á otro, agitado y colérico. Doña Paula se -retira<span class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span> hacia el -foro, y habla con Leandro y Andrea.</i>) Señor doctor, hágame usted el -gusto de volvérmela á poner muda.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Eso no puede ser. Lo que yo -haré, solamente por servirle á usted, será ponerle sordo para que no -la oiga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Lo estimo infinito... Pero -¿piensas tú, hija inobediente, que?...</p> - -<p class="acotsep">(<i>Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le -contiene.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No hay que irritarse, que -todo se echará á perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. -Déjela usted que vaya á coger un rato el aire por el jardín, y verá -usted cómo poco á poco se la olvida ese demonio de Leandro... Vaya -usted á acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala -yerba.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Como usted mande, señor -doctor. Vamos, señorita.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Vamos enhorabuena.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Id vosotros también.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula, -Leandro y Andrea, se van por la puerta del foro.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA VI.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO, BARTOLO.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¡Vaya, vaya, que no he -visto semejante insolencia!</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Esa es resulta necesaria -del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea que -ella tenía cuando enmudeció, fué sin duda la de su casamiento con -ese tunante de Alejandro, ó Leandro, ó como se llama. Cogióla el -accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción de palabras, y -hasta que todas las vacíe, ó se desahogue, no hay que esperar que se -tranquilice ni hable con juicio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span><span -class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué dice usted? Pues me convence -esa reflexión.</p> - -<p class="acotsep">(<i>Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman -tabaco.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¡Oh! y si usted supiera -un poco de numismática, lo entendería un poco mejor... Venga un -polvo.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Conque luégo que haya -desocupado?...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—No lo dude usted... Es una -evacuación que nosotros llamamos <i>tricolos tetrastrofos</i>.</p> - - -<h4>ESCENA VII.</h4> - -<p class="quienes">LUCAS, ANDREA, GINÉS (<i>van saliendo todos tres por -la puerta del foro</i>), DON JERÓNIMO, BARTOLO.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—¡Señor amo!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué -desdicha!</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—¡Ay, amo mío de mi alma! que se -la llevan.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pero ¿qué se llevan?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—El boticario no es boticario.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Ni se llama don Casimiro.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—El boticario es Leandro, en -propia persona, y se lleva robada á la señorita.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué dices? ¡Pobre de mí! -Y vosotros, brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa -manera?</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—No, no estaba solo, que estaba -con una pistola. El demonio que se acercase.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y este pícaro de -médico?...</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo</span> (<i>aparte lleno de miedo</i>).—Me -parece que ya no puede tardar la tercera paliza.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Este bribón, que ha sido -su alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Ahí había una larga de tender -ropa.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Sí, sí, ya sé dónde está. Voy -por ella.</p> - -<p class="acotsep"><span class="pagenum" id="Page_274">p. -274</span>(<i>Vase por la izquierda, y vuelve al instante con una soga -muy larga.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Me las ha de pagar... Pero -¿hacia dónde se fueron? ¡Válgame Dios!</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—Yo creo que se habrán ido por -la puerta del jardín que sale al campo.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Aquí está la soga.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Pues inmediatamente atadme -bien de piés y manos al doctor aquí en esta silla... (<i>Bartolo quiere -huir, y Lucas y Ginés le detienen.</i>) Pero me lo habéis de ensogar -bien fuerte.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Pierda usted cuidado... Vamos, -señor don Bartolo.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan -á ella, dando muchas vueltas á la soga.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Voy á buscar aquella -bribona... Voy á hacer que avisen á la justicia, y mañana sin falta -ninguna este pícaro médico ha de morir ahorcado... Andrea, corre, -hija, asómate á la ventana del comedor, y mira si los descubres por -el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna razón. Y vosotros -no perdáis de vista á ese perro.</p> - -<p class="acotseph">(<i>Se va don Jerónimo por la derecha, y Andrea por -la izquierda. Lucas y Ginés siguen atando á Bartolo.</i>)</p> - - -<h4>ESCENA VIII.</h4> - -<p class="quienes">BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Echa otra vuelta por aquí.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¿Y no sabes que el amiguito este -había dado en la gracia de decir chicoleos á mi mujer?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Anda, que ya las vas á pagar -todas juntas.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Estoy ya bien así?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Perfectamente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span><span -class="smcap">Martina</span> (<i>saliendo por la puerta de la -derecha</i>).—Dios guarde á ustedes, señores.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Calle, que está usted por acá! -Pues ¿qué buen aire la trae á usted por esta casa?</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—El deseo de saber de mi pobre -marido. ¿Qué han hecho ustedes de él?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Aquí está tu marido, Martina: -mírale, aquí le tienes.</p> - -<p><span class="smcap">Martina</span> (<i>abrazándose con -Bartolo</i>).—¡Ay, hijo de mi alma!</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—¡Oiga! ¿Conque esta es la -médica?</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Aun por eso nos ponderaba tanto -las habilidades del doctor.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Pues por muchas que tenga, no -escapará de la horca.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Qué está usted ahí -diciendo?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sí, hija mía, mañana me -ahorcan sin remedio.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¿Y no te ha de dar vergüenza -de morir delante de tanta gente?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Y qué se ha de hacer, paloma? -Yo bien lo quisiera excusar, pero se han empeñado en ello.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Pero ¿por qué te ahorcan, -pobrecito, por qué?</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Ese es cuento largo. -Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de hacerme -protomédico han resuelto colgarme.</p> - - -<h4>ESCENA IX.</h4> - -<p class="quienes">DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS, -MARTINA.</p> - -<p class="acotsepc">(<i>Sale don Jerónimo por la puerta de la derecha, y -Andrea por la izquierda.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vamos, chicos, buen -ánimo. Ya he enviado un propio á Miraflores; esta noche sin falta -vendrá<span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> la justicia, -y cargará con este bribón... Y tú ¿qué has hecho?, ¿los has visto?</p> - -<p><span class="smcap">Andrea.</span>—No, señor, no los he -descubierto por ninguna parte.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ni yo tampoco... He -preguntado, y nadie me sabe dar razón... Yo he de volverme loco... -(<i>Dando vueltas por el teatro, lleno de inquietud.</i>) ¿Adónde se -habrán ido?... ¿Qué estarán haciendo?</p> - - -<h4>ESCENA X.</h4> - -<p class="quienes">DOÑA PAULA, LEANDRO (<i>salen por la puerta del lado -derecho</i>), DON JERÓNIMO, BARTOLO.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Señor don Jerónimo!</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—¡Querido padre!</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Qué es esto? ¡Picarones, -infames!</p> - -<p><span class="smcap">Leandro</span> (<i>se arrodilla con doña Paula á -los piés de don Jerónimo</i>).—Esto es enmendar un desacierto. Habíamos -pensado irnos á Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que -tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos -reflexionado mejor. No quiero que se diga que yo me he llevado robada -á su hija de usted, que esto no sería decoroso ni á su honor ni -al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad, quiero -recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta á hacer lo -que usted la mande; pero le advierto que si no la casa conmigo, su -sentimiento será bastante á quitarla la vida; y si usted nos otorga -la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Amigo, yo estoy muy -atrasado, y no puedo...</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Ya he dicho que no se trate de -intereses.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Me quiere mucho Leandro para -no pensar<span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> con la -generosidad que debe. Su amor es á mí, no á su dinero de usted.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo</span> (<i>alterándose</i>).—¡Su dinero -de usted, su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No -he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que -cansarse.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pero bien, señor, si por eso -mismo se le dice á usted que no le pediremos nada.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Ni un maravedí.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Ni medio.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y bien, si digo que sí, -¿quién os ha de mantener, badulaques?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Mi tío. ¿Pues no ha oído usted -que aprueba este casamiento? ¿Qué más he de decirle?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y se sabe si tiene hecha -alguna disposición?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Sí, señor; yo soy su -heredero.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—¿Y qué tal, está -fuertecillo?</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—¡Ay! no, señor, muy achacoso. -Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un -día á otro...</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Vaya, vamos, ¿qué le hemos -de hacer? Conque... (<i>Hace que se levanten, y los abraza. Uno y otro -le besan la mano.</i>) Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Siempre tendrá usted en mí un -hijo obediente.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula.</span>—Usted nos hace completamente -felices.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Y á mí ¿quién me hace feliz? -¿No hay un cristiano que me desate?</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Soltadle.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Pues ¿quién le ha puesto á -usted así, médico insigne?</p> - -<p class="acotsep">(<i>Desatan los criados á Bartolo.</i>)</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—Sus pecados de usted, que los -míos no merecen tanto.</p> - -<p><span class="smcap">D.ª Paula</span>.—Vamos, que todo se acabó, y -nosotros sa<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span>bremos -agradecerle á usted el favor que nos ha hecho.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—¡Marido mío! (<i>Se abrazan -Bartolo y Martina.</i>) Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, -trátame bien, que á mí me debes la borla de doctor que te dieron en -el monte.</p> - -<p><span class="smcap">Bartolo.</span>—¿Á ti? Pues me alegro de -saberlo.</p> - -<p><span class="smcap">Martina.</span>—Sí por cierto. Yo dije que -eras un prodigio en la medicina.</p> - -<p><span class="smcap">Ginés.</span>—Y yo porque ella lo dijo lo -creí.</p> - -<p><span class="smcap">Lucas.</span>—Y yo lo creí porque lo dijo -ella.</p> - -<p><span class="smcap">D. Jerónimo.</span>—Y yo porque estos lo -dijeron, lo creí también, y admiraba cuanto decía como si fuese un -oráculo.</p> - -<p><span class="smcap">Leandro.</span>—Así va el mundo. Muchos -adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino -por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.</p> - -<div class="figcenter mt3"> - <img src="images/adorno2.jpg" - alt="Viñeta ornamental" /> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span></p> - <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE</h2> - <hr class="tir" /> -</div> - -<table class="toc mt-1" summary="Índice de contenidos"> - <tr> - <td colspan="2" class="tdr"><small>Pág.</small></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><span class="smcap">Leandro Fernández de Moratín.</span></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_00">5</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh"><span class="smcap">Discurso preliminar.</span></td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_01">21</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh">La comedia nueva.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_1">59</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh">El sí de las niñas.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_2">109</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh">La escuela de los maridos.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_3">183</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdlh">El médico á palos.</td> - <td class="tdr"><a href="#Ch_4">239</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="aftit" id="backcover"> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/back-cover.jpg" - alt="Contracubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Notas"> -<div class="footnotes"> - -<p class="fs110 centra mt1">NOTAS</p> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Este Discurso preliminar, que, -escrito por el mismo Moratín, figuró al frente de sus comedias, -comprende la historia resumida del Teatro español desde el siglo -<small>XVIII</small>, á la época en que el autor tomó sobre sí la -empresa de restaurarlo con su ejemplo y sus preceptos. Nada dice -Moratín de sus coetáneos, y nada pudo decir, puesto que falleció en -1828, de la profunda revolución que trajo á la escena española el -romanticismo, pocos años después de su muerte. Así limitado á dicho -período todo el discurso, es, en suma, la historia de la decadencia -del teatro genuinamente nacional, y de las tentativas hechas para -sujetarle á los cánones del pseudo clasicismo, hasta que, no bien -triunfantes, fueron otra vez derrocados y olvidados.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_2"><span class="label"><a -href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Acerca de esta frase, Hartzenbusch -cree que el texto está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro -moderno español,—artículo 3.º—<i>Revista de España, de Indias y del -extranjero.</i>—Diciembre 1845.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_3"><span class="label"><a -href="#FNanchor_3">[3]</a></span> Don Vicente García de la Huerta -en el prólogo de su Teatro español, impreso en 1785, explica así el -origen de la denominación de <i>Chorizos</i>. «Francisco Rubert, por otro -nombre Francho, fué la causa del apellido de <i>Chorizos</i> que se dió en -el año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces -autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía en un -entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo tales y tan -graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar los chorizos, -que era el guardarropa de la compañía, y movió tanto la risa de los -espectadores, que desde entonces se llamó de los <i>Chorizos</i>.»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_4"><span class="label"><a -href="#FNanchor_4">[4]</a></span> Este prólogo de Nasarre provocó una -violenta y ruidosa polémica literaria entre los partidarios del gusto -francés y los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que -en los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los -principios de la escuela romántica de nuestro siglo.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_5"><span class="label"><a -href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Los autos sacramentales se -prohibieron por real cédula de 11 de junio de 1765.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_6"><span class="label"><a -href="#FNanchor_6">[6]</a></span> La crítica moderna ha concedido -á D. Ramón de la Cruz mayor atención y más francos elogios, -particularmente como autor de los inimitables <i>sainetes</i>, que gozan -hoy de fama universal.</p> - -</div> - -</div> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía del original —que difiere - ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor - frecuencia.</li> - - <li>Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el - emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.</li> - - <li>Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto» - y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado al - final del libro.</li> - - <li>Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre - los personajes que intervienen, tomando la información pertinente - de otras ediciones.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Comedias escogidas, by Leandro Fernández de Moratín - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS ESCOGIDAS *** - -***** This file should be named 60927-h.htm or 60927-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/9/2/60927/ - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by Biblioteca -Virtual del Patrimonio Bibliográfico/Universidad de Cádiz.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/60927-h/images/adorno1.jpg b/old/60927-h/images/adorno1.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ffa2217..0000000 --- a/old/60927-h/images/adorno1.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/adorno2.jpg b/old/60927-h/images/adorno2.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 31d87f5..0000000 --- a/old/60927-h/images/adorno2.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/back-cover.jpg b/old/60927-h/images/back-cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b10a04d..0000000 --- a/old/60927-h/images/back-cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/cover.jpg b/old/60927-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 8ef6eeb..0000000 --- a/old/60927-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_004.jpg b/old/60927-h/images/ill_004.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 37668b1..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_004.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_005.jpg b/old/60927-h/images/ill_005.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f4bd2f9..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_005.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_023.jpg b/old/60927-h/images/ill_023.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 5287306..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_023.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_061.jpg b/old/60927-h/images/ill_061.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 6ec1518..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_061.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_111.jpg b/old/60927-h/images/ill_111.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f3e0821..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_111.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_181.jpg b/old/60927-h/images/ill_181.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e42d8ff..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_181.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_185.jpg b/old/60927-h/images/ill_185.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 6467d30..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_185.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_237.jpg b/old/60927-h/images/ill_237.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 2646f3b..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_237.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_241.jpg b/old/60927-h/images/ill_241.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 310185b..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_241.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_253.jpg b/old/60927-h/images/ill_253.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 2895b20..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_253.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/60927-h/images/ill_264.jpg b/old/60927-h/images/ill_264.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 28eab88..0000000 --- a/old/60927-h/images/ill_264.jpg +++ /dev/null |
