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-The Project Gutenberg EBook of Divertidas aventuras del nieto de Juan
-Moreira, by Roberto Payró
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
-
-Author: Roberto Payró
-
-Release Date: November 5, 2019 [EBook #60634]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DIVERTIDAS AVENTURAS DEL ***
-
-
-
-
-Produced by Andrés V. Galia and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_, mientras
-que las palabras en negritas están indicadas =de este modo=.
-
-Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada
-por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la
-transcripción.
-
-Por ejemplo vió, fué, dió, lo mismo que conjunciones como "á", "ó",
-"ú", en esa época llevaban acento ortográfico, mientras que vocablos
-que actualmente llevan acento ortográfico, como "reír" y "oír", cuando
-la obra fue publicada no llevaban acento ortográfico.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar la ortografía original, salvo en caso de errores evidentes
-de ortografía, impresión y/o puntuación, los cuales han sido corregidos.
-
-La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
-puesta en el dominio público.
-
-El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.
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- * * * * *
-
-
- DIVERTIDAS AVENTURAS
- DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
-
-
- OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
- (De venta en la Biblioteca de LA NACIÓN y
- en las principales librerías).
-
- =La Australia Argentina=, (dos volúmenes).
- =El Falso Inca=, (cronicón de la Conquista).
- =El Casamiento de Laucha=, (novela picaresca).
- =Sobre las ruinas=... (drama en cuatro actos).
- =Marco Severi=, (drama en tres actos).
- =El Triunfo de los otros=, (drama en tres actos).
- =Pago Chico.=
- =Violines y toneles.=
- =Crónicas.=
- =En las tierras de Inti.=
-
-
- AGOTADAS
-
- =Ensayos poéticos.=--=Antígona=, (novela).--=Scripta.=
- (cuentos).--=Novelas y fantasías.=--=Los
- Italianos en la Argentina.=--=Emilio Zola=, etc., etc.
-
-
-
-
- ROBERTO J. PAYRÓ
-
- _Divertidas aventuras
- Del nieto de Juan Moreira_
-
- [Illustration]
-
-
- BUENOS AIRES
- CASA EDITORA É IMPRESORA
- M. RODRÍGUEZ GILES
- Corrientes, núm. 1379
-
- Imp. Sopena, Provenza, 95.--BARCELONA
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- PÁG.
- PRIMERA PARTE 5
-
- SEGUNDA PARTE 147
-
- TERCERA PARTE 257
-
-
-
-
- DIVERTIDAS AVENTURAS
- DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
-
- I
-
-Nací á la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de
-provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera
-escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de
-industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre
-azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como
-se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester
-otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último
-censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una
-importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle
-decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa
-participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el
-Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del
-país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los
-sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo, que en
-el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que
-se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista. El hecho
-es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tácita
-ó manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero esto,
-que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia
-incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que sí hace
-y quizá resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos
-dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi
-aristocrática cuna me diera--como en realidad me dió,--vara alta en
-aquel pueblo manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo
-el cielo sin nubes, cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me
-parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba
-masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas:
-milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía se encuentran pepitas
-de oro en medio de la calle.
-
-Desde chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de
-vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados públicos de menor
-cuantía, quienes me enseñaron pacientemente á montar á caballo,
-vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para
-todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los
-subalternos y los humildes amigos ó paniaguados de las autoridades; y
-cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser pesadas,
-se quejaba á mis padres, nunca me faltó defensa ó excusa, y si bien
-ambos prometían á veces reprenderme ó castigarme, la verdad es
-que--especialmente el «viejo»--no hacían sino reirse de mis gracias.
-
-Y aquí debo confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me
-consideraba en lo físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía
-amarillenta y borrosa que me sacó un fotógrafo trashumante al cumplir
-mis cinco años, y aparte la ridícula vestimenta de lugareño y el aire
-cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la
-de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente
-espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada,
-en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su
-hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia
-y en la juventud fuí lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de
-belleza un tanto femenil, pese á mi poblado bigote, mi porte altivo, mi
-clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me
-procuraron siempre, hasta en épocas de madurez... Pero, no adelantemos
-los acontecimientos...
-
-Tenía yo por aquel entonces un carácter de todos los demonios que,
-según me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado
-mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada podía torcer mi
-voluntad, nadie lograba imponérseme, y todos los medios me eran buenos
-para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo á los padres
-de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en
-sus hijos, renunciando, como á cosa inútil y perjudicial, á la tan
-preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles
-luego graves y quizás insuperables dificultades en la vida. Estudien mi
-ejemplo, sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado,
-detalle más, detalle menos, todo cuanto soñaba ó quería, porque nunca
-me detuvo ningún falso escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral,
-como ninguna preocupación melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando
-una criada ó un peón me eran molestos ó antipáticos, espiaba todos sus
-pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en
-falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; ó--no hallando hechos
-reales,--imaginaba y revelaba hechos verosímiles, valiéndome de las
-circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. ¡Y
-cuántas veces habrá sido profunda é ignorada verdad lo que yo mismo
-creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción
-instintivas!
-
-Pero esto era, sólo, una complicación poco evidente--para descubrirla
-he debido forzar el análisis,--de mi carácter que, si bien obstinado
-y astuto, era, sobre todo--extraña antinomia aparente,--exaltado y
-violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permitía
-tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía conseguirse. Y como
-en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente á usar de los puños,
-los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque ó en
-la batalla con el criado ú otro adversario eventual, resultara yo con
-alguna marca, contusión ó rasguño que ellos no me habían inferido
-quizá, pero que, dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y
-aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y hacía recaer sobre el
-enemigo todas las iras paternas:
-
---¡Pobre muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera
-atrocidad!...
-
-Y tras de mis arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían
-sobre el antagonista los puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas,
-extraordinario vigor, destreza envidiable y amén de esto grande
-autoridad. ¿Quién se atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no
-cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la
-sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz
-ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones
-parecía adelantarse como la punta de un arma?
-
-Vivíamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no
-da pretexto á los lujos desmedidos,--y «tatita» gastaba cuanto ganaba
-ó un poco más, pues á su muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada
-con una crecida hipoteca que hacían más molesta algunas otras deudas
-menores. Sí; sólo teníamos una chacra, pero hay que explicarse: era una
-vasta posesión de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de
-fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco,
-en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba
-las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corrían de norte á sud, y
-las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este á Oeste. Los cuatro
-grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y
-Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y
-Constitución, la más próxima á la plaza y los edificios públicos, y era
-una amplia construcción de un solo piso, á lo largo de la cual corría
-una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella
-habitábamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias
-y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una
-especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita
-criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos
-de árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero,
-y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo
-idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincón de la
-chacra, pero en todo caso no fué siempre, ni siquiera con frecuencia,
-sin duda para no desdecir mucho del indolente carácter criollo que en
-aquel tiempo consideraba «cosa de gringos» ordeñar las vacas y comer
-legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un
-vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los Sunchos,
-y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que
-más de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban
-como avispas irritadas, aunque á respetable distancia de los oídos de
-tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez más borroso, se explica
-naturalmente: mi padre pertenecía á una de las familias más viejas del
-país, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra
-de la Independencia, vinculada á la alta sociedad y dueña de una
-respetable fortuna que varias ramas conservan todavía. Menos previsor ó
-más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó--ignoro cómo y no
-me importa saberlo,--salió á correr tierras en busca de mejor suerte, y
-fué á varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus antiguos
-hábitos y aficiones.
-
-No se ocupaba más que de la política activa, y de la tramitación
-de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y
-provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias
-administraciones, había acabado por negarse á ocupar puesto oficial
-alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y
-su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que
-hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas electorales, y
-otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba á la capital
-de la provincia, llevado por asuntos propios ó ajenos--en calidad de
-intermediario,--pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de
-carreras ó de pelota, en el billar ó la sala de juego del Club del
-Progreso, ó de visita en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres,
-y mamá hablaba siempre de ellas con cierto retintín y á veces hasta
-colérica, cosa extraña en una mujer tan buena, que era la mansedumbre
-en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. Á él se debe, entre
-otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo
-que acabó con las canchas derechas y de andarivel, é hizo, también,
-para las riñas de gallos, un verdadero circo en miniatura. Leía los
-periódicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces
-por semana, y gracias á esto, á su copiosa correspondencia epistolar y
-á las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral
-de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que
-sucedía y de lo que iba á suceder, sirviéndole para prever esto último
-su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en años
-enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de
-esta clase de información fué, sin duda, lo que le hizo mandarme á la
-escuela, no con la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible
-intención de proveerme de una herramienta preciosa para después.
-
-Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez.
-Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un
-paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una
-tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si
-aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia
-supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya
-bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan
-espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla
-todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida
-bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y
-sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron
-las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme
-inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por
-mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo,
-interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más
-maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada
-paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien
-creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de
-una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas
-las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los
-amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el
-Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi
-naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme
-aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me
-antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda
-abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí
-á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de
-conquistar la independencia.
-
-
- II
-
-Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme,
-y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don
-Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí,
-se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de
-un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz,
-bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar
-el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse
-con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano
-acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como
-un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela
-entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni
-arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un
-ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente
-que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios
-excepcionales de carácter y de posición.
-
-Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el
-pupitre--«cátedra» decía él,--mientras explicaba ó interrogaba;
-después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en
-la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su
-cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad,
-procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para
-mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa
-operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á
-don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en
-seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:
-
---¡Todo el mundo se queda dos horas!
-
-Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase
-abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta
-á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los
-tinteros--quebrada la inercia de mis condiscípulos,--mientras los
-instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía
-infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que
-mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un
-prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un
-hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de
-ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas--espectáculo
-bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba
-á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando
-sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á
-todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don
-Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían
-decir mis camaradas?
-
-¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos,
-ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre
-sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces,
-saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada
-una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este
-acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones,
-y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas
-demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo
-orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo
-cuando llega á extremos como éste.
-
-Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto
-colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar
-conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á
-rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente,
-si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni
-yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único
-medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para
-mí--era y soy valiente,--y con una marca directa ó indirecta de don
-Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de
-algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues,
-mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y
-académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:
-
---Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión,
-mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á
-todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la
-escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se
-enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues
-bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus
-condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí,
-con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina
-en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la
-carcoma de este país...
-
-Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas
-con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más
-serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna
-celada.
-
---Pero no he querido--continuó don Lucas, en el mismo tono,--adoptar
-una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.
-
-El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde.
-Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío,
-cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos
-anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y
-las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de
-los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió,
-sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta
-pregunta:
-
---¿Quiere usted ser monitor?
-
-¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la
-autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma
-presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía
-leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte
-muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que
-yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no
-esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido
-honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis
-merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción
-alguna:
-
---Bueno, don Lucas.
-
-Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa,
-mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para
-el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don
-Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de
-mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un
-no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don,
-como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de
-gratitud...
-
-Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como
-un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar
-mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la
-disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una
-claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero,
-meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino,
-apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin
-mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza
-para ello los medios políticos á su alcance--medios poco sutiles á la
-verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.--Para
-los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico,
-desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar
-con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre
-los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan
-autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me
-correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había
-de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.
-
-Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si
-no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande
-autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas
-mi renuncia indeclinable...
-
-He aquí por qué:
-
-Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo
-en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la
-mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el
-chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados,
-Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento
-de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:
-
---¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!
-
-Iba á precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi
-alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:
-
---¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!
-
-Me volvió las espaldas, rudamente, y se encogió de hombros,
-refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, ó frases
-despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba á desempeñar un papel
-bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos
-grandes, azul obscuro, verdosos á veces, cuando la luz les daba de
-costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente
-risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia
-clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición
-científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.
-
-Aquel día, cuando volvimos á entrar en clase, Pedro, que estaba en
-uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que
-revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.
-
---¡Pues si es así, caramba!--grité,--no quiero seguir de monitor ni un
-minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!
-
-Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡Calma! ¡calma!» y
-tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la
-mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de
-pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el
-urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, preguntó, tuteándome
-contra su costumbre:
-
---¿Es decir que renuncias?
-
---¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqué, recalcando cada
-sílaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones
-electorales.
-
-La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la
-palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más
-formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se
-levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:
-
---Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha,
-pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que
-imitarle!--agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración
-de mis estupefactos camaradas.--¡La dignidad es lo primero!... Mauricio
-Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro
-Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y
-silencio!
-
-La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de
-esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los
-momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se
-produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era,
-en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría
-de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de
-ejército y policía al mismo tiempo.
-
-Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre
-indignado y lloroso un:
-
---¡Pero, señor!...
-
---¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.
-
-Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su
-banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me
-hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á
-los ojos.
-
- III
-
-Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo,
-provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica,
-punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por
-lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.
-
-Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela,
-durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes
-de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba
-siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate,
-considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los
-dominios de don Lucas.
-
---¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los
-chicos!
-
-Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar
-por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente,
-suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que
-caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica
-tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la
-fuerza, y contesté:
-
---¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean
-peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una
-zurra, para que aprendás á meterte á sonso.
-
---¡Vamos donde querrás, maula!
-
-Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado,
-supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte
-en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una
-tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á
-la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé,
-aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo
-formal--toda proporción guardada,--y el duelo, aun entre muchachos,
-ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución
-respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la
-sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á
-veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas
-de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar
-entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido
-llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi
-adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del
-combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún
-modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían
-confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral,
-dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una
-partida de armas... ó de puños.
-
-Esta manera de considerar el duelo--confusa é instintiva entonces,
-pero clara y lógica hoy--me había sido inspirada por algunas lecturas,
-pues ya comenzaba á devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si
-Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas
-iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía
-un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me
-preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto
-acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló,
-«me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el
-bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir
-nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de
-Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan
-y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas
-epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario,
-pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán
-Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los
-Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera
-hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de
-los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre
-coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la
-conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba
-poco lo que él me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne,
-principalmente,--mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas
-historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.
-
---Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida
-farsa--le decía yo.--José María será un bandido, pero es, también,
-un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que
-cualquiera...
-
-Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches»,
-pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que
-llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza,
-el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver,
-esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó
-á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y
-semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi
-espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos,
-mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi
-apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez,
-hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares,
-zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los
-comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel
-ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos
-en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la
-obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante
-atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para
-no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía
-decirles con sonrisa prometedora:
-
---Cuando cacemos un gato...
-
-Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella
-escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban,
-por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría
-por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia!
-¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos
-como en sueños al escribir estos garabatos!
-
-¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin
-duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos
-de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en
-el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado
-vehículo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una
-vez.--Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo,
-para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros
-abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas
-para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en
-escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba
-compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de
-Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de
-complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril:
-con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura,
-carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de
-fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas
-eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían
-en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos
-un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata
-llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos
-alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia
-torrencial y el viento helado.
-
-En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos
-de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas
-simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al
-encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un
-candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
-
-En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas
-de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó
-enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra
-diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño
-y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero
-que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos,
-como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que
-compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los
-más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más
-trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura,
-y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las
-personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían
-merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos
-políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque
-siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan
-necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado
-alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas,
-se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de
-rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos.
-¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen
-siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se
-preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy
-lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo
-de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa.
-Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos
-inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita,
-siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:
-
---Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche
-caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida
-con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos
-serán si consiguen escaparse!
-
-Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y
-aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa.
-Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse
-la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con
-cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante
-mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una
-calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda
-al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que
-figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó
-fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.
-
-En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos
-infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra
-banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la
-Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la
-posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme
-mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás.
-No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima.
-Hubo--análogo á la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer
-la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas
-están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron
-de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices
-ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué
-nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en
-mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
-
-Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis
-quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas
-sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...
-
-
- IV
-
-Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional--que
-así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo
-la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las
-otras por su mismo carácter patriarcal,--en los pueblos de provincia
-y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo
-del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras
-vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era
-siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las
-provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, á veces, huerta,
-llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la
-gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por
-algún síntoma ó indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto
-que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, á cambio
-de reciprocidad[1]. Poco á poco, este defecto de nuestra organización
-doméstica, tan contrario á los principios entonces imperantes, ha
-venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por
-la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor á la tierra,
-han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando
-más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la
-materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los
-más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han
-visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir,
-por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.
-
-Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado
-ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta
-independencia total realicé actos que no son para contarlos y á
-los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después
-sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil,
-cosiendo, tomando mate ó rezando, presa de incurable melancolía, que
-sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte
-enfermizo. Tatita, siempre ocupado ó entretenido fuera de casa, no
-tenía tiempo ni quizás interés de imponerme una moral medianamente
-rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor
-de mujer siempre aislada, no llegó nunca á sospechar que mi inocencia
-corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía
-por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde ó más
-temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro,
-alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, ó mejor, enervaba
-con la oposición á sus antojos y la restricción á su autonomía. ¿Qué
-quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la
-vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo
-material, en lo intelectual como en lo físico?
-
-Á un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus
-hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso.
-Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar á mi
-padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo
-indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje; porque
-siempre fué «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más
-pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque
-tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza
-en sí mismo; porque montaba á caballo como un centauro y realizaba sin
-aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas
-gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna
-estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, ó en las carreras,
-en el juego del pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba,
-el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén
-de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores
-gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en
-fila, en el patio de casa, frente á mi cuarto; porque, gracias á él,
-con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con
-cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me
-sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección
-directa é indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se
-tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante
-al afecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más
-poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente á todos nuestros
-caprichos.
-
-Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó á las carreras,
-las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba á mal
-mi presencia en aquellos sitios--ni á bien tampoco, porque siempre
-hizo como que no me veía,--pronto me aficioné y acostumbré á correr
-también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más
-ó menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y
-demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese
-á mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque,
-sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien
-poca cosa más--quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en
-el camino.--Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis
-correrías á la hora de clase.
-
---¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!
-
---Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina
-y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...--me
-contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona»
-crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas
-alas.
-
---¡Se necesita ser pavo!--reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo
-á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta
-de la humanidad.
-
-Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame
-rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero
-que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los
-libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana.
-Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba
-que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea,
-y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y
-agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud
-que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo
-de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y
-el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia;
-bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto
-absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por
-instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero
-aquí, que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía,
-satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo
-anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me
-había hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate
-Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me
-divertían, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles
-intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles
-ó difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del
-estropajo ó su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de
-los libros humorísticos, luchaba en mi imaginación el idealismo sensual
-de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación,
-conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la
-conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior
-de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.
-
-Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían
-después, mucho después, cuando hubiera conquistado brillante posición,
-cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser
-alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero ó político,
-una victoria decisiva sobre el enemigo--¿qué enemigo?--que me hiciera
-un nuevo Napoleón; ó un triunfo colosal sobre mis adversarios--¿qué
-adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder;
-ó la adquisición de una fortuna inmensa--¿por qué herencia, lotería
-ó hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto
-era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba
-indecisa y como ciega, sin acertar á trazarse un camino, una norma de
-conducta que la llevara á las grandes realizaciones. Las circunstancias
-no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me
-iluminara, invitándome á la acción.
-
-Sin embargo, la princesa ó su sucedáneo, estaba muy cerca y en forma
-tangible: vivía frente á casa, en un bosque durmiente, aguardando que
-yo fuera á despertarla...
-
-Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo),
-personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección
-política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi
-experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan
-vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo
-llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la
-maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque
-en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo
-al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona.
-Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca
-grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable,
-tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las
-redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla,
-ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por
-falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y
-esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado
-gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y
-suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa
-de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz.
-Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos
-hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos
-de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de
-árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que
-fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con
-los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes
-en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando
-sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la
-mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en
-la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer
-perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado
-y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi
-atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al
-amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en
-consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta
-de que lo experimentaba...
-
-Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía
-con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Teófilo Gautier; como
-á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual
-me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió,
-imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de
-un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis
-ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo
-y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu,
-que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salté de
-la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en
-la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto
-en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado,
-comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente
-llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar
-con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como
-ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas
-inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño
-terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades
-y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el
-arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.
-
-¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa
-que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio,
-lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga
-escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado
-de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el
-temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto
-en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente
-en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á
-poco que falten los derivativos.
-
-Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé
-por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla
-en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que
-se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.
-
-
- V
-
-Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño
-hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto
-y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación
-recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me
-vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa,
-resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano
-venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama,
-me sentía alegre.
-
-Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para
-realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas
-peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta,
-por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no
-resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella
-mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el
-viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba
-chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un
-vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.
-
-Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate,
-paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al
-atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra
-abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi
-tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una
-imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre
-el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada
-en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con
-arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había
-pasado ó yo imaginara.
-
---¿Por qué sos así?
-
-Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica
-comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se
-trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la
-espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y
-en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas
-el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata
-saltaba repicando con notas argentinas.
-
-La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal
-siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la
-frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté,
-nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los
-libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente
-fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza,
-allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é
-instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado
-toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras
-recogía la bombilla y los restos del mate:
-
---¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.
-
-No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero
-aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me
-permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque.
-Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto
-enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me
-ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.
-
---¿Has visto--pregunté con acento indiferente,--la cantidad de
-macachines que hay en el campo?
-
-Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é
-inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:
-
---¿Hay muchoz?
-
---¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?
-
---¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.
-
---¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace
-nada.
-
---Ademáz, no me guztan.
-
-Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la
-sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
-
---¿Y los huevos de gallo?
-
---¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con
-los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...
-
---¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!--exclamé con
-resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que,
-alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda
-prisa:
-
---¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!--suplicó.
-
---¡Dejá, dejá no más!
-
-Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho
-menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme
-embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me
-servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente
-la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que,
-trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en
-el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino
-en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita
-silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los
-muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más
-arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores
-de sitios inaccesibles para instalar su nido.
-
-Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada,
-sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el
-cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras,
-tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque
-su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos.
-¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin
-fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un
-capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de
-que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me
-sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me
-sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera
-de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme
-por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que
-peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico
-ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que
-me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi
-capacidad de acción.
-
-Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con
-el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se
-destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña
-recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y
-cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso
-que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el
-descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una
-cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados
-y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la
-cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los
-bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la
-dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la
-cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de
-mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á
-completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados
-ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos
-le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos,
-sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada,
-y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando
-terminé:
-
---¡Muchaz graciaz!--murmuró.--¡Zos muy valiente!
-
-Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista
-para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
-
-Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví
-á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas.
-Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera
-hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla...
-Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma
-cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
-
---Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando
-en cuando.
-
---¡Ya lo creo que vendré!
-
-Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando
-don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez,
-pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque
-cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra
-mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal
-mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda
-libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra
-me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos
-ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me
-parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura,
-mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las
-burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda,
-grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no
-salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien,
-buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como
-chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y
-había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el
-candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis
-pasiones...
-
-
- VI
-
-Tal fué la primera parte de mis primeros amores serios, que no pasaron,
-naturalmente, inadvertidos para don Inginio, quien no les puso
-obstáculos, sin embargo, considerando que el hijo de Gómez Herrera
-y la hija de Rivas estaban destinados el uno á la otra, por la ley
-sociológica que rige á las grandes casas solariegas, en el sentir de
-los creyentes, todavía numerosos, en estas aristocracias de nuevo ó de
-viejo cuño. Aquel astuto político de aldea, calculaba, sin duda, que si
-bien mi padre no poseía una fortuna muy sólida, el porvenir que se me
-presentaba no dejaría de ser, gracias á mi nombre, fácil y brillante,
-sobre todo si tatita y él se empeñaban en crearme una posición. Ni al
-uno ni al otro le faltaban medios para ello, y los dos unidos podrían
-hacer cuanto quisieran.
-
-Bajo y grueso, con la barba blanquecina y los bigotes amarillos por
-el abuso del tabaco negro, la melena entrecana, los ojos pequeños y
-renegridos, semiocultos por espesas cejas blancas é hirsutas, la tez
-tostada, entre aceitunada y rojiza, don Inginio parecía, físicamente,
-un viejo león manso; moralmente era bondadoso en todo cuanto no
-afectaba á su interés, servicial con sus amigos, cariñoso con su hija,
-libre de preocupaciones sociales y religiosas, de conciencia elástica
-en política y administración, como si el país, la provincia, la
-comarca, fueran abstracciones inventadas por los hábiles para servirse
-de los simples, socarrón y dicharachero en las conversaciones, á estilo
-de los antiguos gauchos frecuentadores de yerras y pulperías. Rara vez
-se quedaba entre Teresa y yo; prefería dejar que el destino urdiera
-su tela, pronto, sin embargo, á intervenir en el momento oportuno para
-la mejor realización de sus proyectos. Aunque conociera gran parte
-de mis diabluras y excesos, parecía no temer que yo abusara de la
-situación, quizá por su absoluta confianza en Teresa, quizá, también,
-porque contaba con mi temor y mi respeto hacia él, considerándose
-excepcionalmente defendido por su prestigio y por mi propio interés.
-Para demostrarme cuál era éste, me decía, á menudo, que mi padre y
-él harían de mí «todo un hombre», haciéndome vislumbrar la fortuna y
-el éxito. Teresa, al oirlo, aprobaba calurosamente, y yo me quedaba
-perplejo, sin poder adivinar sus planes, é intrigado con ellos.
-
---¿Qué quiere decir don Inginio cuando habla de hacerme «todo un
-hombre»?--pregunté un día á Teresa.--¿Te ha dicho algo sobre eso?
-
---Puede ser--contestó con sonrisa indefinible, llena de
-reticencias.--Lo único que puedo decirte--agregó, muy afirmativa,--es
-que tatita te quiere mucho, y que siempre hace todo lo que dice.
-
-No tardaría, por mal de mis pecados, en conocer aquellos proyectos, que
-habían de darme los primeros días desgraciados de mi vida.
-
-Entretanto, y como si temiera un pesar futuro, Teresa me demostraba
-un afecto cada vez más tierno, entusiasta y confiado, y me miraba con
-cierta admiración, dulce caricia á mi amor propio y causa de obscura
-felicidad.
-
-Satisfecho por el momento con estas sensaciones tan gratas, no intenté
-renovar la fracasada tentativa y me mantuve en actitud correcta,
-desahogando el exceso de mi vitalidad, el ansia insaciada de acción,
-en las antiguas correrías picarescas con los pillastres del pueblo
-que, ya mayorcitos, habían ensanchado, como yo, el teatro de sus
-diversiones, refinando y complicando también los elementos de éstas.
-Pero cada vez me sentía menos interesado por mis camaradas. Más precoz
-que casi todos ellos, atraíanme los hombres hechos y derechos, cuyos
-placeres me parecían más intensos y picantes, más dignos de mí, y
-por esto se me veía continuamente en los cafés, donde se jugaba á
-los naipes, en el reñidero, en las canchas, en todos los puntos de
-alegre reunión, donde si no se me recibía con regocijo, tampoco se me
-demostraba enfado ni desdén.
-
-Pero esta agradable vida y mis inocentes amores se interrumpieron á un
-tiempo, de allí á poco. Tatita, inspirado por don Inginio, según supe
-después--y aquí comienza la realización de los misteriosos proyectos
-de éste,--declaró un día que la enseñanza de don Lucas era demasiado
-rudimentaria para prepararme al porvenir que me estaba deparado, y
-que había resuelto hacerme ingresar en el Colegio Nacional de la
-capital de la provincia, antesala de la Facultad de Derecho, á la
-que me destinaba, ambicionando verme un día doctor, quizá ministro,
-gobernador, presidente... Recuerdo que, al comunicarme su decisión, lo
-hizo, agregando juiciosas consideraciones:
-
---El saber no ocupa lugar. Pero no es eso sólo. En la ciudad te
-relacionarás muy bien, gracias á mis amigos y correligionarios, y una
-relación importante, una alta protección, valen más en la vida que
-todos los méritos posibles. También, sepas ó no sepas, el título de
-doctor ha de servirte de mucho. Ese título es, en nuestro país, una
-llave que abre todas las puertas, sobre todo en la carrera política,
-donde es imprescindible, cuando se quiere llegar muy lejos y muy alto.
-Algunos han subido sin tenerlo, pero á costa de grandes sacrificios,
-porque no ostentaban esa patente de sabiduría que todo el mundo acata.
-Pero, en fin, aunque no llegaras á ser doctor, siempre habrías ganado,
-en la ciudad, buenas cuñas para los momentos difíciles y para el
-ascenso deseado, conociendo y conquistándote á los que tienen la sartén
-por el mango y pueden «hacerte cancha» cuando estés en edad.
-
-La resolución de mi padre me dió un gran disgusto, pues preví que
-cualquiera cosa nueva sería peor que la vida de holganza y libertad á
-que estaba acostumbrado. Me opuse, pues, con toda mi alma, protesté,
-hasta lloré, tiernamente secundado por mamita, que no quería separarse
-de mí, y para quien mi ausencia equivalía á la muerte, siendo yo
-el único lazo que la ligaba á la tierra. Mi resistencia, airada ó
-afligida, según el momento, fué tan inútil como las súplicas maternas:
-tatita no cedió esta vez, tan profundamente lo había convencido don
-Inginio, entre otras cosas con el ejemplo de Vázquez, fletado meses
-antes á la ciudad, aunque su familia no tuviese los medios de la
-nuestra.
-
---Mire, misia María--dijo irónicamente mi padre á mamá, que insistía en
-tenerme á su lado.--Deje que el mocoso se haga hombre. Prendido á la
-pretina de sus polleras, no servirá nunca para nada.
-
-Mi madre calló y se limitó á seguir llorando en los rincones, de
-antiguo sometida sin réplica á la voluntad de su marido. Rogó y
-consiguió, tan sólo, que se me pusiese en una casa cristiana, donde no
-hubiera malos ejemplos, perdición de los jóvenes, juzgándome, en su
-candor, tan blanco é inocente como el cordero pascual. Yo, entretanto,
-fuí á desahogar mi dolor en el seno amante de Teresa.
-
-¡Con qué asombro vi que consideraba mi destierro como un sacrificio
-penoso, pero necesario para mi felicidad! Ganas tuve hasta de
-insultarla, cuando me dijo ceceando, con los ojos llenos de lágrimas,
-en su lenguaje indeterminado á veces, que mi partida era para ella
-un desgarramiento, que me iba á echar mucho de menos y le parecería
-estar completamente sola, como muerta, en el pueblo, pero que, como se
-trataba de mi bien, se consolaba pensando en volverme á ver hecho un
-personaje.
-
---Además--agregó,--la ciudad te va á gustar mucho, te vas á divertir,
-te vas á olvidar de Los Sunchos y de tus amigos. ¡Esto sería lo
-peor!--suspiró tristemente.--¡En cuanto le tomes el gusto ya no querrás
-volver!
-
---¡No seas tonta! ¡Lo único que yo quisiera sería quedarme!...
-
-Llegó el día de la partida. Momentos antes de la hora corrí á
-despedirme de Teresa que me abrazó por primera vez, espontáneamente,
-llorando, desvanecida la entereza que se había impuesto para infundirme
-ánimo. Yo me conmoví, sintiendo por primera vez también que quería
-de veras á aquella muchacha ó que tenía un vago temor de lo futuro
-desconocido y me aferraba conservadoramente á la familia.
-
-En casa, mamita, hecha una mar de lágrimas, renovó la escena,
-dramatizándola hasta el espasmo, y su desconsuelo produjo en mí una
-extraña sensación. No había que exagerar tanto; yo no me iba á morir y
-puede que, por el contrario, me esperaran muchos momentos agradables en
-la ciudad... La desesperación materna tuvo la virtud de devolverme la
-sangre fría.
-
-Cuando, en la puerta de casa, se detuvo la diligencia que, tres veces
-por semana, iba de Los Sunchos á la ciudad y de la ciudad á Los
-Sunchos, habían llegado en manifestación de despedida los notables
-del pueblo: don Higinio Rivas, alegre y dicharachero, el intendente
-municipal, don Sócrates Casajuana, muy grave y como preocupado de mi
-porvenir, el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra,
-protector conmigo, servil con tatita, el comisario de policía, don
-Sandalio Suárez, que, tirándome suavemente de la oreja, tuvo la
-amabilidad de explicarme: «En la ciudad no hay que ser tan cachafaz
-como aquí. Allí no hay tatita que valga, y á los traviesos los atan muy
-corto.» Entre otros muchos, no olvidaré á don Lucas que creyó de su
-deber alabar mis altas dotes intelectuales y de carácter, y vaticinarme
-una serie indefinida de triunfos:
-
---¡Este joven irá lejos! ¡Este joven irá muy lejos! ¡Será una gloria
-para su familia, para sus maestros--entre los cuales tengo el honor de
-contarme, aunque indigno,--para sus amigos y para su pueblo!... Estudie
-usted, Mauricio, que ningún puesto, por elevado que sea, resultará
-inaccesible para usted...
-
-En seguida, como si sus vaticinios fueran de inminente realización,
-agregó:
-
---Pero, cuando llegue la hora de la victoria, no olvide usted al
-humilde pueblo que ha sido su cuna, haga usted todo cuanto pueda por
-Los Sunchos.
-
---¡Sí! ¡Que nos traiga el ferrocarril, y... y un Banquito!--dijo
-burlonamente don Inginio.
-
-Todos rieron, con gran disgusto de don Lucas, que quería ser tomado en
-serio.
-
-Isabel Contreras, mayoral de la diligencia, subía entretanto nuestro
-equipaje á la imperial--la valija de tatita y dos ó tres maletas
-atestadas de ropa blanca, de dulces y pasteles, amén de una canasta
-con vituallas para almorzar en el camino.--Muchos apretones de manos.
-Mamita me abrazó, llorando desgarradoramente.
-
---¡Vamos! ¡Arriba, que se hace tarde!
-
-Papá y yo ocupamos el ancho asiento del cupé, hubo algunos gritos
-de despedida, recomendaciones y encargos confusos, la galera echó á
-andar con gran ruido de hierros, chasquidos de látigo, silbidos de los
-postillones y ladridos de perros, seguida á la carrera por una pandilla
-de muchachos desarrapados que la acompañaron hasta el arrabal. Teresa
-se había asomado á la ventana, y, lejos ya, desde el fondo de la calle
-Constitución, todavía vi flotar en el aire su pañuelito blanco...
-
-
- VII
-
-El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre
-todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos
-en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros
-que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices
-pasajeros del interior.
-
---¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!--decía mi padre.
-
-Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes
-que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales
-afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:
-
---Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen
-«montado» y otro de tiro.
-
-Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no
-era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría
-menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen
-gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había
-alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en
-mi petulancia juvenil.
-
-Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse
-inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus
-doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con
-cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y
-tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones
-harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente,
-sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban
-alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de
-su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la
-cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante,
-con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo
-largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de
-la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de
-polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera
-hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por
-todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un
-tiempo.
-
-Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte
-del país--hoy océano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos
-tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y
-terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras
-el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del
-vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba
-caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo,
-descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo
-isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas
-serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como
-una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas.
-Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran
-de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como
-muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja
-caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo,
-pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en
-suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido,
-pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre,
-desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que
-llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta
-para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?
-
-En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones
-«ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre
-dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso»,
-los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en
-la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó
-pulpería--pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo
-tiempo,--se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con
-la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa
-á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2]
-daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir
-desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban,
-exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación!
-¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan
-servilmente acatado!...
-
-Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas
-de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas,
-despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las
-puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles
-y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el
-armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos,
-cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de
-los instintos y las sensaciones.
-
-Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la
-galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa
-cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes»,
-reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.
-
-Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí,
-lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir
-provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y
-el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho
-más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable:
-de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado
-á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se
-manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno
-en la vida bonaerense, años más tarde...
-
-La hembra de aquella pareja--¿era la hembra, aquel sargentón de
-fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera
-castaña--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada
-imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el
-macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre
-la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos
-(caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La
-hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo
-al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel
-femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las
-palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su
-voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos,
-me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que
-todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas
-desazones. Tan honda fué esta impresión que--vuelto á ser niño, como ya
-dije,--los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como
-pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba
-en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese
-supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...
-
-Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á
-saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada,
-de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas
-con asiento de paja--las de enea ó anea de los españoles--dos sillones
-de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas,
-paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras
-imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios,
-como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy
-lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en
-oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera
-cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que
-pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del
-Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad,
-como si tuvieran lepra.
-
-Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza
-floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia,
-con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la
-espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y
-recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos,
-como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable
-mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de
-Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de
-cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que
-no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas
-y más desarrapadas también.
-
-Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que
-formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos,
-muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de
-escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban
-aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi
-atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo
-que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino
-imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta
-situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase
-cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club
-á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí
-el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De
-los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á
-tatita.
-
---¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!--recomendó misia
-Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su
-corto repertorio.
-
-Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa»
-ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la
-antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos,
-pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía
-verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S.,
-flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y
-toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la
-fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo
-paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle
-las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo
-de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían
-entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas,
-análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de
-ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos
-adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes
-de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo.
-Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado
-y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es
-muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme
-desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de
-esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle!
-¡Nadie nace sabiendo!
-
-Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta
-y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos
-cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una
-techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se
-paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros
-de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar,
-mientras que los viejos--padres benévolos y madres ceñudas,--sentados
-en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con
-su presencia la disciplina y el decoro.
-
-Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice
-perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para
-la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado
-del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción.
-Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme,
-hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas
-torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad
-dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores
-morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento
-de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,--como si
-aquel cinturón de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta
-gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser
-siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre
-aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el
-porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á
-experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja
-del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una
-espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la
-costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu
-maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí
-tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo
-exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto
-y corriendo hacia el Café de la Paz.
-
-Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el
-chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre
-y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto
-del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había
-perturbado--ayudándola el cansancio y el trasplante,--la intensa
-melancolía del crepúsculo.
-
-
- VIII
-
-En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como
-toda comida de gala en provincia.
-
-Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca
-vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio,
-misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de
-importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don
-Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado
-y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad,
-y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que
-acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de
-la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra
-cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
-
-El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con
-justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta
-años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis
-aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran
-cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón
-III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas
-palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y
-dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el
-mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar,
-como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto
-como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio
-lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la
-circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas
-de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso,
-blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable
-conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales
-relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia
-con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los
-tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el
-testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva.
-Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa
-que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:
-
---Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense
-que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?
-
---¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?--contestó evasivamente el
-sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el
-marido.
-
-Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres--arroz
-con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo
-y tabletas y confites de Córdoba--yo me estremecí en el extremo de la
-mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi
-cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que
-«aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:
-
---Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á
-estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los
-amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no
-quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y
-usted, don Néstor, bien puede darle una manito.
-
---Con mucho gusto--contestó el interpelado.--Hasta le pondremos
-cuarta si es preciso--agregó mirándome con sonrisa entre burlona y
-afectuosa.--¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?
-
---¿Cómo dice?--balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi
-indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes
-convecinos.
-
---Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.
-
-Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:
-
---Era monitor.
-
---¡Ah!--exclamó don Néstor, divertidísimo.--¿Conque, monitor? ¡está
-bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...
-
-Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:
-
---La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que
-considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de
-campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve
-ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no
-me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...!
-¡Y usted, doctor--dirigiéndose á Orlandi,--dé un «arrempujoncito», pues
-hombre!
-
-Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á
-reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía
-llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.
-
---Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenció el doctor, examinándome
-con sus ojillos escrutadores.--Y los cóvenes creollos aprenden muy
-fáchile.
-
---Eso es verdad--asintió don Néstor.--Nuestra muchachada es viva como
-la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para
-admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran
-al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio
-quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una
-mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión,
-confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de
-nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la
-escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!
-
-Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de
-perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere
-decir.
-
---Preséntese el niño sin cuidado--continuó don Néstor, volviendo á su
-húmeda sonrisa que había abandonado un instante.--Ahora lo tratarán
-como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los
-exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber,
-amiguito; hay que hamacarse!
-
-Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios,
-me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi
-profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como
-algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo
-el poder de mi padre hacía accesible para mí,--tan accesible que todas
-las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.--¿Por qué no
-habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas,
-mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente
-rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la
-mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las
-pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si
-se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.
-
---¡Se le van los bueyes, amigo!--gritó mi padre al verme dar con la
-frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Váyase á hacer nono.
-Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?
-
---Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar
-para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones,
-pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é
-inextinguibles carcajadas.
-
-Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi
-papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome
-en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del
-misterioso y vagamente temido examen de ingreso.
-
-Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación
-y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros
-chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en
-el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla
-de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca
-de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual
-se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el
-doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á
-la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos,
-quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor
-de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el
-Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín
-«estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á
-su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante
-lumbrera.
-
-No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por
-los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para
-mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia
-desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya
-completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á
-pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la
-silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me
-parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...
-
-¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo!
-Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y
-murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por
-el temor:
-
---¡Pero si no sabe una palabra!
-
---¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez
-Herrera--dijo don Néstor.
-
---¡Ah! entonces...
-
-El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:
-
---¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?
-
-Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que
-había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta,
-categóricamente:
-
---¡La República Argentina!
-
-Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta,
-don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don
-Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos
-tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don
-Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:
-
---No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No
-aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...
-
-Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la
-muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta
-fulminante:
-
---¿Cuál es la función del verbo?
-
-Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla,
-clavé en él los ojos espantados y balbucí:
-
---¡Yo... yo no la he visto nunca!
-
-La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de
-los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:
-
---¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!
-
-Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que
-aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero
-el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
-
---No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.
-
-Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme
-oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos,
-pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían
-reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se
-había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...
-
-
- IX
-
-Como era lógico--aunque ahora quizá no lo parezca,--entré á cursar el
-primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer
-calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.
-
-En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos,
-dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay!
-muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis
-de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un
-principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la
-de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter
-inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia
-dulzona.
-
---¡Es por tu bien!--me decía, después de arrancarme á las más inocentes
-diversiones.--¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que
-quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?
-
---Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un
-preso, y no me perseguía como usted.
-
---¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del
-mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si
-no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó:
-«Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más
-ni menos! ¡Y... basta de discusión!
-
-Se marchaba y yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia.
-¿Qué se había hecho de mi indomable voluntad? ¡Ay! desterrado, en el
-aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los sólidos puntos
-de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban
-para adular á mi padre, sentíame deprimido, incapaz de iniciativa y
-de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios sólo
-arribaron á hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los
-Zapata lo eran: no me dejaban ni á sol ni á sombra, no me permitían
-salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los
-días al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la «rabona».
-Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos á misa, al sermón, á la
-doctrina, y, en los intervalos, me hacían acompañarles á recorrer las
-calles como un bobo, cuando no á hacer visitas que me daban un tedio
-mortal y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia
-Gertrudis no se adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo
-al suyo, para tenerme siempre á la vista ó al alcance de la mano y de
-la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas á lo más estrictamente
-necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas;
-registraba todas las noches mi habitación y mis bolsillos para
-confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara
-á hurtadillas; á media noche se levantaba para hacer una ronda por la
-casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa,
-hasta la manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había
-sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era
-de las que daban vuelta los santos cara á la pared--contábanme sus
-contemporáneos, años más tarde,--y don Néstor Orozco no fué ni el
-primero ni el último de sus amigo», y añadían nombres y detalles que
-no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio, denigrándolo otros por
-su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis
-trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monástica
-austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores. ¡Dios la
-haya perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir á los
-demás, si no en gracia de los interminables rosarios que nos hacía
-rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la
-sala semi á obscuras!
-
-Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su
-espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba
-con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo
-daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial
-como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos
-y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del
-Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un
-muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca,
-como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces
-á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le
-pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía
-contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme
-hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco,
-porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los
-Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que
-siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos
-de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión,
-privándome de mis últimas esperanzas.
-
-Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde
-los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi
-culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de
-mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces
-recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que,
-en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil
-y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo
-acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta
-pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y
-de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó
-la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me
-decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera,
-tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad,
-que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga»
-bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras
-amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por
-caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de
-varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté
-casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque,
-envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi
-forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en
-los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía
-cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de
-segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio
-ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se
-hubieran unido á mí?
-
-El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas
-lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la
-nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los
-cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme
-horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los
-Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el
-más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo
-más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando
-instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no
-mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se
-limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum
-libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para
-aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que
-las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían
-profesión ni aptitudes para ganarse el pan.
-
-Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que
-apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de
-fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de
-la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde
-lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más
-difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues,
-como repetía misia Gertrudis:
-
---Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los
-muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta--considerando que la
-dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.
-
-¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á
-convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin
-recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi
-madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más
-negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos,
-me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo
-exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las
-cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en
-la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él
-cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo
-que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo
-más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter
-con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era
-más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de
-rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por
-la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas
-jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la
-buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por
-primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo
-le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar
-libros y otras cosas necesarias.
-
-Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan
-fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de
-meditación, pero el plan resultó de una pieza.
-
-La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy
-temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después
-de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras--la
-Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas
-y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real
-adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la
-ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la
-galera, había de verme, necesariamente.
-
-Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la
-circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después
-tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los
-frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran
-sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía
-que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar
-por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano,
-como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la
-calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando
-de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose
-sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de
-un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro
-extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con
-los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua
-tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces,
-gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente
-sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces,
-sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese
-jurado que yo no pensaba en otro paraíso.
-
---¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!--decía misia Gertrudis, no sin
-sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi
-de madrugada.--Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al
-«Mojarral».
-
---¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!
-
-En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi
-ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un
-rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté,
-en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba,
-considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y
-resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de
-los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme
-de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno
-de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza,
-jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como,
-apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían
-descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque
-misia Gertrudis gritó de pronto:
-
---¿Quién anda ahí?
-
-Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba
-á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego
-salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.
-
---¡Esta es la mía!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande
-amiga, la oportunidad.
-
-Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tenía
-cuarto aparte,--tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus
-magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez
-terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo
-sabía ni me importaba por el momento.
-
-Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su
-inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La
-vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en
-el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que
-los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como
-un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles
-solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del
-Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por
-llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo
-en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados.
-El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar
-su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra,
-sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas,
-correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.
-
-Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los
-Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien,
-según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me
-hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á
-propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de
-invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo
-mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje,
-rechazó el dinero.
-
---Ya me pagará don Fernando.
-
-¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la
-zapatil mazmorra!
-
-Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las
-postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia
-infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la
-inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo
-á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía
-aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando
-en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida
-confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo
-restallar su largo látigo, exclamó:
-
---¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!
-
-Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se
-la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me
-aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre,
-porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos,
-y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando».
-Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á
-corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y
-me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija,
-diciéndome:
-
---Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la
-única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en
-cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».
-
-¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé
-inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la
-ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno,
-como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en
-mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más
-valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!
-
-
- X
-
-Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en
-ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó
-á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus
-abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y
-frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada
-que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada
-como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba
-en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por
-la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría
-quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos
-de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condolió de mis
-padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí
-con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi
-madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.
-
---¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre
-mi hijo!--exclamaba.--Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que
-tienes razón.
-
-Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:
-
---¡Me hacías tanta falta!
-
-Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó
-diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi
-cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban
-hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por
-fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome
-desde la puerta:
-
---¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!
-
-Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme
-frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además,
-auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque:
-si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se
-precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.
-
-Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en
-apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de
-lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de
-que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no
-dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:
-
---Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has
-portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te
-pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento
-con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no
-vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...
-
-Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á
-llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:
-
---¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos!
-¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede
-matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!
-
---¿Que no irás?--estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque
-no toleraba la abierta oposición.--¡Eso será lo que tase un sastre!
-¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á
-la ciudad y les pedirás perdón, canejo!
-
---¡Fernando, por Dios!--clamó mi madre.
-
---No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro,
-¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!
-
---No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!
-
-Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me
-lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra
-de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.
-
-Hubo un largo silencio.
-
---¡Bueno! ¡Ahora, á comer!--ordenó tatita, por fin, calmado ya.
-
-La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas
-chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras,
-asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía
-lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el
-asado de tira con ensalada de lechuga--aún me parece verlo en la
-fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de
-morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando
-todavía,--mi padre me preguntó con tono natural:
-
---¿Y cómo ha sido eso?
-
-Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al
-final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra
-don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina
-clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de
-veras, exclamé:
-
---Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los
-desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un
-sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...
-
-¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva?
-Sea quien sea, dijo una gran verdad.
-
-Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura
-favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos
-propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué
-que había tomado el buen rumbo.
-
---¡No respetan á nadie!--agregué.--Para ellos todo es cuestión de
-suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son
-más que unos busca vidas.
-
---¡Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--¿Han hablado de mí?
-
---¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada.
-Pero, como hablan pestes de todos los amigos...
-
---¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada
-más!--interrumpió, mal engestado.
-
---¿No te parece, Fernando--dijo mamita después de una pausa,--que
-este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las
-aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...
-
---Es posible.
-
-Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante
-ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían?
-¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta
-de la galera, por ejemplo?
-
---Bueno--contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Irá
-en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!
-
---¡No iré nunca!--pensé.
-
---Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo
-disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.
-
---¡No me ha de perdonar!--murmuré.
-
---¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.
-
-No pude menos que sonreirme.
-
---¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?
-
-Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de
-las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando
-por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos,
-la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la
-beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando
-agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á
-devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato
-delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su
-cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en
-su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su
-vida. Estaba derrotado...
-
-Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad
-me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa
-incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá
-y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de
-pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné
-que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita,
-después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en
-procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al
-comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más
-bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los
-Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos
-criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me
-había transplantado violentamente de la independencia casi total á una
-especie de encarcelamiento.
-
---Pero, así y todo--terminó,--es preciso que se haga hombre, ¿no es
-cierto, misia María?...
-
-Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos
-se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme
-como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en
-busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar
-en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo
-lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al
-salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones
-de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de
-enfrente.
-
-Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría
-á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara--caben ambas
-interpretaciones en el determinismo femenil.
-
-Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos,
-vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la
-poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes,
-al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una
-emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con
-los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor,
-me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían,
-pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije--y
-en aquel momento yo mismo lo creía,--que había vuelto á Los Sunchos,
-despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir
-lejos de ella.
-
-Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando
-la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor
-los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.
-
-
- XI
-
-Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente,
-observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar
-más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos
-después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la
-casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una
-ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente.
-Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los
-anteriores. ¡Adiós los Zapata!
-
-Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar
-nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes
-muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los
-bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el
-trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en
-el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa,
-que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.
-
-Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la
-parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que
-podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre
-una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban
-las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter,
-tan análogo al suyo--cosa de que me enorgullecía,--la corrección de
-mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de
-mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su
-valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la
-sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del
-malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos
-aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para
-hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena--antes bien era un
-error,--cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba
-necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...
-
-Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó
-así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan
-para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por
-el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita.
-Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de
-salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les
-había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero
-antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para
-presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.
-
---Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya,
-podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la
-ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un
-hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.
-
---¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»--juré, pensando para mis adentros que
-los hombres suelen no portarse bien.
-
-Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes
-de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y
-de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes,
-sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota
-un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por
-necesidad--á falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en
-provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos
-manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las
-chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía
-de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque
-ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la
-respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina
-de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos,
-me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan
-libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata...
-¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.
-
-¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que
-cuatro de seis--y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de
-la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano
-Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y
-ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía
-la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me
-importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en
-facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente
-franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los
-hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han
-sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los
-mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un
-pasaporte de complacencia...
-
-Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el
-examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á
-la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una
-buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para
-darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja
-mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría
-quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces,
-á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado
-aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una
-nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.
-
---¡Bicho feo!--silbé.
-
-Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el
-«¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay
-Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he
-sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...
-
-Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo
-los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los
-misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra
-vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo
-y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza
-de ratón que cola de león», como decía tatita.
-
-Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para
-tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á
-ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó
-empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya
-que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como
-afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí
-de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía
-gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades
-y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige
-sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno,
-con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el
-intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación
-me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas
-funciones.
-
-Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo,
-y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era
-muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de
-la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me
-fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto,
-sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y
-escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el
-personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano
-astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo
-desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del
-presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra,
-no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el
-tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin
-embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para
-el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á
-los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios,
-uno de la intendencia--Joaquín Valdez--otro del Concejo--Rodolfo
-Martirena--que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban
-deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando
-indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á
-los partidarios más caracterizados de la «situación».
-
-Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi
-jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba
-nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar
-aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su
-conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se
-había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo.
-Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros
-ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían
-quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados
-falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte
-de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano
-del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la
-misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo,
-y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando
-supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por
-observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente,
-para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los
-otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.
-
-En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y
-los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con
-algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo
-á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una
-especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura
-inclinación irresistible al bello sexo.
-
-Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar
-en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo
-el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y
-atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me
-aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico
-y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».
-
-Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi
-animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces,
-continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la
-mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa
-quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi
-todos los días, al pasar.
-
-Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepción hecha de
-Marto,--comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas
-con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más
-entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso
-conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo
-compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos
-más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á
-tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la
-tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el
-programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día.
-Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó
-en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí,
-ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la
-polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie
-entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las
-armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar,
-alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á
-los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la
-flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y
-dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates
-y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba
-de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento,
-reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco
-después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un
-flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la
-política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor
-más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.
-
-Pero no es posible repicar y andar en la procesión.
-
-
- XII
-
-Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía
-muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más
-significativas de mi vida.
-
-Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi
-oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven
-aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la
-Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban,
-y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La
-imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á
-pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer
-cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino
-blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros
-de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de
-baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes
-blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre,
-cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras
-de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á
-aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada,
-veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;
-en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón.
-Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios
-jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política
-de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas,
-difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas
-charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los
-detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la
-imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada
-el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época».
-Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia
-de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de
-aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las
-mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado,
-quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la
-realidad.
-
-De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de
-ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito
-de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia
-madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones
-por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la
-síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan
-bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se
-podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director
-de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):
-
---Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á
-acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.
-
-Ó bien:
-
---Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.
-
-Ó bien:
-
---Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor
-necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es
-honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.
-
-Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado
-á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien
-á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su
-imaginación...
-
-Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas
-reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre
-hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no
-alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso
-de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en
-mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.
-
-Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta
-influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario
-don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la
-organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en
-los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido
-todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los
-Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas
-facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable
-perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.
-
---Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre
-á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te
-hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en
-fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.
-
-Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias
-veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo
-colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de
-una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién
-podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven
-y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se
-jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía
-de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer
-por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando
-muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no
-me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros
-que infestaban el departamento.
-
---¡Déjate de cuatreros!--exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi
-intención.--Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El
-chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y
-don, y otros que tampoco te quiero nombrar!
-
-Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.
-
-Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la
-primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles
-y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías.
-En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de
-lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una
-aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba
-con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y
-churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en
-el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas
-ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos,
-cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran
-«carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad,
-atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se
-vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados
-por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión,
-palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire
-libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la
-banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa»
-de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera
-sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca
-necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en
-las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular,
-para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el
-carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio
-sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad
-de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba
-contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas
-observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia
-de los que ya no pueden divertirse.
-
-Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa
-propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus
-monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto
-de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad.
-Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la
-«gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de
-la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones
-de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las
-aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil
-ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla
-temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.
-
---¡Pero eres un malo, un perverso!--me decía.--¡No te puedo creer! ¡Si
-me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!
-
-¿Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprés_ Rabelais? Así lo creí,
-pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar
-con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.
-
---Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo
-iría á verte todas las noches.
-
---¡Pero eso está muy mal hecho!--exclamó.
-
-¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos
-acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:
-
---No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres,
-me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...
-
-Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga
-amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos
-con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.
-
-Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud
-de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó,
-sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de
-sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.
-
---¡Ah, pícaro!--me dijo, golpeándome el hombro.--Ya te he visto de
-«temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar
-nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...
-
-Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran
-mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco.
-¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener
-sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa
-acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en
-adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores,
-para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no
-tardarían en ser exigencias.
-
-Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron
-acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con
-diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la
-huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero
-á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y
-separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:
-
---No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy
-aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos
-criaturas.
-
-¡Sonsa! ¡Más que sonsa!
-
-Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado,
-sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su
-encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su
-afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No
-lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones
-paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van
-revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de
-hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera
-impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser
-más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la
-siguiente noche.
-
---Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.
-
-Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber
-sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de
-seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio
-tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer
-desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo
-maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el
-exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros
-amores duraban ya tanto, tanto...
-
---¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me
-case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de
-muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente...
-¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...
-
-
- XIII
-
-Al día siguiente, revelé á de la Espada todos mis secretos, sin omitir
-ni aun el fracaso de mi última tentativa. Se echó á reir.
-
---¡No seas tonto!--dijo.--No te aflijas ni te desalientes. La muchacha
-está á punto, y sólo te falta la ocasión. ¡No vayas á asustarla! Por
-el contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La
-casualidad te proporcionará, indudablemente, algún momento de gran
-emoción para ella. Ése es el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero
-¡ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y
-en cuanto llegue á descubrir tus intenciones, ó su realización, si no
-te mata es muy capaz de casarte á la fuerza. Tanto más cuanto que es
-íntimo amigo de tu padre.
-
---¡Bah!--repliqué.--Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al
-viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo,
-según tú mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para
-evitar que el escándalo fuese más grande!...
-
-La oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no
-tardó, efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había
-conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos,
-exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la más deliciosa
-intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos proyectos... Ella quería
-que viviésemos en casa de su padre, yo fingía exigir que habitásemos
-en la nuestra, y sólo se arribaba á un acuerdo, cuando nos proponíamos
-hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que las
-vinculaba.
-
---¡Lo malo es que así, nunca estaremos solos!--objetaba yo.--Siempre
-tendremos á uno de los viejos pisándonos los talones.
-
---¿Y eso, qué le hace?--replicaba Teresa.--Si no nos quisiéramos sería
-otra cosa, ¡pero nos queremos tanto!...
-
-Pero, vamos al caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba
-«haciéndome hombre», tatita me invitó á montar á caballo y acompañarlo
-hasta una chacra, á dos ó más leguas del pueblo, donde tenía un negocio
-pendiente que era preciso arreglar sin pérdida de tiempo. Su invitación
-era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto más jovial
-compañero de viaje, y jamás me he aburrido á su lado.
-
-No tardaría mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete,
-pero el asunto urgía y ambos estábamos acostumbrados á recorrer el
-campo á cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de mediodía, ni á las
-«luces malas» de la media noche. Llegamos á la chacra cuando acababa
-el día, con una puesta de sol admirable que envolvía la pampa entera
-en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora ó veinte
-minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha
-á los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de
-noche. Sólo una línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se
-había marchado el sol. El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes
-desconocidos, contagiándonos con su propia vacilación. Sin dejar de
-ver, no discerníamos la naturaleza de las cosas vistas, y sólo una
-larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la cinta descolorida
-del camino.
-
---¡Vamos á llegar muy tarde!--exclamó de pronto tatita.--Cortemos campo.
-
---¡Cortemos!--contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección á
-Los Sunchos, sin abandonar el galope.
-
-El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en
-la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una
-tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos,
-pero el trayecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de
-grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos
-limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la pálida mancha
-de estos rompecabezas basta para advertir del peligro á un jinete
-experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta
-un caballo «vaqueano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto
-campero.
-
-Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura que
-evitaba matorrales y viscacheras atento á todos los detalles, moviendo
-sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando
-me pareció oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí
-nada más, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras
-debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces
-por la sequía como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello?
-Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás á rienda suelta. Nada veía,
-nada oía. Mi caballo dió de repente una terrible espantada junto á una
-viscachera, y echó á disparar pesando violentamente sobre el freno. Á
-duras penas logré contenerlo, y, acariciándolo le obligué á volver al
-paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo!
-Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas
-rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco más lejos estaba
-tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tiré
-del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba
-el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no
-latir...
-
-Volví la vista á todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado
-no pasaba nadie, sobre todo á aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar á
-tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía á mi alcance
-para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar.
-Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi
-poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido
-de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más
-desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían á
-la distancia.
-
-Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo,
-de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que podía
-significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, tatita se había
-distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía
-perfectamente el campo en muchas leguas á la redonda. Pero el zaino
-habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter
-las manos en una cueva de viscacha, «bolearse» y proyectar á su jinete
-á varios metros de distancia. El pobre tatita debió dar con la cabeza
-en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... ¿Estaría muerto? ¡No!
-Semejante fin no era el de un hombre como él. Una simple «rodada» no
-acaba con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un
-largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud
-se rebela contra la idea de la muerte.
-
-Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo,
-mientras un hombre corría á avisar al médico y á buscar un coche. Yo
-esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto á emprender la
-marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fué posible hacerle tragar
-una gota de la ginebra llevada á prevención. El doctor Merino, que
-llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.
-
-No omitiré aquí un episodio que, pese á las circunstancias trágicas, me
-ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno
-de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de tatita
-resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó á examinarlo.
-
---Tiene las dos patas quebradas--dijo.--Hay que despenarlo.
-
-Y, sacando el facón de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo
-lo degolló, consumando así, sin pensarlo, un sacrificio usual en la
-tumba de los antiguos señores de la pampa...
-
-El cadáver del pobre tatita fué tendido cuidadosamente en el carruaje,
-y yo lo seguí al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como
-si yo también hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar
-al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y
-al pasar por las calles principales, dirigiéndonos á casa, formábamos
-ya un imponente cortejo: la noticia había cundido y todo el mundo
-acudía, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atraídos por la
-pena, la curiosidad ó la disimulada satisfacción. Entretanto, algunas
-mujeres rodeaban ya á mamita, preparándola para la horrible sorpresa.
-Al oirnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que
-sólo encontraría un cadáver. La escena fué desgarradora, y entonces
-comprendí cuánto amaba mi pobre madre á aquel hombre que había vivido
-con ella treinta años de indiferencia y de abandono.
-
-El velorio y los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita,
-incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto á su esposo,
-dió carta blanca á amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante
-treinta y seis horas largas, alternándose el chocolate con los vinos
-y licores, los «churrasquitos» con el mate dulce ó amargo, el puchero
-con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una
-nube de chinas de las casas amigas había ido «á ayudar» convirtiendo
-la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de
-respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban
-de política, contaban cuentos, jugaban á las prendas, iniciaban ó
-continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que
-sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de conducir los restos á
-su última morada.
-
-Yo estaba aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que
-lo quería de veras, y su ausencia repentina é irrevocable, producíame,
-al propio tiempo que dolor, una rara sensación de espanto, como si me
-encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador.
-Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera,
-como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara
-por una confusa y angustiosa pesadilla...
-
-Hubo discursos junto á la tumba de don Fernando Gómez Herrera,
-cuyo ataúd acompañó el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado
-cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de
-víboras. Don Sócrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que
-era un prohombre á quien la patria y su partido debían sacrificios
-innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos en él
-un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser
-reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que,
-con el diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente á Los Sunchos,
-para honrar la memoria de tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y
-de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables
-huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido
-cuando, en plena madurez, mayores servicios podía prestar á la patria.
-
-Yo oía todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido,
-y no podría reconstituirlas ahora, si después no las hubiera escuchado
-cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas,
-siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo
-de la personalidad á quien se honraba, siempre sin proporción ni
-medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen
-sido también en la existencia.
-
-Á la puerta del cementerio, acompañado por el cura, don Genaro
-Cecchi, por algunos presuntos parientes de papá ó de mamá, y por don
-Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estreché una tras otra
-todas aquellas manos indiferentes, y escuché de aquellas bocas sin
-emoción las rituales palabras de pésame. Esta larga, esta interminable
-ceremonia fué para mí una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que
-la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volví
-á casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que
-la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes
-catástrofes, anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza á
-acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompañaban.
-
-En casa, y con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar á
-mamita que, encerrada en su cuarto, á obscuras, llorando y rezando, no
-quería ver á nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno.
-Me tuvo abrazado largo rato, cubriéndome de besos y bañándome en sus
-lágrimas.
-
-Á la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que
-quedó para acompañar á mi madre y manejar la casa, por indicación de
-don Higinio.
-
-Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló
-más tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante
-en que nos abrazamos, perdida la cabeza.
-
-Y este fué el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.
-
-
- XIV
-
-La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos
-políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo
-único é indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los
-secretos del gobierno de la comuna, tenía á todas las autoridades como
-si dijéramos rendidas á discreción. Convencido de que tarde ó temprano
-me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en
-nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas
-que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que
-yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse
-desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos
-dieran satisfacción.
-
---Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar á los
-acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas
-partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el
-puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno
-de la provincia pase una pensión á la viuda, y yo mismo iré á la
-ciudad á trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya
-muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque
-hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, ¡no importa! Con todo,
-la chacra valdrá mucho á la vuelta de pocos años y podrás venderla
-muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto,
-necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la
-Municipalidad, que ya te han aumentado dos ó tres veces, y lo principal
-es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.
-
-Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba á decir,
-y agregó:
-
---¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada
-más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre
-fuí muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo á vender
-la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto
-de retroventa. Naturalmente, esto era «engaña-pichanga». Hicimos en
-la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin
-fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo
-suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina,
-porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa
-carta debe estar entre los papeles del finado. Tráemela y te daré otra
-para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos á
-tu nombre y al de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y
-así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.
-
-Se interrumpió, para añadir después, con una risita entre maliciosa y
-avergonzada:
-
---Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las
-uñas que tiene, y á mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no
-querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar á sus
-acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos
-cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte
-en cara...
-
-Dimos á don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente
-nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones,
-obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional
-para «la viuda é hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los
-acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse
-con una pequeña amortización anual--«del lobo un pelo», decía él,--de
-manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya
-no estaba allí tatita, manirroto á quien ningún dinero daba abasto, y
-porque yo no me había acostumbrado todavía á tirar la plata, gracias á
-las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían, y gracias, también,
-á que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba,
-pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si mamita, como la
-enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y
-áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa
-y solitaria que nunca.
-
---Pocos años de vida le quedan á misia María--murmuraba la gente al
-verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de
-antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones
-simpáticas y amables para todos.
-
---¿Por qué te afliges tanto, mamita?--me atreví á decirla una vez.--Al
-fin y al cabo, tatita no te hacía tan feliz...
-
-Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:
-
---¡Mauricio! ¡Era tu padre!
-
-La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro
-sentimiento, sobre todo raciocinio.
-
-Así fué pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Inginio
-quiso un día complementar con un golpe maestro la magnífica ayuda que
-nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto
-de «hacerme hombre».
-
-Ocurrió que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro
-departamento, figuraban dos ó tres que no eran, ni con mucho, de la
-devoción de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo,
-Cirilo Gómez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave
-indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra
-pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían
-contagiado con su odio á don Sandalio Suárez, el comisario de policía.
-Los tres, saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los
-proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre
-hechas de la ciudad, y ellos las hacían votar á ojos cerrados,
-obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votarían jamás aquélla,
-si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la
-candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su indignación á la
-amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima exigencia,
-harían abstenerse á «sus amigos», dando el triunfo á la oposición que
-se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de
-arriba...
-
-Esto agitó hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos,
-desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias,
-don Higinio asumió su papel de caudillo, predicó la moderación,
-el mantenimiento de la disciplina á todo trance, y se encargó de
-arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran
-satisfechos--todos menos el candidato que hoy llamaríamos
-boycoteado.--Iría á la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del
-partido oficial, ¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron
-plenos poderes, y, preparándose para el viaje y la campaña política,
-aquella misma noche me llamó:
-
---¡Muchacho!--me dijo.--Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando
-más que una «bolada» y lo que es ésta no me la quita nadie. Aunque
-todavía no tengás la edad, te vamos á hacer diputado. Así, como suena,
-diputado.
-
-Me quedé estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había
-atrevido á esperar semejante ganga, sino para muchos años después, y
-eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad--pues aunque
-el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me había dado
-función alguna, por la sencilla razón de que no la ejercería,--de
-simple empleadillo de la Municipalidad á diputado á la Legislatura de
-la provincia ¡era tan grande el salto!...
-
---¿De veras, don Higinio? ¿No me está «titeando»?--logré preguntar por
-fin.--¿Con qué títulos?...
-
---«Sos» hijo de tu padre y un poco hijo mío, si me salgo con la
-mía... que me he de salir. ¡No! si no soy ciego y no tenés para qué
-hacer aspavientos. ¡Claro, que si Teresa fuera macho, no te caería
-la ganga...! Pero viene á ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando
-llegue el momento... La muchacha y «vos» son muy jóvenes todavía...
-Bueno, pues, además del nombre de tu tata y de mi protección, tenés tus
-trabajos: has escrito en «La Época».
-
-En efecto, con el contagio de la redacción, había garabateado uno
-que otro sueltecito, una que otra diatriba más ó menos calumniosa ó
-epigramática contra nuestros adversarios.
-
---De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que
-un poco de platita, y se la daremos. Será el primero en cacarear que
-«sos» el alma del diario, y el mejor elemento del partido. En fin, ésta
-es cosa mía, y podés estar seguro de que no me la quita nadie.
-
-Yo tenía fiebre. No sabía lo que me pasaba, no podía estarme quieto, ni
-hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me
-reservaba una sorpresa más importante todavía, si se mira bien.
-
---Serás diputado--continuó,--y tendrás una fortunita. Vengo pensando en
-eso desde hace mucho, y creo que, por fin, he dado en el clavo. Apenas
-te sentés en tu banca de la Legislatura, yo haré que la Municipalidad
-mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad,
-Funes y Cadillal, que están cortadas por tu chacra. Naturalmente
-habrá que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas
-veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te
-quedarán, entonces, nada menos, veintiséis manzanas de pueblo, en el
-mismo riñón, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, podés vender dos
-ó tres de las más afuera para hacer veredas y tapias con esa platita.
-Lo que quede, á la larga será toda una fortuna, aunque ahora valga
-poco. Si el país sigue adelantando, de repente vas á ser más rico que
-Anchorena. Y no te digo más.
-
-Lo abracé, bailando.
-
---¡Oh, don Higinio, cómo le podré pagar!...
-
-Me apartó, sonriente y meneando su cabeza de león manso, se puso á
-armar con cachaza un cigarrillo negro. Después, agregó con calma un
-poquito conmovida:
-
---Yo no te pido nada. Sé lo que valés y te tengo confianza... Además,
-también lo hago por Teresa, que te quiere mucho y será una compañera de
-mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita
-labrada, muy «derecho viejo», más leales que un perro... Y, ahora,
-muchacho, tené mucha paciencia y estáte muy calladito la boca, no sea
-cosa que nos conozcan el juego.
-
-Y me mandó que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.
-
-
- XV
-
-Teresa me contó aquella noche que la casa era una romería desde que
-don Higinio se había encargado de arreglar aquel asunto. Sabiéndolo
-con una diputación en la mano, chicos y grandes iban á pedírsela,
-y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones
-entusiastas. El viejo no soltó prenda. Todos se marchaban creyendo
-en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra
-decisiva; enumeraba los méritos de cada uno, en su presencia, alababa
-los servicios prestados á la causa, decía con aire protector «veremos
-lo que piensan en la ciudad», y daba sendos apretones de mano. Los
-pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un
-solo hombre en vísperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me
-hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo,
-suponiendo que tenía cierta influencia con don Higinio. Este período de
-satisfacción, de beatitud, pasó pronto, sin embargo, dando lugar á otro
-de irritabilidad é inquina. Despertáronse de pronto los recelos, y Los
-Sunchos se convirtió en un semillero de intrigas. Medio pueblo habló
-pestes del otro medio, porque cada cual quería despejar de competidores
-el campo de la acción. Sólo yo resultaba indemne en aquella lucha á
-dentellada limpia, porque nadie me creía con la menor probabilidad de
-llevarme la presa.
-
-«La Época», inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por
-muy legítimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que
-la ardiente competencia iniciada ponía en peligro la disciplina del
-partido, dando un pésimo ejemplo de discordia, y que se imponía á todos
-los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos
-y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la
-patria. Agregaba que el nuevo candidato sería designado por los jefes
-del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la
-disconformidad de las opiniones, algunas egoístas, fuerza es decirlo,
-las circunstancias imponían una decisión completamente imparcial, que
-sólo allí podría obtenerse. Y así, nadie tendría, luego, motivo de
-queja.
-
-En el número siguiente el editorial de de la Espada apareció
-doctrinario, sin alusiones á persona alguna, según creyeron los
-lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designación, el
-diario oficial se daba un compás de espera. Sin embargo, el diario
-decía, nada menos, que había llegado el instante histórico de dar paso
-á las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del país á los hombres
-nuevos que habían demostrado amplitud de espíritu, respeto á las
-instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los
-altos puestos públicos, desde la presidencia abajo, estén refrescados
-por sangre juvenil, será como si la nación entera recobrase una nueva y
-vigorosa juventud. En épocas de revueltas y trastornos, la experiencia
-de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en épocas de paz y
-de prosperidad, el entusiasmo de los jóvenes es lo que conduce á mayor
-felicidad y á más riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba
-el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy
-delgado, y fué porque estas generalizaciones no son para sintetizadas
-por gente primitiva y en el fondo candorosa.
-
-Don Higinio se había marchado á la ciudad y me escribía casi
-diariamente, enviándome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre
-de confianza, como lo había sido de tatita. En sus cartas me señalaba,
-punto por punto, lo que debía hacer para complementar sus propios
-trabajos.
-
-Por indicación suya, los miembros del comité local (vale decir
-las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar
-públicamente cuál iba á ser la actitud del partido. En él se rechazaría
-sin apelación la candidatura de Cirilo Gómez, pero, para demostrar que
-esto no era una rebelión, sino una desobediencia forzosa, que en nada
-menoscababa la disciplina, se declararía solemnemente, bajo juramento,
-si se consideraba necesario, que el partido votaría en masa, como un
-solo hombre, el nuevo candidato--quienquiera que fuese,--designado por
-el comité central. «Sólo así--escribía don Higinio,--se substituirá
-fácilmente á Gómez y seguiremos gozando del favor del Gobierno.»
-
-Aquella mañana, en el vasto corralón de Varela, se reunieron unos
-cuantos centenares de personas--gente del campo y peones municipales,
-en su mayoría,--capitaneadas por Casajuana, Guerra y Suárez, á quienes
-servíamos de tenientes Miró, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el
-doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se había preparado un asado
-con cuero--una vaquillona carneada probablemente en la estancia de
-algún opositor,--y las damajuanas de vino y las «frasqueras» de ginebra
-prometían un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me
-estrené como orador, repitiendo, palabra más, palabra menos, algunos
-editoriales de de la Espada:
-
-«Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del país. Las
-ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro
-la marcha de nuestro partido, el más noble, el más puro, el más
-progresista, el único que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas
-ambiciones deben ser arrancadas de raíz, como la mala hierba. Si
-los ambiciosos no renuncian voluntariamente á ellas, los verdaderos
-patriotas _deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un
-arma funesta_ (frase original, calurosísimamente aplaudida). Además,
-ya es hora de que se abra paso á los hombres nuevos. En la política,
-como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el
-Ejército, debe _completarse_ con sangre joven. Y, por último, á nada
-aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinterés me autoriza
-á recomendar á mis correligionarios la más severa disciplina y la más
-estricta obediencia á los mandatos de nuestros jefes. ¡Señores! ¡viva
-el partido provincial! ¡Viva el Gobernador de la provincia!»
-
-No insistiré en la ovación que se me hizo ni en las escenas que
-siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero
-necesito decir que, al otro día, «La Época» proclamó que me había
-revelado orador brillantísimo, pensador profundo, y uno de los cerebros
-mejor dotados del país, que de mí debía esperar maravillas. Los demás
-«discursantes», que los hubo en gran número y á cual más ardoroso,
-se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la «alta sociedad», así como
-en los modestos corrillos, alguien comenzó á hablar de Mauricio
-Gómez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba
-malgastando en aquel rincón. Como con esto se tiraba á matar á los
-«prohombres» de que todo el mundo estaba harto, la apreciación cundió,
-especialmente desde que los diarios de la ciudad, á instancias del
-viejo Rivas, transcribieron los artículos y sueltos de «La Época»,
-poniéndome por su cuenta en los cuernos de la luna.
-
-Tomé con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche
-á la mañana me hice un hombre grave, más grave quizá de lo que
-conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Había adquirido enorme
-importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que
-las principales familias hallaban modo de invitarme á sus tertulias,
-á almorzar, á comer, cosa que antes ocurría muy de vez en cuando. Yo
-no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta
-entonces sólo me veía á las horas de comer, desde entonces ya no me vió
-á ninguna hora, si no es por las mañanas, mientras dormía... Aprendí
-con esto los rudimentos de la vida social (¡en Los Sunchos!) que tanto
-debía cultivar más tarde. Había sido un oso; pero las mujeres son
-tan amables, cuando quieren, que me sorprendí de no haber frecuentado
-más la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y,
-por otra parte, la bendita chismografía y el santo espionaje de los
-pueblos pequeños, como una especie de cinturón de honestidad, hacen
-á las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la
-verdadera pasión.
-
-En fin, cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno,
-pocos días antes de las elecciones, mi designación sorprendió á muy
-poca gente: estaba en el aire, sembrada esporádicamente por don
-Higinio, de la Espada y los demás amigos. La única persona que se
-sorprendió y se asustó fué mamita. En cuanto supo mi proclamación,
-aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su
-misticismo iconólatra, empezó á encender velas ante una imagen de
-Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía
-para que saliera ó no saliera diputado... Sospecho lo último.
-
-La elección fué canónica, porque en Los Sunchos, como en todas partes,
-las urnas estaban vedadas á los opositores que, desde tiempo inmemorial
-se limitaban á protestar las elecciones ante escribano público, sin más
-resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no
-lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera resultó diputado, como se
-proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo,
-entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de
-la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó en el
-club, donde se destaparon algunas botellas de champaña é innumerables
-de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los
-líquidos.
-
-Muy tarde, casi á la madrugada, me vi por fin libre de las amables
-impertinencias del triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la
-casa, pero, adentro ya, no sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría
-en la huerta, pese á la hora intempestiva, como una esposa abnegada que
-aguarda al marido calavera. Y, en la satisfacción de la victoria, que
-ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz.
-Esperé á que mis acompañantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran
-lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi seguro de no
-encontrar á nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor
-propio... Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.
-
---Ya creí que no vendríaz--me dijo con su voz cantante.--El zeñor
-diputado ze hace decear... Tenéz razón... ¡Lo único que ziento ez que
-ahora te me iraz!...
-
---Me iré... Me iré; pero volveré á cada rato. ¡Estamos tan cerca de la
-ciudad!
-
-Me había echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la
-obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo
-de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes é innumerables.
-
---¿Vendraz á menudo?--preguntó, mimosa.
-
---Cuantas veces pueda.
-
---¡Sí! Ez preciso que vengaz--y recalcó exageradamente el «es
-preciso».--No zé todavía... Pero me parece que tengo que decirte... una
-coza...
-
-Me dió un calofrío, tanto temor y tanta alegría vibraban á la vez en
-sus palabras. ¿Sería?...
-
-Pero la insólita entrevista no se prolongó, ni era posible que se
-prolongara, porque ya comenzaba á amanecer.
-
-Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina,
-de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del día
-siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una
-cómica solemnidad que era exclusivamente suya:
-
---Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una
-cosa. Se está hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te
-han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo,
-y el «comadreo» es tremendo y va á ser terrible. Yo no sé, tanto se
-habla, cómo don Higinio no ha caído en cuenta todavía... será porque es
-el más interesado. Pero no te fíes. Mira de quién se trata y ándate con
-tiento, si es que no te propones lo mejor, que sería... santificar las
-fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede
-darte qué sentir.
-
-La misma perplejidad en que me hallaba me permitió contestar en broma
-al «galleguito», negando toda importancia al problema que, sin embargo,
-era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la
-obsesión de esta pregunta: «¿Será?»...
-
-Era. Noches después, Teresa me reveló el, para ella, terrible y
-encantador secreto.
-
---Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito--me dijo,
-acariciándome las mejillas con las palmas de las manos.--Ya no es
-posible esperar más, de veras... Después, sería un bochorno... ¡Y
-tatita! ¡Qué diría tatita! Sería capaz de matarme... Y yo... yo me
-moriría de vergüenza...
-
-Rehuí toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como
-dificultades, precisamente todas las facilidades del momento--tan
-propicio,--pero sin mala intención, aunque nadie lo crea, sin segunda
-intención ¡lo juro! sólo por instinto, como un ademán subconsciente
-que me defendiera de un peligro imprevisto, atávicamente revelado á
-no sé qué parte de mi ser. Y, dominada ó atontada por mi elocuencia,
-Teresa se tranquilizó, me abrazó, me besó, me hizo mil caricias, y, en
-la cesión completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometió no decir
-nada á don Higinio, mientras yo no se lo mandase.
-
-Una vez á solas, me di cuenta del atolladero en que me había metido.
-¡Qué á punto venían las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera
-hablado meses atrás... Pero, como dicen las comadres: «Después del niño
-ahogado... ¡María, tapa el pozo!»... ¡Bah! Todavía nadie se ha muerto
-de eso. En el peor de los casos, no tendré de qué quejarme. Pero...
-
-La verdad, la verdad es que preferiría no casarme, porque aquella
-muchacha carecía de atractivos, ó si los tenía eran menores cada
-vez. Teresa no me interesaba, ó me interesaba poco, ya sin prestigio
-ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de
-magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita.
-
-Eso está bueno para pasar un rato ¡pero toda la vida!...
-
-
- XVI
-
-En la ciudad, alcancé un éxito que no me esperaba. Muchos de los
-antiguos condiscípulos que me perseguían en el Colegio, y que todavía
-no habían logrado hacerse una posición, ni terminar una carrera, fueron
-á visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones,
-lisonjas y bajezas, tras de las cuales solía transparentarse la
-envidia, una envidia rayana en odio. Éste fué el prefacio de una larga
-serie de otras visitas y de invitaciones á fiestas, comidas, tertulias,
-bailes, en que siempre era yo el niño mimado por excelencia. Todo el
-mundo veía despuntar en mí un astro nuevo, un hombre predestinado por
-la fortuna para ocupar las más elevadas posiciones, porque nadie quería
-creer en mi mérito excepcional ni en los servicios que pudiera haber
-prestado al país, considerándome, sólo, como una criatura nacida de
-pie. Y una tarde, ¿á quién se dirá que me veo aparecer en el cuarto que
-me servía de sala de recibo? ¡Pues, á don Claudio Zapata, en cuerpo
-y alma! Pero esto sería bien poco, si tras él no hubiera asomado la
-soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su
-enorme masa de cabellos castaños que parecía aplastarle y derretirle la
-cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no
-era sino una especie de vejiga vacía.
-
---¡Oh! ¡don Claudio! ¡Oh! ¡misia Gertrudis!--exclamé sin poder contener
-la risa.--¡Cuánto bueno por acá!
-
---Hemos venido--dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi
-hilaridad como manifestación de cariño,--hemos venido, seguros de
-que no habrás olvidado á los que te sirvieron de padres, á los que,
-educándote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo
-para la posición que hoy ocupas.
-
---¡Oh, don Claudio! ¡y cómo me he de olvidar!
-
---Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se veía claro que
-harías camino--agregó misia Gertrudis.--Siempre se lo he dicho á
-Claudio y á tu tata, que esté en gloria. ¡Pobre don Fernando! ¡Quién
-había de decir! Todavía tengo su última carta, y la guardo como oro en
-paño. ¡Nos afligió tanto su muerte!... Aquí le hemos hecho decir unas
-misas...
-
-Á pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me
-retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habría puesto al no
-encontrarlas. Pero, dominándome, dije:
-
---¡Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! ¡Qué recuerdos,
-eh!... ¡Vaya con don Claudio! ¡Vaya con misia Gertrudis! ¡Y qué bien
-están los dos! Pero háganme el favor de sentarse y digan si en algo
-puedo servirlos... Y ante todo, tomarán un matecito.
-
-El mate comenzó á circular. Yo estaba seguro de que llevaban un
-propósito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis
-reiteradas instancias, doña Gertrudis consintió, al fin, en decirme
-cómo podía pagarles el honor de aquella visita y la refinada educación
-que me habían dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo
-que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho
-menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones, grandes
-servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le
-habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado
-el viento y que sólo mi padre hubiera cumplido, á no morir de tan
-trágica manera... Muerto él, á mí, su hijo y el hijo adoptivo, ó poco
-menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy
-modesto--¡demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincón!--y se
-contentaría con una insignificancia cualquiera. Bastaría, por ejemplo,
-con que yo, diputado influyente á quien el Gobierno no podía negar
-nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba
-vacante.
-
---¡Pero, señora!--objeté por hacerla hablar,--en primer lugar,
-todavía no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.
-
---¡Oh! ¡eso es una simple formalidad!
-
---No tan simple... En segundo, no sé si tengo ó no tengo influencia con
-el Gobierno, porque todavía no lo he tanteado...
-
---¡Bah! ¡Eso está visto! ¡Un Gómez Herrera!
-
---Y en tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente
-nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.
-
-Mísia Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente,
-meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replicó:
-
---¡No le hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real...
-Claudio no es de ésos que aprovechan, ¿no es verdad, Claudio? y son
-capaces de quitarles hasta la camisa á los pobres que tienen una
-demanda... Pero, como juez de paz tendrá otra espectabilidad, podrá
-hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno que otro negocio
-que nos saque de apuros.
-
-La escena me divirtió tanto que prometí darles lo que me pedían en
-cuanto me fuera posible, si llegaba á tener influencia en el Gobierno.
-Y, como quien hace una diablura, meses después di á don Claudio el
-nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomónicas
-ó sanchescas, y con sus coimas inverosímiles. Adelantaré aquí,
-aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el mundo, por
-el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y
-esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime
-imparcialidad.
-
-No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante
-entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que
-había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por
-mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica
-ó protesta muda.
-
---¿Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de
-superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de
-envidia.
-
---¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura
-de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo
-tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien
-al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha
-dicho...
-
---¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!--interrumpí,
-rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus
-palabras.--¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes
-tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de
-nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y
-cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó
-malas las que se le presenten...
-
---¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni
-aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón,
-que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te
-envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no
-estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años
-no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.
-
---Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo
-de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!
-
---De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de
-Montesquieu y verás.
-
---En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.
-
-Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención,
-esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones
-por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando
-nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho,
-prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco
-para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.
-
-La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y
-mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse
-empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba,
-pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el
-escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación,
-para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez,
-enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que
-á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más
-fáciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posición,--y
-no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que
-deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena
-política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse,
-los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas.
-Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de
-la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los
-maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor
-en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante
-mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más
-que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en
-todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una
-especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada,
-por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de
-creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras
-ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras
-me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén
-que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el
-matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la
-pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los
-hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso
-error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la
-vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre,
-desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo
-de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que
-aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los
-extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para
-los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino
-sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de
-no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, ¿cómo arrostrar
-á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor,
-el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran
-compensación?
-
-Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues
-no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de
-diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su
-juicio se presentarían ó no dificultades.
-
---¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.
-
-No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera
-calamidad.
-
-Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la
-Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida
-provinciana--salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,--y
-me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros.
-Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de
-chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que
-somos tan golosos los provincianos.
-
-El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso
-frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro
-mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la
-barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas»
-ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de
-escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las
-mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el
-centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón,
-sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un
-prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la
-primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien
-penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché
-lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho
-de no hacerlo más tarde!
-
-Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces,
-que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio
-del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las
-elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se
-veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión.
-Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las
-elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas
-por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á
-entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas
-habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían
-pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la
-legalidad de mi mandato, y de que:
-
-«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas
-y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública
-y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora
-venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes,
-firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una
-fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se
-ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al
-pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean
-ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas»,
-testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No
-hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...
-
---¡Las firmas están!--gritó una voz desde la barra.
-
---«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no
-figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo
-hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la
-impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente
-al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto
-despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él.
-Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales.
-Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del
-pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar
-legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder
-ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser
-modesto, pero abnegado colaborador.»
-
-Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo,
-no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que
-podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago,
-indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir
-que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por
-unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era,
-definitivamente, un personaje.
-
-Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á
-comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que
-yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de
-años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos
-parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta
-de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios
-de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson,
-Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo
-más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares
-comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros
-de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á
-leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía
-como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me
-enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo,
-su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la
-Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos
-oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo,
-de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier
-otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban
-el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.
-
-Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en
-la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos
-Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los
-sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición,
-desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los
-hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran
-talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir
-una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio,
-y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en
-mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un
-porvenir de gloria y de grandeza.
-
-Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese
-donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo,
-porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor
-influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y
-todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que
-tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de
-centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y
-aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y
-comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.
-
-Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos»,
-diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos,
-y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una
-anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella
-prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las
-columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me
-consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me
-tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores
-desvergüenzas.
-
-Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy
-lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre.
-Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme,
-á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de
-serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me
-suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda
-una inminente tragedia...
-
-¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?
-
-
- XVII
-
-Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes
-de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas
-cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases»
-de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de
-periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca
-de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial
-y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante
-mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera
-tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose
-á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta
-manifestación de cortesía.
-
-Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí
-una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se
-adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista
-y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente
-para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal
-de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias
-mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis,
-y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los
-dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban
-la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la
-independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste?
-¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país,
-imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo?
-¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en
-razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!
-
-Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre
-encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que,
-á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo
-viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la
-frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos
-llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba
-con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre
-un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia
-escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical,
-persuasiva y tranquilizadora como una caricia.
-
-Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país,
-siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo
-de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones
-de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de
-chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de
-comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda,
-para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias
-intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido,
-se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver,
-pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.
-
-Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes
-del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía
-hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría,
-quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo
-de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa
-nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en
-épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues,
-y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades,
-los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque
-estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de
-que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo,
-de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.
-
-En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de
-la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al
-negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo».
-Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las
-calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que,
-como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos,
-aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su
-desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra
-aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto
-él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena
-indemnización.
-
-Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase
-un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el
-fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia
-política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era
-muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante
-negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme
-del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se
-me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma
-ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su
-secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues
-me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por
-cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata
-de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.
-
-Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo,
-y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían
-catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda
-defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro
-poder y nuestras armas.
-
-Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que
-estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño
-de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles
-al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable,
-un apellido patricio.
-
---¡Don Higinio!--exclamé al verlo.--Mi asunto no corría tanta prisa.
-
---No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso
-es natural que te pregunte lo que querés.
-
---Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis
-ocupaciones de la Cámara me lo impiden.
-
-No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con
-Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar,
-pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo
-hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.
-
---Se trata de Teresa--agregué.--Usted bien sabe que nos queremos
-desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su
-consentimiento para casarnos?
-
---¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!
-
-Me abrazó conmovido.
-
---Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar
-hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos
-no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.
-
---Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte
-nada.
-
---Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar
-ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar
-asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la
-Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva
-de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me
-casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los
-deberes que me imponen mi puesto y mi partido...
-
---¿Y cuándo, entonces?
-
---¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará
-completamente despejada la situación del país y la mía...
-
-Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía
-extraño--y me lo dijo,--que una vez resuelto á casarme, lo dejara
-para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes
-vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba
-menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo
-la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre
-gustos no hay nada escrito!
-
---Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le
-llevaré la carta para ver la cara que pone.
-
-¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras,
-y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del
-paso lo mejor que pude.
-
---Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.
-
---¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!
-
-Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire,
-como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la
-ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como
-una reina.
-
-Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias
-trascendentales.
-
---Déjese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que
-se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que
-las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no
-muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.
-
-Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera
-producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.
-
-Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido
-en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría,
-le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo
-agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo
-reprimir un grito:
-
---¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...
-
-El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significación á estas
-palabras, preguntó, suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera
-fué indescriptible. Quería montar á caballo y correr á la ciudad á
-llevarme «de una oreja» para hacerme casar inmediatamente ó matarme
-como á un perro si me resistía. Y lo hubiera hecho como lo decía, si
-no le hubiera dado un ataque á la cabeza, que lo dejó tendido en medio
-del patio, mientras apretaba la cincha á su alazán. ¿No digo que las
-mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren
-una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde ó
-temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino á cambiar completamente
-el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que
-me casa ó me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama
-después, muchos días, con ventosas, cáusticos, sangrías y toda la
-terapéutica provinciana de aquel entonces.
-
-Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del
-viejo había logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto,
-gracias á su debilidad momentánea, á su cariño de padre y á la
-confianza que tenía en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había
-que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casáramos, que debía
-ser inmediatamente, iríamos á hacer un largo viaje á Chile, á Europa,
-al Paraguay, á cualquier parte, y volveríamos con nuestro hijo, sin que
-nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería, tenía que hablar
-conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumpliría mi
-palabra, si no me obligaba á casarme en seguida. ¡Esto sería lo mejor!»
-La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero
-el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo
-no quería sentir la pesada mano de don Higinio, ó, por el contrario,
-hacerle sentir la mía y provocar con ello un terrible escándalo que
-haría fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sería
-muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun
-los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no
-trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenación
-general, implacable, persigue á los que violentamente perturban el buen
-orden social.
-
-
- XVIII
-
-La situación política se hacía más tirante cada vez, el interior
-estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano,
-dispuesta á romper las hostilidades contra el Gobierno nacional,
-contando con la ayuda más ó menos ilusoria de dos ó tres provincias.
-Nosotros, en realidad, no teníamos nada grave que temer, pues nuestro
-pueblo es tradicionalmente adversario del porteño; pero en épocas tan
-revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias,
-y la oposición local era muy capaz de servirse de ellas para provocar
-un cambio de Gobierno que la llevara al poder. Así lo comprendíamos
-los que pulsábamos la situación con alguna perspicacia. Era fácil
-ver que los opositores se movían disimuladamente, preparando algo,
-un golpe de mano ó una revolucioncita de las que tanto abundaban por
-aquellos tiempos. No tenían, sin duda alguna, la menor intención de
-ayudar á Buenos Aires, pero desde hacía mucho soñaban con derribar al
-Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitándole al
-diablo para ponerle á él. No administraba Camino peor que otros, pero
-no podían perdonársele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su
-afición al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba á inconfesables
-aventuras en las que sólo le seguía su asistente, Gaspar Cruz, paisano
-retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien
-el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona
-excepcional, casi divina, según su cerebro obtuso y fetichista. Marido
-de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas
-candorosas é inteligentes, Camino era considerado realmente como un
-criminal, en los círculos austeros, y aparente y utilitariamente en los
-que no lo eran tanto, pero podían aprovecharse de su desprestigio. En
-suma, muchos le tenían por una especie de tirano corrompido, y, si no
-contribuían á derrocarlo, no harían nada por sostenerlo, tampoco.
-
-Vi muy claras las ventajas que me ofrecía aquella situación, y no
-tardé en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de
-visita en casa del Gobernador, llevé la conversación á las agitaciones
-populares, declarando que, á mi juicio, eran mucho más graves de lo que
-se creía. Varias personas, con ese espíritu de torpe adulación que hace
-negar hasta la evidencia, si ésta puede ser desagradable al que quieren
-lisonjear, y aunque con ello le expongan á los mayores peligros, me
-replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de
-fantasmas.
-
---¡No! ¡no hablo á tontas y á locas!--exclamé.--Tengo datos, y si el
-Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmiéndose en
-las pajas, podrá evitarse un mal rato. Más tarde, ya no sería tiempo.
-
-Camino quedó un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de
-un momento, me llamó aparte para que le contara lo que sabía. Exageré
-un poco, creyéndolo necesario para mis fines. La oposición se armaba
-secretamente--lo que era cierto,--tenía en la ciudad verdaderos
-arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entrarían en campaña
-á la primera señal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba
-todas las noches, y hasta inteligencias en la misma policía, muchos de
-cuyos agentes estaban complotados.
-
---¡Pero qué hace don Mariano!--exclamó el Gobernador, alarmado,
-refiriéndose al viejo Villoldo, jefe de policía.
-
---Don Mariano no ve más allá de sus narices, está medio chocho y
-toda la vida ha sido débil--contesté.--Y en estos momentos lo que se
-necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de «legalidades» ni
-se ande con paños calientes...
-
---¿Dónde encontrar ese hombre?
-
---¡Vamos, Gobernador! ¿No lo tiene delante?
-
---¿Usted? ¿Usted se considera capaz?...
-
---¿De sofocar ó de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz!
-Si usted me da la jefatura de policía y me deja completa libertad de
-acción, le aseguro que antes de quince días todo estará más tranquilo
-que nunca. Pero, ¡eso sí! ¡nada de escrúpulos tontos y carta blanca
-para mí! Habrá que meter bastante gente en la cárcel.
-
---Pero, la opinión...
-
---¡Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha;
-además, no pueden ser más favorables, porque con la agitación completa
-del país, un detalle más uno menos, viene á ser la misma cosa. ¡Déjeme
-hacer, Gobernador, y verá como todo sale bien!
-
---¡Bueno... lo pensaré!--murmuró, perplejo.
-
---No. No es cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme ó
-no me nombre á mí, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto
-si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestión de días, quizá de
-horas, y puede que en este mismo momento se esté preparando la ratonera.
-
---¡Bien! ¡Está dicho!... Voy á llamar á don Mariano, y mañana será
-usted jefe de policía.
-
---Entendido que conservaré mi banca en la Legislatura...
-
---¿Cómo? ¿Y la Constitución?
-
---Es un librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que
-un diputado no puede ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en
-circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por
-si algún día dejo la policía... ó á usted se le antoja quitármela...
-
---En fin, la Cámara decidirá.
-
---No. Si ahora mismo voy á pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y
-carta blanca, eh! ¡Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en
-el momento oportuno!...
-
-Don Mariano Villoldo renunció aquella noche, á pedido del Gobernador,
-y al día siguiente comencé á ejercer mis nuevas funciones de jefe
-político de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque
-nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las críticas, porque «un
-mocozuelo» al frente de la policía no podía hacer más que barrabasadas.
-Pero dejé hablar y me dediqué á reorganizar mi gente, valiéndome de
-los comisarios y oficiales en quienes se podía tener confianza. La
-tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente al propio
-tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar
-ó inventar una buena oportunidad para poner presos á los cabecillas,
-secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de
-meterse á revoltosos. Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes,
-escuchando partes y confidencias, recibiendo espías, amonestando á
-subalternos dudosos, pero de quienes todavía se podía esperar algo.
-Hasta dormía en mi despacho, para estar «al pie del cañón». Los
-opositores se reunían unas veces en una parte, otras en otra, nunca
-dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos en
-cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local
-elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago
-ni provocar demasiada crítica.
-
-En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de
-Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente á mí, tanto en
-los asuntos privados cuanto en los políticos. Llegóme, aun antes que al
-Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la República, sus
-ministros y gran parte del Congreso habían abandonado la ciudad rebelde
-que se fortificaba, y á la que ponía sitio el ejército de línea. La
-lucha iba á ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos á no
-cejar y tenían numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios
-criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba
-rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos
-estratégicamente. Era una revolución en regla, como no la había habido
-desde muchos años atrás, y como era de temerlo, dados los largos y
-ostensibles preparativos... El país entero se hallaba bajo el estado de
-sitio.
-
-En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse público, renuncié
-á esperar otra oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos á los
-presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tenía,
-impartí mis órdenes, y corrí á casa de Camino, para darle cuenta de lo
-que acababa de hacer.
-
---En estos momentos--le dije,--sacan de sus casas á todos los jefes
-de la oposición, y por mi orden los llevan á la policía. Puede V. E.
-estar tranquilo. Aunque no tema el más ligero disturbio, le mandaré un
-piquete para su custodia, bajo las órdenes de un hombre de confianza.
-¡Todo va bien!
-
-Quiso pedirme mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde,
-limitándome á decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se
-temía, y agregando:
-
---Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo
-está justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las
-armas, y después de tenerlos un tiempo á la sombra, para que aprendan
-á no meterse á sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán á
-alborotar en muchos años.
-
---Sí, pero, ¿y los ministros?
-
---¡Valiente preocupación! Reúnalos y dígales... Están acostumbrados á
-callarse y aprobar.
-
-Cuando volví á mi despacho comenzaban á llegar á la policía los
-primeros detenidos, unos protestando enérgicamente contra el
-«atropello», el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia
-contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los
-menos serenos y dignos, diciéndose que desde un principio sabían á
-lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en
-libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de
-la escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy
-blandos que digamos, y vejaban á los opositores presos, encerrándolos
-en calabozos inmundos, maltratándolos, obligándolos á hacer las tareas
-más viles, como limpiar los excusados ó barrer las aceras y la plaza
-pública. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial,
-estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que habían ido, á
-veces desde años enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse
-de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y
-sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen príncipe.
-Ordené que se tratara á mis prisioneros con toda consideración, que se
-les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera
-hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin
-embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno
-de mis subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y
-les explicara que el Gobierno se veía obligado á tomar precauciones
-excepcionales, para la seguridad del país.
-
-Entretanto, valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre
-todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores débiles de carácter,
-por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas,
-supe dónde estaban ocultas las armas--casi todas,--y las hice recoger.
-La conspiración quedaba sofocada: teníamos quince ó veinte opositores
-de significación detenidos, y habíamos secuestrado un centenar de
-fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con
-cañas tacuaras y tijeras de esquilar.
-
-En medio de toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio
-me fué ingratísima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento
-más favorable para mí, como no tardé en comprenderlo. Mi despacho
-estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunció que don Higinio
-Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora trágica. Un momento
-estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareció
-demasiada cobardía, y mirando al destino cara á cara, le hice entrar,
-sin despedir á mis subalternos.
-
-Casi no reconocí á don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y
-debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio
-herido, después de provocar un paroxismo de rabia, lo habían dejado
-como inquieto y vacilante. Su cara de león manso, alargada y arrugada,
-expresaba más bien melancolía que fiereza, y sus ojillos negros,
-bajo las cejas blancas é hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni
-investigadores, sino que vagaban indecisos, de una á otra persona, de
-uno á otro objeto.
-
---Quiero que hablemos solos--me dijo después de saludarme
-desabridamente.
-
---Un momento, don Higinio, y estoy á su disposición. Tengo que dar
-algunas órdenes... Pero siéntese... Las circunstancias son tan
-graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...
-
-Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones á
-comisarios y oficiales, y me pareció conveniente--más por don Higinio
-que por otra cosa,--extremar las disposiciones guerreras ofensivas y
-defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas
-en la mano, la instalación de cantones en los puntos estratégicos para
-defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la policía, el Banco,
-los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y
-salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio,
-sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro
-comenzó á animarse y á tomar la astuta y resuelta expresión de antes.
-El «politiquero», el caudillo despertaba en él. No me había equivocado
-al esperarlo.
-
---Pero, ¿de qué se trata?--preguntó por fin, sin poderse contener.
-
---¿Cómo? ¿No sabe?
-
---Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo á
-la puerta; no he visto á nadie, sino á tu sirviente que me dijo que
-estabas aquí.
-
---Pues estamos en momentos muy difíciles. Ha estallado la revolución,
-terrible, en Buenos Aires, y aquí se iban á sublevar también si no los
-sorprendemos á tiempo. ¡Por eso me ve usted nada menos que de jefe de
-policía, don Higinio!
-
---Jefe de policía... Revolución... ¡Y yo sin saber nada!...
-
-Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo á sus
-instintos, quiso saber cuanto ocurría, me pidió datos, aclaraciones,
-detalles... El primer encuentro, que me hacía temblar, estaba atenuado
-como por un para-golpes, por la oportunísima revolución, que Dios
-bendiga. Y aun me era posible atenuarlo más, dificultando para después
-cualquier choque violento.
-
---Usted llega como llovido del cielo--le dije en voz baja.--El piquete
-que hace la guardia en casa del Gobernador, está mandado por un oficial
-que no me inspira confianza. Usted podría ponerse al frente de él. ¡Es
-necesario!
-
---Si crees que puedo servir...
-
---Voy á redactar la orden de que el piquete se ponga á su disposición.
-Usted es amigo de Camino, y él estará más tranquilo á su lado.
-
-Juzgué que había llegado el momento de hablar del asunto principal,
-y mientras escribía, pedí que nos dejaran solos, indicando
-reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la
-entrevista.
-
-Al entregarle el pliego, me atreví á tomar al toro por las astas.
-
---¿Quiere decir que no ha venido por la revolución?
-
-Se levantó, hosco y turbado, dió algunos pasos, como buscando la manera
-de empezar, y estalló:
-
---¡No! ¡No vengo por eso! ¡Vengo por una cosa muy grave y muy triste,
-por una cosa tremenda, Mauricio!... ¡Nunca lo hubiera creído!
-
-Se interrumpió para dominarse, y con voz lenta y sorda, agregó luego:
-
---Tenés que casarte... inmediatamente.
-
---Inmediatamente, ¿por qué?
-
---¡Sí, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero
-echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia.
-Pero, eso sí, te lo repito: ¡Tenés que casarte inmediatamente!...
-¡Estas son vergüenzas que no admiten los Rivas!
-
-Con acento que busqué conmovido y firme al par:
-
---¡Bien sabe, don Higinio--repliqué,--bien sabe que quiero casarme y
-que ya lo habría hecho si no fuera por la situación! Quiero á Teresa, y
-ya que usted está al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejaré
-en mal lugar... ni á ella, ni á usted, que ha sido siempre como mi
-segundo padre...
-
-Noté en él cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la
-negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar,
-como después de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia
-sentimental.
-
---¿Te casarás inmediatamente?
-
---En cuanto sea posible.
-
---¿Me das tu palabra?
-
---Sí.
-
---¡Bueno!--y me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos.--Entonces
-mañana mismo nos iremos á Los Sunchos.
-
---¡Eso no puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que
-una locura, una verdadera traición! En este puesto y en estas
-circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...
-
---Sí, pero, ¿y el honor de Teresa, y el mío? Te repito que la cosa
-urge, que el escándalo va á venir, ¡y que yo eso no lo tolero!
-
-Se había puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa
-de tocar disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario
-de órdenes entró en el despacho. Le hice seña de que esperase, y
-dirigiéndome á Rivas:
-
---Vaya tranquilo, viejo--le dije afectuosamente.--Todo se arreglará á
-medida de sus deseos; todo. Ahora, á cumplir cada cual con su deber.
-El Gobernador lo necesita. Defiéndalo, tome todas las medidas que le
-parezca y téngame al corriente.
-
-Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un
-ademán de descontento y salió.
-
-Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar
-extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendándole
-la misión de impedir el paso, por el departamento, de partidas
-revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le dió
-un piquete del guardia de cárceles, refuerzo necesario de la escasa
-policía local. Debía prepararse, también, á movilizar la guardia
-nacional en cuanto le llegara la orden.
-
-Con esto ganaba tiempo. ¡Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque
-sabía y sé cuánta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto
-pasara el momento fisiológico que temíamos, en cuanto se impusiera lo
-irremediable, en cuanto se comenzara á pensar «peor es meneallo», yo me
-encontraría fuera ó casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad
-y un poco de suerte, aquel cuasi drama sería, sólo, historia antigua...
-
-Días después supe que don Higinio había enviado á Teresa á la chacra
-de unas parientas pobres en quienes tenía plena confianza y que vivían
-muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la
-complicidad, provocada por el mismo «honor». Un esfuerzo más y me vería
-libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaña, pero
-lo realicé. Fuí á ver á Teresa. Entre halagos y ternuras, le pinté mi
-situación, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me
-ofrecían aún. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era
-preciso no comprometerme con un escándalo, era preciso llegar hasta el
-sacrificio para ser felices después, como recompensa.
-
---¿Qué sacrificio?--me preguntó con su candor pronto ya á todas las
-abnegaciones.
-
-Se imponía retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado
-mi posición. Y tuve la crueldad--de que ahora me arrepiento por sus
-consecuencias,--de decirla que ella no estaba preparada ni por su
-educación, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna
-esposa de todo un personaje. Tenía que modificarse, que estudiar, que
-ponerse á mi altura, y entonces...
-
---¿Pero qué pretexto darle á tatita?
-
---Dile que no tienes confianza en mí, que soy demasiado calavera, que
-te haría desgraciada, que te mataría á disgustos y ¡que no quieres, en
-fin!
-
-La dejé llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si
-accedía ó no á mis pretensiones. Pero me fuí tranquilo. ¡Conozco tanto
-el corazón humano!
-
-La revolución acabó pacíficamente en mi provincia, no sin sangre y
-padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida--esta vez
-para siempre,--por las fuerzas de la nación.
-
-Al propio tiempo, nacía el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en
-un principio demasiada gente, así como después lo supo todo el mundo.
-El viejo no volvió á verme, á causa, sin duda, de la actitud de Teresa,
-y, avergonzado, meses más tarde, se fué á Buenos Aires con ella y el
-niño. Al marcharse, la pobre me escribió recordándome mis «sagradas
-promesas, más sagradas ahora que tenemos un hijo», y prometiéndome
-esforzarse por ser toda una señora que me hiciera honor en cualquier
-parte... ¡Oh, esperanza! ¡oh, candor! ¡oh, ilusiones!
-
-Yo, entretanto, me limitaba á observar la realidad, á utilizarla, con
-la vía libre, al fin.
-
-
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Ver «La ciudad indiana» de J. A. García.
-
-[2] Mezcla de ajenjo, horchata y agua, usual entonces y llamada _suisé_
-porque... el ajenjo venía de Suiza...
-
-
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
-
- I
-
-Pasó tiempo, no sé cuánto, aunque á mí me pareciera bien largo en
-aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas,
-ni los días, pero en que los años parecen tener el privilegio de no
-acabarse jamás. Y aunque, terminado el período de Camino, tuviéramos
-entonces otro gobernador--don Lucas Benavides,--éste se mostraba mi
-amigo y yo seguía desempeñando mis puestos, no diré con brillo, pero
-sí con cierta discreción que hizo acallar muchas de las malevolencias
-suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se
-me agradecía, sin decirlo, la cortesía y la blandura que había
-demostrado para con los presos políticos, en la hora tragi-cómica
-de la revolución, contra todas las tradiciones y los precedentes
-provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirmó en
-este pensamiento fué Vázquez, al volver con su título de doctor, recién
-conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alabó mi conducta,
-demostrándome que yo había dado un paso hacia las mejores costumbres
-políticas y sociales que los buenos ciudadanos soñaban para nuestro
-país.
-
---Empiezas bien--me dijo,--y no esperaba tanto de ti. Esas
-demostraciones de cultura son más eficaces que las barrabasadas de
-antaño, y elevan el nivel moral del país.
-
---¡Bah! ¡No seas exagerado!--repliqué.--He hecho lo que cualquiera.
-
---No. Has hecho más que otros: has dado un buen ejemplo.
-
-Contribuía, sin duda, á su juicio benévolo, que á mí, en realidad, me
-importaba bien poco, el estado beatífico en que se hallaba, con un
-título respetable para la mayoría, recursos suficientes que su padre
-le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posición social--María
-Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque
-María Blanco, la patricia por antonomasia, no hacía, en realidad, más
-que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que llegaría
-probablemente á ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma
-alguna, según él mismo me lo confió en un momento de expansión. Con
-todo, la posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era
-brillante.
-
-Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho
-en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y según
-creo haberlo dicho ya, no se me ofrecía otra diversión en aquella
-ciudad amodorrada y taciturna. Y así como había jugado había perdido,
-casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era posible, por el momento,
-echar mano de mi fortuna, grande ó pequeña, porque estaba indivisa con
-mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en
-la calle.
-
-Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes
-venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no
-eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún
-el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves
-dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido,
-cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso,
-pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de
-mis apuros.
-
---Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente
-amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú
-sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear
-á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me
-prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no
-dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...
-
---Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me
-contestó.--Habría que esperar...
-
---¡Es que el caso es urgente, muy urgente!
-
---Entonces, no se trata sólo de instalarte.
-
---Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.
-
---¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?
-
-No vacilé, entonces, en decirle la verdad.
-
---Es cierto--exclamé.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes
-buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme
-esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho,
-porque ya llevo otras doce perdidas?
-
---Sí. Acompáñame, y los tendrás.
-
-Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la
-suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi
-provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de
-su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores,
-quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á
-poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite,
-hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni
-siquiera un recibo...
-
-Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado,
-pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba
-«en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente
-fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta,
-al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse
-allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin
-otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la
-vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana,
-era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis
-dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de
-mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada
-pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores
-comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice,
-también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus
-seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las
-habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera.
-Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente
-de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo
-de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando
-á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,--me había
-pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía
-confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.
-
-Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar
-seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado
-de nuestra fortuna.
-
-Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra,
-obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en
-los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural,
-aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con
-vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque
-abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque
-yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas
-y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término
-medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba
-yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la
-noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la
-habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi
-chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el
-juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he
-tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que
-se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe
-servirse de él.
-
-Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi
-alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente
-modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de
-bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña
-escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de
-inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del
-mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente
-mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma
-madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi
-desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse
-alrededor del tapete verde.
-
-Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con
-una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta
-las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y
-me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado
-un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la
-infaltable banda de música.
-
-Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas
-triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano
-á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los
-Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de
-la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial
-reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado
-rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad,
-pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el
-director de _La Época_.
-
---¡Eres un ingrato!
-
---¿Por qué?--inquirí, sorprendido.
-
---Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me
-estoy malgastando!
-
---Pero, ¿qué harías allí?
-
---¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo
-dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo
-á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y
-búscame algo por allá!
-
---¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á
-cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa
-se me cae encima!...
-
---¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud,
-Mauricio!
-
-Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos
-que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en
-buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que
-estaría aguardándome ansiosa.
-
-Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo
-á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!»
-como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara
-sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan
-lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la
-soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más
-baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así,
-tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi
-pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las
-lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.
-
---¿Te quedarás ahora?--me preguntó.
-
---Sí. Unos cuantos días...
-
---¡Otra vez separarnos!
-
---Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad...
-Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...
-
---¿Nada?--y había como un reproche en su voz, al decirlo.--¡Es
-cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo sí, tengo que hacer... Yo no
-me puedo ir á la ciudad... Esperaré que vengas á verme... Pero, «vení»
-más á menudo... Yo no puedo ir...
-
-Después supe la razón de esta insistencia en quedarse: rendía á la
-memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus
-antiguas tendencias místicas, visitando todos los días el sepulcro que
-había convertido en un jardín, y que llenaba, sin embargo, de flores
-cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva característica
-de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que murió
-tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba
-con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especie
-de tibieza para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir
-voluntariamente separada de mí? ¿Por amor á Los Sunchos? ¿Por temor á
-otro abandono, análogo al de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que
-sentía correspondido desde la tumba?...
-
-Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé
-de estudiar en sus detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse
-producido algunos cambios, profundos á primera vista: Don Sócrates
-Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temístocles Guerra
-presidente de la Municipalidad. Pero, ¡no haya miedo! El trastorno no
-había sido tan radical, porque don Temístocles ejercía la intendencia
-y don Sócrates la presidencia, gracias á una serie de hábiles permutas
-iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente, habían hallado
-este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin
-tener ya, siquiera, la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban á
-las «dos esquinas». Hallábame, pues, en terreno amigo, y podía tentar
-la realización del negocio.
-
---¡La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposición!--exclamó
-Casajuana, cuando los llamé á conferenciar.
-
---¡Ahora no lo dejan á uno dar ni siquiera un paso, esos
-indinos!--exclamó Guerra.
-
---¡Vaya, don Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates!--dije, riendo
-irónicamente.--¡Si la oposición pide á gritos la apertura de las
-calles! ¿Ó es que me quieren tomar de ahijado?
-
-Casajuana, el más ladino, se apresuró á contestar, teniendo ya, sin
-duda, preparada la objeción... y un rosario de objeciones más, si no
-veía claro su provecho:
-
---¡Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de
-propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.
-
---¿Cómo así? ¡Qué disparate!--protesté.
-
---No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo,
-que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su
-extensión.
-
---Ni aunque así fuera--objeté.--Siempre faltaría saber si el derecho de
-propiedad no es anterior á ese plano.
-
---La escritura es posterior--dijo don Sócrates.--Yo mismo he comparado
-las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de
-terrenos vendidos por la misma Municipalidad.
-
---¿Con obligación de abrir las calles?
-
---Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.
-
---Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las
-calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los
-archivos... Allí no hace falta.
-
-Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda
-la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia
-participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar
-esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de
-mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro,
-comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad
-como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que
-me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para
-Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente
-de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo,
-cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en
-la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba
-terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si
-se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á
-pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían,
-precisamente, el valor de mis solares.
-
-Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no
-quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que
-se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería
-conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda
-modificación le parecía un crimen.
-
---¡Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Espérate á que me muera, y lo
-tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para
-tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la
-chacra!...
-
---¡Si le convenía, sí, mamita; no lo dude!
-
-Sólo después de discusiones interminables, conseguí que consintiera en
-pedir la división judicial de condominio. De otra manera, siempre me
-hubiera sido imposible realizar el negocio tan hábilmente planteado.
-El sentimiento es mal consejero en países así, como el nuestro, donde
-los grandes patrimonios no pueden pasar íntegros de generación en
-generación como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco
-hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.
-
-En fin, terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos no sin tener
-que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que
-mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les hacía
-efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazañas de pillete
-imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como
-había salido de la ciudad en viaje de inspección á las policías de
-los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula,
-la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo
-don Sandalio Suárez, el más asiduo de los concurrentes á todas las
-manifestaciones de simpatía que se me habían hecho.
-
-Á la primera ojeada, comprendí que don Sandalio se «comía» veinte
-vigilantes, es decir, que sólo tenía la mitad del personal señalado en
-el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad servía para aumentar
-decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pasé revista, me
-divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas observaciones:
-
---¡Pero, don Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un
-departamento tan grande como Los Sunchos. Habrá que aumentar el
-personal. ¿Cuántos hombres tiene?
-
---Oh, no es necesario aumentarlos--contestó apresuradamente, rehuyendo
-la cifra acusadora.--Estos son bastantes.
-
---Pero, ¿usted me «garante» la situación de Los Sunchos con estos
-cuatro gatos, don Sandalio?--insistí.--¡Mire que ésta es una de las
-policías más pobres!...
-
---¿Que si la garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo.
-Aquí no se ha de mover una mosca. ¡No faltaba más! ¡Antes que eso
-resucitaría el «contingente»!...
-
---¡Qué don Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más
-comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.
-
-Me miró como á un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad...
-mientras continuara de jefe de policía.
-
-
- II
-
-El asunto marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo
-desapareció de los archivos de la Municipalidad. La indemnización
-se votó, generosa y contante. Pocos meses después las nuevas calles
-estaban abiertas al tráfico público, con gran contentamiento de la
-población, y mientras los opositores, caídos por fin de su burro,
-gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de
-la Espada halló manera de dar en _La Época_ un bombo colosal á la
-progresista Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés
-de Mauricio Gómez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo
-engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de policía de la
-provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magníficamente
-pensado, era á larga data, y por aquel entonces sólo en parte resultaba
-realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes,
-y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo
-«riñón» de Los Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas
-especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el
-porvenir, y á imitación de algunos atrevidos hombres de negocios, saqué
-dinero del Banco y edifiqué algunas casas en los puntos más cercanos
-á la plaza pública, cercando de adobes ó con cina-cina lo demás, á la
-espera de época más propicia. Como me quedara algún dinero disponible,
-poco á decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y fuí á
-verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.
-
---¡No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita.
-Ya le pagué á mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la
-necesite, te la pediré, y me la pagarás toda junta. Ahora, mientras
-no arreglas tus negocios, á ti te hace más falta que á mí. Lo único
-que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes
-de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he
-prestado.
-
---¡Oh, de eso podés estar seguro!--exclamé.--¡Aunque tuviera que
-quitarme el pan de la boca!
-
-Resueltas las cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme
-unas vacaciones, tanto más cuanto que el país estaba tranquilo,
-tascando un freno que á las veces le parecía duro, pero sin poder
-sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como hubiera dicho don Higinio.
-
-Y fuí á divertirme en Buenos Aires, á donde afluía entonces, más que
-nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre,
-como fortuna ó como posición política.
-
-Como la primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo
-á teatros y otras diversiones menos inocentes, visité á mis amigos
-y parentela, y, por último fuí á reanudar mis útiles relaciones
-oficiales, y á anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la
-República. Tratábase esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y
-socarrón epigramático, que guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo,
-y que, gran conocedor del corazón humano y sus flaquezas, no dejaba
-ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio ó si estaba «gozando»
-á su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez ó veinte años más
-tarde, pero entonces era, no sé si instintiva ó rebuscadamente, el tipo
-del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su
-procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre
-otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas, así como sus
-antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los
-cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de
-propósito, para demostrar más á los porteños su carácter genuino de
-«hijo del país», y hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió
-que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos
-personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una
-nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que había hecho yo
-hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo
-con quien había hecho no sé qué campaña, creo que la del Paraguay,
-cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de satisfacción:
-no me había recibido como á un cualquiera, sino demostrándome un
-grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome
-toda suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no
-tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y
-que lo mismo hubiera tratado á su peor enemigo. No lo quise creer.
-¿Cómo, entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en
-un país que, si ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha
-heredado ó ha aprendido también, de los indios, la sagrada fórmula de
-«dando, hermano, dando», traducción bárbara del latino «do ut des»?
-
---¡En fin, señor Presidente!--pensé,--lo que sea, sonará. Y no he de
-bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue á seguir
-detrás de la banda y á marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo
-primero que yo respeto es la autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también,
-autoridad!...
-
-Al terminar la entrevista, que fué agradable y sin ceremonia, le pedí
-que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y
-amigo.
-
---Venga á visitarme á menudo, Gómez Herrera--me contestó.--Yo tengo
-siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus
-opiniones.
-
-Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga
-podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,--las
-reuniones no podían ser más amenas,--resolví regresar, dejando, sin
-embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que
-se podía contar en cualquier emergencia.
-
---¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las últimas palabras
-del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía
-más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que
-esperar de mí.
-
-¡Hacer que teman, hacer que esperen!--sésamo del éxito en política.
-Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...
-
-Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo había
-cuidado de dar publicidad á mis visitas,--y las evidentes vinculaciones
-con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron
-no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las
-miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi
-capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques
-al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas
-las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se
-me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos,
-más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis
-maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había
-hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de
-una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi
-propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante»,
-como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los
-que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la
-falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena
-impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos,
-nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en
-la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado,
-más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de
-pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios
-de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque
-es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En
-suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y
-que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»?
-Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre,
-hasta una virtud--por ejemplo, la discreción,--me la hubieran
-convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que
-entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los
-vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar
-á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen
-á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan;
-y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por
-los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían
-posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de
-cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á
-la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la
-dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras
-gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos
-correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación
-inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un
-competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba
-el triunfo--error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que
-resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,--y habían dado con
-el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez.
-Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por
-darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una
-representación virtualmente vacante.
-
-Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que
-derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría
-llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más
-conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis
-puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y
-llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario
-quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á
-hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la
-muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto
-la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío,
-hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.
-
-Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de
-los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis
-comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en
-casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa,
-sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas
-finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis
-primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había
-muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los
-vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez,
-cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera
-confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á
-la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo
-conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente
-como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que
-era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de
-la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa
-cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son
-merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de
-otras cosas, sobre todo, de María Blanco.
-
---¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunté una tarde,
-mientras comíamos en el Club, solitario.
-
---¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y
-que lo tomaste bastante á mal.
-
---Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión...
-Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en
-las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo
-valía cuando me hicieron diputado.
-
---Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...
-
---En ese caso, ¿aceptarías una diputación?
-
---¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.
-
---Y es el caso.
-
---¿Cómo?
-
---Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!--repetí,
-recalcando cada sílaba.
-
---¡Déjate de bromas!
-
---No son tales.
-
-Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de
-Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir
-con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y
-en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.
-
---En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...
-
---Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja:
-que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector
-sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres
-meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.
-
-Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes.
-Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:
-
---Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la
-política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo
-demasiado ambiciosa!
-
---¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?
-
---No; pero lo será. Todo pinta muy bien.
-
---De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije,
-en broma.
-
-Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás,
-también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente
-del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un
-examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible
-sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que
-me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía,
-buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía
-mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa,
-sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir
-lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de
-salir de Los Sunchos, escribía versos--malos á decir verdad,--pero no
-renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa,
-sino--aseguraba él,--porque «el verso le obligaba á abandonar una parte
-de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado».
-Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón
-ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para
-escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia».
-Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en
-los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que
-éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios
-anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.»
-Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para
-disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en
-realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy
-mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular
-discurso:
-
---Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro--cómplice,
-dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina
-de las cosas,--eres miembro de una oligarquía que prepara la gran
-república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin
-comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres
-audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede
-llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil,
-hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo
-debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico
-de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy
-más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como
-puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos
-errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de
-transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le
-corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el
-mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir
-demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente,
-harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya
-ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada,
-es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque
-mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar,
-es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo
-que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú,
-nuestro país sería otra cosa--quién sabe cuál,--pero dejaría de ser
-lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás!
-¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con
-la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se
-puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la
-tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y
-detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos
-tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de
-la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha
-sido nada--somos los reguladores,--y verás cómo, gracias á nosotros y
-á ellos,--poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos,
-aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y
-es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie,
-sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella,
-puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un
-equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable,
-y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años
-para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo
-todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas
-para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros,
-en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al
-desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si
-los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste
-sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en
-plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único
-sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que
-sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no
-tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que
-brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?
-
-
- III
-
-Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La Época_ de Los Sunchos,
-y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad,
-revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa
-hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito
-la dirección y redacción de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre
-necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada
-conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio,
-y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las
-antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé
-á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más
-lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada
-con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo
-atinente á la diputación de Vázquez.
-
-Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le
-propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.
-
---Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno
-elegir á Vázquez en mi lugar?
-
---¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos
-días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al
-cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos
-de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser
-peligroso, si no nos lo conquistamos.
-
-Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de
-gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.
-
-Volviendo á mis artículos de _Los Tiempos_, agregaré á lo ya dicho
-que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido
-mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían
-descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de
-mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para
-ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi
-favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo
-pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie»
-solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no
-dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.
-
-En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como
-chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también,
-con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol.
-Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni
-las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el
-hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche
-encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me
-tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras,
-que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor
-de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para
-saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del
-suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros
-miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á
-pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.
-
-Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo
-estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era
-sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado
-mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de
-valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que
-no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro
-Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran
-el encuentro fuera de la provincia--de retractación no quise ni oir
-hablar,--y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar
-de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á
-mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de
-policía.
-
---Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo--me dijo Benavides:
-
---¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer
-un papelón.
-
---Entonces, no veo otro camino que la renuncia.
-
---¡Gobernador!--exclamé;--usted me necesita, usted me necesita más que
-á nadie, dado su carácter bondadoso, porque no tiene otro hombre en
-quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo
-seguir sirviéndole como hasta ahora.
-
---Yo también lo deseo; pero no encuentro la manera.
-
-Recapacité un momento, y luego dije:
-
---Hagamos una cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia,
-y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se
-realice el duelo... Después, si la opinión digna de tenerse en cuenta
-no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la
-renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se
-toma demasiado á mal, vuelvo á mi puesto y se acabó. ¿No le parece?
-
-Hizo algunas objeciones, pero aceptó, por fin, el arreglo. No
-arriesgaba nada, y así quizá le fuera posible seguir utilizando mis
-servicios.
-
-El duelo se realizó fuera del territorio de la provincia
-(aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus
-resultados fueron lo más halagüeños que pudieran darse. Contra lo que
-yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté herido en una pierna.
-
-Allí mismo me reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando
-cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno
-mis convicciones de ciudadano».
-
-Era yo, pues, un mártir de nuestro credo partidista, porque desde
-el primer momento habíamos cuidado de dar á la cuestión un alcance
-altamente político, y mi reconciliación lo demostraba, en realidad.
-Además, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos
-de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron
-por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había, pues,
-que temer á los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban
-de capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y,
-además, cuidé de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de
-los Zapata, para confesarme con él y reconciliarme con la iglesia.
-
---Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito,
-porque he cometido un pecado muy grande.
-
-Aquella confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque Fray
-Pedro tenía grande influencia en su partido...
-
-Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me
-dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba--como decía de
-la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.
-
-Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que
-se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del
-Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos
-Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo
-ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera
-en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio
-del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á
-veces forzosa, de los opositores.
-
-En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único,
-gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco,
-la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba
-encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco
-que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado
-ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes
-del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí
-noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y
-de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.
-
-Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella.
-Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en
-victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos
-á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en
-ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de
-noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época
-romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se
-iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y
-hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias
-han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán
-interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje
-de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la
-tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno
-amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible
-que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al
-viejo!
-
-En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un
-principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque
-siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por
-otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta,
-rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas
-y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y
-profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación,
-según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada
-y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un
-carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones
-de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más
-tarde, con igual ó mayor intensidad.
-
---¿Si será ésta la mujer que me está destinada?--llegué á preguntarme
-entonces, casi instintivamente.
-
-Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su
-amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los más
-preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel,
-pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de
-hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente
-antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme,
-porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería
-importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente
-provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran
-de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos
-apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera--ella
-con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearían
-todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve
-un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella
-noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis
-alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo
-caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera
-su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa
-relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un
-relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro.
-Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con
-asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.
-
-Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran
-Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.
-
-La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las
-cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien
-demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido
-á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que
-él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader»
-de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia
-para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes.
-Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse
-en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión,
-para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en
-cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que
-lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria,
-y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de
-la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos
-y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por
-arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba
-muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío,
-el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo
-al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos
-mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por
-generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política.
-Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar
-feudo mío, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase
-á restituírmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener
-á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí
-contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba
-á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su
-utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco,
-un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que,
-cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador
-lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».
-
-Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó
-no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno.
-Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección,
-que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era
-demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando
-nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y
-él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos
-paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo
-alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no
-existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico
-que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas
-sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su
-despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.
-
---Contigo--me dijo,--soy como el perro danés que se crió con un
-cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un día de hambre ó de
-fiebre, el tigre devoró al danés. Tú me devorarás, también, si llega el
-caso... Y puede que llegue...
-
-Bien sabe Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca.
-Dar una dentellada ó un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si
-se quiere, pero no devorar.
-
-
- IV
-
-Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa,
-ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo
-algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se
-han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no
-deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos
-históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.
-
-El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno
-de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente
-se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado
-pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública,
-emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las
-enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por
-su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las
-mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos
-Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la
-policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin,
-la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con
-entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba
-como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera.
-Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase
-jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera
-que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según
-la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría
-gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero,
-para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que
-agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de
-disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo,
-vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado
-la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que
-por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras
-tertulias.
-
-Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios
-amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos
-campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas
-ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el
-Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y
-ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de
-paseo ó de visita--sobre todo á casa de Blanco,--y así dejaba correr
-los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del
-cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni
-aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida
-amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto
-de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el
-despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles
-y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo,
-como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con
-el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.
-
-El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada.
-Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño,
-á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los
-expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían
-una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan
-siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de
-cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no
-hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice
-cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que
-hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me
-llevaba alguna urgencia.
-
-Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó
-á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para
-dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con
-los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar
-al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase,
-conocida por una indiscreción, se hizo famosa.
-
-Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era
-necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por
-qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las
-elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me
-presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión
-para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el
-ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para
-él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio,
-el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería
-necesariamente, el personero de su antecesor.
-
---¡No está mal! ¡no está mal!--me dije.--Pero hay que preparar la
-combinación. Después veremos.
-
-Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible.
-Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y
-su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre
-desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él
-serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que
-aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía
-la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad.
-Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que
-el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran
-su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su
-diputación al gobierno.
-
---Ni una ni otra cosa me obligan á nada--replicó.--El Presidente hace
-mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia
-doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno
-me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.
-
---Con su aprobación, y él era el que podía...
-
---Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso
-mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer
-reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no
-cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.
-
---Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.
-
---Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países
-la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi
-diría obligatoria, de todos los ciudadanos...
-
---¿Sólo en éstos? ¡No embromés!
-
-La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto».
-Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio
-de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á
-nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber
-que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca.
-No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal
-intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque
-hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo
-que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por
-maldad.
-
-Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el
-apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué
-comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como
-un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos,
-que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante
-de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa,
-como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu
-liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante,
-que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las
-religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como
-le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los
-jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».
-
---¡Paso á los jóvenes!--comenzamos á gritar, como gritara de la Espada
-en otro tiempo, en Los Sunchos.
-
-Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemonía política, aunque
-ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos
-otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como
-bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político
-eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la
-lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su
-provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha
-podido verse después.
-
-Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban
-como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con
-sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino
-resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita,
-vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin
-oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué
-cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo
-todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas
-de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los
-jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio.
-En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al
-poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos
-lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á
-perpetuar en el mármol su memoria.
-
-¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó
-triunfante?
-
-No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que
-invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado
-con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á
-ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener
-buenas relaciones»--decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy
-lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino
-cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban
-las épocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra
-provinciana en las épocas de normalidad.
-
-Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No
-habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni
-visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis
-viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis
-partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo,
-y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida
-epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de
-lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.
-
-Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:
-
---¿Cuándo «acaba» Vázquez?
-
---Creo que dentro de cuatro meses.
-
---Hay que ir pensando en eso.
-
---¿En qué?
-
---En la elección. Hay que ver á quien se elige.
-
---¡Al mismo Vázquez, pues!
-
-Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna,
-y dijo:
-
---No... No lo quieren en Los Sunchos.
-
-
- V
-
-Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino;
-desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo
-en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez
-porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.
-
-El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas
-claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener
-todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no
-con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando
-entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero.
-Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo
-advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar
-bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á
-silencio--como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el
-papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que
-éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles
-quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo
-Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si
-no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera
-«ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos
-fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»
-
-Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco
-á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin,
-su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la
-lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los
-«oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no
-menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto
-que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás--no sé
-si por mi inspiración,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--éstos
-sí, organizados y disciplinados por mí,--los criollos nacemos
-militares,--constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad
-del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir
-ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía,
-casi exclusivamente mía!
-
-Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué
-contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas
-formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.
-
-Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más
-recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí,
-insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación.
-Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la
-auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y
-organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos
-de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin
-comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de
-mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi
-padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si
-fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de
-sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía
-muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.
-
-Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco
-después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya
-«persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer
-substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la
-mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre
-todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía
-probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción.
-Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el
-primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha,
-que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la
-calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si
-tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable,
-porque Camino no abandonaría el puesto así como así.
-
-Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque
-bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí
-cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro
-desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia
-pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de
-«entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario
-cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona
-conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de
-un cuatrero sorprendido infraganti.
-
---Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía--le dije
-con gravedad.
-
---Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es
-inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».
-
---No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es
-gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y
-sería lo mismo.
-
---Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.
-
---¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es
-un tigre! Nos haría falta en un momento dado.
-
---Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta
-gritería.
-
-Me encogí de hombros.
-
---Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por
-dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no
-podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!
-
-No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me
-perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen
-ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor
-para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en
-el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan
-ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios,
-algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más
-allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino
-me buscaba reemplazante.
-
---¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!--me dije.
-
-Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación,
-al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado,
-glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é
-insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que
-imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo
-que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades
-de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno,
-y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República
-interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado
-papel.
-
---Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo
-enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le
-pondrá remedio, no lo dude, Correa.
-
---¿Pero cómo?--preguntó Correa, para verme venir.
-
---Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una
-revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...
-
---¡Es cierto!--interrumpió.--Ahora, la cuestión es que el Presidente lo
-sepa.
-
---Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es
-que ya no está al tanto de todo...
-
-Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar
-conmigo.
-
---Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me
-promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.
-
-No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que
-«si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y
-comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo,
-haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de
-«pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos
-antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como
-dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la
-más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como
-si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su
-antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y
-creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á
-cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á
-lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran
-sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á
-demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que
-pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos
-á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras
-muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no
-estaba ya en predicamento.
-
-Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se
-le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper
-la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como
-si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya
-tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de
-posesionarse del mando.
-
-Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme.
-Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto
-en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad
-presidencial.
-
-No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo
-ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios
-labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.
-
---Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará--le dijo
-Vázquez.
-
---¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez
-Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el
-vicegobernador.
-
---Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el
-Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...
-
---¡Usted está loco!...--exclamó Camino.--¡Licenciar el Guardia de
-Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.
-
---Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden
-y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el
-ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría
-notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras
-condiciones...
-
---¡Con esa basta!--interrumpió el Gobernador.--Prefiero la sospecha
-de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la
-seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted
-está, decididamente, loco, amigo Vázquez!
-
-Este agregaba, al contármelo:
-
---Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir
-Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como
-decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día
-de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más
-de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza,
-sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como
-están.
-
-Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente
-de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...
-
-
- VI
-
-La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por mí y
-tímidamente por Correa, iba á dar sus frutos, pues el Presidente estaba
-más que nunca resuelto á dejar de mano á un Gobernador que no era
-incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo
-resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de
-tal manera que, aunque no hubiéramos hecho nada, el resultado hubiera
-sido el mismo. Sólo que este triunfo, provocado por el destino, sin
-nuestra intervención, hubo de costarnos moralmente mucho más que el que
-habíamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qué
-contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hábil y suele
-cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero
-vamos al caso.
-
-Hallábame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de
-siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entró en la sala, y
-se me acercó, pálido y agitado. Llamóme aparte y me dió la noticia de
-que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplegía, y que, según todas
-las apariencias había muerto ó estaba agonizando. El doctor Orlandi,
-llamado á toda prisa, no daba esperanzas: según él, la muerte había
-sido fulminante.
-
---¿Dónde está? ¿en su casa?
-
---¡No! ¡Y eso es lo «pior»!
-
-Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora
-en un sitio inconfesable.
-
-Sin decir una palabra á mis compañeros, salí, dando orden al asistente
-de que callara como un muerto y dijera al comisario de órdenes que se
-reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa á donde me dirigía.
-Corrí á una cochería, mandé atar un gran landó, y al galope de los
-caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas había
-muerto el Gobernador. Era la una de la mañana, cuando llegué: la ciudad
-dormía, y, afortunadamente, no había un alma en las calles. Dos agentes
-policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz,
-hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome
-un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la
-discreta precaución del asistente, porque en las circunstancias había
-que obrar con mucho tacto.
-
-En la casa no había más hombre que el doctor Orlandi, sentado junto á
-una cama revuelta en que yacía el Gobernador. Estaba muerto.
-
---¿Qué vamos á hacer?--me preguntó el italiano, atolondrado por aquella
-inesperada catástrofe, producida con tan poca nobleza.
-
---Llevárnoslo á su casa lo más sigilosamente que sea posible, en cuanto
-lleguen Cruz y el comisario de órdenes.
-
---¡Ma! ¡Es una responsabilidad terrible!
-
---¡Qué quiere, doctor! nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que
-podemos hacer es disimular las cosas.
-
-Momentos después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el
-cadáver y lo metimos en el carruaje. El cochero fué amenazado con los
-más contundentes castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con
-la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa á la policía y estaba
-bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al
-Comisario de órdenes: debía hacer acuartelar las policías y el Guardia
-de Cárceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el
-más ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pública
-la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era cosa de perderla ni
-de comprometerla siquiera...
-
-Cruz abrió la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el
-asistente y el cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo
-metimos en la cama.
-
-Ahora, ¿cómo avisar á la familia? Inmediatamente concertamos lo
-que íbamos á decir: «Camino, sintiéndose mal, había llamado á su
-asistente, prohibiéndole que alarmara á los suyos y ordenándole que
-llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entró á ver
-si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome,
-juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar
-á Orlandi con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos
-al doctor, los tres acudimos en un coche á casa de Camino... Pero,
-desgraciadamente, cuando llegamos había muerto.» Así se dijo.
-
-Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila,
-los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas,
-las exclamaciones, los ayes. Una hora después, los parientes, los
-amigos, acudían desolados. ¡Figúrense ustedes! ¡no moría sólo un
-pariente, un amigo, sino un gobernador!...
-
-Nuestra versión fué perfectamente admitida en los primeros momentos, y
-nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado así.
-
-Yo me ocupé de avisar al vicegobernador Correa, que dormía
-profundamente, sin sospechar lo que pasaba.
-
---¡Ya es gobernador, amigo!--le dije.
-
---¡Qué! ¿Ha habido revolución?
-
---¡No, hombre!--contesté riéndome.
-
---¿Ha renunciado, entonces?
-
---¡Sí, en casa de Maritski!
-
---¿No me diga?
-
-Le conté el suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante.
-Vistió en un segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo
-para correr á la casa mortuoria.
-
---Diga, don Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?
-
---¡Claro! ¡Vaya una pregunta!
-
---¿Y tendré la primera diputación?
-
---Si depende de mí...
-
---No. Conteste categóricamente, sí ó no. De otro modo... Usted sabe que
-tengo la provincia en la mano.
-
---¡Vaya hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado
-nacional!--y me tuteaba, camarada hasta la muerte.
-
---¿Palabra?
-
---¡Palabra de honor!
-
---¿En la primera elección?
-
---¡En la primera! ¡No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.
-
-Amaneció aquel día sin que hubiésemos dormido. En la sala de Camino
-había, más que nunca, olor á encerramiento, á humedad, atmósfera á
-la que se mezclaba el humo capitoso del benjuí, del incienso, y del
-«cachimbo» como decía mamita hablando del cigarro.
-
-Correa firmó su primer decreto--como provisional todavía,--determinando
-los honores que debían rendirse al ex gobernador en sus funerales: la
-bandera á media asta en todos los establecimientos provinciales, la
-escolta del Guardia de Cárceles, la presencia del Poder Ejecutivo que
-encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oración fúnebre...
-La Legislatura resolvió asistir en masa á las exequias, lo mismo que el
-poder judicial. Preparábase una manifestación de duelo como nunca se
-había visto, tanto más cuanto que Camino, vinculado por el parentesco
-á casi todas las familias representativas de la provincia, arrastraría
-tras de su féretro á buena parte de la oposición, acalladas las
-pasiones ante el silencio del sepulcro.
-
-De aquella magnífica ceremonia sólo quiero recordar un detalle: El
-ministro de Gobierno, González Medina, terminó su oración fúnebre
-diciendo no sé si con ingenuidad ó con malicia provinciana:
-
---Ha caído en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus
-convicciones. ¡Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos!
-
-No sé lo que Cruz, si estaba presente, comprendió en estas palabras.
-En cuanto á mí, es la primera y última vez que he tenido que hacer
-esfuerzos para no reirme en un cementerio.
-
-
- VII
-
-Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.
-
---Mirá--me dijo.--He pensado mucho en la situación, y he resuelto
-cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?
-
---¡No friegue, don!--exclamé.--Usted me ha prometido otra cosa.
-
---Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...
-
---¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de
-gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para
-mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están
-acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.
-
---Eran hombres de Camino.
-
---Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan
-como Pedro, con tal de que ellos figuren.
-
---Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna
-satisfacción.
-
---Llame á Vázquez, entonces.
-
---Puede que no sea mala idea.
-
---Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de
-puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como
-puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto
-mal con el Presidente... Conque...
-
---Conque... se puede ir al diablo.
-
-Sonreí, y le di el último golpe:
-
---Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á
-ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le
-perdonaría sus lirismos.
-
-Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad,
-y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque
-eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre
-me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron
-á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo
-posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia
-que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando
-inopinadamente mi prestigio.
-
-La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas,
-precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas
-tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo
-que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga,
-y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la
-gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo
-que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera
-urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si
-se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de
-órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los
-dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada
-suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no
-es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:
-
-«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»
-
-Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos
-no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias
-costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni
-aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el
-Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema,
-un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién
-sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En
-vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar
-la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído
-y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que
-lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al
-fin,--era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah,
-canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces
-la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más
-notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas
-y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca
-había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que,
-como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las
-costumbres políticas de nuestro país!
-
-Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello
-nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos
-rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre
-el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como
-entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la
-gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque
-algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos,
-que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían
-caballerosamente en duda, el pueblo decía:
-
---Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.
-
-Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre
-pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir
-tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia
-calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como
-Correa.
-
-Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en
-extremo: María.
-
-La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de
-su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción
-artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña.
-Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder
-darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á
-qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:
-
---¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!
-
-Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando
-por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas
-costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles
-ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas.
-Y terminé diciendo:
-
---Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y
-él le contará las cosas tal como pasaron.
-
-Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo
-su mano sobre la mía, me interrumpió así:
-
---Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero
-no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...
-
-No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le
-hubiese parecido excesiva.
-
-¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía
-quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre
-de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos
-rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando)
-robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella;
-conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.
-
-María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había
-convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente
-de todo lo ocurrido.
-
-Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se
-marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando
-sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura
-de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir
-los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto
-viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás.
-La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una
-semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en
-mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos
-de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que
-aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía!
-¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era,
-con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como
-á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia
-primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»...
-Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me
-contenté con escribir un largo artículo necrológico para _Los Tiempos_
-que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi
-amigo el galleguito Miguel de la Espada.
-
-¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel
-artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes,
-es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara
-leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón.
-Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.
-
-De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me
-dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los
-autores dramáticos acotan «con intención»:
-
---Bien se lo ha ganado, el pobre.
-
-Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía,
-preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi
-vida, cuando recibí esta carta:
-
- «Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte
- de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor
- suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no
- es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón.
- ¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto
- se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha
- perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera
- esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo--y son
- sus últimas palabras:--Cuídalo bien.--¿Para qué te escribo esta
- carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me
- queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido
- nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu
- vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por
- todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya,
- ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un
- hombrecito!»...
-
-Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la
-guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su
-forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De
-dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si
-hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví
-á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar
-que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil
-tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como
-la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía?
-Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de
-ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus
-ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio,
-al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el
-Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir
-conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias
-al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la
-única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á
-decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?
-
-Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me
-dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no
-contestarla.
-
-Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor
-Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio.
-No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el
-camino del medio: Escribí sin contestar.
-
-Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro
-día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida
-con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:
-
- «Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio,
- á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á
- quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más
- representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado
- pueblo de Los Sunchos.
-
- «Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro
- partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el
- corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á
- quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.
-
- «Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano
- que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la
- impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:--No
- pasarás de aquí.
-
- «¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no
- tiene más que mandar.
-
- «Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que
- confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo
- su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por
- la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la
- conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»
-
-Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he
-aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos--entonces
-creía que comenzaba á amar á María Blanco,--estaban en juego mi afecto
-y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también,
-todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía
-apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los
-mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con
-tu amigo, y sígueme.»
-
-Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir
-dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!...
-¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas
-las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de
-hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía,
-fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba
-en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me
-hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra
-parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve
-escrúpulo.
-
-Mauricio Rivas había nacido rico.
-
-
- VIII
-
-Más me preocupaba María Blanco, á quien seguía cortejando con
-asiduidad. Teresa había pasado á la categoría de los recuerdos
-indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No
-me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por
-terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía
-mayor cada vez? No sé si era éste ú otro el orden de sus pensamientos;
-lo cierto es que no volví á oir hablar de ella en mucho tiempo, y
-que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi
-vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores
-me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré.
-Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres
-y cosas vinculadas á una travesura de la niñez, como de un paisaje
-lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la
-tienda en el tránsito de la vida.
-
-Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía
-vengar al sexo, afectando, si no desdén--que esto yo nunca lo hubiera
-admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero
-engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en
-modo alguno su propósito de venganza, ó cualquier otro que tuviera. Yo
-«me le fuí á los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en
-aclarar la situación con entera franqueza.
-
-Una tarde, que nos paseábamos en la huerta, á poca distancia de don
-Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta
-libertad, la hablé resueltamente.
-
---Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?
-
---¿Á mí? No, que yo sepa. Pero, ¿á qué viene esa pregunta? ¿No somos
-tan amigos como siempre?
-
---Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás,
-enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré?
-desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros
-días, que me cautivó tanto...
-
---¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será
-usted el que ha cambiado.
-
-Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que
-de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.
-
-Estuve por decirla:
-
---Pero, ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como
-hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho
-usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había
-designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que
-quizá en este momento la hace alejarse de mí?
-
-No se lo dije. Sólo acerté á esto:
-
---Me trata de un modo que me da pena, María. Como á un amigo, sí; pero
-no como á un amigo que puede aspirar á más, sino como á una simple
-«relación», como á un «conocido» que pasa y se olvida.
-
---¡No soy de amistad tan fácil!--replicó sonriendo, siempre fría.
-
---¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí!--exclamé, pensando en
-Vázquez.
-
-Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.
-
---Todos--contestó.
-
---¿En estos días?--inquirí, casi colérico.
-
---No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora
-veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un
-momento, que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se
-olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!
-
-No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los
-Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada,
-nada, ni aún de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen
-¿cabe, al propio tiempo, el amor?
-
-Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí
-desconcertado y molesto.
-
---No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted,
-sujeto á todas sus voluntades, visitándola día á día, no pensando sino
-en usted.
-
---Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran
-significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada á
-pensar y á juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo,
-como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... las
-relaciones.
-
-Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada
-en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un
-modo decisivo:
-
---¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es
-verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...
-
-Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de
-lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...
-
---Pero ¿cómo quiere--agregué, más seguro de mí mismo,--que de la noche
-á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas
-diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo más ó menos
-cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la
-recompensa, y yo entonces, le aseguro...
-
---¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?
-
---Decirme que me quiere.
-
---Hágase usted querer--dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.
-
-Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé
-pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada
-menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado,
-adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí,
-y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con
-variantes «el desdén con el desdén»?
-
-Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un
-instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente,
-porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro
-del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe
-supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado
-absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy:
-cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo»
-debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda
-costa. Y jugar conmigo es cosa seria.
-
-Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos,
-pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la
-cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo,
-toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante
-á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil,
-porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y
-más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la
-vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el más negro
-de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de
-los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres
-no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad
-grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si
-quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo,
-ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía,
-pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada
-en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus
-cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral,
-esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo
-pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad,
-invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No
-se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura
-y altiva que pareciese.
-
-Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo
-comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con
-Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de
-tristeza que ya no lo abandonaba nunca.
-
---¿Cómo te va?
-
---¡Mal!--le repliqué.
-
---¿Qué te pasa?
-
---Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo
-muy mucho...
-
---¿El Gobernador?
-
---¡No te hagas el tonto!
-
-Encogióse de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:
-
---¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas á muchas personas y, lo que es
-más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes á
-mí, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte
-el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como decían
-nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente,
-porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés
-seguro del éxito, é impulsado á ello por las circunstancias. ¡Oh, tú
-harás siempre lo que quieras!...
-
---¿Por qué?
-
---Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que
-esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va á la juguetería
-con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo é
-indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...
-
---¿Y tú?--dije, no sin ironía.
-
---Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de
-conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y
-los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de
-buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...
-
-¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!...
-Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo,
-sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello,
-y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto
-principal.
-
---¡Hablemos claro! ¿María Blanco?
-
---Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada
-por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad,
-la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino
-enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande
-y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante
-que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo,
-de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición
-política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes
-todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque
-los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...
-
-Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga,
-dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí
-la mano, y le dije:
-
---«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.
-
---¡Ni quiero!--contestó.
-
-Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio,
-pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro
-no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo
-quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua,
-monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo
-eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar?
-¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio
-perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...
-
-
- IX
-
-La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el
-cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las
-circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto
-puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este
-estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que
-se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó
-contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión
-rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino
-cazando.
-
-Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas
-estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran
-conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador
-de una filosofía sui generis, empíricamente materialista--pese á mi
-confesión cuando el duelo,--y en cierto modo antisténica, lo que me
-permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran
-parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de
-esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que,
-por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo
-que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando.
-Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno
-antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en
-cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que,
-desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al
-sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y
-á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus
-temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de
-su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre
-desenvuelto y cortado:
-
---Corren las mentas de que se divierte, Herrera.
-
---¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.
-
---¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo...
-Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente...
-Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear,
-como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin,
-un rato de vida es vida...
-
---¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?--le pregunté, por
-tirarle de la lengua.
-
---¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted
-tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me
-convida, entonces?
-
---¡Cómo no! Cuando usted quiera...
-
-Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como
-novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie
-tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia
-Carmen, quizá.
-
-Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y,
-á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y
-la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos
-últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á
-Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que
-me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré
-ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective,
-pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario,
-á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario
-Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero
-adopté siempre sistemas menos primitivos...
-
-Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote
-en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y
-ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer
-como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me
-cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo
-único»--recuerdo á Ibsen,--me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí
-desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me
-iba convenciendo cada vez más--por autosugestión,--de que era falso. Y
-un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear
-ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles,
-tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.
-
-Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos
-semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos,
-comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia,
-todo cuanto se me vino á la boca.
-
-Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando
-la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir
-cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró
-tiernamente y me dijo:
-
---¿Está tan enojado... de veras?
-
-Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de
-pronto.
-
---No estoy enojado--contesté con calma relativa.--Es mi modo de hablar.
-
---¡Ah!
-
-Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:
-
---Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero
-anda demasiado aprisa y me trata mal.
-
---¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la
-compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?
-
---¿Su mujer?
-
-Y después de otra pausa, contestó:
-
---Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la
-ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor:
-La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.
-
---¿Tantas ha dado?
-
---Alg...unas...
-
---¿Con Vázquez?
-
-Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.
-
---Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde,
-cuándo, ni cómo, ni por qué?--dijo amargamente.
-
---¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...
-
---¿Qué?
-
---Que nos casáramos... cuando usted quisiera.
-
---¿Dentro de un año?--preguntó, sonriendo como entre nublados.
-
---¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de
-un año?
-
---Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.
-
---¡Yo!
-
---Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de
-esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!
-
---Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...
-
---No, Mauricio--interrumpió.--Éstas son cuestiones más serias de lo
-que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera
-más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa
-esperar, si luego no hay que discutir?...
-
-Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto
-que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y
-seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.
-
-De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las
-apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó
-bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos
-meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno,
-mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves
-instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de
-mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de
-pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el
-gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena
-fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza
-de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía
-antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras;
-hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado,
-tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría
-demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo
-de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas
-sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.
-
---Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer
-diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres
-públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y
-lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más
-iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no
-son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo,
-y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce
-la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una
-muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.
-
---Sí, sí; ya sé: la de Blanco.
-
---¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así,
-en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?
-
---Sí; eso cambia...
-
---Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si
-usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo
-la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan.
-Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser
-electo diputado--agregué, repitiendo un viejo argumento.
-
---Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...
-
---¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso,
-ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más,
-Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?
-
-Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la
-entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa
-sólo podía interpretar la frase de este modo:
-
---Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por
-fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...
-
---Váyase tranquilo--murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...
-
-
- X
-
-Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de
-reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los
-Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame
-mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho
-entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando
-un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite,
-pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é
-independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático
-pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi
-partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.
-
-Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación
-de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un
-principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme después
-de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la
-abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino?
-Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos
-cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión,
-conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos
-era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el
-púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una
-resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra
-tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa
-veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense
-es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces
-de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español,
-y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de
-crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto
-había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades!
-Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente
-habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más
-que si pasara inadvertida.
-
-Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la
-religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del
-Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba
-de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la
-fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas,
-hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía
-calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo
-tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía
-desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de
-curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de
-cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes
-de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor
-influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo
-se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia
-Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo
-un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio
-con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.
-
-Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca
-del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de
-Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención
-de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de
-serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo
-conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de
-oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y
-silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado
-en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad,
-escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas
-con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido
-al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más
-cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi
-plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado
-á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que
-podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme
-en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor
-para ellos!
-
-En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias».
-Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he
-desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde
-muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las
-circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar
-las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político!
-¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias»,
-en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse
-sencillamente en ridículo?...
-
-Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber
-á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable
-interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.
-
---Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados
-misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos
-y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia»
-que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se
-sienten _desgraciados_--así debe decirse,--porque les falta la inefable
-satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.
-
-Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente
-en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda
-duda. Veneraba la iglesia--había dado pruebas de ello,--pero se me
-hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba
-en el susodicho «estado de gracia».
-
-¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?--preguntó campechanamente el
-padre Arosa.
-
---¿Cómo dice, padre?
-
---¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con
-un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un
-esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como
-á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse,
-mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción,
-se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables
-satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su
-indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen
-los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está
-contra él.
-
---¡Santas palabras!--exclamó misia Gertrudis.--¡Con razón le dicen
-«pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero
-este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer
-hasta que no vea cerca su última hora.
-
---¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero
-eso no quiere decir que sea un hereje.
-
---No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La herejía es otra cosa muy
-distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un
-acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese
-estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente,
-¡quién lo sabe! á la celestial medicina.
-
---Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama,
-me traerá la paz y la felicidad.
-
---Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios
-premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.
-
-Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él.
-París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba,
-desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En
-efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo
-sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho
-más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera
-confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin
-duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un
-semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera
-de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del
-demonio...
-
---Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte
-á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte
-que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos
-en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen
-cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la
-iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nómine_...
-
-La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de
-sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en
-trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no
-le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya
-todo el mundo estaba acostumbrado á él.
-
-Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación
-nacional quedaba abierto y sin obstáculos.
-
-
- XI
-
-Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde
-que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi
-candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde
-mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó
-salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida.
-Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces
-nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos
-pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los
-registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente
-dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico
-en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es
-decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así
-como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general
-rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se
-escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto
-á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo
-podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería
-necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con
-éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no
-en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve
-con fray Pedro Arosa.
-
---¿Ha oído usted hablar--me preguntó una tarde,--de un proyecto de ley
-de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la
-iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente
-está dispuesto á apoyarlo?
-
---No lo creo--repliqué.--El Presidente debe tener en la actualidad
-otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero
-un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...
-
---¡Pues, ni como tanteo!--gritó el padre Arosa.--Los «tanteos» preparan
-las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible
-castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente!
-Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que
-aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión,
-esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto,
-abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el
-divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad,
-el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin
-el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en
-la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de
-aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le
-ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es,
-hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto
-caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en
-muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...
-
---Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente
-al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más
-resuelto--dije con unción.
-
---¿Aunque el Presidente lo apoye?
-
---En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse.
-Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus
-partidarios en plena libertad en esta cuestión.
-
---¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo
-nuestro!
-
---Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo
-bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la
-cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la
-voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza,
-por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras
-cosas...
-
---Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan
-buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta
-hombres como usted.
-
-No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y
-regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:
-
---¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo
-muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos
-el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en
-honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se
-mostrara favorable á su elección.
-
-¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz
-de ponerse en mi camino.
-
---Iré esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre.
-
---¡Dios te lo pagará!
-
-Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me
-recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba--pronto
-reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí
-á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:
-
---Ayer, incidentalmente, habló papá de que está usted muy religioso,
-¿es cierto?
-
---No tengo por qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como
-dicen los sacerdotes, María--contesté en tono de broma.
-
---¿No se enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle
-indiscretas?
-
---¡Qué esperanza!
-
---Dígame, pues: ¿Usted cree, de veras, en todo lo que enseña la
-religión?
-
---Sí, creo--dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejarle
-ver mi vacilación.--¿Por qué me lo pregunta?
-
---Porque me parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar
-con incredulidad y hasta con burla de más de un misterio, de más de un
-dogma.
-
---Extravíos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre
-á sus primeras creencias, á lo que le enseñó la madre, cuando niño...
-
---¡Ah!
-
---Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y
-fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero
-hacerme hombre serio, María.
-
---Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser
-serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin
-embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que
-cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...
-
---Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo
-que quiere decir que usted tampoco cree?
-
---Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto
-á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y
-todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley
-de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de
-conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina
-salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe,
-me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á
-la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que
-digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.
-
-Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y
-tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio
-implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva
-actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo
-que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su
-presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla
-de las «cosas respetables».
-
-Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella
-muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y
-utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter
-y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y
-anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas
-las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.
-
---Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho
-por el país.
-
---Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.
-
---¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa
-nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de
-elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una
-herramienta poderosa para hacer el bien.
-
---Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere
-usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me
-elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?
-
-Me miró con fijeza tranquila y severa.
-
---Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año.
-Quiero... quiero estar segura de mí misma... y de los demás.
-
---¡Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--¿Es su última
-palabra?
-
---¡No, pues! La última se la diré dentro de un año.
-
---¿Y será que no?
-
---Creo, espero lo contrario, Herrera--contestó con blandura,
-tendiéndome la mano.
-
-¡Curiosa mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase
-que en ella más podía la reflexión que el sentimiento. Había
-una lucha ardiente entre su corazón y su cabeza, y ésta era tan
-encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola, y en su
-moral, entristeciéndola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer
-como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni en las que pude
-observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con Teresa,
-por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy
-ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión,
-sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los
-sentimientos, por las circunstancias. María, en cambio, pura y también
-candorosa á su modo, tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse
-arrastrar por sus sensaciones é impresiones, estaba en guardia contra
-peligros desconocidos, quizá imaginarios, y me resultaba una criatura
-artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y ponía
-en práctica su filosofía.
-
-Sabia coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más
-á ella, y mi voluntad iba violentamente á su conquista, por cualquier
-medio.
-
-Esta situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable,
-desde una visita de don Evaristo en mi despacho, análoga, pero, ¡qué
-diferente! á la del viejo Rivas.
-
---Mi querido Mauricio--díjome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de
-un asunto de importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que
-no tome á mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con
-imprescriptibles obligaciones.
-
---¡Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclamé sin sospechar
-aún lo que me diría, aunque sabiendo de quién se trataba.
-
-La vida tiene ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno
-pudiese considerarlas desde afuera, con ánimo sereno. La escena con
-Blanco era más que una ironía, un sarcasmo. Iba á decirme que, como mi
-asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometía á su hija,
-era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la niña
-ó me retirara, como cuadra á un caballero. Todo el mundo me consideraba
-novio de María, y algunos pretendientes serios se habían retirado,
-al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar á María
-¡muy al contrario! pero deseaba aclarar la situación y no verla en una
-posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.
-
-Le dejé hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le
-agradaba ser interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad
-provinciana y ese acento oratorio que es todavía atributo de algunos
-viejos chapados á la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con
-una larga pausa y una mirada invitadora señaló que había terminado,
-repliqué, muy grave:
-
---Todo eso está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en
-pedirle ahora mismo la mano de María, considerándome muy honrado en
-obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.
-
---¡Cómo así! ¿Por qué?--preguntó sobresaltado.
-
---Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos
-inmediatamente, sin pérdida de tiempo, pero á todas mis súplicas
-contesta que resolverá dentro de un año. Sin quitarme las esperanzas,
-no me las quiere confirmar tampoco...
-
---¡Es posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...
-
-Y se interrumpió en seco, al comprender que iba á hablar mal de su
-hija, á penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer,
-cayendo luego en honda meditación como si el inesperado problema lo
-dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recíproco, no
-había querido interrogar á María, con ese exceso de pudor de ciertos
-padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor
-palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más incapaces aún
-de someterlas á un interrogatorio siempre escabroso, por más tacto que
-se tenga.
-
-Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor
-que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo
-mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una
-mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto
-puede el misterio!
-
---En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su
-meditación,--en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré
-con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...
-
---Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone.
-María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...
-
---¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!...
-Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez...
-En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más
-el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al
-contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...
-
-Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica
-comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que
-iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de
-encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil,
-pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó
-evasivamente, con aparente franqueza:
-
---Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de
-casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una
-equivocación...
-
-Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer
-debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á
-la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices.
-Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no
-quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola».
-Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus
-caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no
-vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad,
-hasta entonces siempre vencedora.
-
-Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y
-siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso
-anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos
-Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:
-
---Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida
-está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.
-
---¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si
-empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.
-
---Y usted demasiado indiferente. Adiós, María.
-
-
- XII
-
-La capital me atraía poderosamente, por su vida más amplia y más libre,
-su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta
-con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en mí tanto
-efecto de atracción como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba
-próxima la hora en que emprendería su conquista. Pisé sus aceras con
-paso firme, de propietario, y me sentí más familiarizado que nunca con
-aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertándome. Una
-nueva vida parecía empezar para mí, excitando mi orgullo, y con la
-frente alta, miraba la ciudad como cosa mía.
-
---¿Soy provinciano?--me preguntaba, recorriendo aquellas calles
-animadas que diez ó veinte años más tarde iban á convertirse en
-tumultuosas.--¿Y ese epíteto de provinciano significaría que esto no me
-pertenece como al mejor entre los mejores? ¡Bah! ésas son tonterías que
-sólo sirven para alimentar la conversación de los fogones y las salas
-de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteños, en cuanto me pasara
-el primer mareo de la multitud, me encontraría en casa, como todos los
-del interior que han triunfado, y que sólo utilitariamente mantuvieron
-el antagonismo tradicional. ¿Qué es lo «porteño», sino la suma de
-los mejores esfuerzos de todo el país? ¡Vamos! desde el ochenta, más
-gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan
-menos de París los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es
-una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por
-egoísmo, porque todos colaboramos ó hemos colaborado en la tarea de
-su realización. ¡Una capital con la quinta parte de la población de un
-país que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia,
-en el lujo, en la esplendidez! ¡Qué ciudad, qué país, qué maravilla!...
-Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos
-haciendo...
-
-La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el
-mismo recuerdo de María se esfumaba como algo que comenzara á ser
-remoto. El grande hombre del interior iba á ser grande hombre de la
-capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el
-curso natural de las cosas... Pero ¿y si el Presidente?... ¡No! no
-había nada que temer: me daría su confirmación, pues le constaba que
-lo había servido y lo serviría incondicionalmente, mientras ocupara el
-Poder. Después, no podía forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbaría
-en cualquier rincón, como él mismo había hecho con su antecesor, como
-lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes.
-Lo importante para él era contar durante su período, con hombres
-probados, y prepararse á volver en las mejores condiciones posibles
-á la vida privada... Pero, ¿no sería peligroso hablarle de lo que me
-había encargado fray Pedro? ¿no consideraría aquello como una falta de
-disciplina? ¿Qué pensaba del divorcio? ¿deseaba implantarlo realmente?
-¡Bah! todo es cuestión de tantear el terreno con destreza y no
-precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una medida tan radical no
-es de su temperamento...
-
-Fuí á verlo en su casa particular al día siguiente, y en cuanto hice
-pasar mi tarjeta me recibió. Era un hombre joven, bien parecido,
-de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con
-cierto dejo provinciano que no carecía de gracia, y accionaba con
-viveza, cuando decía algo interesante, acentuando entonces más las
-sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada
-aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán
-resuelto y franco, me hizo sentar junto á él en un sofá, y entró
-inmediatamente en materia, preguntándome--cual si ésta fuera una «Guía
-de la Conversación» de los presidentes,--cómo andaban las cosas en mi
-provincia y cómo se presentarían las próximas elecciones nacionales.
-
-Exageré la paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad
-del pueblo á su Gobierno, la riqueza que fluía de todas partes,
-la floreciente situación de los bancos, el progreso que avanzaba
-vertiginosamente. En cuanto á las elecciones, procurarían un nuevo
-triunfo á nuestro partido, del que él era tan digno jefe, aunque entre
-los candidatos hubiera alguno ó algunos de escaso mérito.
-
---¿Por ejemplo, cuál?--me preguntó extrañado.
-
---Por ejemplo, éste su servidor, Presidente--dije, mirándole al
-soslayo, para sorprender la impresión que le causaba.
-
-Se echó á reir.
-
---¡Vaya una modestia, amigo!--me contestó.--Usted hará muy buen papel
-en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su
-candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se
-puede contar.
-
---¡Oh, en cuanto á eso!...
-
---Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador
-Correa?
-
-Inicióse, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole
-detalles de todo género, haciendo retratos más ó menos parecidos de
-mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas
-y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con
-aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro.
-Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y
-del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.
-
---Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales--exclamó con un
-ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado.--¡Nunca se ha
-visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una
-lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no
-quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ría de mí.
-
---¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo,
-no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo
-ostensible del Gobierno...
-
---Eso es lo que se hará, precisamente... No tengo interés mayor en
-la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprenderán que sólo yo puedo
-desvanecerla ó alejarla indefinidamente.
-
---¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?
-
---Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que
-entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo
-estreno para usted.
-
-Salí radiante de alegría, y corrí al hotel á escribir á Correa, á los
-amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado.
-Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el
-bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había
-pasado de acuerdo con nuestros deseos, y á de la Espada, pidiéndole que
-lanzara abiertamente mi candidatura en _Los Tiempos_, sin esperar á
-que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos
-los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!
-
-Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro
-á una tertulia, de una visita á un paseo, de un club á alguna libre
-y amena reunión femenina, derrochando el dinero como sólo se ha
-derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte
-vino á interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la
-fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse
-diez ó quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez
-de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde
-que todo el edificio, cimentado en el crédito, pero que se hubiera
-consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche
-á la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de
-nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas
-para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de
-cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo
-pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de
-tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, á
-despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo
-de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era
-motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.
-
-Cuando volví á mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría
-para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis
-terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa
-renta, se valorizaban día á día, y no tardarían en constituirme una
-regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires
-ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy
-rico. El porvenir estaba asegurado, ó, por lo menos, así lo creía yo.
-
-Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado
-dinero de los bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en
-el Nacional, unas veces con mi firma--las menos,--otras con las de
-algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento,
-y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de
-fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera
-arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo, no corrían
-riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello
-no hacía daño á nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular,
-aumentar el número y la extensión de mis propiedades...
-
-Vuelto á la ciudad, mi primera visita fué para María, que me
-recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una
-reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular.
-Estaba evidentemente en guardia; pero, ¿contra qué? Hay misterios
-incomprensibles en el alma femenina.
-
-Fray Pedro, á quien fuí á ver en seguida, me abrumó á preguntas, y
-sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente:
-amenazarlos para mostrarse después buen príncipe, y atraerlos á su
-lado, ó, por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaña de oposición
-que se iniciaba entonces.
-
-¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley,
-ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una
-vela á Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue
-tan hereje como antes.
-
-Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo
-que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de
-amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y á quienes
-Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de
-mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra
-con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más
-importante, uno de los personajes más importantes de la provincia:
-todo el mundo me aseguraba que iba á votar por mí, y me pedía alguna
-cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo
-ó el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana ó la hermana
-de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su
-casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo
-para un pedido de concesión ó de privilegio, cátedras en los Colegios
-Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades,
-cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el
-mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerno de Amaltea, ó
-la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fuí más rodeado que
-Camino, é incomparablemente más que Correa.
-
-Yo á todos decía que sí.
-
-Cuando se va subiendo en política, hay que acceder á cuanto se nos
-pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega
-en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los
-interesados.
-
-
- XIII
-
-En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de
-oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros
-candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también,
-incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local.
-El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo,
-atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y
-al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á
-preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como
-Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron
-una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido
-de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los
-ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado
-en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político»,
-agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir
-á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía
-segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin
-castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma,
-y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas
-contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de
-los prohombres de la oposición de mi provincia.
-
-Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y
-físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos
-de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don
-Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros
-de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la
-genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos
-verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada
-uno de nuestros comprovincianos de significación.
-
---¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?
-
---Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los
-Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres
-enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes
-en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo
-que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le
-cantábamos para hacerlo rabiar:
-
- _La Habana se v'á perder
- la culpa tiene el dinero:
- Los negros quieren ser blancos,
- los mulatos caballeros._
-
-Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos,
-sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos
-burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á
-los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica,
-patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una
-copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:
-
- _Á la orilla de un barranco
- dos negros cantando están:
- ¡Dios mío! ¡quién fuera blanco...
- aunque fuese catalán!_
-
-Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en
-la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi,
-pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros.
-Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y
-observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó
-exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.
-
---«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había
-parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo
-retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.
-
-Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues,
-admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio,
-metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos
-inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones
-podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero,
-aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir--los
-duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor
-notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima,
-pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un
-espécimen de aquella literatura, una silueta--no la más hiriente, por
-cierto,--de un enemigo de significación, el redactor en jefe de _El
-Grito del pueblo_, diario el más vehementemente radical que se haya
-visto en mi provincia:
-
- «Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está
- llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído,
- le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso,
- entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar
- una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo
- se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina
- política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana,
- cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos
- tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y
- de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y
- su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo
- que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las
- palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del
- diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su
- dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para
- ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del
- grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra
- cosa, el eructo del porrón.»
-
-No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos
-distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más
-allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que
-estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción
-y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa
-provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que
-discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni
-insinuar se puede lo que decía.
-
-Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una
-diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de
-insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues
-ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités,
-sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones
-callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su
-serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar
-casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia.
-Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía
-airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos
-principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad
-y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la
-hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina
-de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de
-prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla
-de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los
-altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la
-era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas
-de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta,
-y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había
-acudido á oirme.
-
-Pero tanto fué el _tolle_ que armó la prensa local y la bonaerense
-sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo
-candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que
-Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar
-al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.
-
-Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han
-corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo
-inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso
-lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones
-internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda.
-Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional»,
-poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían
-exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de
-la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición,
-desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y
-se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de
-la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó
-excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes,
-resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente
-fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La
-mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.
-
-No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra
-el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de
-ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus
-líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor
-franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era
-«forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este
-último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se
-habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera
-notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.
-
---Y si se han atrevido á servirse de mi compañía--agregó,--estoy seguro
-de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya
-hay centenares de fusiles en la provincia.
-
---Gracias por la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso.
-Pero, vaya sin cuidado, que no va á suceder nada... Eso sí, averigüe
-quiénes han recibido las armas, pero sin alborotar á nadie, y hágamelo
-saber. Lo demás corre de mi cuenta.
-
-Al día siguiente hice citar á los dos jefes opositores, para que
-concurrieran á la misma hora á mi despacho. En cuanto los tuve en
-mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos
-reveladores de sus manejos, exclamé:
-
---¡Sé todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto
-á no hacerme el desentendido, y á perseguir cualquier malevolencia,
-cualquier traición... Así, pues, desde este mismo instante, me darán
-ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la
-provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios...
-Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal,
-y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y
-resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré
-responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo
-respecto de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.
-
-Varias veces habían tratado de interrumpirme, protestando de su
-inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando
-renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:
-
---Estaré siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios,
-pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren
-pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes
-quedarán completamente secretos...
-
---Esto tiene que venir de habladurías, de calumnias de
-Sánchez--insistió uno de ellos, Smithson;--nadie sino él tiene interés
-en perjudicarnos.
-
---¿Qué clase de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me
-ha dicho una palabra?...
-
---¿Qué clase de interés?--saltó el otro, llamado Peacan.--¡Congraciarse
-al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de
-mercancías de su estación central!
-
---¡Bah! Ese asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda
-actividad. El culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes
-creen.
-
-Y mirando á Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara
-involuntariamente que Smithson y no otro era el soplón, agregué:
-
---¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.
-
-Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:
-
---¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste
-fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las
-sospechas?
-
-En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le
-sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado
-de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con
-cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera
-fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo,
-suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y,
-en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar
-dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras,
-hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En
-cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se
-siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.
-
-Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para
-que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos».
-Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso;
-también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos
-en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa
-de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras,
-en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un
-billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como
-no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones
-religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.
-
-Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los
-rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al
-ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y
-honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.
-
---¡Ah, muchacho!--exclamó.--¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!...
-¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de
-porra!
-
---¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano--le
-dije.--El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en
-«persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin
-tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en
-el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para
-hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...
-
---¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que
-«renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!
-
---Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la
-renuncia, pero copiando este borrador.
-
-Y le presenté una minuta así concebida:
-
- «Considerando: l.º que el benemérito jefe de policía de la
- provincia, don Mauricio Gómez Herrera, tiene razones poderosas para
- renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempeña;
- 2.º que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia,
- teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus
- servicios.
-
- «El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:
-
- «Art. 1.º Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez
- Herrera;
-
- «Art. 2.º Encárgase al mismo don Mauricio Gómez Herrera, del
- desempeño de las funciones de jefe de policía de la Provincia,
- mientras duren las presentes anormales circunstancias.»
-
---¿Lo firmará?--pregunté.
-
---¡Pues, está claro!
-
---¡Viva la República! ¡Cualquier día iba yo á dejar que _mi_ elección
-se hiciera sin dirigirla personalmente yo!
-
-
- XIV
-
-Estas sencillas maniobras, que no sé si llamar hábiles, dieron lugar á
-un hecho agradablemente inesperado. María me escribió un billetito,
-el primero, pidiéndome que fuera á su casa. Hacía semanas enteras que
-no iba á visitarla, y recibí su invitación con verdadero regocijo,
-como una señal evidente de mi triunfo próximo y definitivo. Corrí á
-casa de Blanco sin perder un minuto, y entré en la sala con aire de
-conquistador, aunque ligeramente conmovido. Saludé con efusión, pero
-quedé sorprendido al ver que María me recibía con cierta gravedad.
-
---Mauricio--dijo, por fin, entrando en materia.--He creído de mi deber
-atreverme á hacerle una advertencia. Usted comprenderá que, dadas
-nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga,
-como si dijéramos, los ojos clavados en usted... Y, perdóneme, su
-actitud me aflige.
-
---¡No he hecho el menor daño á nadie!--exclamé estupefacto.--Hasta he
-salvado á los revolucionarios, negándome á tomarlos presos, como quería
-el Gobernador.
-
---No me considere «politiquera». No lo soy. Si me informo de la
-política, es porque usted es político; me ocuparía, también, de usted,
-en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer
-su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de
-influir decididamente en su vida.
-
-Una luz me iluminó como un relámpago, y después de callar un momento,
-pregunté con afectada tranquilidad:
-
---¿Hace mucho que no ve á Pedro Vázquez?
-
---¿Por qué me lo pregunta?
-
---Simple curiosidad.
-
---Vino ayer...
-
---¿Y hablaron ustedes de mí?
-
---No.
-
---Sí, María.
-
---¡No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos...
-hablamos del éxito.
-
---Y Pedro considera que el éxito es caprichoso, siempre ó casi siempre
-injusto, que se ofrece al más torpe ó al más tonto, y que se niega al
-mérito, al esfuerzo, al sacrificio... ¡Qué bien veo á Pedro en esto, y
-cómo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes
-más certeros!
-
---No. Vázquez considera, como yo, que el éxito suele ser el salario de
-los que se doblegan á todas las influencias y se dejan llevar por todas
-las corrientes, tengan méritos ó no...
-
---¿Sabe, María, que usted piensa mucho? ¿Sabe que piensa demasiado para
-poder sentir?
-
---¿Y eso significa?...
-
---Que quien tanto analiza, señal es que quiere poco.
-
---¿Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen?
-
---¡Bah! Bien admira á Pedrito...
-
---Analizando, como usted dice.
-
-Yo rabiaba de celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquella, que se
-abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme!
-Porque si bien no me había dicho nada concreto aún, yo leía en sus
-ojos la amonestación preparada... ¿Con qué derecho? ¡Una mujer, que
-no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No es odiosa esta
-clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque han
-leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! todo
-hubiera concluído allí, si los celos ó el amor propio no me mordieran
-el corazón. ¡No estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!...
-Y, con las manos trémulas de ira y la voz entrecortada, dije:
-
---¡Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, María! Usted condena
-mi conducta, aunque ésta se ajuste estrictamente á lo que exije la vida
-real. ¡Bah! usted es una soñadora, una criatura angelical, convengo
-en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo...
-Quizá por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa
-que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dará cuenta de las
-cosas, y entonces comprenderá. Cuando uno se propone llegar á un
-punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce
-á él, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre
-precipicios... Yo voy donde debo ir por el único camino que tengo, sin
-mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos
-humanos ó materiales, pero sin faltar por ello á mis principios de
-hombre de honor, á mi...
-
-Una risita, entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.
-
---¿Usted cree, entonces--dijo en voz clara,--que sus sueltos del
-diario, por ejemplo, no pasan los límites de la gentileza y la
-corrección, por no decir más?
-
---¿Mis sueltos? Yo no escribo.
-
---¡Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su
-negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente así los
-consideran muchos, abren todas las puertas á la calumnia y al
-escándalo. El que hoy es objeto de burlas ó difamaciones, para
-vengarse, no se detendrá mañana por consideración alguna, y hará, á
-su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus
-afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser
-terribles, y nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.
-
-La miré de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.
-
---¿Para eso me ha llamado usted?--balbucí, ardiendo en ira.--¿Sólo
-para eso me ha llamado? ¿No podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien!
-yo también tengo algo que decirle: ¡Usted no me quiere, usted no me ha
-querido nunca, María!
-
-Inclinó la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el
-vestido entre sus dedos:
-
---Puede ser. Puede ser muy bien.
-
-En su acento había, nuevamente, un poco de ternura y un poco de
-ironía. Para un frío espectador, hubiera sido evidente que en su alma
-luchaba la imagen que de mí se había forjado, con la realidad que iba
-presentándole yo poco á poco. Romanticismo, en fin. Cuando alzó de
-nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una
-palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quizá treinta segundos,
-quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba á ser de mí, si llegaba á
-compañero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista?
-Unirme á ella, sería condenarme á una vida de amargos sinsabores, á
-una tiranía perenne, á una censura continua é inflexible de todos mis
-actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de
-subyugarla, de dominarla, de someterla á una incondicional adoración de
-mi persona. Y obedeciendo á este impulso, traté de serenarme. Cambié
-de tono y le dije con mimo que cuanto hacía, bueno ó malo--sin saber
-que pudiera ser malo,--era por ella, por conquistarla, por prepararle
-también la más elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la
-felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no ambicionaba nada para
-mí; para ella nada me parecía suficiente.
-
---Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen á los grandes
-hombres. Con usted á mi lado estoy seguro de llegar á donde me
-proponga, y más lejos aún... Soy rico, seré muy rico. Tengo algún
-poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá dentro de poco
-quien pueda competir conmigo...
-
---Sí, Mauricio.
-
---¿Quién?
-
---El que piense mejor.
-
-La sombra de Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado
-recuperaba poco á poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me
-desconcertó, porque no acertaba á explicarme la mudanza de María, pese
-á los síntomas anteriores. Traté, sin embargo, de ahondar más en el
-alma de la joven, y la pregunté:
-
---¿Sólo para eso me ha llamado?
-
---No. Quería, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique
-su presencia al frente de la policía, mientras se prepara su propia
-elección. ¿Por qué no deja el puesto y satisface así á amigos y
-enemigos?
-
---¡Porque serían capaces de dejarme á pie!--exclamé, sonriendo.--Se
-necesita ser muy ingenua, María, para preguntarme ó para pedirme
-semejante cosa.
-
---Y, sin embargo, yo creía...--murmuró, casi con las lágrimas en los
-ojos, conmoviéndome á mí también con su tono de queja.
-
-En esto, entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro
-enternecimiento, creyó dado el gran paso y zanjadas las últimas
-dificultades.
-
---¿Se adelanta algo, muchacho?--me preguntó, sonriendo alegremente, en
-la esperanza de una grata noticia.
-
---¡Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del
-Poder--contesté.
-
-Don Evaristo entendió la frase en su sentido más directo, y me sometió
-á todo un interrogatorio sobre la situación política de la provincia.
-María escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy
-abiertos, tan abiertos como cuando uno mira á su interior.
-
-Días más tarde, volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla,
-un arrebato sólo semejante á la sed de venganza de un ultraje terrible,
-todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantenía
-á toda costa la conversación en el terreno de las generalidades,
-muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me ponía
-alternativamente rojo y pálido. Á veces, sentía ganas de lanzarme sobre
-ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia
-de don Evaristo que nos acompañaba probablemente á indicación suya,
-impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.
-
-Las elecciones iban á practicarse el domingo, tres días después. Blanco
-me habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos
-Aires. Yo le repliqué, con fingida modestia:
-
---Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y
-el último ó poco menos en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en
-sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo
-mismo no llegue á ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...
-
---Es posible--murmuró distraídamente María.
-
-Una oleada de sangre me subió á la cabeza, y empecé:
-
---¡Y se imagina usted que yo!...
-
-Pero me contuve, y salí, trémulo de rabia, casi sin despedirme.
-
-Las elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado
-el escrutinio, resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé
-á preparar el viaje á Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas,
-mientras en el cerebro me trotaba la maldita hipótesis, tan fácilmente
-aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia
-luego, á desmerecer en la capital, á ocupar un rango inferior, á no
-abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el
-triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el
-«pago» y después deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de
-su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección del
-país que aspira y absorbe la capital.
-
-¡Oh, María, María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires,
-para avasallarla también á ella, de rechazo, en una apoteosis de mi
-amor propio!
-
-
-
-
- NOTAS:
-
-[3] El original da el adjetivo correspondiente á su provincia en
-particular.
-
-
-
-
- TERCERA PARTE
-
-
- I
-
-Aunque ya estuviese bastante acostumbrado á la vida intensa de la gran
-metrópoli, Buenos Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se
-explica: hasta entonces sólo había ido allí por paseo, sin nada bien
-determinado que hacer, el tiempo completamente mío, contando siempre
-con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me
-defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme
-ó prodigarme, según me conviniera, simple visitante, en fin, á quien
-hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;
-mientras que esta vez, iba á radicarme allí, con un plan de conducta
-establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales,
-deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al
-diapasón del gran centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar
-ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena,
-ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme
-sería equivalente al más estruendoso fracaso. Al mareo contribuía,
-también, la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de
-verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo
-considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi
-mano. Y otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos
-ensueños de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto
-proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente
-por la unión estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la
-extinción total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse á
-pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya realizada ó en
-vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme á las burlas
-de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura...
-No, si no es tan fácil la iniciación como parece.
-
---¡Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que
-estoy algo «boleado», que me azoro como un advenedizo, y, por otra,
-no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar
-á serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente
-favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.
-
-Gracias á un dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo é
-indiferente en las mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera
-mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqué, pensando
-que, sin aparentes pretensiones, podía y debía presentarme en plena
-vida político-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia
-en cuanto á mi exterior se refería. Renové, pues, mi guardarropa,
-abandonando los trajes que en provincia podían dar el tono, pero que
-en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué detalles de corte,
-de color, creo que hasta de olor, comencé á frecuentar los grandes
-«restaurants» á la moda, los teatros, los clubs, los círculos que
-ya conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me
-hizo creer un instante que comenzaba á ser popular. Veíame siempre,
-en efecto, rodeado por un círculo de amigos y conocidos que se
-ensanchaba cada día, y del que era ó del que creía ser eje principal,
-pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino también hasta
-admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas, que
-en mis visitas anteriores se sentaban á mi mesa y me iniciaban en el
-conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no
-eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron así, al menos,
-gracias á lo transitorio de mi estadía,--mientras que, en este nuevo
-período, llegué á considerarlos innumerables y pesados en demasía,
-sobre todo cuando saqué cuentas al cabo del segundo mes: me había
-gastado lo que creía suficiente para medio año, por lo menos. Mis
-recursos, grandes en provincia, resultaban escasísimos en la capital,
-llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero
-como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un céntimo, sea
-preciso caer en la exageración de prestar á cuantos piden. Resolví,
-pues, substraerme un poco á la admiración de mis contemporáneos, y
-recordé mis buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta
-vez.
-
-Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de
-diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel «maelström»
-devorador, sobre todo, si quería mantener íntegra mi pequeña fortuna,
-como era mi intención. Puede que se me considere ávido y hasta mezquino
-por esto, pero era, sólo, previsor, y sabía gastarme las rentas sin
-pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí á no proceder de esta manera,
-cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron
-luego á rodar al abismo de la miseria, ó poco menos!
-
-Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escribí á Correa,
-pidiéndole un auxilio, en forma de comisión gubernativa, ú otra
-cualquiera. Había observado que los funcionarios y empleados mejor
-retribuídos eran generalmente ricos ó de mediana posición, como si los
-poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las fortunas, y
-mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del
-país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos
-méritos que tengan, acostumbrados á vivir con poco, no necesitan de
-grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles más que
-el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los
-nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posición,
-pues de otro modo fácil sería que hicieran disparates, perdieran la
-riqueza y se hundieran, comprometiendo luego á buena parte de la
-sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta
-acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es
-evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso
-de Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le
-ayudara pecuniariamente á salvarse, aunque fuera un inútil, mientras
-que á Renato Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé
-qué problema, y se moría de hambre, nadie le facilitó recursos y tuvo
-que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio? En el
-primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez,
-emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el
-pantano, por lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con
-una misión al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera
-quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se
-han de evaporar por eso. Hombres más grandes que lo que él pueda ser,
-han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras.
-En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país, para que nos
-ocupemos en aumentarla.
-
-Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle
-muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda,
-una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas
-oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía
-manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería
-locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de
-despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor
-impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á
-mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente,
-de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la
-policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos
-de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el
-comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo,
-porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que
-acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice
-por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por
-darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la
-especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los
-bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el
-dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque
-la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada,
-tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de
-hambre».--Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero,
-habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas
-mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me
-desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía
-como anillo al dedo.
-
-Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me
-había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central--tres
-ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice
-empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de
-la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el
-beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,--y me
-instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada.
-Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y
-completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una
-casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y,
-ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries»,
-me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo
-estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas
-partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá,
-tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así
-logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi
-figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una
-especie de tibia curiosidad.
-
-En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el
-mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la
-crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los
-salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de
-gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y
-llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de
-humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en
-Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte
-pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los
-ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos
-más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes,
-los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz
-falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes
-chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables,
-provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas
-parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se
-convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos
-pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento
-así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera
-de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez
-de mi diploma.
-
-Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la
-indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me
-excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada.
-Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir:
-substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y
-efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien
-mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las
-frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo
-á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde
-memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas,
-cuando ya estaba en vena:
-
-«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He
-garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en
-las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que
-se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener
-la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado
-en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos
-de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado
-anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez
-pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no
-era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden,
-fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante
-de la opinión--que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia
-y en el país entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus
-nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto
-de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había
-realizado desinteresados y generosos--¡sí, generosos!--sacrificios
-en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni
-menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones
-inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi
-persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca
-sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola
-devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»
-
-Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho
-se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que,
-haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez),
-demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:
-
-«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una
-familia que ha dado héroes y mártires á la patria,--dondequiera que
-vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como
-su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno
-de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero
-afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los
-suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me
-llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los
-centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El
-provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque
-demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo,
-puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué,
-si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones
-del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de
-mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos así, adelantándome á
-su justa sanción--puede invalidar este doble reconocimiento de mis
-comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital,
-síntesis del país?»
-
-Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había
-demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había
-aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y
-pasé á prestar juramento.
-
-Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:
-
---¡Nos ha nacido un gran orador!
-
---No desmiente la casta.
-
---¡Está bien, amiguito, así me gusta!
-
-Un opositor, echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia
-de Shakespeare:
-
---_Much ado about nothing._
-
-Y otro le replicó:
-
---Esperemos á que vengan las ideas.
-
-Raza envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!
-
-
- II
-
-No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes
-de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima--estábamos
-únicamente los tres,--fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como
-nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco
-demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera
-dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le
-prometí.
-
---Y usted, María, ¿me escribirá?--le pregunté.
-
---Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si
-estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.
-
-Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero
-sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:
-
---Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar
-con calma que se cumpla el plazo.
-
---¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...
-
-Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que
-desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo
-no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi
-amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia.
-Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se
-pisoteara su orgullo con un desdén.
-
---Y usted ¿pensará en «otra cosa»?--pregunté.
-
---No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho
-está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que
-cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.
-
---¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me
-quiere un poquito, María?
-
---Sí...
-
-La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos
-y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la
-había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción.
-Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos
-Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó
-cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que
-pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones
-de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me
-hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación.
-Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían
-ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la
-noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de
-dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas,
-las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.
-
-No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que
-el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben
-cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y
-hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí,
-sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el
-carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que
-cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta
-qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía
-más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe
-ser jugador--con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de
-pura destreza,--pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí
-mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico
-para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del
-adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que
-nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir
-el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo,
-imposible desquite.
-
-¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado!
-Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al
-jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.
-
-Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes
-que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas.
-Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y
-los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos
-se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre
-todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y
-no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,
-extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos
-tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar
-como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:
-
---¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...
-
-Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis
-colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al
-cielo, me dijo cierta noche:
-
---Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero
-si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...
-
---Ó un sonso--completé.
-
-Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las
-que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los
-prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero
-esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar
-en detalles.
-
-Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del
-alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de
-azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla
-monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de
-los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme
-la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los
-matices me dejan indiferente.
-
-Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en
-sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la
-preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar,
-pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.
-
-La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando
-á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la
-competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del
-servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres
-de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del
-carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó
-atrás, dijo al otro, irritado:
-
---¡Adulón!
-
-Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia,
-replicó:
-
---¡Envidioso!
-
-Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las
-ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones
-demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las
-lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con
-valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de
-un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los
-argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que
-resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del
-lado de la oposición...
-
-Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que
-entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad,
-trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época
-de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado»,
-y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel
-pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido
-por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse
-acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se
-levantaban de la mesa...
-
-Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi
-protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para
-después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el
-futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y
-que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que
-crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después,
-si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á
-retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.
-
-Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque
-comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos,
-el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á
-no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir
-andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues,
-que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso
-en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde
-la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis»
-memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á
-los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos
-descarnados.
-
-Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero
-muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta
-noche diciéndome:
-
---Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una
-velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad
-formada por las señoras más distinguidas?...
-
---Si ellas creen que puedo servirles...--contesté, pensando que aquello
-me era conveniente.
-
---Me han encargado, justamente, de que se lo pida.
-
---Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.
-
-La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis
-discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni
-con mucho, el más deslumbrador:
-
-«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de
-colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte
-y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la
-flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento
-y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento
-desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde
-la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que
-hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo
-se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable
-como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras
-el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde
-recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en
-vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros
-ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío,
-la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de
-la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros
-preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»
-
-Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero
-había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al
-propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda
-la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban,
-los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!
-
-Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos,
-las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando
-se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes
-mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación,
-sus riquísimos trajes de soirée.
-
---Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo
-presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?
-
---¿Quiénes son?
-
---Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una
-muchacha preciosa...
-
-Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:
-
---La más rica heredera de Buenos Aires...
-
-
- III
-
-Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como
-un hombre nuevo, más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien
-todas las empresas tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo
-azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban
-rápidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas,
-mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros á la tierra
-sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis. Bajé á buen
-paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como
-una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central,
-donde iba á tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me
-había invitado á una «garden-party»--la última de la estación,--en su
-magnífica quinta.
-
-Durante el viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los
-preliminares de nuestra naciente amistad. Después de la presentación
-en el vestíbulo de la Ópera, me había abierto su casa, y suplicado á
-Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz
-de no ir». Los había visitado una ó dos veces, y digo «los», porque
-quien me atraía era Eulalia, que, indiscutiblemente, había quedado
-prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. ¡Es
-tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao
-Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulación,
-que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos, á
-quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su
-ausencia. Nadie sabía, á ciencia cierta, cuál era el verdadero punto
-de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos
-decían que se había «sacado una grande» en la lotería; otros que Irma,
-su mujer--eslava ó teutona zafia é ignorante que quién sabe qué habría
-hecho en su primera juventud,--le llevó en dote unos pocos miles de
-pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta,
-si no criminal, á los fondos con que inició su brillante carrera de
-agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya aclaración
-hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque
-en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos
-habrían desaparecido ú olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su
-habilidad de banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su
-suerte de bolsista, que le permitían aumentar sin tregua una fortuna
-ingente ya. En cuanto á su físico y sus maneras, sólo diré que era
-rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola,
-los ojos pequeños y maliciosos, negros como el grueso bigote teñido
-que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas,
-como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas,
-enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos
-complementados con ademanes bruscos é irregulares, voz rotunda de bajo,
-franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje
-incorrecto de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su
-país de origen ni la de aquél en que había clavado definitivamente
-su tienda.--Irma, su mujer, debió ser hermosa cuando joven, pues aún
-le quedaban algunos restos que la hacían parecer á la Isabel Bas de
-Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la
-burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con todo el mundo,
-hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto de su
-exclusiva composición.
-
-En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía
-más junto á sus padres, por contraste, como si éstos fueran zafios
-y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su
-frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola
-obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada
-como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de
-un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una
-voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su
-linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco,
-sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita
-que María Blanco, sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra
-iba rodeada de una aureola de severidad, que la hacía como lejana é
-intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco ó nada ceñidos
-á la moda, añadían á la impresión de alejamiento que esto producía.
-Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y
-bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos y vistosos
-para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se había perdido
-en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran
-sencillamente y sin joyas hasta el día de su casamiento...--Puestas
-ambas en parangón, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el
-triunfo correspondía á Eulalia.
-
-Me había encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría
-creerse: otras aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo
-de la novedad, me absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina
-de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible,
-no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentábamos...
-ni para el resto tampoco. Esta vinculación--sobre la que no insistiré
-porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir ó
-postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto á la parte seria de la
-vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis
-proyectos matrimoniales con la buena María.
-
-Llegué, en fin, á Olivos y á la quinta de Rozsahegy donde, pese al
-fresco intempestivo del día, numerosas parejas paseaban por los
-jardines y se divertían animadamente en diversos juegos, al son de una
-música discreta. Eulalia debía estar atisbando, pues apenas llegué
-salió alegremente á mi encuentro.
-
---¡Bien venido! ¡Bien venido!--me decía con una voz que parecía un
-canto, un arrullo, un mimo.
-
-Casi podría tomarse aquello por una declaración, si el infantil
-regocijo que caracterizaba á Eulalia no explicase sus arrebatos, de
-todas maneras inocentes.
-
-Ella misma me tomó el brazo é hizo que la acompañara por el jardín,
-que recorría como sus padres cuidando de que no faltara nada á los
-invitados, y entretanto parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente
-con sus ojos grandes é ingenuos, movía el cuerpo flexible con gracia
-serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su
-belleza en el errado supuesto de llamar la atención--con ademanes
-mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino
-don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin
-decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada,
-relativamente instruída, había pasado algunos años en un colegio
-de hermanas francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla.
-No criticaba á sus padres, pero se veía que, en el fondo, hacía
-comparaciones, y que este mismo análisis contribuía á refinarla.
-
-Pasé, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del
-centenar de personas más ó menos elegantes, ricas ó aristocráticas
-que pululaban en el jardín y en los salones. Apenas si había cambiado
-cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta última iba á tratar
-de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pasó á tomar el
-té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la voz y, encarándose
-conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:
-
---¡Herrera! ¿Por qué no nos repite el discurso?
-
-Eulalia se puso roja, y apenas acertó á murmurar: «¡Mamá, por Dios!»
-Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba
-disimuladas pero irresistibles risas, repliqué:
-
---No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan
-exquisita y esta reunión es tan agradable, que no hay que turbarla sino
-con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueños de casa.
-
-Eulalia me agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban
-la emoción y la alegría. Creo que me consideró un héroe.
-
-Ferrando, que volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial,
-probablemente para quitarme las ganas:
-
---La muchacha es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga á
-dos tirones... El que la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy
-rico. ¡Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...
-
---Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observé, riendo.
-
---Sí, pero la chica «no las va» por ahora... y los viejos tampoco...
-Veremos después... Lo único que me da ánimo es que el «gringo» se
-«pirra» por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo
-admiten de vez en cuando, como de lástima, y eso sólo en las kermesses
-y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el
-mundo... Con mi nombre y mi familia...
-
-Y desarrolló largamente el tema de su nobleza, él, cuyo padre había
-sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fué remendón ó
-sastre en la de Potosí, casi en el «barrio del alto, donde llueve y no
-gotea»...
-
-Pero el dato me llamó la atención y me hizo pensar: ¿Conque Rozsahegy y
-todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia,
-para que sus nietos y su misma hija obtuvieran «patente limpia» y no
-sufrieran más tarde los desaires disimulados que él debía olfatear
-necesariamente, pese á su tosquedad? No era malo saberlo, y quién sabe
-si...
-
-Pero apenas bajamos del tren y nos fuímos á comer en el Café de París,
-entonces en todo su apogeo, olvidé á Eulalia, á los Rozsahegy, y creo
-que aquella noche sólo conté dos ó tres veces la salida de pie de banco
-de Irma pidiéndome que repitiera mi discurso en su «garden-party».
-
-En casa me esperaba una cartita muy lacónica de María Blanco,
-diciéndome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mías. «Hace
-un siglo que no escribe, y eso no está bien.» ¡Eh! ya le escribiría
-cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente á mis primeras
-armas en Buenos Aires--no en sociedad, se entiende--y á mis primeros
-triunfos. Me fastidió que no me dijera nada de mi éxito en la Ópera,
-aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno
-que publicaba íntegra mi «magnífica pieza oratoria», como decía el
-encabezamiento.
-
-Tenía muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el
-primer momento, traté de propiciarme el «cuarto poder del Estado».
-Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es
-un díscolo feroz, deja de mostrarse sensible á las atenciones y las
-lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parásitos, como
-los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un
-derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.
-
-Los periodistas que me habían conquistado más completamente, ó mejor
-dicho, que yo había conquistado con mis amabilidades é invitaciones, me
-demostraban á veces su afecto, exigiéndome pretextos para hablar de mí
-y renovar mis dos triunfos anteriores.
-
---Es preciso hacer algo--repetían.--Si usted no hace nada, nada se
-puede decir. Usted es demasiado hombre para quedar empantanado en las
-noticias sociales.
-
---Pero, ¿qué he de hacer?--preguntaba yo.
-
---Cualquier cosa. Escribir, hablar, dar conferencias.
-
---¿Como el padre Jordán? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me
-basta con figurar en sociedad. Ya llegará el momento.
-
-Pero no dejaba de comprender que para salir de la penumbra era
-necesario un esfuerzo, y tanto es así que pensé en realizarlo. La época
-estaba completamente entregada á las finanzas; nunca se ha estudiado
-ni discutido más--en ninguna parte del mundo--la economía política,
-y nunca--en ninguna parte del mundo, tampoco,--se han hecho más
-disparates económicos. Juzgue, pues, que bien ó mal, para mi estreno
-definitivo en la Cámara debía hablar de hacienda pública, cosa que
-quizá facilitara mi progreso en la carrera política. Para hacerlo,
-busqué algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran
-antiguos ó modernos, y leí á salto de mata á algunos economistas, entre
-otros á Paul Leroy-Beaulieu, á Juan Bautista Say, á Adam Smith. En esto
-último encontré lo que buscaba, aunque fuera libre cambista rabioso.
-Sus opiniones sobre la fuerza del trabajo y de la industria, me dieron
-pie para demostrar que los argentinos debíamos ser proteccionistas á
-todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, ¿cómo
-tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los
-productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio?
-Ahorro lo demás al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces,
-que la crematística no tenía ya secretos para mí, opinión en que me
-confirmaron varios amigos á quienes leí mis borradores, llenos de
-frases rotundas y deslumbradoras.
-
---¡Eres el orador más brillante del país!
-
---¡Todo un poeta! ¡Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las
-frases!
-
---Sí, pero, ¿y el fondo? ¿qué me dicen ustedes del fondo?
-
---De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que está muy bien.
-
---¡Ni Rivadavia, hermano, «créme»!
-
-Llegó el momento de dar á luz aquella pieza histórica. Tratábase de
-conceder entrada libre, sin derechos de aduana, á la maquinaria y el
-alambre para una fábrica de clavos, así como la excepción de todo
-impuesto nacional y municipal, y la concesión de pasajes subsidiarios
-(gratuitos) á los obreros que debían venir de Europa á poner en
-movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones eran
-elocuentes... Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron
-efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba á ser decididamente
-opositora. El proyecto pasó como era lógico. Varios colegas me
-felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no
-desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y
-burlón. Y por todas partes me parecía oir como un estribillo, como un
-zumbido persistente y cargoso:
-
---¿Qué ha dicho?
-
---¿Qué ha dicho?
-
---¡Habla muy bien!
-
---¡Lástima que no diga nada!
-
---Decididamente--pensé,--aquí no estamos en la Legislatura de mi
-provincia... Es preciso no volver á meterse en... economías.
-
-Y luego, profundamente sorprendido, me pregunté:
-
---¿Pero de dónde salen sabiendo, todos estos burros?... ¿Ó basta con
-que sepan dos ó tres, para elevar el nivel científico de la Cámara?...
-¡Eso ha de ser, pero es curioso!
-
-
- IV
-
-Esto me dió mucho que pensar, confirmándome en mis primitivos temores
-de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente
-experiencia me planteaba este dilema de hierro:
-
-Ó eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como
-tal, y entonces verte probablemente condenado al desdén si no á la
-persecución, pues renunciarías á tus amigos actuales sin conquistarte
-antes otros que te defendieran, ó eres un hombre mediano que debe
-contentarse con la medianía y aprovechar las migajas sin provocar los
-grandes golpes de fortuna, aguardándolos, por si llegan un día, y
-conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.
-
-Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas,
-aunque no me dé por los grandes sacrificios, y soy, como el héroe de
-Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio.
-
-Opté por esto último.
-
-Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho,
-comenzó por aquel entonces una terrible campaña contra el Gobierno,
-tratando de demostrar que éste procedía ilegalmente en no quiero
-recordar qué combinaciones financieras importantes, sobre todo para las
-provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formábase un
-gran partido con todos los elementos heterogéneos que no comulgaban con
-la política oficial. Vi el abismo abierto á nuestros pies, cuando todo
-el mundo quería negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era
-y sería siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno
-pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena--porque forman
-una verdadera casta, una institución,--y los Gobiernos se renuevan
-con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequeña dosis,
-con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprendí,
-pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, debía caer con
-los míos, y me aferré á la defensa del Presidente y su política. Grité
-contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada
-de mujer, armoniosa á veces, retumbante otras, y creo que, parodiando
-á misia Gertrudis, hasta insinué que era mulato y mal nacido... Esto
-no lo hacía en discursos--voluntaria y radicalmente suprimidos,--sino
-en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me
-agasajaban para sacar las castañas del fuego con la mano del gato,
-pero yo sentía el gran vacío de una posición falsa, y de pronto cesé
-hasta en mis invectivas, buscando también el silencio y el olvido. Poco
-antes, algunos diarios me atacaban, tomándome como pretexto para mesar
-las barbas del Presidente en persona, y presentándome como su vocero,
-como su alma condenada. Esto me afligía y me torturaba, aunque en las
-calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de
-Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los
-Sunchos, el árbitro de la capital provinciana, era, cada vez más, uno
-de tantos en la capital de la República...
-
-Coen, el banquero, cuya mujer me hacía ojitos en casa de Rozsahegy, y
-con quien había hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un día:
-
---Yo le aconsejaría, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos
-negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todavía magnífico
-resultado. Si espera un tiempo más, es muy posible que se vaya «al
-bombo». Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre
-oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se
-embromará. Esté cierto de que va á quebrar medio mundo el día menos
-pensado.
-
---¡No embrome!--le dije, sonriendo.--Ésos son cuentos para asustar á
-las viejas.
-
-Sin embargo, fuí á ver al Presidente y le hice comprender en forma
-velada lo que había en la atmósfera.
-
---¡Bah! ésos son excesos de la oposición--me dijo.--Y usted, ¿qué
-piensa hacer?
-
---¿Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy á
-la situación, y por más insignificante que sea, una maniobra
-temerosa mía podría acelerar un pánico que nuestros adversarios se
-esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis
-protectores--agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.
-
---Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía
-la marcha del país--dijo con sorna.
-
---La oposición sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que
-se fija en todo... hasta en mí... Yo estoy á la baja...
-
---Sí, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son «alaracas» de los
-opositores, nada más.
-
-Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde
-en el Club, que mi actitud había complacido mucho al Presidente.
-
---¡Poco me importa!--contesté.--Lo único que quiero es demostrar
-carácter. Podría comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy
-rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen á
-perder. ¿Y «vos»?
-
---Yo--contestó Pepe,--se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente, y
-tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejaría de estimarme á
-mí mismo. ¡Como que si me estima un poco todavía es sólo por eso!...
-
-Nos fuímos á comer juntos sin hablar más de la cuestión, aunque ambos
-siguiéramos pensando en ella. Alguien que comía en el mismo Café de
-París, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos
-los chismes de nuestra ciudad, me mandó con el «maitre d'hotel» un
-diario de mi provincia, al margen del cual había escrito con lápiz:
-«Hay noticias interesantes para usted.»
-
-Busqué la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrería
-política no encontré nada. Miré al comprovinciano, mostrándole el
-periódico y encogiéndome de hombros, para indicarle que aquello me
-importaba un bledo. Él sonrió, me hizo con la mano señas de que
-esperase y escribió en una tarjeta: «En la Crónica Social». La noticia
-era ésta:
-
- «El doctor Pedro Vázquez ha pedido la mano de la distinguida señorita
- María Blanco, hija de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en
- nuestra provincia, etc., etc...»
-
-¿Me puse pálido? Creo que sí, aunque no puedo afirmarlo. Sé solamente
-que aquello, tan previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida,
-un profundo desgarramiento de mi amor propio. El plazo no había
-vencido, María no me había dicho nada, yo no había retirado mi palabra,
-antes bien insistía aparentemente en mi solicitud...
-
---¿Qué tienes?--me preguntó Pepe Serna, advirtiendo mi turbación.
-
---¡Nada! Me acabo de acordar de que esta misma noche debo ir á casa de
-Rozsahegy, y me fastidia pensar que he estado á punto de cometer una
-gran grosería. No puedo dejar de...
-
---¿De ver á Eulalita, no?
-
---¡Como lo dices! Precisamente, de ver á Eulalia.
-
-Una vez más era juguete de las circunstancias que, en lugar de
-perjudicarme, han sido siempre mis abnegadas servidoras. Algunos,
-á quienes suelo estorbar todavía, dicen que soy un «oportunista».
-¡Bah! Ése es un rótulo como cualquier otro. La verdad es que siempre
-he sabido amoldarme á la vida, aunque en mi interior ardan todas las
-pasiones, convencido de que la pasión sólo sirve para hacer disparates.
-Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rápidas.
-
---Pero algo te pasa--insistió Pepe.--El simple propósito de hacer una
-visita no puede turbarte así...
-
---Mañana... ó pasado, lo sabrás... Tengo un proyecto que ha de influir
-en todo el resto de mi vida...
-
---¿Ésas tenemos?--murmuró, adivinando.
-
---Sí.
-
-Pagué la cuenta y salimos.
-
-Eran las diez cuando entré en el palacio de Rozsahegy, la casa
-solariega de una vieja familia de próceres, que el advenedizo había
-comprado á fuerza de dinero para darse cierto barniz «ladrillezco» de
-aristocracia.
-
-Había en el salón unas diez personas de clase muy mezclada: dos jóvenes
-«conocidos»--Ferrando y otro,--un político secundario, muy mercachifle,
-con ínfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope
-y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de
-colores chillones y como infantiles, que me hacía una corte asidua
-é incondicional; una señorita extranjera, con aires de «demoiselle
-de compagnie» en reemplazo de su señora; un sabio europeo venido á
-estudiar no sé qué epizootia y á llevarse no sé cuántos pesos; el dueño
-de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan
-semejante al alemán como al castellano, y la linda Eulalia, que reunía
-en torno suyo á los dos elegantes, la muñequita de porcelana barnizada
-y la «demoiselle de compagnie», mientras que el gran Rozsahegy
-acaparaba al político, al banquero y á la germano-criolla, es decir la
-parte seria de la sociedad.
-
---¡Por fin sale usted del bosque!--exclamó Eulalia con la libertad de
-ideas de las niñas «de sociedad», acudiendo presurosa á recibirme, con
-gran disgusto de los dos gomosos.
-
---¿Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires?
-
---¿No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es
-un poquito oso, ¿no es verdad? ¡Vaya! Deje á los viejos que hablan de
-negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y véngase con
-nosotros...
-
-La alusión á la señora de la Selva había sido clara, pero ni me di por
-entendido, ni ella insistió, por buen gusto innato, aunque criada en
-un medio que no era cultivador de semejantes matices.
-
-En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontré
-molesto, porque no iba á mantener conversaciones generales: iba en
-busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia.
-Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy
-indirectamente el juego, llamándome.
-
---La situación sólida, ¿usted cree?--preguntó con aire de inocencia y
-de perplejidad, aunque fuera un zorro viejo.
-
---Sí, don Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso de la
-oposición. Su misma fiebre lo demuestra. Son perros que ladran á la
-luna...
-
---Muchos perros... Ese metin del Frontón...
-
---¿Ha viajado por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco,
-todos los perros desocupados se ponen á ladrar también, sin saber por
-qué, y no muerden, porque no tienen qué morder...
-
---¡Oh!--dijo Coen, con aire misterioso.--La Bolsa está intranquila...
-
---¡Bah! contra los que juegan al alza están los que juegan á la baja.
-Es una partida reñida, pero jugarreta al fin.
-
---La apuesta es la fortuna del país, no unos cuantos pesos de los
-jugadores...
-
---El país es demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna.
-
---¡Hum! usted está muy confiado, muy confiado, lo mismo que el
-Gobierno. ¿Qué hace el Gobierno?
-
---¡Pues, nada! ¡Provocar la baja! Y lo conseguirá. ¿Quién lucha, don
-Estanislao, contra el poder y el dinero, el poder total, el dinero
-inagotable?...
-
---Sí, eso es muy importante--murmuró Rozsahegy, sin convicción.
-
---Papelitos impresos--murmuró Coen.
-
---¡Oro! ¡El oro caerá en la Bolsa como el maná en el desierto! El
-ministro lo ha prometido. ¡Será el maná, y los israelitas no se morirán
-de hambre!...
-
---Eso no dudo--insinuó Coen, burlón.
-
---Y... eso, ¿usted tiene confianza, entonces?--preguntó Rozsahegy con
-aire extremadamente candoroso.
-
---¡Absoluta!
-
---Yo también--apoyó don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.--Yo
-también... por ahora.
-
-Y llamó á Eulalia para decirla que hiciera servir el té, poniéndola así
-á mi alcance fuera de oídos indiscretos.
-
-Me acerqué á ella y entablé el coloquio proyectado.
-
---¿Conque, soy un oso, no?
-
---«Silvestre», sí, según se dice.
-
---¡Vamos, Eulalia! Dejemos los árboles, y yo le demostraré que soy,
-por el contrario, una fiera domesticada. ¿No me cree usted capaz de
-abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores?
-
---¿De qué flores?
-
---De las más hermosas, las más gallardas, las más perfumadas... Usted,
-por ejemplo.
-
---¡Oh!--y el rubor le invadió las mejillas, mientras que un ligero
-calofrío le corría de los pies á la cabeza.
-
---Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin
-embargo, son favorables para quien no puede aguardar más. Hace mucho
-que tengo que decírselo: La quiero... Y usted, ¿me quiere?
-
-Le clavé los ojos; ella no desvió los suyos, humedecidos y vagos.
-Buscó el botón de la campanilla, tras de su espalda, con la mano
-izquierda, como para disimular su turbación, y no pudo menos que
-tenderme la derecha, que sentí trémula de emoción en la mía, seca y
-febril.
-
---¿Está dicho?
-
---Sí.
-
-Un lacayo apareció.
-
---El té--dijo Eulalia, con voz temblorosa.--El té en el comedor.
-
---¿Por qué en el comedor?--preguntó Rozsahegy.--Aquí estamos muy bien.
-
---En el comedor, papá...--insistió Eulalia, con ese acento
-profundamente persuasivo que sólo saben encontrar las mujeres, y sobre
-todo las muy jóvenes, mezcla de orden y de súplica.
-
-Rozsahegy no insistió, ni hubiera insistido aun tratándose de cosas de
-mayor importancia; en el trato social se dejaba guiar ciegamente por su
-hija, confiando en su discreción y en su cultura, él que no tenía el
-menor roce, y que sólo sabía tratar con los hombres de negocios, y sus
-empleados y peones.
-
-Entretanto, los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacían
-converger sus miradas hacia nosotros, lo que me demostró que nuestra
-actitud no había sido tan disimulada como lo esperábamos. Supongo que
-Eulalia haría la misma observación, pero siguió á mi lado sin dar
-importancia á la curiosidad que nos rodeaba.
-
---¿Es cierto, Herrera? ¿Es cierto... Mauricio?...
-
---¡Sí, Eulalia!
-
---¡Oh! Si usted supiera cómo temía...
-
---¡Y yo, Eulalia! ¡Cuánto desearía que estuviéramos solos para
-decirle!...
-
---Ahora... cuando entren á tomar el té.
-
-Mentira; no deseaba que estuviéramos solos. Me sonreía, por el
-contrario, aquella declaración en plena sociedad; ésta justificaba
-la falta de arrebatos románticos y me permitía no buscar frases y
-actitudes artificiales y dramáticas. Me gustaba Eulalia, me había
-prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para
-ella frases arrebatadoras, explosiones de pasión. Tras de la princesa
-de cuento de hadas, veía los dos ogros que entibiaban mi ardor, como
-una amenaza.
-
-Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en
-la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos
-caídas, torturando el abanico de nácar, la niña esperó.
-
---¡Está usted deslumbradora esta noche!
-
---No quisiera...
-
---¿Por qué, mi Eulalia?
-
---Porque lo deslumbrante no se ve.
-
---¡Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista...
-
---Sí. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que después
-no venga el arrepentimiento.
-
---Usted no tiene ni defectos ni fealdades...
-
---Quizá sea que no se ven ahora...
-
---Para mí no existen... No existirán nunca, Eulalia.
-
---¿De veras?--murmuró, casi burlona.
-
---¡No se ría!... ¡La quiero con el alma!
-
-Se puso seria, muy seria, de una gravedad insólita para decirme:
-
---Yo también á usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y
-otras cosas.
-
---¿Y usted puede creer?... Habladurías, malevolencias.
-
-Me miró sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y preguntó con
-intención:
-
---No, pero... ¿Qué cree usted que pensaría la mujer de César?
-
---No colijo...
-
---Pues... que César no debería ser sospechado, él tampoco.
-
-La miré como haciéndola un montón de promesas y juramentos, y, por fin,
-murmuré, decisivo:
-
---Es preciso que me autorice...
-
---¿Á qué, Mauricio?
-
---Á pedirla á sus padres.
-
-Fijó en mí los ojos, tan vagos, tan empañados que temí verla desmayarse.
-
---Sí, Mauricio--murmuró apenas.
-
-Y el «Mauricio» sonaba en su boca como una caricia de sus labios,
-porque ese nombre, mi nombre, debía haber sido besado mil veces al
-pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso
-tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos.
-
---¡Pues, esta misma noche!--dije.--Mañana... á más tardar...
-
-El grupo de los jóvenes, viendo que la montaña no se acercaba á ellos,
-se acercó á la montaña, saliendo del comedor. Fuí buen príncipe,
-ayudando á formar la rueda y reanudando la conversación general, de
-modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fría. La señora de Coen me
-lanzó una indirecta como un mazazo:
-
---¡No hay como la soledad para los idilios!
-
---Oh, señora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estaré más y
-menos solo que hoy.
-
---No entiendo...
-
---¡Eh! así son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace
-ó el que goza de ellos... Los demás, cuando mucho, aciertan á echarlos
-á perder, por indiscreción ó por... competencia.
-
-Se mordió los labios, y oí que se juraba en silencio, vengarse de mi
-impertinencia.
-
-Al despedirme, pedí á Rozsahegy una entrevista para el día siguiente.
-
---Vaya á mi escritorio, á cualquiera hora.
-
---No es cosa de negocios.
-
---Entonces, aquí, de nueve á diez de la noche. ¿Le conviene?
-
---¡Muchas gracias! Hasta mañana, don Estanislao.
-
-
- V
-
-Á la noche siguiente, y no sin haber vacilado todo el día, me presenté
-en casa de Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso
-comprometedor, al que me impulsaban el deseo de vengarme de María ó
-más bien de demostrarle que su indiferencia y su traición eran, por
-lo menos, simultáneas con las mías, y al propio tiempo los atractivos
-indiscutiblemente seductores de la niña. Pero me fastidiaba enajenar
-tan prematuramente la libertad, y á no ser porque una gran fortuna
-facilitaría mi rápida ascensión, convirtiéndome en un hombre de
-verdadera importancia, mis cavilaciones de aquel día me hubieran hecho
-volverme atrás, y renunciar al casamiento, ó dejar, por lo menos, las
-cosas pendientes.
-
-Rozsahegy me recibió sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno
-de libros vírgenes que tenía en su palacio. Algo sospechaba de la
-naturaleza de la entrevista, pues no le podía haber pasado inadvertida
-nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba seguro, porque ésta no
-había querido hacerle confidencia alguna. Mostróse benévolo, casi
-servil, como lo era con todos los hombres de la situación que podía
-utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las
-ramas.
-
---Usted es todo un hombre--comencé,--y no le gustan los rodeos.
-
---Está claro. Al vino, vino. Es lo mecor.
-
---Y cuando yo resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente.
-
---Yo también. Es lo mecor.
-
---Todos los hombres de acción somos así... Ahora, lo que me trae,
-don Estanislao, no puede ser más sencillo: Quiero á Eulalia, ella me
-quiere, y vengo á pedirle su mano... Me parece...
-
---¡Eh!--exclamó, interrumpiéndome.
-
-Abrió enormemente los ojos; un deslumbramiento pasó por ellos... Lo
-había soñado, lo había pensado, lo esperaba, pero aún le parecía
-imposible. Me echó las enormes y velludas manos sobre los hombros, me
-atrajo hacia sí como si intentara besarme en la boca, y tartamudeó,
-olvidado del castellano por la emoción:
-
---_Donner! Donner!_ ¡Qué bueno! Yo á mi mujier diciendo... ¡Irma!
-¡Irma!... _¡Kommen Sie!_
-
-Se había asomado á la puerta que da al vestíbulo, y gritaba. La voz de
-la dama que acudía corriendo, contestó desde el salón:
-
---_Was ist d'los?_
-
-No había acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi
-la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando:
-
---¡Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia.
-
---¿Y «echa» qui dice?--murmuró la pobre mujer, como alelada.
-
---Hay que preguntárselo, señora--dije, sonriendo, á pesar de la
-gravedad interna de la situación.
-
-Y nuevos gritos:
-
---¡Eulalia! ¡Eulalia! ¡Schnel! ¡Schnel!--apresúrate, como si se tratara
-de un sueño que pudiera desvanecerse de un momento á otro.
-
-Eulalia apareció, muy colorada, sabiendo lo que se le iba á preguntar.
-Pero no vaciló y dió su respuesta en firme:
-
---¡Sí!
-
-Con un movimiento lleno de gracia tomó entonces con la izquierda dos
-dedos de la mano de su padre, y me tendió la diestra á mí, mientras
-miraba mimosa y conmovida la redonda cara plácida de Irma, á punto
-de llorar. Después, desprendiéndose de ambos, corrió á colgarse del
-cuello de la madre, y le cubrió las mejillas de besos, que en parte me
-dedicaba, sin duda.
-
-¡Qué contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qué
-sé yo qué comarcas extranjeras, había brotado como por milagro aquella
-suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan
-en primavera las aromas de oro, más sutiles, más finas y más perfumadas
-que cualquier florescencia de invernáculo.
-
-Irma, un instante después, me sometió, como á una prueba masónica, á un
-concienzudo abrazo, y me besó en ambas mejillas con verdadero furor.
-
-Mi solicitud había sido aceptada, pues, no sólo con benevolencia,
-sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo
-nos acercamos, mientras «los viejos» se hablaban aparte, y comenzamos
-una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo,
-porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresión lo dice
-todo... y muchas otras cosas más.
-
-Nos interrumpió Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, habían resuelto
-dar una comida á sus amigos más íntimos, para comunicarles á los
-postres nuestro próximo casamiento. La comida se celebraría dos días
-después.
-
---Dentro de dos días, sin falta, don Estanislao--observé.--Tengo que ir
-á mi provincia lo más pronto posible.
-
-Dos días después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente.
-Á las ocho en punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del
-comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de
-cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo á nuestras
-parejas. La mía, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Sólo
-Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia, y fuímos
-desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían
-decirnos:
-
---Miren ustedes cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un
-patán enriquecido... Sí, yo, el antiguo peón, el «changador» miserable,
-soy ahora un gran señor con mucho estilo, y esos muebles principescos,
-y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legítima
-y maciza,--y esas orquídeas maravillosas, y esos cristales tallados,
-que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como pétalos de
-flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan
-como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se
-derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso
-y mucho más es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe
-aún, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el
-chacolí ó el espeso vino negro griego de las tabernas, llamaría á mis
-lacayos y haría cambiar en un momento la decoración, con más encajes, y
-más plata, y más cristales, y más porcelanas, y flores más hermosas, y
-todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre:--«¡Rompa, rompa, que
-está pago!»
-
-¡Y ningún orgullo semejante á aquél!
-
-Yo había dado, pues, el brazo á Irma, conduciéndola á su asiento en
-una de las cabeceras de la mesa, y fuí, menos Rozsahegy, el último en
-ocupar su sitio. No habían puesto tarjetas indicando la colocación de
-los convidados, y Ferrando, no sé si distraído ó presuntuoso, quiso
-sentarse junto á Eulalia. Irma, que vió esto, corrió hacia él, le
-golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:
-
---Permite, permite...
-
-Y cuando el otro se apartó, desconcertado, me llamó á mí, indicándome
-la silla y diciendo:
-
---Sienta... sienta aquí... Al lado novia.
-
-Tal fué el parte oficial de nuestro compromiso, que aguó el probable
-discursito de Rozsahegy.
-
-Eulalia se moría de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto
-en una situación más ridícula, situación que hubiera sido intolerable,
-sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba
-ni cómo debía tomar semejante salida. Lo miré, y unas atroces ganas de
-reir me asaltaron de pronto, haciéndome olvidar mi propia desventura.
-Ferrando, ciego, buscaba dónde sentarse, tropezaba con muebles y
-personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la señora de
-Coen, y pensaba evidentemente en marcharse á la francesa, como gato
-escaldado, cuando ésta última, compadecida ó resuelta á consolarse
-con él de mi indiferencia, lo llamó junto á su redonda persona, á sus
-ojillos miopes y parpadeantes, á su traje de colores deslumbradores, á
-sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, á su descote en que
-los brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo
-barranco.
-
-Y, á los postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo
-retemblar hasta aquellos mismos peñascos de carne:
-
---¡Traiga champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica
-Eulalia y don Mauricio Comes Herera!
-
-¡Oh, manes de mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en
-aquel momento! Y, al fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo
-habréis estado más tarde, al ver unida á la fuerza del conquistador
-que ante nada se detiene, esa otra fuerza más pura y distinguida que
-proviene de vosotros...
-
-No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia,
-donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes ó artesanos. Y
-nuestros antepasados más nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho
-en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle
-de educación no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa
-tumba... Además, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es
-hoy, una gran señora, porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos
-de europeos también, nació en esta tierra de belleza y de intuición...
-
-En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el
-«menú» había sido desbordante. Una taza de café ó de té, enormes
-cigarros habanos, licores, más champaña para los que lo deseaban--Coen,
-el político influyente, Ferrando, el otro «high-life», varios
-jovenzuelos;--bombones para las niñas; monadas de madama Coen,
-dirigidas ya abiertamente á Ferrando, con abandono de mi humilde
-persona; una ó dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de
-la «demoiselle de compagnie», sobre la demoníaca maldad de los
-hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mamá Irma; rubores
-y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; cálculos
-tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podría ser con mi nombre y
-con «nuestra» fortuna al cabo de diez años,--sonrisas entendidas de los
-mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba
-inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde
-y la Calandraca, puntos de reunión en aquel tiempo de lo más granado
-de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los
-sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs
-y bombones á los comensales de un patrón que fué quizá su camarada; un
-poco de música, unas vueltas de vals...
-
-Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la
-«demoiselle de compagnie», más que nunca deseosa de ser actriz y no
-espectadora; los elegantes que hacían el inventario de la fortuna de
-Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera dado generosamente
-esta negación á cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de
-Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus
-deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque
-ya el resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo,
-«sabía» que «sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.
-
-El «tête à tête» con Eulalia que siguió á la fiesta fué encantador,
-pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta
-me hacía olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano sólo había
-obedecido á un rapto de despecho, á un impulso de orgullo satánico.
-Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto á un hombre como verse
-querido incondicionalmente. Es como si tomara á grandes copas el más
-capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...
-
---¿Cuándo piensa usted casarse?--me preguntó Rozsahegy, acercándoseme.
-
---Lo más pronto posible, don Estanislao.
-
---También á mí me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo
-digo por mal), porque... Venga un poco aquí y le diré.
-
-Me tomó aparte, y continuó:
-
---Porque usted tiene...
-
-Y me dejó boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi
-fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome
-dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total,
-realizando en aquel momento, mi capital ascendería, por lo menos, á un
-millón seiscientos ó setecientos mil nacionales. Ahora bien, habría
-que rebajar la deuda á los bancos (pero ésta no era de preocuparse),
-y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple aumento por
-la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de sobra,
-y yo, con «dejar dormir» mis propiedades, me despertaría una mañana
-poderoso.
-
---«¡Déquese estar! ¡déquese estar!»--me repetía Rozsahegy, sonriendo
-con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este país,
-para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar
-las gangas. Para hacerse rico «trabacando», hay que ser muy vivo y no
-tener «sonserías».
-
-Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término á
-los desarrollos económicos de mi suegro futuro, diciéndole:
-
---¡Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque
-la quiero, no por otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de
-Buenos Aires.
-
---Eulalia Cómez Herera--exclamó sentenciosamente el viejo,--es una
-cosa. Pero si Eulalia Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el
-marido, sería otra cosa. Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es
-una gran persona, y el marido también, y el padre también.
-
---¡Oh, sí!--exclamó Irma, corriendo otra vez á abrazarme.
-
-Eulalia se moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de
-echarme á reir. Pero besé á Eulalia en la frente, abracé á la suegra,
-estreché la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí,
-diciendo:
-
---Mañana salgo para mi provincia. Allí estaré dos ó tres días, nada
-más. Entretanto, comenzarán á hacerse todos los preparativos para el
-casamiento.
-
---¡Se va!--exclamó Eulalia, como si obscureciera de repente.
-
---Pero escribiré, querida--le dije al oído.--Si me voy, es precisamente
-para que seamos felices más pronto...
-
-Cuando me marché, parecióme que aquel palacio olía á grosera felicidad,
-como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana
-en orgía. Eulalia era allí como una flor olvidada que se agotaba en la
-atmósfera caliginosa.
-
-
- VI
-
-¡Golpe por golpe! Las circunstancias me permitían vengarme sin sufrir,
-más que sin sufrir, ganando en cambio. ¡María!... ¡Vázquez!... ¡La
-cara que iban á poner en cuanto supieran que, conquistando una de
-las mujeres más hermosas de Buenos Aires, conquistaba, también, una
-fortuna que me ponía fuera de todo parangón: Mauricio Gómez Herrera,
-gran familia, gran posición, gran talento, gran fortuna!, ¡todo! ¡Oh,
-circunstancias, amigas mías! ¡oh, santo oportunismo, oh, propicia
-fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las
-cumbres á los elegidos de tu capricho!... ¡Y la venganza!...
-
-Sin embargo, la mañana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las
-once, cuando mi «valet de pied» se atrevió á despertarme con una serie
-de discretos golpecitos á la puerta de mi dormitorio.
-
---Una señora espera en la sala...
-
---¡Imbécil! ¿no te he mandado que me dejaras dormir?
-
---Son las once, señor, y don Marto me ha dicho que podía despertarlo.
-
---¡Ah, bueno! ¿Quién es?
-
---Una señora. No ha dicho su nombre.
-
-¡Tantas señoras!... ¿Un sablazo matutino? ¡Bah! «Noblesse oblige».
-
-Sobre el pyjama me puse la «robe de chambre», y me dirigí serenamente á
-la sala, seguro de que el sablazo más feroz no podría interesar sino la
-superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy.
-
-¿Quién es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos,
-traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja,
-nada que choque al gusto más refinado.
-
---Señora... usted disculpará; pero, por no hacerla esperar... ¿Á quién
-tengo el honor?...
-
-Se había puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada,
-como si sólo esperara mi presencia para marcharse, más que como
-demostración de respetuosa cortedad.
-
---He vacilado mucho antes de venir--murmuró,--y ahora veo que tenía
-razón en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce.
-
-El ceceo me la reveló.
-
---¡Teresa!--exclamé, atolondrado, sin acertar á moverme ni á decir más.
-
---Sí, Teresa Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted,
-Mauricio, y por eso vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va á
-ser un hombre, mi hijo, que tiene derecho á preguntarme quién es su
-padre... Se llama Mauricio Rivas, y es un muchacho inteligente y bueno,
-trabajador, y más noble...
-
-Yo callaba. Teresa se interrumpió para continuar en seguida, con un
-esfuerzo, conmovida hasta las lágrimas:
-
---Ese niño, ese jovencito, está al abrigo de la necesidad, ha recibido
-una excelente educación, porque su madre no es ya una campesina tosca
-é ignorante, y puede emprender cualquier carrera, aspirar á cualquier
-situación... con tal que la sociedad no le cierre sus puertas... Ese
-niño no tiene padre.
-
-Yo estaba en ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romántica,
-me ponía fuera de mí. Ganas me daban de tomar á aquella mujer por la
-cintura y ponerla sin ceremonia en la puerta de calle. ¡Caramba! ¡Y qué
-complemento á la comedia idiota de casa de Rozsahegy!
-
---Ese niño no tiene padre--continuaba diciendo Teresa, balbuciente,--y
-este defecto le hará tropezar con gravísimas, con quizá insuperables
-dificultades, aunque sea relativamente rico, porque, por más
-que se diga, en nuestro país el dinero no es todavía el todo.
-Por eso, como usted, Mauricio, es su... amigo más cercano, he
-venido á preguntarle--¡oh, sin segunda intención, sin exigencia
-alguna!:--Mauricio, ¿qué puede usted hacer por esa infeliz criatura?
-
-¿De qué modo resolver esta peripecia, como la llamaría un dramaturgo?
-Miré á las paredes, á las puertas, invoqué al rayo, la presencia de
-cualquier persona, amiga ó enemiga, pensé hasta en el suicidio, todo
-me pareció preferible á aquella situación tremenda por lo insólita é
-inconducente...
-
-¡Oh, destino! ¡oh, fatalidad! ¿Por qué las cosas de la vida se
-amontonan en un instante dado, formando lo que los novelistas, poetas
-y comediógrafos llaman el nudo? ¡María, Eulalia, ahora Teresa! ¡Todo
-de golpe! ¿Ó todo esto existía antes, y el _nudo_ no es más que una
-visión más aguda y sintética de lo que viene sucediendo y ha estado
-anudado siempre? ¡Por los clavos de Cristo! ¿Cómo resolver esta maldita
-peripecia, sin rebajarla hasta lo innoble? Yo no sé lo que imaginaría
-un novelista, dado el problema psicológico. Lo único que puedo exponer
-es lo que hice, dejándome inspirar, sencillamente, por mi instinto de
-conservación.
-
---Tenga usted confianza... Siéntese... Conversemos--dije.
-
-Se sentó, automáticamente.
-
---Debe estar hecho todo un hombre... Y buen mozo, ¿eh?... ¿Cómo se
-llama?...
-
---Ya dije... Mauricio... Mauricio, como... como su padre.
-
---¡Ah!
-
-Y luego, bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la
-desolación, agregué:
-
---Puedes... puede usted estar segura, señora, de que ese niño tendrá
-siempre en mí el más resuelto, el más abnegado de los protectores y de
-los amigos... Será para mí... como un hijo adoptivo... ¡Oh, Teresa!...
-¿Y puedes... y puede usted haberlo puesto en duda?...
-
---No se trata de eso, Mauricio--dijo, dolorosa.--Lo único que el niño
-necesita es un apellido legítimo y el honor de su madre... ¡Oh, no se
-espante! ¡Usted se equivoca mucho al suponerse, ni por un momento, en
-una situación sin salida, ó, por lo menos, difícil de resolver!...
-¡Nada más fácil, por el contrario! Aquella pobre Teresa Rivas de Los
-Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto á la mujer experimentada que
-Mauricio Gómez Herrera la invitó á ser para que fuera digna de él...
-Esta nueva encarnación no pide nada para ella, vuelta ya de su engaño,
-pero tiene un hijo y viene á preguntarle: Mauricio, ¿qué va usted á
-hacer por esa infeliz criatura?... ¿Nada?... ¿Nada?...
-
-Me quedé silencioso, aterrado. Ella calló, también, medio minuto,
-impávida, mirándome con sus olímpicos ojos de ternera.
-
---Esto no es una tentativa de «chantage», Mauricio, ni un arrebato de
-sentimentalismo malsano. Lo vengo pensando hace mucho, y creyéndolo mi
-estricto deber y recordando sus promesas, he querido, por primera y
-última vez, ponerlo frente á frente á su deber, al suyo, sin imponerle
-que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es todavía tiempo,
-mientras el niño no entre de lleno en la vida... pero ni reclamo ni
-impongo nada...
-
---No sé cómo...--murmuré, dándome aires de irritación.
-
---¿Es cierto, entonces, el rumor que ha llegado á mis oídos? ¿Se casa
-usted con María Blanco?
-
---¿Con María Blanco? ¡No!
-
---Importa poco... Será con ella, con otra, ó no será... Lo que yo
-tenía que hacer está hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar...
-Ya supondrá usted todas las súplicas que formulé, todas las amargas
-lágrimas que he derramado en estos años tan largos... inacabables...
-Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo hiere... No me conteste
-por el momento, no... Yo también he tenido que meditar mucho antes de
-dar este paso... Aquí tiene usted mis señas... Hable á su conciencia,
-ella le dirá... Y yo esperaré su palabra, que vendrá, ó no... Adiós,
-Mauricio...
-
-Dejó su tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para
-acercarse á mí, pero se contuvo, y, muy digna, salió paso á paso del
-salón.
-
-Juraría que nadie creerá lo que pensé mientras, petrificado, miraba
-alejarse para siempre á la nueva Teresa. Y lo que pensaba era,
-sencillamente:
-
---¡Parece mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho
-que la cándida y vulgar Teresa... ¡Decididamente, éste es un gran
-país!...
-
-Pero, acto continuo, volví al sentimiento de la situación. Había sido
-ridículo y de una pobreza inverosímil de recursos. ¡No encontrar
-nada, nada, nada que contestarle! ¡No acertar con nada, sino con una
-irritación absurda, una cólera terrible, mortífera quizá, que sólo
-había podido dominar lo que se llama «educación», que no es sino una
-autodomesticación de la fiera!... ¡Y ella, que no me había dado ni el
-más mínimo pretexto para el estallido, para el estallido salvador que
-hubiera convertido en trágica ó siquiera dramática aquella escena tan
-profundamente ridícula!...
-
---¡Manuel! ¡Manuel! ¡Manuel!
-
-Azorado, el gallego asomó su hocico á la puerta de la sala.
-
---¿Has hecho mis maletas?
-
---Todavía no, señorito... El almuerzo...
-
---¡Imbécil, torpe! ¿No te he dicho que hicieras mis valijas?
-
-Desapareció á tiempo, pues mi puntapié hizo que la hoja de la puerta le
-golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente é inútil,
-me senté en un sofá, mordiéndome los puños, me levanté, hice pedazos
-la tarjeta, sin leerla, corrí como un loco alrededor de la sala, dando
-puñetazos á los muebles, y de repente me calmé, me eché á reir, y fuí
-á vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrán que don
-Fernando Gómez Herrera, mi señor padre, solía decir á menudo: «Lo que
-no tiene remedio, remediado está».
-
-
- VII
-
-Dos horas después, en el tren que me conducía á mi provincia,
-pensaba en aquella nueva Teresa que era como el símbolo de toda la
-perfectibilidad de nuestra raza, y me repetía:
-
---¡Si uno pudiese saber á tiempo!
-
-Pero ¡bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. ¿No
-obraban los demás, conmigo, con igual desparpajo? María, por ejemplo...
-¡Vaya! ¡en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de
-amoldarse á las circunstancias, y entre varios males elegir el menor...
-cuando se puede elegir.
-
-¡Extrañas antinomias! ¿Quién explicará jamás que, en mi fatalismo, no
-hiciera yo aquel viaje sino para representar ante María Blanco una
-escena análoga, sino igual á la que Teresa Rivas acababa de representar
-ante mí? ¿No iba, únicamente, á echarle en cara su falta de palabra, y
-á afirmar mi superioridad de varón declarándole que yo había faltado
-antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?
-
-Hoy creo que nunca he hecho una serie más larga y disparatada de
-locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribiré en
-toda su amplitud. Me había cegado el éxito de todas mis empresas, y mi
-orgullo crecía tanto más cuanto que, en la realidad, era más mediana mi
-situación intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente
-sentía, pese á las adulaciones y los triunfos visibles, que se me hacía
-poco caso, quizá menos del que yo merecía en realidad, porque, al fin
-y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del término medio de
-mis contemporáneos. Esto explica bien naturalmente la exasperación de
-mi amor propio...
-
-Caí como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la
-vasta sala en que parecían naufragar los viejos y pesados muebles
-provincianos, sentada junto á la ventana, y bordando un pañuelo, estaba
-María. Frente á ella, un hombre: Vázquez.
-
-Sentí que toda la sangre se me subía á la cabeza, pero haciendo un
-titánico esfuerzo, me dominé, y con risa sardónica acerquéme á la
-joven, haciendo como que no veía á Vázquez, tranquilo y grave, y sin
-ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra.
-
---¡Mauricio!--exclamó María con un tono de cándida satisfacción que me
-sorprendió.
-
---En persona--dije, inclinándome con exagerada reverencia.--Ardía en
-deseos de saludarla, señorita.
-
-Y girando rápidamente sobre mis talones, me volví á Vázquez y dije,
-provocativo:
-
---¡Y á ti también!
-
-Entonces vi á don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tendía
-afectuosamente la mano. Esto me desconcertó un poco, retardando la
-explosión de mi rabia.
-
---Señor Blanco...
-
-Hubo un silencio, porque todos sentíamos que la situación era violenta
-y tempestuosa. En este corto intervalo cobré bríos, y dije:
-
---He querido venir personalmente á anunciarles mi próximo enlace con
-Eulalia Rozsahegy, una de las...
-
-Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me
-interrumpieron. Vi que María se había puesto intensamente pálida y que
-estaba á punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me
-miraban, inmóviles en su sitio.
-
-De pronto, María Blanco se levantó, de una pieza, como si fuese de
-acero, dió un paso hacia mí, pálida mortal, me miró á los ojos, dijo
-con esfuerzo «Muchas felicidades», y salió como una sonámbula.
-
-Don Evaristo se lanzó hacia mí, pero Pedro lo detuvo, me asió del brazo
-y me sacó de la sala, diciendo al viejo:
-
---Deje usted... Todo esto se arreglará... se arreglará...
-
-Cuando estuvimos en la calle:
-
---¿Qué has hecho?--me preguntó.
-
---Mi deber. He leído la noticia.
-
---Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y
-hacer daño á María. ¿No has recibido su carta?
-
---¡No! ¿Pretendes reirte de mí?
-
---¡Mauricio! ¡Esto es una desgracia! ¡Esto es un infortunio causado
-por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no había vuelto á
-poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con María,
-¡pobre María! ¡Si me has encontrado hoy allí, es porque he venido de
-Los Sunchos, donde estaba, á buscar el modo de castigar esa infamia
-y evitar sus desastrosos efectos! Créeme ó no me creas; no te doy
-explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin
-nombre, de las que sólo se ven en estas sociedades inorgánicas, donde
-los espíritus maléficos encuentran terreno propicio para sus hazañas.
-Al chisme se agrega ahora, gracias á los periodicuchos inmundos, la
-noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. ¿Te callas?
-¿no me dices nada?
-
---Ya es tarde--repliqué.--Te creo, pero ya es tarde.
-
---¡Cómo! ¿Lo de tu compromiso es cierto?
-
---De lo más cierto del mundo. Y no sé cómo puede componerse todo esto...
-
-Calló largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin
-alegría, dijo, como contestando á mi última frase:
-
---Yo sí.
-
---¡Yo también!--exclamé, riendo forzadamente, y encogiéndome de hombros.
-
-Y, doblando una esquina, á que llegábamos, añadí, con sorna:
-
---¡Muchas felicidades, como dice María!
-
-Se quedó clavado, y yo me fuí sin volver la cabeza.
-
-Mis bodas, meses más tarde, fueron todo un acontecimiento social en la
-capital de la República. La bendijo uno de los príncipes de la Iglesia,
-á quien fuí á pedírselo por indicación de mi suegro, que deseaba verme
-en buenas relaciones con el alto clero. Yo asentí, naturalmente.
-
---La fe es una de las columnas más robustas de la sociedad--pensaba,--y
-cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme
-de ella, hasta ponérmele en contra, no veía que atacaba mis propios
-intereses, mi propia personalidad. Después, cuando me reconcilié con
-la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageración
-que debía, y seguí siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay
-que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina:
-aquí la tenemos hecha. Ninguna más fácil y eficaz que la religión.
-Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, haré de mi aldea lo que se me
-antoje. Yo, Gobernador, haré con el diocesano lo que creamos preciso.
-Yo, Presidente, haré con el arzobispo cuanto se nos ocurra... Éste es
-el único peligro: el «nos». Sólo Rosas supo meterse al clero en el
-bolsillo; porque á Rivadavia lo «voltearon» ellos... ¡En fin! no me ha
-llegado el caso, no estoy á tales alturas... Si llego, ya veremos...
-Entretanto, bueno es estar de ese lado...
-
-Y fuí á visitar á Monseñor, para pedirle que nos echara la bendición
-nupcial. Me sorprendí al verle. Era un hombre de tipo sensual y
-gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior
-grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeños,
-móviles y húmedos, narices chatas y muy abiertas--un mulatillo, hubiera
-diagnosticado misia Gertrudis.--Su historia era vulgar. Siendo simple
-cura y redactor de un diario católico de su provincia, hizo gran
-campaña en pro de un candidato á Gobernador que, una vez triunfante,
-le pagó sus servicios con una protección decidida y halló medio de
-enviarlo á Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La
-ayuda oficial le facilitó sus ascensos en la corte de Roma, al mismo
-tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre
-de mundo, al par que político y religioso, dedicóse especialmente á
-conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanzó
-brillantes resultados en esta empresa. Se le veía en todas partes, en
-los salones, á la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas
-oficiales, y él era quien bendecía la unión de los favorecidos del
-nombre y la fortuna, él quien bautizaba á los futuros próceres.
-
---¿Quién es el padrino?--me preguntó.
-
---El Presidente de la República.
-
---¡Ah, ja! eso está bien... ¿Y la madrina?
-
---Mi tía Mónica Vallmitjana, ya sabe, Monseñor, es de la ilustre
-familia catalana que...
-
---¡Ah! ¿Una señora perlática?
-
---La misma.
-
---¡Bien! ¡Vaya en paz, hijo! Tendré el mayor gusto en casarlos... Y
-diré unas palabritas en la ceremonia.
-
-El día de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vió
-llena de lo más granado de la sociedad, y el lujo que allí se desplegó
-hizo época, tanto como el célebre baile de la Bolsa en que se robaron
-los sobretodos y los abrigos...
-
-Mucho más modesto fué, varios meses después, en la iglesia matriz de
-aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vázquez con
-María Blanco.
-
---¡Muchas felicidades!--como dijo María.
-
-
- VIII
-
-¡Qué bonita y amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega
-á ella dando el brazo á una mujer joven y hermosa, con quien se ha
-compartido un regio departamento á bordo del vapor de la carrera!
-Cómo reposan aquellas accidentadas calles, de la chata monotonía de
-Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del agua, la
-del mar y la del río, que se ve á un tiempo á un lado y otro, desde
-ciertos rincones, y las playas de baños, y las plazas llenas de gente
-elegante, y las avenidas sombreadas de árboles, y los parques antiguos,
-como la quinta de Buschental, llenos de poesía... ¡Á un paso de la
-gran ciudad argentina, y tan diversa de aspecto, de modo de vivir,
-hasta de calidad de ambiente! ¡Con cuánto gusto hubiéramos estudiado
-á fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiéramos ido allí en otras
-condiciones! Pero, ¡ya se ve! No teníamos un minuto que dedicar á las
-cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo mismo
-hubiera sido Montevideo que Martín García, Martín García que Santa Cruz
-ó Ushuaia.
-
-Porque yo estaba enamorado de mi mujer, ella de mí, y nuestra luna de
-miel se prolongaba indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una
-caricia de niño.
-
-Descubrí en aquella muchacha méritos insospechados, fuera de sus
-atractivos físicos, que eran avasalladores. ¿Cómo había nacido aquella
-flor del aire entre aquellas zarzas groseras? ¿De dónde le venía toda
-aquella delicadeza angelical, aquella elegancia sin esfuerzo, aquella
-pasión ardiente y pudorosa á la vez, aquella alta dignidad que se
-imponía entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores? ¡Cuánto y
-cuántas veces me felicité de que una desinteligencia inexplicable,
-si no un acto instintivo, me hubiera obligado á romper con María, la
-severa, la que á los treinta años sería inevitablemente un fiscal
-pensante y actuante, un censor celoso del marido! Obligado á romper,
-digo, y de un modo inevitable: ¿No hubiera roto yo, de todos modos,
-considerando que aquel enlace no me convenía y que se me ofrecían en
-Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar á Eulalia? y ¿no
-hubiera roto ella, antes de finalizar el año de plazo, considerando
-que yo no era el compañero soñado, el hombre capaz de los grandes
-actos y las grandes abnegaciones que ella soñaba, sino el protegido
-del éxito y la fortuna? Es el problema que no me atrevo á resolver
-definitivamente, quizá porque cualquiera de las dos soluciones hubiera
-podido imponerse. Unas veces pienso que María no me había querido, que
-no había tenido hacia mí sino un capricho pasajero, semejante al de la
-niña inocente que se enamora de un viejo actor al verlo en el papel
-de un héroe romántico, como lo probaría su casamiento con Vázquez;
-otras me digo que me amaba de veras pero que mi conducta la aterraba,
-aunque estuviera pronta aún á pasar por ella, si le demostraba yo,
-por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el término del plazo
-establecido. Respecto de mí, ya se colige cómo hubiera procedido, y no
-tengo una palabra que agregar.
-
-En fin, la hija de Blanco, la mujer de Vázquez, se perdía ó se había
-perdido ya en las brumas de un pasado remoto, y Eulalia tenía para mí
-todos los atractivos de una amante exquisita y de una amiga ideal.
-Temblaba yo, antes de casarme y en los primeros días del viaje de
-novios, recordando la zafia ostentación de los Rozsahegy, su falta
-de educación, su torpe orgullo de gañanes enriquecidos, el lenguaje
-papagallesco de Irma, que no había podido aprender el castellano,
-la irritante soberbia del marido, tan humilde con los grandes como
-dominador con los pequeños: imposible que, tarde ó temprano, todo aquel
-color plebeyo no destiñera sobre Eulalia, quitándole su brillantez de
-flor inmaculada. Pero me tranquilicé bien pronto, gracias á un pequeño
-detalle.
-
-Eulalia había llevado en sus baúles una docena de trajes de gran
-riqueza, que Irma se empeñaba en que usara á toda hora, para demostrar
-su riqueza y su distinción. Mi mujer no se puso ninguno, ni para los
-paseos matinales, ni en nuestras excursiones por las playas, y aun de
-noche, cuando bajábamos al gran comedor del hotel, se vestía con una
-modestia que hacía resaltar su buen gusto. Yo no estaba todavía en
-condiciones de raciocinar sobre esto, pero me producía buena impresión,
-como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que nada
-choca. En ella era, también, instintivo, y fué desarrollándose con
-la edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms ó nuestros Paquins
-bonaerenses, quedaron, pues, para las noches de Ópera y las soirées
-extraordinarias.
-
-En nuestras charlas interminables, mientras paseábamos lentamente por
-la arena de Ramírez y los Pocitos ó á lo largo del puerto, viendo la
-ciudad tendida en anfiteatro, el pequeño Cerro con su fortaleza que
-parece un juguete de cartón, la rada con sus vapores y sus buques de
-vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes de pasajeros que
-la marejada sacudía, los barcos de pesca con su latina al sol, las
-bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia solía mostrarse melancólica,
-y entonces me hablaba de mi madre con una ternura que sólo podía
-comprender como un reflejo de su afecto hacia mí.
-
---¿Me llevarás un día? ¡Deseo tanto conocerla!... Mientras no la
-conozca me parecerá que no te conozco bien á ti tampoco... Debe ser
-una de esas señoras antiguas, tan graves y tan modestas, que se hacen
-respetar por todo el mundo sin necesidad de exigirlo, y que, en medio
-de su gravedad saben sonreir, y estar siempre de buen humor, con
-infinita benevolencia, con inagotable bondad, ¿no es cierto?
-
-No quise decirle que mamita era taciturna, melancólica, mística,
-aunque muy buena y muy tolerante. Por el contrario, apoyé sus
-conjeturas, viendo que mentalmente, sin querer confesarlo quizá, hacía
-comparaciones entre su madre y la mía, y que esto me daba una nueva é
-inesperada superioridad sobre ella.
-
---Sí, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. ¡Lástima
-que no haya podido asistir á nuestro casamiento! De seguro que, apenas
-te viera, te querría á ti más que á mí, si es posible.
-
---¡Oh! ¡eso no! Pero iremos á verla, ¿quieres?
-
---En cuanto sea posible... El verano próximo. El viaje es largo y
-molesto.
-
---¡Eso no importa! ¡hay que ir!
-
-Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que
-apenas conocíamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente
-la más amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comencé á encontrar
-algo monótono nuestro continuo «tête-á-tête», y á echar de menos el
-movimiento y la acción de Buenos Aires. Leí con más atención los
-periódicos, escribí y recibí cartas, y me dije que el momento era
-llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venían á
-alarmarme. Eulalia intentó una ligera oposición:
-
---¡Estamos tan bien aquí! Tiempo tendrás de dedicarte á los otros.
-Ahora te quiero todo mío, segura de que me descuidarás en cuanto
-estemos en Buenos Aires.
-
-Pero se convenció de que era preciso regresar en cuanto le describí la
-situación como yo la veía. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua
-ni descanso; el combate arreciaba en toda la línea; el Presidente de
-la República tenía necesidad hasta de sus amigos más insignificantes
-en los puestos avanzados; el descontento cundía, á pesar de esfuerzos
-tan extraordinarios como una gran reunión de los jóvenes, declarándose
-dispuestos á sostener al Presidente sin condición alguna, hiciera lo
-que hiciera.
-
---No tengo el ánimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me
-huele á tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cómo van
-desarrollándose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa.
-
-Volvimos á Buenos Aires, y mi primera visita fué para el suegro, el
-mejor de los informantes.
-
---La situación es aparentemente sólida--me dijo Rozsahegy, en su media
-lengua.--El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia,
-con la inmensa mayoría de las Cámaras, con todo el ejército y toda
-la escuadra, con una policía aguerrida y resuelta, con diarios que
-defienden todos sus actos. ¡Muy bien, perfectamente! Este conjunto
-parece demostrar que está firme en el poder, pero hay vagas señales de
-que no es así. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun
-simples comerciantes encuentran que se abusa del crédito. Los diarios
-de oposición exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en
-el público. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver
-más allá de sus narices. Si no fueras «mi hico»--agregó tuteándome,
-pues me trataba indistintamente de tu ó de usted,--no te lo diría,
-pero... ahí está... Es bueno que te dés cuenta de las cosas antes que
-los demás. ¡Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!...
-
-Y después de una pausa, agregó:
-
---Hay que andar con mucho «oco». Un derrepente, ¡cataplúm!
-
-No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarmó mucho más
-todavía la observación de que la política del Presidente no satisfacía
-al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus
-miembros más conspícuos se retiraban á cuarteles de invierno ó se
-plegaban más ó menos abiertamente á la oposición.
-
---¡Cuando las ratas se van, señal de que el barco hace agua!--me dije.
-
-Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los
-marineros, y hasta los pilotos. Á esta deserción contribuía de un
-modo visible la guerra que desde un principio se había hecho al mismo
-exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situación,
-y que continuaba aún, tratando de suprimir hasta los últimos restos
-de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta política inútil
-y equivocada, se llegó á extremos tontos. Uno de los allegados al
-Presidente, el mismo que años más tarde iba á ocupar elevadísimas
-posiciones, se ensañó contra él en el diario oficioso, tratando
-de demostrar que era un muñeco insignificante, un pobre individuo
-presuntuoso y ridículo, á quien sólo el azar de las circunstancias
-había podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban
-á notarse síntomas amenazadores. Entretanto, la única situación
-provincial que permanecía fiel al viejo jefe caía derrocada por una
-especie de revolución que organizara el mismo Gobierno Nacional, con
-soldados del ejército disfrazados de particulares. Algunos partidarios
-se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la
-oposición, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondrían
-de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas
-enemigas.
-
-Se pensará que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresuré
-á decir «ahí queda eso» y á abandonar al Presidente para no caer con
-él, si caía, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me
-conoce. Hilo más delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis
-deudas á los Bancos, que podrían apretarme el torniquete en caso de
-defección (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis
-letras no estaban firmadas por mí); sin que me moviera ningún motivo
-sentimental, rechacé la idea de pasarme á las filas contrarias desde el
-punto en que se presentó á mi imaginación. No era ése el papel que me
-convenía. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que soñé al venir
-á Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significación de
-la época, no digo que no me hubiera convenido una actitud de héroe
-salvador del país, tanto más cuanto que podría adoptarla sin arriesgar
-nada ó muy poco--los situacionistas que cambiaron de casaca no se
-cuidaron de devolver previamente lo que habían comido;--pero, dada mi
-relativa insignificancia de hombre de tercero ó cuarto término, casi
-perdido entre la multitud, y que apenas conquistaría un miserable
-ascenso en las filas contrarias, no había ventaja alguna para mí en la
-maniobra. Lo útil, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido,
-permaneciendo fiel á «la causa»: con eso no tenía nada que temer, y sí
-mucho que esperar. Nuestro partido seguiría gobernando--por lo menos en
-un período de muchos años,--y salvo los que se hubieran comprometido
-exageradamente en aquel tiempo, todos quedaríamos en disponibilidad, y
-con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.
-
-¡Sabia política, de la que nunca me felicitaré bastante, porque
-mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores
-tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se
-hicieron sospechosos y no obtuvieron más que migajas, y los amigos del
-Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos
-años metidos en un rincón, esperando á que los olvidaran!
-
-Como es de presumir dados sus antecedentes, Vázquez fué, en nuestra
-provincia, uno de los primeros que se plegaron á la oposición. Como
-yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes á Buenos Aires, me las
-explicó candorosamente así:
-
---La política del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el
-defecto capital de no contentar á nadie sino á los pocos que lo rodean
-en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Están matando
-la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulación que hoy
-embriaga á tantos, pasará necesariamente, porque se edifica sobre
-arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volverá contra el iluso
-que lo provoca, más por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar
-mucho...
-
---¡Vaya un sociólogo!--pensé.--¡Más sabe mi suegro Rozsahegy que todos
-estos doctorcitos juntos!
-
-Y en voz alta repliqué á Vázquez:
-
---Puede que tengas razón, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el
-país progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. ¿Que
-tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberíamos trabajar
-por vencerlas, no por agravarlas complicándolas, como hacen ustedes.
-
-Pedro se encogió de hombros.
-
---¡Comprendería tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!--dijo con
-ironía.
-
-¡Un puesto inamovible! ¡Qué rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que
-me convendría mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, ¿cuál?
-No podía ser juez, porque había desdeñado hacerme dar, como tantos
-otros, un título de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana,
-y ya no era tiempo--dada mi relativa notoriedad--de volver sobre mis
-pasos. Me quedaba la carrera diplomática... ¿Por qué no hacerme nombrar
-ministro en Europa ó, por lo menos, en uno de esos hospitalarios y
-divertidos países sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y
-caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima espléndido, en
-medio de las más sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie
-que amenace la estabilidad del puesto?
-
-¡Oh! ¡gracias por la idea, dulce Vázquez!
-
-
- IX
-
-Fuí á visitar al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y
-le hablé incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno
-y guardándome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no podía
-habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos momentos, necesitaba
-de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo presentando con
-elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun
-de permitir que me expatriara.
-
---Preferiría hacerte ministro aquí--exclamó tuteándome como lo hacía en
-los grandes momentos de expansión.--Y si la situación lo permitiera, lo
-haría sin vacilar, como lo haré en cuanto se calmen los ánimos. No te
-apures: ¡tu porvenir está asegurado! Antes de dos años serás ministro
-ú otra cosa semejante, y con eso se consolidará definitivamente tu
-situación.
-
-Me marché perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara
-en mi cerebro. Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que
-se empeñaba en una política por lo menos enojosa para todos, y que sus
-promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporáneas.
-
---Éste es--me decía--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo
-desfallecer á fuerza de sangrías y agua caliente, le recetaba más
-sangrías y más agua caliente, y cuando moría, declaraba que era porque
-no se le había sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente
-necesaria.
-
-En fin, lo mejor era vivir de la política haciéndola lo menos posible,
-permanecer mudo como un sábalo, y divertirse en otras cosas.
-
-Llegué á saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la
-vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habíase dedicado
-completamente á su hijo y á estudiar, con la buena fortuna de encontrar
-una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que había pasado largos
-años en París. Esta buena señora que llegó en poco tiempo al rango
-de amiga, si no de madre, limitóse á enseñarla idiomas y música, y
-á aconsejarle lecturas, dejándole el espíritu libre. La disciplina
-germánica estaba atemperada en ella por su segunda educación latina,
-y como la discípula era ya una mujer hecha y derecha, no trató de
-torcer--por enderezar,--su carácter, sino de dar el mayor relieve
-posible á sus buenas cualidades. En música, le enseñó á leerla y
-entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecución que
-ella tenía, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de
-Beethoven ó Bach, de una manera distinta á ella, porque «esto afirma
-su personalidad», le decía. Con insensible gradación, logró que
-Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de acción,
-que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, á las lecturas
-algo más subjetivas de las novelas psicológicas, de éstas, luego,
-á los libros de simple generalización, y, por fin, á los puramente
-especulativos. Para esta última etapa se valió de la discusión,
-interesando á la joven en asuntos filosóficos, y dándole, después,
-elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafísicas,
-con su espíritu práctico de alemana--Fräulein Hildegard la enseñaba
-las tareas domésticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de
-hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tenía
-un minuto desocupado y no sentía la necesidad de ser feliz, tanto más
-cuanto que Mauricio le absorbía todos los pocos restos de su tiempo.
-
-Cuando supe esto, que llegó hasta mí muy fragmentariamente, sentí una
-gran curiosidad de verlo de cerca, y busqué toda clase de pretextos
-viables para acercarme á Teresa. Pero nuestra última entrevista
-había sido tan ridícula para mí, ella permanecía tan encerrada, y mi
-casamiento era un obstáculo tan grande, que tuve que renunciar á mis
-antojadizos propósitos. Sin embargo, no fué sin un ensayo: la encontré
-un día en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproximé
-tendiendo la mano. Hizo como que no veía el gesto, y usando la frase
-trivial de práctica, dijo «Servir á usted» y pasó de largo, sin
-exagerada modestia ni excesiva altivez, dejándome plantado en medio de
-la acera.
-
-Yo, por las tardes, iba á la redacción del diario oficioso, verdadero
-fox-terrier lanzado á las pantorrillas de la oposición. Pero no
-escribía. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer
-á su amo, como decía Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriosísima
-situación, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que
-hablar en público. Sin embargo, á veces pensaba que me gustaría tener
-tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable
-de aficionado. Á encontrarme con la constancia necesaria para acometer
-el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la República
-Argentina, tomando por personaje principal una figura simbólica que
-no fuese sino un vago mosaico cambiante, más espléndido y luminoso
-cada vez. Esa figura no sería nadie y sería todo el mundo, y un «todo
-el mundo» de una fuerza genial. Obsérvese: todos trabajan, todos han
-trabajado, el magnífico producto está á la vista, pero nadie puede
-discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo,
-ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina,
-en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa
-única. En mi novela, el guisado sería el protagonista y los condimentos
-el resto de los actores...
-
-Pero bien pronto, renunciaba á estas tontas divagaciones peligrosas, y
-cuando mucho escribía un sueltecito de crónica social, adulando á mi
-más reciente conquista. No tengo carácter para víctima, ni me gusta
-el papel de «genio incomprendido». Allí, en la imprenta, estreché
-relación con algunos escritores y pichones de escritor, que á estas
-horas han muerto de miseria ó han cambiado de rumbo, dejando de
-escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacían
-morir de risa con su petulancia. Se reunían entre ellos para quemarse
-mutuamente incienso, miraban á los demás por encima del hombro, como
-si perteneciesen á una raza subalterna, y luego se entredevoraban,
-despreciando á los ausentes. ¡Pobres tontos! No veían ni han visto
-nunca que sólo ellos se hacen caso, y su ceguera llega á tal punto
-que se esfuerzan por destruirse unos á otros, sin ver que todos están
-destruídos por definición en un país como el nuestro, donde apenas si
-pueden hacer el papel de víctimas cómicas. Y lo más curioso es que esos
-pobres parias, tomaban ó fingían tomar bajo su protección, á pintores,
-escultores, músicos, actores y hasta sabios á la violeta, que--á su
-vez--les formaban círculo, creando en la vida porteña algo así como uno
-de esos islotes del Paraná que nadie utiliza, porque se inundan, están
-llenos de sabandija y no tienen comunicación con la vida comercial.
-
-Mi espíritu curioso me hacía no espantarlos ni alejarlos; para eso los
-trataba en serio, fingía interesarme en lo que hacían, y hasta cuidé
-de aprender el título de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba
-éste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tenía más que
-dejarlo hablar, porque me repetía lo que había dicho, pidiéndome mi
-parecer, cosa fácil de exponerle con un ¡ah! ó un ¡oh! admirativo, ó
-con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.
-
-Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella época
-disminuían las transcripciones y traducciones de los periódicos
-europeos, estos desgraciados plumíferos alcanzaban de vez en cuando un
-sueldecito, y vivían muriendo, á la espera de un puesto oficial ó en la
-espectativa de un cambio de situación... No saben cuánto me he reído
-de ellos, como no saben cuánto se han reído de ellos los directores
-y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo único
-propósito era sacar las castañas del fuego con la mano del gato...
-Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quizá pretendan recoger
-ahora la herencia de esas pobres criaturas ridículas y pretensiosas,
-verdaderos parásitos de la sociedad, soñadores inútiles que llegan á
-creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirándose
-los unos á los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios
-y á veces en los libros, llegan á creer que todo el mundo está
-pendiente de ellos, cuando á nadie importan un ardite. Chicos y grandes
-les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso
-que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una
-envidia que sólo existe en su cerebro. Y como, á fuerza de escribir
-cuartillas, al fin llega á salirles algo bonito, puede que, cuando
-alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro,
-ó le hagan un bustito, ó se cite su nombre en las antologías de
-escritores regionales.
-
-Ya se verá, después, con qué rima éste mi justo enojo contra los
-escritorzuelos periodísticos de aquella época... y de otras, anteriores
-y posteriores.
-
-Por el momento, en mis charlas con los redactores del órgano oficioso
-de la tarde y el oficial de la mañana, traslucí una cosa que acabó de
-darme mala espina: Los diarios de oposición se enriquecían, mientras
-que los nuestros vivían apenas de las subscripciones gubernativas,
-y para circular un poco tenían que enviarse casi gratuitamente á
-correligionarios y empleados públicos; esto tenía dos explicaciones: ó
-estaban administrados y dirigidos por gente demasiado ávida de dinero,
-á la que nada bastaba, ó el soberano público se mostraba para con ellos
-de un desdén desesperante. En la disyuntiva, tomé sabiamente el término
-medio y me dije:
-
---El público los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un
-mucho de la situación. En suma, se hacen pagar dos veces... ó una vez
-y media.
-
-Esto, con los demás antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y
-preparar lo que podría llamarse «mi coartada».
-
-Aquellos pobres «escribidores» que á veces no tenían siquiera ropa
-que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y más del lado de la
-oposición que de la del Poder, porque cuando escribían no eran «ellos»,
-sino la entidad que estaba detrás. De esto no se han dado cuenta nunca,
-y aún reclaman una individualidad refleja que jamás tuvieron realmente.
-Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede
-perjudicarme mi franqueza. Resolví, pues, servirme de aquella arma.
-
-En el Congreso, en los teatros, en algún Club, me encontraba con
-repórteres y redactores de la oposición. Les hablé de lo que escribían,
-cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitándoles la réplica
-victoriosa. No me fué difícil conquistar su buena voluntad, porque,
-aparte de adularlos, solía insinuarles alguna idea y darles algunos
-informes. Uno ó dos llegaron hasta aceptar mi invitación á comer, y
-convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa,
-no haría más que rendirles justicia. Otros se acercaron luego á casa,
-atraídos por mí y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto
-que Eulalia tenía el don de gentes, é, ignorando mis propósitos y mi
-política, los creía hombres de gran valer, literatos eximios, y los
-trataba con respetuosa deferencia.
-
-He aquí por qué los diarios de la época no tienen una palabra contra
-mí--salvo una dolorosa excepción, algo más tarde,--aunque en aquel
-entonces no quedara títere con cabeza.
-
-Éstos y otros me pedían mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente
-mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando
-alguno de mis «protegidos» obtenía por otro conducto lo que deseaba,
-nunca dejé de encontrar quien le dijera que lo había alcanzado gracias
-á mí.
-
-Entretanto, la situación se metía en agua. Una noche que me hallaba en
-la tertulia del Presidente, alguien le habló aparte con decisión. Ambos
-gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba
-cerca del Presidente que, irritado todavía, me golpeó el hombro, y me
-dijo, reconcentrando su rabia:
-
---El que venga después, hará lo mismo que yo, ó el país volverá á la
-anarquía. La oposición es heterogénea, y de ella no puede salir un
-partido de Gobierno. ¿No te parece?
-
---¡Sí, Excelencia!--dije, y pensé:--Ó este hombre ve mucho ó no ve
-absolutamente nada y se va á estrellar...
-
-
- X
-
-Pocos días después marchóse á Europa uno de los hombres más importantes
-del país, el último vástago de nuestra raza heroica, como hubiera
-podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo,
-un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El
-pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba,
-considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por
-espíritu tradicional. Á mi juicio, era una especie de Cincinato,
-ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los
-idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único
-coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me
-escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera
-exclamación afirmativa, dubitativa ó negativa, mientras que la mirada
-de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su
-interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados á mi
-alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto
-la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia
-juvenil, y narraba ó explicaba entonces, con acento al par sentencioso
-y blando, como un abuelo que hablara á sus nietos y les dijera la
-indiscutible verdad bebida en la experiencia...
-
---Pero...
-
---Es como yo le digo--insistía tranquilo y perentorio, y su memoria
-sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de
-pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.
-
-Se marchó á Europa en medio de una formidable manifestación de
-despedida, que fué como un motín pacífico.
-
---¡Se da por vencido!--dijeron los que le veían como un espantapájaros,
-como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo.--Á enemigo
-que huye, puente de plata...
-
---No comulga con la oposición--declararon los que husmeaban en el aire
-efluvios revolucionarios.
-
-Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el
-pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles?
-¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero,
-ateniéndose á lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos
-es loable, por una razón ó por otra, y en su actitud no careció de
-belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían
-«suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una
-manera demasiado imperativa á veces.
-
-Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis
-conveniencias, no estaba dispuesto á dejarme engañar por su viaje y por
-su mansedumbre.
-
---¡Sí!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy,
-y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable.
-Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está
-bien! ¡Está bien! pero se va para permitir que la revolución estalle...
-¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con
-más cuidado que nunca.
-
-Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un
-sentimentalismo trasnochado, utilitario ó lírico, yo juzgué conveniente
-saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande
-de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre
-nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que será el más
-egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no
-se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la
-política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de
-carambola: «Mirón y errarla»...
-
-Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó
-á Eulalia, aunque se comprometía á pasarle una mensualidad crecida
-«para alfileres», y aun cuando tomó á su cargo todos los gastos de
-instalación en nuestra casa, cercana á la suya, que yo organicé y
-Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no
-tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones
-financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia
-total.
-
---¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica,
-don Estanislao?
-
---¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones
-necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...
-
-Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa
-solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió á mis pequeños
-intereses:
-
---Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser
-rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «question»
-está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio,
-«cuega», usted «cuega demasiao» en el Club y en el Círculo y en el
-Jocquey, y en las «careras»... «Déquese de historias, hombre... Guarde
-la platita y verá después»...
-
---¡Pero papá!--exclamé con mimo burlón.--¿No ve que yo tengo que vivir
-como quien soy, he sido y seré?...
-
---¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que
-pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza
-de chorlito.
-
-¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu
-práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay
-formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo
-nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...
-
-Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.
-
---Con vos puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es
-una cosa segura y te dará el cuatrociento por ciento, si «sos» capaz de
-guardarlo...
-
-Se interrumpió, objetándose á sí mismo:
-
---Pero ¿dónde está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No
-importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el
-equivalente... el equivalente... y eso lo «tenés»...
-
---Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he
-preguntado es lo que piensa de la situación...
-
---Es una locura, un despilfarro, una borrachera...
-
-Y me explicó: Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los
-centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse
-una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones,
-sin base sólida alguna, millones soñados, escritos en el agua; se
-imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa;
-se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra
-su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una
-timba, con el «bluf» y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para
-cobrar y pagar diferencias; á la propiedad raíz se había dado un valor
-ficticio, pues nunca produciría la renta que el capital representaba;
-el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del
-comercio extranjero, porque nuestra producción no estaba á la altura
-de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba ó estafaba al país, con
-cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios hechos sobre
-propiedades que no existían, descuentos concedidos á testaferros sin
-responsabilidad...
-
---Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras
-tomando «fiado» donde te dejaran... ¡Vas á ver lo que pasa después!
-
---¿Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?
-
---Sí, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho...
-Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya
-diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!...
-Hay que esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.
-
---Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...
-
---«Deque» estar... «Pueda ser» que parezca menos rico, pero será
-relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos;
-y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y
-viene á ser lo mismo.
-
---¡Don Estanislao! ¡no se equivoque! El ministro de Hacienda va á
-sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el
-Gobierno tiene en caja...
-
---Y la Bolsa hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se
-deben cinco?
-
---Se hace esperar.
-
---¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer...
-Pero aquí no nos quedamos con nada...
-
---Usted cree entonces que la revolución...
-
---¡Pshit!
-
-Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:
-
---La muchacha está triste, ¿qué tiene?
-
---Yo no sé, señora...
-
---¡Debe saber! parece enferma, afligida...
-
---¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.
-
---No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...
-
---¿Le ha dicho algo?
-
---No.
-
---¿Y entonces?
-
-Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.
-
---Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho paño que cortar.
-
---Sí, «hiquito» sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin
-consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».
-
-Y en voz más baja:
-
---Ni «pagués»... hay tiempo.
-
-El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que
-volvimos á Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fuí
-ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso
-de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba:
-yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal,
-ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino
-un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino
-también los bastidores. En cambio, á mí, hecho á todas las libertades
-del sensualismo, en los acercamientos venales ó caprichosos, la
-austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y
-timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco á poco, pues;
-ella, sufría, yo... filosofaba.
-
-Quizás ahondé esta separación, cuando, al recibir días después la
-noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones
-de Montevideo, me opuse á que Eulalia fuese conmigo, pretextando las
-molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades,
-con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los
-funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los
-últimos momentos de mi viejita.
-
-Se había ido apagando poco á poco. Ya no andaba, sino arrastrando los
-pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro
-de mi padre. No hablaba, pero sonreía á todo, con esa sonrisa entre
-compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos
-consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva
-benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama,
-siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las
-enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:
-
---Quiero vestirme. Voy al cementerio.
-
-Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y
-se quedó dormida para siempre.
-
-«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba
-mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos,
-porque nunca se le ha dado tanto... Pero, ¿quién me asegura que no
-nos confundiera á ambos en un solo nombre, no pronunciado para los
-demás sino para ella misma?... ¡Pobre mamita!; la lloré de veras, no
-acertando, sin embargo, á darle determinados relieves, como si sólo
-fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo
-de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que
-provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre mamita!... Cuando
-la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio,
-de renunciamiento á la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la
-modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No había ni
-siquiera asistido á mi casamiento; yo no le escribía desde años atrás,
-pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla
-ahora, siento que he hecho un mal negocio, ¡y que las caricias locas
-con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y
-tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé
-en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría
-también, llegada mi hora. «Esto consolará á la pobre viejita», me
-decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio...
-Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...
-
-Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin
-tener que amoldarme á mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me
-mostraron el pueblo, que crecía á ojos vistas y al que hubiera llegado
-meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose,
-materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro
-de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter
-con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales.
-Iba á poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos
-empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en
-hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de
-la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.
-
---¿Y para qué provincia?--pregunté.
-
---¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me
-contestaron.
-
-No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser
-gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña
-aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más
-influyente, «el bourg pourri», sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos
-supieran dónde van á parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran
-leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero
-tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz
-que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin
-más éxito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el
-mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré
-aunque parezca no venir á pelo: La mujer, en nuestro país, como en
-todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No
-se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de
-la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el
-olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado á las
-alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como
-dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian á los hombres, ni
-los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones
-entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...
-
-Cuando volví á Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé
-mi vida de agitación.
-
-Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era
-cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro,
-gracias á mis méritos físicos é intelectuales, pese á todos los
-ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición
-y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan
-discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno,
-que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres?
-¿Cómo fundar ó refundar una aristocracia con los Rozsahegy á la rastra?
-Yo tenía fuerzas suficientes para imponer á Eulalia, pero no á Irma y á
-don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería.
-Eulalia, á veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo
-lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me
-hacía desgraciado.
-
---María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de
-triunfo--me decía yo.--Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al
-fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente,
-Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María,
-es la única que no puede exigirme que la imponga á esta sociedad, por
-mezclada que esté, porque no he de llevarla á los «bailes de la Bolsa»
-ú otros «peringundines», sino precisamente á los salones tradicionales
-que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos
-recibieran mal.
-
-Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque
-un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la
-dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi
-madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta
-crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara agostando su
-juventud, su gracia y su talento de mujer.
-
---Tenemos, sí--me dijo,--la aristocracia del dinero; pero es
-superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado
-directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en
-Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy
-hermoso, pero huele á bosta!» Todos somos descendientes de negociantes
-ó estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza
-para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo
-pulpero, tendero, zapatero ó criador, es el más aristócrata. Tú, con
-tu casamiento, has perdido dos ó tres peldaños, porque el patán de tu
-suegro vive, y se muestra demasiado... Es un «carcamán», y eso no se te
-perdona.
-
-Mauricio Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus
-primos ó sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción,
-tener talento, no son sino pobres aspirantes ó infelices descontentos,
-socialistas, anarquistas ó cosa por el estilo...
-
-¡Qué mi tía Mónica!
-
-
- XI
-
-El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismográfica--he
-aquí cómo distribuyo mi vida, desde que he dejado la política en
-segundo término, previendo lo que va á suceder.--Ni á tiros me hacen
-hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las
-anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversión al peso moneda
-corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.
-
---Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasládelo pronto al
-Banco garantido de su provincia; yo sé lo que le digo... Allí será más
-fácil arreglar...
-
-Sin saber á qué podía corresponder aquel consejo, me apresuré á
-seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posición política me
-facilitó, supe que, con mi nombre ó el de otros, debía nada menos
-que cerca de un millón de pesos nacionales. Aunque mis propiedades
-de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos,
-representaran entonces algo más de esa suma, me asusté, y fuí á
-consultar á Rozsahegy, seguro de que se había equivocado y me había
-hecho cometer un desatino.
-
---Creo--le dije,--que siendo yo rico, y Eulalia también, Eulalia
-debe ayudarme á consolidar mi fortuna, tanto más cuanto que ella no
-pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo á pedirle que sanee mis
-propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia.
-
---Usted es muy muchacho--me replicó.--Yo no pago deudas de nadie que
-puede pagarlas. Á Eulalia no le faltará nada, ni hoy ni nunca, y, por
-lo tanto, á usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando
-hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar
-sus tierras, mientras que viva Rozsahegy.
-
---Debo cerca de un millón.
-
---Eso es una porquería. No hay un allegado al Presidente ni siquiera á
-un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. ¿Y vos creés que los
-van á matar? ¡Se acabaría el país!... ¡Eh, nadie se muere de deudas!...
-
-Y, paternal, agregó:
-
---Eulalia tendrá cuanto necesite. Vos podés seguir haciendo negocios
-para tus «farras». Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno,
-ya sabré cómo ayudarte. ¡Eso sí! no venda sus tierras, porque entonces
-ya no hay defensa.
-
---El «gringo» sabe lo que se pesca--pensé,--y lo mejor es hacer
-negocitos.
-
-Era todavía, en sus últimos boqueos, el tiempo llamado de las «coimas».
-Ganar algún dinero no me costaba más trabajo que el de leer un
-memorándum presentado por algún postulante de concesión, y repetirlo en
-otra forma en el recinto de la Cámara. Estos memorandums solían estar
-tan bien hechos, que afirmaban mi reputación de orador enciclopedista,
-sin comprometerme como político. Podía hacérseme, por el mismo
-procedimiento, una competencia mortal, pero, pese á mi modestia, diré
-que yo presentaba aquello con elocuencia y con éxito, sobre todo porque
-entre los colegas habíamos establecido un convenio tácito, y nos
-dábamos mutua y alternativamente el voto.
-
-Mis «bohemios» oficialistas y opositores no veían más que fuego,
-como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo á mi consigna,
-no me ponían nunca muy de relieve, mientras que lo segundos,
-conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre mí, y estaban
-(unos y otros) tanto más conformes conmigo cuanto que no me daban
-notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y
-respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban
-solían--rara vez, pero solían--deslizar una palabra amable junto á
-mi nombre. También es cierto que nunca me opuse á un sablazo, ni
-negué una recomendación, ni dejé de aparentar que buscaba un puesto,
-ni hablé mal sino de los caídos, ni hablé bien sino de los notorios
-y momentáneamente «indiscutibles». Y los cuentos y comentarios me
-llegaban.
-
---Yo no tenía talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tenía
-ilustración, pero era inteligente y receptivo; no tenía moralidad, pero
-era muy tolerante para los defectos ajenos; no tenía carácter, pero era
-incapaz de hacer daño á una mosca; no era altruista, pero no dejaría á
-nadie sin comer por hartarme yo.
-
-Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes.
-
-Pero, pasemos. Tal era mi acción, la única que me interesaba para
-mantenerme en la posición debida: frecuentando la sociedad, por lo
-que podía darme, gracias sobre todo á las mujeres, haciendo pequeños
-«negocios» para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi
-libertad de acción; entregándome á veces al placer, en forma que la
-plebe dogmática encuentra excesiva; presentándome como un elegante
-y un gran señor, sin exageración,--para no morirme de hastío en los
-momentos obligados de inercia, aparecía yo como un protector nato de
-las letras y las artes, que no me importan un pito, era el ídolo en
-los salones, el pico de oro en la Cámara, el instrumento admirable y
-admirado del Gobierno--á quien no servía,--y el hombre, en suma, capaz
-de ponerse, si quisiera, frente á frente de otro cualquiera, del más
-alto, del más popular, del más poderoso. Quédame esta fama, todavía; y
-si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehuído el combate.
-_Seré_ capaz de una acción decisiva, pero cuando la sienta de antemano
-decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de
-mis antepasados emancipadores, se reducen á la conquista del éxito. Á
-los abuelos les obligaron á ser yunque, y yo quiero y siempre quise
-ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades,
-diversamente encaminadas.
-
-Eulalia se había resignado al papel de amiga. Á pesar de su familia,
-era, para mí, como una decoración, gracias á su admirable don de
-gentes. La llevaba al teatro, á alguno de esos «salones» curiosos que
-perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unión entre la antigua
-sociedad y la que iba á nacer más tarde, muy libres, muy rastacueros,
-pero, en fin, lo único que entonces había. Era muy solicitada y muy
-cortejada. Á veces me pareció que las galanterías de algunos iban
-demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda
-corriente. Pero no cuadra á Mauricio Gómez Herrera preocuparse de
-estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuantía para sí y los suyos
-solicitan en todo instante su atención. Por otra parte, Eulalia era,
-ha sido y es fundamentalmente honesta--ó así me ha parecido, ¡y eso
-basta!...
-
-¡Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas
-psicológicos, siempre se me evocaba la imagen de María Blanco, y
-siempre refería las acciones de Eulalia á las que ella hubiera
-realizado! Y aunque Eulalia actuase como María hubiera podido actuar,
-siempre encontraba una superioridad en María, quién sabe por qué
-atávica preocupación, olvidando que mi mujer era toda una señora.
-Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aquí: cuestión de pronunciación.
-
-María, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de
-mí. Llevaba, seguramente, una vida análoga á la de Teresa, y dedicaba
-á Vázquez ó á su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la
-veía jamás en parte alguna. Vázquez deseaba hacer un viaje á Europa.
-Quería completar su educación y ver de cerca, en la realidad, lo que le
-habían mostrado los libros, sintiéndose capaz de ser útil á su tierra,
-no porque fuera á aprender más en el extranjero, sino por la mayor
-autoridad que una permanencia en el viejo mundo le daría. Imitando
-burlescamente aquello de Calderón de que «porque no sepas que sé que
-sabes flaquezas mías», observaba que, para ser eficaz, es preciso que
-los demás «sepan que uno sabe», ó lo supongan, que es lo mismo.
-
-Una tarde, comentando la crónica del Congreso de los diarios de
-oposición, en la que se me trataba muy bien, llegué á decirle que
-despreciaba resueltamente á todos esos escritorzuelos, y que, cuando
-mucho, los toleraba. El romántico de Vázquez me contestó, animadamente:
-
---¿Los toleras? ¡Pero, tonto! ¿No ves que ellos son los únicos que
-hacen algo y que tienen el derecho de «tolerar»? ¡El más insignificante
-tiene mayores probabilidades que tú y que yo, de ser admirado y
-venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirás. Pero es que
-ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para
-poder enorgullecerse aún más de sí mismos... Están bien convencidos de
-ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos.
-
---¿Qué significa?
-
---Ellos pueden oponerse á las circunstancias; nosotros las estudiamos
-para seguirlas.
-
---Haces juegos de palabras, y nada más.
-
---Me alegro de que lo tomes así.
-
-Yo creía y creo todavía en la existencia de lo que se llama «hombres
-superiores», y en que son los que señalan rumbos á las sociedades y
-los pueblos. Y, mientras escribo estas líneas, leo un discurso de
-Roosevelt, pronunciado en Bruselas, panegirizando la medianía. Es una
-adulación electoral, como las de nuestros discursos de provincia, en
-que alabamos á los labradores y los ganaderos, como á las más altas y
-fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia...
-
-Otras cosas me distrajeron. El Gobierno estaba cada vez más preocupado
-con la situación, especialmente en su parte económica. Una especie
-de bancarrota amenazaba al país, y los Ministros de Hacienda se
-sucedían haciendo desatinos cada vez mayores. Para detener el alza
-del oro, el Gobierno vendió todo lo que tenía, que fué inmediatamente
-absorbido por los banqueros, y emigró. Sin haber detenido la subida,
-lejos de eso, tuvo necesidad de metálico en crecida cantidad para
-amortizar empréstitos y pagar intereses, y debió comprarlo á precios
-inverosímiles. Corrió la voz de graves irregularidades en los bancos,
-y en la capital se respiraba un ambiente de desconcierto que olía á
-revolución. Lo que supo Rozsahegy meses antes lo sabía todo el mundo
-ya. Mi suegro me llamó entonces, con urgencia.
-
---¿Has hecho lo que dije?
-
---No sé á qué se refiere.
-
---Hacer trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia.
-
---Sí.
-
---¿Á cuánto asciende?
-
---Con algunos intereses acumulados, ya le dije, á cerca de un millón de
-pesos.
-
---¿Con tu sola firma?
-
---La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras
-no he firmado yo. Pero se sabe...
-
---Eso no importa. Déjese estar. No se apure. No haga caso de nada.
-Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha
-sangre fría, mucha...
-
---¿Usted también cree en la revolución?--dije, irónico.
-
-Me miró con aire socarrón, sonriéndole los ojillos de cerdo.
-
---Yo más que nadie--contestó.--Esto no puede seguir así.
-
-Comprendí que sabía más de lo que quería decir, y traté de sondarlo.
-
---Estoy seguro de que hasta ha dado dinero...
-
---¡Ésas son cuentas mías!--exclamó riendo más que antes.--La verdad es
-que cualquier cosa, ¿entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar
-esta situación. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no
-hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado á lo hondo el
-bolsillo de la gente.
-
---La revolución no triunfará. No hará más que consolidar el Gobierno.
-
---Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harán gentes
-muy distintas. Pero el Gobierno no podrá consolidarse, sino en calidad
-de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de
-procederes.
-
---¡Qué curioso!
-
---Será lo que te parezca. Pero, ¿quieres un consejo, Mauricio, para
-completar los otros, que son salvadores?
-
---Venga el consejo.
-
---«Andate» de Buenos Aires. Eulalia está delicada, el invierno amenaza
-ser crudo. Llévatela á un rincón del Norte, ó á Río de Janeiro, si
-prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos.
-
---No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia,
-sería una deserción. Me quedaré aquí, á pie firme.
-
---¡Compromete su porvenir!
-
---No crea viejito. Tengo uñas para salir del paso. Ya verá. ¡Y nadie
-podrá decir nunca que Mauricio Gómez Herrera es un traidor ni un
-cobarde!
-
-
- XII
-
-La revolución estalló, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni
-crédito con qué substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel
-momento, una «persona formal» porque había logrado que nadie se ocupara
-de mí. Y en la difícil emergencia, me dije:
-
---Hay que prepararse á echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos
-venir. Yo no hago nada malo. La política es una serie de accidentes en
-los que uno debe «poder ser útil ó utilizable», y demostrarlo, aunque
-sea de un modo pasivo. La sociedad dice: Sé rico, ten influencia,
-y triunfarás. La religión actual dice lo mismo, exigiendo, como la
-sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico, ó mejor dicho,
-tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico
-por mi mujer, y rico por mí mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy.
-Tengo talento ó, lo que quizá sea preferible, el don de saber vivir. La
-cuestión es no destruirse á los treinta y cinco años. Este período ha
-sido un gran gastador de jóvenes. Todavía puedo ser un hombre nuevo,
-y muchos de nuestros próceres no habían despuntado aún á los cuarenta
-años. ¿Quién me dice?...
-
-Pero quise cerrar con broche de oro este largo capítulo de mi
-vida, mostrándome fiel, si no á mis principios, á mis amistades y
-vinculaciones, y en cuanto estalló la revolución fuí de los primeros en
-rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores,
-se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los
-alrededores, dedicándose á matar vigilantes para satisfacer una
-necesidad de venganza contra la autoridad ó sus símbolos.
-
---Es un motín militar--me dijo el Presidente, dándome un instante
-de atención, en medio de la turba azorada de palaciegos que le
-rodeaba.--Pero el ejército fiel no tardará en reducir á los revoltosos.
-
---Es mi convicción--dije.--Y si puedo ser útil en algo... Ya sabe usted
-que se debe contar conmigo.
-
---¡Gracias! ¡Ya sé, ya sé!...
-
-Otros lo rodeaban, acaparando su atención, y mareándolo por completo.
-Él veía la montaña que se le venía encima, pero demostraba entereza y
-confianza. No era el pusilánime que sus enemigos han querido presentar:
-iluso, sí, como lo probaron más tarde las circunstancias, dando razón
-á mi suegro; pero quizá no hubiera sido tan iluso, si aquéllos que
-lo rodeaban hubiesen tenido un poco más de sentido común y un poco
-menos de adulonería. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso
-mostrarse buen jugador, sin cobardías ni desplantes. Es lo que hizo,
-pues no habló de ir á ponerse personalmente al frente de sus tropas,
-ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pensé que se
-amoldaba, como yo, á las circunstancias que lo habían llevado tan alto,
-y que sabría esperar otras, en caso de derrota.
-
-No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo,
-gritaba jurando que había que poner á raya á los revoltosos y darles
-en seguida una fiera lección, sin suponer por un momento, en su
-inconsciencia, que aquello se caía á pedazos. Otros, al contrario, se
-agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el
-anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para
-parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, después
-de una torpe entrada en materia, un «á propósito» tirado por los
-cabellos:
-
---¿Cree usted que si la revolución triunfa habrá juicios políticos?
-Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la más
-amplia amnistía...
-
-No le hacían caso, como diciéndole «ve á hacerte ahorcar en otra
-parte», y, en efecto, sólo años más tarde cayó como un vulgar
-pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones...
-
-El hombre que más me interesaba era el presunto candidato á Presidente
-de la República. Pasó varias veces frente á mí, dueño de sí mismo,
-habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban,
-porque tenía talento. Era el que jugaba más fuerte en la partida, y
-hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos íntimos,
-pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente
-intimidad, no era aquél el momento de pedirle una confesión sincera.
-
---¿Qué me dice de todo esto, doctor?--le pregunté, sin embargo,
-estrechándole la mano.
-
---Que la revolución está vencida, nada más. Es una revolución inerte...
-
-Pero sus ojos negros se perdían, mirando en lo futuro quién sabe qué
-ostracismos, y en su cara pálida, de un tono amarillento, encuadrada
-por la barba castaño obscuro y el abundante cabello lacio de músico,
-había una expresión ascética de angustia aceptada. ¿Veíase ya, en lo
-porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento
-histórico? Después de mí, aquél era el personaje que más simpatía me
-inspiraba; pero dominé mi sentimentalismo, y dejé en mi interior toda
-manifestación comprometedora, pensando: Si tú también ves las cosas
-tan mal paradas, hijito, ¿qué quieres que le haga yo? No puedo ser más
-papista que el Papa...
-
-Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde debía
-conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de
-mí sino como yo quería: hasta saber que yo no lo había abandonado,
-nada más. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para
-enredarme en sus ensueños... Los temerosos de la derrota me veían
-demasiado partidario de la situación para invitarme á buscar otra
-cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que
-fuí una entidad al propio tiempo apreciable y desdeñable para todos:
-que era lo que se quería demostrar.
-
-Volví todos los días á presentarme al Presidente, hasta que la
-revolución, viéndose vencida, capituló. Entonces, me retiré á mi casa.
-Sólo había sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.
-
---Aquí no estamos en mi provincia--repliqué,--y esto es una cuestión
-militar. No quiero hacer de mosca de la fábula, y complicar la cosa so
-pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedeceré.
-
-La revolución cayó y con ella, de rechazo, cuatro días después, el
-Presidente de la República, contra quien se ensañaron el populacho,
-la juventud inconsciente y algunos de los que le habían arrastrado á
-los peores extremos, para demostrar que no tenían participación en la
-culpa. Y así se fué, entre el vocerío, un jefe que quizá no tuvo más
-culpa que confiar demasiado en las fuerzas del país y en la lealtad de
-sus amigos--esto fuera de los otros defectos que pudiera tener y de los
-otros errores que hubiera cometido.--Á mí no me toca acusarlo, y debo
-decir que no cargué la romana sobre él cuando lo vi caído, porque...
-porque no me pareció un ademán elegante.
-
-Eulalia, que no había encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al
-fin:
-
---Creo que han hecho bien en derrocarlo.
-
---Me parece lo mismo.
-
---Pero lo ayudabas...
-
---Era mi deber.
-
---Me gusta eso que dices--y su mirada me perdonó muchas cosas.
-
-Yo pensé en María, y reproduje el diálogo que podríamos haber mantenido
-los dos en las mismas circunstancias:
-
---¿Obedecías á tu deber ó á tu interés?
-
-Protesta violenta de mi parte.
-
---En fin, tú debías comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha
-dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que
-tendría que cambiarse antes de aplaudir el «nuevo orden de cosas», que
-no existe. Ayudarlo era ayudar tu interés no tus principios.
-
---¿Principios? ¡Tú lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que
-mantener á todo trance... «el principio de autoridad».
-
-Y la discusión no hubiera podido terminar nunca, mientras que con
-Eulalia tuvo el más grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado
-por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces,
-cuando éste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y
-donde no falta ni lo superfluo siquiera.
-
-Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba á Eulalia cuanto podía
-necesitar. Yo tenía mi dieta, y como al despilfarro de los años
-anteriores había sucedido una modestia franciscana, porque muchos
-lo habían perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello
-y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el
-sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien,
-frecuentar el Club, jugar mi amena partida de póker, y hacer nuevas
-deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo único que
-solía molestarme (¡oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los
-Bancos, ó, más bien dicho, con el Banco Provincial.
-
-Llegó la hora en que las autoridades se ocuparían de liquidar y de
-imponer la liquidación.
-
-Esta vez, mi suegro no me llamó, sino que fué á verme.
-
---Has de darme un poder general para administrar tus bienes...
-
---¡Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aquí.
-
---No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y además se necesita dinero
-contante.
-
-Le di el poder. Hizo maravillas. Descartó cuantas letras estaban
-firmadas por testaferros, disminuyendo así notablemente mi deuda. Cedió
-á los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir,
-y adelantándome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo
-propietario de un millón por la parte baja.
-
---Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar
-certificados de depósito (la plata de los unos para los otros, ¡siempre
-así! pero plata anónima), los va á recuperar duplicando como ganancia
-lo que importaba la deuda. Dentro de pocos años usted tendrá dos ó tres
-millones.
-
-El pobre Vázquez vendía, entretanto, todos sus bienes para pagar á sus
-acreedores, porque no tenía un liquidador como Rozsahegy. La baja de
-los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquirió
-por sesenta mil pesos, prometiéndome cederlos á Eulalia por el mismo
-precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me
-dijo:
-
---Te «quecabas» que yo no daba dote á Eulalia. Aquí «tenés» tres
-millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no «hacés» locuras,
-lo que «ganás» y lo que le doy á tu mujer, bastará suficiente...
-Ahora... cuando yo me «muero», es otra cosa.
-
-Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese á la herencia
-incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido más fortuna para mí,
-precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando
-todo el mundo la cree «mía». El crédito es inagotable...
-
-
- XIII
-
-Vázquez, como muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me
-consta que no pudo pagar á todos sus acreedores, sino algún tiempo más
-tarde, y eso, gracias á mí, después de haber sufrido las consecuencias
-de su imprevisión ó de no tener un suegro como el mío, sino, apenas,
-como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de
-negocios.
-
-Fué á verme, y recordándome el viejo préstamo, me preguntó cómo andaba
-de dinero.
-
---Mal--le dije.--Con estas cosas, los pesos andan á caballo. Tenemos
-apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.
-
---Naturalmente--replicó, pensativo.--Por disminuir una desgracia no hay
-que hacer mayores dos desgracias. Á mí eso no me empeora...
-
-Y se fué.
-
-En aquel momento, yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino
-pidiéndoselos á Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se
-había portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo á él
-podía acudir para mis pequeñas necesidades de juego y otras análogas.
-No era Vázquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni
-Vázquez tenía, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de mí. Por el
-contrario, habló tranquilamente y se fué, y aquí no ha pasado nada.
-
-Entretanto, la situación política era la misma, ó mejor para mí. Todo
-el mundo se había reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con
-sordina, pero gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la
-revolución se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era
-realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista.
-En antesalas de la Cámara, en la Casa Rosada, en las redacciones de
-los diarios, comenzó á hablarse en broma de mis probabilidades de ser
-ministro á la primera vacante. Tomélo á broma, me hice tan modesto,
-tan pequeño, que las burlas fueron poco á poco perdiendo de acritud y
-displicencia y llegaron á hacer ver como posible una cosa á la que,
-desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.
-
-Mi carrera empezaba, ó mejor dicho, estaba terminada.
-
-Se habló una vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera á
-proponérmelo. Era años más tarde de los sucesos que acabo de narrar,
-seguía yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero
-la situación me pareció harto ambigua, con un Presidente honestísimo,
-pero inseguro y burgués, y no me resolví á apuntalarlo, y á hacer
-un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos aún por
-la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje, y yo,
-muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era
-permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir,
-de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro.
-Rechacé la oferta, diciendo que mejor servía al Gobierno desde abajo
-que desde arriba.
-
-Lo que me sonreía era una legación, y volví á este viejo sueño,
-diciéndome: «en Europa, no en América, como antes». Pero el competidor
-nato salió otra vez á mi encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la
-única legación de alguna importancia á que entonces se podía aspirar.
-Vázquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno
-de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin
-quererlo mal, por eso.
-
---Un ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil
-de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para
-pedirla. ¡Y la aprovecharé, como hay Dios!
-
-Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un
-pedazo de cartón, ajado y sucio:
-
- MIGUEL DE LA ESPADA
- PERIODISTA
-
-Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:
-
---No viene á verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que
-estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido á verte cincuenta
-veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!
-
-Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia,
-cambió inmediatamente de tono, y añadió:
-
---Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas.
-Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más
-abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso
-á nadie de ingratitud, sino á mí mismo de insensatez. He servido á
-muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan
-después á quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como
-dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos
-trágicas «el traidor no es menester, siendo la traición pasada».
-
-Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las
-pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de
-las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro
-pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de
-provincia. Mi situación me obligaba á tratarlo de alto abajo; un resto
-de juventud me hizo acercarme á él, golpearle el hombro y preguntarle:
-
---¡Vamos! ¿qué quieres?
-
---¡Comer!--gritó con desesperación bufonesca.--¡Comer todos los días ó
-por lo menos tres veces por semana!
-
---Aquí come todo el mundo.
-
-Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:
-
---¡Eso dicen todos los que comen!
-
---¿Qué haces?
-
---Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros
-mutuos, fundada por un pillastre que se socorre á sí mismo. No veo un
-cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle
-Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. ¡Haz algo por
-mí!
-
---Todo lo posible. Aquí tienes cincuenta pesos.
-
---No era eso. En fin. Después vendrá lo otro.
-
-No paré mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de
-ideas:
-
---¿Vive don Claudio Zapata?--le pregunté.
-
---Y doña Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas
-de la ciudad, y á nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos,
-maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al
-buen camino!», lo que significa que todavía no has llegado á su grado
-de perfección.
-
---¡Ah, canalla!
-
---¡Gracias, en nombre de don Claudio!
-
-Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después,
-reanudó la charla:
-
---Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo á todas las consecuencias
-de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno,
-está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas
-pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos...
-suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un
-centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro de diez días ó de dos
-horas, me volveré á encontrar en la misma situación... Para salvarme,
-no hay más que esto: tómame á tu servicio; yo seré tu secretario, tu
-comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situación, necesitas
-quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado
-en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus
-informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...
-
-Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo,
-como un Marcos de Obregón:
-
---No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo,
-yo no pido nada. Yo suplico tan sólo mi derecho á vivir, aunque cigarra
-sin arte. Empiezo á ser viejo, y un gran señor como don Mauricio debe
-comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre
-hombre como yo. Es triste que...
-
---Ven á verme mañana--contesté, divertido.--Hablaremos mañana.
-
-Fué hasta la puerta, volvió, y, modestamente, dijo:
-
---Suprimiré toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la
-familiaridad intempestiva...
-
-Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:
-
---Puesto que se me permite... hasta mañana.
-
-
- XIV
-
-Ridículos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de
-provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqué otros asuntos
-para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempeñó con
-un celo tal, que poco á poco fué convirtiéndose en mi secretario. Un
-secretario modelo, ya sin ambición, pronto á ejecutar cuanto yo le
-mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar.
-
---He aquí un hombre--me dije más de una vez--que obedece como yo á las
-circunstancias. ¿Por qué á mí me va tan bien y á él tan mal?
-
-Y concluí que ocupábamos nuestras posiciones respectivas, bien
-equilibradas en la relatividad de las cosas.
-
-Me sirvió mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia
-harto descuidada, y dándome algunos de esos consejos que uno no
-adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber
-cómo piensan los demás. Es una calumnia la afirmación de que él
-ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez años á esta
-parte; pero, en cambio, es verdad que me ayudó mucho siempre, y que
-entre los pocos escritos míos en que no tomó participación figuran
-precisamente éstas á modo de Memorias caprichosas. En cuanto á sus
-consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los
-siguiera exactamente--contribuyeron á resolver dos graves situaciones
-de mi vida, los dos últimos episodios que por ahora he de contar, y
-rápidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos.
-
-Vázquez y yo deseábamos la misma cosa desde hacía mucho, pero uno
-y otro tropezábamos con la misma dificultad: la mala voluntad del
-Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles,
-como, por ejemplo, la de que no éramos diplomáticos de carrera, y no
-cabía en lo posible postergar á los viejos ministros para darnos un
-puesto superior (á él ó á mí), como si esto no se hubiera hecho toda la
-vida y no fuera á seguir haciéndose por los siglos de los siglos.
-
-Pedro tenía dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo:
-era empeñoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo
-soy tenaz, también, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no
-demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier
-cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla «para servir
-al país», y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los
-demás, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas
-inesperadas, como tantos que reciben «gratificaciones» por trabajos
-completamente desinteresados, al parecer, en un principio...
-
-Pero esta vez mis cálculos salieron errados ó poco menos. Las
-probabilidades de Vázquez subieron un día á términos tales que su
-nombramiento era inminente.
-
-Por indiscreción, lamenté esto delante de de la Espada, que, mirándome
-de hito en hito, murmuró:
-
---Yo lo mataría con cuchillo de palo.
-
---¿Dónde está ese cuchillo?
-
---¡En lo que debe!
-
---¡Bah!
-
---¡Un momento, un momento!--replicó.--¿Cuánto daría usted por anularlo?
-
---¡Diez, veínte, cincuenta mil pesos!--exclamé.--¡Es un punto de
-partida tan hermoso!...
-
---No se necesita tanto.
-
---¿Cómo así?
-
---Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vázquez, por
-un valor de veinte ó veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando
-en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar.
-
---¿Qué hombre es ese Radnitz?
-
---Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito
-presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco ó
-el diez, porque hay que comprar acciones...
-
---Estás muy enterado.
-
---Te diré. Cuando vine á Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto
-aspecto. Necesitando dinero, me presentaron á Radnitz que me prestó
-quinientos pesos, obligándome á tomar dos acciones de cien pesos de su
-banco, y á firmar una letra de setecientos.
-
---¿Sin garantía?
-
---¡¡Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de
-mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.
-
---¿Los tenías?
-
---No. Era para renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los
-setecientos pesos, yo resultaría «depositario infiel» é iría á la
-cárcel por abuso de confianza...
-
---¿De modo que se puede contar con él?
-
---En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.
-
---No. ¡Eso me parece bajo!--exclamé.
-
-Pero aquella misma tarde encontré á Radnitz en una de sus exposiciones
-de pinturas y le dije que «había Bancos, etc.», que bastaría una
-denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego hablé
-de los cuadros, que él exponía, después de haberlos comprado en Europa
-con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debería comprar dos
-ó tres. Y al despedirnos lamenté que Vázquez no fuera á ser nombrado
-ministro, «porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus
-fuerzas, y que aprovechará--con mucha razón,--cualquier pretexto para
-desmonetizarlo.»
-
-Radnitz no dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente.
-Al otro día le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy
-elegante. Después de algunas maniobras, se me acercó.
-
---He venido á ver á... Es muy amigo del ministro de Instrucción y
-deseaba saber si comprarán dos cuadros de la Exposición de la calle de
-Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como
-yo también los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor
-como el Gobierno...
-
---Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán.
-Me lo han dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es
-hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin,
-allá usted...
-
-Hizo como que se iba, y agregó, en tono confidencial:
-
---He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece
-una exageración. Ó será uno de esos pequeños prestamistas de tres al
-cuarto...
-
---¡Sin duda!...
-
---¡Á propósito! ¿Sabe el escándalo? Á Pedro Vázquez acaban de
-demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de
-confianza. Parece que, en circunstancias difíciles, ha hecho cosas
-que... que no estaban bien...
-
-No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es
-un hombre infecto. Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y
-sobraba. Además, se le pagarían sus créditos.
-
-Llegué tarde á casa á la hora de comer. Cuando tomaba el café, con
-Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron á Vázquez.
-
---Vienes á tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en
-seguida--le dije rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.
-
-Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.
-
---¿Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el café á grandes
-sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa.
-
---Algún dinero tengo. ¿Cuánto necesitas?
-
---Veinte mil pesos.
-
-Di un salto en la silla. Después me tranquilicé.
-
---Tanto no--dije.--Apenas ochocientos ó mil. Pero, dentro de ocho días
-ó quince...
-
---Ahora mismo.
-
---Es una fatalidad.
-
---Recuerda que yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando
-te presté igual suma...
-
---Que todavía no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! siempre están
-á tu disposición. Sólo que en este momento...
-
-Eulalia se levantó y nos dejó solos.
-
---¿De veras? ¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor
-más grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros
-hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado á los Tribunales,
-para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me
-nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado quince días! ¡Es
-una maldición!
-
---Veré á mis amigos en el Club.
-
---¡Sí, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido á tratar de
-impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se
-prolonga, estoy reventado para toda la siega...
-
-Salimos juntos.
-
---Es fácil. Voy á buscar el dinero.
-
---¿Te veré esta noche? ¿Dónde?
-
---Á las dos, en el Círculo. Ó, mejor, mañana, temprano, en casa...
-Veinte mil... No te aflijas... No es una montaña.
-
-Se fué consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, á la
-una del día siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.
-
---Vázquez ha venido ya tres veces--me dijo.
-
---Como si no hubiera venido.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no he podido conseguirle el dinero.
-
---Pero yo sí.
-
---¿Cómo? ¿Los veinte mil?
-
---Aquí están. Papá me los ha prestado.
-
---Es decir que has ido...
-
---¡Te veía tan perplejo!...
-
---¡Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los
-veinte billetes de mil, y ordené que hicieran pasar á Vázquez á mi
-despacho, en cuanto volviera á presentarse.
-
-Entró.
-
---¿Has conseguido?
-
---Sí, y no.
-
---¿Cómo?
-
---Dentro de dos días los tendrás. Imposible andar más ligero ni aun
-tratándose de Bancos. Ven á verme el jueves; no; el miércoles por la
-tarde: haré que las cosas anden lo más rápidamente posible.
-
---Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si
-llego á los tribunales ó á la prensa, aunque mi nombre quede á salvo,
-mi porvenir se va al demonio...
-
---Tranquilízate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han
-salido triunfantes de situaciones más difíciles y escabrosas.
-
---¡Ah, Mauricio! ¡Quiera Dios! ¡En fin! de todos mis amigos y de todos
-los que me deben servicios, tú eres el único á quien no he acudido en
-vano...
-
-Ya en el hall, y cuando comenzaba á bajar la escalera, le dije:
-
---Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo iré á buscarte el
-miércoles, llevándote eso...
-
---¿Seguro?
-
---¡Y tan seguro!
-
-De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió á los
-diarios que malquerían á Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos
-dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escándalo en que
-estaba implicado un candidato á ministro plenipotenciario, añadiendo
-datos inequívocos de que se trataba de Vázquez. Sentí un movimiento
-de temor, de repugnancia ó de arrepentimiento, recordando uno ó dos
-dramas á que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de
-algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había
-hecho más que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la
-parte romántica y, por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba á Eulalia?
-Yo no tenía el dinero... ¿Por qué imponerme que cambiara el rumbo de
-las circunstancias? Y además, yo estaba resuelto á pagar, y el honor
-de Vázquez siempre quedaba á salvo. El honor sí; pero, ¿y el puesto?
-¡Vamos! ¡como si el puesto no me correspondiera!
-
-El Presidente era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que
-hiciera encarpetar la credencial de Vázquez, mezclado á un mal asunto
-de crédito de la época todavía execrada y no bastante maldecida.
-
-El miércoles me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil
-pesos.
-
---¡Aun con esto estoy arruinado!--sollozó.
-
---No creas. Ve á ver á mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está
-seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco ó diez mil pesos
-cuando más. Es un «chantage». No tengas escrúpulos.
-
---No lo haré. Me importa poco. Me voy al campo á trabajar. Es lo que me
-aconseja María.
-
-¡María! Sentí de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y
-prolongué la conversación con la esperanza de conseguirlo.
-
---Irse al campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?
-
---Poco me importa.
-
---Un hombre de tu mérito...
-
---Mi mérito es nulo.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no puedo amoldarme á las circunstancias, ni servir á nadie,
-ni ser mi propio instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero,
-ebanista, y, en último caso, labrador ó pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo
-el mundo fuera como tú!...
-
-¿Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose
-camino á costa de los otros por la fuerza, por la astucia ó por ambas
-cosas á la vez.
-
-Pero María me preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por
-preguntar:
-
---¿Y tu señora?
-
---Está indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes
-á ser mi salvador, duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres!
-ésta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse á la
-evidencia, y hasta sospecha de...
-
-Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que
-descubrí preguntando afirmativamente:
-
---¿De mí, eh?
-
-Y sin esperar la respuesta, le tendí la mano, efusivo y conmovido,
-murmurando:
-
---¡Qué le haremos! ¡No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!
-
-
- XV
-
-Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve
-la plenipotencia malamente ambicionada por Vázquez. Pero no fué
-sin sufrimientos. Apenas se comenzó á hablar de mi candidatura, un
-periodicucho efímero, de ésos que suelen publicar los muchachos
-en los momentos de agitación, _El Chispero_, emprendió una feroz
-campaña contra mí, como si yo fuese el representante de toda una
-época de corrupción. No le hice caso. No le hice caso hasta que
-habló malévolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores
-suposiciones. Y aun así, no di importancia á aquellos dicterios,
-teniendo como tenía mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua
-asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artículos vi
-esta firma desconcertante: «Mauricio Rivas».
-
-«Mauricio Rivas».
-
---¡Mauricio Rivas! ¿Qué quiere decir esto?
-
-Llamé á de la Espada.
-
---¿Quién es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en _El
-Chispero_?--pregunté.
-
---Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he oído hablar de él.
-
---Hay que averiguar--dije aparentando indiferencia.
-
-Y luego:
-
---Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa.
-
---Lo haré.
-
-Me interesaba el artículo por dos razones: porque era una violenta
-diatriba contra mí, para denigrarme como ministro diplomático ante una
-corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre
-del hijo de Teresa.
-
-El farsante ése que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella
-pesada broma, iba á pasarlo mal. No es Mauricio Gómez Herrera de los
-que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me
-gustaba ese símbolo, traído de los cabellos, de la juventud consciente
-y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir á la
-conquista de un porvenir románticamente soñado.
-
-Busqué entre mis amigos y mis enemigos quién podía ser el autor de
-aquel artículo garboso, y se lo atribuí á Vázquez. Pero Vázquez estaba
-en Los Sunchos, con su María, como arrendatario de una estanzuela que
-había ido convirtiendo en granja, ó si se quiere chacra, y me escribía
-de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente á escondidas de
-su mujer.
-
---No es Vázquez. ¡Pero qué canalla!--exclamé, volviendo á empezar el
-artículo para darme cuenta exacta de sus detalles.
-
-No. No podía ser un contemporáneo, porque sintetizaba demasiado. Uno
-de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto
-las cosas á bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aquí
-tengo el recorte, con su título y todo:
-
- DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
-
-«Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, nació en un rincón de
-provincia, y creció en él sin aprender otra cosa que el amor de su
-persona y la adoración de sus propios vicios.
-
-«Nunca entendió ni aceptó cosa alguna de la ley, sino cuando le convino
-para sus intereses y sus pasiones.
-
-«Es la síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media
-sociedad, si se viera en el espejo, se diría cuando pasa: «Yo soy ése.»
-
-«Tuvo de su abuelo el atavismo al revés, y así como aquél peleó
-contra la partida, muchas veces sin razón, éste pelea siempre sin
-razón, con la partida, contra todo lo demás. Suprime sin ruido, hasta
-gobernadores, como el otro «compadremente», facón en mano. Que Camino
-lo diga... Está llamado por eso á todos los triunfos, y no morirá
-clavado á una tapia por gentes de bien, sino clavando á las gentes de
-bien, moral ó materialmente, en todas partes...
-
-«Pero basta de prólogo y pasemos á sus aventuras.
-
-«Heredó de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado,
-fué, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado
-con el chiripá y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes,
-conservando sólo cierto valor personal y un desprendimiento que no es
-sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto
-más cuanto más grandes son las personas á quienes pueda ó trate de
-humillar.
-
-«Así, por ejemplo...»
-
-Y seguía una larga serie de anécdotas, casi todas falsas--entre
-ellas el «envenenamiento» de Camino,--pero tras de cuyas líneas se
-transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo:
-
-«El que esto escribe, no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni á don
-Mauricio Gómez Herrera, ni á... ¡tantos otros! ¿para qué citar nombres?
-Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el
-compadraje, de no rendir culto á esos fantasmas del pasado, de respetar
-la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mérito modesto al
-exitismo á todo trance. Quizá se le crea exagerado, pero por el estudio
-que hará detenidamente de esta personalidad y de otras análogas, en
-sucesivos artículos, se verá que tiene razón de reclamar, en nombre de
-la juventud, contra estos crímenes de lesa patria.
-
-«¡Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! ¿Por qué no
-hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que él?»
-
-Y firmaba: «Mauricio Rivas.»
-
-Que el artículo era contra mí, resultaba evidente de la línea aquella:
-«el autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni á don Mauricio
-Gómez Herrera...»
-
-El asunto me preocupó hondamente todo el día, pero no quise interrogar
-á de la Espada, aunque lo viera salir á la calle y volver varias
-veces, con la cara larga, y esquivándome los ojos.
-
---¿Qué habrá?--me decía.
-
-Por la tarde, cuando iba á retirarse, vaciló un rato, después se acercó
-á mí, y me llamó aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.
-
---Es una desgracia--tartamudeó.
-
---¿Qué?
-
---El autor del artículo...
-
---¡Ah!
-
---Sí; es un jovencito de diez y ocho á veinte años, que me parece...
-
---¿El hijo de Teresa?
-
---Tu hijo, sí.
-
---¡Tenía que suceder!...--exclamé haciendo un esfuerzo para
-reirme.--Pero esto no puede continuar así. ¿Dónde vive?
-
---No sé. Pero, tienes que hablarle...
-
---¿Dónde se le ve?
-
---Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas.
-
---¿En la cortada del Mercado del Plata?
-
---Eso es.
-
-De todas las dificultades de mi vida, aquélla era la más nimia
-porque de _El Chispero_ nadie hacía el menor caso, pero ninguna me
-molestó ni me irritó más, haciéndome llegar á creer que de aquellas
-indiscreciones, de aquella diatriba, dependía todo mi porvenir... Tomé
-el sombrero y salí, dejando, como de costumbre, que las visitas se
-quedaran ó se fueran, á su antojo, y comencé á pasearme por las calles
-más solitarias, pensando en lo que habría de hacer.
-
-De pronto, me encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda
-indicada. Pregunté, después de pedir un café, que resultó infame
-decocción de porotos, si estaba allí don Mauricio...
-
---¿Qué don Mauricio?
-
---Rivas. Un jovencito que viene á comer.
-
---¿Uno que escribe «sobre» los diarios?
-
---Ése.
-
---Todavía no vino.
-
-Esperé, domando los nervios.
-
-Por fin, vi acercarse un jovencito que debía parecerse á mí, cuando
-hacía mis primeras armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.
-
---¿Es ése?
-
---No. Ése es un amigo. Todos los que vienen se parecen...
-
-Á la media hora, él mismo me señaló un joven ojinegro, pelinegro, como
-Teresa, tímido en el andar y la expresión, como Teresa, pero con algo
-en la mirada, especie de resolución heroica y tierna á la vez.
-
---¿Es usted don Mauricio Rivas?
-
---Servidor. ¿Á quién tengo la honra?
-
---Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere
-mal...
-
---No me doy cuenta--murmuró sorprendido.
-
---¿Tiene usted dos minutos que dedicar á un desconocido? En tal caso,
-hágame el favor de sentarse...
-
-Se sentó, tímido, contrastando con la violencia de su escrito.
-
---Impulsivo--pensé.--Si yo soy el nieto, ¡tú eres el biznieto de Juan
-Moreira!...
-
-Él estaba cortado, esperando un acontecimiento que no sabía adivinar,
-ni siquiera sospechar.
-
---Tome usted un poco de vermouth.
-
---Bien.
-
---Mis compañeros me esperan para comer--agregó.--Desearía saber qué me
-vale este honor...
-
---He leído su artículo de _El Chispero_. Es notable, como vigor,
-pero me parece exagerado. Usted hará camino en el periodismo, y tengo
-razones para darle un consejo...
-
---¿Ah?--murmuró bebiendo un sorbo de vermouth.
-
---Es preciso que usted conozca más á fondo á las personas que ataca, y
-que no se haga un daño irreparable por impremeditación juvenil.
-
---Señor--me dijo incorporándose, como para marcharse,--no pido, por el
-momento, cursos de literatura ni de periodismo...
-
---¡Muy bien contestado!--exclamé, tomándolo acariciadoramente de un
-brazo.--Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistiría
-en aconsejarle.
-
---¿Y quién es usted?--preguntó con enojo.
-
---Yo soy Mauricio Gómez Herrera.
-
-Se quedó boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que
-me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:
-
---Y si usted hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña
-Teresa, no lo hubiera escrito nunca, ó no lo hubiera publicado...
-Somos amigos... amigos íntimos con su mamá... desde la infancia... y
-después...
-
---Eso no impide...
-
---Pregúntele á ella...
-
---La razón se sobrepone á los afectos, y las épocas tienen sus
-exigencias.
-
---El deber no cambia.
-
---¿Quiere decir?--gritó.
-
---¡Silencio!
-
-Me levanté, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:
-
---Habla con Teresa, Mauricio.
-
-Un rayo no lo hubiera inmovilizado más.
-
-Al día siguiente busqué _El Chispero_; no traía el artículo anunciado.
-En cambio, por la tarde recibí esta esquela firmada _T. R._:
-
-«Tuvo usted razón, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre
-muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una
-desgracia.»
-
-Vi algo horrible, y salí de mi despacho, dejando la esquela tirada en
-el suelo. Cuando me tranquilicé y volví, la quemé sin piedad, casi con
-rabia.
-
-¡Vaya una tontería! ¡Suponer que, por vanas consideraciones
-sentimentales, uno ha de renunciar á sus grandes proyectos ó dejarse
-manosear por quien quiera!...
-
-
-_Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910._
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Divertidas aventuras del nieto de Juan
-Moreira, by Roberto Payró
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DIVERTIDAS AVENTURAS DEL ***
-
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