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- The Project GutenbereBook of El Árbol de la Ciencia, by Pío Baroja.
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-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-Title: El arbol de la ciencia
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: October 11, 2019 [EBook #60464]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Roberto Marabini and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-
-<div class="chapter">
- <h2>PÍO BAROJA</h2>
- <p class="p2 tdc large">LA RAZA</p>
-
- <h1>EL ARBOL DE LA CIENCIA</h1>
-
- <p class="tdc">NOVELA</p>
-
- <p class="p2 tdc"><img class="center" src="images/logo.png" alt="Logo" width="150"/></p>
-
-
- <p class="p2 tdc large">RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR</p>
- <p class="tdc">Calle de Ventura Rodríguez, 18</p>
- <p class="tdc">1918</p>
-</div>
-<!--
- LA RAZA
- EL ARBOL DE LA CIENCIA
--->
-<div class="chapter">
- <p class="p6"><em>Copyright by Rafael Caro Raggio-1918.</em></p>
- <p><em>Es propiedad.</em></p>
- <p><em>Prohibida la reproducción.</em></p>
- <hr/>
- Imp. Artística, Sáez Hermanos, Tudescos, 34.-Teléf. 5365
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p>
-
- <h2>PRIMERA PARTE<br />
-La vida de un estudiante en Madrid.</h2>
- <h3>I<br />
-ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Serían</span> las diez de la mañana de un día de octubre.
- En el patio de la Escuela de Arquitectura,
- grupos de estudiantes esperaban a que
- se abriera la clase.</p>
-
-<p>De la puerta de la calle de los Estudios que
- daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes
- que, al encontrarse reunidos, se saludaban,
- reían y hablaban.</p>
-
-<p>Por una de estas anomalías clásicas de España,
- aquellos estudiantes que esperaban en el patio
- de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos
- del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.</p>
-
-<p>La clase de Química general del año preparatorio
- de Medicina y Farmacia se daba en esta
- época en una antigua capilla del Instituto de San<span class="pagenum"><a name="Page_10"
- id="Page_10">[10]</a></span>
- Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada
- por la Escuela de Arquitectura.</p>
-
-<p>La cantidad de estudiantes y la impaciencia
- que demostraban por entrar en el aula se explicaba
- fácilmente por ser aquél, primer día de
- curso y del comienzo de la carrera.</p>
-
-<p>Ese paso del bachillerato al estudio de facultad
- siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le
- hace creerse más hombre, que su vida ha de
- cambiar.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse
- entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado
- a la pared la puerta de un ángulo del patio
- por donde tenían que pasar.</p>
-
-<p>Los chicos se agrupaban delante de aquella
- puerta como el público a la entrada de un
- teatro.</p>
-
-<p>Andrés seguía apoyado en la pared, cuando
- sintió que le agarraban del brazo y le decían:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, chico!</p>
-
-<p>Hurtado se volvió y se encontró con su compañero
- de Instituto Julio Aracil.</p>
-
-<p>Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero
- Andrés hacía tiempo que no veía a Julio. Éste
- había estudiado el último año del bachillerato,
- según dijo, en provincias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, tú también vienes aquí?&mdash;le preguntó
- Aracil.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué estudias?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Medicina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.</p>
-
-<p>Aracil se encontraba en compañía de un muchacho
- de más edad que él, a juzgar por su aspecto,
- de barba rubia y ojos claros. Este muchacho
- y Aracil, los dos correctos, hablaban con
- desdén de los demás estudiantes, en su mayoría
- palurdos provincianos, que manifestaban la alegría
- y la sorpresa de verse juntos con gritos y
- carcajadas.</p>
-
-<p>Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose
- y apretándose como si fueran a ver un
- espectáculo entretenido, comenzaron a pasar.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que ver cómo entran dentro de unos
- días&mdash;dijo Aracil burlonamente.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrán la misma prisa para salir que ahora
- tienen para entrar&mdash;repuso el otro.</p>
-
-<p>Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos.
- La clase era la antigua capilla del Instituto de
- San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuítas.
- Tenía el techo pintado con grandes figuras
- a estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia
- los cuatro evangelistas, y en el centro una
- porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el
- suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería
- de madera muy empinada con una escalera
- central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero
- de un teatro.</p>
-
-<p>Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta
- arriba; no estaba aún el catedrático, y como había
- <span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
- mucha gente alborotadora entre los alumnos,
- alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con
- el bastón; otros muchos le imitaron, y se produjo
- una furiosa algarabía.</p>
-
-<p>De pronto se abrió una puertecilla del fondo
- de la tribuna, y apareció un señor viejo, muy
- empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.</p>
-
-<p>Aquella aparición teatral del profesor y de los
- ayudantes provocó grandes murmullos; alguno
- de los alumnos más atrevidos comenzó a aplaudir,
- y viendo que el viejo catedrático, no sólo no
- se incomodaba, sino que saludaba como reconocido,
- aplaudieron aún más.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una ridiculez&mdash;dijo Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;A él no le debe parecer eso&mdash;replicó Aracil
- riéndose&mdash;; pero si es tan majadero que le gusta
- que le aplaudan, le aplaudiremos.</p>
-
-<p>El profesor era un pobre hombre presuntuoso,
- ridículo. Había estudiado en París y adquirido
- los gestos y las posturas amaneradas de un francés
- petulante.</p>
-
-<p>El buen señor comenzó un discurso de salutación
- a sus alumnos, muy enfático y altisonante,
- con algunos toques sentimentales: les habló de
- su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su
- camarada Berthelot, de la Ciencia, del microscopio...</p>
-
-<p>Su melena blanca, su bigote engomado, su
- perilla puntiaguda, que le temblaba al hablar, su
- voz hueca y solemne le daban el aspecto de un
- <span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>
- padre severo de drama, y alguno de los estudiantes
- que encontró este parecido, recitó en voz alta
- y cavernosa los versos de Don Diego Tenorio,
- cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama
- de Zorrilla:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Que un hombre de mi linaje</div>
-<div class="line">descienda a tan ruin mansión.</div>
-</div></div></div>
-
-
-<p>Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso
- se echaron a reir, y los demás estudiantes
- miraron al grupo de los alborotadores.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso? ¿Qué pasa?&mdash;dijo el profesor
- poniéndose los lentes y acercándose al barandado
- de la tribuna&mdash;. ¿Es que alguno ha perdido la
- herradura por ahí? Yo suplico a los que están al
- lado de ese asno, que rebuzna con tal perfección
- que se alejen de él, porque sus coces deben ser
- mortales de necesidad.</p>
-
-<p>Rieron los estudiantes con gran entusiasmo,
- el profesor dió por terminada la clase retirándose
- haciendo un saludo ceremonioso y los chicos
- aplaudieron a rabiar.</p>
-
-<p>Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos,
- en compañía del joven de la barba rubia, que se
- llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad
- Central, en donde daban la clase de Zoología
- y la de Botánica.</p>
-
-<p>En esta última los estudiantes intentaron repetir
- el escándalo de la clase de Química; pero el
- profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les
- salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía
- <span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>
- nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.</p>
-
-<p>De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado
- marcharon hacia el centro.</p>
-
-<p>Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante
- antipatía, aunque en algunas cosas le reconocía
- cierta superioridad; pero sintió aún mayor
- aversión por Montaner.</p>
-
-<p>Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado
- fueron poco amables. Montaner hablaba con
- una seguridad de todo algo ofensiva; se creía,
- sin duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó
- varias veces bruscamente.</p>
-
-<p>Los dos condiscípulos se encontraron en esta
- primera conversación completamente en desacuerdo.
- Hurtado era republicano, Montaner defensor
- de la familia real; Hurtado era enemigo de
- la burguesía, Montaner partidario de la clase rica
- y de la aristocracia.</p>
-
-<p>&mdash;Dejad esas cosas&mdash;dijo varias veces Julio
- Aracil&mdash;; tan estúpido es ser monárquico como
- republicano; tan tonto defender a los pobres como
- a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito
- como ése&mdash;y señalaba uno&mdash;y una mujer
- como aquélla.</p>
-
-<p>La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía
- se manifestó delante del escaparate de una
- librería. Hurtado era partidario de los escritores
- naturalistas, que a Montaner no le gustaban;
- <span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
- Hurtado era entusiasta de Espronceda, Montaner
- de Zorrilla; no se entendían en nada.</p>
-
-<p>Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la
- Carrera de San Jerónimo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, yo me voy a casa&mdash;dijo Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vives?&mdash;le preguntó Aracil.</p>
-
-<p>&mdash;En la calle de Atocha.</p>
-
-<p>&mdash;Pues los tres vivimos cerca.</p>
-
-<p>Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y
- allí se separaron con muy poca afabilidad.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p>
-
-
-
- <h3>II<br />
- LOS ESTUDIANTES</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">En</span> esta época era todavía Madrid una de
- las pocas ciudades que conservaba espíritu
- romántico.</p>
-
-<p>Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie
- de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia
- de la raza, de la historia, del ambiente físico y
- moral. Tales fórmulas, tal especial manera de
- ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador,
- sintetizador.</p>
-
-<p>El pragmatismo nacional cumple su misión
- mientras deja paso libre a la realidad; pero si se
- cierra este paso, entonces la normalidad de un
- pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las
- ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En
- un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo
- viejo y sin renovación vivía el Madrid
- de hace años.</p>
-
-<p>Otras ciudades españolas se habían dado alguna
- cuenta de la necesidad de transformarse y
- de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad,
- sin deseo de cambio.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span></p>
-
-<p>El estudiante madrileño, sobre todo el venido
- de provincias, llegaba a la corte con un espíritu
- donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir
- a las mujeres, pensando, como decía el
- profesor de Química con su solemnidad habitual,
- quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.</p>
-
-<p>Menos el sentido religioso, la mayoría no lo
- tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión;
- los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX
- venían a la corte con el espíritu de un estudiante
- del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro
- de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">llevando a sangre y a fuego</div>
-<div class="line">amores y desafíos.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>El estudiante culto, aunque quisiera ver las
- cosas dentro de la realidad e intentara adquirir
- una idea clara de su país y del papel que representaba
- en el mundo, no podía. La acción de la
- cultura europea en España era realmente restringida,
- y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos
- daban una idea incompleta de todo; la
- tendencia general era hacer creer que lo grande
- de España podía ser pequeño fuera de ella y
- al contrario, por una especie de mala fe internacional.</p>
-
-<p>Si en Francia o en Alemania no hablaban de
- las cosas de España, o hablaban de ellas en broma,
- era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes
- hombres que producían la envidia de otros
- <span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
- países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España
- entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente
- de optimismo absurdo. Todo lo español era lo
- mejor.</p>
-
-<p>Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión
- del país pobre que se aisla, contribuía al estancamiento,
- a la fosilificación de las ideas.</p>
-
-<p>Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad,
- se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado
- pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina.
- Los profesores del año preparatorio eran
- viejísimos; había algunos que llevaban cerca de
- cincuenta años explicando.</p>
-
-<p>Sin duda no los jubilaban por sus influencias
- y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre
- en España por lo inútil.</p>
-
-<p>Sobre todo, aquella clase de Química de la
- antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa.
- El viejo profesor recordaba las conferencias
- del Instituto de Francia, de célebres químicos,
- y creía, sin duda, que explicando la obtención
- del nitrógeno y del cloro estaba haciendo
- un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran.
- Satisfacía su pueril vanidad dejando los
- experimentos aparatosos para la conclusión de
- la clase, con el fin de retirarse entre aplausos,
- como un prestidigitador.</p>
-
-<p>Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas.
- A veces, en medio de la clase, a alguno de los
- alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y
- <span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
- se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los
- pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los
- demás muchachos sentados llevaban el compás
- golpeando con los pies y con los bastones.</p>
-
-<p>En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas,
- nadie seguía la explicación; alguno llegó
- a presentarse con una corneta, y cuando el profesor
- se disponía a echar en un vaso de agua un
- trozo de potasio, dió dos toques de atención;
- otro metió un perro vagabundo, y fué un problema
- echarlo.</p>
-
-<p>Había estudiantes descarados que llegaban a
- las mayores insolencias; gritaban, rebuznaban,
- interrumpían al profesor. Una de las gracias de
- estos estudiantes era la de dar un nombre falso
- cuando se lo preguntaban.</p>
-
-<p>&mdash;Usted&mdash;decía el profesor señalándole con
- el dedo, mientras le temblaba la perilla por la
- cólera&mdash;, ¿cómo se llama usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién? ¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted?&mdash;añadía
- el profesor, mirando la lista.</p>
-
-<p>&mdash;Salvador Sánchez.</p>
-
-<p>&mdash;Alias Frascuelo&mdash;decía alguno, entendido
- con él.</p>
-
-<p>&mdash;Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién
- le importará que me llame así, y si hay alguno
- que le importa, que lo diga&mdash;replicaba el estudiante,
- mirando al sitio de donde había salido la
- voz y haciéndose el incomodado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya usted a paseo!&mdash;replicaba el otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral!&mdash;gritaban varias
- voces.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted&mdash;decía
- el profesor, temiendo las consecuencias de
- estos altercados.</p>
-
-<p>El muchacho se marchaba, y a los pocos días
- volvía a repetir la gracia, dando como suyo el
- nombre de algún político célebre o de algún torero.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado los primeros días de clase no
- salía de su asombro. Todo aquello era demasiado
- absurdo. Él hubiese querido encontrar una
- disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y
- se encontraba con una clase grotesca en que
- los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación
- para la ciencia no podía ser más desdichada.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span></p>
-
-
-
- <h3>III<br />
-ANDRÉS HURTADO Y SU FAMILIA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">En</span> casi todos los momentos de su vida Andrés
- experimentaba la sensación de sentirse solo
- y abandonado.</p>
-
-<p>La muerte de su madre le había dejado un
- gran vacío en el alma y una inclinación por la
- tristeza.</p>
-
-<p>La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba
- formada por el padre y cinco hermanos. El
- padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco,
- elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.</p>
-
-<p>De un egoísmo frenético, se considera el metacentro
- del mundo. Tenía una desigualdad de
- carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos
- aristocráticos y plebeyos insoportable. Su
- manera de ser se revelaba de una manera insólita
- e inesperada. Dirigía la casa despóticamente, con
- una mezcla de chinchorrería y de abandono, de
- despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le
- sacaba de quicio.</p>
-
-<p>Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del
- <span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
- cuidado que le proporcionaba el manejo de la
- casa, sus hijos le dijeron que lo dejara en manos
- de Margarita. Margarita contaba ya veinte años,
- y sabía atender a las necesidades familiares mejor
- que el padre; pero don Pedro no quería.</p>
-
-<p>A éste le gustaba disponer del dinero, tenía
- como norma gastar de cuando en cuando veinte
- o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera
- que en su casa se necesitaran para algo
- imprescindible.</p>
-
-<p>Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa
- interior fina, no podía utilizar pañuelos de algodón,
- como todos los demás de la familia, sino de
- hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba
- amistades con gente de posición y con algunos
- aristócratas, y administraba la casa de la
- calle de Atocha, donde vivían.</p>
-
-<p>Su mujer, Fermina Iturrioz, fué una víctima;
- pasó la existencia creyendo que sufrir era el
- destino natural de la mujer. Después de muerta,
- don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta
- de reconocer sus grandes virtudes.</p>
-
-<p>&mdash;No os parecéis a vuestra madre&mdash;decía a sus
- hijos&mdash;; aquélla fué una santa.</p>
-
-<p>A Andrés le molestaba que don Pedro hablara
- tanto de su madre, y a veces le contestó violentamente,
- diciéndole que dejara en paz a los
- muertos.</p>
-
-<p>De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro
- y Luis, eran los favoritos del padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p>
-
-<p>Alejandro era un retrato degradado de don
- Pedro. Más inútil y egoísta aún, nunca quiso hacer
- nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían colocado
- en una oficina del Estado, adonde iba solamente
- a cobrar el sueldo.</p>
-
-<p>Alejandro daba espectáculos bochornosos en
- casa; volvía a las altas horas de las tabernas, se
- emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el
- mundo.</p>
-
-<p>Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía
- unos veinte años. Era una muchacha decidida,
- un poco seca, dominadora y egoísta.</p>
-
-<p>Pedro venía tras ella en edad y representaba
- la indiferencia filosófica y la buena pasta. Estudiaba
- para abogado, y salía bien por recomendaciones;
- pero no se cuidaba de la carrera para
- nada. Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía
- todos los meses una novia distinta. Dentro de
- sus medios gozaba de la vida alegremente.</p>
-
-<p>El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco
- años, tenía poca salud.</p>
-
-<p>La disposición espiritual de la familia era un
- tanto original. Don Pedro prefería a Alejandro y
- a Luis; consideraba a Margarita como si fuera
- una persona mayor; le era indiferente su hijo
- Pedro, y casi odiaba a Andrés, porque no se sometía
- a su voluntad. Hubiera habido que profundizar
- mucho para encontrar en él algún afecto
- paternal.</p>
-
-<p>Alejandro sentía dentro de la casa las mismas
- <span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
- simpatías que el padre; Margarita quería más
- que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés
- y respetaba a su padre. Pedro era un poco
- indiferente; experimentaba algún cariño por Margarita
- y por Luisito y una gran admiración por
- Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente
- al hermano pequeño, tenía afecto por
- Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía
- constantemente, despreciaba a Alejandro y casi
- odiaba a su padre; no le podía soportar, le encontraba
- petulante, egoísta, necio, pagado de sí
- mismo.</p>
-
-<p>Entre padre e hijo existía una incompatibilidad
- absoluta, completa, no podían estar conformes
- en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa
- para que el otro tomara la posición contraria.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p>
-
-
- <h3>IV<br />
-EN EL AISLAMIENTO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">La</span> madre de Andrés, navarra fanática, había
- llevado a los nueve o diez años a sus hijos
- a confesarse.</p>
-
-<p>Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo
- con la idea de acercarse al confesonario. Llevaba
- en la memoria el día de la primera confesión,
- como una cosa transcendental, la lista de todos
- sus pecados; pero aquel día, sin duda el cura
- tenía prisa y le despachó sin dar gran importancia
- a sus pequeñas transgresiones morales.</p>
-
-<p>Esta primera confesión fué para él un chorro
- de agua fría; su hermano Pedro le dijo que él se
- había confesado ya varias veces, pero que nunca
- se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A
- la segunda confesión, Andrés fué dispuesto a no
- decir al cura más que cuatro cosas para salir del
- paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin
- confesarse sin el menor escrúpulo.</p>
-
-<p>Después, cuando murió su madre, en algunas
- ocasiones su padre y su hermana le preguntaban
- <span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
- si había cumplido con Pascua, a lo cual él contestaba
- que sí indiferentemente.</p>
-
-<p>Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro,
- habían estudiado en un colegio mientras
- cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno a
- Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron
- al chico al Instituto de San Isidro y allí
- estudió un tanto abandonado. Aquel abandono y
- el andar con los chicos de la calle despabiló a
- Andrés.</p>
-
-<p>Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy
- solo, y la soledad le hizo reconcentrado y triste.
- No le gustaba ir a los paseos donde hubiera gente,
- como a su hermano Pedro; prefería meterse
- en su cuarto y leer novelas.</p>
-
-<p>Su imaginación galopaba, lo consumía todo de
- antemano. Haré esto y luego esto&mdash;pensaba&mdash;.
- ¿Y después? Y resolvía este después y se le presentaba
- otro y otro.</p>
-
-<p>Cuando concluyó el bachillerato se decidió a
- estudiar Medicina sin consultar a nadie. Su padre
- se lo había indicado muchas veces: Estudia
- lo que quieras; eso es cosa tuya.</p>
-
-<p>A pesar de decírselo y de recomendárselo el
- que su hijo siguiese sus inclinaciones sin consultárselo
- a nadie, interiormente le indignaba.</p>
-
-<p>Don Pedro estaba constantemente predispuesto
- contra aquel hijo, que él consideraba díscolo
- y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba
- derecho suyo, y se plantaba contra su padre y
- <span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
- su hermano mayor con una terquedad violenta y
- agresiva.</p>
-
-<p>Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas,
- que casi siempre concluían marchándose
- Andrés a su cuarto o a la calle.</p>
-
-<p>Las discusiones comenzaban por la cosa más
- insignificante; el desacuerdo entre padre e hijo
- no necesitaba un motivo especial para manifestarse,
- era absoluto y completo; cualquier punto
- que se tocara bastaba para hacer brotar la hostilidad,
- no se cambiaba entre ellos una palabra
- amable.</p>
-
-<p>Generalmente el motivo de las discusiones era
- político; don Pedro se burlaba de los revolucionarios,
- a quien dirigía todos sus desprecios e invectivas,
- y Andrés contestaba insultando a la
- burguesía, a los curas y al ejército.</p>
-
-<p>Don Pedro aseguraba que una persona decente
- no podía ser más que conservador. En los
- partidos avanzados tenía que haber necesariamente
- gentuza, según él.</p>
-
-<p>Para don Pedro, el hombre rico era el hombre
- por excelencia; tendía a considerar la riqueza, no
- como una casualidad, sino como una virtud; además
- suponía que con el dinero se podía todo.
- Andrés recordaba el caso frecuente de muchachos
- imbéciles, hijos de familias ricas, y demostraba
- que un hombre con un arca llena de oro y
- un par de millones del Banco de Inglaterra, en
- una isla desierta, no podría hacer nada; pero su
- <span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>
- padre no se dignaba atender estos argumentos.</p>
-
-<p>Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban
- invertidas en el piso de arriba entre un señor
- catalán y su hijo. En casa del catalán, el padre
- era el liberal y el hijo el conservador; ahora
- que el padre era un liberal cándido y que hablaba
- mal el castellano, y el hijo un conservador
- muy burlón y mal intencionado. Muchas veces
- se oía llegar desde el patio una voz de trueno
- con acento catalán, que decía:</p>
-
-<p>&mdash;Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su
- camino, ya se hubiera visto lo que era España.</p>
-
-<p>Y poco después la voz del hijo, que gritaba
- burlonamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué estúpidas discusiones!&mdash;decía Margarita
- con un mohín de desprecio, dirigiéndose a
- su hermano Andrés&mdash;. ¡Como si por lo que vosotros
- habléis se fueran a resolver las cosas!</p>
-
-<p>A medida que Andrés se hacía hombre, la
- hostilidad entre él y su padre aumentaba. El hijo
- no le pedía nunca dinero; quería considerar a
- don Pedro como a un extraño.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
-EL RINCÓN DE ANDRÉS</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">La</span> casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad
- de un marqués, a quien don Pedro
- había conocido en el colegio.</p>
-
-<p>Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres
- y hablaba mucho y con entusiasmo del marqués
- y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía
- de una absoluta bajeza.</p>
-
-<p>La familia de Hurtado estaba bien relacionada;
- don Pedro, a pesar de sus arbitrariedades y de su
- despotismo casero, era amabilísimo con los de
- fuera y sabía sostener las amistades útiles.</p>
-
-<p>Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy
- complaciente con ella. Guardaba a los vecinos
- muchas atenciones, menos a los de las guardillas,
- a quienes odiaba.</p>
-
-<p>En su teoría del dinero equivalente a mérito,
- llevada a la práctica, desheredado tenía que ser
- sinónimo de miserable.</p>
-
-<p>Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la
- antigua; la sospecha de que un obrero pretendiese
- considerarse como una persona, o de que
- <span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
- una mujer quisiera ser independiente le ofendía
- como un insulto.</p>
-
-<p>Sólo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si
- unían a ésta la desvergüenza y la canallería. Para
- la gente baja, a quien se podía hablar de tú,
- chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba
- don Pedro todas sus simpatías.</p>
-
-<p>En la casa, en uno de los cuartos del piso
- tercero, vivían dos ex bailarinas, protegidas por
- un viejo senador.</p>
-
-<p>La familia de Hurtado las conocía por las del
- Moñete.</p>
-
-<p>El origen del apodo provenía de la niña de la
- favorita del viejo senador. A la niña la peinaban
- con un moño recogido en medio de la cabeza
- muy pequeño. Luisito, al verla por primera vez,
- le llamó la Chica del Moñete, y luego el apodo
- del Moñete pasó por extensión a la madre y a la
- tía. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos
- ex bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro
- celebraba las frases de su padre como si
- fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba
- seria al oir las alusiones a la vida licenciosa
- de las bailarinas, y Andrés volvía la cabeza desdeñosamente,
- dando a entender que los alardes
- cínicos de su padre le parecían ridículos y fuera
- de lugar.</p>
-
-<p>Únicamente a las horas de comer Andrés se
- reunía con su familia; en lo restante del tiempo
- no se le veía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p>
-
-<p>Durante el bachillerato, Andrés había dormido
- en la misma habitación que su hermano Pedro;
- pero al comenzar la carrera pidió a Margarita le
- trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado
- para guardar trastos viejos.</p>
-
-<p>Margarita al principio se opuso; pero luego
- accedió, mandó quitar los armarios y baúles, y
- allí se instaló Andrés.</p>
-
-<p>La casa era grande, con esos pasillos y recovecos
- un poco misteriosos de las construcciones
- antiguas.</p>
-
-<p>Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había
- que subir unas escaleras, lo que le dejaba completamente
- independiente.</p>
-
-<p>El cuartucho tenía un aspecto de celda: Andrés
- pidió a Margarita le cediera un armario y lo llenó
- de libros y papeles, colgó en las paredes los
- huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor
- Iturrioz, y dejó el cuarto con cierto aire de antro
- de mago o de nigromántico.</p>
-
-<p>Allá se encontraba a su gusto, solo; decía que
- estudiaba mejor con aquel silencio; pero muchas
- veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o mirando
- sencillamente por la ventana.</p>
-
-<p>Esta ventana caía sobre la parte de atrás de
- varias casas de las calles de Santa Isabel y de la
- Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.</p>
-
-<p>Andrés había dado nombres novelescos a lo
- que se veía desde allí: la casa misteriosa, la casa
- <span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>
- de la escalera, la torre de la cruz, el puente del
- gato negro, el tejado del depósito de agua...</p>
-
-<p>Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana
- y hacían largas excursiones por estas tejavanas
- y saledizos, robaban de las cocinas, y un
- día, uno de ellos se presentó con una perdiz en
- la boca.</p>
-
-<p>Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su
- hermano, observaba las maniobras de los gatos,
- miraba la calavera con curiosidad; le producía
- todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre
- había tenido por su hermano cierta admiración,
- iba también a verle a su cubil y a admirarle como
- a un bicho raro.</p>
-
-<p>Al final del primer año de carrera, Andrés empezó
- a tener mucho miedo de salir mal en los
- exámenes. Las asignaturas eran para marear a
- cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas
- había tiempo de enterarse bien; luego las clases,
- en distintos sitios, distantes los unos de los
- otros, hacían perder tiempo andando de aquí
- para allá, lo que constituía motivos de distracción.</p>
-
-<p>Además, y esto Andrés no podía achacárselo
- a nadie más que a sí mismo, muchas veces, con
- Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a
- la parada de Palacio o al Retiro, y después, por
- la noche, en vez de estudiar, se dedicaba a leer
- novelas.</p>
-
-<p>Llegó mayo y Andrés se puso a devorar los
- <span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>
- libros a ver si podía resarcirse del tiempo perdido.
- Sentía un gran temor de salir mal, más
- que nada por la rechifla del padre, que podía decir:
- Para eso creo que no necesitabas tanta soledad.</p>
-
-<p>Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas,
- y le suspendieron, sin ningún asombro
- por su parte, en la última, en el examen de Química.
- No quiso confesar en casa el pequeño tropiezo
- e inventó que no se había presentado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente primo!&mdash;le dijo su hermano Alejandro.</p>
-
-<p>Andrés decidió estudiar con energía durante
- el verano. Allí, en su celda, se encontraría muy
- bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se olvidó
- de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba
- por la ventana con un anteojo la gente que salía
- en las casas de la vecindad.</p>
-
-<p>Por la mañana dos muchachitas aparecían en
- unos balcones lejanos. Cuando se levantaba Andrés
- ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban
- y se ponían cintas en el pelo.</p>
-
-<p>No se les veía bien la cara, porque el anteojo,
- además de ser de poco alcance, no era acromático
- y daba una gran irisación a todos los objetos.</p>
-
-<p>Un chico que vivía enfrente de estas muchachas
- solía echarlas un rayo de sol con un espejito.
- Ellas le reñían y amenazaban, hasta que,
- cansadas, se sentaban a coser en el balcón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p>
-
-<p>En una guardilla próxima había una vecina
- que, al levantarse, se pintaba la cara. Sin duda no
- sospechaba que pudieran mirarle y realizaba su
- operación de un modo concienzudo. Debía de
- hacer una verdadera obra de arte; parecía un ebanista
- barnizando un mueble.</p>
-
-<p>Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no
- se enteraba de nada. Al comenzar a repasar vió
- que, excepto las primeras lecciones de Química,
- de todo lo demás apenas podía contestar.</p>
-
-<p>Pensó en buscar alguna recomendación; no
- quería decirle nada a su padre, y fué a casa de
- su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba. Iturrioz
- le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes algo de Química?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco.</p>
-
-<p>&mdash;¿No has estudiado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero se me olvida todo en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Es que hay que saber estudiar. Salir bien en
- los exámenes es una cuestión mnemotécnica, que
- consiste en aprender y repetir el mínimum de
- datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es
- tiempo de eso, te recomendaré, vete con esta
- carta a casa del profesor.</p>
-
-<p>Andrés, fué a ver al catedrático, que le trató
- como a un recluta.</p>
-
-<p>El examen que hizo días después le asombró
- por lo detestable; se levantó de la silla confuso,
- lleno de vergüenza. Esperó teniendo la seguridad
- de que saldría mal; pero se encontró, con gran
- sorpresa, que le habían aprobado.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span></p>
-
-
- <h3>VI<br />
-LA SALA DE DISECCIÓN</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">El</span> curso siguiente, de menos asignaturas, era
- algo más fácil, no había tantas cosas que retener
- en la cabeza.</p>
-
-<p>A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba
- para poner a prueba la memoria mejor organizada.</p>
-
-<p>Unos meses después del principio de curso,
- en el tiempo frío, se comenzaba la clase de disección.
- Los cincuenta o sesenta alumnos se
- repartían en diez o doce mesas y se agrupaban
- de cinco en cinco en cada una.</p>
-
-<p>Se reunieron en la misma mesa, Montaner,
- Aracil y Hurtado, y otros dos a quien ellos
- consideraban como extraños a su pequeño
- círculo.</p>
-
-<p>Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que
- en el curso anterior se sentían hostiles, se hicieron
- muy amigos en el siguiente.</p>
-
-<p>Andrés le pidió a su hermana Margarita que le
- cosiera una blusa para la clase de disección; una
- blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p>
-
-<p>Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada
- limpias, porque en las mangas, sobre todo, se
- pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no
- se veían.</p>
-
-<p>La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar
- a la sala de disección y hundir el escalpelo en
- los cadáveres, como si les quedara un fondo atávico
- de crueldad primitiva.</p>
-
-<p>En todos ellos se producía un alarde de indiferencia
- y de jovialidad al encontrarse frente a
- la muerte, como si fuera una cosa divertida y
- alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos
- de los infelices que llegaban allá.</p>
-
-<p>Dentro de la clase de disección, los estudiantes
- gustaban de encontrar grotesca la muerte; a
- un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o
- un sombrero de papel.</p>
-
-<p>Se contaba de un estudiante de segundo año
- que había embromado a un amigo suyo, que sabía
- era un poco aprensivo, de este modo: cogió
- el brazo de un muerto, se embozó en la capa y se
- acercó a saludar a su amigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hola, qué tal?&mdash;le dijo sacando por debajo
- de la capa la mano del cadáver&mdash;. Bien y tú, contestó
- el otro. El amigo estrechó la mano, se estremeció
- al notar su frialdad y quedó horrorizado
- al ver que por debajo de la capa salía el brazo
- de un cadáver.</p>
-
-<p>De otro caso sucedido por entonces se habló
- mucho entre los alumnos. Uno de los médicos
- <span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
- del hospital, especialista en enfermedades nerviosas,
- había dado orden de que a un enfermo
- suyo, muerto en su sala, se le hiciera la autopsia
- y se le extrajera el cerebro y se le llevara a su
- casa.</p>
-
-<p>El interno extrajo el cerebro y lo envió con un
- mozo al domicilio del médico. La criada de la
- casa, al ver el paquete, creyó que eran sesos de
- vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los
- sirvió a la familia.</p>
-
-<p>Se contaban muchas historias como ésta, fueran
- verdad o no, con verdadera fruición. Existía
- entre los estudiantes de Medicina una tendencia
- al espíritu de clase, consistente en un común
- desdén por la muerte; en cierto entusiasmo por
- la brutalidad quirúrgica, y en un gran desprecio
- por la sensibilidad.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad
- que los otros; no le hacía tampoco ninguna
- mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.</p>
-
-<p>Lo que sí le molestaba, era el procedimiento
- de sacar los muertos del carro en donde los
- traían del depósito del hospital. Los mozos cogían
- estos cadáveres, uno por los brazos y otro
- por los pies, los aupaban y los echaban al suelo.</p>
-
-<p>Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos,
- como momias. Al dar en la piedra, hacían
- un ruido desagradable, extraño, como de algo sin
- elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban
- <span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
- cogiendo los muertos, uno a uno, por los pies y
- arrastrándolos por el suelo; y al pasar unas escaleras
- que había para bajar a un patio donde estaba
- el depósito de la sala, las cabezas iban dando
- lúgubremente en los escalones de piedra. La
- impresión era terrible; aquello parecía el final de
- una batalla prehistórica, o de un combate del
- circo romano, en que los vencedores fueran
- arrastrando a los vencidos.</p>
-
-<p>Hurtado imitaba a los héroes de las novelas
- leídas por él, y reflexionaba acerca de la vida
- y de la muerte; pensaba que si las madres de
- aquellos desgraciados que iban al <i lang="la" xml:lang="la">spoliarium</i>, hubiesen
- vislumbrado el final miserable de sus
- hijos, hubieran deseado seguramente parirlos
- muertos.</p>
-
-<p>Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver
- después de hechas las disecciones, cómo metían
- todos los pedazos sobrantes en unas calderas
- cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía
- una mano entre un hígado, y un trozo de masa
- encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio del
- tejido pulmonar.</p>
-
-<p>A pesar de la repugnancia que le inspiraban
- tales cosas, no le preocupaban; la anatomía y la
- disección le producían interés.</p>
-
-<p>Esta curiosidad por sorprender la vida; este
- instinto de inquisición tan humano, lo experimentaba
- él como casi todos los alumnos.</p>
-
-<p>Uno de los que lo sentían con más fuerza, era
- <span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
- un catalán amigo de Aracil, que aún estudiaba en
- el Instituto.</p>
-
-<p>Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza
- pequeña, el pelo negro, muy fino, la tez de un
- color blanco amarillento, y la mandíbula prognata.
- Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por
- el funcionamiento de los órganos, que si podía
- se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto,
- para disecarlos a su gusto. Con las piltrafas,
- según decía, abonaba unos tiestos o los echaba
- al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien
- odiaba.</p>
-
-<p>Massó, especial en todo, tenía los estigmas de
- un degenerado. Era muy supersticioso; andaba por
- en medio de las calles y nunca por las aceras;
- decía, medio en broma, medio en serio, que al
- pasar iba dejando como rastro, un hilo invisible
- que no debía romperse. Así, cuando iba a un
- café o al teatro salía por la misma puerta por
- donde había entrado para ir recogiendo el misterioso
- hilo.</p>
-
-<p>Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo
- entusiasta e intransigente que contrastaba
- con la indiferencia musical de Aracil, de Hurtado
- y de los demás.</p>
-
-<p>Aracil había formado a su alrededor una camarilla
- de amigos a quienes dominaba y mortificaba,
- y entre éstos se contaba Massó; le daba
- grandes plantones, se burlaba de él, lo tenía como
- a un payaso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p>
-
-<p>Aracil demostraba casi siempre una crueldad
- desdeñosa, sin brutalidad, de un carácter femenino.</p>
-
-<p>Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos
- que vivían en Madrid, se reunían poco con los
- estudiantes provincianos; sentían por ellos un
- gran desprecio; todas esas historias del casino
- del pueblo, de la novia y de las calaveradas en el
- lugarón de la Mancha o de Extremadura, les
- parecían cosas plebeyas, buenas para gente de
- calidad inferior.</p>
-
-<p>Esta misma tendencia aristocrática, más grande
- sobre todo en Aracil y en Montaner que
- en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de
- lo vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por
- aquellas chirlatas en donde los estudiantes de
- provincia perdían curso tras curso, estúpidamente
- jugando al billar o al dominó.</p>
-
-<p>A pesar de la influencia de sus amigos, que le
- inducían a aceptar las ideas y la vida de un señorito
- madrileño de buena sociedad, Hurtado se
- resistía.</p>
-
-<p>Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos
- y de los libros, Andrés iba formando
- su espíritu con el aporte de conocimientos y datos
- un poco heterogéneos.</p>
-
-<p>Su biblioteca aumentaba con desechos; varios
- libros ya antiguos de Medicina y de Biología, le
- dió su tío Iturrioz; otros, en su mayoría folletines
- y novelas, los encontró en casa; algunos los fué
- <span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
- comprando en las librerías de lance. Una señora
- vieja, amiga de la familia, le regaló unas ilustraciones
- y la historia de la Revolución francesa,
- de Thiers. Este libro, que comenzó treinta veces
- y treinta veces lo dejó aburrido, llegó a leerlo y
- a preocuparle. Después de la historia de Thiers,
- leyó los <cite>Girondinos</cite>, de Lamartine.</p>
-
-<p>Con la lógica un poco rectilínea del hombre
- joven, llegó a creer que el tipo más grande de la
- Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en
- las primeras páginas en blanco, escribió el nombre
- de su héroe, y lo rodeó como a un sol de
- rayos.</p>
-
-<p>Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto;
- no quiso comunicárselo a sus amigos. Sus cariños
- y sus odios revolucionarios, se los reservaba,
- no salían fuera de su cuarto. De esta manera,
- Andrés Hurtado se sentía distinto cuando hablaba
- con sus condiscípulos en los pasillos de San
- Carlos y cuando soñaba en la soledad de su
- cuartucho.</p>
-
-<p>Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de
- tarde en tarde. Con ellos debatía las mismas
- cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía
- así apreciar y comparar sus puntos de vista.</p>
-
-<p>De estos amigos, compañeros de Instituto, el
- uno estudiaba para ingeniero, y se llamaba Rafael
- Sañudo; el otro era un chico enfermo, Fermín
- Ibarra.</p>
-
-<p>A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la
- <span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>
-
- noche en un café de la calle Mayor, que se llamaba
- Café del Siglo.</p>
-
-<p>A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado
- cómo divergía en gustos y en ideas de su amigo
- Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba
- tan de acuerdo.</p>
-
-<p>Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en
- el café más que de música; de las óperas del
- Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la
- ciencia, la política, la revolución, España, nada
- tenía importancia al lado de la música de Wagner.
- Wagner era el Mesías, Beethoven y Mozart
- los precursores. Había algunos beethovenianos
- que no querían aceptar a Wagner, no ya como
- el Mesías, ni aun siquiera como un continuador
- digno de sus antecesores, y no hablaban más
- que de la quinta y de la novena, en éxtasis. A
- Hurtado, que no le preocupaba la música, estas
- conversaciones le impacientaban.</p>
-
-<p>Empezó a creer que esa idea general y vulgar
- de que el gusto por la música significa espiritualidad,
- era inexacta. Por lo menos en los casos que
- él veía, la espiritualidad no se confirmaba. Entre
- aquellos estudiantes amigos de Sañudo, muy
- filarmónicos, había muchos, casi todos, mezquinos,
- mal intencionados, envidiosos.</p>
-
-<p>Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo
- todo, la vaguedad de la música hace que
- los envidiosos y los canallas, al oir las melodías
- de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen
- <span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>
- con delicia de la acritud interna que les produce
- sus malos sentimientos, como un hiperclorhídrico
- al ingerir una substancia neutra.</p>
-
-<p>En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo,
- el público, en su mayoría, era de estudiantes;
- había también algunos grupos de familia, de esos
- que se atornillan en una mesa, con gran desesperación
- del mozo, y unas cuantas muchachas
- de aire equívoco.</p>
-
-<p>Entre ellas llamaba la atención una rubia muy
- guapa, acompañada de su madre. La madre era
- una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido,
- y la mirada de jabalí. Se conocía su historia;
- después de vivir con un sargento, el padre
- de la muchacha, se había casado con un relojero
- alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su
- mujer, la había echado de su casa a puntapiés.</p>
-
-<p>Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del
- sábado hablando mal de todo el mundo, y luego
- comentando con el pianista y el violinista del
- café, las bellezas de una sonata de Beethoven o
- de un minué de Mozart. Hurtado comprendió que
- aquel no era su centro y dejó de ir por allí.</p>
-
-<p>Varias noches, Andrés entraba en algún café
- cantante con su tablado para las cantadoras y
- bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el canto
- también cuando era sencillo; pero aquellos especialistas
- de café, hombres gordos que se sentaban
- en una silla con un palito y comenzaban a
- <span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
- dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían
- repugnantes.</p>
-
-<p>La imaginación de Andrés le hacía ver peligros
- imaginarios que por un esfuerzo de voluntad intentaba
- desafiar y vencer.</p>
-
-<p>Había algunos cafés cantantes y casas de juego,
- muy cerrados, que a Hurtado se le antojaban
- peligrosos; uno de ellos era el café del Brillante,
- donde se formaban grupos de chulos, camareras
- y bailadoras; el otro un garito de la calle de la
- Magdalena, con las ventanas ocultas por cortinas
- verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar
- aquí; y entraba temblando de miedo.</p>
-
-<p>Estos miedos variaban en él. Durante algún
- tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una
- buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros
- sombreados de obscuro, y una sonrisa que
- mostraba sus dientes blancos.</p>
-
-<p>Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a
- temblar. Un día la oyó hablar con acento gallego,
- y sin saber por qué, todo su terror desapareció.</p>
-
-<p>Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a
- casa de su condiscípulo Fermín Ibarra. Fermín
- estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la
- vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre
- le tenía como a un niño y le compraba juguetes
- mecánicos que a él le divertían.</p>
-
-<p>Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de
- la clase de disección, de los cafés cantantes, de
- la vida de Madrid de noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p>
-
-<p>Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad.
- Cosa absurda; al salir de casa del pobre enfermo,
- Andrés tenía una idea agradable de su vida.</p>
-
-<p>¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El
- sentirse sano y fuerte cerca del impedido y del
- débil?</p>
-
-<p>Fuera de aquellos momentos, en los demás, el
- estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus
- correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos,
- le daba una impresión de dolor, de
- amargura en el espíritu. La vida en general, y
- sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia,
- dolorosa e indominable.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span></p>
-
-<h3>VII<br />
-ARACIL Y MONTANER</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Aracil</span>, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente
- su primer curso de Anatomía. Aracil
- se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado
- su padre; Montaner a un pueblo de la Sierra
- y Andrés se quedó sin amigos.</p>
-
-<p>El verano le pareció largo y pesado; por las
- mañanas iba con Margarita y Luisito al Retiro, y
- allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde y
- la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas;
- una porción de folletines publicados en
- los periódicos durante varios años. Dumas padre,
- Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon
- sirvieron de pasto a su afán de leer. Tal dosis de
- literatura, de crímenes, de aventuras y de misterios
- acabó por aburrirle.</p>
-
-<p>Los primeros días del curso le sorprendieron
- agradablemente. En estos días otoñales duraba
- todavía la feria de septiembre en el Prado, delante
- del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las
- barracas con juguetes, los tíos vivos, los tiros al
- blanco, y los montones de nueces, almendras y
- <span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
- acerolas, había puestos de libros en donde se
- congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear
- los viejos volúmenes llenos de polvo. Hurtado
- solía pasar todo el tiempo que duraba la feria,
- registrando los libracos entre el señor grave,
- vestido de negro, con anteojos, de aspecto doctoral,
- y algún cura esquelético, de sotana raída.</p>
-
-<p>Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso,
- iba a estudiar Fisiología y creía que el estudio
- de las funciones de la vida le interesaría tanto o
- más que una novela; pero se engañó, no fué así.
- Primeramente el libro de texto era un libro estúpido,
- hecho con recortes de obras francesas y
- escrito sin claridad y sin entusiasmo; leyéndolo
- no se podía formar una idea clara del mecanismo
- de la vida; el hombre aparecía, según el autor,
- como un armario con una serie de aparatos dentro,
- completamente separados los unos de los
- otros, como los negociados de un ministerio.</p>
-
-<p>Luego el catedrático era hombre sin ninguna
- afición a lo que explicaba, un señor senador, de
- esos latosos, que se pasaba las tardes en el Senado
- discutiendo tonterías y provocando el sueño
- de los abuelos de la Patria.</p>
-
-<p>Era imposible que con aquel texto y aquel
- profesor llegara nadie a sentir el deseo de penetrar
- en la ciencia de la vida. La Fisiología, cursándola
- así, parecía una cosa estólida y deslavazada,
- sin problemas de interés ni ningún
- atractivo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span></p>
-
-<p>Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era
- indispensable tomar la Fisiología como todo lo
- demás, sin entusiasmo, como uno de los obstáculos
- que salvar para concluir la carrera.</p>
-
-<p>Esta idea, de una serie de obstáculos, era la
- idea de Aracil. Él consideraba una locura el pensar
- que habían de encontrar un estudio agradable.</p>
-
-<p>Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su
- gran sentido de la realidad le engañaba pocas
- veces.</p>
-
-<p>Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio
- Aracil. Julio era un año o año y medio más
- viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era
- moreno, de ojos brillantes y saltones, la cara de
- una expresión viva, la palabra fácil, la inteligencia
- rápida.</p>
-
-<p>Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado
- que se hacía simpático; pero no, le pasaba
- todo lo contrario; la mayoría de los conocidos le
- profesaban poco afecto.</p>
-
-<p>Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado
- en una capital de provincia, era de una
- posición bastante modesta. Julio se mostraba
- muy independiente, podía haber buscado la protección
- de su primo Enrique Aracil, que por entonces
- acababa de obtener una plaza de médico
- en el hospital, por oposición, y que podía ayudarle;
- pero Julio no quería protección alguna; no
- iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo todo
- <span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
- a sí mismo. Dada su tendencia práctica, era un
- poco paradójica esta resistencia suya a ser protegido.</p>
-
-<p>Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero
- aprobaba siempre. Buscaba amigos menos inteligentes
- que él para explotarles; allí donde veía
- una superioridad cualquiera, fuese en el orden
- que fuese, se retiraba. Llegó a confesar a Hurtado,
- que le molestaba pasear con gente de más
- estatura que él.</p>
-
-<p>Julio aprendía con gran facilidad todos los
- juegos. Sus padres, haciendo un sacrificio, podían
- pagarle los libros, las matrículas y la ropa.
- La tía de Julio solía darle para que fuera alguna
- vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil
- se las arreglaba jugando a las cartas con sus
- amigos, de tal manera, que después de ir al café
- y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes,
- no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que
- tenía dos o tres más.</p>
-
-<p>Aracil era un poco petulante, se cuidaba el
- pelo, el bigote, las uñas y le gustaba echárselas
- de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar,
- pero no podía ejercer su dominación en una
- zona extensa, ni trazarse un plan, y toda su voluntad
- de poder y toda su habilidad se empleaba
- en cosas pequeñas. Hurtado le comparaba a
- esos insectos activos que van dando vueltas a
- un camino circular con una decisión inquebrantable
- e inútil.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p>
-
-<p>Una de las ideas gratas a Julio era pensar
- que había muchos vicios y depravaciones en
- Madrid.</p>
-
-<p>La venalidad de los políticos, la fragilidad de
- las mujeres, todo lo que significara claudicación,
- le gustaba; que una cómica, por hacer un papel
- importante, se entendía con un empresario viejo
- y repulsivo; que una mujer, al parecer honrada,
- iba a una casa de citas, le encantaba.</p>
-
-<p>Esa omnipotencia del dinero, antipática para
- un hombre de sentimientos delicados, le parecía
- a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto
- natural a la fuerza del oro.</p>
-
-<p>Julio era un verdadero fenicio; procedía de
- Mallorca y probablemente había en él sangre
- semítica. Por lo menos si la sangre faltaba, las
- inclinaciones de la raza estaban íntegras. Soñaba
- con viajar por el Oriente, y aseguraba siempre
- que, de tener dinero, los primeros países que visitaría
- serían Egipto y el Asia Menor.</p>
-
-<p>El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado,
- solía afirmar probablemente de una manera
- arbitraria, que en España, desde un punto de
- vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el
- tipo semita. Al tipo ibérico asignaba el doctor las
- cualidades fuertes y guerreras de la raza; al tipo
- semita las tendencias rapaces, de intriga y de
- comercio.</p>
-
-<p>Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita.
- Sus ascendientes debieron ser comerciantes
- <span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
- de esclavos en algún pueblo del Mediterráneo. A
- Julio le molestaba todo lo que fuera violento y
- exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo
- político o social; le gustaba el fausto, la riqueza,
- las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas
- buenas, las llevaba falsas y casi le hacía
- más gracia lo mixtificado que lo bueno.</p>
-
-<p>Daba tanta importancia al dinero, sobre todo
- al dinero ganado, que el comprobar lo difícil de
- conseguirlo le agradaba. Como era su dios, su
- ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese
- parecido mal. Un paraíso conseguido sin esfuerzo
- no entusiasma al creyente; la mitad por lo
- menos del mérito de la gloria está en su dificultad,
- y para Julio la dificultad de conseguir el dinero
- constituía uno de sus mayores encantos.</p>
-
-<p>Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse
- a las circunstancias, para él no había cosas
- desagradables; de considerarlo necesario, lo
- aceptaba todo.</p>
-
-<p>Con su sentido previsor de hormiga, calculaba
- la cantidad de placeres obtenibles por una cantidad
- de dinero. Esto constituía una de sus mayores
- preocupaciones. Miraba los bienes de la
- tierra con ojos de tasador judío. Si se convencía
- de que una cosa de treinta céntimos la había
- comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.</p>
-
-<p>Julio leía novelas francesas de escritores medio
- naturalistas, medio galantes; estas relaciones
- <span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
- de la vida de lujo y de vicio de París le encantaban.</p>
-
-<p>De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner
- también tenía más del tipo semita que del
- ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo exaltado,
- perezoso, tranquilo, comodón.</p>
-
-<p>Blando de carácter, daba al principio de tratarle
- cierta impresión de acritud y energía, que
- no era más que el reflejo del ambiente de su
- familia, constituída por el padre y la madre y
- varias hermanas solteronas, de carácter duro y
- avinagrado.</p>
-
-<p>Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a
- Montaner, se hizo amigo suyo.</p>
-
-<p>Concluyeron los tres compañeros el curso.
- Aracil se marchó, como solía hacerlo todos los
- veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y
- Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.</p>
-
-<p>El verano fué sofocante; por las noches, Montaner,
- después de cenar, iba a casa de Hurtado,
- y los dos amigos paseaban por la Castellana y
- por el Prado, que por entonces tomaba el carácter
- de un paseo provinciano, aburrido, polvoriento
- y lánguido.</p>
-
-<p>Al final del verano un amigo le dió a Montaner
- una entrada para los Jardines del Buen Retiro.
- Fueron los dos todas las noches. Oían cantar
- óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de
- la gente que pasaba dentro del vagón de una
- montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a
- <span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
- las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata
- o limón en algún puesto del Prado.</p>
-
-<p>Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi
- siempre mal de Julio; estaban de acuerdo en
- considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz
- de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando
- Aracil llegaba a Madrid, los dos se reunían siempre
- con él.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p>
-
-
-<h3>VIII<br />
-UNA FÓRMULA DE LA VIDA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">El</span> año siguiente, el cuarto de carrera, había
- para los alumnos, y sobre todo para Andrés
- Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de
- don José de Letamendi.</p>
-
-<p>Letamendi era de estos hombres universales
- que se tenían en la España de hace unos años;
- hombres universales a quienes no se les conocía
- ni de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento
- tal en Europa de genios tan transcendentales,
- se explicaba por esa hipótesis absurda,
- que aunque no la defendía nadie claramente, era
- aceptada por todos, la hipótesis del odio y la
- mala fe internacionales que hacía que las cosas
- grandes de España fueran pequeñas en el extranjero
- y viceversa.</p>
-
-<p>Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido,
- con melenas grises y barba blanca. Tenía
- cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos
- hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre
- que se había hecho una cabeza, como dicen los
- franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y
- <span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
- llevaba un sombrero de copa de alas planas, de
- esos sombreros clásicos de los melenudos profesores
- de la Sorbona.</p>
-
-<p>En San Carlos corría como una verdad indiscutible
- que Letamendi era un genio; uno de esos
- hombres águilas que se adelantan a su tiempo;
- todo el mundo le encontraba abstruso porque
- hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje
- medio filosófico, medio literario.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de
- encontrar algo que llegase al fondo de los problemas
- de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi
- con entusiasmo. La aplicación de las
- Matemáticas a la Biología le pareció admirable.
- Andrés fué pronto un convencido.</p>
-
-<p>Como todo el que cree hallarse en posesión
- de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo,
- una noche Andrés fué al café donde se
- reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las
- doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.</p>
-
-<p>Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes
- de ingenieros. Hurtado se reunió con
- ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar
- la conversación al terreno que deseaba, y expuso
- la fórmula de la vida de Letamendi e intentó
- explicar los corolarios que de ella deducía el
- autor.</p>
-
-<p>Al decir Andrés que la vida, según Letamendi,
- es una función indeterminada entre la energía
- <span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>
- individual y el cosmos, y que esta función
- no puede ser más que suma, resta, multiplicación
- y división, y que no pudiendo ser suma,
- ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación,
- uno de los amigos de Sañudo se echó a reir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué se ríe usted?&mdash;le preguntó Andrés,
- sorprendido.</p>
-
-<p>&mdash;Porque en todo eso que dice usted hay una
- porción de sofismas y de falsedades. Primeramente
- hay muchas más funciones matemáticas
- que sumar, restar, multiplicar y dividir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuáles?</p>
-
-<p>&mdash;Elevar a potencia, extraer raíces... Después,
- aunque no hubiera más que cuatro funciones
- matemáticas primitivas, es absurdo pensar que
- en el conflicto de estos dos elementos la energía
- de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo
- menos, heterogéneo y complicado, porque no
- haya suma, ni resta, ni división, ha de haber
- multiplicación. Además, sería necesario demostrar
- por qué no puede haber suma, por qué no
- puede haber resta y por qué no puede haber
- división. Después habría que demostrar por qué
- no puede haber dos o tres funciones simultáneas.
- No basta decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso lo da el razonamiento.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; perdone usted&mdash;replicó el estudiante&mdash;.
- Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber
- varias funciones matemáticas: suma, si hacemos
- los dos una misma cosa ayudándonos;
- <span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
- resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y
- vence uno de los dos contra el otro; multiplicación,
- si tenemos un hijo, y división si yo la corto
- en pedazos a ella o ella a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es una broma&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que es una broma&mdash;replicó el estudiante&mdash;una
- broma por el estilo de las de su profesor,
- pero que tiende a una verdad, y es que entre
- la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito
- de funciones distintas; sumas, restas, multiplicaciones,
- de todo, y que además es muy posible
- que existan otras funciones que no tengan
- expresión matemática.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo
- que sus preposiciones convencerían a los
- alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo
- y cariacontecido al comprobar su derrota.</p>
-
-<p>Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió
- oyendo sus explicaciones y se convenció de que
- todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios,
- que al principio le pareció serio y profundo,
- no eran más que juegos de prestidigitación,
- unas veces ingeniosos, otras veces vulgares,
- pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica,
- ni empírica.</p>
-
-<p>Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo
- no eran más que vulgaridades disfrazadas
- con un aparato científico, adornadas por conceptos
- retóricos que la papanatería de profesores
- y alumnos tomaba como visiones de profeta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p>
-
-<p>Por dentro, aquel buen señor de las melenas,
- con su mirada de águila y su diletantismo artístico,
- científico y literario; pintor en sus ratos de
- ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro
- costados, era un mixtificador audaz con ese
- fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos.
- Su único mérito real era tener condiciones de literato,
- de hombre de talento verbal.</p>
-
-<p>La palabrería de Letamendi produjo en Andrés
- un deseo de asomarse al mundo filosófico y con
- este objeto compró en unas ediciones económicas
- los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.</p>
-
-<p>Leyó primero <cite>La Ciencia del Conocimiento</cite>, de
- Fichte, y no pudo enterarse de nada. Sacó la
- impresión de que el mismo traductor no había
- comprendido lo que traducía; después comenzó
- la lectura de <cite>Parerga y Paralipomena</cite>, y le pareció
- un libro casi ameno, en parte cándido, y le
- divirtió más de lo que suponía. Por último, intentó
- descifrar <cite>La crítica de la razón pura</cite>. Veía que
- con un esfuerzo de atención podía seguir el razonamiento
- del autor como quien sigue el desarrollo
- de un teorema matemático; pero le pareció
- demasiado esfuerzo para su cerebro y dejó
- Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer,
- que tenía para él el atractivo de ser un
- consejero chusco y divertido.</p>
-
-<p>Algunos pedantes le decían que Schopenhauer
- había pasado de moda, como si la labor de un
- <span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>
- hombre de inteligencia extraordinaria fuera como
- la forma de un sombrero de copa.</p>
-
-<p>Los condiscípulos, a quien asombraban estos
- buceamientos de Andrés Hurtado, le decían:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?</p>
-
-<p>&mdash;Si eso no es filosofía ni nada&mdash;replicaba
- Andrés&mdash;. Letamendi es un hombre sin una idea
- profunda; no tiene en la cabeza más que palabras
- y frases. Ahora, como vosotros no las comprendéis,
- os parecen extraordinarias.</p>
-
-<p>El verano, durante las vacaciones, Andrés leyó
- en la Biblioteca Nacional algunos libros filosóficos
- nuevos de los profesores franceses e italianos
- y le sorprendieron. La mayoría de estos libros no
- tenían más que el título sugestivo; lo demás era
- una eterna divagación acerca de métodos y clasificaciones.</p>
-
-<p>A Hurtado no le importaba nada la cuestión de
- los métodos y de las clasificaciones, ni saber si la
- Sociología era una ciencia o un ciempiés inventado
- por los sabios; lo que quería encontrar era
- una orientación, una verdad espiritual y práctica
- al mismo tiempo.</p>
-
-<p>Los bazares de ciencia de los Lombroso y los
- Ferri, de los Fouillée y de los Janet, le produjeron
- una mala impresión.</p>
-
-<p>Este espíritu latino y su claridad tan celebrada
- le pareció una de las cosas más insulsas, más
- banales y anodinas. Debajo de los títulos pomposos
- <span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
- no había más que vulgaridad a todo pasto.
- Aquello era, con relación a la filosofía, lo que
- son los específicos de la cuarta plana de los periódicos
- respecto a la medicina verdadera.</p>
-
-<p>En cada autor francés se le figuraba a Hurtado
- ver un señor cyranesco, tomando actitudes gallardas
- y hablando con voz nasal; en cambio todos
- los italianos le parecían barítonos de zarzuela.</p>
-
-<p>Viendo que no le gustaban los libros modernos
- volvió a emprender con la obra de Kant, y
- leyó entera con grandes trabajos la <cite>Crítica de la
- razón pura</cite>.</p>
-
-<p>Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban
- las líneas generales de los sistemas que
- iba desentrañando.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p>
-<h3>IX<br />
-UN REZAGADO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Al</span> principio de otoño y comienzo del curso
- siguiente, Luisito, el hermano menor, cayó
- enfermo con fiebres.</p>
-
-<p>Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo
- y huraño. El chico le preocupaba de una manera
- patológica, le parecía que los elementos todos se
- conjuraban contra él.</p>
-
-<p>Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente
- de Julio, y a los pocos días indicó que se trataba
- de una fiebre tifoidea.</p>
-
-<p>Andrés pasó momentos angustiosos; leía con
- desesperación en los libros de Patología la descripción
- y el tratamiento de la fiebre tifoidea y
- hablaba con el médico de los remedios que podrían
- emplearse.</p>
-
-<p>El doctor Aracil a todo decía que no.</p>
-
-<p>&mdash;Es una enfermedad que no tiene tratamiento
- específico&mdash;aseguraba&mdash;; bañarle, alimentarle y
- esperar, nada más.</p>
-
-<p>Andrés era el encargado de preparar el baño y
- tomar la temperatura a Luis.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span></p>
-
-<p>El enfermo tuvo días de fiebre muy alta. Por
- las mañanas, cuando bajaba la calentura, preguntaba
- a cada momento por Margarita y Andrés.
- Éste, en el curso de la enfermedad, quedó asombrado
- de la resistencia y de la energía de su
- hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando
- del niño; no se le ocurría jamás, y si se le
- ocurría no le daba importancia, la idea de que
- pudiera contagiarse.</p>
-
-<p>Andrés desde entonces comenzó a sentir una
- gran estimación por Margarita; el cariño de Luisito
- los había unido.</p>
-
-<p>A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció,
- dejando al niño flaco, hecho un esqueleto.</p>
-
-<p>Andrés adquirió con este primer ensayo de
- médico un gran escepticismo. Empezó a pensar
- si la medicina no serviría para nada. Un buen
- puntal para este escepticismo le proporcionaba
- las explicaciones del profesor de Terapéutica, que
- consideraba inútiles cuando no perjudiciales
- casi todos los preparados de la farmacopea.</p>
-
-<p>No era una manera de alentar los entusiasmos
- médicos de los alumnos, pero indudablemente el
- profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.</p>
-
-<p>Después de las fiebres Luisito quedó débil y a
- cada paso daba a la familia una sorpresa desagradable;
- un día era un calenturón, al otro unas
- convulsiones. Andrés muchas noches tenía que
- ir a las dos o a las tres de la mañana en busca
- del médico y después salir a la botica.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p>
-
-<p>En este curso, Andrés se hizo amigo de un
- estudiante rezagado, ya bastante viejo, a quien
- cada año de carrera costaba por lo menos dos
- o tres.</p>
-
-<p>Un día este estudiante le preguntó a Andrés
- qué le pasaba para estar sombrío y triste. Andrés
- le contó que tenía al hermano enfermo, y el otro
- intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le
- agradeció la simpatía y se hizo amigo del viejo
- estudiante.</p>
-
-<p>Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado,
- era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida,
- nariz afilada, una zalea de pelos negros
- en la barba ya con algunas canas, y la boca sin
- dientes, de hombre débil.</p>
-
-<p>A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre
- misterioso de Lamela, y a éste le chocó sin
- duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los
- dos tenían una vida interior distinta al resto de
- los estudiantes.</p>
-
-<p>El secreto de Lamela era que estaba enamorado,
- pero enamorado de verdad, de una mujer de
- la aristocracia, una mujer de título, que andaba
- en coche e iba a palco al Real.</p>
-
-<p>Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le
- contó sus amores con toda clase de detalles. Ella
- estaba enamoradísima de él, según aseguraba el
- estudiante; pero existían una porción de dificultades
- y de obstáculos que impedían la aproximación
- del uno al otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p>
-
-<p>A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo
- distinto a la generalidad. En las novelas se daba
- como anomalía un hombre joven sin un gran
- amor; en la vida lo anómalo era encontrar un
- hombre enamorado de verdad. El primero que
- conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.</p>
-
-<p>El viejo estudiante padecía un romanticismo
- intenso, mitigado en algunas cosas por una tendencia
- beocia de hombre práctico: Lamela creía
- en el amor y en Dios; pero esto no le impedía
- emborracharse y andar de crápula con frecuencia.
- Según él, había que dar al cuerpo necesidades
- mezquinas y groseras y conservar el espíritu
- limpio.</p>
-
-<p>Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay
- que dar al cuerpo lo que es del cuerpo, y al
- alma lo que es del alma.</p>
-
-<p>&mdash;Si todo eso del alma, es una pamplina&mdash;le
- decía Andrés&mdash;. Son cosas inventadas por los
- curas para sacar dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.</p>
-
-<p>Lamela en el fondo era un rezagado en todo:
- en la carrera y en las ideas. Discurría como un
- hombre de a principio del siglo. La concepción
- mecánica actual del mundo económico y de la
- sociedad, para él no existía. Tampoco existía
- cuestión social. Toda la cuestión social se resolvía
- con la caridad y con que hubiese gentes de
- buen corazón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Eres un verdadero católico&mdash;le decía Andrés-;
- te has fabricado el más cómodo de los
- mundos.</p>
-
-<p>Cuando Lamela le mostró un día a su amada,
- Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona
- fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años
- que un loro.</p>
-
-<p>Además de su aire antipático, ni siquiera hacía
- caso del estudiante gallego, a quien miraba
- con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado.</p>
-
-<p>Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba
- nunca la realidad.</p>
-
-<p>A pesar de su apariencia sonriente y humilde,
- tenía un orgullo y una confianza en sí mismo
- extraordinaria; sentía la tranquilidad del que
- cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones
- humanas.</p>
-
-<p>Delante de los demás compañeros Lamela no
- hablaba de sus amores: pero cuando le cogía a
- Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus confidencias
- no tenían fin.</p>
-
-<p>A todo le quería dar una significación complicada
- y fuera de lo normal.</p>
-
-<p>&mdash;Chico&mdash;decía sonriendo y agarrando del brazo
- a Andrés&mdash;. Ayer la vi.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;añadía con gran misterio&mdash;. Iba con la
- señora de compañía; fuí detrás de ella, entró en
- <span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>
- su casa y poco después salió un criado al balcón.
- ¿Es raro, eh?</p>
-
-<p>&mdash;¿Raro? ¿Por qué?&mdash;preguntaba Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Es que luego el criado no cerró el balcón.</p>
-
-<p>Hurtado se le quedaba mirando preguntándose
- cómo funcionaría el cerebro de su amigo para
- encontrar extrañas las cosas más naturales del
- mundo y para creer en la belleza de aquella dama.</p>
-
-<p>Algunas veces que iban por el Retiro charlando,
- Lamela se volvía y decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira, cállate!</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¿qué pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Que aquel que viene allá es de esos enemigos
- míos que le hablan a ella mal de mí. Viene
- espiándome.</p>
-
-<p>Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya
- tenía más confianza con él le decía:</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría
- a la Sociedad de Psicología de París o de
- Londres.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué?</p>
-
-<p>&mdash;Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo
- que soy el hombre más extraordinario del
- mundo.</p>
-
-<p>El gallego se reía con su risa bonachona.</p>
-
-<p>&mdash;Es que tú eres un niño&mdash;replicaba&mdash;; el día
- que te enamores verás cómo me das la razón
- a mí.</p>
-
-<p>Lamela vivía en una casa de huéspedes de la
- plaza de Lavapiés; tenía un cuarto pequeño,
- <span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
- desarreglado, y como estudiaba, cuando estudiaba,
- metido en la cama, solía descoser los libros
- y los guardaba desencuadernados en pliegos
- sueltos en el baúl o extendidos sobre la mesa.</p>
-
-<p>Alguna que otra vez fué Hurtado a verle a
- su casa.</p>
-
-<p>La decoración de su cuarto consistía en una
- serie de botellas vacías, colocadas por todas partes.
- Lamela compraba el vino para él y lo guardada
- en sitios inverosímiles, de miedo de que los
- demás huéspedes entrasen en el cuarto y se lo
- bebieran, lo que, por lo que contaba, era frecuente.
- Lamela tenía escondidas las botellas dentro
- de la chimenea, en el baúl, en la cómoda.</p>
-
-<p>De noche, según le dijo a Andrés, cuando se
- acostaba ponía una botella de vino debajo de la
- cama, y si se despertaba cogía la botella y se
- bebía la mitad de un trago. Estaba convencido
- de que no había hipnótico como el vino, y que
- a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas
- filfas.</p>
-
-<p>Lamela nunca discutía las opiniones de los
- profesores, no le interesaban gran cosa; para él
- no podía aceptarse más clasificación entre ellos
- que la de los catedráticos de buena intención,
- amigos de aprobar y los de mala intención,
- que suspendían sólo por echárselas de sabios y
- darse tono.</p>
-
-<p>En la mayoría de los casos Lamela dividía a
- los hombres en dos grupos: los unos, gente
- <span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>
- franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón;
- los otros, gente mezquina y vanidosa.</p>
-
-<p>Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta
- última clase, de los más mezquinos e insignificantes.</p>
-
-<p>Verdad es que ninguno de los dos le tomaba
- en serio a Lamela.</p>
-
-<p>Andrés contaba en su casa las extravagancias
- de su amigo. A Margarita le interesaban mucho
- estos amores. Luisito, que tenía la imaginación
- de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole
- a su hermano, un cuento que se llamaba:
- «Los amores de un estudiante gallego con
- la reina de las cacatúas.»</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span></p>
-
-<h3>X<br />
-PASO POR SAN JUAN DE DIOS</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Sin</span> gran brillantez, pero también sin grandes
- fracasos, Andrés Hurtado iba avanzando en
- su carrera.</p>
-
-<p>Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio
- Aracil asistir a unos cursos de enfermedades
- venéreas que daba un médico en el hospital de
- San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a
- Hurtado a que le acompañaran; unos meses después
- iba a haber exámenes de alumnos internos
- para ingreso en el Hospital General; pensaban
- presentarse los tres, y no estaba mal el ver enfermos
- con frecuencia.</p>
-
-<p>La visita en San Juan de Dios fué un nuevo
- motivo de depresión y melancolía para Hurtado.
- Pensaba que por una causa o por otra el mundo
- le iba presentando su cara más fea.</p>
-
-<p>A los pocos días de frecuentar el hospital,
- Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de
- Schopenhauer era una verdad casi matemática.
- El mundo le parecía una mezcla de manicomio
- y de hospital; ser inteligente constituía una
- <span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
- desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la
- inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo,
- viviendo con sus ilusiones, tomaba las
- proporciones de un sabio.</p>
-
-<p>Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala
- de mujeres de San Juan de Dios.</p>
-
-<p>Para un hombre excitado e inquieto como Andrés,
- el espectáculo tenía que ser deprimente.
- Las enfermas eran de lo más caído y miserable.
- Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en
- una sala negra, en un estercolero humano; comprobar
- y evidenciar la podredumbre que envenena
- la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa
- impresión.</p>
-
-<p>El hospital aquel, ya derruído por fortuna, era
- un edificio inmundo, sucio, mal oliente; las ventanas
- de las salas daban a la calle de Atocha y
- tenían, además de las rejas, unas alambreras
- para que las mujeres recluídas no se asomaran y
- escandalizaran. De este modo no entraba allí el
- sol ni el aire.</p>
-
-<p>El médico de la sala, amigo de Julio, era un
- vejete ridículo, con unas largas patillas blancas.
- El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería
- darse aire de catedrático, lo cual a nadie podía
- parecer un crimen; lo miserable, lo canallesco
- era que trataba con una crueldad inútil a aquellas
- desdichadas acogidas allí y las maltrataba
- de palabra y de obra.</p>
-
-<p>¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante
- <span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>
- idiota mandaba llevar castigadas a las enfermas
- a las guardillas y tenerlas uno o dos días
- encerradas por delitos imaginarios. El hablar de
- una cama a otra durante la visita, el quejarse en
- la cura, cualquier cosa, bastaba para estos severos
- castigos. Otras veces mandaba ponerlas a
- pan y agua. Era un macaco cruel este tipo, a
- quien habían dado una misión tan humana como
- la de cuidar de pobres enfermas.</p>
-
-<p>Hurtado no podía soportar la bestialidad de
- aquel idiota de las patillas blancas, Aracil se reía
- de las indignaciones de su amigo.</p>
-
-<p>Una vez Hurtado decidió no volver más por
- allá. Había una mujer que guardaba constantemente
- en el regazo un gato blanco. Era una mujer
- que debió haber sido muy bella, con ojos negros,
- grandes, sombreados, la nariz algo corva
- y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único
- que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el
- médico, la enferma solía bajar disimuladamente
- al gato de la cama y dejarlo en el suelo;
- el animal se quedaba escondido, asustado, al
- ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno
- de los días el médico le vió y comenzó a darle
- patadas.</p>
-
-<p>&mdash;Coged a ese gato y matadlo&mdash;dijo el idiota
- de las patillas blancas al practicante.</p>
-
-<p>El practicante y una enfermera comenzaron a
- perseguir al animal por toda la sala; la enferma
- miraba angustiada esta persecución.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Y a esta tía llevadla a la guardilla&mdash;añadió
- el médico.</p>
-
-<p>La enferma seguía la caza con la mirada, y
- cuando vió que cogían a su gato, dos lágrimas
- gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Canalla! ¡Idiota!&mdash;exclamó Hurtado, acercándose
- al médico con el puño levantado.</p>
-
-<p>&mdash;No seas estúpido&mdash;dijo Aracil&mdash;. Si no quieres
- venir aquí, márchate.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle
- las tripas a ese idiota, miserable.</p>
-
-<p>Desde aquel día ya no quiso volver más a San
- Juan de Dios.</p>
-
-<p>La exaltación humanitaria de Andrés hubiera
- aumentado sin las influencias que obraban en su
- espíritu. Una de ellas era la de Julio, que se burlaba
- de todas las ideas exageradas, como decía
- él; la otra, la de Lamela, con su idealismo práctico,
- y, por último, la lectura de <cite>Parerga y Paralipomena</cite>
- de Schopenhauer, que le inducía a la no
- acción.</p>
-
-<p>A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante
- muchos días estuvo Andrés impresionado
- por lo que dijeron varios obreros en un mitin de
- anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto
- Álvarez, un hombre moreno, de ojos negros y
- barba entrecana, habló en aquel mitin de una
- manera elocuente y exaltada; habló de los niños
- abandonados, de los mendigos, de las mujeres
- caídas...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p>
-
-<p>Andrés sintió el atractivo de este sentimentalismo,
- quizá algo morboso. Cuando exponía sus
- ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil
- le salía al encuentro con su buen sentido:</p>
-
-<p>&mdash;Claro que hay cosas malas en la sociedad&mdash;decía
- Aracil&mdash;. ¿Pero quién las va a arreglar?
- ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además,
- hay desdichas que son comunes a todos;
- esos albañiles de los dramas populares que se
- nos vienen a quejar de que sufren el frío del invierno
- y el calor del verano, no son los únicos;
- lo mismo nos pasa a los demás.</p>
-
-<p>Las palabras de Aracil eran la gota de agua
- fría en las exaltaciones humanitarias de Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Si quieres dedicarte a esas cosas&mdash;le decía&mdash;,
- hazte político, aprende a hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si yo no me quiero dedicar a político&mdash;replicaba
- Andrés indignado.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si no, no puedes hacer nada.</p>
-
-<p>Claro que toda reforma en un sentido humanitario
- tenía que ser colectiva y realizarse por un
- procedimiento político, y a Julio no le era muy
- difícil convencer a su amigo de lo turbio de la
- política.</p>
-
-<p>Julio llevaba la duda a los romanticismos de
- Hurtado; no necesitaba insistir mucho para convencerle
- de que la política es un arte de granjería.</p>
-
-<p>Realmente, la política española nunca ha sido
- nada alto ni nada noble; no era muy difícil convencer
- <span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
- a un madrileño de que no debía tener
- confianza en ella.</p>
-
-<p>La inacción, la sospecha de la inanidad y de la
- impureza de todo arrastraban a Hurtado cada vez
- más a sentirse pesimista.</p>
-
-<p>Se iba inclinando aun anarquismo espiritual,
- basado en la simpatía y en la piedad, sin solución
- práctica ninguna.</p>
-
-<p>La lógica justiciera y revolucionaria de los
- Saint-Just ya no le entusiasmaba, le parecía una
- cosa artificial y fuera de la naturaleza. Pensaba
- que en la vida ni había ni podía haber justicia.
- La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente
- donde los actores representaban una tragedia
- que no comprendían, y los hombres, llegados
- a un estado de intelectualidad, contemplaban la
- escena con una mirada compasiva y piadosa.</p>
-
-<p>Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan
- y de freno, le llevaban a Andrés al mayor desconcierto,
- a una sobrexcitación cerebral continua
- e inútil.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p>
-
-<h3>XI<br />
-DE ALUMNO INTERNO</h3>
-</div>
-
-<p>A mediados de curso se celebraron exámenes
- de alumnos internos para el hospital general.</p>
-
-<p>Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse.
- El examen consistía en unas preguntas hechas
- al capricho por los profesores acerca de
- puntos de las asignaturas ya cursadas por los
- alumnos. Hurtado fué a ver a su tío Iturrioz para
- que le recomendara.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, te recomendaré&mdash;le dijo el tío&mdash;; ¿tienes
- afición a la carrera?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poca.</p>
-
-<p>&mdash;Y entonces, ¿para qué quieres entrar en el
- hospital?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya, qué le voy a hacer! Veré si voy adquiriendo
- la afición. Además, cobraré unos cuartos,
- que me convienen.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien&mdash;contestó Iturrioz&mdash;. Contigo se
- sabe a qué atenerse; eso me gusta.</p>
-
-<p>En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.</p>
-
-<p>Primero tenían que ser libretistas; su obligación
- <span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
- consistía en ir por la mañana y apuntar las
- recetas que ordenaba el médico; por la tarde, recoger
- la botica, repartirla y hacer guardias. De
- libretistas, con seis duros al mes, pasaban a internos
- de clase superior, con nueve, y luego a
- ayudantes, con doce duros, lo que representaba
- la cantidad respetable de dos pesetas al día.</p>
-
-<p>Andrés fué llamado por un médico amigo de
- su tío, que visitaba una de las salas altas del
- tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.</p>
-
-<p>El médico, hombre estudioso, había llegado a
- dominar el diagnóstico como pocos. Fuera de su
- profesión no le interesaba nada: política, literatura,
- arte, filosofía o astronomía, todo lo que no
- fuera auscultar o percutir, analizar orinas o esputos,
- era letra muerta para él.</p>
-
-<p>Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera
- moral del estudiante de Medicina estribaba
- en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera
- de esto, divertirse. A Andrés le preocupaban
- más las ideas y los sentimientos de los enfermos
- que los síntomas de las enfermedades.</p>
-
-<p>Pronto pudo ver el médico de la sala la poca
- afición de Hurtado por la carrera.</p>
-
-<p>&mdash;Usted piensa en todo menos en lo que es
- Medicina&mdash;le dijo a Andrés con severidad.</p>
-
-<p>El médico de la sala estaba en lo cierto. El
- nuevo interno no llevaba el camino de ser un
- clínico; le interesaban los aspectos psicológicos
- <span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span>
- de las cosas; quería investigar qué hacían las
- hermanas de la Caridad, si tenían o no vocación;
- sentía curiosidad por saber la organización del
- hospital y averiguar por dónde se filtraba el dinero
- consignado por la Diputación.</p>
-
-<p>La inmoralidad dominaba dentro del vetusto
- edificio. Desde los administradores de la Diputación
- provincial hasta una sociedad de internos
- que vendía la quinina del hospital en las boticas
- de la calle de Atocha, había seguramente todas
- las formas de la filtración. En las guardias, los
- internos y los señores capellanes se dedicaban a
- jugar al monte, y en el Arsenal funcionaba casi
- constantemente una timba en la que la postura
- menor era una perra gorda.</p>
-
-<p>Los médicos, entre los que había algunos muy
- chulos; los curas, que no lo eran menos, y los
- internos se pasaban la noche tirando de la oreja
- a Jorge.</p>
-
-<p>Los señores capellanes se jugaban las pestañas;
- uno de ellos era un hombrecito bajito, cínico
- y rubio, que había llegado a olvidar sus estudios
- de cura y adquirido afición por la Medicina.
- Como la carrera de médico era demasiado larga
- para él, se iba a examinar de ministrante, y si
- podía, pensaba abandonar definitivamente los
- hábitos.</p>
-
-<p>El otro cura era un mozo bravío, alto, fuerte,
- de facciones enérgicas. Hablaba de una manera
- terminante y despótica; solía contar con gracejo
- <span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
- historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios.</p>
-
-<p>Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia
- de sus palabras, el cura cambiaba
- de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía,
- tomando un tonillo de falsa unción, que no
- cuadraba bien con su cara morena y con la expresión
- de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba
- que la religión nada tenía que ver con los vicios
- de sus indignos sacerdotes.</p>
-
-<p>Algunos internos que le conocían desde hacía
- algún tiempo y le hablaban de tú, le llamaban
- Lagartijo, porque se parecía algo a este célebre
- torero.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, tú, Lagartijo&mdash;le decían.</p>
-
-<p>&mdash;Qué más quisiera yo&mdash;replicaba el cura&mdash;que
- cambiar la estola por una muleta, y en vez
- de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.</p>
-
-<p>Como perdía en el juego con frecuencia, tenía
- muchos apuros.</p>
-
-<p>Una vez le decía a Andrés, entre juramentos
- pintorescos:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo vivir así. No voy a tener más
- remedio que lanzarme a la calle a decir misa en
- todas partes y tragarme todos los días catorce
- hostias.</p>
-
-<p>A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.</p>
-
-<p>Entre los practicantes había algunos curiosísimos,
- verdaderas ratas de hospital, que llevaban
- <span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
- quince o veinte años allí, sin concluir la carrera,
- y que visitaban clandestinamente en los barrios
- bajos más que muchos médicos.</p>
-
-<p>Andrés se hizo amigo de las hermanas de la
- Caridad de su sala y de algunas otras.</p>
-
-<p>Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser
- religioso, por romanticismo, que las hermanas de
- la Caridad eran angelicales; pero la verdad, en el
- hospital no se las veía más que cuidarse de
- cuestiones administrativas y de llamar al confesor
- cuando un enfermo se ponía grave.</p>
-
-<p>Además, no eran criaturas idealistas, místicas,
- que consideraran el mundo como un valle de lágrimas,
- sino muchachas sin recursos, algunas
- viudas, que tomaban el cargo como un oficio,
- para ir viviendo.</p>
-
-<p>Luego las buenas hermanas tenían lo mejor
- del hospital acotado para ellas...</p>
-
-<p>Una vez un enfermero le dió a Andrés un cuadernito
- encontrado entre papeles viejos que habían
- sacado del pabellón de las hijas de la Caridad.</p>
-
-<p>Era el diario de una monja, una serie de notas
- muy breves, muy lacónicas, con algunas impresiones
- acerca de la vida del hospital, que abarcaban
- cinco o seis meses.</p>
-
-<p>En la primera página tenía un nombre: sor
- María de la Cruz, y al lado una fecha. Andrés
- leyó el diario y quedó sorprendido. Había allí
- una narración tan sencilla, tan ingenua de la vida
- <span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
- hospitalesca, contada con tanta gracia, que le
- dejó emocionado.</p>
-
-<p>Andrés quiso enterarse de quién era sor María,
- de si vivía en el hospital o dónde estaba.</p>
-
-<p>No tardó en averiguar que había muerto. Una
- monja, ya vieja, la había conocido. Le dijo a
- Andrés que al poco tiempo de llegar al hospital,
- la trasladaron a una sala de tíficos, y allí adquirió
- la enfermedad y murió.</p>
-
-<p>No se atrevió Andrés a preguntar cómo era,
- qué cara tenía, aunque hubiese dado cualquier
- cosa por saberlo.</p>
-
-<p>Andrés guardó el diario de la monja como una
- reliquia, y muchas veces pensó en cómo sería, y
- hasta llegó a sentir por ella una verdadera obsesión.</p>
-
-<p>Un tipo misterioso y extraño del hospital, que
- llamaba mucho la atención, y de quien se contaban
- varias historias, era el hermano Juan. Este
- hombre, que no se sabía de dónde había venido,
- andaba vestido con una blusa negra, alpargatas
- y un crucifijo colgado al cuello. El hermano Juan
- cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos.
- Era, al parecer, un místico, un hombre que vivía
- en su centro natural, en medio de la miseria y el
- dolor.</p>
-
-<p>El hermano Juan era un hombre bajito, tenía
- la barba negra, la mirada brillante, los ademanes
- suaves, la voz melíflua. Era un tipo semítico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p>
-
-<p>Vivía en un callejón que separaba San Carlos
- del Hospital General. Este callejón tenía dos
- puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo
- de uno de ellos, del que estaba más cerca de la
- calle de Atocha, había establecido su cuchitril el
- hermano Juan.</p>
-
-<p>En este cuchitril se encerraba con un perrito
- que le hacía compañía.</p>
-
-<p>A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano,
- siempre había luz en su camaranchón y
- siempre se le encontraba despierto.</p>
-
-<p>Según algunos, se pasaba la vida leyendo libros
- verdes; según otros, rezaba; uno de los internos
- aseguraba haberle visto poniendo notas
- en unos libros en francés y en inglés acerca de
- psicopatías sexuales.</p>
-
-<p>Una noche en que Andrés estaba de guardia
- uno de los internos dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle
- algo de comer y de beber.</p>
-
-<p>Fueron todos al callejón en donde el hermano
- tenía su escondrijo. Había luz, miraron por si se
- veía algo, pero no se encontraba rendija por
- donde espiar lo que hacía en el interior el misterioso
- enfermero. Llamaron e inmediatamente
- apareció el hermano con su blusa negra.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos de guardia, hermano Juan&mdash;dijo
- uno de los internos&mdash;; venimos a ver si nos da
- usted algo para tomar un modesto piscolabis.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!&mdash;exclamó él&mdash;. Me
- <span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
- encuentran ustedes muy pobre. Pero ya veré, ya
- veré si tengo algo. Y el hombre desapareció tras
- de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se
- presentó al poco rato con un paquete de café,
- otro de azúcar y otro de galletas.</p>
-
-<p>Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia,
- comieron las galletas, tomaron el café y discutieron
- el caso del hermano.</p>
-
-<p>No había unanimidad; unos creían que era un
- hombre distinguido; otros que era un antiguo
- criado; para algunos era un santo; para otros un
- invertido sexual o algo por el estilo.</p>
-
-<p>El hermano Juan era el tipo raro del hospital.
- Cuando recibía dinero, no se sabía de dónde, convidaba
- a comer a los convalecientes y regalaba
- las cosas que necesitaban los enfermos.</p>
-
-<p>A pesar de su caridad y de sus buenas obras,
- este hermano Juan era para Andrés repulsivo; le
- producía una impresión desagradable, una impresión
- física, orgánica.</p>
-
-<p>Había en él algo anormal, indudablemente. ¡Es
- tan lógico, tan natural en el hombre huir del dolor,
- de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin embargo,
- para él, el sufrimiento, la pena, la suciedad,
- debían de ser cosas atrayentes.</p>
-
-<p>Andrés comprendía el otro extremo, que el
- hombre huyese del dolor ajeno, como de una
- cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la indignidad,
- a la inhumanidad; comprendía que se
- evitara hasta la idea de que hubiese sufrimiento
- <span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
- alrededor de uno; pero ir a buscar lo sucio, lo
- triste, deliberadamente, para convivir con ello, le
- parecía una monstruosidad.</p>
-
-<p>Así que cuando veía al hermano Juan, sentía
- esa impresión repelente, de inhibición, que se
- experimenta ante los monstruos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p>
-
-
- <h2>SEGUNDA PARTE<br />
- Las Carnarias.</h2>
- <h3>I<br />
-LAS MINGLANILLAS</h3>
-</div>
-
-
-<p><span class="smcap">Julio</span> Aracil había intimado con Andrés. La vida
- en común de ambos en San Carlos y en el
- hospital, iba unificando sus costumbres, aunque
- no sus ideas ni sus afectos.</p>
-
-<p>Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba
- a sentir más estimación por Hurtado que por
- Montaner.</p>
-
-<p>Andrés había pasado a ser interno como él;
- Montaner, no sólo no pudo aprobar en estos exámenes,
- sino que perdió el curso, y abandonándose
- por completo, empezó a no ir a clase y a
- pasar el tiempo haciendo el amor a una muchacha
- vecina suya.</p>
-
-<p>Julio Aracil comenzaba a experimentar por su
- amigo un gran desprecio y a desearle que todo le
- saliera mal.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span></p>
-
-<p>Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía
- cosas extraordinarias, maravillosas; llegó hasta
- jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas, a
- comprar un título de la Deuda.</p>
-
-<p>Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de
- hombre de mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Te voy presentar en casa de las Minglanillas&mdash;le
- dijo un día riendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son las Minglanillas?&mdash;preguntó
- Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;Unas chicas amigas mías.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se llaman así?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo
- la madre, parece un personaje de Taboada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué son?</p>
-
-<p>&mdash;Son unas chicas hijas de una viuda pensionista.
- Niní y Lulú. Yo estoy arreglado con Niní,
- con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero arreglado hasta qué punto estás con
- ella?</p>
-
-<p>&mdash;Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los
- dos a un rincón de la calle de Cervantes, que yo
- conozco, y que te lo recomendaré cuando lo necesites.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te vas a casar con ella después?</p>
-
-<p>&mdash;¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.</p>
-
-<p>&mdash;Pero has inutilizado a la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! ¡Qué estupidez!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Pues no es tu querida?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse.
- Si tú puedes hacer lo mismo, serás un
- tonto si no lo haces.</p>
-
-<p>A Hurtado no le parecía bien este egoísmo;
- pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y
- fué una tarde con Julio a verla.</p>
-
-<p>Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del
- Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de
- vecindad y galerías llenas de puertas.</p>
-
-<p>Había en casa de la viuda un ambiente de miseria
- bastante triste; la madre y las hijas llevaban
- trajes raídos y remendados; los muebles
- eran pobres, menos alguno que otro indicador
- de ciertos esplendores pasados; las sillas estaban
- destripadas y en los agujeros de la estera se metía
- el pie al pasar.</p>
-
-<p>La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática;
- tenía la cara amarillenta, de color de membrillo;
- la expresión dura, falsamente amable; la
- nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y
- la sonrisa forzada.</p>
-
-<p>La buena señora manifestaba unas ínfulas
- aristocráticas grotescas, y recordaba los tiempos
- en que su marido había sido subsecretario e iba
- la familia a veranear a San Juan de Luz. El que
- las chicas se llamaran Niní y Lulú procedía de
- <span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
- la niñera que tuvieron por primera vez, una
- francesa.</p>
-
-<p>Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña
- Leonarda evocaba accionando con el abanico
- cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner
- los ojos en blanco y suspirar tristemente.</p>
-
-<p>Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a
- charlar con Niní, y Andrés sostuvo la conversación
- con Lulú y con su madre.</p>
-
-<p>Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita;
- tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados
- por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés
- le parecieron muy humanos; la distancia de
- la nariz a la boca y de la boca a la barba era en
- ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto
- simio: la frente pequeña, la boca, de labios
- finos, con una sonrisa entre irónica y amarga;
- los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un
- poco respingona, y la cara pálida, de mal color.</p>
-
-<p>Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía
- e ingenio de sobra; pero le faltaba el atractivo
- principal de una muchacha: la ingenuidad,
- la frescura, la candidez. Era un producto marchito
- por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia.
- Sus diez y ocho años no parecían juventud.</p>
-
-<p>Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y
- sobre todo menos espirituales, era más mujer, tenía
- deseo de agradar, hipocresía, disimulo. El esfuerzo
- constante hecho por Niní para presentarse
- <span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
- como ingenua y cándida, le daba un carácter más
- femenino, más corriente también y vulgar.</p>
-
-<p>Andrés quedó convencido de que la madre conocía
- las verdaderas relaciones de Julio y de su
- hija Niní. Sin duda ella misma había dejado que
- la chica se comprometiera, pensando que luego
- Aracil no la abandonaría.</p>
-
-<p>A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse,
- como Julio, de la miseria de la familia para hacer
- de Niní su querida, con la idea de abandonarla
- cuando le conviniera, le parecía una mala acción.</p>
-
-<p>Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto
- de las intenciones de Julio, hubiese ido a
- casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la
- seguridad de que un día los amores de su amigo
- acabarían con una pequeña tragedia de lloros y
- de lamentos, en que doña Leonarda chillaría y a
- Niní le darían soponcios, era una perspectiva que
- le disgustaba.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p>
-
-
-<h3>II<br />
- UNA CACHUPINADA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Antes</span> de Carnaval, Julio Aracil le dijo a
- Hurtado:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las
- Minglanillas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?</p>
-
-<p>&mdash;El domingo de Carnaval. El petróleo para la
- luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista,
- se pagarán entre todos. De manera que si tú
- quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay
- que pagar?</p>
-
-<p>&mdash;Ya te lo diré uno de estos días.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes van a ir?</p>
-
-<p>&mdash;Pues irán algunas muchachas de la vecindad,
- con sus novios; Casares, ese periodista amigo
- mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá
- chicas guapas.</p>
-
-<p>El domingo de Carnaval, después de salir de
- guardia del hospital, fué Hurtado al baile. Eran
- ya las once de la noche. El sereno le abrió la
- puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente;
- la había hasta en la escalera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p>
-
-<p>Al entrar Andrés se encontró a Julio en un
- grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le
- presentó a un sainetero, un hombre estúpido y
- fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar
- sin duda su profesión, dijo unos cuantos
- chistes, a cual más conocidos y vulgares.
- También le presentó a Antoñito Casares, empleado
- y periodista, hombre de gran partido entre
- las mujeres.</p>
-
-<p>Antoñito era un andaluz con una moral de
- chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer
- sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares
- toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo,
- una contribución, una gabela.</p>
-
-<p>Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases:
- unas las pobres, para divertirse, y otra las
- ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero,
- a ser posible.</p>
-
-<p>Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia
- de anglo-sajón. Como tenía buen aspecto
- y vestía bien, al principio las muchachas a quien
- se dirigía le acogían como a un pretendiente
- aceptable. El audaz trataba de ganar terreno;
- hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba
- la calle. A esto llamaba él <em>trabajar</em> a una mujer.
- La muchacha, mientras consideraba al galanteador
- como un buen partido, no le rechazaba;
- pero cuando se enteraba de que era un empleadillo
- humilde, un periodista, desconocido y gorrón,
- ya no le volvía a mirar a la cara.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p>
-
-<p>Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por
- Casares, a quien consideraba como un compadre
- digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente
- para subir en la vida.</p>
-
-<p>Cuando comenzaron a tocar el piano todos los
- muchachos se lanzaron en busca de pareja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sabes bailar?&mdash;le preguntó Aracil a Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco
- quiere bailar, y trátala con consideración.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me dices esto?</p>
-
-<p>&mdash;Porque hace un momento&mdash;añadió Julio con
- ironía&mdash;doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas
- hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito,
- como si fueran vírgenes.</p>
-
-<p>Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre
- de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado
- y canalla.</p>
-
-<p>Andrés fué abriéndose paso. Había varios
- quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete.
- En el comedorcito, la mesa ofrecía a los
- concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas
- de vino blanco. Entre las muchachas que
- más sensación producían en el baile había una
- rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía
- su historia. Un señor rico que la rondaba se la
- llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después
- la rubia se escapó del hotel, huyendo del
- raptor, que al parecer era un sátiro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p>
-
-<p>Toda la familia de la muchacha tenía cierto
- estigma de anormalidad. El padre, un venerable
- anciano por su aspecto, había tenido un proceso
- por violar a una niña, y un hermano de la rubia,
- después de disparar dos tiros a su mujer, intentó
- suicidarse.</p>
-
-<p>A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la
- distinguían casi todas las vecinas con un odio
- furioso.</p>
-
-<p>Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el
- balcón, para que rabiaran las muchachas de la
- vecindad, medias negras caladas, camisas de
- seda llenas de lacitos y otra porción de prendas
- interiores lujosas y espléndidas que no podían
- proceder más que de un comercio poco honorable.</p>
-
-<p>Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran
- con aquella muchacha; según decía, ella
- no podía sancionar amistades de cierto género.</p>
-
-<p>La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o
- trece años, era muy bonita, muy descocada, y
- seguía, sin duda, las huellas de la mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esta <em>peque</em> de la vecindad es más sinvergüenza!&mdash;dijo
- una vieja detrás de Andrés, señalando
- a la Elvira.</p>
-
-<p>La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo
- la diosa Venus, y al moverse, sus caderas
- y su pecho abultado, se destacaban de una manera
- un poco insultante.</p>
-
-<p>Casares, al verla pasar, la decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya usted con Dios, guerrera!</p>
-
-<p>Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse
- cerca de Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Muy tarde ha venido usted&mdash;le dijo ella.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, he estado de media guardia en el hospital.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, no va usted a bailar?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo ganas. Me mareo.</p>
-
-<p>Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, negra&mdash;la dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted, blanco?&mdash;le preguntó
- ella con descaro.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no me sale... de adentro&mdash;contestó
- ella de una manera achulada.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted mala sangre, negra&mdash;le dijo Casares.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, que usted la debe tener buena, blanco&mdash;replicó
- ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no ha querido usted bailar con
- él?&mdash;le preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Porque es un boceras; un tío antipático, que
- cree que todas las mujeres están enamoradas de
- él. ¡Que se vaya a paseo!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p>
-
-<p>Siguió el baile con animación creciente y Andrés
- permaneció sin hablar al lado de Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Me hace usted mucha gracia&mdash;dijo ella de
- pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión
- de una alimaña.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó Andrés, enrojeciendo
- súbitamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda
- conmigo? ¿Sí, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, no me ha dicho nada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es
- demasiado delicado para confesarlo. A él le parece
- eso muy natural. Se tiene una novia pobre,
- una señorita cursi como nosotras para entretenerse,
- y después se busca una mujer que tenga algún
- dinero para casarse.</p>
-
-<p>&mdash;No creo que esa sea su intención.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que
- no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe
- la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un
- egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre
- y a mi hermana... y total, ¿para qué?</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo
- haría.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no, porque usted es de otra manera...
- Además, en usted no hay caso, porque no se va
- a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no.</p>
-
-<p>Ella comprendía que no gustara a los hombres.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p>
-
-<p>A ella misma le gustaban más las chicas, y no es
- que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era
- que no le hacían impresión los hombres.</p>
-
-<p>Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor
- han puesto sobre todos los motivos de la vida
- sexual, se había desgarrado demasiado pronto
- para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y
- el hombre en una época en que su instinto nada
- le decía, y esto le había producido una mezcla de
- indiferencia y de repulsión por todas las cosas
- del amor.</p>
-
-<p>Andrés pensó que esta repulsión provenía más
- que nada de la miseria orgánica, de la falta de
- alimentación y de aire.</p>
-
-<p>Lulú le confesó que estaba deseando morirse,
- de verdad, sin romanticismo alguno; creía que
- nunca llegaría a vivir bien.</p>
-
-<p>La conversación les hizo muy amigos a Andrés
- y a Lulú.</p>
-
-<p>A las doce y media hubo que terminar el baile.
- Era condición indispensable, fijada por doña
- Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al
- día siguiente, y por más que todo el mundo pidió
- que se continuara, doña Leonarda fué inflexible,
- y para la una estaba ya despejada la casa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span></p>
-
-
-<h3>III<br />
-LAS MOSCAS</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Andrés</span> salió a la calle con un grupo de hombres.</p>
-
-<p>Hacía un frío intenso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde iríamos?&mdash;preguntó Julio.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a casa de doña Virginia&mdash;propuso
- Casares&mdash;. ¿Ustedes la conocerán?</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí la conozco&mdash;contestó Aracil.</p>
-
-<p>Se acercaron a una casa próxima, de la misma
- calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En
- un balcón del piso principal se leía este letrero a
- la luz de un farol:</p>
-
-<p class="tdc p2">
- VIRGINIA GARCÍA<br/>
- <br/>
- <span class="smcap">Comadrona con título del colegio<br/>
-de san carlos</span><br/>
- <br/>
- (<i lang="fr" xml:lang="fr">Sage femme.</i>)<br/>
-</p>
-
-<p class="p2">&mdash;No se ha debido acostar, porque hay luz&mdash;dijo
- Casares.</p>
-
-<p>Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta,
- y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles
- <span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>
- una criada vieja que les pasó a un comedor
- en donde estaba la comadrona sentada a una
- mesa con dos hombres. Tenían delante una botella
- de vino y tres vasos.</p>
-
-<p>Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda,
- con una cara de angelito de Rubens que llevara
- cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo.
- Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de
- un cochinillo asado y unos lunares en el mentón
- que le hacían parecer una mujer barbuda.</p>
-
-<p>Andrés la conocía de vista por haberla encontrado
- en San Carlos en la clínica de partos, ataviada
- con unos trajes claros y unos sombreros de
- niña bastante ridículos.</p>
-
-<p>De los dos hombres, uno era el amante de la
- comadrona. Doña Virginia le presentó como un
- italiano profesor de idiomas de un colegio. Este
- señor, por lo que habló, daba la impresión de
- esos personajes que han viajado por el extranjero
- viviendo en hoteles de dos francos y que luego
- ya no se pueden acostumbrar a la falta de <i lang="fr" xml:lang="fr">confort</i>
- de España.</p>
-
-<p>El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra
- y anteojos, era nada menos que el director de la
- revista <cite>El Masón Ilustrado</cite>.</p>
-
-<p>Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel
- día estaba de guardia, cuidando a una parturiente.
- La comadrona tenía una casa bastante grande
- con unos gabinetes misteriosos que daban a la
- calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas,
- <span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
- hijas de familia, a las cuales, un mal paso
- dejaba en situación comprometida.</p>
-
-<p>Doña Virginia pretendía demostrar que era de
- una exquisita sensibilidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecitas!&mdash;decía de sus huéspedas&mdash;.
- ¡Qué malos son ustedes los hombres!</p>
-
-<p>A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.</p>
-
-<p>En vista de que no podían quedarse allí, salió
- todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos
- pasos se encontraron con un muchacho, sobrino
- de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando
- a una chulapa con la que pensaba ir al
- baile de la Zarzuela.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, Victorio!&mdash;le saludó Aracil.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, Julio!&mdash;contestó el otro&mdash;. ¿Qué tal?
- ¿De dónde salen ustedes?</p>
-
-<p>&mdash;De aquí; de casa de doña Virginia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente tía! Es una explotadora de esas
- pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.</p>
-
-<p>¡Un prestamista llamando explotadora a una
- comadrona! Indudablemente, el caso no era del
- todo vulgar.</p>
-
-<p>El director de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, que se
- reunió con Andrés, le dijo con aire grave que
- doña Virginia era una mujer de cuidado; había
- echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos;
- no le asustaba nada. Hacía abortar,
- suprimía chicos, secuestraba muchachas y las
- vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar
- <span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>
- masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para
- ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera
- un niño.</p>
-
-<p>En estos negocios de abortos y de tercerías
- manifestaba una audacia enorme. Como esas
- moscas sarcófagas que van a los animales despedazados
- y a las carnes muertas, así aparecía
- doña Virginia con sus palabras amables, allí
- donde olfateaba la familia arruinada a quien
- arrastraban al <i lang="la" xml:lang="la">spoliarium</i>.</p>
-
-<p>El italiano, aseguró el director de <cite>El Masón
- Ilustrado</cite>, no era profesor de idiomas ni mucho
- menos, sino un cómplice en los negocios nefandos
- de doña Virginia, y si sabía francés e inglés,
- era porque había andado durante mucho tiempo
- de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles.</p>
-
-<p>Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de
- San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les
- invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero
- Aracil y Casares supusieron que Victorio no les
- querría pagar la entrada, y dijeron que no.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a hacer una cosa&mdash;propuso el sainetero
- amigo de Casares.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;preguntó Julio.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido
- del teatro ahora.</p>
-
-<p>Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor
- dramático que tenía dos hijas coristas. Este
- Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p>
-
-<p>Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron
- pasteles en la calle del Carmen esquina a la del
- Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo Domingo,
- y se detuvieron delante de una casa
- grande.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no alborotemos&mdash;advirtió el sainetero,
- porque el sereno no nos abriría.</p>
-
-<p>Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal,
- y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director
- de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, comenzaron a subir
- una ancha escalera hasta llegar a las guardillas,
- alumbrándose con fósforos.</p>
-
-<p>Llamaron en una puerta, apareció una muchacha
- que les hizo pasar a un estudio de pintor y
- poco después se presentó un señor de barba y
- pelo entrecano, envuelto en un gabán.</p>
-
-<p>Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo
- autor de comedias y de dramas detestables en
- verso.</p>
-
-<p>El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en
- artista, en bohemio; era en el fondo un completo
- majadero, que había echado a perder a sus hijas
- por un estúpido romanticismo.</p>
-
-<p>Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso;
- ninguna de las dos tenía condición para la
- escena; pero el padre no creía más que en el arte,
- y las había llevado al Conservatorio, luego metido
- en un teatro de partiquinas y relacionado con
- periodistas y cómicos.</p>
-
-<p>Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero
- <span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
- amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada
- con un revendedor.</p>
-
-<p>El amante de Pura, además de un acreditado
- imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la
- mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto
- a llevarse todo lo que veía. Aquella noche
- estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno,
- con el labio inferior colgante.</p>
-
-<p>Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio,
- sacando a relucir una colección de chistes viejos
- y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil
- y el director de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, tomaron la
- casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron
- una porción de horrores con una mala intención
- canallesca.</p>
-
-<p>Se reían de la chifladura del padre, que creía
- que todo aquello era la vida artística. El pobre
- imbécil no notaba la mala voluntad que ponían
- todos en sus bromas.</p>
-
-<p>Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron
- con avidez los pasteles que habían llevado
- los visitantes, sin hacer caso de nada.</p>
-
-<p>Uno de los saineteros hizo el león, tirándose
- por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas
- quintillas que se aplaudieron a rabiar.</p>
-
-<p>Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de
- los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso
- de agua y se encontró con Casares y el director
- de <cite>El Masón Ilustrado</cite>. Este estaba empeñado
- <span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
- en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina
- y echarlo luego en la tinaja del agua.</p>
-
-<p>Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted es un imbécil&mdash;le dijo Andrés
- bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Que es usted un imbécil, una mala bestia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Usted no me dice a mí eso!&mdash;gritó el masón.</p>
-
-<p>&mdash;¿No está usted oyendo que se lo digo?</p>
-
-<p>&mdash;En la calle no me repite usted eso.</p>
-
-<p>&mdash;En la calle y en todas partes.</p>
-
-<p>Casares tuvo que intervenir, y como sin duda
- quería marcharse, aprovechó la ocasión de acompañar
- a Hurtado diciendo que iba para evitar
- cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta,
- y el periodista y Andrés fueron juntos hasta
- la Puerta del Sol. Casares le brindó su protección
- a Andrés; sin duda, prometía protección y
- ayuda a todo el mundo.</p>
-
-<p>Hurtado se marchó a casa mal impresionado.
- Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres;
- aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre
- gente desdichada. La piedad no aparecía por el
- mundo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-
-<h3>IV<br />
- LULÚ</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">La</span> conversación que tuvo en el baile con Lulú,
- dió a Hurtado el deseo de intimar algo más
- con la muchacha.</p>
-
-<p>Realmente la chica era simpática y graciosa.
- Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que
- otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en
- dos rayitas, lo que le daba una gran expresión
- de malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de
- los labios para arriba, y su cara tomaba un aire
- satírico y agudo.</p>
-
-<p>No se mordía la lengua para hablar. Decía
- habitualmente horrores. No había en ella dique
- para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba
- a lo más escabroso, una expresión de cinismo
- brillaba en sus ojos.</p>
-
-<p>El primer día que fué Andrés a ver a Lulú
- después del baile, contó su visita a casa de doña
- Virginia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?&mdash;preguntó
- Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Sí</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Valiente tía cerda.</p>
-
-<p>&mdash;Niña&mdash;exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones
- son esas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo
- peor?</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! ¡Qué palabras!</p>
-
-<p>&mdash;A mí me vino un día&mdash;siguió diciendo
- Lulú&mdash;preguntándome si quería ir con ella a casa
- de un viejo. ¡Qué tía guarra!</p>
-
-<p>A Hurtado le asombraba la mordacidad de
- Lulú. No tenía ese repertorio vulgar de chistes
- oídos en el teatro; en ella todo era callejero, popular.</p>
-
-<p>Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa,
- sólo para oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer
- inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas
- que viven trabajando en las grandes ciudades,
- con una aspiración mayor por ver, por
- enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres
- sensuales.</p>
-
-<p>A Hurtado le sorprendía; pero no le producía
- la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera
- sido imposible para él pensar que pudiera llegar
- a tener con Lulú más que una cordial amistad.</p>
-
-<p>Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia,
- y solía ganar hasta tres pesetas al día. Con
- esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda,
- vivía la familia; Niní ganaba poco, porque,
- aunque trabajaba, era torpe.</p>
-
-<p>Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba
- <span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
- a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas
- veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.</p>
-
-<p>Lulú cogía rápidamente las canciones de la
- calle y las cantaba con una picardía admirable.
- Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra
- grotesca, eran las que más le gustaban.</p>
-
-<p>El tango aquel que empieza diciendo:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Un cocinero de Cádiz, muy afamado,</div>
-<div class="line">a las mujeres las compara con el guisado</div>
-</div></div></div>
-
-<p>y esos otros en que las mujeres entran en quinta,
- o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?,
- o el de las mujeres que montan en bicicleta, en
- el que hay esa preocupación graciosa, expresada
- así:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">Por eso hay ahora</div>
-<div class="line i1">mil discusiones,</div>
-<div class="line">por si han de llevar faldas</div>
-<div class="line i1">o pantalones.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Todas estas canciones populares las cantaba
- con muchísima gracia.</p>
-
-<p>A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios
- llenos de pensamientos de las chicas inquietas
- y neuróticas. En aquellos instantes sus ideas
- parecían converger hacia adentro, y la fuerza de
- la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban
- de pronto, mientras estaba ensimismada, se ruborizaba
- y se confundía.</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que anda maquinando cuando está
- así&mdash;decía su madre&mdash;; pero no debe ser nada
- bueno.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span></p>
-
-<p>Lulú le contó a Andrés que de chica había
- pasado una larga temporada sin querer hablar.
- En aquella época el hablar le producía una gran
- tristeza, y desde entonces le quedaban estos
- arrechuchos.</p>
-
-<p>Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se
- largaba a la calle a comprar algo en la mercería
- próxima, y contestaba a las frases de los horteras
- de la manera más procaz y descarada.</p>
-
-<p>Este poco apego a defender los intereses de la
- clase les parecía a doña Leonarda y a Niní una
- verdadera vergüenza.</p>
-
-<p>&mdash;Ten en cuenta que tu padre fué un personaje&mdash;decía
- doña Leonarda con énfasis.</p>
-
-<p>&mdash;Y nosotras nos morimos de hambre&mdash;replicaba
- Lulú.</p>
-
-<p>Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban
- la labor, Lulú se metía en algún rincón, apoyándose
- en varios sitios al mismo tiempo. Así como
- encajonada, en un espacio estrecho, formado por
- dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario
- del comedor, se ponía a hablar con su habitual
- cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana.
- Todo lo que fuera deforme en un sentido
- humano la regocijaba. Estaba acostumbrada a no
- guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener
- amigas de su edad, porque le gustaba espantar
- a las mojigatas con barbaridades; en cambio,
- era buena para los viejos y para los enfermos,
- comprendía sus manías, sus egoísmos, y se reía
- <span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
- de ellos. Era también servicial; no le molestaba
- andar con un chico sucio en brazos o cuidar de
- una vieja enferma de la guardilla.</p>
-
-<p>A veces, Andrés la encontraba más deprimida
- que de ordinario; entre aquellos parapetos de sillas
- viejas solía estar con la cabeza apoyada en
- la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando
- fijamente el techo o alguno de los agujeros
- de la estera.</p>
-
-<p>Otras veces se ponía a cantar la misma canción
- sin parar.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, muchacha, ¡cállate!&mdash;decía su madre&mdash;.
- Me tienes loca con ese estribillo.</p>
-
-<p>Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía
- con la canción.</p>
-
-<p>A veces iba por la casa un amigo del marido
- de doña Leonarda, don Prudencio González.</p>
-
-<p>Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen
- abultado. Gastaba levita negra, chaleco blanco,
- del que colgaba la cadena del reloj llena de
- dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el
- bigote corto y pintado y la cara roja. Hablaba con
- acento andaluz y tomaba posturas académicas en
- la conversación.</p>
-
-<p>El día que iba don Prudencio, doña Leonarda
- se multiplicaba.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, que ha conocido a mi marido&mdash;decía
- con voz lacrimosa&mdash;. Usted, que nos ha visto en
- otra posición.</p>
-
-<p>Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los
- ojos de los esplendores pasados.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
- MÁS DE LULÚ</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Algunos</span> días de fiesta, por la tarde, Andrés
- acompañó a Lulú y a su madre a dar un
- paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.</p>
-
-<p>El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más
- popular y estar cerca de su casa, y por aquel
- olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.</p>
-
-<p>&mdash;Porque es usted, le dejo que acompañe a
- Lulú&mdash;decía doña Leonarda, con cierto retintín.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno, mamá&mdash;replicaba Lulú&mdash;.
- Todo eso está de más.</p>
-
-<p>En el Botánico se sentaban en algún banco, y
- charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones,
- sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la
- infancia estaban muy grabados en su imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Me da una pena pensar en cuando era chica!&mdash;decía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¿Vivía usted bien?&mdash;le preguntaba
- Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; pero me da mucha pena.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span></p>
-
-<p>Contaba Lulú que de niña la pegaban para que
- no comiera el yeso de las paredes y los periódicos.
- En aquella época había tenido jaquecas, ataques
- de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que
- no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco
- desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha
- una barbaridad de tiempo, como se encontraba
- tan cansada, que el menor esfuerzo la
- rendía.</p>
-
-<p>Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su
- manera de ser espiritual y material. Lulú era muy
- arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías
- sin razón alguna.</p>
-
-<p>No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos
- calientes; sólo le apetecían cosas frías,
- picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo
- consentiría a usted&mdash;le decía Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues diga usted que es mi primo.</p>
-
-<p>&mdash;Usted ríase&mdash;contestaba Andrés&mdash;; pero yo
- la metería en cintura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!&mdash;contestaba
- ella, cantando descaradamente.</p>
-
-<p>Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si
- hubiese conocido más y podido comparar, hubiera
- llegado a sentir estimación por Lulú.</p>
-
-<p>En el fondo de su falta de ilusión y de moral,
- al menos de moral corriente, tenía esta muchacha
- <span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
- una idea muy humana y muy noble de las
- cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni
- los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le
- molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe.
- Sentía un gran deseo de lealtad.</p>
-
-<p>Decía que si un hombre la pretendía, y ella
- viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera
- rico o pobre, soltero o casado.</p>
-
-<p>Tal afirmación parecía una monstruosidad, una
- indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no
- aceptaba derechos ni prácticas sociales.</p>
-
-<p>&mdash;Cada cual debe hacer lo que quiera&mdash;decía.</p>
-
-<p>El desenfado inicial de su vida le daba un valor
- para opinar muy grande.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras se iría usted con un hombre?&mdash;le
- preguntaba Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque
- me pegara después.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin casarse?</p>
-
-<p>&mdash;Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres
- años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no
- me lo quitaba nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y luego?...</p>
-
-<p>&mdash;Luego seguiría trabajando como ahora, o me
- envenenaría.</p>
-
-<p>Esta tendencia al final trágico era muy frecuente
- en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar,
- y de acabar de una manera melodramática.
- Decía que no le gustaría llegar a vieja.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span></p>
-
-<p>En su franqueza extraordinaria, hablaba con
- cinismo. Un día le dijo a Andrés:</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted: hace unos años estuve a punto
- de perder la honra, como decimos las mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó Andrés, asombrado,
- al oir esta revelación.</p>
-
-<p>&mdash;Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme.
- Yo tenía doce años. Y gracias que llevaba
- pantalones y empecé a chillar; si no... estaría
- deshonrada&mdash;añadió con voz campanuda.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que la idea no le espanta a usted
- mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Para una mujer que no es guapa, como yo,
- y que tiene que estar siempre trabajando, como
- yo, la cosa no tiene gran importancia.</p>
-
-<p>¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad
- y de análisis de Lulú?&mdash;se preguntaba
- Andrés&mdash;. ¿Era espontánea, era sentida, o había
- algo de ostentación para parecer original? Difícil
- era averiguarlo.</p>
-
-<p>Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés
- convidaban a Lulú, a Niní y a su madre a ir a
- algún teatro, y después entraban en un café.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span></p>
-
-<h3>VI<br />
- MANOLO EL CHAFANDÍN</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Una</span> amiga, con la cual solía prestarse mutuos
- servicios Lulú, era una vieja, planchadora
- de la vecindad, que se llamaba Venancia.</p>
-
-<p>La señora Venancia tendría unos sesenta años,
- y trabajaba constantemente; invierno y verano
- estaba en su cuartucho, sin cesar de planchar un
- momento. La señora Venancia vivía con su hija
- y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo
- el Chafandín.</p>
-
-<p>El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de
- ninguno, no trabajaba más que rara vez, y vivía
- a costa de la suegra.</p>
-
-<p>Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último
- era una niña de pecho que solía estar con frecuencia
- metida en un cesto en el cuarto de la señora
- Venancia, y a quien Lulú solía pasear en
- brazos por la galería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué va a ser esta niña?&mdash;preguntaban algunos.</p>
-
-<p>Y Lulú contestaba:</p>
-
-<p>&mdash;Golfa, golfa&mdash;u otra palabra más dura, y
- <span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>
- añadía: Así la llevarán en coche, como a la Estrella.</p>
-
-<p>La hija de la señora Venancia era una vaca sin
- cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la
- vida disputando con las comadres de la vecindad.
- Como a Manolo, su hombre, no le gustaba
- trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora
- Venancia, y el dinero del taller de planchado
- no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades
- de la casa.</p>
-
-<p>Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la
- mujer de Manolo siempre salía a la defensa del
- marido, como si este holgazán tuviera derecho a
- vivir del trabajo de los demás.</p>
-
-<p>Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la
- hija atropellaba a la madre, salió en defensa de
- la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo;
- la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió
- que su marido era un cabronazo; la otra le dijo
- que ella y toda su familia eran unas cursis muertas
- de hambre, y gracias a que se interpusieron
- otras vecinas, no se tiraron de los pelos.</p>
-
-<p>Aquellas palabras ocasionaron un conflicto,
- porque Manolo el Chafandín, que era un chulo
- aburrido, de estos cobardes, decidió pedir explicaciones
- a Lulú de sus palabras.</p>
-
-<p>Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido,
- se escandalizaron. Doña Leonarda echó una chillería
- a Lulú por mezclarse con aquella gente.</p>
-
-<p>Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que
- <span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
- para las cosas que se referían a su respetabilidad
- social.</p>
-
-<p>&mdash;Estás empeñada en ultrajarnos&mdash;dijo a Lulú
- medio llorando&mdash;. ¿Qué vamos a hacer, Dios mío,
- cuando venga ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Que venga&mdash;replicó Lulú&mdash;; yo le diré que
- es un gandul y que más le valía trabajar y no vivir
- de su suegra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los
- demás? ¿Por qué te mezclas con esa gente?</p>
-
-<p>Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y
- doña Leonarda les puso al corriente de lo ocurrido.</p>
-
-<p>&mdash;Qué demonio; no les pasará a ustedes nada&mdash;dijo
- Andrés&mdash;; aquí estaremos nosotros.</p>
-
-<p>Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada
- del Chafandín, se hubiera marchado con
- gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por
- no pasar por un cobarde, se quedó.</p>
-
-<p>A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó
- decir:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se puede?</p>
-
-<p>&mdash;Adelante&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de
- día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado,
- con un sombrero ancho torero y una gran cadena
- de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro
- y rizado trazaba tantas vueltas como el muelle
- de un reloj de bolsillo. Doña Leonarda y Niní
- <span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>
- temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron
- a explicarse.</p>
-
-<p>El Chafandín puso su garrota en el antebrazo
- izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones
- y consideraciones acerca de la honra
- y de las palabras que se dicen imprudentemente.</p>
-
-<p>Se veía que estaba sondeando a ver si se podía
- atrever a echárselas de valiente, porque aquellos
- señoritos lo mismo podían ser dos panolis
- que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.</p>
-
-<p>Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos
- y las piernas, dispuesta a saltar.</p>
-
-<p>El Chafandín comenzó a envalentonarse al
- ver que no le contestaban, y subió el tono de la
- voz.</p>
-
-<p>&mdash;Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote)
- le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora
- no es una zorra; habrá otras más zorras que ella,
- y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que
- yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo
- le como los hígados al que diga eso.</p>
-
-<p>Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe
- con el garrote en el suelo.</p>
-
-<p>Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés,
- un poco pálido, se levantó y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; siéntese usted.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy bien así&mdash;dijo el chulo.</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando
- <span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>
- desde hace mucho tiempo, de pie, y se
- va usted a cansar.</p>
-
-<p>Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, diga usted&mdash;siguió diciendo Andrés&mdash;qué
- es lo que usted quiere, en resumen.</p>
-
-<p>&mdash;¿En resumen?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo quiero una explicación.</p>
-
-<p>&mdash;Una explicación, ¿de qué?</p>
-
-<p>&mdash;De las palabras que ha dicho aquí (y volvió
- a señalar a Lulú) contra mi señora y contra este
- servidor.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hombre, no sea usted imbécil.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy imbécil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que diga esta señorita?
- ¿Que su mujer no es una zorra, ni una borracha,
- ni un perro, y que usted no es un cabronazo?
- Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen
- hombre se vaya tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;A mí ningún pollo neque me toma el pelo&mdash;dijo
- el Chafandín, levantándose.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo que voy a hacer&mdash;dijo Andrés irritado&mdash;es
- darle un silletazo en la cabeza y echarle a
- puntapiés por las escaleras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo.</p>
-
-<p>Y Andrés se acercó al chulo con la silla en
- el aire. Doña Leonarda y sus hijas empezaron a
- gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la
- puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el
- <span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
- Chafandín cerró la puerta y se escapó por la galería,
- soltando bravatas e insultos.</p>
-
-<p>Andrés quería salir a calentarle las costillas
- para enseñarle a tratar a las personas; pero entre
- las mujeres y Julio le convencieron de que se
- quedara.</p>
-
-<p>Durante toda la riña Lulú estaba vibrando,
- dispuesta a intervenir. Cuando Andrés se despidió,
- le estrechó la mano entre las suyas con más
- fuerza que de ordinario.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p>
-
-<h3>VII<br />
- HISTORIA DE LA VENANCIA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">La</span> escena bufa con Manolo el Chafandín hizo
- que en la casa de doña Leonarda se le considerara
- a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó
- un día al taller de la Venancia. La Venancia
- era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras;
- se pasaba el día sin descansar un momento.</p>
-
-<p>Tenía una vida curiosa. De joven había estado
- de doncella en varias casas, hasta que murió su
- última señora y dejó de servir.</p>
-
-<p>La idea del mundo de la Venancia era un
- poco caprichosa. Para ella el rico, sobre todo el
- aristócrata, pertenecía a una clase superior a la
- humana.</p>
-
-<p>Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio,
- a la inmoralidad, al egoísmo; estaba como por
- encima de la moral corriente. Una pobre como
- ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una
- cosa monstruosa; pero esto mismo en una señorona
- lo encontraba disculpable.</p>
-
-<p>A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña,
- <span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>
- por la cual el que posee salud, fuerza, belleza
- y privilegios tiene más derecho a otras ventajas
- que el que no conoce más que la enfermedad,
- la debilidad, lo feo y lo sucio.</p>
-
-<p>Aunque no se sabe la garantía científica que
- tenga, hay en el cielo católico, según la gente,
- un santo, San Pascual Bailón, que baila delante
- del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más.
- Si uno tiene suerte, le da más, más, más; si tiene
- desgracias le da también más, más, más. Esta
- filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.</p>
-
-<p>La señora Venancia, mientras planchaba, contaba
- historias de sus amos. Andrés fué a oirla
- con gusto.</p>
-
-<p>La primera ama donde sirvió la Venancia era
- una mujer caprichosa y loca, de un humor endiablado;
- pegaba a los hijos, al marido, a los
- criados y le gustaba enemistar a sus amigos.</p>
-
-<p>Una de las maniobras que empleaba era hacer
- que uno se escondiera detrás de una cortina
- al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para
- que hablase mal del que estaba escondido y le
- oyese.</p>
-
-<p>La dama obligaba a su hija mayor a vestirse
- de una manera pobre y ridícula, con el objeto
- de que nadie se fijara en ella. Llegó en su maldad
- hasta esconder unos cubiertos en el jardín
- y acusar a un criado de ladrón y hacer que lo
- llevaran a la cárcel.</p>
-
-<p>Una vez en esta casa, la Venancia velaba a
- <span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
- uno de los hijos de la señora que se encontraba
- muy grave. El niño estaba en la agonía, y a eso
- de las diez de la noche murió. La Venancia fué
- llorando a avisar a su señora lo que ocurría, y se
- la encontró vestida para un baile. Le dió la triste
- noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora.
- La señora se fué al baile, y cuando volvió
- comenzó a llorar, haciéndose la desesperada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué loba!&mdash;dijo Lulú al oir la narración.</p>
-
-<p>De esta casa la señora Venancia había pasado
- a otra de una duquesa muy guapa, muy generosa,
- pero de un desenfreno terrible.</p>
-
-<p>Aquella tenía los amantes a pares&mdash;dijo la Venancia&mdash;.
- Muchas veces iba a la iglesia de Jesús
- con un hábito de estameña parda, y pasaba allí
- horas y horas rezando, y a la salida la esperaba
- su amante en coche y se iba con él.</p>
-
-<p>&mdash;Un día&mdash;contó la planchadora&mdash;estaba la
- duquesa con su querido en la alcoba; yo dormía
- en un cuarto próximo que tenía una puerta de
- comunicación. De pronto oigo un estrépito de
- campanillazos y de golpes. Aquí está el marido&mdash;pensé.
- Salté de la cama y entré por la puerta
- excusada en la habitación de mi señora. El duque,
- a quien había abierto algún criado, golpeaba
- furioso la puerta de la alcoba; la puerta no tenía
- más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a
- la menor fuerza; yo la atranqué con el palo de
- una cortina. El amante, azorado, no sabía qué
- hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le
- <span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
- llevé por la puerta excusada, le dí las ropas de
- mi marido y le eché a la escalera. Después me
- vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba
- furioso, con una pistola en la mano, dando golpes
- en la puerta de la alcoba. La señora, al oir
- mi voz, comprendió que la situación estaba salvada
- y abrió la puerta. El duque miró por todos
- los rincones, mientras ella le contemplaba tan
- tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó
- y me besó, y me dijo que se arrepentía de todo
- corazón, que en adelante iba a hacer una vida
- recatada; pero a los quince días ya tenía otro
- amante.</p>
-
-<p>La Venancia conocía toda la vida íntima del
- mundo aristocrático de su época; los sarpullidos
- de los brazos y el furor erótico de Isabel II; la
- impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades,
- las costumbres de los aristócratas las sabía
- por detalles vistos por sus ojos.</p>
-
-<p>A Lulú le interesaban estas historias.</p>
-
-<p>Andrés afirmaba que toda aquella gente era
- una sucia morralla, indigna de simpatía y de
- piedad; pero la señora Venancia, con su extraña
- filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario,
- decía que todos eran muy buenos, muy caritativos,
- que hacían grandes limosnas y remediaban
- muchas miserias.</p>
-
-<p>Algunas veces Andrés trató de convencer a la
- planchadora de que el dinero de la gente rica
- procedía del trabajo y del sudor de pobres miserables
- <span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
- que labraban el campo, en las dehesas y
- en los cortijos. Andrés afirmaba que tal estado
- de injusticia podía cambiar; pero esto para la señora
- Venancia era una fantasía.</p>
-
-<p>&mdash;Así hemos encontrado el mundo y así lo
- dejaremos&mdash;decía la vieja, convencida de que su
- argumento no tenía réplica.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p>
-
-
-<h3>VIII<br />
- OTROS TIPOS DE LA CASA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Una</span> de las cosas características de Lulú era
- que tenía reconcentrada su atención en la
- vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido
- en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía
- el menor interés. Mientras trabajaba en su
- bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba
- entre los vecinos.</p>
-
-<p>La casa donde vivían, aunque a primera vista
- no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban
- en ella gran número de familias. Sobre
- todo, la población de las guardillas era numerosa
- y pintoresca.</p>
-
-<p>Pasaban por ella una porción de tipos extraños
- del hampa y la pobretería madrileña. Una
- inquilina de las guardillas, que daba siempre
- que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja.
- La pobre mujer se emborrachaba y padecía
- un delirio alcohólico político, que consistía en
- vitorear a la República y en insultar a las autoridades,
- a los ministros y a los ricos.</p>
-
-<p>Los agentes de seguridad la tenían por blasfema,
- <span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
- y la llevaban de cuando a la sombra a pasar
- una quincena; pero al salir volvía a las andadas.</p>
-
-<p>La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol,
- quería que la dijeran la señora Nieves,
- pues así se llamaba.</p>
-
-<p>Otra vieja rara de la vecindad era la señora
- Benjamina, a quien daban el mote de Doña Pitusa.
- Doña Pitusa era una viejezuela pequeña,
- de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.</p>
-
-<p>Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y
- a la de Montserrat; decía a todas horas que había
- tenido muchas desgracias de familia y pérdidas
- de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba
- su afición al aguardiente.</p>
-
-<p>La señora Benjamina recorría medio Madrid
- pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas
- lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se
- ponía en una bocacalle con el velo negro echado
- sobre la cara, y sorprendía al transeunte con
- una narración trágica, expresada en tonos teatrales;
- decía que era viuda de un general; que
- acababa de morírsele un hijo de veinte años, el
- único sostén de su vida; que no tenía para
- amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar
- su cadáver.</p>
-
-<p>El transeunte a veces se estremecía, a veces
- replicaba que debía tener muchos hijos de veinte
- <span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
- años, cuanto con tanta frecuencia se le moría
- uno.</p>
-
-<p>El hijo verdadero de la Benjamina tenía más
- de veinte años; se llamaba el Chuleta, y estaba
- empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado,
- algo giboso, de aspecto enfermizo, con
- unos pelos azafranados en la barba y ojos de
- besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba
- las historias melodramáticas de su madre. El
- Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente
- desagradable verle en la tienda en medio
- de sus ataúdes.</p>
-
-<p>El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no
- se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le
- guardaba un odio insaciable.</p>
-
-<p>El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el
- mismo aspecto de abatimiento y de estupidez
- trágica del padre y todos tan mal intencionados
- y tan rencorosos como él.</p>
-
-<p>Había también en las guardillas una casa de
- huéspedes de una gallega bizca, tan ancha de
- arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía
- de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de
- disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían
- Aracil y Hurtado; un enfermero del Hospital General
- y un cesante, a quien llamaban don Cleto.</p>
-
-<p>Don Cleto Meana era el filósofo de la casa,
- era un hombre bien educado y culto, que había
- caído en la miseria. Vivía de algunas caridades
- que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito
- <span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
- y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba
- gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin
- manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él
- mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se
- pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna
- hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los
- pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos
- de balde. Don Cleto era un estoico.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, con un panecillo al día y unos cuantos
- cigarros vivo bien como un príncipe&mdash;decía el
- pobre.</p>
-
-<p>Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos;
- se sentaba en los bancos, entablaba conversación
- con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas
- colillas y las guardaba, porque, como era un caballero,
- no le gustaba que le sorprendieran en
- ciertos trabajos menesteres.</p>
-
-<p>Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la
- calle; la llegada de un príncipe extranjero, el entierro
- de un político constituían para él grandes
- acontecimientos.</p>
-
-<p>Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le
- decía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya se va usted, don Cleto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; voy a dar una vueltecita.</p>
-
-<p>&mdash;De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don
- Cleto.</p>
-
-<p>&mdash;Ja, ja, ja&mdash;reía él&mdash;. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué
- cosas dicen!</p>
-
-<p>Otro tipo de la casa muy conocido era el
- <span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>
- Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo,
- droguero, curandero y sanguijuelero. El
- Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar,
- y allí solía estar con frecuencia con la Silveria,
- su hija, una buena moza, muy guapa, a quien
- Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo
- los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones
- de honor, estaba dispuesto, al menos así lo
- decía él, a pegarle una puñalada al que intentara
- deshonrarle.</p>
-
-<p>Toda esta gente de la casa pagaba su contribución
- en dinero o en especie al tío de Victorio,
- el prestamista de la calle de Atocha, llamado don
- Martín, y a quien por mal nombre se le conocía
- por el tío Miserias.</p>
-
-<p>El tío Miserias, el personaje más importante
- del barrio, vivía en una casa suya de la calle de
- la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo,
- como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos
- y una reja en el piso bajo.</p>
-
-<p>El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado
- y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro,
- en un ojo, lo que hacía su cara más sombría.
- Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas
- de orillo y una capa larga, que le colgaba
- de los hombros como de un perchero.</p>
-
-<p>Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés,
- salía muy temprano de su casa y estaba en
- la trastienda de su establecimiento, siempre de
- vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida
- <span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
- delante de un brasero, respirando continuamente
- un aire cargado de óxido de carbono.</p>
-
-<p>Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una
- mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don
- Martín tenía, además de la tienda de la calle de
- Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete.
- En esta última su negocio principal era
- tomar en empeño sábanas y colchones a la gente
- pobre.</p>
-
-<p>Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba
- que la sociedad le debía atenciones que le negaba.
- Un dependiente, un buen muchacho al parecer,
- en quien tenía colocada su confianza, le jugó
- una mala pasada. Un día el dependiente cogió
- un hacha que tenían en la casa de préstamos
- para hacer astillas con que encender el brasero,
- y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes
- con él, y por poco no le abre la cabeza.</p>
-
-<p>Después el muchacho, dando por muerto a don
- Martín, cogió los cuartos del mostrador y se fué
- a una casa de trato de la calle de San José, y allí
- le prendieron.</p>
-
-<p>Don Martín quedó indignado cuando vió que
- el Tribunal, aceptando una serie de circunstancias
- atenuantes, no condenó al muchacho más
- que a unos meses de cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Es un escándalo&mdash;decía el usurero pensativo&mdash;.
- Aquí no se protege a las personas honradas.
- No hay benevolencia más que para los criminales.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span></p>
-
-<p>Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie;
- a un burrero de la vecindad, porque no le
- pagaba unos réditos, le embargó las burras de
- leche, y por más que el burrero decía que si no
- le dejaba las burras sería más difícil que le pagara,
- don Martín no accedió. Hubiera sido capaz
- de comerse las burras por aprovecharlas.</p>
-
-<p>Victorio, el sobrino del prestamista, prometía
- ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela.
- El tal Victorio era un Don Juan de casa
- de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los
- bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas
- y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos
- en los corazones femeninos. Este joven explotaba
- al prestamista. El dinero que el tío Miserias
- había arrancado a los desdichados vecinos
- pasaba a Victorio, que se lo gastaba con
- rumbo.</p>
-
-<p>A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba
- camino de enriquecerse y de acrecentar su
- fortuna.</p>
-
-<p>Victorio era dueño de una chirlata de la calle
- del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos,
- y de una taberna de la calle del León.</p>
-
-<p>La taberna le daba a Victorio grandes ganancias,
- porque tenía una tertulia muy productiva.
- Varios puntos entendidos con la casa iniciaban
- una partida de juego, y cuando había dinero
- en la mesa, alguno gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señores, la Policía!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p>
-
-<p>Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas,
- mientras que los agentes de Policía conchabados
- entraban en el cuarto.</p>
-
-<p>A pesar de su condición de explotador y de
- conquistador de muchachas, la gente del barrio
- no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy
- natural y lógico lo que hacía.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p>
-
-<h3>IX<br />
-LA CRUELDAD UNIVERSAL</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Tenía</span> Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente
- las vidas de los vecinos de la
- casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban
- estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana
- de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz.</p>
-
-<p>Al principio de conocerle, Andrés no le trató
- a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz
- le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba
- todo con indiferencia; luego, sin saber a
- punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su
- sequedad, encontró que era una de las pocas
- personas con quien se podía conversar acerca de
- puntos transcendentales.</p>
-
-<p>Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de
- Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.</p>
-
-<p>Le asistía un criado, antiguo soldado de la
- época en que Iturrioz fué médico militar.</p>
-
-<p>Entre amo y criado habían arreglado la azotea,
- pintado las tejas con alquitrán, sin duda
- para hacerlas impermeables y puesto unas graderías
- <span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
- donde estaban escalonados las cajas de
- madera y los cubos llenos de tierra donde tenían
- sus plantas.</p>
-
-<p>Aquella mañana en que se presentó Andrés
- en casa de Iturrioz, su tío se estaba bañando y
- el criado le llevó a la azotea.</p>
-
-<p>Se veía desde allí el Guadarrama entre dos
- casas altas; hacia el Oeste, el tejado del cuartel
- de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de
- Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la
- torre de Móstoles y la carretera de Extremadura,
- con unos molinos de viento en sus inmediaciones.
- Más al Sur brillaban, al sol de una mañana
- de abril, las manchas verdes de los cementerios
- de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe
- y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.</p>
-
-<p>Poco después salía Iturrioz a la azotea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, te pasa algo?&mdash;le dijo a su sobrino al
- verle.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; venía a charlar un rato con usted.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis
- tiestos.</p>
-
-<p>Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo
- de la terraza, llenó una cuba y comenzó con
- un cacharro a echar agua en las plantas.</p>
-
-<p>Andrés habló de la gente de la vecindad de
- Lulú, de las escenas del hospital, como casos
- extraños, dignos de un comentario; de Manolo
- el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de
- doña Virginia...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué consecuencias puede sacarse de todas
- estas vidas?&mdash;preguntó Andrés al final.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí la consecuencia es fácil&mdash;contestó
- Iturrioz con el bote de agua en la mano&mdash;. Que
- la vida es una lucha constante, una cacería cruel
- en que nos vamos devorando los unos a los
- otros. Plantas, microbios, animales.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo también he pensado en eso&mdash;repuso
- Andrés&mdash;; pero voy abandonando la idea. Primeramente
- el concepto de la lucha por la vida
- llevada así a los animales, a las plantas y hasta
- los minerales, como se hace muchas veces, no es
- más que un concepto antropomórfico, después,
- ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don
- Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese
- hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?</p>
-
-<p>&mdash;Te contestaré por partes&mdash;repuso Iturrioz
- dejando el bote para regar, porque estas discusiones
- le apasionaban&mdash;. Tú me dices, este concepto
- de lucha es un concepto antropomórfico.
- Claro, llamamos a todos los conflictos lucha,
- porque es la idea humana que más se aproxima
- a esa relación que para nosotros produce un
- vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este
- concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha.
- La hiena que monda los huesos de un cadáver,
- la araña que sorbe una mosca, no hace más ni
- menos que el árbol bondadoso llevándose de la
- tierra el agua y las sales necesarias para su vida.
- El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena,
- <span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
- a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre
- justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con
- la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol,
- y cree que hace bien.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay
- justicia?</p>
-
-<p>&mdash;En un sentido absoluto, no; en un sentido
- relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso
- para apoderarse primero del espacio, ocupar un
- lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso
- de la energía de un vivo contra los obstáculos
- del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto
- de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo
- es lo que nos conviene. Supón, en el ejemplo de
- antes, que la hiena, en vez de ser muerta por el
- hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre
- él y le aplasta, que la araña le hace una picadura
- venenosa; pues nada de eso nos parece justo,
- porque no nos conviene. A pesar de que en el
- fondo no haya más que esto, un interés utilitario
- ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad
- es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero
- cómo la vamos a realizar?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay que indignarse porque una araña mate
- a una mosca?&mdash;siguió diciendo Iturrioz&mdash;. Bueno.
- Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla?
- Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas
- comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al
- <span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
- hombre esos instintos fieros que te repugnan?
- ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino:
- <i lang="la" xml:lang="la">Homo hominis lupus</i>, el hombre es un lobo para
- el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años
- lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de
- un carnívoro como el chacal, un omnívoro como
- el perro; pero se necesitan muchos siglos para
- eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había
- acostumbrado a una paloma a comer carne y a
- un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el
- caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos;
- son águilas que se alimentan de pan en vez de
- alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos.
- Ahí tienes el caso del hermano Juan...</p>
-
-<p>&mdash;Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.</p>
-
-<p>&mdash;Será un mochuelo o una garduña; pero de
- instintos perturbados.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es muy posible&mdash;repuso Andrés&mdash;; pero
- creo que nos hemos desviado de la cuestión; no
- veo la consecuencia.</p>
-
-<p>&mdash;La consecuencia, a la que yo iba era ésta,
- que ante la vida no hay más que dos soluciones
- prácticas para el hombre sereno, o la abstención
- y la contemplación indiferente de todo, o la acción
- limitándose a un círculo pequeño. Es decir,
- que se puede tener el quijotismo contra una anomalía;
- pero tenerlo contra una regla general, es
- absurdo.</p>
-
-<p>&mdash;De manera que, según usted, el que quiera
- <span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
- hacer algo tiene que restringir su acción justiciera
- a un medio pequeño.</p>
-
-<p>&mdash;Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar
- en tu contemplación la casa, el pueblo, el
- país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo
- lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y
- una acción justiciera, tendrás que restringirte
- hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá
- hasta la misma conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que tiene de bueno la filosofía&mdash;dijo
- Andrés con amargura; le convence a uno de que
- lo mejor es no hacer nada.</p>
-
-<p>Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea
- y luego dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Es la única objeción que me puedes hacer;
- pero no es mía la culpa.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Ir a un sentido de justicia universal&mdash;prosiguió
- Iturrioz&mdash;es perderse; adaptando el principio
- de Fritz Müller de que la embriología de un
- animal reproduce su genealogía, o como dice
- Haeckel, que la ontogenia es una recapitulación
- de la filogenia, se puede decir que la psicología
- humana no es más que una síntesis de la psicología
- animal. Así se encuentran en el hombre todas
- las formas de la explotación y de la lucha:
- la del microbio, la del insecto, la de la fiera...
- Ese usurero que tú me has descrito, el tío Miserias,
- ¡qué de avatares no tiene en la zoología!
- Ahí están los acinétidos chupadores que absorben
- <span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>
- la substancia protoplasmática de otros infusorios;
- ahí están todas las especies de aspergilos
- que viven sobre las substancias en descomposición.
- Estas antipatías de gente maleante ¿no están
- admirablemente representadas en ese antagonismo
- irreductible del bacilo de pus azul con
- la bacteridia carbuncosa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí es posible&mdash;murmuró Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!,
- ¡qué de Victorios!, ¡qué de Manolos los Chafandines,
- no hay! Ahí tienes el <i lang="la" xml:lang="la">ichneumon</i>, que mete
- sus huevos en una lombriz y la inyecta una
- substancia que obra como el cloroformo; el <i lang="la" xml:lang="la">sphex</i>,
- que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las
- sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en
- las celdas de sus larvas para que las vayan devorando;
- ahí están las avispas, que hacen lo mismo,
- arrojando al <i lang="la" xml:lang="la"> spoliarium</i> que sirve de despensa
- para sus crías, los pequeños insectos, paralizados
- por un lancetazo que les dan con el
- aguijón en los anglios motores; ahí está el <em>estafilino</em>
- que se lanza a traición sobre otro individuo
- de su especie, le sujeta, le hiere y le absorbe
- los jugos; ahí está el <em>meloe</em>, que penetra subrepticiamente
- en los panales de las abejas, se introduce
- en el alvéolo en donde la reina pone su larva,
- se atraca de miel y luego se come a la larva;
- ahí está...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería
- horrible.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de
- reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia
- es una ilusión humana; en el fondo todo es
- destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir,
- respirar, son formas de creación y de destrucción
- al mismo tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Y entonces, ¿qué hacer?&mdash;murmuró Andrés&mdash;.
- ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear,
- cazar, con la serenidad de un salvaje?</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú en la serenidad del salvaje?&mdash;preguntó
- Iturrioz&mdash;. ¡Qué ilusión! Eso también es
- una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido
- sereno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que no habrá plan ninguno para vivir
- con cierto decoro?&mdash;preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;El que lo tiene es porque ha inventado uno
- para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural,
- que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial,
- lo creado por el hombre, es bueno. Si
- pudiera viviría en un club de Londres, no iría
- nunca al campo, sino a un parque; bebería agua
- filtrada y respiraría aire esterilizado...</p>
-
-<p>Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba
- a fantasear por entretenimiento. Se levantó
- y se apoyó en el barandado de la azotea.</p>
-
-<p>Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban
- unas palomas; en un canalón grande corrían y
- jugueteaban unos gatos.</p>
-
-<p>Separados por una tapia alta había enfrente
- <span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
- dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el
- otro de un convento de frailes.</p>
-
-<p>El jardín del convento se hallaba rodeado por
- árboles frondosos; el del colegio no tenía más
- que algunos macizos con hierbas y flores, y era
- una cosa extraña que daba cierta impresión de
- algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las
- niñas corriendo y gritando, y a los frailes que
- pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando
- la vuelta al patio.</p>
-
-<p>&mdash;Vida es lo uno y vida es lo otro&mdash;dijo Iturrioz
- filosóficamente comenzando a regar sus
- plantas.</p>
-
-<p>Andrés se fué a la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?&mdash;se
- preguntaba con angustia. Y, la gente, las
- cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el
- problema planteado en su cerebro.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span></p>
-
-
-
- <h2>TERCERA PARTE<br />
- Tristezas y dolores.</h2>
- <h3>I<br />
- DÍA DE NAVIDAD</h3>
-</div>
-
-
-<p><span class="smcap">Un</span> día, ya en el último año de la carrera, antes
- de las Navidades, al volver Andrés del
- hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía
- sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto.
- Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía
- el costado, respiraba con facilidad; sólo un ligero
- tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras
- la otra estaba pálida.</p>
-
-<p>No se trataba de una enfermedad aguda. La
- idea de que el niño estuviera tuberculoso le
- hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia
- de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.</p>
-
-<p>Andrés recogió un pañuelo manchado con
- sangre y lo llevó a que lo analizasen al laboratorio.
- Pidió al médico de su sala que recomendara
- el análisis.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p>
-
-<p>Durante aquellos días vivió en una zozobra
- constante; el dictamen del laboratorio fué tranquilizador:
- no se había podido encontrar el bacilo
- de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo,
- esto no le dejó a Hurtado completamente
- satisfecho.</p>
-
-<p>El médico de la sala, a instancias de Andrés,
- fué a casa a reconocer al enfermito. Encontró
- a la percusión cierta opacidad en el vértice del
- pulmón derecho. Aquello podía no ser nada;
- pero unido a la ligera hemoptisis, indicaba con
- muchas probabilidades una tuberculosis incipiente.</p>
-
-<p>El profesor y Andrés discutieron el tratamiento.
- Como el niño era linfático, algo propenso a
- catarros, consideraron conveniente llevarlo a un
- país templado, a orillas del Mediterráneo a ser
- posible; allí le podrían someter a una alimentación
- intensa, darle baños de sol, hacerle vivir al
- aire libre y dentro de la casa en una atmósfera
- creosotada, rodearle de toda clase de condiciones
- para que pudiera fortificarse y salir de la infancia.</p>
-
-<p>La familia no comprendía la gravedad, y Andrés
- tuvo que insistir para convencerles de que
- el estado del niño era peligroso.</p>
-
-<p>El padre, don Pedro, tenía unos primos en
- Valencia, y estos primos, solterones, poseían
- varias casas en pueblos próximos a la capital.</p>
-
-<p>Se les escribió y contestaron rápidamente; todas
- <span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
- las casas suyas estaban alquiladas menos
- una de un pueblecito inmediato a Valencia.</p>
-
-<p>Andrés decidió ir a verla.</p>
-
-<p>Margarita le advirtió que no había dinero en
- casa; no se había cobrado aún la paga de Navidad.</p>
-
-<p>&mdash;Pediré dinero en el hospital e iré en tercera&mdash;dijo
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!</p>
-
-<p>&mdash;No importa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vete a casa de los tíos&mdash;le advirtió
- Margarita.</p>
-
-<p>&mdash;No, ¿para qué?&mdash;contestó él&mdash;. Yo veo la
- casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando
- un telegrama diciendo: Contestadles que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es una grosería. Si se enteran...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero
- andar con ceremonias y con tonterías; bajo en
- Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama
- y me vuelvo en seguida.</p>
-
-<p>No hubo manera de convencerle. Después de
- cenar tomó un coche y se fué a la estación. Entró
- en un vagón de tercera.</p>
-
-<p>La noche de diciembre estaba fría, cruel. El
- vaho se congelaba en los cristales de las ventanillas
- y el viento helado se metía por entre las
- rendijas de la portezuela.</p>
-
-<p>Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se
- subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos
- <span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>
- del pantalón. Aquella idea de la enfermedad
- de Luisito le turbaba.</p>
-
-<p>La tuberculosis era una de esas enfermedades
- que le producía un terror espantoso; constituía
- una obsesión para él. Meses antes se había dicho
- que Roberto Koch había inventado un remedio
- eficaz para la tuberculosis: la tuberculina.</p>
-
-<p>Un profesor de San Carlos fué a Alemania y
- trajo la tuberculina.</p>
-
-<p>Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes
- se les inyectó el nuevo remedio. La reacción febril
- que les produjo hizo concebir al principio
- algunas esperanzas; pero luego se vió que no
- sólo no mejoraban, sino que su muerte se aceleraba.</p>
-
-<p>Si el chico estaba realmente tuberculoso, no
- había salvación.</p>
-
-<p>Con aquellos pensamientos desagradables,
- marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio
- adormecido.</p>
-
-<p>Al amanecer se despertó, con las manos y los
- pies helados.</p>
-
-<p>El tren marchaba por la llanura castellana y el
- alba apuntaba en el horizonte.</p>
-
-<p>En el vagón no iba más que un aldeano
- fuerte, de aspecto enérgico y duro de manchego.</p>
-
-<p>Este aldeano le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, un poco.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tome usted mi manta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son
- muy delicados.</p>
-
-<p>A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció
- el obsequio en el fondo del corazón.</p>
-
-<p>Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el
- campo.</p>
-
-<p>Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo,
- antes llano, mostraba colinas y árboles que iban
- pasando por delante de la ventanilla del tren.</p>
-
-<p>Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a
- templar el aire. Cerca de Játiba salió el sol, un
- sol amarillo, que se derramaba por el campo entibiando
- el ambiente.</p>
-
-<p>La tierra presentaba ya un aspecto distinto.</p>
-
-<p>Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta,
- con el río Júcar profundo, de lenta corriente.
- El sol iba elevándose en el cielo; comenzaba a
- hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la
- zona mediterránea la naturaleza y la gente eran
- otras.</p>
-
-<p>En las estaciones los hombres y las mujeres,
- vestidos con trajes claros, hablaban a gritos, gesticulaban,
- corrían.</p>
-
-<p>&mdash;Eh, tú,
- <em>ché</em>&mdash;se oía decir.
-</p>
-
-<p>Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos,
- barracas blancas con el techado negro, alguna
- palmera que pasaba en la rapidez de la marcha
- como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera,
- <span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
- unas estaciones antes de llegar a Valencia, y
- poco después Andrés apareció en el raso de la
- plaza de San Francisco, delante de un solar
- grande.</p>
-
-<p>Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó
- cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y,
- después de discusiones y de regateos, quedaron
- de acuerdo en un duro por ir, esperar media
- hora y volver a la estación.</p>
-
-<p>Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles
- de Valencia y tomó por una carretera.</p>
-
-<p>El carrito tenía por detrás una lona blanca y,
- al agitarse ésta por el viento, se veía el camino
- lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.</p>
-
-<p>En una media hora la tartana embocaba la primera
- calle del pueblo, que aparecía con su torre
- y su cúpula brillante. A Andrés le pareció la disposición
- de la aldea buena para lo que él deseaba;
- el campo de los alrededores, no era de huerta,
- sino de tierras de secano medio montañosas.</p>
-
-<p>A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se
- veía un castillejo y varios grupos de enormes
- girasoles.</p>
-
-<p>Tomó la tartana por la calle larga y ancha,
- continuación de la carretera, hasta detenerse cerca
- de una explanada levantada sobre el nivel de
- la calle.</p>
-
-<p>El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada,
- con su puerta azul muy grande y tres
- ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel pegado
- <span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
- en la puerta indicaba que la llave la tenían
- en la casa de al lado.</p>
-
-<p>Se asomó al portal próximo y una vieja, con
- la tez curtida y negra por el sol, le dió la llave,
- un pedazo de hierro que parecía un arma de
- combate prehistórica.</p>
-
-<p>Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente
- sobre sus goznes, y entró en un espacioso
- vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia
- el jardín.</p>
-
-<p>La casa apenas tenía fondo; por el arco del
- vestíbulo se salía a una galería ancha y hermosa
- con un emparrado y una verja de madera pintada
- de verde. De la galería, extendida paralelamente
- a la carretera, se bajaba por cuatro escalones
- al huerto, rodeado por un camino que
- bordeaba sus tapias.</p>
-
-<p>Este huerto, con varios árboles frutales desnudos
- de hojas, se hallaba cruzado por dos avenidas
- que formaban una plazoleta central y lo dividían
- en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos
- y jaramagos espesos cubrían la tierra y borraban
- los caminos.</p>
-
-<p>Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador
- formado por palos, sobre el cual se
- sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo
- follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido
- que no dejaba pasar la luz del sol.</p>
-
-<p>A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre
- pedestales de ladrillo, había dos estatuas de
- <span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
- yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el cenador.
- En la pared del fondo se veía un cuadro
- de azulejos blancos y azules con figuras que representaban
- a Santo Tomás de Villanueva vestido
- de obispo, con su báculo en la mano y un
- negro y una negra arrodillados junto a él.</p>
-
-<p>Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él
- deseaba; hizo un plano de las habitaciones y del
- jardín y estuvo un momento descansando, sentado
- en la escalera. Hacía tanto tiempo que no
- había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito
- abandonado, lleno de hierbajos, le pareció
- un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido,
- tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía.</p>
-
-<p>Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente
- llegaba el silencio, sólo interrumpido por
- el cacareo lejano de los gallos; los moscones y
- las avispas brillaban al sol.</p>
-
-<p>¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra
- a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan
- puro!</p>
-
-<p>Unos momentos después, una campana de
- son agudo comenzó a tocar. Andrés entregó la
- llave en la casa próxima, despertó al tartanero
- medio dormido en su tartana, y emprendió la
- vuelta.</p>
-
-<p>En la estación de Valencia mandó un telegrama
- a su familia, compró algo de comer y unas
- horas más tarde volvía para Madrid, embozado en
- su capa, rendido, en otro coche de tercera.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p>
-
-<h3>II<br />
- VIDA INFANTIL</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Al</span> llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana
- Margarita instrucciones de cómo debían
- instalarse en la casa. Unas semanas después
- tomaron el tren, don Pedro, Margarita y Luisito.</p>
-
-<p>Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron
- en Madrid.</p>
-
-<p>Andrés tenía que repasar las asignaturas de la
- licenciatura.</p>
-
-<p>Para librarse de la obsesión de la enfermedad
- del niño, se puso a estudiar como nunca lo había
- hecho.</p>
-
-<p>Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba
- sus temores.</p>
-
-<p>&mdash;Si ese chico se pusiera bien&mdash;murmuraba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le quiere usted mucho?&mdash;preguntaba Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande
- cuando nació él, figúrese usted.</p>
-
-<p>Por Junio, Andrés se examinó del curso y de
- la licenciatura y salió bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué va usted a hacer?&mdash;le dijo Lulú.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No sé; por ahora veré si se pone bien esa
- criatura; después ya pensaré.</p>
-
-<p>El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable
- que en diciembre; tenía dinero, y tomó un
- billete de primera. En la estación de Valencia le
- esperaba el padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal el chico?&mdash;le preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Está mejor.</p>
-
-<p>Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron
- una tartana, que les llevó rápidamente al
- pueblo.</p>
-
-<p>Al ruido de la tartana salieron a la puerta
- Margarita, Luisito y una criada vieja. El chico
- estaba bien; alguna que otra vez tenía una ligera
- fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había
- cambiado casi por completo era Margarita; el
- aire y el sol le habían dado un aspecto de salud
- que la embellecía.</p>
-
-<p>Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros
- y los granados llenos de hojas y de
- flores.</p>
-
-<p>La primera noche Andrés no pudo dormir
- bien en la casa por el olor a raíz desprendido de
- la tierra.</p>
-
-<p>Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito,
- comenzó a arrancar y a quemar todos los hierbajos
- del patio. Luego plantaron entre los dos melones,
- calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo.
- De todas sus plantaciones lo único que nació fueron
- los ajos. Estos, unidos a los geranios y a los
- <span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
- dompedros, daban un poco de verdura; lo demás
- moría por el calor del sol y la falta de agua.</p>
-
-<p>Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos
- del pozo. Era imposible tener un trozo de jardín
- verde. En seguida de regar, la tierra se secaba, y
- las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.</p>
-
-<p>En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente,
- las pasionarias, las hiedras y las enredaderas,
- a pesar de la sequedad del suelo, se
- extendían y daban hermosas flores; los racimos
- de la parra se coloreaban, los granados se llenaban
- de flor roja y las naranjas iban engordando
- en el arbusto.</p>
-
-<p>Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con
- la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por
- las noches, regaba con creosota. Por la mañana,
- al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría
- en el cenador de Flora y Pomona.</p>
-
-<p>Al principio no le gustaba, pero luego se
- acostumbró.</p>
-
-<p>Andrés había colgado del techo del cenador
- una regadera enorme, y en el asa ató una cuerda
- que pasaba por una polea y terminaba en una
- piedra sostenida en un banco. Dejando caer la
- piedra, la regadera se inclinaba y echaba una
- lluvia de agua fría.</p>
-
-<p>Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar
- próximo al pueblo, y estaban allí muchas veces
- hasta el mediodía; después del paseo comían y se
- echaban a dormir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span></p>
-
-<p>Por la tarde tenían también sus entretenimientos:
- perseguir a las lagartijas y salamandras, subir
- al peral, regar las plantas. El tejado estaba
- casi levantado por los panales de las avispas;
- decidieron declarar la guerra a estos temibles
- enemigos y quitarles los panales.</p>
-
-<p>Fué una serie de escaramuzas que emocionaron
- a Luisito y le dieron motivo para muchas
- charlas y comparaciones.</p>
-
-<p>Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés
- proseguía su lucha contra la sequedad, sacando
- agua del pozo, que era muy profundo. En
- medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban,
- las avispas iban a beber el agua del riego
- y las mariposas revoloteaban de flor en flor.
- A veces aparecían manchas de hormigas con
- alas en la tierra o costras de pulgones en las
- plantas.</p>
-
-<p>Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar
- que a jugar violentamente. Esta inteligencia precoz
- le daba que pensar a Andrés. No le dejaba
- que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se
- reuniera con los chicos de la calle.</p>
-
-<p>Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral
- de la puerta, con un libro en la mano, veía pasar
- los carros por la calle cubierta de una espesa
- capa de polvo. Los carreteros, tostados por el
- sol, con las caras brillantes por el sudor, cantaban
- tendidos sobre pellejos de aceite o de vino,
- y las mulas marchaban en fila medio dormidas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span></p>
-
-<p>Al anochecer pasaban unas muchachas, que
- trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés
- con un adiós un poco seco, sin mirarle a la
- cara. Entre estas chicas había una que llamaban
- la Clavariesa, muy guapa, muy perfilada; solía
- ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo
- en el aire, y vestía con colores un poco chillones,
- pero que hacían muy bien en aquel ambiente
- claro y luminoso.</p>
-
-<p>Luisito, negro por el sol, hablando ya con el
- mismo acento valenciano que los demás chicos,
- jugaba en la carretera.</p>
-
-<p>No se hacía completamente montaraz y salvaje
- como hubiera deseado Andrés, pero estaba
- sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba
- contando cuentos, que demostraban su imaginación
- excitada.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde saca este chico esas cosas que
- cuenta?&mdash;preguntaba Andrés a Margarita.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; las inventa él.</p>
-
-<p>Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y
- que decía que era un brujo.</p>
-
-<p>El chico caricaturizaba a la gente que iba a la
- casa.</p>
-
-<p>Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado,
- era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía
- huevos y verduras, y decía: <em>¡Ous, figues!</em> Otro
- hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en
- la cabeza, que a cada momento decía: <em>¿Sap?</em>, era
- también de los modelos de Luisito.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span></p>
-
-<p>Entre los chicos de la calle había algunos que
- le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch,
- el hijo del saludador, que vivía en un barrio de
- cuevas próximo.</p>
-
-<p>El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio,
- desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos.
- Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas
- curas, lo mismo en las personas que en
- los caballos, y hablaba de cómo había averiguado
- su poder curativo.</p>
-
-<p>El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías
- para curar las insolaciones y conjurar los
- males de ojo que había oído en su casa.</p>
-
-<p>El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba
- siempre correteando con una cesta al brazo.</p>
-
-<p>&mdash;Ves estos caracoles&mdash;le decía a Luisito&mdash;,
- pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos
- todos en casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde los has cogido?&mdash;le preguntaba Luisito.</p>
-
-<p>&mdash;En un sitio que yo sé&mdash;contestaba el Roch,
- que no quería comunicar sus secretos.</p>
-
-<p>También en las cuevas vivían otros dos merodeadores,
- de unos catorce a quince años, amigos
- de Luisito: el Choriset y el Chitano.</p>
-
-<p>El Choriset era un troglodita, con el espíritu
- de un hombre primitivo. Su cabeza, su tipo, su
- expresión eran de un bereber.</p>
-
-<p>Andrés solía hacerle preguntas acerca de su
- vida y de sus ideas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo, por un real, mataría a un hombre&mdash;solía
- decir el Choriset, mostrando sus dientes blancos
- y brillantes.</p>
-
-<p>&mdash;Pero te cogerían y te llevarían a presidio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca
- de la mía, y me estaría allá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?</p>
-
-<p>&mdash;Saldría de noche a comprar pan.</p>
-
-<p>&mdash;Pero con un real, no te bastaría para muchos
- días.</p>
-
-<p>&mdash;Mataría a otro hombre&mdash;replicaba el Choriset,
- riendo.</p>
-
-<p>El Chitano no tenía más tendencia que el robo;
- siempre andaba merodeando por ver si podía
- llevarse algo.</p>
-
-<p>Andrés, por más que no tenía interés en hacer
- allí amistades, iba conociendo a la gente.</p>
-
-<p>La vida del pueblo era en muchas cosas absurda;
- las mujeres paseaban separadas de los
- hombres, y esta separación de sexos existía en
- casi todo.</p>
-
-<p>A Margarita le molestaba que su hermano estuviese
- constantemente en casa, y le incitaba a
- que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al
- café de la plaza, se enteraba de los conflictos que
- había en el pueblo entre la música del Casino
- republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer,
- un obrero republicano, le explicaba de una manera
- pintoresca lo que había sido la Revolución
- francesa y los tormentos de la Inquisición.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p>
-
-<h3>III<br />
- LA CASA ANTIGUA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Varias</span> veces don Pedro fué y volvió de Madrid
- al pueblo. Luisito parecía que estaba bien,
- no tenía tos ni fiebre; pero conservaba aquella
- tendencia fantaseadora que le hacía divagar y
- discurrir de una manera impropia de su edad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que no es cosa de que sigáis
- aquí&mdash;dijo el padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?&mdash;preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Margarita no puede vivir siempre metida en
- un rincón. A ti no te importará; pero a ella sí.</p>
-
-<p>&mdash;Que se vaya a Madrid por una temporada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tú crees que Luis no está curado
- todavía?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; pero me parece mejor que siga aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; veremos a ver qué se hace.</p>
-
-<p>Margarita explicó a su hermano que su padre
- decía que no tenían medios para sostener así dos
- casas.</p>
-
-<p>&mdash;No tiene medios para esto; pero sí para gastar
- en el Casino&mdash;contestó Andrés.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Eso a ti no te importa&mdash;contestó Margarita
- enfadada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me
- dan una plaza de médico de pueblo y llevar al
- chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego
- que haga lo que quiera.</p>
-
-<p>En esta incertidumbre, y sin saber si iban a
- quedarse o marcharse, se presentó en la casa una
- señora de Valencia, prima también de don Pedro.
- Esta señora era una de esas mujeres decididas
- y mandonas que les gusta disponerlo todo.
- Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito
- fueran a pasar una temporada a casa de los
- tíos. Ellos los recibirían muy a gusto. Don Pedro
- encontró la solución muy práctica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué os parece?&mdash;preguntó a Margarita y a
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, lo que decidáis&mdash;contestó Margarita.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me parece una buena solución&mdash;dijo
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque el chico no estará bien.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, el clima es igual&mdash;repuso el padre.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior
- de una ciudad, entre calles estrechas, a estar en
- el campo. Además, que esos señores parientes
- nuestros, como solterones, tendrán una porción
- de chinchorrerías y no les gustarán los chicos.</p>
-
-<p>&mdash;No; eso no. Es gente amable, y tienen una
- casa bastante grande para que haya libertad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Entonces probaremos.</p>
-
-<p>Un día fueron todos a ver a los parientes. A
- Andrés, sólo tener que ponerse la camisa planchada,
- le dejó de un humor endiablado.</p>
-
-<p>Los parientes vivían en un caserón viejo de la
- parte antigua de la ciudad. Era una casa grande,
- pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados
- unos de otros, y ventanas cuadradas encima.</p>
-
-<p>El portal era espacioso y comunicaba con un
- patio enlosado como una plazoleta que tenía en
- medio un farol.</p>
-
-<p>De este patio partía la escalera exterior, ancha,
- de piedra blanca, que entraba en el edificio al
- llegar al primer piso, pasando por un arco rebajado.</p>
-
-<p>Llamó don Pedro, y una criada vestida de
- negro, les pasó a una sala grande, triste y obscura.</p>
-
-<p>Había en ella un reloj de pared alto, con la
- caja llena de incrustaciones, muebles antiguos
- de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano
- de Valencia de a principios del siglo XVIII.</p>
-
-<p>Poco después salió don Juan, el primo del padre
- de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta
- años, que les saludó a todos muy amablemente
- y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo,
- reclinado en ancha butaca, leía un periódico.</p>
-
-<p>La familia la componían tres hermanos y una
- hermana, los tres solteros. El mayor, don Vicente,
- <span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
- estaba enfermo de gota y no salía apenas; el
- segundo, don Juan, era hombre que quería pasar
- por joven, de aspecto muy elegante y pulcro; la
- hermana, doña Isabel, tenía el color muy blanco,
- el pelo muy negro y la voz lacrimosa.</p>
-
-<p>Los tres parecían conservados en una urna;
- debían estar siempre a la sombra en aquellas
- salas de aspecto conventual.</p>
-
-<p>Se trató del asunto de que Margarita y sus
- hermanos pasaran allí una temporada, y los solterones
- aceptaron la idea con placer.</p>
-
-<p>Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés,
- que era extensa. Alrededor del patio, una ancha
- galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos
- estaban pavimentados con azulejos relucientes y
- resbaladizos y tenían escalones para subir y bajar,
- salvando las diferencias de nivel. Había un
- sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En
- la parte de atrás de la casa, a la altura del primer
- piso de la calle brotaba, en medio de un huertecillo
- sombrío, un altísimo naranjo.</p>
-
-<p>Todas las habitaciones presentaban el mismo
- aspecto silencioso, algo moruno, de luz velada.</p>
-
-<p>El cuarto destinado para Andrés y para Luisito
- era muy grande y daba enfrente de los tejados
- azules de la torrecilla de una iglesia.</p>
-
-<p>Unos días después de la visita, se instalaron
- Margarita, Andrés y Luis en la casa.</p>
-
-<p>Andrés estaba dispuesto a ir a un partido.
- Leía en <cite>El Siglo Médico</cite> las vacantes de médicos
- <span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>
- rurales, se enteraba de qué clase de pueblos eran
- y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos
- pidiendo informes.</p>
-
-<p>Margarita y Luisito se encontraban bien con
- sus tíos; Andrés, no; no sentía ninguna simpatía
- por estos solterones, defendidos por su dinero y
- por su casa contra las inclemencias de la suerte;
- les hubiera estropeado la vida con gusto. Era un
- instinto un poco canalla, pero lo sentía así.</p>
-
-<p>Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó
- pronto de hacer la vida que recomendaba Andrés;
- no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la
- calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.</p>
-
-<p>La dictadura científica que Andrés pretendía
- ejercer, no se reconocía en la casa.</p>
-
-<p>Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría
- el cuarto que dejara abiertas las ventanas
- para que entrara el sol; pero la criada no le obedecía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué cierra usted el cuarto?&mdash;le preguntó
- una vez.&mdash;Yo quiero que esté abierto. ¿Oye
- usted?</p>
-
-<p>La criada apenas sabía castellano, y después
- de una charla confusa, le contestó que cerraba
- el cuarto para que no entrara el sol.</p>
-
-<p>&mdash;Si es que yo quiero precisamente eso&mdash;la
- dijo Andrés&mdash;. ¿Usted ha oído hablar de los microbios?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no, señor.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes...
- una especie de cosas vivas que andan
- por el aire y que producen las enfermedades?</p>
-
-<p>&mdash;¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las
- moscas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.</p>
-
-<p>&mdash;No; pues no las he visto.</p>
-
-<p>&mdash;No, si no se ven; pero existen. Esas cosas
- vivas están en el aire, en el polvo, sobre los
- muebles... y esas cosas vivas, que son malas,
- mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Por eso hay que dejar las ventanas abiertas...
- para que entre el sol.</p>
-
-<p>Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban
- cerradas, y la criada vieja contaba a las
- otras que el señorito estaba loco, porque decía
- que había unas moscas en el aire que no se
- veían y que las mataba el sol.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p>
-
-<h3>IV<br />
- ABURRIMIENTO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Las</span> gestiones para encontrar un pueblo adonde
- ir no dieron resultado tan rápidamente como
- Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar
- el tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas
- del doctorado. Después se marcharía a Madrid y
- luego a cualquier parte.</p>
-
-<p>Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba
- curado.</p>
-
-<p>Andrés no quería salir a la calle; sentía una
- insociabilidad intensa. Le parecía una fatiga tener
- que conocer a nueva gente.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hombre, ¿no vas a salir?&mdash;le preguntaba
- Margarita.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de
- cuanto pasa fuera.</p>
-
-<p>Andar por las calles le fastidiaba, y el campo
- de los alrededores de Valencia, a pesar de su
- fertilidad, no le gustaba.</p>
-
-<p>Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias
- de agua turbia, con aquella vegetación
- jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p>
-
-<p>Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba
- tomando datos acerca de un punto de psicofísica
- que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.</p>
-
-<p>Debajo de su cuarto había una terraza sombría,
- musgosa, con algunos jarrones con chumberas
- y piteras donde no daba nunca el sol. Allí
- solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente
- había otra terraza donde andaba de un lado
- a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando.
- Andrés y el cura se saludaban al verse muy
- amablemente.</p>
-
-<p>Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una
- azotea pequeña, muy alta, construída sobre la
- linterna de la escalera.</p>
-
-<p>Allá se sentaba hasta que se hacía de noche.
- Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con
- sus tíos.</p>
-
-<p>Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo
- la luz del sol y los crepúsculos esplendorosos.</p>
-
-<p>A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada
- de un verde pálido, separada en línea recta y
- clara del cielo, de color algo lechoso en el horizonte.</p>
-
-<p>En aquel barrio antiguo las casas próximas
- eran de gran tamaño; sus paredes se hallaban
- desconchadas, los tejados cubiertos de musgos
- verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos
- amarillentos.</p>
-
-<p>Se veían casas blancas, azules, rosadas, con
- <span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
- sus terrados y azoteas; en las cercas de los terrados
- se sostenían barreños con tierra, en donde
- las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y
- anchas paletas; en alguna de aquellas azoteas se
- veían montones de calabazas surcadas y ventrudas,
- y de otras redondas y lisas.</p>
-
-<p>Los palomares se levantaban como grandes
- jaulones ennegrecidos. En el terrado próximo de
- una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos
- de esteras, montones de cuerdas de estropajo,
- cacharros rotos esparcidos por el suelo; en otra
- azotea aparecía un pavo real que andaba suelto
- por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.</p>
-
-<p>Por encima de las terrazas y tejados aparecían
- las torres del pueblo: el Miguelete, rechoncho y
- fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo y delicado,
- y luego aquí y allá una serie de torrecillas,
- casi todas cubiertas con tejas azules y blancas
- que brillaban con centelleantes reflejos.</p>
-
-<p>Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él
- desconocido, y hacía mil cábalas caprichosas
- acerca de la vida de sus habitantes. Veía abajo
- esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre
- dos filas de caserones. El sol, que al mediodía la
- cortaba en una zona de sombra y otra de luz,
- iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando
- las casas de una acera hasta brillar en los cristales
- de las guardillas y en los luceros, y desaparecer.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>En la primavera, las golondrinas y los vencejos
- trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando
- gritos agudos. Andrés las seguía con la
- vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban
- algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba
- a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter.
- En la calle, un farol de gas parpadeaba
- triste y soñoliento...</p>
-
-<p>Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la
- noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar
- las estrellas.</p>
-
-<p>Esta contemplación nocturna le producía como
- un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación
- se lanzaba a la carrera a galopar por los
- campos de fantasía. Muchas veces el pensar en
- las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes
- de la tierra, del aire y del agua, desarrollándose
- en medio de la noche, le producía el vértigo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
- DESDE LEJOS</h3>
-</div>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana
- que iba a Madrid a examinarse del
- doctorado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vas a volver?&mdash;le preguntó Margarita.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; creo que no.</p>
-
-<p>&mdash;Qué antipatía le has tomado a esta casa y al
- pueblo. No me lo explico.</p>
-
-<p>&mdash;No me encuentro bien aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!</p>
-
-<p>Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se
- examinó de las asignaturas del doctorado, y leyó
- la tesis que había escrito en Valencia.</p>
-
-<p>En Madrid se encontraba mal; su padre y él
- seguían tan hostiles como antes. Alejandro se
- había casado y llevaba a su mujer, una pobre infeliz,
- a comer a su casa. Pedro hacía vida de
- mundano.</p>
-
-<p>Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera
- marchado a viajar por el mundo; pero no tenía
- un cuarto. Un día leyó en un periódico que el médico
- de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba
- <span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
- un sustituto por dos meses. Escribió;
- le aceptaron. Dijo en su casa que le había invitado
- un compañero a pasar unas semanas en un
- pueblo. Tomó un billete de ida y vuelta y se fué.
- El médico, a quien tenía que sustituir, era un
- hombre rico, viudo, dedicado a la numismática.
- Sabía poco de Medicina, y no tenía afición más
- que por la historia y las cuestiones de monedas.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia
- médica&mdash;le dijo a Andrés, burlonamente&mdash;. Aquí,
- sobre todo en verano, no hay apenas enfermos,
- algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso,
- poco frecuente, de fiebre tifoidea, nada.</p>
-
-<p>El médico pasó rápidamente de esta cuestión
- profesional, que no le interesaba, a sus monedas,
- y enseñó a Andrés la colección; la segunda de la
- provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando
- a entender lo triste que era para él hacer esta declaración.</p>
-
-<p>Andrés y el médico se hicieron muy amigos.
- El numismático le dijo que si quería vivir en su
- casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se
- quedó allí en compañía de una criada vieja.</p>
-
-<p>El verano fué para él delicioso; el día entero lo
- tenía libre para pasear y para leer; había cerca
- del pueblo un monte sin árboles, que llamaban
- el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas
- nacían jaras, romeros y cantuesos. Al anochecer
- era aquello una delicia de olor y de frescura.</p>
-
-<p>Andrés pudo comprobar que el pesimismo y
- <span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
- el optimismo son resultados orgánicos como las
- buenas o las malas digestiones. En aquella aldea
- se encontraba admirablemente, con una serenidad
- y una alegría desconocidas para él; sentía
- que el tiempo pasara demasiado pronto.</p>
-
-<p>Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un
- día el cartero le entregó un sobre manoseado,
- con letra de su padre. Sin duda, había andado la
- carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél.
- ¿Qué vendría allí dentro?</p>
-
-<p>Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito.
- Luisito acababa de morir en Valencia. Margarita
- había escrito dos cartas a su hermano, diciéndole
- que fuera, porque el niño preguntaba mucho
- por él; pero como don Pedro no sabía el paradero
- de Andrés, no pudo remitírselas.</p>
-
-<p>Andrés pensó en marcharse inmediatamente;
- pero al leer de nuevo la carta, echó de ver que
- hacía ya ocho días que el niño había muerto y
- estaba enterrado.</p>
-
-<p>La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento,
- el haber dejado a su marcha a Luisito
- sano y fuerte, le impedía experimentar la pena
- que hubiese sentido cerca del enfermo.</p>
-
-<p>Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor,
- le parecía algo malo. El niño había muerto;
- él no experimentaba ninguna desesperación.
- ¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento
- inútil? Este punto le debatió largas horas en la
- soledad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p>
-
-<p>Andrés escribió a su padre y a Margarita.
- Cuando recibió la carta de su hermana, pudo seguir
- la marcha de la enfermedad de Luisito. Había
- tenido una meningitis tuberculosa, con dos o
- tres días de un período prodrómico, y luego una
- fiebre alta que hizo perder al niño el conocimiento;
- así había estado una semana gritando,
- delirando, hasta morir en un sueño.</p>
-
-<p>En la carta de Margarita se traslucía que estaba
- destrozada por las emociones.</p>
-
-<p>Andrés recordaba haber visto en el hospital a
- un niño, de seis a siete años, con meningitis; recordaba
- que en unos días quedó tan delgado que
- parecía translúcido, con la cabeza enorme, la
- frente abultada, los lóbulos frontales como si la
- fiebre los desuniera, un ojo bizco, los labios blancos,
- las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado.
- Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su
- sudor tenía un olor especial, como a ratón, del
- sudor del tuberculoso.</p>
-
-<p>A pesar de que Andrés pretendía representarse
- el aspecto de Luisito enfermo, no se lo figuraba
- nunca atacado con la terrible enfermedad,
- sino alegre y sonriente como le había visto la
- última vez el día de la marcha.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span></p>
-
-
-
- <h2>CUARTA PARTE<br />
- Inquisiciones.</h2>
- <h3>I<br />
- PLAN FILOSÓFICO</h3>
-</div>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> pasar sus dos meses de sustituto, Andrés
- volvió a Madrid; tenía guardados sesenta
- duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se
- los envió a su hermana Margarita.</p>
-
-<p>Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo,
- y mientras tanto iba a la Biblioteca Nacional.</p>
-
-<p>Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo
- si no encontraba nada en Madrid.</p>
-
-<p>Un día se topó en la sala de lectura con Fermín
- Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba
- bien, aunque andaba cojeando y apoyándose
- en un grueso bastón.</p>
-
-<p>Fermín se acercó a saludar efusivamente a
- Hurtado.</p>
-
-<p>Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja,
- y solía volver a Madrid en las vacaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p>
-
-<p>Andrés siempre había tenido a Ibarra como a
- un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó
- sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo
- un tranvía eléctrico de juguete y otra porción
- de artificios mecánicos.</p>
-
-<p>Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo
- que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas,
- entre ellas una llanta con trozos de acero
- para los neumáticos de los automóviles.</p>
-
-<p>A Andrés le pareció que su amigo desvariaba;
- pero no quiso quitarles las ilusiones. Sin embargo,
- tiempo después, al ver a los automóviles con
- llantas de trozos de acero como las que había
- ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera
- inteligencia de inventor.</p>
-
-<hr class="r5"/>
-
-<p>Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz.
- Se lo encontraba casi siempre en su azotea
- leyendo o mirando las maniobras de una
- abeja solitaria o de una araña.</p>
-
-<p>&mdash;Esta es la azotea de Epicuro&mdash;decía Andrés
- riendo.</p>
-
-<p>Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente.
- Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés
- fueron los más debatidos.</p>
-
-<p>Un día la discusión fué más larga y más completa:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué piensas hacer?&mdash;le preguntó Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo
- de médico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Veo que no te hace gracia la perspectiva.</p>
-
-<p>&mdash;No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera
- que me gustan; pero la práctica no. Si pudiese
- entrar en un laboratorio de fisiología, creo que
- trabajaría con entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera
- en España!</p>
-
-<p>&mdash;Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo
- preparación científica. Se estudia de mala manera.</p>
-
-<p>&mdash;En mi tiempo pasaba lo mismo&mdash;dijo Iturrioz&mdash;.
- Los profesores no sirven más que para el
- embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa.
- Es natural. El español todavía no sabe enseñar;
- es demasiado fanático, demasiado vago y
- casi siempre demasiado farsante. Los profesores
- no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y
- luego pescar pensiones para pasar el verano.</p>
-
-<p>&mdash;Además falta disciplina.</p>
-
-<p>&mdash;Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué
- vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y entonces qué plan tienes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Plan personal? Ninguno</p>
-
-<p>&mdash;Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia.
- En España, en general, no se paga
- el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del
- trabajo, no del favor.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues
- en tus buceamientos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente
- una cosmogonía, una hipótesis racional
- de la formación del mundo; después una explicación
- biológica del origen de la vida y del hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres
- una síntesis que complete la cosmología y la
- biología; una explicación del Universo físico y
- moral. ¿No es eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?</p>
-
-<p>&mdash;Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre
- todo.</p>
-
-<p>&mdash;Mal camino&mdash;repuso Iturrioz&mdash;; lee a los
- ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido
- práctico. No leas esos metafísicos alemanes;
- su filosofía es como un alcohol que emborracha
- y no alimenta. ¿Conoces el Leviatán de Hobbes?
- Yo te lo prestaré si quieres.</p>
-
-<p>&mdash;No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a
- Schopenhauer, esos filósofos franceses e ingleses
- dan la impresión de carros pesados que
- marchan chirriando y levantando polvo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento
- que los alemanes; pero, en cambio, no te alejan
- de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;replicó Andrés&mdash;. Uno tiene la angustia,
- la desesperación de no saber qué hacer
- <span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
- con la vida, de no tener un plan, de encontrarse
- perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse.
- ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da?
- Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a
- uno, el pensar sería una maravilla, algo como
- para el caminante detenerse y sentarse a la sombra
- de un árbol, algo como penetrar en un oasis
- de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones,
- sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas
- partes y el pensamiento se llena de terrores
- como compensación a la esterilidad emocional
- de la existencia.</p>
-
-<p>&mdash;Estás perdido&mdash;murmuró Iturrioz&mdash;. Ese intelectualismo
- no te puede llevar a nada bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer
- más glande que éste? La antigua filosofía nos
- daba la magnífica fachada de un palacio; detrás
- de aquella magnificencia no había salas espléndidas,
- ni lugares de delicias, sino mazmorras obscuras.
- Ese es el mérito sobresaliente de Kant; él
- vió que todas las maravillas descritas por los
- filósofos eran fantasías, espejismos; vió que las
- galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un mérito!&mdash;murmuró Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;Enorme. Kant prueba que son indemostrables
- los dos postulados más transcendentales de
- las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios
- y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son
- indemostrables a pesar suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya
- el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite
- en el espacio; todo está sometido al encadenamiento
- de causas y efectos; ya no hay causa
- primera; la idea de causa primera, como ha dicho
- Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera
- hecho de hierro.</p>
-
-<p>&mdash;A mí esto no me asombra.</p>
-
-<p>&mdash;A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos
- un gigante que marchara al parecer con un
- fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después
- de Kant, el mundo es ciego; ya no puede
- haber ni libertad, ni justicia, sino fuerzas que
- obran por un principio de causalidad en los dominios
- del espacio y del tiempo. Y esto tan grave,
- no es todo; hay además otra cosa que se desprende
- por primera vez claramente de la filosofía
- de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es
- que ese espacio y ese tiempo y ese principio de
- causalidad no existen fuera de nosotros tal como
- nosotros los vemos, que pueden ser distintos,
- que pueden no existir.</p>
-
-<p>&mdash;Bah. Eso es absurdo&mdash;murmuró Iturrioz&mdash;.
- Ingenioso si se quiere, pero nada más.</p>
-
-<p>&mdash;No; no sólo es absurdo, sino que es práctico.
- Antes para mí era una gran pena considerar
- el infinito del espacio; creer el mundo inacabable
- me producía una gran impresión; pensar que al
- día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo
- seguirían existiendo me entristecía, y eso que
- <span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
- consideraba que mi vida no es una cosa envidiable;
- pero cuando llegué a comprender que la idea
- del espacio y del tiempo son necesidades de
- nuestro espíritu, pero que no tienen realidad;
- cuando me convencí por Kant que el espacio y el
- tiempo no significan nada; por lo menos que la
- idea que tenemos de ellos puede no existir fuera
- de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo
- pensar que así como nuestra retina produce
- los colores, nuestro cerebro produce las ideas
- de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado
- nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue
- el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento
- de causas. Se acabó la comedia,
- pero definitivamente. Podemos suponer que un
- tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero
- eso qué importa si no es el nuestro que es el
- único real?</p>
-
-<p>&mdash;Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!&mdash;dijo Iturrioz.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span></p>
-<h3>II<br />
- REALIDAD DE LAS COSAS</h3>
-</div>
-
-
-<p>No, no, realidades&mdash;replicó Andrés&mdash;. ¿Qué
- duda cabe que el mundo que conocemos es
- el resultado del reflejo de la parte de cosmos del
- horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo
- unido, contrastado, con las imágenes reflejadas
- en los cerebros de los demás hombres que
- han vivido y que viven, es nuestro conocimiento
- del mundo, es nuestro mundo. ¿Es así, en realidad,
- fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo podemos
- saber jamás.</p>
-
-<p>&mdash;No veo claro. Todo eso me parece poesía.</p>
-
-<p>&mdash;No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones
- que le dan los sentidos. ¿No es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Cierto.</p>
-
-<p>&mdash;Y esas sensaciones e imágenes las ha ido
- usted valorizando desde niño con las sensaciones
- e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la
- seguridad de que ese mundo exterior es tal como
- usted lo ve? ¿Tiene usted la seguridad ni siquiera
- de que existe?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;La seguridad práctica, claro; pero nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Esa basta.</p>
-
-<p>&mdash;No, no basta. Basta para un hombre sin deseo
- de saber; si no ¿para qué se inventarían teorías
- acerca del calor o acerca de la luz? Se diría:
- hay objetos calientes y fríos, hay color verde o
- azul; no necesitamos saber lo que son.</p>
-
-<p>&mdash;No estaría mal que procediéramos así. Si no,
- la duda lo arrasa, lo destruye todo.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que lo destruye todo.</p>
-
-<p>&mdash;Las matemáticas mismas quedan sin base.</p>
-
-<p>&mdash;Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas
- son únicamente las leyes de la inteligencia
- humana; pueden ser también las leyes de la
- Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos
- afirmar. La inteligencia lleva como necesidades
- inherentes a ella, las nociones de causa,
- de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva
- tres dimensiones. Estas nociones de causa, de
- espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia,
- y cuando ésta afirma sus verdades y
- sus axiomas <i lang="la" xml:lang="la"> a priori</i>, no hace más que señalar
- su propio mecanismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que no hay verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en
- una misma cosa, es lo que llamamos verdad.
- Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en
- los cuales no se puede suponer que no haya
- unanimidad, en lo demás todas las verdades tienen
- como condición el ser unánimes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces son verdades porque son unánimes?&mdash;preguntó
- Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;No, son unánimes, porque son verdades.</p>
-
-<p>&mdash;Me es igual.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Si usted me dice: la gravedad es
- verdad porque es una idea unánime, yo le diré
- no; la gravedad es unánime porque es verdad.
- Hay alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo
- de todo, la gravedad es una verdad absoluta.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí no; puede ser una verdad relativa.</p>
-
-<p>&mdash;No estoy conforme&mdash;dijo Andrés&mdash;. Sabemos
- que nuestro conocimiento es una relación
- imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro
- yo; pero como esa relación es constante, en su
- tanto de imperfección, no le quita ningún valor
- a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo,
- respecto al termómetro centígrado: usted me podrá
- decir que dividir en cien grados la diferencia
- de temperatura que hay entre el agua helada
- y el agua en ebullición es una arbitrariedad,
- cierto; pero si en esta azotea hay veinte grados
- y en la cueva quince, esa relación es una cosa
- exacta.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas
- la posibilidad de la mentira inicial. Déjame
- suponer la mentira en toda la escala de conocimientos.
- Quiero suponer que la gravedad es una
- costumbre, que mañana un hecho cualquiera la
- desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Nadie; pero usted, de buena fe, no puede
- aceptar esa posibilidad. El encadenamiento de
- causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento
- no existiera, ya no habría asidero ninguno;
- todo podría ser verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.</p>
-
-<p>&mdash;No; se basa en la razón y en la experiencia.</p>
-
-<p>&mdash;No, porque no podéis llevar la razón hasta
- las últimas consecuencias.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia
- nos da la descripción de una falange de este
- mamuth, que se llama universo; la filosofía nos
- quiere dar la hipótesis racional de cómo puede
- ser este mamuth. ¿Que ni los datos empíricos, ni
- los datos racionales son todos absolutos? ¡Quién
- lo duda! La ciencia valora los datos de la observación;
- relaciona las diversas ciencias particulares,
- que son como islas exploradas en el océano
- de lo desconocido, levanta puentes de paso entre
- unas y otras, de manera que en su conjunto
- tengan cierta unidad. Claro que estos puentes
- no pueden ser más que hipótesis, teorías, aproximaciones
- a la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Los puentes son hipótesis y las islas lo son
- también.</p>
-
-<p>&mdash;No, no estoy conforme. La ciencia es la única
- construcción fuerte de la Humanidad. Contra
- ese bloque científico del determinismo, afirmado
- ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto?
- <span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>
- Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas
- supercherías del pragmatismo y de las
- ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa
- inconmovible, y la ciencia, no sólo arrolla
- estos obstáculos, sino que los aprovecha para
- perfeccionarse.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó Iturrioz&mdash;; la ciencia arrolla
- esos obstáculos y arrolla también al hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Eso, en parte, es verdad&mdash;murmuró Andrés
- paseando por la azotea.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p>
-
-
-<h3>III<br />
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Ya</span> la ciencia para vosotros&mdash;dijo Iturrioz&mdash;no
- es una institución con un fin humano, ya
- es algo más; la habéis convertido en ídolo.</p>
-
-<p>&mdash;Hay la esperanza de que la verdad, aun la
- que hoy es inútil, pueda ser útil mañana&mdash;replicó
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar
- las verdades astronómicas alguna vez?</p>
-
-<p>&mdash;¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué?</p>
-
-<p>&mdash;En el concepto del mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento
- práctico, inmediato. Yo, en el fondo,
- estoy convencido de que, la verdad en bloque,
- es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza
- que se llama la vida necesita estar basada
- en el capricho, quizá en la mentira.</p>
-
-<p>&mdash;En eso estoy conforme&mdash;dijo Andrés&mdash;. La
- voluntad, el deseo de vivir es tan fuerte en el
- animal como en el hombre. En el hombre es mayor
- la comprensión. A más comprender, corresponde
- <span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
- menos desear. Esto es lógico, y además
- se comprueba en la realidad. La apetencia por
- conocer se despierta en los individuos que aparecen
- al final de una evolución, cuando el instinto
- de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad
- es conocer, es como la mariposa que rompe
- la crisálida para morir. El individuo sano, vivo,
- fuerte, no ve las cosas como son; porque no le
- conviene. Está dentro de una alucinación. Don
- Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido
- negativo, es un símbolo de la afirmación de la
- vida. Don Quijote vive más que todas las personas
- cuerdas que le rodean, vive más y con más
- intensidad que los otros. El individuo o el pueblo
- que quiere vivir se envuelve en nubes como
- los antiguos dioses cuando se aparecían a los
- mortales. El instinto vital necesita de la ficción
- para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto
- de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar
- una verdad: la cantidad de mentira que
- es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me río, porque eso que tú expones con
- palabras del día, está dicho nada menos que en
- la Biblia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el
- centro del paraíso había dos árboles, el árbol de
- la vida y el árbol de la ciencia del bien y del
- mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso,
- y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad.
- <span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
- El árbol de la ciencia no se dice cómo
- era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y
- tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?</p>
-
-<p>&mdash;No recuerdo; la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes
- comer todos los frutos del jardín; pero cuidado
- con el fruto del árbol de la ciencia del bien
- y del mal, porque el día que tú comas su fruto
- morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió:
- Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos,
- sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente;
- pero no comáis del árbol de la ciencia,
- porque ese fruto agrio os dará una tendencia a
- mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es un consejo digno de un accionista del
- Banco&mdash;repuso Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería
- semítica!&mdash;dijo Iturrioz&mdash;. ¡Cómo olfatearon
- esos buenos judíos, con sus narices corvas,
- que el estado de conciencia podía comprometer
- la vida!</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas
- tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses
- para ellos, un paraíso exclusivamente suyo.
- Yo creo que en el fondo no comprendían nada
- de la naturaleza.</p>
-
-<p>&mdash;No les convenía.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente no les convenía. En cambio,
- <span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
- los turanios y los arios del Norte, intentaron ver
- la naturaleza tal como es.</p>
-
-<p>&mdash;Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se
- dejaron domesticar por los semitas del Sur?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores,
- ha dominado al mundo, ha tenido la
- oportunidad y la fuerza; en una época de guerras
- dió a los hombres un dios de las batallas, a
- las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos,
- de quejas y de sensiblería. Hoy, después
- de siglos de dominación semítica, el mundo
- vuelve a la cordura, y la verdad aparece como
- una aurora pálida tras de los terrores de la
- noche.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no creo en esa cordura&mdash;dijo Iturrioz&mdash;ni
- creo en la ruina del semitismo. El semitismo
- judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el
- amo del mundo, tomará avatares extraordinarios.
- ¿Hay nada más interesante que la Inquisición,
- de índole tan semítica, dedicada a limpiar
- de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso
- más curioso que el de Torquemada, de origen
- judío?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso define el carácter semítico, la confianza,
- el optimismo, el oportunismo... Todo eso
- tiene que desaparecer. La mentalidad científica
- de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde
- están esos precursores?</p>
-
-<p>&mdash;En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre
- <span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
- todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira
- greco-semítica. El se encontró con esos dos
- árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué
- apartando las ramas del árbol de la vida que
- ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda,
- en el mundo de las ideas, más que un camino
- estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él,
- sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene
- otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer,
- que no quiso dejar en pie los subterfugios que
- el maestro sostuvo amorosamente por falta de
- valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa
- rama del árbol de la vida, que se llama libertad,
- responsabilidad, derecho, descanse junto a las
- ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas
- a la mirada del hombre. Schopenhauer, más
- austero, más probo en su pensamiento, aparta
- esa rama, y la vida aparece como una cosa obscura
- y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin
- bondad, sin fin; una corriente llevada por una
- fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando
- en cuando, en medio de la materia organizada,
- produce un fenómeno secundario, una fosforescencia
- cerebral, un reflejo, que es la inteligencia.
- Ya se ve claro en estos dos principios: vida y
- verdad, voluntad e inteligencia.</p>
-
-<p>&mdash;Ya debe haber filósofos y biófilos&mdash;dijo
- Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas
- circunstancias el instinto vital, todo actividad y
- <span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
- confianza, se siente herido y tiene que reaccionar
- y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen
- su optimismo en la vida, en la brutalidad de los
- instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame,
- la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y
- sin moral, como una pantera en medio de una
- selva. Los otros ponen el optimismo en la misma
- ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du
- Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento
- del hombre llegaría a conocer la mecánica
- del universo, están las tendencias de Berthelot,
- de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España,
- que supone que se puede llegar a averiguar el fin
- del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que
- quieren volver a las ideas viejas y a los viejos
- mitos, porque son útiles para la vida. Estos son
- profesores de retórica, de esos que tienen la sublime
- misión de contarnos cómo se estornudaba
- en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que
- nos dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo,
- el determinismo, el encadenamiento de
- causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo
- es algo sublime y refinado. ¡Qué
- risa! ¡Qué admirable lugar común para que los
- obispos y los generales cobren su sueldo y los
- comerciantes puedan vender impunemente bacalao
- podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche
- es símbolo de superioridad; creer en los átomos
- como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez!
- Un <em>aissaua</em> de Marruecos que se rompe la cabeza
- <span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
- con un hacha y traga cristales en honor de la
- divinidad, o un buen mandingo con su taparabos,
- son seres refinados y cultos; en cambio el
- hombre de ciencia que estudia la naturaleza es
- un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja
- para vestirse de galas retóricas y de sonidos
- nasales en la boca de un académico francés! Hay
- que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa.
- Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia
- marcha adelante, arrollándolo todo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes
- arrollándolo todo. Desde un punto de vista
- puramente científico, yo no puedo aceptar esa
- teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia
- a un lado, voluntad a otro, no.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad
- a otro&mdash;replicó Andrés&mdash;, sino predominio
- de la inteligencia o predominio de la voluntad.
- Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad
- de vivir tanta como el hombre, resiste a la
- muerte como puede; el hombre tiene también
- voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que quiero decir es que no creo que la
- voluntad sea sólo una máquina de desear y la
- inteligencia una máquina de reflejar.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros
- nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera
- para nosotros un fin, podríamos sospechar
- que la inteligencia no es sólo un aparato reflector,
- <span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
- una luna indiferente para cuanto se coloca
- en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja
- lo que puede aprehender sin interés, automáticamente
- y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas
- de lo contingente, dejan un símbolo,
- un esquema, que debe ser la idea.</p>
-
-<p>&mdash;No creo en esa indiferencia automática que
- tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto
- puro, ni una máquina de desear, somos
- hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan,
- desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que
- son fuerzas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma
- idea que impulsa a un anarquista romántico
- a escribir unos versos ridículos y humanitarios,
- es la que hace a un dinamitero poner una bomba.
- La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte,
- que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo
- que les diferencia es algo orgánico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos
- metiendo&mdash;murmuró Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;Sintetice usted nuestra discusión y nuestros
- distintos puntos de vista.</p>
-
-<p>&mdash;En parte, estamos conformes. Tú quieres,
- partiendo de la relatividad de todo, darle un valor
- absoluto a las relaciones entre las cosas.</p>
-
-<p>&mdash;Claro, lo que decía antes; el metro en sí,
- medida arbitraria; los 360 grados de un círculo,
- medida también arbitraria; las relaciones obtenidas
- con el metro o con el arco, exactas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, ¡si estamos conformes! Sería imposible
- que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere
- a la matemática y a la lógica; pero cuando nos
- vamos alejando de estos conocimientos simples
- y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos
- dentro de un laberinto, en medio de la
- mayor confusión y desorden. En este baile de
- máscaras, en donde bailan millones de figuras
- abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la
- verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado
- que pasa por delante de nosotros?
- ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey
- o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado
- o un viejo enclenque y lleno de úlceras?
- La verdad es una brújula loca que no funciona
- en este caos de cosas desconocidas.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto, fuera de la verdad matemática y de
- la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente,
- la ciencia no dice mucho. Hay que tener
- la probidad de reconocerlo..., y esperar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de
- afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la
- República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo
- es mejor o peor que el Catolicismo,
- si la propiedad individual es buena o mala; mientras
- la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio
- de las matemáticas y de las ciencias empíricas
- <span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
- existe, hoy por hoy, un campo enorme
- adonde todavía no llegan las indicaciones de la
- ciencia. ¿No es eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué en ese campo no tomar como
- norma la utilidad?</p>
-
-<p>&mdash;Lo encuentro peligroso&mdash;dijo Andrés&mdash;.
- Esta idea de la utilidad, que al principio parece
- sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las
- mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto, también, tomando como norma la
- verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro.
- La verdad puede ser un arma de combate.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No
- hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias
- naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender
- la verdad en política o en moral? El que así
- se vanagloria, es tan fanático como el que defiende
- cualquier otro sistema político o religioso.
- La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es
- cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ese agnosticismo, para todas las cosas
- que no se conocen científicamente, es absurdo
- porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes
- que los fisiólogos han demostrado que, en el uso
- de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de
- la manera más exacta, sino de la manera más
- económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor
- <span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
- norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; eso llevaría a los mayores absurdos
- en la teoría y en la práctica. Tendríamos que ir
- aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la
- responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo
- todo, las mayores extravagancias de las religiones.</p>
-
-<p>&mdash;No, no aceptaríamos más que lo útil.</p>
-
-<p>&mdash;Pero para lo útil no hay comprobación como
- para lo verdadero&mdash;replicó Andrés&mdash;. La fe religiosa
- para un católico, además de ser verdad,
- es útil; para un irreligioso puede ser falsa y
- útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e
- inútil.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, pero habrá un punto en que estemos
- todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de
- la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo
- natural, es indudable que tiene una gran fuerza.
- Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro,
- lo daré; si me creo capaz de dar un salto de
- dos o tres metros, quizá lo dé también.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si se cree usted capaz de dar un salto
- de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha
- fe que tenga.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que no; pero eso no importa para que
- la fe sirva en el radio de acción de lo posible.
- Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Eso que usted llama fe no es más
- <span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
- que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe
- siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene
- destruirla, dejarla es un peligro; tras de
- esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía
- basada en la utilidad, en la comodidad
- o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio, cerrando esa puerta y no dejando
- más norma que la verdad, la vida languidece,
- se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién
- decía la legalidad nos mata; como él podemos
- decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La
- sabiduría del judío se comprende cada vez más
- que se insiste en este punto: a un lado el árbol
- de la ciencia, al otro el árbol de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que creer que el árbol de la ciencia
- es como el clásico manzanillo, que mata a quien
- se acoge a su sombra&mdash;dijo Andrés burlonamente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ríete.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me río.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p>
-
-<h3>IV<br />
- DISOCIACIÓN</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">No</span> sé, no sé&mdash;murmuró Iturrioz&mdash;. Creo que
- vuestro intelectualismo no os llevará a
- nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para
- qué? Se puede ser un gran artista; un gran poeta,
- se puede ser hasta un matemático y un científico
- y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo
- es estéril. La misma Alemania,
- que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy
- parece que lo repudia. En la Alemania actual
- casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido
- de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo,
- el anarquismo, van en baja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han
- vuelto a renacer!&mdash;contestó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción
- sistemática y vengativa?</p>
-
-<p>&mdash;No es sistemática ni vengativa. Es destruir
- lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis
- a todo; es ir disociando las ideas tradicionales
- para ver qué nuevos aspectos toman; qué
- componentes tienen. Por la desintegración electrolítica
- <span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
- de los átomos van apareciendo estos iones
- y electrones mal conocidos. Usted sabe también
- que algunos histólogos han creído encontrar
- en el protoplasma de las células, granos que
- consideran como unidades orgánicas elementales,
- y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo
- que están haciendo en física en este momento
- los Roentgen y los Becquerel, y en biología los
- Haeckel y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía
- y en moral? Claro que en las afirmaciones
- de la química y de la histología no está basada
- una política, ni una moral, y si mañana se encontrara
- el medio de descomponer y de transmutar
- los cuerpos simples, no habría ningún
- papa de la ciencia clásica que excomulgara a los
- investigadores.</p>
-
-<p>&mdash;Contra tu disociación en el terreno moral,
- no sería un papa el que protestara, sería el instinto
- conservador de la sociedad.</p>
-
-<p>&mdash;Ese instinto ha protestado siempre contra
- todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué
- importa? La disociación analítica será una obra
- de saneamiento, una desinfección de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Una desinfección que puede matar al enfermo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no hay cuidado. El instinto de conservación
- del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar
- todo lo que no puede digerir. Por muchos
- gérmenes que se siembren, la descomposición de
- la sociedad será biológica.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es
- que se va a construir un mundo nuevo mejor
- que el actual?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, yo creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada
- es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es
- un hecho natural, es una necesidad de la vida.
- ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos
- egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas.
- ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras
- y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como
- se sujeta a los patos y se les alimenta para que
- se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres
- en adobo para que estuvieran más suaves.
- Nosotros civilizados hacemos jockeys como los
- antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos
- el cerebro a los cargadores para que tuvieran
- más fuerza, como antes la Santa Madre
- Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la
- Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que
- tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería
- la Humanidad. ¿Es que supones, como
- algunos sociólogos ingleses y los anarquistas,
- que se identificará el amor de uno mismo con el
- amor de los demás?</p>
-
-<p>&mdash;No; yo supongo que hay formas de agrupación
- social unas mejores que otras, y que se deben
- ir dejando las malas y tomando las buenas.</p>
-
-<p>&mdash;Esto me parece muy vago. A una colectividad
- no se le moverá jamás diciéndole: Puede
- <span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
- haber una forma social mejor. Es como si a una
- mujer se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos
- de una manera soportable. No, a la mujer y
- a la colectividad hay que prometerles el paraíso;
- esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica
- y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso
- materialista (en el mal sentido) en el principio
- del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo,
- colocó el paraíso al final y fuera de la vida
- del hombre y los anarquistas, que no son más
- que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas,
- ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En
- todas partes y en todas épocas los conductores
- de hombres son prometedores de paraísos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar
- de ser niños, alguna vez tenemos que mirar
- a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores
- no nos han quitado de encima el análisis!
- Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya
- nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos
- siendo dueños del mundo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
- LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Sí</span>, nos ha quitado terrores&mdash;exclamó Iturrioz&mdash;;
- pero nos ha quitado también vida. ¡Sí, es la
- claridad la que hace la vida actual completamente
- vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo;
- pero luego no queda nada. Hoy, un chico
- lee una novela del año 30, y las desesperaciones
- de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia
- de que no hay misterios. La vida se ha
- hecho clara; el valor del dinero aumenta; el burguesismo
- crece con la democracia. Ya es imposible
- encontrar rincones poéticos al final de un
- pasadizo tortuoso; ya no hay sorpresas.</p>
-
-<p>&mdash;Usted es un romántico.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú también. Pero yo soy un romántico
- práctico. Yo creo que hay que afirmar el conjunto
- de mentiras y verdades que son de uno hasta
- convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que
- vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas
- y hasta aprovechándose de ellas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso me parece lo mismo que si un diabético
- aprovechara el azúcar de su cuerpo para endulzar
- su taza de café.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Caricaturizas mi idea, pero no importa.</p>
-
-<p>&mdash;El otro día leí en un libro&mdash;añadió Andrés
- burlonamente&mdash;que un viajero cuenta que en un
- remoto país los naturales le aseguraron que ellos
- no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted
- cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno
- se vea las plumas y la cola?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; creyendo en algo más útil y grande que
- ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza.
- Para llegar a dar a los hombres una regla común,
- una disciplina, una organización, se necesita una
- fe, una ilusión, algo que aunque sea una mentira
- salida de nosotros mismos parezca una verdad
- llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía,
- ¿sabes lo que haría?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Una milicia como la que inventó Loyola,
- con un carácter puramente humano. La Compañía
- del Hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Aparece el vasco en usted.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?</p>
-
-
-<p>&mdash;Esta compañía tendría la misión de enseñar
- el valor, la serenidad, el reposo; de arrancar toda
- tendencia a la humildad, a la renunciación a la
- tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...</p>
-
-<p>&mdash;La escuela de los hidalgos.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es, la escuela de los hidalgos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada
- de semitismo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es
- decir, de espíritu cristiano, me parecería un tipo
- completo.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando funde usted esa compañía, acuérdese
- usted de mí. Escríbame usted al pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero de veras te piensas marchar?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a
- marchar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pronto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me tendrás al corriente de tu experiencia.
- Te encuentro mal armado para esa prueba.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no ha fundado todavía su compañía...</p>
-
-<p>&mdash;Ah, sería utilísima. Ya lo creo.</p>
-
-<p>Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a
- hacerse de noche.</p>
-
-<p>Las golondrinas trazaban círculos en el aire,
- chillando. Venus había salido en el Poniente, de
- color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter
- con su luz azulada. En las casas comenzaban a
- iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban
- encendiéndose, formando dos líneas paralelas en
- la carretera de Extremadura. De las plantas de la
- azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban
- ráfagas perfumadas...</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p>
-
-
-
- <h2>QUINTA PARTE<br />
- La experiencia en el pueblo.</h2>
- <h3>I<br />
- DE VIAJE</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Unos</span> días después nombraban a Hurtado médico
- titular de Alcolea del Campo.</p>
-
-<p>Era éste un pueblo del centro de España, colocado
- en esa zona intermedia donde acaba Castilla
- y comienza Andalucía. Era villa de importancia,
- de ocho a diez mil habitantes; para llegar
- a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse
- en una estación de la Mancha y seguir a
- Alcolea en coche.</p>
-
-<p>En seguida de recibir el nombramiento, Andrés
- hizo su equipaje y se dirigió a la estación del
- Mediodía. La tarde era de verano, pesada, sofocante,
- de aire seco y lleno de polvo.</p>
-
-<p>A pesar de que el viaje lo hacía de noche,
- Andrés supuso que seria demasiado molesto ir
- en tercera, y tomó un billete de primera clase.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p>
-
-<p>Entró en el andén, se acercó a los vagones, y
- en uno que tenía el cartel de no fumadores, se
- dispuso a subir.</p>
-
-<p>Un hombrecito vestido de negro, afeitado,
- con anteojos, le dijo con voz melosa y acento
- americano:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.</p>
-
-<p>Andrés no hizo el menor caso de la advertencia,
- y se acomodó en un rincón.</p>
-
-<p>Al poco rato se presentó otro viajero, un joven
- alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes
- levantadas hasta los ojos.</p>
-
-<p>El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la
- misma advertencia de que allí no se fumaba.</p>
-
-<p>&mdash;Lo veo aquí&mdash;contestó el viajero algo molesto,
- y subió al vagón.</p>
-
-<p>&mdash;Quedaron los tres en el interior del coche
- sin hablarse; Andrés, mirando vagamente por la
- ventanilla, y pensando en las sorpresas que le
- reservaría el pueblo.</p>
-
-<p>El tren echó a andar.</p>
-
-<p>El hombrecito negro sacó una especie de túnica
- amarillenta, se envolvió en ella, se puso un
- pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El
- monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio
- interior de Andrés; se vieron a lo lejos varias
- veces las luces de Madrid en medio del campo,
- pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y
- entró el revisor. Andrés sacó su billete, el joven
- <span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>
- alto hizo lo mismo, y el hombrecito, después de
- quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y
- mostró un billete y un papel.</p>
-
-<p>El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete
- de segunda.</p>
-
-<p>El hombrecito de negro, sin más ni más, se
- encolerizó, y dijo que aquello era una grosería;
- había avisado en la estación su deseo de cambiar
- de clase; él era un extranjero, una persona acomodada,
- con mucha plata, sí, señor, que había
- viajado por toda Europa, y toda América, y sólo
- en España, en un país sin civilización, sin cultura,
- en donde no se tenía la menor atención al extranjero,
- podían suceder cosas semejantes.</p>
-
-<p>El hombrecito insistió y acabó insultando a los
- españoles. Ya estaba deseando dejar este país,
- miserable y atrasado; afortunadamente, al día siguiente
- estaría en Gibraltar, camino de América.</p>
-
-<p>El revisor no contestaba. Andrés miraba al
- hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel
- acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio,
- irguiéndose, le dijo con voz violenta:</p>
-
-<p>&mdash;No le permito hablar así de España. Si usted
- es extranjero y no quiere vivir aquí, váyase usted
- a su país pronto, y sin hablar, porque si no,
- se expone usted a que le echen por la ventanilla,
- y voy a ser yo; ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, señor!&mdash;exclamó el extranjero&mdash;. Es
- que quieren atropellarme...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No es verdad. El que atropella es usted. Para
- viajar se necesita educación, y viajando con españoles
- no se habla mal de España.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo amo a España y el carácter español&mdash;exclamó
- el hombrecito&mdash;. Mi familia es toda española.
- ¿Para qué he venido a España sino para
- conocer a la madre patria?</p>
-
-<p>&mdash;No quiero explicaciones&mdash;. No necesito oirlas&mdash;contestó
- el otro con voz seca, y se tendió en
- el diván como para manifestar el poco aprecio
- que sentía por su compañero de viaje.</p>
-
-<p>Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven
- había estado bien.</p>
-
-<p>El, con su intelectualismo, pensó qué clase de
- tipo sería el hombre bajito, vestido de negro; el
- otro había hecho una afirmación rotunda de
- su país y de su raza. El hombrecito comenzó a
- explicarse, hablando solo. Hurtado se hizo el dormido.</p>
-
-<p>Un poco después de media noche llegaron a
- una estación plagada de gente; una compañía
- de cómicos transbordaba, dejando la línea de
- Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía.
- Las actrices, con un guardapolvo gris;
- los actores, con sombreros de paja y gorritas, se
- acercaban todos como gente que no se apresura,
- que sabe viajar, que consideran el mundo como
- suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y se
- oyó gritar de vagón a vagón:</p>
-
-<p>&mdash;Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?&mdash;¡Molina,
- <span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
- que la característica te llama!&mdash;¡A ver
- ese traspunte que se ha perdido!</p>
-
-<p>Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió
- su marcha.</p>
-
-<p>Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana,
- se iban viendo tierras de viña y olivos en
- hilera.</p>
-
-<p>Estaba cerca la estación donde tenía que bajar
- Andrés. Se preparó, y al detenerse el tren
- saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida y
- dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el
- pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas
- grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas
- mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el
- cielo. Se sentía en el aire un olor como dulce a
- paja seca.</p>
-
-<p>A un hombre que pasó hacia la estación le
- dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora sale el coche para Alcolea?</p>
-
-<p>&mdash;A las cinco. Del extremo de esta misma calle
- suele salir.</p>
-
-<p>Andrés avanzó por la calle, pasó por delante
- de la garita de consumos, iluminada, dejó la maleta
- en el suelo y se sentó encima a esperar.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span></p>
-
-
-<h3>II<br />
- LLEGADA AL PUEBLO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Ya</span> era entrada la mañana cuando la diligencia
- partió para Alcolea. El día se preparaba
- a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una
- nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta,
- cortando entre viñedos y alguno que otro olivar,
- de olivos viejos y encorvados. El paso de la
- diligencia levantaba nubes de polvo.</p>
-
-<p>En el coche no iba más que una vieja vestida
- de negro, con un cesto al brazo.</p>
-
-<p>Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja
- era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar
- en aquel momento.</p>
-
-<p>En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera
- subía y bajaba por suaves lomas entre
- idénticos viñedos. A las tres horas de marcha
- apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado
- le pareció grandísimo.</p>
-
-<p>El coche tomó por una calle ancha de casas
- bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo
- en una plaza delante de un caserón blanco,
- en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la
- Palma.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted parará aquí?&mdash;le preguntó el mozo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, aquí.</p>
-
-<p>Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela
- se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos
- y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño
- salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente
- estaría bastante tiempo, y que le diera
- un cuarto espacioso.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí abajo le pondremos a usted&mdash;y le llevó
- a una habitación bastante grande, con una
- ventana a la calle.</p>
-
-<p>Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la
- una se comía. Se sentó en una de las mecedoras.
- Un canario en su jaula, colgada del techo,
- comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.</p>
-
-<p>La soledad, la frescura, el canto del canario
- hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un
- rato.</p>
-
-<p>Le despertó la voz del criado, que decía:</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted pasar a almorzar.</p>
-
-<p>Entró en el comedor. Había en la mesa tres
- viajantes de comercio. Uno de ellos era un catalán
- que representaba fábricas de Sabadell; el
- otro, un riojano que vendía tartratos para los vinos,
- y el último, un andaluz que vivía en Madrid
- y corría aparatos eléctricos.</p>
-
-<p>El catalán no era tan petulante como la generalidad
- de sus paísanos del mismo oficio; el riojano
- no se las echaba de franco ni de bruto, y el
- andaluz no pretendía ser gracioso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p>
-
-<p>Estos tres mirlos blancos del comisionismo
- eran muy anticlericales.</p>
-
-<p>La comida le sorprendió a Andrés, porque no
- había más que caza y carne. Esto, unido al vino
- muy alcohólico, tenía que producir una verdadera
- incandescencia interior.</p>
-
-<p>Después de comer, Andrés y los tres viajantes
- fueron a tomar café al casino. Hacía en la calle
- un calor espantoso: el aire venía en ráfagas secas,
- como salidas de un horno. No se podía
- mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas
- como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban
- esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno
- ciego.</p>
-
-<p>Entraron en el casino. Los viajantes pidieron
- café y jugaron al dominó. Un enjambre de moscas
- revoloteaba en el aire. Terminada la partida
- volvieron a la fonda a dormir la siesta.</p>
-
-<p>Al salir a la calle, la misma bofetada de calor
- le sorprendió a Andrés; en la fonda los viajantes
- se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo propio,
- y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio
- de las maderas entraba una claridad brillante
- como una lámina de oro; de las vigas negras, con
- los espacios entre una y otra pintados de azul,
- colgaban telas de araña plateadas. En el patio
- seguía cantando el canario con su gorjeo chillón,
- y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes...</p>
-
-<p>El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado,
- <span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
- que si tenía que hablar con alguno del pueblo
- no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis.
- Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a
- visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro
- médico.</p>
-
-<p>El secretario era un tipo un poco petulante,
- con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se
- creía un hombre superior, colocado en un medio
- bajo.</p>
-
-<p>El secretario brindó en seguida su protección
- a Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere usted&mdash;le dijo&mdash;iremos ahora mismo
- a ver a su compañero, el doctor Sánchez.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, vamos.</p>
-
-<p>El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de
- aspecto pobre. Era un hombre grueso, rubio, de
- ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero,
- de aire poco inteligente.</p>
-
-<p>El doctor Sánchez llevó la conversación a la
- cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que
- no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.</p>
-
-<p>Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo,
- se llevaba toda la clientela rica. Don Tomás Solana
- era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos
- modernos, relaciones...</p>
-
-<p>&mdash;Aquí el titular no puede más que mal vivir&mdash;dijo
- Sánchez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué le vamos a hacer!&mdash;murmuró Andrés.
- Probaremos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p>
-
-<p>El secretario, el médico y Andrés salieron de
- la casa para dar una vuelta.</p>
-
-<p>Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado
- y seco. Pasaron por la plaza, con su iglesia
- llena de añadidos y composturas, y sus puestos
- de cosas de hierro y esparto. Siguieron por
- una calle ancha, de caserones blancos, con su
- balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada,
- con una cruz de Calatrava en lo alto.</p>
-
-<p>De los portales se veía el zaguán con un zócalo
- azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando
- dibujos. Algunas calles extraviadas, con
- grandes paredones de color de tierra, puertas
- enormes y ventanas pequeñas, parecían de un
- pueblo moro. En uno de aquellos patios vió Andrés
- muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí le llaman un rezo&mdash;dijo el secretario;
- y explicó que era una costumbre que se tenía de
- ir a las casas donde había muerto alguno a rezar
- el rosario.</p>
-
-<p>Salieron del pueblo por una carretera llena de
- polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del
- campo cargadas con montones de gavillas.</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo
- idea de su tamaño&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Pues subiremos aquí, a este cerrillo&mdash;indicó
- el secretario.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer
- una visita&mdash;dijo el médico.</p>
-
-<p>Se despidieron de él, y el secretario y Andrés
- comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en
- la cumbre una torre antigua, medio derruída.</p>
-
-<p>Hacía un calor horrible; todo el campo parecía
- quemado, calcinado; el cielo plomizo, con reflejos
- de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos,
- y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina,
- a través del cual quedaba convertido en un
- disco blanquecino y sin brillo.</p>
-
-<p>Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada
- por lomas grises, tostada por el sol; en el
- fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus
- paredes blancas, sus tejados de color de ceniza,
- y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un
- árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban en
- toda la extensión abarcada por la vista; únicamente
- dentro de las tapias de algunos corrales
- una higuera extendía sus anchas y obscuras
- hojas.</p>
-
-<p>Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía
- no tener realidad; se hubiera creído que un
- soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer
- como nube de polvo sobre la tierra enardecida
- y seca.</p>
-
-<p>En el aire había un olor empireumático, dulce,
- agradable.</p>
-
-<p>&mdash;Están quemando orujo en alguna alquitara&mdash;dijo
- el secretario.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span></p>
-
-<p>Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El
- viento levantaba ráfagas de polvo en la carretera;
- las campanas comenzaban a tocar de nuevo.</p>
-
-<p>Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por
- la noche. Había refrescado; aquella impresión de
- irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y
- a otro de las calles, languidecían las cansadas
- lámparas de luz eléctrica.</p>
-
-<p>Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas
- blancas, dormía en el silencio; en los balcones
- centrales encima del portón, pintado de
- azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus
- cruces, daban una impresión de romanticismo y
- de misterio, de tapadas y escapatorias de convento;
- por encima de alguna tapia, brillante de
- blancura como un témpano de nieve, caía una
- guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo,
- grande, desierto, silencioso, bañado por la suave
- claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p>
-
-<h3>III<br />
- PRIMERAS DIFICULTADES</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Andrés</span> Hurtado habló largamente con el doctor
- Sánchez, de las obligaciones del cargo.
- Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos
- secciones, separadas por la calle Ancha.</p>
-
-<p>Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y
- al siguiente la izquierda. Así conseguirían no tener
- que recorrer los dos todo el pueblo.</p>
-
-<p>El doctor Sánchez recabó como condición indispensable,
- el que si alguna familia de la sección
- visitada por Andrés quería que la visitara él
- o al contrario, se haría según los deseos del enfermo.</p>
-
-<p>Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener
- nadie predilección por llamarle a él: pero no
- le importaba.</p>
-
-<p>Comenzó a hacer la visita. Generalmente el
- número de enfermos que le correspondían no
- pasaba de seis o siete.</p>
-
-<p>Andrés hacía las visitas por la mañana; después,
- en general, por la tarde no tenía necesidad
- de salir de casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span></p>
-
-<p>El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba
- una vida soñolienta; oía a los viajantes de comercio
- que en la mesa discurseaban y alguna que
- otra vez iba al teatro, una barraca construída en
- un patio.</p>
-
-<p>La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos
- de cabeza; sin saber por qué, había supuesto
- los primeros días que tendría continuos disgustos;
- creía que aquella gente manchega sería
- agresiva, violenta, orgullosa; pero no, la mayoría
- eran sencillos, afables, sin petulancia.</p>
-
-<p>En la fonda, al principio se encontraba bien;
- pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones
- de los viajantes le iban fastidiando; la comida,
- siempre de carne y sazonada con especias
- picantes, le producía digestiones pesadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no hay legumbres aquí?&mdash;le preguntó
- al mozo un día.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo quisiera comer legumbres: judías,
- lentejas.</p>
-
-<p>El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos
- días le dijo que no podía ser; había que hacer
- una comida especial; los demás huéspedes no
- querían comer legumbres; el amo de la fonda
- suponía que era una verdadera deshonra para su
- establecimiento poner un plato de habichuelas o
- de lentejas.</p>
-
-<p>El pescado no se podía llevar en el rigor del
- verano, porque no venía en buenas condiciones.
- <span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
- El único pescado fresco eran las ranas, cosa un
- poco cómica como alimento.</p>
-
-<p>Otra de las dificultades era bañarse: no había
- modo. El agua en Alcolea era un lujo y un lujo
- caro. La traían en carros desde una distancia de
- cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos.
- Los pozos estaban muy profundos; sacar el
- agua suficiente de ellos para tomar un baño,
- constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear
- una hora lo menos. Con aquel régimen de carne
- y con el calor, Andrés estaba constantemente
- excitado.</p>
-
-<p>Por las noches iba a pasear solo por las calles
- desiertas. A primera hora, en las puertas de las
- casas, algunos grupos de mujeres y chicos salían
- a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en
- la calle Ancha en el escalón de una puerta y miraba
- las dos filas de luces eléctricas que brillaban
- en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué
- malestar físico le producía aquel ambiente!</p>
-
-<p>A principios de septiembre, Andrés decidió
- dejar la fonda. Sánchez le buscó una casa. A
- Sánchez no le convenía que el médico rival suyo
- se hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí
- estaba en relación con los viajeros, en sitio muy
- céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le llevó
- a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio
- que llamaban del Marrubial.</p>
-
-<p>Era una casa de labor, grande, antigua, blanca,
- <span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
- con el frontón pintado de azul y una galería
- tapiada en el primer piso.</p>
-
-<p>Tenía sobre el portal un ancho balcón y una
- reja labrada a una callejuela.</p>
-
-<p>El amo de la casa era del mismo pueblo que
- Sánchez, y se llamaba José; pero le decían en
- burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés
- y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un
- cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con
- una alcoba en el fondo oculta por una cortina
- roja.</p>
-
-<p>&mdash;Yo quisiera&mdash;dijo Andrés&mdash;un cuarto en el
- piso bajo y a poder ser, grande.</p>
-
-<p>&mdash;En el piso bajo no tengo&mdash;dijo ella&mdash;más
- que un cuarto grande, pero sin arreglar.</p>
-
-<p>&mdash;Si pudiera usted enseñarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>La mujer abrió una sala antigua y sin muebles
- con una reja afiligranada a la callejuela que se
- llamaba de los Carretones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y este cuarto está libre?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, pues aquí me quedo&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, como usted quiera; se blanqueará,
- se barrerá y se traerá la cama.</p>
-
-<p>Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva
- patrona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no tendrá una tinaja inservible?&mdash;le
- preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Para bañarme.</p>
-
-<p>&mdash;En el corralillo hay una.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a verla.</p>
-
-<p>La casa tenía en la parte de atrás una tapia de
- adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba
- varios patios y corrales además del establo,
- la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar,
- la bodega y la almazara.</p>
-
-<p>En un cuartucho que había servido de tahona
- y que daba a un corralillo, había una tinaja
- grande cortada por la mitad y hundida en el
- suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?&mdash;preguntó
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; ¿por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora quisiera que me indicara usted algún
- mozo que se encargara de llenar todos los días la
- tinaja; yo le pagaré lo que me diga.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer?
- ¿Qué quiere usted de comer? ¿Lo que comemos
- en casa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves?
- ¿Fiambres?</p>
-
-<p>&mdash;No, no. En tal caso, si a usted no le molesta,
- quisiera que en las dos comidas pusiera un
- plato de legumbres.</p>
-
-<p>Con estas advertencias, la nueva patrona creyó
- que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba
- mucho.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p>
-
-<p>La vida en la casa le pareció a Andrés más
- simpática que en la fonda.</p>
-
-<p>Por las tardes, después de las horas de bochorno,
- se sentaba en el patio a hablar con la
- gente de casa. La patrona era una mujer morena,
- de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un
- tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante
- como el azabache.</p>
-
-<p>El marido, Pepinito, era un hombre estúpido,
- con facha de degenerado, cara juanetuda, las
- orejas muy separadas de la cabeza y el labio
- colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años,
- no era tan desagradable como su padre ni tan
- bonita como su madre.</p>
-
-<p>Con un primer detalle adjudicó Andrés sus
- simpatías y antipatías en la casa.</p>
-
-<p>Una tarde de domingo, la criada cogió una
- cría de gorrión en el tejado y la bajó al patio.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, llévalo al pobrecito al corral&mdash;dijo el
- ama&mdash;, que se vaya.</p>
-
-<p>&mdash;No puede volar&mdash;contestó la criada, y lo
- dejó en el suelo.</p>
-
-<p>En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se
- acercó a una puerta y llamó al gato. El gato, un
- gato negro con los ojos dorados, se asomó al
- patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el
- pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó
- sobre él y le hizo arrancar un quejido. Luego se
- escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la
- boca.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No me gusta ver esto&mdash;dijo el ama.</p>
-
-<p>Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto
- de pedantería y de superioridad del hombre
- que se encuentra por encima de todo sentimentalismo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p>
-
-
-<h3>IV<br />
- LA HOSTILIDAD MÉDICA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Don</span> Juan Sánchez había llegado a Alcolea
- hacía más de treinta años de maestro cirujano;
- después, pasando unos exámenes, se llegó
- a licenciar. Durante bastantes años estuvo, con
- relación al médico antiguo, en una situación de
- inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre
- comenzó a crecerse y a pensar que ya que él
- tuvo que sufrir las chinchorrerías del médico
- anterior, era lógico que el que viniera sufriera las
- suyas.</p>
-
-<p>Don Juan era un manchego apático y triste,
- muy serio, muy grave, muy aficionado a los toros.
- No perdía ninguna de las corridas importantes
- de la provincia, y llegaba a ir hasta las
- fiestas de los pueblos de la Mancha baja y de
- Andalucía.</p>
-
-<p>Esta afición bastó a Andrés para considerarle
- como un bruto.</p>
-
-<p>El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y
- él fué por haber ido Sánchez a una corrida de
- Baeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span></p>
-
-<p>Una noche llamaron a Andrés del molino de
- la Estrella, un molino de harina que se hallaba
- a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle
- en un cochecito. La hija del molinero estaba
- enferma; tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón
- del vientre se había complicado con una
- retención de orina.</p>
-
-<p>A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel
- día, al llamarle por la mañana temprano, dijeron
- en casa del médico que no estaba; se había ido
- a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba
- en el pueblo.</p>
-
-<p>El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido,
- mientras animaba al caballo con la fusta.
- Hacía una noche admirable; miles de estrellas
- resplandecían soberbias, y de cuando en cuando
- pasaba algún meteoro por el cielo. En pocos momentos,
- y dando algunos barquinazos en los
- hoyos de la carretera, llegaron al molino.</p>
-
-<p>Al detenerse el coche, el molinero se asomó a
- ver quién venia, y exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a quién traes aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Al médico nuevo.</p>
-
-<p>El molinero, iracundo, comenzó a insultar a
- los médicos. Era hombre rico y orgulloso, que
- se creía digno de todo.</p>
-
-<p>&mdash;Me han llamado aquí para ver a una enferma&mdash;dijo
- <span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
- Andrés fríamente&mdash;. ¿Tengo que verla
- o no? Porque si no, me vuelvo.</p>
-
-<p>&mdash;Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.</p>
-
-<p>Andrés subió una escalera hasta el piso principal,
- y entró detrás del molinero en un cuarto
- en donde estaba una muchacha en la cama y su
- madre cuidándola.</p>
-
-<p>Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió
- renegando.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Cállese usted&mdash;le dijo Andrés&mdash;, si
- quiere usted que reconozca a la enferma.</p>
-
-<p>El hombre se calló. La muchacha era hidrópica,
- tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones.
- Andrés examinó a la enferma; su vientre hinchado
- parecía el de una rana; a la palpación se notaba
- claramente la fluctuación del líquido que llenaba
- el peritoneo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿Qué tiene?&mdash;preguntó la madre.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una enfermedad del hígado, crónica,
- grave&mdash;contestó Andrés, retirándose de la
- cama para que la muchacha no le oyera&mdash;; ahora
- la hidropesía se ha complicado con la retención
- de orina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene
- cura?</p>
-
-<p>&mdash;Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera
- Sánchez. Él debe conocer la marcha de la enfermedad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero se puede esperar?&mdash;preguntó el padre
- con voz colérica.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p>
-
-<p>Andrés volvió a reconocer a la enferma; el
- pulso estaba muy débil; la insuficiencia respiratoria,
- probablemente resultado de la absorción de
- la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones
- se sucedían con más fuerza. Andrés tomó
- la temperatura. No llegaba a la normal.</p>
-
-<p>&mdash;No se puede esperar&mdash;dijo Hurtado dirigiéndose
- a la madre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay que hacer?&mdash;exclamó el molinero&mdash;.
- Obre usted...</p>
-
-<p>&mdash;Habría que hacer la punción abdominal&mdash;repuso
- Andrés, siempre hablando a la madre&mdash;.
- Si no quieren ustedes que la haga yo...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, usted.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche,
- y volveré.</p>
-
-<p>El mismo molinero se puso al pescante del coche.
- Se veía que la frialdad desdeñosa de Andrés
- le irritaba. Fueron los dos durante el camino sin
- hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió
- su estuche, un poco de algodón y una pastilla de
- sublimado. Volvieron al molino.</p>
-
-<p>Andrés animó un poco a la enferma, jabonó
- y friccionó la piel en el sitio de elección, y hundió
- el trócar en el vientre abultado de la muchacha.
- Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba
- el agua, verdosa, llena de serosidades, como
- de una fuente a un barreño.</p>
-
-<p>Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo
- sondar la vejiga, y la enferma comenzó a respirar
- <span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
- fácilmente. La temperatura subió en seguida
- por encima de la normal. Los síntomas de
- la uremia iban desapareciendo. Andrés hizo
- que le dieran leche a la muchacha, que quedó
- tranquila.</p>
-
-<p>En la casa había un gran regocijo.</p>
-
-<p>&mdash;No creo que esto haya acabado&mdash;dijo Andrés
- a la madre&mdash;; se reproducirá, probablemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cree usted que debíamos hacer?&mdash;preguntó
- ella humildemente.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar
- con un especialista.</p>
-
-<p>Hurtado se despidió de la madre y de la hija.
- El molinero montó en el pescante del coche
- para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba
- a sonreir en el cielo; el sol brillaba en
- los viñedos y en los olivares; las parejas de mulas
- iban a la labranza, y los campesinos, de negro,
- montados en las ancas de los borricos, les
- seguían. Grandes bandadas de cuervos pasaban
- por el aire.</p>
-
-<p>El molinero fué sin hablar en todo el camino;
- en su alma luchaban el orgullo y el agradecimiento;
- quizá esperaba que Andrés le dirigiera
- la palabra; pero éste no despegó los labios. Al
- llegar a casa bajó del coche, y murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p>
-
-<p>Y los dos hombres se despidieron como dos
- enemigos.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés,
- más apático y más triste que nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Usted quiere perjudicarme&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Sé por qué dice usted eso&mdash;le contestó Andrés&mdash;;
- pero yo no tengo la culpa. He visitado a
- esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la
- operé, porque no había más remedio, porque se
- estaba muriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero también le dijo usted a la madre
- que fuera a ver a un especialista de Madrid, y
- eso no va en benefició de usted ni en beneficio
- mío.</p>
-
-<p>Sánchez no comprendía que este consejo lo
- hubiera dado Andrés por probidad, y suponía
- que era por perjudicarle a él. También creía que
- por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie
- de contribución por todas las enfermedades
- de Alcolea. Que el tío Fulano cogía un catarro
- fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía
- un reumatismo, pues podían ser hasta
- veinte visitas.</p>
-
-<p>El caso de la chica del molinero se comentó
- mucho en todas partes e hizo suponer que Andrés
- era un médico conocedor de procedimientos
- modernos.</p>
-
-<p>Sánchez, al ver que la gente se inclinaba a
- creer en la ciencia del nuevo médico, emprendió
- una campaña contra él. Dijo que era hombre de
- <span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
- libros, pero sin práctica alguna, y que, además,
- era un tipo misterioso, del cual no se podía
- uno fiar.</p>
-
-<p>Al ver que Sánchez le declaraba la guerra francamente,
- Andrés se puso en guardia. Era demasiado
- escéptico en cuestiones de medicina para
- hacer imprudencias. Cuando había que intervenir
- en casos quirúrgicos, enviaba al enfermo a
- Sánchez que, como hombre de conciencia bastante
- elástica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera
- ciego o manco.</p>
-
-<p>Andrés casi siempre empleaba los medicamentos
- a pequeñas dosis; muchas veces no producían
- efecto; pero al menos no corría el peligro
- de una torpeza. No dejaba de tener éxitos; pero
- él se confesaba ingenuamente a sí mismo, que,
- a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un
- diagnóstico bien.</p>
-
-<p>Claro que por prudencia no aseguraba los primeros
- días nada; pero casi siempre las enfermedades
- le daban sorpresas; una supuesta pleuresía,
- aparecía como una lesión hepática; una tifoidea,
- se le transformaba en una gripe real.</p>
-
-<p>Cuando la enfermedad era clara, una viruela o
- una pulmonía, entonces la conocía él y la conocían
- las comadres de la vecindad, y cualquiera.</p>
-
-<p>El no decía que los éxitos se debían a la casualidad;
- hubiera sido absurdo; pero tampoco los
- lucía como resultado de su ciencia. Había cosas
- grotescas en la práctica diaria; un enfermo que
- <span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
- tomaba un poco de jarabe simple, y se encontraba
- curado de una enfermedad crónica del estómago;
- otro, que con el mismo jarabe decía que
- se ponía a la muerte.</p>
-
-<p>Andrés estaba convencido de que en la mayoría
- de los casos una terapéutica muy activa no
- podía ser beneficiosa más que en manos de un
- buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable,
- además de facultades especiales, una
- gran práctica. Convencido de esto, se dedicaba
- al método expectante. Daba mucha agua con jarabe.
- Ya le había dicho confidencialmente al boticario:</p>
-
-<p>&mdash;Usted cobre como si fuera quinina.</p>
-
-<p>Este escepticismo en sus conocimientos y en
- su profesión le daba prestigio.</p>
-
-<p>A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos
- higiénicos, pero nadie le hacía caso.</p>
-
-<p>Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un
- viejo artrítico, que se pasaba la vida leyendo folletines.
- Andrés le aconsejaba que no comiera
- carne y que anduviera.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si me muero de debilidad, doctor&mdash;decía
- él&mdash;. No como más que un pedacito de carne,
- una copa de Jerez y una taza de café.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso es malísimo&mdash;decía Andrés.</p>
-
-<p>Este demagogo, que negaba la utilidad de comer
- carne, indignaba a la gente acomodada... y
- a los carniceros.</p>
-
-<p>Hay una frase de un escritor francés que quiere
- <span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
- ser trágica y es enormemente cómica. Es así:
- Desde hace treinta años no se siente placer en
- ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde
- que ha venido este médico, no se siente placer
- en ser rico.</p>
-
-<p>La mujer del secretario del Ayuntamiento, una
- mujer muy remilgada y redicha, quería convencer
- a Hurtado de que debía casarse y quedarse
- definitivamente en Alcolea.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos&mdash;contestaba Andrés.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
- ALCOLEA DEL CAMPO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Las</span> costumbres de Alcolea eran españolas puras,
- es decir, de un absurdo completo.</p>
-
-<p>El pueblo no tenía el menor sentido social; las
- familias se metían en sus casas, como los trogloditas
- en su cueva. No había solidaridad; nadie
- sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación.
- Los hombres iban al trabajo y a veces al
- casino. Las mujeres no salían más que los domingos
- a misa.</p>
-
-<p>Por falta de instinto colectivo el pueblo se había
- arruinado.</p>
-
-<p>En la época del tratado de los vinos con Francia,
- todo el mundo, sin consultarse los unos a los
- otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos,
- dejando el trigo y los cereales, y poniendo
- viñedos; pronto el río de vino de Alcolea se convirtió
- en río de oro. En este momento de prosperidad,
- el pueblo se agrandó, se limpiaron las
- calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica...;
- luego vino la terminación del tratado, y
- como nadie sentía la responsabilidad de representar
- <span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
- el pueblo, a nadie se le ocurrió decir:
- Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida
- antigua; empleemos la riqueza producida por el
- vino en transformar la tierra para las necesidades
- de hoy. Nada.</p>
-
-<p>El pueblo aceptó la ruina con resignación.</p>
-
-<p>&mdash;Antes éramos ricos&mdash;se dijo cada alcoleano&mdash;.
- Ahora seremos pobres. Es igual; viviremos
- peor; suprimiremos nuestras necesidades.</p>
-
-<p>Aquel estoicismo acabó de hundir al pueblo.</p>
-
-<p>Era natural que así fuese; cada ciudadano de
- Alcolea se sentía tan separado del vecino como
- de un extranjero. No tenían una cultura común
- (no la tenían de ninguna clase); no participaban
- de admiraciones comunes: sólo el hábito, la rutina
- les unía; en el fondo, todos eran extraños a
- todos.</p>
-
-<p>Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea
- una ciudad en estado de sitio. El sitiador era la
- moral, la moral católica. Allí no había nada que
- no estuviera almacenado y recogido: las mujeres
- en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino
- en las tinajas.</p>
-
-<p>Andrés se preguntaba: ¿Qué hacen estas mujeres?
- ¿En qué piensan? ¿Cómo pasan las horas
- de sus días? Difícil era averiguarlo.</p>
-
-<p>Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea
- gozaba de un orden admirable; sólo un cementerio
- bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p>
-
-<p>Esta perfección se conseguía haciendo que el
- más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección
- en pueblos como aquél se cumplía al revés.
- El cedazo iba separando el grano de la paja,
- luego se recogía la paja y se desperdiciaba el
- grano.</p>
-
-<p>Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento
- de la paja entre españoles no era raro.
- Por aquella selección a la inversa, resultaba que
- los más aptos allí eran precisamente los más
- ineptos.</p>
-
-<p>En Alcolea había pocos robos y delitos de
- sangre: en cierta época los había habido entre
- jugadores y matones; la gente pobre no se movía,
- vivía en una pasividad lánguida; en cambio
- los ricos se agitaban, y la usura iba sorbiendo
- toda la vida de la ciudad.</p>
-
-<p>El labrador, de humilde pasar, que durante
- mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco
- parejas de mulas, de pronto aparecía con diez,
- luego con veinte; sus tierras se extendían cada
- vez más, y él se colocaba entre los ricos.</p>
-
-<p>La política de Alcolea respondía perfectamente
- al estado de inercia y de desconfianza del pueblo.
- Era una política de caciquismo, una lucha
- entre dos bandos contrarios, que se llamaban el
- de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones
- eran liberales, y los Mochuelos conservadores.</p>
-
-<p>En aquel momento dominaban los Mochuelos.
- <span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
- El Mochuelo principal era el alcalde, un
- hombre delgado, vestido de negro, muy clerical,
- cacique de formas suaves, que suavemente iba
- llevándose todo lo que podía del Municipio.</p>
-
-<p>El cacique liberal del partido de los Ratones
- era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento
- y forzudo, con unas manos de gigante,
- hombre, que cuando entraba a mandar, trataba
- al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no
- disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con
- todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar
- decorosamente sus robos.</p>
-
-<p>Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos
- y a los Ratones, y los consideraba necesarios.
- Aquellos bandidos eran los sostenes de la
- sociedad; se repartían el botín; tenían unos para
- otros un <em>tabú</em> especial, como el de los polinesios.</p>
-
-<p>Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas
- manifestaciones del árbol de la vida, y de la
- vida áspera manchega: la expansión del egoísmo;
- de la envidia, de la crueldad, del orgullo.</p>
-
-<p>A veces pensaba que todo esto era necesario;
- pensaba también que se podía llegar, en la indiferencia
- intelectualista, hasta disfrutar contemplando
- estas expansiones, formas violentas de la
- vida.</p>
-
-<p>¿Por qué incomodarse, si todo está determinado,
- si es fatal, si no puede ser de otra manera?,
- se preguntaba. ¿No era científicamente un poco
- absurdo el furor que le entraba muchas veces al
- <span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
- ver las injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no
- estaba también determinado, no era fatal el que
- su cerebro tuviera una irritación que le hiciera
- protestar contra aquel estado de cosas violentamente?</p>
-
-<p>Andrés discutía muchas veces con su patrona.
- Ella no podía comprender que Hurtado afirmase
- que era mayor delito robar a la comunidad, al
- Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular.
- Ella decía que no; que defraudar a la comunidad,
- no podía ser tanto como robar a una
- persona. En Alcolea casi todos los ricos defraudaban
- a la Hacienda, y no se les tenía por ladrones.</p>
-
-<p>Andrés trataba de convencerla, de que el daño
- hecho con el robo a la comunidad, era más
- grande que el producido contra el bolsillo de un
- particular; pero la Dorotea no se convencía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hermosa sería una revolución&mdash;decía
- Andrés a su patrona&mdash;, no una revolución de
- oradores y de miserables charlatanes, sino una
- revolución de verdad! Mochuelos y Ratones,
- colgados de los faroles, ya que aquí no hay
- árboles; y luego lo almacenado por la moral católica,
- sacarlo de sus rincones y echarlo a la
- calle: los hombres, las mujeres, el dinero, el
- vino; todo a la calle.</p>
-
-<p>Dorotea se reía de estas ideas de su huésped,
- que le parecían absurdas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span></p>
-
-<p>Como buen epicúreo, Andrés no tenía tendencia
- alguna por el apostolado.</p>
-
-<p>Los del Centro republicano le habían dicho
- que diera conferencias acerca de higiene; pero
- él estaba convencido de que todo aquello era
- inútil, completamente estéril.</p>
-
-<p>¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas
- había de tener eficacia, y prefería no ocuparse
- de ellas.</p>
-
-<p>Cuando le hablaban de política, Andrés decía
- a los jóvenes republicanos:</p>
-
-<p>&mdash;No hagan ustedes un partido de protesta.
- ¿Para qué? Lo menos malo que puede ser es una
- colección de retóricos y de charlatanes; lo más
- malo es que sea otra banda de Mochuelos o de
- Ratones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, don Andrés! Algo hay que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué van ustedes a hacer! ¡Es imposible! Lo
- único que pueden ustedes hacer es marcharse
- de aquí.</p>
-
-<p>El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrés
- muy largo.</p>
-
-<p>Por la mañana hacía su visita; después volvía a
- casa y tomaba el baño.</p>
-
-<p>Al atravesar el corralillo se encontraba con la
- patrona, que dirigía alguna labor de la casa; la
- criada solía estar lavando la ropa en una media
- tinaja, cortada en sentido longitudinal, que parecía
- una canoa, y la niña correteaba de un lado a
- otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span></p>
-
-<p>En este corralillo tenían una sarmentera, donde
- se secaban las gavillas de sarmientos, y montones
- de leña de cepas viejas.</p>
-
-<p>Andrés abría la antigua tahona y se bañaba.
- Después iba a comer.</p>
-
-<p>El otoño todavía parecía verano; era costumbre
- dormir la siesta. Estas horas de siesta se le
- hacían a Hurtado pesadas, horribles.</p>
-
-<p>En su cuarto echaba una estera en el suelo y
- se tendía sobre ella, a obscuras. Por la rendija de
- las ventanas entraba una lámina de luz; en el
- pueblo dominaba el más completo silencio; todo
- estaba aletargado bajo el calor del sol; algunos
- moscones rezongaban en los cristales; la tarde
- bochornosa, era interminable.</p>
-
-<p>Cuando pasaba la fuerza del día, Andrés salía
- al patio y se sentaba a la sombra del emparrado
- a leer.</p>
-
-<p>El ama, su madre y la criada cosían cerca del
- pozo; la niña hacía encaje de bolillos con hilos y
- unos alfileres clavados sobre una almohada; al
- anochecer regaban los tiestos de claveles, de geranios
- y de albahacas.</p>
-
-<p>Muchas veces venían vendedores y vendedoras
- ambulantes a ofrecer frutas, hortalizas o
- caza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ave María Purísima!&mdash;decían al entrar&mdash;.
- Dorotea veía lo que traían.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le gusta a usted esto, don Andrés?&mdash;le
- preguntaba Dorotea a Hurtado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero por mí no se preocupe usted&mdash;contestaba
- él.</p>
-
-<p>Al anochecer volvía el patrón. Estaba empleado
- en unas bodegas, y concluía a aquella hora el
- trabajo. Pepinito era un hombre petulante; sin
- saber nada, tenía la pedantería de un catedrático.
- Cuando explicaba algo bajaba los párpados,
- con un aire de suficiencia tal, que a Andrés le
- daban ganas de estrangularle.</p>
-
-<p>Pepinito trataba muy mal a su mujer y a su
- hija; constantemente las llamaba estúpidas, borricas,
- torpes; tenía el convencimiento de que él
- era el único que hacía bien las cosas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa
- y tan simpática, es verdaderamente desagradable!&mdash;pensaba
- Andrés.</p>
-
-<p>Entre las manías de Pepinito estaba la de pasar
- por tremendo. Le gustaba contar historias de
- riñas y de muertes. Cualquiera, al oirle, hubiese
- creído que se estaban matando continuamente
- en Alcolea; contaba un crimen ocurrido hacía
- cinco años en el pueblo, y le daba tales variaciones
- y lo explicaba de tan distintas maneras,
- que el crimen se desdoblaba y se multiplicaba.</p>
-
-<p>Pepinito era del Tomelloso, y todo lo refería a
- su pueblo. El Tomelloso, según él, era la antítesis
- de Alcolea; Alcolea era lo vulgar, el Tomelloso
- lo extraordinario; que se hablase de lo que
- se hablase, Pepinito le decía a Andrés:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Debía usted ir al Tomelloso. Allí no hay ni
- un árbol.</p>
-
-<p>&mdash;Ni aquí tampoco&mdash;le contestaba Andrés,
- riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Aquí algunos&mdash;replicaba Pepinito&mdash;. Allí
- todo el pueblo está agujereado por las cuevas
- para el vino, y no crea usted que son modernas,
- no, sino antiguas. Allí ve usted tinajones grandes
- metidos en el suelo. Allí todo el vino que se
- hace es natural; malo muchas veces, porque no
- saben prepararlo, pero natural.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí ya emplean la química&mdash;decía Pepinito,
- para quien Alcolea era un pueblo degenerado
- por la civilización&mdash;: tartratos, campeche, fuchsina,
- demonios le echan éstos al vino.</p>
-
-<p>Al final de septiembre, unos días antes de la
- vendimia, la patrona le dijo a Andrés:</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no ha visto nuestra bodega?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vamos ahora a arreglarla.</p>
-
-<p>El mozo y la criada estaban sacando leña y
- sarmientos, metidos durante todo el invierno en
- el lagar; y dos albañiles iban picando las paredes.
- Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el
- lagar a la antigua, con su viga para prensar, las
- chanclas de madera y de esparto que se ponen
- los pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.</p>
-
-<p>Le mostraron las piletas donde va cayendo el
- <span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>
- mosto y lo recogen en cubos, y la moderna bodega
- capaz para dos cosechas con barricas y conos
- de madera.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a
- la cueva antigua&mdash;dijo Dorotea.</p>
-
-<p>&mdash;Miedo, ¿de qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Es una cueva donde hay duendes, según
- dicen.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces hay que ir a saludarlos.</p>
-
-<p>El mozo encendió un candil y abrió una puerta
- que daba al corral. Dorotea, la niña y Andrés
- le siguieron. Bajaron a la cueva por una escalera
- desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al
- final de la escalera se abría una bóveda que daba
- paso a una verdadera catacumba, húmeda, fría,
- larguísima, tortuosa.</p>
-
-<p>En el primer trozo de esta cueva había una serie
- de tinajones empotrados a medias en la pared;
- en el segundo, de techo más bajo, se veían las
- tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a
- su lado las hechas en el Toboso, pequeñas, llenas
- de mugre, que parecían viejas gordas y grotescas.</p>
-
-<p>La luz del candil, al iluminar aquel antro, parecía
- agrandar y achicar alternativamente el
- vientre abultado de las vasijas.</p>
-
-<p>Se explicaba que la fantasía de la gente hubiese
- transformado en duendes aquellas ánforas
- vinarias, de las cuales, las ventrudas y abultadas
- tinajas toboseñas, parecían enanos; y las altas y
- <span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
- airosas fabricadas en Colmenar tenían aire de
- gigantes. Todavía en el fondo se abría un anchurón
- con doce grandes tinajones. Este hueco
- se llamaba la Sala de los Apóstoles.</p>
-
-<p>El mozo aseguró que en aquella cueva se habían
- encontrado huesos humanos, y mostró en
- la pared la huella de una mano que él suponía
- era de sangre.</p>
-
-<p>&mdash;Si a don Andrés le gustara el vino&mdash;dijo
- Dorotea&mdash;, le daríamos un vaso de este añejo
- que tenemos en la solera.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; guárdelo usted para las grandes
- fiestas.</p>
-
-<p>Días después comenzó la vendimia. Andrés
- se acercó al lagar, y el ver aquellos hombres sudando
- y agitándose en el rincón bajo de techo,
- le produjo una impresión desagradable. No creía
- que esta labor fuera tan penosa.</p>
-
-<p>Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que
- sólo lo artificial es bueno, y pensó que tenía razón.
- Las decantadas labores rurales, motivo de
- inspiración para los poetas, le parecían estúpidas
- y bestiales. ¡Cuánto más hermosa, aunque
- estuviera fuera de toda idea de belleza tradicional,
- la función de un motor eléctrico, que no
- este trabajo muscular, rudo, bárbaro y mal aprovechado!</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p>
-
-<h3>VI<br />
- TIPOS DE CASINO</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Al</span> llegar el invierno, las noches largas y frías
- hicieron a Hurtado buscar un refugio fuera
- de casa, donde distraerse y pasar el tiempo. Comenzó
- a ir al casino de Alcolea.</p>
-
-<p>Este casino, «La Fraternidad», era un vestigio
- del antiguo esplendor del pueblo; tenía salones
- inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo entero,
- varias mesas de billar y una pequeña biblioteca
- con algunos libros.</p>
-
-<p>Entre la generalidad de los tipos vulgares, obscuros,
- borrosos, que iban al casino a leer los periódicos
- y hablar de política, había dos personajes
- verdaderamente pintorescos.</p>
-
-<p>Uno de ellos era el pianista; el otro, un tal don
- Blas Carreño, hidalgo acomodado de Alcolea.</p>
-
-<p>Andrés llegó a intimar bastante con los dos.</p>
-
-<p>El pianista era un viejo flaco, afeitado, de cara
- estrecha, larga, y anteojos de gruesos lentes. Vestía
- de negro y accionaba al hablar de una manera
- un tanto afeminada. Era al mismo tiempo organista
- de la iglesia, lo que le daba cierto aspecto
- eclesiástico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span></p>
-
-<p>El otro señor, don Blas Carreño, también era
- flaco; pero más alto, de nariz aguileña, pelo entrecano,
- tez cetrina y aspecto marcial.</p>
-
-<p>Este buen hidalgo había llegado a identificarse
- con la vida antigua y a convencerse de que la
- gente discurría y obraba como los tipos de las
- obras españolas clásicas, de tal manera, que había
- ido poco a poco arcaizando su lenguaje, y
- entre burlas y veras hablaba con el alambicamiento
- de los personajes de Feliciano de Silva,
- que tanto encantaba a Don Quijote.</p>
-
-<p>El pianista imitaba a Carreño y le tenía como
- modelo. Al saludar a Andrés, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Este mi señor don Blas, querido y agareno
- amigo, ha tenido la dignación de presentarme a
- su merced como un hijo predilecto de Euterpe;
- pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo
- habrá podido comprobar con el arrayán de su
- buen juicio, más que un pobre, cuanto humilde
- aficionado al trato de las Musas, que labora con
- estas sus torpes manos en amenizar las veladas
- de los socios, en las frigidísimas noches del helado
- invierno.</p>
-
-<p>Don Blas escuchaba a su discípulo sonriendo.
- Andrés, al oir a aquel señor expresarse
- así, creyó que se trataba de un loco; pero
- luego vió que no, que el pianista era una persona
- de buen sentido. Únicamente ocurría, que
- tanto don Blas como él, habían tomado la costumbre
- de hablar de esta manera enfática y altisonante
- <span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
- hasta familiarizarse con ella. Tenían frases
- hechas, que las empleaban a cada paso: el
- ascua de la inteligencia, la flecha de la sabiduría,
- el collar de perlas de las observaciones juiciosas,
- el jardín del buen decir...</p>
-
-<p>Don Blas le invitó a Hurtado a ir a su casa y
- le mostró su biblioteca con varios armarios llenos
- de libros españoles y latinos. Don Blas la puso
- a disposición del nuevo médico.</p>
-
-<p>&mdash;Si alguno de estos libros le interesa a usted,
- puede usted llevárselo&mdash;le dijo Carreño.</p>
-
-<p>&mdash;Ya aprovecharé su ofrecimiento.</p>
-
-<p>Don Blas era para Andrés un caso digno de
- estudio. A pesar de su inteligencia no notaba lo
- que pasaba a su alrededor; la crueldad de la vida
- en Alcolea, la explotación inicua de los miserables
- por los ricos, la falta de instinto social, nada
- de esto para él existía, y si existía tenía un carácter
- de cosa libresca, servía para decir:</p>
-
-<p>&mdash;Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su
- <cite>Examen de ingenios</cite>...</p>
-
-<p>Don Blas era un hombre extraordinario, sin
- nervios; para él no había calor, ni frío, placer, ni
- dolor. Una vez, dos socios del casino le gastaron
- una broma transcendental: le llevaron a cenar
- a una venta y le dieron a propósito unas
- migas detestables, que parecían de arena, diciéndole
- que eran las verdaderas migas del país, y
- don Blas las encontró tan excelentes y las elogió
- de tal modo y con tales hipérboles, que llegó a
- <span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
- convencer a sus amigos de su bondad. El manjar
- más insulso, si se lo daban diciendo que estaba
- hecho con una receta antigua y que figuraba
- en <cite>La Lozana Andaluza</cite>, le parecía maravilloso.</p>
-
-<p>En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos
- sus golosinas.</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted esos melindres, que me han
- traído expresamente de Yepes...; esta agua no la
- beberá usted en todas partes, es de la fuente del
- Maillo.</p>
-
-<p>Don Blas vivía en plena arbitrariedad; para él
- había gente que no tenía derecho a nada; en
- cambio, otros lo merecían todo. ¿Por qué? Probablemente
- porque sí.</p>
-
-<p>Decía don Blas que odiaban a las mujeres, que
- le habían engañado siempre; pero no era verdad;
- en el fondo, esta actitud suya servía para citar
- trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...</p>
-
-<p>A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba
- galopines, bellacos, follones, casi siempre sin
- motivo, sólo por el gusto de emplear estas palabras
- quijotescas.</p>
-
-<p>Otra cosa que le encantaba a don Blas era
- citar los pueblos con sus nombres antiguos:
- Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la
- antigua Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo,
- nos encontramos un día...</p>
-
-<p>Andrés y don Blas se asombraban mutuamente.
- Andrés se decía:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pensar que este hombre y otros muchos
- como él viven en esta mentira, envenenados
- con los restos de una literatura, y de una palabrería
- amanerada es verdaderamente extraordinario!</p>
-
-<p>En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo,
- y pensaba: ¡Qué hombre más raro!</p>
-
-<p>Varias veces discutieron acerca de religión, de
- política, de la doctrina evolucionista. Estas cosas
- del darwinisno, como decía él, le parecían a don
- Blas cosas inventadas para divertirse. Para él los
- datos comprobados no significaban nada. Creía
- en el fondo que se escribía para demostrar ingenio,
- no para exponer ideas con claridad, y que
- la investigación de un sabio se echaba abajo con
- una frase graciosa.</p>
-
-<p>A pesar de su divergencia, don Blas no le era
- antipático a Hurtado.</p>
-
-<p>El que sí le era antipático e insoportable era
- un jovencito, hijo de un usurero, que en Alcolea
- pasaba por un prodigio, y que iba con frecuencia
- al casino. Este joven, abogado, había leído
- algunas revistas francesas reaccionarias, y se
- creía en el centro del mundo.</p>
-
-<p>Decía que él contemplaba todo con una sonrisa
- irónica y piadosa. Creía también que se podía
- hablar de filosofía empleando los lugares
- comunes del casticismo español, y que Balmes
- era un gran filósofo.</p>
-
-<p>Varias veces el joven, que contemplaba todo
- <span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>
- con una sonrisa irónica y piadosa, invitó a Hurtado
- a discutir; pero Andrés rehuyó la discusión
- con aquel hombre que, a pesar de su barniz
- de cultura, le parecía de una imbecilidad fundamental.</p>
-
-<p>Esta sentencia de Demócrito, que había leído
- en la Historia del Materialismo de Lange, le parecía
- a Andrés muy exacta: El que ama la contradicción
- y la verbosidad, es incapaz de aprender
- nada que sea serio.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span></p>
-
-<h3>VII<br />
- SEXUALIDAD Y PORNOGRAFÍA</h3>
-</div>
-
-<p>En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio
- era al mismo tiempo librería y centro de suscripciones.
- Andrés iba a ella a comprar papel y
- algunos periódicos. Un día le chocó ver que el
- librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta
- en donde aparecía una mujer desnuda.
- Eran de estas novelas a estilo francés; novelas
- pornográficas, torpes, con cierto barniz psicológico
- hechas para uso de militares, estudiantes y
- gente de poca mentalidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que eso se vende?&mdash;le preguntó Andrés
- al librero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es lo único que se vende.</p>
-
-<p>El fenómeno parecía paradójico y, sin embargo,
- era natural. Andrés había oído a su tío Iturrioz
- que en Inglaterra, en donde las costumbres eran
- interiormente de una libertad extraordinaria, libros,
- aun los menos sospechosos de libertinaje,
- estaban prohibidos, y las novelas que las señoritas
- francesas o españolas leían delante de sus
- madres, allí se consideraban nefandas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span></p>
-
-<p>En Alcolea sucedía lo contrario; la vida era de
- una moralidad terrible; llevarse a una mujer sin
- casarse con ella, era más difícil que raptar a la
- Giralda de Sevilla a las doce del día; pero, en
- cambio, se leían libros pornográficos de una pornografía
- grotesca por lo transcendental.</p>
-
-<p>Todo esto era lógico. En Londres, al agrandarse
- la vida sexual por la libertad de costumbres,
- se achicaba la pornografía; en Alcolea, al achicarse
- la vida sexual, se agrandaba la pornografía.</p>
-
-<p>&mdash;Qué paradoja esta de la sexualidad&mdash;pensaba
- Andrés al ir a su casa&mdash;. En los países donde
- la vida es intensamente sexual no existen motivos
- de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos
- como Alcolea, en donde la vida sexual era tan
- mezquina y tan pobre, las alusiones eróticas a la
- vida del sexo estaban en todo.</p>
-
-<p>Y era natural, era en el fondo un fenómeno de
- compensación.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span></p>
-
-<h3>VIII<br />
- EL DILEMA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Poco</span> a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor
- de Andrés una mala reputación; se le
- consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado,
- que se atraía la antipatía de todos.</p>
-
-<p>Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba
- a los ricos y no quería a los pobres.</p>
-
-<p>Andrés fué notando la hostilidad de la gente
- del casino y dejó de frecuentarlo.</p>
-
-<p>Al principio se aburría.</p>
-
-<p>Los días iban sucediéndose a los días y cada
- uno traía la misma desesperanza, la seguridad
- de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y
- de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por
- una mala inteligencia.</p>
-
-<p>Se había decidido a cumplir sus deberes de
- médico al pie de la letra.</p>
-
-<p>Llegar a la abstención pura, completa, en la
- pequeña vida social de Alcolea, le parecía la
- perfección.</p>
-
-<p>Andrés no era de estos hombres que consideran
- el leer como un sucedáneo de vivir;
- él leía porque no podía vivir. Para alternar
- <span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>
- con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada,
- prefería pasar el tiempo en su cuarto,
- en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.</p>
-
-<p>¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los
- libros si hubiera habido algo importante que
- hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o reconstruirlo!</p>
-
-<p>La inacción le irritaba.</p>
-
-<p>De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse
- al campo; pero para matar conejos, prefería
- quedarse en casa.</p>
-
-<p>Sin saber qué hacer, paseaba como un lobo
- por aquel cuarto. Muchas veces intentó dejar de
- leer estos libros de filosofía. Pensó que quizá le
- irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le
- prestó una porción de libros de historia. Andrés
- se convenció de que la historia es una cosa vacía.
- Creyó, como Schopenhauer, que el que lea
- con atención <cite>Los Nueve Libros de Herodoto</cite>, tiene
- todas las combinaciones posibles de crímenes,
- destronamientos, heroísmos e injusticias,
- bondades y maldades que puede suministrar la
- historia.</p>
-
-<p>Intentó también un estudio poco humano y
- trajo de Madrid y comenzó a leer un libro de astronomía,
- la Guía del Cielo, de Klein, pero le faltaba
- la base de las matemáticas y pensó que no
- tenía fuerza en el cerebro para dominar esto. Lo
- único que aprendió fué el plano estelar. Orientarse
- en ese infinito de puntos luminosos, en
- <span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
- donde brillan como dioses Arturus y Vega, Altair y
- Aldebarán era para él una voluptuosidad algo
- triste; recorrer con el pensamiento esos cráteres
- de la Luna y el mar de la Serenidad; leer esas
- hipótesis acerca de la Vía Láctea y de su movimiento
- alrededor de ese supuesto sol central que
- se llama Alción y que está en el grupo de las
- Pléyades, le daba el vértigo.</p>
-
-<p>Se le ocurrió también escribir; pero no sabía
- por dónde empezar, ni manejaba suficientemente
- el mecanismo del lenguaje para expresarse con
- claridad.</p>
-
-<p>Todos los sistemas que discurría para encauzar
- su vida dejaban precipitados insolubles, que
- demostraban el error inicial de sus sistemas.</p>
-
-<p>Comenzaba a sentir una irritación profunda
- contra todo.</p>
-
-<p>A los ocho o nueve meses de vivir así excitado
- y aplanado al mismo tiempo, empezó a padecer
- dolores articulares; además el pelo se le caía
- muy abundantemente.</p>
-
-<p>&mdash;Es la castidad&mdash;se dijo.</p>
-
-<p>Era lógico; era un neuro-artrítico. De chico, su
- artritismo se había manifestado por jaquecas y
- por tendencia hipocondríaca. Su estado artrítico
- se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo
- las substancias de desecho y esto tenía
- que engendrar productos de oxidación incompleta,
- el ácido úrico sobre todo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span></p>
-
-<p>El diagnóstico lo consideró como exacto; el
- tratamiento era lo difícil.</p>
-
-<p>Este dilema se presentaba ante él. Si quería
- vivir con una mujer tenía que casarse, someterse.
- Es decir, dar por una cosa de la vida toda su
- independencia espiritual, resignarse a cumplir
- obligaciones y deberes sociales, a guardar consideraciones
- a un suegro, a una suegra, a un cuñado;
- cosa que le horrorizaba.</p>
-
-<p>Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea,
- que no salían más que los domingos a la
- iglesia, vestidas como papagayos, con un mal
- gusto exorbitante, había algunas, quizá muchas,
- agradables, simpáticas. ¿Pero quién las conocía?
- Era casi imposible hablar con ellas. Solamente
- el marido podría llegar a saber su manera de ser
- y de sentir.</p>
-
-<p>Andrés se hubiera casado con cualquiera, con
- una muchacha sencilla; pero no sabía dónde encontrarla.
- Las dos señoritas que trataba un poco
- eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.</p>
-
-<p>La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario
- era de una cursilería verdaderamente
- venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba las
- laminitas del <cite>Blanco y Negro</cite> y luego las iluminaba,
- y tenía unas ideas ridículas y falsas de
- todo.</p>
-
-<p>De no casarse, Andrés podía transigir e ir con
- los perdidos del pueblo a casa de la Fulana o de
- <span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
- la Zutana, a estas dos calles en donde las mujeres
- de vida airada vivían como en los antiguos
- burdeles medioevales; pero esta promiscuidad
- era ofensiva para su orgullo. ¿Qué más triunfo
- para la burguesía local y más derrota para su
- personalidad si se hubiesen contado sus devaneos?
- No; prefería estar enfermo.</p>
-
-<p>Andrés decidió limitar la alimentación, tomar
- sólo vegetales y no probar la carne, ni el vino, ni
- el café. Varias horas después de comer y de cenar
- bebía grandes cantidades de agua. El odio
- contra el espíritu del pueblo le sostenía en su
- lucha secreta; era uno de esos odios profundos,
- que llegan a dar serenidad al que lo siente, un
- desprecio épico y altivo. Para él no había burlas,
- todas resbalaban por su coraza de impasibilidad.</p>
-
-<p>Algunas veces pensaba que esta actitud no era
- lógica. ¡Un hombre que quería ser de ciencia y
- se incomodaba porque las cosas no eran como
- él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí
- era seca; no había árboles, el clima era duro, la
- gente tenía que ser dura también.</p>
-
-<p>La mujer del secretario del Ayuntamiento y
- presidenta de la Sociedad del Perpetuo Socorro,
- le dijo un día:</p>
-
-<p>&mdash;Usted, Hurtado, quiere demostrar que se
- puede no tener religión y ser más bueno que los
- religiosos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Más bueno, señora?&mdash;replicó Andrés&mdash;.
- Realmente, eso no es difícil.</p>
-
-<p>Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado
- estaba mejor; la comida escasa y sólo vegetal,
- el baño, el ejercicio al aire libre le iban haciendo
- un hombre sin nervios. Ahora se sentía
- como divinizado por su ascetismo, libre; comenzaba
- a vislumbrar ese estado de <em>ataraxia</em>, cantado
- por los epicúreos y los pirronianos.</p>
-
-<p>Ya no experimentaba cólera por las cosas ni
- por las personas.</p>
-
-<p>Le hubiera gustado comunicar a alguien sus
- impresiones y pensó en escribir a Iturrioz; pero
- luego creyó que su situación espiritual era
- más fuerte siendo él solo el único testigo de su
- victoria.</p>
-
-<p>Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se
- levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba
- por aquellos campos llanos, por los viñedos,
- hasta un olivar que él llamaba el trágico
- por su aspecto. Aquellos olivos viejos, centenarios,
- retorcidos, parecían enfermos atacados por
- el tétanos; entre ellos se levantaba una casa
- aislada y baja con bardales de cambroneras, y en
- el vértice de la colina había un molino de viento
- tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo
- rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés
- le dejaba siempre sobrecogido.</p>
-
-<p>Muchas veces salía de casa cuando aún era de
- noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y
- <span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>
- disolverse como una perla en el horno de la aurora
- llena de resplandores.</p>
-
-<p>Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina,
- cerca del fogón bajo. Dorotea, la vieja y la
- niña hacían sus labores al amor de la lumbre y
- Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-<h3>IX<br />
- LA MUJER DEL TÍO GARROTA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Una</span> noche de invierno, un chico fué a llamar
- a Andrés; una mujer había caído a la calle
- y estaba muriéndose.</p>
-
-<p>Hurtado se embozó en la capa, y de prisa,
- acompañado del chico, llegó a una calle extraviada,
- cerca de una posada de arrieros que se
- llamaba el Parador de la Cruz. Se encontró con
- una mujer privada de sentido, y asistida por
- unos cuantos vecinos que formaban un grupo
- alrededor de ella.</p>
-
-<p>Era la mujer de un prendero llamado el tío
- Garrota; tenía la cabeza bañada en sangre y había
- perdido el conocimiento.</p>
-
-<p>Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda
- y que trajeran una luz; tenía la vieja una conmoción
- cerebral.</p>
-
-<p>Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al
- principio la sangre negra, coagulada, no salía de
- la vena abierta; luego comenzó a brotar despacio;
- después más regularmente, y la mujer respiró
- con relativa facilidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p>
-
-<p>En este momento llegó el juez con el actuario
- y dos guardias, y fué interrogando, primero a los
- vecinos y después a Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se encuentra esta mujer?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Muy mal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se podrá interrogarla?</p>
-
-<p>&mdash;Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy
- a ver el sitio por donde se ha tirado y a interrogar
- al marido.</p>
-
-<p>La tienda era una prendería repleta de trastos
- viejos que había por todos los rincones y colgaban
- del techo; las paredes estaban atestadas de
- fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.</p>
-
-<p>Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que
- ésta abrió los ojos y pareció darse cuenta de lo
- que le pasaba.</p>
-
-<p>&mdash;Llamadle al juez&mdash;dijo Andrés a los vecinos.</p>
-
-<p>El juez vino en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Esto se complica&mdash;murmuró&mdash;; luego preguntó
- a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende algo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, parece que sí.</p>
-
-<p>Efectivamente, la expresión de la mujer era de
- inteligencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted
- desde la ventana?&mdash;preguntó el juez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién la ha tirado?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién la ha tirado?</p>
-
-<p>&mdash;Garro... Garro...&mdash;murmuró la vieja haciendo
- un esfuerzo.</p>
-
-<p>El juez y el actuario y los guardias quedaron
- sorprendidos.</p>
-
-<p>&mdash;Quiere decir Garrota&mdash;dijo uno.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es una acusación contra él&mdash;dijo el
- juez&mdash;. ¿No le parece a usted, doctor?</p>
-
-<p>&mdash;Parece que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué la ha tirado a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Garro... Garro...&mdash;volvió a decir la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;No quiere decir más sino que es su marido&mdash;afirmó
- un guardia.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es eso&mdash;repuso Andrés&mdash;. La lesión
- la tiene en el lado izquierdo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso qué importa?&mdash;preguntó el guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Cállese usted&mdash;dijo el juez&mdash;. ¿Qué supone
- usted, doctor?</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que esta mujer se encuentra en un
- estado de afasia. La lesión la tiene en el lado izquierdo
- del cerebro; probablemente la tercera circunvolución
- frontal, que se considera como centro
- del lenguaje, estará lesionada. Esta mujer parece
- que entiende, pero no puede articular más
- que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra
- cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted mejor?&mdash;dijo el juez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!</p>
-
-<p>&mdash;¿Si está usted ya mejor?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Garro... Garro...&mdash;contestó ella.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; dice a todo lo mismo&mdash;afirmó el juez.</p>
-
-<p>&mdash;Es un caso de afasia o de sordera verbal&mdash;añadió
- Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo..., hay muchas sospechas contra
- el marido&mdash;replicó el actuario.</p>
-
-<p>Habían llamado al cura para sacramentar a la
- moribunda.</p>
-
-<p>Le dejaron solo y Andrés subió con el juez.
- La prendería del tío Garrota tenía una escalera
- de caracol para el primer piso.</p>
-
-<p>Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos
- alcobas y el cuarto desde donde se había tirado
- la vieja. En medio de este cuarto había un brasero,
- una badila sucia y una serie de manchas de
- sangre que seguían hasta la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;La cosa tiene el aspecto de un crimen&mdash;dijo
- el juez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted?&mdash;preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;No, no creo nada; hay que confesar que los
- indicios se presentan como en una novela policíaca
- para despistar a la opinión. Esta mujer
- que se le pregunta quién la ha tirado, y dice el
- nombre de su marido; esta badila llena de sangre;
- las manchas que llegan hasta la ventana,
- todo hace sospechar lo que ya han comenzado a
- decir los vecinos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dicen?</p>
-
-<p>&mdash;Le acusan al tío Garrota, al marido de esta
- mujer. Suponen que el tío Garrota y su mujer
- <span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>
- riñeron; que él le dió con la badila en la cabeza;
- que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que
- entonces él, agarrándola de la cintura, la arrojó
- a la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;Y puede no ser.</p>
-
-<p>Abonaba esta versión la mala fama del tío
- Garrota y su complicidad manifiesta en las
- muertes de dos jugadores, el Cañamero y el
- Pollo, ocurridas hacía unos diez años cerca de
- Daimiel.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a guardar esta badila&mdash;dijo el juez.</p>
-
-<p>&mdash;Por si acaso no debían tocarla&mdash;repuso
- Andrés&mdash;; las huellas pueden servirnos de
- mucho.</p>
-
-<p>El juez metió la badila en un armario, lo cerró
- y llamó al actuario para que lo lacrase. Se cerró
- también el cuarto y se guardó la llave.</p>
-
-<p>Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la
- mujer del tío Garrota había muerto.</p>
-
-<p>El juez mandó que trajeran a su presencia al
- marido. Los guardias le habían atado las manos.</p>
-
-<p>El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento,
- de mal aspecto, tuerto, de cara torva,
- llena de manchas negras, producidas por una
- perdigonada que le habían soltado hacía años en
- la cara.</p>
-
-<p>En el interrogatorio se puso en claro que el tío
- Garrota era borracho, y hablaba de matar a uno
- o de matar a otro con frecuencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span></p>
-
-<p>El tío Garrota no negó que daba malos tratos
- a su mujer; pero sí que la hubiese matado. Siempre
- concluía diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Señor juez, yo no he matado a mi mujer.
- He dicho, es verdad, muchas veces que la iba a
- matar; pero no la he matado.</p>
-
-<p>El juez, después del interrogatorio, envió al tío
- Garrota incomunicado a la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted?&mdash;le preguntó el juez
- a Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí es una cosa clara; este hombre es
- inocente.</p>
-
-<p>El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a
- la cárcel, y dijo que empezaba a creer que el
- prendero no había matado a su mujer. La opinión
- popular quería suponer que Garrota era un
- criminal. Por la noche el doctor Sánchez aseguró
- en el casino que era indudable que el tío Garrota
- había tirado por la ventana a su mujer, y
- que el juez y Hurtado tendían a salvarle, Dios
- sabe por qué; pero que en la autopsia aparecería
- la verdad.</p>
-
-<p>Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió
- nombrara a don Tomás Solana, el otro médico,
- como árbitro para presenciar la autopsia, por si
- acaso había divergencia entre el dictamen de
- Sánchez y el suyo.</p>
-
-<p>La autopsia se verificó al día siguiente por la
- tarde; se hizo una fotografía de las heridas de la
- cabeza producidas por la badila y se señalaron
- <span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>
- unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.</p>
-
-<p>Luego se procedió a abrir las tres cavidades
- y se encontró la fractura craneana, que cogía
- parte del frontal y del parietal y que había ocasionado
- la muerte. En los pulmones y en el cerebro
- aparecieron manchas de sangre, pequeñas y
- redondas.</p>
-
-<p>En la exposición de los datos de la autopsia
- estaban conformes los tres médicos; en su opinión,
- acerca de las causas de la muerte, divergían.</p>
-
-<p>Sánchez daba la versión popular. Según él, la
- interfecta, al sentirse herida en la cabeza por los
- golpes de la badila, corrió a la ventana a pedir
- socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el
- cuello, produciéndole una contusión y un principio
- de asfixia que se evidenciaba en las manchas
- petequiales de los pulmones y del cerebro, y
- después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción
- cerebral y la fractura del cráneo, que le
- produjo la muerte. La misma mujer, en la agonía,
- había repetido el nombre del marido indicando
- quién era su matador.</p>
-
-<p>Hurtado decía primeramente que las heridas
- de la cabeza eran tan superficiales que no estaban
- hechas por un brazo fuerte, sino por una
- mano débil y convulsa; que los cardenales del
- cuello procedían de contusiones anteriores al día
- de la muerte, y que, respecto a las manchas de
- sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran
- <span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>
- producidas por un principio de asfixia, sino
- el alcoholismo inveterado de la interfecta. Con
- estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en
- un estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente
- encontrado en su estómago, y presa de
- manía suicida, había comenzado a herirse ella
- misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba
- la superficialidad de las heridas, que apenas interesaban
- el cuero cabelludo, y después, en vista
- del resultado negativo para producirse la muerte,
- había abierto la ventana y se había tirado de cabeza
- a la calle. Respecto a las palabras pronunciadas
- por ella, estaba claramente demostrado
- que al decirlas se encontraba en un estado afásico.</p>
-
-<p>Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe
- hacía equilibrios, y en conjunto no decía
- nada.</p>
-
-<p>Sánchez estaba en la actitud popular; todo el
- mundo creía culpable al tío Garrota, y algunos
- llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había
- que castigarlo, porque era un desalmado capaz
- de cualquier fechoría.</p>
-
-<p>El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una
- porción de pruebas; se estudiaron las huellas
- frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían
- con los dedos del prendero; se hizo que
- un empleado de la cárcel, amigo suyo, le emborrachara
- y le sonsacara. El tío Garrota confesó
- su participación en las muertes del Pollo y del
- <span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
- Cañamero; pero afirmó repetidas veces, entre furiosos
- juramentos, que no y que no. No tenía
- nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque
- le condenaran por decir que no y le salvaran por
- decir que sí, diría que no, porque esa era la
- verdad.</p>
-
-<p>El juez, después de repetidos interrogatorios,
- comprendió la inocencia del prendero y lo dejó
- en libertad.</p>
-
-<p>El pueblo se consideró defraudado. Por indicios,
- por instinto, la gente adquirió la convicción
- de que el tío Garrota, aunque capaz de matar a
- su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer
- la probidad de Andrés y del juez. El periódico
- de la capital que defendía a los Mochuelos,
- escribió un artículo con el título «¿Crimen o
- suicidio?», en el que suponía que la mujer del tío
- Garrota se había suicidado; en cambio, otro periódico
- de la capital, defensor de los Ratones, aseguró
- que se trataba de un crimen y que las influencias
- políticas habían salvado al prendero.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que ver lo que habrán cobrado el
- médico y el juez&mdash;decía la gente.</p>
-
-<p>A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre iba con lealtad.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no era cierto lo que decía&mdash;replicaba
- alguno.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero él iba con honradez.</p>
-
-<p>Y no había manera de convencer a la mayoría
- de otra cosa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span></p>
-
-<h3>X<br />
- DESPEDIDA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Andrés</span>, que hasta entonces había tenido simpatía
- entre la gente pobre, vió que la simpatía
- se trocaba en hostilidad. En la primavera
- decidió marcharse y presentar la dimisión de su
- cargo.</p>
-
-<p>Un día de mayo fué el fijado para la marcha;
- se despidió de don Blas Carreño y del juez y tuvo
- un violento altercado con Sánchez, quien, a pesar
- de ver que el enemigo se le iba, fué bastante
- torpe para recriminarle con acritud. Andrés le
- contestó rudamente y dijo a su compañero unas
- cuantas verdades un poco explosivas.</p>
-
-<p>Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y
- luego salió a pasear. Hacía un día tempestuoso
- con vagos relámpagos, que brillaban entre dos
- nubes. Al anochecer comenzó a llover y Andrés
- volvió a su casa.</p>
-
-<p>Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela,
- habían ido al Maillo, un pequeño balneario
- próximo a Alcolea.</p>
-
-<p>Andrés acabó de preparar su equipaje. A la
- <span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>
- hora de cenar entró la patrona en su cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a terminar en un momento.</p>
-
-<p>&mdash;Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos
- a usted como de la familia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en
- el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo dirá usted por nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo
- digo por usted. Si siento dejar el pueblo es, más
- que nada, por usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Don Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Créalo usted o no lo crea, tengo una gran
- opinión de usted. Me parece usted una mujer
- muy buena, muy inteligente...</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a
- confundir!&mdash;dijo ella riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea.
- Eso no quita para que sea verdad. Lo malo
- que tiene usted...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver lo malo...&mdash;replicó ella con seriedad
- fingida.</p>
-
-<p>&mdash;Lo malo que tiene usted&mdash;siguió diciendo
- Andrés&mdash;es que está usted casada con un hombre
- que es un idiota, un imbécil petulante, que
- <span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>
- le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted
- le engañaría con cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted
- diciendo!</p>
-
-<p>&mdash;Son las verdades de la despedida... Realmente
- yo he sido un imbécil en no haberle hecho
- a usted el amor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que
- no lo he pensado otras veces; pero me ha faltado
- decisión. Hoy estamos solos en toda la
- casa. ¿No?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me
- voy.</p>
-
-<p>&mdash;No se vaya usted, tengo que hablarle.</p>
-
-<p>Dorotea, sorprendida del tono de mando de
- Andrés, se quedó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me quiere usted?&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Quédese usted aquí conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés&mdash;replicó
- Dorotea con voz ahogada.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada
- con un idiota. Estamos solos, nadie habría de
- saber que usted había sido mía. Esta noche para
- usted y para mí sería una noche excepcional,
- extraña...</p>
-
-<p>&mdash;Sí ¿y el remordimiento?</p>
-
-<p>&mdash;¿Remordimiento?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span></p>
-
-<p>Andrés, con lucidez, comprendió que no debía
- discutir este punto.</p>
-
-<p>&mdash;Hace un momento no creía que le iba a
- usted a decir esto. ¿Por qué se lo digo? No sé.
- Mi corazón palpita ahora como un martillo de
- fragua.</p>
-
-<p>Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la
- cama, pálido y tembloroso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se pone usted malo?&mdash;murmuró Dorotea
- con voz ronca.</p>
-
-<p>&mdash;No; no es nada.</p>
-
-<p>Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés
- apagó la luz y se acercó a ella.</p>
-
-<p>Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel
- momento en plena inconsciencia...</p>
-
-<p>Al amanecer comenzó a brillar la luz del día
- por entre las rendijas de las maderas. Dorotea
- se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus
- brazos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;murmuró ella con espanto, y, levantándose
- rápidamente, huyó del cuarto.</p>
-
-<p>Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado
- de sí mismo.</p>
-
-<p>Se encontraba en un estado de irresolución
- completa; sentía en la espalda como si tuviera
- una plancha que le sujetara los nervios y tenía
- temor de tocar con los pies el suelo.</p>
-
-<p>Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada
- en las manos, hasta que oyó el ruido del coche
- que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y abrió
- <span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
- la puerta antes que llamaran por miedo al pensar
- en el ruido de la aldaba; un mozo entró en el
- cuarto y cargó con el baúl y la maleta y los llevó
- al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la
- diligencia, que comenzó a marchar por la carretera
- polvorienta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!&mdash;exclamó
- luego&mdash;. Y se refería a su vida y
- a esta última noche tan inesperada, tan aniquiladora.</p>
-
-<p>En el tren su estado nervioso empeoró. Se
- sentía desfallecido, mareado. Al llegar a Aranjuez
- se decidió a bajar del tren. Los tres días que
- pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span></p>
-
- <h2>SEXTA PARTE<br />
- La experiencia en Madrid</h2>
- <h3>I<br />
- COMENTARIO A LO PASADO</h3>
-</div>
-
-
-<p>A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés
- se encontró con la sorpresa desagradable
- de que se iba a declarar la guerra a los Estados
- Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las
- calles, música patriótica a todo pasto.</p>
-
-<p>Andrés no había seguido en los periódicos
- aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía
- a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio
- era el de la criada vieja de la Dorotea que
- solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta
- canción:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Parece mentira que por unos mulatos</div>
-<div class="line">estemos pasando tan malitos ratos;</div>
-<div class="line">a Cuba se llevan la flor de la España</div>
-<div class="line">y aquí no se queda más que la morralla.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Todas las opiniones de Andrés acerca de la
- <span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>
- guerra estaban condensadas en este cantar de la
- vieja criada.</p>
-
-<p>Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención
- de los Estados Unidos, Andrés quedó
- asombrado.</p>
-
-<p>En todas partes no se hablaba más que de la
- posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de
- Hurtado creía en la victoria española; pero en
- una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran
- todos vendedores de tocino, al ver a los primeros
- soldados españoles, dejarían las armas y
- echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro,
- hacía vida de <i lang="en" xml:lang="en"> sportman</i> y no le preocupaba la
- guerra; a Alejandro le pasaba lo mismo; Margarita
- seguía en Valencia.</p>
-
-<p>Andrés encontró un empleo en una consulta
- de enfermedades del estómago, sustituyendo a
- un médico que había ido al extranjero por tres
- meses.</p>
-
-<p>Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba
- allí hasta el anochecer, luego marchaba a cenar
- a casa y por la noche salía en busca de noticias.</p>
-
-<p>Los periódicos no decían más que necedades
- y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados
- para la guerra; no tenían ni uniformes para
- sus soldados. En el país de las máquinas de coser
- el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto
- enorme, según se decía en Madrid.</p>
-
-<p>Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de
- <span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>
- Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las
- proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto
- de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran
- París; pero era bastante para que los
- españoles de buen sentido pudieran sentir toda
- la vacuidad de sus grandes hombres.</p>
-
-<p>Andrés siguió los preparativos de la guerra
- con una emoción intensa.</p>
-
-<p>Los periódicos traían cálculos completamente
- falsos. Andrés llegó a creer que había alguna
- razón para los optimismos.</p>
-
-<p>Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en
- la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted esto?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos perdidos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero si dicen que estamos preparados?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese
- chino, que los españoles consideramos como el
- colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas
- que nos están diciendo los periódicos.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, yo no veo eso.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no hay más que tener ojos en la cara y
- comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate;
- nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos
- viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen
- veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados
- y de mayor velocidad. Los seis nuestros en
- conjunto desplazan aproximadamente veintiocho
- mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta
- mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique
- <span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
- toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a
- tener sitio dónde apuntar.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera, que usted cree que vamos a la
- derrota?</p>
-
-<p>&mdash;No a la derrota, a una cacería. Si alguno
- de nuestros barcos puede salvarse, será una
- gran cosa.</p>
-
-<p>Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse,
- pero pronto los acontecimientos le dieron la razón.
- El desastre había sido como decía él: una
- cacería, una cosa ridícula.</p>
-
-<p>A Andrés le indignó la indiferencia de la gente
- al saber la noticia. Al menos él había creído que
- el español, inepto para la ciencia y para la civilización,
- era un patriota exaltado y se encontraba
- que no; después del desastre de las dos pequeñas
- escuadras españolas en Cuba y en Filipinas,
- todo el mundo iba al teatro y a los toros tan
- tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían
- sido espuma, humo de paja, nada.</p>
-
-<p>Cuando la impresión del desastre se le pasó,
- Andrés fué a casa de Iturrioz; hubo discusión
- entre ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Dejemos todo eso, ya que afortunadamente
- hemos perdido las colonias&mdash;dijo su tío&mdash;y
- hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el
- pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Bastante mal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?</p>
-
-<p>&mdash;No; tuve suerte. Como médico he quedado
- <span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>
- bien. Ahora, personalmente, he tenido poco
- éxito.</p>
-
-<p>&mdash;Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de
- Don Quijote.</p>
-
-<p>Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz
- le escuchó atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que allí no has perdido tu virulencia
- ni te has asimilado el medio?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una
- bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido
- fénico.</p>
-
-<p>&mdash;Y esos manchegos ¿son buena gente?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy buena gente; pero con una moral
- imposible.</p>
-
-<p>&mdash;Pero esa moral ¿no será la defensa de la
- raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?</p>
-
-<p>&mdash;Es muy posible; pero si es así, ellos no se
- dan cuenta de este motivo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo
- será un conjunto de gente con conciencia? ¿En
- Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas
- partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla,
- idiota y egoísta. Si ahí en Alcolea es una
- buena persona, hay que decir que los alcoleanos
- son gente superior.</p>
-
-<p>&mdash;No digo que no. Los pueblos como Alcolea
- están perdidos, porque el egoísmo y el dinero no
- está repartido equitativamente; no lo tienen más
- que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres
- <span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
- no hay sentido individual. El día que cada
- alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no transijo,
- ese día el pueblo marchará hacia adelante.</p>
-
-<p>&mdash;Claro; pero para ser egoísta hay que saber;
- para protestar hay que discurrir. Yo creo que la
- civilización le debe más al egoísmo que a todas
- las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo
- ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril,
- el barco, todo.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos conformes. Por eso indigna ver a
- esa gente, que no tiene nada que ganar con la
- maquinaria social que, a cambio de cogerle al
- hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria
- y hambre para la vejez, y que aún así la
- defienden.</p>
-
-<p>&mdash;Eso tiene una gran importancia individual,
- pero no social. Todavía no ha habido una sociedad
- que haya intentado un sistema de justicia
- distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos
- que marcha, pero al menos se arrastra y
- las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.</p>
-
-<p>&mdash;Es imbécil.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo, es que la naturaleza es muy sabia.
- No se contenta sólo con dividir a los hombres en
- felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino
- que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre
- el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen
- las abejas obreras; se encierra a la larva en un
- alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente.
- La larva ésta se desarrolla de una manera
- <span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>
- incompleta; es una obrera, una proletaria,
- que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión.
- Así sucede entre los hombres, entre el obrero y
- el militar, entre el rico y el pobre.</p>
-
-<p>&mdash;Me indigna todo esto&mdash;exclamó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Hace unos años&mdash;siguió diciendo Iturrioz&mdash;me
- encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio
- donde estaban haciendo la zafra. Varios
- chinos y negros llevaban la caña en manojos a
- una máquina con grandes cilindros que la trituraba.
- Contemplábamos el funcionamiento del
- aparato, cuando de pronto vemos a uno de los
- chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco
- grita que paren la máquina. El maquinista no
- atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente
- sale convertido en una sábana de
- sangre y de huesos machacados. Los blancos
- que presenciábamos la escena nos quedamos
- consternados; en cambio los chinos y los negros
- se reían. Tenían espíritu de esclavos.</p>
-
-<p>&mdash;Es desagradable.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, como quieras; pero son los hechos y hay
- que aceptarlos y acomodarse a ellos. Otra cosa
- es una simpleza. Intentar andar entre los hombres,
- en ser superior, como tú has querido hacer
- en Alcolea, es absurdo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he intentado presentarme como ser
- superior&mdash;replicó Andrés con viveza&mdash;. Yo he
- ido en hombre independiente. A tanto trabajo,
- <span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>
- tanto sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan,
- y ya está.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es posible; cada hombre no es una
- estrella con su órbita independiente.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que el que quiere serlo lo es.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrá que sufrir las consecuencias.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El
- que no tiene dinero paga su libertad con su
- cuerpo; es una onza de carne que hay que dar,
- que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo
- que del corazón. El hombre de verdad busca antes
- que nada su independencia; se necesita ser
- un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar
- mala la libertad. ¿Que no es posible?
- ¿Que el hombre no puede ser independiente
- como una estrella de otra? A esto no se puede
- decir más sino que es verdad, desgraciadamente.</p>
-
-<p>&mdash;Veo que vienes lírico del pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Será la influencia de las migas.</p>
-
-<p>&mdash;O del vino manchego.</p>
-
-<p>&mdash;No; no lo he probado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y
- despreciabas el producto mejor del pueblo? Bueno,
- ¿qué piensas hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.</p>
-
-<p>&mdash;¿En Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;¿Otra experiencia?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es, otra experiencia.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos ahora a la azotea.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p>
-<h3>II<br />
- LOS AMIGOS</h3>
-</div>
-
-<p>A principio de otoño, Andrés quedó sin nada
- que hacer. Don Pedro se había encargado
- de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba
- algún destino para su hijo.</p>
-
-<p>Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca
- Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una
- noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo,
- se encontró con Montaner.</p>
-
-<p>&mdash;Chico, ¡cuánto tiempo!&mdash;exclamó el antiguo
- condiscípulo, acercándosele.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya hace algunos años que no nos hemos
- visto.</p>
-
-<p>Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá,
- y al llegar a la esquina de la de Peligros,
- Montaner insistió para que entraran en el café de
- Fornos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>Era sábado y había gran entrada; las mesas
- estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de
- los teatros, se preparaban a cenar, y algunas
- <span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>
- busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados
- por todo el ámbito de la sala.</p>
-
-<p>Montaner tomó ávidamente el chocolate que le
- trajeron, y después le preguntó a Andrés:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú, qué haces?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú?
- ¿Concluíste la carrera?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hace un año. No podía acabarla por aquella
- chica que era mi novia. Me pasaba el día entero
- hablando con ella; pero los padres de la chica
- se la llevaron a Santander y la casaron allí.
- Yo entonces fuí a Salamanca, y he estado hasta
- concluir la carrera.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que te ha convenido que casaran
- a la novia?</p>
-
-<p>&mdash;En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve
- el ser médico!.</p>
-
-<p>&mdash;¿No encuentras trabajo?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. He estado con Julio Aracil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con Julio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?</p>
-
-<p>&mdash;De ayudante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya necesita ayudantes Julio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado
- me prometió protegerme. Tenía una plaza
- en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara
- me la cedería a mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no te la ha cedido?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No; la verdad es que todo es poco para sostener
- su casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Antes era muy roñoso.</p>
-
-<p>&mdash;Y sigue siéndolo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No avanza?</p>
-
-<p>&mdash;Como médico poco, pero tiene recursos: el
- ferrocarril, unos conventos que visita; es también
- accionista de «La Esperanza», una sociedad
- de esas de médico, botica y entierro, y tiene participación
- en una funeraria.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que se dedica a la explotación
- de la caridad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ahora, además, como te decía, tiene una
- clínica que ha puesto con dinero del suegro.
- Yo he estado ayudándole; la verdad es que me
- ha cogido de primo; durante más de un mes he
- hecho de albañil, de carpintero, de mozo de
- cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en
- la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la
- cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene
- que asociarse con un muchacho valenciano que
- se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que
- cuando me necesite me llamará.</p>
-
-<p>&mdash;En resumen, que te ha echado.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tú dices.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Voy a buscar un empleo cualquiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿De médico?</p>
-
-<p>&mdash;De médico o de no médico. Me es igual.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres ir a un pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;Y los demás, ¿qué han hecho?&mdash;preguntó
- Andrés&mdash;. ¿Dónde está aquel Lamela?</p>
-
-<p>&mdash;En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive
- bien. De Cañizo no sé si te acordarás...</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Uno que perdió curso en Anatomía.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo vieras, te acordarías en seguida&mdash;repuso
- Montaner&mdash;. Pues este Cañizo es un hombre
- feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo
- que es muy glotón, y el otro día me decía:
- Chico, estoy muy contento; los carniceros me
- regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer
- me trata bien; me da langosta algunos domingos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que animal!</p>
-
-<p>&mdash;De Ortega si te acordarás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Uno bajito, rubio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Me acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Ese estuvo de médico militar en Cuba, y
- se acostumbró a beber de una manera terrible.
- Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi
- ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;De manera que nadie ha marchado bien de
- nuestros condiscípulos.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con
- su periódico de carnicería y con su mujer que los
- domingos le da langosta.</p>
-
-<p>&mdash;Es triste todo eso. Siempre en este Madrid
- la misma interinidad, la misma angustia
- hecha crónica, la misma vida sin vida, todo
- igual.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; esto es un pantano&mdash;murmuró Montaner.</p>
-
-<p>&mdash;Más que un pantano es un campo de ceniza.
- Y Julio Aracil, ¿vive bien?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, según lo que se entienda por vivir
- bien.</p>
-
-<p>&mdash;Su mujer, ¿cómo es?</p>
-
-<p>&mdash;Es una muchacha vistosa, pero él la está
- prostituyendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque la va dando un aire de <i lang="fr" xml:lang="fr">cocotte</i>. El
- hace que se ponga trajes exagerados, la lleva a
- todas partes; yo creo que él mismo la ha aconsejado
- que se pinte. Y ahora prepara el golpe final.
- Va a llevar a ese Nebot, que es un muchacho
- rico, a vivir a su casa y va a ampliar la clínica.
- Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot
- se entienda con su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot
- <span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>
- en el mejor sitio de la casa, cerca de la alcoba
- de su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Demonio. ¿Es que no la quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Julio no quiere a nadie; se casó con ella por
- su dinero. El tiene una querida que es una señora
- rica, ya vieja.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que en el fondo, marcha?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que
- hacerse rico.</p>
-
-<p>Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron
- del café y cada cual se fué a su casa.</p>
-
-<p>A los pocos días Andrés encontró a Julio
- Aracil que entraba en un coche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres dar una vuelta conmigo?&mdash;le dijo
- Julio&mdash;. Voy al final del barrio de Salamanca, a
- hacer una visita.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Entraron los dos en el coche.</p>
-
-<p>&mdash;El otro día vi a Montaner&mdash;le dijo Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos
- es indispensable.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; parece que no está muy contento de ti.</p>
-
-<p>&mdash;No me choca. La gente tiene una idea estúpida
- de las cosas&mdash;dijo Aracil con voz colérica&mdash;.
- No quisiera más que tratar con egoístas absolutos,
- completos, no con gente sentimental que le
- dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma
- este pedazo de pan duro, al que no le puedo
- hincar el diente, y a cambio convídame a cenar
- todos los días en el mejor hotel.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p>
-
-<p>Andrés se echó a reir.</p>
-
-<p>&mdash;La familia de mi mujer es también de las
- que tienen una idea imbécil de la vida&mdash;siguió
- diciendo Aracil&mdash;. Constantemente me están poniendo
- obstáculos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio
- que tengo en la clínica, le hace el amor a mi
- mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo.
- ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le
- dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha
- de engañar. Yo tengo confianza en ella.</p>
-
-<p>&mdash;Haces bien.</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué idea tiene de las cosas&mdash;siguió
- diciendo Julio&mdash;estas gentes chapadas a la antigua,
- como dicen ellos. Porque yo comprendo un
- hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos!
- Que me presentara yo mañana y dijera: Estas
- visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña
- Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad,
- no he estado acertado... ¡toda la familia me
- pondría de imbécil hasta las narices!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No tiene duda.</p>
-
-<p>&mdash;Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades
- ridículas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas
- mucho?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable.
- Es la vida de hoy que lo exige. La
- mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener
- <span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
- trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero
- para la casa, para la comida, para la modista,
- para el sastre, para el teatro, para el coche; yo
- busco como puedo ese dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no te convendría limitarte un poco?&mdash;le
- preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No,
- no; ahora mejor que nunca. Ahora que es uno
- joven.</p>
-
-<p>&mdash;Es una filosofía; no me parece mal, pero vas
- a inmoralizar tu casa.</p>
-
-<p>&mdash;A mí la moralidad no me preocupa&mdash;replicó
- Julio&mdash;. Aquí, en confianza, te diré que una mujer
- honrada me parece uno de los productos más
- estúpidos y más amargos de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene gracia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una mujer que no sea algo coqueta no
- me gusta. Me parece bien que gaste, que se adorne,
- que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele
- decir: Una mujer elegante debía tener más de un
- marido. Al oirle todo el mundo se ríe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque su mujer, como marido no tiene
- más que uno; pero, en cambio, amantes tiene
- tres.</p>
-
-<p>&mdash;¿A la vez?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, a la vez; es una señora muy liberal.</p>
-
-<p>&mdash;Muy liberal y muy conservadora, si los
- amantes le ayudan a vivir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.</p>
-
-<p>Llegaron a la casa del cliente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde quieres ir tú?&mdash;le preguntó Julio.</p>
-
-<p>&mdash;A cualquier lado. No tengo nada que
- hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que te dejen en la Cibeles?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya usted a la Cibeles y vuelva&mdash;le dijo
- Julio al cochero.</p>
-
-<p>Se despidieron los dos antiguos condiscípulos
- y Andrés pensó que por mucho que subiera su
- compañero no era cosa de envidiarle.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span></p>
-
-<h3>III<br />
-FERMÍN IBARRA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Unos</span> días después, Hurtado se encontró en
- la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba
- desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón
- para andar.</p>
-
-<p>&mdash;Un día de estos me voy&mdash;le dijo Fermín.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde?</p>
-
-<p>&mdash;Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No
- pienso estar aquí; probablemente no volveré.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No. Aquí no se puede hacer nada; tengo
- dos o tres patentes de cosas pensadas por mi,
- que creo que están bien; en Bélgica me las iban
- a comprar; pero yo he querido hacer primero
- una prueba en España, y me voy desalentado,
- descorazonado; aquí no se puede hacer nada.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no me choca&mdash;dijo Andrés&mdash;; aquí no
- hay ambiente para lo que tú haces.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro!&mdash;repuso Ibarra&mdash;. Una invención
- supone la recapitulación, la síntesis de las fases
- de un descubrimiento; una invención, es muchas
- veces una consecuencia tan fácil de los hechos
- <span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>
- anteriores, que casi se puede decir que se desprende
- ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar
- en España el proceso evolutivo de un
- descubrimiento? ¿Con qué medios? ¿En qué talleres?
- ¿En qué laboratorios?</p>
-
-<p>&mdash;En ninguna parte.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, en fin, a mí esto no me indigna&mdash;añadió
- Fermín&mdash;, lo que me indigna es la suspicacia,
- la mala intención, la petulancia de esta
- gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos
- juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos
- hasta Cádiz...; políticos, militares, profesores,
- curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando estoy fuera de España&mdash;siguió diciendo
- Ibarra&mdash;quiero convencerme de que
- nuestro país no está muerto para la civilización;
- que aquí se discurre y se piensa, pero cojo
- un periódico español y me da asco; no habla
- más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.</p>
-
-<p>Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid,
- en Barcelona, en Bilbao. Había millonario que le
- había dicho que él no podía exponer dinero sin
- base, que después de hechas las pruebas con
- éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al
- cincuenta por ciento.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;El capital español está en manos de la canalla
- más abyecta&mdash;concluyó diciendo Fermín.</p>
-
-<p>Unos meses después, Ibarra le escribía desde
- Bélgica, diciendo que le habían hecho jefe de un
- taller y que sus empresas iban adelante.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p>
-
-<h3>IV<br />
-ENCUENTRO CON LULÚ</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Un</span> amigo del padre de Hurtado, alto empleado
- en Gobernación, había prometido encontrar
- un destino para Andrés. Este señor vivía
- en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo
- Andrés en su casa, y siempre le decía que no
- había nada; un día le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Lo único que podemos darle a usted, es una
- plaza de médico de higiene que va a haber vacante.
- Diga usted si le conviene, y, si le conviene,
- le tendremos en cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;Me conviene.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ya le avisaré a tiempo.</p>
-
-<p>Este día, al salir de casa del empleado, en la
- calle Ancha, esquina a la del Pez, Andrés Hurtado
- se encontró a Lulú. Estaba igual que antes;
- no había variado nada.</p>
-
-<p>Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa
- rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba
- con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan
- graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tenemos mucho que hablar&mdash;le dijo Lulú&mdash;;
- yo me estaría charlando con gusto con usted,
- pero tengo que entregar un encargo. Mi madre
- y yo, solemos ir los sábados al café de la Luna.
- ¿Quiere usted ir por allá?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, iré.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve
- y media a diez. No falte usted, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;No, no faltaré.</p>
-
-<p>Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por
- la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban
- doña Leonarda y Lulú en compañía de un
- señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre,
- que le recibió secamente, y se sentó en una
- silla lejos de Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted aquí&mdash;dijo ella, haciéndole
- sitio en el diván.</p>
-
-<p>Se sentó Andrés cerca de la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro mucho que haya usted venido&mdash;dijo
- Lulú&mdash;; tenía miedo de que no quisiera
- usted venir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no había de venir?</p>
-
-<p>&mdash;¡Como es usted tan así!</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no comprendo es por qué han elegido
- ustedes este café. ¿O es que ya no viven
- allí en la calle del Fúcar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle
- del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la
- vida de plano?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Julio.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted, cómo no es tan mala persona,
- como usted decía.</p>
-
-<p>&mdash;Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya
- se lo contaré a usted. Y usted ¿qué ha hecho?
- ¿Cómo ha vivido?</p>
-
-<p>Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas
- en Alcolea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted!&mdash;exclamó
- Lulú&mdash;. ¡Qué lobo!</p>
-
-<p>El señor de los anteojos, que estaba de conversación
- con doña Leonarda, al ver que Lulú
- no dejaba un momento de hablar con Andrés se
- levantó y se fué.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que es si a usted le importa algo por
- Lulú, puede usted estar satisfecho&mdash;dijo doña
- Leonarda con tono desdeñoso y agrio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué lo dice usted?&mdash;preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente
- raro. Y la verdad, no sé por qué.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tampoco sé que a las personas se les
- tenga cariño por algo&mdash;replicó Lulú vivamente&mdash;;
- se las quiere o no se las quiere; nada más.</p>
-
-<p>Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió
- el periódico de la noche y se puso a leerlo.
- Lulú siguió hablando con Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Pues verá usted cómo nos resolvió la vida
- Julio&mdash;dijo ella en voz baja&mdash;. Yo ya le decía a
- <span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span>
- usted que era un canalla que no se casaría con
- Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera
- comenzó a huir el bulto y a no aparecer por
- casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo
- el amor a una señorita de buena posición. Llamé
- a Julio y hablamos; me dijo claramente que no
- pensaba casarse con Niní.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así, sin ambages?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; que no le convenía; que sería para él un
- engorro casarse con una mujer pobre. Yo me
- quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que
- tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras
- eso. ¿Qué quieres que le advierta?&mdash;me
- preguntó él&mdash;. Pues nada; que no te casas con
- Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones
- que me has dado.</p>
-
-<p>&mdash;Se quedaría atónito&mdash;exclamó Andrés&mdash;,
- porque él pensaba que el día que lo dijera iba a
- haber un cataclismo en la familia.</p>
-
-<p>&mdash;Se quedó helado, en el mayor asombro&mdash;.
- Bueno, bueno&mdash;dijo&mdash;, iré a verle y se lo diré.
- Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó
- hacer algunas tonterías, pero que no las hizo;
- luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar
- venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le
- dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo
- sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que
- la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente;
- unos días después vino don Prudencio
- en actitud diplomática; habló de que si Julio no
- <span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span>
- encontraba destino, de que si no le convenía ir a
- un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces,
- yo ya no creo en las mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Esa declaración tiene gracia&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;replicó Lulú&mdash;, porque mire usted
- que los hombres son mentirosos, pues las
- mujeres todavía son más. A los pocos días, don
- Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a
- mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio
- unos días después en casa, que fué a devolver
- las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando
- mamá le decía con la boca llena que don Prudencio
- tenía tantos miles de duros y una finca
- aquí y otra allí...</p>
-
-<p>&mdash;Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que
- le da pensar que los demás tienen dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, estaba frenético. Después del viaje de
- boda, don Prudencio me preguntó&mdash;: Tú ¿qué
- quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con
- tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar;
- estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que
- preferiría es tener una tiendecita de confecciones
- de ropa blanca y seguir trabajando&mdash;. Pues nada,
- lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la tiene usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi
- madre se opuso, por esas tonterías de que si mi
- padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive
- como puede. ¿No es verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del
- trabajo!</p>
-
-<p>Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato.
- Ella había localizado su vida en la casa de la
- calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que
- se relacionaba con aquel ambiente le interesaba.
- Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de
- la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el
- viejecito?&mdash;le preguntó Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿qué hizo?</p>
-
-<p>&mdash;Murió el pobre...; me dió una pena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué murió?</p>
-
-<p>&mdash;De hambre. Una noche entramos la Venancia
- y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él
- decía con aquella vocecita que tenía:&mdash;No, si no
- tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de
- debilidad nada más&mdash;, y se estaba muriendo.</p>
-
-<p>A la una y media de la noche, doña Leonarda
- y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó
- hasta la calle del Pez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrá usted por aquí?&mdash;le dijo Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¡ya lo creo!</p>
-
-<p>&mdash;Algunas veces suele venir Julio también.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le tiene usted odio?</p>
-
-<p>&mdash;¿Odio? Más que odio siento por él desprecio,
- pero me divierte, me parece entretenido,
- como si viera un bicho malo metido debajo de
- una copa de cristal.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p>
-
-<h3>V<br />
- MÉDICO DE HIGIENE</h3>
-</div>
-
-<p>A los pocos días de recibir el nombramiento
- de médico de higiene y de comenzar a desempeñar
- el cargo, Andrés comprendió que no
- era para él.</p>
-
-<p>Su instinto antisocial se iba aumentando, se
- iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener
- simpatía por el pobre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo que siento este desprecio por la sociedad&mdash;se
- decía a sí mismo&mdash;, teniendo que reconocer
- y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que
- me alegraría que cada una de ellas llevara una
- toxina que envenenara a doscientos hijos de familia!</p>
-
-<p>Andrés se quedó en el destino, en parte por
- curiosidad, en parte también para que el que se
- lo había dado no le considerara como un fatuo.</p>
-
-<p>El tener que vivir en este ambiente le hacía
- daño.</p>
-
-<p>Ya no había en su vida nada sonriente, nada
- amable; se encontraba como un hombre desnudo
- que tuviera que andar atravesando zarzas. Los
- <span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>
- dos polos de su alma eran un estado de amargura,
- de sequedad, de acritud, y un sentimiento
- de depresión y de tristeza.</p>
-
-<p>La irritación le hacía ser en sus palabras violento
- y brutal.</p>
-
-<p>Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro
- la decía:</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás enferma?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Tú qué quieres, ¿ir al hospital o quedarte
- libre?</p>
-
-<p>&mdash;Yo prefiero quedarme libre.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes
- envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado.</p>
-
-<p>En ocasiones, al ver estas busconas que venían
- escoltadas por algún guardia, riendo, las
- increpaba.</p>
-
-<p>&mdash;No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos
- viviréis más tranquilas.</p>
-
-<p>Las mujeres le miraban con asombro. Odio,
- ¿por qué?, se preguntaría alguna de ellas. Como
- decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia; hacía
- el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud;
- hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la
- prostitución.</p>
-
-<p>Este triste proletariado de la vida sexual tenía
- su honor de cuerpo. Quizá lo tienen también en
- la obscuridad de lo inconsciente las abejas obreras
- y los pulgones, que sirven de vacas a las
- hormigas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span></p>
-
-<p>De la conversación con aquellas mujeres sacaba
- Andrés cosas extrañas.</p>
-
-<p>Entre los dueños de las casas de lenocinio había
- personas decentes: un cura tenía dos y
- las explotaba con una ciencia evangélica completa.
- ¡Qué labor más católica, más conservadora
- podía haber, que dirigir una casa de prostitución!</p>
-
-<p>Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza
- de toros y una casa de préstamos podía concebirse
- algo más perfecto.</p>
-
-<p>De aquellas mujeres, las libres iban al Registro,
- otras se sometían al reconocimiento en sus
- casas.</p>
-
-<p>Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas
- visitas domiciliarias.</p>
-
-<p>En alguna de aquellas casas de prostitución
- distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad,
- y era un contraste interesante ver estas
- mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz,
- pintadas, dando muestras de una alegría ficticia,
- al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos,
- membrudos por el <i lang="en" xml:lang="en"> sport</i>.</p>
-
-<p>Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba
- acerca de los mecanismos que van
- produciendo esas lacras: el presidio, la miseria,
- la prostitución.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que si el pueblo lo comprendiese&mdash;pensaba
- Hurtado&mdash;, se mataría por intentar
- <span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span>
- una revolución social, aunque ésta no sea
- más que una utopía, un sueño.</p>
-
-<p>Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva
- de la gente rica que iba hermoseándose,
- fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras
- el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose,
- degenerando cada vez más.</p>
-
-<p>Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda
- biológicas: el pueblo no llevaba camino de cortar
- los jarretes de la burguesía, e incapaz de luchar,
- iba cayendo en el surco.</p>
-
-<p>Los síntomas de la derrota se revelaban en
- todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres
- y mal alimentados que vivían en tabucos, era ostensiblemente
- más pequeña que la de los muchachos
- ricos, de familias acomodadas que habitaban
- en pisos exteriores.</p>
-
-<p>La inteligencia, la fuerza física, eran también
- menores entre la gente del pueblo que en la clase
- adinerada. La casta burguesa se iba preparando
- para someter a la casta pobre y hacerla su
- esclava.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span></p>
-
-<h3>VI<br />
- LA TIENDA DE CONFECCIONES</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Cerca</span> de un mes tardó Hurtado en ir a ver a
- Lulú, y cuando fué se encontró un poco
- sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda
- bastante grande, con el escaparate ancho y
- adornado con ropas de niño, gorritos rizados y
- camisas llenas de lazos.</p>
-
-<p>&mdash;Al fin ha venido usted&mdash;le dijo Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;No he podido venir antes. Pero ¿toda esta
- tienda es de usted?&mdash;preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces es usted capitalista; es usted una
- burguesa infame.</p>
-
-<p>Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés
- la tienda, la trastienda y la casa. Estaba todo
- muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una
- muchacha que despachaba y un chico para los
- recados. Andrés estuvo sentado un momento.
- Entraba bastante gente en la tienda.</p>
-
-<p>&mdash;El otro día vino Julio&mdash;dijo Lulú&mdash;y hablamos
- mal de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho
- de mí, que me incomodó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le dijo a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Me dijo que usted había dicho una vez,
- cuando era estudiante, que casarse conmigo era
- lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es
- verdad que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste
- usted?</p>
-
-<p>&mdash;No lo recuerdo; pero es muy posible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que lo haya dicho usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué debía hacer yo con un hombre que
- paga así la estimación que yo le tengo?</p>
-
-<p>&mdash;No sé.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera
- usted llamado mona!</p>
-
-<p>&mdash;Otra vez será. No tenga usted cuidado.</p>
-
-<p>Dos días después, Hurtado volvió a la tienda,
- y los sábados se reunía con Lulú y su madre en
- el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que
- el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era
- aquel señor un farmacéutico que tenía la botica
- en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído.
- Andrés y él hablaron de Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted esta muchacha?&mdash;le
- preguntó el farmacéutico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién? ¿Lulú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es una muchacha por la que yo tengo
- una gran estimación&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo también.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, que me parece que no es una mujer
- para casarse con ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Es mi opinión; a mí me parece una mujer
- cerebral, sin fuerza orgánica y sin sensualidad,
- para quien todas las impresiones son puramente
- intelectuales.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sé yo! No estoy conforme.</p>
-
-<p>Aquella misma noche Andrés pudo ver que
- Lulú trataba demasiado desdeñosamente al farmacéutico.</p>
-
-<p>Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a
- Lulú:</p>
-
-<p>&mdash;Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso
- no me parece digno de una mujer como usted,
- que tiene un fondo de justicia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no. Porque un hombre se enamore
- de usted, ¿hay motivo para que usted le desprecie?
- Eso es una bestialidad.</p>
-
-<p>&mdash;Me da la gana de hacer bestialidades.</p>
-
-<p>&mdash;Habría que desear que a usted le pasara lo
- mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada
- sin motivo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero me figuro que no. Tengo demasiada
- mala idea de las mujeres para creerlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De las mujeres en general y de mí en particular?</p>
-
-<p>&mdash;De todas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mal humor se le va poniendo a usted,
- don Andrés! Cuando sea usted viejo no va a
- haber quien le aguante.</p>
-
-<p>&mdash;Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades
- de las mujeres. ¿Qué le encuentra usted
- a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre
- culto, amable, simpático, gana para vivir...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta
- ya de esa canción.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span></p>
-
-<h3>VII<br />
- DE LOS FOCOS DE LA PESTE</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Andrés</span> solía sentarse cerca del mostrador.
- Lulú le veía sombrío y meditabundo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?&mdash;le
- dijo Lulú un día que le vió más hosco que de
- ordinario.</p>
-
-<p>&mdash;Verdaderamente&mdash;murmuró Andrés&mdash;el
- mundo es una cosa divertida: hospitales, salas
- de operaciones, cárceles, casas de prostitución;
- todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del
- amor la casa de prostitución; al lado de la libertad
- la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural
- es siempre subversivo, lleva al lado su
- gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres
- metan allí las patas y la ensucien. Está en
- su naturaleza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le
- ha pasado a usted?&mdash;preguntó Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; este empleo sucio que me han dado,
- me perturba. Hoy me han escrito una carta las
- pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me
- preocupa. Firman <em>Unas desgraciadas</em>.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dicen?</p>
-
-<p>&mdash;Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades.
- Estas <em>desgraciadas</em> que me envían la carta
- me dicen horrores. La casa donde viven se comunica
- con otra. Cuando hay una visita del médico
- o de la autoridad, a todas las mujeres no
- matriculadas las esconden en el piso tercero de
- la otra casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Para evitar que las reconozcan, para tenerlas
- fuera del alcance de la autoridad que, aunque
- injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las
- amas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esas mujeres vivirán mal?</p>
-
-<p>&mdash;Muy mal; duermen en cualquier rincón
- amontonadas, no comen apenas; les dan unas
- palizas brutales; y cuando envejecen y ven que
- ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro
- pueblo sigilosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué vida! ¡Qué horror!&mdash;murmuró Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Luego todas estas amas de prostíbulo&mdash;siguió
- diciendo Andrés&mdash;, tienen la tendencia de
- martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan
- un vergajo, como un cabo de vara, para imponer
- el orden. Hoy he visitado una casa de la calle
- de Barcelona, en donde el matón es un hombre
- afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda
- a la celestina al secuestro de las mujeres. Este
- invertido se viste de mujer, se pone pendientes,
- <span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span>
- porque tiene agujeros en las orejas, y va a la
- caza de muchachas.</p>
-
-<p>&mdash;Qué tipo.</p>
-
-<p>&mdash;Es una especie de halcón. Este eunuco, por
- lo que me han contado las mujeres de la casa,
- es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene
- aterrorizadas&mdash;. Aquí, me ha dicho el Cotorrita,
- no se da de baja a ninguna mujer.&mdash;¿Por qué?&mdash;le
- he preguntado yo.&mdash;Porque no&mdash;; y me ha
- enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido
- interrogando a las pupilas y he mandado
- al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni
- nada. Las llaman como quieren; todas responden
- a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella,
- África... En cambio, las celestinas y los matones
- están protegidos por la policía, formada por chulos
- y por criados de políticos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vivirán poco todas ellas?&mdash;dijo Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco. Todas estas mujeres tienen una
- mortalidad terrible; cada ama de esas casas de
- prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones
- de mujeres; las enfermedades, la cárcel,
- el hospital, el alcohol, va mermando esos
- ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada
- a la vida, todas esas carnes blancas, todos
- <span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>
- esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo
- al pudridero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo no se escapan al menos?</p>
-
-<p>&mdash;Porque están cogidas por las deudas. El
- burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos
- a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan
- las denuncian como ladronas, y toda la
- canalla de curiales las condena. Luego estas celestinas
- tienen recursos. Según me han dicho en
- esa casa de la calle de Barcelona, había hace días
- una muchacha reclamada por sus padres desde
- Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo
- parecida físicamente a ella, que dijo al juez que
- ella vivía con un hombre muy bien, y que no
- quería volver a su casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gente!</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso es lo que queda de moro y
- de judío en el español; el considerar a la mujer
- como una presa, la tendencia al engaño, a la
- mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica;
- tenemos la religión semítica, tenemos
- sangre semita. De ese fermento malsano, complicado
- con nuestra pobreza, nuestra ignorancia
- y nuestra vanidad, vienen todos los males.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esas mujeres son engañadas de verdad
- por sus novios?&mdash;preguntó Lulú, a quien preocupaba
- más el aspecto individual que el social.</p>
-
-<p>&mdash;No; en general no. Son mujeres que no
- quieren trabajar; mejor dicho, que no pueden
- <span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>
- trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta inconsciencia.
- Claro que nada de esto tiene el aire
- sentimental y trágico que se le supone. Es una
- cosa brutal, imbécil, puramente económica, sin
- ningún aspecto novelesco. Lo único grande,
- fuerte, terrible, es que a todas estas mujeres les
- queda una idea de la honra como algo formidable
- suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera
- de otro país, al pensar en su juventud seguramente,
- dirá: Entonces yo era joven, bonita,
- sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada.
- Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo
- de la honra es de los más fuertes. Hemos fabricado
- ídolos que ahora nos mortifican.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso no se podía suprimir?&mdash;dijo Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;¿El qué?</p>
-
-<p>&mdash;El que haya esas casas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al
- señor obispo de Trebisonda o al director de la
- Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la
- presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah,
- es un mal necesario. Hija mía, hay que tener
- humildad. No debemos tener el orgullo de creer
- que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz,
- en el fondo, está en lo cierto cuando dice
- riendo que el que las arañas se coman a las
- moscas no indica más que la perfección de la
- naturaleza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p>
-
-<p>Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba
- con tanta amargura.</p>
-
-<p>&mdash;Debía usted dejar ese destino&mdash;le decía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; al fin lo tendré que dejar.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span></p>
-
-<h3>VIII<br />
- LA MUERTE DE VILLASÚS</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Con</span> pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó
- el empleo, y por influencia de Julio
- Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad
- para la asistencia facultativa de gente
- pobre.</p>
-
-<p>No tenía en este nuevo cargo tantos motivos
- para sus indignaciones éticas, pero, en cambio,
- la fatiga era terrible; había que hacer treinta y
- cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos;
- subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios
- infames...</p>
-
-<p>En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado.
- Aquella gente de las casas de vecindad,
- miserable, sucia, exasperada por el calor, se
- hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o
- la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba
- descargar en alguien su dolor, y lo descargaba
- en el médico. Andrés algunas veces oía
- con calma las reconvenciones, pero otras veces
- se encolerizaba y les decía la verdad: que eran
- unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían
- <span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>
- nunca de su postración por su incuria y
- su abandono.</p>
-
-<p>Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo
- hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de
- la esclavitud.</p>
-
-<p>Andrés había podido comprobar en Alcolea
- como en Madrid que, a medida que el individuo
- sube, los medios que tiene de burlar las leyes
- comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar
- que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente
- al aumento de medios del triunfador.
- La ley es siempre más dura con el débil.
- Automáticamente pesa sobre el miserable. Es
- lógico que el miserable por instinto odie la ley.</p>
-
-<p>Aquellos desdichados no comprendían todavía
- que la solidaridad del pobre podía acabar con el
- rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente
- de su estado.</p>
-
-<p>La cólera y la irritación se habían hecho
- crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le
- producían una sed constante que le obligaba a
- beber cerveza y cosas frías que le estragaban el
- estómago.</p>
-
-<p>Ideas absurdas de destrucción le pasaban por
- la cabeza. Los domingos, sobre todo cuando
- cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros,
- pensaba en el placer que sería para él poner en
- cada bocacalle una media docena de ametralladoras,
- y no dejar uno de los que volvían de la
- estúpida y sangrienta fiesta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span></p>
-
-<p>Toda aquella sucia morralla de chulos eran los
- que vociferaban en los cafés antes de la guerra,
- los que soltaron baladronadas y bravatas para
- luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La
- moral del espectador de corrida de toros se había
- revelado en ellos; la moral del cobarde que exige
- valor en otro, en el soldado en el campo de batalla,
- en el histrión, o en el torero en el circo. A
- aquella turba de bestias crueles y sanguinarias,
- estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado
- el respeto al dolor ajeno por la fuerza.</p>
-
-<p>El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí,
- en la obscuridad y a la fresca, se sentaba y hablaba.</p>
-
-<p>Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna
- compradora, despachaba.</p>
-
-<p>Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a
- su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se
- sentaban juntos, y hablaban contemplando la
- hondonada negra que se extendía ante ellos.</p>
-
-<p>Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas
- de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba
- suponiendo que había un mar con sus
- islas, y que se podía andar en lancha por encima
- de estas sombras confusas.</p>
-
-<p>Después de charlar largo rato volvían en el tranvía,
- y en la glorieta de San Bernardo se despedían
- estrechándose la mano.</p>
-
-<p>Quitando estas horas de paz y de tranquilidad,
- <span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>
- todas las demás eran para Andrés de disgusto y
- de molestia...</p>
-
-<p>Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos,
- al pasar por el corredor de una casa de vecindad,
- una mujer vieja, con un niño en brazos,
- se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un
- enfermo.</p>
-
-<p>Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en
- el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico,
- sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos.
- De cuando en cuando se levantaba en camisa,
- e iba de un lado a otro tropezando con dos o
- tres cajones que había en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene este hombre?&mdash;preguntó Andrés
- a la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Está ciego y ahora parece que se ha vuelto
- loco.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tiene familia?</p>
-
-<p>&mdash;Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues por este hombre no se puede hacer
- nada&mdash;dijo Andrés&mdash;. Lo único sería llevarlo al
- hospital o a un manicomio. Ya mandaré una
- nota al director del hospital. ¿Cómo se llama el
- enfermo?</p>
-
-<p>&mdash;Villasús, Rafael Villasús.</p>
-
-<p>&mdash;¿Este es un señor que hacía dramas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Andrés lo recordó en aquel momento. Había
- envejecido en diez o doce años de una manera
- asombrosa; pero aún la hija había envejecido
- <span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span>
- más. Tenía un aire de insensibilidad y de estupor,
- que sólo un aluvión de miserias puede dar
- a una criatura humana.</p>
-
-<p>Andrés se fué de la casa pensativo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre, hombre!&mdash;se dijo&mdash;. ¡Qué desdichado!
- ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la
- riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo
- más cómico! Y quizá si pudiera discurrir
- pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable
- en que se encuentra es un timbre de
- gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!</p>
-
-<p>Siete u ocho días después, al volver a visitar
- al niño enfermo, que había recaído, le dijeron
- que el vecino de la guardilla, Villasús, había
- muerto.</p>
-
-<p>Los inquilinos de los cuartuchos le contaron
- que el poeta loco, como le llamaban en la casa,
- había pasado tres días con tres noches vociferando,
- desafiando a sus enemigos literarios,
- riendo a carcajadas.</p>
-
-<p>Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido
- en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente,
- se mantenía acurrucada en un rincón.</p>
-
-<p>Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno
- melenudo, rodeaban el cadáver.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted el médico?&mdash;le preguntó uno de
- ellos a Andrés, con impertinencia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; soy médico.</p>
-
-<p>&mdash;Pues reconozca usted el cuerpo, porque
- <span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span>
-
- creemos que Villasús no está muerto. Esto es un
- caso de catalepsia.</p>
-
-<p>&mdash;No digan ustedes necedades&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p>Todos aquellos desharrapados que debían ser
- bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores
- con el cadáver: le habían quemado los
- dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad.
- Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban
- en paz.</p>
-
-<p>Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento
- de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio
- y auscultó al cadáver en la zona del corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Está muerto&mdash;dijo.</p>
-
-<p>En esto entró un viejo de melena blanca y
- barba también blanca, cojeando, apoyado en un
- bastón. Venía borracho completamente. Se acercó
- al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática
- gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras
- un genio! ¡Así moriré yo también! ¡En la miseria!,
- porque soy un bohemio y no venderé nunca mi
- conciencia. No.</p>
-
-<p>Los desharrapados se miraban unos a otros
- como satisfechos del giro que tomaba la escena.</p>
-
-<p>Seguía desvariando el viejo de las melenas,
- cuando se presentó el mozo del coche fúnebre,
- con el sombrero de copa echado a un lado, el
- látigo en la mano derecha y la colilla en los
- labios.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo hablando en chulo, enseñando
- los dientes negros&mdash;. ¿Se va a bajar el cadáver
- o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay
- que llevar otros muertos al Este.</p>
-
-<p>Uno de los desharrapados, que tenía un cuello
- postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta,
- y unos lentes, acercándose a Hurtado le
- dijo con una afectación ridícula:</p>
-
-<p>&mdash;Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse
- una bomba de dinamita en el velo del paladar.</p>
-
-<p>La desesperación de este bohemio le pareció
- a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera,
- y dejando a toda esta turba de desharrapados
- en la guardilla, salió de la casa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p>
-
-<h3>IX<br />
- AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Andrés</span> divagaba, lo que era su gran placer,
- en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente,
- haciendo de cuando en cuando alguna objeción.
- Le llamaba siempre en burla don Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo una pequeña teoría acerca del amor&mdash;le
- dijo un día él.</p>
-
-<p>&mdash;Acerca del amor debía usted tener una teoría
- grande&mdash;repuso burlonamente Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no la tengo. He encontrado que en el
- amor, como en la medicina de hace ochenta
- años, hay dos procedimientos: la alopatía y la
- homeopatía.</p>
-
-<p>&mdash;Explíquese usted claro, don Andrés&mdash;replicó
- ella con severidad.</p>
-
-<p>&mdash;Me explicaré. La alopatía amorosa está basada
- en la neutralización. Los contrarios se curan
- con los contrarios. Por este principio, el
- hombre pequeño busca mujer grande, el rubio,
- mujer morena, y el moreno, rubia. Este procedimiento
- es el procedimiento de los tímidos, que
- desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver el otro procedimiento.</p>
-
-<p>&mdash;El otro procedimiento es el homeopático.
- Los semejantes se curan con los semejantes. Este
- es el sistema de los satisfechos de su físico. El
- moreno con la morena, el rubio con la rubia. De
- manera que, si mi teoría es cierta, servirá para
- conocer a la gente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato,
- al lado de una mujer gorda, morena y chata,
- pues es un hombre petulante y seguro de sí
- mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato
- tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que
- no tiene confianza en su tipo ni en la forma de
- su nariz.</p>
-
-<p>&mdash;De manera que yo, que soy morena y algo
- chata...</p>
-
-<p>&mdash;No; usted no es chata.</p>
-
-<p>&mdash;¿Algo tampoco?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo
- que soy morena, y creo que algo chata, aunque
- usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría
- ese mozo de la peluquería de la esquina, y si
- fuera completamente humilde, me gustaría el
- farmacéutico, que tiene unas buenas napias.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no es un caso normal.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué soy?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Un caso de estudio.</p>
-
-<p>&mdash;Yo seré un caso de estudio; pero nadie me
- quiere estudiar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú?</p>
-
-<p>Ella contempló durante un momento a Andrés,
- con una mirada enigmática, y luego se
- echó a reir.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, don Andrés, que es un sabio, que
- ha encontrado esas teorías sobre el amor, ¿qué
- es eso del amor?</p>
-
-<p>&mdash;¿El amor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues el amor, y le voy a parecer a usted un
- pedante, es la confluencia del instinto fetichista
- y del instinto sexual.</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora viene la explicación. El instinto sexual
- empuja el hombre a la mujer y la mujer al
- hombre, indistintamente; pero el hombre que
- tiene un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la
- mujer dice: ese hombre. Aquí empieza el instinto
- fetichista; sobre el cuerpo de la persona elegida
- porque sí, se forja otro más hermoso y se le
- adorna y se le embellece, y se convence uno de
- que el ídolo forjado por la imaginación es la
- misma verdad. Un hombre que ama a una mujer
- la ve en su interior deformada, y la mujer que
- quiere al hombre le pasa lo mismo, lo deforma.
- A través de una nube brillante y falsa, se ven
- los amantes el uno al otro, y en la obscuridad
- <span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span>
- ríe el antiguo diablo, que no es más que la
- especie.</p>
-
-<p>&mdash;¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?</p>
-
-<p>&mdash;El instinto de la especie es la voluntad de
- tener hijos, de tener descendencia. La principal
- idea de la mujer es el hijo. La mujer instintivamente
- quiere primero el hijo; pero la naturaleza
- necesita vestir este deseo con otra forma más
- poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos
- velos que constituyen el amor.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que el amor en el fondo es un
- engaño?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es un engaño como la misma vida; por
- eso alguno ha dicho, con razón: una mujer es
- tan buena como otra y a veces más; lo mismo se
- puede decir del hombre: un hombre es tan bueno
- como otro y a veces más.</p>
-
-<p>&mdash;Eso será para la persona que no quiere.</p>
-
-<p>&mdash;Claro, para el que no está ilusionado, engañado...
- Por eso sucede que los matrimonios de
- amor producen más dolores y desilusiones que
- los de conveniencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿De verdad cree usted eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse
- y sufrir o no engañarse nunca?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede
- haber una regla general.</p>
-
-<p>Estas conversaciones les entretenían.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p>
-
-<p>Una mañana, Andrés se encontró en la tienda
- con un militar joven hablando con Lulú. Durante
- varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar
- quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se
- enteró de que era primo de Lulú.</p>
-
-<p>En este tiempo Andrés empezó a creer que
- Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en
- el militar.</p>
-
-<p>Andrés quiso perder la costumbre de ir a la
- tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único
- sitio agradable donde se encontraba bien...</p>
-
-<p>Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear
- por la Moncloa. Sentía esa melancolía, un poco
- ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo
- anegaba su espíritu al contemplar el campo, el
- cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como
- una turquesa.</p>
-
-<p>Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única
- amiga. Volvió hacia Madrid, hasta la calle del
- Pez, y entró en la tiendecita.</p>
-
-<p>Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero
- los armarios. Andrés se sentó en su sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Está usted muy bien hoy, muy guapa&mdash;dijo
- de pronto Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés,
- para estar tan amable?</p>
-
-<p>&mdash;Verdad. Está usted muy bien. Desde que
- está usted aquí se va usted humanizando. Antes
- tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona,
- pero ahora no; se le va poniendo a usted
- <span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span>
- una cara más dulce. Yo creo que de tratar así
- con las madres que vienen a comprar gorritos
- para sus hijos se le va poniendo a usted una cara
- maternal.</p>
-
-<p>&mdash;Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos
- para los hijos de los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Qué ¿querría usted más que fueran para
- sus hijos?</p>
-
-<p>&mdash;Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré
- hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?</p>
-
-<p>&mdash;El farmacéutico del café, el teniente... puede
- usted echárselas de modesta, y anda usted
- haciendo conquistas...</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Usted, sí.</p>
-
-<p>Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me tiene usted odio, Lulú?&mdash;dijo Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; porque me dice tonterías.</p>
-
-<p>&mdash;Deme usted la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¿La mano?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora siéntese usted a mi lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿A su lado de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí..., un poco..., ve usted que no soy una
- mala muchacha..., pero nada más.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a
- usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría
- usted?</p>
-
-<p>&mdash;No; no es verdad. Usted no me quiere. No
- me diga usted eso.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; es verdad&mdash;y acercando la cabeza de
- Lulú a él, la besó en la boca.</p>
-
-<p>Lulú enrojeció violentamente, luego palideció
- y se tapó la cara con las manos.</p>
-
-<p>&mdash;Lulú, Lulú&mdash;dijo Andrés&mdash;. ¿Es que la he
- ofendido a usted?</p>
-
-<p>Lulú se levantó y paseó un momento por la
- tienda, sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño
- que dice usted que es el amor, lo he sentido yo
- por usted desde que le vi.</p>
-
-<p>&mdash;¿De verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, de verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y yo ciego?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ciego, completamente ciego.</p>
-
-<p>Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas
- y las llevó a sus labios. Hablaron los dos largo
- rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.</p>
-
-<p>&mdash;Me voy&mdash;dijo Andrés, levantándose.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós&mdash;exclamó ella, estrechándose contra
- él&mdash;. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú
- vayas, llévame.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span></p>
-
-
- <h2>SÉPTIMA PARTE<br />
- La experiencia del hijo.</h2>
- <h3>I<br />
- EL DERECHO A LA PROLE</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Unos</span> días más tarde Andrés se presentaba en
- casa de su tío. Gradualmente llevó la conversación
- a tratar de cuestiones matrimoniales, y
- después dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tengo un caso de conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Figúrese usted que un señor a quien visito,
- todavía joven, pero hombre artrítico, nervioso,
- tiene una novia, antigua amiga suya, débil
- y algo histérica. Y este señor me pregunta:
- ¿Usted cree que me puedo casar? Y yo no sé qué
- contestarle.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le diría que no&mdash;contestó Iturrioz&mdash;.
- Ahora, que él hiciera después lo que quisiera.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que darle una razón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué más razón! Él es casi un enfermo, ella
- también, él vacila... basta; que no se case.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, eso no basta.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí sí; yo pienso en el hijo; yo no creo,
- como Calderón, que el delito mayor del hombre
- sea el haber nacido. Esto me parece una tontería
- poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Siempre? ¿Sin excepción?</p>
-
-<p>&mdash;No. Para mí el criterio es éste: Se tienen hijos
- sanos a quienes se les da un hogar, protección,
- educación, cuidados... podemos otorgar la
- absolución a los padres; se tienen hijos enfermos,
- tuberculosos, sifilíticos, neurasténicos, consideremos
- criminales a los padres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero eso se puede saber con anterioridad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, yo creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;No lo veo tan fácil.</p>
-
-<p>&mdash;Fácil no es; pero sólo el peligro, sólo la posibilidad
- de engendrar una prole enfermiza, debía
- bastar al hombre para no tenerla. El perpetuar
- el dolor en el mundo me parece un crimen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero puede saber nadie cómo será su descendencia?
- Ahí tengo yo un amigo enfermo, estropeado,
- que ha tenido hace poco una niña
- sana, fortísima.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es muy posible. Es frecuente que un
- hombre robusto tenga hijos raquíticos, y al contrario;
- pero no importa. La única garantía de la
- prole es la robustez de los padres.</p>
-
-<p>&mdash;Me choca en un anti-intelectualista como
- usted esa actitud tan de intelectual&mdash;dijo Andrés.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A mí también me choca en un intelectual
- como tú esa actitud de hombre de mundo. Yo te
- confieso, para mí nada tan repugnante como esa
- bestia prolífica, que entre vapores de alcohol va
- engendrando hijos que hay que llevar al cementerio
- o que si no, van a engrosar los ejércitos del
- presidio y de la prostitución. Yo tengo verdadero
- odio a esa gente sin conciencia, que llena de carne
- enferma y podrida la tierra. Recuerdo una
- criada de mi casa; se casó con un idiota borracho,
- que no podía sostenerse a sí mismo porque no
- sabía trabajar. Ella y él eran cómplices de chiquillos
- enfermizos y tristes, que vivían entre harapos,
- y aquel idiota venía a pedirme dinero creyendo
- que era un mérito ser padre de su abundante
- y repulsiva prole. La mujer, sin dientes,
- con el vientre constantemente abultado, tenía
- una indiferencia de animal para los embarazos,
- los partos y las muertes de los niños. ¿Se ha
- muerto uno? Pues se hace otro&mdash;decía cínicamente.
- No, no debe ser lícito engendrar seres
- que vivan en el dolor.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;La fecundidad no puede ser un ideal social.
- No se necesita cantidad sino calidad. Que los
- patriotas y los revolucionarios canten al bruto
- prolífico, para mí siempre será un animal odioso.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso está bien&mdash;murmuró Andrés&mdash;;
- pero no resuelve mi problema. ¿Qué le digo yo a
- ese hombre?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo le diría: Cásese usted si quiere; pero no
- tenga usted hijos. Esterilice usted su matrimonio.</p>
-
-<p>&mdash;Es decir, que nuestra moral acaba por ser
- inmoral. Si Tolstoi le oyera, le diría: Es usted un
- canalla de la facultad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Tolstoi es un apóstol y los apóstoles
- dicen las verdades suyas, que, generalmente, son
- tonterías para los demás. Yo a ese amigo tuyo le
- hablaría claramente; le diría: ¿Es usted un hombre
- egoísta, un poco cruel, fuerte, sano, resistente
- para el dolor propio e incomprensivo para los
- padecimientos ajenos? ¿Sí? Pues cásese usted,
- tenga usted hijos: será usted un buen padre de
- familia... Pero si es usted un hombre impresionable,
- nervioso, que siente demasiado el dolor,
- entonces no se case usted, y, si se casa, no tenga
- hijos.</p>
-
-<p>Andrés salió de la azotea aturdido. Por la tarde
- escribió a Iturrioz una carta diciéndole que el
- artrítico que se casaba era él.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span></p>
-
-<h3>II<br />
- LA VIDA NUEVA</h3>
-</div>
-
-<p>A Hurtado no le preocupaban gran cosa las
- cuestiones de forma, y no tuvo ningún inconveniente
- en casarse en la iglesia, como quería
- doña Leonarda. Antes de casarse llevó a Lulú
- a ver a su tío Iturrioz y simpatizaron.</p>
-
-<p>Ella le dijo a Iturrioz:</p>
-
-<p>&mdash;A ver si encuentra usted para Andrés algún
- trabajo en que tenga que salir poco de casa, porque
- haciendo visitas está siempre de un humor
- malísimo.</p>
-
-<p>Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en
- traducir artículos y libros para una revista médica
- que publicaba al mismo tiempo obras nuevas
- de especialidades.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora te darán dos o tres libros en francés
- para traducir&mdash;le dijo Iturrioz&mdash;; pero vete
- aprendiendo el inglés, porque dentro de unos
- meses te encargarán alguna traducción en este
- idioma y entonces, si necesitas, te ayudaré yo.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.</p>
-
-<p>Andrés dejó su cargo en la Sociedad La Esperanza.
- Estaba deseándolo; tomó una casa en
- <span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span>
- el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de
- Lulú.</p>
-
-<p>Andrés pidió al casero que de los tres cuartos
- que daban a la calle le hiciera uno, y que
- no le empapelara el local que quedase después,
- sino que lo pintara de un color cualquiera.</p>
-
-<p>Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor
- para el matrimonio. La vida en común la
- harían constantemente allí.</p>
-
-<p>&mdash;La gente hubiera puesto aquí la sala y el
- gabinete y después se hubieran ido a dormir al
- sitio peor de la casa&mdash;decía Andrés.</p>
-
-<p>Lulú miraba estas disposiciones higiénicas
- como fantasías, chifladuras; tenía una palabra
- especial para designar las extravagancias de su
- marido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hombre más ideático!&mdash;decía.</p>
-
-<p>Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero
- para comprar muebles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto necesitas?&mdash;le dijo el tío.</p>
-
-<p>&mdash;Poco; quiero muebles que indiquen pobreza;
- no pienso recibir a nadie.</p>
-
-<p>Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir
- con Lulú y con Andrés; pero éste se opuso.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;dijo Andrés&mdash;; que vaya con tu
- hermana y con don Prudencio. Estará mejor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la
- quieres a mamá.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una
- <span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span>
- temperatura distinta a la de la calle. La suegra
- sería una corriente de aire frío. Que no entre
- nadie, ni de tu familia ni de la mía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella!&mdash;decía
- riendo Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;No; es que no tenemos el mismo concepto
- de las cosas; ella cree que se debe vivir para
- fuera y yo no.</p>
-
-<p>Lulú, después de vacilar un poco, se entendió
- con su antigua amiga y vecina la Venancia y la
- llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que tenía
- cariño a Andrés y a Lulú.</p>
-
-<p>&mdash;Si le preguntan por mí&mdash;le decía Andrés&mdash;diga
- usted siempre que no estoy.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, señorito.</p>
-
-<p>Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su
- nueva ocupación de traductor.</p>
-
-<p>Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el
- sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le
- daba ganas de trabajar.</p>
-
-<p>Ya no sentía la impresión de animal acosado,
- que había sido en él habitual. Por la mañana
- tomaba un baño y luego se ponía a traducir.</p>
-
-<p>Lulú volvía de la tienda y la Venancia les
- servía la comida.</p>
-
-<p>&mdash;Coma usted con nosotros&mdash;le decía Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;No, no.</p>
-
-<p>Hubiera sido imposible convencer a la vieja de
- que se podía sentar a la mesa con sus amos.</p>
-
-<p>Después de comer, Andrés acompañaba a
- <span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span>
- Lulú a la tienda y luego volvía a trabajar en su
- cuarto.</p>
-
-<p>Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante
- para vivir con lo que ganaba él, que podían
- dejar la tienda; pero ella no quería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sabe lo que puede ocurrir?&mdash;decía
- Lulú&mdash;; hay que ahorrar, hay que estar prevenidos
- por si acaso.</p>
-
-<p>De noche aún quería Lulú trabajar algo en la
- máquina; pero Andrés no se lo permitía.</p>
-
-<p>Andrés estaba cada vez más encantado de su
- mujer, de su vida y de su casa. Ahora le asombraba
- cómo no había notado antes aquellas
- condiciones de arreglo, de orden y de economía
- de Lulú.</p>
-
-<p>Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel
- cuarto grande le daba la impresión de no estar en
- una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en
- el campo, en algún sitio lejano.</p>
-
-<p>Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado
- y calma. En la redacción de la revista le habían
- prestado varios diccionarios científicos modernos
- e Iturrioz le dejó dos o tres de idiomas, que le
- servían mucho.</p>
-
-<p>Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que
- hacer traducciones, sino estudios originales, casi
- siempre sobre datos y experiencias obtenidos
- por investigadores extranjeros.</p>
-
-<p>Muchas veces se acordaba de lo que decía
- Fermín Ibarra; de los descubrimientos fáciles
- <span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span>
- que se desprenden de los hechos anteriores sin
- esfuerzo. ¿Por qué no había experimentadores en
- España, cuando la experimentación para dar fruto
- no exigía más que dedicarse a ella?</p>
-
-<p>Sin duda faltaban laboratorios, talleres para
- seguir el proceso evolutivo de una rama de la
- ciencia; sobraba también un poco de sol, un poco
- de ignorancia y bastante de la protección del
- Santo Padre que, generalmente, es muy útil para
- el alma, pero muy perjudicial para la ciencia y
- para la industria.</p>
-
-<p>Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran
- producido indignación y cólera, ya no le exasperaban.</p>
-
-<p>Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores.
- ¿Podía durar esta vida tranquila? ¿Habría
- llegado a fuerza de ensayos a una existencia, no
- sólo soportable, sino agradable y sensata?</p>
-
-<p>Su pesimismo le hacía pensar que la calma no
- iba a ser duradera.</p>
-
-<p>&mdash;Algo va a venir el mejor día&mdash;pensaba&mdash;que
- va a descomponer este bello equilibrio.</p>
-
-<p>Muchas veces se le figuraba que en su vida
- había una ventana abierta a un abismo. Asomándose
- a ella, el vértigo y el horror se apoderaban
- de su alma.</p>
-
-<p>Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía
- que este abismo se abriera de nuevo a sus
- pies.</p>
-
-<p>Para Andrés todos los allegados eran enemigos;
- <span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span>
- realmente la suegra, Niní, su marido, los
- vecinos, la portera, miraban el estado feliz del
- matrimonio, como algo ofensivo para ellos.</p>
-
-<p>&mdash;No hagas caso de lo que te digan&mdash;recomendaba
- Andrés a su mujer&mdash;. Un estado de
- tranquilidad como el nuestro es una injuria
- para toda esa gente que vive en una perpetua
- tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten
- en cuenta que han de querer envenenarnos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo tendré en cuenta&mdash;replicaba Lulú, que
- se burlaba de la grave recomendación de su marido.</p>
-
-<p>Niní, algunos domingos, por la tarde, invitaba
- a su hermana a ir al teatro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Andrés, no quiere venir?&mdash;preguntaba
- Niní.</p>
-
-<p>&mdash;No. Está trabajando.</p>
-
-<p>&mdash;Tu marido es un erizo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; dejadle.</p>
-
-<p>Al volver Lulú por la noche contaba a su marido
- lo que había visto. Andrés hacía alguna reflexión
- filosófica que a Lulú le parecía muy cómica,
- cenaban y después de cenar paseaban los dos
- un momento.</p>
-
-<p>El verano, salían casi todos los días al anochecer.
- Al concluir su trabajo, Andrés iba a buscar
- a Lulú a la tienda, dejaban en el mostrador
- a la muchacha y se marchaban a corretear
- por el Canalillo o la Dehesa de Amaniel.</p>
-
-<p>Otras noches entraban en los cinematógrafos
- <span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span>
- de Chamberí, y Andrés oía entretenido los comentarios
- de Lulú, que tenían esa gracia madrileña
- ingenua y despierta que no se parece en
- nada a las groserías estúpidas y amaneradas de
- los especialistas en madrileñismo.</p>
-
-<p>Lulú le producía a Andrés grandes sorpresas;
- jamás hubiera supuesto que aquella muchacha,
- tan atrevida al parecer, fuera íntimamente de una
- timidez tan completa.</p>
-
-<p>Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo
- consideraba como un portento.</p>
-
-<p>Una noche que se les hizo tarde, al volver del
- Canalillo, se encontraron en un callejón sombrío,
- que hay cerca del abandonado cementerio
- de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto.
- Estaba ya obscuro; un farol medio caído, sujeto
- en la tapia del camposanto, iluminaba el camino,
- negro por el polvo del carbón y abierto
- entre dos tapias. Uno de los hombres se les acercó
- a pedirles limosna de una manera un tanto
- sospechosa. Andrés contestó que no tenía
- un cuarto y sacó la llave de casa del bolsillo,
- que brilló como si fuera el cañón de un revólver.</p>
-
-<p>Los dos hombres no se atrevieron a atacarles,
- y Lulú y Andrés pudieron llegar a la calle de
- San Bernardo sin el menor tropiezo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has tenido miedo, Lulú?&mdash;le preguntó Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero no mucho. Como iba contigo...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Qué espejismo&mdash;pensó él&mdash;, mi mujer cree
- que soy un Hércules.</p>
-
-<p>Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se
- maravillaban de la armonía del matrimonio.</p>
-
-<p>&mdash;Hemos llegado a querernos de verdad&mdash;decía
- Andrés&mdash;, porque no teníamos interés en
- mentir.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span></p>
-
-
-<h3>III<br />
- EN PAZ</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Pasaron</span> muchos meses y la paz del matrimonio
- no se turbó.</p>
-
-<p>Andrés estaba desconocido. El método de vida,
- el no tener que sufrir el sol, ni subir escaleras,
- ni ver miserias, le daba una impresión de tranquilidad,
- de paz.</p>
-
-<p>Explicándose como un filósofo, hubiera dicho
- que la sensación de conjunto de su cuerpo, la
- <em>cenesthesia</em> era en aquel momento pasiva, tranquila,
- dulce. Su bienestar físico le preparaba para
- ese estado de perfección y de equilibrio intelectual,
- que los epicúreos y los estoicos griegos llamaron
- <em>ataraxia</em>, el paraíso del que no cree.</p>
-
-<p>Aquel estado de serenidad le daba una gran
- lucidez y mucho método en sus trabajos. Los estudios
- de síntesis que hizo para la revista médica
- tuvieron gran éxito. El director le alentó para
- que siguiera por aquel camino. No quería ya que
- tradujera, sino que hiciera trabajos originales
- para todos los números.</p>
-
-<p>Andrés y Lulú no tenían nunca la menor
- <span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span>
- riña; se entendían muy bien. Sólo en cuestiones
- de higiene y alimentación, ella no le hacía mucho
- caso a su marido.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, no comas tanta ensalada&mdash;le decía él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? Si me gusta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero no te conviene ese ácido. Eres artrítica
- como yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, tonterías!</p>
-
-<p>&mdash;No son tonterías.</p>
-
-<p>Andrés daba todo el dinero que ganaba a su
- mujer.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me compres nada&mdash;le decía.</p>
-
-<p>&mdash;Pero necesitas...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no. Si quieres comprar, compra algo
- para la casa o para ti.</p>
-
-<p>Lulú seguía con la tiendecita; iba y venía del
- obrador a su casa, unas veces de mantilla, otras
- con un sombrero pequeño.</p>
-
-<p>Desde que se había casado estaba de mejor aspecto;
- como andaba más al aire libre tenía un
- color sano. Además, su aire satírico se había suavizado,
- y su expresión era más dulce.</p>
-
-<p>Varias veces desde el balcón vió Hurtado que
- algún pollo o algún viejo habían venido hasta
- casa, siguiendo a su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Lulú le decía&mdash;, ten cuidado; te siguen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; la verdad es que te estás poniendo muy
- guapa. Vas a hacerme celoso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, mucho. Tú ya sabes demasiado cómo yo
- te quiero&mdash;replicaba ella&mdash;. Cuando estoy en la
- tienda, siempre estoy pensando: ¿Qué hará aquél?</p>
-
-<p>&mdash;Deja la tienda.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. ¿Y si tuviéramos un hijo? Hay que
- ahorrar.</p>
-
-<p>¡El hijo! Andrés no quería hablar, ni hacer la
- menor alusión a este punto verdaderamente delicado;
- le producía una gran inquietud.</p>
-
-<p>La religión y la moral vieja gravitan todavía
- sobre uno&mdash;se decía&mdash;; no puede uno echar fuera
- completamente el hombre supersticioso que
- lleva en la sangre la idea del pecado.</p>
-
-<p>Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba
- un gran terror; sentía que aquella ventana
- sobre el abismo podía entreabrirse.</p>
-
-<p>Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar
- a Iturrioz, y éste también a menudo pasaba un
- rato en el despacho de Andrés.</p>
-
-<p>Un año, próximamente, después de casados,
- Lulú se puso algo enferma; estaba distraída, melancólica,
- preocupada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?&mdash;se preguntaba
- Andrés con inquietud.</p>
-
-<p>Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco
- tiempo volvió de nuevo con más fuerza; los ojos
- de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban
- señales de haber llorado.</p>
-
-<p>Andrés, preocupado, hacía esfuerzos para parecer
- distraído; pero llegó un momento en que
- <span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span>
- le fué imposible fingir que no se daba cuenta
- del estado de su mujer.</p>
-
-<p>Una noche le preguntó lo que le ocurría, y
- ella, abrazándose a su cuello, le hizo tímidamente
- la confesión de lo que le pasaba.</p>
-
-<p>Era lo que temía Andrés. La tristeza de no tener
- el hijo, la sospecha de que su marido no
- quería tenerlo, hacía llorar a Lulú a lágrima viva,
- con el corazón hinchado por la pena.</p>
-
-<p>¿Qué actitud tomar ante un dolor semejante?
- ¿Cómo decir a aquella mujer, que él se consideraba
- como un producto envenenado y podrido,
- que no debía tener descendencia?</p>
-
-<p>Andrés intentó consolarla, explicarse... Era
- imposible. Lulú lloraba, le abrazaba, le besaba
- con la cara llena de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sea lo que sea!&mdash;murmuró Andrés.</p>
-
-<p>Al levantarse Andrés al día siguiente, ya no
- tenía la serenidad de costumbre.</p>
-
-<p>Dos meses más tarde, Lulú, con la mirada brillante,
- le confesó a Andrés que debía estar embarazada.</p>
-
-<p>El hecho no tenía duda. Ya Andrés vivía en
- una angustia continua. La ventana que en su
- vida se abría a aquel abismo que le producía el
- vértigo, estaba de nuevo de par en par.</p>
-
-<p>El embarazo produjo en Lulú un cambio completo;
- de burlona y alegre, la hizo triste y sentimental.</p>
-
-<p>Andrés notaba que ya le quería de otra manera;
- <span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span>
- tenía por él un cariño celoso e irritado; ya no
- era aquella simpatía afectuosa y burlona tan
- dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza
- recobraba sus derechos. Andrés, de ser un hombre
- lleno de talento y un poco <em>ideático</em>, había pasado
- a ser su hombre. Ya en esto, Andrés veía
- el principio de la tragedia. Ella quería que le
- acompañara, le diera el brazo, se sentía celosa,
- suponía que miraba a las demás mujeres.</p>
-
-<p>Cuando adelantó el embarazo, Andrés comprobó
- que el histerismo de su mujer se acentuaba.</p>
-
-<p>Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían
- las mujeres embarazadas, y no les daba importancia;
- pero él temblaba.</p>
-
-<p>La madre de Lulú comenzó a frecuentar la
- casa, y como tenía mala voluntad para Andrés,
- envenenaba todas las cuestiones.</p>
-
-<p>Uno de los médicos que colaboraba en la revista,
- un hombre joven, fué varias veces a ver a
- Lulú.</p>
-
-<p>Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones
- histéricas no tenían importancia, eran
- frecuentes en las embarazadas. El que se encontraba
- cada vez peor era Andrés.</p>
-
-<p>Su cerebro estaba en una tensión demasiado
- grande, y las emociones que cualquiera podía
- sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.</p>
-
-<p>&mdash;Ande usted, salga usted&mdash;le decía el médico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342">[342]</a></span></p>
-
-<p>Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.</p>
-
-<p>No podía dormir, y después de ensayar varios
- hipnóticos, se decidió a tomar morfina. La angustia
- le mataba.</p>
-
-<p>Los únicos momentos agradables de su vida
- eran cuando se ponía a trabajar. Estaba haciendo
- un estudio sintético de las aminas, y trabajaba
- con toda su fuerza para olvidarse de
- sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus
- ideas.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_343" id="Page_343">[343]</a></span></p>
-
-
-<h3>IV<br />
- TENÍA ALGO DE PRECURSOR</h3>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Cuando</span> llegó el embarazo a su término, Lulú
- quedó con el vientre excesivamente aumentado.</p>
-
-<p>&mdash;A ver si tengo dos&mdash;decía ella riendo.</p>
-
-<p>&mdash;No digas esas cosas&mdash;murmuraba Andrés
- exasperado y entristecido.</p>
-
-<p>Cuando Lulú creyó que el momento se acercaba,
- Hurtado fué a llamar a un médico joven,
- amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a
- partos.</p>
-
-<p>Lulú estaba muy animada y muy valiente. El
- médico le había aconsejado que anduviese, y a
- pesar de que los dolores le hacían encogerse y
- apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por
- la habitación.</p>
-
-<p>Todo el día lo pasó así. El médico dijo que los
- primeros partos eran siempre difíciles; pero Andrés
- comenzaba a sospechar que aquello no tenía
- el aspecto de un parto normal.</p>
-
-<p>Por la noche, las fuerzas de Lulú comenzaron
- a ceder. Andrés la contemplaba con lágrimas en
- los ojos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo&mdash;la
- decía.</p>
-
-<p>&mdash;No me importa el dolor&mdash;contestaba ella. ¡Si
- el niño viviera!</p>
-
-<p>&mdash;Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!&mdash;decía
- el médico.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; me da el corazón que no.</p>
-
-<p>La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada.
- Andrés, sentado en una silla, la contemplaba estúpidamente.
- Ella, a veces, se acercaba a él.</p>
-
-<p>&mdash;Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!&mdash;Y le
- acariciaba la frente y le pasaba la mano por la
- cara.</p>
-
-<p>Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba
- al médico a cada momento; no podía ser
- aquello un parto normal; debía de existir alguna
- dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.</p>
-
-<p>&mdash;Si para la madrugada esto no marcha&mdash;dijo
- el médico&mdash;veremos qué se hace.</p>
-
-<p>De pronto, el médico llamó a Hurtado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó éste.</p>
-
-<p>&mdash;Prepare usted los fórceps inmediatamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha ocurrido?</p>
-
-<p>&mdash;La procidencia del cordón umbilical. El cordón
- está comprimido.</p>
-
-<p>Por muy rápidamente que el médico introdujo
- las dos láminas del fórceps e hizo la extracción,
- el niño salió muerto.</p>
-
-<p>Acababa de morir en aquel instante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive?&mdash;preguntó Lulú con ansiedad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span></p>
-
-<p>Al ver que no le respondían, comprendió que
- estaba muerto, y cayó desmayada. Recobró pronto
- el sentido. No se había verificado aún el
- alumbramiento. La situación de Lulú era grave;
- la matriz había quedado sin tonicidad y no arrojaba
- la placenta.</p>
-
-<p>El médico dejó a Lulú que descansara. La
- madre quiso ver el niño muerto. Andrés, al
- tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada,
- sintió una impresión de dolor agudísimo, y se
- le llenaron los ojos de lágrimas.</p>
-
-<p>Lulú comenzó a llorar amargamente.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno&mdash;dijo el médico&mdash;, basta;
- ahora hay que tener energía.</p>
-
-<p>Intentó provocar la expulsión de la placenta,
- por la comprensión, pero no lo pudo conseguir.
- Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla
- con la mano. Inmediatamente después, dió a la
- parturiente una inyección de ergotina, pero no
- pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia
- abundante.</p>
-
-<p>Lulú quedó en un estado de debilidad grande;
- su organismo no reaccionaba con la necesaria
- fuerza.</p>
-
-<p>Durante dos días estuvo en este estado de
- depresión. Tenía la seguridad de que se iba a
- morir.</p>
-
-<p>&mdash;Si siento morirme&mdash;le decía a Andrés&mdash;es
- por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí?&mdash;y
- le acariciaba la cara.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span></p>
-
-<p>Otras veces era el niño lo que la preocupaba
- y decía:</p>
-
-<p>&mdash;Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por
- qué se habrá muerto, Dios mío?</p>
-
-<p>Andrés la miraba con los ojos secos.</p>
-
-<p>En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés
- salió de la alcoba extenuado. Estaban en la
- casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella
- parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno
- de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde
- dormía, se puso una inyección de morfina, y
- quedó sumido en un sueño profundo.</p>
-
-<p>Se despertó a media noche y saltó de la cama.
- Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando
- a la muerta largo rato y la besó en la
- frente varias veces.</p>
-
-<p>Había quedado blanca, como si fuera de mármol,
- con un aspecto de serenidad y de indiferencia,
- que a Andrés le sorprendió.</p>
-
-<p>Estaba absorto en su contemplación cuando
- oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la
- voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz,
- pero para él era desconocida.</p>
-
-<p>Hablaban los tres confidencialmente.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí&mdash;decía la voz desconocida&mdash;esos
- reconocimientos continuos que se hacen en los
- partos, son perjudiciales. Yo no conozco este
- caso, pero ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el
- campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado.
- <span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347">[347]</a></span>
- La naturaleza tiene recursos que nosotros no
- conocemos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no digo que no&mdash;contestó el médico que
- había asistido a Lulú&mdash;; es muy posible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es lástima!&mdash;exclamó Iturrioz&mdash;¡Este muchacho
- ahora, marchaba tan bien!</p>
-
-<p>Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le
- traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su
- cuarto y se encerró en él.</p>
-
-<hr class="tb"/>
-
-<p>Por la mañana, a la hora del entierro, los que
- estaban en la casa, comenzaron a preguntarse
- qué hacía Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;No me choca nada que no se levante&mdash;dijo
- el médico&mdash;porque toma morfina.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?&mdash;preguntó Iturrioz.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a despertarle entonces&mdash;dijo Iturrioz.</p>
-
-<p>Entraron en el cuarto. Tendido en la cama,
- muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Está muerto!&mdash;exclamó Iturrioz.</p>
-
-<p>Sobre la mesilla de noche se veía una copa y
- un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.</p>
-
-<p>Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez
- de la intoxicación no le produjo convulsiones
- ni vómitos.</p>
-
-<p>La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata
- del corazón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ha muerto sin dolor&mdash;murmuró Iturrioz&mdash;.
- Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era
- un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo
- creía.</p>
-
-<p>&mdash;Pero había en él algo de precursor&mdash;murmuró
- el otro médico.</p>
-
-
-<p class="tdc p6">FIN</p>
-
-<hr class="chap"/>
-
-<div class="chapter">
-<h2>ÍNDICE</h2></div>
-
-<table summary="Índice">
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">PRIMERA PARTE<br />
-LA VIDA DE UN ESTUDIANTE EN MADRID</td></tr>
-
- <tr>
- <td class="tdrb" colspan="3">Págs.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>Andrés Hurtado comienza la carrera</td>
- <td align="right"><a href="#Page_9">9</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Los estudiantes</td>
- <td align="right"><a href="#Page_16">16</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>Andrés Hurtado y su familia</td>
- <td align="right"><a href="#Page_21">21</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>El aislamiento</td>
- <td align="right"><a href="#Page_25">25</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">V.</td>
- <td>El rincón de Andrés</td>
- <td align="right"><a href="#Page_29">29</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VI.</td>
- <td>La sala de disección</td>
- <td align="right"><a href="#Page_35">35</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VII.</td>
- <td>Aracil y Montaner</td>
- <td align="right"><a href="#Page_46">46</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VIII.</td>
- <td>Una fórmula de la vida</td>
- <td align="right"><a href="#Page_54">54</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IX.</td>
- <td>Un rezagado</td>
- <td align="right"><a href="#Page_61">61</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">X.</td>
- <td>Paso por San Juan de Dios</td>
- <td align="right"><a href="#Page_69">69</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">XI.</td>
- <td>De alumno interno</td>
- <td align="right"><a href="#Page_75">75</a></td>
- </tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br />
-LAS CARNARIAS</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>Las Minglanillas</td>
- <td align="right"><a href="#Page_85">85</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Una cachupinada</td>
- <td align="right"><a href="#Page_90">90</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>Las moscas</td>
- <td align="right"><a href="#Page_97">97</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>Lulú</td>
- <td align="right"><a href="#Page_104">104</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">V.</td>
- <td>Más de Lulú</td>
- <td align="right"><a href="#Page_109">109</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VI.</td>
- <td>Manolo el Chafandín</td>
- <td align="right"><a href="#Page_113">113</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VII.</td>
- <td>Historia de la Venancia</td>
- <td align="right"><a href="#Page_119">119</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VIII.</td>
- <td>Otros tipos de la casa</td>
- <td align="right"><a href="#Page_124">124</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IX.</td>
- <td>La crueldad universal</td>
- <td align="right"><a href="#Page_132">132</a></td>
- </tr>
-
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">TERCERA PARTE<span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span><br />
-TRISTEZAS Y DOLORES</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>Día de Navidad</td>
- <td align="right"><a href="#Page_141">141</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Vida infantil</td>
- <td align="right"><a href="#Page_149">149</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>La casa antigua</td>
- <td align="right"><a href="#Page_156">156</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>Aburrimiento</td>
- <td align="right"><a href="#Page_162">162</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">V.</td>
- <td>Desde lejos</td>
- <td align="right"><a href="#Page_166">166</a></td>
- </tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">CUARTA PARTE<br />
-INQUISICIONES</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>Plan filosófico</td>
- <td align="right"><a href="#Page_171">171</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Realidad de las cosas</td>
- <td align="right"><a href="#Page_178">178</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>El árbol de la ciencia y el árbol de la vida</td>
- <td align="right"><a href="#Page_183">183</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>Disociación</td>
- <td align="right"><a href="#Page_195">195</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">V.</td>
- <td>La compañía del hombre</td>
- <td align="right"><a href="#Page_199">199</a></td>
- </tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">QUINTA PARTE<br />
-LA EXPERIENCIA EN EL PUEBLO</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>De viaje</td>
- <td align="right"><a href="#Page_203">203</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Llegada al pueblo</td>
- <td align="right"><a href="#Page_208">208</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>Primeras dificultades</td>
- <td align="right"><a href="#Page_215">215</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>La hostilidad médica</td>
- <td align="right"><a href="#Page_222">222</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">V.</td>
- <td>Alcolea del Campo</td>
- <td align="right"><a href="#Page_231">231</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VI.</td>
- <td>Tipos de casino</td>
- <td align="right"><a href="#Page_242">242</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VII.</td>
- <td>Sexualidad y pornografía</td>
- <td align="right"><a href="#Page_248">248</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VIII.</td>
- <td>El dilema</td>
- <td align="right"><a href="#Page_250">250</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IX.</td>
- <td>La mujer del tío Garrota</td>
- <td align="right"><a href="#Page_257">257</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">X.</td>
- <td>Despedida</td>
- <td align="right"><a href="#Page_266">266</a></td>
- </tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">SEXTA PARTE<br />
-LA EXPERIENCIA EN MADRID</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>Comentario a lo pasado</td>
- <td align="right"><a href="#Page_271">271</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>Los amigos</td>
- <td align="right"><a href="#Page_279">279</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>Fermín Ibarra</td>
- <td align="right"><a href="#Page_288">288</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>Encuentro con Lulú</td>
- <td align="right"><a href="#Page_291">291</a></td>
- </tr>
-
- <tr>
- <td align="right">V.<span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span></td>
- <td>Médico de higiene</td>
- <td align="right"><a href="#Page_297">297</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VI.</td>
- <td>La tienda de confecciones</td>
- <td align="right"><a href="#Page_301">301</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VII.</td>
- <td>De los focos de la peste</td>
- <td align="right"><a href="#Page_305">305</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">VIII.</td>
- <td>La muerte de Villasús</td>
- <td align="right"><a href="#Page_311">311</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IX.</td>
- <td>Amor, teoría y práctica</td>
- <td align="right"><a href="#Page_318">318</a></td>
- </tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc1" colspan="3">SÉPTIMA PARTE<br />
-LA EXPERIENCIA DEL HIJO</td></tr>
-
- <tr>
- <td align="right">I.</td>
- <td>El derecho a la prole</td>
- <td align="right"><a href="#Page_325">325</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">II.</td>
- <td>La vida nueva</td>
- <td align="right"><a href="#Page_329">329</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">III.</td>
- <td>La paz</td>
- <td align="right"><a href="#Page_337">337</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td align="right">IV.</td>
- <td>Tenía algo de precursor</td>
- <td align="right"><a href="#Page_343">343</a></td>
- </tr>
-
-</table>
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Pío Baroja
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-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***
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