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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El arbol de la ciencia - -Author: Pío Baroja - -Release Date: October 11, 2019 [EBook #60464] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Roberto Marabini and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - - - - - -</pre> - - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> - -<div class="chapter"> - <h2>PÍO BAROJA</h2> - <p class="p2 tdc large">LA RAZA</p> - - <h1>EL ARBOL DE LA CIENCIA</h1> - - <p class="tdc">NOVELA</p> - - <p class="p2 tdc"><img class="center" src="images/logo.png" alt="Logo" width="150"/></p> - - - <p class="p2 tdc large">RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR</p> - <p class="tdc">Calle de Ventura Rodríguez, 18</p> - <p class="tdc">1918</p> -</div> -<!-- - LA RAZA - EL ARBOL DE LA CIENCIA ---> -<div class="chapter"> - <p class="p6"><em>Copyright by Rafael Caro Raggio-1918.</em></p> - <p><em>Es propiedad.</em></p> - <p><em>Prohibida la reproducción.</em></p> - <hr/> - Imp. Artística, Sáez Hermanos, Tudescos, 34.-Teléf. 5365 -</div> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p> - - <h2>PRIMERA PARTE<br /> -La vida de un estudiante en Madrid.</h2> - <h3>I<br /> -ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Serían</span> las diez de la mañana de un día de octubre. - En el patio de la Escuela de Arquitectura, - grupos de estudiantes esperaban a que - se abriera la clase.</p> - -<p>De la puerta de la calle de los Estudios que - daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes - que, al encontrarse reunidos, se saludaban, - reían y hablaban.</p> - -<p>Por una de estas anomalías clásicas de España, - aquellos estudiantes que esperaban en el patio - de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos - del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.</p> - -<p>La clase de Química general del año preparatorio - de Medicina y Farmacia se daba en esta - época en una antigua capilla del Instituto de San<span class="pagenum"><a name="Page_10" - id="Page_10">[10]</a></span> - Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada - por la Escuela de Arquitectura.</p> - -<p>La cantidad de estudiantes y la impaciencia - que demostraban por entrar en el aula se explicaba - fácilmente por ser aquél, primer día de - curso y del comienzo de la carrera.</p> - -<p>Ese paso del bachillerato al estudio de facultad - siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le - hace creerse más hombre, que su vida ha de - cambiar.</p> - -<p>Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse - entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado - a la pared la puerta de un ángulo del patio - por donde tenían que pasar.</p> - -<p>Los chicos se agrupaban delante de aquella - puerta como el público a la entrada de un - teatro.</p> - -<p>Andrés seguía apoyado en la pared, cuando - sintió que le agarraban del brazo y le decían:</p> - -<p>—¡Hola, chico!</p> - -<p>Hurtado se volvió y se encontró con su compañero - de Instituto Julio Aracil.</p> - -<p>Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero - Andrés hacía tiempo que no veía a Julio. Éste - había estudiado el último año del bachillerato, - según dijo, en provincias.</p> - -<p>—¿Qué, tú también vienes aquí?—le preguntó - Aracil.</p> - -<p>—Ya ves.</p> - -<p>—¿Qué estudias?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p> - -<p>—Medicina.</p> - -<p>—¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.</p> - -<p>Aracil se encontraba en compañía de un muchacho - de más edad que él, a juzgar por su aspecto, - de barba rubia y ojos claros. Este muchacho - y Aracil, los dos correctos, hablaban con - desdén de los demás estudiantes, en su mayoría - palurdos provincianos, que manifestaban la alegría - y la sorpresa de verse juntos con gritos y - carcajadas.</p> - -<p>Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose - y apretándose como si fueran a ver un - espectáculo entretenido, comenzaron a pasar.</p> - -<p>—Habrá que ver cómo entran dentro de unos - días—dijo Aracil burlonamente.</p> - -<p>—Tendrán la misma prisa para salir que ahora - tienen para entrar—repuso el otro.</p> - -<p>Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. - La clase era la antigua capilla del Instituto de - San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuítas. - Tenía el techo pintado con grandes figuras - a estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia - los cuatro evangelistas, y en el centro una - porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el - suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería - de madera muy empinada con una escalera - central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero - de un teatro.</p> - -<p>Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta - arriba; no estaba aún el catedrático, y como había - <span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> - mucha gente alborotadora entre los alumnos, - alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con - el bastón; otros muchos le imitaron, y se produjo - una furiosa algarabía.</p> - -<p>De pronto se abrió una puertecilla del fondo - de la tribuna, y apareció un señor viejo, muy - empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.</p> - -<p>Aquella aparición teatral del profesor y de los - ayudantes provocó grandes murmullos; alguno - de los alumnos más atrevidos comenzó a aplaudir, - y viendo que el viejo catedrático, no sólo no - se incomodaba, sino que saludaba como reconocido, - aplaudieron aún más.</p> - -<p>—Esto es una ridiculez—dijo Hurtado.</p> - -<p>—A él no le debe parecer eso—replicó Aracil - riéndose—; pero si es tan majadero que le gusta - que le aplaudan, le aplaudiremos.</p> - -<p>El profesor era un pobre hombre presuntuoso, - ridículo. Había estudiado en París y adquirido - los gestos y las posturas amaneradas de un francés - petulante.</p> - -<p>El buen señor comenzó un discurso de salutación - a sus alumnos, muy enfático y altisonante, - con algunos toques sentimentales: les habló de - su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su - camarada Berthelot, de la Ciencia, del microscopio...</p> - -<p>Su melena blanca, su bigote engomado, su - perilla puntiaguda, que le temblaba al hablar, su - voz hueca y solemne le daban el aspecto de un - <span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> - padre severo de drama, y alguno de los estudiantes - que encontró este parecido, recitó en voz alta - y cavernosa los versos de Don Diego Tenorio, - cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama - de Zorrilla:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Que un hombre de mi linaje</div> -<div class="line">descienda a tan ruin mansión.</div> -</div></div></div> - - -<p>Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso - se echaron a reir, y los demás estudiantes - miraron al grupo de los alborotadores.</p> - -<p>—¿Qué es eso? ¿Qué pasa?—dijo el profesor - poniéndose los lentes y acercándose al barandado - de la tribuna—. ¿Es que alguno ha perdido la - herradura por ahí? Yo suplico a los que están al - lado de ese asno, que rebuzna con tal perfección - que se alejen de él, porque sus coces deben ser - mortales de necesidad.</p> - -<p>Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, - el profesor dió por terminada la clase retirándose - haciendo un saludo ceremonioso y los chicos - aplaudieron a rabiar.</p> - -<p>Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, - en compañía del joven de la barba rubia, que se - llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad - Central, en donde daban la clase de Zoología - y la de Botánica.</p> - -<p>En esta última los estudiantes intentaron repetir - el escándalo de la clase de Química; pero el - profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les - salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía - <span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span> - nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.</p> - -<p>De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado - marcharon hacia el centro.</p> - -<p>Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante - antipatía, aunque en algunas cosas le reconocía - cierta superioridad; pero sintió aún mayor - aversión por Montaner.</p> - -<p>Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado - fueron poco amables. Montaner hablaba con - una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, - sin duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó - varias veces bruscamente.</p> - -<p>Los dos condiscípulos se encontraron en esta - primera conversación completamente en desacuerdo. - Hurtado era republicano, Montaner defensor - de la familia real; Hurtado era enemigo de - la burguesía, Montaner partidario de la clase rica - y de la aristocracia.</p> - -<p>—Dejad esas cosas—dijo varias veces Julio - Aracil—; tan estúpido es ser monárquico como - republicano; tan tonto defender a los pobres como - a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito - como ése—y señalaba uno—y una mujer - como aquélla.</p> - -<p>La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía - se manifestó delante del escaparate de una - librería. Hurtado era partidario de los escritores - naturalistas, que a Montaner no le gustaban; - <span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> - Hurtado era entusiasta de Espronceda, Montaner - de Zorrilla; no se entendían en nada.</p> - -<p>Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la - Carrera de San Jerónimo.</p> - -<p>—Bueno, yo me voy a casa—dijo Hurtado.</p> - -<p>—¿Dónde vives?—le preguntó Aracil.</p> - -<p>—En la calle de Atocha.</p> - -<p>—Pues los tres vivimos cerca.</p> - -<p>Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y - allí se separaron con muy poca afabilidad.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p> - - - - <h3>II<br /> - LOS ESTUDIANTES</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">En</span> esta época era todavía Madrid una de - las pocas ciudades que conservaba espíritu - romántico.</p> - -<p>Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie - de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia - de la raza, de la historia, del ambiente físico y - moral. Tales fórmulas, tal especial manera de - ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, - sintetizador.</p> - -<p>El pragmatismo nacional cumple su misión - mientras deja paso libre a la realidad; pero si se - cierra este paso, entonces la normalidad de un - pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las - ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En - un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo - viejo y sin renovación vivía el Madrid - de hace años.</p> - -<p>Otras ciudades españolas se habían dado alguna - cuenta de la necesidad de transformarse y - de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad, - sin deseo de cambio.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span></p> - -<p>El estudiante madrileño, sobre todo el venido - de provincias, llegaba a la corte con un espíritu - donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir - a las mujeres, pensando, como decía el - profesor de Química con su solemnidad habitual, - quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.</p> - -<p>Menos el sentido religioso, la mayoría no lo - tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión; - los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX - venían a la corte con el espíritu de un estudiante - del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro - de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">llevando a sangre y a fuego</div> -<div class="line">amores y desafíos.</div> -</div></div></div> - -<p>El estudiante culto, aunque quisiera ver las - cosas dentro de la realidad e intentara adquirir - una idea clara de su país y del papel que representaba - en el mundo, no podía. La acción de la - cultura europea en España era realmente restringida, - y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos - daban una idea incompleta de todo; la - tendencia general era hacer creer que lo grande - de España podía ser pequeño fuera de ella y - al contrario, por una especie de mala fe internacional.</p> - -<p>Si en Francia o en Alemania no hablaban de - las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, - era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes - hombres que producían la envidia de otros - <span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> - países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España - entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente - de optimismo absurdo. Todo lo español era lo - mejor.</p> - -<p>Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión - del país pobre que se aisla, contribuía al estancamiento, - a la fosilificación de las ideas.</p> - -<p>Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, - se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado - pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. - Los profesores del año preparatorio eran - viejísimos; había algunos que llevaban cerca de - cincuenta años explicando.</p> - -<p>Sin duda no los jubilaban por sus influencias - y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre - en España por lo inútil.</p> - -<p>Sobre todo, aquella clase de Química de la - antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. - El viejo profesor recordaba las conferencias - del Instituto de Francia, de célebres químicos, - y creía, sin duda, que explicando la obtención - del nitrógeno y del cloro estaba haciendo - un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. - Satisfacía su pueril vanidad dejando los - experimentos aparatosos para la conclusión de - la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, - como un prestidigitador.</p> - -<p>Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. - A veces, en medio de la clase, a alguno de los - alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y - <span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span> - se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los - pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los - demás muchachos sentados llevaban el compás - golpeando con los pies y con los bastones.</p> - -<p>En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, - nadie seguía la explicación; alguno llegó - a presentarse con una corneta, y cuando el profesor - se disponía a echar en un vaso de agua un - trozo de potasio, dió dos toques de atención; - otro metió un perro vagabundo, y fué un problema - echarlo.</p> - -<p>Había estudiantes descarados que llegaban a - las mayores insolencias; gritaban, rebuznaban, - interrumpían al profesor. Una de las gracias de - estos estudiantes era la de dar un nombre falso - cuando se lo preguntaban.</p> - -<p>—Usted—decía el profesor señalándole con - el dedo, mientras le temblaba la perilla por la - cólera—, ¿cómo se llama usted?</p> - -<p>—¿Quién? ¿Yo?</p> - -<p>—Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted?—añadía - el profesor, mirando la lista.</p> - -<p>—Salvador Sánchez.</p> - -<p>—Alias Frascuelo—decía alguno, entendido - con él.</p> - -<p>—Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién - le importará que me llame así, y si hay alguno - que le importa, que lo diga—replicaba el estudiante, - mirando al sitio de donde había salido la - voz y haciéndose el incomodado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span></p> - -<p>—¡Vaya usted a paseo!—replicaba el otro.</p> - -<p>—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral!—gritaban varias - voces.</p> - -<p>—Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted—decía - el profesor, temiendo las consecuencias de - estos altercados.</p> - -<p>El muchacho se marchaba, y a los pocos días - volvía a repetir la gracia, dando como suyo el - nombre de algún político célebre o de algún torero.</p> - -<p>Andrés Hurtado los primeros días de clase no - salía de su asombro. Todo aquello era demasiado - absurdo. Él hubiese querido encontrar una - disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y - se encontraba con una clase grotesca en que - los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación - para la ciencia no podía ser más desdichada.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span></p> - - - - <h3>III<br /> -ANDRÉS HURTADO Y SU FAMILIA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">En</span> casi todos los momentos de su vida Andrés - experimentaba la sensación de sentirse solo - y abandonado.</p> - -<p>La muerte de su madre le había dejado un - gran vacío en el alma y una inclinación por la - tristeza.</p> - -<p>La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba - formada por el padre y cinco hermanos. El - padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco, - elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.</p> - -<p>De un egoísmo frenético, se considera el metacentro - del mundo. Tenía una desigualdad de - carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos - aristocráticos y plebeyos insoportable. Su - manera de ser se revelaba de una manera insólita - e inesperada. Dirigía la casa despóticamente, con - una mezcla de chinchorrería y de abandono, de - despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le - sacaba de quicio.</p> - -<p>Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del - <span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> - cuidado que le proporcionaba el manejo de la - casa, sus hijos le dijeron que lo dejara en manos - de Margarita. Margarita contaba ya veinte años, - y sabía atender a las necesidades familiares mejor - que el padre; pero don Pedro no quería.</p> - -<p>A éste le gustaba disponer del dinero, tenía - como norma gastar de cuando en cuando veinte - o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera - que en su casa se necesitaran para algo - imprescindible.</p> - -<p>Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa - interior fina, no podía utilizar pañuelos de algodón, - como todos los demás de la familia, sino de - hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba - amistades con gente de posición y con algunos - aristócratas, y administraba la casa de la - calle de Atocha, donde vivían.</p> - -<p>Su mujer, Fermina Iturrioz, fué una víctima; - pasó la existencia creyendo que sufrir era el - destino natural de la mujer. Después de muerta, - don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta - de reconocer sus grandes virtudes.</p> - -<p>—No os parecéis a vuestra madre—decía a sus - hijos—; aquélla fué una santa.</p> - -<p>A Andrés le molestaba que don Pedro hablara - tanto de su madre, y a veces le contestó violentamente, - diciéndole que dejara en paz a los - muertos.</p> - -<p>De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro - y Luis, eran los favoritos del padre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> - -<p>Alejandro era un retrato degradado de don - Pedro. Más inútil y egoísta aún, nunca quiso hacer - nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían colocado - en una oficina del Estado, adonde iba solamente - a cobrar el sueldo.</p> - -<p>Alejandro daba espectáculos bochornosos en - casa; volvía a las altas horas de las tabernas, se - emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el - mundo.</p> - -<p>Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía - unos veinte años. Era una muchacha decidida, - un poco seca, dominadora y egoísta.</p> - -<p>Pedro venía tras ella en edad y representaba - la indiferencia filosófica y la buena pasta. Estudiaba - para abogado, y salía bien por recomendaciones; - pero no se cuidaba de la carrera para - nada. Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía - todos los meses una novia distinta. Dentro de - sus medios gozaba de la vida alegremente.</p> - -<p>El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco - años, tenía poca salud.</p> - -<p>La disposición espiritual de la familia era un - tanto original. Don Pedro prefería a Alejandro y - a Luis; consideraba a Margarita como si fuera - una persona mayor; le era indiferente su hijo - Pedro, y casi odiaba a Andrés, porque no se sometía - a su voluntad. Hubiera habido que profundizar - mucho para encontrar en él algún afecto - paternal.</p> - -<p>Alejandro sentía dentro de la casa las mismas - <span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> - simpatías que el padre; Margarita quería más - que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés - y respetaba a su padre. Pedro era un poco - indiferente; experimentaba algún cariño por Margarita - y por Luisito y una gran admiración por - Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente - al hermano pequeño, tenía afecto por - Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía - constantemente, despreciaba a Alejandro y casi - odiaba a su padre; no le podía soportar, le encontraba - petulante, egoísta, necio, pagado de sí - mismo.</p> - -<p>Entre padre e hijo existía una incompatibilidad - absoluta, completa, no podían estar conformes - en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa - para que el otro tomara la posición contraria.</p> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p> - - - <h3>IV<br /> -EN EL AISLAMIENTO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">La</span> madre de Andrés, navarra fanática, había - llevado a los nueve o diez años a sus hijos - a confesarse.</p> - -<p>Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo - con la idea de acercarse al confesonario. Llevaba - en la memoria el día de la primera confesión, - como una cosa transcendental, la lista de todos - sus pecados; pero aquel día, sin duda el cura - tenía prisa y le despachó sin dar gran importancia - a sus pequeñas transgresiones morales.</p> - -<p>Esta primera confesión fué para él un chorro - de agua fría; su hermano Pedro le dijo que él se - había confesado ya varias veces, pero que nunca - se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A - la segunda confesión, Andrés fué dispuesto a no - decir al cura más que cuatro cosas para salir del - paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin - confesarse sin el menor escrúpulo.</p> - -<p>Después, cuando murió su madre, en algunas - ocasiones su padre y su hermana le preguntaban - <span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> - si había cumplido con Pascua, a lo cual él contestaba - que sí indiferentemente.</p> - -<p>Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, - habían estudiado en un colegio mientras - cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno a - Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron - al chico al Instituto de San Isidro y allí - estudió un tanto abandonado. Aquel abandono y - el andar con los chicos de la calle despabiló a - Andrés.</p> - -<p>Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy - solo, y la soledad le hizo reconcentrado y triste. - No le gustaba ir a los paseos donde hubiera gente, - como a su hermano Pedro; prefería meterse - en su cuarto y leer novelas.</p> - -<p>Su imaginación galopaba, lo consumía todo de - antemano. Haré esto y luego esto—pensaba—. - ¿Y después? Y resolvía este después y se le presentaba - otro y otro.</p> - -<p>Cuando concluyó el bachillerato se decidió a - estudiar Medicina sin consultar a nadie. Su padre - se lo había indicado muchas veces: Estudia - lo que quieras; eso es cosa tuya.</p> - -<p>A pesar de decírselo y de recomendárselo el - que su hijo siguiese sus inclinaciones sin consultárselo - a nadie, interiormente le indignaba.</p> - -<p>Don Pedro estaba constantemente predispuesto - contra aquel hijo, que él consideraba díscolo - y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba - derecho suyo, y se plantaba contra su padre y - <span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> - su hermano mayor con una terquedad violenta y - agresiva.</p> - -<p>Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, - que casi siempre concluían marchándose - Andrés a su cuarto o a la calle.</p> - -<p>Las discusiones comenzaban por la cosa más - insignificante; el desacuerdo entre padre e hijo - no necesitaba un motivo especial para manifestarse, - era absoluto y completo; cualquier punto - que se tocara bastaba para hacer brotar la hostilidad, - no se cambiaba entre ellos una palabra - amable.</p> - -<p>Generalmente el motivo de las discusiones era - político; don Pedro se burlaba de los revolucionarios, - a quien dirigía todos sus desprecios e invectivas, - y Andrés contestaba insultando a la - burguesía, a los curas y al ejército.</p> - -<p>Don Pedro aseguraba que una persona decente - no podía ser más que conservador. En los - partidos avanzados tenía que haber necesariamente - gentuza, según él.</p> - -<p>Para don Pedro, el hombre rico era el hombre - por excelencia; tendía a considerar la riqueza, no - como una casualidad, sino como una virtud; además - suponía que con el dinero se podía todo. - Andrés recordaba el caso frecuente de muchachos - imbéciles, hijos de familias ricas, y demostraba - que un hombre con un arca llena de oro y - un par de millones del Banco de Inglaterra, en - una isla desierta, no podría hacer nada; pero su - <span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> - padre no se dignaba atender estos argumentos.</p> - -<p>Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban - invertidas en el piso de arriba entre un señor - catalán y su hijo. En casa del catalán, el padre - era el liberal y el hijo el conservador; ahora - que el padre era un liberal cándido y que hablaba - mal el castellano, y el hijo un conservador - muy burlón y mal intencionado. Muchas veces - se oía llegar desde el patio una voz de trueno - con acento catalán, que decía:</p> - -<p>—Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su - camino, ya se hubiera visto lo que era España.</p> - -<p>Y poco después la voz del hijo, que gritaba - burlonamente:</p> - -<p>—¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!</p> - -<p>—¡Qué estúpidas discusiones!—decía Margarita - con un mohín de desprecio, dirigiéndose a - su hermano Andrés—. ¡Como si por lo que vosotros - habléis se fueran a resolver las cosas!</p> - -<p>A medida que Andrés se hacía hombre, la - hostilidad entre él y su padre aumentaba. El hijo - no le pedía nunca dinero; quería considerar a - don Pedro como a un extraño.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></p> - -<h3>V<br /> -EL RINCÓN DE ANDRÉS</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">La</span> casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad - de un marqués, a quien don Pedro - había conocido en el colegio.</p> - -<p>Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres - y hablaba mucho y con entusiasmo del marqués - y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía - de una absoluta bajeza.</p> - -<p>La familia de Hurtado estaba bien relacionada; - don Pedro, a pesar de sus arbitrariedades y de su - despotismo casero, era amabilísimo con los de - fuera y sabía sostener las amistades útiles.</p> - -<p>Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy - complaciente con ella. Guardaba a los vecinos - muchas atenciones, menos a los de las guardillas, - a quienes odiaba.</p> - -<p>En su teoría del dinero equivalente a mérito, - llevada a la práctica, desheredado tenía que ser - sinónimo de miserable.</p> - -<p>Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la - antigua; la sospecha de que un obrero pretendiese - considerarse como una persona, o de que - <span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> - una mujer quisiera ser independiente le ofendía - como un insulto.</p> - -<p>Sólo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si - unían a ésta la desvergüenza y la canallería. Para - la gente baja, a quien se podía hablar de tú, - chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba - don Pedro todas sus simpatías.</p> - -<p>En la casa, en uno de los cuartos del piso - tercero, vivían dos ex bailarinas, protegidas por - un viejo senador.</p> - -<p>La familia de Hurtado las conocía por las del - Moñete.</p> - -<p>El origen del apodo provenía de la niña de la - favorita del viejo senador. A la niña la peinaban - con un moño recogido en medio de la cabeza - muy pequeño. Luisito, al verla por primera vez, - le llamó la Chica del Moñete, y luego el apodo - del Moñete pasó por extensión a la madre y a la - tía. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos - ex bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro - celebraba las frases de su padre como si - fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba - seria al oir las alusiones a la vida licenciosa - de las bailarinas, y Andrés volvía la cabeza desdeñosamente, - dando a entender que los alardes - cínicos de su padre le parecían ridículos y fuera - de lugar.</p> - -<p>Únicamente a las horas de comer Andrés se - reunía con su familia; en lo restante del tiempo - no se le veía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p> - -<p>Durante el bachillerato, Andrés había dormido - en la misma habitación que su hermano Pedro; - pero al comenzar la carrera pidió a Margarita le - trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado - para guardar trastos viejos.</p> - -<p>Margarita al principio se opuso; pero luego - accedió, mandó quitar los armarios y baúles, y - allí se instaló Andrés.</p> - -<p>La casa era grande, con esos pasillos y recovecos - un poco misteriosos de las construcciones - antiguas.</p> - -<p>Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había - que subir unas escaleras, lo que le dejaba completamente - independiente.</p> - -<p>El cuartucho tenía un aspecto de celda: Andrés - pidió a Margarita le cediera un armario y lo llenó - de libros y papeles, colgó en las paredes los - huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor - Iturrioz, y dejó el cuarto con cierto aire de antro - de mago o de nigromántico.</p> - -<p>Allá se encontraba a su gusto, solo; decía que - estudiaba mejor con aquel silencio; pero muchas - veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o mirando - sencillamente por la ventana.</p> - -<p>Esta ventana caía sobre la parte de atrás de - varias casas de las calles de Santa Isabel y de la - Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.</p> - -<p>Andrés había dado nombres novelescos a lo - que se veía desde allí: la casa misteriosa, la casa - <span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span> - de la escalera, la torre de la cruz, el puente del - gato negro, el tejado del depósito de agua...</p> - -<p>Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana - y hacían largas excursiones por estas tejavanas - y saledizos, robaban de las cocinas, y un - día, uno de ellos se presentó con una perdiz en - la boca.</p> - -<p>Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su - hermano, observaba las maniobras de los gatos, - miraba la calavera con curiosidad; le producía - todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre - había tenido por su hermano cierta admiración, - iba también a verle a su cubil y a admirarle como - a un bicho raro.</p> - -<p>Al final del primer año de carrera, Andrés empezó - a tener mucho miedo de salir mal en los - exámenes. Las asignaturas eran para marear a - cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas - había tiempo de enterarse bien; luego las clases, - en distintos sitios, distantes los unos de los - otros, hacían perder tiempo andando de aquí - para allá, lo que constituía motivos de distracción.</p> - -<p>Además, y esto Andrés no podía achacárselo - a nadie más que a sí mismo, muchas veces, con - Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a - la parada de Palacio o al Retiro, y después, por - la noche, en vez de estudiar, se dedicaba a leer - novelas.</p> - -<p>Llegó mayo y Andrés se puso a devorar los - <span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span> - libros a ver si podía resarcirse del tiempo perdido. - Sentía un gran temor de salir mal, más - que nada por la rechifla del padre, que podía decir: - Para eso creo que no necesitabas tanta soledad.</p> - -<p>Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, - y le suspendieron, sin ningún asombro - por su parte, en la última, en el examen de Química. - No quiso confesar en casa el pequeño tropiezo - e inventó que no se había presentado.</p> - -<p>—¡Valiente primo!—le dijo su hermano Alejandro.</p> - -<p>Andrés decidió estudiar con energía durante - el verano. Allí, en su celda, se encontraría muy - bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se olvidó - de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba - por la ventana con un anteojo la gente que salía - en las casas de la vecindad.</p> - -<p>Por la mañana dos muchachitas aparecían en - unos balcones lejanos. Cuando se levantaba Andrés - ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban - y se ponían cintas en el pelo.</p> - -<p>No se les veía bien la cara, porque el anteojo, - además de ser de poco alcance, no era acromático - y daba una gran irisación a todos los objetos.</p> - -<p>Un chico que vivía enfrente de estas muchachas - solía echarlas un rayo de sol con un espejito. - Ellas le reñían y amenazaban, hasta que, - cansadas, se sentaban a coser en el balcón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p> - -<p>En una guardilla próxima había una vecina - que, al levantarse, se pintaba la cara. Sin duda no - sospechaba que pudieran mirarle y realizaba su - operación de un modo concienzudo. Debía de - hacer una verdadera obra de arte; parecía un ebanista - barnizando un mueble.</p> - -<p>Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no - se enteraba de nada. Al comenzar a repasar vió - que, excepto las primeras lecciones de Química, - de todo lo demás apenas podía contestar.</p> - -<p>Pensó en buscar alguna recomendación; no - quería decirle nada a su padre, y fué a casa de - su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba. Iturrioz - le preguntó:</p> - -<p>—¿Sabes algo de Química?</p> - -<p>—Muy poco.</p> - -<p>—¿No has estudiado?</p> - -<p>—Sí; pero se me olvida todo en seguida.</p> - -<p>—Es que hay que saber estudiar. Salir bien en - los exámenes es una cuestión mnemotécnica, que - consiste en aprender y repetir el mínimum de - datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es - tiempo de eso, te recomendaré, vete con esta - carta a casa del profesor.</p> - -<p>Andrés, fué a ver al catedrático, que le trató - como a un recluta.</p> - -<p>El examen que hizo días después le asombró - por lo detestable; se levantó de la silla confuso, - lleno de vergüenza. Esperó teniendo la seguridad - de que saldría mal; pero se encontró, con gran - sorpresa, que le habían aprobado.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span></p> - - - <h3>VI<br /> -LA SALA DE DISECCIÓN</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">El</span> curso siguiente, de menos asignaturas, era - algo más fácil, no había tantas cosas que retener - en la cabeza.</p> - -<p>A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba - para poner a prueba la memoria mejor organizada.</p> - -<p>Unos meses después del principio de curso, - en el tiempo frío, se comenzaba la clase de disección. - Los cincuenta o sesenta alumnos se - repartían en diez o doce mesas y se agrupaban - de cinco en cinco en cada una.</p> - -<p>Se reunieron en la misma mesa, Montaner, - Aracil y Hurtado, y otros dos a quien ellos - consideraban como extraños a su pequeño - círculo.</p> - -<p>Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que - en el curso anterior se sentían hostiles, se hicieron - muy amigos en el siguiente.</p> - -<p>Andrés le pidió a su hermana Margarita que le - cosiera una blusa para la clase de disección; una - blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p> - -<p>Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada - limpias, porque en las mangas, sobre todo, se - pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no - se veían.</p> - -<p>La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar - a la sala de disección y hundir el escalpelo en - los cadáveres, como si les quedara un fondo atávico - de crueldad primitiva.</p> - -<p>En todos ellos se producía un alarde de indiferencia - y de jovialidad al encontrarse frente a - la muerte, como si fuera una cosa divertida y - alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos - de los infelices que llegaban allá.</p> - -<p>Dentro de la clase de disección, los estudiantes - gustaban de encontrar grotesca la muerte; a - un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o - un sombrero de papel.</p> - -<p>Se contaba de un estudiante de segundo año - que había embromado a un amigo suyo, que sabía - era un poco aprensivo, de este modo: cogió - el brazo de un muerto, se embozó en la capa y se - acercó a saludar a su amigo.</p> - -<p>—¿Hola, qué tal?—le dijo sacando por debajo - de la capa la mano del cadáver—. Bien y tú, contestó - el otro. El amigo estrechó la mano, se estremeció - al notar su frialdad y quedó horrorizado - al ver que por debajo de la capa salía el brazo - de un cadáver.</p> - -<p>De otro caso sucedido por entonces se habló - mucho entre los alumnos. Uno de los médicos - <span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> - del hospital, especialista en enfermedades nerviosas, - había dado orden de que a un enfermo - suyo, muerto en su sala, se le hiciera la autopsia - y se le extrajera el cerebro y se le llevara a su - casa.</p> - -<p>El interno extrajo el cerebro y lo envió con un - mozo al domicilio del médico. La criada de la - casa, al ver el paquete, creyó que eran sesos de - vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los - sirvió a la familia.</p> - -<p>Se contaban muchas historias como ésta, fueran - verdad o no, con verdadera fruición. Existía - entre los estudiantes de Medicina una tendencia - al espíritu de clase, consistente en un común - desdén por la muerte; en cierto entusiasmo por - la brutalidad quirúrgica, y en un gran desprecio - por la sensibilidad.</p> - -<p>Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad - que los otros; no le hacía tampoco ninguna - mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.</p> - -<p>Lo que sí le molestaba, era el procedimiento - de sacar los muertos del carro en donde los - traían del depósito del hospital. Los mozos cogían - estos cadáveres, uno por los brazos y otro - por los pies, los aupaban y los echaban al suelo.</p> - -<p>Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, - como momias. Al dar en la piedra, hacían - un ruido desagradable, extraño, como de algo sin - elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban - <span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> - cogiendo los muertos, uno a uno, por los pies y - arrastrándolos por el suelo; y al pasar unas escaleras - que había para bajar a un patio donde estaba - el depósito de la sala, las cabezas iban dando - lúgubremente en los escalones de piedra. La - impresión era terrible; aquello parecía el final de - una batalla prehistórica, o de un combate del - circo romano, en que los vencedores fueran - arrastrando a los vencidos.</p> - -<p>Hurtado imitaba a los héroes de las novelas - leídas por él, y reflexionaba acerca de la vida - y de la muerte; pensaba que si las madres de - aquellos desgraciados que iban al <i lang="la" xml:lang="la">spoliarium</i>, hubiesen - vislumbrado el final miserable de sus - hijos, hubieran deseado seguramente parirlos - muertos.</p> - -<p>Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver - después de hechas las disecciones, cómo metían - todos los pedazos sobrantes en unas calderas - cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía - una mano entre un hígado, y un trozo de masa - encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio del - tejido pulmonar.</p> - -<p>A pesar de la repugnancia que le inspiraban - tales cosas, no le preocupaban; la anatomía y la - disección le producían interés.</p> - -<p>Esta curiosidad por sorprender la vida; este - instinto de inquisición tan humano, lo experimentaba - él como casi todos los alumnos.</p> - -<p>Uno de los que lo sentían con más fuerza, era - <span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> - un catalán amigo de Aracil, que aún estudiaba en - el Instituto.</p> - -<p>Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza - pequeña, el pelo negro, muy fino, la tez de un - color blanco amarillento, y la mandíbula prognata. - Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por - el funcionamiento de los órganos, que si podía - se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto, - para disecarlos a su gusto. Con las piltrafas, - según decía, abonaba unos tiestos o los echaba - al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien - odiaba.</p> - -<p>Massó, especial en todo, tenía los estigmas de - un degenerado. Era muy supersticioso; andaba por - en medio de las calles y nunca por las aceras; - decía, medio en broma, medio en serio, que al - pasar iba dejando como rastro, un hilo invisible - que no debía romperse. Así, cuando iba a un - café o al teatro salía por la misma puerta por - donde había entrado para ir recogiendo el misterioso - hilo.</p> - -<p>Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo - entusiasta e intransigente que contrastaba - con la indiferencia musical de Aracil, de Hurtado - y de los demás.</p> - -<p>Aracil había formado a su alrededor una camarilla - de amigos a quienes dominaba y mortificaba, - y entre éstos se contaba Massó; le daba - grandes plantones, se burlaba de él, lo tenía como - a un payaso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p> - -<p>Aracil demostraba casi siempre una crueldad - desdeñosa, sin brutalidad, de un carácter femenino.</p> - -<p>Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos - que vivían en Madrid, se reunían poco con los - estudiantes provincianos; sentían por ellos un - gran desprecio; todas esas historias del casino - del pueblo, de la novia y de las calaveradas en el - lugarón de la Mancha o de Extremadura, les - parecían cosas plebeyas, buenas para gente de - calidad inferior.</p> - -<p>Esta misma tendencia aristocrática, más grande - sobre todo en Aracil y en Montaner que - en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de - lo vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por - aquellas chirlatas en donde los estudiantes de - provincia perdían curso tras curso, estúpidamente - jugando al billar o al dominó.</p> - -<p>A pesar de la influencia de sus amigos, que le - inducían a aceptar las ideas y la vida de un señorito - madrileño de buena sociedad, Hurtado se - resistía.</p> - -<p>Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos - y de los libros, Andrés iba formando - su espíritu con el aporte de conocimientos y datos - un poco heterogéneos.</p> - -<p>Su biblioteca aumentaba con desechos; varios - libros ya antiguos de Medicina y de Biología, le - dió su tío Iturrioz; otros, en su mayoría folletines - y novelas, los encontró en casa; algunos los fué - <span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> - comprando en las librerías de lance. Una señora - vieja, amiga de la familia, le regaló unas ilustraciones - y la historia de la Revolución francesa, - de Thiers. Este libro, que comenzó treinta veces - y treinta veces lo dejó aburrido, llegó a leerlo y - a preocuparle. Después de la historia de Thiers, - leyó los <cite>Girondinos</cite>, de Lamartine.</p> - -<p>Con la lógica un poco rectilínea del hombre - joven, llegó a creer que el tipo más grande de la - Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en - las primeras páginas en blanco, escribió el nombre - de su héroe, y lo rodeó como a un sol de - rayos.</p> - -<p>Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; - no quiso comunicárselo a sus amigos. Sus cariños - y sus odios revolucionarios, se los reservaba, - no salían fuera de su cuarto. De esta manera, - Andrés Hurtado se sentía distinto cuando hablaba - con sus condiscípulos en los pasillos de San - Carlos y cuando soñaba en la soledad de su - cuartucho.</p> - -<p>Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de - tarde en tarde. Con ellos debatía las mismas - cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía - así apreciar y comparar sus puntos de vista.</p> - -<p>De estos amigos, compañeros de Instituto, el - uno estudiaba para ingeniero, y se llamaba Rafael - Sañudo; el otro era un chico enfermo, Fermín - Ibarra.</p> - -<p>A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la - <span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span> - - noche en un café de la calle Mayor, que se llamaba - Café del Siglo.</p> - -<p>A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado - cómo divergía en gustos y en ideas de su amigo - Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba - tan de acuerdo.</p> - -<p>Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en - el café más que de música; de las óperas del - Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la - ciencia, la política, la revolución, España, nada - tenía importancia al lado de la música de Wagner. - Wagner era el Mesías, Beethoven y Mozart - los precursores. Había algunos beethovenianos - que no querían aceptar a Wagner, no ya como - el Mesías, ni aun siquiera como un continuador - digno de sus antecesores, y no hablaban más - que de la quinta y de la novena, en éxtasis. A - Hurtado, que no le preocupaba la música, estas - conversaciones le impacientaban.</p> - -<p>Empezó a creer que esa idea general y vulgar - de que el gusto por la música significa espiritualidad, - era inexacta. Por lo menos en los casos que - él veía, la espiritualidad no se confirmaba. Entre - aquellos estudiantes amigos de Sañudo, muy - filarmónicos, había muchos, casi todos, mezquinos, - mal intencionados, envidiosos.</p> - -<p>Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo - todo, la vaguedad de la música hace que - los envidiosos y los canallas, al oir las melodías - de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen - <span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> - con delicia de la acritud interna que les produce - sus malos sentimientos, como un hiperclorhídrico - al ingerir una substancia neutra.</p> - -<p>En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo, - el público, en su mayoría, era de estudiantes; - había también algunos grupos de familia, de esos - que se atornillan en una mesa, con gran desesperación - del mozo, y unas cuantas muchachas - de aire equívoco.</p> - -<p>Entre ellas llamaba la atención una rubia muy - guapa, acompañada de su madre. La madre era - una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido, - y la mirada de jabalí. Se conocía su historia; - después de vivir con un sargento, el padre - de la muchacha, se había casado con un relojero - alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su - mujer, la había echado de su casa a puntapiés.</p> - -<p>Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del - sábado hablando mal de todo el mundo, y luego - comentando con el pianista y el violinista del - café, las bellezas de una sonata de Beethoven o - de un minué de Mozart. Hurtado comprendió que - aquel no era su centro y dejó de ir por allí.</p> - -<p>Varias noches, Andrés entraba en algún café - cantante con su tablado para las cantadoras y - bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el canto - también cuando era sencillo; pero aquellos especialistas - de café, hombres gordos que se sentaban - en una silla con un palito y comenzaban a - <span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> - dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían - repugnantes.</p> - -<p>La imaginación de Andrés le hacía ver peligros - imaginarios que por un esfuerzo de voluntad intentaba - desafiar y vencer.</p> - -<p>Había algunos cafés cantantes y casas de juego, - muy cerrados, que a Hurtado se le antojaban - peligrosos; uno de ellos era el café del Brillante, - donde se formaban grupos de chulos, camareras - y bailadoras; el otro un garito de la calle de la - Magdalena, con las ventanas ocultas por cortinas - verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar - aquí; y entraba temblando de miedo.</p> - -<p>Estos miedos variaban en él. Durante algún - tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una - buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros - sombreados de obscuro, y una sonrisa que - mostraba sus dientes blancos.</p> - -<p>Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a - temblar. Un día la oyó hablar con acento gallego, - y sin saber por qué, todo su terror desapareció.</p> - -<p>Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a - casa de su condiscípulo Fermín Ibarra. Fermín - estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la - vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre - le tenía como a un niño y le compraba juguetes - mecánicos que a él le divertían.</p> - -<p>Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de - la clase de disección, de los cafés cantantes, de - la vida de Madrid de noche.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p> - -<p>Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. - Cosa absurda; al salir de casa del pobre enfermo, - Andrés tenía una idea agradable de su vida.</p> - -<p>¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El - sentirse sano y fuerte cerca del impedido y del - débil?</p> - -<p>Fuera de aquellos momentos, en los demás, el - estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus - correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos, - le daba una impresión de dolor, de - amargura en el espíritu. La vida en general, y - sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, - dolorosa e indominable.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span></p> - -<h3>VII<br /> -ARACIL Y MONTANER</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Aracil</span>, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente - su primer curso de Anatomía. Aracil - se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado - su padre; Montaner a un pueblo de la Sierra - y Andrés se quedó sin amigos.</p> - -<p>El verano le pareció largo y pesado; por las - mañanas iba con Margarita y Luisito al Retiro, y - allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde y - la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; - una porción de folletines publicados en - los periódicos durante varios años. Dumas padre, - Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon - sirvieron de pasto a su afán de leer. Tal dosis de - literatura, de crímenes, de aventuras y de misterios - acabó por aburrirle.</p> - -<p>Los primeros días del curso le sorprendieron - agradablemente. En estos días otoñales duraba - todavía la feria de septiembre en el Prado, delante - del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las - barracas con juguetes, los tíos vivos, los tiros al - blanco, y los montones de nueces, almendras y - <span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> - acerolas, había puestos de libros en donde se - congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear - los viejos volúmenes llenos de polvo. Hurtado - solía pasar todo el tiempo que duraba la feria, - registrando los libracos entre el señor grave, - vestido de negro, con anteojos, de aspecto doctoral, - y algún cura esquelético, de sotana raída.</p> - -<p>Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, - iba a estudiar Fisiología y creía que el estudio - de las funciones de la vida le interesaría tanto o - más que una novela; pero se engañó, no fué así. - Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, - hecho con recortes de obras francesas y - escrito sin claridad y sin entusiasmo; leyéndolo - no se podía formar una idea clara del mecanismo - de la vida; el hombre aparecía, según el autor, - como un armario con una serie de aparatos dentro, - completamente separados los unos de los - otros, como los negociados de un ministerio.</p> - -<p>Luego el catedrático era hombre sin ninguna - afición a lo que explicaba, un señor senador, de - esos latosos, que se pasaba las tardes en el Senado - discutiendo tonterías y provocando el sueño - de los abuelos de la Patria.</p> - -<p>Era imposible que con aquel texto y aquel - profesor llegara nadie a sentir el deseo de penetrar - en la ciencia de la vida. La Fisiología, cursándola - así, parecía una cosa estólida y deslavazada, - sin problemas de interés ni ningún - atractivo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span></p> - -<p>Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era - indispensable tomar la Fisiología como todo lo - demás, sin entusiasmo, como uno de los obstáculos - que salvar para concluir la carrera.</p> - -<p>Esta idea, de una serie de obstáculos, era la - idea de Aracil. Él consideraba una locura el pensar - que habían de encontrar un estudio agradable.</p> - -<p>Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su - gran sentido de la realidad le engañaba pocas - veces.</p> - -<p>Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio - Aracil. Julio era un año o año y medio más - viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era - moreno, de ojos brillantes y saltones, la cara de - una expresión viva, la palabra fácil, la inteligencia - rápida.</p> - -<p>Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado - que se hacía simpático; pero no, le pasaba - todo lo contrario; la mayoría de los conocidos le - profesaban poco afecto.</p> - -<p>Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado - en una capital de provincia, era de una - posición bastante modesta. Julio se mostraba - muy independiente, podía haber buscado la protección - de su primo Enrique Aracil, que por entonces - acababa de obtener una plaza de médico - en el hospital, por oposición, y que podía ayudarle; - pero Julio no quería protección alguna; no - iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo todo - <span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> - a sí mismo. Dada su tendencia práctica, era un - poco paradójica esta resistencia suya a ser protegido.</p> - -<p>Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero - aprobaba siempre. Buscaba amigos menos inteligentes - que él para explotarles; allí donde veía - una superioridad cualquiera, fuese en el orden - que fuese, se retiraba. Llegó a confesar a Hurtado, - que le molestaba pasear con gente de más - estatura que él.</p> - -<p>Julio aprendía con gran facilidad todos los - juegos. Sus padres, haciendo un sacrificio, podían - pagarle los libros, las matrículas y la ropa. - La tía de Julio solía darle para que fuera alguna - vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil - se las arreglaba jugando a las cartas con sus - amigos, de tal manera, que después de ir al café - y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes, - no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que - tenía dos o tres más.</p> - -<p>Aracil era un poco petulante, se cuidaba el - pelo, el bigote, las uñas y le gustaba echárselas - de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar, - pero no podía ejercer su dominación en una - zona extensa, ni trazarse un plan, y toda su voluntad - de poder y toda su habilidad se empleaba - en cosas pequeñas. Hurtado le comparaba a - esos insectos activos que van dando vueltas a - un camino circular con una decisión inquebrantable - e inútil.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - -<p>Una de las ideas gratas a Julio era pensar - que había muchos vicios y depravaciones en - Madrid.</p> - -<p>La venalidad de los políticos, la fragilidad de - las mujeres, todo lo que significara claudicación, - le gustaba; que una cómica, por hacer un papel - importante, se entendía con un empresario viejo - y repulsivo; que una mujer, al parecer honrada, - iba a una casa de citas, le encantaba.</p> - -<p>Esa omnipotencia del dinero, antipática para - un hombre de sentimientos delicados, le parecía - a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto - natural a la fuerza del oro.</p> - -<p>Julio era un verdadero fenicio; procedía de - Mallorca y probablemente había en él sangre - semítica. Por lo menos si la sangre faltaba, las - inclinaciones de la raza estaban íntegras. Soñaba - con viajar por el Oriente, y aseguraba siempre - que, de tener dinero, los primeros países que visitaría - serían Egipto y el Asia Menor.</p> - -<p>El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, - solía afirmar probablemente de una manera - arbitraria, que en España, desde un punto de - vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el - tipo semita. Al tipo ibérico asignaba el doctor las - cualidades fuertes y guerreras de la raza; al tipo - semita las tendencias rapaces, de intriga y de - comercio.</p> - -<p>Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. - Sus ascendientes debieron ser comerciantes - <span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> - de esclavos en algún pueblo del Mediterráneo. A - Julio le molestaba todo lo que fuera violento y - exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo - político o social; le gustaba el fausto, la riqueza, - las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas - buenas, las llevaba falsas y casi le hacía - más gracia lo mixtificado que lo bueno.</p> - -<p>Daba tanta importancia al dinero, sobre todo - al dinero ganado, que el comprobar lo difícil de - conseguirlo le agradaba. Como era su dios, su - ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese - parecido mal. Un paraíso conseguido sin esfuerzo - no entusiasma al creyente; la mitad por lo - menos del mérito de la gloria está en su dificultad, - y para Julio la dificultad de conseguir el dinero - constituía uno de sus mayores encantos.</p> - -<p>Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse - a las circunstancias, para él no había cosas - desagradables; de considerarlo necesario, lo - aceptaba todo.</p> - -<p>Con su sentido previsor de hormiga, calculaba - la cantidad de placeres obtenibles por una cantidad - de dinero. Esto constituía una de sus mayores - preocupaciones. Miraba los bienes de la - tierra con ojos de tasador judío. Si se convencía - de que una cosa de treinta céntimos la había - comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.</p> - -<p>Julio leía novelas francesas de escritores medio - naturalistas, medio galantes; estas relaciones - <span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> - de la vida de lujo y de vicio de París le encantaban.</p> - -<p>De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner - también tenía más del tipo semita que del - ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo exaltado, - perezoso, tranquilo, comodón.</p> - -<p>Blando de carácter, daba al principio de tratarle - cierta impresión de acritud y energía, que - no era más que el reflejo del ambiente de su - familia, constituída por el padre y la madre y - varias hermanas solteronas, de carácter duro y - avinagrado.</p> - -<p>Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a - Montaner, se hizo amigo suyo.</p> - -<p>Concluyeron los tres compañeros el curso. - Aracil se marchó, como solía hacerlo todos los - veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y - Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.</p> - -<p>El verano fué sofocante; por las noches, Montaner, - después de cenar, iba a casa de Hurtado, - y los dos amigos paseaban por la Castellana y - por el Prado, que por entonces tomaba el carácter - de un paseo provinciano, aburrido, polvoriento - y lánguido.</p> - -<p>Al final del verano un amigo le dió a Montaner - una entrada para los Jardines del Buen Retiro. - Fueron los dos todas las noches. Oían cantar - óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de - la gente que pasaba dentro del vagón de una - montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a - <span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> - las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata - o limón en algún puesto del Prado.</p> - -<p>Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi - siempre mal de Julio; estaban de acuerdo en - considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz - de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando - Aracil llegaba a Madrid, los dos se reunían siempre - con él.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p> - - -<h3>VIII<br /> -UNA FÓRMULA DE LA VIDA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">El</span> año siguiente, el cuarto de carrera, había - para los alumnos, y sobre todo para Andrés - Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de - don José de Letamendi.</p> - -<p>Letamendi era de estos hombres universales - que se tenían en la España de hace unos años; - hombres universales a quienes no se les conocía - ni de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento - tal en Europa de genios tan transcendentales, - se explicaba por esa hipótesis absurda, - que aunque no la defendía nadie claramente, era - aceptada por todos, la hipótesis del odio y la - mala fe internacionales que hacía que las cosas - grandes de España fueran pequeñas en el extranjero - y viceversa.</p> - -<p>Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, - con melenas grises y barba blanca. Tenía - cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos - hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre - que se había hecho una cabeza, como dicen los - franceses. Vestía siempre levita algo entallada, y - <span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> - llevaba un sombrero de copa de alas planas, de - esos sombreros clásicos de los melenudos profesores - de la Sorbona.</p> - -<p>En San Carlos corría como una verdad indiscutible - que Letamendi era un genio; uno de esos - hombres águilas que se adelantan a su tiempo; - todo el mundo le encontraba abstruso porque - hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje - medio filosófico, medio literario.</p> - -<p>Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de - encontrar algo que llegase al fondo de los problemas - de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi - con entusiasmo. La aplicación de las - Matemáticas a la Biología le pareció admirable. - Andrés fué pronto un convencido.</p> - -<p>Como todo el que cree hallarse en posesión - de una verdad tiene cierta tendencia de proselitismo, - una noche Andrés fué al café donde se - reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las - doctrinas de Letamendi, a explicarlas y a comentarlas.</p> - -<p>Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes - de ingenieros. Hurtado se reunió con - ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar - la conversación al terreno que deseaba, y expuso - la fórmula de la vida de Letamendi e intentó - explicar los corolarios que de ella deducía el - autor.</p> - -<p>Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, - es una función indeterminada entre la energía - <span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> - individual y el cosmos, y que esta función - no puede ser más que suma, resta, multiplicación - y división, y que no pudiendo ser suma, - ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, - uno de los amigos de Sañudo se echó a reir.</p> - -<p>—¿Por qué se ríe usted?—le preguntó Andrés, - sorprendido.</p> - -<p>—Porque en todo eso que dice usted hay una - porción de sofismas y de falsedades. Primeramente - hay muchas más funciones matemáticas - que sumar, restar, multiplicar y dividir.</p> - -<p>—¿Cuáles?</p> - -<p>—Elevar a potencia, extraer raíces... Después, - aunque no hubiera más que cuatro funciones - matemáticas primitivas, es absurdo pensar que - en el conflicto de estos dos elementos la energía - de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo - menos, heterogéneo y complicado, porque no - haya suma, ni resta, ni división, ha de haber - multiplicación. Además, sería necesario demostrar - por qué no puede haber suma, por qué no - puede haber resta y por qué no puede haber - división. Después habría que demostrar por qué - no puede haber dos o tres funciones simultáneas. - No basta decirlo.</p> - -<p>—Pero eso lo da el razonamiento.</p> - -<p>—No, no; perdone usted—replicó el estudiante—. - Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber - varias funciones matemáticas: suma, si hacemos - los dos una misma cosa ayudándonos; - <span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span> - resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y - vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, - si tenemos un hijo, y división si yo la corto - en pedazos a ella o ella a mí.</p> - -<p>—Eso es una broma—dijo Andrés.</p> - -<p>—Claro que es una broma—replicó el estudiante—una - broma por el estilo de las de su profesor, - pero que tiende a una verdad, y es que entre - la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito - de funciones distintas; sumas, restas, multiplicaciones, - de todo, y que además es muy posible - que existan otras funciones que no tengan - expresión matemática.</p> - -<p>Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo - que sus preposiciones convencerían a los - alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo - y cariacontecido al comprobar su derrota.</p> - -<p>Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió - oyendo sus explicaciones y se convenció de que - todo aquello de la fórmula de la vida y sus corolarios, - que al principio le pareció serio y profundo, - no eran más que juegos de prestidigitación, - unas veces ingeniosos, otras veces vulgares, - pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, - ni empírica.</p> - -<p>Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo - no eran más que vulgaridades disfrazadas - con un aparato científico, adornadas por conceptos - retóricos que la papanatería de profesores - y alumnos tomaba como visiones de profeta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p> - -<p>Por dentro, aquel buen señor de las melenas, - con su mirada de águila y su diletantismo artístico, - científico y literario; pintor en sus ratos de - ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro - costados, era un mixtificador audaz con ese - fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. - Su único mérito real era tener condiciones de literato, - de hombre de talento verbal.</p> - -<p>La palabrería de Letamendi produjo en Andrés - un deseo de asomarse al mundo filosófico y con - este objeto compró en unas ediciones económicas - los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.</p> - -<p>Leyó primero <cite>La Ciencia del Conocimiento</cite>, de - Fichte, y no pudo enterarse de nada. Sacó la - impresión de que el mismo traductor no había - comprendido lo que traducía; después comenzó - la lectura de <cite>Parerga y Paralipomena</cite>, y le pareció - un libro casi ameno, en parte cándido, y le - divirtió más de lo que suponía. Por último, intentó - descifrar <cite>La crítica de la razón pura</cite>. Veía que - con un esfuerzo de atención podía seguir el razonamiento - del autor como quien sigue el desarrollo - de un teorema matemático; pero le pareció - demasiado esfuerzo para su cerebro y dejó - Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer, - que tenía para él el atractivo de ser un - consejero chusco y divertido.</p> - -<p>Algunos pedantes le decían que Schopenhauer - había pasado de moda, como si la labor de un - <span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> - hombre de inteligencia extraordinaria fuera como - la forma de un sombrero de copa.</p> - -<p>Los condiscípulos, a quien asombraban estos - buceamientos de Andrés Hurtado, le decían:</p> - -<p>—¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?</p> - -<p>—Si eso no es filosofía ni nada—replicaba - Andrés—. Letamendi es un hombre sin una idea - profunda; no tiene en la cabeza más que palabras - y frases. Ahora, como vosotros no las comprendéis, - os parecen extraordinarias.</p> - -<p>El verano, durante las vacaciones, Andrés leyó - en la Biblioteca Nacional algunos libros filosóficos - nuevos de los profesores franceses e italianos - y le sorprendieron. La mayoría de estos libros no - tenían más que el título sugestivo; lo demás era - una eterna divagación acerca de métodos y clasificaciones.</p> - -<p>A Hurtado no le importaba nada la cuestión de - los métodos y de las clasificaciones, ni saber si la - Sociología era una ciencia o un ciempiés inventado - por los sabios; lo que quería encontrar era - una orientación, una verdad espiritual y práctica - al mismo tiempo.</p> - -<p>Los bazares de ciencia de los Lombroso y los - Ferri, de los Fouillée y de los Janet, le produjeron - una mala impresión.</p> - -<p>Este espíritu latino y su claridad tan celebrada - le pareció una de las cosas más insulsas, más - banales y anodinas. Debajo de los títulos pomposos - <span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> - no había más que vulgaridad a todo pasto. - Aquello era, con relación a la filosofía, lo que - son los específicos de la cuarta plana de los periódicos - respecto a la medicina verdadera.</p> - -<p>En cada autor francés se le figuraba a Hurtado - ver un señor cyranesco, tomando actitudes gallardas - y hablando con voz nasal; en cambio todos - los italianos le parecían barítonos de zarzuela.</p> - -<p>Viendo que no le gustaban los libros modernos - volvió a emprender con la obra de Kant, y - leyó entera con grandes trabajos la <cite>Crítica de la - razón pura</cite>.</p> - -<p>Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban - las líneas generales de los sistemas que - iba desentrañando.</p> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p> -<h3>IX<br /> -UN REZAGADO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Al</span> principio de otoño y comienzo del curso - siguiente, Luisito, el hermano menor, cayó - enfermo con fiebres.</p> - -<p>Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo - y huraño. El chico le preocupaba de una manera - patológica, le parecía que los elementos todos se - conjuraban contra él.</p> - -<p>Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente - de Julio, y a los pocos días indicó que se trataba - de una fiebre tifoidea.</p> - -<p>Andrés pasó momentos angustiosos; leía con - desesperación en los libros de Patología la descripción - y el tratamiento de la fiebre tifoidea y - hablaba con el médico de los remedios que podrían - emplearse.</p> - -<p>El doctor Aracil a todo decía que no.</p> - -<p>—Es una enfermedad que no tiene tratamiento - específico—aseguraba—; bañarle, alimentarle y - esperar, nada más.</p> - -<p>Andrés era el encargado de preparar el baño y - tomar la temperatura a Luis.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span></p> - -<p>El enfermo tuvo días de fiebre muy alta. Por - las mañanas, cuando bajaba la calentura, preguntaba - a cada momento por Margarita y Andrés. - Éste, en el curso de la enfermedad, quedó asombrado - de la resistencia y de la energía de su - hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando - del niño; no se le ocurría jamás, y si se le - ocurría no le daba importancia, la idea de que - pudiera contagiarse.</p> - -<p>Andrés desde entonces comenzó a sentir una - gran estimación por Margarita; el cariño de Luisito - los había unido.</p> - -<p>A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció, - dejando al niño flaco, hecho un esqueleto.</p> - -<p>Andrés adquirió con este primer ensayo de - médico un gran escepticismo. Empezó a pensar - si la medicina no serviría para nada. Un buen - puntal para este escepticismo le proporcionaba - las explicaciones del profesor de Terapéutica, que - consideraba inútiles cuando no perjudiciales - casi todos los preparados de la farmacopea.</p> - -<p>No era una manera de alentar los entusiasmos - médicos de los alumnos, pero indudablemente el - profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.</p> - -<p>Después de las fiebres Luisito quedó débil y a - cada paso daba a la familia una sorpresa desagradable; - un día era un calenturón, al otro unas - convulsiones. Andrés muchas noches tenía que - ir a las dos o a las tres de la mañana en busca - del médico y después salir a la botica.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p> - -<p>En este curso, Andrés se hizo amigo de un - estudiante rezagado, ya bastante viejo, a quien - cada año de carrera costaba por lo menos dos - o tres.</p> - -<p>Un día este estudiante le preguntó a Andrés - qué le pasaba para estar sombrío y triste. Andrés - le contó que tenía al hermano enfermo, y el otro - intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le - agradeció la simpatía y se hizo amigo del viejo - estudiante.</p> - -<p>Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, - era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida, - nariz afilada, una zalea de pelos negros - en la barba ya con algunas canas, y la boca sin - dientes, de hombre débil.</p> - -<p>A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre - misterioso de Lamela, y a éste le chocó sin - duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los - dos tenían una vida interior distinta al resto de - los estudiantes.</p> - -<p>El secreto de Lamela era que estaba enamorado, - pero enamorado de verdad, de una mujer de - la aristocracia, una mujer de título, que andaba - en coche e iba a palco al Real.</p> - -<p>Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le - contó sus amores con toda clase de detalles. Ella - estaba enamoradísima de él, según aseguraba el - estudiante; pero existían una porción de dificultades - y de obstáculos que impedían la aproximación - del uno al otro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p> - -<p>A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo - distinto a la generalidad. En las novelas se daba - como anomalía un hombre joven sin un gran - amor; en la vida lo anómalo era encontrar un - hombre enamorado de verdad. El primero que - conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.</p> - -<p>El viejo estudiante padecía un romanticismo - intenso, mitigado en algunas cosas por una tendencia - beocia de hombre práctico: Lamela creía - en el amor y en Dios; pero esto no le impedía - emborracharse y andar de crápula con frecuencia. - Según él, había que dar al cuerpo necesidades - mezquinas y groseras y conservar el espíritu - limpio.</p> - -<p>Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay - que dar al cuerpo lo que es del cuerpo, y al - alma lo que es del alma.</p> - -<p>—Si todo eso del alma, es una pamplina—le - decía Andrés—. Son cosas inventadas por los - curas para sacar dinero.</p> - -<p>—¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.</p> - -<p>Lamela en el fondo era un rezagado en todo: - en la carrera y en las ideas. Discurría como un - hombre de a principio del siglo. La concepción - mecánica actual del mundo económico y de la - sociedad, para él no existía. Tampoco existía - cuestión social. Toda la cuestión social se resolvía - con la caridad y con que hubiese gentes de - buen corazón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p> - -<p>—Eres un verdadero católico—le decía Andrés-; - te has fabricado el más cómodo de los - mundos.</p> - -<p>Cuando Lamela le mostró un día a su amada, - Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona - fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años - que un loro.</p> - -<p>Además de su aire antipático, ni siquiera hacía - caso del estudiante gallego, a quien miraba - con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado.</p> - -<p>Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba - nunca la realidad.</p> - -<p>A pesar de su apariencia sonriente y humilde, - tenía un orgullo y una confianza en sí mismo - extraordinaria; sentía la tranquilidad del que - cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones - humanas.</p> - -<p>Delante de los demás compañeros Lamela no - hablaba de sus amores: pero cuando le cogía a - Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus confidencias - no tenían fin.</p> - -<p>A todo le quería dar una significación complicada - y fuera de lo normal.</p> - -<p>—Chico—decía sonriendo y agarrando del brazo - a Andrés—. Ayer la vi.</p> - -<p>—¡Hombre!</p> - -<p>—Sí—añadía con gran misterio—. Iba con la - señora de compañía; fuí detrás de ella, entró en - <span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> - su casa y poco después salió un criado al balcón. - ¿Es raro, eh?</p> - -<p>—¿Raro? ¿Por qué?—preguntaba Andrés.</p> - -<p>—Es que luego el criado no cerró el balcón.</p> - -<p>Hurtado se le quedaba mirando preguntándose - cómo funcionaría el cerebro de su amigo para - encontrar extrañas las cosas más naturales del - mundo y para creer en la belleza de aquella dama.</p> - -<p>Algunas veces que iban por el Retiro charlando, - Lamela se volvía y decía:</p> - -<p>—¡Mira, cállate!</p> - -<p>—Pues ¿qué pasa?</p> - -<p>—Que aquel que viene allá es de esos enemigos - míos que le hablan a ella mal de mí. Viene - espiándome.</p> - -<p>Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya - tenía más confianza con él le decía:</p> - -<p>—Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría - a la Sociedad de Psicología de París o de - Londres.</p> - -<p>—¿A qué?</p> - -<p>—Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo - que soy el hombre más extraordinario del - mundo.</p> - -<p>El gallego se reía con su risa bonachona.</p> - -<p>—Es que tú eres un niño—replicaba—; el día - que te enamores verás cómo me das la razón - a mí.</p> - -<p>Lamela vivía en una casa de huéspedes de la - plaza de Lavapiés; tenía un cuarto pequeño, - <span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> - desarreglado, y como estudiaba, cuando estudiaba, - metido en la cama, solía descoser los libros - y los guardaba desencuadernados en pliegos - sueltos en el baúl o extendidos sobre la mesa.</p> - -<p>Alguna que otra vez fué Hurtado a verle a - su casa.</p> - -<p>La decoración de su cuarto consistía en una - serie de botellas vacías, colocadas por todas partes. - Lamela compraba el vino para él y lo guardada - en sitios inverosímiles, de miedo de que los - demás huéspedes entrasen en el cuarto y se lo - bebieran, lo que, por lo que contaba, era frecuente. - Lamela tenía escondidas las botellas dentro - de la chimenea, en el baúl, en la cómoda.</p> - -<p>De noche, según le dijo a Andrés, cuando se - acostaba ponía una botella de vino debajo de la - cama, y si se despertaba cogía la botella y se - bebía la mitad de un trago. Estaba convencido - de que no había hipnótico como el vino, y que - a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas - filfas.</p> - -<p>Lamela nunca discutía las opiniones de los - profesores, no le interesaban gran cosa; para él - no podía aceptarse más clasificación entre ellos - que la de los catedráticos de buena intención, - amigos de aprobar y los de mala intención, - que suspendían sólo por echárselas de sabios y - darse tono.</p> - -<p>En la mayoría de los casos Lamela dividía a - los hombres en dos grupos: los unos, gente - <span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span> - franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón; - los otros, gente mezquina y vanidosa.</p> - -<p>Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta - última clase, de los más mezquinos e insignificantes.</p> - -<p>Verdad es que ninguno de los dos le tomaba - en serio a Lamela.</p> - -<p>Andrés contaba en su casa las extravagancias - de su amigo. A Margarita le interesaban mucho - estos amores. Luisito, que tenía la imaginación - de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole - a su hermano, un cuento que se llamaba: - «Los amores de un estudiante gallego con - la reina de las cacatúas.»</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span></p> - -<h3>X<br /> -PASO POR SAN JUAN DE DIOS</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Sin</span> gran brillantez, pero también sin grandes - fracasos, Andrés Hurtado iba avanzando en - su carrera.</p> - -<p>Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio - Aracil asistir a unos cursos de enfermedades - venéreas que daba un médico en el hospital de - San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a - Hurtado a que le acompañaran; unos meses después - iba a haber exámenes de alumnos internos - para ingreso en el Hospital General; pensaban - presentarse los tres, y no estaba mal el ver enfermos - con frecuencia.</p> - -<p>La visita en San Juan de Dios fué un nuevo - motivo de depresión y melancolía para Hurtado. - Pensaba que por una causa o por otra el mundo - le iba presentando su cara más fea.</p> - -<p>A los pocos días de frecuentar el hospital, - Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de - Schopenhauer era una verdad casi matemática. - El mundo le parecía una mezcla de manicomio - y de hospital; ser inteligente constituía una - <span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> - desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la - inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, - viviendo con sus ilusiones, tomaba las - proporciones de un sabio.</p> - -<p>Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala - de mujeres de San Juan de Dios.</p> - -<p>Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, - el espectáculo tenía que ser deprimente. - Las enfermas eran de lo más caído y miserable. - Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en - una sala negra, en un estercolero humano; comprobar - y evidenciar la podredumbre que envenena - la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa - impresión.</p> - -<p>El hospital aquel, ya derruído por fortuna, era - un edificio inmundo, sucio, mal oliente; las ventanas - de las salas daban a la calle de Atocha y - tenían, además de las rejas, unas alambreras - para que las mujeres recluídas no se asomaran y - escandalizaran. De este modo no entraba allí el - sol ni el aire.</p> - -<p>El médico de la sala, amigo de Julio, era un - vejete ridículo, con unas largas patillas blancas. - El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería - darse aire de catedrático, lo cual a nadie podía - parecer un crimen; lo miserable, lo canallesco - era que trataba con una crueldad inútil a aquellas - desdichadas acogidas allí y las maltrataba - de palabra y de obra.</p> - -<p>¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante - <span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span> - idiota mandaba llevar castigadas a las enfermas - a las guardillas y tenerlas uno o dos días - encerradas por delitos imaginarios. El hablar de - una cama a otra durante la visita, el quejarse en - la cura, cualquier cosa, bastaba para estos severos - castigos. Otras veces mandaba ponerlas a - pan y agua. Era un macaco cruel este tipo, a - quien habían dado una misión tan humana como - la de cuidar de pobres enfermas.</p> - -<p>Hurtado no podía soportar la bestialidad de - aquel idiota de las patillas blancas, Aracil se reía - de las indignaciones de su amigo.</p> - -<p>Una vez Hurtado decidió no volver más por - allá. Había una mujer que guardaba constantemente - en el regazo un gato blanco. Era una mujer - que debió haber sido muy bella, con ojos negros, - grandes, sombreados, la nariz algo corva - y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único - que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el - médico, la enferma solía bajar disimuladamente - al gato de la cama y dejarlo en el suelo; - el animal se quedaba escondido, asustado, al - ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno - de los días el médico le vió y comenzó a darle - patadas.</p> - -<p>—Coged a ese gato y matadlo—dijo el idiota - de las patillas blancas al practicante.</p> - -<p>El practicante y una enfermera comenzaron a - perseguir al animal por toda la sala; la enferma - miraba angustiada esta persecución.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p> - -<p>—Y a esta tía llevadla a la guardilla—añadió - el médico.</p> - -<p>La enferma seguía la caza con la mirada, y - cuando vió que cogían a su gato, dos lágrimas - gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.</p> - -<p>—¡Canalla! ¡Idiota!—exclamó Hurtado, acercándose - al médico con el puño levantado.</p> - -<p>—No seas estúpido—dijo Aracil—. Si no quieres - venir aquí, márchate.</p> - -<p>—Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle - las tripas a ese idiota, miserable.</p> - -<p>Desde aquel día ya no quiso volver más a San - Juan de Dios.</p> - -<p>La exaltación humanitaria de Andrés hubiera - aumentado sin las influencias que obraban en su - espíritu. Una de ellas era la de Julio, que se burlaba - de todas las ideas exageradas, como decía - él; la otra, la de Lamela, con su idealismo práctico, - y, por último, la lectura de <cite>Parerga y Paralipomena</cite> - de Schopenhauer, que le inducía a la no - acción.</p> - -<p>A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante - muchos días estuvo Andrés impresionado - por lo que dijeron varios obreros en un mitin de - anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto - Álvarez, un hombre moreno, de ojos negros y - barba entrecana, habló en aquel mitin de una - manera elocuente y exaltada; habló de los niños - abandonados, de los mendigos, de las mujeres - caídas...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p> - -<p>Andrés sintió el atractivo de este sentimentalismo, - quizá algo morboso. Cuando exponía sus - ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil - le salía al encuentro con su buen sentido:</p> - -<p>—Claro que hay cosas malas en la sociedad—decía - Aracil—. ¿Pero quién las va a arreglar? - ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además, - hay desdichas que son comunes a todos; - esos albañiles de los dramas populares que se - nos vienen a quejar de que sufren el frío del invierno - y el calor del verano, no son los únicos; - lo mismo nos pasa a los demás.</p> - -<p>Las palabras de Aracil eran la gota de agua - fría en las exaltaciones humanitarias de Andrés.</p> - -<p>—Si quieres dedicarte a esas cosas—le decía—, - hazte político, aprende a hablar.</p> - -<p>—Pero si yo no me quiero dedicar a político—replicaba - Andrés indignado.</p> - -<p>—Pues si no, no puedes hacer nada.</p> - -<p>Claro que toda reforma en un sentido humanitario - tenía que ser colectiva y realizarse por un - procedimiento político, y a Julio no le era muy - difícil convencer a su amigo de lo turbio de la - política.</p> - -<p>Julio llevaba la duda a los romanticismos de - Hurtado; no necesitaba insistir mucho para convencerle - de que la política es un arte de granjería.</p> - -<p>Realmente, la política española nunca ha sido - nada alto ni nada noble; no era muy difícil convencer - <span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> - a un madrileño de que no debía tener - confianza en ella.</p> - -<p>La inacción, la sospecha de la inanidad y de la - impureza de todo arrastraban a Hurtado cada vez - más a sentirse pesimista.</p> - -<p>Se iba inclinando aun anarquismo espiritual, - basado en la simpatía y en la piedad, sin solución - práctica ninguna.</p> - -<p>La lógica justiciera y revolucionaria de los - Saint-Just ya no le entusiasmaba, le parecía una - cosa artificial y fuera de la naturaleza. Pensaba - que en la vida ni había ni podía haber justicia. - La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente - donde los actores representaban una tragedia - que no comprendían, y los hombres, llegados - a un estado de intelectualidad, contemplaban la - escena con una mirada compasiva y piadosa.</p> - -<p>Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan - y de freno, le llevaban a Andrés al mayor desconcierto, - a una sobrexcitación cerebral continua - e inútil.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p> - -<h3>XI<br /> -DE ALUMNO INTERNO</h3> -</div> - -<p>A mediados de curso se celebraron exámenes - de alumnos internos para el hospital general.</p> - -<p>Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse. - El examen consistía en unas preguntas hechas - al capricho por los profesores acerca de - puntos de las asignaturas ya cursadas por los - alumnos. Hurtado fué a ver a su tío Iturrioz para - que le recomendara.</p> - -<p>—Bueno, te recomendaré—le dijo el tío—; ¿tienes - afición a la carrera?</p> - -<p>—Muy poca.</p> - -<p>—Y entonces, ¿para qué quieres entrar en el - hospital?</p> - -<p>—¡Ya, qué le voy a hacer! Veré si voy adquiriendo - la afición. Además, cobraré unos cuartos, - que me convienen.</p> - -<p>—Muy bien—contestó Iturrioz—. Contigo se - sabe a qué atenerse; eso me gusta.</p> - -<p>En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.</p> - -<p>Primero tenían que ser libretistas; su obligación - <span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> - consistía en ir por la mañana y apuntar las - recetas que ordenaba el médico; por la tarde, recoger - la botica, repartirla y hacer guardias. De - libretistas, con seis duros al mes, pasaban a internos - de clase superior, con nueve, y luego a - ayudantes, con doce duros, lo que representaba - la cantidad respetable de dos pesetas al día.</p> - -<p>Andrés fué llamado por un médico amigo de - su tío, que visitaba una de las salas altas del - tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.</p> - -<p>El médico, hombre estudioso, había llegado a - dominar el diagnóstico como pocos. Fuera de su - profesión no le interesaba nada: política, literatura, - arte, filosofía o astronomía, todo lo que no - fuera auscultar o percutir, analizar orinas o esputos, - era letra muerta para él.</p> - -<p>Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera - moral del estudiante de Medicina estribaba - en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera - de esto, divertirse. A Andrés le preocupaban - más las ideas y los sentimientos de los enfermos - que los síntomas de las enfermedades.</p> - -<p>Pronto pudo ver el médico de la sala la poca - afición de Hurtado por la carrera.</p> - -<p>—Usted piensa en todo menos en lo que es - Medicina—le dijo a Andrés con severidad.</p> - -<p>El médico de la sala estaba en lo cierto. El - nuevo interno no llevaba el camino de ser un - clínico; le interesaban los aspectos psicológicos - <span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> - de las cosas; quería investigar qué hacían las - hermanas de la Caridad, si tenían o no vocación; - sentía curiosidad por saber la organización del - hospital y averiguar por dónde se filtraba el dinero - consignado por la Diputación.</p> - -<p>La inmoralidad dominaba dentro del vetusto - edificio. Desde los administradores de la Diputación - provincial hasta una sociedad de internos - que vendía la quinina del hospital en las boticas - de la calle de Atocha, había seguramente todas - las formas de la filtración. En las guardias, los - internos y los señores capellanes se dedicaban a - jugar al monte, y en el Arsenal funcionaba casi - constantemente una timba en la que la postura - menor era una perra gorda.</p> - -<p>Los médicos, entre los que había algunos muy - chulos; los curas, que no lo eran menos, y los - internos se pasaban la noche tirando de la oreja - a Jorge.</p> - -<p>Los señores capellanes se jugaban las pestañas; - uno de ellos era un hombrecito bajito, cínico - y rubio, que había llegado a olvidar sus estudios - de cura y adquirido afición por la Medicina. - Como la carrera de médico era demasiado larga - para él, se iba a examinar de ministrante, y si - podía, pensaba abandonar definitivamente los - hábitos.</p> - -<p>El otro cura era un mozo bravío, alto, fuerte, - de facciones enérgicas. Hablaba de una manera - terminante y despótica; solía contar con gracejo - <span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> - historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios.</p> - -<p>Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia - de sus palabras, el cura cambiaba - de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, - tomando un tonillo de falsa unción, que no - cuadraba bien con su cara morena y con la expresión - de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba - que la religión nada tenía que ver con los vicios - de sus indignos sacerdotes.</p> - -<p>Algunos internos que le conocían desde hacía - algún tiempo y le hablaban de tú, le llamaban - Lagartijo, porque se parecía algo a este célebre - torero.</p> - -<p>—Oye, tú, Lagartijo—le decían.</p> - -<p>—Qué más quisiera yo—replicaba el cura—que - cambiar la estola por una muleta, y en vez - de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.</p> - -<p>Como perdía en el juego con frecuencia, tenía - muchos apuros.</p> - -<p>Una vez le decía a Andrés, entre juramentos - pintorescos:</p> - -<p>—Yo no puedo vivir así. No voy a tener más - remedio que lanzarme a la calle a decir misa en - todas partes y tragarme todos los días catorce - hostias.</p> - -<p>A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.</p> - -<p>Entre los practicantes había algunos curiosísimos, - verdaderas ratas de hospital, que llevaban - <span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> - quince o veinte años allí, sin concluir la carrera, - y que visitaban clandestinamente en los barrios - bajos más que muchos médicos.</p> - -<p>Andrés se hizo amigo de las hermanas de la - Caridad de su sala y de algunas otras.</p> - -<p>Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser - religioso, por romanticismo, que las hermanas de - la Caridad eran angelicales; pero la verdad, en el - hospital no se las veía más que cuidarse de - cuestiones administrativas y de llamar al confesor - cuando un enfermo se ponía grave.</p> - -<p>Además, no eran criaturas idealistas, místicas, - que consideraran el mundo como un valle de lágrimas, - sino muchachas sin recursos, algunas - viudas, que tomaban el cargo como un oficio, - para ir viviendo.</p> - -<p>Luego las buenas hermanas tenían lo mejor - del hospital acotado para ellas...</p> - -<p>Una vez un enfermero le dió a Andrés un cuadernito - encontrado entre papeles viejos que habían - sacado del pabellón de las hijas de la Caridad.</p> - -<p>Era el diario de una monja, una serie de notas - muy breves, muy lacónicas, con algunas impresiones - acerca de la vida del hospital, que abarcaban - cinco o seis meses.</p> - -<p>En la primera página tenía un nombre: sor - María de la Cruz, y al lado una fecha. Andrés - leyó el diario y quedó sorprendido. Había allí - una narración tan sencilla, tan ingenua de la vida - <span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> - hospitalesca, contada con tanta gracia, que le - dejó emocionado.</p> - -<p>Andrés quiso enterarse de quién era sor María, - de si vivía en el hospital o dónde estaba.</p> - -<p>No tardó en averiguar que había muerto. Una - monja, ya vieja, la había conocido. Le dijo a - Andrés que al poco tiempo de llegar al hospital, - la trasladaron a una sala de tíficos, y allí adquirió - la enfermedad y murió.</p> - -<p>No se atrevió Andrés a preguntar cómo era, - qué cara tenía, aunque hubiese dado cualquier - cosa por saberlo.</p> - -<p>Andrés guardó el diario de la monja como una - reliquia, y muchas veces pensó en cómo sería, y - hasta llegó a sentir por ella una verdadera obsesión.</p> - -<p>Un tipo misterioso y extraño del hospital, que - llamaba mucho la atención, y de quien se contaban - varias historias, era el hermano Juan. Este - hombre, que no se sabía de dónde había venido, - andaba vestido con una blusa negra, alpargatas - y un crucifijo colgado al cuello. El hermano Juan - cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos. - Era, al parecer, un místico, un hombre que vivía - en su centro natural, en medio de la miseria y el - dolor.</p> - -<p>El hermano Juan era un hombre bajito, tenía - la barba negra, la mirada brillante, los ademanes - suaves, la voz melíflua. Era un tipo semítico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> - -<p>Vivía en un callejón que separaba San Carlos - del Hospital General. Este callejón tenía dos - puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo - de uno de ellos, del que estaba más cerca de la - calle de Atocha, había establecido su cuchitril el - hermano Juan.</p> - -<p>En este cuchitril se encerraba con un perrito - que le hacía compañía.</p> - -<p>A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano, - siempre había luz en su camaranchón y - siempre se le encontraba despierto.</p> - -<p>Según algunos, se pasaba la vida leyendo libros - verdes; según otros, rezaba; uno de los internos - aseguraba haberle visto poniendo notas - en unos libros en francés y en inglés acerca de - psicopatías sexuales.</p> - -<p>Una noche en que Andrés estaba de guardia - uno de los internos dijo:</p> - -<p>—Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle - algo de comer y de beber.</p> - -<p>Fueron todos al callejón en donde el hermano - tenía su escondrijo. Había luz, miraron por si se - veía algo, pero no se encontraba rendija por - donde espiar lo que hacía en el interior el misterioso - enfermero. Llamaron e inmediatamente - apareció el hermano con su blusa negra.</p> - -<p>—Estamos de guardia, hermano Juan—dijo - uno de los internos—; venimos a ver si nos da - usted algo para tomar un modesto piscolabis.</p> - -<p>—¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!—exclamó él—. Me - <span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> - encuentran ustedes muy pobre. Pero ya veré, ya - veré si tengo algo. Y el hombre desapareció tras - de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se - presentó al poco rato con un paquete de café, - otro de azúcar y otro de galletas.</p> - -<p>Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia, - comieron las galletas, tomaron el café y discutieron - el caso del hermano.</p> - -<p>No había unanimidad; unos creían que era un - hombre distinguido; otros que era un antiguo - criado; para algunos era un santo; para otros un - invertido sexual o algo por el estilo.</p> - -<p>El hermano Juan era el tipo raro del hospital. - Cuando recibía dinero, no se sabía de dónde, convidaba - a comer a los convalecientes y regalaba - las cosas que necesitaban los enfermos.</p> - -<p>A pesar de su caridad y de sus buenas obras, - este hermano Juan era para Andrés repulsivo; le - producía una impresión desagradable, una impresión - física, orgánica.</p> - -<p>Había en él algo anormal, indudablemente. ¡Es - tan lógico, tan natural en el hombre huir del dolor, - de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin embargo, - para él, el sufrimiento, la pena, la suciedad, - debían de ser cosas atrayentes.</p> - -<p>Andrés comprendía el otro extremo, que el - hombre huyese del dolor ajeno, como de una - cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la indignidad, - a la inhumanidad; comprendía que se - evitara hasta la idea de que hubiese sufrimiento - <span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> - alrededor de uno; pero ir a buscar lo sucio, lo - triste, deliberadamente, para convivir con ello, le - parecía una monstruosidad.</p> - -<p>Así que cuando veía al hermano Juan, sentía - esa impresión repelente, de inhibición, que se - experimenta ante los monstruos.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p> - - - <h2>SEGUNDA PARTE<br /> - Las Carnarias.</h2> - <h3>I<br /> -LAS MINGLANILLAS</h3> -</div> - - -<p><span class="smcap">Julio</span> Aracil había intimado con Andrés. La vida - en común de ambos en San Carlos y en el - hospital, iba unificando sus costumbres, aunque - no sus ideas ni sus afectos.</p> - -<p>Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba - a sentir más estimación por Hurtado que por - Montaner.</p> - -<p>Andrés había pasado a ser interno como él; - Montaner, no sólo no pudo aprobar en estos exámenes, - sino que perdió el curso, y abandonándose - por completo, empezó a no ir a clase y a - pasar el tiempo haciendo el amor a una muchacha - vecina suya.</p> - -<p>Julio Aracil comenzaba a experimentar por su - amigo un gran desprecio y a desearle que todo le - saliera mal.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span></p> - -<p>Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía - cosas extraordinarias, maravillosas; llegó hasta - jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas, a - comprar un título de la Deuda.</p> - -<p>Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de - hombre de mundo.</p> - -<p>—Te voy presentar en casa de las Minglanillas—le - dijo un día riendo.</p> - -<p>—¿Quiénes son las Minglanillas?—preguntó - Hurtado.</p> - -<p>—Unas chicas amigas mías.</p> - -<p>—¿Se llaman así?</p> - -<p>—No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo - la madre, parece un personaje de Taboada.</p> - -<p>—¿Y qué son?</p> - -<p>—Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. - Niní y Lulú. Yo estoy arreglado con Niní, - con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.</p> - -<p>—¿Pero arreglado hasta qué punto estás con - ella?</p> - -<p>—Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los - dos a un rincón de la calle de Cervantes, que yo - conozco, y que te lo recomendaré cuando lo necesites.</p> - -<p>—¿Te vas a casar con ella después?</p> - -<p>—¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.</p> - -<p>—Pero has inutilizado a la muchacha.</p> - -<p>—¡Yo! ¡Qué estupidez!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<p>—¿Pues no es tu querida?</p> - -<p>—¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?</p> - -<p>—Sin embargo...</p> - -<p>—¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse. - Si tú puedes hacer lo mismo, serás un - tonto si no lo haces.</p> - -<p>A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; - pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y - fué una tarde con Julio a verla.</p> - -<p>Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del - Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de - vecindad y galerías llenas de puertas.</p> - -<p>Había en casa de la viuda un ambiente de miseria - bastante triste; la madre y las hijas llevaban - trajes raídos y remendados; los muebles - eran pobres, menos alguno que otro indicador - de ciertos esplendores pasados; las sillas estaban - destripadas y en los agujeros de la estera se metía - el pie al pasar.</p> - -<p>La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática; - tenía la cara amarillenta, de color de membrillo; - la expresión dura, falsamente amable; la - nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y - la sonrisa forzada.</p> - -<p>La buena señora manifestaba unas ínfulas - aristocráticas grotescas, y recordaba los tiempos - en que su marido había sido subsecretario e iba - la familia a veranear a San Juan de Luz. El que - las chicas se llamaran Niní y Lulú procedía de - <span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> - la niñera que tuvieron por primera vez, una - francesa.</p> - -<p>Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña - Leonarda evocaba accionando con el abanico - cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner - los ojos en blanco y suspirar tristemente.</p> - -<p>Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a - charlar con Niní, y Andrés sostuvo la conversación - con Lulú y con su madre.</p> - -<p>Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita; - tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados - por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés - le parecieron muy humanos; la distancia de - la nariz a la boca y de la boca a la barba era en - ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto - simio: la frente pequeña, la boca, de labios - finos, con una sonrisa entre irónica y amarga; - los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un - poco respingona, y la cara pálida, de mal color.</p> - -<p>Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía - e ingenio de sobra; pero le faltaba el atractivo - principal de una muchacha: la ingenuidad, - la frescura, la candidez. Era un producto marchito - por el trabajo, por la miseria y por la inteligencia. - Sus diez y ocho años no parecían juventud.</p> - -<p>Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y - sobre todo menos espirituales, era más mujer, tenía - deseo de agradar, hipocresía, disimulo. El esfuerzo - constante hecho por Niní para presentarse - <span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> - como ingenua y cándida, le daba un carácter más - femenino, más corriente también y vulgar.</p> - -<p>Andrés quedó convencido de que la madre conocía - las verdaderas relaciones de Julio y de su - hija Niní. Sin duda ella misma había dejado que - la chica se comprometiera, pensando que luego - Aracil no la abandonaría.</p> - -<p>A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, - como Julio, de la miseria de la familia para hacer - de Niní su querida, con la idea de abandonarla - cuando le conviniera, le parecía una mala acción.</p> - -<p>Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto - de las intenciones de Julio, hubiese ido a - casa de doña Leonarda sin molestia; pero tener la - seguridad de que un día los amores de su amigo - acabarían con una pequeña tragedia de lloros y - de lamentos, en que doña Leonarda chillaría y a - Niní le darían soponcios, era una perspectiva que - le disgustaba.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p> - - -<h3>II<br /> - UNA CACHUPINADA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Antes</span> de Carnaval, Julio Aracil le dijo a - Hurtado:</p> - -<p>—¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las - Minglanillas.</p> - -<p>—¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?</p> - -<p>—El domingo de Carnaval. El petróleo para la - luz y las pastas, el alquiler del piano y el pianista, - se pagarán entre todos. De manera que si tú - quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.</p> - -<p>—Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay - que pagar?</p> - -<p>—Ya te lo diré uno de estos días.</p> - -<p>—¿Quiénes van a ir?</p> - -<p>—Pues irán algunas muchachas de la vecindad, - con sus novios; Casares, ese periodista amigo - mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá - chicas guapas.</p> - -<p>El domingo de Carnaval, después de salir de - guardia del hospital, fué Hurtado al baile. Eran - ya las once de la noche. El sereno le abrió la - puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; - la había hasta en la escalera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p> - -<p>Al entrar Andrés se encontró a Julio en un - grupo de jóvenes a quienes no conocía. Julio le - presentó a un sainetero, un hombre estúpido y - fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar - sin duda su profesión, dijo unos cuantos - chistes, a cual más conocidos y vulgares. - También le presentó a Antoñito Casares, empleado - y periodista, hombre de gran partido entre - las mujeres.</p> - -<p>Antoñito era un andaluz con una moral de - chulo; se figuraba que dejar pasar a una mujer - sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares - toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, - una contribución, una gabela.</p> - -<p>Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: - unas las pobres, para divertirse, y otra las - ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, - a ser posible.</p> - -<p>Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia - de anglo-sajón. Como tenía buen aspecto - y vestía bien, al principio las muchachas a quien - se dirigía le acogían como a un pretendiente - aceptable. El audaz trataba de ganar terreno; - hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba - la calle. A esto llamaba él <em>trabajar</em> a una mujer. - La muchacha, mientras consideraba al galanteador - como un buen partido, no le rechazaba; - pero cuando se enteraba de que era un empleadillo - humilde, un periodista, desconocido y gorrón, - ya no le volvía a mirar a la cara.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p> - -<p>Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por - Casares, a quien consideraba como un compadre - digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente - para subir en la vida.</p> - -<p>Cuando comenzaron a tocar el piano todos los - muchachos se lanzaron en busca de pareja.</p> - -<p>—¿Tú sabes bailar?—le preguntó Aracil a Hurtado.</p> - -<p>—Yo no.</p> - -<p>—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco - quiere bailar, y trátala con consideración.</p> - -<p>—¿Por qué me dices esto?</p> - -<p>—Porque hace un momento—añadió Julio con - ironía—doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas - hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito, - como si fueran vírgenes.</p> - -<p>Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre - de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado - y canalla.</p> - -<p>Andrés fué abriéndose paso. Había varios - quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete. - En el comedorcito, la mesa ofrecía a los - concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas - de vino blanco. Entre las muchachas que - más sensación producían en el baile había una - rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía - su historia. Un señor rico que la rondaba se la - llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después - la rubia se escapó del hotel, huyendo del - raptor, que al parecer era un sátiro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p> - -<p>Toda la familia de la muchacha tenía cierto - estigma de anormalidad. El padre, un venerable - anciano por su aspecto, había tenido un proceso - por violar a una niña, y un hermano de la rubia, - después de disparar dos tiros a su mujer, intentó - suicidarse.</p> - -<p>A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la - distinguían casi todas las vecinas con un odio - furioso.</p> - -<p>Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el - balcón, para que rabiaran las muchachas de la - vecindad, medias negras caladas, camisas de - seda llenas de lacitos y otra porción de prendas - interiores lujosas y espléndidas que no podían - proceder más que de un comercio poco honorable.</p> - -<p>Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran - con aquella muchacha; según decía, ella - no podía sancionar amistades de cierto género.</p> - -<p>La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o - trece años, era muy bonita, muy descocada, y - seguía, sin duda, las huellas de la mayor.</p> - -<p>—¡Esta <em>peque</em> de la vecindad es más sinvergüenza!—dijo - una vieja detrás de Andrés, señalando - a la Elvira.</p> - -<p>La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo - la diosa Venus, y al moverse, sus caderas - y su pecho abultado, se destacaban de una manera - un poco insultante.</p> - -<p>Casares, al verla pasar, la decía:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p> - -<p>—¡Vaya usted con Dios, guerrera!</p> - -<p>Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse - cerca de Lulú.</p> - -<p>—Muy tarde ha venido usted—le dijo ella.</p> - -<p>—Sí, he estado de media guardia en el hospital.</p> - -<p>—¿Qué, no va usted a bailar?</p> - -<p>—Yo no sé.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No. ¿Y usted?</p> - -<p>—Yo no tengo ganas. Me mareo.</p> - -<p>Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.</p> - -<p>—Oiga usted, negra—la dijo.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted, blanco?—le preguntó - ella con descaro.</p> - -<p>—¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—Porque no me sale... de adentro—contestó - ella de una manera achulada.</p> - -<p>—Tiene usted mala sangre, negra—le dijo Casares.</p> - -<p>—Sí, que usted la debe tener buena, blanco—replicó - ella.</p> - -<p>—¿Por qué no ha querido usted bailar con - él?—le preguntó Andrés.</p> - -<p>—Porque es un boceras; un tío antipático, que - cree que todas las mujeres están enamoradas de - él. ¡Que se vaya a paseo!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p> - -<p>Siguió el baile con animación creciente y Andrés - permaneció sin hablar al lado de Lulú.</p> - -<p>—Me hace usted mucha gracia—dijo ella de - pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión - de una alimaña.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó Andrés, enrojeciendo - súbitamente.</p> - -<p>—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda - conmigo? ¿Sí, verdad?</p> - -<p>—No, no me ha dicho nada.</p> - -<p>—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es - demasiado delicado para confesarlo. A él le parece - eso muy natural. Se tiene una novia pobre, - una señorita cursi como nosotras para entretenerse, - y después se busca una mujer que tenga algún - dinero para casarse.</p> - -<p>—No creo que esa sea su intención.</p> - -<p>—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que - no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe - la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un - egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre - y a mi hermana... y total, ¿para qué?</p> - -<p>—No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo - haría.</p> - -<p>—Usted no, porque usted es de otra manera... - Además, en usted no hay caso, porque no se va - a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Porque no.</p> - -<p>Ella comprendía que no gustara a los hombres.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> - -<p>A ella misma le gustaban más las chicas, y no es - que tuviera instintos viciosos; pero la verdad era - que no le hacían impresión los hombres.</p> - -<p>Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor - han puesto sobre todos los motivos de la vida - sexual, se había desgarrado demasiado pronto - para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y - el hombre en una época en que su instinto nada - le decía, y esto le había producido una mezcla de - indiferencia y de repulsión por todas las cosas - del amor.</p> - -<p>Andrés pensó que esta repulsión provenía más - que nada de la miseria orgánica, de la falta de - alimentación y de aire.</p> - -<p>Lulú le confesó que estaba deseando morirse, - de verdad, sin romanticismo alguno; creía que - nunca llegaría a vivir bien.</p> - -<p>La conversación les hizo muy amigos a Andrés - y a Lulú.</p> - -<p>A las doce y media hubo que terminar el baile. - Era condición indispensable, fijada por doña - Leonarda; las muchachas tenían que trabajar al - día siguiente, y por más que todo el mundo pidió - que se continuara, doña Leonarda fué inflexible, - y para la una estaba ya despejada la casa.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span></p> - - -<h3>III<br /> -LAS MOSCAS</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Andrés</span> salió a la calle con un grupo de hombres.</p> - -<p>Hacía un frío intenso.</p> - -<p>—¿Adónde iríamos?—preguntó Julio.</p> - -<p>—Vamos a casa de doña Virginia—propuso - Casares—. ¿Ustedes la conocerán?</p> - -<p>—Yo sí la conozco—contestó Aracil.</p> - -<p>Se acercaron a una casa próxima, de la misma - calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En - un balcón del piso principal se leía este letrero a - la luz de un farol:</p> - -<p class="tdc p2"> - VIRGINIA GARCÍA<br/> - <br/> - <span class="smcap">Comadrona con título del colegio<br/> -de san carlos</span><br/> - <br/> - (<i lang="fr" xml:lang="fr">Sage femme.</i>)<br/> -</p> - -<p class="p2">—No se ha debido acostar, porque hay luz—dijo - Casares.</p> - -<p>Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, - y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles - <span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> - una criada vieja que les pasó a un comedor - en donde estaba la comadrona sentada a una - mesa con dos hombres. Tenían delante una botella - de vino y tres vasos.</p> - -<p>Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, - con una cara de angelito de Rubens que llevara - cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo. - Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de - un cochinillo asado y unos lunares en el mentón - que le hacían parecer una mujer barbuda.</p> - -<p>Andrés la conocía de vista por haberla encontrado - en San Carlos en la clínica de partos, ataviada - con unos trajes claros y unos sombreros de - niña bastante ridículos.</p> - -<p>De los dos hombres, uno era el amante de la - comadrona. Doña Virginia le presentó como un - italiano profesor de idiomas de un colegio. Este - señor, por lo que habló, daba la impresión de - esos personajes que han viajado por el extranjero - viviendo en hoteles de dos francos y que luego - ya no se pueden acostumbrar a la falta de <i lang="fr" xml:lang="fr">confort</i> - de España.</p> - -<p>El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra - y anteojos, era nada menos que el director de la - revista <cite>El Masón Ilustrado</cite>.</p> - -<p>Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel - día estaba de guardia, cuidando a una parturiente. - La comadrona tenía una casa bastante grande - con unos gabinetes misteriosos que daban a la - calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas, - <span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> - hijas de familia, a las cuales, un mal paso - dejaba en situación comprometida.</p> - -<p>Doña Virginia pretendía demostrar que era de - una exquisita sensibilidad.</p> - -<p>—¡Pobrecitas!—decía de sus huéspedas—. - ¡Qué malos son ustedes los hombres!</p> - -<p>A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.</p> - -<p>En vista de que no podían quedarse allí, salió - todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos - pasos se encontraron con un muchacho, sobrino - de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando - a una chulapa con la que pensaba ir al - baile de la Zarzuela.</p> - -<p>—¡Hola, Victorio!—le saludó Aracil.</p> - -<p>—¡Hola, Julio!—contestó el otro—. ¿Qué tal? - ¿De dónde salen ustedes?</p> - -<p>—De aquí; de casa de doña Virginia.</p> - -<p>—¡Valiente tía! Es una explotadora de esas - pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.</p> - -<p>¡Un prestamista llamando explotadora a una - comadrona! Indudablemente, el caso no era del - todo vulgar.</p> - -<p>El director de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, que se - reunió con Andrés, le dijo con aire grave que - doña Virginia era una mujer de cuidado; había - echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; - no le asustaba nada. Hacía abortar, - suprimía chicos, secuestraba muchachas y las - vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar - <span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> - masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para - ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera - un niño.</p> - -<p>En estos negocios de abortos y de tercerías - manifestaba una audacia enorme. Como esas - moscas sarcófagas que van a los animales despedazados - y a las carnes muertas, así aparecía - doña Virginia con sus palabras amables, allí - donde olfateaba la familia arruinada a quien - arrastraban al <i lang="la" xml:lang="la">spoliarium</i>.</p> - -<p>El italiano, aseguró el director de <cite>El Masón - Ilustrado</cite>, no era profesor de idiomas ni mucho - menos, sino un cómplice en los negocios nefandos - de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, - era porque había andado durante mucho tiempo - de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles.</p> - -<p>Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de - San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les - invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero - Aracil y Casares supusieron que Victorio no les - querría pagar la entrada, y dijeron que no.</p> - -<p>—Vamos a hacer una cosa—propuso el sainetero - amigo de Casares.</p> - -<p>—¿Qué?—preguntó Julio.</p> - -<p>—Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido - del teatro ahora.</p> - -<p>Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor - dramático que tenía dos hijas coristas. Este - Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p> - -<p>Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron - pasteles en la calle del Carmen esquina a la del - Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo Domingo, - y se detuvieron delante de una casa - grande.</p> - -<p>—Aquí no alborotemos—advirtió el sainetero, - porque el sereno no nos abriría.</p> - -<p>Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, - y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director - de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, comenzaron a subir - una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, - alumbrándose con fósforos.</p> - -<p>Llamaron en una puerta, apareció una muchacha - que les hizo pasar a un estudio de pintor y - poco después se presentó un señor de barba y - pelo entrecano, envuelto en un gabán.</p> - -<p>Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo - autor de comedias y de dramas detestables en - verso.</p> - -<p>El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en - artista, en bohemio; era en el fondo un completo - majadero, que había echado a perder a sus hijas - por un estúpido romanticismo.</p> - -<p>Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; - ninguna de las dos tenía condición para la - escena; pero el padre no creía más que en el arte, - y las había llevado al Conservatorio, luego metido - en un teatro de partiquinas y relacionado con - periodistas y cómicos.</p> - -<p>Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero - <span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> - amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada - con un revendedor.</p> - -<p>El amante de Pura, además de un acreditado - imbécil, fabricante de chistes estúpidos, como la - mayoría de los del gremio, era un granuja, dispuesto - a llevarse todo lo que veía. Aquella noche - estaba allí. Era un hombre alto, flaco, moreno, - con el labio inferior colgante.</p> - -<p>Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, - sacando a relucir una colección de chistes viejos - y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil - y el director de <cite>El Masón Ilustrado</cite>, tomaron la - casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron - una porción de horrores con una mala intención - canallesca.</p> - -<p>Se reían de la chifladura del padre, que creía - que todo aquello era la vida artística. El pobre - imbécil no notaba la mala voluntad que ponían - todos en sus bromas.</p> - -<p>Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron - con avidez los pasteles que habían llevado - los visitantes, sin hacer caso de nada.</p> - -<p>Uno de los saineteros hizo el león, tirándose - por el suelo y rugiendo, y el padre leyó unas - quintillas que se aplaudieron a rabiar.</p> - -<p>Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de - los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso - de agua y se encontró con Casares y el director - de <cite>El Masón Ilustrado</cite>. Este estaba empeñado - <span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> - en ensuciarse en uno de los pucheros de la cocina - y echarlo luego en la tinaja del agua.</p> - -<p>Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.</p> - -<p>—Pero usted es un imbécil—le dijo Andrés - bruscamente.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Que es usted un imbécil, una mala bestia.</p> - -<p>—¡Usted no me dice a mí eso!—gritó el masón.</p> - -<p>—¿No está usted oyendo que se lo digo?</p> - -<p>—En la calle no me repite usted eso.</p> - -<p>—En la calle y en todas partes.</p> - -<p>Casares tuvo que intervenir, y como sin duda - quería marcharse, aprovechó la ocasión de acompañar - a Hurtado diciendo que iba para evitar - cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, - y el periodista y Andrés fueron juntos hasta - la Puerta del Sol. Casares le brindó su protección - a Andrés; sin duda, prometía protección y - ayuda a todo el mundo.</p> - -<p>Hurtado se marchó a casa mal impresionado. - Doña Virginia, explotando y vendiendo mujeres; - aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre - gente desdichada. La piedad no aparecía por el - mundo.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - - -<h3>IV<br /> - LULÚ</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">La</span> conversación que tuvo en el baile con Lulú, - dió a Hurtado el deseo de intimar algo más - con la muchacha.</p> - -<p>Realmente la chica era simpática y graciosa. - Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que - otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en - dos rayitas, lo que le daba una gran expresión - de malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de - los labios para arriba, y su cara tomaba un aire - satírico y agudo.</p> - -<p>No se mordía la lengua para hablar. Decía - habitualmente horrores. No había en ella dique - para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba - a lo más escabroso, una expresión de cinismo - brillaba en sus ojos.</p> - -<p>El primer día que fué Andrés a ver a Lulú - después del baile, contó su visita a casa de doña - Virginia.</p> - -<p>—¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?—preguntó - Lulú.</p> - -<p>—Sí</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p> - -<p>—Valiente tía cerda.</p> - -<p>—Niña—exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones - son esas?</p> - -<p>—¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo - peor?</p> - -<p>—¡Jesús! ¡Qué palabras!</p> - -<p>—A mí me vino un día—siguió diciendo - Lulú—preguntándome si quería ir con ella a casa - de un viejo. ¡Qué tía guarra!</p> - -<p>A Hurtado le asombraba la mordacidad de - Lulú. No tenía ese repertorio vulgar de chistes - oídos en el teatro; en ella todo era callejero, popular.</p> - -<p>Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, - sólo para oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer - inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas - que viven trabajando en las grandes ciudades, - con una aspiración mayor por ver, por - enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres - sensuales.</p> - -<p>A Hurtado le sorprendía; pero no le producía - la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera - sido imposible para él pensar que pudiera llegar - a tener con Lulú más que una cordial amistad.</p> - -<p>Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, - y solía ganar hasta tres pesetas al día. Con - esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda, - vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, - aunque trabajaba, era torpe.</p> - -<p>Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba - <span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> - a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas - veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.</p> - -<p>Lulú cogía rápidamente las canciones de la - calle y las cantaba con una picardía admirable. - Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra - grotesca, eran las que más le gustaban.</p> - -<p>El tango aquel que empieza diciendo:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Un cocinero de Cádiz, muy afamado,</div> -<div class="line">a las mujeres las compara con el guisado</div> -</div></div></div> - -<p>y esos otros en que las mujeres entran en quinta, - o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?, - o el de las mujeres que montan en bicicleta, en - el que hay esa preocupación graciosa, expresada - así:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">Por eso hay ahora</div> -<div class="line i1">mil discusiones,</div> -<div class="line">por si han de llevar faldas</div> -<div class="line i1">o pantalones.</div> -</div></div></div> - -<p>Todas estas canciones populares las cantaba - con muchísima gracia.</p> - -<p>A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios - llenos de pensamientos de las chicas inquietas - y neuróticas. En aquellos instantes sus ideas - parecían converger hacia adentro, y la fuerza de - la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban - de pronto, mientras estaba ensimismada, se ruborizaba - y se confundía.</p> - -<p>—No sé lo que anda maquinando cuando está - así—decía su madre—; pero no debe ser nada - bueno.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span></p> - -<p>Lulú le contó a Andrés que de chica había - pasado una larga temporada sin querer hablar. - En aquella época el hablar le producía una gran - tristeza, y desde entonces le quedaban estos - arrechuchos.</p> - -<p>Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se - largaba a la calle a comprar algo en la mercería - próxima, y contestaba a las frases de los horteras - de la manera más procaz y descarada.</p> - -<p>Este poco apego a defender los intereses de la - clase les parecía a doña Leonarda y a Niní una - verdadera vergüenza.</p> - -<p>—Ten en cuenta que tu padre fué un personaje—decía - doña Leonarda con énfasis.</p> - -<p>—Y nosotras nos morimos de hambre—replicaba - Lulú.</p> - -<p>Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban - la labor, Lulú se metía en algún rincón, apoyándose - en varios sitios al mismo tiempo. Así como - encajonada, en un espacio estrecho, formado por - dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario - del comedor, se ponía a hablar con su habitual - cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. - Todo lo que fuera deforme en un sentido - humano la regocijaba. Estaba acostumbrada a no - guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener - amigas de su edad, porque le gustaba espantar - a las mojigatas con barbaridades; en cambio, - era buena para los viejos y para los enfermos, - comprendía sus manías, sus egoísmos, y se reía - <span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> - de ellos. Era también servicial; no le molestaba - andar con un chico sucio en brazos o cuidar de - una vieja enferma de la guardilla.</p> - -<p>A veces, Andrés la encontraba más deprimida - que de ordinario; entre aquellos parapetos de sillas - viejas solía estar con la cabeza apoyada en - la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando - fijamente el techo o alguno de los agujeros - de la estera.</p> - -<p>Otras veces se ponía a cantar la misma canción - sin parar.</p> - -<p>—Pero, muchacha, ¡cállate!—decía su madre—. - Me tienes loca con ese estribillo.</p> - -<p>Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía - con la canción.</p> - -<p>A veces iba por la casa un amigo del marido - de doña Leonarda, don Prudencio González.</p> - -<p>Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen - abultado. Gastaba levita negra, chaleco blanco, - del que colgaba la cadena del reloj llena de - dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el - bigote corto y pintado y la cara roja. Hablaba con - acento andaluz y tomaba posturas académicas en - la conversación.</p> - -<p>El día que iba don Prudencio, doña Leonarda - se multiplicaba.</p> - -<p>—Usted, que ha conocido a mi marido—decía - con voz lacrimosa—. Usted, que nos ha visto en - otra posición.</p> - -<p>Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los - ojos de los esplendores pasados.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p> - -<h3>V<br /> - MÁS DE LULÚ</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Algunos</span> días de fiesta, por la tarde, Andrés - acompañó a Lulú y a su madre a dar un - paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.</p> - -<p>El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más - popular y estar cerca de su casa, y por aquel - olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.</p> - -<p>—Porque es usted, le dejo que acompañe a - Lulú—decía doña Leonarda, con cierto retintín.</p> - -<p>—Bueno, bueno, mamá—replicaba Lulú—. - Todo eso está de más.</p> - -<p>En el Botánico se sentaban en algún banco, y - charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones, - sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la - infancia estaban muy grabados en su imaginación.</p> - -<p>—¡Me da una pena pensar en cuando era chica!—decía.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Vivía usted bien?—le preguntaba - Hurtado.</p> - -<p>—No, no; pero me da mucha pena.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span></p> - -<p>Contaba Lulú que de niña la pegaban para que - no comiera el yeso de las paredes y los periódicos. - En aquella época había tenido jaquecas, ataques - de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que - no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco - desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha - una barbaridad de tiempo, como se encontraba - tan cansada, que el menor esfuerzo la - rendía.</p> - -<p>Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su - manera de ser espiritual y material. Lulú era muy - arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías - sin razón alguna.</p> - -<p>No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos - calientes; sólo le apetecían cosas frías, - picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...</p> - -<p>—¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo - consentiría a usted—le decía Andrés.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues diga usted que es mi primo.</p> - -<p>—Usted ríase—contestaba Andrés—; pero yo - la metería en cintura.</p> - -<p>—¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!—contestaba - ella, cantando descaradamente.</p> - -<p>Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si - hubiese conocido más y podido comparar, hubiera - llegado a sentir estimación por Lulú.</p> - -<p>En el fondo de su falta de ilusión y de moral, - al menos de moral corriente, tenía esta muchacha - <span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> - una idea muy humana y muy noble de las - cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni - los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le - molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe. - Sentía un gran deseo de lealtad.</p> - -<p>Decía que si un hombre la pretendía, y ella - viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera - rico o pobre, soltero o casado.</p> - -<p>Tal afirmación parecía una monstruosidad, una - indecencia a Niní y a doña Leonarda. Lulú no - aceptaba derechos ni prácticas sociales.</p> - -<p>—Cada cual debe hacer lo que quiera—decía.</p> - -<p>El desenfado inicial de su vida le daba un valor - para opinar muy grande.</p> - -<p>—¿De veras se iría usted con un hombre?—le - preguntaba Andrés.</p> - -<p>—Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque - me pegara después.</p> - -<p>—¿Sin casarse?</p> - -<p>—Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres - años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no - me lo quitaba nadie.</p> - -<p>—¿Y luego?...</p> - -<p>—Luego seguiría trabajando como ahora, o me - envenenaría.</p> - -<p>Esta tendencia al final trágico era muy frecuente - en Lulú; sin duda le atraía la idea de acabar, - y de acabar de una manera melodramática. - Decía que no le gustaría llegar a vieja.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span></p> - -<p>En su franqueza extraordinaria, hablaba con - cinismo. Un día le dijo a Andrés:</p> - -<p>—Ya ve usted: hace unos años estuve a punto - de perder la honra, como decimos las mujeres.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó Andrés, asombrado, - al oir esta revelación.</p> - -<p>—Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. - Yo tenía doce años. Y gracias que llevaba - pantalones y empecé a chillar; si no... estaría - deshonrada—añadió con voz campanuda.</p> - -<p>—Parece que la idea no le espanta a usted - mucho.</p> - -<p>—Para una mujer que no es guapa, como yo, - y que tiene que estar siempre trabajando, como - yo, la cosa no tiene gran importancia.</p> - -<p>¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad - y de análisis de Lulú?—se preguntaba - Andrés—. ¿Era espontánea, era sentida, o había - algo de ostentación para parecer original? Difícil - era averiguarlo.</p> - -<p>Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés - convidaban a Lulú, a Niní y a su madre a ir a - algún teatro, y después entraban en un café.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span></p> - -<h3>VI<br /> - MANOLO EL CHAFANDÍN</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Una</span> amiga, con la cual solía prestarse mutuos - servicios Lulú, era una vieja, planchadora - de la vecindad, que se llamaba Venancia.</p> - -<p>La señora Venancia tendría unos sesenta años, - y trabajaba constantemente; invierno y verano - estaba en su cuartucho, sin cesar de planchar un - momento. La señora Venancia vivía con su hija - y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo - el Chafandín.</p> - -<p>El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de - ninguno, no trabajaba más que rara vez, y vivía - a costa de la suegra.</p> - -<p>Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último - era una niña de pecho que solía estar con frecuencia - metida en un cesto en el cuarto de la señora - Venancia, y a quien Lulú solía pasear en - brazos por la galería.</p> - -<p>—¿Qué va a ser esta niña?—preguntaban algunos.</p> - -<p>Y Lulú contestaba:</p> - -<p>—Golfa, golfa—u otra palabra más dura, y - <span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span> - añadía: Así la llevarán en coche, como a la Estrella.</p> - -<p>La hija de la señora Venancia era una vaca sin - cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la - vida disputando con las comadres de la vecindad. - Como a Manolo, su hombre, no le gustaba - trabajar, toda la familia vivía a costa de la señora - Venancia, y el dinero del taller de planchado - no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades - de la casa.</p> - -<p>Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la - mujer de Manolo siempre salía a la defensa del - marido, como si este holgazán tuviera derecho a - vivir del trabajo de los demás.</p> - -<p>Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la - hija atropellaba a la madre, salió en defensa de - la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo; - la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió - que su marido era un cabronazo; la otra le dijo - que ella y toda su familia eran unas cursis muertas - de hambre, y gracias a que se interpusieron - otras vecinas, no se tiraron de los pelos.</p> - -<p>Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, - porque Manolo el Chafandín, que era un chulo - aburrido, de estos cobardes, decidió pedir explicaciones - a Lulú de sus palabras.</p> - -<p>Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, - se escandalizaron. Doña Leonarda echó una chillería - a Lulú por mezclarse con aquella gente.</p> - -<p>Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que - <span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> - para las cosas que se referían a su respetabilidad - social.</p> - -<p>—Estás empeñada en ultrajarnos—dijo a Lulú - medio llorando—. ¿Qué vamos a hacer, Dios mío, - cuando venga ese hombre?</p> - -<p>—Que venga—replicó Lulú—; yo le diré que - es un gandul y que más le valía trabajar y no vivir - de su suegra.</p> - -<p>—¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los - demás? ¿Por qué te mezclas con esa gente?</p> - -<p>Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y - doña Leonarda les puso al corriente de lo ocurrido.</p> - -<p>—Qué demonio; no les pasará a ustedes nada—dijo - Andrés—; aquí estaremos nosotros.</p> - -<p>Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada - del Chafandín, se hubiera marchado con - gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por - no pasar por un cobarde, se quedó.</p> - -<p>A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó - decir:</p> - -<p>—¿Se puede?</p> - -<p>—Adelante—dijo Andrés.</p> - -<p>Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de - día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado, - con un sombrero ancho torero y una gran cadena - de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro - y rizado trazaba tantas vueltas como el muelle - de un reloj de bolsillo. Doña Leonarda y Niní - <span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> - temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron - a explicarse.</p> - -<p>El Chafandín puso su garrota en el antebrazo - izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones - y consideraciones acerca de la honra - y de las palabras que se dicen imprudentemente.</p> - -<p>Se veía que estaba sondeando a ver si se podía - atrever a echárselas de valiente, porque aquellos - señoritos lo mismo podían ser dos panolis - que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.</p> - -<p>Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos - y las piernas, dispuesta a saltar.</p> - -<p>El Chafandín comenzó a envalentonarse al - ver que no le contestaban, y subió el tono de la - voz.</p> - -<p>—Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) - le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora - no es una zorra; habrá otras más zorras que ella, - y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que - yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo - le como los hígados al que diga eso.</p> - -<p>Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe - con el garrote en el suelo.</p> - -<p>Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, - un poco pálido, se levantó y le dijo:</p> - -<p>—Bueno; siéntese usted.</p> - -<p>—Estoy bien así—dijo el chulo.</p> - -<p>—No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando - <span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span> - desde hace mucho tiempo, de pie, y se - va usted a cansar.</p> - -<p>Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.</p> - -<p>—Ahora, diga usted—siguió diciendo Andrés—qué - es lo que usted quiere, en resumen.</p> - -<p>—¿En resumen?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues yo quiero una explicación.</p> - -<p>—Una explicación, ¿de qué?</p> - -<p>—De las palabras que ha dicho aquí (y volvió - a señalar a Lulú) contra mi señora y contra este - servidor.</p> - -<p>—Vamos, hombre, no sea usted imbécil.</p> - -<p>—Yo no soy imbécil.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que diga esta señorita? - ¿Que su mujer no es una zorra, ni una borracha, - ni un perro, y que usted no es un cabronazo? - Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen - hombre se vaya tranquilo.</p> - -<p>—A mí ningún pollo neque me toma el pelo—dijo - el Chafandín, levantándose.</p> - -<p>—Yo lo que voy a hacer—dijo Andrés irritado—es - darle un silletazo en la cabeza y echarle a - puntapiés por las escaleras.</p> - -<p>—¿Usted?</p> - -<p>—Sí; yo.</p> - -<p>Y Andrés se acercó al chulo con la silla en - el aire. Doña Leonarda y sus hijas empezaron a - gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la - puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el - <span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> - Chafandín cerró la puerta y se escapó por la galería, - soltando bravatas e insultos.</p> - -<p>Andrés quería salir a calentarle las costillas - para enseñarle a tratar a las personas; pero entre - las mujeres y Julio le convencieron de que se - quedara.</p> - -<p>Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, - dispuesta a intervenir. Cuando Andrés se despidió, - le estrechó la mano entre las suyas con más - fuerza que de ordinario.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p> - -<h3>VII<br /> - HISTORIA DE LA VENANCIA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">La</span> escena bufa con Manolo el Chafandín hizo - que en la casa de doña Leonarda se le considerara - a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó - un día al taller de la Venancia. La Venancia - era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras; - se pasaba el día sin descansar un momento.</p> - -<p>Tenía una vida curiosa. De joven había estado - de doncella en varias casas, hasta que murió su - última señora y dejó de servir.</p> - -<p>La idea del mundo de la Venancia era un - poco caprichosa. Para ella el rico, sobre todo el - aristócrata, pertenecía a una clase superior a la - humana.</p> - -<p>Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, - a la inmoralidad, al egoísmo; estaba como por - encima de la moral corriente. Una pobre como - ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una - cosa monstruosa; pero esto mismo en una señorona - lo encontraba disculpable.</p> - -<p>A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña, - <span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> - por la cual el que posee salud, fuerza, belleza - y privilegios tiene más derecho a otras ventajas - que el que no conoce más que la enfermedad, - la debilidad, lo feo y lo sucio.</p> - -<p>Aunque no se sabe la garantía científica que - tenga, hay en el cielo católico, según la gente, - un santo, San Pascual Bailón, que baila delante - del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. - Si uno tiene suerte, le da más, más, más; si tiene - desgracias le da también más, más, más. Esta - filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.</p> - -<p>La señora Venancia, mientras planchaba, contaba - historias de sus amos. Andrés fué a oirla - con gusto.</p> - -<p>La primera ama donde sirvió la Venancia era - una mujer caprichosa y loca, de un humor endiablado; - pegaba a los hijos, al marido, a los - criados y le gustaba enemistar a sus amigos.</p> - -<p>Una de las maniobras que empleaba era hacer - que uno se escondiera detrás de una cortina - al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para - que hablase mal del que estaba escondido y le - oyese.</p> - -<p>La dama obligaba a su hija mayor a vestirse - de una manera pobre y ridícula, con el objeto - de que nadie se fijara en ella. Llegó en su maldad - hasta esconder unos cubiertos en el jardín - y acusar a un criado de ladrón y hacer que lo - llevaran a la cárcel.</p> - -<p>Una vez en esta casa, la Venancia velaba a - <span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> - uno de los hijos de la señora que se encontraba - muy grave. El niño estaba en la agonía, y a eso - de las diez de la noche murió. La Venancia fué - llorando a avisar a su señora lo que ocurría, y se - la encontró vestida para un baile. Le dió la triste - noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. - La señora se fué al baile, y cuando volvió - comenzó a llorar, haciéndose la desesperada.</p> - -<p>—¡Qué loba!—dijo Lulú al oir la narración.</p> - -<p>De esta casa la señora Venancia había pasado - a otra de una duquesa muy guapa, muy generosa, - pero de un desenfreno terrible.</p> - -<p>Aquella tenía los amantes a pares—dijo la Venancia—. - Muchas veces iba a la iglesia de Jesús - con un hábito de estameña parda, y pasaba allí - horas y horas rezando, y a la salida la esperaba - su amante en coche y se iba con él.</p> - -<p>—Un día—contó la planchadora—estaba la - duquesa con su querido en la alcoba; yo dormía - en un cuarto próximo que tenía una puerta de - comunicación. De pronto oigo un estrépito de - campanillazos y de golpes. Aquí está el marido—pensé. - Salté de la cama y entré por la puerta - excusada en la habitación de mi señora. El duque, - a quien había abierto algún criado, golpeaba - furioso la puerta de la alcoba; la puerta no tenía - más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a - la menor fuerza; yo la atranqué con el palo de - una cortina. El amante, azorado, no sabía qué - hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le - <span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> - llevé por la puerta excusada, le dí las ropas de - mi marido y le eché a la escalera. Después me - vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba - furioso, con una pistola en la mano, dando golpes - en la puerta de la alcoba. La señora, al oir - mi voz, comprendió que la situación estaba salvada - y abrió la puerta. El duque miró por todos - los rincones, mientras ella le contemplaba tan - tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó - y me besó, y me dijo que se arrepentía de todo - corazón, que en adelante iba a hacer una vida - recatada; pero a los quince días ya tenía otro - amante.</p> - -<p>La Venancia conocía toda la vida íntima del - mundo aristocrático de su época; los sarpullidos - de los brazos y el furor erótico de Isabel II; la - impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, - las costumbres de los aristócratas las sabía - por detalles vistos por sus ojos.</p> - -<p>A Lulú le interesaban estas historias.</p> - -<p>Andrés afirmaba que toda aquella gente era - una sucia morralla, indigna de simpatía y de - piedad; pero la señora Venancia, con su extraña - filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, - decía que todos eran muy buenos, muy caritativos, - que hacían grandes limosnas y remediaban - muchas miserias.</p> - -<p>Algunas veces Andrés trató de convencer a la - planchadora de que el dinero de la gente rica - procedía del trabajo y del sudor de pobres miserables - <span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> - que labraban el campo, en las dehesas y - en los cortijos. Andrés afirmaba que tal estado - de injusticia podía cambiar; pero esto para la señora - Venancia era una fantasía.</p> - -<p>—Así hemos encontrado el mundo y así lo - dejaremos—decía la vieja, convencida de que su - argumento no tenía réplica.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p> - - -<h3>VIII<br /> - OTROS TIPOS DE LA CASA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Una</span> de las cosas características de Lulú era - que tenía reconcentrada su atención en la - vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido - en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía - el menor interés. Mientras trabajaba en su - bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba - entre los vecinos.</p> - -<p>La casa donde vivían, aunque a primera vista - no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban - en ella gran número de familias. Sobre - todo, la población de las guardillas era numerosa - y pintoresca.</p> - -<p>Pasaban por ella una porción de tipos extraños - del hampa y la pobretería madrileña. Una - inquilina de las guardillas, que daba siempre - que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja. - La pobre mujer se emborrachaba y padecía - un delirio alcohólico político, que consistía en - vitorear a la República y en insultar a las autoridades, - a los ministros y a los ricos.</p> - -<p>Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, - <span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> - y la llevaban de cuando a la sombra a pasar - una quincena; pero al salir volvía a las andadas.</p> - -<p>La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, - quería que la dijeran la señora Nieves, - pues así se llamaba.</p> - -<p>Otra vieja rara de la vecindad era la señora - Benjamina, a quien daban el mote de Doña Pitusa. - Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, - de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.</p> - -<p>Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y - a la de Montserrat; decía a todas horas que había - tenido muchas desgracias de familia y pérdidas - de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba - su afición al aguardiente.</p> - -<p>La señora Benjamina recorría medio Madrid - pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas - lacrimosas. Muchas veces, al anochecer, se - ponía en una bocacalle con el velo negro echado - sobre la cara, y sorprendía al transeunte con - una narración trágica, expresada en tonos teatrales; - decía que era viuda de un general; que - acababa de morírsele un hijo de veinte años, el - único sostén de su vida; que no tenía para - amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar - su cadáver.</p> - -<p>El transeunte a veces se estremecía, a veces - replicaba que debía tener muchos hijos de veinte - <span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> - años, cuanto con tanta frecuencia se le moría - uno.</p> - -<p>El hijo verdadero de la Benjamina tenía más - de veinte años; se llamaba el Chuleta, y estaba - empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado, - algo giboso, de aspecto enfermizo, con - unos pelos azafranados en la barba y ojos de - besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba - las historias melodramáticas de su madre. El - Chuleta era un tipo fúnebre; debía ser verdaderamente - desagradable verle en la tienda en medio - de sus ataúdes.</p> - -<p>El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no - se olvidaba de nada; a Manolo el Chafandín le - guardaba un odio insaciable.</p> - -<p>El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el - mismo aspecto de abatimiento y de estupidez - trágica del padre y todos tan mal intencionados - y tan rencorosos como él.</p> - -<p>Había también en las guardillas una casa de - huéspedes de una gallega bizca, tan ancha de - arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía - de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de - disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían - Aracil y Hurtado; un enfermero del Hospital General - y un cesante, a quien llamaban don Cleto.</p> - -<p>Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, - era un hombre bien educado y culto, que había - caído en la miseria. Vivía de algunas caridades - que le hacían los amigos. Era un viejecito bajito - <span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> - y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba - gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin - manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él - mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se - pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna - hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los - pantalones. La Venancia solía plancharle los cuellos - de balde. Don Cleto era un estoico.</p> - -<p>—Yo, con un panecillo al día y unos cuantos - cigarros vivo bien como un príncipe—decía el - pobre.</p> - -<p>Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; - se sentaba en los bancos, entablaba conversación - con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas - colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, - no le gustaba que le sorprendieran en - ciertos trabajos menesteres.</p> - -<p>Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la - calle; la llegada de un príncipe extranjero, el entierro - de un político constituían para él grandes - acontecimientos.</p> - -<p>Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le - decía:</p> - -<p>—¿Ya se va usted, don Cleto?</p> - -<p>—Sí; voy a dar una vueltecita.</p> - -<p>—De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don - Cleto.</p> - -<p>—Ja, ja, ja—reía él—. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué - cosas dicen!</p> - -<p>Otro tipo de la casa muy conocido era el - <span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> - Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo, - droguero, curandero y sanguijuelero. El - Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, - y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, - su hija, una buena moza, muy guapa, a quien - Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo - los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones - de honor, estaba dispuesto, al menos así lo - decía él, a pegarle una puñalada al que intentara - deshonrarle.</p> - -<p>Toda esta gente de la casa pagaba su contribución - en dinero o en especie al tío de Victorio, - el prestamista de la calle de Atocha, llamado don - Martín, y a quien por mal nombre se le conocía - por el tío Miserias.</p> - -<p>El tío Miserias, el personaje más importante - del barrio, vivía en una casa suya de la calle de - la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, - como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos - y una reja en el piso bajo.</p> - -<p>El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado - y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, - en un ojo, lo que hacía su cara más sombría. - Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas - de orillo y una capa larga, que le colgaba - de los hombros como de un perchero.</p> - -<p>Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, - salía muy temprano de su casa y estaba en - la trastienda de su establecimiento, siempre de - vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida - <span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> - delante de un brasero, respirando continuamente - un aire cargado de óxido de carbono.</p> - -<p>Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una - mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don - Martín tenía, además de la tienda de la calle de - Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. - En esta última su negocio principal era - tomar en empeño sábanas y colchones a la gente - pobre.</p> - -<p>Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba - que la sociedad le debía atenciones que le negaba. - Un dependiente, un buen muchacho al parecer, - en quien tenía colocada su confianza, le jugó - una mala pasada. Un día el dependiente cogió - un hacha que tenían en la casa de préstamos - para hacer astillas con que encender el brasero, - y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes - con él, y por poco no le abre la cabeza.</p> - -<p>Después el muchacho, dando por muerto a don - Martín, cogió los cuartos del mostrador y se fué - a una casa de trato de la calle de San José, y allí - le prendieron.</p> - -<p>Don Martín quedó indignado cuando vió que - el Tribunal, aceptando una serie de circunstancias - atenuantes, no condenó al muchacho más - que a unos meses de cárcel.</p> - -<p>—Es un escándalo—decía el usurero pensativo—. - Aquí no se protege a las personas honradas. - No hay benevolencia más que para los criminales.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span></p> - -<p>Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; - a un burrero de la vecindad, porque no le - pagaba unos réditos, le embargó las burras de - leche, y por más que el burrero decía que si no - le dejaba las burras sería más difícil que le pagara, - don Martín no accedió. Hubiera sido capaz - de comerse las burras por aprovecharlas.</p> - -<p>Victorio, el sobrino del prestamista, prometía - ser un gerifalte como el tío, aunque de otra escuela. - El tal Victorio era un Don Juan de casa - de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los - bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas - y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos - en los corazones femeninos. Este joven explotaba - al prestamista. El dinero que el tío Miserias - había arrancado a los desdichados vecinos - pasaba a Victorio, que se lo gastaba con - rumbo.</p> - -<p>A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba - camino de enriquecerse y de acrecentar su - fortuna.</p> - -<p>Victorio era dueño de una chirlata de la calle - del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos, - y de una taberna de la calle del León.</p> - -<p>La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, - porque tenía una tertulia muy productiva. - Varios puntos entendidos con la casa iniciaban - una partida de juego, y cuando había dinero - en la mesa, alguno gritaba:</p> - -<p>—¡Señores, la Policía!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p> - -<p>Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, - mientras que los agentes de Policía conchabados - entraban en el cuarto.</p> - -<p>A pesar de su condición de explotador y de - conquistador de muchachas, la gente del barrio - no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy - natural y lógico lo que hacía.</p> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p> - -<h3>IX<br /> -LA CRUELDAD UNIVERSAL</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Tenía</span> Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente - las vidas de los vecinos de la - casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban - estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana - de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz.</p> - -<p>Al principio de conocerle, Andrés no le trató - a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz - le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba - todo con indiferencia; luego, sin saber a - punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su - sequedad, encontró que era una de las pocas - personas con quien se podía conversar acerca de - puntos transcendentales.</p> - -<p>Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de - Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.</p> - -<p>Le asistía un criado, antiguo soldado de la - época en que Iturrioz fué médico militar.</p> - -<p>Entre amo y criado habían arreglado la azotea, - pintado las tejas con alquitrán, sin duda - para hacerlas impermeables y puesto unas graderías - <span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> - donde estaban escalonados las cajas de - madera y los cubos llenos de tierra donde tenían - sus plantas.</p> - -<p>Aquella mañana en que se presentó Andrés - en casa de Iturrioz, su tío se estaba bañando y - el criado le llevó a la azotea.</p> - -<p>Se veía desde allí el Guadarrama entre dos - casas altas; hacia el Oeste, el tejado del cuartel - de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de - Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la - torre de Móstoles y la carretera de Extremadura, - con unos molinos de viento en sus inmediaciones. - Más al Sur brillaban, al sol de una mañana - de abril, las manchas verdes de los cementerios - de San Isidro y San Justo, las dos torres de Getafe - y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.</p> - -<p>Poco después salía Iturrioz a la azotea.</p> - -<p>—¿Qué, te pasa algo?—le dijo a su sobrino al - verle.</p> - -<p>—Nada; venía a charlar un rato con usted.</p> - -<p>—Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis - tiestos.</p> - -<p>Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo - de la terraza, llenó una cuba y comenzó con - un cacharro a echar agua en las plantas.</p> - -<p>Andrés habló de la gente de la vecindad de - Lulú, de las escenas del hospital, como casos - extraños, dignos de un comentario; de Manolo - el Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de - doña Virginia...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span></p> - -<p>—¿Qué consecuencias puede sacarse de todas - estas vidas?—preguntó Andrés al final.</p> - -<p>—Para mí la consecuencia es fácil—contestó - Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que - la vida es una lucha constante, una cacería cruel - en que nos vamos devorando los unos a los - otros. Plantas, microbios, animales.</p> - -<p>—Si yo también he pensado en eso—repuso - Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente - el concepto de la lucha por la vida - llevada así a los animales, a las plantas y hasta - los minerales, como se hace muchas veces, no es - más que un concepto antropomórfico, después, - ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don - Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese - hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?</p> - -<p>—Te contestaré por partes—repuso Iturrioz - dejando el bote para regar, porque estas discusiones - le apasionaban—. Tú me dices, este concepto - de lucha es un concepto antropomórfico. - Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, - porque es la idea humana que más se aproxima - a esa relación que para nosotros produce un - vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este - concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. - La hiena que monda los huesos de un cadáver, - la araña que sorbe una mosca, no hace más ni - menos que el árbol bondadoso llevándose de la - tierra el agua y las sales necesarias para su vida. - El espectador indiferente, como yo, ve a la hiena, - <span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> - a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre - justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con - la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, - y cree que hace bien.</p> - -<p>—Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay - justicia?</p> - -<p>—En un sentido absoluto, no; en un sentido - relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso - para apoderarse primero del espacio, ocupar un - lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso - de la energía de un vivo contra los obstáculos - del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto - de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo - es lo que nos conviene. Supón, en el ejemplo de - antes, que la hiena, en vez de ser muerta por el - hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre - él y le aplasta, que la araña le hace una picadura - venenosa; pues nada de eso nos parece justo, - porque no nos conviene. A pesar de que en el - fondo no haya más que esto, un interés utilitario - ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad - es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero - cómo la vamos a realizar?</p> - -<p>—Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?</p> - -<p>—¿Hay que indignarse porque una araña mate - a una mosca?—siguió diciendo Iturrioz—. Bueno. - Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? - Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas - comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al - <span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> - hombre esos instintos fieros que te repugnan? - ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: - <i lang="la" xml:lang="la">Homo hominis lupus</i>, el hombre es un lobo para - el hombre? Está bien. En cuatro o cinco mil años - lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de - un carnívoro como el chacal, un omnívoro como - el perro; pero se necesitan muchos siglos para - eso. No sé si habrás leído que Spallanzani había - acostumbrado a una paloma a comer carne y a - un águila a comer y digerir el pan. Ahí tienes el - caso de esos grandes apóstoles religiosos y laicos; - son águilas que se alimentan de pan en vez de - alimentarse de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. - Ahí tienes el caso del hermano Juan...</p> - -<p>—Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.</p> - -<p>—Será un mochuelo o una garduña; pero de - instintos perturbados.</p> - -<p>—Sí, es muy posible—repuso Andrés—; pero - creo que nos hemos desviado de la cuestión; no - veo la consecuencia.</p> - -<p>—La consecuencia, a la que yo iba era ésta, - que ante la vida no hay más que dos soluciones - prácticas para el hombre sereno, o la abstención - y la contemplación indiferente de todo, o la acción - limitándose a un círculo pequeño. Es decir, - que se puede tener el quijotismo contra una anomalía; - pero tenerlo contra una regla general, es - absurdo.</p> - -<p>—De manera que, según usted, el que quiera - <span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> - hacer algo tiene que restringir su acción justiciera - a un medio pequeño.</p> - -<p>—Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar - en tu contemplación la casa, el pueblo, el - país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo - lo muerto; pero si intentas realizar una acción, y - una acción justiciera, tendrás que restringirte - hasta el punto de que todo te vendrá ancho, quizá - hasta la misma conciencia.</p> - -<p>—Es lo que tiene de bueno la filosofía—dijo - Andrés con amargura; le convence a uno de que - lo mejor es no hacer nada.</p> - -<p>Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea - y luego dijo:</p> - -<p>—Es la única objeción que me puedes hacer; - pero no es mía la culpa.</p> - -<p>—Ya lo sé.</p> - -<p>—Ir a un sentido de justicia universal—prosiguió - Iturrioz—es perderse; adaptando el principio - de Fritz Müller de que la embriología de un - animal reproduce su genealogía, o como dice - Haeckel, que la ontogenia es una recapitulación - de la filogenia, se puede decir que la psicología - humana no es más que una síntesis de la psicología - animal. Así se encuentran en el hombre todas - las formas de la explotación y de la lucha: - la del microbio, la del insecto, la de la fiera... - Ese usurero que tú me has descrito, el tío Miserias, - ¡qué de avatares no tiene en la zoología! - Ahí están los acinétidos chupadores que absorben - <span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> - la substancia protoplasmática de otros infusorios; - ahí están todas las especies de aspergilos - que viven sobre las substancias en descomposición. - Estas antipatías de gente maleante ¿no están - admirablemente representadas en ese antagonismo - irreductible del bacilo de pus azul con - la bacteridia carbuncosa?</p> - -<p>—Sí es posible—murmuró Andrés.</p> - -<p>—Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!, - ¡qué de Victorios!, ¡qué de Manolos los Chafandines, - no hay! Ahí tienes el <i lang="la" xml:lang="la">ichneumon</i>, que mete - sus huevos en una lombriz y la inyecta una - substancia que obra como el cloroformo; el <i lang="la" xml:lang="la">sphex</i>, - que coge las arañas pequeñas, las agarrota, las - sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en - las celdas de sus larvas para que las vayan devorando; - ahí están las avispas, que hacen lo mismo, - arrojando al <i lang="la" xml:lang="la"> spoliarium</i> que sirve de despensa - para sus crías, los pequeños insectos, paralizados - por un lancetazo que les dan con el - aguijón en los anglios motores; ahí está el <em>estafilino</em> - que se lanza a traición sobre otro individuo - de su especie, le sujeta, le hiere y le absorbe - los jugos; ahí está el <em>meloe</em>, que penetra subrepticiamente - en los panales de las abejas, se introduce - en el alvéolo en donde la reina pone su larva, - se atraca de miel y luego se come a la larva; - ahí está...</p> - -<p>—Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería - horrible.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span></p> - -<p>—La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de - reventar a uno, lo revienta a conciencia. La justicia - es una ilusión humana; en el fondo todo es - destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, - respirar, son formas de creación y de destrucción - al mismo tiempo.</p> - -<p>—Y entonces, ¿qué hacer?—murmuró Andrés—. - ¿Ir a la inconsciencia? ¿Digerir, guerrear, - cazar, con la serenidad de un salvaje?</p> - -<p>—¿Crees tú en la serenidad del salvaje?—preguntó - Iturrioz—. ¡Qué ilusión! Eso también es - una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido - sereno.</p> - -<p>—¿Es que no habrá plan ninguno para vivir - con cierto decoro?—preguntó Andrés.</p> - -<p>—El que lo tiene es porque ha inventado uno - para su uso. Yo hoy creo que todo lo natural, - que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo artificial, - lo creado por el hombre, es bueno. Si - pudiera viviría en un club de Londres, no iría - nunca al campo, sino a un parque; bebería agua - filtrada y respiraría aire esterilizado...</p> - -<p>Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba - a fantasear por entretenimiento. Se levantó - y se apoyó en el barandado de la azotea.</p> - -<p>Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban - unas palomas; en un canalón grande corrían y - jugueteaban unos gatos.</p> - -<p>Separados por una tapia alta había enfrente - <span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> - dos jardines: uno era de un colegio de niñas, el - otro de un convento de frailes.</p> - -<p>El jardín del convento se hallaba rodeado por - árboles frondosos; el del colegio no tenía más - que algunos macizos con hierbas y flores, y era - una cosa extraña que daba cierta impresión de - algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las - niñas corriendo y gritando, y a los frailes que - pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando - la vuelta al patio.</p> - -<p>—Vida es lo uno y vida es lo otro—dijo Iturrioz - filosóficamente comenzando a regar sus - plantas.</p> - -<p>Andrés se fué a la calle.</p> - -<p>—¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?—se - preguntaba con angustia. Y, la gente, las - cosas, el sol, le parecían sin realidad ante el - problema planteado en su cerebro.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span></p> - - - - <h2>TERCERA PARTE<br /> - Tristezas y dolores.</h2> - <h3>I<br /> - DÍA DE NAVIDAD</h3> -</div> - - -<p><span class="smcap">Un</span> día, ya en el último año de la carrera, antes - de las Navidades, al volver Andrés del - hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía - sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto. - Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía - el costado, respiraba con facilidad; sólo un ligero - tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras - la otra estaba pálida.</p> - -<p>No se trataba de una enfermedad aguda. La - idea de que el niño estuviera tuberculoso le - hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia - de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.</p> - -<p>Andrés recogió un pañuelo manchado con - sangre y lo llevó a que lo analizasen al laboratorio. - Pidió al médico de su sala que recomendara - el análisis.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p> - -<p>Durante aquellos días vivió en una zozobra - constante; el dictamen del laboratorio fué tranquilizador: - no se había podido encontrar el bacilo - de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo, - esto no le dejó a Hurtado completamente - satisfecho.</p> - -<p>El médico de la sala, a instancias de Andrés, - fué a casa a reconocer al enfermito. Encontró - a la percusión cierta opacidad en el vértice del - pulmón derecho. Aquello podía no ser nada; - pero unido a la ligera hemoptisis, indicaba con - muchas probabilidades una tuberculosis incipiente.</p> - -<p>El profesor y Andrés discutieron el tratamiento. - Como el niño era linfático, algo propenso a - catarros, consideraron conveniente llevarlo a un - país templado, a orillas del Mediterráneo a ser - posible; allí le podrían someter a una alimentación - intensa, darle baños de sol, hacerle vivir al - aire libre y dentro de la casa en una atmósfera - creosotada, rodearle de toda clase de condiciones - para que pudiera fortificarse y salir de la infancia.</p> - -<p>La familia no comprendía la gravedad, y Andrés - tuvo que insistir para convencerles de que - el estado del niño era peligroso.</p> - -<p>El padre, don Pedro, tenía unos primos en - Valencia, y estos primos, solterones, poseían - varias casas en pueblos próximos a la capital.</p> - -<p>Se les escribió y contestaron rápidamente; todas - <span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> - las casas suyas estaban alquiladas menos - una de un pueblecito inmediato a Valencia.</p> - -<p>Andrés decidió ir a verla.</p> - -<p>Margarita le advirtió que no había dinero en - casa; no se había cobrado aún la paga de Navidad.</p> - -<p>—Pediré dinero en el hospital e iré en tercera—dijo - Andrés.</p> - -<p>—¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!</p> - -<p>—No importa.</p> - -<p>—Bueno, vete a casa de los tíos—le advirtió - Margarita.</p> - -<p>—No, ¿para qué?—contestó él—. Yo veo la - casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando - un telegrama diciendo: Contestadles que sí.</p> - -<p>—Pero eso es una grosería. Si se enteran...</p> - -<p>—¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero - andar con ceremonias y con tonterías; bajo en - Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama - y me vuelvo en seguida.</p> - -<p>No hubo manera de convencerle. Después de - cenar tomó un coche y se fué a la estación. Entró - en un vagón de tercera.</p> - -<p>La noche de diciembre estaba fría, cruel. El - vaho se congelaba en los cristales de las ventanillas - y el viento helado se metía por entre las - rendijas de la portezuela.</p> - -<p>Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se - subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos - <span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> - del pantalón. Aquella idea de la enfermedad - de Luisito le turbaba.</p> - -<p>La tuberculosis era una de esas enfermedades - que le producía un terror espantoso; constituía - una obsesión para él. Meses antes se había dicho - que Roberto Koch había inventado un remedio - eficaz para la tuberculosis: la tuberculina.</p> - -<p>Un profesor de San Carlos fué a Alemania y - trajo la tuberculina.</p> - -<p>Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes - se les inyectó el nuevo remedio. La reacción febril - que les produjo hizo concebir al principio - algunas esperanzas; pero luego se vió que no - sólo no mejoraban, sino que su muerte se aceleraba.</p> - -<p>Si el chico estaba realmente tuberculoso, no - había salvación.</p> - -<p>Con aquellos pensamientos desagradables, - marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio - adormecido.</p> - -<p>Al amanecer se despertó, con las manos y los - pies helados.</p> - -<p>El tren marchaba por la llanura castellana y el - alba apuntaba en el horizonte.</p> - -<p>En el vagón no iba más que un aldeano - fuerte, de aspecto enérgico y duro de manchego.</p> - -<p>Este aldeano le dijo:</p> - -<p>—Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?</p> - -<p>—Sí, un poco.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p> - -<p>—Tome usted mi manta.</p> - -<p>—¿Y usted?</p> - -<p>—Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son - muy delicados.</p> - -<p>A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció - el obsequio en el fondo del corazón.</p> - -<p>Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el - campo.</p> - -<p>Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo, - antes llano, mostraba colinas y árboles que iban - pasando por delante de la ventanilla del tren.</p> - -<p>Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a - templar el aire. Cerca de Játiba salió el sol, un - sol amarillo, que se derramaba por el campo entibiando - el ambiente.</p> - -<p>La tierra presentaba ya un aspecto distinto.</p> - -<p>Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, - con el río Júcar profundo, de lenta corriente. - El sol iba elevándose en el cielo; comenzaba a - hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la - zona mediterránea la naturaleza y la gente eran - otras.</p> - -<p>En las estaciones los hombres y las mujeres, - vestidos con trajes claros, hablaban a gritos, gesticulaban, - corrían.</p> - -<p>—Eh, tú, - <em>ché</em>—se oía decir. -</p> - -<p>Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos, - barracas blancas con el techado negro, alguna - palmera que pasaba en la rapidez de la marcha - como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera, - <span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> - unas estaciones antes de llegar a Valencia, y - poco después Andrés apareció en el raso de la - plaza de San Francisco, delante de un solar - grande.</p> - -<p>Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó - cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y, - después de discusiones y de regateos, quedaron - de acuerdo en un duro por ir, esperar media - hora y volver a la estación.</p> - -<p>Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles - de Valencia y tomó por una carretera.</p> - -<p>El carrito tenía por detrás una lona blanca y, - al agitarse ésta por el viento, se veía el camino - lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.</p> - -<p>En una media hora la tartana embocaba la primera - calle del pueblo, que aparecía con su torre - y su cúpula brillante. A Andrés le pareció la disposición - de la aldea buena para lo que él deseaba; - el campo de los alrededores, no era de huerta, - sino de tierras de secano medio montañosas.</p> - -<p>A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se - veía un castillejo y varios grupos de enormes - girasoles.</p> - -<p>Tomó la tartana por la calle larga y ancha, - continuación de la carretera, hasta detenerse cerca - de una explanada levantada sobre el nivel de - la calle.</p> - -<p>El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, - con su puerta azul muy grande y tres - ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel pegado - <span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> - en la puerta indicaba que la llave la tenían - en la casa de al lado.</p> - -<p>Se asomó al portal próximo y una vieja, con - la tez curtida y negra por el sol, le dió la llave, - un pedazo de hierro que parecía un arma de - combate prehistórica.</p> - -<p>Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente - sobre sus goznes, y entró en un espacioso - vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia - el jardín.</p> - -<p>La casa apenas tenía fondo; por el arco del - vestíbulo se salía a una galería ancha y hermosa - con un emparrado y una verja de madera pintada - de verde. De la galería, extendida paralelamente - a la carretera, se bajaba por cuatro escalones - al huerto, rodeado por un camino que - bordeaba sus tapias.</p> - -<p>Este huerto, con varios árboles frutales desnudos - de hojas, se hallaba cruzado por dos avenidas - que formaban una plazoleta central y lo dividían - en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos - y jaramagos espesos cubrían la tierra y borraban - los caminos.</p> - -<p>Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador - formado por palos, sobre el cual se - sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo - follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido - que no dejaba pasar la luz del sol.</p> - -<p>A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre - pedestales de ladrillo, había dos estatuas de - <span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> - yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el cenador. - En la pared del fondo se veía un cuadro - de azulejos blancos y azules con figuras que representaban - a Santo Tomás de Villanueva vestido - de obispo, con su báculo en la mano y un - negro y una negra arrodillados junto a él.</p> - -<p>Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él - deseaba; hizo un plano de las habitaciones y del - jardín y estuvo un momento descansando, sentado - en la escalera. Hacía tanto tiempo que no - había visto árboles, vegetación, que aquel huertecito - abandonado, lleno de hierbajos, le pareció - un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, - tan luminoso, le llenó de paz y de melancolía.</p> - -<p>Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente - llegaba el silencio, sólo interrumpido por - el cacareo lejano de los gallos; los moscones y - las avispas brillaban al sol.</p> - -<p>¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra - a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan - puro!</p> - -<p>Unos momentos después, una campana de - son agudo comenzó a tocar. Andrés entregó la - llave en la casa próxima, despertó al tartanero - medio dormido en su tartana, y emprendió la - vuelta.</p> - -<p>En la estación de Valencia mandó un telegrama - a su familia, compró algo de comer y unas - horas más tarde volvía para Madrid, embozado en - su capa, rendido, en otro coche de tercera.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span></p> - -<h3>II<br /> - VIDA INFANTIL</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Al</span> llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana - Margarita instrucciones de cómo debían - instalarse en la casa. Unas semanas después - tomaron el tren, don Pedro, Margarita y Luisito.</p> - -<p>Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron - en Madrid.</p> - -<p>Andrés tenía que repasar las asignaturas de la - licenciatura.</p> - -<p>Para librarse de la obsesión de la enfermedad - del niño, se puso a estudiar como nunca lo había - hecho.</p> - -<p>Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba - sus temores.</p> - -<p>—Si ese chico se pusiera bien—murmuraba.</p> - -<p>—¿Le quiere usted mucho?—preguntaba Lulú.</p> - -<p>—Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande - cuando nació él, figúrese usted.</p> - -<p>Por Junio, Andrés se examinó del curso y de - la licenciatura y salió bien.</p> - -<p>—¿Qué va usted a hacer?—le dijo Lulú.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p> - -<p>—No sé; por ahora veré si se pone bien esa - criatura; después ya pensaré.</p> - -<p>El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable - que en diciembre; tenía dinero, y tomó un - billete de primera. En la estación de Valencia le - esperaba el padre.</p> - -<p>—¿Qué tal el chico?—le preguntó Andrés.</p> - -<p>—Está mejor.</p> - -<p>Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron - una tartana, que les llevó rápidamente al - pueblo.</p> - -<p>Al ruido de la tartana salieron a la puerta - Margarita, Luisito y una criada vieja. El chico - estaba bien; alguna que otra vez tenía una ligera - fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había - cambiado casi por completo era Margarita; el - aire y el sol le habían dado un aspecto de salud - que la embellecía.</p> - -<p>Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros - y los granados llenos de hojas y de - flores.</p> - -<p>La primera noche Andrés no pudo dormir - bien en la casa por el olor a raíz desprendido de - la tierra.</p> - -<p>Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito, - comenzó a arrancar y a quemar todos los hierbajos - del patio. Luego plantaron entre los dos melones, - calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. - De todas sus plantaciones lo único que nació fueron - los ajos. Estos, unidos a los geranios y a los - <span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> - dompedros, daban un poco de verdura; lo demás - moría por el calor del sol y la falta de agua.</p> - -<p>Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos - del pozo. Era imposible tener un trozo de jardín - verde. En seguida de regar, la tierra se secaba, y - las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.</p> - -<p>En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, - las pasionarias, las hiedras y las enredaderas, - a pesar de la sequedad del suelo, se - extendían y daban hermosas flores; los racimos - de la parra se coloreaban, los granados se llenaban - de flor roja y las naranjas iban engordando - en el arbusto.</p> - -<p>Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con - la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por - las noches, regaba con creosota. Por la mañana, - al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría - en el cenador de Flora y Pomona.</p> - -<p>Al principio no le gustaba, pero luego se - acostumbró.</p> - -<p>Andrés había colgado del techo del cenador - una regadera enorme, y en el asa ató una cuerda - que pasaba por una polea y terminaba en una - piedra sostenida en un banco. Dejando caer la - piedra, la regadera se inclinaba y echaba una - lluvia de agua fría.</p> - -<p>Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar - próximo al pueblo, y estaban allí muchas veces - hasta el mediodía; después del paseo comían y se - echaban a dormir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span></p> - -<p>Por la tarde tenían también sus entretenimientos: - perseguir a las lagartijas y salamandras, subir - al peral, regar las plantas. El tejado estaba - casi levantado por los panales de las avispas; - decidieron declarar la guerra a estos temibles - enemigos y quitarles los panales.</p> - -<p>Fué una serie de escaramuzas que emocionaron - a Luisito y le dieron motivo para muchas - charlas y comparaciones.</p> - -<p>Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés - proseguía su lucha contra la sequedad, sacando - agua del pozo, que era muy profundo. En - medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban, - las avispas iban a beber el agua del riego - y las mariposas revoloteaban de flor en flor. - A veces aparecían manchas de hormigas con - alas en la tierra o costras de pulgones en las - plantas.</p> - -<p>Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar - que a jugar violentamente. Esta inteligencia precoz - le daba que pensar a Andrés. No le dejaba - que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se - reuniera con los chicos de la calle.</p> - -<p>Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral - de la puerta, con un libro en la mano, veía pasar - los carros por la calle cubierta de una espesa - capa de polvo. Los carreteros, tostados por el - sol, con las caras brillantes por el sudor, cantaban - tendidos sobre pellejos de aceite o de vino, - y las mulas marchaban en fila medio dormidas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span></p> - -<p>Al anochecer pasaban unas muchachas, que - trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés - con un adiós un poco seco, sin mirarle a la - cara. Entre estas chicas había una que llamaban - la Clavariesa, muy guapa, muy perfilada; solía - ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo - en el aire, y vestía con colores un poco chillones, - pero que hacían muy bien en aquel ambiente - claro y luminoso.</p> - -<p>Luisito, negro por el sol, hablando ya con el - mismo acento valenciano que los demás chicos, - jugaba en la carretera.</p> - -<p>No se hacía completamente montaraz y salvaje - como hubiera deseado Andrés, pero estaba - sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba - contando cuentos, que demostraban su imaginación - excitada.</p> - -<p>—¿De dónde saca este chico esas cosas que - cuenta?—preguntaba Andrés a Margarita.</p> - -<p>—No sé; las inventa él.</p> - -<p>Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y - que decía que era un brujo.</p> - -<p>El chico caricaturizaba a la gente que iba a la - casa.</p> - -<p>Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, - era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía - huevos y verduras, y decía: <em>¡Ous, figues!</em> Otro - hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en - la cabeza, que a cada momento decía: <em>¿Sap?</em>, era - también de los modelos de Luisito.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span></p> - -<p>Entre los chicos de la calle había algunos que - le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch, - el hijo del saludador, que vivía en un barrio de - cuevas próximo.</p> - -<p>El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, - desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos. - Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas - curas, lo mismo en las personas que en - los caballos, y hablaba de cómo había averiguado - su poder curativo.</p> - -<p>El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías - para curar las insolaciones y conjurar los - males de ojo que había oído en su casa.</p> - -<p>El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba - siempre correteando con una cesta al brazo.</p> - -<p>—Ves estos caracoles—le decía a Luisito—, - pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos - todos en casa.</p> - -<p>—¿Dónde los has cogido?—le preguntaba Luisito.</p> - -<p>—En un sitio que yo sé—contestaba el Roch, - que no quería comunicar sus secretos.</p> - -<p>También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, - de unos catorce a quince años, amigos - de Luisito: el Choriset y el Chitano.</p> - -<p>El Choriset era un troglodita, con el espíritu - de un hombre primitivo. Su cabeza, su tipo, su - expresión eran de un bereber.</p> - -<p>Andrés solía hacerle preguntas acerca de su - vida y de sus ideas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span></p> - -<p>—Yo, por un real, mataría a un hombre—solía - decir el Choriset, mostrando sus dientes blancos - y brillantes.</p> - -<p>—Pero te cogerían y te llevarían a presidio.</p> - -<p>—¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca - de la mía, y me estaría allá.</p> - -<p>—¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?</p> - -<p>—Saldría de noche a comprar pan.</p> - -<p>—Pero con un real, no te bastaría para muchos - días.</p> - -<p>—Mataría a otro hombre—replicaba el Choriset, - riendo.</p> - -<p>El Chitano no tenía más tendencia que el robo; - siempre andaba merodeando por ver si podía - llevarse algo.</p> - -<p>Andrés, por más que no tenía interés en hacer - allí amistades, iba conociendo a la gente.</p> - -<p>La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; - las mujeres paseaban separadas de los - hombres, y esta separación de sexos existía en - casi todo.</p> - -<p>A Margarita le molestaba que su hermano estuviese - constantemente en casa, y le incitaba a - que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al - café de la plaza, se enteraba de los conflictos que - había en el pueblo entre la música del Casino - republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer, - un obrero republicano, le explicaba de una manera - pintoresca lo que había sido la Revolución - francesa y los tormentos de la Inquisición.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<h3>III<br /> - LA CASA ANTIGUA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Varias</span> veces don Pedro fué y volvió de Madrid - al pueblo. Luisito parecía que estaba bien, - no tenía tos ni fiebre; pero conservaba aquella - tendencia fantaseadora que le hacía divagar y - discurrir de una manera impropia de su edad.</p> - -<p>—Yo creo que no es cosa de que sigáis - aquí—dijo el padre.</p> - -<p>—¿Por qué no?—preguntó Andrés.</p> - -<p>—Margarita no puede vivir siempre metida en - un rincón. A ti no te importará; pero a ella sí.</p> - -<p>—Que se vaya a Madrid por una temporada.</p> - -<p>—¿Pero tú crees que Luis no está curado - todavía?</p> - -<p>—No sé; pero me parece mejor que siga aquí.</p> - -<p>—Bueno; veremos a ver qué se hace.</p> - -<p>Margarita explicó a su hermano que su padre - decía que no tenían medios para sostener así dos - casas.</p> - -<p>—No tiene medios para esto; pero sí para gastar - en el Casino—contestó Andrés.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p> - -<p>—Eso a ti no te importa—contestó Margarita - enfadada.</p> - -<p>—Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me - dan una plaza de médico de pueblo y llevar al - chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego - que haga lo que quiera.</p> - -<p>En esta incertidumbre, y sin saber si iban a - quedarse o marcharse, se presentó en la casa una - señora de Valencia, prima también de don Pedro. - Esta señora era una de esas mujeres decididas - y mandonas que les gusta disponerlo todo. - Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito - fueran a pasar una temporada a casa de los - tíos. Ellos los recibirían muy a gusto. Don Pedro - encontró la solución muy práctica.</p> - -<p>—¿Qué os parece?—preguntó a Margarita y a - Andrés.</p> - -<p>—A mí, lo que decidáis—contestó Margarita.</p> - -<p>—A mí no me parece una buena solución—dijo - Andrés.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque el chico no estará bien.</p> - -<p>—Hombre, el clima es igual—repuso el padre.</p> - -<p>—Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior - de una ciudad, entre calles estrechas, a estar en - el campo. Además, que esos señores parientes - nuestros, como solterones, tendrán una porción - de chinchorrerías y no les gustarán los chicos.</p> - -<p>—No; eso no. Es gente amable, y tienen una - casa bastante grande para que haya libertad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span></p> - -<p>—Bueno. Entonces probaremos.</p> - -<p>Un día fueron todos a ver a los parientes. A - Andrés, sólo tener que ponerse la camisa planchada, - le dejó de un humor endiablado.</p> - -<p>Los parientes vivían en un caserón viejo de la - parte antigua de la ciudad. Era una casa grande, - pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados - unos de otros, y ventanas cuadradas encima.</p> - -<p>El portal era espacioso y comunicaba con un - patio enlosado como una plazoleta que tenía en - medio un farol.</p> - -<p>De este patio partía la escalera exterior, ancha, - de piedra blanca, que entraba en el edificio al - llegar al primer piso, pasando por un arco rebajado.</p> - -<p>Llamó don Pedro, y una criada vestida de - negro, les pasó a una sala grande, triste y obscura.</p> - -<p>Había en ella un reloj de pared alto, con la - caja llena de incrustaciones, muebles antiguos - de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano - de Valencia de a principios del siglo XVIII.</p> - -<p>Poco después salió don Juan, el primo del padre - de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta - años, que les saludó a todos muy amablemente - y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, - reclinado en ancha butaca, leía un periódico.</p> - -<p>La familia la componían tres hermanos y una - hermana, los tres solteros. El mayor, don Vicente, - <span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> - estaba enfermo de gota y no salía apenas; el - segundo, don Juan, era hombre que quería pasar - por joven, de aspecto muy elegante y pulcro; la - hermana, doña Isabel, tenía el color muy blanco, - el pelo muy negro y la voz lacrimosa.</p> - -<p>Los tres parecían conservados en una urna; - debían estar siempre a la sombra en aquellas - salas de aspecto conventual.</p> - -<p>Se trató del asunto de que Margarita y sus - hermanos pasaran allí una temporada, y los solterones - aceptaron la idea con placer.</p> - -<p>Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés, - que era extensa. Alrededor del patio, una ancha - galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos - estaban pavimentados con azulejos relucientes y - resbaladizos y tenían escalones para subir y bajar, - salvando las diferencias de nivel. Había un - sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En - la parte de atrás de la casa, a la altura del primer - piso de la calle brotaba, en medio de un huertecillo - sombrío, un altísimo naranjo.</p> - -<p>Todas las habitaciones presentaban el mismo - aspecto silencioso, algo moruno, de luz velada.</p> - -<p>El cuarto destinado para Andrés y para Luisito - era muy grande y daba enfrente de los tejados - azules de la torrecilla de una iglesia.</p> - -<p>Unos días después de la visita, se instalaron - Margarita, Andrés y Luis en la casa.</p> - -<p>Andrés estaba dispuesto a ir a un partido. - Leía en <cite>El Siglo Médico</cite> las vacantes de médicos - <span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span> - rurales, se enteraba de qué clase de pueblos eran - y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos - pidiendo informes.</p> - -<p>Margarita y Luisito se encontraban bien con - sus tíos; Andrés, no; no sentía ninguna simpatía - por estos solterones, defendidos por su dinero y - por su casa contra las inclemencias de la suerte; - les hubiera estropeado la vida con gusto. Era un - instinto un poco canalla, pero lo sentía así.</p> - -<p>Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó - pronto de hacer la vida que recomendaba Andrés; - no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la - calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.</p> - -<p>La dictadura científica que Andrés pretendía - ejercer, no se reconocía en la casa.</p> - -<p>Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría - el cuarto que dejara abiertas las ventanas - para que entrara el sol; pero la criada no le obedecía.</p> - -<p>—¿Por qué cierra usted el cuarto?—le preguntó - una vez.—Yo quiero que esté abierto. ¿Oye - usted?</p> - -<p>La criada apenas sabía castellano, y después - de una charla confusa, le contestó que cerraba - el cuarto para que no entrara el sol.</p> - -<p>—Si es que yo quiero precisamente eso—la - dijo Andrés—. ¿Usted ha oído hablar de los microbios?</p> - -<p>—Yo, no, señor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p> - -<p>—¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes... - una especie de cosas vivas que andan - por el aire y que producen las enfermedades?</p> - -<p>—¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las - moscas.</p> - -<p>—Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.</p> - -<p>—No; pues no las he visto.</p> - -<p>—No, si no se ven; pero existen. Esas cosas - vivas están en el aire, en el polvo, sobre los - muebles... y esas cosas vivas, que son malas, - mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?</p> - -<p>—Sí, sí, señor.</p> - -<p>—Por eso hay que dejar las ventanas abiertas... - para que entre el sol.</p> - -<p>Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban - cerradas, y la criada vieja contaba a las - otras que el señorito estaba loco, porque decía - que había unas moscas en el aire que no se - veían y que las mataba el sol.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p> - -<h3>IV<br /> - ABURRIMIENTO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Las</span> gestiones para encontrar un pueblo adonde - ir no dieron resultado tan rápidamente como - Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar - el tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas - del doctorado. Después se marcharía a Madrid y - luego a cualquier parte.</p> - -<p>Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba - curado.</p> - -<p>Andrés no quería salir a la calle; sentía una - insociabilidad intensa. Le parecía una fatiga tener - que conocer a nueva gente.</p> - -<p>—Pero, hombre, ¿no vas a salir?—le preguntaba - Margarita.</p> - -<p>—Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de - cuanto pasa fuera.</p> - -<p>Andar por las calles le fastidiaba, y el campo - de los alrededores de Valencia, a pesar de su - fertilidad, no le gustaba.</p> - -<p>Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias - de agua turbia, con aquella vegetación - jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p> - -<p>Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba - tomando datos acerca de un punto de psicofísica - que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.</p> - -<p>Debajo de su cuarto había una terraza sombría, - musgosa, con algunos jarrones con chumberas - y piteras donde no daba nunca el sol. Allí - solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente - había otra terraza donde andaba de un lado - a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando. - Andrés y el cura se saludaban al verse muy - amablemente.</p> - -<p>Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una - azotea pequeña, muy alta, construída sobre la - linterna de la escalera.</p> - -<p>Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. - Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con - sus tíos.</p> - -<p>Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo - la luz del sol y los crepúsculos esplendorosos.</p> - -<p>A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada - de un verde pálido, separada en línea recta y - clara del cielo, de color algo lechoso en el horizonte.</p> - -<p>En aquel barrio antiguo las casas próximas - eran de gran tamaño; sus paredes se hallaban - desconchadas, los tejados cubiertos de musgos - verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos - amarillentos.</p> - -<p>Se veían casas blancas, azules, rosadas, con - <span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> - sus terrados y azoteas; en las cercas de los terrados - se sostenían barreños con tierra, en donde - las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y - anchas paletas; en alguna de aquellas azoteas se - veían montones de calabazas surcadas y ventrudas, - y de otras redondas y lisas.</p> - -<p>Los palomares se levantaban como grandes - jaulones ennegrecidos. En el terrado próximo de - una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos - de esteras, montones de cuerdas de estropajo, - cacharros rotos esparcidos por el suelo; en otra - azotea aparecía un pavo real que andaba suelto - por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.</p> - -<p>Por encima de las terrazas y tejados aparecían - las torres del pueblo: el Miguelete, rechoncho y - fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo y delicado, - y luego aquí y allá una serie de torrecillas, - casi todas cubiertas con tejas azules y blancas - que brillaban con centelleantes reflejos.</p> - -<p>Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él - desconocido, y hacía mil cábalas caprichosas - acerca de la vida de sus habitantes. Veía abajo - esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre - dos filas de caserones. El sol, que al mediodía la - cortaba en una zona de sombra y otra de luz, - iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando - las casas de una acera hasta brillar en los cristales - de las guardillas y en los luceros, y desaparecer.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>En la primavera, las golondrinas y los vencejos - trazaban círculos caprichosos en el aire, lanzando - gritos agudos. Andrés las seguía con la - vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban - algunos mochuelos y gavilanes. Venus comenzaba - a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter. - En la calle, un farol de gas parpadeaba - triste y soñoliento...</p> - -<p>Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la - noche volvía de nuevo a la azotea a contemplar - las estrellas.</p> - -<p>Esta contemplación nocturna le producía como - un flujo de pensamientos perturbadores. La imaginación - se lanzaba a la carrera a galopar por los - campos de fantasía. Muchas veces el pensar en - las fuerzas de la naturaleza, en todos los gérmenes - de la tierra, del aire y del agua, desarrollándose - en medio de la noche, le producía el vértigo.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p> - -<h3>V<br /> - DESDE LEJOS</h3> -</div> - - -<p><span class="smcap">Al</span> acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana - que iba a Madrid a examinarse del - doctorado.</p> - -<p>—¿Vas a volver?—le preguntó Margarita.</p> - -<p>—No sé; creo que no.</p> - -<p>—Qué antipatía le has tomado a esta casa y al - pueblo. No me lo explico.</p> - -<p>—No me encuentro bien aquí.</p> - -<p>—Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!</p> - -<p>Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se - examinó de las asignaturas del doctorado, y leyó - la tesis que había escrito en Valencia.</p> - -<p>En Madrid se encontraba mal; su padre y él - seguían tan hostiles como antes. Alejandro se - había casado y llevaba a su mujer, una pobre infeliz, - a comer a su casa. Pedro hacía vida de - mundano.</p> - -<p>Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera - marchado a viajar por el mundo; pero no tenía - un cuarto. Un día leyó en un periódico que el médico - de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba - <span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> - un sustituto por dos meses. Escribió; - le aceptaron. Dijo en su casa que le había invitado - un compañero a pasar unas semanas en un - pueblo. Tomó un billete de ida y vuelta y se fué. - El médico, a quien tenía que sustituir, era un - hombre rico, viudo, dedicado a la numismática. - Sabía poco de Medicina, y no tenía afición más - que por la historia y las cuestiones de monedas.</p> - -<p>—Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia - médica—le dijo a Andrés, burlonamente—. Aquí, - sobre todo en verano, no hay apenas enfermos, - algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso, - poco frecuente, de fiebre tifoidea, nada.</p> - -<p>El médico pasó rápidamente de esta cuestión - profesional, que no le interesaba, a sus monedas, - y enseñó a Andrés la colección; la segunda de la - provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando - a entender lo triste que era para él hacer esta declaración.</p> - -<p>Andrés y el médico se hicieron muy amigos. - El numismático le dijo que si quería vivir en su - casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se - quedó allí en compañía de una criada vieja.</p> - -<p>El verano fué para él delicioso; el día entero lo - tenía libre para pasear y para leer; había cerca - del pueblo un monte sin árboles, que llamaban - el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas - nacían jaras, romeros y cantuesos. Al anochecer - era aquello una delicia de olor y de frescura.</p> - -<p>Andrés pudo comprobar que el pesimismo y - <span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> - el optimismo son resultados orgánicos como las - buenas o las malas digestiones. En aquella aldea - se encontraba admirablemente, con una serenidad - y una alegría desconocidas para él; sentía - que el tiempo pasara demasiado pronto.</p> - -<p>Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un - día el cartero le entregó un sobre manoseado, - con letra de su padre. Sin duda, había andado la - carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél. - ¿Qué vendría allí dentro?</p> - -<p>Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito. - Luisito acababa de morir en Valencia. Margarita - había escrito dos cartas a su hermano, diciéndole - que fuera, porque el niño preguntaba mucho - por él; pero como don Pedro no sabía el paradero - de Andrés, no pudo remitírselas.</p> - -<p>Andrés pensó en marcharse inmediatamente; - pero al leer de nuevo la carta, echó de ver que - hacía ya ocho días que el niño había muerto y - estaba enterrado.</p> - -<p>La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento, - el haber dejado a su marcha a Luisito - sano y fuerte, le impedía experimentar la pena - que hubiese sentido cerca del enfermo.</p> - -<p>Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor, - le parecía algo malo. El niño había muerto; - él no experimentaba ninguna desesperación. - ¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento - inútil? Este punto le debatió largas horas en la - soledad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> - -<p>Andrés escribió a su padre y a Margarita. - Cuando recibió la carta de su hermana, pudo seguir - la marcha de la enfermedad de Luisito. Había - tenido una meningitis tuberculosa, con dos o - tres días de un período prodrómico, y luego una - fiebre alta que hizo perder al niño el conocimiento; - así había estado una semana gritando, - delirando, hasta morir en un sueño.</p> - -<p>En la carta de Margarita se traslucía que estaba - destrozada por las emociones.</p> - -<p>Andrés recordaba haber visto en el hospital a - un niño, de seis a siete años, con meningitis; recordaba - que en unos días quedó tan delgado que - parecía translúcido, con la cabeza enorme, la - frente abultada, los lóbulos frontales como si la - fiebre los desuniera, un ojo bizco, los labios blancos, - las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado. - Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su - sudor tenía un olor especial, como a ratón, del - sudor del tuberculoso.</p> - -<p>A pesar de que Andrés pretendía representarse - el aspecto de Luisito enfermo, no se lo figuraba - nunca atacado con la terrible enfermedad, - sino alegre y sonriente como le había visto la - última vez el día de la marcha.</p> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span></p> - - - - <h2>CUARTA PARTE<br /> - Inquisiciones.</h2> - <h3>I<br /> - PLAN FILOSÓFICO</h3> -</div> - - -<p><span class="smcap">Al</span> pasar sus dos meses de sustituto, Andrés - volvió a Madrid; tenía guardados sesenta - duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se - los envió a su hermana Margarita.</p> - -<p>Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, - y mientras tanto iba a la Biblioteca Nacional.</p> - -<p>Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo - si no encontraba nada en Madrid.</p> - -<p>Un día se topó en la sala de lectura con Fermín - Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba - bien, aunque andaba cojeando y apoyándose - en un grueso bastón.</p> - -<p>Fermín se acercó a saludar efusivamente a - Hurtado.</p> - -<p>Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, - y solía volver a Madrid en las vacaciones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p> - -<p>Andrés siempre había tenido a Ibarra como a - un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó - sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo - un tranvía eléctrico de juguete y otra porción - de artificios mecánicos.</p> - -<p>Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo - que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas, - entre ellas una llanta con trozos de acero - para los neumáticos de los automóviles.</p> - -<p>A Andrés le pareció que su amigo desvariaba; - pero no quiso quitarles las ilusiones. Sin embargo, - tiempo después, al ver a los automóviles con - llantas de trozos de acero como las que había - ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera - inteligencia de inventor.</p> - -<hr class="r5"/> - -<p>Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. - Se lo encontraba casi siempre en su azotea - leyendo o mirando las maniobras de una - abeja solitaria o de una araña.</p> - -<p>—Esta es la azotea de Epicuro—decía Andrés - riendo.</p> - -<p>Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. - Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés - fueron los más debatidos.</p> - -<p>Un día la discusión fué más larga y más completa:</p> - -<p>—¿Qué piensas hacer?—le preguntó Iturrioz.</p> - -<p>—¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo - de médico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span></p> - -<p>—Veo que no te hace gracia la perspectiva.</p> - -<p>—No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera - que me gustan; pero la práctica no. Si pudiese - entrar en un laboratorio de fisiología, creo que - trabajaría con entusiasmo.</p> - -<p>—¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera - en España!</p> - -<p>—Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo - preparación científica. Se estudia de mala manera.</p> - -<p>—En mi tiempo pasaba lo mismo—dijo Iturrioz—. - Los profesores no sirven más que para el - embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. - Es natural. El español todavía no sabe enseñar; - es demasiado fanático, demasiado vago y - casi siempre demasiado farsante. Los profesores - no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y - luego pescar pensiones para pasar el verano.</p> - -<p>—Además falta disciplina.</p> - -<p>—Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué - vas a hacer? ¿No te entusiasma visitar?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y entonces qué plan tienes?</p> - -<p>—¿Plan personal? Ninguno</p> - -<p>—Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?</p> - -<p>—Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia. - En España, en general, no se paga - el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del - trabajo, no del favor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span></p> - -<p>—Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues - en tus buceamientos?</p> - -<p>—Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente - una cosmogonía, una hipótesis racional - de la formación del mundo; después una explicación - biológica del origen de la vida y del hombre.</p> - -<p>—Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres - una síntesis que complete la cosmología y la - biología; una explicación del Universo físico y - moral. ¿No es eso?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?</p> - -<p>—Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre - todo.</p> - -<p>—Mal camino—repuso Iturrioz—; lee a los - ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido - práctico. No leas esos metafísicos alemanes; - su filosofía es como un alcohol que emborracha - y no alimenta. ¿Conoces el Leviatán de Hobbes? - Yo te lo prestaré si quieres.</p> - -<p>—No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a - Schopenhauer, esos filósofos franceses e ingleses - dan la impresión de carros pesados que - marchan chirriando y levantando polvo.</p> - -<p>—Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento - que los alemanes; pero, en cambio, no te alejan - de la vida.</p> - -<p>—¿Y qué?—replicó Andrés—. Uno tiene la angustia, - la desesperación de no saber qué hacer - <span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> - con la vida, de no tener un plan, de encontrarse - perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. - ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? - Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a - uno, el pensar sería una maravilla, algo como - para el caminante detenerse y sentarse a la sombra - de un árbol, algo como penetrar en un oasis - de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, - sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas - partes y el pensamiento se llena de terrores - como compensación a la esterilidad emocional - de la existencia.</p> - -<p>—Estás perdido—murmuró Iturrioz—. Ese intelectualismo - no te puede llevar a nada bueno.</p> - -<p>—Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer - más glande que éste? La antigua filosofía nos - daba la magnífica fachada de un palacio; detrás - de aquella magnificencia no había salas espléndidas, - ni lugares de delicias, sino mazmorras obscuras. - Ese es el mérito sobresaliente de Kant; él - vió que todas las maravillas descritas por los - filósofos eran fantasías, espejismos; vió que las - galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.</p> - -<p>—¡Vaya un mérito!—murmuró Iturrioz.</p> - -<p>—Enorme. Kant prueba que son indemostrables - los dos postulados más transcendentales de - las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios - y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son - indemostrables a pesar suyo.</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span></p> - -<p>—¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya - el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite - en el espacio; todo está sometido al encadenamiento - de causas y efectos; ya no hay causa - primera; la idea de causa primera, como ha dicho - Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera - hecho de hierro.</p> - -<p>—A mí esto no me asombra.</p> - -<p>—A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos - un gigante que marchara al parecer con un - fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después - de Kant, el mundo es ciego; ya no puede - haber ni libertad, ni justicia, sino fuerzas que - obran por un principio de causalidad en los dominios - del espacio y del tiempo. Y esto tan grave, - no es todo; hay además otra cosa que se desprende - por primera vez claramente de la filosofía - de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es - que ese espacio y ese tiempo y ese principio de - causalidad no existen fuera de nosotros tal como - nosotros los vemos, que pueden ser distintos, - que pueden no existir.</p> - -<p>—Bah. Eso es absurdo—murmuró Iturrioz—. - Ingenioso si se quiere, pero nada más.</p> - -<p>—No; no sólo es absurdo, sino que es práctico. - Antes para mí era una gran pena considerar - el infinito del espacio; creer el mundo inacabable - me producía una gran impresión; pensar que al - día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo - seguirían existiendo me entristecía, y eso que - <span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> - consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; - pero cuando llegué a comprender que la idea - del espacio y del tiempo son necesidades de - nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; - cuando me convencí por Kant que el espacio y el - tiempo no significan nada; por lo menos que la - idea que tenemos de ellos puede no existir fuera - de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo - pensar que así como nuestra retina produce - los colores, nuestro cerebro produce las ideas - de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado - nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue - el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento - de causas. Se acabó la comedia, - pero definitivamente. Podemos suponer que un - tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero - eso qué importa si no es el nuestro que es el - único real?</p> - -<p>—Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!—dijo Iturrioz.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span></p> -<h3>II<br /> - REALIDAD DE LAS COSAS</h3> -</div> - - -<p>No, no, realidades—replicó Andrés—. ¿Qué - duda cabe que el mundo que conocemos es - el resultado del reflejo de la parte de cosmos del - horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo - unido, contrastado, con las imágenes reflejadas - en los cerebros de los demás hombres que - han vivido y que viven, es nuestro conocimiento - del mundo, es nuestro mundo. ¿Es así, en realidad, - fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo podemos - saber jamás.</p> - -<p>—No veo claro. Todo eso me parece poesía.</p> - -<p>—No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones - que le dan los sentidos. ¿No es verdad?</p> - -<p>—Cierto.</p> - -<p>—Y esas sensaciones e imágenes las ha ido - usted valorizando desde niño con las sensaciones - e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la - seguridad de que ese mundo exterior es tal como - usted lo ve? ¿Tiene usted la seguridad ni siquiera - de que existe?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p> - -<p>—La seguridad práctica, claro; pero nada más.</p> - -<p>—Esa basta.</p> - -<p>—No, no basta. Basta para un hombre sin deseo - de saber; si no ¿para qué se inventarían teorías - acerca del calor o acerca de la luz? Se diría: - hay objetos calientes y fríos, hay color verde o - azul; no necesitamos saber lo que son.</p> - -<p>—No estaría mal que procediéramos así. Si no, - la duda lo arrasa, lo destruye todo.</p> - -<p>—Claro que lo destruye todo.</p> - -<p>—Las matemáticas mismas quedan sin base.</p> - -<p>—Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas - son únicamente las leyes de la inteligencia - humana; pueden ser también las leyes de la - Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos - afirmar. La inteligencia lleva como necesidades - inherentes a ella, las nociones de causa, - de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva - tres dimensiones. Estas nociones de causa, de - espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia, - y cuando ésta afirma sus verdades y - sus axiomas <i lang="la" xml:lang="la"> a priori</i>, no hace más que señalar - su propio mecanismo.</p> - -<p>—¿De manera que no hay verdad?</p> - -<p>—Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en - una misma cosa, es lo que llamamos verdad. - Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en - los cuales no se puede suponer que no haya - unanimidad, en lo demás todas las verdades tienen - como condición el ser unánimes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p> - -<p>—¿Entonces son verdades porque son unánimes?—preguntó - Iturrioz.</p> - -<p>—No, son unánimes, porque son verdades.</p> - -<p>—Me es igual.</p> - -<p>—No, no. Si usted me dice: la gravedad es - verdad porque es una idea unánime, yo le diré - no; la gravedad es unánime porque es verdad. - Hay alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo - de todo, la gravedad es una verdad absoluta.</p> - -<p>—Para mí no; puede ser una verdad relativa.</p> - -<p>—No estoy conforme—dijo Andrés—. Sabemos - que nuestro conocimiento es una relación - imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro - yo; pero como esa relación es constante, en su - tanto de imperfección, no le quita ningún valor - a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo, - respecto al termómetro centígrado: usted me podrá - decir que dividir en cien grados la diferencia - de temperatura que hay entre el agua helada - y el agua en ebullición es una arbitrariedad, - cierto; pero si en esta azotea hay veinte grados - y en la cueva quince, esa relación es una cosa - exacta.</p> - -<p>—Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas - la posibilidad de la mentira inicial. Déjame - suponer la mentira en toda la escala de conocimientos. - Quiero suponer que la gravedad es una - costumbre, que mañana un hecho cualquiera la - desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span></p> - -<p>—Nadie; pero usted, de buena fe, no puede - aceptar esa posibilidad. El encadenamiento de - causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento - no existiera, ya no habría asidero ninguno; - todo podría ser verdad.</p> - -<p>—Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.</p> - -<p>—No; se basa en la razón y en la experiencia.</p> - -<p>—No, porque no podéis llevar la razón hasta - las últimas consecuencias.</p> - -<p>—Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia - nos da la descripción de una falange de este - mamuth, que se llama universo; la filosofía nos - quiere dar la hipótesis racional de cómo puede - ser este mamuth. ¿Que ni los datos empíricos, ni - los datos racionales son todos absolutos? ¡Quién - lo duda! La ciencia valora los datos de la observación; - relaciona las diversas ciencias particulares, - que son como islas exploradas en el océano - de lo desconocido, levanta puentes de paso entre - unas y otras, de manera que en su conjunto - tengan cierta unidad. Claro que estos puentes - no pueden ser más que hipótesis, teorías, aproximaciones - a la verdad.</p> - -<p>—Los puentes son hipótesis y las islas lo son - también.</p> - -<p>—No, no estoy conforme. La ciencia es la única - construcción fuerte de la Humanidad. Contra - ese bloque científico del determinismo, afirmado - ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? - <span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> - Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas - supercherías del pragmatismo y de las - ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa - inconmovible, y la ciencia, no sólo arrolla - estos obstáculos, sino que los aprovecha para - perfeccionarse.</p> - -<p>—Sí—contestó Iturrioz—; la ciencia arrolla - esos obstáculos y arrolla también al hombre.</p> - -<p>—Eso, en parte, es verdad—murmuró Andrés - paseando por la azotea.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p> - - -<h3>III<br /> - EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Ya</span> la ciencia para vosotros—dijo Iturrioz—no - es una institución con un fin humano, ya - es algo más; la habéis convertido en ídolo.</p> - -<p>—Hay la esperanza de que la verdad, aun la - que hoy es inútil, pueda ser útil mañana—replicó - Andrés.</p> - -<p>—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar - las verdades astronómicas alguna vez?</p> - -<p>—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.</p> - -<p>—¿En qué?</p> - -<p>—En el concepto del mundo.</p> - -<p>—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento - práctico, inmediato. Yo, en el fondo, - estoy convencido de que, la verdad en bloque, - es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza - que se llama la vida necesita estar basada - en el capricho, quizá en la mentira.</p> - -<p>—En eso estoy conforme—dijo Andrés—. La - voluntad, el deseo de vivir es tan fuerte en el - animal como en el hombre. En el hombre es mayor - la comprensión. A más comprender, corresponde - <span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> - menos desear. Esto es lógico, y además - se comprueba en la realidad. La apetencia por - conocer se despierta en los individuos que aparecen - al final de una evolución, cuando el instinto - de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad - es conocer, es como la mariposa que rompe - la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, - fuerte, no ve las cosas como son; porque no le - conviene. Está dentro de una alucinación. Don - Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido - negativo, es un símbolo de la afirmación de la - vida. Don Quijote vive más que todas las personas - cuerdas que le rodean, vive más y con más - intensidad que los otros. El individuo o el pueblo - que quiere vivir se envuelve en nubes como - los antiguos dioses cuando se aparecían a los - mortales. El instinto vital necesita de la ficción - para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto - de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar - una verdad: la cantidad de mentira que - es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?</p> - -<p>—Sí, me río, porque eso que tú expones con - palabras del día, está dicho nada menos que en - la Biblia.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el - centro del paraíso había dos árboles, el árbol de - la vida y el árbol de la ciencia del bien y del - mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, - y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. - <span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> - El árbol de la ciencia no se dice cómo - era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y - tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?</p> - -<p>—No recuerdo; la verdad.</p> - -<p>—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes - comer todos los frutos del jardín; pero cuidado - con el fruto del árbol de la ciencia del bien - y del mal, porque el día que tú comas su fruto - morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: - Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, - sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; - pero no comáis del árbol de la ciencia, - porque ese fruto agrio os dará una tendencia a - mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?</p> - -<p>—Sí, es un consejo digno de un accionista del - Banco—repuso Andrés.</p> - -<p>—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería - semítica!—dijo Iturrioz—. ¡Cómo olfatearon - esos buenos judíos, con sus narices corvas, - que el estado de conciencia podía comprometer - la vida!</p> - -<p>—¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas - tenían el instinto fuerte de vivir, inventaban dioses - para ellos, un paraíso exclusivamente suyo. - Yo creo que en el fondo no comprendían nada - de la naturaleza.</p> - -<p>—No les convenía.</p> - -<p>—Seguramente no les convenía. En cambio, - <span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> - los turanios y los arios del Norte, intentaron ver - la naturaleza tal como es.</p> - -<p>—Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se - dejaron domesticar por los semitas del Sur?</p> - -<p>—¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, - ha dominado al mundo, ha tenido la - oportunidad y la fuerza; en una época de guerras - dió a los hombres un dios de las batallas, a - las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, - de quejas y de sensiblería. Hoy, después - de siglos de dominación semítica, el mundo - vuelve a la cordura, y la verdad aparece como - una aurora pálida tras de los terrores de la - noche.</p> - -<p>—Yo no creo en esa cordura—dijo Iturrioz—ni - creo en la ruina del semitismo. El semitismo - judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el - amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. - ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, - de índole tan semítica, dedicada a limpiar - de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso - más curioso que el de Torquemada, de origen - judío?</p> - -<p>—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, - el optimismo, el oportunismo... Todo eso - tiene que desaparecer. La mentalidad científica - de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.</p> - -<p>—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde - están esos precursores?</p> - -<p>—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre - <span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> - todo. Kant ha sido el gran destructor de la mentira - greco-semítica. El se encontró con esos dos - árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué - apartando las ramas del árbol de la vida que - ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, - en el mundo de las ideas, más que un camino - estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él, - sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene - otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, - que no quiso dejar en pie los subterfugios que - el maestro sostuvo amorosamente por falta de - valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa - rama del árbol de la vida, que se llama libertad, - responsabilidad, derecho, descanse junto a las - ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas - a la mirada del hombre. Schopenhauer, más - austero, más probo en su pensamiento, aparta - esa rama, y la vida aparece como una cosa obscura - y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin - bondad, sin fin; una corriente llevada por una - fuerza X, que él llama voluntad y que, de cuando - en cuando, en medio de la materia organizada, - produce un fenómeno secundario, una fosforescencia - cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. - Ya se ve claro en estos dos principios: vida y - verdad, voluntad e inteligencia.</p> - -<p>—Ya debe haber filósofos y biófilos—dijo - Iturrioz.</p> - -<p>—¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas - circunstancias el instinto vital, todo actividad y - <span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> - confianza, se siente herido y tiene que reaccionar - y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen - su optimismo en la vida, en la brutalidad de los - instintos y cantan la vida cruel, canalla, infame, - la vida sin finalidad, sin objeto, sin principios y - sin moral, como una pantera en medio de una - selva. Los otros ponen el optimismo en la misma - ciencia. Contra la tendencia agnóstica de un Du - Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento - del hombre llegaría a conocer la mecánica - del universo, están las tendencias de Berthelot, - de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España, - que supone que se puede llegar a averiguar el fin - del hombre en la Tierra. Hay, por último, los que - quieren volver a las ideas viejas y a los viejos - mitos, porque son útiles para la vida. Estos son - profesores de retórica, de esos que tienen la sublime - misión de contarnos cómo se estornudaba - en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que - nos dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo, - el determinismo, el encadenamiento de - causa a efecto es una cosa grosera, y que el espiritualismo - es algo sublime y refinado. ¡Qué - risa! ¡Qué admirable lugar común para que los - obispos y los generales cobren su sueldo y los - comerciantes puedan vender impunemente bacalao - podrido! ¡Creer en el ídolo o en el fetiche - es símbolo de superioridad; creer en los átomos - como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! - Un <em>aissaua</em> de Marruecos que se rompe la cabeza - <span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> - con un hacha y traga cristales en honor de la - divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, - son seres refinados y cultos; en cambio el - hombre de ciencia que estudia la naturaleza es - un ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja - para vestirse de galas retóricas y de sonidos - nasales en la boca de un académico francés! Hay - que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa. - Tontería: lo que fracasa es la mentira; la ciencia - marcha adelante, arrollándolo todo.</p> - -<p>—Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes - arrollándolo todo. Desde un punto de vista - puramente científico, yo no puedo aceptar esa - teoría de la duplicidad de la función vital: inteligencia - a un lado, voluntad a otro, no.</p> - -<p>—Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad - a otro—replicó Andrés—, sino predominio - de la inteligencia o predominio de la voluntad. - Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad - de vivir tanta como el hombre, resiste a la - muerte como puede; el hombre tiene también - voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.</p> - -<p>—Lo que quiero decir es que no creo que la - voluntad sea sólo una máquina de desear y la - inteligencia una máquina de reflejar.</p> - -<p>—Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros - nos parece esto racionalmente. Si todo reflejo tuviera - para nosotros un fin, podríamos sospechar - que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, - <span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> - una luna indiferente para cuanto se coloca - en su horizonte sensible; pero la conciencia refleja - lo que puede aprehender sin interés, automáticamente - y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas - de lo contingente, dejan un símbolo, - un esquema, que debe ser la idea.</p> - -<p>—No creo en esa indiferencia automática que - tú atribuyes a la inteligencia. No somos un intelecto - puro, ni una máquina de desear, somos - hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, - desean, ejecutan... Yo creo que hay ideas que - son fuerzas.</p> - -<p>—Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma - idea que impulsa a un anarquista romántico - a escribir unos versos ridículos y humanitarios, - es la que hace a un dinamitero poner una bomba. - La misma ilusión imperialista tiene Bonaparte, - que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo - que les diferencia es algo orgánico.</p> - -<p>—¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos - metiendo—murmuró Iturrioz.</p> - -<p>—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros - distintos puntos de vista.</p> - -<p>—En parte, estamos conformes. Tú quieres, - partiendo de la relatividad de todo, darle un valor - absoluto a las relaciones entre las cosas.</p> - -<p>—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, - medida arbitraria; los 360 grados de un círculo, - medida también arbitraria; las relaciones obtenidas - con el metro o con el arco, exactas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span></p> - -<p>—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible - que no lo estuviéramos en todo lo que se refiere - a la matemática y a la lógica; pero cuando nos - vamos alejando de estos conocimientos simples - y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos - dentro de un laberinto, en medio de la - mayor confusión y desorden. En este baile de - máscaras, en donde bailan millones de figuras - abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la - verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado - que pasa por delante de nosotros? - ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey - o un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado - o un viejo enclenque y lleno de úlceras? - La verdad es una brújula loca que no funciona - en este caos de cosas desconocidas.</p> - -<p>—Cierto, fuera de la verdad matemática y de - la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente, - la ciencia no dice mucho. Hay que tener - la probidad de reconocerlo..., y esperar.</p> - -<p>—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de - afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la - República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo - es mejor o peor que el Catolicismo, - si la propiedad individual es buena o mala; mientras - la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.</p> - -<p>—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?</p> - -<p>—Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio - de las matemáticas y de las ciencias empíricas - <span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> - existe, hoy por hoy, un campo enorme - adonde todavía no llegan las indicaciones de la - ciencia. ¿No es eso?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y por qué en ese campo no tomar como - norma la utilidad?</p> - -<p>—Lo encuentro peligroso—dijo Andrés—. - Esta idea de la utilidad, que al principio parece - sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las - mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.</p> - -<p>—Cierto, también, tomando como norma la - verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro. - La verdad puede ser un arma de combate.</p> - -<p>—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No - hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias - naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender - la verdad en política o en moral? El que así - se vanagloria, es tan fanático como el que defiende - cualquier otro sistema político o religioso. - La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es - cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.</p> - -<p>—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas - que no se conocen científicamente, es absurdo - porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes - que los fisiólogos han demostrado que, en el uso - de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de - la manera más exacta, sino de la manera más - económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor - <span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> - norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?</p> - -<p>—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos - en la teoría y en la práctica. Tendríamos que ir - aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la - responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo - todo, las mayores extravagancias de las religiones.</p> - -<p>—No, no aceptaríamos más que lo útil.</p> - -<p>—Pero para lo útil no hay comprobación como - para lo verdadero—replicó Andrés—. La fe religiosa - para un católico, además de ser verdad, - es útil; para un irreligioso puede ser falsa y - útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e - inútil.</p> - -<p>—Bien, pero habrá un punto en que estemos - todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de - la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo - natural, es indudable que tiene una gran fuerza. - Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, - lo daré; si me creo capaz de dar un salto de - dos o tres metros, quizá lo dé también.</p> - -<p>—Pero si se cree usted capaz de dar un salto - de cincuenta metros, no lo dará usted por mucha - fe que tenga.</p> - -<p>—Claro que no; pero eso no importa para que - la fe sirva en el radio de acción de lo posible. - Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.</p> - -<p>—No, no. Eso que usted llama fe no es más - <span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> - que la conciencia de nuestra fuerza. Esa existe - siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene - destruirla, dejarla es un peligro; tras de - esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía - basada en la utilidad, en la comodidad - o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.</p> - -<p>—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando - más norma que la verdad, la vida languidece, - se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién - decía la legalidad nos mata; como él podemos - decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La - sabiduría del judío se comprende cada vez más - que se insiste en este punto: a un lado el árbol - de la ciencia, al otro el árbol de la vida.</p> - -<p>—Habrá que creer que el árbol de la ciencia - es como el clásico manzanillo, que mata a quien - se acoge a su sombra—dijo Andrés burlonamente.</p> - -<p>—Sí, ríete.</p> - -<p>—No, no me río.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p> - -<h3>IV<br /> - DISOCIACIÓN</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">No</span> sé, no sé—murmuró Iturrioz—. Creo que - vuestro intelectualismo no os llevará a - nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para - qué? Se puede ser un gran artista; un gran poeta, - se puede ser hasta un matemático y un científico - y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo - es estéril. La misma Alemania, - que ha tenido el cetro del intelectualismo, hoy - parece que lo repudia. En la Alemania actual - casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido - de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, - el anarquismo, van en baja.</p> - -<p>—¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han - vuelto a renacer!—contestó Andrés.</p> - -<p>—¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción - sistemática y vengativa?</p> - -<p>—No es sistemática ni vengativa. Es destruir - lo que no se afirme de por sí; es llevar el análisis - a todo; es ir disociando las ideas tradicionales - para ver qué nuevos aspectos toman; qué - componentes tienen. Por la desintegración electrolítica - <span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> - de los átomos van apareciendo estos iones - y electrones mal conocidos. Usted sabe también - que algunos histólogos han creído encontrar - en el protoplasma de las células, granos que - consideran como unidades orgánicas elementales, - y que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo - que están haciendo en física en este momento - los Roentgen y los Becquerel, y en biología los - Haeckel y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía - y en moral? Claro que en las afirmaciones - de la química y de la histología no está basada - una política, ni una moral, y si mañana se encontrara - el medio de descomponer y de transmutar - los cuerpos simples, no habría ningún - papa de la ciencia clásica que excomulgara a los - investigadores.</p> - -<p>—Contra tu disociación en el terreno moral, - no sería un papa el que protestara, sería el instinto - conservador de la sociedad.</p> - -<p>—Ese instinto ha protestado siempre contra - todo lo nuevo y seguirá protestando; ¿eso qué - importa? La disociación analítica será una obra - de saneamiento, una desinfección de la vida.</p> - -<p>—Una desinfección que puede matar al enfermo.</p> - -<p>—No, no hay cuidado. El instinto de conservación - del cuerpo social es bastante fuerte para rechazar - todo lo que no puede digerir. Por muchos - gérmenes que se siembren, la descomposición de - la sociedad será biológica.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p> - -<p>—¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es - que se va a construir un mundo nuevo mejor - que el actual?</p> - -<p>—Sí, yo creo que sí.</p> - -<p>—Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada - es el egoísmo del hombre, y el egoísmo es - un hecho natural, es una necesidad de la vida. - ¿Es que supones que el hombre de hoy es menos - egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas. - ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras - y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como - se sujeta a los patos y se les alimenta para que - se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres - en adobo para que estuvieran más suaves. - Nosotros civilizados hacemos jockeys como los - antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos - el cerebro a los cargadores para que tuvieran - más fuerza, como antes la Santa Madre - Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la - Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que - tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería - la Humanidad. ¿Es que supones, como - algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, - que se identificará el amor de uno mismo con el - amor de los demás?</p> - -<p>—No; yo supongo que hay formas de agrupación - social unas mejores que otras, y que se deben - ir dejando las malas y tomando las buenas.</p> - -<p>—Esto me parece muy vago. A una colectividad - no se le moverá jamás diciéndole: Puede - <span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> - haber una forma social mejor. Es como si a una - mujer se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos - de una manera soportable. No, a la mujer y - a la colectividad hay que prometerles el paraíso; - esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica - y disociadora. Los semitas inventaron un paraíso - materialista (en el mal sentido) en el principio - del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, - colocó el paraíso al final y fuera de la vida - del hombre y los anarquistas, que no son más - que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas, - ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En - todas partes y en todas épocas los conductores - de hombres son prometedores de paraísos.</p> - -<p>—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar - de ser niños, alguna vez tenemos que mirar - a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores - no nos han quitado de encima el análisis! - Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya - nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos - siendo dueños del mundo.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span></p> - -<h3>V<br /> - LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Sí</span>, nos ha quitado terrores—exclamó Iturrioz—; - pero nos ha quitado también vida. ¡Sí, es la - claridad la que hace la vida actual completamente - vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo; - pero luego no queda nada. Hoy, un chico - lee una novela del año 30, y las desesperaciones - de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia - de que no hay misterios. La vida se ha - hecho clara; el valor del dinero aumenta; el burguesismo - crece con la democracia. Ya es imposible - encontrar rincones poéticos al final de un - pasadizo tortuoso; ya no hay sorpresas.</p> - -<p>—Usted es un romántico.</p> - -<p>—Y tú también. Pero yo soy un romántico - práctico. Yo creo que hay que afirmar el conjunto - de mentiras y verdades que son de uno hasta - convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que - vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas - y hasta aprovechándose de ellas.</p> - -<p>—Eso me parece lo mismo que si un diabético - aprovechara el azúcar de su cuerpo para endulzar - su taza de café.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p> - -<p>—Caricaturizas mi idea, pero no importa.</p> - -<p>—El otro día leí en un libro—añadió Andrés - burlonamente—que un viajero cuenta que en un - remoto país los naturales le aseguraron que ellos - no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted - cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno - se vea las plumas y la cola?</p> - -<p>—Sí; creyendo en algo más útil y grande que - ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza. - Para llegar a dar a los hombres una regla común, - una disciplina, una organización, se necesita una - fe, una ilusión, algo que aunque sea una mentira - salida de nosotros mismos parezca una verdad - llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía, - ¿sabes lo que haría?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Una milicia como la que inventó Loyola, - con un carácter puramente humano. La Compañía - del Hombre.</p> - -<p>—Aparece el vasco en usted.</p> - -<p>—Quizá.</p> - -<p>—¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?</p> - - -<p>—Esta compañía tendría la misión de enseñar - el valor, la serenidad, el reposo; de arrancar toda - tendencia a la humildad, a la renunciación a la - tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...</p> - -<p>—La escuela de los hidalgos.</p> - -<p>—Eso es, la escuela de los hidalgos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p> - -<p>—De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada - de semitismo.</p> - -<p>—Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es - decir, de espíritu cristiano, me parecería un tipo - completo.</p> - -<p>—Cuando funde usted esa compañía, acuérdese - usted de mí. Escríbame usted al pueblo.</p> - -<p>—¿Pero de veras te piensas marchar?</p> - -<p>—Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a - marchar.</p> - -<p>—¿Pronto?</p> - -<p>—Sí, muy pronto.</p> - -<p>—Ya me tendrás al corriente de tu experiencia. - Te encuentro mal armado para esa prueba.</p> - -<p>—Usted no ha fundado todavía su compañía...</p> - -<p>—Ah, sería utilísima. Ya lo creo.</p> - -<p>Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a - hacerse de noche.</p> - -<p>Las golondrinas trazaban círculos en el aire, - chillando. Venus había salido en el Poniente, de - color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter - con su luz azulada. En las casas comenzaban a - iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban - encendiéndose, formando dos líneas paralelas en - la carretera de Extremadura. De las plantas de la - azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban - ráfagas perfumadas...</p> - - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p> - - - - <h2>QUINTA PARTE<br /> - La experiencia en el pueblo.</h2> - <h3>I<br /> - DE VIAJE</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Unos</span> días después nombraban a Hurtado médico - titular de Alcolea del Campo.</p> - -<p>Era éste un pueblo del centro de España, colocado - en esa zona intermedia donde acaba Castilla - y comienza Andalucía. Era villa de importancia, - de ocho a diez mil habitantes; para llegar - a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse - en una estación de la Mancha y seguir a - Alcolea en coche.</p> - -<p>En seguida de recibir el nombramiento, Andrés - hizo su equipaje y se dirigió a la estación del - Mediodía. La tarde era de verano, pesada, sofocante, - de aire seco y lleno de polvo.</p> - -<p>A pesar de que el viaje lo hacía de noche, - Andrés supuso que seria demasiado molesto ir - en tercera, y tomó un billete de primera clase.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p> - -<p>Entró en el andén, se acercó a los vagones, y - en uno que tenía el cartel de no fumadores, se - dispuso a subir.</p> - -<p>Un hombrecito vestido de negro, afeitado, - con anteojos, le dijo con voz melosa y acento - americano:</p> - -<p>—Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.</p> - -<p>Andrés no hizo el menor caso de la advertencia, - y se acomodó en un rincón.</p> - -<p>Al poco rato se presentó otro viajero, un joven - alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes - levantadas hasta los ojos.</p> - -<p>El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la - misma advertencia de que allí no se fumaba.</p> - -<p>—Lo veo aquí—contestó el viajero algo molesto, - y subió al vagón.</p> - -<p>—Quedaron los tres en el interior del coche - sin hablarse; Andrés, mirando vagamente por la - ventanilla, y pensando en las sorpresas que le - reservaría el pueblo.</p> - -<p>El tren echó a andar.</p> - -<p>El hombrecito negro sacó una especie de túnica - amarillenta, se envolvió en ella, se puso un - pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El - monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio - interior de Andrés; se vieron a lo lejos varias - veces las luces de Madrid en medio del campo, - pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y - entró el revisor. Andrés sacó su billete, el joven - <span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span> - alto hizo lo mismo, y el hombrecito, después de - quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y - mostró un billete y un papel.</p> - -<p>El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete - de segunda.</p> - -<p>El hombrecito de negro, sin más ni más, se - encolerizó, y dijo que aquello era una grosería; - había avisado en la estación su deseo de cambiar - de clase; él era un extranjero, una persona acomodada, - con mucha plata, sí, señor, que había - viajado por toda Europa, y toda América, y sólo - en España, en un país sin civilización, sin cultura, - en donde no se tenía la menor atención al extranjero, - podían suceder cosas semejantes.</p> - -<p>El hombrecito insistió y acabó insultando a los - españoles. Ya estaba deseando dejar este país, - miserable y atrasado; afortunadamente, al día siguiente - estaría en Gibraltar, camino de América.</p> - -<p>El revisor no contestaba. Andrés miraba al - hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel - acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio, - irguiéndose, le dijo con voz violenta:</p> - -<p>—No le permito hablar así de España. Si usted - es extranjero y no quiere vivir aquí, váyase usted - a su país pronto, y sin hablar, porque si no, - se expone usted a que le echen por la ventanilla, - y voy a ser yo; ahora mismo.</p> - -<p>—¡Pero, señor!—exclamó el extranjero—. Es - que quieren atropellarme...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span></p> - -<p>—No es verdad. El que atropella es usted. Para - viajar se necesita educación, y viajando con españoles - no se habla mal de España.</p> - -<p>—Si yo amo a España y el carácter español—exclamó - el hombrecito—. Mi familia es toda española. - ¿Para qué he venido a España sino para - conocer a la madre patria?</p> - -<p>—No quiero explicaciones—. No necesito oirlas—contestó - el otro con voz seca, y se tendió en - el diván como para manifestar el poco aprecio - que sentía por su compañero de viaje.</p> - -<p>Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven - había estado bien.</p> - -<p>El, con su intelectualismo, pensó qué clase de - tipo sería el hombre bajito, vestido de negro; el - otro había hecho una afirmación rotunda de - su país y de su raza. El hombrecito comenzó a - explicarse, hablando solo. Hurtado se hizo el dormido.</p> - -<p>Un poco después de media noche llegaron a - una estación plagada de gente; una compañía - de cómicos transbordaba, dejando la línea de - Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía. - Las actrices, con un guardapolvo gris; - los actores, con sombreros de paja y gorritas, se - acercaban todos como gente que no se apresura, - que sabe viajar, que consideran el mundo como - suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y se - oyó gritar de vagón a vagón:</p> - -<p>—Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?—¡Molina, - <span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> - que la característica te llama!—¡A ver - ese traspunte que se ha perdido!</p> - -<p>Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió - su marcha.</p> - -<p>Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana, - se iban viendo tierras de viña y olivos en - hilera.</p> - -<p>Estaba cerca la estación donde tenía que bajar - Andrés. Se preparó, y al detenerse el tren - saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida y - dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el - pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas - grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas - mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el - cielo. Se sentía en el aire un olor como dulce a - paja seca.</p> - -<p>A un hombre que pasó hacia la estación le - dijo:</p> - -<p>—¿A qué hora sale el coche para Alcolea?</p> - -<p>—A las cinco. Del extremo de esta misma calle - suele salir.</p> - -<p>Andrés avanzó por la calle, pasó por delante - de la garita de consumos, iluminada, dejó la maleta - en el suelo y se sentó encima a esperar.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span></p> - - -<h3>II<br /> - LLEGADA AL PUEBLO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Ya</span> era entrada la mañana cuando la diligencia - partió para Alcolea. El día se preparaba - a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una - nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta, - cortando entre viñedos y alguno que otro olivar, - de olivos viejos y encorvados. El paso de la - diligencia levantaba nubes de polvo.</p> - -<p>En el coche no iba más que una vieja vestida - de negro, con un cesto al brazo.</p> - -<p>Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja - era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar - en aquel momento.</p> - -<p>En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera - subía y bajaba por suaves lomas entre - idénticos viñedos. A las tres horas de marcha - apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado - le pareció grandísimo.</p> - -<p>El coche tomó por una calle ancha de casas - bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo - en una plaza delante de un caserón blanco, - en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la - Palma.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p> - -<p>—¿Usted parará aquí?—le preguntó el mozo.</p> - -<p>—Sí, aquí.</p> - -<p>Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela - se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos - y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño - salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente - estaría bastante tiempo, y que le diera - un cuarto espacioso.</p> - -<p>—Aquí abajo le pondremos a usted—y le llevó - a una habitación bastante grande, con una - ventana a la calle.</p> - -<p>Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la - una se comía. Se sentó en una de las mecedoras. - Un canario en su jaula, colgada del techo, - comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.</p> - -<p>La soledad, la frescura, el canto del canario - hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un - rato.</p> - -<p>Le despertó la voz del criado, que decía:</p> - -<p>—Puede usted pasar a almorzar.</p> - -<p>Entró en el comedor. Había en la mesa tres - viajantes de comercio. Uno de ellos era un catalán - que representaba fábricas de Sabadell; el - otro, un riojano que vendía tartratos para los vinos, - y el último, un andaluz que vivía en Madrid - y corría aparatos eléctricos.</p> - -<p>El catalán no era tan petulante como la generalidad - de sus paísanos del mismo oficio; el riojano - no se las echaba de franco ni de bruto, y el - andaluz no pretendía ser gracioso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p> - -<p>Estos tres mirlos blancos del comisionismo - eran muy anticlericales.</p> - -<p>La comida le sorprendió a Andrés, porque no - había más que caza y carne. Esto, unido al vino - muy alcohólico, tenía que producir una verdadera - incandescencia interior.</p> - -<p>Después de comer, Andrés y los tres viajantes - fueron a tomar café al casino. Hacía en la calle - un calor espantoso: el aire venía en ráfagas secas, - como salidas de un horno. No se podía - mirar a derecha y a izquierda; las casas, blancas - como la nieve, rebozadas de cal, reverberaban - esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno - ciego.</p> - -<p>Entraron en el casino. Los viajantes pidieron - café y jugaron al dominó. Un enjambre de moscas - revoloteaba en el aire. Terminada la partida - volvieron a la fonda a dormir la siesta.</p> - -<p>Al salir a la calle, la misma bofetada de calor - le sorprendió a Andrés; en la fonda los viajantes - se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo propio, - y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio - de las maderas entraba una claridad brillante - como una lámina de oro; de las vigas negras, con - los espacios entre una y otra pintados de azul, - colgaban telas de araña plateadas. En el patio - seguía cantando el canario con su gorjeo chillón, - y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes...</p> - -<p>El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, - <span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> - que si tenía que hablar con alguno del pueblo - no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis. - Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a - visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro - médico.</p> - -<p>El secretario era un tipo un poco petulante, - con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se - creía un hombre superior, colocado en un medio - bajo.</p> - -<p>El secretario brindó en seguida su protección - a Andrés.</p> - -<p>—Si quiere usted—le dijo—iremos ahora mismo - a ver a su compañero, el doctor Sánchez.</p> - -<p>—Muy bien, vamos.</p> - -<p>El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de - aspecto pobre. Era un hombre grueso, rubio, de - ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, - de aire poco inteligente.</p> - -<p>El doctor Sánchez llevó la conversación a la - cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que - no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.</p> - -<p>Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, - se llevaba toda la clientela rica. Don Tomás Solana - era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos - modernos, relaciones...</p> - -<p>—Aquí el titular no puede más que mal vivir—dijo - Sánchez.</p> - -<p>—¡Qué le vamos a hacer!—murmuró Andrés. - Probaremos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p> - -<p>El secretario, el médico y Andrés salieron de - la casa para dar una vuelta.</p> - -<p>Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado - y seco. Pasaron por la plaza, con su iglesia - llena de añadidos y composturas, y sus puestos - de cosas de hierro y esparto. Siguieron por - una calle ancha, de caserones blancos, con su - balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada, - con una cruz de Calatrava en lo alto.</p> - -<p>De los portales se veía el zaguán con un zócalo - azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando - dibujos. Algunas calles extraviadas, con - grandes paredones de color de tierra, puertas - enormes y ventanas pequeñas, parecían de un - pueblo moro. En uno de aquellos patios vió Andrés - muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.</p> - -<p>—¿Qué es esto?—preguntó.</p> - -<p>—Aquí le llaman un rezo—dijo el secretario; - y explicó que era una costumbre que se tenía de - ir a las casas donde había muerto alguno a rezar - el rosario.</p> - -<p>Salieron del pueblo por una carretera llena de - polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del - campo cargadas con montones de gavillas.</p> - -<p>—Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo - idea de su tamaño—dijo Andrés.</p> - -<p>—Pues subiremos aquí, a este cerrillo—indicó - el secretario.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p> - -<p>—Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer - una visita—dijo el médico.</p> - -<p>Se despidieron de él, y el secretario y Andrés - comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en - la cumbre una torre antigua, medio derruída.</p> - -<p>Hacía un calor horrible; todo el campo parecía - quemado, calcinado; el cielo plomizo, con reflejos - de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos, - y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, - a través del cual quedaba convertido en un - disco blanquecino y sin brillo.</p> - -<p>Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada - por lomas grises, tostada por el sol; en el - fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus - paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, - y su torre dorada en medio. Ni un boscaje, ni un - árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban en - toda la extensión abarcada por la vista; únicamente - dentro de las tapias de algunos corrales - una higuera extendía sus anchas y obscuras - hojas.</p> - -<p>Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía - no tener realidad; se hubiera creído que un - soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer - como nube de polvo sobre la tierra enardecida - y seca.</p> - -<p>En el aire había un olor empireumático, dulce, - agradable.</p> - -<p>—Están quemando orujo en alguna alquitara—dijo - el secretario.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span></p> - -<p>Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El - viento levantaba ráfagas de polvo en la carretera; - las campanas comenzaban a tocar de nuevo.</p> - -<p>Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por - la noche. Había refrescado; aquella impresión de - irrealidad del pueblo se acentuaba. A un lado y - a otro de las calles, languidecían las cansadas - lámparas de luz eléctrica.</p> - -<p>Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas - blancas, dormía en el silencio; en los balcones - centrales encima del portón, pintado de - azul, brillaban los geranios; las rejas, con sus - cruces, daban una impresión de romanticismo y - de misterio, de tapadas y escapatorias de convento; - por encima de alguna tapia, brillante de - blancura como un témpano de nieve, caía una - guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, - grande, desierto, silencioso, bañado por la suave - claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p> - -<h3>III<br /> - PRIMERAS DIFICULTADES</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Andrés</span> Hurtado habló largamente con el doctor - Sánchez, de las obligaciones del cargo. - Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos - secciones, separadas por la calle Ancha.</p> - -<p>Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y - al siguiente la izquierda. Así conseguirían no tener - que recorrer los dos todo el pueblo.</p> - -<p>El doctor Sánchez recabó como condición indispensable, - el que si alguna familia de la sección - visitada por Andrés quería que la visitara él - o al contrario, se haría según los deseos del enfermo.</p> - -<p>Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener - nadie predilección por llamarle a él: pero no - le importaba.</p> - -<p>Comenzó a hacer la visita. Generalmente el - número de enfermos que le correspondían no - pasaba de seis o siete.</p> - -<p>Andrés hacía las visitas por la mañana; después, - en general, por la tarde no tenía necesidad - de salir de casa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span></p> - -<p>El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba - una vida soñolienta; oía a los viajantes de comercio - que en la mesa discurseaban y alguna que - otra vez iba al teatro, una barraca construída en - un patio.</p> - -<p>La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos - de cabeza; sin saber por qué, había supuesto - los primeros días que tendría continuos disgustos; - creía que aquella gente manchega sería - agresiva, violenta, orgullosa; pero no, la mayoría - eran sencillos, afables, sin petulancia.</p> - -<p>En la fonda, al principio se encontraba bien; - pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones - de los viajantes le iban fastidiando; la comida, - siempre de carne y sazonada con especias - picantes, le producía digestiones pesadas.</p> - -<p>—¿Pero no hay legumbres aquí?—le preguntó - al mozo un día.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues yo quisiera comer legumbres: judías, - lentejas.</p> - -<p>El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos - días le dijo que no podía ser; había que hacer - una comida especial; los demás huéspedes no - querían comer legumbres; el amo de la fonda - suponía que era una verdadera deshonra para su - establecimiento poner un plato de habichuelas o - de lentejas.</p> - -<p>El pescado no se podía llevar en el rigor del - verano, porque no venía en buenas condiciones. - <span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span> - El único pescado fresco eran las ranas, cosa un - poco cómica como alimento.</p> - -<p>Otra de las dificultades era bañarse: no había - modo. El agua en Alcolea era un lujo y un lujo - caro. La traían en carros desde una distancia de - cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos. - Los pozos estaban muy profundos; sacar el - agua suficiente de ellos para tomar un baño, - constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear - una hora lo menos. Con aquel régimen de carne - y con el calor, Andrés estaba constantemente - excitado.</p> - -<p>Por las noches iba a pasear solo por las calles - desiertas. A primera hora, en las puertas de las - casas, algunos grupos de mujeres y chicos salían - a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en - la calle Ancha en el escalón de una puerta y miraba - las dos filas de luces eléctricas que brillaban - en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué - malestar físico le producía aquel ambiente!</p> - -<p>A principios de septiembre, Andrés decidió - dejar la fonda. Sánchez le buscó una casa. A - Sánchez no le convenía que el médico rival suyo - se hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí - estaba en relación con los viajeros, en sitio muy - céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le llevó - a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio - que llamaban del Marrubial.</p> - -<p>Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, - <span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> - con el frontón pintado de azul y una galería - tapiada en el primer piso.</p> - -<p>Tenía sobre el portal un ancho balcón y una - reja labrada a una callejuela.</p> - -<p>El amo de la casa era del mismo pueblo que - Sánchez, y se llamaba José; pero le decían en - burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés - y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un - cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con - una alcoba en el fondo oculta por una cortina - roja.</p> - -<p>—Yo quisiera—dijo Andrés—un cuarto en el - piso bajo y a poder ser, grande.</p> - -<p>—En el piso bajo no tengo—dijo ella—más - que un cuarto grande, pero sin arreglar.</p> - -<p>—Si pudiera usted enseñarlo.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>La mujer abrió una sala antigua y sin muebles - con una reja afiligranada a la callejuela que se - llamaba de los Carretones.</p> - -<p>—¿Y este cuarto está libre?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ah, pues aquí me quedo—dijo Andrés.</p> - -<p>—Bueno, como usted quiera; se blanqueará, - se barrerá y se traerá la cama.</p> - -<p>Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva - patrona.</p> - -<p>—¿Usted no tendrá una tinaja inservible?—le - preguntó.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p> - -<p>—Para bañarme.</p> - -<p>—En el corralillo hay una.</p> - -<p>—Vamos a verla.</p> - -<p>La casa tenía en la parte de atrás una tapia de - adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba - varios patios y corrales además del establo, - la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, - la bodega y la almazara.</p> - -<p>En un cuartucho que había servido de tahona - y que daba a un corralillo, había una tinaja - grande cortada por la mitad y hundida en el - suelo.</p> - -<p>—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?—preguntó - Andrés.</p> - -<p>—Sí, señor; ¿por qué no?</p> - -<p>—Ahora quisiera que me indicara usted algún - mozo que se encargara de llenar todos los días la - tinaja; yo le pagaré lo que me diga.</p> - -<p>—Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer? - ¿Qué quiere usted de comer? ¿Lo que comemos - en casa?</p> - -<p>—Sí, lo mismo.</p> - -<p>—¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves? - ¿Fiambres?</p> - -<p>—No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, - quisiera que en las dos comidas pusiera un - plato de legumbres.</p> - -<p>Con estas advertencias, la nueva patrona creyó - que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba - mucho.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p> - -<p>La vida en la casa le pareció a Andrés más - simpática que en la fonda.</p> - -<p>Por las tardes, después de las horas de bochorno, - se sentaba en el patio a hablar con la - gente de casa. La patrona era una mujer morena, - de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un - tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante - como el azabache.</p> - -<p>El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, - con facha de degenerado, cara juanetuda, las - orejas muy separadas de la cabeza y el labio - colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años, - no era tan desagradable como su padre ni tan - bonita como su madre.</p> - -<p>Con un primer detalle adjudicó Andrés sus - simpatías y antipatías en la casa.</p> - -<p>Una tarde de domingo, la criada cogió una - cría de gorrión en el tejado y la bajó al patio.</p> - -<p>—Mira, llévalo al pobrecito al corral—dijo el - ama—, que se vaya.</p> - -<p>—No puede volar—contestó la criada, y lo - dejó en el suelo.</p> - -<p>En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se - acercó a una puerta y llamó al gato. El gato, un - gato negro con los ojos dorados, se asomó al - patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el - pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó - sobre él y le hizo arrancar un quejido. Luego se - escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la - boca.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span></p> - -<p>—No me gusta ver esto—dijo el ama.</p> - -<p>Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto - de pedantería y de superioridad del hombre - que se encuentra por encima de todo sentimentalismo.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p> - - -<h3>IV<br /> - LA HOSTILIDAD MÉDICA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Don</span> Juan Sánchez había llegado a Alcolea - hacía más de treinta años de maestro cirujano; - después, pasando unos exámenes, se llegó - a licenciar. Durante bastantes años estuvo, con - relación al médico antiguo, en una situación de - inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre - comenzó a crecerse y a pensar que ya que él - tuvo que sufrir las chinchorrerías del médico - anterior, era lógico que el que viniera sufriera las - suyas.</p> - -<p>Don Juan era un manchego apático y triste, - muy serio, muy grave, muy aficionado a los toros. - No perdía ninguna de las corridas importantes - de la provincia, y llegaba a ir hasta las - fiestas de los pueblos de la Mancha baja y de - Andalucía.</p> - -<p>Esta afición bastó a Andrés para considerarle - como un bruto.</p> - -<p>El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y - él fué por haber ido Sánchez a una corrida de - Baeza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span></p> - -<p>Una noche llamaron a Andrés del molino de - la Estrella, un molino de harina que se hallaba - a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle - en un cochecito. La hija del molinero estaba - enferma; tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón - del vientre se había complicado con una - retención de orina.</p> - -<p>A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel - día, al llamarle por la mañana temprano, dijeron - en casa del médico que no estaba; se había ido - a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba - en el pueblo.</p> - -<p>El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, - mientras animaba al caballo con la fusta. - Hacía una noche admirable; miles de estrellas - resplandecían soberbias, y de cuando en cuando - pasaba algún meteoro por el cielo. En pocos momentos, - y dando algunos barquinazos en los - hoyos de la carretera, llegaron al molino.</p> - -<p>Al detenerse el coche, el molinero se asomó a - ver quién venia, y exclamó:</p> - -<p>—¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y a quién traes aquí?</p> - -<p>—Al médico nuevo.</p> - -<p>El molinero, iracundo, comenzó a insultar a - los médicos. Era hombre rico y orgulloso, que - se creía digno de todo.</p> - -<p>—Me han llamado aquí para ver a una enferma—dijo - <span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> - Andrés fríamente—. ¿Tengo que verla - o no? Porque si no, me vuelvo.</p> - -<p>—Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.</p> - -<p>Andrés subió una escalera hasta el piso principal, - y entró detrás del molinero en un cuarto - en donde estaba una muchacha en la cama y su - madre cuidándola.</p> - -<p>Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió - renegando.</p> - -<p>—Bueno. Cállese usted—le dijo Andrés—, si - quiere usted que reconozca a la enferma.</p> - -<p>El hombre se calló. La muchacha era hidrópica, - tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones. - Andrés examinó a la enferma; su vientre hinchado - parecía el de una rana; a la palpación se notaba - claramente la fluctuación del líquido que llenaba - el peritoneo.</p> - -<p>—¿Qué? ¿Qué tiene?—preguntó la madre.</p> - -<p>—Esto es una enfermedad del hígado, crónica, - grave—contestó Andrés, retirándose de la - cama para que la muchacha no le oyera—; ahora - la hidropesía se ha complicado con la retención - de orina.</p> - -<p>—¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene - cura?</p> - -<p>—Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera - Sánchez. Él debe conocer la marcha de la enfermedad.</p> - -<p>—¿Pero se puede esperar?—preguntó el padre - con voz colérica.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p> - -<p>Andrés volvió a reconocer a la enferma; el - pulso estaba muy débil; la insuficiencia respiratoria, - probablemente resultado de la absorción de - la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones - se sucedían con más fuerza. Andrés tomó - la temperatura. No llegaba a la normal.</p> - -<p>—No se puede esperar—dijo Hurtado dirigiéndose - a la madre.</p> - -<p>—¿Qué hay que hacer?—exclamó el molinero—. - Obre usted...</p> - -<p>—Habría que hacer la punción abdominal—repuso - Andrés, siempre hablando a la madre—. - Si no quieren ustedes que la haga yo...</p> - -<p>—Sí, sí, usted.</p> - -<p>—Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche, - y volveré.</p> - -<p>El mismo molinero se puso al pescante del coche. - Se veía que la frialdad desdeñosa de Andrés - le irritaba. Fueron los dos durante el camino sin - hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió - su estuche, un poco de algodón y una pastilla de - sublimado. Volvieron al molino.</p> - -<p>Andrés animó un poco a la enferma, jabonó - y friccionó la piel en el sitio de elección, y hundió - el trócar en el vientre abultado de la muchacha. - Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba - el agua, verdosa, llena de serosidades, como - de una fuente a un barreño.</p> - -<p>Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo - sondar la vejiga, y la enferma comenzó a respirar - <span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> - fácilmente. La temperatura subió en seguida - por encima de la normal. Los síntomas de - la uremia iban desapareciendo. Andrés hizo - que le dieran leche a la muchacha, que quedó - tranquila.</p> - -<p>En la casa había un gran regocijo.</p> - -<p>—No creo que esto haya acabado—dijo Andrés - a la madre—; se reproducirá, probablemente.</p> - -<p>—¿Qué cree usted que debíamos hacer?—preguntó - ella humildemente.</p> - -<p>—Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar - con un especialista.</p> - -<p>Hurtado se despidió de la madre y de la hija. - El molinero montó en el pescante del coche - para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba - a sonreir en el cielo; el sol brillaba en - los viñedos y en los olivares; las parejas de mulas - iban a la labranza, y los campesinos, de negro, - montados en las ancas de los borricos, les - seguían. Grandes bandadas de cuervos pasaban - por el aire.</p> - -<p>El molinero fué sin hablar en todo el camino; - en su alma luchaban el orgullo y el agradecimiento; - quizá esperaba que Andrés le dirigiera - la palabra; pero éste no despegó los labios. Al - llegar a casa bajó del coche, y murmuró:</p> - -<p>—Buenos días.</p> - -<p>—¡Adiós!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p> - -<p>Y los dos hombres se despidieron como dos - enemigos.</p> - -<p>Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés, - más apático y más triste que nunca.</p> - -<p>—Usted quiere perjudicarme—le dijo.</p> - -<p>—Sé por qué dice usted eso—le contestó Andrés—; - pero yo no tengo la culpa. He visitado a - esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la - operé, porque no había más remedio, porque se - estaba muriendo.</p> - -<p>—Sí; pero también le dijo usted a la madre - que fuera a ver a un especialista de Madrid, y - eso no va en benefició de usted ni en beneficio - mío.</p> - -<p>Sánchez no comprendía que este consejo lo - hubiera dado Andrés por probidad, y suponía - que era por perjudicarle a él. También creía que - por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie - de contribución por todas las enfermedades - de Alcolea. Que el tío Fulano cogía un catarro - fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía - un reumatismo, pues podían ser hasta - veinte visitas.</p> - -<p>El caso de la chica del molinero se comentó - mucho en todas partes e hizo suponer que Andrés - era un médico conocedor de procedimientos - modernos.</p> - -<p>Sánchez, al ver que la gente se inclinaba a - creer en la ciencia del nuevo médico, emprendió - una campaña contra él. Dijo que era hombre de - <span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> - libros, pero sin práctica alguna, y que, además, - era un tipo misterioso, del cual no se podía - uno fiar.</p> - -<p>Al ver que Sánchez le declaraba la guerra francamente, - Andrés se puso en guardia. Era demasiado - escéptico en cuestiones de medicina para - hacer imprudencias. Cuando había que intervenir - en casos quirúrgicos, enviaba al enfermo a - Sánchez que, como hombre de conciencia bastante - elástica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera - ciego o manco.</p> - -<p>Andrés casi siempre empleaba los medicamentos - a pequeñas dosis; muchas veces no producían - efecto; pero al menos no corría el peligro - de una torpeza. No dejaba de tener éxitos; pero - él se confesaba ingenuamente a sí mismo, que, - a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un - diagnóstico bien.</p> - -<p>Claro que por prudencia no aseguraba los primeros - días nada; pero casi siempre las enfermedades - le daban sorpresas; una supuesta pleuresía, - aparecía como una lesión hepática; una tifoidea, - se le transformaba en una gripe real.</p> - -<p>Cuando la enfermedad era clara, una viruela o - una pulmonía, entonces la conocía él y la conocían - las comadres de la vecindad, y cualquiera.</p> - -<p>El no decía que los éxitos se debían a la casualidad; - hubiera sido absurdo; pero tampoco los - lucía como resultado de su ciencia. Había cosas - grotescas en la práctica diaria; un enfermo que - <span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span> - tomaba un poco de jarabe simple, y se encontraba - curado de una enfermedad crónica del estómago; - otro, que con el mismo jarabe decía que - se ponía a la muerte.</p> - -<p>Andrés estaba convencido de que en la mayoría - de los casos una terapéutica muy activa no - podía ser beneficiosa más que en manos de un - buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable, - además de facultades especiales, una - gran práctica. Convencido de esto, se dedicaba - al método expectante. Daba mucha agua con jarabe. - Ya le había dicho confidencialmente al boticario:</p> - -<p>—Usted cobre como si fuera quinina.</p> - -<p>Este escepticismo en sus conocimientos y en - su profesión le daba prestigio.</p> - -<p>A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos - higiénicos, pero nadie le hacía caso.</p> - -<p>Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un - viejo artrítico, que se pasaba la vida leyendo folletines. - Andrés le aconsejaba que no comiera - carne y que anduviera.</p> - -<p>—Pero si me muero de debilidad, doctor—decía - él—. No como más que un pedacito de carne, - una copa de Jerez y una taza de café.</p> - -<p>—Todo eso es malísimo—decía Andrés.</p> - -<p>Este demagogo, que negaba la utilidad de comer - carne, indignaba a la gente acomodada... y - a los carniceros.</p> - -<p>Hay una frase de un escritor francés que quiere - <span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> - ser trágica y es enormemente cómica. Es así: - Desde hace treinta años no se siente placer en - ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde - que ha venido este médico, no se siente placer - en ser rico.</p> - -<p>La mujer del secretario del Ayuntamiento, una - mujer muy remilgada y redicha, quería convencer - a Hurtado de que debía casarse y quedarse - definitivamente en Alcolea.</p> - -<p>—Ya veremos—contestaba Andrés.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span></p> - -<h3>V<br /> - ALCOLEA DEL CAMPO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Las</span> costumbres de Alcolea eran españolas puras, - es decir, de un absurdo completo.</p> - -<p>El pueblo no tenía el menor sentido social; las - familias se metían en sus casas, como los trogloditas - en su cueva. No había solidaridad; nadie - sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. - Los hombres iban al trabajo y a veces al - casino. Las mujeres no salían más que los domingos - a misa.</p> - -<p>Por falta de instinto colectivo el pueblo se había - arruinado.</p> - -<p>En la época del tratado de los vinos con Francia, - todo el mundo, sin consultarse los unos a los - otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos, - dejando el trigo y los cereales, y poniendo - viñedos; pronto el río de vino de Alcolea se convirtió - en río de oro. En este momento de prosperidad, - el pueblo se agrandó, se limpiaron las - calles, se pusieron aceras, se instaló la luz eléctrica...; - luego vino la terminación del tratado, y - como nadie sentía la responsabilidad de representar - <span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> - el pueblo, a nadie se le ocurrió decir: - Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida - antigua; empleemos la riqueza producida por el - vino en transformar la tierra para las necesidades - de hoy. Nada.</p> - -<p>El pueblo aceptó la ruina con resignación.</p> - -<p>—Antes éramos ricos—se dijo cada alcoleano—. - Ahora seremos pobres. Es igual; viviremos - peor; suprimiremos nuestras necesidades.</p> - -<p>Aquel estoicismo acabó de hundir al pueblo.</p> - -<p>Era natural que así fuese; cada ciudadano de - Alcolea se sentía tan separado del vecino como - de un extranjero. No tenían una cultura común - (no la tenían de ninguna clase); no participaban - de admiraciones comunes: sólo el hábito, la rutina - les unía; en el fondo, todos eran extraños a - todos.</p> - -<p>Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea - una ciudad en estado de sitio. El sitiador era la - moral, la moral católica. Allí no había nada que - no estuviera almacenado y recogido: las mujeres - en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino - en las tinajas.</p> - -<p>Andrés se preguntaba: ¿Qué hacen estas mujeres? - ¿En qué piensan? ¿Cómo pasan las horas - de sus días? Difícil era averiguarlo.</p> - -<p>Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea - gozaba de un orden admirable; sólo un cementerio - bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p> - -<p>Esta perfección se conseguía haciendo que el - más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección - en pueblos como aquél se cumplía al revés. - El cedazo iba separando el grano de la paja, - luego se recogía la paja y se desperdiciaba el - grano.</p> - -<p>Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento - de la paja entre españoles no era raro. - Por aquella selección a la inversa, resultaba que - los más aptos allí eran precisamente los más - ineptos.</p> - -<p>En Alcolea había pocos robos y delitos de - sangre: en cierta época los había habido entre - jugadores y matones; la gente pobre no se movía, - vivía en una pasividad lánguida; en cambio - los ricos se agitaban, y la usura iba sorbiendo - toda la vida de la ciudad.</p> - -<p>El labrador, de humilde pasar, que durante - mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco - parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, - luego con veinte; sus tierras se extendían cada - vez más, y él se colocaba entre los ricos.</p> - -<p>La política de Alcolea respondía perfectamente - al estado de inercia y de desconfianza del pueblo. - Era una política de caciquismo, una lucha - entre dos bandos contrarios, que se llamaban el - de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones - eran liberales, y los Mochuelos conservadores.</p> - -<p>En aquel momento dominaban los Mochuelos. - <span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> - El Mochuelo principal era el alcalde, un - hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, - cacique de formas suaves, que suavemente iba - llevándose todo lo que podía del Municipio.</p> - -<p>El cacique liberal del partido de los Ratones - era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento - y forzudo, con unas manos de gigante, - hombre, que cuando entraba a mandar, trataba - al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no - disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con - todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar - decorosamente sus robos.</p> - -<p>Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos - y a los Ratones, y los consideraba necesarios. - Aquellos bandidos eran los sostenes de la - sociedad; se repartían el botín; tenían unos para - otros un <em>tabú</em> especial, como el de los polinesios.</p> - -<p>Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas - manifestaciones del árbol de la vida, y de la - vida áspera manchega: la expansión del egoísmo; - de la envidia, de la crueldad, del orgullo.</p> - -<p>A veces pensaba que todo esto era necesario; - pensaba también que se podía llegar, en la indiferencia - intelectualista, hasta disfrutar contemplando - estas expansiones, formas violentas de la - vida.</p> - -<p>¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, - si es fatal, si no puede ser de otra manera?, - se preguntaba. ¿No era científicamente un poco - absurdo el furor que le entraba muchas veces al - <span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> - ver las injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no - estaba también determinado, no era fatal el que - su cerebro tuviera una irritación que le hiciera - protestar contra aquel estado de cosas violentamente?</p> - -<p>Andrés discutía muchas veces con su patrona. - Ella no podía comprender que Hurtado afirmase - que era mayor delito robar a la comunidad, al - Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular. - Ella decía que no; que defraudar a la comunidad, - no podía ser tanto como robar a una - persona. En Alcolea casi todos los ricos defraudaban - a la Hacienda, y no se les tenía por ladrones.</p> - -<p>Andrés trataba de convencerla, de que el daño - hecho con el robo a la comunidad, era más - grande que el producido contra el bolsillo de un - particular; pero la Dorotea no se convencía.</p> - -<p>—¡Qué hermosa sería una revolución—decía - Andrés a su patrona—, no una revolución de - oradores y de miserables charlatanes, sino una - revolución de verdad! Mochuelos y Ratones, - colgados de los faroles, ya que aquí no hay - árboles; y luego lo almacenado por la moral católica, - sacarlo de sus rincones y echarlo a la - calle: los hombres, las mujeres, el dinero, el - vino; todo a la calle.</p> - -<p>Dorotea se reía de estas ideas de su huésped, - que le parecían absurdas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span></p> - -<p>Como buen epicúreo, Andrés no tenía tendencia - alguna por el apostolado.</p> - -<p>Los del Centro republicano le habían dicho - que diera conferencias acerca de higiene; pero - él estaba convencido de que todo aquello era - inútil, completamente estéril.</p> - -<p>¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas - había de tener eficacia, y prefería no ocuparse - de ellas.</p> - -<p>Cuando le hablaban de política, Andrés decía - a los jóvenes republicanos:</p> - -<p>—No hagan ustedes un partido de protesta. - ¿Para qué? Lo menos malo que puede ser es una - colección de retóricos y de charlatanes; lo más - malo es que sea otra banda de Mochuelos o de - Ratones.</p> - -<p>—¡Pero, don Andrés! Algo hay que hacer.</p> - -<p>—¡Qué van ustedes a hacer! ¡Es imposible! Lo - único que pueden ustedes hacer es marcharse - de aquí.</p> - -<p>El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrés - muy largo.</p> - -<p>Por la mañana hacía su visita; después volvía a - casa y tomaba el baño.</p> - -<p>Al atravesar el corralillo se encontraba con la - patrona, que dirigía alguna labor de la casa; la - criada solía estar lavando la ropa en una media - tinaja, cortada en sentido longitudinal, que parecía - una canoa, y la niña correteaba de un lado a - otro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span></p> - -<p>En este corralillo tenían una sarmentera, donde - se secaban las gavillas de sarmientos, y montones - de leña de cepas viejas.</p> - -<p>Andrés abría la antigua tahona y se bañaba. - Después iba a comer.</p> - -<p>El otoño todavía parecía verano; era costumbre - dormir la siesta. Estas horas de siesta se le - hacían a Hurtado pesadas, horribles.</p> - -<p>En su cuarto echaba una estera en el suelo y - se tendía sobre ella, a obscuras. Por la rendija de - las ventanas entraba una lámina de luz; en el - pueblo dominaba el más completo silencio; todo - estaba aletargado bajo el calor del sol; algunos - moscones rezongaban en los cristales; la tarde - bochornosa, era interminable.</p> - -<p>Cuando pasaba la fuerza del día, Andrés salía - al patio y se sentaba a la sombra del emparrado - a leer.</p> - -<p>El ama, su madre y la criada cosían cerca del - pozo; la niña hacía encaje de bolillos con hilos y - unos alfileres clavados sobre una almohada; al - anochecer regaban los tiestos de claveles, de geranios - y de albahacas.</p> - -<p>Muchas veces venían vendedores y vendedoras - ambulantes a ofrecer frutas, hortalizas o - caza.</p> - -<p>—¡Ave María Purísima!—decían al entrar—. - Dorotea veía lo que traían.</p> - -<p>—¿Le gusta a usted esto, don Andrés?—le - preguntaba Dorotea a Hurtado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p> - -<p>—Sí, pero por mí no se preocupe usted—contestaba - él.</p> - -<p>Al anochecer volvía el patrón. Estaba empleado - en unas bodegas, y concluía a aquella hora el - trabajo. Pepinito era un hombre petulante; sin - saber nada, tenía la pedantería de un catedrático. - Cuando explicaba algo bajaba los párpados, - con un aire de suficiencia tal, que a Andrés le - daban ganas de estrangularle.</p> - -<p>Pepinito trataba muy mal a su mujer y a su - hija; constantemente las llamaba estúpidas, borricas, - torpes; tenía el convencimiento de que él - era el único que hacía bien las cosas.</p> - -<p>—¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa - y tan simpática, es verdaderamente desagradable!—pensaba - Andrés.</p> - -<p>Entre las manías de Pepinito estaba la de pasar - por tremendo. Le gustaba contar historias de - riñas y de muertes. Cualquiera, al oirle, hubiese - creído que se estaban matando continuamente - en Alcolea; contaba un crimen ocurrido hacía - cinco años en el pueblo, y le daba tales variaciones - y lo explicaba de tan distintas maneras, - que el crimen se desdoblaba y se multiplicaba.</p> - -<p>Pepinito era del Tomelloso, y todo lo refería a - su pueblo. El Tomelloso, según él, era la antítesis - de Alcolea; Alcolea era lo vulgar, el Tomelloso - lo extraordinario; que se hablase de lo que - se hablase, Pepinito le decía a Andrés:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p> - -<p>—Debía usted ir al Tomelloso. Allí no hay ni - un árbol.</p> - -<p>—Ni aquí tampoco—le contestaba Andrés, - riendo.</p> - -<p>—Sí. Aquí algunos—replicaba Pepinito—. Allí - todo el pueblo está agujereado por las cuevas - para el vino, y no crea usted que son modernas, - no, sino antiguas. Allí ve usted tinajones grandes - metidos en el suelo. Allí todo el vino que se - hace es natural; malo muchas veces, porque no - saben prepararlo, pero natural.</p> - -<p>—¿Y aquí?</p> - -<p>—Aquí ya emplean la química—decía Pepinito, - para quien Alcolea era un pueblo degenerado - por la civilización—: tartratos, campeche, fuchsina, - demonios le echan éstos al vino.</p> - -<p>Al final de septiembre, unos días antes de la - vendimia, la patrona le dijo a Andrés:</p> - -<p>—¿Usted no ha visto nuestra bodega?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues vamos ahora a arreglarla.</p> - -<p>El mozo y la criada estaban sacando leña y - sarmientos, metidos durante todo el invierno en - el lagar; y dos albañiles iban picando las paredes. - Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el - lagar a la antigua, con su viga para prensar, las - chanclas de madera y de esparto que se ponen - los pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.</p> - -<p>Le mostraron las piletas donde va cayendo el - <span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span> - mosto y lo recogen en cubos, y la moderna bodega - capaz para dos cosechas con barricas y conos - de madera.</p> - -<p>—Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a - la cueva antigua—dijo Dorotea.</p> - -<p>—Miedo, ¿de qué?</p> - -<p>—¡Ah! Es una cueva donde hay duendes, según - dicen.</p> - -<p>—Entonces hay que ir a saludarlos.</p> - -<p>El mozo encendió un candil y abrió una puerta - que daba al corral. Dorotea, la niña y Andrés - le siguieron. Bajaron a la cueva por una escalera - desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al - final de la escalera se abría una bóveda que daba - paso a una verdadera catacumba, húmeda, fría, - larguísima, tortuosa.</p> - -<p>En el primer trozo de esta cueva había una serie - de tinajones empotrados a medias en la pared; - en el segundo, de techo más bajo, se veían las - tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a - su lado las hechas en el Toboso, pequeñas, llenas - de mugre, que parecían viejas gordas y grotescas.</p> - -<p>La luz del candil, al iluminar aquel antro, parecía - agrandar y achicar alternativamente el - vientre abultado de las vasijas.</p> - -<p>Se explicaba que la fantasía de la gente hubiese - transformado en duendes aquellas ánforas - vinarias, de las cuales, las ventrudas y abultadas - tinajas toboseñas, parecían enanos; y las altas y - <span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> - airosas fabricadas en Colmenar tenían aire de - gigantes. Todavía en el fondo se abría un anchurón - con doce grandes tinajones. Este hueco - se llamaba la Sala de los Apóstoles.</p> - -<p>El mozo aseguró que en aquella cueva se habían - encontrado huesos humanos, y mostró en - la pared la huella de una mano que él suponía - era de sangre.</p> - -<p>—Si a don Andrés le gustara el vino—dijo - Dorotea—, le daríamos un vaso de este añejo - que tenemos en la solera.</p> - -<p>—No, no; guárdelo usted para las grandes - fiestas.</p> - -<p>Días después comenzó la vendimia. Andrés - se acercó al lagar, y el ver aquellos hombres sudando - y agitándose en el rincón bajo de techo, - le produjo una impresión desagradable. No creía - que esta labor fuera tan penosa.</p> - -<p>Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que - sólo lo artificial es bueno, y pensó que tenía razón. - Las decantadas labores rurales, motivo de - inspiración para los poetas, le parecían estúpidas - y bestiales. ¡Cuánto más hermosa, aunque - estuviera fuera de toda idea de belleza tradicional, - la función de un motor eléctrico, que no - este trabajo muscular, rudo, bárbaro y mal aprovechado!</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p> - -<h3>VI<br /> - TIPOS DE CASINO</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Al</span> llegar el invierno, las noches largas y frías - hicieron a Hurtado buscar un refugio fuera - de casa, donde distraerse y pasar el tiempo. Comenzó - a ir al casino de Alcolea.</p> - -<p>Este casino, «La Fraternidad», era un vestigio - del antiguo esplendor del pueblo; tenía salones - inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo entero, - varias mesas de billar y una pequeña biblioteca - con algunos libros.</p> - -<p>Entre la generalidad de los tipos vulgares, obscuros, - borrosos, que iban al casino a leer los periódicos - y hablar de política, había dos personajes - verdaderamente pintorescos.</p> - -<p>Uno de ellos era el pianista; el otro, un tal don - Blas Carreño, hidalgo acomodado de Alcolea.</p> - -<p>Andrés llegó a intimar bastante con los dos.</p> - -<p>El pianista era un viejo flaco, afeitado, de cara - estrecha, larga, y anteojos de gruesos lentes. Vestía - de negro y accionaba al hablar de una manera - un tanto afeminada. Era al mismo tiempo organista - de la iglesia, lo que le daba cierto aspecto - eclesiástico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span></p> - -<p>El otro señor, don Blas Carreño, también era - flaco; pero más alto, de nariz aguileña, pelo entrecano, - tez cetrina y aspecto marcial.</p> - -<p>Este buen hidalgo había llegado a identificarse - con la vida antigua y a convencerse de que la - gente discurría y obraba como los tipos de las - obras españolas clásicas, de tal manera, que había - ido poco a poco arcaizando su lenguaje, y - entre burlas y veras hablaba con el alambicamiento - de los personajes de Feliciano de Silva, - que tanto encantaba a Don Quijote.</p> - -<p>El pianista imitaba a Carreño y le tenía como - modelo. Al saludar a Andrés, le dijo:</p> - -<p>—Este mi señor don Blas, querido y agareno - amigo, ha tenido la dignación de presentarme a - su merced como un hijo predilecto de Euterpe; - pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo - habrá podido comprobar con el arrayán de su - buen juicio, más que un pobre, cuanto humilde - aficionado al trato de las Musas, que labora con - estas sus torpes manos en amenizar las veladas - de los socios, en las frigidísimas noches del helado - invierno.</p> - -<p>Don Blas escuchaba a su discípulo sonriendo. - Andrés, al oir a aquel señor expresarse - así, creyó que se trataba de un loco; pero - luego vió que no, que el pianista era una persona - de buen sentido. Únicamente ocurría, que - tanto don Blas como él, habían tomado la costumbre - de hablar de esta manera enfática y altisonante - <span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> - hasta familiarizarse con ella. Tenían frases - hechas, que las empleaban a cada paso: el - ascua de la inteligencia, la flecha de la sabiduría, - el collar de perlas de las observaciones juiciosas, - el jardín del buen decir...</p> - -<p>Don Blas le invitó a Hurtado a ir a su casa y - le mostró su biblioteca con varios armarios llenos - de libros españoles y latinos. Don Blas la puso - a disposición del nuevo médico.</p> - -<p>—Si alguno de estos libros le interesa a usted, - puede usted llevárselo—le dijo Carreño.</p> - -<p>—Ya aprovecharé su ofrecimiento.</p> - -<p>Don Blas era para Andrés un caso digno de - estudio. A pesar de su inteligencia no notaba lo - que pasaba a su alrededor; la crueldad de la vida - en Alcolea, la explotación inicua de los miserables - por los ricos, la falta de instinto social, nada - de esto para él existía, y si existía tenía un carácter - de cosa libresca, servía para decir:</p> - -<p>—Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su - <cite>Examen de ingenios</cite>...</p> - -<p>Don Blas era un hombre extraordinario, sin - nervios; para él no había calor, ni frío, placer, ni - dolor. Una vez, dos socios del casino le gastaron - una broma transcendental: le llevaron a cenar - a una venta y le dieron a propósito unas - migas detestables, que parecían de arena, diciéndole - que eran las verdaderas migas del país, y - don Blas las encontró tan excelentes y las elogió - de tal modo y con tales hipérboles, que llegó a - <span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> - convencer a sus amigos de su bondad. El manjar - más insulso, si se lo daban diciendo que estaba - hecho con una receta antigua y que figuraba - en <cite>La Lozana Andaluza</cite>, le parecía maravilloso.</p> - -<p>En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos - sus golosinas.</p> - -<p>—Tome usted esos melindres, que me han - traído expresamente de Yepes...; esta agua no la - beberá usted en todas partes, es de la fuente del - Maillo.</p> - -<p>Don Blas vivía en plena arbitrariedad; para él - había gente que no tenía derecho a nada; en - cambio, otros lo merecían todo. ¿Por qué? Probablemente - porque sí.</p> - -<p>Decía don Blas que odiaban a las mujeres, que - le habían engañado siempre; pero no era verdad; - en el fondo, esta actitud suya servía para citar - trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...</p> - -<p>A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba - galopines, bellacos, follones, casi siempre sin - motivo, sólo por el gusto de emplear estas palabras - quijotescas.</p> - -<p>Otra cosa que le encantaba a don Blas era - citar los pueblos con sus nombres antiguos: - Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la - antigua Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo, - nos encontramos un día...</p> - -<p>Andrés y don Blas se asombraban mutuamente. - Andrés se decía:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p> - -<p>—¡Pensar que este hombre y otros muchos - como él viven en esta mentira, envenenados - con los restos de una literatura, y de una palabrería - amanerada es verdaderamente extraordinario!</p> - -<p>En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo, - y pensaba: ¡Qué hombre más raro!</p> - -<p>Varias veces discutieron acerca de religión, de - política, de la doctrina evolucionista. Estas cosas - del darwinisno, como decía él, le parecían a don - Blas cosas inventadas para divertirse. Para él los - datos comprobados no significaban nada. Creía - en el fondo que se escribía para demostrar ingenio, - no para exponer ideas con claridad, y que - la investigación de un sabio se echaba abajo con - una frase graciosa.</p> - -<p>A pesar de su divergencia, don Blas no le era - antipático a Hurtado.</p> - -<p>El que sí le era antipático e insoportable era - un jovencito, hijo de un usurero, que en Alcolea - pasaba por un prodigio, y que iba con frecuencia - al casino. Este joven, abogado, había leído - algunas revistas francesas reaccionarias, y se - creía en el centro del mundo.</p> - -<p>Decía que él contemplaba todo con una sonrisa - irónica y piadosa. Creía también que se podía - hablar de filosofía empleando los lugares - comunes del casticismo español, y que Balmes - era un gran filósofo.</p> - -<p>Varias veces el joven, que contemplaba todo - <span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span> - con una sonrisa irónica y piadosa, invitó a Hurtado - a discutir; pero Andrés rehuyó la discusión - con aquel hombre que, a pesar de su barniz - de cultura, le parecía de una imbecilidad fundamental.</p> - -<p>Esta sentencia de Demócrito, que había leído - en la Historia del Materialismo de Lange, le parecía - a Andrés muy exacta: El que ama la contradicción - y la verbosidad, es incapaz de aprender - nada que sea serio.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span></p> - -<h3>VII<br /> - SEXUALIDAD Y PORNOGRAFÍA</h3> -</div> - -<p>En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio - era al mismo tiempo librería y centro de suscripciones. - Andrés iba a ella a comprar papel y - algunos periódicos. Un día le chocó ver que el - librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta - en donde aparecía una mujer desnuda. - Eran de estas novelas a estilo francés; novelas - pornográficas, torpes, con cierto barniz psicológico - hechas para uso de militares, estudiantes y - gente de poca mentalidad.</p> - -<p>—¿Es que eso se vende?—le preguntó Andrés - al librero.</p> - -<p>—Sí; es lo único que se vende.</p> - -<p>El fenómeno parecía paradójico y, sin embargo, - era natural. Andrés había oído a su tío Iturrioz - que en Inglaterra, en donde las costumbres eran - interiormente de una libertad extraordinaria, libros, - aun los menos sospechosos de libertinaje, - estaban prohibidos, y las novelas que las señoritas - francesas o españolas leían delante de sus - madres, allí se consideraban nefandas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span></p> - -<p>En Alcolea sucedía lo contrario; la vida era de - una moralidad terrible; llevarse a una mujer sin - casarse con ella, era más difícil que raptar a la - Giralda de Sevilla a las doce del día; pero, en - cambio, se leían libros pornográficos de una pornografía - grotesca por lo transcendental.</p> - -<p>Todo esto era lógico. En Londres, al agrandarse - la vida sexual por la libertad de costumbres, - se achicaba la pornografía; en Alcolea, al achicarse - la vida sexual, se agrandaba la pornografía.</p> - -<p>—Qué paradoja esta de la sexualidad—pensaba - Andrés al ir a su casa—. En los países donde - la vida es intensamente sexual no existen motivos - de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos - como Alcolea, en donde la vida sexual era tan - mezquina y tan pobre, las alusiones eróticas a la - vida del sexo estaban en todo.</p> - -<p>Y era natural, era en el fondo un fenómeno de - compensación.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span></p> - -<h3>VIII<br /> - EL DILEMA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Poco</span> a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor - de Andrés una mala reputación; se le - consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado, - que se atraía la antipatía de todos.</p> - -<p>Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba - a los ricos y no quería a los pobres.</p> - -<p>Andrés fué notando la hostilidad de la gente - del casino y dejó de frecuentarlo.</p> - -<p>Al principio se aburría.</p> - -<p>Los días iban sucediéndose a los días y cada - uno traía la misma desesperanza, la seguridad - de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y - de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por - una mala inteligencia.</p> - -<p>Se había decidido a cumplir sus deberes de - médico al pie de la letra.</p> - -<p>Llegar a la abstención pura, completa, en la - pequeña vida social de Alcolea, le parecía la - perfección.</p> - -<p>Andrés no era de estos hombres que consideran - el leer como un sucedáneo de vivir; - él leía porque no podía vivir. Para alternar - <span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> - con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada, - prefería pasar el tiempo en su cuarto, - en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.</p> - -<p>¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los - libros si hubiera habido algo importante que - hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o reconstruirlo!</p> - -<p>La inacción le irritaba.</p> - -<p>De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse - al campo; pero para matar conejos, prefería - quedarse en casa.</p> - -<p>Sin saber qué hacer, paseaba como un lobo - por aquel cuarto. Muchas veces intentó dejar de - leer estos libros de filosofía. Pensó que quizá le - irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le - prestó una porción de libros de historia. Andrés - se convenció de que la historia es una cosa vacía. - Creyó, como Schopenhauer, que el que lea - con atención <cite>Los Nueve Libros de Herodoto</cite>, tiene - todas las combinaciones posibles de crímenes, - destronamientos, heroísmos e injusticias, - bondades y maldades que puede suministrar la - historia.</p> - -<p>Intentó también un estudio poco humano y - trajo de Madrid y comenzó a leer un libro de astronomía, - la Guía del Cielo, de Klein, pero le faltaba - la base de las matemáticas y pensó que no - tenía fuerza en el cerebro para dominar esto. Lo - único que aprendió fué el plano estelar. Orientarse - en ese infinito de puntos luminosos, en - <span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> - donde brillan como dioses Arturus y Vega, Altair y - Aldebarán era para él una voluptuosidad algo - triste; recorrer con el pensamiento esos cráteres - de la Luna y el mar de la Serenidad; leer esas - hipótesis acerca de la Vía Láctea y de su movimiento - alrededor de ese supuesto sol central que - se llama Alción y que está en el grupo de las - Pléyades, le daba el vértigo.</p> - -<p>Se le ocurrió también escribir; pero no sabía - por dónde empezar, ni manejaba suficientemente - el mecanismo del lenguaje para expresarse con - claridad.</p> - -<p>Todos los sistemas que discurría para encauzar - su vida dejaban precipitados insolubles, que - demostraban el error inicial de sus sistemas.</p> - -<p>Comenzaba a sentir una irritación profunda - contra todo.</p> - -<p>A los ocho o nueve meses de vivir así excitado - y aplanado al mismo tiempo, empezó a padecer - dolores articulares; además el pelo se le caía - muy abundantemente.</p> - -<p>—Es la castidad—se dijo.</p> - -<p>Era lógico; era un neuro-artrítico. De chico, su - artritismo se había manifestado por jaquecas y - por tendencia hipocondríaca. Su estado artrítico - se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo - las substancias de desecho y esto tenía - que engendrar productos de oxidación incompleta, - el ácido úrico sobre todo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span></p> - -<p>El diagnóstico lo consideró como exacto; el - tratamiento era lo difícil.</p> - -<p>Este dilema se presentaba ante él. Si quería - vivir con una mujer tenía que casarse, someterse. - Es decir, dar por una cosa de la vida toda su - independencia espiritual, resignarse a cumplir - obligaciones y deberes sociales, a guardar consideraciones - a un suegro, a una suegra, a un cuñado; - cosa que le horrorizaba.</p> - -<p>Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, - que no salían más que los domingos a la - iglesia, vestidas como papagayos, con un mal - gusto exorbitante, había algunas, quizá muchas, - agradables, simpáticas. ¿Pero quién las conocía? - Era casi imposible hablar con ellas. Solamente - el marido podría llegar a saber su manera de ser - y de sentir.</p> - -<p>Andrés se hubiera casado con cualquiera, con - una muchacha sencilla; pero no sabía dónde encontrarla. - Las dos señoritas que trataba un poco - eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.</p> - -<p>La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario - era de una cursilería verdaderamente - venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba las - laminitas del <cite>Blanco y Negro</cite> y luego las iluminaba, - y tenía unas ideas ridículas y falsas de - todo.</p> - -<p>De no casarse, Andrés podía transigir e ir con - los perdidos del pueblo a casa de la Fulana o de - <span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> - la Zutana, a estas dos calles en donde las mujeres - de vida airada vivían como en los antiguos - burdeles medioevales; pero esta promiscuidad - era ofensiva para su orgullo. ¿Qué más triunfo - para la burguesía local y más derrota para su - personalidad si se hubiesen contado sus devaneos? - No; prefería estar enfermo.</p> - -<p>Andrés decidió limitar la alimentación, tomar - sólo vegetales y no probar la carne, ni el vino, ni - el café. Varias horas después de comer y de cenar - bebía grandes cantidades de agua. El odio - contra el espíritu del pueblo le sostenía en su - lucha secreta; era uno de esos odios profundos, - que llegan a dar serenidad al que lo siente, un - desprecio épico y altivo. Para él no había burlas, - todas resbalaban por su coraza de impasibilidad.</p> - -<p>Algunas veces pensaba que esta actitud no era - lógica. ¡Un hombre que quería ser de ciencia y - se incomodaba porque las cosas no eran como - él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí - era seca; no había árboles, el clima era duro, la - gente tenía que ser dura también.</p> - -<p>La mujer del secretario del Ayuntamiento y - presidenta de la Sociedad del Perpetuo Socorro, - le dijo un día:</p> - -<p>—Usted, Hurtado, quiere demostrar que se - puede no tener religión y ser más bueno que los - religiosos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p> - -<p>—¿Más bueno, señora?—replicó Andrés—. - Realmente, eso no es difícil.</p> - -<p>Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado - estaba mejor; la comida escasa y sólo vegetal, - el baño, el ejercicio al aire libre le iban haciendo - un hombre sin nervios. Ahora se sentía - como divinizado por su ascetismo, libre; comenzaba - a vislumbrar ese estado de <em>ataraxia</em>, cantado - por los epicúreos y los pirronianos.</p> - -<p>Ya no experimentaba cólera por las cosas ni - por las personas.</p> - -<p>Le hubiera gustado comunicar a alguien sus - impresiones y pensó en escribir a Iturrioz; pero - luego creyó que su situación espiritual era - más fuerte siendo él solo el único testigo de su - victoria.</p> - -<p>Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se - levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba - por aquellos campos llanos, por los viñedos, - hasta un olivar que él llamaba el trágico - por su aspecto. Aquellos olivos viejos, centenarios, - retorcidos, parecían enfermos atacados por - el tétanos; entre ellos se levantaba una casa - aislada y baja con bardales de cambroneras, y en - el vértice de la colina había un molino de viento - tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo - rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés - le dejaba siempre sobrecogido.</p> - -<p>Muchas veces salía de casa cuando aún era de - noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y - <span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> - disolverse como una perla en el horno de la aurora - llena de resplandores.</p> - -<p>Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina, - cerca del fogón bajo. Dorotea, la vieja y la - niña hacían sus labores al amor de la lumbre y - Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - -<h3>IX<br /> - LA MUJER DEL TÍO GARROTA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Una</span> noche de invierno, un chico fué a llamar - a Andrés; una mujer había caído a la calle - y estaba muriéndose.</p> - -<p>Hurtado se embozó en la capa, y de prisa, - acompañado del chico, llegó a una calle extraviada, - cerca de una posada de arrieros que se - llamaba el Parador de la Cruz. Se encontró con - una mujer privada de sentido, y asistida por - unos cuantos vecinos que formaban un grupo - alrededor de ella.</p> - -<p>Era la mujer de un prendero llamado el tío - Garrota; tenía la cabeza bañada en sangre y había - perdido el conocimiento.</p> - -<p>Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda - y que trajeran una luz; tenía la vieja una conmoción - cerebral.</p> - -<p>Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al - principio la sangre negra, coagulada, no salía de - la vena abierta; luego comenzó a brotar despacio; - después más regularmente, y la mujer respiró - con relativa facilidad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p> - -<p>En este momento llegó el juez con el actuario - y dos guardias, y fué interrogando, primero a los - vecinos y después a Hurtado.</p> - -<p>—¿Cómo se encuentra esta mujer?—le dijo.</p> - -<p>—Muy mal.</p> - -<p>—¿Se podrá interrogarla?</p> - -<p>—Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.</p> - -<p>—Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy - a ver el sitio por donde se ha tirado y a interrogar - al marido.</p> - -<p>La tienda era una prendería repleta de trastos - viejos que había por todos los rincones y colgaban - del techo; las paredes estaban atestadas de - fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.</p> - -<p>Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que - ésta abrió los ojos y pareció darse cuenta de lo - que le pasaba.</p> - -<p>—Llamadle al juez—dijo Andrés a los vecinos.</p> - -<p>El juez vino en seguida.</p> - -<p>—Esto se complica—murmuró—; luego preguntó - a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende algo?</p> - -<p>—Sí, parece que sí.</p> - -<p>Efectivamente, la expresión de la mujer era de - inteligencia.</p> - -<p>—¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted - desde la ventana?—preguntó el juez.</p> - -<p>—¡Eh!—dijo ella.</p> - -<p>—¿Quién la ha tirado?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span></p> - -<p>—¡Eh!</p> - -<p>—¿Quién la ha tirado?</p> - -<p>—Garro... Garro...—murmuró la vieja haciendo - un esfuerzo.</p> - -<p>El juez y el actuario y los guardias quedaron - sorprendidos.</p> - -<p>—Quiere decir Garrota—dijo uno.</p> - -<p>—Sí, es una acusación contra él—dijo el - juez—. ¿No le parece a usted, doctor?</p> - -<p>—Parece que sí.</p> - -<p>—¿Por qué la ha tirado a usted?</p> - -<p>—Garro... Garro...—volvió a decir la vieja.</p> - -<p>—No quiere decir más sino que es su marido—afirmó - un guardia.</p> - -<p>—No, no es eso—repuso Andrés—. La lesión - la tiene en el lado izquierdo.</p> - -<p>—¿Y eso qué importa?—preguntó el guardia.</p> - -<p>—Cállese usted—dijo el juez—. ¿Qué supone - usted, doctor?</p> - -<p>—Supongo que esta mujer se encuentra en un - estado de afasia. La lesión la tiene en el lado izquierdo - del cerebro; probablemente la tercera circunvolución - frontal, que se considera como centro - del lenguaje, estará lesionada. Esta mujer parece - que entiende, pero no puede articular más - que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra - cosa.</p> - -<p>—¿Está usted mejor?—dijo el juez.</p> - -<p>—¡Eh!</p> - -<p>—¿Si está usted ya mejor?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p> - -<p>—Garro... Garro...—contestó ella.</p> - -<p>—Sí; dice a todo lo mismo—afirmó el juez.</p> - -<p>—Es un caso de afasia o de sordera verbal—añadió - Andrés.</p> - -<p>—Sin embargo..., hay muchas sospechas contra - el marido—replicó el actuario.</p> - -<p>Habían llamado al cura para sacramentar a la - moribunda.</p> - -<p>Le dejaron solo y Andrés subió con el juez. - La prendería del tío Garrota tenía una escalera - de caracol para el primer piso.</p> - -<p>Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos - alcobas y el cuarto desde donde se había tirado - la vieja. En medio de este cuarto había un brasero, - una badila sucia y una serie de manchas de - sangre que seguían hasta la ventana.</p> - -<p>—La cosa tiene el aspecto de un crimen—dijo - el juez.</p> - -<p>—¿Cree usted?—preguntó Andrés.</p> - -<p>—No, no creo nada; hay que confesar que los - indicios se presentan como en una novela policíaca - para despistar a la opinión. Esta mujer - que se le pregunta quién la ha tirado, y dice el - nombre de su marido; esta badila llena de sangre; - las manchas que llegan hasta la ventana, - todo hace sospechar lo que ya han comenzado a - decir los vecinos.</p> - -<p>—¿Qué dicen?</p> - -<p>—Le acusan al tío Garrota, al marido de esta - mujer. Suponen que el tío Garrota y su mujer - <span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span> - riñeron; que él le dió con la badila en la cabeza; - que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que - entonces él, agarrándola de la cintura, la arrojó - a la calle.</p> - -<p>—Puede ser.</p> - -<p>—Y puede no ser.</p> - -<p>Abonaba esta versión la mala fama del tío - Garrota y su complicidad manifiesta en las - muertes de dos jugadores, el Cañamero y el - Pollo, ocurridas hacía unos diez años cerca de - Daimiel.</p> - -<p>—Voy a guardar esta badila—dijo el juez.</p> - -<p>—Por si acaso no debían tocarla—repuso - Andrés—; las huellas pueden servirnos de - mucho.</p> - -<p>El juez metió la badila en un armario, lo cerró - y llamó al actuario para que lo lacrase. Se cerró - también el cuarto y se guardó la llave.</p> - -<p>Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la - mujer del tío Garrota había muerto.</p> - -<p>El juez mandó que trajeran a su presencia al - marido. Los guardias le habían atado las manos.</p> - -<p>El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento, - de mal aspecto, tuerto, de cara torva, - llena de manchas negras, producidas por una - perdigonada que le habían soltado hacía años en - la cara.</p> - -<p>En el interrogatorio se puso en claro que el tío - Garrota era borracho, y hablaba de matar a uno - o de matar a otro con frecuencia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span></p> - -<p>El tío Garrota no negó que daba malos tratos - a su mujer; pero sí que la hubiese matado. Siempre - concluía diciendo:</p> - -<p>—Señor juez, yo no he matado a mi mujer. - He dicho, es verdad, muchas veces que la iba a - matar; pero no la he matado.</p> - -<p>El juez, después del interrogatorio, envió al tío - Garrota incomunicado a la cárcel.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted?—le preguntó el juez - a Hurtado.</p> - -<p>—Para mí es una cosa clara; este hombre es - inocente.</p> - -<p>El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a - la cárcel, y dijo que empezaba a creer que el - prendero no había matado a su mujer. La opinión - popular quería suponer que Garrota era un - criminal. Por la noche el doctor Sánchez aseguró - en el casino que era indudable que el tío Garrota - había tirado por la ventana a su mujer, y - que el juez y Hurtado tendían a salvarle, Dios - sabe por qué; pero que en la autopsia aparecería - la verdad.</p> - -<p>Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió - nombrara a don Tomás Solana, el otro médico, - como árbitro para presenciar la autopsia, por si - acaso había divergencia entre el dictamen de - Sánchez y el suyo.</p> - -<p>La autopsia se verificó al día siguiente por la - tarde; se hizo una fotografía de las heridas de la - cabeza producidas por la badila y se señalaron - <span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span> - unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.</p> - -<p>Luego se procedió a abrir las tres cavidades - y se encontró la fractura craneana, que cogía - parte del frontal y del parietal y que había ocasionado - la muerte. En los pulmones y en el cerebro - aparecieron manchas de sangre, pequeñas y - redondas.</p> - -<p>En la exposición de los datos de la autopsia - estaban conformes los tres médicos; en su opinión, - acerca de las causas de la muerte, divergían.</p> - -<p>Sánchez daba la versión popular. Según él, la - interfecta, al sentirse herida en la cabeza por los - golpes de la badila, corrió a la ventana a pedir - socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el - cuello, produciéndole una contusión y un principio - de asfixia que se evidenciaba en las manchas - petequiales de los pulmones y del cerebro, y - después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción - cerebral y la fractura del cráneo, que le - produjo la muerte. La misma mujer, en la agonía, - había repetido el nombre del marido indicando - quién era su matador.</p> - -<p>Hurtado decía primeramente que las heridas - de la cabeza eran tan superficiales que no estaban - hechas por un brazo fuerte, sino por una - mano débil y convulsa; que los cardenales del - cuello procedían de contusiones anteriores al día - de la muerte, y que, respecto a las manchas de - sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran - <span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span> - producidas por un principio de asfixia, sino - el alcoholismo inveterado de la interfecta. Con - estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en - un estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente - encontrado en su estómago, y presa de - manía suicida, había comenzado a herirse ella - misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba - la superficialidad de las heridas, que apenas interesaban - el cuero cabelludo, y después, en vista - del resultado negativo para producirse la muerte, - había abierto la ventana y se había tirado de cabeza - a la calle. Respecto a las palabras pronunciadas - por ella, estaba claramente demostrado - que al decirlas se encontraba en un estado afásico.</p> - -<p>Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe - hacía equilibrios, y en conjunto no decía - nada.</p> - -<p>Sánchez estaba en la actitud popular; todo el - mundo creía culpable al tío Garrota, y algunos - llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había - que castigarlo, porque era un desalmado capaz - de cualquier fechoría.</p> - -<p>El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una - porción de pruebas; se estudiaron las huellas - frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían - con los dedos del prendero; se hizo que - un empleado de la cárcel, amigo suyo, le emborrachara - y le sonsacara. El tío Garrota confesó - su participación en las muertes del Pollo y del - <span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> - Cañamero; pero afirmó repetidas veces, entre furiosos - juramentos, que no y que no. No tenía - nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque - le condenaran por decir que no y le salvaran por - decir que sí, diría que no, porque esa era la - verdad.</p> - -<p>El juez, después de repetidos interrogatorios, - comprendió la inocencia del prendero y lo dejó - en libertad.</p> - -<p>El pueblo se consideró defraudado. Por indicios, - por instinto, la gente adquirió la convicción - de que el tío Garrota, aunque capaz de matar a - su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer - la probidad de Andrés y del juez. El periódico - de la capital que defendía a los Mochuelos, - escribió un artículo con el título «¿Crimen o - suicidio?», en el que suponía que la mujer del tío - Garrota se había suicidado; en cambio, otro periódico - de la capital, defensor de los Ratones, aseguró - que se trataba de un crimen y que las influencias - políticas habían salvado al prendero.</p> - -<p>—Habrá que ver lo que habrán cobrado el - médico y el juez—decía la gente.</p> - -<p>A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.</p> - -<p>—Ese hombre iba con lealtad.</p> - -<p>—Pero no era cierto lo que decía—replicaba - alguno.</p> - -<p>—Sí; pero él iba con honradez.</p> - -<p>Y no había manera de convencer a la mayoría - de otra cosa.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span></p> - -<h3>X<br /> - DESPEDIDA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Andrés</span>, que hasta entonces había tenido simpatía - entre la gente pobre, vió que la simpatía - se trocaba en hostilidad. En la primavera - decidió marcharse y presentar la dimisión de su - cargo.</p> - -<p>Un día de mayo fué el fijado para la marcha; - se despidió de don Blas Carreño y del juez y tuvo - un violento altercado con Sánchez, quien, a pesar - de ver que el enemigo se le iba, fué bastante - torpe para recriminarle con acritud. Andrés le - contestó rudamente y dijo a su compañero unas - cuantas verdades un poco explosivas.</p> - -<p>Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y - luego salió a pasear. Hacía un día tempestuoso - con vagos relámpagos, que brillaban entre dos - nubes. Al anochecer comenzó a llover y Andrés - volvió a su casa.</p> - -<p>Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, - habían ido al Maillo, un pequeño balneario - próximo a Alcolea.</p> - -<p>Andrés acabó de preparar su equipaje. A la - <span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> - hora de cenar entró la patrona en su cuarto.</p> - -<p>—¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.</p> - -<p>—Voy a terminar en un momento.</p> - -<p>—Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos - a usted como de la familia.</p> - -<p>—¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en - el pueblo.</p> - -<p>—No lo dirá usted por nosotros.</p> - -<p>—No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo - digo por usted. Si siento dejar el pueblo es, más - que nada, por usted.</p> - -<p>—¡Bah! Don Andrés.</p> - -<p>—Créalo usted o no lo crea, tengo una gran - opinión de usted. Me parece usted una mujer - muy buena, muy inteligente...</p> - -<p>—¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a - confundir!—dijo ella riendo.</p> - -<p>—Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea. - Eso no quita para que sea verdad. Lo malo - que tiene usted...</p> - -<p>—Vamos a ver lo malo...—replicó ella con seriedad - fingida.</p> - -<p>—Lo malo que tiene usted—siguió diciendo - Andrés—es que está usted casada con un hombre - que es un idiota, un imbécil petulante, que - <span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> - le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted - le engañaría con cualquiera.</p> - -<p>—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted - diciendo!</p> - -<p>—Son las verdades de la despedida... Realmente - yo he sido un imbécil en no haberle hecho - a usted el amor.</p> - -<p>—¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?</p> - -<p>—Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que - no lo he pensado otras veces; pero me ha faltado - decisión. Hoy estamos solos en toda la - casa. ¿No?</p> - -<p>—Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me - voy.</p> - -<p>—No se vaya usted, tengo que hablarle.</p> - -<p>Dorotea, sorprendida del tono de mando de - Andrés, se quedó.</p> - -<p>—¿Qué me quiere usted?—dijo.</p> - -<p>—Quédese usted aquí conmigo.</p> - -<p>—Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés—replicó - Dorotea con voz ahogada.</p> - -<p>—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada - con un idiota. Estamos solos, nadie habría de - saber que usted había sido mía. Esta noche para - usted y para mí sería una noche excepcional, - extraña...</p> - -<p>—Sí ¿y el remordimiento?</p> - -<p>—¿Remordimiento?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span></p> - -<p>Andrés, con lucidez, comprendió que no debía - discutir este punto.</p> - -<p>—Hace un momento no creía que le iba a - usted a decir esto. ¿Por qué se lo digo? No sé. - Mi corazón palpita ahora como un martillo de - fragua.</p> - -<p>Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la - cama, pálido y tembloroso.</p> - -<p>—¿Se pone usted malo?—murmuró Dorotea - con voz ronca.</p> - -<p>—No; no es nada.</p> - -<p>Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés - apagó la luz y se acercó a ella.</p> - -<p>Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel - momento en plena inconsciencia...</p> - -<p>Al amanecer comenzó a brillar la luz del día - por entre las rendijas de las maderas. Dorotea - se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus - brazos.</p> - -<p>—No, no—murmuró ella con espanto, y, levantándose - rápidamente, huyó del cuarto.</p> - -<p>Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado - de sí mismo.</p> - -<p>Se encontraba en un estado de irresolución - completa; sentía en la espalda como si tuviera - una plancha que le sujetara los nervios y tenía - temor de tocar con los pies el suelo.</p> - -<p>Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada - en las manos, hasta que oyó el ruido del coche - que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y abrió - <span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> - la puerta antes que llamaran por miedo al pensar - en el ruido de la aldaba; un mozo entró en el - cuarto y cargó con el baúl y la maleta y los llevó - al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la - diligencia, que comenzó a marchar por la carretera - polvorienta.</p> - -<p>—¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!—exclamó - luego—. Y se refería a su vida y - a esta última noche tan inesperada, tan aniquiladora.</p> - -<p>En el tren su estado nervioso empeoró. Se - sentía desfallecido, mareado. Al llegar a Aranjuez - se decidió a bajar del tren. Los tres días que - pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span></p> - - <h2>SEXTA PARTE<br /> - La experiencia en Madrid</h2> - <h3>I<br /> - COMENTARIO A LO PASADO</h3> -</div> - - -<p>A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés - se encontró con la sorpresa desagradable - de que se iba a declarar la guerra a los Estados - Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las - calles, música patriótica a todo pasto.</p> - -<p>Andrés no había seguido en los periódicos - aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía - a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio - era el de la criada vieja de la Dorotea que - solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta - canción:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Parece mentira que por unos mulatos</div> -<div class="line">estemos pasando tan malitos ratos;</div> -<div class="line">a Cuba se llevan la flor de la España</div> -<div class="line">y aquí no se queda más que la morralla.</div> -</div></div></div> - -<p>Todas las opiniones de Andrés acerca de la - <span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span> - guerra estaban condensadas en este cantar de la - vieja criada.</p> - -<p>Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención - de los Estados Unidos, Andrés quedó - asombrado.</p> - -<p>En todas partes no se hablaba más que de la - posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de - Hurtado creía en la victoria española; pero en - una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran - todos vendedores de tocino, al ver a los primeros - soldados españoles, dejarían las armas y - echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro, - hacía vida de <i lang="en" xml:lang="en"> sportman</i> y no le preocupaba la - guerra; a Alejandro le pasaba lo mismo; Margarita - seguía en Valencia.</p> - -<p>Andrés encontró un empleo en una consulta - de enfermedades del estómago, sustituyendo a - un médico que había ido al extranjero por tres - meses.</p> - -<p>Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba - allí hasta el anochecer, luego marchaba a cenar - a casa y por la noche salía en busca de noticias.</p> - -<p>Los periódicos no decían más que necedades - y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados - para la guerra; no tenían ni uniformes para - sus soldados. En el país de las máquinas de coser - el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto - enorme, según se decía en Madrid.</p> - -<p>Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de - <span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> - Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las - proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto - de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran - París; pero era bastante para que los - españoles de buen sentido pudieran sentir toda - la vacuidad de sus grandes hombres.</p> - -<p>Andrés siguió los preparativos de la guerra - con una emoción intensa.</p> - -<p>Los periódicos traían cálculos completamente - falsos. Andrés llegó a creer que había alguna - razón para los optimismos.</p> - -<p>Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en - la calle.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted esto?—le preguntó.</p> - -<p>—Estamos perdidos.</p> - -<p>—¿Pero si dicen que estamos preparados?</p> - -<p>—Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese - chino, que los españoles consideramos como el - colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas - que nos están diciendo los periódicos.</p> - -<p>—Hombre, yo no veo eso.</p> - -<p>—Pues no hay más que tener ojos en la cara y - comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate; - nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos - viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen - veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados - y de mayor velocidad. Los seis nuestros en - conjunto desplazan aproximadamente veintiocho - mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta - mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique - <span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> - toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a - tener sitio dónde apuntar.</p> - -<p>—¿De manera, que usted cree que vamos a la - derrota?</p> - -<p>—No a la derrota, a una cacería. Si alguno - de nuestros barcos puede salvarse, será una - gran cosa.</p> - -<p>Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse, - pero pronto los acontecimientos le dieron la razón. - El desastre había sido como decía él: una - cacería, una cosa ridícula.</p> - -<p>A Andrés le indignó la indiferencia de la gente - al saber la noticia. Al menos él había creído que - el español, inepto para la ciencia y para la civilización, - era un patriota exaltado y se encontraba - que no; después del desastre de las dos pequeñas - escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, - todo el mundo iba al teatro y a los toros tan - tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían - sido espuma, humo de paja, nada.</p> - -<p>Cuando la impresión del desastre se le pasó, - Andrés fué a casa de Iturrioz; hubo discusión - entre ellos.</p> - -<p>—Dejemos todo eso, ya que afortunadamente - hemos perdido las colonias—dijo su tío—y - hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el - pueblo?</p> - -<p>—Bastante mal.</p> - -<p>—¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?</p> - -<p>—No; tuve suerte. Como médico he quedado - <span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> - bien. Ahora, personalmente, he tenido poco - éxito.</p> - -<p>—Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de - Don Quijote.</p> - -<p>Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz - le escuchó atentamente.</p> - -<p>—¿De manera que allí no has perdido tu virulencia - ni te has asimilado el medio?</p> - -<p>—Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una - bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido - fénico.</p> - -<p>—Y esos manchegos ¿son buena gente?</p> - -<p>—Sí, muy buena gente; pero con una moral - imposible.</p> - -<p>—Pero esa moral ¿no será la defensa de la - raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?</p> - -<p>—Es muy posible; pero si es así, ellos no se - dan cuenta de este motivo.</p> - -<p>—¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo - será un conjunto de gente con conciencia? ¿En - Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas - partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla, - idiota y egoísta. Si ahí en Alcolea es una - buena persona, hay que decir que los alcoleanos - son gente superior.</p> - -<p>—No digo que no. Los pueblos como Alcolea - están perdidos, porque el egoísmo y el dinero no - está repartido equitativamente; no lo tienen más - que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres - <span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> - no hay sentido individual. El día que cada - alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no transijo, - ese día el pueblo marchará hacia adelante.</p> - -<p>—Claro; pero para ser egoísta hay que saber; - para protestar hay que discurrir. Yo creo que la - civilización le debe más al egoísmo que a todas - las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo - ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, - el barco, todo.</p> - -<p>—Estamos conformes. Por eso indigna ver a - esa gente, que no tiene nada que ganar con la - maquinaria social que, a cambio de cogerle al - hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria - y hambre para la vejez, y que aún así la - defienden.</p> - -<p>—Eso tiene una gran importancia individual, - pero no social. Todavía no ha habido una sociedad - que haya intentado un sistema de justicia - distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos - que marcha, pero al menos se arrastra y - las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.</p> - -<p>—Es imbécil.</p> - -<p>—Amigo, es que la naturaleza es muy sabia. - No se contenta sólo con dividir a los hombres en - felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino - que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre - el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen - las abejas obreras; se encierra a la larva en un - alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. - La larva ésta se desarrolla de una manera - <span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span> - incompleta; es una obrera, una proletaria, - que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. - Así sucede entre los hombres, entre el obrero y - el militar, entre el rico y el pobre.</p> - -<p>—Me indigna todo esto—exclamó Andrés.</p> - -<p>—Hace unos años—siguió diciendo Iturrioz—me - encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio - donde estaban haciendo la zafra. Varios - chinos y negros llevaban la caña en manojos a - una máquina con grandes cilindros que la trituraba. - Contemplábamos el funcionamiento del - aparato, cuando de pronto vemos a uno de los - chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco - grita que paren la máquina. El maquinista no - atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente - sale convertido en una sábana de - sangre y de huesos machacados. Los blancos - que presenciábamos la escena nos quedamos - consternados; en cambio los chinos y los negros - se reían. Tenían espíritu de esclavos.</p> - -<p>—Es desagradable.</p> - -<p>—Sí, como quieras; pero son los hechos y hay - que aceptarlos y acomodarse a ellos. Otra cosa - es una simpleza. Intentar andar entre los hombres, - en ser superior, como tú has querido hacer - en Alcolea, es absurdo.</p> - -<p>—Yo no he intentado presentarme como ser - superior—replicó Andrés con viveza—. Yo he - ido en hombre independiente. A tanto trabajo, - <span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> - tanto sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan, - y ya está.</p> - -<p>—Eso no es posible; cada hombre no es una - estrella con su órbita independiente.</p> - -<p>—Yo creo que el que quiere serlo lo es.</p> - -<p>—Tendrá que sufrir las consecuencias.</p> - -<p>—¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El - que no tiene dinero paga su libertad con su - cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, - que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo - que del corazón. El hombre de verdad busca antes - que nada su independencia; se necesita ser - un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar - mala la libertad. ¿Que no es posible? - ¿Que el hombre no puede ser independiente - como una estrella de otra? A esto no se puede - decir más sino que es verdad, desgraciadamente.</p> - -<p>—Veo que vienes lírico del pueblo.</p> - -<p>—Será la influencia de las migas.</p> - -<p>—O del vino manchego.</p> - -<p>—No; no lo he probado.</p> - -<p>—¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y - despreciabas el producto mejor del pueblo? Bueno, - ¿qué piensas hacer?</p> - -<p>—Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.</p> - -<p>—¿En Madrid?</p> - -<p>—Sí, en Madrid.</p> - -<p>—¿Otra experiencia?</p> - -<p>—Eso es, otra experiencia.</p> - -<p>—Bueno, vamos ahora a la azotea.</p> - - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p> -<h3>II<br /> - LOS AMIGOS</h3> -</div> - -<p>A principio de otoño, Andrés quedó sin nada - que hacer. Don Pedro se había encargado - de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba - algún destino para su hijo.</p> - -<p>Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca - Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una - noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo, - se encontró con Montaner.</p> - -<p>—Chico, ¡cuánto tiempo!—exclamó el antiguo - condiscípulo, acercándosele.</p> - -<p>—Sí, ya hace algunos años que no nos hemos - visto.</p> - -<p>Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá, - y al llegar a la esquina de la de Peligros, - Montaner insistió para que entraran en el café de - Fornos.</p> - -<p>—Bueno, vamos—dijo Andrés.</p> - -<p>Era sábado y había gran entrada; las mesas - estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de - los teatros, se preparaban a cenar, y algunas - <span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span> - busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados - por todo el ámbito de la sala.</p> - -<p>Montaner tomó ávidamente el chocolate que le - trajeron, y después le preguntó a Andrés:</p> - -<p>—¿Y tú, qué haces?</p> - -<p>—Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú? - ¿Concluíste la carrera?</p> - -<p>—Sí, hace un año. No podía acabarla por aquella - chica que era mi novia. Me pasaba el día entero - hablando con ella; pero los padres de la chica - se la llevaron a Santander y la casaron allí. - Yo entonces fuí a Salamanca, y he estado hasta - concluir la carrera.</p> - -<p>—¿De manera que te ha convenido que casaran - a la novia?</p> - -<p>—En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve - el ser médico!.</p> - -<p>—¿No encuentras trabajo?</p> - -<p>—Nada. He estado con Julio Aracil.</p> - -<p>—¿Con Julio?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—De ayudante.</p> - -<p>—¿Ya necesita ayudantes Julio?</p> - -<p>—Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado - me prometió protegerme. Tenía una plaza - en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara - me la cedería a mí.</p> - -<p>—¿Y no te la ha cedido?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p> - -<p>—No; la verdad es que todo es poco para sostener - su casa.</p> - -<p>—¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Antes era muy roñoso.</p> - -<p>—Y sigue siéndolo.</p> - -<p>—¿No avanza?</p> - -<p>—Como médico poco, pero tiene recursos: el - ferrocarril, unos conventos que visita; es también - accionista de «La Esperanza», una sociedad - de esas de médico, botica y entierro, y tiene participación - en una funeraria.</p> - -<p>—¿De manera que se dedica a la explotación - de la caridad?</p> - -<p>—Sí; ahora, además, como te decía, tiene una - clínica que ha puesto con dinero del suegro. - Yo he estado ayudándole; la verdad es que me - ha cogido de primo; durante más de un mes he - hecho de albañil, de carpintero, de mozo de - cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en - la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la - cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene - que asociarse con un muchacho valenciano que - se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que - cuando me necesite me llamará.</p> - -<p>—En resumen, que te ha echado.</p> - -<p>—Lo que tú dices.</p> - -<p>—¿Y qué vas a hacer?</p> - -<p>—Voy a buscar un empleo cualquiera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span></p> - -<p>—¿De médico?</p> - -<p>—De médico o de no médico. Me es igual.</p> - -<p>—¿No quieres ir a un pueblo?</p> - -<p>—No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.</p> - -<p>—Y los demás, ¿qué han hecho?—preguntó - Andrés—. ¿Dónde está aquel Lamela?</p> - -<p>—En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive - bien. De Cañizo no sé si te acordarás...</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Uno que perdió curso en Anatomía.</p> - -<p>—No, no me acuerdo.</p> - -<p>—Si lo vieras, te acordarías en seguida—repuso - Montaner—. Pues este Cañizo es un hombre - feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo - que es muy glotón, y el otro día me decía: - Chico, estoy muy contento; los carniceros me - regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer - me trata bien; me da langosta algunos domingos.</p> - -<p>—¡Que animal!</p> - -<p>—De Ortega si te acordarás.</p> - -<p>—¿Uno bajito, rubio?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Me acuerdo.</p> - -<p>—Ese estuvo de médico militar en Cuba, y - se acostumbró a beber de una manera terrible. - Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi - ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span></p> - -<p>—De manera que nadie ha marchado bien de - nuestros condiscípulos.</p> - -<p>—Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con - su periódico de carnicería y con su mujer que los - domingos le da langosta.</p> - -<p>—Es triste todo eso. Siempre en este Madrid - la misma interinidad, la misma angustia - hecha crónica, la misma vida sin vida, todo - igual.</p> - -<p>—Sí; esto es un pantano—murmuró Montaner.</p> - -<p>—Más que un pantano es un campo de ceniza. - Y Julio Aracil, ¿vive bien?</p> - -<p>—Hombre, según lo que se entienda por vivir - bien.</p> - -<p>—Su mujer, ¿cómo es?</p> - -<p>—Es una muchacha vistosa, pero él la está - prostituyendo.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque la va dando un aire de <i lang="fr" xml:lang="fr">cocotte</i>. El - hace que se ponga trajes exagerados, la lleva a - todas partes; yo creo que él mismo la ha aconsejado - que se pinte. Y ahora prepara el golpe final. - Va a llevar a ese Nebot, que es un muchacho - rico, a vivir a su casa y va a ampliar la clínica. - Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot - se entienda con su mujer.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot - <span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> - en el mejor sitio de la casa, cerca de la alcoba - de su mujer.</p> - -<p>—Demonio. ¿Es que no la quiere?</p> - -<p>—Julio no quiere a nadie; se casó con ella por - su dinero. El tiene una querida que es una señora - rica, ya vieja.</p> - -<p>—¿De manera que en el fondo, marcha?</p> - -<p>—¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que - hacerse rico.</p> - -<p>Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron - del café y cada cual se fué a su casa.</p> - -<p>A los pocos días Andrés encontró a Julio - Aracil que entraba en un coche.</p> - -<p>—¿Quieres dar una vuelta conmigo?—le dijo - Julio—. Voy al final del barrio de Salamanca, a - hacer una visita.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Entraron los dos en el coche.</p> - -<p>—El otro día vi a Montaner—le dijo Andrés.</p> - -<p>—¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos - es indispensable.</p> - -<p>—Sí; parece que no está muy contento de ti.</p> - -<p>—No me choca. La gente tiene una idea estúpida - de las cosas—dijo Aracil con voz colérica—. - No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, - completos, no con gente sentimental que le - dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma - este pedazo de pan duro, al que no le puedo - hincar el diente, y a cambio convídame a cenar - todos los días en el mejor hotel.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p> - -<p>Andrés se echó a reir.</p> - -<p>—La familia de mi mujer es también de las - que tienen una idea imbécil de la vida—siguió - diciendo Aracil—. Constantemente me están poniendo - obstáculos.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio - que tengo en la clínica, le hace el amor a mi - mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo. - ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le - dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha - de engañar. Yo tengo confianza en ella.</p> - -<p>—Haces bien.</p> - -<p>—No sé qué idea tiene de las cosas—siguió - diciendo Julio—estas gentes chapadas a la antigua, - como dicen ellos. Porque yo comprendo un - hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos! - Que me presentara yo mañana y dijera: Estas - visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña - Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, - no he estado acertado... ¡toda la familia me - pondría de imbécil hasta las narices!</p> - -<p>—¡Ah! No tiene duda.</p> - -<p>—Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades - ridículas?</p> - -<p>—¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas - mucho?</p> - -<p>—Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. - Es la vida de hoy que lo exige. La - mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener - <span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> - trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero - para la casa, para la comida, para la modista, - para el sastre, para el teatro, para el coche; yo - busco como puedo ese dinero.</p> - -<p>—¿Y no te convendría limitarte un poco?—le - preguntó Andrés.</p> - -<p>—¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No, - no; ahora mejor que nunca. Ahora que es uno - joven.</p> - -<p>—Es una filosofía; no me parece mal, pero vas - a inmoralizar tu casa.</p> - -<p>—A mí la moralidad no me preocupa—replicó - Julio—. Aquí, en confianza, te diré que una mujer - honrada me parece uno de los productos más - estúpidos y más amargos de la vida.</p> - -<p>—Tiene gracia.</p> - -<p>—Sí, una mujer que no sea algo coqueta no - me gusta. Me parece bien que gaste, que se adorne, - que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele - decir: Una mujer elegante debía tener más de un - marido. Al oirle todo el mundo se ríe.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—Porque su mujer, como marido no tiene - más que uno; pero, en cambio, amantes tiene - tres.</p> - -<p>—¿A la vez?</p> - -<p>—Sí, a la vez; es una señora muy liberal.</p> - -<p>—Muy liberal y muy conservadora, si los - amantes le ayudan a vivir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p> - -<p>—Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.</p> - -<p>Llegaron a la casa del cliente.</p> - -<p>—¿Adónde quieres ir tú?—le preguntó Julio.</p> - -<p>—A cualquier lado. No tengo nada que - hacer.</p> - -<p>—¿Quieres que te dejen en la Cibeles?</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Vaya usted a la Cibeles y vuelva—le dijo - Julio al cochero.</p> - -<p>Se despidieron los dos antiguos condiscípulos - y Andrés pensó que por mucho que subiera su - compañero no era cosa de envidiarle.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span></p> - -<h3>III<br /> -FERMÍN IBARRA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Unos</span> días después, Hurtado se encontró en - la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba - desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón - para andar.</p> - -<p>—Un día de estos me voy—le dijo Fermín.</p> - -<p>—¿Adónde?</p> - -<p>—Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No - pienso estar aquí; probablemente no volveré.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No. Aquí no se puede hacer nada; tengo - dos o tres patentes de cosas pensadas por mi, - que creo que están bien; en Bélgica me las iban - a comprar; pero yo he querido hacer primero - una prueba en España, y me voy desalentado, - descorazonado; aquí no se puede hacer nada.</p> - -<p>—Eso no me choca—dijo Andrés—; aquí no - hay ambiente para lo que tú haces.</p> - -<p>—¡Ah, claro!—repuso Ibarra—. Una invención - supone la recapitulación, la síntesis de las fases - de un descubrimiento; una invención, es muchas - veces una consecuencia tan fácil de los hechos - <span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span> - anteriores, que casi se puede decir que se desprende - ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar - en España el proceso evolutivo de un - descubrimiento? ¿Con qué medios? ¿En qué talleres? - ¿En qué laboratorios?</p> - -<p>—En ninguna parte.</p> - -<p>—Pero, en fin, a mí esto no me indigna—añadió - Fermín—, lo que me indigna es la suspicacia, - la mala intención, la petulancia de esta - gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos - juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos - hasta Cádiz...; políticos, militares, profesores, - curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.</p> - -<p>—Sí, es verdad.</p> - -<p>—Cuando estoy fuera de España—siguió diciendo - Ibarra—quiero convencerme de que - nuestro país no está muerto para la civilización; - que aquí se discurre y se piensa, pero cojo - un periódico español y me da asco; no habla - más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.</p> - -<p>Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid, - en Barcelona, en Bilbao. Había millonario que le - había dicho que él no podía exponer dinero sin - base, que después de hechas las pruebas con - éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al - cincuenta por ciento.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p> - -<p>—El capital español está en manos de la canalla - más abyecta—concluyó diciendo Fermín.</p> - -<p>Unos meses después, Ibarra le escribía desde - Bélgica, diciendo que le habían hecho jefe de un - taller y que sus empresas iban adelante.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p> - -<h3>IV<br /> -ENCUENTRO CON LULÚ</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Un</span> amigo del padre de Hurtado, alto empleado - en Gobernación, había prometido encontrar - un destino para Andrés. Este señor vivía - en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo - Andrés en su casa, y siempre le decía que no - había nada; un día le dijo:</p> - -<p>—Lo único que podemos darle a usted, es una - plaza de médico de higiene que va a haber vacante. - Diga usted si le conviene, y, si le conviene, - le tendremos en cuenta.</p> - -<p>—Me conviene.</p> - -<p>—Pues ya le avisaré a tiempo.</p> - -<p>Este día, al salir de casa del empleado, en la - calle Ancha, esquina a la del Pez, Andrés Hurtado - se encontró a Lulú. Estaba igual que antes; - no había variado nada.</p> - -<p>Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa - rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba - con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan - graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span></p> - -<p>—Tenemos mucho que hablar—le dijo Lulú—; - yo me estaría charlando con gusto con usted, - pero tengo que entregar un encargo. Mi madre - y yo, solemos ir los sábados al café de la Luna. - ¿Quiere usted ir por allá?</p> - -<p>—Sí, iré.</p> - -<p>—Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve - y media a diez. No falte usted, ¿eh?</p> - -<p>—No, no faltaré.</p> - -<p>Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por - la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban - doña Leonarda y Lulú en compañía de un - señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, - que le recibió secamente, y se sentó en una - silla lejos de Lulú.</p> - -<p>—Siéntese usted aquí—dijo ella, haciéndole - sitio en el diván.</p> - -<p>Se sentó Andrés cerca de la muchacha.</p> - -<p>—Me alegro mucho que haya usted venido—dijo - Lulú—; tenía miedo de que no quisiera - usted venir.</p> - -<p>—¿Por qué no había de venir?</p> - -<p>—¡Como es usted tan así!</p> - -<p>—Lo que no comprendo es por qué han elegido - ustedes este café. ¿O es que ya no viven - allí en la calle del Fúcar?</p> - -<p>—¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle - del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la - vida de plano?</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - -<p>—Julio.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ya ve usted, cómo no es tan mala persona, - como usted decía.</p> - -<p>—Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya - se lo contaré a usted. Y usted ¿qué ha hecho? - ¿Cómo ha vivido?</p> - -<p>Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas - en Alcolea.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted!—exclamó - Lulú—. ¡Qué lobo!</p> - -<p>El señor de los anteojos, que estaba de conversación - con doña Leonarda, al ver que Lulú - no dejaba un momento de hablar con Andrés se - levantó y se fué.</p> - -<p>—Lo que es si a usted le importa algo por - Lulú, puede usted estar satisfecho—dijo doña - Leonarda con tono desdeñoso y agrio.</p> - -<p>—¿Por qué lo dice usted?—preguntó Andrés.</p> - -<p>—Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente - raro. Y la verdad, no sé por qué.</p> - -<p>—Yo tampoco sé que a las personas se les - tenga cariño por algo—replicó Lulú vivamente—; - se las quiere o no se las quiere; nada más.</p> - -<p>Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió - el periódico de la noche y se puso a leerlo. - Lulú siguió hablando con Andrés.</p> - -<p>—Pues verá usted cómo nos resolvió la vida - Julio—dijo ella en voz baja—. Yo ya le decía a - <span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span> - usted que era un canalla que no se casaría con - Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera - comenzó a huir el bulto y a no aparecer por - casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo - el amor a una señorita de buena posición. Llamé - a Julio y hablamos; me dijo claramente que no - pensaba casarse con Niní.</p> - -<p>—¿Así, sin ambages?</p> - -<p>—Sí; que no le convenía; que sería para él un - engorro casarse con una mujer pobre. Yo me - quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que - tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras - eso. ¿Qué quieres que le advierta?—me - preguntó él—. Pues nada; que no te casas con - Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones - que me has dado.</p> - -<p>—Se quedaría atónito—exclamó Andrés—, - porque él pensaba que el día que lo dijera iba a - haber un cataclismo en la familia.</p> - -<p>—Se quedó helado, en el mayor asombro—. - Bueno, bueno—dijo—, iré a verle y se lo diré. - Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó - hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; - luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar - venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le - dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo - sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que - la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente; - unos días después vino don Prudencio - en actitud diplomática; habló de que si Julio no - <span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span> - encontraba destino, de que si no le convenía ir a - un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, - yo ya no creo en las mujeres.</p> - -<p>—Esa declaración tiene gracia—dijo Andrés.</p> - -<p>—Es verdad—replicó Lulú—, porque mire usted - que los hombres son mentirosos, pues las - mujeres todavía son más. A los pocos días, don - Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a - mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio - unos días después en casa, que fué a devolver - las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando - mamá le decía con la boca llena que don Prudencio - tenía tantos miles de duros y una finca - aquí y otra allí...</p> - -<p>—Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que - le da pensar que los demás tienen dinero.</p> - -<p>—Sí, estaba frenético. Después del viaje de - boda, don Prudencio me preguntó—: Tú ¿qué - quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con - tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; - estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que - preferiría es tener una tiendecita de confecciones - de ropa blanca y seguir trabajando—. Pues nada, - lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.</p> - -<p>—¿Y la tiene usted?</p> - -<p>—Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi - madre se opuso, por esas tonterías de que si mi - padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive - como puede. ¿No es verdad?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span></p> - -<p>—Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del - trabajo!</p> - -<p>Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. - Ella había localizado su vida en la casa de la - calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que - se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. - Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de - la casa.</p> - -<p>—¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el - viejecito?—le preguntó Lulú.</p> - -<p>—Sí; ¿qué hizo?</p> - -<p>—Murió el pobre...; me dió una pena.</p> - -<p>—¿Y de qué murió?</p> - -<p>—De hambre. Una noche entramos la Venancia - y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él - decía con aquella vocecita que tenía:—No, si no - tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de - debilidad nada más—, y se estaba muriendo.</p> - -<p>A la una y media de la noche, doña Leonarda - y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó - hasta la calle del Pez.</p> - -<p>—¿Vendrá usted por aquí?—le dijo Lulú.</p> - -<p>—Sí; ¡ya lo creo!</p> - -<p>—Algunas veces suele venir Julio también.</p> - -<p>—¿No le tiene usted odio?</p> - -<p>—¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, - pero me divierte, me parece entretenido, - como si viera un bicho malo metido debajo de - una copa de cristal.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p> - -<h3>V<br /> - MÉDICO DE HIGIENE</h3> -</div> - -<p>A los pocos días de recibir el nombramiento - de médico de higiene y de comenzar a desempeñar - el cargo, Andrés comprendió que no - era para él.</p> - -<p>Su instinto antisocial se iba aumentando, se - iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener - simpatía por el pobre.</p> - -<p>—¡Yo que siento este desprecio por la sociedad—se - decía a sí mismo—, teniendo que reconocer - y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que - me alegraría que cada una de ellas llevara una - toxina que envenenara a doscientos hijos de familia!</p> - -<p>Andrés se quedó en el destino, en parte por - curiosidad, en parte también para que el que se - lo había dado no le considerara como un fatuo.</p> - -<p>El tener que vivir en este ambiente le hacía - daño.</p> - -<p>Ya no había en su vida nada sonriente, nada - amable; se encontraba como un hombre desnudo - que tuviera que andar atravesando zarzas. Los - <span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span> - dos polos de su alma eran un estado de amargura, - de sequedad, de acritud, y un sentimiento - de depresión y de tristeza.</p> - -<p>La irritación le hacía ser en sus palabras violento - y brutal.</p> - -<p>Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro - la decía:</p> - -<p>—¿Estás enferma?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Tú qué quieres, ¿ir al hospital o quedarte - libre?</p> - -<p>—Yo prefiero quedarme libre.</p> - -<p>—Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes - envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado.</p> - -<p>En ocasiones, al ver estas busconas que venían - escoltadas por algún guardia, riendo, las - increpaba.</p> - -<p>—No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos - viviréis más tranquilas.</p> - -<p>Las mujeres le miraban con asombro. Odio, - ¿por qué?, se preguntaría alguna de ellas. Como - decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia; hacía - el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud; - hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la - prostitución.</p> - -<p>Este triste proletariado de la vida sexual tenía - su honor de cuerpo. Quizá lo tienen también en - la obscuridad de lo inconsciente las abejas obreras - y los pulgones, que sirven de vacas a las - hormigas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span></p> - -<p>De la conversación con aquellas mujeres sacaba - Andrés cosas extrañas.</p> - -<p>Entre los dueños de las casas de lenocinio había - personas decentes: un cura tenía dos y - las explotaba con una ciencia evangélica completa. - ¡Qué labor más católica, más conservadora - podía haber, que dirigir una casa de prostitución!</p> - -<p>Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza - de toros y una casa de préstamos podía concebirse - algo más perfecto.</p> - -<p>De aquellas mujeres, las libres iban al Registro, - otras se sometían al reconocimiento en sus - casas.</p> - -<p>Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas - visitas domiciliarias.</p> - -<p>En alguna de aquellas casas de prostitución - distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, - y era un contraste interesante ver estas - mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, - pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, - al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos, - membrudos por el <i lang="en" xml:lang="en"> sport</i>.</p> - -<p>Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba - acerca de los mecanismos que van - produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, - la prostitución.</p> - -<p>—La verdad es que si el pueblo lo comprendiese—pensaba - Hurtado—, se mataría por intentar - <span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span> - una revolución social, aunque ésta no sea - más que una utopía, un sueño.</p> - -<p>Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva - de la gente rica que iba hermoseándose, - fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras - el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, - degenerando cada vez más.</p> - -<p>Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda - biológicas: el pueblo no llevaba camino de cortar - los jarretes de la burguesía, e incapaz de luchar, - iba cayendo en el surco.</p> - -<p>Los síntomas de la derrota se revelaban en - todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres - y mal alimentados que vivían en tabucos, era ostensiblemente - más pequeña que la de los muchachos - ricos, de familias acomodadas que habitaban - en pisos exteriores.</p> - -<p>La inteligencia, la fuerza física, eran también - menores entre la gente del pueblo que en la clase - adinerada. La casta burguesa se iba preparando - para someter a la casta pobre y hacerla su - esclava.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span></p> - -<h3>VI<br /> - LA TIENDA DE CONFECCIONES</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Cerca</span> de un mes tardó Hurtado en ir a ver a - Lulú, y cuando fué se encontró un poco - sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda - bastante grande, con el escaparate ancho y - adornado con ropas de niño, gorritos rizados y - camisas llenas de lazos.</p> - -<p>—Al fin ha venido usted—le dijo Lulú.</p> - -<p>—No he podido venir antes. Pero ¿toda esta - tienda es de usted?—preguntó Andrés.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Entonces es usted capitalista; es usted una - burguesa infame.</p> - -<p>Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés - la tienda, la trastienda y la casa. Estaba todo - muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una - muchacha que despachaba y un chico para los - recados. Andrés estuvo sentado un momento. - Entraba bastante gente en la tienda.</p> - -<p>—El otro día vino Julio—dijo Lulú—y hablamos - mal de usted.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p> - -<p>—Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho - de mí, que me incomodó.</p> - -<p>—¿Qué le dijo a usted?</p> - -<p>—Me dijo que usted había dicho una vez, - cuando era estudiante, que casarse conmigo era - lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es - verdad que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste - usted?</p> - -<p>—No lo recuerdo; pero es muy posible.</p> - -<p>—¿Que lo haya dicho usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y qué debía hacer yo con un hombre que - paga así la estimación que yo le tengo?</p> - -<p>—No sé.</p> - -<p>—¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera - usted llamado mona!</p> - -<p>—Otra vez será. No tenga usted cuidado.</p> - -<p>Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, - y los sábados se reunía con Lulú y su madre en - el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que - el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era - aquel señor un farmacéutico que tenía la botica - en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído. - Andrés y él hablaron de Lulú.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted esta muchacha?—le - preguntó el farmacéutico.</p> - -<p>—¿Quién? ¿Lulú?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues es una muchacha por la que yo tengo - una gran estimación—dijo Andrés.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span></p> - -<p>—Yo también.</p> - -<p>—Ahora, que me parece que no es una mujer - para casarse con ella.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Es mi opinión; a mí me parece una mujer - cerebral, sin fuerza orgánica y sin sensualidad, - para quien todas las impresiones son puramente - intelectuales.</p> - -<p>—¡Qué sé yo! No estoy conforme.</p> - -<p>Aquella misma noche Andrés pudo ver que - Lulú trataba demasiado desdeñosamente al farmacéutico.</p> - -<p>Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a - Lulú:</p> - -<p>—Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso - no me parece digno de una mujer como usted, - que tiene un fondo de justicia.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no. Porque un hombre se enamore - de usted, ¿hay motivo para que usted le desprecie? - Eso es una bestialidad.</p> - -<p>—Me da la gana de hacer bestialidades.</p> - -<p>—Habría que desear que a usted le pasara lo - mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada - sin motivo.</p> - -<p>—¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?</p> - -<p>—No; pero me figuro que no. Tengo demasiada - mala idea de las mujeres para creerlo.</p> - -<p>—¿De las mujeres en general y de mí en particular?</p> - -<p>—De todas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span></p> - -<p>—¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, - don Andrés! Cuando sea usted viejo no va a - haber quien le aguante.</p> - -<p>—Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades - de las mujeres. ¿Qué le encuentra usted - a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre - culto, amable, simpático, gana para vivir...</p> - -<p>—Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta - ya de esa canción.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span></p> - -<h3>VII<br /> - DE LOS FOCOS DE LA PESTE</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Andrés</span> solía sentarse cerca del mostrador. - Lulú le veía sombrío y meditabundo.</p> - -<p>—Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?—le - dijo Lulú un día que le vió más hosco que de - ordinario.</p> - -<p>—Verdaderamente—murmuró Andrés—el - mundo es una cosa divertida: hospitales, salas - de operaciones, cárceles, casas de prostitución; - todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del - amor la casa de prostitución; al lado de la libertad - la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural - es siempre subversivo, lleva al lado su - gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres - metan allí las patas y la ensucien. Está en - su naturaleza.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le - ha pasado a usted?—preguntó Lulú.</p> - -<p>—Nada; este empleo sucio que me han dado, - me perturba. Hoy me han escrito una carta las - pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me - preocupa. Firman <em>Unas desgraciadas</em>.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span></p> - -<p>—¿Qué dicen?</p> - -<p>—Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. - Estas <em>desgraciadas</em> que me envían la carta - me dicen horrores. La casa donde viven se comunica - con otra. Cuando hay una visita del médico - o de la autoridad, a todas las mujeres no - matriculadas las esconden en el piso tercero de - la otra casa.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para evitar que las reconozcan, para tenerlas - fuera del alcance de la autoridad que, aunque - injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las - amas.</p> - -<p>—¿Y esas mujeres vivirán mal?</p> - -<p>—Muy mal; duermen en cualquier rincón - amontonadas, no comen apenas; les dan unas - palizas brutales; y cuando envejecen y ven que - ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro - pueblo sigilosamente.</p> - -<p>—¡Qué vida! ¡Qué horror!—murmuró Lulú.</p> - -<p>—Luego todas estas amas de prostíbulo—siguió - diciendo Andrés—, tienen la tendencia de - martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan - un vergajo, como un cabo de vara, para imponer - el orden. Hoy he visitado una casa de la calle - de Barcelona, en donde el matón es un hombre - afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda - a la celestina al secuestro de las mujeres. Este - invertido se viste de mujer, se pone pendientes, - <span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span> - porque tiene agujeros en las orejas, y va a la - caza de muchachas.</p> - -<p>—Qué tipo.</p> - -<p>—Es una especie de halcón. Este eunuco, por - lo que me han contado las mujeres de la casa, - es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene - aterrorizadas—. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, - no se da de baja a ninguna mujer.—¿Por qué?—le - he preguntado yo.—Porque no—; y me ha - enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido - interrogando a las pupilas y he mandado - al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.</p> - -<p>—¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?</p> - -<p>—Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni - nada. Las llaman como quieren; todas responden - a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella, - África... En cambio, las celestinas y los matones - están protegidos por la policía, formada por chulos - y por criados de políticos.</p> - -<p>—¿Vivirán poco todas ellas?—dijo Lulú.</p> - -<p>—Muy poco. Todas estas mujeres tienen una - mortalidad terrible; cada ama de esas casas de - prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones - de mujeres; las enfermedades, la cárcel, - el hospital, el alcohol, va mermando esos - ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada - a la vida, todas esas carnes blancas, todos - <span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span> - esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo - al pudridero.</p> - -<p>—¿Y cómo no se escapan al menos?</p> - -<p>—Porque están cogidas por las deudas. El - burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos - a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan - las denuncian como ladronas, y toda la - canalla de curiales las condena. Luego estas celestinas - tienen recursos. Según me han dicho en - esa casa de la calle de Barcelona, había hace días - una muchacha reclamada por sus padres desde - Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo - parecida físicamente a ella, que dijo al juez que - ella vivía con un hombre muy bien, y que no - quería volver a su casa.</p> - -<p>—¡Qué gente!</p> - -<p>—Todo eso es lo que queda de moro y - de judío en el español; el considerar a la mujer - como una presa, la tendencia al engaño, a la - mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; - tenemos la religión semítica, tenemos - sangre semita. De ese fermento malsano, complicado - con nuestra pobreza, nuestra ignorancia - y nuestra vanidad, vienen todos los males.</p> - -<p>—¿Y esas mujeres son engañadas de verdad - por sus novios?—preguntó Lulú, a quien preocupaba - más el aspecto individual que el social.</p> - -<p>—No; en general no. Son mujeres que no - quieren trabajar; mejor dicho, que no pueden - <span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span> - trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta inconsciencia. - Claro que nada de esto tiene el aire - sentimental y trágico que se le supone. Es una - cosa brutal, imbécil, puramente económica, sin - ningún aspecto novelesco. Lo único grande, - fuerte, terrible, es que a todas estas mujeres les - queda una idea de la honra como algo formidable - suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera - de otro país, al pensar en su juventud seguramente, - dirá: Entonces yo era joven, bonita, - sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada. - Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo - de la honra es de los más fuertes. Hemos fabricado - ídolos que ahora nos mortifican.</p> - -<p>—¿Y eso no se podía suprimir?—dijo Lulú.</p> - -<p>—¿El qué?</p> - -<p>—El que haya esas casas.</p> - -<p>—¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al - señor obispo de Trebisonda o al director de la - Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la - presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, - es un mal necesario. Hija mía, hay que tener - humildad. No debemos tener el orgullo de creer - que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, - en el fondo, está en lo cierto cuando dice - riendo que el que las arañas se coman a las - moscas no indica más que la perfección de la - naturaleza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p> - -<p>Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba - con tanta amargura.</p> - -<p>—Debía usted dejar ese destino—le decía.</p> - -<p>—Sí; al fin lo tendré que dejar.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span></p> - -<h3>VIII<br /> - LA MUERTE DE VILLASÚS</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Con</span> pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó - el empleo, y por influencia de Julio - Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad - para la asistencia facultativa de gente - pobre.</p> - -<p>No tenía en este nuevo cargo tantos motivos - para sus indignaciones éticas, pero, en cambio, - la fatiga era terrible; había que hacer treinta y - cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; - subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios - infames...</p> - -<p>En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. - Aquella gente de las casas de vecindad, - miserable, sucia, exasperada por el calor, se - hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o - la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba - descargar en alguien su dolor, y lo descargaba - en el médico. Andrés algunas veces oía - con calma las reconvenciones, pero otras veces - se encolerizaba y les decía la verdad: que eran - unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían - <span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span> - nunca de su postración por su incuria y - su abandono.</p> - -<p>Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo - hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de - la esclavitud.</p> - -<p>Andrés había podido comprobar en Alcolea - como en Madrid que, a medida que el individuo - sube, los medios que tiene de burlar las leyes - comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar - que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente - al aumento de medios del triunfador. - La ley es siempre más dura con el débil. - Automáticamente pesa sobre el miserable. Es - lógico que el miserable por instinto odie la ley.</p> - -<p>Aquellos desdichados no comprendían todavía - que la solidaridad del pobre podía acabar con el - rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente - de su estado.</p> - -<p>La cólera y la irritación se habían hecho - crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le - producían una sed constante que le obligaba a - beber cerveza y cosas frías que le estragaban el - estómago.</p> - -<p>Ideas absurdas de destrucción le pasaban por - la cabeza. Los domingos, sobre todo cuando - cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, - pensaba en el placer que sería para él poner en - cada bocacalle una media docena de ametralladoras, - y no dejar uno de los que volvían de la - estúpida y sangrienta fiesta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span></p> - -<p>Toda aquella sucia morralla de chulos eran los - que vociferaban en los cafés antes de la guerra, - los que soltaron baladronadas y bravatas para - luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La - moral del espectador de corrida de toros se había - revelado en ellos; la moral del cobarde que exige - valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, - en el histrión, o en el torero en el circo. A - aquella turba de bestias crueles y sanguinarias, - estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado - el respeto al dolor ajeno por la fuerza.</p> - -<p>El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, - en la obscuridad y a la fresca, se sentaba y hablaba.</p> - -<p>Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna - compradora, despachaba.</p> - -<p>Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a - su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se - sentaban juntos, y hablaban contemplando la - hondonada negra que se extendía ante ellos.</p> - -<p>Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas - de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba - suponiendo que había un mar con sus - islas, y que se podía andar en lancha por encima - de estas sombras confusas.</p> - -<p>Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, - y en la glorieta de San Bernardo se despedían - estrechándose la mano.</p> - -<p>Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, - <span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span> - todas las demás eran para Andrés de disgusto y - de molestia...</p> - -<p>Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, - al pasar por el corredor de una casa de vecindad, - una mujer vieja, con un niño en brazos, - se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un - enfermo.</p> - -<p>Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en - el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico, - sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos. - De cuando en cuando se levantaba en camisa, - e iba de un lado a otro tropezando con dos o - tres cajones que había en el suelo.</p> - -<p>—¿Qué tiene este hombre?—preguntó Andrés - a la mujer.</p> - -<p>—Está ciego y ahora parece que se ha vuelto - loco.</p> - -<p>—¿No tiene familia?</p> - -<p>—Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.</p> - -<p>—Pues por este hombre no se puede hacer - nada—dijo Andrés—. Lo único sería llevarlo al - hospital o a un manicomio. Ya mandaré una - nota al director del hospital. ¿Cómo se llama el - enfermo?</p> - -<p>—Villasús, Rafael Villasús.</p> - -<p>—¿Este es un señor que hacía dramas?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Andrés lo recordó en aquel momento. Había - envejecido en diez o doce años de una manera - asombrosa; pero aún la hija había envejecido - <span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span> - más. Tenía un aire de insensibilidad y de estupor, - que sólo un aluvión de miserias puede dar - a una criatura humana.</p> - -<p>Andrés se fué de la casa pensativo.</p> - -<p>—¡Pobre, hombre!—se dijo—. ¡Qué desdichado! - ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la - riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo - más cómico! Y quizá si pudiera discurrir - pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable - en que se encuentra es un timbre de - gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!</p> - -<p>Siete u ocho días después, al volver a visitar - al niño enfermo, que había recaído, le dijeron - que el vecino de la guardilla, Villasús, había - muerto.</p> - -<p>Los inquilinos de los cuartuchos le contaron - que el poeta loco, como le llamaban en la casa, - había pasado tres días con tres noches vociferando, - desafiando a sus enemigos literarios, - riendo a carcajadas.</p> - -<p>Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido - en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente, - se mantenía acurrucada en un rincón.</p> - -<p>Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno - melenudo, rodeaban el cadáver.</p> - -<p>—¿Es usted el médico?—le preguntó uno de - ellos a Andrés, con impertinencia.</p> - -<p>—Sí; soy médico.</p> - -<p>—Pues reconozca usted el cuerpo, porque - <span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span> - - creemos que Villasús no está muerto. Esto es un - caso de catalepsia.</p> - -<p>—No digan ustedes necedades—dijo Andrés.</p> - -<p>Todos aquellos desharrapados que debían ser - bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores - con el cadáver: le habían quemado los - dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad. - Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban - en paz.</p> - -<p>Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento - de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio - y auscultó al cadáver en la zona del corazón.</p> - -<p>—Está muerto—dijo.</p> - -<p>En esto entró un viejo de melena blanca y - barba también blanca, cojeando, apoyado en un - bastón. Venía borracho completamente. Se acercó - al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática - gritó:</p> - -<p>—¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras - un genio! ¡Así moriré yo también! ¡En la miseria!, - porque soy un bohemio y no venderé nunca mi - conciencia. No.</p> - -<p>Los desharrapados se miraban unos a otros - como satisfechos del giro que tomaba la escena.</p> - -<p>Seguía desvariando el viejo de las melenas, - cuando se presentó el mozo del coche fúnebre, - con el sombrero de copa echado a un lado, el - látigo en la mano derecha y la colilla en los - labios.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p> - -<p>—Bueno—dijo hablando en chulo, enseñando - los dientes negros—. ¿Se va a bajar el cadáver - o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay - que llevar otros muertos al Este.</p> - -<p>Uno de los desharrapados, que tenía un cuello - postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, - y unos lentes, acercándose a Hurtado le - dijo con una afectación ridícula:</p> - -<p>—Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse - una bomba de dinamita en el velo del paladar.</p> - -<p>La desesperación de este bohemio le pareció - a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera, - y dejando a toda esta turba de desharrapados - en la guardilla, salió de la casa.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p> - -<h3>IX<br /> - AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Andrés</span> divagaba, lo que era su gran placer, - en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente, - haciendo de cuando en cuando alguna objeción. - Le llamaba siempre en burla don Andrés.</p> - -<p>—Tengo una pequeña teoría acerca del amor—le - dijo un día él.</p> - -<p>—Acerca del amor debía usted tener una teoría - grande—repuso burlonamente Lulú.</p> - -<p>—Pues no la tengo. He encontrado que en el - amor, como en la medicina de hace ochenta - años, hay dos procedimientos: la alopatía y la - homeopatía.</p> - -<p>—Explíquese usted claro, don Andrés—replicó - ella con severidad.</p> - -<p>—Me explicaré. La alopatía amorosa está basada - en la neutralización. Los contrarios se curan - con los contrarios. Por este principio, el - hombre pequeño busca mujer grande, el rubio, - mujer morena, y el moreno, rubia. Este procedimiento - es el procedimiento de los tímidos, que - desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span></p> - -<p>—Vamos a ver el otro procedimiento.</p> - -<p>—El otro procedimiento es el homeopático. - Los semejantes se curan con los semejantes. Este - es el sistema de los satisfechos de su físico. El - moreno con la morena, el rubio con la rubia. De - manera que, si mi teoría es cierta, servirá para - conocer a la gente.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato, - al lado de una mujer gorda, morena y chata, - pues es un hombre petulante y seguro de sí - mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato - tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que - no tiene confianza en su tipo ni en la forma de - su nariz.</p> - -<p>—De manera que yo, que soy morena y algo - chata...</p> - -<p>—No; usted no es chata.</p> - -<p>—¿Algo tampoco?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo - que soy morena, y creo que algo chata, aunque - usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría - ese mozo de la peluquería de la esquina, y si - fuera completamente humilde, me gustaría el - farmacéutico, que tiene unas buenas napias.</p> - -<p>—Usted no es un caso normal.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Pues qué soy?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span></p> - -<p>—Un caso de estudio.</p> - -<p>—Yo seré un caso de estudio; pero nadie me - quiere estudiar.</p> - -<p>—¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú?</p> - -<p>Ella contempló durante un momento a Andrés, - con una mirada enigmática, y luego se - echó a reir.</p> - -<p>—Y usted, don Andrés, que es un sabio, que - ha encontrado esas teorías sobre el amor, ¿qué - es eso del amor?</p> - -<p>—¿El amor?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues el amor, y le voy a parecer a usted un - pedante, es la confluencia del instinto fetichista - y del instinto sexual.</p> - -<p>—No comprendo.</p> - -<p>—Ahora viene la explicación. El instinto sexual - empuja el hombre a la mujer y la mujer al - hombre, indistintamente; pero el hombre que - tiene un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la - mujer dice: ese hombre. Aquí empieza el instinto - fetichista; sobre el cuerpo de la persona elegida - porque sí, se forja otro más hermoso y se le - adorna y se le embellece, y se convence uno de - que el ídolo forjado por la imaginación es la - misma verdad. Un hombre que ama a una mujer - la ve en su interior deformada, y la mujer que - quiere al hombre le pasa lo mismo, lo deforma. - A través de una nube brillante y falsa, se ven - los amantes el uno al otro, y en la obscuridad - <span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span> - ríe el antiguo diablo, que no es más que la - especie.</p> - -<p>—¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?</p> - -<p>—El instinto de la especie es la voluntad de - tener hijos, de tener descendencia. La principal - idea de la mujer es el hijo. La mujer instintivamente - quiere primero el hijo; pero la naturaleza - necesita vestir este deseo con otra forma más - poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos - velos que constituyen el amor.</p> - -<p>—¿De manera que el amor en el fondo es un - engaño?</p> - -<p>—Sí; es un engaño como la misma vida; por - eso alguno ha dicho, con razón: una mujer es - tan buena como otra y a veces más; lo mismo se - puede decir del hombre: un hombre es tan bueno - como otro y a veces más.</p> - -<p>—Eso será para la persona que no quiere.</p> - -<p>—Claro, para el que no está ilusionado, engañado... - Por eso sucede que los matrimonios de - amor producen más dolores y desilusiones que - los de conveniencia.</p> - -<p>—¿De verdad cree usted eso?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse - y sufrir o no engañarse nunca?</p> - -<p>—No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede - haber una regla general.</p> - -<p>Estas conversaciones les entretenían.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p> - -<p>Una mañana, Andrés se encontró en la tienda - con un militar joven hablando con Lulú. Durante - varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar - quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se - enteró de que era primo de Lulú.</p> - -<p>En este tiempo Andrés empezó a creer que - Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en - el militar.</p> - -<p>Andrés quiso perder la costumbre de ir a la - tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único - sitio agradable donde se encontraba bien...</p> - -<p>Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear - por la Moncloa. Sentía esa melancolía, un poco - ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo - anegaba su espíritu al contemplar el campo, el - cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como - una turquesa.</p> - -<p>Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única - amiga. Volvió hacia Madrid, hasta la calle del - Pez, y entró en la tiendecita.</p> - -<p>Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero - los armarios. Andrés se sentó en su sitio.</p> - -<p>—Está usted muy bien hoy, muy guapa—dijo - de pronto Andrés.</p> - -<p>—¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, - para estar tan amable?</p> - -<p>—Verdad. Está usted muy bien. Desde que - está usted aquí se va usted humanizando. Antes - tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona, - pero ahora no; se le va poniendo a usted - <span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span> - una cara más dulce. Yo creo que de tratar así - con las madres que vienen a comprar gorritos - para sus hijos se le va poniendo a usted una cara - maternal.</p> - -<p>—Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos - para los hijos de los demás.</p> - -<p>—Qué ¿querría usted más que fueran para - sus hijos?</p> - -<p>—Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré - hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?</p> - -<p>—El farmacéutico del café, el teniente... puede - usted echárselas de modesta, y anda usted - haciendo conquistas...</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Usted, sí.</p> - -<p>Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.</p> - -<p>—¿Me tiene usted odio, Lulú?—dijo Hurtado.</p> - -<p>—Sí; porque me dice tonterías.</p> - -<p>—Deme usted la mano.</p> - -<p>—¿La mano?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ahora siéntese usted a mi lado.</p> - -<p>—¿A su lado de usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.</p> - -<p>—Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?</p> - -<p>—¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?</p> - -<p>—Sí..., un poco..., ve usted que no soy una - mala muchacha..., pero nada más.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span></p> - -<p>—¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a - usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría - usted?</p> - -<p>—No; no es verdad. Usted no me quiere. No - me diga usted eso.</p> - -<p>—Sí, sí; es verdad—y acercando la cabeza de - Lulú a él, la besó en la boca.</p> - -<p>Lulú enrojeció violentamente, luego palideció - y se tapó la cara con las manos.</p> - -<p>—Lulú, Lulú—dijo Andrés—. ¿Es que la he - ofendido a usted?</p> - -<p>Lulú se levantó y paseó un momento por la - tienda, sonriendo.</p> - -<p>—Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño - que dice usted que es el amor, lo he sentido yo - por usted desde que le vi.</p> - -<p>—¿De verdad?</p> - -<p>—Sí, de verdad.</p> - -<p>—¿Y yo ciego?</p> - -<p>—Sí; ciego, completamente ciego.</p> - -<p>Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas - y las llevó a sus labios. Hablaron los dos largo - rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.</p> - -<p>—Me voy—dijo Andrés, levantándose.</p> - -<p>—Adiós—exclamó ella, estrechándose contra - él—. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú - vayas, llévame.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span></p> - - - <h2>SÉPTIMA PARTE<br /> - La experiencia del hijo.</h2> - <h3>I<br /> - EL DERECHO A LA PROLE</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Unos</span> días más tarde Andrés se presentaba en - casa de su tío. Gradualmente llevó la conversación - a tratar de cuestiones matrimoniales, y - después dijo:</p> - -<p>—Tengo un caso de conciencia.</p> - -<p>—¡Hombre!</p> - -<p>—Sí. Figúrese usted que un señor a quien visito, - todavía joven, pero hombre artrítico, nervioso, - tiene una novia, antigua amiga suya, débil - y algo histérica. Y este señor me pregunta: - ¿Usted cree que me puedo casar? Y yo no sé qué - contestarle.</p> - -<p>—Yo le diría que no—contestó Iturrioz—. - Ahora, que él hiciera después lo que quisiera.</p> - -<p>—Pero hay que darle una razón.</p> - -<p>—¡Qué más razón! Él es casi un enfermo, ella - también, él vacila... basta; que no se case.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span></p> - -<p>—No, eso no basta.</p> - -<p>—Para mí sí; yo pienso en el hijo; yo no creo, - como Calderón, que el delito mayor del hombre - sea el haber nacido. Esto me parece una tontería - poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.</p> - -<p>—¿Siempre? ¿Sin excepción?</p> - -<p>—No. Para mí el criterio es éste: Se tienen hijos - sanos a quienes se les da un hogar, protección, - educación, cuidados... podemos otorgar la - absolución a los padres; se tienen hijos enfermos, - tuberculosos, sifilíticos, neurasténicos, consideremos - criminales a los padres.</p> - -<p>—¿Pero eso se puede saber con anterioridad?</p> - -<p>—Sí, yo creo que sí.</p> - -<p>—No lo veo tan fácil.</p> - -<p>—Fácil no es; pero sólo el peligro, sólo la posibilidad - de engendrar una prole enfermiza, debía - bastar al hombre para no tenerla. El perpetuar - el dolor en el mundo me parece un crimen.</p> - -<p>—¿Pero puede saber nadie cómo será su descendencia? - Ahí tengo yo un amigo enfermo, estropeado, - que ha tenido hace poco una niña - sana, fortísima.</p> - -<p>—Eso es muy posible. Es frecuente que un - hombre robusto tenga hijos raquíticos, y al contrario; - pero no importa. La única garantía de la - prole es la robustez de los padres.</p> - -<p>—Me choca en un anti-intelectualista como - usted esa actitud tan de intelectual—dijo Andrés.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span></p> - -<p>—A mí también me choca en un intelectual - como tú esa actitud de hombre de mundo. Yo te - confieso, para mí nada tan repugnante como esa - bestia prolífica, que entre vapores de alcohol va - engendrando hijos que hay que llevar al cementerio - o que si no, van a engrosar los ejércitos del - presidio y de la prostitución. Yo tengo verdadero - odio a esa gente sin conciencia, que llena de carne - enferma y podrida la tierra. Recuerdo una - criada de mi casa; se casó con un idiota borracho, - que no podía sostenerse a sí mismo porque no - sabía trabajar. Ella y él eran cómplices de chiquillos - enfermizos y tristes, que vivían entre harapos, - y aquel idiota venía a pedirme dinero creyendo - que era un mérito ser padre de su abundante - y repulsiva prole. La mujer, sin dientes, - con el vientre constantemente abultado, tenía - una indiferencia de animal para los embarazos, - los partos y las muertes de los niños. ¿Se ha - muerto uno? Pues se hace otro—decía cínicamente. - No, no debe ser lícito engendrar seres - que vivan en el dolor.</p> - -<p>—Yo creo lo mismo.</p> - -<p>—La fecundidad no puede ser un ideal social. - No se necesita cantidad sino calidad. Que los - patriotas y los revolucionarios canten al bruto - prolífico, para mí siempre será un animal odioso.</p> - -<p>—Todo eso está bien—murmuró Andrés—; - pero no resuelve mi problema. ¿Qué le digo yo a - ese hombre?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span></p> - -<p>—Yo le diría: Cásese usted si quiere; pero no - tenga usted hijos. Esterilice usted su matrimonio.</p> - -<p>—Es decir, que nuestra moral acaba por ser - inmoral. Si Tolstoi le oyera, le diría: Es usted un - canalla de la facultad.</p> - -<p>—¡Bah! Tolstoi es un apóstol y los apóstoles - dicen las verdades suyas, que, generalmente, son - tonterías para los demás. Yo a ese amigo tuyo le - hablaría claramente; le diría: ¿Es usted un hombre - egoísta, un poco cruel, fuerte, sano, resistente - para el dolor propio e incomprensivo para los - padecimientos ajenos? ¿Sí? Pues cásese usted, - tenga usted hijos: será usted un buen padre de - familia... Pero si es usted un hombre impresionable, - nervioso, que siente demasiado el dolor, - entonces no se case usted, y, si se casa, no tenga - hijos.</p> - -<p>Andrés salió de la azotea aturdido. Por la tarde - escribió a Iturrioz una carta diciéndole que el - artrítico que se casaba era él.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span></p> - -<h3>II<br /> - LA VIDA NUEVA</h3> -</div> - -<p>A Hurtado no le preocupaban gran cosa las - cuestiones de forma, y no tuvo ningún inconveniente - en casarse en la iglesia, como quería - doña Leonarda. Antes de casarse llevó a Lulú - a ver a su tío Iturrioz y simpatizaron.</p> - -<p>Ella le dijo a Iturrioz:</p> - -<p>—A ver si encuentra usted para Andrés algún - trabajo en que tenga que salir poco de casa, porque - haciendo visitas está siempre de un humor - malísimo.</p> - -<p>Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en - traducir artículos y libros para una revista médica - que publicaba al mismo tiempo obras nuevas - de especialidades.</p> - -<p>—Ahora te darán dos o tres libros en francés - para traducir—le dijo Iturrioz—; pero vete - aprendiendo el inglés, porque dentro de unos - meses te encargarán alguna traducción en este - idioma y entonces, si necesitas, te ayudaré yo.</p> - -<p>—Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.</p> - -<p>Andrés dejó su cargo en la Sociedad La Esperanza. - Estaba deseándolo; tomó una casa en - <span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span> - el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de - Lulú.</p> - -<p>Andrés pidió al casero que de los tres cuartos - que daban a la calle le hiciera uno, y que - no le empapelara el local que quedase después, - sino que lo pintara de un color cualquiera.</p> - -<p>Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor - para el matrimonio. La vida en común la - harían constantemente allí.</p> - -<p>—La gente hubiera puesto aquí la sala y el - gabinete y después se hubieran ido a dormir al - sitio peor de la casa—decía Andrés.</p> - -<p>Lulú miraba estas disposiciones higiénicas - como fantasías, chifladuras; tenía una palabra - especial para designar las extravagancias de su - marido.</p> - -<p>—¡Qué hombre más ideático!—decía.</p> - -<p>Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero - para comprar muebles.</p> - -<p>—¿Cuánto necesitas?—le dijo el tío.</p> - -<p>—Poco; quiero muebles que indiquen pobreza; - no pienso recibir a nadie.</p> - -<p>Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir - con Lulú y con Andrés; pero éste se opuso.</p> - -<p>—No, no—dijo Andrés—; que vaya con tu - hermana y con don Prudencio. Estará mejor.</p> - -<p>—¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la - quieres a mamá.</p> - -<p>—Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una - <span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span> - temperatura distinta a la de la calle. La suegra - sería una corriente de aire frío. Que no entre - nadie, ni de tu familia ni de la mía.</p> - -<p>—¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella!—decía - riendo Lulú.</p> - -<p>—No; es que no tenemos el mismo concepto - de las cosas; ella cree que se debe vivir para - fuera y yo no.</p> - -<p>Lulú, después de vacilar un poco, se entendió - con su antigua amiga y vecina la Venancia y la - llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que tenía - cariño a Andrés y a Lulú.</p> - -<p>—Si le preguntan por mí—le decía Andrés—diga - usted siempre que no estoy.</p> - -<p>—Bueno, señorito.</p> - -<p>Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su - nueva ocupación de traductor.</p> - -<p>Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el - sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le - daba ganas de trabajar.</p> - -<p>Ya no sentía la impresión de animal acosado, - que había sido en él habitual. Por la mañana - tomaba un baño y luego se ponía a traducir.</p> - -<p>Lulú volvía de la tienda y la Venancia les - servía la comida.</p> - -<p>—Coma usted con nosotros—le decía Andrés.</p> - -<p>—No, no.</p> - -<p>Hubiera sido imposible convencer a la vieja de - que se podía sentar a la mesa con sus amos.</p> - -<p>Después de comer, Andrés acompañaba a - <span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span> - Lulú a la tienda y luego volvía a trabajar en su - cuarto.</p> - -<p>Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante - para vivir con lo que ganaba él, que podían - dejar la tienda; pero ella no quería.</p> - -<p>—¿Quién sabe lo que puede ocurrir?—decía - Lulú—; hay que ahorrar, hay que estar prevenidos - por si acaso.</p> - -<p>De noche aún quería Lulú trabajar algo en la - máquina; pero Andrés no se lo permitía.</p> - -<p>Andrés estaba cada vez más encantado de su - mujer, de su vida y de su casa. Ahora le asombraba - cómo no había notado antes aquellas - condiciones de arreglo, de orden y de economía - de Lulú.</p> - -<p>Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel - cuarto grande le daba la impresión de no estar en - una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en - el campo, en algún sitio lejano.</p> - -<p>Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado - y calma. En la redacción de la revista le habían - prestado varios diccionarios científicos modernos - e Iturrioz le dejó dos o tres de idiomas, que le - servían mucho.</p> - -<p>Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que - hacer traducciones, sino estudios originales, casi - siempre sobre datos y experiencias obtenidos - por investigadores extranjeros.</p> - -<p>Muchas veces se acordaba de lo que decía - Fermín Ibarra; de los descubrimientos fáciles - <span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span> - que se desprenden de los hechos anteriores sin - esfuerzo. ¿Por qué no había experimentadores en - España, cuando la experimentación para dar fruto - no exigía más que dedicarse a ella?</p> - -<p>Sin duda faltaban laboratorios, talleres para - seguir el proceso evolutivo de una rama de la - ciencia; sobraba también un poco de sol, un poco - de ignorancia y bastante de la protección del - Santo Padre que, generalmente, es muy útil para - el alma, pero muy perjudicial para la ciencia y - para la industria.</p> - -<p>Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran - producido indignación y cólera, ya no le exasperaban.</p> - -<p>Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores. - ¿Podía durar esta vida tranquila? ¿Habría - llegado a fuerza de ensayos a una existencia, no - sólo soportable, sino agradable y sensata?</p> - -<p>Su pesimismo le hacía pensar que la calma no - iba a ser duradera.</p> - -<p>—Algo va a venir el mejor día—pensaba—que - va a descomponer este bello equilibrio.</p> - -<p>Muchas veces se le figuraba que en su vida - había una ventana abierta a un abismo. Asomándose - a ella, el vértigo y el horror se apoderaban - de su alma.</p> - -<p>Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía - que este abismo se abriera de nuevo a sus - pies.</p> - -<p>Para Andrés todos los allegados eran enemigos; - <span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span> - realmente la suegra, Niní, su marido, los - vecinos, la portera, miraban el estado feliz del - matrimonio, como algo ofensivo para ellos.</p> - -<p>—No hagas caso de lo que te digan—recomendaba - Andrés a su mujer—. Un estado de - tranquilidad como el nuestro es una injuria - para toda esa gente que vive en una perpetua - tragedia de celos, de envidias, de tonterías. Ten - en cuenta que han de querer envenenarnos.</p> - -<p>—Lo tendré en cuenta—replicaba Lulú, que - se burlaba de la grave recomendación de su marido.</p> - -<p>Niní, algunos domingos, por la tarde, invitaba - a su hermana a ir al teatro.</p> - -<p>—¿Andrés, no quiere venir?—preguntaba - Niní.</p> - -<p>—No. Está trabajando.</p> - -<p>—Tu marido es un erizo.</p> - -<p>—Bueno; dejadle.</p> - -<p>Al volver Lulú por la noche contaba a su marido - lo que había visto. Andrés hacía alguna reflexión - filosófica que a Lulú le parecía muy cómica, - cenaban y después de cenar paseaban los dos - un momento.</p> - -<p>El verano, salían casi todos los días al anochecer. - Al concluir su trabajo, Andrés iba a buscar - a Lulú a la tienda, dejaban en el mostrador - a la muchacha y se marchaban a corretear - por el Canalillo o la Dehesa de Amaniel.</p> - -<p>Otras noches entraban en los cinematógrafos - <span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span> - de Chamberí, y Andrés oía entretenido los comentarios - de Lulú, que tenían esa gracia madrileña - ingenua y despierta que no se parece en - nada a las groserías estúpidas y amaneradas de - los especialistas en madrileñismo.</p> - -<p>Lulú le producía a Andrés grandes sorpresas; - jamás hubiera supuesto que aquella muchacha, - tan atrevida al parecer, fuera íntimamente de una - timidez tan completa.</p> - -<p>Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo - consideraba como un portento.</p> - -<p>Una noche que se les hizo tarde, al volver del - Canalillo, se encontraron en un callejón sombrío, - que hay cerca del abandonado cementerio - de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto. - Estaba ya obscuro; un farol medio caído, sujeto - en la tapia del camposanto, iluminaba el camino, - negro por el polvo del carbón y abierto - entre dos tapias. Uno de los hombres se les acercó - a pedirles limosna de una manera un tanto - sospechosa. Andrés contestó que no tenía - un cuarto y sacó la llave de casa del bolsillo, - que brilló como si fuera el cañón de un revólver.</p> - -<p>Los dos hombres no se atrevieron a atacarles, - y Lulú y Andrés pudieron llegar a la calle de - San Bernardo sin el menor tropiezo.</p> - -<p>—¿Has tenido miedo, Lulú?—le preguntó Andrés.</p> - -<p>—Sí; pero no mucho. Como iba contigo...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span></p> - -<p>—Qué espejismo—pensó él—, mi mujer cree - que soy un Hércules.</p> - -<p>Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se - maravillaban de la armonía del matrimonio.</p> - -<p>—Hemos llegado a querernos de verdad—decía - Andrés—, porque no teníamos interés en - mentir.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span></p> - - -<h3>III<br /> - EN PAZ</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Pasaron</span> muchos meses y la paz del matrimonio - no se turbó.</p> - -<p>Andrés estaba desconocido. El método de vida, - el no tener que sufrir el sol, ni subir escaleras, - ni ver miserias, le daba una impresión de tranquilidad, - de paz.</p> - -<p>Explicándose como un filósofo, hubiera dicho - que la sensación de conjunto de su cuerpo, la - <em>cenesthesia</em> era en aquel momento pasiva, tranquila, - dulce. Su bienestar físico le preparaba para - ese estado de perfección y de equilibrio intelectual, - que los epicúreos y los estoicos griegos llamaron - <em>ataraxia</em>, el paraíso del que no cree.</p> - -<p>Aquel estado de serenidad le daba una gran - lucidez y mucho método en sus trabajos. Los estudios - de síntesis que hizo para la revista médica - tuvieron gran éxito. El director le alentó para - que siguiera por aquel camino. No quería ya que - tradujera, sino que hiciera trabajos originales - para todos los números.</p> - -<p>Andrés y Lulú no tenían nunca la menor - <span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span> - riña; se entendían muy bien. Sólo en cuestiones - de higiene y alimentación, ella no le hacía mucho - caso a su marido.</p> - -<p>—Mira, no comas tanta ensalada—le decía él.</p> - -<p>—¿Por qué? Si me gusta.</p> - -<p>—Sí; pero no te conviene ese ácido. Eres artrítica - como yo.</p> - -<p>—¡Ah, tonterías!</p> - -<p>—No son tonterías.</p> - -<p>Andrés daba todo el dinero que ganaba a su - mujer.</p> - -<p>—A mí no me compres nada—le decía.</p> - -<p>—Pero necesitas...</p> - -<p>—Yo no. Si quieres comprar, compra algo - para la casa o para ti.</p> - -<p>Lulú seguía con la tiendecita; iba y venía del - obrador a su casa, unas veces de mantilla, otras - con un sombrero pequeño.</p> - -<p>Desde que se había casado estaba de mejor aspecto; - como andaba más al aire libre tenía un - color sano. Además, su aire satírico se había suavizado, - y su expresión era más dulce.</p> - -<p>Varias veces desde el balcón vió Hurtado que - algún pollo o algún viejo habían venido hasta - casa, siguiendo a su mujer.</p> - -<p>—Mira, Lulú le decía—, ten cuidado; te siguen.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Sí; la verdad es que te estás poniendo muy - guapa. Vas a hacerme celoso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span></p> - -<p>—Sí, mucho. Tú ya sabes demasiado cómo yo - te quiero—replicaba ella—. Cuando estoy en la - tienda, siempre estoy pensando: ¿Qué hará aquél?</p> - -<p>—Deja la tienda.</p> - -<p>—No, no. ¿Y si tuviéramos un hijo? Hay que - ahorrar.</p> - -<p>¡El hijo! Andrés no quería hablar, ni hacer la - menor alusión a este punto verdaderamente delicado; - le producía una gran inquietud.</p> - -<p>La religión y la moral vieja gravitan todavía - sobre uno—se decía—; no puede uno echar fuera - completamente el hombre supersticioso que - lleva en la sangre la idea del pecado.</p> - -<p>Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba - un gran terror; sentía que aquella ventana - sobre el abismo podía entreabrirse.</p> - -<p>Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar - a Iturrioz, y éste también a menudo pasaba un - rato en el despacho de Andrés.</p> - -<p>Un año, próximamente, después de casados, - Lulú se puso algo enferma; estaba distraída, melancólica, - preocupada.</p> - -<p>—¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?—se preguntaba - Andrés con inquietud.</p> - -<p>Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco - tiempo volvió de nuevo con más fuerza; los ojos - de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban - señales de haber llorado.</p> - -<p>Andrés, preocupado, hacía esfuerzos para parecer - distraído; pero llegó un momento en que - <span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span> - le fué imposible fingir que no se daba cuenta - del estado de su mujer.</p> - -<p>Una noche le preguntó lo que le ocurría, y - ella, abrazándose a su cuello, le hizo tímidamente - la confesión de lo que le pasaba.</p> - -<p>Era lo que temía Andrés. La tristeza de no tener - el hijo, la sospecha de que su marido no - quería tenerlo, hacía llorar a Lulú a lágrima viva, - con el corazón hinchado por la pena.</p> - -<p>¿Qué actitud tomar ante un dolor semejante? - ¿Cómo decir a aquella mujer, que él se consideraba - como un producto envenenado y podrido, - que no debía tener descendencia?</p> - -<p>Andrés intentó consolarla, explicarse... Era - imposible. Lulú lloraba, le abrazaba, le besaba - con la cara llena de lágrimas.</p> - -<p>—¡Sea lo que sea!—murmuró Andrés.</p> - -<p>Al levantarse Andrés al día siguiente, ya no - tenía la serenidad de costumbre.</p> - -<p>Dos meses más tarde, Lulú, con la mirada brillante, - le confesó a Andrés que debía estar embarazada.</p> - -<p>El hecho no tenía duda. Ya Andrés vivía en - una angustia continua. La ventana que en su - vida se abría a aquel abismo que le producía el - vértigo, estaba de nuevo de par en par.</p> - -<p>El embarazo produjo en Lulú un cambio completo; - de burlona y alegre, la hizo triste y sentimental.</p> - -<p>Andrés notaba que ya le quería de otra manera; - <span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span> - tenía por él un cariño celoso e irritado; ya no - era aquella simpatía afectuosa y burlona tan - dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza - recobraba sus derechos. Andrés, de ser un hombre - lleno de talento y un poco <em>ideático</em>, había pasado - a ser su hombre. Ya en esto, Andrés veía - el principio de la tragedia. Ella quería que le - acompañara, le diera el brazo, se sentía celosa, - suponía que miraba a las demás mujeres.</p> - -<p>Cuando adelantó el embarazo, Andrés comprobó - que el histerismo de su mujer se acentuaba.</p> - -<p>Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían - las mujeres embarazadas, y no les daba importancia; - pero él temblaba.</p> - -<p>La madre de Lulú comenzó a frecuentar la - casa, y como tenía mala voluntad para Andrés, - envenenaba todas las cuestiones.</p> - -<p>Uno de los médicos que colaboraba en la revista, - un hombre joven, fué varias veces a ver a - Lulú.</p> - -<p>Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones - histéricas no tenían importancia, eran - frecuentes en las embarazadas. El que se encontraba - cada vez peor era Andrés.</p> - -<p>Su cerebro estaba en una tensión demasiado - grande, y las emociones que cualquiera podía - sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.</p> - -<p>—Ande usted, salga usted—le decía el médico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342">[342]</a></span></p> - -<p>Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.</p> - -<p>No podía dormir, y después de ensayar varios - hipnóticos, se decidió a tomar morfina. La angustia - le mataba.</p> - -<p>Los únicos momentos agradables de su vida - eran cuando se ponía a trabajar. Estaba haciendo - un estudio sintético de las aminas, y trabajaba - con toda su fuerza para olvidarse de - sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus - ideas.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_343" id="Page_343">[343]</a></span></p> - - -<h3>IV<br /> - TENÍA ALGO DE PRECURSOR</h3> -</div> - -<p><span class="smcap">Cuando</span> llegó el embarazo a su término, Lulú - quedó con el vientre excesivamente aumentado.</p> - -<p>—A ver si tengo dos—decía ella riendo.</p> - -<p>—No digas esas cosas—murmuraba Andrés - exasperado y entristecido.</p> - -<p>Cuando Lulú creyó que el momento se acercaba, - Hurtado fué a llamar a un médico joven, - amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a - partos.</p> - -<p>Lulú estaba muy animada y muy valiente. El - médico le había aconsejado que anduviese, y a - pesar de que los dolores le hacían encogerse y - apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por - la habitación.</p> - -<p>Todo el día lo pasó así. El médico dijo que los - primeros partos eran siempre difíciles; pero Andrés - comenzaba a sospechar que aquello no tenía - el aspecto de un parto normal.</p> - -<p>Por la noche, las fuerzas de Lulú comenzaron - a ceder. Andrés la contemplaba con lágrimas en - los ojos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p> - -<p>—Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo—la - decía.</p> - -<p>—No me importa el dolor—contestaba ella. ¡Si - el niño viviera!</p> - -<p>—Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!—decía - el médico.</p> - -<p>—No, no; me da el corazón que no.</p> - -<p>La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada. - Andrés, sentado en una silla, la contemplaba estúpidamente. - Ella, a veces, se acercaba a él.</p> - -<p>—Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!—Y le - acariciaba la frente y le pasaba la mano por la - cara.</p> - -<p>Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba - al médico a cada momento; no podía ser - aquello un parto normal; debía de existir alguna - dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.</p> - -<p>—Si para la madrugada esto no marcha—dijo - el médico—veremos qué se hace.</p> - -<p>De pronto, el médico llamó a Hurtado.</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó éste.</p> - -<p>—Prepare usted los fórceps inmediatamente:</p> - -<p>—¿Qué ha ocurrido?</p> - -<p>—La procidencia del cordón umbilical. El cordón - está comprimido.</p> - -<p>Por muy rápidamente que el médico introdujo - las dos láminas del fórceps e hizo la extracción, - el niño salió muerto.</p> - -<p>Acababa de morir en aquel instante.</p> - -<p>—¿Vive?—preguntó Lulú con ansiedad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span></p> - -<p>Al ver que no le respondían, comprendió que - estaba muerto, y cayó desmayada. Recobró pronto - el sentido. No se había verificado aún el - alumbramiento. La situación de Lulú era grave; - la matriz había quedado sin tonicidad y no arrojaba - la placenta.</p> - -<p>El médico dejó a Lulú que descansara. La - madre quiso ver el niño muerto. Andrés, al - tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada, - sintió una impresión de dolor agudísimo, y se - le llenaron los ojos de lágrimas.</p> - -<p>Lulú comenzó a llorar amargamente.</p> - -<p>—Bueno, bueno—dijo el médico—, basta; - ahora hay que tener energía.</p> - -<p>Intentó provocar la expulsión de la placenta, - por la comprensión, pero no lo pudo conseguir. - Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla - con la mano. Inmediatamente después, dió a la - parturiente una inyección de ergotina, pero no - pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia - abundante.</p> - -<p>Lulú quedó en un estado de debilidad grande; - su organismo no reaccionaba con la necesaria - fuerza.</p> - -<p>Durante dos días estuvo en este estado de - depresión. Tenía la seguridad de que se iba a - morir.</p> - -<p>—Si siento morirme—le decía a Andrés—es - por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí?—y - le acariciaba la cara.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span></p> - -<p>Otras veces era el niño lo que la preocupaba - y decía:</p> - -<p>—Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por - qué se habrá muerto, Dios mío?</p> - -<p>Andrés la miraba con los ojos secos.</p> - -<p>En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés - salió de la alcoba extenuado. Estaban en la - casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella - parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno - de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde - dormía, se puso una inyección de morfina, y - quedó sumido en un sueño profundo.</p> - -<p>Se despertó a media noche y saltó de la cama. - Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando - a la muerta largo rato y la besó en la - frente varias veces.</p> - -<p>Había quedado blanca, como si fuera de mármol, - con un aspecto de serenidad y de indiferencia, - que a Andrés le sorprendió.</p> - -<p>Estaba absorto en su contemplación cuando - oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la - voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz, - pero para él era desconocida.</p> - -<p>Hablaban los tres confidencialmente.</p> - -<p>—Para mí—decía la voz desconocida—esos - reconocimientos continuos que se hacen en los - partos, son perjudiciales. Yo no conozco este - caso, pero ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el - campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado. - <span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347">[347]</a></span> - La naturaleza tiene recursos que nosotros no - conocemos.</p> - -<p>—Yo no digo que no—contestó el médico que - había asistido a Lulú—; es muy posible.</p> - -<p>—¡Es lástima!—exclamó Iturrioz—¡Este muchacho - ahora, marchaba tan bien!</p> - -<p>Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le - traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su - cuarto y se encerró en él.</p> - -<hr class="tb"/> - -<p>Por la mañana, a la hora del entierro, los que - estaban en la casa, comenzaron a preguntarse - qué hacía Andrés.</p> - -<p>—No me choca nada que no se levante—dijo - el médico—porque toma morfina.</p> - -<p>—¿De veras?—preguntó Iturrioz.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Vamos a despertarle entonces—dijo Iturrioz.</p> - -<p>Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, - muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.</p> - -<p>—¡Está muerto!—exclamó Iturrioz.</p> - -<p>Sobre la mesilla de noche se veía una copa y - un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.</p> - -<p>Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez - de la intoxicación no le produjo convulsiones - ni vómitos.</p> - -<p>La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata - del corazón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span></p> - -<p>—¡Ha muerto sin dolor—murmuró Iturrioz—. - Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era - un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo - creía.</p> - -<p>—Pero había en él algo de precursor—murmuró - el otro médico.</p> - - -<p class="tdc p6">FIN</p> - -<hr class="chap"/> - -<div class="chapter"> -<h2>ÍNDICE</h2></div> - -<table summary="Índice"> -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">PRIMERA PARTE<br /> -LA VIDA DE UN ESTUDIANTE EN MADRID</td></tr> - - <tr> - <td class="tdrb" colspan="3">Págs.</td> - </tr> - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>Andrés Hurtado comienza la carrera</td> - <td align="right"><a href="#Page_9">9</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Los estudiantes</td> - <td align="right"><a href="#Page_16">16</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>Andrés Hurtado y su familia</td> - <td align="right"><a href="#Page_21">21</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>El aislamiento</td> - <td align="right"><a href="#Page_25">25</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">V.</td> - <td>El rincón de Andrés</td> - <td align="right"><a href="#Page_29">29</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VI.</td> - <td>La sala de disección</td> - <td align="right"><a href="#Page_35">35</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VII.</td> - <td>Aracil y Montaner</td> - <td align="right"><a href="#Page_46">46</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VIII.</td> - <td>Una fórmula de la vida</td> - <td align="right"><a href="#Page_54">54</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IX.</td> - <td>Un rezagado</td> - <td align="right"><a href="#Page_61">61</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">X.</td> - <td>Paso por San Juan de Dios</td> - <td align="right"><a href="#Page_69">69</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">XI.</td> - <td>De alumno interno</td> - <td align="right"><a href="#Page_75">75</a></td> - </tr> - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br /> -LAS CARNARIAS</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>Las Minglanillas</td> - <td align="right"><a href="#Page_85">85</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Una cachupinada</td> - <td align="right"><a href="#Page_90">90</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>Las moscas</td> - <td align="right"><a href="#Page_97">97</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>Lulú</td> - <td align="right"><a href="#Page_104">104</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">V.</td> - <td>Más de Lulú</td> - <td align="right"><a href="#Page_109">109</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VI.</td> - <td>Manolo el Chafandín</td> - <td align="right"><a href="#Page_113">113</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VII.</td> - <td>Historia de la Venancia</td> - <td align="right"><a href="#Page_119">119</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VIII.</td> - <td>Otros tipos de la casa</td> - <td align="right"><a href="#Page_124">124</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IX.</td> - <td>La crueldad universal</td> - <td align="right"><a href="#Page_132">132</a></td> - </tr> - - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">TERCERA PARTE<span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span><br /> -TRISTEZAS Y DOLORES</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>Día de Navidad</td> - <td align="right"><a href="#Page_141">141</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Vida infantil</td> - <td align="right"><a href="#Page_149">149</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>La casa antigua</td> - <td align="right"><a href="#Page_156">156</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>Aburrimiento</td> - <td align="right"><a href="#Page_162">162</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">V.</td> - <td>Desde lejos</td> - <td align="right"><a href="#Page_166">166</a></td> - </tr> - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">CUARTA PARTE<br /> -INQUISICIONES</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>Plan filosófico</td> - <td align="right"><a href="#Page_171">171</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Realidad de las cosas</td> - <td align="right"><a href="#Page_178">178</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>El árbol de la ciencia y el árbol de la vida</td> - <td align="right"><a href="#Page_183">183</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>Disociación</td> - <td align="right"><a href="#Page_195">195</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">V.</td> - <td>La compañía del hombre</td> - <td align="right"><a href="#Page_199">199</a></td> - </tr> - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">QUINTA PARTE<br /> -LA EXPERIENCIA EN EL PUEBLO</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>De viaje</td> - <td align="right"><a href="#Page_203">203</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Llegada al pueblo</td> - <td align="right"><a href="#Page_208">208</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>Primeras dificultades</td> - <td align="right"><a href="#Page_215">215</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>La hostilidad médica</td> - <td align="right"><a href="#Page_222">222</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">V.</td> - <td>Alcolea del Campo</td> - <td align="right"><a href="#Page_231">231</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VI.</td> - <td>Tipos de casino</td> - <td align="right"><a href="#Page_242">242</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VII.</td> - <td>Sexualidad y pornografía</td> - <td align="right"><a href="#Page_248">248</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VIII.</td> - <td>El dilema</td> - <td align="right"><a href="#Page_250">250</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IX.</td> - <td>La mujer del tío Garrota</td> - <td align="right"><a href="#Page_257">257</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">X.</td> - <td>Despedida</td> - <td align="right"><a href="#Page_266">266</a></td> - </tr> - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">SEXTA PARTE<br /> -LA EXPERIENCIA EN MADRID</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>Comentario a lo pasado</td> - <td align="right"><a href="#Page_271">271</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>Los amigos</td> - <td align="right"><a href="#Page_279">279</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>Fermín Ibarra</td> - <td align="right"><a href="#Page_288">288</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>Encuentro con Lulú</td> - <td align="right"><a href="#Page_291">291</a></td> - </tr> - - <tr> - <td align="right">V.<span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span></td> - <td>Médico de higiene</td> - <td align="right"><a href="#Page_297">297</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VI.</td> - <td>La tienda de confecciones</td> - <td align="right"><a href="#Page_301">301</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VII.</td> - <td>De los focos de la peste</td> - <td align="right"><a href="#Page_305">305</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">VIII.</td> - <td>La muerte de Villasús</td> - <td align="right"><a href="#Page_311">311</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IX.</td> - <td>Amor, teoría y práctica</td> - <td align="right"><a href="#Page_318">318</a></td> - </tr> - -<tr> -<td class="tdc1" colspan="3">SÉPTIMA PARTE<br /> -LA EXPERIENCIA DEL HIJO</td></tr> - - <tr> - <td align="right">I.</td> - <td>El derecho a la prole</td> - <td align="right"><a href="#Page_325">325</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">II.</td> - <td>La vida nueva</td> - <td align="right"><a href="#Page_329">329</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">III.</td> - <td>La paz</td> - <td align="right"><a href="#Page_337">337</a></td> - </tr> - <tr> - <td align="right">IV.</td> - <td>Tenía algo de precursor</td> - <td align="right"><a href="#Page_343">343</a></td> - </tr> - -</table> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA *** - -***** This file should be named 60464-h.htm or 60464-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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