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-The Project Gutenberg EBook of El arbol de la ciencia, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
-Title: El arbol de la ciencia
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: October 11, 2019 [EBook #60464]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Roberto Marabini and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
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- PÍO BAROJA
-
- LA RAZA
-
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA
-
- NOVELA
-
- [Illustration]
-
- RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
- Calle de Ventura Rodríguez, 18
- 1918
-
-
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-
- LA RAZA
-
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA
-
-
-
-
-_Copyright by Rafael Caro Raggio-1918._
-
-_Es propiedad._
-
-_Prohibida la reproducción._
-
-Imp. Artística, Sáez Hermanos, Tudescos, 34.-Teléf. 5365
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- La vida de un estudiante en Madrid.
-
-
-
-
- I
-
- ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA
-
-
-SERÍAN las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la
-Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se
-abriera la clase.
-
-De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban
-entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban,
-reían y hablaban.
-
-Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes
-que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran
-arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.
-
-La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia
-se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San
-Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de
-Arquitectura.
-
-La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar
-en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y
-del comienzo de la carrera.
-
-Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al
-estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida
-ha de cambiar.
-
-Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba
-atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por
-donde tenían que pasar.
-
-Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la
-entrada de un teatro.
-
-Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del
-brazo y le decían:
-
---¡Hola, chico!
-
-Hurtado se volvió y se encontró con su compañero de Instituto Julio
-Aracil.
-
-Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero Andrés hacía tiempo que
-no veía a Julio. Éste había estudiado el último año del bachillerato,
-según dijo, en provincias.
-
---¿Qué, tú también vienes aquí?--le preguntó Aracil.
-
---Ya ves.
-
---¿Qué estudias?
-
---Medicina.
-
---¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.
-
-Aracil se encontraba en compañía de un muchacho de más edad que él,
-a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros. Este muchacho
-y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdén de los demás
-estudiantes, en su mayoría palurdos provincianos, que manifestaban la
-alegría y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas.
-
-Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose y apretándose como
-si fueran a ver un espectáculo entretenido, comenzaron a pasar.
-
---Habrá que ver cómo entran dentro de unos días--dijo Aracil
-burlonamente.
-
---Tendrán la misma prisa para salir que ahora tienen para
-entrar--repuso el otro.
-
-Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua
-capilla del Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los
-jesuítas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de
-Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas, y en el
-centro una porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo hasta
-cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con
-una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero
-de un teatro.
-
-Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta arriba; no estaba aún el
-catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos,
-alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con el bastón; otros muchos
-le imitaron, y se produjo una furiosa algarabía.
-
-De pronto se abrió una puertecilla del fondo de la tribuna, y apareció
-un señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.
-
-Aquella aparición teatral del profesor y de los ayudantes provocó
-grandes murmullos; alguno de los alumnos más atrevidos comenzó a
-aplaudir, y viendo que el viejo catedrático, no sólo no se incomodaba,
-sino que saludaba como reconocido, aplaudieron aún más.
-
---Esto es una ridiculez--dijo Hurtado.
-
---A él no le debe parecer eso--replicó Aracil riéndose--; pero si es
-tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.
-
-El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estudiado
-en París y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francés
-petulante.
-
-El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy
-enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de
-su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la
-Ciencia, del microscopio...
-
-Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda, que le
-temblaba al hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de
-un padre severo de drama, y alguno de los estudiantes que encontró
-este parecido, recitó en voz alta y cavernosa los versos de Don Diego
-Tenorio, cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama de Zorrilla:
-
- Que un hombre de mi linaje
- descienda a tan ruin mansión.
-
-Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso se echaron a reir, y
-los demás estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.
-
---¿Qué es eso? ¿Qué pasa?--dijo el profesor poniéndose los lentes y
-acercándose al barandado de la tribuna--. ¿Es que alguno ha perdido la
-herradura por ahí? Yo suplico a los que están al lado de ese asno, que
-rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben
-ser mortales de necesidad.
-
-Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dió por
-terminada la clase retirándose haciendo un saludo ceremonioso y los
-chicos aplaudieron a rabiar.
-
-Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la
-barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad
-Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica.
-
-En esta última los estudiantes intentaron repetir el escándalo de la
-clase de Química; pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado,
-les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni
-nadie le aplaudía como si fuera un histrión.
-
-De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado marcharon hacia el centro.
-
-Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante antipatía, aunque en
-algunas cosas le reconocía cierta superioridad; pero sintió aún mayor
-aversión por Montaner.
-
-Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables.
-Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, sin
-duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó varias veces bruscamente.
-
-Los dos condiscípulos se encontraron en esta primera conversación
-completamente en desacuerdo. Hurtado era republicano, Montaner defensor
-de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía, Montaner
-partidario de la clase rica y de la aristocracia.
-
---Dejad esas cosas--dijo varias veces Julio Aracil--; tan estúpido es
-ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como
-a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése--y
-señalaba uno--y una mujer como aquélla.
-
-La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía se manifestó delante del
-escaparate de una librería. Hurtado era partidario de los escritores
-naturalistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado era entusiasta de
-Espronceda, Montaner de Zorrilla; no se entendían en nada.
-
-Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jerónimo.
-
---Bueno, yo me voy a casa--dijo Hurtado.
-
---¿Dónde vives?--le preguntó Aracil.
-
---En la calle de Atocha.
-
---Pues los tres vivimos cerca.
-
-Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy
-poca afabilidad.
-
-
-
-
- II
-
- LOS ESTUDIANTES
-
-
-EN esta época era todavía Madrid una de las pocas ciudades que
-conservaba espíritu romántico.
-
-Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas
-para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente
-físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye
-un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.
-
-El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a
-la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de
-un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos
-toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un
-pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años.
-
-Otras ciudades españolas se habían dado alguna cuenta de la necesidad
-de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad,
-sin deseo de cambio.
-
-El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a
-la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar,
-perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química
-con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado
-oxigenado.
-
-Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba
-gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo
-XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII,
-con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de
-vivir
-
- llevando a sangre y a fuego
- amores y desafíos.
-
-El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la
-realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que
-representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en
-España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas,
-los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general
-era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella
-y al contrario, por una especie de mala fe internacional.
-
-Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o
-hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí
-grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar,
-Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un
-ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.
-
-Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se
-aisla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.
-
-Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las
-cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar
-Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había
-algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.
-
-Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y
-respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.
-
-Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del
-Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba
-las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y
-creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro
-estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran.
-Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para
-la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como
-un prestidigitador.
-
-Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio
-de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se
-levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos
-del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados
-llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones.
-
-En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la
-explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el
-profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio,
-dió dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fué un
-problema echarlo.
-
-Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias;
-gritaban, rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias
-de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo
-preguntaban.
-
---Usted--decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le
-temblaba la perilla por la cólera--, ¿cómo se llama usted?
-
---¿Quién? ¿Yo?
-
---Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted?--añadía el profesor,
-mirando la lista.
-
---Salvador Sánchez.
-
---Alias Frascuelo--decía alguno, entendido con él.
-
---Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame
-así, y si hay alguno que le importa, que lo diga--replicaba el
-estudiante, mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose
-el incomodado.
-
---¡Vaya usted a paseo!--replicaba el otro.
-
---¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral!--gritaban varias voces.
-
---Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted--decía el profesor, temiendo
-las consecuencias de estos altercados.
-
-El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia,
-dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.
-
-Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro.
-Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una
-disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con
-una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su
-preparación para la ciencia no podía ser más desdichada.
-
-
-
-
- III
-
- ANDRÉS HURTADO Y SU FAMILIA
-
-
-EN casi todos los momentos de su vida Andrés experimentaba la sensación
-de sentirse solo y abandonado.
-
-La muerte de su madre le había dejado un gran vacío en el alma y una
-inclinación por la tristeza.
-
-La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba formada por el padre y
-cinco hermanos. El padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco,
-elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.
-
-De un egoísmo frenético, se considera el metacentro del mundo. Tenía
-una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos
-aristocráticos y plebeyos insoportable. Su manera de ser se revelaba
-de una manera insólita e inesperada. Dirigía la casa despóticamente,
-con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de despotismo y de
-arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio.
-
-Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del cuidado que le
-proporcionaba el manejo de la casa, sus hijos le dijeron que lo dejara
-en manos de Margarita. Margarita contaba ya veinte años, y sabía
-atender a las necesidades familiares mejor que el padre; pero don Pedro
-no quería.
-
-A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de
-cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque
-supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.
-
-Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa interior fina, no podía
-utilizar pañuelos de algodón, como todos los demás de la familia, sino
-de hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con
-gente de posición y con algunos aristócratas, y administraba la casa de
-la calle de Atocha, donde vivían.
-
-Su mujer, Fermina Iturrioz, fué una víctima; pasó la existencia
-creyendo que sufrir era el destino natural de la mujer. Después de
-muerta, don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta de reconocer sus
-grandes virtudes.
-
---No os parecéis a vuestra madre--decía a sus hijos--; aquélla fué una
-santa.
-
-A Andrés le molestaba que don Pedro hablara tanto de su madre, y a
-veces le contestó violentamente, diciéndole que dejara en paz a los
-muertos.
-
-De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro y Luis, eran los
-favoritos del padre.
-
-Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Más inútil y egoísta
-aún, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían
-colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el
-sueldo.
-
-Alejandro daba espectáculos bochornosos en casa; volvía a las altas
-horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el
-mundo.
-
-Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años. Era
-una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta.
-
-Pedro venía tras ella en edad y representaba la indiferencia
-filosófica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y salía bien
-por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada. Iba
-al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia
-distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente.
-
-El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud.
-
-La disposición espiritual de la familia era un tanto original. Don
-Pedro prefería a Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si
-fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi
-odiaba a Andrés, porque no se sometía a su voluntad. Hubiera habido que
-profundizar mucho para encontrar en él algún afecto paternal.
-
-Alejandro sentía dentro de la casa las mismas simpatías que el padre;
-Margarita quería más que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés
-y respetaba a su padre. Pedro era un poco indiferente; experimentaba
-algún cariño por Margarita y por Luisito y una gran admiración por
-Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano
-pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía
-constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre; no le
-podía soportar, le encontraba petulante, egoísta, necio, pagado de sí
-mismo.
-
-Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa, no
-podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para
-que el otro tomara la posición contraria.
-
-
-
-
- IV
-
- EN EL AISLAMIENTO
-
-
-LA madre de Andrés, navarra fanática, había llevado a los nueve o diez
-años a sus hijos a confesarse.
-
-Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo con la idea de acercarse al
-confesonario. Llevaba en la memoria el día de la primera confesión,
-como una cosa transcendental, la lista de todos sus pecados; pero
-aquel día, sin duda el cura tenía prisa y le despachó sin dar gran
-importancia a sus pequeñas transgresiones morales.
-
-Esta primera confesión fué para él un chorro de agua fría; su hermano
-Pedro le dijo que él se había confesado ya varias veces, pero que nunca
-se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A la segunda confesión,
-Andrés fué dispuesto a no decir al cura más que cuatro cosas para salir
-del paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin confesarse sin el
-menor escrúpulo.
-
-Después, cuando murió su madre, en algunas ocasiones su padre y su
-hermana le preguntaban si había cumplido con Pascua, a lo cual él
-contestaba que sí indiferentemente.
-
-Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, habían estudiado en un
-colegio mientras cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno
-a Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron al chico al
-Instituto de San Isidro y allí estudió un tanto abandonado. Aquel
-abandono y el andar con los chicos de la calle despabiló a Andrés.
-
-Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad
-le hizo reconcentrado y triste. No le gustaba ir a los paseos donde
-hubiera gente, como a su hermano Pedro; prefería meterse en su cuarto y
-leer novelas.
-
-Su imaginación galopaba, lo consumía todo de antemano. Haré esto y
-luego esto--pensaba--. ¿Y después? Y resolvía este después y se le
-presentaba otro y otro.
-
-Cuando concluyó el bachillerato se decidió a estudiar Medicina sin
-consultar a nadie. Su padre se lo había indicado muchas veces: Estudia
-lo que quieras; eso es cosa tuya.
-
-A pesar de decírselo y de recomendárselo el que su hijo siguiese sus
-inclinaciones sin consultárselo a nadie, interiormente le indignaba.
-
-Don Pedro estaba constantemente predispuesto contra aquel hijo, que
-él consideraba díscolo y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba
-derecho suyo, y se plantaba contra su padre y su hermano mayor con una
-terquedad violenta y agresiva.
-
-Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre
-concluían marchándose Andrés a su cuarto o a la calle.
-
-Las discusiones comenzaban por la cosa más insignificante; el
-desacuerdo entre padre e hijo no necesitaba un motivo especial para
-manifestarse, era absoluto y completo; cualquier punto que se tocara
-bastaba para hacer brotar la hostilidad, no se cambiaba entre ellos una
-palabra amable.
-
-Generalmente el motivo de las discusiones era político; don Pedro se
-burlaba de los revolucionarios, a quien dirigía todos sus desprecios e
-invectivas, y Andrés contestaba insultando a la burguesía, a los curas
-y al ejército.
-
-Don Pedro aseguraba que una persona decente no podía ser más que
-conservador. En los partidos avanzados tenía que haber necesariamente
-gentuza, según él.
-
-Para don Pedro, el hombre rico era el hombre por excelencia; tendía a
-considerar la riqueza, no como una casualidad, sino como una virtud;
-además suponía que con el dinero se podía todo. Andrés recordaba el
-caso frecuente de muchachos imbéciles, hijos de familias ricas, y
-demostraba que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones
-del Banco de Inglaterra, en una isla desierta, no podría hacer nada;
-pero su padre no se dignaba atender estos argumentos.
-
-Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban invertidas en el
-piso de arriba entre un señor catalán y su hijo. En casa del catalán,
-el padre era el liberal y el hijo el conservador; ahora que el padre
-era un liberal cándido y que hablaba mal el castellano, y el hijo un
-conservador muy burlón y mal intencionado. Muchas veces se oía llegar
-desde el patio una voz de trueno con acento catalán, que decía:
-
---Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su camino, ya se hubiera
-visto lo que era España.
-
-Y poco después la voz del hijo, que gritaba burlonamente:
-
---¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!
-
---¡Qué estúpidas discusiones!--decía Margarita con un mohín de
-desprecio, dirigiéndose a su hermano Andrés--. ¡Como si por lo que
-vosotros habléis se fueran a resolver las cosas!
-
-A medida que Andrés se hacía hombre, la hostilidad entre él y su padre
-aumentaba. El hijo no le pedía nunca dinero; quería considerar a don
-Pedro como a un extraño.
-
-
-
-
- V
-
- EL RINCÓN DE ANDRÉS
-
-
-LA casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad de un marqués, a
-quien don Pedro había conocido en el colegio.
-
-Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con
-entusiasmo del marqués y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía de
-una absoluta bajeza.
-
-La familia de Hurtado estaba bien relacionada; don Pedro, a pesar de
-sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilísimo con los
-de fuera y sabía sostener las amistades útiles.
-
-Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy complaciente con
-ella. Guardaba a los vecinos muchas atenciones, menos a los de las
-guardillas, a quienes odiaba.
-
-En su teoría del dinero equivalente a mérito, llevada a la práctica,
-desheredado tenía que ser sinónimo de miserable.
-
-Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la antigua; la sospecha de
-que un obrero pretendiese considerarse como una persona, o de que una
-mujer quisiera ser independiente le ofendía como un insulto.
-
-Sólo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si unían a ésta la
-desvergüenza y la canallería. Para la gente baja, a quien se podía
-hablar de tú, chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba don Pedro
-todas sus simpatías.
-
-En la casa, en uno de los cuartos del piso tercero, vivían dos ex
-bailarinas, protegidas por un viejo senador.
-
-La familia de Hurtado las conocía por las del Moñete.
-
-El origen del apodo provenía de la niña de la favorita del viejo
-senador. A la niña la peinaban con un moño recogido en medio de la
-cabeza muy pequeño. Luisito, al verla por primera vez, le llamó la
-Chica del Moñete, y luego el apodo del Moñete pasó por extensión a
-la madre y a la tía. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos ex
-bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro celebraba las frases
-de su padre como si fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba
-seria al oir las alusiones a la vida licenciosa de las bailarinas,
-y Andrés volvía la cabeza desdeñosamente, dando a entender que los
-alardes cínicos de su padre le parecían ridículos y fuera de lugar.
-
-Únicamente a las horas de comer Andrés se reunía con su familia; en lo
-restante del tiempo no se le veía.
-
-Durante el bachillerato, Andrés había dormido en la misma habitación
-que su hermano Pedro; pero al comenzar la carrera pidió a Margarita le
-trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado para guardar trastos
-viejos.
-
-Margarita al principio se opuso; pero luego accedió, mandó quitar los
-armarios y baúles, y allí se instaló Andrés.
-
-La casa era grande, con esos pasillos y recovecos un poco misteriosos
-de las construcciones antiguas.
-
-Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había que subir unas escaleras,
-lo que le dejaba completamente independiente.
-
-El cuartucho tenía un aspecto de celda: Andrés pidió a Margarita le
-cediera un armario y lo llenó de libros y papeles, colgó en las paredes
-los huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor Iturrioz, y dejó
-el cuarto con cierto aire de antro de mago o de nigromántico.
-
-Allá se encontraba a su gusto, solo; decía que estudiaba mejor con
-aquel silencio; pero muchas veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o
-mirando sencillamente por la ventana.
-
-Esta ventana caía sobre la parte de atrás de varias casas de las calles
-de Santa Isabel y de la Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.
-
-Andrés había dado nombres novelescos a lo que se veía desde allí: la
-casa misteriosa, la casa de la escalera, la torre de la cruz, el
-puente del gato negro, el tejado del depósito de agua...
-
-Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana y hacían largas
-excursiones por estas tejavanas y saledizos, robaban de las cocinas, y
-un día, uno de ellos se presentó con una perdiz en la boca.
-
-Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su hermano, observaba las
-maniobras de los gatos, miraba la calavera con curiosidad; le producía
-todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre había tenido por su hermano
-cierta admiración, iba también a verle a su cubil y a admirarle como a
-un bicho raro.
-
-Al final del primer año de carrera, Andrés empezó a tener mucho
-miedo de salir mal en los exámenes. Las asignaturas eran para marear
-a cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas había tiempo de
-enterarse bien; luego las clases, en distintos sitios, distantes los
-unos de los otros, hacían perder tiempo andando de aquí para allá, lo
-que constituía motivos de distracción.
-
-Además, y esto Andrés no podía achacárselo a nadie más que a sí mismo,
-muchas veces, con Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la
-parada de Palacio o al Retiro, y después, por la noche, en vez de
-estudiar, se dedicaba a leer novelas.
-
-Llegó mayo y Andrés se puso a devorar los libros a ver si podía
-resarcirse del tiempo perdido. Sentía un gran temor de salir mal, más
-que nada por la rechifla del padre, que podía decir: Para eso creo que
-no necesitabas tanta soledad.
-
-Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin
-ningún asombro por su parte, en la última, en el examen de Química. No
-quiso confesar en casa el pequeño tropiezo e inventó que no se había
-presentado.
-
---¡Valiente primo!--le dijo su hermano Alejandro.
-
-Andrés decidió estudiar con energía durante el verano. Allí, en su
-celda, se encontraría muy bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se
-olvidó de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana
-con un anteojo la gente que salía en las casas de la vecindad.
-
-Por la mañana dos muchachitas aparecían en unos balcones lejanos.
-Cuando se levantaba Andrés ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban y
-se ponían cintas en el pelo.
-
-No se les veía bien la cara, porque el anteojo, además de ser de poco
-alcance, no era acromático y daba una gran irisación a todos los
-objetos.
-
-Un chico que vivía enfrente de estas muchachas solía echarlas un rayo
-de sol con un espejito. Ellas le reñían y amenazaban, hasta que,
-cansadas, se sentaban a coser en el balcón.
-
-En una guardilla próxima había una vecina que, al levantarse, se
-pintaba la cara. Sin duda no sospechaba que pudieran mirarle y
-realizaba su operación de un modo concienzudo. Debía de hacer una
-verdadera obra de arte; parecía un ebanista barnizando un mueble.
-
-Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no se enteraba de nada. Al
-comenzar a repasar vió que, excepto las primeras lecciones de Química,
-de todo lo demás apenas podía contestar.
-
-Pensó en buscar alguna recomendación; no quería decirle nada a su
-padre, y fué a casa de su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba.
-Iturrioz le preguntó:
-
---¿Sabes algo de Química?
-
---Muy poco.
-
---¿No has estudiado?
-
---Sí; pero se me olvida todo en seguida.
-
---Es que hay que saber estudiar. Salir bien en los exámenes es una
-cuestión mnemotécnica, que consiste en aprender y repetir el mínimum
-de datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es tiempo de eso, te
-recomendaré, vete con esta carta a casa del profesor.
-
-Andrés, fué a ver al catedrático, que le trató como a un recluta.
-
-El examen que hizo días después le asombró por lo detestable; se
-levantó de la silla confuso, lleno de vergüenza. Esperó teniendo la
-seguridad de que saldría mal; pero se encontró, con gran sorpresa, que
-le habían aprobado.
-
-
-
-
- VI
-
- LA SALA DE DISECCIÓN
-
-
-EL curso siguiente, de menos asignaturas, era algo más fácil, no había
-tantas cosas que retener en la cabeza.
-
-A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba para poner a prueba la
-memoria mejor organizada.
-
-Unos meses después del principio de curso, en el tiempo frío, se
-comenzaba la clase de disección. Los cincuenta o sesenta alumnos se
-repartían en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada
-una.
-
-Se reunieron en la misma mesa, Montaner, Aracil y Hurtado, y otros dos
-a quien ellos consideraban como extraños a su pequeño círculo.
-
-Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que en el curso anterior se
-sentían hostiles, se hicieron muy amigos en el siguiente.
-
-Andrés le pidió a su hermana Margarita que le cosiera una blusa para
-la clase de disección; una blusa negra con mangas de hule y vivos
-amarillos.
-
-Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada limpias, porque en las
-mangas, sobre todo, se pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no
-se veían.
-
-La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de disección
-y hundir el escalpelo en los cadáveres, como si les quedara un fondo
-atávico de crueldad primitiva.
-
-En todos ellos se producía un alarde de indiferencia y de jovialidad
-al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y
-alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que
-llegaban allá.
-
-Dentro de la clase de disección, los estudiantes gustaban de encontrar
-grotesca la muerte; a un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o un
-sombrero de papel.
-
-Se contaba de un estudiante de segundo año que había embromado a un
-amigo suyo, que sabía era un poco aprensivo, de este modo: cogió el
-brazo de un muerto, se embozó en la capa y se acercó a saludar a su
-amigo.
-
---¿Hola, qué tal?--le dijo sacando por debajo de la capa la mano del
-cadáver--. Bien y tú, contestó el otro. El amigo estrechó la mano, se
-estremeció al notar su frialdad y quedó horrorizado al ver que por
-debajo de la capa salía el brazo de un cadáver.
-
-De otro caso sucedido por entonces se habló mucho entre los alumnos.
-Uno de los médicos del hospital, especialista en enfermedades
-nerviosas, había dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su
-sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le
-llevara a su casa.
-
-El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio
-del médico. La criada de la casa, al ver el paquete, creyó que eran
-sesos de vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los sirvió a la
-familia.
-
-Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con
-verdadera fruición. Existía entre los estudiantes de Medicina una
-tendencia al espíritu de clase, consistente en un común desdén por la
-muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirúrgica, y en un gran
-desprecio por la sensibilidad.
-
-Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad que los otros; no le
-hacía tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.
-
-Lo que sí le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del
-carro en donde los traían del depósito del hospital. Los mozos cogían
-estos cadáveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y
-los echaban al suelo.
-
-Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, como momias. Al
-dar en la piedra, hacían un ruido desagradable, extraño, como de algo
-sin elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los
-muertos, uno a uno, por los pies y arrastrándolos por el suelo; y al
-pasar unas escaleras que había para bajar a un patio donde estaba
-el depósito de la sala, las cabezas iban dando lúgubremente en los
-escalones de piedra. La impresión era terrible; aquello parecía el
-final de una batalla prehistórica, o de un combate del circo romano, en
-que los vencedores fueran arrastrando a los vencidos.
-
-Hurtado imitaba a los héroes de las novelas leídas por él, y
-reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las
-madres de aquellos desgraciados que iban al _spoliarium_, hubiesen
-vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado
-seguramente parirlos muertos.
-
-Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver después de hechas las
-disecciones, cómo metían todos los pedazos sobrantes en unas calderas
-cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía una mano entre un
-hígado, y un trozo de masa encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio
-del tejido pulmonar.
-
-A pesar de la repugnancia que le inspiraban tales cosas, no le
-preocupaban; la anatomía y la disección le producían interés.
-
-Esta curiosidad por sorprender la vida; este instinto de inquisición
-tan humano, lo experimentaba él como casi todos los alumnos.
-
-Uno de los que lo sentían con más fuerza, era un catalán amigo de
-Aracil, que aún estudiaba en el Instituto.
-
-Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza pequeña, el pelo
-negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la
-mandíbula prognata. Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por
-el funcionamiento de los órganos, que si podía se llevaba a casa la
-mano o el brazo de un muerto, para disecarlos a su gusto. Con las
-piltrafas, según decía, abonaba unos tiestos o los echaba al balcón de
-un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.
-
-Massó, especial en todo, tenía los estigmas de un degenerado. Era
-muy supersticioso; andaba por en medio de las calles y nunca por las
-aceras; decía, medio en broma, medio en serio, que al pasar iba dejando
-como rastro, un hilo invisible que no debía romperse. Así, cuando iba a
-un café o al teatro salía por la misma puerta por donde había entrado
-para ir recogiendo el misterioso hilo.
-
-Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo entusiasta e
-intransigente que contrastaba con la indiferencia musical de Aracil, de
-Hurtado y de los demás.
-
-Aracil había formado a su alrededor una camarilla de amigos a quienes
-dominaba y mortificaba, y entre éstos se contaba Massó; le daba grandes
-plantones, se burlaba de él, lo tenía como a un payaso.
-
-Aracil demostraba casi siempre una crueldad desdeñosa, sin brutalidad,
-de un carácter femenino.
-
-Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos que vivían en Madrid, se
-reunían poco con los estudiantes provincianos; sentían por ellos un
-gran desprecio; todas esas historias del casino del pueblo, de la novia
-y de las calaveradas en el lugarón de la Mancha o de Extremadura, les
-parecían cosas plebeyas, buenas para gente de calidad inferior.
-
-Esta misma tendencia aristocrática, más grande sobre todo en Aracil
-y en Montaner que en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de lo
-vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por aquellas chirlatas en donde
-los estudiantes de provincia perdían curso tras curso, estúpidamente
-jugando al billar o al dominó.
-
-A pesar de la influencia de sus amigos, que le inducían a aceptar las
-ideas y la vida de un señorito madrileño de buena sociedad, Hurtado se
-resistía.
-
-Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos y de los libros,
-Andrés iba formando su espíritu con el aporte de conocimientos y datos
-un poco heterogéneos.
-
-Su biblioteca aumentaba con desechos; varios libros ya antiguos de
-Medicina y de Biología, le dió su tío Iturrioz; otros, en su mayoría
-folletines y novelas, los encontró en casa; algunos los fué comprando
-en las librerías de lance. Una señora vieja, amiga de la familia, le
-regaló unas ilustraciones y la historia de la Revolución francesa, de
-Thiers. Este libro, que comenzó treinta veces y treinta veces lo dejó
-aburrido, llegó a leerlo y a preocuparle. Después de la historia de
-Thiers, leyó los _Girondinos_, de Lamartine.
-
-Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el
-tipo más grande de la Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en
-las primeras páginas en blanco, escribió el nombre de su héroe, y lo
-rodeó como a un sol de rayos.
-
-Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; no quiso comunicárselo a
-sus amigos. Sus cariños y sus odios revolucionarios, se los reservaba,
-no salían fuera de su cuarto. De esta manera, Andrés Hurtado se sentía
-distinto cuando hablaba con sus condiscípulos en los pasillos de San
-Carlos y cuando soñaba en la soledad de su cuartucho.
-
-Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de tarde en tarde. Con ellos
-debatía las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía así
-apreciar y comparar sus puntos de vista.
-
-De estos amigos, compañeros de Instituto, el uno estudiaba para
-ingeniero, y se llamaba Rafael Sañudo; el otro era un chico enfermo,
-Fermín Ibarra.
-
-A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la noche en un café de la
-calle Mayor, que se llamaba Café del Siglo.
-
-A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado cómo divergía en gustos y
-en ideas de su amigo Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba
-tan de acuerdo.
-
-Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en el café más que de música; de
-las óperas del Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la ciencia,
-la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado
-de la música de Wagner. Wagner era el Mesías, Beethoven y Mozart los
-precursores. Había algunos beethovenianos que no querían aceptar a
-Wagner, no ya como el Mesías, ni aun siquiera como un continuador
-digno de sus antecesores, y no hablaban más que de la quinta y de la
-novena, en éxtasis. A Hurtado, que no le preocupaba la música, estas
-conversaciones le impacientaban.
-
-Empezó a creer que esa idea general y vulgar de que el gusto por la
-música significa espiritualidad, era inexacta. Por lo menos en los
-casos que él veía, la espiritualidad no se confirmaba. Entre aquellos
-estudiantes amigos de Sañudo, muy filarmónicos, había muchos, casi
-todos, mezquinos, mal intencionados, envidiosos.
-
-Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo todo, la vaguedad
-de la música hace que los envidiosos y los canallas, al oir las
-melodías de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen con delicia
-de la acritud interna que les produce sus malos sentimientos, como un
-hiperclorhídrico al ingerir una substancia neutra.
-
-En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo, el público, en su mayoría,
-era de estudiantes; había también algunos grupos de familia, de esos
-que se atornillan en una mesa, con gran desesperación del mozo, y unas
-cuantas muchachas de aire equívoco.
-
-Entre ellas llamaba la atención una rubia muy guapa, acompañada de su
-madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido,
-y la mirada de jabalí. Se conocía su historia; después de vivir con
-un sargento, el padre de la muchacha, se había casado con un relojero
-alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su mujer, la había
-echado de su casa a puntapiés.
-
-Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del sábado hablando mal de
-todo el mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del
-café, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minué de Mozart.
-Hurtado comprendió que aquel no era su centro y dejó de ir por allí.
-
-Varias noches, Andrés entraba en algún café cantante con su tablado
-para las cantadoras y bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el
-canto también cuando era sencillo; pero aquellos especialistas de café,
-hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban
-a dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían repugnantes.
-
-La imaginación de Andrés le hacía ver peligros imaginarios que por un
-esfuerzo de voluntad intentaba desafiar y vencer.
-
-Había algunos cafés cantantes y casas de juego, muy cerrados, que
-a Hurtado se le antojaban peligrosos; uno de ellos era el café del
-Brillante, donde se formaban grupos de chulos, camareras y bailadoras;
-el otro un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas
-por cortinas verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar aquí; y
-entraba temblando de miedo.
-
-Estos miedos variaban en él. Durante algún tiempo, tuvo como una mujer
-extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros
-sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.
-
-Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a temblar. Un día la
-oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror
-desapareció.
-
-Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a casa de su condiscípulo
-Fermín Ibarra. Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la
-vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tenía como a un
-niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.
-
-Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de la clase de disección,
-de los cafés cantantes, de la vida de Madrid de noche.
-
-Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir
-de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.
-
-¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El sentirse sano y fuerte
-cerca del impedido y del débil?
-
-Fuera de aquellos momentos, en los demás, el estudio, las discusiones,
-la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus
-pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el
-espíritu. La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa
-fea, turbia, dolorosa e indominable.
-
-
-
-
- VII
-
- ARACIL Y MONTANER
-
-
-ARACIL, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de
-Anatomía. Aracil se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado su
-padre; Montaner a un pueblo de la Sierra y Andrés se quedó sin amigos.
-
-El verano le pareció largo y pesado; por las mañanas iba con Margarita
-y Luisito al Retiro, y allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde
-y la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; una porción de
-folletines publicados en los periódicos durante varios años. Dumas
-padre, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto
-a su afán de leer. Tal dosis de literatura, de crímenes, de aventuras y
-de misterios acabó por aburrirle.
-
-Los primeros días del curso le sorprendieron agradablemente. En estos
-días otoñales duraba todavía la feria de septiembre en el Prado,
-delante del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las barracas con
-juguetes, los tíos vivos, los tiros al blanco, y los montones de
-nueces, almendras y acerolas, había puestos de libros en donde se
-congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear los viejos volúmenes
-llenos de polvo. Hurtado solía pasar todo el tiempo que duraba la
-feria, registrando los libracos entre el señor grave, vestido de negro,
-con anteojos, de aspecto doctoral, y algún cura esquelético, de sotana
-raída.
-
-Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, iba a estudiar
-Fisiología y creía que el estudio de las funciones de la vida le
-interesaría tanto o más que una novela; pero se engañó, no fué así.
-Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, hecho con
-recortes de obras francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo;
-leyéndolo no se podía formar una idea clara del mecanismo de la vida;
-el hombre aparecía, según el autor, como un armario con una serie de
-aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros, como
-los negociados de un ministerio.
-
-Luego el catedrático era hombre sin ninguna afición a lo que explicaba,
-un señor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el
-Senado discutiendo tonterías y provocando el sueño de los abuelos de la
-Patria.
-
-Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a
-sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiología,
-cursándola así, parecía una cosa estólida y deslavazada, sin problemas
-de interés ni ningún atractivo.
-
-Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era indispensable tomar la
-Fisiología como todo lo demás, sin entusiasmo, como uno de los
-obstáculos que salvar para concluir la carrera.
-
-Esta idea, de una serie de obstáculos, era la idea de Aracil. Él
-consideraba una locura el pensar que habían de encontrar un estudio
-agradable.
-
-Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la
-realidad le engañaba pocas veces.
-
-Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil. Julio era un año
-o año y medio más viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era moreno,
-de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la
-palabra fácil, la inteligencia rápida.
-
-Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se hacía
-simpático; pero no, le pasaba todo lo contrario; la mayoría de los
-conocidos le profesaban poco afecto.
-
-Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado en una capital de
-provincia, era de una posición bastante modesta. Julio se mostraba muy
-independiente, podía haber buscado la protección de su primo Enrique
-Aracil, que por entonces acababa de obtener una plaza de médico en el
-hospital, por oposición, y que podía ayudarle; pero Julio no quería
-protección alguna; no iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo
-todo a sí mismo. Dada su tendencia práctica, era un poco paradójica
-esta resistencia suya a ser protegido.
-
-Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero aprobaba siempre.
-Buscaba amigos menos inteligentes que él para explotarles; allí donde
-veía una superioridad cualquiera, fuese en el orden que fuese, se
-retiraba. Llegó a confesar a Hurtado, que le molestaba pasear con gente
-de más estatura que él.
-
-Julio aprendía con gran facilidad todos los juegos. Sus padres,
-haciendo un sacrificio, podían pagarle los libros, las matrículas y la
-ropa. La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro
-un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas
-con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café y al teatro y
-comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su
-tía, sino que tenía dos o tres más.
-
-Aracil era un poco petulante, se cuidaba el pelo, el bigote, las uñas y
-le gustaba echárselas de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar,
-pero no podía ejercer su dominación en una zona extensa, ni trazarse un
-plan, y toda su voluntad de poder y toda su habilidad se empleaba en
-cosas pequeñas. Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van
-dando vueltas a un camino circular con una decisión inquebrantable e
-inútil.
-
-Una de las ideas gratas a Julio era pensar que había muchos vicios y
-depravaciones en Madrid.
-
-La venalidad de los políticos, la fragilidad de las mujeres, todo lo
-que significara claudicación, le gustaba; que una cómica, por hacer un
-papel importante, se entendía con un empresario viejo y repulsivo; que
-una mujer, al parecer honrada, iba a una casa de citas, le encantaba.
-
-Esa omnipotencia del dinero, antipática para un hombre de sentimientos
-delicados, le parecía a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto
-natural a la fuerza del oro.
-
-Julio era un verdadero fenicio; procedía de Mallorca y probablemente
-había en él sangre semítica. Por lo menos si la sangre faltaba, las
-inclinaciones de la raza estaban íntegras. Soñaba con viajar por el
-Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros países
-que visitaría serían Egipto y el Asia Menor.
-
-El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, solía afirmar
-probablemente de una manera arbitraria, que en España, desde un punto
-de vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el tipo semita. Al
-tipo ibérico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras
-de la raza; al tipo semita las tendencias rapaces, de intriga y de
-comercio.
-
-Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes
-debieron ser comerciantes de esclavos en algún pueblo del
-Mediterráneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y
-exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo político o social;
-le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero
-para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia
-lo mixtificado que lo bueno.
-
-Daba tanta importancia al dinero, sobre todo al dinero ganado, que el
-comprobar lo difícil de conseguirlo le agradaba. Como era su dios,
-su ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese parecido mal. Un
-paraíso conseguido sin esfuerzo no entusiasma al creyente; la mitad por
-lo menos del mérito de la gloria está en su dificultad, y para Julio
-la dificultad de conseguir el dinero constituía uno de sus mayores
-encantos.
-
-Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse a las circunstancias,
-para él no había cosas desagradables; de considerarlo necesario, lo
-aceptaba todo.
-
-Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres
-obtenibles por una cantidad de dinero. Esto constituía una de sus
-mayores preocupaciones. Miraba los bienes de la tierra con ojos de
-tasador judío. Si se convencía de que una cosa de treinta céntimos la
-había comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.
-
-Julio leía novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio
-galantes; estas relaciones de la vida de lujo y de vicio de París le
-encantaban.
-
-De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más
-del tipo semita que del ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo
-exaltado, perezoso, tranquilo, comodón.
-
-Blando de carácter, daba al principio de tratarle cierta impresión
-de acritud y energía, que no era más que el reflejo del ambiente de
-su familia, constituída por el padre y la madre y varias hermanas
-solteronas, de carácter duro y avinagrado.
-
-Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a Montaner, se hizo amigo suyo.
-
-Concluyeron los tres compañeros el curso. Aracil se marchó, como solía
-hacerlo todos los veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y
-Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.
-
-El verano fué sofocante; por las noches, Montaner, después de cenar,
-iba a casa de Hurtado, y los dos amigos paseaban por la Castellana
-y por el Prado, que por entonces tomaba el carácter de un paseo
-provinciano, aburrido, polvoriento y lánguido.
-
-Al final del verano un amigo le dió a Montaner una entrada para los
-Jardines del Buen Retiro. Fueron los dos todas las noches. Oían cantar
-óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de la gente que pasaba
-dentro del vagón de una montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a
-las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata o limón en algún
-puesto del Prado.
-
-Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi siempre mal de Julio;
-estaban de acuerdo en considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz
-de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando Aracil llegaba a Madrid,
-los dos se reunían siempre con él.
-
-
-
-
- VIII
-
- UNA FÓRMULA DE LA VIDA
-
-
-EL año siguiente, el cuarto de carrera, había para los alumnos, y sobre
-todo para Andrés Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de don José
-de Letamendi.
-
-Letamendi era de estos hombres universales que se tenían en la España
-de hace unos años; hombres universales a quienes no se les conocía ni
-de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento tal en Europa de
-genios tan transcendentales, se explicaba por esa hipótesis absurda,
-que aunque no la defendía nadie claramente, era aceptada por todos, la
-hipótesis del odio y la mala fe internacionales que hacía que las cosas
-grandes de España fueran pequeñas en el extranjero y viceversa.
-
-Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y
-barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos
-hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una
-cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada,
-y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros
-clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.
-
-En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un
-genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo
-el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran
-empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.
-
-Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al
-fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi
-con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le
-pareció admirable. Andrés fué pronto un convencido.
-
-Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta
-tendencia de proselitismo, una noche Andrés fué al café donde se
-reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a
-explicarlas y a comentarlas.
-
-Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.
-Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar
-la conversación al terreno que deseaba, y expuso la fórmula de la vida
-de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el
-autor.
-
-Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función
-indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta
-función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división,
-y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser
-multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reir.
-
---¿Por qué se ríe usted?--le preguntó Andrés, sorprendido.
-
---Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de
-falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que
-sumar, restar, multiplicar y dividir.
-
---¿Cuáles?
-
---Elevar a potencia, extraer raíces... Después, aunque no hubiera más
-que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en
-el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos,
-uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya
-suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería
-necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber
-resta y por qué no puede haber división. Después habría que demostrar
-por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta
-decirlo.
-
---Pero eso lo da el razonamiento.
-
---No, no; perdone usted--replicó el estudiante--. Por ejemplo, entre
-esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si
-hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere
-una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro;
-multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en
-pedazos a ella o ella a mí.
-
---Eso es una broma--dijo Andrés.
-
---Claro que es una broma--replicó el estudiante--una broma por el
-estilo de las de su profesor, pero que tiende a una verdad, y es que
-entre la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito de funciones
-distintas; sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además
-es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión
-matemática.
-
-Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones
-convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y
-cariacontecido al comprobar su derrota.
-
-Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones
-y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus
-corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más
-que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces
-vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.
-
-Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que
-vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por
-conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba
-como visiones de profeta.
-
-Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila
-y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus
-ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados,
-era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los
-mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato,
-de hombre de talento verbal.
-
-La palabrería de Letamendi produjo en Andrés un deseo de asomarse al
-mundo filosófico y con este objeto compró en unas ediciones económicas
-los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.
-
-Leyó primero _La Ciencia del Conocimiento_, de Fichte, y no pudo
-enterarse de nada. Sacó la impresión de que el mismo traductor no había
-comprendido lo que traducía; después comenzó la lectura de _Parerga y
-Paralipomena_, y le pareció un libro casi ameno, en parte cándido, y
-le divirtió más de lo que suponía. Por último, intentó descifrar _La
-crítica de la razón pura_. Veía que con un esfuerzo de atención podía
-seguir el razonamiento del autor como quien sigue el desarrollo de un
-teorema matemático; pero le pareció demasiado esfuerzo para su cerebro
-y dejó Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer, que
-tenía para él el atractivo de ser un consejero chusco y divertido.
-
-Algunos pedantes le decían que Schopenhauer había pasado de moda, como
-si la labor de un hombre de inteligencia extraordinaria fuera como la
-forma de un sombrero de copa.
-
-Los condiscípulos, a quien asombraban estos buceamientos de Andrés
-Hurtado, le decían:
-
---¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?
-
---Si eso no es filosofía ni nada--replicaba Andrés--. Letamendi
-es un hombre sin una idea profunda; no tiene en la cabeza más que
-palabras y frases. Ahora, como vosotros no las comprendéis, os parecen
-extraordinarias.
-
-El verano, durante las vacaciones, Andrés leyó en la Biblioteca
-Nacional algunos libros filosóficos nuevos de los profesores franceses
-e italianos y le sorprendieron. La mayoría de estos libros no tenían
-más que el título sugestivo; lo demás era una eterna divagación acerca
-de métodos y clasificaciones.
-
-A Hurtado no le importaba nada la cuestión de los métodos y de las
-clasificaciones, ni saber si la Sociología era una ciencia o un
-ciempiés inventado por los sabios; lo que quería encontrar era una
-orientación, una verdad espiritual y práctica al mismo tiempo.
-
-Los bazares de ciencia de los Lombroso y los Ferri, de los Fouillée y
-de los Janet, le produjeron una mala impresión.
-
-Este espíritu latino y su claridad tan celebrada le pareció una de
-las cosas más insulsas, más banales y anodinas. Debajo de los títulos
-pomposos no había más que vulgaridad a todo pasto. Aquello era, con
-relación a la filosofía, lo que son los específicos de la cuarta plana
-de los periódicos respecto a la medicina verdadera.
-
-En cada autor francés se le figuraba a Hurtado ver un señor cyranesco,
-tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal; en cambio todos
-los italianos le parecían barítonos de zarzuela.
-
-Viendo que no le gustaban los libros modernos volvió a emprender con
-la obra de Kant, y leyó entera con grandes trabajos la _Crítica de la
-razón pura_.
-
-Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban las líneas generales
-de los sistemas que iba desentrañando.
-
-
-
-
- IX
-
- UN REZAGADO
-
-
-AL principio de otoño y comienzo del curso siguiente, Luisito, el
-hermano menor, cayó enfermo con fiebres.
-
-Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo y huraño. El chico le
-preocupaba de una manera patológica, le parecía que los elementos todos
-se conjuraban contra él.
-
-Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente de Julio, y a los
-pocos días indicó que se trataba de una fiebre tifoidea.
-
-Andrés pasó momentos angustiosos; leía con desesperación en los libros
-de Patología la descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y
-hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.
-
-El doctor Aracil a todo decía que no.
-
---Es una enfermedad que no tiene tratamiento específico--aseguraba--;
-bañarle, alimentarle y esperar, nada más.
-
-Andrés era el encargado de preparar el baño y tomar la temperatura a
-Luis.
-
-El enfermo tuvo días de fiebre muy alta. Por las mañanas, cuando bajaba
-la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrés. Éste,
-en el curso de la enfermedad, quedó asombrado de la resistencia y de la
-energía de su hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando del niño;
-no se le ocurría jamás, y si se le ocurría no le daba importancia, la
-idea de que pudiera contagiarse.
-
-Andrés desde entonces comenzó a sentir una gran estimación por
-Margarita; el cariño de Luisito los había unido.
-
-A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció, dejando al niño
-flaco, hecho un esqueleto.
-
-Andrés adquirió con este primer ensayo de médico un gran escepticismo.
-Empezó a pensar si la medicina no serviría para nada. Un buen puntal
-para este escepticismo le proporcionaba las explicaciones del profesor
-de Terapéutica, que consideraba inútiles cuando no perjudiciales casi
-todos los preparados de la farmacopea.
-
-No era una manera de alentar los entusiasmos médicos de los alumnos,
-pero indudablemente el profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.
-
-Después de las fiebres Luisito quedó débil y a cada paso daba a la
-familia una sorpresa desagradable; un día era un calenturón, al otro
-unas convulsiones. Andrés muchas noches tenía que ir a las dos o a las
-tres de la mañana en busca del médico y después salir a la botica.
-
-En este curso, Andrés se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya
-bastante viejo, a quien cada año de carrera costaba por lo menos dos o
-tres.
-
-Un día este estudiante le preguntó a Andrés qué le pasaba para estar
-sombrío y triste. Andrés le contó que tenía al hermano enfermo, y el
-otro intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le agradeció la
-simpatía y se hizo amigo del viejo estudiante.
-
-Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco,
-nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros
-en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre
-débil.
-
-A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre misterioso de Lamela,
-y a éste le chocó sin duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los dos
-tenían una vida interior distinta al resto de los estudiantes.
-
-El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de
-verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de título, que
-andaba en coche e iba a palco al Real.
-
-Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le contó sus amores con toda
-clase de detalles. Ella estaba enamoradísima de él, según aseguraba el
-estudiante; pero existían una porción de dificultades y de obstáculos
-que impedían la aproximación del uno al otro.
-
-A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad.
-En las novelas se daba como anomalía un hombre joven sin un gran amor;
-en la vida lo anómalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El
-primero que conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.
-
-El viejo estudiante padecía un romanticismo intenso, mitigado en
-algunas cosas por una tendencia beocia de hombre práctico: Lamela creía
-en el amor y en Dios; pero esto no le impedía emborracharse y andar de
-crápula con frecuencia. Según él, había que dar al cuerpo necesidades
-mezquinas y groseras y conservar el espíritu limpio.
-
-Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es
-del cuerpo, y al alma lo que es del alma.
-
---Si todo eso del alma, es una pamplina--le decía Andrés--. Son cosas
-inventadas por los curas para sacar dinero.
-
---¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.
-
-Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las
-ideas. Discurría como un hombre de a principio del siglo. La concepción
-mecánica actual del mundo económico y de la sociedad, para él no
-existía. Tampoco existía cuestión social. Toda la cuestión social se
-resolvía con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazón.
-
---Eres un verdadero católico--le decía Andrés-; te has fabricado el más
-cómodo de los mundos.
-
-Cuando Lamela le mostró un día a su amada, Andrés se quedó estupefacto.
-Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que
-un loro.
-
-Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante
-gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y
-avinagrado.
-
-Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.
-
-A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tenía un orgullo y una
-confianza en sí mismo extraordinaria; sentía la tranquilidad del que
-cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.
-
-Delante de los demás compañeros Lamela no hablaba de sus amores:
-pero cuando le cogía a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus
-confidencias no tenían fin.
-
-A todo le quería dar una significación complicada y fuera de lo normal.
-
---Chico--decía sonriendo y agarrando del brazo a Andrés--. Ayer la vi.
-
---¡Hombre!
-
---Sí--añadía con gran misterio--. Iba con la señora de compañía; fuí
-detrás de ella, entró en su casa y poco después salió un criado al
-balcón. ¿Es raro, eh?
-
---¿Raro? ¿Por qué?--preguntaba Andrés.
-
---Es que luego el criado no cerró el balcón.
-
-Hurtado se le quedaba mirando preguntándose cómo funcionaría el cerebro
-de su amigo para encontrar extrañas las cosas más naturales del mundo y
-para creer en la belleza de aquella dama.
-
-Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volvía y
-decía:
-
---¡Mira, cállate!
-
---Pues ¿qué pasa?
-
---Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a
-ella mal de mí. Viene espiándome.
-
-Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya tenía más confianza con él le
-decía:
-
---Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría a la Sociedad de Psicología
-de París o de Londres.
-
---¿A qué?
-
---Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo que soy el hombre más
-extraordinario del mundo.
-
-El gallego se reía con su risa bonachona.
-
---Es que tú eres un niño--replicaba--; el día que te enamores verás
-cómo me das la razón a mí.
-
-Lamela vivía en una casa de huéspedes de la plaza de Lavapiés;
-tenía un cuarto pequeño, desarreglado, y como estudiaba, cuando
-estudiaba, metido en la cama, solía descoser los libros y los guardaba
-desencuadernados en pliegos sueltos en el baúl o extendidos sobre la
-mesa.
-
-Alguna que otra vez fué Hurtado a verle a su casa.
-
-La decoración de su cuarto consistía en una serie de botellas vacías,
-colocadas por todas partes. Lamela compraba el vino para él y lo
-guardada en sitios inverosímiles, de miedo de que los demás huéspedes
-entrasen en el cuarto y se lo bebieran, lo que, por lo que contaba, era
-frecuente. Lamela tenía escondidas las botellas dentro de la chimenea,
-en el baúl, en la cómoda.
-
-De noche, según le dijo a Andrés, cuando se acostaba ponía una botella
-de vino debajo de la cama, y si se despertaba cogía la botella y se
-bebía la mitad de un trago. Estaba convencido de que no había hipnótico
-como el vino, y que a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas
-filfas.
-
-Lamela nunca discutía las opiniones de los profesores, no le
-interesaban gran cosa; para él no podía aceptarse más clasificación
-entre ellos que la de los catedráticos de buena intención, amigos de
-aprobar y los de mala intención, que suspendían sólo por echárselas de
-sabios y darse tono.
-
-En la mayoría de los casos Lamela dividía a los hombres en dos grupos:
-los unos, gente franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón; los
-otros, gente mezquina y vanidosa.
-
-Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta última clase, de los más
-mezquinos e insignificantes.
-
-Verdad es que ninguno de los dos le tomaba en serio a Lamela.
-
-Andrés contaba en su casa las extravagancias de su amigo. A Margarita
-le interesaban mucho estos amores. Luisito, que tenía la imaginación
-de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole a su hermano, un
-cuento que se llamaba: «Los amores de un estudiante gallego con la
-reina de las cacatúas.»
-
-
-
-
- X
-
- PASO POR SAN JUAN DE DIOS
-
-
-SIN gran brillantez, pero también sin grandes fracasos, Andrés Hurtado
-iba avanzando en su carrera.
-
-Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio Aracil asistir a unos
-cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el hospital
-de San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a Hurtado a que le
-acompañaran; unos meses después iba a haber exámenes de alumnos
-internos para ingreso en el Hospital General; pensaban presentarse los
-tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia.
-
-La visita en San Juan de Dios fué un nuevo motivo de depresión y
-melancolía para Hurtado. Pensaba que por una causa o por otra el mundo
-le iba presentando su cara más fea.
-
-A los pocos días de frecuentar el hospital, Andrés se inclinaba a creer
-que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El
-mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente
-constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la
-inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus
-ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.
-
-Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de
-Dios.
-
-Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, el espectáculo tenía
-que ser deprimente. Las enfermas eran de lo más caído y miserable.
-Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un
-estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena
-la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa impresión.
-
-El hospital aquel, ya derruído por fortuna, era un edificio inmundo,
-sucio, mal oliente; las ventanas de las salas daban a la calle de
-Atocha y tenían, además de las rejas, unas alambreras para que las
-mujeres recluídas no se asomaran y escandalizaran. De este modo no
-entraba allí el sol ni el aire.
-
-El médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo, con unas
-largas patillas blancas. El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería
-darse aire de catedrático, lo cual a nadie podía parecer un crimen;
-lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a
-aquellas desdichadas acogidas allí y las maltrataba de palabra y de
-obra.
-
-¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante idiota mandaba llevar
-castigadas a las enfermas a las guardillas y tenerlas uno o dos días
-encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra
-durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa, bastaba para
-estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua. Era
-un macaco cruel este tipo, a quien habían dado una misión tan humana
-como la de cuidar de pobres enfermas.
-
-Hurtado no podía soportar la bestialidad de aquel idiota de las
-patillas blancas, Aracil se reía de las indignaciones de su amigo.
-
-Una vez Hurtado decidió no volver más por allá. Había una mujer que
-guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que
-debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la
-nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único
-que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma
-solía bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo;
-el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con
-sus alumnos; pero uno de los días el médico le vió y comenzó a darle
-patadas.
-
---Coged a ese gato y matadlo--dijo el idiota de las patillas blancas al
-practicante.
-
-El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por
-toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.
-
---Y a esta tía llevadla a la guardilla--añadió el médico.
-
-La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vió que cogían a su
-gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.
-
---¡Canalla! ¡Idiota!--exclamó Hurtado, acercándose al médico con el
-puño levantado.
-
---No seas estúpido--dijo Aracil--. Si no quieres venir aquí, márchate.
-
---Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle las tripas a ese
-idiota, miserable.
-
-Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
-
-La exaltación humanitaria de Andrés hubiera aumentado sin las
-influencias que obraban en su espíritu. Una de ellas era la de Julio,
-que se burlaba de todas las ideas exageradas, como decía él; la otra,
-la de Lamela, con su idealismo práctico, y, por último, la lectura de
-_Parerga y Paralipomena_ de Schopenhauer, que le inducía a la no acción.
-
-A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante muchos días estuvo
-Andrés impresionado por lo que dijeron varios obreros en un mitin de
-anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto Álvarez, un hombre
-moreno, de ojos negros y barba entrecana, habló en aquel mitin de una
-manera elocuente y exaltada; habló de los niños abandonados, de los
-mendigos, de las mujeres caídas...
-
-Andrés sintió el atractivo de este sentimentalismo, quizá algo morboso.
-Cuando exponía sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil
-le salía al encuentro con su buen sentido:
-
---Claro que hay cosas malas en la sociedad--decía Aracil--. ¿Pero quién
-las va a arreglar? ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además,
-hay desdichas que son comunes a todos; esos albañiles de los dramas
-populares que se nos vienen a quejar de que sufren el frío del invierno
-y el calor del verano, no son los únicos; lo mismo nos pasa a los demás.
-
-Las palabras de Aracil eran la gota de agua fría en las exaltaciones
-humanitarias de Andrés.
-
---Si quieres dedicarte a esas cosas--le decía--, hazte político,
-aprende a hablar.
-
---Pero si yo no me quiero dedicar a político--replicaba Andrés
-indignado.
-
---Pues si no, no puedes hacer nada.
-
-Claro que toda reforma en un sentido humanitario tenía que ser
-colectiva y realizarse por un procedimiento político, y a Julio no le
-era muy difícil convencer a su amigo de lo turbio de la política.
-
-Julio llevaba la duda a los romanticismos de Hurtado; no necesitaba
-insistir mucho para convencerle de que la política es un arte de
-granjería.
-
-Realmente, la política española nunca ha sido nada alto ni nada noble;
-no era muy difícil convencer a un madrileño de que no debía tener
-confianza en ella.
-
-La inacción, la sospecha de la inanidad y de la impureza de todo
-arrastraban a Hurtado cada vez más a sentirse pesimista.
-
-Se iba inclinando aun anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en
-la piedad, sin solución práctica ninguna.
-
-La lógica justiciera y revolucionaria de los Saint-Just ya no le
-entusiasmaba, le parecía una cosa artificial y fuera de la naturaleza.
-Pensaba que en la vida ni había ni podía haber justicia. La vida era
-una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban
-una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado
-de intelectualidad, contemplaban la escena con una mirada compasiva y
-piadosa.
-
-Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan y de freno, le llevaban
-a Andrés al mayor desconcierto, a una sobrexcitación cerebral continua
-e inútil.
-
-
-
-
- XI
-
- DE ALUMNO INTERNO
-
-
-A mediados de curso se celebraron exámenes de alumnos internos para el
-hospital general.
-
-Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse. El examen consistía
-en unas preguntas hechas al capricho por los profesores acerca de
-puntos de las asignaturas ya cursadas por los alumnos. Hurtado fué a
-ver a su tío Iturrioz para que le recomendara.
-
---Bueno, te recomendaré--le dijo el tío--; ¿tienes afición a la carrera?
-
---Muy poca.
-
---Y entonces, ¿para qué quieres entrar en el hospital?
-
---¡Ya, qué le voy a hacer! Veré si voy adquiriendo la afición. Además,
-cobraré unos cuartos, que me convienen.
-
---Muy bien--contestó Iturrioz--. Contigo se sabe a qué atenerse; eso me
-gusta.
-
-En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.
-
-Primero tenían que ser libretistas; su obligación consistía en ir por
-la mañana y apuntar las recetas que ordenaba el médico; por la tarde,
-recoger la botica, repartirla y hacer guardias. De libretistas, con
-seis duros al mes, pasaban a internos de clase superior, con nueve,
-y luego a ayudantes, con doce duros, lo que representaba la cantidad
-respetable de dos pesetas al día.
-
-Andrés fué llamado por un médico amigo de su tío, que visitaba una de
-las salas altas del tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.
-
-El médico, hombre estudioso, había llegado a dominar el diagnóstico
-como pocos. Fuera de su profesión no le interesaba nada: política,
-literatura, arte, filosofía o astronomía, todo lo que no fuera
-auscultar o percutir, analizar orinas o esputos, era letra muerta para
-él.
-
-Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera moral del estudiante
-de Medicina estribaba en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera
-de esto, divertirse. A Andrés le preocupaban más las ideas y los
-sentimientos de los enfermos que los síntomas de las enfermedades.
-
-Pronto pudo ver el médico de la sala la poca afición de Hurtado por la
-carrera.
-
---Usted piensa en todo menos en lo que es Medicina--le dijo a Andrés
-con severidad.
-
-El médico de la sala estaba en lo cierto. El nuevo interno no llevaba
-el camino de ser un clínico; le interesaban los aspectos psicológicos
-de las cosas; quería investigar qué hacían las hermanas de la Caridad,
-si tenían o no vocación; sentía curiosidad por saber la organización
-del hospital y averiguar por dónde se filtraba el dinero consignado por
-la Diputación.
-
-La inmoralidad dominaba dentro del vetusto edificio. Desde los
-administradores de la Diputación provincial hasta una sociedad de
-internos que vendía la quinina del hospital en las boticas de la calle
-de Atocha, había seguramente todas las formas de la filtración. En las
-guardias, los internos y los señores capellanes se dedicaban a jugar al
-monte, y en el Arsenal funcionaba casi constantemente una timba en la
-que la postura menor era una perra gorda.
-
-Los médicos, entre los que había algunos muy chulos; los curas, que no
-lo eran menos, y los internos se pasaban la noche tirando de la oreja a
-Jorge.
-
-Los señores capellanes se jugaban las pestañas; uno de ellos era
-un hombrecito bajito, cínico y rubio, que había llegado a olvidar
-sus estudios de cura y adquirido afición por la Medicina. Como la
-carrera de médico era demasiado larga para él, se iba a examinar de
-ministrante, y si podía, pensaba abandonar definitivamente los hábitos.
-
-El otro cura era un mozo bravío, alto, fuerte, de facciones enérgicas.
-Hablaba de una manera terminante y despótica; solía contar con gracejo
-historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios.
-
-Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus
-palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada
-hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien
-con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos,
-afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus
-indignos sacerdotes.
-
-Algunos internos que le conocían desde hacía algún tiempo y le hablaban
-de tú, le llamaban Lagartijo, porque se parecía algo a este célebre
-torero.
-
---Oye, tú, Lagartijo--le decían.
-
---Qué más quisiera yo--replicaba el cura--que cambiar la estola por una
-muleta, y en vez de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.
-
-Como perdía en el juego con frecuencia, tenía muchos apuros.
-
-Una vez le decía a Andrés, entre juramentos pintorescos:
-
---Yo no puedo vivir así. No voy a tener más remedio que lanzarme a la
-calle a decir misa en todas partes y tragarme todos los días catorce
-hostias.
-
-A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.
-
-Entre los practicantes había algunos curiosísimos, verdaderas ratas
-de hospital, que llevaban quince o veinte años allí, sin concluir la
-carrera, y que visitaban clandestinamente en los barrios bajos más que
-muchos médicos.
-
-Andrés se hizo amigo de las hermanas de la Caridad de su sala y de
-algunas otras.
-
-Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser religioso, por
-romanticismo, que las hermanas de la Caridad eran angelicales; pero la
-verdad, en el hospital no se las veía más que cuidarse de cuestiones
-administrativas y de llamar al confesor cuando un enfermo se ponía
-grave.
-
-Además, no eran criaturas idealistas, místicas, que consideraran el
-mundo como un valle de lágrimas, sino muchachas sin recursos, algunas
-viudas, que tomaban el cargo como un oficio, para ir viviendo.
-
-Luego las buenas hermanas tenían lo mejor del hospital acotado para
-ellas...
-
-Una vez un enfermero le dió a Andrés un cuadernito encontrado entre
-papeles viejos que habían sacado del pabellón de las hijas de la
-Caridad.
-
-Era el diario de una monja, una serie de notas muy breves, muy
-lacónicas, con algunas impresiones acerca de la vida del hospital, que
-abarcaban cinco o seis meses.
-
-En la primera página tenía un nombre: sor María de la Cruz, y al lado
-una fecha. Andrés leyó el diario y quedó sorprendido. Había allí una
-narración tan sencilla, tan ingenua de la vida hospitalesca, contada
-con tanta gracia, que le dejó emocionado.
-
-Andrés quiso enterarse de quién era sor María, de si vivía en el
-hospital o dónde estaba.
-
-No tardó en averiguar que había muerto. Una monja, ya vieja, la había
-conocido. Le dijo a Andrés que al poco tiempo de llegar al hospital,
-la trasladaron a una sala de tíficos, y allí adquirió la enfermedad y
-murió.
-
-No se atrevió Andrés a preguntar cómo era, qué cara tenía, aunque
-hubiese dado cualquier cosa por saberlo.
-
-Andrés guardó el diario de la monja como una reliquia, y muchas veces
-pensó en cómo sería, y hasta llegó a sentir por ella una verdadera
-obsesión.
-
-Un tipo misterioso y extraño del hospital, que llamaba mucho la
-atención, y de quien se contaban varias historias, era el hermano Juan.
-Este hombre, que no se sabía de dónde había venido, andaba vestido
-con una blusa negra, alpargatas y un crucifijo colgado al cuello. El
-hermano Juan cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos. Era, al
-parecer, un místico, un hombre que vivía en su centro natural, en medio
-de la miseria y el dolor.
-
-El hermano Juan era un hombre bajito, tenía la barba negra, la mirada
-brillante, los ademanes suaves, la voz melíflua. Era un tipo semítico.
-
-Vivía en un callejón que separaba San Carlos del Hospital General. Este
-callejón tenía dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de
-uno de ellos, del que estaba más cerca de la calle de Atocha, había
-establecido su cuchitril el hermano Juan.
-
-En este cuchitril se encerraba con un perrito que le hacía compañía.
-
-A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano, siempre había luz en
-su camaranchón y siempre se le encontraba despierto.
-
-Según algunos, se pasaba la vida leyendo libros verdes; según otros,
-rezaba; uno de los internos aseguraba haberle visto poniendo notas en
-unos libros en francés y en inglés acerca de psicopatías sexuales.
-
-Una noche en que Andrés estaba de guardia uno de los internos dijo:
-
---Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle algo de comer y de beber.
-
-Fueron todos al callejón en donde el hermano tenía su escondrijo.
-Había luz, miraron por si se veía algo, pero no se encontraba rendija
-por donde espiar lo que hacía en el interior el misterioso enfermero.
-Llamaron e inmediatamente apareció el hermano con su blusa negra.
-
---Estamos de guardia, hermano Juan--dijo uno de los internos--; venimos
-a ver si nos da usted algo para tomar un modesto piscolabis.
-
---¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!--exclamó él--. Me encuentran ustedes muy
-pobre. Pero ya veré, ya veré si tengo algo. Y el hombre desapareció
-tras de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se presentó al poco
-rato con un paquete de café, otro de azúcar y otro de galletas.
-
-Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia, comieron las galletas,
-tomaron el café y discutieron el caso del hermano.
-
-No había unanimidad; unos creían que era un hombre distinguido; otros
-que era un antiguo criado; para algunos era un santo; para otros un
-invertido sexual o algo por el estilo.
-
-El hermano Juan era el tipo raro del hospital. Cuando recibía dinero,
-no se sabía de dónde, convidaba a comer a los convalecientes y regalaba
-las cosas que necesitaban los enfermos.
-
-A pesar de su caridad y de sus buenas obras, este hermano Juan era para
-Andrés repulsivo; le producía una impresión desagradable, una impresión
-física, orgánica.
-
-Había en él algo anormal, indudablemente. ¡Es tan lógico, tan natural
-en el hombre huir del dolor, de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin
-embargo, para él, el sufrimiento, la pena, la suciedad, debían de ser
-cosas atrayentes.
-
-Andrés comprendía el otro extremo, que el hombre huyese del dolor
-ajeno, como de una cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la
-indignidad, a la inhumanidad; comprendía que se evitara hasta la idea
-de que hubiese sufrimiento alrededor de uno; pero ir a buscar lo
-sucio, lo triste, deliberadamente, para convivir con ello, le parecía
-una monstruosidad.
-
-Así que cuando veía al hermano Juan, sentía esa impresión repelente, de
-inhibición, que se experimenta ante los monstruos.
-
-
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- Las Carnarias.
-
-
-
-
- I
-
- LAS MINGLANILLAS
-
-
-JULIO Aracil había intimado con Andrés. La vida en común de ambos en
-San Carlos y en el hospital, iba unificando sus costumbres, aunque no
-sus ideas ni sus afectos.
-
-Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba a sentir más
-estimación por Hurtado que por Montaner.
-
-Andrés había pasado a ser interno como él; Montaner, no sólo no pudo
-aprobar en estos exámenes, sino que perdió el curso, y abandonándose
-por completo, empezó a no ir a clase y a pasar el tiempo haciendo el
-amor a una muchacha vecina suya.
-
-Julio Aracil comenzaba a experimentar por su amigo un gran desprecio y
-a desearle que todo le saliera mal.
-
-Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía cosas extraordinarias,
-maravillosas; llegó hasta jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas,
-a comprar un título de la Deuda.
-
-Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de hombre de mundo.
-
---Te voy presentar en casa de las Minglanillas--le dijo un día riendo.
-
---¿Quiénes son las Minglanillas?--preguntó Hurtado.
-
---Unas chicas amigas mías.
-
---¿Se llaman así?
-
---No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo la madre, parece un
-personaje de Taboada.
-
---¿Y qué son?
-
---Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. Niní y Lulú. Yo estoy
-arreglado con Niní, con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.
-
---¿Pero arreglado hasta qué punto estás con ella?
-
---Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los dos a un rincón de la
-calle de Cervantes, que yo conozco, y que te lo recomendaré cuando lo
-necesites.
-
---¿Te vas a casar con ella después?
-
---¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.
-
---Pero has inutilizado a la muchacha.
-
---¡Yo! ¡Qué estupidez!
-
---¿Pues no es tu querida?
-
---¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?
-
---Sin embargo...
-
---¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse. Si tú puedes hacer
-lo mismo, serás un tonto si no lo haces.
-
-A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; pero tenía curiosidad por
-conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.
-
-Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa
-sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.
-
-Había en casa de la viuda un ambiente de miseria bastante triste; la
-madre y las hijas llevaban trajes raídos y remendados; los muebles eran
-pobres, menos alguno que otro indicador de ciertos esplendores pasados;
-las sillas estaban destripadas y en los agujeros de la estera se metía
-el pie al pasar.
-
-La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática; tenía la cara
-amarillenta, de color de membrillo; la expresión dura, falsamente
-amable; la nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y la sonrisa
-forzada.
-
-La buena señora manifestaba unas ínfulas aristocráticas grotescas, y
-recordaba los tiempos en que su marido había sido subsecretario e iba
-la familia a veranear a San Juan de Luz. El que las chicas se llamaran
-Niní y Lulú procedía de la niñera que tuvieron por primera vez, una
-francesa.
-
-Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba
-accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían
-poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.
-
-Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Niní, y
-Andrés sostuvo la conversación con Lulú y con su madre.
-
-Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita; tenía los ojos verdes,
-obscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés le
-parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca
-a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto
-simio: la frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa
-entre irónica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un
-poco respingona, y la cara pálida, de mal color.
-
-Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía e ingenio de sobra;
-pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad,
-la frescura, la candidez. Era un producto marchito por el trabajo, por
-la miseria y por la inteligencia. Sus diez y ocho años no parecían
-juventud.
-
-Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y sobre todo menos
-espirituales, era más mujer, tenía deseo de agradar, hipocresía,
-disimulo. El esfuerzo constante hecho por Niní para presentarse como
-ingenua y cándida, le daba un carácter más femenino, más corriente
-también y vulgar.
-
-Andrés quedó convencido de que la madre conocía las verdaderas
-relaciones de Julio y de su hija Niní. Sin duda ella misma había
-dejado que la chica se comprometiera, pensando que luego Aracil no la
-abandonaría.
-
-A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria
-de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla
-cuando le conviniera, le parecía una mala acción.
-
-Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones
-de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero
-tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con
-una pequeña tragedia de lloros y de lamentos, en que doña Leonarda
-chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que le
-disgustaba.
-
-
-
-
- II
-
- UNA CACHUPINADA
-
-
-ANTES de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:
-
---¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.
-
---¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?
-
---El domingo de Carnaval. El petróleo para la luz y las pastas, el
-alquiler del piano y el pianista, se pagarán entre todos. De manera que
-si tú quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.
-
---Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay que pagar?
-
---Ya te lo diré uno de estos días.
-
---¿Quiénes van a ir?
-
---Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios; Casares,
-ese periodista amigo mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá
-chicas guapas.
-
-El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fué
-Hurtado al baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abrió la
-puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la
-escalera.
-
-Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes
-no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y
-fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su
-profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares.
-También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre
-de gran partido entre las mujeres.
-
-Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar
-pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares
-toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una
-gabela.
-
-Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para
-divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su
-dinero, a ser posible.
-
-Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia de anglo-sajón. Como
-tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se
-dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable. El audaz trataba
-de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la
-calle. A esto llamaba él _trabajar_ a una mujer. La muchacha, mientras
-consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero
-cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista,
-desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara.
-
-Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba
-como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para
-subir en la vida.
-
-Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en
-busca de pareja.
-
---¿Tú sabes bailar?--le preguntó Aracil a Hurtado.
-
---Yo no.
-
---Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala
-con consideración.
-
---¿Por qué me dices esto?
-
---Porque hace un momento--añadió Julio con ironía--doña Leonarda me ha
-dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito,
-como si fueran vírgenes.
-
-Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de
-hombre mal intencionado y canalla.
-
-Andrés fué abriéndose paso. Había varios quinqués de petróleo
-iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofrecía
-a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino
-blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile
-había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia.
-Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad,
-y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al
-parecer era un sátiro.
-
-Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El
-padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por
-violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos
-tiros a su mujer, intentó suicidarse.
-
-A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas
-las vecinas con un odio furioso.
-
-Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran
-las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de
-seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas
-y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco
-honorable.
-
-Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha;
-según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.
-
-La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy
-bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.
-
---¡Esta _peque_ de la vecindad es más sinvergüenza!--dijo una vieja
-detrás de Andrés, señalando a la Elvira.
-
-La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al
-moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera
-un poco insultante.
-
-Casares, al verla pasar, la decía:
-
---¡Vaya usted con Dios, guerrera!
-
-Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.
-
---Muy tarde ha venido usted--le dijo ella.
-
---Sí, he estado de media guardia en el hospital.
-
---¿Qué, no va usted a bailar?
-
---Yo no sé.
-
---¿No?
-
---No. ¿Y usted?
-
---Yo no tengo ganas. Me mareo.
-
-Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.
-
---Oiga usted, negra--la dijo.
-
---¿Qué quiere usted, blanco?--le preguntó ella con descaro.
-
---¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?
-
---No, señor.
-
---¿Y por qué?
-
---Porque no me sale... de adentro--contestó ella de una manera achulada.
-
---Tiene usted mala sangre, negra--le dijo Casares.
-
---Sí, que usted la debe tener buena, blanco--replicó ella.
-
---¿Por qué no ha querido usted bailar con él?--le preguntó Andrés.
-
---Porque es un boceras; un tío antipático, que cree que todas las
-mujeres están enamoradas de él. ¡Que se vaya a paseo!
-
-Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar
-al lado de Lulú.
-
---Me hace usted mucha gracia--dijo ella de pronto, riéndose, con una
-risa que le daba la expresión de una alimaña.
-
---¿Por qué?--preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.
-
---¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?
-
---No, no me ha dicho nada.
-
---Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para
-confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre,
-una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca
-una mujer que tenga algún dinero para casarse.
-
---No creo que esa sea su intención.
-
---¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní?
-En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un
-egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y
-total, ¿para qué?
-
---No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.
-
---Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay
-caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque no.
-
-Ella comprendía que no gustara a los hombres.
-
-A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos
-viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.
-
-Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos
-los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto
-para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época
-en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla
-de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.
-
-Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria
-orgánica, de la falta de alimentación y de aire.
-
-Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin
-romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien.
-
-La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.
-
-A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición
-indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que
-trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se
-continuara, doña Leonarda fué inflexible, y para la una estaba ya
-despejada la casa.
-
-
-
-
- III
-
- LAS MOSCAS
-
-
-ANDRÉS salió a la calle con un grupo de hombres.
-
-Hacía un frío intenso.
-
---¿Adónde iríamos?--preguntó Julio.
-
---Vamos a casa de doña Virginia--propuso Casares--. ¿Ustedes la
-conocerán?
-
---Yo sí la conozco--contestó Aracil.
-
-Se acercaron a una casa próxima, de la misma calle, que hacía esquina a
-la de la Verónica. En un balcón del piso principal se leía este letrero
-a la luz de un farol:
-
- VIRGINIA GARCÍA
-
- COMADRONA CON TÍTULO DEL COLEGIO
- DE SAN CARLOS
-
- (_Sage femme._)
-
---No se ha debido acostar, porque hay luz--dijo Casares.
-
-Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al
-piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a
-un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos
-hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.
-
-Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de
-angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando
-por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un
-cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una
-mujer barbuda.
-
-Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la
-clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de
-niña bastante ridículos.
-
-De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia
-le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este
-señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han
-viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que
-luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de _confort_ de España.
-
-El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada
-menos que el director de la revista _El Masón Ilustrado_.
-
-Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia,
-cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande
-con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica;
-allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal
-paso dejaba en situación comprometida.
-
-Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.
-
---¡Pobrecitas!--decía de sus huéspedas--. ¡Qué malos son ustedes los
-hombres!
-
-A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.
-
-En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres
-a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino
-de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con
-la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.
-
---¡Hola, Victorio!--le saludó Aracil.
-
---¡Hola, Julio!--contestó el otro--. ¿Qué tal? ¿De dónde salen ustedes?
-
---De aquí; de casa de doña Virginia.
-
---¡Valiente tía! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva
-a su casa engañadas.
-
-¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente,
-el caso no era del todo vulgar.
-
-El director de _El Masón Ilustrado_, que se reunió con Andrés, le dijo
-con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado
-al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada.
-Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía.
-Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que
-un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un
-niño.
-
-En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia
-enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados
-y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras
-amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban
-al _spoliarium_.
-
-El italiano, aseguró el director de _El Masón Ilustrado_, no era
-profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cómplice en los negocios
-nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque
-había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la
-gente en los hoteles.
-
-Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí,
-el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la
-Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría
-pagar la entrada, y dijeron que no.
-
---Vamos a hacer una cosa--propuso el sainetero amigo de Casares.
-
---¿Qué?--preguntó Julio.
-
---Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.
-
-Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor dramático que tenía
-dos hijas coristas. Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.
-
-Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del
-Carmen esquina a la del Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo
-Domingo, y se detuvieron delante de una casa grande.
-
---Aquí no alborotemos--advirtió el sainetero, porque el sereno no nos
-abriría.
-
-Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo,
-Julio, Andrés y el director de _El Masón Ilustrado_, comenzaron a subir
-una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con
-fósforos.
-
-Llamaron en una puerta, apareció una muchacha que les hizo pasar a un
-estudio de pintor y poco después se presentó un señor de barba y pelo
-entrecano, envuelto en un gabán.
-
-Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo autor de comedias y de
-dramas detestables en verso.
-
-El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en artista, en bohemio; era
-en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas
-por un estúpido romanticismo.
-
-Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos
-tenía condición para la escena; pero el padre no creía más que en el
-arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro
-de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.
-
-Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y
-Ernestina estaba enredada con un revendedor.
-
-El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de
-chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja,
-dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era
-un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.
-
-Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una
-colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares,
-Aracil y el director de _El Masón Ilustrado_, tomaron la casa de
-Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores
-con una mala intención canallesca.
-
-Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la
-vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían
-todos en sus bromas.
-
-Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los
-pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.
-
-Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo,
-y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.
-
-Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la
-cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director
-de _El Masón Ilustrado_. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de
-los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.
-
-Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.
-
---Pero usted es un imbécil--le dijo Andrés bruscamente.
-
---¿Cómo?
-
---Que es usted un imbécil, una mala bestia.
-
---¡Usted no me dice a mí eso!--gritó el masón.
-
---¿No está usted oyendo que se lo digo?
-
---En la calle no me repite usted eso.
-
---En la calle y en todas partes.
-
-Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quería marcharse,
-aprovechó la ocasión de acompañar a Hurtado diciendo que iba para
-evitar cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, y el
-periodista y Andrés fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le
-brindó su protección a Andrés; sin duda, prometía protección y ayuda a
-todo el mundo.
-
-Hurtado se marchó a casa mal impresionado. Doña Virginia, explotando y
-vendiendo mujeres; aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre gente
-desdichada. La piedad no aparecía por el mundo.
-
-
-
-
- IV
-
- LULÚ
-
-
-LA conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo
-de intimar algo más con la muchacha.
-
-Realmente la chica era simpática y graciosa. Tenía los ojos
-desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta
-convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de
-malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba,
-y su cara tomaba un aire satírico y agudo.
-
-No se mordía la lengua para hablar. Decía habitualmente horrores. No
-había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a
-lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.
-
-El primer día que fué Andrés a ver a Lulú después del baile, contó su
-visita a casa de doña Virginia.
-
---¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?--preguntó Lulú.
-
---Sí
-
---Valiente tía cerda.
-
---Niña--exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?
-
---¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?
-
---¡Jesús! ¡Qué palabras!
-
---A mí me vino un día--siguió diciendo Lulú--preguntándome si quería ir
-con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!
-
-A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lulú. No tenía ese repertorio
-vulgar de chistes oídos en el teatro; en ella todo era callejero,
-popular.
-
-Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú.
-Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de
-las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una
-aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por
-sentir placeres sensuales.
-
-A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de
-hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera
-llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.
-
-Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, y solía ganar hasta
-tres pesetas al día. Con esto, unido a la pequeña pensión de doña
-Leonarda, vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, aunque trabajaba,
-era torpe.
-
-Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor
-en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy
-silenciosa.
-
-Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una
-picardía admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra
-grotesca, eran las que más le gustaban.
-
-El tango aquel que empieza diciendo:
-
- Un cocinero de Cádiz, muy afamado,
- a las mujeres las compara con el guisado,
-
-y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser
-marineras, el de la ¿Niña qué?, o el de las mujeres que montan en
-bicicleta, en el que hay esa preocupación graciosa, expresada así:
-
- Por eso hay ahora
- mil discusiones,
- por si han de llevar faldas
- o pantalones.
-
-Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.
-
-A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de
-pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas. En aquellos
-instantes sus ideas parecían converger hacia adentro, y la fuerza de
-la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban de pronto, mientras
-estaba ensimismada, se ruborizaba y se confundía.
-
---No sé lo que anda maquinando cuando está así--decía su madre--; pero
-no debe ser nada bueno.
-
-Lulú le contó a Andrés que de chica había pasado una larga temporada
-sin querer hablar. En aquella época el hablar le producía una gran
-tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.
-
-Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar
-algo en la mercería próxima, y contestaba a las frases de los horteras
-de la manera más procaz y descarada.
-
-Este poco apego a defender los intereses de la clase les parecía a doña
-Leonarda y a Niní una verdadera vergüenza.
-
---Ten en cuenta que tu padre fué un personaje--decía doña Leonarda con
-énfasis.
-
---Y nosotras nos morimos de hambre--replicaba Lulú.
-
-Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban la labor, Lulú se metía
-en algún rincón, apoyándose en varios sitios al mismo tiempo. Así como
-encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa
-o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su
-habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que
-fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada
-a no guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener amigas de su
-edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en
-cambio, era buena para los viejos y para los enfermos, comprendía sus
-manías, sus egoísmos, y se reía de ellos. Era también servicial; no
-le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja
-enferma de la guardilla.
-
-A veces, Andrés la encontraba más deprimida que de ordinario; entre
-aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada
-en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el
-techo o alguno de los agujeros de la estera.
-
-Otras veces se ponía a cantar la misma canción sin parar.
-
---Pero, muchacha, ¡cállate!--decía su madre--. Me tienes loca con ese
-estribillo.
-
-Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía con la canción.
-
-A veces iba por la casa un amigo del marido de doña Leonarda, don
-Prudencio González.
-
-Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita
-negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de
-dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y
-la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas
-en la conversación.
-
-El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.
-
---Usted, que ha conocido a mi marido--decía con voz lacrimosa--. Usted,
-que nos ha visto en otra posición.
-
-Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores
-pasados.
-
-
-
-
- V
-
- MÁS DE LULÚ
-
-
-ALGUNOS días de fiesta, por la tarde, Andrés acompañó a Lulú y a su
-madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.
-
-El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca
-de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las
-avenidas.
-
---Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú--decía doña Leonarda,
-con cierto retintín.
-
---Bueno, bueno, mamá--replicaba Lulú--. Todo eso está de más.
-
-En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba
-su vida y sus impresiones, sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la
-infancia estaban muy grabados en su imaginación.
-
---¡Me da una pena pensar en cuando era chica!--decía.
-
---¿Por qué? ¿Vivía usted bien?--le preguntaba Hurtado.
-
---No, no; pero me da mucha pena.
-
-Contaba Lulú que de niña la pegaban para que no comiera el yeso de
-las paredes y los periódicos. En aquella época había tenido jaquecas,
-ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que no padecía ningún
-trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de
-estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada,
-que el menor esfuerzo la rendía.
-
-Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su manera de ser espiritual y
-material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías
-sin razón alguna.
-
-No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes; sólo le
-apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...
-
---¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentiría a usted--le
-decía Andrés.
-
---¿No?
-
---No.
-
---Pues diga usted que es mi primo.
-
---Usted ríase--contestaba Andrés--; pero yo la metería en cintura.
-
---¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!--contestaba ella, cantando
-descaradamente.
-
-Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido más y
-podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú.
-
-En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral
-corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las
-cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las
-mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía,
-la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad.
-
-Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de
-verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.
-
-Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a
-doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.
-
---Cada cual debe hacer lo que quiera--decía.
-
-El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.
-
---¿De veras se iría usted con un hombre?--le preguntaba Andrés.
-
---Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.
-
---¿Sin casarse?
-
---Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con
-entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.
-
---¿Y luego?...
-
---Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.
-
-Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda
-le atraía la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramática.
-Decía que no le gustaría llegar a vieja.
-
-En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a
-Andrés:
-
---Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como
-decimos las mujeres.
-
---¿Por qué?--preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.
-
---Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tenía doce años.
-Y gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no... estaría
-deshonrada--añadió con voz campanuda.
-
---Parece que la idea no le espanta a usted mucho.
-
---Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar
-siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.
-
-¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad y de análisis de
-Lulú?--se preguntaba Andrés--. ¿Era espontánea, era sentida, o había
-algo de ostentación para parecer original? Difícil era averiguarlo.
-
-Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés convidaban a Lulú, a Niní
-y a su madre a ir a algún teatro, y después entraban en un café.
-
-
-
-
- VI
-
- MANOLO EL CHAFANDÍN
-
-
-UNA amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una
-vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.
-
-La señora Venancia tendría unos sesenta años, y trabajaba
-constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de
-planchar un momento. La señora Venancia vivía con su hija y su yerno,
-un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.
-
-El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de ninguno, no trabajaba más
-que rara vez, y vivía a costa de la suegra.
-
-Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que
-solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora
-Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.
-
---¿Qué va a ser esta niña?--preguntaban algunos.
-
-Y Lulú contestaba:
-
---Golfa, golfa--u otra palabra más dura, y añadía: Así la llevarán en
-coche, como a la Estrella.
-
-La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana,
-borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la
-vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la
-familia vivía a costa de la señora Venancia, y el dinero del taller de
-planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de
-la casa.
-
-Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre
-salía a la defensa del marido, como si este holgazán tuviera derecho a
-vivir del trabajo de los demás.
-
-Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la
-madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de
-Manolo; la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió que su marido
-era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran
-unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron otras
-vecinas, no se tiraron de los pelos.
-
-Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el
-Chafandín, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidió pedir
-explicaciones a Lulú de sus palabras.
-
-Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doña
-Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.
-
-Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se
-referían a su respetabilidad social.
-
---Estás empeñada en ultrajarnos--dijo a Lulú medio llorando--. ¿Qué
-vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?
-
---Que venga--replicó Lulú--; yo le diré que es un gandul y que más le
-valía trabajar y no vivir de su suegra.
-
---¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los demás? ¿Por qué te mezclas
-con esa gente?
-
-Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y doña Leonarda les puso al
-corriente de lo ocurrido.
-
---Qué demonio; no les pasará a ustedes nada--dijo Andrés--; aquí
-estaremos nosotros.
-
-Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se
-hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por
-no pasar por un cobarde, se quedó.
-
-A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó decir:
-
---¿Se puede?
-
---Adelante--dijo Andrés.
-
-Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy
-elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran
-cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado
-trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doña
-Leonarda y Niní temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron
-a explicarse.
-
-El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una
-retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de
-las palabras que se dicen imprudentemente.
-
-Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de
-valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis que
-dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.
-
-Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a
-saltar.
-
-El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y
-subió el tono de la voz.
-
---Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi
-señora zorra, y mi señora no es una zorra; habrá otras más zorras
-que ella, y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un
-cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga
-eso.
-
-Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el
-suelo.
-
-Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se
-levantó y le dijo:
-
---Bueno; siéntese usted.
-
---Estoy bien así--dijo el chulo.
-
---No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando desde hace mucho
-tiempo, de pie, y se va usted a cansar.
-
-Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.
-
---Ahora, diga usted--siguió diciendo Andrés--qué es lo que usted
-quiere, en resumen.
-
---¿En resumen?
-
---Sí.
-
---Pues yo quiero una explicación.
-
---Una explicación, ¿de qué?
-
---De las palabras que ha dicho aquí (y volvió a señalar a Lulú) contra
-mi señora y contra este servidor.
-
---Vamos, hombre, no sea usted imbécil.
-
---Yo no soy imbécil.
-
---¿Qué quiere usted que diga esta señorita? ¿Que su mujer no es una
-zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo?
-Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.
-
---A mí ningún pollo neque me toma el pelo--dijo el Chafandín,
-levantándose.
-
---Yo lo que voy a hacer--dijo Andrés irritado--es darle un silletazo en
-la cabeza y echarle a puntapiés por las escaleras.
-
---¿Usted?
-
---Sí; yo.
-
-Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire. Doña Leonarda y
-sus hijas empezaron a gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la
-puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el Chafandín cerró la
-puerta y se escapó por la galería, soltando bravatas e insultos.
-
-Andrés quería salir a calentarle las costillas para enseñarle a tratar
-a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que
-se quedara.
-
-Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, dispuesta a intervenir.
-Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más
-fuerza que de ordinario.
-
-
-
-
- VII
-
- HISTORIA DE LA VENANCIA
-
-
-LA escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña
-Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó
-un día al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas
-secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el día sin descansar un momento.
-
-Tenía una vida curiosa. De joven había estado de doncella en varias
-casas, hasta que murió su última señora y dejó de servir.
-
-La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el
-rico, sobre todo el aristócrata, pertenecía a una clase superior a la
-humana.
-
-Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al
-egoísmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como
-ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una cosa monstruosa; pero
-esto mismo en una señorona lo encontraba disculpable.
-
-A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña, por la cual el que
-posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene más derecho a otras
-ventajas que el que no conoce más que la enfermedad, la debilidad, lo
-feo y lo sucio.
-
-Aunque no se sabe la garantía científica que tenga, hay en el cielo
-católico, según la gente, un santo, San Pascual Bailón, que baila
-delante del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. Si uno tiene
-suerte, le da más, más, más; si tiene desgracias le da también más,
-más, más. Esta filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.
-
-La señora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos.
-Andrés fué a oirla con gusto.
-
-La primera ama donde sirvió la Venancia era una mujer caprichosa y
-loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los
-criados y le gustaba enemistar a sus amigos.
-
-Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera
-detrás de una cortina al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para
-que hablase mal del que estaba escondido y le oyese.
-
-La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y
-ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Llegó en su
-maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardín y acusar a un criado
-de ladrón y hacer que lo llevaran a la cárcel.
-
-Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la
-señora que se encontraba muy grave. El niño estaba en la agonía, y a
-eso de las diez de la noche murió. La Venancia fué llorando a avisar a
-su señora lo que ocurría, y se la encontró vestida para un baile. Le
-dió la triste noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La
-señora se fué al baile, y cuando volvió comenzó a llorar, haciéndose la
-desesperada.
-
---¡Qué loba!--dijo Lulú al oir la narración.
-
-De esta casa la señora Venancia había pasado a otra de una duquesa muy
-guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible.
-
-Aquella tenía los amantes a pares--dijo la Venancia--. Muchas veces iba
-a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí
-horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y
-se iba con él.
-
---Un día--contó la planchadora--estaba la duquesa con su querido en
-la alcoba; yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de
-comunicación. De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes.
-Aquí está el marido--pensé. Salté de la cama y entré por la puerta
-excusada en la habitación de mi señora. El duque, a quien había abierto
-algún criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no
-tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza;
-yo la atranqué con el palo de una cortina. El amante, azorado, no
-sabía qué hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le llevé por la
-puerta excusada, le dí las ropas de mi marido y le eché a la escalera.
-Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso,
-con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La
-señora, al oir mi voz, comprendió que la situación estaba salvada y
-abrió la puerta. El duque miró por todos los rincones, mientras ella le
-contemplaba tan tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó y me
-besó, y me dijo que se arrepentía de todo corazón, que en adelante iba
-a hacer una vida recatada; pero a los quince días ya tenía otro amante.
-
-La Venancia conocía toda la vida íntima del mundo aristocrático de
-su época; los sarpullidos de los brazos y el furor erótico de Isabel
-II; la impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las
-costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus
-ojos.
-
-A Lulú le interesaban estas historias.
-
-Andrés afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna
-de simpatía y de piedad; pero la señora Venancia, con su extraña
-filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, decía que
-todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacían grandes limosnas y
-remediaban muchas miserias.
-
-Algunas veces Andrés trató de convencer a la planchadora de que el
-dinero de la gente rica procedía del trabajo y del sudor de pobres
-miserables que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos.
-Andrés afirmaba que tal estado de injusticia podía cambiar; pero esto
-para la señora Venancia era una fantasía.
-
---Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos--decía la vieja,
-convencida de que su argumento no tenía réplica.
-
-
-
-
- VIII
-
- OTROS TIPOS DE LA CASA
-
-
-UNA de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su
-atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en
-otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés. Mientras
-trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba
-entre los vecinos.
-
-La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande,
-tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre
-todo, la población de las guardillas era numerosa y pintoresca.
-
-Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la
-pobretería madrileña. Una inquilina de las guardillas, que daba siempre
-que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja. La pobre mujer se
-emborrachaba y padecía un delirio alcohólico político, que consistía
-en vitorear a la República y en insultar a las autoridades, a los
-ministros y a los ricos.
-
-Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, y la llevaban de
-cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volvía a las
-andadas.
-
-La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran
-la señora Nieves, pues así se llamaba.
-
-Otra vieja rara de la vecindad era la señora Benjamina, a quien daban
-el mote de Doña Pitusa. Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de
-nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.
-
-Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y a la de Montserrat;
-decía a todas horas que había tenido muchas desgracias de familia y
-pérdidas de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba su afición al
-aguardiente.
-
-La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos
-pretextos, enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer,
-se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y
-sorprendía al transeunte con una narración trágica, expresada en tonos
-teatrales; decía que era viuda de un general; que acababa de morírsele
-un hijo de veinte años, el único sostén de su vida; que no tenía para
-amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.
-
-El transeunte a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener
-muchos hijos de veinte años, cuanto con tanta frecuencia se le moría
-uno.
-
-El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años; se llamaba
-el Chuleta, y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado,
-algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la
-barba y ojos de besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba las
-historias melodramáticas de su madre. El Chuleta era un tipo fúnebre;
-debía ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de
-sus ataúdes.
-
-El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a
-Manolo el Chafandín le guardaba un odio insaciable.
-
-El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de
-abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal
-intencionados y tan rencorosos como él.
-
-Había también en las guardillas una casa de huéspedes de una gallega
-bizca, tan ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía
-de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San
-Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado; un enfermero del
-Hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto.
-
-Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado
-y culto, que había caído en la miseria. Vivía de algunas caridades que
-le hacían los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy
-arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin
-manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él mismo se cortaba el
-pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenían
-alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones.
-La Venancia solía plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un
-estoico.
-
---Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un
-príncipe--decía el pobre.
-
-Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos,
-entablaba conversación con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas
-colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba
-que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.
-
-Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la calle; la llegada de un
-príncipe extranjero, el entierro de un político constituían para él
-grandes acontecimientos.
-
-Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le decía:
-
---¿Ya se va usted, don Cleto?
-
---Sí; voy a dar una vueltecita.
-
---De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.
-
---Ja, ja, ja--reía él--. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué cosas dicen!
-
-Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy
-pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín
-tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con
-frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien
-Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El
-Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos
-así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.
-
-Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en
-especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha,
-llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío
-Miserias.
-
-El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una
-casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso
-solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en
-el piso bajo.
-
-El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un
-trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría.
-Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una
-capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.
-
-Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de
-su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de
-vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero,
-respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.
-
-Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y
-cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle
-de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última
-su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente
-pobre.
-
-Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía
-atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer,
-en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día
-el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para
-hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don
-Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.
-
-Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos
-del mostrador y se fué a una casa de trato de la calle de San José, y
-allí le prendieron.
-
-Don Martín quedó indignado cuando vió que el Tribunal, aceptando una
-serie de circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a
-unos meses de cárcel.
-
---Es un escándalo--decía el usurero pensativo--. Aquí no se protege a
-las personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.
-
-Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la
-vecindad, porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de
-leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras
-sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido
-capaz de comerse las burras por aprovecharlas.
-
-Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el
-tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa
-de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos,
-los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho,
-hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al
-prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los
-desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.
-
-A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse
-y de acrecentar su fortuna.
-
-Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se
-jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León.
-
-La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una
-tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban
-una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:
-
---¡Señores, la Policía!
-
-Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los
-agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto.
-
-A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas,
-la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy
-natural y lógico lo que hacía.
-
-
-
-
- IX
-
- LA CRUELDAD UNIVERSAL
-
-
-TENÍA Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de
-los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos
-comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir
-a ver a su tío Iturrioz.
-
-Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los
-catorce o quince años. Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta,
-que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo
-hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una
-de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos
-transcendentales.
-
-Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa
-con una hermosa azotea.
-
-Le asistía un criado, antiguo soldado de la época en que Iturrioz fué
-médico militar.
-
-Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con
-alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías
-donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de
-tierra donde tenían sus plantas.
-
-Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Iturrioz, su tío se
-estaba bañando y el criado le llevó a la azotea.
-
-Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste,
-el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa
-de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles
-y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus
-inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de una mañana de abril, las
-manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos
-torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.
-
-Poco después salía Iturrioz a la azotea.
-
---¿Qué, te pasa algo?--le dijo a su sobrino al verle.
-
---Nada; venía a charlar un rato con usted.
-
---Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis tiestos.
-
-Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó
-una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.
-
-Andrés habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del
-hospital, como casos extraños, dignos de un comentario; de Manolo el
-Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de doña Virginia...
-
---¿Qué consecuencias puede sacarse de todas estas vidas?--preguntó
-Andrés al final.
-
---Para mí la consecuencia es fácil--contestó Iturrioz con el bote de
-agua en la mano--. Que la vida es una lucha constante, una cacería
-cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas,
-microbios, animales.
-
---Si yo también he pensado en eso--repuso Andrés--; pero voy
-abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida
-llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales,
-como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico,
-después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se
-abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los
-enfermos?
-
---Te contestaré por partes--repuso Iturrioz dejando el bote para regar,
-porque estas discusiones le apasionaban--. Tú me dices, este concepto
-de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los
-conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa
-relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no
-tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena
-que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no
-hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el
-agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente,
-como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El
-hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la
-araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.
-
---Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay justicia?
-
---En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que
-vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un
-lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía
-de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha.
-Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos
-conviene. Supón, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser
-muerta por el hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le
-aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso
-nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo
-no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de
-justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero
-cómo la vamos a realizar?
-
---Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?
-
---¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca?--siguió
-diciendo Iturrioz--. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer?
-¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose
-a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que
-te repugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: _Homo
-hominis lupus_, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En
-cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho
-de un carnívoro como el chacal, un omnívoro como el perro; pero se
-necesitan muchos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani
-había acostumbrado a una paloma a comer carne y a un águila a comer y
-digerir el pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos
-y laicos; son águilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse
-de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del
-hermano Juan...
-
---Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.
-
---Será un mochuelo o una garduña; pero de instintos perturbados.
-
---Sí, es muy posible--repuso Andrés--; pero creo que nos hemos desviado
-de la cuestión; no veo la consecuencia.
-
---La consecuencia, a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay
-más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención
-y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un
-círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una
-anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.
-
---De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que
-restringir su acción justiciera a un medio pequeño.
-
---Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la
-casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo
-muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera,
-tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho,
-quizá hasta la misma conciencia.
-
---Es lo que tiene de bueno la filosofía--dijo Andrés con amargura; le
-convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.
-
-Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:
-
---Es la única objeción que me puedes hacer; pero no es mía la culpa.
-
---Ya lo sé.
-
---Ir a un sentido de justicia universal--prosiguió Iturrioz--es
-perderse; adaptando el principio de Fritz Müller de que la embriología
-de un animal reproduce su genealogía, o como dice Haeckel, que la
-ontogenia es una recapitulación de la filogenia, se puede decir que la
-psicología humana no es más que una síntesis de la psicología animal.
-Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y
-de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera... Ese
-usurero que tú me has descrito, el tío Miserias, ¡qué de avatares
-no tiene en la zoología! Ahí están los acinétidos chupadores que
-absorben la substancia protoplasmática de otros infusorios; ahí están
-todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias
-en descomposición. Estas antipatías de gente maleante ¿no están
-admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo
-de pus azul con la bacteridia carbuncosa?
-
---Sí es posible--murmuró Andrés.
-
---Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!, ¡qué de Victorios!, ¡qué
-de Manolos los Chafandines, no hay! Ahí tienes el _ichneumon_, que mete
-sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el
-cloroformo; el _sphex_, que coge las arañas pequeñas, las agarrota,
-las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de
-sus larvas para que las vayan devorando; ahí están las avispas, que
-hacen lo mismo, arrojando al _spoliarium_ que sirve de despensa para
-sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les
-dan con el aguijón en los anglios motores; ahí está el _estafilino_
-que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta,
-le hiere y le absorbe los jugos; ahí está el _meloe_, que penetra
-subrepticiamente en los panales de las abejas, se introduce en el
-alvéolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se
-come a la larva; ahí está...
-
---Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería horrible.
-
---La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo
-revienta a conciencia. La justicia es una ilusión humana; en el fondo
-todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar,
-son formas de creación y de destrucción al mismo tiempo.
-
---Y entonces, ¿qué hacer?--murmuró Andrés--. ¿Ir a la inconsciencia?
-¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?
-
---¿Crees tú en la serenidad del salvaje?--preguntó Iturrioz--. ¡Qué
-ilusión! Eso también es una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido
-sereno.
-
---¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?--preguntó
-Andrés.
-
---El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo
-que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo
-artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un
-club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque; bebería agua
-filtrada y respiraría aire esterilizado...
-
-Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por
-entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.
-
-Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un
-canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos.
-
-Separados por una tapia alta había enfrente dos jardines: uno era de
-un colegio de niñas, el otro de un convento de frailes.
-
-El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del
-colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era
-una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al
-mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes
-que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al
-patio.
-
---Vida es lo uno y vida es lo otro--dijo Iturrioz filosóficamente
-comenzando a regar sus plantas.
-
-Andrés se fué a la calle.
-
---¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?--se preguntaba con
-angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante
-el problema planteado en su cerebro.
-
-
-
-
- TERCERA PARTE
-
- Tristezas y dolores.
-
-
-
-
- I
-
- DÍA DE NAVIDAD
-
-
-UN día, ya en el último año de la carrera, antes de las Navidades,
-al volver Andrés del hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía
-sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto. Fué a ver al niño,
-apenas tenía fiebre, no le dolía el costado, respiraba con facilidad;
-sólo un ligero tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras la otra
-estaba pálida.
-
-No se trataba de una enfermedad aguda. La idea de que el niño estuviera
-tuberculoso le hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia de
-la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.
-
-Andrés recogió un pañuelo manchado con sangre y lo llevó a que lo
-analizasen al laboratorio. Pidió al médico de su sala que recomendara
-el análisis.
-
-Durante aquellos días vivió en una zozobra constante; el dictamen
-del laboratorio fué tranquilizador: no se había podido encontrar el
-bacilo de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo, esto no le dejó a
-Hurtado completamente satisfecho.
-
-El médico de la sala, a instancias de Andrés, fué a casa a reconocer
-al enfermito. Encontró a la percusión cierta opacidad en el vértice
-del pulmón derecho. Aquello podía no ser nada; pero unido a la ligera
-hemoptisis, indicaba con muchas probabilidades una tuberculosis
-incipiente.
-
-El profesor y Andrés discutieron el tratamiento. Como el niño era
-linfático, algo propenso a catarros, consideraron conveniente llevarlo
-a un país templado, a orillas del Mediterráneo a ser posible; allí le
-podrían someter a una alimentación intensa, darle baños de sol, hacerle
-vivir al aire libre y dentro de la casa en una atmósfera creosotada,
-rodearle de toda clase de condiciones para que pudiera fortificarse y
-salir de la infancia.
-
-La familia no comprendía la gravedad, y Andrés tuvo que insistir para
-convencerles de que el estado del niño era peligroso.
-
-El padre, don Pedro, tenía unos primos en Valencia, y estos primos,
-solterones, poseían varias casas en pueblos próximos a la capital.
-
-Se les escribió y contestaron rápidamente; todas las casas suyas
-estaban alquiladas menos una de un pueblecito inmediato a Valencia.
-
-Andrés decidió ir a verla.
-
-Margarita le advirtió que no había dinero en casa; no se había cobrado
-aún la paga de Navidad.
-
---Pediré dinero en el hospital e iré en tercera--dijo Andrés.
-
---¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!
-
---No importa.
-
---Bueno, vete a casa de los tíos--le advirtió Margarita.
-
---No, ¿para qué?--contestó él--. Yo veo la casa del pueblo, y, si me
-parece bien, os mando un telegrama diciendo: Contestadles que sí.
-
---Pero eso es una grosería. Si se enteran...
-
---¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y
-con tonterías; bajo en Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama y
-me vuelvo en seguida.
-
-No hubo manera de convencerle. Después de cenar tomó un coche y se fué
-a la estación. Entró en un vagón de tercera.
-
-La noche de diciembre estaba fría, cruel. El vaho se congelaba en los
-cristales de las ventanillas y el viento helado se metía por entre las
-rendijas de la portezuela.
-
-Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se subió el cuello y se
-metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquella idea de la
-enfermedad de Luisito le turbaba.
-
-La tuberculosis era una de esas enfermedades que le producía un terror
-espantoso; constituía una obsesión para él. Meses antes se había
-dicho que Roberto Koch había inventado un remedio eficaz para la
-tuberculosis: la tuberculina.
-
-Un profesor de San Carlos fué a Alemania y trajo la tuberculina.
-
-Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyectó el nuevo
-remedio. La reacción febril que les produjo hizo concebir al principio
-algunas esperanzas; pero luego se vió que no sólo no mejoraban, sino
-que su muerte se aceleraba.
-
-Si el chico estaba realmente tuberculoso, no había salvación.
-
-Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrés en el vagón de
-tercera, medio adormecido.
-
-Al amanecer se despertó, con las manos y los pies helados.
-
-El tren marchaba por la llanura castellana y el alba apuntaba en el
-horizonte.
-
-En el vagón no iba más que un aldeano fuerte, de aspecto enérgico y
-duro de manchego.
-
-Este aldeano le dijo:
-
---Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?
-
---Sí, un poco.
-
---Tome usted mi manta.
-
---¿Y usted?
-
---Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son muy delicados.
-
-A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció el obsequio en el
-fondo del corazón.
-
-Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el campo.
-
-Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo, antes llano, mostraba
-colinas y árboles que iban pasando por delante de la ventanilla del
-tren.
-
-Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a templar el aire. Cerca de
-Játiba salió el sol, un sol amarillo, que se derramaba por el campo
-entibiando el ambiente.
-
-La tierra presentaba ya un aspecto distinto.
-
-Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el río Júcar
-profundo, de lenta corriente. El sol iba elevándose en el cielo;
-comenzaba a hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la zona
-mediterránea la naturaleza y la gente eran otras.
-
-En las estaciones los hombres y las mujeres, vestidos con trajes
-claros, hablaban a gritos, gesticulaban, corrían.
-
---Eh, tú, _ché_--se oía decir.
-
-Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos, barracas blancas con el
-techado negro, alguna palmera que pasaba en la rapidez de la marcha
-como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera, unas estaciones
-antes de llegar a Valencia, y poco después Andrés apareció en el raso
-de la plaza de San Francisco, delante de un solar grande.
-
-Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por
-llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos,
-quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la
-estación.
-
-Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por
-una carretera.
-
-El carrito tenía por detrás una lona blanca y, al agitarse ésta por el
-viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.
-
-En una media hora la tartana embocaba la primera calle del pueblo,
-que aparecía con su torre y su cúpula brillante. A Andrés le pareció
-la disposición de la aldea buena para lo que él deseaba; el campo de
-los alrededores, no era de huerta, sino de tierras de secano medio
-montañosas.
-
-A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se veía un castillejo y
-varios grupos de enormes girasoles.
-
-Tomó la tartana por la calle larga y ancha, continuación de la
-carretera, hasta detenerse cerca de una explanada levantada sobre el
-nivel de la calle.
-
-El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta
-azul muy grande y tres ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel
-pegado en la puerta indicaba que la llave la tenían en la casa de al
-lado.
-
-Se asomó al portal próximo y una vieja, con la tez curtida y negra por
-el sol, le dió la llave, un pedazo de hierro que parecía un arma de
-combate prehistórica.
-
-Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente sobre sus goznes, y
-entró en un espacioso vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia
-el jardín.
-
-La casa apenas tenía fondo; por el arco del vestíbulo se salía a una
-galería ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada
-de verde. De la galería, extendida paralelamente a la carretera, se
-bajaba por cuatro escalones al huerto, rodeado por un camino que
-bordeaba sus tapias.
-
-Este huerto, con varios árboles frutales desnudos de hojas, se hallaba
-cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo
-dividían en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos y jaramagos espesos
-cubrían la tierra y borraban los caminos.
-
-Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador formado por palos,
-sobre el cual se sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo
-follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido que no dejaba
-pasar la luz del sol.
-
-A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre pedestales de ladrillo,
-había dos estatuas de yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el
-cenador. En la pared del fondo se veía un cuadro de azulejos blancos
-y azules con figuras que representaban a Santo Tomás de Villanueva
-vestido de obispo, con su báculo en la mano y un negro y una negra
-arrodillados junto a él.
-
-Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él deseaba; hizo un plano
-de las habitaciones y del jardín y estuvo un momento descansando,
-sentado en la escalera. Hacía tanto tiempo que no había visto árboles,
-vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le
-pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso,
-le llenó de paz y de melancolía.
-
-Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el
-silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los
-moscones y las avispas brillaban al sol.
-
-¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas
-aquel cielo tan azul, tan puro!
-
-Unos momentos después, una campana de son agudo comenzó a tocar. Andrés
-entregó la llave en la casa próxima, despertó al tartanero medio
-dormido en su tartana, y emprendió la vuelta.
-
-En la estación de Valencia mandó un telegrama a su familia, compró algo
-de comer y unas horas más tarde volvía para Madrid, embozado en su
-capa, rendido, en otro coche de tercera.
-
-
-
-
- II
-
- VIDA INFANTIL
-
-
-AL llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana Margarita instrucciones
-de cómo debían instalarse en la casa. Unas semanas después tomaron el
-tren, don Pedro, Margarita y Luisito.
-
-Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron en Madrid.
-
-Andrés tenía que repasar las asignaturas de la licenciatura.
-
-Para librarse de la obsesión de la enfermedad del niño, se puso a
-estudiar como nunca lo había hecho.
-
-Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba sus temores.
-
---Si ese chico se pusiera bien--murmuraba.
-
---¿Le quiere usted mucho?--preguntaba Lulú.
-
---Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande cuando nació él, figúrese
-usted.
-
-Por Junio, Andrés se examinó del curso y de la licenciatura y salió
-bien.
-
---¿Qué va usted a hacer?--le dijo Lulú.
-
---No sé; por ahora veré si se pone bien esa criatura; después ya
-pensaré.
-
-El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable que en diciembre;
-tenía dinero, y tomó un billete de primera. En la estación de Valencia
-le esperaba el padre.
-
---¿Qué tal el chico?--le preguntó Andrés.
-
---Está mejor.
-
-Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron una tartana, que les
-llevó rápidamente al pueblo.
-
-Al ruido de la tartana salieron a la puerta Margarita, Luisito y una
-criada vieja. El chico estaba bien; alguna que otra vez tenía una
-ligera fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había cambiado casi
-por completo era Margarita; el aire y el sol le habían dado un aspecto
-de salud que la embellecía.
-
-Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros y los granados
-llenos de hojas y de flores.
-
-La primera noche Andrés no pudo dormir bien en la casa por el olor a
-raíz desprendido de la tierra.
-
-Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito, comenzó a arrancar y
-a quemar todos los hierbajos del patio. Luego plantaron entre los
-dos melones, calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. De todas sus
-plantaciones lo único que nació fueron los ajos. Estos, unidos a los
-geranios y a los dompedros, daban un poco de verdura; lo demás moría
-por el calor del sol y la falta de agua.
-
-Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos del pozo. Era imposible
-tener un trozo de jardín verde. En seguida de regar, la tierra se
-secaba, y las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.
-
-En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, las pasionarias,
-las hiedras y las enredaderas, a pesar de la sequedad del suelo,
-se extendían y daban hermosas flores; los racimos de la parra se
-coloreaban, los granados se llenaban de flor roja y las naranjas iban
-engordando en el arbusto.
-
-Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con la ventana abierta,
-en un cuarto que Andrés, por las noches, regaba con creosota. Por la
-mañana, al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría en el cenador
-de Flora y Pomona.
-
-Al principio no le gustaba, pero luego se acostumbró.
-
-Andrés había colgado del techo del cenador una regadera enorme, y en el
-asa ató una cuerda que pasaba por una polea y terminaba en una piedra
-sostenida en un banco. Dejando caer la piedra, la regadera se inclinaba
-y echaba una lluvia de agua fría.
-
-Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar próximo al pueblo, y
-estaban allí muchas veces hasta el mediodía; después del paseo comían y
-se echaban a dormir.
-
-Por la tarde tenían también sus entretenimientos: perseguir a las
-lagartijas y salamandras, subir al peral, regar las plantas. El tejado
-estaba casi levantado por los panales de las avispas; decidieron
-declarar la guerra a estos temibles enemigos y quitarles los panales.
-
-Fué una serie de escaramuzas que emocionaron a Luisito y le dieron
-motivo para muchas charlas y comparaciones.
-
-Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés proseguía su lucha
-contra la sequedad, sacando agua del pozo, que era muy profundo. En
-medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban, las avispas iban
-a beber el agua del riego y las mariposas revoloteaban de flor en flor.
-A veces aparecían manchas de hormigas con alas en la tierra o costras
-de pulgones en las plantas.
-
-Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar que a jugar
-violentamente. Esta inteligencia precoz le daba que pensar a Andrés. No
-le dejaba que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se reuniera con
-los chicos de la calle.
-
-Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral de la puerta, con un libro
-en la mano, veía pasar los carros por la calle cubierta de una espesa
-capa de polvo. Los carreteros, tostados por el sol, con las caras
-brillantes por el sudor, cantaban tendidos sobre pellejos de aceite o
-de vino, y las mulas marchaban en fila medio dormidas.
-
-Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fábrica, y
-saludaban a Andrés con un adiós un poco seco, sin mirarle a la cara.
-Entre estas chicas había una que llamaban la Clavariesa, muy guapa, muy
-perfilada; solía ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo en el
-aire, y vestía con colores un poco chillones, pero que hacían muy bien
-en aquel ambiente claro y luminoso.
-
-Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano
-que los demás chicos, jugaba en la carretera.
-
-No se hacía completamente montaraz y salvaje como hubiera deseado
-Andrés, pero estaba sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba
-contando cuentos, que demostraban su imaginación excitada.
-
---¿De dónde saca este chico esas cosas que cuenta?--preguntaba Andrés a
-Margarita.
-
---No sé; las inventa él.
-
-Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo.
-
-El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa.
-
-Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, era de las que mejor
-imitaba. Esta vieja vendía huevos y verduras, y decía: _¡Ous, figues!_
-Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada
-momento decía: _¿Sap?_, era también de los modelos de Luisito.
-
-Entre los chicos de la calle había algunos que le preocupaban mucho.
-Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que vivía en un barrio
-de cuevas próximo.
-
-El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin
-dientes, con los ojos legañosos. Contaba cómo su padre hacía sus
-misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y
-hablaba de cómo había averiguado su poder curativo.
-
-El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías para curar las
-insolaciones y conjurar los males de ojo que había oído en su casa.
-
-El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con
-una cesta al brazo.
-
---Ves estos caracoles--le decía a Luisito--, pues con estos caracoles y
-un poco de arroz comeremos todos en casa.
-
---¿Dónde los has cogido?--le preguntaba Luisito.
-
---En un sitio que yo sé--contestaba el Roch, que no quería comunicar
-sus secretos.
-
-También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, de unos catorce a
-quince años, amigos de Luisito: el Choriset y el Chitano.
-
-El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo.
-Su cabeza, su tipo, su expresión eran de un bereber.
-
-Andrés solía hacerle preguntas acerca de su vida y de sus ideas.
-
---Yo, por un real, mataría a un hombre--solía decir el Choriset,
-mostrando sus dientes blancos y brillantes.
-
---Pero te cogerían y te llevarían a presidio.
-
---¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca de la mía, y me estaría
-allá.
-
---¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?
-
---Saldría de noche a comprar pan.
-
---Pero con un real, no te bastaría para muchos días.
-
---Mataría a otro hombre--replicaba el Choriset, riendo.
-
-El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba
-merodeando por ver si podía llevarse algo.
-
-Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba
-conociendo a la gente.
-
-La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; las mujeres paseaban
-separadas de los hombres, y esta separación de sexos existía en casi
-todo.
-
-A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en
-casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al
-café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo
-entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el
-Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca
-lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la
-Inquisición.
-
-
-
-
- III
-
- LA CASA ANTIGUA
-
-
-VARIAS veces don Pedro fué y volvió de Madrid al pueblo. Luisito
-parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre; pero conservaba
-aquella tendencia fantaseadora que le hacía divagar y discurrir de una
-manera impropia de su edad.
-
---Yo creo que no es cosa de que sigáis aquí--dijo el padre.
-
---¿Por qué no?--preguntó Andrés.
-
---Margarita no puede vivir siempre metida en un rincón. A ti no te
-importará; pero a ella sí.
-
---Que se vaya a Madrid por una temporada.
-
---¿Pero tú crees que Luis no está curado todavía?
-
---No sé; pero me parece mejor que siga aquí.
-
---Bueno; veremos a ver qué se hace.
-
-Margarita explicó a su hermano que su padre decía que no tenían medios
-para sostener así dos casas.
-
---No tiene medios para esto; pero sí para gastar en el Casino--contestó
-Andrés.
-
---Eso a ti no te importa--contestó Margarita enfadada.
-
---Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me dan una plaza de médico de
-pueblo y llevar al chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego que
-haga lo que quiera.
-
-En esta incertidumbre, y sin saber si iban a quedarse o marcharse, se
-presentó en la casa una señora de Valencia, prima también de don Pedro.
-Esta señora era una de esas mujeres decididas y mandonas que les gusta
-disponerlo todo. Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito
-fueran a pasar una temporada a casa de los tíos. Ellos los recibirían
-muy a gusto. Don Pedro encontró la solución muy práctica.
-
---¿Qué os parece?--preguntó a Margarita y a Andrés.
-
---A mí, lo que decidáis--contestó Margarita.
-
---A mí no me parece una buena solución--dijo Andrés.
-
---¿Por qué?
-
---Porque el chico no estará bien.
-
---Hombre, el clima es igual--repuso el padre.
-
---Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior de una ciudad,
-entre calles estrechas, a estar en el campo. Además, que esos
-señores parientes nuestros, como solterones, tendrán una porción de
-chinchorrerías y no les gustarán los chicos.
-
---No; eso no. Es gente amable, y tienen una casa bastante grande para
-que haya libertad.
-
---Bueno. Entonces probaremos.
-
-Un día fueron todos a ver a los parientes. A Andrés, sólo tener que
-ponerse la camisa planchada, le dejó de un humor endiablado.
-
-Los parientes vivían en un caserón viejo de la parte antigua de la
-ciudad. Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy
-separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.
-
-El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una
-plazoleta que tenía en medio un farol.
-
-De este patio partía la escalera exterior, ancha, de piedra blanca, que
-entraba en el edificio al llegar al primer piso, pasando por un arco
-rebajado.
-
-Llamó don Pedro, y una criada vestida de negro, les pasó a una sala
-grande, triste y obscura.
-
-Había en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de
-incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias
-y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.
-
-Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de
-cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les
-hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca,
-leía un periódico.
-
-La familia la componían tres hermanos y una hermana, los tres solteros.
-El mayor, don Vicente, estaba enfermo de gota y no salía apenas; el
-segundo, don Juan, era hombre que quería pasar por joven, de aspecto
-muy elegante y pulcro; la hermana, doña Isabel, tenía el color muy
-blanco, el pelo muy negro y la voz lacrimosa.
-
-Los tres parecían conservados en una urna; debían estar siempre a la
-sombra en aquellas salas de aspecto conventual.
-
-Se trató del asunto de que Margarita y sus hermanos pasaran allí una
-temporada, y los solterones aceptaron la idea con placer.
-
-Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés, que era extensa. Alrededor
-del patio, una ancha galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos
-estaban pavimentados con azulejos relucientes y resbaladizos y tenían
-escalones para subir y bajar, salvando las diferencias de nivel. Había
-un sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En la parte de atrás de la
-casa, a la altura del primer piso de la calle brotaba, en medio de un
-huertecillo sombrío, un altísimo naranjo.
-
-Todas las habitaciones presentaban el mismo aspecto silencioso, algo
-moruno, de luz velada.
-
-El cuarto destinado para Andrés y para Luisito era muy grande y daba
-enfrente de los tejados azules de la torrecilla de una iglesia.
-
-Unos días después de la visita, se instalaron Margarita, Andrés y Luis
-en la casa.
-
-Andrés estaba dispuesto a ir a un partido. Leía en _El Siglo Médico_
-las vacantes de médicos rurales, se enteraba de qué clase de pueblos
-eran y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos pidiendo
-informes.
-
-Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tíos; Andrés, no;
-no sentía ninguna simpatía por estos solterones, defendidos por su
-dinero y por su casa contra las inclemencias de la suerte; les hubiera
-estropeado la vida con gusto. Era un instinto un poco canalla, pero lo
-sentía así.
-
-Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó pronto de hacer la vida
-que recomendaba Andrés; no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la
-calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.
-
-La dictadura científica que Andrés pretendía ejercer, no se reconocía
-en la casa.
-
-Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría el cuarto que dejara
-abiertas las ventanas para que entrara el sol; pero la criada no le
-obedecía.
-
---¿Por qué cierra usted el cuarto?--le preguntó una vez.--Yo quiero que
-esté abierto. ¿Oye usted?
-
-La criada apenas sabía castellano, y después de una charla confusa, le
-contestó que cerraba el cuarto para que no entrara el sol.
-
---Si es que yo quiero precisamente eso--la dijo Andrés--. ¿Usted ha
-oído hablar de los microbios?
-
---Yo, no, señor.
-
---¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes... una especie de cosas
-vivas que andan por el aire y que producen las enfermedades?
-
---¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las moscas.
-
---Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.
-
---No; pues no las he visto.
-
---No, si no se ven; pero existen. Esas cosas vivas están en el aire,
-en el polvo, sobre los muebles... y esas cosas vivas, que son malas,
-mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?
-
---Sí, sí, señor.
-
---Por eso hay que dejar las ventanas abiertas... para que entre el sol.
-
-Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban cerradas, y la
-criada vieja contaba a las otras que el señorito estaba loco, porque
-decía que había unas moscas en el aire que no se veían y que las mataba
-el sol.
-
-
-
-
- IV
-
- ABURRIMIENTO
-
-
-Las gestiones para encontrar un pueblo adonde ir no dieron resultado
-tan rápidamente como Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar el
-tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas del doctorado. Después se
-marcharía a Madrid y luego a cualquier parte.
-
-Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba curado.
-
-Andrés no quería salir a la calle; sentía una insociabilidad intensa.
-Le parecía una fatiga tener que conocer a nueva gente.
-
---Pero, hombre, ¿no vas a salir?--le preguntaba Margarita.
-
---Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.
-
-Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de
-Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.
-
-Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con
-aquella vegetación jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.
-
-Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba tomando datos acerca de un
-punto de psicofísica que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.
-
-Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos
-jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol. Allí solía
-pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente había otra terraza donde
-andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando.
-Andrés y el cura se saludaban al verse muy amablemente.
-
-Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una azotea pequeña, muy
-alta, construída sobre la linterna de la escalera.
-
-Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. Luisito y Margarita iban a
-pasear en tartana con sus tíos.
-
-Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los
-crepúsculos esplendorosos.
-
-A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada de un verde pálido,
-separada en línea recta y clara del cielo, de color algo lechoso en el
-horizonte.
-
-En aquel barrio antiguo las casas próximas eran de gran tamaño; sus
-paredes se hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos
-verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos.
-
-Se veían casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas;
-en las cercas de los terrados se sostenían barreños con tierra, en
-donde las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y anchas paletas;
-en alguna de aquellas azoteas se veían montones de calabazas surcadas y
-ventrudas, y de otras redondas y lisas.
-
-Los palomares se levantaban como grandes jaulones ennegrecidos. En el
-terrado próximo de una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos de
-esteras, montones de cuerdas de estropajo, cacharros rotos esparcidos
-por el suelo; en otra azotea aparecía un pavo real que andaba suelto
-por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.
-
-Por encima de las terrazas y tejados aparecían las torres del pueblo:
-el Miguelete, rechoncho y fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo
-y delicado, y luego aquí y allá una serie de torrecillas, casi todas
-cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes
-reflejos.
-
-Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él desconocido, y hacía
-mil cábalas caprichosas acerca de la vida de sus habitantes. Veía
-abajo esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre dos filas de
-caserones. El sol, que al mediodía la cortaba en una zona de sombra y
-otra de luz, iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando las casas
-de una acera hasta brillar en los cristales de las guardillas y en los
-luceros, y desaparecer.
-
-En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos
-caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con
-la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos
-y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía
-Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento...
-
-Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la
-azotea a contemplar las estrellas.
-
-Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos
-perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por
-los campos de fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la
-naturaleza, en todos los gérmenes de la tierra, del aire y del agua,
-desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo.
-
-
-
-
- V
-
- DESDE LEJOS
-
-
-AL acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana que iba a Madrid a
-examinarse del doctorado.
-
---¿Vas a volver?--le preguntó Margarita.
-
---No sé; creo que no.
-
---Qué antipatía le has tomado a esta casa y al pueblo. No me lo explico.
-
---No me encuentro bien aquí.
-
---Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!
-
-Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se examinó de las
-asignaturas del doctorado, y leyó la tesis que había escrito en
-Valencia.
-
-En Madrid se encontraba mal; su padre y él seguían tan hostiles como
-antes. Alejandro se había casado y llevaba a su mujer, una pobre
-infeliz, a comer a su casa. Pedro hacía vida de mundano.
-
-Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera marchado a viajar por
-el mundo; pero no tenía un cuarto. Un día leyó en un periódico que
-el médico de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba un
-sustituto por dos meses. Escribió; le aceptaron. Dijo en su casa que
-le había invitado un compañero a pasar unas semanas en un pueblo. Tomó
-un billete de ida y vuelta y se fué. El médico, a quien tenía que
-sustituir, era un hombre rico, viudo, dedicado a la numismática. Sabía
-poco de Medicina, y no tenía afición más que por la historia y las
-cuestiones de monedas.
-
---Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia médica--le dijo a Andrés,
-burlonamente--. Aquí, sobre todo en verano, no hay apenas enfermos,
-algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso, poco frecuente, de
-fiebre tifoidea, nada.
-
-El médico pasó rápidamente de esta cuestión profesional, que no le
-interesaba, a sus monedas, y enseñó a Andrés la colección; la segunda
-de la provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando a entender lo
-triste que era para él hacer esta declaración.
-
-Andrés y el médico se hicieron muy amigos. El numismático le dijo que
-si quería vivir en su casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se
-quedó allí en compañía de una criada vieja.
-
-El verano fué para él delicioso; el día entero lo tenía libre para
-pasear y para leer; había cerca del pueblo un monte sin árboles, que
-llamaban el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas nacían jaras,
-romeros y cantuesos. Al anochecer era aquello una delicia de olor y de
-frescura.
-
-Andrés pudo comprobar que el pesimismo y el optimismo son resultados
-orgánicos como las buenas o las malas digestiones. En aquella aldea se
-encontraba admirablemente, con una serenidad y una alegría desconocidas
-para él; sentía que el tiempo pasara demasiado pronto.
-
-Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un día el cartero le entregó
-un sobre manoseado, con letra de su padre. Sin duda, había andado la
-carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél. ¿Qué vendría allí
-dentro?
-
-Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito. Luisito acababa de
-morir en Valencia. Margarita había escrito dos cartas a su hermano,
-diciéndole que fuera, porque el niño preguntaba mucho por él; pero como
-don Pedro no sabía el paradero de Andrés, no pudo remitírselas.
-
-Andrés pensó en marcharse inmediatamente; pero al leer de nuevo la
-carta, echó de ver que hacía ya ocho días que el niño había muerto y
-estaba enterrado.
-
-La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento, el haber dejado
-a su marcha a Luisito sano y fuerte, le impedía experimentar la pena
-que hubiese sentido cerca del enfermo.
-
-Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor, le parecía algo
-malo. El niño había muerto; él no experimentaba ninguna desesperación.
-¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento inútil? Este punto le
-debatió largas horas en la soledad.
-
-Andrés escribió a su padre y a Margarita. Cuando recibió la carta
-de su hermana, pudo seguir la marcha de la enfermedad de Luisito.
-Había tenido una meningitis tuberculosa, con dos o tres días de un
-período prodrómico, y luego una fiebre alta que hizo perder al niño el
-conocimiento; así había estado una semana gritando, delirando, hasta
-morir en un sueño.
-
-En la carta de Margarita se traslucía que estaba destrozada por las
-emociones.
-
-Andrés recordaba haber visto en el hospital a un niño, de seis a siete
-años, con meningitis; recordaba que en unos días quedó tan delgado que
-parecía translúcido, con la cabeza enorme, la frente abultada, los
-lóbulos frontales como si la fiebre los desuniera, un ojo bizco, los
-labios blancos, las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado. Este
-chiquillo gritaba como un pájaro, y su sudor tenía un olor especial,
-como a ratón, del sudor del tuberculoso.
-
-A pesar de que Andrés pretendía representarse el aspecto de Luisito
-enfermo, no se lo figuraba nunca atacado con la terrible enfermedad,
-sino alegre y sonriente como le había visto la última vez el día de la
-marcha.
-
-
-
-
- CUARTA PARTE
-
- Inquisiciones.
-
-
-
-
- I
-
- PLAN FILOSÓFICO
-
-
-AL pasar sus dos meses de sustituto, Andrés volvió a Madrid; tenía
-guardados sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los
-envió a su hermana Margarita.
-
-Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a
-la Biblioteca Nacional.
-
-Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada
-en Madrid.
-
-Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo
-enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un
-grueso bastón.
-
-Fermín se acercó a saludar efusivamente a Hurtado.
-
-Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y solía volver a Madrid
-en las vacaciones.
-
-Andrés siempre había tenido a Ibarra como a un chico. Fermín le llevó a
-su casa y le enseñó sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo
-un tranvía eléctrico de juguete y otra porción de artificios mecánicos.
-
-Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir
-patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de
-acero para los neumáticos de los automóviles.
-
-A Andrés le pareció que su amigo desvariaba; pero no quiso quitarles
-las ilusiones. Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles
-con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó
-que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.
-
- * * * * *
-
-Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. Se lo encontraba
-casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja
-solitaria o de una araña.
-
---Esta es la azotea de Epicuro--decía Andrés riendo.
-
-Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los
-planes ulteriores de Andrés fueron los más debatidos.
-
-Un día la discusión fué más larga y más completa:
-
---¿Qué piensas hacer?--le preguntó Iturrioz.
-
---¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo de médico.
-
---Veo que no te hace gracia la perspectiva.
-
---No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la
-práctica no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo
-que trabajaría con entusiasmo.
-
---¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!
-
---Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo preparación científica. Se
-estudia de mala manera.
-
---En mi tiempo pasaba lo mismo--dijo Iturrioz--. Los profesores
-no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud
-estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado
-fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los
-profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar
-pensiones para pasar el verano.
-
---Además falta disciplina.
-
---Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué vas a hacer? ¿No te
-entusiasma visitar?
-
---No.
-
---¿Y entonces qué plan tienes?
-
---¿Plan personal? Ninguno
-
---Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?
-
---Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia. En España, en
-general, no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del
-trabajo, no del favor.
-
---Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues en tus buceamientos?
-
---Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una
-hipótesis racional de la formación del mundo; después una explicación
-biológica del origen de la vida y del hombre.
-
---Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la
-cosmología y la biología; una explicación del Universo físico y moral.
-¿No es eso?
-
---Sí.
-
---¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?
-
---Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.
-
---Mal camino--repuso Iturrioz--; lee a los ingleses; la ciencia en
-ellos va envuelta en sentido práctico. No leas esos metafísicos
-alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta.
-¿Conoces el Leviatán de Hobbes? Yo te lo prestaré si quieres.
-
---No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos
-filósofos franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados que
-marchan chirriando y levantando polvo.
-
---Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero,
-en cambio, no te alejan de la vida.
-
---¿Y qué?--replicó Andrés--. Uno tiene la angustia, la desesperación de
-no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse
-perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la
-vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le
-arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el
-caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como
-penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones,
-sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes y el
-pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad
-emocional de la existencia.
-
---Estás perdido--murmuró Iturrioz--. Ese intelectualismo no te puede
-llevar a nada bueno.
-
---Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más glande que éste? La
-antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás
-de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de
-delicias, sino mazmorras obscuras. Ese es el mérito sobresaliente de
-Kant; él vió que todas las maravillas descritas por los filósofos eran
-fantasías, espejismos; vió que las galerías magníficas no llevaban a
-ninguna parte.
-
---¡Vaya un mérito!--murmuró Iturrioz.
-
---Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más
-transcendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios
-y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a
-pesar suyo.
-
---¿Y qué?
-
---¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene
-comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al
-encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de
-causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de
-madera hecho de hierro.
-
---A mí esto no me asombra.
-
---A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara
-al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después
-de Kant, el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad, ni justicia,
-sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios
-del espacio y del tiempo. Y esto tan grave, no es todo; hay además
-otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía
-de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y
-ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros
-tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no
-existir.
-
---Bah. Eso es absurdo--murmuró Iturrioz--. Ingenioso si se quiere, pero
-nada más.
-
---No; no sólo es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una
-gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable
-me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi
-muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo me entristecía,
-y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero
-cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son
-necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando
-me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada;
-por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera
-de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que así
-como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce
-las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro
-cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el
-espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero
-definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para
-los demás. ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro que es el único
-real?
-
---Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!--dijo Iturrioz.
-
-
-
-
- II
-
- REALIDAD DE LAS COSAS
-
-
-No, no, realidades--replicó Andrés--. ¿Qué duda cabe que el mundo
-que conocemos es el resultado del reflejo de la parte de cosmos del
-horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo unido, contrastado,
-con las imágenes reflejadas en los cerebros de los demás hombres que
-han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo, es nuestro
-mundo. ¿Es así, en realidad, fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo
-podemos saber jamás.
-
---No veo claro. Todo eso me parece poesía.
-
---No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones que le dan los
-sentidos. ¿No es verdad?
-
---Cierto.
-
---Y esas sensaciones e imágenes las ha ido usted valorizando desde
-niño con las sensaciones e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la
-seguridad de que ese mundo exterior es tal como usted lo ve? ¿Tiene
-usted la seguridad ni siquiera de que existe?
-
---Sí.
-
---La seguridad práctica, claro; pero nada más.
-
---Esa basta.
-
---No, no basta. Basta para un hombre sin deseo de saber; si no ¿para
-qué se inventarían teorías acerca del calor o acerca de la luz? Se
-diría: hay objetos calientes y fríos, hay color verde o azul; no
-necesitamos saber lo que son.
-
---No estaría mal que procediéramos así. Si no, la duda lo arrasa, lo
-destruye todo.
-
---Claro que lo destruye todo.
-
---Las matemáticas mismas quedan sin base.
-
---Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas son únicamente las
-leyes de la inteligencia humana; pueden ser también las leyes de
-la Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La
-inteligencia lleva como necesidades inherentes a ella, las nociones de
-causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones.
-Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de
-la inteligencia, y cuando ésta afirma sus verdades y sus axiomas _a
-priori_, no hace más que señalar su propio mecanismo.
-
---¿De manera que no hay verdad?
-
---Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en una misma cosa, es lo
-que llamamos verdad. Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en los
-cuales no se puede suponer que no haya unanimidad, en lo demás todas
-las verdades tienen como condición el ser unánimes.
-
---¿Entonces son verdades porque son unánimes?--preguntó Iturrioz.
-
---No, son unánimes, porque son verdades.
-
---Me es igual.
-
---No, no. Si usted me dice: la gravedad es verdad porque es una idea
-unánime, yo le diré no; la gravedad es unánime porque es verdad. Hay
-alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo de todo, la gravedad
-es una verdad absoluta.
-
---Para mí no; puede ser una verdad relativa.
-
---No estoy conforme--dijo Andrés--. Sabemos que nuestro conocimiento
-es una relación imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro yo;
-pero como esa relación es constante, en su tanto de imperfección, no le
-quita ningún valor a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo,
-respecto al termómetro centígrado: usted me podrá decir que dividir en
-cien grados la diferencia de temperatura que hay entre el agua helada
-y el agua en ebullición es una arbitrariedad, cierto; pero si en esta
-azotea hay veinte grados y en la cueva quince, esa relación es una cosa
-exacta.
-
---Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas la posibilidad de
-la mentira inicial. Déjame suponer la mentira en toda la escala de
-conocimientos. Quiero suponer que la gravedad es una costumbre, que
-mañana un hecho cualquiera la desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?
-
---Nadie; pero usted, de buena fe, no puede aceptar esa posibilidad. El
-encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento
-no existiera, ya no habría asidero ninguno; todo podría ser verdad.
-
---Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.
-
---No; se basa en la razón y en la experiencia.
-
---No, porque no podéis llevar la razón hasta las últimas consecuencias.
-
---Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia nos da la descripción
-de una falange de este mamuth, que se llama universo; la filosofía nos
-quiere dar la hipótesis racional de cómo puede ser este mamuth. ¿Que
-ni los datos empíricos, ni los datos racionales son todos absolutos?
-¡Quién lo duda! La ciencia valora los datos de la observación;
-relaciona las diversas ciencias particulares, que son como islas
-exploradas en el océano de lo desconocido, levanta puentes de paso
-entre unas y otras, de manera que en su conjunto tengan cierta unidad.
-Claro que estos puentes no pueden ser más que hipótesis, teorías,
-aproximaciones a la verdad.
-
---Los puentes son hipótesis y las islas lo son también.
-
---No, no estoy conforme. La ciencia es la única construcción fuerte de
-la Humanidad. Contra ese bloque científico del determinismo, afirmado
-ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? Religiones, morales,
-utopías; hoy todas esas pequeñas supercherías del pragmatismo y de las
-ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa inconmovible, y la
-ciencia, no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los aprovecha para
-perfeccionarse.
-
---Sí--contestó Iturrioz--; la ciencia arrolla esos obstáculos y arrolla
-también al hombre.
-
---Eso, en parte, es verdad--murmuró Andrés paseando por la azotea.
-
-
-
-
- III
-
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
-
-
-YA la ciencia para vosotros--dijo Iturrioz--no es una institución con
-un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
-
---Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda
-ser útil mañana--replicó Andrés.
-
---¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades
-astronómicas alguna vez?
-
---¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
-
---¿En qué?
-
---En el concepto del mundo.
-
---Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato.
-Yo, en el fondo, estoy convencido de que, la verdad en bloque, es
-mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida
-necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
-
---En eso estoy conforme--dijo Andrés--. La voluntad, el deseo de vivir
-es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor
-la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es
-lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer
-se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución,
-cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es
-conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El
-individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son; porque no
-le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien
-Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación
-de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le
-rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el
-pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses
-cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la
-ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica,
-el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de
-mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
-
---Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está
-dicho nada menos que en la Biblia.
-
---¡Bah!
-
---Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había
-dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y
-del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos
-santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice
-cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le
-dijo Dios a Adán?
-
---No recuerdo; la verdad.
-
---Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los
-frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia
-del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de
-muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed
-bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente;
-pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará
-una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
-
---Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco--repuso Andrés.
-
---¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica!--dijo
-Iturrioz--. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices
-corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!
-
---¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte
-de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo.
-Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.
-
---No les convenía.
-
---Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del
-Norte, intentaron ver la naturaleza tal como es.
-
---Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por
-los semitas del Sur?
-
---¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al
-mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras
-dió a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los
-débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después
-de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la
-verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.
-
---Yo no creo en esa cordura--dijo Iturrioz--ni creo en la ruina del
-semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo
-el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más
-interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a
-limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de
-Torquemada, de origen judío?
-
---Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el
-oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica
-de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.
-
---Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
-
---En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido
-el gran destructor de la mentira greco-semítica. El se encontró
-con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué
-apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de
-la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un
-camino estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él, sin tener quizá
-su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte,
-Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro
-sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia
-que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad,
-responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la
-ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer,
-más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida
-aparece como una cosa obscura y ciega, potente y jugosa sin justicia,
-sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él
-llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia
-organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia
-cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos
-dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.
-
---Ya debe haber filósofos y biófilos--dijo Iturrioz.
-
---¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el
-instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene
-que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su
-optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la
-vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin
-principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los
-otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia
-agnóstica de un Du Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento
-del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las
-tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España,
-que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la
-Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a
-los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Estos son profesores
-de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo
-se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos
-dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo, el determinismo,
-el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el
-espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable
-lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los
-comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el
-ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos
-como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un _aissaua_ de Marruecos
-que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la
-divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, son seres refinados y
-cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un
-ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas
-retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académico francés!
-Hay que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que
-fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.
-
---Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes arrollándolo todo. Desde
-un punto de vista puramente científico, yo no puedo aceptar esa teoría
-de la duplicidad de la función vital: inteligencia a un lado, voluntad
-a otro, no.
-
---Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro--replicó
-Andrés--, sino predominio de la inteligencia o predominio de la
-voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir
-tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene
-también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.
-
---Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una
-máquina de desear y la inteligencia una máquina de reflejar.
-
---Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto
-racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos
-sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una
-luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible;
-pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés,
-automáticamente y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas de lo
-contingente, dejan un símbolo, un esquema, que debe ser la idea.
-
---No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la
-inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear,
-somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean,
-ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.
-
---Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un
-anarquista romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios,
-es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusión
-imperialista tiene Bonaparte, que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo
-que les diferencia es algo orgánico.
-
---¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo--murmuró Iturrioz.
-
---Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de
-vista.
-
---En parte, estamos conformes. Tú quieres, partiendo de la relatividad
-de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.
-
---Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los
-360 grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones
-obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
-
---No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos
-en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando
-nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el
-dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio
-de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde
-bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la
-verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por
-delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o
-un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y
-lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este
-caos de cosas desconocidas.
-
---Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se
-va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la
-probidad de reconocerlo..., y esperar.
-
---¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto
-no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el
-Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad
-individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí,
-silencio.
-
---¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
-
---Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y
-de las ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde
-todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?
-
---Sí.
-
---¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
-
---Lo encuentro peligroso--dijo Andrés--. Esta idea de la utilidad, que
-al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las
-mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.
-
---Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al
-fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
-
---Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en
-matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de
-defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria,
-es tan fanático como el que defiende cualquier otro sistema político o
-religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana,
-ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.
-
---Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen
-científicamente, es absurdo porque es antibiológico. Hay que vivir.
-Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros
-sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la
-manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la
-vida que su utilidad, su engrandecimiento?
-
---No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la
-práctica. Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre
-albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo,
-las mayores extravagancias de las religiones.
-
---No, no aceptaríamos más que lo útil.
-
---Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero--replicó
-Andrés--. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad,
-es útil; para un irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro
-irreligioso puede ser falsa e inútil.
-
---Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por
-ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de
-lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz
-de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto
-de dos o tres metros, quizá lo dé también.
-
---Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no
-lo dará usted por mucha fe que tenga.
-
---Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio
-de acción de lo posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que
-conservarla.
-
---No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de
-nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra
-fe conviene destruirla, dejarla es un peligro; tras de esa puerta que
-abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la
-comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.
-
---En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad,
-la vida languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién
-decía la legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la
-ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más
-que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro
-el árbol de la vida.
-
---Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico
-manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra--dijo Andrés
-burlonamente.
-
---Sí, ríete.
-
---No, no me río.
-
-
-
-
- IV
-
- DISOCIACIÓN
-
-
-NO sé, no sé--murmuró Iturrioz--. Creo que vuestro intelectualismo
-no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué?
-Se puede ser un gran artista; un gran poeta, se puede ser hasta un
-matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El
-intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro
-del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual
-casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El
-intelectualismo, el criticismo, el anarquismo, van en baja.
-
---¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a
-renacer!--contestó Andrés.
-
---¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y
-vengativa?
-
---No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme
-de por sí; es llevar el análisis a todo; es ir disociando las ideas
-tradicionales para ver qué nuevos aspectos toman; qué componentes
-tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van
-apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también
-que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las
-células, granos que consideran como unidades orgánicas elementales, y
-que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en
-este momento los Roentgen y los Becquerel, y en biología los Haeckel
-y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que
-en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada
-una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de
-descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa
-de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.
-
---Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que
-protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.
-
---Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá
-protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra
-de saneamiento, una desinfección de la vida.
-
---Una desinfección que puede matar al enfermo.
-
---No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social
-es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por
-muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será
-biológica.
-
---¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un
-mundo nuevo mejor que el actual?
-
---Sí, yo creo que sí.
-
---Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del
-hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida.
-¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de
-ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras
-y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y
-se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las
-mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros civilizados
-hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les
-quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza,
-como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores
-de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el
-egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la Humanidad. ¿Es que supones,
-como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará
-el amor de uno mismo con el amor de los demás?
-
---No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que
-otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.
-
---Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás
-diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer
-se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos de una manera soportable.
-No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso;
-esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los
-semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el
-principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó
-el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas,
-que no son más que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas, ponen su
-paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas
-los conductores de hombres son prometedores de paraísos.
-
---Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez
-tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores
-no nos han quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el
-seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos
-siendo dueños del mundo.
-
-
-
-
- V
-
- LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE
-
-
-SÍ, nos ha quitado terrores--exclamó Iturrioz--; pero nos ha quitado
-también vida. ¡Sí, es la claridad la que hace la vida actual
-completamente vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo; pero
-luego no queda nada. Hoy, un chico lee una novela del año 30, y las
-desesperaciones de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia
-de que no hay misterios. La vida se ha hecho clara; el valor del dinero
-aumenta; el burguesismo crece con la democracia. Ya es imposible
-encontrar rincones poéticos al final de un pasadizo tortuoso; ya no hay
-sorpresas.
-
---Usted es un romántico.
-
---Y tú también. Pero yo soy un romántico práctico. Yo creo que hay
-que afirmar el conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta
-convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras
-que uno tenga, cuidándolas y hasta aprovechándose de ellas.
-
---Eso me parece lo mismo que si un diabético aprovechara el azúcar de
-su cuerpo para endulzar su taza de café.
-
---Caricaturizas mi idea, pero no importa.
-
---El otro día leí en un libro--añadió Andrés burlonamente--que un
-viajero cuenta que en un remoto país los naturales le aseguraron que
-ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted cree que hay que
-afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola?
-
---Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que
-hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla
-común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una
-ilusión, algo que aunque sea una mentira salida de nosotros mismos
-parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía,
-¿sabes lo que haría?
-
---¿Qué?
-
---Una milicia como la que inventó Loyola, con un carácter puramente
-humano. La Compañía del Hombre.
-
---Aparece el vasco en usted.
-
---Quizá.
-
---¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?
-
-
---Esta compañía tendría la misión de enseñar el valor, la serenidad, el
-reposo; de arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciación a
-la tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...
-
---La escuela de los hidalgos.
-
---Eso es, la escuela de los hidalgos.
-
---De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada de semitismo.
-
---Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es decir, de espíritu
-cristiano, me parecería un tipo completo.
-
---Cuando funde usted esa compañía, acuérdese usted de mí. Escríbame
-usted al pueblo.
-
---¿Pero de veras te piensas marchar?
-
---Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a marchar.
-
---¿Pronto?
-
---Sí, muy pronto.
-
---Ya me tendrás al corriente de tu experiencia. Te encuentro mal armado
-para esa prueba.
-
---Usted no ha fundado todavía su compañía...
-
---Ah, sería utilísima. Ya lo creo.
-
-Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a hacerse de noche.
-
-Las golondrinas trazaban círculos en el aire, chillando. Venus había
-salido en el Poniente, de color anaranjado, y poco después brillaba
-Júpiter con su luz azulada. En las casas comenzaban a iluminarse las
-ventanas. Filas de faroles iban encendiéndose, formando dos líneas
-paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea,
-de los tiestos de sándalo y de menta llegaban ráfagas perfumadas...
-
-
-
-
- QUINTA PARTE
-
- La experiencia en el pueblo.
-
-
-
-
- I
-
- DE VIAJE
-
-
-UNOS días después nombraban a Hurtado médico titular de Alcolea del
-Campo.
-
-Era éste un pueblo del centro de España, colocado en esa zona
-intermedia donde acaba Castilla y comienza Andalucía. Era villa de
-importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella había
-que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y
-seguir a Alcolea en coche.
-
-En seguida de recibir el nombramiento, Andrés hizo su equipaje y se
-dirigió a la estación del Mediodía. La tarde era de verano, pesada,
-sofocante, de aire seco y lleno de polvo.
-
-A pesar de que el viaje lo hacía de noche, Andrés supuso que seria
-demasiado molesto ir en tercera, y tomó un billete de primera clase.
-
-Entró en el andén, se acercó a los vagones, y en uno que tenía el
-cartel de no fumadores, se dispuso a subir.
-
-Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz
-melosa y acento americano:
-
---Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.
-
-Andrés no hizo el menor caso de la advertencia, y se acomodó en un
-rincón.
-
-Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo,
-con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.
-
-El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la misma advertencia de que
-allí no se fumaba.
-
---Lo veo aquí--contestó el viajero algo molesto, y subió al vagón.
-
---Quedaron los tres en el interior del coche sin hablarse; Andrés,
-mirando vagamente por la ventanilla, y pensando en las sorpresas que le
-reservaría el pueblo.
-
-El tren echó a andar.
-
-El hombrecito negro sacó una especie de túnica amarillenta, se envolvió
-en ella, se puso un pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El
-monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio interior de Andrés;
-se vieron a lo lejos varias veces las luces de Madrid en medio del
-campo, pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y entró el revisor.
-Andrés sacó su billete, el joven alto hizo lo mismo, y el hombrecito,
-después de quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y mostró un
-billete y un papel.
-
-El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete de segunda.
-
-El hombrecito de negro, sin más ni más, se encolerizó, y dijo que
-aquello era una grosería; había avisado en la estación su deseo de
-cambiar de clase; él era un extranjero, una persona acomodada, con
-mucha plata, sí, señor, que había viajado por toda Europa, y toda
-América, y sólo en España, en un país sin civilización, sin cultura, en
-donde no se tenía la menor atención al extranjero, podían suceder cosas
-semejantes.
-
-El hombrecito insistió y acabó insultando a los españoles. Ya estaba
-deseando dejar este país, miserable y atrasado; afortunadamente, al día
-siguiente estaría en Gibraltar, camino de América.
-
-El revisor no contestaba. Andrés miraba al hombrecito que gritaba
-descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven
-rubio, irguiéndose, le dijo con voz violenta:
-
---No le permito hablar así de España. Si usted es extranjero y no
-quiere vivir aquí, váyase usted a su país pronto, y sin hablar, porque
-si no, se expone usted a que le echen por la ventanilla, y voy a ser
-yo; ahora mismo.
-
---¡Pero, señor!--exclamó el extranjero--. Es que quieren
-atropellarme...
-
---No es verdad. El que atropella es usted. Para viajar se necesita
-educación, y viajando con españoles no se habla mal de España.
-
---Si yo amo a España y el carácter español--exclamó el hombrecito--.
-Mi familia es toda española. ¿Para qué he venido a España sino para
-conocer a la madre patria?
-
---No quiero explicaciones--. No necesito oirlas--contestó el otro con
-voz seca, y se tendió en el diván como para manifestar el poco aprecio
-que sentía por su compañero de viaje.
-
-Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven había estado bien.
-
-El, con su intelectualismo, pensó qué clase de tipo sería el hombre
-bajito, vestido de negro; el otro había hecho una afirmación rotunda
-de su país y de su raza. El hombrecito comenzó a explicarse, hablando
-solo. Hurtado se hizo el dormido.
-
-Un poco después de media noche llegaron a una estación plagada de
-gente; una compañía de cómicos transbordaba, dejando la línea de
-Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía. Las actrices,
-con un guardapolvo gris; los actores, con sombreros de paja y gorritas,
-se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que
-consideran el mundo como suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y
-se oyó gritar de vagón a vagón:
-
---Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?--¡Molina, que la
-característica te llama!--¡A ver ese traspunte que se ha perdido!
-
-Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió su marcha.
-
-Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana, se iban viendo
-tierras de viña y olivos en hilera.
-
-Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés. Se preparó, y
-al detenerse el tren saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida
-y dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el pueblo, se veía
-una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces
-eléctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se
-sentía en el aire un olor como dulce a paja seca.
-
-A un hombre que pasó hacia la estación le dijo:
-
---¿A qué hora sale el coche para Alcolea?
-
---A las cinco. Del extremo de esta misma calle suele salir.
-
-Andrés avanzó por la calle, pasó por delante de la garita de consumos,
-iluminada, dejó la maleta en el suelo y se sentó encima a esperar.
-
-
-
-
- II
-
- LLEGADA AL PUEBLO
-
-
-YA era entrada la mañana cuando la diligencia partió para Alcolea. El
-día se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube;
-el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viñedos
-y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la
-diligencia levantaba nubes de polvo.
-
-En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al
-brazo.
-
-Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras
-o no tenía ganas de hablar en aquel momento.
-
-En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera subía y bajaba
-por suaves lomas entre idénticos viñedos. A las tres horas de marcha
-apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareció grandísimo.
-
-El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias
-encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en
-uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la Palma.
-
---¿Usted parará aquí?--le preguntó el mozo.
-
---Sí, aquí.
-
-Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela se veía un patio, a
-estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra. Se abrió la reja y el
-dueño salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente
-estaría bastante tiempo, y que le diera un cuarto espacioso.
-
---Aquí abajo le pondremos a usted--y le llevó a una habitación bastante
-grande, con una ventana a la calle.
-
-Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la una se comía. Se sentó
-en una de las mecedoras. Un canario en su jaula, colgada del techo,
-comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.
-
-La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar
-los ojos y dormir un rato.
-
-Le despertó la voz del criado, que decía:
-
---Puede usted pasar a almorzar.
-
-Entró en el comedor. Había en la mesa tres viajantes de comercio. Uno
-de ellos era un catalán que representaba fábricas de Sabadell; el otro,
-un riojano que vendía tartratos para los vinos, y el último, un andaluz
-que vivía en Madrid y corría aparatos eléctricos.
-
-El catalán no era tan petulante como la generalidad de sus paísanos del
-mismo oficio; el riojano no se las echaba de franco ni de bruto, y el
-andaluz no pretendía ser gracioso.
-
-Estos tres mirlos blancos del comisionismo eran muy anticlericales.
-
-La comida le sorprendió a Andrés, porque no había más que caza y carne.
-Esto, unido al vino muy alcohólico, tenía que producir una verdadera
-incandescencia interior.
-
-Después de comer, Andrés y los tres viajantes fueron a tomar café
-al casino. Hacía en la calle un calor espantoso: el aire venía en
-ráfagas secas, como salidas de un horno. No se podía mirar a derecha
-y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal,
-reverberaban esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno ciego.
-
-Entraron en el casino. Los viajantes pidieron café y jugaron al dominó.
-Un enjambre de moscas revoloteaba en el aire. Terminada la partida
-volvieron a la fonda a dormir la siesta.
-
-Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendió a Andrés;
-en la fonda los viajantes se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo
-propio, y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio de las
-maderas entraba una claridad brillante como una lámina de oro; de las
-vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul,
-colgaban telas de araña plateadas. En el patio seguía cantando el
-canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas
-y tristes...
-
-El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que
-hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las
-seis. Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a visitar al
-secretario del Ayuntamiento y al otro médico.
-
-El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y
-los ojos vivos. Se creía un hombre superior, colocado en un medio bajo.
-
-El secretario brindó en seguida su protección a Andrés.
-
---Si quiere usted--le dijo--iremos ahora mismo a ver a su compañero, el
-doctor Sánchez.
-
---Muy bien, vamos.
-
-El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un
-hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de
-carnero, de aire poco inteligente.
-
-El doctor Sánchez llevó la conversación a la cuestión de la ganancia, y
-le dijo a Andrés que no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.
-
-Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, se llevaba toda la
-clientela rica. Don Tomás Solana era de allí; tenía una casa hermosa,
-aparatos modernos, relaciones...
-
---Aquí el titular no puede más que mal vivir--dijo Sánchez.
-
---¡Qué le vamos a hacer!--murmuró Andrés. Probaremos.
-
-El secretario, el médico y Andrés salieron de la casa para dar una
-vuelta.
-
-Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron
-por la plaza, con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus
-puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de
-caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja
-afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.
-
-De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo
-empedrado de piedrecitas, formando dibujos. Algunas calles extraviadas,
-con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas
-pequeñas, parecían de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vió
-Andrés muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.
-
---¿Qué es esto?--preguntó.
-
---Aquí le llaman un rezo--dijo el secretario; y explicó que era una
-costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a
-rezar el rosario.
-
-Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de
-cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.
-
---Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamaño--dijo
-Andrés.
-
---Pues subiremos aquí, a este cerrillo--indicó el secretario.
-
---Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita--dijo el
-médico.
-
-Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un
-cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruída.
-
-Hacía un calor horrible; todo el campo parecía quemado, calcinado;
-el cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos
-viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través
-del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo.
-
-Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada por lomas grises,
-tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus
-paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en
-medio. Ni un boscaje, ni un árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban
-en toda la extensión abarcada por la vista; únicamente dentro de las
-tapias de algunos corrales una higuera extendía sus anchas y obscuras
-hojas.
-
-Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad; se
-hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer
-como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.
-
-En el aire había un olor empireumático, dulce, agradable.
-
---Están quemando orujo en alguna alquitara--dijo el secretario.
-
-Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El viento levantaba
-ráfagas de polvo en la carretera; las campanas comenzaban a tocar de
-nuevo.
-
-Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por la noche. Había
-refrescado; aquella impresión de irrealidad del pueblo se acentuaba. A
-un lado y a otro de las calles, languidecían las cansadas lámparas de
-luz eléctrica.
-
-Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el
-silencio; en los balcones centrales encima del portón, pintado de azul,
-brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresión
-de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento;
-por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de
-nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande,
-desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía
-un inmenso sepulcro.
-
-
-
-
- III
-
- PRIMERAS DIFICULTADES
-
-
-ANDRÉS Hurtado habló largamente con el doctor Sánchez, de las
-obligaciones del cargo. Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos
-secciones, separadas por la calle Ancha.
-
-Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y al siguiente la
-izquierda. Así conseguirían no tener que recorrer los dos todo el
-pueblo.
-
-El doctor Sánchez recabó como condición indispensable, el que si alguna
-familia de la sección visitada por Andrés quería que la visitara él o
-al contrario, se haría según los deseos del enfermo.
-
-Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener nadie predilección por
-llamarle a él: pero no le importaba.
-
-Comenzó a hacer la visita. Generalmente el número de enfermos que le
-correspondían no pasaba de seis o siete.
-
-Andrés hacía las visitas por la mañana; después, en general, por la
-tarde no tenía necesidad de salir de casa.
-
-El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba una vida soñolienta; oía
-a los viajantes de comercio que en la mesa discurseaban y alguna que
-otra vez iba al teatro, una barraca construída en un patio.
-
-La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos de cabeza; sin
-saber por qué, había supuesto los primeros días que tendría continuos
-disgustos; creía que aquella gente manchega sería agresiva, violenta,
-orgullosa; pero no, la mayoría eran sencillos, afables, sin petulancia.
-
-En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cansó pronto de
-estar allí. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la
-comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía
-digestiones pesadas.
-
---¿Pero no hay legumbres aquí?--le preguntó al mozo un día.
-
---Sí.
-
---Pues yo quisiera comer legumbres: judías, lentejas.
-
-El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos días le dijo que no
-podía ser; había que hacer una comida especial; los demás huéspedes
-no querían comer legumbres; el amo de la fonda suponía que era
-una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de
-habichuelas o de lentejas.
-
-El pescado no se podía llevar en el rigor del verano, porque no venía
-en buenas condiciones. El único pescado fresco eran las ranas, cosa un
-poco cómica como alimento.
-
-Otra de las dificultades era bañarse: no había modo. El agua en Alcolea
-era un lujo y un lujo caro. La traían en carros desde una distancia de
-cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos. Los pozos estaban
-muy profundos; sacar el agua suficiente de ellos para tomar un baño,
-constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear una hora lo menos.
-Con aquel régimen de carne y con el calor, Andrés estaba constantemente
-excitado.
-
-Por las noches iba a pasear solo por las calles desiertas. A primera
-hora, en las puertas de las casas, algunos grupos de mujeres y chicos
-salían a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en la calle Ancha en
-el escalón de una puerta y miraba las dos filas de luces eléctricas que
-brillaban en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué malestar físico
-le producía aquel ambiente!
-
-A principios de septiembre, Andrés decidió dejar la fonda. Sánchez le
-buscó una casa. A Sánchez no le convenía que el médico rival suyo se
-hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí estaba en relación con los
-viajeros, en sitio muy céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le
-llevó a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio que llamaban del
-Marrubial.
-
-Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontón pintado
-de azul y una galería tapiada en el primer piso.
-
-Tenía sobre el portal un ancho balcón y una reja labrada a una
-callejuela.
-
-El amo de la casa era del mismo pueblo que Sánchez, y se llamaba José;
-pero le decían en burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés y
-Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un cuarto pequeño, estrecho,
-muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.
-
---Yo quisiera--dijo Andrés--un cuarto en el piso bajo y a poder ser,
-grande.
-
---En el piso bajo no tengo--dijo ella--más que un cuarto grande, pero
-sin arreglar.
-
---Si pudiera usted enseñarlo.
-
---Bueno.
-
-La mujer abrió una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada
-a la callejuela que se llamaba de los Carretones.
-
---¿Y este cuarto está libre?
-
---Sí.
-
---Ah, pues aquí me quedo--dijo Andrés.
-
---Bueno, como usted quiera; se blanqueará, se barrerá y se traerá la
-cama.
-
-Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva patrona.
-
---¿Usted no tendrá una tinaja inservible?--le preguntó.
-
---¿Para qué?
-
---Para bañarme.
-
---En el corralillo hay una.
-
---Vamos a verla.
-
-La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con
-bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del
-establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega
-y la almazara.
-
-En un cuartucho que había servido de tahona y que daba a un corralillo,
-había una tinaja grande cortada por la mitad y hundida en el suelo.
-
---¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?--preguntó Andrés.
-
---Sí, señor; ¿por qué no?
-
---Ahora quisiera que me indicara usted algún mozo que se encargara de
-llenar todos los días la tinaja; yo le pagaré lo que me diga.
-
---Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer? ¿Qué quiere usted de
-comer? ¿Lo que comemos en casa?
-
---Sí, lo mismo.
-
---¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves? ¿Fiambres?
-
---No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, quisiera que en las
-dos comidas pusiera un plato de legumbres.
-
-Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no
-estaba loco, no le faltaba mucho.
-
-La vida en la casa le pareció a Andrés más simpática que en la fonda.
-
-Por las tardes, después de las horas de bochorno, se sentaba en el
-patio a hablar con la gente de casa. La patrona era una mujer morena,
-de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos
-negrísimos y pelo brillante como el azabache.
-
-El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, con facha de degenerado,
-cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio
-colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años, no era tan
-desagradable como su padre ni tan bonita como su madre.
-
-Con un primer detalle adjudicó Andrés sus simpatías y antipatías en la
-casa.
-
-Una tarde de domingo, la criada cogió una cría de gorrión en el tejado
-y la bajó al patio.
-
---Mira, llévalo al pobrecito al corral--dijo el ama--, que se vaya.
-
---No puede volar--contestó la criada, y lo dejó en el suelo.
-
-En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se acercó a una puerta y
-llamó al gato. El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó
-al patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el pie, y al verlo
-revolotear, el gato se abalanzó sobre él y le hizo arrancar un quejido.
-Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.
-
---No me gusta ver esto--dijo el ama.
-
-Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto de pedantería y
-de superioridad del hombre que se encuentra por encima de todo
-sentimentalismo.
-
-
-
-
- IV
-
- LA HOSTILIDAD MÉDICA
-
-
-DON Juan Sánchez había llegado a Alcolea hacía más de treinta años de
-maestro cirujano; después, pasando unos exámenes, se llegó a licenciar.
-Durante bastantes años estuvo, con relación al médico antiguo, en una
-situación de inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre comenzó a
-crecerse y a pensar que ya que él tuvo que sufrir las chinchorrerías
-del médico anterior, era lógico que el que viniera sufriera las suyas.
-
-Don Juan era un manchego apático y triste, muy serio, muy grave, muy
-aficionado a los toros. No perdía ninguna de las corridas importantes
-de la provincia, y llegaba a ir hasta las fiestas de los pueblos de la
-Mancha baja y de Andalucía.
-
-Esta afición bastó a Andrés para considerarle como un bruto.
-
-El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y él fué por haber ido
-Sánchez a una corrida de Baeza.
-
-Una noche llamaron a Andrés del molino de la Estrella, un molino de
-harina que se hallaba a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle
-en un cochecito. La hija del molinero estaba enferma; tenía el vientre
-hinchado, y esta hinchazón del vientre se había complicado con una
-retención de orina.
-
-A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel día, al llamarle por la
-mañana temprano, dijeron en casa del médico que no estaba; se había ido
-a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba en el pueblo.
-
-El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, mientras animaba al
-caballo con la fusta. Hacía una noche admirable; miles de estrellas
-resplandecían soberbias, y de cuando en cuando pasaba algún meteoro por
-el cielo. En pocos momentos, y dando algunos barquinazos en los hoyos
-de la carretera, llegaron al molino.
-
-Al detenerse el coche, el molinero se asomó a ver quién venía, y
-exclamó:
-
---¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?
-
---No.
-
---¿Y a quién traes aquí?
-
---Al médico nuevo.
-
-El molinero, iracundo, comenzó a insultar a los médicos. Era hombre
-rico y orgulloso, que se creía digno de todo.
-
---Me han llamado aquí para ver a una enferma--dijo Andrés fríamente--.
-¿Tengo que verla o no? Porque si no, me vuelvo.
-
---Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.
-
-Andrés subió una escalera hasta el piso principal, y entró detrás del
-molinero en un cuarto en donde estaba una muchacha en la cama y su
-madre cuidándola.
-
-Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió renegando.
-
---Bueno. Cállese usted--le dijo Andrés--, si quiere usted que reconozca
-a la enferma.
-
-El hombre se calló. La muchacha era hidrópica, tenía vómitos, disnea
-y ligeras convulsiones. Andrés examinó a la enferma; su vientre
-hinchado parecía el de una rana; a la palpación se notaba claramente la
-fluctuación del líquido que llenaba el peritoneo.
-
---¿Qué? ¿Qué tiene?--preguntó la madre.
-
---Esto es una enfermedad del hígado, crónica, grave--contestó Andrés,
-retirándose de la cama para que la muchacha no le oyera--; ahora la
-hidropesía se ha complicado con la retención de orina.
-
---¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene cura?
-
---Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera Sánchez. Él debe
-conocer la marcha de la enfermedad.
-
---¿Pero se puede esperar?--preguntó el padre con voz colérica.
-
-Andrés volvió a reconocer a la enferma; el pulso estaba muy débil; la
-insuficiencia respiratoria, probablemente resultado de la absorción de
-la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones se sucedían con
-más fuerza. Andrés tomó la temperatura. No llegaba a la normal.
-
---No se puede esperar--dijo Hurtado dirigiéndose a la madre.
-
---¿Qué hay que hacer?--exclamó el molinero--. Obre usted...
-
---Habría que hacer la punción abdominal--repuso Andrés, siempre
-hablando a la madre--. Si no quieren ustedes que la haga yo...
-
---Sí, sí, usted.
-
---Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche, y volveré.
-
-El mismo molinero se puso al pescante del coche. Se veía que la
-frialdad desdeñosa de Andrés le irritaba. Fueron los dos durante
-el camino sin hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió su
-estuche, un poco de algodón y una pastilla de sublimado. Volvieron al
-molino.
-
-Andrés animó un poco a la enferma, jabonó y friccionó la piel en el
-sitio de elección, y hundió el trócar en el vientre abultado de la
-muchacha. Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba el agua,
-verdosa, llena de serosidades, como de una fuente a un barreño.
-
-Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo sondar la vejiga, y la
-enferma comenzó a respirar fácilmente. La temperatura subió en seguida
-por encima de la normal. Los síntomas de la uremia iban desapareciendo.
-Andrés hizo que le dieran leche a la muchacha, que quedó tranquila.
-
-En la casa había un gran regocijo.
-
---No creo que esto haya acabado--dijo Andrés a la madre--; se
-reproducirá, probablemente.
-
---¿Qué cree usted que debíamos hacer?--preguntó ella humildemente.
-
---Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar con un especialista.
-
-Hurtado se despidió de la madre y de la hija. El molinero montó en el
-pescante del coche para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba
-a sonreir en el cielo; el sol brillaba en los viñedos y en los
-olivares; las parejas de mulas iban a la labranza, y los campesinos,
-de negro, montados en las ancas de los borricos, les seguían. Grandes
-bandadas de cuervos pasaban por el aire.
-
-El molinero fué sin hablar en todo el camino; en su alma luchaban el
-orgullo y el agradecimiento; quizá esperaba que Andrés le dirigiera la
-palabra; pero éste no despegó los labios. Al llegar a casa bajó del
-coche, y murmuró:
-
---Buenos días.
-
---¡Adiós!
-
-Y los dos hombres se despidieron como dos enemigos.
-
-Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés, más apático y más
-triste que nunca.
-
---Usted quiere perjudicarme--le dijo.
-
---Sé por qué dice usted eso--le contestó Andrés--; pero yo no tengo la
-culpa. He visitado a esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la
-operé, porque no había más remedio, porque se estaba muriendo.
-
---Sí; pero también le dijo usted a la madre que fuera a ver a un
-especialista de Madrid, y eso no va en benefició de usted ni en
-beneficio mío.
-
-Sánchez no comprendía que este consejo lo hubiera dado Andrés por
-probidad, y suponía que era por perjudicarle a él. También creía que
-por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie de contribución por
-todas las enfermedades de Alcolea. Que el tío Fulano cogía un catarro
-fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía un reumatismo, pues
-podían ser hasta veinte visitas.
-
-El caso de la chica del molinero se comentó mucho en todas partes e
-hizo suponer que Andrés era un médico conocedor de procedimientos
-modernos.
-
-Sánchez, al ver que la gente se inclinaba a creer en la ciencia del
-nuevo médico, emprendió una campaña contra él. Dijo que era hombre
-de libros, pero sin práctica alguna, y que, además, era un tipo
-misterioso, del cual no se podía uno fiar.
-
-Al ver que Sánchez le declaraba la guerra francamente, Andrés se puso
-en guardia. Era demasiado escéptico en cuestiones de medicina para
-hacer imprudencias. Cuando había que intervenir en casos quirúrgicos,
-enviaba al enfermo a Sánchez que, como hombre de conciencia bastante
-elástica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera ciego o manco.
-
-Andrés casi siempre empleaba los medicamentos a pequeñas dosis; muchas
-veces no producían efecto; pero al menos no corría el peligro de una
-torpeza. No dejaba de tener éxitos; pero él se confesaba ingenuamente
-a sí mismo, que, a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un
-diagnóstico bien.
-
-Claro que por prudencia no aseguraba los primeros días nada; pero casi
-siempre las enfermedades le daban sorpresas; una supuesta pleuresía,
-aparecía como una lesión hepática; una tifoidea, se le transformaba en
-una gripe real.
-
-Cuando la enfermedad era clara, una viruela o una pulmonía, entonces la
-conocía él y la conocían las comadres de la vecindad, y cualquiera.
-
-El no decía que los éxitos se debían a la casualidad; hubiera sido
-absurdo; pero tampoco los lucía como resultado de su ciencia. Había
-cosas grotescas en la práctica diaria; un enfermo que tomaba un poco
-de jarabe simple, y se encontraba curado de una enfermedad crónica del
-estómago; otro, que con el mismo jarabe decía que se ponía a la muerte.
-
-Andrés estaba convencido de que en la mayoría de los casos una
-terapéutica muy activa no podía ser beneficiosa más que en manos de
-un buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable, además
-de facultades especiales, una gran práctica. Convencido de esto, se
-dedicaba al método expectante. Daba mucha agua con jarabe. Ya le había
-dicho confidencialmente al boticario:
-
---Usted cobre como si fuera quinina.
-
-Este escepticismo en sus conocimientos y en su profesión le daba
-prestigio.
-
-A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos higiénicos, pero nadie
-le hacía caso.
-
-Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un viejo artrítico, que se
-pasaba la vida leyendo folletines. Andrés le aconsejaba que no comiera
-carne y que anduviera.
-
---Pero si me muero de debilidad, doctor--decía él--. No como más que un
-pedacito de carne, una copa de Jerez y una taza de café.
-
---Todo eso es malísimo--decía Andrés.
-
-Este demagogo, que negaba la utilidad de comer carne, indignaba a la
-gente acomodada... y a los carniceros.
-
-Hay una frase de un escritor francés que quiere ser trágica y es
-enormemente cómica. Es así: Desde hace treinta años no se siente placer
-en ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde que ha venido
-este médico, no se siente placer en ser rico.
-
-La mujer del secretario del Ayuntamiento, una mujer muy remilgada y
-redicha, quería convencer a Hurtado de que debía casarse y quedarse
-definitivamente en Alcolea.
-
---Ya veremos--contestaba Andrés.
-
-
-
-
- V
-
- ALCOLEA DEL CAMPO
-
-
-LAS costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo
-completo.
-
-El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en
-sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad;
-nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres
-iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los
-domingos a misa.
-
-Por falta de instinto colectivo el pueblo se había arruinado.
-
-En la época del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin
-consultarse los unos a los otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus
-campos, dejando el trigo y los cereales, y poniendo viñedos; pronto el
-río de vino de Alcolea se convirtió en río de oro. En este momento de
-prosperidad, el pueblo se agrandó, se limpiaron las calles, se pusieron
-aceras, se instaló la luz eléctrica...; luego vino la terminación del
-tratado, y como nadie sentía la responsabilidad de representar el
-pueblo, a nadie se le ocurrió decir: Cambiemos el cultivo; volvamos a
-nuestra vida antigua; empleemos la riqueza producida por el vino en
-transformar la tierra para las necesidades de hoy. Nada.
-
-El pueblo aceptó la ruina con resignación.
-
---Antes éramos ricos--se dijo cada alcoleano--. Ahora seremos pobres.
-Es igual; viviremos peor; suprimiremos nuestras necesidades.
-
-Aquel estoicismo acabó de hundir al pueblo.
-
-Era natural que así fuese; cada ciudadano de Alcolea se sentía tan
-separado del vecino como de un extranjero. No tenían una cultura común
-(no la tenían de ninguna clase); no participaban de admiraciones
-comunes: sólo el hábito, la rutina les unía; en el fondo, todos eran
-extraños a todos.
-
-Muchas veces a Hurtado le parecía Alcolea una ciudad en estado de
-sitio. El sitiador era la moral, la moral católica. Allí no había nada
-que no estuviera almacenado y recogido: las mujeres en sus casas, el
-dinero en las carpetas, el vino en las tinajas.
-
-Andrés se preguntaba: ¿Qué hacen estas mujeres? ¿En qué piensan? ¿Cómo
-pasan las horas de sus días? Difícil era averiguarlo.
-
-Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden
-admirable; sólo un cementerio bien cuidado podía sobrepasar tal
-perfección.
-
-Esta perfección se conseguía haciendo que el más inepto fuera el que
-gobernara. La ley de selección en pueblos como aquél se cumplía al
-revés. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recogía la
-paja y se desperdiciaba el grano.
-
-Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre
-españoles no era raro. Por aquella selección a la inversa, resultaba
-que los más aptos allí eran precisamente los más ineptos.
-
-En Alcolea había pocos robos y delitos de sangre: en cierta época los
-había habido entre jugadores y matones; la gente pobre no se movía,
-vivía en una pasividad lánguida; en cambio los ricos se agitaban, y la
-usura iba sorbiendo toda la vida de la ciudad.
-
-El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tenía una casa
-con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, luego
-con veinte; sus tierras se extendían cada vez más, y él se colocaba
-entre los ricos.
-
-La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia
-y de desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una
-lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones
-y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos
-conservadores.
-
-En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era
-el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique
-de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del
-Municipio.
-
-El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo
-bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante,
-hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador.
-Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo
-que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos.
-
-Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los
-consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la
-sociedad; se repartían el botín; tenían unos para otros un _tabú_
-especial, como el de los polinesios.
-
-Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas manifestaciones del
-árbol de la vida, y de la vida áspera manchega: la expansión del
-egoísmo; de la envidia, de la crueldad, del orgullo.
-
-A veces pensaba que todo esto era necesario; pensaba también que se
-podía llegar, en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar
-contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida.
-
-¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, si es fatal, si no
-puede ser de otra manera?, se preguntaba. ¿No era científicamente
-un poco absurdo el furor que le entraba muchas veces al ver las
-injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no estaba también determinado,
-no era fatal el que su cerebro tuviera una irritación que le hiciera
-protestar contra aquel estado de cosas violentamente?
-
-Andrés discutía muchas veces con su patrona. Ella no podía comprender
-que Hurtado afirmase que era mayor delito robar a la comunidad, al
-Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular. Ella decía que
-no; que defraudar a la comunidad, no podía ser tanto como robar a una
-persona. En Alcolea casi todos los ricos defraudaban a la Hacienda, y
-no se les tenía por ladrones.
-
-Andrés trataba de convencerla, de que el daño hecho con el robo a la
-comunidad, era más grande que el producido contra el bolsillo de un
-particular; pero la Dorotea no se convencía.
-
---¡Qué hermosa sería una revolución--decía Andrés a su patrona--,
-no una revolución de oradores y de miserables charlatanes, sino una
-revolución de verdad! Mochuelos y Ratones, colgados de los faroles, ya
-que aquí no hay árboles; y luego lo almacenado por la moral católica,
-sacarlo de sus rincones y echarlo a la calle: los hombres, las mujeres,
-el dinero, el vino; todo a la calle.
-
-Dorotea se reía de estas ideas de su huésped, que le parecían absurdas.
-
-Como buen epicúreo, Andrés no tenía tendencia alguna por el apostolado.
-
-Los del Centro republicano le habían dicho que diera conferencias
-acerca de higiene; pero él estaba convencido de que todo aquello era
-inútil, completamente estéril.
-
-¿Para qué? Sabía que ninguna de estas cosas había de tener eficacia, y
-prefería no ocuparse de ellas.
-
-Cuando le hablaban de política, Andrés decía a los jóvenes republicanos:
-
---No hagan ustedes un partido de protesta. ¿Para qué? Lo menos malo que
-puede ser es una colección de retóricos y de charlatanes; lo más malo
-es que sea otra banda de Mochuelos o de Ratones.
-
---¡Pero, don Andrés! Algo hay que hacer.
-
---¡Qué van ustedes a hacer! ¡Es imposible! Lo único que pueden ustedes
-hacer es marcharse de aquí.
-
-El tiempo en Alcolea le resultaba a Andrés muy largo.
-
-Por la mañana hacía su visita; después volvía a casa y tomaba el baño.
-
-Al atravesar el corralillo se encontraba con la patrona, que dirigía
-alguna labor de la casa; la criada solía estar lavando la ropa en una
-media tinaja, cortada en sentido longitudinal, que parecía una canoa, y
-la niña correteaba de un lado a otro.
-
-En este corralillo tenían una sarmentera, donde se secaban las gavillas
-de sarmientos, y montones de leña de cepas viejas.
-
-Andrés abría la antigua tahona y se bañaba. Después iba a comer.
-
-El otoño todavía parecía verano; era costumbre dormir la siesta. Estas
-horas de siesta se le hacían a Hurtado pesadas, horribles.
-
-En su cuarto echaba una estera en el suelo y se tendía sobre ella, a
-obscuras. Por la rendija de las ventanas entraba una lámina de luz; en
-el pueblo dominaba el más completo silencio; todo estaba aletargado
-bajo el calor del sol; algunos moscones rezongaban en los cristales; la
-tarde bochornosa, era interminable.
-
-Cuando pasaba la fuerza del día, Andrés salía al patio y se sentaba a
-la sombra del emparrado a leer.
-
-El ama, su madre y la criada cosían cerca del pozo; la niña hacía
-encaje de bolillos con hilos y unos alfileres clavados sobre una
-almohada; al anochecer regaban los tiestos de claveles, de geranios y
-de albahacas.
-
-Muchas veces venían vendedores y vendedoras ambulantes a ofrecer
-frutas, hortalizas o caza.
-
---¡Ave María Purísima!--decían al entrar--. Dorotea veía lo que traían.
-
---¿Le gusta a usted esto, don Andrés?--le preguntaba Dorotea a Hurtado.
-
---Sí, pero por mí no se preocupe usted--contestaba él.
-
-Al anochecer volvía el patrón. Estaba empleado en unas bodegas, y
-concluía a aquella hora el trabajo. Pepinito era un hombre petulante;
-sin saber nada, tenía la pedantería de un catedrático. Cuando explicaba
-algo bajaba los párpados, con un aire de suficiencia tal, que a Andrés
-le daban ganas de estrangularle.
-
-Pepinito trataba muy mal a su mujer y a su hija; constantemente las
-llamaba estúpidas, borricas, torpes; tenía el convencimiento de que él
-era el único que hacía bien las cosas.
-
---¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa y tan simpática, es
-verdaderamente desagradable!--pensaba Andrés.
-
-Entre las manías de Pepinito estaba la de pasar por tremendo. Le
-gustaba contar historias de riñas y de muertes. Cualquiera, al oirle,
-hubiese creído que se estaban matando continuamente en Alcolea; contaba
-un crimen ocurrido hacía cinco años en el pueblo, y le daba tales
-variaciones y lo explicaba de tan distintas maneras, que el crimen se
-desdoblaba y se multiplicaba.
-
-Pepinito era del Tomelloso, y todo lo refería a su pueblo. El
-Tomelloso, según él, era la antítesis de Alcolea; Alcolea era lo
-vulgar, el Tomelloso lo extraordinario; que se hablase de lo que se
-hablase, Pepinito le decía a Andrés:
-
---Debía usted ir al Tomelloso. Allí no hay ni un árbol.
-
---Ni aquí tampoco--le contestaba Andrés, riendo.
-
---Sí. Aquí algunos--replicaba Pepinito--. Allí todo el pueblo está
-agujereado por las cuevas para el vino, y no crea usted que son
-modernas, no, sino antiguas. Allí ve usted tinajones grandes metidos en
-el suelo. Allí todo el vino que se hace es natural; malo muchas veces,
-porque no saben prepararlo, pero natural.
-
---¿Y aquí?
-
---Aquí ya emplean la química--decía Pepinito, para quien Alcolea era un
-pueblo degenerado por la civilización--: tartratos, campeche, fuchsina,
-demonios le echan éstos al vino.
-
-Al final de septiembre, unos días antes de la vendimia, la patrona le
-dijo a Andrés:
-
---¿Usted no ha visto nuestra bodega?
-
---No.
-
---Pues vamos ahora a arreglarla.
-
-El mozo y la criada estaban sacando leña y sarmientos, metidos durante
-todo el invierno en el lagar; y dos albañiles iban picando las paredes.
-Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el lagar a la antigua, con su
-viga para prensar, las chanclas de madera y de esparto que se ponen los
-pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.
-
-Le mostraron las piletas donde va cayendo el mosto y lo recogen en
-cubos, y la moderna bodega capaz para dos cosechas con barricas y conos
-de madera.
-
---Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a la cueva antigua--dijo
-Dorotea.
-
---Miedo, ¿de qué?
-
---¡Ah! Es una cueva donde hay duendes, según dicen.
-
---Entonces hay que ir a saludarlos.
-
-El mozo encendió un candil y abrió una puerta que daba al corral.
-Dorotea, la niña y Andrés le siguieron. Bajaron a la cueva por una
-escalera desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al final de la
-escalera se abría una bóveda que daba paso a una verdadera catacumba,
-húmeda, fría, larguísima, tortuosa.
-
-En el primer trozo de esta cueva había una serie de tinajones
-empotrados a medias en la pared; en el segundo, de techo más bajo, se
-veían las tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a su lado las
-hechas en el Toboso, pequeñas, llenas de mugre, que parecían viejas
-gordas y grotescas.
-
-La luz del candil, al iluminar aquel antro, parecía agrandar y achicar
-alternativamente el vientre abultado de las vasijas.
-
-Se explicaba que la fantasía de la gente hubiese transformado en
-duendes aquellas ánforas vinarias, de las cuales, las ventrudas y
-abultadas tinajas toboseñas, parecían enanos; y las altas y airosas
-fabricadas en Colmenar tenían aire de gigantes. Todavía en el fondo se
-abría un anchurón con doce grandes tinajones. Este hueco se llamaba la
-Sala de los Apóstoles.
-
-El mozo aseguró que en aquella cueva se habían encontrado huesos
-humanos, y mostró en la pared la huella de una mano que él suponía era
-de sangre.
-
---Si a don Andrés le gustara el vino--dijo Dorotea--, le daríamos un
-vaso de este añejo que tenemos en la solera.
-
---No, no; guárdelo usted para las grandes fiestas.
-
-Días después comenzó la vendimia. Andrés se acercó al lagar, y el ver
-aquellos hombres sudando y agitándose en el rincón bajo de techo, le
-produjo una impresión desagradable. No creía que esta labor fuera tan
-penosa.
-
-Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que sólo lo artificial es
-bueno, y pensó que tenía razón. Las decantadas labores rurales, motivo
-de inspiración para los poetas, le parecían estúpidas y bestiales.
-¡Cuánto más hermosa, aunque estuviera fuera de toda idea de belleza
-tradicional, la función de un motor eléctrico, que no este trabajo
-muscular, rudo, bárbaro y mal aprovechado!
-
-
-
-
- VI
-
- TIPOS DE CASINO
-
-
-AL llegar el invierno, las noches largas y frías hicieron a Hurtado
-buscar un refugio fuera de casa, donde distraerse y pasar el tiempo.
-Comenzó a ir al casino de Alcolea.
-
-Este casino, «La Fraternidad», era un vestigio del antiguo esplendor
-del pueblo; tenía salones inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo
-entero, varias mesas de billar y una pequeña biblioteca con algunos
-libros.
-
-Entre la generalidad de los tipos vulgares, obscuros, borrosos, que
-iban al casino a leer los periódicos y hablar de política, había dos
-personajes verdaderamente pintorescos.
-
-Uno de ellos era el pianista; el otro, un tal don Blas Carreño, hidalgo
-acomodado de Alcolea.
-
-Andrés llegó a intimar bastante con los dos.
-
-El pianista era un viejo flaco, afeitado, de cara estrecha, larga, y
-anteojos de gruesos lentes. Vestía de negro y accionaba al hablar de
-una manera un tanto afeminada. Era al mismo tiempo organista de la
-iglesia, lo que le daba cierto aspecto eclesiástico.
-
-El otro señor, don Blas Carreño, también era flaco; pero más alto, de
-nariz aguileña, pelo entrecano, tez cetrina y aspecto marcial.
-
-Este buen hidalgo había llegado a identificarse con la vida antigua
-y a convencerse de que la gente discurría y obraba como los tipos de
-las obras españolas clásicas, de tal manera, que había ido poco a
-poco arcaizando su lenguaje, y entre burlas y veras hablaba con el
-alambicamiento de los personajes de Feliciano de Silva, que tanto
-encantaba a Don Quijote.
-
-El pianista imitaba a Carreño y le tenía como modelo. Al saludar a
-Andrés, le dijo:
-
---Este mi señor don Blas, querido y agareno amigo, ha tenido la
-dignación de presentarme a su merced como un hijo predilecto de
-Euterpe; pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo habrá podido
-comprobar con el arrayán de su buen juicio, más que un pobre, cuanto
-humilde aficionado al trato de las Musas, que labora con estas sus
-torpes manos en amenizar las veladas de los socios, en las frigidísimas
-noches del helado invierno.
-
-Don Blas escuchaba a su discípulo sonriendo. Andrés, al oir a aquel
-señor expresarse así, creyó que se trataba de un loco; pero luego vió
-que no, que el pianista era una persona de buen sentido. Únicamente
-ocurría, que tanto don Blas como él, habían tomado la costumbre de
-hablar de esta manera enfática y altisonante hasta familiarizarse con
-ella. Tenían frases hechas, que las empleaban a cada paso: el ascua de
-la inteligencia, la flecha de la sabiduría, el collar de perlas de las
-observaciones juiciosas, el jardín del buen decir...
-
-Don Blas le invitó a Hurtado a ir a su casa y le mostró su biblioteca
-con varios armarios llenos de libros españoles y latinos. Don Blas la
-puso a disposición del nuevo médico.
-
---Si alguno de estos libros le interesa a usted, puede usted
-llevárselo--le dijo Carreño.
-
---Ya aprovecharé su ofrecimiento.
-
-Don Blas era para Andrés un caso digno de estudio. A pesar de su
-inteligencia no notaba lo que pasaba a su alrededor; la crueldad de la
-vida en Alcolea, la explotación inicua de los miserables por los ricos,
-la falta de instinto social, nada de esto para él existía, y si existía
-tenía un carácter de cosa libresca, servía para decir:
-
---Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su _Examen de ingenios_...
-
-Don Blas era un hombre extraordinario, sin nervios; para él no había
-calor, ni frío, placer, ni dolor. Una vez, dos socios del casino le
-gastaron una broma transcendental: le llevaron a cenar a una venta
-y le dieron a propósito unas migas detestables, que parecían de
-arena, diciéndole que eran las verdaderas migas del país, y don Blas
-las encontró tan excelentes y las elogió de tal modo y con tales
-hipérboles, que llegó a convencer a sus amigos de su bondad. El manjar
-más insulso, si se lo daban diciendo que estaba hecho con una receta
-antigua y que figuraba en _La Lozana Andaluza_, le parecía maravilloso.
-
-En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos sus golosinas.
-
---Tome usted esos melindres, que me han traído expresamente de
-Yepes...; esta agua no la beberá usted en todas partes, es de la fuente
-del Maillo.
-
-Don Blas vivía en plena arbitrariedad; para él había gente que no
-tenía derecho a nada; en cambio, otros lo merecían todo. ¿Por qué?
-Probablemente porque sí.
-
-Decía don Blas que odiaban a las mujeres, que le habían engañado
-siempre; pero no era verdad; en el fondo, esta actitud suya servía para
-citar trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...
-
-A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba galopines, bellacos,
-follones, casi siempre sin motivo, sólo por el gusto de emplear estas
-palabras quijotescas.
-
-Otra cosa que le encantaba a don Blas era citar los pueblos con sus
-nombres antiguos: Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la antigua
-Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo, nos encontramos un día...
-
-Andrés y don Blas se asombraban mutuamente. Andrés se decía:
-
---¡Pensar que este hombre y otros muchos como él viven en esta mentira,
-envenenados con los restos de una literatura, y de una palabrería
-amanerada es verdaderamente extraordinario!
-
-En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo, y pensaba: ¡Qué hombre
-más raro!
-
-Varias veces discutieron acerca de religión, de política, de la
-doctrina evolucionista. Estas cosas del darwinisno, como decía él, le
-parecían a don Blas cosas inventadas para divertirse. Para él los datos
-comprobados no significaban nada. Creía en el fondo que se escribía
-para demostrar ingenio, no para exponer ideas con claridad, y que la
-investigación de un sabio se echaba abajo con una frase graciosa.
-
-A pesar de su divergencia, don Blas no le era antipático a Hurtado.
-
-El que sí le era antipático e insoportable era un jovencito, hijo
-de un usurero, que en Alcolea pasaba por un prodigio, y que iba con
-frecuencia al casino. Este joven, abogado, había leído algunas revistas
-francesas reaccionarias, y se creía en el centro del mundo.
-
-Decía que él contemplaba todo con una sonrisa irónica y piadosa. Creía
-también que se podía hablar de filosofía empleando los lugares comunes
-del casticismo español, y que Balmes era un gran filósofo.
-
-Varias veces el joven, que contemplaba todo con una sonrisa irónica y
-piadosa, invitó a Hurtado a discutir; pero Andrés rehuyó la discusión
-con aquel hombre que, a pesar de su barniz de cultura, le parecía de
-una imbecilidad fundamental.
-
-Esta sentencia de Demócrito, que había leído en la Historia del
-Materialismo de Lange, le parecía a Andrés muy exacta: El que ama la
-contradicción y la verbosidad, es incapaz de aprender nada que sea
-serio.
-
-
-
-
- VII
-
- SEXUALIDAD Y PORNOGRAFÍA
-
-
-En el pueblo, la tienda de objetos de escritorio era al mismo tiempo
-librería y centro de suscripciones. Andrés iba a ella a comprar papel y
-algunos periódicos. Un día le chocó ver que el librero tenía quince o
-veinte tomos con una cubierta en donde aparecía una mujer desnuda. Eran
-de estas novelas a estilo francés; novelas pornográficas, torpes, con
-cierto barniz psicológico hechas para uso de militares, estudiantes y
-gente de poca mentalidad.
-
---¿Es que eso se vende?--le preguntó Andrés al librero.
-
---Sí; es lo único que se vende.
-
-El fenómeno parecía paradójico y, sin embargo, era natural. Andrés
-había oído a su tío Iturrioz que en Inglaterra, en donde las costumbres
-eran interiormente de una libertad extraordinaria, libros, aun los
-menos sospechosos de libertinaje, estaban prohibidos, y las novelas que
-las señoritas francesas o españolas leían delante de sus madres, allí
-se consideraban nefandas.
-
-En Alcolea sucedía lo contrario; la vida era de una moralidad terrible;
-llevarse a una mujer sin casarse con ella, era más difícil que raptar
-a la Giralda de Sevilla a las doce del día; pero, en cambio, se leían
-libros pornográficos de una pornografía grotesca por lo transcendental.
-
-Todo esto era lógico. En Londres, al agrandarse la vida sexual por la
-libertad de costumbres, se achicaba la pornografía; en Alcolea, al
-achicarse la vida sexual, se agrandaba la pornografía.
-
---Qué paradoja esta de la sexualidad--pensaba Andrés al ir a su casa--.
-En los países donde la vida es intensamente sexual no existen motivos
-de lubricidad; en cambio en aquellos pueblos como Alcolea, en donde la
-vida sexual era tan mezquina y tan pobre, las alusiones eróticas a la
-vida del sexo estaban en todo.
-
-Y era natural, era en el fondo un fenómeno de compensación.
-
-
-
-
- VIII
-
- EL DILEMA
-
-
-POCO a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor de Andrés una
-mala reputación; se le consideraba hombre violento, orgulloso, mal
-intencionado, que se atraía la antipatía de todos.
-
-Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba a los ricos y no quería a los
-pobres.
-
-Andrés fué notando la hostilidad de la gente del casino y dejó de
-frecuentarlo.
-
-Al principio se aburría.
-
-Los días iban sucediéndose a los días y cada uno traía la misma
-desesperanza, la seguridad de no saber qué hacer, la seguridad de
-sentir y de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por una mala
-inteligencia.
-
-Se había decidido a cumplir sus deberes de médico al pie de la letra.
-
-Llegar a la abstención pura, completa, en la pequeña vida social de
-Alcolea, le parecía la perfección.
-
-Andrés no era de estos hombres que consideran el leer como un sucedáneo
-de vivir; él leía porque no podía vivir. Para alternar con esta gente
-del casino, estúpida y mal intencionada, prefería pasar el tiempo en su
-cuarto, en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.
-
-¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los libros si hubiera habido
-algo importante que hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o
-reconstruirlo!
-
-La inacción le irritaba.
-
-De haber caza mayor, le hubiera gustado marcharse al campo; pero para
-matar conejos, prefería quedarse en casa.
-
-Sin saber qué hacer, paseaba como un lobo por aquel cuarto. Muchas
-veces intentó dejar de leer estos libros de filosofía. Pensó que quizá
-le irritaban. Quiso cambiar de lecturas. Don Blas le prestó una porción
-de libros de historia. Andrés se convenció de que la historia es una
-cosa vacía. Creyó, como Schopenhauer, que el que lea con atención _Los
-Nueve Libros de Herodoto_, tiene todas las combinaciones posibles de
-crímenes, destronamientos, heroísmos e injusticias, bondades y maldades
-que puede suministrar la historia.
-
-Intentó también un estudio poco humano y trajo de Madrid y comenzó
-a leer un libro de astronomía, la Guía del Cielo, de Klein, pero le
-faltaba la base de las matemáticas y pensó que no tenía fuerza en el
-cerebro para dominar esto. Lo único que aprendió fué el plano estelar.
-Orientarse en ese infinito de puntos luminosos, en donde brillan como
-dioses Arturus y Vega, Altair y Aldebarán era para él una voluptuosidad
-algo triste; recorrer con el pensamiento esos cráteres de la Luna y el
-mar de la Serenidad; leer esas hipótesis acerca de la Vía Láctea y de
-su movimiento alrededor de ese supuesto sol central que se llama Alción
-y que está en el grupo de las Pléyades, le daba el vértigo.
-
-Se le ocurrió también escribir; pero no sabía por dónde empezar, ni
-manejaba suficientemente el mecanismo del lenguaje para expresarse con
-claridad.
-
-Todos los sistemas que discurría para encauzar su vida dejaban
-precipitados insolubles, que demostraban el error inicial de sus
-sistemas.
-
-Comenzaba a sentir una irritación profunda contra todo.
-
-A los ocho o nueve meses de vivir así excitado y aplanado al mismo
-tiempo, empezó a padecer dolores articulares; además el pelo se le caía
-muy abundantemente.
-
---Es la castidad--se dijo.
-
-Era lógico; era un neuro-artrítico. De chico, su artritismo se
-había manifestado por jaquecas y por tendencia hipocondríaca. Su
-estado artrítico se exarcerbaba. Se iban acumulando en el organismo
-las substancias de desecho y esto tenía que engendrar productos de
-oxidación incompleta, el ácido úrico sobre todo.
-
-El diagnóstico lo consideró como exacto; el tratamiento era lo difícil.
-
-Este dilema se presentaba ante él. Si quería vivir con una mujer tenía
-que casarse, someterse. Es decir, dar por una cosa de la vida toda su
-independencia espiritual, resignarse a cumplir obligaciones y deberes
-sociales, a guardar consideraciones a un suegro, a una suegra, a un
-cuñado; cosa que le horrorizaba.
-
-Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, que no salían más que
-los domingos a la iglesia, vestidas como papagayos, con un mal gusto
-exorbitante, había algunas, quizá muchas, agradables, simpáticas. ¿Pero
-quién las conocía? Era casi imposible hablar con ellas. Solamente el
-marido podría llegar a saber su manera de ser y de sentir.
-
-Andrés se hubiera casado con cualquiera, con una muchacha sencilla;
-pero no sabía dónde encontrarla. Las dos señoritas que trataba un poco
-eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.
-
-La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario era de una
-cursilería verdaderamente venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba
-las laminitas del _Blanco y Negro_ y luego las iluminaba, y tenía unas
-ideas ridículas y falsas de todo.
-
-De no casarse, Andrés podía transigir e ir con los perdidos del
-pueblo a casa de la Fulana o de la Zutana, a estas dos calles en
-donde las mujeres de vida airada vivían como en los antiguos burdeles
-medioevales; pero esta promiscuidad era ofensiva para su orgullo. ¿Qué
-más triunfo para la burguesía local y más derrota para su personalidad
-si se hubiesen contado sus devaneos? No; prefería estar enfermo.
-
-Andrés decidió limitar la alimentación, tomar sólo vegetales y no
-probar la carne, ni el vino, ni el café. Varias horas después de comer
-y de cenar bebía grandes cantidades de agua. El odio contra el espíritu
-del pueblo le sostenía en su lucha secreta; era uno de esos odios
-profundos, que llegan a dar serenidad al que lo siente, un desprecio
-épico y altivo. Para él no había burlas, todas resbalaban por su coraza
-de impasibilidad.
-
-Algunas veces pensaba que esta actitud no era lógica. ¡Un hombre que
-quería ser de ciencia y se incomodaba porque las cosas no eran como
-él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí era seca; no había
-árboles, el clima era duro, la gente tenía que ser dura también.
-
-La mujer del secretario del Ayuntamiento y presidenta de la Sociedad
-del Perpetuo Socorro, le dijo un día:
-
---Usted, Hurtado, quiere demostrar que se puede no tener religión y ser
-más bueno que los religiosos.
-
---¿Más bueno, señora?--replicó Andrés--. Realmente, eso no es difícil.
-
-Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado estaba mejor; la comida
-escasa y sólo vegetal, el baño, el ejercicio al aire libre le iban
-haciendo un hombre sin nervios. Ahora se sentía como divinizado por
-su ascetismo, libre; comenzaba a vislumbrar ese estado de _ataraxia_,
-cantado por los epicúreos y los pirronianos.
-
-Ya no experimentaba cólera por las cosas ni por las personas.
-
-Le hubiera gustado comunicar a alguien sus impresiones y pensó en
-escribir a Iturrioz; pero luego creyó que su situación espiritual era
-más fuerte siendo él solo el único testigo de su victoria.
-
-Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se levantaba muy temprano,
-con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos,
-hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto. Aquellos
-olivos viejos, centenarios, retorcidos, parecían enfermos atacados
-por el tétanos; entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con
-bardales de cambroneras, y en el vértice de la colina había un molino
-de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y
-sus brazos chirriantes, que a Andrés le dejaba siempre sobrecogido.
-
-Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella
-del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la
-aurora llena de resplandores.
-
-Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina, cerca del fogón bajo.
-Dorotea, la vieja y la niña hacían sus labores al amor de la lumbre y
-Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.
-
-
-
-
- IX
-
- LA MUJER DEL TÍO GARROTA
-
-
-UNA noche de invierno, un chico fué a llamar a Andrés; una mujer había
-caído a la calle y estaba muriéndose.
-
-Hurtado se embozó en la capa, y de prisa, acompañado del chico, llegó
-a una calle extraviada, cerca de una posada de arrieros que se llamaba
-el Parador de la Cruz. Se encontró con una mujer privada de sentido, y
-asistida por unos cuantos vecinos que formaban un grupo alrededor de
-ella.
-
-Era la mujer de un prendero llamado el tío Garrota; tenía la cabeza
-bañada en sangre y había perdido el conocimiento.
-
-Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda y que trajeran una luz;
-tenía la vieja una conmoción cerebral.
-
-Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al principio la sangre
-negra, coagulada, no salía de la vena abierta; luego comenzó a brotar
-despacio; después más regularmente, y la mujer respiró con relativa
-facilidad.
-
-En este momento llegó el juez con el actuario y dos guardias, y fué
-interrogando, primero a los vecinos y después a Hurtado.
-
---¿Cómo se encuentra esta mujer?--le dijo.
-
---Muy mal.
-
---¿Se podrá interrogarla?
-
---Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.
-
---Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy a ver el sitio por donde
-se ha tirado y a interrogar al marido.
-
-La tienda era una prendería repleta de trastos viejos que había por
-todos los rincones y colgaban del techo; las paredes estaban atestadas
-de fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.
-
-Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que ésta abrió los ojos y
-pareció darse cuenta de lo que le pasaba.
-
---Llamadle al juez--dijo Andrés a los vecinos.
-
-El juez vino en seguida.
-
---Esto se complica--murmuró--; luego preguntó a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende
-algo?
-
---Sí, parece que sí.
-
-Efectivamente, la expresión de la mujer era de inteligencia.
-
---¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted desde la
-ventana?--preguntó el juez.
-
---¡Eh!--dijo ella.
-
---¿Quién la ha tirado?
-
---¡Eh!
-
---¿Quién la ha tirado?
-
---Garro... Garro...--murmuró la vieja haciendo un esfuerzo.
-
-El juez y el actuario y los guardias quedaron sorprendidos.
-
---Quiere decir Garrota--dijo uno.
-
---Sí, es una acusación contra él--dijo el juez--. ¿No le parece a
-usted, doctor?
-
---Parece que sí.
-
---¿Por qué la ha tirado a usted?
-
---Garro... Garro...--volvió a decir la vieja.
-
---No quiere decir más sino que es su marido--afirmó un guardia.
-
---No, no es eso--repuso Andrés--. La lesión la tiene en el lado
-izquierdo.
-
---¿Y eso qué importa?--preguntó el guardia.
-
---Cállese usted--dijo el juez--. ¿Qué supone usted, doctor?
-
---Supongo que esta mujer se encuentra en un estado de afasia. La lesión
-la tiene en el lado izquierdo del cerebro; probablemente la tercera
-circunvolución frontal, que se considera como centro del lenguaje,
-estará lesionada. Esta mujer parece que entiende, pero no puede
-articular más que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra cosa.
-
---¿Está usted mejor?--dijo el juez.
-
---¡Eh!
-
---¿Si está usted ya mejor?
-
---Garro... Garro...--contestó ella.
-
---Sí; dice a todo lo mismo--afirmó el juez.
-
---Es un caso de afasia o de sordera verbal--añadió Andrés.
-
---Sin embargo..., hay muchas sospechas contra el marido--replicó el
-actuario.
-
-Habían llamado al cura para sacramentar a la moribunda.
-
-Le dejaron solo y Andrés subió con el juez. La prendería del tío
-Garrota tenía una escalera de caracol para el primer piso.
-
-Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos alcobas y el cuarto
-desde donde se había tirado la vieja. En medio de este cuarto había un
-brasero, una badila sucia y una serie de manchas de sangre que seguían
-hasta la ventana.
-
---La cosa tiene el aspecto de un crimen--dijo el juez.
-
---¿Cree usted?--preguntó Andrés.
-
---No, no creo nada; hay que confesar que los indicios se presentan como
-en una novela policíaca para despistar a la opinión. Esta mujer que se
-le pregunta quién la ha tirado, y dice el nombre de su marido; esta
-badila llena de sangre; las manchas que llegan hasta la ventana, todo
-hace sospechar lo que ya han comenzado a decir los vecinos.
-
---¿Qué dicen?
-
---Le acusan al tío Garrota, al marido de esta mujer. Suponen que el
-tío Garrota y su mujer riñeron; que él le dió con la badila en la
-cabeza; que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que entonces él,
-agarrándola de la cintura, la arrojó a la calle.
-
---Puede ser.
-
---Y puede no ser.
-
-Abonaba esta versión la mala fama del tío Garrota y su complicidad
-manifiesta en las muertes de dos jugadores, el Cañamero y el Pollo,
-ocurridas hacía unos diez años cerca de Daimiel.
-
---Voy a guardar esta badila--dijo el juez.
-
---Por si acaso no debían tocarla--repuso Andrés--; las huellas pueden
-servirnos de mucho.
-
-El juez metió la badila en un armario, lo cerró y llamó al actuario
-para que lo lacrase. Se cerró también el cuarto y se guardó la llave.
-
-Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la mujer del tío Garrota
-había muerto.
-
-El juez mandó que trajeran a su presencia al marido. Los guardias le
-habían atado las manos.
-
-El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento, de mal aspecto,
-tuerto, de cara torva, llena de manchas negras, producidas por una
-perdigonada que le habían soltado hacía años en la cara.
-
-En el interrogatorio se puso en claro que el tío Garrota era borracho,
-y hablaba de matar a uno o de matar a otro con frecuencia.
-
-El tío Garrota no negó que daba malos tratos a su mujer; pero sí que la
-hubiese matado. Siempre concluía diciendo:
-
---Señor juez, yo no he matado a mi mujer. He dicho, es verdad, muchas
-veces que la iba a matar; pero no la he matado.
-
-El juez, después del interrogatorio, envió al tío Garrota incomunicado
-a la cárcel.
-
---¿Qué le parece a usted?--le preguntó el juez a Hurtado.
-
---Para mí es una cosa clara; este hombre es inocente.
-
-El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a la cárcel, y dijo
-que empezaba a creer que el prendero no había matado a su mujer. La
-opinión popular quería suponer que Garrota era un criminal. Por la
-noche el doctor Sánchez aseguró en el casino que era indudable que el
-tío Garrota había tirado por la ventana a su mujer, y que el juez y
-Hurtado tendían a salvarle, Dios sabe por qué; pero que en la autopsia
-aparecería la verdad.
-
-Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió nombrara a don Tomás
-Solana, el otro médico, como árbitro para presenciar la autopsia, por
-si acaso había divergencia entre el dictamen de Sánchez y el suyo.
-
-La autopsia se verificó al día siguiente por la tarde; se hizo una
-fotografía de las heridas de la cabeza producidas por la badila y se
-señalaron unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.
-
-Luego se procedió a abrir las tres cavidades y se encontró la fractura
-craneana, que cogía parte del frontal y del parietal y que había
-ocasionado la muerte. En los pulmones y en el cerebro aparecieron
-manchas de sangre, pequeñas y redondas.
-
-En la exposición de los datos de la autopsia estaban conformes los tres
-médicos; en su opinión, acerca de las causas de la muerte, divergían.
-
-Sánchez daba la versión popular. Según él, la interfecta, al
-sentirse herida en la cabeza por los golpes de la badila, corrió a
-la ventana a pedir socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el
-cuello, produciéndole una contusión y un principio de asfixia que se
-evidenciaba en las manchas petequiales de los pulmones y del cerebro,
-y después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción cerebral y
-la fractura del cráneo, que le produjo la muerte. La misma mujer, en
-la agonía, había repetido el nombre del marido indicando quién era su
-matador.
-
-Hurtado decía primeramente que las heridas de la cabeza eran tan
-superficiales que no estaban hechas por un brazo fuerte, sino por
-una mano débil y convulsa; que los cardenales del cuello procedían
-de contusiones anteriores al día de la muerte, y que, respecto a las
-manchas de sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran producidas
-por un principio de asfixia, sino el alcoholismo inveterado de la
-interfecta. Con estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en un
-estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente encontrado en su
-estómago, y presa de manía suicida, había comenzado a herirse ella
-misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba la superficialidad
-de las heridas, que apenas interesaban el cuero cabelludo, y después,
-en vista del resultado negativo para producirse la muerte, había
-abierto la ventana y se había tirado de cabeza a la calle. Respecto a
-las palabras pronunciadas por ella, estaba claramente demostrado que al
-decirlas se encontraba en un estado afásico.
-
-Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe hacía equilibrios, y en
-conjunto no decía nada.
-
-Sánchez estaba en la actitud popular; todo el mundo creía culpable al
-tío Garrota, y algunos llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había
-que castigarlo, porque era un desalmado capaz de cualquier fechoría.
-
-El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una porción de pruebas; se
-estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vió no
-coincidían con los dedos del prendero; se hizo que un empleado de la
-cárcel, amigo suyo, le emborrachara y le sonsacara. El tío Garrota
-confesó su participación en las muertes del Pollo y del Cañamero; pero
-afirmó repetidas veces, entre furiosos juramentos, que no y que no. No
-tenía nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por
-decir que no y le salvaran por decir que sí, diría que no, porque esa
-era la verdad.
-
-El juez, después de repetidos interrogatorios, comprendió la inocencia
-del prendero y lo dejó en libertad.
-
-El pueblo se consideró defraudado. Por indicios, por instinto, la gente
-adquirió la convicción de que el tío Garrota, aunque capaz de matar
-a su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer la probidad
-de Andrés y del juez. El periódico de la capital que defendía a los
-Mochuelos, escribió un artículo con el título «¿Crimen o suicidio?»,
-en el que suponía que la mujer del tío Garrota se había suicidado; en
-cambio, otro periódico de la capital, defensor de los Ratones, aseguró
-que se trataba de un crimen y que las influencias políticas habían
-salvado al prendero.
-
---Habrá que ver lo que habrán cobrado el médico y el juez--decía la
-gente.
-
-A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.
-
---Ese hombre iba con lealtad.
-
---Pero no era cierto lo que decía--replicaba alguno.
-
---Sí; pero él iba con honradez.
-
-Y no había manera de convencer a la mayoría de otra cosa.
-
-
-
-
- X
-
- DESPEDIDA
-
-
-ANDRÉS, que hasta entonces había tenido simpatía entre la gente pobre,
-vió que la simpatía se trocaba en hostilidad. En la primavera decidió
-marcharse y presentar la dimisión de su cargo.
-
-Un día de mayo fué el fijado para la marcha; se despidió de don Blas
-Carreño y del juez y tuvo un violento altercado con Sánchez, quien,
-a pesar de ver que el enemigo se le iba, fué bastante torpe para
-recriminarle con acritud. Andrés le contestó rudamente y dijo a su
-compañero unas cuantas verdades un poco explosivas.
-
-Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y luego salió a pasear. Hacía
-un día tempestuoso con vagos relámpagos, que brillaban entre dos nubes.
-Al anochecer comenzó a llover y Andrés volvió a su casa.
-
-Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, habían ido al Maillo, un
-pequeño balneario próximo a Alcolea.
-
-Andrés acabó de preparar su equipaje. A la hora de cenar entró la
-patrona en su cuarto.
-
---¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?
-
---Sí.
-
---Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.
-
---Voy a terminar en un momento.
-
---Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos a usted como de la
-familia.
-
---¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en el pueblo.
-
---No lo dirá usted por nosotros.
-
---No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo digo por usted. Si siento
-dejar el pueblo es, más que nada, por usted.
-
---¡Bah! Don Andrés.
-
---Créalo usted o no lo crea, tengo una gran opinión de usted. Me parece
-usted una mujer muy buena, muy inteligente...
-
---¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a confundir!--dijo ella riendo.
-
---Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea. Eso no quita para que
-sea verdad. Lo malo que tiene usted...
-
---Vamos a ver lo malo...--replicó ella con seriedad fingida.
-
---Lo malo que tiene usted--siguió diciendo Andrés--es que está usted
-casada con un hombre que es un idiota, un imbécil petulante, que
-le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted le engañaría con
-cualquiera.
-
---¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted diciendo!
-
---Son las verdades de la despedida... Realmente yo he sido un imbécil
-en no haberle hecho a usted el amor.
-
---¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?
-
---Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que no lo he pensado otras veces;
-pero me ha faltado decisión. Hoy estamos solos en toda la casa. ¿No?
-
---Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me voy.
-
---No se vaya usted, tengo que hablarle.
-
-Dorotea, sorprendida del tono de mando de Andrés, se quedó.
-
---¿Qué me quiere usted?--dijo.
-
---Quédese usted aquí conmigo.
-
---Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés--replicó Dorotea con voz
-ahogada.
-
---Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos
-solos, nadie habría de saber que usted había sido mía. Esta noche para
-usted y para mí sería una noche excepcional, extraña...
-
---Sí ¿y el remordimiento?
-
---¿Remordimiento?
-
-Andrés, con lucidez, comprendió que no debía discutir este punto.
-
---Hace un momento no creía que le iba a usted a decir esto. ¿Por qué se
-lo digo? No sé. Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.
-
-Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la cama, pálido y tembloroso.
-
---¿Se pone usted malo?--murmuró Dorotea con voz ronca.
-
---No; no es nada.
-
-Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés apagó la luz y se
-acercó a ella.
-
-Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel momento en plena
-inconsciencia...
-
-Al amanecer comenzó a brillar la luz del día por entre las rendijas de
-las maderas. Dorotea se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus
-brazos.
-
---No, no--murmuró ella con espanto, y, levantándose rápidamente, huyó
-del cuarto.
-
-Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado de sí mismo.
-
-Se encontraba en un estado de irresolución completa; sentía en la
-espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tenía
-temor de tocar con los pies el suelo.
-
-Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada en las manos, hasta que
-oyó el ruido del coche que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y
-abrió la puerta antes que llamaran por miedo al pensar en el ruido de
-la aldaba; un mozo entró en el cuarto y cargó con el baúl y la maleta
-y los llevó al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la diligencia,
-que comenzó a marchar por la carretera polvorienta.
-
---¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!--exclamó luego--. Y
-se refería a su vida y a esta última noche tan inesperada, tan
-aniquiladora.
-
-En el tren su estado nervioso empeoró. Se sentía desfallecido, mareado.
-Al llegar a Aranjuez se decidió a bajar del tren. Los tres días que
-pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.
-
-
-
-
- SEXTA PARTE
-
- La experiencia en Madrid
-
-
-
-
- I
-
- COMENTARIO A LO PASADO
-
-
-A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa
-desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos.
-Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a
-todo pasto.
-
-Andrés no había seguido en los periódicos aquella cuestión de las
-guerras coloniales; no sabía a punto fijo de qué se trataba. Su único
-criterio era el de la criada vieja de la Dorotea que solía cantar a voz
-en grito mientras lavaba, esta canción:
-
- Parece mentira que por unos mulatos
- estemos pasando tan malitos ratos;
- a Cuba se llevan la flor de la España
- y aquí no se queda más que la morralla.
-
-Todas las opiniones de Andrés acerca de la guerra estaban condensadas
-en este cantar de la vieja criada.
-
-Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención de los Estados
-Unidos, Andrés quedó asombrado.
-
-En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o
-del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero
-en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores
-de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las
-armas y echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro, hacía vida
-de _sportman_ y no le preocupaba la guerra; a Alejandro le pasaba lo
-mismo; Margarita seguía en Valencia.
-
-Andrés encontró un empleo en una consulta de enfermedades del estómago,
-sustituyendo a un médico que había ido al extranjero por tres meses.
-
-Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba allí hasta el anochecer,
-luego marchaba a cenar a casa y por la noche salía en busca de noticias.
-
-Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis
-no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus
-soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos
-uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid.
-
-Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis.
-Cierto que no tenía las proporciones bufo-grandilocuentes del
-manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París;
-pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran
-sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.
-
-Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.
-
-Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a
-creer que había alguna razón para los optimismos.
-
-Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.
-
---¿Qué le parece a usted esto?--le preguntó.
-
---Estamos perdidos.
-
---¿Pero si dicen que estamos preparados?
-
---Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino, que los españoles
-consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas
-que nos están diciendo los periódicos.
-
---Hombre, yo no veo eso.
-
---Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las
-escuadras. Tú, fíjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos
-viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos
-nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros en
-conjunto desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis
-primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique
-toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.
-
---¿De manera, que usted cree que vamos a la derrota?
-
---No a la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede
-salvarse, será una gran cosa.
-
-Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse, pero pronto los
-acontecimientos le dieron la razón. El desastre había sido como decía
-él: una cacería, una cosa ridícula.
-
-A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia.
-Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para
-la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no;
-después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y
-en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo;
-aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja,
-nada.
-
-Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fué a casa de
-Iturrioz; hubo discusión entre ellos.
-
---Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las
-colonias--dijo su tío--y hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en
-el pueblo?
-
---Bastante mal.
-
---¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?
-
---No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente,
-he tenido poco éxito.
-
---Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.
-
-Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz le escuchó
-atentamente.
-
---¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado
-el medio?
-
---Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una bacteridia colocada en un
-caldo saturado de ácido fénico.
-
---Y esos manchegos ¿son buena gente?
-
---Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible.
-
---Pero esa moral ¿no será la defensa de la raza que vive en una tierra
-pobre y de pocos recursos?
-
---Es muy posible; pero si es así, ellos no se dan cuenta de este motivo.
-
---¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente
-con conciencia? ¿En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas
-partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla, idiota y
-egoísta. Si ahí en Alcolea es una buena persona, hay que decir que los
-alcoleanos son gente superior.
-
---No digo que no. Los pueblos como Alcolea están perdidos, porque el
-egoísmo y el dinero no está repartido equitativamente; no lo tienen más
-que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres no hay sentido
-individual. El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no
-transijo, ese día el pueblo marchará hacia adelante.
-
---Claro; pero para ser egoísta hay que saber; para protestar hay que
-discurrir. Yo creo que la civilización le debe más al egoísmo que a
-todas las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo ha hecho el
-sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, el barco, todo.
-
---Estamos conformes. Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada
-que ganar con la maquinaria social que, a cambio de cogerle al hijo y
-llevarlo a la guerra, no les da más que miseria y hambre para la vejez,
-y que aún así la defienden.
-
---Eso tiene una gran importancia individual, pero no social. Todavía
-no ha habido una sociedad que haya intentado un sistema de justicia
-distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos que marcha, pero
-al menos se arrastra y las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.
-
---Es imbécil.
-
---Amigo, es que la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con
-dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres,
-sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu
-de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreras; se encierra a
-la larva en un alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente.
-La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera,
-una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así
-sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y
-el pobre.
-
---Me indigna todo esto--exclamó Andrés.
-
---Hace unos años--siguió diciendo Iturrioz--me encontraba yo en la isla
-de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y
-negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros
-que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando
-de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz
-blanco grita que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden
-y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de
-sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena
-nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían.
-Tenían espíritu de esclavos.
-
---Es desagradable.
-
---Sí, como quieras; pero son los hechos y hay que aceptarlos y
-acomodarse a ellos. Otra cosa es una simpleza. Intentar andar entre
-los hombres, en ser superior, como tú has querido hacer en Alcolea, es
-absurdo.
-
---Yo no he intentado presentarme como ser superior--replicó Andrés con
-viveza--. Yo he ido en hombre independiente. A tanto trabajo, tanto
-sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan, y ya está.
-
---Eso no es posible; cada hombre no es una estrella con su órbita
-independiente.
-
---Yo creo que el que quiere serlo lo es.
-
---Tendrá que sufrir las consecuencias.
-
---¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El que no tiene dinero
-paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar,
-que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre
-de verdad busca antes que nada su independencia; se necesita ser un
-pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad.
-¿Que no es posible? ¿Que el hombre no puede ser independiente como una
-estrella de otra? A esto no se puede decir más sino que es verdad,
-desgraciadamente.
-
---Veo que vienes lírico del pueblo.
-
---Será la influencia de las migas.
-
---O del vino manchego.
-
---No; no lo he probado.
-
---¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y despreciabas el producto
-mejor del pueblo? Bueno, ¿qué piensas hacer?
-
---Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.
-
---¿En Madrid?
-
---Sí, en Madrid.
-
---¿Otra experiencia?
-
---Eso es, otra experiencia.
-
---Bueno, vamos ahora a la azotea.
-
-
-
-
- II
-
- LOS AMIGOS
-
-
-A principio de otoño, Andrés quedó sin nada que hacer. Don Pedro se
-había encargado de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba
-algún destino para su hijo.
-
-Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca Nacional, y por las tardes
-y noches paseaba. Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo,
-se encontró con Montaner.
-
---Chico, ¡cuánto tiempo!--exclamó el antiguo condiscípulo,
-acercándosele.
-
---Sí, ya hace algunos años que no nos hemos visto.
-
-Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá, y al llegar a la
-esquina de la de Peligros, Montaner insistió para que entraran en el
-café de Fornos.
-
---Bueno, vamos--dijo Andrés.
-
-Era sábado y había gran entrada; las mesas estaban llenas; los
-trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y
-algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el
-ámbito de la sala.
-
-Montaner tomó ávidamente el chocolate que le trajeron, y después le
-preguntó a Andrés:
-
---¿Y tú, qué haces?
-
---Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú? ¿Concluíste la carrera?
-
---Sí, hace un año. No podía acabarla por aquella chica que era mi
-novia. Me pasaba el día entero hablando con ella; pero los padres de la
-chica se la llevaron a Santander y la casaron allí. Yo entonces fuí a
-Salamanca, y he estado hasta concluir la carrera.
-
---¿De manera que te ha convenido que casaran a la novia?
-
---En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve el ser médico!.
-
---¿No encuentras trabajo?
-
---Nada. He estado con Julio Aracil.
-
---¿Con Julio?
-
---Sí.
-
---¿De qué?
-
---De ayudante.
-
---¿Ya necesita ayudantes Julio?
-
---Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado me prometió
-protegerme. Tenía una plaza en el ferrocarril, y me dijo que cuando no
-la necesitara me la cedería a mí.
-
---¿Y no te la ha cedido?
-
---No; la verdad es que todo es poco para sostener su casa.
-
---¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?
-
---Sí.
-
---Antes era muy roñoso.
-
---Y sigue siéndolo.
-
---¿No avanza?
-
---Como médico poco, pero tiene recursos: el ferrocarril, unos conventos
-que visita; es también accionista de «La Esperanza», una sociedad
-de esas de médico, botica y entierro, y tiene participación en una
-funeraria.
-
---¿De manera que se dedica a la explotación de la caridad?
-
---Sí; ahora, además, como te decía, tiene una clínica que ha puesto
-con dinero del suegro. Yo he estado ayudándole; la verdad es que me
-ha cogido de primo; durante más de un mes he hecho de albañil, de
-carpintero, de mozo de cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en
-la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la cosa empieza a marchar,
-me dice Julio que tiene que asociarse con un muchacho valenciano que
-se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que cuando me necesite me
-llamará.
-
---En resumen, que te ha echado.
-
---Lo que tú dices.
-
---¿Y qué vas a hacer?
-
---Voy a buscar un empleo cualquiera.
-
---¿De médico?
-
---De médico o de no médico. Me es igual.
-
---¿No quieres ir a un pueblo?
-
---No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.
-
---Y los demás, ¿qué han hecho?--preguntó Andrés--. ¿Dónde está aquel
-Lamela?
-
---En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive bien. De Cañizo no sé si te
-acordarás...
-
---No.
-
---Uno que perdió curso en Anatomía.
-
---No, no me acuerdo.
-
---Si lo vieras, te acordarías en seguida--repuso Montaner--. Pues este
-Cañizo es un hombre feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo que
-es muy glotón, y el otro día me decía: Chico, estoy muy contento; los
-carniceros me regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer me trata
-bien; me da langosta algunos domingos.
-
---¡Que animal!
-
---De Ortega si te acordarás.
-
---¿Uno bajito, rubio?
-
---Sí.
-
---Me acuerdo.
-
---Ese estuvo de médico militar en Cuba, y se acostumbró a beber de una
-manera terrible. Alguna vez le he visto y me ha dicho: Mi ideal es
-llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato.
-
---De manera que nadie ha marchado bien de nuestros condiscípulos.
-
---Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con su periódico de carnicería
-y con su mujer que los domingos le da langosta.
-
---Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la
-misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.
-
---Sí; esto es un pantano--murmuró Montaner.
-
---Más que un pantano es un campo de ceniza. Y Julio Aracil, ¿vive bien?
-
---Hombre, según lo que se entienda por vivir bien.
-
---Su mujer, ¿cómo es?
-
---Es una muchacha vistosa, pero él la está prostituyendo.
-
---¿Por qué?
-
---Porque la va dando un aire de _cocotte_. El hace que se ponga trajes
-exagerados, la lleva a todas partes; yo creo que él mismo la ha
-aconsejado que se pinte. Y ahora prepara el golpe final. Va a llevar a
-ese Nebot, que es un muchacho rico, a vivir a su casa y va a ampliar la
-clínica. Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot se entienda con
-su mujer.
-
---¿De veras?
-
---Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot en el mejor sitio de la
-casa, cerca de la alcoba de su mujer.
-
---Demonio. ¿Es que no la quiere?
-
---Julio no quiere a nadie; se casó con ella por su dinero. El tiene una
-querida que es una señora rica, ya vieja.
-
---¿De manera que en el fondo, marcha?
-
---¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que hacerse rico.
-
-Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron del café y cada cual se
-fué a su casa.
-
-A los pocos días Andrés encontró a Julio Aracil que entraba en un coche.
-
---¿Quieres dar una vuelta conmigo?--le dijo Julio--. Voy al final del
-barrio de Salamanca, a hacer una visita.
-
---Bueno.
-
-Entraron los dos en el coche.
-
---El otro día vi a Montaner--le dijo Andrés.
-
---¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos es indispensable.
-
---Sí; parece que no está muy contento de ti.
-
---No me choca. La gente tiene una idea estúpida de las cosas--dijo
-Aracil con voz colérica--. No quisiera más que tratar con egoístas
-absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con
-las lágrimas en los ojos: Toma este pedazo de pan duro, al que no le
-puedo hincar el diente, y a cambio convídame a cenar todos los días en
-el mejor hotel.
-
-Andrés se echó a reir.
-
---La familia de mi mujer es también de las que tienen una idea imbécil
-de la vida--siguió diciendo Aracil--. Constantemente me están poniendo
-obstáculos.
-
---¿Por qué?
-
---Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio que tengo en la clínica,
-le hace el amor a mi mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo.
-¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le dejo en libertad a mi mujer.
-Concha no me ha de engañar. Yo tengo confianza en ella.
-
---Haces bien.
-
---No sé qué idea tiene de las cosas--siguió diciendo Julio--estas
-gentes chapadas a la antigua, como dicen ellos. Porque yo comprendo
-un hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos! Que me presentara
-yo mañana y dijera: Estas visitas, que he hecho a Don Fulano o a Doña
-Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, no he estado
-acertado... ¡toda la familia me pondría de imbécil hasta las narices!
-
---¡Ah! No tiene duda.
-
---Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades ridículas?
-
---¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas mucho?
-
---Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. Es la vida de
-hoy que lo exige. La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener
-trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero para la casa, para la
-comida, para la modista, para el sastre, para el teatro, para el coche;
-yo busco como puedo ese dinero.
-
---¿Y no te convendría limitarte un poco?--le preguntó Andrés.
-
---¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No, no; ahora mejor que
-nunca. Ahora que es uno joven.
-
---Es una filosofía; no me parece mal, pero vas a inmoralizar tu casa.
-
---A mí la moralidad no me preocupa--replicó Julio--. Aquí, en
-confianza, te diré que una mujer honrada me parece uno de los productos
-más estúpidos y más amargos de la vida.
-
---Tiene gracia.
-
---Sí, una mujer que no sea algo coqueta no me gusta. Me parece bien
-que gaste, que se adorne, que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele
-decir: Una mujer elegante debía tener más de un marido. Al oirle todo
-el mundo se ríe.
-
---¿Y por qué?
-
---Porque su mujer, como marido no tiene más que uno; pero, en cambio,
-amantes tiene tres.
-
---¿A la vez?
-
---Sí, a la vez; es una señora muy liberal.
-
---Muy liberal y muy conservadora, si los amantes le ayudan a vivir.
-
---Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.
-
-Llegaron a la casa del cliente.
-
---¿Adónde quieres ir tú?--le preguntó Julio.
-
---A cualquier lado. No tengo nada que hacer.
-
---¿Quieres que te dejen en la Cibeles?
-
---Bueno.
-
---Vaya usted a la Cibeles y vuelva--le dijo Julio al cochero.
-
-Se despidieron los dos antiguos condiscípulos y Andrés pensó que por
-mucho que subiera su compañero no era cosa de envidiarle.
-
-
-
-
- III
-
- FERMÍN IBARRA
-
-
-UNOS días después, Hurtado se encontró en la calle con Fermín Ibarra.
-Fermín estaba desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón para
-andar.
-
---Un día de estos me voy--le dijo Fermín.
-
---¿Adónde?
-
---Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No pienso estar aquí;
-probablemente no volveré.
-
---¿No?
-
---No. Aquí no se puede hacer nada; tengo dos o tres patentes de cosas
-pensadas por mi, que creo que están bien; en Bélgica me las iban a
-comprar; pero yo he querido hacer primero una prueba en España, y me
-voy desalentado, descorazonado; aquí no se puede hacer nada.
-
---Eso no me choca--dijo Andrés--; aquí no hay ambiente para lo que tú
-haces.
-
---¡Ah, claro!--repuso Ibarra--. Una invención supone la recapitulación,
-la síntesis de las fases de un descubrimiento; una invención, es muchas
-veces una consecuencia tan fácil de los hechos anteriores, que casi
-se puede decir que se desprende ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a
-estudiar en España el proceso evolutivo de un descubrimiento? ¿Con qué
-medios? ¿En qué talleres? ¿En qué laboratorios?
-
---En ninguna parte.
-
---Pero, en fin, a mí esto no me indigna--añadió Fermín--, lo que me
-indigna es la suspicacia, la mala intención, la petulancia de esta
-gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo
-domina desde los Pirineos hasta Cádiz...; políticos, militares,
-profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.
-
---Sí, es verdad.
-
---Cuando estoy fuera de España--siguió diciendo Ibarra--quiero
-convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización;
-que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me
-da asco; no habla más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.
-
-Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid, en Barcelona, en Bilbao.
-Había millonario que le había dicho que él no podía exponer dinero
-sin base, que después de hechas las pruebas con éxito, no tendría
-inconveniente en dar dinero al cincuenta por ciento.
-
---El capital español está en manos de la canalla más abyecta--concluyó
-diciendo Fermín.
-
-Unos meses después, Ibarra le escribía desde Bélgica, diciendo que le
-habían hecho jefe de un taller y que sus empresas iban adelante.
-
-
-
-
- IV
-
- ENCUENTRO CON LULÚ
-
-
-UN amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había
-prometido encontrar un destino para Andrés. Este señor vivía en la
-calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrés en su casa, y siempre
-le decía que no había nada; un día le dijo:
-
---Lo único que podemos darle a usted, es una plaza de médico de higiene
-que va a haber vacante. Diga usted si le conviene, y, si le conviene,
-le tendremos en cuenta.
-
---Me conviene.
-
---Pues ya le avisaré a tiempo.
-
-Este día, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha, esquina a
-la del Pez, Andrés Hurtado se encontró a Lulú. Estaba igual que antes;
-no había variado nada.
-
-Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella. Andrés la
-contempló con gusto. Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta,
-tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.
-
---Tenemos mucho que hablar--le dijo Lulú--; yo me estaría charlando con
-gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo,
-solemos ir los sábados al café de la Luna. ¿Quiere usted ir por allá?
-
---Sí, iré.
-
---Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve y media a diez. No falte
-usted, ¿eh?
-
---No, no faltaré.
-
-Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por la noche, se presentó
-en el café de la Luna. Estaban doña Leonarda y Lulú en compañía de un
-señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, que le recibió
-secamente, y se sentó en una silla lejos de Lulú.
-
---Siéntese usted aquí--dijo ella, haciéndole sitio en el diván.
-
-Se sentó Andrés cerca de la muchacha.
-
---Me alegro mucho que haya usted venido--dijo Lulú--; tenía miedo de
-que no quisiera usted venir.
-
---¿Por qué no había de venir?
-
---¡Como es usted tan así!
-
---Lo que no comprendo es por qué han elegido ustedes este café. ¿O es
-que ya no viven allí en la calle del Fúcar?
-
---¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle del Pez. ¿Sabe usted
-quién nos resolvió la vida de plano?
-
---¿Quién?
-
---Julio.
-
---¿De veras?
-
---Sí.
-
---Ya ve usted, cómo no es tan mala persona, como usted decía.
-
---Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya se lo contaré a usted. Y
-usted ¿qué ha hecho? ¿Cómo ha vivido?
-
-Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas en Alcolea.
-
---¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted!--exclamó Lulú--. ¡Qué lobo!
-
-El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda,
-al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés se levantó y
-se fué.
-
---Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar
-satisfecho--dijo doña Leonarda con tono desdeñoso y agrio.
-
---¿Por qué lo dice usted?--preguntó Andrés.
-
---Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente raro. Y la
-verdad, no sé por qué.
-
---Yo tampoco sé que a las personas se les tenga cariño por
-algo--replicó Lulú vivamente--; se las quiere o no se las quiere; nada
-más.
-
-Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche
-y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.
-
---Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio--dijo ella en voz
-baja--. Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría
-con Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera comenzó a huir
-el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba
-haciendo el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y
-hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.
-
---¿Así, sin ambages?
-
---Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una
-mujer pobre. Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que tú
-mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres
-que le advierta?--me preguntó él--. Pues nada; que no te casas con Niní
-porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.
-
---Se quedaría atónito--exclamó Andrés--, porque él pensaba que el día
-que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.
-
---Se quedó helado, en el mayor asombro--. Bueno, bueno--dijo--, iré a
-verle y se lo diré. Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó
-hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a
-Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las
-dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don
-Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio.
-Efectivamente; unos días después vino don Prudencio en actitud
-diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no
-le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, yo
-ya no creo en las mujeres.
-
---Esa declaración tiene gracia--dijo Andrés.
-
---Es verdad--replicó Lulú--, porque mire usted que los hombres son
-mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días, don
-Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí
-le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a
-devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le
-decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y
-una finca aquí y otra allí...
-
---Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los
-demás tienen dinero.
-
---Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda, don Prudencio me
-preguntó--: Tú ¿qué quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con
-tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; estar sin trabajar
-tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de
-confecciones de ropa blanca y seguir trabajando--. Pues nada, lo que
-necesites dímelo. Y puse la tienda.
-
---¿Y la tiene usted?
-
---Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por
-esas tonterías de que si mi padre había sido esto o lo otro. Cada uno
-vive como puede. ¿No es verdad?
-
---Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!
-
-Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. Ella había localizado su
-vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que
-se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a
-todos los vecinos y vecinas de la casa.
-
---¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el viejecito?--le preguntó Lulú.
-
---Sí; ¿qué hizo?
-
---Murió el pobre...; me dió una pena.
-
---¿Y de qué murió?
-
---De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba
-acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía:--No, si no tengo
-nada; no se molesten ustedes; un poco de debilidad nada más--, y se
-estaba muriendo.
-
-A la una y media de la noche, doña Leonarda y Lulú se levantaron, y
-Andrés las acompañó hasta la calle del Pez.
-
---¿Vendrá usted por aquí?--le dijo Lulú.
-
---Sí; ¡ya lo creo!
-
---Algunas veces suele venir Julio también.
-
---¿No le tiene usted odio?
-
---¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, pero me divierte, me
-parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una
-copa de cristal.
-
-
-
-
- V
-
- MÉDICO DE HIGIENE
-
-
-A los pocos días de recibir el nombramiento de médico de higiene y de
-comenzar a desempeñar el cargo, Andrés comprendió que no era para él.
-
-Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio
-contra el rico, sin tener simpatía por el pobre.
-
---¡Yo que siento este desprecio por la sociedad--se decía a sí mismo--,
-teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que me
-alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a
-doscientos hijos de familia!
-
-Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte
-también para que el que se lo había dado no le considerara como un
-fatuo.
-
-El tener que vivir en este ambiente le hacía daño.
-
-Ya no había en su vida nada sonriente, nada amable; se encontraba como
-un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los dos
-polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y
-un sentimiento de depresión y de tristeza.
-
-La irritación le hacía ser en sus palabras violento y brutal.
-
-Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro la decía:
-
---¿Estás enferma?
-
---Sí.
-
---Tú qué quieres, ¿ir al hospital o quedarte libre?
-
---Yo prefiero quedarme libre.
-
---Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes envenenar medio mundo; me
-tiene sin cuidado.
-
-En ocasiones, al ver estas busconas que venían escoltadas por algún
-guardia, riendo, las increpaba.
-
---No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos viviréis más tranquilas.
-
-Las mujeres le miraban con asombro. Odio, ¿por qué?, se preguntaría
-alguna de ellas. Como decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia;
-hacía el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud; hacía la
-prostituta, y le daba el espíritu de la prostitución.
-
-Este triste proletariado de la vida sexual tenía su honor de cuerpo.
-Quizá lo tienen también en la obscuridad de lo inconsciente las abejas
-obreras y los pulgones, que sirven de vacas a las hormigas.
-
-De la conversación con aquellas mujeres sacaba Andrés cosas extrañas.
-
-Entre los dueños de las casas de lenocinio había personas decentes: un
-cura tenía dos y las explotaba con una ciencia evangélica completa.
-¡Qué labor más católica, más conservadora podía haber, que dirigir una
-casa de prostitución!
-
-Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza de toros y una casa de
-préstamos podía concebirse algo más perfecto.
-
-De aquellas mujeres, las libres iban al Registro, otras se sometían al
-reconocimiento en sus casas.
-
-Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas visitas domiciliarias.
-
-En alguna de aquellas casas de prostitución distinguidas encontraba
-señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas
-mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando
-muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida
-higiénica, rojos, membrudos por el _sport_.
-
-Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba acerca de los
-mecanismos que van produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, la
-prostitución.
-
---La verdad es que si el pueblo lo comprendiese--pensaba Hurtado--, se
-mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que
-una utopía, un sueño.
-
-Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva de la gente rica que
-iba hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras el
-pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, degenerando cada vez
-más.
-
-Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biológicas: el pueblo no
-llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de
-luchar, iba cayendo en el surco.
-
-Los síntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla
-de los jóvenes pobres y mal alimentados que vivían en tabucos, era
-ostensiblemente más pequeña que la de los muchachos ricos, de familias
-acomodadas que habitaban en pisos exteriores.
-
-La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la
-gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba
-preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.
-
-
-
-
- VI
-
- LA TIENDA DE CONFECCIONES
-
-
-CERCA de un mes tardó Hurtado en ir a ver a Lulú, y cuando fué se
-encontró un poco sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda
-bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de niño,
-gorritos rizados y camisas llenas de lazos.
-
---Al fin ha venido usted--le dijo Lulú.
-
---No he podido venir antes. Pero ¿toda esta tienda es de
-usted?--preguntó Andrés.
-
---Sí.
-
---Entonces es usted capitalista; es usted una burguesa infame.
-
-Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés la tienda, la trastienda
-y la casa. Estaba todo muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una
-muchacha que despachaba y un chico para los recados. Andrés estuvo
-sentado un momento. Entraba bastante gente en la tienda.
-
---El otro día vino Julio--dijo Lulú--y hablamos mal de usted.
-
---¿De veras?
-
---Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho de mí, que me incomodó.
-
---¿Qué le dijo a usted?
-
---Me dijo que usted había dicho una vez, cuando era estudiante, que
-casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es verdad
-que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste usted?
-
---No lo recuerdo; pero es muy posible.
-
---¿Que lo haya dicho usted?
-
---Sí.
-
---¿Y qué debía hacer yo con un hombre que paga así la estimación que yo
-le tengo?
-
---No sé.
-
---¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!
-
---Otra vez será. No tenga usted cuidado.
-
-Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía
-con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el
-señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico
-que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e
-instruído. Andrés y él hablaron de Lulú.
-
---¿Qué le parece a usted esta muchacha?--le preguntó el farmacéutico.
-
---¿Quién? ¿Lulú?
-
---Sí.
-
---Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación--dijo
-Andrés.
-
---Yo también.
-
---Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.
-
---¿Por qué?
-
---Es mi opinión; a mí me parece una mujer cerebral, sin fuerza orgánica
-y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente
-intelectuales.
-
---¡Qué sé yo! No estoy conforme.
-
-Aquella misma noche Andrés pudo ver que Lulú trataba demasiado
-desdeñosamente al farmacéutico.
-
-Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a Lulú:
-
---Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso no me parece digno de una
-mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, ¿hay motivo para que
-usted le desprecie? Eso es una bestialidad.
-
---Me da la gana de hacer bestialidades.
-
---Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo
-que es estar desdeñada sin motivo.
-
---¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?
-
---No; pero me figuro que no. Tengo demasiada mala idea de las mujeres
-para creerlo.
-
---¿De las mujeres en general y de mí en particular?
-
---De todas.
-
---¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, don Andrés! Cuando sea
-usted viejo no va a haber quien le aguante.
-
---Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. ¿Qué
-le encuentra usted a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre
-culto, amable, simpático, gana para vivir...
-
---Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta ya de esa canción.
-
-
-
-
- VII
-
- DE LOS FOCOS DE LA PESTE
-
-
-ANDRÉS solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y
-meditabundo.
-
---Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?--le dijo Lulú un día que le vió
-más hosco que de ordinario.
-
---Verdaderamente--murmuró Andrés--el mundo es una cosa divertida:
-hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución;
-todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor la casa de
-prostitución; al lado de la libertad la cárcel. Cada instinto
-subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su
-gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas
-y la ensucien. Está en su naturaleza.
-
---¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le ha pasado a usted?--preguntó
-Lulú.
-
---Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han
-escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me
-preocupa. Firman _Unas desgraciadas_.
-
---¿Qué dicen?
-
---Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas _desgraciadas_
-que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se
-comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad,
-a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de
-la otra casa.
-
---¿Para qué?
-
---Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la
-autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las
-amas.
-
---¿Y esas mujeres vivirán mal?
-
---Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas;
-les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no
-tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.
-
---¡Qué vida! ¡Qué horror!--murmuró Lulú.
-
---Luego todas estas amas de prostíbulo--siguió diciendo Andrés--,
-tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que
-llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he
-visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un
-hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina
-al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone
-pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de
-muchachas.
-
---Qué tipo.
-
---Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las
-mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene
-aterrorizadas--. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a
-ninguna mujer.--¿Por qué?--le he preguntado yo.--Porque no--; y me ha
-enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las
-pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.
-
---¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?
-
---Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como
-quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella,
-África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por
-la policía, formada por chulos y por criados de políticos.
-
---¿Vivirán poco todas ellas?--dijo Lulú.
-
---Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada
-ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse
-generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el
-alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva
-agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros
-débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.
-
---¿Y cómo no se escapan al menos?
-
---Porque están cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta
-con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan
-las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena.
-Luego estas celestinas tienen recursos. Según me han dicho en esa
-casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada
-por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo
-parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un
-hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.
-
---¡Qué gente!
-
---Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el
-considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la
-mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; tenemos la
-religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano,
-complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad,
-vienen todos los males.
-
---¿Y esas mujeres son engañadas de verdad por sus novios?--preguntó
-Lulú, a quien preocupaba más el aspecto individual que el social.
-
---No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor
-dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta
-inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y
-trágico que se le supone. Es una cosa brutal, imbécil, puramente
-económica, sin ningún aspecto novelesco. Lo único grande, fuerte,
-terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra
-como algo formidable suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera
-de otro país, al pensar en su juventud seguramente, dirá: Entonces yo
-era joven, bonita, sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada.
-Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo de la honra es de los más
-fuertes. Hemos fabricado ídolos que ahora nos mortifican.
-
---¿Y eso no se podía suprimir?--dijo Lulú.
-
---¿El qué?
-
---El que haya esas casas.
-
---¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al señor obispo de Trebisonda
-o al director de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la
-presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, es un mal necesario.
-Hija mía, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer
-que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, en el fondo, está
-en lo cierto cuando dice riendo que el que las arañas se coman a las
-moscas no indica más que la perfección de la naturaleza.
-
-Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.
-
---Debía usted dejar ese destino--le decía.
-
---Sí; al fin lo tendré que dejar.
-
-
-
-
- VIII
-
- LA MUERTE DE VILLASÚS
-
-
-CON pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por
-influencia de Julio Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad
-para la asistencia facultativa de gente pobre.
-
-No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones
-éticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible; había que hacer
-treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir
-escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...
-
-En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las
-casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se
-hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía
-que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y
-lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las
-reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad:
-que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de
-su postración por su incuria y su abandono.
-
-Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo hacía el esclavo, sino que
-le daba el espíritu de la esclavitud.
-
-Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida
-que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes
-se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley
-disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La
-ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el
-miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley.
-
-Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del
-pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse
-estérilmente de su estado.
-
-La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor,
-el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber
-cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.
-
-Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos,
-sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros,
-pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una
-media docena de ametralladoras, y no dejar uno de los que volvían de la
-estúpida y sangrienta fiesta.
-
-Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los
-cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para
-luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador
-de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde
-que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en
-el histrión, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias
-crueles y sanguinarias, estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto
-Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.
-
-El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, en la obscuridad y a la
-fresca, se sentaba y hablaba.
-
-Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna compradora, despachaba.
-
-Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a su madre al paseo de Rosales.
-Lulú y Andrés se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada
-negra que se extendía ante ellos.
-
-Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas de las carreteras
-y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus
-islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras
-confusas.
-
-Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta
-de San Bernardo se despedían estrechándose la mano.
-
-Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran
-para Andrés de disgusto y de molestia...
-
-Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el
-corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un niño en
-brazos, se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un enfermo.
-
-Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre
-demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos.
-De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro
-tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.
-
---¿Qué tiene este hombre?--preguntó Andrés a la mujer.
-
---Está ciego y ahora parece que se ha vuelto loco.
-
---¿No tiene familia?
-
---Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.
-
---Pues por este hombre no se puede hacer nada--dijo Andrés--. Lo único
-sería llevarlo al hospital o a un manicomio. Ya mandaré una nota al
-director del hospital. ¿Cómo se llama el enfermo?
-
---Villasús, Rafael Villasús.
-
---¿Este es un señor que hacía dramas?
-
---Sí.
-
-Andrés lo recordó en aquel momento. Había envejecido en diez o doce
-años de una manera asombrosa; pero aún la hija había envejecido más.
-Tenía un aire de insensibilidad y de estupor, que sólo un aluvión de
-miserias puede dar a una criatura humana.
-
-Andrés se fué de la casa pensativo.
-
---¡Pobre, hombre!--se dijo--. ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo,
-empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de
-heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho
-bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un timbre de
-gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!
-
-Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que
-había recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús,
-había muerto.
-
-Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco,
-como le llamaban en la casa, había pasado tres días con tres noches
-vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.
-
-Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en
-una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón.
-
-Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el
-cadáver.
-
---¿Es usted el médico?--le preguntó uno de ellos a Andrés, con
-impertinencia.
-
---Sí; soy médico.
-
---Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está
-muerto. Esto es un caso de catalepsia.
-
---No digan ustedes necedades--dijo Andrés.
-
-Todos aquellos desharrapados que debían ser bohemios, amigos de
-Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los
-dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad. Ni aun después de
-muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.
-
-Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal
-catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del
-corazón.
-
---Está muerto--dijo.
-
-En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca,
-cojeando, apoyado en un bastón. Venía borracho completamente. Se acercó
-al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:
-
---¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo
-también! ¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi
-conciencia. No.
-
-Los desharrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que
-tomaba la escena.
-
-Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo
-del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo
-en la mano derecha y la colilla en los labios.
-
---Bueno--dijo hablando en chulo, enseñando los dientes negros--. ¿Se va
-a bajar el cadáver o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay que
-llevar otros muertos al Este.
-
-Uno de los desharrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio,
-que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le
-dijo con una afectación ridícula:
-
---Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el
-velo del paladar.
-
-La desesperación de este bohemio le pareció a Hurtado demasiado
-alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de
-desharrapados en la guardilla, salió de la casa.
-
-
-
-
- IX
-
- AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA
-
-
-ANDRÉS divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lulú. Ella
-le oía sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objeción. Le
-llamaba siempre en burla don Andrés.
-
---Tengo una pequeña teoría acerca del amor--le dijo un día él.
-
---Acerca del amor debía usted tener una teoría grande--repuso
-burlonamente Lulú.
-
---Pues no la tengo. He encontrado que en el amor, como en la medicina
-de hace ochenta años, hay dos procedimientos: la alopatía y la
-homeopatía.
-
---Explíquese usted claro, don Andrés--replicó ella con severidad.
-
---Me explicaré. La alopatía amorosa está basada en la neutralización.
-Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el
-hombre pequeño busca mujer grande, el rubio, mujer morena, y el moreno,
-rubia. Este procedimiento es el procedimiento de los tímidos, que
-desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...
-
---Vamos a ver el otro procedimiento.
-
---El otro procedimiento es el homeopático. Los semejantes se curan con
-los semejantes. Este es el sistema de los satisfechos de su físico.
-El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi
-teoría es cierta, servirá para conocer a la gente.
-
---¿Sí?
-
---Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer
-gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí
-mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca,
-rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma
-de su nariz.
-
---De manera que yo, que soy morena y algo chata...
-
---No; usted no es chata.
-
---¿Algo tampoco?
-
---No.
-
---Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo que soy morena, y creo que
-algo chata, aunque usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría
-ese mozo de la peluquería de la esquina, y si fuera completamente
-humilde, me gustaría el farmacéutico, que tiene unas buenas napias.
-
---Usted no es un caso normal.
-
---¿No?
-
---No.
-
---¿Pues qué soy?
-
---Un caso de estudio.
-
---Yo seré un caso de estudio; pero nadie me quiere estudiar.
-
---¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú?
-
-Ella contempló durante un momento a Andrés, con una mirada enigmática,
-y luego se echó a reir.
-
---Y usted, don Andrés, que es un sabio, que ha encontrado esas teorías
-sobre el amor, ¿qué es eso del amor?
-
---¿El amor?
-
---Sí.
-
---Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la
-confluencia del instinto fetichista y del instinto sexual.
-
---No comprendo.
-
---Ahora viene la explicación. El instinto sexual empuja el hombre a la
-mujer y la mujer al hombre, indistintamente; pero el hombre que tiene
-un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la mujer dice: ese hombre.
-Aquí empieza el instinto fetichista; sobre el cuerpo de la persona
-elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y se le
-embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación
-es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer la ve en su interior
-deformada, y la mujer que quiere al hombre le pasa lo mismo, lo
-deforma. A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el
-uno al otro, y en la obscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más
-que la especie.
-
---¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?
-
---El instinto de la especie es la voluntad de tener hijos, de tener
-descendencia. La principal idea de la mujer es el hijo. La mujer
-instintivamente quiere primero el hijo; pero la naturaleza necesita
-vestir este deseo con otra forma más poética, más sugestiva, y crea
-esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.
-
---¿De manera que el amor en el fondo es un engaño?
-
---Sí; es un engaño como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con
-razón: una mujer es tan buena como otra y a veces más; lo mismo se
-puede decir del hombre: un hombre es tan bueno como otro y a veces más.
-
---Eso será para la persona que no quiere.
-
---Claro, para el que no está ilusionado, engañado... Por eso sucede que
-los matrimonios de amor producen más dolores y desilusiones que los de
-conveniencia.
-
---¿De verdad cree usted eso?
-
---Sí.
-
---¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse y sufrir o no
-engañarse nunca?
-
---No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede haber una regla general.
-
-Estas conversaciones les entretenían.
-
-Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven
-hablando con Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso
-preguntar quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se enteró de que era
-primo de Lulú.
-
-En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con
-él. Quizá pensaba en el militar.
-
-Andrés quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones,
-pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...
-
-Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear por la Moncloa. Sentía esa
-melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo
-anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes,
-el Guadarrama azul como una turquesa.
-
-Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única amiga. Volvió hacia
-Madrid, hasta la calle del Pez, y entró en la tiendecita.
-
-Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrés se
-sentó en su sitio.
-
---Está usted muy bien hoy, muy guapa--dijo de pronto Andrés.
-
---¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, para estar tan amable?
-
---Verdad. Está usted muy bien. Desde que está usted aquí se va usted
-humanizando. Antes tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona,
-pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara más dulce. Yo creo
-que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus
-hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.
-
---Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de
-los demás.
-
---Qué ¿querría usted más que fueran para sus hijos?
-
---Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré hijos nunca. ¿Quién me
-va a querer a mí?
-
---El farmacéutico del café, el teniente... puede usted echárselas de
-modesta, y anda usted haciendo conquistas...
-
---¿Yo?
-
---Usted, sí.
-
-Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.
-
---¿Me tiene usted odio, Lulú?--dijo Hurtado.
-
---Sí; porque me dice tonterías.
-
---Deme usted la mano.
-
---¿La mano?
-
---Sí.
-
---Ahora siéntese usted a mi lado.
-
---¿A su lado de usted?
-
---Sí.
-
---Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.
-
---Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?
-
---¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?
-
---Sí..., un poco..., ve usted que no soy una mala muchacha..., pero
-nada más.
-
---¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a usted con cariño, con
-amor, ¿qué me contestaría usted?
-
---No; no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.
-
---Sí, sí; es verdad--y acercando la cabeza de Lulú a él, la besó en la
-boca.
-
-Lulú enrojeció violentamente, luego palideció y se tapó la cara con las
-manos.
-
---Lulú, Lulú--dijo Andrés--. ¿Es que la he ofendido a usted?
-
-Lulú se levantó y paseó un momento por la tienda, sonriendo.
-
---Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño que dice usted que es el
-amor, lo he sentido yo por usted desde que le vi.
-
---¿De verdad?
-
---Sí, de verdad.
-
---¿Y yo ciego?
-
---Sí; ciego, completamente ciego.
-
-Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas y las llevó a sus labios.
-Hablaron los dos largo rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.
-
---Me voy--dijo Andrés, levantándose.
-
---Adiós--exclamó ella, estrechándose contra él--. Y ya no me dejes más,
-Andrés. Donde tú vayas, llévame.
-
-
-
-
- SÉPTIMA PARTE
-
- La experiencia del hijo.
-
-
-
-
- I
-
- EL DERECHO A LA PROLE
-
-
-UNOS días más tarde Andrés se presentaba en casa de su tío.
-Gradualmente llevó la conversación a tratar de cuestiones
-matrimoniales, y después dijo:
-
---Tengo un caso de conciencia.
-
---¡Hombre!
-
---Sí. Figúrese usted que un señor a quien visito, todavía joven, pero
-hombre artrítico, nervioso, tiene una novia, antigua amiga suya, débil
-y algo histérica. Y este señor me pregunta: ¿Usted cree que me puedo
-casar? Y yo no sé qué contestarle.
-
---Yo le diría que no--contestó Iturrioz--. Ahora, que él hiciera
-después lo que quisiera.
-
---Pero hay que darle una razón.
-
---¡Qué más razón! Él es casi un enfermo, ella también, él vacila...
-basta; que no se case.
-
---No, eso no basta.
-
---Para mí sí; yo pienso en el hijo; yo no creo, como Calderón, que
-el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Esto me parece una
-tontería poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.
-
---¿Siempre? ¿Sin excepción?
-
---No. Para mí el criterio es éste: Se tienen hijos sanos a quienes se
-les da un hogar, protección, educación, cuidados... podemos otorgar
-la absolución a los padres; se tienen hijos enfermos, tuberculosos,
-sifilíticos, neurasténicos, consideremos criminales a los padres.
-
---¿Pero eso se puede saber con anterioridad?
-
---Sí, yo creo que sí.
-
---No lo veo tan fácil.
-
---Fácil no es; pero sólo el peligro, sólo la posibilidad de engendrar
-una prole enfermiza, debía bastar al hombre para no tenerla. El
-perpetuar el dolor en el mundo me parece un crimen.
-
---¿Pero puede saber nadie cómo será su descendencia? Ahí tengo yo un
-amigo enfermo, estropeado, que ha tenido hace poco una niña sana,
-fortísima.
-
---Eso es muy posible. Es frecuente que un hombre robusto tenga hijos
-raquíticos, y al contrario; pero no importa. La única garantía de la
-prole es la robustez de los padres.
-
---Me choca en un anti-intelectualista como usted esa actitud tan de
-intelectual--dijo Andrés.
-
---A mí también me choca en un intelectual como tú esa actitud de hombre
-de mundo. Yo te confieso, para mí nada tan repugnante como esa bestia
-prolífica, que entre vapores de alcohol va engendrando hijos que hay
-que llevar al cementerio o que si no, van a engrosar los ejércitos
-del presidio y de la prostitución. Yo tengo verdadero odio a esa
-gente sin conciencia, que llena de carne enferma y podrida la tierra.
-Recuerdo una criada de mi casa; se casó con un idiota borracho, que no
-podía sostenerse a sí mismo porque no sabía trabajar. Ella y él eran
-cómplices de chiquillos enfermizos y tristes, que vivían entre harapos,
-y aquel idiota venía a pedirme dinero creyendo que era un mérito ser
-padre de su abundante y repulsiva prole. La mujer, sin dientes, con el
-vientre constantemente abultado, tenía una indiferencia de animal para
-los embarazos, los partos y las muertes de los niños. ¿Se ha muerto
-uno? Pues se hace otro--decía cínicamente. No, no debe ser lícito
-engendrar seres que vivan en el dolor.
-
---Yo creo lo mismo.
-
---La fecundidad no puede ser un ideal social. No se necesita cantidad
-sino calidad. Que los patriotas y los revolucionarios canten al bruto
-prolífico, para mí siempre será un animal odioso.
-
---Todo eso está bien--murmuró Andrés--; pero no resuelve mi problema.
-¿Qué le digo yo a ese hombre?
-
---Yo le diría: Cásese usted si quiere; pero no tenga usted hijos.
-Esterilice usted su matrimonio.
-
---Es decir, que nuestra moral acaba por ser inmoral. Si Tolstoi le
-oyera, le diría: Es usted un canalla de la facultad.
-
---¡Bah! Tolstoi es un apóstol y los apóstoles dicen las verdades suyas,
-que, generalmente, son tonterías para los demás. Yo a ese amigo tuyo
-le hablaría claramente; le diría: ¿Es usted un hombre egoísta, un poco
-cruel, fuerte, sano, resistente para el dolor propio e incomprensivo
-para los padecimientos ajenos? ¿Sí? Pues cásese usted, tenga usted
-hijos: será usted un buen padre de familia... Pero si es usted un
-hombre impresionable, nervioso, que siente demasiado el dolor, entonces
-no se case usted, y, si se casa, no tenga hijos.
-
-Andrés salió de la azotea aturdido. Por la tarde escribió a Iturrioz
-una carta diciéndole que el artrítico que se casaba era él.
-
-
-
-
- II
-
- LA VIDA NUEVA
-
-
-A Hurtado no le preocupaban gran cosa las cuestiones de forma, y no
-tuvo ningún inconveniente en casarse en la iglesia, como quería doña
-Leonarda. Antes de casarse llevó a Lulú a ver a su tío Iturrioz y
-simpatizaron.
-
-Ella le dijo a Iturrioz:
-
---A ver si encuentra usted para Andrés algún trabajo en que tenga que
-salir poco de casa, porque haciendo visitas está siempre de un humor
-malísimo.
-
-Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en traducir artículos y
-libros para una revista médica que publicaba al mismo tiempo obras
-nuevas de especialidades.
-
---Ahora te darán dos o tres libros en francés para traducir--le dijo
-Iturrioz--; pero vete aprendiendo el inglés, porque dentro de unos
-meses te encargarán alguna traducción en este idioma y entonces, si
-necesitas, te ayudaré yo.
-
---Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.
-
-Andrés dejó su cargo en la Sociedad La Esperanza. Estaba deseándolo;
-tomó una casa en el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de Lulú.
-
-Andrés pidió al casero que de los tres cuartos que daban a la calle le
-hiciera uno, y que no le empapelara el local que quedase después, sino
-que lo pintara de un color cualquiera.
-
-Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor para el
-matrimonio. La vida en común la harían constantemente allí.
-
---La gente hubiera puesto aquí la sala y el gabinete y después se
-hubieran ido a dormir al sitio peor de la casa--decía Andrés.
-
-Lulú miraba estas disposiciones higiénicas como fantasías, chifladuras;
-tenía una palabra especial para designar las extravagancias de su
-marido.
-
---¡Qué hombre más ideático!--decía.
-
-Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero para comprar muebles.
-
---¿Cuánto necesitas?--le dijo el tío.
-
---Poco; quiero muebles que indiquen pobreza; no pienso recibir a nadie.
-
-Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir con Lulú y con Andrés; pero
-éste se opuso.
-
---No, no--dijo Andrés--; que vaya con tu hermana y con don Prudencio.
-Estará mejor.
-
---¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la quieres a mamá.
-
---Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una temperatura distinta a la
-de la calle. La suegra sería una corriente de aire frío. Que no entre
-nadie, ni de tu familia ni de la mía.
-
---¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella!--decía riendo Lulú.
-
---No; es que no tenemos el mismo concepto de las cosas; ella cree que
-se debe vivir para fuera y yo no.
-
-Lulú, después de vacilar un poco, se entendió con su antigua amiga y
-vecina la Venancia y la llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que
-tenía cariño a Andrés y a Lulú.
-
---Si le preguntan por mí--le decía Andrés--diga usted siempre que no
-estoy.
-
---Bueno, señorito.
-
-Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su nueva ocupación de
-traductor.
-
-Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el sol, en donde tenía sus
-libros, sus papeles, le daba ganas de trabajar.
-
-Ya no sentía la impresión de animal acosado, que había sido en él
-habitual. Por la mañana tomaba un baño y luego se ponía a traducir.
-
-Lulú volvía de la tienda y la Venancia les servía la comida.
-
---Coma usted con nosotros--le decía Andrés.
-
---No, no.
-
-Hubiera sido imposible convencer a la vieja de que se podía sentar a la
-mesa con sus amos.
-
-Después de comer, Andrés acompañaba a Lulú a la tienda y luego volvía
-a trabajar en su cuarto.
-
-Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante para vivir con lo
-que ganaba él, que podían dejar la tienda; pero ella no quería.
-
---¿Quién sabe lo que puede ocurrir?--decía Lulú--; hay que ahorrar, hay
-que estar prevenidos por si acaso.
-
-De noche aún quería Lulú trabajar algo en la máquina; pero Andrés no se
-lo permitía.
-
-Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de
-su casa. Ahora le asombraba cómo no había notado antes aquellas
-condiciones de arreglo, de orden y de economía de Lulú.
-
-Cada vez trabajaba con más gusto. Aquel cuarto grande le daba la
-impresión de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino
-en el campo, en algún sitio lejano.
-
-Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado y calma. En la redacción de
-la revista le habían prestado varios diccionarios científicos modernos
-e Iturrioz le dejó dos o tres de idiomas, que le servían mucho.
-
-Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que hacer traducciones, sino
-estudios originales, casi siempre sobre datos y experiencias obtenidos
-por investigadores extranjeros.
-
-Muchas veces se acordaba de lo que decía Fermín Ibarra; de los
-descubrimientos fáciles que se desprenden de los hechos anteriores
-sin esfuerzo. ¿Por qué no había experimentadores en España, cuando la
-experimentación para dar fruto no exigía más que dedicarse a ella?
-
-Sin duda faltaban laboratorios, talleres para seguir el proceso
-evolutivo de una rama de la ciencia; sobraba también un poco de sol,
-un poco de ignorancia y bastante de la protección del Santo Padre que,
-generalmente, es muy útil para el alma, pero muy perjudicial para la
-ciencia y para la industria.
-
-Estas ideas, que hacía tiempo le hubieran producido indignación y
-cólera, ya no le exasperaban.
-
-Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores. ¿Podía durar esta
-vida tranquila? ¿Habría llegado a fuerza de ensayos a una existencia,
-no sólo soportable, sino agradable y sensata?
-
-Su pesimismo le hacía pensar que la calma no iba a ser duradera.
-
---Algo va a venir el mejor día--pensaba--que va a descomponer este
-bello equilibrio.
-
-Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a
-un abismo. Asomándose a ella, el vértigo y el horror se apoderaban de
-su alma.
-
-Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se
-abriera de nuevo a sus pies.
-
-Para Andrés todos los allegados eran enemigos; realmente la suegra,
-Niní, su marido, los vecinos, la portera, miraban el estado feliz del
-matrimonio, como algo ofensivo para ellos.
-
---No hagas caso de lo que te digan--recomendaba Andrés a su mujer--.
-Un estado de tranquilidad como el nuestro es una injuria para toda
-esa gente que vive en una perpetua tragedia de celos, de envidias, de
-tonterías. Ten en cuenta que han de querer envenenarnos.
-
---Lo tendré en cuenta--replicaba Lulú, que se burlaba de la grave
-recomendación de su marido.
-
-Niní, algunos domingos, por la tarde, invitaba a su hermana a ir al
-teatro.
-
---¿Andrés, no quiere venir?--preguntaba Niní.
-
---No. Está trabajando.
-
---Tu marido es un erizo.
-
---Bueno; dejadle.
-
-Al volver Lulú por la noche contaba a su marido lo que había visto.
-Andrés hacía alguna reflexión filosófica que a Lulú le parecía muy
-cómica, cenaban y después de cenar paseaban los dos un momento.
-
-El verano, salían casi todos los días al anochecer. Al concluir
-su trabajo, Andrés iba a buscar a Lulú a la tienda, dejaban en el
-mostrador a la muchacha y se marchaban a corretear por el Canalillo o
-la Dehesa de Amaniel.
-
-Otras noches entraban en los cinematógrafos de Chamberí, y Andrés oía
-entretenido los comentarios de Lulú, que tenían esa gracia madrileña
-ingenua y despierta que no se parece en nada a las groserías estúpidas
-y amaneradas de los especialistas en madrileñismo.
-
-Lulú le producía a Andrés grandes sorpresas; jamás hubiera supuesto que
-aquella muchacha, tan atrevida al parecer, fuera íntimamente de una
-timidez tan completa.
-
-Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo consideraba como un
-portento.
-
-Una noche que se les hizo tarde, al volver del Canalillo, se
-encontraron en un callejón sombrío, que hay cerca del abandonado
-cementerio de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto. Estaba
-ya obscuro; un farol medio caído, sujeto en la tapia del camposanto,
-iluminaba el camino, negro por el polvo del carbón y abierto entre dos
-tapias. Uno de los hombres se les acercó a pedirles limosna de una
-manera un tanto sospechosa. Andrés contestó que no tenía un cuarto y
-sacó la llave de casa del bolsillo, que brilló como si fuera el cañón
-de un revólver.
-
-Los dos hombres no se atrevieron a atacarles, y Lulú y Andrés pudieron
-llegar a la calle de San Bernardo sin el menor tropiezo.
-
---¿Has tenido miedo, Lulú?--le preguntó Andrés.
-
---Sí; pero no mucho. Como iba contigo...
-
---Qué espejismo--pensó él--, mi mujer cree que soy un Hércules.
-
-Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se maravillaban de la armonía
-del matrimonio.
-
---Hemos llegado a querernos de verdad--decía Andrés--, porque no
-teníamos interés en mentir.
-
-
-
-
- III
-
- EN PAZ
-
-
-PASARON muchos meses y la paz del matrimonio no se turbó.
-
-Andrés estaba desconocido. El método de vida, el no tener que sufrir
-el sol, ni subir escaleras, ni ver miserias, le daba una impresión de
-tranquilidad, de paz.
-
-Explicándose como un filósofo, hubiera dicho que la sensación de
-conjunto de su cuerpo, la _cenesthesia_ era en aquel momento pasiva,
-tranquila, dulce. Su bienestar físico le preparaba para ese estado
-de perfección y de equilibrio intelectual, que los epicúreos y los
-estoicos griegos llamaron _ataraxia_, el paraíso del que no cree.
-
-Aquel estado de serenidad le daba una gran lucidez y mucho método en
-sus trabajos. Los estudios de síntesis que hizo para la revista médica
-tuvieron gran éxito. El director le alentó para que siguiera por
-aquel camino. No quería ya que tradujera, sino que hiciera trabajos
-originales para todos los números.
-
-Andrés y Lulú no tenían nunca la menor riña; se entendían muy bien.
-Sólo en cuestiones de higiene y alimentación, ella no le hacía mucho
-caso a su marido.
-
---Mira, no comas tanta ensalada--le decía él.
-
---¿Por qué? Si me gusta.
-
---Sí; pero no te conviene ese ácido. Eres artrítica como yo.
-
---¡Ah, tonterías!
-
---No son tonterías.
-
-Andrés daba todo el dinero que ganaba a su mujer.
-
---A mí no me compres nada--le decía.
-
---Pero necesitas...
-
---Yo no. Si quieres comprar, compra algo para la casa o para ti.
-
-Lulú seguía con la tiendecita; iba y venía del obrador a su casa, unas
-veces de mantilla, otras con un sombrero pequeño.
-
-Desde que se había casado estaba de mejor aspecto; como andaba más
-al aire libre tenía un color sano. Además, su aire satírico se había
-suavizado, y su expresión era más dulce.
-
-Varias veces desde el balcón vió Hurtado que algún pollo o algún viejo
-habían venido hasta casa, siguiendo a su mujer.
-
---Mira, Lulú le decía--, ten cuidado; te siguen.
-
---¿Sí?
-
---Sí; la verdad es que te estás poniendo muy guapa. Vas a hacerme
-celoso.
-
---Sí, mucho. Tú ya sabes demasiado cómo yo te quiero--replicaba ella--.
-Cuando estoy en la tienda, siempre estoy pensando: ¿Qué hará aquél?
-
---Deja la tienda.
-
---No, no. ¿Y si tuviéramos un hijo? Hay que ahorrar.
-
-¡El hijo! Andrés no quería hablar, ni hacer la menor alusión a este
-punto verdaderamente delicado; le producía una gran inquietud.
-
-La religión y la moral vieja gravitan todavía sobre uno--se decía--; no
-puede uno echar fuera completamente el hombre supersticioso que lleva
-en la sangre la idea del pecado.
-
-Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba un gran terror;
-sentía que aquella ventana sobre el abismo podía entreabrirse.
-
-Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar a Iturrioz, y éste
-también a menudo pasaba un rato en el despacho de Andrés.
-
-Un año, próximamente, después de casados, Lulú se puso algo enferma;
-estaba distraída, melancólica, preocupada.
-
---¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?--se preguntaba Andrés con inquietud.
-
-Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco tiempo volvió de nuevo con
-más fuerza; los ojos de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban
-señales de haber llorado.
-
-Andrés, preocupado, hacía esfuerzos para parecer distraído; pero llegó
-un momento en que le fué imposible fingir que no se daba cuenta del
-estado de su mujer.
-
-Una noche le preguntó lo que le ocurría, y ella, abrazándose a su
-cuello, le hizo tímidamente la confesión de lo que le pasaba.
-
-Era lo que temía Andrés. La tristeza de no tener el hijo, la sospecha
-de que su marido no quería tenerlo, hacía llorar a Lulú a lágrima viva,
-con el corazón hinchado por la pena.
-
-¿Qué actitud tomar ante un dolor semejante? ¿Cómo decir a aquella
-mujer, que él se consideraba como un producto envenenado y podrido, que
-no debía tener descendencia?
-
-Andrés intentó consolarla, explicarse... Era imposible. Lulú lloraba,
-le abrazaba, le besaba con la cara llena de lágrimas.
-
---¡Sea lo que sea!--murmuró Andrés.
-
-Al levantarse Andrés al día siguiente, ya no tenía la serenidad de
-costumbre.
-
-Dos meses más tarde, Lulú, con la mirada brillante, le confesó a Andrés
-que debía estar embarazada.
-
-El hecho no tenía duda. Ya Andrés vivía en una angustia continua. La
-ventana que en su vida se abría a aquel abismo que le producía el
-vértigo, estaba de nuevo de par en par.
-
-El embarazo produjo en Lulú un cambio completo; de burlona y alegre, la
-hizo triste y sentimental.
-
-Andrés notaba que ya le quería de otra manera; tenía por él un cariño
-celoso e irritado; ya no era aquella simpatía afectuosa y burlona tan
-dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza recobraba sus derechos.
-Andrés, de ser un hombre lleno de talento y un poco _ideático_, había
-pasado a ser su hombre. Ya en esto, Andrés veía el principio de la
-tragedia. Ella quería que le acompañara, le diera el brazo, se sentía
-celosa, suponía que miraba a las demás mujeres.
-
-Cuando adelantó el embarazo, Andrés comprobó que el histerismo de su
-mujer se acentuaba.
-
-Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían las mujeres
-embarazadas, y no les daba importancia; pero él temblaba.
-
-La madre de Lulú comenzó a frecuentar la casa, y como tenía mala
-voluntad para Andrés, envenenaba todas las cuestiones.
-
-Uno de los médicos que colaboraba en la revista, un hombre joven, fué
-varias veces a ver a Lulú.
-
-Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones histéricas no
-tenían importancia, eran frecuentes en las embarazadas. El que se
-encontraba cada vez peor era Andrés.
-
-Su cerebro estaba en una tensión demasiado grande, y las emociones que
-cualquiera podía sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.
-
---Ande usted, salga usted--le decía el médico.
-
-Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.
-
-No podía dormir, y después de ensayar varios hipnóticos, se decidió a
-tomar morfina. La angustia le mataba.
-
-Los únicos momentos agradables de su vida eran cuando se ponía a
-trabajar. Estaba haciendo un estudio sintético de las aminas, y
-trabajaba con toda su fuerza para olvidarse de sus preocupaciones y
-llegar a dar claridad a sus ideas.
-
-
-
-
- IV
-
- TENÍA ALGO DE PRECURSOR
-
-
-CUANDO llegó el embarazo a su término, Lulú quedó con el vientre
-excesivamente aumentado.
-
---A ver si tengo dos--decía ella riendo.
-
---No digas esas cosas--murmuraba Andrés exasperado y entristecido.
-
-Cuando Lulú creyó que el momento se acercaba, Hurtado fué a llamar a un
-médico joven, amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a partos.
-
-Lulú estaba muy animada y muy valiente. El médico le había aconsejado
-que anduviese, y a pesar de que los dolores le hacían encogerse y
-apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por la habitación.
-
-Todo el día lo pasó así. El médico dijo que los primeros partos eran
-siempre difíciles; pero Andrés comenzaba a sospechar que aquello no
-tenía el aspecto de un parto normal.
-
-Por la noche, las fuerzas de Lulú comenzaron a ceder. Andrés la
-contemplaba con lágrimas en los ojos.
-
---Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo--la decía.
-
---No me importa el dolor--contestaba ella. ¡Si el niño viviera!
-
---Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!--decía el médico.
-
---No, no; me da el corazón que no.
-
-La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada. Andrés, sentado en una
-silla, la contemplaba estúpidamente. Ella, a veces, se acercaba a él.
-
---Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!--Y le acariciaba la frente y le
-pasaba la mano por la cara.
-
-Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba al médico a cada
-momento; no podía ser aquello un parto normal; debía de existir alguna
-dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.
-
---Si para la madrugada esto no marcha--dijo el médico--veremos qué se
-hace.
-
-De pronto, el médico llamó a Hurtado.
-
---¿Qué pasa?--preguntó éste.
-
---Prepare usted los fórceps inmediatamente:
-
---¿Qué ha ocurrido?
-
---La procidencia del cordón umbilical. El cordón está comprimido.
-
-Por muy rápidamente que el médico introdujo las dos láminas del fórceps
-e hizo la extracción, el niño salió muerto.
-
-Acababa de morir en aquel instante.
-
---¿Vive?--preguntó Lulú con ansiedad.
-
-Al ver que no le respondían, comprendió que estaba muerto, y cayó
-desmayada. Recobró pronto el sentido. No se había verificado aún el
-alumbramiento. La situación de Lulú era grave; la matriz había quedado
-sin tonicidad y no arrojaba la placenta.
-
-El médico dejó a Lulú que descansara. La madre quiso ver el niño
-muerto. Andrés, al tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada, sintió
-una impresión de dolor agudísimo, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
-
-Lulú comenzó a llorar amargamente.
-
---Bueno, bueno--dijo el médico--, basta; ahora hay que tener energía.
-
-Intentó provocar la expulsión de la placenta, por la comprensión, pero
-no lo pudo conseguir. Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla con
-la mano. Inmediatamente después, dió a la parturiente una inyección de
-ergotina, pero no pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia abundante.
-
-Lulú quedó en un estado de debilidad grande; su organismo no
-reaccionaba con la necesaria fuerza.
-
-Durante dos días estuvo en este estado de depresión. Tenía la seguridad
-de que se iba a morir.
-
---Si siento morirme--le decía a Andrés--es por ti. ¿Qué vas a hacer tú,
-pobrecito, sin mí?--y le acariciaba la cara.
-
-Otras veces era el niño lo que la preocupaba y decía:
-
---Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por qué se habrá muerto, Dios
-mío?
-
-Andrés la miraba con los ojos secos.
-
-En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba
-extenuado. Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella
-parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró
-en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó
-sumido en un sueño profundo.
-
-Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de
-Lulú, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la besó en la frente
-varias veces.
-
-Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de
-serenidad y de indiferencia, que a Andrés le sorprendió.
-
-Estaba absorto en su contemplación cuando oyó que en el gabinete
-hablaban. Reconoció la voz de Iturrioz, y la del médico; había otra
-voz, pero para él era desconocida.
-
-Hablaban los tres confidencialmente.
-
---Para mí--decía la voz desconocida--esos reconocimientos continuos
-que se hacen en los partos, son perjudiciales. Yo no conozco este
-caso, pero ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el campo, sin asistencia
-ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros
-no conocemos.
-
---Yo no digo que no--contestó el médico que había asistido a Lulú--; es
-muy posible.
-
---¡Es lástima!--exclamó Iturrioz--¡Este muchacho ahora, marchaba tan
-bien!
-
-Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma.
-Rápidamente, volvió a su cuarto y se encerró en él.
-
- * * * * *
-
-Por la mañana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa,
-comenzaron a preguntarse qué hacía Andrés.
-
---No me choca nada que no se levante--dijo el médico--porque toma
-morfina.
-
---¿De veras?--preguntó Iturrioz.
-
---Sí.
-
---Vamos a despertarle entonces--dijo Iturrioz.
-
-Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios
-blancos, estaba Andrés.
-
---¡Está muerto!--exclamó Iturrioz.
-
-Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina
-cristalizada de Duquesnel.
-
-Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no
-le produjo convulsiones ni vómitos.
-
-La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.
-
---¡Ha muerto sin dolor--murmuró Iturrioz--. Este muchacho no tenía
-fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo
-creía.
-
---Pero había en él algo de precursor--murmuró el otro médico.
-
-
- FIN
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- LA VIDA DE UN ESTUDIANTE EN MADRID
-
- Págs.
-
- I.--Andrés Hurtado comienza la carrera 9
-
- II.--Los estudiantes 16
-
- III.--Andrés Hurtado y su familia 21
-
- IV.--El aislamiento 25
-
- V.--El rincón de Andrés 29
-
- VI.--La sala de disección 35
-
- VII.--Aracil y Montaner 46
-
- VIII.--Una fórmula de la vida 54
-
- IX.--Un rezagado 61
-
- X.--Paso por San Juan de Dios 69
-
- XI.--De alumno interno 75
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- LAS CARNARIAS
-
- I.--Las Minglanillas 85
-
- II.--Una cachupinada 90
-
- III.--Las moscas 97
-
- IV.--Lulú 104
-
- V.--Más de Lulú 109
-
- VI.--Manolo el Chafandín 113
-
- VII.--Historia de la Venancia 119
-
- VIII.--Otros tipos de la casa 124
-
- IX.--La crueldad universal 132
-
-
- TERCERA PARTE
-
- TRISTEZAS Y DOLORES
-
- I.--Día de Navidad 141
-
- II.--Vida infantil 149
-
- III.--La casa antigua 156
-
- IV.--Aburrimiento 162
-
- V.--Desde lejos 166
-
-
- CUARTA PARTE
-
- INQUISICIONES
-
- I.--Plan filosófico 171
-
- II.--Realidad de las cosas 178
-
- III.--El árbol de la ciencia y el árbol de la vida 183
-
- IV.--Disociación 195
-
- V.--La compañía del hombre 199
-
-
- QUINTA PARTE
-
- LA EXPERIENCIA EN EL PUEBLO
-
- I.--De viaje 203
-
- II.--Llegada al pueblo 208
-
- III.--Primeras dificultades 215
-
- IV.--La hostilidad médica 222
-
- V.--Alcolea del Campo 231
-
- VI.--Tipos de casino 242
-
- VII.--Sexualidad y pornografía 248
-
- VIII.--El dilema 250
-
- IX.--La mujer del tío Garrota 257
-
- X.--Despedida 266
-
-
- SEXTA PARTE
-
- LA EXPERIENCIA EN MADRID
-
- I.--Comentario a lo pasado 271
-
- II.--Los amigos 279
-
- III.--Fermín Ibarra 288
-
- IV.--Encuentro con Lulú 291
-
- V.--Médico de higiene 297
-
- VI.--La tienda de confecciones 301
-
- VII.--De los focos de la peste 305
-
- VIII.--La muerte de Villasús 311
-
- IX.--Amor, teoría y práctica 318
-
-
- SÉPTIMA PARTE
-
- LA EXPERIENCIA DEL HIJO
-
- I.--El derecho a la prole 325
-
- II.--La vida nueva 329
-
- III.--La paz 337
-
- IV.--Tenía algo de precursor 343
-
-
-
- * * * * *
-
-
-Notas del Transcriptor:
-
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
-Se han corregido los errores obvios de imprenta.
-
-Se han eliminado las páginas en blanco.
-
-Las letras itálicas se denotan con el caracter de _subrayado_.
-
-Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) han
-sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
-
-
-
-
-
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-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ARBOL DE LA CIENCIA ***
-
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