diff options
| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-27 10:39:07 -0800 |
|---|---|---|
| committer | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-27 10:39:07 -0800 |
| commit | 66dc47f5c2b13611eb24ab9524d7522fc6cb106b (patch) | |
| tree | 7adb7a264cb717fd630af1e6efc52c88d2cfa790 | |
| parent | 5f2df1d2efb205f5f9d2c5369e967f18f8e23151 (diff) | |
| -rw-r--r-- | .gitattributes | 4 | ||||
| -rw-r--r-- | LICENSE.txt | 11 | ||||
| -rw-r--r-- | README.md | 2 | ||||
| -rw-r--r-- | old/60284-0.txt | 12473 | ||||
| -rw-r--r-- | old/60284-0.zip | bin | 232114 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/60284-h.zip | bin | 283538 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/60284-h/60284-h.htm | 12498 | ||||
| -rw-r--r-- | old/60284-h/images/colofon.png | bin | 3704 -> 0 bytes | |||
| -rw-r--r-- | old/60284-h/images/cover.jpg | bin | 34695 -> 0 bytes |
9 files changed, 17 insertions, 24971 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize +this eBook outside of the United States should confirm copyright +status under the laws that apply to them. diff --git a/README.md b/README.md new file mode 100644 index 0000000..7fa03ed --- /dev/null +++ b/README.md @@ -0,0 +1,2 @@ +Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for +eBook #60284 (https://www.gutenberg.org/ebooks/60284) diff --git a/old/60284-0.txt b/old/60284-0.txt deleted file mode 100644 index 4cec7ae..0000000 --- a/old/60284-0.txt +++ /dev/null @@ -1,12473 +0,0 @@ -The Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Clemencia - Novela de costumbres - -Author: Fernán Caballero - -Release Date: September 12, 2019 [EBook #60284] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES. - - Tomo I. - - - - - CLEMENCIA. - - NOVELA DE COSTUMBRES - POR - FERNAN CABALLERO. - - [Illustration: colofón] - - LEIPZIG: - F. A. BROCKHAUS. - 1883. - - - - -PARTE PRIMERA. - - - - -CAPITULO I. - - Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur. - A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas - el análisis del corazon. - J. A. DAVID. - - Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup. - Para bien ver, es preciso haber mirado mucho. - ALEXIS DU VALON. - - Le style vient des idées et non des mots. - El estilo nace de las ideas y no de las palabras. - BALZAC. - - --- No se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo, -- decia una tarde -del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D. -Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de -café. -- Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un -mundo, aunque Vd. diga que no. - --- Señora, yo no digo ni que sí ni que no. - --- Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una -lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa -sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!... - --- Es una perla, Marquesa. - --- Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz -es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería! - --- Yo no sostengo nada, señora. - --- Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de -Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara -que Vd. ponia. - --- Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian. - --- Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!... - --- No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos -gravosas. - ---¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama _perla_. -¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos _perlas_ de mis hijas para -darme que hacer! ¡_Perlas_! Cuidados sí que son las niñas. - ---¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento? - ---¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda -Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd. -unas cosas!... - --- En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en -sacarla del convento. - ---¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le -parezca que he hecho mal. - -La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa -falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus -maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia -algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad -de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni -ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que -la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era -rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no -era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban -iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino -contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser -maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos -y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino -malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como -plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era -el de vivir apurada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la -agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no -pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad -de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó -toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas -que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la -pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo -forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que -se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real. -Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su -vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su -lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de -desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el -mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de -las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas -queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las -cosas favorables, á las que siempre encuentra un _pero_, para servir de -pábulo á sus lamentaciones. - -Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida -muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un -bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron -lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente -criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é -insufrible. - -El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba -establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy -rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y -de intrigar, que era el _Tu autem_ de la familia. - -Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un -cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada; -la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su -tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual -ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por la -conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de -dos hijas. - -La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave, -concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de -constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos -negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo, -duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su -carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien -por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era -generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de _rara_. - -La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un -gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y -aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y -seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada -desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y -pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos -guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas -tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en -los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de -aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado, -pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su -madre de _buena alhaja_. - -Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en -nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres, -y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que -sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la -ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de -perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese -artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía -que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países. -Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y -hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero -ocultar su propio _yo_, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro. -Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace -despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan -dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de -novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería -les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y -frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores -artificiales. - -En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis -años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, -era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la -naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y -todos sus encantos. - -De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño -inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un -manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y -grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la -Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la -cuna tienen los niños para sus madres. - -Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de -corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus -favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon: -resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su -sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una -fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada -por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que -demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no -se roza con ella. - -Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes. -Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y -de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en -nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é -intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una -dificultad, toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de -prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa, -escita fuertemente. - -Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y -sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la -niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no -quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones -todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán -sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego. - -Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el -desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial -sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los -niños. - -En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la -barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en -su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y -matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta -años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus -modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo -_farniente_. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á -las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego, -ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la -homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la -lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y -desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los -caminos de hierro. - -Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas -partes, no hará mas papel que el de comparsa. - --- Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es -preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago. -¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien -sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese -foco de corrupcion!! - --- Como está eso de moda... repuso D. Silvestre. - ---¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar -veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo? - --- Marquesa, yo no he aprobado nada. - --- Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de -artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña. - --- Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena. - ---¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el -caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues -agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar -tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse -semejante disparate? - --- Pero, señora, todo el mundo se casa. - ---¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga? -¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato -estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de -enaguas de bayeta? - --- Señora, el amor.... - ---¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que -es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa, -lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué -desgracia!!! - ---¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre. - --- Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta -mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de -la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y -le ha quebrado un ala del pié. - --- Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque -apartada, oyó este último gemido de aquella. - ---¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su -hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo! - ---¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre. - ---¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su -dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí -me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio! - --- Como que no podrá volar, observó Alegría. - -La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de -yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas, -que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano -los cuatro ángulos del gran patio de la casa. - -En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso -decidido y aire imponente. - --- Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has -visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el -ala á mi Mercurio? - --- Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas -correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela. - --- Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas, -repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan -meditabundo. - ---¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente. - --- Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador -tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie. - --- Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al -miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés. - --- Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le -conocerán las lañas. - --- Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan -volar, observó Alegría. - ---¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa, -dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla, -calla; que nadie te da vela para este entierro. - ---¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría. - -Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga: - --- Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar -de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los -piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le -hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho -contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo. - --- Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va -á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas -acertado me parece tu discurso. - ---¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las -cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados. - - - - -CAPITULO II. - - -Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del -Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la -Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco -porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa -que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un -individuo á la palestra, decir quién es. - -Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á -la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, -recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla: - - Manda al diablo los paisanos; - Que te prometo, morena, - Que en siendo yo Coronel, - Tú serás la Coronela. - -Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el -bizarro cabo á mandar un regimiento de dragones, la hija del mesonero, -cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y -una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados -por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre, -y huyen y gritan al ver un raton. - -Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta -militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como -tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de -gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y -adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el -viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba -ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los -soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un -partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera, -hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego. -¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon -se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se -identificó con ella como con su nombre de pila. - -Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas -sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los -campamentos. - -Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó -compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este -conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo. - -Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale -contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas -no ofenden. - -A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el -coronel, la guardia á la puerta, y la _moza_. Nada habia quedado sino lo -_arrogante_; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar -recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se -creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su _veto_ -á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba. - -Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y primacías que -hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que -son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan -dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la -persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos -motores, físico y moral, de la época. - -Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho -por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en -su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna -vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se -amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona: -eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y -su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos. - -Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é -inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo -preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas, -averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas -chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas, -entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que -hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía. - -Sobre la Marquesa, que era débil -- y, como todos los débiles, -voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil -con los insolentes, -- ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á -que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona -religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto -que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos -principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y -su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay -echaba sus fallos, como una nube sus granizos. - -Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas -de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes -de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia -proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra -ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en -su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra -de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no -lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega -el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos -ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su -ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo -y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto -se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela -Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia -ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un -entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas -añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un -aire _madrileño_. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y -tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su -dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos -espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la -verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en _calle de -Francos, núm. 5_; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que -habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en -una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el -último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre -las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que -pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas -referidas, en todas las casas que _desfavorecia_ Doña Eufrasia, se la -miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un -sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala -yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin -embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro -trato! - -La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse -estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía -social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con -escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad -española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros -distinguidos. - -En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que -fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el -decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de -censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino -tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de -hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese -benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á -ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, -tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija -en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos. - -Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en -su verdadera luz. - -Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad -que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir -una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para -replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y -desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina -rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del -ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, -repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas -pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le -quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien -la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, -coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar -que no moriria de cólico cerrado. - -En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa -de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que -apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza. - -El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un -navío á la vela, se quedó estático. - ---¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un -tintorero. - ---¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra. - --- Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, -añadió la tercera. - --- Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que -no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado -Paco Guzman. - --- Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las -niñas. - --- Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo. - -Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido -distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y -revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos. - --- Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme. - -Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió -majestuosamente su marcha triunfal. - -Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, -siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, -cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta -guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y -llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de -márras, igualmente guarnecida de pieles. - ---¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé! - --- Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: -es un regalo del emperador de Rusia. - ---¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á -pólvora francesa y está picado. - --- Y ella tambien; ved los ojos que nos echa. - ---¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un -jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de -muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que -ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría. - --- Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una -fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra. - -Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada -señora, y le decia: - --- Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el -efecto que puede causar la _Moscovita sensible_. - --- Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las -pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes _Buenos_, no -teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el -mundo, en no reconoceros por tal. - -Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia -Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de -Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para -hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el -espíritu de hostilidad que vive y reina. - --- La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco -Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles -contestar, en particular si datan de la guerra de la _pendencia_. - ---¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á -la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te -digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no -la volvería yo á pisar, si no fuera por... - ---¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y -un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, -cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora. - --- Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de -tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el -chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que -subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te -advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te -engañe el confitero. - - - - -CAPITULO III. - - -Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las -Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores -pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la -enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de -ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la -claridad de este relato. - -Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un -asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y -ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo -amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este -enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el -título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy -buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto -que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono -desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á -los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con -dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los -que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo -chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero. - -La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro -suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante -enlace. Esta _rareza_ sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y -era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion -de _perlas_, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas, -Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de -sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia -mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su -hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de -contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su -ahijada. - -La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á -la negativa de su hija, que sus _rarezas_ y la gran indocilidad de su -carácter; pero en realidad existia otra. - -Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, -pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave -por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando -llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde -entónces se amaron. - -Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de -una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor -español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no -_meridionales_, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan -arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan -entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un -solo corazon basta para llenar un pecho. - -La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno -y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar -profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el -tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su -constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto -tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, -pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como -uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese -mediado entre ellos mas coloquio que este. - --- Tia, á los piés de Vd. - --- A Dios, Bruno; me alegro de verte. - -En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que -guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con -él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este -ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que -se le ofrecian. - -Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su -hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal -humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias -secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un -brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar, -que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas -furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas -caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden -á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates -que les pesan despues toda su vida. - ---¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante -suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un -novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para -quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos. - -Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable, -tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; -por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de -_la monjita de Cortegana_; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y -espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un -mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y -dada de mala gana. - -En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial. -Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas -pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era -tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de -cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento. - -Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como -cayeron á manera de gotas de hiel en el corazon de Clemencia, las -muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué -recibiendo. - -Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se -ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia -de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la -subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio -anonadamiento. - -Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa -influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á -tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el -poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han -impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible -impulso, á este general contagio. - -Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella -encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria -su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por -qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se -empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que -Constancia murmurase con aspereza: _¡Cosas de Clemencia!_ bastó que -alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus -inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; -bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: _Calla, hija, por -Dios... ¡calla!_ para dar ese impulso de baja que la sociedad se -apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, -bonita es; es una infeliz; _ni pincha ni corta_. - -¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer! - -La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste -privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por -un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse -de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para -evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la -modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla. - -¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la -injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se -ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á -la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo -ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al -venenoso tiro de la envidia! - -Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia -inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y -que cada cosa habia vuelto á su lugar. - -Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, -no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver -la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos -sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas. - -Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba -una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y -traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á -pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver -llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; -pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le -dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo -que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la -gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de -agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz. - -Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer -capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y -displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, -guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría -con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando -entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las -noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo. - ---¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. -¿Qué tenemos ahora? - ---¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una -letra de Paris de treinta mil reales. - --- Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le -pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la _hipocresía_; -miéntras mas se bebe, mas sed se tiene. - --- Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y -desobedientes... - --- Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa. - --- Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita... - --- Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes. - ---¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa. - --- Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara. - --- Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en -divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á -paseo. ¡Para paseos estaba yo! - --- No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el -arca se vende. - --- El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado -Alegría. - --- Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo -una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, -compotita de manzana, por qué estás llorando? - --- Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho -que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no -daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme -en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, -señora, que no sé qué decir. - --- Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice -la copla, bien podrá no tener nunca mucho que _contar_, pero sí tiene -siempre mucho que _decir_. - --- No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no -vuelvan á llorar esas Magdalenitas de _mírame y no me toques_, opinó -Doña Eufrasia. - --- Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no -parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga. - --- Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia -cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á -la esfera inferior. - ---¿Tú? ¿Y cómo? - --- Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, -para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una -_serenía_. - ---¿Y la obtuvo? - --- Sobre la marcha. - --- A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á -aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy -descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando -la ventana, sacar la gaita y cantar la hora. - --- Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado -pintiparado. - ---¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo -de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él? - --- Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos -abismos de su robusta entonacion. - ---¿Le conoces? - ---¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado -como hay pocos, y está hecho á mis mañas. - -Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las -muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante -siguió preguntando: - ---¿Bebe? - --- Agua. - ---¿Es enamorado? - --- No mira mas cara de mujer que la de Isabel II. - ---¿Es fiel? - --- Como el sello. - ---¿Tiene buen genio? - --- Es un tórtolo. - ---¿Fuma? - --- En la vida de Dios. - ---¿Es aseado? - --- Como el oro. - ---¿Y entiende?... - --- De todo. - --- Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me -depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces -como tabla de salvacion en mis mayores apuros! - - - - -CAPITULO IV. - - --- Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el -criado que envía la Señora Doña Eufrasia. - --- Bien; díle que entre, contestó la Marquesa. - -A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra -de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; -pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto -ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena -dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la -desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; -solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos -demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro -de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con -inusitada arrogancia. - -Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de -huevo, parecia un gorro de hule. - -Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y -vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad -mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la -mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces -en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, -pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin -pestañear, al frente. - -Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas -marcada pronunciacion gallega: - --- Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía. - -La Marquesa estaba sola. - --- A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes... - --- De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora -Coronela hoy un _dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés_. - --- Lo siento. ¿Y cómo te llamas? - --- José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis -amos siempre me han llamado Pepino. - ---¿Y de qué tierra eres? - --- Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y -Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la -ria... - --- Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela? - --- Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y -estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero. - ---¿Y sabes servir? - --- Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de -agua. - ---¿Y puedes asistir bien á la mesa? - ---¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo. - --- Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los -cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo? - --- Señora, yo lavo el agua. - --- Es que yo soy muy estremada en ese punto. - --- Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los -cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, -animal... mas vale maña que fuerza. - --- Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la -cara á una de las mozas, te despido acto continuo. - ---¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo -ver; esceptuando lo presente, se entiende. - --- Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba. - --- Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos. - --- Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la -calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con -particularidad el del malo que tú fumarás. - --- Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos. - --- Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y -las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo -has visto? - --- No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa? - --- Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un -plumero. - ---¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía? - --- No, que podrás dañarle. - --- Vamos, tendrá su mercé dolor de _osos_ (huesos). - --- Si lloviese ó vieses aparato de lluvia... - --- Le llevo un paráguas; bien está, usía. - ---¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, -y lo pones bajo techado. - ---¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar? - ---¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre? - ---¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; _cuidin_ que -era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi -propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía. - --- Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro -duros de salario. Ve si te acomoda. - --- Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos. - --- Puedes venir desde mañana. - --- No faltaré, usía; ántes faltará el sol. - --- Pues á Dios. - --- Que usía se conserve. - --- Es una alhaja, pensó la Marquesa. - ---¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de -doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro. - -Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. -Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa: - --- Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es -un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un -gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, -porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la -voz de bajo de la Coronela para añadir) _es muy hombre de bien_; como si -bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion -de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de -archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de -saber de finura la que llama á los helados _alelados_, á los pigmeos -_pirineos_ y á los misterios _ministerios_, y que saluda diciendo: ¡Dios -guarde á Vd.! - --- Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar -así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para -todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, -en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, -que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia -que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado -como hay pocos. - --- Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría. - --- Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los -pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las -gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun -dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo, -que ademas de servir, sepa otras tracamundanas. - -En este momento entró Andrea, el ama de llaves. - --- Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para -postres? - --- Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso? - --- Es que no los quiere traer el mozo. - ---¿Que no? ¿Por qué? - --- Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco -que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no -es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa -jugarreta. - --- Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa. - -De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, -gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan -cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto -dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo: - --- Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta -aguardando órdenes. - -Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un -lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo -que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos. - --- Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te -pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los -merengues. - -Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado. - ---¿Lo ve Vd.? -- dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo -la risa, -- ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando -ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite -de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; -pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa -de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que -en dos por tres se _bebe una casa_. - --- Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas -quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries -delante de él! que aturrullas al pobre hombre. - -De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente -fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados -movimientos. - -Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza. - --- Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa. - --- A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien -puestos en un plato de los de postres. - ---¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?--¿Qué trae ese -hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver... - -Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel: - --- Son los arenques, señorita. Véalos su mercé. - ---¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á -Andrea que venga á sahumar. - ---¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia. - ---¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida. - --- Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría. - -Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que -todos los arenques cayeron al suelo. - -A poco fueron á comer. - -La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con -arte _chaclueco_ formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos -egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de -botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel. - -En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos, -no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse -la molestia de remudar los que hubiesen servido. - -La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido -discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las -debidas esplicaciones. - ---¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos. - -Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su -acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la -sopera, y colocó en su lugar la ensalada. - -Alegría soltó el trapo á reir. - --- Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia. - -Su madre les echó mirada severa. - --- Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en -su lugar pon el frito. - ---¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la -olla. - --- Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos -ladros. - --- Calla, mandó la Marquesa. - -Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion. - -El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo -asado. - ---¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la -cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo -entre tres amigos, y dos durmiendo! - --- Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor -D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada. - --- Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire -jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; -desde que almorcé no he probado bocado. - --- Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; -enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas? - --- A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente -mozo de comedor. - --- Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada -paciencia su señora y directora. - -Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada. - ---¿Dónde coloco esta _corbeta_? preguntó. - -Alegría prorumpió en carcajadas. - --- Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia. - ---¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, -otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací. - -Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que -acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala -donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino -trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura, -que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su -señora. - -Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio -llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar. - --- Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu -incumbencia. - --- Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso -mozo, agarrando con denuedo la cafetera. - -Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar -hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente -resultar. - -Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas -en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto -que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió -con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la -mujer _de cuerpo de casa_ se bebia el vino; tercero, que la costurera se -llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella -tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y -hacia la vista larga á todas estas infamias. - ---¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas -revelaciones. - --- Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, -sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á -bien que no es _voto de castidad_. - -Pepino queria decir artículo de fe. - -Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como -saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas -punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su -señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los -pelotazos de niños dañinos. - -Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito -venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio -derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, -del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por -una rendija. - -La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por -la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la -primera; que á la segunda se le cortaria la lengua. - -La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo -el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros -por via de indemnizacion de los percances del oficio. - -Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se -trocó en brillante rayito de sol. - - - - -CAPITULO V. - - -Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era -Andrea, que habia sido su ama. - ---¡Válgame Dios, hija! -- le decia esta una mañana en que solas se -hallaban en el cuarto de Constancia:--¿es posible que des esta -pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te -brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te -parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos -son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su -tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no -digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte. - ---¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia. - ---¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las -mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter -monjas. - --- Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno -ni en lo otro. - --- Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra -cosa. - --- Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas -enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana. - ---¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con -dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera -que te quedas sin la herencia de tu tia. - ---¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su -herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero -yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á -mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: -goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo -una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi -vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, -ama, -- para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con -las otras para atormentarme, -- que solo á un hombre amaré en mi vida; que -me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con -otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta -en puerta. - --- La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea. - ---¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una -por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame -en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida. - -Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre: - ---¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi -hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que -pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de -tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? -Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon. - --- Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. -este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana? - ---¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo -de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña -nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de -caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por -ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á -un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una -Grandeza y la pingüe herencia de su tia? - --- Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir -ajeno. - ---¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de -la sinrazon!... - --- Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen. - --- Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su -manía y á ceder á la razon? - --- Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo. - ---¿Y porqué? - --- Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. -sobre sí una inmensa responsabilidad. - ---¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, -todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y -unos mismos cimientos. - --- Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, -Marquesa. - --- A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el -de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. -siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y -hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino -vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo -tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que -escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio -de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer. - --- Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto -que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia -que no la voluntad que manda y los consejos que apremian? - --- Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que -sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena -madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa _perlita_, le mando -decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita. - -A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto -mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia -generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. -Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija -Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió -presentarse, escusándose con que tenia jaqueca. - -Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas -sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo -reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de -cuantas personas la componian. - -Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, -continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla -primorosamente calada, para su tia. - -Apénas paró en ella la atencion el Marques. - ---¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo -este despedido. - --- Muy buen mozo, contestó Clemencia. - --- Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso -como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la -risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los -zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria _El -Heraldo_ para decir largos. - ---¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los -hombres? - --- Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques -tan buen mozo, dijo con burla Alegría. - ---¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se -mira. - ---¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! -Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado. - --- Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre -niña. - --- Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado -D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin -lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, -de soslayo y de frente, con disimulo y sin él. - --- Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. -Lo mismo hace contigo. - ---¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese -_correveydile_, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas -de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina. - --- No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia. - -Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo -personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo -el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar -privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando. - - - - -CAPITULO VI. - - -Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, -si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos -llaman _buen tono_ hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente -arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y -aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y -con razon, en los madrileños genuinos. - -Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el -mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores -costumbres. - -Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por -protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su -modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho -en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones. - -D. Galo Pando, -- así era su gracia, -- no sabia ni griego ni latin; pero -sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la -perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas -modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en -que salia el vapor, y las en que llegaba el correo. - -Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras -modernas: _lamentable_ y _deplorable_ le sonaban como música de Rossini. -El _debut_ y el _buffet_ tenian para él un esquisito perfume de -elegancia; en cuanto al _séale la tierra ligera_, cuando lo veia, se -entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni -afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los -hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en -buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba -profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma -_sui generis_, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras -sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada -por medio del elixir de vida que inventó Balzac. - -Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes -botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una -alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos -brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un -lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente -D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: -eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero -con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente -satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á -bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En -cuanto á su cabeza... - -Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, -ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de -las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de -vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor -como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las -luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion -de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento -que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento -que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las -raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que -no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos. - -El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que -lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las -_ideas_; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el -ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una -via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que -halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; -en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan -en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los -centauros y las sirenas. - -Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á -desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas -incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente -en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve -estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en -suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del -Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en -este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo -detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras -ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate -Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han -podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, -que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno. - -¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere -un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, -filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando -en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron -una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta -de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian -los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que -subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos -con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los -mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó -casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que -al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si -brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus -palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de -armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano -veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que -la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para -reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta -necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es -un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre -técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse -_restaurador de los estragos del pensamiento_, ó bien _asociacion de -reemplazantes_? - -D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto -desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le -habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos -para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran -lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun -espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino -restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el -remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó -que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion -corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que -la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una -disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo -un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus -hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su -desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que -los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el -pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que -llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo -muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada -con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de -descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba -muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al -peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En -estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, -de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las -señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura. - -Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando -vinieron los franceses el año 23, decian de el: _Monsieur Gaalo Paando -est un fort aimable ci-devant jeune homme._ Lo que quiere decir: «D. -Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta -narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se -necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si -no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»-- - -Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban -alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, -sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en -compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el -progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus -pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de -sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la -semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el -corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta -comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un -corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni -película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la -amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es -una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, -entre dos pésimos perillanes. - -Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que -le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre -en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios -disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que -se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al -ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y _esbeltas_ que ni un -figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no -cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el -mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian -de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba -aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional -espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en -términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año -cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que -cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del -caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y -mezquino aparato de solteron, esclamaba:--¡Potro eres, potro de -tormento, cama de hospital, parodia del _blando lecho_, triste y pobre -antítesis del rico y dulce tálamo conyugal! - -La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, -que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se -interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así -era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, -mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le -dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías -como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus -faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que -memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en -las familias una especie de _agenda_ ó prontuario, al que se acudia para -tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia -acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con -gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas -de este tenor: - --- D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros -dientes? -- Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San -Andres. -- D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? -- D. Galo, ¿cuándo murió el -arzobispo? -- Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? -- D. Galo, ¿á -cuántos estamos hoy? -- Pando, ¿quién obsequia á la viudita? -- D. Galo, -¿qué dan esta noche? -- Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva -cocinera? - - - - -CAPITULO VII. - - -A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar -propiamente una _tertulia_, voz que define el Diccionario de este modo: -_junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones -honestas_. - -Entre estas _diversiones honestas_ estaba introducida, -- y la Marquesa la -tenia en gran estima, -- una respetable lotería, que la dicha señora -consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y -como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le -parecian muy preferibles á los _avant-deux_; los ambos á los de ligeras -piernas, y los números á las cabriolas. - -La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la -decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, -traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia -cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de -Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian -hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia -en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que -presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el _maestro Pino_, -que así se denominaba el número uno, el _abuelo_, así se denominaba el -noventa, y que hacia su servicio la _patrulla_, así se denominaba el -cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con -espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo. - -La tertulia era bastante numerosa aquella noche--¡y cosa estraña y no -vista! -- habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia -hecho aun su aparicion. - -D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el -complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; -cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. -Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la -bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los -ternos, con la falta de su presidente. - -La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia -renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo -aguacero de verano.--¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. -- La vela... -el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las -estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá -ofendido el Marques con Constancia... Las macetas... - -Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se -distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo. - --- Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar -pan. - --- Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan. - -Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en -medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida -contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la -profanadora voz de _pendencia_; de que se habia valido para designar la -guerra _contra el frances_. - -En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver -entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por -sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del -patio. - --- Señora, preguntó ¿_é_ adónde meto el Mercuriño? - --- Hombre, -- contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la -hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, -- ponlo en -un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes -pormenores. - -Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta -brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la -puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en -el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente -como un dormido murciélago. - -La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion. - --- No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó -riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los -desposeidos piés contra la emplumada cabeza. - --- Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman. - ---¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, -aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones. - --- Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir -á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por -mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de -ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo. - -Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando -con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre -Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la -mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia -un periódico. - -En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia -preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la -divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos. - ---¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no -viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, -Clemencia? - --- Yo no sé, contestó esta sencillamente. - --- Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que -Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo -sin pedirle permiso. - --- No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que -ocasionó la ocurrencia de Alegría. - --- Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo -algun _deplorable_ ó _lamentable evento_, segun lo tétrico de tu gesto y -lo abatido de tu semblante, primo. - --- Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la -relacion de un naufragio. - ---¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar -Alegría con risita burlona. - --- Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los -naufragios. - ---¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría. - --- Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno. - ---¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del -corazon. - ---¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de -corderitos de bronce? dijo Alegría. - --- Napoleon lo fué, repuso Bruno. - --- Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el -vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia. - ---¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría. - --- Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya! - --- Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro -dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses. - -Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la -esplosion de coraje de la heroina, esclamando: - ---¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle -me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo. - --- Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría. - --- Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino -el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo. - --- No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada. - --- No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una -sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á -Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia. - --- En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números, -D. Galo, _hijo mio_, le dijo Alegría; pues Clemencia se está -deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le -habria sucedido á Vd. algun percance. - -A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas -ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia. - --- Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría; -vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos. - -Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron -frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario -en la mano. - --- Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio -se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa _Esperanza_. - --- La conservaré miéntras pueda, -- respondió Bruno, dirigiendo, sin -mirarla, su respuesta á Constancia; -- aun no me han repartido cartones. - --- Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones. - -A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar. - -Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se -aproximó á la mesa. - -Bruno palideció y desatendió completamente su juego. - -Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion -de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un -témpano. - -Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del -Marques. - ---¿Quereis cartones? le preguntó Alegría. - --- Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la -contemplacion de Constancia. - -¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! -¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener -en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras -mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio -le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo -acabó por empalagar al pueblo de Israel! - -Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con -pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien -amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos -de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de -sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del -jóven castellano que defendia su castillo. - -Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con -injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se -los causaba. - -Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se -movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, -haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa. - ---¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia. - --- Muy mala, contestó esta lacónicamente. - --- Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor. - --- Así lo espero. - --- Me temo que la mala sea para el que os ame. - ---¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese! - ---¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras -secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza. - --- _¡Los espejuelos de Mahoma!_ dijo en voz grave y clara D. Galo, -sacando el número ocho. - --- Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su -inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces? - ---¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi -hermana! observó Alegría. - --- Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la -bondad de ofrecéroslos. - --- Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion, -Alegría; no me divierte juego alguno. - --- Ni á mí tampoco, -- y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de -prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa. - --- _¡El abuelo!_ sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues -D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era -objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su -inmutable tarea. - ---¿No digo? esclamó Alegría. - --- _¡Las alcayatas!_ gritó D. Galo al sacar el setenta y siete. - --- D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué -significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi -alcance. - --- _¡Los patitos!_ dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número -veinte y dos. - --- D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi -ruina. Protesto. - ---¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el -Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de -mis esperanzas? - --- Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian -haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias. - ---¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las -muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es -Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan -desabrida... - ---¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en -dias revueltos pica mas entre las nubes. - --- _¡La patrulla!_ sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco. - ---¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego -graneado. - --- D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces, -repuso su vecina. - --- Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco -Guzman. - --- _¡El jorobado!_ cantó D. Galo sacando el dos. - --- Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir -el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que -saque Clemencia la lotería; siempre sucede así. - ---¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman. - ---¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la -interrogada con descoco. - --- Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy -cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia -desvanecerse. - --- Mi madre esperó convencerme. - ---¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia? - --- No: que yo no engaño nunca. - --- Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto -demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos -deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder, -si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos. - --- _¡La horca de los catalanes!_ pregonó la voz incansable de D. Galo, -sacando el once. - --- Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned -vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la -civilizacion. - --- _¡El escardillo!_ sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo -sacando el siete. - --- D. Galo, aguarde Vd. - --- _¡El que tuerce!_ prosiguió impávido el presidente sacando el catorce. - --- Ese sois vos. - --- _¡Las sanguijuelas!_ prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco. - --- Pando, conspirais. - --- _¡Los canónigos!_ cantó este sacando el diez. - --- D. Galo, sois el inexorable Destino. - --- _¡La edad de Cristo!_ - --- D. Galo, abusais de la presidencia. - --- _¡Los escapularios!_ dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro. - ---¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante -semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones. - -Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de -Valdemar quedó admirado. - ---¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina. - --- Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido. - --- Es una divinidad, exclamó el Marques. - --- Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una -palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina. - -La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia -desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir, -diciendo al sacar el número cuarenta: - --- _¡La calavera!_ - --- Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó -Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado -el seudónimo de calavera? - --- Al cuarenta, hijo mio. - ---¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte? - --- Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se -atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y -satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos _la novena_, añadió sacando el -número nueve. - ---¿A quién? - --- A _San Vicentico_, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco. - ---¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo? - --- _¡El único!_ repuso este sacando el uno. - ---¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y -lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que -por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un -movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se -habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de -tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura. - -Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social, -tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas -que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan. - - - - -CAPITULO VIII. - - -La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la -noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la -mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala -quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia -para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena. - --- No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que -me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es -todo lo que teneis derecho á exigir de mí. - -De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos -ni amenazas. - -A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su -madre muy dispuesta á llevarlas. - -Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su -mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y -lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo -velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á -Constancia estaba acostada con jaqueca. - -Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de -exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que -habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas -desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos -novios. - -Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una -amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia. - --- Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor -en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta. -Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado -luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto -tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria -casada á estas horas. Ten siempre presente -- lo que suelen olvidar muchas -niñas, -- que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito -que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por -desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las -niñas del dia! _¡Perlitas!_... como dice D. Silvestre. Un collar le -habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí -la cuenta. - -Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á -la Marquesa, á quien preguntó por Constancia. - --- La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal -que se gasta con la edad. - -Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia. - ---¿Os gusta el pasear? le preguntó. - --- Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en -casa. - ---¿Porqué? - --- Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran -diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, -resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del -estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su -fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un -paraíso. - ---¿Sin manzano, Clemencia? - --- Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin -culebra, que es mas. - --- Pero tambien sin Adan. - --- Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió -riéndose alegremente Clemencia. - --- Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de -cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta -encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus -desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor -del aspecto público?--¿Se ven en Madrid tales tarascas? - --- En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como -hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de -Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son -mujeres favorecidas por ella. - --- Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia -de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya -monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que -quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo. - --- Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad -la ventaja que le llevais! - --- Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su -lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha -enseñado en el convento á ser una hipocritilla. - ---¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia. - --- Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no -quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas -secretas sobre los ambos y los ternos. - ---¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia. - ---¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques. - --- El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que -sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no -puede vivir sin él. - ---¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar. - --- Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin -él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais -su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, -incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser -burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal. - ---¿Y vos, no sois burlona? - --- No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo -lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener -gracia, como la tiene mi prima. - --- Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia -suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es -preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para -que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á -vuestra prima. - --- Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis. - ---¿Y porqué? - --- Porque vos mismo no lo seguís. - -El Marques se echó á reir. - --- Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas -defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas -vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de -corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro -móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo. - -A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de -jóvenes de la ciudad. - -Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su -hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando -Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro; -pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su -cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la -caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de -un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su -continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa -descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral, -la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel -hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad, -era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho -dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de -los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos, -pues en su chabacano _¿qué se me da á mí?_ preferia en punto á círculos -aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia -dejarse ir á sus groseras tendencias. - -Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de -entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir -sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos -mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del -servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa. - -Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte -y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su -alegre y aventurera vida. - -Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo. - -Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos, -las miraba con insolencia. - ---¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas -bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla. - --- No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue -con esa señora, que será su madre. - --- No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana. - ---¿Y la niña? - --- Se llama Clemencia Ponce. - --- No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando. - ---¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros. - --- Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á -Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos -pulidos. - --- Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire. - --- Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar -tan alto. - --- Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando. - --- Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te -sabia fatuo. - --- Apostemos, dijo pausadamente Fernando. - --- Está loco, esclamaron todos á una voz. - --- Apostemos, repitió Guevara con la misma calma. - --- Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás -haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo. - --- Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos, -sino media talega: ¿quién la lleva? - --- Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente -presuncion del oficial. - ---¿Diez mil reales? - --- Diez mil reales. - --- Señores, sois testigos, dijo Fernando. - --- Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente. - --- Ocho dias, contestó Guevara. - --- Ocho dias, hecho; dijo el jóven. - -Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni -parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia -al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada: - --- Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis -flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que -no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las -mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro.... - - - - -CAPITULO IX. - - -Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo -averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle -con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora. - -D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no -tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello. -Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que -despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia. - -La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado -jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas, -acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le -habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el -Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde -anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian -bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el -capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon, -veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al -Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre, -caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora? - -Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion -que el beneplácito de sus padres. - --- No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le -dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis -padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso -complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y -cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la -capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin -acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros. -Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias -he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz. - -Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que -se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un -jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo. -Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde -anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una -buena suerte, y que el que se presentaba se la traia. - --- Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia. - ---¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia. - --- No, señora, respondió la interrogada. - --- Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el -regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás -contenta! - -La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien, -pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué -decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la -estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia. - -La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus -regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias -Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual -ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando -como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que -resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune -para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales. - -Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias -anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y -poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva -de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para -inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel -dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que -le vió. - ---¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que -pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra -cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la -iglesia. - -Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios -para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel -puerto para ir al teatro de la guerra del Norte. - -Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer -á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia: -ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su -retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse. - -No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse -de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era -estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas. - -Estílase en algunas partes, -- y lo singular es cabalmente en aquellas -donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia, -la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en -Inglaterra, -- el que una jóven acabada de casar se meta sola con su -marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta -suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el -objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se -alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama, -quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara -santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la -ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce -sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo -que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades, -esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las -poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales -sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una -enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante -costumbre, que debe pertenecer á las de las _jóvenes emancipadas_, no se -conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la -que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva -debidas. - -Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que -preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una -candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á -que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen -una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas -interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se -disimule que se ostente. - -Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha -elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los -brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz -materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo -y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya -á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna. -Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para -que no te imponga como estraño.» - -Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras -opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas -de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen -la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan -como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y -convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su -madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega. - -Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus -lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á -su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas -no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada -habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su -parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar -de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; -al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y -remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre. - -Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan -contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas -naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse -mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y -Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon -humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que -este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer -cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando -algo en lo presente, preparar el porvenir. - -Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las -pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y -Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de -sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos -femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la -especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus -amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en -ambos sexos. - -Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como -aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y -se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no -habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el -repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, -exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva -ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior. - -Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su -falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que -él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su -corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer -propia. - -Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no -existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no -sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era -hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los -celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los -sufre, cuanto que no tiene compensacion. - -Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez -con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y -con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo -esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se -llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para -ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de -mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, -que era su único compañero en su soledad. - -Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que -hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la -atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la -víctima mas débil y mas sufrida. - -Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la _mujer -incomprendida_, ni la _heroina inapreciada_, ni la _víctima de un -monstruo_; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros -muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y -rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no -habia leido novelas, ni visto _dramas de pasion_, y conservaba intactas -las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos -sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin -transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas -religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese -suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia -sencillamente por estas máximas: - -«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano. - -»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad -nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros -delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.» - -Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que -tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San -Agustin, que así dice: - -«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba -en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas -costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se -la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de -su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase -en él la misericordia de Dios.» - -¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos. -Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas -por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia -de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el -trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de -los temporales. - -Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion, -quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres -estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual -un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos -testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos. - -Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por -instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus -corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado -por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa -raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber -quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin -cultivarle, sea divino! - -¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un -enemigo: Hago esto porque soy filósofo! -- No; lo haces, porque te criaste -católico. - -Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. -- No; lo -haces, porque te criaste religioso. - -Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de -aliviar una miseria, porque soy filántropo. -- No; lo has hecho, porque te -criaste cristiano. - -Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y -no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la -hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas -que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus -enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del -entendimiento. - -¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta -sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la -pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se -pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las -soberbias! - -Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre -inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y -pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las -virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud -con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura -de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?» - -Alguna vez, esta idea fija le abatia. - -Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables -tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia -su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si -Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan -elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en -un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido -sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso -correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. -Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se -retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á -su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos. - -Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida -doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de -naturalezas. - -Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de -esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,--¡tal es el poder de -la costumbre! -- Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada -sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas -prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En -casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, -envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la -representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del -Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió -Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la -esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y -escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de -vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando -al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida -esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo -conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar -sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á -Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su -convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar. - -Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra -_atroz_, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con -un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en -audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la -encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza -física. - -Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella -misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento -cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á -hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y -tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre -paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que -es un consuelo grande. - -Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á -Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela. - -Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido. - -Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado -de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de -ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese -volver á su lado. - -El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella -permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con -amargo desconsuelo. - ---¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace -gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es -un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen -encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí. - -Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, _porque era su -marido_. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó -temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á -la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se -abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla -niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á -la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y -elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada -tiene viciosa la vejez. - -¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de -amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por -las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas -repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que -eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta -la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á -denigrar con el nombre de _tibio_, los materialistas á burlar con el de -_platónico_; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y -bendice el cielo, llamándolo santo! - -Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar -allí á Clemencia bien acompañada. - -La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su -debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le -produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo. - -La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la -paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para -Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, -pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le -haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la -felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, -pudiese volver al convento! - -La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, -suspiraba por la tranquila soledad de su floresta. - -Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena -naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la -noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa. - -Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que -nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo -calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de -deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto. - -Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan -importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la -misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga -que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que -dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. -Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un -carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios -violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su -calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin -dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y -aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, -considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo -fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, -formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, -cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya -impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de -Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender -sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se -puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á -obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese -atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á -nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union! - - - - -CAPITULO X. - - -Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo -ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de -las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en -Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. -Silvestre: - --- Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en -darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar -no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta -tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa -niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de _la -tuya sobre la mia_! - ---¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar -tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de -hierro. - -Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y -Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca. - -Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando -frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, -_acompañaba á Clemencia en su sentimiento_, y sacaba los números de la -lotería. - -En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, -cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y -nasal: - - Para no llegar á viejo, - ¿Qué remedio me darás? - -- Métete á servir á un amo, - Y siempre mozo serás. - -A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero -quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de -Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto -que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada -benevolencia que le habia mostrado al conocerla. - -La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, -que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que -amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia -recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia -dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella. - -Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia -oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto -inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que -bajase la voz. - --- Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No -tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su -hijo. - --- Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? -- y habla mas quedo. - --- Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, -si es que se hacen los remolones. - --- A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que -tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no -está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para -mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba? - --- Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en -Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; -pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes -vinculados. - -La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que -pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su -marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de -pasiones terrestres, habrian sido felices. - -Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas -y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su -convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones -religiosas, á los corazones quebrados, con los que la _libertad_ no -repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: -abrióla con sorpresa. Era este su contenido: - - «Hija muy querida: - - »No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte - con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que - conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el - trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado - solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como - compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado. - - »Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro - consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí. - - »Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que - no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea - - _Martin Ladron de Guevara_.» - - - -Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, -tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion -confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias. - -Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la -Marquesa con su infalible _Dios te guarde_, le preguntó: - ---¿De quién es una carta que ha recibido la viudita? - ---¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser. - ---¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la -media. - -Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte -mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que -carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en -tener ojos de lince. - ---¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las -respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo -sé por Pepino. - --- Pues ni tú ni tu _atélite_ Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada -de la carta. - ---¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa. - ---¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un -garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he -tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los -vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta -de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir -de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: -¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? -Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué -sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:--¿Y qué -mas? -- Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. -- Bien -está, le contesté.--¿En dónde? me preguntó. -- En San Márcos[2], le grité, -so descabellado, y le volví la espalda. - --- Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que -preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de -su amiga. - --- Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que -murió el marido,--(buen calavera era, segun he oido decir) -- no ha salido -ella apénas de su cuarto. - --- Es muy cierto. ¿Si será de... - ---¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la -buena alhaja de Alegría. - ---¡Qué disparate, mujer! - --- No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica -mas alto. - ---¿Si será la carta de Valdemar? - ---¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para -Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una -_potable_ falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no -vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí -nadando contra la corriente? - --- Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no -querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le -irá pasando, que se le va pasando ya. - ---¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No -digo que no sabes lo que sucede en tu casa! - ---¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de -Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras -preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender -se da, ó no se da á entender nada. - --- Pues no diré nada. - --- Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y -solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo -misma, lo que es una pretension ridícula. - ---¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, -porque hago _refaccion_ de que no tengo por qué callarlo, aunque luego -te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al -Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de -Vargas. Ea, ya lo sabes. - -Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras. - ---¡No puede ser! esclamó. - --- No sé por qué, repuso la reveladora. - --- No lo creo. - --- Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad... - ---¡Si nada he notado!... - --- Eso es lo que yo te decia. - ---¿En qué ha pensado esa niña? - --- En lo que piensan los que se enamoran. - ---¡Seria una insensatez!... - --- Razon mas para que lo hiciese. - --- No lo creo... y ¡no lo creo!... - --- Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto -hablando por la reja? - -La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, -aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y -empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases: - --- Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto -- que no se trasluzca que yo -lo sé -- hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer--¡qué -pluma!--¡qué niña! -- Hermana, no es culpa mia.--¿A qué hora sale el -correo?--¡Ay qué niña! ¡qué niña! -- Yo me voy á volver loca.--¿A cuántos -estamos?--¿Quién se vió nunca en semejantes apuros? - ---¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no -consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros -de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas! - -A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su -hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas -reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la -alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas -ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y -sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar -sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde -tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en -Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta. - -La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer -las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á -los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que -acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la -Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje. - -Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y -pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su -suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que -acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para -disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del -campo, y que Constancia la acompañaba. - -La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y -contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia -feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su -marido. - -Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué -objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por -Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su -hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: -_Constancia_. - - - - -CAPITULO XI. - - -En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y -solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y -duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un -cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo -centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus -copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio. - -En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que -se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con -la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre -la posesion. - -En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de -madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á -una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La -fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas, -abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un -aire aun mas adusto y reconcentrado. - -En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco -recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido -trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel -caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no -era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los -mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró -ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana, -despertada por la cadena de su largo sueño. - -A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció -despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos -huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el -ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las -pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el -grande y alegre patio. - -Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con -sus hijos y nietos. - ---¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha -avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto? - --- Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas -que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy -mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un -dia del blando otoño. - -La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de -enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas. - -La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en -que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de -semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer -escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, -albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos. - -Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que -parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de -arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias -enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no -andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á -este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del -olvido. - -Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á -otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban -vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de -tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados -que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo -rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa -grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto -espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se -hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y -baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia -bostezar de fastidio. - -En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que -verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo. - -Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que -se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina. - ---¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como -desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, -sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! -¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los -tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se -diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para -inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no -sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una -tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo! - --- Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu -madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que -hija eres y madre serás. - --- Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo -callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es -virtud que no tengo ni quiero fingir. - --- Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque -te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de -Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de -muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es -transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios -cuando su voluntad nos agrada. - --- Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño -lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido. - -Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió: - --- Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no -temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si -quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni -me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; -y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro. - -Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad -campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia -sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos -objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado -del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar -por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido -cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al -hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las -olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para -estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en -observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, -alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, -insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues -nada temen, ni nada esperan. - -Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como -que ignoraban que existia la pólvora y las redes. - ---¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus -ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é -inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y -tierna simpatía? - -Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en -sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba: - ---¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia! - -Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice -Balzac: _le paysage a des idées_; el paisaje tiene ideas. - -Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto -de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni -mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del -caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se -denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que -existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas -alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con -sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las -que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el -amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que -sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que -una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un -cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el -cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender -á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el -alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran -sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas -_sonriente_, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y -mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico -perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion -en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y -porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el -magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen -á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una -filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los -juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y -bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso -palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de -esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los -niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y -tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las -esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con -corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con -sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se -cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que -otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, -impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas -las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no -alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen -de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad -como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la -siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz -material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y -hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! -¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y -tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos -alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente -arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas -olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así -nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se -alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! -¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por -retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos -horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre! - - - - -CAPITULO XII. - - -Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va -deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan -estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un -amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y -santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. -Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, -ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel -en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos -bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de -aquella santa y gloriosa deprecacion: PADRE, PERDÓNALOS. - -Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es -un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante. - -La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»: -pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos -lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para -derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues -son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de -un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del -hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la -caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. -¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: -¿somos hermanos, ó somos enemigos? - -Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias. - -Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza -habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que -cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la -tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre -el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia -calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su -inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La -mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo -negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se -internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca -abierta para devorar una presa. - -Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, -como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la -firmeza del áncora en que confía. - -Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, -revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo -encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo -callaba en el solemne silencio del presagio y del temor! - -Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y -sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la -tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el -espanto. - -Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando -soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió -las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos -que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de -arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese -matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga -espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas -del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, -martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante -balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de -su próxima caida. - -Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del -estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en -aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié -delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, -observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, -tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y -retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el -mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los -trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí -formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual -saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las -nubes. - ---¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia. - ---¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia. - -Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la -noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la -chimenea. - --- Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no -tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio. - ---¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea: -¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolongados quejidos ó furiosas -ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será -que nadie pueda dormir esta noche. - ---¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo, -cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto -nos arrulla el sueño. - --- Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy -horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo! - ---¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que -vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes -tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no -se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni -rompe hueso? - --- Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la -tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza. - ---¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta -aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se -levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no -traspasase sus límites? - --- Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno -tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis. - --- Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar? - ---¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero -ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como -una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche -pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos! - -Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el -caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen -las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo -concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á -propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo -servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se -hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos -un estracto. - --- Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los -pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una -de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido -estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida -de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en -otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se -les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por -las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) -vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no -se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que -el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia -sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo -platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de -repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á -poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» -La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de -piedra.--¿Qué es eso? esclamó despavorida.--¿Qué ha de ser? respondí: -algun infeliz que pide socorro. - --- Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. -¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. -- Pero mi marido se negó á -ir. -- Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á -eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos -desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las -puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á -saquearlas. -- La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel -instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me -favorezca?» - ---¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el -cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á -auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda -ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe -retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió -dirigiéndose á mí. - --- Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana -ninguno; cuando él no lo hace. - --- Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez -hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, -responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas -de todo podrian llevarse en rehenes. - -La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre -una silla. - -Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando -vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en -rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero -cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas -débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro. - -No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que -no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de -aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como -petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado -sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes -claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, -que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar -peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos -son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, -corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo. - --- Pero á la mañana siguiente, -- preguntó Constancia, en quien la -narracion habia aumentado el pavor y la angustia, -- á la mañana -siguiente, ¿averiguóse algo? - --- A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al -mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo -estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, -están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de -otra cosa. - --- No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por -terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la -sensacion al caer, que no el golpe de la caida? - --- A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de -la Cruz un hombre muerto. - ---¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia. - --- En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo -medio enterrado en la arena. - ---¿Habia sido asesinado? - --- No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural. - ---¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la -caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir! - ---¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi -Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca -mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años -despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca? - -En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el -silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando -en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, -en la inmensidad del coto. - ---¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos. - --- Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso -mismo: _¿no hay quien me favorezca?_ - ---¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál? - --- La de un cañon. - ---¿De un cañon? ¿Dónde está? - --- En un buque. - ---¡Jesus, María! ¿Y pide socorro? - --- Sí, porque naufraga. - ---¿Y no se le puede socorrer? - --- Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á -un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., -señoritas, -- añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo -cañonazo, -- que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir -socorro y no poder prestarlo. - -¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya -pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, _¿no hay quien me -favorezca?_ en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, -plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que -parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra -deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, -solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del -huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun -sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en -que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion -del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al -Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja! - -Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron -cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar -habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de -adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los -masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas. - ---¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril -actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda -socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en -un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que -aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la -arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando -llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada -Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia -reconocido la infeliz Constancia á su amante. - -Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á -cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los -pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas -de los vecinos de aquellos. - -Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula -y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á -partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija -Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, -pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en -convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana -á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se -verificó en la enferma un cambio completo. - -En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á -la agitacion. - -Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á -Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que -al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla. - ---¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin -que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha -proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha -empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues -se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á -Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera. - ---¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: -- El mundo -seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie -la seduccion, y oiga la llamada! - - -FIN DE LA PRIMERA PARTE. - - - - -PARTE SEGUNDA. - - - - -CAPITULO I. - - -Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal -y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos -señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas, -que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si -fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se -han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y -de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por -crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en -suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es -indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por -esa mezquindad, «_que no es por el huevo, sino por el fuero_.» - -D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de -instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el -mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el -saber? -- Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero -esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y -tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el -privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo -cuanto se les viene á las mientes. - -Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D. -Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que -al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la -memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y -refranes, á los que llamaba evangelios chicos. - -Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos -llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan -poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se -ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba -sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una -virtud, sino como un deber. - -Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente: - -En el año denominado _del hambre_, esto es, el de 1804, año en que -perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas -sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto -de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia -se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer -dos, y cada hombre que se presentaba, tres. - -Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo. - --- Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y -mayor empeño por llevarse los garbanzos. - ---¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora; -que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando -sean las nueve, me podrán hablar. - -Y D. Martin se volvió á dormir. - -Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve -salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que -socorria. - ---¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campanuda voz, -dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los -garbanzos, eh? - --- Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá -traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro. - --- Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A -seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto. - --- Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su -mercé las botas hogaño. - --- Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde, -puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios. - ---¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando? - --- Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles? - ---¿Pues de quién son, señor? - --- De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á -ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con -la voz de bajo que siempre tuvo. - -Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo. - --- Pero, señor... insistieron los arrieros. - --- Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago? -contestó D. Martin. - -¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España, -para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos, -que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie! - -En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia -vuelto con las manos en la cabeza diciendo:--¡Cristianos! aquello es una -Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra, -grulla, mas que sea con un pié! - -Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo -estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba -desde la guerra de la Independencia por todo lo frances. - -En diciendo la estúpida espresion lugareña _es nacion_[4], tenian las -cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se -estremecia al oir la voz _nacion_, y torcia materialmente la boca á las -familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin -_nacion_! decia. A lo que solia contestarle una complaciente -comadre: -- Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas, -compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos _nacion_. - -Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su -labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su -manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de -una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con -hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de -plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos -bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de -seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su -cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no -llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se -ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles -de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y -en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los -picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta -años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar -unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y -sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas. - -Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de -estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy -bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas -finas deferencias. -- Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia -decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda. - -Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin -formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que -le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó -diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha -de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D. -Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de -ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso -instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de -familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas -mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico -y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista. - -La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era -de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el -defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la -edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y -al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí, -llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las -prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra -en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba -un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo, -no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da -la religion. - -D. Martin solia decir al verla tan serena: -- Cuando eran chicos sus -hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia -alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le -cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido -pata: eso es, porque ¡_lo poco espanta, y lo mucho amansa_! - -Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de -aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de -los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la -cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los -religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel. - -En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por -haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la -carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil, -y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia, -y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó -por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su -pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como -en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en -Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza -y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo, -de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado -carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila, -espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues -á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa -vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza -como un poeta, y de la paz como un cenobita. - -El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante -distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin -que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le -hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura. - -D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su -vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad -habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con -uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte -la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si -quieres un _siempre_ bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué -soldado, sale mas acertado.» - -Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para -ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo -hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa. - -Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido -poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia -facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de -la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y -blancos. - -Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino -ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y -derribar reses como el mejor ganadero. - -Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin -andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo -gracia, le definió en estas frases que solia decirle: - --- Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo. - -Si se hablaba del color moreno, opinaba: - --- Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde; -y miéntras mas subido, mas firme. - -Si su sobrino decia alguna gansería: - --- Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á -distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo. - -Pablo habia nacido casualmente en un cortijo. - -Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con -esta definicion: - --- Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de -bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas. - -Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de -Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de -bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo -malo. - -La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya -construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni -el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la -elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr -caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior; -al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales, -alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon -sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia, -componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos. - -Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al -silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles -de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia -haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias -deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros -vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon, -merced á haberlos escondido en una apartada hacienda. - -A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros -de su uso, con entrada por otra calle. - -Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así -para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha -bulla y mucho tráfago de campo. - -Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella -se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por -allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el -título _ad honorem_ de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya -desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia -puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan -los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la -causa de esta omision, contestaba á su manera: - --- Taberna vieja no necesita rama. - --- Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que -está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el -barrocho por ella. - -Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun -costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo -de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser -una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la -proposicion de su tio. - --- Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco! - --- Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de -corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un -toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces -aciguatado. - --- Señor, dispénseme Vd., por Dios. - --- Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha -de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla -por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se -necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida. - -Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y -físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas, -que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor. -Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas -mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida, -al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado -marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra, -en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era -austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion -de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad: - --- Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á -sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad -con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo... -¡y yo estoy resignada! - --- Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que -aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la -voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, _á tu casa_, y puedes mandar -como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren -gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele -el molino. - -Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse -dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al -dolor como á un enemigo. - -Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó -caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo: - ---¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas -prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la -juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y -sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía; -pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida, -desaprenderás el llanto. - -Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad. - - - - -CAPITULO II. - - -Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, -apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con -todo el calor de su amante corazon. - ---¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo -que se hacia, casándose con esta _malva-rosita_. (D. Martin, que á todo -el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así -los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, -un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á -ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que -pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto -que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada. - ---¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia -sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera -creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase -tan pronto. - ---¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el -recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia. - ---¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que -no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro. - -Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones -interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre -cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un -catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador -cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por -no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y -entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en -estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas -habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria -reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de -rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué -chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban -con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un -elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre -un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de -china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la -inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia -una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y -modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, -cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del -espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba -colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita -de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un -magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan -celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de -marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés. - -Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un -jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El -suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un -granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus -magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin -fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su -censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas -pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas -con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan -maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad -de garganta. - -Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada, -el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus -encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la -admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines, -dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada -llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel -Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma -á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio -de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones. - ---¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su -convento. - - ¡Oh! si el sol, luna y estrellas, - Como son astros lucidos, - Fuesen lenguas que alabasen - Tu nombre santo y divino! - -Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su -memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente; -cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas -ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de -felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas -á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la -pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su -conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin -empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se -rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la -serena atmósfera que Dios le envía. - -Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que -caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al -bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su -encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que -alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de -un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada. - -Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y -mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y -domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió -tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un -movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo: - ---¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta! - -La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada -sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le -respondió: - ---¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. -- Mas en la especie de sonrisa amarga -que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la -confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de -dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la -muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!» - -Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los -inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los -sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele -tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez -de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien -constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto -personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del -destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas -generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el -órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien -hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida -recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al -ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia -sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales. - --- D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia -preguntarle: - ---¿Qué deseas, malva-rosita? - --- Nada, -- respondia con una sonrisa de alma y de corazon -Clemencia; -- nada, sino el que no varíe mi suerte. - -Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y -mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los -viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas -á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez. - -La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio -el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian -querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba, -cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada -cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le -habia causado la mas viva é infantil alegría. - -Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas -onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme -decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se -incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un -don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en -un cajon de su papelera. - -En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al -año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era -siempre una alhaja de gran valor. - -Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni -como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que -le gustaban á ella. - -Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con -ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad. -Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su -tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué -que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber, -tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para -encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre -superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar -los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el -conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura. - -No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió -á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el -aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas, -dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para -esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el -espíritu y no la letra. -- Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo -que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus -conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo -formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que, -como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto, -una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un -perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil. - -Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto -que el saber está al alcance de todos, y no es una _prerogativa_ sino -una _ventaja_, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y -la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino -de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los -valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre -hallarán otro que sepa mas que ellos. - -Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el -ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que -sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada -en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad, -pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan -las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete -bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el -gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no -con desden, es la gran sabiduría de la mujer. - -La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio -ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se -le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á -una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y -para tí misma. - -Lo que aprendas, líbrete Dios de _lucirlo_; pues harias de un bálsamo un -veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave -y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen. - -Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de -aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo, -y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que -justicia. - -No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del -orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu -sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues -es el desprecio crímen de lesa humanidad. - -Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas; -pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad -que no crea envidiosos. - -Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros -como _amigos_ apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin -caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen -olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia, -prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte -ni apasionarte como amantes. - -Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas -perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te -ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da -el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena -enseñanza. - -Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que -descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo. - -No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta -alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de -ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por -culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser -paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas -felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados -caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en -todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes -castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el -físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que -atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir -demonstrará cual ellos. - -Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de -Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy -dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan -alto levanta, en el que se lee: _¡intereses materiales sobre -todo!_ -- Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y -el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren -tendrá siempre las mismas tendencias, la de _arriba_ y la de -_abajo_. -- Dios que nos llama y dice: _¡sube!_ -- El enemigo de nuestra -alma que nos arrastra y dice: _¡baja!_ -- Ocupen los intereses materiales -el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales. - -No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para -lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables, -y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos; -la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda -interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar. - -No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean -buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta -ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad, -por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad. - -Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta, -no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios; -y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es -preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo -la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su -soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto -puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha -dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á -ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en -circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al -hombre. - -No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la -delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya. - -¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni -aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la -mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas -es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario -siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la -que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la -que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la -frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos, -debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de -nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca -herir ni chocar con ellos. - -Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no -observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa, -despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota -ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el -mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te -entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano. -Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo -miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como: - -«Todos los hombres son iguales. - -Quien vió una mujer, las vió todas. - -El corazon del hombre siempre es el mismo. - -Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de -los andaluces.» - -Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, _piensa mal y acertarás_; no -pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu -juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y -la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la -segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse -engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre -preferir _la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio_. - -No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de -entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es -el que halla á todos los hombres iguales. - --- Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos -eran raros. - --- No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que -resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que -pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un -original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es -el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal, -esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble -corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo -de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y -altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños. - -Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto, -obscuro y poco lucido. - -Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya -austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los -brotes de un corazon rico y noble. - -Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que de continuo -asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente -despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos -estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que -cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo, -que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en -un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera, -habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar -su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma -preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no -adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa -de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin -corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella -accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo -el saber humano. - ---¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia. - --- Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba -sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en -aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si -pones en práctica las que deseo inculcarte. - -De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto, -cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia; -haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el -sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta. - -Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los -libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio, -empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo -amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y -constancia propias de su genio. - -Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta -señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo -á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad. - -Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era -que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el -estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á -Clemencia: - --- Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten -presente que boca brozosa cria mujer hermosa. - -Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia: -¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda, -díle al tio que ménos espuma y mas chocolate. - -En cuanto á Pablo, solia decirle: - ---¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la -familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos -tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra -y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus -agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de -albarda? - -Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto: - - San Pedro como era calvo - A Cristo le pidió pelos, - Y Cristo le respondió: - Déjate de pelos, Pedro. - - - - -CAPITULO III. - - -Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y -desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D. -Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las -cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres -distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan -entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas -pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta -como la nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra -del porvenir. - -En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos -los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera. - -Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia -con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre -superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y -mas provecho. - -El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus -sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes. - -Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer -mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances -y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos -suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y -otras para su mal y su corrupcion. - -Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante -existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera -modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres -no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres -casi siempre designados con el nombre de _oscuros_, hombres apegados á -su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan. - -Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las -continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el -fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en -ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella -mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació, -pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia -sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia -aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto. - -Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy -niña, y faltábale esperiencia para conocer lo que valia su primo, y se -reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio. - -Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que -no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años -pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual -estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña -Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave -María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud, -florecia cual una lozana y alegre primavera. - -Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y -aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del -Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un -curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo -cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el -porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo -que es y de lo que puede. - -A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio, -que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con -una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al -porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de -venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres. - ---¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon -de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente, -llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya -la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse. - --- _Entepá_, dijo la gentilla por decir _gente de paz_. - --- Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves, -dá á esa _entepá_ media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo -estafermo montaraz. - -No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus -lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. -Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por -debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus -enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus -descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un -habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de -embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco -deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su -rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las -de su casta. - ---¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia. - ---¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como -hemos dicho, no habia nada en que no se metiese. - --- Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña -comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas, -y que sirvan para meter en ellos el alhucema. - --- Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos, -carita de rosa; que le diré su buenaventura. - ---¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro -Ponto, dijo D. Martin. - --- Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó -alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la -digan! - ---¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin. - ---¡Déjala, si le divierte, _Metomeentodo_, opinó Doña Brígida; que eres -como el tomate, que en todo se encuentra! - ---¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros -de la singracia. - -Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras -de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil. - -La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano -de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con -recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia: - ---«En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no -va cosa mala. - -«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre y buena madre, -y tiene la sangre limpia, como agua de buen _manantal_. - -»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de _albajaca_, que muchos -la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas -las cosas le hacen gracia. - -»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante -y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se -la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la -reina de las flores. - -»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de -la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y -otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, _pues bien sabe -la rosa en qué mano posa_. - -»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le -falta dinero. No me sea, _jermosa_, desaborida; écheme un remiendo á la -vida. - -»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo -zampo.» - -Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la -profetisa, eran generalidades que nada precisaban. - --- Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida -dicen arrumales. - -En seguida preguntó Clemencia á la niña: - ---¿Sabes rezar? - ---¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá. - --- Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla. - ---¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia. - --- Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo -bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así: - - A la cabecera pongo la luz, - A los piés de la Santa Cruz, - Al lado derecho á Adan, - Al lado izquierdo á Eva, - Para que no lleguen sapos ni culebras - Ni sarabandija ni sarabandeja; - Sino que vayan donde va esta piedra. - -Y tiro una piedra así--(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á -D. Martin). - --- Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la -chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida -de Dios te llegues tú por aquí. - ---¡Ay Jesus! y qué señor tan _repanchiago_ de cuerpo, y tan _respingao_ -de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla. - ---¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia. - ---¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso, -con una calavera de mula por almohada. - --- Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con -esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que -parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese -usía _abujado_ que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una -abulaga. - ---¡Pobrecita! esclamó Clemencia. - ---¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años -once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar! - --- Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia. - --- Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen -gracia, gruñó D. Martin. - --- Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á -correr. - --- Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa -langosta de Egipto, le gritó D. Martin. - ---¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad, -y qué señor tan respetuoso! - ---¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo? - --- Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su -mercé en ese sillon tan _jermoso_, que parece un colchon sin bastas en -una galera despalmaa. - ---¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; -mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago. - -Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á -la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una -cedulita que dió á su protectora diciéndola: - --- Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de -abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo -la gitanilla. - ---¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su -asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la -entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse! - --- La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y -reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? -- prosiguió dirigiéndose á su -mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes -de usted. - --- Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal -acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en -que no hemos de estar sino de tránsito? - --- Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, -á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, -digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no -fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta -del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha -estado en él. - --- Dí _gracias á Dios_, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer. - --- Sí señora, sí señora, no hay duda de que _de Dios nos viene el bien, -pero de las abejas la miel_; contestó su marido. - ---¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó -Clemencia al Abad. - --- Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera -está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre -ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas -formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra -vuelven. - --- Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy -para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? -que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y -no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, -y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola? - --- Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en -un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el -corazon de ansiar por ella. - --- Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que -te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que -has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas -jerigonzas como los requilorios á las viejas. - -_Latines_ era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber. - --- Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. -El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como -él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un -gran deseo de aprender. - --- Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de -delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes -por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero -plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la -boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha -de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer. - --- La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se -muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su -propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento -de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de -una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los -propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí -mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se -permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia -palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la -muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de -enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, -que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que -va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona -presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un -segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el -placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la -delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene -sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe -de la cultura su esquisito perfume. - --- Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos -espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena -sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la -flor, como dirias tú. - --- En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece -lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da -ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para -esta fruta, y ramas secas para aquella flor. - --- Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no -le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio. - --- No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar -como oro en paño. - --- Eso es una tontería de dos varas, niña. - --- Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que -le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera -delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los -periódicos? - --- Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con -las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; -pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues -lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo -hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su -oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la -confianza en Dios, y los piés en la calle?» - --- Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi -prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa. - -La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó -olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre -llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas. - --- Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios -tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el -centro de la tierra. - --- Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre. - --- Anda, anda, que yo te lo mando. - ---¡Por Dios, señor!... - ---¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted! - --- Sea el que fuere, debemos respetarlo. - ---¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé. - --- No me lo mandais, no. - ---¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles! - --- No puede ser. - ---¿Y porqué no, malva-terquilla? - --- Porque no me querréis dar una gran pesadumbre. - ---¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora? - --- Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre. - -En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que -habia echado de ménos. - -D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su -malva-terquilla. - --- Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena -y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que -me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres -en mi oratorio. - -Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el -oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto. - -Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. -Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, -á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en -el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero: - - LO QUE ERES, FUI; - LO QUE SOY, SERAS! - -Clemencia salió tétricamente impresionada. - --- Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que -habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una -idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales -espectáculos? - --- En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo -busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad -tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese -esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la -otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce -su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas -elevada. - ---¿Lo aprobais, pues? - ---¿No lo habia de aprobar, hija mia? - ---¿Y acaso hariais otro tanto? - --- No. - ---¿Lo aconsejariais? - --- Tampoco. - ---¿Porqué no, aprobándolo? - --- Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan -lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y -espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el -mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser -jueces, no solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La -libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada -cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que -no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa -intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é -indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y -una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se -ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento. - - - - -CAPITULO IV. - - -Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su -vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y -toleraba en ella, llamaba el arca de Noé. - -Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un -instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado -de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el -alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si -al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley -práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica -la senda; el ejemplo arrastra á ella. - -Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la -verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los -horrores de la tierra mas apartados. - -¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que -no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia, -que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se -aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica, -la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra -argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los -ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas -vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente -superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez -la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda, -agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin -hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la -barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no -pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros -instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz -_oscurantismo_ como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que -en el _saber_ no está la _moral_, sino la _corrupcion_ del vulgo! El -mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la -felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por -otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y -feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza? - -Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á -saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida. - ---¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora. - --- Al campo, á coger flores. - ---¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios, -hija, si te divierte. - -En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su -sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con -las niñas, le dijo: - --- Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, _Regina -angelorum_? - --- Al campo, señor. - --- Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si -pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es -necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme -adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla? - --- Lleva un perro, respondió Clemencia. - --- Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es -grande. - --- Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no -se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla, -prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas, -aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia: -entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con -Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno -está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero. - -Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron -despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos -piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las -madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus -encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja -sus jorobas. - -En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó -Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo -de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena -triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico -suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas -voces en el corazon. - -La niña mas chica traia un pájaro. - --- Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que -aprieta con la mano. - ---¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano _apretá_, sino _aflojá_. - ---¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia. - --- Sí, contestó Mariquilla. - ---¿Pues qué son? - - Los pájaros son clarines - Entre los cañaverales, - Que le dan los buenos dias - Al sol de Dios cuando sale. - --- Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de -Dios. - ---¿Y no se deben matar los animales? - --- No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento -posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta -ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad. - -La niña titubeaba. - --- Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la -mayor. - --- Si tengo la mano _abría_, y no se quiere ir... - -Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente. - ---¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias -una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las -virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por -el mundo entero? - --- La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor. - --- Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad, -dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad, -porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar. - ---¿Y el que no tiene nada? dijo la niña. - --- Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar -algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion -en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para -convenceros de ello, os contaré un ejemplo. - -Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los -niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y -los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen. - -Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer -silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios; -y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á -escucharla. - -Clemencia habló así: - ---«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran -mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en -hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus -sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su -herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus -vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que -las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un -beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien -criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para -dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud -decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de -beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas -en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado -á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices. -Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los -obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los -hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un -ángel. - -Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año -transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon -que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las -inteligencias. - -Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como _jueza_ en su -trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso -hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir -esto, y preguntó si estaba concluido. -- Sí señora, contestó el -interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras -de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las -gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas -un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa -reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo -faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo -para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una -señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de -hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.--¿Y la tienes contigo? -preguntó la reina. -- Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré -de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí -con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de -caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban -dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una -pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir -de aquel lugar tan concurrido.--¿Qué quiere este bello niño? preguntó la -reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana, -á ninguno que deseaba hablarle. -- Quiero, contestó el niño con mucha -dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo -premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.--¿Y quién -es? preguntó la reina. -- Es esta pobre anciana, contestó el niño.-- -¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho, -nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. -- Y no -obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. -- Pues ¿qué -ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser -justa. -- Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. -- Ya veis, señora, -esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! -- Sí, repuso el -niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó -conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño -Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba -premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia -merecido. - -Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos -valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con -que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y -hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios -que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva -su recompensa.» - - - - -CAPITULO V. - - -Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron -discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran -muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos. - ---¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié. - ---¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del -lugar que andarán de tuna. - --- No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia -fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me -temo... - -No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada -y azorada gritó: - ---¡Eh, toro! - -Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que -las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus -vestidos. - -Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun -medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar. - -El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del -camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas, -como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas -hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba -indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma. - -Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse -en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como -á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria -tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida? - ---¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos. -¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro -en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad, -y grande tu valimiento! - -La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura el seco ruido -de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y -descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de -Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto. - -En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y -moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto -sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que -con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres, -que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán -artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al -pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se -apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran -podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie -sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado. - -En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el -toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y... -partió hácia él. - -Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del -vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió -agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas -por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde -cayó en tierra. - ---¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su -lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y -tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni -altera en palabras. - -A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia, -cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la -poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó -por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino. - -Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se -echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el -efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los -pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto. - -Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí -aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con -admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal -cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez, -levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en -sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de -la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo. - ---¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas. - --- Calla, murmuró este á su oido. - -Aun no habia pasado el peligro. - -Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los -resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras -del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del -estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante, -retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos. - -Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y -se viene acercando. - ---¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia. - -Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero, -venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su -uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia, -pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan -poca ventaja le reportaba. - -Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan -aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el -peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago, -lejano y grave rumor. - -Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del -brazo de su salvador. - --- Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no -puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa -de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud -han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento! - -En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de -garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se -veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando -alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que -la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en -el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo -ocurrido, al estático y embriagado auditorio. - ---¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, -- Pablo es todo un hombre. -Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la -obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á -guapezas, muestra,--¡por via del Dios Baco! -- la sangre de los Guevaras. -¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden -charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los -hombres de pelo en pecho. - --- Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero; -que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha. - --- Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era -para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado. - --- Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre, -repuso Clemencia. - --- Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña -Brígida. - --- Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y -en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia: -¡no hay nada sin Dios! - -En seguida contó á su mujer lo ocurrido. - ---¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida, -gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho -mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad; -pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de -todas las demas buenas calidades. - --- Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una -heroicidad; es una abnegacion de sí mismo. - --- Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo -que te doy, Pablo, es el potro ruano _Andaluz_, para que le luzcas á él, -como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el -mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía. - ---¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el -mejor que teneis. - --- Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso -su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor -empleado; me querrás decir? - --- Por _Andaluz_ os darán en feria cuarenta mil reales, tio. - --- Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale _Andaluz_ de casa; ese -es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino -tú, ¿estás? No ha de enseñorearse _Andaluz_, por via del Dios Baco, sino -con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡_Andaluz_, que hace polvo en un lodazal! - ---¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado -á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que -lo mas prudente es el valor. - ---¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese -refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me -olvidará. - ---¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad. -¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud! - --- De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo. - --- Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose; -si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo, -Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el -alma. - -Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus -brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo, -abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones -ardientes, tan espansivo y tan tierno. - ---¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la -señorita, que al fin es su prima, ya era una hombrada de las pocas; -pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso -es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de -lo grande, de lo santo, de lo sonado! - --- Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A -este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida -de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como -ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú. - --- Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su -mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo -se lo agradezco! - -Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion -y de gratitud de que era objeto. - -Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada -pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y -lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia -era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura. - ---¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre -para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia -singuilindango? - --- Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que -la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres -de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un _mal haya_? ¡no como -otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! -- Y vengo -tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de -vino, para ponerme un reparito en el _estógamo_, pues con la alegría me -se ha _escompuesto_. - ---¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via -del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una -pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina! - --- Pues sí, Señor D. Martin, que lo _mesmo_ es una alegría que un pesar -para estrépito del cuerpo. - --- No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le -basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro -en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad; -nada le luce. - ---¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que -me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay, -Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje! - --- Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de -la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D. -Martin, dándole una peseta. - ---¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los -deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja. - --- Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado, -pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está -Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la -espalda, -- sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa. - ---¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al -irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado. - - - - -CAPITULO VI. - - -No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en -Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian -ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la -influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian -enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y -el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos -forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos -alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia, -benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de -que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa. - -Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, -las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas -sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran -seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo. - -Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. -Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no -impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la -baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, -delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los -años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia -sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, -que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar -espinas. - -Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un -sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, -vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á -empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron -el siguiente diálogo: - --- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando -los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte. - --- Que manden repicar, contestó D. Martin. - --- Señor, no sea su mercé _asina_, y tenga compasion de su prójimo. Me -envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para -pagar un _préfulo_; mas que sean prestados; que él se los pagará á su -mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería. - ---¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los -plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser -enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el -dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en -pagármelo? - --- Señor, el que no tiene, ni paga ni niega. - ---¡Hola! - ---¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre. - --- Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; -su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del -campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida -sosteniendo las esquinas, les viene la _casaca_ como el aceite á las -espinacas. - ---¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto -que un ajo. - --- Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca -hace _na_. - --- Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con -el hijo del tio Gil. - ---¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á -sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues -dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le -costeo, que canta el misterio. - --- Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y -tan gordita... - ---¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura. - --- Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el _probecito_, -está malito de la desazon. - --- Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano. - --- Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé -que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita -surcos de llorar. - --- No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á -albarda, muerde la atafarra. - --- Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es -el paño de lágrimas de los desdichados... - --- No me venga Vd. con gatatumbas. - --- El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es -endeblito. - ---¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro. - ---¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito! - --- Sí, sí; lo que está es rajado de gordo. - --- Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos. - ---¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se -zamarrea de ganso! - ---¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor. - ---¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira? - --- Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro -que se llama _el moral_. - --- No diga Vd. _sinfundos_, tia sabijonda; moral no es ningun libro. - ---¿Que no? ¿pues qué es, señor? - --- La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad. - ---¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor! - --- Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina -con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir -despropósitos en tono de sentencias. - --- Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe _latines_ y -estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los -cuartos. - ---¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de: - - Pájaros con muchas plumas - No se pueden mantener; - Los escribanos con una - Mantienen moza y mujer. - --- Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que _Séneca_. - --- Mas valiera que se hubiese atenido al _arache_ y al _cavache_.[5] - --- Pues yo he querido que _aprienda_, señor, que el saber no estorba; y -que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no -compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas. - ---¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio -_bragado_ y _pintado por el lomo_! ¡Pan de rosas! que cuando no está -preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por -una riña, y en este por una pendencia. - --- Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que -unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena. - --- Se le cogió _fragantelito_, yo lo vi. - --- Eso fué allá en _años témporas_. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su -mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los -unos grande, los otros chica. - --- Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de -Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos -olvide. - --- Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con -mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda. - ---¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que -la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios. - ---¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote -en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado? - --- Desearle buen viaje. - ---¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!... - --- De obras buenas, tia Cansina. - ---¡Señor, por María Santísima!... - -D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el -toque del tambor: - - ¡No hay remedio! ser soldado - y marchar al batallon, - en que avivan á los flojos - con el pan de municion. - Rrrrrran, tan, plan, plan: - un cabo loco te amansará. - --- Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su -mercé esos dineros? - ---¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. -¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis -abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los -vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al -moralista de su sobrino á que _aprienda_ disciplina, que lo hará mas -liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas -como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios -con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las -amistades. - --- El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco -importa, dijo entre dientes la tia Latrana. - ---¿Qué está Vd. ahí _musitando_? preguntó D. Martin. - --- Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera -yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no -lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno. - -Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas. - --- A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero -un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, -si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de -un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me -caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota. - -Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en -quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en -favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como -solia estarlo. - --- Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera -hablaros. - --- Díle que estoy sordo, contestó D. Martin. - ---¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan! - --- Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la -madera de los Latranas ni para tacones es buena. - ---¿Qué os han hecho los pobres esos? - ---¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho -y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le -llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un -basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á -un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á -mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme -ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna. - --- Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño... - --- Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; -aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro. - -Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir: - --- Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que -hambre y esperar hacen rabiar.» - --- Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana -al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? -Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro. - --- Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé -que la _probecita_ está muy malita; por si su mercé le quiere dar para -un pucherito, respondió la vieja. - ---¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; -Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la -Perala, que era cada dia mas mala. - ---¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua _desbocaa_. ¡Vea Vd.! -¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma! - ---¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios. - --- Ello es, Señor, que _eifica_. - ---¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el -diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los -buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den -garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva -hasta que yo la llame: ¿está Vd.? - --- Sí señor, y Dios se lo pague á Vd. - -Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil. - -Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana. - ---¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó -impaciente D. Martin. - --- Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, -repuso la embajadora. - --- Le hacia daño el puchero. - --- No señor; pero el _méico_ le ha mandado una bebida con _manesia -cansinada_, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis -reales. - --- Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla. - -Al dia siguiente se repitió la misma escena. - ---¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo -esta! - --- Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la -han mandado administrar. - --- Al cura con eso. - --- Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar. - --- Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y -definitivamente. - -Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida -del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre. - --- Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.--¡Vd. se ha empeñado en -acabar con mi paciencia, caracoles! - --- Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre. - ---¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora? - ---¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle -el entierro. - ---¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto -ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, -tia Barrabas, hasta el valle de Josafat. - -¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana -cuando ménos se pensaba. - ---¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que -una terciana doble; ¡caracoles con Vd.! - --- Señor D. Martin, vengo porque mi comadre... - ---¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin. - --- Señor, la _probecita_... - ---¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió? - --- Sí señor, pero... - ---¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro? - --- Sí señor, pero... - ---¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante. - --- Sí señor: ya voy; pero... es que... - ---¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad. - ---¡Es que resucitó! - -Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero -no así D. Martin, que se puso furioso. - --- Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir -para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que -hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, -que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas -audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, -la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan -mandria, ya deberia haberlo hecho. - -La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba -fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí: - --- Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El _méico_ -dijo que habia sido un _cincopiés_ (síncope). - --- Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés. - --- Señor, dice el _méico_ que se le ponga una docenita de _sanguisuelas_. - ---¡Una docena de culebras de vara y media! - --- Señor, si no se le ponen, se muere de una vez. - --- A bien que le tengo pagado el entierro. - --- Señor, ¿la dejará su mercé morir? - --- A bien que resucitará. - --- Señor, eso es una falta de caridad. - ---¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando -hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades! - --- Señor, no me entretenga su mercé; que las _sanguisuelas_ urgen. - --- Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: -¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en -toda la campiña. - --- Señor, si no me da su mercé el dinero para las _sanguisuelas_, tendrá -sobre su conciencia la muerte de esa bendita. - -D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, -como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á -las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo -tiró á la vieja diciendo: - ---¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca. - -Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse -entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el -libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la -cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió. - -La vieja habia desaparecido. - ---¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y -estancando la sangre con su pañuelo. - ---¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; -¡cómo te dejas arrebatar por tu genio! - ---¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. -Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio? - ---¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo -Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los -cuidados que le prodigaba Clemencia. - --- Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, -¿es cosa mayor? -- Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.--¿A -qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis -pecados? -- Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose -á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!--¿Estais de -vuelta? -- A esa vieja maldita, colgadla por los piés. -- Pablo, petate, -¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco? - --- El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia -llorando. - --- Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y -á él le vas á meter aprension. - --- No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen -bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. -- Clemencia, -añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con -la prueba de interes que me has dado. - -Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el -hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero -vértigo. - -En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un -cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados. - ---¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... -¡Dios mio! ¿se irá á morir? - --- No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la -pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio. - -Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la -señora, y se puso á curar la herida. - -Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á -Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de -lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los -volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste -aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos. - --- Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una -sangria. - -Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para -aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos. - --- Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que -con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita -vieja! - --- No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no -es cosa de cuidado. - ---¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo -que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que -una breva? - ---¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas -condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la -comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre! - --- Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto -Pablo contigo una pica en Flándes. - --- Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo -que ha hecho es una noble y generosa accion. - --- Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una -borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se -vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de -las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor -de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la -Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel. - -D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como -primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la -hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando -toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de -esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion -que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el -cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen -querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: -¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de -madera? - -Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo. - --- No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he -cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida. - --- Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy -franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la -generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño. - --- Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre -flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que -voy á pasar. - -Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo -intranquila y disgustada. - - - - -CAPITULO VII. - - -El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que -ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo -estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su -sobrino. - -Pensó que Pablo, -- á quien en el fondo queria y preciaba, -- Pablo que era -un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia -buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero, -era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á -su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto -por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar, -quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida. -Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no -se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien -arrobas. - -D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion. -Así sucedió, que á los dos dias, habiendo salido su mujer por haberle -avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á -Clemencia: - --- Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de -seis años que murió tu marido. ¿No es así? - --- Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste -y amargamente. - --- Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar -estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de -tu jardin. - --- Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en -eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y -al de mi tio? - ---¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas! -¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te -hallarás sola como el espárrago. - --- Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni -llora? - --- Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita. - -Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado -la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna, -nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que -calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió: - --- Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un -hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito -sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que -se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo -juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita? - -Clemencia aturdida y consternada callaba. - -D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si -bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto -independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por -precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil -como el de Clemencia. - ---¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su -interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar -mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un -hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el -Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace -que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el _rendibú_ á la -francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en -los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas -miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; -chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,--¡por via -de sanes! -- sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las -narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos -piones, harian mejores maridos que Pablo? - --- No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca -he pensado en novios ni en casamiento. - --- Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte -la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer -sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si -bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, -que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son -pardos. - -Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que -su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á -interrumpirle diciéndole riendo: - --- Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy -por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en -eso. - --- Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio -Porra, que duró treinta años y no llegó la hora? - ---¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que -haces?--¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido -hoy de repente á casamentero? - ---¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque -soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué -manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de -casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es -vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de -pasar toda tu vida sola como el espárrago. - -La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo -alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara -ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como -una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven: - --- Cuanto me pidais haré á ojos cerrados. - --- No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles -para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que -maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la -sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza -repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas -quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo? - --- No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia. - --- Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto, -quieres tu bienestar. - -Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar -amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio; -pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir -un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre. - -D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la -comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de -haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando -intactos los platos que le servian: - ---¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido? - -No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese -notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista. - -Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos -observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la -falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile. -Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin -causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que -no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la -igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba, -decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y -moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor -risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y -reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior. - --- Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre. - --- Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de -su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda. - ---¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está -allí de molinero? - --- Francisco Perez, señor. - ---¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste? - --- Porque era injusto no hacerlo. - --- No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese -no le ha de entrar la manía por escrúpulos. - --- Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que -recibe y entrega por cuenta la maquila. - --- Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo. -Ademas, no quiero gentes de Villamartin. - ---¿Por qué, señor? - --- Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos. - --- Esa es una preocupacion vulgar, señor. - ---¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías me huelen á -discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy -para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco. -¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion -en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda, -con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo -fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien -pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y -se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los -picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado? -Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro, -cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan -contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo -valia sus veinte doblones mas que el negro. -- Juana, prosiguió sin -pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la -nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene -novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo; -que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de -devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra -parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida? - ---¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida? - --- Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua -de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la -habia querido matar despues de llenarla de _indultos_, segun su -espresion? - --- No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo -Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el -pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas -atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias. - --- No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi -corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta -que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia -Machuca y la tia Carrasca. - --- Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese -nombre. - --- Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y -María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir -la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria -yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y -mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres -personas distintas y una sola _indinidá_. - --- Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á -los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos. - --- Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un -gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa -me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí. -Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las -herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion -de las viejas zafias que lo son las mias. - --- Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo -pausadamente Doña Brígida. - --- Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo -era el dia en que me casé. - --- Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me -agradan, has acertado en envejecer. - --- Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó -viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante -marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado -garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede -digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... -Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. -señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te -comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!... - --- Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las -temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba -creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos. - --- Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y -de dia, dijo D. Martin. - --- Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó -ménos las personas sentadas á tu mesa. - --- Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me -gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con -tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, -que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el -sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de -manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: -ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera -siquiera por una buena moza... - --- Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de -veras que el leer sea anti-estomacal? - --- Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te -voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que -estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho -yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, -¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de -pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo -que enseña el estudio de lo fino? - ---¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo. - --- Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo. - --- Será la de Dios. - --- Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo. - --- No caigo, tio. - ---¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni -hincharse de términos curruscantes! - --- Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía -el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una -ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó, -que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. -- De todo, -contestó el boticario. -- Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el -quinto. - ---¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo -se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la -sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. _Lo que natus es, -negar no potes_; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva. - -Pablo y el Abad se echaron á reir. - ---¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido -decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me -opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le -vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del -boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que -para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de -oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á -censo lo que digo, ni por donde quema. - --- Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo -á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para -los fariseos, hermano. - - - - -CAPITULO VIII. - - -Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia -hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que -pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente! - -Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su -despacho, le habló en estos términos: - --- Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara. - --- Sí, señor, uno y otro, -- contestó Pablo, que era grave, sonriendo -friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio -que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque -le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio -la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la -inteligencia. - --- Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa -costal de paja, ¿eh? - ---¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta. - --- Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la -manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así -todo se queda en casa. - -Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por -la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente -pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la -lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las -lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro -orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le -habria causado; y para cerciorarse preguntó á este: - --- Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso -sabeis lo que diria? - --- Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué -decírselo á ella. - ---¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia. - ---¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se -hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, -aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas -mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba. - ---¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo. - ---¿Hablo _estranjis_, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, -pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no. - --- Pues siento decíroslo, tio, -- dijo Pablo en tono sereno y -decidido; -- pero os habeis equivocado. - -No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en -que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la -de D. Martin al oir á su sobrino. - -Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que -en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que -sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, -se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... -pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que -respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al -verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres -sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre -albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda -con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon. - ---¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la -viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una -Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué? - --- Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de -Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un -hombre que valga mas que yo. - ---¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el -plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se -propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y -bien te vendas. - -Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio -no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á -rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente: - --- Señor, ello es que no me puedo casar. - --- Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué? - --- Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis. - ---¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido? - --- No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo. - ---¿Estás quizas enfermo? - -Pablo se detuvo un momento, y luego contestó: - --- Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi -hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los -médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me -espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos. - ---¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo? - --- Un facultativo de Sevilla. - --- Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso. - --- Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su -sistema. - --- Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista -de mano pesada. - --- Señor, -- contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su -tio, y no pudiendo ya retroceder: -- no me siento precisamente malo; pero -tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil, -otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion. - ---¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito -que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro -cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy -para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio, -quedamos todos aplastados como los Filisteos! - --- Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me -han prescrito un régimen preventivo. - -Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un -golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo. - ---¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se -pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que -mucho se cura... poco dura? - --- Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el -hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su -casamiento. - -D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia -que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba -Pablo. - ---¡Vea Vd., -- pensaba, -- un moceton como un trinquete, un jastial como un -loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de -Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas -espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal -manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la -puya al trompo y se descubre el busílis? - -Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas. - --- Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se -arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora -salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia -un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo -como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que -tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, -á quien quiero como á hija, le dejo, -- por justicia que á ello me obliga, -y por cariño que á ello me induce, -- no solo cuanto libre tengo, sino la -mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer. - -Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno. - --- Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. -Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese -rogado que lo hicierais. - -Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, -D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos -atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á -Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia -que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza: - --- Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar -cédula real para dejárselo todo. - ---¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que -dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la -conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, -no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por -amor se renunciase al amor. - --- Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia -muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al -coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan -animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por -mal que le venga, no se enoje. - -Diciendo esto se salió bufando. - -D. Martin por primera vez se halló _apurado_; no sabia cómo salir del -paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su -Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á -callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija; -pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su -pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar -su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos: - ---¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de -Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un -roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se -lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el -padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo -mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues -sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se -pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña? -¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese -cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el -pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile -mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia. - -Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena -inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de -todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se -llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion, -el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion, -se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el -derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una -usurpacion. - -Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que -habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que -así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido -rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres, -que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como -porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su -tio. - -D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á -quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera. -Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero -cariño: - --- Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas -de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando -yo falte, no tengas cuidado... - ---¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas. - --- No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los -viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así -es, que te ha de quedar--¡por vida mia! -- para que arrastres coche. - ---¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso. - --- Pues será para moños. - --- Señor, sabeis que no me gustan. - --- Pues para brocados, como te mereces. - --- Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la -nobleza. - --- Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está -mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, -¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. -Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo -por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi -herencia para el otro mundo? ¡Caracoles! - - - - -CAPITULO IX. - - -D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que -estaban solos, á su mujer: - --- Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de -Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo -dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en -sazon, ha dicho que no? - --- Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta. - ---¿Y porqué?... ¿me querrás decir? - --- Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos -ántes que á tí, Martin. - --- Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta. - --- Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud, -guiar nuestras inclinaciones. - --- Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la -mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice -lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no -piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio. -Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo? - --- No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de -intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del -cielo baja. - --- Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches -sin cocheros y los barcos sin pilotos. - --- Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su -conciencia. - --- Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si -trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que: - - Lo de mi casamiento - Parece cosa de cuento; - Miéntras mas se trata, - Mas se desbarata. - -Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo. - --- Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y -el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte. - --- Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el -cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado -con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me -dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan -contenta, que ni un perro harto de carne. - --- Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin. - ---¡Ay señor! vengo de muy léjos. - ---¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el _mucho_ andar trae el -_poco_ andar. - --- Señor, la necesidad hace á la vieja trotar. - ---¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á -la que puede caer la sombra de un coche? - --- Porque mi sobrina está de parto. - --- Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho. - ---¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á -ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen. - --- Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. -garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha -venido. - --- La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis -parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No -tiene espigas, sino espigorrillos. - ---¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen -los labradores en la mano al sol y á las nubes? - --- Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó -lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. -Así... iba á pedir á su mercé si me queria _emprestar_ para mercar un -cochinito, para criarlo y ver así de remediarme. - ---¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un -lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña! - --- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que -puso en contacto su barba y su nariz -- á quien de miedo se muere (con -perdon de su mercé) con _moñiga_ le hacen la sepultura. Ademas, señor, -al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono -natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. -¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí -hace. - ---¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los -dineros que le presté para el habar del año pasado? - --- Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? -Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que -viene podré pagar á su mercé y remediarme. - --- Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me -pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe -todo el año. - ---¿Señor, y los _probes_ qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre. -Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los -amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable -y de los nombrados, y yo una _probe_ desdichada, soy su amiga, señor... -que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el -alma. - ---¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino? - --- Sí señor, sí señor. - ---¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener? - --- No señor, no señor. - ---¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está -Vd. hueca? - --- No señor, no señor. - --- Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de cuatro meses, y -eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua. - --- Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor -mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la -vieja. - --- Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin. - -En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado. - --- Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo. - ---¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin. - --- Las mieses. - ---¿Han sacado los ganados? - --- Sí señor. - ---¿Y los aperos? - --- Tambien. - ---¿Le has avisado al señorito? - --- Va para allá que vuela. - --- Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, -sea lo que Dios quiera. - -Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San -Lorenzo, abogado del fuego. - -Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus -manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia. - ---¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin. - --- Sí señor, contestó Pablo. - ---¿Se ha salvado algo? - --- La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, -se les han quemado todas. - ---¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo. - ---¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el -corazon. - --- Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido -que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo -saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada -cual lo que haya perdido[6]. - -Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo, -que volviéndose á un criado: - ---¡Otro caballo! gritó. - -Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta. - -Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus -habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de -los caballos; al verla, Pablo esclamó: - ---¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí! - -Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la -fausta nueva á los interesados. - --- Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo -Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa -aquí? - --- Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita, -respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena -accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por -tí -- así; bien:--¡otro por él! -- así! Pensó bien en transmitírmelo por tí, -pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su -nuera. - ---¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia. - -Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo -ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas. -Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar -una palabra. - ---¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser -rico? - ---¡Mejor es bueno! contestó ella. - --- Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se -necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena -voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia -voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No -parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, -- dijo -á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su -marido como la cosa mas natural y sencilla, -- mande Vd. estos cansados -cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira, -María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la -olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer? - --- Lomo, señor; y carnero dorado. - ---¿No hay aves? - --- No señor. - --- Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de -tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la -arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de -repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos. - --- Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas, -dijo doña Brígida. - ---¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el -marido. - -Las criadas se fueron. - ---¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que -poca hiel hace amarga mucha miel. - --- Es que la moza mala hace al ama brava, señora. - --- Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado -reverencioso. - ---¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que -venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, -aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta -un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las -gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que _asina_ las llamas le -volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da -su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante -y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. -¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia -hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su -metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por -medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge -al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su -ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia -el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se -podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á -él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un -Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... -tal astilla. - --- Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale. - --- Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce. - -En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como -Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre -Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo -sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este -llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al -cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del -mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa -de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre -el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero -como la luz del sol. - -Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y -originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta -á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo. - --- Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á -los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo. - --- Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, -repuso D. Martin. - --- Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña -Brígida. - --- Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis -padres y mi primo, que cien cosechas. - --- Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un -granero en el que no se pica el trigo. - - - - -CAPITULO X. - - -D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su -testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense -quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de -respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les -dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues -si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no, -entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la -reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados. - -En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado -aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos -sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su -sillon en una gran habitacion baja interior. - -Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en -iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho -puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de -la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; -los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D. -Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su -amo, las hermosas espresiones de gracias populares. - --- Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para -hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo! - -Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y -otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á -quien de diarios se la enviaba D. Martin[7]. - ---¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que -quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir. - -Los hombres se acercaron. - --- Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una -chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la -guarnicion de la casa del rico mayorazgo. - -La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era -el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el -caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos -cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la -cabeza y dijo: Que venga la cocinera. - --- Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla -venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares? - --- No, señor; ¿porqué me dice su merced eso? - --- Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por -el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en -Villa-María? - --- No, que yo sepa, señor. - --- Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas -soso que tú? - -Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida. - -Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y -desembarazo. - ---¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pendon de la -insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero -verla? - --- Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico -dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es _rigular_, en mi -nombre y en el de mi comadre la tia Machuca... - ---¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es -menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para -descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada. - ---¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la -tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las -Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad -y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas. - --- Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su -comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en -su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan. - ---¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de -valernos de esa _tartagema_: ¡vaya!... - ---¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo, -de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la -sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas! - ---¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su -mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco -mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde -Vd. nos ve, tenemos _alcuña_; los _descendientes_ de mi comadre fueron -en _años témporas_ gentes muy _empinadas_. Sus abuelos fueron sujetos -muy _considerables_. - --- Pues los _descendientes_ muy empinados y los sujetos muy -considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz. - --- Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso -nombre _Machuca_, de puro _machucar_ moros. - --- Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos. - --- Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de -saber su mercé que el _árbol de la generacion_ de mi casa dice que -fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, -muy _emperantes_, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de -santo. - --- Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son -narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos -nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer -á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con -espolones! pero, tia _Emperante_... ¡una y no mas, señor San -Blas! -- Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta -_pierna de santo_ una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de -tocino; y váyase la _considerable_ á donde el humo en dia de levante. - -La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en -una espuerta. - --- Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices -hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal. - ---¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, -viendo que la vieja no se movia. - --- Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro. - --- Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas. - --- Pero como á mi comadre le falta la _denticion_... - --- Que la pida prestada. - --- Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala -voluntad. - ---¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan -duro... duro... mas vale duro que ninguno? - --- Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y -Juana... - ---¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos -águilas son! - --- Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio -Alambre, que las despertaba el hambre! - --- Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban -siete corrales por conversacion. - --- En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y -tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y -que no es de _buena parte_. - --- Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora _Emperante_ en Francia. -¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas -desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester -engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á -esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á -campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le -doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra. - --- Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro -que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por -aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel. - ---¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me -ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia -espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y -esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando -veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese -visto al demonio. - ---¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun _Eron_, dijo muy picada la vieja. - --- No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo -en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara. - --- Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi -Juan de la guerra de _Pepiñá_ para casarse, me dijo que no habia visto -por allá mejor hembra que yo. - --- Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, -retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra -del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y -cuatro de traspon. - --- Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le -aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora -y á la señorita; y mandar, señor D. Martin. - --- Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de -loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han -mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni -los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa? - --- Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece -bien. - --- Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé -repartir, observó Juana. - --- Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da -el capon dále la pierna y el alon. - -D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al -pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia -en su retirada. - ---¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva -Vd. todavía bastante, tia sanguijuela? - --- Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y -lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo -la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y -estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me -abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas -rico. - --- Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo. - --- Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es -_rigular_, señor, que yo me muera de frio? - ---¿Y es _rigular_ que sea yo su abastecedor general, tia cáustico? - ---¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; -que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan -ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale -tener que no desear. - --- Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, -dijo D. Martin, volviéndole la espalda. - ---¡Jesus!... ¡y qué _ipotismo_ gasta su mercé hoy! murmuró marchándose -la tia Latrana. - -Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca. - --- Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran -los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina? - --- Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de -mi cuñada, la nuera del cochero... - ---¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida -á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el -mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. -- Maestro, -¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. -- Bien -está, respondió Jesus. - -Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con -muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno -de los discípulos.--¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. -- No hay cuidado, -dijo San Pedro, es de los nuestros. -- Sea en buen hora, dijo el viejo, -que tenia crianza:--¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el -apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta -completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el -viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á -ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: -- El que has -albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu -nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le -pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. -Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que -fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á -seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para -nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se -llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia -buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los -escribanos.--¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere -echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, -como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al -trigo. -- Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no -llevas dinero? -- Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es -de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís -gananciosos. -- Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por -de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano. - -Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te -conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma -tan negra viene contigo! - --- No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta -alma está manchada de tinta porque es de escribano. - --- Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo. - --- Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme -licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un -convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro -con su amparado. - -D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba -perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al -ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias. - --- Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, -mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, -para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma. - ---¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á -los labios. - --- Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en -pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que -se gastó el acero; pero queda el hierro. - -Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual -una bendicion del porvenir. - -D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un -ronquido. - ---¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose. - --- Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano. - --- Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el -cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno. - -Pablo se precipitó fuera del comedor. - -No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano. - -Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea. -El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la -mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la -larga vida de su amo. - -Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció -en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y -general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á -un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni -_darse tono_, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el -padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de -la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en -boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila -de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados. -Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron -lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un -elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos -estaba este epitafio: - - AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO. - -Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana, -que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo -ofrece á Dios quebrantado, pero entero. - -El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y -santa como él. - -Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del -escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y -riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en -lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como -si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no -hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia -dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion. - -Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no -para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de -él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela -que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es -cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo -de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre -que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian? - -Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado -primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de -llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se -postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio -sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á -la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el -esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia: -_¿Quién es el dueño de aquel caudal?_ - -¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le -concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa -del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea! - -Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas -depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando -estuvieron reunidos, los habló así: - --- Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna disposicion de mi -hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así, -pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que -se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como -inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde -luego en posesion de todo. - --- Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo -Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento -por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta -como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que -me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir -contigo, hija mia. - -Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es -decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el -beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe -la _necesidad_; para ella no hay desierto ni maná. - --- No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad. -Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere -compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi -muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho. - ---¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis -padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí? - -Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa -desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no -atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al -precedente coloquio. - -Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad: - --- Soy testigo, -- y testigo que no puede recusarse siendo yo el -interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, -- de -que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió -mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en -mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez. - --- Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su -serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo. - --- Pensó sacar cédula real, repuso este. - --- Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que -tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos. - --- Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado -á cabo, añadió Clemencia. - --- Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu -delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia. - --- Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no -necesito, ni puedo aceptar? - --- No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud, -Clemencia? - --- Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que -te tengo por la vida que te debo. - --- Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una -delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena -fe del corazon, como á una hermana. - --- A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto -decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable. -Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en -tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de -acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi -sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como -á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas -valer. ¿No es así, Clemencia mia? - ---¡Sí señor, sí señor! -- contestó esta besando la mano del venerable -anciano, -- y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño. - - - - -CAPITULO XI. - - -Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion -eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del -ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado, -habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se -separasen de él su tio y su prima. - -Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin -que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un -fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en -todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no -fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia. - -Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este -desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia -acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni -temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud, -viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una -hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente, -sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al -salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la -amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan -vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha -hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de -estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los -mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar -unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba -indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber -cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado -todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo -de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le -dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque -nadie confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los -aman: - --- Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto -compareceré en su presencia. - -Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas. - ---¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo -es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y -¡decirlo... es una crueldad! - ---¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es -la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia, -pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de -que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas -útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta -misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi -vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre. - -Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en -sollozos al oir estas últimas palabras. - --- Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir. - --- No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te -espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas -y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el -Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en -fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente -y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase -como cosa propia? - ---¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni -en mi corazon. - --- Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en -el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran -ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral. - --- Pero señor, hay escepciones. - --- Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo -en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan femeninas en las buenas -sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las -escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con -la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo -como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera -del hombre. - --- Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios -le basta? - --- Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero -la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias -y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila. -Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro -modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es -escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en -que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una -viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y -religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo -encargo... ¡te lo suplico! - --- Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia -de perderos, os prometo casarme. - ---¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir? - --- Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el -compañero que os prometo aceptar? - --- Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el -compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á -propósito para hacer tu felicidad. - ---¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia. - --- Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y -el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta -esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado -que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de -hombre de bien y caballero cumplido. - -Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera -confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo: - --- Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y -concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y -descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores -y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor -hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las -obligaciones y desvelos que circundan el estado. - ---¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad. - --- No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos, -despues de vos. - --- No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu -felicidad, como esos _mirajes_, esos prestigios, efectos de la óptica, -que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda -trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos. -¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos -simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría -humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí, -una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las -máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te -cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino -pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la -que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que -fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último -consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve -claro; si luchan, haz que venza esta. - -En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos -consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los -altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido -filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó -el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia -la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir -con su primo, que era un jóven. Añadió que cerca de la de aquella -poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que -ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó -infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien -á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones -su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez -mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas -rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en -los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo! - -El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter -apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud, -para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó -que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de -su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar -alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber -dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia -existir en la eternidad. - -Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su -inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó -trasladarse á Sevilla. - -Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo: - --- Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber -vivido bajo el mismo techo. - -Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel. - --- Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos -procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es -nuestra separacion. - --- Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase. - --- Voy á Sevilla, añadió Clemencia, -- respondiendo indirectamente á esta -pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió; -- al lado de mi -tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor. - --- Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á -establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á -un estraño, recibir del mayorazgo que debió ser tuyo, siquiera la -viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde; -te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas. - --- Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado -nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero: -sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre -me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las -limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera -grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán -cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu -generosidad para conmigo. - --- Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo, -y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos -volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria -con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco! - -Clemencia miró á su primo con sorpresa. - ---¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó. - --- Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos. - -Clemencia se puso encendida como la flor del granado. - --- Tú consentiste, prosiguió Pablo. - -Clemencia bajó confusa los ojos, y calló. - --- Pero yo, Clemencia, añadió Pablo... rehusé! - -Clemencia quedó confundida. - --- Y rehusé, Clemencia, prosiguió Pablo, porque tú hacias un sacrificio -grande en casarte conmigo, y yo uno cruel en negarme á ello; y quise que -el sacrificio estuviese de mi parte, y no de la tuya; esto prueba que te -amaba y sigo amando sin esperanzas, Clemencia; y el amor que vive sin -alimento, esto es, sin esperanzas que le sostengan, es de alta esfera, é -inmortal como el alma! - -Hubo un rato de silencio. Pablo tenia la respiracion oprimida. - -Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia. - --- Esto te lo digo, Clemencia, prosiguió Pablo, cuya voz alterada salia -con dificultad de su pecho, porque nos vamos á separar y quizas para -siempre! A no ser así, no me hubiese atrevido á ello; pero he querido -que ya que no me tengas amor... me tengas gratitud y lástima! - -Diciendo esto Pablo, no pudiendo por mas tiempo comprimir la vehemencia -de su dolor, se levantó y salió apresuradamente. - ---¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida. - -Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del -corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de -enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de -gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles -almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su -delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo -cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad? -Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á -cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme, -arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo! - -Y se alejó presuroso. - -Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos -modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su -padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella -casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por -respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á -cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida. -Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y -comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado. -De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar -entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que -hasta entónces entre ellos habia existido. - - -FIN DE LA PARTE SEGUNDA. - - - - -PARTE TERCERA. - - - - -CAPITULO I. - - -Ocho años habia que faltaba Clemencia de Sevilla: ocho años suelen traer -grandes cambios en las cosas y en las personas; y debemos indicarlos -ántes de proseguir. - -La Marquesa, á la que devoraba un cáncer el pecho, habia envejecido -mucho, y su habitual estado de latiente apuro, habia pasado á un estado -de decaimiento inerte, en el que, como sucede generalmente á los -enfermos de gravedad que conservan despejadas sus facultades -intelectuales, no la interesaba nada sino su padecer. - -En Constancia no era ménos notable el cambio que se habia operado. - -Desde la catástrofe que hemos referido y la enfermedad que de ella -resultó, que la trajo á punto de mirar la muerte cara á cara, Constancia -habia muerto al mundo, como dice una frase, la que por haber caido en el -monótono carril de la rutina, no ha perdido su grave y elevado -significado. En su enérgica fibra, solo un sentimiento á la vez profundo -y esclusivo podia haber reemplazado el que le inspirara aquel amor que -llenó toda su alma, como habria llenado toda su vida. Al borde del -sepulcro condenó los estremos del amor á la criatura, y pidió á Dios -perdon si moria, y conformidad si en la tierra la dejaba su voluntad -omnipotente. La religion hizo mas que darla conformidad; le dió consuelo -y virtudes, desterrando de su alma, despues de la desesperacion, la -soberbia, la acritud, la rebeldía y el egoismo, que por tanto tiempo en -ella se entronizaron, reemplazándolos con la mansedumbre, la -benevolencia, la caridad, la paciencia; cual la naturaleza produce -flores odoríferas y cordiales en un crial, cuando una mano fuerte le ha -arrancado los abrojos y espinas que lo cubrian. Porque este es el efecto -y resultado de la vida, que unas veces con desden, otras con burla, -pocas con respeto, se denomina, _dedicada á la virtud_; este es el fin á -que tiende. Y si los que la llevan no siempre logran conseguir este -objeto (puesto que eso de ser estremadamente virtuoso no es tan fácil -como les parece á aquellos que desde que ven á una persona entrar en esa -senda, exigen de ella la realizacion del objeto á que aspira); si no -siempre logran alcanzar este fin, los que á él aspiran, decimos, tienen -al ménos el mérito de haberlo intentado, y la gloria de alistarse bajo -la santa bandera, cuyo emblema es un cordero, una cruz y una corona de -espinas. Tienen aun mas: tienen el valor de renunciar á la sancion del -mundo bullidor, el de pasar por pobres de espíritu en la brillante, -ruidosa y desdeñosa legion de los denominados ilustrados, el de hacerse -condenar al ridículo y al desprecio por la soberbia y acerba legion de -los incrédulos é impíos, y solo contar con las calladas y benévolas -simpatías de aquellos que se esconden por no ser vistos, y callan por no -ser oidos, en una época que los burla con sarcasmos, y los desprecia con -insultos. - -Constancia, no obstante, era de las afortunadas que logran el fin -propuesto; lo que era debido sin duda al total desprendimiento de las -cosas de la tierra que el infortunio produjo en su alma. - -Nadie habria reconocido en ella á la elegante jóven que fué: su traje -era mas que modesto; era pobre: llevaba siempre un vestido de coco ó -tela de algodon negro, con pequeños lunares grises; cubria su garganta -un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler; -gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello -primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus -sienes, sin ningun género de pretension. - -Esta abnegacion del placer de agradar y de la satisfaccion de parecer -bien, es la mas heróica que en aras de la severa virtud puede ofrecer -como sacrificio la mujer; y este mérito solo se ve en España, sin que -por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente -virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo -desprendimiento de las cosas del mundo y de la vanidad, no se ve sino -aquí, por mas que se afanen en sostener que todos somos iguales. No; las -nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni -con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa -igualdad es un resultado necesario de la ilustracion y de la facilidad -de comunicaciones; pero ¿no basta á probar la falsedad de este aserto, -el ver que los dos focos de ilustracion, que son al mismo tiempo, las -dos capitales mas cercanas, han sido, son y serán los dos mayores -contrastes? En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y -marcadas fisonomías de Paris y de Lóndres?[8] - -Es para nosotros un enigma el móvil que lleva á muchas personas de -mérito y de talento á defender y aplaudir esa nivelacion general, y cuál -es la ventaja que de ella resultaria. Que un país sin pasado, sin -historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno -por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte[9] adoptando -el inglés, y la del Sur adoptando el español, se comprende. Pero que se -afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de -Calderon y de Cervántes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo -que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razon, ni el buen gusto, ni -la poesía. - -Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas -no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una -perfeccion de que estas se creen dispensadas; pero Constancia lo era, -porque coronaba sus demas virtudes con la tolerancia, que á algunas -suele faltar, y unia al estricto cumplimiento de sus deberes, una -dulzura adquirida, la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso -triunfo obtenido al pié del tribunal de la penitencia. De sus ojos -serenos habian desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que ántes -le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y -desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenia benévolas y dignas. -Llevaba con la perseverancia de la consagracion, toda la asistencia -prolija que hacia necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre, -y sus escesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna -persona íntima celebraba su comportamiento, hacia grandes esfuerzos para -disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba. - -En las demas personas el cambio no habia sido notable. - -Sobre D. Galo habian pasado estos ocho años como otra infinidad de los -anteriores. Los siete mil reales seguian su curso inmutable, las pelucas -hacian su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir -á su dueño, ni este de servir á las damas. Todos sus compañeros habian -cambiado de destino ó de lugar; hasta la oficina habia variado de local; -pero D. Galo la habia seguido como un fiel perrito á su amo, ocupando su -mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado. - -Sobre la robusta arrogancia de Doña Eufrasia, habian pasado los años -como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos habia -cobrado muchas viudedades, sin dar la mas mínima esperanza al Monte-pio -de libertarlo de esta carga. - -En D. Silvestre no habia mas alteracion sino la de haber adquirido su -vientre una posicion ménos prominente y mas rebajada. - -Pepino habia tomado gran cariño á los Mercurios, y seguia cuidándolos -con esmero por propio impulso, como ántes por mandato de su ama. - -Su tia recibió á Clemencia tristemente, aunque celebró mucho su venida, -y le hizo una larga y minuciosa relacion de sus padeceres. - -Constancia demostró una sincera, pero sosegada alegría de ver á su -prima, sin que mediase entre ellas ni una conmemoracion ni aun una -alusion á la terrible catástrofe de la que Clemencia habia sido testigo. - -A los pocos dias, con motivo de la gravedad de su madre, llegó tambien -Alegría, que con su marido y sus tres niños venia de Madrid, donde -estaban establecidos. - -Alegría estaba hecha el bello ideal de la elegancia, un figurin de moda, -el tipo del supremo buen tono. Pero su vida agitada y sus horas -desarregladas, sus continuos trasnocheos y sus constantes escitaciones -la habian destruido, avejentado y adelgazado á aquel estremo que quita -todas las formas al cuerpo, toda la frescura al rostro y toda la lozanía -á la juventud. Compuesta y animada, sobre todo con la luz artificial, -estaba bien; pero descompuesta y desanimada, estaba como una flor -sacudida y marchita por el levante. - -Su marido, ademas de ser el tipo de la distincion y de la finura, lo era -ahora igualmente del buen marido y del buen padre. - -Cuando Alegría vió á Clemencia, que merced á su tranquila vida, á su -feliz existencia, traia con el alma de una novicia la hermosura de una -Hebe, le dijo: - ---¡Qué lozanía! ¡Qué frescura! ¿En qué Eden has vivido? Ganas me dan de -ir á pasar una temporada á Villa-María, aun á costa de venir tan -anticuadamente vestida y peinada como lo estás tú. ¡Dios mio! ¡qué bien -te sienta el estado de viuda! y riquísima que me han dicho que eres!... -ya sé, ¡un tio!... Oye ¿era jóven?... Ocho años de destierro te ha -costado; pero en fin, si estuviste como el raton en el queso, ¡anda con -Dios! Hiciste bien en estarte á la mira y aguantarte, porque, hija mia, -el dinero, el dinero es el todo; sin dinero ¿qué se hace? Vamos, eres la -mujer feliz. Mira, no hagas la locura de volverte á casar. - -Clemencia habia oido toda aquella retahila, atónita, sin aun comprender -la malicia de ciertas espresiones; pero al oir esta última, y recordando -en su corazon la promesa que habia hecho á su tio, repuso á su prima: - ---¿Y porqué seria una locura volverme á casar? - --- Porque perderias tu libertad, contestó Alegría con mas malicia que se -suele poner á esa necia y repetida frase. - --- Pero, ¿qué clase de libertad es, repuso Clemencia, la que tengo de -viuda y no tendria de casada? - ---¡Qué candidez de niña bien criadita! La clase de libertad á que aludo, -hija mia, es la de poder hacer lo que te dé gana. ¿La tenias cuando -casada, mi alma? - --- No se creeria que quien habla así fuese la mujer de un marido que no -tiene mas gustos que los suyos, y no hace sino mirarla á la cara, dijo -Clemencia. - --- Eso no quita que la que tiene marido y tres hijos, esté aviada y -divertida. ¡Niños! esa plaga, esa carga, esas trabas, que acaban con la -paciencia, que destruyen el físico, que quitan el gusto y el tiempo para -todo. ¡Oh! ¡son una calamidad! - ---¡Jesus! ¡Jesus! esclamó asombrada Clemencia. ¡Plaga, calamidad, llamas -tú á la bendicion de Dios, al dulce fin y objeto de la union del hombre -y de la mujer! ¿Sabes lo que dicen las pobres y sencillas gentes de -Villa-María? Hijos y pollos todos son pocos. - -Alegría soltó una burlona carcajada. - ---¡Qué lástima, dijo, que no te hubieses casado con mi marido, y se -hubiesen Vds. ido en amor y compaña á poblar una isla desierta! Pero, -hija mia, la que no está por la vida patriarcal, esto es, las gentes que -viven en la era presente, como dicen los periódicos, llaman á los hijos -cargas, y al casamiento yugo. Así lo llama hasta mi beata hermana -Constancia, sin mas que anteponerle la calificacion de santo. Pero, si -tan bien te parece el matrimonio, mucho estraño que hayas estado ocho -años viuda; por consiguiente, no te admire el que no ponga mucha fe en -tus palabras, ni te crea muy sincera. - -Clemencia se quedó asombrada de ver convertido en sistema y formulado en -reglas de mundo, un sentimiento que ella habia tenido, nacido de sus -desgracias domésticas, y del que su tio le habia hecho avergonzarse á -pesar de su inocente orígen, como de un sentimiento emancipado, egoista, -poco natural y poco mujeril: así fué que contestó sonrojándose: - --- En Villa-María habia pocos novios, y ademas mi vida era tan dulce al -lado de mis padres y de mi tio, que la habria preferido siempre á toda -otra, no por amor á la libertad ni oposicion á los hijos, sino por amor -á ellos. - --- Con que... ¿te volverias á casar? preguntó con burla Alegría. - --- Si hallase un hombre que me llenase, y á quien yo pudiese hacer feliz, -lo haria, pues así se lo prometí á mi tio, contestó Clemencia. - ---¡Buena tonta serás! esclamó Alegría. - -Entró en este momento Constancia, diciendo que su madre que apénas habia -dormido en la pasada noche, acababa de coger el sueño. Alegría aprovechó -este descanso para ir á ver algunas amigas, y salió despues de dar un -repaso á su tocado ante el espejo. - -Era la primera vez desde la vuelta de Clemencia, que ambas primas se -hallaban solas, no separándose Constancia un solo instante del lado de -su madre. - -Largo rato callaron. - -De repente Clemencia cogió las manos de su prima, las apretó entre las -suyas, y le dijo en queda y conmovida voz, miéntras dos lágrimas bañaban -sus párpados: -- Constancia, te admiro y te venero. - -Constancia calló, y un imperceptible temblor se notó en sus labios. - ---¿Qué has hecho para olvidar, Constancia? prosiguió Clemencia. - ---¡No recordar! respondió la primera. - --- Y esto ¿cómo has podido lograrlo? - --- Con anteponer al recuerdo esta oracion: - - ¡Aparta, mi Dios, de mí - Lo que me aparta de tí! - -Cree, Clemencia, que Dios atiende á quien le invoca. - --- Sí; y Dios ha escuchado tan bella deprecacion, y solo te ha rodeado de -cosas que te acercan á él, ofreciéndote la ocasion de la enfermedad de -tu madre, en la que pruebas el ser una santa. - --- Calla, contestó Constancia con algun calor. ¿Con qué lavo, con qué -borro, con qué compenso mi malvada conducta anterior con mi madre? ¡Oh! -créelo; cuando todo mi anhelo y desvelos no alcanzan á agradarla, cuando -me rechaza y se incomoda, recuerdo que fuí capaz de decir que no la -amaba. ¡Yo, enamorada y soberbia, no amar á la madre que me dió el ser! -¡Oh! entónces le agradezco como un favor el que no me maltrate de hecho, -y no me eche de su lado como hija indigna de cumplir con el santo deber -de asistirla. - --- Lo dijiste en un momento de exaltacion rencorosa, Constancia. - --- No, Clemencia, esa exaltacion rencorosa era mi estado habitual. -Llenaban mi alma la pasion, la soberbia, la rebeldía y la aspereza. El -ser niña indómita, hija rebelde y sobrina ingrata, costaron la vida al -hombre que amé; me hicieron perder la felicidad que apetecia, que quizas -por medios humildes y suaves habria al fin logrado; y hubiesen perdido -mi alma, si Dios no me enviara con la muerte un aviso de la eternidad, -en cuyo borde se abrieron los ojos de mi alma á la luz de arriba. - ---¡Qué humilde eres, Constancia! - --- Clemencia, no es humildad el reconocer sus faltas. No soy humilde; -solo que, gracias al cielo, no existe la soberbia que me cegaba. - --- Sí lo eres, y aun vas mas allá, prima, pues no solo reconoces tus -faltas, sino que desprecias tus virtudes. ¿Porqué has hecho un estudio -tan severo en ocultar un dolor, que yo que conozco tu alma, sé que está -incrustado en ella hasta la muerte? - --- Clemencia, -- respondió Constancia en voz inmutada y tan queda como si á -sí misma quisiese ocultar la emocion que la dominaba,--¡las penas que se -ofrecen á Dios, se ocultan á la tierra, para que no se evapore en ella -este incienso del corazon! - - - - -CAPITULO II. - - -Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar -y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas -que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado -escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por -diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un -necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la -limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse -el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como -aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume -todo en el cáos. - -Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien -alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don -innato de _bien recibir_, puesto que este, así como todo lo fino y -delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo -del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las -reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como -el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa -se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada -de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles. - -Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se -distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro -frances, que habian venido á pasar el invierno en la primavera que -durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de -Andalucía. - -El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de -sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas -grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion; -en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el -primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian -mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir -inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un -chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan -esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de -cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile, -que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre -de Sevilla. - -Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le -llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su -estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno. - -Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó -sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan -las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad -culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería. - -Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar -el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion -de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma -persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia -un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la -cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia -apreciar en todo su valor. - -Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y -agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de -mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta -competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir -George, hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en -el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la -vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival -mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la -posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres, -estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir -George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y -subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y -reservado hasta el punto de aparecer frio. - -El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia -perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á -su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado -defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó -desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su -suicidio. - -Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas, -felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad, -sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se -sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma -y reducido á solo placeres materiales. - -Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y -elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso -cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la -razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece -déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era -muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los -hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia -hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion, -saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos -tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á -un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera -sencilla y sosegada, hiciese impresion un hombre como Sir George, en -quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas. - -Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en -la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable; -obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran -allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso -para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas -dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado -dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia -apellidado _Rómulo y Remo_. - --- Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el -Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el -Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á -vuestra disposicion. - -Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era -desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa -que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los -coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el -sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos -saludaban al emperador ántes de ir al combate: - - MORITURI TE SALUTANT. - -Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso -D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria, -mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella -de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia -el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un -tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin -mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia -y San Valeriano. - -No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese -muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino -porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto -elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias, -muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que -visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la -buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de -sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las -verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las -declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y -de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el -_Nego absoluto_ la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del -corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera -valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las -santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y -hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida -buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con -flores las mas áridas sendas! - -Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par -de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una -azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas. - -En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia -Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado -arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los -hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la -competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia -empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez -tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus -sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan -original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda -trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el -aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin -estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion -renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció -que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios -vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la -naturaleza, la cultura y el uso del mundo. - -Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al -notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro -le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio -vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas. -Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona -representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un -ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de -su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son -bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo -ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la -reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de -toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan -el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo -compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni -espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre -la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su -dependencia. - -Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria -hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo, -pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la -verdad; pero se decia: - ---¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para -suicidarse. - -Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George, -habria pensado: - ---¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese -tan fatuo? - -El Vizconde habria pensado: - --- Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues -no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César -incompleto y desairado. - -En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le -hubiese ahogado entre sus manos. - -Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido -posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una -impresion harto mas profunda y sincera que sobre su competidor, se -sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia -la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de -Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio. -Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor -temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio. -Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia -por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un -hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á -sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun -vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no -dejarse á toda costa suplantar por un competidor. - --- Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para -sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado -elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el -agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras -manos, si no me anticipo. - - - - -CAPITULO III. - - -Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de -Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que -indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su -tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le -proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en -verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo. - -La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia -fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia -apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir -George. - -La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que respiraba todo -su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio, -seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á -deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda -naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y -aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la -confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al -lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con -delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é -inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo -y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida -de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores, -á sus pájaros. - ---¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta -instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer, -lo que sois? - --- No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad -Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero -he vivido á su lado. - -Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de -entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á -las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el -ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al -talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta -esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre, -despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era -que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que -hace brotar la fe y la confianza. - -Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes -atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, -aquella _morgue_, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que -entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio -que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante -ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena -fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á -nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así -era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó -entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á -nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni -el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba -con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con -tan usadas como socorridas paradojas. - -Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de -Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento -que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un -benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento -para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese -_enjouement_, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y -alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye -en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George -le descubria; Clemencia le ignoraba aun. - --- Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que -encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, -- y es la mujer que -se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente -sois? - --- Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada, -á no ser por un solo hombre. - ---¿Qué hombre, Clemencia? - --- El que yo amase. - --- Sois quizas la única mujer á quien esto sucede. - ---¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono -festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi -padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la -encuentra. - ---¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os -lo impida? - --- No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer -amar. - --- Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la -vuestra, me temo que sí. - ---¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que -recordaba á Pablo. - -Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á -contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde. - -Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco -comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer -hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que -una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es, -que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una -dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo -su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que -la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á -su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de -toda su áspera corteza. - -El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la -motivaba. - -Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la -del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces -elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios -puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con -mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se -encapota en su silencio, iba siendo olvidado. - ---¡Vaya!... -- pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un -sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, -- yo estoy aquí haciendo el ridículo -papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré? - -Por suerte entró en este instante D. Galo. - --- A los piés de Vd., Clemencita. -- Señor Vizconde, beso á Vd. la -mano. -- Señor D. Jorge, soy su servidor. -- Hace un frio del polo. - ---¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que -halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas. - --- Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo. - -Sir George soltó una carcajada. - -El Vizconde no hizo alto. - --- D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que -mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion -del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo -que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe. - --- Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto -agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas -perfectas no son á veces capaces de agradar á otros. - --- Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto. - --- No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos -descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no -hallaban una flor de que no sacasen miel. - --- Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria -sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál -es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de -agradaros mas? - --- Las flores, contestó sencillamente Clemencia. - ---¿Teneis, pues, gustos botánicos? - --- No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola -planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde -que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu -de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado, -que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que -inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y -lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de -la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es, -que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello -culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la -pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente, -dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en -este mundo? - --- Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas -satisfecha y galante sonrisa. - --- No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo -el Vizconde. - --- A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo -frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que -le producia su escribir constante en la fria oficina. - --- Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre, -contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas. - ---¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles -pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos. - ---¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las -damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las -bellas. - --- Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de -Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís? - --- Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió -Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta? - --- La violeta, respondió Clemencia. - ---¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías. - --- No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que -mas he amado en este mundo. - ---¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é -indefectible desmaña. - --- No, -- contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la -delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su -marido; -- no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de -mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento: -su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre -tierno, de aquel sabio modesto. - -De allí á un rato se levantó D. Galo para irse. - ---¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia. - --- Aunque me voy... me quedo. - --- Ciertamente, en mi memoria. - -Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado -ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el -jefe de su oficina. - ---¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido. - ---¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le -demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro -delicado tacto. - ---¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la -prudencia de una mujer jóven y bella. - --- Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun -género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy -bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la -insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la -sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de -comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos -santos, y no sufre andaderas pueriles. - -Entró en ese instante Paco Guzman. - --- Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer -á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha -creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice. - --- No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso -Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar -por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben. -Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en -broma á una persona de buena fe. - ---¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un -asunto que lo es tan poco! - --- Pues poned en su lugar... delicadeza. - --- La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues -son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza -tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la -moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme -é inmutable. - --- Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia -mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de -sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un -reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus -aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién -castigó la primera falta? - --- Sois una exaltada creyente, dijo Sir George. - ---¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia. - --- No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado -consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda -clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro -lado, como sois tan ilustrada... - -Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia. - --- Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las -opiniones, todas las creencias, todas las convicciones. - --- Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con -animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las -religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á -las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe; -en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía. - --- Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George -impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del -impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que -tan mal los encubren. - --- Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo -dolorosamente herida Clemencia. - ---¿Cómo es eso, señora? - --- Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al -desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda. - ---¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta? -Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la -mas bella mitad de la conviccion. - --- Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y -favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes -_nonsense_, sin por eso dejar de serlo. - -Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa -disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en -esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada -incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza, -con que á veces sabia hacerlo. - --- Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor -moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y -caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os -dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en -otro lugar: «todo es mas racional que la duda.» - ---¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman -para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la -que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian -tomado parte. - --- No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion -por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú -objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á -mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses -generalmente. - --- Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo. - --- No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje. - ---¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es -uno de los primeros dotes de un autor? - --- Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa -palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario, -que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de -espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el -idioma? - --- Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica, -la sintáxis y la lógica. - --- No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando dice que «es -el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define -así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica -literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito -en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo -esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no -se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras, -Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de -dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores -contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais -vos, Vizconde? - --- Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da -un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas, -referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: _El -estilo es el hombre_, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales -que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto _spirituel_, -palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que -entre nosotros se llama _esprit_, es una cosa que vosotros con vuestro -brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia, -subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento -é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que -es en frances _esprit_. Decia, pues, que al decir Buffon _el estilo es -el hombre_, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el -arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre -como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente -crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de -espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está -en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor -- que -crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol -- era -juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que -esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se -puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á -reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor -una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí -toca, entiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al -pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun -dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso, -creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo -Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de -Sévigné es la mejor crítica de estilos _estudiados_. - --- Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La -versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas -que digan nuestros _grandes jueces_, hay, segun dice Bulwer, poetas que -nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos -admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas -con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su -elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto -lenguaje. - ---¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco. - --- No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta. - ---¿Y qué os parece?... ¿os gusta? - --- Me gusta y no me llena. - --- Es disparatado, opinó Sir George. - ---¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un -clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay -perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay -perfeccion en la fe sino en la del carbonero. - --- Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte -imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George. - --- No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras -religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin -afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me -hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes -cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la -naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de -mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi -sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la -penetra. - ---¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia. - --- La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no -es una imitacion de la nuestra. - --- Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía. - --- Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los -cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en -España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil -hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la -española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se -imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de -gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la -imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado. - -Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, -con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera -posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia. - --- D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la -galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que -yo hubiese pagado á peso de oro? - --- Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se -halla un jardin en que sabia que las habia tempranas. - --- Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en -Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo. - ---¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien -caras. - --- Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde. - --- Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George. - --- Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una -delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche -como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin -aliento. - --- Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya -las nueve y media; Paco se va ya. - -Efectivamente, este se despedia. - -Sir George y el Vizconde no se movieron. - -Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo: - --- Amigo mio, no saldré esta noche. - ---¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este. - --- No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el -cañon de la chimenea. - -El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra. - -D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, -interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y -observaba la noche. - ---¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, -volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso. - --- No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que -lo demuestre. - --- Gracias, señora, dijo friamente Sir George. - --- Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las -acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos. - --- Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las -españolas no sufria andaderas? - --- Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son -trabas, y lo que son santos yugos. - --- Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas -están en el cielo ménos dos. - -D. Galo ostentó su mas galante sonrisa. - --- Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles, -dijo Sir George con su séria burla. - ---¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra, -nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria -yo tan pronto en Lóndres, no. - --- Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el -que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el -criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al -hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar. - ---¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó -admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido -tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza. -Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan -buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza. - --- Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron -solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo -soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir -George. - --- Señora... ¿me echais? - --- A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa. - ---¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de -esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un -estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas -apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia? - -Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan -altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como -el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes -de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al -ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para -averiguar si es falsa ó no. - --- Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca -este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista. - --- Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado -Sir George. - --- Calificadlo como gusteis. - --- No me gustan las mujeres cobardes, señora. - ---¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los -hombres valientes? - --- Que os burlabais de mí. - --- Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo. - --- No es exacta la comparacion. - --- Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el -broquel que resguarda. - ---¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y -talento, conserveis preocupaciones de convento! - --- No me pesan. - ---¿Debo, pues, partir? - --- Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que -tengo en recibiros á mis horas señaladas. - -Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de -Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos -apasionado, sino mas engreido que nunca. - --- Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion, -pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni -atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde, -y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi -desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador -de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos. - - - - -CAPITULO IV. - - -Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y -abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las -amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve -resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á -casa de esta una prima noche. - -Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á -sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no -solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que -la erige casi en una elegante gracia social. - -Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad -de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico -de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles, -sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que -ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los -hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su -elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares, -en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer -que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido -de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que -no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo -propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte; -hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y -que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres -temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos -los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que -cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un -interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y -toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al -infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en -castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon -ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia. - -Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en -ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las -mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó -aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre -todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no -bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia -provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano. - -Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que -se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la -profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio -que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y -ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, -como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho -mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por -cuantos le conocian. - -Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de -Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus -tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el -que Clemencia distinguia. - -Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba -Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y -se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva, -pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia -no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro. - -Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería -tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras -circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como -lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil -tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada -delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que -la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en -circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero -pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio -de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy -al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase -ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la -especie de Alegría. - -La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra -clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese, -afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó -se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de -él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en -ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira, -armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se -estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en -el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin -faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á -que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas -y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre -predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el -hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su -prima. - -Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido -que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo -hiciese una mujer casada. - -Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su -hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy -sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y -animacion ficticia. - -Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes -secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el -corazon, y Sir George, que se dijo: - --- Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar. - ---¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo -D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña. - --- No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para -estarlo, respondió Clemencia. - ---¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis -á Madrid? - --- No señora. - --- Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver -cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal, -que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris. - --- Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de -curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis -estado en Madrid? - --- No señor, contestó esta. - ---¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño, -es preciso que Clemencia vea á Madrid. - --- Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis -licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje. - ---¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo -benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis -eso mismo á mi prima? - --- Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá -serle útiles mis servicios. - --- Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo -con inquietud: ¿os duele la cabeza? - --- No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras -noches, es porque escucho mas; no hay otra causa. - -Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de -costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de -Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza, -aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato -y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la -delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene -sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las -emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante. - -Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de -bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al -irse. - -Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se -halló sola, cuando vió entrar á Sir George. - -Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa. - ---¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George; -perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado -de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre -vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y -allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este -momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha -visto, no temais. - --- Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no -os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido... - ---¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla, -pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia -entre vos y yo. - --- Sin mi consentimiento... - ---¿Queriais que os lo hubiese pedido? - --- Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi -aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano! - --- Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un -colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la -severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os -amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede -retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo? - -Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y -calló. - ---¿Me aborreceis, pues Clemencia? - -Clemencia no contestó y bajó los ojos. - --- Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible -frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro -corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa -la causa de que seais tan inexorable? - ---¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo. - --- Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?... - -Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas -se oia: - --- Bien veis que no os rechazo. - --- Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George. - -Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar -su sentir, movió su cabeza en señal de negativa. - ---¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono -suplicante. - --- Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra -que decidirá del destino de mi vida. - -Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en -tono suave: - --- Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso -del momento, Clemencia. - --- Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué -os conduce á amarme? - --- Vuestra sin par belleza. - -Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la -mas lisonjera á la mujer. - -En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de -melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento: - ---¿Y no me amais por nada mas, Sir George? - ---¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como -lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar. - -¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien -ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su -íntimo ser le grita: _¡No es eso!_ - -La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor -de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho. -En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo -que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero -tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su -asentimiento. - ---¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado. - -Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una -sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su -gracia benévola: - ---¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo -consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió -con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis -que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas. - -Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á -perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció. - -Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas -reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba; -y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras -llegaban á dolorosa angustia. - -¿Quién decia á aquella _mujer niña_, que nada sabia de pasiones ni -concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no -ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni -introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter -al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas -aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera -pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La -gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas -difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de -ménos su reflejo. - - - - -CAPITULO V. - - -No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor -propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de -su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen -de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no -tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de -ridículos. - -Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor, habia entrado en -casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el -juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce -que compensaba su _fiasco_ en la emprendida conquista. - -Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el -Marques habia tenido celos de este su apasionado. - -Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas -quejas y recriminaciones. - -Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco. - --- No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre -reir del mal que causas. - --- Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su -cara de pero de Ronda gustarme á mí. - --- No has hecho sino dirigirle la palabra. - --- Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he -reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte. - --- Pero le has invitado á ir á Madrid. - --- Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco -costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya -sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y -se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa, -añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi -corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido -siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre -me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le -hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; -- me -amedrentó; -- el escándalo me asombró; soy dócil,--¡cedí! pero ceder no -era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor. - -Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido. - -Alegría se llevó el pañuelo á los ojos. - --- Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado -el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que -valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que -sufrir; por eso siempre te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues -de ello te doy mas pruebas. - -Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no -vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de -Clemencia, y los venia siguiendo. - -Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente -reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la -inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte. - -Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca. - -Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en -un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija -Constancia. - -Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero. -En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman. - -Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á -Constancia á media voz: - ---¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi. - --- Nada de estraño tendria, contestó esta. - ---¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos, -hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido -no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere -su marido, cate Vd. ahí un _divursio_. - --- Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de -informarse del estado de la Marquesa. - ---¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando. - --- Salir de _sillas_ y entrar en _Caribes_, esclamó Doña Eufrasia, que -queria decir Scila y Caríbdis. - ---¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes? -preguntó Paco Guzman. - ---¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán, -pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de -_contraposicion_. - --- Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo ganso y vulgar -criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora, -¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla -Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres -Atlantes? - -Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar. - ---¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa. - ---¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué -plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas -aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican: -cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay -presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las -rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan -crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para -tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como -sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que -dispusiese un degüello de inocentes viudas. - -Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por -primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el -de víctima, y esclamó con énfasis: - --- Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados, -habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero -en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y -el fuego del cielo caerá sobre España como sobre _Coloma_. - --- Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para -remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia -costumbre que existe en el Malabar. - ---¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba -en estremo todo proyecto concerniente á este asunto. - --- Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene -esposa... - --- Bien, ¿qué? - --- A esta interesante viuda... - --- Bien, ¿á esa interesante viuda?... - --- No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no. - ---¿Pues qué se hace? - --- Se le enciende una hoguera. - ---¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso? - --- Todos sus males. - ---¿Sí? - --- Sí; pues en esa hoguera se quema ella. - ---¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en -la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria -al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se -da por Dios, no hay que creerlo. - ---¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En -aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se -avergonzaria de sobrevivir á su marido. - --- Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por -grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando -el ton sentimental y declamatorio. - --- No miente, mujer, -- dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar -la disputa que le fatigaba oir; -- me han dicho que eso se hace allá entre -unos salvajes que no son cristianos. - ---¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que -Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa -_Samblea_ de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus -herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion! -Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer -quemar á las viudas, porque eso se hace allá en _Malapar_ ó en los -quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de _mitacion_. -¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa _Samblea_ para qué ha nacido. -¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las -viudas! y ahora un mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo -todo lo sé, ¿está Vd.? - --- Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de -hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la -_pendencia_, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna -la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia. - --- Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia -grasa. - --- Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado. - --- Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré -á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo. - --- No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta. - --- Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme -á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás? - --- El cuidado será mio, madre. - -Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y -suavidad. - ---¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes! - --- Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil... - --- Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que -mi hija es muy torpe. - -Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el -rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que -dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría -acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se -le vino á las mientes. - -Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun -se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos -al Marques de Valdemar, que no concurrió. - -Alegría estaba inquieta. - ---¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre. - ---¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría. - --- Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho. - --- Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría. - ---¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo. - --- Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo -en Sevilla, repuso Alegría. - --- Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso: -algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á -verlo? - ---¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se -haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de -eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría. - -A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de -la Marquesa. - --- Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió -Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es -que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por -ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud -en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos. - -La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase -mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente. - ---¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba -mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los -niños? - --- Se los ha llevado, respondió Alegría. - ---¡Que se los ha llevado! esclamó su madre. - --- Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se -pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido -que se hubiesen quedado. - --- Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa. - -Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella -de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los -labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo. - -Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion; -lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por -la mañana sobre su tocador. - -«Señora: - -»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y - generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un - deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la - mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de - existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas - y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por - su honor. - -»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un - escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la - conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita - ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la - madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es - acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna. - -RIGHT -VALDEMAR.» - - - -Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de -arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella -posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo -tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se -sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que -pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre -cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las -hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á -las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas -generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas -de maldades que brotan las unas de las otras. - -Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone -indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de -esperar que la repentina ausencia del Marques que se llevaba á sus -hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su -suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase -de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba -Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los -requilorios que fragua la maledicencia. - -Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para -Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones -sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de -ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco: -la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la -noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan -despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la -ausencia le habia enfriado. - -Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que -no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era -profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas -cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se -dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la -vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun -sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como -amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco -conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No -habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino -tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una -nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las -circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y -aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo -bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su -voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan -de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á -perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden -que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo -que pasado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin -lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y -nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á -los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas -tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen -sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos -hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el -grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el -arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á -la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen -que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada, -basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el -hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento. - -El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito, -esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por -desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En -los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor -propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo -desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia, -comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la -penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la -verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo -ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña -las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides -del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del -indiferentismo:--¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre -como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del -orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya -vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las -instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol -atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y -llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, _reaccion_ á las -voces que gritan y gimen contra la tendencia que se afana en -desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y -cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán -llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que -empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat, -Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon? - - - - -CAPITULO VI. - - -Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la -señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera. - -Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á -complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al -vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su -ansia. - -El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á -casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así, -como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la -verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla. - -La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de -la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda -jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman -lo habia calificado de _don rehusado_. - --- D. Galo, -- dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen -la mayor parte de nuestras jóvenes,--¿qué me dice Vd. del lance de -Alegría Cortegana? - --- Nada sé, hija mia, contestó D. Galo. - --- Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho. - --- Ni afirmarlo tampoco, hija mia. - --- Sois muy prudente. - --- Decid mas bien ignorante, Lolita. - --- Vd. no sabe lo que no quiere saber. - ---¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como -sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel -y tan inflexible. - --- D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os -pronostico que no bailaréis bien la polka. - ---¿Por qué no, hija mia? - --- Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las -piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta -memoria. - --- No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para -hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino -en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas -sobresaliente escolar de la universidad. - --- Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo -Lolita, aludiendo al lance de Alegría. - -Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un -oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento. - --- No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino -del lance de la Marquesa de Valdemar. - -Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores, -supuestos, de lo acaecido que sabemos ya. - --- No es cierto, dijo pausadamente D. Galo. - ---¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los -mas urbanos. - ---¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo -quiero decir que os han inducido en error. - --- Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de -combatir. - --- Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es -fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es -falso, no es difícil combatirlo. - --- Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir -cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos. - ---¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de todos, y por lo -tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho -á combatirla? - --- Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas. - --- Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y -atento, son inaveriguables como las del Nilo. - --- Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo -correr, puesto no les será posible atajar su corriente. - -Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura. - ---¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora -de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas. - --- Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion, -D. Galo, dijo Lolita. - --- No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese -correspondido. - --- Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon, -tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo. - --- Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta, -sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras. - --- No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga -mas, si los corazones ó los merengues. - ---¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora, -lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de -tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa -hasta de insubordinacion. - ---¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y -fijando en D. Galo sus airados ojos. - --- La voz pública. - ---¿Y vos lo repetís sin mas exámen? - --- Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo -afirmais, señor mio. - --- Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es -eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se -pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es -responsable de ellas. - -Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo -dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é -íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le -daria una satisfaccion. - --- Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero -no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato -sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino -una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que -he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del -bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo -inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el -señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni -autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su -presencia á un ausente amigo suyo. - -¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á -estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su -mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento! -Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la -realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se -conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien -entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de -corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos. - -Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D. -Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial, -celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid -de que se habia valido D. Galo para defender su causa. - -D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas -inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de -amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas -partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones: - ---¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un -contrario. - --- La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que -vale mas maña que fuerza. - ---¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á -votar una corona de copos de lana. - --- Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un -Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich -arcádico. - --- D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por -rabiosa envidia. - --- Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido, -cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar. - -D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia -con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña. - -Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir -á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la -persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con -una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí -vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á -ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de -nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo -tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas? - -Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases -francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas -las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo -para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian -que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas? -Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia -de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas -portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido -ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del -burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del -Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno -de los inventores del _Vaudeville_, furioso contra los calmosos y -graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste -y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion? - -Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese -mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al -ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo -será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni -nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas -pasiones ó peores tendencias. - -Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de -malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir -unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar -las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente -pasatiempo de observarlos con benévola risa. - - - - -CAPITULO VII. - - ---¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia -sentada á su chimenea con un folleto en la mano. - --- Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta, -contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras! - --- Pero ¿qué palabras? - --- Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas -humanitarias. - --- Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que -por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia -en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre. - --- No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura. - ---¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la -constante protectora de los pobres? - --- Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es -antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me -parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal. -¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus -riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los -justos, -- difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, -- y la -voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera -la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud! -¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay -ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas -pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo -respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y -el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo -con mi gran poder? -- Pero Sir George, Dios permite que de cuando en -cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son -una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres -cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los -ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus -cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que -yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la -cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y -se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de -Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con -nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa -ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir -George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica? - ---¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia, -fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la -humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que -bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y -aun necesario. - ---¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos -castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte -humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad? -¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien, -Sir George! - --- Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas: -_alcanza el fin sin reparar en los medios_. - --- Sir George, no hagais de una máxima de política, -- generalmente seguida -por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas -achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro -país, -- un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad. -Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que -se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta -creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que -guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria -Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais -_pasos de la humanidad_. - --- Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á -hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera -anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin -jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades. - --- Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor, -parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos. - --- El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas. - ---¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella -parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama -sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres -y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y -que ha llegado á su apogeo. - ---¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe -preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que -vulgarizarse con una _banalidad_, repuso Sir George, y añadió alzando -los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte -años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz -de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es -hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por -ella sino algunos españoles. - --- No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh! -¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes -en sus bosques y desiertos! - --- Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los -países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un -sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue. -Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni -ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud -primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor -propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos -políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á -rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la -_adorada patria_. - --- Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones, -repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo -pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz -de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que -los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo -escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.» -Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais -bueno? - --- Creo que no deberia haber ninguno, señora. - --- Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis, -os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden -social, señor? - --- Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo -gobierno. - ---¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en -los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado, -ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos -observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha -dicho: _El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional -del género humano_, y dice igualmente el profundo Balzac: «El -cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo -de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor -elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10] - ---¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia, -esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la -vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio! - ---¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo -Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida -_divertida_, sino hacerla _buena_. - --- Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta -santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en -que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna? - ---¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los -otros? - --- Así es. - ---¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido -vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no -llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre -él resbalan los verdaderos! - ---¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia? - --- Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil -enumerarlos. - --- Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí, -con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á -inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos -participais. - --- De ser espansiva me retrae vuestra ironía. - --- No, Clemencia, -- dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de -su amiga, que apretó con cordialidad, -- creed que el hombre viejo se -despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante -vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino. - --- No dudo que sea vuestra intencion, pero... - ---¿Pero? - ---¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es -natural, vuelve á galope? respondió Clemencia. - ---¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma, -halcon? - --- No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe -precaver. - ---¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y -desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes? - ---¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto? - --- No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué -es lo que vos llamais goces? - --- Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los -que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad -esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da -formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo -que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica -con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se -esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma; -ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre -brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es -sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez -y debilidad del hombre y sus obras... - --- No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido -los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el -Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos -observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido -admirar _gozando_; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha -surgido en mí este pensamiento: ¡_Qué de afectacion hay en los poetas!_ - ---¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse -cuenta del por qué su corazon se le oprimia. - --- Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los -hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y -de las cosas. - ---¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los -solteros? preguntó Clemencia. - --- Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo, -han marcado bien esto, llamando al casamiento _hacer un fin_. - --- Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven -que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto? - --- Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno -padre de familia. - -Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y -amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando: - ---¿Pero no teneis madre? - ---¡Ah! sí. - ---¿Y no la amais? - --- Lo mismo que ella á mí. - ---¿Y dónde está? - --- No sé, creo que viaja ahora por Italia. - ---¿Y padre? - --- Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á -Tipoo-Saib una inmensa fortuna. - -Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era -bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen -las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su -hijo de ladron, era una _despreocupacion_ que llenó de espanto á la -sencilla Clemencia. - -Sir George prosiguió sin notarlo: - --- Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su -sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda -de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia, -admitirlo como una pequeña memoria de un amigo? - --- Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo -que no queda en el corazon. - --- Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena -voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una -de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis, -os acordaréis de mí, Clemencia. - --- Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia. - --- Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan -bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él. - --- Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi -corazon. - --- Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la -firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado; -ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen. - --- Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la -voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria -que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion. - --- Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como -el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos. - --- Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos? - --- Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un -gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es -vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha -proporcionado ningun goce. - ---¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos? - --- Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas -ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha pedido: yo tendria un gran -placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los -otros. - --- Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso -de pedir prestado es una cosa demasiado _fashionable_ para un hombre -oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas -antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese -la preferencia. - ---¿Cuánto es su sueldo? - --- Siete mil reales. - ---¿Os chanceais? - --- No por cierto. - -Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que -Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que -tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué -cosa risible encierra en sí el número de siete mil? - --- Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que -doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para -condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan -inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio, -ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas -de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de -igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo -mas encopetado de vuestra sociedad. - --- No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte -por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas -mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas -prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y -despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones. - --- Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro -país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y -algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo -que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una -sábia cultura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con -contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien -del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer, -porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La -aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no -existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos -en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad, -es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada. - --- Pero señor, en Inglaterra... - --- No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos -millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros. - --- Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder -siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual. - --- El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais -al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva. - --- Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir, -que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa -posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con -alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo -aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme -á mí, pobre anticulta española? - --- Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de -hecho y de derecho cuando son bellas, en todo _Olimpo_. Mas vos -entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no -tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de -Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una -lágrima, -- sabeis que las aborrezco, -- sino por una sonrisa. Pero decidme, -¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto -encomiais? - -Clemencia calló un rato. - ---¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos -religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos. - --- No hablemos de religion, Clemencia. - ---¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta. - --- Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la -conciencia del hombre, señora. - --- Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el -que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos -móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno -malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no -tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la -Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la -religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á -enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que -alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano: -EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI. - --- Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado -por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion? - --- Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre -quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega -de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus -Apóstoles, no alcanzará esa redencion. - --- Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena -y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos -seréis la bienaventurada, y yo el condenado. - --- No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes -temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos. - ---¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño! - --- Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de -abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento -al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas -prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la -desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y -embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y -escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en -los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la -abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de -espíritu. - --- Pero, Clemencia, -- preguntó Sir George, frio á toda la misericordia, -dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,--¿de qué goces religiosos -hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los -cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si -sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del -Alcoran. - --- Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus -argumentos con iguales armas como leal. - ---¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George, -despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro -esclavo, hacerme vuestro prosélito? - --- No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del -asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien -esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios -mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni -la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la -familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le -distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese -caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado -Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este -hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y -que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden -llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este -hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del -siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha -juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué -títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este -hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado -del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio -escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría -del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el -corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero -esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador -nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos -en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias -creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los -habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre -que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin -faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y -que no sabe dónde le lleva. - -Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia -le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero -su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil -retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas _caían -por dentro_ ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con -argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica -de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria -indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon, -despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon -en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas? - -Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara, -pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos -y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo: - --- Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien? - --- Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis, -añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la -mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar -la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber -encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es -preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra -del pauperismo. - --- No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu -propio, con vuestra propia mano. - --- No creo que esto sea preciso. - --- No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho. - --- No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni -cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien -que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la -causa de la preocupacion de Clemencia. - --- Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en -este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á -pedir, -- en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para -recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así -como para mover nuestros corazones á lástima, -- es que deis mañana -limosna al pobre mas infeliz que halleis. - ---¿Os complazco en ello? - --- Sí. - ---¿Es una órden? - --- No, una súplica. - --- Es lo mismo. - --- Prefiero la complacencia á la obediencia. - ---¿Pero para qué lo deseais? - --- Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en -hacerlo. - --- Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que -cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais. - - - - -CAPITULO VIII. - - -A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su -corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse -ansiosa en averiguar lo que saber deseaba. - -Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas -un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante -para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse -con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto -á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion -variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel -de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los -de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo -que le era desconocido. - -Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto -interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo: - --- Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo? - ---¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto. - ---¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion? - ---¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he -cumplido exactamente. - ---¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos. - --- Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy -hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi -culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he -sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en -obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé -mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse -á mi salud. - -Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos. - -Sir George las notó y le preguntó: - ---¿Qué teneis, Clemencia? - --- Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara. - ---¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella -retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os -falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo -de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais? - ---¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á -tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber -ántes á qué nos arrastra? - --- Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas -de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo -que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se -hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la -obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y -caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo. - --- No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George, -pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el -lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social, -sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral. -¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco -desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor -esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta -del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente -como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es -el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras -partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais; -porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su -dignidad. - --- Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo -su serio sarcasmo Sir George. - ---¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con -su bondadosa risa. - --- No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras -doctrinas. - ---¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es -hermana de la inocencia. - ---¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio -para esas gemelas? - --- Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo. - --- No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño. - ---¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que -ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante -malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho. - -Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que -era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto -en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta -levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se -habia desprendido. - -¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las -causas que impulsan á ciertos hombres á amaros! - ---¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas -irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen -marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos -espera! - ---¿Qué queréis decir con eso? - --- Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon, -Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me -daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré. - ---¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque -disimulada, susceptibilidad Clemencia. - --- Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no -tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de -vuestras usuales y bonitas espresiones, _premiosa_ para corresponderle y -hacerme dichoso. - --- Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo -yo! - ---¿Lo seriais quizas con el Vizconde? -- repuso Sir George con mal -disimulada altanería,--¿y heme engañado creyéndoos sincera? ¿Será el -instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo? - ---¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y -falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase, -lo que no creo. - ---¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve, -cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se -puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo -delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos -inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un -tipo poco bello. - --- No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir -George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no -podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada. - ---¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la -desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el -cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos -perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda. - ---¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues, -que el amor se acaba? - --- Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un -estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El -amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas -pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que -tienen la romancesca candidez de jurarse ese _eterno amor_, esa utopia, -ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica. - --- Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer -soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa -felicidad que fundais en amarme? - --- Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, _vous -m’amuserez_, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa -originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias, -y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme, -entretenerme, y alegrarme. - ---¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas -tengo? - ---¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto -mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas -virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad -cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la -tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida -Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de -virtudes. - --- Entre estas, supongo que será la primera la constancia. - --- Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler -Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló -sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era _tout -passe, tout casse, tout lasse_; y no querais hacer de la vida real un -idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y -sentimientos del mundo en que vais á entrar. - ---¿Qué mundo? - --- El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único -teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis -pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera? - --- Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó -Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que -han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no -para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo -exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto. -¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí -una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la -vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os -satisface. - --- No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que -disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento -que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes, -cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía. - --- No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me -hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que -solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la -agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la -paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del -mundo. - ---¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á -_filer le parfait amour_, y á regar las flores de lis de la fidelidad -con el Vizconde en su castillo de Belmont? - --- Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará -de todas mis demas virtudes. - -En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron -por el Vizconde. - --- Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar -mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso, -Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su -presencia á vos como á mí. Negáos. - ---¡Imposible! ¿Desbarrais? - --- Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero -orgullo inglés Sir George. - --- Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas -y ridículas esterioridades. - -Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala. - --- Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales. - --- Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia. - --- Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora, -tengo derecho á ser exigente. - --- Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi -carácter y de mi línea de conducta. - ---¿Me rechazais? - --- Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo. - -En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia. - ---¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas -fina de sus sonrisas, al coger su sombrero. - -La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y sintió un dolor -tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer -firme: - ---¿Os vais? - --- Sí señora, me precisa. - ---¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis -pronto? - --- No depende de mí, señora. - -Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió. - - - - -CAPITULO IX. - - -Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su -noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan -abstraida que no lo notó. - ---¡Pobre mujer! murmuró al fin. - -Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento. - ---¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer -alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un -observador como el Vizconde entreveia lágrimas. - --- Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas -mujeres, en una sola les sois semejante. - ---¿En cuál, señor? - --- En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos. - ---¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo? - --- Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir -entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla -verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos. - ---¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad. - ---¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta -profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en -vuestro porvenir patente á mis ojos, como lo está lo pasado. No es hijo -del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un -cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas -susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!... -y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo -egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho -amar... El cómo... ¡Dios lo sabe! - --- Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais, -suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni -ménos para erigiros en mi censor. - --- Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro -mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha -identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon -en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura -suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para -siempre! - -Clemencia calló inmutada. - --- Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el -ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal, -Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la -perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para -hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á -tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres -felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus -semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no -comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y -desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero -cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro -unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con -un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro -corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas. - --- Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que -haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque -se va? - ---¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden. - ---¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta -esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado -dudas al Vizconde. - ---¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al -hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si -es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una -con mi ausencia. - ---¡Qué! ¿tambien partís? - -Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de -un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion. - ---¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con -luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas -importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos, -deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona -á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á -dejarse matar, no por la causa del _órden_, sino por la causa del -_bien_. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me -llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado -padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal -alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero -vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos... -¡compadecedme! - -El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre -sus manos. - ---¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo -me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado? - ---¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí? -pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin -que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el -dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos -méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque -resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes -femeninos, esparcís la felicidad que de ellos dimana, al rededor -vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas -tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida -hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria -sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el -porvenir! - --- Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis -ahora es afligirme. - --- Lo conozco, -- repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño -de su dolor; -- lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que -gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y -sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis -nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio, -graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas -bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona. -¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del -que no he sabido hacerme amar por mi desgracia. - -Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano -que besó, y salió sin añadir mas que: - ---¡Adios... Clemencia! - -Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se -encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente. - ---¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se -encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres -que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo -porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño? -¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas -escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el -amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y -justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las -cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon? -¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como -opina el Vizconde? - -Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta -escrita en frances. - -(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en -su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la -visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su -despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian -abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el -fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.) - - «Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los - novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó - bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga, - se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales - cristianas, de rosario en mano. - - «Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una - imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener - derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con - vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con - sus artificios mundanos. - - «Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y - chilindrinas, hay uno que dice _ó César ó cesar_, y del que os - suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea _esclusiva_ - y _decididamente_, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas - cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo - sentimental. - - «Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme - al espíritu del Evangelio. - -RIGHT -GEORGE PERCY.» - - - -Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva -como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus -oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá. - -Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran -mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener -curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida -internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada -la insolencia; pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo -contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia -en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es -que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad. - -Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que -no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una -indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas -terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y -sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con -valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo -lo analizó con firme é imparcial voluntad. - ---¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber -sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia -voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta, -al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde -que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un -cuerpo vivo á un cadáver! - -Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su -razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro, -á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió -serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos, -irrevocable la resolucion que le sugirieron. - ---¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en -mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: ¡SI LUCHA HAY -HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON! Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la -siguiente carta: - - «Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra - carta, _ó César ó cesar_, opto por lo segundo. - - «Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy - es un fallo. - -RIGHT -CLEMENCIA PONCE.» - - - -Al mismo tiempo escribió esta otra: - - «Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas - saberlo, tu prima - -RIGHT -CLEMENCIA.» - - - -Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su -ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se -arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta -escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido -quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No -obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia -causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á -amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las -heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio: -hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de -vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado -con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No -obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama, -y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á -quien quiere!--¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese -tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que -empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos -y las exigencias, ¡qué bella cosa seria! - -Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la -señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero -reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar -pasar el primer ímpetu de indignacion. - -A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma -respuesta. - -Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á -Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde -no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles -ingleses, y se quedó dormido. - -A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia. - ---¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace. - -Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente -parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un -epíteto agrio. - ---¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su -director. - -Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora. - -A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido. - -Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion -que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su -tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí. - --- Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te -sientes indispuesta? - --- No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no -tienen siempre los mismos matices, Constancia. - ---¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa. - --- Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria! - -Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático. - --- Ahí está uno, dijo. - ---¿Y qué quiere? preguntó Constancia. - ---¡Toma! un ratito de conversacion. - --- Pero... ¿quién es ese? - --- El señor de Jesu-Cristo. - ---¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la -cara. - ---¿Pues no se llama _asin_? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir -George, Monte-Cristo. - --- No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés. - ---¿E qué le digu? - ---¿Madre, le recibiréis? - --- No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie. - --- Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz -suplicatoria. - --- Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí -acompañando á tu madre; que para eso he venido. - -Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en -el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado, -donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo: - --- Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero -sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió -Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría -_intercaliente_; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un -dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero _cuidiau_ que no -saben curar. - -La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser -lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse -mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas -tijeras. - -Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo -infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia: - --- No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la -asistencia de la enferma. - --- Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las -gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de -su lado. - -Sir George saludó y salió. - -Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, -el coraje y el temor. - -Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de -sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas -instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en -un momento de celos y de despecho. - -Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con -ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso -pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas -falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua. - -La venda habia caido. - -Clemencia no contestó. - -Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer -de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el -poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida -por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y -esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas -elocuente. - -Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre. - -Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en -aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era -posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida -habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, -todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el -solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia -intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, -su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus -sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la -vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; -en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle. - -¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de -reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, -el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de -un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió -carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de -pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en -vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo -convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia. - -Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos -eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su -corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj -estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó -por reirse con agrio desden de sí mismo. - ---¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! -¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, -sino apagando la llama de la vida! - -Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que -le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que -queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido -sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su -melodiosa arpa. - - - - -CAPITULO X. - - -Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en -camino. -- Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun -pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: -¡dichoso yo si puedo serle útil! - -Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de -bien venida, cuando le dijo Clemencia: - --- Pablo, ¿me amas aun? - -Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada -pregunta, que no contestó. - --- Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia. - --- No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi -respuesta, dijo este al fin. - --- Será entónces para oirla. - ---¿Y con qué objeto quieres oirla? - --- Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo -para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le -correspondo. - ---¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de -emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho? - --- No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de -que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad, -segun yo la entiendo. - ---¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por -comparacion? - --- Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te -confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo -desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues, -dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no -creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan -ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo -bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo -alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que -razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la -vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el -sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir, -Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero, -me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte. - -Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si -tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada -en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor: -_la virtud sin clemencia, es orgullo_. Entre los dos, Pablo, no debe -haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una -profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de -nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible, -nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto. - ---¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste. - --- En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar -y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer -esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo -corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que -una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los -inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no -saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este -barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir -de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado -con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que -sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para -el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la -delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo -primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy -á ser con entusiasmo, eres lo segundo. - --- Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido -Pablo. - ---¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! -Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la -constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con -que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por -compañero ante Dios y los hombres. - --- Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos -para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el -cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad? - -Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de -Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo -apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer. - --- Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un -capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme? - --- Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: -es porque TU eres TU. - ---¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que -te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen? - --- Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son -gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu -hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te -amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria -muerta... como te he amado sin esperanzas! - ---¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, -apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles -manos de su primo. - -Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con -ellos café. - -Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando -despues de una corta tempestad le sonríe el sol. - ---¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del -rico licor que se hace en el puerto de Santa María. - -Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir -George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la -delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un -sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á -la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la -llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. -Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y -tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un -áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que -contestó con sincera y alegre exaltacion: - --- Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis -_olimpiadas_. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser -sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué? - --- No atino, hija mia. - --- Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: -no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo. - -D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su -copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la -sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia -particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él -cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así -como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente -colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. -Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del -casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, -el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado: - ---¿Que os casais? ¿De veras? - ---¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las _sábias_, ademas de otras -desgracias, la de ser incasables? - --- Pero... -- dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y -esperando aun que lo dicho fuese una broma;--¿pero... quién es el -dichoso? - --- El dichoso,--¡porque á fe mia que lo será! -- es D. Pablo Ladron de -Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios. - -Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo. - ---¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, -felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están -predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que -vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los -modernamente designados con la palabra inglesa _dandy_, se decia á sí -mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas -de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y -la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo -contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he -llevado chasco! -- no seré el solo. - --- D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero -que no me importa que todo el mundo lo sepa. - --- A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca -sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas. - -Vamos, añadió para sí, -- echando con disimulo el lente á Pablo, que en -este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia -una carta á Villa-María, -- sobre gustos no hay nada escrito. Cuando -Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me -persuado que no está á la vista. - -A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la -tertulia de la señora de la Tijera. - --- Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de -cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público. - -Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas: - ---¿Es triste ó alegre?--¿Pertenece á la alta ó baja política?--¿Es -jocosa ó fúnebre?--¿Es auténtica ó apócrifa?--¿Es de luengas -tierras?--¿Es indígena?--¿Es redonda?--¿Ha venido por telégrafo? - --- Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para -dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista, -sorprendente y estraordinaria. - --- Ea pues, decidla, esclamó Lolita. - -D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así -el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general. - --- D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona, -que es fama que apunta, pero no da. - --- D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la -curiosa Lolita. - --- No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya -en el arte de _hacer efecto_. - --- Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en -mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos -qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas. - -Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se -puso á talrarear: - - Las solteras son de oro, - Las casadas son de plata, - Las vïudas son de cobre, - Y las viejas de hojalata. - ---¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las -viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados -quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los -veinte mayos no les hacen caso. - --- En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia, -dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la -publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita. - -D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en -los que procuró poner toda la chuscada indígena. - ---¿Quién es la infeliz? dijeron ellas. - ---¿Quién es el engañado? añadieron ellos. - ---¡Qué premioso sois! esclamó Lolita. - --- Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas. - --- Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola. - -D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la -atencion, repuso: - --- Pues sabed que se casa Clemencita. - ---¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa. - ---¿Con Carlo-Magno? añadió otra. - --- No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo. - --- Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en -el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.? - ---¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe -D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y -solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite... - ---¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado. - --- No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara. - ---¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como -manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con -quién fué á dar la _sábia_! ¡Yo que creí que se iba á casar con el -Liceo! - --- Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes. - ---¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara -que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran -boda; ¡ya sabe! - --- Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos -justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion -el que _saben mucho_, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, -que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal -y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de -aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar -sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las -otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán -ciertamente á otras causas que á su _saber_, en el sentido dicho. Quien -atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla. - --- Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la -señora de la Tijera. - --- Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., -Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos -elogios de V. - --- Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia -Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que -procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el -pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad. - --- No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo. - ---¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la -Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; -así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad. - --- Que era mucho, repuso D. Galo. - --- Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero -de la casa. - --- Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora. - --- Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, -observó D. Galo. - --- Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas. - ---¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita. - -¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y -malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los -hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de -rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa -que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco -precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido -suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad -y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la -prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu -hostil que en ella vive y reina. - - - - -CAPITULO XI. - - -Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir -George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de -Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este -le recibió con una de esas sonrisas _prestadas_, como dicen los -franceses, que era en el altivo _Gentleman_ la espresion de la suma -distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se -desdeñaba de desdeñar. - -D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si -bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la -satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer -confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que -apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una -sonrisa colosal: - --- El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge. - ---¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar? -respondió este. - --- Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba -era que en esto tuviese interes Sir George. - -D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza -y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa -grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é -interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su -observacion benévola y superficial. - ---¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, -Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente -coronela Matamoros? - --- No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, -buena como no otra. - --- Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y -tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas -señas quién pueda ser. - --- Pues os diré -- D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho -- que -es nuestra apreciable y querida Clemencia. - ---¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa. - -No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al -ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos -centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente. - ---¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de -los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si -buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... -¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! -¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió -volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su -rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues -nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo: - --- No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y -ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto -aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, -que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no -seria capaz de publicarlo. - ---¿Ella os lo ha dicho? - --- Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y -serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado -Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un -tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para -regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge. - -D. Galo hizo una pausa. - ---¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria -abreviar la conferencia. - --- Que no se lo digais. - ---¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que -habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual -sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro -favor. - --- No teneis sino mandar: ¿cuál es? - --- Que os vayáis. - -D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la -aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos -tamaños, y estuvo por sacar el lente. - -Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que -cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial. - --- Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso -quiere estar solo; me parece que un par de sangrías... - --- Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está -un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate -mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de -cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en -latin _altea_) os harian mucho bien. - -Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir -George, por lo cual le dijo sin levantar la voz: - --- Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana? - -D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le -hubiesen pinchado con una espada. - --- Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo -deseo que Vd. se alivie. - --- Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes -Sir George. - -Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió -en la calle en seguridad, cuando se dijo: - ---¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de -los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano -suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo -que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no -estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías! - -D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola. - ---¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal -rato que he pasado. - ---¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde? - --- Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus! - --- Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada. - ---¿Porqué... Clemencita?... - -D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que -decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos. - --- Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo -inquietaba. - --- Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo. - --- Sabeis que soy callada, D. Galo. - --- Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de -atencion. - --- Ciertamente. ¿Y bien?... - --- Pues sabréis que D. Jorge estaba... - -D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un -ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis. - --- No os entiendo, repuso Clemencia. - --- Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, -añadió: ¡ebrio! - ---¡Ebrio! esclamó esta asombrada. - --- Como una cuba, repuso D. Galo. - -D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, -y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en -el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le -chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado -al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así -fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y -duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la -esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un -corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, -resplandecientes coronas que encubren un esqueleto. - -Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se -paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas -violento, y se decia: - --- _¡Joué!_ ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer -que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el -campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y -ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las -españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. -La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido -ni aun verla! -- Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No -conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo -mujeril.--¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué -insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, -ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, -inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha -dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se -aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una -criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la -melodía! Ella me rejuvenecia -- á su lado vivia -- me animaba -- me -alegraba! -- sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado -tinte. -- Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus -piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer -no era artificiosa, -- no; pero está llena de supersticiones: -- me habria -querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace -que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado -á mí mismo la patente de machucho. - -Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un -cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia: - --- Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia -Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge -tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo -conocido fastidia, busquemos lo desconocido.--¡Ah! añadió, ¡solo una -cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz -fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero -no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, -mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. -No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á -costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, _all -is well that ends well_. Bien está lo que en bien acaba. - - - - -CAPITULO XII. - - --- Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto -ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María. - ---¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos -aquí? - --- No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por -complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en -donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha -apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama -con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que -no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver -esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de -dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el -bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos -de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida, -se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su -madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la -sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las -dejé mis habitaciones? - --- Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu -ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las -huellas de mis lágrimas. - ---¿Y mis flores? - --- Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no. - ---¿Y mis pájaros? - --- Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso. - ---¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion -la mano de su primo. - --- Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, -debo partir mañana. - --- Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion. - --- Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal -suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar. - --- Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, -será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha -servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar -doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad -que allí ostentaron sus anteriores dueños. - -Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus -primas. - --- Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa -boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá. - --- Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á -tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente -desconfiado. - --- En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se -desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo. - ---¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría. - --- Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió -Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no -deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion -el campo? - ---¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose. - --- Si se _entierra_ la mujer que se propone vivir en el hogar de sus -mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los -hijos que Dios les diere, creo, Alegría, que toda buena casada vestirá -con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que -la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar -de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de -esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las -diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así -truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer? - --- Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de -renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano, -sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros. - --- Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania, -viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo -pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando; -nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en -Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega, -eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una -degeneracion, pues no es noble el que es descastado. - --- Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos -lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas -aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya, -vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para -desarraigar añejas preocupaciones!... - --- La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su -lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y -dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia -con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran -cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la -casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso -que durará mucho, Alegría. - --- Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los -años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar. - --- No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás -cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan -bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu -conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un -tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle -grata. - ---¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas -mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que -aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante -frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el _santo yugo ligero_; -pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera; -pues te entierras en vida, ¡_séate la tierra ligera!_ - -Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La -víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no -estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la -mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una -boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró. - ---¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto; -no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy. - --- Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros -que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos -faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto -de veros... - --- El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una -sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos -habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer... - --- Y como no os veo ya en casa de Clemencia... - --- Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la -tarde y noche. - ---¿No me habeis dicho que se casa? - -D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural: - ---¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero -ya lo sabe todo el mundo. - --- Me han dicho que su novio es un ganso lugareño. - --- Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os -puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de -mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que -Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo -como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él -hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones -que lo sorprendieron en su cortijo... - ---¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas _bandoléricas_; estoy -cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos. - --- Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte -de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la -primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio -milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder. - -Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa. - --- Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas, -dijo Sir George con la mayor seriedad. - ---¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando -que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da -vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D. -Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de -su talento y buen juicio. - -Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor, -que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo: -Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia _corta gana_ de ser -el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo. - -Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á -rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad: - --- He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es -posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar, -deseo recibir de vos un favor. - --- Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D. -Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente. - --- Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á -los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo -de presentar una en mi nombre á Clemencia. - ---¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe -mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba -regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D. -Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única... -y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge. - -D. Galo se estiró los picos del chaleco. - -Sir George calló un rato, y dijo despues: - --- Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que -encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno -grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias, -yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve -una mia. - --- Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo -buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo -competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta -ocasion no es necesaria. - --- No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente -demas. - -Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su -corazon, ni por un sentimiento tierno y triste. - -Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener -noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que -nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en -la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en -favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien -pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir -despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un -obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion -vanidosa, deseando borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en -la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello, -poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y -el arrepentimiento de un noble pecho. - -Sir George salió aquella noche para Cádiz. - -A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron -Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María. - -Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa, -pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y -sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus -nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los -demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian: - ---¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder! - -Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y -pedirle los dulces de la boda. - -Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló -en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves -fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle -la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que -conserva y da culto el amor á los recuerdos. - -Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que -despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á -pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba -con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su -escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó: - ---¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella -gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que -la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no -acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que -deseo verla. - --- Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza -conserva la infancia á tu corazon. - -Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la -cedulita y leyó: - --- BIEN SABE LA ROSA... - ---¡EN QUE MANO POSA! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y -apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido. - - -FIN. - - - - -EPILOGO. - - -Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero, -Clemencia y Pablo. - -El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado; -pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la -felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes -periódicos que habian acabado de llegar. - --- Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el _Univers_, periódico -frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar. - ---¿Quién? preguntó Clemencia. - --- El Vizconde Cárlos de Brian. - --- Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él? - -Pablo leyó: - ---«En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso -demócrata el Visconde Cárlos de Brian.» - -«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo -perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia -parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las -jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á -viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á -Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En -él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su -mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida -doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.» - ---¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se -encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte. - --- Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que -salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla -de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos. - --- Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él? - -Pablo leyó: - ---«El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su -Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su -tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso -de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe -del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un _meeting_ -protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de -diferentes tamaños, como al Lord Wellington. - ---¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué -seriedad inventas y emites despropósitos! - --- No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy -probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá, -despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y -quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en -los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas _ilustrado_ y -_tolerante_ de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de -cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías -anglicanas, ¿qué se podrá dudar? - -Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse. -¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro -pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais -esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será -el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su -madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos. - - - - -SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS. - - -Abuhado.--Hinchado. - -Abulaga.--Planta silvestre cubierta de espinas. - -Acigüatado.--Parado, caido. - -Arrapiezo.--Malo y despreciable sujeto. - -Arrufar.--Dar empuje ó alas. - -Arrumales.--Disparates. - -Ayuncar.--Meterse en trabajos. - -Cancha ruda.--Chica y gorda. - -Chirlar.--Hablar mucho y recio. - -Coca.--Cabeza. - -Colodra.--Vasija que usan los pastores para ordeñar. - -Cuaco.--Rudo, ganso, ignorante. - -Fanganina.--Enredo. - -Frondío.--Mal humorado, displicente. - -Gallorear.--Levantar la voz con impertinencia. - -Gatatumbas.--Zalamerías. - -Glotura.--Golosina. - -Macarroño.--Corrompido, probablemente tomado de _macarse_, empezar á podrirse. - -Mamanton.--El que saca ó chupa de otro. - -Marchanas.--No irse las marchanas significa _tener presencia de ánimo_. - -Monfí.--Nombre que se daba á ciertos moros _malhechores y bravíos_. - -Mormajo.--Gran disparate. - -Musitar.--Murmurar entre dientes. - -Paripé.--Engaño hipócrita. - -Pechecilla.--Nombre que se da á las que ya no son niñas ni mozuelas aun. - -Rala.--Caridelantera, raida. - -Raspagona.--Descarada, atrevida. - -Reana.--Círculo grande y apiñado de gentes. - -Rejo.--Robustez, fortaleza. - -Sibibil.--Pito de alcacer. - -Singuilindango.--Cualquier cosa. - -Surrar.--Encogerse de miedo. - -Toston.--Pedazo de pan tostado que se come con aceite y sal. - -Tuero.--Leño cortado para quemar. - -Turraco.--Arbol caido, sin rama ni corteza. - -Tute.--Juego de naipes ordinario. - -Visorar.--Lo mismo que columbrar. - -Leipzig.--En la imprenta de F. A. Brockhaus. - - -NOTAS: - -[1] Estas losas se suelen poner en Sevilla en la pared, en años de -grandes avenidas, para marcar la altura á que han llegado las aguas. - -[2] Casa de locos de Sevilla. - -[3] Hemos disfrazado, no solo el nombre de este individuo, sino hasta -el del pueblo en que vivia, por ser un exacto retrato, hasta en los mas -mínimos pormenores, de una persona que murió ha pocos años: los cuales -todos hemos recogido con la mayor y mas esmerada exactitud. - -[4] Frase con que significa el pueblo en Andalucía, lo que es -estranjero dándole como se ve, un sentido directamente contrario: acaso -sea síncope mal hecha de _es de otra nacion_. - -[5] Es decir, á arar y cavar. - -[6] Este rasgo referido exactamente, pertenece á la difunta y -poderosísima viuda de Quintanilla de Carmona, que fué una de las -señoras mas nobles, ricas y caritativas de Andalucía. Muchas veces -hemos oido preguntar á los estranjeros y personas ricas de las -ciudades, ¿en qué gastan esos poderosos propietarios de tierra adentro, -que viven oscuramente, sus rentas? Respondan los pobres de los pueblos -á esta pregunta. - -[7] Volvemos á repetir que este rasgo como todos los demas -concernientes á D. Martin, son ciertos y positivos. - -[8] Mr. Charles Dupin, Presidente de la comision francesa en la -Esposicion de Lóndres, dice en su carta de despedida al príncipe -Alberto: - -«Frances, y vano de este título, no somos de esos cosmopolitas que -suprimen la patria con el fin de sustituirle abstracciones nebulosas y -adorar las _tablas-rasas_: no somos de los que sueñan para el porvenir -con la desaparicion de los tipos sagrados que caracterizan las razas -y las nacionalidades. La hermosura y la grandeza desaparecerian de la -tierra, si por un efecto de magia sus montes se allanasen, sus valles -se alzasen á la par que los hombres, adquiriendo los animales y las -plantas todas las mismas proporciones y el mismo color, se adaptasen á -un mismo nivel, el que se pareceria á la nada á fuerza de uniformidad.» - -[9] De la que ha dicho Víctor Hugo: - - Peuple à peine essayé, - Nation du hasard, - Sans tige, sans passé, - Sans histoire, et sans arts. - - Pueblo apénas ensayado, - Nacion de casualidad, - Sin un tronco, sin pasado, - Ni historia, ni artes jamas. - - -[10] Dice Custine: Solo en el órden religioso es permitido esperarlo -todo del porvenir y prohibido retrogradar hácia lo pasado: solo ahí -está el progreso indefinido, porque la religion es una cadena cuyo -primer eslabon está en la tierra, y el último en el cielo. - - - - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA *** - -***** This file should be named 60284-0.txt or 60284-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/2/8/60284/ - -Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided -that - -- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is - owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he - has agreed to donate royalties under this paragraph to the - Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments - must be paid within 60 days following each date on which you - prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax - returns. Royalty payments should be clearly marked as such and - sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the - address specified in Section 4, "Information about donations to - the Project Gutenberg Literary Archive Foundation." - -- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or - destroy all copies of the works possessed in a physical medium - and discontinue all use of and all access to other copies of - Project Gutenberg-tm works. - -- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any - money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days - of receipt of the work. - -- You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm -electronic work or group of works on different terms than are set -forth in this agreement, you must obtain permission in writing from -both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael -Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the -Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -public domain works in creating the Project Gutenberg-tm -collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic -works, and the medium on which they may be stored, may contain -"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or -corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual -property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a -computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by -your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium with -your written explanation. The person or entity that provided you with -the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a -refund. If you received the work electronically, the person or entity -providing it to you may choose to give you a second opportunity to -receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy -is also defective, you may demand a refund in writing without further -opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/60284-0.zip b/old/60284-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 031a046..0000000 --- a/old/60284-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/60284-h.zip b/old/60284-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 183d685..0000000 --- a/old/60284-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/60284-h/60284-h.htm b/old/60284-h/60284-h.htm deleted file mode 100644 index dd16797..0000000 --- a/old/60284-h/60284-h.htm +++ /dev/null @@ -1,12498 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" -"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> - -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> - <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> -<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> -<title> - The Project Gutenberg eBook of Clenencias, por Fernán Caballero. -</title> -<style type="text/css"> - p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} - -.c {text-align:center;text-indent:0%;} - -.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} - -.fint {text-align:center;text-indent:0%; -margin-top:2em;font-size:85%;} - -.letra {font-size:175%;} - -.nind {text-indent:0%;} - -.r {text-align:right;margin-right: 5%;} - -small {font-size: 70%;} - -big {font-size: 130%;} - - h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both; -font-weight:normal;} - - h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; - font-size:150%;font-weight:normal;} - - h3 {margin:4% auto 2% auto;text-align:center;clear:both; - font-size:100%;font-weight:normal;} - - hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;} - - hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black; -padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;} - - table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;} - - body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} - -a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - - link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - -a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} - -a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} - -.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;} - - img {border:none;} - -.blockquot {margin-top:2%;margin-bottom:2%;} - -.footnotes {border:dotted 3px gray;margin-top:5%;clear:both;} - -.footnote {width:95%;margin:auto 3% 1% auto;font-size:0.9em;position:relative;} - -.label {position:relative;left:-.5em;top:0;text-align:left;font-size:.8em;} - -.fnanchor {vertical-align:30%;font-size:.8em;} - -div.poetry2 {margin:auto 0% auto 40%;} - -div.poetry {text-align:center;} -div.poem {font-size:90%;margin:auto auto;text-indent:0%; -display: inline-block; text-align: left;} -.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;} -.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} -.poem span.i2 {display: block; margin-left: 1em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} -.poem span.i15 {display: block; margin-left: 10em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} - -.pagenum {font-style:normal;position:absolute; -left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray; -background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;} -@media print, handheld -{.pagenum - {display: none;} - } -</style> - </head> -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Clemencia - Novela de costumbres - -Author: Fernán Caballero - -Release Date: September 12, 2019 [EBook #60284] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<p class="c"> -<img src="images/cover.jpg" width="308" height="500" alt="" title="" /> -</p> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="" -style="border:3px double gray;padding:1em;"> -<tr valign="top" class="c"><td class="smcap"> -<a href="#PARTE_PRIMERA">Parte Primera., </a><br /> -<a href="#CAPITULO_I-a">Capítulo: I., </a> -<a href="#CAPITULO_II-a"> II., </a> -<a href="#CAPITULO_III-a"> III., </a> -<a href="#CAPITULO_IV-a"> IV., </a> -<a href="#CAPITULO_V-a"> V., </a> -<a href="#CAPITULO_VI-a"> VI., </a> -<a href="#CAPITULO_VII-a"> VII., </a> -<a href="#CAPITULO_VIII-a"> VIII., </a> -<a href="#CAPITULO_IX-a"> IX., </a> -<a href="#CAPITULO_X-a"> X., </a> -<a href="#CAPITULO_XI-a"> XI., </a> -<a href="#CAPITULO_XII-a"> XII., </a><br /><br /> -<a href="#PARTE_SEGUNDA">Parte Segunda., </a><br /> -<a href="#CAPITULO_I-b">Capítulo: I., </a> -<a href="#CAPITULO_II-b"> II., </a> -<a href="#CAPITULO_III-b"> III., </a> -<a href="#CAPITULO_IV-b"> IV., </a> -<a href="#CAPITULO_V-b"> V., </a> -<a href="#CAPITULO_VI-b"> VI., </a> -<a href="#CAPITULO_VII-b"> VII., </a> -<a href="#CAPITULO_VIII-b"> VIII., </a> -<a href="#CAPITULO_IX-b"> IX., </a> -<a href="#CAPITULO_X-b"> X., </a> -<a href="#CAPITULO_XI-b"> XI., </a><br /><br /> -<a href="#PARTE_TERCERA">Parte Tercera., </a><br /> -<a href="#CAPITULO_I-c">Capítulo: I., </a> -<a href="#CAPITULO_II-c"> II., </a> -<a href="#CAPITULO_III-c"> III., </a> -<a href="#CAPITULO_IV-c"> IV., </a> -<a href="#CAPITULO_V-c"> V., </a> -<a href="#CAPITULO_VI-c"> VI., </a> -<a href="#CAPITULO_VII-c"> VII., </a> -<a href="#CAPITULO_VIII-c"> VIII., </a> -<a href="#CAPITULO_IX-c"> IX., </a> -<a href="#CAPITULO_X-c"> X., </a> -<a href="#CAPITULO_XI-c"> XI., </a> -<a href="#CAPITULO_XII-c"> XII., </a><br /><br /> -<a href="#EPILOGO">Epilogo. </a><br /><br /> -<a href="#SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS"> -Significado De Algunas Palabras Andaluzas.</a><br /><br /> -<a href="#NOTAS">Notas.</a></td></tr> -</table> - -<p class="c">COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES.</p> - -<p class="c">Tomo I.</p> - -<h1>CLEMENCIA.</h1> - -<p class="c">NOVELA DE COSTUMBRES<br /> -POR<br /> -F E R N A N C A B A L L E R O.<br /> -<br /> -<img src="images/colofon.png" -width="65" -alt="" -/><br /> -<br /> -LEIPZIG:<br /> -F. A. BROCKHAUS.<br /> -——<br /> -1883.<br /> -<span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span></p> - -<h2><a name="PARTE_PRIMERA" id="PARTE_PRIMERA"></a>PARTE PRIMERA.</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-a" id="CAPITULO_I-a"></a>CAPITULO I.</h3> - -<div class="poetry2"> -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur.<br /></span> -<span class="i2">A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas el análisis del corazon.<br /></span> -<span class="i15"><span class="smcap">J. A. David.</span><br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup.<br /></span> -<span class="i0">Para bien ver, es preciso haber mirado mucho.<br /></span> -<span class="i15"><span class="smcap">Alexis Du Valon.</span><br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Le style vient des idées et non des mots.<br /></span> -<span class="i0">El estilo nace de las ideas y no de las palabras.<br /></span> -<span class="i15"><span class="smcap">Balzac.</span><br /></span> -</div></div> -</div></div> - -<p class="nind"><span class="letra">N</span>o se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo, — decia una tarde -del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D. -Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de -café. — Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un -mundo, aunque Vd. diga que no.</p> - -<p>— Señora, yo no digo ni que sí ni que no.</p> - -<p>— Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una -lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa -sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!...</p> - -<p>— Es una perla, Marquesa.</p> - -<p>— Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz -<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería!</p> - -<p>— Yo no sostengo nada, señora.</p> - -<p>— Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de -Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara -que Vd. ponia.</p> - -<p>— Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian.</p> - -<p>— Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!...</p> - -<p>— No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos -gravosas.</p> - -<p>— ¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama <i>perla</i>. -¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos <i>perlas</i> de mis hijas para -darme que hacer! ¡<i>Perlas</i>! Cuidados sí que son las niñas.</p> - -<p>— ¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento?</p> - -<p>— ¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda -Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd. -unas cosas!...</p> - -<p>— En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en -sacarla del convento.</p> - -<p>— ¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le -parezca que he hecho mal.</p> - -<p>La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa -falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus -maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia -algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad -de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni -ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que -la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era -rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no -era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban -iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino -contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser -maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos -y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino -malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como -plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era -el de vivir apu<span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>rada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la -agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no -pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad -de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó -toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas -que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la -pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo -forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que -se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real. -Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su -vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su -lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de -desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el -mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de -las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas -queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las -cosas favorables, á las que siempre encuentra un <i>pero</i>, para servir de -pábulo á sus lamentaciones.</p> - -<p>Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida -muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un -bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron -lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente -criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é -insufrible.</p> - -<p>El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba -establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy -rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y -de intrigar, que era el <i>Tu autem</i> de la familia.</p> - -<p>Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un -cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada; -la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su -tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual -ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span> la -conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de -dos hijas.</p> - -<p>La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave, -concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de -constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos -negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo, -duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su -carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien -por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era -generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de <i>rara</i>.</p> - -<p>La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un -gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y -aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y -seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada -desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y -pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos -guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas -tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en -los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de -aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado, -pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su -madre de <i>buena alhaja</i>.</p> - -<p>Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en -nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres, -y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que -sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la -ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de -perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese -artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía -que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países. -Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y -hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero -ocultar<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span> su propio <i>yo</i>, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro. -Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace -despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan -dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de -novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería -les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y -frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores -artificiales.</p> - -<p>En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis -años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, -era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la -naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y -todos sus encantos.</p> - -<p>De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño -inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un -manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y -grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la -Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la -cuna tienen los niños para sus madres.</p> - -<p>Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de -corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus -favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon: -resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su -sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una -fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada -por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que -demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no -se roza con ella.</p> - -<p>Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes. -Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y -de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en -nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é -intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una -dificultad,<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de -prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa, -escita fuertemente.</p> - -<p>Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y -sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la -niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no -quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones -todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán -sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego.</p> - -<p>Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el -desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial -sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los -niños.</p> - -<p>En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la -barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en -su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y -matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta -años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus -modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo -<i>farniente</i>. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á -las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego, -ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la -homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la -lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y -desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los -caminos de hierro.</p> - -<p>Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas -partes, no hará mas papel que el de comparsa.</p> - -<p>— Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es -preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago. -¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien -sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese -foco de corrupcion!!<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span></p> - -<p>— Como está eso de moda... repuso D. Silvestre.</p> - -<p>— ¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar -veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo?</p> - -<p>— Marquesa, yo no he aprobado nada.</p> - -<p>— Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de -artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña.</p> - -<p>— Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena.</p> - -<p>— ¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el -caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues -agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar -tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse -semejante disparate?</p> - -<p>— Pero, señora, todo el mundo se casa.</p> - -<p>— ¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga? -¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato -estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de -enaguas de bayeta?</p> - -<p>— Señora, el amor....</p> - -<p>— ¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que -es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa, -lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué -desgracia!!!</p> - -<p>— ¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.</p> - -<p>— Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta -mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de -la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y -le ha quebrado un ala del pié.</p> - -<p>— Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque -apartada, oyó este último gemido de aquella.</p> - -<p>— ¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su -hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span></p> - -<p>— ¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.</p> - -<p>— ¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su -dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí -me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!</p> - -<p>— Como que no podrá volar, observó Alegría.</p> - -<p>La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de -yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas, -que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano -los cuatro ángulos del gran patio de la casa.</p> - -<p>En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso -decidido y aire imponente.</p> - -<p>— Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has -visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el -ala á mi Mercurio?</p> - -<p>— Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas -correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.</p> - -<p>— Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas, -repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan -meditabundo.</p> - -<p>— ¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.</p> - -<p>— Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador -tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.</p> - -<p>— Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al -miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.</p> - -<p>— Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le -conocerán las lañas.</p> - -<p>— Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan -volar, observó Alegría.</p> - -<p>— ¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa, -dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla, -calla; que nadie te da vela para este entierro.<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span></p> - -<p>— ¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.</p> - -<p>Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:</p> - -<p>— Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar -de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los -piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le -hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho -contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.</p> - -<p>— Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va -á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas -acertado me parece tu discurso.</p> - -<p>— ¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las -cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-a" id="CAPITULO_II-a"></a>CAPITULO II.</h3> - -<p>Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del -Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la -Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco -porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa -que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un -individuo á la palestra, decir quién es.</p> - -<p>Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á -la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, -recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Manda al diablo los paisanos;<br /></span> -<span class="i0">Que te prometo, morena,<br /></span> -<span class="i0">Que en siendo yo Coronel,<br /></span> -<span class="i0">Tú serás la Coronela.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el -bizarro cabo á mandar un regimiento de<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> dragones, la hija del mesonero, -cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y -una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados -por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre, -y huyen y gritan al ver un raton.</p> - -<p>Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta -militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como -tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de -gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y -adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el -viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba -ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los -soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un -partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera, -hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego. -¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon -se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se -identificó con ella como con su nombre de pila.</p> - -<p>Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas -sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los -campamentos.</p> - -<p>Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó -compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este -conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.</p> - -<p>Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale -contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas -no ofenden.</p> - -<p>A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el -coronel, la guardia á la puerta, y la <i>moza</i>. Nada habia quedado sino lo -<i>arrogante</i>; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar -recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se -creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su <i>veto</i> -á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.</p> - -<p>Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> primacías que -hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que -son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan -dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la -persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos -motores, físico y moral, de la época.</p> - -<p>Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho -por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en -su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna -vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se -amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona: -eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y -su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.</p> - -<p>Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é -inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo -preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas, -averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas -chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas, -entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que -hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.</p> - -<p>Sobre la Marquesa, que era débil — y, como todos los débiles, -voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil -con los insolentes, — ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á -que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona -religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto -que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos -principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y -su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay -echaba sus fallos, como una nube sus granizos.</p> - -<p>Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas -de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes -de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia -proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra -ellas. Como<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en -su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra -de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no -lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega -el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos -ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su -ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo -y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto -se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela -Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia -ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un -entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas -añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un -aire <i>madrileño</i>. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y -tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su -dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos -espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la -verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en <i>calle de -Francos, núm. 5</i>; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que -habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en -una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el -último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre -las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que -pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas -referidas, en todas las casas que <i>desfavorecia</i> Doña Eufrasia, se la -miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un -sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala -yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin -embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro -trato!</p> - -<p>La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse -estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía -social, sino hasta á personas cuya<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> conducta es mala ó deshonrosa con -escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad -española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros -distinguidos.</p> - -<p>En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que -fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el -decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de -censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino -tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de -hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese -benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á -ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, -tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija -en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.</p> - -<p>Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en -su verdadera luz.</p> - -<p>Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad -que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir -una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para -replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y -desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina -rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del -ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, -repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas -pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le -quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien -la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, -coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar -que no moriria de cólico cerrado.</p> - -<p>En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa -de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que -apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.</p> - -<p>El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un -navío á la vela, se quedó estático.<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span></p> - -<p>— ¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un -tintorero.</p> - -<p>— ¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.</p> - -<p>— Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, -añadió la tercera.</p> - -<p>— Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que -no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado -Paco Guzman.</p> - -<p>— Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las -niñas.</p> - -<p>— Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.</p> - -<p>Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido -distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y -revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.</p> - -<p>— Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.</p> - -<p>Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió -majestuosamente su marcha triunfal.</p> - -<p>Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, -siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, -cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta -guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y -llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de -márras, igualmente guarnecida de pieles.</p> - -<p>— ¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!</p> - -<p>— Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: -es un regalo del emperador de Rusia.</p> - -<p>— ¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á -pólvora francesa y está picado.</p> - -<p>— Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.</p> - -<p>— ¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un -jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de -muchas luces, muy vivo,<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> muy ligero de sangre y algo aturdido, que -ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.</p> - -<p>— Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una -fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.</p> - -<p>Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada -señora, y le decia:</p> - -<p>— Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el -efecto que puede causar la <i>Moscovita sensible</i>.</p> - -<p>— Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las -pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes <i>Buenos</i>, no -teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el -mundo, en no reconoceros por tal.</p> - -<p>Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia -Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de -Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para -hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el -espíritu de hostilidad que vive y reina.</p> - -<p>— La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco -Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles -contestar, en particular si datan de la guerra de la <i>pendencia</i>.</p> - -<p>— ¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á -la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te -digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no -la volvería yo á pisar, si no fuera por...</p> - -<p>— ¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y -un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, -cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.</p> - -<p>— Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de -tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el -chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que -subir, y es preciso despues<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> de hecho, dejarlo reposar; y á tí te -advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te -engañe el confitero.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-a" id="CAPITULO_III-a"></a>CAPITULO III.</h3> - -<p>Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las -Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores -pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la -enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de -ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la -claridad de este relato.</p> - -<p>Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un -asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y -ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo -amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este -enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el -título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy -buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto -que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono -desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á -los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con -dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los -que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo -chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.</p> - -<p>La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro -suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante -enlace. Esta <i>rareza</i> sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y -era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion -de <i>perlas</i>, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas,<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> -Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de -sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia -mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su -hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de -contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su -ahijada.</p> - -<p>La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á -la negativa de su hija, que sus <i>rarezas</i> y la gran indocilidad de su -carácter; pero en realidad existia otra.</p> - -<p>Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, -pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave -por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando -llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde -entónces se amaron.</p> - -<p>Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de -una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor -español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no -<i>meridionales</i>, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan -arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan -entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un -solo corazon basta para llenar un pecho.</p> - -<p>La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno -y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar -profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el -tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su -constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto -tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, -pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como -uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese -mediado entre ellos mas coloquio que este.</p> - -<p>— Tia, á los piés de Vd.</p> - -<p>— A Dios, Bruno; me alegro de verte.<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p> - -<p>En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que -guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con -él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este -ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que -se le ofrecian.</p> - -<p>Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su -hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal -humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias -secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un -brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar, -que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas -furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas -caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden -á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates -que les pesan despues toda su vida.</p> - -<p>— ¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante -suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un -novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para -quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.</p> - -<p>Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable, -tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; -por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de -<i>la monjita de Cortegana</i>; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y -espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un -mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y -dada de mala gana.</p> - -<p>En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial. -Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas -pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era -tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de -cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.</p> - -<p>Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como -cayeron á manera de gotas de hiel en el<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> corazon de Clemencia, las -muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué -recibiendo.</p> - -<p>Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se -ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia -de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la -subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio -anonadamiento.</p> - -<p>Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa -influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á -tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el -poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han -impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible -impulso, á este general contagio.</p> - -<p>Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella -encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria -su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por -qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se -empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que -Constancia murmurase con aspereza: <i>¡Cosas de Clemencia!</i> bastó que -alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus -inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; -bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: <i>Calla, hija, por -Dios... ¡calla!</i> para dar ese impulso de baja que la sociedad se -apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, -bonita es; es una infeliz; <i>ni pincha ni corta</i>.</p> - -<p>¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!</p> - -<p>La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste -privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por -un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse -de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para -evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la -modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span></p> - -<p>¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la -injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se -ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á -la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo -ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al -venenoso tiro de la envidia!</p> - -<p>Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia -inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y -que cada cosa habia vuelto á su lugar.</p> - -<p>Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, -no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver -la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos -sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.</p> - -<p>Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba -una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y -traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á -pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver -llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; -pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le -dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo -que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la -gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de -agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.</p> - -<p>Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer -capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y -displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, -guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría -con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando -entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las -noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.</p> - -<p>— ¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. -¿Qué tenemos ahora?<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span></p> - -<p>— ¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una -letra de Paris de treinta mil reales.</p> - -<p>— Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le -pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la <i>hipocresía</i>; -miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.</p> - -<p>— Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y -desobedientes...</p> - -<p>— Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.</p> - -<p>— Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...</p> - -<p>— Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.</p> - -<p>— ¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.</p> - -<p>— Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.</p> - -<p>— Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en -divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á -paseo. ¡Para paseos estaba yo!</p> - -<p>— No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el -arca se vende.</p> - -<p>— El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado -Alegría.</p> - -<p>— Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo -una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, -compotita de manzana, por qué estás llorando?</p> - -<p>— Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho -que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no -daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme -en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, -señora, que no sé qué decir.</p> - -<p>— Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice -la copla, bien podrá no tener nunca mucho que <i>contar</i>, pero sí tiene -siempre mucho que <i>decir</i>.<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p> - -<p>— No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no -vuelvan á llorar esas Magdalenitas de <i>mírame y no me toques</i>, opinó -Doña Eufrasia.</p> - -<p>— Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no -parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.</p> - -<p>— Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia -cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á -la esfera inferior.</p> - -<p>— ¿Tú? ¿Y cómo?</p> - -<p>— Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, -para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una -<i>serenía</i>.</p> - -<p>— ¿Y la obtuvo?</p> - -<p>— Sobre la marcha.</p> - -<p>— A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á -aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy -descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando -la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.</p> - -<p>— Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado -pintiparado.</p> - -<p>— ¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo -de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?</p> - -<p>— Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos -abismos de su robusta entonacion.</p> - -<p>— ¿Le conoces?</p> - -<p>— ¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado -como hay pocos, y está hecho á mis mañas.</p> - -<p>Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las -muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante -siguió preguntando:</p> - -<p>— ¿Bebe?</p> - -<p>— Agua.</p> - -<p>— ¿Es enamorado?</p> - -<p>— No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.</p> - -<p>— ¿Es fiel?<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p> - -<p>— Como el sello.</p> - -<p>— ¿Tiene buen genio?</p> - -<p>— Es un tórtolo.</p> - -<p>— ¿Fuma?</p> - -<p>— En la vida de Dios.</p> - -<p>— ¿Es aseado?</p> - -<p>— Como el oro.</p> - -<p>— ¿Y entiende?...</p> - -<p>— De todo.</p> - -<p>— Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me -depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces -como tabla de salvacion en mis mayores apuros!</p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-a" id="CAPITULO_IV-a"></a>CAPITULO IV.</h3> - -<p>— Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el -criado que envía la Señora Doña Eufrasia.</p> - -<p>— Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.</p> - -<p>A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra -de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; -pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto -ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena -dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la -desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; -solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos -demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro -de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con -inusitada arrogancia.</p> - -<p>Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de -huevo, parecia un gorro de hule.</p> - -<p>Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y -vivaracha, de la sonrisa mas desparra<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span>mada y satisfecha, á la seriedad -mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la -mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces -en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, -pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin -pestañear, al frente.</p> - -<p>Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas -marcada pronunciacion gallega:</p> - -<p>— Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.</p> - -<p>La Marquesa estaba sola.</p> - -<p>— A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...</p> - -<p>— De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora -Coronela hoy un <i>dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés</i>.</p> - -<p>— Lo siento. ¿Y cómo te llamas?</p> - -<p>— José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis -amos siempre me han llamado Pepino.</p> - -<p>— ¿Y de qué tierra eres?</p> - -<p>— Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y -Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la -ria...</p> - -<p>— Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?</p> - -<p>— Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y -estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.</p> - -<p>— ¿Y sabes servir?</p> - -<p>— Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de -agua.</p> - -<p>— ¿Y puedes asistir bien á la mesa?</p> - -<p>— ¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.</p> - -<p>— Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los -cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?</p> - -<p>— Señora, yo lavo el agua.</p> - -<p>— Es que yo soy muy estremada en ese punto.</p> - -<p>— Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los -cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, -animal... mas vale maña que fuerza.<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span></p> - -<p>— Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la -cara á una de las mozas, te despido acto continuo.</p> - -<p>— ¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo -ver; esceptuando lo presente, se entiende.</p> - -<p>— Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.</p> - -<p>— Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.</p> - -<p>— Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la -calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con -particularidad el del malo que tú fumarás.</p> - -<p>— Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.</p> - -<p>— Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y -las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo -has visto?</p> - -<p>— No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?</p> - -<p>— Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un -plumero.</p> - -<p>— ¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?</p> - -<p>— No, que podrás dañarle.</p> - -<p>— Vamos, tendrá su mercé dolor de <i>osos</i> (huesos).</p> - -<p>— Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...</p> - -<p>— Le llevo un paráguas; bien está, usía.</p> - -<p>— ¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, -y lo pones bajo techado.</p> - -<p>— ¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?</p> - -<p>— ¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?</p> - -<p>— ¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; <i>cuidin</i> que -era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi -propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.</p> - -<p>— Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro -duros de salario. Ve si te acomoda.</p> - -<p>— Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p> - -<p>— Puedes venir desde mañana.</p> - -<p>— No faltaré, usía; ántes faltará el sol.</p> - -<p>— Pues á Dios.</p> - -<p>— Que usía se conserve.</p> - -<p>— Es una alhaja, pensó la Marquesa.</p> - -<p>— ¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de -doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.</p> - -<p>Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. -Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:</p> - -<p>— Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es -un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un -gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, -porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la -voz de bajo de la Coronela para añadir) <i>es muy hombre de bien</i>; como si -bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion -de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de -archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de -saber de finura la que llama á los helados <i>alelados</i>, á los pigmeos -<i>pirineos</i> y á los misterios <i>ministerios</i>, y que saluda diciendo: ¡Dios -guarde á Vd.!</p> - -<p>— Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar -así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para -todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, -en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, -que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia -que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado -como hay pocos.</p> - -<p>— Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.</p> - -<p>— Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los -pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las -gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun -dado caso que estuviese<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> torpe al principio, que no un tunantillo listo, -que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.</p> - -<p>En este momento entró Andrea, el ama de llaves.</p> - -<p>— Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para -postres?</p> - -<p>— Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?</p> - -<p>— Es que no los quiere traer el mozo.</p> - -<p>— ¿Que no? ¿Por qué?</p> - -<p>— Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco -que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no -es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa -jugarreta.</p> - -<p>— Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.</p> - -<p>De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, -gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan -cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto -dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:</p> - -<p>— Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta -aguardando órdenes.</p> - -<p>Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un -lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo -que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.</p> - -<p>— Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te -pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los -merengues.</p> - -<p>Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.</p> - -<p>— ¿Lo ve Vd.? — dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo -la risa, — ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando -ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite -de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; -pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa -de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que -en dos por tres se <i>bebe una casa</i>.<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span></p> - -<p>— Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas -quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries -delante de él! que aturrullas al pobre hombre.</p> - -<p>De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente -fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados -movimientos.</p> - -<p>Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.</p> - -<p>— Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.</p> - -<p>— A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien -puestos en un plato de los de postres.</p> - -<p>— ¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?—¿Qué trae ese -hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...</p> - -<p>Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:</p> - -<p>— Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.</p> - -<p>— ¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á -Andrea que venga á sahumar.</p> - -<p>— ¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.</p> - -<p>— ¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.</p> - -<p>— Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.</p> - -<p>Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que -todos los arenques cayeron al suelo.</p> - -<p>A poco fueron á comer.</p> - -<p>La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con -arte <i>chaclueco</i> formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos -egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de -botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.</p> - -<p>En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos, -no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse -la molestia de remudar los que hubiesen servido.</p> - -<p>La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido -discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las -debidas esplicaciones.<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span></p> - -<p>— ¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.</p> - -<p>Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su -acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la -sopera, y colocó en su lugar la ensalada.</p> - -<p>Alegría soltó el trapo á reir.</p> - -<p>— Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.</p> - -<p>Su madre les echó mirada severa.</p> - -<p>— Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en -su lugar pon el frito.</p> - -<p>— ¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la -olla.</p> - -<p>— Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos -ladros.</p> - -<p>— Calla, mandó la Marquesa.</p> - -<p>Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.</p> - -<p>El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo -asado.</p> - -<p>— ¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la -cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo -entre tres amigos, y dos durmiendo!</p> - -<p>— Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor -D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.</p> - -<p>— Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire -jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; -desde que almorcé no he probado bocado.</p> - -<p>— Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; -enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?</p> - -<p>— A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente -mozo de comedor.</p> - -<p>— Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada -paciencia su señora y directora.</p> - -<p>Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p> - -<p>— ¿Dónde coloco esta <i>corbeta</i>? preguntó.</p> - -<p>Alegría prorumpió en carcajadas.</p> - -<p>— Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.</p> - -<p>— ¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, -otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.</p> - -<p>Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que -acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala -donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino -trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura, -que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su -señora.</p> - -<p>Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio -llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.</p> - -<p>— Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu -incumbencia.</p> - -<p>— Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso -mozo, agarrando con denuedo la cafetera.</p> - -<p>Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar -hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente -resultar.</p> - -<p>Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas -en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto -que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió -con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la -mujer <i>de cuerpo de casa</i> se bebia el vino; tercero, que la costurera se -llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella -tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y -hacia la vista larga á todas estas infamias.</p> - -<p>— ¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas -revelaciones.</p> - -<p>— Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, -sentido de que su señora dudase de su vera<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>cidad. No lo crea usía; á -bien que no es <i>voto de castidad</i>.</p> - -<p>Pepino queria decir artículo de fe.</p> - -<p>Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como -saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas -punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su -señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los -pelotazos de niños dañinos.</p> - -<p>Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito -venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio -derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, -del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por -una rendija.</p> - -<p>La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por -la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la -primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.</p> - -<p>La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo -el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros -por via de indemnizacion de los percances del oficio.</p> - -<p>Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se -trocó en brillante rayito de sol.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-a" id="CAPITULO_V-a"></a>CAPITULO V.</h3> - -<p>Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era -Andrea, que habia sido su ama.</p> - -<p>— ¡Válgame Dios, hija! — le decia esta una mañana en que solas se -hallaban en el cuarto de Constancia:—¿es posible que des esta -pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te -brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te -parecia todo el<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos -son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su -tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no -digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.</p> - -<p>— ¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.</p> - -<p>— ¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las -mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter -monjas.</p> - -<p>— Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno -ni en lo otro.</p> - -<p>— Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra -cosa.</p> - -<p>— Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas -enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.</p> - -<p>— ¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con -dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera -que te quedas sin la herencia de tu tia.</p> - -<p>— ¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su -herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero -yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á -mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: -goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo -una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi -vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, -ama, — para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con -las otras para atormentarme, — que solo á un hombre amaré en mi vida; que -me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con -otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta -en puerta.</p> - -<p>— La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.</p> - -<p>— ¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una -por un dia ni dos, sino para morir<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> con la cadena al cuello. Así, déjame -en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.</p> - -<p>Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:</p> - -<p>— ¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi -hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que -pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de -tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? -Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.</p> - -<p>— Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. -este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?</p> - -<p>— ¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo -de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña -nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de -caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por -ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á -un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una -Grandeza y la pingüe herencia de su tia?</p> - -<p>— Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir -ajeno.</p> - -<p>— ¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de -la sinrazon!...</p> - -<p>— Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.</p> - -<p>— Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su -manía y á ceder á la razon?</p> - -<p>— Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.</p> - -<p>— ¿Y porqué?</p> - -<p>— Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. -sobre sí una inmensa responsabilidad.</p> - -<p>— ¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, -todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y -unos mismos cimientos.<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p> - -<p>— Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, -Marquesa.</p> - -<p>— A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el -de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. -siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y -hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino -vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo -tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que -escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio -de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.</p> - -<p>— Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto -que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia -que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?</p> - -<p>— Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que -sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena -madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa <i>perlita</i>, le mando -decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.</p> - -<p>A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto -mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia -generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. -Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija -Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió -presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.</p> - -<p>Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas -sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo -reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de -cuantas personas la componian.</p> - -<p>Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, -continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla -primorosamente calada, para su tia.</p> - -<p>Apénas paró en ella la atencion el Marques.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span></p> - -<p>— ¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo -este despedido.</p> - -<p>— Muy buen mozo, contestó Clemencia.</p> - -<p>— Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso -como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la -risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los -zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria <i>El -Heraldo</i> para decir largos.</p> - -<p>— ¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los -hombres?</p> - -<p>— Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques -tan buen mozo, dijo con burla Alegría.</p> - -<p>— ¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se -mira.</p> - -<p>— ¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! -Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.</p> - -<p>— Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre -niña.</p> - -<p>— Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado -D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin -lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, -de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.</p> - -<p>— Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. -Lo mismo hace contigo.</p> - -<p>— ¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese -<i>correveydile</i>, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas -de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.</p> - -<p>— No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.</p> - -<p>Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo -personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo -el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar -privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-a" id="CAPITULO_VI-a"></a>CAPITULO VI.</h3> - -<p>Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, -si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos -llaman <i>buen tono</i> hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente -arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y -aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y -con razon, en los madrileños genuinos.</p> - -<p>Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el -mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores -costumbres.</p> - -<p>Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por -protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su -modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho -en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.</p> - -<p>D. Galo Pando, — así era su gracia, — no sabia ni griego ni latin; pero -sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la -perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas -modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en -que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.</p> - -<p>Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras -modernas: <i>lamentable</i> y <i>deplorable</i> le sonaban como música de Rossini. -El <i>debut</i> y el <i>buffet</i> tenian para él un esquisito perfume de -elegancia; en cuanto al <i>séale la tierra ligera</i>, cuando lo veia, se -entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni -afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los -hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en -buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba -profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma -<i>sui generis</i>, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras -sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada -por medio del elixir de vida que inventó Balzac.<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span></p> - -<p>Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes -botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una -alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos -brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un -lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente -D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: -eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero -con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente -satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á -bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En -cuanto á su cabeza...</p> - -<p>Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, -ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de -las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de -vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor -como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las -luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion -de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento -que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento -que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las -raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que -no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.</p> - -<p>El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que -lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las -<i>ideas</i>; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el -ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una -via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que -halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; -en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan -en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los -centauros y las sirenas.</p> - -<p>Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> cabello á -desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas -incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente -en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve -estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en -suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del -Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en -este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo -detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras -ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate -Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han -podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, -que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.</p> - -<p>¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere -un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, -filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando -en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron -una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta -de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian -los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que -subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos -con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los -mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó -casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que -al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si -brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus -palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de -armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano -veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que -la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para -reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta -necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es -un<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre -técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse -<i>restaurador de los estragos del pensamiento</i>, ó bien <i>asociacion de -reemplazantes</i>?</p> - -<p>D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto -desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le -habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos -para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran -lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun -espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino -restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el -remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó -que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion -corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que -la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una -disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo -un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus -hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su -desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que -los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el -pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que -llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo -muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada -con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de -descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba -muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al -peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En -estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, -de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las -señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.</p> - -<p>Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando -vinieron los franceses el año 23, decian de<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> el: <i>Monsieur Gaalo Paando -est un fort aimable ci-devant jeune homme.</i> Lo que quiere decir: «D. -Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta -narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se -necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si -no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»—</p> - -<p>Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban -alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, -sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en -compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el -progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus -pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de -sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la -semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el -corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta -comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un -corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni -película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la -amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es -una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, -entre dos pésimos perillanes.</p> - -<p>Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que -le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre -en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios -disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que -se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al -ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y <i>esbeltas</i> que ni un -figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no -cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el -mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian -de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba -aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional -espectáculo de una corrida de toros, en<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> grandes dimensiones, en -términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año -cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que -cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del -caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y -mezquino aparato de solteron, esclamaba:—¡Potro eres, potro de -tormento, cama de hospital, parodia del <i>blando lecho</i>, triste y pobre -antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!</p> - -<p>La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, -que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se -interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así -era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, -mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le -dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías -como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus -faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que -memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en -las familias una especie de <i>agenda</i> ó prontuario, al que se acudia para -tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia -acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con -gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas -de este tenor:</p> - -<p>— D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros -dientes? — Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San -Andres. — D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? — D. Galo, ¿cuándo murió el -arzobispo? — Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? — D. Galo, ¿á -cuántos estamos hoy? — Pando, ¿quién obsequia á la viudita? — D. Galo, -¿qué dan esta noche? — Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva -cocinera?<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-a" id="CAPITULO_VII-a"></a>CAPITULO VII.</h3> - -<p>A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar -propiamente una <i>tertulia</i>, voz que define el Diccionario de este modo: -<i>junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones -honestas</i>.</p> - -<p>Entre estas <i>diversiones honestas</i> estaba introducida, — y la Marquesa la -tenia en gran estima, — una respetable lotería, que la dicha señora -consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y -como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le -parecian muy preferibles á los <i>avant-deux</i>; los ambos á los de ligeras -piernas, y los números á las cabriolas.</p> - -<p>La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la -decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, -traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia -cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de -Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian -hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia -en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que -presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el <i>maestro Pino</i>, -que así se denominaba el número uno, el <i>abuelo</i>, así se denominaba el -noventa, y que hacia su servicio la <i>patrulla</i>, así se denominaba el -cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con -espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.</p> - -<p>La tertulia era bastante numerosa aquella noche—¡y cosa estraña y no -vista! — habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia -hecho aun su aparicion.</p> - -<p>D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el -complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; -cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. -Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la -bayeta verde<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> en que se decidian los destinos de los ambos y de los -ternos, con la falta de su presidente.</p> - -<p>La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia -renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo -aguacero de verano.—¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. — La vela... -el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las -estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá -ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...</p> - -<p>Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se -distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.</p> - -<p>— Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar -pan.</p> - -<p>— Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.</p> - -<p>Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en -medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida -contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la -profanadora voz de <i>pendencia</i>; de que se habia valido para designar la -guerra <i>contra el frances</i>.</p> - -<p>En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver -entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por -sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del -patio.</p> - -<p>— Señora, preguntó ¿<i>é</i> adónde meto el Mercuriño?</p> - -<p>— Hombre, — contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la -hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, — ponlo en -un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes -pormenores.</p> - -<p>Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta -brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la -puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en -el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente -como un dormido murciélago.</p> - -<p>La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span></p> - -<p>— No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó -riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los -desposeidos piés contra la emplumada cabeza.</p> - -<p>— Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.</p> - -<p>— ¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, -aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.</p> - -<p>— Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir -á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por -mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de -ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.</p> - -<p>Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando -con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre -Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la -mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia -un periódico.</p> - -<p>En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia -preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la -divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.</p> - -<p>— ¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no -viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, -Clemencia?</p> - -<p>— Yo no sé, contestó esta sencillamente.</p> - -<p>— Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que -Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo -sin pedirle permiso.</p> - -<p>— No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que -ocasionó la ocurrencia de Alegría.</p> - -<p>— Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo -algun <i>deplorable</i> ó <i>lamentable evento</i>, segun lo tétrico de tu gesto y -lo abatido de tu semblante, primo.</p> - -<p>— Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la -relacion de un naufragio.<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span></p> - -<p>— ¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar -Alegría con risita burlona.</p> - -<p>— Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los -naufragios.</p> - -<p>— ¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.</p> - -<p>— Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.</p> - -<p>— ¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del -corazon.</p> - -<p>— ¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de -corderitos de bronce? dijo Alegría.</p> - -<p>— Napoleon lo fué, repuso Bruno.</p> - -<p>— Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el -vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.</p> - -<p>— ¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.</p> - -<p>— Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!</p> - -<p>— Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro -dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.</p> - -<p>Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la -esplosion de coraje de la heroina, esclamando:</p> - -<p>— ¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle -me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.</p> - -<p>— Póngale Vd. una losa<a name="FNanchor_1_1" id="FNanchor_1_1"></a><a href="#Footnote_1_1" class="fnanchor">[1]</a>, dijo Alegría.</p> - -<p>— Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino -el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.</p> - -<p>— No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.</p> - -<p>— No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> D. Galo con una -sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á -Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.</p> - -<p>— En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números, -D. Galo, <i>hijo mio</i>, le dijo Alegría; pues Clemencia se está -deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le -habria sucedido á Vd. algun percance.</p> - -<p>A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas -ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.</p> - -<p>— Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría; -vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.</p> - -<p>Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron -frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario -en la mano.</p> - -<p>— Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio -se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa <i>Esperanza</i>.</p> - -<p>— La conservaré miéntras pueda, — respondió Bruno, dirigiendo, sin -mirarla, su respuesta á Constancia; — aun no me han repartido cartones.</p> - -<p>— Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.</p> - -<p>A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.</p> - -<p>Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se -aproximó á la mesa.</p> - -<p>Bruno palideció y desatendió completamente su juego.</p> - -<p>Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion -de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un -témpano.</p> - -<p>Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del -Marques.</p> - -<p>— ¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.</p> - -<p>— Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la -contemplacion de Constancia.<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span></p> - -<p>¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! -¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener -en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras -mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio -le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo -acabó por empalagar al pueblo de Israel!</p> - -<p>Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con -pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien -amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos -de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de -sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del -jóven castellano que defendia su castillo.</p> - -<p>Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con -injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se -los causaba.</p> - -<p>Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se -movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, -haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.</p> - -<p>— ¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.</p> - -<p>— Muy mala, contestó esta lacónicamente.</p> - -<p>— Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.</p> - -<p>— Así lo espero.</p> - -<p>— Me temo que la mala sea para el que os ame.</p> - -<p>— ¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!</p> - -<p>— ¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras -secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.</p> - -<p>— <i>¡Los espejuelos de Mahoma!</i> dijo en voz grave y clara D. Galo, -sacando el número ocho.</p> - -<p>— Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su -inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?</p> - -<p>— ¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi -hermana! observó Alegría.<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p> - -<p>— Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la -bondad de ofrecéroslos.</p> - -<p>— Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion, -Alegría; no me divierte juego alguno.</p> - -<p>— Ni á mí tampoco, — y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de -prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.</p> - -<p>— <i>¡El abuelo!</i> sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues -D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era -objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su -inmutable tarea.</p> - -<p>— ¿No digo? esclamó Alegría.</p> - -<p>— <i>¡Las alcayatas!</i> gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.</p> - -<p>— D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué -significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi -alcance.</p> - -<p>— <i>¡Los patitos!</i> dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número -veinte y dos.</p> - -<p>— D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi -ruina. Protesto.</p> - -<p>— ¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el -Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de -mis esperanzas?</p> - -<p>— Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian -haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.</p> - -<p>— ¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las -muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es -Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan -desabrida...</p> - -<p>— ¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en -dias revueltos pica mas entre las nubes.</p> - -<p>— <i>¡La patrulla!</i> sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.</p> - -<p>— ¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego -graneado.<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span></p> - -<p>— D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces, -repuso su vecina.</p> - -<p>— Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco -Guzman.</p> - -<p>— <i>¡El jorobado!</i> cantó D. Galo sacando el dos.</p> - -<p>— Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir -el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que -saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.</p> - -<p>— ¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.</p> - -<p>— ¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la -interrogada con descoco.</p> - -<p>— Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy -cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia -desvanecerse.</p> - -<p>— Mi madre esperó convencerme.</p> - -<p>— ¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?</p> - -<p>— No: que yo no engaño nunca.</p> - -<p>— Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto -demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos -deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder, -si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.</p> - -<p>— <i>¡La horca de los catalanes!</i> pregonó la voz incansable de D. Galo, -sacando el once.</p> - -<p>— Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned -vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la -civilizacion.</p> - -<p>— <i>¡El escardillo!</i> sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo -sacando el siete.</p> - -<p>— D. Galo, aguarde Vd.</p> - -<p>— <i>¡El que tuerce!</i> prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.</p> - -<p>— Ese sois vos.</p> - -<p>— <i>¡Las sanguijuelas!</i> prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.</p> - -<p>— Pando, conspirais.<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span></p> - -<p>— <i>¡Los canónigos!</i> cantó este sacando el diez.</p> - -<p>— D. Galo, sois el inexorable Destino.</p> - -<p>— <i>¡La edad de Cristo!</i></p> - -<p>— D. Galo, abusais de la presidencia.</p> - -<p>— <i>¡Los escapularios!</i> dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.</p> - -<p>— ¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante -semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.</p> - -<p>Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de -Valdemar quedó admirado.</p> - -<p>— ¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.</p> - -<p>— Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.</p> - -<p>— Es una divinidad, exclamó el Marques.</p> - -<p>— Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una -palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.</p> - -<p>La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia -desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir, -diciendo al sacar el número cuarenta:</p> - -<p>— <i>¡La calavera!</i></p> - -<p>— Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó -Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado -el seudónimo de calavera?</p> - -<p>— Al cuarenta, hijo mio.</p> - -<p>— ¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?</p> - -<p>— Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se -atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y -satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos <i>la novena</i>, añadió sacando el -número nueve.</p> - -<p>— ¿A quién?</p> - -<p>— A <i>San Vicentico</i>, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.</p> - -<p>— ¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span></p> - -<p>— <i>¡El único!</i> repuso este sacando el uno.</p> - -<p>— ¡El <small>UNICO</small>! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y -lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que -por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un -movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se -habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de -tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.</p> - -<p>Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social, -tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas -que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-a" id="CAPITULO_VIII-a"></a>CAPITULO VIII.</h3> - -<p>La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la -noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la -mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala -quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia -para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.</p> - -<p>— No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que -me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es -todo lo que teneis derecho á exigir de mí.</p> - -<p>De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos -ni amenazas.</p> - -<p>A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su -madre muy dispuesta á llevarlas.</p> - -<p>Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su -mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y -lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo -velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á -Constancia estaba acostada con jaqueca.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p> - -<p>Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de -exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que -habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas -desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos -novios.</p> - -<p>Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una -amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.</p> - -<p>— Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor -en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta. -Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado -luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto -tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria -casada á estas horas. Ten siempre presente — lo que suelen olvidar muchas -niñas, — que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito -que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por -desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las -niñas del dia! <i>¡Perlitas!</i>... como dice D. Silvestre. Un collar le -habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí -la cuenta.</p> - -<p>Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á -la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.</p> - -<p>— La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal -que se gasta con la edad.</p> - -<p>Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.</p> - -<p>— ¿Os gusta el pasear? le preguntó.</p> - -<p>— Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en -casa.</p> - -<p>— ¿Porqué?</p> - -<p>— Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran -diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, -resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del -estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su -fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un -paraíso.<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span></p> - -<p>— ¿Sin manzano, Clemencia?</p> - -<p>— Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin -culebra, que es mas.</p> - -<p>— Pero tambien sin Adan.</p> - -<p>— Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió -riéndose alegremente Clemencia.</p> - -<p>— Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de -cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta -encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus -desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor -del aspecto público?—¿Se ven en Madrid tales tarascas?</p> - -<p>— En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como -hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de -Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son -mujeres favorecidas por ella.</p> - -<p>— Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia -de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya -monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que -quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.</p> - -<p>— Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad -la ventaja que le llevais!</p> - -<p>— Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su -lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha -enseñado en el convento á ser una hipocritilla.</p> - -<p>— ¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.</p> - -<p>— Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no -quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas -secretas sobre los ambos y los ternos.</p> - -<p>— ¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.</p> - -<p>— ¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.</p> - -<p>— El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que -sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no -puede vivir sin él.</p> - -<p>— ¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p> - -<p>— Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin -él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais -su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, -incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser -burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.</p> - -<p>— ¿Y vos, no sois burlona?</p> - -<p>— No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo -lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener -gracia, como la tiene mi prima.</p> - -<p>— Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia -suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es -preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para -que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á -vuestra prima.</p> - -<p>— Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.</p> - -<p>— ¿Y porqué?</p> - -<p>— Porque vos mismo no lo seguís.</p> - -<p>El Marques se echó á reir.</p> - -<p>— Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas -defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas -vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de -corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro -móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.</p> - -<p>A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de -jóvenes de la ciudad.</p> - -<p>Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su -hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando -Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro; -pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su -cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la -caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de -un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su -continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa -descompuesta, se pin<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span>taba el calavera descarado, para el que la moral, -la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel -hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad, -era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho -dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de -los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos, -pues en su chabacano <i>¿qué se me da á mí?</i> preferia en punto á círculos -aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia -dejarse ir á sus groseras tendencias.</p> - -<p>Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de -entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir -sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos -mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del -servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.</p> - -<p>Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte -y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su -alegre y aventurera vida.</p> - -<p>Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.</p> - -<p>Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos, -las miraba con insolencia.</p> - -<p>— ¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas -bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.</p> - -<p>— No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue -con esa señora, que será su madre.</p> - -<p>— No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.</p> - -<p>— ¿Y la niña?</p> - -<p>— Se llama Clemencia Ponce.</p> - -<p>— No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.</p> - -<p>— ¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.</p> - -<p>— Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á -Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos -pulidos.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p> - -<p>— Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.</p> - -<p>— Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar -tan alto.</p> - -<p>— Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.</p> - -<p>— Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te -sabia fatuo.</p> - -<p>— Apostemos, dijo pausadamente Fernando.</p> - -<p>— Está loco, esclamaron todos á una voz.</p> - -<p>— Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.</p> - -<p>— Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás -haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.</p> - -<p>— Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos, -sino media talega: ¿quién la lleva?</p> - -<p>— Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente -presuncion del oficial.</p> - -<p>— ¿Diez mil reales?</p> - -<p>— Diez mil reales.</p> - -<p>— Señores, sois testigos, dijo Fernando.</p> - -<p>— Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.</p> - -<p>— Ocho dias, contestó Guevara.</p> - -<p>— Ocho dias, hecho; dijo el jóven.</p> - -<p>Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni -parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia -al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:</p> - -<p>— Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis -flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que -no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las -mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-a" id="CAPITULO_IX-a"></a>CAPITULO IX.</h3> - -<p>Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo -averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle -con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.</p> - -<p>D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no -tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello. -Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que -despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.</p> - -<p>La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado -jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas, -acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le -habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el -Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde -anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian -bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el -capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon, -veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al -Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre, -caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?</p> - -<p>Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion -que el beneplácito de sus padres.</p> - -<p>— No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le -dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis -padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso -complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y -cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la -capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin -acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros. -Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias -he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span></p> - -<p>Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que -se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un -jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo. -Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde -anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una -buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.</p> - -<p>— Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.</p> - -<p>— ¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.</p> - -<p>— No, señora, respondió la interrogada.</p> - -<p>— Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el -regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás -contenta!</p> - -<p>La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien, -pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué -decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la -estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.</p> - -<p>La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus -regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias -Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual -ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando -como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que -resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune -para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.</p> - -<p>Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias -anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y -poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva -de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para -inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel -dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que -le vió.</p> - -<p>— ¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que -pensé que habia de querer tanto á mi<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> marido! Pero el trato engendra -cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la -iglesia.</p> - -<p>Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios -para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel -puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.</p> - -<p>Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer -á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia: -ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su -retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.</p> - -<p>No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse -de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era -estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.</p> - -<p>Estílase en algunas partes, — y lo singular es cabalmente en aquellas -donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia, -la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en -Inglaterra, — el que una jóven acabada de casar se meta sola con su -marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta -suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el -objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se -alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama, -quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara -santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la -ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce -sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo -que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades, -esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las -poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales -sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una -enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante -costumbre, que debe pertenecer á las de las <i>jóvenes emancipadas</i>, no se -conoce en España (con pocas y estran<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span>jeradas escepciones), España, á la -que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva -debidas.</p> - -<p>Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que -preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una -candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á -que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen -una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas -interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se -disimule que se ostente.</p> - -<p>Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha -elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los -brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz -materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo -y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya -á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna. -Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para -que no te imponga como estraño.»</p> - -<p>Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras -opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas -de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen -la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan -como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y -convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su -madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.</p> - -<p>Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus -lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á -su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas -no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada -habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su -parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar -de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; -al que chocaban los sentimientos<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> tiernos y suaves como afectaciones y -remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.</p> - -<p>Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan -contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas -naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse -mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y -Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon -humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que -este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer -cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando -algo en lo presente, preparar el porvenir.</p> - -<p>Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las -pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y -Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de -sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos -femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la -especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus -amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en -ambos sexos.</p> - -<p>Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como -aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y -se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no -habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el -repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, -exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva -ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.</p> - -<p>Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su -falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que -él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su -corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer -propia.</p> - -<p>Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no -existian simpatías, afinidades ni paridad alguna,<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> y porque Guevara no -sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era -hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los -celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los -sufre, cuanto que no tiene compensacion.</p> - -<p>Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez -con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y -con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo -esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se -llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para -ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de -mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, -que era su único compañero en su soledad.</p> - -<p>Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que -hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la -atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la -víctima mas débil y mas sufrida.</p> - -<p>Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la <i>mujer -incomprendida</i>, ni la <i>heroina inapreciada</i>, ni la <i>víctima de un -monstruo</i>; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros -muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y -rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no -habia leido novelas, ni visto <i>dramas de pasion</i>, y conservaba intactas -las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos -sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin -transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas -religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese -suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia -sencillamente por estas máximas:</p> - -<p>«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.</p> - -<p>»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad -nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros -delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span></p> - -<p>Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que -tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San -Agustin, que así dice:</p> - -<p>«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba -en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas -costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se -la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de -su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase -en él la misericordia de Dios.»</p> - -<p>¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos. -Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas -por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia -de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el -trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de -los temporales.</p> - -<p>Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion, -quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres -estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual -un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos -testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.</p> - -<p>Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por -instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus -corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado -por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa -raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber -quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin -cultivarle, sea divino!</p> - -<p>¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un -enemigo: Hago esto porque soy filósofo! — No; lo haces, porque te criaste -católico.</p> - -<p>Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. — No; lo -haces, porque te criaste religioso.</p> - -<p>Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> goce, por tal de -aliviar una miseria, porque soy filántropo. — No; lo has hecho, porque te -criaste cristiano.</p> - -<p>Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y -no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la -hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas -que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus -enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del -entendimiento.</p> - -<p>¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta -sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la -pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se -pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las -soberbias!</p> - -<p>Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre -inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y -pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las -virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud -con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura -de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»</p> - -<p>Alguna vez, esta idea fija le abatia.</p> - -<p>Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables -tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia -su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si -Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan -elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en -un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido -sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso -correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. -Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se -retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á -su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.</p> - -<p>Una infinidad de esos pequeños lances de que se com<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span>pone la vida -doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de -naturalezas.</p> - -<p>Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de -esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,—¡tal es el poder de -la costumbre! — Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada -sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas -prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En -casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, -envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la -representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del -Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió -Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la -esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y -escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de -vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando -al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida -esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo -conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar -sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á -Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su -convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.</p> - -<p>Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra -<i>atroz</i>, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con -un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en -audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la -encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza -física.</p> - -<p>Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella -misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento -cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á -hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y -tan dispuesta, pasaba<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre -paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que -es un consuelo grande.</p> - -<p>Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á -Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.</p> - -<p>Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.</p> - -<p>Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado -de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de -ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese -volver á su lado.</p> - -<p>El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella -permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con -amargo desconsuelo.</p> - -<p>— ¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace -gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es -un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen -encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.</p> - -<p>Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, <i>porque era su -marido</i>. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó -temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á -la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se -abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla -niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á -la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y -elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada -tiene viciosa la vejez.</p> - -<p>¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de -amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por -las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas -repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que -eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta -la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á -denigrar con el nombre de <i>tibio</i>, los materialistas á burlar con el de -<i>platónico</i>; pero amor<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y -bendice el cielo, llamándolo santo!</p> - -<p>Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar -allí á Clemencia bien acompañada.</p> - -<p>La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su -debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le -produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.</p> - -<p>La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la -paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para -Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, -pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le -haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la -felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, -pudiese volver al convento!</p> - -<p>La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, -suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.</p> - -<p>Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena -naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la -noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.</p> - -<p>Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que -nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo -calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de -deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.</p> - -<p>Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan -importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la -misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga -que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que -dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. -Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un -carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios -violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su -calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin -dejar mas rastro estas que el<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> beneficio del rocío en la tierra, y -aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, -considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo -fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, -formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, -cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya -impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de -Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender -sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se -puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á -obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese -atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á -nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!</p> - -<h3><a name="CAPITULO_X-a" id="CAPITULO_X-a"></a>CAPITULO X.</h3> - -<p>Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo -ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de -las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en -Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. -Silvestre:</p> - -<p>— Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en -darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar -no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta -tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa -niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de <i>la -tuya sobre la mia</i>!</p> - -<p>— ¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar -tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de -hierro.</p> - -<p>Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> Vargas taciturno, y -Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.</p> - -<p>Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando -frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, -<i>acompañaba á Clemencia en su sentimiento</i>, y sacaba los números de la -lotería.</p> - -<p>En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, -cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y -nasal:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Para no llegar á viejo,<br /></span> -<span class="i0">¿Qué remedio me darás?<br /></span> -<span class="i0"> — Métete á servir á un amo,<br /></span> -<span class="i0">Y siempre mozo serás.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero -quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de -Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto -que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada -benevolencia que le habia mostrado al conocerla.</p> - -<p>La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, -que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que -amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia -recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia -dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.</p> - -<p>Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia -oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto -inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que -bajase la voz.</p> - -<p>— Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No -tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su -hijo.</p> - -<p>— Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? — y habla mas quedo.</p> - -<p>— Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, -si es que se hacen los remolones.</p> - -<p>— A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que -tengo que hacer? Es tu prima hermana,<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> sobrina carnal de tu padre, y no -está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para -mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?</p> - -<p>— Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en -Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; -pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes -vinculados.</p> - -<p>La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que -pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su -marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de -pasiones terrestres, habrian sido felices.</p> - -<p>Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas -y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su -convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones -religiosas, á los corazones quebrados, con los que la <i>libertad</i> no -repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: -abrióla con sorpresa. Era este su contenido:</p> - -<div class="blockquot"><p class="nind">«Hija muy querida:<br /> -</p> - -<p>»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte -con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que -conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el -trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado -solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como -compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.</p> - -<p>»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro -consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.</p> - -<p>»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que -no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea</p> - -<p class="r"> -<i>Martin Ladron de Guevara</i>.»<br /> -</p></div> - -<p>Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, -tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> Eufrasia una conversacion -confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.</p> - -<p>Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la -Marquesa con su infalible <i>Dios te guarde</i>, le preguntó:</p> - -<p>— ¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?</p> - -<p>— ¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.</p> - -<p>— ¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la -media.</p> - -<p>Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte -mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que -carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en -tener ojos de lince.</p> - -<p>— ¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las -respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo -sé por Pepino.</p> - -<p>— Pues ni tú ni tu <i>atélite</i> Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada -de la carta.</p> - -<p>— ¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.</p> - -<p>— ¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un -garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he -tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los -vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta -de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir -de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: -¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? -Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué -sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:—¿Y qué -mas? — Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. — Bien -está, le contesté.—¿En dónde? me preguntó. — En San Márcos<a name="FNanchor_2_2" id="FNanchor_2_2"></a><a href="#Footnote_2_2" class="fnanchor">[2]</a>, le grité, -so descabellado, y le volví la espalda.<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span></p> - -<p>— Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que -preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de -su amiga.</p> - -<p>— Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que -murió el marido,—(buen calavera era, segun he oido decir) — no ha salido -ella apénas de su cuarto.</p> - -<p>— Es muy cierto. ¿Si será de...</p> - -<p>— ¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la -buena alhaja de Alegría.</p> - -<p>— ¡Qué disparate, mujer!</p> - -<p>— No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica -mas alto.</p> - -<p>— ¿Si será la carta de Valdemar?</p> - -<p>— ¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para -Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una -<i>potable</i> falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no -vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí -nadando contra la corriente?</p> - -<p>— Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no -querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le -irá pasando, que se le va pasando ya.</p> - -<p>— ¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No -digo que no sabes lo que sucede en tu casa!</p> - -<p>— ¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de -Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras -preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender -se da, ó no se da á entender nada.</p> - -<p>— Pues no diré nada.</p> - -<p>— Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y -solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo -misma, lo que es una pretension ridícula.</p> - -<p>— ¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, -porque hago <i>refaccion</i> de que no tengo por<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span> qué callarlo, aunque luego -te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al -Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de -Vargas. Ea, ya lo sabes.</p> - -<p>Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.</p> - -<p>— ¡No puede ser! esclamó.</p> - -<p>— No sé por qué, repuso la reveladora.</p> - -<p>— No lo creo.</p> - -<p>— Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...</p> - -<p>— ¡Si nada he notado!...</p> - -<p>— Eso es lo que yo te decia.</p> - -<p>— ¿En qué ha pensado esa niña?</p> - -<p>— En lo que piensan los que se enamoran.</p> - -<p>— ¡Seria una insensatez!...</p> - -<p>— Razon mas para que lo hiciese.</p> - -<p>— No lo creo... y ¡no lo creo!...</p> - -<p>— Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto -hablando por la reja?</p> - -<p>La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, -aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y -empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:</p> - -<p>— Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto — que no se trasluzca que yo -lo sé — hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer—¡qué -pluma!—¡qué niña! — Hermana, no es culpa mia.—¿A qué hora sale el -correo?—¡Ay qué niña! ¡qué niña! — Yo me voy á volver loca.—¿A cuántos -estamos?—¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?</p> - -<p>— ¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no -consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros -de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!</p> - -<p>A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su -hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas -reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la -alternativa de casarse con Val<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span>demar, disfrutando de todas las ventajas -ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y -sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar -sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde -tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en -Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.</p> - -<p>La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer -las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á -los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que -acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la -Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.</p> - -<p>Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y -pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su -suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que -acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para -disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del -campo, y que Constancia la acompañaba.</p> - -<p>La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y -contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia -feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su -marido.</p> - -<p>Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué -objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por -Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su -hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: -<i>Constancia</i>.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_XI-a" id="CAPITULO_XI-a"></a>CAPITULO XI.</h3> - -<p>En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y -solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y -duradero, pero sin gusto y sin<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span> comodidades; formaba esta mole un -cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo -centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus -copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.</p> - -<p>En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que -se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con -la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre -la posesion.</p> - -<p>En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de -madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á -una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La -fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas, -abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un -aire aun mas adusto y reconcentrado.</p> - -<p>En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco -recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido -trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel -caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no -era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los -mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró -ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana, -despertada por la cadena de su largo sueño.</p> - -<p>A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció -despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos -huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el -ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las -pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el -grande y alegre patio.</p> - -<p>Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con -sus hijos y nietos.</p> - -<p>— ¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha -avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?</p> - -<p>— Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas -que venian en el carruaje. A la señorita<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> Clemencia que ha estado muy -mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un -dia del blando otoño.</p> - -<p>La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de -enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.</p> - -<p>La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en -que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de -semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer -escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, -albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.</p> - -<p>Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que -parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de -arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias -enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no -andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á -este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del -olvido.</p> - -<p>Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á -otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban -vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de -tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados -que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo -rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa -grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto -espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se -hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y -baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia -bostezar de fastidio.</p> - -<p>En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que -verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.</p> - -<p>Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que -se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p> - -<p>— ¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como -desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, -sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! -¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los -tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se -diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para -inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no -sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una -tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!</p> - -<p>— Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu -madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que -hija eres y madre serás.</p> - -<p>— Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo -callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es -virtud que no tengo ni quiero fingir.</p> - -<p>— Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque -te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de -Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de -muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es -transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios -cuando su voluntad nos agrada.</p> - -<p>— Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño -lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.</p> - -<p>Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:</p> - -<p>— Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no -temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si -quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni -me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; -y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.</p> - -<p>Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad -campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia -sola, y Clemencia se sentia simpática<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span>mente acompañada por los bellos -objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado -del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar -por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido -cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al -hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las -olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para -estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en -observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, -alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, -insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues -nada temen, ni nada esperan.</p> - -<p>Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como -que ignoraban que existia la pólvora y las redes.</p> - -<p>— ¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus -ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é -inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y -tierna simpatía?</p> - -<p>Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en -sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:</p> - -<p>— ¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!</p> - -<p>Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice -Balzac: <i>le paysage a des idées</i>; el paisaje tiene ideas.</p> - -<p>Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto -de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni -mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del -caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se -denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que -existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas -alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con -sus bosques, sus quebradas, sus arroyos,<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> sus variadas vistas, en las -que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el -amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que -sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que -una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un -cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el -cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender -á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el -alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran -sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas -<i>sonriente</i>, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y -mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico -perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion -en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y -porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el -magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen -á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una -filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los -juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y -bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso -palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de -esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los -niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y -tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las -esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con -corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con -sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se -cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que -otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, -impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas -las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no -alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen -de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmor<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span>talidad -como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la -siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz -material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y -hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! -¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y -tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos -alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente -arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas -olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así -nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se -alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! -¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por -retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos -horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!</p> - -<h3><a name="CAPITULO_XII-a" id="CAPITULO_XII-a"></a>CAPITULO XII.</h3> - -<p>Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va -deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan -estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un -amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y -santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. -Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, -ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel -en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos -bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de -aquella santa y gloriosa deprecacion: <span class="smcap">Padre, perdónalos</span>.</p> - -<p>Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe.<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> ó si existe, es -un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.</p> - -<p>La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: <small>AMOR NO DICE «BASTA»</small>: -pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos -lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para -derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues -son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de -un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del -hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la -caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. -¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: -¿somos hermanos, ó somos enemigos?</p> - -<p>Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.</p> - -<p>Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza -habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que -cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la -tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre -el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia -calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su -inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La -mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo -negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se -internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca -abierta para devorar una presa.</p> - -<p>Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, -como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la -firmeza del áncora en que confía.</p> - -<p>Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, -revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo -encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo -callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!</p> - -<p>Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> ruido lejano y -sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la -tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el -espanto.</p> - -<p>Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando -soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió -las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos -que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de -arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese -matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga -espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas -del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, -martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante -balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de -su próxima caida.</p> - -<p>Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del -estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en -aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié -delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, -observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, -tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y -retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el -mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los -trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí -formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual -saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las -nubes.</p> - -<p>— ¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.</p> - -<p>— ¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.</p> - -<p>Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la -noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la -chimenea.</p> - -<p>— Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no -tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.</p> - -<p>— ¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea: -¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolon<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span>gados quejidos ó furiosas -ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será -que nadie pueda dormir esta noche.</p> - -<p>— ¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo, -cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto -nos arrulla el sueño.</p> - -<p>— Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy -horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!</p> - -<p>— ¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que -vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes -tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no -se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni -rompe hueso?</p> - -<p>— Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la -tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.</p> - -<p>— ¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta -aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se -levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no -traspasase sus límites?</p> - -<p>— Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno -tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.</p> - -<p>— Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?</p> - -<p>— ¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero -ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como -una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche -pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!</p> - -<p>Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el -caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen -las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo -concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á -propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo -servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se -hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos -un estracto.<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p> - -<p>— Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los -pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una -de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido -estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida -de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en -otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se -les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por -las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) -vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no -se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que -el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia -sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo -platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de -repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á -poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» -La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de -piedra.—¿Qué es eso? esclamó despavorida.—¿Qué ha de ser? respondí: -algun infeliz que pide socorro.</p> - -<p>— Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. -¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. — Pero mi marido se negó á -ir. — Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á -eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos -desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las -puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á -saquearlas. — La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel -instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me -favorezca?»</p> - -<p>— ¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el -cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á -auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda -ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe -retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió -dirigiéndose á mí.<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span></p> - -<p>— Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana -ninguno; cuando él no lo hace.</p> - -<p>— Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez -hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, -responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas -de todo podrian llevarse en rehenes.</p> - -<p>La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre -una silla.</p> - -<p>Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando -vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en -rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero -cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas -débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.</p> - -<p>No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que -no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de -aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como -petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado -sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes -claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, -que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar -peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos -son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, -corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.</p> - -<p>— Pero á la mañana siguiente, — preguntó Constancia, en quien la -narracion habia aumentado el pavor y la angustia, — á la mañana -siguiente, ¿averiguóse algo?</p> - -<p>— A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al -mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo -estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, -están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de -otra cosa.</p> - -<p>— No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> lo real, por -terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la -sensacion al caer, que no el golpe de la caida?</p> - -<p>— A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de -la Cruz un hombre muerto.</p> - -<p>— ¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.</p> - -<p>— En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo -medio enterrado en la arena.</p> - -<p>— ¿Habia sido asesinado?</p> - -<p>— No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.</p> - -<p>— ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la -caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!</p> - -<p>— ¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi -Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca -mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años -despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?</p> - -<p>En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el -silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando -en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, -en la inmensidad del coto.</p> - -<p>— ¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.</p> - -<p>— Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso -mismo: <i>¿no hay quien me favorezca?</i></p> - -<p>— ¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?</p> - -<p>— La de un cañon.</p> - -<p>— ¿De un cañon? ¿Dónde está?</p> - -<p>— En un buque.</p> - -<p>— ¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?</p> - -<p>— Sí, porque naufraga.</p> - -<p>— ¿Y no se le puede socorrer?</p> - -<p>— Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á -un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., -señoritas, — añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo -cañonazo, — que ni<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir -socorro y no poder prestarlo.</p> - -<p>¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya -pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, <i>¿no hay quien me -favorezca?</i> en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, -plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que -parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra -deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, -solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del -huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun -sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en -que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion -del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al -Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!</p> - -<p>Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron -cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar -habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de -adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los -masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.</p> - -<p>— ¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril -actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda -socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en -un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que -aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la -arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando -llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada -Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia -reconocido la infeliz Constancia á su amante.</p> - -<p>Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á -cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los -pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas -de los vecinos de aquellos.<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span></p> - -<p>Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula -y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á -partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija -Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, -pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en -convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana -á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se -verificó en la enferma un cambio completo.</p> - -<p>En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á -la agitacion.</p> - -<p>Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á -Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que -al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.</p> - -<p>— ¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin -que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha -proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha -empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues -se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á -Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.</p> - -<p>— ¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: — El mundo -seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie -la seduccion, y oiga la llamada!</p> - -<p class="fint">FIN DE LA PRIMERA PARTE.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p> - -<hr /> - -<h2><a name="PARTE_SEGUNDA" id="PARTE_SEGUNDA"></a>PARTE SEGUNDA.</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-b" id="CAPITULO_I-b"></a>CAPITULO I.</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">D</span>on Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando<a name="FNanchor_3_3" id="FNanchor_3_3"></a><a href="#Footnote_3_3" class="fnanchor">[3]</a>, de cuyo gran caudal -y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos -señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas, -que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si -fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se -han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y -de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por -crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en -suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es -indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por -esa mezquindad, «<i>que no es por el huevo, sino por el fuero</i>.»</p> - -<p>D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de -instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el -mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el -saber? — Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero -esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y -tener como generalmente los<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> andaluces, talento y gracia; con el -privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo -cuanto se les viene á las mientes.</p> - -<p>Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D. -Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que -al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la -memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y -refranes, á los que llamaba evangelios chicos.</p> - -<p>Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos -llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan -poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se -ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba -sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una -virtud, sino como un deber.</p> - -<p>Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:</p> - -<p>En el año denominado <i>del hambre</i>, esto es, el de 1804, año en que -perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas -sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto -de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia -se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer -dos, y cada hombre que se presentaba, tres.</p> - -<p>Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.</p> - -<p>— Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y -mayor empeño por llevarse los garbanzos.</p> - -<p>— ¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora; -que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando -sean las nueve, me podrán hablar.</p> - -<p>Y D. Martin se volvió á dormir.</p> - -<p>Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve -salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que -socorria.</p> - -<p>— ¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campa<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>nuda voz, -dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los -garbanzos, eh?</p> - -<p>— Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá -traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.</p> - -<p>— Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A -seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.</p> - -<p>— Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su -mercé las botas hogaño.</p> - -<p>— Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde, -puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.</p> - -<p>— ¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?</p> - -<p>— Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?</p> - -<p>— ¿Pues de quién son, señor?</p> - -<p>— De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á -ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con -la voz de bajo que siempre tuvo.</p> - -<p>Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.</p> - -<p>— Pero, señor... insistieron los arrieros.</p> - -<p>— Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago? -contestó D. Martin.</p> - -<p>¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España, -para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos, -que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!</p> - -<p>En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia -vuelto con las manos en la cabeza diciendo:—¡Cristianos! aquello es una -Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra, -grulla, mas que sea con un pié!</p> - -<p>Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo -estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba -desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p> - -<p>En diciendo la estúpida espresion lugareña <i>es nacion</i><a name="FNanchor_4_4" id="FNanchor_4_4"></a><a href="#Footnote_4_4" class="fnanchor">[4]</a>, tenian las -cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se -estremecia al oir la voz <i>nacion</i>, y torcia materialmente la boca á las -familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin -<i>nacion</i>! decia. A lo que solia contestarle una complaciente -comadre: — Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas, -compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos <i>nacion</i>.</p> - -<p>Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su -labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su -manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de -una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con -hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de -plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos -bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de -seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su -cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no -llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se -ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles -de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y -en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los -picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta -años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar -unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y -sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.</p> - -<p>Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de -estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy -bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas -finas deferencias. — Quien<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> honra á su mujer se honra á sí mismo, solia -decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.</p> - -<p>Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin -formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que -le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó -diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha -de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D. -Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de -ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso -instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de -familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas -mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico -y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.</p> - -<p>La <small>SEÑORA</small>, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era -de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el -defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la -edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y -al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí, -llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las -prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra -en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba -un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo, -no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da -la religion.</p> - -<p>D. Martin solia decir al verla tan serena: — Cuando eran chicos sus -hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia -alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le -cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido -pata: eso es, porque ¡<i>lo poco espanta, y lo mucho amansa</i>!</p> - -<p>Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de -aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de -los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la -cabeza: un hombre de aquellos<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> que los instruidos llaman sabio, los -religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.</p> - -<p>En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por -haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la -carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil, -y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia, -y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó -por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su -pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como -en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en -Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza -y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo, -de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado -carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila, -espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues -á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa -vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza -como un poeta, y de la paz como un cenobita.</p> - -<p>El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante -distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin -que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le -hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.</p> - -<p>D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su -vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad -habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con -uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte -la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si -quieres un <i>siempre</i> bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué -soldado, sale mas acertado.»</p> - -<p>Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para -ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo -hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span></p> - -<p>Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido -poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia -facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de -la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y -blancos.</p> - -<p>Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino -ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y -derribar reses como el mejor ganadero.</p> - -<p>Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin -andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo -gracia, le definió en estas frases que solia decirle:</p> - -<p>— Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.</p> - -<p>Si se hablaba del color moreno, opinaba:</p> - -<p>— Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde; -y miéntras mas subido, mas firme.</p> - -<p>Si su sobrino decia alguna gansería:</p> - -<p>— Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á -distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.</p> - -<p>Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.</p> - -<p>Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con -esta definicion:</p> - -<p>— Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de -bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.</p> - -<p>Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de -Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de -bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo -malo.</p> - -<p>La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya -construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni -el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la -elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr -caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior; -al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cris<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>tales, -alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon -sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia, -componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.</p> - -<p>Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al -silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles -de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia -haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias -deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros -vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon, -merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.</p> - -<p>A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros -de su uso, con entrada por otra calle.</p> - -<p>Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así -para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha -bulla y mucho tráfago de campo.</p> - -<p>Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella -se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por -allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el -título <i>ad honorem</i> de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya -desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia -puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan -los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la -causa de esta omision, contestaba á su manera:</p> - -<p>— Taberna vieja no necesita rama.</p> - -<p>— Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que -está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el -barrocho por ella.</p> - -<p>Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun -costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo -de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser -una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la -proposicion de su tio.<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span></p> - -<p>— Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!</p> - -<p>— Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de -corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un -toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces -aciguatado.</p> - -<p>— Señor, dispénseme Vd., por Dios.</p> - -<p>— Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha -de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla -por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se -necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.</p> - -<p>Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y -físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas, -que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor. -Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas -mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida, -al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado -marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra, -en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era -austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion -de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:</p> - -<p>— Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á -sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad -con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo... -¡y yo estoy resignada!</p> - -<p>— Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que -aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la -voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, <i>á tu casa</i>, y puedes mandar -como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren -gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele -el molino.</p> - -<p>Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse -dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al -dolor como á un enemigo.<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span></p> - -<p>Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó -caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:</p> - -<p>— ¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas -prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la -juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y -sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía; -pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida, -desaprenderás el llanto.</p> - -<p>Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-b" id="CAPITULO_II-b"></a>CAPITULO II.</h3> - -<p>Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, -apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con -todo el calor de su amante corazon.</p> - -<p>— ¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo -que se hacia, casándose con esta <i>malva-rosita</i>. (D. Martin, que á todo -el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así -los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, -un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á -ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que -pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto -que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.</p> - -<p>— ¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia -sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera -creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase -tan pronto.</p> - -<p>— ¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el -recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p> - -<p>— ¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que -no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.</p> - -<p>Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones -interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre -cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un -catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador -cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por -no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y -entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en -estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas -habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria -reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de -rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué -chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban -con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un -elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre -un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de -china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la -inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia -una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y -modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, -cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del -espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba -colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita -de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un -magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan -celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de -marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.</p> - -<p>Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un -jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El -suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un -granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus -magníficas y loza<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span>nas flores, gastando toda su savia en hermosura sin -fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su -censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas -pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas -con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan -maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad -de garganta.</p> - -<p>Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada, -el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus -encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la -admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines, -dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada -llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel -Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma -á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio -de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.</p> - -<p>— ¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su -convento.</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Oh! si el sol, luna y estrellas,<br /></span> -<span class="i0">Como son astros lucidos,<br /></span> -<span class="i0">Fuesen lenguas que alabasen<br /></span> -<span class="i0">Tu nombre santo y divino!<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su -memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente; -cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas -ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de -felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas -á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la -pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su -conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin -empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se -rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la -serena atmósfera que Dios le envía.</p> - -<p>Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> rasgo que -caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al -bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su -encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que -alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de -un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.</p> - -<p>Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y -mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y -domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió -tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un -movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:</p> - -<p>— ¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!</p> - -<p>La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada -sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le -respondió:</p> - -<p>— ¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. — Mas en la especie de sonrisa amarga -que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la -confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de -dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la -muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»</p> - -<p>Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los -inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los -sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele -tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez -de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien -constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto -personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del -destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas -generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el -órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien -hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida -recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al -ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> no habia -sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.</p> - -<p>— D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia -preguntarle:</p> - -<p>— ¿Qué deseas, malva-rosita?</p> - -<p>— Nada, — respondia con una sonrisa de alma y de corazon -Clemencia; — nada, sino el que no varíe mi suerte.</p> - -<p>Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y -mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los -viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas -á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.</p> - -<p>La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio -el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian -querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba, -cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada -cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le -habia causado la mas viva é infantil alegría.</p> - -<p>Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas -onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme -decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se -incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un -don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en -un cajon de su papelera.</p> - -<p>En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al -año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era -siempre una alhaja de gran valor.</p> - -<p>Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni -como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que -le gustaban á ella.</p> - -<p>Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con -ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad. -Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su -tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué -que se<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber, -tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para -encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre -superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar -los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el -conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.</p> - -<p>No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió -á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el -aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas, -dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para -esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el -espíritu y no la letra. — Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo -que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus -conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo -formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que, -como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto, -una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un -perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.</p> - -<p>Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto -que el saber está al alcance de todos, y no es una <i>prerogativa</i> sino -una <i>ventaja</i>, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y -la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino -de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los -valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre -hallarán otro que sepa mas que ellos.</p> - -<p>Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el -ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que -sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada -en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad, -pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan -las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete -bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el -gigante su estatura; gozar de ella,<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> y disimularla con benevolencia y no -con desden, es la gran sabiduría de la mujer.</p> - -<p>La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio -ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se -le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á -una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y -para tí misma.</p> - -<p>Lo que aprendas, líbrete Dios de <i>lucirlo</i>; pues harias de un bálsamo un -veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave -y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.</p> - -<p>Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de -aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo, -y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que -justicia.</p> - -<p>No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del -orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu -sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues -es el desprecio crímen de lesa humanidad.</p> - -<p>Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas; -pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad -que no crea envidiosos.</p> - -<p>Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros -como <i>amigos</i> apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin -caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen -olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia, -prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte -ni apasionarte como amantes.</p> - -<p>Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas -perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te -ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da -el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena -enseñanza.</p> - -<p>Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que -descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span></p> - -<p>No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta -alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de -ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por -culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser -paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas -felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados -caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en -todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes -castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el -físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que -atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir -demonstrará cual ellos.</p> - -<p>Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de -Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy -dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan -alto levanta, en el que se lee: <i>¡intereses materiales sobre -todo!</i> — Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y -el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren -tendrá siempre las mismas tendencias, la de <i>arriba</i> y la de -<i>abajo</i>. — Dios que nos llama y dice: <i>¡sube!</i> — El enemigo de nuestra -alma que nos arrastra y dice: <i>¡baja!</i> — Ocupen los intereses materiales -el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.</p> - -<p>No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para -lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables, -y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos; -la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda -interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.</p> - -<p>No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean -buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta -ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad, -por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p> - -<p>Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta, -no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios; -y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es -preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo -la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su -soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto -puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha -dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á -ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en -circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al -hombre.</p> - -<p>No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la -delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.</p> - -<p>¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni -aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la -mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas -es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario -siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la -que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la -que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la -frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos, -debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de -nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca -herir ni chocar con ellos.</p> - -<p>Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no -observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa, -despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota -ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el -mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te -entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano. -Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo -miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p> - -<p>«Todos los hombres son iguales.</p> - -<p>Quien vió una mujer, las vió todas.</p> - -<p>El corazon del hombre siempre es el mismo.</p> - -<p>Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de -los andaluces.»</p> - -<p>Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, <i>piensa mal y acertarás</i>; no -pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu -juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y -la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la -segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse -engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre -preferir <i>la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio</i>.</p> - -<p>No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de -entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es -el que halla á todos los hombres iguales.</p> - -<p>— Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos -eran raros.</p> - -<p>— No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que -resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que -pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un -original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es -el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal, -esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble -corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo -de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y -altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.</p> - -<p>Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto, -obscuro y poco lucido.</p> - -<p>Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya -austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los -brotes de un corazon rico y noble.</p> - -<p>Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> de continuo -asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente -despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos -estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que -cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo, -que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en -un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera, -habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar -su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma -preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no -adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa -de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin -corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella -accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo -el saber humano.</p> - -<p>— ¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.</p> - -<p>— Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba -sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en -aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si -pones en práctica las que deseo inculcarte.</p> - -<p>De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto, -cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia; -haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el -sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.</p> - -<p>Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los -libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio, -empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo -amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y -constancia propias de su genio.</p> - -<p>Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta -señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo -á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p> - -<p>Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era -que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el -estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á -Clemencia:</p> - -<p>— Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten -presente que boca brozosa cria mujer hermosa.</p> - -<p>Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia: -¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda, -díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.</p> - -<p>En cuanto á Pablo, solia decirle:</p> - -<p>— ¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la -familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos -tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra -y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus -agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de -albarda?</p> - -<p>Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">San Pedro como era calvo<br /></span> -<span class="i0">A Cristo le pidió pelos,<br /></span> -<span class="i0">Y Cristo le respondió:<br /></span> -<span class="i0">Déjate de pelos, Pedro.<br /></span> -</div></div> -</div> -<h3><a name="CAPITULO_III-b" id="CAPITULO_III-b"></a>CAPITULO III.</h3> - -<p>Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y -desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D. -Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las -cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres -distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan -entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas -pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta -como la<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra -del porvenir.</p> - -<p>En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos -los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera.</p> - -<p>Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia -con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre -superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y -mas provecho.</p> - -<p>El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus -sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes.</p> - -<p>Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer -mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances -y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos -suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y -otras para su mal y su corrupcion.</p> - -<p>Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante -existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera -modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres -no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres -casi siempre designados con el nombre de <i>oscuros</i>, hombres apegados á -su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan.</p> - -<p>Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las -continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el -fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en -ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella -mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació, -pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia -sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia -aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.</p> - -<p>Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy -niña, y faltábale esperiencia para<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> conocer lo que valia su primo, y se -reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.</p> - -<p>Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que -no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años -pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual -estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña -Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave -María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud, -florecia cual una lozana y alegre primavera.</p> - -<p>Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y -aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del -Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un -curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo -cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el -porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo -que es y de lo que puede.</p> - -<p>A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio, -que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con -una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al -porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de -venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.</p> - -<p>— ¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon -de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente, -llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya -la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.</p> - -<p>— <i>Entepá</i>, dijo la gentilla por decir <i>gente de paz</i>.</p> - -<p>— Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves, -dá á esa <i>entepá</i> media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo -estafermo montaraz.</p> - -<p>No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus -lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. -Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por -debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus -enaguas,<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus -descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un -habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de -embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco -deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su -rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las -de su casta.</p> - -<p>— ¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.</p> - -<p>— ¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como -hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.</p> - -<p>— Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña -comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas, -y que sirvan para meter en ellos el alhucema.</p> - -<p>— Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos, -carita de rosa; que le diré su buenaventura.</p> - -<p>— ¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro -Ponto, dijo D. Martin.</p> - -<p>— Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó -alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la -digan!</p> - -<p>— ¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.</p> - -<p>— ¡Déjala, si le divierte, <i>Metomeentodo</i>, opinó Doña Brígida; que eres -como el tomate, que en todo se encuentra!</p> - -<p>— ¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros -de la singracia.</p> - -<p>Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras -de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.</p> - -<p>La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano -de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con -recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:</p> - -<p>— «En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no -va cosa mala.</p> - -<p>«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> y buena madre, -y tiene la sangre limpia, como agua de buen <i>manantal</i>.</p> - -<p>»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de <i>albajaca</i>, que muchos -la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas -las cosas le hacen gracia.</p> - -<p>»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante -y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se -la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la -reina de las flores.</p> - -<p>»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de -la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y -otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, <i>pues bien sabe -la rosa en qué mano posa</i>.</p> - -<p>»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le -falta dinero. No me sea, <i>jermosa</i>, desaborida; écheme un remiendo á la -vida.</p> - -<p>»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo -zampo.»</p> - -<p>Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la -profetisa, eran generalidades que nada precisaban.</p> - -<p>— Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida -dicen arrumales.</p> - -<p>En seguida preguntó Clemencia á la niña:</p> - -<p>— ¿Sabes rezar?</p> - -<p>— ¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.</p> - -<p>— Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.</p> - -<p>— ¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.</p> - -<p>— Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo -bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">A la cabecera pongo la luz,<br /></span> -<span class="i0">A los piés de la Santa Cruz,<br /></span> -<span class="i0">Al lado derecho á Adan,<br /></span> -<span class="i0">Al lado izquierdo á Eva,<br /></span> -<span class="i0">Para que no lleguen sapos ni culebras<br /></span> -<span class="i0">Ni sarabandija ni sarabandeja;<br /></span> -<span class="i0">Sino que vayan donde va esta piedra.<br /></span> -<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></div></div> -</div> -<p>Y tiro una piedra así—(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á -D. Martin).</p> - -<p>— Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la -chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida -de Dios te llegues tú por aquí.</p> - -<p>— ¡Ay Jesus! y qué señor tan <i>repanchiago</i> de cuerpo, y tan <i>respingao</i> -de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.</p> - -<p>— ¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.</p> - -<p>— ¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso, -con una calavera de mula por almohada.</p> - -<p>— Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con -esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que -parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese -usía <i>abujado</i> que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una -abulaga.</p> - -<p>— ¡Pobrecita! esclamó Clemencia.</p> - -<p>— ¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años -once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!</p> - -<p>— Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.</p> - -<p>— Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen -gracia, gruñó D. Martin.</p> - -<p>— Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á -correr.</p> - -<p>— Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa -langosta de Egipto, le gritó D. Martin.</p> - -<p>— ¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad, -y qué señor tan respetuoso!</p> - -<p>— ¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?</p> - -<p>— Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su -mercé en ese sillon tan <i>jermoso</i>, que parece un colchon sin bastas en -una galera despalmaa.</p> - -<p>— ¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; -mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span></p> - -<p>Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á -la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una -cedulita que dió á su protectora diciéndola:</p> - -<p>— Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de -abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo -la gitanilla.</p> - -<p>— ¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su -asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la -entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!</p> - -<p>— La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y -reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? — prosiguió dirigiéndose á su -mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes -de usted.</p> - -<p>— Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal -acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en -que no hemos de estar sino de tránsito?</p> - -<p>— Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, -á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, -digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no -fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta -del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha -estado en él.</p> - -<p>— Dí <i>gracias á Dios</i>, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.</p> - -<p>— Sí señora, sí señora, no hay duda de que <i>de Dios nos viene el bien, -pero de las abejas la miel</i>; contestó su marido.</p> - -<p>— ¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó -Clemencia al Abad.</p> - -<p>— Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera -está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre -ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas -formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra -vuelven.<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span></p> - -<p>— Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy -para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? -que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y -no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, -y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?</p> - -<p>— Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en -un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el -corazon de ansiar por ella.</p> - -<p>— Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que -te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que -has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas -jerigonzas como los requilorios á las viejas.</p> - -<p><i>Latines</i> era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.</p> - -<p>— Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. -El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como -él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un -gran deseo de aprender.</p> - -<p>— Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de -delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes -por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero -plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la -boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha -de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.</p> - -<p>— La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se -muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su -propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento -de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de -una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los -propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí -mismo, que hace que uno no se permita en<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> ausencia lo que no se -permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia -palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la -muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de -enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, -que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que -va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona -presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un -segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el -placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la -delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene -sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe -de la cultura su esquisito perfume.</p> - -<p>— Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos -espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena -sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la -flor, como dirias tú.</p> - -<p>— En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece -lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da -ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para -esta fruta, y ramas secas para aquella flor.</p> - -<p>— Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no -le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.</p> - -<p>— No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar -como oro en paño.</p> - -<p>— Eso es una tontería de dos varas, niña.</p> - -<p>— Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que -le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera -delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los -periódicos?</p> - -<p>— Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con -las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; -pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues -lo mandais; pero<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo -hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su -oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la -confianza en Dios, y los piés en la calle?»</p> - -<p>— Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi -prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.</p> - -<p>La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó -olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre -llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.</p> - -<p>— Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios -tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el -centro de la tierra.</p> - -<p>— Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.</p> - -<p>— Anda, anda, que yo te lo mando.</p> - -<p>— ¡Por Dios, señor!...</p> - -<p>— ¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!</p> - -<p>— Sea el que fuere, debemos respetarlo.</p> - -<p>— ¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.</p> - -<p>— No me lo mandais, no.</p> - -<p>— ¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!</p> - -<p>— No puede ser.</p> - -<p>— ¿Y porqué no, malva-terquilla?</p> - -<p>— Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.</p> - -<p>— ¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?</p> - -<p>— Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.</p> - -<p>En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que -habia echado de ménos.</p> - -<p>D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su -malva-terquilla.</p> - -<p>— Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena -y el sello se deben respetar siempre.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> Para premiar la consideracion que -me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres -en mi oratorio.</p> - -<p>Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el -oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.</p> - -<p>Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. -Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, -á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en -el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"><small> -<span class="i0">LO QUE ERES, FUI;<br /></span> -<span class="i0">LO QUE SOY, SERAS!<br /></span></small> -</div></div> -</div> -<p>Clemencia salió tétricamente impresionada.</p> - -<p>— Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que -habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una -idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales -espectáculos?</p> - -<p>— En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo -busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad -tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese -esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la -otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce -su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas -elevada.</p> - -<p>— ¿Lo aprobais, pues?</p> - -<p>— ¿No lo habia de aprobar, hija mia?</p> - -<p>— ¿Y acaso hariais otro tanto?</p> - -<p>— No.</p> - -<p>— ¿Lo aconsejariais?</p> - -<p>— Tampoco.</p> - -<p>— ¿Porqué no, aprobándolo?</p> - -<p>— Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan -lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y -espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el -mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser -jueces, no<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La -libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada -cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que -no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa -intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é -indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y -una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se -ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-b" id="CAPITULO_IV-b"></a>CAPITULO IV.</h3> - -<p>Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su -vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y -toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.</p> - -<p>Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un -instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado -de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el -alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si -al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley -práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica -la senda; el ejemplo arrastra á ella.</p> - -<p>Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la -verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los -horrores de la tierra mas apartados.</p> - -<p>¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que -no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia, -que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se -aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica, -la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra -argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los -ataques de un seductor violento; conoce el mal<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> aunque lo deteste, y mas -vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente -superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez -la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda, -agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin -hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la -barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no -pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros -instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz -<i>oscurantismo</i> como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que -en el <i>saber</i> no está la <i>moral</i>, sino la <i>corrupcion</i> del vulgo! El -mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la -felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por -otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y -feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?</p> - -<p>Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á -saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.</p> - -<p>— ¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.</p> - -<p>— Al campo, á coger flores.</p> - -<p>— ¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios, -hija, si te divierte.</p> - -<p>En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su -sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con -las niñas, le dijo:</p> - -<p>— Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, <i>Regina -angelorum</i>?</p> - -<p>— Al campo, señor.</p> - -<p>— Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si -pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es -necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme -adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?</p> - -<p>— Lleva un perro, respondió Clemencia.</p> - -<p>— Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es -grande.</p> - -<p>— Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> el grillo, que no -se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla, -prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas, -aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia: -entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con -Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno -está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.</p> - -<p>Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron -despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos -piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las -madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus -encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja -sus jorobas.</p> - -<p>En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó -Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo -de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena -triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico -suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas -voces en el corazon.</p> - -<p>La niña mas chica traia un pájaro.</p> - -<p>— Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que -aprieta con la mano.</p> - -<p>— ¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano <i>apretá</i>, sino <i>aflojá</i>.</p> - -<p>— ¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.</p> - -<p>— Sí, contestó Mariquilla.</p> - -<p>— ¿Pues qué son?</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Los pájaros son clarines<br /></span> -<span class="i0">Entre los cañaverales,<br /></span> -<span class="i0">Que le dan los buenos dias<br /></span> -<span class="i0">Al sol de Dios cuando sale.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>— Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de -Dios.</p> - -<p>— ¿Y no se deben matar los animales?<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p> - -<p>— No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento -posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta -ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.</p> - -<p>La niña titubeaba.</p> - -<p>— Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la -mayor.</p> - -<p>— Si tengo la mano <i>abría</i>, y no se quiere ir...</p> - -<p>Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.</p> - -<p>— ¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias -una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las -virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por -el mundo entero?</p> - -<p>— La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.</p> - -<p>— Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad, -dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad, -porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.</p> - -<p>— ¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.</p> - -<p>— Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar -algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion -en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para -convenceros de ello, os contaré un ejemplo.</p> - -<p>Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los -niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y -los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.</p> - -<p>Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer -silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios; -y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á -escucharla.</p> - -<p>Clemencia habló así:</p> - -<p>— «Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran -mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en -hacer virtuosos, religiosos y<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> felices á sus vasallos, ciñendo así á sus -sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su -herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus -vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que -las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un -beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien -criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para -dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud -decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de -beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas -en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado -á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices. -Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los -obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los -hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un -ángel.</p> - -<p>Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año -transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon -que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las -inteligencias.</p> - -<p>Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como <i>jueza</i> en su -trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso -hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir -esto, y preguntó si estaba concluido. — Sí señora, contestó el -interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras -de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las -gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas -un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa -reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo -faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo -para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una -señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de -hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.—¿Y la tienes contigo? -preguntó la reina. — Sí señora, y la<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span> quiero tanto, que jamas me separaré -de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí -con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de -caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban -dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una -pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir -de aquel lugar tan concurrido.—¿Qué quiere este bello niño? preguntó la -reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana, -á ninguno que deseaba hablarle. — Quiero, contestó el niño con mucha -dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo -premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.—¿Y quién -es? preguntó la reina. — Es esta pobre anciana, contestó el niño.— -¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho, -nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. — Y no -obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. — Pues ¿qué -ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser -justa. — Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. — Ya veis, señora, -esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! — Sí, repuso el -niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó -conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño -Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba -premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia -merecido.</p> - -<p>Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos -valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con -que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y -hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios -que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva -su recompensa.»<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-b" id="CAPITULO_V-b"></a>CAPITULO V.</h3> - -<p>Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron -discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran -muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.</p> - -<p>— ¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.</p> - -<p>— ¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del -lugar que andarán de tuna.</p> - -<p>— No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia -fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me -temo...</p> - -<p>No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada -y azorada gritó:</p> - -<p>— ¡Eh, toro!</p> - -<p>Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que -las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus -vestidos.</p> - -<p>Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun -medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.</p> - -<p>El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del -camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas, -como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas -hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba -indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.</p> - -<p>Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse -en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como -á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria -tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?</p> - -<p>— ¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos. -¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro -en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad, -y grande tu valimiento!</p> - -<p>La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span> el seco ruido -de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y -descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de -Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.</p> - -<p>En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y -moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto -sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que -con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres, -que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán -artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al -pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se -apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran -podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie -sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.</p> - -<p>En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el -toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y... -partió hácia él.</p> - -<p>Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del -vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió -agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas -por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde -cayó en tierra.</p> - -<p>— ¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su -lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y -tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni -altera en palabras.</p> - -<p>A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia, -cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la -poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó -por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.</p> - -<p>Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se -echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el -efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los -pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p> - -<p>Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí -aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con -admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal -cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez, -levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en -sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de -la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.</p> - -<p>— ¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.</p> - -<p>— Calla, murmuró este á su oido.</p> - -<p>Aun no habia pasado el peligro.</p> - -<p>Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los -resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras -del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del -estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante, -retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.</p> - -<p>Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y -se viene acercando.</p> - -<p>— ¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.</p> - -<p>Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero, -venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su -uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia, -pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan -poca ventaja le reportaba.</p> - -<p>Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan -aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el -peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago, -lejano y grave rumor.</p> - -<p>Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del -brazo de su salvador.</p> - -<p>— Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no -puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa -de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud -han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span></p> - -<p>En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de -garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se -veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando -alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que -la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en -el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo -ocurrido, al estático y embriagado auditorio.</p> - -<p>— ¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, — Pablo es todo un hombre. -Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la -obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á -guapezas, muestra,—¡por via del Dios Baco! — la sangre de los Guevaras. -¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden -charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los -hombres de pelo en pecho.</p> - -<p>— Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero; -que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.</p> - -<p>— Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era -para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.</p> - -<p>— Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre, -repuso Clemencia.</p> - -<p>— Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña -Brígida.</p> - -<p>— Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y -en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia: -¡no hay nada sin Dios!</p> - -<p>En seguida contó á su mujer lo ocurrido.</p> - -<p>— ¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida, -gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho -mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad; -pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de -todas las demas buenas calidades.</p> - -<p>— Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una -heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span></p> - -<p>— Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo -que te doy, Pablo, es el potro ruano <i>Andaluz</i>, para que le luzcas á él, -como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el -mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.</p> - -<p>— ¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el -mejor que teneis.</p> - -<p>— Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso -su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor -empleado; me querrás decir?</p> - -<p>— Por <i>Andaluz</i> os darán en feria cuarenta mil reales, tio.</p> - -<p>— Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale <i>Andaluz</i> de casa; ese -es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino -tú, ¿estás? No ha de enseñorearse <i>Andaluz</i>, por via del Dios Baco, sino -con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡<i>Andaluz</i>, que hace polvo en un lodazal!</p> - -<p>— ¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado -á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que -lo mas prudente es el valor.</p> - -<p>— ¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese -refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me -olvidará.</p> - -<p>— ¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad. -¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!</p> - -<p>— De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.</p> - -<p>— Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose; -si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo, -Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el -alma.</p> - -<p>Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus -brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo, -abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones -ardientes, tan espansivo y tan tierno.</p> - -<p>— ¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la -señorita, que al fin es su prima, ya era una<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> hombrada de las pocas; -pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso -es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de -lo grande, de lo santo, de lo sonado!</p> - -<p>— Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A -este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida -de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como -ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.</p> - -<p>— Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su -mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo -se lo agradezco!</p> - -<p>Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion -y de gratitud de que era objeto.</p> - -<p>Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada -pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y -lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia -era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.</p> - -<p>— ¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre -para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia -singuilindango?</p> - -<p>— Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que -la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres -de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un <i>mal haya</i>? ¡no como -otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! — Y vengo -tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de -vino, para ponerme un reparito en el <i>estógamo</i>, pues con la alegría me -se ha <i>escompuesto</i>.</p> - -<p>— ¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via -del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una -pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!</p> - -<p>— Pues sí, Señor D. Martin, que lo <i>mesmo</i> es una alegría que un pesar -para estrépito del cuerpo.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p> - -<p>— No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le -basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro -en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad; -nada le luce.</p> - -<p>— ¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que -me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay, -Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!</p> - -<p>— Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de -la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D. -Martin, dándole una peseta.</p> - -<p>— ¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los -deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.</p> - -<p>— Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado, -pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está -Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la -espalda, — sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.</p> - -<p>— ¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al -irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-b" id="CAPITULO_VI-b"></a>CAPITULO VI.</h3> - -<p>No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en -Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian -ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la -influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian -enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y -el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos -forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos -alcanzan. Así era que seguia ejercitando en<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> él su facundia, -benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de -que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.</p> - -<p>Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, -las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas -sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran -seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.</p> - -<p>Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. -Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no -impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la -baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, -delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los -años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia -sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, -que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar -espinas.</p> - -<p>Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un -sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, -vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á -empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron -el siguiente diálogo:</p> - -<p>— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando -los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.</p> - -<p>— Que manden repicar, contestó D. Martin.</p> - -<p>— Señor, no sea su mercé <i>asina</i>, y tenga compasion de su prójimo. Me -envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para -pagar un <i>préfulo</i>; mas que sean prestados; que él se los pagará á su -mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.</p> - -<p>— ¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los -plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser -enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el -dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en -pagármelo?<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span></p> - -<p>— Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.</p> - -<p>— ¡Hola!</p> - -<p>— ¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.</p> - -<p>— Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; -su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del -campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida -sosteniendo las esquinas, les viene la <i>casaca</i> como el aceite á las -espinacas.</p> - -<p>— ¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto -que un ajo.</p> - -<p>— Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca -hace <i>na</i>.</p> - -<p>— Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con -el hijo del tio Gil.</p> - -<p>— ¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á -sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues -dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le -costeo, que canta el misterio.</p> - -<p>— Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y -tan gordita...</p> - -<p>— ¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.</p> - -<p>— Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el <i>probecito</i>, -está malito de la desazon.</p> - -<p>— Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.</p> - -<p>— Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé -que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita -surcos de llorar.</p> - -<p>— No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á -albarda, muerde la atafarra.</p> - -<p>— Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es -el paño de lágrimas de los desdichados...</p> - -<p>— No me venga Vd. con gatatumbas.</p> - -<p>— El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es -endeblito.</p> - -<p>— ¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span></p> - -<p>— ¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!</p> - -<p>— Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.</p> - -<p>— Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.</p> - -<p>— ¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se -zamarrea de ganso!</p> - -<p>— ¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.</p> - -<p>— ¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?</p> - -<p>— Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro -que se llama <i>el moral</i>.</p> - -<p>— No diga Vd. <i>sinfundos</i>, tia sabijonda; moral no es ningun libro.</p> - -<p>— ¿Que no? ¿pues qué es, señor?</p> - -<p>— La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.</p> - -<p>— ¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!</p> - -<p>— Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina -con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir -despropósitos en tono de sentencias.</p> - -<p>— Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe <i>latines</i> y -estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los -cuartos.</p> - -<p>— ¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Pájaros con muchas plumas<br /></span> -<span class="i0">No se pueden mantener;<br /></span> -<span class="i0">Los escribanos con una<br /></span> -<span class="i0">Mantienen moza y mujer.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>— Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que <i>Séneca</i>.</p> - -<p>— Mas valiera que se hubiese atenido al <i>arache</i> y al <i>cavache</i>.<a name="FNanchor_5_5" id="FNanchor_5_5"></a><a href="#Footnote_5_5" class="fnanchor">[5]</a></p> - -<p>— Pues yo he querido que <i>aprienda</i>, señor, que el saber no estorba; y -que siempre se ha dicho que el pobre puede<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> ser rico, y el rico no -compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.</p> - -<p>— ¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio -<i>bragado</i> y <i>pintado por el lomo</i>! ¡Pan de rosas! que cuando no está -preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por -una riña, y en este por una pendencia.</p> - -<p>— Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que -unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.</p> - -<p>— Se le cogió <i>fragantelito</i>, yo lo vi.</p> - -<p>— Eso fué allá en <i>años témporas</i>. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su -mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los -unos grande, los otros chica.</p> - -<p>— Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de -Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos -olvide.</p> - -<p>— Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con -mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.</p> - -<p>— ¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que -la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.</p> - -<p>— ¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote -en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?</p> - -<p>— Desearle buen viaje.</p> - -<p>— ¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...</p> - -<p>— De obras buenas, tia Cansina.</p> - -<p>— ¡Señor, por María Santísima!...</p> - -<p>D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el -toque del tambor:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡No hay remedio! ser soldado<br /></span> -<span class="i0">y marchar al batallon,<br /></span> -<span class="i0">en que avivan á los flojos<br /></span> -<span class="i0">con el pan de municion.<br /></span> -<span class="i0">Rrrrrran, tan, plan, plan:<br /></span> -<span class="i2">un cabo loco te amansará.<br /></span> -<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span></div></div> -</div> -<p>— Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su -mercé esos dineros?</p> - -<p>— ¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. -¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis -abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los -vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al -moralista de su sobrino á que <i>aprienda</i> disciplina, que lo hará mas -liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas -como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios -con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las -amistades.</p> - -<p>— El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco -importa, dijo entre dientes la tia Latrana.</p> - -<p>— ¿Qué está Vd. ahí <i>musitando</i>? preguntó D. Martin.</p> - -<p>— Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera -yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no -lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.</p> - -<p>Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.</p> - -<p>— A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero -un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, -si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de -un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me -caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.</p> - -<p>Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en -quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en -favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como -solia estarlo.</p> - -<p>— Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera -hablaros.</p> - -<p>— Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.</p> - -<p>— ¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!</p> - -<p>— Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la -madera de los Latranas ni para tacones es buena.</p> - -<p>— ¿Qué os han hecho los pobres esos?<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span></p> - -<p>— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho -y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le -llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un -basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á -un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á -mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme -ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.</p> - -<p>— Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...</p> - -<p>— Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; -aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.</p> - -<p>Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:</p> - -<p>— Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que -hambre y esperar hacen rabiar.»</p> - -<p>— Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana -al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? -Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.</p> - -<p>— Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé -que la <i>probecita</i> está muy malita; por si su mercé le quiere dar para -un pucherito, respondió la vieja.</p> - -<p>— ¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; -Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la -Perala, que era cada dia mas mala.</p> - -<p>— ¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua <i>desbocaa</i>. ¡Vea Vd.! -¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!</p> - -<p>— ¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.</p> - -<p>— Ello es, Señor, que <i>eifica</i>.</p> - -<p>— ¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el -diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los -buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den -garbanzos y tocino:<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva -hasta que yo la llame: ¿está Vd.?</p> - -<p>— Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.</p> - -<p>Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.</p> - -<p>Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.</p> - -<p>— ¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó -impaciente D. Martin.</p> - -<p>— Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, -repuso la embajadora.</p> - -<p>— Le hacia daño el puchero.</p> - -<p>— No señor; pero el <i>méico</i> le ha mandado una bebida con <i>manesia -cansinada</i>, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis -reales.</p> - -<p>— Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.</p> - -<p>Al dia siguiente se repitió la misma escena.</p> - -<p>— ¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo -esta!</p> - -<p>— Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la -han mandado administrar.</p> - -<p>— Al cura con eso.</p> - -<p>— Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.</p> - -<p>— Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y -definitivamente.</p> - -<p>Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida -del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.</p> - -<p>— Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.—¡Vd. se ha empeñado en -acabar con mi paciencia, caracoles!</p> - -<p>— Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.</p> - -<p>— ¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?</p> - -<p>— ¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle -el entierro.</p> - -<p>— ¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto -ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, -tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span></p> - -<p>¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana -cuando ménos se pensaba.</p> - -<p>— ¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que -una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!</p> - -<p>— Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...</p> - -<p>— ¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.</p> - -<p>— Señor, la <i>probecita</i>...</p> - -<p>— ¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?</p> - -<p>— Sí señor, pero...</p> - -<p>— ¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?</p> - -<p>— Sí señor, pero...</p> - -<p>— ¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.</p> - -<p>— Sí señor: ya voy; pero... es que...</p> - -<p>— ¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.</p> - -<p>— ¡Es que resucitó!</p> - -<p>Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero -no así D. Martin, que se puso furioso.</p> - -<p>— Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir -para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que -hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, -que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas -audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, -la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan -mandria, ya deberia haberlo hecho.</p> - -<p>La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba -fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:</p> - -<p>— Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El <i>méico</i> -dijo que habia sido un <i>cincopiés</i> (síncope).</p> - -<p>— Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.</p> - -<p>— Señor, dice el <i>méico</i> que se le ponga una docenita de <i>sanguisuelas</i>.</p> - -<p>— ¡Una docena de culebras de vara y media!</p> - -<p>— Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.</p> - -<p>— A bien que le tengo pagado el entierro.<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p> - -<p>— Señor, ¿la dejará su mercé morir?</p> - -<p>— A bien que resucitará.</p> - -<p>— Señor, eso es una falta de caridad.</p> - -<p>— ¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando -hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!</p> - -<p>— Señor, no me entretenga su mercé; que las <i>sanguisuelas</i> urgen.</p> - -<p>— Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: -¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en -toda la campiña.</p> - -<p>— Señor, si no me da su mercé el dinero para las <i>sanguisuelas</i>, tendrá -sobre su conciencia la muerte de esa bendita.</p> - -<p>D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, -como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á -las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo -tiró á la vieja diciendo:</p> - -<p>— ¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.</p> - -<p>Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse -entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el -libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la -cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.</p> - -<p>La vieja habia desaparecido.</p> - -<p>— ¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y -estancando la sangre con su pañuelo.</p> - -<p>— ¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; -¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!</p> - -<p>— ¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. -Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?</p> - -<p>— ¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo -Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los -cuidados que le prodigaba Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span></p> - -<p>— Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, -¿es cosa mayor? — Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.—¿A -qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis -pecados? — Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose -á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!—¿Estais de -vuelta? — A esa vieja maldita, colgadla por los piés. — Pablo, petate, -¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?</p> - -<p>— El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia -llorando.</p> - -<p>— Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y -á él le vas á meter aprension.</p> - -<p>— No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen -bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. — Clemencia, -añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con -la prueba de interes que me has dado.</p> - -<p>Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el -hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero -vértigo.</p> - -<p>En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un -cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.</p> - -<p>— ¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... -¡Dios mio! ¿se irá á morir?</p> - -<p>— No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la -pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.</p> - -<p>Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la -señora, y se puso á curar la herida.</p> - -<p>Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á -Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de -lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los -volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste -aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.</p> - -<p>— Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una -sangria.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p> - -<p>Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para -aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.</p> - -<p>— Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que -con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita -vieja!</p> - -<p>— No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no -es cosa de cuidado.</p> - -<p>— ¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo -que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que -una breva?</p> - -<p>— ¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas -condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la -comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!</p> - -<p>— Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto -Pablo contigo una pica en Flándes.</p> - -<p>— Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo -que ha hecho es una noble y generosa accion.</p> - -<p>— Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una -borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se -vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de -las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor -de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la -Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.</p> - -<p>D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como -primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la -hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando -toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de -esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion -que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el -cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen -querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: -¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de -madera?<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p> - -<p>Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.</p> - -<p>— No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he -cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.</p> - -<p>— Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy -franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la -generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.</p> - -<p>— Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre -flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que -voy á pasar.</p> - -<p>Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo -intranquila y disgustada.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-b" id="CAPITULO_VII-b"></a>CAPITULO VII.</h3> - -<p>El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que -ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo -estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su -sobrino.</p> - -<p>Pensó que Pablo, — á quien en el fondo queria y preciaba, — Pablo que era -un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia -buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero, -era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á -su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto -por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar, -quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida. -Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no -se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien -arrobas.</p> - -<p>D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion. -Así sucedió, que á los dos dias, habiendo sa<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span>lido su mujer por haberle -avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á -Clemencia:</p> - -<p>— Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de -seis años que murió tu marido. ¿No es así?</p> - -<p>— Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste -y amargamente.</p> - -<p>— Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar -estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de -tu jardin.</p> - -<p>— Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en -eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y -al de mi tio?</p> - -<p>— ¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas! -¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te -hallarás sola como el espárrago.</p> - -<p>— Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni -llora?</p> - -<p>— Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.</p> - -<p>Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado -la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna, -nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que -calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:</p> - -<p>— Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un -hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito -sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que -se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo -juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?</p> - -<p>Clemencia aturdida y consternada callaba.</p> - -<p>D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si -bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto -independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por -precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil -como el de Clemencia.</p> - -<p>— ¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> su -interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar -mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un -hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el -Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace -que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el <i>rendibú</i> á la -francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en -los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas -miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; -chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,—¡por via -de sanes! — sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las -narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos -piones, harian mejores maridos que Pablo?</p> - -<p>— No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca -he pensado en novios ni en casamiento.</p> - -<p>— Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte -la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer -sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si -bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, -que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son -pardos.</p> - -<p>Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que -su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á -interrumpirle diciéndole riendo:</p> - -<p>— Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy -por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en -eso.</p> - -<p>— Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio -Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?</p> - -<p>— ¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que -haces?—¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido -hoy de repente á casamentero?<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p> - -<p>— ¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque -soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué -manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de -casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es -vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de -pasar toda tu vida sola como el espárrago.</p> - -<p>La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo -alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara -ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como -una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:</p> - -<p>— Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.</p> - -<p>— No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles -para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que -maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la -sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza -repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas -quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?</p> - -<p>— No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.</p> - -<p>— Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto, -quieres tu bienestar.</p> - -<p>Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar -amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio; -pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir -un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.</p> - -<p>D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la -comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de -haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando -intactos los platos que le servian:</p> - -<p>— ¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p> - -<p>No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese -notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.</p> - -<p>Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos -observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la -falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile. -Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin -causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que -no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la -igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba, -decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y -moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor -risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y -reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.</p> - -<p>— Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.</p> - -<p>— Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de -su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.</p> - -<p>— ¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está -allí de molinero?</p> - -<p>— Francisco Perez, señor.</p> - -<p>— ¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?</p> - -<p>— Porque era injusto no hacerlo.</p> - -<p>— No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese -no le ha de entrar la manía por escrúpulos.</p> - -<p>— Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que -recibe y entrega por cuenta la maquila.</p> - -<p>— Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo. -Ademas, no quiero gentes de Villamartin.</p> - -<p>— ¿Por qué, señor?</p> - -<p>— Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.</p> - -<p>— Esa es una preocupacion vulgar, señor.</p> - -<p>— ¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> me huelen á -discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy -para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco. -¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion -en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda, -con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo -fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien -pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y -se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los -picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado? -Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro, -cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan -contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo -valia sus veinte doblones mas que el negro. — Juana, prosiguió sin -pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la -nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene -novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo; -que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de -devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra -parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?</p> - -<p>— ¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?</p> - -<p>— Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua -de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la -habia querido matar despues de llenarla de <i>indultos</i>, segun su -espresion?</p> - -<p>— No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo -Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el -pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas -atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.</p> - -<p>— No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi -corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta -que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia -Machuca y la tia Carrasca.<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span></p> - -<p>— Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese -nombre.</p> - -<p>— Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y -María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir -la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria -yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y -mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres -personas distintas y una sola <i>indinidá</i>.</p> - -<p>— Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á -los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.</p> - -<p>— Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un -gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa -me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí. -Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las -herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion -de las viejas zafias que lo son las mias.</p> - -<p>— Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo -pausadamente Doña Brígida.</p> - -<p>— Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo -era el dia en que me casé.</p> - -<p>— Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me -agradan, has acertado en envejecer.</p> - -<p>— Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó -viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante -marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado -garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede -digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... -Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. -señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te -comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...</p> - -<p>— Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las -temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> años; entónces estaba -creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.</p> - -<p>— Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y -de dia, dijo D. Martin.</p> - -<p>— Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó -ménos las personas sentadas á tu mesa.</p> - -<p>— Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me -gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con -tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, -que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el -sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de -manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: -ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera -siquiera por una buena moza...</p> - -<p>— Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de -veras que el leer sea anti-estomacal?</p> - -<p>— Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te -voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que -estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho -yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, -¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de -pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo -que enseña el estudio de lo fino?</p> - -<p>— ¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.</p> - -<p>— Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.</p> - -<p>— Será la de Dios.</p> - -<p>— Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.</p> - -<p>— No caigo, tio.</p> - -<p>— ¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni -hincharse de términos curruscantes!</p> - -<p>— Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía -el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una -ciudad, entró en la primera tienda<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> bien alumbrada que se le presentó, -que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. — De todo, -contestó el boticario. — Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el -quinto.</p> - -<p>— ¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo -se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la -sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. <i>Lo que natus es, -negar no potes</i>; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.</p> - -<p>Pablo y el Abad se echaron á reir.</p> - -<p>— ¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido -decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me -opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le -vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del -boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que -para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de -oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á -censo lo que digo, ni por donde quema.</p> - -<p>— Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo -á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para -los fariseos, hermano.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-b" id="CAPITULO_VIII-b"></a>CAPITULO VIII.</h3> - -<p>Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia -hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que -pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!</p> - -<p>Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su -despacho, le habló en estos términos:</p> - -<p>— Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.</p> - -<p>— Sí, señor, uno y otro, — contestó Pablo, que era grave, sonriendo -friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> chistes de su tio -que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque -le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio -la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la -inteligencia.</p> - -<p>— Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa -costal de paja, ¿eh?</p> - -<p>— ¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.</p> - -<p>— Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la -manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así -todo se queda en casa.</p> - -<p>Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por -la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente -pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la -lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las -lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro -orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le -habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:</p> - -<p>— Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso -sabeis lo que diria?</p> - -<p>— Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué -decírselo á ella.</p> - -<p>— ¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.</p> - -<p>— ¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se -hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, -aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas -mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.</p> - -<p>— ¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.</p> - -<p>— ¿Hablo <i>estranjis</i>, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, -pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.</p> - -<p>— Pues siento decíroslo, tio, — dijo Pablo en tono sereno y -decidido; — pero os habeis equivocado.</p> - -<p>No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en -que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la -de D. Martin al oir á su sobrino.</p> - -<p>Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el pru<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>dente marino, que -en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que -sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, -se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... -pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que -respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al -verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres -sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre -albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda -con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.</p> - -<p>— ¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la -viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una -Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?</p> - -<p>— Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de -Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un -hombre que valga mas que yo.</p> - -<p>— ¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el -plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se -propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y -bien te vendas.</p> - -<p>Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio -no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á -rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:</p> - -<p>— Señor, ello es que no me puedo casar.</p> - -<p>— Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?</p> - -<p>— Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.</p> - -<p>— ¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?</p> - -<p>— No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.</p> - -<p>— ¿Estás quizas enfermo?</p> - -<p>Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:</p> - -<p>— Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi -hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los -médicos me han aconsejado<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> que no me case hasta robustecerme, pues me -espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.</p> - -<p>— ¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?</p> - -<p>— Un facultativo de Sevilla.</p> - -<p>— Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.</p> - -<p>— Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su -sistema.</p> - -<p>— Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista -de mano pesada.</p> - -<p>— Señor, — contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su -tio, y no pudiendo ya retroceder: — no me siento precisamente malo; pero -tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil, -otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.</p> - -<p>— ¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito -que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro -cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy -para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio, -quedamos todos aplastados como los Filisteos!</p> - -<p>— Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me -han prescrito un régimen preventivo.</p> - -<p>Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un -golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.</p> - -<p>— ¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se -pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que -mucho se cura... poco dura?</p> - -<p>— Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el -hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su -casamiento.</p> - -<p>D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia -que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba -Pablo.</p> - -<p>— ¡Vea Vd., — pensaba, — un moceton como un trinquete, un jastial como un -loma, un gran largo como un<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> pino, darla de enclenque y echarla de -Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas -espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal -manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la -puya al trompo y se descubre el busílis?</p> - -<p>Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.</p> - -<p>— Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se -arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora -salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia -un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo -como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que -tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, -á quien quiero como á hija, le dejo, — por justicia que á ello me obliga, -y por cariño que á ello me induce, — no solo cuanto libre tengo, sino la -mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.</p> - -<p>Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.</p> - -<p>— Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. -Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese -rogado que lo hicierais.</p> - -<p>Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, -D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos -atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á -Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia -que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:</p> - -<p>— Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar -cédula real para dejárselo todo.</p> - -<p>— ¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que -dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la -conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, -no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por -amor se renunciase al amor.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p> - -<p>— Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia -muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al -coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan -animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por -mal que le venga, no se enoje.</p> - -<p>Diciendo esto se salió bufando.</p> - -<p>D. Martin por primera vez se halló <i>apurado</i>; no sabia cómo salir del -paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su -Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á -callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija; -pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su -pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar -su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:</p> - -<p>— ¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de -Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un -roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se -lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el -padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo -mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues -sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se -pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña? -¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese -cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el -pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile -mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.</p> - -<p>Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena -inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de -todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se -llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion, -el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion, -se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> valer el -derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una -usurpacion.</p> - -<p>Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que -habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que -así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido -rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres, -que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como -porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su -tio.</p> - -<p>D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á -quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera. -Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero -cariño:</p> - -<p>— Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas -de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando -yo falte, no tengas cuidado...</p> - -<p>— ¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.</p> - -<p>— No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los -viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así -es, que te ha de quedar—¡por vida mia! — para que arrastres coche.</p> - -<p>— ¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.</p> - -<p>— Pues será para moños.</p> - -<p>— Señor, sabeis que no me gustan.</p> - -<p>— Pues para brocados, como te mereces.</p> - -<p>— Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la -nobleza.</p> - -<p>— Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está -mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, -¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. -Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo -por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi -herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-b" id="CAPITULO_IX-b"></a>CAPITULO IX.</h3> - -<p>D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que -estaban solos, á su mujer:</p> - -<p>— Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de -Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo -dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en -sazon, ha dicho que no?</p> - -<p>— Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.</p> - -<p>— ¿Y porqué?... ¿me querrás decir?</p> - -<p>— Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos -ántes que á tí, Martin.</p> - -<p>— Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.</p> - -<p>— Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud, -guiar nuestras inclinaciones.</p> - -<p>— Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la -mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice -lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no -piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio. -Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?</p> - -<p>— No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de -intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del -cielo baja.</p> - -<p>— Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches -sin cocheros y los barcos sin pilotos.</p> - -<p>— Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su -conciencia.</p> - -<p>— Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si -trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Lo de mi casamiento<br /></span> -<span class="i0">Parece cosa de cuento;<br /></span> -<span class="i0">Miéntras mas se trata,<br /></span> -<span class="i0">Mas se desbarata.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.</p> - -<p>— Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar volun<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>tades; desiste, y -el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.</p> - -<p>— Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el -cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado -con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me -dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan -contenta, que ni un perro harto de carne.</p> - -<p>— Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.</p> - -<p>— ¡Ay señor! vengo de muy léjos.</p> - -<p>— ¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el <i>mucho</i> andar trae el -<i>poco</i> andar.</p> - -<p>— Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.</p> - -<p>— ¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á -la que puede caer la sombra de un coche?</p> - -<p>— Porque mi sobrina está de parto.</p> - -<p>— Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.</p> - -<p>— ¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á -ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.</p> - -<p>— Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. -garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha -venido.</p> - -<p>— La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis -parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No -tiene espigas, sino espigorrillos.</p> - -<p>— ¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen -los labradores en la mano al sol y á las nubes?</p> - -<p>— Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó -lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. -Así... iba á pedir á su mercé si me queria <i>emprestar</i> para mercar un -cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.</p> - -<p>— ¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> de Vd. un -lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!</p> - -<p>— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que -puso en contacto su barba y su nariz — á quien de miedo se muere (con -perdon de su mercé) con <i>moñiga</i> le hacen la sepultura. Ademas, señor, -al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono -natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. -¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí -hace.</p> - -<p>— ¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los -dineros que le presté para el habar del año pasado?</p> - -<p>— Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? -Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que -viene podré pagar á su mercé y remediarme.</p> - -<p>— Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me -pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe -todo el año.</p> - -<p>— ¿Señor, y los <i>probes</i> qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre. -Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los -amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable -y de los nombrados, y yo una <i>probe</i> desdichada, soy su amiga, señor... -que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el -alma.</p> - -<p>— ¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?</p> - -<p>— Sí señor, sí señor.</p> - -<p>— ¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?</p> - -<p>— No señor, no señor.</p> - -<p>— ¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está -Vd. hueca?</p> - -<p>— No señor, no señor.</p> - -<p>— Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> cuatro meses, y -eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.</p> - -<p>— Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor -mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la -vieja.</p> - -<p>— Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.</p> - -<p>En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.</p> - -<p>— Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.</p> - -<p>— ¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.</p> - -<p>— Las mieses.</p> - -<p>— ¿Han sacado los ganados?</p> - -<p>— Sí señor.</p> - -<p>— ¿Y los aperos?</p> - -<p>— Tambien.</p> - -<p>— ¿Le has avisado al señorito?</p> - -<p>— Va para allá que vuela.</p> - -<p>— Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, -sea lo que Dios quiera.</p> - -<p>Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San -Lorenzo, abogado del fuego.</p> - -<p>Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus -manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.</p> - -<p>— ¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.</p> - -<p>— Sí señor, contestó Pablo.</p> - -<p>— ¿Se ha salvado algo?</p> - -<p>— La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, -se les han quemado todas.</p> - -<p>— ¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.</p> - -<p>— ¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el -corazon.</p> - -<p>— Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido -que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo -saben, díles que la mitad<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> de mis mieses está ahí para suplir á cada -cual lo que haya perdido<a name="FNanchor_6_6" id="FNanchor_6_6"></a><a href="#Footnote_6_6" class="fnanchor">[6]</a>.</p> - -<p>Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo, -que volviéndose á un criado:</p> - -<p>— ¡Otro caballo! gritó.</p> - -<p>Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.</p> - -<p>Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus -habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de -los caballos; al verla, Pablo esclamó:</p> - -<p>— ¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!</p> - -<p>Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la -fausta nueva á los interesados.</p> - -<p>— Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo -Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa -aquí?</p> - -<p>— Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita, -respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena -accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por -tí — así; bien:—¡otro por él! — así! Pensó bien en transmitírmelo por tí, -pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su -nuera.</p> - -<p>— ¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.</p> - -<p>Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo -ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas. -Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar -una palabra.</p> - -<p>— ¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser -rico?<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p> - -<p>— ¡Mejor es bueno! contestó ella.</p> - -<p>— Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se -necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena -voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia -voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No -parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, — dijo -á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su -marido como la cosa mas natural y sencilla, — mande Vd. estos cansados -cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira, -María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la -olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?</p> - -<p>— Lomo, señor; y carnero dorado.</p> - -<p>— ¿No hay aves?</p> - -<p>— No señor.</p> - -<p>— Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de -tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la -arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de -repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.</p> - -<p>— Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas, -dijo doña Brígida.</p> - -<p>— ¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el -marido.</p> - -<p>Las criadas se fueron.</p> - -<p>— ¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que -poca hiel hace amarga mucha miel.</p> - -<p>— Es que la moza mala hace al ama brava, señora.</p> - -<p>— Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado -reverencioso.</p> - -<p>— ¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que -venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, -aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta -un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las -gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que <i>asina</i> las llamas le -volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> todos les da -su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante -y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. -¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia -hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su -metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por -medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge -al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su -ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia -el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se -podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á -él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un -Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... -tal astilla.</p> - -<p>— Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.</p> - -<p>— Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.</p> - -<p>En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como -Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre -Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo -sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este -llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al -cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del -mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa -de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre -el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero -como la luz del sol.</p> - -<p>Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y -originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta -á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.</p> - -<p>— Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á -los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span></p> - -<p>— Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, -repuso D. Martin.</p> - -<p>— Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña -Brígida.</p> - -<p>— Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis -padres y mi primo, que cien cosechas.</p> - -<p>— Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un -granero en el que no se pica el trigo.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_X-b" id="CAPITULO_X-b"></a>CAPITULO X.</h3> - -<p>D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su -testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense -quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de -respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les -dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues -si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no, -entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la -reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.</p> - -<p>En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado -aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos -sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su -sillon en una gran habitacion baja interior.</p> - -<p>Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en -iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho -puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de -la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; -los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D. -Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su -amo, las hermosas espresiones de gracias populares.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p> - -<p>— Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para -hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!</p> - -<p>Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y -otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á -quien de diarios se la enviaba D. Martin<a name="FNanchor_7_7" id="FNanchor_7_7"></a><a href="#Footnote_7_7" class="fnanchor">[7]</a>.</p> - -<p>— ¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que -quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.</p> - -<p>Los hombres se acercaron.</p> - -<p>— Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una -chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la -guarnicion de la casa del rico mayorazgo.</p> - -<p>La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era -el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el -caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos -cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la -cabeza y dijo: Que venga la cocinera.</p> - -<p>— Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla -venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?</p> - -<p>— No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?</p> - -<p>— Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por -el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en -Villa-María?</p> - -<p>— No, que yo sepa, señor.</p> - -<p>— Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas -soso que tú?</p> - -<p>Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.</p> - -<p>Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y -desembarazo.</p> - -<p>— ¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pen<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span>don de la -insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero -verla?</p> - -<p>— Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico -dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es <i>rigular</i>, en mi -nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...</p> - -<p>— ¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es -menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para -descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.</p> - -<p>— ¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la -tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las -Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad -y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.</p> - -<p>— Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su -comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en -su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.</p> - -<p>— ¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de -valernos de esa <i>tartagema</i>: ¡vaya!...</p> - -<p>— ¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo, -de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la -sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!</p> - -<p>— ¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su -mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco -mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde -Vd. nos ve, tenemos <i>alcuña</i>; los <i>descendientes</i> de mi comadre fueron -en <i>años témporas</i> gentes muy <i>empinadas</i>. Sus abuelos fueron sujetos -muy <i>considerables</i>.</p> - -<p>— Pues los <i>descendientes</i> muy empinados y los sujetos muy -considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.</p> - -<p>— Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso -nombre <i>Machuca</i>, de puro <i>machucar</i> moros.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span></p> - -<p>— Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.</p> - -<p>— Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de -saber su mercé que el <i>árbol de la generacion</i> de mi casa dice que -fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, -muy <i>emperantes</i>, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de -santo.</p> - -<p>— Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son -narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos -nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer -á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con -espolones! pero, tia <i>Emperante</i>... ¡una y no mas, señor San -Blas! — Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta -<i>pierna de santo</i> una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de -tocino; y váyase la <i>considerable</i> á donde el humo en dia de levante.</p> - -<p>La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en -una espuerta.</p> - -<p>— Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices -hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.</p> - -<p>— ¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, -viendo que la vieja no se movia.</p> - -<p>— Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.</p> - -<p>— Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.</p> - -<p>— Pero como á mi comadre le falta la <i>denticion</i>...</p> - -<p>— Que la pida prestada.</p> - -<p>— Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala -voluntad.</p> - -<p>— ¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan -duro... duro... mas vale duro que ninguno?</p> - -<p>— Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y -Juana...</p> - -<p>— ¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos -águilas son!<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span></p> - -<p>— Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio -Alambre, que las despertaba el hambre!</p> - -<p>— Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban -siete corrales por conversacion.</p> - -<p>— En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y -tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y -que no es de <i>buena parte</i>.</p> - -<p>— Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora <i>Emperante</i> en Francia. -¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas -desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester -engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á -esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á -campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le -doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.</p> - -<p>— Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro -que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por -aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.</p> - -<p>— ¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me -ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia -espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y -esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando -veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese -visto al demonio.</p> - -<p>— ¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun <i>Eron</i>, dijo muy picada la vieja.</p> - -<p>— No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo -en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.</p> - -<p>— Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi -Juan de la guerra de <i>Pepiñá</i> para casarse, me dijo que no habia visto -por allá mejor hembra que yo.</p> - -<p>— Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, -retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> un valiente de la guerra -del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y -cuatro de traspon.</p> - -<p>— Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le -aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora -y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.</p> - -<p>— Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de -loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han -mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni -los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?</p> - -<p>— Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece -bien.</p> - -<p>— Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé -repartir, observó Juana.</p> - -<p>— Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da -el capon dále la pierna y el alon.</p> - -<p>D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al -pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia -en su retirada.</p> - -<p>— ¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva -Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?</p> - -<p>— Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y -lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo -la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y -estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me -abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas -rico.</p> - -<p>— Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.</p> - -<p>— Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es -<i>rigular</i>, señor, que yo me muera de frio?</p> - -<p>— ¿Y es <i>rigular</i> que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?</p> - -<p>— ¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; -que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan -ó sanan á quien quie<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span>ren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale -tener que no desear.</p> - -<p>— Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, -dijo D. Martin, volviéndole la espalda.</p> - -<p>— ¡Jesus!... ¡y qué <i>ipotismo</i> gasta su mercé hoy! murmuró marchándose -la tia Latrana.</p> - -<p>Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.</p> - -<p>— Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran -los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?</p> - -<p>— Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de -mi cuñada, la nuera del cochero...</p> - -<p>— ¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida -á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el -mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. — Maestro, -¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. — Bien -está, respondió Jesus.</p> - -<p>Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con -muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno -de los discípulos.—¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. — No hay cuidado, -dijo San Pedro, es de los nuestros. — Sea en buen hora, dijo el viejo, -que tenia crianza:—¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el -apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta -completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el -viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á -ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: — El que has -albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu -nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le -pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. -Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que -fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á -seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para -nada. Al caminar por esos aires vió á una<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> pareja de demonios que se -llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia -buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los -escribanos.—¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere -echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, -como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al -trigo. — Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no -llevas dinero? — Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es -de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís -gananciosos. — Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por -de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.</p> - -<p>Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te -conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma -tan negra viene contigo!</p> - -<p>— No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta -alma está manchada de tinta porque es de escribano.</p> - -<p>— Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.</p> - -<p>— Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme -licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un -convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro -con su amparado.</p> - -<p>D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba -perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al -ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.</p> - -<p>— Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, -mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, -para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.</p> - -<p>— ¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á -los labios.</p> - -<p>— Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en -pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que -se gastó el acero; pero queda el hierro.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p> - -<p>Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual -una bendicion del porvenir.</p> - -<p>D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un -ronquido.</p> - -<p>— ¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.</p> - -<p>— Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.</p> - -<p>— Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el -cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.</p> - -<p>Pablo se precipitó fuera del comedor.</p> - -<p>No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.</p> - -<p>Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea. -El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la -mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la -larga vida de su amo.</p> - -<p>Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció -en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y -general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á -un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni -<i>darse tono</i>, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el -padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de -la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en -boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila -de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados. -Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron -lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un -elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos -estaba este epitafio:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana, -que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo -ofrece á Dios quebrantado, pero entero.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p> - -<p>El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y -santa como él.</p> - -<p>Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del -escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y -riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en -lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como -si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no -hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia -dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.</p> - -<p>Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no -para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de -él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela -que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es -cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo -de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre -que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?</p> - -<p>Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado -primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de -llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se -postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio -sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á -la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el -esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia: -<i>¿Quién es el dueño de aquel caudal?</i></p> - -<p>¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le -concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa -del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!</p> - -<p>Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas -depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando -estuvieron reunidos, los habló así:</p> - -<p>— Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna dis<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>posicion de mi -hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así, -pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que -se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como -inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde -luego en posesion de todo.</p> - -<p>— Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo -Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento -por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta -como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que -me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir -contigo, hija mia.</p> - -<p>Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es -decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el -beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe -la <i>necesidad</i>; para ella no hay desierto ni maná.</p> - -<p>— No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad. -Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere -compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi -muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.</p> - -<p>— ¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis -padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?</p> - -<p>Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa -desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no -atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al -precedente coloquio.</p> - -<p>Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:</p> - -<p>— Soy testigo, — y testigo que no puede recusarse siendo yo el -interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, — de -que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió -mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en -mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span></p> - -<p>— Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su -serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.</p> - -<p>— Pensó sacar cédula real, repuso este.</p> - -<p>— Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que -tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.</p> - -<p>— Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado -á cabo, añadió Clemencia.</p> - -<p>— Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu -delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.</p> - -<p>— Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no -necesito, ni puedo aceptar?</p> - -<p>— No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud, -Clemencia?</p> - -<p>— Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que -te tengo por la vida que te debo.</p> - -<p>— Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una -delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena -fe del corazon, como á una hermana.</p> - -<p>— A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto -decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable. -Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en -tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de -acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi -sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como -á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas -valer. ¿No es así, Clemencia mia?</p> - -<p>— ¡Sí señor, sí señor! — contestó esta besando la mano del venerable -anciano, — y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_XI-b" id="CAPITULO_XI-b"></a>CAPITULO XI.</h3> - -<p>Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion -eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del -ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado, -habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se -separasen de él su tio y su prima.</p> - -<p>Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin -que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un -fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en -todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no -fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia.</p> - -<p>Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este -desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia -acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni -temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud, -viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una -hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente, -sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al -salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la -amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan -vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha -hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de -estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los -mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar -unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba -indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber -cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado -todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo -de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le -dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque -nadie<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span> confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los -aman:</p> - -<p>— Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto -compareceré en su presencia.</p> - -<p>Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas.</p> - -<p>— ¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo -es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y -¡decirlo... es una crueldad!</p> - -<p>— ¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es -la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia, -pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de -que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas -útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta -misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi -vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre.</p> - -<p>Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en -sollozos al oir estas últimas palabras.</p> - -<p>— Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir.</p> - -<p>— No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te -espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas -y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el -Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en -fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente -y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase -como cosa propia?</p> - -<p>— ¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni -en mi corazon.</p> - -<p>— Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en -el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran -ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral.</p> - -<p>— Pero señor, hay escepciones.</p> - -<p>— Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo -en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span> femeninas en las buenas -sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las -escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con -la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo -como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera -del hombre.</p> - -<p>— Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios -le basta?</p> - -<p>— Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero -la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias -y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila. -Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro -modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es -escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en -que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una -viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y -religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo -encargo... ¡te lo suplico!</p> - -<p>— Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia -de perderos, os prometo casarme.</p> - -<p>— ¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir?</p> - -<p>— Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el -compañero que os prometo aceptar?</p> - -<p>— Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el -compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á -propósito para hacer tu felicidad.</p> - -<p>— ¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia.</p> - -<p>— Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y -el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta -esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado -que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de -hombre de bien y caballero cumplido.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span></p> - -<p>Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera -confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo:</p> - -<p>— Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y -concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y -descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores -y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor -hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las -obligaciones y desvelos que circundan el estado.</p> - -<p>— ¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad.</p> - -<p>— No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos, -despues de vos.</p> - -<p>— No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu -felicidad, como esos <i>mirajes</i>, esos prestigios, efectos de la óptica, -que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda -trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos. -¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos -simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría -humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí, -una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las -máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te -cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino -pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la -que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que -fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último -consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve -claro; si luchan, haz que venza esta.</p> - -<p>En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos -consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los -altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido -filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó -el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia -la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir -con su primo, que era un jóven. Añadió que<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> cerca de la de aquella -poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que -ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó -infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien -á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones -su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez -mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas -rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en -los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo!</p> - -<p>El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter -apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud, -para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó -que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de -su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar -alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber -dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia -existir en la eternidad.</p> - -<p>Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su -inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó -trasladarse á Sevilla.</p> - -<p>Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo:</p> - -<p>— Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber -vivido bajo el mismo techo.</p> - -<p>Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel.</p> - -<p>— Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos -procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es -nuestra separacion.</p> - -<p>— Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase.</p> - -<p>— Voy á Sevilla, añadió Clemencia, — respondiendo indirectamente á esta -pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió; — al lado de mi -tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor.</p> - -<p>— Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á -establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á -un estraño, recibir del mayorazgo que<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> debió ser tuyo, siquiera la -viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde; -te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas.</p> - -<p>— Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado -nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero: -sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre -me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las -limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera -grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán -cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu -generosidad para conmigo.</p> - -<p>— Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo, -y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos -volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria -con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco!</p> - -<p>Clemencia miró á su primo con sorpresa.</p> - -<p>— ¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó.</p> - -<p>— Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos.</p> - -<p>Clemencia se puso encendida como la flor del granado.</p> - -<p>— Tú consentiste, prosiguió Pablo.</p> - -<p>Clemencia bajó confusa los ojos, y calló.</p> - -<p>— Pero yo, Clemencia, añadió Pablo... rehusé!</p> - -<p>Clemencia quedó confundida.</p> - -<p>— Y rehusé, Clemencia, prosiguió Pablo, porque tú hacias un sacrificio -grande en casarte conmigo, y yo uno cruel en negarme á ello; y quise que -el sacrificio estuviese de mi parte, y no de la tuya; esto prueba que te -amaba y sigo amando sin esperanzas, Clemencia; y el amor que vive sin -alimento, esto es, sin esperanzas que le sostengan, es de alta esfera, é -inmortal como el alma!</p> - -<p>Hubo un rato de silencio. Pablo tenia la respiracion oprimida.</p> - -<p>Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia.</p> - -<p>— Esto te lo digo, Clemencia, prosiguió Pablo, cuya voz alterada salia -con dificultad de su pecho, porque nos vamos<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span> á separar y quizas para -siempre! A no ser así, no me hubiese atrevido á ello; pero he querido -que ya que no me tengas amor... me tengas gratitud y lástima!</p> - -<p>Diciendo esto Pablo, no pudiendo por mas tiempo comprimir la vehemencia -de su dolor, se levantó y salió apresuradamente.</p> - -<p>— ¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida.</p> - -<p>Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del -corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de -enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de -gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles -almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su -delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo -cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad? -Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á -cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme, -arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo!</p> - -<p>Y se alejó presuroso.</p> - -<p>Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos -modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su -padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella -casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por -respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á -cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida. -Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y -comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado. -De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar -entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que -hasta entónces entre ellos habia existido.</p> - -<p class="fint">FIN DE LA PARTE SEGUNDA.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p> - -<hr /> - -<h2><a name="PARTE_TERCERA" id="PARTE_TERCERA"></a>PARTE TERCERA.</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-c" id="CAPITULO_I-c"></a>CAPITULO I.</h3> - -<p class="nind"><span class="letra">O</span>cho años habia que faltaba Clemencia de Sevilla: ocho años suelen traer -grandes cambios en las cosas y en las personas; y debemos indicarlos -ántes de proseguir.</p> - -<p>La Marquesa, á la que devoraba un cáncer el pecho, habia envejecido -mucho, y su habitual estado de latiente apuro, habia pasado á un estado -de decaimiento inerte, en el que, como sucede generalmente á los -enfermos de gravedad que conservan despejadas sus facultades -intelectuales, no la interesaba nada sino su padecer.</p> - -<p>En Constancia no era ménos notable el cambio que se habia operado.</p> - -<p>Desde la catástrofe que hemos referido y la enfermedad que de ella -resultó, que la trajo á punto de mirar la muerte cara á cara, Constancia -habia muerto al mundo, como dice una frase, la que por haber caido en el -monótono carril de la rutina, no ha perdido su grave y elevado -significado. En su enérgica fibra, solo un sentimiento á la vez profundo -y esclusivo podia haber reemplazado el que le inspirara aquel amor que -llenó toda su alma, como habria llenado toda su vida. Al borde del -sepulcro condenó los estremos del amor á la criatura, y pidió á Dios -perdon si moria, y conformidad si en la tierra la dejaba su voluntad -omnipotente. La religion hizo mas que darla conformidad; le dió consuelo -y virtudes, desterrando de su alma, despues de la desespera<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>cion, la -soberbia, la acritud, la rebeldía y el egoismo, que por tanto tiempo en -ella se entronizaron, reemplazándolos con la mansedumbre, la -benevolencia, la caridad, la paciencia; cual la naturaleza produce -flores odoríferas y cordiales en un crial, cuando una mano fuerte le ha -arrancado los abrojos y espinas que lo cubrian. Porque este es el efecto -y resultado de la vida, que unas veces con desden, otras con burla, -pocas con respeto, se denomina, <i>dedicada á la virtud</i>; este es el fin á -que tiende. Y si los que la llevan no siempre logran conseguir este -objeto (puesto que eso de ser estremadamente virtuoso no es tan fácil -como les parece á aquellos que desde que ven á una persona entrar en esa -senda, exigen de ella la realizacion del objeto á que aspira); si no -siempre logran alcanzar este fin, los que á él aspiran, decimos, tienen -al ménos el mérito de haberlo intentado, y la gloria de alistarse bajo -la santa bandera, cuyo emblema es un cordero, una cruz y una corona de -espinas. Tienen aun mas: tienen el valor de renunciar á la sancion del -mundo bullidor, el de pasar por pobres de espíritu en la brillante, -ruidosa y desdeñosa legion de los denominados ilustrados, el de hacerse -condenar al ridículo y al desprecio por la soberbia y acerba legion de -los incrédulos é impíos, y solo contar con las calladas y benévolas -simpatías de aquellos que se esconden por no ser vistos, y callan por no -ser oidos, en una época que los burla con sarcasmos, y los desprecia con -insultos.</p> - -<p>Constancia, no obstante, era de las afortunadas que logran el fin -propuesto; lo que era debido sin duda al total desprendimiento de las -cosas de la tierra que el infortunio produjo en su alma.</p> - -<p>Nadie habria reconocido en ella á la elegante jóven que fué: su traje -era mas que modesto; era pobre: llevaba siempre un vestido de coco ó -tela de algodon negro, con pequeños lunares grises; cubria su garganta -un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler; -gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello -primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus -sienes, sin ningun género de pretension.<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span></p> - -<p>Esta abnegacion del placer de agradar y de la satisfaccion de parecer -bien, es la mas heróica que en aras de la severa virtud puede ofrecer -como sacrificio la mujer; y este mérito solo se ve en España, sin que -por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente -virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo -desprendimiento de las cosas del mundo y de la vanidad, no se ve sino -aquí, por mas que se afanen en sostener que todos somos iguales. No; las -nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni -con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa -igualdad es un resultado necesario de la ilustracion y de la facilidad -de comunicaciones; pero ¿no basta á probar la falsedad de este aserto, -el ver que los dos focos de ilustracion, que son al mismo tiempo, las -dos capitales mas cercanas, han sido, son y serán los dos mayores -contrastes? En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y -marcadas fisonomías de Paris y de Lóndres?<a name="FNanchor_8_8" id="FNanchor_8_8"></a><a href="#Footnote_8_8" class="fnanchor">[8]</a></p> - -<p>Es para nosotros un enigma el móvil que lleva á muchas personas de -mérito y de talento á defender y aplaudir esa nivelacion general, y cuál -es la ventaja que de ella resultaria. Que un país sin pasado, sin -historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno -por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte<a name="FNanchor_9_9" id="FNanchor_9_9"></a><a href="#Footnote_9_9" class="fnanchor">[9]</a> adoptando -el inglés,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span> y la del Sur adoptando el español, se comprende. Pero que se -afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de -Calderon y de Cervántes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo -que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razon, ni el buen gusto, ni -la poesía.</p> - -<p>Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas -no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una -perfeccion de que estas se creen dispensadas; pero Constancia lo era, -porque coronaba sus demas virtudes con la tolerancia, que á algunas -suele faltar, y unia al estricto cumplimiento de sus deberes, una -dulzura adquirida, la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso -triunfo obtenido al pié del tribunal de la penitencia. De sus ojos -serenos habian desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que ántes -le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y -desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenia benévolas y dignas. -Llevaba con la perseverancia de la consagracion, toda la asistencia -prolija que hacia necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre, -y sus escesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna -persona íntima celebraba su comportamiento, hacia grandes esfuerzos para -disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba.</p> - -<p>En las demas personas el cambio no habia sido notable.</p> - -<p>Sobre D. Galo habian pasado estos ocho años como otra infinidad de los -anteriores. Los siete mil reales seguian su curso inmutable, las pelucas -hacian su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir -á su dueño, ni este de servir á las damas. Todos sus compañeros habian -cambiado de destino ó de lugar; hasta la oficina habia variado de local; -pero D. Galo la habia seguido como un fiel perrito á su amo, ocupando su -mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado.</p> - -<p>Sobre la robusta arrogancia de Doña Eufrasia, habian pasado los años -como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos habia -cobrado muchas viudedades, sin dar la mas mínima esperanza al Monte-pio -de libertarlo de esta carga.<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span></p> - -<p>En D. Silvestre no habia mas alteracion sino la de haber adquirido su -vientre una posicion ménos prominente y mas rebajada.</p> - -<p>Pepino habia tomado gran cariño á los Mercurios, y seguia cuidándolos -con esmero por propio impulso, como ántes por mandato de su ama.</p> - -<p>Su tia recibió á Clemencia tristemente, aunque celebró mucho su venida, -y le hizo una larga y minuciosa relacion de sus padeceres.</p> - -<p>Constancia demostró una sincera, pero sosegada alegría de ver á su -prima, sin que mediase entre ellas ni una conmemoracion ni aun una -alusion á la terrible catástrofe de la que Clemencia habia sido testigo.</p> - -<p>A los pocos dias, con motivo de la gravedad de su madre, llegó tambien -Alegría, que con su marido y sus tres niños venia de Madrid, donde -estaban establecidos.</p> - -<p>Alegría estaba hecha el bello ideal de la elegancia, un figurin de moda, -el tipo del supremo buen tono. Pero su vida agitada y sus horas -desarregladas, sus continuos trasnocheos y sus constantes escitaciones -la habian destruido, avejentado y adelgazado á aquel estremo que quita -todas las formas al cuerpo, toda la frescura al rostro y toda la lozanía -á la juventud. Compuesta y animada, sobre todo con la luz artificial, -estaba bien; pero descompuesta y desanimada, estaba como una flor -sacudida y marchita por el levante.</p> - -<p>Su marido, ademas de ser el tipo de la distincion y de la finura, lo era -ahora igualmente del buen marido y del buen padre.</p> - -<p>Cuando Alegría vió á Clemencia, que merced á su tranquila vida, á su -feliz existencia, traia con el alma de una novicia la hermosura de una -Hebe, le dijo:</p> - -<p>— ¡Qué lozanía! ¡Qué frescura! ¿En qué Eden has vivido? Ganas me dan de -ir á pasar una temporada á Villa-María, aun á costa de venir tan -anticuadamente vestida y peinada como lo estás tú. ¡Dios mio! ¡qué bien -te sienta el estado de viuda! y riquísima que me han dicho que eres!... -ya sé, ¡un tio!... Oye ¿era jóven?... Ocho años de destierro te ha -costado; pero en fin, si estuviste como el raton<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span> en el queso, ¡anda con -Dios! Hiciste bien en estarte á la mira y aguantarte, porque, hija mia, -el dinero, el dinero es el todo; sin dinero ¿qué se hace? Vamos, eres la -mujer feliz. Mira, no hagas la locura de volverte á casar.</p> - -<p>Clemencia habia oido toda aquella retahila, atónita, sin aun comprender -la malicia de ciertas espresiones; pero al oir esta última, y recordando -en su corazon la promesa que habia hecho á su tio, repuso á su prima:</p> - -<p>— ¿Y porqué seria una locura volverme á casar?</p> - -<p>— Porque perderias tu libertad, contestó Alegría con mas malicia que se -suele poner á esa necia y repetida frase.</p> - -<p>— Pero, ¿qué clase de libertad es, repuso Clemencia, la que tengo de -viuda y no tendria de casada?</p> - -<p>— ¡Qué candidez de niña bien criadita! La clase de libertad á que aludo, -hija mia, es la de poder hacer lo que te dé gana. ¿La tenias cuando -casada, mi alma?</p> - -<p>— No se creeria que quien habla así fuese la mujer de un marido que no -tiene mas gustos que los suyos, y no hace sino mirarla á la cara, dijo -Clemencia.</p> - -<p>— Eso no quita que la que tiene marido y tres hijos, esté aviada y -divertida. ¡Niños! esa plaga, esa carga, esas trabas, que acaban con la -paciencia, que destruyen el físico, que quitan el gusto y el tiempo para -todo. ¡Oh! ¡son una calamidad!</p> - -<p>— ¡Jesus! ¡Jesus! esclamó asombrada Clemencia. ¡Plaga, calamidad, llamas -tú á la bendicion de Dios, al dulce fin y objeto de la union del hombre -y de la mujer! ¿Sabes lo que dicen las pobres y sencillas gentes de -Villa-María? Hijos y pollos todos son pocos.</p> - -<p>Alegría soltó una burlona carcajada.</p> - -<p>— ¡Qué lástima, dijo, que no te hubieses casado con mi marido, y se -hubiesen Vds. ido en amor y compaña á poblar una isla desierta! Pero, -hija mia, la que no está por la vida patriarcal, esto es, las gentes que -viven en la era presente, como dicen los periódicos, llaman á los hijos -cargas, y al casamiento yugo. Así lo llama hasta mi beata hermana -Constancia, sin mas que anteponerle la calificacion de santo. Pero, si -tan bien te parece el matrimonio, mucho<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> estraño que hayas estado ocho -años viuda; por consiguiente, no te admire el que no ponga mucha fe en -tus palabras, ni te crea muy sincera.</p> - -<p>Clemencia se quedó asombrada de ver convertido en sistema y formulado en -reglas de mundo, un sentimiento que ella habia tenido, nacido de sus -desgracias domésticas, y del que su tio le habia hecho avergonzarse á -pesar de su inocente orígen, como de un sentimiento emancipado, egoista, -poco natural y poco mujeril: así fué que contestó sonrojándose:</p> - -<p>— En Villa-María habia pocos novios, y ademas mi vida era tan dulce al -lado de mis padres y de mi tio, que la habria preferido siempre á toda -otra, no por amor á la libertad ni oposicion á los hijos, sino por amor -á ellos.</p> - -<p>— Con que... ¿te volverias á casar? preguntó con burla Alegría.</p> - -<p>— Si hallase un hombre que me llenase, y á quien yo pudiese hacer feliz, -lo haria, pues así se lo prometí á mi tio, contestó Clemencia.</p> - -<p>— ¡Buena tonta serás! esclamó Alegría.</p> - -<p>Entró en este momento Constancia, diciendo que su madre que apénas habia -dormido en la pasada noche, acababa de coger el sueño. Alegría aprovechó -este descanso para ir á ver algunas amigas, y salió despues de dar un -repaso á su tocado ante el espejo.</p> - -<p>Era la primera vez desde la vuelta de Clemencia, que ambas primas se -hallaban solas, no separándose Constancia un solo instante del lado de -su madre.</p> - -<p>Largo rato callaron.</p> - -<p>De repente Clemencia cogió las manos de su prima, las apretó entre las -suyas, y le dijo en queda y conmovida voz, miéntras dos lágrimas bañaban -sus párpados: — Constancia, te admiro y te venero.</p> - -<p>Constancia calló, y un imperceptible temblor se notó en sus labios.</p> - -<p>— ¿Qué has hecho para olvidar, Constancia? prosiguió Clemencia.</p> - -<p>— ¡No recordar! respondió la primera.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span></p> - -<p>— Y esto ¿cómo has podido lograrlo?</p> - -<p>— Con anteponer al recuerdo esta oracion:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Aparta, mi Dios, de mí<br /></span> -<span class="i0">Lo que me aparta de tí!<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>Cree, Clemencia, que Dios atiende á quien le invoca.</p> - -<p>— Sí; y Dios ha escuchado tan bella deprecacion, y solo te ha rodeado de -cosas que te acercan á él, ofreciéndote la ocasion de la enfermedad de -tu madre, en la que pruebas el ser una santa.</p> - -<p>— Calla, contestó Constancia con algun calor. ¿Con qué lavo, con qué -borro, con qué compenso mi malvada conducta anterior con mi madre? ¡Oh! -créelo; cuando todo mi anhelo y desvelos no alcanzan á agradarla, cuando -me rechaza y se incomoda, recuerdo que fuí capaz de decir que no la -amaba. ¡Yo, enamorada y soberbia, no amar á la madre que me dió el ser! -¡Oh! entónces le agradezco como un favor el que no me maltrate de hecho, -y no me eche de su lado como hija indigna de cumplir con el santo deber -de asistirla.</p> - -<p>— Lo dijiste en un momento de exaltacion rencorosa, Constancia.</p> - -<p>— No, Clemencia, esa exaltacion rencorosa era mi estado habitual. -Llenaban mi alma la pasion, la soberbia, la rebeldía y la aspereza. El -ser niña indómita, hija rebelde y sobrina ingrata, costaron la vida al -hombre que amé; me hicieron perder la felicidad que apetecia, que quizas -por medios humildes y suaves habria al fin logrado; y hubiesen perdido -mi alma, si Dios no me enviara con la muerte un aviso de la eternidad, -en cuyo borde se abrieron los ojos de mi alma á la luz de arriba.</p> - -<p>— ¡Qué humilde eres, Constancia!</p> - -<p>— Clemencia, no es humildad el reconocer sus faltas. No soy humilde; -solo que, gracias al cielo, no existe la soberbia que me cegaba.</p> - -<p>— Sí lo eres, y aun vas mas allá, prima, pues no solo reconoces tus -faltas, sino que desprecias tus virtudes. ¿Porqué has hecho un estudio -tan severo en ocultar un dolor, que yo que conozco tu alma, sé que está -incrustado en ella hasta la muerte?<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p> - -<p>— Clemencia, — respondió Constancia en voz inmutada y tan queda como si á -sí misma quisiese ocultar la emocion que la dominaba,—¡las penas que se -ofrecen á Dios, se ocultan á la tierra, para que no se evapore en ella -este incienso del corazon!</p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-c" id="CAPITULO_II-c"></a>CAPITULO II.</h3> - -<p>Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar -y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas -que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado -escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por -diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un -necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la -limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse -el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como -aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume -todo en el cáos.</p> - -<p>Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien -alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don -innato de <i>bien recibir</i>, puesto que este, así como todo lo fino y -delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo -del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las -reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como -el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa -se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada -de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.</p> - -<p>Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se -distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro -frances, que habian venido á pasar el<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span> invierno en la primavera que -durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de -Andalucía.</p> - -<p>El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de -sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas -grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion; -en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el -primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian -mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir -inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un -chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan -esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de -cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile, -que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre -de Sevilla.</p> - -<p>Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le -llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su -estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.</p> - -<p>Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó -sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan -las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad -culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.</p> - -<p>Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar -el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion -de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma -persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia -un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la -cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia -apreciar en todo su valor.</p> - -<p>Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y -agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de -mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta -competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir -George,<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en -el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la -vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival -mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la -posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres, -estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir -George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y -subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y -reservado hasta el punto de aparecer frio.</p> - -<p>El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia -perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á -su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado -defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó -desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su -suicidio.</p> - -<p>Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas, -felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad, -sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se -sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma -y reducido á solo placeres materiales.</p> - -<p>Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y -elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso -cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la -razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece -déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era -muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los -hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia -hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion, -saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos -tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á -un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera -sencilla y sosegada, hiciese impre<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span>sion un hombre como Sir George, en -quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.</p> - -<p>Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en -la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable; -obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran -allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso -para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas -dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado -dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia -apellidado <i>Rómulo y Remo</i>.</p> - -<p>— Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el -Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el -Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á -vuestra disposicion.</p> - -<p>Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era -desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa -que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los -coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el -sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos -saludaban al emperador ántes de ir al combate:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><span class="smcap">Morituri te salutant.</span><br /></span> -</div></div> -</div> -<p>Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso -D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria, -mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella -de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia -el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un -tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin -mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia -y San Valeriano.</p> - -<p>No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese -muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino -porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto -elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias, -muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span> -visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la -buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de -sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las -verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las -declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y -de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el -<i>Nego absoluto</i> la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del -corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera -valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las -santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y -hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida -buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con -flores las mas áridas sendas!</p> - -<p>Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par -de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una -azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas.</p> - -<p>En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia -Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado -arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los -hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la -competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia -empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez -tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus -sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan -original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda -trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el -aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin -estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion -renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció -que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios -vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la -naturaleza, la cultura y el uso del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span></p> - -<p>Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al -notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro -le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio -vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas. -Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona -representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un -ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de -su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son -bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo -ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la -reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de -toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan -el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo -compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni -espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre -la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su -dependencia.</p> - -<p>Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria -hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo, -pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la -verdad; pero se decia:</p> - -<p>— ¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para -suicidarse.</p> - -<p>Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George, -habria pensado:</p> - -<p>— ¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese -tan fatuo?</p> - -<p>El Vizconde habria pensado:</p> - -<p>— Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues -no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César -incompleto y desairado.</p> - -<p>En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le -hubiese ahogado entre sus manos.</p> - -<p>Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido -posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una -impresion harto mas profunda y<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span> sincera que sobre su competidor, se -sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia -la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de -Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio. -Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor -temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio. -Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia -por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un -hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á -sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun -vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no -dejarse á toda costa suplantar por un competidor.</p> - -<p>— Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para -sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado -elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el -agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras -manos, si no me anticipo.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-c" id="CAPITULO_III-c"></a>CAPITULO III.</h3> - -<p>Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de -Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que -indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su -tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le -proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en -verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo.</p> - -<p>La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia -fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia -apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir -George.</p> - -<p>La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span> respiraba todo -su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio, -seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á -deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda -naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y -aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la -confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al -lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con -delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é -inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo -y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida -de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores, -á sus pájaros.</p> - -<p>— ¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta -instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer, -lo que sois?</p> - -<p>— No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad -Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero -he vivido á su lado.</p> - -<p>Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de -entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á -las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el -ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al -talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta -esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre, -despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era -que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que -hace brotar la fe y la confianza.</p> - -<p>Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes -atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, -aquella <i>morgue</i>, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que -entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio -que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante -ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena -fe, no siempre comprendian, pero que<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> aun sin alcanzar toda su hiel, á -nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así -era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó -entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á -nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni -el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba -con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con -tan usadas como socorridas paradojas.</p> - -<p>Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de -Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento -que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un -benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento -para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese -<i>enjouement</i>, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y -alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye -en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George -le descubria; Clemencia le ignoraba aun.</p> - -<p>— Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que -encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, — y es la mujer que -se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente -sois?</p> - -<p>— Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada, -á no ser por un solo hombre.</p> - -<p>— ¿Qué hombre, Clemencia?</p> - -<p>— El que yo amase.</p> - -<p>— Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.</p> - -<p>— ¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono -festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi -padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la -encuentra.</p> - -<p>— ¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os -lo impida?</p> - -<p>— No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer -amar.<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p> - -<p>— Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la -vuestra, me temo que sí.</p> - -<p>— ¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que -recordaba á Pablo.</p> - -<p>Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á -contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.</p> - -<p>Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco -comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer -hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que -una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es, -que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una -dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo -su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que -la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á -su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de -toda su áspera corteza.</p> - -<p>El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la -motivaba.</p> - -<p>Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la -del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces -elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios -puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con -mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se -encapota en su silencio, iba siendo olvidado.</p> - -<p>— ¡Vaya!... — pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un -sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, — yo estoy aquí haciendo el ridículo -papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?</p> - -<p>Por suerte entró en este instante D. Galo.</p> - -<p>— A los piés de Vd., Clemencita. — Señor Vizconde, beso á Vd. la -mano. — Señor D. Jorge, soy su servidor. — Hace un frio del polo.</p> - -<p>— ¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que -halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.</p> - -<p>— Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span></p> - -<p>Sir George soltó una carcajada.</p> - -<p>El Vizconde no hizo alto.</p> - -<p>— D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que -mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion -del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo -que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.</p> - -<p>— Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto -agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas -perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.</p> - -<p>— Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.</p> - -<p>— No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos -descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no -hallaban una flor de que no sacasen miel.</p> - -<p>— Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria -sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál -es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de -agradaros mas?</p> - -<p>— Las flores, contestó sencillamente Clemencia.</p> - -<p>— ¿Teneis, pues, gustos botánicos?</p> - -<p>— No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola -planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde -que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu -de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado, -que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que -inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y -lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de -la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es, -que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello -culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la -pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente, -dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en -este mundo?<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span></p> - -<p>— Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas -satisfecha y galante sonrisa.</p> - -<p>— No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo -el Vizconde.</p> - -<p>— A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo -frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que -le producia su escribir constante en la fria oficina.</p> - -<p>— Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre, -contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.</p> - -<p>— ¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles -pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.</p> - -<p>— ¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las -damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las -bellas.</p> - -<p>— Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de -Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?</p> - -<p>— Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió -Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?</p> - -<p>— La violeta, respondió Clemencia.</p> - -<p>— ¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.</p> - -<p>— No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que -mas he amado en este mundo.</p> - -<p>— ¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é -indefectible desmaña.</p> - -<p>— No, — contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la -delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su -marido; — no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de -mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento: -su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre -tierno, de aquel sabio modesto.</p> - -<p>De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.</p> - -<p>— ¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span></p> - -<p>— Aunque me voy... me quedo.</p> - -<p>— Ciertamente, en mi memoria.</p> - -<p>Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado -ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el -jefe de su oficina.</p> - -<p>— ¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.</p> - -<p>— ¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le -demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro -delicado tacto.</p> - -<p>— ¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la -prudencia de una mujer jóven y bella.</p> - -<p>— Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun -género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy -bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la -insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la -sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de -comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos -santos, y no sufre andaderas pueriles.</p> - -<p>Entró en ese instante Paco Guzman.</p> - -<p>— Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer -á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha -creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.</p> - -<p>— No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso -Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar -por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben. -Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en -broma á una persona de buena fe.</p> - -<p>— ¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un -asunto que lo es tan poco!</p> - -<p>— Pues poned en su lugar... delicadeza.</p> - -<p>— La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues -son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza -tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la -moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme -é inmutable.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p> - -<p>— Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia -mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de -sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un -reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus -aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién -castigó la primera falta?</p> - -<p>— Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.</p> - -<p>— ¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.</p> - -<p>— No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado -consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda -clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro -lado, como sois tan ilustrada...</p> - -<p>Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.</p> - -<p>— Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las -opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.</p> - -<p>— Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con -animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las -religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á -las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe; -en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.</p> - -<p>— Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George -impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del -impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que -tan mal los encubren.</p> - -<p>— Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo -dolorosamente herida Clemencia.</p> - -<p>— ¿Cómo es eso, señora?</p> - -<p>— Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al -desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.</p> - -<p>— ¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta? -Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la -mas bella mitad de la conviccion.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span></p> - -<p>— Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y -favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes -<i>nonsense</i>, sin por eso dejar de serlo.</p> - -<p>Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa -disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en -esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada -incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza, -con que á veces sabia hacerlo.</p> - -<p>— Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor -moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y -caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os -dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en -otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»</p> - -<p>— ¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman -para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la -que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian -tomado parte.</p> - -<p>— No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion -por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú -objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á -mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses -generalmente.</p> - -<p>— Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.</p> - -<p>— No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.</p> - -<p>— ¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es -uno de los primeros dotes de un autor?</p> - -<p>— Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa -palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario, -que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de -espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el -idioma?</p> - -<p>— Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica, -la sintáxis y la lógica.</p> - -<p>— No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span> dice que «es -el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define -así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica -literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito -en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo -esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no -se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras, -Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de -dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores -contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais -vos, Vizconde?</p> - -<p>— Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da -un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas, -referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: <i>El -estilo es el hombre</i>, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales -que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto <i>spirituel</i>, -palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que -entre nosotros se llama <i>esprit</i>, es una cosa que vosotros con vuestro -brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia, -subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento -é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que -es en frances <i>esprit</i>. Decia, pues, que al decir Buffon <i>el estilo es -el hombre</i>, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el -arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre -como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente -crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de -espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está -en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor — que -crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol — era -juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que -esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se -puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á -reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor -una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí -toca, en<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>tiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al -pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun -dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso, -creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo -Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de -Sévigné es la mejor crítica de estilos <i>estudiados</i>.</p> - -<p>— Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La -versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas -que digan nuestros <i>grandes jueces</i>, hay, segun dice Bulwer, poetas que -nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos -admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas -con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su -elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto -lenguaje.</p> - -<p>— ¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.</p> - -<p>— No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.</p> - -<p>— ¿Y qué os parece?... ¿os gusta?</p> - -<p>— Me gusta y no me llena.</p> - -<p>— Es disparatado, opinó Sir George.</p> - -<p>— ¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un -clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay -perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay -perfeccion en la fe sino en la del carbonero.</p> - -<p>— Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte -imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.</p> - -<p>— No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras -religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin -afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me -hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes -cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la -naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de -mujer, que se forma por impresiones mas que por<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span> exámenes artísticos; mi -sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la -penetra.</p> - -<p>— ¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.</p> - -<p>— La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no -es una imitacion de la nuestra.</p> - -<p>— Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.</p> - -<p>— Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los -cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en -España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil -hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la -española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se -imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de -gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la -imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.</p> - -<p>Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, -con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera -posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.</p> - -<p>— D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la -galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que -yo hubiese pagado á peso de oro?</p> - -<p>— Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se -halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.</p> - -<p>— Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en -Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.</p> - -<p>— ¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien -caras.</p> - -<p>— Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.</p> - -<p>— Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.</p> - -<p>— Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia;<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span> lo llamo una -delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche -como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin -aliento.</p> - -<p>— Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya -las nueve y media; Paco se va ya.</p> - -<p>Efectivamente, este se despedia.</p> - -<p>Sir George y el Vizconde no se movieron.</p> - -<p>Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:</p> - -<p>— Amigo mio, no saldré esta noche.</p> - -<p>— ¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.</p> - -<p>— No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el -cañon de la chimenea.</p> - -<p>El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.</p> - -<p>D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, -interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y -observaba la noche.</p> - -<p>— ¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, -volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.</p> - -<p>— No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que -lo demuestre.</p> - -<p>— Gracias, señora, dijo friamente Sir George.</p> - -<p>— Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las -acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.</p> - -<p>— Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las -españolas no sufria andaderas?</p> - -<p>— Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son -trabas, y lo que son santos yugos.</p> - -<p>— Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas -están en el cielo ménos dos.</p> - -<p>D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.</p> - -<p>— Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles, -dijo Sir George con su séria burla.</p> - -<p>— ¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span> Inglaterra, -nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria -yo tan pronto en Lóndres, no.</p> - -<p>— Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el -que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el -criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al -hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.</p> - -<p>— ¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó -admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido -tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza. -Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan -buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.</p> - -<p>— Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron -solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo -soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir -George.</p> - -<p>— Señora... ¿me echais?</p> - -<p>— A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.</p> - -<p>— ¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de -esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un -estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas -apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?</p> - -<p>Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan -altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como -el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes -de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al -ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para -averiguar si es falsa ó no.</p> - -<p>— Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca -este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.</p> - -<p>— Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado -Sir George.</p> - -<p>— Calificadlo como gusteis.</p> - -<p>— No me gustan las mujeres cobardes, señora.<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span></p> - -<p>— ¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los -hombres valientes?</p> - -<p>— Que os burlabais de mí.</p> - -<p>— Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.</p> - -<p>— No es exacta la comparacion.</p> - -<p>— Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el -broquel que resguarda.</p> - -<p>— ¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y -talento, conserveis preocupaciones de convento!</p> - -<p>— No me pesan.</p> - -<p>— ¿Debo, pues, partir?</p> - -<p>— Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que -tengo en recibiros á mis horas señaladas.</p> - -<p>Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de -Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos -apasionado, sino mas engreido que nunca.</p> - -<p>— Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion, -pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni -atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde, -y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi -desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador -de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-c" id="CAPITULO_IV-c"></a>CAPITULO IV.</h3> - -<p>Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y -abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las -amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve -resfriado que habia tenido<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> Clemencia, fué el que le sirvió para ir á -casa de esta una prima noche.</p> - -<p>Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á -sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no -solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que -la erige casi en una elegante gracia social.</p> - -<p>Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad -de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico -de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles, -sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que -ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los -hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su -elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares, -en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer -que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido -de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que -no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo -propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte; -hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y -que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres -temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos -los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que -cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un -interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y -toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al -infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en -castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon -ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.</p> - -<p>Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en -ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las -mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó -aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre -todo si es<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>tas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no -bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia -provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.</p> - -<p>Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que -se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la -profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio -que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y -ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, -como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho -mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por -cuantos le conocian.</p> - -<p>Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de -Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus -tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el -que Clemencia distinguia.</p> - -<p>Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba -Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y -se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva, -pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia -no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.</p> - -<p>Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería -tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras -circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como -lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil -tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada -delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que -la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en -circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero -pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio -de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy -al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase -ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la -especie de Alegría.</p> - -<p>La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra -clase de agasajos mas directos. No hubo pre<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span>gunta que no le hiciese, -afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó -se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de -él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en -ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira, -armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se -estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en -el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin -faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á -que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas -y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre -predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el -hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su -prima.</p> - -<p>Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido -que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo -hiciese una mujer casada.</p> - -<p>Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su -hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy -sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y -animacion ficticia.</p> - -<p>Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes -secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el -corazon, y Sir George, que se dijo:</p> - -<p>— Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.</p> - -<p>— ¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo -D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.</p> - -<p>— No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para -estarlo, respondió Clemencia.</p> - -<p>— ¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis -á Madrid?</p> - -<p>— No señora.</p> - -<p>— Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver -cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal, -que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span></p> - -<p>— Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de -curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis -estado en Madrid?</p> - -<p>— No señor, contestó esta.</p> - -<p>— ¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño, -es preciso que Clemencia vea á Madrid.</p> - -<p>— Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis -licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.</p> - -<p>— ¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo -benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis -eso mismo á mi prima?</p> - -<p>— Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá -serle útiles mis servicios.</p> - -<p>— Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo -con inquietud: ¿os duele la cabeza?</p> - -<p>— No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras -noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.</p> - -<p>Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de -costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de -Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza, -aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato -y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la -delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene -sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las -emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.</p> - -<p>Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de -bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al -irse.</p> - -<p>Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se -halló sola, cuando vió entrar á Sir George.</p> - -<p>Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.</p> - -<p>— ¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George; -perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado -de esa mujer, que cual una pesada<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> nube ante el sol, se interponia entre -vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y -allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este -momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha -visto, no temais.</p> - -<p>— Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no -os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...</p> - -<p>— ¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla, -pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia -entre vos y yo.</p> - -<p>— Sin mi consentimiento...</p> - -<p>— ¿Queriais que os lo hubiese pedido?</p> - -<p>— Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi -aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!</p> - -<p>— Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un -colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la -severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os -amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede -retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?</p> - -<p>Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y -calló.</p> - -<p>— ¿Me aborreceis, pues Clemencia?</p> - -<p>Clemencia no contestó y bajó los ojos.</p> - -<p>— Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible -frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro -corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa -la causa de que seais tan inexorable?</p> - -<p>— ¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.</p> - -<p>— Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...</p> - -<p>Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas -se oia:</p> - -<p>— Bien veis que no os rechazo.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span></p> - -<p>— Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.</p> - -<p>Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar -su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.</p> - -<p>— ¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono -suplicante.</p> - -<p>— Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra -que decidirá del destino de mi vida.</p> - -<p>Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en -tono suave:</p> - -<p>— Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso -del momento, Clemencia.</p> - -<p>— Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué -os conduce á amarme?</p> - -<p>— Vuestra sin par belleza.</p> - -<p>Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la -mas lisonjera á la mujer.</p> - -<p>En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de -melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:</p> - -<p>— ¿Y no me amais por nada mas, Sir George?</p> - -<p>— ¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como -lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.</p> - -<p>¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien -ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su -íntimo ser le grita: <i>¡No es eso!</i></p> - -<p>La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor -de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho. -En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo -que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero -tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su -asentimiento.</p> - -<p>— ¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.</p> - -<p>Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una -sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su -gracia benévola:<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span></p> - -<p>— ¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo -consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió -con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis -que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.</p> - -<p>Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á -perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.</p> - -<p>Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas -reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba; -y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras -llegaban á dolorosa angustia.</p> - -<p>¿Quién decia á aquella <i>mujer niña</i>, que nada sabia de pasiones ni -concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no -ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni -introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter -al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas -aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera -pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La -gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas -difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de -ménos su reflejo.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-c" id="CAPITULO_V-c"></a>CAPITULO V.</h3> - -<p>No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor -propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de -su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen -de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no -tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de -ridículos.</p> - -<p>Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor,<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span> habia entrado en -casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el -juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce -que compensaba su <i>fiasco</i> en la emprendida conquista.</p> - -<p>Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el -Marques habia tenido celos de este su apasionado.</p> - -<p>Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas -quejas y recriminaciones.</p> - -<p>Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.</p> - -<p>— No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre -reir del mal que causas.</p> - -<p>— Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su -cara de pero de Ronda gustarme á mí.</p> - -<p>— No has hecho sino dirigirle la palabra.</p> - -<p>— Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he -reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.</p> - -<p>— Pero le has invitado á ir á Madrid.</p> - -<p>— Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco -costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya -sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y -se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa, -añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi -corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido -siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre -me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le -hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; — me -amedrentó; — el escándalo me asombró; soy dócil,—¡cedí! pero ceder no -era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.</p> - -<p>Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.</p> - -<p>Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.</p> - -<p>— Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado -el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que -valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que -sufrir; por eso siempre<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span> te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues -de ello te doy mas pruebas.</p> - -<p>Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no -vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de -Clemencia, y los venia siguiendo.</p> - -<p>Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente -reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la -inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.</p> - -<p>Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.</p> - -<p>Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en -un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija -Constancia.</p> - -<p>Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero. -En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.</p> - -<p>Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á -Constancia á media voz:</p> - -<p>— ¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.</p> - -<p>— Nada de estraño tendria, contestó esta.</p> - -<p>— ¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos, -hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido -no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere -su marido, cate Vd. ahí un <i>divursio</i>.</p> - -<p>— Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de -informarse del estado de la Marquesa.</p> - -<p>— ¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.</p> - -<p>— Salir de <i>sillas</i> y entrar en <i>Caribes</i>, esclamó Doña Eufrasia, que -queria decir Scila y Caríbdis.</p> - -<p>— ¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes? -preguntó Paco Guzman.</p> - -<p>— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán, -pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de -<i>contraposicion</i>.</p> - -<p>— Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span> ganso y vulgar -criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora, -¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla -Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres -Atlantes?</p> - -<p>Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.</p> - -<p>— ¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.</p> - -<p>— ¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué -plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas -aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican: -cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay -presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las -rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan -crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para -tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como -sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que -dispusiese un degüello de inocentes viudas.</p> - -<p>Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por -primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el -de víctima, y esclamó con énfasis:</p> - -<p>— Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados, -habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero -en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y -el fuego del cielo caerá sobre España como sobre <i>Coloma</i>.</p> - -<p>— Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para -remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia -costumbre que existe en el Malabar.</p> - -<p>— ¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba -en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.</p> - -<p>— Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene -esposa...<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p> - -<p>— Bien, ¿qué?</p> - -<p>— A esta interesante viuda...</p> - -<p>— Bien, ¿á esa interesante viuda?...</p> - -<p>— No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no.</p> - -<p>— ¿Pues qué se hace?</p> - -<p>— Se le enciende una hoguera.</p> - -<p>— ¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso?</p> - -<p>— Todos sus males.</p> - -<p>— ¿Sí?</p> - -<p>— Sí; pues en esa hoguera se quema ella.</p> - -<p>— ¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en -la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria -al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se -da por Dios, no hay que creerlo.</p> - -<p>— ¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En -aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se -avergonzaria de sobrevivir á su marido.</p> - -<p>— Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por -grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando -el ton sentimental y declamatorio.</p> - -<p>— No miente, mujer, — dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar -la disputa que le fatigaba oir; — me han dicho que eso se hace allá entre -unos salvajes que no son cristianos.</p> - -<p>— ¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que -Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa -<i>Samblea</i> de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus -herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion! -Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer -quemar á las viudas, porque eso se hace allá en <i>Malapar</i> ó en los -quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de <i>mitacion</i>. -¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa <i>Samblea</i> para qué ha nacido. -¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las -viudas! y ahora un<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span> mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo -todo lo sé, ¿está Vd.?</p> - -<p>— Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de -hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la -<i>pendencia</i>, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna -la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.</p> - -<p>— Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia -grasa.</p> - -<p>— Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.</p> - -<p>— Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré -á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.</p> - -<p>— No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.</p> - -<p>— Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme -á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?</p> - -<p>— El cuidado será mio, madre.</p> - -<p>Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y -suavidad.</p> - -<p>— ¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!</p> - -<p>— Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...</p> - -<p>— Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que -mi hija es muy torpe.</p> - -<p>Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el -rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que -dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría -acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se -le vino á las mientes.</p> - -<p>Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun -se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos -al Marques de Valdemar, que no concurrió.</p> - -<p>Alegría estaba inquieta.</p> - -<p>— ¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.</p> - -<p>— ¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span></p> - -<p>— Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.</p> - -<p>— Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.</p> - -<p>— ¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.</p> - -<p>— Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo -en Sevilla, repuso Alegría.</p> - -<p>— Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso: -algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á -verlo?</p> - -<p>— ¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se -haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de -eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.</p> - -<p>A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de -la Marquesa.</p> - -<p>— Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió -Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es -que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por -ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud -en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.</p> - -<p>La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase -mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.</p> - -<p>— ¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba -mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los -niños?</p> - -<p>— Se los ha llevado, respondió Alegría.</p> - -<p>— ¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.</p> - -<p>— Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se -pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido -que se hubiesen quedado.</p> - -<p>— Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.</p> - -<p>Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella -de agua, habia llenado un vaso, y se lo<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span> llevaba con mano trémula á los -labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.</p> - -<p>Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion; -lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por -la mañana sobre su tocador.</p> - -<div class="blockquot"><p class="nind"> -«Señora:<br /> -</p> - -<p>»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y -generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un -deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la -mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de -existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas -y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por -su honor.</p> - -<p>»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un -escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la -conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita -ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la -madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es -acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.</p> - -<p class="r"> -<span class="smcap">Valdemar.</span>»<br /> -</p></div> - -<p>Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de -arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella -posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo -tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se -sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que -pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre -cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las -hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á -las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas -generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas -de maldades que brotan las unas de las otras.</p> - -<p>Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone -indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de -esperar que la repentina ausencia del Marques<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> que se llevaba á sus -hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su -suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase -de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba -Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los -requilorios que fragua la maledicencia.</p> - -<p>Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para -Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones -sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de -ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco: -la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la -noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan -despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la -ausencia le habia enfriado.</p> - -<p>Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que -no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era -profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas -cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se -dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la -vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun -sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como -amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco -conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No -habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino -tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una -nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las -circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y -aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo -bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su -voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan -de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á -perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden -que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo -que pa<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span>sado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin -lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y -nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á -los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas -tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen -sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos -hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el -grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el -arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á -la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen -que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada, -basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el -hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.</p> - -<p>El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito, -esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por -desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En -los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor -propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo -desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia, -comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la -penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la -verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo -ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña -las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides -del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del -indiferentismo:—¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre -como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del -orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya -vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las -instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol -atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y -llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, <i>reaccion</i> á las -voces que gritan y gimen contra<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span> la tendencia que se afana en -desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y -cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán -llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que -empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat, -Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-c" id="CAPITULO_VI-c"></a>CAPITULO VI.</h3> - -<p>Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la -señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.</p> - -<p>Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á -complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al -vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su -ansia.</p> - -<p>El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á -casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así, -como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la -verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.</p> - -<p>La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de -la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda -jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman -lo habia calificado de <i>don rehusado</i>.</p> - -<p>— D. Galo, — dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen -la mayor parte de nuestras jóvenes,—¿qué me dice Vd. del lance de -Alegría Cortegana?</p> - -<p>— Nada sé, hija mia, contestó D. Galo.</p> - -<p>— Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho.</p> - -<p>— Ni afirmarlo tampoco, hija mia.</p> - -<p>— Sois muy prudente.</p> - -<p>— Decid mas bien ignorante, Lolita.</p> - -<p>— Vd. no sabe lo que no quiere saber.<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span></p> - -<p>— ¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como -sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel -y tan inflexible.</p> - -<p>— D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os -pronostico que no bailaréis bien la polka.</p> - -<p>— ¿Por qué no, hija mia?</p> - -<p>— Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las -piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta -memoria.</p> - -<p>— No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para -hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino -en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas -sobresaliente escolar de la universidad.</p> - -<p>— Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo -Lolita, aludiendo al lance de Alegría.</p> - -<p>Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un -oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento.</p> - -<p>— No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino -del lance de la Marquesa de Valdemar.</p> - -<p>Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores, -supuestos, de lo acaecido que sabemos ya.</p> - -<p>— No es cierto, dijo pausadamente D. Galo.</p> - -<p>— ¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los -mas urbanos.</p> - -<p>— ¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo -quiero decir que os han inducido en error.</p> - -<p>— Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de -combatir.</p> - -<p>— Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es -fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es -falso, no es difícil combatirlo.</p> - -<p>— Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir -cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos.</p> - -<p>— ¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span> todos, y por lo -tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho -á combatirla?</p> - -<p>— Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas.</p> - -<p>— Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y -atento, son inaveriguables como las del Nilo.</p> - -<p>— Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo -correr, puesto no les será posible atajar su corriente.</p> - -<p>Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura.</p> - -<p>— ¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora -de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas.</p> - -<p>— Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion, -D. Galo, dijo Lolita.</p> - -<p>— No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese -correspondido.</p> - -<p>— Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon, -tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.</p> - -<p>— Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta, -sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.</p> - -<p>— No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga -mas, si los corazones ó los merengues.</p> - -<p>— ¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora, -lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de -tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa -hasta de insubordinacion.</p> - -<p>— ¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y -fijando en D. Galo sus airados ojos.</p> - -<p>— La voz pública.</p> - -<p>— ¿Y vos lo repetís sin mas exámen?</p> - -<p>— Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo -afirmais, señor mio.</p> - -<p>— Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es -eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se -pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es -responsable de ellas.<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span></p> - -<p>Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo -dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é -íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le -daria una satisfaccion.</p> - -<p>— Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero -no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato -sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino -una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que -he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del -bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo -inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el -señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni -autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su -presencia á un ausente amigo suyo.</p> - -<p>¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á -estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su -mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento! -Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la -realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se -conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien -entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de -corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.</p> - -<p>Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D. -Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial, -celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid -de que se habia valido D. Galo para defender su causa.</p> - -<p>D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas -inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de -amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas -partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:</p> - -<p>— ¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un -contrario.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span></p> - -<p>— La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que -vale mas maña que fuerza.</p> - -<p>— ¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á -votar una corona de copos de lana.</p> - -<p>— Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un -Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich -arcádico.</p> - -<p>— D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por -rabiosa envidia.</p> - -<p>— Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido, -cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.</p> - -<p>D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia -con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.</p> - -<p>Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir -á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la -persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con -una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí -vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á -ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de -nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo -tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?</p> - -<p>Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases -francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas -las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo -para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian -que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas? -Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia -de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas -portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido -ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del -burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del -Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno -de los inventores del<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span> <i>Vaudeville</i>, furioso contra los calmosos y -graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste -y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?</p> - -<p>Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese -mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al -ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo -será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni -nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas -pasiones ó peores tendencias.</p> - -<p>Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de -malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir -unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar -las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente -pasatiempo de observarlos con benévola risa.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-c" id="CAPITULO_VII-c"></a>CAPITULO VII.</h3> - -<p>— ¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia -sentada á su chimenea con un folleto en la mano.</p> - -<p>— Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta, -contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!</p> - -<p>— Pero ¿qué palabras?</p> - -<p>— Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas -humanitarias.</p> - -<p>— Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que -por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia -en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.</p> - -<p>— No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.</p> - -<p>— ¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la -constante protectora de los pobres?</p> - -<p>— Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span> me es -antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me -parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal. -¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus -riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los -justos, — difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, — y la -voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera -la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud! -¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay -ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas -pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo -respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y -el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo -con mi gran poder? — Pero Sir George, Dios permite que de cuando en -cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son -una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres -cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los -ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus -cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que -yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la -cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y -se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de -Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con -nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa -ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir -George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?</p> - -<p>— ¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia, -fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la -humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que -bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y -aun necesario.</p> - -<p>— ¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos -castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span> despierta á la inerte -humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad? -¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien, -Sir George!</p> - -<p>— Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas: -<i>alcanza el fin sin reparar en los medios</i>.</p> - -<p>— Sir George, no hagais de una máxima de política, — generalmente seguida -por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas -achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro -país, — un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad. -Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que -se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta -creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que -guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria -Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais -<i>pasos de la humanidad</i>.</p> - -<p>— Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á -hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera -anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin -jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.</p> - -<p>— Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor, -parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.</p> - -<p>— El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.</p> - -<p>— ¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella -parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama -sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres -y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y -que ha llegado á su apogeo.</p> - -<p>— ¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe -preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que -vulgarizarse con una <i>banalidad</i>, repuso Sir George, y añadió alzando -los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte -años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es ca<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span>paz -de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es -hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por -ella sino algunos españoles.</p> - -<p>— No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh! -¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes -en sus bosques y desiertos!</p> - -<p>— Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los -países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un -sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue. -Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni -ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud -primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor -propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos -políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á -rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la -<i>adorada patria</i>.</p> - -<p>— Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones, -repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo -pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz -de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que -los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo -escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.» -Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais -bueno?</p> - -<p>— Creo que no deberia haber ninguno, señora.</p> - -<p>— Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis, -os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden -social, señor?</p> - -<p>— Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo -gobierno.</p> - -<p>— ¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en -los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado, -ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos -observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha -dicho: <i>El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional -del<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span> género humano</i>, y dice igualmente el profundo Balzac: «El -cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo -de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor -elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...<a name="FNanchor_10_10" id="FNanchor_10_10"></a><a href="#Footnote_10_10" class="fnanchor">[10]</a></p> - -<p>— ¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia, -esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la -vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!</p> - -<p>— ¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo -Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida -<i>divertida</i>, sino hacerla <i>buena</i>.</p> - -<p>— Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta -santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en -que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?</p> - -<p>— ¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los -otros?</p> - -<p>— Así es.</p> - -<p>— ¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido -vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no -llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre -él resbalan los verdaderos!</p> - -<p>— ¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?</p> - -<p>— Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil -enumerarlos.</p> - -<p>— Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí, -con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á -inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos -participais.</p> - -<p>— De ser espansiva me retrae vuestra ironía.</p> - -<p>— No, Clemencia, — dijo Sir George, tomando á uso de<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span> su país la mano de -su amiga, que apretó con cordialidad, — creed que el hombre viejo se -despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante -vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.</p> - -<p>— No dudo que sea vuestra intencion, pero...</p> - -<p>— ¿Pero?</p> - -<p>— ¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es -natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.</p> - -<p>— ¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma, -halcon?</p> - -<p>— No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe -precaver.</p> - -<p>— ¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y -desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?</p> - -<p>— ¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?</p> - -<p>— No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué -es lo que vos llamais goces?</p> - -<p>— Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los -que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad -esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da -formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo -que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica -con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se -esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma; -ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre -brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es -sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez -y debilidad del hombre y sus obras...</p> - -<p>— No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido -los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el -Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos -observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido -admirar <i>gozando</i>; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha -sur<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span>gido en mí este pensamiento: ¡<i>Qué de afectacion hay en los poetas!</i></p> - -<p>— ¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse -cuenta del por qué su corazon se le oprimia.</p> - -<p>— Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los -hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y -de las cosas.</p> - -<p>— ¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los -solteros? preguntó Clemencia.</p> - -<p>— Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo, -han marcado bien esto, llamando al casamiento <i>hacer un fin</i>.</p> - -<p>— Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven -que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?</p> - -<p>— Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno -padre de familia.</p> - -<p>Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y -amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:</p> - -<p>— ¿Pero no teneis madre?</p> - -<p>— ¡Ah! sí.</p> - -<p>— ¿Y no la amais?</p> - -<p>— Lo mismo que ella á mí.</p> - -<p>— ¿Y dónde está?</p> - -<p>— No sé, creo que viaja ahora por Italia.</p> - -<p>— ¿Y padre?</p> - -<p>— Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á -Tipoo-Saib una inmensa fortuna.</p> - -<p>Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era -bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen -las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su -hijo de ladron, era una <i>despreocupacion</i> que llenó de espanto á la -sencilla Clemencia.</p> - -<p>Sir George prosiguió sin notarlo:</p> - -<p>— Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su -sable, me cupo en herencia; no sé que hacer<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span> con él, ni sé si mi ayuda -de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia, -admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?</p> - -<p>— Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo -que no queda en el corazon.</p> - -<p>— Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena -voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una -de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis, -os acordaréis de mí, Clemencia.</p> - -<p>— Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.</p> - -<p>— Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan -bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.</p> - -<p>— Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi -corazon.</p> - -<p>— Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la -firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado; -ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.</p> - -<p>— Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la -voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria -que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.</p> - -<p>— Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como -el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.</p> - -<p>— Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?</p> - -<p>— Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un -gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es -vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha -proporcionado ningun goce.</p> - -<p>— ¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?</p> - -<p>— Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas -ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span> pedido: yo tendria un gran -placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los -otros.</p> - -<p>— Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso -de pedir prestado es una cosa demasiado <i>fashionable</i> para un hombre -oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas -antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese -la preferencia.</p> - -<p>— ¿Cuánto es su sueldo?</p> - -<p>— Siete mil reales.</p> - -<p>— ¿Os chanceais?</p> - -<p>— No por cierto.</p> - -<p>Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que -Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que -tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué -cosa risible encierra en sí el número de siete mil?</p> - -<p>— Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que -doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para -condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan -inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio, -ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas -de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de -igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo -mas encopetado de vuestra sociedad.</p> - -<p>— No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte -por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas -mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas -prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y -despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.</p> - -<p>— Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro -país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y -algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo -que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una -sábia cul<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span>tura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con -contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien -del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer, -porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La -aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no -existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos -en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad, -es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.</p> - -<p>— Pero señor, en Inglaterra...</p> - -<p>— No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos -millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.</p> - -<p>— Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder -siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.</p> - -<p>— El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais -al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.</p> - -<p>— Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir, -que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa -posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con -alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo -aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme -á mí, pobre anticulta española?</p> - -<p>— Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de -hecho y de derecho cuando son bellas, en todo <i>Olimpo</i>. Mas vos -entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no -tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de -Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una -lágrima, — sabeis que las aborrezco, — sino por una sonrisa. Pero decidme, -¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto -encomiais?</p> - -<p>Clemencia calló un rato.</p> - -<p>— ¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exal<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span>tados sentimientos -religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.</p> - -<p>— No hablemos de religion, Clemencia.</p> - -<p>— ¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.</p> - -<p>— Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la -conciencia del hombre, señora.</p> - -<p>— Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el -que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos -móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno -malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no -tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la -Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la -religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á -enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que -alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano: -<small>EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI</small>.</p> - -<p>— Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado -por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?</p> - -<p>— Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre -quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega -de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus -Apóstoles, no alcanzará esa redencion.</p> - -<p>— Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena -y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos -seréis la bienaventurada, y yo el condenado.</p> - -<p>— No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes -temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.</p> - -<p>— ¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!</p> - -<p>— Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de -abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento -al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas -prácticas; como mucho<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span> será disculpado al que, como vos, tuvo la -desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y -embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y -escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en -los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la -abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de -espíritu.</p> - -<p>— Pero, Clemencia, — preguntó Sir George, frio á toda la misericordia, -dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,—¿de qué goces religiosos -hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los -cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si -sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del -Alcoran.</p> - -<p>— Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus -argumentos con iguales armas como leal.</p> - -<p>— ¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George, -despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro -esclavo, hacerme vuestro prosélito?</p> - -<p>— No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del -asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien -esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios -mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni -la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la -familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le -distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese -caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado -Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este -hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y -que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden -llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este -hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del -siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha -juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué -títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este -hombre, tipo del espíritu<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span> de la época, ¿este es el fruto que ha sacado -del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio -escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría -del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el -corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero -esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador -nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos -en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias -creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los -habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre -que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin -faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y -que no sabe dónde le lleva.</p> - -<p>Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia -le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero -su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil -retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas <i>caían -por dentro</i> ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con -argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica -de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria -indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon, -despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon -en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?</p> - -<p>Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara, -pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos -y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:</p> - -<p>— Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?</p> - -<p>— Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis, -añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la -mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar -la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber -encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es -preciso<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span> que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra -del pauperismo.</p> - -<p>— No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu -propio, con vuestra propia mano.</p> - -<p>— No creo que esto sea preciso.</p> - -<p>— No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.</p> - -<p>— No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni -cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien -que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la -causa de la preocupacion de Clemencia.</p> - -<p>— Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en -este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á -pedir, — en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para -recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así -como para mover nuestros corazones á lástima, — es que deis mañana -limosna al pobre mas infeliz que halleis.</p> - -<p>— ¿Os complazco en ello?</p> - -<p>— Sí.</p> - -<p>— ¿Es una órden?</p> - -<p>— No, una súplica.</p> - -<p>— Es lo mismo.</p> - -<p>— Prefiero la complacencia á la obediencia.</p> - -<p>— ¿Pero para qué lo deseais?</p> - -<p>— Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en -hacerlo.</p> - -<p>— Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que -cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-c" id="CAPITULO_VIII-c"></a>CAPITULO VIII.</h3> - -<p>A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su -corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse -ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.</p> - -<p>Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas -un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante -para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse -con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto -á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion -variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel -de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los -de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo -que le era desconocido.</p> - -<p>Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto -interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:</p> - -<p>— Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?</p> - -<p>— ¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.</p> - -<p>— ¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?</p> - -<p>— ¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he -cumplido exactamente.</p> - -<p>— ¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.</p> - -<p>— Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy -hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi -culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he -sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en -obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé -mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse -á mi salud.</p> - -<p>Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.</p> - -<p>Sir George las notó y le preguntó:</p> - -<p>— ¿Qué teneis, Clemencia?</p> - -<p>— Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span></p> - -<p>— ¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella -retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os -falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo -de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?</p> - -<p>— ¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á -tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber -ántes á qué nos arrastra?</p> - -<p>— Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas -de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo -que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se -hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la -obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y -caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.</p> - -<p>— No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George, -pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el -lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social, -sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral. -¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco -desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor -esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta -del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente -como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es -el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras -partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais; -porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su -dignidad.</p> - -<p>— Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo -su serio sarcasmo Sir George.</p> - -<p>— ¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con -su bondadosa risa.</p> - -<p>— No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras -doctrinas.</p> - -<p>— ¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es -hermana de la inocencia.<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span></p> - -<p>— ¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio -para esas gemelas?</p> - -<p>— Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.</p> - -<p>— No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.</p> - -<p>— ¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que -ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante -malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.</p> - -<p>Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que -era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto -en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta -levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se -habia desprendido.</p> - -<p>¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las -causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!</p> - -<p>— ¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas -irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen -marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos -espera!</p> - -<p>— ¿Qué queréis decir con eso?</p> - -<p>— Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon, -Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me -daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.</p> - -<p>— ¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque -disimulada, susceptibilidad Clemencia.</p> - -<p>— Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no -tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de -vuestras usuales y bonitas espresiones, <i>premiosa</i> para corresponderle y -hacerme dichoso.</p> - -<p>— Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo -yo!</p> - -<p>— ¿Lo seriais quizas con el Vizconde? — repuso Sir George con mal -disimulada altanería,—¿y heme engañado creyén<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span>doos sincera? ¿Será el -instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?</p> - -<p>— ¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y -falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase, -lo que no creo.</p> - -<p>— ¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve, -cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se -puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo -delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos -inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un -tipo poco bello.</p> - -<p>— No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir -George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no -podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.</p> - -<p>— ¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la -desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el -cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos -perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.</p> - -<p>— ¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues, -que el amor se acaba?</p> - -<p>— Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un -estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El -amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas -pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que -tienen la romancesca candidez de jurarse ese <i>eterno amor</i>, esa utopia, -ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.</p> - -<p>— Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer -soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa -felicidad que fundais en amarme?</p> - -<p>— Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, <i>vous -m’amuserez</i>, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa -originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias, -y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme, -entretenerme, y alegrarme.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span></p> - -<p>— ¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas -tengo?</p> - -<p>— ¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto -mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas -virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad -cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la -tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida -Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de -virtudes.</p> - -<p>— Entre estas, supongo que será la primera la constancia.</p> - -<p>— Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler -Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló -sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era <i>tout -passe, tout casse, tout lasse</i>; y no querais hacer de la vida real un -idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y -sentimientos del mundo en que vais á entrar.</p> - -<p>— ¿Qué mundo?</p> - -<p>— El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único -teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis -pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?</p> - -<p>— Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó -Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que -han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no -para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo -exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto. -¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí -una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la -vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os -satisface.</p> - -<p>— No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que -disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento -que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes, -cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span></p> - -<p>— No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me -hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que -solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la -agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la -paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del -mundo.</p> - -<p>— ¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á -<i>filer le parfait amour</i>, y á regar las flores de lis de la fidelidad -con el Vizconde en su castillo de Belmont?</p> - -<p>— Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará -de todas mis demas virtudes.</p> - -<p>En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron -por el Vizconde.</p> - -<p>— Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar -mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso, -Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su -presencia á vos como á mí. Negáos.</p> - -<p>— ¡Imposible! ¿Desbarrais?</p> - -<p>— Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero -orgullo inglés Sir George.</p> - -<p>— Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas -y ridículas esterioridades.</p> - -<p>Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.</p> - -<p>— Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.</p> - -<p>— Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.</p> - -<p>— Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora, -tengo derecho á ser exigente.</p> - -<p>— Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi -carácter y de mi línea de conducta.</p> - -<p>— ¿Me rechazais?</p> - -<p>— Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.</p> - -<p>En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.</p> - -<p>— ¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas -fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.</p> - -<p>La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span> sintió un dolor -tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer -firme:</p> - -<p>— ¿Os vais?</p> - -<p>— Sí señora, me precisa.</p> - -<p>— ¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis -pronto?</p> - -<p>— No depende de mí, señora.</p> - -<p>Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-c" id="CAPITULO_IX-c"></a>CAPITULO IX.</h3> - -<p>Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su -noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan -abstraida que no lo notó.</p> - -<p>— ¡Pobre mujer! murmuró al fin.</p> - -<p>Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento.</p> - -<p>— ¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer -alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un -observador como el Vizconde entreveia lágrimas.</p> - -<p>— Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas -mujeres, en una sola les sois semejante.</p> - -<p>— ¿En cuál, señor?</p> - -<p>— En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.</p> - -<p>— ¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?</p> - -<p>— Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir -entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla -verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.</p> - -<p>— ¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.</p> - -<p>— ¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta -profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en -vuestro porvenir patente á mis ojos, como<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span> lo está lo pasado. No es hijo -del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un -cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas -susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!... -y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo -egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho -amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!</p> - -<p>— Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais, -suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni -ménos para erigiros en mi censor.</p> - -<p>— Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro -mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha -identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon -en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura -suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para -siempre!</p> - -<p>Clemencia calló inmutada.</p> - -<p>— Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el -ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal, -Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la -perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para -hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á -tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres -felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus -semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no -comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y -desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero -cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro -unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con -un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro -corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.</p> - -<p>— Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que -haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque -se va?<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span></p> - -<p>— ¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden.</p> - -<p>— ¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta -esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado -dudas al Vizconde.</p> - -<p>— ¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al -hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si -es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una -con mi ausencia.</p> - -<p>— ¡Qué! ¿tambien partís?</p> - -<p>Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de -un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion.</p> - -<p>— ¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con -luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas -importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos, -deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona -á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á -dejarse matar, no por la causa del <i>órden</i>, sino por la causa del -<i>bien</i>. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me -llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado -padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal -alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero -vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos... -¡compadecedme!</p> - -<p>El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre -sus manos.</p> - -<p>— ¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo -me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado?</p> - -<p>— ¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí? -pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin -que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el -dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos -méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque -resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes -femeninos, esparcís la felicidad que de ellos di<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span>mana, al rededor -vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas -tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida -hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria -sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el -porvenir!</p> - -<p>— Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis -ahora es afligirme.</p> - -<p>— Lo conozco, — repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño -de su dolor; — lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que -gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y -sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis -nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio, -graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas -bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona. -¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del -que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.</p> - -<p>Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano -que besó, y salió sin añadir mas que:</p> - -<p>— ¡Adios... Clemencia!</p> - -<p>Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se -encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.</p> - -<p>— ¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se -encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres -que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo -porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño? -¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas -escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el -amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y -justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las -cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon? -¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como -opina el Vizconde?<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span></p> - -<p>Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta -escrita en frances.</p> - -<p>(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en -su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la -visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su -despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian -abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el -fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)</p> - -<div class="blockquot"><p>«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los -novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó -bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga, -se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales -cristianas, de rosario en mano.</p> - -<p>«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una -imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener -derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con -vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con -sus artificios mundanos.</p> - -<p>«Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y -chilindrinas, hay uno que dice <i>ó César ó cesar</i>, y del que os -suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea <i>esclusiva</i> -y <i>decididamente</i>, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas -cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo -sentimental.</p> - -<p>«Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme -al espíritu del Evangelio.</p> - -<p class="r"> -<span class="smcap">George Percy.</span>»<br /> -</p></div> - -<p>Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva -como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus -oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.</p> - -<p>Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran -mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener -curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida -internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada -la insolencia;<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span> pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo -contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia -en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es -que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.</p> - -<p>Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que -no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una -indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas -terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y -sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con -valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo -lo analizó con firme é imparcial voluntad.</p> - -<p>— ¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber -sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia -voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta, -al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde -que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un -cuerpo vivo á un cadáver!</p> - -<p>Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su -razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro, -á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió -serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos, -irrevocable la resolucion que le sugirieron.</p> - -<p>— ¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en -mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: <span class="smcap">¡SI LUCHA HAY -HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON!</span> Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la -siguiente carta:</p> - -<div class="blockquot"><p>«Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra -carta, <i>ó César ó cesar</i>, opto por lo segundo.</p> - -<p>«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy -es un fallo.</p> - -<p class="r"> -<span class="smcap">Clemencia Ponce.</span>»<br /> -</p></div><p><span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span></p> - -<p>Al mismo tiempo escribió esta otra:</p> - -<div class="blockquot"><p>«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas -saberlo, tu prima</p> - -<p class="r"> -<span class="smcap">Clemencia.</span>»<br /> -</p></div> - -<p>Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su -ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se -arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta -escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido -quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No -obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia -causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á -amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las -heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio: -hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de -vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado -con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No -obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama, -y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á -quien quiere!—¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese -tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que -empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos -y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!</p> - -<p>Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la -señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero -reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar -pasar el primer ímpetu de indignacion.</p> - -<p>A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma -respuesta.</p> - -<p>Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á -Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde -no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles -ingleses, y se quedó dormido.<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span></p> - -<p>A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.</p> - -<p>— ¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.</p> - -<p>Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente -parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un -epíteto agrio.</p> - -<p>— ¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su -director.</p> - -<p>Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.</p> - -<p>A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.</p> - -<p>Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion -que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su -tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.</p> - -<p>— Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te -sientes indispuesta?</p> - -<p>— No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no -tienen siempre los mismos matices, Constancia.</p> - -<p>— ¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.</p> - -<p>— Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!</p> - -<p>Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.</p> - -<p>— Ahí está uno, dijo.</p> - -<p>— ¿Y qué quiere? preguntó Constancia.</p> - -<p>— ¡Toma! un ratito de conversacion.</p> - -<p>— Pero... ¿quién es ese?</p> - -<p>— El señor de Jesu-Cristo.</p> - -<p>— ¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la -cara.</p> - -<p>— ¿Pues no se llama <i>asin</i>? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir -George, Monte-Cristo.</p> - -<p>— No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.</p> - -<p>— ¿E qué le digu?</p> - -<p>— ¿Madre, le recibiréis?<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span></p> - -<p>— No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.</p> - -<p>— Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz -suplicatoria.</p> - -<p>— Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí -acompañando á tu madre; que para eso he venido.</p> - -<p>Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en -el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado, -donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:</p> - -<p>— Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero -sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió -Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría -<i>intercaliente</i>; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un -dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero <i>cuidiau</i> que no -saben curar.</p> - -<p>La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser -lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse -mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas -tijeras.</p> - -<p>Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo -infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:</p> - -<p>— No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la -asistencia de la enferma.</p> - -<p>— Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las -gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de -su lado.</p> - -<p>Sir George saludó y salió.</p> - -<p>Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, -el coraje y el temor.</p> - -<p>Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de -sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas -instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en -un momento de celos y de despecho.</p> - -<p>Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia des<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span>prestigiado con -ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso -pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas -falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.</p> - -<p>La venda habia caido.</p> - -<p>Clemencia no contestó.</p> - -<p>Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer -de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el -poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida -por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y -esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas -elocuente.</p> - -<p>Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.</p> - -<p>Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en -aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era -posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida -habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, -todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el -solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia -intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, -su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus -sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la -vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; -en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.</p> - -<p>¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de -reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, -el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de -un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió -carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de -pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en -vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo -convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span></p> - -<p>Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos -eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su -corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj -estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó -por reirse con agrio desden de sí mismo.</p> - -<p>— ¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! -¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, -sino apagando la llama de la vida!</p> - -<p>Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que -le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que -queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido -sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su -melodiosa arpa.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_X-c" id="CAPITULO_X-c"></a>CAPITULO X.</h3> - -<p>Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en -camino. — Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun -pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: -¡dichoso yo si puedo serle útil!</p> - -<p>Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de -bien venida, cuando le dijo Clemencia:</p> - -<p>— Pablo, ¿me amas aun?</p> - -<p>Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada -pregunta, que no contestó.</p> - -<p>— Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.</p> - -<p>— No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi -respuesta, dijo este al fin.</p> - -<p>— Será entónces para oirla.</p> - -<p>— ¿Y con qué objeto quieres oirla?<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span></p> - -<p>— Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo -para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le -correspondo.</p> - -<p>— ¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de -emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?</p> - -<p>— No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de -que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad, -segun yo la entiendo.</p> - -<p>— ¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por -comparacion?</p> - -<p>— Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te -confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo -desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues, -dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no -creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan -ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo -bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo -alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que -razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la -vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el -sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir, -Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero, -me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.</p> - -<p>Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si -tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada -en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor: -<i>la virtud sin clemencia, es orgullo</i>. Entre los dos, Pablo, no debe -haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una -profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de -nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible, -nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.</p> - -<p>— ¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span></p> - -<p>— En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar -y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer -esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo -corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que -una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los -inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no -saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este -barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir -de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado -con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que -sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para -el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la -delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo -primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy -á ser con entusiasmo, eres lo segundo.</p> - -<p>— Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido -Pablo.</p> - -<p>— ¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! -Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la -constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con -que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por -compañero ante Dios y los hombres.</p> - -<p>— Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos -para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el -cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?</p> - -<p>Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de -Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo -apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.</p> - -<p>— Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un -capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span></p> - -<p>— Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: -es porque <small>TU</small> eres <small>TU</small>.</p> - -<p>— ¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que -te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?</p> - -<p>— Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son -gratos y simpáticos y me seducen, porque <small>SON TUYOS</small>. Róbete un mal tu -hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te -amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria -muerta... como te he amado sin esperanzas!</p> - -<p>— ¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, -apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles -manos de su primo.</p> - -<p>Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con -ellos café.</p> - -<p>Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando -despues de una corta tempestad le sonríe el sol.</p> - -<p>— ¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del -rico licor que se hace en el puerto de Santa María.</p> - -<p>Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir -George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la -delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un -sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á -la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la -llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. -Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y -tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un -áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que -contestó con sincera y alegre exaltacion:</p> - -<p>— Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis -<i>olimpiadas</i>. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser -sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span></p> - -<p>— No atino, hija mia.</p> - -<p>— Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: -no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.</p> - -<p>D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su -copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la -sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia -particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él -cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así -como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente -colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. -Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del -casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, -el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:</p> - -<p>— ¿Que os casais? ¿De veras?</p> - -<p>— ¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las <i>sábias</i>, ademas de otras -desgracias, la de ser incasables?</p> - -<p>— Pero... — dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y -esperando aun que lo dicho fuese una broma;—¿pero... quién es el -dichoso?</p> - -<p>— El dichoso,—¡porque á fe mia que lo será! — es D. Pablo Ladron de -Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.</p> - -<p>Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.</p> - -<p>— ¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, -felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están -predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que -vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los -modernamente designados con la palabra inglesa <i>dandy</i>, se decia á sí -mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas -de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y -la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo -contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he -llevado chasco! — no seré el solo.<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span></p> - -<p>— D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero -que no me importa que todo el mundo lo sepa.</p> - -<p>— A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca -sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.</p> - -<p>Vamos, añadió para sí, — echando con disimulo el lente á Pablo, que en -este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia -una carta á Villa-María, — sobre gustos no hay nada escrito. Cuando -Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me -persuado que no está á la vista.</p> - -<p>A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la -tertulia de la señora de la Tijera.</p> - -<p>— Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de -cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.</p> - -<p>Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:</p> - -<p>— ¿Es triste ó alegre?—¿Pertenece á la alta ó baja política?—¿Es -jocosa ó fúnebre?—¿Es auténtica ó apócrifa?—¿Es de luengas -tierras?—¿Es indígena?—¿Es redonda?—¿Ha venido por telégrafo?</p> - -<p>— Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para -dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista, -sorprendente y estraordinaria.</p> - -<p>— Ea pues, decidla, esclamó Lolita.</p> - -<p>D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así -el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.</p> - -<p>— D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona, -que es fama que apunta, pero no da.</p> - -<p>— D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la -curiosa Lolita.</p> - -<p>— No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya -en el arte de <i>hacer efecto</i>.</p> - -<p>— Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en -mi vida he tenido un dolor de cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> el de Dolores. Rojas, contadnos -qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.</p> - -<p>Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se -puso á talrarear:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Las solteras son de oro,<br /></span> -<span class="i0">Las casadas son de plata,<br /></span> -<span class="i0">Las vïudas son de cobre,<br /></span> -<span class="i0">Y las viejas de hojalata.<br /></span> -</div></div> -</div> -<p>— ¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las -viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados -quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los -veinte mayos no les hacen caso.</p> - -<p>— En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia, -dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la -publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.</p> - -<p>D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en -los que procuró poner toda la chuscada indígena.</p> - -<p>— ¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.</p> - -<p>— ¿Quién es el engañado? añadieron ellos.</p> - -<p>— ¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.</p> - -<p>— Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.</p> - -<p>— Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.</p> - -<p>D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la -atencion, repuso:</p> - -<p>— Pues sabed que se casa Clemencita.</p> - -<p>— ¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.</p> - -<p>— ¿Con Carlo-Magno? añadió otra.</p> - -<p>— No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.</p> - -<p>— Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en -el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?</p> - -<p>— ¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe -D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span> sabeis que tengo mala suerte y -solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...</p> - -<p>— ¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.</p> - -<p>— No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.</p> - -<p>— ¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como -manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con -quién fué á dar la <i>sábia</i>! ¡Yo que creí que se iba á casar con el -Liceo!</p> - -<p>— Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.</p> - -<p>— ¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara -que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran -boda; ¡ya sabe!</p> - -<p>— Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos -justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion -el que <i>saben mucho</i>, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, -que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal -y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de -aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar -sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las -otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán -ciertamente á otras causas que á su <i>saber</i>, en el sentido dicho. Quien -atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.</p> - -<p>— Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la -señora de la Tijera.</p> - -<p>— Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., -Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos -elogios de V.</p> - -<p>— Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia -Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que -procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el -pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.</p> - -<p>— No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span></p> - -<p>— ¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la -Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; -así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.</p> - -<p>— Que era mucho, repuso D. Galo.</p> - -<p>— Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero -de la casa.</p> - -<p>— Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.</p> - -<p>— Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, -observó D. Galo.</p> - -<p>— Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.</p> - -<p>— ¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.</p> - -<p>¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y -malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los -hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de -rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa -que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco -precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido -suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad -y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la -prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu -hostil que en ella vive y reina.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_XI-c" id="CAPITULO_XI-c"></a>CAPITULO XI.</h3> - -<p>Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir -George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de -Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este -le recibió con una de esas sonrisas <i>prestadas</i>, como dicen los -franceses,<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span> que era en el altivo <i>Gentleman</i> la espresion de la suma -distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se -desdeñaba de desdeñar.</p> - -<p>D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si -bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la -satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer -confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que -apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una -sonrisa colosal:</p> - -<p>— El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.</p> - -<p>— ¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar? -respondió este.</p> - -<p>— Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba -era que en esto tuviese interes Sir George.</p> - -<p>D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza -y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa -grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é -interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su -observacion benévola y superficial.</p> - -<p>— ¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, -Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente -coronela Matamoros?</p> - -<p>— No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, -buena como no otra.</p> - -<p>— Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y -tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas -señas quién pueda ser.</p> - -<p>— Pues os diré — D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho — que -es nuestra apreciable y querida Clemencia.</p> - -<p>— ¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.</p> - -<p>No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al -ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos -centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.</p> - -<p>— ¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span> malhadado esplin de -los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si -buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... -¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! -¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió -volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su -rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues -nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:</p> - -<p>— No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y -ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto -aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, -que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no -seria capaz de publicarlo.</p> - -<p>— ¿Ella os lo ha dicho?</p> - -<p>— Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y -serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado -Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un -tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para -regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.</p> - -<p>D. Galo hizo una pausa.</p> - -<p>— ¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria -abreviar la conferencia.</p> - -<p>— Que no se lo digais.</p> - -<p>— ¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que -habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual -sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro -favor.</p> - -<p>— No teneis sino mandar: ¿cuál es?</p> - -<p>— Que os vayáis.</p> - -<p>D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la -aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos -tamaños, y estuvo por sacar el lente.</p> - -<p>Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que -cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span></p> - -<p>— Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso -quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...</p> - -<p>— Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está -un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate -mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de -cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en -latin <i>altea</i>) os harian mucho bien.</p> - -<p>Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir -George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:</p> - -<p>— Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?</p> - -<p>D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le -hubiesen pinchado con una espada.</p> - -<p>— Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo -deseo que Vd. se alivie.</p> - -<p>— Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes -Sir George.</p> - -<p>Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió -en la calle en seguridad, cuando se dijo:</p> - -<p>— ¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de -los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano -suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo -que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no -estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!</p> - -<p>D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.</p> - -<p>— ¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal -rato que he pasado.</p> - -<p>— ¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?</p> - -<p>— Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!</p> - -<p>— Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.</p> - -<p>— ¿Porqué... Clemencita?...<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span></p> - -<p>D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que -decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.</p> - -<p>— Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo -inquietaba.</p> - -<p>— Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.</p> - -<p>— Sabeis que soy callada, D. Galo.</p> - -<p>— Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de -atencion.</p> - -<p>— Ciertamente. ¿Y bien?...</p> - -<p>— Pues sabréis que D. Jorge estaba...</p> - -<p>D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un -ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.</p> - -<p>— No os entiendo, repuso Clemencia.</p> - -<p>— Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, -añadió: ¡ebrio!</p> - -<p>— ¡Ebrio! esclamó esta asombrada.</p> - -<p>— Como una cuba, repuso D. Galo.</p> - -<p>D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, -y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en -el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le -chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado -al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así -fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y -duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la -esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un -corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, -resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.</p> - -<p>Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se -paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas -violento, y se decia:</p> - -<p>— <i>¡Joué!</i> ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer -que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el -campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y -ascético! ¡Y<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las -españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. -La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido -ni aun verla! — Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No -conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo -mujeril.—¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué -insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, -ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, -inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha -dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se -aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una -criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la -melodía! Ella me rejuvenecia — á su lado vivia — me animaba — me -alegraba! — sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado -tinte. — Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus -piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer -no era artificiosa, — no; pero está llena de supersticiones: — me habria -querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace -que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado -á mí mismo la patente de machucho.</p> - -<p>Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un -cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:</p> - -<p>— Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia -Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge -tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo -conocido fastidia, busquemos lo desconocido.—¡Ah! añadió, ¡solo una -cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz -fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero -no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, -mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. -No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span> era á -costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, <i>all -is well that ends well</i>. Bien está lo que en bien acaba.</p> - -<h3><a name="CAPITULO_XII-c" id="CAPITULO_XII-c"></a>CAPITULO XII.</h3> - -<p>— Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto -ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.</p> - -<p>— ¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos -aquí?</p> - -<p>— No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por -complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en -donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha -apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama -con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que -no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver -esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de -dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el -bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos -de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida, -se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su -madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la -sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las -dejé mis habitaciones?</p> - -<p>— Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu -ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las -huellas de mis lágrimas.</p> - -<p>— ¿Y mis flores?</p> - -<p>— Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.</p> - -<p>— ¿Y mis pájaros?<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span></p> - -<p>— Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.</p> - -<p>— ¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion -la mano de su primo.</p> - -<p>— Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, -debo partir mañana.</p> - -<p>— Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.</p> - -<p>— Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal -suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.</p> - -<p>— Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, -será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha -servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar -doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad -que allí ostentaron sus anteriores dueños.</p> - -<p>Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus -primas.</p> - -<p>— Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa -boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.</p> - -<p>— Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á -tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente -desconfiado.</p> - -<p>— En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se -desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.</p> - -<p>— ¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.</p> - -<p>— Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió -Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no -deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion -el campo?</p> - -<p>— ¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose.</p> - -<p>— Si se <i>entierra</i> la mujer que se propone vivir en el hogar de sus -mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los -hijos que Dios les diere, creo, Alegría,<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span> que toda buena casada vestirá -con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que -la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar -de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de -esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las -diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así -truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer?</p> - -<p>— Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de -renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano, -sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros.</p> - -<p>— Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania, -viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo -pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando; -nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en -Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega, -eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una -degeneracion, pues no es noble el que es descastado.</p> - -<p>— Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos -lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas -aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya, -vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para -desarraigar añejas preocupaciones!...</p> - -<p>— La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su -lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y -dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia -con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran -cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la -casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso -que durará mucho, Alegría.</p> - -<p>— Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los -años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span></p> - -<p>— No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás -cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan -bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu -conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un -tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle -grata.</p> - -<p>— ¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas -mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que -aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante -frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el <i>santo yugo ligero</i>; -pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera; -pues te entierras en vida, ¡<i>séate la tierra ligera!</i></p> - -<p>Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La -víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no -estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la -mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una -boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró.</p> - -<p>— ¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto; -no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.</p> - -<p>— Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros -que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos -faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto -de veros...</p> - -<p>— El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una -sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos -habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...</p> - -<p>— Y como no os veo ya en casa de Clemencia...</p> - -<p>— Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la -tarde y noche.</p> - -<p>— ¿No me habeis dicho que se casa?</p> - -<p>D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:</p> - -<p>— ¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero -ya lo sabe todo el mundo.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span></p> - -<p>— Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.</p> - -<p>— Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os -puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de -mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que -Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo -como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él -hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones -que lo sorprendieron en su cortijo...</p> - -<p>— ¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas <i>bandoléricas</i>; estoy -cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.</p> - -<p>— Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte -de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la -primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio -milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.</p> - -<p>Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.</p> - -<p>— Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas, -dijo Sir George con la mayor seriedad.</p> - -<p>— ¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando -que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da -vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D. -Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de -su talento y buen juicio.</p> - -<p>Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor, -que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo: -Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia <i>corta gana</i> de ser -el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.</p> - -<p>Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á -rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:</p> - -<p>— He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es -posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar, -deseo recibir de vos un favor.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span></p> - -<p>— Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D. -Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.</p> - -<p>— Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á -los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo -de presentar una en mi nombre á Clemencia.</p> - -<p>— ¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe -mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba -regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D. -Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única... -y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge.</p> - -<p>D. Galo se estiró los picos del chaleco.</p> - -<p>Sir George calló un rato, y dijo despues:</p> - -<p>— Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que -encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno -grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias, -yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve -una mia.</p> - -<p>— Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo -buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo -competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta -ocasion no es necesaria.</p> - -<p>— No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente -demas.</p> - -<p>Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su -corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.</p> - -<p>Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener -noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que -nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en -la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en -favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien -pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir -despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un -obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion -vanidosa, deseando<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en -la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello, -poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y -el arrepentimiento de un noble pecho.</p> - -<p>Sir George salió aquella noche para Cádiz.</p> - -<p>A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron -Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.</p> - -<p>Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa, -pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y -sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus -nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los -demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:</p> - -<p>— ¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!</p> - -<p>Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y -pedirle los dulces de la boda.</p> - -<p>Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló -en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves -fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle -la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que -conserva y da culto el amor á los recuerdos.</p> - -<p>Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que -despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á -pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba -con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su -escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:</p> - -<p>— ¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella -gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que -la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no -acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que -deseo verla.</p> - -<p>— Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza -conserva la infancia á tu corazon.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span></p> - -<p>Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la -cedulita y leyó:</p> - -<p>— <span class="smcap">Bien sabe la rosa...</span></p> - -<p>— <span class="smcap">¡En que mano posa!</span> esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y -apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.</p> - -<p>FIN.<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span></p> - -<h3><a name="EPILOGO" id="EPILOGO"></a>EPILOGO.</h3> - -<p>Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero, -Clemencia y Pablo.</p> - -<p>El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado; -pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la -felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes -periódicos que habian acabado de llegar.</p> - -<p>— Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el <i>Univers</i>, periódico -frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar.</p> - -<p>— ¿Quién? preguntó Clemencia.</p> - -<p>— El Vizconde Cárlos de Brian.</p> - -<p>— Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él?</p> - -<p>Pablo leyó:</p> - -<p>— «En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso -demócrata el Visconde Cárlos de Brian.»</p> - -<p>«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo -perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia -parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las -jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á -viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á -Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En -él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su -mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida -doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p> - -<p>— ¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se -encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.</p> - -<p>— Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que -salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla -de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.</p> - -<p>— Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?</p> - -<p>Pablo leyó:</p> - -<p>— «El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su -Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su -tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso -de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe -del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un <i>meeting</i> -protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de -diferentes tamaños, como al Lord Wellington.</p> - -<p>— ¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué -seriedad inventas y emites despropósitos!</p> - -<p>— No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy -probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá, -despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y -quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en -los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas <i>ilustrado</i> y -<i>tolerante</i> de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de -cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías -anglicanas, ¿qué se podrá dudar?</p> - -<p>Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse. -¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro -pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais -esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será -el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su -madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span></p> - -<hr /> - -<h3><a name="SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS" id="SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS"></a> -SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS.</h3> - -<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary=""> -<tr valign="top"><td align="left">Abuhado.</td><td align="left">Hinchado.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Abulaga.</td><td align="left">Planta silvestre cubierta de espinas.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Acigüatado.</td><td align="left">Parado, caido.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Arrapiezo.</td><td align="left">Malo y despreciable sujeto.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Arrufar.</td><td align="left">Dar empuje ó alas.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Arrumales.</td><td align="left">Disparates.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Ayuncar.</td><td align="left">Meterse en trabajos.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Cancha ruda.</td><td align="left">Chica y gorda.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Chirlar.</td><td align="left">Hablar mucho y recio.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Coca.</td><td align="left">Cabeza.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Colodra.</td><td align="left">Vasija que usan los pastores para ordeñar.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Cuaco.</td><td align="left">Rudo, ganso, ignorante.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Fanganina.</td><td align="left">Enredo.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Frondío.</td><td align="left">Mal humorado, displicente.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Gallorear.</td><td align="left">Levantar la voz con impertinencia.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Gatatumbas.</td><td align="left">Zalamerías.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Glotura.</td><td align="left">Golosina.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left"><span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>Macarroño.</td><td align="left">Corrompido, probablemente tomado de <i>macarse</i>, empezar á podrirse.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Mamanton.</td><td align="left">El que saca ó chupa de otro.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Marchanas.</td><td align="left">No irse las marchanas significa <i>tener presencia de ánimo</i>.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Monfí.</td><td align="left">Nombre que se daba á ciertos moros <i>malhechores y bravíos</i>.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Mormajo.</td><td align="left">Gran disparate.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Musitar.</td><td align="left">Murmurar entre dientes.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Paripé.</td><td align="left">Engaño hipócrita.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Pechecilla.</td><td align="left">Nombre que se da á las que ya no son niñas ni mozuelas aun.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Rala.</td><td align="left">Caridelantera, raida.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Raspagona.</td><td align="left">Descarada, atrevida.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Reana.</td><td align="left">Círculo grande y apiñado de gentes.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Rejo.</td><td align="left">Robustez, fortaleza.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Sibibil.</td><td align="left">Pito de alcacer.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Singuilindango. </td><td align="left">Cualquier cosa.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Surrar.</td><td align="left">Encogerse de miedo.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Toston.</td><td align="left">Pedazo de pan tostado que se come con aceite y sal.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Tuero.</td><td align="left">Leño cortado para quemar.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Turraco.</td><td align="left">Arbol caido, sin rama ni corteza.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Tute.</td><td align="left">Juego de naipes ordinario.</td></tr> -<tr valign="top"><td align="left">Visorar.</td><td align="left">Lo mismo que columbrar.</td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span></p> - -<p class="fint">Leipzig. — En la imprenta de F. A. Brockhaus.</p> - -<div class="footnotes"><p class="cb"><a name="NOTAS" id="NOTAS"> </a>NOTAS:</p> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_1_1" id="Footnote_1_1"></a><a href="#FNanchor_1_1"><span class="label">[1]</span></a> Estas losas se suelen poner en Sevilla en la pared, en años -de grandes avenidas, para marcar la altura á que han llegado las aguas.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_2_2" id="Footnote_2_2"></a><a href="#FNanchor_2_2"><span class="label">[2]</span></a> Casa de locos de Sevilla.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_3_3" id="Footnote_3_3"></a><a href="#FNanchor_3_3"><span class="label">[3]</span></a> Hemos disfrazado, no solo el nombre de este individuo, sino -hasta el del pueblo en que vivia, por ser un exacto retrato, hasta en -los mas mínimos pormenores, de una persona que murió ha pocos años: los -cuales todos hemos recogido con la mayor y mas esmerada exactitud.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_4_4" id="Footnote_4_4"></a><a href="#FNanchor_4_4"><span class="label">[4]</span></a> Frase con que significa el pueblo en Andalucía, lo que es -estranjero dándole como se ve, un sentido directamente contrario: acaso -sea síncope mal hecha de <i>es de otra nacion</i>.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_5_5" id="Footnote_5_5"></a><a href="#FNanchor_5_5"><span class="label">[5]</span></a> Es decir, á arar y cavar.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_6_6" id="Footnote_6_6"></a><a href="#FNanchor_6_6"><span class="label">[6]</span></a> Este rasgo referido exactamente, pertenece á la difunta y -poderosísima viuda de Quintanilla de Carmona, que fué una de las señoras -mas nobles, ricas y caritativas de Andalucía. Muchas veces hemos oido -preguntar á los estranjeros y personas ricas de las ciudades, ¿en qué -gastan esos poderosos propietarios de tierra adentro, que viven -oscuramente, sus rentas? Respondan los pobres de los pueblos á esta -pregunta.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_7_7" id="Footnote_7_7"></a><a href="#FNanchor_7_7"><span class="label">[7]</span></a> Volvemos á repetir que este rasgo como todos los demas -concernientes á D. Martin, son ciertos y positivos.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_8_8" id="Footnote_8_8"></a><a href="#FNanchor_8_8"><span class="label">[8]</span></a> Mr. Charles Dupin, Presidente de la comision francesa en la -Esposicion de Lóndres, dice en su carta de despedida al príncipe -Alberto: -</p><p> -«Frances, y vano de este título, no somos de esos cosmopolitas que -suprimen la patria con el fin de sustituirle abstracciones nebulosas y -adorar las <i>tablas-rasas</i>: no somos de los que sueñan para el porvenir -con la desaparicion de los tipos sagrados que caracterizan las razas y -las nacionalidades. La hermosura y la grandeza desaparecerian de la -tierra, si por un efecto de magia sus montes se allanasen, sus valles se -alzasen á la par que los hombres, adquiriendo los animales y las plantas -todas las mismas proporciones y el mismo color, se adaptasen á un mismo -nivel, el que se pareceria á la nada á fuerza de uniformidad.»</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_9_9" id="Footnote_9_9"></a><a href="#FNanchor_9_9"><span class="label">[9]</span></a> De la que ha dicho Víctor Hugo: -</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Peuple à peine essayé,<br /></span> -<span class="i0">Nation du hasard,<br /></span> -<span class="i0">Sans tige, sans passé,<br /></span> -<span class="i0">Sans histoire, et sans arts.<br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">Pueblo apénas ensayado,<br /></span> -<span class="i0">Nacion de casualidad,<br /></span> -<span class="i0">Sin un tronco, sin pasado,<br /></span> -<span class="i0">Ni historia, ni artes jamas.<br /></span> -</div></div> -</div></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_10_10" id="Footnote_10_10"></a><a href="#FNanchor_10_10"><span class="label">[10]</span></a> Dice Custine: Solo en el órden religioso es permitido -esperarlo todo del porvenir y prohibido retrogradar hácia lo pasado: -solo ahí está el progreso indefinido, porque la religion es una cadena -cuyo primer eslabon está en la tierra, y el último en el cielo.</p></div> - -</div> -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA *** - -***** This file should be named 60284-h.htm or 60284-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/2/8/60284/ - -Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided -that - -- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is - owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he - has agreed to donate royalties under this paragraph to the - Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments - must be paid within 60 days following each date on which you - prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax - returns. Royalty payments should be clearly marked as such and - sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the - address specified in Section 4, "Information about donations to - the Project Gutenberg Literary Archive Foundation." - -- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or - destroy all copies of the works possessed in a physical medium - and discontinue all use of and all access to other copies of - Project Gutenberg-tm works. - -- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any - money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days - of receipt of the work. - -- You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm -electronic work or group of works on different terms than are set -forth in this agreement, you must obtain permission in writing from -both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael -Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the -Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -public domain works in creating the Project Gutenberg-tm -collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic -works, and the medium on which they may be stored, may contain -"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or -corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual -property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a -computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by -your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium with -your written explanation. The person or entity that provided you with -the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a -refund. If you received the work electronically, the person or entity -providing it to you may choose to give you a second opportunity to -receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy -is also defective, you may demand a refund in writing without further -opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/60284-h/images/colofon.png b/old/60284-h/images/colofon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 25939f8..0000000 --- a/old/60284-h/images/colofon.png +++ /dev/null diff --git a/old/60284-h/images/cover.jpg b/old/60284-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 020ed30..0000000 --- a/old/60284-h/images/cover.jpg +++ /dev/null |
