summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
authornfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-01-27 10:39:07 -0800
committernfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-01-27 10:39:07 -0800
commit66dc47f5c2b13611eb24ab9524d7522fc6cb106b (patch)
tree7adb7a264cb717fd630af1e6efc52c88d2cfa790
parent5f2df1d2efb205f5f9d2c5369e967f18f8e23151 (diff)
NormalizeHEADmain
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/60284-0.txt12473
-rw-r--r--old/60284-0.zipbin232114 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/60284-h.zipbin283538 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/60284-h/60284-h.htm12498
-rw-r--r--old/60284-h/images/colofon.pngbin3704 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/60284-h/images/cover.jpgbin34695 -> 0 bytes
9 files changed, 17 insertions, 24971 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..7fa03ed
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #60284 (https://www.gutenberg.org/ebooks/60284)
diff --git a/old/60284-0.txt b/old/60284-0.txt
deleted file mode 100644
index 4cec7ae..0000000
--- a/old/60284-0.txt
+++ /dev/null
@@ -1,12473 +0,0 @@
-The Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Clemencia
- Novela de costumbres
-
-Author: Fernán Caballero
-
-Release Date: September 12, 2019 [EBook #60284]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-
- COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES.
-
- Tomo I.
-
-
-
-
- CLEMENCIA.
-
- NOVELA DE COSTUMBRES
- POR
- FERNAN CABALLERO.
-
- [Illustration: colofón]
-
- LEIPZIG:
- F. A. BROCKHAUS.
- 1883.
-
-
-
-
-PARTE PRIMERA.
-
-
-
-
-CAPITULO I.
-
- Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur.
- A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas
- el análisis del corazon.
- J. A. DAVID.
-
- Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup.
- Para bien ver, es preciso haber mirado mucho.
- ALEXIS DU VALON.
-
- Le style vient des idées et non des mots.
- El estilo nace de las ideas y no de las palabras.
- BALZAC.
-
-
--- No se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo, -- decia una tarde
-del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D.
-Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de
-café. -- Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un
-mundo, aunque Vd. diga que no.
-
--- Señora, yo no digo ni que sí ni que no.
-
--- Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una
-lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa
-sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!...
-
--- Es una perla, Marquesa.
-
--- Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz
-es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería!
-
--- Yo no sostengo nada, señora.
-
--- Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de
-Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara
-que Vd. ponia.
-
--- Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian.
-
--- Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!...
-
--- No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos
-gravosas.
-
---¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama _perla_.
-¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos _perlas_ de mis hijas para
-darme que hacer! ¡_Perlas_! Cuidados sí que son las niñas.
-
---¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento?
-
---¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda
-Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd.
-unas cosas!...
-
--- En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en
-sacarla del convento.
-
---¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le
-parezca que he hecho mal.
-
-La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa
-falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus
-maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia
-algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad
-de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni
-ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que
-la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era
-rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no
-era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban
-iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino
-contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser
-maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos
-y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino
-malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como
-plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era
-el de vivir apurada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la
-agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no
-pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad
-de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó
-toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas
-que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la
-pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo
-forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que
-se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real.
-Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su
-vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su
-lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de
-desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el
-mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de
-las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas
-queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las
-cosas favorables, á las que siempre encuentra un _pero_, para servir de
-pábulo á sus lamentaciones.
-
-Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida
-muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un
-bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron
-lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente
-criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é
-insufrible.
-
-El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba
-establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy
-rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y
-de intrigar, que era el _Tu autem_ de la familia.
-
-Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un
-cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada;
-la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su
-tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual
-ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por la
-conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de
-dos hijas.
-
-La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave,
-concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de
-constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos
-negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo,
-duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su
-carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien
-por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era
-generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de _rara_.
-
-La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un
-gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y
-aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y
-seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada
-desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y
-pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos
-guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas
-tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en
-los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de
-aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado,
-pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su
-madre de _buena alhaja_.
-
-Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en
-nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres,
-y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que
-sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la
-ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de
-perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese
-artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía
-que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países.
-Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y
-hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero
-ocultar su propio _yo_, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro.
-Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace
-despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan
-dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de
-novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería
-les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y
-frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores
-artificiales.
-
-En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis
-años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda,
-era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la
-naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y
-todos sus encantos.
-
-De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño
-inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un
-manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y
-grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la
-Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la
-cuna tienen los niños para sus madres.
-
-Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de
-corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus
-favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon:
-resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su
-sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una
-fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada
-por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que
-demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no
-se roza con ella.
-
-Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes.
-Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y
-de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en
-nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é
-intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una
-dificultad, toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de
-prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa,
-escita fuertemente.
-
-Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y
-sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la
-niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no
-quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones
-todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán
-sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego.
-
-Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el
-desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial
-sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los
-niños.
-
-En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la
-barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en
-su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y
-matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta
-años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus
-modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo
-_farniente_. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á
-las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego,
-ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la
-homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la
-lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y
-desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los
-caminos de hierro.
-
-Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas
-partes, no hará mas papel que el de comparsa.
-
--- Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es
-preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago.
-¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien
-sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese
-foco de corrupcion!!
-
--- Como está eso de moda... repuso D. Silvestre.
-
---¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar
-veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo?
-
--- Marquesa, yo no he aprobado nada.
-
--- Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de
-artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña.
-
--- Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena.
-
---¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el
-caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues
-agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar
-tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse
-semejante disparate?
-
--- Pero, señora, todo el mundo se casa.
-
---¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga?
-¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato
-estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de
-enaguas de bayeta?
-
--- Señora, el amor....
-
---¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que
-es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa,
-lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué
-desgracia!!!
-
---¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.
-
--- Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta
-mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de
-la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y
-le ha quebrado un ala del pié.
-
--- Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque
-apartada, oyó este último gemido de aquella.
-
---¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su
-hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!
-
---¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.
-
---¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su
-dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí
-me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!
-
--- Como que no podrá volar, observó Alegría.
-
-La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de
-yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas,
-que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano
-los cuatro ángulos del gran patio de la casa.
-
-En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso
-decidido y aire imponente.
-
--- Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has
-visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el
-ala á mi Mercurio?
-
--- Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas
-correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.
-
--- Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas,
-repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan
-meditabundo.
-
---¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.
-
--- Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador
-tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.
-
--- Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al
-miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.
-
--- Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le
-conocerán las lañas.
-
--- Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan
-volar, observó Alegría.
-
---¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa,
-dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla,
-calla; que nadie te da vela para este entierro.
-
---¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.
-
-Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:
-
--- Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar
-de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los
-piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le
-hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho
-contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.
-
--- Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va
-á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas
-acertado me parece tu discurso.
-
---¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las
-cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.
-
-
-
-
-CAPITULO II.
-
-
-Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del
-Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la
-Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco
-porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa
-que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un
-individuo á la palestra, decir quién es.
-
-Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á
-la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable,
-recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:
-
- Manda al diablo los paisanos;
- Que te prometo, morena,
- Que en siendo yo Coronel,
- Tú serás la Coronela.
-
-Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el
-bizarro cabo á mandar un regimiento de dragones, la hija del mesonero,
-cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y
-una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados
-por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre,
-y huyen y gritan al ver un raton.
-
-Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta
-militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como
-tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de
-gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y
-adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el
-viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba
-ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los
-soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un
-partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera,
-hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego.
-¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon
-se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se
-identificó con ella como con su nombre de pila.
-
-Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas
-sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los
-campamentos.
-
-Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó
-compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este
-conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.
-
-Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale
-contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas
-no ofenden.
-
-A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el
-coronel, la guardia á la puerta, y la _moza_. Nada habia quedado sino lo
-_arrogante_; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar
-recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se
-creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su _veto_
-á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.
-
-Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y primacías que
-hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que
-son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan
-dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la
-persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos
-motores, físico y moral, de la época.
-
-Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho
-por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en
-su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna
-vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se
-amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona:
-eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y
-su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.
-
-Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é
-inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo
-preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas,
-averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas
-chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas,
-entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que
-hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.
-
-Sobre la Marquesa, que era débil -- y, como todos los débiles,
-voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil
-con los insolentes, -- ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á
-que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona
-religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto
-que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos
-principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y
-su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay
-echaba sus fallos, como una nube sus granizos.
-
-Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas
-de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes
-de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia
-proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra
-ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en
-su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra
-de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no
-lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega
-el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos
-ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su
-ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo
-y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto
-se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela
-Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia
-ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un
-entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas
-añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un
-aire _madrileño_. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y
-tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su
-dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos
-espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la
-verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en _calle de
-Francos, núm. 5_; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que
-habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en
-una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el
-último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre
-las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que
-pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas
-referidas, en todas las casas que _desfavorecia_ Doña Eufrasia, se la
-miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un
-sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala
-yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin
-embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro
-trato!
-
-La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse
-estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía
-social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con
-escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad
-española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros
-distinguidos.
-
-En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que
-fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el
-decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de
-censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino
-tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de
-hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese
-benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á
-ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto,
-tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija
-en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.
-
-Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en
-su verdadera luz.
-
-Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad
-que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir
-una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para
-replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y
-desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina
-rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del
-ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello,
-repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas
-pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le
-quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien
-la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear,
-coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar
-que no moriria de cólico cerrado.
-
-En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa
-de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que
-apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.
-
-El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un
-navío á la vela, se quedó estático.
-
---¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un
-tintorero.
-
---¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.
-
--- Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro,
-añadió la tercera.
-
--- Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que
-no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado
-Paco Guzman.
-
--- Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las
-niñas.
-
--- Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.
-
-Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido
-distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y
-revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.
-
--- Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.
-
-Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió
-majestuosamente su marcha triunfal.
-
-Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion,
-siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia,
-cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta
-guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y
-llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de
-márras, igualmente guarnecida de pieles.
-
---¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!
-
--- Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo:
-es un regalo del emperador de Rusia.
-
---¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á
-pólvora francesa y está picado.
-
--- Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.
-
---¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un
-jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de
-muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que
-ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.
-
--- Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una
-fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.
-
-Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada
-señora, y le decia:
-
--- Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el
-efecto que puede causar la _Moscovita sensible_.
-
--- Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las
-pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes _Buenos_, no
-teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el
-mundo, en no reconoceros por tal.
-
-Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia
-Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de
-Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para
-hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el
-espíritu de hostilidad que vive y reina.
-
--- La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco
-Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles
-contestar, en particular si datan de la guerra de la _pendencia_.
-
---¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á
-la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te
-digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no
-la volvería yo á pisar, si no fuera por...
-
---¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y
-un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial,
-cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.
-
--- Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de
-tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el
-chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que
-subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te
-advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te
-engañe el confitero.
-
-
-
-
-CAPITULO III.
-
-
-Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las
-Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores
-pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la
-enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de
-ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la
-claridad de este relato.
-
-Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un
-asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y
-ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo
-amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este
-enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el
-título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy
-buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto
-que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono
-desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á
-los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con
-dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los
-que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo
-chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.
-
-La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro
-suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante
-enlace. Esta _rareza_ sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y
-era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion
-de _perlas_, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas,
-Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de
-sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia
-mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su
-hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de
-contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su
-ahijada.
-
-La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á
-la negativa de su hija, que sus _rarezas_ y la gran indocilidad de su
-carácter; pero en realidad existia otra.
-
-Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero,
-pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave
-por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando
-llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde
-entónces se amaron.
-
-Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de
-una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor
-español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no
-_meridionales_, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan
-arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan
-entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un
-solo corazon basta para llenar un pecho.
-
-La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno
-y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar
-profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el
-tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su
-constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto
-tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey,
-pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como
-uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese
-mediado entre ellos mas coloquio que este.
-
--- Tia, á los piés de Vd.
-
--- A Dios, Bruno; me alegro de verte.
-
-En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que
-guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con
-él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este
-ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que
-se le ofrecian.
-
-Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su
-hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal
-humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias
-secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un
-brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar,
-que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas
-furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas
-caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden
-á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates
-que les pesan despues toda su vida.
-
---¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante
-suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un
-novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para
-quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.
-
-Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable,
-tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla;
-por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de
-_la monjita de Cortegana_; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y
-espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un
-mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y
-dada de mala gana.
-
-En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial.
-Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas
-pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era
-tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de
-cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.
-
-Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como
-cayeron á manera de gotas de hiel en el corazon de Clemencia, las
-muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué
-recibiendo.
-
-Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se
-ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia
-de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la
-subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio
-anonadamiento.
-
-Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa
-influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á
-tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el
-poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han
-impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible
-impulso, á este general contagio.
-
-Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella
-encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria
-su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por
-qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se
-empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que
-Constancia murmurase con aspereza: _¡Cosas de Clemencia!_ bastó que
-alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus
-inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona;
-bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: _Calla, hija, por
-Dios... ¡calla!_ para dar ese impulso de baja que la sociedad se
-apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí,
-bonita es; es una infeliz; _ni pincha ni corta_.
-
-¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!
-
-La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste
-privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por
-un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse
-de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para
-evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la
-modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.
-
-¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la
-injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se
-ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á
-la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo
-ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al
-venenoso tiro de la envidia!
-
-Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia
-inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y
-que cada cosa habia vuelto á su lugar.
-
-Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias,
-no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver
-la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos
-sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.
-
-Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba
-una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y
-traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á
-pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver
-llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba;
-pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le
-dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo
-que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la
-gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de
-agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.
-
-Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer
-capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y
-displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas,
-guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría
-con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando
-entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las
-noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.
-
---¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion.
-¿Qué tenemos ahora?
-
---¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una
-letra de Paris de treinta mil reales.
-
--- Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le
-pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la _hipocresía_;
-miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.
-
--- Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y
-desobedientes...
-
--- Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.
-
--- Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...
-
--- Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.
-
---¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.
-
--- Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.
-
--- Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en
-divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á
-paseo. ¡Para paseos estaba yo!
-
--- No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el
-arca se vende.
-
--- El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado
-Alegría.
-
--- Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo
-una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia,
-compotita de manzana, por qué estás llorando?
-
--- Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho
-que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no
-daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme
-en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro,
-señora, que no sé qué decir.
-
--- Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice
-la copla, bien podrá no tener nunca mucho que _contar_, pero sí tiene
-siempre mucho que _decir_.
-
--- No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no
-vuelvan á llorar esas Magdalenitas de _mírame y no me toques_, opinó
-Doña Eufrasia.
-
--- Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no
-parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.
-
--- Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia
-cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á
-la esfera inferior.
-
---¿Tú? ¿Y cómo?
-
--- Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya,
-para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una
-_serenía_.
-
---¿Y la obtuvo?
-
--- Sobre la marcha.
-
--- A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á
-aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy
-descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando
-la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.
-
--- Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado
-pintiparado.
-
---¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo
-de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?
-
--- Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos
-abismos de su robusta entonacion.
-
---¿Le conoces?
-
---¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado
-como hay pocos, y está hecho á mis mañas.
-
-Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las
-muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante
-siguió preguntando:
-
---¿Bebe?
-
--- Agua.
-
---¿Es enamorado?
-
--- No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.
-
---¿Es fiel?
-
--- Como el sello.
-
---¿Tiene buen genio?
-
--- Es un tórtolo.
-
---¿Fuma?
-
--- En la vida de Dios.
-
---¿Es aseado?
-
--- Como el oro.
-
---¿Y entiende?...
-
--- De todo.
-
--- Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me
-depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces
-como tabla de salvacion en mis mayores apuros!
-
-
-
-
-CAPITULO IV.
-
-
--- Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el
-criado que envía la Señora Doña Eufrasia.
-
--- Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.
-
-A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra
-de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas;
-pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto
-ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena
-dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la
-desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido;
-solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos
-demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro
-de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con
-inusitada arrogancia.
-
-Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de
-huevo, parecia un gorro de hule.
-
-Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y
-vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad
-mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la
-mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces
-en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés,
-pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin
-pestañear, al frente.
-
-Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas
-marcada pronunciacion gallega:
-
--- Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.
-
-La Marquesa estaba sola.
-
--- A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...
-
--- De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora
-Coronela hoy un _dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés_.
-
--- Lo siento. ¿Y cómo te llamas?
-
--- José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis
-amos siempre me han llamado Pepino.
-
---¿Y de qué tierra eres?
-
--- Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y
-Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la
-ria...
-
--- Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?
-
--- Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y
-estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.
-
---¿Y sabes servir?
-
--- Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de
-agua.
-
---¿Y puedes asistir bien á la mesa?
-
---¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.
-
--- Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los
-cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?
-
--- Señora, yo lavo el agua.
-
--- Es que yo soy muy estremada en ese punto.
-
--- Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los
-cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino,
-animal... mas vale maña que fuerza.
-
--- Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la
-cara á una de las mozas, te despido acto continuo.
-
---¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo
-ver; esceptuando lo presente, se entiende.
-
--- Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.
-
--- Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.
-
--- Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la
-calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con
-particularidad el del malo que tú fumarás.
-
--- Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.
-
--- Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y
-las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo
-has visto?
-
--- No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?
-
--- Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un
-plumero.
-
---¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?
-
--- No, que podrás dañarle.
-
--- Vamos, tendrá su mercé dolor de _osos_ (huesos).
-
--- Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...
-
--- Le llevo un paráguas; bien está, usía.
-
---¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado,
-y lo pones bajo techado.
-
---¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?
-
---¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?
-
---¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; _cuidin_ que
-era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi
-propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.
-
--- Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro
-duros de salario. Ve si te acomoda.
-
--- Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.
-
--- Puedes venir desde mañana.
-
--- No faltaré, usía; ántes faltará el sol.
-
--- Pues á Dios.
-
--- Que usía se conserve.
-
--- Es una alhaja, pensó la Marquesa.
-
---¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de
-doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.
-
-Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D.
-Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:
-
--- Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es
-un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un
-gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro,
-porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la
-voz de bajo de la Coronela para añadir) _es muy hombre de bien_; como si
-bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion
-de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de
-archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de
-saber de finura la que llama á los helados _alelados_, á los pigmeos
-_pirineos_ y á los misterios _ministerios_, y que saluda diciendo: ¡Dios
-guarde á Vd.!
-
--- Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar
-así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para
-todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte,
-en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado,
-que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia
-que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado
-como hay pocos.
-
--- Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.
-
--- Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los
-pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las
-gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun
-dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo,
-que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.
-
-En este momento entró Andrea, el ama de llaves.
-
--- Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para
-postres?
-
--- Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?
-
--- Es que no los quiere traer el mozo.
-
---¿Que no? ¿Por qué?
-
--- Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco
-que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no
-es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa
-jugarreta.
-
--- Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.
-
-De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente,
-gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan
-cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto
-dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:
-
--- Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta
-aguardando órdenes.
-
-Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un
-lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo
-que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.
-
--- Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te
-pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los
-merengues.
-
-Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.
-
---¿Lo ve Vd.? -- dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo
-la risa, -- ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando
-ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite
-de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas;
-pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa
-de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que
-en dos por tres se _bebe una casa_.
-
--- Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas
-quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries
-delante de él! que aturrullas al pobre hombre.
-
-De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente
-fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados
-movimientos.
-
-Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.
-
--- Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.
-
--- A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien
-puestos en un plato de los de postres.
-
---¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?--¿Qué trae ese
-hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...
-
-Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:
-
--- Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.
-
---¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á
-Andrea que venga á sahumar.
-
---¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.
-
---¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.
-
--- Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.
-
-Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que
-todos los arenques cayeron al suelo.
-
-A poco fueron á comer.
-
-La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con
-arte _chaclueco_ formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos
-egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de
-botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.
-
-En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos,
-no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse
-la molestia de remudar los que hubiesen servido.
-
-La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido
-discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las
-debidas esplicaciones.
-
---¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.
-
-Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su
-acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la
-sopera, y colocó en su lugar la ensalada.
-
-Alegría soltó el trapo á reir.
-
--- Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.
-
-Su madre les echó mirada severa.
-
--- Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en
-su lugar pon el frito.
-
---¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la
-olla.
-
--- Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos
-ladros.
-
--- Calla, mandó la Marquesa.
-
-Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.
-
-El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo
-asado.
-
---¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la
-cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo
-entre tres amigos, y dos durmiendo!
-
--- Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor
-D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.
-
--- Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire
-jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir;
-desde que almorcé no he probado bocado.
-
--- Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables;
-enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?
-
--- A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente
-mozo de comedor.
-
--- Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada
-paciencia su señora y directora.
-
-Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.
-
---¿Dónde coloco esta _corbeta_? preguntó.
-
-Alegría prorumpió en carcajadas.
-
--- Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.
-
---¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita,
-otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.
-
-Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que
-acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala
-donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino
-trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura,
-que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su
-señora.
-
-Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio
-llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.
-
--- Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu
-incumbencia.
-
--- Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso
-mozo, agarrando con denuedo la cafetera.
-
-Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar
-hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente
-resultar.
-
-Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas
-en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto
-que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió
-con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la
-mujer _de cuerpo de casa_ se bebia el vino; tercero, que la costurera se
-llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella
-tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y
-hacia la vista larga á todas estas infamias.
-
---¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas
-revelaciones.
-
--- Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor,
-sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á
-bien que no es _voto de castidad_.
-
-Pepino queria decir artículo de fe.
-
-Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como
-saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas
-punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su
-señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los
-pelotazos de niños dañinos.
-
-Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito
-venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio
-derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon,
-del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por
-una rendija.
-
-La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por
-la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la
-primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.
-
-La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo
-el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros
-por via de indemnizacion de los percances del oficio.
-
-Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se
-trocó en brillante rayito de sol.
-
-
-
-
-CAPITULO V.
-
-
-Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era
-Andrea, que habia sido su ama.
-
---¡Válgame Dios, hija! -- le decia esta una mañana en que solas se
-hallaban en el cuarto de Constancia:--¿es posible que des esta
-pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te
-brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te
-parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos
-son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su
-tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no
-digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.
-
---¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.
-
---¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las
-mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter
-monjas.
-
--- Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno
-ni en lo otro.
-
--- Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra
-cosa.
-
--- Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas
-enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.
-
---¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con
-dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera
-que te quedas sin la herencia de tu tia.
-
---¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su
-herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero
-yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á
-mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos:
-goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo
-una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi
-vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende,
-ama, -- para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con
-las otras para atormentarme, -- que solo á un hombre amaré en mi vida; que
-me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con
-otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta
-en puerta.
-
--- La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.
-
---¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una
-por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame
-en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.
-
-Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:
-
---¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi
-hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que
-pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de
-tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero?
-Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.
-
--- Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd.
-este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?
-
---¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo
-de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña
-nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de
-caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por
-ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á
-un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una
-Grandeza y la pingüe herencia de su tia?
-
--- Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir
-ajeno.
-
---¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de
-la sinrazon!...
-
--- Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.
-
--- Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su
-manía y á ceder á la razon?
-
--- Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.
-
---¿Y porqué?
-
--- Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd.
-sobre sí una inmensa responsabilidad.
-
---¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos,
-todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y
-unos mismos cimientos.
-
--- Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud,
-Marquesa.
-
--- A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el
-de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd.
-siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y
-hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino
-vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo
-tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que
-escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio
-de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.
-
--- Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto
-que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia
-que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?
-
--- Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que
-sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena
-madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa _perlita_, le mando
-decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.
-
-A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto
-mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia
-generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno.
-Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija
-Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió
-presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.
-
-Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas
-sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo
-reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de
-cuantas personas la componian.
-
-Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana,
-continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla
-primorosamente calada, para su tia.
-
-Apénas paró en ella la atencion el Marques.
-
---¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo
-este despedido.
-
--- Muy buen mozo, contestó Clemencia.
-
--- Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso
-como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la
-risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los
-zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria _El
-Heraldo_ para decir largos.
-
---¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los
-hombres?
-
--- Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques
-tan buen mozo, dijo con burla Alegría.
-
---¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se
-mira.
-
---¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres!
-Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.
-
--- Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre
-niña.
-
--- Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado
-D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin
-lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos,
-de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.
-
--- Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia.
-Lo mismo hace contigo.
-
---¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese
-_correveydile_, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas
-de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.
-
--- No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.
-
-Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo
-personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo
-el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar
-privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.
-
-
-
-
-CAPITULO VI.
-
-
-Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto,
-si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos
-llaman _buen tono_ hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente
-arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y
-aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y
-con razon, en los madrileños genuinos.
-
-Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el
-mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores
-costumbres.
-
-Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por
-protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su
-modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho
-en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.
-
-D. Galo Pando, -- así era su gracia, -- no sabia ni griego ni latin; pero
-sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la
-perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas
-modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en
-que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.
-
-Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras
-modernas: _lamentable_ y _deplorable_ le sonaban como música de Rossini.
-El _debut_ y el _buffet_ tenian para él un esquisito perfume de
-elegancia; en cuanto al _séale la tierra ligera_, cuando lo veia, se
-entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni
-afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los
-hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en
-buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba
-profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma
-_sui generis_, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras
-sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada
-por medio del elixir de vida que inventó Balzac.
-
-Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes
-botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una
-alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos
-brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un
-lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente
-D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial:
-eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero
-con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente
-satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á
-bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En
-cuanto á su cabeza...
-
-Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem,
-ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de
-las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de
-vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor
-como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las
-luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion
-de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento
-que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento
-que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las
-raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que
-no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.
-
-El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que
-lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las
-_ideas_; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el
-ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una
-via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que
-halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América;
-en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan
-en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los
-centauros y las sirenas.
-
-Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á
-desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas
-incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente
-en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve
-estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en
-suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del
-Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en
-este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo
-detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras
-ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate
-Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han
-podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico,
-que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.
-
-¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere
-un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos,
-filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando
-en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron
-una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta
-de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian
-los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que
-subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos
-con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los
-mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó
-casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que
-al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si
-brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus
-palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de
-armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano
-veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que
-la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para
-reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta
-necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es
-un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre
-técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse
-_restaurador de los estragos del pensamiento_, ó bien _asociacion de
-reemplazantes_?
-
-D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto
-desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le
-habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos
-para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran
-lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun
-espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino
-restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el
-remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó
-que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion
-corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que
-la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una
-disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo
-un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus
-hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su
-desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que
-los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el
-pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que
-llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo
-muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada
-con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de
-descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba
-muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al
-peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En
-estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma,
-de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las
-señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.
-
-Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando
-vinieron los franceses el año 23, decian de el: _Monsieur Gaalo Paando
-est un fort aimable ci-devant jeune homme._ Lo que quiere decir: «D.
-Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta
-narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se
-necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si
-no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»--
-
-Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban
-alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas,
-sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en
-compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el
-progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus
-pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de
-sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la
-semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el
-corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta
-comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un
-corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni
-película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la
-amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es
-una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor,
-entre dos pésimos perillanes.
-
-Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que
-le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre
-en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios
-disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que
-se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al
-ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y _esbeltas_ que ni un
-figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no
-cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el
-mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian
-de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba
-aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional
-espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en
-términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año
-cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que
-cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del
-caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y
-mezquino aparato de solteron, esclamaba:--¡Potro eres, potro de
-tormento, cama de hospital, parodia del _blando lecho_, triste y pobre
-antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!
-
-La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos,
-que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se
-interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así
-era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos,
-mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le
-dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías
-como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus
-faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que
-memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en
-las familias una especie de _agenda_ ó prontuario, al que se acudia para
-tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia
-acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con
-gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas
-de este tenor:
-
--- D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros
-dientes? -- Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San
-Andres. -- D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? -- D. Galo, ¿cuándo murió el
-arzobispo? -- Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? -- D. Galo, ¿á
-cuántos estamos hoy? -- Pando, ¿quién obsequia á la viudita? -- D. Galo,
-¿qué dan esta noche? -- Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva
-cocinera?
-
-
-
-
-CAPITULO VII.
-
-
-A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar
-propiamente una _tertulia_, voz que define el Diccionario de este modo:
-_junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones
-honestas_.
-
-Entre estas _diversiones honestas_ estaba introducida, -- y la Marquesa la
-tenia en gran estima, -- una respetable lotería, que la dicha señora
-consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y
-como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le
-parecian muy preferibles á los _avant-deux_; los ambos á los de ligeras
-piernas, y los números á las cabriolas.
-
-La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la
-decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg,
-traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia
-cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de
-Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian
-hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia
-en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que
-presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el _maestro Pino_,
-que así se denominaba el número uno, el _abuelo_, así se denominaba el
-noventa, y que hacia su servicio la _patrulla_, así se denominaba el
-cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con
-espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.
-
-La tertulia era bastante numerosa aquella noche--¡y cosa estraña y no
-vista! -- habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia
-hecho aun su aparicion.
-
-D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el
-complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números;
-cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables.
-Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la
-bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los
-ternos, con la falta de su presidente.
-
-La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia
-renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo
-aguacero de verano.--¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. -- La vela...
-el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las
-estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá
-ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...
-
-Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se
-distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.
-
--- Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar
-pan.
-
--- Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.
-
-Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en
-medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida
-contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la
-profanadora voz de _pendencia_; de que se habia valido para designar la
-guerra _contra el frances_.
-
-En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver
-entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por
-sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del
-patio.
-
--- Señora, preguntó ¿_é_ adónde meto el Mercuriño?
-
--- Hombre, -- contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la
-hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, -- ponlo en
-un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes
-pormenores.
-
-Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta
-brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la
-puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en
-el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente
-como un dormido murciélago.
-
-La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.
-
--- No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó
-riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los
-desposeidos piés contra la emplumada cabeza.
-
--- Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.
-
---¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala,
-aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.
-
--- Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir
-á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por
-mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de
-ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.
-
-Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando
-con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre
-Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la
-mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia
-un periódico.
-
-En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia
-preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la
-divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.
-
---¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no
-viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá,
-Clemencia?
-
--- Yo no sé, contestó esta sencillamente.
-
--- Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que
-Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo
-sin pedirle permiso.
-
--- No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que
-ocasionó la ocurrencia de Alegría.
-
--- Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo
-algun _deplorable_ ó _lamentable evento_, segun lo tétrico de tu gesto y
-lo abatido de tu semblante, primo.
-
--- Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la
-relacion de un naufragio.
-
---¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar
-Alegría con risita burlona.
-
--- Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los
-naufragios.
-
---¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.
-
--- Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.
-
---¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del
-corazon.
-
---¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de
-corderitos de bronce? dijo Alegría.
-
--- Napoleon lo fué, repuso Bruno.
-
--- Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el
-vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.
-
---¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.
-
--- Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!
-
--- Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro
-dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.
-
-Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la
-esplosion de coraje de la heroina, esclamando:
-
---¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle
-me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.
-
--- Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría.
-
--- Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino
-el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.
-
--- No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.
-
--- No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una
-sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á
-Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.
-
--- En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números,
-D. Galo, _hijo mio_, le dijo Alegría; pues Clemencia se está
-deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le
-habria sucedido á Vd. algun percance.
-
-A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas
-ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.
-
--- Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría;
-vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.
-
-Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron
-frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario
-en la mano.
-
--- Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio
-se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa _Esperanza_.
-
--- La conservaré miéntras pueda, -- respondió Bruno, dirigiendo, sin
-mirarla, su respuesta á Constancia; -- aun no me han repartido cartones.
-
--- Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.
-
-A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.
-
-Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se
-aproximó á la mesa.
-
-Bruno palideció y desatendió completamente su juego.
-
-Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion
-de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un
-témpano.
-
-Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del
-Marques.
-
---¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.
-
--- Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la
-contemplacion de Constancia.
-
-¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada!
-¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener
-en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras
-mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio
-le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo
-acabó por empalagar al pueblo de Israel!
-
-Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con
-pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien
-amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos
-de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de
-sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del
-jóven castellano que defendia su castillo.
-
-Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con
-injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se
-los causaba.
-
-Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se
-movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad,
-haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.
-
---¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.
-
--- Muy mala, contestó esta lacónicamente.
-
--- Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.
-
--- Así lo espero.
-
--- Me temo que la mala sea para el que os ame.
-
---¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!
-
---¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras
-secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.
-
--- _¡Los espejuelos de Mahoma!_ dijo en voz grave y clara D. Galo,
-sacando el número ocho.
-
--- Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su
-inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?
-
---¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi
-hermana! observó Alegría.
-
--- Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la
-bondad de ofrecéroslos.
-
--- Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion,
-Alegría; no me divierte juego alguno.
-
--- Ni á mí tampoco, -- y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de
-prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.
-
--- _¡El abuelo!_ sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues
-D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era
-objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su
-inmutable tarea.
-
---¿No digo? esclamó Alegría.
-
--- _¡Las alcayatas!_ gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.
-
--- D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué
-significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi
-alcance.
-
--- _¡Los patitos!_ dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número
-veinte y dos.
-
--- D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi
-ruina. Protesto.
-
---¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el
-Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de
-mis esperanzas?
-
--- Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian
-haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.
-
---¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las
-muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es
-Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan
-desabrida...
-
---¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en
-dias revueltos pica mas entre las nubes.
-
--- _¡La patrulla!_ sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.
-
---¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego
-graneado.
-
--- D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces,
-repuso su vecina.
-
--- Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco
-Guzman.
-
--- _¡El jorobado!_ cantó D. Galo sacando el dos.
-
--- Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir
-el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que
-saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.
-
---¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.
-
---¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la
-interrogada con descoco.
-
--- Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy
-cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia
-desvanecerse.
-
--- Mi madre esperó convencerme.
-
---¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?
-
--- No: que yo no engaño nunca.
-
--- Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto
-demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos
-deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder,
-si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.
-
--- _¡La horca de los catalanes!_ pregonó la voz incansable de D. Galo,
-sacando el once.
-
--- Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned
-vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la
-civilizacion.
-
--- _¡El escardillo!_ sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo
-sacando el siete.
-
--- D. Galo, aguarde Vd.
-
--- _¡El que tuerce!_ prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.
-
--- Ese sois vos.
-
--- _¡Las sanguijuelas!_ prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.
-
--- Pando, conspirais.
-
--- _¡Los canónigos!_ cantó este sacando el diez.
-
--- D. Galo, sois el inexorable Destino.
-
--- _¡La edad de Cristo!_
-
--- D. Galo, abusais de la presidencia.
-
--- _¡Los escapularios!_ dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.
-
---¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante
-semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.
-
-Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de
-Valdemar quedó admirado.
-
---¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.
-
--- Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.
-
--- Es una divinidad, exclamó el Marques.
-
--- Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una
-palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.
-
-La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia
-desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir,
-diciendo al sacar el número cuarenta:
-
--- _¡La calavera!_
-
--- Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó
-Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado
-el seudónimo de calavera?
-
--- Al cuarenta, hijo mio.
-
---¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?
-
--- Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se
-atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y
-satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos _la novena_, añadió sacando el
-número nueve.
-
---¿A quién?
-
--- A _San Vicentico_, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.
-
---¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?
-
--- _¡El único!_ repuso este sacando el uno.
-
---¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y
-lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que
-por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un
-movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se
-habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de
-tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.
-
-Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social,
-tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas
-que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.
-
-
-
-
-CAPITULO VIII.
-
-
-La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la
-noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la
-mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala
-quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia
-para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.
-
--- No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que
-me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es
-todo lo que teneis derecho á exigir de mí.
-
-De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos
-ni amenazas.
-
-A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su
-madre muy dispuesta á llevarlas.
-
-Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su
-mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y
-lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo
-velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á
-Constancia estaba acostada con jaqueca.
-
-Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de
-exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que
-habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas
-desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos
-novios.
-
-Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una
-amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.
-
--- Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor
-en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta.
-Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado
-luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto
-tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria
-casada á estas horas. Ten siempre presente -- lo que suelen olvidar muchas
-niñas, -- que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito
-que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por
-desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las
-niñas del dia! _¡Perlitas!_... como dice D. Silvestre. Un collar le
-habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí
-la cuenta.
-
-Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á
-la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.
-
--- La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal
-que se gasta con la edad.
-
-Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.
-
---¿Os gusta el pasear? le preguntó.
-
--- Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en
-casa.
-
---¿Porqué?
-
--- Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran
-diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama,
-resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del
-estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su
-fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un
-paraíso.
-
---¿Sin manzano, Clemencia?
-
--- Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin
-culebra, que es mas.
-
--- Pero tambien sin Adan.
-
--- Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió
-riéndose alegremente Clemencia.
-
--- Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de
-cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta
-encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus
-desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor
-del aspecto público?--¿Se ven en Madrid tales tarascas?
-
--- En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como
-hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de
-Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son
-mujeres favorecidas por ella.
-
--- Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia
-de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya
-monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que
-quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.
-
--- Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad
-la ventaja que le llevais!
-
--- Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su
-lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha
-enseñado en el convento á ser una hipocritilla.
-
---¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.
-
--- Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no
-quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas
-secretas sobre los ambos y los ternos.
-
---¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.
-
---¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.
-
--- El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que
-sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no
-puede vivir sin él.
-
---¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.
-
--- Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin
-él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais
-su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere,
-incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser
-burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.
-
---¿Y vos, no sois burlona?
-
--- No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo
-lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener
-gracia, como la tiene mi prima.
-
--- Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia
-suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es
-preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para
-que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á
-vuestra prima.
-
--- Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.
-
---¿Y porqué?
-
--- Porque vos mismo no lo seguís.
-
-El Marques se echó á reir.
-
--- Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas
-defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas
-vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de
-corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro
-móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.
-
-A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de
-jóvenes de la ciudad.
-
-Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su
-hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando
-Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro;
-pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su
-cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la
-caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de
-un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su
-continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa
-descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral,
-la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel
-hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad,
-era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho
-dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de
-los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos,
-pues en su chabacano _¿qué se me da á mí?_ preferia en punto á círculos
-aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia
-dejarse ir á sus groseras tendencias.
-
-Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de
-entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir
-sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos
-mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del
-servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.
-
-Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte
-y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su
-alegre y aventurera vida.
-
-Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.
-
-Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos,
-las miraba con insolencia.
-
---¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas
-bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.
-
--- No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue
-con esa señora, que será su madre.
-
--- No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.
-
---¿Y la niña?
-
--- Se llama Clemencia Ponce.
-
--- No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.
-
---¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.
-
--- Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á
-Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos
-pulidos.
-
--- Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.
-
--- Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar
-tan alto.
-
--- Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.
-
--- Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te
-sabia fatuo.
-
--- Apostemos, dijo pausadamente Fernando.
-
--- Está loco, esclamaron todos á una voz.
-
--- Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.
-
--- Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás
-haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.
-
--- Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos,
-sino media talega: ¿quién la lleva?
-
--- Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente
-presuncion del oficial.
-
---¿Diez mil reales?
-
--- Diez mil reales.
-
--- Señores, sois testigos, dijo Fernando.
-
--- Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.
-
--- Ocho dias, contestó Guevara.
-
--- Ocho dias, hecho; dijo el jóven.
-
-Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni
-parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia
-al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:
-
--- Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis
-flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que
-no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las
-mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....
-
-
-
-
-CAPITULO IX.
-
-
-Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo
-averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle
-con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.
-
-D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no
-tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello.
-Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que
-despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.
-
-La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado
-jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas,
-acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le
-habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el
-Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde
-anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian
-bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el
-capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon,
-veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al
-Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre,
-caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?
-
-Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion
-que el beneplácito de sus padres.
-
--- No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le
-dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis
-padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso
-complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y
-cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la
-capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin
-acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros.
-Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias
-he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.
-
-Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que
-se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un
-jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo.
-Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde
-anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una
-buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.
-
--- Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.
-
---¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.
-
--- No, señora, respondió la interrogada.
-
--- Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el
-regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás
-contenta!
-
-La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien,
-pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué
-decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la
-estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.
-
-La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus
-regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias
-Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual
-ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando
-como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que
-resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune
-para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.
-
-Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias
-anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y
-poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva
-de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para
-inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel
-dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que
-le vió.
-
---¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que
-pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra
-cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la
-iglesia.
-
-Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios
-para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel
-puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.
-
-Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer
-á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia:
-ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su
-retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.
-
-No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse
-de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era
-estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.
-
-Estílase en algunas partes, -- y lo singular es cabalmente en aquellas
-donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia,
-la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en
-Inglaterra, -- el que una jóven acabada de casar se meta sola con su
-marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta
-suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el
-objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se
-alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama,
-quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara
-santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la
-ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce
-sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo
-que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades,
-esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las
-poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales
-sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una
-enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante
-costumbre, que debe pertenecer á las de las _jóvenes emancipadas_, no se
-conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la
-que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva
-debidas.
-
-Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que
-preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una
-candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á
-que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen
-una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas
-interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se
-disimule que se ostente.
-
-Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha
-elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los
-brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz
-materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo
-y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya
-á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna.
-Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para
-que no te imponga como estraño.»
-
-Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras
-opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas
-de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen
-la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan
-como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y
-convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su
-madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.
-
-Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus
-lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á
-su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas
-no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada
-habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su
-parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar
-de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía;
-al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y
-remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.
-
-Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan
-contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas
-naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse
-mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y
-Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon
-humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que
-este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer
-cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando
-algo en lo presente, preparar el porvenir.
-
-Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las
-pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y
-Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de
-sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos
-femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la
-especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus
-amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en
-ambos sexos.
-
-Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como
-aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y
-se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no
-habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el
-repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido,
-exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva
-ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.
-
-Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su
-falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que
-él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su
-corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer
-propia.
-
-Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no
-existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no
-sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era
-hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los
-celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los
-sufre, cuanto que no tiene compensacion.
-
-Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez
-con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y
-con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo
-esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se
-llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para
-ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de
-mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia,
-que era su único compañero en su soledad.
-
-Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que
-hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la
-atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la
-víctima mas débil y mas sufrida.
-
-Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la _mujer
-incomprendida_, ni la _heroina inapreciada_, ni la _víctima de un
-monstruo_; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros
-muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y
-rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no
-habia leido novelas, ni visto _dramas de pasion_, y conservaba intactas
-las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos
-sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin
-transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas
-religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese
-suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia
-sencillamente por estas máximas:
-
-«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.
-
-»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad
-nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros
-delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»
-
-Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que
-tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San
-Agustin, que así dice:
-
-«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba
-en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas
-costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se
-la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de
-su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase
-en él la misericordia de Dios.»
-
-¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos.
-Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas
-por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia
-de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el
-trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de
-los temporales.
-
-Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion,
-quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres
-estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual
-un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos
-testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.
-
-Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por
-instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus
-corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado
-por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa
-raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber
-quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin
-cultivarle, sea divino!
-
-¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un
-enemigo: Hago esto porque soy filósofo! -- No; lo haces, porque te criaste
-católico.
-
-Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. -- No; lo
-haces, porque te criaste religioso.
-
-Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de
-aliviar una miseria, porque soy filántropo. -- No; lo has hecho, porque te
-criaste cristiano.
-
-Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y
-no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la
-hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas
-que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus
-enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del
-entendimiento.
-
-¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta
-sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la
-pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se
-pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las
-soberbias!
-
-Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre
-inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y
-pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las
-virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud
-con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura
-de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»
-
-Alguna vez, esta idea fija le abatia.
-
-Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables
-tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia
-su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si
-Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan
-elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en
-un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido
-sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso
-correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana.
-Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se
-retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á
-su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.
-
-Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida
-doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de
-naturalezas.
-
-Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de
-esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,--¡tal es el poder de
-la costumbre! -- Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada
-sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas
-prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En
-casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio,
-envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la
-representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del
-Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió
-Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la
-esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y
-escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de
-vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando
-al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida
-esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo
-conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar
-sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á
-Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su
-convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.
-
-Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra
-_atroz_, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con
-un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en
-audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la
-encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza
-física.
-
-Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella
-misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento
-cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á
-hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y
-tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre
-paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que
-es un consuelo grande.
-
-Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á
-Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.
-
-Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.
-
-Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado
-de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de
-ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese
-volver á su lado.
-
-El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella
-permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con
-amargo desconsuelo.
-
---¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace
-gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es
-un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen
-encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.
-
-Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, _porque era su
-marido_. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó
-temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á
-la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se
-abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla
-niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á
-la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y
-elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada
-tiene viciosa la vejez.
-
-¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de
-amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por
-las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas
-repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que
-eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta
-la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á
-denigrar con el nombre de _tibio_, los materialistas á burlar con el de
-_platónico_; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y
-bendice el cielo, llamándolo santo!
-
-Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar
-allí á Clemencia bien acompañada.
-
-La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su
-debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le
-produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.
-
-La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la
-paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para
-Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario,
-pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le
-haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la
-felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida,
-pudiese volver al convento!
-
-La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo,
-suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.
-
-Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena
-naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la
-noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.
-
-Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que
-nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo
-calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de
-deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.
-
-Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan
-importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la
-misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga
-que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que
-dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia.
-Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un
-carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios
-violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su
-calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin
-dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y
-aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues,
-considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo
-fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia,
-formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer,
-cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya
-impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de
-Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender
-sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se
-puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á
-obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese
-atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á
-nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!
-
-
-
-
-CAPITULO X.
-
-
-Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo
-ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de
-las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en
-Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D.
-Silvestre:
-
--- Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en
-darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar
-no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta
-tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa
-niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de _la
-tuya sobre la mia_!
-
---¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar
-tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de
-hierro.
-
-Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y
-Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.
-
-Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando
-frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre,
-_acompañaba á Clemencia en su sentimiento_, y sacaba los números de la
-lotería.
-
-En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos,
-cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y
-nasal:
-
- Para no llegar á viejo,
- ¿Qué remedio me darás?
- -- Métete á servir á un amo,
- Y siempre mozo serás.
-
-A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero
-quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de
-Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto
-que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada
-benevolencia que le habia mostrado al conocerla.
-
-La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte,
-que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que
-amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia
-recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia
-dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.
-
-Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia
-oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto
-inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que
-bajase la voz.
-
--- Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No
-tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su
-hijo.
-
--- Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? -- y habla mas quedo.
-
--- Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono,
-si es que se hacen los remolones.
-
--- A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que
-tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no
-está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para
-mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?
-
--- Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en
-Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen;
-pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes
-vinculados.
-
-La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que
-pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su
-marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de
-pasiones terrestres, habrian sido felices.
-
-Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas
-y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su
-convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones
-religiosas, á los corazones quebrados, con los que la _libertad_ no
-repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta:
-abrióla con sorpresa. Era este su contenido:
-
- «Hija muy querida:
-
- »No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte
- con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que
- conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el
- trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado
- solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como
- compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.
-
- »Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro
- consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.
-
- »Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que
- no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea
-
- _Martin Ladron de Guevara_.»
-
-
-
-Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta,
-tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion
-confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.
-
-Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la
-Marquesa con su infalible _Dios te guarde_, le preguntó:
-
---¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?
-
---¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.
-
---¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la
-media.
-
-Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte
-mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que
-carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en
-tener ojos de lince.
-
---¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las
-respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo
-sé por Pepino.
-
--- Pues ni tú ni tu _atélite_ Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada
-de la carta.
-
---¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.
-
---¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un
-garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he
-tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los
-vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta
-de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir
-de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije:
-¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero?
-Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué
-sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:--¿Y qué
-mas? -- Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. -- Bien
-está, le contesté.--¿En dónde? me preguntó. -- En San Márcos[2], le grité,
-so descabellado, y le volví la espalda.
-
--- Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que
-preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de
-su amiga.
-
--- Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que
-murió el marido,--(buen calavera era, segun he oido decir) -- no ha salido
-ella apénas de su cuarto.
-
--- Es muy cierto. ¿Si será de...
-
---¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la
-buena alhaja de Alegría.
-
---¡Qué disparate, mujer!
-
--- No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica
-mas alto.
-
---¿Si será la carta de Valdemar?
-
---¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para
-Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una
-_potable_ falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no
-vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí
-nadando contra la corriente?
-
--- Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no
-querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le
-irá pasando, que se le va pasando ya.
-
---¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No
-digo que no sabes lo que sucede en tu casa!
-
---¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de
-Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras
-preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender
-se da, ó no se da á entender nada.
-
--- Pues no diré nada.
-
--- Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y
-solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo
-misma, lo que es una pretension ridícula.
-
---¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré,
-porque hago _refaccion_ de que no tengo por qué callarlo, aunque luego
-te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al
-Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de
-Vargas. Ea, ya lo sabes.
-
-Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.
-
---¡No puede ser! esclamó.
-
--- No sé por qué, repuso la reveladora.
-
--- No lo creo.
-
--- Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...
-
---¡Si nada he notado!...
-
--- Eso es lo que yo te decia.
-
---¿En qué ha pensado esa niña?
-
--- En lo que piensan los que se enamoran.
-
---¡Seria una insensatez!...
-
--- Razon mas para que lo hiciese.
-
--- No lo creo... y ¡no lo creo!...
-
--- Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto
-hablando por la reja?
-
-La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó,
-aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y
-empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:
-
--- Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto -- que no se trasluzca que yo
-lo sé -- hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer--¡qué
-pluma!--¡qué niña! -- Hermana, no es culpa mia.--¿A qué hora sale el
-correo?--¡Ay qué niña! ¡qué niña! -- Yo me voy á volver loca.--¿A cuántos
-estamos?--¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?
-
---¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no
-consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros
-de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!
-
-A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su
-hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas
-reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la
-alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas
-ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y
-sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar
-sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde
-tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en
-Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.
-
-La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer
-las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á
-los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que
-acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la
-Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.
-
-Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y
-pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su
-suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que
-acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para
-disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del
-campo, y que Constancia la acompañaba.
-
-La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y
-contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia
-feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su
-marido.
-
-Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué
-objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por
-Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su
-hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar:
-_Constancia_.
-
-
-
-
-CAPITULO XI.
-
-
-En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y
-solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y
-duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un
-cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo
-centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus
-copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.
-
-En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que
-se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con
-la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre
-la posesion.
-
-En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de
-madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á
-una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La
-fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas,
-abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un
-aire aun mas adusto y reconcentrado.
-
-En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco
-recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido
-trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel
-caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no
-era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los
-mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró
-ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana,
-despertada por la cadena de su largo sueño.
-
-A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció
-despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos
-huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el
-ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las
-pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el
-grande y alegre patio.
-
-Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con
-sus hijos y nietos.
-
---¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha
-avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?
-
--- Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas
-que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy
-mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un
-dia del blando otoño.
-
-La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de
-enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.
-
-La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en
-que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de
-semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer
-escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas,
-albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.
-
-Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que
-parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de
-arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias
-enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no
-andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á
-este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del
-olvido.
-
-Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á
-otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban
-vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de
-tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados
-que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo
-rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa
-grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto
-espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se
-hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y
-baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia
-bostezar de fastidio.
-
-En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que
-verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.
-
-Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que
-se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.
-
---¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como
-desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías,
-sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro!
-¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los
-tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se
-diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para
-inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no
-sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una
-tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!
-
--- Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu
-madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que
-hija eres y madre serás.
-
--- Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo
-callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es
-virtud que no tengo ni quiero fingir.
-
--- Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque
-te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de
-Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de
-muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es
-transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios
-cuando su voluntad nos agrada.
-
--- Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño
-lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.
-
-Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:
-
--- Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no
-temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si
-quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni
-me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia;
-y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.
-
-Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad
-campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia
-sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos
-objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado
-del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar
-por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido
-cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al
-hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las
-olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para
-estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en
-observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias,
-alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol,
-insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues
-nada temen, ni nada esperan.
-
-Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como
-que ignoraban que existia la pólvora y las redes.
-
---¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus
-ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é
-inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y
-tierna simpatía?
-
-Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en
-sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:
-
---¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!
-
-Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice
-Balzac: _le paysage a des idées_; el paisaje tiene ideas.
-
-Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto
-de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni
-mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del
-caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se
-denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que
-existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas
-alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con
-sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las
-que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el
-amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que
-sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que
-una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un
-cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el
-cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender
-á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el
-alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran
-sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas
-_sonriente_, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y
-mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico
-perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion
-en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y
-porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el
-magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen
-á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una
-filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los
-juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y
-bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso
-palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de
-esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los
-niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y
-tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las
-esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con
-corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con
-sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se
-cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que
-otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco,
-impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas
-las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no
-alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen
-de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad
-como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la
-siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz
-material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y
-hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh!
-¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y
-tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos
-alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente
-arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas
-olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así
-nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se
-alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro!
-¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por
-retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos
-horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!
-
-
-
-
-CAPITULO XII.
-
-
-Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va
-deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan
-estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un
-amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y
-santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion.
-Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios,
-ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel
-en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos
-bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de
-aquella santa y gloriosa deprecacion: PADRE, PERDÓNALOS.
-
-Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es
-un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.
-
-La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»:
-pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos
-lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para
-derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues
-son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de
-un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del
-hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la
-caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy.
-¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado:
-¿somos hermanos, ó somos enemigos?
-
-Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.
-
-Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza
-habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que
-cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la
-tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre
-el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia
-calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su
-inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La
-mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo
-negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se
-internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca
-abierta para devorar una presa.
-
-Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces,
-como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la
-firmeza del áncora en que confía.
-
-Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto,
-revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo
-encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo
-callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!
-
-Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y
-sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la
-tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el
-espanto.
-
-Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando
-soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió
-las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos
-que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de
-arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese
-matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga
-espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas
-del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio,
-martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante
-balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de
-su próxima caida.
-
-Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del
-estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en
-aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié
-delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar,
-observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas,
-tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y
-retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el
-mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los
-trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí
-formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual
-saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las
-nubes.
-
---¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.
-
---¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.
-
-Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la
-noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la
-chimenea.
-
--- Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no
-tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.
-
---¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea:
-¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolongados quejidos ó furiosas
-ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será
-que nadie pueda dormir esta noche.
-
---¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo,
-cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto
-nos arrulla el sueño.
-
--- Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy
-horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!
-
---¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que
-vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes
-tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no
-se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni
-rompe hueso?
-
--- Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la
-tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.
-
---¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta
-aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se
-levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no
-traspasase sus límites?
-
--- Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno
-tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.
-
--- Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?
-
---¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero
-ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como
-una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche
-pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!
-
-Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el
-caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen
-las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo
-concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á
-propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo
-servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se
-hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos
-un estracto.
-
--- Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los
-pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una
-de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido
-estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida
-de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en
-otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se
-les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por
-las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse)
-vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no
-se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que
-el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia
-sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo
-platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de
-repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á
-poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?»
-La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de
-piedra.--¿Qué es eso? esclamó despavorida.--¿Qué ha de ser? respondí:
-algun infeliz que pide socorro.
-
--- Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos.
-¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. -- Pero mi marido se negó á
-ir. -- Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á
-eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos
-desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las
-puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á
-saquearlas. -- La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel
-instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me
-favorezca?»
-
---¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el
-cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á
-auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda
-ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe
-retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió
-dirigiéndose á mí.
-
--- Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana
-ninguno; cuando él no lo hace.
-
--- Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez
-hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora,
-responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas
-de todo podrian llevarse en rehenes.
-
-La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre
-una silla.
-
-Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando
-vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en
-rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero
-cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas
-débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.
-
-No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que
-no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de
-aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como
-petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado
-sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes
-claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis,
-que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar
-peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos
-son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno,
-corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.
-
--- Pero á la mañana siguiente, -- preguntó Constancia, en quien la
-narracion habia aumentado el pavor y la angustia, -- á la mañana
-siguiente, ¿averiguóse algo?
-
--- A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al
-mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo
-estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas,
-están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de
-otra cosa.
-
--- No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por
-terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la
-sensacion al caer, que no el golpe de la caida?
-
--- A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de
-la Cruz un hombre muerto.
-
---¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.
-
--- En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo
-medio enterrado en la arena.
-
---¿Habia sido asesinado?
-
--- No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.
-
---¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la
-caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!
-
---¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi
-Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca
-mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años
-despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?
-
-En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el
-silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando
-en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él,
-en la inmensidad del coto.
-
---¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.
-
--- Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso
-mismo: _¿no hay quien me favorezca?_
-
---¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?
-
--- La de un cañon.
-
---¿De un cañon? ¿Dónde está?
-
--- En un buque.
-
---¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?
-
--- Sí, porque naufraga.
-
---¿Y no se le puede socorrer?
-
--- Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á
-un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds.,
-señoritas, -- añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo
-cañonazo, -- que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir
-socorro y no poder prestarlo.
-
-¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya
-pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, _¿no hay quien me
-favorezca?_ en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro,
-plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que
-parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra
-deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte,
-solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del
-huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun
-sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en
-que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion
-del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al
-Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!
-
-Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron
-cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar
-habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de
-adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los
-masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.
-
---¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril
-actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda
-socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en
-un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que
-aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la
-arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando
-llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada
-Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia
-reconocido la infeliz Constancia á su amante.
-
-Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á
-cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los
-pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas
-de los vecinos de aquellos.
-
-Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula
-y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á
-partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija
-Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla,
-pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en
-convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana
-á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se
-verificó en la enferma un cambio completo.
-
-En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á
-la agitacion.
-
-Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á
-Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que
-al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.
-
---¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin
-que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha
-proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha
-empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues
-se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á
-Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.
-
---¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: -- El mundo
-seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie
-la seduccion, y oiga la llamada!
-
-
-FIN DE LA PRIMERA PARTE.
-
-
-
-
-PARTE SEGUNDA.
-
-
-
-
-CAPITULO I.
-
-
-Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal
-y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos
-señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas,
-que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si
-fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se
-han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y
-de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por
-crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en
-suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es
-indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por
-esa mezquindad, «_que no es por el huevo, sino por el fuero_.»
-
-D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de
-instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el
-mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el
-saber? -- Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero
-esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y
-tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el
-privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo
-cuanto se les viene á las mientes.
-
-Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D.
-Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que
-al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la
-memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y
-refranes, á los que llamaba evangelios chicos.
-
-Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos
-llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan
-poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se
-ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba
-sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una
-virtud, sino como un deber.
-
-Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:
-
-En el año denominado _del hambre_, esto es, el de 1804, año en que
-perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas
-sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto
-de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia
-se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer
-dos, y cada hombre que se presentaba, tres.
-
-Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.
-
--- Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y
-mayor empeño por llevarse los garbanzos.
-
---¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora;
-que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando
-sean las nueve, me podrán hablar.
-
-Y D. Martin se volvió á dormir.
-
-Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve
-salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que
-socorria.
-
---¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campanuda voz,
-dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los
-garbanzos, eh?
-
--- Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá
-traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.
-
--- Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A
-seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.
-
--- Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su
-mercé las botas hogaño.
-
--- Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde,
-puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.
-
---¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?
-
--- Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?
-
---¿Pues de quién son, señor?
-
--- De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á
-ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con
-la voz de bajo que siempre tuvo.
-
-Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.
-
--- Pero, señor... insistieron los arrieros.
-
--- Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago?
-contestó D. Martin.
-
-¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España,
-para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos,
-que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!
-
-En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia
-vuelto con las manos en la cabeza diciendo:--¡Cristianos! aquello es una
-Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra,
-grulla, mas que sea con un pié!
-
-Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo
-estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba
-desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.
-
-En diciendo la estúpida espresion lugareña _es nacion_[4], tenian las
-cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se
-estremecia al oir la voz _nacion_, y torcia materialmente la boca á las
-familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin
-_nacion_! decia. A lo que solia contestarle una complaciente
-comadre: -- Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas,
-compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos _nacion_.
-
-Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su
-labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su
-manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de
-una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con
-hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de
-plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos
-bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de
-seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su
-cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no
-llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se
-ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles
-de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y
-en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los
-picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta
-años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar
-unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y
-sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.
-
-Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de
-estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy
-bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas
-finas deferencias. -- Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia
-decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.
-
-Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin
-formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que
-le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó
-diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha
-de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D.
-Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de
-ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso
-instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de
-familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas
-mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico
-y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.
-
-La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era
-de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el
-defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la
-edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y
-al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí,
-llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las
-prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra
-en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba
-un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo,
-no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da
-la religion.
-
-D. Martin solia decir al verla tan serena: -- Cuando eran chicos sus
-hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia
-alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le
-cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido
-pata: eso es, porque ¡_lo poco espanta, y lo mucho amansa_!
-
-Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de
-aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de
-los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la
-cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los
-religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.
-
-En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por
-haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la
-carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil,
-y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia,
-y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó
-por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su
-pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como
-en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en
-Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza
-y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo,
-de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado
-carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila,
-espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues
-á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa
-vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza
-como un poeta, y de la paz como un cenobita.
-
-El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante
-distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin
-que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le
-hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.
-
-D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su
-vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad
-habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con
-uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte
-la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si
-quieres un _siempre_ bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué
-soldado, sale mas acertado.»
-
-Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para
-ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo
-hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.
-
-Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido
-poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia
-facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de
-la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y
-blancos.
-
-Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino
-ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y
-derribar reses como el mejor ganadero.
-
-Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin
-andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo
-gracia, le definió en estas frases que solia decirle:
-
--- Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.
-
-Si se hablaba del color moreno, opinaba:
-
--- Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde;
-y miéntras mas subido, mas firme.
-
-Si su sobrino decia alguna gansería:
-
--- Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á
-distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.
-
-Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.
-
-Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con
-esta definicion:
-
--- Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de
-bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.
-
-Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de
-Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de
-bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo
-malo.
-
-La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya
-construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni
-el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la
-elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr
-caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior;
-al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales,
-alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon
-sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia,
-componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.
-
-Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al
-silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles
-de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia
-haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias
-deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros
-vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon,
-merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.
-
-A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros
-de su uso, con entrada por otra calle.
-
-Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así
-para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha
-bulla y mucho tráfago de campo.
-
-Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella
-se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por
-allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el
-título _ad honorem_ de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya
-desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia
-puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan
-los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la
-causa de esta omision, contestaba á su manera:
-
--- Taberna vieja no necesita rama.
-
--- Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que
-está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el
-barrocho por ella.
-
-Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun
-costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo
-de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser
-una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la
-proposicion de su tio.
-
--- Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!
-
--- Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de
-corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un
-toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces
-aciguatado.
-
--- Señor, dispénseme Vd., por Dios.
-
--- Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha
-de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla
-por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se
-necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.
-
-Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y
-físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas,
-que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor.
-Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas
-mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida,
-al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado
-marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra,
-en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era
-austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion
-de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:
-
--- Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á
-sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad
-con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo...
-¡y yo estoy resignada!
-
--- Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que
-aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la
-voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, _á tu casa_, y puedes mandar
-como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren
-gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele
-el molino.
-
-Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse
-dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al
-dolor como á un enemigo.
-
-Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó
-caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:
-
---¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas
-prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la
-juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y
-sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía;
-pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida,
-desaprenderás el llanto.
-
-Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.
-
-
-
-
-CAPITULO II.
-
-
-Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder,
-apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con
-todo el calor de su amante corazon.
-
---¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo
-que se hacia, casándose con esta _malva-rosita_. (D. Martin, que á todo
-el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así
-los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista,
-un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á
-ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que
-pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto
-que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.
-
---¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia
-sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera
-creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase
-tan pronto.
-
---¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el
-recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.
-
---¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que
-no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.
-
-Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones
-interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre
-cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un
-catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador
-cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por
-no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y
-entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en
-estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas
-habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria
-reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de
-rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué
-chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban
-con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un
-elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre
-un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de
-china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la
-inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia
-una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y
-modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar,
-cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del
-espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba
-colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita
-de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un
-magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan
-celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de
-marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.
-
-Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un
-jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El
-suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un
-granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus
-magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin
-fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su
-censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas
-pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas
-con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan
-maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad
-de garganta.
-
-Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada,
-el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus
-encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la
-admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines,
-dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada
-llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel
-Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma
-á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio
-de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.
-
---¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su
-convento.
-
- ¡Oh! si el sol, luna y estrellas,
- Como son astros lucidos,
- Fuesen lenguas que alabasen
- Tu nombre santo y divino!
-
-Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su
-memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente;
-cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas
-ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de
-felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas
-á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la
-pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su
-conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin
-empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se
-rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la
-serena atmósfera que Dios le envía.
-
-Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que
-caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al
-bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su
-encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que
-alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de
-un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.
-
-Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y
-mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y
-domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió
-tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un
-movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:
-
---¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!
-
-La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada
-sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le
-respondió:
-
---¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. -- Mas en la especie de sonrisa amarga
-que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la
-confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de
-dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la
-muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»
-
-Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los
-inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los
-sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele
-tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez
-de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien
-constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto
-personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del
-destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas
-generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el
-órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien
-hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida
-recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al
-ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia
-sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.
-
--- D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia
-preguntarle:
-
---¿Qué deseas, malva-rosita?
-
--- Nada, -- respondia con una sonrisa de alma y de corazon
-Clemencia; -- nada, sino el que no varíe mi suerte.
-
-Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y
-mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los
-viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas
-á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.
-
-La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio
-el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian
-querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba,
-cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada
-cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le
-habia causado la mas viva é infantil alegría.
-
-Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas
-onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme
-decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se
-incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un
-don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en
-un cajon de su papelera.
-
-En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al
-año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era
-siempre una alhaja de gran valor.
-
-Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni
-como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que
-le gustaban á ella.
-
-Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con
-ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad.
-Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su
-tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué
-que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber,
-tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para
-encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre
-superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar
-los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el
-conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.
-
-No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió
-á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el
-aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas,
-dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para
-esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el
-espíritu y no la letra. -- Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo
-que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus
-conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo
-formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que,
-como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto,
-una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un
-perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.
-
-Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto
-que el saber está al alcance de todos, y no es una _prerogativa_ sino
-una _ventaja_, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y
-la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino
-de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los
-valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre
-hallarán otro que sepa mas que ellos.
-
-Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el
-ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que
-sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada
-en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad,
-pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan
-las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete
-bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el
-gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no
-con desden, es la gran sabiduría de la mujer.
-
-La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio
-ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se
-le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á
-una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y
-para tí misma.
-
-Lo que aprendas, líbrete Dios de _lucirlo_; pues harias de un bálsamo un
-veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave
-y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.
-
-Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de
-aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo,
-y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que
-justicia.
-
-No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del
-orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu
-sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues
-es el desprecio crímen de lesa humanidad.
-
-Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas;
-pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad
-que no crea envidiosos.
-
-Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros
-como _amigos_ apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin
-caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen
-olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia,
-prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte
-ni apasionarte como amantes.
-
-Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas
-perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te
-ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da
-el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena
-enseñanza.
-
-Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que
-descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.
-
-No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta
-alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de
-ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por
-culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser
-paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas
-felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados
-caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en
-todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes
-castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el
-físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que
-atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir
-demonstrará cual ellos.
-
-Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de
-Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy
-dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan
-alto levanta, en el que se lee: _¡intereses materiales sobre
-todo!_ -- Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y
-el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren
-tendrá siempre las mismas tendencias, la de _arriba_ y la de
-_abajo_. -- Dios que nos llama y dice: _¡sube!_ -- El enemigo de nuestra
-alma que nos arrastra y dice: _¡baja!_ -- Ocupen los intereses materiales
-el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.
-
-No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para
-lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables,
-y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos;
-la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda
-interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.
-
-No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean
-buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta
-ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad,
-por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.
-
-Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta,
-no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios;
-y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es
-preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo
-la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su
-soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto
-puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha
-dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á
-ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en
-circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al
-hombre.
-
-No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la
-delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.
-
-¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni
-aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la
-mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas
-es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario
-siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la
-que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la
-que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la
-frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos,
-debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de
-nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca
-herir ni chocar con ellos.
-
-Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no
-observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa,
-despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota
-ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el
-mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te
-entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano.
-Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo
-miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:
-
-«Todos los hombres son iguales.
-
-Quien vió una mujer, las vió todas.
-
-El corazon del hombre siempre es el mismo.
-
-Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de
-los andaluces.»
-
-Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, _piensa mal y acertarás_; no
-pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu
-juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y
-la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la
-segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse
-engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre
-preferir _la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio_.
-
-No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de
-entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es
-el que halla á todos los hombres iguales.
-
--- Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos
-eran raros.
-
--- No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que
-resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que
-pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un
-original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es
-el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal,
-esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble
-corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo
-de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y
-altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.
-
-Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto,
-obscuro y poco lucido.
-
-Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya
-austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los
-brotes de un corazon rico y noble.
-
-Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que de continuo
-asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente
-despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos
-estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que
-cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo,
-que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en
-un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera,
-habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar
-su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma
-preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no
-adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa
-de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin
-corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella
-accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo
-el saber humano.
-
---¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.
-
--- Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba
-sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en
-aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si
-pones en práctica las que deseo inculcarte.
-
-De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto,
-cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia;
-haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el
-sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.
-
-Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los
-libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio,
-empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo
-amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y
-constancia propias de su genio.
-
-Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta
-señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo
-á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.
-
-Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era
-que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el
-estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á
-Clemencia:
-
--- Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten
-presente que boca brozosa cria mujer hermosa.
-
-Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia:
-¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda,
-díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.
-
-En cuanto á Pablo, solia decirle:
-
---¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la
-familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos
-tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra
-y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus
-agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de
-albarda?
-
-Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto:
-
- San Pedro como era calvo
- A Cristo le pidió pelos,
- Y Cristo le respondió:
- Déjate de pelos, Pedro.
-
-
-
-
-CAPITULO III.
-
-
-Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y
-desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D.
-Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las
-cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres
-distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan
-entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas
-pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta
-como la nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra
-del porvenir.
-
-En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos
-los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera.
-
-Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia
-con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre
-superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y
-mas provecho.
-
-El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus
-sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes.
-
-Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer
-mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances
-y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos
-suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y
-otras para su mal y su corrupcion.
-
-Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante
-existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera
-modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres
-no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres
-casi siempre designados con el nombre de _oscuros_, hombres apegados á
-su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan.
-
-Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las
-continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el
-fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en
-ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella
-mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació,
-pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia
-sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia
-aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.
-
-Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy
-niña, y faltábale esperiencia para conocer lo que valia su primo, y se
-reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.
-
-Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que
-no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años
-pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual
-estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña
-Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave
-María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud,
-florecia cual una lozana y alegre primavera.
-
-Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y
-aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del
-Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un
-curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo
-cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el
-porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo
-que es y de lo que puede.
-
-A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio,
-que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con
-una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al
-porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de
-venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.
-
---¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon
-de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente,
-llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya
-la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.
-
--- _Entepá_, dijo la gentilla por decir _gente de paz_.
-
--- Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves,
-dá á esa _entepá_ media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo
-estafermo montaraz.
-
-No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus
-lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas.
-Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por
-debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus
-enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus
-descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un
-habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de
-embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco
-deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su
-rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las
-de su casta.
-
---¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.
-
---¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como
-hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.
-
--- Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña
-comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas,
-y que sirvan para meter en ellos el alhucema.
-
--- Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos,
-carita de rosa; que le diré su buenaventura.
-
---¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro
-Ponto, dijo D. Martin.
-
--- Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó
-alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la
-digan!
-
---¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.
-
---¡Déjala, si le divierte, _Metomeentodo_, opinó Doña Brígida; que eres
-como el tomate, que en todo se encuentra!
-
---¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros
-de la singracia.
-
-Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras
-de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.
-
-La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano
-de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con
-recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:
-
---«En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no
-va cosa mala.
-
-«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre y buena madre,
-y tiene la sangre limpia, como agua de buen _manantal_.
-
-»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de _albajaca_, que muchos
-la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas
-las cosas le hacen gracia.
-
-»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante
-y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se
-la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la
-reina de las flores.
-
-»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de
-la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y
-otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, _pues bien sabe
-la rosa en qué mano posa_.
-
-»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le
-falta dinero. No me sea, _jermosa_, desaborida; écheme un remiendo á la
-vida.
-
-»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo
-zampo.»
-
-Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la
-profetisa, eran generalidades que nada precisaban.
-
--- Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida
-dicen arrumales.
-
-En seguida preguntó Clemencia á la niña:
-
---¿Sabes rezar?
-
---¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.
-
--- Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.
-
---¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.
-
--- Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo
-bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:
-
- A la cabecera pongo la luz,
- A los piés de la Santa Cruz,
- Al lado derecho á Adan,
- Al lado izquierdo á Eva,
- Para que no lleguen sapos ni culebras
- Ni sarabandija ni sarabandeja;
- Sino que vayan donde va esta piedra.
-
-Y tiro una piedra así--(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á
-D. Martin).
-
--- Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la
-chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida
-de Dios te llegues tú por aquí.
-
---¡Ay Jesus! y qué señor tan _repanchiago_ de cuerpo, y tan _respingao_
-de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.
-
---¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.
-
---¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso,
-con una calavera de mula por almohada.
-
--- Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con
-esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que
-parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese
-usía _abujado_ que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una
-abulaga.
-
---¡Pobrecita! esclamó Clemencia.
-
---¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años
-once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!
-
--- Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.
-
--- Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen
-gracia, gruñó D. Martin.
-
--- Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á
-correr.
-
--- Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa
-langosta de Egipto, le gritó D. Martin.
-
---¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad,
-y qué señor tan respetuoso!
-
---¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?
-
--- Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su
-mercé en ese sillon tan _jermoso_, que parece un colchon sin bastas en
-una galera despalmaa.
-
---¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete;
-mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.
-
-Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á
-la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una
-cedulita que dió á su protectora diciéndola:
-
--- Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de
-abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo
-la gitanilla.
-
---¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su
-asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la
-entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!
-
--- La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y
-reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? -- prosiguió dirigiéndose á su
-mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes
-de usted.
-
--- Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal
-acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en
-que no hemos de estar sino de tránsito?
-
--- Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es,
-á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan,
-digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no
-fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta
-del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha
-estado en él.
-
--- Dí _gracias á Dios_, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.
-
--- Sí señora, sí señora, no hay duda de que _de Dios nos viene el bien,
-pero de las abejas la miel_; contestó su marido.
-
---¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó
-Clemencia al Abad.
-
--- Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera
-está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre
-ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas
-formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra
-vuelven.
-
--- Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy
-para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo?
-que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y
-no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien,
-y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?
-
--- Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en
-un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el
-corazon de ansiar por ella.
-
--- Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que
-te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que
-has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas
-jerigonzas como los requilorios á las viejas.
-
-_Latines_ era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.
-
--- Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto.
-El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como
-él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un
-gran deseo de aprender.
-
--- Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de
-delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes
-por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero
-plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la
-boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha
-de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.
-
--- La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se
-muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su
-propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento
-de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de
-una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los
-propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí
-mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se
-permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia
-palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la
-muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de
-enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina,
-que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que
-va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona
-presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un
-segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el
-placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la
-delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene
-sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe
-de la cultura su esquisito perfume.
-
--- Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos
-espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena
-sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la
-flor, como dirias tú.
-
--- En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece
-lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da
-ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para
-esta fruta, y ramas secas para aquella flor.
-
--- Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no
-le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.
-
--- No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar
-como oro en paño.
-
--- Eso es una tontería de dos varas, niña.
-
--- Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que
-le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera
-delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los
-periódicos?
-
--- Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con
-las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz;
-pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues
-lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo
-hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su
-oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la
-confianza en Dios, y los piés en la calle?»
-
--- Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi
-prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.
-
-La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó
-olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre
-llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.
-
--- Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios
-tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el
-centro de la tierra.
-
--- Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.
-
--- Anda, anda, que yo te lo mando.
-
---¡Por Dios, señor!...
-
---¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!
-
--- Sea el que fuere, debemos respetarlo.
-
---¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.
-
--- No me lo mandais, no.
-
---¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!
-
--- No puede ser.
-
---¿Y porqué no, malva-terquilla?
-
--- Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.
-
---¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?
-
--- Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.
-
-En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que
-habia echado de ménos.
-
-D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su
-malva-terquilla.
-
--- Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena
-y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que
-me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres
-en mi oratorio.
-
-Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el
-oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.
-
-Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara.
-Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo,
-á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en
-el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:
-
- LO QUE ERES, FUI;
- LO QUE SOY, SERAS!
-
-Clemencia salió tétricamente impresionada.
-
--- Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que
-habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una
-idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales
-espectáculos?
-
--- En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo
-busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad
-tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese
-esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la
-otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce
-su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas
-elevada.
-
---¿Lo aprobais, pues?
-
---¿No lo habia de aprobar, hija mia?
-
---¿Y acaso hariais otro tanto?
-
--- No.
-
---¿Lo aconsejariais?
-
--- Tampoco.
-
---¿Porqué no, aprobándolo?
-
--- Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan
-lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y
-espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el
-mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser
-jueces, no solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La
-libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada
-cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que
-no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa
-intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é
-indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y
-una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se
-ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.
-
-
-
-
-CAPITULO IV.
-
-
-Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su
-vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y
-toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.
-
-Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un
-instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado
-de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el
-alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si
-al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley
-práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica
-la senda; el ejemplo arrastra á ella.
-
-Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la
-verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los
-horrores de la tierra mas apartados.
-
-¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que
-no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia,
-que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se
-aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica,
-la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra
-argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los
-ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas
-vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente
-superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez
-la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda,
-agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin
-hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la
-barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no
-pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros
-instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz
-_oscurantismo_ como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que
-en el _saber_ no está la _moral_, sino la _corrupcion_ del vulgo! El
-mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la
-felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por
-otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y
-feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?
-
-Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á
-saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.
-
---¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.
-
--- Al campo, á coger flores.
-
---¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios,
-hija, si te divierte.
-
-En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su
-sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con
-las niñas, le dijo:
-
--- Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, _Regina
-angelorum_?
-
--- Al campo, señor.
-
--- Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si
-pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es
-necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme
-adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?
-
--- Lleva un perro, respondió Clemencia.
-
--- Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es
-grande.
-
--- Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no
-se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla,
-prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas,
-aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia:
-entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con
-Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno
-está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.
-
-Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron
-despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos
-piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las
-madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus
-encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja
-sus jorobas.
-
-En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó
-Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo
-de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena
-triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico
-suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas
-voces en el corazon.
-
-La niña mas chica traia un pájaro.
-
--- Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que
-aprieta con la mano.
-
---¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano _apretá_, sino _aflojá_.
-
---¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.
-
--- Sí, contestó Mariquilla.
-
---¿Pues qué son?
-
- Los pájaros son clarines
- Entre los cañaverales,
- Que le dan los buenos dias
- Al sol de Dios cuando sale.
-
--- Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de
-Dios.
-
---¿Y no se deben matar los animales?
-
--- No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento
-posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta
-ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.
-
-La niña titubeaba.
-
--- Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la
-mayor.
-
--- Si tengo la mano _abría_, y no se quiere ir...
-
-Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.
-
---¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias
-una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las
-virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por
-el mundo entero?
-
--- La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.
-
--- Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad,
-dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad,
-porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.
-
---¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.
-
--- Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar
-algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion
-en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para
-convenceros de ello, os contaré un ejemplo.
-
-Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los
-niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y
-los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.
-
-Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer
-silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios;
-y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á
-escucharla.
-
-Clemencia habló así:
-
---«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran
-mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en
-hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus
-sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su
-herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus
-vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que
-las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un
-beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien
-criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para
-dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud
-decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de
-beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas
-en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado
-á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices.
-Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los
-obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los
-hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un
-ángel.
-
-Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año
-transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon
-que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las
-inteligencias.
-
-Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como _jueza_ en su
-trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso
-hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir
-esto, y preguntó si estaba concluido. -- Sí señora, contestó el
-interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras
-de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las
-gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas
-un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa
-reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo
-faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo
-para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una
-señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de
-hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.--¿Y la tienes contigo?
-preguntó la reina. -- Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré
-de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí
-con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de
-caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban
-dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una
-pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir
-de aquel lugar tan concurrido.--¿Qué quiere este bello niño? preguntó la
-reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana,
-á ninguno que deseaba hablarle. -- Quiero, contestó el niño con mucha
-dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo
-premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.--¿Y quién
-es? preguntó la reina. -- Es esta pobre anciana, contestó el niño.--
-¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho,
-nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. -- Y no
-obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. -- Pues ¿qué
-ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser
-justa. -- Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. -- Ya veis, señora,
-esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! -- Sí, repuso el
-niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó
-conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño
-Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba
-premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia
-merecido.
-
-Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos
-valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con
-que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y
-hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios
-que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva
-su recompensa.»
-
-
-
-
-CAPITULO V.
-
-
-Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron
-discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran
-muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.
-
---¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.
-
---¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del
-lugar que andarán de tuna.
-
--- No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia
-fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me
-temo...
-
-No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada
-y azorada gritó:
-
---¡Eh, toro!
-
-Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que
-las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus
-vestidos.
-
-Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun
-medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.
-
-El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del
-camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas,
-como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas
-hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba
-indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.
-
-Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse
-en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como
-á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria
-tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?
-
---¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos.
-¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro
-en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad,
-y grande tu valimiento!
-
-La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura el seco ruido
-de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y
-descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de
-Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.
-
-En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y
-moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto
-sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que
-con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres,
-que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán
-artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al
-pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se
-apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran
-podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie
-sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.
-
-En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el
-toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y...
-partió hácia él.
-
-Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del
-vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió
-agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas
-por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde
-cayó en tierra.
-
---¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su
-lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y
-tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni
-altera en palabras.
-
-A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia,
-cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la
-poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó
-por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.
-
-Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se
-echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el
-efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los
-pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.
-
-Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí
-aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con
-admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal
-cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez,
-levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en
-sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de
-la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.
-
---¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.
-
--- Calla, murmuró este á su oido.
-
-Aun no habia pasado el peligro.
-
-Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los
-resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras
-del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del
-estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante,
-retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.
-
-Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y
-se viene acercando.
-
---¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.
-
-Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero,
-venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su
-uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia,
-pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan
-poca ventaja le reportaba.
-
-Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan
-aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el
-peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago,
-lejano y grave rumor.
-
-Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del
-brazo de su salvador.
-
--- Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no
-puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa
-de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud
-han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!
-
-En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de
-garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se
-veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando
-alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que
-la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en
-el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo
-ocurrido, al estático y embriagado auditorio.
-
---¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, -- Pablo es todo un hombre.
-Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la
-obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á
-guapezas, muestra,--¡por via del Dios Baco! -- la sangre de los Guevaras.
-¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden
-charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los
-hombres de pelo en pecho.
-
--- Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero;
-que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.
-
--- Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era
-para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.
-
--- Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre,
-repuso Clemencia.
-
--- Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña
-Brígida.
-
--- Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y
-en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia:
-¡no hay nada sin Dios!
-
-En seguida contó á su mujer lo ocurrido.
-
---¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida,
-gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho
-mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad;
-pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de
-todas las demas buenas calidades.
-
--- Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una
-heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.
-
--- Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo
-que te doy, Pablo, es el potro ruano _Andaluz_, para que le luzcas á él,
-como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el
-mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.
-
---¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el
-mejor que teneis.
-
--- Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso
-su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor
-empleado; me querrás decir?
-
--- Por _Andaluz_ os darán en feria cuarenta mil reales, tio.
-
--- Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale _Andaluz_ de casa; ese
-es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino
-tú, ¿estás? No ha de enseñorearse _Andaluz_, por via del Dios Baco, sino
-con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡_Andaluz_, que hace polvo en un lodazal!
-
---¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado
-á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que
-lo mas prudente es el valor.
-
---¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese
-refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me
-olvidará.
-
---¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad.
-¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!
-
--- De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.
-
--- Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose;
-si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo,
-Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el
-alma.
-
-Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus
-brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo,
-abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones
-ardientes, tan espansivo y tan tierno.
-
---¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la
-señorita, que al fin es su prima, ya era una hombrada de las pocas;
-pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso
-es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de
-lo grande, de lo santo, de lo sonado!
-
--- Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A
-este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida
-de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como
-ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.
-
--- Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su
-mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo
-se lo agradezco!
-
-Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion
-y de gratitud de que era objeto.
-
-Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada
-pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y
-lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia
-era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.
-
---¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre
-para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia
-singuilindango?
-
--- Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que
-la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres
-de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un _mal haya_? ¡no como
-otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! -- Y vengo
-tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de
-vino, para ponerme un reparito en el _estógamo_, pues con la alegría me
-se ha _escompuesto_.
-
---¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via
-del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una
-pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!
-
--- Pues sí, Señor D. Martin, que lo _mesmo_ es una alegría que un pesar
-para estrépito del cuerpo.
-
--- No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le
-basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro
-en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad;
-nada le luce.
-
---¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que
-me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay,
-Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!
-
--- Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de
-la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D.
-Martin, dándole una peseta.
-
---¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los
-deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.
-
--- Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado,
-pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está
-Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la
-espalda, -- sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.
-
---¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al
-irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.
-
-
-
-
-CAPITULO VI.
-
-
-No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en
-Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian
-ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la
-influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian
-enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y
-el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos
-forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos
-alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia,
-benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de
-que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.
-
-Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras,
-las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas
-sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran
-seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.
-
-Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D.
-Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no
-impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la
-baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica,
-delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los
-años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia
-sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz,
-que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar
-espinas.
-
-Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un
-sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto,
-vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á
-empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron
-el siguiente diálogo:
-
--- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando
-los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.
-
--- Que manden repicar, contestó D. Martin.
-
--- Señor, no sea su mercé _asina_, y tenga compasion de su prójimo. Me
-envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para
-pagar un _préfulo_; mas que sean prestados; que él se los pagará á su
-mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.
-
---¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los
-plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser
-enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el
-dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en
-pagármelo?
-
--- Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.
-
---¡Hola!
-
---¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.
-
--- Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais;
-su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del
-campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida
-sosteniendo las esquinas, les viene la _casaca_ como el aceite á las
-espinacas.
-
---¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto
-que un ajo.
-
--- Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca
-hace _na_.
-
--- Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con
-el hijo del tio Gil.
-
---¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á
-sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues
-dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le
-costeo, que canta el misterio.
-
--- Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y
-tan gordita...
-
---¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.
-
--- Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el _probecito_,
-está malito de la desazon.
-
--- Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.
-
--- Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé
-que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita
-surcos de llorar.
-
--- No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á
-albarda, muerde la atafarra.
-
--- Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es
-el paño de lágrimas de los desdichados...
-
--- No me venga Vd. con gatatumbas.
-
--- El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es
-endeblito.
-
---¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.
-
---¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!
-
--- Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.
-
--- Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.
-
---¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se
-zamarrea de ganso!
-
---¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.
-
---¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?
-
--- Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro
-que se llama _el moral_.
-
--- No diga Vd. _sinfundos_, tia sabijonda; moral no es ningun libro.
-
---¿Que no? ¿pues qué es, señor?
-
--- La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.
-
---¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!
-
--- Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina
-con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir
-despropósitos en tono de sentencias.
-
--- Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe _latines_ y
-estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los
-cuartos.
-
---¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:
-
- Pájaros con muchas plumas
- No se pueden mantener;
- Los escribanos con una
- Mantienen moza y mujer.
-
--- Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que _Séneca_.
-
--- Mas valiera que se hubiese atenido al _arache_ y al _cavache_.[5]
-
--- Pues yo he querido que _aprienda_, señor, que el saber no estorba; y
-que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no
-compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.
-
---¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio
-_bragado_ y _pintado por el lomo_! ¡Pan de rosas! que cuando no está
-preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por
-una riña, y en este por una pendencia.
-
--- Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que
-unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.
-
--- Se le cogió _fragantelito_, yo lo vi.
-
--- Eso fué allá en _años témporas_. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su
-mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los
-unos grande, los otros chica.
-
--- Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de
-Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos
-olvide.
-
--- Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con
-mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.
-
---¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que
-la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.
-
---¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote
-en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?
-
--- Desearle buen viaje.
-
---¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...
-
--- De obras buenas, tia Cansina.
-
---¡Señor, por María Santísima!...
-
-D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el
-toque del tambor:
-
- ¡No hay remedio! ser soldado
- y marchar al batallon,
- en que avivan á los flojos
- con el pan de municion.
- Rrrrrran, tan, plan, plan:
- un cabo loco te amansará.
-
--- Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su
-mercé esos dineros?
-
---¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin.
-¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis
-abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los
-vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al
-moralista de su sobrino á que _aprienda_ disciplina, que lo hará mas
-liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas
-como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios
-con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las
-amistades.
-
--- El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco
-importa, dijo entre dientes la tia Latrana.
-
---¿Qué está Vd. ahí _musitando_? preguntó D. Martin.
-
--- Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera
-yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no
-lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.
-
-Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.
-
--- A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero
-un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre,
-si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de
-un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me
-caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.
-
-Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en
-quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en
-favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como
-solia estarlo.
-
--- Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera
-hablaros.
-
--- Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.
-
---¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!
-
--- Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la
-madera de los Latranas ni para tacones es buena.
-
---¿Qué os han hecho los pobres esos?
-
---¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho
-y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le
-llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un
-basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á
-un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á
-mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme
-ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.
-
--- Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...
-
--- Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision;
-aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.
-
-Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:
-
--- Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que
-hambre y esperar hacen rabiar.»
-
--- Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana
-al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija?
-Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.
-
--- Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé
-que la _probecita_ está muy malita; por si su mercé le quiere dar para
-un pucherito, respondió la vieja.
-
---¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual;
-Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la
-Perala, que era cada dia mas mala.
-
---¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua _desbocaa_. ¡Vea Vd.!
-¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!
-
---¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.
-
--- Ello es, Señor, que _eifica_.
-
---¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el
-diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los
-buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den
-garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva
-hasta que yo la llame: ¿está Vd.?
-
--- Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.
-
-Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.
-
-Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.
-
---¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó
-impaciente D. Martin.
-
--- Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor,
-repuso la embajadora.
-
--- Le hacia daño el puchero.
-
--- No señor; pero el _méico_ le ha mandado una bebida con _manesia
-cansinada_, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis
-reales.
-
--- Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.
-
-Al dia siguiente se repitió la misma escena.
-
---¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo
-esta!
-
--- Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la
-han mandado administrar.
-
--- Al cura con eso.
-
--- Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.
-
--- Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y
-definitivamente.
-
-Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida
-del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.
-
--- Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.--¡Vd. se ha empeñado en
-acabar con mi paciencia, caracoles!
-
--- Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.
-
---¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?
-
---¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle
-el entierro.
-
---¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto
-ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues,
-tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.
-
-¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana
-cuando ménos se pensaba.
-
---¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que
-una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!
-
--- Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...
-
---¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.
-
--- Señor, la _probecita_...
-
---¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?
-
--- Sí señor, pero...
-
---¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?
-
--- Sí señor, pero...
-
---¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.
-
--- Sí señor: ya voy; pero... es que...
-
---¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.
-
---¡Es que resucitó!
-
-Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero
-no así D. Martin, que se puso furioso.
-
--- Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir
-para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que
-hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan,
-que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas
-audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes,
-la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan
-mandria, ya deberia haberlo hecho.
-
-La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba
-fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:
-
--- Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El _méico_
-dijo que habia sido un _cincopiés_ (síncope).
-
--- Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.
-
--- Señor, dice el _méico_ que se le ponga una docenita de _sanguisuelas_.
-
---¡Una docena de culebras de vara y media!
-
--- Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.
-
--- A bien que le tengo pagado el entierro.
-
--- Señor, ¿la dejará su mercé morir?
-
--- A bien que resucitará.
-
--- Señor, eso es una falta de caridad.
-
---¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando
-hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!
-
--- Señor, no me entretenga su mercé; que las _sanguisuelas_ urgen.
-
--- Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo:
-¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en
-toda la campiña.
-
--- Señor, si no me da su mercé el dinero para las _sanguisuelas_, tendrá
-sobre su conciencia la muerte de esa bendita.
-
-D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió,
-como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á
-las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo
-tiró á la vieja diciendo:
-
---¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.
-
-Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse
-entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el
-libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la
-cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.
-
-La vieja habia desaparecido.
-
---¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y
-estancando la sangre con su pañuelo.
-
---¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento;
-¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!
-
---¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D.
-Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?
-
---¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo
-Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los
-cuidados que le prodigaba Clemencia.
-
--- Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio,
-¿es cosa mayor? -- Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.--¿A
-qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis
-pecados? -- Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose
-á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!--¿Estais de
-vuelta? -- A esa vieja maldita, colgadla por los piés. -- Pablo, petate,
-¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?
-
--- El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia
-llorando.
-
--- Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y
-á él le vas á meter aprension.
-
--- No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen
-bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. -- Clemencia,
-añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con
-la prueba de interes que me has dado.
-
-Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el
-hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero
-vértigo.
-
-En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un
-cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.
-
---¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!...
-¡Dios mio! ¿se irá á morir?
-
--- No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la
-pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.
-
-Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la
-señora, y se puso á curar la herida.
-
-Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á
-Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de
-lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los
-volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste
-aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.
-
--- Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una
-sangria.
-
-Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para
-aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.
-
--- Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que
-con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita
-vieja!
-
--- No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no
-es cosa de cuidado.
-
---¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo
-que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que
-una breva?
-
---¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas
-condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la
-comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!
-
--- Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto
-Pablo contigo una pica en Flándes.
-
--- Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo
-que ha hecho es una noble y generosa accion.
-
--- Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una
-borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se
-vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de
-las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor
-de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la
-Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.
-
-D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como
-primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la
-hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando
-toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de
-esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion
-que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el
-cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen
-querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros:
-¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de
-madera?
-
-Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.
-
--- No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he
-cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.
-
--- Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy
-franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la
-generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.
-
--- Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre
-flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que
-voy á pasar.
-
-Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo
-intranquila y disgustada.
-
-
-
-
-CAPITULO VII.
-
-
-El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que
-ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo
-estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su
-sobrino.
-
-Pensó que Pablo, -- á quien en el fondo queria y preciaba, -- Pablo que era
-un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia
-buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero,
-era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á
-su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto
-por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar,
-quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida.
-Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no
-se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien
-arrobas.
-
-D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion.
-Así sucedió, que á los dos dias, habiendo salido su mujer por haberle
-avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á
-Clemencia:
-
--- Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de
-seis años que murió tu marido. ¿No es así?
-
--- Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste
-y amargamente.
-
--- Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar
-estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de
-tu jardin.
-
--- Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en
-eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y
-al de mi tio?
-
---¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas!
-¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te
-hallarás sola como el espárrago.
-
--- Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni
-llora?
-
--- Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.
-
-Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado
-la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna,
-nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que
-calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:
-
--- Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un
-hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito
-sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que
-se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo
-juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?
-
-Clemencia aturdida y consternada callaba.
-
-D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si
-bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto
-independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por
-precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil
-como el de Clemencia.
-
---¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su
-interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar
-mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un
-hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el
-Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace
-que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el _rendibú_ á la
-francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en
-los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas
-miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras;
-chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,--¡por via
-de sanes! -- sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las
-narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos
-piones, harian mejores maridos que Pablo?
-
--- No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca
-he pensado en novios ni en casamiento.
-
--- Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte
-la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer
-sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si
-bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita,
-que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son
-pardos.
-
-Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que
-su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á
-interrumpirle diciéndole riendo:
-
--- Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy
-por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en
-eso.
-
--- Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio
-Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?
-
---¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que
-haces?--¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido
-hoy de repente á casamentero?
-
---¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque
-soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué
-manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de
-casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es
-vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de
-pasar toda tu vida sola como el espárrago.
-
-La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo
-alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara
-ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como
-una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:
-
--- Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.
-
--- No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles
-para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que
-maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la
-sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza
-repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas
-quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?
-
--- No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.
-
--- Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto,
-quieres tu bienestar.
-
-Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar
-amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio;
-pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir
-un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.
-
-D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la
-comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de
-haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando
-intactos los platos que le servian:
-
---¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?
-
-No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese
-notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.
-
-Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos
-observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la
-falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile.
-Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin
-causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que
-no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la
-igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba,
-decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y
-moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor
-risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y
-reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.
-
--- Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.
-
--- Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de
-su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.
-
---¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está
-allí de molinero?
-
--- Francisco Perez, señor.
-
---¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?
-
--- Porque era injusto no hacerlo.
-
--- No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese
-no le ha de entrar la manía por escrúpulos.
-
--- Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que
-recibe y entrega por cuenta la maquila.
-
--- Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo.
-Ademas, no quiero gentes de Villamartin.
-
---¿Por qué, señor?
-
--- Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.
-
--- Esa es una preocupacion vulgar, señor.
-
---¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías me huelen á
-discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy
-para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco.
-¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion
-en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda,
-con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo
-fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien
-pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y
-se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los
-picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado?
-Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro,
-cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan
-contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo
-valia sus veinte doblones mas que el negro. -- Juana, prosiguió sin
-pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la
-nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene
-novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo;
-que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de
-devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra
-parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?
-
---¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?
-
--- Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua
-de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la
-habia querido matar despues de llenarla de _indultos_, segun su
-espresion?
-
--- No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo
-Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el
-pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas
-atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.
-
--- No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi
-corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta
-que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia
-Machuca y la tia Carrasca.
-
--- Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese
-nombre.
-
--- Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y
-María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir
-la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria
-yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y
-mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres
-personas distintas y una sola _indinidá_.
-
--- Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á
-los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.
-
--- Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un
-gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa
-me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí.
-Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las
-herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion
-de las viejas zafias que lo son las mias.
-
--- Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo
-pausadamente Doña Brígida.
-
--- Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo
-era el dia en que me casé.
-
--- Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me
-agradan, has acertado en envejecer.
-
--- Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó
-viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante
-marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado
-garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede
-digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo...
-Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd.
-señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te
-comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...
-
--- Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las
-temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba
-creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.
-
--- Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y
-de dia, dijo D. Martin.
-
--- Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó
-ménos las personas sentadas á tu mesa.
-
--- Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me
-gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con
-tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir,
-que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el
-sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de
-manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo:
-ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera
-siquiera por una buena moza...
-
--- Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de
-veras que el leer sea anti-estomacal?
-
--- Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te
-voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que
-estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho
-yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo,
-¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de
-pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo
-que enseña el estudio de lo fino?
-
---¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.
-
--- Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.
-
--- Será la de Dios.
-
--- Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.
-
--- No caigo, tio.
-
---¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni
-hincharse de términos curruscantes!
-
--- Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía
-el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una
-ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó,
-que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. -- De todo,
-contestó el boticario. -- Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el
-quinto.
-
---¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo
-se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la
-sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. _Lo que natus es,
-negar no potes_; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.
-
-Pablo y el Abad se echaron á reir.
-
---¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido
-decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me
-opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le
-vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del
-boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que
-para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de
-oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á
-censo lo que digo, ni por donde quema.
-
--- Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo
-á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para
-los fariseos, hermano.
-
-
-
-
-CAPITULO VIII.
-
-
-Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia
-hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que
-pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!
-
-Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su
-despacho, le habló en estos términos:
-
--- Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.
-
--- Sí, señor, uno y otro, -- contestó Pablo, que era grave, sonriendo
-friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio
-que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque
-le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio
-la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la
-inteligencia.
-
--- Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa
-costal de paja, ¿eh?
-
---¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.
-
--- Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la
-manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así
-todo se queda en casa.
-
-Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por
-la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente
-pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la
-lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las
-lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro
-orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le
-habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:
-
--- Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso
-sabeis lo que diria?
-
--- Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué
-decírselo á ella.
-
---¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.
-
---¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se
-hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara,
-aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas
-mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.
-
---¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.
-
---¿Hablo _estranjis_, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero,
-pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.
-
--- Pues siento decíroslo, tio, -- dijo Pablo en tono sereno y
-decidido; -- pero os habeis equivocado.
-
-No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en
-que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la
-de D. Martin al oir á su sobrino.
-
-Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que
-en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que
-sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder,
-se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!...
-pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que
-respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al
-verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres
-sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre
-albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda
-con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.
-
---¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la
-viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una
-Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?
-
--- Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de
-Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un
-hombre que valga mas que yo.
-
---¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el
-plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se
-propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y
-bien te vendas.
-
-Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio
-no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á
-rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:
-
--- Señor, ello es que no me puedo casar.
-
--- Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?
-
--- Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.
-
---¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?
-
--- No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.
-
---¿Estás quizas enfermo?
-
-Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:
-
--- Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi
-hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los
-médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me
-espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.
-
---¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?
-
--- Un facultativo de Sevilla.
-
--- Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.
-
--- Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su
-sistema.
-
--- Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista
-de mano pesada.
-
--- Señor, -- contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su
-tio, y no pudiendo ya retroceder: -- no me siento precisamente malo; pero
-tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil,
-otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.
-
---¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito
-que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro
-cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy
-para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio,
-quedamos todos aplastados como los Filisteos!
-
--- Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me
-han prescrito un régimen preventivo.
-
-Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un
-golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.
-
---¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se
-pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que
-mucho se cura... poco dura?
-
--- Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el
-hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su
-casamiento.
-
-D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia
-que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba
-Pablo.
-
---¡Vea Vd., -- pensaba, -- un moceton como un trinquete, un jastial como un
-loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de
-Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas
-espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal
-manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la
-puya al trompo y se descubre el busílis?
-
-Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.
-
--- Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se
-arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora
-salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia
-un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo
-como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que
-tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera,
-á quien quiero como á hija, le dejo, -- por justicia que á ello me obliga,
-y por cariño que á ello me induce, -- no solo cuanto libre tengo, sino la
-mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.
-
-Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.
-
--- Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido.
-Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese
-rogado que lo hicierais.
-
-Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo,
-D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos
-atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á
-Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia
-que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:
-
--- Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar
-cédula real para dejárselo todo.
-
---¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que
-dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la
-conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado,
-no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por
-amor se renunciase al amor.
-
--- Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia
-muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al
-coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan
-animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por
-mal que le venga, no se enoje.
-
-Diciendo esto se salió bufando.
-
-D. Martin por primera vez se halló _apurado_; no sabia cómo salir del
-paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su
-Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á
-callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija;
-pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su
-pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar
-su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:
-
---¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de
-Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un
-roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se
-lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el
-padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo
-mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues
-sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se
-pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña?
-¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese
-cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el
-pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile
-mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.
-
-Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena
-inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de
-todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se
-llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion,
-el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion,
-se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el
-derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una
-usurpacion.
-
-Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que
-habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que
-así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido
-rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres,
-que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como
-porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su
-tio.
-
-D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á
-quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera.
-Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero
-cariño:
-
--- Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas
-de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando
-yo falte, no tengas cuidado...
-
---¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.
-
--- No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los
-viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así
-es, que te ha de quedar--¡por vida mia! -- para que arrastres coche.
-
---¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.
-
--- Pues será para moños.
-
--- Señor, sabeis que no me gustan.
-
--- Pues para brocados, como te mereces.
-
--- Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la
-nobleza.
-
--- Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está
-mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos,
-¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura.
-Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo
-por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi
-herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!
-
-
-
-
-CAPITULO IX.
-
-
-D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que
-estaban solos, á su mujer:
-
--- Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de
-Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo
-dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en
-sazon, ha dicho que no?
-
--- Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.
-
---¿Y porqué?... ¿me querrás decir?
-
--- Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos
-ántes que á tí, Martin.
-
--- Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.
-
--- Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud,
-guiar nuestras inclinaciones.
-
--- Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la
-mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice
-lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no
-piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio.
-Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?
-
--- No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de
-intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del
-cielo baja.
-
--- Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches
-sin cocheros y los barcos sin pilotos.
-
--- Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su
-conciencia.
-
--- Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si
-trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:
-
- Lo de mi casamiento
- Parece cosa de cuento;
- Miéntras mas se trata,
- Mas se desbarata.
-
-Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.
-
--- Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y
-el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.
-
--- Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el
-cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado
-con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me
-dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan
-contenta, que ni un perro harto de carne.
-
--- Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.
-
---¡Ay señor! vengo de muy léjos.
-
---¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el _mucho_ andar trae el
-_poco_ andar.
-
--- Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.
-
---¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á
-la que puede caer la sombra de un coche?
-
--- Porque mi sobrina está de parto.
-
--- Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.
-
---¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á
-ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.
-
--- Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd.
-garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha
-venido.
-
--- La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis
-parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No
-tiene espigas, sino espigorrillos.
-
---¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen
-los labradores en la mano al sol y á las nubes?
-
--- Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó
-lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal.
-Así... iba á pedir á su mercé si me queria _emprestar_ para mercar un
-cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.
-
---¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un
-lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!
-
--- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que
-puso en contacto su barba y su nariz -- á quien de miedo se muere (con
-perdon de su mercé) con _moñiga_ le hacen la sepultura. Ademas, señor,
-al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono
-natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo.
-¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí
-hace.
-
---¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los
-dineros que le presté para el habar del año pasado?
-
--- Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado?
-Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que
-viene podré pagar á su mercé y remediarme.
-
--- Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me
-pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe
-todo el año.
-
---¿Señor, y los _probes_ qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre.
-Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los
-amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable
-y de los nombrados, y yo una _probe_ desdichada, soy su amiga, señor...
-que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el
-alma.
-
---¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?
-
--- Sí señor, sí señor.
-
---¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?
-
--- No señor, no señor.
-
---¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está
-Vd. hueca?
-
--- No señor, no señor.
-
--- Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de cuatro meses, y
-eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.
-
--- Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor
-mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la
-vieja.
-
--- Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.
-
-En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.
-
--- Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.
-
---¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.
-
--- Las mieses.
-
---¿Han sacado los ganados?
-
--- Sí señor.
-
---¿Y los aperos?
-
--- Tambien.
-
---¿Le has avisado al señorito?
-
--- Va para allá que vuela.
-
--- Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora,
-sea lo que Dios quiera.
-
-Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San
-Lorenzo, abogado del fuego.
-
-Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus
-manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.
-
---¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.
-
--- Sí señor, contestó Pablo.
-
---¿Se ha salvado algo?
-
--- La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras,
-se les han quemado todas.
-
---¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.
-
---¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el
-corazon.
-
--- Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido
-que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo
-saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada
-cual lo que haya perdido[6].
-
-Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo,
-que volviéndose á un criado:
-
---¡Otro caballo! gritó.
-
-Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.
-
-Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus
-habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de
-los caballos; al verla, Pablo esclamó:
-
---¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!
-
-Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la
-fausta nueva á los interesados.
-
--- Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo
-Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa
-aquí?
-
--- Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita,
-respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena
-accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por
-tí -- así; bien:--¡otro por él! -- así! Pensó bien en transmitírmelo por tí,
-pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su
-nuera.
-
---¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.
-
-Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo
-ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas.
-Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar
-una palabra.
-
---¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser
-rico?
-
---¡Mejor es bueno! contestó ella.
-
--- Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se
-necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena
-voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia
-voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No
-parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, -- dijo
-á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su
-marido como la cosa mas natural y sencilla, -- mande Vd. estos cansados
-cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira,
-María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la
-olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?
-
--- Lomo, señor; y carnero dorado.
-
---¿No hay aves?
-
--- No señor.
-
--- Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de
-tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la
-arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de
-repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.
-
--- Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas,
-dijo doña Brígida.
-
---¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el
-marido.
-
-Las criadas se fueron.
-
---¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que
-poca hiel hace amarga mucha miel.
-
--- Es que la moza mala hace al ama brava, señora.
-
--- Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado
-reverencioso.
-
---¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que
-venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro,
-aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta
-un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las
-gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que _asina_ las llamas le
-volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da
-su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante
-y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian.
-¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia
-hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su
-metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por
-medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge
-al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su
-ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia
-el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se
-podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á
-él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un
-Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo...
-tal astilla.
-
--- Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.
-
--- Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.
-
-En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como
-Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre
-Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo
-sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este
-llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al
-cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del
-mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa
-de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre
-el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero
-como la luz del sol.
-
-Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y
-originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta
-á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.
-
--- Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á
-los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.
-
--- Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances,
-repuso D. Martin.
-
--- Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña
-Brígida.
-
--- Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis
-padres y mi primo, que cien cosechas.
-
--- Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un
-granero en el que no se pica el trigo.
-
-
-
-
-CAPITULO X.
-
-
-D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su
-testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense
-quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de
-respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les
-dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues
-si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no,
-entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la
-reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.
-
-En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado
-aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos
-sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su
-sillon en una gran habitacion baja interior.
-
-Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en
-iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho
-puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de
-la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones;
-los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D.
-Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su
-amo, las hermosas espresiones de gracias populares.
-
--- Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para
-hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!
-
-Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y
-otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á
-quien de diarios se la enviaba D. Martin[7].
-
---¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que
-quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.
-
-Los hombres se acercaron.
-
--- Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una
-chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la
-guarnicion de la casa del rico mayorazgo.
-
-La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era
-el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el
-caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos
-cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la
-cabeza y dijo: Que venga la cocinera.
-
--- Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla
-venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?
-
--- No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?
-
--- Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por
-el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en
-Villa-María?
-
--- No, que yo sepa, señor.
-
--- Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas
-soso que tú?
-
-Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.
-
-Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y
-desembarazo.
-
---¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pendon de la
-insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero
-verla?
-
--- Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico
-dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es _rigular_, en mi
-nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...
-
---¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es
-menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para
-descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.
-
---¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la
-tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las
-Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad
-y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.
-
--- Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su
-comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en
-su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.
-
---¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de
-valernos de esa _tartagema_: ¡vaya!...
-
---¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo,
-de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la
-sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!
-
---¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su
-mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco
-mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde
-Vd. nos ve, tenemos _alcuña_; los _descendientes_ de mi comadre fueron
-en _años témporas_ gentes muy _empinadas_. Sus abuelos fueron sujetos
-muy _considerables_.
-
--- Pues los _descendientes_ muy empinados y los sujetos muy
-considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.
-
--- Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso
-nombre _Machuca_, de puro _machucar_ moros.
-
--- Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.
-
--- Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de
-saber su mercé que el _árbol de la generacion_ de mi casa dice que
-fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio,
-muy _emperantes_, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de
-santo.
-
--- Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son
-narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos
-nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer
-á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con
-espolones! pero, tia _Emperante_... ¡una y no mas, señor San
-Blas! -- Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta
-_pierna de santo_ una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de
-tocino; y váyase la _considerable_ á donde el humo en dia de levante.
-
-La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en
-una espuerta.
-
--- Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices
-hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.
-
---¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor,
-viendo que la vieja no se movia.
-
--- Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.
-
--- Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.
-
--- Pero como á mi comadre le falta la _denticion_...
-
--- Que la pida prestada.
-
--- Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala
-voluntad.
-
---¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan
-duro... duro... mas vale duro que ninguno?
-
--- Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y
-Juana...
-
---¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos
-águilas son!
-
--- Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio
-Alambre, que las despertaba el hambre!
-
--- Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban
-siete corrales por conversacion.
-
--- En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y
-tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y
-que no es de _buena parte_.
-
--- Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora _Emperante_ en Francia.
-¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas
-desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester
-engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á
-esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á
-campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le
-doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.
-
--- Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro
-que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por
-aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.
-
---¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me
-ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia
-espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y
-esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando
-veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese
-visto al demonio.
-
---¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun _Eron_, dijo muy picada la vieja.
-
--- No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo
-en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.
-
--- Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi
-Juan de la guerra de _Pepiñá_ para casarse, me dijo que no habia visto
-por allá mejor hembra que yo.
-
--- Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo,
-retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra
-del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y
-cuatro de traspon.
-
--- Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le
-aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora
-y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.
-
--- Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de
-loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han
-mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni
-los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?
-
--- Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece
-bien.
-
--- Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé
-repartir, observó Juana.
-
--- Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da
-el capon dále la pierna y el alon.
-
-D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al
-pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia
-en su retirada.
-
---¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva
-Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?
-
--- Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y
-lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo
-la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y
-estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me
-abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas
-rico.
-
--- Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.
-
--- Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es
-_rigular_, señor, que yo me muera de frio?
-
---¿Y es _rigular_ que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?
-
---¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo;
-que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan
-ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale
-tener que no desear.
-
--- Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia,
-dijo D. Martin, volviéndole la espalda.
-
---¡Jesus!... ¡y qué _ipotismo_ gasta su mercé hoy! murmuró marchándose
-la tia Latrana.
-
-Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.
-
--- Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran
-los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?
-
--- Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de
-mi cuñada, la nuera del cochero...
-
---¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida
-á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el
-mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. -- Maestro,
-¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. -- Bien
-está, respondió Jesus.
-
-Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con
-muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno
-de los discípulos.--¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. -- No hay cuidado,
-dijo San Pedro, es de los nuestros. -- Sea en buen hora, dijo el viejo,
-que tenia crianza:--¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el
-apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta
-completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el
-viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á
-ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: -- El que has
-albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu
-nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le
-pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó.
-Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que
-fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á
-seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para
-nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se
-llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia
-buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los
-escribanos.--¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere
-echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja,
-como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al
-trigo. -- Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no
-llevas dinero? -- Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es
-de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís
-gananciosos. -- Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por
-de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.
-
-Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te
-conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma
-tan negra viene contigo!
-
--- No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta
-alma está manchada de tinta porque es de escribano.
-
--- Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.
-
--- Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme
-licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un
-convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro
-con su amparado.
-
-D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba
-perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al
-ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.
-
--- Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente,
-mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya,
-para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.
-
---¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á
-los labios.
-
--- Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en
-pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que
-se gastó el acero; pero queda el hierro.
-
-Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual
-una bendicion del porvenir.
-
-D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un
-ronquido.
-
---¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.
-
--- Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.
-
--- Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el
-cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.
-
-Pablo se precipitó fuera del comedor.
-
-No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.
-
-Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea.
-El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la
-mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la
-larga vida de su amo.
-
-Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció
-en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y
-general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á
-un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni
-_darse tono_, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el
-padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de
-la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en
-boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila
-de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados.
-Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron
-lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un
-elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos
-estaba este epitafio:
-
- AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.
-
-Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana,
-que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo
-ofrece á Dios quebrantado, pero entero.
-
-El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y
-santa como él.
-
-Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del
-escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y
-riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en
-lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como
-si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no
-hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia
-dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.
-
-Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no
-para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de
-él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela
-que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es
-cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo
-de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre
-que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?
-
-Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado
-primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de
-llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se
-postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio
-sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á
-la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el
-esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia:
-_¿Quién es el dueño de aquel caudal?_
-
-¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le
-concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa
-del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!
-
-Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas
-depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando
-estuvieron reunidos, los habló así:
-
--- Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna disposicion de mi
-hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así,
-pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que
-se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como
-inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde
-luego en posesion de todo.
-
--- Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo
-Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento
-por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta
-como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que
-me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir
-contigo, hija mia.
-
-Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es
-decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el
-beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe
-la _necesidad_; para ella no hay desierto ni maná.
-
--- No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad.
-Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere
-compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi
-muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.
-
---¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis
-padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?
-
-Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa
-desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no
-atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al
-precedente coloquio.
-
-Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:
-
--- Soy testigo, -- y testigo que no puede recusarse siendo yo el
-interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, -- de
-que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió
-mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en
-mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.
-
--- Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su
-serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.
-
--- Pensó sacar cédula real, repuso este.
-
--- Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que
-tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.
-
--- Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado
-á cabo, añadió Clemencia.
-
--- Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu
-delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.
-
--- Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no
-necesito, ni puedo aceptar?
-
--- No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud,
-Clemencia?
-
--- Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que
-te tengo por la vida que te debo.
-
--- Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una
-delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena
-fe del corazon, como á una hermana.
-
--- A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto
-decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable.
-Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en
-tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de
-acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi
-sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como
-á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas
-valer. ¿No es así, Clemencia mia?
-
---¡Sí señor, sí señor! -- contestó esta besando la mano del venerable
-anciano, -- y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.
-
-
-
-
-CAPITULO XI.
-
-
-Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion
-eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del
-ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado,
-habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se
-separasen de él su tio y su prima.
-
-Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin
-que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un
-fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en
-todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no
-fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia.
-
-Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este
-desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia
-acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni
-temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud,
-viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una
-hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente,
-sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al
-salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la
-amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan
-vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha
-hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de
-estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los
-mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar
-unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba
-indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber
-cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado
-todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo
-de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le
-dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque
-nadie confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los
-aman:
-
--- Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto
-compareceré en su presencia.
-
-Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas.
-
---¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo
-es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y
-¡decirlo... es una crueldad!
-
---¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es
-la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia,
-pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de
-que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas
-útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta
-misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi
-vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre.
-
-Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en
-sollozos al oir estas últimas palabras.
-
--- Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir.
-
--- No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te
-espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas
-y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el
-Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en
-fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente
-y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase
-como cosa propia?
-
---¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni
-en mi corazon.
-
--- Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en
-el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran
-ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral.
-
--- Pero señor, hay escepciones.
-
--- Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo
-en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan femeninas en las buenas
-sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las
-escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con
-la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo
-como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera
-del hombre.
-
--- Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios
-le basta?
-
--- Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero
-la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias
-y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila.
-Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro
-modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es
-escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en
-que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una
-viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y
-religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo
-encargo... ¡te lo suplico!
-
--- Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia
-de perderos, os prometo casarme.
-
---¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir?
-
--- Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el
-compañero que os prometo aceptar?
-
--- Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el
-compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á
-propósito para hacer tu felicidad.
-
---¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia.
-
--- Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y
-el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta
-esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado
-que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de
-hombre de bien y caballero cumplido.
-
-Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera
-confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo:
-
--- Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y
-concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y
-descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores
-y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor
-hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las
-obligaciones y desvelos que circundan el estado.
-
---¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad.
-
--- No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos,
-despues de vos.
-
--- No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu
-felicidad, como esos _mirajes_, esos prestigios, efectos de la óptica,
-que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda
-trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos.
-¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos
-simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría
-humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí,
-una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las
-máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te
-cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino
-pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la
-que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que
-fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último
-consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve
-claro; si luchan, haz que venza esta.
-
-En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos
-consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los
-altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido
-filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó
-el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia
-la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir
-con su primo, que era un jóven. Añadió que cerca de la de aquella
-poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que
-ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó
-infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien
-á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones
-su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez
-mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas
-rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en
-los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo!
-
-El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter
-apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud,
-para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó
-que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de
-su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar
-alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber
-dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia
-existir en la eternidad.
-
-Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su
-inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó
-trasladarse á Sevilla.
-
-Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo:
-
--- Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber
-vivido bajo el mismo techo.
-
-Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel.
-
--- Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos
-procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es
-nuestra separacion.
-
--- Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase.
-
--- Voy á Sevilla, añadió Clemencia, -- respondiendo indirectamente á esta
-pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió; -- al lado de mi
-tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor.
-
--- Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á
-establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á
-un estraño, recibir del mayorazgo que debió ser tuyo, siquiera la
-viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde;
-te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas.
-
--- Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado
-nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero:
-sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre
-me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las
-limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera
-grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán
-cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu
-generosidad para conmigo.
-
--- Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo,
-y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos
-volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria
-con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco!
-
-Clemencia miró á su primo con sorpresa.
-
---¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó.
-
--- Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos.
-
-Clemencia se puso encendida como la flor del granado.
-
--- Tú consentiste, prosiguió Pablo.
-
-Clemencia bajó confusa los ojos, y calló.
-
--- Pero yo, Clemencia, añadió Pablo... rehusé!
-
-Clemencia quedó confundida.
-
--- Y rehusé, Clemencia, prosiguió Pablo, porque tú hacias un sacrificio
-grande en casarte conmigo, y yo uno cruel en negarme á ello; y quise que
-el sacrificio estuviese de mi parte, y no de la tuya; esto prueba que te
-amaba y sigo amando sin esperanzas, Clemencia; y el amor que vive sin
-alimento, esto es, sin esperanzas que le sostengan, es de alta esfera, é
-inmortal como el alma!
-
-Hubo un rato de silencio. Pablo tenia la respiracion oprimida.
-
-Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia.
-
--- Esto te lo digo, Clemencia, prosiguió Pablo, cuya voz alterada salia
-con dificultad de su pecho, porque nos vamos á separar y quizas para
-siempre! A no ser así, no me hubiese atrevido á ello; pero he querido
-que ya que no me tengas amor... me tengas gratitud y lástima!
-
-Diciendo esto Pablo, no pudiendo por mas tiempo comprimir la vehemencia
-de su dolor, se levantó y salió apresuradamente.
-
---¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida.
-
-Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del
-corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de
-enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de
-gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles
-almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su
-delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo
-cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad?
-Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á
-cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme,
-arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo!
-
-Y se alejó presuroso.
-
-Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos
-modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su
-padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella
-casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por
-respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á
-cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida.
-Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y
-comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado.
-De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar
-entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que
-hasta entónces entre ellos habia existido.
-
-
-FIN DE LA PARTE SEGUNDA.
-
-
-
-
-PARTE TERCERA.
-
-
-
-
-CAPITULO I.
-
-
-Ocho años habia que faltaba Clemencia de Sevilla: ocho años suelen traer
-grandes cambios en las cosas y en las personas; y debemos indicarlos
-ántes de proseguir.
-
-La Marquesa, á la que devoraba un cáncer el pecho, habia envejecido
-mucho, y su habitual estado de latiente apuro, habia pasado á un estado
-de decaimiento inerte, en el que, como sucede generalmente á los
-enfermos de gravedad que conservan despejadas sus facultades
-intelectuales, no la interesaba nada sino su padecer.
-
-En Constancia no era ménos notable el cambio que se habia operado.
-
-Desde la catástrofe que hemos referido y la enfermedad que de ella
-resultó, que la trajo á punto de mirar la muerte cara á cara, Constancia
-habia muerto al mundo, como dice una frase, la que por haber caido en el
-monótono carril de la rutina, no ha perdido su grave y elevado
-significado. En su enérgica fibra, solo un sentimiento á la vez profundo
-y esclusivo podia haber reemplazado el que le inspirara aquel amor que
-llenó toda su alma, como habria llenado toda su vida. Al borde del
-sepulcro condenó los estremos del amor á la criatura, y pidió á Dios
-perdon si moria, y conformidad si en la tierra la dejaba su voluntad
-omnipotente. La religion hizo mas que darla conformidad; le dió consuelo
-y virtudes, desterrando de su alma, despues de la desesperacion, la
-soberbia, la acritud, la rebeldía y el egoismo, que por tanto tiempo en
-ella se entronizaron, reemplazándolos con la mansedumbre, la
-benevolencia, la caridad, la paciencia; cual la naturaleza produce
-flores odoríferas y cordiales en un crial, cuando una mano fuerte le ha
-arrancado los abrojos y espinas que lo cubrian. Porque este es el efecto
-y resultado de la vida, que unas veces con desden, otras con burla,
-pocas con respeto, se denomina, _dedicada á la virtud_; este es el fin á
-que tiende. Y si los que la llevan no siempre logran conseguir este
-objeto (puesto que eso de ser estremadamente virtuoso no es tan fácil
-como les parece á aquellos que desde que ven á una persona entrar en esa
-senda, exigen de ella la realizacion del objeto á que aspira); si no
-siempre logran alcanzar este fin, los que á él aspiran, decimos, tienen
-al ménos el mérito de haberlo intentado, y la gloria de alistarse bajo
-la santa bandera, cuyo emblema es un cordero, una cruz y una corona de
-espinas. Tienen aun mas: tienen el valor de renunciar á la sancion del
-mundo bullidor, el de pasar por pobres de espíritu en la brillante,
-ruidosa y desdeñosa legion de los denominados ilustrados, el de hacerse
-condenar al ridículo y al desprecio por la soberbia y acerba legion de
-los incrédulos é impíos, y solo contar con las calladas y benévolas
-simpatías de aquellos que se esconden por no ser vistos, y callan por no
-ser oidos, en una época que los burla con sarcasmos, y los desprecia con
-insultos.
-
-Constancia, no obstante, era de las afortunadas que logran el fin
-propuesto; lo que era debido sin duda al total desprendimiento de las
-cosas de la tierra que el infortunio produjo en su alma.
-
-Nadie habria reconocido en ella á la elegante jóven que fué: su traje
-era mas que modesto; era pobre: llevaba siempre un vestido de coco ó
-tela de algodon negro, con pequeños lunares grises; cubria su garganta
-un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler;
-gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello
-primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus
-sienes, sin ningun género de pretension.
-
-Esta abnegacion del placer de agradar y de la satisfaccion de parecer
-bien, es la mas heróica que en aras de la severa virtud puede ofrecer
-como sacrificio la mujer; y este mérito solo se ve en España, sin que
-por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente
-virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo
-desprendimiento de las cosas del mundo y de la vanidad, no se ve sino
-aquí, por mas que se afanen en sostener que todos somos iguales. No; las
-nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni
-con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa
-igualdad es un resultado necesario de la ilustracion y de la facilidad
-de comunicaciones; pero ¿no basta á probar la falsedad de este aserto,
-el ver que los dos focos de ilustracion, que son al mismo tiempo, las
-dos capitales mas cercanas, han sido, son y serán los dos mayores
-contrastes? En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y
-marcadas fisonomías de Paris y de Lóndres?[8]
-
-Es para nosotros un enigma el móvil que lleva á muchas personas de
-mérito y de talento á defender y aplaudir esa nivelacion general, y cuál
-es la ventaja que de ella resultaria. Que un país sin pasado, sin
-historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno
-por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte[9] adoptando
-el inglés, y la del Sur adoptando el español, se comprende. Pero que se
-afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de
-Calderon y de Cervántes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo
-que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razon, ni el buen gusto, ni
-la poesía.
-
-Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas
-no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una
-perfeccion de que estas se creen dispensadas; pero Constancia lo era,
-porque coronaba sus demas virtudes con la tolerancia, que á algunas
-suele faltar, y unia al estricto cumplimiento de sus deberes, una
-dulzura adquirida, la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso
-triunfo obtenido al pié del tribunal de la penitencia. De sus ojos
-serenos habian desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que ántes
-le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y
-desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenia benévolas y dignas.
-Llevaba con la perseverancia de la consagracion, toda la asistencia
-prolija que hacia necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre,
-y sus escesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna
-persona íntima celebraba su comportamiento, hacia grandes esfuerzos para
-disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba.
-
-En las demas personas el cambio no habia sido notable.
-
-Sobre D. Galo habian pasado estos ocho años como otra infinidad de los
-anteriores. Los siete mil reales seguian su curso inmutable, las pelucas
-hacian su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir
-á su dueño, ni este de servir á las damas. Todos sus compañeros habian
-cambiado de destino ó de lugar; hasta la oficina habia variado de local;
-pero D. Galo la habia seguido como un fiel perrito á su amo, ocupando su
-mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado.
-
-Sobre la robusta arrogancia de Doña Eufrasia, habian pasado los años
-como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos habia
-cobrado muchas viudedades, sin dar la mas mínima esperanza al Monte-pio
-de libertarlo de esta carga.
-
-En D. Silvestre no habia mas alteracion sino la de haber adquirido su
-vientre una posicion ménos prominente y mas rebajada.
-
-Pepino habia tomado gran cariño á los Mercurios, y seguia cuidándolos
-con esmero por propio impulso, como ántes por mandato de su ama.
-
-Su tia recibió á Clemencia tristemente, aunque celebró mucho su venida,
-y le hizo una larga y minuciosa relacion de sus padeceres.
-
-Constancia demostró una sincera, pero sosegada alegría de ver á su
-prima, sin que mediase entre ellas ni una conmemoracion ni aun una
-alusion á la terrible catástrofe de la que Clemencia habia sido testigo.
-
-A los pocos dias, con motivo de la gravedad de su madre, llegó tambien
-Alegría, que con su marido y sus tres niños venia de Madrid, donde
-estaban establecidos.
-
-Alegría estaba hecha el bello ideal de la elegancia, un figurin de moda,
-el tipo del supremo buen tono. Pero su vida agitada y sus horas
-desarregladas, sus continuos trasnocheos y sus constantes escitaciones
-la habian destruido, avejentado y adelgazado á aquel estremo que quita
-todas las formas al cuerpo, toda la frescura al rostro y toda la lozanía
-á la juventud. Compuesta y animada, sobre todo con la luz artificial,
-estaba bien; pero descompuesta y desanimada, estaba como una flor
-sacudida y marchita por el levante.
-
-Su marido, ademas de ser el tipo de la distincion y de la finura, lo era
-ahora igualmente del buen marido y del buen padre.
-
-Cuando Alegría vió á Clemencia, que merced á su tranquila vida, á su
-feliz existencia, traia con el alma de una novicia la hermosura de una
-Hebe, le dijo:
-
---¡Qué lozanía! ¡Qué frescura! ¿En qué Eden has vivido? Ganas me dan de
-ir á pasar una temporada á Villa-María, aun á costa de venir tan
-anticuadamente vestida y peinada como lo estás tú. ¡Dios mio! ¡qué bien
-te sienta el estado de viuda! y riquísima que me han dicho que eres!...
-ya sé, ¡un tio!... Oye ¿era jóven?... Ocho años de destierro te ha
-costado; pero en fin, si estuviste como el raton en el queso, ¡anda con
-Dios! Hiciste bien en estarte á la mira y aguantarte, porque, hija mia,
-el dinero, el dinero es el todo; sin dinero ¿qué se hace? Vamos, eres la
-mujer feliz. Mira, no hagas la locura de volverte á casar.
-
-Clemencia habia oido toda aquella retahila, atónita, sin aun comprender
-la malicia de ciertas espresiones; pero al oir esta última, y recordando
-en su corazon la promesa que habia hecho á su tio, repuso á su prima:
-
---¿Y porqué seria una locura volverme á casar?
-
--- Porque perderias tu libertad, contestó Alegría con mas malicia que se
-suele poner á esa necia y repetida frase.
-
--- Pero, ¿qué clase de libertad es, repuso Clemencia, la que tengo de
-viuda y no tendria de casada?
-
---¡Qué candidez de niña bien criadita! La clase de libertad á que aludo,
-hija mia, es la de poder hacer lo que te dé gana. ¿La tenias cuando
-casada, mi alma?
-
--- No se creeria que quien habla así fuese la mujer de un marido que no
-tiene mas gustos que los suyos, y no hace sino mirarla á la cara, dijo
-Clemencia.
-
--- Eso no quita que la que tiene marido y tres hijos, esté aviada y
-divertida. ¡Niños! esa plaga, esa carga, esas trabas, que acaban con la
-paciencia, que destruyen el físico, que quitan el gusto y el tiempo para
-todo. ¡Oh! ¡son una calamidad!
-
---¡Jesus! ¡Jesus! esclamó asombrada Clemencia. ¡Plaga, calamidad, llamas
-tú á la bendicion de Dios, al dulce fin y objeto de la union del hombre
-y de la mujer! ¿Sabes lo que dicen las pobres y sencillas gentes de
-Villa-María? Hijos y pollos todos son pocos.
-
-Alegría soltó una burlona carcajada.
-
---¡Qué lástima, dijo, que no te hubieses casado con mi marido, y se
-hubiesen Vds. ido en amor y compaña á poblar una isla desierta! Pero,
-hija mia, la que no está por la vida patriarcal, esto es, las gentes que
-viven en la era presente, como dicen los periódicos, llaman á los hijos
-cargas, y al casamiento yugo. Así lo llama hasta mi beata hermana
-Constancia, sin mas que anteponerle la calificacion de santo. Pero, si
-tan bien te parece el matrimonio, mucho estraño que hayas estado ocho
-años viuda; por consiguiente, no te admire el que no ponga mucha fe en
-tus palabras, ni te crea muy sincera.
-
-Clemencia se quedó asombrada de ver convertido en sistema y formulado en
-reglas de mundo, un sentimiento que ella habia tenido, nacido de sus
-desgracias domésticas, y del que su tio le habia hecho avergonzarse á
-pesar de su inocente orígen, como de un sentimiento emancipado, egoista,
-poco natural y poco mujeril: así fué que contestó sonrojándose:
-
--- En Villa-María habia pocos novios, y ademas mi vida era tan dulce al
-lado de mis padres y de mi tio, que la habria preferido siempre á toda
-otra, no por amor á la libertad ni oposicion á los hijos, sino por amor
-á ellos.
-
--- Con que... ¿te volverias á casar? preguntó con burla Alegría.
-
--- Si hallase un hombre que me llenase, y á quien yo pudiese hacer feliz,
-lo haria, pues así se lo prometí á mi tio, contestó Clemencia.
-
---¡Buena tonta serás! esclamó Alegría.
-
-Entró en este momento Constancia, diciendo que su madre que apénas habia
-dormido en la pasada noche, acababa de coger el sueño. Alegría aprovechó
-este descanso para ir á ver algunas amigas, y salió despues de dar un
-repaso á su tocado ante el espejo.
-
-Era la primera vez desde la vuelta de Clemencia, que ambas primas se
-hallaban solas, no separándose Constancia un solo instante del lado de
-su madre.
-
-Largo rato callaron.
-
-De repente Clemencia cogió las manos de su prima, las apretó entre las
-suyas, y le dijo en queda y conmovida voz, miéntras dos lágrimas bañaban
-sus párpados: -- Constancia, te admiro y te venero.
-
-Constancia calló, y un imperceptible temblor se notó en sus labios.
-
---¿Qué has hecho para olvidar, Constancia? prosiguió Clemencia.
-
---¡No recordar! respondió la primera.
-
--- Y esto ¿cómo has podido lograrlo?
-
--- Con anteponer al recuerdo esta oracion:
-
- ¡Aparta, mi Dios, de mí
- Lo que me aparta de tí!
-
-Cree, Clemencia, que Dios atiende á quien le invoca.
-
--- Sí; y Dios ha escuchado tan bella deprecacion, y solo te ha rodeado de
-cosas que te acercan á él, ofreciéndote la ocasion de la enfermedad de
-tu madre, en la que pruebas el ser una santa.
-
--- Calla, contestó Constancia con algun calor. ¿Con qué lavo, con qué
-borro, con qué compenso mi malvada conducta anterior con mi madre? ¡Oh!
-créelo; cuando todo mi anhelo y desvelos no alcanzan á agradarla, cuando
-me rechaza y se incomoda, recuerdo que fuí capaz de decir que no la
-amaba. ¡Yo, enamorada y soberbia, no amar á la madre que me dió el ser!
-¡Oh! entónces le agradezco como un favor el que no me maltrate de hecho,
-y no me eche de su lado como hija indigna de cumplir con el santo deber
-de asistirla.
-
--- Lo dijiste en un momento de exaltacion rencorosa, Constancia.
-
--- No, Clemencia, esa exaltacion rencorosa era mi estado habitual.
-Llenaban mi alma la pasion, la soberbia, la rebeldía y la aspereza. El
-ser niña indómita, hija rebelde y sobrina ingrata, costaron la vida al
-hombre que amé; me hicieron perder la felicidad que apetecia, que quizas
-por medios humildes y suaves habria al fin logrado; y hubiesen perdido
-mi alma, si Dios no me enviara con la muerte un aviso de la eternidad,
-en cuyo borde se abrieron los ojos de mi alma á la luz de arriba.
-
---¡Qué humilde eres, Constancia!
-
--- Clemencia, no es humildad el reconocer sus faltas. No soy humilde;
-solo que, gracias al cielo, no existe la soberbia que me cegaba.
-
--- Sí lo eres, y aun vas mas allá, prima, pues no solo reconoces tus
-faltas, sino que desprecias tus virtudes. ¿Porqué has hecho un estudio
-tan severo en ocultar un dolor, que yo que conozco tu alma, sé que está
-incrustado en ella hasta la muerte?
-
--- Clemencia, -- respondió Constancia en voz inmutada y tan queda como si á
-sí misma quisiese ocultar la emocion que la dominaba,--¡las penas que se
-ofrecen á Dios, se ocultan á la tierra, para que no se evapore en ella
-este incienso del corazon!
-
-
-
-
-CAPITULO II.
-
-
-Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar
-y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas
-que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado
-escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por
-diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un
-necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la
-limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse
-el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como
-aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume
-todo en el cáos.
-
-Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien
-alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don
-innato de _bien recibir_, puesto que este, así como todo lo fino y
-delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo
-del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las
-reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como
-el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa
-se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada
-de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.
-
-Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se
-distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro
-frances, que habian venido á pasar el invierno en la primavera que
-durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de
-Andalucía.
-
-El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de
-sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas
-grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion;
-en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el
-primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian
-mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir
-inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un
-chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan
-esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de
-cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile,
-que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre
-de Sevilla.
-
-Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le
-llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su
-estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.
-
-Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó
-sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan
-las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad
-culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.
-
-Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar
-el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion
-de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma
-persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia
-un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la
-cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia
-apreciar en todo su valor.
-
-Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y
-agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de
-mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta
-competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir
-George, hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en
-el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la
-vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival
-mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la
-posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres,
-estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir
-George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y
-subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y
-reservado hasta el punto de aparecer frio.
-
-El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia
-perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á
-su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado
-defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó
-desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su
-suicidio.
-
-Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas,
-felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad,
-sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se
-sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma
-y reducido á solo placeres materiales.
-
-Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y
-elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso
-cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la
-razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece
-déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era
-muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los
-hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia
-hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion,
-saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos
-tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á
-un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera
-sencilla y sosegada, hiciese impresion un hombre como Sir George, en
-quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.
-
-Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en
-la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable;
-obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran
-allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso
-para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas
-dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado
-dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia
-apellidado _Rómulo y Remo_.
-
--- Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el
-Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el
-Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á
-vuestra disposicion.
-
-Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era
-desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa
-que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los
-coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el
-sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos
-saludaban al emperador ántes de ir al combate:
-
- MORITURI TE SALUTANT.
-
-Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso
-D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria,
-mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella
-de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia
-el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un
-tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin
-mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia
-y San Valeriano.
-
-No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese
-muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino
-porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto
-elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias,
-muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que
-visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la
-buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de
-sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las
-verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las
-declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y
-de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el
-_Nego absoluto_ la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del
-corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera
-valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las
-santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y
-hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida
-buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con
-flores las mas áridas sendas!
-
-Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par
-de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una
-azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas.
-
-En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia
-Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado
-arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los
-hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la
-competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia
-empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez
-tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus
-sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan
-original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda
-trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el
-aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin
-estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion
-renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció
-que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios
-vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la
-naturaleza, la cultura y el uso del mundo.
-
-Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al
-notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro
-le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio
-vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas.
-Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona
-representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un
-ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de
-su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son
-bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo
-ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la
-reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de
-toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan
-el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo
-compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni
-espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre
-la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su
-dependencia.
-
-Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria
-hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo,
-pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la
-verdad; pero se decia:
-
---¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para
-suicidarse.
-
-Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George,
-habria pensado:
-
---¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese
-tan fatuo?
-
-El Vizconde habria pensado:
-
--- Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues
-no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César
-incompleto y desairado.
-
-En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le
-hubiese ahogado entre sus manos.
-
-Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido
-posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una
-impresion harto mas profunda y sincera que sobre su competidor, se
-sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia
-la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de
-Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio.
-Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor
-temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio.
-Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia
-por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un
-hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á
-sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun
-vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no
-dejarse á toda costa suplantar por un competidor.
-
--- Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para
-sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado
-elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el
-agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras
-manos, si no me anticipo.
-
-
-
-
-CAPITULO III.
-
-
-Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de
-Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que
-indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su
-tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le
-proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en
-verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo.
-
-La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia
-fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia
-apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir
-George.
-
-La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que respiraba todo
-su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio,
-seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á
-deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda
-naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y
-aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la
-confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al
-lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con
-delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é
-inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo
-y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida
-de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores,
-á sus pájaros.
-
---¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta
-instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer,
-lo que sois?
-
--- No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad
-Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero
-he vivido á su lado.
-
-Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de
-entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á
-las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el
-ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al
-talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta
-esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre,
-despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era
-que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que
-hace brotar la fe y la confianza.
-
-Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes
-atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono,
-aquella _morgue_, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que
-entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio
-que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante
-ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena
-fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á
-nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así
-era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó
-entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á
-nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni
-el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba
-con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con
-tan usadas como socorridas paradojas.
-
-Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de
-Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento
-que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un
-benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento
-para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese
-_enjouement_, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y
-alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye
-en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George
-le descubria; Clemencia le ignoraba aun.
-
--- Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que
-encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, -- y es la mujer que
-se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente
-sois?
-
--- Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada,
-á no ser por un solo hombre.
-
---¿Qué hombre, Clemencia?
-
--- El que yo amase.
-
--- Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.
-
---¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono
-festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi
-padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la
-encuentra.
-
---¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os
-lo impida?
-
--- No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer
-amar.
-
--- Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la
-vuestra, me temo que sí.
-
---¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que
-recordaba á Pablo.
-
-Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á
-contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.
-
-Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco
-comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer
-hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que
-una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es,
-que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una
-dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo
-su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que
-la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á
-su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de
-toda su áspera corteza.
-
-El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la
-motivaba.
-
-Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la
-del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces
-elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios
-puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con
-mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se
-encapota en su silencio, iba siendo olvidado.
-
---¡Vaya!... -- pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un
-sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, -- yo estoy aquí haciendo el ridículo
-papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?
-
-Por suerte entró en este instante D. Galo.
-
--- A los piés de Vd., Clemencita. -- Señor Vizconde, beso á Vd. la
-mano. -- Señor D. Jorge, soy su servidor. -- Hace un frio del polo.
-
---¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que
-halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.
-
--- Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.
-
-Sir George soltó una carcajada.
-
-El Vizconde no hizo alto.
-
--- D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que
-mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion
-del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo
-que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.
-
--- Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto
-agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas
-perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.
-
--- Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.
-
--- No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos
-descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no
-hallaban una flor de que no sacasen miel.
-
--- Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria
-sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál
-es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de
-agradaros mas?
-
--- Las flores, contestó sencillamente Clemencia.
-
---¿Teneis, pues, gustos botánicos?
-
--- No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola
-planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde
-que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu
-de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado,
-que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que
-inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y
-lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de
-la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es,
-que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello
-culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la
-pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente,
-dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en
-este mundo?
-
--- Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas
-satisfecha y galante sonrisa.
-
--- No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo
-el Vizconde.
-
--- A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo
-frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que
-le producia su escribir constante en la fria oficina.
-
--- Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre,
-contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.
-
---¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles
-pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.
-
---¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las
-damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las
-bellas.
-
--- Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de
-Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?
-
--- Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió
-Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?
-
--- La violeta, respondió Clemencia.
-
---¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.
-
--- No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que
-mas he amado en este mundo.
-
---¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é
-indefectible desmaña.
-
--- No, -- contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la
-delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su
-marido; -- no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de
-mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento:
-su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre
-tierno, de aquel sabio modesto.
-
-De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.
-
---¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.
-
--- Aunque me voy... me quedo.
-
--- Ciertamente, en mi memoria.
-
-Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado
-ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el
-jefe de su oficina.
-
---¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.
-
---¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le
-demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro
-delicado tacto.
-
---¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la
-prudencia de una mujer jóven y bella.
-
--- Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun
-género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy
-bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la
-insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la
-sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de
-comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos
-santos, y no sufre andaderas pueriles.
-
-Entró en ese instante Paco Guzman.
-
--- Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer
-á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha
-creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.
-
--- No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso
-Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar
-por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben.
-Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en
-broma á una persona de buena fe.
-
---¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un
-asunto que lo es tan poco!
-
--- Pues poned en su lugar... delicadeza.
-
--- La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues
-son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza
-tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la
-moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme
-é inmutable.
-
--- Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia
-mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de
-sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un
-reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus
-aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién
-castigó la primera falta?
-
--- Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.
-
---¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.
-
--- No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado
-consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda
-clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro
-lado, como sois tan ilustrada...
-
-Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.
-
--- Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las
-opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.
-
--- Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con
-animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las
-religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á
-las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe;
-en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.
-
--- Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George
-impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del
-impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que
-tan mal los encubren.
-
--- Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo
-dolorosamente herida Clemencia.
-
---¿Cómo es eso, señora?
-
--- Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al
-desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.
-
---¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta?
-Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la
-mas bella mitad de la conviccion.
-
--- Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y
-favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes
-_nonsense_, sin por eso dejar de serlo.
-
-Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa
-disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en
-esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada
-incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza,
-con que á veces sabia hacerlo.
-
--- Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor
-moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y
-caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os
-dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en
-otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»
-
---¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman
-para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la
-que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian
-tomado parte.
-
--- No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion
-por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú
-objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á
-mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses
-generalmente.
-
--- Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.
-
--- No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.
-
---¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es
-uno de los primeros dotes de un autor?
-
--- Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa
-palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario,
-que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de
-espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el
-idioma?
-
--- Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica,
-la sintáxis y la lógica.
-
--- No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando dice que «es
-el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define
-así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica
-literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito
-en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo
-esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no
-se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras,
-Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de
-dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores
-contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais
-vos, Vizconde?
-
--- Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da
-un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas,
-referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: _El
-estilo es el hombre_, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales
-que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto _spirituel_,
-palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que
-entre nosotros se llama _esprit_, es una cosa que vosotros con vuestro
-brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia,
-subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento
-é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que
-es en frances _esprit_. Decia, pues, que al decir Buffon _el estilo es
-el hombre_, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el
-arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre
-como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente
-crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de
-espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está
-en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor -- que
-crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol -- era
-juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que
-esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se
-puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á
-reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor
-una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí
-toca, entiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al
-pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun
-dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso,
-creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo
-Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de
-Sévigné es la mejor crítica de estilos _estudiados_.
-
--- Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La
-versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas
-que digan nuestros _grandes jueces_, hay, segun dice Bulwer, poetas que
-nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos
-admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas
-con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su
-elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto
-lenguaje.
-
---¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.
-
--- No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.
-
---¿Y qué os parece?... ¿os gusta?
-
--- Me gusta y no me llena.
-
--- Es disparatado, opinó Sir George.
-
---¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un
-clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay
-perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay
-perfeccion en la fe sino en la del carbonero.
-
--- Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte
-imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.
-
--- No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras
-religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin
-afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me
-hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes
-cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la
-naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de
-mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi
-sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la
-penetra.
-
---¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.
-
--- La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no
-es una imitacion de la nuestra.
-
--- Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.
-
--- Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los
-cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en
-España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil
-hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la
-española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se
-imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de
-gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la
-imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.
-
-Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion,
-con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera
-posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.
-
--- D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la
-galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que
-yo hubiese pagado á peso de oro?
-
--- Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se
-halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.
-
--- Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en
-Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.
-
---¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien
-caras.
-
--- Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.
-
--- Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.
-
--- Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una
-delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche
-como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin
-aliento.
-
--- Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya
-las nueve y media; Paco se va ya.
-
-Efectivamente, este se despedia.
-
-Sir George y el Vizconde no se movieron.
-
-Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:
-
--- Amigo mio, no saldré esta noche.
-
---¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.
-
--- No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el
-cañon de la chimenea.
-
-El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.
-
-D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales,
-interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y
-observaba la noche.
-
---¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George,
-volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.
-
--- No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que
-lo demuestre.
-
--- Gracias, señora, dijo friamente Sir George.
-
--- Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las
-acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.
-
--- Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las
-españolas no sufria andaderas?
-
--- Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son
-trabas, y lo que son santos yugos.
-
--- Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas
-están en el cielo ménos dos.
-
-D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.
-
--- Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles,
-dijo Sir George con su séria burla.
-
---¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra,
-nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria
-yo tan pronto en Lóndres, no.
-
--- Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el
-que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el
-criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al
-hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.
-
---¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó
-admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido
-tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza.
-Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan
-buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.
-
--- Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron
-solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo
-soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir
-George.
-
--- Señora... ¿me echais?
-
--- A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.
-
---¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de
-esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un
-estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas
-apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?
-
-Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan
-altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como
-el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes
-de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al
-ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para
-averiguar si es falsa ó no.
-
--- Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca
-este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.
-
--- Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado
-Sir George.
-
--- Calificadlo como gusteis.
-
--- No me gustan las mujeres cobardes, señora.
-
---¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los
-hombres valientes?
-
--- Que os burlabais de mí.
-
--- Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.
-
--- No es exacta la comparacion.
-
--- Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el
-broquel que resguarda.
-
---¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y
-talento, conserveis preocupaciones de convento!
-
--- No me pesan.
-
---¿Debo, pues, partir?
-
--- Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que
-tengo en recibiros á mis horas señaladas.
-
-Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de
-Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos
-apasionado, sino mas engreido que nunca.
-
--- Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion,
-pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni
-atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde,
-y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi
-desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador
-de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.
-
-
-
-
-CAPITULO IV.
-
-
-Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y
-abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las
-amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve
-resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á
-casa de esta una prima noche.
-
-Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á
-sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no
-solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que
-la erige casi en una elegante gracia social.
-
-Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad
-de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico
-de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles,
-sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que
-ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los
-hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su
-elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares,
-en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer
-que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido
-de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que
-no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo
-propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte;
-hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y
-que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres
-temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos
-los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que
-cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un
-interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y
-toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al
-infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en
-castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon
-ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.
-
-Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en
-ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las
-mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó
-aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre
-todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no
-bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia
-provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.
-
-Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que
-se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la
-profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio
-que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y
-ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad,
-como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho
-mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por
-cuantos le conocian.
-
-Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de
-Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus
-tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el
-que Clemencia distinguia.
-
-Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba
-Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y
-se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva,
-pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia
-no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.
-
-Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería
-tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras
-circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como
-lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil
-tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada
-delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que
-la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en
-circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero
-pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio
-de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy
-al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase
-ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la
-especie de Alegría.
-
-La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra
-clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese,
-afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó
-se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de
-él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en
-ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira,
-armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se
-estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en
-el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin
-faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á
-que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas
-y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre
-predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el
-hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su
-prima.
-
-Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido
-que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo
-hiciese una mujer casada.
-
-Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su
-hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy
-sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y
-animacion ficticia.
-
-Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes
-secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el
-corazon, y Sir George, que se dijo:
-
--- Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.
-
---¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo
-D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.
-
--- No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para
-estarlo, respondió Clemencia.
-
---¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis
-á Madrid?
-
--- No señora.
-
--- Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver
-cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal,
-que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.
-
--- Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de
-curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis
-estado en Madrid?
-
--- No señor, contestó esta.
-
---¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño,
-es preciso que Clemencia vea á Madrid.
-
--- Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis
-licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.
-
---¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo
-benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis
-eso mismo á mi prima?
-
--- Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá
-serle útiles mis servicios.
-
--- Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo
-con inquietud: ¿os duele la cabeza?
-
--- No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras
-noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.
-
-Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de
-costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de
-Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza,
-aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato
-y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la
-delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene
-sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las
-emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.
-
-Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de
-bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al
-irse.
-
-Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se
-halló sola, cuando vió entrar á Sir George.
-
-Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.
-
---¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George;
-perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado
-de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre
-vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y
-allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este
-momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha
-visto, no temais.
-
--- Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no
-os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...
-
---¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla,
-pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia
-entre vos y yo.
-
--- Sin mi consentimiento...
-
---¿Queriais que os lo hubiese pedido?
-
--- Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi
-aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!
-
--- Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un
-colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la
-severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os
-amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede
-retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?
-
-Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y
-calló.
-
---¿Me aborreceis, pues Clemencia?
-
-Clemencia no contestó y bajó los ojos.
-
--- Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible
-frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro
-corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa
-la causa de que seais tan inexorable?
-
---¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.
-
--- Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...
-
-Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas
-se oia:
-
--- Bien veis que no os rechazo.
-
--- Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.
-
-Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar
-su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.
-
---¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono
-suplicante.
-
--- Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra
-que decidirá del destino de mi vida.
-
-Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en
-tono suave:
-
--- Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso
-del momento, Clemencia.
-
--- Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué
-os conduce á amarme?
-
--- Vuestra sin par belleza.
-
-Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la
-mas lisonjera á la mujer.
-
-En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de
-melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:
-
---¿Y no me amais por nada mas, Sir George?
-
---¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como
-lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.
-
-¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien
-ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su
-íntimo ser le grita: _¡No es eso!_
-
-La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor
-de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho.
-En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo
-que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero
-tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su
-asentimiento.
-
---¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.
-
-Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una
-sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su
-gracia benévola:
-
---¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo
-consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió
-con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis
-que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.
-
-Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á
-perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.
-
-Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas
-reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba;
-y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras
-llegaban á dolorosa angustia.
-
-¿Quién decia á aquella _mujer niña_, que nada sabia de pasiones ni
-concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no
-ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni
-introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter
-al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas
-aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera
-pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La
-gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas
-difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de
-ménos su reflejo.
-
-
-
-
-CAPITULO V.
-
-
-No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor
-propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de
-su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen
-de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no
-tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de
-ridículos.
-
-Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor, habia entrado en
-casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el
-juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce
-que compensaba su _fiasco_ en la emprendida conquista.
-
-Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el
-Marques habia tenido celos de este su apasionado.
-
-Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas
-quejas y recriminaciones.
-
-Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.
-
--- No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre
-reir del mal que causas.
-
--- Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su
-cara de pero de Ronda gustarme á mí.
-
--- No has hecho sino dirigirle la palabra.
-
--- Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he
-reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.
-
--- Pero le has invitado á ir á Madrid.
-
--- Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco
-costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya
-sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y
-se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa,
-añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi
-corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido
-siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre
-me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le
-hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; -- me
-amedrentó; -- el escándalo me asombró; soy dócil,--¡cedí! pero ceder no
-era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.
-
-Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.
-
-Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.
-
--- Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado
-el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que
-valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que
-sufrir; por eso siempre te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues
-de ello te doy mas pruebas.
-
-Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no
-vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de
-Clemencia, y los venia siguiendo.
-
-Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente
-reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la
-inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.
-
-Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.
-
-Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en
-un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija
-Constancia.
-
-Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero.
-En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.
-
-Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á
-Constancia á media voz:
-
---¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.
-
--- Nada de estraño tendria, contestó esta.
-
---¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos,
-hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido
-no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere
-su marido, cate Vd. ahí un _divursio_.
-
--- Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de
-informarse del estado de la Marquesa.
-
---¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.
-
--- Salir de _sillas_ y entrar en _Caribes_, esclamó Doña Eufrasia, que
-queria decir Scila y Caríbdis.
-
---¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes?
-preguntó Paco Guzman.
-
---¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán,
-pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de
-_contraposicion_.
-
--- Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo ganso y vulgar
-criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora,
-¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla
-Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres
-Atlantes?
-
-Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.
-
---¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.
-
---¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué
-plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas
-aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican:
-cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay
-presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las
-rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan
-crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para
-tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como
-sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que
-dispusiese un degüello de inocentes viudas.
-
-Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por
-primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el
-de víctima, y esclamó con énfasis:
-
--- Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados,
-habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero
-en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y
-el fuego del cielo caerá sobre España como sobre _Coloma_.
-
--- Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para
-remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia
-costumbre que existe en el Malabar.
-
---¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba
-en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.
-
--- Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene
-esposa...
-
--- Bien, ¿qué?
-
--- A esta interesante viuda...
-
--- Bien, ¿á esa interesante viuda?...
-
--- No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no.
-
---¿Pues qué se hace?
-
--- Se le enciende una hoguera.
-
---¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso?
-
--- Todos sus males.
-
---¿Sí?
-
--- Sí; pues en esa hoguera se quema ella.
-
---¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en
-la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria
-al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se
-da por Dios, no hay que creerlo.
-
---¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En
-aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se
-avergonzaria de sobrevivir á su marido.
-
--- Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por
-grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando
-el ton sentimental y declamatorio.
-
--- No miente, mujer, -- dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar
-la disputa que le fatigaba oir; -- me han dicho que eso se hace allá entre
-unos salvajes que no son cristianos.
-
---¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que
-Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa
-_Samblea_ de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus
-herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion!
-Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer
-quemar á las viudas, porque eso se hace allá en _Malapar_ ó en los
-quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de _mitacion_.
-¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa _Samblea_ para qué ha nacido.
-¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las
-viudas! y ahora un mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo
-todo lo sé, ¿está Vd.?
-
--- Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de
-hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la
-_pendencia_, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna
-la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.
-
--- Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia
-grasa.
-
--- Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.
-
--- Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré
-á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.
-
--- No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.
-
--- Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme
-á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?
-
--- El cuidado será mio, madre.
-
-Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y
-suavidad.
-
---¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!
-
--- Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...
-
--- Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que
-mi hija es muy torpe.
-
-Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el
-rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que
-dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría
-acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se
-le vino á las mientes.
-
-Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun
-se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos
-al Marques de Valdemar, que no concurrió.
-
-Alegría estaba inquieta.
-
---¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.
-
---¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.
-
--- Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.
-
--- Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.
-
---¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.
-
--- Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo
-en Sevilla, repuso Alegría.
-
--- Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso:
-algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á
-verlo?
-
---¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se
-haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de
-eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.
-
-A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de
-la Marquesa.
-
--- Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió
-Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es
-que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por
-ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud
-en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.
-
-La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase
-mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.
-
---¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba
-mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los
-niños?
-
--- Se los ha llevado, respondió Alegría.
-
---¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.
-
--- Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se
-pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido
-que se hubiesen quedado.
-
--- Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.
-
-Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella
-de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los
-labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.
-
-Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion;
-lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por
-la mañana sobre su tocador.
-
-«Señora:
-
-»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y
- generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un
- deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la
- mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de
- existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas
- y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por
- su honor.
-
-»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un
- escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la
- conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita
- ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la
- madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es
- acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.
-
-RIGHT
-VALDEMAR.»
-
-
-
-Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de
-arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella
-posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo
-tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se
-sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que
-pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre
-cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las
-hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á
-las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas
-generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas
-de maldades que brotan las unas de las otras.
-
-Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone
-indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de
-esperar que la repentina ausencia del Marques que se llevaba á sus
-hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su
-suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase
-de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba
-Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los
-requilorios que fragua la maledicencia.
-
-Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para
-Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones
-sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de
-ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco:
-la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la
-noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan
-despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la
-ausencia le habia enfriado.
-
-Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que
-no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era
-profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas
-cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se
-dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la
-vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun
-sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como
-amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco
-conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No
-habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino
-tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una
-nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las
-circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y
-aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo
-bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su
-voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan
-de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á
-perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden
-que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo
-que pasado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin
-lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y
-nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á
-los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas
-tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen
-sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos
-hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el
-grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el
-arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á
-la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen
-que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada,
-basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el
-hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.
-
-El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito,
-esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por
-desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En
-los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor
-propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo
-desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia,
-comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la
-penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la
-verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo
-ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña
-las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides
-del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del
-indiferentismo:--¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre
-como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del
-orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya
-vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las
-instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol
-atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y
-llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, _reaccion_ á las
-voces que gritan y gimen contra la tendencia que se afana en
-desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y
-cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán
-llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que
-empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat,
-Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?
-
-
-
-
-CAPITULO VI.
-
-
-Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la
-señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.
-
-Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á
-complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al
-vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su
-ansia.
-
-El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á
-casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así,
-como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la
-verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.
-
-La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de
-la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda
-jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman
-lo habia calificado de _don rehusado_.
-
--- D. Galo, -- dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen
-la mayor parte de nuestras jóvenes,--¿qué me dice Vd. del lance de
-Alegría Cortegana?
-
--- Nada sé, hija mia, contestó D. Galo.
-
--- Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho.
-
--- Ni afirmarlo tampoco, hija mia.
-
--- Sois muy prudente.
-
--- Decid mas bien ignorante, Lolita.
-
--- Vd. no sabe lo que no quiere saber.
-
---¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como
-sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel
-y tan inflexible.
-
--- D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os
-pronostico que no bailaréis bien la polka.
-
---¿Por qué no, hija mia?
-
--- Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las
-piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta
-memoria.
-
--- No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para
-hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino
-en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas
-sobresaliente escolar de la universidad.
-
--- Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo
-Lolita, aludiendo al lance de Alegría.
-
-Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un
-oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento.
-
--- No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino
-del lance de la Marquesa de Valdemar.
-
-Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores,
-supuestos, de lo acaecido que sabemos ya.
-
--- No es cierto, dijo pausadamente D. Galo.
-
---¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los
-mas urbanos.
-
---¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo
-quiero decir que os han inducido en error.
-
--- Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de
-combatir.
-
--- Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es
-fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es
-falso, no es difícil combatirlo.
-
--- Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir
-cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos.
-
---¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de todos, y por lo
-tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho
-á combatirla?
-
--- Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas.
-
--- Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y
-atento, son inaveriguables como las del Nilo.
-
--- Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo
-correr, puesto no les será posible atajar su corriente.
-
-Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura.
-
---¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora
-de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas.
-
--- Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion,
-D. Galo, dijo Lolita.
-
--- No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese
-correspondido.
-
--- Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon,
-tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.
-
--- Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta,
-sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.
-
--- No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga
-mas, si los corazones ó los merengues.
-
---¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora,
-lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de
-tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa
-hasta de insubordinacion.
-
---¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y
-fijando en D. Galo sus airados ojos.
-
--- La voz pública.
-
---¿Y vos lo repetís sin mas exámen?
-
--- Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo
-afirmais, señor mio.
-
--- Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es
-eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se
-pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es
-responsable de ellas.
-
-Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo
-dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é
-íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le
-daria una satisfaccion.
-
--- Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero
-no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato
-sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino
-una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que
-he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del
-bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo
-inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el
-señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni
-autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su
-presencia á un ausente amigo suyo.
-
-¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á
-estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su
-mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento!
-Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la
-realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se
-conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien
-entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de
-corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.
-
-Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D.
-Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial,
-celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid
-de que se habia valido D. Galo para defender su causa.
-
-D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas
-inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de
-amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas
-partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:
-
---¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un
-contrario.
-
--- La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que
-vale mas maña que fuerza.
-
---¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á
-votar una corona de copos de lana.
-
--- Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un
-Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich
-arcádico.
-
--- D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por
-rabiosa envidia.
-
--- Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido,
-cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.
-
-D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia
-con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.
-
-Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir
-á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la
-persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con
-una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí
-vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á
-ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de
-nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo
-tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?
-
-Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases
-francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas
-las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo
-para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian
-que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas?
-Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia
-de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas
-portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido
-ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del
-burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del
-Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno
-de los inventores del _Vaudeville_, furioso contra los calmosos y
-graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste
-y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?
-
-Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese
-mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al
-ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo
-será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni
-nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas
-pasiones ó peores tendencias.
-
-Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de
-malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir
-unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar
-las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente
-pasatiempo de observarlos con benévola risa.
-
-
-
-
-CAPITULO VII.
-
-
---¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia
-sentada á su chimenea con un folleto en la mano.
-
--- Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta,
-contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!
-
--- Pero ¿qué palabras?
-
--- Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas
-humanitarias.
-
--- Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que
-por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia
-en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.
-
--- No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.
-
---¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la
-constante protectora de los pobres?
-
--- Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es
-antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me
-parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal.
-¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus
-riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los
-justos, -- difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, -- y la
-voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera
-la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud!
-¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay
-ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas
-pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo
-respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y
-el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo
-con mi gran poder? -- Pero Sir George, Dios permite que de cuando en
-cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son
-una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres
-cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los
-ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus
-cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que
-yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la
-cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y
-se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de
-Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con
-nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa
-ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir
-George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?
-
---¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia,
-fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la
-humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que
-bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y
-aun necesario.
-
---¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos
-castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte
-humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad?
-¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien,
-Sir George!
-
--- Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas:
-_alcanza el fin sin reparar en los medios_.
-
--- Sir George, no hagais de una máxima de política, -- generalmente seguida
-por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas
-achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro
-país, -- un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad.
-Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que
-se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta
-creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que
-guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria
-Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais
-_pasos de la humanidad_.
-
--- Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á
-hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera
-anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin
-jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.
-
--- Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor,
-parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.
-
--- El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.
-
---¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella
-parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama
-sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres
-y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y
-que ha llegado á su apogeo.
-
---¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe
-preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que
-vulgarizarse con una _banalidad_, repuso Sir George, y añadió alzando
-los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte
-años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz
-de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es
-hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por
-ella sino algunos españoles.
-
--- No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh!
-¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes
-en sus bosques y desiertos!
-
--- Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los
-países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un
-sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue.
-Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni
-ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud
-primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor
-propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos
-políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á
-rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la
-_adorada patria_.
-
--- Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones,
-repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo
-pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz
-de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que
-los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo
-escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.»
-Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais
-bueno?
-
--- Creo que no deberia haber ninguno, señora.
-
--- Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis,
-os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden
-social, señor?
-
--- Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo
-gobierno.
-
---¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en
-los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado,
-ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos
-observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha
-dicho: _El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional
-del género humano_, y dice igualmente el profundo Balzac: «El
-cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo
-de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor
-elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10]
-
---¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia,
-esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la
-vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!
-
---¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo
-Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida
-_divertida_, sino hacerla _buena_.
-
--- Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta
-santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en
-que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?
-
---¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los
-otros?
-
--- Así es.
-
---¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido
-vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no
-llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre
-él resbalan los verdaderos!
-
---¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?
-
--- Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil
-enumerarlos.
-
--- Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí,
-con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á
-inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos
-participais.
-
--- De ser espansiva me retrae vuestra ironía.
-
--- No, Clemencia, -- dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de
-su amiga, que apretó con cordialidad, -- creed que el hombre viejo se
-despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante
-vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.
-
--- No dudo que sea vuestra intencion, pero...
-
---¿Pero?
-
---¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es
-natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.
-
---¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma,
-halcon?
-
--- No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe
-precaver.
-
---¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y
-desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?
-
---¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?
-
--- No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué
-es lo que vos llamais goces?
-
--- Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los
-que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad
-esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da
-formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo
-que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica
-con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se
-esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma;
-ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre
-brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es
-sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez
-y debilidad del hombre y sus obras...
-
--- No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido
-los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el
-Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos
-observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido
-admirar _gozando_; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha
-surgido en mí este pensamiento: ¡_Qué de afectacion hay en los poetas!_
-
---¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse
-cuenta del por qué su corazon se le oprimia.
-
--- Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los
-hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y
-de las cosas.
-
---¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los
-solteros? preguntó Clemencia.
-
--- Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo,
-han marcado bien esto, llamando al casamiento _hacer un fin_.
-
--- Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven
-que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?
-
--- Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno
-padre de familia.
-
-Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y
-amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:
-
---¿Pero no teneis madre?
-
---¡Ah! sí.
-
---¿Y no la amais?
-
--- Lo mismo que ella á mí.
-
---¿Y dónde está?
-
--- No sé, creo que viaja ahora por Italia.
-
---¿Y padre?
-
--- Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á
-Tipoo-Saib una inmensa fortuna.
-
-Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era
-bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen
-las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su
-hijo de ladron, era una _despreocupacion_ que llenó de espanto á la
-sencilla Clemencia.
-
-Sir George prosiguió sin notarlo:
-
--- Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su
-sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda
-de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia,
-admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?
-
--- Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo
-que no queda en el corazon.
-
--- Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena
-voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una
-de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis,
-os acordaréis de mí, Clemencia.
-
--- Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.
-
--- Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan
-bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.
-
--- Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi
-corazon.
-
--- Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la
-firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado;
-ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.
-
--- Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la
-voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria
-que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.
-
--- Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como
-el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.
-
--- Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?
-
--- Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un
-gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es
-vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha
-proporcionado ningun goce.
-
---¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?
-
--- Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas
-ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha pedido: yo tendria un gran
-placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los
-otros.
-
--- Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso
-de pedir prestado es una cosa demasiado _fashionable_ para un hombre
-oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas
-antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese
-la preferencia.
-
---¿Cuánto es su sueldo?
-
--- Siete mil reales.
-
---¿Os chanceais?
-
--- No por cierto.
-
-Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que
-Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que
-tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué
-cosa risible encierra en sí el número de siete mil?
-
--- Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que
-doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para
-condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan
-inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio,
-ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas
-de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de
-igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo
-mas encopetado de vuestra sociedad.
-
--- No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte
-por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas
-mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas
-prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y
-despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.
-
--- Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro
-país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y
-algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo
-que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una
-sábia cultura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con
-contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien
-del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer,
-porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La
-aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no
-existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos
-en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad,
-es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.
-
--- Pero señor, en Inglaterra...
-
--- No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos
-millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.
-
--- Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder
-siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.
-
--- El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais
-al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.
-
--- Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir,
-que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa
-posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con
-alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo
-aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme
-á mí, pobre anticulta española?
-
--- Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de
-hecho y de derecho cuando son bellas, en todo _Olimpo_. Mas vos
-entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no
-tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de
-Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una
-lágrima, -- sabeis que las aborrezco, -- sino por una sonrisa. Pero decidme,
-¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto
-encomiais?
-
-Clemencia calló un rato.
-
---¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos
-religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.
-
--- No hablemos de religion, Clemencia.
-
---¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.
-
--- Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la
-conciencia del hombre, señora.
-
--- Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el
-que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos
-móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno
-malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no
-tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la
-Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la
-religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á
-enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que
-alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano:
-EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI.
-
--- Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado
-por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?
-
--- Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre
-quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega
-de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus
-Apóstoles, no alcanzará esa redencion.
-
--- Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena
-y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos
-seréis la bienaventurada, y yo el condenado.
-
--- No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes
-temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.
-
---¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!
-
--- Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de
-abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento
-al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas
-prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la
-desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y
-embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y
-escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en
-los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la
-abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de
-espíritu.
-
--- Pero, Clemencia, -- preguntó Sir George, frio á toda la misericordia,
-dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,--¿de qué goces religiosos
-hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los
-cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si
-sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del
-Alcoran.
-
--- Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus
-argumentos con iguales armas como leal.
-
---¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George,
-despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro
-esclavo, hacerme vuestro prosélito?
-
--- No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del
-asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien
-esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios
-mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni
-la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la
-familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le
-distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese
-caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado
-Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este
-hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y
-que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden
-llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este
-hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del
-siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha
-juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué
-títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este
-hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado
-del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio
-escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría
-del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el
-corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero
-esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador
-nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos
-en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias
-creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los
-habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre
-que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin
-faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y
-que no sabe dónde le lleva.
-
-Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia
-le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero
-su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil
-retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas _caían
-por dentro_ ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con
-argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica
-de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria
-indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon,
-despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon
-en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?
-
-Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara,
-pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos
-y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:
-
--- Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?
-
--- Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis,
-añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la
-mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar
-la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber
-encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es
-preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra
-del pauperismo.
-
--- No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu
-propio, con vuestra propia mano.
-
--- No creo que esto sea preciso.
-
--- No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.
-
--- No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni
-cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien
-que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la
-causa de la preocupacion de Clemencia.
-
--- Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en
-este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á
-pedir, -- en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para
-recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así
-como para mover nuestros corazones á lástima, -- es que deis mañana
-limosna al pobre mas infeliz que halleis.
-
---¿Os complazco en ello?
-
--- Sí.
-
---¿Es una órden?
-
--- No, una súplica.
-
--- Es lo mismo.
-
--- Prefiero la complacencia á la obediencia.
-
---¿Pero para qué lo deseais?
-
--- Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en
-hacerlo.
-
--- Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que
-cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.
-
-
-
-
-CAPITULO VIII.
-
-
-A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su
-corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse
-ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.
-
-Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas
-un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante
-para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse
-con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto
-á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion
-variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel
-de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los
-de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo
-que le era desconocido.
-
-Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto
-interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:
-
--- Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?
-
---¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.
-
---¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?
-
---¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he
-cumplido exactamente.
-
---¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.
-
--- Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy
-hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi
-culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he
-sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en
-obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé
-mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse
-á mi salud.
-
-Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.
-
-Sir George las notó y le preguntó:
-
---¿Qué teneis, Clemencia?
-
--- Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.
-
---¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella
-retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os
-falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo
-de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?
-
---¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á
-tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber
-ántes á qué nos arrastra?
-
--- Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas
-de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo
-que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se
-hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la
-obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y
-caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.
-
--- No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George,
-pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el
-lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social,
-sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral.
-¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco
-desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor
-esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta
-del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente
-como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es
-el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras
-partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais;
-porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su
-dignidad.
-
--- Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo
-su serio sarcasmo Sir George.
-
---¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con
-su bondadosa risa.
-
--- No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras
-doctrinas.
-
---¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es
-hermana de la inocencia.
-
---¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio
-para esas gemelas?
-
--- Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.
-
--- No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.
-
---¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que
-ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante
-malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.
-
-Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que
-era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto
-en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta
-levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se
-habia desprendido.
-
-¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las
-causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!
-
---¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas
-irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen
-marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos
-espera!
-
---¿Qué queréis decir con eso?
-
--- Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon,
-Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me
-daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.
-
---¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque
-disimulada, susceptibilidad Clemencia.
-
--- Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no
-tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de
-vuestras usuales y bonitas espresiones, _premiosa_ para corresponderle y
-hacerme dichoso.
-
--- Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo
-yo!
-
---¿Lo seriais quizas con el Vizconde? -- repuso Sir George con mal
-disimulada altanería,--¿y heme engañado creyéndoos sincera? ¿Será el
-instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?
-
---¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y
-falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase,
-lo que no creo.
-
---¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve,
-cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se
-puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo
-delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos
-inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un
-tipo poco bello.
-
--- No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir
-George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no
-podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.
-
---¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la
-desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el
-cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos
-perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.
-
---¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues,
-que el amor se acaba?
-
--- Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un
-estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El
-amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas
-pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que
-tienen la romancesca candidez de jurarse ese _eterno amor_, esa utopia,
-ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.
-
--- Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer
-soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa
-felicidad que fundais en amarme?
-
--- Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, _vous
-m’amuserez_, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa
-originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias,
-y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme,
-entretenerme, y alegrarme.
-
---¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas
-tengo?
-
---¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto
-mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas
-virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad
-cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la
-tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida
-Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de
-virtudes.
-
--- Entre estas, supongo que será la primera la constancia.
-
--- Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler
-Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló
-sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era _tout
-passe, tout casse, tout lasse_; y no querais hacer de la vida real un
-idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y
-sentimientos del mundo en que vais á entrar.
-
---¿Qué mundo?
-
--- El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único
-teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis
-pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?
-
--- Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó
-Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que
-han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no
-para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo
-exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto.
-¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí
-una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la
-vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os
-satisface.
-
--- No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que
-disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento
-que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes,
-cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.
-
--- No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me
-hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que
-solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la
-agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la
-paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del
-mundo.
-
---¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á
-_filer le parfait amour_, y á regar las flores de lis de la fidelidad
-con el Vizconde en su castillo de Belmont?
-
--- Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará
-de todas mis demas virtudes.
-
-En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron
-por el Vizconde.
-
--- Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar
-mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso,
-Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su
-presencia á vos como á mí. Negáos.
-
---¡Imposible! ¿Desbarrais?
-
--- Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero
-orgullo inglés Sir George.
-
--- Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas
-y ridículas esterioridades.
-
-Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.
-
--- Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.
-
--- Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.
-
--- Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora,
-tengo derecho á ser exigente.
-
--- Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi
-carácter y de mi línea de conducta.
-
---¿Me rechazais?
-
--- Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.
-
-En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.
-
---¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas
-fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.
-
-La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y sintió un dolor
-tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer
-firme:
-
---¿Os vais?
-
--- Sí señora, me precisa.
-
---¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis
-pronto?
-
--- No depende de mí, señora.
-
-Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.
-
-
-
-
-CAPITULO IX.
-
-
-Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su
-noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan
-abstraida que no lo notó.
-
---¡Pobre mujer! murmuró al fin.
-
-Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento.
-
---¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer
-alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un
-observador como el Vizconde entreveia lágrimas.
-
--- Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas
-mujeres, en una sola les sois semejante.
-
---¿En cuál, señor?
-
--- En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.
-
---¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?
-
--- Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir
-entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla
-verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.
-
---¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.
-
---¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta
-profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en
-vuestro porvenir patente á mis ojos, como lo está lo pasado. No es hijo
-del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un
-cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas
-susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!...
-y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo
-egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho
-amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!
-
--- Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais,
-suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni
-ménos para erigiros en mi censor.
-
--- Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro
-mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha
-identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon
-en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura
-suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para
-siempre!
-
-Clemencia calló inmutada.
-
--- Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el
-ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal,
-Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la
-perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para
-hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á
-tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres
-felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus
-semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no
-comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y
-desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero
-cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro
-unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con
-un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro
-corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.
-
--- Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que
-haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque
-se va?
-
---¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden.
-
---¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta
-esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado
-dudas al Vizconde.
-
---¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al
-hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si
-es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una
-con mi ausencia.
-
---¡Qué! ¿tambien partís?
-
-Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de
-un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion.
-
---¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con
-luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas
-importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos,
-deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona
-á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á
-dejarse matar, no por la causa del _órden_, sino por la causa del
-_bien_. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me
-llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado
-padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal
-alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero
-vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos...
-¡compadecedme!
-
-El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre
-sus manos.
-
---¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo
-me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado?
-
---¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí?
-pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin
-que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el
-dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos
-méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque
-resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes
-femeninos, esparcís la felicidad que de ellos dimana, al rededor
-vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas
-tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida
-hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria
-sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el
-porvenir!
-
--- Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis
-ahora es afligirme.
-
--- Lo conozco, -- repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño
-de su dolor; -- lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que
-gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y
-sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis
-nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio,
-graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas
-bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona.
-¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del
-que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.
-
-Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano
-que besó, y salió sin añadir mas que:
-
---¡Adios... Clemencia!
-
-Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se
-encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.
-
---¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se
-encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres
-que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo
-porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño?
-¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas
-escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el
-amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y
-justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las
-cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon?
-¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como
-opina el Vizconde?
-
-Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta
-escrita en frances.
-
-(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en
-su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la
-visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su
-despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian
-abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el
-fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)
-
- «Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los
- novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó
- bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga,
- se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales
- cristianas, de rosario en mano.
-
- «Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una
- imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener
- derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con
- vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con
- sus artificios mundanos.
-
- «Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y
- chilindrinas, hay uno que dice _ó César ó cesar_, y del que os
- suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea _esclusiva_
- y _decididamente_, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas
- cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo
- sentimental.
-
- «Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme
- al espíritu del Evangelio.
-
-RIGHT
-GEORGE PERCY.»
-
-
-
-Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva
-como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus
-oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.
-
-Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran
-mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener
-curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida
-internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada
-la insolencia; pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo
-contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia
-en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es
-que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.
-
-Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que
-no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una
-indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas
-terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y
-sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con
-valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo
-lo analizó con firme é imparcial voluntad.
-
---¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber
-sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia
-voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta,
-al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde
-que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un
-cuerpo vivo á un cadáver!
-
-Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su
-razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro,
-á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió
-serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos,
-irrevocable la resolucion que le sugirieron.
-
---¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en
-mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: ¡SI LUCHA HAY
-HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON! Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la
-siguiente carta:
-
- «Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra
- carta, _ó César ó cesar_, opto por lo segundo.
-
- «Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy
- es un fallo.
-
-RIGHT
-CLEMENCIA PONCE.»
-
-
-
-Al mismo tiempo escribió esta otra:
-
- «Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas
- saberlo, tu prima
-
-RIGHT
-CLEMENCIA.»
-
-
-
-Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su
-ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se
-arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta
-escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido
-quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No
-obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia
-causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á
-amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las
-heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio:
-hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de
-vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado
-con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No
-obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama,
-y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á
-quien quiere!--¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese
-tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que
-empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos
-y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!
-
-Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la
-señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero
-reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar
-pasar el primer ímpetu de indignacion.
-
-A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma
-respuesta.
-
-Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á
-Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde
-no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles
-ingleses, y se quedó dormido.
-
-A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.
-
---¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.
-
-Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente
-parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un
-epíteto agrio.
-
---¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su
-director.
-
-Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.
-
-A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.
-
-Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion
-que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su
-tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.
-
--- Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te
-sientes indispuesta?
-
--- No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no
-tienen siempre los mismos matices, Constancia.
-
---¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.
-
--- Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!
-
-Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.
-
--- Ahí está uno, dijo.
-
---¿Y qué quiere? preguntó Constancia.
-
---¡Toma! un ratito de conversacion.
-
--- Pero... ¿quién es ese?
-
--- El señor de Jesu-Cristo.
-
---¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la
-cara.
-
---¿Pues no se llama _asin_? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir
-George, Monte-Cristo.
-
--- No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.
-
---¿E qué le digu?
-
---¿Madre, le recibiréis?
-
--- No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.
-
--- Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz
-suplicatoria.
-
--- Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí
-acompañando á tu madre; que para eso he venido.
-
-Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en
-el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado,
-donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:
-
--- Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero
-sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió
-Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría
-_intercaliente_; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un
-dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero _cuidiau_ que no
-saben curar.
-
-La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser
-lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse
-mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas
-tijeras.
-
-Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo
-infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:
-
--- No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la
-asistencia de la enferma.
-
--- Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las
-gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de
-su lado.
-
-Sir George saludó y salió.
-
-Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar,
-el coraje y el temor.
-
-Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de
-sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas
-instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en
-un momento de celos y de despecho.
-
-Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con
-ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso
-pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas
-falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.
-
-La venda habia caido.
-
-Clemencia no contestó.
-
-Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer
-de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el
-poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida
-por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y
-esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas
-elocuente.
-
-Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.
-
-Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en
-aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era
-posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida
-habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes,
-todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el
-solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia
-intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil,
-su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus
-sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la
-vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia;
-en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.
-
-¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de
-reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo,
-el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de
-un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió
-carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de
-pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en
-vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo
-convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.
-
-Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos
-eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su
-corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj
-estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó
-por reirse con agrio desden de sí mismo.
-
---¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado!
-¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando,
-sino apagando la llama de la vida!
-
-Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que
-le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que
-queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido
-sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su
-melodiosa arpa.
-
-
-
-
-CAPITULO X.
-
-
-Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en
-camino. -- Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun
-pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe:
-¡dichoso yo si puedo serle útil!
-
-Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de
-bien venida, cuando le dijo Clemencia:
-
--- Pablo, ¿me amas aun?
-
-Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada
-pregunta, que no contestó.
-
--- Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.
-
--- No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi
-respuesta, dijo este al fin.
-
--- Será entónces para oirla.
-
---¿Y con qué objeto quieres oirla?
-
--- Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo
-para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le
-correspondo.
-
---¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de
-emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?
-
--- No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de
-que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad,
-segun yo la entiendo.
-
---¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por
-comparacion?
-
--- Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te
-confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo
-desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues,
-dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no
-creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan
-ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo
-bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo
-alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que
-razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la
-vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el
-sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir,
-Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero,
-me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.
-
-Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si
-tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada
-en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor:
-_la virtud sin clemencia, es orgullo_. Entre los dos, Pablo, no debe
-haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una
-profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de
-nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible,
-nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.
-
---¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.
-
--- En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar
-y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer
-esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo
-corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que
-una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los
-inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no
-saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este
-barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir
-de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado
-con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que
-sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para
-el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la
-delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo
-primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy
-á ser con entusiasmo, eres lo segundo.
-
--- Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido
-Pablo.
-
---¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno!
-Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la
-constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con
-que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por
-compañero ante Dios y los hombres.
-
--- Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos
-para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el
-cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?
-
-Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de
-Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo
-apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.
-
--- Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un
-capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?
-
--- Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse:
-es porque TU eres TU.
-
---¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que
-te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?
-
--- Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son
-gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu
-hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te
-amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria
-muerta... como te he amado sin esperanzas!
-
---¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida,
-apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles
-manos de su primo.
-
-Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con
-ellos café.
-
-Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando
-despues de una corta tempestad le sonríe el sol.
-
---¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del
-rico licor que se hace en el puerto de Santa María.
-
-Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir
-George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la
-delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un
-sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á
-la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la
-llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño.
-Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y
-tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un
-áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que
-contestó con sincera y alegre exaltacion:
-
--- Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis
-_olimpiadas_. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser
-sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?
-
--- No atino, hija mia.
-
--- Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso:
-no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.
-
-D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su
-copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la
-sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia
-particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él
-cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así
-como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente
-colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido.
-Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del
-casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea,
-el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:
-
---¿Que os casais? ¿De veras?
-
---¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las _sábias_, ademas de otras
-desgracias, la de ser incasables?
-
--- Pero... -- dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y
-esperando aun que lo dicho fuese una broma;--¿pero... quién es el
-dichoso?
-
--- El dichoso,--¡porque á fe mia que lo será! -- es D. Pablo Ladron de
-Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.
-
-Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.
-
---¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo,
-felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están
-predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que
-vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los
-modernamente designados con la palabra inglesa _dandy_, se decia á sí
-mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas
-de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y
-la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo
-contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he
-llevado chasco! -- no seré el solo.
-
--- D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero
-que no me importa que todo el mundo lo sepa.
-
--- A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca
-sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.
-
-Vamos, añadió para sí, -- echando con disimulo el lente á Pablo, que en
-este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia
-una carta á Villa-María, -- sobre gustos no hay nada escrito. Cuando
-Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me
-persuado que no está á la vista.
-
-A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la
-tertulia de la señora de la Tijera.
-
--- Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de
-cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.
-
-Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:
-
---¿Es triste ó alegre?--¿Pertenece á la alta ó baja política?--¿Es
-jocosa ó fúnebre?--¿Es auténtica ó apócrifa?--¿Es de luengas
-tierras?--¿Es indígena?--¿Es redonda?--¿Ha venido por telégrafo?
-
--- Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para
-dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista,
-sorprendente y estraordinaria.
-
--- Ea pues, decidla, esclamó Lolita.
-
-D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así
-el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.
-
--- D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona,
-que es fama que apunta, pero no da.
-
--- D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la
-curiosa Lolita.
-
--- No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya
-en el arte de _hacer efecto_.
-
--- Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en
-mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos
-qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.
-
-Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se
-puso á talrarear:
-
- Las solteras son de oro,
- Las casadas son de plata,
- Las vïudas son de cobre,
- Y las viejas de hojalata.
-
---¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las
-viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados
-quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los
-veinte mayos no les hacen caso.
-
--- En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia,
-dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la
-publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.
-
-D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en
-los que procuró poner toda la chuscada indígena.
-
---¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.
-
---¿Quién es el engañado? añadieron ellos.
-
---¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.
-
--- Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.
-
--- Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.
-
-D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la
-atencion, repuso:
-
--- Pues sabed que se casa Clemencita.
-
---¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.
-
---¿Con Carlo-Magno? añadió otra.
-
--- No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.
-
--- Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en
-el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?
-
---¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe
-D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y
-solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...
-
---¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.
-
--- No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.
-
---¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como
-manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con
-quién fué á dar la _sábia_! ¡Yo que creí que se iba á casar con el
-Liceo!
-
--- Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.
-
---¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara
-que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran
-boda; ¡ya sabe!
-
--- Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos
-justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion
-el que _saben mucho_, en el sentido que se ha dado á esta frase comun,
-que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal
-y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de
-aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar
-sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las
-otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán
-ciertamente á otras causas que á su _saber_, en el sentido dicho. Quien
-atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.
-
--- Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la
-señora de la Tijera.
-
--- Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd.,
-Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos
-elogios de V.
-
--- Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia
-Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que
-procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el
-pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.
-
--- No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.
-
---¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la
-Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad;
-así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.
-
--- Que era mucho, repuso D. Galo.
-
--- Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero
-de la casa.
-
--- Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.
-
--- Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia,
-observó D. Galo.
-
--- Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.
-
---¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.
-
-¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y
-malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los
-hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de
-rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa
-que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco
-precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido
-suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad
-y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la
-prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu
-hostil que en ella vive y reina.
-
-
-
-
-CAPITULO XI.
-
-
-Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir
-George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de
-Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este
-le recibió con una de esas sonrisas _prestadas_, como dicen los
-franceses, que era en el altivo _Gentleman_ la espresion de la suma
-distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se
-desdeñaba de desdeñar.
-
-D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si
-bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la
-satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer
-confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que
-apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una
-sonrisa colosal:
-
--- El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.
-
---¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar?
-respondió este.
-
--- Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba
-era que en esto tuviese interes Sir George.
-
-D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza
-y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa
-grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é
-interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su
-observacion benévola y superficial.
-
---¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos,
-Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente
-coronela Matamoros?
-
--- No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo,
-buena como no otra.
-
--- Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y
-tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas
-señas quién pueda ser.
-
--- Pues os diré -- D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho -- que
-es nuestra apreciable y querida Clemencia.
-
---¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.
-
-No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al
-ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos
-centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.
-
---¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de
-los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si
-buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló...
-¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso!
-¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió
-volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su
-rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues
-nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:
-
--- No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y
-ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto
-aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia,
-que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no
-seria capaz de publicarlo.
-
---¿Ella os lo ha dicho?
-
--- Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y
-serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado
-Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un
-tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para
-regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.
-
-D. Galo hizo una pausa.
-
---¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria
-abreviar la conferencia.
-
--- Que no se lo digais.
-
---¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que
-habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual
-sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro
-favor.
-
--- No teneis sino mandar: ¿cuál es?
-
--- Que os vayáis.
-
-D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la
-aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos
-tamaños, y estuvo por sacar el lente.
-
-Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que
-cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.
-
--- Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso
-quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...
-
--- Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está
-un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate
-mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de
-cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en
-latin _altea_) os harian mucho bien.
-
-Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir
-George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:
-
--- Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?
-
-D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le
-hubiesen pinchado con una espada.
-
--- Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo
-deseo que Vd. se alivie.
-
--- Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes
-Sir George.
-
-Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió
-en la calle en seguridad, cuando se dijo:
-
---¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de
-los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano
-suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo
-que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no
-estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!
-
-D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.
-
---¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal
-rato que he pasado.
-
---¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?
-
--- Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!
-
--- Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.
-
---¿Porqué... Clemencita?...
-
-D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que
-decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.
-
--- Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo
-inquietaba.
-
--- Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.
-
--- Sabeis que soy callada, D. Galo.
-
--- Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de
-atencion.
-
--- Ciertamente. ¿Y bien?...
-
--- Pues sabréis que D. Jorge estaba...
-
-D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un
-ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.
-
--- No os entiendo, repuso Clemencia.
-
--- Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia,
-añadió: ¡ebrio!
-
---¡Ebrio! esclamó esta asombrada.
-
--- Como una cuba, repuso D. Galo.
-
-D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia,
-y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en
-el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le
-chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado
-al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así
-fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y
-duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la
-esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un
-corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras,
-resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.
-
-Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se
-paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas
-violento, y se decia:
-
--- _¡Joué!_ ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer
-que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el
-campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y
-ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las
-españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables.
-La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido
-ni aun verla! -- Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No
-conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo
-mujeril.--¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué
-insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana,
-ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido,
-inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha
-dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se
-aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una
-criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la
-melodía! Ella me rejuvenecia -- á su lado vivia -- me animaba -- me
-alegraba! -- sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado
-tinte. -- Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus
-piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer
-no era artificiosa, -- no; pero está llena de supersticiones: -- me habria
-querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace
-que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado
-á mí mismo la patente de machucho.
-
-Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un
-cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:
-
--- Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia
-Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge
-tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo
-conocido fastidia, busquemos lo desconocido.--¡Ah! añadió, ¡solo una
-cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz
-fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero
-no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable,
-mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad.
-No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á
-costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, _all
-is well that ends well_. Bien está lo que en bien acaba.
-
-
-
-
-CAPITULO XII.
-
-
--- Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto
-ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.
-
---¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos
-aquí?
-
--- No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por
-complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en
-donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha
-apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama
-con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que
-no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver
-esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de
-dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el
-bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos
-de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida,
-se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su
-madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la
-sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las
-dejé mis habitaciones?
-
--- Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu
-ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las
-huellas de mis lágrimas.
-
---¿Y mis flores?
-
--- Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.
-
---¿Y mis pájaros?
-
--- Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.
-
---¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion
-la mano de su primo.
-
--- Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo,
-debo partir mañana.
-
--- Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.
-
--- Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal
-suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.
-
--- Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias,
-será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha
-servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar
-doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad
-que allí ostentaron sus anteriores dueños.
-
-Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus
-primas.
-
--- Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa
-boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.
-
--- Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á
-tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente
-desconfiado.
-
--- En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se
-desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.
-
---¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.
-
--- Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió
-Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no
-deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion
-el campo?
-
---¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose.
-
--- Si se _entierra_ la mujer que se propone vivir en el hogar de sus
-mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los
-hijos que Dios les diere, creo, Alegría, que toda buena casada vestirá
-con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que
-la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar
-de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de
-esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las
-diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así
-truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer?
-
--- Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de
-renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano,
-sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros.
-
--- Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania,
-viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo
-pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando;
-nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en
-Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega,
-eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una
-degeneracion, pues no es noble el que es descastado.
-
--- Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos
-lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas
-aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya,
-vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para
-desarraigar añejas preocupaciones!...
-
--- La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su
-lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y
-dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia
-con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran
-cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la
-casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso
-que durará mucho, Alegría.
-
--- Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los
-años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar.
-
--- No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás
-cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan
-bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu
-conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un
-tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle
-grata.
-
---¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas
-mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que
-aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante
-frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el _santo yugo ligero_;
-pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera;
-pues te entierras en vida, ¡_séate la tierra ligera!_
-
-Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La
-víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no
-estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la
-mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una
-boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró.
-
---¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto;
-no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.
-
--- Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros
-que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos
-faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto
-de veros...
-
--- El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una
-sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos
-habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...
-
--- Y como no os veo ya en casa de Clemencia...
-
--- Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la
-tarde y noche.
-
---¿No me habeis dicho que se casa?
-
-D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:
-
---¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero
-ya lo sabe todo el mundo.
-
--- Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.
-
--- Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os
-puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de
-mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que
-Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo
-como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él
-hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones
-que lo sorprendieron en su cortijo...
-
---¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas _bandoléricas_; estoy
-cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.
-
--- Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte
-de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la
-primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio
-milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.
-
-Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.
-
--- Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas,
-dijo Sir George con la mayor seriedad.
-
---¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando
-que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da
-vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D.
-Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de
-su talento y buen juicio.
-
-Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor,
-que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo:
-Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia _corta gana_ de ser
-el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.
-
-Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á
-rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:
-
--- He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es
-posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar,
-deseo recibir de vos un favor.
-
--- Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D.
-Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.
-
--- Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á
-los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo
-de presentar una en mi nombre á Clemencia.
-
---¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe
-mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba
-regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D.
-Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única...
-y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge.
-
-D. Galo se estiró los picos del chaleco.
-
-Sir George calló un rato, y dijo despues:
-
--- Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que
-encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno
-grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias,
-yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve
-una mia.
-
--- Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo
-buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo
-competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta
-ocasion no es necesaria.
-
--- No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente
-demas.
-
-Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su
-corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.
-
-Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener
-noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que
-nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en
-la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en
-favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien
-pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir
-despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un
-obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion
-vanidosa, deseando borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en
-la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello,
-poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y
-el arrepentimiento de un noble pecho.
-
-Sir George salió aquella noche para Cádiz.
-
-A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron
-Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.
-
-Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa,
-pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y
-sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus
-nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los
-demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:
-
---¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!
-
-Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y
-pedirle los dulces de la boda.
-
-Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló
-en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves
-fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle
-la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que
-conserva y da culto el amor á los recuerdos.
-
-Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que
-despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á
-pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba
-con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su
-escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:
-
---¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella
-gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que
-la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no
-acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que
-deseo verla.
-
--- Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza
-conserva la infancia á tu corazon.
-
-Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la
-cedulita y leyó:
-
--- BIEN SABE LA ROSA...
-
---¡EN QUE MANO POSA! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y
-apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.
-
-
-FIN.
-
-
-
-
-EPILOGO.
-
-
-Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero,
-Clemencia y Pablo.
-
-El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado;
-pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la
-felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes
-periódicos que habian acabado de llegar.
-
--- Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el _Univers_, periódico
-frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar.
-
---¿Quién? preguntó Clemencia.
-
--- El Vizconde Cárlos de Brian.
-
--- Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él?
-
-Pablo leyó:
-
---«En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso
-demócrata el Visconde Cárlos de Brian.»
-
-«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo
-perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia
-parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las
-jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á
-viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á
-Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En
-él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su
-mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida
-doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»
-
---¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se
-encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.
-
--- Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que
-salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla
-de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.
-
--- Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?
-
-Pablo leyó:
-
---«El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su
-Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su
-tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso
-de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe
-del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un _meeting_
-protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de
-diferentes tamaños, como al Lord Wellington.
-
---¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué
-seriedad inventas y emites despropósitos!
-
--- No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy
-probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá,
-despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y
-quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en
-los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas _ilustrado_ y
-_tolerante_ de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de
-cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías
-anglicanas, ¿qué se podrá dudar?
-
-Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse.
-¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro
-pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais
-esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será
-el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su
-madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.
-
-
-
-
-SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS.
-
-
-Abuhado.--Hinchado.
-
-Abulaga.--Planta silvestre cubierta de espinas.
-
-Acigüatado.--Parado, caido.
-
-Arrapiezo.--Malo y despreciable sujeto.
-
-Arrufar.--Dar empuje ó alas.
-
-Arrumales.--Disparates.
-
-Ayuncar.--Meterse en trabajos.
-
-Cancha ruda.--Chica y gorda.
-
-Chirlar.--Hablar mucho y recio.
-
-Coca.--Cabeza.
-
-Colodra.--Vasija que usan los pastores para ordeñar.
-
-Cuaco.--Rudo, ganso, ignorante.
-
-Fanganina.--Enredo.
-
-Frondío.--Mal humorado, displicente.
-
-Gallorear.--Levantar la voz con impertinencia.
-
-Gatatumbas.--Zalamerías.
-
-Glotura.--Golosina.
-
-Macarroño.--Corrompido, probablemente tomado de _macarse_, empezar á podrirse.
-
-Mamanton.--El que saca ó chupa de otro.
-
-Marchanas.--No irse las marchanas significa _tener presencia de ánimo_.
-
-Monfí.--Nombre que se daba á ciertos moros _malhechores y bravíos_.
-
-Mormajo.--Gran disparate.
-
-Musitar.--Murmurar entre dientes.
-
-Paripé.--Engaño hipócrita.
-
-Pechecilla.--Nombre que se da á las que ya no son niñas ni mozuelas aun.
-
-Rala.--Caridelantera, raida.
-
-Raspagona.--Descarada, atrevida.
-
-Reana.--Círculo grande y apiñado de gentes.
-
-Rejo.--Robustez, fortaleza.
-
-Sibibil.--Pito de alcacer.
-
-Singuilindango.--Cualquier cosa.
-
-Surrar.--Encogerse de miedo.
-
-Toston.--Pedazo de pan tostado que se come con aceite y sal.
-
-Tuero.--Leño cortado para quemar.
-
-Turraco.--Arbol caido, sin rama ni corteza.
-
-Tute.--Juego de naipes ordinario.
-
-Visorar.--Lo mismo que columbrar.
-
-Leipzig.--En la imprenta de F. A. Brockhaus.
-
-
-NOTAS:
-
-[1] Estas losas se suelen poner en Sevilla en la pared, en años de
-grandes avenidas, para marcar la altura á que han llegado las aguas.
-
-[2] Casa de locos de Sevilla.
-
-[3] Hemos disfrazado, no solo el nombre de este individuo, sino hasta
-el del pueblo en que vivia, por ser un exacto retrato, hasta en los mas
-mínimos pormenores, de una persona que murió ha pocos años: los cuales
-todos hemos recogido con la mayor y mas esmerada exactitud.
-
-[4] Frase con que significa el pueblo en Andalucía, lo que es
-estranjero dándole como se ve, un sentido directamente contrario: acaso
-sea síncope mal hecha de _es de otra nacion_.
-
-[5] Es decir, á arar y cavar.
-
-[6] Este rasgo referido exactamente, pertenece á la difunta y
-poderosísima viuda de Quintanilla de Carmona, que fué una de las
-señoras mas nobles, ricas y caritativas de Andalucía. Muchas veces
-hemos oido preguntar á los estranjeros y personas ricas de las
-ciudades, ¿en qué gastan esos poderosos propietarios de tierra adentro,
-que viven oscuramente, sus rentas? Respondan los pobres de los pueblos
-á esta pregunta.
-
-[7] Volvemos á repetir que este rasgo como todos los demas
-concernientes á D. Martin, son ciertos y positivos.
-
-[8] Mr. Charles Dupin, Presidente de la comision francesa en la
-Esposicion de Lóndres, dice en su carta de despedida al príncipe
-Alberto:
-
-«Frances, y vano de este título, no somos de esos cosmopolitas que
-suprimen la patria con el fin de sustituirle abstracciones nebulosas y
-adorar las _tablas-rasas_: no somos de los que sueñan para el porvenir
-con la desaparicion de los tipos sagrados que caracterizan las razas
-y las nacionalidades. La hermosura y la grandeza desaparecerian de la
-tierra, si por un efecto de magia sus montes se allanasen, sus valles
-se alzasen á la par que los hombres, adquiriendo los animales y las
-plantas todas las mismas proporciones y el mismo color, se adaptasen á
-un mismo nivel, el que se pareceria á la nada á fuerza de uniformidad.»
-
-[9] De la que ha dicho Víctor Hugo:
-
- Peuple à peine essayé,
- Nation du hasard,
- Sans tige, sans passé,
- Sans histoire, et sans arts.
-
- Pueblo apénas ensayado,
- Nacion de casualidad,
- Sin un tronco, sin pasado,
- Ni historia, ni artes jamas.
-
-
-[10] Dice Custine: Solo en el órden religioso es permitido esperarlo
-todo del porvenir y prohibido retrogradar hácia lo pasado: solo ahí
-está el progreso indefinido, porque la religion es una cadena cuyo
-primer eslabon está en la tierra, y el último en el cielo.
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA ***
-
-***** This file should be named 60284-0.txt or 60284-0.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/6/0/2/8/60284/
-
-Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions
-will be renamed.
-
-Creating the works from public domain print editions means that no
-one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
-(and you!) can copy and distribute it in the United States without
-permission and without paying copyright royalties. Special rules,
-set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
-copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
-protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
-Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
-charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
-do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
-subject to the trademark license, especially commercial
-redistribution.
-
-
-
-*** START: FULL LICENSE ***
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
-Gutenberg-tm License (available with this file or online at
-http://gutenberg.org/license).
-
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
-electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
-all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
-Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
-terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
-entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
-a constant state of change. If you are outside the United States, check
-the laws of your country in addition to the terms of this agreement
-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
-the copyright status of any work in any country outside the United
-States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
-access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
-whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
-phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
-copied or distributed:
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
-from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
-posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
-and distributed to anyone in the United States without paying any fees
-or charges. If you are redistributing or providing access to a work
-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
-word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
-distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
-"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
-you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
-copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
-form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
-License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
-that
-
-- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
- owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
- has agreed to donate royalties under this paragraph to the
- Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
- must be paid within 60 days following each date on which you
- prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
- returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
- sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
- address specified in Section 4, "Information about donations to
- the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
-
-- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or
- destroy all copies of the works possessed in a physical medium
- and discontinue all use of and all access to other copies of
- Project Gutenberg-tm works.
-
-- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days
- of receipt of the work.
-
-- You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
-forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
-both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
-Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
-Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
-collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
-works, and the medium on which they may be stored, may contain
-"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
-corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
-property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
-computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
-your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium with
-your written explanation. The person or entity that provided you with
-the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
-refund. If you received the work electronically, the person or entity
-providing it to you may choose to give you a second opportunity to
-receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
-is also defective, you may demand a refund in writing without further
-opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
-WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
-WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
-If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
-law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
-interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
-the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
-provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
-with this agreement, and any volunteers associated with the production,
-promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
-harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
-that arise directly or indirectly from any of the following which you do
-or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
-work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
-Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
diff --git a/old/60284-0.zip b/old/60284-0.zip
deleted file mode 100644
index 031a046..0000000
--- a/old/60284-0.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60284-h.zip b/old/60284-h.zip
deleted file mode 100644
index 183d685..0000000
--- a/old/60284-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60284-h/60284-h.htm b/old/60284-h/60284-h.htm
deleted file mode 100644
index dd16797..0000000
--- a/old/60284-h/60284-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,12498 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
-"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
- <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
-<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" />
-<title>
- The Project Gutenberg eBook of Clenencias, por Fernán Caballero.
-</title>
-<style type="text/css">
- p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;}
-
-.c {text-align:center;text-indent:0%;}
-
-.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;}
-
-.fint {text-align:center;text-indent:0%;
-margin-top:2em;font-size:85%;}
-
-.letra {font-size:175%;}
-
-.nind {text-indent:0%;}
-
-.r {text-align:right;margin-right: 5%;}
-
-small {font-size: 70%;}
-
-big {font-size: 130%;}
-
- h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;
-font-weight:normal;}
-
- h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both;
- font-size:150%;font-weight:normal;}
-
- h3 {margin:4% auto 2% auto;text-align:center;clear:both;
- font-size:100%;font-weight:normal;}
-
- hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;}
-
- hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black;
-padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;}
-
- table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;}
-
- body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
-
-a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
- link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
-a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
-
-a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
-
-.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;}
-
- img {border:none;}
-
-.blockquot {margin-top:2%;margin-bottom:2%;}
-
-.footnotes {border:dotted 3px gray;margin-top:5%;clear:both;}
-
-.footnote {width:95%;margin:auto 3% 1% auto;font-size:0.9em;position:relative;}
-
-.label {position:relative;left:-.5em;top:0;text-align:left;font-size:.8em;}
-
-.fnanchor {vertical-align:30%;font-size:.8em;}
-
-div.poetry2 {margin:auto 0% auto 40%;}
-
-div.poetry {text-align:center;}
-div.poem {font-size:90%;margin:auto auto;text-indent:0%;
-display: inline-block; text-align: left;}
-.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;}
-.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;}
-.poem span.i2 {display: block; margin-left: 1em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;}
-.poem span.i15 {display: block; margin-left: 10em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;}
-
-.pagenum {font-style:normal;position:absolute;
-left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray;
-background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;}
-@media print, handheld
-{.pagenum
- {display: none;}
- }
-</style>
- </head>
-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Clemencia
- Novela de costumbres
-
-Author: Fernán Caballero
-
-Release Date: September 12, 2019 [EBook #60284]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<p class="c">
-<img src="images/cover.jpg" width="308" height="500" alt="" title="" />
-</p>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""
-style="border:3px double gray;padding:1em;">
-<tr valign="top" class="c"><td class="smcap">
-<a href="#PARTE_PRIMERA">Parte Primera., </a><br />
-<a href="#CAPITULO_I-a">Capítulo: I., </a>
-<a href="#CAPITULO_II-a"> II., </a>
-<a href="#CAPITULO_III-a"> III., </a>
-<a href="#CAPITULO_IV-a"> IV., </a>
-<a href="#CAPITULO_V-a"> V., </a>
-<a href="#CAPITULO_VI-a"> VI., </a>
-<a href="#CAPITULO_VII-a"> VII., </a>
-<a href="#CAPITULO_VIII-a"> VIII., </a>
-<a href="#CAPITULO_IX-a"> IX., </a>
-<a href="#CAPITULO_X-a"> X., </a>
-<a href="#CAPITULO_XI-a"> XI., </a>
-<a href="#CAPITULO_XII-a"> XII., </a><br /><br />
-<a href="#PARTE_SEGUNDA">Parte Segunda., </a><br />
-<a href="#CAPITULO_I-b">Capítulo: I., </a>
-<a href="#CAPITULO_II-b"> II., </a>
-<a href="#CAPITULO_III-b"> III., </a>
-<a href="#CAPITULO_IV-b"> IV., </a>
-<a href="#CAPITULO_V-b"> V., </a>
-<a href="#CAPITULO_VI-b"> VI., </a>
-<a href="#CAPITULO_VII-b"> VII., </a>
-<a href="#CAPITULO_VIII-b"> VIII., </a>
-<a href="#CAPITULO_IX-b"> IX., </a>
-<a href="#CAPITULO_X-b"> X., </a>
-<a href="#CAPITULO_XI-b"> XI., </a><br /><br />
-<a href="#PARTE_TERCERA">Parte Tercera., </a><br />
-<a href="#CAPITULO_I-c">Capítulo: I., </a>
-<a href="#CAPITULO_II-c"> II., </a>
-<a href="#CAPITULO_III-c"> III., </a>
-<a href="#CAPITULO_IV-c"> IV., </a>
-<a href="#CAPITULO_V-c"> V., </a>
-<a href="#CAPITULO_VI-c"> VI., </a>
-<a href="#CAPITULO_VII-c"> VII., </a>
-<a href="#CAPITULO_VIII-c"> VIII., </a>
-<a href="#CAPITULO_IX-c"> IX., </a>
-<a href="#CAPITULO_X-c"> X., </a>
-<a href="#CAPITULO_XI-c"> XI., </a>
-<a href="#CAPITULO_XII-c"> XII., </a><br /><br />
-<a href="#EPILOGO">Epilogo. </a><br /><br />
-<a href="#SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS">
-Significado De Algunas Palabras Andaluzas.</a><br /><br />
-<a href="#NOTAS">Notas.</a></td></tr>
-</table>
-
-<p class="c">COLECCION DE AUTORES ESPAÑOLES.</p>
-
-<p class="c">Tomo I.</p>
-
-<h1>CLEMENCIA.</h1>
-
-<p class="c">NOVELA DE COSTUMBRES<br />
-POR<br />
-F E R N A N &nbsp; C A B A L L E R O.<br />
-<br />
-<img src="images/colofon.png"
-width="65"
-alt=""
-/><br />
-<br />
-LEIPZIG:<br />
-F. A. BROCKHAUS.<br />
-&mdash;&mdash;<br />
-1883.<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span></p>
-
-<h2><a name="PARTE_PRIMERA" id="PARTE_PRIMERA"></a>PARTE PRIMERA.</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-a" id="CAPITULO_I-a"></a>CAPITULO I.</h3>
-
-<div class="poetry2">
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur.<br /></span>
-<span class="i2">A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas el análisis del corazon.<br /></span>
-<span class="i15"><span class="smcap">J. A. David.</span><br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup.<br /></span>
-<span class="i0">Para bien ver, es preciso haber mirado mucho.<br /></span>
-<span class="i15"><span class="smcap">Alexis Du Valon.</span><br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Le style vient des idées et non des mots.<br /></span>
-<span class="i0">El estilo nace de las ideas y no de las palabras.<br /></span>
-<span class="i15"><span class="smcap">Balzac.</span><br /></span>
-</div></div>
-</div></div>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span>o se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo,&nbsp;&mdash;&nbsp;decia una tarde
-del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D.
-Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de
-café.&nbsp;&mdash;&nbsp;Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un
-mundo, aunque Vd. diga que no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, yo no digo ni que sí ni que no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una
-lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa
-sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es una perla, Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz
-<span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo no sostengo nada, señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de
-Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara
-que Vd. ponia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos
-gravosas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama <i>perla</i>.
-¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos <i>perlas</i> de mis hijas para
-darme que hacer! ¡<i>Perlas</i>! Cuidados sí que son las niñas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda
-Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd.
-unas cosas!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en
-sacarla del convento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le
-parezca que he hecho mal.</p>
-
-<p>La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa
-falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus
-maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia
-algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad
-de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni
-ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que
-la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era
-rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no
-era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban
-iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino
-contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser
-maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos
-y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino
-malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como
-plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era
-el de vivir apu<span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>rada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la
-agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no
-pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad
-de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó
-toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas
-que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la
-pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo
-forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que
-se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real.
-Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su
-vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su
-lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de
-desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el
-mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de
-las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas
-queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las
-cosas favorables, á las que siempre encuentra un <i>pero</i>, para servir de
-pábulo á sus lamentaciones.</p>
-
-<p>Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida
-muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un
-bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron
-lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente
-criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é
-insufrible.</p>
-
-<p>El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba
-establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy
-rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y
-de intrigar, que era el <i>Tu autem</i> de la familia.</p>
-
-<p>Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un
-cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada;
-la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su
-tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual
-ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por<span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span> la
-conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de
-dos hijas.</p>
-
-<p>La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave,
-concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de
-constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos
-negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo,
-duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su
-carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien
-por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era
-generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de <i>rara</i>.</p>
-
-<p>La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un
-gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y
-aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y
-seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada
-desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y
-pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos
-guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas
-tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en
-los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de
-aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado,
-pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su
-madre de <i>buena alhaja</i>.</p>
-
-<p>Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en
-nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres,
-y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que
-sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la
-ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de
-perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese
-artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía
-que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países.
-Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y
-hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero
-ocultar<span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span> su propio <i>yo</i>, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro.
-Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace
-despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan
-dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de
-novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería
-les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y
-frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores
-artificiales.</p>
-
-<p>En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis
-años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda,
-era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la
-naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y
-todos sus encantos.</p>
-
-<p>De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño
-inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un
-manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y
-grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la
-Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la
-cuna tienen los niños para sus madres.</p>
-
-<p>Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de
-corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus
-favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon:
-resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su
-sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una
-fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada
-por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que
-demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no
-se roza con ella.</p>
-
-<p>Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes.
-Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y
-de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en
-nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é
-intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una
-dificultad,<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de
-prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa,
-escita fuertemente.</p>
-
-<p>Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y
-sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la
-niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no
-quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones
-todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán
-sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego.</p>
-
-<p>Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el
-desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial
-sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los
-niños.</p>
-
-<p>En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la
-barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en
-su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y
-matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta
-años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus
-modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo
-<i>farniente</i>. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á
-las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego,
-ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la
-homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la
-lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y
-desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los
-caminos de hierro.</p>
-
-<p>Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas
-partes, no hará mas papel que el de comparsa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es
-preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago.
-¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien
-sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese
-foco de corrupcion!!<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como está eso de moda... repuso D. Silvestre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar
-veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marquesa, yo no he aprobado nada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de
-artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el
-caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues
-agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar
-tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse
-semejante disparate?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señora, todo el mundo se casa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga?
-¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato
-estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de
-enaguas de bayeta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, el amor....</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que
-es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa,
-lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué
-desgracia!!!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta
-mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de
-la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y
-le ha quebrado un ala del pié.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque
-apartada, oyó este último gemido de aquella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su
-hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su
-dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí
-me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como que no podrá volar, observó Alegría.</p>
-
-<p>La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de
-yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas,
-que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano
-los cuatro ángulos del gran patio de la casa.</p>
-
-<p>En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso
-decidido y aire imponente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has
-visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el
-ala á mi Mercurio?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas
-correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas,
-repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan
-meditabundo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador
-tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al
-miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le
-conocerán las lañas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan
-volar, observó Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa,
-dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla,
-calla; que nadie te da vela para este entierro.<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.</p>
-
-<p>Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar
-de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los
-piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le
-hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho
-contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va
-á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas
-acertado me parece tu discurso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las
-cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-a" id="CAPITULO_II-a"></a>CAPITULO II.</h3>
-
-<p>Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del
-Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la
-Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco
-porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa
-que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un
-individuo á la palestra, decir quién es.</p>
-
-<p>Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á
-la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable,
-recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Manda al diablo los paisanos;<br /></span>
-<span class="i0">Que te prometo, morena,<br /></span>
-<span class="i0">Que en siendo yo Coronel,<br /></span>
-<span class="i0">Tú serás la Coronela.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el
-bizarro cabo á mandar un regimiento de<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span> dragones, la hija del mesonero,
-cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y
-una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados
-por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre,
-y huyen y gritan al ver un raton.</p>
-
-<p>Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta
-militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como
-tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de
-gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y
-adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el
-viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba
-ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los
-soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un
-partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera,
-hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego.
-¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon
-se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se
-identificó con ella como con su nombre de pila.</p>
-
-<p>Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas
-sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los
-campamentos.</p>
-
-<p>Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó
-compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este
-conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.</p>
-
-<p>Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale
-contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas
-no ofenden.</p>
-
-<p>A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el
-coronel, la guardia á la puerta, y la <i>moza</i>. Nada habia quedado sino lo
-<i>arrogante</i>; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar
-recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se
-creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su <i>veto</i>
-á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.</p>
-
-<p>Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> primacías que
-hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que
-son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan
-dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la
-persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos
-motores, físico y moral, de la época.</p>
-
-<p>Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho
-por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en
-su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna
-vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se
-amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona:
-eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y
-su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.</p>
-
-<p>Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é
-inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo
-preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas,
-averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas
-chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas,
-entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que
-hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.</p>
-
-<p>Sobre la Marquesa, que era débil&nbsp;&mdash;&nbsp;y, como todos los débiles,
-voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil
-con los insolentes,&nbsp;&mdash;&nbsp;ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á
-que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona
-religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto
-que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos
-principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y
-su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay
-echaba sus fallos, como una nube sus granizos.</p>
-
-<p>Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas
-de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes
-de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia
-proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra
-ellas. Como<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en
-su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra
-de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no
-lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega
-el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos
-ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su
-ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo
-y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto
-se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela
-Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia
-ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un
-entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas
-añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un
-aire <i>madrileño</i>. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y
-tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su
-dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos
-espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la
-verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en <i>calle de
-Francos, núm. 5</i>; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que
-habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en
-una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el
-último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre
-las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que
-pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas
-referidas, en todas las casas que <i>desfavorecia</i> Doña Eufrasia, se la
-miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un
-sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala
-yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin
-embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro
-trato!</p>
-
-<p>La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse
-estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía
-social, sino hasta á personas cuya<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span> conducta es mala ó deshonrosa con
-escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad
-española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros
-distinguidos.</p>
-
-<p>En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que
-fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el
-decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de
-censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino
-tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de
-hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese
-benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á
-ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto,
-tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija
-en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.</p>
-
-<p>Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en
-su verdadera luz.</p>
-
-<p>Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad
-que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir
-una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para
-replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y
-desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina
-rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del
-ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello,
-repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas
-pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le
-quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien
-la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear,
-coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar
-que no moriria de cólico cerrado.</p>
-
-<p>En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa
-de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que
-apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.</p>
-
-<p>El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un
-navío á la vela, se quedó estático.<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un
-tintorero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro,
-añadió la tercera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que
-no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado
-Paco Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las
-niñas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.</p>
-
-<p>Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido
-distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y
-revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.</p>
-
-<p>Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió
-majestuosamente su marcha triunfal.</p>
-
-<p>Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion,
-siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia,
-cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta
-guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y
-llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de
-márras, igualmente guarnecida de pieles.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo:
-es un regalo del emperador de Rusia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á
-pólvora francesa y está picado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un
-jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de
-muchas luces, muy vivo,<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> muy ligero de sangre y algo aturdido, que
-ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una
-fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.</p>
-
-<p>Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada
-señora, y le decia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el
-efecto que puede causar la <i>Moscovita sensible</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las
-pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes <i>Buenos</i>, no
-teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el
-mundo, en no reconoceros por tal.</p>
-
-<p>Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia
-Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de
-Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para
-hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el
-espíritu de hostilidad que vive y reina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco
-Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles
-contestar, en particular si datan de la guerra de la <i>pendencia</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á
-la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te
-digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no
-la volvería yo á pisar, si no fuera por...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y
-un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial,
-cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de
-tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el
-chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que
-subir, y es preciso despues<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> de hecho, dejarlo reposar; y á tí te
-advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te
-engañe el confitero.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-a" id="CAPITULO_III-a"></a>CAPITULO III.</h3>
-
-<p>Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las
-Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores
-pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la
-enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de
-ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la
-claridad de este relato.</p>
-
-<p>Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un
-asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y
-ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo
-amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este
-enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el
-título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy
-buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto
-que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono
-desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á
-los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con
-dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los
-que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo
-chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.</p>
-
-<p>La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro
-suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante
-enlace. Esta <i>rareza</i> sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y
-era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion
-de <i>perlas</i>, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas,<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span>
-Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de
-sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia
-mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su
-hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de
-contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su
-ahijada.</p>
-
-<p>La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á
-la negativa de su hija, que sus <i>rarezas</i> y la gran indocilidad de su
-carácter; pero en realidad existia otra.</p>
-
-<p>Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero,
-pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave
-por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando
-llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde
-entónces se amaron.</p>
-
-<p>Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de
-una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor
-español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no
-<i>meridionales</i>, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan
-arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan
-entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un
-solo corazon basta para llenar un pecho.</p>
-
-<p>La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno
-y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar
-profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el
-tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su
-constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto
-tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey,
-pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como
-uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese
-mediado entre ellos mas coloquio que este.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tia, á los piés de Vd.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A Dios, Bruno; me alegro de verte.<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p>
-
-<p>En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que
-guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con
-él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este
-ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que
-se le ofrecian.</p>
-
-<p>Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su
-hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal
-humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias
-secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un
-brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar,
-que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas
-furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas
-caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden
-á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates
-que les pesan despues toda su vida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante
-suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un
-novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para
-quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.</p>
-
-<p>Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable,
-tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla;
-por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de
-<i>la monjita de Cortegana</i>; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y
-espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un
-mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y
-dada de mala gana.</p>
-
-<p>En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial.
-Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas
-pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era
-tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de
-cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.</p>
-
-<p>Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como
-cayeron á manera de gotas de hiel en el<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> corazon de Clemencia, las
-muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué
-recibiendo.</p>
-
-<p>Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se
-ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia
-de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la
-subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio
-anonadamiento.</p>
-
-<p>Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa
-influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á
-tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el
-poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han
-impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible
-impulso, á este general contagio.</p>
-
-<p>Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella
-encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria
-su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por
-qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se
-empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que
-Constancia murmurase con aspereza: <i>¡Cosas de Clemencia!</i> bastó que
-alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus
-inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona;
-bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: <i>Calla, hija, por
-Dios... ¡calla!</i> para dar ese impulso de baja que la sociedad se
-apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí,
-bonita es; es una infeliz; <i>ni pincha ni corta</i>.</p>
-
-<p>¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!</p>
-
-<p>La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste
-privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por
-un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse
-de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para
-evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la
-modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span></p>
-
-<p>¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la
-injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se
-ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á
-la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo
-ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al
-venenoso tiro de la envidia!</p>
-
-<p>Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia
-inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y
-que cada cosa habia vuelto á su lugar.</p>
-
-<p>Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias,
-no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver
-la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos
-sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.</p>
-
-<p>Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba
-una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y
-traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á
-pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver
-llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba;
-pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le
-dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo
-que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la
-gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de
-agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.</p>
-
-<p>Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer
-capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y
-displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas,
-guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría
-con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando
-entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las
-noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion.
-¿Qué tenemos ahora?<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una
-letra de Paris de treinta mil reales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le
-pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la <i>hipocresía</i>;
-miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y
-desobedientes...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en
-divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á
-paseo. ¡Para paseos estaba yo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el
-arca se vende.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado
-Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo
-una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia,
-compotita de manzana, por qué estás llorando?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho
-que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no
-daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme
-en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro,
-señora, que no sé qué decir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice
-la copla, bien podrá no tener nunca mucho que <i>contar</i>, pero sí tiene
-siempre mucho que <i>decir</i>.<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no
-vuelvan á llorar esas Magdalenitas de <i>mírame y no me toques</i>, opinó
-Doña Eufrasia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no
-parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia
-cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á
-la esfera inferior.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Tú? ¿Y cómo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya,
-para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una
-<i>serenía</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y la obtuvo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sobre la marcha.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á
-aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy
-descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando
-la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado
-pintiparado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo
-de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos
-abismos de su robusta entonacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Le conoces?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado
-como hay pocos, y está hecho á mis mañas.</p>
-
-<p>Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las
-muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante
-siguió preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Bebe?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Agua.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es enamorado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es fiel?<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como el sello.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Tiene buen genio?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es un tórtolo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Fuma?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En la vida de Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es aseado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como el oro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y entiende?...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De todo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me
-depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces
-como tabla de salvacion en mis mayores apuros!</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-a" id="CAPITULO_IV-a"></a>CAPITULO IV.</h3>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el
-criado que envía la Señora Doña Eufrasia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.</p>
-
-<p>A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra
-de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas;
-pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto
-ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena
-dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la
-desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido;
-solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos
-demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro
-de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con
-inusitada arrogancia.</p>
-
-<p>Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de
-huevo, parecia un gorro de hule.</p>
-
-<p>Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y
-vivaracha, de la sonrisa mas desparra<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span>mada y satisfecha, á la seriedad
-mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la
-mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces
-en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés,
-pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin
-pestañear, al frente.</p>
-
-<p>Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas
-marcada pronunciacion gallega:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.</p>
-
-<p>La Marquesa estaba sola.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora
-Coronela hoy un <i>dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo siento. ¿Y cómo te llamas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis
-amos siempre me han llamado Pepino.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y de qué tierra eres?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y
-Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la
-ria...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y
-estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y sabes servir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de
-agua.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y puedes asistir bien á la mesa?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los
-cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, yo lavo el agua.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que yo soy muy estremada en ese punto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los
-cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino,
-animal... mas vale maña que fuerza.<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la
-cara á una de las mozas, te despido acto continuo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo
-ver; esceptuando lo presente, se entiende.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la
-calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con
-particularidad el del malo que tú fumarás.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y
-las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo
-has visto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un
-plumero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, que podrás dañarle.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos, tendrá su mercé dolor de <i>osos</i> (huesos).</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Le llevo un paráguas; bien está, usía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado,
-y lo pones bajo techado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; <i>cuidin</i> que
-era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi
-propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro
-duros de salario. Ve si te acomoda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Puedes venir desde mañana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No faltaré, usía; ántes faltará el sol.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues á Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que usía se conserve.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es una alhaja, pensó la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de
-doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.</p>
-
-<p>Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D.
-Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es
-un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un
-gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro,
-porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la
-voz de bajo de la Coronela para añadir) <i>es muy hombre de bien</i>; como si
-bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion
-de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de
-archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de
-saber de finura la que llama á los helados <i>alelados</i>, á los pigmeos
-<i>pirineos</i> y á los misterios <i>ministerios</i>, y que saluda diciendo: ¡Dios
-guarde á Vd.!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar
-así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para
-todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte,
-en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado,
-que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia
-que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado
-como hay pocos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los
-pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las
-gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun
-dado caso que estuviese<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> torpe al principio, que no un tunantillo listo,
-que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.</p>
-
-<p>En este momento entró Andrea, el ama de llaves.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para
-postres?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que no los quiere traer el mozo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que no? ¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco
-que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no
-es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa
-jugarreta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.</p>
-
-<p>De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente,
-gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan
-cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto
-dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta
-aguardando órdenes.</p>
-
-<p>Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un
-lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo
-que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te
-pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los
-merengues.</p>
-
-<p>Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lo ve Vd.?&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo
-la risa,&nbsp;&mdash;&nbsp;ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando
-ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite
-de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas;
-pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa
-de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que
-en dos por tres se <i>bebe una casa</i>.<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas
-quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries
-delante de él! que aturrullas al pobre hombre.</p>
-
-<p>De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente
-fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados
-movimientos.</p>
-
-<p>Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien
-puestos en un plato de los de postres.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?&mdash;¿Qué trae ese
-hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...</p>
-
-<p>Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á
-Andrea que venga á sahumar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.</p>
-
-<p>Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que
-todos los arenques cayeron al suelo.</p>
-
-<p>A poco fueron á comer.</p>
-
-<p>La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con
-arte <i>chaclueco</i> formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos
-egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de
-botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.</p>
-
-<p>En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos,
-no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse
-la molestia de remudar los que hubiesen servido.</p>
-
-<p>La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido
-discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las
-debidas esplicaciones.<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.</p>
-
-<p>Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su
-acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la
-sopera, y colocó en su lugar la ensalada.</p>
-
-<p>Alegría soltó el trapo á reir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.</p>
-
-<p>Su madre les echó mirada severa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en
-su lugar pon el frito.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la
-olla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos
-ladros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, mandó la Marquesa.</p>
-
-<p>Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.</p>
-
-<p>El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo
-asado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la
-cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo
-entre tres amigos, y dos durmiendo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor
-D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire
-jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir;
-desde que almorcé no he probado bocado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables;
-enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente
-mozo de comedor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada
-paciencia su señora y directora.</p>
-
-<p>Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Dónde coloco esta <i>corbeta</i>? preguntó.</p>
-
-<p>Alegría prorumpió en carcajadas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita,
-otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.</p>
-
-<p>Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que
-acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala
-donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino
-trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura,
-que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su
-señora.</p>
-
-<p>Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio
-llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu
-incumbencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso
-mozo, agarrando con denuedo la cafetera.</p>
-
-<p>Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar
-hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente
-resultar.</p>
-
-<p>Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas
-en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto
-que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió
-con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la
-mujer <i>de cuerpo de casa</i> se bebia el vino; tercero, que la costurera se
-llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella
-tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y
-hacia la vista larga á todas estas infamias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas
-revelaciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor,
-sentido de que su señora dudase de su vera<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>cidad. No lo crea usía; á
-bien que no es <i>voto de castidad</i>.</p>
-
-<p>Pepino queria decir artículo de fe.</p>
-
-<p>Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como
-saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas
-punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su
-señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los
-pelotazos de niños dañinos.</p>
-
-<p>Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito
-venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio
-derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon,
-del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por
-una rendija.</p>
-
-<p>La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por
-la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la
-primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.</p>
-
-<p>La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo
-el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros
-por via de indemnizacion de los percances del oficio.</p>
-
-<p>Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se
-trocó en brillante rayito de sol.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-a" id="CAPITULO_V-a"></a>CAPITULO V.</h3>
-
-<p>Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era
-Andrea, que habia sido su ama.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Válgame Dios, hija!&nbsp;&mdash;&nbsp;le decia esta una mañana en que solas se
-hallaban en el cuarto de Constancia:&mdash;¿es posible que des esta
-pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te
-brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te
-parecia todo el<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos
-son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su
-tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no
-digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las
-mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter
-monjas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno
-ni en lo otro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra
-cosa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas
-enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con
-dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera
-que te quedas sin la herencia de tu tia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su
-herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero
-yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á
-mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos:
-goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo
-una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi
-vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende,
-ama,&nbsp;&mdash;&nbsp;para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con
-las otras para atormentarme,&nbsp;&mdash;&nbsp;que solo á un hombre amaré en mi vida; que
-me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con
-otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta
-en puerta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una
-por un dia ni dos, sino para morir<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> con la cadena al cuello. Así, déjame
-en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.</p>
-
-<p>Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi
-hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que
-pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de
-tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero?
-Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd.
-este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo
-de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña
-nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de
-caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por
-ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á
-un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una
-Grandeza y la pingüe herencia de su tia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir
-ajeno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de
-la sinrazon!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su
-manía y á ceder á la razon?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd.
-sobre sí una inmensa responsabilidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos,
-todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y
-unos mismos cimientos.<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud,
-Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el
-de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd.
-siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y
-hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino
-vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo
-tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que
-escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio
-de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto
-que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia
-que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que
-sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena
-madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa <i>perlita</i>, le mando
-decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.</p>
-
-<p>A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto
-mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia
-generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno.
-Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija
-Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió
-presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.</p>
-
-<p>Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas
-sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo
-reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de
-cuantas personas la componian.</p>
-
-<p>Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana,
-continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla
-primorosamente calada, para su tia.</p>
-
-<p>Apénas paró en ella la atencion el Marques.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo
-este despedido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Muy buen mozo, contestó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso
-como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la
-risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los
-zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria <i>El
-Heraldo</i> para decir largos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los
-hombres?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques
-tan buen mozo, dijo con burla Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se
-mira.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres!
-Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre
-niña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado
-D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin
-lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos,
-de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia.
-Lo mismo hace contigo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese
-<i>correveydile</i>, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas
-de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.</p>
-
-<p>Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo
-personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo
-el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar
-privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-a" id="CAPITULO_VI-a"></a>CAPITULO VI.</h3>
-
-<p>Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto,
-si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos
-llaman <i>buen tono</i> hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente
-arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y
-aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y
-con razon, en los madrileños genuinos.</p>
-
-<p>Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el
-mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores
-costumbres.</p>
-
-<p>Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por
-protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su
-modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho
-en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.</p>
-
-<p>D. Galo Pando,&nbsp;&mdash;&nbsp;así era su gracia,&nbsp;&mdash;&nbsp;no sabia ni griego ni latin; pero
-sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la
-perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas
-modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en
-que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.</p>
-
-<p>Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras
-modernas: <i>lamentable</i> y <i>deplorable</i> le sonaban como música de Rossini.
-El <i>debut</i> y el <i>buffet</i> tenian para él un esquisito perfume de
-elegancia; en cuanto al <i>séale la tierra ligera</i>, cuando lo veia, se
-entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni
-afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los
-hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en
-buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba
-profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma
-<i>sui generis</i>, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras
-sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada
-por medio del elixir de vida que inventó Balzac.<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span></p>
-
-<p>Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes
-botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una
-alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos
-brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un
-lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente
-D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial:
-eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero
-con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente
-satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á
-bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En
-cuanto á su cabeza...</p>
-
-<p>Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem,
-ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de
-las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de
-vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor
-como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las
-luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion
-de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento
-que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento
-que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las
-raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que
-no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.</p>
-
-<p>El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que
-lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las
-<i>ideas</i>; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el
-ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una
-via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que
-halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América;
-en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan
-en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los
-centauros y las sirenas.</p>
-
-<p>Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> cabello á
-desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas
-incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente
-en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve
-estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en
-suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del
-Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en
-este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo
-detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras
-ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate
-Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han
-podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico,
-que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.</p>
-
-<p>¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere
-un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos,
-filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando
-en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron
-una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta
-de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian
-los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que
-subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos
-con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los
-mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó
-casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que
-al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si
-brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus
-palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de
-armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano
-veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que
-la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para
-reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta
-necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es
-un<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre
-técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse
-<i>restaurador de los estragos del pensamiento</i>, ó bien <i>asociacion de
-reemplazantes</i>?</p>
-
-<p>D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto
-desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le
-habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos
-para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran
-lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun
-espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino
-restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el
-remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó
-que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion
-corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que
-la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una
-disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo
-un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus
-hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su
-desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que
-los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el
-pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que
-llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo
-muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada
-con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de
-descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba
-muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al
-peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En
-estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma,
-de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las
-señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.</p>
-
-<p>Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando
-vinieron los franceses el año 23, decian de<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> el: <i>Monsieur Gaalo Paando
-est un fort aimable ci-devant jeune homme.</i> Lo que quiere decir: «D.
-Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta
-narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se
-necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si
-no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»&mdash;</p>
-
-<p>Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban
-alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas,
-sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en
-compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el
-progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus
-pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de
-sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la
-semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el
-corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta
-comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un
-corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni
-película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la
-amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es
-una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor,
-entre dos pésimos perillanes.</p>
-
-<p>Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que
-le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre
-en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios
-disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que
-se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al
-ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y <i>esbeltas</i> que ni un
-figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no
-cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el
-mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian
-de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba
-aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional
-espectáculo de una corrida de toros, en<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> grandes dimensiones, en
-términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año
-cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que
-cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del
-caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y
-mezquino aparato de solteron, esclamaba:&mdash;¡Potro eres, potro de
-tormento, cama de hospital, parodia del <i>blando lecho</i>, triste y pobre
-antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!</p>
-
-<p>La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos,
-que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se
-interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así
-era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos,
-mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le
-dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías
-como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus
-faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que
-memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en
-las familias una especie de <i>agenda</i> ó prontuario, al que se acudia para
-tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia
-acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con
-gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas
-de este tenor:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros
-dientes?&nbsp;&mdash;&nbsp;Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San
-Andres.&nbsp;&mdash;&nbsp;D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor?&nbsp;&mdash;&nbsp;D. Galo, ¿cuándo murió el
-arzobispo?&nbsp;&mdash;&nbsp;Pando, ¿quién predica mañana en la catedral?&nbsp;&mdash;&nbsp;D. Galo, ¿á
-cuántos estamos hoy?&nbsp;&mdash;&nbsp;Pando, ¿quién obsequia á la viudita?&nbsp;&mdash;&nbsp;D. Galo,
-¿qué dan esta noche?&nbsp;&mdash;&nbsp;Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva
-cocinera?<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-a" id="CAPITULO_VII-a"></a>CAPITULO VII.</h3>
-
-<p>A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar
-propiamente una <i>tertulia</i>, voz que define el Diccionario de este modo:
-<i>junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones
-honestas</i>.</p>
-
-<p>Entre estas <i>diversiones honestas</i> estaba introducida,&nbsp;&mdash;&nbsp;y la Marquesa la
-tenia en gran estima,&nbsp;&mdash;&nbsp;una respetable lotería, que la dicha señora
-consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y
-como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le
-parecian muy preferibles á los <i>avant-deux</i>; los ambos á los de ligeras
-piernas, y los números á las cabriolas.</p>
-
-<p>La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la
-decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg,
-traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia
-cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de
-Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian
-hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia
-en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que
-presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el <i>maestro Pino</i>,
-que así se denominaba el número uno, el <i>abuelo</i>, así se denominaba el
-noventa, y que hacia su servicio la <i>patrulla</i>, así se denominaba el
-cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con
-espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.</p>
-
-<p>La tertulia era bastante numerosa aquella noche&mdash;¡y cosa estraña y no
-vista!&nbsp;&mdash;&nbsp;habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia
-hecho aun su aparicion.</p>
-
-<p>D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el
-complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números;
-cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables.
-Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la
-bayeta verde<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> en que se decidian los destinos de los ambos y de los
-ternos, con la falta de su presidente.</p>
-
-<p>La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia
-renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo
-aguacero de verano.&mdash;¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes.&nbsp;&mdash;&nbsp;La vela...
-el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las
-estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá
-ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...</p>
-
-<p>Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se
-distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar
-pan.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.</p>
-
-<p>Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en
-medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida
-contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la
-profanadora voz de <i>pendencia</i>; de que se habia valido para designar la
-guerra <i>contra el frances</i>.</p>
-
-<p>En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver
-entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por
-sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del
-patio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, preguntó ¿<i>é</i> adónde meto el Mercuriño?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hombre,&nbsp;&mdash;&nbsp;contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la
-hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas,&nbsp;&mdash;&nbsp;ponlo en
-un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes
-pormenores.</p>
-
-<p>Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta
-brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la
-puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en
-el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente
-como un dormido murciélago.</p>
-
-<p>La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó
-riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los
-desposeidos piés contra la emplumada cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala,
-aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir
-á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por
-mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de
-ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.</p>
-
-<p>Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando
-con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre
-Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la
-mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia
-un periódico.</p>
-
-<p>En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia
-preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la
-divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no
-viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá,
-Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo no sé, contestó esta sencillamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que
-Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo
-sin pedirle permiso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que
-ocasionó la ocurrencia de Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo
-algun <i>deplorable</i> ó <i>lamentable evento</i>, segun lo tétrico de tu gesto y
-lo abatido de tu semblante, primo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la
-relacion de un naufragio.<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar
-Alegría con risita burlona.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los
-naufragios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del
-corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de
-corderitos de bronce? dijo Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Napoleon lo fué, repuso Bruno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el
-vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro
-dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.</p>
-
-<p>Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la
-esplosion de coraje de la heroina, esclamando:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle
-me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Póngale Vd. una losa<a name="FNanchor_1_1" id="FNanchor_1_1"></a><a href="#Footnote_1_1" class="fnanchor">[1]</a>, dijo Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino
-el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> D. Galo con una
-sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á
-Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números,
-D. Galo, <i>hijo mio</i>, le dijo Alegría; pues Clemencia se está
-deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le
-habria sucedido á Vd. algun percance.</p>
-
-<p>A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas
-ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría;
-vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.</p>
-
-<p>Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron
-frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario
-en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio
-se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa <i>Esperanza</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La conservaré miéntras pueda,&nbsp;&mdash;&nbsp;respondió Bruno, dirigiendo, sin
-mirarla, su respuesta á Constancia;&nbsp;&mdash;&nbsp;aun no me han repartido cartones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.</p>
-
-<p>A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.</p>
-
-<p>Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se
-aproximó á la mesa.</p>
-
-<p>Bruno palideció y desatendió completamente su juego.</p>
-
-<p>Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion
-de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un
-témpano.</p>
-
-<p>Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del
-Marques.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la
-contemplacion de Constancia.<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span></p>
-
-<p>¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada!
-¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener
-en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras
-mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio
-le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo
-acabó por empalagar al pueblo de Israel!</p>
-
-<p>Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con
-pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien
-amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos
-de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de
-sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del
-jóven castellano que defendia su castillo.</p>
-
-<p>Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con
-injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se
-los causaba.</p>
-
-<p>Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se
-movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad,
-haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Muy mala, contestó esta lacónicamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así lo espero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me temo que la mala sea para el que os ame.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras
-secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Los espejuelos de Mahoma!</i> dijo en voz grave y clara D. Galo,
-sacando el número ocho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su
-inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi
-hermana! observó Alegría.<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la
-bondad de ofrecéroslos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion,
-Alegría; no me divierte juego alguno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ni á mí tampoco,&nbsp;&mdash;&nbsp;y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de
-prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡El abuelo!</i> sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues
-D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era
-objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su
-inmutable tarea.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No digo? esclamó Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Las alcayatas!</i> gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué
-significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi
-alcance.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Los patitos!</i> dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número
-veinte y dos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi
-ruina. Protesto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el
-Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de
-mis esperanzas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian
-haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las
-muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es
-Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan
-desabrida...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en
-dias revueltos pica mas entre las nubes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡La patrulla!</i> sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego
-graneado.<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces,
-repuso su vecina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco
-Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡El jorobado!</i> cantó D. Galo sacando el dos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir
-el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que
-saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la
-interrogada con descoco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy
-cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia
-desvanecerse.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi madre esperó convencerme.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No: que yo no engaño nunca.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto
-demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos
-deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder,
-si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡La horca de los catalanes!</i> pregonó la voz incansable de D. Galo,
-sacando el once.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned
-vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la
-civilizacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡El escardillo!</i> sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo
-sacando el siete.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, aguarde Vd.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡El que tuerce!</i> prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese sois vos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Las sanguijuelas!</i> prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pando, conspirais.<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Los canónigos!</i> cantó este sacando el diez.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, sois el inexorable Destino.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡La edad de Cristo!</i></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, abusais de la presidencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Los escapularios!</i> dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante
-semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.</p>
-
-<p>Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de
-Valdemar quedó admirado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es una divinidad, exclamó el Marques.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una
-palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.</p>
-
-<p>La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia
-desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir,
-diciendo al sacar el número cuarenta:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡La calavera!</i></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó
-Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado
-el seudónimo de calavera?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Al cuarenta, hijo mio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se
-atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y
-satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos <i>la novena</i>, añadió sacando el
-número nueve.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A quién?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A <i>San Vicentico</i>, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡El único!</i> repuso este sacando el uno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El <small>UNICO</small>! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y
-lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que
-por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un
-movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se
-habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de
-tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.</p>
-
-<p>Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social,
-tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas
-que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-a" id="CAPITULO_VIII-a"></a>CAPITULO VIII.</h3>
-
-<p>La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la
-noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la
-mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala
-quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia
-para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que
-me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es
-todo lo que teneis derecho á exigir de mí.</p>
-
-<p>De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos
-ni amenazas.</p>
-
-<p>A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su
-madre muy dispuesta á llevarlas.</p>
-
-<p>Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su
-mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y
-lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo
-velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á
-Constancia estaba acostada con jaqueca.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p>
-
-<p>Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de
-exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que
-habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas
-desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos
-novios.</p>
-
-<p>Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una
-amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor
-en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta.
-Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado
-luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto
-tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria
-casada á estas horas. Ten siempre presente&nbsp;&mdash;&nbsp;lo que suelen olvidar muchas
-niñas,&nbsp;&mdash;&nbsp;que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito
-que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por
-desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las
-niñas del dia! <i>¡Perlitas!</i>... como dice D. Silvestre. Un collar le
-habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí
-la cuenta.</p>
-
-<p>Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á
-la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal
-que se gasta con la edad.</p>
-
-<p>Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Os gusta el pasear? le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en
-casa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Porqué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran
-diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama,
-resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del
-estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su
-fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un
-paraíso.<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sin manzano, Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin
-culebra, que es mas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero tambien sin Adan.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió
-riéndose alegremente Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de
-cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta
-encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus
-desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor
-del aspecto público?&mdash;¿Se ven en Madrid tales tarascas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como
-hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de
-Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son
-mujeres favorecidas por ella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia
-de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya
-monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que
-quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad
-la ventaja que le llevais!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su
-lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha
-enseñado en el convento á ser una hipocritilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no
-quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas
-secretas sobre los ambos y los ternos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que
-sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no
-puede vivir sin él.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin
-él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais
-su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere,
-incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser
-burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y vos, no sois burlona?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo
-lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener
-gracia, como la tiene mi prima.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia
-suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es
-preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para
-que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á
-vuestra prima.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque vos mismo no lo seguís.</p>
-
-<p>El Marques se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas
-defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas
-vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de
-corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro
-móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.</p>
-
-<p>A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de
-jóvenes de la ciudad.</p>
-
-<p>Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su
-hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando
-Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro;
-pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su
-cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la
-caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de
-un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su
-continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa
-descompuesta, se pin<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span>taba el calavera descarado, para el que la moral,
-la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel
-hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad,
-era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho
-dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de
-los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos,
-pues en su chabacano <i>¿qué se me da á mí?</i> preferia en punto á círculos
-aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia
-dejarse ir á sus groseras tendencias.</p>
-
-<p>Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de
-entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir
-sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos
-mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del
-servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.</p>
-
-<p>Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte
-y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su
-alegre y aventurera vida.</p>
-
-<p>Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.</p>
-
-<p>Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos,
-las miraba con insolencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas
-bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue
-con esa señora, que será su madre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y la niña?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se llama Clemencia Ponce.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á
-Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos
-pulidos.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar
-tan alto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te
-sabia fatuo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Apostemos, dijo pausadamente Fernando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Está loco, esclamaron todos á una voz.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás
-haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos,
-sino media talega: ¿quién la lleva?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente
-presuncion del oficial.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Diez mil reales?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Diez mil reales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señores, sois testigos, dijo Fernando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ocho dias, contestó Guevara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ocho dias, hecho; dijo el jóven.</p>
-
-<p>Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni
-parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia
-al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis
-flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que
-no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las
-mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-a" id="CAPITULO_IX-a"></a>CAPITULO IX.</h3>
-
-<p>Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo
-averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle
-con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.</p>
-
-<p>D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no
-tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello.
-Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que
-despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.</p>
-
-<p>La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado
-jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas,
-acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le
-habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el
-Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde
-anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian
-bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el
-capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon,
-veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al
-Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre,
-caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?</p>
-
-<p>Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion
-que el beneplácito de sus padres.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le
-dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis
-padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso
-complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y
-cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la
-capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin
-acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros.
-Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias
-he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span></p>
-
-<p>Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que
-se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un
-jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo.
-Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde
-anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una
-buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, señora, respondió la interrogada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el
-regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás
-contenta!</p>
-
-<p>La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien,
-pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué
-decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la
-estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.</p>
-
-<p>La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus
-regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias
-Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual
-ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando
-como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que
-resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune
-para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.</p>
-
-<p>Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias
-anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y
-poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva
-de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para
-inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel
-dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que
-le vió.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que
-pensé que habia de querer tanto á mi<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> marido! Pero el trato engendra
-cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la
-iglesia.</p>
-
-<p>Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios
-para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel
-puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.</p>
-
-<p>Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer
-á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia:
-ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su
-retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.</p>
-
-<p>No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse
-de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era
-estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.</p>
-
-<p>Estílase en algunas partes,&nbsp;&mdash;&nbsp;y lo singular es cabalmente en aquellas
-donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia,
-la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en
-Inglaterra,&nbsp;&mdash;&nbsp;el que una jóven acabada de casar se meta sola con su
-marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta
-suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el
-objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se
-alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama,
-quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara
-santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la
-ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce
-sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo
-que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades,
-esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las
-poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales
-sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una
-enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante
-costumbre, que debe pertenecer á las de las <i>jóvenes emancipadas</i>, no se
-conoce en España (con pocas y estran<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span>jeradas escepciones), España, á la
-que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva
-debidas.</p>
-
-<p>Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que
-preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una
-candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á
-que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen
-una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas
-interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se
-disimule que se ostente.</p>
-
-<p>Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha
-elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los
-brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz
-materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo
-y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya
-á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna.
-Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para
-que no te imponga como estraño.»</p>
-
-<p>Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras
-opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas
-de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen
-la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan
-como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y
-convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su
-madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.</p>
-
-<p>Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus
-lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á
-su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas
-no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada
-habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su
-parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar
-de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía;
-al que chocaban los sentimientos<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> tiernos y suaves como afectaciones y
-remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.</p>
-
-<p>Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan
-contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas
-naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse
-mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y
-Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon
-humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que
-este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer
-cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando
-algo en lo presente, preparar el porvenir.</p>
-
-<p>Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las
-pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y
-Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de
-sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos
-femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la
-especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus
-amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en
-ambos sexos.</p>
-
-<p>Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como
-aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y
-se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no
-habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el
-repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido,
-exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva
-ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.</p>
-
-<p>Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su
-falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que
-él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su
-corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer
-propia.</p>
-
-<p>Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no
-existian simpatías, afinidades ni paridad alguna,<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span> y porque Guevara no
-sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era
-hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los
-celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los
-sufre, cuanto que no tiene compensacion.</p>
-
-<p>Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez
-con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y
-con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo
-esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se
-llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para
-ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de
-mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia,
-que era su único compañero en su soledad.</p>
-
-<p>Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que
-hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la
-atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la
-víctima mas débil y mas sufrida.</p>
-
-<p>Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la <i>mujer
-incomprendida</i>, ni la <i>heroina inapreciada</i>, ni la <i>víctima de un
-monstruo</i>; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros
-muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y
-rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no
-habia leido novelas, ni visto <i>dramas de pasion</i>, y conservaba intactas
-las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos
-sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin
-transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas
-religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese
-suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia
-sencillamente por estas máximas:</p>
-
-<p>«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.</p>
-
-<p>»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad
-nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros
-delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span></p>
-
-<p>Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que
-tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San
-Agustin, que así dice:</p>
-
-<p>«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba
-en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas
-costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se
-la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de
-su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase
-en él la misericordia de Dios.»</p>
-
-<p>¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos.
-Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas
-por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia
-de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el
-trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de
-los temporales.</p>
-
-<p>Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion,
-quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres
-estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual
-un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos
-testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.</p>
-
-<p>Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por
-instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus
-corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado
-por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa
-raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber
-quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin
-cultivarle, sea divino!</p>
-
-<p>¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un
-enemigo: Hago esto porque soy filósofo!&nbsp;&mdash;&nbsp;No; lo haces, porque te criaste
-católico.</p>
-
-<p>Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral.&nbsp;&mdash;&nbsp;No; lo
-haces, porque te criaste religioso.</p>
-
-<p>Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> goce, por tal de
-aliviar una miseria, porque soy filántropo.&nbsp;&mdash;&nbsp;No; lo has hecho, porque te
-criaste cristiano.</p>
-
-<p>Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y
-no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la
-hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas
-que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus
-enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del
-entendimiento.</p>
-
-<p>¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta
-sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la
-pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se
-pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las
-soberbias!</p>
-
-<p>Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre
-inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y
-pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las
-virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud
-con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura
-de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»</p>
-
-<p>Alguna vez, esta idea fija le abatia.</p>
-
-<p>Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables
-tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia
-su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si
-Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan
-elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en
-un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido
-sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso
-correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana.
-Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se
-retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á
-su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.</p>
-
-<p>Una infinidad de esos pequeños lances de que se com<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span>pone la vida
-doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de
-naturalezas.</p>
-
-<p>Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de
-esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,&mdash;¡tal es el poder de
-la costumbre!&nbsp;&mdash;&nbsp;Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada
-sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas
-prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En
-casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio,
-envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la
-representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del
-Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió
-Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la
-esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y
-escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de
-vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando
-al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida
-esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo
-conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar
-sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á
-Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su
-convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.</p>
-
-<p>Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra
-<i>atroz</i>, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con
-un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en
-audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la
-encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza
-física.</p>
-
-<p>Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella
-misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento
-cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á
-hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y
-tan dispuesta, pasaba<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre
-paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que
-es un consuelo grande.</p>
-
-<p>Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á
-Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.</p>
-
-<p>Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.</p>
-
-<p>Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado
-de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de
-ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese
-volver á su lado.</p>
-
-<p>El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella
-permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con
-amargo desconsuelo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace
-gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es
-un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen
-encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.</p>
-
-<p>Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, <i>porque era su
-marido</i>. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó
-temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á
-la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se
-abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla
-niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á
-la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y
-elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada
-tiene viciosa la vejez.</p>
-
-<p>¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de
-amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por
-las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas
-repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que
-eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta
-la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á
-denigrar con el nombre de <i>tibio</i>, los materialistas á burlar con el de
-<i>platónico</i>; pero amor<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y
-bendice el cielo, llamándolo santo!</p>
-
-<p>Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar
-allí á Clemencia bien acompañada.</p>
-
-<p>La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su
-debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le
-produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.</p>
-
-<p>La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la
-paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para
-Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario,
-pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le
-haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la
-felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida,
-pudiese volver al convento!</p>
-
-<p>La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo,
-suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.</p>
-
-<p>Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena
-naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la
-noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.</p>
-
-<p>Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que
-nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo
-calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de
-deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.</p>
-
-<p>Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan
-importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la
-misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga
-que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que
-dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia.
-Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un
-carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios
-violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su
-calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin
-dejar mas rastro estas que el<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> beneficio del rocío en la tierra, y
-aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues,
-considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo
-fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia,
-formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer,
-cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya
-impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de
-Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender
-sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se
-puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á
-obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese
-atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á
-nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_X-a" id="CAPITULO_X-a"></a>CAPITULO X.</h3>
-
-<p>Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo
-ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de
-las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en
-Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D.
-Silvestre:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en
-darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar
-no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta
-tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa
-niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de <i>la
-tuya sobre la mia</i>!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar
-tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de
-hierro.</p>
-
-<p>Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> Vargas taciturno, y
-Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.</p>
-
-<p>Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando
-frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre,
-<i>acompañaba á Clemencia en su sentimiento</i>, y sacaba los números de la
-lotería.</p>
-
-<p>En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos,
-cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y
-nasal:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Para no llegar á viejo,<br /></span>
-<span class="i0">¿Qué remedio me darás?<br /></span>
-<span class="i0">&nbsp;&mdash;&nbsp;Métete á servir á un amo,<br /></span>
-<span class="i0">Y siempre mozo serás.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero
-quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de
-Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto
-que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada
-benevolencia que le habia mostrado al conocerla.</p>
-
-<p>La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte,
-que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que
-amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia
-recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia
-dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.</p>
-
-<p>Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia
-oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto
-inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que
-bajase la voz.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No
-tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su
-hijo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes?&nbsp;&mdash;&nbsp;y habla mas quedo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono,
-si es que se hacen los remolones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que
-tengo que hacer? Es tu prima hermana,<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> sobrina carnal de tu padre, y no
-está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para
-mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en
-Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen;
-pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes
-vinculados.</p>
-
-<p>La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que
-pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su
-marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de
-pasiones terrestres, habrian sido felices.</p>
-
-<p>Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas
-y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su
-convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones
-religiosas, á los corazones quebrados, con los que la <i>libertad</i> no
-repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta:
-abrióla con sorpresa. Era este su contenido:</p>
-
-<div class="blockquot"><p class="nind">«Hija muy querida:<br />
-</p>
-
-<p>»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte
-con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que
-conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el
-trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado
-solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como
-compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.</p>
-
-<p>»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro
-consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.</p>
-
-<p>»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que
-no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea</p>
-
-<p class="r">
-<i>Martin Ladron de Guevara</i>.»<br />
-</p></div>
-
-<p>Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta,
-tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> Eufrasia una conversacion
-confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.</p>
-
-<p>Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la
-Marquesa con su infalible <i>Dios te guarde</i>, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la
-media.</p>
-
-<p>Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte
-mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que
-carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en
-tener ojos de lince.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las
-respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo
-sé por Pepino.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ni tú ni tu <i>atélite</i> Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada
-de la carta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un
-garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he
-tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los
-vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta
-de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir
-de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije:
-¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero?
-Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué
-sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:&mdash;¿Y qué
-mas?&nbsp;&mdash;&nbsp;Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita.&nbsp;&mdash;&nbsp;Bien
-está, le contesté.&mdash;¿En dónde? me preguntó.&nbsp;&mdash;&nbsp;En San Márcos<a name="FNanchor_2_2" id="FNanchor_2_2"></a><a href="#Footnote_2_2" class="fnanchor">[2]</a>, le grité,
-so descabellado, y le volví la espalda.<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que
-preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de
-su amiga.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que
-murió el marido,&mdash;(buen calavera era, segun he oido decir)&nbsp;&mdash;&nbsp;no ha salido
-ella apénas de su cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es muy cierto. ¿Si será de...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la
-buena alhaja de Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué disparate, mujer!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica
-mas alto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Si será la carta de Valdemar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para
-Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una
-<i>potable</i> falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no
-vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí
-nadando contra la corriente?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no
-querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le
-irá pasando, que se le va pasando ya.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No
-digo que no sabes lo que sucede en tu casa!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de
-Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras
-preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender
-se da, ó no se da á entender nada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues no diré nada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y
-solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo
-misma, lo que es una pretension ridícula.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré,
-porque hago <i>refaccion</i> de que no tengo por<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span> qué callarlo, aunque luego
-te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al
-Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de
-Vargas. Ea, ya lo sabes.</p>
-
-<p>Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No puede ser! esclamó.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No sé por qué, repuso la reveladora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Si nada he notado!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso es lo que yo te decia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿En qué ha pensado esa niña?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En lo que piensan los que se enamoran.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Seria una insensatez!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Razon mas para que lo hiciese.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo creo... y ¡no lo creo!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto
-hablando por la reja?</p>
-
-<p>La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó,
-aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y
-empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto&nbsp;&mdash;&nbsp;que no se trasluzca que yo
-lo sé&nbsp;&mdash;&nbsp;hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer&mdash;¡qué
-pluma!&mdash;¡qué niña!&nbsp;&mdash;&nbsp;Hermana, no es culpa mia.&mdash;¿A qué hora sale el
-correo?&mdash;¡Ay qué niña! ¡qué niña!&nbsp;&mdash;&nbsp;Yo me voy á volver loca.&mdash;¿A cuántos
-estamos?&mdash;¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no
-consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros
-de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!</p>
-
-<p>A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su
-hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas
-reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la
-alternativa de casarse con Val<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span>demar, disfrutando de todas las ventajas
-ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y
-sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar
-sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde
-tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en
-Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.</p>
-
-<p>La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer
-las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á
-los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que
-acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la
-Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.</p>
-
-<p>Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y
-pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su
-suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que
-acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para
-disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del
-campo, y que Constancia la acompañaba.</p>
-
-<p>La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y
-contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia
-feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su
-marido.</p>
-
-<p>Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué
-objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por
-Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su
-hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar:
-<i>Constancia</i>.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_XI-a" id="CAPITULO_XI-a"></a>CAPITULO XI.</h3>
-
-<p>En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y
-solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y
-duradero, pero sin gusto y sin<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span> comodidades; formaba esta mole un
-cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo
-centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus
-copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.</p>
-
-<p>En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que
-se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con
-la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre
-la posesion.</p>
-
-<p>En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de
-madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á
-una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La
-fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas,
-abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un
-aire aun mas adusto y reconcentrado.</p>
-
-<p>En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco
-recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido
-trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel
-caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no
-era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los
-mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró
-ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana,
-despertada por la cadena de su largo sueño.</p>
-
-<p>A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció
-despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos
-huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el
-ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las
-pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el
-grande y alegre patio.</p>
-
-<p>Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con
-sus hijos y nietos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha
-avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas
-que venian en el carruaje. A la señorita<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> Clemencia que ha estado muy
-mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un
-dia del blando otoño.</p>
-
-<p>La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de
-enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.</p>
-
-<p>La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en
-que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de
-semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer
-escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas,
-albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.</p>
-
-<p>Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que
-parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de
-arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias
-enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no
-andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á
-este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del
-olvido.</p>
-
-<p>Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á
-otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban
-vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de
-tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados
-que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo
-rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa
-grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto
-espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se
-hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y
-baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia
-bostezar de fastidio.</p>
-
-<p>En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que
-verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.</p>
-
-<p>Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que
-se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como
-desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías,
-sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro!
-¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los
-tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se
-diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para
-inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no
-sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una
-tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu
-madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que
-hija eres y madre serás.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo
-callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es
-virtud que no tengo ni quiero fingir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque
-te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de
-Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de
-muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es
-transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios
-cuando su voluntad nos agrada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño
-lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.</p>
-
-<p>Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no
-temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si
-quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni
-me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia;
-y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.</p>
-
-<p>Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad
-campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia
-sola, y Clemencia se sentia simpática<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span>mente acompañada por los bellos
-objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado
-del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar
-por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido
-cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al
-hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las
-olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para
-estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en
-observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias,
-alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol,
-insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues
-nada temen, ni nada esperan.</p>
-
-<p>Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como
-que ignoraban que existia la pólvora y las redes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus
-ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é
-inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y
-tierna simpatía?</p>
-
-<p>Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en
-sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!</p>
-
-<p>Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice
-Balzac: <i>le paysage a des idées</i>; el paisaje tiene ideas.</p>
-
-<p>Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto
-de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni
-mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del
-caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se
-denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que
-existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas
-alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con
-sus bosques, sus quebradas, sus arroyos,<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> sus variadas vistas, en las
-que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el
-amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que
-sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que
-una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un
-cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el
-cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender
-á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el
-alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran
-sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas
-<i>sonriente</i>, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y
-mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico
-perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion
-en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y
-porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el
-magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen
-á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una
-filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los
-juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y
-bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso
-palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de
-esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los
-niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y
-tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las
-esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con
-corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con
-sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se
-cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que
-otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco,
-impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas
-las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no
-alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen
-de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmor<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span>talidad
-como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la
-siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz
-material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y
-hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh!
-¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y
-tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos
-alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente
-arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas
-olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así
-nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se
-alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro!
-¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por
-retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos
-horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_XII-a" id="CAPITULO_XII-a"></a>CAPITULO XII.</h3>
-
-<p>Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va
-deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan
-estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un
-amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y
-santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion.
-Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios,
-ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel
-en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos
-bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de
-aquella santa y gloriosa deprecacion: <span class="smcap">Padre, perdónalos</span>.</p>
-
-<p>Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe.<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> ó si existe, es
-un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.</p>
-
-<p>La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: <small>AMOR NO DICE «BASTA»</small>:
-pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos
-lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para
-derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues
-son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de
-un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del
-hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la
-caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy.
-¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado:
-¿somos hermanos, ó somos enemigos?</p>
-
-<p>Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.</p>
-
-<p>Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza
-habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que
-cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la
-tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre
-el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia
-calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su
-inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La
-mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo
-negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se
-internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca
-abierta para devorar una presa.</p>
-
-<p>Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces,
-como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la
-firmeza del áncora en que confía.</p>
-
-<p>Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto,
-revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo
-encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo
-callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!</p>
-
-<p>Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> ruido lejano y
-sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la
-tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el
-espanto.</p>
-
-<p>Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando
-soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió
-las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos
-que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de
-arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese
-matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga
-espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas
-del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio,
-martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante
-balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de
-su próxima caida.</p>
-
-<p>Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del
-estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en
-aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié
-delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar,
-observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas,
-tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y
-retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el
-mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los
-trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí
-formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual
-saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las
-nubes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.</p>
-
-<p>Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la
-noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la
-chimenea.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no
-tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea:
-¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolon<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span>gados quejidos ó furiosas
-ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será
-que nadie pueda dormir esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo,
-cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto
-nos arrulla el sueño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy
-horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que
-vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes
-tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no
-se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni
-rompe hueso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la
-tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta
-aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se
-levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no
-traspasase sus límites?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno
-tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero
-ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como
-una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche
-pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!</p>
-
-<p>Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el
-caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen
-las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo
-concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á
-propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo
-servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se
-hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos
-un estracto.<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los
-pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una
-de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido
-estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida
-de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en
-otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se
-les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por
-las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse)
-vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no
-se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que
-el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia
-sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo
-platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de
-repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á
-poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?»
-La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de
-piedra.&mdash;¿Qué es eso? esclamó despavorida.&mdash;¿Qué ha de ser? respondí:
-algun infeliz que pide socorro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos.
-¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pero mi marido se negó á
-ir.&nbsp;&mdash;&nbsp;Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á
-eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos
-desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las
-puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á
-saquearlas.&nbsp;&mdash;&nbsp;La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel
-instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me
-favorezca?»</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el
-cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á
-auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda
-ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe
-retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió
-dirigiéndose á mí.<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana
-ninguno; cuando él no lo hace.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez
-hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora,
-responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas
-de todo podrian llevarse en rehenes.</p>
-
-<p>La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre
-una silla.</p>
-
-<p>Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando
-vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en
-rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero
-cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas
-débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.</p>
-
-<p>No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que
-no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de
-aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como
-petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado
-sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes
-claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis,
-que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar
-peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos
-son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno,
-corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero á la mañana siguiente,&nbsp;&mdash;&nbsp;preguntó Constancia, en quien la
-narracion habia aumentado el pavor y la angustia,&nbsp;&mdash;&nbsp;á la mañana
-siguiente, ¿averiguóse algo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al
-mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo
-estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas,
-están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de
-otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span> lo real, por
-terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la
-sensacion al caer, que no el golpe de la caida?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de
-la Cruz un hombre muerto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo
-medio enterrado en la arena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Habia sido asesinado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la
-caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi
-Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca
-mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años
-despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?</p>
-
-<p>En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el
-silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando
-en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él,
-en la inmensidad del coto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso
-mismo: <i>¿no hay quien me favorezca?</i></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La de un cañon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿De un cañon? ¿Dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En un buque.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, porque naufraga.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no se le puede socorrer?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á
-un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds.,
-señoritas,&nbsp;&mdash;&nbsp;añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo
-cañonazo,&nbsp;&mdash;&nbsp;que ni<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir
-socorro y no poder prestarlo.</p>
-
-<p>¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya
-pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, <i>¿no hay quien me
-favorezca?</i> en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro,
-plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que
-parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra
-deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte,
-solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del
-huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun
-sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en
-que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion
-del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al
-Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!</p>
-
-<p>Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron
-cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar
-habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de
-adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los
-masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril
-actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda
-socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en
-un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que
-aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la
-arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando
-llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada
-Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia
-reconocido la infeliz Constancia á su amante.</p>
-
-<p>Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á
-cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los
-pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas
-de los vecinos de aquellos.<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span></p>
-
-<p>Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula
-y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á
-partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija
-Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla,
-pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en
-convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana
-á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se
-verificó en la enferma un cambio completo.</p>
-
-<p>En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á
-la agitacion.</p>
-
-<p>Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á
-Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que
-al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin
-que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha
-proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha
-empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues
-se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á
-Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente:&nbsp;&mdash;&nbsp;El mundo
-seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie
-la seduccion, y oiga la llamada!</p>
-
-<p class="fint">FIN DE LA PRIMERA PARTE.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p>
-
-<hr />
-
-<h2><a name="PARTE_SEGUNDA" id="PARTE_SEGUNDA"></a>PARTE SEGUNDA.</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-b" id="CAPITULO_I-b"></a>CAPITULO I.</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span>on Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando<a name="FNanchor_3_3" id="FNanchor_3_3"></a><a href="#Footnote_3_3" class="fnanchor">[3]</a>, de cuyo gran caudal
-y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos
-señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas,
-que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si
-fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se
-han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y
-de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por
-crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en
-suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es
-indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por
-esa mezquindad, «<i>que no es por el huevo, sino por el fuero</i>.»</p>
-
-<p>D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de
-instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el
-mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el
-saber?&nbsp;&mdash;&nbsp;Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero
-esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y
-tener como generalmente los<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> andaluces, talento y gracia; con el
-privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo
-cuanto se les viene á las mientes.</p>
-
-<p>Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D.
-Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que
-al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la
-memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y
-refranes, á los que llamaba evangelios chicos.</p>
-
-<p>Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos
-llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan
-poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se
-ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba
-sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una
-virtud, sino como un deber.</p>
-
-<p>Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:</p>
-
-<p>En el año denominado <i>del hambre</i>, esto es, el de 1804, año en que
-perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas
-sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto
-de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia
-se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer
-dos, y cada hombre que se presentaba, tres.</p>
-
-<p>Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y
-mayor empeño por llevarse los garbanzos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora;
-que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando
-sean las nueve, me podrán hablar.</p>
-
-<p>Y D. Martin se volvió á dormir.</p>
-
-<p>Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve
-salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que
-socorria.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campa<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>nuda voz,
-dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los
-garbanzos, eh?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá
-traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A
-seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su
-mercé las botas hogaño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde,
-puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues de quién son, señor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á
-ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con
-la voz de bajo que siempre tuvo.</p>
-
-<p>Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señor... insistieron los arrieros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago?
-contestó D. Martin.</p>
-
-<p>¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España,
-para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos,
-que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!</p>
-
-<p>En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia
-vuelto con las manos en la cabeza diciendo:&mdash;¡Cristianos! aquello es una
-Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra,
-grulla, mas que sea con un pié!</p>
-
-<p>Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo
-estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba
-desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p>
-
-<p>En diciendo la estúpida espresion lugareña <i>es nacion</i><a name="FNanchor_4_4" id="FNanchor_4_4"></a><a href="#Footnote_4_4" class="fnanchor">[4]</a>, tenian las
-cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se
-estremecia al oir la voz <i>nacion</i>, y torcia materialmente la boca á las
-familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin
-<i>nacion</i>! decia. A lo que solia contestarle una complaciente
-comadre:&nbsp;&mdash;&nbsp;Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas,
-compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos <i>nacion</i>.</p>
-
-<p>Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su
-labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su
-manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de
-una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con
-hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de
-plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos
-bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de
-seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su
-cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no
-llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se
-ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles
-de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y
-en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los
-picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta
-años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar
-unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y
-sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.</p>
-
-<p>Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de
-estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy
-bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas
-finas deferencias.&nbsp;&mdash;&nbsp;Quien<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> honra á su mujer se honra á sí mismo, solia
-decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.</p>
-
-<p>Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin
-formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que
-le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó
-diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha
-de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D.
-Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de
-ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso
-instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de
-familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas
-mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico
-y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.</p>
-
-<p>La <small>SEÑORA</small>, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era
-de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el
-defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la
-edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y
-al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí,
-llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las
-prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra
-en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba
-un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo,
-no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da
-la religion.</p>
-
-<p>D. Martin solia decir al verla tan serena:&nbsp;&mdash;&nbsp;Cuando eran chicos sus
-hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia
-alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le
-cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido
-pata: eso es, porque ¡<i>lo poco espanta, y lo mucho amansa</i>!</p>
-
-<p>Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de
-aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de
-los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la
-cabeza: un hombre de aquellos<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span> que los instruidos llaman sabio, los
-religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.</p>
-
-<p>En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por
-haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la
-carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil,
-y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia,
-y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó
-por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su
-pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como
-en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en
-Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza
-y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo,
-de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado
-carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila,
-espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues
-á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa
-vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza
-como un poeta, y de la paz como un cenobita.</p>
-
-<p>El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante
-distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin
-que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le
-hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.</p>
-
-<p>D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su
-vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad
-habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con
-uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte
-la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si
-quieres un <i>siempre</i> bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué
-soldado, sale mas acertado.»</p>
-
-<p>Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para
-ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo
-hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span></p>
-
-<p>Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido
-poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia
-facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de
-la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y
-blancos.</p>
-
-<p>Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino
-ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y
-derribar reses como el mejor ganadero.</p>
-
-<p>Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin
-andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo
-gracia, le definió en estas frases que solia decirle:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.</p>
-
-<p>Si se hablaba del color moreno, opinaba:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde;
-y miéntras mas subido, mas firme.</p>
-
-<p>Si su sobrino decia alguna gansería:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á
-distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.</p>
-
-<p>Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.</p>
-
-<p>Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con
-esta definicion:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de
-bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.</p>
-
-<p>Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de
-Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de
-bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo
-malo.</p>
-
-<p>La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya
-construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni
-el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la
-elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr
-caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior;
-al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cris<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span>tales,
-alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon
-sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia,
-componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.</p>
-
-<p>Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al
-silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles
-de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia
-haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias
-deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros
-vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon,
-merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.</p>
-
-<p>A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros
-de su uso, con entrada por otra calle.</p>
-
-<p>Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así
-para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha
-bulla y mucho tráfago de campo.</p>
-
-<p>Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella
-se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por
-allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el
-título <i>ad honorem</i> de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya
-desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia
-puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan
-los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la
-causa de esta omision, contestaba á su manera:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Taberna vieja no necesita rama.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que
-está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el
-barrocho por ella.</p>
-
-<p>Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun
-costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo
-de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser
-una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la
-proposicion de su tio.<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de
-corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un
-toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces
-aciguatado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dispénseme Vd., por Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha
-de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla
-por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se
-necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.</p>
-
-<p>Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y
-físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas,
-que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor.
-Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas
-mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida,
-al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado
-marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra,
-en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era
-austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion
-de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á
-sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad
-con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo...
-¡y yo estoy resignada!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que
-aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la
-voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, <i>á tu casa</i>, y puedes mandar
-como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren
-gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele
-el molino.</p>
-
-<p>Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse
-dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al
-dolor como á un enemigo.<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span></p>
-
-<p>Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó
-caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas
-prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la
-juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y
-sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía;
-pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida,
-desaprenderás el llanto.</p>
-
-<p>Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-b" id="CAPITULO_II-b"></a>CAPITULO II.</h3>
-
-<p>Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder,
-apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con
-todo el calor de su amante corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo
-que se hacia, casándose con esta <i>malva-rosita</i>. (D. Martin, que á todo
-el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así
-los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista,
-un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á
-ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que
-pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto
-que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia
-sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera
-creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase
-tan pronto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el
-recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que
-no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.</p>
-
-<p>Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones
-interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre
-cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un
-catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador
-cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por
-no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y
-entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en
-estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas
-habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria
-reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de
-rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué
-chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban
-con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un
-elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre
-un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de
-china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la
-inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia
-una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y
-modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar,
-cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del
-espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba
-colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita
-de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un
-magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan
-celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de
-marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.</p>
-
-<p>Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un
-jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El
-suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un
-granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus
-magníficas y loza<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span>nas flores, gastando toda su savia en hermosura sin
-fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su
-censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas
-pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas
-con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan
-maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad
-de garganta.</p>
-
-<p>Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada,
-el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus
-encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la
-admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines,
-dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada
-llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel
-Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma
-á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio
-de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su
-convento.</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Oh! si el sol, luna y estrellas,<br /></span>
-<span class="i0">Como son astros lucidos,<br /></span>
-<span class="i0">Fuesen lenguas que alabasen<br /></span>
-<span class="i0">Tu nombre santo y divino!<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su
-memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente;
-cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas
-ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de
-felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas
-á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la
-pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su
-conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin
-empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se
-rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la
-serena atmósfera que Dios le envía.</p>
-
-<p>Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> rasgo que
-caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al
-bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su
-encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que
-alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de
-un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.</p>
-
-<p>Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y
-mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y
-domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió
-tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un
-movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!</p>
-
-<p>La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada
-sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le
-respondió:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dichosa tú, hija mia! me alegro.&nbsp;&mdash;&nbsp;Mas en la especie de sonrisa amarga
-que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la
-confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de
-dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la
-muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»</p>
-
-<p>Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los
-inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los
-sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele
-tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez
-de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien
-constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto
-personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del
-destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas
-generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el
-órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien
-hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida
-recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al
-ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> no habia
-sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia
-preguntarle:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué deseas, malva-rosita?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada,&nbsp;&mdash;&nbsp;respondia con una sonrisa de alma y de corazon
-Clemencia;&nbsp;&mdash;&nbsp;nada, sino el que no varíe mi suerte.</p>
-
-<p>Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y
-mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los
-viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas
-á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.</p>
-
-<p>La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio
-el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian
-querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba,
-cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada
-cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le
-habia causado la mas viva é infantil alegría.</p>
-
-<p>Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas
-onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme
-decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se
-incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un
-don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en
-un cajon de su papelera.</p>
-
-<p>En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al
-año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era
-siempre una alhaja de gran valor.</p>
-
-<p>Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni
-como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que
-le gustaban á ella.</p>
-
-<p>Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con
-ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad.
-Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su
-tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué
-que se<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber,
-tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para
-encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre
-superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar
-los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el
-conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.</p>
-
-<p>No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió
-á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el
-aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas,
-dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para
-esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el
-espíritu y no la letra.&nbsp;&mdash;&nbsp;Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo
-que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus
-conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo
-formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que,
-como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto,
-una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un
-perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.</p>
-
-<p>Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto
-que el saber está al alcance de todos, y no es una <i>prerogativa</i> sino
-una <i>ventaja</i>, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y
-la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino
-de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los
-valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre
-hallarán otro que sepa mas que ellos.</p>
-
-<p>Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el
-ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que
-sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada
-en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad,
-pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan
-las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete
-bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el
-gigante su estatura; gozar de ella,<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> y disimularla con benevolencia y no
-con desden, es la gran sabiduría de la mujer.</p>
-
-<p>La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio
-ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se
-le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á
-una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y
-para tí misma.</p>
-
-<p>Lo que aprendas, líbrete Dios de <i>lucirlo</i>; pues harias de un bálsamo un
-veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave
-y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.</p>
-
-<p>Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de
-aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo,
-y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que
-justicia.</p>
-
-<p>No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del
-orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu
-sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues
-es el desprecio crímen de lesa humanidad.</p>
-
-<p>Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas;
-pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad
-que no crea envidiosos.</p>
-
-<p>Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros
-como <i>amigos</i> apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin
-caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen
-olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia,
-prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte
-ni apasionarte como amantes.</p>
-
-<p>Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas
-perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te
-ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da
-el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena
-enseñanza.</p>
-
-<p>Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que
-descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span></p>
-
-<p>No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta
-alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de
-ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por
-culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser
-paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas
-felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados
-caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en
-todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes
-castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el
-físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que
-atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir
-demonstrará cual ellos.</p>
-
-<p>Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de
-Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy
-dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan
-alto levanta, en el que se lee: <i>¡intereses materiales sobre
-todo!</i>&nbsp;&mdash;&nbsp;Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y
-el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren
-tendrá siempre las mismas tendencias, la de <i>arriba</i> y la de
-<i>abajo</i>.&nbsp;&mdash;&nbsp;Dios que nos llama y dice: <i>¡sube!</i>&nbsp;&mdash;&nbsp;El enemigo de nuestra
-alma que nos arrastra y dice: <i>¡baja!</i>&nbsp;&mdash;&nbsp;Ocupen los intereses materiales
-el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.</p>
-
-<p>No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para
-lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables,
-y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos;
-la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda
-interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.</p>
-
-<p>No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean
-buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta
-ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad,
-por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p>
-
-<p>Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta,
-no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios;
-y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es
-preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo
-la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su
-soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto
-puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha
-dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á
-ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en
-circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al
-hombre.</p>
-
-<p>No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la
-delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.</p>
-
-<p>¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni
-aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la
-mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas
-es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario
-siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la
-que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la
-que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la
-frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos,
-debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de
-nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca
-herir ni chocar con ellos.</p>
-
-<p>Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no
-observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa,
-despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota
-ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el
-mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te
-entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano.
-Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo
-miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p>
-
-<p>«Todos los hombres son iguales.</p>
-
-<p>Quien vió una mujer, las vió todas.</p>
-
-<p>El corazon del hombre siempre es el mismo.</p>
-
-<p>Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de
-los andaluces.»</p>
-
-<p>Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, <i>piensa mal y acertarás</i>; no
-pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu
-juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y
-la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la
-segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse
-engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre
-preferir <i>la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio</i>.</p>
-
-<p>No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de
-entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es
-el que halla á todos los hombres iguales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos
-eran raros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que
-resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que
-pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un
-original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es
-el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal,
-esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble
-corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo
-de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y
-altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.</p>
-
-<p>Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto,
-obscuro y poco lucido.</p>
-
-<p>Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya
-austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los
-brotes de un corazon rico y noble.</p>
-
-<p>Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> de continuo
-asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente
-despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos
-estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que
-cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo,
-que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en
-un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera,
-habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar
-su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma
-preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no
-adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa
-de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin
-corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella
-accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo
-el saber humano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba
-sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en
-aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si
-pones en práctica las que deseo inculcarte.</p>
-
-<p>De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto,
-cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia;
-haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el
-sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.</p>
-
-<p>Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los
-libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio,
-empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo
-amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y
-constancia propias de su genio.</p>
-
-<p>Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta
-señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo
-á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p>
-
-<p>Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era
-que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el
-estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á
-Clemencia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten
-presente que boca brozosa cria mujer hermosa.</p>
-
-<p>Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia:
-¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda,
-díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.</p>
-
-<p>En cuanto á Pablo, solia decirle:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la
-familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos
-tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra
-y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus
-agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de
-albarda?</p>
-
-<p>Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">San Pedro como era calvo<br /></span>
-<span class="i0">A Cristo le pidió pelos,<br /></span>
-<span class="i0">Y Cristo le respondió:<br /></span>
-<span class="i0">Déjate de pelos, Pedro.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<h3><a name="CAPITULO_III-b" id="CAPITULO_III-b"></a>CAPITULO III.</h3>
-
-<p>Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y
-desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D.
-Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las
-cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres
-distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan
-entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas
-pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta
-como la<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra
-del porvenir.</p>
-
-<p>En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos
-los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera.</p>
-
-<p>Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia
-con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre
-superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y
-mas provecho.</p>
-
-<p>El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus
-sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes.</p>
-
-<p>Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer
-mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances
-y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos
-suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y
-otras para su mal y su corrupcion.</p>
-
-<p>Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante
-existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera
-modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres
-no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres
-casi siempre designados con el nombre de <i>oscuros</i>, hombres apegados á
-su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan.</p>
-
-<p>Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las
-continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el
-fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en
-ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella
-mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació,
-pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia
-sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia
-aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.</p>
-
-<p>Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy
-niña, y faltábale esperiencia para<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> conocer lo que valia su primo, y se
-reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.</p>
-
-<p>Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que
-no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años
-pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual
-estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña
-Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave
-María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud,
-florecia cual una lozana y alegre primavera.</p>
-
-<p>Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y
-aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del
-Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un
-curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo
-cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el
-porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo
-que es y de lo que puede.</p>
-
-<p>A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio,
-que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con
-una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al
-porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de
-venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon
-de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente,
-llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya
-la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>Entepá</i>, dijo la gentilla por decir <i>gente de paz</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves,
-dá á esa <i>entepá</i> media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo
-estafermo montaraz.</p>
-
-<p>No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus
-lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas.
-Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por
-debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus
-enaguas,<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus
-descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un
-habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de
-embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco
-deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su
-rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las
-de su casta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como
-hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña
-comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas,
-y que sirvan para meter en ellos el alhucema.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos,
-carita de rosa; que le diré su buenaventura.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro
-Ponto, dijo D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó
-alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la
-digan!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Déjala, si le divierte, <i>Metomeentodo</i>, opinó Doña Brígida; que eres
-como el tomate, que en todo se encuentra!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros
-de la singracia.</p>
-
-<p>Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras
-de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.</p>
-
-<p>La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano
-de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con
-recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;«En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no
-va cosa mala.</p>
-
-<p>«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> y buena madre,
-y tiene la sangre limpia, como agua de buen <i>manantal</i>.</p>
-
-<p>»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de <i>albajaca</i>, que muchos
-la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas
-las cosas le hacen gracia.</p>
-
-<p>»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante
-y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se
-la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la
-reina de las flores.</p>
-
-<p>»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de
-la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y
-otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, <i>pues bien sabe
-la rosa en qué mano posa</i>.</p>
-
-<p>»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le
-falta dinero. No me sea, <i>jermosa</i>, desaborida; écheme un remiendo á la
-vida.</p>
-
-<p>»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo
-zampo.»</p>
-
-<p>Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la
-profetisa, eran generalidades que nada precisaban.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida
-dicen arrumales.</p>
-
-<p>En seguida preguntó Clemencia á la niña:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sabes rezar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo
-bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">A la cabecera pongo la luz,<br /></span>
-<span class="i0">A los piés de la Santa Cruz,<br /></span>
-<span class="i0">Al lado derecho á Adan,<br /></span>
-<span class="i0">Al lado izquierdo á Eva,<br /></span>
-<span class="i0">Para que no lleguen sapos ni culebras<br /></span>
-<span class="i0">Ni sarabandija ni sarabandeja;<br /></span>
-<span class="i0">Sino que vayan donde va esta piedra.<br /></span>
-<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></div></div>
-</div>
-<p>Y tiro una piedra así&mdash;(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á
-D. Martin).</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la
-chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida
-de Dios te llegues tú por aquí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay Jesus! y qué señor tan <i>repanchiago</i> de cuerpo, y tan <i>respingao</i>
-de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso,
-con una calavera de mula por almohada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con
-esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que
-parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese
-usía <i>abujado</i> que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una
-abulaga.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobrecita! esclamó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años
-once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen
-gracia, gruñó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á
-correr.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa
-langosta de Egipto, le gritó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad,
-y qué señor tan respetuoso!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su
-mercé en ese sillon tan <i>jermoso</i>, que parece un colchon sin bastas en
-una galera despalmaa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete;
-mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span></p>
-
-<p>Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á
-la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una
-cedulita que dió á su protectora diciéndola:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de
-abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo
-la gitanilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su
-asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la
-entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y
-reirse del mundo; ¿no es verdad, señora?&nbsp;&mdash;&nbsp;prosiguió dirigiéndose á su
-mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes
-de usted.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal
-acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en
-que no hemos de estar sino de tránsito?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es,
-á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan,
-digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no
-fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta
-del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha
-estado en él.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dí <i>gracias á Dios</i>, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señora, sí señora, no hay duda de que <i>de Dios nos viene el bien,
-pero de las abejas la miel</i>; contestó su marido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó
-Clemencia al Abad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera
-está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre
-ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas
-formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra
-vuelven.<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy
-para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo?
-que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y
-no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien,
-y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en
-un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el
-corazon de ansiar por ella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que
-te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que
-has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas
-jerigonzas como los requilorios á las viejas.</p>
-
-<p><i>Latines</i> era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto.
-El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como
-él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un
-gran deseo de aprender.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de
-delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes
-por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero
-plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la
-boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha
-de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se
-muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su
-propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento
-de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de
-una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los
-propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí
-mismo, que hace que uno no se permita en<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> ausencia lo que no se
-permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia
-palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la
-muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de
-enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina,
-que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que
-va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona
-presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un
-segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el
-placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la
-delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene
-sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe
-de la cultura su esquisito perfume.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos
-espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena
-sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la
-flor, como dirias tú.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece
-lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da
-ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para
-esta fruta, y ramas secas para aquella flor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no
-le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar
-como oro en paño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso es una tontería de dos varas, niña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que
-le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera
-delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los
-periódicos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con
-las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz;
-pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues
-lo mandais; pero<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo
-hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su
-oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la
-confianza en Dios, y los piés en la calle?»</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi
-prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.</p>
-
-<p>La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó
-olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre
-llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios
-tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el
-centro de la tierra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Anda, anda, que yo te lo mando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Por Dios, señor!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sea el que fuere, debemos respetarlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me lo mandais, no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué no, malva-terquilla?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.</p>
-
-<p>En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que
-habia echado de ménos.</p>
-
-<p>D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su
-malva-terquilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena
-y el sello se deben respetar siempre.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> Para premiar la consideracion que
-me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres
-en mi oratorio.</p>
-
-<p>Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el
-oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.</p>
-
-<p>Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara.
-Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo,
-á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en
-el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza"><small>
-<span class="i0">LO QUE ERES, FUI;<br /></span>
-<span class="i0">LO QUE SOY, SERAS!<br /></span></small>
-</div></div>
-</div>
-<p>Clemencia salió tétricamente impresionada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que
-habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una
-idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales
-espectáculos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo
-busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad
-tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese
-esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la
-otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce
-su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas
-elevada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lo aprobais, pues?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No lo habia de aprobar, hija mia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y acaso hariais otro tanto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lo aconsejariais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Porqué no, aprobándolo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan
-lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y
-espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el
-mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser
-jueces, no<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La
-libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada
-cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que
-no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa
-intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é
-indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y
-una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se
-ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-b" id="CAPITULO_IV-b"></a>CAPITULO IV.</h3>
-
-<p>Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su
-vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y
-toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.</p>
-
-<p>Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un
-instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado
-de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el
-alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si
-al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley
-práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica
-la senda; el ejemplo arrastra á ella.</p>
-
-<p>Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la
-verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los
-horrores de la tierra mas apartados.</p>
-
-<p>¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que
-no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia,
-que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se
-aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica,
-la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra
-argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los
-ataques de un seductor violento; conoce el mal<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> aunque lo deteste, y mas
-vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente
-superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez
-la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda,
-agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin
-hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la
-barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no
-pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros
-instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz
-<i>oscurantismo</i> como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que
-en el <i>saber</i> no está la <i>moral</i>, sino la <i>corrupcion</i> del vulgo! El
-mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la
-felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por
-otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y
-feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?</p>
-
-<p>Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á
-saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Al campo, á coger flores.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios,
-hija, si te divierte.</p>
-
-<p>En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su
-sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con
-las niñas, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, <i>Regina
-angelorum</i>?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Al campo, señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si
-pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es
-necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme
-adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lleva un perro, respondió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es
-grande.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> el grillo, que no
-se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla,
-prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas,
-aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia:
-entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con
-Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno
-está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.</p>
-
-<p>Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron
-despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos
-piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las
-madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus
-encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja
-sus jorobas.</p>
-
-<p>En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó
-Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo
-de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena
-triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico
-suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas
-voces en el corazon.</p>
-
-<p>La niña mas chica traia un pájaro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que
-aprieta con la mano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano <i>apretá</i>, sino <i>aflojá</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, contestó Mariquilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues qué son?</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Los pájaros son clarines<br /></span>
-<span class="i0">Entre los cañaverales,<br /></span>
-<span class="i0">Que le dan los buenos dias<br /></span>
-<span class="i0">Al sol de Dios cuando sale.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>&mdash;&nbsp;Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de
-Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no se deben matar los animales?<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento
-posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta
-ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.</p>
-
-<p>La niña titubeaba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la
-mayor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si tengo la mano <i>abría</i>, y no se quiere ir...</p>
-
-<p>Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias
-una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las
-virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por
-el mundo entero?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad,
-dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad,
-porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar
-algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion
-en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para
-convenceros de ello, os contaré un ejemplo.</p>
-
-<p>Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los
-niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y
-los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.</p>
-
-<p>Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer
-silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios;
-y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á
-escucharla.</p>
-
-<p>Clemencia habló así:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran
-mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en
-hacer virtuosos, religiosos y<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span> felices á sus vasallos, ciñendo así á sus
-sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su
-herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus
-vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que
-las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un
-beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien
-criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para
-dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud
-decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de
-beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas
-en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado
-á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices.
-Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los
-obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los
-hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un
-ángel.</p>
-
-<p>Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año
-transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon
-que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las
-inteligencias.</p>
-
-<p>Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como <i>jueza</i> en su
-trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso
-hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir
-esto, y preguntó si estaba concluido.&nbsp;&mdash;&nbsp;Sí señora, contestó el
-interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras
-de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las
-gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas
-un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa
-reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo
-faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo
-para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una
-señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de
-hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.&mdash;¿Y la tienes contigo?
-preguntó la reina.&nbsp;&mdash;&nbsp;Sí señora, y la<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span> quiero tanto, que jamas me separaré
-de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí
-con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de
-caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban
-dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una
-pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir
-de aquel lugar tan concurrido.&mdash;¿Qué quiere este bello niño? preguntó la
-reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana,
-á ninguno que deseaba hablarle.&nbsp;&mdash;&nbsp;Quiero, contestó el niño con mucha
-dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo
-premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.&mdash;¿Y quién
-es? preguntó la reina.&nbsp;&mdash;&nbsp;Es esta pobre anciana, contestó el niño.&mdash;
-¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho,
-nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios.&nbsp;&mdash;&nbsp;Y no
-obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pues ¿qué
-ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser
-justa.&nbsp;&mdash;&nbsp;Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño.&nbsp;&mdash;&nbsp;Ya veis, señora,
-esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan!&nbsp;&mdash;&nbsp;Sí, repuso el
-niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó
-conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño
-Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba
-premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia
-merecido.</p>
-
-<p>Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos
-valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con
-que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y
-hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios
-que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva
-su recompensa.»<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-b" id="CAPITULO_V-b"></a>CAPITULO V.</h3>
-
-<p>Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron
-discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran
-muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del
-lugar que andarán de tuna.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia
-fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me
-temo...</p>
-
-<p>No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada
-y azorada gritó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Eh, toro!</p>
-
-<p>Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que
-las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus
-vestidos.</p>
-
-<p>Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun
-medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.</p>
-
-<p>El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del
-camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas,
-como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas
-hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba
-indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.</p>
-
-<p>Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse
-en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como
-á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria
-tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos.
-¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro
-en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad,
-y grande tu valimiento!</p>
-
-<p>La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span> el seco ruido
-de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y
-descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de
-Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.</p>
-
-<p>En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y
-moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto
-sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que
-con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres,
-que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán
-artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al
-pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se
-apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran
-podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie
-sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.</p>
-
-<p>En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el
-toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y...
-partió hácia él.</p>
-
-<p>Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del
-vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió
-agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas
-por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde
-cayó en tierra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su
-lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y
-tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni
-altera en palabras.</p>
-
-<p>A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia,
-cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la
-poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó
-por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.</p>
-
-<p>Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se
-echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el
-efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los
-pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p>
-
-<p>Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí
-aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con
-admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal
-cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez,
-levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en
-sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de
-la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, murmuró este á su oido.</p>
-
-<p>Aun no habia pasado el peligro.</p>
-
-<p>Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los
-resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras
-del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del
-estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante,
-retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.</p>
-
-<p>Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y
-se viene acercando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.</p>
-
-<p>Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero,
-venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su
-uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia,
-pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan
-poca ventaja le reportaba.</p>
-
-<p>Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan
-aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el
-peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago,
-lejano y grave rumor.</p>
-
-<p>Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del
-brazo de su salvador.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no
-puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa
-de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud
-han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span></p>
-
-<p>En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de
-garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se
-veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando
-alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que
-la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en
-el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo
-ocurrido, al estático y embriagado auditorio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin,&nbsp;&mdash;&nbsp;Pablo es todo un hombre.
-Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la
-obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á
-guapezas, muestra,&mdash;¡por via del Dios Baco!&nbsp;&mdash;&nbsp;la sangre de los Guevaras.
-¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden
-charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los
-hombres de pelo en pecho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero;
-que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era
-para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre,
-repuso Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña
-Brígida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y
-en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia:
-¡no hay nada sin Dios!</p>
-
-<p>En seguida contó á su mujer lo ocurrido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida,
-gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho
-mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad;
-pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de
-todas las demas buenas calidades.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una
-heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo
-que te doy, Pablo, es el potro ruano <i>Andaluz</i>, para que le luzcas á él,
-como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el
-mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el
-mejor que teneis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso
-su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor
-empleado; me querrás decir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por <i>Andaluz</i> os darán en feria cuarenta mil reales, tio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale <i>Andaluz</i> de casa; ese
-es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino
-tú, ¿estás? No ha de enseñorearse <i>Andaluz</i>, por via del Dios Baco, sino
-con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡<i>Andaluz</i>, que hace polvo en un lodazal!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado
-á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que
-lo mas prudente es el valor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese
-refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me
-olvidará.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad.
-¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose;
-si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo,
-Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el
-alma.</p>
-
-<p>Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus
-brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo,
-abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones
-ardientes, tan espansivo y tan tierno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la
-señorita, que al fin es su prima, ya era una<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> hombrada de las pocas;
-pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso
-es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de
-lo grande, de lo santo, de lo sonado!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A
-este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida
-de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como
-ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su
-mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo
-se lo agradezco!</p>
-
-<p>Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion
-y de gratitud de que era objeto.</p>
-
-<p>Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada
-pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y
-lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia
-era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre
-para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia
-singuilindango?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que
-la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres
-de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un <i>mal haya</i>? ¡no como
-otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche!&nbsp;&mdash;&nbsp;Y vengo
-tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de
-vino, para ponerme un reparito en el <i>estógamo</i>, pues con la alegría me
-se ha <i>escompuesto</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via
-del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una
-pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sí, Señor D. Martin, que lo <i>mesmo</i> es una alegría que un pesar
-para estrépito del cuerpo.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le
-basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro
-en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad;
-nada le luce.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que
-me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay,
-Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de
-la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D.
-Martin, dándole una peseta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los
-deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado,
-pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está
-Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la
-espalda,&nbsp;&mdash;&nbsp;sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al
-irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-b" id="CAPITULO_VI-b"></a>CAPITULO VI.</h3>
-
-<p>No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en
-Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian
-ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la
-influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian
-enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y
-el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos
-forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos
-alcanzan. Así era que seguia ejercitando en<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span> él su facundia,
-benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de
-que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.</p>
-
-<p>Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras,
-las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas
-sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran
-seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.</p>
-
-<p>Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D.
-Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no
-impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la
-baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica,
-delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los
-años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia
-sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz,
-que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar
-espinas.</p>
-
-<p>Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un
-sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto,
-vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á
-empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron
-el siguiente diálogo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando
-los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que manden repicar, contestó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, no sea su mercé <i>asina</i>, y tenga compasion de su prójimo. Me
-envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para
-pagar un <i>préfulo</i>; mas que sean prestados; que él se los pagará á su
-mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los
-plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser
-enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el
-dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en
-pagármelo?<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Hola!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais;
-su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del
-campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida
-sosteniendo las esquinas, les viene la <i>casaca</i> como el aceite á las
-espinacas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto
-que un ajo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca
-hace <i>na</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con
-el hijo del tio Gil.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á
-sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues
-dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le
-costeo, que canta el misterio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y
-tan gordita...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el <i>probecito</i>,
-está malito de la desazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé
-que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita
-surcos de llorar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á
-albarda, muerde la atafarra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es
-el paño de lágrimas de los desdichados...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me venga Vd. con gatatumbas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es
-endeblito.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se
-zamarrea de ganso!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro
-que se llama <i>el moral</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No diga Vd. <i>sinfundos</i>, tia sabijonda; moral no es ningun libro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que no? ¿pues qué es, señor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina
-con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir
-despropósitos en tono de sentencias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe <i>latines</i> y
-estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los
-cuartos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Pájaros con muchas plumas<br /></span>
-<span class="i0">No se pueden mantener;<br /></span>
-<span class="i0">Los escribanos con una<br /></span>
-<span class="i0">Mantienen moza y mujer.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>&mdash;&nbsp;Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que <i>Séneca</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas valiera que se hubiese atenido al <i>arache</i> y al <i>cavache</i>.<a name="FNanchor_5_5" id="FNanchor_5_5"></a><a href="#Footnote_5_5" class="fnanchor">[5]</a></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues yo he querido que <i>aprienda</i>, señor, que el saber no estorba; y
-que siempre se ha dicho que el pobre puede<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> ser rico, y el rico no
-compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio
-<i>bragado</i> y <i>pintado por el lomo</i>! ¡Pan de rosas! que cuando no está
-preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por
-una riña, y en este por una pendencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que
-unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se le cogió <i>fragantelito</i>, yo lo vi.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso fué allá en <i>años témporas</i>. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su
-mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los
-unos grande, los otros chica.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de
-Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos
-olvide.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con
-mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que
-la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote
-en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Desearle buen viaje.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De obras buenas, tia Cansina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señor, por María Santísima!...</p>
-
-<p>D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el
-toque del tambor:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡No hay remedio! ser soldado<br /></span>
-<span class="i0">y marchar al batallon,<br /></span>
-<span class="i0">en que avivan á los flojos<br /></span>
-<span class="i0">con el pan de municion.<br /></span>
-<span class="i0">Rrrrrran, tan, plan, plan:<br /></span>
-<span class="i2">un cabo loco te amansará.<br /></span>
-<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span></div></div>
-</div>
-<p>&mdash;&nbsp;Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su
-mercé esos dineros?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin.
-¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis
-abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los
-vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al
-moralista de su sobrino á que <i>aprienda</i> disciplina, que lo hará mas
-liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas
-como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios
-con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las
-amistades.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco
-importa, dijo entre dientes la tia Latrana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué está Vd. ahí <i>musitando</i>? preguntó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera
-yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no
-lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.</p>
-
-<p>Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero
-un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre,
-si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de
-un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me
-caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.</p>
-
-<p>Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en
-quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en
-favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como
-solia estarlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera
-hablaros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la
-madera de los Latranas ni para tacones es buena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué os han hecho los pobres esos?<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho
-y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le
-llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un
-basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á
-un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á
-mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme
-ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision;
-aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.</p>
-
-<p>Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que
-hambre y esperar hacen rabiar.»</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana
-al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija?
-Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé
-que la <i>probecita</i> está muy malita; por si su mercé le quiere dar para
-un pucherito, respondió la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual;
-Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la
-Perala, que era cada dia mas mala.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua <i>desbocaa</i>. ¡Vea Vd.!
-¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ello es, Señor, que <i>eifica</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el
-diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los
-buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den
-garbanzos y tocino:<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva
-hasta que yo la llame: ¿está Vd.?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.</p>
-
-<p>Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.</p>
-
-<p>Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó
-impaciente D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor,
-repuso la embajadora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Le hacia daño el puchero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor; pero el <i>méico</i> le ha mandado una bebida con <i>manesia
-cansinada</i>, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis
-reales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.</p>
-
-<p>Al dia siguiente se repitió la misma escena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo
-esta!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la
-han mandado administrar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Al cura con eso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y
-definitivamente.</p>
-
-<p>Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida
-del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.&mdash;¡Vd. se ha empeñado en
-acabar con mi paciencia, caracoles!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle
-el entierro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto
-ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues,
-tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span></p>
-
-<p>¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana
-cuando ménos se pensaba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que
-una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, la <i>probecita</i>...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, pero...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, pero...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor: ya voy; pero... es que...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Es que resucitó!</p>
-
-<p>Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero
-no así D. Martin, que se puso furioso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir
-para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que
-hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan,
-que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas
-audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes,
-la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan
-mandria, ya deberia haberlo hecho.</p>
-
-<p>La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba
-fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El <i>méico</i>
-dijo que habia sido un <i>cincopiés</i> (síncope).</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dice el <i>méico</i> que se le ponga una docenita de <i>sanguisuelas</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Una docena de culebras de vara y media!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A bien que le tengo pagado el entierro.<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, ¿la dejará su mercé morir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A bien que resucitará.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, eso es una falta de caridad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando
-hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, no me entretenga su mercé; que las <i>sanguisuelas</i> urgen.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo:
-¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en
-toda la campiña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, si no me da su mercé el dinero para las <i>sanguisuelas</i>, tendrá
-sobre su conciencia la muerte de esa bendita.</p>
-
-<p>D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió,
-como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á
-las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo
-tiró á la vieja diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.</p>
-
-<p>Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse
-entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el
-libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la
-cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.</p>
-
-<p>La vieja habia desaparecido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y
-estancando la sangre con su pañuelo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento;
-¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D.
-Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo
-Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los
-cuidados que le prodigaba Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio,
-¿es cosa mayor?&nbsp;&mdash;&nbsp;Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.&mdash;¿A
-qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis
-pecados?&nbsp;&mdash;&nbsp;Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose
-á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!&mdash;¿Estais de
-vuelta?&nbsp;&mdash;&nbsp;A esa vieja maldita, colgadla por los piés.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pablo, petate,
-¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia
-llorando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y
-á él le vas á meter aprension.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen
-bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor.&nbsp;&mdash;&nbsp;Clemencia,
-añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con
-la prueba de interes que me has dado.</p>
-
-<p>Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el
-hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero
-vértigo.</p>
-
-<p>En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un
-cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!...
-¡Dios mio! ¿se irá á morir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la
-pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.</p>
-
-<p>Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la
-señora, y se puso á curar la herida.</p>
-
-<p>Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á
-Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de
-lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los
-volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste
-aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una
-sangria.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p>
-
-<p>Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para
-aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que
-con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita
-vieja!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no
-es cosa de cuidado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo
-que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que
-una breva?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas
-condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la
-comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto
-Pablo contigo una pica en Flándes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo
-que ha hecho es una noble y generosa accion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una
-borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se
-vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de
-las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor
-de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la
-Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.</p>
-
-<p>D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como
-primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la
-hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando
-toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de
-esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion
-que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el
-cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen
-querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros:
-¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de
-madera?<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p>
-
-<p>Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he
-cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy
-franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la
-generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre
-flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que
-voy á pasar.</p>
-
-<p>Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo
-intranquila y disgustada.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-b" id="CAPITULO_VII-b"></a>CAPITULO VII.</h3>
-
-<p>El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que
-ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo
-estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su
-sobrino.</p>
-
-<p>Pensó que Pablo,&nbsp;&mdash;&nbsp;á quien en el fondo queria y preciaba,&nbsp;&mdash;&nbsp;Pablo que era
-un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia
-buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero,
-era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á
-su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto
-por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar,
-quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida.
-Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no
-se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien
-arrobas.</p>
-
-<p>D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion.
-Así sucedió, que á los dos dias, habiendo sa<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span>lido su mujer por haberle
-avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á
-Clemencia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de
-seis años que murió tu marido. ¿No es así?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste
-y amargamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar
-estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de
-tu jardin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en
-eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y
-al de mi tio?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas!
-¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te
-hallarás sola como el espárrago.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni
-llora?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.</p>
-
-<p>Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado
-la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna,
-nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que
-calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un
-hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito
-sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que
-se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo
-juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?</p>
-
-<p>Clemencia aturdida y consternada callaba.</p>
-
-<p>D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si
-bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto
-independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por
-precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil
-como el de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span> su
-interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar
-mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un
-hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el
-Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace
-que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el <i>rendibú</i> á la
-francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en
-los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas
-miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras;
-chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,&mdash;¡por via
-de sanes!&nbsp;&mdash;&nbsp;sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las
-narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos
-piones, harian mejores maridos que Pablo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca
-he pensado en novios ni en casamiento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte
-la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer
-sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si
-bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita,
-que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son
-pardos.</p>
-
-<p>Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que
-su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á
-interrumpirle diciéndole riendo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy
-por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en
-eso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio
-Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que
-haces?&mdash;¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido
-hoy de repente á casamentero?<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque
-soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué
-manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de
-casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es
-vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de
-pasar toda tu vida sola como el espárrago.</p>
-
-<p>La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo
-alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara
-ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como
-una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles
-para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que
-maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la
-sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza
-repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas
-quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto,
-quieres tu bienestar.</p>
-
-<p>Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar
-amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio;
-pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir
-un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.</p>
-
-<p>D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la
-comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de
-haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando
-intactos los platos que le servian:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p>
-
-<p>No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese
-notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.</p>
-
-<p>Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos
-observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la
-falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile.
-Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin
-causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que
-no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la
-igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba,
-decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y
-moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor
-risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y
-reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de
-su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está
-allí de molinero?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Francisco Perez, señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque era injusto no hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese
-no le ha de entrar la manía por escrúpulos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que
-recibe y entrega por cuenta la maquila.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo.
-Ademas, no quiero gentes de Villamartin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por qué, señor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esa es una preocupacion vulgar, señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> me huelen á
-discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy
-para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco.
-¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion
-en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda,
-con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo
-fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien
-pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y
-se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los
-picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado?
-Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro,
-cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan
-contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo
-valia sus veinte doblones mas que el negro.&nbsp;&mdash;&nbsp;Juana, prosiguió sin
-pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la
-nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene
-novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo;
-que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de
-devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra
-parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua
-de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la
-habia querido matar despues de llenarla de <i>indultos</i>, segun su
-espresion?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo
-Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el
-pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas
-atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi
-corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta
-que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia
-Machuca y la tia Carrasca.<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese
-nombre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y
-María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir
-la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria
-yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y
-mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres
-personas distintas y una sola <i>indinidá</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á
-los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un
-gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa
-me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí.
-Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las
-herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion
-de las viejas zafias que lo son las mias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo
-pausadamente Doña Brígida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo
-era el dia en que me casé.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me
-agradan, has acertado en envejecer.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó
-viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante
-marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado
-garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede
-digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo...
-Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd.
-señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te
-comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las
-temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> años; entónces estaba
-creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y
-de dia, dijo D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó
-ménos las personas sentadas á tu mesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me
-gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con
-tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir,
-que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el
-sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de
-manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo:
-ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera
-siquiera por una buena moza...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de
-veras que el leer sea anti-estomacal?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te
-voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que
-estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho
-yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo,
-¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de
-pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo
-que enseña el estudio de lo fino?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Será la de Dios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No caigo, tio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni
-hincharse de términos curruscantes!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía
-el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una
-ciudad, entró en la primera tienda<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> bien alumbrada que se le presentó,
-que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó.&nbsp;&mdash;&nbsp;De todo,
-contestó el boticario.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el
-quinto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo
-se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la
-sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. <i>Lo que natus es,
-negar no potes</i>; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.</p>
-
-<p>Pablo y el Abad se echaron á reir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido
-decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me
-opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le
-vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del
-boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que
-para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de
-oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á
-censo lo que digo, ni por donde quema.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo
-á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para
-los fariseos, hermano.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-b" id="CAPITULO_VIII-b"></a>CAPITULO VIII.</h3>
-
-<p>Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia
-hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que
-pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!</p>
-
-<p>Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su
-despacho, le habló en estos términos:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, señor, uno y otro,&nbsp;&mdash;&nbsp;contestó Pablo, que era grave, sonriendo
-friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> chistes de su tio
-que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque
-le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio
-la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la
-inteligencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa
-costal de paja, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la
-manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así
-todo se queda en casa.</p>
-
-<p>Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por
-la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente
-pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la
-lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las
-lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro
-orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le
-habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso
-sabeis lo que diria?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué
-decírselo á ella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se
-hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara,
-aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas
-mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Hablo <i>estranjis</i>, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero,
-pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues siento decíroslo, tio,&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo Pablo en tono sereno y
-decidido;&nbsp;&mdash;&nbsp;pero os habeis equivocado.</p>
-
-<p>No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en
-que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la
-de D. Martin al oir á su sobrino.</p>
-
-<p>Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el pru<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>dente marino, que
-en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que
-sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder,
-se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!...
-pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que
-respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al
-verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres
-sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre
-albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda
-con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la
-viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una
-Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de
-Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un
-hombre que valga mas que yo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el
-plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se
-propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y
-bien te vendas.</p>
-
-<p>Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio
-no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á
-rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, ello es que no me puedo casar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Estás quizas enfermo?</p>
-
-<p>Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi
-hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los
-médicos me han aconsejado<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> que no me case hasta robustecerme, pues me
-espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un facultativo de Sevilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su
-sistema.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista
-de mano pesada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor,&nbsp;&mdash;&nbsp;contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su
-tio, y no pudiendo ya retroceder:&nbsp;&mdash;&nbsp;no me siento precisamente malo; pero
-tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil,
-otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito
-que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro
-cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy
-para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio,
-quedamos todos aplastados como los Filisteos!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me
-han prescrito un régimen preventivo.</p>
-
-<p>Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un
-golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se
-pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que
-mucho se cura... poco dura?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el
-hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su
-casamiento.</p>
-
-<p>D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia
-que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba
-Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vea Vd.,&nbsp;&mdash;&nbsp;pensaba,&nbsp;&mdash;&nbsp;un moceton como un trinquete, un jastial como un
-loma, un gran largo como un<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> pino, darla de enclenque y echarla de
-Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas
-espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal
-manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la
-puya al trompo y se descubre el busílis?</p>
-
-<p>Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se
-arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora
-salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia
-un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo
-como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que
-tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera,
-á quien quiero como á hija, le dejo,&nbsp;&mdash;&nbsp;por justicia que á ello me obliga,
-y por cariño que á ello me induce,&nbsp;&mdash;&nbsp;no solo cuanto libre tengo, sino la
-mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.</p>
-
-<p>Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido.
-Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese
-rogado que lo hicierais.</p>
-
-<p>Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo,
-D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos
-atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á
-Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia
-que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar
-cédula real para dejárselo todo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que
-dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la
-conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado,
-no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por
-amor se renunciase al amor.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia
-muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al
-coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan
-animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por
-mal que le venga, no se enoje.</p>
-
-<p>Diciendo esto se salió bufando.</p>
-
-<p>D. Martin por primera vez se halló <i>apurado</i>; no sabia cómo salir del
-paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su
-Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á
-callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija;
-pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su
-pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar
-su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de
-Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un
-roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se
-lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el
-padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo
-mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues
-sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se
-pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña?
-¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese
-cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el
-pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile
-mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.</p>
-
-<p>Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena
-inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de
-todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se
-llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion,
-el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion,
-se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> valer el
-derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una
-usurpacion.</p>
-
-<p>Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que
-habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que
-así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido
-rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres,
-que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como
-porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su
-tio.</p>
-
-<p>D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á
-quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera.
-Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero
-cariño:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas
-de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando
-yo falte, no tengas cuidado...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los
-viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así
-es, que te ha de quedar&mdash;¡por vida mia!&nbsp;&mdash;&nbsp;para que arrastres coche.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues será para moños.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, sabeis que no me gustan.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues para brocados, como te mereces.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la
-nobleza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está
-mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos,
-¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura.
-Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo
-por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi
-herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-b" id="CAPITULO_IX-b"></a>CAPITULO IX.</h3>
-
-<p>D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que
-estaban solos, á su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de
-Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo
-dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en
-sazon, ha dicho que no?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué?... ¿me querrás decir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos
-ántes que á tí, Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud,
-guiar nuestras inclinaciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la
-mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice
-lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no
-piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio.
-Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de
-intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del
-cielo baja.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches
-sin cocheros y los barcos sin pilotos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su
-conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si
-trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Lo de mi casamiento<br /></span>
-<span class="i0">Parece cosa de cuento;<br /></span>
-<span class="i0">Miéntras mas se trata,<br /></span>
-<span class="i0">Mas se desbarata.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar volun<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>tades; desiste, y
-el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el
-cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado
-con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me
-dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan
-contenta, que ni un perro harto de carne.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay señor! vengo de muy léjos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el <i>mucho</i> andar trae el
-<i>poco</i> andar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á
-la que puede caer la sombra de un coche?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque mi sobrina está de parto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á
-ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd.
-garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha
-venido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis
-parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No
-tiene espigas, sino espigorrillos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen
-los labradores en la mano al sol y á las nubes?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó
-lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal.
-Así... iba á pedir á su mercé si me queria <i>emprestar</i> para mercar un
-cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> de Vd. un
-lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que
-puso en contacto su barba y su nariz&nbsp;&mdash;&nbsp;á quien de miedo se muere (con
-perdon de su mercé) con <i>moñiga</i> le hacen la sepultura. Ademas, señor,
-al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono
-natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo.
-¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí
-hace.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los
-dineros que le presté para el habar del año pasado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado?
-Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que
-viene podré pagar á su mercé y remediarme.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me
-pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe
-todo el año.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Señor, y los <i>probes</i> qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre.
-Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los
-amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable
-y de los nombrados, y yo una <i>probe</i> desdichada, soy su amiga, señor...
-que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el
-alma.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, sí señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, no señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está
-Vd. hueca?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, no señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> cuatro meses, y
-eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor
-mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la
-vieja.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.</p>
-
-<p>En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las mieses.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Han sacado los ganados?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y los aperos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tambien.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Le has avisado al señorito?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Va para allá que vuela.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora,
-sea lo que Dios quiera.</p>
-
-<p>Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San
-Lorenzo, abogado del fuego.</p>
-
-<p>Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus
-manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor, contestó Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Se ha salvado algo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras,
-se les han quemado todas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el
-corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido
-que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo
-saben, díles que la mitad<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span> de mis mieses está ahí para suplir á cada
-cual lo que haya perdido<a name="FNanchor_6_6" id="FNanchor_6_6"></a><a href="#Footnote_6_6" class="fnanchor">[6]</a>.</p>
-
-<p>Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo,
-que volviéndose á un criado:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Otro caballo! gritó.</p>
-
-<p>Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.</p>
-
-<p>Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus
-habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de
-los caballos; al verla, Pablo esclamó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!</p>
-
-<p>Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la
-fausta nueva á los interesados.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo
-Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa
-aquí?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita,
-respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena
-accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por
-tí&nbsp;&mdash;&nbsp;así; bien:&mdash;¡otro por él!&nbsp;&mdash;&nbsp;así! Pensó bien en transmitírmelo por tí,
-pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su
-nuera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.</p>
-
-<p>Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo
-ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas.
-Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar
-una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser
-rico?<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mejor es bueno! contestó ella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se
-necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena
-voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia
-voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No
-parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora,&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo
-á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su
-marido como la cosa mas natural y sencilla,&nbsp;&mdash;&nbsp;mande Vd. estos cansados
-cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira,
-María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la
-olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lomo, señor; y carnero dorado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No hay aves?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de
-tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la
-arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de
-repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas,
-dijo doña Brígida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el
-marido.</p>
-
-<p>Las criadas se fueron.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que
-poca hiel hace amarga mucha miel.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que la moza mala hace al ama brava, señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado
-reverencioso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que
-venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro,
-aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta
-un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las
-gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que <i>asina</i> las llamas le
-volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> todos les da
-su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante
-y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian.
-¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia
-hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su
-metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por
-medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge
-al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su
-ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia
-el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se
-podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á
-él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un
-Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo...
-tal astilla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.</p>
-
-<p>En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como
-Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre
-Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo
-sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este
-llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al
-cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del
-mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa
-de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre
-el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero
-como la luz del sol.</p>
-
-<p>Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y
-originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta
-á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á
-los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances,
-repuso D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña
-Brígida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis
-padres y mi primo, que cien cosechas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un
-granero en el que no se pica el trigo.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_X-b" id="CAPITULO_X-b"></a>CAPITULO X.</h3>
-
-<p>D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su
-testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense
-quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de
-respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les
-dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues
-si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no,
-entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la
-reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.</p>
-
-<p>En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado
-aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos
-sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su
-sillon en una gran habitacion baja interior.</p>
-
-<p>Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en
-iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho
-puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de
-la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones;
-los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D.
-Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su
-amo, las hermosas espresiones de gracias populares.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para
-hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!</p>
-
-<p>Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y
-otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á
-quien de diarios se la enviaba D. Martin<a name="FNanchor_7_7" id="FNanchor_7_7"></a><a href="#Footnote_7_7" class="fnanchor">[7]</a>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que
-quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.</p>
-
-<p>Los hombres se acercaron.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una
-chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la
-guarnicion de la casa del rico mayorazgo.</p>
-
-<p>La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era
-el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el
-caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos
-cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la
-cabeza y dijo: Que venga la cocinera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla
-venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por
-el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en
-Villa-María?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, que yo sepa, señor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas
-soso que tú?</p>
-
-<p>Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.</p>
-
-<p>Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y
-desembarazo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pen<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span>don de la
-insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero
-verla?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico
-dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es <i>rigular</i>, en mi
-nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es
-menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para
-descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la
-tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las
-Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad
-y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su
-comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en
-su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de
-valernos de esa <i>tartagema</i>: ¡vaya!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo,
-de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la
-sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su
-mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco
-mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde
-Vd. nos ve, tenemos <i>alcuña</i>; los <i>descendientes</i> de mi comadre fueron
-en <i>años témporas</i> gentes muy <i>empinadas</i>. Sus abuelos fueron sujetos
-muy <i>considerables</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues los <i>descendientes</i> muy empinados y los sujetos muy
-considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso
-nombre <i>Machuca</i>, de puro <i>machucar</i> moros.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de
-saber su mercé que el <i>árbol de la generacion</i> de mi casa dice que
-fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio,
-muy <i>emperantes</i>, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de
-santo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son
-narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos
-nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer
-á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con
-espolones! pero, tia <i>Emperante</i>... ¡una y no mas, señor San
-Blas!&nbsp;&mdash;&nbsp;Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta
-<i>pierna de santo</i> una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de
-tocino; y váyase la <i>considerable</i> á donde el humo en dia de levante.</p>
-
-<p>La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en
-una espuerta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices
-hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor,
-viendo que la vieja no se movia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero como á mi comadre le falta la <i>denticion</i>...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que la pida prestada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala
-voluntad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan
-duro... duro... mas vale duro que ninguno?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y
-Juana...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos
-águilas son!<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio
-Alambre, que las despertaba el hambre!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban
-siete corrales por conversacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y
-tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y
-que no es de <i>buena parte</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora <i>Emperante</i> en Francia.
-¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas
-desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester
-engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á
-esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á
-campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le
-doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro
-que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por
-aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me
-ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia
-espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y
-esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando
-veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese
-visto al demonio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun <i>Eron</i>, dijo muy picada la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo
-en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi
-Juan de la guerra de <i>Pepiñá</i> para casarse, me dijo que no habia visto
-por allá mejor hembra que yo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo,
-retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span> un valiente de la guerra
-del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y
-cuatro de traspon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le
-aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora
-y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de
-loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han
-mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni
-los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece
-bien.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé
-repartir, observó Juana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da
-el capon dále la pierna y el alon.</p>
-
-<p>D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al
-pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia
-en su retirada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva
-Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y
-lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo
-la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y
-estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me
-abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas
-rico.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es
-<i>rigular</i>, señor, que yo me muera de frio?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y es <i>rigular</i> que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo;
-que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan
-ó sanan á quien quie<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span>ren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale
-tener que no desear.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia,
-dijo D. Martin, volviéndole la espalda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus!... ¡y qué <i>ipotismo</i> gasta su mercé hoy! murmuró marchándose
-la tia Latrana.</p>
-
-<p>Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran
-los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de
-mi cuñada, la nuera del cochero...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida
-á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el
-mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado.&nbsp;&mdash;&nbsp;Maestro,
-¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro.&nbsp;&mdash;&nbsp;Bien
-está, respondió Jesus.</p>
-
-<p>Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con
-muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno
-de los discípulos.&mdash;¿Qué se ofrece? preguntó el viejo.&nbsp;&mdash;&nbsp;No hay cuidado,
-dijo San Pedro, es de los nuestros.&nbsp;&mdash;&nbsp;Sea en buen hora, dijo el viejo,
-que tenia crianza:&mdash;¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el
-apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta
-completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el
-viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á
-ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo:&nbsp;&mdash;&nbsp;El que has
-albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu
-nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le
-pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó.
-Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que
-fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á
-seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para
-nada. Al caminar por esos aires vió á una<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> pareja de demonios que se
-llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia
-buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los
-escribanos.&mdash;¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere
-echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja,
-como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al
-trigo.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no
-llevas dinero?&nbsp;&mdash;&nbsp;Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es
-de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís
-gananciosos.&nbsp;&mdash;&nbsp;Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por
-de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.</p>
-
-<p>Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te
-conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma
-tan negra viene contigo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta
-alma está manchada de tinta porque es de escribano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme
-licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un
-convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro
-con su amparado.</p>
-
-<p>D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba
-perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al
-ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente,
-mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya,
-para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á
-los labios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en
-pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que
-se gastó el acero; pero queda el hierro.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p>
-
-<p>Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual
-una bendicion del porvenir.</p>
-
-<p>D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un
-ronquido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el
-cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.</p>
-
-<p>Pablo se precipitó fuera del comedor.</p>
-
-<p>No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.</p>
-
-<p>Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea.
-El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la
-mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la
-larga vida de su amo.</p>
-
-<p>Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció
-en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y
-general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á
-un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni
-<i>darse tono</i>, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el
-padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de
-la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en
-boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila
-de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados.
-Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron
-lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un
-elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos
-estaba este epitafio:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana,
-que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo
-ofrece á Dios quebrantado, pero entero.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p>
-
-<p>El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y
-santa como él.</p>
-
-<p>Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del
-escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y
-riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en
-lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como
-si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no
-hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia
-dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.</p>
-
-<p>Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no
-para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de
-él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela
-que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es
-cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo
-de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre
-que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?</p>
-
-<p>Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado
-primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de
-llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se
-postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio
-sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á
-la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el
-esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia:
-<i>¿Quién es el dueño de aquel caudal?</i></p>
-
-<p>¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le
-concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa
-del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!</p>
-
-<p>Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas
-depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando
-estuvieron reunidos, los habló así:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna dis<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>posicion de mi
-hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así,
-pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que
-se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como
-inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde
-luego en posesion de todo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo
-Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento
-por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta
-como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que
-me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir
-contigo, hija mia.</p>
-
-<p>Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es
-decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el
-beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe
-la <i>necesidad</i>; para ella no hay desierto ni maná.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad.
-Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere
-compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi
-muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis
-padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?</p>
-
-<p>Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa
-desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no
-atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al
-precedente coloquio.</p>
-
-<p>Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Soy testigo,&nbsp;&mdash;&nbsp;y testigo que no puede recusarse siendo yo el
-interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho,&nbsp;&mdash;&nbsp;de
-que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió
-mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en
-mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su
-serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pensó sacar cédula real, repuso este.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que
-tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado
-á cabo, añadió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu
-delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no
-necesito, ni puedo aceptar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud,
-Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que
-te tengo por la vida que te debo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una
-delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena
-fe del corazon, como á una hermana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto
-decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable.
-Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en
-tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de
-acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi
-sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como
-á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas
-valer. ¿No es así, Clemencia mia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí señor, sí señor!&nbsp;&mdash;&nbsp;contestó esta besando la mano del venerable
-anciano,&nbsp;&mdash;&nbsp;y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_XI-b" id="CAPITULO_XI-b"></a>CAPITULO XI.</h3>
-
-<p>Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion
-eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del
-ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado,
-habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se
-separasen de él su tio y su prima.</p>
-
-<p>Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin
-que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un
-fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en
-todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no
-fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia.</p>
-
-<p>Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este
-desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia
-acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni
-temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud,
-viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una
-hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente,
-sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al
-salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la
-amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan
-vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha
-hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de
-estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los
-mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar
-unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba
-indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber
-cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado
-todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo
-de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le
-dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque
-nadie<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span> confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los
-aman:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto
-compareceré en su presencia.</p>
-
-<p>Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo
-es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y
-¡decirlo... es una crueldad!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es
-la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia,
-pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de
-que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas
-útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta
-misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi
-vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre.</p>
-
-<p>Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en
-sollozos al oir estas últimas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te
-espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas
-y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el
-Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en
-fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente
-y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase
-como cosa propia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni
-en mi corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en
-el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran
-ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero señor, hay escepciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo
-en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span> femeninas en las buenas
-sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las
-escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con
-la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo
-como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera
-del hombre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios
-le basta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero
-la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias
-y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila.
-Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro
-modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es
-escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en
-que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una
-viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y
-religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo
-encargo... ¡te lo suplico!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia
-de perderos, os prometo casarme.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el
-compañero que os prometo aceptar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el
-compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á
-propósito para hacer tu felicidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y
-el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta
-esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado
-que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de
-hombre de bien y caballero cumplido.<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span></p>
-
-<p>Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera
-confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y
-concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y
-descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores
-y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor
-hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las
-obligaciones y desvelos que circundan el estado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos,
-despues de vos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu
-felicidad, como esos <i>mirajes</i>, esos prestigios, efectos de la óptica,
-que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda
-trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos.
-¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos
-simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría
-humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí,
-una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las
-máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te
-cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino
-pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la
-que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que
-fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último
-consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve
-claro; si luchan, haz que venza esta.</p>
-
-<p>En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos
-consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los
-altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido
-filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó
-el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia
-la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir
-con su primo, que era un jóven. Añadió que<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> cerca de la de aquella
-poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que
-ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó
-infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien
-á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones
-su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez
-mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas
-rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en
-los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo!</p>
-
-<p>El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter
-apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud,
-para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó
-que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de
-su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar
-alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber
-dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia
-existir en la eternidad.</p>
-
-<p>Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su
-inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó
-trasladarse á Sevilla.</p>
-
-<p>Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber
-vivido bajo el mismo techo.</p>
-
-<p>Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos
-procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es
-nuestra separacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Voy á Sevilla, añadió Clemencia,&nbsp;&mdash;&nbsp;respondiendo indirectamente á esta
-pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió;&nbsp;&mdash;&nbsp;al lado de mi
-tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á
-establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á
-un estraño, recibir del mayorazgo que<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> debió ser tuyo, siquiera la
-viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde;
-te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado
-nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero:
-sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre
-me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las
-limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera
-grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán
-cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu
-generosidad para conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo,
-y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos
-volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria
-con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco!</p>
-
-<p>Clemencia miró á su primo con sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos.</p>
-
-<p>Clemencia se puso encendida como la flor del granado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tú consentiste, prosiguió Pablo.</p>
-
-<p>Clemencia bajó confusa los ojos, y calló.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero yo, Clemencia, añadió Pablo... rehusé!</p>
-
-<p>Clemencia quedó confundida.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y rehusé, Clemencia, prosiguió Pablo, porque tú hacias un sacrificio
-grande en casarte conmigo, y yo uno cruel en negarme á ello; y quise que
-el sacrificio estuviese de mi parte, y no de la tuya; esto prueba que te
-amaba y sigo amando sin esperanzas, Clemencia; y el amor que vive sin
-alimento, esto es, sin esperanzas que le sostengan, es de alta esfera, é
-inmortal como el alma!</p>
-
-<p>Hubo un rato de silencio. Pablo tenia la respiracion oprimida.</p>
-
-<p>Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto te lo digo, Clemencia, prosiguió Pablo, cuya voz alterada salia
-con dificultad de su pecho, porque nos vamos<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span> á separar y quizas para
-siempre! A no ser así, no me hubiese atrevido á ello; pero he querido
-que ya que no me tengas amor... me tengas gratitud y lástima!</p>
-
-<p>Diciendo esto Pablo, no pudiendo por mas tiempo comprimir la vehemencia
-de su dolor, se levantó y salió apresuradamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida.</p>
-
-<p>Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del
-corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de
-enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de
-gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles
-almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su
-delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo
-cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad?
-Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á
-cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme,
-arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo!</p>
-
-<p>Y se alejó presuroso.</p>
-
-<p>Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos
-modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su
-padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella
-casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por
-respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á
-cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida.
-Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y
-comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado.
-De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar
-entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que
-hasta entónces entre ellos habia existido.</p>
-
-<p class="fint">FIN DE LA PARTE SEGUNDA.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p>
-
-<hr />
-
-<h2><a name="PARTE_TERCERA" id="PARTE_TERCERA"></a>PARTE TERCERA.</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-c" id="CAPITULO_I-c"></a>CAPITULO I.</h3>
-
-<p class="nind"><span class="letra">O</span>cho años habia que faltaba Clemencia de Sevilla: ocho años suelen traer
-grandes cambios en las cosas y en las personas; y debemos indicarlos
-ántes de proseguir.</p>
-
-<p>La Marquesa, á la que devoraba un cáncer el pecho, habia envejecido
-mucho, y su habitual estado de latiente apuro, habia pasado á un estado
-de decaimiento inerte, en el que, como sucede generalmente á los
-enfermos de gravedad que conservan despejadas sus facultades
-intelectuales, no la interesaba nada sino su padecer.</p>
-
-<p>En Constancia no era ménos notable el cambio que se habia operado.</p>
-
-<p>Desde la catástrofe que hemos referido y la enfermedad que de ella
-resultó, que la trajo á punto de mirar la muerte cara á cara, Constancia
-habia muerto al mundo, como dice una frase, la que por haber caido en el
-monótono carril de la rutina, no ha perdido su grave y elevado
-significado. En su enérgica fibra, solo un sentimiento á la vez profundo
-y esclusivo podia haber reemplazado el que le inspirara aquel amor que
-llenó toda su alma, como habria llenado toda su vida. Al borde del
-sepulcro condenó los estremos del amor á la criatura, y pidió á Dios
-perdon si moria, y conformidad si en la tierra la dejaba su voluntad
-omnipotente. La religion hizo mas que darla conformidad; le dió consuelo
-y virtudes, desterrando de su alma, despues de la desespera<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>cion, la
-soberbia, la acritud, la rebeldía y el egoismo, que por tanto tiempo en
-ella se entronizaron, reemplazándolos con la mansedumbre, la
-benevolencia, la caridad, la paciencia; cual la naturaleza produce
-flores odoríferas y cordiales en un crial, cuando una mano fuerte le ha
-arrancado los abrojos y espinas que lo cubrian. Porque este es el efecto
-y resultado de la vida, que unas veces con desden, otras con burla,
-pocas con respeto, se denomina, <i>dedicada á la virtud</i>; este es el fin á
-que tiende. Y si los que la llevan no siempre logran conseguir este
-objeto (puesto que eso de ser estremadamente virtuoso no es tan fácil
-como les parece á aquellos que desde que ven á una persona entrar en esa
-senda, exigen de ella la realizacion del objeto á que aspira); si no
-siempre logran alcanzar este fin, los que á él aspiran, decimos, tienen
-al ménos el mérito de haberlo intentado, y la gloria de alistarse bajo
-la santa bandera, cuyo emblema es un cordero, una cruz y una corona de
-espinas. Tienen aun mas: tienen el valor de renunciar á la sancion del
-mundo bullidor, el de pasar por pobres de espíritu en la brillante,
-ruidosa y desdeñosa legion de los denominados ilustrados, el de hacerse
-condenar al ridículo y al desprecio por la soberbia y acerba legion de
-los incrédulos é impíos, y solo contar con las calladas y benévolas
-simpatías de aquellos que se esconden por no ser vistos, y callan por no
-ser oidos, en una época que los burla con sarcasmos, y los desprecia con
-insultos.</p>
-
-<p>Constancia, no obstante, era de las afortunadas que logran el fin
-propuesto; lo que era debido sin duda al total desprendimiento de las
-cosas de la tierra que el infortunio produjo en su alma.</p>
-
-<p>Nadie habria reconocido en ella á la elegante jóven que fué: su traje
-era mas que modesto; era pobre: llevaba siempre un vestido de coco ó
-tela de algodon negro, con pequeños lunares grises; cubria su garganta
-un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler;
-gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello
-primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus
-sienes, sin ningun género de pretension.<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span></p>
-
-<p>Esta abnegacion del placer de agradar y de la satisfaccion de parecer
-bien, es la mas heróica que en aras de la severa virtud puede ofrecer
-como sacrificio la mujer; y este mérito solo se ve en España, sin que
-por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente
-virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo
-desprendimiento de las cosas del mundo y de la vanidad, no se ve sino
-aquí, por mas que se afanen en sostener que todos somos iguales. No; las
-nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni
-con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa
-igualdad es un resultado necesario de la ilustracion y de la facilidad
-de comunicaciones; pero ¿no basta á probar la falsedad de este aserto,
-el ver que los dos focos de ilustracion, que son al mismo tiempo, las
-dos capitales mas cercanas, han sido, son y serán los dos mayores
-contrastes? En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y
-marcadas fisonomías de Paris y de Lóndres?<a name="FNanchor_8_8" id="FNanchor_8_8"></a><a href="#Footnote_8_8" class="fnanchor">[8]</a></p>
-
-<p>Es para nosotros un enigma el móvil que lleva á muchas personas de
-mérito y de talento á defender y aplaudir esa nivelacion general, y cuál
-es la ventaja que de ella resultaria. Que un país sin pasado, sin
-historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno
-por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte<a name="FNanchor_9_9" id="FNanchor_9_9"></a><a href="#Footnote_9_9" class="fnanchor">[9]</a> adoptando
-el inglés,<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span> y la del Sur adoptando el español, se comprende. Pero que se
-afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de
-Calderon y de Cervántes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo
-que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razon, ni el buen gusto, ni
-la poesía.</p>
-
-<p>Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas
-no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una
-perfeccion de que estas se creen dispensadas; pero Constancia lo era,
-porque coronaba sus demas virtudes con la tolerancia, que á algunas
-suele faltar, y unia al estricto cumplimiento de sus deberes, una
-dulzura adquirida, la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso
-triunfo obtenido al pié del tribunal de la penitencia. De sus ojos
-serenos habian desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que ántes
-le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y
-desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenia benévolas y dignas.
-Llevaba con la perseverancia de la consagracion, toda la asistencia
-prolija que hacia necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre,
-y sus escesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna
-persona íntima celebraba su comportamiento, hacia grandes esfuerzos para
-disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba.</p>
-
-<p>En las demas personas el cambio no habia sido notable.</p>
-
-<p>Sobre D. Galo habian pasado estos ocho años como otra infinidad de los
-anteriores. Los siete mil reales seguian su curso inmutable, las pelucas
-hacian su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir
-á su dueño, ni este de servir á las damas. Todos sus compañeros habian
-cambiado de destino ó de lugar; hasta la oficina habia variado de local;
-pero D. Galo la habia seguido como un fiel perrito á su amo, ocupando su
-mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado.</p>
-
-<p>Sobre la robusta arrogancia de Doña Eufrasia, habian pasado los años
-como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos habia
-cobrado muchas viudedades, sin dar la mas mínima esperanza al Monte-pio
-de libertarlo de esta carga.<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span></p>
-
-<p>En D. Silvestre no habia mas alteracion sino la de haber adquirido su
-vientre una posicion ménos prominente y mas rebajada.</p>
-
-<p>Pepino habia tomado gran cariño á los Mercurios, y seguia cuidándolos
-con esmero por propio impulso, como ántes por mandato de su ama.</p>
-
-<p>Su tia recibió á Clemencia tristemente, aunque celebró mucho su venida,
-y le hizo una larga y minuciosa relacion de sus padeceres.</p>
-
-<p>Constancia demostró una sincera, pero sosegada alegría de ver á su
-prima, sin que mediase entre ellas ni una conmemoracion ni aun una
-alusion á la terrible catástrofe de la que Clemencia habia sido testigo.</p>
-
-<p>A los pocos dias, con motivo de la gravedad de su madre, llegó tambien
-Alegría, que con su marido y sus tres niños venia de Madrid, donde
-estaban establecidos.</p>
-
-<p>Alegría estaba hecha el bello ideal de la elegancia, un figurin de moda,
-el tipo del supremo buen tono. Pero su vida agitada y sus horas
-desarregladas, sus continuos trasnocheos y sus constantes escitaciones
-la habian destruido, avejentado y adelgazado á aquel estremo que quita
-todas las formas al cuerpo, toda la frescura al rostro y toda la lozanía
-á la juventud. Compuesta y animada, sobre todo con la luz artificial,
-estaba bien; pero descompuesta y desanimada, estaba como una flor
-sacudida y marchita por el levante.</p>
-
-<p>Su marido, ademas de ser el tipo de la distincion y de la finura, lo era
-ahora igualmente del buen marido y del buen padre.</p>
-
-<p>Cuando Alegría vió á Clemencia, que merced á su tranquila vida, á su
-feliz existencia, traia con el alma de una novicia la hermosura de una
-Hebe, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué lozanía! ¡Qué frescura! ¿En qué Eden has vivido? Ganas me dan de
-ir á pasar una temporada á Villa-María, aun á costa de venir tan
-anticuadamente vestida y peinada como lo estás tú. ¡Dios mio! ¡qué bien
-te sienta el estado de viuda! y riquísima que me han dicho que eres!...
-ya sé, ¡un tio!... Oye ¿era jóven?... Ocho años de destierro te ha
-costado; pero en fin, si estuviste como el raton<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span> en el queso, ¡anda con
-Dios! Hiciste bien en estarte á la mira y aguantarte, porque, hija mia,
-el dinero, el dinero es el todo; sin dinero ¿qué se hace? Vamos, eres la
-mujer feliz. Mira, no hagas la locura de volverte á casar.</p>
-
-<p>Clemencia habia oido toda aquella retahila, atónita, sin aun comprender
-la malicia de ciertas espresiones; pero al oir esta última, y recordando
-en su corazon la promesa que habia hecho á su tio, repuso á su prima:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué seria una locura volverme á casar?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque perderias tu libertad, contestó Alegría con mas malicia que se
-suele poner á esa necia y repetida frase.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, ¿qué clase de libertad es, repuso Clemencia, la que tengo de
-viuda y no tendria de casada?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué candidez de niña bien criadita! La clase de libertad á que aludo,
-hija mia, es la de poder hacer lo que te dé gana. ¿La tenias cuando
-casada, mi alma?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No se creeria que quien habla así fuese la mujer de un marido que no
-tiene mas gustos que los suyos, y no hace sino mirarla á la cara, dijo
-Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso no quita que la que tiene marido y tres hijos, esté aviada y
-divertida. ¡Niños! esa plaga, esa carga, esas trabas, que acaban con la
-paciencia, que destruyen el físico, que quitan el gusto y el tiempo para
-todo. ¡Oh! ¡son una calamidad!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! ¡Jesus! esclamó asombrada Clemencia. ¡Plaga, calamidad, llamas
-tú á la bendicion de Dios, al dulce fin y objeto de la union del hombre
-y de la mujer! ¿Sabes lo que dicen las pobres y sencillas gentes de
-Villa-María? Hijos y pollos todos son pocos.</p>
-
-<p>Alegría soltó una burlona carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué lástima, dijo, que no te hubieses casado con mi marido, y se
-hubiesen Vds. ido en amor y compaña á poblar una isla desierta! Pero,
-hija mia, la que no está por la vida patriarcal, esto es, las gentes que
-viven en la era presente, como dicen los periódicos, llaman á los hijos
-cargas, y al casamiento yugo. Así lo llama hasta mi beata hermana
-Constancia, sin mas que anteponerle la calificacion de santo. Pero, si
-tan bien te parece el matrimonio, mucho<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> estraño que hayas estado ocho
-años viuda; por consiguiente, no te admire el que no ponga mucha fe en
-tus palabras, ni te crea muy sincera.</p>
-
-<p>Clemencia se quedó asombrada de ver convertido en sistema y formulado en
-reglas de mundo, un sentimiento que ella habia tenido, nacido de sus
-desgracias domésticas, y del que su tio le habia hecho avergonzarse á
-pesar de su inocente orígen, como de un sentimiento emancipado, egoista,
-poco natural y poco mujeril: así fué que contestó sonrojándose:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En Villa-María habia pocos novios, y ademas mi vida era tan dulce al
-lado de mis padres y de mi tio, que la habria preferido siempre á toda
-otra, no por amor á la libertad ni oposicion á los hijos, sino por amor
-á ellos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con que... ¿te volverias á casar? preguntó con burla Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si hallase un hombre que me llenase, y á quien yo pudiese hacer feliz,
-lo haria, pues así se lo prometí á mi tio, contestó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Buena tonta serás! esclamó Alegría.</p>
-
-<p>Entró en este momento Constancia, diciendo que su madre que apénas habia
-dormido en la pasada noche, acababa de coger el sueño. Alegría aprovechó
-este descanso para ir á ver algunas amigas, y salió despues de dar un
-repaso á su tocado ante el espejo.</p>
-
-<p>Era la primera vez desde la vuelta de Clemencia, que ambas primas se
-hallaban solas, no separándose Constancia un solo instante del lado de
-su madre.</p>
-
-<p>Largo rato callaron.</p>
-
-<p>De repente Clemencia cogió las manos de su prima, las apretó entre las
-suyas, y le dijo en queda y conmovida voz, miéntras dos lágrimas bañaban
-sus párpados:&nbsp;&mdash;&nbsp;Constancia, te admiro y te venero.</p>
-
-<p>Constancia calló, y un imperceptible temblor se notó en sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué has hecho para olvidar, Constancia? prosiguió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No recordar! respondió la primera.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y esto ¿cómo has podido lograrlo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con anteponer al recuerdo esta oracion:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Aparta, mi Dios, de mí<br /></span>
-<span class="i0">Lo que me aparta de tí!<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>Cree, Clemencia, que Dios atiende á quien le invoca.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí; y Dios ha escuchado tan bella deprecacion, y solo te ha rodeado de
-cosas que te acercan á él, ofreciéndote la ocasion de la enfermedad de
-tu madre, en la que pruebas el ser una santa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calla, contestó Constancia con algun calor. ¿Con qué lavo, con qué
-borro, con qué compenso mi malvada conducta anterior con mi madre? ¡Oh!
-créelo; cuando todo mi anhelo y desvelos no alcanzan á agradarla, cuando
-me rechaza y se incomoda, recuerdo que fuí capaz de decir que no la
-amaba. ¡Yo, enamorada y soberbia, no amar á la madre que me dió el ser!
-¡Oh! entónces le agradezco como un favor el que no me maltrate de hecho,
-y no me eche de su lado como hija indigna de cumplir con el santo deber
-de asistirla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo dijiste en un momento de exaltacion rencorosa, Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Clemencia, esa exaltacion rencorosa era mi estado habitual.
-Llenaban mi alma la pasion, la soberbia, la rebeldía y la aspereza. El
-ser niña indómita, hija rebelde y sobrina ingrata, costaron la vida al
-hombre que amé; me hicieron perder la felicidad que apetecia, que quizas
-por medios humildes y suaves habria al fin logrado; y hubiesen perdido
-mi alma, si Dios no me enviara con la muerte un aviso de la eternidad,
-en cuyo borde se abrieron los ojos de mi alma á la luz de arriba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué humilde eres, Constancia!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, no es humildad el reconocer sus faltas. No soy humilde;
-solo que, gracias al cielo, no existe la soberbia que me cegaba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí lo eres, y aun vas mas allá, prima, pues no solo reconoces tus
-faltas, sino que desprecias tus virtudes. ¿Porqué has hecho un estudio
-tan severo en ocultar un dolor, que yo que conozco tu alma, sé que está
-incrustado en ella hasta la muerte?<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia,&nbsp;&mdash;&nbsp;respondió Constancia en voz inmutada y tan queda como si á
-sí misma quisiese ocultar la emocion que la dominaba,&mdash;¡las penas que se
-ofrecen á Dios, se ocultan á la tierra, para que no se evapore en ella
-este incienso del corazon!</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-c" id="CAPITULO_II-c"></a>CAPITULO II.</h3>
-
-<p>Clemencia, abrumada con los quehaceres que le proporcionaba el amueblar
-y preparar su casa, distraida y atolondrada con el sinnúmero de visitas
-que recibia la rica, hermosa y amable viuda, aunque habia pensado
-escribir á Pablo, lo difirió. ¡Qué de cosas se dejan de hacer por
-diferirlas! Diferir un buen propósito, es como diferir el socorro á un
-necesitado; suele perecer este, merced á la omision, é invertirse la
-limosna en otra cosa: tambien sucede que suele desmayar y desvanecerse
-el buen propósito, gastarse el tiempo y la voluntad en otra cosa, como
-aconteció con la limosna: sobreviene el olvido con su apagador, y sume
-todo en el cáos.</p>
-
-<p>Tan luego como Clemencia estuvo establecida en su hermosa y bien
-alhajada casa, fué esta en estremo concurrida. Su dueña poseia el don
-innato de <i>bien recibir</i>, puesto que este, así como todo lo fino y
-delicado en el trato, tiene por base la bondad, y que esta era el fondo
-del carácter de Clemencia y el primer móvil de sus acciones. Todas las
-reglas de finura y delicadeza tienen por tipo la sencilla bondad, como
-el arte coreográfico tiene por norma las gracias de la infancia. Su casa
-se puso de moda, y la moda es una maga que nos convierte en una manada
-de carneros, que lleva á su albedrío por montes y valles.</p>
-
-<p>Entre las personas que fueron presentadas en casa de Clemencia, se
-distinguian dos estranjeros de alta categoría, el uno inglés, el otro
-frances, que habian venido á pasar el<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span> invierno en la primavera que
-durante esta estacion goza Sevilla, la noble y destronada reina de
-Andalucía.</p>
-
-<p>El Vizconde Cárlos de Brian y Sir George Percy eran dos bellos tipos de
-sus respectivas razas y países. Ambos eran altos. El Vizconde algo mas
-grueso, tenia en sus maneras mas elegancia, Sir George mas distincion;
-en su porte tenia el Vizconde mas nobleza, y Sir George mas dignidad; el
-primero era mas airoso, el segundo mas natural. En su traje era de Brian
-mas ataviado, y Sir George llevaba la bellísima sencillez del vestir
-inglés á un estremo de indolencia, que le hacia no notar que se ponia un
-chaleco de invierno en verano, lo que no impedia que fuese tan
-esclusivamente pulcro y delicado en su ropa, que regaló á su ayuda de
-cámara á la mañana siguiente de haberlo estrenado, un vestido de baile,
-que por no traerlo en su equipaje, tuvo que mandar hacer al mejor sastre
-de Sevilla.</p>
-
-<p>Era Sir George inmensamente rico y espléndido sin fausto, por lo que le
-llamaban en Sevilla Monte-Cristo, así como al Vizconde, en vista de su
-estatura y de ser muy realista, le habian puesto Carlo-Magno.</p>
-
-<p>Deploramos profundamente esta costumbre andaluza de poner apodos ó
-sobrenombres, por distinguidas que sean y por mucho mérito que tengan
-las personas; es esto contra la dignidad y la elegancia de una sociedad
-culta y fina. No hay gracia que compense una chocarrería.</p>
-
-<p>Precisamente eran hombres ambos los mas á propósito para poder apreciar
-el gran mérito de Clemencia; ambos debian ser seducidos por la reunion
-de ventajas que poseia esta, y que tan rara vez se halla en una misma
-persona; así fué que ambos comprendieron desde luego que era Clemencia
-un ente escepcional, ricamente dotado por la naturaleza y por la
-cultura, cuyo mérito pocos sabrian comprender, ni ella misma sabia
-apreciar en todo su valor.</p>
-
-<p>Entablóse desde luego entre de Brian y Sir George una de esas secretas y
-agrias competencias, tan hábilmente disimuladas por los hombres de
-mundo, no bajo formas afables, sino bajo formas indiferentes. De esta
-competencia resultó que la inclinacion hácia Clemencia subiese en Sir
-George,<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> hombre seco, gastado y frio, á un efervescente antojo; y que en
-el Vizconde, hombre de corazon y de peso, se reconcentrase, temiendo la
-vanidad francesa verse forzada á ceder en sus pretensiones ante un rival
-mas afortunado. En esta circunstancia podia decirse que tanto por la
-posicion de ambos hácia Clemencia, como por sus respectivos caracteres,
-estaban trocadas en ellos las índoles de sus dos países, siendo Sir
-George con Clemencia el hombre amable, obsequioso, espresivo y
-subyugado, miéntras el Vizconde se mostraba el hombre comedido, tímido y
-reservado hasta el punto de aparecer frio.</p>
-
-<p>El Vizconde habia nacido aun en el destierro, de un padre que habia
-perdido á los suyos en el cadalso. Vuelto á su patria, habia perdido á
-su hermano por un puñal homicida en Roma, y á su padre á su lado
-defendiendo el órden en las jornadas de febrero, y entonces abandonó
-desesperado y abatido la patria que amaba, para no presenciar su
-suicidio.</p>
-
-<p>Sir George al contrario, habia nacido y vivido entre grandezas,
-felicidades y riquezas, sin pensar mas sino en satisfacer su vanidad,
-sus pasiones y sus caprichos. Así era que á los treinta y tres años se
-sentia con despecho, hastiado de todo, seco de corazon, enervado de alma
-y reducido á solo placeres materiales.</p>
-
-<p>Fuese este retraimiento del Vizconde, ó bien fuese por la finura y
-elegancia de los obsequios de Sir George, ó bien por aquel ciego impulso
-cuyo orígen es inaveriguable, y que no toma sus aspiraciones de la
-razon, de la paridad, ni de la simpatía, sino que nace espontáneo, crece
-déspota y arrastra al corazon á pesar de aquellos, Clemencia, que era
-muy niña para poder penetrar en las profundas simas del corazon de los
-hombres criados en el gran mundo, se sintió arrastrada con vehemencia
-hácia Sir George, cuyas distinguidas maneras, cuyo talento, ilustracion,
-saber y gracia la encantaban. Y no es de estrañar que en unos instintos
-tan delicados, en un gusto tan culto como era el de Clemencia, unidos á
-un amante corazon, que hasta entónces habia respirado en una atmósfera
-sencilla y sosegada, hiciese impre<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span>sion un hombre como Sir George, en
-quien brillaban en su mas alto grado las referidas ventajas.</p>
-
-<p>Sir George sabia con una delicadeza de maneras, que solo se adquiere en
-la mas alta y fina sociedad, obsequiar de un modo que no era rehusable;
-obsequiaba á Clemencia en las personas que ella queria ó le eran
-allegadas; habia mandado venir para la Marquesa un aparato ingenioso
-para vendar su pecho; habia regalado á D. Galo unos gemelos de unas
-dimensiones tan descomunales, que le era imposible á su entusiasmado
-dueño, colocarlos ante su vista con una sola mano. Paco Guzman los habia
-apellidado <i>Rómulo y Remo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Paco, hijo mio, contestaba D. Galo en sus glorias, me ha dicho el
-Señor D. Jorge que el fabricante solo hizo tres como estos; uno para el
-Príncipe Alberto, otro para el Gran Turco, y el presente, que teneis á
-vuestra disposicion.</p>
-
-<p>Hasta á D. Silvestre, cuya hostilidad á los caminos de hierro no le era
-desconocida, habia regalado Sir George una chistosa caricatura inglesa
-que representaba una procesion de viajeros, que ántes de entrar en los
-coches y wagones del tren, pasaban ante la máquina quitándose el
-sombrero y saludándola con las palabras con que los gladiadores romanos
-saludaban al emperador ántes de ir al combate:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><span class="smcap">Morituri te salutant.</span><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso
-D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria,
-mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella
-de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia
-el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un
-tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin
-mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia
-y San Valeriano.</p>
-
-<p>No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese
-muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino
-porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto
-elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias,
-muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span>
-visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la
-buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de
-sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las
-verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las
-declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y
-de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el
-<i>Nego absoluto</i> la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del
-corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera
-valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las
-santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y
-hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida
-buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con
-flores las mas áridas sendas!</p>
-
-<p>Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par
-de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una
-azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas.</p>
-
-<p>En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia
-Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado
-arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los
-hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la
-competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia
-empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez
-tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus
-sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan
-original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda
-trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el
-aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin
-estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion
-renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció
-que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios
-vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la
-naturaleza, la cultura y el uso del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span></p>
-
-<p>Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al
-notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro
-le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio
-vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas.
-Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona
-representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un
-ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de
-su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son
-bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo
-ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la
-reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de
-toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan
-el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo
-compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni
-espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre
-la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su
-dependencia.</p>
-
-<p>Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria
-hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo,
-pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la
-verdad; pero se decia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para
-suicidarse.</p>
-
-<p>Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George,
-habria pensado:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese
-tan fatuo?</p>
-
-<p>El Vizconde habria pensado:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues
-no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César
-incompleto y desairado.</p>
-
-<p>En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le
-hubiese ahogado entre sus manos.</p>
-
-<p>Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido
-posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una
-impresion harto mas profunda y<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span> sincera que sobre su competidor, se
-sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia
-la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de
-Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio.
-Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor
-temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio.
-Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia
-por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un
-hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á
-sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun
-vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no
-dejarse á toda costa suplantar por un competidor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para
-sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado
-elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el
-agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras
-manos, si no me anticipo.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-c" id="CAPITULO_III-c"></a>CAPITULO III.</h3>
-
-<p>Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de
-Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que
-indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su
-tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le
-proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en
-verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo.</p>
-
-<p>La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia
-fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia
-apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir
-George.</p>
-
-<p>La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span> respiraba todo
-su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio,
-seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á
-deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda
-naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y
-aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la
-confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al
-lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con
-delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é
-inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo
-y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida
-de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores,
-á sus pájaros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta
-instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer,
-lo que sois?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad
-Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero
-he vivido á su lado.</p>
-
-<p>Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de
-entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á
-las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el
-ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al
-talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta
-esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre,
-despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era
-que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que
-hace brotar la fe y la confianza.</p>
-
-<p>Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes
-atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono,
-aquella <i>morgue</i>, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que
-entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio
-que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante
-ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena
-fe, no siempre comprendian, pero que<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> aun sin alcanzar toda su hiel, á
-nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así
-era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó
-entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á
-nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni
-el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba
-con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con
-tan usadas como socorridas paradojas.</p>
-
-<p>Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de
-Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento
-que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un
-benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento
-para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese
-<i>enjouement</i>, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y
-alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye
-en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George
-le descubria; Clemencia le ignoraba aun.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que
-encanta y el hada que admira, hay un ser encantador,&nbsp;&mdash;&nbsp;y es la mujer que
-se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente
-sois?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada,
-á no ser por un solo hombre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué hombre, Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El que yo amase.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono
-festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi
-padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la
-encuentra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os
-lo impida?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer
-amar.<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la
-vuestra, me temo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que
-recordaba á Pablo.</p>
-
-<p>Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á
-contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.</p>
-
-<p>Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco
-comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer
-hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que
-una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es,
-que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una
-dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo
-su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que
-la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á
-su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de
-toda su áspera corteza.</p>
-
-<p>El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la
-motivaba.</p>
-
-<p>Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la
-del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces
-elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios
-puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con
-mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se
-encapota en su silencio, iba siendo olvidado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya!...&nbsp;&mdash;&nbsp;pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un
-sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo,&nbsp;&mdash;&nbsp;yo estoy aquí haciendo el ridículo
-papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?</p>
-
-<p>Por suerte entró en este instante D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A los piés de Vd., Clemencita.&nbsp;&mdash;&nbsp;Señor Vizconde, beso á Vd. la
-mano.&nbsp;&mdash;&nbsp;Señor D. Jorge, soy su servidor.&nbsp;&mdash;&nbsp;Hace un frio del polo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que
-halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span></p>
-
-<p>Sir George soltó una carcajada.</p>
-
-<p>El Vizconde no hizo alto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que
-mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion
-del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo
-que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto
-agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas
-perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos
-descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no
-hallaban una flor de que no sacasen miel.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria
-sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál
-es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de
-agradaros mas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las flores, contestó sencillamente Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Teneis, pues, gustos botánicos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola
-planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde
-que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu
-de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado,
-que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que
-inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y
-lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de
-la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es,
-que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello
-culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la
-pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente,
-dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en
-este mundo?<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas
-satisfecha y galante sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo
-el Vizconde.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo
-frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que
-le producia su escribir constante en la fria oficina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre,
-contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles
-pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las
-damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las
-bellas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de
-Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió
-Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La violeta, respondió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que
-mas he amado en este mundo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é
-indefectible desmaña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No,&nbsp;&mdash;&nbsp;contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la
-delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su
-marido;&nbsp;&mdash;&nbsp;no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de
-mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento:
-su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre
-tierno, de aquel sabio modesto.</p>
-
-<p>De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Aunque me voy... me quedo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ciertamente, en mi memoria.</p>
-
-<p>Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado
-ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el
-jefe de su oficina.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le
-demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro
-delicado tacto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la
-prudencia de una mujer jóven y bella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun
-género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy
-bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la
-insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la
-sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de
-comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos
-santos, y no sufre andaderas pueriles.</p>
-
-<p>Entró en ese instante Paco Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer
-á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha
-creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso
-Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar
-por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben.
-Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en
-broma á una persona de buena fe.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un
-asunto que lo es tan poco!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues poned en su lugar... delicadeza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues
-son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza
-tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la
-moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme
-é inmutable.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia
-mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de
-sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un
-reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus
-aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién
-castigó la primera falta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado
-consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda
-clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro
-lado, como sois tan ilustrada...</p>
-
-<p>Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las
-opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con
-animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las
-religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á
-las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe;
-en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George
-impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del
-impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que
-tan mal los encubren.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo
-dolorosamente herida Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo es eso, señora?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al
-desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta?
-Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la
-mas bella mitad de la conviccion.<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y
-favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes
-<i>nonsense</i>, sin por eso dejar de serlo.</p>
-
-<p>Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa
-disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en
-esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada
-incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza,
-con que á veces sabia hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor
-moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y
-caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os
-dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en
-otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman
-para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la
-que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian
-tomado parte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion
-por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú
-objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á
-mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses
-generalmente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es
-uno de los primeros dotes de un autor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa
-palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario,
-que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de
-espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el
-idioma?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica,
-la sintáxis y la lógica.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span> dice que «es
-el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define
-así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica
-literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito
-en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo
-esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no
-se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras,
-Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de
-dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores
-contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais
-vos, Vizconde?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da
-un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas,
-referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: <i>El
-estilo es el hombre</i>, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales
-que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto <i>spirituel</i>,
-palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que
-entre nosotros se llama <i>esprit</i>, es una cosa que vosotros con vuestro
-brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia,
-subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento
-é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que
-es en frances <i>esprit</i>. Decia, pues, que al decir Buffon <i>el estilo es
-el hombre</i>, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el
-arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre
-como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente
-crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de
-espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está
-en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor&nbsp;&mdash;&nbsp;que
-crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol&nbsp;&mdash;&nbsp;era
-juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que
-esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se
-puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á
-reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor
-una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí
-toca, en<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>tiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al
-pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun
-dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso,
-creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo
-Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de
-Sévigné es la mejor crítica de estilos <i>estudiados</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La
-versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas
-que digan nuestros <i>grandes jueces</i>, hay, segun dice Bulwer, poetas que
-nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos
-admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas
-con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su
-elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto
-lenguaje.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué os parece?... ¿os gusta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me gusta y no me llena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es disparatado, opinó Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un
-clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay
-perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay
-perfeccion en la fe sino en la del carbonero.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte
-imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras
-religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin
-afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me
-hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes
-cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la
-naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de
-mujer, que se forma por impresiones mas que por<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span> exámenes artísticos; mi
-sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la
-penetra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no
-es una imitacion de la nuestra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los
-cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en
-España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil
-hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la
-española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se
-imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de
-gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la
-imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.</p>
-
-<p>Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion,
-con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera
-posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la
-galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que
-yo hubiese pagado á peso de oro?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se
-halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en
-Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien
-caras.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia;<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span> lo llamo una
-delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche
-como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin
-aliento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya
-las nueve y media; Paco se va ya.</p>
-
-<p>Efectivamente, este se despedia.</p>
-
-<p>Sir George y el Vizconde no se movieron.</p>
-
-<p>Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Amigo mio, no saldré esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el
-cañon de la chimenea.</p>
-
-<p>El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.</p>
-
-<p>D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales,
-interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y
-observaba la noche.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George,
-volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que
-lo demuestre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Gracias, señora, dijo friamente Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las
-acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las
-españolas no sufria andaderas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son
-trabas, y lo que son santos yugos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas
-están en el cielo ménos dos.</p>
-
-<p>D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles,
-dijo Sir George con su séria burla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span> Inglaterra,
-nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria
-yo tan pronto en Lóndres, no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el
-que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el
-criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al
-hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó
-admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido
-tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza.
-Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan
-buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron
-solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo
-soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir
-George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora... ¿me echais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de
-esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un
-estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas
-apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?</p>
-
-<p>Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan
-altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como
-el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes
-de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al
-ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para
-averiguar si es falsa ó no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca
-este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado
-Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Calificadlo como gusteis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me gustan las mujeres cobardes, señora.<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los
-hombres valientes?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que os burlabais de mí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es exacta la comparacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el
-broquel que resguarda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y
-talento, conserveis preocupaciones de convento!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No me pesan.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Debo, pues, partir?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que
-tengo en recibiros á mis horas señaladas.</p>
-
-<p>Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de
-Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos
-apasionado, sino mas engreido que nunca.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion,
-pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni
-atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde,
-y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi
-desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador
-de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-c" id="CAPITULO_IV-c"></a>CAPITULO IV.</h3>
-
-<p>Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y
-abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las
-amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve
-resfriado que habia tenido<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> Clemencia, fué el que le sirvió para ir á
-casa de esta una prima noche.</p>
-
-<p>Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á
-sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no
-solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que
-la erige casi en una elegante gracia social.</p>
-
-<p>Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad
-de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico
-de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles,
-sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que
-ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los
-hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su
-elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares,
-en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer
-que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido
-de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que
-no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo
-propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte;
-hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y
-que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres
-temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos
-los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que
-cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un
-interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y
-toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al
-infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en
-castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon
-ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.</p>
-
-<p>Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en
-ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las
-mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó
-aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre
-todo si es<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>tas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no
-bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia
-provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.</p>
-
-<p>Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que
-se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la
-profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio
-que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y
-ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad,
-como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho
-mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por
-cuantos le conocian.</p>
-
-<p>Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de
-Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus
-tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el
-que Clemencia distinguia.</p>
-
-<p>Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba
-Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y
-se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva,
-pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia
-no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.</p>
-
-<p>Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería
-tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras
-circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como
-lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil
-tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada
-delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que
-la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en
-circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero
-pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio
-de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy
-al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase
-ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la
-especie de Alegría.</p>
-
-<p>La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra
-clase de agasajos mas directos. No hubo pre<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span>gunta que no le hiciese,
-afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó
-se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de
-él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en
-ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira,
-armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se
-estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en
-el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin
-faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á
-que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas
-y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre
-predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el
-hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su
-prima.</p>
-
-<p>Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido
-que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo
-hiciese una mujer casada.</p>
-
-<p>Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su
-hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy
-sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y
-animacion ficticia.</p>
-
-<p>Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes
-secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el
-corazon, y Sir George, que se dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo
-D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para
-estarlo, respondió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis
-á Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver
-cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal,
-que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de
-curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis
-estado en Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, contestó esta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño,
-es preciso que Clemencia vea á Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis
-licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo
-benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis
-eso mismo á mi prima?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá
-serle útiles mis servicios.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo
-con inquietud: ¿os duele la cabeza?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras
-noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.</p>
-
-<p>Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de
-costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de
-Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza,
-aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato
-y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la
-delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene
-sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las
-emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.</p>
-
-<p>Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de
-bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al
-irse.</p>
-
-<p>Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se
-halló sola, cuando vió entrar á Sir George.</p>
-
-<p>Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George;
-perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado
-de esa mujer, que cual una pesada<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> nube ante el sol, se interponia entre
-vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y
-allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este
-momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha
-visto, no temais.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no
-os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla,
-pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia
-entre vos y yo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sin mi consentimiento...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Queriais que os lo hubiese pedido?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi
-aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un
-colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la
-severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os
-amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede
-retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?</p>
-
-<p>Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y
-calló.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Me aborreceis, pues Clemencia?</p>
-
-<p>Clemencia no contestó y bajó los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible
-frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro
-corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa
-la causa de que seais tan inexorable?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...</p>
-
-<p>Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas
-se oia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien veis que no os rechazo.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.</p>
-
-<p>Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar
-su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono
-suplicante.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra
-que decidirá del destino de mi vida.</p>
-
-<p>Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en
-tono suave:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso
-del momento, Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué
-os conduce á amarme?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vuestra sin par belleza.</p>
-
-<p>Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la
-mas lisonjera á la mujer.</p>
-
-<p>En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de
-melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no me amais por nada mas, Sir George?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como
-lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.</p>
-
-<p>¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien
-ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su
-íntimo ser le grita: <i>¡No es eso!</i></p>
-
-<p>La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor
-de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho.
-En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo
-que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero
-tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su
-asentimiento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.</p>
-
-<p>Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una
-sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su
-gracia benévola:<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo
-consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió
-con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis
-que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.</p>
-
-<p>Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á
-perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.</p>
-
-<p>Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas
-reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba;
-y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras
-llegaban á dolorosa angustia.</p>
-
-<p>¿Quién decia á aquella <i>mujer niña</i>, que nada sabia de pasiones ni
-concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no
-ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni
-introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter
-al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas
-aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera
-pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La
-gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas
-difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de
-ménos su reflejo.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-c" id="CAPITULO_V-c"></a>CAPITULO V.</h3>
-
-<p>No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor
-propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de
-su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen
-de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no
-tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de
-ridículos.</p>
-
-<p>Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor,<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span> habia entrado en
-casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el
-juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce
-que compensaba su <i>fiasco</i> en la emprendida conquista.</p>
-
-<p>Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el
-Marques habia tenido celos de este su apasionado.</p>
-
-<p>Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas
-quejas y recriminaciones.</p>
-
-<p>Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre
-reir del mal que causas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su
-cara de pero de Ronda gustarme á mí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No has hecho sino dirigirle la palabra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he
-reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero le has invitado á ir á Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco
-costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya
-sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y
-se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa,
-añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi
-corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido
-siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre
-me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le
-hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia;&nbsp;&mdash;&nbsp;me
-amedrentó;&nbsp;&mdash;&nbsp;el escándalo me asombró; soy dócil,&mdash;¡cedí! pero ceder no
-era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.</p>
-
-<p>Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.</p>
-
-<p>Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado
-el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que
-valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que
-sufrir; por eso siempre<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span> te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues
-de ello te doy mas pruebas.</p>
-
-<p>Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no
-vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de
-Clemencia, y los venia siguiendo.</p>
-
-<p>Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente
-reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la
-inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.</p>
-
-<p>Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.</p>
-
-<p>Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en
-un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija
-Constancia.</p>
-
-<p>Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero.
-En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.</p>
-
-<p>Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á
-Constancia á media voz:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada de estraño tendria, contestó esta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos,
-hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido
-no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere
-su marido, cate Vd. ahí un <i>divursio</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de
-informarse del estado de la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Salir de <i>sillas</i> y entrar en <i>Caribes</i>, esclamó Doña Eufrasia, que
-queria decir Scila y Caríbdis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes?
-preguntó Paco Guzman.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán,
-pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de
-<i>contraposicion</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span> ganso y vulgar
-criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora,
-¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla
-Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres
-Atlantes?</p>
-
-<p>Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué
-plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas
-aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican:
-cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay
-presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las
-rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan
-crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para
-tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como
-sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que
-dispusiese un degüello de inocentes viudas.</p>
-
-<p>Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por
-primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el
-de víctima, y esclamó con énfasis:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados,
-habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero
-en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y
-el fuego del cielo caerá sobre España como sobre <i>Coloma</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para
-remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia
-costumbre que existe en el Malabar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba
-en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene
-esposa...<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien, ¿qué?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A esta interesante viuda...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Bien, ¿á esa interesante viuda?...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues qué se hace?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se le enciende una hoguera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Todos sus males.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí; pues en esa hoguera se quema ella.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en
-la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria
-al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se
-da por Dios, no hay que creerlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En
-aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se
-avergonzaria de sobrevivir á su marido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por
-grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando
-el ton sentimental y declamatorio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No miente, mujer,&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar
-la disputa que le fatigaba oir;&nbsp;&mdash;&nbsp;me han dicho que eso se hace allá entre
-unos salvajes que no son cristianos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que
-Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa
-<i>Samblea</i> de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus
-herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion!
-Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer
-quemar á las viudas, porque eso se hace allá en <i>Malapar</i> ó en los
-quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de <i>mitacion</i>.
-¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa <i>Samblea</i> para qué ha nacido.
-¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las
-viudas! y ahora un<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span> mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo
-todo lo sé, ¿está Vd.?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de
-hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la
-<i>pendencia</i>, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna
-la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia
-grasa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré
-á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme
-á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El cuidado será mio, madre.</p>
-
-<p>Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y
-suavidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que
-mi hija es muy torpe.</p>
-
-<p>Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el
-rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que
-dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría
-acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se
-le vino á las mientes.</p>
-
-<p>Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun
-se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos
-al Marques de Valdemar, que no concurrió.</p>
-
-<p>Alegría estaba inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo
-en Sevilla, repuso Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso:
-algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á
-verlo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se
-haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de
-eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de
-la Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió
-Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es
-que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por
-ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud
-en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.</p>
-
-<p>La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase
-mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba
-mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los
-niños?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se los ha llevado, respondió Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se
-pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido
-que se hubiesen quedado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.</p>
-
-<p>Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella
-de agua, habia llenado un vaso, y se lo<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span> llevaba con mano trémula á los
-labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.</p>
-
-<p>Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion;
-lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por
-la mañana sobre su tocador.</p>
-
-<div class="blockquot"><p class="nind">
-«Señora:<br />
-</p>
-
-<p>»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y
-generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un
-deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la
-mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de
-existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas
-y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por
-su honor.</p>
-
-<p>»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un
-escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la
-conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita
-ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la
-madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es
-acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.</p>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">Valdemar.</span>»<br />
-</p></div>
-
-<p>Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de
-arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella
-posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo
-tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se
-sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que
-pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre
-cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las
-hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á
-las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas
-generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas
-de maldades que brotan las unas de las otras.</p>
-
-<p>Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone
-indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de
-esperar que la repentina ausencia del Marques<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> que se llevaba á sus
-hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su
-suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase
-de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba
-Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los
-requilorios que fragua la maledicencia.</p>
-
-<p>Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para
-Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones
-sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de
-ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco:
-la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la
-noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan
-despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la
-ausencia le habia enfriado.</p>
-
-<p>Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que
-no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era
-profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas
-cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se
-dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la
-vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun
-sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como
-amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco
-conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No
-habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino
-tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una
-nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las
-circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y
-aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo
-bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su
-voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan
-de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á
-perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden
-que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo
-que pa<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span>sado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin
-lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y
-nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á
-los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas
-tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen
-sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos
-hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el
-grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el
-arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á
-la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen
-que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada,
-basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el
-hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.</p>
-
-<p>El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito,
-esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por
-desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En
-los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor
-propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo
-desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia,
-comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la
-penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la
-verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo
-ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña
-las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides
-del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del
-indiferentismo:&mdash;¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre
-como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del
-orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya
-vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las
-instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol
-atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y
-llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, <i>reaccion</i> á las
-voces que gritan y gimen contra<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span> la tendencia que se afana en
-desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y
-cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán
-llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que
-empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat,
-Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-c" id="CAPITULO_VI-c"></a>CAPITULO VI.</h3>
-
-<p>Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la
-señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.</p>
-
-<p>Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á
-complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al
-vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su
-ansia.</p>
-
-<p>El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á
-casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así,
-como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la
-verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.</p>
-
-<p>La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de
-la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda
-jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman
-lo habia calificado de <i>don rehusado</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo,&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen
-la mayor parte de nuestras jóvenes,&mdash;¿qué me dice Vd. del lance de
-Alegría Cortegana?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada sé, hija mia, contestó D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ni afirmarlo tampoco, hija mia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sois muy prudente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Decid mas bien ignorante, Lolita.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vd. no sabe lo que no quiere saber.<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como
-sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel
-y tan inflexible.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os
-pronostico que no bailaréis bien la polka.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por qué no, hija mia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las
-piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta
-memoria.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para
-hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino
-en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas
-sobresaliente escolar de la universidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo
-Lolita, aludiendo al lance de Alegría.</p>
-
-<p>Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un
-oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino
-del lance de la Marquesa de Valdemar.</p>
-
-<p>Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores,
-supuestos, de lo acaecido que sabemos ya.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es cierto, dijo pausadamente D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los
-mas urbanos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo
-quiero decir que os han inducido en error.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de
-combatir.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es
-fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es
-falso, no es difícil combatirlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir
-cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span> todos, y por lo
-tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho
-á combatirla?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y
-atento, son inaveriguables como las del Nilo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo
-correr, puesto no les será posible atajar su corriente.</p>
-
-<p>Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora
-de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion,
-D. Galo, dijo Lolita.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese
-correspondido.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon,
-tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta,
-sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga
-mas, si los corazones ó los merengues.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora,
-lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de
-tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa
-hasta de insubordinacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y
-fijando en D. Galo sus airados ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La voz pública.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y vos lo repetís sin mas exámen?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo
-afirmais, señor mio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es
-eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se
-pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es
-responsable de ellas.<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span></p>
-
-<p>Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo
-dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é
-íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le
-daria una satisfaccion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero
-no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato
-sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino
-una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que
-he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del
-bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo
-inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el
-señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni
-autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su
-presencia á un ausente amigo suyo.</p>
-
-<p>¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á
-estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su
-mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento!
-Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la
-realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se
-conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien
-entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de
-corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.</p>
-
-<p>Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D.
-Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial,
-celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid
-de que se habia valido D. Galo para defender su causa.</p>
-
-<p>D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas
-inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de
-amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas
-partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un
-contrario.<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que
-vale mas maña que fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á
-votar una corona de copos de lana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un
-Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich
-arcádico.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por
-rabiosa envidia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido,
-cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.</p>
-
-<p>D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia
-con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.</p>
-
-<p>Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir
-á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la
-persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con
-una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí
-vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á
-ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de
-nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo
-tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?</p>
-
-<p>Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases
-francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas
-las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo
-para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian
-que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas?
-Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia
-de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas
-portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido
-ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del
-burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del
-Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno
-de los inventores del<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span> <i>Vaudeville</i>, furioso contra los calmosos y
-graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste
-y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?</p>
-
-<p>Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese
-mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al
-ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo
-será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni
-nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas
-pasiones ó peores tendencias.</p>
-
-<p>Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de
-malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir
-unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar
-las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente
-pasatiempo de observarlos con benévola risa.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-c" id="CAPITULO_VII-c"></a>CAPITULO VII.</h3>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia
-sentada á su chimenea con un folleto en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta,
-contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero ¿qué palabras?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas
-humanitarias.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que
-por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia
-en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la
-constante protectora de los pobres?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span> me es
-antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me
-parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal.
-¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus
-riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los
-justos,&nbsp;&mdash;&nbsp;difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja,&nbsp;&mdash;&nbsp;y la
-voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera
-la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud!
-¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay
-ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas
-pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo
-respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y
-el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo
-con mi gran poder?&nbsp;&mdash;&nbsp;Pero Sir George, Dios permite que de cuando en
-cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son
-una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres
-cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los
-ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus
-cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que
-yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la
-cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y
-se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de
-Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con
-nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa
-ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir
-George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia,
-fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la
-humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que
-bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y
-aun necesario.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos
-castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span> despierta á la inerte
-humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad?
-¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien,
-Sir George!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas:
-<i>alcanza el fin sin reparar en los medios</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, no hagais de una máxima de política,&nbsp;&mdash;&nbsp;generalmente seguida
-por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas
-achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro
-país,&nbsp;&mdash;&nbsp;un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad.
-Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que
-se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta
-creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que
-guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria
-Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais
-<i>pasos de la humanidad</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á
-hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera
-anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin
-jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor,
-parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella
-parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama
-sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres
-y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y
-que ha llegado á su apogeo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe
-preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que
-vulgarizarse con una <i>banalidad</i>, repuso Sir George, y añadió alzando
-los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte
-años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es ca<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span>paz
-de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es
-hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por
-ella sino algunos españoles.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh!
-¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes
-en sus bosques y desiertos!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los
-países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un
-sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue.
-Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni
-ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud
-primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor
-propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos
-políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á
-rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la
-<i>adorada patria</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones,
-repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo
-pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz
-de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que
-los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo
-escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.»
-Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais
-bueno?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Creo que no deberia haber ninguno, señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis,
-os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden
-social, señor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo
-gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en
-los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado,
-ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos
-observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha
-dicho: <i>El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional
-del<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span> género humano</i>, y dice igualmente el profundo Balzac: «El
-cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo
-de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor
-elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...<a name="FNanchor_10_10" id="FNanchor_10_10"></a><a href="#Footnote_10_10" class="fnanchor">[10]</a></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia,
-esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la
-vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo
-Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida
-<i>divertida</i>, sino hacerla <i>buena</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta
-santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en
-que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los
-otros?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así es.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido
-vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no
-llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre
-él resbalan los verdaderos!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil
-enumerarlos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí,
-con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á
-inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos
-participais.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;De ser espansiva me retrae vuestra ironía.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Clemencia,&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo Sir George, tomando á uso de<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span> su país la mano de
-su amiga, que apretó con cordialidad,&nbsp;&mdash;&nbsp;creed que el hombre viejo se
-despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante
-vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No dudo que sea vuestra intencion, pero...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es
-natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma,
-halcon?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe
-precaver.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y
-desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué
-es lo que vos llamais goces?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los
-que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad
-esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da
-formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo
-que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica
-con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se
-esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma;
-ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre
-brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es
-sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez
-y debilidad del hombre y sus obras...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido
-los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el
-Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos
-observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido
-admirar <i>gozando</i>; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha
-sur<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span>gido en mí este pensamiento: ¡<i>Qué de afectacion hay en los poetas!</i></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse
-cuenta del por qué su corazon se le oprimia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los
-hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y
-de las cosas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los
-solteros? preguntó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo,
-han marcado bien esto, llamando al casamiento <i>hacer un fin</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven
-que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno
-padre de familia.</p>
-
-<p>Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y
-amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero no teneis madre?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! sí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y no la amais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo mismo que ella á mí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No sé, creo que viaja ahora por Italia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y padre?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á
-Tipoo-Saib una inmensa fortuna.</p>
-
-<p>Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era
-bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen
-las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su
-hijo de ladron, era una <i>despreocupacion</i> que llenó de espanto á la
-sencilla Clemencia.</p>
-
-<p>Sir George prosiguió sin notarlo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su
-sable, me cupo en herencia; no sé que hacer<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span> con él, ni sé si mi ayuda
-de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia,
-admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo
-que no queda en el corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena
-voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una
-de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis,
-os acordaréis de mí, Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan
-bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi
-corazon.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la
-firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado;
-ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la
-voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria
-que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como
-el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un
-gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es
-vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha
-proporcionado ningun goce.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas
-ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span> pedido: yo tendria un gran
-placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los
-otros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso
-de pedir prestado es una cosa demasiado <i>fashionable</i> para un hombre
-oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas
-antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese
-la preferencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuánto es su sueldo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Siete mil reales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Os chanceais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No por cierto.</p>
-
-<p>Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que
-Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que
-tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué
-cosa risible encierra en sí el número de siete mil?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que
-doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para
-condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan
-inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio,
-ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas
-de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de
-igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo
-mas encopetado de vuestra sociedad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte
-por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas
-mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas
-prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y
-despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro
-país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y
-algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo
-que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una
-sábia cul<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span>tura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con
-contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien
-del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer,
-porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La
-aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no
-existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos
-en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad,
-es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero señor, en Inglaterra...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos
-millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder
-siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais
-al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir,
-que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa
-posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con
-alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo
-aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme
-á mí, pobre anticulta española?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de
-hecho y de derecho cuando son bellas, en todo <i>Olimpo</i>. Mas vos
-entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no
-tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de
-Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una
-lágrima,&nbsp;&mdash;&nbsp;sabeis que las aborrezco,&nbsp;&mdash;&nbsp;sino por una sonrisa. Pero decidme,
-¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto
-encomiais?</p>
-
-<p>Clemencia calló un rato.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exal<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span>tados sentimientos
-religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No hablemos de religion, Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la
-conciencia del hombre, señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el
-que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos
-móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno
-malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no
-tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la
-Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la
-religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á
-enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que
-alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano:
-<small>EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI</small>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado
-por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre
-quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega
-de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus
-Apóstoles, no alcanzará esa redencion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena
-y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos
-seréis la bienaventurada, y yo el condenado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes
-temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de
-abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento
-al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas
-prácticas; como mucho<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span> será disculpado al que, como vos, tuvo la
-desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y
-embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y
-escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en
-los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la
-abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de
-espíritu.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, Clemencia,&nbsp;&mdash;&nbsp;preguntó Sir George, frio á toda la misericordia,
-dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,&mdash;¿de qué goces religiosos
-hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los
-cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si
-sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del
-Alcoran.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus
-argumentos con iguales armas como leal.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George,
-despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro
-esclavo, hacerme vuestro prosélito?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del
-asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien
-esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios
-mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni
-la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la
-familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le
-distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese
-caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado
-Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este
-hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y
-que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden
-llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este
-hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del
-siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha
-juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué
-títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este
-hombre, tipo del espíritu<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span> de la época, ¿este es el fruto que ha sacado
-del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio
-escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría
-del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el
-corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero
-esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador
-nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos
-en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias
-creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los
-habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre
-que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin
-faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y
-que no sabe dónde le lleva.</p>
-
-<p>Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia
-le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero
-su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil
-retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas <i>caían
-por dentro</i> ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con
-argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica
-de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria
-indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon,
-despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon
-en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?</p>
-
-<p>Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara,
-pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos
-y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis,
-añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la
-mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar
-la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber
-encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es
-preciso<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span> que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra
-del pauperismo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu
-propio, con vuestra propia mano.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No creo que esto sea preciso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni
-cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien
-que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la
-causa de la preocupacion de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en
-este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á
-pedir,&nbsp;&mdash;&nbsp;en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para
-recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así
-como para mover nuestros corazones á lástima,&nbsp;&mdash;&nbsp;es que deis mañana
-limosna al pobre mas infeliz que halleis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Os complazco en ello?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es una órden?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, una súplica.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Prefiero la complacencia á la obediencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero para qué lo deseais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en
-hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que
-cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-c" id="CAPITULO_VIII-c"></a>CAPITULO VIII.</h3>
-
-<p>A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su
-corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse
-ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.</p>
-
-<p>Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas
-un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante
-para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse
-con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto
-á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion
-variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel
-de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los
-de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo
-que le era desconocido.</p>
-
-<p>Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto
-interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he
-cumplido exactamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy
-hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi
-culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he
-sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en
-obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé
-mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse
-á mi salud.</p>
-
-<p>Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.</p>
-
-<p>Sir George las notó y le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué teneis, Clemencia?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella
-retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os
-falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo
-de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á
-tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber
-ántes á qué nos arrastra?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas
-de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo
-que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se
-hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la
-obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y
-caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George,
-pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el
-lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social,
-sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral.
-¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco
-desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor
-esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta
-del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente
-como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es
-el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras
-partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais;
-porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su
-dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo
-su serio sarcasmo Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con
-su bondadosa risa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras
-doctrinas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es
-hermana de la inocencia.<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio
-para esas gemelas?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que
-ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante
-malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.</p>
-
-<p>Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que
-era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto
-en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta
-levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se
-habia desprendido.</p>
-
-<p>¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las
-causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas
-irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen
-marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos
-espera!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué queréis decir con eso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon,
-Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me
-daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque
-disimulada, susceptibilidad Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no
-tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de
-vuestras usuales y bonitas espresiones, <i>premiosa</i> para corresponderle y
-hacerme dichoso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo
-yo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Lo seriais quizas con el Vizconde?&nbsp;&mdash;&nbsp;repuso Sir George con mal
-disimulada altanería,&mdash;¿y heme engañado creyén<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span>doos sincera? ¿Será el
-instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y
-falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase,
-lo que no creo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve,
-cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se
-puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo
-delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos
-inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un
-tipo poco bello.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir
-George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no
-podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la
-desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el
-cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos
-perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues,
-que el amor se acaba?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un
-estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El
-amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas
-pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que
-tienen la romancesca candidez de jurarse ese <i>eterno amor</i>, esa utopia,
-ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer
-soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa
-felicidad que fundais en amarme?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, <i>vous
-m’amuserez</i>, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa
-originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias,
-y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme,
-entretenerme, y alegrarme.<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas
-tengo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto
-mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas
-virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad
-cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la
-tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida
-Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de
-virtudes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Entre estas, supongo que será la primera la constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler
-Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló
-sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era <i>tout
-passe, tout casse, tout lasse</i>; y no querais hacer de la vida real un
-idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y
-sentimientos del mundo en que vais á entrar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué mundo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único
-teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis
-pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó
-Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que
-han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no
-para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo
-exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto.
-¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí
-una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la
-vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os
-satisface.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que
-disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento
-que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes,
-cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me
-hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que
-solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la
-agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la
-paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del
-mundo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á
-<i>filer le parfait amour</i>, y á regar las flores de lis de la fidelidad
-con el Vizconde en su castillo de Belmont?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará
-de todas mis demas virtudes.</p>
-
-<p>En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron
-por el Vizconde.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar
-mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso,
-Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su
-presencia á vos como á mí. Negáos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Imposible! ¿Desbarrais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero
-orgullo inglés Sir George.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas
-y ridículas esterioridades.</p>
-
-<p>Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora,
-tengo derecho á ser exigente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi
-carácter y de mi línea de conducta.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Me rechazais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.</p>
-
-<p>En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas
-fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.</p>
-
-<p>La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span> sintió un dolor
-tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer
-firme:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Os vais?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí señora, me precisa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis
-pronto?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No depende de mí, señora.</p>
-
-<p>Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-c" id="CAPITULO_IX-c"></a>CAPITULO IX.</h3>
-
-<p>Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su
-noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan
-abstraida que no lo notó.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobre mujer! murmuró al fin.</p>
-
-<p>Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer
-alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un
-observador como el Vizconde entreveia lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas
-mujeres, en una sola les sois semejante.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿En cuál, señor?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir
-entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla
-verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta
-profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en
-vuestro porvenir patente á mis ojos, como<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span> lo está lo pasado. No es hijo
-del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un
-cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas
-susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!...
-y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo
-egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho
-amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais,
-suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni
-ménos para erigiros en mi censor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro
-mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha
-identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon
-en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura
-suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para
-siempre!</p>
-
-<p>Clemencia calló inmutada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el
-ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal,
-Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la
-perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para
-hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á
-tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres
-felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus
-semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no
-comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y
-desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero
-cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro
-unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con
-un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro
-corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que
-haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque
-se va?<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta
-esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado
-dudas al Vizconde.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al
-hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si
-es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una
-con mi ausencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! ¿tambien partís?</p>
-
-<p>Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de
-un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con
-luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas
-importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos,
-deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona
-á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á
-dejarse matar, no por la causa del <i>órden</i>, sino por la causa del
-<i>bien</i>. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me
-llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado
-padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal
-alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero
-vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos...
-¡compadecedme!</p>
-
-<p>El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre
-sus manos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo
-me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí?
-pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin
-que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el
-dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos
-méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque
-resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes
-femeninos, esparcís la felicidad que de ellos di<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span>mana, al rededor
-vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas
-tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida
-hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria
-sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el
-porvenir!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis
-ahora es afligirme.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo conozco,&nbsp;&mdash;&nbsp;repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño
-de su dolor;&nbsp;&mdash;&nbsp;lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que
-gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y
-sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis
-nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio,
-graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas
-bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona.
-¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del
-que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.</p>
-
-<p>Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano
-que besó, y salió sin añadir mas que:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Adios... Clemencia!</p>
-
-<p>Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se
-encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se
-encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres
-que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo
-porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño?
-¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas
-escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el
-amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y
-justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las
-cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon?
-¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como
-opina el Vizconde?<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span></p>
-
-<p>Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta
-escrita en frances.</p>
-
-<p>(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en
-su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la
-visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su
-despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian
-abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el
-fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los
-novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó
-bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga,
-se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales
-cristianas, de rosario en mano.</p>
-
-<p>«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una
-imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener
-derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con
-vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con
-sus artificios mundanos.</p>
-
-<p>«Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y
-chilindrinas, hay uno que dice <i>ó César ó cesar</i>, y del que os
-suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea <i>esclusiva</i>
-y <i>decididamente</i>, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas
-cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo
-sentimental.</p>
-
-<p>«Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme
-al espíritu del Evangelio.</p>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">George Percy.</span>»<br />
-</p></div>
-
-<p>Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva
-como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus
-oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.</p>
-
-<p>Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran
-mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener
-curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida
-internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada
-la insolencia;<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span> pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo
-contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia
-en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es
-que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.</p>
-
-<p>Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que
-no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una
-indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas
-terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y
-sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con
-valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo
-lo analizó con firme é imparcial voluntad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber
-sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia
-voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta,
-al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde
-que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un
-cuerpo vivo á un cadáver!</p>
-
-<p>Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su
-razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro,
-á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió
-serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos,
-irrevocable la resolucion que le sugirieron.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en
-mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: <span class="smcap">¡SI LUCHA HAY
-HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON!</span> Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la
-siguiente carta:</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra
-carta, <i>ó César ó cesar</i>, opto por lo segundo.</p>
-
-<p>«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy
-es un fallo.</p>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">Clemencia Ponce.</span>»<br />
-</p></div><p><span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span></p>
-
-<p>Al mismo tiempo escribió esta otra:</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas
-saberlo, tu prima</p>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">Clemencia.</span>»<br />
-</p></div>
-
-<p>Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su
-ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se
-arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta
-escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido
-quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No
-obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia
-causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á
-amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las
-heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio:
-hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de
-vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado
-con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No
-obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama,
-y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á
-quien quiere!&mdash;¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese
-tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que
-empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos
-y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!</p>
-
-<p>Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la
-señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero
-reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar
-pasar el primer ímpetu de indignacion.</p>
-
-<p>A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma
-respuesta.</p>
-
-<p>Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á
-Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde
-no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles
-ingleses, y se quedó dormido.<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span></p>
-
-<p>A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.</p>
-
-<p>Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente
-parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un
-epíteto agrio.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su
-director.</p>
-
-<p>Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.</p>
-
-<p>A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.</p>
-
-<p>Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion
-que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su
-tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te
-sientes indispuesta?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no
-tienen siempre los mismos matices, Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!</p>
-
-<p>Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ahí está uno, dijo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y qué quiere? preguntó Constancia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Toma! un ratito de conversacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¿quién es ese?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El señor de Jesu-Cristo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la
-cara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pues no se llama <i>asin</i>? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir
-George, Monte-Cristo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿E qué le digu?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Madre, le recibiréis?<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz
-suplicatoria.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí
-acompañando á tu madre; que para eso he venido.</p>
-
-<p>Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en
-el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado,
-donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero
-sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió
-Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría
-<i>intercaliente</i>; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un
-dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero <i>cuidiau</i> que no
-saben curar.</p>
-
-<p>La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser
-lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse
-mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas
-tijeras.</p>
-
-<p>Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo
-infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la
-asistencia de la enferma.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las
-gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de
-su lado.</p>
-
-<p>Sir George saludó y salió.</p>
-
-<p>Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar,
-el coraje y el temor.</p>
-
-<p>Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de
-sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas
-instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en
-un momento de celos y de despecho.</p>
-
-<p>Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia des<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span>prestigiado con
-ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso
-pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas
-falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.</p>
-
-<p>La venda habia caido.</p>
-
-<p>Clemencia no contestó.</p>
-
-<p>Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer
-de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el
-poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida
-por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y
-esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas
-elocuente.</p>
-
-<p>Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.</p>
-
-<p>Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en
-aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era
-posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida
-habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes,
-todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el
-solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia
-intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil,
-su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus
-sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la
-vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia;
-en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.</p>
-
-<p>¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de
-reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo,
-el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de
-un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió
-carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de
-pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en
-vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo
-convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span></p>
-
-<p>Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos
-eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su
-corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj
-estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó
-por reirse con agrio desden de sí mismo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado!
-¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando,
-sino apagando la llama de la vida!</p>
-
-<p>Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que
-le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que
-queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido
-sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su
-melodiosa arpa.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_X-c" id="CAPITULO_X-c"></a>CAPITULO X.</h3>
-
-<p>Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en
-camino.&nbsp;&mdash;&nbsp;Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun
-pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe:
-¡dichoso yo si puedo serle útil!</p>
-
-<p>Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de
-bien venida, cuando le dijo Clemencia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, ¿me amas aun?</p>
-
-<p>Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada
-pregunta, que no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi
-respuesta, dijo este al fin.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Será entónces para oirla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y con qué objeto quieres oirla?<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo
-para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le
-correspondo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de
-emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de
-que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad,
-segun yo la entiendo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por
-comparacion?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te
-confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo
-desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues,
-dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no
-creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan
-ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo
-bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo
-alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que
-razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la
-vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el
-sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir,
-Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero,
-me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.</p>
-
-<p>Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si
-tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada
-en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor:
-<i>la virtud sin clemencia, es orgullo</i>. Entre los dos, Pablo, no debe
-haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una
-profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de
-nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible,
-nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar
-y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer
-esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo
-corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que
-una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los
-inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no
-saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este
-barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir
-de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado
-con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que
-sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para
-el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la
-delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo
-primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy
-á ser con entusiasmo, eres lo segundo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido
-Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno!
-Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la
-constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con
-que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por
-compañero ante Dios y los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos
-para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el
-cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?</p>
-
-<p>Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de
-Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo
-apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un
-capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse:
-es porque <small>TU</small> eres <small>TU</small>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que
-te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son
-gratos y simpáticos y me seducen, porque <small>SON TUYOS</small>. Róbete un mal tu
-hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te
-amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria
-muerta... como te he amado sin esperanzas!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida,
-apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles
-manos de su primo.</p>
-
-<p>Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con
-ellos café.</p>
-
-<p>Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando
-despues de una corta tempestad le sonríe el sol.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del
-rico licor que se hace en el puerto de Santa María.</p>
-
-<p>Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir
-George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la
-delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un
-sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á
-la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la
-llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño.
-Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y
-tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un
-áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que
-contestó con sincera y alegre exaltacion:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis
-<i>olimpiadas</i>. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser
-sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No atino, hija mia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso:
-no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.</p>
-
-<p>D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su
-copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la
-sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia
-particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él
-cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así
-como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente
-colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido.
-Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del
-casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea,
-el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Que os casais? ¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las <i>sábias</i>, ademas de otras
-desgracias, la de ser incasables?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero...&nbsp;&mdash;&nbsp;dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y
-esperando aun que lo dicho fuese una broma;&mdash;¿pero... quién es el
-dichoso?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El dichoso,&mdash;¡porque á fe mia que lo será!&nbsp;&mdash;&nbsp;es D. Pablo Ladron de
-Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.</p>
-
-<p>Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo,
-felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están
-predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que
-vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los
-modernamente designados con la palabra inglesa <i>dandy</i>, se decia á sí
-mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas
-de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y
-la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo
-contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he
-llevado chasco!&nbsp;&mdash;&nbsp;no seré el solo.<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero
-que no me importa que todo el mundo lo sepa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca
-sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.</p>
-
-<p>Vamos, añadió para sí,&nbsp;&mdash;&nbsp;echando con disimulo el lente á Pablo, que en
-este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia
-una carta á Villa-María,&nbsp;&mdash;&nbsp;sobre gustos no hay nada escrito. Cuando
-Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me
-persuado que no está á la vista.</p>
-
-<p>A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la
-tertulia de la señora de la Tijera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de
-cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.</p>
-
-<p>Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es triste ó alegre?&mdash;¿Pertenece á la alta ó baja política?&mdash;¿Es
-jocosa ó fúnebre?&mdash;¿Es auténtica ó apócrifa?&mdash;¿Es de luengas
-tierras?&mdash;¿Es indígena?&mdash;¿Es redonda?&mdash;¿Ha venido por telégrafo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para
-dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista,
-sorprendente y estraordinaria.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ea pues, decidla, esclamó Lolita.</p>
-
-<p>D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así
-el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona,
-que es fama que apunta, pero no da.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la
-curiosa Lolita.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya
-en el arte de <i>hacer efecto</i>.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en
-mi vida he tenido un dolor de cabeza,<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> el de Dolores. Rojas, contadnos
-qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.</p>
-
-<p>Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se
-puso á talrarear:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Las solteras son de oro,<br /></span>
-<span class="i0">Las casadas son de plata,<br /></span>
-<span class="i0">Las vïudas son de cobre,<br /></span>
-<span class="i0">Y las viejas de hojalata.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las
-viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados
-quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los
-veinte mayos no les hacen caso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia,
-dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la
-publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.</p>
-
-<p>D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en
-los que procuró poner toda la chuscada indígena.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién es el engañado? añadieron ellos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.</p>
-
-<p>D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la
-atencion, repuso:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sabed que se casa Clemencita.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Con Carlo-Magno? añadió otra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en
-el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe
-D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span> sabeis que tengo mala suerte y
-solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como
-manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con
-quién fué á dar la <i>sábia</i>! ¡Yo que creí que se iba á casar con el
-Liceo!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara
-que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran
-boda; ¡ya sabe!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos
-justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion
-el que <i>saben mucho</i>, en el sentido que se ha dado á esta frase comun,
-que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal
-y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de
-aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar
-sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las
-otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán
-ciertamente á otras causas que á su <i>saber</i>, en el sentido dicho. Quien
-atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la
-señora de la Tijera.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd.,
-Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos
-elogios de V.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia
-Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que
-procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el
-pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la
-Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad;
-así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que era mucho, repuso D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero
-de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia,
-observó D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.</p>
-
-<p>¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y
-malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los
-hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de
-rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa
-que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco
-precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido
-suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad
-y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la
-prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu
-hostil que en ella vive y reina.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_XI-c" id="CAPITULO_XI-c"></a>CAPITULO XI.</h3>
-
-<p>Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir
-George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de
-Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este
-le recibió con una de esas sonrisas <i>prestadas</i>, como dicen los
-franceses,<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span> que era en el altivo <i>Gentleman</i> la espresion de la suma
-distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se
-desdeñaba de desdeñar.</p>
-
-<p>D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si
-bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la
-satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer
-confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que
-apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una
-sonrisa colosal:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar?
-respondió este.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba
-era que en esto tuviese interes Sir George.</p>
-
-<p>D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza
-y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa
-grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é
-interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su
-observacion benévola y superficial.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos,
-Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente
-coronela Matamoros?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo,
-buena como no otra.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y
-tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas
-señas quién pueda ser.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues os diré&nbsp;&mdash;&nbsp;D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho&nbsp;&mdash;&nbsp;que
-es nuestra apreciable y querida Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.</p>
-
-<p>No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al
-ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos
-centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span> malhadado esplin de
-los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si
-buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló...
-¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso!
-¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió
-volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su
-rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues
-nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y
-ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto
-aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia,
-que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no
-seria capaz de publicarlo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Ella os lo ha dicho?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y
-serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado
-Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un
-tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para
-regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.</p>
-
-<p>D. Galo hizo una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria
-abreviar la conferencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que no se lo digais.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que
-habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual
-sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro
-favor.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No teneis sino mandar: ¿cuál es?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que os vayáis.</p>
-
-<p>D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la
-aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos
-tamaños, y estuvo por sacar el lente.</p>
-
-<p>Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que
-cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso
-quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está
-un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate
-mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de
-cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en
-latin <i>altea</i>) os harian mucho bien.</p>
-
-<p>Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir
-George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?</p>
-
-<p>D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le
-hubiesen pinchado con una espada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo
-deseo que Vd. se alivie.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes
-Sir George.</p>
-
-<p>Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió
-en la calle en seguridad, cuando se dijo:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de
-los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano
-suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo
-que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no
-estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!</p>
-
-<p>D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal
-rato que he pasado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Porqué... Clemencita?...<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span></p>
-
-<p>D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que
-decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo
-inquietaba.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sabeis que soy callada, D. Galo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de
-atencion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ciertamente. ¿Y bien?...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues sabréis que D. Jorge estaba...</p>
-
-<p>D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un
-ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No os entiendo, repuso Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia,
-añadió: ¡ebrio!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ebrio! esclamó esta asombrada.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Como una cuba, repuso D. Galo.</p>
-
-<p>D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia,
-y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en
-el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le
-chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado
-al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así
-fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y
-duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la
-esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un
-corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras,
-resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.</p>
-
-<p>Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se
-paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas
-violento, y se decia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<i>¡Joué!</i> ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer
-que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el
-campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y
-ascético! ¡Y<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las
-españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables.
-La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido
-ni aun verla!&nbsp;&mdash;&nbsp;Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No
-conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo
-mujeril.&mdash;¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué
-insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana,
-ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido,
-inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha
-dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se
-aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una
-criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la
-melodía! Ella me rejuvenecia&nbsp;&mdash;&nbsp;á su lado vivia&nbsp;&mdash;&nbsp;me animaba&nbsp;&mdash;&nbsp;me
-alegraba!&nbsp;&mdash;&nbsp;sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado
-tinte.&nbsp;&mdash;&nbsp;Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus
-piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer
-no era artificiosa,&nbsp;&mdash;&nbsp;no; pero está llena de supersticiones:&nbsp;&mdash;&nbsp;me habria
-querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace
-que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado
-á mí mismo la patente de machucho.</p>
-
-<p>Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un
-cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia
-Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge
-tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo
-conocido fastidia, busquemos lo desconocido.&mdash;¡Ah! añadió, ¡solo una
-cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz
-fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero
-no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable,
-mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad.
-No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span> era á
-costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, <i>all
-is well that ends well</i>. Bien está lo que en bien acaba.</p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_XII-c" id="CAPITULO_XII-c"></a>CAPITULO XII.</h3>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto
-ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos
-aquí?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por
-complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en
-donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha
-apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama
-con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que
-no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver
-esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de
-dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el
-bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos
-de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida,
-se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su
-madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la
-sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las
-dejé mis habitaciones?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu
-ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las
-huellas de mis lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y mis flores?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Y mis pájaros?<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion
-la mano de su primo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo,
-debo partir mañana.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal
-suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias,
-será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha
-servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar
-doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad
-que allí ostentaron sus anteriores dueños.</p>
-
-<p>Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus
-primas.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa
-boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á
-tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente
-desconfiado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se
-desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió
-Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no
-deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion
-el campo?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si se <i>entierra</i> la mujer que se propone vivir en el hogar de sus
-mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los
-hijos que Dios les diere, creo, Alegría,<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span> que toda buena casada vestirá
-con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que
-la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar
-de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de
-esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las
-diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así
-truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer?</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de
-renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano,
-sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania,
-viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo
-pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando;
-nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en
-Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega,
-eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una
-degeneracion, pues no es noble el que es descastado.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos
-lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas
-aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya,
-vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para
-desarraigar añejas preocupaciones!...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su
-lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y
-dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia
-con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran
-cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la
-casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso
-que durará mucho, Alegría.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los
-años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás
-cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan
-bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu
-conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un
-tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle
-grata.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas
-mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que
-aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante
-frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el <i>santo yugo ligero</i>;
-pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera;
-pues te entierras en vida, ¡<i>séate la tierra ligera!</i></p>
-
-<p>Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La
-víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no
-estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la
-mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una
-boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto;
-no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros
-que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos
-faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto
-de veros...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una
-sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos
-habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Y como no os veo ya en casa de Clemencia...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la
-tarde y noche.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿No me habeis dicho que se casa?</p>
-
-<p>D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero
-ya lo sabe todo el mundo.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os
-puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de
-mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que
-Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo
-como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él
-hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones
-que lo sorprendieron en su cortijo...</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas <i>bandoléricas</i>; estoy
-cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte
-de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la
-primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio
-milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.</p>
-
-<p>Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas,
-dijo Sir George con la mayor seriedad.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando
-que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da
-vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D.
-Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de
-su talento y buen juicio.</p>
-
-<p>Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor,
-que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo:
-Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia <i>corta gana</i> de ser
-el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.</p>
-
-<p>Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á
-rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es
-posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar,
-deseo recibir de vos un favor.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D.
-Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á
-los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo
-de presentar una en mi nombre á Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe
-mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba
-regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D.
-Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única...
-y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge.</p>
-
-<p>D. Galo se estiró los picos del chaleco.</p>
-
-<p>Sir George calló un rato, y dijo despues:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que
-encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno
-grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias,
-yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve
-una mia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo
-buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo
-competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta
-ocasion no es necesaria.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente
-demas.</p>
-
-<p>Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su
-corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.</p>
-
-<p>Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener
-noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que
-nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en
-la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en
-favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien
-pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir
-despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un
-obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion
-vanidosa, deseando<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en
-la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello,
-poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y
-el arrepentimiento de un noble pecho.</p>
-
-<p>Sir George salió aquella noche para Cádiz.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron
-Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.</p>
-
-<p>Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa,
-pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y
-sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus
-nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los
-demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!</p>
-
-<p>Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y
-pedirle los dulces de la boda.</p>
-
-<p>Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló
-en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves
-fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle
-la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que
-conserva y da culto el amor á los recuerdos.</p>
-
-<p>Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que
-despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á
-pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba
-con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su
-escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella
-gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que
-la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no
-acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que
-deseo verla.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza
-conserva la infancia á tu corazon.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span></p>
-
-<p>Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la
-cedulita y leyó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<span class="smcap">Bien sabe la rosa...</span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;<span class="smcap">¡En que mano posa!</span> esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y
-apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.</p>
-
-<p>FIN.<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span></p>
-
-<h3><a name="EPILOGO" id="EPILOGO"></a>EPILOGO.</h3>
-
-<p>Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero,
-Clemencia y Pablo.</p>
-
-<p>El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado;
-pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la
-felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes
-periódicos que habian acabado de llegar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el <i>Univers</i>, periódico
-frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¿Quién? preguntó Clemencia.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;El Vizconde Cárlos de Brian.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él?</p>
-
-<p>Pablo leyó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;«En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso
-demócrata el Visconde Cárlos de Brian.»</p>
-
-<p>«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo
-perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia
-parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las
-jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á
-viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á
-Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En
-él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su
-mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida
-doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se
-encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que
-salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla
-de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?</p>
-
-<p>Pablo leyó:</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;«El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su
-Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su
-tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso
-de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe
-del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un <i>meeting</i>
-protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de
-diferentes tamaños, como al Lord Wellington.</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué
-seriedad inventas y emites despropósitos!</p>
-
-<p>&mdash;&nbsp;No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy
-probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá,
-despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y
-quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en
-los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas <i>ilustrado</i> y
-<i>tolerante</i> de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de
-cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías
-anglicanas, ¿qué se podrá dudar?</p>
-
-<p>Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse.
-¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro
-pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais
-esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será
-el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su
-madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span></p>
-
-<hr />
-
-<h3><a name="SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS" id="SIGNIFICADO_DE_ALGUNAS_PALABRAS_ANDALUZAS"></a>
-SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS.</h3>
-
-<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary="">
-<tr valign="top"><td align="left">Abuhado.</td><td align="left">Hinchado.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Abulaga.</td><td align="left">Planta silvestre cubierta de espinas.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Acigüatado.</td><td align="left">Parado, caido.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Arrapiezo.</td><td align="left">Malo y despreciable sujeto.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Arrufar.</td><td align="left">Dar empuje ó alas.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Arrumales.</td><td align="left">Disparates.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Ayuncar.</td><td align="left">Meterse en trabajos.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Cancha ruda.</td><td align="left">Chica y gorda.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Chirlar.</td><td align="left">Hablar mucho y recio.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Coca.</td><td align="left">Cabeza.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Colodra.</td><td align="left">Vasija que usan los pastores para ordeñar.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Cuaco.</td><td align="left">Rudo, ganso, ignorante.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Fanganina.</td><td align="left">Enredo.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Frondío.</td><td align="left">Mal humorado, displicente.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Gallorear.</td><td align="left">Levantar la voz con impertinencia.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Gatatumbas.</td><td align="left">Zalamerías.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Glotura.</td><td align="left">Golosina.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left"><span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>Macarroño.</td><td align="left">Corrompido, probablemente tomado de <i>macarse</i>, empezar á podrirse.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Mamanton.</td><td align="left">El que saca ó chupa de otro.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Marchanas.</td><td align="left">No irse las marchanas significa <i>tener presencia de ánimo</i>.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Monfí.</td><td align="left">Nombre que se daba á ciertos moros <i>malhechores y bravíos</i>.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Mormajo.</td><td align="left">Gran disparate.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Musitar.</td><td align="left">Murmurar entre dientes.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Paripé.</td><td align="left">Engaño hipócrita.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Pechecilla.</td><td align="left">Nombre que se da á las que ya no son niñas ni mozuelas aun.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Rala.</td><td align="left">Caridelantera, raida.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Raspagona.</td><td align="left">Descarada, atrevida.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Reana.</td><td align="left">Círculo grande y apiñado de gentes.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Rejo.</td><td align="left">Robustez, fortaleza.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Sibibil.</td><td align="left">Pito de alcacer.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Singuilindango.&nbsp; &nbsp; &nbsp; </td><td align="left">Cualquier cosa.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Surrar.</td><td align="left">Encogerse de miedo.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Toston.</td><td align="left">Pedazo de pan tostado que se come con aceite y sal.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Tuero.</td><td align="left">Leño cortado para quemar.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Turraco.</td><td align="left">Arbol caido, sin rama ni corteza.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Tute.</td><td align="left">Juego de naipes ordinario.</td></tr>
-<tr valign="top"><td align="left">Visorar.</td><td align="left">Lo mismo que columbrar.</td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span></p>
-
-<p class="fint">Leipzig.&nbsp;&mdash;&nbsp;En la imprenta de F. A. Brockhaus.</p>
-
-<div class="footnotes"><p class="cb"><a name="NOTAS" id="NOTAS"> </a>NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_1_1" id="Footnote_1_1"></a><a href="#FNanchor_1_1"><span class="label">[1]</span></a> Estas losas se suelen poner en Sevilla en la pared, en años
-de grandes avenidas, para marcar la altura á que han llegado las aguas.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_2_2" id="Footnote_2_2"></a><a href="#FNanchor_2_2"><span class="label">[2]</span></a> Casa de locos de Sevilla.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_3_3" id="Footnote_3_3"></a><a href="#FNanchor_3_3"><span class="label">[3]</span></a> Hemos disfrazado, no solo el nombre de este individuo, sino
-hasta el del pueblo en que vivia, por ser un exacto retrato, hasta en
-los mas mínimos pormenores, de una persona que murió ha pocos años: los
-cuales todos hemos recogido con la mayor y mas esmerada exactitud.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_4_4" id="Footnote_4_4"></a><a href="#FNanchor_4_4"><span class="label">[4]</span></a> Frase con que significa el pueblo en Andalucía, lo que es
-estranjero dándole como se ve, un sentido directamente contrario: acaso
-sea síncope mal hecha de <i>es de otra nacion</i>.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_5_5" id="Footnote_5_5"></a><a href="#FNanchor_5_5"><span class="label">[5]</span></a> Es decir, á arar y cavar.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_6_6" id="Footnote_6_6"></a><a href="#FNanchor_6_6"><span class="label">[6]</span></a> Este rasgo referido exactamente, pertenece á la difunta y
-poderosísima viuda de Quintanilla de Carmona, que fué una de las señoras
-mas nobles, ricas y caritativas de Andalucía. Muchas veces hemos oido
-preguntar á los estranjeros y personas ricas de las ciudades, ¿en qué
-gastan esos poderosos propietarios de tierra adentro, que viven
-oscuramente, sus rentas? Respondan los pobres de los pueblos á esta
-pregunta.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_7_7" id="Footnote_7_7"></a><a href="#FNanchor_7_7"><span class="label">[7]</span></a> Volvemos á repetir que este rasgo como todos los demas
-concernientes á D. Martin, son ciertos y positivos.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_8_8" id="Footnote_8_8"></a><a href="#FNanchor_8_8"><span class="label">[8]</span></a> Mr. Charles Dupin, Presidente de la comision francesa en la
-Esposicion de Lóndres, dice en su carta de despedida al príncipe
-Alberto:
-</p><p>
-«Frances, y vano de este título, no somos de esos cosmopolitas que
-suprimen la patria con el fin de sustituirle abstracciones nebulosas y
-adorar las <i>tablas-rasas</i>: no somos de los que sueñan para el porvenir
-con la desaparicion de los tipos sagrados que caracterizan las razas y
-las nacionalidades. La hermosura y la grandeza desaparecerian de la
-tierra, si por un efecto de magia sus montes se allanasen, sus valles se
-alzasen á la par que los hombres, adquiriendo los animales y las plantas
-todas las mismas proporciones y el mismo color, se adaptasen á un mismo
-nivel, el que se pareceria á la nada á fuerza de uniformidad.»</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_9_9" id="Footnote_9_9"></a><a href="#FNanchor_9_9"><span class="label">[9]</span></a> De la que ha dicho Víctor Hugo:
-</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Peuple à peine essayé,<br /></span>
-<span class="i0">Nation du hasard,<br /></span>
-<span class="i0">Sans tige, sans passé,<br /></span>
-<span class="i0">Sans histoire, et sans arts.<br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">Pueblo apénas ensayado,<br /></span>
-<span class="i0">Nacion de casualidad,<br /></span>
-<span class="i0">Sin un tronco, sin pasado,<br /></span>
-<span class="i0">Ni historia, ni artes jamas.<br /></span>
-</div></div>
-</div></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_10_10" id="Footnote_10_10"></a><a href="#FNanchor_10_10"><span class="label">[10]</span></a> Dice Custine: Solo en el órden religioso es permitido
-esperarlo todo del porvenir y prohibido retrogradar hácia lo pasado:
-solo ahí está el progreso indefinido, porque la religion es una cadena
-cuyo primer eslabon está en la tierra, y el último en el cielo.</p></div>
-
-</div>
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Clemencia, by Fernán Caballero
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CLEMENCIA ***
-
-***** This file should be named 60284-h.htm or 60284-h.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/6/0/2/8/60284/
-
-Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions
-will be renamed.
-
-Creating the works from public domain print editions means that no
-one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
-(and you!) can copy and distribute it in the United States without
-permission and without paying copyright royalties. Special rules,
-set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
-copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
-protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
-Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
-charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
-do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
-subject to the trademark license, especially commercial
-redistribution.
-
-
-
-*** START: FULL LICENSE ***
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
-Gutenberg-tm License (available with this file or online at
-http://gutenberg.org/license).
-
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
-electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
-all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
-Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
-terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
-entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
-a constant state of change. If you are outside the United States, check
-the laws of your country in addition to the terms of this agreement
-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
-the copyright status of any work in any country outside the United
-States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate
-access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
-whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
-phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
-copied or distributed:
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
-from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
-posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
-and distributed to anyone in the United States without paying any fees
-or charges. If you are redistributing or providing access to a work
-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
-word processing or hypertext form. However, if you provide access to or
-distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
-"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
-you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
-copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
-form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
-License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
-that
-
-- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is
- owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
- has agreed to donate royalties under this paragraph to the
- Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments
- must be paid within 60 days following each date on which you
- prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
- returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
- sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
- address specified in Section 4, "Information about donations to
- the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."
-
-- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or
- destroy all copies of the works possessed in a physical medium
- and discontinue all use of and all access to other copies of
- Project Gutenberg-tm works.
-
-- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days
- of receipt of the work.
-
-- You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
-forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
-both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
-Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
-Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
-collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
-works, and the medium on which they may be stored, may contain
-"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
-corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
-property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
-computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
-your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium with
-your written explanation. The person or entity that provided you with
-the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
-refund. If you received the work electronically, the person or entity
-providing it to you may choose to give you a second opportunity to
-receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy
-is also defective, you may demand a refund in writing without further
-opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
-WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
-WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
-If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
-law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
-interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
-the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
-provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
-with this agreement, and any volunteers associated with the production,
-promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
-harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
-that arise directly or indirectly from any of the following which you do
-or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
-work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
-Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
-
-</pre>
-
-</body>
-</html>
diff --git a/old/60284-h/images/colofon.png b/old/60284-h/images/colofon.png
deleted file mode 100644
index 25939f8..0000000
--- a/old/60284-h/images/colofon.png
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/60284-h/images/cover.jpg b/old/60284-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 020ed30..0000000
--- a/old/60284-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ