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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Dulce Dueño - -Author: Emilia Pardo Bazán - -Release Date: November 24, 2017 [EBook #56044] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - OBRAS COMPLETAS - - DE - - EMILIA PARDO-BAZÁN - - CONDESA DE PARDO-BAZÁN - - TOMO 38 - - - - - EMILIA PARDO-BAZÁN - - CONDESA DE PARDO-BAZÁN - - OBRAS COMPLETAS.--TOMO 38 - - - DULCE DUEÑO - - - [Imagen: colofón] - - - MADRID - _V. Prieto y C.ía, editores._ - Princesa, núm. 77. - 1911 - - - Es propiedad. - Queda hecho el depósito - que marca la ley. - - Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4. - - - - - DULCE DUEÑO - - - - -I - -_Escuchad._ - - -Fuera, llueve:--lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye -del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose -con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo -tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo -sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la -mesa un redondel anaranjado. - -La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa -cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea -destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á -la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros -cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de -pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica, -traslucen con vítreo reflejo los carmesíes; en el manto, los verdes de -esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la -cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que -lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro -obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas. -Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos. - -En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la -mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón -inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una -nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa -sobre el esternón bombeado. - ---¿Leo ó no la historia?--urge el eclesiástico, agitando un rollo de -papel. - ---La patraña--critica el seglar. - ---La leyenda--corrige la enlutada--. Cuanto antes, señor Magistral. -Deseando estoy saber algo de mi Patrona. - ---Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las -noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna -suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi -trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la -sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un -poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando -prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos. - -La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El -vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo -rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al -transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de -sentimiento ó de estética que el autor reprobaría. - -«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está -claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que -después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano -_el Perseguidor_, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta -que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un -período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y -hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se -atrevió á batir moneda con su efigie...» - -Interrupción del vejezuelo. - ---Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de -autenticidad... - ---Déjeme oir, amigo Polilla...--suplicó la de los fúnebres crespones--. -Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico. - ---¡Bah! Este personaje no es... - ---¡Silencio! - -«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo -fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan -sólo martirizando y matando cristianos; hasta los espíritus cultos de -aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso -fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse -de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y -malicias filosóficas...» - -Inciso. - ---La estrategia de nuestro buen amigo don Antón... - -Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso. - -«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde -que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta -que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el -primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto -para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco -de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela -resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si -bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas, -tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en -otros países. - -Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse -que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los -festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban -los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...» - ---Vamos, las primeras beatas...--picoteó Polilla. - -»--Es el caso que griegos y judíos--hiló el Magistral--andaban, en -Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los -cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías -hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, -llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el -emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor -Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y -luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana, -surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos -cristianos infelices...» - ---¿Eeeh?--satirizó don Antón. - ---¡Digo, felicísimos! - -»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus -artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales. -Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal -época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta -la personalidad de Catalina. - -Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo -era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto, -las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y -poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la -estatua de Memnon. No extrañemos que Catalina profundizase ciencias y -letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica -estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas -egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado. - -Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida -y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y -se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos -bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y -al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á -aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por -afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la -pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del -Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy, -calabazas... - -Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las -magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no -era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los -dioses, consagraba culto. - -Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los -_procos_ ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las -superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y -acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su -existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias -antiguas, cuando muy pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la -riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los -esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina -un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines -y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se -escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas -de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por -vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los -patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la -Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á -Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el -marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían -decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de -imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los -demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre -enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras -maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á -reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un -helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus -frondas...» - ---¿No has notado una cosa, Lina?--se interrumpió á sí mismo el -Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono. - ---¿Qué es ello? - ---Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la -presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la -vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de -exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído. -¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados -á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha -de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de -su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y -por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la -tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la -Santa... - ---Me gusta Catalina Alejandrina--. Lacónica, la enlutada parpadeó, -alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas. - -»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio, -entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían -pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en -vinagre por la hija de los Lagidas--lo cual parece fábula, pues el -vinagre no disuelve las perlas--, y la otra presea, una cruz con asas, -símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla -era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello--fíjate, el -artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle--hubo en la -ciudad una oleada de envidia y de malevolencia. ¿Se creía la hija de -Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran -Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que -contrastó el poder de Roma? - -Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija -del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas -nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil! - -También los cristianos--aunque por razones diferentes--miraban á -Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la -princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no -ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó -más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía -la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las -estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni -perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le -aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías -supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del -desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los -solitarios...» - -Polilla, que trepidaba, salta al fin. - ---Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no -se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste -bubónica! - ---¿La peste bubónica?--se sorprende Lina. - ---La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto -después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se -momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos -perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios -aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de -embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y -cátate la peste, que aún sufrimos hoy. - ---Bien...--Lina alzó los hombros.--Con usted, Polilla, se aprende -siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza. - -«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por -entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se -llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una -columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como -sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de -la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase -el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba -«ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se -posaba en la palma seca del solitario. - -Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite -del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las -llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...» - ---¡Absurdo!... - ---¿Polilla?... - -«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después -con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que -Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados -con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen -verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y -rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones, -rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le -alabe y toda nación le confiese. - ---Reza también--imploraban--por que toque en el corazón á la princesa -Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es -enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más -hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad -mejor que muchas cristianas! - ---Sólo Dios es belleza y sabiduría--contestaba el asceta--. Pero -despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en -el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su -hirsuta barba negra--la idea de la princesa le acudía, le inquietaba--. -¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del -Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria... - -Una madrugada--como á pesar suyo--Trifón descendió de la piedra, -requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta -llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía -canópica, y derecho, sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta -exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor -de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa -inmediatamente. - ---Decidla--insistió el solitario--que no vengo á pedir limosna, ni á -cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme. - -Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por -el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de -sayo de Cilicia. - ---Llevad el recado--insistió el asceta--. Ella no se reirá. Yo sé de -amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica. - ---¡Es un filósofo!...--secretearon respetuosamente los esclavos; y se -decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los -filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros. - -Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un -grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre. -Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro -y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados -prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos -de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía -en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia -profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el -broche divino de una existencia tan colmada como la suya; y el amor -faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos -países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de -su padre. - ---¿De qué me sirve--pensaba--tanto libro en mi biblioteca, si no me -enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en -las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento -que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de -esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe -Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del -mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad -de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es -en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la -irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita -encandilarse en amor... ¿Por quién?... - -Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el -pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á -solas.--Volvió la tristeza pronto. - ---¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino -transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame -conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis -huesos! - -El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se -acercó. - ---Desea verte, princesa, cierto hombrecillo andrajoso, ruin, que dice -que sabe de amores. - ---Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas. - -Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo -de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró -atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas -cejas que le comían los párpados rugosos. - ---Siéntate--obsequió Catalina--, habla, di de amor lo que sepas. Por -desgracia no será mucho. - ---Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto. - ---¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y -baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no -sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los -viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que -merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de -ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar -al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán, -te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le -fregamos. - ---Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los -cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El -cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña -hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre? - ---Como quieras... Háblame desde alguna distancia... - ---Catalina--empezó preguntando--¿porqué no te has casado con ninguno de -tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos. - ---Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que -mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado -que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo -encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir -que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún -no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes. -No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al -través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz -adorable, cuyo encanto serpea por mis venas. - ---Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo. - -En vez de mofarse, Catalina se volvió grave. - ---Dime tu nombre, Padre--exhaló, casi á su pesar. - ---Trifón, el penitente. - ---¿Cristiano? - ---Sí. - ---¿Santo, como dicen? - ---No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido -de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y -aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su -aguijón. - ---Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa -Belleza, que es la única verdad... - ---¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su -pareja, que gime por el amado! - ---Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana -de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar. - ---¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla? - ---¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre? - ---La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el -que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su -hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un -acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar. -Ama. - ---Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un -príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón. - ---Es un príncipe asaz más ilustre que tú. - ---¡Eso, sólo Maximino César!--se ufanó Catalina. - ---¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!--Mañana, á esta misma -hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin -ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una -construcción muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El -lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo? - ---No sé lo que sea temor. - ---Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más -allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en -cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con -recatados pasos, se acerca ya á tu corazón... - -Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la -fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado. - -Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente. - - * * * * * - -La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é -ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las -maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos. -Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga, -inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos, -con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas -tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber -conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de -vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina -africana... ¿Sería alguno como éstos quien la aguardase en la ermita? - -Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo -receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase -á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el -martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el -filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa -ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el -amor la devorase, cual un león irritado y regio!--Siguió las -instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como -en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo, -ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta -de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres _fellahs_, el -pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las -esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la -planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así -disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines -que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle, -torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida -especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente -opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros. - ---Oiga usted--zumbó Polilla--. ¿Sabe usted que me va pareciendo un poco -ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa... - ---Don Antón--amenazó Lina--, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso -ignominiosamente. - -«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre -pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones -semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del -granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos -reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones -menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la -delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo -de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de -fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal. -Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió -Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida -espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del -numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita, -encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la -tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina -temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido. - -Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del -santuario asomaba una colina inculta, y en un repliegue del terreno se -agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio -de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de -caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par -en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un -ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la -del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de -nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara, -sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el -insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura -y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de -amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños: - -Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la -tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos -diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos -semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica. -Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los -nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus -caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual, -se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges -tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y -ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo, -Caricles, Gnetes, sus contertulios, erizados de argucias, duchos en la -controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus -labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un -murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que -flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo -inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y -en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se -destacaba era una sola palabra: _Amor_. - -Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos, -murmuraban también con tenaz canturia: _Amor_; y sus ojos chispeaban, y -sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y -lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus -bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente. -Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría, -galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras. -La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa, -era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su -huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras, -en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las -Esfinges.--Me desnudarán--calculaba--, y cuando caiga avergonzada y -rendida, se cebarán en mí...--El horror activaba su paso. Los pies, -rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se deshonraban con el -polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:--¡Mis pies de -rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me -estropean! ¡Ay pies míos! - -Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció -un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía -dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no -había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la -blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de -luminares, á guisa de manto triunfal. - -Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló -rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una -luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz -crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego, -reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso, -abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella -parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el -sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza -portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni -había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en -estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con -fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las -diversas razas del mundo. Los comparaba á las creaciones de Fidias, á -los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así -se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más -sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión -superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían -claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color -de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo -misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El -mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto -que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los -del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió -que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra, -inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se -volvió hacia la mujer que le acompañaba. - ---¿Es esta la esposa, madre mía? - ---Esta es--afirmó una voz musical, inefable. - ---No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo... - -Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se -extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra. - -Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda -de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no -recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de -bochorno. ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la -ilustre, no era bella, no podía inspirar amor! - - * * * * * - -Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de -Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus -zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la -majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban -roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las -esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil -solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de -bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se -contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo -que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía -vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos -la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una -beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural -faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro -calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de -Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes, -lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No -ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de -la plebe encubría el brillo de la hermosura! Era preciso buscar al -aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se -ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario. - -Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del -siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su -cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura, -franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían -temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos -de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían -cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con -amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía -provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas -llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando -descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un -pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva. - -Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó, -implorante, al asceta. - ---Vengo--impetró--á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi -serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime -dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le -parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo -parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...» - -Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo: - ---Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de -Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde -se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo». - ---Pues yo recuerdo--asintió Lina--otra poesía de Lope de Vega, si no me -engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que -pondera el Fénix á la hija de Costo! - - «Una palma victoriosa - de tres coronas guarnece, - por sabia, mártir, y virgen, - cándida, purpúrea y verde...» - ---Hay una glosa--advirtió Carranza--que la llama «segunda entre las -mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de -inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio -que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido -autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas -célebres se cuentan por centenares. - ---¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con -filósofos!--criticó Polilla--. En fin, siga usted, amigo Carranza, que -ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los -sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo Luis XV, -portador de una guirnalda con un lazo azul... - ---Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable--aseveró Lina--. -Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando. - -«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el -polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la -esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un -instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del -asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando -movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina -rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos -al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula -consagrada: - ---Ven, hermanito... - -Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró -fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la -bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su -picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto -replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo -remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía -sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á -la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin -ruido, lo mezcló y amasó con el óleo. - ---Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta mixtura sobre tu corazón -enfermo--mandó imperiosamente. - -Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al -percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su -corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar -delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase -su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron -manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel -entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se -embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose, -funcionó activo. - ---Soy cristiana--protestó sencillamente, comprendiendo. - -Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían -á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua -en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la -virgen, profiriendo las palabras: - ---En el nombre... - -Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario -anunció: - ---Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El. - ---¿Y le pareceré hermosa?... - ---Tan hermosa, que se desposará contigo. - -Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio -empezaba á revelarse. Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo -se lo mostraba resplandeciente. - ---¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?--interrogó sumisa. - ---Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega -el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando -vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti. - -A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito. -Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y -golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de -uvas, sin sed. - ---Refrescad vosotros... Todo es para vosotros... - -Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni -calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de -preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir, -su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo? -¿La juzgaría hermosa _ahora_? ¿No proferiría, con igual desdén que la -vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es -hermosa, no la amo? - -Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges, -impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud -no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía -sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la -espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor se deshojaban, lánguidas del -calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de -glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el -cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas -por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina, -que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita -libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se -encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta -superior á sus antiguos númenes. - -Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba -desierta... - -¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía! - -Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó -tiernamente.--Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y -no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de -mí el alma para irse á tí...--Así se dolió Catalina, hasta que el sol se -puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el -cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los -cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un -momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no -la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la -mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la -princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su cabeza -se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas -ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de -Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no -se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer -avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano -derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El -niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente, -encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó -al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á -colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se -apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto -duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez. - -Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban -miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos -cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el -Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los -arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de -monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles, -cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona -viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus -moradores. - -En su lecho, la princesa concilió un sueño aun más reparador y total -que el de la noche anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales -creemos haber nacido nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir -viene traído por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en -los ojos, hizo centellear en su dedo el anillo de las místicas nupcias. - - * * * * * - -No había transcurrido mucho tiempo desde la expedición de Catalina al -desierto, cuando el César asociado Maximino el Dacio,--residente en -Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio, Constantino y -él, había correspondido Egipto á su jurisdicción--, celebró una fiesta -orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos -militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de -entonces, cortesanas y sacerdotisas de Hathor. - -Después de las primeras libaciones, mientras servían en copas de ágata -el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que produce una exaltación -entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se contaba de nuevo en -su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento, exclamó que era -mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de noticias, -sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta de -los galileos. - ---¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la orgullosa?--se sorprendió -Maximino. - ---La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh, César! Porque, en su -culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada á la -Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen -campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo--añadió -afectando rudeza--, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas -hasta á los estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de -cierto en este rumor. Las divinidades altas te tienen encomendada su -defensa. - -Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había envidiado -amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio -corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le -había desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los -conmilitones de Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos, -pues habiendo llegado á ser uno de los placeres y deportes imperiales el -presenciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos para este fin, -podría darle á César el antojo de ensayar con algún amigo y convidado. -Los martirios eran más divertidos que las luchas de la arena, y cuando -se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de poder verla, -arrancadas sus ropas á girones por el verdugo... - -Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba en Catalina; no -tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez en la -vida, y en su energía y resolución, dotes que la hacían curiosa y -deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué de Cleopatra, y -de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el sentimiento -patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de los -tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus -continuos viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra -los emperadores asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin -dignarse contestar al chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho -irrupción en la sala del festín las bailarinas con sus crótalos y sus -túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de -Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de Italia, -alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta, -llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se -encogía de hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se -obedeciesen las disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras -el espíritu de la vid corría por sus venas y tupía con vapores su -cerebro. - -A la mañana siguiente, el César repitió la orden. Tenía ya despejada la -cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estómago. Un -tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era desagradable la -perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto cruel latía -un designio político, dictado por el continuo recelo que le infundía la -ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio. - ---Redacta--ordenó á su secretario--un edicto para que sean ofrecidos -sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose -las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del -Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que -Alejandría pertenece á Maximino. - ---¡A quien Jove otorgue el imperio entero!--deseó Hipermio, que estaba -presente y conocía lo que soñaba César. - ---¿No te di anoche esta orden misma? - ---Sí, Augusto; pero ya sabes... - -Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula: - ---¡Cúmplase! - -En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron -altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato -becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los -hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba, -porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á -sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el -Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y -los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de -torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á -Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas -repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo -sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio, ó pasaban -erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles -empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad: -tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á -sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los -encarcelados, y preguntó ansiosamente: - ---¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto? - ---No, Augusto--satisfizo Hipermio--. Delante de su palacio no hay altar, -á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan -espléndida morada exige. - ---Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre. - ---César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan -pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de -decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso -sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él, -representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es -la princesa. - ---¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella -y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las -supersticiones del populacho judío. - -Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba -sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia, -sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente -ataviada: su túnica sérica, del azul de las plumas del pavo real, -estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como -entonces se labraban, en la forma llamada _tabla_. Sus pliegues -majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos -de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las -cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente -superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La -inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes -dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría. -Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre -perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo -delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería, -semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, -recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende -del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero -árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del -andar. - ---César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas. - -Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se -envolvió en él y se sentó tranquila. - ---Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo. - ---Te engañaron, emperador...--Después de breve pausa.--Yo era cristiana -ya, desde hace años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio -de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la -Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese -teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme. - ---No soy tan docto como tú, princesa--ironizó el César, mortificado--, -pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que -acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza -del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el -deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de -mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca. - ---Maximino--se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo--, yo, -en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto -te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son -verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas -materiales... y sacrificaré. - ---Catalina--insistió Maximino--, ya te he dicho que no soy un retórico -ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería -desigual. - ---No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me -ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca. -Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh, -Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho. - ---Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas Atenea, pero algún sabio -habrá en el orbe que sepa más que tú! - ---Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón. - ---¡Dichoso él!--Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran -galantes y rendidas sus palabras. - -El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina -del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había -molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de -Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de -Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y -otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La -recompensa sería pingüe. - -Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y -roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el -César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos -cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa. -Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros -guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en -Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina -que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber -que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora, -alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y -se dejó aromar la barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de -Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se -creía que la mujer es muy capaz de discurso. - -El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el -patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y -traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y -pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se -prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería -grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba -vengarse con venganza sabrosa. - -Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la -izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió -entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la -puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó -ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina -no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su -fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión -de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de -perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos, -como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba -su frente ancho aro todo cuajado de inestimables _barekets_ ó esmeraldas -orientales, traídas del alto Egipto, cerca del Mar Rojo, donde, según -la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los -feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía -en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los -ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las -esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos, -herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su -mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la -gloria. - -Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador. -Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso -Gnetes, el denunciador de Catalina. - -Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo -aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la -forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma, -buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta -fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de -Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la -concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto, -fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante, -increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator, -árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las -generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á -la blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos. - -Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había -profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia -suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo -Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios, -perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía -otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos -la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura -humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen. - -Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni -negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo -oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con -terror maquinal:--¡Ha blasfemado del divino Arquero! - -Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él -tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora -y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta, -le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido, -reflexionaba:--¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?--Y se propuso -disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia. - -Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y -cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los -_Tratados_ del maestro. Ocurrió entonces algo singular: Catalina -solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y -tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando -en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á -las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo -la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el -Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco -celestial por medio del éxtasis y de la contemplación. - ---Tú, como yo, Necepso--urgía Catalina--; tú, discípulo de Plotino, has -sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste -vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar -de bañarse en ella. - -Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que -envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía -detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no -era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo -expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los -impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela -consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio -imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de -maderas bien olientes. - -Necepso, entretanto, se rendía.--Si el cristianismo es lo que enseñó -Plotino, cristiano soy--confesaba--. Catalina se acercó á él, -sonriente, fraternal. - ---Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por -mí cuando llegues á su lado... - -Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio -y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas -venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo -brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le -amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa -pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta -que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos. - -Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta -alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran -vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á -rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la -palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban -los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de -pelea. Lo que hicieron varios fué--sin atacar á la princesa ni al -cristianismo--desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus -maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la -ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de -Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos los -seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la -caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un -partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y -del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre -la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había -internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría -ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó -Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia -y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la -virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que -su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un -hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque -invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:--Rabí -Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable -doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no -quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación -posible.--Catalina asintió con la cabeza. - -La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de -la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se -estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se -regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún faltaban los -sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado. -Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó -rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían -bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera. -Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas, -fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio -al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la -substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se -desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito -sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo -está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa, -hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un -pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático -sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz -de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo -se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único -mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce; -sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los -camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló -de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida. -Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su -providencia; y que, después de proclamar la ley moral, por no renegar -de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y -describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes -los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su -última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla -ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género -humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de -ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el -escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! -Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis -agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del -amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad, -había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza -de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por -fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no -había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba. -¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir -sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:--¡Habrá -muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de -cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir! - -El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que -hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su -espíritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que -le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que -si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le -enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus -pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando: - ---¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre -de fuego! - -Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza, -hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del -todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar -también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le -ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la -cabeza para mirar á su vencedora. - -No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el -auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas, -que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y -creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies -absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una -cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto, -ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces, -se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la -cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército; -y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos podían -profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien -nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César, -se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión. -Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de -sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina--también -irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo -virginal--les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio, -con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al -desollar al sátiro hediondo y chotuno--ya no se contuvieron los oyentes, -y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.--¡Salud, -salud á Catalina!--se oía repetir--. Y los cristianos, envalentonados, -enloquecidos--añadían:--¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa -Trinidad sea contigo!--Algunos de los procos, que en primera fila -esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por -contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en -triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores. - -El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la -señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia -despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó -de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el -palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se -había quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el -sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas -emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos -trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de -anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que -Maximino usaba cuando se sentía exhausto. - ---Bebe, princesa--dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija -de Costo--. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me -parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes. -Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo -entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud -del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se -inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como -este vino de la Mareótida que te ofrezco. - -Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios. - ---No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del -suelo. He vencido. - ---Has vencido--replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por -ella empezada--. No cabe negarlo. - ---Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el -socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro -convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean -llevados al suplicio. - ---Oye, Catalina...--Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de -ágata, que soportaba el refresco--. Escúchame, que en ello nos va mucho -á los dos. - -Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza, -aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían -religiosamente. - ---Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que -adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el -último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte -mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían -fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los -oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó -mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina; -sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en -vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos -gloriosos de Roma. - -La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima. - ---Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas -nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres -fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti -para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz -de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera, -desfallezco y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la -sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio -Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á -nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me -apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco -sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti -seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio, -el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien -aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución, -toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia! -Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un -templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra -con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para -ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza. -No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se -te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su -ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia, -garfios y potro?» - ---En Dios y en mi ánima juro--no pudo reprimirse más Polilla, que no se -desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza--que su -Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un -libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo su Alteza doña -Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no -oyen razones... - -»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con -la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la -importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían -madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el -momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha -continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en -una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad, -confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el -solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes, -á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de -la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la -nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño -íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente -magnífico que el Serapion,--del cual se decía que estaba colgado en el -aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco -buey idolatrado.--Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion, -expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una -palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César -cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías, -confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde -las frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién -impedía?... - -Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie -de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón, -repetía, lento, suave, como una caricia celeste: - ---Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía... - ---Maximino...--articuló pausadamente--, me avengo gustosa á lo que me -ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en -cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible, -que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...--Y, moviendo el -dedo, hizo fulgir el anillo. - ---¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como -nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen? - ---Virgen soy y seré. - ---Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta -crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me -satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo. -Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que -amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo, -princesa? - ---César...--insistió ella rechazando la copa--no sé si me creerás; yo, -aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que -ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la -horrible suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución. -No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el -Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta -transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que -se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano. -¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua--, -pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido -tentada, pero resistiré. - -Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni -el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos -férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca -los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso -temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la -crueldad, á la venganza de los débiles y miserables. - ---Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas -é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste -tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu -escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de -exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el -jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á -un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh, -Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu -zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada. Pero respeto también -la ley, y he de cumplirla. - -Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron. - ---Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al -Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso. - - * * * * * - -Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó -y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César -se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se -descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la -virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra -el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo, -desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y -los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas. - -Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía, -Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen -del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se -reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al -encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos -de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los -incomprensivos y los que comprenden con finura. La princesa no apartó -los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra -maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima -representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador -y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo. - -El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de -sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan -elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez -del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata, -y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una -fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y -aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y -maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona -la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y -disfrutando de los sabores sanos de la vida? - -Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la -princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin -indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la -interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista; -una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo -Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual -se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus -estudios elevados que aristocratizan el pensamiento; del arte, de la -belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la -cincelada copa... - ---A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti! - -La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en -una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por -precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla -libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos -funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes, -primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, -deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras -convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no -debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en -su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina -pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la -había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio, -ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito -instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el -tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se -interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los -serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial -necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que -con la orgullosa Catalina.--Y les quedaba la esperanza de una -retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer. -La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de -deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los -cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la -doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un -complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo, -si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del -Galileo! - -Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó: - ---El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla -con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en -que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes. - -Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una -noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario -irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los -nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á -los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el -escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la -mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y -donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y -los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto -antes, y sin aventurarse á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó -reniega ó perece. - -Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase -de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había -inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro -de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero -despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida. - ---El dios Apolo--se envanecía el negro--hubiese debido pelar así á -Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más. - -El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que -idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano -sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar, -pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo -su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un -aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al -exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente -encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela -ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto -cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho, -espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del -infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas -de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna herida -mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los -clavos y las puntas. - ---Hoy mismo--insistía angustioso el pontífice--. En la demora está el -riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa, -dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio, -coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no -las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden? -Pues basta. - -Y Gnetes sugirió: - ---Al terminarse el banquete, el César _estará en estado de -presenciar_... - -Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía -el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos -diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al -patio, donde sería juzgada. - -Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que -moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el -supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo: - ---No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver -el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú -eres la hermosura...--La hermosura ideal, Catalina--creyó oir dentro de -su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma -estoica. - -A pesar del secreto que se había querido guardar, detrás de la baranda -se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus -torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta -cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las -antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y -una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido. -Sonreía. - -Maximino presidía el tribunal--, pero sin conciencia de lo que iba á -suceder--. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas, -completamente embriagado, y destuetanado además por caricias -diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo -de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía -una soñarrera momentánea. - -A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto. -Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta -lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga, -obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la -peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la -princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder -mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo -del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de -derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin -sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica, -ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al -amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables -_barekets_, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes -peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal -enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón -rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor, -espantado, se acercó al oído de Taonés. - ---No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las -esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire... - ---¿Te han enloquecido los dioses? - ---¡Te digo que son aire!... - ---¡Aún es tiempo, Catalina!--reiteró el pontífice, insinuante.--Aún -puedes postrarte ante los Númenes sagrados. - -Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina: -Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino -pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el -extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la -borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para -cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice -dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y -agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la -manivela, puso las ruedas en movimiento. - -Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y -empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un -hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas. -Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la -virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si -buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario -alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina -horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto, -hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los -sacerdotes del Arquero... - -La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á -Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el -final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil -partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de -la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso. -Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz -apresada.--Voy á ti--suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable -anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo -describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público, -cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al -César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y -la cabeza de Catalina, que cayó cercada del magnífico sudario de su -cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de -perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre -bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y -en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá -de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor -lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y -plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe, -perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo -ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas, -refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que -había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de -sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella -sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los -exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y -entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la -conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces -secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á -su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La -guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los -amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras -luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito, -castañeteando los dientes de terror frío, el puro cuerpo de cisne -flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por -los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se -expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y -el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del -emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era -más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de -la loba--y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin, -á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.» - -El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por -concluso. - ---¿Y el cuerpo de la princesa?--preguntó Lina--. ¿Qué paradero tuvo? - ---¡Ah!--respiró el Magistral--. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo -enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda -los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no -sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el -siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas -no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de -Hipatia. - ---¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le -suprimió Constantino. - ---Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había -ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder. -Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre -los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta -extensamente en las notas. - ---Todo está muy bien--criticó Polilla--, excepto los milagros. -Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la -historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos -aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda -de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de -progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y... - ---Y polilla...--sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la -cara acartonada del amigo. - -Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle. -Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos -de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba -al través de los vidrios. Y se oía: - - _Que Catalina se llama--sí, sí..._ - _que Catalina se llama..._ - ---Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;--y las arrapiezas, con su -argentado timbre de voz, continuaron: - - _Mandan hacer una rueda,_ - _mandan hacer una rueda_ - _de cuchillos y navajas--sí, sí..._ - _de cuchillos y navajas..._ - -Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de -fuentes vivas, inagotables: - - _Levántate, Catalina,_ - _levántate, Catalina,_ - _que Jesucristo te llama--sí, sí,_ - _que Jesucristo te llama..._ - -Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban -en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la -canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo: - - _Que Jesucristo te llama..._ - - - - -II - -_Lina._ - - -I - -¡Como una bomba, el notición!--Cuando traen el telegrama, estoy aseando -mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba -antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre, -extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú, -instituída heredera universal. Vente. Farnesio.» - -¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco -efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué -me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión, -no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada -al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que -los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo -cual me río de la historia). - -Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo al telegrama de Farnesio, -me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, -negra también, y, á pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo á -la estación. El tren pasará á las siete. Me siento en un banco, ante la -puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca, -columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla -mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por -primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi -saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica -una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de -tomarla, echa á correr. La riqueza asusta, por lo visto... - -Iré en primera, por primera vez.--Voy sola.--El departamento está rancio -de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios, -embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico. -Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas -equívocas. - -¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor -auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y -un sudor frío me rezuma en la sien.--¿No podría el telegrama ser broma -de un chusco?--Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es -verosímil, aún resulta más inverosímil _lo otro_. Tan grande es mi -angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla. - -El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes -del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, á -la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio, -marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela -en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros -pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada, -inmóvil. - -Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora -que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que -no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de -mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de -inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos; -aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí, -¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. -Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los -dos meses de mendigar, ya no mendigo--, ya he resuelto mi problema. Lo -malo fué que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de -«señorita decente». Arrinconada, sólo pude vegetar...--Rectifico otra -vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida -imaginativa se ha dado! - -Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo -monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras, porque á -mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí á -chicoleos de la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían conducirme á una -boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos, -encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy -volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que desde luego se -declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando -no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y -aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de -historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el -sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos -catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el -Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas -muchas cosas que nunca verán la luz, á no ser que ahora, siendo yo -millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la he zampado; por -cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en -los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño -de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las -doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo -fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las -representan pluma de ganso en mano, tintero al margen, y sobre el fondo -de una librería de infolios de pergamino. - -Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos manuscritos del -Archivo, las hijas del Juez, que son las _lionnes_ de Alcalá, y que me -tienen tirria, me han puesto de mote _la Literata_. ¡Literata! No me -meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, -y entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que -para eso no me da el naipe. - -Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito -ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento de goce y de -superioridad. - -En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro Farnesio en persona, con -cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se -indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de -heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena -cada tres minutos. - ---¿Qué dices de esto?--suspira hondamente al cogerme las manos. - ---¿Qué he de decir?--contesto.--¡Pobre tía! Que le llegó la suya. - -Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y, -alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de -una berlina, acolchada como un estuche de joya. _Es mi berlina, es mi -lacayo._ ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del -fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos, -me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote -de los bayos fogosos. - -El intendente de doña Catalina me mira á hurtadillas, me estudia. D. -Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge -indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo -de amigo y administrador, misterioso y enfático, D. Genaro Farnesio pasa -por mejor enterado de lo que atañe á la casa de Mascareñas, ¡retumbante -apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del -palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse -sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá -cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?» - -Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el -solemne portero--de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras -bien lustradas--ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he -venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á -Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por -qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias. - -Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y -Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se -le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco -ronca me preguntaba: - ---¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud? - ---Muy bien, tía... - ---¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida? - ---No señora--respondía, mortificada y altanera--. Tengo lo suficiente. - ---¿Eres buena? ¿Te portas bien? - ---Se me figura que sí... - -Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once -años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco, -y me ponía en las manos un objeto, diciendo:--Para tí.--La primera vez, -un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de -esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último -regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento -pasión magdalénica. - ---Bueno, bueno--farfullaba la señora al murmurar yo las -gracias.--Cuidado, no nos dés disgustos... - -Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía -Catalina...» - ---Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...--Y me -retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los -parientes pobres, de los protegidos humillados.--¡Ahora! - -Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol, -con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la -muñeca, y, en voz baja, balbuciente: - ---¿Quieres _verla_? - -Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote... -¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme -pueril, ni medrosa! - ---Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro. - -La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de -doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y -colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el -fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil -lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas -están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la -media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla -con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos -se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la -difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han -amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su -fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el -que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del -muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en -un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de -rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas -manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan, -me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me -arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la -tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa -agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria -noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y -reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro -de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que -besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo -des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley -propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme -persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto -que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus -mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco -interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero -¿existen irreverencias interiores?) - ---¿Mi dormitorio, mi tocador?--pregunto imperiosamente. No conozco la -distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá -indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento. - -Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como -toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace -tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada -de guipur, y muebles de ébano, también macizotes. - ---¿Mi doncella? - -Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á -tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea -Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el -timbre, y aparece una sirviente añeja, especie de dueña azorada, -prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme. - ---¿Es usted la primer doncella? - ---Sí, señora... Para servir á la señora. - ---Llame usted á la segunda. - ---No... no está. - ---¿Cómo se entiende? ¿No está? - ---Ha salido á recados... D. Genaro sabe... - ---Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización. - ---Muy bien, señora. Yo no salgo nunca. - ---Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad? - ---Ya lo creo. - ---Ponga usted en el baño un frasco entero de colonia... ¿Habrá colonia? - ---Sí, señora, sí. - ---¿Y toallas finas, y jabón de violeta? - ---De violeta no sé si habrá. De todos modos, será buen jabón. ¿Pediremos -el de violeta á la perfumería? - ---Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier jabón. Deseo bañarme -pronto. - ---¿No cena la señora? - ---Después del baño... - ---Que te aproveche--pronunció Farnesio--. Yo no cenaré: me encuentro -algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no por la -mañana, puesto que...--Se le quebró el acento; sobrevino carraspera. - ---Ya, ¡el entierro!--dije con naturalidad--. ¡Y yo sin manto de luto -para las misas! ¿Cómo se llama usted?--pregunté vuelta hacia la dueña. - ---Eladia, para servir á la señora. - ---Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy -tupido. - - -II - -Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada -conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de -los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde -el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las -ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los -contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á -miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica, -concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también. -Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud, -reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y -sabrosa cual la aceituna. - -Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por -él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios, -me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón. - ---¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana, al despertarme en una -habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia? - ---¡Ojalá!--gimió él. - ---¡Muchas gracias, mala persona! - ---Ya comprendes por qué lo digo. - ---Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía, -pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le -advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más -cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano -D. Juan Clímaco? - ---En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada. - ---¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas -de la rama menesterosa, de la rama infeliz? - ---Es la verdad, Natalia... Pero--añadió como alegando disculpa--por lo -mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien -cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te -quería. - -Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé: - ---¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba? - -La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado -del aro de sus quevedos zigzagueó un instante. - ---Eso es cruel--tartamudeó.--No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo -supieses! - ---Don Genaro--respondí--razonemos. No me pinte usted lo que no ha -existido, ¿Es querer á una muchacha tenerla recluída, darle una mesada -que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y -tramar una conjura para meterla en un convento? - ---Que no sabes lo que te dices--terqueó él--. Cuando se trató de que -abrazases ese estado--el más feliz para una mujer--, aun vivía Dieguito, -el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor -de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días? - -Medité un instante, cogiéndome la barba. - ---Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían -que Dieguito se enamorase de mi? - ---¡De absurdo en absurdo!--Violenta indignación soliviantaba á Farnesio. - -Yo insistí, pesada: - ---Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo -derecho á entender. - ---Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres? -Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra -parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no -ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y -cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del -Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de -decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres -cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de -mi sueldo poco he gastado, y soy solterón... - -Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con -ansiedad, me interrogó: - ---¿Por qué no la diste un beso? - -Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces -la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé -cómo--pero con mímica expresiva--, manifesté la repulsión á la hipótesis -del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente: - ---¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí... - -Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada, -rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano -parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible. - ---Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca -falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único -que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que -usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es -verdad? - -Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es -muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa -timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que -acababan de traerme--¡milagro de rapidez!--de la _Siempreviva_, -especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á -Farnesio... ¿Me querrá este vejete, ó es un solapado enemigo? El -callaba, extático. - ---¿De modo que soy poderosa?--pregunté. - ---¡Ya lo creo! - ---Y diga usted...--¡Diga usted!--¿Tenía joyas doña Catalina? - -Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con -dignidad. - ---Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró -en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay -joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú, -hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco. - -El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y -resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino -dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador -contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento, -convenientemente refrescado, será el mío. - -El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador, -sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida -con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni -dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un -muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos -me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse -del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La -forma de la nariz, el corte de cara... ¿Qué tiene de particular? Bien -cercanos parientes somos. - -Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me -atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso -con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea -retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas -melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como -si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después -observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña -Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy -peripuesta. - -Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de -blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo. -Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito. -Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como -habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el -primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La _lingerie_ -elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de -Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el -segundo--hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta -habitación--un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de -arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla -espléndida, que da indicios de no haberse usado apenas; sería doña -Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los -sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas, -jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de -plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros, -blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas. - -Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que -registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco -todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera -fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La -ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he -poseído! En mis viajes á Madrid--tan cortos, de horas--me paraba ante -los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las -perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa, -en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de -cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo -acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra -prueba más convincente... - -¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es -todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo -encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo -resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los -Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra, de brillantes; hay el -soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches, -sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes -colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de -la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué -hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la -señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin -gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado! - -Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de -que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el -moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un -coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas. -Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro -de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas -y rubíes--C. M., Catalina Mascareñas--. Todos encierran retratos, -fotografías ya pálidas. Un niño--será Dieguito--un señor de levita, sin -barba--, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro -retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas. - ---En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña... -¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de -esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy -almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más -personal! ¿Sería verdad que, como afirma Farnesio, me quería mucho? -Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á -meditar en balde. - -¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por -los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta, -en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana -aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios, -que para mí serían bastantes? - -Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos, -cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas, -medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los -otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde -podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado -un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está -también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides -con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto -no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad, -un derrame. La _idea_ toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea. -Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos -se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que -forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente, -hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la -premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los peligrosos, -sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina -murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de -la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de -bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás -rincones de la casa, porque nada hallaré. - -Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos, -rojean los inflados ojos. - ---¿Qué tal?--me dice.--¿Te has enterado bien de lo que te pertenece? - ---¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me -extraña. Esos armarios no contienen ningún papel. - -Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con este ataque. - ---¿Ningún papel?--murmuró, en voz que trataba de aclarar y -serenar.--Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los -entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora, -es de las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se -consagró á esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya -se te comunicará también oficialmente el testamento. Los inventarios de -la plata y alhajas, están hechos en vida de la señora, y legalizados. -Creo que algún legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco... - ---¿No me entiende, ó me entiende demasiado?--cavilo, recelosa. Y, en voz -alta, preparando el floretazo:--¿Qué dirá usted que he encontrado en -este medallón? - -Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su inquisición de papeles, -no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden guardar secretos. -Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría yo -cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía -Farnesio que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi -retrato. - ---¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña! - -Se enterneció. Y, con aquella flemita en la garganta que ya le había yo -notado, en instantes de emoción, salió por esta inocentada: - ---¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bienhechora! - - -III - -Me instalo en el bienestar--no en el lujo--de mi gran fortuna. El -bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El -lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más -difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil -refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida -alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel -escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia -persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos -zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse... - -No está todavía depurado mi gusto para formarme mi envolvente lujosa, -y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que -trasuda aburrimiento. - -La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban -reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin -de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una -locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de -estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas, -recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba; -no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso, -secatón, y arreglo en él una _serre_ en miniatura, provista de -calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo -á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina. - -He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no -representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy -perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á -llenarse. - -Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga -alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su -tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de -este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes -en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del -Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el -uno de la condesa de Páramos, sobrino el otro de la generala Mansilla, -que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas -de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo -_valgo_... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte. -Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo, -envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi -luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia -al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que -el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo -de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje... - -Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de -compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin -ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en -Madrid sin dueñas doloridas. - -En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre. -Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que -merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos -canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no -cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán. -Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los -formulismos. ¡Es tarde, es tarde! - -Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve. Mi carácter se ha -templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento -de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un -ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo -infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra, -su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que -son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que -la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan. -Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en -algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese -acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto -desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi -goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de -_parvenue_ al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y, -adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida -sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á -proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir -el pasado al presente. - -Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una -fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos, -de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi -capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora -los brillantes y las esmeraldas son flores de ensueño ó pájaros de -extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún -grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del -color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el -nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado -por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra, -los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo -gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros -refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño -al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que -generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas -las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en -la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de -enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo -en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes. -Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi -cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema -femenino: ¿Soy ó no soy hermosa? - -La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola. -Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran -cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con -relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace mayor el mucho y -fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la -dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva -clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la -proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa -miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una -Febe. - -Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La -camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso -misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más -gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado -de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo, -me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la -Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se -adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos -vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros, -ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba -hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho -que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca, -á mi lado, el de un fuerte púgil. - -Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza -sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de -pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó -dos audaces plumas de pavo real que divergen y me flechan de -esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la -testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido, -recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies, -derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el -peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados, -sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de -misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando -su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada -por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de -matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas, -que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra -joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de -mis manos--y hasta los de mis pies--son para mí objetos de un antiguo -culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no -deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las -faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel. -Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis -cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y -curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que -contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y -conservar la sedosidad de mi piel. - -Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me -reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda -actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes. -Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas -y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á -casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean -cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy -torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice! - -Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el -secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo. -Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado -en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta, -ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del -otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin -granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante. -Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en -que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana, -no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran, -y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á -él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la -caracteriza aristocráticamente. - -No llamo la atención desde lejos. De cerca, puedo agradar. Nunca he -creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de -engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El -misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me -gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de -luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la -ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas, -prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes, -cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita -inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo--he -enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción--me realzan como -la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado, -traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi -guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas -olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior--porque -superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó -las rosas de unas mejillas--sino en mi íntima voluntad de elevarme, de -divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era -sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí -ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario, -superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á -la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar. -¡No tanto, señores!--No soy una heroína de novela añeja. -Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque -sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo -contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que -yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que, -repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con -mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi -dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será -fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse -él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio. -Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se -descolgará de su centro, yéndose hacia _él_... - -Pensando en _él_, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas -altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto -brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado... -Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes -chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que -se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles -fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja, -azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme -flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo -aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del amanecer, -corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama, -donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio, -con los pies helados, la cabeza febril... - - -IV - -Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una -semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis -maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos -señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita, -poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo -que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es -impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en -las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser -verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas: -Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido. - -Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos -años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes -de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos -muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un -pinche encargado de presentarla. - -Invitaré al canónigo; se le soborna por la boca: es amigo de la mesa. -Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer -insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las -formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí -bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia, -Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido: - ---Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia? - -Ligera rubicundez, tartamudeo. - ---¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por -eso,--añade, ya aplomado--pero es imposible averiguarlo, no habiendo -medio de preguntárselo á tus padres! - ---Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser. - -En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por -el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece -del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera -y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y -recargada filigrana. - -Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola. -Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi -suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje, -que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques -verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La -sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión -de limpieza de sus aceras de ladrillo y su caserío claro. Á pie voy -desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes, -¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las -hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me -devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la -cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es -parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una -apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero -es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de -charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán! - -Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde -estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con -una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la -que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber -adonde llega mi fantástica fortuna! - ---Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida -de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un -chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo! -Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que -le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí. - -Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes. -Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena. - ---Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de -felicitación--advertí.--No lo oculten, puesto que lo piensan. - -Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan -dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en -que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado. - -Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores -primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida! - ---¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en -tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo, -eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse; -su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros. -Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada... - -El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que -asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla. - ---Sin embargo--añadí--, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo -le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su -caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á -mi... - ---A tu respetable tía doña Catalina--atajó el ladino y erudito -eclesiástico--. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del -monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña -Catalina Mascareñas te ha dado una prueba bien estupenda de su cariño, -y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra -Natalita--porque supongo que nos permites llamarte así. - -Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana, -que rebosa dignidad. - ---Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron -en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido? - ---Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo, -darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas -á hacer... - ---¡Esto ya no se puede sufrir!--grité afectando indignación--. Ayer me -quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...? - -Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños. - ---No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre -vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer? - ---La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el -varón, por lo menos--sentencié. - ---A veces--arguyó el Magistral--el dinero es un peligro. ¡Expone á -tantas cosas! - ---A mí, no--respondí tranquilamente--. A ustedes les consta que he -cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me -pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden -pasiones. - ---De todos modos... Polilla, déjese usted de hacer morisquetas, y -ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse? - ---Hay--enfatizó el volteriano--una ley imperiosa, grabada por la -naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar. - ---¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?--pregunté -malignamente--. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor, -sino de matrimonio? - ---Hija mía--baboseó el vejete--, eres pesimista de sobra. Dices que tu -pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando -hacia tus balcones. - ---Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no -mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay -propósito de embarcarse. - ---Insisto, Lina--decretó Carranza--. Necesitas sombra. - ---Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina. - -El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz -de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de -inteligencia. Juraría que se alteró un poco. - ---¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia... - ---Se necesita querer--mosconeó Polilla, sentimental. - ---¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un -papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís... -Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de -ofrecerle mi blanca mano. - -¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y -satinado como manzana camuesa madura--excepto el cerquillo gris que orla -el cogote y trepa hasta la sien--, se sonrojó como el camarón cuando lo -echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la -devolvió. - ---Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios -no entra. - -Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis -iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más -conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre -estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí -abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía -olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo -nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante -mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de -quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba, -sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su -entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del -clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un -palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus -dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno -color ocre, su corbata con rapacejos y sus botas resquebrajadas, -representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad; -yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras -saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del -pasado, no pierdo de vista mi propósito. - -¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es -Polilla.--Hay que quedarse sola con él. - -La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente -del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero -no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he -anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia, -prorrumpe en exclamaciones. - ---¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la -señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa -Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo! - ---¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora? - ---No, jamás--responde, con su estudiada reserva de camarlengo del -Papa--. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de -administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy -posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la -señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa -santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso... - ---¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la -luz. - ---¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte... - ---La placa--interrumpí yo--¿será del XIV? - ---Del XV--intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el -procedimiento del esmaltado... Y todo, todo... - ---La Santa debía de ser muy elegante... - ---Vaya... ¡Refinadísima! - ---Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito -que la edición corre de mi cuenta. - -Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares -para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para -consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede -dominar otros asuntos su pluma. - ---Leeré--dijo--únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas. -Quedan para la impresión. - ---Bien pensado. - -Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla. - - -V - -No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este -amigo, cuya boca no sufre candados. - ---Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía. - ---Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en -meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen -ley moral desde el momento en que se ordenan! - -Le llevé la corriente. - ---En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me -fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo; -la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de -todo; de tonterías sin importancia. - ---Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano, -revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más -artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que -pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha -sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente! - ---¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué -vendrá tal arte de maquiavelismo? - -Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas. - ---¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de -disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos -se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza -se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará -en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se -pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte... - ---Usted es muy buen amigo--declaré. - ---No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo -una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza. - ---¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D. -Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y... -¿conoce usted á D. Genaro? - ---Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con -motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña, -venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella -Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su -pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un -colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con -una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba -medio ciega y hacías de ella á tu capricho. - ---¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de -Farnesio? - ---Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía. - ---Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo -lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido? - ---Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D. -Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de -Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los -aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España. Esto de los -apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y -no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los -principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido -rastrear en Godoy Alcántara, venían de... - ---¡Sí, sí, lo recuerdo!--exclamé evitando que aquel enemigo de toda -preocupación nobiliaria me espetase su genealogía--. Pero se me ocurre: -D. Genaro Farnesio, ¿es italiano? - ---El, no. Lo era su padre. - ---Y á su padre ¿le conoció usted también? - ---Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de -Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa. - ---¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto -consultar á usted. - -Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura. - ---¿Diga usted--porfio--, D. Jenaro viviría siempre con los señores de -Mascareñas? - ---No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de -abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León, -en secretarías de Gobierno civil y varios destinos. - ---¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo. - ---Solterón, como yo...--se ufanó Polilla. - ---Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué -poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de -una persona hoy tan allegada. Al fin, Farnesio va siendo mi brazo -derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el -marido de doña Catalina. - ---¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no -administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de -matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa -Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil -cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña -Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí: -es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de -haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí, -hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice! - ---Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á -mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer? - ---Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay -noticias. - ---Vengan... ¡Pobrecitos papás míos! - ---Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del -padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió -hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les -dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo. -Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal? - ---¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años? - ---Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá -conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que -propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al -nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de -tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te -puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto -ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando? - ---No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre -también murió joven. - ---No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si -había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de -catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas -á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como -le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que -acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección -de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte. - ---Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y -hasta parece que...--Hice ademán de alzar el codo. - ---Ya que estás enterada...--balbuceó, turbadísimo, D. Antón. - ---Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo. - -Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza, -sentencioso. - ---Vamos á ver--insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de -biblioteca--todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda -gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el -pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña... - ---¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las -_Dominicales_. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible -porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos. - ---¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón? - ---¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo -pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad, -el amor; su odio á la vida toma esa forma. - ---El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case. - ---Negocio verá en ello. Que si no... - ---¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío? - ---¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura. - ---Creo que tiene usted razón--asentí--. Y en lo de ahora, ya viviré -prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus -advertencias. - ---Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime. - -¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los -datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las -manos la antorcha. Me has enseñado, buen maestro, lo que no sabes. -¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á -descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no -significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra -Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la -honra de mi madre! - -Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra -silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don -Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que -él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio -idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la -almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la -fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que -pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída -completamente... - -Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes, -criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo -listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo, -un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón -se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata, -imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes -colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; -vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su -hija. Catalina se une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á -disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla. -Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora -se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos -embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato, -han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta -afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio, -la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su -lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con -absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el -indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de -nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la -confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena -posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio, -hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que -suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya -la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por -hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el -que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del -matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él -la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada -(el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo, -en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no -suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y -del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es -decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña, -que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo. -Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para -no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe, -á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que -otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre -apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso -una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados. -La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de -costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No! -El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre... - -A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto -¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja, -se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á -doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva -obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un -mundo en que hasta sufro privaciones. - -Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces -cesa la catequización... Sobreviene la larga enfermedad de doña -Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que -distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su -caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la -penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo -consigue!--Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior, -prontamente lo soluciono. Me quedo con mis _padres oficiales_. Si lo -fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería -bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión -que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de -sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos -melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y -los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han -impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es -antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada -desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será -toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración, -pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia -que él ha querido que existiese... - ---Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro -fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos -lienzos. Quiero tenerlos en mi salón. - ---¡Es muy justo! No comprendo--aquí que hablamos sin hipocresía--más -religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en -eso se basa... - -Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas, -fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó -á mucha gente, y en que--éste era su caballo de batalla--los cuerpos de -los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese -revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los -versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas--, repetía--, y -echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos -hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me -he remontado á las fuentes!» - - - - -III - -Los procos. - - -I - -EPISODIO SOÑADO - -Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de -la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al -confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si -se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares! - -La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no -ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro -por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una -necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas, -azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del -craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado. - -¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está, -clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que -ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia -quién? - -No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me -parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba -realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me -han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la -oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...? - -Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese -más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su -carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión -honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada -y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las -últimas funciones de la temporada--este año la Pascua cae muy -tarde--encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los -cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente--porque Farnesio, -cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando -la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados -párpados--me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de -antemano, la sinfonía de _Lohengrin_. - -Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo -brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las -tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad -ó preñadas, en meses mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de -algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un -espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de -poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído -antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no, -atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...? -Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con -sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes -saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el -amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra -desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de -venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de -un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á -vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche, -pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como -Elsa de Brabante, habremos vivido. - -El preludio acentúa su magnífico _crescendo_. Saboreo el escalofrío del -tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del -heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la -barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un -deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre -la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y -Telramondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me -ahinco en la barandilla del palco para mejor verle. - -Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales -riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni -gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un -innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un -Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase -Cristalli,--y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino -como el choque de dos copas muselina.--¿Su edad? Rasurado, con los -suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara -juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la -viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la -edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es -el paladín; puede contar de veinte á cuarenta. - -Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe -permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es -elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta -de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente, -clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás -mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi -vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién -sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación de -levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada -carne? - -La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber, -qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al -prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en -el aire? - -Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho -cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad, -amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro -los ojos; me basta escuchar, cuando el _raconto_ se alza, impregnado de -caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando -la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la -virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase -que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la -peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el _raconto_ -se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras -frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre, -pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La -pasión íntima que late en el _raconto_, aquel ideal hecho vida, me corta -la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme; -tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado -por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y -me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un -infinito. - -«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...» - -Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el -pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario -donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré -yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no -he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado -el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y -murmurarme las inefables palabras... - -Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el -mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir -vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un -dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que -me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á -defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del -_foyer_, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me -esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en -la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli. -«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de -entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!. - -Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por -miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal -borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente -la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche -triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón -tendí la tela de un devaneo psíquico... - -Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y -viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, -terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con -admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, -encargados _ad hoc_ para que no raspen su garganta, absorbiendo -Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín -del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata, -pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado, -propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y -caracterizan el ágape de los apasionados del divo. - -Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y, -despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos -sale un cuchicheo. - ---¿Quién es? - ---No la conozco. - ---¡Buena mujer! - - -II - -EL DE POLILLA - -Una mañana, ¡sorpresa!--Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón, -pidiéndome familiarmente de almorzar. - -Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los -cuerpos de los niños mártires... - ---Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación, -Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía -Carranza? También por acá se es erudito. - -Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia -de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la -_serre_, al retirarse los criados, se espontánea. - ---¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!; -temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó -con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo -grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de -solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros -saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar; -pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo. -¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador, -arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual, -pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio -eminente. - ---¿Chartreuse verde ó amarilla? - ---Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar. -Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu -corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os -comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas? - ---No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi -proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona? - ---¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un -iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis. - ---Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran -pretendiente? - ---Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te -advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio. - ---Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño -como un grano de centeno. - ---Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin, -mañana verás al original. - ---Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta -exigencia... - ---Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de -una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo, -compañero de estudios, que se casó con una prima mía, y en su casa, en -el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer. -¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y -aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen... - ---¿Se llama? - ---Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la -_Gobernación colectiva del Estado_, del _Sudor fecundo_, de _Los -explotadores_, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por -nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se -padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía. - ---Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega. - -En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin -concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el -aceitoso licor--, y, tiernamente, me tomó las manos. - ---¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace -superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí -debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no -bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo -dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que -ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no -una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo -Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios. -Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el -niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya! - ---¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo? - ---¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello -ideal! - -Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi -traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y -guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi -luto.--Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo -metálico, las notas de la _Rêverie_ de _Manon_, cantada por Anselmi. - ---Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo -desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario? - ---¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto -á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al -hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea -maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros... - ---Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal... - ---Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás -discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la -historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo, -sino á la humanidad entera. - ---¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones de hombres como componen la -humanidad! ¿Más chartreuse? - -Y, notando la emoción del filántropo, transijo. - ---Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana. - ---Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los -de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza, -soy yo cien veces. - ---¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador? - ---Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi -razón... - ---Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado? -Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes... - -Sintió el floretazo y se aturdió. - ---Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario, -preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie -para alumbrar tu inteligencia como Aparicio. - -Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que -termina la sentimental _rêverie_. Me estorbaba, en aquel instante, -Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando -malignidades. - ---Venga Aparicio, pues. - ---¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se -acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha -criado en los salones. Su talento es de otro género; género superior. -¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista? - -Batí palmas. - ---Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía, -no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su -ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la -tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes -se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto, -se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago -que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi -cuenta. - -Polilla trepidaba. - ---¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se -trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y -eso es muy bonito... - -Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las -nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría -sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de -los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro... - -Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no -hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del -coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer, -yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes -del Manzanares, la fisonomía especial de los tipos populares que en -ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña, -ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos -ellos--mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose -á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos -fumaduras--me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre -base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y -tedio infinito.--He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar -tiernamente y redimir! - -Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando -sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al -coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los -charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas -manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme, -de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático -perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la -miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar -«medio centimito», los comentarios. - ---¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata! - -Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento -del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos -consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren -manosear el lujo, á ver si se les pega. - -Y acaso por primera vez--al salvarme de la turba entre las -arboledas--medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la -riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir -á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que -acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi -cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco, -trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro -sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me -amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces... - -Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo... - -Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos -instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde; -es que aguarda á mi fuerza, á mis millones... - -Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que -esta es mi primera cita de amor... - - -III - -Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida ampliamente la bocanada de -fragancia amargosa--tomillo, jara, brezo, menta--, sobre el sendero que -alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres. - -Representamos la comedieta.--¡Usted por aquí, D. Antón!--Y lo demás. -Autorizado, se acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara, -de un tono en que la palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y -veo su pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por la juventud, sus -ojos azules, miopes, indecisos detrás de los quevedos, que le han -abierto un surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de corta -estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no hay peor que -atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume barato y á -brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros. Sus -botas, nuevas también, rechinan. - -Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al coche, con gran -descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en cuando lanza -un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con sus -dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás -le exaspera doblemente la mala perfumería. - -La conversación se entabla, algo embarazosa. El intelectual, sentado -junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado á sociedad, -con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le -halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de -sus obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que, -verboso, se explaye. Todo el mal de la humanidad--según él--dimana de la -autoridad, de las leyes y de las religiones... - ---¿No se escandalizará esta señorita? - ---No por cierto... Escucho encantada... - ---Hay que aspirar á una sociedad natural, directa, que se funde -únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy -religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar... - -Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué advendrá el día en que... - ---Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran transformación no tiene -_después_. No es de esos movimientos que duran un día, un mes, un año, y -crean algo estable que, por el hecho de serlo, es malo ya. Para que la -evolución se realice libremente y sin trabas, toda autoridad habrá de -desaparecer de la tierra. - -Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el vacío, pues nadie le -impugna: - ---Para destruir el podrido estado social que nos aplasta, necesitamos -valernos de iguales armas que _ellos_... Fuerza y dinero son necesarios. -Esto yo no lo he dudado jamás. - ---Parece evidente, en efecto--deslizo con suavidad y -gracia.--¡Quietecito, Daisy! ¿Qué es eso de querer morder? - ---Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á la fuerza bruta... Se trata -de la fuerza de los hechos, la fuerza que conduce al mundo... Y á veces, -¡también la violencia es necesaria! - ---¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! Y esa violencia... ¿en qué -forma?... - ---¡En todas las formas!--declara, anudando el entrecejo sobre el brillo -de los cristales de los quevedos, que el sol muriente convirtió en dos -brasas. - ---Por ejemplo... ejércitos... cañones... - ---Sí, es probable que convenga apelar á todo eso contra la autoridad y -la explotación. Después se les disolverá. - ---Si hay después?... - ---¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. ¡Tenemos que disolver tanto, -tanto! Tenemos que disolver á los estafadores de la política, que se -mantienen en la escena parlamentaria por su completa falta de -vergüenza... - ---Vamos, no exageres tanto, hijo mío--intervino Polilla, alarmado--que -Lina, por ahora, no es una prosélita muy convencida... - ---Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto cielo! Pues qué, al -desear conocer á su amigo--porque yo lo deseaba--¿acaso me prometía -encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su -criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende -usted en esa sociedad transformada? - ---Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la verdad... - ---¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce! - ---Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las religiones oficiales, -que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso--cuando es lo más -sublime, lo más noble, lo más realmente divino--, tiene que ser -rehabilitado. - ---¿Y cómo, y cómo? - ---Para desterrar la idea de que el amor es cosa afrentosa, es preciso -un cambio radical en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela -se enseñe á los niños lo augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que -hacer sentir al niño la belleza de las leyes universales de la creación, -la transcendencia del misterio sexual, su poderosa poesía... ¿No se va -usted á incomodar? - ---No señor. Considéreme usted como á uno de esos niños que en la escuela -han de aprender todas esas cosas. - ---En el momento en que se inicie á la niñez en tan graves problemas -habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer. - ---¡Háblale tú de eso á Linita!--explotó Polilla.--El ciego fanatismo -colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su voluntad. Y -si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando -maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su -lado... - ---Vamos, uno de tantos crímenes ocultos--asintió Aparicio. - ---Eso... Pero, otra pregunta--me atreví á objetar--. ¿No envuelve cierta -dificultad para el maestro esa explicación científica hecha á los chicos -de la escuela de la... de la... - ---Todo está previsto. Lo explico detalladamente en uno de mis libros, -que aun no ha visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo á usted!, á -su espíritu comprensivo, elevado... Verá usted allí... La explicación se -verifica por medio de ejemplos tomados de la vida vegetal. ¡Oh! -conviene que la demostración se haga con mucho tacto... - -¡Titubeó de pronto y enrojeció! - ---Quiero decir, con arte... con dignidad... presentando, verbigracia, -las plantas fanerógamas... Del grano de polen, de los estigmas de las -flores, se irá ascendiendo á las especies animales... Y, basándose en -ello, hay campo para demostrar la ley de sacrificio y de belleza que -envuelve la procreación... - ---¿De modo que los animales realizan sacrificio?... - ---¡Cuidado, Hilario!--precavió Polilla--. A fuerza de inteligencia, Lina -es terrible... Un espíritu crítico: á todo le encuentra el flaco... - ---La convenceremos... El que conserva y propaga la vida, se sacrifica, -señorita, es evidente. Más sacrificio hay en unirse á un hombre, que en -recluirse en un monasterio. - ---Voy creyéndolo. - ---¡Una prosélita como usted!--se extasió Aparicio--. ¡La mujer, atraída -á nuestra causa! Y es más: el conocer plenamente la ley de la vida, -disminuirá la emotividad nerviosa de la mujer. Todos los males que -ustedes sufren, proceden de ideas erróneas, del prejuicio religioso del -pecado, del absurdo supuesto de que es una vergüenza... - ---¿Qué?--auxilié, candorosa. - ---Nada... El amor--rectificó segundos después. - -Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que se expresase sin -recelo. Cuanto más recargaba, mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé -la palabra, manifestando el anhelo de consagrarme á algo grande, -singular y digno de memoria. Este deseo me había atormentado, allá en mi -retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la -casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar el mundo... -Si _alguien_ me dirigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor mental de -que carecemos las mujeres...--Supe, con suavidad, hacerle creer que de -él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia pedía un -alma... - -Polilla temblaba de júbilo. - ---¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron -contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el -acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y -pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos! -¡Lina, Lina! - -Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del -proco apestaba y me cargaba la cabeza. - ---Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay -tranvia--avisé--. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de -sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á -almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña? - ---Hija mía--repuso el erudito--yo no tengo más remedio que volverme -mañana á Alcalá. Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito -en el Archivo... - -¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean -un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por -otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo -frente á frente con el proco. - ---A usted le espero...--insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en -la cárcel de los guantes. - -Se confunde en gratitud... - ---¡A la una!--insisto, al soltarles en la acera. - - -IV - -Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar -á un hombre desconocido, una nueva relación. - -Planteo la cuestión resueltamente. - ---Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso -hacer mi gusto. - ---Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid. - ---Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña -Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía; -amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido -bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid. -En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa Alcalá? Cuando yo vegetaba -allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué -rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me -plazca. - -Farnesio me oye, amoratado de enojo. - ---He cumplido mi deber. No puedo ir más allá... - ---¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos -en la _serre_? - -Y recalco lo de los _dos_ cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza -conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me -reservo la libertad de mi _tête-à-tête_. - -El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el -gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora -antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache, -mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas, -endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba -volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para -pasar á la _serre_, donde era una coquetería la mesita velada de encaje, -centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los -flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no -acertaba á deglutir el _consommé_. Evidentemente recelaba comer mal, -verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa -ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba -alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama -del gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de -causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.) - -Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de -admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la -malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo -en representar este papel fácil, _hecho_. Doy al proco un rato de -deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro? - -El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión -comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo -la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa -emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se -encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado. - ---Lina...--se atreve él--no puede usted figurarse... - ---Vamos--calculo--es el momento... Se decide... - ---No puede usted figurarse...--insiste.--Hay cosas que, realmente, -tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo -que... que... - -Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su -discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y -capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías. - ---Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades de rúbrica... -Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos -hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción -del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí -estamos reunidos para tratar de una idea salvadora... - ---Para eso... y para algo quizás mejor--objeta él, soliviantado. - ---¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio? - ---Según... según--tartamudeó--. Lina, hay horas en que olvida uno lo que -piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de -aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor -dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia! - ---Sí, recordémosla--argüí--pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese -es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha -enseñado como debo invertirla. - -Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo. - ---No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no -será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni -aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más -viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna. -Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos -de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por -qué se queda frío, Aparicio...? ¿No he acertado? ¿Es una locura de -mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de -su ensueño? - ---Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me -deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que -me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme -rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el -ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan -hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa... - ---Cuidado, Aparicio--y simulo confusión, rubor, trastorno--no perdamos -de vista que el objeto... el objeto... - -La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara. - ---No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres -humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos -sobre seguro. - ---¿No es usted altruista? - ---Altruista... sí... y también, verá usted... también soy -_Kirrkegaardiano_... - ---¿Cómo? ¿Cómo? - ---Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva... -La moral debe ser nuestra, individual... - ---Eso me va gustando--sonreí. - ---Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y -por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de -nosotros mismos. - ---Y prescindir de Polilla--observo, infantilmente. - ---Y prescindir de Polilla. _Nosotros_ lo arreglaremos perfectamente. No -hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para -administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted -posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y -en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su -respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas -las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo -real... - -No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde -el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y -clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley. -Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su -disfrute. - ---No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro -inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la -apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un -hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...! -Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las -apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de -ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de -exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan. -Pero usted reclama todo eso para el individuo, y el individuo que más -le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de -las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que -apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas -circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la -sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el -sentido más favorable y justo... ¿Acierto? - -No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de -costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde -había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de -antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello? - ---Acierto de fijo--adulé--. Usted, persona de entendimiento superior, -tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de -combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la -juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar -interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin -caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me -figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco? - ---En varios respectos...--barbotó indeciso--no... Todo eso... Mirándolo -desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...? - ---Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla -en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco á usted -de ese pantano... con esta mano misma. - -Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y -los dedos, ansioso. - ---Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al -Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro -hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que -fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón: -«Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de -semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á -obedecerme... - -Hizo una semiarrodilladura. - ---Me entrego á mi hada... - -Cuando se fué--obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me -enjaquecaba fuertemente--sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí -á Polilla algunos renglones; esto, en substancia: - -«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que -pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle, -según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias... -Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...» - -Llamé á un criado. - ---Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado -aquí, que le digan siempre que he salido. - - - - -IV - -_El de Farnesio._ - - -I - -Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo -continúa lo mismo, pero al cabo, _en nosotros_, en lo único que acaso -sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren -inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno -de los goces que soñé imposibles en mi destierro? - -A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de -fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los -suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su -faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada -y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la -cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo -hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan -terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco, -con piernas de alambre electrizado. No ha adquirido la pachorra egoísta -de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la -vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco -antecedentes... - ---¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á -proponerte... - ---¿Qué?--respingo yo. - ---Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan -Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á -pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves... - ---Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba... -Pero Granada _me suena_... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo -sospecho. - -La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más -significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de -un asunto vital, de la más alta y profunda importancia. - ---Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le -conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo -de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y -que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como -la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han -quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias. - ---¿Solteros? - ---Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta -años... - ---¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á -que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo -no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi... -tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me -lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como -además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro -plan, _á base_ de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de -tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan -en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al -primo Estebanillo... - ---¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese... - ---¡Ya! Se trata de José María... - -Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á -lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y -roncerías. - ---Sea usted franco... - -Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo. - ---No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede -ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de -conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque -en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas -no pudiesen nunca... nunca... - ---¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?--insisto acorralándole y -descomponiéndole. - ---¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin... - -Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro -añade: - ---No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus -parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te -amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué -anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien! - -Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios -antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un -Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón. - ---Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á -Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted -acompañarme? - -Se demuda otra vez. - ---No, no... _Conviene_ más que me quede... ¿Por qué no buscamos una -señora formal...? - ---¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la -francesa. - ---Buen cascabel. - ---Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy -yo. - -Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación... - -Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la -Agencia, y que parece recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á -ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo -azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de -valenciennes, divinamente peinada. Transciende á _Ideal_, y está llena -de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, _les horreurs_. La vieja -Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de -muerte á la «franchuta». - -Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las -molestias de las pequeñeces, los _petits riens_, lo que más mortifica, -la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que -prevenirse... - ---¿Cuándo es la marcha, madame? - ---Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo -encargado... - ---¿La señorita no tiene prisa? - ---Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio! - -Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada, -talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida; -llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy -conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan -complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas! - -Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta--en medio de mi -opulencia--de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no -he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de -plata, de su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en -ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino -fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto -del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En -Madrid--deplora Octavia--no se halla _rien de rien_... A trompicones, me -provisto de _sauts de lit_, coqueterías encintajadas, que son una -espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del -alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que -la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos. - ---¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco? - -No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero -la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que -pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo -necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita -el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos -y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos -acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad -y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas -odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me -concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada, -como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía! - -Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es -el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de -pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que -amó la Belleza hasta la muerte. - -En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo -deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún -misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que -no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día -en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La -libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra -libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de -Farnesio. - -Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me -sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se -lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don -Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las -muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don -Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién -casadas: - - «Suyas sois, en fin; más ved - que ya en nada quedáis vuestras...» - -Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje: - - «Y vos, don Sancho y don Juan, - estad cada uno advertido - que el entrar á ser marido - no es salir de ser galán...» - -En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el -matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta, -íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en -tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior... -La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el -nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía -en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me -ha preservado de algún amorcillo vulgar. - -¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya -en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy -como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de -grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus -playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo -profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con -toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela -los ocultos manantiales... - -¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de -comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el -tamiz de mi inteligencia; he pulido y afiligranado mi exigencia -sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su -esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi -corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha -encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero -imposible enamorarme... - - -II - -En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas. - -Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las -huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de -estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino, -decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto. - -Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi -hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias -veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por -precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de -frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una -amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más -adelantado que en _confort_. - -Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del -cuello. Renuevo los guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de -seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es _mauvais -genre_). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el -primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á -mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo. - -El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa -negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco. -Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un -moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las -candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia -lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío -Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante. - -Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual -mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío -Clímaco--así le llamo desde el primer momento--y el hijo mayor. En el -otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía. - -La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué -lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro -viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada -falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han -conservado muebles íntimos, viejos--bargueños, sillerías aparatosas, -cuadros, braseros claveteados de plata--pero domina lo superpuesto, la -laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace -observar. Angustias--á quien llaman sus hermanos _Gugú_, transformación -infantil de un nombre feo--se siente también orgullosa de la educación -recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado -en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de -esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia -andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de -grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua -hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y -el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene: - ---No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una. - -Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas -de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en -tela gris ceniza, y hambrienta. - -Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente -escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi -garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con -aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo, -burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa, -pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un -puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la -primera vez que á mi lado un hombre fuma con refinamiento, con manos -pulidas, con garbo y donaire.--Carranza, al fumar, resollaba como una -foca.--La onda del humo me embriaga ligeramente. - -José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca -recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y -sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa -actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil, -espontáneo. No charla; me mira de cien modos. - -Reposado el café, surge lo inevitable. - ---¿Tú querrá ve la Jalambra, prima? - -¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi -impresión. Pecho al agua. Lo suelto. - ---¡Ah!--celebra Estebanillo.--Como las inglesas... - ---Has tu gusto, niña--sentencia el tío Clímaco.--Es la cosa más sana... - -También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor; pero evidentemente la -sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha corregido las -degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy patentes. -Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de emir -nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo -gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será -capaz de adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé -yo bien que hay sus fraudes? Y que me maten si no está harto de conocer -la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela -más popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados, -picarescos, de este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y -bajo tal capa debe de reservar un egoísmo sin freno, una falta de -sentido moral absoluta. ¿Que como he notado esto en el espacio de unas -horas? La intuición... - -El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso de mi falta de -sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al caer de -la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca nos -abandona, á la Alhambra me encamino. - -Voy á ella... no á satisfacer curiosidades irritadas por lecturas, sino -porque presiento que es el sitio más adecuado para desear amor. Y mi -presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la imaginación, de -antemano exaltada. - -No creo que en el mundo exista una combinación de paisaje y edificios -como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le ocurra -á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta tus -restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en -tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal. - -Mil veces me describirían esta arquitectura y no habria de entenderla, -pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embargo, -fieles reproducciones que corren por ahí, trazas de cascarilla de -santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de su paisaje -propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede -cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente. - -No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra. Baño mis pupilas en las -masas de felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides de los -cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las hondonadas -densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego el -encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de -los alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de -los deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de -serpiente de la sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el -celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizontes, sus desiertos -sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son los accidentes del terreno, es -la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que compone el filtro. - -A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó--no sólo el primer día, -sino todos--en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Disolución de la -voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera sentarme, -quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y sensual -del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su chorro -en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga -por canalillos antiguos, entre piedras enverdecidas de musgo, y forma -casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin flores apenas! Y se -desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se cultivaba el -mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido, sin -prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace -tantos siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros -degollados dentro de los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió -hilando, sobre la púrpura ligera, sus perlas claras. Y los pies de la -historia, poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía jaspeados de rojo. - -Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar, aunque Gugú--lo leo en -su cara--encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese nacido en la Gran -Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las inglesas. A una -española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto día de -estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que -también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en -un poyo del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y -rosa en que se envuelven los montes, suena cerca de mi oído una voz -baja, intensa: - ---¿En qué piensa la sultaniya? - -Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él, previsor, se excusa. - ---Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la -tarde. Si estorbo... - ---No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables. - -Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas, -al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él. - ---¿Sabes lo que pienso? - ---¡Qué má quisiera! - ---Me gustaría que estuvieses vestido de moro. - ---¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina -mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y -Saida... - ---He dicho mal--rectifico.--Lo que quisiera no sería que te vistieses de -máscara, sino que fueses moro hecho y derecho. - ---Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma. -Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de -mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno -trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo -caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre! -Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo -nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero -lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo -novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle -tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que -tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa? - -Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo -descubrió. - ---Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno... - -Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á cortejarme en el -palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi -soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso, ritmado por -el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos, -bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de -la naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos, -complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según -avanzaba la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos -instalábamos, exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más -melodioso. José María ha llegado á conseguir--¡no es poco!--no echarme á -perder estas sensaciones. Le admito: él cree que le aguardo... - -No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no degenera nunca en -charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de un moro, -contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los -versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las -arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa, -lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el -alicatado. Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro, -color de esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la -espuma del freno. Soy el amante de Daraja. No diga que sirve dama quien -no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las -almoradíes...» - ---¿En qué piensa la sultaneja...? - ---En Audalla pienso... ¿No has leído tú el Romancero? - ---¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en ti. Tú eres un libro -de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo estoy acortao, -palabra. - ---¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la luna? Y creo que no -permiten, por lo del incendio. - ---¿No permití á este moso? Con una propina... - -En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una lamparita eléctrica -de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta hora, -sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas son -aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la -fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de -leve plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo -con placer, tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que -todo es luz aquí, pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro -claro. Nos domina el encanto voluptuoso de este arte deleznable, breve -como el amor, milagrosamente conservado, siempre en vísperas de -desaparecer, dejando una leyenda inferior á sí mismo. No se siente la -pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso no existe; que es -el decorado en que nuestro capricho desenvuelve nuestra vida interior. -Libres estamos aquí de la piedra agobiadora, como en los jardines del -palacio lo estamos de la tierra, y no vemos sino agua y plantas -seculares. Y siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron las -sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los babucheros de -oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y se -difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el -suelo? ¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el -agua, estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que -se ríe, acercando cuanto puede su rostro al mío. - ---Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo, oriental, de -arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una -sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no -existe. - ---Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has ganao algún -premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te -oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea: he -leío hase año los verso de Sorriya. - ---¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! Conste, primo. La Alhambra -no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos están vivos. Les tengo -miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que persiguieron á una -santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen que están de -guarda, y que el no tener vida les hace no ejecutar su furia... Vida, -yo creo que la tienen esas fieras. - ---¡Qué me gusta tó lo que dises!--balbucea, en tono de adoración, el -moro bautizado.--Sigue, sigue, Saida... - ---Calla, calla... Miremos sin hablar... - ---Miremo--responde, y me toma una mano, iniciándome en las lentas, -semi-castas delicias de la presión... - -Es algo sutil, insidioso, que no basta para absorberme, pero me hace ver -la fontana de los terribles monstruos al través de un velo de gasa -argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera. La -Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando, -disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón -compuso el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero -zumbido de mis oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha -de danzarín aljófar y resplandeciente luz, y que, al derretirse en -profluvios sobre la albura del mármol, dijérase que también lo -liquida... - -¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida ideal, de suspiros -que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la inscripción, -lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un silencio -morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo -del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales! - -¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles asoleados, resto de los -pebeteros que se agotaron, brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente -de sangre vertida por trágicos lances amorosos! - -Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que existir el amor. ¿Por -qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora? - - -III - -En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una -casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde -se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del -resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque -afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es -ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su -raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme... -¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se -aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda -receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención -disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino -para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía -no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería -chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere -desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea esta sobrina -millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un -guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como -los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es -dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha -señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la -rama á la rama y el tronco al tronco... - -Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la -aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla. -¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad -de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El -primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué -rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni -Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus -colores y sus formas con las de la Alhambra. - ---Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao... - -Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí -asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un -cortijo, hacia la Sierra. - ---Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí. - ---Si son antiguos, de seguro. - ---¡Pero qué afisioná á las antiguayas!--susurra el proco, dando á lo -inofensivo intención. Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, -que me haga encanesé... - -Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la -cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la -italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe -rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto -corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas -construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas. -En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y -el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí. - -Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me -dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche -cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de -retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto -veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la -que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su -Virgen la advocación de la _Victoria_. Diviso los dos arcos del puente -sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las -montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de -la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde. - ---¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo -conosco... Aquí me crié... - -Voy con él á recorrer los tales _sitios_. Gugú tiene que hacer en casa; -tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los -lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores; -Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses, -que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y -yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en -mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me -lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al -parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por -veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces -centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los -abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á -cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los -pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver -de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos, -oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando -espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la -Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso. -Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol -amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual -serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos -anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años donde había -pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas -de José María--¡estropear las manitas de sea!--alzo un trozo de piedra y -hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites -primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas. - ---¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?--le pregunté. - ---No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por -lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué... -pero sólo en aeroplano, hiha! - ---¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra? - ---Contigo, al Polo. - -Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol; -seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente -remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras. -Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra -fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la -ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen -pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra, -muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y -bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha -helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas, -livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas -lumbrosas sobre las nieves de los picos. - -Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta -silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le -dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta -entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del -pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la -sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si -late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la -Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado -la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos -donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María, -para la excursión, se vestiría--y no sería disfraz, pues así suele andar -por el campo--de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho -y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las -mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las -gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende, -clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á -producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi -voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va -dominándome. - -En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los -accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y -polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en -que hay jirones. - ---_¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!_ - -Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los -campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á -mi propio tío, - - «que, aunque viejo, es de fuego, - corriente en una broma y mujeriego,» - -está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de -las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja... - -Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano -que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me -pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y -así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el -interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura -que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un -hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor? -¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo -guarda? - -He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza; -dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los -desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace -natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las -mocitas con flores en el moño, que componen la servidumbre, hablan del -«zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese -asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme: - ---Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes? - -Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio -de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión. -No, el amor no puede ser _esto_. Sin embargo, ¡menos aún será la -comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo -significan... Quizás lo signifiquen todo. - -La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de -la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo -guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del -comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado -á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su -contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en -aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos. -Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo -y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del -fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente -voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como -lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el -movimiento presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un -poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas -herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y -risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan, -haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la -leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas -lágrimas... - -Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que -le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo -reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la -mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las -suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al -retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un -poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá -fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas -mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El -balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con -extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel: - ---¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita... - -Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido -novios, esposos prometidos--y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo -mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo--José María, -pasándose la mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á -su padre: - ---Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo -bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía. - -A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto -amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que -ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la -luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias -veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de -que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por -resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en -los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo -apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi -maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo -del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador, -gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen -rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra, -adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un -bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela -furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el -comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa. -Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha -visto, ¡me ha visto perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial, -serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi -resolución. - -Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él -no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el -fandango, quedé rendida y me levanté tarde! - ---Puede que haya sido eso... - ---Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte -á la Sierra con má comodidá... - ---Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he -recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos. -Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche... - -La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber -fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira -tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que -ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la -presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que -no era capaz de explicarse. - ---¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú -que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te -vas. ¿Estás loca? - -Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora. -Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor nos -halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de -resistencia. - ---Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en -el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme. - ---Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los -niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como -palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más -queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de -necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me -entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo. - ---Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por -ahora--transigí.--Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución. -Menos aún cambiaría ante lo violento. - ---Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho. -Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos -que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo -que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de -quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo, -mi hijo y tú...--Y juntó las yemas de los pulgares. - -Me levanté tranquila, hasta sonriente--aunque por dentro, un terremoto -de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la -bolsa ó la vida, apostado en un desfiladero de la Sierra. Todo el -britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero -sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse -burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y, -acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo: - ---_¡Soniche!_ - -A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló -una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si -pudiese... - -¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié. - ---Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino -inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca. -Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie -me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la -mano... - -Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el -dolor del magullamiento. - ---¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...--Y cuando rompí á -andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi -cabal juicio. - - - - -V - -_Intermedio lírico._ - - -Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible. - ---¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto? - ---Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo. - ---Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y -que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París. - ---Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes. - -La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si -viese abrirse un abismo. - ---¿De modo que... lo de José María...? - -Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló». - -Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la -cabeza con ambas manos, tartamudeando: - ---¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí! - ---¡Nada!--respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que -puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi... -intendente. - ---¡Sea como tu quieras!--suspira desde lo hondo D. Genaro. - ---Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima -Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi... -de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por -teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á -Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en -precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario... - ---Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo -avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un -aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora? - -Sonrío y me encojo de hombros. - ---Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor -de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo -practicar un poco el inglés. - -A solas, repantigada en mi _serre_ diminuta, recuerdo el breve episodio -granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para -zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al -rendirme--porque moralmente rendida estuve--á un quidam, pues José -María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que -pasa por la acera de enfrente--yo también me conduje como cualquiera... -¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea -únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese? - -Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me -vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la -hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano -rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría -caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela -brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego -mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio... - -¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina? - -¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será -ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea! - -Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una -chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y -quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis -amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y -no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la -serpiente! - -¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle; -modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos -informes..., pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse -doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi -entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el -curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí! - -Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga, -que sorbe golosamente mis párpados con su boca... - ---¡Sangresita mía...! - -¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y -que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo? - -¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared. -¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino -desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el -remedio contra las sorpresas de la imaginación. - -Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable, -me acude la memoria de una lectura, la del _Médico de su honra_. La -intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica -como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía -ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino -Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del -médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas -deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama -físico, como el confesor en el moral... - -El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos, -eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció -á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si -eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina! -¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!... - -Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un -doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del -que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando -unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de -especialista--¡oh, qué anticipada repugnancia!--sino de quien solicita -clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la -caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He -aquí el templo de los misterios eleusiacos... - -Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de -medio pelo. Una cartela de metal--Doctor Barnuevo, de tres á -cinco...--La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable -que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo... - -Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira -impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que -lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo -esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en -conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla. - -El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente -decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en -que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos -dientes, en la voz, en todo--á pesar del desgaste y de la fatiga tan -visibles.--Inicia un interrogatorio. - ---No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio... -extraño. Muy grande. - -Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez -de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo. - ---Señora... - ---Señorita... - ---Bien, pues señorita... - ---No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo... - -Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y -argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro... - ---¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así, -doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A -que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta? - -En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración. -Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin -muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico -se derrumban defensas. Voy apoderándome de él. - ---No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es -singular... - ---Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de -lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del -bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal. - ---Seguramente es usted una señora... - ---¡Señorita! - ---¡Ah, claro! ¡Naturalmente!--sonrió.--Una señorita excepcional. Por eso -me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis -lecciones? - ---Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío -propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al -decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de -otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor, -entiende á media palabra. - -Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más -desembarazo. - ---Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la -experiencia... que acaso no tendré nunca. - ---Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la -frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que -pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo... - ---Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad -resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus -doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo -que he percibido yo, profana... Pues he notado que el sentimiento más -fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es _la -vergüenza_. ¿Me equivoco? - ---No le falta á usted razón... ¡Es una idea!... - ---¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa, -tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la -poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada, -imposible de tragar? - ---Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!--arguyó -festivo. - ---¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique, -usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla -de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza -no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias, -pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea! - ---¡Pues lo confieso!--asistió.--¡Hay cinismos, en ciertas profesiones, -que no son sino vergüenza vuelta del revés! - ---¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso? - ---La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por -necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de -nieblas encantadoras. La especie exige... - ---Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el -rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima. -Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa -vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la -reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y -emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con -tenacillas lo que no mancha. - ---Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los -infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la -maternidad! ¡La sagrada maternidad! - -Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo -medir. - ---¡También yo he tenido madre... madre muy tierna! - -El médico, de una ojeada, me escrutó. - ---¿Está usted de prisa? - ---Nadie me aguarda... - -Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos -ojuelos zainos, de desconfianza. - ---Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre. - -Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de -libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados, -sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada. -La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la -clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento -íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin -falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias -pupilas que no he comprendido. - -A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un -respiro y me abanica con un número de periódico... - -¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de -todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de -plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del -plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira, -desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que -proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias... - ---Siento náuseas--suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor? - ---A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín -del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta... - -De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de -oro y cristal de las sales. Respiro. - ---Adelante... El mal camino, andarlo pronto... - ---Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos. - ---Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta. - -Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo, -ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo -en compañía del sepulturero. - -El vuelve á echar paletadas de tierra más fétida. Agotadas las láminas -corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son -de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas -verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el -relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á -relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en -dentelladuras horrendas! - ---Esto está mal--insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me -estoy arrepintiendo, señorita! - ---¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida -vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la -especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita -usted nada. ¿Las anormalidades? - ---¿También eso? - ---También. - ---¡Qué brutalidad... la mía! - ---La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo. - -Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción -originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las -anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy -reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas; -los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas, -las rituales infamias de los cultos demoniacos... - -Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me salvan de un ataque nervioso. -El Doctor, conmovido, interroga: - ---¿Basta? - ---Basta. Deme usted la mano, con... - -El encuentra la frase delicada y justa. - ---Con el sentimiento más fraternal. - ---¡Y quién podrá jamás cultivar otro!--grito, en un arranque.--Doctor, -debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus -honorarios. - ---No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero -si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de -sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de -llorar..., como usted! - ---¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente -tan... insólita? - ---¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón, -y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted -tan desencajada... Acaso tenga fiebre. - ---Gracias... Se me hace tarde... - -Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña. -Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos -intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo -de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde -empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba -mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola -y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas -sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El -cochero me miraba. Comprendí. - ---¿Puede usted llevarme á casa? - ---Suba la señora... - -La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y -olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero -particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible, -hediondo... - -En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El -ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire -regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi -estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida -de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y -abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles -viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se -disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de -los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes -infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los -arrayanes! - -Y dando vueltas sobre espinas, repetía: - ---¡Nunca! ¡Nunca! - - - - -VI - -_El de Carranza._ - - -I - -Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco -serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero; -de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es -verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado. - ---Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese -señor. - -Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada -que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el -espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser -tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se -han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, -con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me -asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos -el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal... - -Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á -planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los -veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros -horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El -agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar -chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No -podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas -enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la -compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra, -la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada -suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en -rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un -recadito: - ---Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada, -aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita. - ---Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete. - -De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la -mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo. -No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con -él. - ---Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes. - ---Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las -doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... -¿Podremos charlar sin testigos? - ---¡Ya lo creo!--exclamó afirmando mi independencia. - -Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse -tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino -leche, caldos y gallina cocida! - -A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al -cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el -consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el -valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. -Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el -Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática. - ---Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar -pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber -que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió -su vueltecita por Segovia... - -Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó -el cerco, descubriendo ya sus baterías. - ---Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común. -Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío -quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo -Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el -verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de -Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no -quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves -si Carranza está bien enterado--se enorgulleció golpeando sus pectorales -anchos, la curva majestuosa de su estómago.--Como que el gitano del Sr. -de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en -mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. -A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he -propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que -salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate, -no te me pongas mala... y ríete de _pindorós_, como les dicen á tales -gitanazos. - ---Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta -ocasión. - ---Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo -una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido. -Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré -que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie -perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad? - ---No por cierto. Sepa yo como me salvará usted. - ---De un modo grato. Te propongo un novio. - ---¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me -haría volver á enfermar. - ---Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento? - ---¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión? - -Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza -escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras -singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos -ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico... - ---Comprendo--asiente--que estés bajo una impresión de disgusto y hasta -de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas. -Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino -idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes -reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones, -verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y -sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación -es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio. - ---Soltera, viviré muy á mi placer. - ---Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita -que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender -esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación, -de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada -habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de -la herencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas. -El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo -sostendrá con sólo un dedo. - ---¿Tanto como eso? - ---¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo -de D. Federico Almonte. - -El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de -Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla, -la canongía y una decidida protección. - ---Almonte, ¿no era ministro el año pasado? - ---Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el -año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que -el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos -mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido -no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre -va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el -suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los -treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de -orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le -trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la -posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es -como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la -altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que, -al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él, -justamente, deseaba una mujer superior... - ---¿Soy yo una mujer superior, según eso? - ---Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades... - ---¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero... - ---¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin -salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos -partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen -falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! -No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... -Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y -pleitos... Piénsalo, niña. - ---Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste. - -Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico. -Me registró el alma. - ---¿Qué es eso de «tráigame usted»?--bromeó.--¿Es algún fardo? Es un -novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque, -criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará, -por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la -repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces... -supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este -pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama... - ---Sólo que--objeté--siendo los novios tan altos personajes como usted -dice, parece natural que los case un Obispo... - -Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió -palmadicas en la mano. - ---Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio... - - -II - -¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo. -Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia á -doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas -las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de -elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco -puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad -no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer -momento--es una impresión plástica--su cabeza me recuerda la de San Juan -Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de -las estrellas, por la boca del pozo, en _Salomé_. Cosa altamente -estética. - -El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del -riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que -quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia -me pertenece, viene á ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso -llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo dice con -naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las -más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin -duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate -de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la -vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada -artera. Nada se les ofrece de balde á los políticos, y todos, al -dirigirse á ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es -que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que -no responda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el -escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse: - -«Una misma es nuestra pena...» - -Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra á la -defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un objeto, á -un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la -cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al -poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el -gabinete de un médico. - -¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante... -y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de -este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un amigo! -Un amigo casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro -sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha -quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los -horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne corrompida por el -pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo! - -Mi proco--bien se advierte,--posee ese don de interesar conversando, de -que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas, -los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas -divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo -que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de -cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de -enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas -sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi -primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo, -y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que -nos entendemos ya en bastantes respectos. - -Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. El conoce un -poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado á -discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia. - ---No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale. - ---¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino? - ---De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos, -se les distingue á causa de lo que han escrito, con la esperanza de que, -una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo -que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima; -es delicioso. - ---Mi conciencia lo reprueba á veces. - ---No se preocupe usted. Haremos por el _kirkegaardiano_--¿no ha dicho -así?--cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural, -despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á -usted le consta que no es ni sincero en las utopias que profesa. - -Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va -aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo -interés; y añade sin reticencia: - ---¿Dónde se propone usted veranear? - ---Confieso que todavía no lo he determinado. - -Y después suplico: - ---¿Por qué no me hace usted un plan de viaje? - ---Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año dos meses á respirar -en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado -en llamar _europeización_. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba. -¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en -París--las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.--Antes debe -usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré á la Duquesa -de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la -vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga -agradablemente, yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á -dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno -de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido -bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; á mi padre se la -debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me ilustrará. Y -ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso -respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir á Suiza. -Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla -mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse -puesto en viaje para entonces? - ---No es probable. Espero á una doncella inglesa que me envían, y sin la -cual... - ---¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á -almorzar? - -Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la -doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en -Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más -superfirolítico.--Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla. -Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, -de ojos incoloros, posee en el servir un _chic_ especial. Se siente uno -persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente, con un -gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición -y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y -me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás -entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés -bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, -facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el _lulú_, se ocupará de -detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, -Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo. - -Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una -adquisición, me aconseja cuidado. - ---Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido -cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías... -Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y -más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla, -pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en -nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que -cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á -usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, -es una niña, llena de candor. - -Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á -cucharaditas el helado _praliné_. - ---¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero si el candor, en ciertas -épocas de la vida, es el signo de la inteligencia! - -Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á -una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una -sociedad que yo no conozco sino por los diarios,--peor que no -conocerla.--De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe. -Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las -acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la -utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, -pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil -resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de -la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre -mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante. -Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo. -Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato -afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena -con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama. - ---¡La conquista del poder!--sugiere Agustín.--¡Eso, no sabe lo que es -quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas -_revêries_ de venturas místicas--porque usted es una mística, Lina; la -han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad -y de injusto aislamiento;--digo que, como se funda en la realidad, en -las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la -psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento -de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase! - ---No sé cómo lo había de probar. - ---Yo sí lo sé--responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.--De -esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa -más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad -despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted -sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis. - -Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con -artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy -enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada; -de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin -arrebatarme, me distraen. - ---Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el -secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la -muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco -años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas, -á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro. -Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro _sport_, como ahora dicen... -¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede. -Detrás de cada combatiente suele haber una amazona; detrás de cada -poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la -inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad -persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos -propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted... - -Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído, -entregándome una primorosa caja de chocolates: - ---Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París. - -¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro -cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has -revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la -viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis -nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas -goyescas, por visiones peores que las macabras,--¡oh, la muerte es menos -nauseabunda!--Y, tal vez así... - - -III - -Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina -encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que -he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de -bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en -Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos -resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al -alcance, no de todas las manos--despreciable sería entonces--sino de -pocas y sabias y hábiles... - -Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, -del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se -lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino -en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para -convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural -enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la -esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La -duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, -anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y -airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el -estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los -rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante -al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra -del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia -arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de -coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato -altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al -ambiente que debe llegar á ser mío. - -Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer -caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos, -con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres -que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo -mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas -curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos. -Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante, -callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de -las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco -á Agustín Almonte y á D. Federico? - ---A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos -que revisten importancia. - ---¿Es su abogado de usted? - ---Sí, duquesa. - -Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi -sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible, -construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y -salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, -redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la -duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable. - ---¿Quién la viste? - -Pronuncio negligentemente el nombre del modisto. - ---¡Ah...!--La exclamación es un poema.--Claro, ese habrá de ser... Pero -el bocado es carito... - -Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos? -¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano? -Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta. - ---Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á -descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales... -¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su -padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes -políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, -tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están -más viejos que un palmar, ¡pobres señores!--añadió la dama con juvenil, -casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal--crea usted -que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido -es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte. - -Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante -suspiró. - ---Es lástima que sus ideas... - ---¡Hija, sus ideas!--se apresuró la duquesa--Manolo, mi marido, asegura -que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar! - -Y variando de tono: - ---Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en -su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra una -mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo, -Lina?... - -La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora, -árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del -todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su -irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más -que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme -en el Casino--sin oficiosidad inoportuna--de inventarme excursiones -entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y -seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada, -mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y _lunches_. -Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la -infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve, -en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía -al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la -tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir -superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á -la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á -almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto -admirativo de las caras cuando agregué: - ---Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady -Mounteagle. En efecto, sabe su obligación... - -¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una semana, no había nadie que -no me conociese. De mi _yo_ verdadero nada sabían; en cambio, conocían -hasta el número de frasquitos de _vermeil_ cincelado que contenía mi -maleta de viaje, traída por Maggie de la casa _Mapping and Web_, reina -de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos -artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo -sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas -y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas -ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos -que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza -vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A -vuelta de correo, Agustín me contestaba: - ---Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de -victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la -de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase -usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un -meteoro... - -Seguí el consejo.--No sufrí la fascinación de París. Es una capital en -que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no -sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus -artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo -alborotada á propósito de _Notre Dame_. Este monumento ha sido adobado, -escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su arquitectura -ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales -españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas, -sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. _Notre -Dame_... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con -_boniment_, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa. -Falta en _Notre Dame_ sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del -pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí -han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á -_Notre Dame_. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por -contraste con las calles infestadas de taxímetros, de _autobus_ y otras -cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un -licor fuerte, me daña. - -Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes -del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis -uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi -calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas -anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para -que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías -originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy -en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se -divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince -días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría todo en esta -ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me -daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia! -Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá... - -Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la -continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada, -fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó -alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones -iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que -sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de -Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza -triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de -aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana, -mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que -tomaba para sus vapores lady Mounteagle... - ---¡Á Suiza!--ordeno lacónicamente.--Vamos directamente á Ginebra... -Prepare usted el equipaje. - - -IV - -Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla -para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en -ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen, -eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después -de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente -languidez de la Alhambra. - -Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los -quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á -ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes -de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las -montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, -encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y, -por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos -infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma -estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una -clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río -de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los -hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á -hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico, -reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta -vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un -deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen, -purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago, -que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, -sentada perezosamente, una inglesita lee una novela; de vez en cuando -sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de -_terra cotta_, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la -sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas? -¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel -prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia -hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo, -é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería! - -De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen -lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes -asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que -embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de -la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al -través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y -cobrar á toca teja las cuentas del hotel. - -El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera -y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á -Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas -donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No -realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á -ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna -turbación, ninguna emoción desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso. - -Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al -venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en -el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el -lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y -adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien -cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra -de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen -girón de cielo. - -Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace -rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi -alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo. - -No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno -de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una -joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le -vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El -barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco, -graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que -el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días -tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de -pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y, -creyendo que me asusto, añade el pobre hombre: - ---Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado. - -Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy -digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana, -sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada -como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las -dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando -venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino, -y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas. - -Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él -es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme. -Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana, -por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos -juntos, como si fuésemos ya marido y mujer... - -Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de -los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las -heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el _amigo_... Los dos tenemos -planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los -dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos -de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas historias de -amarguras y desencantos, que se parecen á la mía... - ---Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de -los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo -variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del -cual dimana. - -La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras -predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe -un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de -Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos -peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al -pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo -esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de -descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto -bueno como hay en el mundo. - ---Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se -resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero -cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido, -entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las -manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo! - -Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El -mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han -de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me -asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión, de aceptar una -jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no -amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que -eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me -promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida -«inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los -Lagidas, al unirse para dominar al mundo. - -Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que -revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo. -El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha -comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la -hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la -viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más -que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y -nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer -pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la -sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña. - -Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos -vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en -la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con -la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en -frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en -Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo las flores -montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de -un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo, -Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la -sensación; sólo que es una sensación gastronómica. - ---Esas no abochornan--respondo.--Y él aprueba. ¡Ha aprobado! - -Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas -sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y, -coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos -atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no -tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín. - ---El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se -resbala. A otro perro con ese hueso--declara él.--No crea usted, Lina, -que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan -peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo -evito los otros, los peligros de lujo. - ---El peligro tiene su sabor... - ---¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un -_edelweiss_ cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no -está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses, -gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba -de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de -telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo -mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. -Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es -un tonto. - -Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen -alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente -caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en -la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy -persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica. - ---Me atrae su aseo--declaro.--No debe de oler una multitud inglesa como -una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación... - ---Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre -todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es -punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos -imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas. -Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda -en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la -conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando -sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un -ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos -cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular -adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la -fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos -israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin -altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...? - ---La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada. - ---No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es -una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D. -Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe -que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la -red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El -hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró -testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese -ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he -salvado. ¿Merezco alguna gratitud? - ---Mucha y muy grande--contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y -sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.--Sólo que... es delicado -decirlo, Agustín... - ---No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted -cambiará. - ---¿Y si no cambio? - ---Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el -trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo -para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser -usted más que amiga... - ---¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted. - ---Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja -venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el -sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el -gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me -pareció una base necesaria para mis aspiraciones--no se quejará usted de -que no soy franco--pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna -desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un -peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más -probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en -berlina. - ---Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco -conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de -la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en -materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una -defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de -escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto, -poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha. - ---¡Palabras de oro!--bromea él,--y no sé de donde ha sacado usted tal -experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un -momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde, -vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el -lodo le llegaba á la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio. -Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor, -hágalo por compañerismo. Subamos de la mano... - -Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una -luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en -la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban -llamados por algún viajero que pedía _wisky and soda_, cerveza ó -aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados -españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban -temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno -hacia el otro. - - -V - -Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten -esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el -azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las -nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo -hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación -cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á -prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia -psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la -gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias -ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje, -supuso--después lo he comprendido--que siempre llega el cuarto de hora. -Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el -proco con artística finura. - -Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo -profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi -amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en -mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...? - ---Ni en hipótesis--confirmo tercamente. - -Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me -recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña -Marina. - ---¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los -amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban, -y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña -Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir -emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos -del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se -fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra -de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos -que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida -ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo, -esta comunión sería más espiritual que otra cosa... ¿Me niega usted el -derecho de defender mis ideas...?--se interrumpió con grata sonrisa -sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo. - ---No--asentí.--Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si -cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y -persuádame, si es capaz. - -Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al -rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey, -comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda, -pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo -recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado -este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele -echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y -saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen -hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la -libertad de conciencia... - ---Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no -revolotea el cupidillo... - ---Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su _Nueva -Heloisa_, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha -escrito, muy empalagosamente asqueador. - -Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía, -Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago, -desplegó los recursos de su arte. A su voz no le había yo prohibido el -contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por -auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor -expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un -goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero. -Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de -Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de -la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho -interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente -conocidísima, y él, para justificarse, alega: - ---La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que -no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es -dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se -exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban... - -La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en -Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros, -de hombre de ciencia... de esa ciencia. - ---¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título -con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo -contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido -ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado. -¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto... - -Y, comentario: - ---A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que -sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos -armamos de _alpenstock_, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los -juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de -España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro, -que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por -lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar -primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo -Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias -nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado... - ---Era un tuteo histórico. - ---No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo -una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?... - ---En realidad... - -Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al -contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba -nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes, -los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa -sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes -ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco -de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen -volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos -ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi -impaciencia. - ---Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos -coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro. - ---El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante, -quisiera que, mañana, la historia... - ---El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace -de los hechos, sin cultivo, como esos _edelweiss_ peludos sobre la -nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros... - -Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un -sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces. -Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los -anaranjados del oro encendido por el fuego--al avanzar el verano, el -hielo se derretía--. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco, -mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era -una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. -Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como -un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente--reconozco que es -extraño el motivo--era que yo no compartía la turbación que iba -advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se -reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era _en los demás_, sino _en -mí_, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos -transportes,--no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado -al comprobar que yo los sentía. - ---Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice... - -Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á -Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde -fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros, -el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal. -¿Por qué--pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su -colaboradora--no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no -es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo -tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en -el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente -toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y -delicado autor de _Filotea_? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que -se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace, -familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la -Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas... - -Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy--al lado del -Léman, un juguete--y nos habíamos desviado algo del paseo público, -perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella -hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una -especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando -un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en -un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las -horas difíciles, la explosión era como volcánica. - ---No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame, -despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has -apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran -absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y -si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco -miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no -discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las -cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me -alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un -contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces, -para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres -de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos -aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio... - -Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el -magnífico hielo de los glaciares. - ---Basta..., Agustín..., oye... - -Hizo el gesto de locura de emprender carrera. - ---No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...? - ---Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una -complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he -enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he -enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que -comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú -serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.--suspiró con pena -romántica.--¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia, -cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una -mujer singular, que ha resuelto... - ---Pero si yo... - ---Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me -permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace... -Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan -á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser! -Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos; -era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la -ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en -desesperación. No es culpa mía. - -Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago -rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á -Agustín de que se sentase también. - ---¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? ¿La pasión se manifestaba -así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por -mí, de sacrificios, de abnegaciones? - ---De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán -diferente eres de _las demás_... Te rodea un ambiente especial, tuyo, -que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en -serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro! - ---Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín, -cuidado! - ---¡Así es! Ojalá no fuese. - - -VI - -Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables. -Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre, mientras se -arreglaba todo. Nos casaríamos en París. - -Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la -placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy, -revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez -apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase -antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo -monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una -estufa correcta, con guardafuego de bronce. - ---Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio... - -Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir -por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de -las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado -á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la -perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso -la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No -usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes -coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, -natural y fuerte. - ---Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán -concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo, -y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre -encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su -existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te -extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te -respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte, -sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero -contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un -cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas, -por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, -arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia! - -He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del -proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino. -Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada, -hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia. - -En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo -mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien, -envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta -imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción -del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve -furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc, -engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de -Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, -y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo, -zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el -torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta -sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con -las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el -agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el -profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y -mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á -perderse y disolverse en el mar inmenso... - ---Tal va á ser mi suerte...--pensaba, releyendo estrofas de Lamartine, -ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles -encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, -aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas... -Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio _rococó_. - -Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos, -de blanda y fofa cinta _liberty_; mientras Maggie, silenciosa, dispone -mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á -almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela -tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado -á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente. - - «Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit - éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur - l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?» - - * * * * * - - «¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...» - -Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas -veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo -inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo -transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de -lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de -relieve pintado, al suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo -de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo. - - «Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac, - et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins, - et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...» - -¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido, -nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un -pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca? - -Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no -considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni -aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué -algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para -retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la -catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme -responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á -precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara -sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. -Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una -conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya -antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos -acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos -explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de -sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que -me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases, -conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si -se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que -lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si -no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos -de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado -anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi -parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema... - -Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la -fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro--ya no -debo llamarle _proco_,--extremaba sus demostraciones y apuraba sus -finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de -que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio -que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una -impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de -vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que -cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme -permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de -lectura, ataviada, adornada, perfumada, escuchando á Agustín, en -plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los -aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos -aterradores. - ---¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos -competencia á Tartarín?--preguntaba Almonte sin enojo.--¿Quieres que -justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme -lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa. - -Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba -la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud, -fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que -entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de -golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y -traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos -y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está -latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, -al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no -estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el -_sommer-lauissen_, semejante á un río de plata rodeado de espuma de -nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré -á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas -imperceptiblemente. - -Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos, -excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser -persona el que corre estos azares. - -La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica; -estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa -ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos -ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y -regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las -tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el -mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, -transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la -llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros, -y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de -púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con -trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el -paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve -la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes, -ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace -resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después -en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á -ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que -lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta se oprimió, mis ojos -se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, -acercándome á su oído, con ojos delicuescentes: - ---¡Dios! - ---¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la -veranda.--Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la -cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía -haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes; -vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que -dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales... - ---¡No sigas, Agustín!--imploré.--No sigas... - ---¿Qué te pasa? - ---Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé -cuándo... no sé dónde.--Y con voz ahogada, palpitando, reconocí: - ---_¡Tengo miedo!_ - ---¡Miedo tú!--sonrió Agustín. - ---Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de -lo desconocido, de lo extraño? - ---Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te -alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande -alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico. -Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor... - -¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra sacra? Sería que su -destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido: - ---Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual -conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti -el lago? - ---Me gusta lo que te guste--fué su aquiescencia, demasiado pronta, -demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas. - -Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al -barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le -interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo -existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura. - ---Ahora es el momento--respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é -insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de -los ingleses.--Estos días hay _lardeyre_, y cuando lo hay... - ---_¿Lardeyre?_--repetí. - ---El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad. - ---Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos -previenes la barca. - -Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la -mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la -residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me -había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, -caladas las gorrillas de visera, de cuarterones, que habíamos comprado -iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua, -siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón -consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y -se crispaba, turbada hasta el fondo. - -Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine, -aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín -parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español, -entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún -motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El -latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y -las cejas se juntaron, irritadas. - ---Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina... -En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por -buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque -el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es -distinto. - ---Hallo placer. - -Calló de nuevo. Insistí. - ---¿Qué puede suceder? - ---Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera. - ---En ese caso, ¿me salvarías? - ---¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para -lograrlo. - ---¿Es cierto que me quieres? - -Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó: - ---¡Tanto, tanto! - -De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas. -Era que _creía_. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor -ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la -orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta -perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar. -Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad -que era el momento decisivo... - -¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una -electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos -nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su -rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me -hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo -punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en -vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, -como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su -vez y medio se volcó. Caí. - -Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin -embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta -escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi -boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á la superficie. A -mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua. - ---¡Agustín!--escupí con bufaradas de líquido.--¡Sálvame, Agustín! - -Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana, -que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del -otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me -rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la -expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á -todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... -Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un -agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de -soñar que gritaba (claro es que no podría): - ---¡Cobarde! ¡Embustero! - -Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también -en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación, -trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos, -densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un -pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba -quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á -mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, -en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse... - -Y cuando después de mi larga, nueva fiebre nerviosa, mucho más grave -que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á -Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa -mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes -españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España, -mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no -menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte -fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El -desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío -despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se -encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo -costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles... - -Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite: - ---No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes, -criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante, -aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... -Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se -emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán... - ---Dejarles--respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los -labios y articulo: - ---Perdóname... Perdóname... - - - - -VII - -_Dulce dueño._ - - -I - -Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven -sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de -depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, -Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El -uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales, -puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón -fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación! -Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco -que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano! - -Por egoísmo--no por atender á la salud--he cerrado la puerta á los -curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á -reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una -apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica con el -padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo -del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel. - -Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de -«neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra -causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro. -La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja, -se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo -lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»--recuérdese á -Lamartine--sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos -enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben -aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á -la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman -hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, -y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la -consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo, -empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una -muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad, -el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza -honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al -sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis -cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante. Los párrafos que -nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido -el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía -horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad -vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, -en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar. - -Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo, -que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la -tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir -nuestros desposorios... - -Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me -levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos -débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi -garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, -calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío -del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias -mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar -hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor -salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de -nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora, -eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su -mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco -pecho... - -El padre, más sereno,--al fin han corrido meses--, convenientemente -triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando -Carranza á la obra. - ---Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía -está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite -usted que la dé un beso en la frente? - -Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la -señora de Almonte, sufro un síncope... - -Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de -respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción -de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto, -pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez, -dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán -siempre como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos -algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese -lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»! -Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una -esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior á -todo! Acaso--insistía el padre--el genio maléfico que parece dedicado á -encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que -había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman. Porque él, después -de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo -de fatídico, que va más allá de la natural combinación de los -sucesos... - ---¡No lo sabe usted bien!--respondí sinceramente, como si pensara en -alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y -frías. - -Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi lado, murmurando -frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la -alfombra, ante el canónigo. - ---¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía? - ---Me confesaría de buena gana. - ---¿Confesarte?--La sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña. -Era un medallón de piedra el rostro del Magistral. - ---Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí. -Ayúdeme á descargar un poco el espíritu. - -Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos -indefinidos cabía en el pliegue. - ---Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te -contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho -siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. -Eso de confesión... es cosa seria. - ---Serio también lo que he de decirle. - ---No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de -desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la -penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro -mejor que yo... - ---Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto? - ---El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se -verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si -te confesase... Tengo mis razones... - -Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había -limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un -buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi -reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la -famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó -la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde -aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del -canto de las niñas: - - «¡Levántate, Catalina, - levántate, Catalina, - que Jesucristo te llama!» - -Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si -me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado, -torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos -de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba -mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse. - ---¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba; -¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad, en ese -género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á -tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...! - ---¡Asesinato! - ---¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No -extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi -remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te -conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas, -inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como -tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas -eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, -antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora -naciste! - -Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza -insistió. - ---En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, -acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre -desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la -encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla, -habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres -para envenenar á tu padre! - ---Como no estamos confesándonos, Carranza--declaro, sacudido el pecho -por el martilleo de la ansiedad--me será permitido defenderme. Algo -puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos -celebrado un pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el -poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia -más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me -juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio -murió él, y yo he caído en lo hondo...! - -Mi ademán desesperado comentó la frase. - ---¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas -tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las -novelas? - ---¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le -quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era -caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo -en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba... - -Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el -puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus -labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía. - ---¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me -pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! -Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto, -de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te -resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda, -casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya -eres dueña de elegir marido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto -luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco -la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un -hombre joven, simpático, el hombre de mañana--¡pobre Agustín! ¡si esto -clama al cielo!--y tú no sosiegas, víbora...--¡Dios me tenga de su -mano!--hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los -padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo -vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no -hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en -segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto -subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel -hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de -maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se -ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes! - -Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que -está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos: - ---¡Perdón! ¡Perdón! - ---¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso--insiste Carranza, petrificado en -ira--. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará, -que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento -dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo -sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese -perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo -nunca, y que no ha de aprenderlo! - -Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, -tronante de indignación. Y amenazó: - ---Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan -llamándote _hija_, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu -antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es -contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es -mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las -hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la -malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un -patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa! - - -II - -El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo -de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar -alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la -saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis -fauces. - -Salí del oratorio.--Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me -consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada que -aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la -cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para -no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de -onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo -arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi -doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos -episodios desastrosos de Octavia y de Maggie... - ---¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído... -¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina... - -No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una -manera conveniente. Sólo ordené: - ---Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro. - ---¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen? - ---¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se -precipita. - -Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La -especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja -ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que -obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la -Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una -calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la -vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal -de pésima traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace -centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa. - ---¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora? - ---¿Quiere usted hacerme un favor? - ---¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié -gracia! - -El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu. - ---El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme. - ---¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que -amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos! - ---Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y -fuerte. - -Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba -aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me -eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se -encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo -derecho, sin vigor ni saña. - ---Fuerte, fuerte he dicho... - ---¡Andá! Si la gusta... Por mí... - -Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis -hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la -penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente. - ---¡La cara, la cara también! - -Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre la boca... Agudo -sufrimiento me hizo gemir. - -La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo -pestífero. - ---¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso -más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera? -¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente! - -El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los -dedos. El cuerpo me dolía por varias partes. - ---Gracias--murmuré, escupiendo sanguinolento--. Es usted una buena -mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil -veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz! - -La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de -enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves. - ---¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si -tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste, -ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere -que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo -de la farmacia? Dos pasos son... - -La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios -destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije: - ---¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga. - -¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora. -Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro, -vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas -tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, -dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví -el hueco del diente roto... Al pronto, una pena... - ---La Belleza que busco--pensé--ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza -ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el -otro... ¡Cuanto antes! - -Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó -á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos -desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y -reposan. - ---¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña! - ---Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil. -Tráigame el caldo usted mismo... - -Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir, -parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, -una exclamación. - ---¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, -Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué? - ---Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin -importancia... - ---No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto! - ---Por favor... - -Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi -misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él. - ---Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este -pulso? Parece que no lo tienes. - ---Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me -encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al -correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de -Granada: á D. Juan Clímaco. - ---Pero... - ---Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole--¡atención!--que estoy -dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé. - -Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería -su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se -heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La -protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al -suplicio. - -Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara -dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el -habla. Me insultó. - ---¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo -escribo. ¡No faltaba más! - ---Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual. -Fíjese bien. El testamento de... la tía Catalina, no es válido. En mi -nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto -debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio; -corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas -temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en -mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me -mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa... - ---Cavilaciones, disparates... ¡Delirios! - ---¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien -su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he -despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo, -cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser -pobre. - ---¡Pobre! ¡Pobre tú! - ---¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y -aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó -trabajo ó limosna. Limosna, mejor. - -Se echó las dos manos á la cabeza. - ---Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto -haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas -cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se -fatigue. - ---Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias. - ---¿En qué circunstancias? - ---Enferma, herida, exal... - ---Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo -considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy -buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí. -Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor, -esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No -ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda. - -Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra -del rincón. - ---No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que -es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por -mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que, -por usted, estoy perdonada. - -Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies. - ---No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita -tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. -Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me -equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se -trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme. - -Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo -gris, sus mejillas demacradas. - ---Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor -bien. - ---¿No me quieres mal? - -Respondieron mis halagos. Respiró. - ---Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza -algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco -de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que -solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en -orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena -ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que -madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. -Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica... - ---No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente. - ---El único favor. ¿No me lo concedes, _niña mía_? - ---No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como -si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me -reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente -necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo... - -Y después de una pausa: - ---Excepto en mí. - - -III - -Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja -por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré en mi -guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con -leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi -faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el -suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia. - -Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en -la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez -venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible; -un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas -ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando -pasión. - ---Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha -pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él -para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios -perdona siempre! - ---El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de -ese sacerdote... - ---Hábleme de sí misma; no acuse á nadie... - -Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de -cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más -viva. - -Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el -fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad... - ---¿Eso ha hecho, hermana? - ---Eso hice... - -Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro -respingo. - ---¿Eso hizo, hermana? - ---Eso he resuelto hacer... - -Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos -ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún -sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró: - ---No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas -extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma, -verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre... -Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran -personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos -inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho, -desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus -pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla, -natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres. -No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa. - ---¿Y... por ese camino... llegaré al amor? - ---¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al -dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de -ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese, -humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto -violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre! - ---¿Nada más? - ---Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle... - -Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la -plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco -duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando -el olor bravío de dos paletos--una especie de mendigo y una vieja que -abraza un cestón enorme--; puedo hasta alargar la mano, solicitar un -socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no -puedo, es creerme--dentro de mí--al nivel de estos que van conmigo, del -que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien. -Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo -sutilizo mi caso.--No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es -que me creo _otra_. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata -quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es -que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales, -no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta -llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo, -únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por -mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica, -divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo -celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con -actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa -vulgar. Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo -de conquistarlo. - -Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no -necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para -ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes -fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, -de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor--ahora lo -comprendo--el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se -desposó con ese Dueño--¡único que sin vileza se admite y se ansía, -cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de -nuestro ser! - -La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados -cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren. -El viaje terminaría pronto. - -Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que -faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar, -arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir. - -Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé -que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe -un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas -desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez. - ---¿Costará muy cara?--pregunto, inquieta, pues ya no soy rica. - ---Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la -cederán. - -Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos, -salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por -montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones, -aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis -maravilloso. - -Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana, -tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete -recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada -por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de -abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el -campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas--dos ó -tres--tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la -revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está -sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los -cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una -chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con -dos moras maduras por pupilas. - -Me acerco, trabo conversación. - ---¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos? - -La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo -soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me -encuentre bien... - ---Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado. Haré yo la cocina, mi -cama, la limpieza. - -La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de -arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no -sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra -pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna -simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para -quedarme en su compañía. Saco un par de monedas. - ---Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora. - -La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva. - ---Daca... - -Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga: - ---Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se -precisa... - ---No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán... - -Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia, -entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia -hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida -una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona -disfrazada? - -Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su -espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata--así se llama -la niña--en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos, -cuidándolas, procurando que la ciega no derrame la sopa y que la chica -no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres -viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del -valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas -aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una -especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de -complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor -servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y -muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo -calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin -impaciencia. - ---La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc. - -A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se -murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de -saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres -casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos -de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es -preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada -la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación -de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la -recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los -tarros, el derretido de la cera, su envase en los cuencos de madera, -las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto -auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la -ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la -cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las -mieles ná más»... - -Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa. -Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la -cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y -tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios -como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé -explotar. Hice regalos. - ---¡Santa! ¡Es santa!--repetía la vejezuela, atónita.--¡Nos la ha traío -la virge el Calmen! - -¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún -afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, -barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes -como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas -serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce -emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía -hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y -acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! -Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce -Dueño? - -¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias, -cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la -fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado -los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la -cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor? -¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy -haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, -sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de -martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época -miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se -cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la -de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y -mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en -rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad -menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si -tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de -tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy -desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis -venas. ¡No poder sufrir, no poder morir! - - -IV - -Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes, -antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí -misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal, -trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de -docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la -celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, -siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis -impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales -reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo -material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle -valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente. - -El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los -Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los -paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni -parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su -conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. -Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan -gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se -parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de -la Cruz? - -Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que -lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo -por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, -para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y -cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me -faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y -la secura me invade. - -Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me -atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni -sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces -seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo -soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, -no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión -transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, -que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin -embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la -muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á -las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema! - -Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es -cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo -que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no -entiende ni pregusta la hermosura inefable? - -De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á -Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste -el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no -creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de -mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta -ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas? - -Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir, -llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el -desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte; -quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré. -Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de -miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, -sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te -tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras -que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de -desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, -por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente -pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo! - -Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse -el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el -inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma -misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse -las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en -el hombro. - ---¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata? - ---Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto. - ---¿Cuándo?--pregunté maquinalmente. - ---Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro, -negro tóo. - ---¿Negro? ¿Por qué? - ---Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy -mala! - -Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin -comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido, -con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras -negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura -inexplicable de la visión fúnebre. - -Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento. - ---Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita--murmura la ciega, estrujando -con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la -melaza y reducirlos á pasta derretible. - -Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me -importa! - -Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo -á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico, -medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás -vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, -dispuesta á vendimiar. - -Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve -convulsión. - -A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El -médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él -y yo sabremos lo mismo. - -En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con -esfuerzo, murmurando: - ---Ñora... - -Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha. - ---Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío. - -La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á -intervalos: - ---¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía -Dios! - ---No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo... - ---¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen! - -No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe, -en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!, -se hincaba en ellas...? - -Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han -señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan -recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices. - ---Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de -advertir á usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre -todo en el período que se aproxima... - ---Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente... -Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre; -pero deseo que nada le falte á Torcuata. - -La ciega, alzando las manos, insistía: - ---Santa es, santa es. - -La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un -monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan -fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía. - ---Otra cieguecita como la agüela...--suspiró.--Ñora Lina ¿está ahí? Ñora -¿me moriré como el fraile? - -Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más -cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana, -el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno -es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura -infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la -paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en -llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean: - ---No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho! - -Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra -floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. -Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor -diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de -mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego -que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me -quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte -tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, -que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, -divina, del anochecer!... - -Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca, -entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el -enajenamiento del bien inesperado, fulminante. - ---No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame -lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas, -redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me -envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, -enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no -te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin -ti, sin ti... - -Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin -pronunciarlo, sin rasgar el aire: - ---Dulce Dueño... - - -V - -En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie -verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda, -sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo -que nunca había sido: feliz. - -Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que _no es_), el -aspecto de completa desventura. - -En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona -vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos, -sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En -comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron -que ingresase, sería un paraíso. - -Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me -acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi -premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha -nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y -comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y -por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este -mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin -frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente -que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la -expresión animada y risueña de mi cara, y me llama--lo he -averiguado--«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una -labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir, -mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y -su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por -el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia, -deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le -pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces, -un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa -espera. - -Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia, -que da lástima. - ---¿Lo ves?--repite.--¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía -yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr -evitar estas cosas! - ---Pero ¿qué es lo que usted quería evitar? - ---¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya -trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la -casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos! - ---Me encuentro perfectamente en ella. - ---¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á -consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí, -por toda la vida acaso? - ---Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono. - ---¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro -Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para -transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna--porque no -te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan -sencillamente--, cuando se le ha ocurrido otra combinación más -sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, -mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos -las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la -prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un -escandalazo. - ---Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más -verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría -coro, diciendo que estoy... - -Me toqué la frente con el dedo. - ---¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se -puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de -emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie -hiciste daño! - ---Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he -de sufrir por lo que dañé? - ---Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados... -¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido -ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal... -Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree -capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te -odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha -mediado... - -Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica -_dinero_. - ---No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una -prevención... sobrado justa. - ---¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay -detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración -de una mujer de mala vida y de un boticario... - ---Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado -averiguar?... - ---Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú -entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste -que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu -casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué -chiquillada!... - -Bajando la voz: - ---También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por -el lago... Dice... - ---Cuanto diga, es cierto. - ---¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta -que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de -mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si -tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si la tratabas -mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu -cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias... - ---Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que -maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para -él. - ---¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra -«locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y -se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia -aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano... - ---De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son -personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su -concepto científico, no es error probablemente. - ---Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron -últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el -pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas, -en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una -chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al -extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata... -En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la -desbarataré. No temas; la desbarato. - ---Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay -que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él... - ---¡Ea, que no!--gritó impetuosamente, abrazándome--. No es Dios quien te -ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú -fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte -el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere! - ---Lo sé...--exclamo, con acento significativo--. Lo que no hace falta, -es compadecerme. Soy aquí dichosa. - -Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome. - ---¿Y Torcuata?--pregunto. - ---Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un -trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré. - ---No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo -encargo mucho. - ---Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las -únicas que hablan de tí con entusiasmo. - ---¿De veras? - ---¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los -altares... - ---Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual. -La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería -lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí, -Farnesio, no me santifique. - ---Veo que no has perdido el buen humor... - -Cuando se retiró, decidido á rescatar á la princesa del poder de -malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me -encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me -trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las -tentaciones? - -¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu -voluntad... - - - - -INDICE - - - _Páginas._ - -I--Escuchad 5 - -II.--Lina 73 - -III.--Los procos 123 - -IV.--El de Farnesio 153 - -V.--Intermedio lírico 187 - -VI.--El de Carranza 201 - -VII--Dulce dueño 257 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO *** - -***** This file should be named 56044-0.txt or 56044-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/6/0/4/56044/ - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Dulce Dueño - -Author: Emilia Pardo Bazán - -Release Date: November 24, 2017 [EBook #56044] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<p class="c"> -<img src="images/cover.png" width="327" height="500" alt="" title="" /> -</p> - -<p class="c">OBRAS COMPLETAS -<br /> -<small>DE</small> -<br /><b> -<span style="font-size:130%;"><img src="images/bazan.png" -width="350" -alt="EMILIA PARDO-BAZÁN" -/></span> -</b> -<br /> -<small>CONDESA DE PARDO-BAZÁN</small> -<br />——<br /> -<b>TOMO 38</b> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p> - -<p class="cb"> -<span class="sans">EMILIA PARDO-BAZÁN</span><br /> -<br /> -CONDESA DE PARDO-BAZÁN<br /> -<br /> -OBRAS COMPLETAS.—TOMO 38<br /> -———</p> - -<h1>DULCE DUEÑO</h1> - -<p class="c"><br /> -<br /> -<img src="images/colofon.png" -width="100" -alt="" -/> -<br /> -<br /> -MADRID<br /> -<i>V. Prieto y C.<sup>ía</sup>, editores.</i><br /> -Princesa, núm. 77.<br /> -1911<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p> - -<hr /> - -<p class="c"> -Es propiedad.<br /> -Queda hecho el depósito<br /> -que marca la ley.<br /> -<br /> -Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p> - -<hr /> - -<p class="ttl">DULCE DUEÑO</p> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="0" summary="" -style="border:4px outset gray;padding:.25em;"> -<tr><td align="left"><a href="#INDICE"><b>AL ÍNDICE</b></a></td></tr> -</table> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br /> -<i>Escuchad.</i></h2> - -<p>Fuera, llueve:—lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye -del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose -con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo -tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo -sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la -mesa un redondel anaranjado.</p> - -<p>La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa -cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea -destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á -la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros -cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de -pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica, -traslucen con vítreo reflejo los carmesíes;<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> en el manto, los verdes de -esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la -cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que -lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro -obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas. -Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos.</p> - -<p>En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la -mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón -inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una -nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa -sobre el esternón bombeado.</p> - -<p>—¿Leo ó no la historia?—urge el eclesiástico, agitando un rollo de -papel.</p> - -<p>—La patraña—critica el seglar.</p> - -<p>—La leyenda—corrige la enlutada—. Cuanto antes, señor Magistral. -Deseando estoy saber algo de mi Patrona.</p> - -<p>—Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las -noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna -suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi -trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la -sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un -poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando -prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos.<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span></p> - -<p>La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El -vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo -rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al -transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de -sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.</p> - -<p>«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está -claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que -después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano -<i>el Perseguidor</i>, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta -que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un -período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y -hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se -atrevió á batir moneda con su efigie...»</p> - -<p>Interrupción del vejezuelo.</p> - -<p>—Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de -autenticidad...</p> - -<p>—Déjeme oir, amigo Polilla...—suplicó la de los fúnebres crespones—. -Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.</p> - -<p>—¡Bah! Este personaje no es...</p> - -<p>—¡Silencio!</p> - -<p>«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo -fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan -sólo martirizando y matando cristianos;<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> hasta los espíritus cultos de -aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso -fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse -de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y -malicias filosóficas...»</p> - -<p>Inciso.</p> - -<p>—La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...</p> - -<p>Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.</p> - -<p>«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde -que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta -que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el -primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto -para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco -de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela -resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si -bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas, -tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en -otros países.</p> - -<p>Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse -que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los -festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban -los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p> - -<p>—Vamos, las primeras beatas...—picoteó Polilla.</p> - -<p>»—Es el caso que griegos y judíos—hiló el Magistral—andaban, en -Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los -cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías -hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, -llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el -emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor -Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y -luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana, -surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos -cristianos infelices...»</p> - -<p>—¿Eeeh?—satirizó don Antón.</p> - -<p>—¡Digo, felicísimos!</p> - -<p>»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus -artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales. -Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal -época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta -la personalidad de Catalina.</p> - -<p>Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo -era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto, -las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y -poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la -estatua de Memnon. No extrañemos<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> que Catalina profundizase ciencias y -letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica -estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas -egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.</p> - -<p>Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida -y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y -se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos -bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y -al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á -aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por -afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la -pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del -Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy, -calabazas...</p> - -<p>Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las -magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no -era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los -dioses, consagraba culto.</p> - -<p>Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los -<i>procos</i> ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las -superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y -acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su -existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias -antiguas, cuando muy<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la -riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los -esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina -un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines -y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se -escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas -de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por -vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los -patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la -Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á -Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el -marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían -decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de -imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los -demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre -enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras -maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á -reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un -helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus -frondas...»</p> - -<p>—¿No has notado una cosa, Lina?—se interrumpió á sí mismo el -Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.</p> - -<p>—¿Qué es ello?<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span></p> - -<p>—Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la -presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la -vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de -exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído. -¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados -á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha -de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de -su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y -por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la -tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la -Santa...</p> - -<p>—Me gusta Catalina Alejandrina—. Lacónica, la enlutada parpadeó, -alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.</p> - -<p>»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio, -entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían -pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en -vinagre por la hija de los Lagidas—lo cual parece fábula, pues el -vinagre no disuelve las perlas—, y la otra presea, una cruz con asas, -símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla -era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello—fíjate, el -artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle—hubo en la -ciudad una oleada de envidia y de<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> malevolencia. ¿Se creía la hija de -Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran -Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que -contrastó el poder de Roma?</p> - -<p>Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija -del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas -nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!</p> - -<p>También los cristianos—aunque por razones diferentes—miraban á -Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la -princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no -ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó -más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía -la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las -estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni -perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le -aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías -supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del -desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los -solitarios...»</p> - -<p>Polilla, que trepidaba, salta al fin.</p> - -<p>—Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no -se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste -bubónica!</p> - -<p>—¿La peste bubónica?—se sorprende Lina.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p> - -<p>—La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto -después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se -momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos -perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios -aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de -embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y -cátate la peste, que aún sufrimos hoy.</p> - -<p>—Bien...—Lina alzó los hombros.—Con usted, Polilla, se aprende -siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.</p> - -<p>«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por -entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se -llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una -columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como -sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de -la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase -el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba -«ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se -posaba en la palma seca del solitario.</p> - -<p>Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite -del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las -llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»</p> - -<p>—¡Absurdo!...</p> - -<p>—¿Polilla?...<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span></p> - -<p>«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después -con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que -Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados -con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen -verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y -rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones, -rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le -alabe y toda nación le confiese.</p> - -<p>—Reza también—imploraban—por que toque en el corazón á la princesa -Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es -enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más -hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad -mejor que muchas cristianas!</p> - -<p>—Sólo Dios es belleza y sabiduría—contestaba el asceta—. Pero -despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en -el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su -hirsuta barba negra—la idea de la princesa le acudía, le inquietaba—. -¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del -Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...</p> - -<p>Una madrugada—como á pesar suyo—Trifón descendió de la piedra, -requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta -llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía -canópica, y derecho,<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta -exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor -de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa -inmediatamente.</p> - -<p>—Decidla—insistió el solitario—que no vengo á pedir limosna, ni á -cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme.</p> - -<p>Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por -el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de -sayo de Cilicia.</p> - -<p>—Llevad el recado—insistió el asceta—. Ella no se reirá. Yo sé de -amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.</p> - -<p>—¡Es un filósofo!...—secretearon respetuosamente los esclavos; y se -decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los -filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.</p> - -<p>Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un -grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre. -Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro -y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados -prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos -de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía -en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia -profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el -broche divino de una existencia tan<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> colmada como la suya; y el amor -faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos -países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de -su padre.</p> - -<p>—¿De qué me sirve—pensaba—tanto libro en mi biblioteca, si no me -enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en -las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento -que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de -esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe -Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del -mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad -de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es -en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la -irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita -encandilarse en amor... ¿Por quién?...</p> - -<p>Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el -pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á -solas.—Volvió la tristeza pronto.</p> - -<p>—¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino -transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame -conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis -huesos!</p> - -<p>El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se -acercó.</p> - -<p>—Desea verte, princesa, cierto hombrecillo<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> andrajoso, ruin, que dice -que sabe de amores.</p> - -<p>—Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas.</p> - -<p>Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo -de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró -atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas -cejas que le comían los párpados rugosos.</p> - -<p>—Siéntate—obsequió Catalina—, habla, di de amor lo que sepas. Por -desgracia no será mucho.</p> - -<p>—Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto.</p> - -<p>—¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y -baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no -sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los -viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que -merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de -ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar -al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán, -te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le -fregamos.</p> - -<p>—Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los -cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El -cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña -hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p> - -<p>—Como quieras... Háblame desde alguna distancia...</p> - -<p>—Catalina—empezó preguntando—¿porqué no te has casado con ninguno de -tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.</p> - -<p>—Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que -mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado -que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo -encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir -que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún -no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes. -No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al -través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz -adorable, cuyo encanto serpea por mis venas.</p> - -<p>—Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.</p> - -<p>En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.</p> - -<p>—Dime tu nombre, Padre—exhaló, casi á su pesar.</p> - -<p>—Trifón, el penitente.</p> - -<p>—¿Cristiano?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Santo, como dicen?</p> - -<p>—No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido -de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y -aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su -aguijón.<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span></p> - -<p>—Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa -Belleza, que es la única verdad...</p> - -<p>—¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su -pareja, que gime por el amado!</p> - -<p>—Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana -de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.</p> - -<p>—¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?</p> - -<p>—¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre?</p> - -<p>—La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el -que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su -hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un -acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar. -Ama.</p> - -<p>—Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un -príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón.</p> - -<p>—Es un príncipe asaz más ilustre que tú.</p> - -<p>—¡Eso, sólo Maximino César!—se ufanó Catalina.</p> - -<p>—¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!—Mañana, á esta misma -hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin -ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una -construcción<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El -lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo?</p> - -<p>—No sé lo que sea temor.</p> - -<p>—Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más -allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en -cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con -recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...</p> - -<p>Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la -fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado.</p> - -<p>Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente.</p> - -<p class="ast">*<br />* *</p> - -<p>La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é -ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las -maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos. -Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga, -inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos, -con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas -tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber -conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de -vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina -africana... ¿Sería alguno<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> como éstos quien la aguardase en la ermita?</p> - -<p>Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo -receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase -á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el -martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el -filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa -ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el -amor la devorase, cual un león irritado y regio!—Siguió las -instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como -en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo, -ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta -de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres <i>fellahs</i>, el -pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las -esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la -planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así -disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines -que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle, -torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida -especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente -opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.</p> - -<p>—Oiga usted—zumbó Polilla—. ¿Sabe usted<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> que me va pareciendo un poco -ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...</p> - -<p>—Don Antón—amenazó Lina—, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso -ignominiosamente.</p> - -<p>«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre -pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones -semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del -granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos -reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones -menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la -delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo -de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de -fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal. -Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió -Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida -espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del -numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita, -encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la -tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina -temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.</p> - -<p>Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del -santuario asomaba<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> una colina inculta, y en un repliegue del terreno se -agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio -de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de -caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par -en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un -ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la -del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de -nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara, -sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el -insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura -y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de -amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños:</p> - -<p>Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la -tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos -diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos -semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica. -Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los -nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus -caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual, -se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges -tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y -ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo, -Caricles, Gnetes, sus contertulios,<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> erizados de argucias, duchos en la -controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus -labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un -murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que -flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo -inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y -en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se -destacaba era una sola palabra: <i>Amor</i>.</p> - -<p>Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos, -murmuraban también con tenaz canturia: <i>Amor</i>; y sus ojos chispeaban, y -sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y -lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus -bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente. -Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría, -galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras. -La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa, -era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su -huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras, -en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las -Esfinges.—Me desnudarán—calculaba—, y cuando caiga avergonzada y -rendida, se cebarán en mí...—El horror activaba su paso. Los pies, -rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> deshonraban con el -polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:—¡Mis pies de -rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me -estropean! ¡Ay pies míos!</p> - -<p>Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció -un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía -dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no -había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la -blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de -luminares, á guisa de manto triunfal.</p> - -<p>Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló -rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una -luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz -crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego, -reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso, -abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella -parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el -sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza -portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni -había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en -estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con -fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las -diversas razas del mundo. Los comparaba<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> á las creaciones de Fidias, á -los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así -se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más -sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión -superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían -claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color -de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo -misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El -mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto -que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los -del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió -que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra, -inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se -volvió hacia la mujer que le acompañaba.</p> - -<p>—¿Es esta la esposa, madre mía?</p> - -<p>—Esta es—afirmó una voz musical, inefable.</p> - -<p>—No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...</p> - -<p>Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se -extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.</p> - -<p>Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda -de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no -recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de -bochorno.<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la -ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!</p> - -<p class="ast">*<br />* *</p> - -<p>Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de -Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus -zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la -majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban -roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las -esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil -solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de -bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se -contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo -que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía -vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos -la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una -beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural -faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro -calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de -Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes, -lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No -ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de -la plebe encubría el brillo<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> de la hermosura! Era preciso buscar al -aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se -ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario.</p> - -<p>Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del -siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su -cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura, -franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían -temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos -de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían -cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con -amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía -provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas -llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando -descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un -pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva.</p> - -<p>Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó, -implorante, al asceta.</p> - -<p>—Vengo—impetró—á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi -serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime -dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le -parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo -parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p> - -<p>Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:</p> - -<p>—Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de -Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde -se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».</p> - -<p>—Pues yo recuerdo—asintió Lina—otra poesía de Lope de Vega, si no me -engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que -pondera el Fénix á la hija de Costo!</p> - -<div class="poetry"><div class="poem"> - «Una palma victoriosa<br /> -de tres coronas guarnece,<br /> -por sabia, mártir, y virgen,<br /> -cándida, purpúrea y verde...»<br /> -</div></div> - -<p>—Hay una glosa—advirtió Carranza—que la llama «segunda entre las -mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de -inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio -que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido -autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas -célebres se cuentan por centenares.</p> - -<p>—¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con -filósofos!—criticó Polilla—. En fin, siga usted, amigo Carranza, que -ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los -sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> Luis XV, -portador de una guirnalda con un lazo azul...</p> - -<p>—Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable—aseveró Lina—. -Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.</p> - -<p>«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el -polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la -esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un -instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del -asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando -movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina -rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos -al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula -consagrada:</p> - -<p>—Ven, hermanito...</p> - -<p>Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró -fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la -bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su -picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto -replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo -remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía -sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á -la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin -ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.</p> - -<p>—Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> mixtura sobre tu corazón -enfermo—mandó imperiosamente.</p> - -<p>Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al -percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su -corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar -delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase -su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron -manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel -entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se -embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose, -funcionó activo.</p> - -<p>—Soy cristiana—protestó sencillamente, comprendiendo.</p> - -<p>Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían -á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua -en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la -virgen, profiriendo las palabras:</p> - -<p>—En el nombre...</p> - -<p>Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario -anunció:</p> - -<p>—Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El.</p> - -<p>—¿Y le pareceré hermosa?...</p> - -<p>—Tan hermosa, que se desposará contigo.</p> - -<p>Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio -empezaba á revelarse.<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo -se lo mostraba resplandeciente.</p> - -<p>—¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?—interrogó sumisa.</p> - -<p>—Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega -el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando -vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.</p> - -<p>A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito. -Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y -golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de -uvas, sin sed.</p> - -<p>—Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...</p> - -<p>Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni -calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de -preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir, -su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo? -¿La juzgaría hermosa <i>ahora</i>? ¿No proferiría, con igual desdén que la -vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es -hermosa, no la amo?</p> - -<p>Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges, -impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud -no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía -sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la -espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> se deshojaban, lánguidas del -calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de -glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el -cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas -por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina, -que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita -libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se -encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta -superior á sus antiguos númenes.</p> - -<p>Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba -desierta...</p> - -<p>¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía!</p> - -<p>Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó -tiernamente.—Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y -no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de -mí el alma para irse á tí...—Así se dolió Catalina, hasta que el sol se -puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el -cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los -cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un -momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no -la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la -mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la -princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> cabeza -se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas -ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de -Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no -se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer -avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano -derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El -niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente, -encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó -al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á -colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se -apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto -duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.</p> - -<p>Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban -miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos -cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el -Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los -arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de -monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles, -cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona -viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus -moradores.</p> - -<p>En su lecho, la princesa concilió un sueño<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> aun más reparador y total -que el de la noche anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales -creemos haber nacido nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir -viene traído por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en -los ojos, hizo centellear en su dedo el anillo de las místicas nupcias.</p> - -<p class="ast">*<br />* *</p> - -<p>No había transcurrido mucho tiempo desde la expedición de Catalina al -desierto, cuando el César asociado Maximino el Dacio,—residente en -Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio, Constantino y -él, había correspondido Egipto á su jurisdicción—, celebró una fiesta -orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos -militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de -entonces, cortesanas y sacerdotisas de Hathor.</p> - -<p>Después de las primeras libaciones, mientras servían en copas de ágata -el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que produce una exaltación -entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se contaba de nuevo en -su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento, exclamó que era -mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de noticias, -sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta de -los galileos.<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span></p> - -<p>—¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la orgullosa?—se sorprendió -Maximino.</p> - -<p>—La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh, César! Porque, en su -culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada á la -Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen -campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo—añadió -afectando rudeza—, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas -hasta á los estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de -cierto en este rumor. Las divinidades altas te tienen encomendada su -defensa.</p> - -<p>Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había envidiado -amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio -corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le -había desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los -conmilitones de Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos, -pues habiendo llegado á ser uno de los placeres y deportes imperiales el -presenciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos para este fin, -podría darle á César el antojo de ensayar con algún amigo y convidado. -Los martirios eran más divertidos que las luchas de la arena, y cuando -se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de poder verla, -arrancadas sus ropas á girones por el verdugo...</p> - -<p>Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba en Catalina; no -tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez en la -vida, y en su energía y resolución,<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> dotes que la hacían curiosa y -deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué de Cleopatra, y -de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el sentimiento -patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de los -tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus -continuos viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra -los emperadores asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin -dignarse contestar al chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho -irrupción en la sala del festín las bailarinas con sus crótalos y sus -túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de -Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de Italia, -alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta, -llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se -encogía de hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se -obedeciesen las disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras -el espíritu de la vid corría por sus venas y tupía con vapores su -cerebro.</p> - -<p>A la mañana siguiente, el César repitió la orden. Tenía ya despejada la -cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estómago. Un -tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era desagradable la -perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto cruel latía -un designio político, dictado por el continuo recelo que le infundía la -ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio.<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span></p> - -<p>—Redacta—ordenó á su secretario—un edicto para que sean ofrecidos -sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose -las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del -Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que -Alejandría pertenece á Maximino.</p> - -<p>—¡A quien Jove otorgue el imperio entero!—deseó Hipermio, que estaba -presente y conocía lo que soñaba César.</p> - -<p>—¿No te di anoche esta orden misma?</p> - -<p>—Sí, Augusto; pero ya sabes...</p> - -<p>Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:</p> - -<p>—¡Cúmplase!</p> - -<p>En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron -altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato -becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los -hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba, -porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á -sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el -Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y -los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de -torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á -Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas -repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo -sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio,<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> ó pasaban -erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles -empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad: -tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á -sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los -encarcelados, y preguntó ansiosamente:</p> - -<p>—¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?</p> - -<p>—No, Augusto—satisfizo Hipermio—. Delante de su palacio no hay altar, -á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan -espléndida morada exige.</p> - -<p>—Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.</p> - -<p>—César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan -pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de -decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso -sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él, -representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es -la princesa.</p> - -<p>—¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella -y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las -supersticiones del populacho judío.</p> - -<p>Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba -sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia, -sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente -ataviada: su túnica<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> sérica, del azul de las plumas del pavo real, -estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como -entonces se labraban, en la forma llamada <i>tabla</i>. Sus pliegues -majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos -de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las -cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente -superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La -inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes -dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría. -Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre -perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo -delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería, -semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, -recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende -del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero -árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del -andar.</p> - -<p>—César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.</p> - -<p>Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se -envolvió en él y se sentó tranquila.</p> - -<p>—Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.</p> - -<p>—Te engañaron, emperador...—Después de breve pausa.—Yo era cristiana -ya, desde hace<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio -de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la -Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese -teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.</p> - -<p>—No soy tan docto como tú, princesa—ironizó el César, mortificado—, -pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que -acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza -del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el -deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de -mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.</p> - -<p>—Maximino—se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo—, yo, -en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto -te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son -verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas -materiales... y sacrificaré.</p> - -<p>—Catalina—insistió Maximino—, ya te he dicho que no soy un retórico -ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería -desigual.</p> - -<p>—No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me -ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca. -Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh, -Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.</p> - -<p>—Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> Atenea, pero algún sabio -habrá en el orbe que sepa más que tú!</p> - -<p>—Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.</p> - -<p>—¡Dichoso él!—Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran -galantes y rendidas sus palabras.</p> - -<p>El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina -del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había -molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de -Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de -Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y -otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La -recompensa sería pingüe.</p> - -<p>Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y -roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el -César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos -cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa. -Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros -guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en -Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina -que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber -que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora, -alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y -se dejó aromar la<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de -Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se -creía que la mujer es muy capaz de discurso.</p> - -<p>El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el -patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y -traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y -pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se -prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería -grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba -vengarse con venganza sabrosa.</p> - -<p>Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la -izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió -entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la -puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó -ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina -no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su -fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión -de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de -perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos, -como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba -su frente ancho aro todo cuajado de inestimables <i>barekets</i> ó esmeraldas -orientales, traídas del alto Egipto, cerca<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> del Mar Rojo, donde, según -la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los -feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía -en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los -ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las -esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos, -herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su -mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la -gloria.</p> - -<p>Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador. -Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso -Gnetes, el denunciador de Catalina.</p> - -<p>Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo -aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la -forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma, -buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta -fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de -Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la -concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto, -fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante, -increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator, -árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las -generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á -la<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos.</p> - -<p>Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había -profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia -suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo -Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios, -perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía -otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos -la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura -humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.</p> - -<p>Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni -negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo -oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con -terror maquinal:—¡Ha blasfemado del divino Arquero!</p> - -<p>Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él -tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora -y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta, -le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido, -reflexionaba:—¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?—Y se propuso -disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.</p> - -<p>Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y -cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los -<i>Tratados</i> del maestro. Ocurrió entonces algo<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> singular: Catalina -solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y -tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando -en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á -las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo -la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el -Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco -celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.</p> - -<p>—Tú, como yo, Necepso—urgía Catalina—; tú, discípulo de Plotino, has -sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste -vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar -de bañarse en ella.</p> - -<p>Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que -envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía -detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no -era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo -expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los -impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela -consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio -imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de -maderas bien olientes.</p> - -<p>Necepso, entretanto, se rendía.—Si el cristianismo es lo que enseñó -Plotino, cristiano<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> soy—confesaba—. Catalina se acercó á él, -sonriente, fraternal.</p> - -<p>—Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por -mí cuando llegues á su lado...</p> - -<p>Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio -y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas -venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo -brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le -amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa -pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta -que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.</p> - -<p>Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta -alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran -vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á -rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la -palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban -los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de -pelea. Lo que hicieron varios fué—sin atacar á la princesa ni al -cristianismo—desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus -maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la -ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de -Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> los -seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la -caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un -partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y -del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre -la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había -internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría -ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó -Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia -y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la -virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que -su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un -hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque -invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:—Rabí -Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable -doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no -quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación -posible.—Catalina asintió con la cabeza.</p> - -<p>La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de -la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se -estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se -regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> faltaban los -sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado. -Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó -rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían -bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera. -Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas, -fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio -al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la -substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se -desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito -sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo -está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa, -hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un -pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático -sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz -de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo -se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único -mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce; -sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los -camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló -de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida. -Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su -providencia; y que, después<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> de proclamar la ley moral, por no renegar -de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y -describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes -los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su -última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla -ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género -humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de -ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el -escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! -Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis -agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del -amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad, -había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza -de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por -fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no -había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba. -¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir -sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:—¡Habrá -muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de -cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!</p> - -<p>El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que -hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su -espíritu<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que -le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que -si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le -enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus -pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:</p> - -<p>—¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre -de fuego!</p> - -<p>Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza, -hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del -todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar -también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le -ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la -cabeza para mirar á su vencedora.</p> - -<p>No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el -auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas, -que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y -creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies -absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una -cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto, -ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces, -se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la -cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército; -y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> podían -profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien -nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César, -se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión. -Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de -sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina—también -irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo -virginal—les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio, -con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al -desollar al sátiro hediondo y chotuno—ya no se contuvieron los oyentes, -y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.—¡Salud, -salud á Catalina!—se oía repetir—. Y los cristianos, envalentonados, -enloquecidos—añadían:—¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa -Trinidad sea contigo!—Algunos de los procos, que en primera fila -esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por -contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en -triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.</p> - -<p>El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la -señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia -despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó -de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el -palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se -había<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el -sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas -emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos -trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de -anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que -Maximino usaba cuando se sentía exhausto.</p> - -<p>—Bebe, princesa—dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija -de Costo—. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me -parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes. -Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo -entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud -del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se -inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como -este vino de la Mareótida que te ofrezco.</p> - -<p>Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.</p> - -<p>—No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del -suelo. He vencido.</p> - -<p>—Has vencido—replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por -ella empezada—. No cabe negarlo.</p> - -<p>—Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el -socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro -convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean -llevados al suplicio.<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p> - -<p>—Oye, Catalina...—Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de -ágata, que soportaba el refresco—. Escúchame, que en ello nos va mucho -á los dos.</p> - -<p>Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza, -aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían -religiosamente.</p> - -<p>—Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que -adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el -último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte -mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían -fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los -oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó -mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina; -sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en -vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos -gloriosos de Roma.</p> - -<p>La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.</p> - -<p>—Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas -nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres -fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti -para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz -de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera, -desfallezco<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la -sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio -Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á -nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me -apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco -sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti -seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio, -el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien -aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución, -toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia! -Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un -templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra -con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para -ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza. -No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se -te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su -ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia, -garfios y potro?»</p> - -<p>—En Dios y en mi ánima juro—no pudo reprimirse más Polilla, que no se -desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza—que su -Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un -libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> su Alteza doña -Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no -oyen razones...</p> - -<p>»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con -la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la -importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían -madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el -momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha -continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en -una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad, -confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el -solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes, -á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de -la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la -nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño -íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente -magnífico que el Serapion,—del cual se decía que estaba colgado en el -aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco -buey idolatrado.—Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion, -expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una -palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César -cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías, -confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde -las<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién -impedía?...</p> - -<p>Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie -de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón, -repetía, lento, suave, como una caricia celeste:</p> - -<p>—Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...</p> - -<p>—Maximino...—articuló pausadamente—, me avengo gustosa á lo que me -ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en -cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible, -que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...—Y, moviendo el -dedo, hizo fulgir el anillo.</p> - -<p>—¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como -nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?</p> - -<p>—Virgen soy y seré.</p> - -<p>—Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta -crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me -satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo. -Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que -amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo, -princesa?</p> - -<p>—César...—insistió ella rechazando la copa—no sé si me creerás; yo, -aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que -ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la -horrible<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución. -No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el -Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta -transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que -se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano. -¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua—, -pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido -tentada, pero resistiré.</p> - -<p>Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni -el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos -férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca -los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso -temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la -crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.</p> - -<p>—Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas -é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste -tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu -escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de -exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el -jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á -un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh, -Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu -zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada.<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> Pero respeto también -la ley, y he de cumplirla.</p> - -<p>Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.</p> - -<p>—Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al -Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.</p> - -<p class="ast">*<br />* *</p> - -<p>Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó -y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César -se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se -descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la -virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra -el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo, -desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y -los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.</p> - -<p>Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía, -Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen -del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se -reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al -encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos -de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los -incomprensivos y los que comprenden con finura.<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> La princesa no apartó -los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra -maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima -representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador -y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.</p> - -<p>El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de -sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan -elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez -del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata, -y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una -fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y -aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y -maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona -la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y -disfrutando de los sabores sanos de la vida?</p> - -<p>Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la -princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin -indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la -interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista; -una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo -Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual -se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus -estudios elevados que aristocratizan el<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> pensamiento; del arte, de la -belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la -cincelada copa...</p> - -<p>—A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!</p> - -<p>La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en -una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por -precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla -libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos -funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes, -primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, -deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras -convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no -debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en -su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina -pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la -había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio, -ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito -instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el -tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se -interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los -serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial -necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que -con la orgullosa Catalina.—Y les quedaba la esperanza<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> de una -retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer. -La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de -deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los -cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la -doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un -complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo, -si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del -Galileo!</p> - -<p>Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:</p> - -<p>—El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla -con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en -que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.</p> - -<p>Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una -noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario -irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los -nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á -los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el -escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la -mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y -donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y -los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto -antes, y sin aventurarse<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó -reniega ó perece.</p> - -<p>Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase -de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había -inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro -de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero -despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.</p> - -<p>—El dios Apolo—se envanecía el negro—hubiese debido pelar así á -Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.</p> - -<p>El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que -idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano -sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar, -pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo -su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un -aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al -exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente -encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela -ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto -cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho, -espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del -infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas -de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> herida -mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los -clavos y las puntas.</p> - -<p>—Hoy mismo—insistía angustioso el pontífice—. En la demora está el -riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa, -dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio, -coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no -las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden? -Pues basta.</p> - -<p>Y Gnetes sugirió:</p> - -<p>—Al terminarse el banquete, el César <i>estará en estado de -presenciar</i>...</p> - -<p>Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía -el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos -diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al -patio, donde sería juzgada.</p> - -<p>Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que -moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el -supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:</p> - -<p>—No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver -el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú -eres la hermosura...—La hermosura ideal, Catalina—creyó oir dentro de -su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma -estoica.</p> - -<p>A pesar del secreto que se había querido<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> guardar, detrás de la baranda -se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus -torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta -cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las -antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y -una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido. -Sonreía.</p> - -<p>Maximino presidía el tribunal—, pero sin conciencia de lo que iba á -suceder—. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas, -completamente embriagado, y destuetanado además por caricias -diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo -de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía -una soñarrera momentánea.</p> - -<p>A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto. -Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta -lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga, -obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la -peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la -princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder -mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo -del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de -derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin -sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica,<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> -ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al -amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables -<i>barekets</i>, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes -peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal -enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón -rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor, -espantado, se acercó al oído de Taonés.</p> - -<p>—No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las -esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...</p> - -<p>—¿Te han enloquecido los dioses?</p> - -<p>—¡Te digo que son aire!...</p> - -<p>—¡Aún es tiempo, Catalina!—reiteró el pontífice, insinuante.—Aún -puedes postrarte ante los Númenes sagrados.</p> - -<p>Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina: -Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino -pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el -extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la -borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para -cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice -dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y -agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la -manivela, puso las ruedas en movimiento.<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span></p> - -<p>Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y -empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un -hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas. -Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la -virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si -buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario -alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina -horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto, -hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los -sacerdotes del Arquero...</p> - -<p>La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á -Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el -final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil -partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de -la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso. -Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz -apresada.—Voy á ti—suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable -anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo -describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público, -cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al -César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y -la cabeza de Catalina, que cayó cercada<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> del magnífico sudario de su -cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de -perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre -bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y -en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá -de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor -lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y -plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe, -perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo -ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas, -refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que -había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de -sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella -sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los -exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y -entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la -conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces -secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á -su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La -guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los -amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras -luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito, -castañeteando los dientes de terror frío, el<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> puro cuerpo de cisne -flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por -los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se -expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y -el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del -emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era -más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de -la loba—y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin, -á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»</p> - -<p>El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por -concluso.</p> - -<p>—¿Y el cuerpo de la princesa?—preguntó Lina—. ¿Qué paradero tuvo?</p> - -<p>—¡Ah!—respiró el Magistral—. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo -enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda -los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no -sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el -siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas -no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de -Hipatia.</p> - -<p>—¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le -suprimió Constantino.</p> - -<p>—Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había -ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder.<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> -Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre -los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta -extensamente en las notas.</p> - -<p>—Todo está muy bien—criticó Polilla—, excepto los milagros. -Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la -historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos -aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda -de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de -progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...</p> - -<p>—Y polilla...—sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la -cara acartonada del amigo.</p> - -<p>Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle. -Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos -de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba -al través de los vidrios. Y se oía:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Que Catalina se llama—sí, sí...</i><br /></span> -<span class="i2"><i>que Catalina se llama...</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>—Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;—y las arrapiezas, con su -argentado timbre de voz, continuaron:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>Mandan hacer una rueda,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>mandan hacer una rueda</i><span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span><br /></span> -<span class="i0"><i>de cuchillos y navajas—sí, sí...</i><br /></span> -<span class="i0"><i>de cuchillos y navajas...</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de -fuentes vivas, inagotables:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>Levántate, Catalina,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>levántate, Catalina,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>que Jesucristo te llama—sí, sí,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>que Jesucristo te llama...</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban -en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la -canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Que Jesucristo te llama...</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span></p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br /> -<i>Lina.</i></h2> - -<h3>I</h3> - -<p>¡Como una bomba, el notición!—Cuando traen el telegrama, estoy aseando -mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba -antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre, -extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú, -instituída heredera universal. Vente. Farnesio.»</p> - -<p>¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco -efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué -me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión, -no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada -al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que -los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo -cual me río de la historia).</p> - -<p>Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> al telegrama de Farnesio, -me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, -negra también, y, á pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo á -la estación. El tren pasará á las siete. Me siento en un banco, ante la -puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca, -columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla -mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por -primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi -saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica -una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de -tomarla, echa á correr. La riqueza asusta, por lo visto...</p> - -<p>Iré en primera, por primera vez.—Voy sola.—El departamento está rancio -de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios, -embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico. -Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas -equívocas.</p> - -<p>¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor -auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y -un sudor frío me rezuma en la sien.—¿No podría el telegrama ser broma -de un chusco?—Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es -verosímil, aún resulta más inverosímil <i>lo otro</i>. Tan grande es mi -angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span></p> - -<p>El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes -del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, á -la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio, -marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela -en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros -pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada, -inmóvil.</p> - -<p>Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora -que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que -no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de -mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de -inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos; -aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí, -¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. -Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los -dos meses de mendigar, ya no mendigo—, ya he resuelto mi problema. Lo -malo fué que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de -«señorita decente». Arrinconada, sólo pude vegetar...—Rectifico otra -vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida -imaginativa se ha dado!</p> - -<p>Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo -monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> porque á -mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí á -chicoleos de la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían conducirme á una -boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos, -encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy -volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que desde luego se -declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando -no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y -aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de -historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el -sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos -catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el -Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas -muchas cosas que nunca verán la luz, á no ser que ahora, siendo yo -millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la he zampado; por -cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en -los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño -de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las -doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo -fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las -representan pluma de ganso en mano, tintero al margen, y sobre el fondo -de una librería de infolios de pergamino.</p> - -<p>Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> manuscritos del -Archivo, las hijas del Juez, que son las <i>lionnes</i> de Alcalá, y que me -tienen tirria, me han puesto de mote <i>la Literata</i>. ¡Literata! No me -meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, -y entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que -para eso no me da el naipe.</p> - -<p>Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito -ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento de goce y de -superioridad.</p> - -<p>En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro Farnesio en persona, con -cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se -indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de -heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena -cada tres minutos.</p> - -<p>—¿Qué dices de esto?—suspira hondamente al cogerme las manos.</p> - -<p>—¿Qué he de decir?—contesto.—¡Pobre tía! Que le llegó la suya.</p> - -<p>Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y, -alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de -una berlina, acolchada como un estuche de joya. <i>Es mi berlina, es mi -lacayo.</i> ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del -fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos, -me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote -de los bayos fogosos.</p> - -<p>El intendente de doña Catalina me mira á<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> hurtadillas, me estudia. D. -Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge -indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo -de amigo y administrador, misterioso y enfático, D. Genaro Farnesio pasa -por mejor enterado de lo que atañe á la casa de Mascareñas, ¡retumbante -apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del -palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse -sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá -cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?»</p> - -<p>Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el -solemne portero—de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras -bien lustradas—ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he -venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á -Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por -qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.</p> - -<p>Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y -Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se -le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco -ronca me preguntaba:</p> - -<p>—¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?</p> - -<p>—Muy bien, tía...</p> - -<p>—¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span></p> - -<p>—No señora—respondía, mortificada y altanera—. Tengo lo suficiente.</p> - -<p>—¿Eres buena? ¿Te portas bien?</p> - -<p>—Se me figura que sí...</p> - -<p>Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once -años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco, -y me ponía en las manos un objeto, diciendo:—Para tí.—La primera vez, -un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de -esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último -regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento -pasión magdalénica.</p> - -<p>—Bueno, bueno—farfullaba la señora al murmurar yo las -gracias.—Cuidado, no nos dés disgustos...</p> - -<p>Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía -Catalina...»</p> - -<p>—Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...—Y me -retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los -parientes pobres, de los protegidos humillados.—¡Ahora!</p> - -<p>Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol, -con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la -muñeca, y, en voz baja, balbuciente:</p> - -<p>—¿Quieres <i>verla</i>?</p> - -<p>Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote... -¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme -pueril, ni medrosa!<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p> - -<p>—Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.</p> - -<p>La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de -doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y -colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el -fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil -lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas -están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la -media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla -con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos -se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la -difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han -amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su -fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el -que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del -muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en -un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de -rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas -manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan, -me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me -arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la -tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa -agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> -noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y -reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro -de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que -besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo -des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley -propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme -persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto -que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus -mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco -interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero -¿existen irreverencias interiores?)</p> - -<p>—¿Mi dormitorio, mi tocador?—pregunto imperiosamente. No conozco la -distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá -indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento.</p> - -<p>Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como -toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace -tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada -de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.</p> - -<p>—¿Mi doncella?</p> - -<p>Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á -tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea -Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el -timbre, y aparece<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> una sirviente añeja, especie de dueña azorada, -prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme.</p> - -<p>—¿Es usted la primer doncella?</p> - -<p>—Sí, señora... Para servir á la señora.</p> - -<p>—Llame usted á la segunda.</p> - -<p>—No... no está.</p> - -<p>—¿Cómo se entiende? ¿No está?</p> - -<p>—Ha salido á recados... D. Genaro sabe...</p> - -<p>—Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización.</p> - -<p>—Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.</p> - -<p>—Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad?</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>—Ponga usted en el baño un frasco entero de colonia... ¿Habrá colonia?</p> - -<p>—Sí, señora, sí.</p> - -<p>—¿Y toallas finas, y jabón de violeta?</p> - -<p>—De violeta no sé si habrá. De todos modos, será buen jabón. ¿Pediremos -el de violeta á la perfumería?</p> - -<p>—Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier jabón. Deseo bañarme -pronto.</p> - -<p>—¿No cena la señora?</p> - -<p>—Después del baño...</p> - -<p>—Que te aproveche—pronunció Farnesio—. Yo no cenaré: me encuentro -algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no por la -mañana, puesto que...—Se le quebró el acento; sobrevino carraspera.</p> - -<p>—Ya, ¡el entierro!—dije con naturalidad—. ¡Y yo sin manto de luto -para las misas! ¿Cómo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> se llama usted?—pregunté vuelta hacia la dueña.</p> - -<p>—Eladia, para servir á la señora.</p> - -<p>—Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy -tupido.</p> - -<h3>II</h3> - -<p>Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada -conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de -los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde -el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las -ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los -contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á -miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica, -concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también. -Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud, -reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y -sabrosa cual la aceituna.</p> - -<p>Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por -él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios, -me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.</p> - -<p>—¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana,<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> al despertarme en una -habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia?</p> - -<p>—¡Ojalá!—gimió él.</p> - -<p>—¡Muchas gracias, mala persona!</p> - -<p>—Ya comprendes por qué lo digo.</p> - -<p>—Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía, -pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le -advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más -cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano -D. Juan Clímaco?</p> - -<p>—En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada.</p> - -<p>—¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas -de la rama menesterosa, de la rama infeliz?</p> - -<p>—Es la verdad, Natalia... Pero—añadió como alegando disculpa—por lo -mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien -cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te -quería.</p> - -<p>Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé:</p> - -<p>—¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?</p> - -<p>La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado -del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.</p> - -<p>—Eso es cruel—tartamudeó.—No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo -supieses!</p> - -<p>—Don Genaro—respondí—razonemos. No me pinte usted lo que no ha -existido, ¿Es querer á<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> una muchacha tenerla recluída, darle una mesada -que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y -tramar una conjura para meterla en un convento?</p> - -<p>—Que no sabes lo que te dices—terqueó él—. Cuando se trató de que -abrazases ese estado—el más feliz para una mujer—, aun vivía Dieguito, -el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor -de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?</p> - -<p>Medité un instante, cogiéndome la barba.</p> - -<p>—Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían -que Dieguito se enamorase de mi?</p> - -<p>—¡De absurdo en absurdo!—Violenta indignación soliviantaba á Farnesio.</p> - -<p>Yo insistí, pesada:</p> - -<p>—Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo -derecho á entender.</p> - -<p>—Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres? -Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra -parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no -ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y -cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del -Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de -decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres -cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de -mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span></p> - -<p>Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con -ansiedad, me interrogó:</p> - -<p>—¿Por qué no la diste un beso?</p> - -<p>Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces -la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé -cómo—pero con mímica expresiva—, manifesté la repulsión á la hipótesis -del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:</p> - -<p>—¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí...</p> - -<p>Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada, -rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano -parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible.</p> - -<p>—Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca -falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único -que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que -usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es -verdad?</p> - -<p>Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es -muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa -timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que -acababan de traerme—¡milagro de rapidez!—de la <i>Siempreviva</i>, -especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á -Farnesio... ¿Me querrá este vejete,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> ó es un solapado enemigo? El -callaba, extático.</p> - -<p>—¿De modo que soy poderosa?—pregunté.</p> - -<p>—¡Ya lo creo!</p> - -<p>—Y diga usted...—¡Diga usted!—¿Tenía joyas doña Catalina?</p> - -<p>Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con -dignidad.</p> - -<p>—Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró -en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay -joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú, -hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.</p> - -<p>El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y -resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino -dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador -contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento, -convenientemente refrescado, será el mío.</p> - -<p>El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador, -sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida -con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni -dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un -muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos -me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse -del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La -forma de la nariz, el corte de<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> cara... ¿Qué tiene de particular? Bien -cercanos parientes somos.</p> - -<p>Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me -atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso -con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea -retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas -melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como -si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después -observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña -Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy -peripuesta.</p> - -<p>Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de -blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo. -Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito. -Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como -habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el -primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La <i>lingerie</i> -elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de -Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el -segundo—hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta -habitación—un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de -arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla -espléndida, que da indicios de no<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> haberse usado apenas; sería doña -Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los -sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas, -jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de -plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros, -blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas.</p> - -<p>Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que -registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco -todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera -fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La -ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he -poseído! En mis viajes á Madrid—tan cortos, de horas—me paraba ante -los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las -perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa, -en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de -cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo -acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra -prueba más convincente...</p> - -<p>¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es -todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo -encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo -resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los -Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra,<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> de brillantes; hay el -soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches, -sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes -colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de -la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué -hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la -señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin -gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado!</p> - -<p>Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de -que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el -moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un -coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas. -Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro -de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas -y rubíes—C. M., Catalina Mascareñas—. Todos encierran retratos, -fotografías ya pálidas. Un niño—será Dieguito—un señor de levita, sin -barba—, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro -retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas.</p> - -<p>—En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña... -¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de -esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy -almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más -personal! ¿Sería verdad que, como afirma<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> Farnesio, me quería mucho? -Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á -meditar en balde.</p> - -<p>¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por -los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta, -en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana -aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios, -que para mí serían bastantes?</p> - -<p>Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos, -cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas, -medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los -otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde -podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado -un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está -también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides -con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto -no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad, -un derrame. La <i>idea</i> toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea. -Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos -se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que -forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente, -hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la -premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> peligrosos, -sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina -murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de -la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de -bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás -rincones de la casa, porque nada hallaré.</p> - -<p>Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos, -rojean los inflados ojos.</p> - -<p>—¿Qué tal?—me dice.—¿Te has enterado bien de lo que te pertenece?</p> - -<p>—¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me -extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.</p> - -<p>Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con este ataque.</p> - -<p>—¿Ningún papel?—murmuró, en voz que trataba de aclarar y -serenar.—Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los -entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora, -es de las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se -consagró á esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya -se te comunicará también oficialmente el testamento. Los inventarios de -la plata y alhajas, están hechos en vida de la señora, y legalizados. -Creo que algún legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco...</p> - -<p>—¿No me entiende, ó me entiende demasiado?—cavilo, recelosa. Y, en voz -alta, preparando el floretazo:—¿Qué dirá usted que he encontrado en -este medallón?<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p> - -<p>Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su inquisición de papeles, -no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden guardar secretos. -Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría yo -cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía -Farnesio que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi -retrato.</p> - -<p>—¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña!</p> - -<p>Se enterneció. Y, con aquella flemita en la garganta que ya le había yo -notado, en instantes de emoción, salió por esta inocentada:</p> - -<p>—¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bienhechora!</p> - -<h3>III</h3> - -<p>Me instalo en el bienestar—no en el lujo—de mi gran fortuna. El -bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El -lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más -difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil -refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida -alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel -escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia -persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos -zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse...</p> - -<p>No está todavía depurado mi gusto para formarme<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> mi envolvente lujosa, -y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que -trasuda aburrimiento.</p> - -<p>La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban -reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin -de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una -locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de -estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas, -recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba; -no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso, -secatón, y arreglo en él una <i>serre</i> en miniatura, provista de -calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo -á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina.</p> - -<p>He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no -representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy -perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á -llenarse.</p> - -<p>Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga -alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su -tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de -este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes -en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del -Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el -uno de la condesa de Páramos,<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> sobrino el otro de la generala Mansilla, -que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas -de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo -<i>valgo</i>... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte. -Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo, -envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi -luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia -al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que -el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo -de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje...</p> - -<p>Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de -compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin -ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en -Madrid sin dueñas doloridas.</p> - -<p>En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre. -Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que -merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos -canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no -cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán. -Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los -formulismos. ¡Es tarde, es tarde!</p> - -<p>Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve.<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> Mi carácter se ha -templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento -de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un -ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo -infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra, -su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que -son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que -la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan. -Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en -algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese -acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto -desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi -goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de -<i>parvenue</i> al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y, -adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida -sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á -proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir -el pasado al presente.</p> - -<p>Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una -fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos, -de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi -capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora -los brillantes y las esmeraldas<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> son flores de ensueño ó pájaros de -extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún -grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del -color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el -nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado -por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra, -los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo -gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros -refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño -al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que -generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas -las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en -la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de -enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo -en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes. -Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi -cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema -femenino: ¿Soy ó no soy hermosa?</p> - -<p>La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola. -Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran -cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con -relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> mayor el mucho y -fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la -dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva -clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la -proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa -miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una -Febe.</p> - -<p>Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La -camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso -misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más -gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado -de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo, -me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la -Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se -adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos -vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros, -ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba -hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho -que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca, -á mi lado, el de un fuerte púgil.</p> - -<p>Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza -sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de -pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó -dos audaces<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> plumas de pavo real que divergen y me flechan de -esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la -testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido, -recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies, -derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el -peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados, -sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de -misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando -su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada -por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de -matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas, -que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra -joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de -mis manos—y hasta los de mis pies—son para mí objetos de un antiguo -culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no -deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las -faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel. -Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis -cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y -curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que -contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y -conservar la sedosidad de mi piel.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p> - -<p>Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me -reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda -actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes. -Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas -y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á -casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean -cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy -torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice!</p> - -<p>Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el -secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo. -Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado -en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta, -ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del -otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin -granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante. -Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en -que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana, -no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran, -y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á -él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la -caracteriza aristocráticamente.</p> - -<p>No llamo la atención desde lejos. De cerca,<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> puedo agradar. Nunca he -creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de -engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El -misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me -gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de -luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la -ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas, -prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes, -cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita -inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo—he -enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción—me realzan como -la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado, -traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi -guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas -olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior—porque -superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó -las rosas de unas mejillas—sino en mi íntima voluntad de elevarme, de -divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era -sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí -ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario, -superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á -la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar. -¡No tanto, señores!<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span>—No soy una heroína de novela añeja. -Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque -sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo -contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que -yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que, -repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con -mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi -dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será -fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse -él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio. -Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se -descolgará de su centro, yéndose hacia <i>él</i>...</p> - -<p>Pensando en <i>él</i>, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas -altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto -brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado... -Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes -chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que -se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles -fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja, -azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme -flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo -aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> amanecer, -corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama, -donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio, -con los pies helados, la cabeza febril...</p> - -<h3>IV</h3> - -<p>Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una -semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis -maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos -señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita, -poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo -que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es -impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en -las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser -verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas: -Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.</p> - -<p>Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos -años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes -de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos -muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un -pinche encargado de presentarla.</p> - -<p>Invitaré al canónigo; se le soborna por la<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> boca: es amigo de la mesa. -Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer -insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las -formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí -bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia, -Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:</p> - -<p>—Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia?</p> - -<p>Ligera rubicundez, tartamudeo.</p> - -<p>—¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por -eso,—añade, ya aplomado—pero es imposible averiguarlo, no habiendo -medio de preguntárselo á tus padres!</p> - -<p>—Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.</p> - -<p>En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por -el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece -del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera -y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y -recargada filigrana.</p> - -<p>Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola. -Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi -suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje, -que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques -verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La -sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión -de limpieza de sus aceras de ladrillo<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> y su caserío claro. Á pie voy -desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes, -¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las -hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me -devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la -cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es -parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una -apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero -es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de -charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!</p> - -<p>Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde -estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con -una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la -que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber -adonde llega mi fantástica fortuna!</p> - -<p>—Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida -de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un -chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo! -Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que -le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.</p> - -<p>Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes. -Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span></p> - -<p>—Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de -felicitación—advertí.—No lo oculten, puesto que lo piensan.</p> - -<p>Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan -dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en -que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.</p> - -<p>Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores -primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!</p> - -<p>—¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en -tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo, -eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse; -su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros. -Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...</p> - -<p>El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que -asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.</p> - -<p>—Sin embargo—añadí—, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo -le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su -caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á -mi...</p> - -<p>—A tu respetable tía doña Catalina—atajó el ladino y erudito -eclesiástico—. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del -monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña -Catalina Mascareñas te ha dado<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> una prueba bien estupenda de su cariño, -y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra -Natalita—porque supongo que nos permites llamarte así.</p> - -<p>Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana, -que rebosa dignidad.</p> - -<p>—Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron -en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?</p> - -<p>—Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo, -darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas -á hacer...</p> - -<p>—¡Esto ya no se puede sufrir!—grité afectando indignación—. Ayer me -quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?</p> - -<p>Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.</p> - -<p>—No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre -vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?</p> - -<p>—La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el -varón, por lo menos—sentencié.</p> - -<p>—A veces—arguyó el Magistral—el dinero es un peligro. ¡Expone á -tantas cosas!</p> - -<p>—A mí, no—respondí tranquilamente—. A ustedes les consta que he -cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me -pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden -pasiones.</p> - -<p>—De todos modos... Polilla, déjese usted de<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> hacer morisquetas, y -ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse?</p> - -<p>—Hay—enfatizó el volteriano—una ley imperiosa, grabada por la -naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.</p> - -<p>—¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?—pregunté -malignamente—. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor, -sino de matrimonio?</p> - -<p>—Hija mía—baboseó el vejete—, eres pesimista de sobra. Dices que tu -pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando -hacia tus balcones.</p> - -<p>—Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no -mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay -propósito de embarcarse.</p> - -<p>—Insisto, Lina—decretó Carranza—. Necesitas sombra.</p> - -<p>—Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina.</p> - -<p>El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz -de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de -inteligencia. Juraría que se alteró un poco.</p> - -<p>—¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia...</p> - -<p>—Se necesita querer—mosconeó Polilla, sentimental.</p> - -<p>—¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un -papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís...<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> -Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de -ofrecerle mi blanca mano.</p> - -<p>¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y -satinado como manzana camuesa madura—excepto el cerquillo gris que orla -el cogote y trepa hasta la sien—, se sonrojó como el camarón cuando lo -echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la -devolvió.</p> - -<p>—Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios -no entra.</p> - -<p>Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis -iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más -conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre -estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí -abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía -olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo -nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante -mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de -quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba, -sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su -entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del -clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un -palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus -dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno -color ocre, su corbata con rapacejos<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> y sus botas resquebrajadas, -representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad; -yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras -saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del -pasado, no pierdo de vista mi propósito.</p> - -<p>¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es -Polilla.—Hay que quedarse sola con él.</p> - -<p>La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente -del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero -no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he -anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia, -prorrumpe en exclamaciones.</p> - -<p>—¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la -señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa -Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!</p> - -<p>—¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?</p> - -<p>—No, jamás—responde, con su estudiada reserva de camarlengo del -Papa—. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de -administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy -posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la -señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa -santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso...<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span></p> - -<p>—¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la -luz.</p> - -<p>—¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte...</p> - -<p>—La placa—interrumpí yo—¿será del XIV?</p> - -<p>—Del XV—intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el -procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...</p> - -<p>—La Santa debía de ser muy elegante...</p> - -<p>—Vaya... ¡Refinadísima!</p> - -<p>—Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito -que la edición corre de mi cuenta.</p> - -<p>Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares -para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para -consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede -dominar otros asuntos su pluma.</p> - -<p>—Leeré—dijo—únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas. -Quedan para la impresión.</p> - -<p>—Bien pensado.</p> - -<p>Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.</p> - -<h3>V</h3> - -<p>No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este -amigo, cuya boca no sufre candados.</p> - -<p>—Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span></p> - -<p>—Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en -meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen -ley moral desde el momento en que se ordenan!</p> - -<p>Le llevé la corriente.</p> - -<p>—En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me -fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo; -la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de -todo; de tonterías sin importancia.</p> - -<p>—Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano, -revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más -artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que -pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha -sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!</p> - -<p>—¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué -vendrá tal arte de maquiavelismo?</p> - -<p>Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.</p> - -<p>—¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de -disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos -se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza -se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará -en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se -pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span></p> - -<p>—Usted es muy buen amigo—declaré.</p> - -<p>—No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo -una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.</p> - -<p>—¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D. -Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y... -¿conoce usted á D. Genaro?</p> - -<p>—Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con -motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña, -venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella -Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su -pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un -colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con -una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba -medio ciega y hacías de ella á tu capricho.</p> - -<p>—¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de -Farnesio?</p> - -<p>—Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.</p> - -<p>—Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo -lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?</p> - -<p>—Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D. -Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de -Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los -aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> Esto de los -apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y -no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los -principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido -rastrear en Godoy Alcántara, venían de...</p> - -<p>—¡Sí, sí, lo recuerdo!—exclamé evitando que aquel enemigo de toda -preocupación nobiliaria me espetase su genealogía—. Pero se me ocurre: -D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?</p> - -<p>—El, no. Lo era su padre.</p> - -<p>—Y á su padre ¿le conoció usted también?</p> - -<p>—Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de -Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.</p> - -<p>—¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto -consultar á usted.</p> - -<p>Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.</p> - -<p>—¿Diga usted—porfio—, D. Jenaro viviría siempre con los señores de -Mascareñas?</p> - -<p>—No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de -abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León, -en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.</p> - -<p>—¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.</p> - -<p>—Solterón, como yo...—se ufanó Polilla.</p> - -<p>—Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué -poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de -una persona hoy tan allegada. Al fin,<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> Farnesio va siendo mi brazo -derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el -marido de doña Catalina.</p> - -<p>—¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no -administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de -matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa -Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil -cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña -Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí: -es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de -haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí, -hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice!</p> - -<p>—Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á -mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?</p> - -<p>—Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay -noticias.</p> - -<p>—Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!</p> - -<p>—Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del -padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió -hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les -dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo. -Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?</p> - -<p>—¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años?<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span></p> - -<p>—Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá -conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que -propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al -nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de -tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te -puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto -ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando?</p> - -<p>—No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre -también murió joven.</p> - -<p>—No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si -había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de -catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas -á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como -le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que -acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección -de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.</p> - -<p>—Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y -hasta parece que...—Hice ademán de alzar el codo.</p> - -<p>—Ya que estás enterada...—balbuceó, turbadísimo, D. Antón.</p> - -<p>—Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.</p> - -<p>Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza, -sentencioso.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span></p> - -<p>—Vamos á ver—insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de -biblioteca—todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda -gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el -pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...</p> - -<p>—¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las -<i>Dominicales</i>. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible -porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.</p> - -<p>—¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?</p> - -<p>—¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo -pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad, -el amor; su odio á la vida toma esa forma.</p> - -<p>—El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.</p> - -<p>—Negocio verá en ello. Que si no...</p> - -<p>—¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?</p> - -<p>—¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.</p> - -<p>—Creo que tiene usted razón—asentí—. Y en lo de ahora, ya viviré -prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus -advertencias.</p> - -<p>—Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.</p> - -<p>¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los -datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las -manos la antorcha. Me has enseñado, buen<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> maestro, lo que no sabes. -¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á -descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no -significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra -Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la -honra de mi madre!</p> - -<p>Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra -silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don -Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que -él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio -idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la -almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la -fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que -pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída -completamente...</p> - -<p>Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes, -criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo -listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo, -un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón -se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata, -imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes -colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; -vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su -hija. Catalina se<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á -disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla. -Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora -se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos -embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato, -han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta -afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio, -la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su -lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con -absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el -indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de -nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la -confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena -posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio, -hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que -suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya -la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por -hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el -que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del -matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él -la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada -(el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo,<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> -en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no -suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y -del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es -decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña, -que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo. -Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para -no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe, -á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que -otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre -apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso -una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados. -La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de -costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No! -El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...</p> - -<p>A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto -¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja, -se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á -doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva -obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un -mundo en que hasta sufro privaciones.</p> - -<p>Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces -cesa la catequización...<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> Sobreviene la larga enfermedad de doña -Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que -distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su -caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la -penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo -consigue!—Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior, -prontamente lo soluciono. Me quedo con mis <i>padres oficiales</i>. Si lo -fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería -bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión -que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de -sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos -melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y -los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han -impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es -antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada -desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será -toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración, -pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia -que él ha querido que existiese...</p> - -<p>—Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro -fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos -lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span></p> - -<p>—¡Es muy justo! No comprendo—aquí que hablamos sin hipocresía—más -religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en -eso se basa...</p> - -<p>Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas, -fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó -á mucha gente, y en que—éste era su caballo de batalla—los cuerpos de -los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese -revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los -versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas—, repetía—, y -echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos -hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me -he remontado á las fuentes!»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br /> -Los procos.</h2> - -<h3>I<br /><br /> -<small> -EPISODIO SOÑADO</small></h3> - -<p>Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de -la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al -confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si -se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!</p> - -<p>La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no -ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro -por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una -necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas, -azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del -craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.</p> - -<p>¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está, -clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> crease y que -ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia -quién?</p> - -<p>No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me -parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba -realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me -han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la -oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?</p> - -<p>Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese -más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su -carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión -honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada -y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las -últimas funciones de la temporada—este año la Pascua cae muy -tarde—encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los -cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente—porque Farnesio, -cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando -la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados -párpados—me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de -antemano, la sinfonía de <i>Lohengrin</i>.</p> - -<p>Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo -brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las -tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad -ó preñadas, en meses<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de -algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un -espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de -poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído -antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no, -atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...? -Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con -sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes -saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el -amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra -desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de -venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de -un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á -vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche, -pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como -Elsa de Brabante, habremos vivido.</p> - -<p>El preludio acentúa su magnífico <i>crescendo</i>. Saboreo el escalofrío del -tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del -heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la -barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un -deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre -la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y -Telramondo<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me -ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.</p> - -<p>Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales -riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni -gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un -innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un -Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase -Cristalli,—y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino -como el choque de dos copas muselina.—¿Su edad? Rasurado, con los -suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara -juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la -viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la -edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es -el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.</p> - -<p>Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe -permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es -elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta -de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente, -clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás -mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi -vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién -sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> de -levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada -carne?</p> - -<p>La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber, -qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al -prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en -el aire?</p> - -<p>Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho -cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad, -amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro -los ojos; me basta escuchar, cuando el <i>raconto</i> se alza, impregnado de -caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando -la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la -virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase -que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la -peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el <i>raconto</i> -se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras -frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre, -pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La -pasión íntima que late en el <i>raconto</i>, aquel ideal hecho vida, me corta -la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme; -tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado -por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y -me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un -infinito.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p> - -<p>«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»</p> - -<p>Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el -pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario -donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré -yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no -he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado -el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y -murmurarme las inefables palabras...</p> - -<p>Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el -mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir -vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un -dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que -me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á -defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del -<i>foyer</i>, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me -esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en -la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli. -«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de -entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.</p> - -<p>Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por -miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal -borrado el blanquete, corto el cabello en<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> la fuerte nuca, algo saliente -la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche -triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón -tendí la tela de un devaneo psíquico...</p> - -<p>Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y -viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, -terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con -admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, -encargados <i>ad hoc</i> para que no raspen su garganta, absorbiendo -Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín -del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata, -pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado, -propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y -caracterizan el ágape de los apasionados del divo.</p> - -<p>Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y, -despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos -sale un cuchicheo.</p> - -<p>—¿Quién es?</p> - -<p>—No la conozco.</p> - -<p>—¡Buena mujer!<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span></p> - -<h3>II<br /><br /> -<small> -EL DE POLILLA</small></h3> - -<p>Una mañana, ¡sorpresa!—Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón, -pidiéndome familiarmente de almorzar.</p> - -<p>Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los -cuerpos de los niños mártires...</p> - -<p>—Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación, -Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía -Carranza? También por acá se es erudito.</p> - -<p>Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia -de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la -<i>serre</i>, al retirarse los criados, se espontánea.</p> - -<p>—¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!; -temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó -con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo -grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de -solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros -saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar; -pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo. -¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador, -arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual,<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span> -pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio -eminente.</p> - -<p>—¿Chartreuse verde ó amarilla?</p> - -<p>—Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar. -Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu -corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os -comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?</p> - -<p>—No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi -proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona?</p> - -<p>—¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un -iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.</p> - -<p>—Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran -pretendiente?</p> - -<p>—Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te -advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio.</p> - -<p>—Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño -como un grano de centeno.</p> - -<p>—Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin, -mañana verás al original.</p> - -<p>—Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta -exigencia...</p> - -<p>—Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de -una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo, -compañero de estudios, que se casó con<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> una prima mía, y en su casa, en -el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer. -¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y -aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen...</p> - -<p>—¿Se llama?</p> - -<p>—Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la -<i>Gobernación colectiva del Estado</i>, del <i>Sudor fecundo</i>, de <i>Los -explotadores</i>, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por -nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se -padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.</p> - -<p>—Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega.</p> - -<p>En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin -concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el -aceitoso licor—, y, tiernamente, me tomó las manos.</p> - -<p>—¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace -superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí -debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no -bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo -dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que -ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no -una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo -Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> -Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el -niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!</p> - -<p>—¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo?</p> - -<p>—¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello -ideal!</p> - -<p>Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi -traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y -guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi -luto.—Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo -metálico, las notas de la <i>Rêverie</i> de <i>Manon</i>, cantada por Anselmi.</p> - -<p>—Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo -desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?</p> - -<p>—¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto -á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al -hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea -maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...</p> - -<p>—Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal...</p> - -<p>—Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás -discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la -historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo, -sino á la humanidad entera.</p> - -<p>—¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> de hombres como componen la -humanidad! ¿Más chartreuse?</p> - -<p>Y, notando la emoción del filántropo, transijo.</p> - -<p>—Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana.</p> - -<p>—Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los -de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza, -soy yo cien veces.</p> - -<p>—¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?</p> - -<p>—Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi -razón...</p> - -<p>—Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado? -Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes...</p> - -<p>Sintió el floretazo y se aturdió.</p> - -<p>—Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario, -preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie -para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.</p> - -<p>Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que -termina la sentimental <i>rêverie</i>. Me estorbaba, en aquel instante, -Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando -malignidades.</p> - -<p>—Venga Aparicio, pues.</p> - -<p>—¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se -acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha -criado en los salones. Su talento es de otro género;<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> género superior. -¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?</p> - -<p>Batí palmas.</p> - -<p>—Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía, -no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su -ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la -tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes -se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto, -se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago -que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi -cuenta.</p> - -<p>Polilla trepidaba.</p> - -<p>—¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se -trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y -eso es muy bonito...</p> - -<p>Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las -nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría -sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de -los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...</p> - -<p>Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no -hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del -coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer, -yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes -del Manzanares, la fisonomía especial<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> de los tipos populares que en -ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña, -ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos -ellos—mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose -á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos -fumaduras—me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre -base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y -tedio infinito.—He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar -tiernamente y redimir!</p> - -<p>Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando -sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al -coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los -charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas -manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme, -de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático -perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la -miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar -«medio centimito», los comentarios.</p> - -<p>—¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!</p> - -<p>Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento -del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos -consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren -manosear el lujo, á ver si se les pega.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p> - -<p>Y acaso por primera vez—al salvarme de la turba entre las -arboledas—medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la -riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir -á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que -acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi -cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco, -trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro -sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me -amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...</p> - -<p>Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo...</p> - -<p>Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos -instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde; -es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...</p> - -<p>Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que -esta es mi primera cita de amor...</p> - -<h3>III</h3> - -<p>Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida ampliamente la bocanada de -fragancia amargosa—tomillo, jara, brezo, menta—, sobre el sendero que -alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres.</p> - -<p>Representamos la comedieta.—¡Usted por<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> aquí, D. Antón!—Y lo demás. -Autorizado, se acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara, -de un tono en que la palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y -veo su pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por la juventud, sus -ojos azules, miopes, indecisos detrás de los quevedos, que le han -abierto un surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de corta -estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no hay peor que -atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume barato y á -brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros. Sus -botas, nuevas también, rechinan.</p> - -<p>Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al coche, con gran -descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en cuando lanza -un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con sus -dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás -le exaspera doblemente la mala perfumería.</p> - -<p>La conversación se entabla, algo embarazosa. El intelectual, sentado -junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado á sociedad, -con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le -halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de -sus obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que, -verboso, se explaye. Todo el mal de la humanidad—según él—dimana de la -autoridad, de las leyes y de las religiones...<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p> - -<p>—¿No se escandalizará esta señorita?</p> - -<p>—No por cierto... Escucho encantada...</p> - -<p>—Hay que aspirar á una sociedad natural, directa, que se funde -únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy -religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar...</p> - -<p>Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué advendrá el día en que...</p> - -<p>—Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran transformación no tiene -<i>después</i>. No es de esos movimientos que duran un día, un mes, un año, y -crean algo estable que, por el hecho de serlo, es malo ya. Para que la -evolución se realice libremente y sin trabas, toda autoridad habrá de -desaparecer de la tierra.</p> - -<p>Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el vacío, pues nadie le -impugna:</p> - -<p>—Para destruir el podrido estado social que nos aplasta, necesitamos -valernos de iguales armas que <i>ellos</i>... Fuerza y dinero son necesarios. -Esto yo no lo he dudado jamás.</p> - -<p>—Parece evidente, en efecto—deslizo con suavidad y -gracia.—¡Quietecito, Daisy! ¿Qué es eso de querer morder?</p> - -<p>—Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á la fuerza bruta... Se trata -de la fuerza de los hechos, la fuerza que conduce al mundo... Y á veces, -¡también la violencia es necesaria!</p> - -<p>—¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! Y esa violencia... ¿en qué -forma?...</p> - -<p>—¡En todas las formas!—declara, anudando el entrecejo sobre el brillo -de los cristales de<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> los quevedos, que el sol muriente convirtió en dos -brasas.</p> - -<p>—Por ejemplo... ejércitos... cañones...</p> - -<p>—Sí, es probable que convenga apelar á todo eso contra la autoridad y -la explotación. Después se les disolverá.</p> - -<p>—Si hay después?...</p> - -<p>—¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. ¡Tenemos que disolver tanto, -tanto! Tenemos que disolver á los estafadores de la política, que se -mantienen en la escena parlamentaria por su completa falta de -vergüenza...</p> - -<p>—Vamos, no exageres tanto, hijo mío—intervino Polilla, alarmado—que -Lina, por ahora, no es una prosélita muy convencida...</p> - -<p>—Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto cielo! Pues qué, al -desear conocer á su amigo—porque yo lo deseaba—¿acaso me prometía -encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su -criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende -usted en esa sociedad transformada?</p> - -<p>—Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la verdad...</p> - -<p>—¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce!</p> - -<p>—Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las religiones oficiales, -que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso—cuando es lo más -sublime, lo más noble, lo más realmente divino—, tiene que ser -rehabilitado.</p> - -<p>—¿Y cómo, y cómo?</p> - -<p>—Para desterrar la idea de que el amor es<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> cosa afrentosa, es preciso -un cambio radical en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela -se enseñe á los niños lo augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que -hacer sentir al niño la belleza de las leyes universales de la creación, -la transcendencia del misterio sexual, su poderosa poesía... ¿No se va -usted á incomodar?</p> - -<p>—No señor. Considéreme usted como á uno de esos niños que en la escuela -han de aprender todas esas cosas.</p> - -<p>—En el momento en que se inicie á la niñez en tan graves problemas -habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer.</p> - -<p>—¡Háblale tú de eso á Linita!—explotó Polilla.—El ciego fanatismo -colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su voluntad. Y -si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando -maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su -lado...</p> - -<p>—Vamos, uno de tantos crímenes ocultos—asintió Aparicio.</p> - -<p>—Eso... Pero, otra pregunta—me atreví á objetar—. ¿No envuelve cierta -dificultad para el maestro esa explicación científica hecha á los chicos -de la escuela de la... de la...</p> - -<p>—Todo está previsto. Lo explico detalladamente en uno de mis libros, -que aun no ha visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo á usted!, á -su espíritu comprensivo, elevado... Verá usted allí... La explicación se -verifica por medio de ejemplos tomados de la vida vegetal.<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> ¡Oh! -conviene que la demostración se haga con mucho tacto...</p> - -<p>¡Titubeó de pronto y enrojeció!</p> - -<p>—Quiero decir, con arte... con dignidad... presentando, verbigracia, -las plantas fanerógamas... Del grano de polen, de los estigmas de las -flores, se irá ascendiendo á las especies animales... Y, basándose en -ello, hay campo para demostrar la ley de sacrificio y de belleza que -envuelve la procreación...</p> - -<p>—¿De modo que los animales realizan sacrificio?...</p> - -<p>—¡Cuidado, Hilario!—precavió Polilla—. A fuerza de inteligencia, Lina -es terrible... Un espíritu crítico: á todo le encuentra el flaco...</p> - -<p>—La convenceremos... El que conserva y propaga la vida, se sacrifica, -señorita, es evidente. Más sacrificio hay en unirse á un hombre, que en -recluirse en un monasterio.</p> - -<p>—Voy creyéndolo.</p> - -<p>—¡Una prosélita como usted!—se extasió Aparicio—. ¡La mujer, atraída -á nuestra causa! Y es más: el conocer plenamente la ley de la vida, -disminuirá la emotividad nerviosa de la mujer. Todos los males que -ustedes sufren, proceden de ideas erróneas, del prejuicio religioso del -pecado, del absurdo supuesto de que es una vergüenza...</p> - -<p>—¿Qué?—auxilié, candorosa.</p> - -<p>—Nada... El amor—rectificó segundos después.</p> - -<p>Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que se expresase sin -recelo. Cuanto más<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> recargaba, mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé -la palabra, manifestando el anhelo de consagrarme á algo grande, -singular y digno de memoria. Este deseo me había atormentado, allá en mi -retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la -casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar el mundo... -Si <i>alguien</i> me dirigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor mental de -que carecemos las mujeres...—Supe, con suavidad, hacerle creer que de -él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia pedía un -alma...</p> - -<p>Polilla temblaba de júbilo.</p> - -<p>—¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron -contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el -acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y -pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos! -¡Lina, Lina!</p> - -<p>Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del -proco apestaba y me cargaba la cabeza.</p> - -<p>—Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay -tranvia—avisé—. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de -sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á -almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?</p> - -<p>—Hija mía—repuso el erudito—yo no tengo más remedio que volverme -mañana á Alcalá.<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito -en el Archivo...</p> - -<p>¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean -un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por -otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo -frente á frente con el proco.</p> - -<p>—A usted le espero...—insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en -la cárcel de los guantes.</p> - -<p>Se confunde en gratitud...</p> - -<p>—¡A la una!—insisto, al soltarles en la acera.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p>Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar -á un hombre desconocido, una nueva relación.</p> - -<p>Planteo la cuestión resueltamente.</p> - -<p>—Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso -hacer mi gusto.</p> - -<p>—Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.</p> - -<p>—Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña -Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía; -amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido -bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid. -En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> Alcalá? Cuando yo vegetaba -allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué -rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me -plazca.</p> - -<p>Farnesio me oye, amoratado de enojo.</p> - -<p>—He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...</p> - -<p>—¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos -en la <i>serre</i>?</p> - -<p>Y recalco lo de los <i>dos</i> cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza -conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me -reservo la libertad de mi <i>tête-à-tête</i>.</p> - -<p>El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el -gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora -antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache, -mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas, -endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba -volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para -pasar á la <i>serre</i>, donde era una coquetería la mesita velada de encaje, -centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los -flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no -acertaba á deglutir el <i>consommé</i>. Evidentemente recelaba comer mal, -verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa -ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba -alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama -del<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de -causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)</p> - -<p>Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de -admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la -malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo -en representar este papel fácil, <i>hecho</i>. Doy al proco un rato de -deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?</p> - -<p>El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión -comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo -la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa -emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se -encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.</p> - -<p>—Lina...—se atreve él—no puede usted figurarse...</p> - -<p>—Vamos—calculo—es el momento... Se decide...</p> - -<p>—No puede usted figurarse...—insiste.—Hay cosas que, realmente, -tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo -que... que...</p> - -<p>Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su -discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y -capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.</p> - -<p>—Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> de rúbrica... -Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos -hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción -del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí -estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...</p> - -<p>—Para eso... y para algo quizás mejor—objeta él, soliviantado.</p> - -<p>—¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?</p> - -<p>—Según... según—tartamudeó—. Lina, hay horas en que olvida uno lo que -piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de -aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor -dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!</p> - -<p>—Sí, recordémosla—argüí—pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese -es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha -enseñado como debo invertirla.</p> - -<p>Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.</p> - -<p>—No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no -será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni -aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más -viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna. -Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos -de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por -qué se queda frío, Aparicio...? ¿No<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> he acertado? ¿Es una locura de -mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de -su ensueño?</p> - -<p>—Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me -deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que -me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme -rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el -ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan -hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...</p> - -<p>—Cuidado, Aparicio—y simulo confusión, rubor, trastorno—no perdamos -de vista que el objeto... el objeto...</p> - -<p>La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.</p> - -<p>—No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres -humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos -sobre seguro.</p> - -<p>—¿No es usted altruista?</p> - -<p>—Altruista... sí... y también, verá usted... también soy -<i>Kirrkegaardiano</i>...</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Cómo?</p> - -<p>—Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva... -La moral debe ser nuestra, individual...</p> - -<p>—Eso me va gustando—sonreí.</p> - -<p>—Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y -por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de -nosotros mismos.<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span></p> - -<p>—Y prescindir de Polilla—observo, infantilmente.</p> - -<p>—Y prescindir de Polilla. <i>Nosotros</i> lo arreglaremos perfectamente. No -hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para -administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted -posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y -en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su -respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas -las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo -real...</p> - -<p>No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde -el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y -clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley. -Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su -disfrute.</p> - -<p>—No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro -inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la -apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un -hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...! -Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las -apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de -ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de -exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan. -Pero usted reclama todo eso para el<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> individuo, y el individuo que más -le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de -las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que -apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas -circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la -sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el -sentido más favorable y justo... ¿Acierto?</p> - -<p>No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de -costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde -había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de -antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?</p> - -<p>—Acierto de fijo—adulé—. Usted, persona de entendimiento superior, -tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de -combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la -juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar -interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin -caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me -figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?</p> - -<p>—En varios respectos...—barbotó indeciso—no... Todo eso... Mirándolo -desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?</p> - -<p>—Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla -en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> á usted -de ese pantano... con esta mano misma.</p> - -<p>Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y -los dedos, ansioso.</p> - -<p>—Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al -Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro -hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que -fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón: -«Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de -semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á -obedecerme...</p> - -<p>Hizo una semiarrodilladura.</p> - -<p>—Me entrego á mi hada...</p> - -<p>Cuando se fué—obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me -enjaquecaba fuertemente—sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí -á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:</p> - -<p>«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que -pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle, -según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias... -Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»</p> - -<p>Llamé á un criado.</p> - -<p>—Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado -aquí, que le digan siempre que he salido.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> </p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br /> -<i>El de Farnesio.</i></h2> - -<h3>I</h3> - -<p>Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo -continúa lo mismo, pero al cabo, <i>en nosotros</i>, en lo único que acaso -sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren -inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno -de los goces que soñé imposibles en mi destierro?</p> - -<p>A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de -fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los -suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su -faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada -y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la -cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo -hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan -terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco, -con piernas de alambre electrizado. No ha<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> adquirido la pachorra egoísta -de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la -vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco -antecedentes...</p> - -<p>—¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á -proponerte...</p> - -<p>—¿Qué?—respingo yo.</p> - -<p>—Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan -Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á -pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...</p> - -<p>—Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba... -Pero Granada <i>me suena</i>... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo -sospecho.</p> - -<p>La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más -significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de -un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.</p> - -<p>—Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le -conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo -de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y -que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como -la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han -quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.</p> - -<p>—¿Solteros?</p> - -<p>—Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta -años...<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span></p> - -<p>—¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á -que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo -no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi... -tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me -lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como -además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro -plan, <i>á base</i> de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de -tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan -en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al -primo Estebanillo...</p> - -<p>—¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...</p> - -<p>—¡Ya! Se trata de José María...</p> - -<p>Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á -lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y -roncerías.</p> - -<p>—Sea usted franco...</p> - -<p>Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.</p> - -<p>—No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede -ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de -conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque -en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas -no pudiesen nunca... nunca...</p> - -<p>—¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span>—insisto acorralándole y -descomponiéndole.</p> - -<p>—¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...</p> - -<p>Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro -añade:</p> - -<p>—No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus -parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te -amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué -anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!</p> - -<p>Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios -antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un -Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.</p> - -<p>—Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á -Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted -acompañarme?</p> - -<p>Se demuda otra vez.</p> - -<p>—No, no... <i>Conviene</i> más que me quede... ¿Por qué no buscamos una -señora formal...?</p> - -<p>—¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la -francesa.</p> - -<p>—Buen cascabel.</p> - -<p>—Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy -yo.</p> - -<p>Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...</p> - -<p>Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la -Agencia, y que parece<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á -ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo -azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de -valenciennes, divinamente peinada. Transciende á <i>Ideal</i>, y está llena -de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, <i>les horreurs</i>. La vieja -Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de -muerte á la «franchuta».</p> - -<p>Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las -molestias de las pequeñeces, los <i>petits riens</i>, lo que más mortifica, -la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que -prevenirse...</p> - -<p>—¿Cuándo es la marcha, madame?</p> - -<p>—Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo -encargado...</p> - -<p>—¿La señorita no tiene prisa?</p> - -<p>—Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!</p> - -<p>Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada, -talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida; -llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy -conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan -complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!</p> - -<p>Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta—en medio de mi -opulencia—de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no -he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de -plata, de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en -ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino -fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto -del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En -Madrid—deplora Octavia—no se halla <i>rien de rien</i>... A trompicones, me -provisto de <i>sauts de lit</i>, coqueterías encintajadas, que son una -espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del -alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que -la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.</p> - -<p>—¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?</p> - -<p>No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero -la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que -pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo -necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita -el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos -y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos -acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad -y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas -odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me -concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada, -como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span></p> - -<p>Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es -el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de -pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que -amó la Belleza hasta la muerte.</p> - -<p>En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo -deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún -misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que -no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día -en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La -libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra -libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de -Farnesio.</p> - -<p>Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me -sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se -lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don -Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las -muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don -Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién -casadas:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Suyas sois, en fin; más ved<br /></span> -<span class="i0">que ya en nada quedáis vuestras...»<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span></p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Y vos, don Sancho y don Juan,<br /></span> -<span class="i0">estad cada uno advertido<br /></span> -<span class="i0">que el entrar á ser marido<br /></span> -<span class="i0">no es salir de ser galán...»<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el -matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta, -íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en -tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior... -La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el -nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía -en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me -ha preservado de algún amorcillo vulgar.</p> - -<p>¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya -en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy -como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de -grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus -playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo -profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con -toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela -los ocultos manantiales...</p> - -<p>¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de -comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el -tamiz de mi inteligencia; he pulido<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> y afiligranado mi exigencia -sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su -esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi -corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha -encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero -imposible enamorarme...</p> - -<h3>II</h3> - -<p>En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.</p> - -<p>Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las -huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de -estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino, -decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.</p> - -<p>Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi -hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias -veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por -precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de -frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una -amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más -adelantado que en <i>confort</i>.</p> - -<p>Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del -cuello. Renuevo los<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de -seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es <i>mauvais -genre</i>). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el -primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á -mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.</p> - -<p>El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa -negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco. -Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un -moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las -candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia -lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío -Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.</p> - -<p>Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual -mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío -Clímaco—así le llamo desde el primer momento—y el hijo mayor. En el -otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.</p> - -<p>La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué -lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro -viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada -falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han -conservado muebles íntimos, viejos—bargueños, sillerías aparatosas, -cuadros, braseros claveteados de plata—pero domina lo superpuesto,<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> la -laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace -observar. Angustias—á quien llaman sus hermanos <i>Gugú</i>, transformación -infantil de un nombre feo—se siente también orgullosa de la educación -recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado -en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de -esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia -andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de -grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua -hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y -el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:</p> - -<p>—No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una.</p> - -<p>Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas -de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en -tela gris ceniza, y hambrienta.</p> - -<p>Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente -escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi -garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con -aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo, -burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa, -pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un -puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la -primera vez que á mi<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> lado un hombre fuma con refinamiento, con manos -pulidas, con garbo y donaire.—Carranza, al fumar, resollaba como una -foca.—La onda del humo me embriaga ligeramente.</p> - -<p>José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca -recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y -sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa -actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil, -espontáneo. No charla; me mira de cien modos.</p> - -<p>Reposado el café, surge lo inevitable.</p> - -<p>—¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?</p> - -<p>¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi -impresión. Pecho al agua. Lo suelto.</p> - -<p>—¡Ah!—celebra Estebanillo.—Como las inglesas...</p> - -<p>—Has tu gusto, niña—sentencia el tío Clímaco.—Es la cosa más sana...</p> - -<p>También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor; pero evidentemente la -sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha corregido las -degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy patentes. -Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de emir -nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo -gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será -capaz de adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé -yo bien que hay sus fraudes? Y que me maten si no está harto de<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> conocer -la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela -más popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados, -picarescos, de este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y -bajo tal capa debe de reservar un egoísmo sin freno, una falta de -sentido moral absoluta. ¿Que como he notado esto en el espacio de unas -horas? La intuición...</p> - -<p>El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso de mi falta de -sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al caer de -la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca nos -abandona, á la Alhambra me encamino.</p> - -<p>Voy á ella... no á satisfacer curiosidades irritadas por lecturas, sino -porque presiento que es el sitio más adecuado para desear amor. Y mi -presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la imaginación, de -antemano exaltada.</p> - -<p>No creo que en el mundo exista una combinación de paisaje y edificios -como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le ocurra -á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta tus -restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en -tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal.</p> - -<p>Mil veces me describirían esta arquitectura y no habria de entenderla, -pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embargo, -fieles reproducciones que corren por ahí,<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> trazas de cascarilla de -santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de su paisaje -propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede -cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente.</p> - -<p>No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra. Baño mis pupilas en las -masas de felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides de los -cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las hondonadas -densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego el -encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de -los alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de -los deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de -serpiente de la sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el -celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizontes, sus desiertos -sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son los accidentes del terreno, es -la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que compone el filtro.</p> - -<p>A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó—no sólo el primer día, -sino todos—en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Disolución de la -voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera sentarme, -quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y sensual -del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su chorro -en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga -por canalillos<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> antiguos, entre piedras enverdecidas de musgo, y forma -casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin flores apenas! Y se -desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se cultivaba el -mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido, sin -prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace -tantos siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros -degollados dentro de los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió -hilando, sobre la púrpura ligera, sus perlas claras. Y los pies de la -historia, poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía jaspeados de rojo.</p> - -<p>Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar, aunque Gugú—lo leo en -su cara—encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese nacido en la Gran -Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las inglesas. A una -española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto día de -estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que -también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en -un poyo del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y -rosa en que se envuelven los montes, suena cerca de mi oído una voz -baja, intensa:</p> - -<p>—¿En qué piensa la sultaniya?</p> - -<p>Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él, previsor, se excusa.</p> - -<p>—Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la -tarde. Si estorbo...<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p> - -<p>—No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.</p> - -<p>Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas, -al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él.</p> - -<p>—¿Sabes lo que pienso?</p> - -<p>—¡Qué má quisiera!</p> - -<p>—Me gustaría que estuvieses vestido de moro.</p> - -<p>—¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina -mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y -Saida...</p> - -<p>—He dicho mal—rectifico.—Lo que quisiera no sería que te vistieses de -máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.</p> - -<p>—Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma. -Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de -mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno -trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo -caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre! -Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo -nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero -lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo -novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle -tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que -tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p> - -<p>Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo -descubrió.</p> - -<p>—Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno...</p> - -<p>Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á cortejarme en el -palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi -soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso, ritmado por -el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos, -bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de -la naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos, -complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según -avanzaba la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos -instalábamos, exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más -melodioso. José María ha llegado á conseguir—¡no es poco!—no echarme á -perder estas sensaciones. Le admito: él cree que le aguardo...</p> - -<p>No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no degenera nunca en -charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de un moro, -contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los -versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las -arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa, -lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el -alicatado. Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro, -color de esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la -espuma del freno. Soy el amante<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> de Daraja. No diga que sirve dama quien -no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las -almoradíes...»</p> - -<p>—¿En qué piensa la sultaneja...?</p> - -<p>—En Audalla pienso... ¿No has leído tú el Romancero?</p> - -<p>—¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en ti. Tú eres un libro -de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo estoy acortao, -palabra.</p> - -<p>—¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la luna? Y creo que no -permiten, por lo del incendio.</p> - -<p>—¿No permití á este moso? Con una propina...</p> - -<p>En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una lamparita eléctrica -de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta hora, -sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas son -aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la -fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de -leve plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo -con placer, tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que -todo es luz aquí, pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro -claro. Nos domina el encanto voluptuoso de este arte deleznable, breve -como el amor, milagrosamente conservado, siempre en vísperas de -desaparecer, dejando una leyenda inferior á sí mismo. No se siente la -pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso no existe;<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> que es -el decorado en que nuestro capricho desenvuelve nuestra vida interior. -Libres estamos aquí de la piedra agobiadora, como en los jardines del -palacio lo estamos de la tierra, y no vemos sino agua y plantas -seculares. Y siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron las -sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los babucheros de -oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y se -difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el -suelo? ¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el -agua, estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que -se ríe, acercando cuanto puede su rostro al mío.</p> - -<p>—Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo, oriental, de -arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una -sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no -existe.</p> - -<p>—Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has ganao algún -premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te -oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea: he -leío hase año los verso de Sorriya.</p> - -<p>—¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! Conste, primo. La Alhambra -no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos están vivos. Les tengo -miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que persiguieron á una -santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen que están de -guarda, y que el no tener<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> vida les hace no ejecutar su furia... Vida, -yo creo que la tienen esas fieras.</p> - -<p>—¡Qué me gusta tó lo que dises!—balbucea, en tono de adoración, el -moro bautizado.—Sigue, sigue, Saida...</p> - -<p>—Calla, calla... Miremos sin hablar...</p> - -<p>—Miremo—responde, y me toma una mano, iniciándome en las lentas, -semi-castas delicias de la presión...</p> - -<p>Es algo sutil, insidioso, que no basta para absorberme, pero me hace ver -la fontana de los terribles monstruos al través de un velo de gasa -argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera. La -Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando, -disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón -compuso el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero -zumbido de mis oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha -de danzarín aljófar y resplandeciente luz, y que, al derretirse en -profluvios sobre la albura del mármol, dijérase que también lo -liquida...</p> - -<p>¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida ideal, de suspiros -que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la inscripción, -lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un silencio -morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo -del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales!</p> - -<p>¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles asoleados, resto de los -pebeteros que se agotaron,<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente -de sangre vertida por trágicos lances amorosos!</p> - -<p>Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que existir el amor. ¿Por -qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora?</p> - -<h3>III</h3> - -<p>En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una -casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde -se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del -resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque -afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es -ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su -raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme... -¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se -aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda -receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención -disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino -para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía -no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería -chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere -desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> esta sobrina -millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un -guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como -los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es -dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha -señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la -rama á la rama y el tronco al tronco...</p> - -<p>Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la -aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla. -¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad -de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El -primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué -rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni -Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus -colores y sus formas con las de la Alhambra.</p> - -<p>—Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...</p> - -<p>Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí -asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un -cortijo, hacia la Sierra.</p> - -<p>—Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.</p> - -<p>—Si son antiguos, de seguro.</p> - -<p>—¡Pero qué afisioná á las antiguayas!—susurra el proco, dando á lo -inofensivo intención.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, -que me haga encanesé...</p> - -<p>Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la -cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la -italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe -rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto -corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas -construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas. -En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y -el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.</p> - -<p>Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me -dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche -cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de -retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto -veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la -que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su -Virgen la advocación de la <i>Victoria</i>. Diviso los dos arcos del puente -sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las -montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de -la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.</p> - -<p>—¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo -conosco... Aquí me crié...<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span></p> - -<p>Voy con él á recorrer los tales <i>sitios</i>. Gugú tiene que hacer en casa; -tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los -lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores; -Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses, -que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y -yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en -mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me -lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al -parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por -veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces -centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los -abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á -cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los -pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver -de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos, -oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando -espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la -Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso. -Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol -amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual -serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos -anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> donde había -pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas -de José María—¡estropear las manitas de sea!—alzo un trozo de piedra y -hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites -primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.</p> - -<p>—¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?—le pregunté.</p> - -<p>—No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por -lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué... -pero sólo en aeroplano, hiha!</p> - -<p>—¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?</p> - -<p>—Contigo, al Polo.</p> - -<p>Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol; -seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente -remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras. -Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra -fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la -ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen -pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra, -muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y -bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha -helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas, -livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas -lumbrosas sobre las nieves de los picos.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p> - -<p>Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta -silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le -dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta -entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del -pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la -sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si -late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la -Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado -la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos -donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María, -para la excursión, se vestiría—y no sería disfraz, pues así suele andar -por el campo—de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho -y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las -mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las -gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende, -clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á -producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi -voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va -dominándome.</p> - -<p>En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los -accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y -polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en -que hay jirones.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span></p> - -<p>—<i>¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!</i></p> - -<p>Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los -campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á -mi propio tío,</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">«que, aunque viejo, es de fuego,<br /></span> -<span class="i0">corriente en una broma y mujeriego,»<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p class="nind">está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de -las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja...</p> - -<p>Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano -que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me -pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y -así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el -interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura -que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un -hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor? -¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo -guarda?</p> - -<p>He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza; -dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los -desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace -natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las -mocitas con flores en el moño, que<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> componen la servidumbre, hablan del -«zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese -asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:</p> - -<p>—Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?</p> - -<p>Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio -de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión. -No, el amor no puede ser <i>esto</i>. Sin embargo, ¡menos aún será la -comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo -significan... Quizás lo signifiquen todo.</p> - -<p>La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de -la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo -guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del -comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado -á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su -contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en -aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos. -Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo -y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del -fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente -voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como -lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el -movimiento<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un -poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas -herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y -risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan, -haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la -leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas -lágrimas...</p> - -<p>Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que -le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo -reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la -mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las -suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al -retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un -poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá -fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas -mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El -balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con -extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel:</p> - -<p>—¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...</p> - -<p>Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido -novios, esposos prometidos—y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo -mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo—José María, -pasándose la<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á -su padre:</p> - -<p>—Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo -bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía.</p> - -<p>A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto -amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que -ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la -luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias -veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de -que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por -resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en -los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo -apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi -maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo -del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador, -gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen -rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra, -adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un -bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela -furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el -comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa. -Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha -visto, ¡me ha visto<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial, -serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi -resolución.</p> - -<p>Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él -no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el -fandango, quedé rendida y me levanté tarde!</p> - -<p>—Puede que haya sido eso...</p> - -<p>—Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte -á la Sierra con má comodidá...</p> - -<p>—Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he -recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos. -Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...</p> - -<p>La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber -fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira -tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que -ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la -presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que -no era capaz de explicarse.</p> - -<p>—¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú -que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te -vas. ¿Estás loca?</p> - -<p>Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora. -Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> nos -halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de -resistencia.</p> - -<p>—Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en -el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme.</p> - -<p>—Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los -niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como -palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más -queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de -necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me -entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.</p> - -<p>—Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por -ahora—transigí.—Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución. -Menos aún cambiaría ante lo violento.</p> - -<p>—Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho. -Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos -que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo -que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de -quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo, -mi hijo y tú...—Y juntó las yemas de los pulgares.</p> - -<p>Me levanté tranquila, hasta sonriente—aunque por dentro, un terremoto -de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la -bolsa ó la vida, apostado en un<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> desfiladero de la Sierra. Todo el -britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero -sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse -burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y, -acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:</p> - -<p>—<i>¡Soniche!</i></p> - -<p>A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló -una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si -pudiese...</p> - -<p>¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.</p> - -<p>—Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino -inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca. -Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie -me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la -mano...</p> - -<p>Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el -dolor del magullamiento.</p> - -<p>—¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...—Y cuando rompí á -andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi -cabal juicio.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> </p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br /> -<i>Intermedio lírico.</i></h2> - -<p>Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible.</p> - -<p>—¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto?</p> - -<p>—Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo.</p> - -<p>—Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y -que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.</p> - -<p>—Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.</p> - -<p>La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si -viese abrirse un abismo.</p> - -<p>—¿De modo que... lo de José María...?</p> - -<p>Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».</p> - -<p>Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la -cabeza con ambas manos, tartamudeando:<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span></p> - -<p>—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!</p> - -<p>—¡Nada!—respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que -puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi... -intendente.</p> - -<p>—¡Sea como tu quieras!—suspira desde lo hondo D. Genaro.</p> - -<p>—Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima -Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi... -de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por -teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á -Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en -precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...</p> - -<p>—Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo -avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un -aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?</p> - -<p>Sonrío y me encojo de hombros.</p> - -<p>—Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor -de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo -practicar un poco el inglés.</p> - -<p>A solas, repantigada en mi <i>serre</i> diminuta, recuerdo el breve episodio -granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para -zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al -rendirme—porque moralmente rendida estuve—á un quidam,<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> pues José -María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que -pasa por la acera de enfrente—yo también me conduje como cualquiera... -¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea -únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?</p> - -<p>Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me -vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la -hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano -rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría -caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela -brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego -mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...</p> - -<p>¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?</p> - -<p>¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será -ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!</p> - -<p>Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una -chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y -quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis -amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y -no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la -serpiente!</p> - -<p>¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle; -modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos -informes...,<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse -doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi -entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el -curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!</p> - -<p>Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga, -que sorbe golosamente mis párpados con su boca...</p> - -<p>—¡Sangresita mía...!</p> - -<p>¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y -que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?</p> - -<p>¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared. -¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino -desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el -remedio contra las sorpresas de la imaginación.</p> - -<p>Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable, -me acude la memoria de una lectura, la del <i>Médico de su honra</i>. La -intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica -como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía -ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino -Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del -médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas -deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama -físico, como el confesor en el moral...<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span></p> - -<p>El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos, -eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció -á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si -eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina! -¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...</p> - -<p>Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un -doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del -que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando -unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de -especialista—¡oh, qué anticipada repugnancia!—sino de quien solicita -clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la -caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He -aquí el templo de los misterios eleusiacos...</p> - -<p>Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de -medio pelo. Una cartela de metal—Doctor Barnuevo, de tres á -cinco...—La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable -que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...</p> - -<p>Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira -impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que -lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo -esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en -conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span></p> - -<p>El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente -decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en -que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos -dientes, en la voz, en todo—á pesar del desgaste y de la fatiga tan -visibles.—Inicia un interrogatorio.</p> - -<p>—No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio... -extraño. Muy grande.</p> - -<p>Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez -de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.</p> - -<p>—Señora...</p> - -<p>—Señorita...</p> - -<p>—Bien, pues señorita...</p> - -<p>—No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...</p> - -<p>Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y -argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...</p> - -<p>—¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así, -doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A -que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?</p> - -<p>En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración. -Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin -muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico -se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.</p> - -<p>—No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es -singular...<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span></p> - -<p>—Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de -lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del -bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.</p> - -<p>—Seguramente es usted una señora...</p> - -<p>—¡Señorita!</p> - -<p>—¡Ah, claro! ¡Naturalmente!—sonrió.—Una señorita excepcional. Por eso -me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis -lecciones?</p> - -<p>—Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío -propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al -decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de -otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor, -entiende á media palabra.</p> - -<p>Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más -desembarazo.</p> - -<p>—Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la -experiencia... que acaso no tendré nunca.</p> - -<p>—Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la -frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que -pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...</p> - -<p>—Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad -resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus -doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo -que he percibido yo, profana...<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> Pues he notado que el sentimiento más -fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es <i>la -vergüenza</i>. ¿Me equivoco?</p> - -<p>—No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...</p> - -<p>—¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa, -tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la -poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada, -imposible de tragar?</p> - -<p>—Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!—arguyó -festivo.</p> - -<p>—¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique, -usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla -de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza -no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias, -pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!</p> - -<p>—¡Pues lo confieso!—asistió.—¡Hay cinismos, en ciertas profesiones, -que no son sino vergüenza vuelta del revés!</p> - -<p>—¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?</p> - -<p>—La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por -necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de -nieblas encantadoras. La especie exige...</p> - -<p>—Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el -rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima.<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> -Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa -vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la -reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y -emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con -tenacillas lo que no mancha.</p> - -<p>—Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los -infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la -maternidad! ¡La sagrada maternidad!</p> - -<p>Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo -medir.</p> - -<p>—¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!</p> - -<p>El médico, de una ojeada, me escrutó.</p> - -<p>—¿Está usted de prisa?</p> - -<p>—Nadie me aguarda...</p> - -<p>Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos -ojuelos zainos, de desconfianza.</p> - -<p>—Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.</p> - -<p>Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de -libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados, -sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada. -La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la -clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento -íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin -falsos reparos, enseña, señala, insiste,<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> cuando lee en mis turbias -pupilas que no he comprendido.</p> - -<p>A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un -respiro y me abanica con un número de periódico...</p> - -<p>¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de -todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de -plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del -plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira, -desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que -proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...</p> - -<p>—Siento náuseas—suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?</p> - -<p>—A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín -del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...</p> - -<p>De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de -oro y cristal de las sales. Respiro.</p> - -<p>—Adelante... El mal camino, andarlo pronto...</p> - -<p>—Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.</p> - -<p>—Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.</p> - -<p>Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo, -ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo -en compañía del sepulturero.</p> - -<p>El vuelve á echar paletadas de tierra más<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> fétida. Agotadas las láminas -corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son -de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas -verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el -relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á -relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en -dentelladuras horrendas!</p> - -<p>—Esto está mal—insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me -estoy arrepintiendo, señorita!</p> - -<p>—¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida -vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la -especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita -usted nada. ¿Las anormalidades?</p> - -<p>—¿También eso?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—¡Qué brutalidad... la mía!</p> - -<p>—La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.</p> - -<p>Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción -originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las -anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy -reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas; -los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas, -las rituales infamias de los cultos demoniacos...</p> - -<p>Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> salvan de un ataque nervioso. -El Doctor, conmovido, interroga:</p> - -<p>—¿Basta?</p> - -<p>—Basta. Deme usted la mano, con...</p> - -<p>El encuentra la frase delicada y justa.</p> - -<p>—Con el sentimiento más fraternal.</p> - -<p>—¡Y quién podrá jamás cultivar otro!—grito, en un arranque.—Doctor, -debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus -honorarios.</p> - -<p>—No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero -si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de -sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de -llorar..., como usted!</p> - -<p>—¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente -tan... insólita?</p> - -<p>—¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón, -y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted -tan desencajada... Acaso tenga fiebre.</p> - -<p>—Gracias... Se me hace tarde...</p> - -<p>Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña. -Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos -intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo -de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde -empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba -mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> de pasear sola -y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas -sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El -cochero me miraba. Comprendí.</p> - -<p>—¿Puede usted llevarme á casa?</p> - -<p>—Suba la señora...</p> - -<p>La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y -olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero -particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible, -hediondo...</p> - -<p>En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El -ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire -regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi -estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida -de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y -abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles -viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se -disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de -los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes -infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los -arrayanes!</p> - -<p>Y dando vueltas sobre espinas, repetía:</p> - -<p>—¡Nunca! ¡Nunca!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span> </p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br /> -<i>El de Carranza.</i></h2> - -<h3>I</h3> - -<p>Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco -serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero; -de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es -verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.</p> - -<p>—Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese -señor.</p> - -<p>Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada -que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el -espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser -tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se -han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, -con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me -asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> -el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...</p> - -<p>Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á -planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los -veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros -horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El -agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar -chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No -podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas -enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la -compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra, -la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada -suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en -rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un -recadito:</p> - -<p>—Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada, -aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.</p> - -<p>—Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.</p> - -<p>De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la -mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo. -No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con -él.</p> - -<p>—Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.</p> - -<p>—Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> importante que decir. Son las -doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... -¿Podremos charlar sin testigos?</p> - -<p>—¡Ya lo creo!—exclamó afirmando mi independencia.</p> - -<p>Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse -tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino -leche, caldos y gallina cocida!</p> - -<p>A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al -cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el -consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el -valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. -Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el -Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.</p> - -<p>—Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar -pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber -que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió -su vueltecita por Segovia...</p> - -<p>Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó -el cerco, descubriendo ya sus baterías.</p> - -<p>—Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común. -Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío -quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo -Mascareñas, ni cosa<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> que lo valga; que hubo superchería, y que el -verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de -Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no -quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves -si Carranza está bien enterado—se enorgulleció golpeando sus pectorales -anchos, la curva majestuosa de su estómago.—Como que el gitano del Sr. -de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en -mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. -A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he -propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que -salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate, -no te me pongas mala... y ríete de <i>pindorós</i>, como les dicen á tales -gitanazos.</p> - -<p>—Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta -ocasión.</p> - -<p>—Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo -una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido. -Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré -que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie -perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?</p> - -<p>—No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.</p> - -<p>—De un modo grato. Te propongo un novio.</p> - -<p>—¡Llega usted en buen momento! Me repugna<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> hasta el nombre; la idea me -haría volver á enfermar.</p> - -<p>—Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?</p> - -<p>—¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?</p> - -<p>Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza -escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras -singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos -ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...</p> - -<p>—Comprendo—asiente—que estés bajo una impresión de disgusto y hasta -de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas. -Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino -idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes -reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones, -verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y -sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación -es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.</p> - -<p>—Soltera, viviré muy á mi placer.</p> - -<p>—Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita -que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender -esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación, -de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada -habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de -la herencia<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas. -El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo -sostendrá con sólo un dedo.</p> - -<p>—¿Tanto como eso?</p> - -<p>—¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo -de D. Federico Almonte.</p> - -<p>El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de -Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla, -la canongía y una decidida protección.</p> - -<p>—Almonte, ¿no era ministro el año pasado?</p> - -<p>—Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el -año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que -el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos -mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido -no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre -va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el -suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los -treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de -orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le -trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la -posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es -como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la -altura de Agustín, sus<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que, -al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él, -justamente, deseaba una mujer superior...</p> - -<p>—¿Soy yo una mujer superior, según eso?</p> - -<p>—Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...</p> - -<p>—¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...</p> - -<p>—¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin -salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos -partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen -falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! -No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... -Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y -pleitos... Piénsalo, niña.</p> - -<p>—Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.</p> - -<p>Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico. -Me registró el alma.</p> - -<p>—¿Qué es eso de «tráigame usted»?—bromeó.—¿Es algún fardo? Es un -novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque, -criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará, -por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la -repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces... -supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este -pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span></p> - -<p>—Sólo que—objeté—siendo los novios tan altos personajes como usted -dice, parece natural que los case un Obispo...</p> - -<p>Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió -palmadicas en la mano.</p> - -<p>—Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...</p> - -<h3>II</h3> - -<p>¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo. -Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia á -doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas -las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de -elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco -puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad -no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer -momento—es una impresión plástica—su cabeza me recuerda la de San Juan -Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de -las estrellas, por la boca del pozo, en <i>Salomé</i>. Cosa altamente -estética.</p> - -<p>El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del -riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que -quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia -me pertenece,<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> viene á ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso -llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo dice con -naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las -más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin -duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate -de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la -vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada -artera. Nada se les ofrece de balde á los políticos, y todos, al -dirigirse á ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es -que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que -no responda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el -escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse:</p> - -<p>«Una misma es nuestra pena...»</p> - -<p>Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra á la -defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un objeto, á -un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la -cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al -poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el -gabinete de un médico.</p> - -<p>¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante... -y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de -este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un amigo! -Un amigo<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro -sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha -quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los -horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne corrompida por el -pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!</p> - -<p>Mi proco—bien se advierte,—posee ese don de interesar conversando, de -que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas, -los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas -divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo -que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de -cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de -enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas -sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi -primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo, -y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que -nos entendemos ya en bastantes respectos.</p> - -<p>Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. El conoce un -poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado á -discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.</p> - -<p>—No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale.</p> - -<p>—¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino?<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p> - -<p>—De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos, -se les distingue á causa de lo que han escrito, con la esperanza de que, -una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo -que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima; -es delicioso.</p> - -<p>—Mi conciencia lo reprueba á veces.</p> - -<p>—No se preocupe usted. Haremos por el <i>kirkegaardiano</i>—¿no ha dicho -así?—cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural, -despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á -usted le consta que no es ni sincero en las utopias que profesa.</p> - -<p>Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va -aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo -interés; y añade sin reticencia:</p> - -<p>—¿Dónde se propone usted veranear?</p> - -<p>—Confieso que todavía no lo he determinado.</p> - -<p>Y después suplico:</p> - -<p>—¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?</p> - -<p>—Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año dos meses á respirar -en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado -en llamar <i>europeización</i>. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba. -¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en -París—las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.—Antes debe -usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> á la Duquesa -de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la -vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga -agradablemente, yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á -dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno -de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido -bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; á mi padre se la -debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me ilustrará. Y -ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso -respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir á Suiza. -Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla -mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse -puesto en viaje para entonces?</p> - -<p>—No es probable. Espero á una doncella inglesa que me envían, y sin la -cual...</p> - -<p>—¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á -almorzar?</p> - -<p>Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la -doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en -Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más -superfirolítico.—Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla. -Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, -de ojos incoloros, posee en el servir un <i>chic</i> especial. Se siente uno -persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente,<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> con un -gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición -y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y -me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás -entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés -bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, -facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el <i>lulú</i>, se ocupará de -detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, -Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.</p> - -<p>Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una -adquisición, me aconseja cuidado.</p> - -<p>—Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido -cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías... -Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y -más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla, -pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en -nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que -cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á -usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, -es una niña, llena de candor.</p> - -<p>Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á -cucharaditas el helado <i>praliné</i>.</p> - -<p>—¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> si el candor, en ciertas -épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!</p> - -<p>Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á -una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una -sociedad que yo no conozco sino por los diarios,—peor que no -conocerla.—De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe. -Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las -acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la -utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, -pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil -resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de -la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre -mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante. -Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo. -Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato -afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena -con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.</p> - -<p>—¡La conquista del poder!—sugiere Agustín.—¡Eso, no sabe lo que es -quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas -<i>revêries</i> de venturas místicas—porque usted es una mística, Lina; la -han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad -y de injusto aislamiento;—digo<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> que, como se funda en la realidad, en -las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la -psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento -de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!</p> - -<p>—No sé cómo lo había de probar.</p> - -<p>—Yo sí lo sé—responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.—De -esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa -más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad -despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted -sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.</p> - -<p>Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con -artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy -enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada; -de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin -arrebatarme, me distraen.</p> - -<p>—Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el -secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la -muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco -años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas, -á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro. -Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro <i>sport</i>, como ahora dicen... -¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede. -Detrás de cada combatiente suele haber una amazona;<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> detrás de cada -poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la -inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad -persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos -propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...</p> - -<p>Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído, -entregándome una primorosa caja de chocolates:</p> - -<p>—Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.</p> - -<p>¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro -cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has -revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la -viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis -nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas -goyescas, por visiones peores que las macabras,—¡oh, la muerte es menos -nauseabunda!—Y, tal vez así...</p> - -<h3>III</h3> - -<p>Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina -encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que -he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de -bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en -Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa,<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> sin lirismo, esos -resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al -alcance, no de todas las manos—despreciable sería entonces—sino de -pocas y sabias y hábiles...</p> - -<p>Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, -del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se -lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino -en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para -convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural -enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la -esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La -duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, -anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y -airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el -estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los -rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante -al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra -del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia -arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de -coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato -altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al -ambiente que debe llegar á ser mío.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p> - -<p>Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer -caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos, -con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres -que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo -mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas -curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos. -Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante, -callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de -las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco -á Agustín Almonte y á D. Federico?</p> - -<p>—A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos -que revisten importancia.</p> - -<p>—¿Es su abogado de usted?</p> - -<p>—Sí, duquesa.</p> - -<p>Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi -sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible, -construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y -salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, -redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la -duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.</p> - -<p>—¿Quién la viste?</p> - -<p>Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.</p> - -<p>—¡Ah...!—La exclamación es un poema.—Claro,<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span> ese habrá de ser... Pero -el bocado es carito...</p> - -<p>Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos? -¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano? -Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.</p> - -<p>—Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á -descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales... -¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su -padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes -políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, -tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están -más viejos que un palmar, ¡pobres señores!—añadió la dama con juvenil, -casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal—crea usted -que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido -es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.</p> - -<p>Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante -suspiró.</p> - -<p>—Es lástima que sus ideas...</p> - -<p>—¡Hija, sus ideas!—se apresuró la duquesa—Manolo, mi marido, asegura -que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!</p> - -<p>Y variando de tono:</p> - -<p>—Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en -su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> una -mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo, -Lina?...</p> - -<p>La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora, -árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del -todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su -irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más -que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme -en el Casino—sin oficiosidad inoportuna—de inventarme excursiones -entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y -seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada, -mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y <i>lunches</i>. -Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la -infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve, -en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía -al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la -tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir -superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á -la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á -almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto -admirativo de las caras cuando agregué:</p> - -<p>—Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady -Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...</p> - -<p>¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> semana, no había nadie que -no me conociese. De mi <i>yo</i> verdadero nada sabían; en cambio, conocían -hasta el número de frasquitos de <i>vermeil</i> cincelado que contenía mi -maleta de viaje, traída por Maggie de la casa <i>Mapping and Web</i>, reina -de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos -artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo -sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas -y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas -ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos -que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza -vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A -vuelta de correo, Agustín me contestaba:</p> - -<p>—Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de -victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la -de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase -usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un -meteoro...</p> - -<p>Seguí el consejo.—No sufrí la fascinación de París. Es una capital en -que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no -sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus -artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo -alborotada á propósito de <i>Notre Dame</i>. Este monumento ha sido adobado, -escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> arquitectura -ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales -españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas, -sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. <i>Notre -Dame</i>... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con -<i>boniment</i>, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa. -Falta en <i>Notre Dame</i> sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del -pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí -han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á -<i>Notre Dame</i>. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por -contraste con las calles infestadas de taxímetros, de <i>autobus</i> y otras -cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un -licor fuerte, me daña.</p> - -<p>Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes -del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis -uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi -calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas -anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para -que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías -originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy -en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se -divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince -días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> todo en esta -ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me -daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia! -Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...</p> - -<p>Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la -continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada, -fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó -alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones -iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que -sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de -Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza -triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de -aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana, -mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que -tomaba para sus vapores lady Mounteagle...</p> - -<p>—¡Á Suiza!—ordeno lacónicamente.—Vamos directamente á Ginebra... -Prepare usted el equipaje.</p> - -<h3>IV</h3> - -<p>Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla -para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en -ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen, -eso sí, un bien<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después -de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente -languidez de la Alhambra.</p> - -<p>Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los -quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á -ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes -de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las -montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, -encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y, -por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos -infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma -estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una -clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río -de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los -hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á -hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico, -reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta -vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un -deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen, -purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago, -que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, -sentada perezosamente, una inglesita lee una<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> novela; de vez en cuando -sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de -<i>terra cotta</i>, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la -sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas? -¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel -prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia -hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo, -é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!</p> - -<p>De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen -lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes -asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que -embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de -la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al -través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y -cobrar á toca teja las cuentas del hotel.</p> - -<p>El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera -y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á -Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas -donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No -realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á -ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna -turbación, ninguna emoción<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.</p> - -<p>Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al -venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en -el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el -lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y -adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien -cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra -de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen -girón de cielo.</p> - -<p>Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace -rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi -alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.</p> - -<p>No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno -de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una -joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le -vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El -barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco, -graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que -el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días -tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de -pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y,<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> -creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:</p> - -<p>—Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado.</p> - -<p>Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy -digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana, -sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada -como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las -dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando -venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino, -y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.</p> - -<p>Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él -es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme. -Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana, -por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos -juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...</p> - -<p>Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de -los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las -heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el <i>amigo</i>... Los dos tenemos -planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los -dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos -de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> historias de -amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...</p> - -<p>—Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de -los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo -variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del -cual dimana.</p> - -<p>La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras -predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe -un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de -Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos -peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al -pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo -esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de -descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto -bueno como hay en el mundo.</p> - -<p>—Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se -resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero -cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido, -entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las -manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo!</p> - -<p>Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El -mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han -de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me -asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión,<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> de aceptar una -jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no -amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que -eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me -promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida -«inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los -Lagidas, al unirse para dominar al mundo.</p> - -<p>Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que -revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo. -El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha -comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la -hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la -viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más -que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y -nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer -pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la -sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.</p> - -<p>Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos -vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en -la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con -la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en -frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en -Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> las flores -montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de -un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo, -Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la -sensación; sólo que es una sensación gastronómica.</p> - -<p>—Esas no abochornan—respondo.—Y él aprueba. ¡Ha aprobado!</p> - -<p>Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas -sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y, -coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos -atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no -tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.</p> - -<p>—El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se -resbala. A otro perro con ese hueso—declara él.—No crea usted, Lina, -que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan -peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo -evito los otros, los peligros de lujo.</p> - -<p>—El peligro tiene su sabor...</p> - -<p>—¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un -<i>edelweiss</i> cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no -está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses, -gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba -de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de -telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran?<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> Lo -mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. -Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es -un tonto.</p> - -<p>Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen -alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente -caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en -la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy -persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.</p> - -<p>—Me atrae su aseo—declaro.—No debe de oler una multitud inglesa como -una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...</p> - -<p>—Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre -todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es -punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos -imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas. -Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda -en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la -conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando -sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un -ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos -cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular -adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> la -fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos -israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin -altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?</p> - -<p>—La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.</p> - -<p>—No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es -una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D. -Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe -que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la -red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El -hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró -testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese -ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he -salvado. ¿Merezco alguna gratitud?</p> - -<p>—Mucha y muy grande—contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y -sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.—Sólo que... es delicado -decirlo, Agustín...</p> - -<p>—No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted -cambiará.</p> - -<p>—¿Y si no cambio?</p> - -<p>—Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el -trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo -para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser -usted más que amiga...<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span></p> - -<p>—¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.</p> - -<p>—Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja -venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el -sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el -gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me -pareció una base necesaria para mis aspiraciones—no se quejará usted de -que no soy franco—pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna -desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un -peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más -probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en -berlina.</p> - -<p>—Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco -conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de -la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en -materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una -defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de -escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto, -poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.</p> - -<p>—¡Palabras de oro!—bromea él,—y no sé de donde ha sacado usted tal -experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un -momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde, -vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el -lodo le llegaba á la barba; y su poder<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> duró poco y cayó entre escarnio. -Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor, -hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...</p> - -<p>Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una -luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en -la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban -llamados por algún viajero que pedía <i>wisky and soda</i>, cerveza ó -aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados -españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban -temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno -hacia el otro.</p> - -<h3>V</h3> - -<p>Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten -esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el -azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las -nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo -hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación -cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á -prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia -psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la -gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias -ocasiones,<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> teniendo por cómplices los azares de un viaje, -supuso—después lo he comprendido—que siempre llega el cuarto de hora. -Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el -proco con artística finura.</p> - -<p>Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo -profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi -amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en -mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?</p> - -<p>—Ni en hipótesis—confirmo tercamente.</p> - -<p>Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me -recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña -Marina.</p> - -<p>—¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los -amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban, -y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña -Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir -emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos -del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se -fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra -de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos -que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida -ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo, -esta comunión sería más espiritual que otra cosa...<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> ¿Me niega usted el -derecho de defender mis ideas...?—se interrumpió con grata sonrisa -sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.</p> - -<p>—No—asentí.—Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si -cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y -persuádame, si es capaz.</p> - -<p>Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al -rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey, -comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda, -pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo -recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado -este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele -echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y -saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen -hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la -libertad de conciencia...</p> - -<p>—Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no -revolotea el cupidillo...</p> - -<p>—Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su <i>Nueva -Heloisa</i>, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha -escrito, muy empalagosamente asqueador.</p> - -<p>Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía, -Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago, -desplegó los recursos de su arte.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> A su voz no le había yo prohibido el -contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por -auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor -expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un -goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero. -Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de -Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de -la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho -interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente -conocidísima, y él, para justificarse, alega:</p> - -<p>—La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que -no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es -dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se -exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...</p> - -<p>La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en -Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros, -de hombre de ciencia... de esa ciencia.</p> - -<p>—¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título -con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo -contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido -ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado. -¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span></p> - -<p>Y, comentario:</p> - -<p>—A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que -sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos -armamos de <i>alpenstock</i>, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los -juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de -España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro, -que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por -lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar -primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo -Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias -nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...</p> - -<p>—Era un tuteo histórico.</p> - -<p>—No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo -una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...</p> - -<p>—En realidad...</p> - -<p>Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al -contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba -nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes, -los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa -sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes -ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco -de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen -volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> amos, los árbitros, aquellos -ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi -impaciencia.</p> - -<p>—Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos -coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.</p> - -<p>—El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante, -quisiera que, mañana, la historia...</p> - -<p>—El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace -de los hechos, sin cultivo, como esos <i>edelweiss</i> peludos sobre la -nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...</p> - -<p>Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un -sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces. -Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los -anaranjados del oro encendido por el fuego—al avanzar el verano, el -hielo se derretía—. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco, -mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era -una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. -Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como -un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente—reconozco que es -extraño el motivo—era que yo no compartía la turbación que iba -advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se -reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era <i>en los demás</i>, sino <i>en -mí</i>, donde<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos -transportes,—no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado -al comprobar que yo los sentía.</p> - -<p>—Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...</p> - -<p>Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á -Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde -fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros, -el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal. -¿Por qué—pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su -colaboradora—no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no -es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo -tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en -el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente -toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y -delicado autor de <i>Filotea</i>? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que -se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace, -familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la -Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...</p> - -<p>Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy—al lado del -Léman, un juguete—y nos habíamos desviado algo del paseo público, -perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella -hora de<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una -especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando -un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en -un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las -horas difíciles, la explosión era como volcánica.</p> - -<p>—No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame, -despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has -apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran -absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y -si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco -miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no -discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las -cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me -alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un -contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces, -para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres -de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos -aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...</p> - -<p>Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el -magnífico hielo de los glaciares.</p> - -<p>—Basta..., Agustín..., oye...</p> - -<p>Hizo el gesto de locura de emprender carrera.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span></p> - -<p>—No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?</p> - -<p>—Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una -complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he -enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he -enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que -comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú -serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.—suspiró con pena -romántica.—¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia, -cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una -mujer singular, que ha resuelto...</p> - -<p>—Pero si yo...</p> - -<p>—Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me -permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace... -Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan -á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser! -Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos; -era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la -ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en -desesperación. No es culpa mía.</p> - -<p>Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago -rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á -Agustín de que se sentase también.</p> - -<p>—¿Era una pasión, lo que se dice una pasión?<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> ¿La pasión se manifestaba -así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por -mí, de sacrificios, de abnegaciones?</p> - -<p>—De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán -diferente eres de <i>las demás</i>... Te rodea un ambiente especial, tuyo, -que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en -serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!</p> - -<p>—Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín, -cuidado!</p> - -<p>—¡Así es! Ojalá no fuese.</p> - -<h3>VI</h3> - -<p>Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables. -Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre, mientras se -arreglaba todo. Nos casaríamos en París.</p> - -<p>Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la -placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy, -revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez -apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase -antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo -monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una -estufa correcta, con guardafuego de bronce.<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span></p> - -<p>—Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...</p> - -<p>Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir -por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de -las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado -á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la -perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso -la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No -usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes -coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, -natural y fuerte.</p> - -<p>—Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán -concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo, -y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre -encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su -existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te -extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te -respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte, -sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero -contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un -cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas, -por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, -arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p> - -<p>He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del -proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino. -Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada, -hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.</p> - -<p>En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo -mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien, -envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta -imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción -del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve -furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc, -engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de -Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, -y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo, -zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el -torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta -sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con -las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el -agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el -profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y -mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á -perderse y disolverse en el mar inmenso...</p> - -<p>—Tal va á ser mi suerte...—pensaba, releyendo<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> estrofas de Lamartine, -ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles -encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, -aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas... -Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio <i>rococó</i>.</p> - -<p>Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos, -de blanda y fofa cinta <i>liberty</i>; mientras Maggie, silenciosa, dispone -mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á -almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela -tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado -á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.</p> - -<div class="blockquot"><p>«Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit -éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur -l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»</p> - -<p class="cb">. . . . . . .</p> - -<p>«¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...»</p></div> - -<p>Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas -veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo -inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo -transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de -lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de -relieve pintado, al<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo -de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.</p> - -<div class="blockquot"><p>«Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac, -et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins, -et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»</p></div> - -<p>¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido, -nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un -pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca?</p> - -<p>Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no -considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni -aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué -algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para -retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la -catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme -responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á -precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara -sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. -Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una -conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya -antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos -acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo?<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos -explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de -sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que -me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases, -conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si -se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que -lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si -no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos -de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado -anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi -parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...</p> - -<p>Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la -fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro—ya no -debo llamarle <i>proco</i>,—extremaba sus demostraciones y apuraba sus -finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de -que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio -que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una -impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de -vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que -cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme -permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de -lectura, ataviada, adornada,<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> perfumada, escuchando á Agustín, en -plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los -aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos -aterradores.</p> - -<p>—¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos -competencia á Tartarín?—preguntaba Almonte sin enojo.—¿Quieres que -justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme -lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.</p> - -<p>Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba -la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud, -fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que -entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de -golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y -traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos -y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está -latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, -al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no -estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el -<i>sommer-lauissen</i>, semejante á un río de plata rodeado de espuma de -nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré -á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas -imperceptiblemente.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p> - -<p>Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos, -excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser -persona el que corre estos azares.</p> - -<p>La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica; -estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa -ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos -ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y -regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las -tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el -mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, -transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la -llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros, -y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de -púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con -trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el -paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve -la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes, -ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace -resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después -en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á -ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que -lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> se oprimió, mis ojos -se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, -acercándome á su oído, con ojos delicuescentes:</p> - -<p>—¡Dios!</p> - -<p>—¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la -veranda.—Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la -cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía -haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes; -vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que -dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...</p> - -<p>—¡No sigas, Agustín!—imploré.—No sigas...</p> - -<p>—¿Qué te pasa?</p> - -<p>—Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé -cuándo... no sé dónde.—Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:</p> - -<p>—<i>¡Tengo miedo!</i></p> - -<p>—¡Miedo tú!—sonrió Agustín.</p> - -<p>—Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de -lo desconocido, de lo extraño?</p> - -<p>—Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te -alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande -alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico. -Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...</p> - -<p>¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> sacra? Sería que su -destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido:</p> - -<p>—Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual -conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti -el lago?</p> - -<p>—Me gusta lo que te guste—fué su aquiescencia, demasiado pronta, -demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas.</p> - -<p>Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al -barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le -interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo -existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.</p> - -<p>—Ahora es el momento—respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é -insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de -los ingleses.—Estos días hay <i>lardeyre</i>, y cuando lo hay...</p> - -<p>—<i>¿Lardeyre?</i>—repetí.</p> - -<p>—El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.</p> - -<p>—Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos -previenes la barca.</p> - -<p>Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la -mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la -residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me -había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, -caladas las gorrillas de visera, de<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> cuarterones, que habíamos comprado -iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua, -siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón -consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y -se crispaba, turbada hasta el fondo.</p> - -<p>Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine, -aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín -parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español, -entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún -motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El -latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y -las cejas se juntaron, irritadas.</p> - -<p>—Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina... -En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por -buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque -el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es -distinto.</p> - -<p>—Hallo placer.</p> - -<p>Calló de nuevo. Insistí.</p> - -<p>—¿Qué puede suceder?</p> - -<p>—Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.</p> - -<p>—En ese caso, ¿me salvarías?</p> - -<p>—¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para -lograrlo.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span></p> - -<p>—¿Es cierto que me quieres?</p> - -<p>Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:</p> - -<p>—¡Tanto, tanto!</p> - -<p>De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas. -Era que <i>creía</i>. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor -ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la -orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta -perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar. -Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad -que era el momento decisivo...</p> - -<p>¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una -electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos -nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su -rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me -hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo -punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en -vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, -como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su -vez y medio se volcó. Caí.</p> - -<p>Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin -embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta -escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi -boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> la superficie. A -mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua.</p> - -<p>—¡Agustín!—escupí con bufaradas de líquido.—¡Sálvame, Agustín!</p> - -<p>Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana, -que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del -otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me -rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la -expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á -todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... -Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un -agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de -soñar que gritaba (claro es que no podría):</p> - -<p>—¡Cobarde! ¡Embustero!</p> - -<p>Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también -en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación, -trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos, -densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un -pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba -quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á -mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, -en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...</p> - -<p>Y cuando después de mi larga, nueva fiebre<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> nerviosa, mucho más grave -que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á -Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa -mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes -españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España, -mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no -menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte -fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El -desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío -despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se -encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo -costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...</p> - -<p>Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:</p> - -<p>—No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes, -criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante, -aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... -Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se -emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...</p> - -<p>—Dejarles—respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los -labios y articulo:</p> - -<p>—Perdóname... Perdóname...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span></p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br /> -<i>Dulce dueño.</i></h2> - -<h3>I</h3> - -<p>Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven -sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de -depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, -Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El -uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales, -puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón -fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación! -Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco -que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!</p> - -<p>Por egoísmo—no por atender á la salud—he cerrado la puerta á los -curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á -reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una -apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> con el -padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo -del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.</p> - -<p>Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de -«neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra -causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro. -La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja, -se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo -lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»—recuérdese á -Lamartine—sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos -enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben -aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á -la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman -hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, -y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la -consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo, -empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una -muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad, -el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza -honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al -sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis -cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante.<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> Los párrafos que -nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido -el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía -horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad -vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, -en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.</p> - -<p>Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo, -que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la -tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir -nuestros desposorios...</p> - -<p>Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me -levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos -débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi -garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, -calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío -del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias -mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar -hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor -salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de -nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora, -eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su -mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco -pecho...<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span></p> - -<p>El padre, más sereno,—al fin han corrido meses—, convenientemente -triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando -Carranza á la obra.</p> - -<p>—Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía -está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite -usted que la dé un beso en la frente?</p> - -<p>Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la -señora de Almonte, sufro un síncope...</p> - -<p>Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de -respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción -de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto, -pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez, -dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán -siempre como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos -algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese -lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»! -Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una -esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior á -todo! Acaso—insistía el padre—el genio maléfico que parece dedicado á -encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que -había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman. Porque él, después -de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo -de fatídico,<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> que va más allá de la natural combinación de los -sucesos...</p> - -<p>—¡No lo sabe usted bien!—respondí sinceramente, como si pensara en -alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y -frías.</p> - -<p>Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi lado, murmurando -frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la -alfombra, ante el canónigo.</p> - -<p>—¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?</p> - -<p>—Me confesaría de buena gana.</p> - -<p>—¿Confesarte?—La sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña. -Era un medallón de piedra el rostro del Magistral.</p> - -<p>—Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí. -Ayúdeme á descargar un poco el espíritu.</p> - -<p>Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos -indefinidos cabía en el pliegue.</p> - -<p>—Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te -contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho -siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. -Eso de confesión... es cosa seria.</p> - -<p>—Serio también lo que he de decirle.</p> - -<p>—No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de -desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la -penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro -mejor que yo...<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p> - -<p>—Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?</p> - -<p>—El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se -verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si -te confesase... Tengo mis razones...</p> - -<p>Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había -limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un -buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi -reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la -famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó -la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde -aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del -canto de las niñas:</p> - -<div class="poetry"><div class="poem"> - «¡Levántate, Catalina,<br /> -levántate, Catalina,<br /> -que Jesucristo te llama!»<br /> -</div></div> - -<p>Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si -me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado, -torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos -de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba -mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.</p> - -<p>—¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba; -¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad,<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> en ese -género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á -tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!</p> - -<p>—¡Asesinato!</p> - -<p>—¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No -extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi -remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te -conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas, -inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como -tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas -eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, -antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora -naciste!</p> - -<p>Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza -insistió.</p> - -<p>—En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, -acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre -desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la -encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla, -habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres -para envenenar á tu padre!</p> - -<p>—Como no estamos confesándonos, Carranza—declaro, sacudido el pecho -por el martilleo de la ansiedad—me será permitido defenderme. Algo -puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos -celebrado un<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span> pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el -poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia -más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me -juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio -murió él, y yo he caído en lo hondo...!</p> - -<p>Mi ademán desesperado comentó la frase.</p> - -<p>—¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas -tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las -novelas?</p> - -<p>—¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le -quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era -caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo -en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...</p> - -<p>Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el -puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus -labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.</p> - -<p>—¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me -pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! -Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto, -de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te -resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda, -casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya -eres dueña de elegir marido,<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span> entre lo mejor. Tu posición se ha visto -luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco -la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un -hombre joven, simpático, el hombre de mañana—¡pobre Agustín! ¡si esto -clama al cielo!—y tú no sosiegas, víbora...—¡Dios me tenga de su -mano!—hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los -padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo -vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no -hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en -segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto -subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel -hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de -maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se -ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!</p> - -<p>Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que -está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:</p> - -<p>—¡Perdón! ¡Perdón!</p> - -<p>—¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso—insiste Carranza, petrificado en -ira—. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará, -que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento -dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo -sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese -perverso<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo -nunca, y que no ha de aprenderlo!</p> - -<p>Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, -tronante de indignación. Y amenazó:</p> - -<p>—Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan -llamándote <i>hija</i>, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu -antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es -contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es -mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las -hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la -malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un -patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!</p> - -<h3>II</h3> - -<p>El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo -de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar -alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la -saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis -fauces.</p> - -<p>Salí del oratorio.—Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me -consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> que -aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la -cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para -no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de -onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo -arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi -doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos -episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...</p> - -<p>—¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído... -¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...</p> - -<p>No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una -manera conveniente. Sólo ordené:</p> - -<p>—Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.</p> - -<p>—¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?</p> - -<p>—¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se -precipita.</p> - -<p>Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La -especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja -ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que -obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la -Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una -calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la -vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal -de pésima<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace -centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.</p> - -<p>—¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?</p> - -<p>—¿Quiere usted hacerme un favor?</p> - -<p>—¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié -gracia!</p> - -<p>El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.</p> - -<p>—El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.</p> - -<p>—¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que -amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!</p> - -<p>—Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y -fuerte.</p> - -<p>Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba -aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me -eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se -encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo -derecho, sin vigor ni saña.</p> - -<p>—Fuerte, fuerte he dicho...</p> - -<p>—¡Andá! Si la gusta... Por mí...</p> - -<p>Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis -hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la -penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.</p> - -<p>—¡La cara, la cara también!</p> - -<p>Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> la boca... Agudo -sufrimiento me hizo gemir.</p> - -<p>La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo -pestífero.</p> - -<p>—¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso -más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera? -¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!</p> - -<p>El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los -dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.</p> - -<p>—Gracias—murmuré, escupiendo sanguinolento—. Es usted una buena -mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil -veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!</p> - -<p>La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de -enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.</p> - -<p>—¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si -tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste, -ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere -que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo -de la farmacia? Dos pasos son...</p> - -<p>La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios -destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:</p> - -<p>—¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span></p> - -<p>¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora. -Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro, -vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas -tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, -dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví -el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...</p> - -<p>—La Belleza que busco—pensé—ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza -ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el -otro... ¡Cuanto antes!</p> - -<p>Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó -á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos -desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y -reposan.</p> - -<p>—¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña!</p> - -<p>—Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil. -Tráigame el caldo usted mismo...</p> - -<p>Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir, -parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, -una exclamación.</p> - -<p>—¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, -Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?</p> - -<p>—Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin -importancia...</p> - -<p>—No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p> - -<p>—Por favor...</p> - -<p>Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi -misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.</p> - -<p>—Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este -pulso? Parece que no lo tienes.</p> - -<p>—Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me -encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al -correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de -Granada: á D. Juan Clímaco.</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole—¡atención!—que estoy -dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé.</p> - -<p>Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería -su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se -heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La -protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al -suplicio.</p> - -<p>Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara -dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el -habla. Me insultó.</p> - -<p>—¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo -escribo. ¡No faltaba más!</p> - -<p>—Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual. -Fíjese bien. El testamento<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> de... la tía Catalina, no es válido. En mi -nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto -debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio; -corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas -temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en -mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me -mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...</p> - -<p>—Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!</p> - -<p>—¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien -su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he -despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo, -cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser -pobre.</p> - -<p>—¡Pobre! ¡Pobre tú!</p> - -<p>—¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y -aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó -trabajo ó limosna. Limosna, mejor.</p> - -<p>Se echó las dos manos á la cabeza.</p> - -<p>—Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto -haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas -cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se -fatigue.</p> - -<p>—Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.</p> - -<p>—¿En qué circunstancias?<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span></p> - -<p>—Enferma, herida, exal...</p> - -<p>—Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo -considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy -buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí. -Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor, -esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No -ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.</p> - -<p>Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra -del rincón.</p> - -<p>—No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que -es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por -mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que, -por usted, estoy perdonada.</p> - -<p>Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies.</p> - -<p>—No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita -tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. -Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me -equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se -trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.</p> - -<p>Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo -gris, sus mejillas demacradas.</p> - -<p>—Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor -bien.<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span></p> - -<p>—¿No me quieres mal?</p> - -<p>Respondieron mis halagos. Respiró.</p> - -<p>—Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza -algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco -de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que -solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en -orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena -ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que -madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. -Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...</p> - -<p>—No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.</p> - -<p>—El único favor. ¿No me lo concedes, <i>niña mía</i>?</p> - -<p>—No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como -si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me -reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente -necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...</p> - -<p>Y después de una pausa:</p> - -<p>—Excepto en mí.</p> - -<h3>III</h3> - -<p>Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja -por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> en mi -guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con -leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi -faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el -suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.</p> - -<p>Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en -la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez -venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible; -un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas -ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando -pasión.</p> - -<p>—Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha -pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él -para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios -perdona siempre!</p> - -<p>—El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de -ese sacerdote...</p> - -<p>—Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...</p> - -<p>Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de -cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más -viva.</p> - -<p>Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el -fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...</p> - -<p>—¿Eso ha hecho, hermana?</p> - -<p>—Eso hice...</p> - -<p>Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro -respingo.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span></p> - -<p>—¿Eso hizo, hermana?</p> - -<p>—Eso he resuelto hacer...</p> - -<p>Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos -ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún -sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:</p> - -<p>—No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas -extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma, -verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre... -Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran -personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos -inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho, -desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus -pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla, -natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres. -No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.</p> - -<p>—¿Y... por ese camino... llegaré al amor?</p> - -<p>—¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al -dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de -ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese, -humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto -violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!</p> - -<p>—¿Nada más?<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span></p> - -<p>—Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...</p> - -<p>Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la -plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco -duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando -el olor bravío de dos paletos—una especie de mendigo y una vieja que -abraza un cestón enorme—; puedo hasta alargar la mano, solicitar un -socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no -puedo, es creerme—dentro de mí—al nivel de estos que van conmigo, del -que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien. -Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo -sutilizo mi caso.—No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es -que me creo <i>otra</i>. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata -quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es -que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales, -no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta -llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo, -únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por -mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica, -divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo -celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con -actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa -vulgar.<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo -de conquistarlo.</p> - -<p>Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no -necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para -ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes -fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, -de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor—ahora lo -comprendo—el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se -desposó con ese Dueño—¡único que sin vileza se admite y se ansía, -cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de -nuestro ser!</p> - -<p>La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados -cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren. -El viaje terminaría pronto.</p> - -<p>Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que -faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar, -arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.</p> - -<p>Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé -que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe -un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas -desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.</p> - -<p>—¿Costará muy cara?—pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.</p> - -<p>—Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la -cederán.<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span></p> - -<p>Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos, -salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por -montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones, -aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis -maravilloso.</p> - -<p>Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana, -tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete -recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada -por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de -abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el -campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas—dos ó -tres—tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la -revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está -sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los -cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una -chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con -dos moras maduras por pupilas.</p> - -<p>Me acerco, trabo conversación.</p> - -<p>—¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?</p> - -<p>La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo -soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me -encuentre bien...</p> - -<p>—Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> Haré yo la cocina, mi -cama, la limpieza.</p> - -<p>La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de -arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no -sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra -pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna -simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para -quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.</p> - -<p>—Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.</p> - -<p>La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.</p> - -<p>—Daca...</p> - -<p>Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:</p> - -<p>—Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se -precisa...</p> - -<p>—No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...</p> - -<p>Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia, -entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia -hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida -una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona -disfrazada?</p> - -<p>Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su -espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata—así se llama -la niña—en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos, -cuidándolas, procurando<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> que la ciega no derrame la sopa y que la chica -no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres -viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del -valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas -aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una -especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de -complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor -servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y -muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo -calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin -impaciencia.</p> - -<p>—La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc.</p> - -<p>A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se -murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de -saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres -casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos -de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es -preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada -la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación -de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la -recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los -tarros, el derretido de la cera, su envase<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> en los cuencos de madera, -las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto -auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la -ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la -cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las -mieles ná más»...</p> - -<p>Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa. -Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la -cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y -tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios -como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé -explotar. Hice regalos.</p> - -<p>—¡Santa! ¡Es santa!—repetía la vejezuela, atónita.—¡Nos la ha traío -la virge el Calmen!</p> - -<p>¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún -afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, -barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes -como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas -serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce -emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía -hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y -acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! -Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce -Dueño?<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p> - -<p>¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias, -cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la -fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado -los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la -cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor? -¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy -haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, -sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de -martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época -miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se -cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la -de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y -mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en -rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad -menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si -tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de -tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy -desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis -venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p> - -<h3>IV</h3> - -<p>Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes, -antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí -misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal, -trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de -docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la -celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, -siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis -impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales -reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo -material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle -valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.</p> - -<p>El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los -Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los -paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni -parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su -conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. -Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan -gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se -parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de -la Cruz?</p> - -<p>Comprendo que no basta la paciencia. Necesito<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> el amor. Es preciso que -lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo -por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, -para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y -cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me -faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y -la secura me invade.</p> - -<p>Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me -atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni -sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces -seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo -soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, -no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión -transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, -que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin -embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la -muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á -las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!</p> - -<p>Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es -cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo -que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no -entiende ni pregusta la hermosura inefable?<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p> - -<p>De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á -Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste -el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no -creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de -mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta -ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?</p> - -<p>Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir, -llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el -desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte; -quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré. -Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de -miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, -sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te -tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras -que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de -desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, -por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente -pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!</p> - -<p>Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse -el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el -inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma -misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> -las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en -el hombro.</p> - -<p>—¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?</p> - -<p>—Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.</p> - -<p>—¿Cuándo?—pregunté maquinalmente.</p> - -<p>—Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro, -negro tóo.</p> - -<p>—¿Negro? ¿Por qué?</p> - -<p>—Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy -mala!</p> - -<p>Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin -comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido, -con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras -negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura -inexplicable de la visión fúnebre.</p> - -<p>Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.</p> - -<p>—Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita—murmura la ciega, estrujando -con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la -melaza y reducirlos á pasta derretible.</p> - -<p>Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me -importa!</p> - -<p>Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo -á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico, -medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás -vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, -dispuesta á vendimiar.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span></p> - -<p>Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve -convulsión.</p> - -<p>A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El -médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él -y yo sabremos lo mismo.</p> - -<p>En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con -esfuerzo, murmurando:</p> - -<p>—Ñora...</p> - -<p>Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.</p> - -<p>—Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.</p> - -<p>La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á -intervalos:</p> - -<p>—¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía -Dios!</p> - -<p>—No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...</p> - -<p>—¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!</p> - -<p>No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe, -en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!, -se hincaba en ellas...?</p> - -<p>Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han -señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan -recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.</p> - -<p>—Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de -advertir á usted que el<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> mal es extraordinariamente contagioso, sobre -todo en el período que se aproxima...</p> - -<p>—Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente... -Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre; -pero deseo que nada le falte á Torcuata.</p> - -<p>La ciega, alzando las manos, insistía:</p> - -<p>—Santa es, santa es.</p> - -<p>La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un -monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan -fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.</p> - -<p>—Otra cieguecita como la agüela...—suspiró.—Ñora Lina ¿está ahí? Ñora -¿me moriré como el fraile?</p> - -<p>Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más -cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana, -el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno -es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura -infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la -paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en -llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:</p> - -<p>—No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!</p> - -<p>Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra -floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. -Alrededor, un murmurio musical se alza del<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> suelo abrasado con el calor -diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de -mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego -que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me -quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte -tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, -que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, -divina, del anochecer!...</p> - -<p>Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca, -entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el -enajenamiento del bien inesperado, fulminante.</p> - -<p>—No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame -lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas, -redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me -envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, -enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no -te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin -ti, sin ti...</p> - -<p>Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin -pronunciarlo, sin rasgar el aire:</p> - -<p>—Dulce Dueño...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p> - -<h3>V</h3> - -<p>En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie -verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda, -sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo -que nunca había sido: feliz.</p> - -<p>Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que <i>no es</i>), el -aspecto de completa desventura.</p> - -<p>En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona -vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos, -sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En -comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron -que ingresase, sería un paraíso.</p> - -<p>Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me -acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi -premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha -nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y -comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y -por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este -mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin -frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente -que no sospecha lo que me<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> sirve de consuelo, y se admira de la -expresión animada y risueña de mi cara, y me llama—lo he -averiguado—«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una -labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir, -mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y -su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por -el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia, -deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le -pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces, -un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa -espera.</p> - -<p>Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia, -que da lástima.</p> - -<p>—¿Lo ves?—repite.—¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía -yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr -evitar estas cosas!</p> - -<p>—Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?</p> - -<p>—¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya -trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la -casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!</p> - -<p>—Me encuentro perfectamente en ella.</p> - -<p>—¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á -consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí, -por toda la vida acaso?</p> - -<p>—Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p> - -<p>—¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro -Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para -transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna—porque no -te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan -sencillamente—, cuando se le ha ocurrido otra combinación más -sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, -mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos -las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la -prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un -escandalazo.</p> - -<p>—Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más -verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría -coro, diciendo que estoy...</p> - -<p>Me toqué la frente con el dedo.</p> - -<p>—¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se -puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de -emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie -hiciste daño!</p> - -<p>—Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he -de sufrir por lo que dañé?</p> - -<p>—Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados... -¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido -ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal... -Carranza es el peor. Ese<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> te declara loca peligrosa, maligna. Te cree -capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te -odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha -mediado...</p> - -<p>Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica -<i>dinero</i>.</p> - -<p>—No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una -prevención... sobrado justa.</p> - -<p>—¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay -detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración -de una mujer de mala vida y de un boticario...</p> - -<p>—Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado -averiguar?...</p> - -<p>—Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú -entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste -que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu -casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué -chiquillada!...</p> - -<p>Bajando la voz:</p> - -<p>—También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por -el lago... Dice...</p> - -<p>—Cuanto diga, es cierto.</p> - -<p>—¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta -que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de -mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si -tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> la tratabas -mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu -cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...</p> - -<p>—Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que -maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para -él.</p> - -<p>—¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra -«locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y -se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia -aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...</p> - -<p>—De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son -personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su -concepto científico, no es error probablemente.</p> - -<p>—Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron -últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el -pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas, -en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una -chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al -extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata... -En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la -desbarataré. No temas; la desbarato.</p> - -<p>—Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay -que dejar nuestra<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...</p> - -<p>—¡Ea, que no!—gritó impetuosamente, abrazándome—. No es Dios quien te -ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú -fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte -el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!</p> - -<p>—Lo sé...—exclamo, con acento significativo—. Lo que no hace falta, -es compadecerme. Soy aquí dichosa.</p> - -<p>Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.</p> - -<p>—¿Y Torcuata?—pregunto.</p> - -<p>—Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un -trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.</p> - -<p>—No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo -encargo mucho.</p> - -<p>—Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las -únicas que hablan de tí con entusiasmo.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los -altares...</p> - -<p>—Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual. -La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería -lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí, -Farnesio, no me santifique.</p> - -<p>—Veo que no has perdido el buen humor...</p> - -<p>Cuando se retiró, decidido á rescatar á la<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> princesa del poder de -malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me -encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me -trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las -tentaciones?</p> - -<p>¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu -voluntad...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> </p> - -<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary=""> - -<tr><td colspan="2"> </td><td class="rt"><small><span class="un">Páginas.</span></small></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#I">I.</a></td><td valign="top"><a href="#I">—Escuchad</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#II">II.</a></td><td valign="top"><a href="#II">—Lina</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_073">73</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#III">III.</a></td><td valign="top"><a href="#III">—Los procos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_123">123</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IV">IV.</a></td><td valign="top"><a href="#IV">—El de Farnesio</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_153">153</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#V">V.</a></td><td valign="top"><a href="#V">—Intermedio lírico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_187">187</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VI">VI.</a></td><td valign="top"><a href="#VI">—El de Carranza</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_201">201</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VII">VII.</a></td><td valign="top"><a href="#VII">—Dulce dueño</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_257">257</a></td></tr> -</table> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO *** - -***** This file should be named 56044-h.htm or 56044-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/6/0/4/56044/ - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/56044-h/images/bazan.png b/old/56044-h/images/bazan.png Binary files differdeleted file mode 100644 index d0d1e8f..0000000 --- a/old/56044-h/images/bazan.png +++ /dev/null diff --git a/old/56044-h/images/colofon.png b/old/56044-h/images/colofon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 2c2e37f..0000000 --- a/old/56044-h/images/colofon.png +++ /dev/null diff --git a/old/56044-h/images/cover.png b/old/56044-h/images/cover.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 4c48080..0000000 --- a/old/56044-h/images/cover.png +++ /dev/null |
