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-The Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Dulce Dueño
-
-Author: Emilia Pardo Bazán
-
-Release Date: November 24, 2017 [EBook #56044]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto
-and the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
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-
- OBRAS COMPLETAS
-
- DE
-
- EMILIA PARDO-BAZÁN
-
- CONDESA DE PARDO-BAZÁN
-
- TOMO 38
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-
-
-
- EMILIA PARDO-BAZÁN
-
- CONDESA DE PARDO-BAZÁN
-
- OBRAS COMPLETAS.--TOMO 38
-
-
- DULCE DUEÑO
-
-
- [Imagen: colofón]
-
-
- MADRID
- _V. Prieto y C.ía, editores._
- Princesa, núm. 77.
- 1911
-
-
- Es propiedad.
- Queda hecho el depósito
- que marca la ley.
-
- Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
-
-
-
-
- DULCE DUEÑO
-
-
-
-
-I
-
-_Escuchad._
-
-
-Fuera, llueve:--lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye
-del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose
-con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo
-tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo
-sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la
-mesa un redondel anaranjado.
-
-La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa
-cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea
-destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á
-la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros
-cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de
-pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica,
-traslucen con vítreo reflejo los carmesíes; en el manto, los verdes de
-esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la
-cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que
-lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro
-obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas.
-Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos.
-
-En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la
-mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón
-inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una
-nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa
-sobre el esternón bombeado.
-
---¿Leo ó no la historia?--urge el eclesiástico, agitando un rollo de
-papel.
-
---La patraña--critica el seglar.
-
---La leyenda--corrige la enlutada--. Cuanto antes, señor Magistral.
-Deseando estoy saber algo de mi Patrona.
-
---Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las
-noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna
-suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi
-trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la
-sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un
-poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando
-prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos.
-
-La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El
-vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo
-rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al
-transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de
-sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.
-
-«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está
-claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que
-después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano
-_el Perseguidor_, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta
-que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un
-período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y
-hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se
-atrevió á batir moneda con su efigie...»
-
-Interrupción del vejezuelo.
-
---Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de
-autenticidad...
-
---Déjeme oir, amigo Polilla...--suplicó la de los fúnebres crespones--.
-Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.
-
---¡Bah! Este personaje no es...
-
---¡Silencio!
-
-«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo
-fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan
-sólo martirizando y matando cristianos; hasta los espíritus cultos de
-aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso
-fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse
-de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y
-malicias filosóficas...»
-
-Inciso.
-
---La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...
-
-Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.
-
-«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde
-que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta
-que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el
-primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto
-para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco
-de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela
-resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si
-bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas,
-tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en
-otros países.
-
-Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse
-que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los
-festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban
-los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»
-
---Vamos, las primeras beatas...--picoteó Polilla.
-
-»--Es el caso que griegos y judíos--hiló el Magistral--andaban, en
-Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los
-cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías
-hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita,
-llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el
-emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor
-Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y
-luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana,
-surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos
-cristianos infelices...»
-
---¿Eeeh?--satirizó don Antón.
-
---¡Digo, felicísimos!
-
-»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus
-artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales.
-Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal
-época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta
-la personalidad de Catalina.
-
-Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo
-era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto,
-las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y
-poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la
-estatua de Memnon. No extrañemos que Catalina profundizase ciencias y
-letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica
-estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas
-egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.
-
-Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida
-y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y
-se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos
-bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y
-al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á
-aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por
-afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la
-pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del
-Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy,
-calabazas...
-
-Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las
-magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no
-era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los
-dioses, consagraba culto.
-
-Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los
-_procos_ ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las
-superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y
-acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su
-existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias
-antiguas, cuando muy pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la
-riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los
-esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina
-un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines
-y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se
-escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas
-de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por
-vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los
-patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la
-Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á
-Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el
-marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían
-decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de
-imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los
-demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre
-enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras
-maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á
-reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un
-helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus
-frondas...»
-
---¿No has notado una cosa, Lina?--se interrumpió á sí mismo el
-Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.
-
---¿Qué es ello?
-
---Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la
-presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la
-vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de
-exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído.
-¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados
-á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha
-de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de
-su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y
-por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la
-tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la
-Santa...
-
---Me gusta Catalina Alejandrina--. Lacónica, la enlutada parpadeó,
-alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.
-
-»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio,
-entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían
-pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en
-vinagre por la hija de los Lagidas--lo cual parece fábula, pues el
-vinagre no disuelve las perlas--, y la otra presea, una cruz con asas,
-símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla
-era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello--fíjate, el
-artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle--hubo en la
-ciudad una oleada de envidia y de malevolencia. ¿Se creía la hija de
-Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran
-Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que
-contrastó el poder de Roma?
-
-Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija
-del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas
-nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!
-
-También los cristianos--aunque por razones diferentes--miraban á
-Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la
-princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no
-ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó
-más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía
-la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las
-estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni
-perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le
-aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías
-supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del
-desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los
-solitarios...»
-
-Polilla, que trepidaba, salta al fin.
-
---Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no
-se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste
-bubónica!
-
---¿La peste bubónica?--se sorprende Lina.
-
---La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto
-después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se
-momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos
-perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios
-aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de
-embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y
-cátate la peste, que aún sufrimos hoy.
-
---Bien...--Lina alzó los hombros.--Con usted, Polilla, se aprende
-siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.
-
-«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por
-entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se
-llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una
-columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como
-sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de
-la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase
-el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba
-«ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se
-posaba en la palma seca del solitario.
-
-Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite
-del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las
-llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»
-
---¡Absurdo!...
-
---¿Polilla?...
-
-«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después
-con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que
-Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados
-con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen
-verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y
-rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones,
-rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le
-alabe y toda nación le confiese.
-
---Reza también--imploraban--por que toque en el corazón á la princesa
-Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es
-enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más
-hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad
-mejor que muchas cristianas!
-
---Sólo Dios es belleza y sabiduría--contestaba el asceta--. Pero
-despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en
-el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su
-hirsuta barba negra--la idea de la princesa le acudía, le inquietaba--.
-¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del
-Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...
-
-Una madrugada--como á pesar suyo--Trifón descendió de la piedra,
-requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta
-llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía
-canópica, y derecho, sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta
-exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor
-de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa
-inmediatamente.
-
---Decidla--insistió el solitario--que no vengo á pedir limosna, ni á
-cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme.
-
-Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por
-el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de
-sayo de Cilicia.
-
---Llevad el recado--insistió el asceta--. Ella no se reirá. Yo sé de
-amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.
-
---¡Es un filósofo!...--secretearon respetuosamente los esclavos; y se
-decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los
-filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.
-
-Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un
-grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre.
-Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro
-y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados
-prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos
-de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía
-en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia
-profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el
-broche divino de una existencia tan colmada como la suya; y el amor
-faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos
-países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de
-su padre.
-
---¿De qué me sirve--pensaba--tanto libro en mi biblioteca, si no me
-enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en
-las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento
-que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de
-esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe
-Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del
-mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad
-de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es
-en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la
-irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita
-encandilarse en amor... ¿Por quién?...
-
-Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el
-pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á
-solas.--Volvió la tristeza pronto.
-
---¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino
-transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame
-conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis
-huesos!
-
-El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se
-acercó.
-
---Desea verte, princesa, cierto hombrecillo andrajoso, ruin, que dice
-que sabe de amores.
-
---Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas.
-
-Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo
-de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró
-atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas
-cejas que le comían los párpados rugosos.
-
---Siéntate--obsequió Catalina--, habla, di de amor lo que sepas. Por
-desgracia no será mucho.
-
---Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto.
-
---¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y
-baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no
-sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los
-viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que
-merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de
-ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar
-al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán,
-te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le
-fregamos.
-
---Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los
-cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El
-cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña
-hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?
-
---Como quieras... Háblame desde alguna distancia...
-
---Catalina--empezó preguntando--¿porqué no te has casado con ninguno de
-tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.
-
---Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que
-mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado
-que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo
-encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir
-que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún
-no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes.
-No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al
-través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz
-adorable, cuyo encanto serpea por mis venas.
-
---Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.
-
-En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.
-
---Dime tu nombre, Padre--exhaló, casi á su pesar.
-
---Trifón, el penitente.
-
---¿Cristiano?
-
---Sí.
-
---¿Santo, como dicen?
-
---No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido
-de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y
-aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su
-aguijón.
-
---Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa
-Belleza, que es la única verdad...
-
---¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su
-pareja, que gime por el amado!
-
---Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana
-de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.
-
---¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?
-
---¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre?
-
---La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el
-que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su
-hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un
-acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar.
-Ama.
-
---Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un
-príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón.
-
---Es un príncipe asaz más ilustre que tú.
-
---¡Eso, sólo Maximino César!--se ufanó Catalina.
-
---¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!--Mañana, á esta misma
-hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin
-ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una
-construcción muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El
-lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo?
-
---No sé lo que sea temor.
-
---Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más
-allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en
-cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con
-recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...
-
-Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la
-fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado.
-
-Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente.
-
- * * * * *
-
-La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é
-ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las
-maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos.
-Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga,
-inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos,
-con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas
-tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber
-conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de
-vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina
-africana... ¿Sería alguno como éstos quien la aguardase en la ermita?
-
-Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo
-receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase
-á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el
-martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el
-filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa
-ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el
-amor la devorase, cual un león irritado y regio!--Siguió las
-instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como
-en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo,
-ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta
-de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres _fellahs_, el
-pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las
-esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la
-planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así
-disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines
-que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle,
-torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida
-especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente
-opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.
-
---Oiga usted--zumbó Polilla--. ¿Sabe usted que me va pareciendo un poco
-ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...
-
---Don Antón--amenazó Lina--, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso
-ignominiosamente.
-
-«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre
-pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones
-semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del
-granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos
-reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones
-menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la
-delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo
-de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de
-fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal.
-Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió
-Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida
-espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del
-numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita,
-encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la
-tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina
-temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.
-
-Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del
-santuario asomaba una colina inculta, y en un repliegue del terreno se
-agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio
-de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de
-caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par
-en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un
-ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la
-del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de
-nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara,
-sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el
-insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura
-y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de
-amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños:
-
-Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la
-tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos
-diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos
-semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica.
-Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los
-nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus
-caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual,
-se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges
-tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y
-ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo,
-Caricles, Gnetes, sus contertulios, erizados de argucias, duchos en la
-controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus
-labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un
-murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que
-flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo
-inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y
-en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se
-destacaba era una sola palabra: _Amor_.
-
-Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos,
-murmuraban también con tenaz canturia: _Amor_; y sus ojos chispeaban, y
-sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y
-lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus
-bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente.
-Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría,
-galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras.
-La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa,
-era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su
-huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras,
-en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las
-Esfinges.--Me desnudarán--calculaba--, y cuando caiga avergonzada y
-rendida, se cebarán en mí...--El horror activaba su paso. Los pies,
-rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se deshonraban con el
-polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:--¡Mis pies de
-rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me
-estropean! ¡Ay pies míos!
-
-Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció
-un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía
-dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no
-había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la
-blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de
-luminares, á guisa de manto triunfal.
-
-Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló
-rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una
-luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz
-crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego,
-reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso,
-abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella
-parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el
-sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza
-portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni
-había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en
-estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con
-fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las
-diversas razas del mundo. Los comparaba á las creaciones de Fidias, á
-los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así
-se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más
-sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión
-superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían
-claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color
-de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo
-misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El
-mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto
-que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los
-del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió
-que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra,
-inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se
-volvió hacia la mujer que le acompañaba.
-
---¿Es esta la esposa, madre mía?
-
---Esta es--afirmó una voz musical, inefable.
-
---No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...
-
-Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se
-extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.
-
-Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda
-de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no
-recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de
-bochorno. ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la
-ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!
-
- * * * * *
-
-Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de
-Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus
-zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la
-majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban
-roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las
-esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil
-solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de
-bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se
-contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo
-que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía
-vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos
-la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una
-beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural
-faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro
-calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de
-Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes,
-lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No
-ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de
-la plebe encubría el brillo de la hermosura! Era preciso buscar al
-aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se
-ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario.
-
-Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del
-siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su
-cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura,
-franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían
-temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos
-de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían
-cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con
-amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía
-provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas
-llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando
-descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un
-pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva.
-
-Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó,
-implorante, al asceta.
-
---Vengo--impetró--á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi
-serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime
-dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le
-parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo
-parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»
-
-Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:
-
---Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de
-Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde
-se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».
-
---Pues yo recuerdo--asintió Lina--otra poesía de Lope de Vega, si no me
-engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que
-pondera el Fénix á la hija de Costo!
-
- «Una palma victoriosa
- de tres coronas guarnece,
- por sabia, mártir, y virgen,
- cándida, purpúrea y verde...»
-
---Hay una glosa--advirtió Carranza--que la llama «segunda entre las
-mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de
-inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio
-que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido
-autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas
-célebres se cuentan por centenares.
-
---¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con
-filósofos!--criticó Polilla--. En fin, siga usted, amigo Carranza, que
-ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los
-sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo Luis XV,
-portador de una guirnalda con un lazo azul...
-
---Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable--aseveró Lina--.
-Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.
-
-«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el
-polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la
-esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un
-instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del
-asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando
-movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina
-rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos
-al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula
-consagrada:
-
---Ven, hermanito...
-
-Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró
-fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la
-bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su
-picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto
-replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo
-remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía
-sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á
-la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin
-ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.
-
---Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta mixtura sobre tu corazón
-enfermo--mandó imperiosamente.
-
-Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al
-percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su
-corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar
-delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase
-su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron
-manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel
-entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se
-embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose,
-funcionó activo.
-
---Soy cristiana--protestó sencillamente, comprendiendo.
-
-Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían
-á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua
-en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la
-virgen, profiriendo las palabras:
-
---En el nombre...
-
-Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario
-anunció:
-
---Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El.
-
---¿Y le pareceré hermosa?...
-
---Tan hermosa, que se desposará contigo.
-
-Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio
-empezaba á revelarse. Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo
-se lo mostraba resplandeciente.
-
---¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?--interrogó sumisa.
-
---Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega
-el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando
-vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.
-
-A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito.
-Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y
-golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de
-uvas, sin sed.
-
---Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...
-
-Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni
-calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de
-preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir,
-su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo?
-¿La juzgaría hermosa _ahora_? ¿No proferiría, con igual desdén que la
-vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es
-hermosa, no la amo?
-
-Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges,
-impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud
-no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía
-sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la
-espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor se deshojaban, lánguidas del
-calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de
-glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el
-cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas
-por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina,
-que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita
-libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se
-encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta
-superior á sus antiguos númenes.
-
-Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba
-desierta...
-
-¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía!
-
-Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó
-tiernamente.--Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y
-no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de
-mí el alma para irse á tí...--Así se dolió Catalina, hasta que el sol se
-puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el
-cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los
-cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un
-momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no
-la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la
-mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la
-princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su cabeza
-se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas
-ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de
-Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no
-se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer
-avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano
-derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El
-niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente,
-encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó
-al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á
-colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se
-apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto
-duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.
-
-Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban
-miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos
-cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el
-Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los
-arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de
-monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles,
-cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona
-viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus
-moradores.
-
-En su lecho, la princesa concilió un sueño aun más reparador y total
-que el de la noche anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales
-creemos haber nacido nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir
-viene traído por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en
-los ojos, hizo centellear en su dedo el anillo de las místicas nupcias.
-
- * * * * *
-
-No había transcurrido mucho tiempo desde la expedición de Catalina al
-desierto, cuando el César asociado Maximino el Dacio,--residente en
-Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio, Constantino y
-él, había correspondido Egipto á su jurisdicción--, celebró una fiesta
-orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos
-militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de
-entonces, cortesanas y sacerdotisas de Hathor.
-
-Después de las primeras libaciones, mientras servían en copas de ágata
-el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que produce una exaltación
-entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se contaba de nuevo en
-su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento, exclamó que era
-mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de noticias,
-sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta de
-los galileos.
-
---¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la orgullosa?--se sorprendió
-Maximino.
-
---La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh, César! Porque, en su
-culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada á la
-Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen
-campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo--añadió
-afectando rudeza--, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas
-hasta á los estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de
-cierto en este rumor. Las divinidades altas te tienen encomendada su
-defensa.
-
-Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había envidiado
-amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio
-corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le
-había desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los
-conmilitones de Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos,
-pues habiendo llegado á ser uno de los placeres y deportes imperiales el
-presenciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos para este fin,
-podría darle á César el antojo de ensayar con algún amigo y convidado.
-Los martirios eran más divertidos que las luchas de la arena, y cuando
-se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de poder verla,
-arrancadas sus ropas á girones por el verdugo...
-
-Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba en Catalina; no
-tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez en la
-vida, y en su energía y resolución, dotes que la hacían curiosa y
-deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué de Cleopatra, y
-de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el sentimiento
-patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de los
-tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus
-continuos viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra
-los emperadores asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin
-dignarse contestar al chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho
-irrupción en la sala del festín las bailarinas con sus crótalos y sus
-túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de
-Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de Italia,
-alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta,
-llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se
-encogía de hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se
-obedeciesen las disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras
-el espíritu de la vid corría por sus venas y tupía con vapores su
-cerebro.
-
-A la mañana siguiente, el César repitió la orden. Tenía ya despejada la
-cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estómago. Un
-tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era desagradable la
-perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto cruel latía
-un designio político, dictado por el continuo recelo que le infundía la
-ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio.
-
---Redacta--ordenó á su secretario--un edicto para que sean ofrecidos
-sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose
-las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del
-Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que
-Alejandría pertenece á Maximino.
-
---¡A quien Jove otorgue el imperio entero!--deseó Hipermio, que estaba
-presente y conocía lo que soñaba César.
-
---¿No te di anoche esta orden misma?
-
---Sí, Augusto; pero ya sabes...
-
-Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:
-
---¡Cúmplase!
-
-En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron
-altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato
-becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los
-hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba,
-porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á
-sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el
-Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y
-los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de
-torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á
-Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas
-repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo
-sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio, ó pasaban
-erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles
-empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad:
-tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á
-sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los
-encarcelados, y preguntó ansiosamente:
-
---¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?
-
---No, Augusto--satisfizo Hipermio--. Delante de su palacio no hay altar,
-á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan
-espléndida morada exige.
-
---Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.
-
---César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan
-pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de
-decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso
-sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él,
-representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es
-la princesa.
-
---¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella
-y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las
-supersticiones del populacho judío.
-
-Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba
-sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia,
-sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente
-ataviada: su túnica sérica, del azul de las plumas del pavo real,
-estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como
-entonces se labraban, en la forma llamada _tabla_. Sus pliegues
-majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos
-de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las
-cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente
-superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La
-inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes
-dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría.
-Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre
-perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo
-delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería,
-semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio,
-recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende
-del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero
-árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del
-andar.
-
---César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.
-
-Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se
-envolvió en él y se sentó tranquila.
-
---Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.
-
---Te engañaron, emperador...--Después de breve pausa.--Yo era cristiana
-ya, desde hace años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio
-de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la
-Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese
-teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.
-
---No soy tan docto como tú, princesa--ironizó el César, mortificado--,
-pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que
-acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza
-del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el
-deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de
-mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.
-
---Maximino--se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo--, yo,
-en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto
-te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son
-verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas
-materiales... y sacrificaré.
-
---Catalina--insistió Maximino--, ya te he dicho que no soy un retórico
-ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería
-desigual.
-
---No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me
-ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca.
-Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh,
-Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.
-
---Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas Atenea, pero algún sabio
-habrá en el orbe que sepa más que tú!
-
---Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.
-
---¡Dichoso él!--Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran
-galantes y rendidas sus palabras.
-
-El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina
-del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había
-molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de
-Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de
-Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y
-otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La
-recompensa sería pingüe.
-
-Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y
-roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el
-César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos
-cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa.
-Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros
-guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en
-Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina
-que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber
-que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora,
-alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y
-se dejó aromar la barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de
-Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se
-creía que la mujer es muy capaz de discurso.
-
-El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el
-patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y
-traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y
-pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se
-prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería
-grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba
-vengarse con venganza sabrosa.
-
-Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la
-izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió
-entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la
-puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó
-ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina
-no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su
-fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión
-de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de
-perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos,
-como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba
-su frente ancho aro todo cuajado de inestimables _barekets_ ó esmeraldas
-orientales, traídas del alto Egipto, cerca del Mar Rojo, donde, según
-la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los
-feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía
-en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los
-ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las
-esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos,
-herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su
-mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la
-gloria.
-
-Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador.
-Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso
-Gnetes, el denunciador de Catalina.
-
-Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo
-aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la
-forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma,
-buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta
-fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de
-Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la
-concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto,
-fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante,
-increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator,
-árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las
-generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á
-la blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos.
-
-Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había
-profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia
-suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo
-Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios,
-perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía
-otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos
-la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura
-humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.
-
-Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni
-negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo
-oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con
-terror maquinal:--¡Ha blasfemado del divino Arquero!
-
-Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él
-tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora
-y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta,
-le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido,
-reflexionaba:--¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?--Y se propuso
-disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.
-
-Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y
-cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los
-_Tratados_ del maestro. Ocurrió entonces algo singular: Catalina
-solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y
-tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando
-en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á
-las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo
-la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el
-Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco
-celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.
-
---Tú, como yo, Necepso--urgía Catalina--; tú, discípulo de Plotino, has
-sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste
-vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar
-de bañarse en ella.
-
-Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que
-envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía
-detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no
-era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo
-expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los
-impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela
-consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio
-imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de
-maderas bien olientes.
-
-Necepso, entretanto, se rendía.--Si el cristianismo es lo que enseñó
-Plotino, cristiano soy--confesaba--. Catalina se acercó á él,
-sonriente, fraternal.
-
---Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por
-mí cuando llegues á su lado...
-
-Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio
-y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas
-venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo
-brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le
-amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa
-pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta
-que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.
-
-Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta
-alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran
-vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á
-rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la
-palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban
-los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de
-pelea. Lo que hicieron varios fué--sin atacar á la princesa ni al
-cristianismo--desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus
-maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la
-ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de
-Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos los
-seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la
-caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un
-partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y
-del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre
-la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había
-internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría
-ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó
-Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia
-y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la
-virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que
-su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un
-hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque
-invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:--Rabí
-Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable
-doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no
-quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación
-posible.--Catalina asintió con la cabeza.
-
-La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de
-la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se
-estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se
-regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún faltaban los
-sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado.
-Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó
-rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían
-bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera.
-Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas,
-fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio
-al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la
-substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se
-desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito
-sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo
-está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa,
-hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un
-pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático
-sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz
-de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo
-se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único
-mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce;
-sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los
-camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló
-de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida.
-Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su
-providencia; y que, después de proclamar la ley moral, por no renegar
-de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y
-describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes
-los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su
-última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla
-ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género
-humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de
-ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el
-escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates!
-Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis
-agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del
-amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad,
-había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza
-de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por
-fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no
-había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba.
-¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir
-sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:--¡Habrá
-muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de
-cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!
-
-El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que
-hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su
-espíritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que
-le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que
-si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le
-enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus
-pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:
-
---¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre
-de fuego!
-
-Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza,
-hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del
-todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar
-también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le
-ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la
-cabeza para mirar á su vencedora.
-
-No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el
-auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas,
-que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y
-creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies
-absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una
-cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto,
-ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces,
-se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la
-cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército;
-y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos podían
-profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien
-nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César,
-se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión.
-Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de
-sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina--también
-irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo
-virginal--les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio,
-con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al
-desollar al sátiro hediondo y chotuno--ya no se contuvieron los oyentes,
-y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.--¡Salud,
-salud á Catalina!--se oía repetir--. Y los cristianos, envalentonados,
-enloquecidos--añadían:--¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa
-Trinidad sea contigo!--Algunos de los procos, que en primera fila
-esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por
-contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en
-triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.
-
-El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la
-señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia
-despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó
-de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el
-palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se
-había quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el
-sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas
-emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos
-trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de
-anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que
-Maximino usaba cuando se sentía exhausto.
-
---Bebe, princesa--dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija
-de Costo--. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me
-parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes.
-Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo
-entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud
-del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se
-inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como
-este vino de la Mareótida que te ofrezco.
-
-Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.
-
---No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del
-suelo. He vencido.
-
---Has vencido--replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por
-ella empezada--. No cabe negarlo.
-
---Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el
-socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro
-convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean
-llevados al suplicio.
-
---Oye, Catalina...--Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de
-ágata, que soportaba el refresco--. Escúchame, que en ello nos va mucho
-á los dos.
-
-Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza,
-aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían
-religiosamente.
-
---Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que
-adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el
-último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte
-mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían
-fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los
-oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó
-mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina;
-sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en
-vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos
-gloriosos de Roma.
-
-La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.
-
---Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas
-nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres
-fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti
-para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz
-de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera,
-desfallezco y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la
-sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio
-Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á
-nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me
-apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco
-sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti
-seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio,
-el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien
-aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución,
-toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia!
-Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un
-templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra
-con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para
-ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza.
-No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se
-te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su
-ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia,
-garfios y potro?»
-
---En Dios y en mi ánima juro--no pudo reprimirse más Polilla, que no se
-desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza--que su
-Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un
-libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo su Alteza doña
-Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no
-oyen razones...
-
-»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con
-la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la
-importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían
-madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el
-momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha
-continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en
-una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad,
-confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el
-solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes,
-á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de
-la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la
-nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño
-íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente
-magnífico que el Serapion,--del cual se decía que estaba colgado en el
-aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco
-buey idolatrado.--Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion,
-expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una
-palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César
-cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías,
-confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde
-las frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién
-impedía?...
-
-Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie
-de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón,
-repetía, lento, suave, como una caricia celeste:
-
---Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...
-
---Maximino...--articuló pausadamente--, me avengo gustosa á lo que me
-ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en
-cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible,
-que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...--Y, moviendo el
-dedo, hizo fulgir el anillo.
-
---¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como
-nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?
-
---Virgen soy y seré.
-
---Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta
-crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me
-satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo.
-Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que
-amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo,
-princesa?
-
---César...--insistió ella rechazando la copa--no sé si me creerás; yo,
-aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que
-ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la
-horrible suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución.
-No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el
-Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta
-transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que
-se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano.
-¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua--,
-pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido
-tentada, pero resistiré.
-
-Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni
-el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos
-férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca
-los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso
-temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la
-crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.
-
---Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas
-é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste
-tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu
-escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de
-exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el
-jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á
-un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh,
-Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu
-zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada. Pero respeto también
-la ley, y he de cumplirla.
-
-Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.
-
---Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al
-Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.
-
- * * * * *
-
-Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó
-y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César
-se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se
-descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la
-virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra
-el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo,
-desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y
-los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.
-
-Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía,
-Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen
-del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se
-reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al
-encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos
-de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los
-incomprensivos y los que comprenden con finura. La princesa no apartó
-los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra
-maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima
-representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador
-y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.
-
-El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de
-sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan
-elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez
-del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata,
-y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una
-fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y
-aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y
-maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona
-la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y
-disfrutando de los sabores sanos de la vida?
-
-Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la
-princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin
-indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la
-interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista;
-una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo
-Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual
-se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus
-estudios elevados que aristocratizan el pensamiento; del arte, de la
-belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la
-cincelada copa...
-
---A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!
-
-La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en
-una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por
-precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla
-libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos
-funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes,
-primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo,
-deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras
-convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no
-debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en
-su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina
-pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la
-había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio,
-ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito
-instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el
-tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se
-interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los
-serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial
-necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que
-con la orgullosa Catalina.--Y les quedaba la esperanza de una
-retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer.
-La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de
-deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los
-cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la
-doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un
-complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo,
-si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del
-Galileo!
-
-Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:
-
---El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla
-con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en
-que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.
-
-Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una
-noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario
-irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los
-nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á
-los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el
-escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la
-mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y
-donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y
-los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto
-antes, y sin aventurarse á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó
-reniega ó perece.
-
-Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase
-de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había
-inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro
-de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero
-despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.
-
---El dios Apolo--se envanecía el negro--hubiese debido pelar así á
-Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.
-
-El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que
-idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano
-sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar,
-pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo
-su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un
-aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al
-exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente
-encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela
-ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto
-cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho,
-espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del
-infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas
-de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna herida
-mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los
-clavos y las puntas.
-
---Hoy mismo--insistía angustioso el pontífice--. En la demora está el
-riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa,
-dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio,
-coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no
-las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden?
-Pues basta.
-
-Y Gnetes sugirió:
-
---Al terminarse el banquete, el César _estará en estado de
-presenciar_...
-
-Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía
-el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos
-diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al
-patio, donde sería juzgada.
-
-Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que
-moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el
-supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:
-
---No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver
-el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú
-eres la hermosura...--La hermosura ideal, Catalina--creyó oir dentro de
-su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma
-estoica.
-
-A pesar del secreto que se había querido guardar, detrás de la baranda
-se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus
-torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta
-cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las
-antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y
-una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido.
-Sonreía.
-
-Maximino presidía el tribunal--, pero sin conciencia de lo que iba á
-suceder--. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas,
-completamente embriagado, y destuetanado además por caricias
-diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo
-de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía
-una soñarrera momentánea.
-
-A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto.
-Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta
-lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga,
-obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la
-peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la
-princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder
-mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo
-del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de
-derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin
-sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica,
-ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al
-amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables
-_barekets_, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes
-peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal
-enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón
-rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor,
-espantado, se acercó al oído de Taonés.
-
---No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las
-esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...
-
---¿Te han enloquecido los dioses?
-
---¡Te digo que son aire!...
-
---¡Aún es tiempo, Catalina!--reiteró el pontífice, insinuante.--Aún
-puedes postrarte ante los Númenes sagrados.
-
-Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina:
-Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino
-pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el
-extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la
-borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para
-cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice
-dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y
-agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la
-manivela, puso las ruedas en movimiento.
-
-Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y
-empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un
-hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas.
-Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la
-virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si
-buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario
-alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina
-horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto,
-hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los
-sacerdotes del Arquero...
-
-La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á
-Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el
-final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil
-partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de
-la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso.
-Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz
-apresada.--Voy á ti--suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable
-anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo
-describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público,
-cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al
-César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y
-la cabeza de Catalina, que cayó cercada del magnífico sudario de su
-cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de
-perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre
-bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y
-en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá
-de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor
-lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y
-plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe,
-perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo
-ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas,
-refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que
-había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de
-sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella
-sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los
-exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y
-entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la
-conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces
-secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á
-su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La
-guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los
-amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras
-luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito,
-castañeteando los dientes de terror frío, el puro cuerpo de cisne
-flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por
-los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se
-expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y
-el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del
-emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era
-más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de
-la loba--y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin,
-á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»
-
-El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por
-concluso.
-
---¿Y el cuerpo de la princesa?--preguntó Lina--. ¿Qué paradero tuvo?
-
---¡Ah!--respiró el Magistral--. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo
-enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda
-los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no
-sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el
-siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas
-no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de
-Hipatia.
-
---¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le
-suprimió Constantino.
-
---Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había
-ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder.
-Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre
-los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta
-extensamente en las notas.
-
---Todo está muy bien--criticó Polilla--, excepto los milagros.
-Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la
-historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos
-aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda
-de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de
-progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...
-
---Y polilla...--sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la
-cara acartonada del amigo.
-
-Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle.
-Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos
-de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba
-al través de los vidrios. Y se oía:
-
- _Que Catalina se llama--sí, sí..._
- _que Catalina se llama..._
-
---Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;--y las arrapiezas, con su
-argentado timbre de voz, continuaron:
-
- _Mandan hacer una rueda,_
- _mandan hacer una rueda_
- _de cuchillos y navajas--sí, sí..._
- _de cuchillos y navajas..._
-
-Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de
-fuentes vivas, inagotables:
-
- _Levántate, Catalina,_
- _levántate, Catalina,_
- _que Jesucristo te llama--sí, sí,_
- _que Jesucristo te llama..._
-
-Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban
-en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la
-canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:
-
- _Que Jesucristo te llama..._
-
-
-
-
-II
-
-_Lina._
-
-
-I
-
-¡Como una bomba, el notición!--Cuando traen el telegrama, estoy aseando
-mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba
-antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre,
-extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú,
-instituída heredera universal. Vente. Farnesio.»
-
-¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco
-efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué
-me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión,
-no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada
-al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que
-los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo
-cual me río de la historia).
-
-Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo al telegrama de Farnesio,
-me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente,
-negra también, y, á pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo á
-la estación. El tren pasará á las siete. Me siento en un banco, ante la
-puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca,
-columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla
-mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por
-primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi
-saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica
-una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de
-tomarla, echa á correr. La riqueza asusta, por lo visto...
-
-Iré en primera, por primera vez.--Voy sola.--El departamento está rancio
-de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios,
-embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico.
-Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas
-equívocas.
-
-¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor
-auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y
-un sudor frío me rezuma en la sien.--¿No podría el telegrama ser broma
-de un chusco?--Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es
-verosímil, aún resulta más inverosímil _lo otro_. Tan grande es mi
-angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.
-
-El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes
-del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, á
-la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio,
-marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela
-en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros
-pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada,
-inmóvil.
-
-Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora
-que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que
-no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de
-mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de
-inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos;
-aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí,
-¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible.
-Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los
-dos meses de mendigar, ya no mendigo--, ya he resuelto mi problema. Lo
-malo fué que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de
-«señorita decente». Arrinconada, sólo pude vegetar...--Rectifico otra
-vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida
-imaginativa se ha dado!
-
-Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo
-monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras, porque á
-mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí á
-chicoleos de la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían conducirme á una
-boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos,
-encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy
-volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que desde luego se
-declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando
-no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y
-aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de
-historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el
-sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos
-catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el
-Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas
-muchas cosas que nunca verán la luz, á no ser que ahora, siendo yo
-millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la he zampado; por
-cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en
-los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño
-de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las
-doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo
-fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las
-representan pluma de ganso en mano, tintero al margen, y sobre el fondo
-de una librería de infolios de pergamino.
-
-Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos manuscritos del
-Archivo, las hijas del Juez, que son las _lionnes_ de Alcalá, y que me
-tienen tirria, me han puesto de mote _la Literata_. ¡Literata! No me
-meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa,
-y entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que
-para eso no me da el naipe.
-
-Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito
-ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento de goce y de
-superioridad.
-
-En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro Farnesio en persona, con
-cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se
-indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de
-heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena
-cada tres minutos.
-
---¿Qué dices de esto?--suspira hondamente al cogerme las manos.
-
---¿Qué he de decir?--contesto.--¡Pobre tía! Que le llegó la suya.
-
-Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y,
-alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de
-una berlina, acolchada como un estuche de joya. _Es mi berlina, es mi
-lacayo._ ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del
-fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos,
-me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote
-de los bayos fogosos.
-
-El intendente de doña Catalina me mira á hurtadillas, me estudia. D.
-Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge
-indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo
-de amigo y administrador, misterioso y enfático, D. Genaro Farnesio pasa
-por mejor enterado de lo que atañe á la casa de Mascareñas, ¡retumbante
-apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del
-palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse
-sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá
-cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?»
-
-Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el
-solemne portero--de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras
-bien lustradas--ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he
-venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á
-Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por
-qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.
-
-Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y
-Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se
-le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco
-ronca me preguntaba:
-
---¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?
-
---Muy bien, tía...
-
---¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?
-
---No señora--respondía, mortificada y altanera--. Tengo lo suficiente.
-
---¿Eres buena? ¿Te portas bien?
-
---Se me figura que sí...
-
-Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once
-años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco,
-y me ponía en las manos un objeto, diciendo:--Para tí.--La primera vez,
-un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de
-esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último
-regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento
-pasión magdalénica.
-
---Bueno, bueno--farfullaba la señora al murmurar yo las
-gracias.--Cuidado, no nos dés disgustos...
-
-Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía
-Catalina...»
-
---Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...--Y me
-retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los
-parientes pobres, de los protegidos humillados.--¡Ahora!
-
-Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol,
-con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la
-muñeca, y, en voz baja, balbuciente:
-
---¿Quieres _verla_?
-
-Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote...
-¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme
-pueril, ni medrosa!
-
---Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.
-
-La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de
-doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y
-colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el
-fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil
-lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas
-están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la
-media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla
-con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos
-se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la
-difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han
-amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su
-fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el
-que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del
-muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en
-un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de
-rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas
-manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan,
-me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me
-arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la
-tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa
-agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria
-noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y
-reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro
-de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que
-besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo
-des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley
-propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme
-persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto
-que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus
-mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco
-interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero
-¿existen irreverencias interiores?)
-
---¿Mi dormitorio, mi tocador?--pregunto imperiosamente. No conozco la
-distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá
-indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento.
-
-Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como
-toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace
-tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada
-de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.
-
---¿Mi doncella?
-
-Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á
-tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea
-Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el
-timbre, y aparece una sirviente añeja, especie de dueña azorada,
-prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme.
-
---¿Es usted la primer doncella?
-
---Sí, señora... Para servir á la señora.
-
---Llame usted á la segunda.
-
---No... no está.
-
---¿Cómo se entiende? ¿No está?
-
---Ha salido á recados... D. Genaro sabe...
-
---Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización.
-
---Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.
-
---Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad?
-
---Ya lo creo.
-
---Ponga usted en el baño un frasco entero de colonia... ¿Habrá colonia?
-
---Sí, señora, sí.
-
---¿Y toallas finas, y jabón de violeta?
-
---De violeta no sé si habrá. De todos modos, será buen jabón. ¿Pediremos
-el de violeta á la perfumería?
-
---Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier jabón. Deseo bañarme
-pronto.
-
---¿No cena la señora?
-
---Después del baño...
-
---Que te aproveche--pronunció Farnesio--. Yo no cenaré: me encuentro
-algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no por la
-mañana, puesto que...--Se le quebró el acento; sobrevino carraspera.
-
---Ya, ¡el entierro!--dije con naturalidad--. ¡Y yo sin manto de luto
-para las misas! ¿Cómo se llama usted?--pregunté vuelta hacia la dueña.
-
---Eladia, para servir á la señora.
-
---Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy
-tupido.
-
-
-II
-
-Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada
-conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de
-los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde
-el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las
-ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los
-contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á
-miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica,
-concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también.
-Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud,
-reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y
-sabrosa cual la aceituna.
-
-Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por
-él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios,
-me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.
-
---¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana, al despertarme en una
-habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia?
-
---¡Ojalá!--gimió él.
-
---¡Muchas gracias, mala persona!
-
---Ya comprendes por qué lo digo.
-
---Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía,
-pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le
-advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más
-cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano
-D. Juan Clímaco?
-
---En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada.
-
---¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas
-de la rama menesterosa, de la rama infeliz?
-
---Es la verdad, Natalia... Pero--añadió como alegando disculpa--por lo
-mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien
-cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te
-quería.
-
-Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé:
-
---¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?
-
-La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado
-del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.
-
---Eso es cruel--tartamudeó.--No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo
-supieses!
-
---Don Genaro--respondí--razonemos. No me pinte usted lo que no ha
-existido, ¿Es querer á una muchacha tenerla recluída, darle una mesada
-que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y
-tramar una conjura para meterla en un convento?
-
---Que no sabes lo que te dices--terqueó él--. Cuando se trató de que
-abrazases ese estado--el más feliz para una mujer--, aun vivía Dieguito,
-el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor
-de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?
-
-Medité un instante, cogiéndome la barba.
-
---Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían
-que Dieguito se enamorase de mi?
-
---¡De absurdo en absurdo!--Violenta indignación soliviantaba á Farnesio.
-
-Yo insistí, pesada:
-
---Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo
-derecho á entender.
-
---Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres?
-Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra
-parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no
-ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y
-cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del
-Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de
-decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres
-cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de
-mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...
-
-Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con
-ansiedad, me interrogó:
-
---¿Por qué no la diste un beso?
-
-Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces
-la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé
-cómo--pero con mímica expresiva--, manifesté la repulsión á la hipótesis
-del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:
-
---¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí...
-
-Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada,
-rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano
-parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible.
-
---Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca
-falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único
-que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que
-usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es
-verdad?
-
-Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es
-muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa
-timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que
-acababan de traerme--¡milagro de rapidez!--de la _Siempreviva_,
-especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á
-Farnesio... ¿Me querrá este vejete, ó es un solapado enemigo? El
-callaba, extático.
-
---¿De modo que soy poderosa?--pregunté.
-
---¡Ya lo creo!
-
---Y diga usted...--¡Diga usted!--¿Tenía joyas doña Catalina?
-
-Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con
-dignidad.
-
---Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró
-en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay
-joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú,
-hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.
-
-El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y
-resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino
-dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador
-contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento,
-convenientemente refrescado, será el mío.
-
-El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador,
-sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida
-con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni
-dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un
-muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos
-me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse
-del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La
-forma de la nariz, el corte de cara... ¿Qué tiene de particular? Bien
-cercanos parientes somos.
-
-Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me
-atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso
-con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea
-retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas
-melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como
-si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después
-observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña
-Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy
-peripuesta.
-
-Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de
-blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo.
-Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito.
-Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como
-habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el
-primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La _lingerie_
-elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de
-Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el
-segundo--hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta
-habitación--un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de
-arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla
-espléndida, que da indicios de no haberse usado apenas; sería doña
-Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los
-sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas,
-jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de
-plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros,
-blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas.
-
-Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que
-registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco
-todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera
-fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La
-ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he
-poseído! En mis viajes á Madrid--tan cortos, de horas--me paraba ante
-los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las
-perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa,
-en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de
-cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo
-acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra
-prueba más convincente...
-
-¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es
-todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo
-encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo
-resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los
-Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra, de brillantes; hay el
-soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches,
-sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes
-colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de
-la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué
-hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la
-señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin
-gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado!
-
-Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de
-que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el
-moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un
-coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas.
-Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro
-de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas
-y rubíes--C. M., Catalina Mascareñas--. Todos encierran retratos,
-fotografías ya pálidas. Un niño--será Dieguito--un señor de levita, sin
-barba--, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro
-retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas.
-
---En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña...
-¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de
-esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy
-almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más
-personal! ¿Sería verdad que, como afirma Farnesio, me quería mucho?
-Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á
-meditar en balde.
-
-¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por
-los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta,
-en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana
-aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios,
-que para mí serían bastantes?
-
-Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos,
-cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas,
-medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los
-otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde
-podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado
-un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está
-también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides
-con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto
-no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad,
-un derrame. La _idea_ toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea.
-Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos
-se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que
-forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente,
-hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la
-premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los peligrosos,
-sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina
-murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de
-la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de
-bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás
-rincones de la casa, porque nada hallaré.
-
-Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos,
-rojean los inflados ojos.
-
---¿Qué tal?--me dice.--¿Te has enterado bien de lo que te pertenece?
-
---¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me
-extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.
-
-Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con este ataque.
-
---¿Ningún papel?--murmuró, en voz que trataba de aclarar y
-serenar.--Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los
-entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora,
-es de las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se
-consagró á esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya
-se te comunicará también oficialmente el testamento. Los inventarios de
-la plata y alhajas, están hechos en vida de la señora, y legalizados.
-Creo que algún legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco...
-
---¿No me entiende, ó me entiende demasiado?--cavilo, recelosa. Y, en voz
-alta, preparando el floretazo:--¿Qué dirá usted que he encontrado en
-este medallón?
-
-Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su inquisición de papeles,
-no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden guardar secretos.
-Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría yo
-cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía
-Farnesio que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi
-retrato.
-
---¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña!
-
-Se enterneció. Y, con aquella flemita en la garganta que ya le había yo
-notado, en instantes de emoción, salió por esta inocentada:
-
---¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bienhechora!
-
-
-III
-
-Me instalo en el bienestar--no en el lujo--de mi gran fortuna. El
-bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El
-lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más
-difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil
-refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida
-alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel
-escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia
-persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos
-zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse...
-
-No está todavía depurado mi gusto para formarme mi envolvente lujosa,
-y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que
-trasuda aburrimiento.
-
-La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban
-reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin
-de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una
-locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de
-estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas,
-recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba;
-no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso,
-secatón, y arreglo en él una _serre_ en miniatura, provista de
-calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo
-á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina.
-
-He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no
-representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy
-perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á
-llenarse.
-
-Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga
-alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su
-tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de
-este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes
-en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del
-Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el
-uno de la condesa de Páramos, sobrino el otro de la generala Mansilla,
-que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas
-de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo
-_valgo_... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte.
-Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo,
-envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi
-luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia
-al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que
-el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo
-de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje...
-
-Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de
-compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin
-ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en
-Madrid sin dueñas doloridas.
-
-En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre.
-Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que
-merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos
-canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no
-cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán.
-Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los
-formulismos. ¡Es tarde, es tarde!
-
-Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve. Mi carácter se ha
-templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento
-de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un
-ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo
-infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra,
-su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que
-son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que
-la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan.
-Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en
-algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese
-acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto
-desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi
-goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de
-_parvenue_ al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y,
-adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida
-sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á
-proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir
-el pasado al presente.
-
-Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una
-fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos,
-de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi
-capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora
-los brillantes y las esmeraldas son flores de ensueño ó pájaros de
-extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún
-grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del
-color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el
-nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado
-por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra,
-los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo
-gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros
-refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño
-al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que
-generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas
-las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en
-la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de
-enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo
-en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes.
-Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi
-cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema
-femenino: ¿Soy ó no soy hermosa?
-
-La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola.
-Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran
-cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con
-relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace mayor el mucho y
-fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la
-dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva
-clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la
-proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa
-miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una
-Febe.
-
-Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La
-camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso
-misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más
-gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado
-de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo,
-me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la
-Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se
-adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos
-vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros,
-ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba
-hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho
-que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca,
-á mi lado, el de un fuerte púgil.
-
-Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza
-sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de
-pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó
-dos audaces plumas de pavo real que divergen y me flechan de
-esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la
-testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido,
-recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies,
-derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el
-peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados,
-sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de
-misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando
-su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada
-por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de
-matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas,
-que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra
-joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de
-mis manos--y hasta los de mis pies--son para mí objetos de un antiguo
-culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no
-deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las
-faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel.
-Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis
-cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y
-curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que
-contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y
-conservar la sedosidad de mi piel.
-
-Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me
-reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda
-actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes.
-Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas
-y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á
-casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean
-cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy
-torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice!
-
-Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el
-secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo.
-Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado
-en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta,
-ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del
-otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin
-granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante.
-Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en
-que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana,
-no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran,
-y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á
-él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la
-caracteriza aristocráticamente.
-
-No llamo la atención desde lejos. De cerca, puedo agradar. Nunca he
-creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de
-engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El
-misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me
-gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de
-luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la
-ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas,
-prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes,
-cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita
-inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo--he
-enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción--me realzan como
-la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado,
-traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi
-guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas
-olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior--porque
-superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó
-las rosas de unas mejillas--sino en mi íntima voluntad de elevarme, de
-divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era
-sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí
-ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario,
-superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á
-la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar.
-¡No tanto, señores!--No soy una heroína de novela añeja.
-Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque
-sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo
-contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que
-yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que,
-repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con
-mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi
-dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será
-fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse
-él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio.
-Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se
-descolgará de su centro, yéndose hacia _él_...
-
-Pensando en _él_, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas
-altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto
-brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado...
-Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes
-chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que
-se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles
-fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja,
-azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme
-flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo
-aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del amanecer,
-corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama,
-donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio,
-con los pies helados, la cabeza febril...
-
-
-IV
-
-Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una
-semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis
-maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos
-señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita,
-poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo
-que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es
-impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en
-las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser
-verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas:
-Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.
-
-Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos
-años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes
-de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos
-muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un
-pinche encargado de presentarla.
-
-Invitaré al canónigo; se le soborna por la boca: es amigo de la mesa.
-Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer
-insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las
-formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí
-bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia,
-Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:
-
---Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia?
-
-Ligera rubicundez, tartamudeo.
-
---¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por
-eso,--añade, ya aplomado--pero es imposible averiguarlo, no habiendo
-medio de preguntárselo á tus padres!
-
---Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.
-
-En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por
-el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece
-del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera
-y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y
-recargada filigrana.
-
-Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola.
-Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi
-suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje,
-que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques
-verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La
-sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión
-de limpieza de sus aceras de ladrillo y su caserío claro. Á pie voy
-desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes,
-¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las
-hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me
-devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la
-cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es
-parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una
-apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero
-es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de
-charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!
-
-Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde
-estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con
-una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la
-que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber
-adonde llega mi fantástica fortuna!
-
---Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida
-de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un
-chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo!
-Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que
-le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.
-
-Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes.
-Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.
-
---Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de
-felicitación--advertí.--No lo oculten, puesto que lo piensan.
-
-Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan
-dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en
-que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.
-
-Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores
-primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!
-
---¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en
-tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo,
-eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse;
-su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros.
-Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...
-
-El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que
-asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.
-
---Sin embargo--añadí--, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo
-le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su
-caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á
-mi...
-
---A tu respetable tía doña Catalina--atajó el ladino y erudito
-eclesiástico--. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del
-monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña
-Catalina Mascareñas te ha dado una prueba bien estupenda de su cariño,
-y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra
-Natalita--porque supongo que nos permites llamarte así.
-
-Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana,
-que rebosa dignidad.
-
---Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron
-en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?
-
---Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo,
-darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas
-á hacer...
-
---¡Esto ya no se puede sufrir!--grité afectando indignación--. Ayer me
-quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?
-
-Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.
-
---No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre
-vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?
-
---La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el
-varón, por lo menos--sentencié.
-
---A veces--arguyó el Magistral--el dinero es un peligro. ¡Expone á
-tantas cosas!
-
---A mí, no--respondí tranquilamente--. A ustedes les consta que he
-cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me
-pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden
-pasiones.
-
---De todos modos... Polilla, déjese usted de hacer morisquetas, y
-ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse?
-
---Hay--enfatizó el volteriano--una ley imperiosa, grabada por la
-naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.
-
---¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?--pregunté
-malignamente--. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor,
-sino de matrimonio?
-
---Hija mía--baboseó el vejete--, eres pesimista de sobra. Dices que tu
-pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando
-hacia tus balcones.
-
---Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no
-mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay
-propósito de embarcarse.
-
---Insisto, Lina--decretó Carranza--. Necesitas sombra.
-
---Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina.
-
-El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz
-de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de
-inteligencia. Juraría que se alteró un poco.
-
---¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia...
-
---Se necesita querer--mosconeó Polilla, sentimental.
-
---¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un
-papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís...
-Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de
-ofrecerle mi blanca mano.
-
-¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y
-satinado como manzana camuesa madura--excepto el cerquillo gris que orla
-el cogote y trepa hasta la sien--, se sonrojó como el camarón cuando lo
-echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la
-devolvió.
-
---Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios
-no entra.
-
-Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis
-iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más
-conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre
-estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí
-abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía
-olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo
-nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante
-mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de
-quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba,
-sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su
-entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del
-clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un
-palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus
-dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno
-color ocre, su corbata con rapacejos y sus botas resquebrajadas,
-representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad;
-yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras
-saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del
-pasado, no pierdo de vista mi propósito.
-
-¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es
-Polilla.--Hay que quedarse sola con él.
-
-La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente
-del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero
-no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he
-anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia,
-prorrumpe en exclamaciones.
-
---¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la
-señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa
-Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!
-
---¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?
-
---No, jamás--responde, con su estudiada reserva de camarlengo del
-Papa--. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de
-administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy
-posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la
-señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa
-santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso...
-
---¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la
-luz.
-
---¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte...
-
---La placa--interrumpí yo--¿será del XIV?
-
---Del XV--intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el
-procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...
-
---La Santa debía de ser muy elegante...
-
---Vaya... ¡Refinadísima!
-
---Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito
-que la edición corre de mi cuenta.
-
-Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares
-para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para
-consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede
-dominar otros asuntos su pluma.
-
---Leeré--dijo--únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas.
-Quedan para la impresión.
-
---Bien pensado.
-
-Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.
-
-
-V
-
-No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este
-amigo, cuya boca no sufre candados.
-
---Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.
-
---Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en
-meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen
-ley moral desde el momento en que se ordenan!
-
-Le llevé la corriente.
-
---En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me
-fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo;
-la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de
-todo; de tonterías sin importancia.
-
---Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano,
-revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más
-artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que
-pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha
-sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!
-
---¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué
-vendrá tal arte de maquiavelismo?
-
-Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.
-
---¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de
-disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos
-se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza
-se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará
-en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se
-pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...
-
---Usted es muy buen amigo--declaré.
-
---No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo
-una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.
-
---¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D.
-Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y...
-¿conoce usted á D. Genaro?
-
---Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con
-motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña,
-venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella
-Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su
-pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un
-colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con
-una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba
-medio ciega y hacías de ella á tu capricho.
-
---¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de
-Farnesio?
-
---Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.
-
---Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo
-lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?
-
---Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D.
-Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de
-Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los
-aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España. Esto de los
-apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y
-no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los
-principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido
-rastrear en Godoy Alcántara, venían de...
-
---¡Sí, sí, lo recuerdo!--exclamé evitando que aquel enemigo de toda
-preocupación nobiliaria me espetase su genealogía--. Pero se me ocurre:
-D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?
-
---El, no. Lo era su padre.
-
---Y á su padre ¿le conoció usted también?
-
---Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de
-Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.
-
---¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto
-consultar á usted.
-
-Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.
-
---¿Diga usted--porfio--, D. Jenaro viviría siempre con los señores de
-Mascareñas?
-
---No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de
-abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León,
-en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.
-
---¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.
-
---Solterón, como yo...--se ufanó Polilla.
-
---Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué
-poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de
-una persona hoy tan allegada. Al fin, Farnesio va siendo mi brazo
-derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el
-marido de doña Catalina.
-
---¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no
-administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de
-matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa
-Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil
-cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña
-Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí:
-es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de
-haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí,
-hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice!
-
---Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á
-mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?
-
---Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay
-noticias.
-
---Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!
-
---Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del
-padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió
-hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les
-dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo.
-Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?
-
---¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años?
-
---Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá
-conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que
-propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al
-nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de
-tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te
-puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto
-ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando?
-
---No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre
-también murió joven.
-
---No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si
-había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de
-catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas
-á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como
-le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que
-acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección
-de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.
-
---Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y
-hasta parece que...--Hice ademán de alzar el codo.
-
---Ya que estás enterada...--balbuceó, turbadísimo, D. Antón.
-
---Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.
-
-Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza,
-sentencioso.
-
---Vamos á ver--insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de
-biblioteca--todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda
-gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el
-pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...
-
---¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las
-_Dominicales_. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible
-porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.
-
---¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?
-
---¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo
-pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad,
-el amor; su odio á la vida toma esa forma.
-
---El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.
-
---Negocio verá en ello. Que si no...
-
---¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?
-
---¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.
-
---Creo que tiene usted razón--asentí--. Y en lo de ahora, ya viviré
-prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus
-advertencias.
-
---Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.
-
-¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los
-datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las
-manos la antorcha. Me has enseñado, buen maestro, lo que no sabes.
-¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á
-descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no
-significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra
-Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la
-honra de mi madre!
-
-Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra
-silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don
-Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que
-él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio
-idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la
-almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la
-fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que
-pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída
-completamente...
-
-Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes,
-criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo
-listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo,
-un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón
-se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata,
-imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes
-colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege;
-vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su
-hija. Catalina se une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á
-disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla.
-Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora
-se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos
-embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato,
-han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta
-afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio,
-la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su
-lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con
-absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el
-indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de
-nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la
-confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena
-posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio,
-hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que
-suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya
-la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por
-hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el
-que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del
-matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él
-la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada
-(el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo,
-en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no
-suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y
-del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es
-decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña,
-que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo.
-Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para
-no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe,
-á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que
-otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre
-apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso
-una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados.
-La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de
-costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No!
-El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...
-
-A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto
-¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja,
-se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á
-doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva
-obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un
-mundo en que hasta sufro privaciones.
-
-Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces
-cesa la catequización... Sobreviene la larga enfermedad de doña
-Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que
-distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su
-caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la
-penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo
-consigue!--Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior,
-prontamente lo soluciono. Me quedo con mis _padres oficiales_. Si lo
-fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería
-bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión
-que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de
-sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos
-melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y
-los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han
-impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es
-antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada
-desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será
-toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración,
-pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia
-que él ha querido que existiese...
-
---Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro
-fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos
-lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.
-
---¡Es muy justo! No comprendo--aquí que hablamos sin hipocresía--más
-religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en
-eso se basa...
-
-Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas,
-fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó
-á mucha gente, y en que--éste era su caballo de batalla--los cuerpos de
-los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese
-revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los
-versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas--, repetía--, y
-echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos
-hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me
-he remontado á las fuentes!»
-
-
-
-
-III
-
-Los procos.
-
-
-I
-
-EPISODIO SOÑADO
-
-Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de
-la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al
-confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si
-se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!
-
-La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no
-ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro
-por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una
-necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas,
-azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del
-craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.
-
-¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está,
-clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo crease y que
-ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia
-quién?
-
-No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me
-parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba
-realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me
-han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la
-oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?
-
-Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese
-más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su
-carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión
-honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada
-y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las
-últimas funciones de la temporada--este año la Pascua cae muy
-tarde--encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los
-cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente--porque Farnesio,
-cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando
-la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados
-párpados--me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de
-antemano, la sinfonía de _Lohengrin_.
-
-Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo
-brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las
-tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad
-ó preñadas, en meses mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de
-algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un
-espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de
-poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído
-antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no,
-atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...?
-Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con
-sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes
-saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el
-amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra
-desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de
-venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de
-un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á
-vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche,
-pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como
-Elsa de Brabante, habremos vivido.
-
-El preludio acentúa su magnífico _crescendo_. Saboreo el escalofrío del
-tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del
-heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la
-barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un
-deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre
-la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y
-Telramondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me
-ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.
-
-Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales
-riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni
-gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un
-innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un
-Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase
-Cristalli,--y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino
-como el choque de dos copas muselina.--¿Su edad? Rasurado, con los
-suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara
-juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la
-viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la
-edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es
-el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.
-
-Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe
-permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es
-elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta
-de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente,
-clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás
-mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi
-vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién
-sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación de
-levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada
-carne?
-
-La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber,
-qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al
-prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en
-el aire?
-
-Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho
-cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad,
-amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro
-los ojos; me basta escuchar, cuando el _raconto_ se alza, impregnado de
-caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando
-la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la
-virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase
-que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la
-peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el _raconto_
-se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras
-frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre,
-pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La
-pasión íntima que late en el _raconto_, aquel ideal hecho vida, me corta
-la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme;
-tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado
-por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y
-me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un
-infinito.
-
-«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»
-
-Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el
-pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario
-donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré
-yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no
-he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado
-el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y
-murmurarme las inefables palabras...
-
-Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el
-mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir
-vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un
-dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que
-me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á
-defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del
-_foyer_, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me
-esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en
-la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli.
-«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de
-entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.
-
-Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por
-miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal
-borrado el blanquete, corto el cabello en la fuerte nuca, algo saliente
-la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche
-triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón
-tendí la tela de un devaneo psíquico...
-
-Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y
-viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora,
-terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con
-admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias,
-encargados _ad hoc_ para que no raspen su garganta, absorbiendo
-Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín
-del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata,
-pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado,
-propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y
-caracterizan el ágape de los apasionados del divo.
-
-Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y,
-despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos
-sale un cuchicheo.
-
---¿Quién es?
-
---No la conozco.
-
---¡Buena mujer!
-
-
-II
-
-EL DE POLILLA
-
-Una mañana, ¡sorpresa!--Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón,
-pidiéndome familiarmente de almorzar.
-
-Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los
-cuerpos de los niños mártires...
-
---Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación,
-Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía
-Carranza? También por acá se es erudito.
-
-Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia
-de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la
-_serre_, al retirarse los criados, se espontánea.
-
---¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!;
-temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó
-con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo
-grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de
-solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros
-saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar;
-pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo.
-¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador,
-arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual,
-pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio
-eminente.
-
---¿Chartreuse verde ó amarilla?
-
---Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar.
-Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu
-corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os
-comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?
-
---No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi
-proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona?
-
---¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un
-iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.
-
---Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran
-pretendiente?
-
---Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te
-advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio.
-
---Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño
-como un grano de centeno.
-
---Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin,
-mañana verás al original.
-
---Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta
-exigencia...
-
---Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de
-una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo,
-compañero de estudios, que se casó con una prima mía, y en su casa, en
-el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer.
-¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y
-aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen...
-
---¿Se llama?
-
---Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la
-_Gobernación colectiva del Estado_, del _Sudor fecundo_, de _Los
-explotadores_, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por
-nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se
-padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.
-
---Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega.
-
-En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin
-concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el
-aceitoso licor--, y, tiernamente, me tomó las manos.
-
---¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace
-superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí
-debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no
-bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo
-dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que
-ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no
-una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo
-Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios.
-Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el
-niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!
-
---¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo?
-
---¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello
-ideal!
-
-Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi
-traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y
-guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi
-luto.--Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo
-metálico, las notas de la _Rêverie_ de _Manon_, cantada por Anselmi.
-
---Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo
-desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?
-
---¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto
-á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al
-hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea
-maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...
-
---Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal...
-
---Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás
-discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la
-historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo,
-sino á la humanidad entera.
-
---¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones de hombres como componen la
-humanidad! ¿Más chartreuse?
-
-Y, notando la emoción del filántropo, transijo.
-
---Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana.
-
---Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los
-de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza,
-soy yo cien veces.
-
---¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?
-
---Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi
-razón...
-
---Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado?
-Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes...
-
-Sintió el floretazo y se aturdió.
-
---Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario,
-preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie
-para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.
-
-Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que
-termina la sentimental _rêverie_. Me estorbaba, en aquel instante,
-Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando
-malignidades.
-
---Venga Aparicio, pues.
-
---¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se
-acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha
-criado en los salones. Su talento es de otro género; género superior.
-¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?
-
-Batí palmas.
-
---Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía,
-no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su
-ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la
-tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes
-se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto,
-se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago
-que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi
-cuenta.
-
-Polilla trepidaba.
-
---¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se
-trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y
-eso es muy bonito...
-
-Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las
-nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría
-sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de
-los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...
-
-Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no
-hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del
-coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer,
-yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes
-del Manzanares, la fisonomía especial de los tipos populares que en
-ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña,
-ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos
-ellos--mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose
-á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos
-fumaduras--me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre
-base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y
-tedio infinito.--He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar
-tiernamente y redimir!
-
-Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando
-sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al
-coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los
-charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas
-manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme,
-de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático
-perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la
-miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar
-«medio centimito», los comentarios.
-
---¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!
-
-Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento
-del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos
-consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren
-manosear el lujo, á ver si se les pega.
-
-Y acaso por primera vez--al salvarme de la turba entre las
-arboledas--medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la
-riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir
-á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que
-acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi
-cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco,
-trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro
-sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me
-amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...
-
-Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo...
-
-Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos
-instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde;
-es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...
-
-Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que
-esta es mi primera cita de amor...
-
-
-III
-
-Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida ampliamente la bocanada de
-fragancia amargosa--tomillo, jara, brezo, menta--, sobre el sendero que
-alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres.
-
-Representamos la comedieta.--¡Usted por aquí, D. Antón!--Y lo demás.
-Autorizado, se acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara,
-de un tono en que la palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y
-veo su pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por la juventud, sus
-ojos azules, miopes, indecisos detrás de los quevedos, que le han
-abierto un surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de corta
-estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no hay peor que
-atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume barato y á
-brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros. Sus
-botas, nuevas también, rechinan.
-
-Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al coche, con gran
-descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en cuando lanza
-un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con sus
-dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás
-le exaspera doblemente la mala perfumería.
-
-La conversación se entabla, algo embarazosa. El intelectual, sentado
-junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado á sociedad,
-con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le
-halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de
-sus obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que,
-verboso, se explaye. Todo el mal de la humanidad--según él--dimana de la
-autoridad, de las leyes y de las religiones...
-
---¿No se escandalizará esta señorita?
-
---No por cierto... Escucho encantada...
-
---Hay que aspirar á una sociedad natural, directa, que se funde
-únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy
-religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar...
-
-Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué advendrá el día en que...
-
---Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran transformación no tiene
-_después_. No es de esos movimientos que duran un día, un mes, un año, y
-crean algo estable que, por el hecho de serlo, es malo ya. Para que la
-evolución se realice libremente y sin trabas, toda autoridad habrá de
-desaparecer de la tierra.
-
-Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el vacío, pues nadie le
-impugna:
-
---Para destruir el podrido estado social que nos aplasta, necesitamos
-valernos de iguales armas que _ellos_... Fuerza y dinero son necesarios.
-Esto yo no lo he dudado jamás.
-
---Parece evidente, en efecto--deslizo con suavidad y
-gracia.--¡Quietecito, Daisy! ¿Qué es eso de querer morder?
-
---Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á la fuerza bruta... Se trata
-de la fuerza de los hechos, la fuerza que conduce al mundo... Y á veces,
-¡también la violencia es necesaria!
-
---¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! Y esa violencia... ¿en qué
-forma?...
-
---¡En todas las formas!--declara, anudando el entrecejo sobre el brillo
-de los cristales de los quevedos, que el sol muriente convirtió en dos
-brasas.
-
---Por ejemplo... ejércitos... cañones...
-
---Sí, es probable que convenga apelar á todo eso contra la autoridad y
-la explotación. Después se les disolverá.
-
---Si hay después?...
-
---¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. ¡Tenemos que disolver tanto,
-tanto! Tenemos que disolver á los estafadores de la política, que se
-mantienen en la escena parlamentaria por su completa falta de
-vergüenza...
-
---Vamos, no exageres tanto, hijo mío--intervino Polilla, alarmado--que
-Lina, por ahora, no es una prosélita muy convencida...
-
---Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto cielo! Pues qué, al
-desear conocer á su amigo--porque yo lo deseaba--¿acaso me prometía
-encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su
-criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende
-usted en esa sociedad transformada?
-
---Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la verdad...
-
---¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce!
-
---Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las religiones oficiales,
-que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso--cuando es lo más
-sublime, lo más noble, lo más realmente divino--, tiene que ser
-rehabilitado.
-
---¿Y cómo, y cómo?
-
---Para desterrar la idea de que el amor es cosa afrentosa, es preciso
-un cambio radical en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela
-se enseñe á los niños lo augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que
-hacer sentir al niño la belleza de las leyes universales de la creación,
-la transcendencia del misterio sexual, su poderosa poesía... ¿No se va
-usted á incomodar?
-
---No señor. Considéreme usted como á uno de esos niños que en la escuela
-han de aprender todas esas cosas.
-
---En el momento en que se inicie á la niñez en tan graves problemas
-habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer.
-
---¡Háblale tú de eso á Linita!--explotó Polilla.--El ciego fanatismo
-colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su voluntad. Y
-si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando
-maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su
-lado...
-
---Vamos, uno de tantos crímenes ocultos--asintió Aparicio.
-
---Eso... Pero, otra pregunta--me atreví á objetar--. ¿No envuelve cierta
-dificultad para el maestro esa explicación científica hecha á los chicos
-de la escuela de la... de la...
-
---Todo está previsto. Lo explico detalladamente en uno de mis libros,
-que aun no ha visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo á usted!, á
-su espíritu comprensivo, elevado... Verá usted allí... La explicación se
-verifica por medio de ejemplos tomados de la vida vegetal. ¡Oh!
-conviene que la demostración se haga con mucho tacto...
-
-¡Titubeó de pronto y enrojeció!
-
---Quiero decir, con arte... con dignidad... presentando, verbigracia,
-las plantas fanerógamas... Del grano de polen, de los estigmas de las
-flores, se irá ascendiendo á las especies animales... Y, basándose en
-ello, hay campo para demostrar la ley de sacrificio y de belleza que
-envuelve la procreación...
-
---¿De modo que los animales realizan sacrificio?...
-
---¡Cuidado, Hilario!--precavió Polilla--. A fuerza de inteligencia, Lina
-es terrible... Un espíritu crítico: á todo le encuentra el flaco...
-
---La convenceremos... El que conserva y propaga la vida, se sacrifica,
-señorita, es evidente. Más sacrificio hay en unirse á un hombre, que en
-recluirse en un monasterio.
-
---Voy creyéndolo.
-
---¡Una prosélita como usted!--se extasió Aparicio--. ¡La mujer, atraída
-á nuestra causa! Y es más: el conocer plenamente la ley de la vida,
-disminuirá la emotividad nerviosa de la mujer. Todos los males que
-ustedes sufren, proceden de ideas erróneas, del prejuicio religioso del
-pecado, del absurdo supuesto de que es una vergüenza...
-
---¿Qué?--auxilié, candorosa.
-
---Nada... El amor--rectificó segundos después.
-
-Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que se expresase sin
-recelo. Cuanto más recargaba, mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé
-la palabra, manifestando el anhelo de consagrarme á algo grande,
-singular y digno de memoria. Este deseo me había atormentado, allá en mi
-retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la
-casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar el mundo...
-Si _alguien_ me dirigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor mental de
-que carecemos las mujeres...--Supe, con suavidad, hacerle creer que de
-él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia pedía un
-alma...
-
-Polilla temblaba de júbilo.
-
---¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron
-contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el
-acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y
-pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos!
-¡Lina, Lina!
-
-Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del
-proco apestaba y me cargaba la cabeza.
-
---Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay
-tranvia--avisé--. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de
-sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á
-almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?
-
---Hija mía--repuso el erudito--yo no tengo más remedio que volverme
-mañana á Alcalá. Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito
-en el Archivo...
-
-¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean
-un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por
-otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo
-frente á frente con el proco.
-
---A usted le espero...--insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en
-la cárcel de los guantes.
-
-Se confunde en gratitud...
-
---¡A la una!--insisto, al soltarles en la acera.
-
-
-IV
-
-Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar
-á un hombre desconocido, una nueva relación.
-
-Planteo la cuestión resueltamente.
-
---Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso
-hacer mi gusto.
-
---Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.
-
---Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña
-Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía;
-amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido
-bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid.
-En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa Alcalá? Cuando yo vegetaba
-allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué
-rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me
-plazca.
-
-Farnesio me oye, amoratado de enojo.
-
---He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...
-
---¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos
-en la _serre_?
-
-Y recalco lo de los _dos_ cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza
-conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me
-reservo la libertad de mi _tête-à-tête_.
-
-El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el
-gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora
-antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache,
-mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas,
-endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba
-volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para
-pasar á la _serre_, donde era una coquetería la mesita velada de encaje,
-centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los
-flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no
-acertaba á deglutir el _consommé_. Evidentemente recelaba comer mal,
-verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa
-ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba
-alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama
-del gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de
-causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)
-
-Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de
-admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la
-malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo
-en representar este papel fácil, _hecho_. Doy al proco un rato de
-deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?
-
-El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión
-comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo
-la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa
-emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se
-encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.
-
---Lina...--se atreve él--no puede usted figurarse...
-
---Vamos--calculo--es el momento... Se decide...
-
---No puede usted figurarse...--insiste.--Hay cosas que, realmente,
-tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo
-que... que...
-
-Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su
-discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y
-capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.
-
---Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades de rúbrica...
-Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos
-hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción
-del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí
-estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...
-
---Para eso... y para algo quizás mejor--objeta él, soliviantado.
-
---¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?
-
---Según... según--tartamudeó--. Lina, hay horas en que olvida uno lo que
-piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de
-aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor
-dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!
-
---Sí, recordémosla--argüí--pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese
-es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha
-enseñado como debo invertirla.
-
-Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.
-
---No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no
-será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni
-aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más
-viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna.
-Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos
-de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por
-qué se queda frío, Aparicio...? ¿No he acertado? ¿Es una locura de
-mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de
-su ensueño?
-
---Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me
-deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que
-me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme
-rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el
-ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan
-hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...
-
---Cuidado, Aparicio--y simulo confusión, rubor, trastorno--no perdamos
-de vista que el objeto... el objeto...
-
-La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.
-
---No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres
-humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos
-sobre seguro.
-
---¿No es usted altruista?
-
---Altruista... sí... y también, verá usted... también soy
-_Kirrkegaardiano_...
-
---¿Cómo? ¿Cómo?
-
---Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva...
-La moral debe ser nuestra, individual...
-
---Eso me va gustando--sonreí.
-
---Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y
-por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de
-nosotros mismos.
-
---Y prescindir de Polilla--observo, infantilmente.
-
---Y prescindir de Polilla. _Nosotros_ lo arreglaremos perfectamente. No
-hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para
-administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted
-posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y
-en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su
-respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas
-las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo
-real...
-
-No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde
-el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y
-clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley.
-Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su
-disfrute.
-
---No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro
-inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la
-apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un
-hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...!
-Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las
-apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de
-ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de
-exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan.
-Pero usted reclama todo eso para el individuo, y el individuo que más
-le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de
-las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que
-apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas
-circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la
-sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el
-sentido más favorable y justo... ¿Acierto?
-
-No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de
-costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde
-había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de
-antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?
-
---Acierto de fijo--adulé--. Usted, persona de entendimiento superior,
-tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de
-combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la
-juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar
-interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin
-caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me
-figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?
-
---En varios respectos...--barbotó indeciso--no... Todo eso... Mirándolo
-desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?
-
---Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla
-en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco á usted
-de ese pantano... con esta mano misma.
-
-Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y
-los dedos, ansioso.
-
---Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al
-Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro
-hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que
-fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón:
-«Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de
-semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á
-obedecerme...
-
-Hizo una semiarrodilladura.
-
---Me entrego á mi hada...
-
-Cuando se fué--obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me
-enjaquecaba fuertemente--sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí
-á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:
-
-«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que
-pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle,
-según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias...
-Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»
-
-Llamé á un criado.
-
---Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado
-aquí, que le digan siempre que he salido.
-
-
-
-
-IV
-
-_El de Farnesio._
-
-
-I
-
-Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo
-continúa lo mismo, pero al cabo, _en nosotros_, en lo único que acaso
-sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren
-inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno
-de los goces que soñé imposibles en mi destierro?
-
-A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de
-fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los
-suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su
-faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada
-y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la
-cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo
-hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan
-terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco,
-con piernas de alambre electrizado. No ha adquirido la pachorra egoísta
-de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la
-vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco
-antecedentes...
-
---¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á
-proponerte...
-
---¿Qué?--respingo yo.
-
---Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan
-Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á
-pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...
-
---Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba...
-Pero Granada _me suena_... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo
-sospecho.
-
-La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más
-significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de
-un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.
-
---Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le
-conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo
-de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y
-que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como
-la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han
-quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.
-
---¿Solteros?
-
---Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta
-años...
-
---¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á
-que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo
-no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi...
-tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me
-lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como
-además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro
-plan, _á base_ de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de
-tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan
-en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al
-primo Estebanillo...
-
---¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...
-
---¡Ya! Se trata de José María...
-
-Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á
-lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y
-roncerías.
-
---Sea usted franco...
-
-Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.
-
---No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede
-ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de
-conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque
-en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas
-no pudiesen nunca... nunca...
-
---¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?--insisto acorralándole y
-descomponiéndole.
-
---¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...
-
-Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro
-añade:
-
---No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus
-parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te
-amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué
-anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!
-
-Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios
-antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un
-Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.
-
---Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á
-Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted
-acompañarme?
-
-Se demuda otra vez.
-
---No, no... _Conviene_ más que me quede... ¿Por qué no buscamos una
-señora formal...?
-
---¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la
-francesa.
-
---Buen cascabel.
-
---Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy
-yo.
-
-Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...
-
-Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la
-Agencia, y que parece recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á
-ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo
-azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de
-valenciennes, divinamente peinada. Transciende á _Ideal_, y está llena
-de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, _les horreurs_. La vieja
-Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de
-muerte á la «franchuta».
-
-Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las
-molestias de las pequeñeces, los _petits riens_, lo que más mortifica,
-la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que
-prevenirse...
-
---¿Cuándo es la marcha, madame?
-
---Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo
-encargado...
-
---¿La señorita no tiene prisa?
-
---Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!
-
-Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada,
-talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida;
-llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy
-conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan
-complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!
-
-Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta--en medio de mi
-opulencia--de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no
-he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de
-plata, de su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en
-ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino
-fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto
-del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En
-Madrid--deplora Octavia--no se halla _rien de rien_... A trompicones, me
-provisto de _sauts de lit_, coqueterías encintajadas, que son una
-espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del
-alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que
-la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.
-
---¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?
-
-No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero
-la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que
-pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo
-necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita
-el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos
-y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos
-acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad
-y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas
-odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me
-concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada,
-como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!
-
-Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es
-el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de
-pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que
-amó la Belleza hasta la muerte.
-
-En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo
-deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún
-misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que
-no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día
-en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La
-libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra
-libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de
-Farnesio.
-
-Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me
-sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se
-lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don
-Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las
-muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don
-Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién
-casadas:
-
- «Suyas sois, en fin; más ved
- que ya en nada quedáis vuestras...»
-
-Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:
-
- «Y vos, don Sancho y don Juan,
- estad cada uno advertido
- que el entrar á ser marido
- no es salir de ser galán...»
-
-En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el
-matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta,
-íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en
-tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior...
-La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el
-nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía
-en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me
-ha preservado de algún amorcillo vulgar.
-
-¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya
-en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy
-como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de
-grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus
-playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo
-profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con
-toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela
-los ocultos manantiales...
-
-¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de
-comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el
-tamiz de mi inteligencia; he pulido y afiligranado mi exigencia
-sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su
-esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi
-corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha
-encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero
-imposible enamorarme...
-
-
-II
-
-En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.
-
-Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las
-huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de
-estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino,
-decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.
-
-Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi
-hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias
-veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por
-precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de
-frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una
-amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más
-adelantado que en _confort_.
-
-Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del
-cuello. Renuevo los guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de
-seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es _mauvais
-genre_). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el
-primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á
-mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.
-
-El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa
-negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco.
-Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un
-moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las
-candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia
-lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío
-Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.
-
-Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual
-mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío
-Clímaco--así le llamo desde el primer momento--y el hijo mayor. En el
-otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.
-
-La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué
-lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro
-viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada
-falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han
-conservado muebles íntimos, viejos--bargueños, sillerías aparatosas,
-cuadros, braseros claveteados de plata--pero domina lo superpuesto, la
-laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace
-observar. Angustias--á quien llaman sus hermanos _Gugú_, transformación
-infantil de un nombre feo--se siente también orgullosa de la educación
-recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado
-en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de
-esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia
-andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de
-grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua
-hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y
-el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:
-
---No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una.
-
-Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas
-de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en
-tela gris ceniza, y hambrienta.
-
-Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente
-escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi
-garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con
-aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo,
-burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa,
-pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un
-puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la
-primera vez que á mi lado un hombre fuma con refinamiento, con manos
-pulidas, con garbo y donaire.--Carranza, al fumar, resollaba como una
-foca.--La onda del humo me embriaga ligeramente.
-
-José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca
-recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y
-sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa
-actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil,
-espontáneo. No charla; me mira de cien modos.
-
-Reposado el café, surge lo inevitable.
-
---¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?
-
-¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi
-impresión. Pecho al agua. Lo suelto.
-
---¡Ah!--celebra Estebanillo.--Como las inglesas...
-
---Has tu gusto, niña--sentencia el tío Clímaco.--Es la cosa más sana...
-
-También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor; pero evidentemente la
-sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha corregido las
-degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy patentes.
-Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de emir
-nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo
-gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será
-capaz de adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé
-yo bien que hay sus fraudes? Y que me maten si no está harto de conocer
-la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela
-más popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados,
-picarescos, de este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y
-bajo tal capa debe de reservar un egoísmo sin freno, una falta de
-sentido moral absoluta. ¿Que como he notado esto en el espacio de unas
-horas? La intuición...
-
-El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso de mi falta de
-sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al caer de
-la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca nos
-abandona, á la Alhambra me encamino.
-
-Voy á ella... no á satisfacer curiosidades irritadas por lecturas, sino
-porque presiento que es el sitio más adecuado para desear amor. Y mi
-presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la imaginación, de
-antemano exaltada.
-
-No creo que en el mundo exista una combinación de paisaje y edificios
-como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le ocurra
-á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta tus
-restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en
-tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal.
-
-Mil veces me describirían esta arquitectura y no habria de entenderla,
-pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embargo,
-fieles reproducciones que corren por ahí, trazas de cascarilla de
-santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de su paisaje
-propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede
-cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente.
-
-No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra. Baño mis pupilas en las
-masas de felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides de los
-cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las hondonadas
-densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego el
-encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de
-los alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de
-los deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de
-serpiente de la sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el
-celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizontes, sus desiertos
-sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son los accidentes del terreno, es
-la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que compone el filtro.
-
-A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó--no sólo el primer día,
-sino todos--en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Disolución de la
-voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera sentarme,
-quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y sensual
-del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su chorro
-en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga
-por canalillos antiguos, entre piedras enverdecidas de musgo, y forma
-casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin flores apenas! Y se
-desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se cultivaba el
-mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido, sin
-prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace
-tantos siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros
-degollados dentro de los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió
-hilando, sobre la púrpura ligera, sus perlas claras. Y los pies de la
-historia, poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía jaspeados de rojo.
-
-Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar, aunque Gugú--lo leo en
-su cara--encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese nacido en la Gran
-Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las inglesas. A una
-española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto día de
-estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que
-también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en
-un poyo del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y
-rosa en que se envuelven los montes, suena cerca de mi oído una voz
-baja, intensa:
-
---¿En qué piensa la sultaniya?
-
-Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él, previsor, se excusa.
-
---Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la
-tarde. Si estorbo...
-
---No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.
-
-Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas,
-al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él.
-
---¿Sabes lo que pienso?
-
---¡Qué má quisiera!
-
---Me gustaría que estuvieses vestido de moro.
-
---¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina
-mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y
-Saida...
-
---He dicho mal--rectifico.--Lo que quisiera no sería que te vistieses de
-máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.
-
---Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma.
-Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de
-mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno
-trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo
-caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre!
-Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo
-nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero
-lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo
-novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle
-tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que
-tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?
-
-Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo
-descubrió.
-
---Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno...
-
-Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á cortejarme en el
-palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi
-soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso, ritmado por
-el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos,
-bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de
-la naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos,
-complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según
-avanzaba la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos
-instalábamos, exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más
-melodioso. José María ha llegado á conseguir--¡no es poco!--no echarme á
-perder estas sensaciones. Le admito: él cree que le aguardo...
-
-No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no degenera nunca en
-charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de un moro,
-contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los
-versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las
-arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa,
-lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el
-alicatado. Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro,
-color de esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la
-espuma del freno. Soy el amante de Daraja. No diga que sirve dama quien
-no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las
-almoradíes...»
-
---¿En qué piensa la sultaneja...?
-
---En Audalla pienso... ¿No has leído tú el Romancero?
-
---¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en ti. Tú eres un libro
-de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo estoy acortao,
-palabra.
-
---¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la luna? Y creo que no
-permiten, por lo del incendio.
-
---¿No permití á este moso? Con una propina...
-
-En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una lamparita eléctrica
-de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta hora,
-sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas son
-aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la
-fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de
-leve plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo
-con placer, tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que
-todo es luz aquí, pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro
-claro. Nos domina el encanto voluptuoso de este arte deleznable, breve
-como el amor, milagrosamente conservado, siempre en vísperas de
-desaparecer, dejando una leyenda inferior á sí mismo. No se siente la
-pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso no existe; que es
-el decorado en que nuestro capricho desenvuelve nuestra vida interior.
-Libres estamos aquí de la piedra agobiadora, como en los jardines del
-palacio lo estamos de la tierra, y no vemos sino agua y plantas
-seculares. Y siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron las
-sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los babucheros de
-oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y se
-difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el
-suelo? ¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el
-agua, estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que
-se ríe, acercando cuanto puede su rostro al mío.
-
---Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo, oriental, de
-arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una
-sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no
-existe.
-
---Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has ganao algún
-premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te
-oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea: he
-leío hase año los verso de Sorriya.
-
---¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! Conste, primo. La Alhambra
-no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos están vivos. Les tengo
-miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que persiguieron á una
-santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen que están de
-guarda, y que el no tener vida les hace no ejecutar su furia... Vida,
-yo creo que la tienen esas fieras.
-
---¡Qué me gusta tó lo que dises!--balbucea, en tono de adoración, el
-moro bautizado.--Sigue, sigue, Saida...
-
---Calla, calla... Miremos sin hablar...
-
---Miremo--responde, y me toma una mano, iniciándome en las lentas,
-semi-castas delicias de la presión...
-
-Es algo sutil, insidioso, que no basta para absorberme, pero me hace ver
-la fontana de los terribles monstruos al través de un velo de gasa
-argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera. La
-Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando,
-disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón
-compuso el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero
-zumbido de mis oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha
-de danzarín aljófar y resplandeciente luz, y que, al derretirse en
-profluvios sobre la albura del mármol, dijérase que también lo
-liquida...
-
-¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida ideal, de suspiros
-que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la inscripción,
-lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un silencio
-morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo
-del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales!
-
-¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles asoleados, resto de los
-pebeteros que se agotaron, brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente
-de sangre vertida por trágicos lances amorosos!
-
-Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que existir el amor. ¿Por
-qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora?
-
-
-III
-
-En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una
-casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde
-se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del
-resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque
-afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es
-ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su
-raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme...
-¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se
-aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda
-receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención
-disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino
-para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía
-no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería
-chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere
-desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea esta sobrina
-millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un
-guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como
-los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es
-dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha
-señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la
-rama á la rama y el tronco al tronco...
-
-Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la
-aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla.
-¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad
-de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El
-primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué
-rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni
-Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus
-colores y sus formas con las de la Alhambra.
-
---Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...
-
-Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí
-asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un
-cortijo, hacia la Sierra.
-
---Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.
-
---Si son antiguos, de seguro.
-
---¡Pero qué afisioná á las antiguayas!--susurra el proco, dando á lo
-inofensivo intención. Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha,
-que me haga encanesé...
-
-Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la
-cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la
-italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe
-rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto
-corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas
-construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas.
-En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y
-el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.
-
-Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me
-dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche
-cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de
-retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto
-veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la
-que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su
-Virgen la advocación de la _Victoria_. Diviso los dos arcos del puente
-sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las
-montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de
-la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.
-
---¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo
-conosco... Aquí me crié...
-
-Voy con él á recorrer los tales _sitios_. Gugú tiene que hacer en casa;
-tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los
-lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores;
-Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses,
-que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y
-yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en
-mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me
-lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al
-parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por
-veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces
-centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los
-abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á
-cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los
-pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver
-de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos,
-oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando
-espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la
-Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso.
-Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol
-amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual
-serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos
-anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años donde había
-pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas
-de José María--¡estropear las manitas de sea!--alzo un trozo de piedra y
-hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites
-primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.
-
---¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?--le pregunté.
-
---No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por
-lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué...
-pero sólo en aeroplano, hiha!
-
---¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?
-
---Contigo, al Polo.
-
-Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol;
-seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente
-remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras.
-Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra
-fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la
-ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen
-pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra,
-muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y
-bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha
-helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas,
-livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas
-lumbrosas sobre las nieves de los picos.
-
-Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta
-silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le
-dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta
-entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del
-pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la
-sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si
-late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la
-Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado
-la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos
-donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María,
-para la excursión, se vestiría--y no sería disfraz, pues así suele andar
-por el campo--de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho
-y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las
-mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las
-gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende,
-clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á
-producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi
-voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va
-dominándome.
-
-En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los
-accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y
-polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en
-que hay jirones.
-
---_¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!_
-
-Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los
-campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á
-mi propio tío,
-
- «que, aunque viejo, es de fuego,
- corriente en una broma y mujeriego,»
-
-está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de
-las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja...
-
-Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano
-que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me
-pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y
-así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el
-interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura
-que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un
-hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor?
-¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo
-guarda?
-
-He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza;
-dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los
-desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace
-natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las
-mocitas con flores en el moño, que componen la servidumbre, hablan del
-«zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese
-asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:
-
---Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?
-
-Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio
-de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión.
-No, el amor no puede ser _esto_. Sin embargo, ¡menos aún será la
-comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo
-significan... Quizás lo signifiquen todo.
-
-La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de
-la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo
-guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del
-comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado
-á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su
-contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en
-aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos.
-Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo
-y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del
-fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente
-voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como
-lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el
-movimiento presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un
-poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas
-herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y
-risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan,
-haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la
-leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas
-lágrimas...
-
-Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que
-le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo
-reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la
-mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las
-suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al
-retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un
-poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá
-fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas
-mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El
-balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con
-extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel:
-
---¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...
-
-Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido
-novios, esposos prometidos--y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo
-mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo--José María,
-pasándose la mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á
-su padre:
-
---Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo
-bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía.
-
-A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto
-amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que
-ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la
-luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias
-veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de
-que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por
-resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en
-los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo
-apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi
-maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo
-del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador,
-gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen
-rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra,
-adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un
-bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela
-furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el
-comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa.
-Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha
-visto, ¡me ha visto perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial,
-serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi
-resolución.
-
-Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él
-no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el
-fandango, quedé rendida y me levanté tarde!
-
---Puede que haya sido eso...
-
---Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte
-á la Sierra con má comodidá...
-
---Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he
-recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos.
-Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...
-
-La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber
-fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira
-tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que
-ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la
-presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que
-no era capaz de explicarse.
-
---¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú
-que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te
-vas. ¿Estás loca?
-
-Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora.
-Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor nos
-halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de
-resistencia.
-
---Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en
-el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme.
-
---Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los
-niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como
-palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más
-queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de
-necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me
-entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.
-
---Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por
-ahora--transigí.--Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución.
-Menos aún cambiaría ante lo violento.
-
---Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho.
-Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos
-que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo
-que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de
-quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo,
-mi hijo y tú...--Y juntó las yemas de los pulgares.
-
-Me levanté tranquila, hasta sonriente--aunque por dentro, un terremoto
-de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la
-bolsa ó la vida, apostado en un desfiladero de la Sierra. Todo el
-britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero
-sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse
-burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y,
-acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:
-
---_¡Soniche!_
-
-A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló
-una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si
-pudiese...
-
-¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.
-
---Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino
-inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca.
-Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie
-me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la
-mano...
-
-Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el
-dolor del magullamiento.
-
---¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...--Y cuando rompí á
-andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi
-cabal juicio.
-
-
-
-
-V
-
-_Intermedio lírico._
-
-
-Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible.
-
---¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto?
-
---Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo.
-
---Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y
-que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.
-
---Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.
-
-La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si
-viese abrirse un abismo.
-
---¿De modo que... lo de José María...?
-
-Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».
-
-Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la
-cabeza con ambas manos, tartamudeando:
-
---¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!
-
---¡Nada!--respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que
-puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi...
-intendente.
-
---¡Sea como tu quieras!--suspira desde lo hondo D. Genaro.
-
---Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima
-Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi...
-de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por
-teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á
-Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en
-precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...
-
---Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo
-avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un
-aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?
-
-Sonrío y me encojo de hombros.
-
---Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor
-de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo
-practicar un poco el inglés.
-
-A solas, repantigada en mi _serre_ diminuta, recuerdo el breve episodio
-granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para
-zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al
-rendirme--porque moralmente rendida estuve--á un quidam, pues José
-María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que
-pasa por la acera de enfrente--yo también me conduje como cualquiera...
-¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea
-únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?
-
-Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me
-vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la
-hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano
-rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría
-caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela
-brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego
-mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...
-
-¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?
-
-¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será
-ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!
-
-Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una
-chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y
-quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis
-amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y
-no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la
-serpiente!
-
-¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle;
-modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos
-informes..., pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse
-doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi
-entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el
-curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!
-
-Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga,
-que sorbe golosamente mis párpados con su boca...
-
---¡Sangresita mía...!
-
-¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y
-que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?
-
-¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared.
-¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino
-desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el
-remedio contra las sorpresas de la imaginación.
-
-Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable,
-me acude la memoria de una lectura, la del _Médico de su honra_. La
-intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica
-como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía
-ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino
-Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del
-médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas
-deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama
-físico, como el confesor en el moral...
-
-El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos,
-eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció
-á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si
-eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina!
-¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...
-
-Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un
-doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del
-que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando
-unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de
-especialista--¡oh, qué anticipada repugnancia!--sino de quien solicita
-clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la
-caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He
-aquí el templo de los misterios eleusiacos...
-
-Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de
-medio pelo. Una cartela de metal--Doctor Barnuevo, de tres á
-cinco...--La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable
-que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...
-
-Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira
-impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que
-lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo
-esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en
-conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.
-
-El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente
-decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en
-que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos
-dientes, en la voz, en todo--á pesar del desgaste y de la fatiga tan
-visibles.--Inicia un interrogatorio.
-
---No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio...
-extraño. Muy grande.
-
-Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez
-de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.
-
---Señora...
-
---Señorita...
-
---Bien, pues señorita...
-
---No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...
-
-Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y
-argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...
-
---¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así,
-doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A
-que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?
-
-En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración.
-Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin
-muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico
-se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.
-
---No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es
-singular...
-
---Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de
-lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del
-bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.
-
---Seguramente es usted una señora...
-
---¡Señorita!
-
---¡Ah, claro! ¡Naturalmente!--sonrió.--Una señorita excepcional. Por eso
-me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis
-lecciones?
-
---Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío
-propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al
-decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de
-otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor,
-entiende á media palabra.
-
-Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más
-desembarazo.
-
---Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la
-experiencia... que acaso no tendré nunca.
-
---Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la
-frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que
-pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...
-
---Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad
-resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus
-doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo
-que he percibido yo, profana... Pues he notado que el sentimiento más
-fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es _la
-vergüenza_. ¿Me equivoco?
-
---No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...
-
---¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa,
-tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la
-poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada,
-imposible de tragar?
-
---Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!--arguyó
-festivo.
-
---¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique,
-usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla
-de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza
-no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias,
-pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!
-
---¡Pues lo confieso!--asistió.--¡Hay cinismos, en ciertas profesiones,
-que no son sino vergüenza vuelta del revés!
-
---¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?
-
---La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por
-necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de
-nieblas encantadoras. La especie exige...
-
---Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el
-rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima.
-Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa
-vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la
-reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y
-emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con
-tenacillas lo que no mancha.
-
---Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los
-infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la
-maternidad! ¡La sagrada maternidad!
-
-Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo
-medir.
-
---¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!
-
-El médico, de una ojeada, me escrutó.
-
---¿Está usted de prisa?
-
---Nadie me aguarda...
-
-Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos
-ojuelos zainos, de desconfianza.
-
---Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.
-
-Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de
-libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados,
-sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada.
-La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la
-clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento
-íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin
-falsos reparos, enseña, señala, insiste, cuando lee en mis turbias
-pupilas que no he comprendido.
-
-A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un
-respiro y me abanica con un número de periódico...
-
-¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de
-todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de
-plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del
-plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira,
-desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que
-proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...
-
---Siento náuseas--suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?
-
---A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín
-del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...
-
-De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de
-oro y cristal de las sales. Respiro.
-
---Adelante... El mal camino, andarlo pronto...
-
---Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.
-
---Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.
-
-Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo,
-ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo
-en compañía del sepulturero.
-
-El vuelve á echar paletadas de tierra más fétida. Agotadas las láminas
-corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son
-de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas
-verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el
-relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á
-relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en
-dentelladuras horrendas!
-
---Esto está mal--insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me
-estoy arrepintiendo, señorita!
-
---¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida
-vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la
-especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita
-usted nada. ¿Las anormalidades?
-
---¿También eso?
-
---También.
-
---¡Qué brutalidad... la mía!
-
---La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.
-
-Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción
-originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las
-anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy
-reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas;
-los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas,
-las rituales infamias de los cultos demoniacos...
-
-Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me salvan de un ataque nervioso.
-El Doctor, conmovido, interroga:
-
---¿Basta?
-
---Basta. Deme usted la mano, con...
-
-El encuentra la frase delicada y justa.
-
---Con el sentimiento más fraternal.
-
---¡Y quién podrá jamás cultivar otro!--grito, en un arranque.--Doctor,
-debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus
-honorarios.
-
---No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero
-si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de
-sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de
-llorar..., como usted!
-
---¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente
-tan... insólita?
-
---¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón,
-y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted
-tan desencajada... Acaso tenga fiebre.
-
---Gracias... Se me hace tarde...
-
-Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña.
-Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos
-intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo
-de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde
-empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba
-mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente de pasear sola
-y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas
-sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El
-cochero me miraba. Comprendí.
-
---¿Puede usted llevarme á casa?
-
---Suba la señora...
-
-La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y
-olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero
-particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible,
-hediondo...
-
-En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El
-ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire
-regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi
-estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida
-de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y
-abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles
-viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se
-disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de
-los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes
-infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los
-arrayanes!
-
-Y dando vueltas sobre espinas, repetía:
-
---¡Nunca! ¡Nunca!
-
-
-
-
-VI
-
-_El de Carranza._
-
-
-I
-
-Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco
-serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero;
-de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es
-verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.
-
---Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese
-señor.
-
-Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada
-que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el
-espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser
-tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se
-han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa,
-con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me
-asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos
-el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...
-
-Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á
-planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los
-veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros
-horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El
-agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar
-chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No
-podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas
-enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la
-compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra,
-la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada
-suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en
-rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un
-recadito:
-
---Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada,
-aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.
-
---Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.
-
-De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la
-mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo.
-No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con
-él.
-
---Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.
-
---Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las
-doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después...
-¿Podremos charlar sin testigos?
-
---¡Ya lo creo!--exclamó afirmando mi independencia.
-
-Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse
-tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino
-leche, caldos y gallina cocida!
-
-A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al
-cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el
-consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el
-valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño.
-Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el
-Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.
-
---Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar
-pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber
-que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió
-su vueltecita por Segovia...
-
-Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó
-el cerco, descubriendo ya sus baterías.
-
---Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común.
-Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío
-quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo
-Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el
-verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de
-Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no
-quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves
-si Carranza está bien enterado--se enorgulleció golpeando sus pectorales
-anchos, la curva majestuosa de su estómago.--Como que el gitano del Sr.
-de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en
-mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras.
-A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he
-propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que
-salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate,
-no te me pongas mala... y ríete de _pindorós_, como les dicen á tales
-gitanazos.
-
---Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta
-ocasión.
-
---Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo
-una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido.
-Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré
-que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie
-perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?
-
---No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.
-
---De un modo grato. Te propongo un novio.
-
---¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me
-haría volver á enfermar.
-
---Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?
-
---¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?
-
-Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza
-escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras
-singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos
-ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...
-
---Comprendo--asiente--que estés bajo una impresión de disgusto y hasta
-de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas.
-Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino
-idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes
-reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones,
-verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y
-sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación
-es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.
-
---Soltera, viviré muy á mi placer.
-
---Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita
-que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender
-esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación,
-de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada
-habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de
-la herencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas.
-El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo
-sostendrá con sólo un dedo.
-
---¿Tanto como eso?
-
---¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo
-de D. Federico Almonte.
-
-El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de
-Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla,
-la canongía y una decidida protección.
-
---Almonte, ¿no era ministro el año pasado?
-
---Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el
-año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que
-el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos
-mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido
-no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre
-va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el
-suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los
-treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de
-orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le
-trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la
-posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es
-como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la
-altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que,
-al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él,
-justamente, deseaba una mujer superior...
-
---¿Soy yo una mujer superior, según eso?
-
---Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...
-
---¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...
-
---¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin
-salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos
-partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen
-falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire!
-No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses...
-Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y
-pleitos... Piénsalo, niña.
-
---Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.
-
-Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico.
-Me registró el alma.
-
---¿Qué es eso de «tráigame usted»?--bromeó.--¿Es algún fardo? Es un
-novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque,
-criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará,
-por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la
-repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces...
-supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este
-pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...
-
---Sólo que--objeté--siendo los novios tan altos personajes como usted
-dice, parece natural que los case un Obispo...
-
-Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió
-palmadicas en la mano.
-
---Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...
-
-
-II
-
-¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo.
-Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia á
-doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas
-las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de
-elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco
-puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad
-no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer
-momento--es una impresión plástica--su cabeza me recuerda la de San Juan
-Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de
-las estrellas, por la boca del pozo, en _Salomé_. Cosa altamente
-estética.
-
-El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del
-riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que
-quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia
-me pertenece, viene á ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso
-llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo dice con
-naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las
-más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin
-duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate
-de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la
-vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada
-artera. Nada se les ofrece de balde á los políticos, y todos, al
-dirigirse á ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es
-que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que
-no responda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el
-escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse:
-
-«Una misma es nuestra pena...»
-
-Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra á la
-defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un objeto, á
-un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la
-cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al
-poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el
-gabinete de un médico.
-
-¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante...
-y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de
-este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un amigo!
-Un amigo casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro
-sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha
-quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los
-horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne corrompida por el
-pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!
-
-Mi proco--bien se advierte,--posee ese don de interesar conversando, de
-que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas,
-los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas
-divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo
-que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de
-cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de
-enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas
-sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi
-primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo,
-y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que
-nos entendemos ya en bastantes respectos.
-
-Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. El conoce un
-poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado á
-discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.
-
---No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale.
-
---¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino?
-
---De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos,
-se les distingue á causa de lo que han escrito, con la esperanza de que,
-una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo
-que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima;
-es delicioso.
-
---Mi conciencia lo reprueba á veces.
-
---No se preocupe usted. Haremos por el _kirkegaardiano_--¿no ha dicho
-así?--cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural,
-despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á
-usted le consta que no es ni sincero en las utopias que profesa.
-
-Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va
-aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo
-interés; y añade sin reticencia:
-
---¿Dónde se propone usted veranear?
-
---Confieso que todavía no lo he determinado.
-
-Y después suplico:
-
---¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?
-
---Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año dos meses á respirar
-en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado
-en llamar _europeización_. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba.
-¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en
-París--las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.--Antes debe
-usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré á la Duquesa
-de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la
-vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga
-agradablemente, yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á
-dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno
-de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido
-bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; á mi padre se la
-debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me ilustrará. Y
-ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso
-respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir á Suiza.
-Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla
-mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse
-puesto en viaje para entonces?
-
---No es probable. Espero á una doncella inglesa que me envían, y sin la
-cual...
-
---¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á
-almorzar?
-
-Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la
-doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en
-Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más
-superfirolítico.--Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla.
-Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza,
-de ojos incoloros, posee en el servir un _chic_ especial. Se siente uno
-persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente, con un
-gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición
-y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y
-me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás
-entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés
-bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas,
-facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el _lulú_, se ocupará de
-detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado,
-Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.
-
-Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una
-adquisición, me aconseja cuidado.
-
---Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido
-cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías...
-Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y
-más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla,
-pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en
-nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que
-cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á
-usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral,
-es una niña, llena de candor.
-
-Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á
-cucharaditas el helado _praliné_.
-
---¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero si el candor, en ciertas
-épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!
-
-Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á
-una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una
-sociedad que yo no conozco sino por los diarios,--peor que no
-conocerla.--De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe.
-Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las
-acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la
-utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo,
-pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil
-resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de
-la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre
-mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante.
-Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo.
-Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato
-afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena
-con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.
-
---¡La conquista del poder!--sugiere Agustín.--¡Eso, no sabe lo que es
-quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas
-_revêries_ de venturas místicas--porque usted es una mística, Lina; la
-han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad
-y de injusto aislamiento;--digo que, como se funda en la realidad, en
-las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la
-psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento
-de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!
-
---No sé cómo lo había de probar.
-
---Yo sí lo sé--responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.--De
-esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa
-más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad
-despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted
-sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.
-
-Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con
-artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy
-enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada;
-de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin
-arrebatarme, me distraen.
-
---Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el
-secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la
-muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco
-años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas,
-á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro.
-Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro _sport_, como ahora dicen...
-¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede.
-Detrás de cada combatiente suele haber una amazona; detrás de cada
-poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la
-inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad
-persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos
-propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...
-
-Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído,
-entregándome una primorosa caja de chocolates:
-
---Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.
-
-¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro
-cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has
-revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la
-viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis
-nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas
-goyescas, por visiones peores que las macabras,--¡oh, la muerte es menos
-nauseabunda!--Y, tal vez así...
-
-
-III
-
-Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina
-encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que
-he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de
-bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en
-Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos
-resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al
-alcance, no de todas las manos--despreciable sería entonces--sino de
-pocas y sabias y hábiles...
-
-Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego,
-del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se
-lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino
-en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para
-convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural
-enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la
-esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La
-duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo,
-anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y
-airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el
-estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los
-rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante
-al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra
-del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia
-arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de
-coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato
-altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al
-ambiente que debe llegar á ser mío.
-
-Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer
-caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos,
-con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres
-que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo
-mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas
-curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos.
-Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante,
-callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de
-las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco
-á Agustín Almonte y á D. Federico?
-
---A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos
-que revisten importancia.
-
---¿Es su abogado de usted?
-
---Sí, duquesa.
-
-Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi
-sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible,
-construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y
-salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas,
-redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la
-duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.
-
---¿Quién la viste?
-
-Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.
-
---¡Ah...!--La exclamación es un poema.--Claro, ese habrá de ser... Pero
-el bocado es carito...
-
-Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos?
-¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano?
-Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.
-
---Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á
-descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales...
-¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su
-padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes
-políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático,
-tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están
-más viejos que un palmar, ¡pobres señores!--añadió la dama con juvenil,
-casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal--crea usted
-que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido
-es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.
-
-Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante
-suspiró.
-
---Es lástima que sus ideas...
-
---¡Hija, sus ideas!--se apresuró la duquesa--Manolo, mi marido, asegura
-que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!
-
-Y variando de tono:
-
---Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en
-su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra una
-mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo,
-Lina?...
-
-La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora,
-árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del
-todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su
-irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más
-que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme
-en el Casino--sin oficiosidad inoportuna--de inventarme excursiones
-entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y
-seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada,
-mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y _lunches_.
-Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la
-infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve,
-en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía
-al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la
-tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir
-superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á
-la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á
-almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto
-admirativo de las caras cuando agregué:
-
---Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady
-Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...
-
-¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una semana, no había nadie que
-no me conociese. De mi _yo_ verdadero nada sabían; en cambio, conocían
-hasta el número de frasquitos de _vermeil_ cincelado que contenía mi
-maleta de viaje, traída por Maggie de la casa _Mapping and Web_, reina
-de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos
-artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo
-sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas
-y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas
-ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos
-que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza
-vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A
-vuelta de correo, Agustín me contestaba:
-
---Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de
-victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la
-de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase
-usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un
-meteoro...
-
-Seguí el consejo.--No sufrí la fascinación de París. Es una capital en
-que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no
-sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus
-artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo
-alborotada á propósito de _Notre Dame_. Este monumento ha sido adobado,
-escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su arquitectura
-ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales
-españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas,
-sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. _Notre
-Dame_... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con
-_boniment_, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa.
-Falta en _Notre Dame_ sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del
-pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí
-han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á
-_Notre Dame_. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por
-contraste con las calles infestadas de taxímetros, de _autobus_ y otras
-cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un
-licor fuerte, me daña.
-
-Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes
-del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis
-uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi
-calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas
-anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para
-que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías
-originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy
-en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se
-divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince
-días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría todo en esta
-ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me
-daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia!
-Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...
-
-Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la
-continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada,
-fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó
-alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones
-iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que
-sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de
-Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza
-triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de
-aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana,
-mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que
-tomaba para sus vapores lady Mounteagle...
-
---¡Á Suiza!--ordeno lacónicamente.--Vamos directamente á Ginebra...
-Prepare usted el equipaje.
-
-
-IV
-
-Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla
-para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en
-ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen,
-eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después
-de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente
-languidez de la Alhambra.
-
-Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los
-quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á
-ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes
-de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las
-montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna,
-encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y,
-por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos
-infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma
-estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una
-clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río
-de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los
-hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á
-hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico,
-reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta
-vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un
-deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen,
-purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago,
-que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado,
-sentada perezosamente, una inglesita lee una novela; de vez en cuando
-sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de
-_terra cotta_, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la
-sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas?
-¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel
-prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia
-hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo,
-é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!
-
-De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen
-lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes
-asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que
-embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de
-la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al
-través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y
-cobrar á toca teja las cuentas del hotel.
-
-El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera
-y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á
-Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas
-donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No
-realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á
-ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna
-turbación, ninguna emoción desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.
-
-Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al
-venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en
-el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el
-lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y
-adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien
-cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra
-de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen
-girón de cielo.
-
-Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace
-rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi
-alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.
-
-No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno
-de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una
-joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le
-vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El
-barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco,
-graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que
-el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días
-tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de
-pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y,
-creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:
-
---Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado.
-
-Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy
-digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana,
-sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada
-como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las
-dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando
-venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino,
-y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.
-
-Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él
-es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme.
-Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana,
-por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos
-juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...
-
-Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de
-los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las
-heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el _amigo_... Los dos tenemos
-planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los
-dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos
-de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas historias de
-amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...
-
---Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de
-los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo
-variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del
-cual dimana.
-
-La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras
-predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe
-un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de
-Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos
-peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al
-pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo
-esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de
-descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto
-bueno como hay en el mundo.
-
---Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se
-resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero
-cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido,
-entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las
-manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo!
-
-Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El
-mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han
-de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me
-asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión, de aceptar una
-jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no
-amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que
-eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me
-promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida
-«inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los
-Lagidas, al unirse para dominar al mundo.
-
-Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que
-revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo.
-El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha
-comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la
-hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la
-viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más
-que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y
-nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer
-pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la
-sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.
-
-Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos
-vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en
-la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con
-la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en
-frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en
-Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo las flores
-montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de
-un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo,
-Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la
-sensación; sólo que es una sensación gastronómica.
-
---Esas no abochornan--respondo.--Y él aprueba. ¡Ha aprobado!
-
-Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas
-sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y,
-coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos
-atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no
-tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.
-
---El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se
-resbala. A otro perro con ese hueso--declara él.--No crea usted, Lina,
-que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan
-peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo
-evito los otros, los peligros de lujo.
-
---El peligro tiene su sabor...
-
---¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un
-_edelweiss_ cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no
-está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses,
-gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba
-de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de
-telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo
-mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles.
-Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es
-un tonto.
-
-Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen
-alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente
-caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en
-la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy
-persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.
-
---Me atrae su aseo--declaro.--No debe de oler una multitud inglesa como
-una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...
-
---Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre
-todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es
-punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos
-imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas.
-Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda
-en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la
-conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando
-sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un
-ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos
-cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular
-adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la
-fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos
-israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin
-altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?
-
---La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.
-
---No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es
-una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D.
-Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe
-que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la
-red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El
-hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró
-testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese
-ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he
-salvado. ¿Merezco alguna gratitud?
-
---Mucha y muy grande--contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y
-sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.--Sólo que... es delicado
-decirlo, Agustín...
-
---No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted
-cambiará.
-
---¿Y si no cambio?
-
---Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el
-trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo
-para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser
-usted más que amiga...
-
---¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.
-
---Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja
-venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el
-sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el
-gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me
-pareció una base necesaria para mis aspiraciones--no se quejará usted de
-que no soy franco--pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna
-desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un
-peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más
-probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en
-berlina.
-
---Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco
-conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de
-la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en
-materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una
-defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de
-escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto,
-poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.
-
---¡Palabras de oro!--bromea él,--y no sé de donde ha sacado usted tal
-experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un
-momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde,
-vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el
-lodo le llegaba á la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio.
-Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor,
-hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...
-
-Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una
-luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en
-la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban
-llamados por algún viajero que pedía _wisky and soda_, cerveza ó
-aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados
-españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban
-temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno
-hacia el otro.
-
-
-V
-
-Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten
-esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el
-azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las
-nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo
-hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación
-cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á
-prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia
-psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la
-gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias
-ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje,
-supuso--después lo he comprendido--que siempre llega el cuarto de hora.
-Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el
-proco con artística finura.
-
-Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo
-profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi
-amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en
-mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?
-
---Ni en hipótesis--confirmo tercamente.
-
-Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me
-recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña
-Marina.
-
---¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los
-amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban,
-y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña
-Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir
-emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos
-del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se
-fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra
-de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos
-que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida
-ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo,
-esta comunión sería más espiritual que otra cosa... ¿Me niega usted el
-derecho de defender mis ideas...?--se interrumpió con grata sonrisa
-sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.
-
---No--asentí.--Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si
-cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y
-persuádame, si es capaz.
-
-Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al
-rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey,
-comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda,
-pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo
-recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado
-este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele
-echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y
-saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen
-hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la
-libertad de conciencia...
-
---Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no
-revolotea el cupidillo...
-
---Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su _Nueva
-Heloisa_, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha
-escrito, muy empalagosamente asqueador.
-
-Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía,
-Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago,
-desplegó los recursos de su arte. A su voz no le había yo prohibido el
-contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por
-auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor
-expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un
-goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero.
-Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de
-Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de
-la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho
-interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente
-conocidísima, y él, para justificarse, alega:
-
---La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que
-no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es
-dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se
-exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...
-
-La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en
-Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros,
-de hombre de ciencia... de esa ciencia.
-
---¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título
-con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo
-contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido
-ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado.
-¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...
-
-Y, comentario:
-
---A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que
-sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos
-armamos de _alpenstock_, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los
-juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de
-España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro,
-que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por
-lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar
-primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo
-Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias
-nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...
-
---Era un tuteo histórico.
-
---No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo
-una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...
-
---En realidad...
-
-Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al
-contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba
-nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes,
-los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa
-sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes
-ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco
-de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen
-volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos
-ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi
-impaciencia.
-
---Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos
-coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.
-
---El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante,
-quisiera que, mañana, la historia...
-
---El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace
-de los hechos, sin cultivo, como esos _edelweiss_ peludos sobre la
-nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...
-
-Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un
-sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces.
-Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los
-anaranjados del oro encendido por el fuego--al avanzar el verano, el
-hielo se derretía--. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco,
-mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era
-una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba.
-Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como
-un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente--reconozco que es
-extraño el motivo--era que yo no compartía la turbación que iba
-advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se
-reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era _en los demás_, sino _en
-mí_, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos
-transportes,--no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado
-al comprobar que yo los sentía.
-
---Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...
-
-Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á
-Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde
-fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros,
-el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal.
-¿Por qué--pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su
-colaboradora--no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no
-es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo
-tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en
-el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente
-toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y
-delicado autor de _Filotea_? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que
-se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace,
-familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la
-Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...
-
-Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy--al lado del
-Léman, un juguete--y nos habíamos desviado algo del paseo público,
-perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella
-hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una
-especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando
-un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en
-un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las
-horas difíciles, la explosión era como volcánica.
-
---No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame,
-despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has
-apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran
-absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y
-si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco
-miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no
-discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las
-cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me
-alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un
-contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces,
-para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres
-de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos
-aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...
-
-Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el
-magnífico hielo de los glaciares.
-
---Basta..., Agustín..., oye...
-
-Hizo el gesto de locura de emprender carrera.
-
---No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?
-
---Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una
-complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he
-enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he
-enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que
-comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú
-serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.--suspiró con pena
-romántica.--¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia,
-cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una
-mujer singular, que ha resuelto...
-
---Pero si yo...
-
---Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me
-permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace...
-Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan
-á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser!
-Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos;
-era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la
-ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en
-desesperación. No es culpa mía.
-
-Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago
-rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á
-Agustín de que se sentase también.
-
---¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? ¿La pasión se manifestaba
-así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por
-mí, de sacrificios, de abnegaciones?
-
---De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán
-diferente eres de _las demás_... Te rodea un ambiente especial, tuyo,
-que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en
-serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!
-
---Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín,
-cuidado!
-
---¡Así es! Ojalá no fuese.
-
-
-VI
-
-Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables.
-Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre, mientras se
-arreglaba todo. Nos casaríamos en París.
-
-Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la
-placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy,
-revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez
-apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase
-antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo
-monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una
-estufa correcta, con guardafuego de bronce.
-
---Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...
-
-Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir
-por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de
-las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado
-á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la
-perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso
-la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No
-usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes
-coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo,
-natural y fuerte.
-
---Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán
-concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo,
-y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre
-encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su
-existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te
-extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te
-respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte,
-sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero
-contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un
-cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas,
-por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha,
-arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!
-
-He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del
-proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino.
-Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada,
-hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.
-
-En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo
-mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien,
-envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta
-imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción
-del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve
-furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc,
-engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de
-Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia,
-y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo,
-zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el
-torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta
-sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con
-las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el
-agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el
-profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y
-mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á
-perderse y disolverse en el mar inmenso...
-
---Tal va á ser mi suerte...--pensaba, releyendo estrofas de Lamartine,
-ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles
-encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto,
-aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas...
-Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio _rococó_.
-
-Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos,
-de blanda y fofa cinta _liberty_; mientras Maggie, silenciosa, dispone
-mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á
-almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela
-tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado
-á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.
-
- «Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit
- éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur
- l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»
-
- * * * * *
-
- «¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...»
-
-Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas
-veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo
-inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo
-transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de
-lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de
-relieve pintado, al suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo
-de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.
-
- «Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac,
- et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins,
- et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»
-
-¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido,
-nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un
-pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca?
-
-Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no
-considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni
-aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué
-algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para
-retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la
-catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme
-responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á
-precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara
-sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano.
-Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una
-conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya
-antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos
-acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos
-explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de
-sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que
-me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases,
-conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si
-se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que
-lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si
-no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos
-de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado
-anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi
-parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...
-
-Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la
-fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro--ya no
-debo llamarle _proco_,--extremaba sus demostraciones y apuraba sus
-finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de
-que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio
-que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una
-impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de
-vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que
-cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme
-permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de
-lectura, ataviada, adornada, perfumada, escuchando á Agustín, en
-plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los
-aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos
-aterradores.
-
---¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos
-competencia á Tartarín?--preguntaba Almonte sin enojo.--¿Quieres que
-justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme
-lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.
-
-Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba
-la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud,
-fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que
-entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de
-golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y
-traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos
-y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está
-latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad,
-al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no
-estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el
-_sommer-lauissen_, semejante á un río de plata rodeado de espuma de
-nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré
-á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas
-imperceptiblemente.
-
-Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos,
-excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser
-persona el que corre estos azares.
-
-La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica;
-estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa
-ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos
-ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y
-regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las
-tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el
-mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral,
-transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la
-llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros,
-y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de
-púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con
-trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el
-paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve
-la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes,
-ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace
-resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después
-en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á
-ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que
-lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta se oprimió, mis ojos
-se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín,
-acercándome á su oído, con ojos delicuescentes:
-
---¡Dios!
-
---¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la
-veranda.--Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la
-cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía
-haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes;
-vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que
-dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...
-
---¡No sigas, Agustín!--imploré.--No sigas...
-
---¿Qué te pasa?
-
---Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé
-cuándo... no sé dónde.--Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:
-
---_¡Tengo miedo!_
-
---¡Miedo tú!--sonrió Agustín.
-
---Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de
-lo desconocido, de lo extraño?
-
---Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te
-alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande
-alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico.
-Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...
-
-¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra sacra? Sería que su
-destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido:
-
---Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual
-conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti
-el lago?
-
---Me gusta lo que te guste--fué su aquiescencia, demasiado pronta,
-demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas.
-
-Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al
-barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le
-interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo
-existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.
-
---Ahora es el momento--respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é
-insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de
-los ingleses.--Estos días hay _lardeyre_, y cuando lo hay...
-
---_¿Lardeyre?_--repetí.
-
---El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.
-
---Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos
-previenes la barca.
-
-Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la
-mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la
-residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me
-había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño,
-caladas las gorrillas de visera, de cuarterones, que habíamos comprado
-iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua,
-siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón
-consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y
-se crispaba, turbada hasta el fondo.
-
-Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine,
-aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín
-parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español,
-entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún
-motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El
-latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y
-las cejas se juntaron, irritadas.
-
---Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina...
-En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por
-buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque
-el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es
-distinto.
-
---Hallo placer.
-
-Calló de nuevo. Insistí.
-
---¿Qué puede suceder?
-
---Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.
-
---En ese caso, ¿me salvarías?
-
---¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para
-lograrlo.
-
---¿Es cierto que me quieres?
-
-Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:
-
---¡Tanto, tanto!
-
-De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas.
-Era que _creía_. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor
-ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la
-orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta
-perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar.
-Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad
-que era el momento decisivo...
-
-¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una
-electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos
-nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su
-rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me
-hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo
-punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en
-vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable,
-como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su
-vez y medio se volcó. Caí.
-
-Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin
-embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta
-escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi
-boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á la superficie. A
-mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua.
-
---¡Agustín!--escupí con bufaradas de líquido.--¡Sálvame, Agustín!
-
-Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana,
-que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del
-otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me
-rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la
-expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á
-todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor...
-Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un
-agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de
-soñar que gritaba (claro es que no podría):
-
---¡Cobarde! ¡Embustero!
-
-Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también
-en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación,
-trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos,
-densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un
-pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba
-quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á
-mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos,
-en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...
-
-Y cuando después de mi larga, nueva fiebre nerviosa, mucho más grave
-que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á
-Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa
-mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes
-españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España,
-mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no
-menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte
-fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El
-desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío
-despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se
-encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo
-costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...
-
-Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:
-
---No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes,
-criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante,
-aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas...
-Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se
-emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...
-
---Dejarles--respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los
-labios y articulo:
-
---Perdóname... Perdóname...
-
-
-
-
-VII
-
-_Dulce dueño._
-
-
-I
-
-Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven
-sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de
-depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma,
-Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El
-uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales,
-puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón
-fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación!
-Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco
-que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!
-
-Por egoísmo--no por atender á la salud--he cerrado la puerta á los
-curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á
-reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una
-apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica con el
-padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo
-del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.
-
-Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de
-«neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra
-causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro.
-La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja,
-se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo
-lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»--recuérdese á
-Lamartine--sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos
-enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben
-aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á
-la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman
-hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta,
-y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la
-consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo,
-empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una
-muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad,
-el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza
-honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al
-sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis
-cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante. Los párrafos que
-nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido
-el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía
-horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad
-vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles,
-en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.
-
-Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo,
-que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la
-tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir
-nuestros desposorios...
-
-Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me
-levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos
-débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi
-garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca,
-calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío
-del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias
-mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar
-hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor
-salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de
-nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora,
-eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su
-mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco
-pecho...
-
-El padre, más sereno,--al fin han corrido meses--, convenientemente
-triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando
-Carranza á la obra.
-
---Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía
-está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite
-usted que la dé un beso en la frente?
-
-Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la
-señora de Almonte, sufro un síncope...
-
-Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de
-respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción
-de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto,
-pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez,
-dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán
-siempre como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos
-algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese
-lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»!
-Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una
-esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior á
-todo! Acaso--insistía el padre--el genio maléfico que parece dedicado á
-encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que
-había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman. Porque él, después
-de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo
-de fatídico, que va más allá de la natural combinación de los
-sucesos...
-
---¡No lo sabe usted bien!--respondí sinceramente, como si pensara en
-alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y
-frías.
-
-Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi lado, murmurando
-frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la
-alfombra, ante el canónigo.
-
---¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?
-
---Me confesaría de buena gana.
-
---¿Confesarte?--La sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña.
-Era un medallón de piedra el rostro del Magistral.
-
---Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí.
-Ayúdeme á descargar un poco el espíritu.
-
-Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos
-indefinidos cabía en el pliegue.
-
---Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te
-contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho
-siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno.
-Eso de confesión... es cosa seria.
-
---Serio también lo que he de decirle.
-
---No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de
-desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la
-penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro
-mejor que yo...
-
---Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?
-
---El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se
-verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si
-te confesase... Tengo mis razones...
-
-Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había
-limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un
-buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi
-reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la
-famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó
-la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde
-aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del
-canto de las niñas:
-
- «¡Levántate, Catalina,
- levántate, Catalina,
- que Jesucristo te llama!»
-
-Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si
-me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado,
-torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos
-de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba
-mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.
-
---¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba;
-¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad, en ese
-género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á
-tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!
-
---¡Asesinato!
-
---¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No
-extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi
-remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te
-conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas,
-inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como
-tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas
-eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible,
-antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora
-naciste!
-
-Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza
-insistió.
-
---En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio,
-acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre
-desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la
-encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla,
-habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres
-para envenenar á tu padre!
-
---Como no estamos confesándonos, Carranza--declaro, sacudido el pecho
-por el martilleo de la ansiedad--me será permitido defenderme. Algo
-puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos
-celebrado un pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el
-poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia
-más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me
-juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio
-murió él, y yo he caído en lo hondo...!
-
-Mi ademán desesperado comentó la frase.
-
---¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas
-tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las
-novelas?
-
---¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le
-quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era
-caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo
-en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...
-
-Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el
-puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus
-labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.
-
---¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me
-pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe!
-Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto,
-de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te
-resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda,
-casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya
-eres dueña de elegir marido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto
-luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco
-la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un
-hombre joven, simpático, el hombre de mañana--¡pobre Agustín! ¡si esto
-clama al cielo!--y tú no sosiegas, víbora...--¡Dios me tenga de su
-mano!--hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los
-padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo
-vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no
-hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en
-segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto
-subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel
-hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de
-maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se
-ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!
-
-Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que
-está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:
-
---¡Perdón! ¡Perdón!
-
---¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso--insiste Carranza, petrificado en
-ira--. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará,
-que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento
-dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo
-sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese
-perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo
-nunca, y que no ha de aprenderlo!
-
-Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras,
-tronante de indignación. Y amenazó:
-
---Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan
-llamándote _hija_, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu
-antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es
-contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es
-mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las
-hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la
-malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un
-patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!
-
-
-II
-
-El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo
-de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar
-alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la
-saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis
-fauces.
-
-Salí del oratorio.--Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me
-consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada que
-aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la
-cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para
-no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de
-onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo
-arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi
-doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos
-episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...
-
---¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído...
-¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...
-
-No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una
-manera conveniente. Sólo ordené:
-
---Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.
-
---¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?
-
---¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se
-precipita.
-
-Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La
-especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja
-ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que
-obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la
-Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una
-calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la
-vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal
-de pésima traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace
-centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.
-
---¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?
-
---¿Quiere usted hacerme un favor?
-
---¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié
-gracia!
-
-El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.
-
---El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.
-
---¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que
-amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!
-
---Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y
-fuerte.
-
-Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba
-aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me
-eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se
-encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo
-derecho, sin vigor ni saña.
-
---Fuerte, fuerte he dicho...
-
---¡Andá! Si la gusta... Por mí...
-
-Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis
-hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la
-penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.
-
---¡La cara, la cara también!
-
-Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre la boca... Agudo
-sufrimiento me hizo gemir.
-
-La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo
-pestífero.
-
---¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso
-más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera?
-¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!
-
-El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los
-dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.
-
---Gracias--murmuré, escupiendo sanguinolento--. Es usted una buena
-mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil
-veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!
-
-La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de
-enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.
-
---¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si
-tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste,
-ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere
-que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo
-de la farmacia? Dos pasos son...
-
-La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios
-destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:
-
---¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.
-
-¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora.
-Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro,
-vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas
-tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar,
-dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví
-el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...
-
---La Belleza que busco--pensé--ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza
-ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el
-otro... ¡Cuanto antes!
-
-Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó
-á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos
-desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y
-reposan.
-
---¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña!
-
---Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil.
-Tráigame el caldo usted mismo...
-
-Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir,
-parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca,
-una exclamación.
-
---¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido,
-Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?
-
---Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin
-importancia...
-
---No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!
-
---Por favor...
-
-Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi
-misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.
-
---Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este
-pulso? Parece que no lo tienes.
-
---Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me
-encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al
-correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de
-Granada: á D. Juan Clímaco.
-
---Pero...
-
---Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole--¡atención!--que estoy
-dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé.
-
-Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería
-su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se
-heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La
-protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al
-suplicio.
-
-Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara
-dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el
-habla. Me insultó.
-
---¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo
-escribo. ¡No faltaba más!
-
---Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual.
-Fíjese bien. El testamento de... la tía Catalina, no es válido. En mi
-nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto
-debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio;
-corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas
-temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en
-mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me
-mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...
-
---Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!
-
---¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien
-su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he
-despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo,
-cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser
-pobre.
-
---¡Pobre! ¡Pobre tú!
-
---¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y
-aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó
-trabajo ó limosna. Limosna, mejor.
-
-Se echó las dos manos á la cabeza.
-
---Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto
-haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas
-cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se
-fatigue.
-
---Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.
-
---¿En qué circunstancias?
-
---Enferma, herida, exal...
-
---Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo
-considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy
-buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí.
-Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor,
-esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No
-ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.
-
-Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra
-del rincón.
-
---No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que
-es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por
-mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que,
-por usted, estoy perdonada.
-
-Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies.
-
---No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita
-tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte.
-Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me
-equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se
-trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.
-
-Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo
-gris, sus mejillas demacradas.
-
---Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor
-bien.
-
---¿No me quieres mal?
-
-Respondieron mis halagos. Respiró.
-
---Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza
-algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco
-de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que
-solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en
-orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena
-ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que
-madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos.
-Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...
-
---No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.
-
---El único favor. ¿No me lo concedes, _niña mía_?
-
---No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como
-si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me
-reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente
-necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...
-
-Y después de una pausa:
-
---Excepto en mí.
-
-
-III
-
-Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja
-por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré en mi
-guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con
-leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi
-faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el
-suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.
-
-Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en
-la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez
-venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible;
-un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas
-ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando
-pasión.
-
---Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha
-pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él
-para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios
-perdona siempre!
-
---El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de
-ese sacerdote...
-
---Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...
-
-Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de
-cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más
-viva.
-
-Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el
-fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...
-
---¿Eso ha hecho, hermana?
-
---Eso hice...
-
-Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro
-respingo.
-
---¿Eso hizo, hermana?
-
---Eso he resuelto hacer...
-
-Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos
-ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún
-sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:
-
---No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas
-extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma,
-verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre...
-Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran
-personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos
-inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho,
-desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus
-pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla,
-natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres.
-No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.
-
---¿Y... por ese camino... llegaré al amor?
-
---¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al
-dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de
-ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese,
-humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto
-violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!
-
---¿Nada más?
-
---Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...
-
-Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la
-plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco
-duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando
-el olor bravío de dos paletos--una especie de mendigo y una vieja que
-abraza un cestón enorme--; puedo hasta alargar la mano, solicitar un
-socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no
-puedo, es creerme--dentro de mí--al nivel de estos que van conmigo, del
-que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien.
-Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo
-sutilizo mi caso.--No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es
-que me creo _otra_. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata
-quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es
-que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales,
-no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta
-llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo,
-únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por
-mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica,
-divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo
-celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con
-actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa
-vulgar. Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo
-de conquistarlo.
-
-Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no
-necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para
-ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes
-fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo,
-de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor--ahora lo
-comprendo--el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se
-desposó con ese Dueño--¡único que sin vileza se admite y se ansía,
-cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de
-nuestro ser!
-
-La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados
-cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren.
-El viaje terminaría pronto.
-
-Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que
-faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar,
-arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.
-
-Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé
-que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe
-un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas
-desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.
-
---¿Costará muy cara?--pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.
-
---Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la
-cederán.
-
-Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos,
-salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por
-montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones,
-aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis
-maravilloso.
-
-Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana,
-tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete
-recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada
-por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de
-abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el
-campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas--dos ó
-tres--tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la
-revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está
-sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los
-cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una
-chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con
-dos moras maduras por pupilas.
-
-Me acerco, trabo conversación.
-
---¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?
-
-La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo
-soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me
-encuentre bien...
-
---Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado. Haré yo la cocina, mi
-cama, la limpieza.
-
-La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de
-arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no
-sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra
-pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna
-simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para
-quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.
-
---Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.
-
-La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.
-
---Daca...
-
-Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:
-
---Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se
-precisa...
-
---No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...
-
-Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia,
-entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia
-hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida
-una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona
-disfrazada?
-
-Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su
-espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata--así se llama
-la niña--en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos,
-cuidándolas, procurando que la ciega no derrame la sopa y que la chica
-no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres
-viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del
-valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas
-aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una
-especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de
-complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor
-servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y
-muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo
-calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin
-impaciencia.
-
---La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc.
-
-A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se
-murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de
-saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres
-casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos
-de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es
-preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada
-la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación
-de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la
-recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los
-tarros, el derretido de la cera, su envase en los cuencos de madera,
-las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto
-auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la
-ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la
-cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las
-mieles ná más»...
-
-Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa.
-Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la
-cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y
-tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios
-como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé
-explotar. Hice regalos.
-
---¡Santa! ¡Es santa!--repetía la vejezuela, atónita.--¡Nos la ha traío
-la virge el Calmen!
-
-¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún
-afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad,
-barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes
-como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas
-serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce
-emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía
-hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y
-acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa!
-Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce
-Dueño?
-
-¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias,
-cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la
-fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado
-los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la
-cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor?
-¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy
-haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso,
-sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de
-martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época
-miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se
-cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la
-de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y
-mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en
-rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad
-menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si
-tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de
-tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy
-desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis
-venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!
-
-
-IV
-
-Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes,
-antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí
-misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal,
-trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de
-docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la
-celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica,
-siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis
-impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales
-reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo
-material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle
-valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.
-
-El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los
-Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los
-paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni
-parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su
-conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho.
-Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan
-gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se
-parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de
-la Cruz?
-
-Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que
-lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo
-por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí,
-para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y
-cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me
-faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y
-la secura me invade.
-
-Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me
-atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni
-sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces
-seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo
-soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza,
-no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión
-transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos,
-que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin
-embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la
-muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á
-las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!
-
-Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es
-cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo
-que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no
-entiende ni pregusta la hermosura inefable?
-
-De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á
-Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste
-el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no
-creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de
-mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta
-ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?
-
-Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir,
-llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el
-desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte;
-quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré.
-Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de
-miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y,
-sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te
-tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras
-que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de
-desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y,
-por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente
-pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!
-
-Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse
-el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el
-inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma
-misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse
-las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en
-el hombro.
-
---¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?
-
---Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.
-
---¿Cuándo?--pregunté maquinalmente.
-
---Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro,
-negro tóo.
-
---¿Negro? ¿Por qué?
-
---Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy
-mala!
-
-Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin
-comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido,
-con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras
-negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura
-inexplicable de la visión fúnebre.
-
-Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.
-
---Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita--murmura la ciega, estrujando
-con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la
-melaza y reducirlos á pasta derretible.
-
-Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me
-importa!
-
-Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo
-á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico,
-medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás
-vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada,
-dispuesta á vendimiar.
-
-Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve
-convulsión.
-
-A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El
-médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él
-y yo sabremos lo mismo.
-
-En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con
-esfuerzo, murmurando:
-
---Ñora...
-
-Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.
-
---Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.
-
-La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á
-intervalos:
-
---¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía
-Dios!
-
---No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...
-
---¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!
-
-No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe,
-en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!,
-se hincaba en ellas...?
-
-Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han
-señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan
-recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.
-
---Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de
-advertir á usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre
-todo en el período que se aproxima...
-
---Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente...
-Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre;
-pero deseo que nada le falte á Torcuata.
-
-La ciega, alzando las manos, insistía:
-
---Santa es, santa es.
-
-La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un
-monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan
-fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.
-
---Otra cieguecita como la agüela...--suspiró.--Ñora Lina ¿está ahí? Ñora
-¿me moriré como el fraile?
-
-Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más
-cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana,
-el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno
-es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura
-infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la
-paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en
-llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:
-
---No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!
-
-Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra
-floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina.
-Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor
-diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de
-mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego
-que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me
-quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte
-tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin,
-que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema,
-divina, del anochecer!...
-
-Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca,
-entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el
-enajenamiento del bien inesperado, fulminante.
-
---No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame
-lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas,
-redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me
-envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor,
-enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no
-te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin
-ti, sin ti...
-
-Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin
-pronunciarlo, sin rasgar el aire:
-
---Dulce Dueño...
-
-
-V
-
-En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie
-verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda,
-sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo
-que nunca había sido: feliz.
-
-Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que _no es_), el
-aspecto de completa desventura.
-
-En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona
-vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos,
-sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En
-comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron
-que ingresase, sería un paraíso.
-
-Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me
-acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi
-premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha
-nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y
-comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y
-por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este
-mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin
-frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente
-que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la
-expresión animada y risueña de mi cara, y me llama--lo he
-averiguado--«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una
-labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir,
-mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y
-su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por
-el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia,
-deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le
-pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces,
-un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa
-espera.
-
-Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia,
-que da lástima.
-
---¿Lo ves?--repite.--¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía
-yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr
-evitar estas cosas!
-
---Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?
-
---¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya
-trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la
-casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!
-
---Me encuentro perfectamente en ella.
-
---¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á
-consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí,
-por toda la vida acaso?
-
---Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.
-
---¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro
-Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para
-transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna--porque no
-te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan
-sencillamente--, cuando se le ha ocurrido otra combinación más
-sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes,
-mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos
-las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la
-prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un
-escandalazo.
-
---Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más
-verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría
-coro, diciendo que estoy...
-
-Me toqué la frente con el dedo.
-
---¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se
-puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de
-emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie
-hiciste daño!
-
---Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he
-de sufrir por lo que dañé?
-
---Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados...
-¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido
-ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal...
-Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree
-capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te
-odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha
-mediado...
-
-Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica
-_dinero_.
-
---No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una
-prevención... sobrado justa.
-
---¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay
-detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración
-de una mujer de mala vida y de un boticario...
-
---Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado
-averiguar?...
-
---Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú
-entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste
-que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu
-casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué
-chiquillada!...
-
-Bajando la voz:
-
---También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por
-el lago... Dice...
-
---Cuanto diga, es cierto.
-
---¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta
-que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de
-mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si
-tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si la tratabas
-mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu
-cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...
-
---Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que
-maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para
-él.
-
---¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra
-«locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y
-se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia
-aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...
-
---De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son
-personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su
-concepto científico, no es error probablemente.
-
---Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron
-últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el
-pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas,
-en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una
-chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al
-extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata...
-En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la
-desbarataré. No temas; la desbarato.
-
---Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay
-que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...
-
---¡Ea, que no!--gritó impetuosamente, abrazándome--. No es Dios quien te
-ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú
-fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte
-el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!
-
---Lo sé...--exclamo, con acento significativo--. Lo que no hace falta,
-es compadecerme. Soy aquí dichosa.
-
-Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.
-
---¿Y Torcuata?--pregunto.
-
---Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un
-trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.
-
---No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo
-encargo mucho.
-
---Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las
-únicas que hablan de tí con entusiasmo.
-
---¿De veras?
-
---¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los
-altares...
-
---Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual.
-La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería
-lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí,
-Farnesio, no me santifique.
-
---Veo que no has perdido el buen humor...
-
-Cuando se retiró, decidido á rescatar á la princesa del poder de
-malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me
-encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me
-trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las
-tentaciones?
-
-¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu
-voluntad...
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- _Páginas._
-
-I--Escuchad 5
-
-II.--Lina 73
-
-III.--Los procos 123
-
-IV.--El de Farnesio 153
-
-V.--Intermedio lírico 187
-
-VI.--El de Carranza 201
-
-VII--Dulce dueño 257
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO ***
-
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-
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-
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-will be renamed.
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-redistribution.
-
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-
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-used on or associated in any way with an electronic work by people who
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
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-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
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-1.E.9.
-
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-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
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- The Project Gutenberg eBook of Dulce Dueño, par Emilia Pardo-Bazän.
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-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Dulce Dueño
-
-Author: Emilia Pardo Bazán
-
-Release Date: November 24, 2017 [EBook #56044]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto
-and the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<p class="c">
-<img src="images/cover.png" width="327" height="500" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p class="c">OBRAS COMPLETAS
-<br />
-<small>DE</small>
-<br /><b>
-<span style="font-size:130%;"><img src="images/bazan.png"
-width="350"
-alt="EMILIA PARDO-BAZÁN"
-/></span>
-</b>
-<br />
-<small>CONDESA DE PARDO-BAZÁN</small>
-<br />&mdash;&mdash;<br />
-<b>TOMO 38</b>
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p>
-
-<p class="cb">
-<span class="sans">EMILIA PARDO-BAZÁN</span><br />
-<br />
-CONDESA DE PARDO-BAZÁN<br />
-<br />
-OBRAS COMPLETAS.&mdash;TOMO 38<br />
-&mdash;&mdash;&mdash;</p>
-
-<h1>DULCE DUEÑO</h1>
-
-<p class="c"><br />
-<br />
-<img src="images/colofon.png"
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-alt=""
-/>
-<br />
-<br />
-MADRID<br />
-<i>V. Prieto y C.<sup>ía</sup>, editores.</i><br />
-Princesa, núm. 77.<br />
-1911<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span></p>
-
-<hr />
-
-<p class="c">
-Es propiedad.<br />
-Queda hecho el depósito<br />
-que marca la ley.<br />
-<br />
-Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span></p>
-
-<hr />
-
-<p class="ttl">DULCE DUEÑO</p>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="0" summary=""
-style="border:4px outset gray;padding:.25em;">
-<tr><td align="left"><a href="#INDICE"><b>AL ÍNDICE</b></a></td></tr>
-</table>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br />
-<i>Escuchad.</i></h2>
-
-<p>Fuera, llueve:&mdash;lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye
-del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose
-con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo
-tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo
-sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la
-mesa un redondel anaranjado.</p>
-
-<p>La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa
-cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea
-destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á
-la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros
-cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de
-pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica,
-traslucen con vítreo reflejo los carmesíes;<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> en el manto, los verdes de
-esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la
-cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que
-lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro
-obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas.
-Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos.</p>
-
-<p>En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la
-mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón
-inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una
-nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa
-sobre el esternón bombeado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Leo ó no la historia?&mdash;urge el eclesiástico, agitando un rollo de
-papel.</p>
-
-<p>&mdash;La patraña&mdash;critica el seglar.</p>
-
-<p>&mdash;La leyenda&mdash;corrige la enlutada&mdash;. Cuanto antes, señor Magistral.
-Deseando estoy saber algo de mi Patrona.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las
-noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna
-suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi
-trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la
-sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un
-poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando
-prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos.<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span></p>
-
-<p>La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El
-vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo
-rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al
-transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de
-sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.</p>
-
-<p>«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está
-claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que
-después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano
-<i>el Perseguidor</i>, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta
-que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un
-período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y
-hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se
-atrevió á batir moneda con su efigie...»</p>
-
-<p>Interrupción del vejezuelo.</p>
-
-<p>&mdash;Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de
-autenticidad...</p>
-
-<p>&mdash;Déjeme oir, amigo Polilla...&mdash;suplicó la de los fúnebres crespones&mdash;.
-Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Este personaje no es...</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!</p>
-
-<p>«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo
-fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan
-sólo martirizando y matando cristianos;<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> hasta los espíritus cultos de
-aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso
-fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse
-de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y
-malicias filosóficas...»</p>
-
-<p>Inciso.</p>
-
-<p>&mdash;La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...</p>
-
-<p>Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.</p>
-
-<p>«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde
-que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta
-que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el
-primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto
-para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco
-de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela
-resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si
-bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas,
-tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en
-otros países.</p>
-
-<p>Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse
-que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los
-festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban
-los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos, las primeras beatas...&mdash;picoteó Polilla.</p>
-
-<p>»&mdash;Es el caso que griegos y judíos&mdash;hiló el Magistral&mdash;andaban, en
-Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los
-cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías
-hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita,
-llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el
-emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor
-Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y
-luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana,
-surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos
-cristianos infelices...»</p>
-
-<p>&mdash;¿Eeeh?&mdash;satirizó don Antón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Digo, felicísimos!</p>
-
-<p>»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus
-artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales.
-Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal
-época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta
-la personalidad de Catalina.</p>
-
-<p>Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo
-era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto,
-las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y
-poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la
-estatua de Memnon. No extrañemos<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> que Catalina profundizase ciencias y
-letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica
-estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas
-egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.</p>
-
-<p>Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida
-y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y
-se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos
-bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y
-al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á
-aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por
-afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la
-pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del
-Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy,
-calabazas...</p>
-
-<p>Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las
-magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no
-era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los
-dioses, consagraba culto.</p>
-
-<p>Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los
-<i>procos</i> ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las
-superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y
-acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su
-existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias
-antiguas, cuando muy<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la
-riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los
-esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina
-un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines
-y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se
-escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas
-de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por
-vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los
-patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la
-Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á
-Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el
-marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían
-decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de
-imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los
-demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre
-enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras
-maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á
-reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un
-helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus
-frondas...»</p>
-
-<p>&mdash;¿No has notado una cosa, Lina?&mdash;se interrumpió á sí mismo el
-Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es ello?<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span></p>
-
-<p>&mdash;Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la
-presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la
-vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de
-exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído.
-¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados
-á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha
-de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de
-su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y
-por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la
-tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la
-Santa...</p>
-
-<p>&mdash;Me gusta Catalina Alejandrina&mdash;. Lacónica, la enlutada parpadeó,
-alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.</p>
-
-<p>»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio,
-entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían
-pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en
-vinagre por la hija de los Lagidas&mdash;lo cual parece fábula, pues el
-vinagre no disuelve las perlas&mdash;, y la otra presea, una cruz con asas,
-símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla
-era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello&mdash;fíjate, el
-artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle&mdash;hubo en la
-ciudad una oleada de envidia y de<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> malevolencia. ¿Se creía la hija de
-Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran
-Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que
-contrastó el poder de Roma?</p>
-
-<p>Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija
-del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas
-nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!</p>
-
-<p>También los cristianos&mdash;aunque por razones diferentes&mdash;miraban á
-Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la
-princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no
-ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó
-más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía
-la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las
-estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni
-perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le
-aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías
-supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del
-desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los
-solitarios...»</p>
-
-<p>Polilla, que trepidaba, salta al fin.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los padres del yermo, ¿no
-se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa la peste
-bubónica!</p>
-
-<p>&mdash;¿La peste bubónica?&mdash;se sorprende Lina.<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span></p>
-
-<p>&mdash;La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y apareció en Egipto
-después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no se
-momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos
-perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios
-aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de
-embalsamar, se arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y
-cátate la peste, que aún sufrimos hoy.</p>
-
-<p>&mdash;Bien...&mdash;Lina alzó los hombros.&mdash;Con usted, Polilla, se aprende
-siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.</p>
-
-<p>«Estábamos en los padres del desierto, los solitarios... Había por
-entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias aterradoras. Se
-llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de una
-columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como
-sentado sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de
-la mísera barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase
-el asceta, éste se incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba
-«ven, hermanito», y salía un alacrán, que, agitando sus tenazas, se
-posaba en la palma seca del solitario.</p>
-
-<p>Machucaba él con un canto la bestezuela, y añadiendo un poco de aceite
-del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á las
-llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»</p>
-
-<p>&mdash;¡Absurdo!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Polilla?...<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span></p>
-
-<p>«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo paliqueaban después
-con el Santo, refiriéndole las crueldades del César Maximino, peor que
-Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con garfios, azotados
-con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hendirlo, hacen
-verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del mártir... Y
-rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los escorpiones,
-rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua le
-alabe y toda nación le confiese.</p>
-
-<p>&mdash;Reza también&mdash;imploraban&mdash;por que toque en el corazón á la princesa
-Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de Cristo, pero es
-enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque es la más
-hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad
-mejor que muchas cristianas!</p>
-
-<p>&mdash;Sólo Dios es belleza y sabiduría&mdash;contestaba el asceta&mdash;. Pero
-despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al arrodillarse en
-el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y encendía su
-hirsuta barba negra&mdash;la idea de la princesa le acudía, le inquietaba&mdash;.
-¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del
-Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...</p>
-
-<p>Una madrugada&mdash;como á pesar suyo&mdash;Trifón descendió de la piedra,
-requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo, hasta
-llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía
-canópica, y derecho,<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> sin preguntar á nadie, se halló ante la puerta
-exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se rieron á sabor
-de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa
-inmediatamente.</p>
-
-<p>&mdash;Decidla&mdash;insistió el solitario&mdash;que no vengo á pedir limosna, ni á
-cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá escucharme.</p>
-
-<p>Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel galán hecho cecina por
-el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones empolvados de
-sayo de Cilicia.</p>
-
-<p>&mdash;Llevad el recado&mdash;insistió el asceta&mdash;. Ella no se reirá. Yo sé de
-amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un filósofo!...&mdash;secretearon respetuosamente los esclavos; y se
-decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina gustaba de los
-filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.</p>
-
-<p>Catalina estaba en su sala peristila; á la columnata servía de fondo un
-grupo de arbustos floridos, constelados de rojas estrellas de sangre.
-Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma leonina, de oro
-y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados
-prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos
-de Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía
-en un ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia
-profunda, añoraba el amor que no sentía. El amor era el remate, el
-broche divino de una existencia tan<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> colmada como la suya; y el amor
-faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos
-países, en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de
-su padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué me sirve&mdash;pensaba&mdash;tanto libro en mi biblioteca, si no me
-enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el entendimiento en
-las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de moda, siento
-que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor de
-esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe
-Plotino lo que se dice al negar que el amor es la razón de ser del
-mundo! Plotino me parece un corto de vista, que no alcanza la identidad
-de lo amante con lo perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es
-en afirmar que el mundo es un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la
-irriadiación del alma. Pero mi alma, para iluminar mi mundo, necesita
-encandilarse en amor... ¿Por quién?...</p>
-
-<p>Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus procos desfilaron ante el
-pensamiento de Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á
-solas.&mdash;Volvió la tristeza pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma, que según Plotino
-transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame
-conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis
-huesos!</p>
-
-<p>El pisar tácito de una esclava negra, descalza, bruñida de piel, se
-acercó.</p>
-
-<p>&mdash;Desea verte, princesa, cierto hombrecillo<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> andrajoso, ruin, que dice
-que sabe de amores.</p>
-
-<p>&mdash;Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de vino y unas monedas.</p>
-
-<p>Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe pulimentado con su báculo
-de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la miró
-atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de las peludas
-cejas que le comían los párpados rugosos.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntate&mdash;obsequió Catalina&mdash;, habla, di de amor lo que sepas. Por
-desgracia no será mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el desierto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel está recocida y
-baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según dicen, no
-sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de los
-viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que
-merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de
-ideas madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar
-al caldario antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán,
-te ungirán y te compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le
-fregamos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi cuerpo como los
-cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. El
-cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña
-hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p>
-
-<p>&mdash;Como quieras... Háblame desde alguna distancia...</p>
-
-<p>&mdash;Catalina&mdash;empezó preguntando&mdash;¿porqué no te has casado con ninguno de
-tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.</p>
-
-<p>&mdash;Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes de amor. No basta que
-mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean gallardos, dado
-que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario que yo
-encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir
-que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún
-no se han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes.
-No sé dónde está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al
-través del éter, tiendo los brazos á lo alto, donde creo ver una faz
-adorable, cuyo encanto serpea por mis venas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.</p>
-
-<p>En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.</p>
-
-<p>&mdash;Dime tu nombre, Padre&mdash;exhaló, casi á su pesar.</p>
-
-<p>&mdash;Trifón, el penitente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cristiano?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Santo, como dicen?</p>
-
-<p>&mdash;No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en que vivo hay un nido
-de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas y
-aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar su
-aguijón.<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span></p>
-
-<p>&mdash;Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de Serapis ó de la excelsa
-Belleza, que es la única verdad...</p>
-
-<p>&mdash;¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que no encuentra su
-pareja, que gime por el amado!</p>
-
-<p>&mdash;Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma encarnación humana
-de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio, llena de mi sangre?</p>
-
-<p>&mdash;La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo, sino tu amante, el
-que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente mayor es su
-hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es un
-acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar.
-Ama.</p>
-
-<p>&mdash;Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de amar. ¿Será también un
-príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es varón.</p>
-
-<p>&mdash;Es un príncipe asaz más ilustre que tú.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso, sólo Maximino César!&mdash;se ufanó Catalina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Maximino, ante él... hisopo al pie del cedro!&mdash;Mañana, á esta misma
-hora, sola, purificada, vestida humildemente, saldrás de tu palacio sin
-ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta donde veas una
-construcción<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> muy pobre, una especie de célula, que llamamos ermita. El
-lugar estará solitario, la puerta franca. ¿Entrarás sin miedo?</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que sea temor.</p>
-
-<p>&mdash;Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has de amar en vida y más
-allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el vino nuevo y en
-cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con
-recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...</p>
-
-<p>Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y palpitante columpiaba la
-fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y ritmado.</p>
-
-<p>Cuando abrió los párpados, había desaparecido el penitente.</p>
-
-<p class="ast">*<br />* *</p>
-
-<p>La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió desfilar formas é
-ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados por las
-maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos.
-Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga,
-inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos,
-con el fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas
-tersas y recias; Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber
-conocido ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de
-vestirle la túnica), y el pío Eneas, el infiel á la mísera reina
-africana... ¿Sería alguno<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> como éstos quien la aguardase en la ermita?</p>
-
-<p>Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á una celada, no lo
-receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un hechicero: acusábase
-á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para resistir así el
-martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear con ella el
-filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa
-ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el
-amor la devorase, cual un león irritado y regio!&mdash;Siguió las
-instrucciones de Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfumó, como
-en día de bodas; se vistió interiormente tunicela de lino delgadísimo,
-ceñida por un cinturón recamado de perlas; y, encima, echó la vestimenta
-de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las mujeres <i>fellahs</i>, el
-pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, igual que las
-esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había de apoyar la
-planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su cabeza. Así
-disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los jardines
-que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el muelle,
-torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida
-especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente
-opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted&mdash;zumbó Polilla&mdash;. ¿Sabe usted<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> que me va pareciendo un poco
-ligerita de cascos la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...</p>
-
-<p>&mdash;Don Antón&mdash;amenazó Lina&mdash;, ó me deja usted oir en paz, ó le expulso
-ignominiosamente.</p>
-
-<p>«A un lado y á otro de la monumental avenida alineábanse, sobre
-pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de dimensiones
-semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento del
-granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos
-reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones
-menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la
-delicada corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo
-de las Esfinges era femenino, pero sus brazos remataban en garras de
-fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse en la lisura del pedestal.
-Dijérase que se contraían para desperezarse y saltar rugiendo. Sintió
-Catalina aprensión indefinible. Respiró mejor al acometer la subida
-espiral que conducía al Panoeum, entre setos de mirto, el arbusto del
-numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de Hathor Afrodita,
-encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La brisa de la
-tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de Catalina
-temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.</p>
-
-<p>Pasó rozando con el templo y descendió la otra vertiente. Detrás del
-santuario asomaba<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> una colina inculta, y en un repliegue del terreno se
-agazapaba la ermita humilde; una construcción análoga á las del barrio
-de Racotis, de adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una cruz de
-caña revelaba la idea del edificio. La reducida puerta se abría de par
-en par. Catalina la cruzó; allí no había alma viviente. En el fondo, un
-ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no menos tosca que la
-del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se moría un haz de
-nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara,
-sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el
-insomnio calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura
-y el silencio, se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de
-amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños:</p>
-
-<p>Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero no al caer de la
-tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado de gruesos
-diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos
-semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica.
-Estirándose felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los
-nervios el roce de sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus
-caras humanas, perdiendo la semejanza, adquirían expresión individual,
-se asemejaban á personas. Catalina, atónita, reconocía en las Esfinges
-tan pronto á sus pretendientes desairados, como á los sofistas y
-ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, Teopompo,
-Caricles, Gnetes, sus contertulios,<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> erizados de argucias, duchos en la
-controversia, discípulos del Peripato algunos, los más de Platón. De sus
-labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones, definiciones, un
-murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea confusa en que
-flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo
-inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y
-en conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se
-destacaba era una sola palabra: <i>Amor</i>.</p>
-
-<p>Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de los desairados procos,
-murmuraban también con tenaz canturia: <i>Amor</i>; y sus ojos chispeaban, y
-sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y gañían bajo y
-lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de sus
-bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente.
-Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría,
-galopaba, hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras.
-La desatada carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa,
-era como el desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su
-huída la princesa: angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras,
-en las cuales ya dos veces había hecho presa la zarpa de las
-Esfinges.&mdash;Me desnudarán&mdash;calculaba&mdash;, y cuando caiga avergonzada y
-rendida, se cebarán en mí...&mdash;El horror activaba su paso. Los pies,
-rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> deshonraban con el
-polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:&mdash;¡Mis pies de
-rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me
-estropean! ¡Ay pies míos!</p>
-
-<p>Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse, cuando se le ofreció
-un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía
-dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla. Detrás no
-había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la
-blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de
-luminares, á guisa de manto triunfal.</p>
-
-<p>Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina. Su sangre circuló
-rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes miembros. Una
-luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La luz
-crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego,
-reflejando aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso,
-abriéndose paso, surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella
-parecía de más edad, pálida, marchitos y entumecidos los párpados por el
-sufrimiento; él era garzón, y á su juventud radiante acompañaba belleza
-portentosa. Catalina, juntando las manos, le miró con enajenamiento. Ni
-había visto un sér semejante, ni creía que pudiese existir. Curiosa en
-estética, solía ordenar que le presentasen esclavos hermosos, no con
-fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma en las
-diversas razas del mundo. Los comparaba<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> á las creaciones de Fidias, á
-los sacros bultos de las divinidades, y comprendía que por modelos así
-se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien veces más
-sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión
-superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían
-claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color
-de dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo
-misterioso, que se imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El
-mozo debía de ser un alto personaje, como había dicho Trifón; más alto
-que el César. Sus pies desnudos se curvaban, mejor delineados que los
-del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y Catalina, postrada, sintió
-que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora se quiebra,
-inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos suplicante. El mozo se
-volvió hacia la mujer que le acompañaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es esta la esposa, madre mía?</p>
-
-<p>&mdash;Esta es&mdash;afirmó una voz musical, inefable.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...</p>
-
-<p>Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se amortiguaba, se
-extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.</p>
-
-<p>Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que recibe herida honda
-de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó; al pronto no
-recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de dolor, de
-bochorno.<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la poderosa, la
-ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!</p>
-
-<p class="ast">*<br />* *</p>
-
-<p>Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la verdadera luz de
-Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles sobre sus
-zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la
-majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban
-roncas coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las
-esclavas acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil
-solicitud. Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de
-bruñida plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se
-contempló prolijamente. ¿No era hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo
-que no es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, ella no podía
-vivir sin aquel príncipe desconocido que la desdeñaba. Pero los espejos
-la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la imagen encantadora de una
-beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su torso escultural
-faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que el oro
-calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de
-Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes,
-lumínicos, no los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No
-ser hermosa? El príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de
-la plebe encubría el brillo<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> de la hermosura! Era preciso buscar al
-aparecido, obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se
-ocultaba, hablar á Trifón, el Solitario.</p>
-
-<p>Con fuerte escolta, en su litera mullida de almohadones, al amanecer del
-siguiente día, la hija de Costo emprendió la expedición al desierto. Su
-cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje era de púrpura,
-franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, corrían
-temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos
-de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían
-cascadas de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con
-amuletos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía
-provisiones, bebidas frías y tapices para extender. En pocas horas
-llegaron á la región árida y requemada, guarida de los cenobitas. Cuando
-descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto por un tronco seco. Un
-pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse la comitiva.</p>
-
-<p>Catalina ordenó distanciarse á su séquito; descendió y se acercó,
-implorante, al asceta.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo&mdash;impetró&mdash;á que me devuelvas lo que me has quitado. ¡Dame mi
-serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arrancármelo! Dime
-dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones. Si no le
-parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo
-parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p>
-
-<p>Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:</p>
-
-<p>&mdash;Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la madre Santa Teresa de
-Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la dedica y donde
-se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo recuerdo&mdash;asintió Lina&mdash;otra poesía de Lope de Vega, si no me
-engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es nada lo que
-pondera el Fénix á la hija de Costo!</p>
-
-<div class="poetry"><div class="poem">
-&nbsp; &nbsp; «Una palma victoriosa<br />
-de tres coronas guarnece,<br />
-por sabia, mártir, y virgen,<br />
-cándida, purpúrea y verde...»<br />
-</div></div>
-
-<p>&mdash;Hay una glosa&mdash;advirtió Carranza&mdash;que la llama «segunda entre las
-mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente de
-inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio
-que la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido
-autor de esta prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas
-célebres se cuentan por centenares.</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa y que disputaba con
-filósofos!&mdash;criticó Polilla&mdash;. En fin, siga usted, amigo Carranza, que
-ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita, los
-sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span> Luis XV,
-portador de una guirnalda con un lazo azul...</p>
-
-<p>&mdash;Polilla, es usted un espíritu acerado é implacable&mdash;aseveró Lina&mdash;.
-Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.</p>
-
-<p>«Permanecía Catalina á los pies del solitario, arrastrando, entre el
-polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia de la
-esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un
-instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del
-asiento. Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando
-movimiento familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina
-rebullir, en espantable maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos
-al cielo metálico de puro azul, el penitente pronunció la fórmula
-consagrada:</p>
-
-<p>&mdash;Ven, hermanito...</p>
-
-<p>Un horrible bicharraco se destacó del grupo y avanzó. Catalina le miró
-fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la
-bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que su
-picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto
-replegar sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo
-remate empezaba la eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía
-sentir la mordedura, cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á
-la mano raigambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, estrujándolo sin
-ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.</p>
-
-<p>&mdash;Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> mixtura sobre tu corazón
-enfermo&mdash;mandó imperiosamente.</p>
-
-<p>Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había vuelto de espaldas. Al
-percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente carnosidad, su
-corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano. Bienestar
-delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se desenfilase
-su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor fueron
-manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel
-entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se
-embotó y apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose,
-funcionó activo.</p>
-
-<p>&mdash;Soy cristiana&mdash;protestó sencillamente, comprendiendo.</p>
-
-<p>Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los peregrinos que venían
-á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba, y tomando agua
-en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de la
-virgen, profiriendo las palabras:</p>
-
-<p>&mdash;En el nombre...</p>
-
-<p>Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando el solitario
-anunció:</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí estará El.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y le pareceré hermosa?...</p>
-
-<p>&mdash;Tan hermosa, que se desposará contigo.</p>
-
-<p>Una corriente de beatitud recorrió las venas de Catalina. El misterio
-empezaba á revelarse.<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo
-se lo mostraba resplandeciente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo, Trifón?&mdash;interrogó sumisa.</p>
-
-<p>&mdash;Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo en él. Y si llega
-el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. Cuando
-vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.</p>
-
-<p>A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba su séquito.
-Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y
-golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de
-uvas, sin sed.</p>
-
-<p>&mdash;Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...</p>
-
-<p>Al balanceo de la litera se durmió con sueño de niña, sin pesadillas ni
-calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de cedro incrustado de
-preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan gustoso dormir,
-su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver al Esposo?
-¿La juzgaría hermosa <i>ahora</i>? ¿No proferiría, con igual desdén que la
-vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no es
-hermosa, no la amo?</p>
-
-<p>Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la conocida ruta. Las Esfinges,
-impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática quietud
-no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las suponía
-sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la
-espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> se deshojaban, lánguidas del
-calor del día, y en el centro de un círculo de mirtos, especie de
-glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes obsceno, por el
-cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tributadas
-por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo. Catalina,
-que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita
-libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se
-encontró llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta
-superior á sus antiguos númenes.</p>
-
-<p>Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse en la ermita. Estaba
-desierta...</p>
-
-<p>¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no venía!</p>
-
-<p>Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de gemido, le llamó
-tiernamente.&mdash;Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha visto y
-no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale de
-mí el alma para irse á tí...&mdash;Así se dolió Catalina, hasta que el sol se
-puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el
-cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los
-cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un
-momento los ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no
-la acompañaba el garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la
-mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la
-princesa, acariciándola. El niño, eso sí, era un portento. En su<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> cabeza
-se ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas
-ternezas que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de
-Catalina, humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no
-se atrevía á responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer
-avanzó, se interpuso, y teniendo al niño en su regazo, cogió la mano
-derecha de Catalina y la unió á la de él, en señal de desposorio. El
-niño, que asía un anillo refulgente, miraba á su madre con inocente,
-encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y el anillo pasó
-al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió á
-colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se
-apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto
-duró un segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.</p>
-
-<p>Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la ciudad. Palpitaban
-miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos
-cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en el
-Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los
-arbustos; ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de
-monstruos, cuyas enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles,
-cercanos á lupanares y tabernas vinarias, encontró Catalina persona
-viviente. Caminaba como al través de una ciudad abandonada por sus
-moradores.</p>
-
-<p>En su lecho, la princesa concilió un sueño<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> aun más reparador y total
-que el de la noche anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales
-creemos haber nacido nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir
-viene traído por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en
-los ojos, hizo centellear en su dedo el anillo de las místicas nupcias.</p>
-
-<p class="ast">*<br />* *</p>
-
-<p>No había transcurrido mucho tiempo desde la expedición de Catalina al
-desierto, cuando el César asociado Maximino el Dacio,&mdash;residente en
-Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio, Constantino y
-él, había correspondido Egipto á su jurisdicción&mdash;, celebró una fiesta
-orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos
-militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de
-entonces, cortesanas y sacerdotisas de Hathor.</p>
-
-<p>Después de las primeras libaciones, mientras servían en copas de ágata
-el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que produce una exaltación
-entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se contaba de nuevo en
-su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento, exclamó que era
-mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de noticias,
-sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta de
-los galileos.<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la orgullosa?&mdash;se sorprendió
-Maximino.</p>
-
-<p>&mdash;La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh, César! Porque, en su
-culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada á la
-Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen
-campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo&mdash;añadió
-afectando rudeza&mdash;, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas
-hasta á los estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de
-cierto en este rumor. Las divinidades altas te tienen encomendada su
-defensa.</p>
-
-<p>Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había envidiado
-amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio
-corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le
-había desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los
-conmilitones de Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos,
-pues habiendo llegado á ser uno de los placeres y deportes imperiales el
-presenciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos para este fin,
-podría darle á César el antojo de ensayar con algún amigo y convidado.
-Los martirios eran más divertidos que las luchas de la arena, y cuando
-se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de poder verla,
-arrancadas sus ropas á girones por el verdugo...</p>
-
-<p>Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba en Catalina; no
-tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez en la
-vida, y en su energía y resolución,<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> dotes que la hacían curiosa y
-deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué de Cleopatra, y
-de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el sentimiento
-patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de los
-tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus
-continuos viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra
-los emperadores asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin
-dignarse contestar al chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho
-irrupción en la sala del festín las bailarinas con sus crótalos y sus
-túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de
-Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de Italia,
-alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta,
-llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se
-encogía de hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se
-obedeciesen las disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras
-el espíritu de la vid corría por sus venas y tupía con vapores su
-cerebro.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, el César repitió la orden. Tenía ya despejada la
-cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estómago. Un
-tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era desagradable la
-perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto cruel latía
-un designio político, dictado por el continuo recelo que le infundía la
-ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio.<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span></p>
-
-<p>&mdash;Redacta&mdash;ordenó á su secretario&mdash;un edicto para que sean ofrecidos
-sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan extinguiéndose
-las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los adoradores del
-Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que
-Alejandría pertenece á Maximino.</p>
-
-<p>&mdash;¡A quien Jove otorgue el imperio entero!&mdash;deseó Hipermio, que estaba
-presente y conocía lo que soñaba César.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te di anoche esta orden misma?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Augusto; pero ya sabes...</p>
-
-<p>Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció la fórmula:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cúmplase!</p>
-
-<p>En todas las esquinas de las calles, en medio de las plazas, se elevaron
-altares enramados de hiedra y flores, donde se degollaban con aparato
-becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los sacrificadores y los
-hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se regocijaba,
-porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían á
-sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el
-Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y
-los sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de
-torpezas que divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á
-Serapis y á la gran Isis veían con reprobación estas mascaradas
-repugnantes, y los cristianos, horrorizados, anunciaban fuego del cielo
-sobre la ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacrificio,<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> ó pasaban
-erguidos sin dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles
-empezaron á abarrotarse de presos. El César sentía la falta de unidad:
-tres Alejandrías, en vez de una Roma, le preocupaban. ¿Irían á
-sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor parte de los
-encarcelados, y preguntó ansiosamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?</p>
-
-<p>&mdash;No, Augusto&mdash;satisfizo Hipermio&mdash;. Delante de su palacio no hay altar,
-á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la riqueza que tan
-espléndida morada exige.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella y su padre.</p>
-
-<p>&mdash;César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda ser acatado tan
-pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, después de
-decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto, gustoso
-sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él,
-representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es
-la princesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí. Deseo hablar con ella
-y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de caer en las
-supersticiones del populacho judío.</p>
-
-<p>Cuando entró Catalina en la magnífica sala peristila donde el César daba
-sus audiencias, él la contempló, como se mira la joya que se codicia,
-sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo regiamente
-ataviada: su túnica<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> sérica, del azul de las plumas del pavo real,
-estaba recamada de gruesos peridotos verdes y diamantes labrados, como
-entonces se labraban, en la forma llamada <i>tabla</i>. Sus pliegues
-majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que, lejos
-de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las
-cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente
-superior, no sólo á la vida común, sino al común destino. La
-inteligencia destellaba en la blanca y espaciosa frente, en los verdes
-dominadores ojos, en la boca grave, pronta á dejar efluir la sabiduría.
-Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta torneada, la célebre
-perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por un hilo
-delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería,
-semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio,
-recuerda la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende
-del atributo regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero
-árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del
-andar.</p>
-
-<p>&mdash;César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.</p>
-
-<p>Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina recogió su velo, se
-envolvió en él y se sentó tranquila.</p>
-
-<p>&mdash;Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea hace poco tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Te engañaron, emperador...&mdash;Después de breve pausa.&mdash;Yo era cristiana
-ya, desde hace<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi desprecio
-de la sensualidad y la brutalidad. Era cristiana porque amaba la
-Belleza... En fin, Augusto, creo que te aburriría si te expusiese
-teorías filosóficas. Espero tus órdenes para retirarme.</p>
-
-<p>&mdash;No soy tan docto como tú, princesa&mdash;ironizó el César, mortificado&mdash;,
-pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio, hay que
-acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza
-del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el
-deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de
-mí, sacrificarás una primorosa becerra blanca.</p>
-
-<p>&mdash;Maximino&mdash;se afianzó ella, arreglando los pliegues del velillo&mdash;, yo,
-en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe. Supongo que esto
-te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter son
-verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas
-materiales... y sacrificaré.</p>
-
-<p>&mdash;Catalina&mdash;insistió Maximino&mdash;, ya te he dicho que no soy un retórico
-ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El combate sería
-desigual.</p>
-
-<p>&mdash;No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, créelo, tal cual eres. Me
-ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca.
-Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo! Hazlo, ¡oh,
-Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.</p>
-
-<p>&mdash;Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> Atenea, pero algún sabio
-habrá en el orbe que sepa más que tú!</p>
-
-<p>&mdash;Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dichoso él!&mdash;Y la sonrisa del César fué atrevida, mientras eran
-galantes y rendidas sus palabras.</p>
-
-<p>El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino, la flecha repentina
-del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siempre le había
-molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración artística de
-Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de
-Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y
-otras apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La
-recompensa sería pingüe.</p>
-
-<p>Y fueron llegando. Los más venían harapientos, cubiertos de mugre y
-roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos antes de que el
-César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien sus mantos
-cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de rosa.
-Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros
-guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en
-Platón y Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina
-que pretende que de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber
-que se les convocaba para justar con una princesa virgen y encantadora,
-alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el mayor número se alborozó y
-se dejó aromar la<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión de
-Alejandría empezaba á imponérseles, pues en la ciudad, por tradición, se
-creía que la mujer es muy capaz de discurso.</p>
-
-<p>El día señalado para el certamen, Maximino hizo elevar el solio en el
-patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de púrpura y
-traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y
-pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se
-prometía una fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería
-grato domeñar. Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba
-vengarse con venganza sabrosa.</p>
-
-<p>Antes de que se presentase el Augusto, los sabios se alinearon á la
-izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió
-entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la
-puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó
-ese murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina
-no debía de ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su
-fastuoso vestir. Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión
-de la fe, venía más ricamente ataviada que nunca, surcada por ríos de
-perlas, que se derramaban por su túnica blanca con realces argentinos,
-como espumas de un agua pálida. Su velo también era blanco, y coronaba
-su frente ancho aro todo cuajado de inestimables <i>barekets</i> ó esmeraldas
-orientales, traídas del alto Egipto, cerca<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span> del Mar Rojo, donde, según
-la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos, luchando con los
-feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la tierra. Lucía
-en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la Cruz. Los
-ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que las
-esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos,
-herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su
-mirada de agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la
-gloria.</p>
-
-<p>Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden del emperador.
-Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel envidioso
-Gnetes, el denunciador de Catalina.</p>
-
-<p>Habló con la malicia del que conoce el pasado del adversario, y lo
-aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que la
-forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la forma,
-buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta
-fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de
-Costo resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la
-concurrencia; varios cristianos, que entre ella habían tomado puesto,
-fruncieron las cejas, indignados. Gnetes, en un período brillante,
-increpó á Catalina por haberse apartado del culto de Apolo Kaleocrator,
-árbitro inmortal de la estética, padre del arte, que sobrevive á las
-generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque oratorio, señaló á
-la<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> blanca estatua del Numen, un mancebo desnudo, coronado de rayos.</p>
-
-<p>Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que siempre había
-profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su esencia
-suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que Apolo
-Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios,
-perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía
-otras infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos
-la de Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura
-humana. En este sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.</p>
-
-<p>Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de ellos, desconocer ni
-negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica el paganismo
-oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían con
-terror maquinal:&mdash;¡Ha blasfemado del divino Arquero!</p>
-
-<p>Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el fondo de su alma él
-tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia seductora
-y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á la garganta,
-le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido,
-reflexionaba:&mdash;¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?&mdash;Y se propuso
-disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.</p>
-
-<p>Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado en Filón y Plotino, y
-cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había publicado los
-<i>Tratados</i> del maestro. Ocurrió entonces algo<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> singular: Catalina
-solicitó permiso para adelantarse á los razonamientos de Necepso, y
-tomando la ofensiva expuso las mismas teorías del filósofo, encontrando
-en ellas plena confirmación del cristianismo. Limitándose á atenerse á
-las enseñanzas de Plotino, mostró á este insigne pensador desenvolviendo
-la idea de la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el Hijo es el
-Verbo; y expuso su doctrina de que el alma humana retorna á su foco
-celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, como yo, Necepso&mdash;urgía Catalina&mdash;; tú, discípulo de Plotino, has
-sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula con que te nutriste
-vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no puede dejar
-de bañarse en ella.</p>
-
-<p>Al hablar así, bajo el reflejo del velario purpúreo, se dijera que
-envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una hoguera clara ardía
-detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba, fascinado. ¡No, no
-era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo
-expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los
-impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela
-consigo á las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio
-imperial, donde pieles densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de
-maderas bien olientes.</p>
-
-<p>Necepso, entretanto, se rendía.&mdash;Si el cristianismo es lo que enseñó
-Plotino, cristiano<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> soy&mdash;confesaba&mdash;. Catalina se acercó á él,
-sonriente, fraternal.</p>
-
-<p>&mdash;Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le perteneces... Ora por
-mí cuando llegues á su lado...</p>
-
-<p>Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre el hombro del egipcio
-y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un viejo de barbas
-venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se lo
-brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le
-amarraron y le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa
-pública, se cumpliría el edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta
-que se descubriese al vivo la blancura de sus huesos.</p>
-
-<p>Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso había difundido cierta
-alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo si eran
-vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban á
-rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la
-palabra y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban
-los argumentos que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de
-pelea. Lo que hicieron varios fué&mdash;sin atacar á la princesa ni al
-cristianismo&mdash;desarrollar sus teorías y exponer la doctrina de sus
-maestros. Y desfilaron los tanteos de la razón humana para descubrir la
-ley de la creación y la que rige el mundo moral. Amasis, que venía de
-Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad con todos<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> los
-seres, pues en todos hay algo de Dios; y Catalina le demostró que la
-caridad cristiana amansa al alacrán y le hace hermano menor nuestro. Un
-partidario de Zoroastro habló de Arimanes y Ormuz, principios del mal y
-del bien, y de su eterna lucha; y la princesa describió á Cristo, sobre
-la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un filósofo que se había
-internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca de sabiduría
-ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado Kungsee ó
-Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de justicia
-y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la
-virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que
-su sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un
-hebreo, procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque
-invencible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:&mdash;Rabí
-Jesuá-ben-Yusuf, que era santo, se ha reducido á completar la admirable
-doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. No hagas á otros lo que no
-quieras que te hagan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene refutación
-posible.&mdash;Catalina asintió con la cabeza.</p>
-
-<p>La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar revuelto. El triunfo de
-la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el hervidero, se
-estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas, patrióticamente, se
-regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> faltaban los
-sofistas griegos, muy numerosos; pero hallaban el terreno mal preparado.
-Expuestas en aquella solemne ocasión, sus ideas sobrado simplistas, ó
-rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían
-bichos deformes que salen de su guarida á calentarse en la solanera.
-Habituados bastantes de los que escuchaban á elevadas metafísicas,
-fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal de menosprecio
-al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que la
-substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se
-desgañitaba afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito
-sostenía que cada cosa es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo
-está en todo. Algo hastiados ya de la prolongación de la disputa,
-hirieron impacientes el pavimento de mármol con los pies, cuando un
-pitagórico adelantó que los números son la única realidad, y un eleático
-sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no existe. Un secuaz
-de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa ninguna. Y sólo
-se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el único
-mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce;
-sus facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los
-camafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló
-de Sócrates, del excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida.
-Recordó que Sócrates había demostrado la existencia de Dios y su
-providencia; y que, después<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> de proclamar la ley moral, por no renegar
-de ella había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y
-describió al justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes
-los treinta días que tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su
-última hora, y la calma augusta con que bebió la verde papilla
-ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida interior al género
-humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración, radiante de
-ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el
-escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates!
-Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis
-agudo, penetrador, surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del
-amigo de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad,
-había sido escultor, y nunca perdió la afición á la perecedera belleza
-de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo nefario que clama por
-fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble alma no
-había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le rodeaba.
-¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él, seguir
-sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:&mdash;¡Habrá
-muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de
-cuantos quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!</p>
-
-<p>El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin analizar lo que
-hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en su
-espíritu<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> como cortantes cuchillos de oro. Atraído, salió del lugar que
-le correspondía y se aproximó, juntando y alzando las manos lo mismo que
-si implorase á las Divinidades implacables y terribles. Catalina le
-enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus
-pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha sellado con su sangre
-de fuego!</p>
-
-<p>Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con sencilla firmeza,
-hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No estaba aún del
-todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa, realizar
-también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le
-ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la
-cabeza para mirar á su vencedora.</p>
-
-<p>No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo de emoción en el
-auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los ironistas,
-que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y
-creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies
-absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una
-cabeza de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto,
-ciertos conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces,
-se cometían torpezas indescriptibles. No faltó quien fustigase la
-cobardía de los cristianos, que se negaban á formar parte del ejército;
-y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró que sólo los esclavos<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> podían
-profesar una religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien
-nos apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César,
-se alborotó, descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión.
-Los alejandrinos, hechos á la controversia, golosos de buen decir y de
-sutilezas brillantes, protestaban. Así es que cuando Catalina&mdash;también
-irónica, cubriendo la espada de su indignación bajo su bordado velo
-virginal&mdash;les acribilló con burlas elegantes, con centelleos de ingenio,
-con sátiras que tenían la gracia juguetona del acero de Apolo al
-desollar al sátiro hediondo y chotuno&mdash;ya no se contuvieron los oyentes,
-y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la princesa.&mdash;¡Salud,
-salud á Catalina!&mdash;se oía repetir&mdash;. Y los cristianos, envalentonados,
-enloquecidos&mdash;añadían:&mdash;¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa
-Trinidad sea contigo!&mdash;Algunos de los procos, que en primera fila
-esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por
-contagiarse, y pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en
-triunfo á Catalina, en hombros, entre vítores.</p>
-
-<p>El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el pesado cetro. Era la
-señal de que la prueba había terminado, y la orden para que la guardia
-despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del estrado, tomó
-de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo entrar en el
-palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito, respetuoso, se
-había<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> quedado atrás. El César convidó á Catalina á sentarse en el
-sillón leonino, á cuyo alrededor despojos de pantera y tapices de plumas
-emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y esclavos silenciosos
-trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una composición de
-anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de cordial que
-Maximino usaba cuando se sentía exhausto.</p>
-
-<p>&mdash;Bebe, princesa&mdash;dijo rendidamente, permaneciendo en pie ante la hija
-de Costo&mdash;. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y me
-parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes.
-Te he admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo
-entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud
-del donaire, por la cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se
-inclina ante tu entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como
-este vino de la Mareótida que te ofrezco.</p>
-
-<p>Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies se despegan del
-suelo. He vencido.</p>
-
-<p>&mdash;Has vencido&mdash;replicó él con embeleso, libando á su vez en la copa por
-ella empezada&mdash;. No cabe negarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Tres conquistas, por lo menos, he hecho para Cristo. Necepso, el
-socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro
-convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean
-llevados al suplicio.<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p>
-
-<p>&mdash;Oye, Catalina...&mdash;Maximino acercó un escaño y se llegó al velador de
-ágata, que soportaba el refresco&mdash;. Escúchame, que en ello nos va mucho
-á los dos.</p>
-
-<p>Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma de la mano la cabeza,
-aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le atendían
-religiosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable á ese Numen que
-adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían, hasta el
-último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte
-mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían
-fuerza y virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los
-oráculos chochean. Yo he consultado las entrañas de las víctimas, y ó
-mienten ó inducen á error. Los del Galileo sois muchos ya, Catalina;
-sois más de los que creéis vosotros; advenís. El que se apoye en
-vosotros, podrá afianzar el poder imperial completo, como en los tiempos
-gloriosos de Roma.</p>
-
-<p>La virgen escuchaba, con todas sus facultades, interesadísima.</p>
-
-<p>&mdash;Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu forma, en las apretadas
-nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en que eres
-fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede descansar en ti
-para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me siento capaz
-de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera,
-desfallezco<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> y anego mis ansias de engrandecerme en el vicio y en la
-sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me guíe. Mi socio
-Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no tengo á
-nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me
-apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco
-sus vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti
-seré otro; recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio,
-el árbitro de Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien
-aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución,
-toleraré vuestros ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia!
-Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al Profeta de Judea un
-templo tan esplendoroso como el Serapión. Tú pondrás la primera piedra
-con tus marfileñas manos. Y si quieres más, más todavía. Dicen que para
-ser de los vuestros hay que recibir un chorro de agua pura en la cabeza.
-No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se
-te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como tú siguen su
-ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia,
-garfios y potro?»</p>
-
-<p>&mdash;En Dios y en mi ánima juro&mdash;no pudo reprimirse más Polilla, que no se
-desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de cabeza&mdash;que su
-Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba como un
-libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> su Alteza doña
-Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires no
-oyen razones...</p>
-
-<p>»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se recogía, luchaba con
-la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia comprendía la
-importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían
-madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el
-momento de que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha
-continuaría, pero en otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en
-una cátedra, en la abierta plaza pública, enseñando la verdad,
-confundiendo herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó en el
-solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á los humildes,
-á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del desierto ó de
-la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas por la
-nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño
-íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente
-magnífico que el Serapion,&mdash;del cual se decía que estaba colgado en el
-aire, y en cuya sala fúnebre subterránea yacían los restos del blanco
-buey idolatrado.&mdash;Acaso fuese posible purificar el mismo Serapion,
-expulsar de allí al numen bovino y elevar en su cima la Cruz. Una
-palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el César
-cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías,
-confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde
-las<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales líbicos. ¿Quién
-impedía?...</p>
-
-<p>Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su dedo, y una especie
-de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo corazón,
-repetía, lento, suave, como una caricia celeste:</p>
-
-<p>&mdash;Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...</p>
-
-<p>&mdash;Maximino...&mdash;articuló pausadamente&mdash;, me avengo gustosa á lo que me
-ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. Pero... en
-cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan terrible,
-que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...&mdash;Y, moviendo el
-dedo, hizo fulgir el anillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino te ha hablado como
-nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?</p>
-
-<p>&mdash;Virgen soy y seré.</p>
-
-<p>&mdash;Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré hacia tu Profeta
-crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me
-satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo.
-Pero tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que
-amamos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo,
-princesa?</p>
-
-<p>&mdash;César...&mdash;insistió ella rechazando la copa&mdash;no sé si me creerás; yo,
-aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma obscura que
-ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate de la
-horrible<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de tu resolución.
-No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga altares y basílicas en el
-Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice esta
-transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que
-se oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano.
-¡Cuidado, Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua&mdash;,
-pero sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido
-tentada, pero resistiré.</p>
-
-<p>Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la pasión, no tenía ni
-el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa con brazos
-férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras, hinca
-los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso
-temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la
-crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.</p>
-
-<p>&mdash;Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo imaginario á quien llamas
-é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un soldado de la hueste
-tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina, para ultrajar tu
-escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo de
-exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el
-jugo de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á
-un Maximino Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh,
-Catalina!, el mismo respeto con que te hice proposiciones: respeto tu
-zona virgínea, tu anillo milagroso de desposada.<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> Pero respeto también
-la ley, y he de cumplirla.</p>
-
-<p>Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia se presentaron.</p>
-
-<p>&mdash;Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa tiene que incensar al
-Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.</p>
-
-<p class="ast">*<br />* *</p>
-
-<p>Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de su ruta, se enderezó
-y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado velo. El César
-se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se
-descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la
-virgen espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra
-el ademán del que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo,
-desigual, airado. Minutos después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y
-los mejores vinos, y las saltatrices y meretrices más expertas.</p>
-
-<p>Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con sumisa cortesía,
-Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la imagen
-del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se
-reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al
-encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos
-de repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los
-incomprensivos y los que comprenden con finura.<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> La princesa no apartó
-los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra
-maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima
-representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador
-y bajo cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.</p>
-
-<p>El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la artística maraña de
-sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de corte tan
-elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en vez
-del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata,
-y con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una
-fibula sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y
-aun de simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y
-maravillosa de las criaturas, del Sol que fecundiza los campos y sazona
-la mies, que da el pan del cual viven los hombres, alabando al Señor y
-disfrutando de los sabores sanos de la vida?</p>
-
-<p>Mas no lo entendió así el viejo pontífice de Helios, que tendió á la
-princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó suavemente, sin
-indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la
-interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista;
-una fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo
-Catalina con la mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual
-se despedía de su mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus
-estudios elevados que aristocratizan el<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span> pensamiento; del arte, de la
-belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la
-cincelada copa...</p>
-
-<p>&mdash;A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce dueño, voy á ti!</p>
-
-<p>La retiraron del patio y la encerraron, no en hórrida mazmorra, sino en
-una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al cuerpo de guardia, por
-precaución de que los cristianos, alborotándose, intentasen darla
-libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos
-funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes,
-primer derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo,
-deliberaron sobre la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras
-convinieron en que el César estaría ebrio aquella noche, y que si no
-debían cumplirse, por advertencia de él mismo, las órdenes que diese en
-su embriaguez, nada impedía ejecutar las proferidas antes. Catalina
-pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á cuyo brazo vengador la
-había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el tormento y el suplicio,
-ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los deliberantes un tácito
-instinto de apresurar, porque temían que á la mañana siguiente, el
-tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se
-interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los
-serapistas, partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial
-necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que
-con la orgullosa Catalina.&mdash;Y les quedaba la esperanza<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> de una
-retractación, ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer.
-La victoria filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de
-deplorable efecto en Alejandría para las creencias del Imperio. Los
-cristianos efervescían, al correr la voz de que se iba á atormentar á la
-doncella. No se debía dar tiempo á que se conchabasen y tramasen un
-complot; el hecho tenía que realizarse la misma noche... ¡Qué triunfo,
-si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia renegase del
-Galileo!</p>
-
-<p>Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de su corcova, opinó:</p>
-
-<p>&mdash;El único modo de reducir á una hembra tan soberbia sería amenazarla
-con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Panoeum, en
-que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.</p>
-
-<p>Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron, prometiéndose una
-noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era necesario
-irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre los
-nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á
-los rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el
-escarnio. No estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la
-mayoría de los habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y
-donde los inmundos cristianos roen y socavan, como topos, el pavimento y
-los cimientos del templo apolínico. La virgen es peligrosa. Cuanto
-antes, y sin aventurarse<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> á ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó
-reniega ó perece.</p>
-
-<p>Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el etíope Taonés. Preciábase
-de maestro en su género, y, recientemente, con artificio salvaje, había
-inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos peines de hierro
-de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero
-despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.</p>
-
-<p>&mdash;El dios Apolo&mdash;se envanecía el negro&mdash;hubiese debido pelar así á
-Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.</p>
-
-<p>El pontífice, atento al aspecto político de la cuestión, le encargó que
-idease una tortura en la cual no necesitasen los sayones poner la mano
-sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora. Después de meditar,
-pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos, dirigiendo
-su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un
-aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al
-exterior de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente
-encastradas en la madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela
-ponía las ruedas en movimiento, y entre el doble juego del artefacto
-cabía un cuerpo humano de pie; de suerte que, al giro rotatorio, pecho,
-espaldas, hombros, muslos, quedarían desgarrados. A la tercer vuelta del
-infernal artificio, sería la mártir una sanguinolenta masa, y piltrafas
-de su carne colgarían de las ruedas, sin que tuviera ninguna<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> herida
-mortal, pues Taonés, fiel á sus principios, había embutido profundos los
-clavos y las puntas.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy mismo&mdash;insistía angustioso el pontífice&mdash;. En la demora está el
-riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la princesa,
-dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia, Porfirio,
-coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si no
-las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden?
-Pues basta.</p>
-
-<p>Y Gnetes sugirió:</p>
-
-<p>&mdash;Al terminarse el banquete, el César <i>estará en estado de
-presenciar</i>...</p>
-
-<p>Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo de Egipto convertía
-el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos
-diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al
-patio, donde sería juzgada.</p>
-
-<p>Venía quebrantada la color por la abstinencia, pues, suponiendo que
-moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á flaquear en el
-supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:</p>
-
-<p>&mdash;No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú sudaste sangre al ver
-el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que afeen mi rostro. Tú
-eres la hermosura...&mdash;La hermosura ideal, Catalina&mdash;creyó oir dentro de
-su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su calma
-estoica.</p>
-
-<p>A pesar del secreto que se había querido<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> guardar, detrás de la baranda
-se agolpaba no poca gente. Los interrogatorios de los mártires, sus
-torturas, su ejecución, eran actos que no podían realizarse á puerta
-cerrada. Se guardaban formulismos de legalidad. A la luz rojiza de las
-antorchas y á la amarillenta de los lampadarios, Catalina apareció, y
-una marea alborotó al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vívido.
-Sonreía.</p>
-
-<p>Maximino presidía el tribunal&mdash;, pero sin conciencia de lo que iba á
-suceder&mdash;. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas,
-completamente embriagado, y destuetanado además por caricias
-diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo
-de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía
-una soñarrera momentánea.</p>
-
-<p>A la invitación á incensar, respondió Catalina con desdeñoso gesto.
-Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una puerta
-lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga,
-obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la
-peripecia del drama interesante. Los verdugos se acercaron á la
-princesa. El vaho de sudor y desaseo de Taonés la hizo retroceder
-mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió los blancos dientes de dogo
-del etíope. Sabía que las joyas y preseas del ajusticiado eran suyas de
-derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de lana, sin ajorcas, sin
-sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea magnífica,<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span>
-ostentosa! Hizo una señal á su primer ayudante Sicamor para que, al
-amarrar á Catalina, arrancase la diadema de orientales, inestimables
-<i>barekets</i>, los copiosos hilos de perlas, gruesas como ojos de grandes
-peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le concedían tal
-enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate. Mientras un sayón
-rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo, Sicamor,
-espantado, se acercó al oído de Taonés.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han pasado al través de las
-esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son aire...</p>
-
-<p>&mdash;¿Te han enloquecido los dioses?</p>
-
-<p>&mdash;¡Te digo que son aire!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Aún es tiempo, Catalina!&mdash;reiteró el pontífice, insinuante.&mdash;Aún
-puedes postrarte ante los Númenes sagrados.</p>
-
-<p>Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el cuerpo á la máquina:
-Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un punto, Maximino
-pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué significaba el
-extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos de la
-borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para
-cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice
-dispuso que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y
-agitasen sonajas violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la
-manivela, puso las ruedas en movimiento.<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span></p>
-
-<p>Un relámpago de chispas agudas, un torrente de carmín, difluyendo y
-empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío se destacó un
-hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas.
-Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la
-virgen que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si
-buscase los ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario
-alzó su mano de cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina
-horrible saltó desbaratada, despedida cada rueda hacia distinto punto,
-hiriendo á los jueces, á los verdugos, á los espectadores y á los
-sacerdotes del Arquero...</p>
-
-<p>La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil aprovecharla. Mandó á
-Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que apresurase el
-final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por mil
-partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de
-la mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso.
-Catalina comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz
-apresada.&mdash;Voy á ti&mdash;suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable
-anillo que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva espada del verdugo
-describió un semicírculo y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público,
-cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apolo, fingido numen, al
-César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo pelo y
-la cabeza de Catalina, que cayó cercada<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> del magnífico sudario de su
-cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él llena de
-perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre
-bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y
-en ellas se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá
-de los peldaños de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor
-lunar, hecho de claridades de astro y de alburas de nube plateada y
-plumajes císneos. El cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe,
-perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los cristianos, sin recelo
-ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas,
-refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y verdad que
-había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas y de
-sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella
-sangre fuese licor fermentado y confortado con especias que los
-exaltase, la indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y
-entre los mismos serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la
-conciencia se saturaba de cólera y protesta ante la prueba tres veces
-secular de los martirios; y, enseñando los puños al César aletargado y á
-su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muerte al tirano Maximino!» La
-guardia, desnudando sus cortas espadas romanas, dió sobre los
-amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y mientras
-luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito,
-castañeteando los dientes de terror frío, el<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> puro cuerpo de cisne
-flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente aureolada por
-los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban alrededor y se
-expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las mejillas y
-el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del
-emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era
-más fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de
-la loba&mdash;y le había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin,
-á la derrota de sus enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»</p>
-
-<p>El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho, parecía darlo por
-concluso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el cuerpo de la princesa?&mdash;preguntó Lina&mdash;. ¿Qué paradero tuvo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;respiró el Magistral&mdash;. Eso lo digo en las notas. Los ángeles lo
-enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. Sin duda
-los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso despojo no
-sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy entrado el
-siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y filosóficas
-no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la lapidación de
-Hipatia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese Maximino Daya le
-suprimió Constantino.</p>
-
-<p>&mdash;Diré á usted. Constantino realizó la idea genial que se le había
-ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció su poder.<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span>
-Pero no sería exacto decir que suprimió á Maximino. En la lucha entre
-los socios, Daya fué derrotado, y en Tarso se suicidó. También consta
-extensamente en las notas.</p>
-
-<p>&mdash;Todo está muy bien&mdash;criticó Polilla&mdash;, excepto los milagros.
-Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la
-historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos
-aún que la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda
-de la hija de Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de
-progresos, de luz. Lo demás... antiguallas, trastos viejos... y...</p>
-
-<p>&mdash;Y polilla...&mdash;sonrió Lina, azotando con su guante de negra Suecia la
-cara acartonada del amigo.</p>
-
-<p>Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las piedras de la calle.
-Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga, encalmada, grupos
-de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su canción pasaba
-al través de los vidrios. Y se oía:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Que Catalina se llama&mdash;sí, sí...</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>que Catalina se llama...</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>&mdash;Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;&mdash;y las arrapiezas, con su
-argentado timbre de voz, continuaron:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>Mandan hacer una rueda,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>mandan hacer una rueda</i><span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span><br /></span>
-<span class="i0"><i>de cuchillos y navajas&mdash;sí, sí...</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>de cuchillos y navajas...</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió de nuevo como agua de
-fuentes vivas, inagotables:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>Levántate, Catalina,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>levántate, Catalina,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>que Jesucristo te llama&mdash;sí, sí,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>que Jesucristo te llama...</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Ya se encendían los faroles, y las niñas, chancleteando, se dispersaban
-en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo humearían. Aún la
-canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Que Jesucristo te llama...</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span></p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br />
-<i>Lina.</i></h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>¡Como una bomba, el notición!&mdash;Cuando traen el telegrama, estoy aseando
-mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba
-antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre,
-extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú,
-instituída heredera universal. Vente. Farnesio.»</p>
-
-<p>¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco
-efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué
-me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión,
-no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada
-al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que
-los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo
-cual me río de la historia).</p>
-
-<p>Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> al telegrama de Farnesio,
-me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente,
-negra también, y, á pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo á
-la estación. El tren pasará á las siete. Me siento en un banco, ante la
-puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca,
-columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla
-mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por
-primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi
-saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica
-una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de
-tomarla, echa á correr. La riqueza asusta, por lo visto...</p>
-
-<p>Iré en primera, por primera vez.&mdash;Voy sola.&mdash;El departamento está rancio
-de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios,
-embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico.
-Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas
-equívocas.</p>
-
-<p>¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor
-auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y
-un sudor frío me rezuma en la sien.&mdash;¿No podría el telegrama ser broma
-de un chusco?&mdash;Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es
-verosímil, aún resulta más inverosímil <i>lo otro</i>. Tan grande es mi
-angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span></p>
-
-<p>El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes
-del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, á
-la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio,
-marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela
-en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros
-pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada,
-inmóvil.</p>
-
-<p>Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora
-que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que
-no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de
-mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de
-inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos;
-aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí,
-¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible.
-Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los
-dos meses de mendigar, ya no mendigo&mdash;, ya he resuelto mi problema. Lo
-malo fué que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de
-«señorita decente». Arrinconada, sólo pude vegetar...&mdash;Rectifico otra
-vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida
-imaginativa se ha dado!</p>
-
-<p>Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo
-monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras,<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> porque á
-mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí á
-chicoleos de la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían conducirme á una
-boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos,
-encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy
-volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que desde luego se
-declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando
-no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y
-aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de
-historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el
-sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos
-catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el
-Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas
-muchas cosas que nunca verán la luz, á no ser que ahora, siendo yo
-millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la he zampado; por
-cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en
-los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño
-de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las
-doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo
-fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las
-representan pluma de ganso en mano, tintero al margen, y sobre el fondo
-de una librería de infolios de pergamino.</p>
-
-<p>Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> manuscritos del
-Archivo, las hijas del Juez, que son las <i>lionnes</i> de Alcalá, y que me
-tienen tirria, me han puesto de mote <i>la Literata</i>. ¡Literata! No me
-meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa,
-y entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que
-para eso no me da el naipe.</p>
-
-<p>Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito
-ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento de goce y de
-superioridad.</p>
-
-<p>En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro Farnesio en persona, con
-cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se
-indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de
-heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena
-cada tres minutos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices de esto?&mdash;suspira hondamente al cogerme las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué he de decir?&mdash;contesto.&mdash;¡Pobre tía! Que le llegó la suya.</p>
-
-<p>Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y,
-alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de
-una berlina, acolchada como un estuche de joya. <i>Es mi berlina, es mi
-lacayo.</i> ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del
-fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos,
-me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote
-de los bayos fogosos.</p>
-
-<p>El intendente de doña Catalina me mira á<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> hurtadillas, me estudia. D.
-Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge
-indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo
-de amigo y administrador, misterioso y enfático, D. Genaro Farnesio pasa
-por mejor enterado de lo que atañe á la casa de Mascareñas, ¡retumbante
-apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del
-palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse
-sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá
-cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?»</p>
-
-<p>Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el
-solemne portero&mdash;de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras
-bien lustradas&mdash;ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he
-venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á
-Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por
-qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.</p>
-
-<p>Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y
-Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se
-le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco
-ronca me preguntaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, tía...</p>
-
-<p>&mdash;¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span></p>
-
-<p>&mdash;No señora&mdash;respondía, mortificada y altanera&mdash;. Tengo lo suficiente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres buena? ¿Te portas bien?</p>
-
-<p>&mdash;Se me figura que sí...</p>
-
-<p>Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once
-años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco,
-y me ponía en las manos un objeto, diciendo:&mdash;Para tí.&mdash;La primera vez,
-un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de
-esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último
-regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento
-pasión magdalénica.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno&mdash;farfullaba la señora al murmurar yo las
-gracias.&mdash;Cuidado, no nos dés disgustos...</p>
-
-<p>Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía
-Catalina...»</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...&mdash;Y me
-retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los
-parientes pobres, de los protegidos humillados.&mdash;¡Ahora!</p>
-
-<p>Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol,
-con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la
-muñeca, y, en voz baja, balbuciente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres <i>verla</i>?</p>
-
-<p>Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote...
-¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme
-pueril, ni medrosa!<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span></p>
-
-<p>&mdash;Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.</p>
-
-<p>La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de
-doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y
-colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el
-fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil
-lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas
-están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la
-media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla
-con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos
-se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la
-difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han
-amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su
-fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el
-que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del
-muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en
-un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de
-rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas
-manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan,
-me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me
-arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la
-tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa
-agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span>
-noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y
-reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro
-de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que
-besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo
-des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley
-propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme
-persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto
-que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus
-mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco
-interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero
-¿existen irreverencias interiores?)</p>
-
-<p>&mdash;¿Mi dormitorio, mi tocador?&mdash;pregunto imperiosamente. No conozco la
-distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá
-indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento.</p>
-
-<p>Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como
-toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace
-tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada
-de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mi doncella?</p>
-
-<p>Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á
-tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea
-Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el
-timbre, y aparece<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> una sirviente añeja, especie de dueña azorada,
-prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted la primer doncella?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora... Para servir á la señora.</p>
-
-<p>&mdash;Llame usted á la segunda.</p>
-
-<p>&mdash;No... no está.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se entiende? ¿No está?</p>
-
-<p>&mdash;Ha salido á recados... D. Genaro sabe...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Ponga usted en el baño un frasco entero de colonia... ¿Habrá colonia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y toallas finas, y jabón de violeta?</p>
-
-<p>&mdash;De violeta no sé si habrá. De todos modos, será buen jabón. ¿Pediremos
-el de violeta á la perfumería?</p>
-
-<p>&mdash;Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier jabón. Deseo bañarme
-pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cena la señora?</p>
-
-<p>&mdash;Después del baño...</p>
-
-<p>&mdash;Que te aproveche&mdash;pronunció Farnesio&mdash;. Yo no cenaré: me encuentro
-algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no por la
-mañana, puesto que...&mdash;Se le quebró el acento; sobrevino carraspera.</p>
-
-<p>&mdash;Ya, ¡el entierro!&mdash;dije con naturalidad&mdash;. ¡Y yo sin manto de luto
-para las misas! ¿Cómo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> se llama usted?&mdash;pregunté vuelta hacia la dueña.</p>
-
-<p>&mdash;Eladia, para servir á la señora.</p>
-
-<p>&mdash;Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy
-tupido.</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada
-conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de
-los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde
-el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las
-ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los
-contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á
-miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica,
-concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también.
-Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud,
-reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y
-sabrosa cual la aceituna.</p>
-
-<p>Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por
-él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios,
-me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana,<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> al despertarme en una
-habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ojalá!&mdash;gimió él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muchas gracias, mala persona!</p>
-
-<p>&mdash;Ya comprendes por qué lo digo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía,
-pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le
-advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más
-cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano
-D. Juan Clímaco?</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas
-de la rama menesterosa, de la rama infeliz?</p>
-
-<p>&mdash;Es la verdad, Natalia... Pero&mdash;añadió como alegando disculpa&mdash;por lo
-mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien
-cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te
-quería.</p>
-
-<p>Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé:</p>
-
-<p>&mdash;¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?</p>
-
-<p>La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado
-del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es cruel&mdash;tartamudeó.&mdash;No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo
-supieses!</p>
-
-<p>&mdash;Don Genaro&mdash;respondí&mdash;razonemos. No me pinte usted lo que no ha
-existido, ¿Es querer á<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> una muchacha tenerla recluída, darle una mesada
-que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y
-tramar una conjura para meterla en un convento?</p>
-
-<p>&mdash;Que no sabes lo que te dices&mdash;terqueó él&mdash;. Cuando se trató de que
-abrazases ese estado&mdash;el más feliz para una mujer&mdash;, aun vivía Dieguito,
-el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor
-de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?</p>
-
-<p>Medité un instante, cogiéndome la barba.</p>
-
-<p>&mdash;Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían
-que Dieguito se enamorase de mi?</p>
-
-<p>&mdash;¡De absurdo en absurdo!&mdash;Violenta indignación soliviantaba á Farnesio.</p>
-
-<p>Yo insistí, pesada:</p>
-
-<p>&mdash;Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo
-derecho á entender.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres?
-Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra
-parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no
-ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y
-cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del
-Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de
-decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres
-cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de
-mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span></p>
-
-<p>Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con
-ansiedad, me interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no la diste un beso?</p>
-
-<p>Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces
-la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé
-cómo&mdash;pero con mímica expresiva&mdash;, manifesté la repulsión á la hipótesis
-del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí...</p>
-
-<p>Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada,
-rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano
-parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible.</p>
-
-<p>&mdash;Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca
-falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único
-que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que
-usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es
-verdad?</p>
-
-<p>Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es
-muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa
-timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que
-acababan de traerme&mdash;¡milagro de rapidez!&mdash;de la <i>Siempreviva</i>,
-especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á
-Farnesio... ¿Me querrá este vejete,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> ó es un solapado enemigo? El
-callaba, extático.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que soy poderosa?&mdash;pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo!</p>
-
-<p>&mdash;Y diga usted...&mdash;¡Diga usted!&mdash;¿Tenía joyas doña Catalina?</p>
-
-<p>Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con
-dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró
-en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay
-joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú,
-hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.</p>
-
-<p>El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y
-resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino
-dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador
-contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento,
-convenientemente refrescado, será el mío.</p>
-
-<p>El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador,
-sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida
-con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni
-dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un
-muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos
-me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse
-del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La
-forma de la nariz, el corte de<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> cara... ¿Qué tiene de particular? Bien
-cercanos parientes somos.</p>
-
-<p>Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me
-atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso
-con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea
-retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas
-melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como
-si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después
-observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña
-Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy
-peripuesta.</p>
-
-<p>Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de
-blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo.
-Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito.
-Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como
-habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el
-primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La <i>lingerie</i>
-elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de
-Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el
-segundo&mdash;hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta
-habitación&mdash;un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de
-arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla
-espléndida, que da indicios de no<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> haberse usado apenas; sería doña
-Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los
-sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas,
-jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de
-plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros,
-blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas.</p>
-
-<p>Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que
-registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco
-todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera
-fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La
-ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he
-poseído! En mis viajes á Madrid&mdash;tan cortos, de horas&mdash;me paraba ante
-los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las
-perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa,
-en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de
-cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo
-acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra
-prueba más convincente...</p>
-
-<p>¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es
-todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo
-encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo
-resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los
-Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra,<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> de brillantes; hay el
-soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches,
-sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes
-colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de
-la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué
-hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la
-señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin
-gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado!</p>
-
-<p>Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de
-que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el
-moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un
-coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas.
-Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro
-de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas
-y rubíes&mdash;C. M., Catalina Mascareñas&mdash;. Todos encierran retratos,
-fotografías ya pálidas. Un niño&mdash;será Dieguito&mdash;un señor de levita, sin
-barba&mdash;, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro
-retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas.</p>
-
-<p>&mdash;En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña...
-¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de
-esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy
-almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más
-personal! ¿Sería verdad que, como afirma<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> Farnesio, me quería mucho?
-Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á
-meditar en balde.</p>
-
-<p>¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por
-los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta,
-en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana
-aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios,
-que para mí serían bastantes?</p>
-
-<p>Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos,
-cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas,
-medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los
-otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde
-podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado
-un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está
-también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides
-con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto
-no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad,
-un derrame. La <i>idea</i> toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea.
-Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos
-se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que
-forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente,
-hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la
-premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> peligrosos,
-sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina
-murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de
-la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de
-bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás
-rincones de la casa, porque nada hallaré.</p>
-
-<p>Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos,
-rojean los inflados ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal?&mdash;me dice.&mdash;¿Te has enterado bien de lo que te pertenece?</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me
-extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.</p>
-
-<p>Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con este ataque.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ningún papel?&mdash;murmuró, en voz que trataba de aclarar y
-serenar.&mdash;Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los
-entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora,
-es de las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se
-consagró á esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya
-se te comunicará también oficialmente el testamento. Los inventarios de
-la plata y alhajas, están hechos en vida de la señora, y legalizados.
-Creo que algún legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco...</p>
-
-<p>&mdash;¿No me entiende, ó me entiende demasiado?&mdash;cavilo, recelosa. Y, en voz
-alta, preparando el floretazo:&mdash;¿Qué dirá usted que he encontrado en
-este medallón?<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p>
-
-<p>Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su inquisición de papeles,
-no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden guardar secretos.
-Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría yo
-cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía
-Farnesio que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi
-retrato.</p>
-
-<p>&mdash;¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña!</p>
-
-<p>Se enterneció. Y, con aquella flemita en la garganta que ya le había yo
-notado, en instantes de emoción, salió por esta inocentada:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bienhechora!</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Me instalo en el bienestar&mdash;no en el lujo&mdash;de mi gran fortuna. El
-bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El
-lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más
-difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil
-refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida
-alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel
-escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia
-persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos
-zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse...</p>
-
-<p>No está todavía depurado mi gusto para formarme<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> mi envolvente lujosa,
-y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que
-trasuda aburrimiento.</p>
-
-<p>La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban
-reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin
-de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una
-locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de
-estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas,
-recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba;
-no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso,
-secatón, y arreglo en él una <i>serre</i> en miniatura, provista de
-calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo
-á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina.</p>
-
-<p>He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no
-representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy
-perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á
-llenarse.</p>
-
-<p>Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga
-alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su
-tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de
-este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes
-en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del
-Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el
-uno de la condesa de Páramos,<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> sobrino el otro de la generala Mansilla,
-que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas
-de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo
-<i>valgo</i>... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte.
-Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo,
-envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi
-luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia
-al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que
-el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo
-de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje...</p>
-
-<p>Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de
-compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin
-ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en
-Madrid sin dueñas doloridas.</p>
-
-<p>En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre.
-Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que
-merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos
-canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no
-cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán.
-Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los
-formulismos. ¡Es tarde, es tarde!</p>
-
-<p>Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve.<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> Mi carácter se ha
-templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento
-de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un
-ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo
-infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra,
-su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que
-son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que
-la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan.
-Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en
-algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese
-acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto
-desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi
-goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de
-<i>parvenue</i> al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y,
-adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida
-sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á
-proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir
-el pasado al presente.</p>
-
-<p>Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una
-fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos,
-de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi
-capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora
-los brillantes y las esmeraldas<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> son flores de ensueño ó pájaros de
-extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún
-grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del
-color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el
-nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado
-por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra,
-los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo
-gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros
-refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño
-al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que
-generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas
-las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en
-la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de
-enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo
-en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes.
-Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi
-cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema
-femenino: ¿Soy ó no soy hermosa?</p>
-
-<p>La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola.
-Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran
-cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con
-relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> mayor el mucho y
-fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la
-dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva
-clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la
-proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa
-miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una
-Febe.</p>
-
-<p>Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La
-camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso
-misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más
-gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado
-de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo,
-me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la
-Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se
-adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos
-vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros,
-ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba
-hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho
-que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca,
-á mi lado, el de un fuerte púgil.</p>
-
-<p>Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza
-sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de
-pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó
-dos audaces<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> plumas de pavo real que divergen y me flechan de
-esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la
-testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido,
-recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies,
-derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el
-peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados,
-sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de
-misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando
-su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada
-por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de
-matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas,
-que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra
-joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de
-mis manos&mdash;y hasta los de mis pies&mdash;son para mí objetos de un antiguo
-culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no
-deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las
-faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel.
-Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis
-cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y
-curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que
-contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y
-conservar la sedosidad de mi piel.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p>
-
-<p>Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me
-reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda
-actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes.
-Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas
-y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á
-casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean
-cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy
-torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice!</p>
-
-<p>Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el
-secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo.
-Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado
-en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta,
-ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del
-otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin
-granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante.
-Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en
-que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana,
-no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran,
-y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á
-él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la
-caracteriza aristocráticamente.</p>
-
-<p>No llamo la atención desde lejos. De cerca,<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> puedo agradar. Nunca he
-creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de
-engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El
-misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me
-gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de
-luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la
-ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas,
-prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes,
-cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita
-inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo&mdash;he
-enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción&mdash;me realzan como
-la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado,
-traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi
-guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas
-olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior&mdash;porque
-superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó
-las rosas de unas mejillas&mdash;sino en mi íntima voluntad de elevarme, de
-divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era
-sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí
-ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario,
-superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á
-la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar.
-¡No tanto, señores!<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span>&mdash;No soy una heroína de novela añeja.
-Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque
-sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo
-contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que
-yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que,
-repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con
-mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi
-dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será
-fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse
-él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio.
-Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se
-descolgará de su centro, yéndose hacia <i>él</i>...</p>
-
-<p>Pensando en <i>él</i>, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas
-altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto
-brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado...
-Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes
-chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que
-se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles
-fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja,
-azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme
-flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo
-aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> amanecer,
-corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama,
-donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio,
-con los pies helados, la cabeza febril...</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una
-semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis
-maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos
-señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita,
-poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo
-que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es
-impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en
-las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser
-verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas:
-Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.</p>
-
-<p>Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos
-años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes
-de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos
-muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un
-pinche encargado de presentarla.</p>
-
-<p>Invitaré al canónigo; se le soborna por la<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> boca: es amigo de la mesa.
-Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer
-insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las
-formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí
-bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia,
-Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:</p>
-
-<p>&mdash;Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia?</p>
-
-<p>Ligera rubicundez, tartamudeo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por
-eso,&mdash;añade, ya aplomado&mdash;pero es imposible averiguarlo, no habiendo
-medio de preguntárselo á tus padres!</p>
-
-<p>&mdash;Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.</p>
-
-<p>En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por
-el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece
-del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera
-y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y
-recargada filigrana.</p>
-
-<p>Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola.
-Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi
-suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje,
-que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques
-verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La
-sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión
-de limpieza de sus aceras de ladrillo<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> y su caserío claro. Á pie voy
-desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes,
-¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las
-hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me
-devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la
-cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es
-parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una
-apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero
-es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de
-charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!</p>
-
-<p>Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde
-estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con
-una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la
-que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber
-adonde llega mi fantástica fortuna!</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida
-de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un
-chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo!
-Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que
-le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.</p>
-
-<p>Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes.
-Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span></p>
-
-<p>&mdash;Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de
-felicitación&mdash;advertí.&mdash;No lo oculten, puesto que lo piensan.</p>
-
-<p>Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan
-dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en
-que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.</p>
-
-<p>Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores
-primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!</p>
-
-<p>&mdash;¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en
-tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo,
-eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse;
-su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros.
-Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...</p>
-
-<p>El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que
-asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo&mdash;añadí&mdash;, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo
-le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su
-caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á
-mi...</p>
-
-<p>&mdash;A tu respetable tía doña Catalina&mdash;atajó el ladino y erudito
-eclesiástico&mdash;. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del
-monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña
-Catalina Mascareñas te ha dado<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> una prueba bien estupenda de su cariño,
-y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra
-Natalita&mdash;porque supongo que nos permites llamarte así.</p>
-
-<p>Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana,
-que rebosa dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron
-en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?</p>
-
-<p>&mdash;Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo,
-darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas
-á hacer...</p>
-
-<p>&mdash;¡Esto ya no se puede sufrir!&mdash;grité afectando indignación&mdash;. Ayer me
-quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?</p>
-
-<p>Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.</p>
-
-<p>&mdash;No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre
-vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?</p>
-
-<p>&mdash;La mujer que posee un capital, debe considerarse tan fuerte como el
-varón, por lo menos&mdash;sentencié.</p>
-
-<p>&mdash;A veces&mdash;arguyó el Magistral&mdash;el dinero es un peligro. ¡Expone á
-tantas cosas!</p>
-
-<p>&mdash;A mí, no&mdash;respondí tranquilamente&mdash;. A ustedes les consta que he
-cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense que me
-pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden
-pasiones.</p>
-
-<p>&mdash;De todos modos... Polilla, déjese usted de<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> hacer morisquetas, y
-ayúdeme. ¿No cree usted también que Nati... digo, Lina... debe casarse?</p>
-
-<p>&mdash;Hay&mdash;enfatizó el volteriano&mdash;una ley imperiosa, grabada por la
-naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba esa ley?&mdash;pregunté
-malignamente&mdash;. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos de amor,
-sino de matrimonio?</p>
-
-<p>&mdash;Hija mía&mdash;baboseó el vejete&mdash;, eres pesimista de sobra. Dices que tu
-pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta plaza mirando
-hacia tus balcones.</p>
-
-<p>&mdash;Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un teniente aquí, si no
-mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar cuando no hay
-propósito de embarcarse.</p>
-
-<p>&mdash;Insisto, Lina&mdash;decretó Carranza&mdash;. Necesitas sombra.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á doña Catalina.</p>
-
-<p>El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de Carranza, aquella faz
-de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos á fuerza de
-inteligencia. Juraría que se alteró un poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se necesita familia...</p>
-
-<p>&mdash;Se necesita querer&mdash;mosconeó Polilla, sentimental.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive, y hecho un
-papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un Amadís...<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span>
-Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á usted. Capaz soy de
-ofrecerle mi blanca mano.</p>
-
-<p>¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo pequeño, raso y
-satinado como manzana camuesa madura&mdash;excepto el cerquillo gris que orla
-el cogote y trepa hasta la sien&mdash;, se sonrojó como el camarón cuando lo
-echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la
-devolvió.</p>
-
-<p>&mdash;Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque eso en mis principios
-no entra.</p>
-
-<p>Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los dos señores eran mis
-iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más
-conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre
-estos amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí
-abeja libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía
-olientes. Por dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo
-nombre traen y llevan los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante
-mis maestros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, enemigo de
-quimeras, antiromántico, con su fisonomía más ancha abajo que arriba,
-sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul barbilla rasurada, su
-entendimiento orientado hacia las fuentes claras y cristalinas del
-clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno como un
-palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus
-dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno
-color ocre, su corbata con rapacejos<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> y sus botas resquebrajadas,
-representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi mentalidad;
-yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras
-saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del
-pasado, no pierdo de vista mi propósito.</p>
-
-<p>¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único que se entregará es
-Polilla.&mdash;Hay que quedarse sola con él.</p>
-
-<p>La casualidad lo arregla. Vienen á traer al Magistral un recado urgente
-del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde que va en seguida, pero
-no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV que le he
-anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia,
-prorrumpe en exclamaciones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices que del oratorio de la
-señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su Patrona, Santa
-Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!</p>
-
-<p>&mdash;¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?</p>
-
-<p>&mdash;No, jamás&mdash;responde, con su estudiada reserva de camarlengo del
-Papa&mdash;. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de
-administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy
-posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la
-señora de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa
-santa. Pensaba ofrecérsela, pero Dios dispuso...<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí. Haremos que vea la
-luz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lina, eres toda una señora! No sé como agradecerte...</p>
-
-<p>&mdash;La placa&mdash;interrumpí yo&mdash;¿será del XIV?</p>
-
-<p>&mdash;Del XV&mdash;intervino Polilla. ¿No nota usted el plegado del traje? Y el
-procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...</p>
-
-<p>&mdash;La Santa debía de ser muy elegante...</p>
-
-<p>&mdash;Vaya... ¡Refinadísima!</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la relación, y repito
-que la edición corre de mi cuenta.</p>
-
-<p>Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía empaquetando ejemplares
-para enviar á los académicos que á veces le escriben, no más que para
-consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que puede
-dominar otros asuntos su pluma.</p>
-
-<p>&mdash;Leeré&mdash;dijo&mdash;únicamente lo narrativo. Las notas serían enojosas.
-Quedan para la impresión.</p>
-
-<p>&mdash;Bien pensado.</p>
-
-<p>Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.</p>
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito astucia con este
-amigo, cuya boca no sufre candados.</p>
-
-<p>&mdash;Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que usted me hacía.<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span></p>
-
-<p>&mdash;Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos! Antes, empeñado en
-meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no reconocen
-ley moral desde el momento en que se ordenan!</p>
-
-<p>Le llevé la corriente.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y lo que más me
-fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del disimulo;
-la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de
-todo; de tonterías sin importancia.</p>
-
-<p>&mdash;Una chifladura... Lo menos se cree en las antecámaras del Vaticano,
-revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa más
-artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles sobre lo que
-pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo que ha
-sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D. Antón? ¿Á qué
-vendrá tal arte de maquiavelismo?</p>
-
-<p>Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que ese sistema de
-disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos zorritos
-se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si Carranza
-se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después mandará
-en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que se
-pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span></p>
-
-<p>&mdash;Usted es muy buen amigo&mdash;declaré.</p>
-
-<p>&mdash;No, no vayas á creer que no nos estimamos el Magistral y yo. Como digo
-una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de Carranza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que vale mucho. También D.
-Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de verdad. Y...
-¿conoce usted á D. Genaro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha dejado caer por aquí, con
-motivo de asuntos administrativos de doña Catalina. Cuando tú eras niña,
-venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti aquella
-Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su
-pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un
-colegio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con
-una bruja vieja que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba
-medio ciega y hacías de ella á tu capricho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía por aquí el señor de
-Farnesio?</p>
-
-<p>&mdash;Déjame recordar... No; se me figura que por entonces no venía.</p>
-
-<p>&mdash;Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D. Antón, usted que todo
-lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?</p>
-
-<p>&mdash;Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado, pero el Sr. D.
-Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la aldea de
-Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los
-aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> Esto de los
-apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y
-no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los
-principales apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido
-rastrear en Godoy Alcántara, venían de...</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí, lo recuerdo!&mdash;exclamé evitando que aquel enemigo de toda
-preocupación nobiliaria me espetase su genealogía&mdash;. Pero se me ocurre:
-D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?</p>
-
-<p>&mdash;El, no. Lo era su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Y á su padre ¿le conoció usted también?</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero del señor de
-Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita! Es un gusto
-consultar á usted.</p>
-
-<p>Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su dentadura.</p>
-
-<p>&mdash;¿Diga usted&mdash;porfio&mdash;, D. Jenaro viviría siempre con los señores de
-Mascareñas?</p>
-
-<p>&mdash;No por cierto. Tendría veintitrés años cuando, acabada su carrera de
-abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Zamora, en León,
-en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.</p>
-
-<p>&mdash;Solterón, como yo...&mdash;se ufanó Polilla.</p>
-
-<p>&mdash;Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero usted no ignora qué
-poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los antecedentes de
-una persona hoy tan allegada. Al fin,<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> Farnesio va siendo mi brazo
-derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Céspedes, el
-marido de doña Catalina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores, Farnesio no
-administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de
-matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa
-Farnesio, para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil
-cuestiones y pleitos que intentó la familia de Céspedes. Y como doña
-Catalina no se daba mucha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso sí:
-es honrado á carta cabal, y entiende el busílis. En sus manos, debe de
-haber crecido como la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor para tí,
-hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos á que no te lo dice!</p>
-
-<p>&mdash;Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y... á propósito... Y á
-mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?</p>
-
-<p>&mdash;Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay noticias, hay
-noticias.</p>
-
-<p>&mdash;Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!</p>
-
-<p>&mdash;Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un primo hermano del
-padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, perdió
-hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus hijos les
-dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina muchísimo.
-Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?</p>
-
-<p>&mdash;¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo pobre tantos años?<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span></p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y rodando, tu papá
-conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen que
-propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al
-nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de
-tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te
-puso ama y te dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto
-ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy contando?</p>
-
-<p>&mdash;No lo crea. Los recuerdos de la niñez son confusos. Sé que mi padre
-también murió joven.</p>
-
-<p>&mdash;No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su mujer, y aun decían si
-había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente, amiga de
-catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le recordabas
-á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, como
-le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que
-acabó con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección
-de doña Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito, como el abuelo. Y
-hasta parece que...&mdash;Hice ademán de alzar el codo.</p>
-
-<p>&mdash;Ya que estás enterada...&mdash;balbuceó, turbadísimo, D. Antón.</p>
-
-<p>&mdash;Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas, dejan allí el pellejo.</p>
-
-<p>Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la cabeza,
-sentencioso.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver&mdash;insisto afectuosamente, engatusando al ratoncillo de
-biblioteca&mdash;todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina profunda
-gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y el
-pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...</p>
-
-<p>&mdash;¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un comunicado á las
-<i>Dominicales</i>. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras que hice lo posible
-porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis consejos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior como tú me lo
-pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la fecundidad,
-el amor; su odio á la vida toma esa forma.</p>
-
-<p>&mdash;El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me aconseja que me case.</p>
-
-<p>&mdash;Negocio verá en ello. Que si no...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?</p>
-
-<p>&mdash;¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que tiene usted razón&mdash;asentí&mdash;. Y en lo de ahora, ya viviré
-prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus
-advertencias.</p>
-
-<p>&mdash;Haré algo más... Tengo una idea... Una idea sublime.</p>
-
-<p>¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú, el hombre de los
-datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has puesto en las
-manos la antorcha. Me has enseñado, buen<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> maestro, lo que no sabes.
-¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que ibas á
-descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no
-significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra
-Carranza, á quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la
-honra de mi madre!</p>
-
-<p>Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale de su penumbra
-silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me relató don
-Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo que
-él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio
-idealista, qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la
-almendra amarga de la verdad... El hecho vive porque nosotros, con la
-fantasía, le vestimos de carne y sangre... El hecho es la tecla; hay que
-pulsarlo... Ahora poseo la historia, si se quiere la novela, construída
-completamente...</p>
-
-<p>Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y Genaro Farnesio, jóvenes,
-criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro, como chiquillo
-listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre viudo,
-un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón
-se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata,
-imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes
-colocaciones, envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege;
-vería con gusto que se casase. Entretanto, busca un buen novio para su
-hija. Catalina se<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa á
-disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla.
-Vegeta satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora
-se encuentra libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos
-embrollados y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato,
-han sustituído al antiguo amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta
-afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y el peso de tanto negocio,
-la imposibilidad de fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su
-lealtad; á los pocos días está al frente de la casa, la dirige con
-absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es el
-indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de
-nada; Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la
-confianza, omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena
-posición de doña Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio,
-hábilmente, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo que tenía que
-suceder, y también algo presumible, siempre imprevisto; comprometida ya
-la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, al contrario, desea por
-hidalguía, por abnegación, seguir siendo el inferior, el dependiente, el
-que en la sombra vela por una dama y una estirpe. La idea del
-matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña Catalina, él
-la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer amada
-(el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo,<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span>
-en presencia del cadáver), no la hará avengonzarse ante su hijo, no
-suscitará la menor complicación para el porvenir. El altar de la honra y
-del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me buscan padres, es
-decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á una niña,
-que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla todo.
-Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para
-no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe,
-á ese pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que
-otra persona entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre
-apócrifo también ignora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso
-una aventurilla de Farnesio. El misterio se ha espesado por todos lados.
-La bala perdida se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de
-costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, ¿se retrocede?... ¡No!
-El clima de Filipinas es mortífero para sujetos como mi padre...</p>
-
-<p>A mí se me inculca la idea monástica. El único que está en el secreto
-¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se trabaja,
-se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca afrentar á
-doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva
-obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un
-mundo en que hasta sufro privaciones.</p>
-
-<p>Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad. Muere Diego. Entonces
-cesa la catequización...<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> Sobreviene la larga enfermedad de doña
-Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme; soy, ahora que
-distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su remordimiento, su
-caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja, siempre en la
-penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo
-consigue!&mdash;Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior,
-prontamente lo soluciono. Me quedo con mis <i>padres oficiales</i>. Si lo
-fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería
-bien urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión
-que me dan hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de
-sentimentalismos previstos y escénicos; de representar uno de esos
-melodramas en que se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y
-los brazos. ¿Me han querido á mí de este modo, por ventura? No; me han
-impuesto el secreto, el silencio, la mentira. La mentira no es
-antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad, encierro esta espada
-desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo. Farnesio será
-toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema consideración,
-pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la distancia
-que él ha querido que existiese...</p>
-
-<p>&mdash;Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver si encuentro
-fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos
-lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Es muy justo! No comprendo&mdash;aquí que hablamos sin hipocresía&mdash;más
-religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio, que en
-eso se basa...</p>
-
-<p>Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de descreencias cándidas,
-fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la Inquisición tostó
-á mucha gente, y en que&mdash;éste era su caballo de batalla&mdash;los cuerpos de
-los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese
-revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los
-versos de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas&mdash;, repetía&mdash;, y
-echaré abajo esa ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos
-hasta las semínimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me
-he remontado á las fuentes!»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br />
-Los procos.</h2>
-
-<h3>I<br /><br />
-<small>
-EPISODIO SOÑADO</small></h3>
-
-<p>Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del alma. El caudal de
-la experiencia parece completo y siempre es menguado. La sospecha, al
-confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras horas. Si
-se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!</p>
-
-<p>La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi madre, negándome no
-ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á un claustro
-por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una
-necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas,
-azucenas! Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del
-craso terruño del cementerio, en que se pudre lo pasado.</p>
-
-<p>¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En nosotros mismos está,
-clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> crease y que
-ninguno supiese; un amor blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia
-quién?</p>
-
-<p>No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada... nada de lo que me
-parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de acerba
-realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me
-han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la
-oreja. ¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?</p>
-
-<p>Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese entre gente, acaso fuese
-más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan raro, y que por su
-carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una impresión
-honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad irritada
-y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las
-últimas funciones de la temporada&mdash;este año la Pascua cae muy
-tarde&mdash;encargo á cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los
-cuales se ve sin ser muy vista. Y sola enteramente&mdash;porque Farnesio,
-cuya corbata parece cada día más negra, se niega á acompañarme, hincando
-la barbilla en el pecho y velando los ojos con escandalizados
-párpados&mdash;me agazapo en el mejor sitio y escucho, extasiada ya de
-antemano, la sinfonía de <i>Lohengrin</i>.</p>
-
-<p>Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de sensación tiende un velo
-brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No veo las
-tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de fealdad
-ó preñadas, en meses<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> mayores; los coristas sin afeitarse, con medias de
-algodón, zurcidas, sobre las canillas garrosas; todo lo que, á un
-espíritu gastado, le estropea una impresión divina. Tengo la fortuna de
-poder abstraerme en las delicias del poema y de la música. He leído
-antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no,
-atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...?
-Nada de esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con
-sugestión misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes
-saber quien soy... No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el
-amor, el gran adversario de la realidad. De países lejanos, de tierra
-desconocida, con el prestigio de los sortilegios y los encantos, ha de
-venir el que señorea el corazón. Deslizándose por la corriente sesga de
-un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar nuestra lucha, á
-vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo una noche,
-pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor, como
-Elsa de Brabante, habremos vivido.</p>
-
-<p>El preludio acentúa su magnífico <i>crescendo</i>. Saboreo el escalofrío del
-tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el telón. El pregón del
-heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero. Y... aparece la
-barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un
-deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre
-la mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y
-Telramondo<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería, y yo me
-ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.</p>
-
-<p>Es una especie de arcángel, todo encorazado de escamas, en las cuales
-riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha querido que no sea ni
-gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó zambas, ni un
-innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un
-Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase
-Cristalli,&mdash;y hasta el nombre me parece adecuado, retemblante y fino
-como el choque de dos copas muselina.&mdash;¿Su edad? Rasurado, con los
-suaves tirabuzones rubios de la peluca, simulando el corte de cara
-juvenil, se le atribuirían de veintidós á veinticinco años, pero la
-viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y todo esto de la
-edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como Sigfredo. Es
-el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.</p>
-
-<p>Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su espada fadada; sabe
-permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, es
-elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su vestimenta
-de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente,
-clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás
-mi nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi
-vida anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién
-sabe? ¿No existe, en los momentos extáticos, la sensación<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> de
-levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada
-carne?</p>
-
-<p>La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me exaspera. ¿Saber,
-qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su lado al
-prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan en
-el aire?</p>
-
-<p>Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me reclinaría en el pecho
-cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame de la realidad,
-amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto, cierro
-los ojos; me basta escuchar, cuando el <i>raconto</i> se alza, impregnado de
-caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza, celebrando
-la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor y la
-virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase
-que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la
-peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el <i>raconto</i>
-se repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras
-frases aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre,
-pasta y extensión. Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La
-pasión íntima que late en el <i>raconto</i>, aquel ideal hecho vida, me corta
-la respiración; hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme;
-tiendo los brazos como si llamase á mi destino... apremiándole. Imantado
-por el sentimiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y
-me mira. Fascinada, respondo al mirar. Todo ello un segundo. Un
-infinito.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span></p>
-
-<p>«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»</p>
-
-<p>Lohengrin ya navega río abajo en su cisne simbólico. Le sigo con el
-pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato, al casto santuario
-donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre. Allí iré
-yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo no
-he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado
-el secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y
-murmurarme las inefables palabras...</p>
-
-<p>Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la hora única, entre el
-mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas removidas al ir
-vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo en un
-dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que
-me estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á
-defenderme y profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del
-<i>foyer</i>, de las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me
-esperará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en
-la pared y desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli.
-«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de
-entonación...» Estallan aplausos... ¡Es el divo que pasa!.</p>
-
-<p>Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado de la estación, por
-miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los cantantes; mal
-borrado el blanquete, corto el cabello en<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> la fuerte nuca, algo saliente
-la mandíbula, riente la boca, que delata la satisfacción de una noche
-triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco sobre cuya armazón
-tendí la tela de un devaneo psíquico...</p>
-
-<p>Y, con mi facultad de representarme lo sensible del modo más plástico y
-viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora,
-terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con
-admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias,
-encargados <i>ad hoc</i> para que no raspen su garganta, absorbiendo
-Champagne, reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín
-del Grial, sino por que ha justificado sus miles de francos de contrata,
-pagaderos en oro; y, á fin de que no se le tenga por afeminado,
-propasándose con las flamencas que forman parte del agasajo y
-caracterizan el ágape de los apasionados del divo.</p>
-
-<p>Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro, sutilísimo marabú, y,
-despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña de curiosos
-sale un cuchicheo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;No la conozco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena mujer!<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span></p>
-
-<h3>II<br /><br />
-<small>
-EL DE POLILLA</small></h3>
-
-<p>Una mañana, ¡sorpresa!&mdash;Se aparece en mi casa el bueno de D. Antón,
-pidiéndome familiarmente de almorzar.</p>
-
-<p>Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo la cuestión de los
-cuerpos de los niños mártires...</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la disertación,
-Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía
-Carranza? También por acá se es erudito.</p>
-
-<p>Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de trepidación azogada, propia
-de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que le sirvo en la
-<i>serre</i>, al retirarse los criados, se espontánea.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes que temo por tí!;
-temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un intrigante ó
-con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en algo
-grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de
-solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros
-saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar;
-pero que saldrá, es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo.
-¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que este modesto pensador,
-arrinconado en un pueblo, lejos del bullicio y hervidero intelectual,<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span>
-pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio
-eminente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Chartreuse verde ó amarilla?</p>
-
-<p>&mdash;Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te va á impresionar.
-Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces alardeas, en tu
-corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él y tú os
-comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?</p>
-
-<p>&mdash;No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en deseos de conocer á mi
-proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de mi Patrona?</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona! Carranza es un
-iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.</p>
-
-<p>&mdash;Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy á conocer á ese gran
-pretendiente?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando quieras. No he venido más que á eso; á poneros en contacto. Te
-advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de estudio.</p>
-
-<p>&mdash;Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un retrato, tamaño
-como un grano de centeno.</p>
-
-<p>&mdash;Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí provistarme... En fin,
-mañana verás al original.</p>
-
-<p>&mdash;Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No extrañará usted esta
-exigencia...</p>
-
-<p>&mdash;Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré hablado de él, más de
-una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor amigo,
-compañero de estudios, que se casó con<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> una prima mía, y en su casa, en
-el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este muchacho le ví nacer.
-¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece, pero así y todo, y
-aun contando con el indiferentismo de España hacia los que valen...</p>
-
-<p>&mdash;¿Se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el autor de la
-<i>Gobernación colectiva del Estado</i>, del <i>Sudor fecundo</i>, de <i>Los
-explotadores</i>, y de otras muchas obras que permanecen inéditas, por
-nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer que aquí se
-padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la codicia no me ciega.</p>
-
-<p>En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla se levantó, sin
-concluir de apurar el globito truncado donde le había servido el
-aceitoso licor&mdash;, y, tiernamente, me tomó las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo que te hace
-superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí
-debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no
-bastándoles relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo
-dándote por cárcel las verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que
-ser del partido de los oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no
-una venganza vil y ruin. Una venganza como la practicaría el filósofo
-Jesús. Redimiendo á las que, cual tú, sean víctimas de esos sicarios.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span>
-Abriéndoles la puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el
-niño se eduque en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del noviazgo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos realizaréis tan bello
-ideal!</p>
-
-<p>Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la orilla flotante de mi
-traje de interior, de crespón de la China, bordado de seda floja, y
-guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad de mi
-luto.&mdash;Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo
-metálico, las notas de la <i>Rêverie</i> de <i>Manon</i>, cantada por Anselmi.</p>
-
-<p>&mdash;Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no podría yo
-desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo, sostén. Tengo respecto
-á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis inferiores al
-hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea
-maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no me caso... ya la sagrada tarea maternal...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la vida... serás
-discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel en la
-historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo,
-sino á la humanidad entera.</p>
-
-<p>&mdash;¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> de hombres como componen la
-humanidad! ¿Más chartreuse?</p>
-
-<p>Y, notando la emoción del filántropo, transijo.</p>
-
-<p>&mdash;Su doctrina de usted, Polilla, es realmente cristiana.</p>
-
-<p>&mdash;Como que este es el verdadero cristianismo, y no lo que pregonan los
-de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de Carranza,
-soy yo cien veces.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?</p>
-
-<p>&mdash;Si por librepensador se entiende no admitir cosas que repugnan á mi
-razón...</p>
-
-<p>&mdash;Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi razón no ha aceptado?
-Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin ambajes...</p>
-
-<p>Sintió el floretazo y se aturdió.</p>
-
-<p>&mdash;Según, niña, según... Si lo que llamas razón es, al contrario,
-preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie
-para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.</p>
-
-<p>Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho en llanto con que
-termina la sentimental <i>rêverie</i>. Me estorbaba, en aquel instante,
-Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando
-malignidades.</p>
-
-<p>&mdash;Venga Aparicio, pues.</p>
-
-<p>&mdash;¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una visita, tal vez se
-acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha
-criado en los salones. Su talento es de otro género;<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> género superior.
-¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?</p>
-
-<p>Batí palmas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores basados en la filantropía,
-no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á su
-ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las seis de la
-tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche; ustedes
-se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al pronto,
-se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago
-que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi
-cuenta.</p>
-
-<p>Polilla trepidaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! ¡Mira, Lina, como se
-trata de una persona tan diferente de las demás... hay que esmerarse! Y
-eso es muy bonito...</p>
-
-<p>Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto cuando me hundí en las
-nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía, el cantueso abría
-sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se desprendían de
-los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...</p>
-
-<p>Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las rodillas, aunque no
-hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón del
-coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato anochecer,
-yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las márgenes
-del Manzanares, la fisonomía especial<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> de los tipos populares que en
-ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente también me escudriña,
-ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos
-ellos&mdash;mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros aprestándose
-á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos
-fumaduras&mdash;me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre
-base sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y
-tedio infinito.&mdash;He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar
-tiernamente y redimir!</p>
-
-<p>Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los golfillos claqueando
-sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al
-coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los
-charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas
-manos, leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme,
-de enredar los dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático
-perrillo, que al recibir las punzantes emanaciones de la suciedad y la
-miseria, mosquea una orejilla y gruñe en falsete. Después de implorar
-«medio centimito», los comentarios.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!</p>
-
-<p>Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el contacto... Es el movimiento
-del enfermo que intenta palpar la reliquia. El padecimiento de éstos
-consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el lujo. Quieren
-manosear el lujo, á ver si se les pega.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span></p>
-
-<p>Y acaso por primera vez&mdash;al salvarme de la turba entre las
-arboledas&mdash;medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la
-riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir
-á esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que
-acaban de comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi
-cusculetillo; los que, entre chupada y chupada de fétido tabaco,
-trocaron, al verme pasar, una frase aprendida en algún teatro
-sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no me aman, ni me
-amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...</p>
-
-<p>Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de tardar en saberlo...</p>
-
-<p>Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su candidez. Si en estos
-instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es que me aguarde;
-es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...</p>
-
-<p>Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha ocurrido la idea de que
-esta es mi primera cita de amor...</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida ampliamente la bocanada de
-fragancia amargosa&mdash;tomillo, jara, brezo, menta&mdash;, sobre el sendero que
-alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres.</p>
-
-<p>Representamos la comedieta.&mdash;¡Usted por<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> aquí, D. Antón!&mdash;Y lo demás.
-Autorizado, se acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara,
-de un tono en que la palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y
-veo su pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por la juventud, sus
-ojos azules, miopes, indecisos detrás de los quevedos, que le han
-abierto un surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de corta
-estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no hay peor que
-atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume barato y á
-brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros. Sus
-botas, nuevas también, rechinan.</p>
-
-<p>Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al coche, con gran
-descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en cuando lanza
-un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con sus
-dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás
-le exaspera doblemente la mala perfumería.</p>
-
-<p>La conversación se entabla, algo embarazosa. El intelectual, sentado
-junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado á sociedad,
-con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le
-halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de
-sus obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que,
-verboso, se explaye. Todo el mal de la humanidad&mdash;según él&mdash;dimana de la
-autoridad, de las leyes y de las religiones...<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿No se escandalizará esta señorita?</p>
-
-<p>&mdash;No por cierto... Escucho encantada...</p>
-
-<p>&mdash;Hay que aspirar á una sociedad natural, directa, que se funde
-únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy
-religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar...</p>
-
-<p>Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué advendrá el día en que...</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran transformación no tiene
-<i>después</i>. No es de esos movimientos que duran un día, un mes, un año, y
-crean algo estable que, por el hecho de serlo, es malo ya. Para que la
-evolución se realice libremente y sin trabas, toda autoridad habrá de
-desaparecer de la tierra.</p>
-
-<p>Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el vacío, pues nadie le
-impugna:</p>
-
-<p>&mdash;Para destruir el podrido estado social que nos aplasta, necesitamos
-valernos de iguales armas que <i>ellos</i>... Fuerza y dinero son necesarios.
-Esto yo no lo he dudado jamás.</p>
-
-<p>&mdash;Parece evidente, en efecto&mdash;deslizo con suavidad y
-gracia.&mdash;¡Quietecito, Daisy! ¿Qué es eso de querer morder?</p>
-
-<p>&mdash;Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á la fuerza bruta... Se trata
-de la fuerza de los hechos, la fuerza que conduce al mundo... Y á veces,
-¡también la violencia es necesaria!</p>
-
-<p>&mdash;¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! Y esa violencia... ¿en qué
-forma?...</p>
-
-<p>&mdash;¡En todas las formas!&mdash;declara, anudando el entrecejo sobre el brillo
-de los cristales de<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> los quevedos, que el sol muriente convirtió en dos
-brasas.</p>
-
-<p>&mdash;Por ejemplo... ejércitos... cañones...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es probable que convenga apelar á todo eso contra la autoridad y
-la explotación. Después se les disolverá.</p>
-
-<p>&mdash;Si hay después?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. ¡Tenemos que disolver tanto,
-tanto! Tenemos que disolver á los estafadores de la política, que se
-mantienen en la escena parlamentaria por su completa falta de
-vergüenza...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, no exageres tanto, hijo mío&mdash;intervino Polilla, alarmado&mdash;que
-Lina, por ahora, no es una prosélita muy convencida...</p>
-
-<p>&mdash;Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto cielo! Pues qué, al
-desear conocer á su amigo&mdash;porque yo lo deseaba&mdash;¿acaso me prometía
-encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su
-criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende
-usted en esa sociedad transformada?</p>
-
-<p>&mdash;Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la verdad...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce!</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las religiones oficiales,
-que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso&mdash;cuando es lo más
-sublime, lo más noble, lo más realmente divino&mdash;, tiene que ser
-rehabilitado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo, y cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Para desterrar la idea de que el amor es<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> cosa afrentosa, es preciso
-un cambio radical en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela
-se enseñe á los niños lo augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que
-hacer sentir al niño la belleza de las leyes universales de la creación,
-la transcendencia del misterio sexual, su poderosa poesía... ¿No se va
-usted á incomodar?</p>
-
-<p>&mdash;No señor. Considéreme usted como á uno de esos niños que en la escuela
-han de aprender todas esas cosas.</p>
-
-<p>&mdash;En el momento en que se inicie á la niñez en tan graves problemas
-habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¡Háblale tú de eso á Linita!&mdash;explotó Polilla.&mdash;El ciego fanatismo
-colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su voluntad. Y
-si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando
-maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su
-lado...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, uno de tantos crímenes ocultos&mdash;asintió Aparicio.</p>
-
-<p>&mdash;Eso... Pero, otra pregunta&mdash;me atreví á objetar&mdash;. ¿No envuelve cierta
-dificultad para el maestro esa explicación científica hecha á los chicos
-de la escuela de la... de la...</p>
-
-<p>&mdash;Todo está previsto. Lo explico detalladamente en uno de mis libros,
-que aun no ha visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo á usted!, á
-su espíritu comprensivo, elevado... Verá usted allí... La explicación se
-verifica por medio de ejemplos tomados de la vida vegetal.<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> ¡Oh!
-conviene que la demostración se haga con mucho tacto...</p>
-
-<p>¡Titubeó de pronto y enrojeció!</p>
-
-<p>&mdash;Quiero decir, con arte... con dignidad... presentando, verbigracia,
-las plantas fanerógamas... Del grano de polen, de los estigmas de las
-flores, se irá ascendiendo á las especies animales... Y, basándose en
-ello, hay campo para demostrar la ley de sacrificio y de belleza que
-envuelve la procreación...</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que los animales realizan sacrificio?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado, Hilario!&mdash;precavió Polilla&mdash;. A fuerza de inteligencia, Lina
-es terrible... Un espíritu crítico: á todo le encuentra el flaco...</p>
-
-<p>&mdash;La convenceremos... El que conserva y propaga la vida, se sacrifica,
-señorita, es evidente. Más sacrificio hay en unirse á un hombre, que en
-recluirse en un monasterio.</p>
-
-<p>&mdash;Voy creyéndolo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una prosélita como usted!&mdash;se extasió Aparicio&mdash;. ¡La mujer, atraída
-á nuestra causa! Y es más: el conocer plenamente la ley de la vida,
-disminuirá la emotividad nerviosa de la mujer. Todos los males que
-ustedes sufren, proceden de ideas erróneas, del prejuicio religioso del
-pecado, del absurdo supuesto de que es una vergüenza...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;auxilié, candorosa.</p>
-
-<p>&mdash;Nada... El amor&mdash;rectificó segundos después.</p>
-
-<p>Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que se expresase sin
-recelo. Cuanto más<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span> recargaba, mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé
-la palabra, manifestando el anhelo de consagrarme á algo grande,
-singular y digno de memoria. Este deseo me había atormentado, allá en mi
-retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la
-casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar el mundo...
-Si <i>alguien</i> me dirigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor mental de
-que carecemos las mujeres...&mdash;Supe, con suavidad, hacerle creer que de
-él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia pedía un
-alma...</p>
-
-<p>Polilla temblaba de júbilo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron
-contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el
-acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y
-pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos!
-¡Lina, Lina!</p>
-
-<p>Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del
-proco apestaba y me cargaba la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay
-tranvia&mdash;avisé&mdash;. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de
-sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á
-almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?</p>
-
-<p>&mdash;Hija mía&mdash;repuso el erudito&mdash;yo no tengo más remedio que volverme
-mañana á Alcalá.<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito
-en el Archivo...</p>
-
-<p>¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean
-un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por
-otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo
-frente á frente con el proco.</p>
-
-<p>&mdash;A usted le espero...&mdash;insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en
-la cárcel de los guantes.</p>
-
-<p>Se confunde en gratitud...</p>
-
-<p>&mdash;¡A la una!&mdash;insisto, al soltarles en la acera.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar
-á un hombre desconocido, una nueva relación.</p>
-
-<p>Planteo la cuestión resueltamente.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso
-hacer mi gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña
-Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía;
-amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido
-bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid.
-En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span> Alcalá? Cuando yo vegetaba
-allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué
-rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me
-plazca.</p>
-
-<p>Farnesio me oye, amoratado de enojo.</p>
-
-<p>&mdash;He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos
-en la <i>serre</i>?</p>
-
-<p>Y recalco lo de los <i>dos</i> cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza
-conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me
-reservo la libertad de mi <i>tête-à-tête</i>.</p>
-
-<p>El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el
-gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora
-antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache,
-mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas,
-endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba
-volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para
-pasar á la <i>serre</i>, donde era una coquetería la mesita velada de encaje,
-centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los
-flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no
-acertaba á deglutir el <i>consommé</i>. Evidentemente recelaba comer mal,
-verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa
-ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba
-alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama
-del<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de
-causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)</p>
-
-<p>Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de
-admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la
-malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo
-en representar este papel fácil, <i>hecho</i>. Doy al proco un rato de
-deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?</p>
-
-<p>El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión
-comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo
-la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa
-emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se
-encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.</p>
-
-<p>&mdash;Lina...&mdash;se atreve él&mdash;no puede usted figurarse...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;calculo&mdash;es el momento... Se decide...</p>
-
-<p>&mdash;No puede usted figurarse...&mdash;insiste.&mdash;Hay cosas que, realmente,
-tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo
-que... que...</p>
-
-<p>Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su
-discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y
-capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.</p>
-
-<p>&mdash;Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> de rúbrica...
-Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos
-hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción
-del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí
-estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...</p>
-
-<p>&mdash;Para eso... y para algo quizás mejor&mdash;objeta él, soliviantado.</p>
-
-<p>&mdash;¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?</p>
-
-<p>&mdash;Según... según&mdash;tartamudeó&mdash;. Lina, hay horas en que olvida uno lo que
-piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de
-aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor
-dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, recordémosla&mdash;argüí&mdash;pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese
-es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha
-enseñado como debo invertirla.</p>
-
-<p>Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.</p>
-
-<p>&mdash;No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no
-será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni
-aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más
-viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna.
-Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos
-de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por
-qué se queda frío, Aparicio...? ¿No<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span> he acertado? ¿Es una locura de
-mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de
-su ensueño?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me
-deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que
-me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme
-rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el
-ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan
-hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...</p>
-
-<p>&mdash;Cuidado, Aparicio&mdash;y simulo confusión, rubor, trastorno&mdash;no perdamos
-de vista que el objeto... el objeto...</p>
-
-<p>La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres
-humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos
-sobre seguro.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es usted altruista?</p>
-
-<p>&mdash;Altruista... sí... y también, verá usted... también soy
-<i>Kirrkegaardiano</i>...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva...
-La moral debe ser nuestra, individual...</p>
-
-<p>&mdash;Eso me va gustando&mdash;sonreí.</p>
-
-<p>&mdash;Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y
-por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de
-nosotros mismos.<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span></p>
-
-<p>&mdash;Y prescindir de Polilla&mdash;observo, infantilmente.</p>
-
-<p>&mdash;Y prescindir de Polilla. <i>Nosotros</i> lo arreglaremos perfectamente. No
-hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para
-administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted
-posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y
-en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su
-respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas
-las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo
-real...</p>
-
-<p>No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde
-el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y
-clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley.
-Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su
-disfrute.</p>
-
-<p>&mdash;No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro
-inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la
-apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un
-hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...!
-Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las
-apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de
-ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de
-exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan.
-Pero usted reclama todo eso para el<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> individuo, y el individuo que más
-le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de
-las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que
-apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas
-circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la
-sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el
-sentido más favorable y justo... ¿Acierto?</p>
-
-<p>No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de
-costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde
-había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de
-antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?</p>
-
-<p>&mdash;Acierto de fijo&mdash;adulé&mdash;. Usted, persona de entendimiento superior,
-tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de
-combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la
-juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar
-interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin
-caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me
-figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?</p>
-
-<p>&mdash;En varios respectos...&mdash;barbotó indeciso&mdash;no... Todo eso... Mirándolo
-desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?</p>
-
-<p>&mdash;Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla
-en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> á usted
-de ese pantano... con esta mano misma.</p>
-
-<p>Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y
-los dedos, ansioso.</p>
-
-<p>&mdash;Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al
-Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro
-hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que
-fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón:
-«Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de
-semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á
-obedecerme...</p>
-
-<p>Hizo una semiarrodilladura.</p>
-
-<p>&mdash;Me entrego á mi hada...</p>
-
-<p>Cuando se fué&mdash;obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me
-enjaquecaba fuertemente&mdash;sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí
-á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:</p>
-
-<p>«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que
-pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle,
-según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias...
-Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»</p>
-
-<p>Llamé á un criado.</p>
-
-<p>&mdash;Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado
-aquí, que le digan siempre que he salido.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br />
-<i>El de Farnesio.</i></h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo
-continúa lo mismo, pero al cabo, <i>en nosotros</i>, en lo único que acaso
-sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren
-inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno
-de los goces que soñé imposibles en mi destierro?</p>
-
-<p>A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de
-fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los
-suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su
-faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada
-y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la
-cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo
-hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan
-terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco,
-con piernas de alambre electrizado. No ha<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span> adquirido la pachorra egoísta
-de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la
-vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco
-antecedentes...</p>
-
-<p>&mdash;¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á
-proponerte...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;respingo yo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan
-Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á
-pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...</p>
-
-<p>&mdash;Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba...
-Pero Granada <i>me suena</i>... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo
-sospecho.</p>
-
-<p>La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más
-significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de
-un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.</p>
-
-<p>&mdash;Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le
-conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo
-de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y
-que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como
-la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han
-quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Solteros?</p>
-
-<p>&mdash;Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta
-años...<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á
-que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo
-no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi...
-tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me
-lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como
-además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro
-plan, <i>á base</i> de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de
-tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan
-en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al
-primo Estebanillo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya! Se trata de José María...</p>
-
-<p>Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á
-lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y
-roncerías.</p>
-
-<p>&mdash;Sea usted franco...</p>
-
-<p>Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.</p>
-
-<p>&mdash;No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede
-ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de
-conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque
-en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas
-no pudiesen nunca... nunca...</p>
-
-<p>&mdash;¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span>&mdash;insisto acorralándole y
-descomponiéndole.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...</p>
-
-<p>Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro
-añade:</p>
-
-<p>&mdash;No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus
-parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te
-amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué
-anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!</p>
-
-<p>Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios
-antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un
-Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á
-Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted
-acompañarme?</p>
-
-<p>Se demuda otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;No, no... <i>Conviene</i> más que me quede... ¿Por qué no buscamos una
-señora formal...?</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la
-francesa.</p>
-
-<p>&mdash;Buen cascabel.</p>
-
-<p>&mdash;Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy
-yo.</p>
-
-<p>Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...</p>
-
-<p>Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la
-Agencia, y que parece<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span> recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á
-ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo
-azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de
-valenciennes, divinamente peinada. Transciende á <i>Ideal</i>, y está llena
-de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, <i>les horreurs</i>. La vieja
-Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de
-muerte á la «franchuta».</p>
-
-<p>Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las
-molestias de las pequeñeces, los <i>petits riens</i>, lo que más mortifica,
-la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que
-prevenirse...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo es la marcha, madame?</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo
-encargado...</p>
-
-<p>&mdash;¿La señorita no tiene prisa?</p>
-
-<p>&mdash;Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!</p>
-
-<p>Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada,
-talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida;
-llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy
-conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan
-complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!</p>
-
-<p>Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta&mdash;en medio de mi
-opulencia&mdash;de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no
-he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de
-plata, de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en
-ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino
-fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto
-del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En
-Madrid&mdash;deplora Octavia&mdash;no se halla <i>rien de rien</i>... A trompicones, me
-provisto de <i>sauts de lit</i>, coqueterías encintajadas, que son una
-espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del
-alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que
-la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?</p>
-
-<p>No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero
-la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que
-pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo
-necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita
-el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos
-y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos
-acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad
-y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas
-odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me
-concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada,
-como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span></p>
-
-<p>Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es
-el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de
-pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que
-amó la Belleza hasta la muerte.</p>
-
-<p>En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo
-deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún
-misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que
-no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día
-en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La
-libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra
-libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de
-Farnesio.</p>
-
-<p>Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me
-sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se
-lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don
-Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las
-muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don
-Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién
-casadas:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Suyas sois, en fin; más ved<br /></span>
-<span class="i0">que ya en nada quedáis vuestras...»<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span></p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Y vos, don Sancho y don Juan,<br /></span>
-<span class="i0">estad cada uno advertido<br /></span>
-<span class="i0">que el entrar á ser marido<br /></span>
-<span class="i0">no es salir de ser galán...»<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el
-matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta,
-íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en
-tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior...
-La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el
-nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía
-en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me
-ha preservado de algún amorcillo vulgar.</p>
-
-<p>¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya
-en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy
-como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de
-grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus
-playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo
-profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con
-toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela
-los ocultos manantiales...</p>
-
-<p>¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de
-comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el
-tamiz de mi inteligencia; he pulido<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> y afiligranado mi exigencia
-sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su
-esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi
-corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha
-encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero
-imposible enamorarme...</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.</p>
-
-<p>Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las
-huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de
-estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino,
-decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.</p>
-
-<p>Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi
-hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias
-veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por
-precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de
-frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una
-amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más
-adelantado que en <i>confort</i>.</p>
-
-<p>Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del
-cuello. Renuevo los<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de
-seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es <i>mauvais
-genre</i>). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el
-primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á
-mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.</p>
-
-<p>El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa
-negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco.
-Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un
-moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las
-candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia
-lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío
-Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.</p>
-
-<p>Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual
-mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío
-Clímaco&mdash;así le llamo desde el primer momento&mdash;y el hijo mayor. En el
-otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.</p>
-
-<p>La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué
-lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro
-viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada
-falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han
-conservado muebles íntimos, viejos&mdash;bargueños, sillerías aparatosas,
-cuadros, braseros claveteados de plata&mdash;pero domina lo superpuesto,<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span> la
-laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace
-observar. Angustias&mdash;á quien llaman sus hermanos <i>Gugú</i>, transformación
-infantil de un nombre feo&mdash;se siente también orgullosa de la educación
-recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado
-en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de
-esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia
-andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de
-grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua
-hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y
-el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:</p>
-
-<p>&mdash;No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una.</p>
-
-<p>Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas
-de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en
-tela gris ceniza, y hambrienta.</p>
-
-<p>Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente
-escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi
-garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con
-aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo,
-burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa,
-pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un
-puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la
-primera vez que á mi<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> lado un hombre fuma con refinamiento, con manos
-pulidas, con garbo y donaire.&mdash;Carranza, al fumar, resollaba como una
-foca.&mdash;La onda del humo me embriaga ligeramente.</p>
-
-<p>José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca
-recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y
-sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa
-actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil,
-espontáneo. No charla; me mira de cien modos.</p>
-
-<p>Reposado el café, surge lo inevitable.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?</p>
-
-<p>¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi
-impresión. Pecho al agua. Lo suelto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;celebra Estebanillo.&mdash;Como las inglesas...</p>
-
-<p>&mdash;Has tu gusto, niña&mdash;sentencia el tío Clímaco.&mdash;Es la cosa más sana...</p>
-
-<p>También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor; pero evidentemente la
-sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha corregido las
-degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy patentes.
-Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de emir
-nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo
-gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será
-capaz de adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé
-yo bien que hay sus fraudes? Y que me maten si no está harto de<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span> conocer
-la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela
-más popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados,
-picarescos, de este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y
-bajo tal capa debe de reservar un egoísmo sin freno, una falta de
-sentido moral absoluta. ¿Que como he notado esto en el espacio de unas
-horas? La intuición...</p>
-
-<p>El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso de mi falta de
-sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al caer de
-la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca nos
-abandona, á la Alhambra me encamino.</p>
-
-<p>Voy á ella... no á satisfacer curiosidades irritadas por lecturas, sino
-porque presiento que es el sitio más adecuado para desear amor. Y mi
-presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la imaginación, de
-antemano exaltada.</p>
-
-<p>No creo que en el mundo exista una combinación de paisaje y edificios
-como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le ocurra
-á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta tus
-restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en
-tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal.</p>
-
-<p>Mil veces me describirían esta arquitectura y no habria de entenderla,
-pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embargo,
-fieles reproducciones que corren por ahí,<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> trazas de cascarilla de
-santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de su paisaje
-propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede
-cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente.</p>
-
-<p>No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra. Baño mis pupilas en las
-masas de felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides de los
-cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las hondonadas
-densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego el
-encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de
-los alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de
-los deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de
-serpiente de la sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el
-celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizontes, sus desiertos
-sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son los accidentes del terreno, es
-la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que compone el filtro.</p>
-
-<p>A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó&mdash;no sólo el primer día,
-sino todos&mdash;en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Disolución de la
-voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera sentarme,
-quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y sensual
-del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su chorro
-en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga
-por canalillos<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> antiguos, entre piedras enverdecidas de musgo, y forma
-casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin flores apenas! Y se
-desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se cultivaba el
-mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido, sin
-prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace
-tantos siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros
-degollados dentro de los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió
-hilando, sobre la púrpura ligera, sus perlas claras. Y los pies de la
-historia, poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía jaspeados de rojo.</p>
-
-<p>Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar, aunque Gugú&mdash;lo leo en
-su cara&mdash;encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese nacido en la Gran
-Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las inglesas. A una
-española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto día de
-estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que
-también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en
-un poyo del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y
-rosa en que se envuelven los montes, suena cerca de mi oído una voz
-baja, intensa:</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué piensa la sultaniya?</p>
-
-<p>Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él, previsor, se excusa.</p>
-
-<p>&mdash;Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto como está sola tóa la
-tarde. Si estorbo...<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p>
-
-<p>&mdash;No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.</p>
-
-<p>Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de sus negras miradas,
-al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes lo que pienso?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué má quisiera!</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría que estuvieses vestido de moro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede vestirte de reina
-mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y
-Saida...</p>
-
-<p>&mdash;He dicho mal&mdash;rectifico.&mdash;Lo que quisiera no sería que te vistieses de
-máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.</p>
-
-<p>&mdash;Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro, créeme, hata el alma.
-Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que andan de
-mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que me gata uno
-trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un yerbajo
-caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre!
-Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo
-nasío para eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero
-lo señorito como Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo
-novio van del braso y no se ven la cara por causa é la niebla... hasle
-tú fú, como el gato al perro. La vía es corta, hechiso.... y el que
-tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span></p>
-
-<p>Las palabras coincidian de tal modo con mi impresión, que mi cara lo
-descubrió.</p>
-
-<p>&mdash;Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno...</p>
-
-<p>Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á cortejarme en el
-palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi
-soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso, ritmado por
-el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos,
-bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de
-la naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos,
-complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según
-avanzaba la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos
-instalábamos, exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más
-melodioso. José María ha llegado á conseguir&mdash;¡no es poco!&mdash;no echarme á
-perder estas sensaciones. Le admito: él cree que le aguardo...</p>
-
-<p>No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no degenera nunca en
-charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de un moro,
-contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los
-versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las
-arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa,
-lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el
-alicatado. Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro,
-color de esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la
-espuma del freno. Soy el amante<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> de Daraja. No diga que sirve dama quien
-no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las
-almoradíes...»</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué piensa la sultaneja...?</p>
-
-<p>&mdash;En Audalla pienso... ¿No has leído tú el Romancero?</p>
-
-<p>&mdash;¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en ti. Tú eres un libro
-de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo estoy acortao,
-palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la luna? Y creo que no
-permiten, por lo del incendio.</p>
-
-<p>&mdash;¿No permití á este moso? Con una propina...</p>
-
-<p>En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una lamparita eléctrica
-de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta hora,
-sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas son
-aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la
-fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de
-leve plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo
-con placer, tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que
-todo es luz aquí, pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro
-claro. Nos domina el encanto voluptuoso de este arte deleznable, breve
-como el amor, milagrosamente conservado, siempre en vísperas de
-desaparecer, dejando una leyenda inferior á sí mismo. No se siente la
-pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso no existe;<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> que es
-el decorado en que nuestro capricho desenvuelve nuestra vida interior.
-Libres estamos aquí de la piedra agobiadora, como en los jardines del
-palacio lo estamos de la tierra, y no vemos sino agua y plantas
-seculares. Y siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron las
-sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los babucheros de
-oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y se
-difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el
-suelo? ¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el
-agua, estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que
-se ríe, acercando cuanto puede su rostro al mío.</p>
-
-<p>&mdash;Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo, oriental, de
-arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una
-sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no
-existe.</p>
-
-<p>&mdash;Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has ganao algún
-premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te
-oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea: he
-leío hase año los verso de Sorriya.</p>
-
-<p>&mdash;¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! Conste, primo. La Alhambra
-no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos están vivos. Les tengo
-miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que persiguieron á una
-santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen que están de
-guarda, y que el no tener<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> vida les hace no ejecutar su furia... Vida,
-yo creo que la tienen esas fieras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me gusta tó lo que dises!&mdash;balbucea, en tono de adoración, el
-moro bautizado.&mdash;Sigue, sigue, Saida...</p>
-
-<p>&mdash;Calla, calla... Miremos sin hablar...</p>
-
-<p>&mdash;Miremo&mdash;responde, y me toma una mano, iniciándome en las lentas,
-semi-castas delicias de la presión...</p>
-
-<p>Es algo sutil, insidioso, que no basta para absorberme, pero me hace ver
-la fontana de los terribles monstruos al través de un velo de gasa
-argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera. La
-Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando,
-disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón
-compuso el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero
-zumbido de mis oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha
-de danzarín aljófar y resplandeciente luz, y que, al derretirse en
-profluvios sobre la albura del mármol, dijérase que también lo
-liquida...</p>
-
-<p>¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida ideal, de suspiros
-que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la inscripción,
-lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un silencio
-morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo
-del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales!</p>
-
-<p>¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles asoleados, resto de los
-pebeteros que se agotaron,<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente
-de sangre vertida por trágicos lances amorosos!</p>
-
-<p>Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que existir el amor. ¿Por
-qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora?</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una
-casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde
-se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del
-resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque
-afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es
-ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su
-raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme...
-¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se
-aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda
-receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención
-disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino
-para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía
-no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería
-chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere
-desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> esta sobrina
-millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un
-guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como
-los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es
-dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha
-señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la
-rama á la rama y el tronco al tronco...</p>
-
-<p>Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la
-aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla.
-¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad
-de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El
-primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué
-rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni
-Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus
-colores y sus formas con las de la Alhambra.</p>
-
-<p>&mdash;Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...</p>
-
-<p>Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí
-asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un
-cortijo, hacia la Sierra.</p>
-
-<p>&mdash;Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Si son antiguos, de seguro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué afisioná á las antiguayas!&mdash;susurra el proco, dando á lo
-inofensivo intención.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha,
-que me haga encanesé...</p>
-
-<p>Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la
-cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la
-italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe
-rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto
-corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas
-construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas.
-En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y
-el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.</p>
-
-<p>Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me
-dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche
-cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de
-retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto
-veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la
-que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su
-Virgen la advocación de la <i>Victoria</i>. Diviso los dos arcos del puente
-sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las
-montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de
-la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo
-conosco... Aquí me crié...<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span></p>
-
-<p>Voy con él á recorrer los tales <i>sitios</i>. Gugú tiene que hacer en casa;
-tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los
-lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores;
-Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses,
-que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y
-yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en
-mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me
-lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al
-parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por
-veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces
-centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los
-abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á
-cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los
-pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver
-de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos,
-oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando
-espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la
-Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso.
-Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol
-amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual
-serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos
-anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> donde había
-pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas
-de José María&mdash;¡estropear las manitas de sea!&mdash;alzo un trozo de piedra y
-hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites
-primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por
-lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué...
-pero sólo en aeroplano, hiha!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?</p>
-
-<p>&mdash;Contigo, al Polo.</p>
-
-<p>Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol;
-seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente
-remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras.
-Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra
-fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la
-ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen
-pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra,
-muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y
-bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha
-helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas,
-livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas
-lumbrosas sobre las nieves de los picos.<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span></p>
-
-<p>Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta
-silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le
-dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta
-entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del
-pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la
-sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si
-late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la
-Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado
-la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos
-donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María,
-para la excursión, se vestiría&mdash;y no sería disfraz, pues así suele andar
-por el campo&mdash;de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho
-y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las
-mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las
-gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende,
-clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á
-producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi
-voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va
-dominándome.</p>
-
-<p>En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los
-accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y
-polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en
-que hay jirones.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span></p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!</i></p>
-
-<p>Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los
-campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á
-mi propio tío,</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">«que, aunque viejo, es de fuego,<br /></span>
-<span class="i0">corriente en una broma y mujeriego,»<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p class="nind">está, en cambio, más emperifollada y crespa que nunca, y ha aprendido de
-las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras la oreja...</p>
-
-<p>Pienso en esta marea que crece en mi interior, en este dominio arcano
-que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que mi primo me
-pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina Mascareñas, y
-así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja, el
-interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura
-que produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un
-hombre. ¿Se llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor?
-¿Dónde se oculta este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo
-guarda?</p>
-
-<p>He observado que mi primo, cuando me habla, exagera la tristeza;
-dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por los
-desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace
-natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las
-mocitas con flores en el moño, que<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> componen la servidumbre, hablan del
-«zeñito José María» con acento de conmiseración, como si yo le estuviese
-asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:</p>
-
-<p>&mdash;Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?</p>
-
-<p>Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco rendido. Y, en medio
-de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por la reflexión.
-No, el amor no puede ser <i>esto</i>. Sin embargo, ¡menos aún será la
-comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa algo
-significan... Quizás lo signifiquen todo.</p>
-
-<p>La noche de un día en que no hemos salido á pasear largo, al través de
-la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja, oigo
-guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del
-comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado
-á las contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su
-contorno, ya todas viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en
-aprender otros bailes, de estos á la moderna, achulados, no moriscos.
-Estas ventanas no tienen reja y nos recostamos en el antepecho el primo
-y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado sillas al patio. La música del
-fandango es una especie de relincho árabe, una cadencia salvajemente
-voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna, colgada como
-lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y el
-movimiento<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> presta á los cuerpos ya anquilosados de las danzarinas, un
-poco de la esbeltez que perdieron con los años. Sus junturas
-herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos irónicos y
-risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan,
-haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la
-leyenda del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas
-lágrimas...</p>
-
-<p>Siento la respiración vehemente, acelerada de José María; el respeto que
-le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su emoción y no puedo
-reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como en sueños, la
-mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre las
-suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al
-retraer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un
-poco, me devora las sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá
-fuera siguen bailando, y las coplas roncas gimen amores encelados, penas
-mahometanas, el llanto que se derramó en tiempo de Boabdil... El
-balbuceo entrecortado de los labios que se apoderan de mí, repite, con
-extravío, la palabra mora, la palabra honda y cruel:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...</p>
-
-<p>Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del incidente hemos salido
-novios, esposos prometidos&mdash;y cuando D. Juan Clímaco vuelve, habiendo
-mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo&mdash;José María,
-pasándose la<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> mano bien cortada y pulida por el juvenil mostacho, dice á
-su padre:</p>
-
-<p>&mdash;Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune... Quiere eya vé eso pueblo
-bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía.</p>
-
-<p>A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor vuelve. ¿Es esto
-amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el licor, que
-ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago la
-luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias
-veces, bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de
-que no podré dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por
-resquicios de las ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en
-los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo
-apagando el ruido de mis pasos para llamar á Octavia, que me haga en mi
-maquinilla una taza de tila. El cuarto de la francesa está al extremo
-del pasillo, frente á mi departamento, que comprende alcoba, tocador,
-gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al cual sus dueños vienen
-rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre la penumbra,
-adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se abre, y un
-bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela
-furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el
-comedor, al patio central. No importa que se haya dado tal prisa.
-Conozco la silueta, conozco el andar. Es mi primo. El también me ha
-visto, ¡me ha visto<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> perfectamente! ¡Gracias, primo José María! Glacial,
-serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi
-resolución.</p>
-
-<p>Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en busca de la familia, él
-no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo bailé el
-fandango, quedé rendida y me levanté tarde!</p>
-
-<p>&mdash;Puede que haya sido eso...</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo milagro para yevarte
-á la Sierra con má comodidá...</p>
-
-<p>&mdash;Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco fatigada, y además, he
-recibido aviso de que es necesaria mi presencia en Madrid para asuntos.
-Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...</p>
-
-<p>La transformación de la cara del señor, fué algo que siento no haber
-fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira
-tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo, que
-ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la
-presa, le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que
-no era capaz de explicarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú
-que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? Tú no te
-vas. ¿Estás loca?</p>
-
-<p>Bajo el tono que quería ser de chanza, había la indicación amenazadora.
-Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco del surtidor<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> nos
-halagaba. Adopté el estilo cortés, acerado, la mejor forma de
-resistencia.</p>
-
-<p>&mdash;Tío, supongo que usted no me querrá detener por fuerza. Lo siento en
-el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero necesito irme.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los
-niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como
-palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más
-queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de
-necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me
-entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.</p>
-
-<p>&mdash;Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por
-ahora&mdash;transigí.&mdash;Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución.
-Menos aún cambiaría ante lo violento.</p>
-
-<p>&mdash;Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho.
-Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos
-que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo
-que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de
-quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo,
-mi hijo y tú...&mdash;Y juntó las yemas de los pulgares.</p>
-
-<p>Me levanté tranquila, hasta sonriente&mdash;aunque por dentro, un terremoto
-de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la
-bolsa ó la vida, apostado en un<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> desfiladero de la Sierra. Todo el
-britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero
-sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse
-burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y,
-acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Soniche!</i></p>
-
-<p>A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló
-una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si
-pudiese...</p>
-
-<p>¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino
-inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca.
-Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie
-me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la
-mano...</p>
-
-<p>Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el
-dolor del magullamiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...&mdash;Y cuando rompí á
-andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi
-cabal juicio.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br />
-<i>Intermedio lírico.</i></h2>
-
-<p>Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio es indecible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien? ¿Algún disgusto?</p>
-
-<p>&mdash;Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me lo dicta mi antojo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que tu tío me escribió que te quedarías con ellos hasta el otoño, y
-que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.</p>
-
-<p>&mdash;Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.</p>
-
-<p>La cara de D. Genaro adquirió una expresión de ansiedad tal, como si
-viese abrirse un abismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que... lo de José María...?</p>
-
-<p>Hice con los dedos el castañeteo elocuente que indica «Frrrt... voló».</p>
-
-<p>Violento en la mímica, por su origen italiano, Farnesio se cogió la
-cabeza con ambas manos, tartamudeando:<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada!&mdash;respondo al tun tun, puesto que en sustancia desconozco lo que
-puede pasar, aunque sospecho por donde van los terrores de mi...
-intendente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sea como tu quieras!&mdash;suspira desde lo hondo D. Genaro.</p>
-
-<p>&mdash;Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir hoy mismo á mi prima
-Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que fueron de mi...
-de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar por
-teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á
-Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en
-precio. Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...</p>
-
-<p>&mdash;Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué fresca! Bien me lo
-avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella un
-aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?</p>
-
-<p>Sonrío y me encojo de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me hace usted el favor
-de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que deseo
-practicar un poco el inglés.</p>
-
-<p>A solas, repantigada en mi <i>serre</i> diminuta, recuerdo el breve episodio
-granadino. No para exaltar mi indignación contra lo demás, sino para
-zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el instinto? Al
-rendirme&mdash;porque moralmente rendida estuve&mdash;á un quidam,<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> pues José
-María no es un infame, como diría una celosa, pero es el primero que
-pasa por la acera de enfrente&mdash;yo también me conduje como cualquiera...
-¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me avasalla? Quizás sea
-únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más amor que ese?</p>
-
-<p>Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con tal desprecio me
-vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde la
-hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano
-rozando mi piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría
-caricaturesca. De todos modos, he descubierto en mí una bestezuela
-brava..., á la cual me creía superior. Á la primer mordida casi entrego
-mi vida, mi alma, mi porvenir, á cambio...</p>
-
-<p>¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?</p>
-
-<p>¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo ignoro. ¿Será
-ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!</p>
-
-<p>Soy una soltera que ha vivido libre y que no es enteramente una
-chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las mujeres, y
-quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros? Mis
-amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y
-no conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la
-serpiente!</p>
-
-<p>¡De esas analfabetas que en este momento atravesarán la calle;
-modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y manos
-informes...,<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> pocas serán las que, á mi lado, no puedan llamarse
-doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es el misterio. ¡Mi
-entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me lleva el
-curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!</p>
-
-<p>Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José María, que halaga,
-que sorbe golosamente mis párpados con su boca...</p>
-
-<p>&mdash;¡Sangresita mía...!</p>
-
-<p>¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor, el amor, el amor! Y
-que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?</p>
-
-<p>¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la realidad hay pared.
-¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco aventura, sino
-desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina, tragar el
-remedio contra las sorpresas de la imaginación.</p>
-
-<p>Asociando la idea de la lección que deseo á la de una droga saludable,
-me acude la memoria de una lectura, la del <i>Médico de su honra</i>. La
-intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la ciencia médica
-como solución de los conflictos morales, me había sorprendido. No podía
-ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino
-Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del
-médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas
-deslizadas en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama
-físico, como el confesor en el moral...<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span></p>
-
-<p>El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido varios: algunos,
-eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, me pareció
-á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si
-eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina!
-¡Vaya una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...</p>
-
-<p>Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería más fácil con un
-doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección del
-que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar, recordando
-unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas de
-especialista&mdash;¡oh, qué anticipada repugnancia!&mdash;sino de quien solicita
-clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la
-caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He
-aquí el templo de los misterios eleusiacos...</p>
-
-<p>Trepo al tercero, con honores de segundo, en que vive tanta gente de
-medio pelo. Una cartela de metal&mdash;Doctor Barnuevo, de tres á
-cinco...&mdash;La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable
-que esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...</p>
-
-<p>Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el médico me mira
-impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París, que
-lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo
-esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en
-conjunto; y, respetuoso, me adelanta una silla.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span></p>
-
-<p>El doctor es todavía joven, efectivamente, pero calvo, precozmente
-decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba obscura, en
-que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos
-dientes, en la voz, en todo&mdash;á pesar del desgaste y de la fatiga tan
-visibles.&mdash;Inicia un interrogatorio.</p>
-
-<p>&mdash;No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á usted un servicio...
-extraño. Muy grande.</p>
-
-<p>Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se enrojezca un poco la tez
-de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.</p>
-
-<p>&mdash;Señora...</p>
-
-<p>&mdash;Señorita...</p>
-
-<p>&mdash;Bien, pues señorita...</p>
-
-<p>&mdash;No se trata sino de que usted me explique algo que no entiendo...</p>
-
-<p>Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la razono y la apoyo y
-argumento: es probable que me case pronto, es casi seguro...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce? ¿No lo cree usted así,
-doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con un novio... ¿A
-que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?</p>
-
-<p>En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una especie de admiración.
-Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo de Granada sin
-muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu del médico
-se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.</p>
-
-<p>&mdash;No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo... De fijo es
-singular...<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span></p>
-
-<p>&mdash;Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un esclavo del concepto de
-lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos cortamos el pan del
-bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente es usted una señora...</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, claro! ¡Naturalmente!&mdash;sonrió.&mdash;Una señorita excepcional. Por eso
-me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de llegar mis
-lecciones?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta donde empieza mi decoro... el mío, entiéndame usted bien, el mío
-propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber cómo faltan al
-decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto donde el de
-otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted, doctor,
-entiende á media palabra.</p>
-
-<p>Abozalada así la fatuidad inmortal del varón, avancé con más
-desembarazo.</p>
-
-<p>&mdash;Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha sustituído ya en mí á la
-experiencia... que acaso no tendré nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Debo advertirle á usted que la experiencia en la plena acepción de la
-frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este terreno que
-pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...</p>
-
-<p>&mdash;Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo, la verdad
-resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir sus
-doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo
-que he percibido yo, profana...<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> Pues he notado que el sentimiento más
-fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas es <i>la
-vergüenza</i>. ¿Me equivoco?</p>
-
-<p>&mdash;No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan persistente, tan penosa,
-tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en el néctar de la
-poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona delicada,
-imposible de tragar?</p>
-
-<p>&mdash;Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la vergüenza!&mdash;arguyó
-festivo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en cuanto me explique,
-usted va á estar conforme, porque es más observador que yo, pobrecilla
-de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa vergüenza
-no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo apariencias,
-pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues lo confieso!&mdash;asistió.&mdash;¡Hay cinismos, en ciertas profesiones,
-que no son sino vergüenza vuelta del revés!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza nadie de lo hermoso?</p>
-
-<p>&mdash;La función, señorita, no será hermosa; pero es necesaria. Por
-necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de
-nieblas encantadoras. La especie exige...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no quiero nada con la especie... Soy el individuo. La especie es el
-rebaño; el individuo es el solitario, el que vive aparte y en la cima.<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span>
-Y, á la verdad, me previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa
-vergüenza peculiar, constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la
-reprobación religiosa; por algo la sociedad lo cubre con tantos paños y
-emplea para referirse á ello tantos eufemismos... No se coge con
-tenacillas lo que no mancha.</p>
-
-<p>&mdash;Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de entrar en los
-infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la
-maternidad! ¡La sagrada maternidad!</p>
-
-<p>Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance el Doctor no pudo
-medir.</p>
-
-<p>&mdash;¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!</p>
-
-<p>El médico, de una ojeada, me escrutó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted de prisa?</p>
-
-<p>&mdash;Nadie me aguarda...</p>
-
-<p>Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó, clavándome unos
-ojuelos zainos, de desconfianza.</p>
-
-<p>&mdash;Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que no entre.</p>
-
-<p>Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa, trae un rimero de
-libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los grabados,
-sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la mirada.
-La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la
-clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento
-íntimo; el médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin
-falsos reparos, enseña, señala, insiste,<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> cuando lee en mis turbias
-pupilas que no he comprendido.</p>
-
-<p>A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que interrumpe, me da un
-respiro y me abanica con un número de periódico...</p>
-
-<p>¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende es la monotonía de
-todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de
-plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía del
-plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira,
-desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que
-proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...</p>
-
-<p>&mdash;Siento náuseas&mdash;suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta ventana, doctor?</p>
-
-<p>&mdash;A un patio interior... No soy rico... Mi sueño sería tener un jardín
-del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta...</p>
-
-<p>De mi saco de malla entretejida con diamantitos, extraigo el frasco de
-oro y cristal de las sales. Respiro.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante... El mal camino, andarlo pronto...</p>
-
-<p>&mdash;Creo, señorita, que está usted haciendo una locura. Tengo escrúpulos.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la mitad de la cuesta.</p>
-
-<p>Y me acerco al libro, rozando el brazo de este hombre que no es viejo,
-ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como pudiera estarlo
-en compañía del sepulturero.</p>
-
-<p>El vuelve á echar paletadas de tierra más<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> fétida. Agotadas las láminas
-corrientes, vienen otras, y tengo que reprimir un grito... También son
-de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas
-verduscas, qué asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el
-relieve! ¡Qué escultor de monstruosidades jugó con sus palillos á
-relevar la carne humana en asquerosos montículos, á recortarla en
-dentelladuras horrendas!</p>
-
-<p>&mdash;Esto está mal&mdash;insiste Barnuevo, cerrando un album de espantos. ¡Me
-estoy arrepintiendo, señorita!</p>
-
-<p>&mdash;¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es sino la consabida
-vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de pertenecer á la
-especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...? No omita
-usted nada. ¿Las anormalidades?</p>
-
-<p>&mdash;¿También eso?</p>
-
-<p>&mdash;También.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué brutalidad... la mía!</p>
-
-<p>&mdash;La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de Barnuevo.</p>
-
-<p>Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en que la corrupción
-originaria de la especie llega á las fronteras de la locura; las
-anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy
-reflorecientes en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas;
-los delirios infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas,
-las rituales infamias de los cultos demoniacos...</p>
-
-<p>Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> salvan de un ataque nervioso.
-El Doctor, conmovido, interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Basta?</p>
-
-<p>&mdash;Basta. Deme usted la mano, con...</p>
-
-<p>El encuentra la frase delicada y justa.</p>
-
-<p>&mdash;Con el sentimiento más fraternal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y quién podrá jamás cultivar otro!&mdash;grito, en un arranque.&mdash;Doctor,
-debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada por sus
-honorarios.</p>
-
-<p>&mdash;No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en mi profesión... ¡Pero
-si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de... no sé..., de
-sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica! ¡Y de
-llorar..., como usted!</p>
-
-<p>&mdash;¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para acordarse de una cliente
-tan... insólita?</p>
-
-<p>&mdash;¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con ansia. Y perdón,
-y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? Está usted
-tan desencajada... Acaso tenga fiebre.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias... Se me hace tarde...</p>
-
-<p>Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la primavera madrileña.
-Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba con contactos
-intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí, huyendo
-de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde
-empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba
-mi naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> de pasear sola
-y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de perlas
-sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El
-cochero me miraba. Comprendí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puede usted llevarme á casa?</p>
-
-<p>&mdash;Suba la señora...</p>
-
-<p>La portezuela estaba blasonada, el interior forrado de epinglé blanco, y
-olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero
-particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible,
-hediondo...</p>
-
-<p>En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las sábanas me desveló. El
-ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas de aire
-regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi
-estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida
-de toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y
-abochornándome de haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles
-viejos de la Alhambra, el romanticismo del agua secular en que se
-disolvieron lágrimas de sultanas transidas de amores, la gentileza de
-los zegríes, el olor de los jazmines, el enervamiento de las tardes
-infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor embrujado de los
-arrayanes!</p>
-
-<p>Y dando vueltas sobre espinas, repetía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Nunca! ¡Nunca!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br />
-<i>El de Carranza.</i></h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco
-serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero;
-de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo es
-verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar á ese
-señor.</p>
-
-<p>Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más alargada y preocupada
-que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el
-espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser
-tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se
-han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa,
-con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me
-asegura, á mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span>
-el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...</p>
-
-<p>Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de Castilla. Me dedico á
-planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los
-veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros
-horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El
-agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar
-chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No
-podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas
-enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la
-compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones á su tierra,
-la Rioja, donde posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de una cuñada
-suya, á cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en
-rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un
-recadito:</p>
-
-<p>&mdash;Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la señorita está ocupada,
-aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.</p>
-
-<p>&mdash;Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.</p>
-
-<p>De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la
-mano gruesa, recia de músculos, á pesar de la adiposidad, del canónigo.
-No acertaría á explicar por qué me siento enteramente reconciliada con
-él.</p>
-
-<p>&mdash;Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> importante que decir. Son las
-doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después...
-¿Podremos charlar sin testigos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo!&mdash;exclamó afirmando mi independencia.</p>
-
-<p>Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse
-tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino
-leche, caldos y gallina cocida!</p>
-
-<p>A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al
-cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo enmedio, el
-consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el
-valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño.
-Hasta beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el
-Caruncho de primera, no se decide á entablar la plática.</p>
-
-<p>&mdash;Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar
-pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber
-que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dió
-su vueltecita por Segovia...</p>
-
-<p>Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó
-el cerco, descubriendo ya sus baterías.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común.
-Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave peligro. Tu tío
-quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo
-Mascareñas, ni cosa<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> que lo valga; que hubo superchería, y que el
-verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de
-Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no
-quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves
-si Carranza está bien enterado&mdash;se enorgulleció golpeando sus pectorales
-anchos, la curva majestuosa de su estómago.&mdash;Como que el gitano del Sr.
-de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en
-mí un aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras.
-A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he
-propuesto estropearle la combinación y sacarte del berengenal, sin que
-salga á luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate,
-no te me pongas mala... y ríete de <i>pindorós</i>, como les dicen á tales
-gitanazos.</p>
-
-<p>&mdash;Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta
-ocasión.</p>
-
-<p>&mdash;Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo
-una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido.
-Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te negaré
-que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie
-perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.</p>
-
-<p>&mdash;De un modo grato. Te propongo un novio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Llega usted en buen momento! Me repugna<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> hasta el nombre; la idea me
-haría volver á enfermar.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al convento?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?</p>
-
-<p>Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza
-escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras
-singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos
-ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo&mdash;asiente&mdash;que estés bajo una impresión de disgusto y hasta
-de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas.
-Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino
-idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes
-reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones,
-verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y
-sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación
-es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.</p>
-
-<p>&mdash;Soltera, viviré muy á mi placer.</p>
-
-<p>&mdash;Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita
-que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender
-esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación,
-de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada
-habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de
-la herencia<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> podría plantearse. A D. Juan Clímaco no le faltan aldabas.
-El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin embargo, quien lo
-sostendrá con sólo un dedo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanto como eso?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo
-de D. Federico Almonte.</p>
-
-<p>El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de
-Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según informes de Polilla,
-la canongía y una decidida protección.</p>
-
-<p>&mdash;Almonte, ¿no era ministro el año pasado?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el
-año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que
-el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos
-mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido
-no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre
-va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el
-suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los
-treinta y tantos. Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de
-orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le
-trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la
-posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es
-como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la
-altura de Agustín, sus<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que,
-al saber que tú eres tan instruída, el muchacho se ha electrizado. Él,
-justamente, deseaba una mujer superior...</p>
-
-<p>&mdash;¿Soy yo una mujer superior, según eso?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...</p>
-
-<p>&mdash;¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...</p>
-
-<p>&mdash;¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin
-salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos
-partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen
-falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire!
-No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses...
-Tienes mal enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y
-pleitos... Piénsalo, niña.</p>
-
-<p>&mdash;Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.</p>
-
-<p>Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico.
-Me registró el alma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso de «tráigame usted»?&mdash;bromeó.&mdash;¿Es algún fardo? Es un
-novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque,
-criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará,
-por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la
-repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces...
-supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este
-pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span></p>
-
-<p>&mdash;Sólo que&mdash;objeté&mdash;siendo los novios tan altos personajes como usted
-dice, parece natural que los case un Obispo...</p>
-
-<p>Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dió
-palmadicas en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un imperio...</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo.
-Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia á
-doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas
-las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de
-elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco
-puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad
-no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer
-momento&mdash;es una impresión plástica&mdash;su cabeza me recuerda la de San Juan
-Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de
-las estrellas, por la boca del pozo, en <i>Salomé</i>. Cosa altamente
-estética.</p>
-
-<p>El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del
-riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que
-quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia
-me pertenece,<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> viene á ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso
-llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo dice con
-naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las
-más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin
-duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate
-de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la
-vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada
-artera. Nada se les ofrece de balde á los políticos, y todos, al
-dirigirse á ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es
-que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que
-no responda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el
-escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse:</p>
-
-<p>«Una misma es nuestra pena...»</p>
-
-<p>Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra á la
-defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un objeto, á
-un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la
-cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al
-poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el
-gabinete de un médico.</p>
-
-<p>¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante...
-y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de
-este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un amigo!
-Un amigo<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro
-sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha
-quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los
-horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne corrompida por el
-pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!</p>
-
-<p>Mi proco&mdash;bien se advierte,&mdash;posee ese don de interesar conversando, de
-que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas,
-los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas
-divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo
-que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de
-cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de
-enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas
-sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi
-primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo,
-y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que
-nos entendemos ya en bastantes respectos.</p>
-
-<p>Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. El conoce un
-poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado á
-discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.</p>
-
-<p>&mdash;No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino?<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span></p>
-
-<p>&mdash;De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos,
-se les distingue á causa de lo que han escrito, con la esperanza de que,
-una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo
-que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima;
-es delicioso.</p>
-
-<p>&mdash;Mi conciencia lo reprueba á veces.</p>
-
-<p>&mdash;No se preocupe usted. Haremos por el <i>kirkegaardiano</i>&mdash;¿no ha dicho
-así?&mdash;cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural,
-despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á
-usted le consta que no es ni sincero en las utopias que profesa.</p>
-
-<p>Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va
-aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo
-interés; y añade sin reticencia:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde se propone usted veranear?</p>
-
-<p>&mdash;Confieso que todavía no lo he determinado.</p>
-
-<p>Y después suplico:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año dos meses á respirar
-en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado
-en llamar <i>europeización</i>. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba.
-¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en
-París&mdash;las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.&mdash;Antes debe
-usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> á la Duquesa
-de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la
-vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga
-agradablemente, yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á
-dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno
-de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido
-bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; á mi padre se la
-debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me ilustrará. Y
-ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso
-respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir á Suiza.
-Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla
-mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse
-puesto en viaje para entonces?</p>
-
-<p>&mdash;No es probable. Espero á una doncella inglesa que me envían, y sin la
-cual...</p>
-
-<p>&mdash;¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste usted en invitarme á
-almorzar?</p>
-
-<p>Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo á Maggie, la
-doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en
-Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más
-superfirolítico.&mdash;Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla.
-Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza,
-de ojos incoloros, posee en el servir un <i>chic</i> especial. Se siente uno
-persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente,<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> con un
-gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición
-y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y
-me demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás
-entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés
-bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas,
-facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el <i>lulú</i>, se ocupará de
-detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado,
-Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.</p>
-
-<p>Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una
-adquisición, me aconseja cuidado.</p>
-
-<p>&mdash;Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido
-cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías...
-Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más perfeccionadas y
-más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á maravilla,
-pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en
-nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que
-cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á
-usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral,
-es una niña, llena de candor.</p>
-
-<p>Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando á
-cucharaditas el helado <i>praliné</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span> si el candor, en ciertas
-épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!</p>
-
-<p>Siempre evitando esa personalización á que propenden los que asedian á
-una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una
-sociedad que yo no conozco sino por los diarios,&mdash;peor que no
-conocerla.&mdash;De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe.
-Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las
-acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la
-utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo,
-pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil
-resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de
-la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre
-mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante.
-Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo.
-Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato
-afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena
-con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.</p>
-
-<p>&mdash;¡La conquista del poder!&mdash;sugiere Agustín.&mdash;¡Eso, no sabe lo que es
-quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas
-<i>revêries</i> de venturas místicas&mdash;porque usted es una mística, Lina; la
-han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad
-y de injusto aislamiento;&mdash;digo<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> que, como se funda en la realidad, en
-las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la
-psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento
-de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!</p>
-
-<p>&mdash;No sé cómo lo había de probar.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí lo sé&mdash;responde él, sin la menor intencionalidad picaresca.&mdash;De
-esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa
-más fácil que convencer á la gente de talento... y de una sensibilidad
-despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted
-sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.</p>
-
-<p>Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con
-artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy
-enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada;
-de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin
-arrebatarme, me distraen.</p>
-
-<p>&mdash;Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el
-secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la
-muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco
-años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las farsas,
-á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro.
-Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro <i>sport</i>, como ahora dicen...
-¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede.
-Detrás de cada combatiente suele haber una amazona;<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> detrás de cada
-poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la
-inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad
-persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos
-propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...</p>
-
-<p>Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído,
-entregándome una primorosa caja de chocolates:</p>
-
-<p>&mdash;Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.</p>
-
-<p>¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro
-cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este proco. Le has
-revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la
-viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis
-nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas
-goyescas, por visiones peores que las macabras,&mdash;¡oh, la muerte es menos
-nauseabunda!&mdash;Y, tal vez así...</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina
-encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que
-he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de
-bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en
-Biarritz empiezo á entrever esa actividad intensa,<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> sin lirismo, esos
-resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al
-alcance, no de todas las manos&mdash;despreciable sería entonces&mdash;sino de
-pocas y sabias y hábiles...</p>
-
-<p>Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego,
-del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se
-lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino
-en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para
-convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural
-enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la
-esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La
-duquesa, á quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo,
-anunciando inmediata visita; y á la media hora se presenta, ágil y
-airosa y envelada la cara de tules, á fin de disimular y suavizar el
-estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los
-rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante
-al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece á la obra maestra
-del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia
-arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de
-coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato
-altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al
-ambiente que debe llegar á ser mío.<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span></p>
-
-<p>Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva á recorrer
-caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos,
-con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres
-que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo
-mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas
-curiosidades; oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos.
-Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante,
-callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de
-las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco
-á Agustín Almonte y á D. Federico?</p>
-
-<p>&mdash;A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á ocuparse en asuntos míos
-que revisten importancia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es su abogado de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, duquesa.</p>
-
-<p>Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi
-sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible,
-construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y
-salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas,
-redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la
-duquesa. Me encuentra á la altura; lo que llevo es impecable.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién la viste?</p>
-
-<p>Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah...!&mdash;La exclamación es un poema.&mdash;Claro,<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span> ese habrá de ser... Pero
-el bocado es carito...</p>
-
-<p>Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos?
-¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar el verano?
-Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.</p>
-
-<p>&mdash;Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado á
-descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales...
-¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde quiera. Su
-padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes
-políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático,
-tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están
-más viejos que un palmar, ¡pobres señores!&mdash;añadió la dama con juvenil,
-casi infantil alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal&mdash;crea usted
-que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido
-es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.</p>
-
-<p>Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante
-suspiró.</p>
-
-<p>&mdash;Es lástima que sus ideas...</p>
-
-<p>&mdash;¡Hija, sus ideas!&mdash;se apresuró la duquesa&mdash;Manolo, mi marido, asegura
-que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!</p>
-
-<p>Y variando de tono:</p>
-
-<p>&mdash;Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en
-su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> una
-mujer de talento y buena.... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo,
-Lina?...</p>
-
-<p>La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora,
-árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del
-todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su
-irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más
-que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme
-en el Casino&mdash;sin oficiosidad inoportuna&mdash;de inventarme excursiones
-entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y
-seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me ví rodeada,
-mosconeada, invitada á diestro y síniestro, á almuerzos y <i>lunches</i>.
-Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la
-infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve,
-en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía
-al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la
-tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir
-superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar á
-la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á
-almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto
-admirativo de las caras cuando agregué:</p>
-
-<p>&mdash;Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme, de casa de lady
-Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...</p>
-
-<p>¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> semana, no había nadie que
-no me conociese. De mi <i>yo</i> verdadero nada sabían; en cambio, conocían
-hasta el número de frasquitos de <i>vermeil</i> cincelado que contenía mi
-maleta de viaje, traída por Maggie de la casa <i>Mapping and Web</i>, reina
-de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos
-artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo
-sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas
-y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas
-ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos
-que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza
-vuelta para no ver. Y entonces si que empecé á «picarme al juego». A
-vuelta de correo, Agustín me contestaba:</p>
-
-<p>&mdash;Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted un deleite de
-victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la
-de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase
-usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un
-meteoro...</p>
-
-<p>Seguí el consejo.&mdash;No sufrí la fascinación de París. Es una capital en
-que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no
-sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus
-artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo
-alborotada á propósito de <i>Notre Dame</i>. Este monumento ha sido adobado,
-escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> arquitectura
-ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales
-españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas,
-sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. <i>Notre
-Dame</i>... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con
-<i>boniment</i>, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa.
-Falta en <i>Notre Dame</i> sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del
-pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí
-han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á
-<i>Notre Dame</i>. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por
-contraste con las calles infestadas de taxímetros, de <i>autobus</i> y otras
-cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un
-licor fuerte, me daña.</p>
-
-<p>Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes
-del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. Mis
-uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi
-calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas
-anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para
-que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías
-originales. Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy
-en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se
-divertiría aquí D. Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince
-días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo admiraría<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> todo en esta
-ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me
-daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia!
-Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...</p>
-
-<p>Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la
-continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada,
-fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas ó
-alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones
-iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que
-sacan á la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de
-Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza
-triste, de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven las horas de
-aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana,
-mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda la poción que
-tomaba para sus vapores lady Mounteagle...</p>
-
-<p>&mdash;¡Á Suiza!&mdash;ordeno lacónicamente.&mdash;Vamos directamente á Ginebra...
-Prepare usted el equipaje.</p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á Granada pude yo hacerla
-para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en
-ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen,
-eso sí, un bien<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después
-de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente
-languidez de la Alhambra.</p>
-
-<p>Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los
-quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á
-ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes
-de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las
-montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna,
-encontrando superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y,
-por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos
-infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma
-estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una
-clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río
-de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los
-hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto á
-hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico,
-reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta
-vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un
-deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen,
-purificado por las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago,
-que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado,
-sentada perezosamente, una inglesita lee una<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> novela; de vez en cuando
-sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de
-<i>terra cotta</i>, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la
-sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas?
-¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel
-prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia
-hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo,
-é inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!</p>
-
-<p>De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen
-lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes
-asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á quienes hubo que
-embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los burgueses de
-la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al
-través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y
-cobrar á toca teja las cuentas del hotel.</p>
-
-<p>El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera
-y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente á
-Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas
-donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No
-realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á
-ver á Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna
-turbación, ninguna emoción<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.</p>
-
-<p>Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como á Ginebra, donde al
-venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en
-el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase: en el
-lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y
-adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien
-cree que no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra
-de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen
-girón de cielo.</p>
-
-<p>Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace
-rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi
-alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.</p>
-
-<p>No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno
-de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una
-joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le
-vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El
-barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco,
-graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que
-el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días
-tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, crece dos metros; de
-pronto, se deshincha; media hora después, vuelve á hincharse. Y,<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span>
-creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:</p>
-
-<p>&mdash;Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando no hay cuidado.</p>
-
-<p>Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy
-digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la vida humana,
-sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada
-como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las
-dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando
-venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino,
-y haremos la excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.</p>
-
-<p>Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él
-es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme.
-Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana,
-por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos
-juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...</p>
-
-<p>Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de
-los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las
-heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el <i>amigo</i>... Los dos tenemos
-planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los
-dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos
-de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> historias de
-amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...</p>
-
-<p>&mdash;Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de
-los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo
-variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del
-cual dimana.</p>
-
-<p>La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras
-predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe
-un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de
-Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos
-peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al
-pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo
-esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de
-descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto
-bueno como hay en el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se
-resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero
-cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido,
-entonces ¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las
-manos una dulce fruta: á no perder gota de su zumo!</p>
-
-<p>Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El
-mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han
-de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me
-asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión,<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> de aceptar una
-jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien no
-amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que
-eleva á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me
-promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida
-«inimitable», como llamaron á la suya Marco Antonio y la hija de los
-Lagidas, al unirse para dominar al mundo.</p>
-
-<p>Y me induce también á admitirle por guía la presciencia ó el tacto que
-revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo.
-El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha
-comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la
-hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la
-viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más
-que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y
-nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer
-pueden entenderse, cuando han acertado á pisotear la cabeza de la
-sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.</p>
-
-<p>Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos
-vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en
-la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con
-la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en
-frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en
-Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> las flores
-montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de
-un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo,
-Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la
-sensación; sólo que es una sensación gastronómica.</p>
-
-<p>&mdash;Esas no abochornan&mdash;respondo.&mdash;Y él aprueba. ¡Ha aprobado!</p>
-
-<p>Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas
-sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y,
-coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos
-atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no
-tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.</p>
-
-<p>&mdash;El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se
-resbala. A otro perro con ese hueso&mdash;declara él.&mdash;No crea usted, Lina,
-que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan
-peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo
-evito los otros, los peligros de lujo.</p>
-
-<p>&mdash;El peligro tiene su sabor...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un
-<i>edelweiss</i> cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no
-está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses,
-gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba
-de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de
-telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran?<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> Lo
-mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles.
-Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar á algo. Si no, es
-un tonto.</p>
-
-<p>Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen
-alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente
-caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en
-la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no estamos muy
-persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.</p>
-
-<p>&mdash;Me atrae su aseo&mdash;declaro.&mdash;No debe de oler una multitud inglesa como
-una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...</p>
-
-<p>&mdash;Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre
-todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es
-punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos
-imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas.
-Lina, á mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda
-en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la
-conozco á usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando
-sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un
-ciego lo dudaría. ¡El que acierte á tomar la dirección de esos sucesos
-cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular
-adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> la
-fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos
-israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin
-altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?</p>
-
-<p>&mdash;La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es
-una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á su tío, D.
-Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. El sabe
-que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la
-red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El
-hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró
-testimonios que comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese
-ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figura que á él y á usted les he
-salvado. ¿Merezco alguna gratitud?</p>
-
-<p>&mdash;Mucha y muy grande&mdash;contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y
-sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.&mdash;Sólo que... es delicado
-decirlo, Agustín...</p>
-
-<p>&mdash;No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted
-cambiará.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si no cambio?</p>
-
-<p>&mdash;Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el
-trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición á que suscribo
-para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser
-usted más que amiga...<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja
-venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el
-sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el
-gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me
-pareció una base necesaria para mis aspiraciones&mdash;no se quejará usted de
-que no soy franco&mdash;pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna
-desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un
-peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más
-probable es que halle una mujer que ó le disminuya ó le ponga en
-berlina.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco
-conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de
-la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en
-materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una
-defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de
-escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto,
-poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Palabras de oro!&mdash;bromea él,&mdash;y no sé de donde ha sacado usted tal
-experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fué, en un
-momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde,
-vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el
-lodo le llegaba á la barba; y su poder<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> duró poco y cayó entre escarnio.
-Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor,
-hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...</p>
-
-<p>Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una
-luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en
-la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban
-llamados por algún viajero que pedía <i>wisky and soda</i>, cerveza ó
-aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los enamorados
-españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban
-temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno
-hacia el otro.</p>
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten
-esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el
-azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las
-nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo
-hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación
-cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á
-prueba de sorpresas. Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia
-psicológica y matemática á un tiempo conque estudiaba al resto de la
-gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias
-ocasiones,<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> teniendo por cómplices los azares de un viaje,
-supuso&mdash;después lo he comprendido&mdash;que siempre llega el cuarto de hora.
-Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el
-proco con artística finura.</p>
-
-<p>Su actitud fué la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo
-profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi
-amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en
-mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?</p>
-
-<p>&mdash;Ni en hipótesis&mdash;confirmo tercamente.</p>
-
-<p>Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me
-recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña
-Marina.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella á los
-amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que les rodeaban,
-y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á doña
-Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir
-emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos
-del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se
-fundiesen, fué la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra
-de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos
-que usted, yo he llegado á despreciar también la materia, la estúpida
-ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo,
-esta comunión sería más espiritual que otra cosa...<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> ¿Me niega usted el
-derecho de defender mis ideas...?&mdash;se interrumpió con grata sonrisa
-sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;asentí.&mdash;Es probable que no llegue usted á persuadirme; pero si
-cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y
-persuádame, si es capaz.</p>
-
-<p>Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al
-rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión á Vevey,
-comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda,
-pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo
-recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado
-este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele
-echar grillos; y los judíos, á quienes estos pacíficos suizos y
-saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen
-hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la
-libertad de conciencia...</p>
-
-<p>&mdash;Los recuerdos de Chillón no le serán á usted molestos. Por aquí no
-revolotea el cupidillo...</p>
-
-<p>&mdash;Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas de su <i>Nueva
-Heloisa</i>, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha
-escrito, muy empalagosamente asqueador.</p>
-
-<p>Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía,
-Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago,
-desplegó los recursos de su arte.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> A su voz no le había yo prohibido el
-contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por
-auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor
-expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un
-goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero.
-Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de
-Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de
-la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho
-interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente
-conocidísima, y él, para justificarse, alega:</p>
-
-<p>&mdash;La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que
-no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es
-dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se
-exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...</p>
-
-<p>La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en
-Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros,
-de hombre de ciencia... de esa ciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título
-con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo
-contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido
-ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado.
-¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span></p>
-
-<p>Y, comentario:</p>
-
-<p>&mdash;A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué altura! Por mucha que
-sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos
-armamos de <i>alpenstock</i>, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los
-juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de
-España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro,
-que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por
-lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar
-primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo
-Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias
-nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...</p>
-
-<p>&mdash;Era un tuteo histórico.</p>
-
-<p>&mdash;No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver á... Lina, yo te creo
-una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...</p>
-
-<p>&mdash;En realidad...</p>
-
-<p>Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al
-contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba
-nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes,
-los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa
-sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes
-ó los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco
-de cuanto se desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen
-volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> amos, los árbitros, aquellos
-ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi
-impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos
-coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.</p>
-
-<p>&mdash;El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante,
-quisiera que, mañana, la historia...</p>
-
-<p>&mdash;El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace
-de los hechos, sin cultivo, como esos <i>edelweiss</i> peludos sobre la
-nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...</p>
-
-<p>Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á prestar al «nosotros» un
-sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído hasta entonces.
-Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los
-anaranjados del oro encendido por el fuego&mdash;al avanzar el verano, el
-hielo se derretía&mdash;. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco,
-mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era
-una transgresión, era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba.
-Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como
-un sopor. Lo que más contribuía á hacerme indulgente&mdash;reconozco que es
-extraño el motivo&mdash;era que yo no compartía la turbación que iba
-advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se
-reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era <i>en los demás</i>, sino <i>en
-mí</i>, donde<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos
-transportes,&mdash;no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado
-al comprobar que yo los sentía.</p>
-
-<p>&mdash;Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...</p>
-
-<p>Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos á
-Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde
-fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros,
-el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal.
-¿Por qué&mdash;pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su
-colaboradora&mdash;no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no
-es locura mía aspirar á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo
-tan semejante á lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en
-el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente
-toda su voluntad, toda su existencia, á la de un hombre, el elegante y
-delicado autor de <i>Filotea</i>? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que
-se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace,
-familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la
-Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...</p>
-
-<p>Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy&mdash;al lado del
-Léman, un juguete&mdash;y nos habíamos desviado algo del paseo público,
-perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella
-hora de<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una
-especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba, intentando
-un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en
-un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las
-horas difíciles, la explosión era como volcánica.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame,
-despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has
-apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran
-absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y
-si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco
-miserable, me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no
-discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las
-cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me
-alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un
-contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces,
-para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres
-de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos
-aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos, así, en delirio...</p>
-
-<p>Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el
-magnífico hielo de los glaciares.</p>
-
-<p>&mdash;Basta..., Agustín..., oye...</p>
-
-<p>Hizo el gesto de locura de emprender carrera.<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span></p>
-
-<p>&mdash;No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?</p>
-
-<p>&mdash;Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una
-complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he
-enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he
-enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que
-comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú
-serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina.&mdash;suspiró con pena
-romántica.&mdash;¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia,
-cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una
-mujer singular, que ha resuelto...</p>
-
-<p>&mdash;Pero si yo...</p>
-
-<p>&mdash;Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me
-permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace...
-Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan
-á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser!
-Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos;
-era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la
-ventana, no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en
-desesperación. No es culpa mía.</p>
-
-<p>Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago
-rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á
-Agustín de que se sentase también.</p>
-
-<p>&mdash;¿Era una pasión, lo que se dice una pasión?<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span> ¿La pasión se manifestaba
-así? ¿Se limitaba la pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por
-mí, de sacrificios, de abnegaciones?</p>
-
-<p>&mdash;De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán
-diferente eres de <i>las demás</i>... Te rodea un ambiente especial, tuyo,
-que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en
-serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!</p>
-
-<p>&mdash;Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... ¡Cuidado, Agustín,
-cuidado!</p>
-
-<p>&mdash;¡Así es! Ojalá no fuese.</p>
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables.
-Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre, mientras se
-arreglaba todo. Nos casaríamos en París.</p>
-
-<p>Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la
-placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy,
-revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez
-apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase
-antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo
-monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una
-estufa correcta, con guardafuego de bronce.<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span></p>
-
-<p>&mdash;Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...</p>
-
-<p>Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían á relucir
-por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de
-las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado
-á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar á la
-perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso
-la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No
-usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes
-coloristas, á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo,
-natural y fuerte.</p>
-
-<p>&mdash;Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán
-concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete conmigo,
-y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre
-encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su
-existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te
-extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te
-respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte,
-sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero
-contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un
-cariño... un cariño como el que se tiene á las madres y á las hermanas,
-por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha,
-arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span></p>
-
-<p>He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del
-proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino.
-Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada,
-hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.</p>
-
-<p>En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo
-mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien,
-envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta
-imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción
-del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve
-furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc,
-engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de
-Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia,
-y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo,
-zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza. Introducido ya el
-torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere ésta
-sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con
-las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el
-agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el
-profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y
-mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima á
-perderse y disolverse en el mar inmenso...</p>
-
-<p>&mdash;Tal va á ser mi suerte...&mdash;pensaba, releyendo<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> estrofas de Lamartine,
-ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles
-encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto,
-aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas...
-Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio <i>rococó</i>.</p>
-
-<p>Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos,
-de blanda y fofa cinta <i>liberty</i>; mientras Maggie, silenciosa, dispone
-mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar á
-almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó franela
-tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado
-á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, dans la nuit
-éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur
-l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»</p>
-
-<p class="cb">. . . . . . .</p>
-
-<p>«¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...»</p></div>
-
-<p>Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas
-veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo
-inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo
-transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de
-lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de
-relieve pintado, al<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo
-de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.</p>
-
-<div class="blockquot"><p>«Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages, beau lac,
-et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs sapins,
-et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»</p></div>
-
-<p>¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido,
-nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un
-pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado nunca?</p>
-
-<p>Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no
-considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni
-aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fué
-algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para
-retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la
-catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme
-responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á
-precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara
-sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano.
-Hay un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oir una
-conversación ó presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya
-antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido á los mismos
-acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo?<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos
-explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de
-sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que
-me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases,
-conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si
-se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que
-lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si
-no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos
-de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de estado
-anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi
-parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...</p>
-
-<p>Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la
-fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro&mdash;ya no
-debo llamarle <i>proco</i>,&mdash;extremaba sus demostraciones y apuraba sus
-finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de
-que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio
-que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una
-impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de
-vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que
-cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme
-permanecer horas largas y perezosas en la veranda ó en el salón de
-lectura, ataviada, adornada,<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> perfumada, escuchando á Agustín, en
-plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los
-aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos
-aterradores.</p>
-
-<p>&mdash;¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos
-competencia á Tartarín?&mdash;preguntaba Almonte sin enojo.&mdash;¿Quieres que
-justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme
-lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.</p>
-
-<p>Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba
-la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud,
-fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que
-entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que precipita de
-golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y
-traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos
-y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está
-latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad,
-al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no
-estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral é inofensivo, el
-<i>sommer-lauissen</i>, semejante á un río de plata rodeado de espuma de
-nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré
-á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué fruncir las cejas
-imperceptiblemente.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span></p>
-
-<p>Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos,
-excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser
-persona el que corre estos azares.</p>
-
-<p>La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una aventura tragicómica;
-estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa
-ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos
-ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y
-regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las
-tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el
-mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral,
-transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la
-llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros,
-y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladura de
-púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con
-trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el
-paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve
-la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes,
-ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace
-resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después
-en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á
-ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que
-lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> se oprimió, mis ojos
-se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín,
-acercándome á su oído, con ojos delicuescentes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó luego él, en la
-veranda.&mdash;Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo á la
-cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía
-haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes;
-vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que
-dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...</p>
-
-<p>&mdash;¡No sigas, Agustín!&mdash;imploré.&mdash;No sigas...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé
-cuándo... no sé dónde.&mdash;Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Tengo miedo!</i></p>
-
-<p>&mdash;¡Miedo tú!&mdash;sonrió Agustín.</p>
-
-<p>&mdash;Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de
-lo desconocido, de lo extraño?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te
-alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu grande
-alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico.
-Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...</p>
-
-<p>¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> sacra? Sería que su
-destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido:</p>
-
-<p>&mdash;Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Léman, al cual
-conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta á ti
-el lago?</p>
-
-<p>&mdash;Me gusta lo que te guste&mdash;fué su aquiescencia, demasiado pronta,
-demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las criaturas.</p>
-
-<p>Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al
-barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le
-interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo
-existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora es el momento&mdash;respondióme el mozo helvético, con cara cerrada é
-insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías arriesgadas de
-los ingleses.&mdash;Estos días hay <i>lardeyre</i>, y cuando lo hay...</p>
-
-<p>&mdash;<i>¿Lardeyre?</i>&mdash;repetí.</p>
-
-<p>&mdash;El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.</p>
-
-<p>&mdash;Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos
-previenes la barca.</p>
-
-<p>Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la
-mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la
-residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me
-había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño,
-caladas las gorrillas de visera, de<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> cuarterones, que habíamos comprado
-iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua,
-siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón
-consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y
-se crispaba, turbada hasta el fondo.</p>
-
-<p>Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine,
-aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín
-parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español,
-entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún
-motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta. El
-latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y
-las cejas se juntaron, irritadas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina...
-En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por
-buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra, porque
-el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es
-distinto.</p>
-
-<p>&mdash;Hallo placer.</p>
-
-<p>Calló de nuevo. Insistí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué puede suceder?</p>
-
-<p>&mdash;Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso, ¿me salvarías?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para
-lograrlo.<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Es cierto que me quieres?</p>
-
-<p>Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tanto, tanto!</p>
-
-<p>De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas.
-Era que <i>creía</i>. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor
-ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve ya en la boca la
-orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta
-perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar.
-Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad
-que era el momento decisivo...</p>
-
-<p>¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una
-electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos
-nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su
-rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me
-hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo
-punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en
-vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable,
-como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco á su
-vez y medio se volcó. Caí.</p>
-
-<p>Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin
-embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví escenas y hasta
-escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi
-boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> la superficie. A
-mi lado pasó un bulto, luchando, casi á flor de agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Agustín!&mdash;escupí con bufaradas de líquido.&mdash;¡Sálvame, Agustín!</p>
-
-<p>Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana,
-que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del
-otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me
-rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la
-expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á
-todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor...
-Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un
-agua roja y hormigueante, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de
-soñar que gritaba (claro es que no podría):</p>
-
-<p>&mdash;¡Cobarde! ¡Embustero!</p>
-
-<p>Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también
-en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación,
-trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos,
-densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cojerme de un
-pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba
-quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á
-mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos,
-en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...</p>
-
-<p>Y cuando después de mi larga, nueva fiebre<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span> nerviosa, mucho más grave
-que la de Madrid, volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á
-Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa
-mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes
-españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España,
-mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no
-menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte
-fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El
-desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío
-despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se
-encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo
-costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...</p>
-
-<p>Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:</p>
-
-<p>&mdash;No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes,
-criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante,
-aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas...
-Creo que se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se
-emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...</p>
-
-<p>&mdash;Dejarles&mdash;respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo á los
-labios y articulo:</p>
-
-<p>&mdash;Perdóname... Perdóname...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br />
-<i>Dulce dueño.</i></h2>
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y decaída, me ven
-sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios, de
-depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma,
-Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El
-uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales,
-puches y gachas á pasto, aquél me receta baños tibios, purés, jamón
-fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación!
-Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco
-que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!</p>
-
-<p>Por egoísmo&mdash;no por atender á la salud&mdash;he cerrado la puerta á los
-curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo á
-reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una
-apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> con el
-padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo
-del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.</p>
-
-<p>Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de
-«neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra
-causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro.
-La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja,
-se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo
-lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»&mdash;recuérdese á
-Lamartine&mdash;sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos
-enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben
-aprovecharse con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á
-la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman
-hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta,
-y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la
-consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo,
-empapado, le arrastró al fondo, mientras á mí el suizo me libraba de una
-muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad,
-el dolor estuvo á punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza
-honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al
-sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis
-cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante.<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> Los párrafos que
-nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido
-el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía
-horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad
-vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles,
-en que se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.</p>
-
-<p>Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los padres sin consuelo,
-que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la
-tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir
-nuestros desposorios...</p>
-
-<p>Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me
-levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos
-débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi
-garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca,
-calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío
-del al... mío!..» y lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias
-mejillas, á calentarlas, á quemar mi piel como un cáustico, á llegar
-hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor
-salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de
-nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora,
-eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su
-mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco
-pecho...<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span></p>
-
-<p>El padre, más sereno,&mdash;al fin han corrido meses&mdash;, convenientemente
-triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando
-Carranza á la obra.</p>
-
-<p>&mdash;Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía
-está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite
-usted que la dé un beso en la frente?</p>
-
-<p>Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la
-señora de Almonte, sufro un síncope...</p>
-
-<p>Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de
-respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción
-de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto,
-pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez,
-dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán
-siempre como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos
-algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese
-lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»!
-Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una
-esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior á
-todo! Acaso&mdash;insistía el padre&mdash;el genio maléfico que parece dedicado á
-encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que
-había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman. Porque él, después
-de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo
-de fatídico,<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> que va más allá de la natural combinación de los
-sucesos...</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo sabe usted bien!&mdash;respondí sinceramente, como si pensara en
-alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y
-frías.</p>
-
-<p>Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi lado, murmurando
-frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la
-alfombra, ante el canónigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?</p>
-
-<p>&mdash;Me confesaría de buena gana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Confesarte?&mdash;La sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña.
-Era un medallón de piedra el rostro del Magistral.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí.
-Ayúdeme á descargar un poco el espíritu.</p>
-
-<p>Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos
-indefinidos cabía en el pliegue.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te
-contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho
-siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno.
-Eso de confesión... es cosa seria.</p>
-
-<p>&mdash;Serio también lo que he de decirle.</p>
-
-<p>&mdash;No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de
-desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la
-penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro
-mejor que yo...<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span></p>
-
-<p>&mdash;Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se
-verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar como si
-te confesase... Tengo mis razones...</p>
-
-<p>Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas, Yo me había
-limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un
-buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi
-reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la
-famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó
-la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde
-aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del
-canto de las niñas:</p>
-
-<div class="poetry"><div class="poem">
-&nbsp; &nbsp; «¡Levántate, Catalina,<br />
-levántate, Catalina,<br />
-que Jesucristo te llama!»<br />
-</div></div>
-
-<p>Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el canónigo. Hablé como si
-me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado,
-torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos
-de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en que se precisaba
-mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba;
-¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad,<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span> en ese
-género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega á
-tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesinato!</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces más que tú. ¡No
-extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno mi
-remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te
-conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas,
-inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como
-tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas
-eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible,
-antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora
-naciste!</p>
-
-<p>Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza
-insistió.</p>
-
-<p>&mdash;En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio,
-acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre
-desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la
-encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla,
-habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres
-para envenenar á tu padre!</p>
-
-<p>&mdash;Como no estamos confesándonos, Carranza&mdash;declaro, sacudido el pecho
-por el martilleo de la ansiedad&mdash;me será permitido defenderme. Algo
-puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos
-celebrado un<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span> pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el
-poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia
-más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me
-juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio
-murió él, y yo he caído en lo hondo...!</p>
-
-<p>Mi ademán desesperado comentó la frase.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una mujer... esas
-tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las
-novelas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á ninguno! Y como no le
-quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era
-caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con el codo
-en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...</p>
-
-<p>Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el
-puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba á sus
-labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me
-pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe!
-Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto,
-de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te
-resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda,
-casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya
-eres dueña de elegir marido,<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span> entre lo mejor. Tu posición se ha visto
-luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco
-la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un
-hombre joven, simpático, el hombre de mañana&mdash;¡pobre Agustín! ¡si esto
-clama al cielo!&mdash;y tú no sosiegas, víbora...&mdash;¡Dios me tenga de su
-mano!&mdash;hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los
-padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo
-vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no
-hay quien le meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en
-segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto
-subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á aquel
-hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de
-maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se
-ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!</p>
-
-<p>Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que
-está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Perdón! ¡Perdón!</p>
-
-<p>&mdash;¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso&mdash;insiste Carranza, petrificado en
-ira&mdash;. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará,
-que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento
-dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo
-sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese
-perverso<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo
-nunca, y que no ha de aprenderlo!</p>
-
-<p>Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras,
-tronante de indignación. Y amenazó:</p>
-
-<p>&mdash;Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan
-llamándote <i>hija</i>, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu
-antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es
-contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es
-mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las
-hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la
-malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un
-patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo
-de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar
-alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun á la
-saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis
-fauces.</p>
-
-<p>Salí del oratorio.&mdash;Me recogí á mis habitaciones. Un azogue no me
-consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> que
-aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la
-cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para
-no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de
-onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo
-arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi
-doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos
-episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído...
-¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...</p>
-
-<p>No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una
-manera conveniente. Sólo ordené:</p>
-
-<p>&mdash;Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que Eladia se
-precipita.</p>
-
-<p>Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé á dónde voy. La
-especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado, me empuja
-ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que
-obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la
-Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una
-calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la
-vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal
-de pésima<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace
-centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted hacerme un favor?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tié
-gracia!</p>
-
-<p>El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.</p>
-
-<p>&mdash;El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, ó hay que
-amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!</p>
-
-<p>&mdash;Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y
-fuerte.</p>
-
-<p>Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba
-aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me
-eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se
-encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo
-derecho, sin vigor ni saña.</p>
-
-<p>&mdash;Fuerte, fuerte he dicho...</p>
-
-<p>&mdash;¡Andá! Si la gusta... Por mí...</p>
-
-<p>Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis
-hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la
-penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡La cara, la cara también!</p>
-
-<p>Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> la boca... Agudo
-sufrimiento me hizo gemir.</p>
-
-<p>La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo
-pestífero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso
-más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera?
-¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!</p>
-
-<p>El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los
-dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias&mdash;murmuré, escupiendo sanguinolento&mdash;. Es usted una buena
-mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil
-veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!</p>
-
-<p>La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de
-enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.</p>
-
-<p>&mdash;¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si
-tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Miste,
-ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere
-que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo
-de la farmacia? Dos pasos son...</p>
-
-<p>La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios
-destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span></p>
-
-<p>¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora.
-Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída mi rostro,
-vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas
-tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar,
-dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví
-el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...</p>
-
-<p>&mdash;La Belleza que busco&mdash;pensé&mdash;ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza
-ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el
-otro... ¡Cuanto antes!</p>
-
-<p>Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi llamamiento, y se precipitó
-á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos
-desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y
-reposan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Dí, niña!</p>
-
-<p>&mdash;Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me siento débil.
-Tráigame el caldo usted mismo...</p>
-
-<p>Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez. Viéndomelo deglutir,
-parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca,
-una exclamación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido,
-Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo cuente. Un incidente sin
-importancia...</p>
-
-<p>&mdash;No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p>
-
-<p>&mdash;Por favor...</p>
-
-<p>Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi
-misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.</p>
-
-<p>&mdash;Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este
-pulso? Parece que no lo tienes.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me
-encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al
-correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de
-Granada: á D. Juan Clímaco.</p>
-
-<p>&mdash;Pero...</p>
-
-<p>&mdash;Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole&mdash;¡atención!&mdash;que estoy
-dispuesta á restituirle lo que indebidamente heredé.</p>
-
-<p>Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza del martillo que hería
-su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se
-heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La
-protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al
-suplicio.</p>
-
-<p>Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á la suya mi cara
-dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el
-habla. Me insultó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo
-escribo. ¡No faltaba más!</p>
-
-<p>&mdash;Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual.
-Fíjese bien. El testamento<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> de... la tía Catalina, no es válido. En mi
-nacimiento hay superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto
-debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio;
-corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas
-temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en
-mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me
-mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...</p>
-
-<p>&mdash;Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!</p>
-
-<p>&mdash;¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no he agradecido bien
-su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he
-despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo,
-cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser
-pobre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre! ¡Pobre tú!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y
-aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo ó
-trabajo ó limosna. Limosna, mejor.</p>
-
-<p>Se echó las dos manos á la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á mí me es molesto
-haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas
-cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se
-fatigue.</p>
-
-<p>&mdash;Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué circunstancias?<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span></p>
-
-<p>&mdash;Enferma, herida, exal...</p>
-
-<p>&mdash;Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch! unas erosiones, que yo
-considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy
-buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fuí.
-Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor,
-esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No
-ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.</p>
-
-<p>Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra
-del rincón.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que
-es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por
-mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé que,
-por usted, estoy perdonada.</p>
-
-<p>Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis pies.</p>
-
-<p>&mdash;No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita
-tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte.
-Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me
-equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se
-trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.</p>
-
-<p>Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo
-gris, sus mejillas demacradas.</p>
-
-<p>&mdash;Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor
-bien.<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿No me quieres mal?</p>
-
-<p>Respondieron mis halagos. Respiró.</p>
-
-<p>&mdash;Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza
-algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco
-de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que
-solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en
-orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena
-ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que
-madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos.
-Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...</p>
-
-<p>&mdash;No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.</p>
-
-<p>&mdash;El único favor. ¿No me lo concedes, <i>niña mía</i>?</p>
-
-<p>&mdash;No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como
-si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me
-reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente
-necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...</p>
-
-<p>Y después de una pausa:</p>
-
-<p>&mdash;Excepto en mí.</p>
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja
-por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span> en mi
-guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con
-leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi
-faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el
-suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.</p>
-
-<p>Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en
-la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de amarilla tez
-venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi impasible;
-un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas
-ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando
-pasión.</p>
-
-<p>&mdash;Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la absolverían... ha
-pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él
-para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios
-perdona siempre!</p>
-
-<p>&mdash;El hombre á quien causé la muerte, era necesario á los intereses de
-ese sacerdote...</p>
-
-<p>&mdash;Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...</p>
-
-<p>Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de
-cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más
-viva.</p>
-
-<p>Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el
-fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso ha hecho, hermana?</p>
-
-<p>&mdash;Eso hice...</p>
-
-<p>Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro
-respingo.<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Eso hizo, hermana?</p>
-
-<p>&mdash;Eso he resuelto hacer...</p>
-
-<p>Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos
-ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún
-sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas
-extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma,
-verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre...
-Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran
-personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos
-inficiona. Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor dicho,
-desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus
-pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla,
-natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres.
-No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y... por ese camino... llegaré al amor?</p>
-
-<p>&mdash;¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al
-dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable á causa de
-ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese,
-humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto
-violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más?<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span></p>
-
-<p>&mdash;Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...</p>
-
-<p>Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la
-plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco
-duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando
-el olor bravío de dos paletos&mdash;una especie de mendigo y una vieja que
-abraza un cestón enorme&mdash;; puedo hasta alargar la mano, solicitar un
-socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no
-puedo, es creerme&mdash;dentro de mí&mdash;al nivel de estos que van conmigo, del
-que me diese limosna, del que cruza á mi lado... No me expreso bien.
-Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo
-sutilizo mi caso.&mdash;No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es
-que me creo <i>otra</i>. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata
-quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es
-que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales,
-no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta
-llego á suponer que los demás no existen; que soy yo quien existo,
-únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por
-mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida radiante, beatífica,
-divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo
-celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con
-actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa
-vulgar.<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo
-de conquistarlo.</p>
-
-<p>Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no
-necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para
-ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes
-fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo,
-de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor&mdash;ahora lo
-comprendo&mdash;el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se
-desposó con ese Dueño&mdash;¡único que sin vileza se admite y se ansía,
-cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de
-nuestro ser!</p>
-
-<p>La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados
-cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban al tren.
-El viaje terminaría pronto.</p>
-
-<p>Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que
-faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar,
-arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.</p>
-
-<p>Una conversación con el dueño de la fonda me fué utilísima. Averigüé
-que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe
-un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento, casuchas
-desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Costará muy cara?&mdash;pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la
-cederán.<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span></p>
-
-<p>Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos,
-salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por
-montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones,
-aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis
-maravilloso.</p>
-
-<p>Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana,
-tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete
-recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada
-por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de
-abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el
-campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas&mdash;dos ó
-tres&mdash;tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la
-revuelta de un sendero, á la puerta de una de estas casucas, está
-sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no parpadean y los
-cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una
-chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con
-dos moras maduras por pupilas.</p>
-
-<p>Me acerco, trabo conversación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?</p>
-
-<p>La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo
-soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me
-encuentre bien...</p>
-
-<p>&mdash;Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span> Haré yo la cocina, mi
-cama, la limpieza.</p>
-
-<p>La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de
-arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no
-sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra
-pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna
-simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para
-quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.</p>
-
-<p>&mdash;Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.</p>
-
-<p>La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.</p>
-
-<p>&mdash;Daca...</p>
-
-<p>Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay ná de lo que se
-precisa...</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...</p>
-
-<p>Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia,
-entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia
-hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida
-una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona
-disfrazada?</p>
-
-<p>Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su
-espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la Torcuata&mdash;así se llama
-la niña&mdash;en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á las dos,
-cuidándolas, procurando<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span> que la ciega no derrame la sopa y que la chica
-no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres
-viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del
-valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas
-aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una
-especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de
-complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor
-servicio, sino por que voy á la iglesia del convento diariamente, y
-muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á la puerta, haciendo
-calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin
-impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó de acá? etc.</p>
-
-<p>A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se
-murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de
-saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres
-casi increibles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos
-de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es
-preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada
-la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación
-de castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la
-recolección, el transvase de la miel á los barreños, y luego á los
-tarros, el derretido de la cera, su envase<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> en los cuencos de madera,
-las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto
-auxilio yo eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la
-ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la
-cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las
-mieles ná más»...</p>
-
-<p>Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa.
-Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la
-cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y
-tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y siempre recios
-como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé
-explotar. Hice regalos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Santa! ¡Es santa!&mdash;repetía la vejezuela, atónita.&mdash;¡Nos la ha traío
-la virge el Calmen!</p>
-
-<p>¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún
-afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad,
-barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes
-como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas
-serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce
-emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía
-hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y
-acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa!
-Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce
-Dueño?<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p>
-
-<p>¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias,
-cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra, auxiliando la
-fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado
-los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la
-cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor?
-¿Por qué no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy
-haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso,
-sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de
-martirio, y me iría á tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época
-miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se
-cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la
-de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y
-mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en
-rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad
-menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si
-tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de
-tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy
-desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis
-venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span></p>
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas prosáicas, comunes,
-antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí
-misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal,
-trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de
-docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la
-celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica,
-siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis
-impurezas, (análogos á los que forman las neuronas, las cuales
-reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad). Lo
-material de mi espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle
-valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo. Vivo interiormente.</p>
-
-<p>El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia, pero evito á los
-Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los
-paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni
-parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su
-conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho.
-Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos á mí. Tan
-gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se
-parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de
-la Cruz?</p>
-
-<p>Comprendo que no basta la paciencia. Necesito<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> el amor. Es preciso que
-lo amargo me sea dulce. Que me sepan á miel estas molestias que me tomo
-por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte á tí,
-para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y
-cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me
-faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y
-la secura me invade.</p>
-
-<p>Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me
-atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni
-sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces
-seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo
-soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza,
-no hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión
-transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos,
-que empieza á deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin
-embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la
-muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen á
-las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema!</p>
-
-<p>Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es
-cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo
-que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no
-entiende ni pregusta la hermosura inefable?<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p>
-
-<p>De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual á
-Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste
-el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no
-creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de
-mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta
-ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?</p>
-
-<p>Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir,
-llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el
-desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte;
-quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré.
-Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de
-miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y,
-sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te
-tuvieron consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras
-que en ti habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de
-desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y,
-por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente
-pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!</p>
-
-<p>Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya á ponerse
-el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y, apaciguado el
-inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma
-misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span>
-las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en
-el hombro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo?&mdash;pregunté maquinalmente.</p>
-
-<p>&mdash;Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro,
-negro tóo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Negro? ¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy
-mala!</p>
-
-<p>Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin
-comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido,
-con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras
-negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura
-inexplicable de la visión fúnebre.</p>
-
-<p>Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita&mdash;murmura la ciega, estrujando
-con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que suelten la
-melaza y reducirlos á pasta derretible.</p>
-
-<p>Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me
-importa!</p>
-
-<p>Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo
-á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer médico,
-medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás
-vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada,
-dispuesta á vendimiar.<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span></p>
-
-<p>Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve
-convulsión.</p>
-
-<p>A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El
-médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él
-y yo sabremos lo mismo.</p>
-
-<p>En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con
-esfuerzo, murmurando:</p>
-
-<p>&mdash;Ñora...</p>
-
-<p>Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.</p>
-
-<p>&mdash;Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.</p>
-
-<p>La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite á
-intervalos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía
-Dios!</p>
-
-<p>&mdash;No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...</p>
-
-<p>&mdash;¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!</p>
-
-<p>No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe,
-en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!,
-se hincaba en ellas...?</p>
-
-<p>Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han
-señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico á pan
-recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.</p>
-
-<p>&mdash;Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de
-advertir á usted que el<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> mal es extraordinariamente contagioso, sobre
-todo en el período que se aproxima...</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente...
-Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre;
-pero deseo que nada le falte á Torcuata.</p>
-
-<p>La ciega, alzando las manos, insistía:</p>
-
-<p>&mdash;Santa es, santa es.</p>
-
-<p>La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué presto la de un
-monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan
-fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no veía.</p>
-
-<p>&mdash;Otra cieguecita como la agüela...&mdash;suspiró.&mdash;Ñora Lina ¿está ahí? Ñora
-¿me moriré como el fraile?</p>
-
-<p>Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más
-cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana,
-el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno
-es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura
-infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la
-paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en
-llanto. Y mis labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:</p>
-
-<p>&mdash;No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!</p>
-
-<p>Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra
-floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina.
-Alrededor, un murmurio musical se alza del<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> suelo abrasado con el calor
-diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de
-mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego
-que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me
-quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte
-tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin,
-que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema,
-divina, del anochecer!...</p>
-
-<p>Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca,
-entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el
-enajenamiento del bien inesperado, fulminante.</p>
-
-<p>&mdash;No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame
-lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas,
-redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me
-envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor,
-enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no
-te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin
-ti, sin ti...</p>
-
-<p>Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin
-pronunciarlo, sin rasgar el aire:</p>
-
-<p>&mdash;Dulce Dueño...<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p>
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie
-verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda,
-sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo
-que nunca había sido: feliz.</p>
-
-<p>Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que <i>no es</i>), el
-aspecto de completa desventura.</p>
-
-<p>En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona
-vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin recursos,
-sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En
-comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron
-que ingresase, sería un paraíso.</p>
-
-<p>Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí, me visita, me
-acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi
-premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha
-nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y
-comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y
-por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este
-mobiliario sin carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin
-frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente
-que no sospecha lo que me<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> sirve de consuelo, y se admira de la
-expresión animada y risueña de mi cara, y me llama&mdash;lo he
-averiguado&mdash;«la contenta...» Y, mientras mis dedos se entretienen en una
-labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... Por mejor decir,
-mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y
-su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por
-el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia,
-deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le
-pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y á veces,
-un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa
-espera.</p>
-
-<p>Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de alteración y angustia,
-que da lástima.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo ves?&mdash;repite.&mdash;¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía
-yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr
-evitar estas cosas!</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya
-trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen á la
-casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!</p>
-
-<p>&mdash;Me encuentro perfectamente en ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo á
-consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí,
-por toda la vida acaso?</p>
-
-<p>&mdash;Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro
-Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para
-transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna&mdash;porque no
-te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan
-sencillamente&mdash;, cuando se le ha ocurrido otra combinación más
-sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes,
-mientras llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos
-las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la
-prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos á armar un
-escandalazo.</p>
-
-<p>&mdash;Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más
-verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría
-coro, diciendo que estoy...</p>
-
-<p>Me toqué la frente con el dedo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira como no se
-puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de
-emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie
-hiciste daño!</p>
-
-<p>&mdash;Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he
-de sufrir por lo que dañé?</p>
-
-<p>&mdash;Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra tí, confabulados...
-¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido
-ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal...
-Carranza es el peor. Ese<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> te declara loca peligrosa, maligna. Te cree
-capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te
-odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha
-mediado...</p>
-
-<p>Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica
-<i>dinero</i>.</p>
-
-<p>&mdash;No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso. Me tiene una
-prevención... sobrado justa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay
-detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración
-de una mujer de mala vida y de un boticario...</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han logrado
-averiguar?...</p>
-
-<p>&mdash;Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú
-entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. Dijiste
-que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas de tu
-casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué
-chiquillada!...</p>
-
-<p>Bajando la voz:</p>
-
-<p>&mdash;También ha declarado el barquero que os paseaba á tí y á Almonte por
-el lago... Dice...</p>
-
-<p>&mdash;Cuanto diga, es cierto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta
-que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de
-mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si
-tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span> la tratabas
-mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu
-cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...</p>
-
-<p>&mdash;Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que
-maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para
-él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra
-«locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y
-se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia
-aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...</p>
-
-<p>&mdash;De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son
-personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su
-concepto científico, no es error probablemente.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron
-últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el
-pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de Carmelitas,
-en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una
-chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al
-extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata...
-En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la
-desbarataré. No temas; la desbarato.</p>
-
-<p>&mdash;Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay
-que dejar nuestra<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea, que no!&mdash;gritó impetuosamente, abrazándome&mdash;. No es Dios quien te
-ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú
-fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me parte
-el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé...&mdash;exclamo, con acento significativo&mdash;. Lo que no hace falta,
-es compadecerme. Soy aquí dichosa.</p>
-
-<p>Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Torcuata?&mdash;pregunto.</p>
-
-<p>&mdash;Llévesela el diablo.... Por tus bondades con ella... Está hecha un
-trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.</p>
-
-<p>&mdash;No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega. Mire usted que se lo
-encargo mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las
-únicas que hablan de tí con entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los
-altares...</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual.
-La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería
-lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí,
-Farnesio, no me santifique.</p>
-
-<p>&mdash;Veo que no has perdido el buen humor...</p>
-
-<p>Cuando se retiró, decidido á rescatar á la<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> princesa del poder de
-malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me
-encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me
-trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las
-tentaciones?</p>
-
-<p>¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu
-voluntad...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="">
-
-<tr><td colspan="2">&nbsp;</td><td class="rt"><small><span class="un">Páginas.</span></small></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#I">I.</a></td><td valign="top"><a href="#I">&mdash;Escuchad</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#II">II.</a></td><td valign="top"><a href="#II">&mdash;Lina</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_073">73</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#III">III.</a></td><td valign="top"><a href="#III">&mdash;Los procos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_123">123</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IV">IV.</a></td><td valign="top"><a href="#IV">&mdash;El de Farnesio</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_153">153</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#V">V.</a></td><td valign="top"><a href="#V">&mdash;Intermedio lírico</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_187">187</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VI">VI.</a></td><td valign="top"><a href="#VI">&mdash;El de Carranza</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_201">201</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VII">VII.</a></td><td valign="top"><a href="#VII">&mdash;Dulce dueño</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_257">257</a></td></tr>
-</table>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño, by Emilia Pardo Bazán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO ***
-
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-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
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-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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